WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Wáshington Delgado

HISTORIA DE ARTIDORO

Colección dirigida por Jorge Eslava Correción de Alonso Rabí do Carmo SEGLUSA EDITORES & EDITORIAL COLMILLO BLANCO Av. José Leal 980, Lince. Teléfono 703098 Lima, mayo de 1994

1

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Explicaciones acerca de Artidoro
Hace quince años, acaso veinte, Artidoro nació simplemente como un nombre cuya sonoridad me atraía, no sé por qué. Pasado un tiempo intuí una nebulosa historia detrás de ese nombre. Lentamente se fue perfilando el dibujo plano, todavía sin color ni relieve, de una persona en cierto modo viva. Entonces escribí tres poemas que son el núcleo de su historia. Y me detuve hasta que, gracias a mi paciente espera al pie de un nombre cuyo misterio no alcanzaba a develar, al cabo de varios años, sentí que en algún remoto punto de mi desvelo o mis ensueños, Artidoro empezaba a vivir con carne y huesos propios, con recuerdos suyos, con esperanzas suyas. Llegó un momento en el cual, como al genio salido de una botella, no lo podía dominar. Si antes de descubrirlo yo lo perseguía, ahora me perseguía él. Iba detrás de mí por toda la casa y aun por la calle. Se asomaba a mis sueños cuando yo dormía. Enderezaba mi pluma y corregía mis textos cuando me ponía a trabajar. Poco a poco, a medida que nuestra colaboración se acentuaba, fui percibiendo que la historia de Artidoro se confundía con la historia peruana o la historia del mundo. Al final, me di cuenta de que los latidos de su sangre eran solo una parte del fragor de los tiempos, de los tiempos oscuros que nos tocó vivir. Una explicación más, los tres primeros poemas que escribí acerca de Artidoro los publiqué en no recuerdo qué periódico o revista. Después los corregí escrupulosamente para incluirlos en mi volumen antológico Reunión elegida, cuando Artidoro aún no había tomado definitivo cuerpo. En una nota introductoria de esa antología, declaré que todos los poemas allí recogidos eran versiones consumadas y que no volvería a tocarlos. Sin embargo, para esta edición, he vuelto a corregir esos tres poemas. Tal vez me equivoqué al hacerlo: los escritores no suelen ser críticos
2

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

acertados de sus propias obras. En todo caso, esta vez no prometo abstenerme de futuras enmiendas.

Lima, 26 de mayo de 1994.

3

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

PRÓLOGO: EL TIEMPO, EL AMOR, LAS PALABRAS

4

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

El amor de las palabras

El tiempo, el tiempo. El tiempo donde caen flores, frutos, imperios y no se salvan. El oscuro tiempo donde los nombres brillan. Entre el tiempo y los hombres se levanta el poema. Los nombres de los vientos y las aguas, los nombres de animales: la serpiente cuyo reino es el sueño, el amor y la muerte. El tigre de rugido interminable. La fría salamandra, vencedora del fuego. El unicornio, amado de las vírgenes. La ardilla, el gerifalte, el murciélago, el grifo, la quimera. Los nombres de animales irreales o reales, fugaz soplo del aire o esculpida memoria de sueños, de esperanzas, de temores. Columnas en la tierra, mástiles en el mar,

5

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

estrellas en el cielo, otros nombres erguidos: San Francisco, San Jorge, Ulises, Abelardo, Pedro Rojas, Sakia Muni, Epicuro, Caupolicán, Mariátegui, Martí. Nombres de gentes muertas o soñadas: los mártires, los héroes, los dulces soñadores. Nombres labrados en terrestre barro, nombres amados con sombrío amor en los tiempos oscuros, en siglos de opresión. Los amo y canto esa materia dulce que penetra en el pecho de un mar amargo, el mar de la historia del mundo. Amo esos nombres, ¿alguna otra pasión podrá brillar con semejante luz sobre la tierra? Amo, Artidoro, tu soñado nombre y esa historia que de tu nombre brota: fugaz soplo del aire o el recuerdo de antiguas esperanzas.

6

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Antiguos entusiasmos

Años de juventud que uno recuerda cuando ya se acabó la juventud. El entusiasmo puro se deshizo en el aire, el aire de la historia.

La garúa limeña difumina el recuerdo del sol enamorado en las norteñas tierras. Sol de justicia, sol de la hermandad con su canción de amor para todos los hombres.

Esa canción ha muerto. Muerta está esa esperanza. Todos han muerto, yacen enterrados bajo una tierra leve, la tierra del olvido.

7

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Río del olvido

Se detiene Artidoro para escuchar la voz de los tiempos pasados. Vocaliza el pasado con voz pura una canción fugaz, río que viene del profundo olvido y regresa al olvido.

Viejas calles de terciopelo y sombra, árboles melodiosos, celajes incendiados del otoño y la pesada nube donde la vida acaba, río cordial que viene del olvido y parte hacia el olvido.

Mínima luz apenas ilumina las sonrisas del tiempo ¿De qué se nutre el tiempo? De fuentes, de muchachas, de volutas de yeso,

8

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

de duros azulejos. Río tenaz que viene del olvido y corre hacia el olvido.

En estas viejas calles silenciosas abiertas de repente al viento del recuerdo, se percibe la queja de un débil clavicordio, un distante galope de caballos, el rumor apagado de unos besos furtivos. Dulce río que viene del olvido y se va hacia el olvido.

9

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

IMPOSIBLES RECUERDOS

10

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

El encanto de Lima

Así es la vieja Lima: ciertas calles encierran un misterio, otras tienen encanto, quien por ellas se pierde rememora algún rumbo secreto. Rumbos de aquí o allá, de esta ciudad o de un sueño oxidado en la memoria. Por azar o por cálculo, Artidoro se adentra en estas calles, de este modo retorna a la pampa infinita donde halló, una tarde violenta y en la cúpula misma del estruendo, su ser resucitado. Lo cercaban los muertos, lo cubrían la tierra y el silencio, sólo fue dueño de un pequeño sitio en la comarca oscura donde el mejor linaje nada vale. Pero llegó la vida, desde el profundo reino de la muerte,

11

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

a levantar su cuerpo. Su cuerpo que hoy pasea lentamente por las calles de Lima, por jirones y plazas y plazuelas donde encuentra de nuevo el misterioso azar por el que vive. Así es la vieja Lima: ella también se acaba, también muere. Bien sabes Artidoro, que el azar, el misterio y el encanto, como todas las cosas, son el pasto sabroso de la muerte.

12

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Calle de Mercaderes

Aprisionado por la ceniza turbia de las seis de la tarde, se debate Artidoro en una vieja calle de la ruinosa Lima. Es domingo y no hay gente en las aceras ni en las pistas circulan automóviles, las jaranas del sábado acabaron en devoción o sueño.

Artidoro camina sin premura por la ciudad, en sus recuerdos rotos se unen sombra y silencio. Revolución o fiesta todo acabó igualmente: los rebeldes fueron ajusticiados al pie de los palacios o en las pampas lejanas.

Callaron las canciones, se apagó el sol, murieron

13

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

todos los compañeros. Artidoro ha extraviado su destino, una sutil neblina inunda su alma.

Calle de Mercaderes cuyas tiendas se cierran los domingos. No se rinde Artidoro, su vida significa persistencia y olvido.

14

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Vitrina de Baquíjano

En la muelle neblina se despliega el engaño invernal de tiempos idos que un aturdido dios junta al acaso con desesperaciones del presente mientras uno camina sobre húmedas veredas por la tenue garúa abrillantadas.

Uno se llama creo que Artidoro y en lugar del espejo de la historia con pesadumbre observa las vistosas vitrinas en la elegante calle de Baquíjano.

¿En qué piensa Artidoro ante un escaparate con vajillas de plata, porcelana y cristal? ¿Rememora entusiasmos, enconadas heridas? ¿Se acuerda de los muertos?

15

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Tal vez si, nada más, piensa en mujeres. Después de una jornada tormentosa, naufragadas las grandes esperanzas, nos queda todavía un turbio afán de femeninos besos.

Así nos defendemos y olvidamos penurias y trajines. Olvidamos los muertos que yacen enterrados allá, en los arenales. Olvidamos las calles de una Lima marchita y tan lejana de todo gran amor.

16

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Matavilela y San Francisco

Entre Matavilela y San Francisco, bajo borroso escudo de carcomida piedra, se abre un negro tenducho sobado, polvoriento, con moscas y vituallas económicas y unos embrutecidos parroquianos sin más norte y amparo que un licor áspero y ponzoñoso. Entra Artidoro en pos de cigarrillos. No los encuentra. Solamente encuentra la ruina de los tiempos, el agusanamiento de la historia, el temblor de su sombra, entreverada con suciedades y papeles rotos, a la luz de una vela centenaria.

17

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Fosa Común

En la fosa común yacen los muertos. Más allá de las pampas y arenales, su canción, su esperanza, sus amores ¿dónde yacerán?

El alma de Artidoro está cercada por eterno crepúsculo. Esos muertos murieron para sólo morir.

¡Cómo pudo diluirse tanta luz cenital!

Ancho Perú de muerte y de melancolía, muertos todos están bajo la tierra cálida.

18

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

CANCIÓN Y ELEGÍAS

19

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Canción para Artidoro

Mi querido Artidoro, los rosales de la Avenida Grau nunca existieron. Todo lo ha teñido el humo de los viejos autobuses y no hay jardín para el amor que ronda tus esperanzas, ronda tu memoria y tu melancolía. ¡Qué lejana, qué triste, qué nonata rosa primaveral! ¿Dónde su aroma, su llovizna de pétalos, la verde dureza de su espina?

Hay quien ama la rosa que es así y no se ve o la rosa que se huele y se toca o sólo el nombre de mentales rosas. En el aire viciado de esta calle inhumana se hace humana la rosa inexistente, enajenada por el humo y la bulla de un río interminable de tristeza.

20

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Y tiembla la canción, acaso en vano, breve, lizne, Artidoro, sobre tu alma que no será salvada por recuerdos de amor ni por género alguno de ventura o desventura humana.

Como humo o desamor u olvido, sin memoria ni desdén, ni rabia ni ternura cae el tiempo, quiebra la luz, las piedras, los periódicos, las promesas de buen comportamiento, los inocentes vicios (pobre Alberto, dijo que dejaría el cigarrillo y lo dejó, como también la vida).

Cae el tiempo, desgarra tus corbatas, viejo Artidoro, y no hay en tu solapa ni rosal ni clavel. Definitivamente, el hollín es un asco, la ciudad es un asco y también tu oficina y tu casa son un asco, la tierra y hasta el cielo son un asco.

21

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Así pasa la vida y así dejo que caiga esta canción junto a tu sueño, lejos de tus ojos abiertos. De esta canción no quedará enseñanza: mi canto no es verdad ni engaño sino apenas un temblor en el aire y allí queda.

22

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Artidoro camina hacia la muerte
(Elegía Limeña)

Sobre la blanda brea del jirón de la Unión, a la muerte camina y ni siquiera se le ha mojado la corbata. En vano lo circundan los ángeles. La cruda luz estival del mediodía aleja silenciosos amores. A la vera del callejero coro de automóviles y el pregón quejumbroso del suertero que grita la de a mil, Artidoro camina hacia la muerte, serio, formal, bien arreglado, hijo único. Y se oye una guitarra: última flor de un amargo verano que antes de marchitarse clama y pide,

yo te pido, guardián, que cuando muera borres los rastros de mi humilde fosa.
Inútil ángel del estío, mosca perdida en el calor de la deshecha tarde. Canción abandonada en una mecánica memoria. Viejo aliento

23

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

de una historia extraviada, Artidoro camina hacia la muerte como todos los días y ni siquiera esconde en los bolsillos las afiebradas manos porque su madre le pidió hace tiempo que guardara adecuada compostura en la casa y en la calle y en la iglesia, en cualquier sitio donde asentara sus pies o su desdicha:

no permitas que crezca enredadera ni que coloquen funeraria losa.
Si ha de venir la muerte por sus pasos, no hay por qué apresurarse ni seguirla aunque hoy sonría con sensuales labios, desordene su rubia cabellera y se muestre incitante entre las ruinas del Jirón de la Unión, clavel marchito de un Perú de metal y de melancolía. Inútil amor, cielo abandonado en una tarde inexistente. Inútiles besos perdidos. Soledad tan inútil como flor sobre el polvo de un camino. Camina hacia la muerte, Artidoro camina hacia la muerte:

24

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Y si viene a llorar la amada mía, hazla salir del cementerio y cierra.

25

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Vuelve Artidoro a contemplar la muerte

Los estudiantes jóvenes discuten acerca del país, en los problemas del país meditan los viejos profesores, las nubes pertinaces de la ciudad de Lima no regarán jamás un árbol de monedas. Las palabras y el tiempo se deslizan sobre la tierra estéril, las hermosas muchachas de pasadas primaveras han muerto. No dejaron ni lágrimas ni amores: en el país de las mercaderías

no es necesario amar, absurdo fuera repetir el sermón de la montaña.
Así Artidoro recordó amoríos, su prisión, sus andanzas, sus penurias y estaba entretenido una abrileña tarde en admirar las llamas

26

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

de un ocaso otoñal, cuando de nuevo contempló la muerte. No la suya, esta vez, ni la de sus amigos o parientes ni la muerte del mundo en el incendio verde de la tarde otoñal. Sencillamente, contempló la muerte, su antiguo y frío rostro, ni odioso ni terrible. La gente caminaba por las calles, iban los automóviles a citas imprevistas, Artidoro seguía contemplando el rostro de la muerte. ¿Qué fin tiene la vida? ¿Para qué pelear? ¿Por qué morir?

Desdeñoso semejante a los dioses yo seguiré luchando con mi suerte.
Artidoro ingresó sin pesadumbre en las enmarañadas callejuelas de la vieja ciudad de los negocios, caminó a la deriva con grave continente y engrameó la testa

27

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

sin escuchar las espantadas voces de los envenenados por la muerte.

28

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

LA VIDA ÍNTIMA

29

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Dulce desvelo

Con un oscuro aroma húmedo, intenso, las gotas de café caen en el poema mientras lee Artidoro hasta que llega el alba. El gato ronronea, gruñe el fuego en el hogar, se desvanece el agua, Artidoro de nada se da cuenta absorbido por sustancias más hondas. Intangible sendero lo ha llevado hasta un plato de setas, Artidoro se embarca en el sabor que sus dientes trituran. Por otras rutas, un paisaje se abre: Artidoro respira el aire puro de las anchas praderas. Inacabable viaje, en otros ámbitos Artidoro se dobla al empuje del viento en alta mar. Pasa el tiempo, también la vida pasa, las palabras persisten a la espera de que puedan los ojos de Artidoro

30

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

hacer brotar una secreta historia de sus tenues entrañas, una historia que ha de pasar lo mismo que todo lo terrestre y el aroma del café con su insomnio húmedo, oscuro, intenso.

31

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Tarde de copas

Los recuerdos se posan en la mesa como aturdidas moscas en torno a un cuerpo muerto, tropiezan con los vasos de oro líquido y frío, con los platos de lacias aceitunas y comprueban que en la mesa no hay sitio para ese cuerpo intruso. A media voz lo discute Artidoro con la obstinada sombra de su padre:

muertos son los que tienen muerta el alma y viven todavía.
¿Para qué discutir con quien nos ama y está muerto? ¿Con quién amó en nosotros no unos ojos, ni un alma, ni unos gestos sino su propio amor? En el ápice gris del infortunio y de la tarde, cuando las sombras aparentan levantarse del aire polvoriento del pasado, Artidoro se yergue

32

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

con difícil destreza, ignora buenamente que se enredan sus pies mientras enfila hacia el lugar privado donde ante el chorro de oro ha de sentir el placer puro y libre de no ser otra cosa que una paciente obstinación sagrada en el húmedo encierro donde mueren los amores perdidos.

33

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Defensa del tabaco y la lectura

Lee y sueña Artidoro en su sillón de cuero. Una pipa de brezo el ambiente perfuma. Sin dejar de leer, Artidoro la fuma. El humo impregna el aire de un tinte milagrero.

La lectura le infunde gozos de fumadero: el humo lo rodea, más leve que una pluma parece deshacerse en pétalos de bruma y a su alma llueven letras en un dulce aguacero.

Que su tiempo ha pasado, bien lo sabe Artidoro: las batallas perdidas, el implacable asedio de ambición y egoísmo, el mundo sin remedio.

Su pipa y la lectura son todo su tesoro: un poema y el humo le muestran que está vivo, restaura su esperanza un párrafo furtivo...

34

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Sobre un poema perdido de Artidoro

Ciertos versos se perdieron en viajes y carcelerías, muchos fueron desechados con demasiada prisa, algunos se corrompieron antes de ser escritos, otros sufrieron implacables correcciones y perdieron su juvenil frescura, único encanto que en la oquedad de la memoria pudo sostenerlos. La mayor parte no logró subir al aire de la armonía y así su verdad se marchitó.

Tal vez, Artidoro comenzó el poema en sus años de infancia, a escondidas de un padre adusto y una madre vencida, cuando la injusticia entró en su casa y nadie pudo desterrarla, ni el domingo ni los días de fiesta.

¿Qué relación secreta, qué puente nebuloso se tiende entre belleza e injusticia? Naufraga la niñez de los domingos muertos

35

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

en el mar de la belleza, más profundo que cualquier otro mar sobre la tierra.

Artidoro retorna a la luz de su infancia cuya virtud se esfumó con los años. Su magia es ilusión: unas palabras demasiado delgadas, apenas si se escuchan en el nivel del sueño, de un sueño que ha de durar toda la vida, aunque los versos se pierdan.

36

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Prado de la amargura

Artidoro se encuentra despistado en solitario prado de amargura y su viejo reloj se detiene vencido por estólido, impenetrable sueño. No quisiera Artidoro lamentarse por tanto desamparo, ni acrecentar los llantos derramados ya en prados semejantes, en soledades tales y tamañas. Le apetece más bien aproximarse a la azorada y joven prostituta que lo provoca con insistentes mieles, con resplandores mortecinos, mientras, suelta sus perfumados cigarrillos sobre la verde hierba y al aire sus cabellos de esparcida dulzura. Pero esta prostituta no es tan joven sino una avejentada cantonera de ruinosos arreos, afeites y sonrisas.

37

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

No se atreve Artidoro tampoco a lamentarlo ni a llorar la miseria de tantas mujerzuelas olvidadas en prados de amargura cuyo encanto no apreciaron jamás, aprisionadas por el opaco tedio de una noche infinita. Joven o vieja o pasadera, ha sido invención de un instante esta buscona limpiamente esfumada en el aire ni dulce ni amargo o melancólico. De nada valen máquinas de tiempo entrecortado, ni empedrados sueños subcelestes, florales, extraviados en prados de amargura, ni antiguas y rugosas bocas por el amor desbaratadas y que la noche en vano engalana con apagadas luces de aventura secreta. A tanta soledad no le opone Artidoro sino el brillo ensoñado de las aguas

38

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

en el cercano estanque. El deseable brillo de las aguas en el estanque seco.

39

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Un Caballo en casa

Guardo un caballo en mi casa. De día patea el suelo Junto a la cocina. De noche duerme al pie de mi cama. Con su boñiga y sus relinchos hace incómoda la vida en una casa pequeña. ¿Pero qué otra cosa puedo hacer mientras camino hacia la muerte en un mundo al borde del abismo? ¿Qué otra cosa sino guardar este caballo como pálida sombra de los prados abiertos bajo el aire libre? En la ciudad muerta y anónima, entre los muertos sin nombre, yo camino como un muerto más. Las gentes me miran o no me miran, tropiezan conmigo y se disculpan o me maldicen y no saben que guardo un caballo en mi casa. En la noche, acaricio sus crines

40

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

y le doy un trozo de azúcar, como en las películas. El me mira blandamente, unas lágrimas parecen a punto de caer de sus ojos redondos. Es el humo de la cocina o tal vez le desespera vivir en un patio de veinte metros cuadrados o dormir en una alcoba con piso de madera. A veces pienso que debería dejarlo irse libremente en busca de su propia muerte. ¿Y los prados lejanos sin los cuales yo no podría vivir? Guardo un caballo en mi casa desesperadamente encadenado a mi sueño de libertad.

41

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

EPÍLOGO: ENTRADA EN LA NOCHE

42

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Última conversación sobre Artidoro
Dúctil melancolía se disuelve en la tarde y suavemente cae en la fresca cerveza, el viejo se remoja la garganta y el alma: "Es verdad, hubo mucha confusión, muchos muertos, las balas que silbaban en las calles abiertas, la angustia que oprimía las casas, es verdad. Y los muertos". El viejo entrecierra los párpados, su mirada se pierde en el mar del pasado, sus palabras apenas pueden salir a flote: "A ese Artidoro nunca lo conocí, por cierto, pero no sé, algún relumbre suyo se me trasluce, alguien me habló de un hombre muerto y resucitado, o lo leí en un libro, periódico o revista. Se me van los espíritus, acaso fuera un cuento oído en mi niñez, un relato o novela que más tarde leí. O también, usted sabe, ocurre alguna cosa no del todo corriente y un escriba avisado juzga el caso hazañoso y digno de memoria o comento. Otras veces, puras fabulaciones, ciegamente esparcidas en papeles o el aire, resulta que a la larga

43

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

suceden". Por antiguos caminos literarios se desorienta el viejo, su boca desparrama unas flores ajadas como para llenar el café melancólico, en este turbio instante desolado, con una romántica hojarasca. "Sí - le dije-, sí. Ocurre algunas raras veces de una manera u otra. Sin embargo, Artidoro... Yo lo traté, tuvimos alguna intimidad y algo me dijo y algo dejó también escrito en papeles perdidos que por dónde andarán y acaba de morir, de morir nuevamente, si así puede decirse, y yo sólo quisiera..."

Lo que tan sólo quise se quedó sin palabras, detenido en el aire, sobre el polvo clorado por un rayo de sol. ¿Para qué decir más? Mi pregunta callada, como un leve velero navegaba en la luz horizontal y muerta. Con el rostro azorado de un viajero sin rumbo a orilla de las aguas, el viejo soslayó mi barca interrogante, la apartó con la mano y habló como si nada se hubiera deslizado por el aire dormido y él volviera de pronto a sus propias palabras, después de contemplar,

44

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

sólo por un momento, el paisaje marino: "Es verdad, hubo muchos muertos. Muchas historias, además, y el desorden. Los desaparecidos eran innumerables. Por siempre se perdieron tantos, muertos en calles, pampas, o prisiones, según juicio marcial o en abierto combate o a traición, por la espalda, según la ley de fuga o así no más, sin causa ni registro ni informe. Años corridos, otros volvieron al terruño, cuando llegó el olvido de las persecuciones. No faltaban las viejas asombradas: "¿Pero éste no es Guarniz? ¿El muchacho de la camisa roja que a empellones llevaron al cuartel y decían que murió fusilado y la madre lloraba interminablemente y se murió también?" Era Guarniz a veces, a veces algún otro sin ningún parecido con aquel fusilado".

Como para empujar otro velero náufrago, esbocé un ademán y solté tres palabras: "Sí, pero Artidoro..." Sin bajar de sus propias nostalgias melodiosas, mi viejo confidente, salvado de penurias y de revoluciones por azar del destino o para mi tormento,

45

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

sacudió la cabeza y mi respiración se detuvo un instante: "De algún mozo avispado supe que aprovechó esas horas confusas y se marchó a la inglesa con ajena mujer o una arruga tremenda y que durante mucho, mucho tiempo pasó por abnegado mártir de la revolución. En ciertas ocasiones se descubrió el pastel y en ocasiones, nó. Así se hace la historia. En cuanto a ese Artidoro..."

Se oscurece la tarde lo mismo que el relato de vidas hazañosas y de granujerías. En la sombra que cubre las edades heroicas, el nombre de Artidoro prende una lucecita distante que persigo con tenaz esperanza, con placer, con ahínco: "¿Decía usted? ¿Recuerda la historia de Artidoro?" Se apaga la distante lucecita anhelada bajo la húmeda voz del viejo catador de cervezas dormidas: "Nó, en verdad, nó. Pero hubo muchos casos de muertos y de resucitados, de presos que fugaron,

de aparecidos súbitos y desaparecidos.

46

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Déjeme recordar. ¡He visto tantas cosas! ¡Hubo cada suceso! Ahora rememoro al que pudo escapar de una muerte segura disfrazado de muerto". Se encienden y se apagan las luces, yo no sé si en el café nostálgico o en mis íntimos sueños: "¿Habla usted de Artidoro?" Con la palabra niega el viejo y con la mano: "Nó, de él yo no sé nada. A este otro lo conozco de tiempos y aún vive. Vea usted, no sé cómo convenció a la familia de un recién fallecido para ocupar el sitio del muerto en el cajón. Era el finado un hombre de bien, adinerado, sin trastienda política, oriundo de Motupe y en Motupe debía ocurrir el entierro. El joven perseguido pagó crecida suma o era tal vez pariente, buen amigo o el novio de una hija del difunto o qué vainas haría, lo cierto es que partió de Trujillo a Motupe como el joven cadáver de un viejo caballero y escapó en el camino. Nadie llegó a saberlo hasta que a su retorno, años y años corridos, él mismo hizo el relato de los muertos cambiados y de su salvación. Al muerto de verdad

47

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

debieron sepultarlo en terreno baldío o en la huerta trasera de su casa, abonada por asnos y caballos. Lo que puede el dinero, el amor o la pura misericordia humana"

Por extraños caminos discurría la tarde y la conversación se iba descarrilando de los heroicos tiempos. Esos tiempos heroicos se prestan buenamente a viejas arterías y a travesuras nuevas. Quise, a pesar de todo, enderezar el rumbo:

"Es un cuento asombroso, una comedia fúnebre o danza de los muertos. Sin embargo, yo vine por algo más bien trágico, la historia de Artidoro, fusilado una vez en solitaria pampa, muerto ahora de veras, sin familia llorosa ni antiguos compañeros, ni himno o canción alguna con las manos alzadas.

La tarde estaba a punto de morir y el buen viejo se moría también. Barrió el aire cansino con la mano siniestra, como para espantar las moscas, los fantasmas o solamente el polvo o para recobrar el aliento perdido y luego murmuró:

48

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

"¿Qué podría decirle? Simplemente que nunca la vi, que no recuerdo ni siquiera su nombre. Además, son tan frágiles las memorias humanas... En fin, yo buscaré en mi casa papeles viejos, cartas, periódicos. Si hay algo de Artidoro, yo se lo he de mostrar".

El viejo se recobra como si le encendiera la fatigada sangre, el último fulgor de la tarde en derrota. Con fingido entusiasmo quiero avivar sus llamas sabiendo que es inútil, que su recuerdo esquivo no habrá de retornar, lo que nunca existió no retorna jamás: "¡Ojalá! No se olvide del caso, un fusilado junto a cien compañeros, maravillosamente salvado de las balas, enterrado en la zanja con otros fusilados y que logró salir de la tumba común, huyó del arenal, se refugió en la sierra, vivió a salto de mata, en un pueblo y en otro, y cuando cesó todo el odio y el terror, pudo llevar en Lima una vida apacible sin nocturnos temores, una oscura existencia levemente alumbrada por una extraña luz que a veces irisaba sus gestos, sus palabras breves como relámpagos,

49

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

palabras que escuché, que él acaso escribiera en papeles perdidos. No se le olvide el nombre: Artidoro, Artidoro". Lo repetí en voz baja, dos o tres veces más. Me contemplaba el viejo desconsoladamente, sólo atinó a decirme: "¿Y dice usted que ha muerto? ¡Qué verdadera lástima, salvarse de la muerte para morir después!"

Enronqueció su voz, sus ojos parecían a punto de volar, con el borde afilado de una débil sonrisa, cogió el último cabo de tan sabio exabrupto: "Quiero decir, morirse solo y en una cama de hospital. Es muy triste".

Se derrumbó la tarde sobre este agrio lamento por una invalidada muerte heroica. A la calle salimos y era noche. Era noche y silencio. Una apacible noche muda para Artidoro. Una noche de donde no saldría jamás.

50

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

LA HISTORIA SE REPITE

51

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Elegía en 1965
Después de tanta sangre, no derramada en vano, sólo quedó la nieve teñida de carmín. (Chocano)

Después de la batalla, los combatientes muertos parecen esperar, con el oído en tierra, una última llamada o la mano benévola y amiga de la historia, no el silencio tenaz que los cubre y oculta sobre un cálido suelo vanamente poblado de hierbas y guijarros, árboles y alimañas.

Se diluyó el escándalo de la fusilería, cesaron los fragores de obuses y metralla, el sol brilla en la paz de un cielo irreprochable. Los boquetes abiertos en la tierra parecen tan naturales como las aguas del riachuelo, el vuelo del halcón o esa nube sin sueño, sin prisa, sin memoria.

Sobre la tierra esperan muy tranquilos los muertos. La historia indiferente los dejó abandonados bajo un cielo vacío. Pobres muertos inermes,

52

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

no los abriga el sol ni molesta la lluvia. Sobre sus cuerpos rígidos discurren las hormigas en callado desfile.

Los muertos apacibles yacen de cara al cielo con los ojos abiertos. Parece que quisieran llenar de sol sus almas tempranamente muertas. La tierra los acoge, los escuda la sombra de los árboles quietos y las cambiantes nubes, en tanto huye la historia. ¿Qué les dicen la inmóvil tierra, el distante cielo? Solamente les dicen que ya no hay esperanza.

Los muertos extraviados en el mar de la historia encuentran en la tierra una morada estable mientras la primavera pasa con sus amores, pasa el brillante estío, pasa el otoño lánguido de las guerras perdidas y, al final, el invierno llega pausadamente para cubrirlo todo con desamor y olvido.

53

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

ÍNDICE
Explicaciones de Artidoro / 2 PRÓLOGO: EL TIEMPO, EL AMOR, LAS PALABRAS / 4 El amor de las palabras / 5 Antiguos entusiasmos / 7 Ríos del olvido / 8 IMPOSIBLES RECUERDOS / 10 El encanto de Lima / 11 Calle de Mercaderes / 13 Vitrina de Baquíjano / 15 Matavilela y San Francisco / 17 Fosa Común / 18 CANCIÓN Y ELEGÍAS / 19 Canción para Artidoro / 20 Artidoro camina hacia la muerte / 23 Vuelve Artidoro a contemplar la muerte / 26 LA VIDA ÍNTIMA / 29 Dulce desvelo / 30 Tarde de copas / 32 Defensa del tabaco y la lectura / 34 54

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

Sobre un poema perdido de Artidoro / 35 Prado de la amargura / 37 Un caballo en casa / 40 EPÍLOGO: ENTRADA EN LA NOCHE / 42 Última conversación sobre Artidoro / 43 LA HISTORIA SE REPITE / 51 Elegía en 1965 / 52

55

WÁSHINGTON DELGADO / HISTORIA DE ARTIDORO

En el pórtico del libro, el autor escribe: "Hace quince años, acaso veinte, Artidoro nació simplemente como un nombre cuya sonoridad me atraía, no sé por qué. Pasado un tiempo intuí una nebulosa historia detrás de ese nombre..." Los dones de esa vida -y de sus muertes- están de manera admirable en la gris balanza de estas páginas que se leen como a los grandes trágicos: estremecidos por un gesto, una palabra que condensan una plenitud de razones y belleza. Un libro desgarrado y deliberadamente prosaico donde tiemblan las sombras de una flor sobre el polvo. Wáshington Delgado (Cusco 1927), ha desarrollado una fecunda labor docente e intelectual, y es autor de los siguientes libros de poesía: Formas de la ausencia (1955), Días del corazón (1957), Para vivir mañana (1969), Parque (1965), Tierra extranjera (1968), Destierro por vida (1969) y Un mundo dividido (1970). En 1988 apareció Reunión elegida, una antología poética personal que honró esta misma colección.1

http://malebolge8.blogspot.com/
1

Contratapa del libro.

56

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful