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UNIVERSIDAD SIMÓN BOLÍVAR DECANATO DE ESTUDIOS DE POSTGRADO COORDINACIÓN DE POSTGRADO EN CIENCIA POLÍTICA MAESTRÍA EN CIENCIA POLÍTICA

EL POPULISMO. CONSTRUCCIÓN DE IMÁGENES Y SÍMBOLOS. APROXIMACIÓN AL GOBIERNO DE HUGO CHÁVEZ

Trabajo de Grado presentado a la Universidad Simón Bolívar por

Héctor Armando Hurtado Grooscors Como requisito parcial para optar al grado académico de

Magíster en Ciencia Política

Con la asesoría del

Profesor Ivo Ricardo Hernández Mirabal, Ph.D.

Enero, 2009

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DEDICATORIA

A ti, Papi Guido, por despertar en mí el interés por el estudio de lo social y político

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AGRADECIMIENTO

A mis padres por los valores inculcados a lo largo de mi vida. A mis hermanos, por aguantar mi mal humor en los últimos dos años, quizás muchos más. A mi flaca, por llegar a mi vida en el momento menos esperado. Tu apoyo, paciencia y observaciones fueron un bastión en momentos de flaqueza. Al profesor Ivo por su disposición para trabajar mancomunadamente en este proceso de producción de conocimiento. Como siempre, a la música por su compañía durante estos dos años de trabajo.

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UNIVERSIDAD SIMÓN BOLÍVAR DECANATO DE ESTUDIOS DE POSTGRADO COORDINACIÓN DE POSTGRADO EN CIENCIA POLÍTICA MAESTRÍA EN CIENCIA POLÍTICA

EL POPULISMO. CONSTRUCCIÓN DE IMÁGENES Y SÍMBOLOS. APROXIMACIÓN AL GOBIERNO DE HUGO CHÁVEZ
Por: Hurtado Grooscors, Héctor Armando Carnet: 04-83886 Tutor: Prof. Ivo Ricardo Hernández Mirabal Enero, 2009

RESUMEN

La presente investigación propone como objetivo general identificar el proceso a través del cual el fenómeno populista, por medio del discurso, difundiría imágenes y símbolos para coadyuvar en la creación de nuevas identidades sociales y políticas. Este objetivo a su vez se desglosa en cuatro objetivos específicos: primero, enumerar los principales rasgos que caracterizan al populismo (lógica populista) como fenómeno social, económico y político; segundo, comprobar la presencia de los rasgos principales del fenómeno populista en el gobierno de Hugo Chávez en Venezuela, desde 1999 hasta 2006; tercero, identificar cómo el Presidente Chávez, siguiendo una lógica populista, difunde imágenes, referentes y símbolos, a través de su discurso político y la implementación de las Misiones Bolivarianas; cuarto identificar las imágenes, referentes y símbolos a partir del análisis del discurso del Presidente Chávez y de los contenidos propuestos por las Misiones Bolivarianas (Misión Ribas, Misión Sucre, Misión Vuelvan Caras). El análisis de distintas fuentes secundarias permitió la identificación de cinco imágenes difundidas a través del discurso del Presidente Chávez y de dos imágenes difundidas por las Misiones Bolivarianas. Se sostiene que las mismas permitirían la consolidación de un imaginario colectivo tendiente a la creación de nuevas identidades políticas en distintos sectores de la sociedad venezolana. Palabras claves: populismo, lógica populista, difusión de imágenes, chavismo, discurso político

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INDICE GENERAL
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APROBACIÓN DEL JURADO ......................................................................................................ii DEDICATORIA ..............................................................................................................................iii AGRADECIMIENTO.....................................................................................................................iv RESUMEN ........................................................................................................................................v INDICE GENERAL ........................................................................................................................vi INTRODUCCIÓN ............................................................................................................................1 CAPÍTULO I. EL POPULISMO ....................................................................................................9 1.1 Definición teórica del populismo ....................................................................................9 1.1.1 Contextualización histórica del populismo ...........................................................35 1.1.2 Características económicas del populismo ............................................................45 1.1.3 Características políticas del populismo .................................................................52 1.2 El populismo de nuevo cuño o neopopulismo ..............................................................64 1.2.1 Contextualización histórica del neopopulismo......................................................66 1.2.2 Características económicas del neopopulismo ......................................................68 1.2.3 Características políticas del neopopulismo............................................................72 1.2.4 El rol de los “outsiders” y el fenómeno de la antipolítica .....................................74 CAPÍTULO II. EL POPULISMO LATINOAMERICANO ......................................................85 2.1 Definición teórica del populismo latinoamericano .......................................................85 2.2 Antecedentes del populismo en Latinoamérica...........................................................103 2.2.1 El Estado tradicional............................................................................................104 2.2.2 El proceso modernizador: la industrialización a través de la sustitución de importaciones ...............................................................................................................107 2.2.3 La alianza policlasista..........................................................................................110 2.3 El fenómeno populista latinoamericano......................................................................113 2.3.1 El populismo clásico (1930’s-1970’s).................................................................114

vii 2.3.2 El fenómeno neopopulista latinoamericano (1980’s-1990’s)..............................135 2.3.3 El (re) surgimiento del populismo de izquierda (1990’s-) ..................................148 CAPÍTULO III. CREACIÓN DE IDENTIDADES Y POPULISMO. ....................................152 3.1 El “pueblo” y el populismo .........................................................................................152 3.2 La construcción de identidades sociales......................................................................155 3.2.1 La construcción identitaria del “pueblo” .............................................................162 3.3 Creación de identidades según la praxis política populista.........................................187 3.3.2 La identificación a través del descontento: las fallas recurrentes del Estado liberal democrático ..................................................................................................................190 3.3.3 La creación del “otro”: la identificación a través del opuesto.............................194 3.3.4 La creación de identidades a través de la mitificación del pasado ......................197 3.3.5 La creación de nuevas identidades políticas........................................................198 CAPÍTULO IV. POPULISMO Y CREACIÓN DE IDENTIDADES. CASO VZLA ............203 4.1 1945-1948: La creación de identidades en el “trienio adeco”.....................................203 4.1.1 El “pueblo”: nuevo actor político ........................................................................205 4.1.2 La democratización efectiva y el sufragio universal ...........................................207 4.1.3 La moralización administrativa ...........................................................................209 4.1.4 La despersonalización del poder..........................................................................210 4.1.5 El nacionalismo económico.................................................................................212 4.2 Hugo Chávez y la nueva emergencia del populismo ..................................................215 4.2.1 El Presidente Chávez y el ejercicio del liderazgo populista................................219 4.2.2 La creación de nuevas identidades políticas........................................................221 4.2.3 Las misiones bolivarianas....................................................................................250 CAPÍTULO V. CONCLUSIONES .............................................................................................266 REFERENCIAS ......................................................................................................................... .282

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INTRODUCCIÓN
El populismo, como fenómeno social y político, pareciera renacer y reaparecer cada cierto tiempo en el mundo, con especial énfasis en algunos países de la región latinoamericana. Muchas pueden ser las razones que expliquen el por qué de esta constante reaparición y permanencia en numerosos sistemas políticos latinoamericanos, como son los casos argentinos, peruanos, brasileños y venezolanos, por citar algunos, los cuales los cuales en algún momento de su historia política han sido gobernados por líderes y proyectos claramente populistas1. La historia del siglo XX en Latinoamérica ha estado claramente marcada por la presencia del fenómeno populista. Autores desde distintas corrientes de pensamiento se han dado a la tarea de analizar la dinámica de los movimientos sociales y políticos mundiales, y específicamente los latinoamericanos, para definir un fenómeno que es considerado polimorfo y polifacético. Además han tratado de entender el porqué de su continua emergencia en los países latinoamericanos (Germani, 1962, 1978; di Tella, 1965; Ionescu y Gellner, 1970; Malloy 1977; Rey, 1980; Canovan, 1981, 2004, 2005; Paúl Bello, 1996; Conniff, 1999; Weyland, 1996, 1999, 2001; Taggart 2000; Cammack, 2000; Aboy Carlés, 2001; De La Torre, 2003; Hermet, 2003; Laclau, 2005a; Roberts, 2007). Sobre el populismo clásico, aquel que estuvo presente en la región a mediados del siglo XX y que tiene como ejemplos paradigmáticos a los gobiernos de Juan Domingo Perón en Argentina y Getulio Vargas en Brasil, se han señalado entre sus principales características (Arditi, 2003: 17-18): a) un fuerte discurso nacionalista,

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Para Torcuato di Tella el populismo es definido como “un movimiento político con fuerte apoyo popular, con la participación de sectores de clases no obreras con importante influencia en el partido, y sustentador de una ideología anti-statu quo. Sus fuentes de fuerza o “nexos de organización son: Una élite ubicada en los niveles medios o altos de la estratificación y provista de motivaciones anti-statu quo; Una masa movilizada formada como resultado de la ‘revolución de las aspiraciones’, y una ideología o un estado emocional difundido que favorezca la comunicación entre líderes y seguidores y cree un entusiasmo colectivo”” (di Tella, 1965: 47-48).

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la percepción del Estado como una recompensa política y principal motor de la

actividad económica, c) programas económicos sustentados en subsidios y control de precios, sustitución de

importaciones y protección del sector industrial interno, d) una red clientelar donde se asignan los recursos del gobierno como recompensa para

los seguidores y castigo de los oponentes, e) uso del gasto público para establecer redes de patronazgo manteniendo una postura de

indiferencia hacia la responsabilidad de la política fiscal y monetaria, f) movilización de las clases obreras urbanas contra un enemigo identificado como la

“oligarquía”, g) h) creación de partidos políticos de masas, culto a la personalidad que exacerba la figura del líder, erigiéndola a un nivel

cuasimesiánico, i) el papel de los líderes políticos emergentes dispuestos a dejar de lado los mecanismos

del gobierno representativo cuando éstos no les son convenientes. Ahora bien, a mediados de la década de 1980 empezaría a irrumpir un fenómeno que recordaba en ciertos aspectos al populismo clásico -la presencia de líder outsider que reivindicaban al “pueblo” como actor social y político-, pero con ciertas diferencias sustantivas, particularmente en cuanto al tipo de política económica implementada, de corte neoliberal y orientada al libre mercado (Weyland, 1996, 1999). Por esta razón, se plantearía la irrupción del fenómeno denominado neopopulista, teniendo en la región latinoamericana a los gobierno de Menem en Argentina, Fujimori en Perú y Collor de Mello en Brasil, sus principales referentes. En el caso venezolano, en los últimos años se ha reavivado la discusión sobre la presencia del fenómeno populista como forma de hacer política. Con la irrupción del movimiento liderado por el Presidente Chávez están presentes rasgos sintomáticos de los populismos clásicos latinoamericanos. Destacan entre ellos una fuerte retórica anti statu quo, la disposición para incorporar al sistema político a los sectores de la sociedad menos favorecidos, la continua movilización de las masas, el liderazgo carismático del propio

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Chávez, la importancia de alianzas multisectoriales para el apoyo del movimiento, una importante intervención del Estado en los asuntos económicos, entre otros (Arenas, 2005). Igualmente, el ascenso de Chávez se enmarca en el fenómeno de la “antipolítica” que ha estado asociado al neopopulismo, que ha surgido en los últimos años a nivel mundial, debido a la crisis del sistema de partidos políticos, así como a la deslegitimación de la democracia representativa, que promueven la aparición de liderazgos fuertes, personalistas y verticales, en los que se manifiesta altos niveles de decisionismo y voluntarismo político. Esto se traduce en la aparición de actores en sistemas democráticos inestables, caracterizados por organizaciones estatales y sistemas partidarios en proceso de descomposición (Mayorga, s/f) Ahora bien, lo anterior lleva a preguntarse el porqué del arraigo del populismo como forma de hacer política en numerosos países de la región. Algunos autores sostienen que puede deberse a la capacidad discursiva que tiene para difundir imágenes, símbolos y referentes que promueven la construcción de nuevas identidades políticas para sus seguidores, permitiendo así una nueva, mayor y mejor identificación entre las masas, el movimiento y su líder (Aboy Carlés, 2001; Laclau, 2005a; Mires, 2007a). ¿Pero qué se entiende por identidad política? Siguiendo a Aboy Carlés: Toda identidad política supone un principio de escisión, el establecimiento de un espacio solidario propio detrás del cual se vislumbra la clausura impuesta por una alteridad. Pero a su vez, toda identidad política busca la ampliación de su propio espacio solidario. Las lógicas de la diferencia y la equivalencia, con sus contradictorias tendencias a la división y a la homogeneización de los espacios solidarios, dibujan un conflicto irresoluble que atraviesa pues a cualquier identidad política: conflicto entre el establecimiento de un límite imprescindible para su constitución, y, de otra parte, pretensión de desplazar ese límite, de captar ese espacio que se vislumbra tras la original clausura (2001: 26-27). De ser cierta esta argumentación, podría decirse que parte del éxito político del fenómeno populista, así como la aceptación de gobiernos con claras tendencias populistas en Latinoamérica, se debió y se debe, en gran medida, a la construcción deliberada de nuevas identidades políticas para aquellos sectores de sus respectivas sociedades que habían sido marginados de la dinámica política convencional. Se sugiere que el proceso de creación de nuevas identidades políticas sería impulsado en gran medida por el carisma del líder, es decir, que el liderazgo carismático de la persona que conduce el movimiento, apelando a un discurso de carácter reivindicativo de las mayorías marginadas, excluidas de toda participación política,

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económica y social efectiva, donde la transformación del orden establecido es uno de sus principales objetivos, coadyuva a la construcción de dichas identidades. El gobierno de Hugo Chávez en Venezuela pareciera no escapar a la lógica descrita anteriormente. El discurso político del Presidente Chávez, con claras connotaciones reivindicativas hacia los sectores populares, así como la propuesta de creación de las Misiones Bolivarianas en 2003 como componentes medulares de la política social de su gobierno, responden no sólo a la deuda social acumulada por gobiernos anteriores, sino también a la creación de nuevos espacios simbólicos significativos, tendientes a consolidar las simpatías políticas hacia la figura del Presidente, creando un modelo unidireccional sin intermediarios.2 Sobre este aspecto señala Lacruz “Las Misiones (...) responden a un elemento coyuntural de la vida política venezolana (el paro general del 2002 y el referéndum del 2004) y a la necesidad de consolidar las simpatías políticas hacia el Presidente en medio de esa coyuntura (...) tienen un origen coyuntural pero responden largamente a lo que son las intenciones políticas y de cambio social a las cuales aspira el gobierno del Presidente Hugo Chávez: reivindicar a las poblaciones excluidas y remodelar un nuevo tipo de sociedad con nuevas formas de participación en el poder” (2005: p. 172). Se considera que, tanto el discurso del Presidente de la República como los espacios de las Misiones Bolivarianas, se convierten en canales idóneos para la difusión de símbolos, imágenes y formas de representación de la realidad social tendientes a la creación de nuevas identidades políticas. En este sentido, a través de una revisión de la literatura especializada, la presente investigación se plantearía como objetivo general identificar el proceso a través del cual el fenómeno populista, por medio del discurso, difundiría imágenes y símbolos para coadyuvar en la creación de nuevas identidades sociales y políticas. La tarea central de esta investigación será darle respuesta a la siguiente pregunta: ¿Difunde el fenómeno populista imágenes, símbolos y referentes que promuevan la creación de nuevas identidades sociales y políticas?
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Este modelo se sustentaría, entre otros, en la relación propuesta por Norberto Ceresole, según la cual no debe haber intermediarios entre el líder (caudillo) y el pueblo. Afirma que “La orden que emite el pueblo de Venezuela el 6 de diciembre de 1998 es clara y terminante. Una persona física, y no una idea abstracta o un «partido» genérico, fue «delegada» — por ese pueblo — para ejercer un poder. La orden popular que definió ese poder físico y personal incluyó, por supuesto, la necesidad de transformar integralmente el país y re-ubicar a Venezuela, de una manera distinta, en el sistema internacional” (Ceresole, 1999).

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En segundo lugar, contextualizando el fenómeno al caso venezolano, se buscaría identificar si el gobierno de Hugo Chávez sigue la lógica populista anteriormente descrita. En caso de ser así, se pretendería identificar la posible difusión de cierto imaginario que ayude en la labor de construir nuevas identidades sociales y políticas para diversos sectores de la población venezolana. Con esto se buscaría dar respuesta a las otras preguntas centrales de esta investigación: ¿Difunde el gobierno del presidente Hugo Chávez imágenes, símbolos y referentes que promuevan la creación nuevas identidades sociales y políticas para aquellos sectores relegados de la dinámica política convencional? Y de ser así, ¿qué imágenes, símbolos y referentes llega a difundir?

Objetivos Objetivo general: Identificar cómo el fenómeno populista, difunde imágenes, referentes y símbolos, a través del discurso político. Objetivos específicos:  Enumerar los principales rasgos que caracterizan al populismo (lógica populista) como

fenómeno social, económico y político.  Comprobar la presencia de los rasgos principales del fenómeno populista en el

gobierno de Hugo Chávez en Venezuela, desde 1999 hasta 2006.  Identificar cómo el Presidente Chávez, siguiendo una lógica populista, difunde

imágenes, referentes y símbolos, a través de su discurso político y la implementación de las Misiones Bolivarianas.  Identificar las imágenes, referentes y símbolos a partir del análisis del discurso del

Presidente Chávez y de los contenidos propuestos por las Misiones Bolivarianas (Misión Ribas, Misión Sucre, Misión Vuelvan Caras)

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Hipótesis:  El populismo difunde imágenes, símbolos y referentes que coadyuvan en la creación de

nuevas identidades sociales y políticas.  El gobierno de Hugo Chávez en Venezuela, el liderazgo ejercido por él mismo y su

forma de hacer política, denotan ciertos rasgos que permiten considerarlo como populista.  El gobierno de Hugo Chávez, siguiendo la lógica populista, difunde y construye

imágenes, referentes y símbolos que podrían fomentar la creación de nuevas identidades políticas para diversos sectores de la sociedad venezolana.

Metodología Esta investigación pretende ahondar en los lineamientos teóricos que definen al populismo como fenómeno social, económico y político, tanto en su versión clásica como en la nueva versión conocida como neopopulismo. Este trabajo permitirá detectar si el caso venezolano, encarnado en el gobierno de Hugo Chávez ha seguido el patrón, así como la lógica del populismo de difundir imágenes, símbolos y referentes que ayuden a la creación de nuevas identidades sociales y políticas para aquellos sectores de la sociedad que habían sido relegados del juego político tradicional. Se utilizará como referente histórico al “trienio adeco” (1945-1948), considerado como uno de los casos paradigmáticos de movimientos populistas que lograron acceder al ejercicio del poder como gobierno, promoviendo la difusión de un imaginario tendiente a la construcción de nuevas identidades sociales y políticas, así como la consolidación de nuevas relaciones de solidaridad entre distintos sectores de la sociedad venezolana para la época. En este sentido, para cumplir con los objetivos planteados se procederá a la recolección de datos secundarios, fundamentalmente a través de la revisión documental de fuentes bibliográficas relacionadas con el tema del populismo, publicaciones y trabajos referentes al “trienio adeco” y la labor impulsada por sus líderes para promover la creación de nuevas identidades sociales y políticas, distintos discursos y alocuciones públicas realizadas por el Presidente Chávez en los últimos años y publicaciones propias de las Misiones Bolivarianas, específicamente de las tres misiones que tienen un componente de formación sociopolítica importante: Misión Ribas, Misión Sucre y Misión Vuelvan Caras. La escogencia de estas tres

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misiones es deliberada, ya que cuentan con una serie de publicaciones que apuntarían a la consolidación de un imaginario específico que coadyuve a la creación de nuevos referentes identitarios. A través de la realización de estas actividades, se pretende identificar la aparición de nuevos referentes en el imaginario colectivo, los cuales pudieran no haber existido en la vida nacional previamente. Detectar estos nuevos referentes podría dar a entender que la creación de nuevas identidades políticas es viable a partir de la socialización y apropiación de los mismos. Al ser una investigación de carácter documental, este estudio podrá identificar la construcción y presencia de los símbolos, referentes e imágenes en el discurso del Presidente Chávez y en los espacios de las Misiones escogidas que podrían ayudar a la creación de las nuevas identidades.

Estructuración de la investigación La investigación está divida en cuatro capítulos y un apartado para las conclusiones generales. En el primer capítulo se revisan distintas posturas y corrientes de pensamiento que han pretendido formular una definición teórica del populismo como fenómeno social, económico y/o político a lo largo de las últimas décadas. Se ahonda también en algunos casos históricos concretos vinculados al populismo y al neopopulismo, en países latinoamericanos y europeos. El segundo capítulo se desarrolla bajo una lógica similar al primero, sólo que se circunscribe al fenómeno populista latinoamericano. En el tercer capítulo se abordan los distintos procesos a través de los cuales pueden difundirse símbolos, referentes y modos de representación de la realidad social como elementos coadyuvantes para la creación de nuevas identidades sociales y políticas. Se explica además el proceso a través del cual puede construirse un “pueblo” como nuevo actor dentro de una sociedad. Por último, se señalan algunos momentos históricos significativos donde se han desarrollado distintas interpretaciones del “pueblo” como actor primordial en las

transformaciones sociales y políticas de las sociedades en general. El cuarto capítulo aborda dos momentos particulares de la realidad sociopolítica venezolana donde se produjeron aportes significativos al imaginario colectivo de la sociedad

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por parte de dos gobiernos que apelaron a la lógica populista de construcción de la realidad social: el trienio adeco (1945-1948) y el gobierno del Presidente Chávez (1999-2006). Se presentan las imágenes y símbolos específicos difundidos por estos gobiernos, sugiriendo como pudiesen haber influido en la construcción de nuevos vínculos de solidaridad social, así como a la creación de nuevas identidades políticas. Por último, se presentan unas conclusiones generales donde se sintetizan los principales elementos que caracterizan al fenómeno populista en general, y al populismo latinoamericano en particular. Además, se muestran aquellos puntos de encuentro del gobierno del Presidente Chávez con el fenómeno populista y neopopulista.

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CAPÍTULO I EL POPULISMO
1.1 Definición teórica del populismo Definir el populismo como fenómeno social, económico y político no es labor que pueda resolverse en unas pocas líneas. La ciencia política en particular está llena de ejemplos de las distintas aproximaciones y conceptualizaciones asignadas al término, siendo éstas un claro esfuerzo por entender desde una perspectiva amplia las dimensiones del fenómeno populista3. Por esta razón, el siguiente apartado tiene como principal objetivo, partiendo de una revisión de los conceptos clásicos expuestos en la literatura politológica sobre el tema, en muchas ocasiones ambiguos y contrapuestos, presentar aquellas características que definen y distinguen al populismo como fenómeno social, económico y político4. En revisión de la literatura especializada, se encuentra en Di Tella (1965) uno de los primeros esfuerzos por definir el fenómeno del populismo5. El autor resalta la crisis
Ionescu y Gellner (1970) organizaron un ciclo de conferencias en la London School of Economics entre el 19 y 21 de mayo de 1967 con el firme propósito de intentar definir el populismo como fenómeno, en el entendido de que “no puede haber duda alguna respecto de la importancia del populismo, pero en cambio nadie sabe exactamente qué es” (p. 7), es decir, plantean la pregunta de si existe realmente un fenómeno que pueda corresponderse con ese nombre -populismo-. Por esta razón, el objetivo del encuentro estuvo centrado en “aclarar las vertientes principales de un concepto que durante el siglo pasado, y aún más en el presente, ha cumplido un papel crucial de lo que se supone habitualmente en la formación de la mentalidad política” (p. 11). Las ponencias presentadas en el ciclo formaron parte del ya famoso e indispensable libro para el estudio del tema: Populism. Its Meanings and National Characteristics (Ionescu, Ghita y Ernest Gellner comp. Populismo. Sus significados y características nacionales, Amorrortu Editores). 4 Siguiendo a Ionescu y Gellner (1970), para definir el populismo, independientemente de las distintas formas en las que pueda plasmarse, se deben tener presente cinco interrogantes principales, lo que dificulta aún más el estudio del mismo: 1. ¿Es el populismo una ideología, un movimiento, o ambas cosas a la vez? 2. ¿Fue una actitud mental que irrumpió con cierta frecuencia en diferentes contextos históricos y geográficos como resultado de la situación particular que enfrentaron algunas sociedades? 3. ¿Puede definirse el populismo a la luz de la psicología política? 4. ¿Demuestran siempre una actitud de rechazo hacia fuerzas externas desconocidas? ¿Es el negativismo lo que lo caracteriza? 5. ¿Cuál es el “pueblo” que idolatra el populismo? ¿Qué es lo que entiende por él? 5 Las referencias y citas textuales de este trabajo -publicado originalmente con el título “Populismo y reforma en América Latina” en Desarrollo Económico, abril-junio de 1965, vol. IV, n. 16-, pertenecen al libro Germani, di Tella y Ianni (1973). Populismo y contradicciones de clase en Latinoamérica, Ediciones Era, pp. 151.
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experimentada por los países latinoamericanos una vez concluida la Primera Guerra Mundial, asociada al desgaste del modelo económico de exportación de materias primas puesto en marcha a finales del siglo XIX y principios del XX, que beneficiaba a las oligarquías de sus respectivos países. Sí bien este modelo permitió una leve modernización en lo económico, en el plano político fue incapaz de incorporar a nuevos sectores profesionales e intelectuales que veían con cierto descontento las limitaciones impuestas por el orden oligárquico, lo que resultó en la incongruencia de status de estos nuevos grupos sociales6. Los grupos incongruentes encontraron en las masas movilizadas y disponibles un aliado importante para cumplir con sus objetivos de cambiar el orden de las cosas, el statu-quo, lo que se materializó en una alianza sumamente diversa en su composición interna, lo que llevó a resaltar su carácter policlasista. La irrupción de esta alianza diversa es lo que permite hablar de populismo, conceptualizado por el autor como “un movimiento político con fuerte apoyo popular, con la participación de sectores de clase no obreras con importantes influencia en el partido, y sustentados de una ideología anti-statu quo”7 (p.47). Por su parte, otro de los autores abocados a la tarea de definir el populismo es Worsley (1970)8, quien destaca el uso del término populista para resaltar “todo movimiento que invocara el nombre del pueblo: el folk simple, ordinario e inculto, el hombre común, la masa, el descamisado, el san-culotte; llamamiento suficientemente amplio como para abarcar (…) a los trabajadores, campesinos-granjeros, microempresarios, miembros de tribus” (p. 296). Esta amplitud de criterios para incorporar simpatizantes y representados al movimiento le ofrecía un marco de referencia a “todos los sujetos de poca monta, víctimas de una amenaza y xenófobos, carentes del marco de orientación que proporciona la organización de los
Como bien señala el autor (Di Tella, 1965), la incongruencia de status está asociada al abismo que se produce “entre las aspiraciones y las satisfacciones en la esfera ocupacional, en particular por las personas educadas (…) aristócratas empobrecidos, comerciantes nuevos ricos que no son aún aceptados en los círculos más elevados, minorías étnicas, todos añaden posibilidades para la creación de este tipo de individuos y grupos” (pp. 42-43). 7 Los elementos que le darían fortaleza al populismo son: “1) Una élite ubicada en los niveles medios o altos de la estratificación y provista de motivaciones anti-statu quo; 2) Una masa movilizada formada como resultado de la ‘revolución de las aspiraciones’; 3) Una ideología o un estado emocional difundido que favorezca la comunicación entre líderes y seguidores y cree un entusiasmo colectivo” (di Tella 1965: p.48) 8 Peter Worsley fue uno de los ponentes participantes en el ciclo de conferencias organizado por Ionescu y Gellner (1970), donde presentó una ponencia titulada El concepto de populismo, señalando la amplitud y la vaguedad a la que se refiere el término populismo, debido a que fue utilizado para referirse a movimientos tan disímiles como: a) el movimiento narodnik ruso de mediados del siglo XIX; b) movimientos rurales del suroeste de los Estados Unidos; c) movimientos, gobiernos y estados en los países no alienados a la KOMINTERN de África, Asia y Latinoamérica y; d) movimientos e ideologías que hacen especial referencia a la voluntad del pueblo y el contacto popular directo con los líderes políticos.
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trabajadores; ofrecíales (…) una nueva identidad comunal transectorial, acoplada (…) a las imágenes nacionales –el Volk-” (p. 296). En una línea argumentativa semejante, MacRae (1970)9 señala que el populismo decimonónico, tanto el narodnik ruso como el populismo norteamericano, irrumpen en sus respectivos países debido a la combinación de ciertos elementos sociales, económicos, políticos y culturales muy particulares. Serán movimiento caracterizados por su oposición a una situación que consideran desfavorable para el campesinado, en particular resaltaron los siguientes elementos: La rebelión contra la situación alienada del hombre, la idea de que la personalidad integral era mutilada por la división social del trabajo, la creencia en el carácter sacro de la tierra y de quienes la trabajan –así como en el alto status de estos últimos-, la fe en la pertenencia a una comunidad consensual local, fija y llena de virtudes y, por último, la convicción de que estas virtudes solo podrían ser anuladas por la usurpación del poder, la conspiración y la acción tenaz de los vicios urbanos y foráneos (p. 199). Teniendo presente estos elementos, y la particularidad de los fenómenos que MacRae aborda en su trabajo (1970), al lector no le debe extrañar que recomiende utilizar el término populista sólo cuando un movimiento social, la mayoría de las veces agrario, se ve amenazado por los efectos de la modernización económica, social y política, por lo que apela al rescate de los valores constitutivos del “pueblo”. Ante la amenaza de algún tipo de modernización, industrialismo o como quiera que se lo llame, surge un sector predominantemente agrícola en la población que presenta un programa de acción política que reúne las siguientes características: creencia en una comunidad y (…) un Volk como los únicos virtuosos; sentimiento igualitarista y contrario a todas las élites, de cualquier índole que fueren; búsqueda de un pasado mítico para regenerar el presente; equiparación de la usurpación del poder con la conspiración extranjera; rechazo de toda doctrina que postule la inevitabilidad social, política o histórica, y (…) creencia en un apocalipsis inminente e instantáneo, mediado por el carisma de los líderes y legisladores heroicos (…). Si junto a todo ello encontramos un movimiento o asociación de corta vida tendientes a alcanzar fines políticos mediante la intervención estatal, pero no un partido político serio, autentico y continuo, entonces estamos ante el populismo en su forma más típica (pp. 200-201).

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Ponencia presentada en el marco del evento organizado por Ionescu y Gellner en la London School of Economics (1970) y recogida en el libro Populismo. Sus significados y características nacionales, Amorrortu Editores.

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Por su parte, Wiles (1970)10, define el populismo como “todo credo o movimiento fundado en la siguiente premisa principal: la gente simple, que constituye la aplastante mayoría, y sus tradiciones colectivas son las depositarias de la virtud” (p. 203). Destaca una serie de elementos, partiendo de la definición expuesta, que pueden “caracterizar” el fenómeno del populismo, entre los que cabe señalar11: 1. Más que programático, el populismo es moralista, ya que apela a la actitud correcta y

el carácter espiritual por sobre la lógica y la efectividad. 2. Tiende a arrojar a los grandes líderes a un contacto carismático, místico y

cuasireligioso con las masas. 3. Carece de organización y disciplina, por lo que en la mayoría de los casos, aunque no

siempre, estamos ante la presencia de movimientos políticos y no partidos políticos12. 4. En el plano ideológico, prevalece la imprecisión, e incluso, si hay pretensiones por

definirla suele haber rechazo y hostilidad de parte de los miembros del movimiento. 5. Se opone abiertamente al orden establecido, al establishment o statu-quo, y a toda

contraélite. Por lo general irrumpe cuando un grupo toma conciencia de sí mismo, se siente alienado con respecto a los centros de poder13. 6. Es reformista más que revolucionario, por lo que la lucha de clases en el sentido

marxista es totalmente omitida de su discurso. 7. Puede ser urbano, encontrando en los migrantes recién llegados a las ciudades un

aliado poderoso. Además, al declarar su preferencia por el hombre común, no experimenta

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Ídem. Para el listado completo de características propias del populismo elaborado por Wiles (1970), el lector puede remitirse al libro Populismo. Sus significados y características nacionales, Amorrortu Editores, pp. 203-220. 12 A pesar de esta afirmación, Di Tella (1965) resalta la importancia de los partidos políticos en el estudio del populismo, destacando entre las distintas variaciones posibles los partidos integrativos policlasistas que incluye sectores de la clase obrera, numerosos grupos de la burguesía y de las clases medias(el Partido Revolucionario Institucional -PRI- mexicano de los últimos años); los partidos apristas apoyados ampliamente por la clase obrera y sectores de la clase media (la Alianza Popular Revolucionaria Americana -APRA- peruana, Acción Democrática -AD- en Venezuela); los partidos reformistas militaristas con un amplio apoyo en las fuerzas armadas que se rebelan contra el statu-quo, así como una parte importante de la población y de las organizaciones profesionales sindicales (el partido de Nasser en Egipto); los partidos social-revolucionarios que aparecen en países claramente subdesarrollados (el castrismo en Cuba, el MNR boliviano, el MIR venezolano) 13 Esto complementa la tesis de di Tella (1965) sobre la incongruencia de status de sectores medios no asimilados por el orden establecido, lo que se traduce en la formación de alianzas de éstos con otros sectores de la sociedad, lo que permite la irrupción de de las alianza policlasista propia del populismo.

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rechazo ante las masas urbanas, antes bien, las considera como elemento importante de su lógica política. 8. Se opone a las desigualdades sociales y económicas producidas por el establishment y

sus instituciones. 9. Es fundamentalmente nostálgico, recurriendo siempre a una época pasada que fue

mejor, que es utilizada como principal referencia para la construcción de un futuro promisorio para la sociedad en su conjunto, pero en particular para el “pueblo”. Otro estudioso del fenómeno populista es Stewart (1970)14, quien considera que el populismo “surge como respuesta a los problemas planteados por la modernización y sus consecuencias; entre estos problemas, los más importantes son los del desarrollo económico y la autoridad política” (p. 221). Es por ello que el fenómeno populista debe entender a partir del conflicto que se produce entre la metrópoli y la provincia, producto de las diferencias entre ellas. Esta tensión es producto del desarrollo diferencial, el estado atrasado de las “provincias”, tanto desde el punto de vista objetivo (en términos de poder, influencia cultural, etc.) como subjetivo (en términos de la amenaza percibida a los intereses, status, valores, etc.). De dos de esas tensiones deriva el populismo sus rasgos peculiares: la que existe entre los países atrasados y los más adelantados, y la que existe entre las regiones atrasadas y desarrolladas de un mismo país (p. 222). Por su parte, Ianni (1972) presenta algunos elementos destacados en su trabajo15 que conviene rescatar en este apartado. Sugiere que las experiencias populistas, particularmente las de Latinoamérica, irrumpieron bajo configuraciones estructurales e históricas comunes, siendo éstas el derrumbe del Estado “tradicional” u “oligárquico” debido a su incapacidad para canalizar las demandas de los diversos sectores excluidos en las sociedades latinoamericanas. Ocurrieron durante la época en que se conforma definitivamente la sociedad de clases. Es el periodo en el que quedan superadas las relaciones estamentales o de casta creadas por el colonialismo mercantilista ligado al régimen esclavista y preservadas más o menos intactas hasta la primera Guerra Mundial (…) Las manifestaciones más notables del populismo aparecieron en la fase crítica de la lucha política de aquellas clases sociales surgidas en los medios urbanos y en los
Ionescu y Gellner. ob. cit. Las referencias y citas textuales de este trabajo -publicado originalmente en Revista Mexicana de Ciencia Política, n. 67, ene-mar 1972-, pertenecen al libro Germani, di Tella y Ianni (1973). Ob. cit.
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centros industriales contra las oligarquías y las formas arcaicas del imperialismo. En este sentido, el populismo es un movimiento de masas que aparece en el centro de las rupturas estructurales que acompañan a las crisis del sistema capitalista mundial y las correspondientes crisis de las oligarquías latinoamericanas. Las nuevas relaciones de clase comienzan a expresarse de un modo más abierto cuando las rupturas políticas y económicas (internas y externas) debilitan decisivamente el poder oligárquico (p. 85). Se ha comentando en este apartado el papel preponderante que cumplieron las masas movilizadas como elemento fundamental para la irrupción del populismo en Latinoamérica (ver: di Tella 1965). En este sentido, Ianni (1972) profundiza sobre la importancia que las mismas tuvieron para la configuración de un nuevo modelo de Estado que respondería a las necesidades de los grupos que conformaron la alianza policlasista. Las masas populistas (tanto por sus actuaciones como por la forma en que son manipuladas) posibilitan la reelaboración de la estructura del Estado, particularmente en lo que se refiere a sus nuevas atribuciones (…) En la época del populismo el Estado revela una nueva combinación de los grupos y clases sociales, interna y externamente. El colapso de las oligarquías, liberales o autoritarias, constituidas en el siglo XIX, junto con las crisis del imperialismo europeo y norteamericano, abre nuevas posibilidades de reorganización del aparato estatal. Es en este contexto que las masas surgen como un elemento político importante o decisivo (p.86). Otro autor que ha abordado la conceptualización del populismo es Malloy (1977), quien señala la irrupción del fenómeno en los países latinoamericanos durante la década de los 30, 40, 50 y 60 como parte de la crisis del modelo económico imperante a principios del siglo XX, sustentado en la exportación de materias primas hacia los países industrializados para comprar luego los productos confeccionados con las mismas16. El populismo remite a una amplia gama de movimientos políticos en la región que rechazaron los lineamientos del “liberalismo económico” abrazando un sentimiento nacionalista que buscaba el desarrollo económico del país desde su seno interno. Esta estrategia sería conocida como “sustitución de importaciones” o “crecimiento hacia adentro” y fue promovida principalmente por la Comisión Económica para América Latina (CEPAL)17.

Esta observación también es desarrollada por Di Tella (1965) en sus trabajos. La Comisión Económica para América Latina (CEPAL) fue establecida por la resolución 106 (VI) del Consejo Económico y Social, del 25 de febrero de 1948, y comenzó a funcionar ese mismo año. La CEPAL es una de las cinco comisiones regionales de las Naciones Unidas y su sede está en Santiago de Chile. Se fundó para contribuir al desarrollo económico de América Latina, coordinar las acciones encaminadas a su promoción y reforzar las relaciones económicas de los países entre sí y con las demás naciones del mundo. Una de sus figuras más
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Como señala el autor, el populismo se convirtió en la principal estrategia para impulsar el cambio político que anhelaban los sectores medios de la sociedad, por lo que buscaron construir coaliciones multiclasistas lo suficientemente sólidas como para acceder al poder y lograr el control del aparato estatal, para así poner en marcha programas sociales y

económicos que coadyuvaran a la concreción de cambios estructurales, es decir, que permitieran la transformación del establishment al que estos sectores se oponían18. Destacan entre la amplia gama de populismos que emergieron en la región los liderazgos personalistas de Perón en Argentina y Vargas en Brasil, constructores ellos de movimientos e ideologías políticas desde espacios propios del orden político –ambos eran militares de profesión que fueron formados por el régimen oligárquico al que luego combatieron fervientemente-, hasta partidos políticos de oposición ampliamente estructurados como el APRA en Perú, AD en Venezuela y el MNR boliviano, abocados a la tarea de construir ideologías coherentes que dotaran de contendido a sus posturas anti statu-quo. Según Malloy (1977), los populismos de la región latinoamericana tuvieron como finalidad explícita lo siguiente: 1. Alcanzar la independencia económica ante las potencias internacionales, de ahí el

acento antiimperialista de su retórica. 2. Superar las estructuras locales de carácter semi-feudal, a través de la reforma agraria y

la industrialización, para liberar a la población de la dominación oligárquica, lo que impactaría significativamente en el desarrollo del país.

emblemáticas fue Raúl Prebisch (1901-1986), nombrado Secretario General de la organización en 1948 y considerado el fundador y principal exponente de la escuela económica del "estructuralismo latinoamericano". Desarrolló la tesis de la "Teoría de la Dependencia", donde planteaba que las empresas coloniales y el comercio internacional no habían sido útiles para el desarrollo económico sino que, al dislocar las estructuras e instituciones socio-económicas de las colonias, generaron una serie de problemas (dependencia de las exportaciones, crecimiento desequilibrado) que bloquearon las posibilidades de desarrollo. Así, los países del tercer mundo cayeron en un estado de "dependencia" del primer mundo, convirtiéndose en productores de materias primas en una relación de "centro-periferia" con sus metrópolis. Por esta razón, el pensamiento Cepalista considera que para que estos países pudiesen entrar en una senda de desarrollo económico y social sostenido, se haría necesario que se les permitiera un cierto “proteccionismo” en el comercio exterior y la deliberada promoción de estrategias productivas con miras a la sustitución de importaciones. De ahí deriva el nombre de la principal política económica aplicada por la mayoría de los gobiernos latinoamericanos a mediados del siglo XX conocida como Política de Crecimiento o Desarrollo Endógeno. 18 Malloy (1977) señala los liderazgos carismáticos de Perón en Argentina y Vargas en Brasil, así como las gestiones de los partidos APRA en Perú, AD en Venezuela y el MNR en Bolivia, como algunas de las principales experiencias populistas en la región latinoamericana.

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3.

Promover justicia social para todos los sectores de la nación, es decir, para el “pueblo”

como un todo. La institución central que preveían los líderes y los movimientos populistas para impulsar la transformación de la sociedad era el Estado19, por esto una de las principales metas de las alianzas policlasistas consiste en el acceso al poder político-institucional, es decir, acceder al Estado -por vías democráticas o por golpes militares de facto-, para tener control de los recursos nacionales y así promover la inversión local y una distribución equitativa de la riqueza (Malloy 1977: p. 11). Otro estudioso del tema que no puede ser obviado dado su esfuerzo por conceptualizar el populismo es Gino Germani (1978)20, quien considera el populismo como un movimiento policlasista que incorpora elementos tan disímiles como el reclamo por la igualdad en materia de derechos políticos y la participación universal de la gente común, del “pueblo”, acompañado por cierta forma de autoritarismo que la mayoría de las veces se canaliza a través de un liderazgo carismático. Además incluye demandas de carácter “socialista”, como en el caso de la “justicia social”, una defensa de la pequeña propiedad, fuertes componentes nacionalistas y antiimperialistas, así como la negación de la importancia de la clase, omitiendo la interpretación marxista de la “lucha de clases” como motor fundamental del desarrollo de las sociedades. Esto va acompañado de la afirmación de los derechos de la gente común como enfrentados a los grupos de interés privilegiados, el statu quo, generalmente contrarios al “pueblo” y la nación. Siguiendo la línea argumentativa según la cual el populismo sería un fenómeno sumamente complejo de definir en el marco de las ciencias sociales y la ciencia política en particular, Juan Carlos Rey (1980)21 destaca que el fenómeno irrumpe en América Latina para promover cambios sociales. A pesar de tener claro una de las principales labores que cumplía
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Para los efectos de esta investigación, la institución del Estado será entendida a la luz de los planteamientos de Max Weber (1992) sobre el tema, para quien el Estado moderno se define por el hecho de ser una asociación política que cumple el rol específico de detentar la coacción física. En palabras de este autor, el Estado sería “aquella comunidad humana que en el interior de determinado territorio (…) reclama para sí (con éxito) el monopolio de la coacción física legítima” (p. 1056). Más adelante señala que el Estado es “una relación de dominio de hombres sobre hombres basada en el medio de la coacción legítima (…) Así, pues, para que subsista es menester que los hombres dominados se sometan a la autoridad pde los que dominan en cada caso” (p. 1057). 20 Germani, Gino (1978). Authoritarianism, Fascism and National Populism. New Brunswick, New Jersey, Transaction Books., pp. 292. 21 Las referencias y citas textuales de este trabajo pertenecen al libro Rey (1998). Problemas sociopolíticos de América Latina. UCV, Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas, Caracas. pp. 267.

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el populismo en la región, este autor afirma que su definición es compleja debido a las distintas aproximaciones con las que se ha tratado el concepto. Así para unos es un movimiento que promueve el cambio social, mientras que para otros es simplemente un modo de hacer política profundamente deshonesta. La dificultad aumenta por la diversidad de valores que se asocian al término, pues mientras para algunos el populismo representan un movimiento genuinamente latinoamericano, original, capaz de movilizar e integrar grandes masas y la única fuerza política transformadora viable en nuestros países, para otros es, por el contrario, un movimiento demagógico, oportunista, manipulativo, corrupto, retórico e ineficaz (p. 118). Para este autor ambas apreciaciones tienen algo de cierto, y deben ser abordadas al momento de estudiar el fenómeno del populismo, es decir, puede entenderse como un fenómeno de índole social, política y económica que promovió cambios en la región o como un movimiento meramente manipulativo y/o acomodaticio que trajo más problemas que soluciones para los países latinoamericanos que experimentaron el fenómeno populista. Los partidos o movimientos políticos populistas latinoamericanos se caracterizan, ante todo, por constituir una coalición de clases y grupos sociales heterogéneos; son esencialmente de carácter policlasista. La creación y mantenimiento de tal tipo de coalición puede obedecer a dos tipos de necesidades que, eventualmente entran en contradicción: 1) la de una reorganización del orden sociopolítico existente, mediante la movilización de masas hasta entonces pasivas y su integración a la nación tanto desde el punto de vista de su participación política como económica y social, (…) desarrollará una cultura política que trate de servir de base a un nuevo sistema de lealtades valiéndose frecuentemente de un liderazgo carismático y mediante la sólida unión emocional frente a un enemigo común (“el imperialismo”,” las oligarquías”, etc.). 2) La conservación y legitimación de un orden socio-político, mediante el reconocimiento de la diversidad de intereses que abarca y el compromiso, la conciliación y la transacción entre ellos, (…) tenderá a desarrollar una cultura política con énfasis en la acomodación de tipo utilitario (Rey, ídem. p. 118)22.

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Al igual que Di Tella (1965), Rey (1980) considera el fenómeno populista sólo desde la esfera de lo sociopolítico, al delimitarlo a los movimientos y partidos políticos que irrumpen en la vida política de los países de la región, en particular cuando se dan tres condiciones: 1. Un proceso de intensa movilización social que coadyuva a la disolución de los nexos o vinculaciones tradicionales interpersonales (conflictos internos en el statu-quo) por un lado, y que crea una masa desarraigada y disponible para incorporarse en nuevas organizaciones sociales y contraer nuevas lealtades. 2. Una situación de exclusión o limitación en la participación política, social y económica de grandes masas que se producen en un sistema de corte “oligárquico”. Estos mecanismos pueden ser jurídicos (ciudadanía limitada) o fácticos. También pueden darse exclusiones de carácter económico (campesinos

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Por su parte, Margaret Canovan (1981) en uno de sus primeros acercamientos sistemáticos para abordar la conceptualización del fenómeno populista23, destaca la variedad con que se ha utilizado el adjetivo “populista” al circunscribirlo a las técnicas de la democracia directa como son el referéndum y las consultas populares, dictaduras como la de Perón en Argentina, partidos políticos latinoamericanos con ideologías poco elaboradas, alianzas policlasistas, movimientos agrarios, entre otros (p. 3). En este sentido, destaca las distintas definiciones que han promovido esta “conflictividad” a la hora de definir el fenómeno: 1. El socialismo que irrumpe en países campesinos atrasados con problemas para impulsar

la modernización y desarrollo de los mismos. 2. Una ideología de los pequeños pobladores rurales amenazados por el abuso del capital

industrial y financiero. 3. Movimiento rural que busca realizar los valores tradicionales en una sociedad que

experimenta profundos cambios y transformaciones sociales. 4. La creencia de que la opinión mayoritaria de la gente común es controlada por unas

élites minoritarias. 5. Credo o movimiento sustentado en la premisa según la cual la virtud reside en la gente

simple, que constituye la aplastante mayoría, y en sus tradiciones colectivas24. 6. 7. La voluntad de la gente está por encima de cualquier otro criterio. Movimiento político sustentado en un amplio apoyo por parte de los trabajadores

urbanos y/o del campesinado, pero que no es el resultado del poder organizativo inherente a alguno de estos sectores (p. 4). Debido a la variedad de definiciones con las que se ha abordado el estudio del populismo, la autora señala la “imposibilidad” de encontrar una definición “única” sobre el fenómeno. Por
sin tierras, obreros subempleados o subpagados) y social (estratificación social de carácter estamental, derivando privilegios por el origen familiar). 3. La aparición de sectores medios en los principales centros urbanos, por lo general intelectuales y profesionales que padecen de incongruencia de status (pp. 120-121). 23 Se refiere al ampliamente conocido trabajo: Canovan, Margaret (1981). Populism. Harcourt Brace Jovanovich, pp. 351. 24 Esta es la definición desarrollada por Wiles (1970) en Un síndrome, no una doctrina: algunas tesis elementales sobre el populismo. Ver: Ionescu y Gellener. ob. cit.

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ello propone distinguir entre dos tipos populistas diferenciados entre ellos: uno agrario, asociado a un radicalismo rural; otro político, sustentado en la relación entre el “pueblo” y las élites. Entre los populismos agrarios destacan: 1. 2. 3. El radicalismo agrario (Partido del Pueblo de los Estados Unidos). Los movimientos campesinos (Levantamiento Verde de Europa del Este). El socialismo intelectual agrario (el narodniki ruso). Por su parte, los populismos políticos abarcarían: 1. 2. Las dictaduras populistas, como la de Perón en Argentina o Vargas en Brasil. Las democracias populistas que recurren a herramientas participativas como el

referéndum, para promover la participación del “pueblo”. 3. 4. Los populismos reaccionarios como el caso de George Wallace y sus seguidores25. El populismo de los políticos, aspirantes a un cargo de elección popular o gobernantes,

que buscan la construcción de coaliciones o movimientos carentes de ideologías para fomentar la convocatoria unificada del “pueblo” como un todo (p. 13).

Drake (1982 cp. Dornsbusch y Edwards, 1992)26 considera tres elementos necesarios para una definición provisional del fenómeno populista, el cual se basa en la “movilización política, la retórica recurrente y los símbolos destinados a inspirar al pueblo” (p.17). Por lo general tendrá su apoyo en una coalición heterogénea donde predomina la clase trabajadora pero que incluye sectores de los estratos medios y altos que fungen como sus líderes. Además el populismo apela a las políticas de corte reformista que buscan el desarrollo sin provocar un conflicto clasista de corte revolucionario, alejándose de esta manera de la interpretación marxista de la lucha de clases como el motor principal de los cambios sociales. Estos
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Político estadounidense que fue elegido gobernador del estado de Alabama por el Partido Demócrata para cuatro períodos constitucionales (1962, 1970, 1974 y 1982), caracterizado por una postura claramente segregacionista que caló ampliamente en la población de los estados del Sur de los Estados Unidos. 26 Los trabajos de Drake (1982) son considerados ya “clásicos” para el estudio del populismo en Latinoamérica. Al que hacen referencia Dornsbusch y Edwards en particular es a Conclusión: Réquiem for Populism?, el cual a su vez formó parte de un trabajo más exhaustivo en el que Conniff (1982) fungió como compilador titulado Latin America Populism in Comparative Perspective, Albuquerque, University of New Mexico Press.

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programas económicos responden a los problemas de subdesarrollo expandiendo el activismo estatal para incorporar a los trabajadores en un proceso de industrialización acelerada, mediante medidas de mejoramiento de la distribución (Drake: 1982, p. 218). El sociólogo francés Alain Touraine (1987 cp. Sánchez-Parga, 1998) se da a la tarea de aproximarse al populismo desde la lógica de las relaciones clientelares que establecieron los gobiernos de Latinoamérica de mediados del siglo XX27. Según Sánchez-Parga, el autor busca comprender el marco de las estructuras sociopolíticas y culturales así como los procesos históricos por los que atravesaron las sociedades latinoamericanas afirmando que el fenómeno populista en la región fue expresión de “situaciones revolucionarias sin revolución, de industrialización sin clases empresariales, de sindicalismo sin movimiento obrero” (1987: p. 16). Al definir el fenómeno subraya que la motivación principal del populismo es Rechazar las rupturas implicadas por la acumulación (…) compensar una modernización inducida por un control colectivo, comunitario, de los cambios económicos y técnicos; mantener o recrear la identidad colectiva a lo largo de las transformaciones a la vez aceptadas y rechazadas (…) el concepto del populismo, en general mal definido, aplicado demasiado rápidamente a situaciones tan obviamente diferentes (…) debe ser construido, descrito y aplicado para demostrar a la vez la naturaleza de las élites dirigentes y el manejo político del cambio en América Latina (pp. 139-140). Por su parte, Vilas (1988) ahonda sobre la problemática de la conceptualización del populismo, la cual pareciera tener respuestas definitivas al afirmar que la expresión “populismo aparece rodeada, en gran parte de la literatura especializada, de vaguedad e imprecisión. Populista puede ser un movimiento tanto como un dirigente político; un gobierno no menos que una ideología; un modo de semantización de las relaciones políticas” (p. 1). Sobre este aspecto asociado a un fenómeno tan poliforme dentro de la ciencia política sostiene que la presencia de un “populismo para los dos gustos: populismos urbanos y populismos agrarios; populismos progresistas y populismos conservadores; populismos de masas y populismos de élites; populismos indigenistas y populismos occidentalizadores; populismos socialistas y populismos fascistas; populismos ‘de abajo’ y populismos ‘de arriba’” (p.1).

En esta misma línea teórica se recomienda revisar: di Tella (1965); Malloy (1977); Germani (1978); Bello (1996); entre otros.

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Este autor tomará como referencia para la comprensión del populismo la experiencia latinoamericana del siglo XX28. Con base en las particularidades de la estrategia de desarrollo y modernización económica puesta en marcha en diversos países del hemisferio, llega a la conclusión de que el fenómeno populista, dada la multiplicidad de intereses que agrupa en la alianza policlasista, tendrá elementos proclives al cambio y a las reformas sociales así como aspectos de carácter más conservador que buscarán el mantenimiento del statu quo. El populismo siempre combina, por su propia naturaleza, elementos conservadores y elementos de progreso: asume un proyecto burgués, pero lo asienta en la activación de las masas y la clase obrera. El populismo tiene una realidad unitaria, pro más que sea unidad de opuestos, unidad contradictoria. Esta contradicción se mantiene hasta el final, e incluso es en el final que adquiere su máxima, y muchas veces más desorientadora, expresión: siendo una estrategia capitalista, cae golpeada por la burguesía. En la promoción de la estrategia de acumulación de capital el régimen populista plantea una movilización popular que siempre resulta excesiva para la burguesía latinoamericana, aunque sea necesaria para impulsar sus intereses de clase. El reformismo anticipatorio del populismo es demasiado sofisticado, y generalmente también demasiado caro, para una clase entrenada en la beneficiencia y la represión. Al mismo tiempo, el éxito en las tareas del populismo -la consolidación del mercado interno, la modernización capitalista, el impulso al crecimiento industrial- agota progresivamente su base económica y reduce adicionalmente su espacio político (pp. 35-36). Partiendo desde una postura estrictamente económica, Dornsbusch y Edwards (1992) se concentran en el estudio de la macroeconomía de los programas populistas para entender la vulnerabilidad extrema y la desestabilización económica de los países latinoamericanos que siguieron esta lógica29. Tomando en cuenta los aportes de Drake (1982) y Conniff (1982) resaltan que “el objetivo central de la redistribución es la parte central del paradigma” (p. 17), así, los programas populistas están motivados por reformas sociales a gran escala. La aproximación al estudio del fenómeno desde esta dimensión lleva a los autores a hablar de un populismo económico entendido como un enfoque de la economía que “destaca el crecimiento y la redistribución del ingreso y menosprecia los riesgos de la inflación y el
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Sobre la misma, algo se ha adelantado en este apartado al exponer las aproximaciones teóricas que hacen del fenómeno populista autores como di Tella (1965), Rey (1976), Malloy (1977), Germani (1978), entre otros. Las particularidades del populismo latinoamericano serán expuestas con mayor detalle en el capítulo 2 de esta investigación, titulado “El populismo latinoamericano”. 29 Dornsbusch y Edwards (1992) fungen como compiladores de una serie de investigaciones que abordaron el estudio de la macroeconomía del populismo latinoamericano, las cuales fueron recogidas en el libro Macroeconomía del populismo en la América Latina. Los países trabajados fueron: Argentina, Brasil, Chile, México, Perú, Nicaragua y Colombia.

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financiamiento deficitario, las restricciones externas y la reacción de los agentes económicos ante las políticas agresivas del mercado” (p. 17). En este sentido, los autores destacan tres aspectos del paradigma económico populista que consideran comunes a todas las experiencias latinoamericanas estudiadas: 1. Condiciones iniciales: los gobernantes populistas, así como la población en general,

manifiestan su descontento con el desempeño económico del país, por lo que consideran que la situación podría ser mejor. A esto se suma el hecho de que el país ha experimentado un crecimiento muy moderado, el estancamiento o la depresión franca, debido a esfuerzos de estabilización anteriores y “una distribución del ingreso muy desigual plantea de ordinario un grave problema político y económico, lo que hace atractivo un programa económico radicalmente diferente” (p. 18). 2. Ausencia de restricciones: los gobernantes rechazan cualquier tipo de restricciones a la

política macroeconómica, aludiendo que la capacidad ociosa aporta el margen necesario para la expansión. Para ellos “la expansión o es inflacionaria (si no existe una devaluación) porque la capacidad ociosa y la declinación de los costos a largo plazo frenan las presiones de los costos y siempre hay lugar para reducir los márgenes de la ganancia mediante controles de precios” (p. 18). 3. Prescripciones de la política económica: centrada en la reactivación, la redistribución

del ingreso y la reestructuración de la economía. La política macroeconómica es utilizada para redistribuir el ingreso, a través del incremento del salario real que no se traslada a los precios. A pesar de la presión inflacionaria, el gobernante populista rechaza la devaluación aludiendo el efecto reductor que tendrá en los niveles de vida de la población. Por ello, “deberá reestructurarse la economía para ahorrar divisas y sostener niveles más altos de los salarios reales y de un mayor crecimiento” (p. 19). Por su parte, Drake (1992)30 retoma el estudio del populismo considerando que el término se ha referido a una categoría claramente definible de actores y propuestas políticas, sin embargo, para precisar aún más un fenómeno tan complejo y discutido como lo es el

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El trabajo de Drake forma parte del libro de Dornbusch y Edwards (comp.) (1992). Macroeconomía del populismo en la América Latina. FCE, México, pp. 458, y viene a ser una actualización de sus investigaciones sobre el fenómeno populista mencionadas en páginas anteriores de esta investigación (Drake, 1982).

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fenómeno del populismo, señala la importancia de diferenciar entre los movimientos, las políticas y los gobiernos populistas. En primer lugar, de acuerdo con este autor los movimientos populistas se caracterizaron por tres aspectos fundamentales: a) una dirección paternalista, la mayoría de las veces carismática, que canaliza una movilización de arriba hacia abajo; b) la incorporación multiclasista de las masas, sobre todo de los trabajadores urbanos y los sectores medios descontentos con el statu-quo; c) programas integracionistas, reformistas, nacionalistas, de desarrollo para promover la industrialización a través de la sustitución de importaciones y las medidas redistributivas para los que apoyan el movimiento. Estos tres elementos debían estar interrelacionados para presentarse bajo un escenario ideal. Un líder carismático forjaba una coalición multiclasista que se comprometía a la expansión simultánea de la industria y el bienestar social. Tal movimiento se ajustaba a las circunstancias históricas y a las condiciones estructurales de países fundamentalmente agrarios que no habían usado todavía de manera significativa al gobierno para fomentar la industria y asimilar a grupos urbanos emergentes en la política nacional. El populismo daba una respuesta política coherente a las dislocaciones causadas por el ritmo creciente de la industrialización, la diferenciación social y la urbanización (p. 48). En segundo lugar se tienen las políticas populistas que han sido bastante comunes en el siglo XX. Para el autor han estado asociadas a un conjunto de iniciativas e instrumentos que coadyuvaran a la rápida industrialización y redistribución. En este sentido, las políticas tradicionales del populismo “han incluido la protección arancelaria y los créditos subsidiados para la industria, la discriminación contra la agricultura y las exportaciones, los aumentos salariales, el gasto deficitario y la proliferación de organismos estatales de planeación, empleo y beneficencia” (p. 49). Por último están los gobiernos populistas, caracterizados por tener “un dirigente de inspiración magnética, una clientela urbana multiclasista y un programa de invernadero para aumentar la demanda y la producción nacionales” (p. 50). Sin embargo, Drake considera que este tipo de gobiernos han sido muy raros en Latinoamérica, destacando entre ellos: Juan Domingo Perón en Argentina (1946-1955, 1973-1976), el período democrático de Getulio Vargas y sus herederos (1951-1964), Alan García en Perú (1985-1990). Además, considera las variadas facetas de Lázaro Cárdenas en México durante la década de 1930, el Frente Popular chileno previo a la II Guerra Mundial, el MNR boliviano en la década de 1950 y Juan Velasco

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en Perú entre 1968-1975. Como señala el autor, los elementos comunes que resaltan en todos estos gobiernos fueron la alianza policlasista que servía de apoyo y legitimidad, la propuesta “desarrollista” de industrialización del país y una política de redistribución del ingreso para aumentar el consumo interno y el poder adquisitivo de la población. Rabello de Castro y Ronci (1992)31 definen categóricamente al populismo como un modo de comportamiento político que se caracteriza “por el uso de instrumentos económicos y cualesquiera otros medios destinados a producir resultados favorables pronto,

independientemente de su duración porque tales acciones ayudan a adquirir y mantener el poder autoritario” (p. 176). Así pues, estos autores se desprenden de la definición “economicista” del populismo propuesta por Donrnbusch y Edwards (1992) afirmando que el populismo sería algo más que el manejo irresponsable de las finanzas públicas por algún gobierno, va más allá de esto, es algo menos que un sistema político propiamente dicho, aunque representa algo más que mera demagogia. “El populismo es en efecto más que las simples promesas políticas; el dirigente populista intentará cumplir sus promesas efectivamente. Hay dos palabras fundamentales para entender al populismo: inestabilidad y descontento (p. 176). Según este planteamiento, el fenómeno populista requiere de cierto grado de inestabilidad del sistema, en materia económica y/o política, para crear las bases de crecimiento y expansión del mismo. Esto, aunado al descontento de la población, producto de posibles cambios sociales acelerados, estancamientos muy prolongados o distribución desigual de la riqueza, podría fortalecer las condiciones para la aparición del populismo como variante deformada o deficiente de la democracia. En otras palabras, “el descontento sin representación tiende a generar desencanto, y la gente se torna más vulnerable a una solución en el campo de lo mágico. El populismo es un instrumento para regresar la esperanza a quienes se sienten mal representados en la sociedad” (p. 177). Se encuentra en Paúl Bello (1996) una revisión exhaustiva del concepto populismo, en la que luego de mostrar los aportes de autores “clásicos” del tema como Germani (1962), di Tella (1965) y Ianni (1972), se asegura que el populismo, sobre todo en Latinoamérica, presenta rasgos particulares, sobre todo de índole social y política. A diferencia de los populismos

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En: Dornbusch y Edwards (comp). Ob. Cit.

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decimonónicos que eran agrarios en su mayoría, en América Latina el fenómeno se dará principalmente en las grandes ciudades. Es un fenómeno de naturaleza sociopolítica, preponderantemente urbano (…) es una transición en el paso de la sociedad tradicional a la sociedad industrial (…) es tanto una respuesta a la modernización, tanto por parte de los sectores rurales o urbanos marginales de origen rural, como un mecanismo de manipulación para el control de las poblaciones marginales (…) es una respuesta al grado de movilización de las poblaciones marginales, por la revolución de las expectativas, que amenaza con rebasar los canales de expresión y participación (…) es un nuevo modo de articulación entre las tendencias del sistema social y las determinaciones de la dependencia económica, organizando las relaciones de producción cuando crece el mercado interno y se modifican las fuerzas productivas (pp. 53-54). Estas características propias del fenómeno populista llevan a Paúl Bello a resaltar la relación inminente entre la caída del Estado tradicional (oligárquico) y la emergencia del populismo, debido a la acumulación progresiva de fuerzas sociales diversas y contradictorias con relación al establishment, que buscaron como vía de cambio la reforma paulatina del sistema, pero que en muchos casos llegó a manifestarse a través de la violencia. Profundizando en esto, considera los siguientes elementos como las bases para el surgimiento del populismo en la región latinoamericana: a. La reorganización y emergencia de nuevos grupos sociales, sumado a la concentración

urbana y a la caída de la agricultura, lo que producía un aumento de la miseria en el campo. b. El crecimiento del sector terciario de la economía, la aparición de nuevas formas

productivas, la diversificación del aparato administrativo y burocrático del Estado y las presiones internacionales. c. d. La emergencia de la sociedad de masas latinoamericana. Emociones ideológicas nacionalistas que trataban de responder a la crisis entre las

sociedades nacionales y las relaciones de dependencia. La polémica sobre la definición del populismo continuó durante la década de 1990, especialmente en la región latinoamericana. Es por ello que, autores como Sánchez-Parga

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(1998)32 sostienen que el debate sobre la conceptualización del fenómeno se mantiene plenamente vigente en las postrimerías del siglo XX. No es que el populismo y su debate teórico se hayan conceptualmente agotado, ya que siempre fue un concepto en bancarrota. Pero a pesar de su precariedad teórica, explicativa y de comprensión, el populismo se ha vuelto una idea barbitúrico, a la que muchos politólogos (…) se han hecho pertinazmente adictos. Y nacional, tal monopolio ideológico ha dado lugar a que ésta además de poco conocida resulte muy mal entendida (p.150)33. Sobre esta afirmación el autor se suma a la labor de afinar y darle solidez teóricoconceptual al fenómeno populista, labor nada fácil como lo demuestran las distintas posturas y planteamientos expuestos hasta este punto. Es interesante destacar la importancia otorgada por Sánchez-Parga al estudio de la disciplina histórica para darle mayor precisión a la labor de conceptualización del fenómeno populista, de lo contrario, “si abandonamos el registro histórico y nos atenemos a la fenomenología política, casi toda la política sería populista, sobre todo en sus momentos más fuertes e intensos de las campañas electorales” (p. 151). Profundizando en el tema afirma que los ideólogos del populismo suelen quedar cortos en su análisis ya que no explican el fenómeno desde el funcionamiento de un sistema o régimen político, sus estructuras y procesos, sus actores y escenarios, así como los factores socioeconómicos y culturales presentes en ellos. Por esto, limitan sus estudios a una “narrativa y descriptiva de la episódica populista y de la personalidad de su líder” (p. 151). Para Sánchez-Parga gran parte de las investigaciones que se han desarrollado para la comprensión del fenómeno populista están más cercanas a lo que denomina “folklore político” las cuales terminan siendo simple análisis de anécdotas, episodios y frases concretas. En este sentido, atribuye el excesivo uso del término “al uso descriptivo y hasta narrativo, pero también simplificador, al que se prestan tales nociones” (1998: p. 168). Al final de cuentas el autor termina asumiendo como suyos las propuestas teóricas presentadas anteriormente de Touraine (1987) para explicar el fenómeno populista en particular en los países

El trabajo de Sánchez-Parga aparece recopilado en el libro: Burbano de Lara, Felipe (ed.) (1998). El fantasma del populismo. Aproximación a un tema (siempre) actual. Nueva Sociedad, Caracas, pp. 228. 33 El autor al hablar de la “historia política nacional” se refiere a la historia política del Ecuador. Sin embargo, como hemos visto a lo largo de este apartado, numerosos autores concuerdan en resaltar la preeminencia del populismo en la dinámica política de la mayor parte de los países de Latinoamérica (di Tella, 1965; Malloy, 1977; Germani, 1978; Bello, 1996, entre otros). Por esta razón, a pesar de ser reflexiones que remiten al contexto ecuatoriano en particular, pudiesen ser extrapoladas sin mayores temores.

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latinoamericanos, entendido más que como un movimiento social, como una “política nacional popular”. En tiempos recientes, Weyland (1996, 1999, 2001) sigue la postura según la cual la conceptualización del populismo es ambigua y confusa, sobre todo si se pretende estudiar el fenómeno partiendo de perspectivas económicas34, por lo que propone un abordaje del fenómeno desde una perspectiva circunscrita al ámbito de lo político, en la que resaltan dos tendencias principales: una que entiende el populismo como un estilo político, y otra como una estrategia política. La primera hace énfasis en los aspectos expresivos y performativos del fenómeno, en particular su dimensión discursiva y la capacidad que de ésta se desprende para crear nuevas identidades políticas35; por su parte, la segunda perspectiva se centra en los métodos y herramientas para acceder y ejercer el poder, en otras palabras, el enfoque radica en la capacidad de poder demostrada por un líder teniendo en cuanta la base de apoyo de su mandato (2001: p.12). En este sentido, el autor entiende el populismo como una la habilidad de un líder -un individuo- para ejercer el poder teniendo como base un número significativo de seguidores, por lo que su legitimidad emanaría de una masa que le brinda su apoyo. Por esta razón, las concentraciones, las elecciones, los plebiscitos y los estudios de opinión pública son herramientas fundamentales para que el líder populista pueda llevar adelante su gestión de gobierno, en otras palabras, son los espacios e instrumentos idóneos para demostrar lo que Weyland llama power capability, es decir, la capacidad para ejercer el poder de manera efectiva.

La postura asumida por Weyland (1996, 1999, 2001) difiere de la perspectiva asumida por Dornsbusch y Edwards (1992) por ejemplo. Los últimos abordan el estudio del populismo, en particular el populismo latinoamericano, desde una perspectiva macroeconómica para entender la inestabilidad de las economías de la región. En este sentido, afirman que los regímenes populistas han intentado resolver los problemas de desigualdad del ingreso mediante el uso de políticas macroeconómicas demasiado expansivas. Estas políticas, que han recurrido al financiamiento deficitario, a los controles generalizados y a descuidar los equilibrios económicos básicos, han conducido casi inevitablemente a grandes crisis macroeconómicas que han acabado por lesionar a los segmentos más pobres de la sociedad (1992: p. 9). Por su parte, Weyland (1996, 1999, 2001) omite toda vinculación con perspectivas económicas para el estudio del populismo al afirmar que sólo debe ser estudiado desde una lógica eminentemente política que establece una relación poco mediada y cuasidirecta entre un líder y sus seguidores. 35 Como veremos más adelante, las aproximaciones al fenómeno populista por parte de Laclau (2005) y Aboy Carlés (2001) se ubicarían en esta perspectiva. Esta dimensión abarcaría las posibilidades inherentes al populismo para crear nuevas identidades políticas, tema central de nuestro trabajo.

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Considerar al populismo como una estrategia política sustentada en un liderazgo personalista, implica que la vinculación entre el líder y la masa se alcanza de forma directa, es decir, sin ningún tipo de intermediación institucional, o en su defecto, una intermediación mínima. Por ser una relación desinstitucionalizada y fluida la adhesión de los seguidores puede fluctuar de manera considerable en la medida en que el líder sea incapaz de satisfacer las expectativas de aquellos. De lo anterior se desprende que el liderazgo populista, para compensar los vaivenes que puedan desprenderse de la desinstitucionalización sobre la que sustenta su apoyo, el carisma del líder es de vital importancia. En otras palabras, para el autor el nudo gordiano de la estrategia del populismo radica en el vínculo afectivo y emocional que coadyuve a la conexión entre el liderazgo populista y sus seguidores, lo cual se logra a través del carisma36 (p. 13). Por ello, según Weyland (2001), los líderes populistas tienen como objetivo la demostración de su cercanía con la gente común, con el “pueblo”, y si poseen el carisma suficiente, podrían lograr que ellos se identifiquen con él. Este proceso de “identificación” se lograría a través de recurrentes movilizaciones de masas, apariciones en los medios radioeléctricos como la televisión y la radio, donde el líder se dirige a la gente, a ese “pueblo” que pretende representar, para comunicarles que él experimenta la vida bajo sus mismas condiciones, es decir, él sabe lo que vive el “pueblo” porque lo experimenta a diario. Por esta razón, el núcleo de sus promesas gira en torno a la inclusión de ese sector apartado del juego político convencional, al defenderlo de la “oligarquía”, de ese enemigo que históricamente ha

Las reflexiones sobre el carisma en Max Weber forman parte de un estudio más amplio que este autor hace sobre el fenómeno de la dominación, entendida como “la probabilidad de encontrar obediencia dentro de un grupo determinado para mandatos específicos (o para toda clase de mandatos)” (1992: p. 171). Para que toda dominación sea efectiva debe gozar de cierta legitimidad, de lo que se desprenden a su vez tres tipos puros de legitimidad: racional, tradicional y carismática. La dominación carismática “descansa en la entrega extracotidiana a la santidad, heroísmo o ejemplaridad de una persona y a las ordenaciones por ella creadas o reveladas (…) en la autoridad carismática se obedece al caudillo carismáticamente calificado por razones de confianza personal en la revelación, heroicidad o ejemplaridad, dentro del círculo en que la fe en su carisma tiene validez (pp. 172-173). Más adelante, Weber señala que el carisma es de carácter extraordinario y fuera de lo cotidiano, “representando una relación social rigurosamente personal, unida a la validez carismática de cualidades personales y a su corroboración” (p. 197). Bendix (2000), estudioso de la vida y obra de Max Weber, afirma que el líder carismático “es un hombre que reclama obediencia invocando la misión que se siente llamado a cumplir. Sus títulos son válidos si aquellos a quienes pretende guiar reconocen su misión; permanece siendo su jefe mientras pueda probarla y probarse a sí mismo ante ellos. En este caso, legitimidad no tiene nada que ver con elección. El líder es llamado por un poder superior, y no puede rehusarse; quienes lo siguen están atados por un deber de obediencia al líder que posee calificación carismática” (pp. 287-288). De alguna manera, esta es la dinámica que tiene Weyland (2001) en mente cuando afirma que el populismo se caracteriza por una relación cuasidirecta y no mediatizada entre el líder y sus seguidores.

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atentado contra sus intereses, para así transformar el statu quo en beneficio de los intereses y objetivos de la mayoría, del “pueblo”. A pesar de sustentar su conexión con el “pueblo” sobre la base del carisma, el líder populista debe trascender las fluctuaciones que pueden generarse de este tipo de relación, lo que desemboca en un proceso de “rutinización del carisma”37, que permitiría consolidar el soporte de las masas introduciendo elementos de institucionalización, bien sea a través de relaciones partidistas o clientelares. Por esta razón, los líderes populistas suelen apoyarse en movimientos y partidos políticos que promuevan la canalización de su vinculación con el “pueblo” una vez accedido al poder. Sobre este aspecto, Weyland es bastante claro al afirmar que la relación o el vínculo establecido entre el líder y sus seguidores, será de connotaciones populistas en la medida en que el partido tenga bajos niveles de institucionalización para mediar sobre el vínculo establecido. Esto termina por otorgarle al líder las facultades necesarias para manejar la organización según sus intereses, sustentados en una red clientelar que cumplirá el rol de demostrar la preocupación personal del líder por sus seguidores, siendo el canal efectivo para la resolución de los problemas de la población. En este sentido, este proceso difiere de la dinámica establecida por gobiernos que se desmarcan de la lógica del fenómeno populista donde las relaciones son altamente institucionalizadas y la resolución de los problemas de la sociedad dependen del diseño y ejecución de una serie de políticas públicas particulares. Por su parte, Hermet (2003) estudia el populismo desde la perspectiva de sus agentes (los líderes) como de su público (las masas, el “pueblo”) para elaborar una conceptualización sobre el fenómeno considerada sumamente novedosa, ya que introduce la variable de “temporalidad” en la misma. Así pues, los populismos buscarían dar respuestas en el corto plazo a las demandas o exigencias de la población sin importar los costos necesarios para cumplir con ellas, sean de tipo económicos, sociales o políticos.
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Debido al carácter extraordinario de la relación carismática, para que ésta perdure en el tiempo debe apoyarse en una estructura que vaya más allá del puro carisma del líder. En palabras de Weber, la dominación carismática “tiene que variar esencialmente su carácter: se racionaliza (legaliza) o tradicionaliza o ambas cosas en varios aspectos. Los motivos para ello son los siguientes: a) el interés ideal o material de los prosélitos en la persistencia y permanente reanimación de la comunidad; b) el interés ideal más fuerte y el material todavía más intenso del cuadro administrativo; séquito, discípulos, hombres de confianza” (p. 197) que pretenden continuar la relación y hacerla duradera en el tiempo.

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El populismo se define en primera instancia por la temporalidad anti-política de su respuesta presuntamente instantánea frente a problemas o aspiraciones que ninguna acción gubernamental tiene en realidad la facultad de resolver o de colmar de manera súbita. De esta manera, desconoce también la incertidumbre de los resultados que los gobernantes clásicos conocen bien, y que sólo revelan al pueblo cuando ya no pueden esconder esta constante. Su relación con el tiempo político constituye así el núcleo propiamente distintivo del populismo, lo cual no se debe confundir con su otra temporalidad, inscrita por su parte en contextos de crisis de legitimidad de los sistemas representativos favorables a estas manifestaciones. Aunque importante, y aunque esté ligada en general a la confesión de la incertidumbre de los dirigentes normales, esta segunda temporalidad describe las circunstancias del populismo sin dilucidar su esencia (…) Esta temporalidad inmediata, a la vez anti-política y onírica, que ignora la necesidad de “dar tiempo al tiempo” caracteriza al populismo de manera exclusiva o discriminante. Es el elemento que lo diferencia de la democracia la que, a la inversa, se singulariza menos en cuanto a su pretensión de “representar” la soberanía popular, que por sus procedimientos orientados hacia la deliberación, hacia la confrontación de intereses, en resumen, hacia una gestión de los conflictos escalonada en el tiempo (p. 11). La definición anterior pudiera parecer lo suficientemente abstracta como para no entenderla, el autor está consciente de esta observación, por esta razón expone tres puntos que pueden ayudar al lector a comprender de una mejor manera lo que significa el fenómeno populista. Éstos son resumidos de la siguiente manera: a. Tratándose tanto de los emisores, quienes hablan, como de los receptores de su

mensaje, el público, el populismo no rechaza exactamente el principio de representación querido por la democracia. Lo simplifica, le da una tonalidad emocional, rechazando las mediaciones complicadas, sin la obligación de que un tribuno providencial exprese la voz del pueblo en esta perspectiva. Este rol puede asumirlo un movimiento, un partido o un régimen de gobierno. Este estilo de representación reviste una connotación autoritaria poco apreciada en nuestros días, no se reduce a esta dimensión. En todo caso, el autoritarismo populista no recurre a los acentos imperiosos; es suave, casi afectuoso frente a la fracción del pueblo que lo sigue; por añadidura, raramente belicista, aunque se revele a menudo nacionalista o patriótico (Hermet, ídem, p. 12). b. Es de la multiplicidad y de la flexibilidad de sus registros de interpelación al “pueblo”

y de sus actitudes frente al Estado que el populismo saca una ventaja comparativa frente a otros estilos políticos, tanto como el odio que despierta. Los populistas suelen ser tramposos, llegando a de tres pueblos distintos o bien de los tres a la vez, según el momento, uno nacional

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y unificador que trasciende las clases sociales, otro plebeyo, y el último más o menos étnico (ídem). c. El compromiso populista asume rasgos paradójicos, algunos negativos y otros

curiosamente ejemplares. Por una parte, siendo un fenómeno histórico al igual que las otras corrientes políticas, el populismo no se enmarca como ellos en la continuidad de una tradición de compromiso ideológico o militante en la medida en que sólo se desarrolla de forma episódica o cíclica. El populismo no se transmite de una generación a otra, salvo sin duda en América Latina. Pero por otro lado, este compromiso en general sin tradición descansa en una convicción tanto más significativa entre sus adeptos, cuanto que casi siempre es el objeto de una reprobación marcada por parte del medio circundante (ídem). En tiempos recientes Canovan (2002, 2004) ha mantenido su línea de trabajo en torno a la definición y caracterización del populismo como fenómeno eminentemente político. Esta autora señala la “mala reputación” de la que ha gozado el fenómeno populista en el marco de la ciencia política. Propone cuatro aspectos que deben ser considerados en los tiempos actuales para investigaciones concernientes al populismo: 1. Cuestiones metodológicas involucradas en la identificación del fenómeno populista:

los primeros autores que se aproximaron al estudio del populismo abordaron el fenómeno desde una perspectiva económica, específicamente la base socioeconómica del mismo. En la actualidad la investigación sobre el tema ha estado centrada en el discurso populista, entendida como una construcción retórica que apela a un “pueblo”. Por otro lado, el término populista se ha usado para referirse a una política confrontacional que moviliza a los sectores desfavorecidos en contra del establishment. La cuestión es si el populismo ha apelado por el “pueblo”, ¿cuál es la relación de éste con la democracia? 2. Cuestiones que tienen que ver con la relación entre populismo y democracia. La

democracia, como fenómeno social y político, se sustenta en dos principios que pueden contraponerse entre sí: por un lado, una visión liberal preocupada por los derechos individuales y el imperio de la ley, cuestiones éstas que quedan plasmadas en un Estado de Derecho y una constitución escrita; por el otro, una visión más “populista/democrática” que apela al bienestar del colectivo y promueve la participación directa a través de distintos

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mecanismos38. Sin embargo, la complejidad de la relación entre la democracia y el fenómeno populista es tal, que la dicotomía presentada es insuficiente por lo que debe abordarse desde distintas perspectivas39. 3. La posibilidad de discernir una postura ideológica propiamente populista. Se plantea

una brecha en el espectro ideológico que puede ser llenada por la creencia en el “progreso” y el vanguardismo intelectual que lo acompaña40. 4. Cuestiones relacionadas con las ambigüedades del concepto central del populismo, el

“pueblo”. Como señala la autora, el concepto ha abordado distintas aproximaciones al momento de construir identidades políticas que deben ser precisadas para entender el sentido otorgado al término. Esto se debe a la raíz latina del término “pueblo”, populus, de la que se desprenden tres sentidos básicos: “pueblo” como “soberano”, como “nación” y como la “gente común” que se opone a la “élite dirigente”. Ahora bien, autores como Ernesto Laclau (2005a), en un intento por acercarse a una conceptualización del fenómeno populista que se desmarque de la tendencia histórica que lo ha considerado como algo desdeñable, afirma que no busca encontrar el verdadero “concepto”

En la teoría democrática estas dos visiones sobre la democracia han sido definidas como componentes de una “democracia procedimental” por un lado, y una “democracia sustantiva” por el otro. La primera alude que la democracia es una forma de gobernar caracterizada por la puesta en marcha de una serie de procedimientos o “reglas de juego” que permiten la coexistencia pacífica de una población determinada, es decir, vela por estos procedimientos pero no se preocupa por los resultados que los mismos puedan generar, en palabras de Quiroga (2001) “esta concepción prefiere que la democracia sea delimitada formalmente y no sobre la base de promesas sustantivas que luego no podrá cumplir” (p. 237). La segunda afirma que la democracia no se agota con los procedimientos ya que la misma debe garantizar ciertos resultados que coadyuven a la consolidación del “bien común”. Como afirma el autor, la concepción sustantiva plantea que “la legitimidad de la democracia depende también del cumplimiento de ciertos valores sociales. No es posible concebirla sin un núcleo de valores compartidos para la sociedad que dan sentido de unidad al orden político” (p. 238). 39 Canovan (2004) plantea que por un lado, se asume la democracia como una distinción entre la política del escepticismo y la política de fe, con un rostro claramente pragmático y redentor. Por otro lado, los mecanismos utilizados por la democracia para darle “poder” al “pueblo” no son lo suficientemente claros para determinar sí efectivamente el “pueblo” está ejerciendo su soberanía. En este sentido, desde la diversificación social producto de la irrupción de la sociedad de masas, el hecho de hacer inteligible el fenómeno político a una población determinada se ha debido a una operación de carácter ideológico, o más bien a la construcción de una estructura conceptual que provee de un referente centrado en la “soberanía popular” y en las expectativas de cumplir con su voluntad, cuestión que rara vez la democracia cumple cabalmente. Esto ha llevado a los líderes populistas a afirmar que la insatisfacción de numerosos sectores de la población que han visto sus demandas incumplidas se debe en buena medida a que el establishment ha actuado en su contra. La paradoja radica en que a pesar de las demandas de los líderes populistas, la democracia en sociedades modernas y complejas solo puede canalizar los intereses de la población a través de procedimientos y canales institucionales (p. 245). 40 Como señala la autora (Canovan, 2004), todas las ideologías políticas modernas plantean algún tipo de liberación que se alcanzará de manera progresiva, gracias a aquellas líderes que van a la vanguardia mostrando el camino a seguir para la construcción de un orden social cualitativamente superior al vigente (pp. 245-246).

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del populismo sino “mostrar que (…) no tiene ninguna unidad referencial porque no está atribuido a un fenómeno delimitable, sino a una lógica social cuyos efectos atraviesan una variedad de fenómenos (…) es simplemente, un modo de construir lo político” (p. 11). El populismo, en sus formas clásicas, presupone una comunidad mayor, por lo que las lógicas equivalenciales van a atravesar grupos sociales nuevos y más heterogéneos. Esta ampliación, sin embargo, va a mostrar más claramente algunos rasgos pertenecientes a esas lógicas que las movilizaciones más restringidas tendían a ocultar. Volvamos así a la distinción entre demandas democráticas y populares (…) Las últimas (…) presuponen, para su constitución, la equivalencia de una pluralidad de demandas (p. 103). Esto llevará al autor a considerar al populismo desde la articulación de demandas populares diversos a través de la lógica de las equivalencias, acción que de ser concretada satisfactoriamente permitiría la irrupción del “pueblo”41. Por esta razón, Laclau plantea que el mencionado “pueblo” aparecerá sólo cuando pueda plantearse una división contrapuesta y encontrada de dos “bandos” en una sociedad, es decir, requiere de una división dicotómica de la sociedad donde existan dos bandos enfrentados, y donde uno de ellos pretenda reclamar ser el todo. El bando que pretenda representar la totalidad del campo social es aquel que se identificará como el “pueblo”, y para construir su identidad debería “partir de la equivalencia de una pluralidad de demandas sociales” (p. 110)42.

Para que se produzca la equivalencia de las demandas populares, éstas deben ser literalmente “vaciadas” de sus contenidos particulares para poder articularse en una demanda de carácter global. Esto es lo que Laclau (2005) ha desarrollado como “significantes vacíos”, y cuando se refiere a ellos afirma que “queremos decir (…) que existe un punto, dentro del sistema de significación, que es constitutivamente irrepresentable; que, en ese sentido, permanece vacío, pero es un vacío que puede ser significado porque es un vacío dentro de la significación” (p. 136). Por esta razón considera que el “análisis de las identidades populares como significantes vacíos nos permite mostrar que la alternativa exclusiva plenitud/vacuidad es espuria: como hemos visto, la identidad popular expresa/constituye -a través de la equivalencia de una pluralidad de demandas insatisfechas- la plenitud de la comunidad que es negada y, como tal, permanece inalcanzable; una plenitud vacía, si se quiere” (p. 137). 42 Sobre la distinción entre demandas democráticas y demandas populares, Laclau dice lo siguiente: “A una demanda que, satisfecha o no, permanece aislada, la denominaremos demanda democrática. A la pluralidad de demandas que, a través de su articulación equivalencial, constituye una subjetividad social más amplia, las denominaremos demandas populares” (p. 99). Más adelante, este autor señala “tenemos dos formas de construcción de lo social: o bien mediante la afirmación de la particularidad -en nuestro caso, un particularismo de las demandas-, cuyos únicos lazos con otras particularidades son de naturaleza diferencial (como hemos visto: sin términos positivos, solo diferencias), o bien mediante una claudicación parcial de la particularidad, destacando lo que todas las particularidades tienen, equivalentemente, en común. La segunda manera de construcción de lo social implica el trazado de una frontera antagónica; la primera, no. A la primera manera de construcción de lo social la hemos denominado lógica de la diferencia, y a la segunda, lógica de la equivalencia (…) Una de las precondiciones para el surgimiento del populismo es la expansión de la lógica de la equivalencia a expensas de la lógica de la diferencia” (pp. 103-104).

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Siguiendo a este autor, la construcción de esa identidad global sería es el objetivo último del populismo, que no es otra cosa que la creación de un “pueblo”, entendido como esa parcialidad que busca reclamar la representación de la totalidad de una sociedad específica. El “pueblo” (…) es algo menos que la totalidad de los miembros de la comunidad: es un componente parcial que aspira, sin embargo, a ser concebido como la única totalidad legítima. La terminología tradicional -que ha sido traducida al lenguaje común- ya aclara esta diferencia: el pueblo puede ser concebido como populus -el cuerpo de todos los ciudadanos-, o como plebs -los menos privilegiados- (…) A fin de concebir al “pueblo” del populismo necesitamos algo más: necesitamos una plebs que reclame ser el único populus legítimo -es decir, una parcialidad que quiera funcionar como la totalidad de la comunidad (2005a, pp. 108-109). En este sentido, Laclau es claro al afirmar que el “pueblo” no será considerado tal hasta que reclame para sí la totalidad de la comunidad que pretende representar, cuestión que se alcanzaría en el momento que se articulen las demandas populares en una “cadena equivalencial”, proceso que requiere dejar de lado las particularidades y especificidades de las demandas de los distintos sectores que componen determinada sociedad para poder ser agrupadas “equivalentemente” en un todo que les sea común. El “pueblo”, lejos de tener la naturaleza homogénea que uno atribuiría a actores puros de clase (si éstos son definidos por su localización precisa dentro de las relaciones de producción), es concebido como la articulación de una pluralidad de puntos de ruptura (…) Tenemos aquí las dos dimensiones que mencionábamos antes: por un lado, el intento de ruptura con el statu quo, con el orden institucional precedente; por el otro, el esfuerzo pro constituir un orden allí donde había anomia y dislocación43. Así, la cadena equivalencial juega necesariamente un doble rol: hace posible el surgimiento del particularismo de las demandas, pero, al mismo tiempo, las subordina a sí misma como una superficie de inscripción necesaria44 (pp. 155-156). Las distintas aproximaciones al fenómeno populista expuestas hasta este punto, reafirman lo dicho al principio del apartado, es decir, que abordar la conceptualización del populismo en el marco de la ciencia política es una labor sumamente compleja. Como hemos visto, algunos autores estudian el fenómeno desde una perspectiva eminentemente política, tal
Así pues, se tiene que para Laclau (2005) uno de los elementos fundamentales para la construcción del “pueblo” es la capacidad de oponerse al orden establecido, es decir el statu-quo, y la pretensión de construir un nuevo orden social que incorpore a estos “sectores marginados” de la vida pública. En relación con este aspecto, Laclau coincide con los autores “clásicos” que han trabajado el fenómeno populista, entre ellos di Tella (1965), Wiles (1970), Malloy (1977), Germani (1978), Rey (1980), entre otros. 44 Sobre las particularidades de la lógica de la diferencia y la lógica de la equivalencia se ahondará en detalle en el apartado 1.1.2 del presente capítulo titulado “El ‘pueblo’ como objetivo de la praxis política”, al igual que en el capítulo 3 titulado “Creación de identidades y populismo.
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es el caso de Weyland (1996, 1999, 2001), otros prefieren buscar las raíces sociales del mismo como en el caso de Stewart (1970); por su parte, autores como Dornsbusch y Edwards (1992) lo delimitan a partir la políticas macroeconómicas puestas en marcha por algunos gobiernos latinoamericanos considerados populistas, en cambio algunos autores como Laclau (2005) que entienden el fenómeno populista como una lógica o forma de hacer política basada en una práctica interpelatoria discursiva, que apunta a la construcción de un “pueblo”, más que como un movimiento, un partido político, un gobierno, etc. Finalmente, otros llegan a delimitarlo geográficamente al afirmar que el populismo es un fenómeno latinoamericano por excelencia, perspectiva planteada por Malloy (1977) y Paúl Bello (1996). Esta investigación parte de la idea de que todas las aproximaciones conceptuales presentadas hasta los momentos poseen elementos explicativos importantes a la hora de abordar el estudio del populismo en los tiempos actuales. Por esta razón, no se hará preferencia categórica por alguna de ellas en particular, sino que se entenderá al populismo desde una perspectiva holística y amplia. 1.1.1 Contextualización histórica del populismo El apartado anterior ha permitido revisar de manera exhaustiva las distintas aproximaciones teóricas y el tratamiento que se le ha dado en la literatura especializada al fenómeno populista en general, y al concepto del populismo en particular. Se considera necesario ubicar al fenómeno populista en el tiempo y en el espacio para así entender las razones del surgimiento del mismo en diversos países a lo largo de las últimas décadas. Al rastrear los orígenes del populismo como fenómeno eminentemente social, económico y político, éstos pueden detectarse en dos países profundamente desiguales entre sí, pero en los que emergió el fenómeno con sus propias particularidades, como lo fueron los Estados Unidos de América (EUA) y la Rusia de finales de siglo XIX. a) Estados Unidos de América: En el caso de los EUA, Hofstadter (1970)45 señala que el “carácter del populismo norteamericano deriva en parte de la tradición de radicalismo empresarial en este país” (p. 15), al no haber una clase campesina propiamente dicha en el país “el radicalismo (…) extrajo gran parte de su fuerza de los heréticos hombres de negocios, los
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El trabajo de Hofstadter titulado simplemente Estados Unidos, forma parte de la compilación realizada por Ionescu y Gellner (1970). Ob. cit.

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empresarios aldeanos y los pequeños capitalistas de los pueblos” (p. 15). Sin embargo, el radicalismo empresarial norteamericano sentó sus bases sobre las condiciones de la vida rural en gran parte debido al proceso de industrialización tardía que experimentó el país, concretamente “la población empleada en la industria no igualó a la que trabajaba en los campos hasta fines del siglo XIX, y debió llegarse al siglo XX para que la población urbana excediera a la rural” (p. 16). Como señala Canovan (1981) El “Partido del Pueblo” norteamericano reclamó para sí la capacidad de “hablar por el ‘pueblo’, por la ‘gente común’ de América” (p. 51), elemento que puede constatarse en los discursos presentados en las campañas que desarrollaron en esos años en las que manejaban la idea de una lucha entre el “pueblo” por un lado y unos pocos millonarios por el otro. Es interesante observar como “los populistas no percibían su movimiento como algo rural o limitado a los intereses de grupos sectoriales, sino como una revuelta de todos los trabajadores honestos” (p. 52), lo que se tradujo en apoyo e identificación no sólo con el campesinado sino también con los trabajadores de las fábricas. Los populistas estadounidenses no sólo veían en los millonarios a su “enemigo”, además acentuaban el hecho de que el sistema monetario impersonal era el verdadero opresor. Como el sistema monetario impersonal era el principal músculo financiero del país, los populistas consideraban que se estaban enfrentado al establishment, es decir, al statu quo que los había relegado a una condición de marginalidad que debía ser cambiada. La autora destaca en este punto que los populistas razonaban de la siguiente manera: Los granjeros aislados y los trabajadores estaban indefensos ante el sistema, pero al unirse y ejercer el poder político, podían cambiar la situación. Uno de los elementos más destacados de su punto de vista era la fe en las potencialidades del “gobierno del pueblo” y su buena voluntad para aumentar el poder federal (Canovan 1981: p. 52). Sobre la ideología del populismo norteamericano, señala Canovan (1981) que la misma se expresó en el “reclamo por hablar por el ‘pueblo’ como un todo apartando a los poderosamente ricos, el acento en la opresión del sistema, y la fe en el ‘gobierno del pueblo’” (p. 53). A pesar de reclamar para sí la representación del “pueblo” en su totalidad, el “Partido del Pueblo” tuvo logros poco significativos en la política norteamericana y el movimiento populista declinó paulatinamente con la llegada del siglo XX. Entre las razones que explican este hecho se señalan la incapacidad de los populistas para materializar su discurso y

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representar al “pueblo” en su totalidad, antes bien llegaron a ser un agregado de grupos minoritarios. El discurso fue poco efectivo porque estuvo descontextualizado de la compleja realidad del país, al querer contraponer a “trabajadores” y “parásitos” mediante la división dicotómica característica del discurso populista, supuso una simplificación tal que tuvo poco impacto en la sociedad estadounidense. Además, la construcción del “pueblo”46 como un todo fue sumamente complicada debido al uso del elemento racial y étnico, lo que generó enfrentamientos entre los distintos grupos que formaban parte del movimiento populista. Como destaca Canovan sobre este punto los populistas de otros tiempos han apelado a una definición del ‘pueblo’ sobre una base eminentemente étnica antes que económica (p. 56). b) Rusia: Ahora bien, el caso del populismo ruso se asemeja al norteamericano exclusivamente en su carácter de radicalismo agrario, sin embargo, vale la pena revisarlo en detalle para profundizar en sus propias particularidades. Esta labor es asumida ampliamente por Walicki (1970)47, quien profundiza en los aspectos del narodnichestvo48 o populismo ruso clásico. No fue únicamente una reacción al desarrollo del capitalismo dentro de Rusia, sino también fuera del país (…) No fue solamente una ideología de los pequeños productores, sino la primera expresión ideológica de los rasgos específicos del desarrollo socioeconómico de los “recién llegados”, los países agrarios atrasados, cuyos procesos de modernización se llevan a cabo en las condiciones creadas por la coexistencia de los estados capitalistas altamente industrializados (…) Fue una de las primeras tentativas de explicar en forma teórica las características peculiares del atraso económico (pp. 117-118). La construcción y coherencia interna de la ideología del populismo ruso estuvo a cargo de una serie de intelectuales que, como señala Worsley (1970), desarrollaron una crítica profunda, unas más acertadas que otras, contra el establishment, la monarquía zarista. Entre este grupo de intelectuales destacan Tolstoy, Herzen, Chernishevski, Pléjanov, Bakunin, entre
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Como se presentó en el apartado anterior, Laclau (2005) considera que la tarea principal del populismo recae en la construcción de un “pueblo”, y su éxito dependerá de si cumple satisfactoriamente o no la misma. En este sentido, se recomienda la revisión de los aportes del autor en el mencionado apartado así como en el capítulo 3 de la presente investigación. 47 El trabajo de Walicki titulado Rusia, forma parte de la compilación realizada por Ionescu y Gellner (1970). Ob. cit. 48 Como señala Worsley (1970) entre las características principales del narodnichestvo ruso se destaca el hecho de que “fue en lo fundamental un movimiento de intelectuales; soñaba con una nueva sociedad basada en el mir revitalizado (comunidad aldeana); fue antizarista, anticapitalista y revolucionario. Desde el punto de vista organizacional, aparte de su ‘acercamiento a los campesinos’ en el ‘insensato verano’ de 1874, sus manifestaciones más importantes fueron el movimiento Zemliá i Volia y el subsiguiente terrorismo del Narodnaya Volia, cuyo mayor éxito consistió en el asesinato del zar Alejandro IV en 1881” (pp. 267-268).

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otros. Como afirma Walicki el narodnichestvo fue una respuesta tanto al capitalismo como al socialismo, es decir, no fue solo una reacción rusa frente al capitalismo de occidente “sino además (…) una respuesta rusa al socialismo occidental: la reacción de la intelectualidad democrática de un país campesino atrasado en una fase primitiva de desarrollo capitalista” (p. 118). Por lo visto hasta los momentos, el lector puede percatarse que a pesar de que las expresiones populistas norteamericanas y rusas entran en la categoría de populismos agrarios (Canovan, 1981: p. 13), existen una serie de diferencias fundamentales entre ellos. El Cuadro 1 sintetiza estas diferencias:
Cuadro 1 Diferencias entre los populismos norteamericanos y rusos Variable Pertenencia masiva de granjeros/campesinos Conducción a cargo de los intelectuales Sistema comunitario de tenencia de la tierra Sí No No Norteamérica No Sí Sí Rusia

Fuente: Worsley, Peter (1970). El concepto de populismo. En: Ionescu y Gellner (comp.). Populismo. Sus significados y características nacionales, Amorrortu Editores, p. 298.

c) El fascismo y el nacionalsocialismo, Italia y Alemania: En la Europa del siglo XX, las experiencias del fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán pueden ser consideradas como movimientos -y luego gobiernos- con un profundo arraigo populista debido en parte a la retórica utilizada por los mismos. Sin embargo, entender el carácter populista de estos gobiernos requiere profundizar en primer lugar sobre el término fascista y lo que éste significa. Payne (1982) señalan que “para llegar a una definición por criterios aplicable a todos los movimientos fascistas de entreguerras strictu sensu, parece oportuno identificar: a) las negaciones fascistas; los puntos comunes en materia de ideología y objetivos; y c) las características especiales comunes de estilo y organización” (p. 12)

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Por esta razón, fascistas pueden ser considerados aquellos movimientos y gobiernos en los que se puede identificar claramente las siguientes características49: a)    Las Negaciones fascistas: Antiliberalismo. Anticomunismo. Anticonservadurismo (a pesar de las alianzas temporales que realizaron los

movimientos fascistas con grupos de derecha para llegar al poder). b)   Ideología y objetivos: Creación de un nuevo Estado nacionalista autoritario. Organización de una nueva estructura económica nacional integrada, regulada y llamada nacionalcorporativa, nacionalsocialista o nacionalsindicalista

pluriclasista,

dependiendo del caso.   Cambio radical en la relación de la nación con otras potencias. Partidarios de un cuerpo ideológico voluntarista, que implica una tentativa de realizar

una nueva forma de cultura secular, moderna y autodeterminada. c)  Estilo y organización: Relevancia de la estructura estética de los mítines, los símbolos y la coreografía

política, haciendo énfasis en los aspectos románticos y místicos.  Tentativa de movilización de las masas, con militarización de las relaciones y el estilo

políticos y con el objetivo de una milicia de masas del partido dominante.   Evaluación legítima del uso de la violencia, o disposición al uso de ésta. Insistencia recurrente del principio y la dominación masculina, así como la visión

orgánica de la sociedad.  Exaltación de la juventud como grupo social, haciendo énfasis en el conflicto

intergeneracional al momento de hacer la transformación política inicial.

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Tomado de Payne (1982: p. 13).

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Tendencia específica a un estilo de mando personal, autoritario y carismático. El listado de características presentado demuestra el arraigo populista que tuvieron los

movimientos fascistas de la Europa de comienzos y mediados del siglo XX, particularmente en Italia y Alemania. Allí estos movimientos lograron acceder al poder político e impulsar una serie de transformaciones sociales apelando a una ideología de carácter mítico que miraba al pasado “glorioso” del “pueblo” en estos países. En el caso italiano ésta era plasmada en una idealización del Imperio romano y sus políticas de expansión y conquista, para lograr la captación de intereses y la movilización de grandes sectores de la sociedad italiana en torno a una identidad común. En el caso alemán, siempre bajo un fuerte racismo, el

nacionalsocialismo apelaba a la exaltación de las aventuras y los vaivenes del “pueblo ario” -el “paganismo germano”-, entendiéndolo como la raza superior que debía expandir su dominación por toda la tierra. Esta es una de las razones por las cuales se ha señalado que el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán sustentaron sus gobiernos y buscaron la legitimidad de los mismos, a través del uso de una ideología de carácter “mítico” en la que convergieron “la existencia conflictiva de la especie, vinculados al miedo, a la búsqueda de identidad, a la sumisión a la autoridad y al ansia de autoridad, e igualmente al deseo de hallar un significado en medio de ese mundo desprovisto de dioses” (Romero, 2004; p. 29). Aunado a esto, el fascismo reivindica “el nacionalismo, rechaza el individualismo liberal y el materialsmo marxista, aspira a la integración de todas las clases y propone un cambio radical en lo político, preservando no obstante un esquema de producción capitalista bajo tutela del Estado (Romero, 2004; pp. 38-39). Así pues, a través del proceso de exaltación de una especie de pasado “mítico” y “glorioso”, los fascismos en Europa lograron captar y movilizar a los sectores olvidados y/o marginados por el orden político imperante. Parte de su éxito pudo haberse debido al hecho de que “reclutaran a sus miembros en esta masa de personas aparentemente indiferentes, a quienes todos los demás partidos habían renunciado por considerarlas demasiado apáticas o demasiado estúpidas, para merecer su atención” (Arendt, 2002; p. 490)50.
Partiendo de los aporte de la psicología social, en particular el trabajo de LeBon “Psicología de las multitudes”, Arendt considera que las masas “no se mantienen unidas por la conciencia de un interés común y carecen de esa clase específica de diferenciación que se expresa en objetivos limitados y obtenibles” (2002; p. 489). La reflexión
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Para concluir, es importante recoger las reflexiones de Ionescu (1970)51 sobre los paralelismos entre el fascismo y el populismo, ya que como se verá más adelante, en Latinoamérica, las primeras experiencias de gobiernos considerados como populistas -particularmente el primer gobierno de Perón en Argentina y el de Vargas en Brasil-, presentaron una clara impronta de los fascismos europeos, en particular el italiano. Así pues, este autor afirma que ambos movimientos políticos resaltaban el rol fundamental que debía cumplir el Estado para encauzar el desarrollo de las sociedades, es decir, los fascistas en Europa al igual que los populistas en Latinoamérica apelaban al reforzamiento de la imagen de un Estado fuerte que pudiese impulsar los cambios sociales a la vez que neutralizaba a los enemigos del “pueblo”. Al igual que los populistas, suscitaron la imagen de un estado fuerte y servicial, que proscribiría y eliminaría del sano organismo social a los explotadores y a los obstructores (los terratenientes y burgueses, según una de las perspectivas; los judíos y extranjeros, según la otra), y luego reuniría todos los recursos y fuerzas disponibles para la construcción de las nuevas estructuras, modernas pero autóctonas (p. 148).

d) Latinoamérica: Ahora bien, queda ahondar en los orígenes del fenómeno populista en Latinoamérica, labor que se hará de manera muy sucinta ya que será desarrollada exhaustivamente en el capítulo 2 de esta investigación. En este sentido, cabe destacar los aportes de Drake (1992) en los que destaca las tres etapas por las que ha transitado el populismo latinoamericano: inicial, clásico y tardío. La etapa inicial se refiere a la irrupción de los primeros líderes populistas52 que aparecieron a principios del siglo XX en los países más prósperos del continente, donde a “medida que las tensiones del crecimiento urbano minaban la hegemonía de la clase alta, los precursores populistas protestaron contra la atención insuficiente del Estado para las élites descontentas, las clases medias emergentes y, en menor medida, los grupos laborales

realizada por esta autora se acerca considerablemente a la que ha venido promoviendo Laclau en los últimos años, para quien el “pueblo” se construye a través del proceso de “vaciar” las demandas particulares de algunos sectores de una sociedad específica, para aglutinarlos en un todo que les sea común. Este proceso es el que Laclau (2005) ha definido como la “lógica de las equivalencias” y es el que coadyuva en última instancia a la construcción de un “pueblo”. 51 En Ionescu y Gellner. Ob. Cit. 52 Destacan entre éstos: Arturo Alessandri en Chile e Hipólito Irigoyen en Argentina.

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incipientes” (Drake, 1992: p. 51). Lo que estos líderes planteaban, más que revoluciones y cambios drásticos del sistema político, “eran reformas liberales para abrir los sistemas políticos aristocráticos a la mayor participación de los pocos instruidos” (p. 51), ensanchando así la base del electorado con sectores de la sociedad que simpatizaban con este proceso de apertura (Conniff, 1999a: p. 10). El populismo en su fase inicial apareció como respuesta a las crisis económicas experimentadas por los países latinoamericanos que, a principios de siglo XX, vivían de economías que exportaban materia prima a los países desarrollados. Esta irrupción se produjo en gran medida por las perturbaciones que experimentó el comercio internacional luego de la Primera Guerra Mundial, la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Así pues, el orden social que promovía el Estado tradicional (u oligárquico) afronto sendas crisis no solo coyunturales sino también estructurales, lo que mermó considerablemente su legitimidad. Bajo este panorama, el populismo respondió con una política de industrilización acelerada, programas económicos de crecimiento que buscaron expandir la demanda y el consumo interno (“sustitución de importaciones”), reconocimiento de derechos ciudadanos a los trabajadores y demás sectores excluidos del sistema político, etc. La etapa clásica del populismo es ubicada entre los años treinta y sesenta del siglo XX, y a diferencia de sus predecesores estos líderes en ésta época apelaban a un sector específico de la sociedad, la naciente clase trabajadora conformada por los obreros industriales y los campesinos que habían migrado a las principales ciudades en busca de mejores oportunidades53. El contenido programático de los mismos, con claras inspiraciones socialistas “conducían principalmente a promover la industria y el bienestar urbano por un Estado capitalista. Recurrían a los dirigentes renegados de la élite y a la cooperación de los industriales, los intelectuales y la clase media” (Drake, 1992: p. 52). En esta fase los populistas “movilizaron, legalizaron e incorporaron a ciertos grupos de clase baja antes marginados (…) mientras que continuaron excluyendo a otros (en particular a los campesinos) (…) tuvieron gran éxito cuando las etapas de crecimiento generaron superávit temporales luego de algunos períodos de recesión y austeridad” (p. 52).

Juan Domingo Perón en Argentina, Getulio Vargas en Brasil, Rómulo Betancourt en Venezuela, son solo algunos de los ejemplos de los liderazgos característicos del populismo clásico.

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Luego del cenit experimentado por el populismo clásico a mediados del siglo XX, éste fue desvaneciéndose en los países del continente por diversas razones. Destacan el agotamiento del modelo “cepalista” de sustitución de importaciones de bienes de consumo manufacturados, el triunfo de la revolución cubana que demostraba para algunos que las políticas de cambio podían impulsarse de manera drástica y violenta -a diferencia del reformismo promulgado por el populismo- (Conniff, 1999a: p. 12), el argumento de los grupos privilegiados -entre ellos los militares- que cayeron en cuenta que los costos de inclusión de las masas en la vida política del país superaban los costos de su exclusión, lo que se tradujo en el ascenso al poder de cruentas dictaduras militares en los países latinoamericanos en las décadas siguientes, entre otros. A partir de los años setenta y ochenta emergieron los populismos tardíos, en los que líderes54 se encontraron con sociedades altamente diversificadas que dificultaban la creación de las antiguas alianzas policlasistas debido a los múltiples intereses que cohabitaban en el entramado social. Drake (1992) señala que “la red de intrincados intereses y demandas se había tornado demasiado compleja, el Estado demasiado embrollado y abrumado, la economía demasiado ineficiente, la inflación demasiado enconada (…) el populismo se hizo menos viable como fórmula de gobierno, aunque continuara favoreciendo como un instrumento electoral” (p. 52). En este punto es importante recordarle al lector que dada la fecha en la que Drake realiza sus análisis (1992), por razones obvias de temporalidad no pudo incorporar a su estudio de las fases históricas del fenómeno populista un tipo de configuración novedosa que irrumpió en Latinoamérica a finales de la década de los ochenta y principios de la década de los noventa, conocida en la literatura especializada como neopopulismo55.

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Luis Echeverría en México, el segundo mandato de Juan Domingo Perón en la Argentina de los setenta, Alan García en el Perú de los ochenta, entre otros, destacan entre los líderes del populismo tardío. 55 El uso del término neopopulismo ha generado innumerables controversias en el campo de la ciencia política, sin embargo, el fenómeno ha sido ampliamente estudiado y se puede afirmar que existe un relativo consenso sobre el fenómeno y sus las características. Para Conniff (2003) se añade el prefijo “neo” al populismo “porque había renacido y porque tenía algunas características nuevas que lo distinguían del fenómeno clásico (…) Los neopopulistas abandonaron el intervencionismo económico del Estado para seguir la nueva onda del neoliberalismo. Además, (…) eran aún más enfáticos en denunciar los partidos políticos que sus antecesores. Y los neopopulistas estaban dispuestos a abandonar ciertos sectores que habían sido cruciales para los antecedentes clásicos, como por ejemplo los sindicatos y los magnates de la industria. Finalmente, encontramos en el discurso populista menos énfasis en la cultura popular” (p. 32). Otros autores, como Burbano de Lara (1998) consideran que el retorno del populismo, sobre todo en Latinoamérica, ha estado asociado al “regreso del líder” entendido

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En estos años Latinoamérica presenció el ascenso al poder presidencial de parte de Fernando Collor de Melo en Brasil, Carlos Menem en Argentina, Alberto Fujimori en Perú, Abdalá Bucaram en Ecuador, entre otros. Dada las características de los movimientos políticos que representaban, así como el fuerte carisma personal de estos líderes, su relación con las masas y la invocación del “pueblo” como elemento central de sus políticas, todo conllevó a que los especialistas consideraran que estábamos ante el inminente regreso del populismo en la región. A pesar de las semejanzas funcionales con las tipologías del llamado “populismo clásico” (el de Perón en Argentina y Vargas en Brasil por ejemplo), sobre todo en lo que a la importancia del líder y su forma de relacionarse con las masas se refería, al sentimiento nacionalista que invocaban, las campañas políticas de masa y las promesas de reforma, estos movimientos se diferenciaron de aquellos modelos originarios en las políticas y programas económicos que aplicaron, una vez que ejercieron funciones de gobierno. Por esta razón, suerte de imbricación entre los populismos anteriores y un uso de políticas liberales en materia económica mas una deliberada proyección de imagen con nuevos elementos mediáticos, se habló de la eclosión de un populismo de nuevo cuño o neopopulismo, para diferenciarlo del populismo clásico que había surgido en Latinoamérica a mediados del siglo XX. Si bien el fenómeno neopopulista será tratado con mayor exhaustividad más adelante en el presente capítulo, cabe destacar brevemente sus principales características, sobre todo por el impacto que ha tenido el fenómeno en América Latina: 1. Abandono del intervensionismo económico del Estado para plegarse a políticas

heterodoxas de corte neoliberal según fueron dictadas por diversos organismos multilaterales. Atrás quedaron el corporativismo y la estrategia de industrialización por sustitución de importaciones (política de desarrollo cepalista de “crecimiento hacia adentro”). 2. Los nuevos líderes eran considerados outsiders de la política y esta supuesta

ingenuidad era su mayor aval y ventaja. Representaban la opción antisistema, contraria al establishment social, económico y político, por lo que la denuncia de las élites y los partidos

esto como “la aparición de una forma de liderazgo político (…) cuyo significado no es claro. En los esfuerzos por explicar estos nuevos liderazgos, las referencias al populismo clásico (…) se han vuelto inevitables (…) Lo viejo, lo clásico parece aludir a la importancia del líder y a su forma de relacionarse con las masas, mientras lo nuevo al tipo de políticas y programas que ponen a andar una vez instalados en el gobierno” (pp. 9-10).

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políticos tradicionales como actores responsables de la crisis se dio de manera enfática y recurrente en sus discursos. Una excepción clara a este punto fue el caso de Carlos Menem en Argentina, líder que surgió del Partido Justicialista (peronista) y que tuvo una gestión exitosa como gobernador regional, Provincia de la Rioja, antes de acceder a la presidencia en 1989. 3. La promoción de este tipo de políticas económicas produjo un divorcio entre estos

nuevos líderes y sectores de la sociedad que habían sido aliados claves de los populismos clásicos, entre ellos el sector obrero, los sindicatos, algunas asociaciones empresariales, y gran parte de los empleados públicos. 4. La retórica de los lideres neopopulistas se presentó como ambigua y acomodaticia. Al

igual que en los populismos clásicos, los elementos discursivos que apelan al “pueblo” y lo “popular” tuvieron un protagonismo evidente, sin embargo, se le sumaron a éstos, valores neoliberales y estrategias de transformación económica sustentadas en la economía de mercado lo que fue en dirección contraria de las anteriores políticas económicas del populismo. A su vez, estos líderes mantuvieron una retórica maniquea en el campo político, dividiéndolo en dos bloques contrapuestos uno del otro: “nosotros” y “ellos”, “pueblo” y “oligarquía”.

1.1.2 Características económicas del populismo Gran parte de la literatura especializada ha señalado las profundas limitaciones y distorsiones producto de la puesta en marcha de las políticas económicas de los populismos que alcanzaron el poder en distintos países en Latinoamérica y Europa. En este sentido, Kaufman y Stallings (1992) parten de los tres aspectos del paradigma del fenómeno populista en la región latinoamericana señalados por Dornsbusch y Edwards (1992) -presentados en páginas anteriores en este trabajo-, para afirmar que el populismo supone un conjunto de políticas económicas que tienen como objetivo alcanzar el apoyo del sector obrero y empresarial en las principales ciudades, anulando la influencia de los tradicionales sectores de poder. Específicamente se pusieron en marcha las siguientes medidas: i) movilizar el apoyo de los trabajadores organizados y algunos grupos de la clase media baja; ii) obtener un apoyo complementario de las empresas orientadas hacia el mercado interno; y iii) el aislamiento político de la oligarquía rural, las empresas extranjeras y las élites industriales de grandes productores nacionales. Las

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políticas económicas para alcanzar estas medidas incluyen, pero no se limitan a: i) los déficit presupuestarios para estimular la deuda interna; aumentos de los salarios nominales con controles de precios para lograr una redistribución del ingreso; y iii) el control o la apreciación del tipo de cambio para reducir la inflación y aumentar los salarios y los beneficios en los sectores de bienes que no intervienen en el comercio internacional (p. 25)56. En relación con las políticas económicas asumidas por el populismo clásico, entendido por Cardoso y Helwege (1992) como “una tradición política urbana que se oponía al statu quo orientado hacia la exportación de productos primarios del siglo XIX y apoyaba el desarrollo industrial acelerado” (p. 59), teniendo como soporte social una alianza que relacionó a las clases trabajadoras urbanas con la burguesía industrial. Esta alianza policlasista antes que optar por el camino de la revolución para lograr las transformaciones sociales, apeló a una serie de reformas en lo social, económico y político propagando una ideología nacionalista general, y en la mayoría de los casos, sumamente vaga e imprecisa. En este sentido, como señalan las autoras, el populismo que alcanzó el poder político en diversos países de la región a mediados del siglo XX apoyaba a: Los gobiernos activistas comprometidos a desempeñar un papel decisivo en la determinación de los precios, a la protección de trabajadores y salarios, a las políticas de alimentos baratos, a la propiedad estatal de industrias fundamentales, a la asignación estatal del crédito a tasas de interés bajas, y a los privilegios para la industria privada. Rechazaba toda sugerencia de la necesidad de imponer restricciones globales al gasto (pp. 59-60). Las políticas económicas aplicadas por estos gobiernos tuvieron como consecuencia un crecimiento abrumador del sector gubernamental respecto al sector privado, la generalización de la corrupción de maneras diversas en todos los ámbitos de la sociedad, incluidas la evasión fiscal, los crecientes déficit presupuestarios que coadyuvaron en la dependencia frente al ahorro externo, la sustitución de importaciones y sus restricciones comerciales promovieron la dependencia frente al capital extranjero, y por último, el sesgo urbano con el que estaban

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El lector debe tener presente que los autores hacen su análisis a partir de los gobiernos populistas, es decir, de aquellos partidos políticos o líderes que pudieron alcanzar el poder político de manera efectiva. Además, las características de las alianzas descritas previamente excluyen a lo que se podría considerar populismos de “derecha” y aquellos con un fuerte enfoque rural. Por esta razón, quedan descartadas las políticas aisladas de algunos movimientos considerados como populistas, centrándose exclusivamente en las versiones latinoamericanas del siglo XX, tanto las clásicas como las de reciente data.

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orientadas estas políticas y su respectiva asignación de recursos produjo un aumento de la pobreza en los sectores rurales. La política de sustitución de importaciones, en parte promovida por la Comisión Económica Para América Latina (CEPAL), como respuesta a la crisis económica de los años treinta y a las perturbaciones de la Segunda Guerra Mundial, fue una de las características fundamentales del populismo clásico. La misma partía de la idea de que los mecanismos del mercado eran insuficientes para alcanzar la industrialización, por lo que la presencia del Estado en la esfera económica debía incrementarse y así poder corregir estas “fallas”. Según Cardoso y Helwege (1992) la puesta en marcha de la política de industrialización “cepalista”, de crecimiento hacia adentro, conllevó serias tergiversaciones en lo social, económico y político, destacando entre ellas: 1. El excesivo proteccionismo estatal generó una sobrevaluación de los tipos de cambio lo

que a su vez redujo la oferta de exportaciones; “la industrialización requería (…) un aumento de los insumos de bienes de capital y de importaciones intermedias” (p. 62); mientras aumentaban los déficit comerciales, era necesario la entrada de capital extranjero, hecho profundamente contradictorio de la lógica “cepalista” que promovía de manera taxativa la capacidad de producción nacional. 2. Promovió un crecimiento desproporcionado del sector industrial en detrimento del

sector agrícola y, las manufacturas intensivas en capital absorbieron una fracción del incremento de la fuerza de trabajo, presionando en consecuencia al gobierno para que fungiera como empleador en última instancia. 3. Como no aumentaban los recursos por vía de los impuestos a las exportaciones

primarias, los subsidios otorgados para la inversión industrial y las crecientes responsabilidades del gobierno desembocaron en nuevas presiones al presupuesto; la monetarización del déficit condujo a una inflación permanente. Es interesante ver cómo la lógica discursiva del populismo, que apelaba a la reivindicación del “pueblo” como un todo, dirigiéndose y captando las simpatías de aquellos sectores marginados por el establishment, nunca se propuso articular una política coherente para beneficiar al campesinado, antes bien tuvo en los sectores profesionales medios y en los trabajadores industriales su principal grupo de simpatizantes. El análisis de las características

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económicas del fenómeno populista lleva a las autoras a afirmar que el programa distributivo del populismo aconsejaba aumentar los ingresos urbanos a expensas de los productores rurales, los exportadores y el capital extranjero, aplicando políticas como la elevación de los salarios mínimos, los controles de precios de los alimentos y las barreras proteccionistas (ídem. p. 62). El particular manejo de la economía por parte de los gobiernos populistas -sobre todo su programa de desarrollo bandera como lo fue el de “sustitución de importaciones”-sustentada como se ha visto hasta el momento sobre políticas de corte redistributivas, con un claro esfuerzo por promover la expansión del consumo interno y manejadas con una ausencia de criterios de viabilidad y sostenibilidad en el tiempo, estaba destinada al fracaso. El proteccionismo no elevó la productividad real para crear una base de grandes incrementos de los salarios urbanos, ni las recaudaciones fiscales crecieron como para financiar el subsidio del proceso de industrialización por parte del gobierno. Se sobrestimó la inelasticidad de la oferta57 en el sector agrícola y el de las exportaciones: no pasó mucho tiempo sin que los tipos de cambio sobrevaluados y los controles de precios provocaran el estancamiento en esos sectores. La alienación del capital extranjero agudizó los problemas. En ausencia de un gran auge de los precios de las exportaciones, el populismo clásico se autodestruyó rápidamente (ídem. p. 62). Las políticas económicas de corte redistributivo propias de los gobiernos populistas clásicos fueron llamativas para un nuevo grupo de políticos latinoamericanos58 por razones demagógicas, debido al éxito político que podía desprenderse de un discurso “inflacionario” que apelara a las expectativas de la población. En los años 1980 estos nuevos líderes

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La elasticidad de la oferta “es la variación porcentual que experimenta la cantidad ofrecida de un bien cuando varia su precio en un 1%, manteniéndose constantes todos los demás factores que afectan a la cantidad ofrecida (…) cuanto más elástica es la oferta, más fácil resulta para los vendedores elevar la producción para beneficiarse de una subida del precio y mayor es el aumento (porcentual) de la cantidad ofrecida en respuesta a cualquier subida (porcentual) dada del precio ” (Fischer, Dornbusch, Schmalensee, 1989: p. 113). Como el lector se habrá podido percatar, esta situación “ideal” que describen los autores para considerar una oferta “perfectamente” elástica” no se produjo en los gobiernos populistas latinoamericanos de ahí que se hable de una inelasticidad de la oferta, en particular la del sector agrícola, que fue uno de los que sufrió más daños como parte de las políticas económicas redistributivas implementadas por estos gobiernos. 58 El más emblemático de estos líderes de la región fue el candidato del APRA peruano Alan García, quien asumió el poder en 1985 gracias a una serie de promesas sociales, económicas y políticas “inflacionarias” manejadas en su campaña presidencial, las cuales eran sumamente difíciles de concretar en el corto plazo (Cardoso y Helwege, 1992).

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decidieron implementarlas una vez que accedieron al poder presidencial lo que se tradujo en resultados muy similares a los de las experiencias de las décadas anteriores. La capacidad excedente generaba la expectativa de que los déficit gubernamentales y la elevación de los salarios reales eran factible. Los gobiernos evitaban las devaluaciones a causa de sus consecuencias distributivas. A medida que se elevaban los salarios, la economía respondía con un crecimiento más rápido, pero impactaba en los inventarios y las reservas de divisas. Los cuellos de botella se convertían así en restricciones efectivas y la inflación se aceleraba. La incapacidad para revertir los esfuerzos redistributivos generaba crecientes déficit gubernamentales, problemas de balanza de pagos y escasez generalizadas. El colapso de la economía tenía como consecuencia el hecho de que los trabajadores acabesen en una situación peor que la que tenían al iniciarse el período populista (Cardoso y Helwege, 1992: p.64). La aplicación de este tipo de medidas económicas en los países en los que los movimientos populistas pudieron desempeñar funciones gubernamentales y la referencia recurrente de las mismas en el plano discursivo -estructuradas como promesas electorales-, se debió en buena medida a la particular situación social, económica y política de la región latinoamericana, que con sus altos niveles de desigualdad del ingreso crearon un escenario de presión política para la puesta en marcha de estas medidas. En un ambiente de gran conflicto social, los regímenes populistas intentan mejorar la situación de los grupos de ingresos bajos, sobre todo mediante la estimulación de la demanda. El resultado es un conjunto de políticas macroeconómicas insostenibles que incluye los déficit gubernamentales y la sobrevaluación de los tipos de cambio. Lo que perpetúa el ciclo del populismo es el hecho de que las políticas expansivas producen resultados favorables al principio. En virtud de que los dirigentes no se sienten seguros en sus puestos, adoptan políticas miopes que producen ganancias inmediatas para sus electores (Ídem. p. 64). Para la década de los ochenta eran evidentes los recurrentes fracasos de las políticas populistas de corte económico aplicadas por algunos gobiernos latinoamericanos, sostenidas en una política redistributiva y de sustitución de importaciones inoperantes. Esto llevó a que la región experimentara un giro hacia políticas económicas de estabilización ortodoxas, promovidas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y que fueron conocidas

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popularmente como el “Consenso de Washington”59. Esta época fue identificada con el surgimiento del “neoliberalismo” en la región debido a la importancia otorgada a las medidas “liberales” promovidas por el “Consenso de Washington” que implicaban una retirada significativa del Estado de los diversos ámbitos económicos donde había tenido un rol protagónico en épocas anteriores. Además, Kaufman y Stallings (1992) afirmaban que a finales de los ochenta y principios de los noventa el electorado había apostado por propuestas “antipopulistas” a la hora de acceder a las urnas, lo que se tradujo en la elección de los candidatos presidenciales Aylwin en Chile, Collor de Mello en Brasil, Lacalle en Uruguay y Chamorro en Nicaragua. Debido al tiempo en el que los autores desarrollan su hipótesis, el fenómeno neopopulista no se había materializado de manera tan evidente en la región, de ahí el que no identificaran a Collor de Mello con el neopopulismo, por ejemplo. El lector recordará como en el presente capítulo se esbozó una breve definición del neopopulismo y las particularidades que había asumido como fenómeno que irrumpió en la década de 1990 en Latinoamérica y Europa60. Como han señalado algunos autores (Burbano de Lara ed. 2003) se ha producido la irrupción de un populismo con ciertos elementos novedosos en la última década del siglo XX pero con la presencia de un liderazgo fuertemente carismático -que recuerda a los populismos clásicos-, pero que también introduce algunos elementos nuevos como la aplicación de políticas económicas “neoliberales”, alejándose así de
El “Consenso de Washington” derivo ese nombre de un trabajo presentado originalmente por el economista John Williamson en el documento What Washington Means by Policy Reform (1989). El propio Williamson cuenta que en ese histórico borrador, incluyó una lista de diez políticas que eran más o menos aceptadas por todo el mundo en Washington como reformas para corregir la indisciplina fiscal y el gasto publico. Originalmente ese paquete de medidas económicas estaba pensado para los países latinoamericanos, pero con los años se convirtió en un programa general. A continuación se enumeran las diez medidas del paquete: 1. Disciplina fiscal 2. Reordenamiento de las prioridades del gasto público 3. Reforma Impositiva 4. Liberalización de las tasas de interés 5. Una tasa de cambio competitiva 6. Liberalización del comercio internacional 7. Liberalización de la entrada de inversiones extranjeras directas 8. Privatización 9. Desregulación 10. Derechos de propiedad En: http://www.iie.com/publications/papers/williamson0904-2.pdf, con acceso el 11 de agosto de 2007. 60 Tenga presente el lector que solo se presentará de manera muy sucinta en este momento algunas características económicas del neopopulismo. Las mismas serán desarrolladas en profundidad en el posterior apartado dedicado al fenómeno neopopulista.
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lo que fue característico de los gobiernos populistas de mediados de siglo que aplicaron políticas económicas de carácter redistributivo. En este sentido, Weyland (1996) afirma que las políticas neopopulistas y la economía neoliberal han coincidido en numerosas democracias de América Latina. Como ejemplos claros tenemos los gobiernos de Carlos Menem en Argentina, Fernando Collor de Mello en Brasil y Alberto Fujimori. Contrariamente a lo que se pudiese pensar, políticas fuertemente orientadas hacia el mercado y ajustes estructurales no han minado la popularidad de estos líderes, incluso eso permitió que Menem y Fujimori obtuviesen un mayor apoyo de las masas, fortaleciendo su poder y ganando la reelección (p. 3). La unión del populismo y el “neoliberalismo” fue posible debido a los bajos niveles de institucionalidad de las nacientes democracias latinoamericanas, lo que permitió que estos líderes emergentes apelaran a estrategias electorales demagógicas donde el “pueblo” era su principal objetivo, ganando apoyo en las masas alcanzando en última instancia en las contiendas electorales. Una vez que asumieron funciones de gobierno, estos líderes, en parte presionados por las élites de sus respectivos países así como de organismos económicos internacionales (FMI), adoptaron políticas económicas propias del liberalismo, al favorecer el incremento de las imposiciones fiscales, la retracción del Estado de espacios en los que tradicionalmente había tenido una participación protagónica, etc. (Weyland, 1996: p. 4). En cuanto al caso de Europa, se habla de la aparición de un populismo “reaccionario” o de “derecha” producto de los cambios estructurales ocurridos por la globalización. Algunos autores sostienen que la integración europea pudiese haber afectado las identidades nacionales de algunos de los países del continente, que veían en una posible inserción a la Comunidad Económica Europea un escenario con mayores desventajas que beneficios (Swank y Betz, 2003). En materia económica, el populismo europeo de los últimos años a diferencia de su contraparte latinoamericana presentada en este apartado, evitó las políticas de gasto público expansivas de corte redistributivo. Antes bien, el Estado de Bienestar que emergió luego de la Segunda Guerra Mundial como el principal motor para canalizar las economías nacionales fue una de las principales instituciones que atacarían los movimientos populistas europeos. Partidarios de una economía mas desregularizada -de clara inspiración neoliberal-, la principal propuesta de los líderes del viejo continente estaría centrada en la disminución de las cargas

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impositivas y de los impuestos (Taggart, 2000). En este sentido, las propuestas económicas en Europa tenían mayores semejanzas con aquellas impulsadas por los neopopulismos latinoamericanos como lo ha señalado Weyland anteriormente (1999). Esto llevaría a diversos autores (Betz, 1994; Taggart, 2000, Jones, 2007) a hablar de la emergencia de un populismo europeo ubicado en la “extrema derecha” del continuo ideológico izquierda-derecha en parte debido a sus exigencias por implementar una economía más libre y sin restricciones por parte de las instancias estatales, lo cual sería una de los principales puntos de las agendas económicas de orientación neoliberal.

1.1.3 Características políticas del populismo Los numerosos estudios que abordan la irrupción del populismo en Latinoamérica en el transcurso del siglo XX (di Tella, 1965; Drake, 1982; Romero, 1996; Paúl Bello, 1996, Taggart, 2000; Hernández, 2007; etc.), así como su caracterización sociopolítica coinciden en señalar la presencia de los siguientes elementos constitutivos: 1) Una alianza policlasista en la que confluyen la naciente burguesía industrial y el sector obrero urbano sindicalizado; 2) Una ideología medianamente coherente con sentimientos contrarios al statu quo; 3) Una forma particular de ejercer el poder y organizar el Estado. Estos elementos, junto a aquellos señalados por Laclau (2005a) en páginas anteriores, caracterizarían al fenómeno populista desde una perspectiva política. A continuación se explican en detalle cada uno de estos aspectos que le otorgan su particularidad política al populismo como fenómeno. Es importante destacar que si bien estas características son propias del fenómeno populista en general, estuvieron mucho más presentes en aquellos países de la región latinoamericana donde el populismo cobró fuerza como movimiento social, pero además donde pudo acceder al poder y convertirse en gobierno, destacando entre ellos Argentina, Brasil y Venezuela, por citar sólo algunos de los abordados en esta investigación. Por último, se ahonda en el referente del “pueblo” como el núcleo discursivo y de acción política del populismo. a) La alianza policlasista: Como ha señalado di Tella (1965), la alianza de clases del populismo surge en Latinoamérica debido a la debilidad de las alternativas liberal y obrera propiamente dichas. Así pues, se configura un actor político novedoso que tendrá entre sus

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principales elementos constitutivos “elementos provenientes de diversas clases sociales, y contará con una ideología de ‘avanzada’ con respecto a su composición de clases” (p. 46) y que irrumpe para llenar el vacío de poder que se produce en la transición del Estado de tipo tradicional (oligárquico)61. Esto es lo que promueve a “sectores opuesto, como el empresariado o ‘burguesía’ industrial y los obreros urbanos sindicalizados, a unir sus fuerzas para instaurar y poner en marcha un cierto modelo de organización y funcionamiento del Estado” (Paúl Bello, 1996: p. 55). La configuración de este nuevo actor político -elemento que diferencia al populismo de otros movimientos políticos-, además de tener entre sus objetivos principales el acceso y la toma del poder de las instituciones del Estado, buscará satisfacer los intereses de todos los sectores sociales que configuraron la alianza policlasista. Dicha toma y ejercicio, desde luego imprescindibles, están ordenados a fines que son lo más importantes para los sectores fundamentales de la Alianza: satisfacer, al amparo y bajo la protección estatal, aquellas aspiraciones y pretensiones que giran en torno a los intereses particulares de cada uno de estos grupos sociales (Paúl Bello, 1996: p. 55.). La fragilidad del fenómeno populista radicó y radica en este aspecto: al ser una alianza que agrupa a múltiples sectores de la sociedad, la satisfacción de sus respectivas demandas puede llegar a ser un aspecto “cuesta arriba” una vez que ha accedido al poder, en parte debido a lo contradictoria de las mismas. Esa contradicción va a tipificar al populismo latinoamericano; va a establecer sus particulares maneras de funcionar; va a ser causa de sus indefiniciones ideológicas,
David Collier (1985) citando a O’Donnell, describe tres tipos de sistemas políticos como representación de una secuencia histórica en América Latina: a) Oligárquico: la competencia política tiene alcance limitado. La élite del sector exportador de productos primarios domina el Estado y orienta las políticas públicas alrededor de sus necesidades. Estos sistemas no suele incorporar a los sectores populares a la vida política del país. Al no estar activados políticamente los mismos, tampoco los excluye. b) Populista: son sistemas “incorporadores”, aunque haya variaciones en el grado de competitividad y democracia entre ellos. Se sustentan en una coalición multiclasista de intereses urbanos e industriales, que incluye a la élite industrial y al sector popular urbano, sobre todo el movimiento obrero. Se caracterizan por el nacionalismo económico, en una primera fase el Estado promueve la industrialización orientándola hacia el consumo interno, apoyándose en la industria nacional. c) Burocrático autoritario: son sistemas “excluyentes” con un énfasis no democrático. Los actores principales de la coalición dominante son los tecnócratas de alto nivel -militares y civiles- que colaboran estrechamente con el capital extranjero. Esta nueva élite elimina la competencia electoral y controla fuertemente la participación política del sector popular. Así pues, según la tesis de O’Donnell, el populismo aparece en América Latina cuando entró en crisis el sistema oligárquico o tradicional.
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de su inmediatismo pragmático y de su simplicidad programática y va, también, en su momento crepuscular, a ser la principal raíz de su crisis final (…) Cada grupo social (…) tiene aspiraciones concretas e inmediatas. Al lado de las de la burguesía industrial, de fortalecer sus posiciones sociales y económicas bajo el amparo y protección del modelo de sustitución de importaciones; junto a las de los obreros de conseguir el máximo de reivindicaciones laborales; los sectores profesionales, militares, estudiantes, comerciantes, etc., también aspiran a una mayor participación en un Estado democrático y nacionalista (Paúl Bello, 1996: pp. 5556). La indefinición propia del populismo también se vería plasmada en el proceso de construcción de su principal fuente de apoyo y legitimidad política: el “pueblo”. Como se ha presentado en páginas anteriores, la construcción de un “pueblo” requiere de la división dicotómica de la sociedad donde se contraponga un “nosotros” de un “ellos” (Taggart, 2000; Laclau, 2005a). Como pareciera ser propio en las experiencias populistas, el “pueblo” tenderá a identificarse con lo que no es, es decir, se tendría claro quién es el “enemigo” y qué es lo que representa, pero no serían tan evidentes las cualidades diferenciadoras del “pueblo” como actor social y político. Sobre este punto sería importante rescatar los planteamientos expuestos anteriormente por Laclau (2005a), en los que afirma que la “vaciedad” es propia del fenómeno populista, lo cual no significa que sea algo negativo per se, sino que se refiere al proceso a través del cual se construye una parcialidad que reclame para sí la representación de una totalidad62. b) La ideología del populismo: El populismo como fenómeno de carácter ideológico fue expuesto ampliamente por Donald MacRae (1970) quien plantea la hipótesis según la cual el populismo se nutre de algunos temas ideológicos más primitivos, cuestión que queda en evidencia al estudiar el fenómeno populista ruso y norteamericano63. El autor afirma que en

El proceso necesario para la construcción de un “pueblo” requiere del uso de “significantes vacíos”, lo cual ha sido explicado en páginas anteriores de este trabajo. 63 Ludovico Silva (1971) aborda en Teoría y Práctica de la Ideología, los aportes de uno de los principales autores que estudió el fenómeno de la ideología: Karl Marx. Actualizando los planteamientos marxistas sobre el tema, afirma que “la ideología es un sistema de valores, creencias y representaciones que autogeneran necesariamente las sociedades en cuya estructura haya relaciones de explotación (es decir, todas las que se han dado en la historia) a fin de justificar idealmente su propia estructura material de explotación, consagrándola en la mente de los hombres como un orden ‘natural’ e inevitable, o filosóficamente hablando, como una ‘nota esencial’ (…) del ser humano” (p. 19). Más adelante sostiene los peligros que se desprenden de algunas ciencias ideológicas que fundan sus resultados sobre prejuicios y falsedades, ocultando la verdadera estructura de una sociedad. Por esto, “la ideología no consiste sólo en representaciones, valores y creencias de corte apologéticoreligioso y popularizado, sino también en un sistema de abstracciones aparentemente científicas que se difunden en universidades y otras instituciones y a menudo se popularizan” (p. 22). Así pues, el populismo como fenómeno

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ambos fenómenos se estuvo en presencia de “una suerte de primitivismo modificado, una reconciliación entre el hombre y su naturaleza que salve la brecha que los separaba por vía de la simplicidad, la espontaneidad, y las virtudes elementales, ascéticas, en buena medida agrarias” (p. 189). Así, están presentes elementos ideológicos que remiten a una especie de un pasado “sagrado” donde todo fue mejor. En el populismo aparece con intensidad y fervor religiosos la idea de la granja sagrada (…) La granja idealizada (…) en ella se está en contacto con el submundo de los antepasados muertos, la tierra maternal, y todo se halla situado debajo del cielo divino. Allí se vive en una edad sagrada, ritual, cíclica, inmune en sus revoluciones a la corrupción propia del tiempo histórico real, el cambio y la decadencia (…) El populismo es, pues, primitivismo (…) La buena época a restaurar es la de la comunidad campesina o la aldea de pequeños hacendados fuertes y vigorosos. Se anhela no una sociedad tribal sino una Gemeinschaft64 (p. 190). La ideología del populismo buscaría así rescatar los valores de una “comunidad ideal” – del Vaterland o heartland según los anglosajones-, siendo ésta el espacio que rescata los valores de la vida simple y cotidiana (Taggart, 2000: p. 95). La “comunidad ideal” cumpliría una función poco racional, sería más bien afectiva, ya que evoca sentimientos de un pasado glorificado donde el “pueblo” vivía en condiciones óptimas antes de ser atacado por sus “enemigos”, siendo estos tan variados como: la “oligarquía”, el “imperialismo”, el “sistema monetario”, el “desarrollo urbano”, las “clases políticas corruptas”, etc. Ahora bien, el carácter “tradicionalista” de las experiencias populistas tuvo referentes concretos en la realidad de estos países: en Rusia se rescató el valor de la fraternidad fundada en la localidad -esa tierra maternal sobre la que se habló previamente-, en los Estados Unidos además se hizo hincapié en la independencia viril. En este sentido, “el campesino ideal no es (…) el pequeño hacendado ideal, en lo cual reside una verdadera divergencia ideológica en el desarrollo” (p. 191) de estos dos populismos.
ideológico apelaría a la construcción de un sistema de abstracciones que busca representar una realidad, aunque necesariamente no sea la propia realidad sino una situación ideal. 64 Para Weber (1992), la Gemeinschaft, comunidad en español, es “una relación social cuando y en la medida en que la actitud en la acción social (…) se inspira en el sentimiento subjetivo (afectivo o tradicional) de los partícipes de constituir un todo (…) puede apoyarse sobre toda suerte de fundamentos, afectivos, emotivos y tradicionales” (p. 33). En otras palabras, la comunidad se caracteriza por establecer relaciones primarias y afectivas, propias de grupos sociales con pocas diferenciaciones entre sí y con muchos puntos de encuentro entre sus miembros. Esta idea de “comunidad” sería ampliamente utilizada por los movimientos y gobiernos populistas, particularmente cuando apelaban al “pueblo” como el eje central de sus planteamientos siendo el depositario de toda la virtud de la nación.

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Sobre este aspecto del populismo, MacRae (1970) señala que en los países con niveles de desarrollo e industrialización bajos -entre los que estaría el populismo latinoamericano- , se apeló a resaltar el pasado histórico de estas sociedades hasta el punto de la mitificación cuasigloriosa de los mismos. En el “Tercer Mundo” este componente del populismo puede haberse desgastado o convertido, siendo reemplazado por la idea de la buena época anterior al colonialismo (…) Se trata de una evolución natural: los mitos rurales pueden haberse originado en formas específicamente europeas, y son sus virtudes más que su contenido exacto lo que se transfiere a la historia y la política de las nuevas sociedades del Asia, África, y sin duda también de América Latina (pp. 190-191). Una manera efectiva de canalizar el corpus ideológico del populismo será a través de la exaltación nacionalista. A diferencia del internacionalismo profesado por el socialismo o el comunismo, el populismo se distingue por su nacionalismo al equiparar al “pueblo” con la “nación”, siendo el “pueblo” la vanguardia del nacionalismo populista. Sumado a lo anterior, el rol secundario que jugaron los países subdesarrollados en el plano internacional en la primera mitad del siglo XX, despertó una conciencia “antiimperialista” que cuajó muy bien con el nacionalismo que profesaban los líderes populistas en general, sobre todo en Latinoamérica, al contraponer los intereses de la “nación” con los de las potencias dominantes del extranjero. Como señala Stewart (1970) al respecto: En el contexto del imperialismo en el mundo contemporáneo, la emancipación del dominio económico y político es, cada vez más, el potente catalizador “externo” de la actividad política de una gama de grupos sociales diversos. La burguesía nativa, en particular, busca reemplazar el control y el desarrollo foráneos de la economía por un control y desarrollo internos, y, en virtud del mismo proceso, aumentar su poder frente a otros grupos sociales (los intereses agrarios, el ejército, la iglesia). En tales circunstancias, dicha burguesía intentará con frecuencia obtener el apoyo apelando a una ideología de nacionalismo populista (p. 227). Se tiene entonces que el conjunto de ideas dominantes del fenómeno populista llegó a ser para muchos algo vago, impreciso, con poca coherencia, consistencia interna y estructuración lógica (di Tella, 1965; Paúl Bello, 1996). El corpus ideológico incorporó, además del sentimiento nacionalista, elementos de algunas de las ideologías más radicales para el momento, cercanas al socialismo y marxismo, adaptadas a las particularidades de la región latinoamericana por partidos progresistas -reformistas o revolucionarios- y que “se utilizan en forma instrumental, como un medio de control social y de movilización de las

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masas” (di Tella, 1965: p. 46). Como resalta MacRae (1970) de manera tan clara en relación con la unificación de estos elementos tan disímiles para la configuración de una ideología del populismo: Ocurrió más bien que ciertos elementos pertenecientes al pensamiento europeo se difundieron de modo independiente, y se recombinaron de diversas maneras para dar lugar a los variados populismos nativos (…) se agregaron factores primitivistas y progresistas a la par. La raza (…) y la religión (…) se añadieron a la mezcla de la virtud arcaica y personalidad ejemplar (…) La conspiración y la usurpación han pasado a formar parte de las varias teorías sobre el neocolonialismo y las actividades de la CIA (…) Se alaban la espontaneidad y la integridad, pero identificándolas ahora, en particular, con los jóvenes, de tal manera que el joven ideal (…) ha reemplazado en buena medida al pequeño hacendado y al campesino simple e iletrado como personalidad a la que debe rendirse culto (p. 201). Di Tella (1965) destaca el valor utilitario, instrumental y demagógico de la ideología utilizada por los movimientos y gobiernos populistas para alcanzar la movilización necesaria de las masas, lo que se traduce en el apoyo necesario y el piso político para aquellos. Así pues, esta ideología es necesaria no solo para integrar a las masas, sino también a los otros sectores que confluyen en la alianza policlasista como los intelectuales, los estudiantes y los otros grupos incongruentes. Para poder satisfacer las exigencias de tan variopinta “unidad”, se requería de políticos habilidosos que pudiesen cumplirle a los sectores más empobrecidos por un lado, pero también a los sectores medios que formaban parte de la alianza. Los estratos más bajos de las masas podrían contentarse con un liderazgo personalizado, carismático con tal de que se les considere fuertemente antiimperialista o antioligárquico. Pero los otros grupos, en particular los intelectuales marginales o “subocupados”, exigen un mayor refinamiento ideológico (p. 47)65. Según Paúl Bello (1996), a pesar de lo “difuso” de la ideología del populismo se rescatan dos elementos que estuvieron presentes, en particular en la fase del populismo histórico aunque no limitado estrictamente a ella-, como lo son: i) La reivindicación nacionalista y antiimperialista así como, ii) La lucha por la democracia formal.

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La manera en que el populismo satisface las aspiraciones y exigencias de grupos tan diversos en su composición interna y en sus demandas particulares puede encontrarse en los aportes teóricos de Laclau (2005), quien afirma que esto se materializa en la realidad a través de los significados vacíos y la lógica de las equivalencias. Sobre este punto se volverá más adelante en el capítulo 3, cuando se explique el proceso de creación de nuevas identidades políticas.

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i) La reivindicación nacionalista y antiimperialista: la literatura especializada en el tema considera que el populismo surgió como una propuesta enfrentada al Estado tradicional y a la situación de dependencia económica generada por el sistema capitalista mundial durante las primeras décadas del siglo XX, por lo que “va a recoger una profunda aspiración nacional de nuestros pueblos, pero, al mismo tiempo, va a chocar directamente con los intereses económicos del sector ligado al comercio exportador, con los grandes terratenientes agrícolas y con el mismo sector industrial” (Paúl Bello, 1996: p. 61). Por esta razón, y en aras de sostener la alianza policlasista el mayor tiempo posible, el nacionalismo será ante todo un elemento discursivo. ii) La lucha por la democracia formal: al apelar al “pueblo” como su principal destinatario, el populismo termina siendo “incorporador” y apela a las conquistas democráticas de aquellos sectores que habían sido relegados del establishment político. Esto se traduce en ciertas “fórmulas declarativas o en el logro de reformas constitucionales que permitan extender el derecho al sufragio a toda la población mayor de edad, sin discriminaciones por sexo, niveles de ingreso o instrucción, creencias religiosas o ideas políticas” (Paúl Bello, 1996: p. 62). Por su parte, Romero (1996) señala que desde una perspectiva ideológica el fenómeno populista “es antiliberal en al menos dos sentidos: a) el imperio de la ley no es un valor político significativo (…); más importantes son el compromiso con el movimiento o el partido y la obediencia al líder carismático cuando éste existe; b) las masas, no el individuo, son supremas” (p. 374). La coexistencia de ambos elementos en el corpus ideológico del populismo configura lo que el autor considera un “terreno fértil” para el autoritarismo ya que se da hasta en los gobiernos que llegan a definirse como democráticos. Incluso en sus variantes más democráticas, se manifiesta más claramente en las versiones abiertamente opresivas de los regímenes populistas que se han experimentado en América Latina (por ejemplo, en la Argentina de Perón y en Perú bajo el régimen militar comenzado en 1968), pero no está restringido a ésas (…) La cuestión de la democracia versus el autoritarismo es una cuestión de regímenes políticos, donde la alternación entre los modos democráticos y autoritarios de gobierno es posible durante una fase populista como dentro de una fase antipopulista (pp. 374-375). Siguiendo la lógica expuesta por este autor, se podría estar en presencia de gobiernos populistas de corte democrático así como de corte autoritario, lo que demuestra la poca solidez

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ideológica del populismo al tener la capacidad de coexistir con regímenes políticos antagónicos. En este sentido, es importante rescatar in extenso las conclusiones de Paúl Bello (1996) sobre el tema, para quien lo propio del fenómeno populista es su carácter polifacético. Lo característico de este movimiento es la ambivalencia de sus principios, consecuencia de la necesidad de conciliar, en su propio seno, posiciones e intereses muy contrapuestos (…) No se trata solamente de los intereses inmediatos de los grupos sociales que constituyen la alianza populista: intereses específicamente económicos ligados a la sustitución de importaciones y que separan las orientaciones de la burguesía industrial respecto a la de los obreros urbanos sindicalizados. Es también la contraposición de todo el contenido cultural y de valores que estos grupos sociales contienen y representan. Mientras el sector empresarial presenta un contenido ligado a ideas, patrones y actitudes que corresponden al mundo más avanzado, los obreros (…) tienen demasiado próximo su pasado rural y toda la carga cultural que ello significa (p. 63). c) Una forma particular de ejercer el poder y organizar el Estado: Autores como Taggart (2000) señalan la aprobación casi unánime que pareciera tener la democracia como idea por un lado, y como sistema político por el otro en las últimas décadas (p. 108). En la actualidad, la creciente complejidad y diferenciación de las sociedades de masas exigen la administración de los asuntos públicos a través de métodos democráticos de carácter representativos. En este sentido, el estado de derecho, la competencia electoral, las asambleas y los partidos políticos, herencias de la tradición filosófica del liberalismo, se han convertido en las instituciones democráticas por excelencia. A pesar de la casi unanimidad con las que se aceptan los valores democráticos heredados de la filosofía liberal, la naturaleza interna del populismo lo lleva a mirar con cierto desprecio los valores del liberalismo mencionados previamente. En este sentido, una vez que logró alcanzar el poder político, el populismo clásico se caracterizó por un modo de hacer política particular. Específicamente, los gobiernos de corte populista al apoyarse sobre fuertes liderazgos personalizados que pretendían establecer relaciones poco mediatizadas con sus seguidores, el imperio de la ley y su concreción en el estado de derecho, eran concebidos como un valor político poco significativo (Romero, 1996: p. 374). De lo anterior se desprende que el populismo, una vez que se encuentra en funciones de gobierno, pareciera oponérsele a la democracia representativa como herramienta más efectiva para gobernar las sociedades contemporáneas. Por paradójico que pueda sonar, el populismo en la actualidad es concebido por la democracia representativa. Profundizando en este asunto,

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cabe señalar lo siguiente: el populismo sólo puede articularse a través de los procesos de formulación y promoción de los programas políticos que aplica la democracia representativa, incluso, el referente principal el populismo, el “pueblo”, también es utilizado como el depositario de legitimidad de los gobiernos democráticos. Siendo el “oposicionismo” una de sus principales características, el populismo se convierte en un movimiento relevante cuando se estructura a través y en oposición al modo de ejercer la política por parte de la democracia representativa (Taggart, 2000: pp. 109-110). La tesis de Hernández (2007) postula que en el funcionamiento de los Estados democráticos contemporáneos, los mismos son incapaces de responder a “todas” las demandas de las sociedades que administran. Esto tiende a producir “vacíos” regularmente donde no llegan los planes ni las políticas del Estado, conocidos como “illiberal gaps”. Tales potenciales espacios de descontento son caldo de cultivo o lugar donde podría fermentar el populismo con altas probabilidades de éxito para generalizar u homogeneizar las bases de esta insatisfacción con el diseño o funcionamiento institucional. Esta sería una de las razones por las cuales el fenómeno populista necesita de la democracia representativa para poder concretarse en el plano social, económico y político de una sociedad. Para el populismo en general, los mecanismos de representación suelen distorsionar la realidad social y política del país. El neopopulismo europeo de los últimos años llegó a denunciar que el sistema político sobredimensionaba la representación de las minorías en detrimento del resto de la ciudadanía, de ahí -aludieron sus principales exponentes- su disfuncionalidad (Taggart, 2000: p. 110). Por su desconfianza hacia los mecanismos representativos de la democracia por un lado; y hacia sus principales instituciones como los partidos políticos y el estado de derecho, por el otro, es que el populismo pretende vincularse directamente con el “pueblo” en general. Por esta razón, los mecanismos característicos de la democracia directa -como el referéndumserán predominantes en el discurso y la práctica de los gobiernos populistas. Sin embargo, la falta de mediación institucional a la que aspira el populismo -y que de hecho la alcanza en ocasiones-, lo hace inestable y con fuertes inclinaciones a establecer formas y/o mecanismos

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autoritarios para ejercer la política, de ahí que se hable de una “cepa autoritaria” que lo acompaña (Romero, 1996)66. d) El “pueblo” como objetivo de la praxis política: En la historia de la humanidad, particularmente en el plano de la política, el “pueblo” siempre ha sido uno de los principales elementos a los que han apelado numerosos sistemas y regímenes políticos para alcanzar la legitimidad que les permita ejercer el poder. Sin embargo, no puede entenderse la praxis del populismo sin tomar en cuenta el objetivo último de su acción política, es decir, el “pueblo”. La lógica del fenómeno populista radica en la incorporación de todos aquellos sectores de la sociedad que no forman parte del llamado statu quo -para di Tella (1965) son aquellos sectores que padecen de incongruencia de status-, es decir, el populismo se orienta a la reivindicación del “pueblo” en contraposición de las élites, sean éstas económicas, políticas o culturales. Para lograr esta incorporación de manera efectiva, los líderes populistas recurren a distintos elementos que en la mayoría de los casos suelen apoyarse en el trazado de un límite, una frontera, una referencia tomada de la realidad concreta “que puede ser una alteridad común, o la ruptura con un cierto pasado, el que tiende a constituir un espacio solidario y al mismo tiempo relativamente homogéneo” (Aboy Carlés, 2001: p. 25), como la que puede surgir al oponer en el plano discursivo al “pueblo” de la “oligarquía”, encarnando ésta última el “enemigo” al que el “pueblo” debe enfrentarse. Esta utilización de referentes en oposición es una característica casi siempre clásica de todo populismo que mediante contagios sentimentales e irreflexivos afirma su insustancialidad ideológica, por esto Taggart (2000) considera que la noción de “pueblo” puede ser tan flexible y dúctil como sea necesario, lo que no quiere decir que la misma no tenga un sentido o significado específico (p. 92). El “pueblo” al que se refieren los movimientos y líderes populistas debe ser entendido como “la agregación (…) de una diversidad bastante amplia de sectores sociales, mayoritaria aunque no exclusivamente subalternos, que venían experimentando una acelerada transformación social y económica, y por lo tanto no estaban claramente diferenciados entre sí, ni estructurados sectorialmente” (Novaro, 1996: p. 91). En este orden de ideas, para Novaro
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Para Taggart (2000) uno de los ejemplos más claros de gobiernos populistas que tuvieron tensiones prácticamente irreconciliables con los postulados liberales de la democracia contemporánea fue el de Perón en Argentina. El liderazgo carismático de Perón muchas veces tuvo desencuentros con los mecanismos de representación impuestos por la institucionalidad argentina, incluso estas confrontaciones se dieron con su propio partido, el Partido Justicialista (p. 110).

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(1996) es evidente que lo que buscó y busca la lógica populista mediante la creación de identidades es “incorporar a la vida política a aquellos sectores en ascenso, en el contexto de sistemas institucionales y partidarios que se mostraban incapaces de canalizar ordenadamente, es decir, dentro del orden instituido, dicha incorporación” (p. 91). El uso del término “pueblo” tiene entonces tres elementos claves que fungen como puntos comunes a las diversas experiencias populistas, bien sean latinoamericanas o europeas. En este sentido, el primer elemento que debe señalarse es de orden numérico, ya que el “pueblo” implica una mayoría significativa, entendida como un actor unificado y solidario entre sí, por lo que las diferencias internas de los distintos sectores que lo conforman no son tomados en cuenta por los populistas, que tienen a ver al “pueblo” como un todo (Taggart, ídem). En segundo lugar, se encuentra un elemento desarrollado por Canovan (2004), quien señala que el populismo no sólo es el enfrentamiento contra el establishment, el statu quo y las estructuras de poder sino en el reconocimiento de una fuente de autoridad suprema: el “pueblo”. Por esto los populistas alegan hablar por el “pueblo”, representado así al soberano como un todo y no a intereses particulares o a un sector económico. Como tercer elemento clave asociado a la noción de “pueblo” se encuentra el lugar o el territorio en el que habita, lo que se traduce en las constantes menciones a las que apelan los populistas sobre la “nación” o la “patria”, es decir, ambas nociones son traídas a la arena política para evocar una comunidad ideal a la que pertenecen los miembros del “pueblo”, que derrocha virtudes y posee un pasado glorioso, de ahí que muchos populismos comulguen con el nacionalismo (Taggart, ídem.)67. Tener presente los tres elementos claves para el entendimiento de la noción de “pueblo” sin embargo no garantizan el uso claro del mismo. Como señala Canovan (2004) éstas pueden quedarse cortas ante la realidad o volverse una camisa de fuerza terminológica, por esto se apoya en tres definiciones históricas del “pueblo” que corren paralelas y que pueden afinar mucho más un término que de por sí se caracteriza por la vaguedad y la imprecisión. Estas son: el pueblo como soberano; el pueblo como nación y el pueblo, como símbolo expresivo de la gente común, para así contraponer un vocablo a la idea de las elites dominantes, cuantitativamente más pequeñas.

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Quizá el mejor ejemplo de populismo que explote el elemento territorial, asociado a una comunidad ideal sea el narodniki ruso de finales del siglo XIX. Para esto se recomienda ver los argumentos planteados por Walicki (1970) en páginas anteriores.

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Así se tiene que para identificar a ese “pueblo” al que hace referencia permanente el populismo se debe trazar una especie de frontera, de línea divisoria, que permita determinar lo que es “pueblo” de lo que no lo es, es decir, que haga explícita la diferencia entre un “nosotros” de un “ellos”. Esta autora señala que en la retórica clásica de los líderes populista el llamado a “entregarle el poder al pueblo” sienta claramente una división que opone al “pueblo” de los que detentan el poder, es decir, las “élites” o “clases gobernantes”. Sin embargo, considera que abordar el estudio del fenómeno desde esa perspectiva sería sumamente simplista, por lo que habría que abordar minuciosamente las complejidades de la noción del “pueblo” como “soberano” (2004: p. 249). Canovan (2004) señala que esta noción de “pueblo soberano” remite aparentemente a dos elementos distintos: por un lado se refiere a algo colectivo, abstracto, majestuoso y misterioso, en otras palabras, remite a la noción de una entidad que ha tenido una existencia continua en la historia, trascendiendo y sobreviviendo a los miembros individuales que la conforman; por el otro lado aplica para aquellos miembros individuales como tal, a la suma de gente ordinaria, cambiante, que llevan sus propias vidas y poseen intereses y puntos de vista. De estas concepciones se desprenden a su vez algunas interrogantes centrales para el estudio del fenómeno populista: lo primero es determinar si la noción de “pueblo” como fuente de autoridad política tiene un significado claro; además, ¿existen momentos en los que podemos decir que ciertas acciones emprendidas por individuos particulares detentan la autoridad del “pueblo” en su conjunto? En segundo lugar, ¿qué es lo que sucede para que el “pueblo” (compuesto al final por individuos ordinarios) detente semejante autoridad? ¿Hasta que punto esa idea es sustentada por mitos? ¿Esos mitos tienen una base sólida? (p. 250). De lo anterior se desprenden nuevas interrogantes que buscan darle respuesta al ejercicio de la “soberanía” del “pueblo” que invoca constantemente el populismo. Es por ello que Canovan señala que sí el “pueblo soberano” se refiere tanto a un conjunto de individuos transitorios como a una entidad colectiva que pasa de una generación a otra ¿Cómo entendemos la relación entre esa agregación de individuos y la entidad colectiva? ¿Qué significa afirmar que el “pueblo” ha ejercido su autoridad o su soberanía? ¿Por qué es tan difícil dar cuenta clara del “pueblo” como una colectividad? Se afirmaría así que al partir del supuesto de la “soberanía del pueblo”, es totalmente pertinente preguntarse sobre la efectividad del acto de delegar parte de la “soberanía” por

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parte del “pueblo” a través del ejercicio del voto o de otros mecanismos de participación política como el caso del referéndum. Así, pareciera que el uso del término “pueblo”, vago, ambiguo e impreciso para algunos pero no por eso algo malo per se (Laclau, 2005a), ha llevado a la palabra hacia derroteros de la política moderna cuando por ejemplo se habla, no de participación ciudadana, elemento concreto que puede ser cuantificado con precisión por los métodos de la Ciencia Política, sino de participación popular. La participación popular, fenómeno impreciso y moldeable en el discurso, se usa en el populismo deliberadamente para acomodarse a varias identidades que se vuelven de inmediato el objetivo de los líderes. Dentro de la contradicción de aludir a un “pueblo” como quien alude a todos los miembros de un Estado-Nación, sin hacer referencias a ninguna identidad en concreto, se representan casi en “el vacío” problemas comunes que la colectividad sufre y que no han sido resueltos pero que están dentro de lo sensible para una gran mayoría68.

1.2

El populismo de nuevo cuño o neopopulismo Cuando se menciona al populismo de nuevo cuño pareciera que se alude a un fenómeno

de antaño que ha resurgido manteniendo en esencia algunos de sus elementos constitutivos básicos por un lado, pero que presenta características novedosas por el otro. Es así como autores como Burbano de Lara (1997), Weyland (1996, 1999, 2001), Conniff (1999, 2003), Taggart (2000), De La Torre (2003), Vilas (2004), entre otros, hablan del neopopulismo o nuevo populismo para resaltar la irrupción de fuertes liderazgos políticos que establecieron relaciones cuasi-directas y poco mediadas con sus seguidores, pero que a diferencia de los populismos clásicos, adoptaron políticas de corte neoliberal fuertemente orientadas al mercado y a la recogimiento del Estado de diversas esferas económicas que tradicionalmente habían estado bajo su tutelaje. Sobre este punto Weyland (1999) señala que la reaparición del populismo en la década de 1990 en Latinoamérica debe ser explicada bajo la óptica de sus características políticas, es decir, centrándose en la aparición de liderazgos personalistas que emergieron en algunos
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Sobre este aspecto, ya se ha comentado brevemente la lógica expuesta por Laclau (2005a) para construir un “pueblo” de manera efectiva. De igual forma, el capítulo 3 de esta investigación ahondará en profundidad sobre el proceso de construcción de un “pueblo” así como de nuevas identidades políticas.

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países latinoamericanos69 estableciendo una relación directa con una masa heterogénea, desorganizada y movilizada, que se encuentra “disponible” para ser incorporada como nuevo sujeto en la dinámica política de sus respectivos países. Por su parte, Conniff (2003) señala la aparición del neopopulismo en el ocaso del siglo XX con sus características particulares. Otro tipo de populismo apareció en los años 1980, sin embargo, con líderes jóvenes. Esta versión, que llamamos neopopulismo, tenía muchas de las característica de la versión original -llamados al sentimiento nacionalista, liderazgo carismático, campañas publicitarias de masa, promesas de reforma, y evocación de los intereses del pueblo- pero era diferente en varios aspectos. Lo más importante fue el abandono de las políticas económicas de intervención y control por el gobierno. Al contrario, algunos montaron políticas económicas heterodoxas, mientras que otros vieron en el neoliberalismo la salvación de sus naciones (p. 34). Así, se tiene que los líderes neopopulistas siguieron apelando al “pueblo” como objetivo central de su retórica, especialmente a través de la televisión como principal canal de transmisión de sus mensajes, evitando así las intermediaciones a las que hace referencia Weyland (ídem) para establecer contacto directo con sus seguidores. Sobre este punto, Koeneke (2003) señala que los líderes neopopulistas “tienden a convertirse en celebridades mediáticas, carecen de vínculos con instituciones políticas tradicionales y logran triunfos electorales inesperados gracias a la resonancia favorable que su imagen pública provoca entre los informales que han ido poblando crecientemente las grandes ciudades latinoamericanas” (pp. 09-10). Además, apelaron a un discurso de enfrentamiento a la corrupción, la mala gestión de los gobiernos anteriores y las tergiversaciones de los partidos políticos a la hora de representar los verdaderos intereses de la población -de ahí la importancia de establecer el vínculo directo en el binomio líder-pueblo. Para Taggart (2000), el neopopulismo es un fenómeno característico, pero no exclusivo de la Europa occidental, que emergió en las postrimerías del siglo XX. Fue adoptado por un conjunto de partidos políticos de extrema derecha como respuesta al establishment político y a
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Weyland menciona particularmente a Menem en Argentina, Collor de Mello en Brasil y Fujimori en Perú como los ejemplos paradigmáticos del fenómeno neopopulista en la región. Otros como Burbano de Lara añaden a la lista a Bucaram en Ecuador. A pesar de que Menem pertenecía al Partido Justicialista, cuyo fundador fuera el más paradigmático de los populistas en Latinoamérica Juan Domingo Perón, y por lo tanto uno de los partidos que conformaban el establishment político argentino, “fue construyendo una imagen pública de outsider de la política nacional que le daría óptimos frutos en las elecciones presidenciales de 1989. Para ello, hizo de la necesidad virtud y formó una fracción de leales por fuera de las estructuras partidarias y sindicales del peronismo, a las que de hecho tenía muy poco acceso” (Nun, 1998: p. 62)

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los partidos de gobierno tradicional. En este sentido, la variante del populismo europeo de la década de 1990 centró su agenda política en numerosos temas como el rechazo a la Unión Europea como institución supranacional, a los movimientos migratorios internos, un regionalismo étnico y cultural exacerbado, una propuesta contraria a la implementación de mayores políticas impositivas, entre otras. Esto se habría traducido en un anclaje importante de partidos políticos extremistas -de la derecha del espectro político principalmente- en muchos países de Europa, como el Partido para la Libertad de Jorg Haider en Austria, el Frente Nacional de Jean Marie Le Pen en Francia, o la Forza Italia de Silvio Berlusconi en Italia, etc., generando simpatías en buena parte de sus ciudadanos, lo que se ha traducido en número de votos importantes en algunos procesos electorales de los últimos años, como en el caso francés, donde Le Pen disputó las elecciones presidenciales en 2002 contra Jacques Chirac, obteniendo 19% de los votos en la segunda vuelta. El fenómeno neopopulista en general recogería el sentimiento de desencanto con el funcionamiento de la democracia representativa, traduciéndose en una política de carácter anti-institucional que atacó despiadadamente al sistema de partidos, los partidos políticos y sus agendas. Por esta razón se ha afirmado que el neopopulismo es, antes que nada, un fenómeno antipolítico debido al rechazo de las principales instituciones y mecanismos para la resolución pacífica de los conflictos sociales puestos en marcha por las democracias contemporáneas (Betz, 1994; Taggart, 2000; Mayorga, s/f).

1.2.1 Contextualización histórica del neopopulismo El resurgimiento del populismo en Latinoamérica puede ser rastreado en el desempeño de los gobiernos dictatoriales asumidos por el estamento militar que plagaron la región durante la década de 1970 y 1980. Las dictaduras militares latinoamericanas tomaron el poder por la vía del golpe de Estado como respuesta a las políticas “incorporadoras” de los gobiernos populistas clásicos, que en su momento apelaron a la expansión de la ciudadanía y al reconocimiento como sujetos de derechos y deberes de diversos sectores de la sociedad que habían sido represados de la vida civil, económica y política en los países de la región.

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Con la restricción de la participación de las masas en la vida política, las dictaduras militares pusieron en marcha una política económica ortodoxa que buscó la estabilización de la economía nacional, la reducción de los índices de inflación, la modernización del sector agrícola e industrial, entre otros aspectos. Este proceso de modernización económica produjo un importante movimiento de migración interna del campo a la ciudad, donde los campesinos migraron con las esperanzas de encontrar trabajos bien remunerados en el sector formal de la economía. Sin embargo, el sector industrial apeló a la incorporación de mno de obra calificada, contratando a un porcentaje mínimo de los nuevos migrantes, por lo que la gran mayoría tuvo que buscar en el sector informal su fuente de ingresos para la manutención de sus respectivas familias. Este sector informal se caracterizó por estar marginado de las formalidades del Estado, quedando desprotegidas en lo económico, social y político (Weyland, 1999). Estos cambios socioeconómicos afectaron profundamente las condiciones de vida de los sectores más empobrecidos, lo que se tradujo en un aumento de las desigualdades sociales y una distribución más inequitativa del ingreso nacional. Con el advenimiento de la democracia en los países de la región latinoamericana en la década de 1980, se revirtió el proceso de desincorporación de los sectores populares de la vida política, promoviendo, como señala Conniff, “la expansión del electorado hasta el punto de saturación (…) puso a la disposición de políticos hábiles grandes contingentes de personas con poca sofisticación” (2003: p. 32). Además, sumado al pobre desempeño de los nuevos gobiernos democráticos, poco efectivos a la hora de brindarle soluciones a lo que la población consideraba como sus necesidades e intereses, con niveles de inflación altísimos70 y la urgencia de pago de una deuda externa que pesaba en la población en general, produjo “un rechazo amplio de la clase política en general, por parte de la clase media y hasta las masas” (ídem.). En cuanto los países de Europa Occidental, el neopopulismo surgió en las últimas décadas del siglo XX en primer lugar como respuesta a los efectos de la dinámica integracionista del fenómeno globalizador -siendo la Unión Europea una de sus instituciones

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En el gobierno de Alan García en Perú, se introdujeron políticas económicas características de los populismos clásicos de Latinoamérica, al implementar un plan de sustitución de importaciones, de nacionalizaciones y estatizaciones de la banca y las aseguradoras, de mecanismos redistributivos para la mejora del ingreso de los sectores populares, etc. Esto se tradujo en el decrecimiento de la economía en 8,7% y una inflación que llegó a 1722% en 1988 (Dornsbusch y Edwards, 1992; Koeneke, 2003).

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más emblemáticas- (Swank y Betz, 2003). En segundo lugar, irrumpen nuevos partidos políticos neopopulistas con un discurso crítico del Welfare State y la economía mixta como las herramientas comunes aplicadas por los países europeos durante la segunda mitad del siglo XX, y que habían sido sumamente perjudiciales para la población en general (Betz, 1994; Taggart, 2000). En conclusión, el panorama descrito -en América Latina y Europa- permitió la irrupción de nuevos líderes, denominados outsiders en la literatura especializada, ufanados su no pertenencia a la clase política tradicional, que apelaron a un discurso salvacionista e inflacionario en cuanto a sus promesas -propio de los populismos clásicos- para alcanzar la presidencia, y una vez en el poder -en el caso de aquellos que triunfaron-, pusieron en marcha una serie de políticas propias del neoliberalismo como medidas necesarias para lograr la estabilización económica de sus países. Esto produjo una curiosa, aunque no irracional, afinidad entre el neopopulismo y el neoliberalismo (Weyland, 1996, 1999).

1.2.2 Características económicas del neopopulismo Como recordará el lector, se ha dicho anteriormente que el neopopulismo se diferencia principalmente del populismo clásico por el tipo de política económica que llevaría adelante en el ejercicio de gobierno. En este sentido los líderes neopopulistas, aprendiendo de los errores de sus predecesores, dejarían atrás las políticas de corte redistributivo que a la larga tendían a aumentar la inflación y terminaban perjudicando a ese “pueblo” al que apelaban los líderes del populismo clásico. Así, promoverían políticas económicas partidarias de la desregularización y la disminución de cargas impositivas, bajo la creencia de que el mercado por sí solo era capaz de armonizar las relaciones económicas (Betz, 1994: Taggart, 2000). Tanto en Latinoamérica como en Europa, los líderes neopopulistas rechazaron el Welfare State, los programas de expansión del gasto público para promover el consumo interno, por lo que poyaron abiertamente políticas económicas de disciplina fiscal y administración eficiente del gasto público. Así pues, algunos líderes latinoamericanos que lograron triunfar electoralmente como Menem, Collor de Mello y Fujimori, aprovecharon su innegable carisma así como el efecto que producían en la población a través de sus constantes apariciones por los medios radioeléctricos -principalmente la TV-, para imponer un conjunto de políticas

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económicas de corte liberal, que no eran otra cosa que recetas de recuperación económica en gran parte promovidas por los “expertos” del FMI, el Banco Mundial (BM), entre otros. Para salir airosos en esta labor, discursivamente apelaron a la necesidad de poner en marcha estas políticas económicas para mejorar las condiciones de vida de la población en general y del “pueblo” en particular a futuro. En el corto plazo buscarían revertir la situación hiperinflacionaria al reducir la demanda interna, confiscando cuentas bancarias y aminorando el gasto público. Esto se traduciría en una profunda recesión económica que pudo ser sobrellevada por la población en buena medida debido al carisma de estos líderes. En el mediano plazo, pusieron en marcha un modelo de desarrollo neoliberal, reduciendo el tamaño del Estado para darle al libre mercado el protagonismo, abriendo sus fronteras económicas a la inversión e intercambio con el extranjero para así coadyuvar en el mejoramiento de la industrial local (Weyland, 1999: p. 1980).

a) Afinidades entre el neopopulismo y el neoliberalismo Autores como Weyland (1996, 1999) señalan el hecho de no ser casual el “matrimonio” establecido entre el neopopulismo y el neoliberalismo, sobre todo en algunos países de Europa y Latinoamérica en las década de 1980 y 1990. En este sentido, se señalan 5 áreas de confluencia entre ambos fenómenos que se enumeran a continuación: i) Apoyo de las masas: a diferencia de los populismos clásicos que consolidaron su base de apoyo en la alianza multiclasista, conformada principalmente de sectores obreros y clases medias, el populismo de nuevo cuño apelan a los sectores informales -urbanos y campesinosque se encuentran en situación de abandono por parte de las instituciones estatales y que no obtuvieron ningún beneficio de las políticas redistributivas del populismo clásico. Por su parte, el neoliberalismo también se enfoca en los sectores informales para recibir el apoyo necesario que permita implementar sus programas, esto se debe al peso que tienen estos sectores en el total de la población. Cualquiera sea la razón que esté detrás de esto, ambos consideran a los sectores informales como un elemento clave para sostener sus planes. ii) Distanciamiento de las organizaciones intermedias: tanto el fenómeno neopopulista como el neoliberal miran con cierto recelo a las organizaciones intermediarias

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entre el Estado y la sociedad, entre ellas los partidos políticos y los sindicatos. Por su parte, el primero busca deslastrarse de este tipo de organizaciones o en el mejor de los casos subordinarlas a sus propios intereses para lograr la tan efectiva vinculación directa con la población. En el caso del neoliberalismo, el distanciamiento se debe a la denuncia de los beneficios políticos que obtenían por parte del Estado y que socavaban la lógica competitiva del mercado. iii) Ataques a la “clase política”: los líderes neopopulistas, con su fuerte retórica antipolítica, vieron en la clase política y los partidos políticos la alteridad necesaria a la que debían oponerse, justificándolo en los numerosos privilegios y enriquecimientos -en muchos casos ilícitos- alcanzados en detrimento de los intereses del “pueblo” y del país. Para lograr la simpatía de la población y el rechazo que ésta pudiese generar hacia estos actores políticos tradicionales, los nuevos líderes tuvieron que presentarse como los outsiders provenientes de un mundo ajeno a la política para salvar a las masas empobrecidas y al país en su conjunto. Por su parte, los partidarios de la política neoliberal atacaban a la clase política aludiendo el excesivo intervencionismo de Estado y que habían promovido en los últimos años, lo que impedía el libre funcionamiento del mercado. iv) Fortalecimiento del Estado: a pesar de la crítica incisiva hacia la clase política tradicional, los partidos políticos y el rol protagónico que en la esfera económica tuvo el Estado, el neopopulismo y el neoliberalismo buscan robustecer la institución estatal. En el caso de los líderes neopopulistas la centralización del poder era un elemento fundamental para la consolidación de su autoridad personal, cuestión que de alguna forma se fundamentaba en el carácter presidencialista de los sistemas políticos latinoamericanos; de igual forma, los neoliberales necesitaban de una concentración de la autoridad estatal para subsanar la oposición a las reformas de libre mercado, que irónicamente, impulsaría el propio Estado a través de la propia presidencia71.
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Siguiendo a Nohlen (1991) en el sistema presidencial el parlamento y el gobierno se encuentran separados, mientras que en el parlamentarismo el gobierno y el parlamento se encuentran fusionados. Así pues, “la diferencia decisiva entre los dos tipos básicos de régimen político radica en el tipo de coordinación entre parlamento y gobierno. En el presidencialismo, el parlamento y el gobierno son relativamente independientes uno de otro. El gobierno (el presidente) asume un mandato político por un período fijo, constitucionalmente establecido; el parlamento no puede derrocar al gobierno. Entre el cargo de ministro (o miembro del gobierno) y el mandato de los diputados, existe incompatibilidad. En contraposición a ello, en el régimen parlamentario (o parlamentarismo en un sentido más restringido), el gobierno depende de la confianza (o por lo menos de la tolerancia) del parlamento. El gobierno se deriva del parlamento, lo cuál deberá entenderse literalmente como la

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v) Ganar apoyo a través de reformas “impopulares”: de manera un tanto arriesgada, y apelando al vínculo afectivo que habían generado con la población, los líderes neopopulistas aplicaron reformas económicas ortodoxas que buscaban estabilizar la economía de sus respectivos países, causando una profunda recesión, aumento del desempleo en el sector formal de la economía, una disminución de la demanda de productos y servicios en los sectores informales -sus principales aliados y soporte político-, reducción del gasto público y, en última instancia, aumento significativo de la pobreza. A pesar del impacto que pudieron tener estas medidas de ajuste en el grueso de la población, el apoyo a estos líderes se mantuvo casi intacto72, en gran medida a su carisma y a la capacidad que tuvieron para convencer a la población de los sacrificios que había que hacer en el presente para poder vivir un mejor futuro.73 Por su parte, los neoliberales apostaron evidentemente a este tipo de medidas para lograr estabilizar la economía nacional y promover el funcionamiento óptimo del mercado. vi) Programas sociales puntuales: en algún momento los neopopulistas tuvieron que responder a sus seguidores a través de algún tipo de programa social. Por su parte, los neoliberales promovieron la aplicación de este tipo de programas, específicamente programas para combatir la pobreza, para hacer viables sus planes de reforma estructural económica al mismo tiempo que los sectores afectados por la política económica ortodoxa recibían compensaciones en forma de programas sociales promovidos por el Estado. Cabe destacar que en el caso de los neopopulistas la mayoría de este tipo de programas fueron aplicados en momentos de campaña electoral para garantizar de ese modo el triunfo en futuros comicios74.

compatibilidad entre el mandato de los diputados y el cargo ministerial. Por lo tanto, los ministros permanecerán en funciones mientras exista una mayoría en el parlamento que los apoye, o al menos mientras éste no los censure” (p. 26). Por esta razón, siendo las democracias latinoamericanas de carácter presidencialistas, los partidarios de las políticas neoliberales debían establecer buenas relaciones con los presidentes de estos países, debido al peso que tenían éstos en el sistema político en general. En los años 1990 esto ocurrió durante los mandatos de Menem en Argentina, Collor de Mello en Brasil (hasta su destitución por escándalos de corrupción administrativa) y Fujimori en Perú. 72 De hecho, a mediados de los ‘90 Menem y Fujimori ganaron las elecciones en las que compitieron para la reelección presidencial en sus respectivos países con porcentajes de votos muy superiores a sus contendientes inmediatos. 73 Es importante recordar los niveles de hiperinflación que experimentaron estos países desde la década de 1980, y cómo la aplicación de las medidas económicas neoliberales lograron reducirla y estabilizarla por debajo de tres cifras. Esto permitió que la población mantuviera sus lealtades prácticamente inmutables hacia los líderes del neopopulismo. 74 Ellner (2004) señala que el presidente Fujimori “implementó un programa social masivo administrado por el Ministerio de la Presidencia con los ingresos de las privatizaciones, que habían excedido las expectativas. Estas asignaciones fueron diseñadas con propósitos electorales para ganar el voto de los pobres en aquellas provincias

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1.2.3 Características políticas del neopopulismo Es en sus características políticas que el neopopulismo guarda mayor semejanza con los populismos clásicos de mediados del siglo XX, entendida las mismas como elemento fundamental de un modo de hacer política concreto que tiene en el “pueblo” y la reivindicación de sus intereses su principal objetivo. Una de las grandes diferencias políticas entre ambos populismos radica en el uso otorgado a los medios radioeléctricos por parte de los líderes neopopulistas para mantener el contacto con sus seguidores a diferencia de los populistas clásicos que apelaban a las grandes movilizaciones y concentraciones de masas. Según Conniff (2003), los nuevos líderes apelaron al “pueblo” como lo habían hecho los populismos clásicos, es decir, Continuaron a dirigir sus palabras al pueblo, usualmente por televisión, sin permitir la intervención de organizaciones. Asumieron la postura de figuras nuevas sin los malos hábitos de la corrupción, y atacaron los gobiernos existentes sin tregua (…) eran expertos en las más modernas técnicas de marketing político, especialmente la televisión y las encuestas de opinión pública (p. 34). En cuanto al apoyo político obtenido en distintos sectores de la sociedad, los neopopulistas vieron con recelo a los aliados tradicionales del populismo de antaño, entre ellos los sindicatos, los empleados de la burocracia estatal, las asociaciones empresariales, entre otras, bajo el alegato de haberse opuesto a las nuevas políticas neoliberales que aquellos venían implementado una vez que accedieron al poder presidencial. Esta es la razón principal por la que optaron por establecer relaciones directas o cuasidirectas, sin ningún tipo de mediación institucional con sus seguidores (Conniff, 2003; Weyland 1996, 1999), siendo ésta una de las características en la que llega a haber una clara diferencia con el populismo clásico. Otra característica que cabe la pena destacar es aquella que se relaciona con el discurso al que apelaron los líderes del neopopulismo, porque si bien mantuvieron una retórica de enfrentamiento a un “enemigo” que atentaba y atentó contra los intereses del “pueblo” al igual que los líderes del populismo clásico, los primeros contrapusieron su discurso no solo a las élites económicas y a la oligarquía en general, sino al establishment político como un todo, incluyendo a los partidos políticos, que para los “viejos” populismos habían sido un
donde los partidos de oposición habían tenido éxito en las elecciones municipales de 1993 (…) Así, el gasto social generó lealtad personal hacia Fujimori, pero no hacia su partido” (p. 24).

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importante aliado para canalizar las demandas y exigencias de la alianza policlasista. Así, la retórica de los nuevos populismos era de corte antipolítico y no antioligárquico como en los populismos clásicos. El acento antipolítico otorgado a la actuación de estos nuevos líderes será un elemento característico del neopopulismo tanto en América Latina como en Europa, este nuevo modo de hacer política “se desarrolla en el terreno de la democracia, pero atacando implacablemente a sus protagonistas principales, los partidos” (Mayorga, s/f: p. 179), e irrumpe como respuesta al descontento con las ejecutorias de los regímenes democráticos en general, particularmente en su pobre actuación a la hora de representar satisfactoriamente los intereses de la ciudadanía y a la incapacidad de frenar la corrupción administrativa. Partiendo de estos elementos los neopopulistas construirán su retórica característica, primero ufanándose de ser outsiders, es decir, actores totalmente ajenos al sistema y a la clase política, y luego justificando la eliminación de instancias intermedias para vincularse directamente con la población75. Sin embargo, la ausencia de mediación institucional en las sociedades contemporáneas es prácticamente imposible. A pesar de presentarse como outsiders, en algunos casos los líderes neopopulistas tuvieron que construir partidos políticos meramente instrumentales que fungieran como plataformas electorales -el caso de Fujimori en Perú es paradigmático en este sentido-, en otros, tuvieron que lidiar con sus propios partidos para poder instrumentalizar sus planes de gobierno –destacan Menem en Argentina y las tensiones con el Partido Justicialista, Le Pen en Francia y el enfrentamiento con su diputado Bruno Megret, lo que concluyó en la división del Frente Nacional, entre otros-.

Los neopopulistas, al tener en la democracia su escenario de actuación, tuvieron que tener algún tipo de plataforma que les permitiera competir en elecciones y así acceder al poder presidencial. En este sentido, conformaron partidos políticos meramente instrumentales, carentes de cualquier ideología y sustentados exclusivamente por el propio carisma de los líderes, el caso más representativo en este sentido se encuentra en Fujimori, quien conformó, más que un partido político estrictamente hablando, una plataforma electoral de nombre CAMBIO 90 que le permitió acceder a la presidencia. En este sentido, Ellner (2004) señala que “Fujimori no hizo ningún esfuerzo para construir un partido político que le hubiera asegurad (…) una presencia a largo plazo en Perú (…) Un partido político cohesivo hubiera podido organizar e incorporar a los miembros de la clase marginal para convertir la vaga simpatía que tenía hacia Fujimori en un apoyo firme a largo plazo” (p. 31). Quizá un caso contrario, que se aleje de este panorama, sea el de Menem en Argentina, que como se ha visto, era miembro de uno de los partidos con mayor tradición en el país, el Partido Justicialista, es decir, “Menem no era de ninguna manera alguien ajeno a la política profesional” (Nun, 1998: p. 62), pero logró vender la imagen de alguien que venía a “sanear” al sistema político en su conjunto, lo que evidentemente se tradujo en su victoria en las elecciones de 1989.

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1.2.4 El rol de los “outsiders” y el fenómeno de la antipolítica Se ha dicho en páginas anteriores, y en buena parte de la literatura especializada (Betz, 1994; Weyland, 1996, 2001; Conniff 2003; Burbano de Lara, 1998; Taggart, 2000), el papel fundamental que jugaron los nuevos líderes catalogados como neopopulistas para la configuración del populismo de las postrimerías del siglo XX. Sobre este aspecto en particular es en el que puede decirse que el populismo clásico y el de nuevo cuño tienen mayores puntos de encuentro, en especial porque ambos tipos de liderazgos pretendieron establecer relaciones cuasi-directas y poco mediadas con sus seguidores, cuestión que pudieron haber concretado mucho más los neopopulistas debido al avance tecnológico de la TV como principal canal de comunicación a las masas. Además, de lo anterior puede decirse que ha sido uno de los elementos que ha generado mayor discusión sobre la irrupción del neopopulismo en los últimos años, es decir, entendiendo que “los nuevos liderazgos han revivido el debate sobre el populismo (…) por la relevancia que muestra el ‘líder’ -imprecisamente definido- en los procesos abiertos por ellos” (Burbano de Lara, ídem, p. 10). La aparición de esta nueva tipología de líderes que irrumpen en la escena democrática ufanándose de no tener mayores vínculos históricos con la misma, ha llevado a catalogarla como liderazgos outsiders, por lo que se llegó a afirmar que surgieron como consecuencia de la crisis y progresiva deslegitimación del sistema político democrático. Se trata de una forma de liderazgo muy personalizada que emerge de una crisis institucional de la democracia y del Estado, de un agotamiento de las identidades conectadas con determinados regímenes de partidos y ciertos movimientos sociales, de un desencanto general frente a la política y del empobrecimiento generalizado tras la crisis de la “década perdida”. Semejantes contextos se han vuelto propicios para producir, aparentemente, la conocida combinación sociológica de liderazgos muy personalistas con “políticas de masas” (Ídem.). Para capitalizar el éxito político y acceder al poder presidencial, los outsiders centraban sus discursos en ataques despiadados a sistemas democráticos que imperaban en sus países, así como a la incapacidad de los mismos para resolver de los principales problemas de la población. Como bien se ha señalado “estos actores han surgido en un contexto de sistemas democráticos inestables, caracterizados por organizaciones estatales y sistemas partidarios en proceso de deslegitimación y descomposición” (Mayorga, ídem, p. 182), lo que se traduce en un ataque feroz por parte de los neopopulistas hacia las instituciones paradigmáticas de la

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política democrática debido al “desencanto coyuntural con los partidos o incluso cierta indiferencia ante la erosión de su legitimidad” (Mayorga, ídem, p. 180). El fenómeno neopopulista tiene ciertos puntos de encuentro con el fenómeno “antipolítico” tal como se ha descrito previamente. Estos aspectos donde ambos fenómenos coinciden son76: a. El neopopulismo es una forma de decisionismo y voluntarismo político que irrumpe

como consecuencia del desgaste y debilitamiento de las instituciones democráticas y sus ejecutorias77, en este sentido, el neopopulismo es “antipolítico” en su esencia. b. El nuevo populismo exacerba el estilo político personalista y antiinstitucional derivada

de una cultura política patrimonialista. La política neopopulista concentra el poder en manos de la figura presidencial y emplea métodos de gobierno personalistas que prescinden de las organizaciones partidarias y fomentan el vínculo cuasi-directo entre el líder y la población78. c. A nivel discursivo, los neopopulistas carecen de un corpus ideológico coherente y

estructurado, apelando a referentes relacionados con el “pueblo” oprimido por el establishment, con un profundo arraigo “antipolítico”. El neopopulismo abandona a los tradicionales enemigos del populismo clásico como el imperialismo, y además rechaza la estatización económica y la política cepalista de sustitución de importaciones.

1.2.4.1 El neopopulismo en Latinoamérica Latinoamérica ha sido una de las regiones con mayores experiencias populistas a lo largo de su historia, por lo que la experiencia del neopopulismo no fue la excepción. La lista de gobiernos neopopulistas en la región puede ser bastante larga, siendo señalados entre ellos los gobiernos de Menem en Argentina, García y Fujimori en Perú, Collor de Mello en Brasil, Cárdenas en México, Fernández y Palenque en Bolivia, Pérez, Caldera y Chávez en Venezuela (Cammack, 2000).

Para mayor profundidad en relación con este tema, ver Mayorga (s/f). Esta forma particular de ejercer la política, en el marco de los sistemas democráticos, será conocida como “democracia delegativa” producto del reconocido trabajo de O’Donnell (1994) del mismo nombre. 78 Como se verá más adelante, el sistema presidencialista latinoamericano abrió las brechas para que este tipo de liderazgos obtuvieran el poder presidencial, a diferencia de los sistemas parlamentaristas europeos donde, salvo en el caso de Italia, los líderes neopopulistas tuvieron mayores dificultades para capitalizar el éxito político.
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A pesar de este largo listado, hay consenso en la literatura especializada para definir como gobiernos neopopulistas paradigmáticos a los de Menem, Fujimori y Collor de Mello (Weyland, 1996, 1999; Connif, 1999a, 2003; Panniza, 2000; De La Torre, 2003). Sobre los mismos se presentan algunos comentarios a continuación: a) El neopopulismo peronista de Menem: Como consecuencia de la asfixiante crisis económica y de los que fueron percibidos por un sector importante del país como reiteradas pifias políticas, el electorado argentino recurrió al “amigo” histórico de los trabajadores y de las clases empobrecidas en las elecciones de 1989, el peronismo, que para esta ocasión se presentó con el candidato Carlos Menem, político de experiencia regional en la gobernación de la provincia de La Rioja. En otras palabras, la difícil situación por la que atravesaba la sociedad argentina, llevó a que la gente se preocupara más por lo que quería dejar atrás, evadiendo posibles preguntas sobre el tipo de sociedad que querían para el futuro. Es bajo esta lógica que la figura de Menem, montado en un carro llamado el “Menemóvil” y con el slogan de “¡síganme!” difundido a través de una estrategia mediática organizada, caló de manera apabullante. A lo largo de su campaña presidencial, Menem apeló a las tradicionales recetas del peronismo para acceder al poder, al menos desde una perspectiva discursiva, divulgando promesas de distribución económica y estatismo para solventar la crisis y la desigualdad económica. Muchas de ellas, sobretodo los ofrecimientos de corte económico, fueron luego rápidamente descartadas y suplantadas por tesis diametralmente opuestas tras la victoria electoral. La concentración de poder y el personalismo político como constante de los gobiernos neopopulistas de la región, de clara tendencia verticalista en la toma de decisiones, fue replicada por el propio Menem al apoyarse en la obediente mayoría parlamentaria justicialista para llevar adelante una serie de reformas que consolidarían su permanencia en el poder79. Como hechos paradigmáticos en este sentido destacan la ampliación del número de jueces de la Corte Suprema de Justicia para asegurar los fallos favorables que necesitase el Ejecutivo, la concesión de poderes especiales para el Ejecutivo que le permitieran gobernar a través de decretos, y en particular la reforma constitucional de 1994 que como resultado
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Las relaciones de Menem con el partido peronista no fueron siempre armónicas pero si se pueden distinguir ciertas fases en las que la mayor cantidad de reformas aprobadas por el Congreso coinciden con los periodos de apoyo parlamentario a la gestión de gobierno.

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plasmó la reelección presidencial -esto permitió que Menem fuese elegido para un segundo mandato de 4 años que concluiría en 1999-. Por último, cabe destacar que buena parte del éxito que pudo alcanzar el presidente Menem durante sus mandatos presidenciales, se debió a la habilidad que demostró en el uso de los medios de comunicación y de los estudios de opinión pública (encuestas) para la toma de decisiones, siendo éste uno de los elementos característicos del populismo de nuevo cuño, al valerse de los avances tecnológicos que posibilitan la transmisión del mensaje sin intermediarios. Igualmente la acentuación de los poderes presidenciales al punto de crear un hiper-presidencialismo sintomático que por una parte absorbía las competencias de otras instituciones y por otra parte alentaba su inutilidad forzando a constantes delegaciones de poder sobre el presidente y su gabinete. b) Fujimori y el neopopulismo peruano: El ascenso de Alberto Fujimori a la presidencia del Perú en 1990 tiene sus antecedentes directos en las ejecutorias de la presidencia de Alan García de 1985 a 1990. La desastrosa gestión económica de su gobierno produjo una reducción importante del empleo formal, un aumento de la desocupación y, en consecuencia, de la llamada “economía informal”. Según algunos autores, esto produjo “la emergencia de un universo nuevo de relaciones, identidades e instituciones sociales” (Quijano, 1998: p. 191), en otras palabras, gente que quedó totalmente desprotegida y excluida de cualquier resguardo del estado ante una serie de decisiones políticas que los dejaron como damnificados del sistema. El marco de estas nuevas relaciones e identidades sociales sentaron las bases para la irrupción del fenómeno antipolítico como identidad en la sociedad peruana, llevando a un sector importante de la población a rechazar las propuestas y los candidatos de los partidos políticos tradicionales, entre ellos el APRA, ya que no se sentían representados por los mismos. Este descontento le abrió el camino a la presidencia a Alberto Fujimori, candidato que se ufanaba de no tener vinculaciones con el statu quo, ni con la clase dirigente, y que a través de un hábil manejo de los medios masivos de comunicación, de un discurso novedoso que buscaba anclar en los sectores populares al identificarse directamente con ellos -“los chinitos con los cholitos” como diría en su primer mitin público en una barriada de Lima en 1990-, las promesas de reconocer como ciudadanos plenos de derechos políticos a los sectores informales de la economía peruana -llegó a oficializar la buhonería y creo un banco buhonero en su gobierno-, y a la habilidad demostrada por su persona para evitar el menoscabo de su

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popularidad en estos sectores mientras impulsaba políticas económicas de corte liberal para reactivar el aparato productivo del país. A pesar de haber sustentado su campaña en un discurso profundamente antiliberal -más no antitecnocrático-, una vez juramentado en el cargo Fujimori adoptó una serie de medidas que iban en sentido contrario a lo que había expresado a lo largo de toda su campaña. Sus decisiones y visiones en materia de política económica se fueron evidenciando y separando de las promesas electorales al implementar un programa de ajustes que estipulaba la eliminación del control de cambio, el aumento del precio de la gasolina, la eliminación de subsidios para otros bienes y servicios, la liberación de precios, la suspensión de exoneraciones tributarias, el incremento del salario mínimo, entre otras medidas. En algunos sentidos, parte de la estrategia de Fujimori para ganar adeptos se asemejaba a la de su predecesor Alan García en cuanto a que ambos procuraban atraer la atención del electorado mediante simpatía e igualación. Eran frecuentes sus discursos improvisados en donde trataba de congeniar con los diversos sectores del país vestido incluso con atuendos locales para lograr mejor asimilación. Probablemente la mayor diferenciación seria considerar que mientras que Alan García representaba a un partido tradicional, Fujimori quería ser visto como el hombre común, sin alianzas distintas a las que el mismo “pueblo” le impusiese. García era un hombre del partido y como tal tenia jerarquía en sus intereses ya que debía responder a la maquinaria que lo había llevado al poder. Fujimori ofrecía justamente todo lo contrario al hombre de la calle y le prometía además resultados simples y rápidos que no habían sido tomados antes pues el anterior liderazgo estaba imbuido de politiquería burocrática y corrupta. Es por ello que a través del establecimiento de un vínculo cuasi-directo con las masas peruanas, Fujimori logró gobernar el país por dos períodos consecutivos sin mayores plataformas partidistas que sustentaran su programa político, convirtiéndose en una de las experiencias neopopulistas más emblemáticas de Latinoamérica. c) La experiencia de Collor de Mello en Brasil: Fernando Collor de Mello fue el primer presidente elegido a través de comicios en los últimos 30 años de la historia brasilera con un total de 53% de los votos. Collor aprovechó el descontento generalizado de la población para presentarse como un actor ajeno a todo el establishment político que irrumpía

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con la clara intención de erradicar la corrupción, el clientelismo y los privilegios de las clases políticas tradicionales. Para construir esta imagen de outsider se apoyó en la influencia de los medios de comunicación social, en particular la cadena televisiva TV Globo, retratando aspectos de su vida personal que lo alejaban así de la imagen del político tradicional. A lo largo de su campaña apeló a la reivindicación de los sectores excluidos del statu-quo, presentándose como un líder independiente de los grupos organizados, fuesen éstos económicos o políticos (Panizza, 2000: p. 182). Ungido como presidente, Collor puso en marcha de manera arbitraria y sin consultarle a los distintos sectores del país, un paquete de medidas económicas de corte neoliberal que buscaban, minimizar la intervención del Estado en la economía, la estabilización macroeconómica y la reducción de los altos niveles inflacionarios. A pesar del apoyo popular que había recibido en un principio, sustentado no por instancias partidarias sino por el apoyo de TV Globo, la incapacidad de su plan económico para solucionar los problemas del país y el escándalo por corrupción administrativa mermaron su legitimidad, concluyendo en su renuncia a la presidencia en diciembre de 1992.

1.2.4.2 El neopopulismo en Europa La aparición del fenómeno neopopulista en Europa se habría producido como respuesta al desarrollo progresivo del Estado de Bienestar y a la amplia burocracia que lo sustentaba, así como a la corrupción auspiciada por los partidos políticos del statu-quo. Esto habría promovido la aparición de nuevos liderazgos ufanados de no tener vínculos con el orden político vigente que articularían un discurso crítico contra el consenso generalizado en torno al acuerdo de la postguerra. A diferencia de la mayoría de los movimientos populistas latinoamericanos, la variante europea de las últimas décadas emergería de los partidos políticos de la “extrema derecha” (Betz, 1994). En el plano discursivo, tendrían como principales referentes el problema de la carga impositiva de algunos sistemas políticos, la continua migración hacia el continente europeo, el nacionalismo y regionalismo (Taggart, 2000: p. 75), así como el rechazo al establishment político, que llegaría en algunos casos a un sentimiento claramente “antipolítico”. Además, se ha señalado que el populismo de derecha podría ser una “condición patológica” de las sociedades industriales de Europa (Betz, 1994: p. 22), es decir, una especie de respuesta de algunos sectores de la sociedad ante posibles fallas

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del sistema democrático. Esto se habría canalizado a través de el “voto protesta” contra el establishment (Betz, 1994: pp. 38-41). Cuando se buscan las posibles “causas” que pudiesen haber incidido en la aparición del fenómeno neopopulista en la Europa de finales del siglo XX, algunos autores (Betz, 1994) convienen en señalar la desfragmentación social consecuencia de la puesta en marcha del proceso globalizador en los países europeos. Esto habría mermado la capacidad del Estadonación para proveer referentes universales e identidades amplias y/o globales para toda la población, emergiendo así identidades contextualizadas o subculturas, que se relacionarían con la etnia, estilos de vida, preferencias sexuales, etc. (Betz, 1994: p. 29). Las últimas décadas del siglo XX demostrarían la irrupción de un sentimiento de descontento hacia la democracia representativa y sus instituciones principales, específicamente los partidos políticos del establishment. Esto sería aprovechado por un conjunto de líderes, quienes a través de su carisma y su maquinaria partidista, articularían un discurso profundamente crítico del orden establecido que calaría en aquellos sectores de la población descontentos con el orden político vigente. La canalización que harían los líderes populistas del sentimiento de desencanto y rechazo hacia el sistema político y sus principales instituciones por parte de algunos sectores de las sociedades europeas, sería definido como la “política de resentimiento” (Betz, 1994). A nivel discursivo la “política de resentimiento” profesada por los políticos neopopulistas no sólo tendría su anclaje en la crítica férrea al sistema impositivo y a la migración no controlada desde otros continentes -lo que exaltaría sentimientos nacionalistas que llegarían a la xenofobia en algunos casos-. Además, los neopopulistas se presentarían ante el electorado como actores ajenos al establishment político que resaltaban valores de la vida sencilla de tiempos pasados. Tendrían como base de apoyo en el electorado a los jóvenes que trabajaban en el sector privado en las principales ciudades. Como eran movimiento que manejaban una ideología un tanto difusa, el apoyo podía ubicarse en cualquier lugar del espectro político, sin embargo, como se ha señalado anteriormente, la misma tuvo un mayor anclaje en la “extrema derecha” (Taggart, 2000: p. 75). A pesar de la afirmación anterior, resultados de investigaciones recientes arrojarían una nueva hipótesis según la cual existirían datos suficientes para determinar la coexistencia del populismo con sectores y liderazgos de la “izquierda” europea, entre ellos un grupo de líderes que han sido críticos de la globalización

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como Joshka Fischer y Gregor Gysi en Alemania, José Happart en Bélgica, José Bové en Francia (Jones, 2007: p. 37). Los partidos políticos del neopopulismo europeo tuvieron una organización distinta a los partidos tradicionales, en buena medida producto del sentimiento “antipolítico” de los líderes que los conformaron. Más que partidos estrictamente hablando, se conformarían como movimientos dependientes de sus principales líderes y no de un entramado institucional. Éstos llegarían a articular un discurso comprometido con la participación directa de los miembros del partido, a la vez que cohesionaban a los miembros en torno a sus liderazgos y no hacia una ideología elaborada y precisa (Taggart, 2000; Jones, 2007). Antes bien, salvo por aspectos puntuales que articularían estos líderes en torno a la “política de resentimiento”, como la crítica férrea al establishment, a los partidos políticos dirigentes, y un claro sentimiento de reivindicación nacionalista -que rayaría en la xenofobia en algunos casos-, el corpus ideológico de los partidos populistas llegaría a ser bastante vago e impreciso. Entre los casos más destacados del neopopulismo en Europa de las últimas décadas del siglo XX pueden señalarse80: a) La Lega Nord italiana: la Lega Nord surge como respuesta a las demandas de los sectores del norte de Italia debido a lo que ellos consideraban era un abuso de privilegios por parte del Estado hacia los sectores del sur, por lo que el regionalismo fue uno de los elementos característicos del fenómeno neopopulista en el país. El partido fue creado por Umberto Bossi en los 1980 producto de una coalición de distintas fuerzas regionales, y en 1992 había capitalizado 8,7% de los votos a nivel nacional apelando a un discurso contrapuesto a las élites políticas tradicionales, las redes políticas establecidas por éstas para satisfacer las demandas de sus aliados así como la corrupción derivada de esta dinámica (Taggart, 2000). Para mediados de los 1990 había emergido una figura importante para el neopopulismo italiano en la figura de Silvio Berlusconi y su Forza Italia, partido que compartió la mayoría de votos en 1994 para así formar parte de la coalición que accedió al poder en ese momento junto al partido de Bossi. El “matrimonio” por conveniencia establecido entre ambos partidos duró poco, ya para 1996 se había disuelto debido a escándalos de corrupción en los que se vio

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Para un listado exhaustivo de las experiencias neopopulistas europeas se recomienda la lectura de los trabajos de Betz (1994) y Taggart (2000).

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envuelto Berlusconi, demostrando como la crítica de los neopopulismos quedaba simplemente en una retórica confusa utilizada para obtener la victoria política que se desvanecía una vez en el poder (Taggart, 2000). b) Le Pen y el Frente Nacional: Jean-Marie Le Pen fundó el Frente Nacional en 1972 retomando el legado de su antiguo mentor Pierre Poujade, quien en la década de 1950 había cultivado una imagen que caló en la gente sencilla debido a su lenguaje directo y simple. El movimiento de Poujade se opuso a los altos impuestos promovidos por el gobierno central y a la influencia que tenía Paris en todos los aspectos de la vida política francesa. Le Pen retomó estos aspectos del poujadismo no para hacer a Francia más competitiva en el plano económico, sino para proteger la identidad francesa la cual consideraba amenazada (Betz, 1994: p. 128)81. Llegaría a articular este sentimiento con una militancia de orientación nacionalista que llegaría a oponerse a toda política de migración que tuvo cierto anclaje en el electorado. A finales de 1990, el Frente Nacional llegó a captar 15% del electorado, e incluso disputó las elecciones presidenciales contra Chirac en de 2002, donde obtuvo 19% de los votos en la segunda vuelta (Taggart, 2000). c) El partido Republikaner en Alemania: el Republikaner cobró arraigo importante en la Alemania de 1980 al autodefinirse como el partido defensor de los intereses nacionales y la identidad nacional del “pueblo” alemán -en estos aspectos coincidiría con el Frente Nacional francés p. ej.-. El contexto en el cual emergerían las denuncias del partido estaría el relativo éxito económico de los países de Europa oriental en los últimos años (Betz, 1994: p. 132). Por esta razón, los miembros de Republikaner denunciarían al establishment por la ausencia de políticas tendientes a la promoción de los intereses alemanes en el escenario nacional e internacional, que según ellos se habían visto afectados además por las continuas migraciones provenientes de países del continente africano y asiático (p. 133). Bajo este escenario, en los años previos a la unificación alemana, la política del partido Republikaner se habría centrado en dos objetivos claramente identificados con la agenda de
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La posición del Frente Nacional en relación con la migración de otros continentes sería conocida públicamente por las continuas declaraciones que realizó Le Pen para hablar sobre el tema. Para explicarlo Le Pen afirmaría: “me gustan más mis hijas que mis sobrinas, mis sobrinos más que mis vecinos, mis vecinos más que los extraños, los extraños más que mis enemigos. Como resultado prefiero a los franceses, ese es mi derecho. Luego prefiero a los europeos, luego a los occidentes, y después al resto de los países del mundo en el que tenemos aliados y que simpatizan con Francia” (citado en Honoré -1985- y Le Pen -1989- y tomado de Betz, 1994: p. 130)

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los neopopulismos de otros países europeos: por un lado, apelarían a la exaltación de la identidad nacional del “pueblo” alemán como una condición previa para garantizar la unificación de las dos Alemania’s; por otro lado, denunciarían la creciente ola migratoria que atentaba contra la identidad alemana y la consecuente necesidad de establecer políticas claras para controlar y/o prohibir los movimientos migratorios hacia territorio germano (Betz, 1994: p. 133). d) Haider y el Partido de la Libertad Austriaca: Jörg Heider alcanzó cierta “fama” por algunas declaraciones que vislumbraban su apoyo a las políticas de empleo promovidas por Hitler en la Alemania del Tercer Reich, pero su éxito político se debió sobretodo a la crítica feroz del sistema político austriaco con una fuerte dosis de xenofobia en su discurso. En 1992 apelaría a la movilización del electorado a través de una campaña para la activación de un referéndum centrado en la necesidad de una legislación que controlara la inmigración. Hizo campaña contra la incorporación de Austria a la Unión Europea en el referéndum de 1994, año en el que el partido logró alcanzar 22,5% del voto nacional en gran medida partiendo del rechazo de la política de cártel auspiciada por los partidos políticos tradicionales en la que quedaron excluidas las otras fuerzas políticas del país (Taggart, 2000). e) El Vlamms Blok belga: este partido irrumpiría en las últimas décadas del siglo XX en el escenario político de Bélgica con una agenda neoliberal crítica de las altas cargas impositivas, la corrupción administrativa en el Estado, la necesaria reforma de sus instituciones y la independencia de Bruselas. No sería sino hasta principios de la década de 1980 cuando el contenido de la agenda política del partido complementaría sus exigencias independentistas con un discurso xenofóbico y racista (Betz, 1994: p. 136). El Vlamms Blok, al igual que el Frente Nacional francés, argumentaría que los tres principales problemas que afrontaba el país en su momento fueron: la inmigración, la inseguridad y el desempleo. Sin embargo, las denuncias que siguieron haciendo contra el establishment mantuvieron la orientación nacionalista asumida en los últimos años. Las

mismas abogarían por la independencia de los territorios flamencos para así crear una comunidad homogénea en lo cultural y lo lingüístico junto a Holanda y Sudáfrica (Betz, 1994: p. 136).

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Los sentimientos xenófobos y el nacionalismo exacerbado del partido provenían de dos situaciones distintas que eran vistas con preocupación por los miembros del mismo. Por un lado, consideraban una amenaza para la integridad nacional flamenca los continuos movimientos migratorios -unos legales, otros ilegales- provenientes de África y Asia; por el otro lado, veían con preocupación el descenso en la tasa de natalidad de la población de origen flamenco. Por esta razón, apelarían a una política propagandística que tenía como objetivo principal exaltar la identidad del “pueblo” flamenco apelando a los lemas “La propia gente primero” y “Por la defensa propia”, los cuales fueron utilizados en la campaña electoral de 1991 (Betz, 1994: p. 137).

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CAPÍTULO II EL POPULISMO LATINOAMERICANO

2.1

Definición teórica del populismo latinoamericano La historia del siglo XX latinoamericano ha estado claramente marcada por la presencia

y constante irrupción del fenómeno populista en la política. En este sentido, han sido incontables los esfuerzos realizados por diversos científicos sociales y políticos para el estudio y la comprensión del mismo. Entre los primeros que asumieron la labor se encuentra Germani (1962)82, quien busca entender la conducta política las sociedades latinoamericanas, que al ser sociedades subdesarrolladas -o en vías de desarrollo-, presentaron una especie de “desfasamiento cultural”, lo que se traduciría en la convivencia permanente de estructuras “modernas” con lo “no contemporáneo”83. Esto significa que se está en presencia de situaciones donde simultáneamente coexisten en un territorio determinado un asincronismo técnico y asincronismo geográfico, produciéndose así un desarrollo desigual de la sociedad en su conjunto. La utilización de los adelantos más recientes de la técnica al lado de la supervivencia de instrumentos ya caducados, o bien, el contraste entre “regiones
En: Germani, di Tella y Ianni (1973). Ob. Cit. Germani (1962) considera que los países latinoamericanos han pasado por seis fases o estadios de desarrollo desde el momento en que se enfrentaron al país de dominio -España y Portugal principalmente-, para alcanzar su independencia, por lo que unos países pudieron haber estado en una fase de desarrollo más adelantado que otros, debido al momento en que se hubiese dado inicio a la gesta pro-independentista: 1) Guerras de liberación y proclamación formal de la independencia. 2) Guerras civiles, caudillismo y anarquía. 3) Autocracias unificantes. 4) Democracias representativas con una participación “limitada”, generalmente de corte “oligárquico”. 5) Democracias representativas con una participación “extensa”. 6) Democracias representativas con una participación “total”. 7) Por último, como una alternativa posible de las tres formas de democracia estarían lo que Germani denomina como revoluciones “nacionales-populares” (p. 15). Para este autor, el término “nacional-popular” vendría a ser un uso alternativo a lo que en la literatura especializada se ha conocido como populismo.
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evolucionadas” y “regiones atrasadas” en un mismo país (…) Igualmente, todos los aspectos de la estructura social pueden ser asincrónicos: tanto sus elementos psicológicos como la “superficie” material y ecológica. Dentro de la misma región (…) coexisten grupos “avanzados” y grupos “atrasados” (Germani, 1962: p. 12). Por esta razón, producto del desigual desarrollo experimentado en los países latinoamericanos, Germani (1962) ubica la irrupción del fenómeno populista en la fase de la democracia representativa de participación “limitada”, momento en el que se ha alcanzado cierta estabilidad económica y social que ha promovido la aparición de sectores medios y una clase media urbana. Estos sectores, en su mayoría profesionales de formación universitaria, gozaron de cierta participación en la organización social y económica del país a principios del siglo XX, pero siempre bajo la cercana vigilancia de la clase dominante, en este caso la oligarquía campesina y los terratenientes. Como señala Germani (1962) al reforzar su hipótesis del desarrollo “no contemporáneo” experimentado en la región, el descontento de las clases medias de las ciudades se iría incrementando, ya que consideraban que su participación en las decisiones de interés público era bastante escasa. Estas clases medias crecen al ritmo de desarrollo de la urbanización y de la industrialización y, aunque al principio sigan identificándose en parte con la “oligarquía”, terminan por adquirir cierta conciencia de su propia existencia y de sus propias posibilidades (…) Sin embargo, en este estadio de la participación limitada, la restricción del funcionamiento de la democracia entraña no sólo la no participación de los elementos de regiones “periféricas”, sino también la (relativa) marginalidad política de las clases populares que viven en las regiones centrales (…) del proletariado urbano que se halla en vías de formación (pp. 18-19). La situación impuesta por el establishment para limitar la participación política de los sectores medios habría promovido el descontento de estos últimos por lo que buscaron el apoyo en otros sectores “excluidos” de la dinámica política, principalmente el movimiento obrero de las ciudades. Producto de la unión de los diversos “sectores sociales”, entre ellos la clase media profesional y el movimiento obrero urbano, se conformó la alianza policlasista como un actor novedoso que podía apalancar las demandas de participación e inclusión de los sectores que la conformaban, promoviendo cambios sociales considerables84.

La emergencia de las clases medias en la realidad social latinoamericana está asociada al proceso de modernización y desarrollo que experimentó la región en el transcurso del siglo XX. Autores como Ratinoff (1971) lo definen como “la formación de un nuevo tipo de estructura social como consecuencia del crecimiento de las grandes ciudades” (p. 71). Las principales ciudades en Latinoamérica asumieron un papel como centros de progreso y transformación social en el que se formarían nuevos grupos sociales con una visión “progresista” que

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La transición al estadio siguiente, al de la “participación extensa”, ocurre en el momento en que, generalmente a consecuencia de una alianza, consciente o no, entre clases medias y populares, las primeras se vuelven más fuertes y las últimas adquieren una posibilidad real de participar en la vida política y de hacer sentir su influencia en ella (Germani, 1962: p. 19). Una vez que la alianza policlasista irrumpió en el plano político, pudo consolidarse el movimiento “nacional-popular”, siendo ésta “la forma apropiada de intervención en la vida política nacional de las capas sociales tradicionales, en el transcurso de su movilización acelerada” (Germani, 1962: p. 29). Este movimiento fue la expresión de las llamadas “ideologías de industrialización”, en donde convergían posturas ubicadas en la derecha o la izquierda del espectro político ideológico. Así, como señala Germani (1962), en la “ideología” del fenómeno populista llegaron a convivir el autoritarismo, el nacionalismo, variantes del socialismo democrático o marxista, colectivismo, capitalismo de Estado, en otras palabras, “movimientos que, de diversas maneras, han combinado contenidos ideológicos opuestos. Autoritarismo de izquierdas, socialismo de derechas y un montón de fórmulas híbridas y hasta paradójicas” (p. 29). Por su parte, di Tella (1965) aborda sistemáticamente el estudio del fenómeno populista, dándole gran importancia a su conceptualización. Por esto, se da a la tarea de analizar la dinámica de los movimientos sociales y políticos mundiales, y específicamente los latinoamericanos, para entender el arraigo del populismo en la región. Esto lo impulsa a afirmar que el populismo surge como un movimiento con claras pretensiones reformistas, debido a la imposibilidad de consolidar un movimiento revolucionario para promover cambios sociales inmediatos. Como consecuencia de la debilidad o imposibilidad de formar un movimiento político liberal u obrero, alguna otra combinación ocupará la escena por el lado de la reforma (o revolución) (...) Estará formada con elementos provenientes de diversas clases sociales, y contará con una ideología “avanzada” con respecto a su composición de clase (p. 150)85.

se traduciría en un interés por el cambio social y el desarrollo de la sociedad en su conjunto. Estos novedosos agregados serían las clases medias profesionales que pasarían a formar parte de la élite dirigente de la alianza policlasista del populismo. 85 Sobre este aspecto, di Tella (1965) coincide con los aspectos señalados por Germani (1962) expuestos anteriormente en este capítulo, y que describen la irrupción de un nuevo actor político conformado por una multiplicidad de sectores “excluidos” de la sociedad. Para el primero será la alianza policlasista o populista,; para el último, el movimiento o régimen “nacional-popular”.

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Esta ideología “avanzada” sería desarrollada por los sectores medios de la alianza policlasista que padecían de incongruencia de status por exclusión sistémica. Tales sectores se convertirían en las élites potenciales para liderar a las masas en su conjunto y canalizar su descontento. En líneas generales, las élites intelectuales y los sectores medios profesionales de los países latinoamericanos se habrían permeado de los elementos teóricos y/o doctrinas filosóficas disponibles entonces, sobre todo las que fueron desarrolladas en Europa y Norteamérica como el liberalismo en su versión más radical, el marxismo tanto en su versión revolucionaria -Lenin- como en su variante reformista -Bernstein-, entre otras. Estos elementos serían reinterpretados y ajustados a la realidad específica de los países de la región, lo que sumó a la “ecuación ideológica” una vertiente nacionalista a través de la cual se canalizaría un discurso de rechazo hacia el “imperialismo” y las “oligarquías” extranjeras, identificables por los sectores que ejercían el liderazgo dentro y de la alianza multiclasita como los enemigos “lógicos” del “pueblo”. Por esta razón, tanto di Tella (1965) como Germani (1962) convienen en señalar la importancia del factor ideológico para la consolidación del movimiento populista en las sociedades donde suelen aparecer. En este sentido, ambos coinciden en sus propuestas teóricas cuando afirman que la “ideología” no está claramente precisada, y antes bien se utiliza de un modo acomodaticio para satisfacer las aspiraciones de los diversos grupos que conforman la alianza. Esto no crea gran problema, porque las ideologías se utilizan en forma instrumental, como un medio de control social y de movilización de las masas, en una medida que no tiene paralelo en las naciones antiguas (...) A los sectores superiores o medios (aun en el caso de que ya sean partidarios de la reforma) les resulta necesario utilizar ideologías demagógicas; de lo contrario, no podrán canalizar las masas en su favor (pp. 46-47). Suele afirmarse que el uso de una ideología bajo la lógica del populismo cumple no solo con la integración de las masas, sino también coadyuva en la incorporación de los intelectuales y los grupos incongruentes a la alianza policlasista. A esto debe sumársele el hecho de que la ideología sería el elemento conductor de las clases intelectuales sobre los demás grupos que formarían parte de la coalición, siendo aquellas las portadoras y definidoras de una forma

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posible de interpretar la realidad nacional que sería asumida como verdadera por el resto de los miembros86. Prestando atención a estos aspectos, para di Tella (1965) el populismo clásico será aquel que prevaleció en numerosos países de Latinoamérica en los años 30’s, 40’s, 50’s y 60’s aproximadamente, como “un movimiento político con fuerte apoyo popular, con la participación de sectores de clases no obreras con importante influencia en el partido, y sustentador de una ideología anti-statu quo” (di Tella, 1965: p. 47). Sus fuentes de fuerza o “nexos de organización” son: I. Una élite ubicada en los niveles medios o altos de la estratificación y provista de

motivaciones anti-statu quo. II. III. Una masa movilizada formada como resultado de la “revolución de las aspiraciones”. Una ideología o un estado emocional difundido, por lo general difuso, que coadyuva en

la comunicación entre líderes y seguidores y cree un entusiasmo colectivo. El papel que jugarían las élites en la modernización de los países de la región por un lado, y la consolidación del populismo como opción política alternativa al Estado tradicional sería fundamental. Parte de la literatura que ha trabajado el tema del desarrollo en América Latina (Germani, 1962; di Tella, 1965; Ratinoff, 1971), ha sustentado la hipótesis según la cual el proceso de modernización, y su consecuente urbanización en las principales ciudades, habría acelerado la movilidad social y la constitución de los sectores medios. Estos sectores medios articularían dos tipos de demandas: demandas sociales que acentuaran los valores y normas favorecedoras de la movilidad social y, exigencias propias de las modernas empresas productivas (Ratinoff, 1971: p. 73). En la medida en que el Estado tradicional desatendía y no canalizaba los intereses y demandas de los sectores medios, el sentimiento de rechazo hacia el mismo iría incrementándose, lo que pudo haber sentado las bases para la vinculación de estos

86

Parte de la literatura consideraría la ideología del movimiento populista como un elemento al que se le daría un uso demagógico y manipulativo, para explotar las necesidades de los sectores más desfavorecidos de la alianza policlasista y así obtener su apoyo político (di Tella, 1965; Bello, 1996). Sin embargo, existe otra tendencia que rechaza esta idea y señala el alejamiento que tendría el populismo de esta visión demagógica en la media en que pueda resolver de manera concreta los problemas de la población en general y particular de los sectores que conforman la coalición (Parker, 2001).

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sectores con el populismo. En última instancia, los sectores medios articularían una ideología que apelaría a lo que consideraban una mejor y más justa organización de la sociedad. Ahora bien, Hennessy (1970) señala en su estudio América Latina87, que el populismo en Latinoamérica tiene sus propias particularidades que lo diferencian de las experiencias rusas, estadounidenses y africanas, referentes éstos tradicionales del populismo agrario por la exaltación de los valores rurales y la vida del campesino que profesaron. De esto se desprende que la experiencia populista en la región estuviese relacionada con manifestaciones de tipo urbano que vieron al campesinado con cierto recelo, entendiéndose así como “un arma organizacional para sincronizar grupos de intereses divergentes, y se aplica a cualquier movimiento no basado en una clase social específica” (p. 40). Al no tener un apoyo de clases específico, se conforma una alianza policlasista compuesta por los migrantes que han dejado el campo para buscar mejores oportunidades de vida en las nacientes ciudades, la clase trabajadora urbana organizada en sindicatos y los sectores medios descontentos que experimentan incongruencia de status. Este conglomerado poblacional, altamente diferenciado en su composición interna, es lo que tradicionalmente se conoce como “pueblo” y “donde las tensiones de clase se superan en la euforia de un nacionalismo a ultranza que canaliza su honestidad contra los imperialistas de afuera y los lacayos de adentro” (Hennessy, 1970: p. 42)88. Para este autor, el populismo en la región habría surgido por el prematuro y desigual desarrollo de la sociedad de masas -el desarrollo “asincrónico” explicado por Germani

(1962)-, en buena medida debido a la acelerada industrialización y a la incapacidad del Estado para incluir a la creciente población que abandonaba el campo para buscar mejores oportunidades de vida en las ciudades. En la emigración creciente de los habitantes de la campaña hacia los centros metropolitanos, donde, bajo condiciones de industrialización capital-intensiva, no se creaba ocupación con velocidad suficiente como para absorber dicho incremento. Se convierte así en un puente entre la ciudad y el campo, que brinda un mecanismo para la incorporación de los migrantes a la vida urbana (Hennessy, 1970: p. 44).

87 88

En: Gionescu y Gellner. Ob. Cit. Las itálicas se le han añadido al texto original.

91

Así pues, a diferencia del proceso de modernización e industrialización experimentado en Europa que fue mucho más lento, la dinámica de cambio social europeo habría permitido asimilar a los migrantes del campo a la vida de las ciudades. Esto se tradujo en una progresiva formación de organizaciones que representaban y velaban por los intereses de las clases trabajadoras, como sucedió con los sindicatos. Hennessy (1970) señala que en América Latina la dinámica fue distinta ya que el movimiento obrero urbano fue incapaz por un lado de captar para sí a los nuevos migrantes, pero además los vio con cierto recelo ya que potencialmente podían menoscabar los beneficios obtenidos por las luchas sindicales. Rara vez los nuevos migrantes son absorbidos por las organizaciones establecidas de la clase trabajadora, que suelen presuponer un nivel educacional más alto y una formación política y cultural mayor que la que poseen aquellos. Por otra parte, al inundar el mercado, amenazan corroer las ventajas obtenidas por las organizaciones obreras más antiguas. Queda así una “masa disponible” que los políticos de clase media pueden manipular. En verdad, estos políticos lograron más éxito que los sindicatos en instrumentar el apoyo de las masas (p. 44)89. Otra de las aproximaciones clásicas para una conceptualización del fenómeno populista, junto a las de Germani (1962) y di Tella (1965), se encuentra en los trabajos de Malloy (1977). Según este autor el concepto del populismo puede llegar a ser bastante amorfo y ambiguo, lo que quedaría demostrado en la variedad de movimientos, liderazgos y programas políticos considerados como populistas. A pesar de esta confusión señalada, Malloy (1977) asocia el populismo con un tipo de respuesta política que se configuraría a raíz de la crisis del Estado tradicional y su principal política económica de exportación de materias primas a los países desarrollados en el mercado internacional. Así, el populismo vendría a ser la modalidad por medio de la cual sectores medios profesionales descontentos con el orden establecido, promoverían la construcción de coaliciones multiclasistas lo suficientemente cohesionadas para poder acceder al poder. Una vez cumplido este objetivo, los gobiernos populistas se caracterizarían por impulsar programas reformistas orientados a la transformación estructural de la sociedad (p. 9).

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Por esta razón, se afirma que debido al carácter heterogéneo de la alianza policlasista, el populismo requiere de un fuerte liderazgo carismático que aplaque las tensiones generadas por la multiplicidad de demandas de los grupos que integran la alianza. En este sentido, la actuación de Perón en Argentina en las décadas de 1940 y 1950 para conciliar las exigencias del viejo sindicalismo y el nuevo movimiento obrero organizado por su gobierno resultan paradigmáticas.

92

Para Rey (1980), el estudio del populismo en Latinoamérica está asociado a los procesos de desarrollo económico y cambio político experimentado por los países de la región en las primeras décadas del siglo XX. A diferencia de di Tella (1965), esta autor cree que la definición y tipificación del fenómeno populista es sumamente complicada, ya que se le ha considerado como un movimiento capaz de movilizar e integrar a las masas por vía de reformas para transformar a las sociedades; al mismo tiempo, es concebido como un movimiento demagógico, oportunista, manipulativo, corrupto e ineficaz, etc. En este orden de ideas, Rey considera que el populismo latinoamericano puede estar asociado a un partido o movimiento, caracterizado por “constituir una coalición de clases y grupos sociales heterogéneos” (1980: p. 113), son movimientos esencialmente de carácter policlasista. La coalición policlasista suele responder a dos tipos de necesidades: a) Reorganización del orden sociopolítico existente, apelando a la movilización de las

masas, integrándolas a la nación desde la perspectiva de la participación política, social y económica, generalmente valiéndose de un liderazgo carismático que apela a la unión emocional frente a un enemigo común. b) Conservación y legitimación de un orden sociopolítico, sobre la base del

reconocimiento de las diferencias de intereses de los sectores de una sociedad. A su vez, Rey (1980) es de la idea según la cual surgiría el populismo como herramienta de movilización social en las siguientes circunstancias: a) Cuando existe un proceso de cambios socioeconómicos acelerados que impulsan el

deterioro de los vínculos interpersonales tradicionales, creando grandes masas desarraigadas deseosas de encontrar nuevas formas de organización y lealtades. b) Cuando Las masas suelen estar excluidas de toda participación política, económica y

social (prevalece un sistema de dominación oligárquico). c) Aparición de grupos medios urbanos, integrados por profesionales e intelectuales que

sufren de incongruencia de status, donde toda posibilidad de participación y reconocimiento en la vida social y política es truncada por mecanismos diversos. De esto puede concluirse, que la coalición populista ve su nacimiento gracias a la iniciativa “de la élite de clase media urbana que en su lucha por el poder busca el apoyo de

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masas campesinas u obreras previamente no organizadas, dotándolas de organización (...) La élite urbana proporciona liderazgo, organización y busca apoyo y legitimación de las masas en su lucha por el poder. Las masas buscan fundamentalmente la articulación de sus intereses económicos y sociales, y ofrecen, en cambio, respaldo al movimiento” (1980: p. 121). Una diferencia sustantiva se encuentra en Portantiero y de Ipola (1981) quienes hacen una valoración “positiva” del populismo clásico latinoamericano, entendido como un proceso de cambio que trastocó el control hegemónico de la “oligarquía” en las primeras décadas del siglo XX, para abrir los canales de participación e incorporar a la dinámica política y económica a las clases medias y populares. Sin embargo, ambos autores, a diferencia de Germani (1962) y di Tella (1965), no creen que la irrupción del populismo pueda estar ligada automáticamente a una etapa de desarrollo. Afirman que el populismo es uno de los posibles resultados de la crisis estatal, en la que se produce “la desagregación del bloque dominante se combina con una activación de masas que la retroalimenta y, en circunstancias históricas dadas, todo ello cuaja en una organización populista de las masas y, eventualmente, en una opción estatal de este tipo” (Portantiero y de Ipola, 1981: p. 9). Cuando se concretan estos dos procesos, el de la organización de la alianza policlasista por un lado y la consolidación de un Estado que responda a ella por el otro, Portantiero y de Ipola (1981) apuntan que es el momento en el que el “pueblo” se constituye como sujeto político y se conforma un nuevo orden estatal (p. 9), éste vendría a llenar el vacío creado por el desmantelamiento del Estado tradicional u oligárquico. Ahora bien, en su estudio del populismo latinoamericano, Vilas (1988, 2004, 2005) asume los planteamientos desarrollados por Germani (1962) y di Tella (1965) en años anteriores y se aleja de interpretaciones como las desarrolladas por Portantiero y de Ipola (1981). Vilas (1988) afirma que el populismo vendría a ser “la respuesta de ciertas fracciones de la burguesía industrial, de nuevas fracciones ‘intermedias’ y de amplios sectores de las masas populares a dicha crisis” (p. 2). Así pues, el fenómeno en la región vendría a ser la respuesta a un tipo de desarrollo y relaciones de producción alcanzados por las economías de los países latinoamericanos. Para darle coherencia a la nueva estrategia de desarrollo económico impulsada por los nuevos actores, la alianza articuló un discurso en el que se aglutinaron los siguientes elementos ideológicos:

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La subordinación aparente de la producción al consumo; la exaltación de la pequeña propiedad; la acumulación a través de la expansión del consumo; la caracterización de la explotación capitalista como deformación y abuso; la ampliación del consumo popular y el fortalecimiento de las organizaciones sindicales para consolidar la heteronomía política de las masas, dotar de apoyo al Estado y prevenir “desbordes” y “excesos” de las masas; el papel autónomo del Estado como gestor supremo de la armonía social y de la cooperación política entre las clases; el caos como única alternativa (Vilas, 1988: p. 28). En los últimos años, Vilas (2005) identificará la irrupción de una “nueva izquierda” que ha venido ganando espacios políticos en América Latina, la cual considera tiene semejanzas con los regímenes populistas o “nacional-populares” que irrumpieron luego de la crisis del Estado tradicional90. En líneas generales, este autor afirma que en el siglo XX la izquierda latinoamericana tuvo como principal objetivo la reforma del sistema político para extender la participación de los grupos sociales excluidos por el establishment -en palabras de O’Donnell serían sistemas claramente “incorporadores”-. Aunado a esto, pretendieron ampliar la eficacia reformadora de la política para impactar así en cuestiones concernientes con las relaciones de producción y los criterios de distribución –siempre teniendo en mente los sectores más empobrecidos-. Es aquí donde históricamente habrían coincidido la izquierda y los regímenes de orientación populista, ya que en aquellos países donde el populismo pudo acceder al gobierno, parecía evidente el hecho de que fuesen gobiernos de “persistentes raíces en las masas populares urbanas y rurales y en sectores de las clases medias, con énfasis en el desarrollo nacional, la democratización social y política, y cierta orientación por el nacionalismo económico como vía de fortalecimiento de las capacidades de decisión política” (Vilas, 2005: p. 87).

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Boersner (2006) considera que la “nueva izquierda” está estrechamente vinculada a las democracias sociales que han accedido al poder por vías electorales en los últimos años. En este sentido, rechazan los errores cometidos por el llamado “socialismo real” promovido por la URSS y sustentados por sus países satélites, específicamente denuncian sus formas políticas autoritarias y promueven “la creación de un marco de democracia política representativa, con sólidas garantías constitucionales y seguridad jurídica, derechos humanos y libertades ciudadanas, pluralismo de ideas y descentralización del poder” (p. 6). Por su parte, Petkoff (2005) es de la opinión que esta “nueva izquierda” asume un “camino de reformismo avanzado, que compatibiliza la sensibilidad social con la comprensión de que las transformaciones en la sociedad pasan por el desarrollo económico con equidad y por el fortalecimiento y profundización de la democracia” (p. 30). Entre los representantes de esta tendencia que han alcanzado el poder en América Latina ambos autores coinciden en señalar a Bachelet en Chile, Vázquez en Uruguay, Lula en Brasil.

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Esto pareciera explicarse por el hecho de que el grupo encargado de liderar la alianza policlasista, en este caso sectores medios profesionales urbanos que experimentaban la ya mencionada incongruencia de status, habría sido permeado por ideologías políticas que resaltaban aspectos como la “justicia social” y la incorporación de las masas a la vida política a través de la universalización de la ciudadanía. Las capas medias articularían estas ideas en un discurso que les diera anclaje en los sectores populares, y una vez que accedieran al poder explotarían las capacidades del Estado para articular las políticas y programas que coadyuvaran en la concreción de las mismas. Partiendo de la noción según la cual el populismo ha sido un fenómeno de ardua conceptualización, Romero (1996) considera que debe ser entendido desde tres perspectivas que han sido uso común en la literatura sobre el tema, pero que además parecieran estar claramente entrelazadas. En este sentido, el populismo latinoamericano debe ser entendido como: a) Un tipo de movilización política en la que se incorpora a las clases populares en la vida

política de un país con promesas de mejoras expeditas y crecientes de sus condiciones de vida. b) Un tipo de coalición social heterogénea que integra a la clase trabajadora y a la clase

media con algunos elementos de la burguesía descontenta con las élites económicas u oligarquía nacional -ésta sería la alianza policlasista que define di Tella (1965) p. ej.-. c) Un conjunto de políticas reformistas auspiciadas por el Estado que buscan incorporar a

la clase trabajadora y a la clase media a través de una dinámica industrializadora. Esto se pretende alcanzar a través de la puesta en marcha de la estrategia de sustitución de importaciones, la activación del mercado interno, la promoción del consumo y la redistribución del ingreso (p. 374). Por su parte, Paúl Bello (1996) coincide con Malloy (1977) al afirmar que el populismo en la región latinoamericana tiene sus propias especificidades y que irrumpe como una alternativa política en respuesta a la crisis experimentada por el Estado tradicional -u oligárquico-91. Esta crisis produjo un desequilibrio en las sociedades latinoamericanas de tal
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Luego de una revisión de la literatura especializada (Germani, 1962; di Tella, 1965; Hennessy, 1970; entre otros) Bello (1996) concluye que el populismo latinoamericano debe ser entendido como un fenómeno que abarca los siguiente: 1) Un fenómeno de naturaleza sociopolítica, de carácter urbano principalmente.

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magnitud, que los nuevos grupos sociales emergentes, entre ellos la burguesía industrial y el sector obrero de las ciudades, optarán por la conformación de la alianza policlasista para satisfacer los intereses de todos los grupos que le facilitaron el acceso el poder político. La cuestión consistirá (…) en encontrar el modo de legitimar un Estado que va a ser, de hecho, el gran dispensador de bienes y beneficios del progreso social y, principalmente, de los resultados del proceso económico en marcha, es decir, de la industrialización para la sustitución de importaciones (…) La legitimación del Estado, que en el fondo es la legitimación de la Alianza, se obtuvo por el vasto apoyo y movilización de los sectores populares, incluyendo los campesinos; fue sancionada legalmente mediante el sufragio universal y se consolidó y mantuvo mediante la organización de un sindicalismo fuerte, satélite del movimiento político populista (Paúl Bello, 1996: pp. 50-51). En una línea semejante a la de Germani (1962, 1978), di Tella (1965), Malloy (1977), Paúl Bello (1996), entre otros, Knight (1998) considera al populismo como un proceso histórico que pudo haber promovido las condiciones para la emergencia de movimientos y regímenes con un estilo político que apelaba al “pueblo” como su principal objetivo. Al entender el populismo como un estilo político, este autor afirma que el fenómeno populista implicaría un vínculo significativo entre el líder y sus seguidores, términos que prefiere manejar antes que “élite” y “masas” (p. 226). Knight (1998) afirma que buena parte de la literatura sobre el tema -mencionada en el párrafo anterior p. ej.-, considera que el fenómeno populista aparecería en momentos de rápida movilización y/o de crisis sociales –esto fue lo ocurrió en los países de la región a mediados del siglo XX, al cuajar la transición del Estado tradicional al Estado populista-, que refuerzan el vínculo particular que se genera entre el líder y aquellos sectores de la sociedad que se identifican con él (p. 10). Sin embargo, este autor es categórico al sostener que el populismo puede existir, y de hecho existe, en momentos en los que no se producen crisis sociales importantes (p. 10).

2) Una transición en el paso de la sociedad tradicional a la sociedad industrial. 3) Una respuesta a la modernización, tanto por parte de los sectores rurales o urbano marginales de origen rural, como un mecanismo para el control de las poblaciones marginales. 4) Una respuesta al grado de movilización de las poblaciones marginales, por la revolución de las expectativas, que amenaza rebasar los canales de expresión y participación. 5) Un nuevo modo de articulación entre las tendencias del sistema social y las determinaciones de la dependencia económica, organizando las relaciones de producción cuando crece el mercado interno y se modifican las fuerzas productivas (pp. 53-54).

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Sánchez-Parga (1998) es otro de los autores que se ha dado a la tarea de sentar las bases conceptuales del populismo como fenómeno social y político. En este sentido, señala que detrás de toda la confusión conceptual que el populismo ha generado en el ámbito de la ciencia política, hay un elemento evidente en cuanto al concepto: el clientelismo como vinculación entre el liderazgo y la masa, que permite conquistar el voto y ganar apoyo en jornadas electorales. Este autor comenta que al dejar de lado el análisis histórico y centrar el discurso en la fenomenología política, “casi toda la política sería populista, sobre todo en sus momentos más fuertes e intensos de las campañas electorales” (p. 151). Las campañas serían escenarios donde los líderes populistas suelen apelar a un discurso de carácter reivindicativo del

“pueblo” y sus intereses, lo que les permitiría contar con su apoyo para “garantizar” su triunfo en los comicios. Es aquí donde surge la confusión entre el clientelismo y las morfologías y dimensiones que éste pueda adoptar. El primero es un fenómeno con tradición histórica, presente en diversos modos de hacer política, no es exclusivo del populismo, y visualiza a los ciudadanos o electores como clientes dispuestos a establecer una relación de intercambio mercantil. En política, el clientelismo “explica la masificación popular y los movimientos plebiscitarios” (1998: p. 163), que vendrían a ser elementos fundamentales para la aparición de liderazgos populistas. Partiendo como ejemplo de la figura del expresidente Bucaram en Ecuador, explica que “la producción de su liderazgo por las masas fue el resultado de una profunda crisis institucional. Ya que el liderazgo populista, y por ende el populista, no pueden explicarse, si no es en correspondencia o bien con una debilidad institucional o bien como una crítica y enfrentamiento a las instituciones políticas” (1998: p. 154). Esto significa que, en sistemas políticos con instituciones sólidas, con altos niveles de legitimidad, apoyo de las masas y la opinión pública, no hay espacio para líderes políticos a no ser que los entendamos como líderes institucionales, dificultando la aparición de líderes mesiánicos y personalitas, promovedores de grandes cambios por medio de un discurso reivindicativo. Siguiendo con este aspecto, Sánchez-Parga (1998) es de la opinión según la cual el tipo de sistema político puede reforzar o no el estilo político asociado al populismo. En este sentido, los países latinoamericanos de tradición presidencialista, serían propensos a una

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democracia de carácter plebiscitaria, lo cual podría hacer más fértil el escenario para la aparición de líderes y movimientos populistas. Sólo los presidencialismos y no los parlamentarismos son proclives a degenerar en democracias plebiscitarias, y sólo las democracias presidencialistas latinoamericanas se han encontrado regularmente asediadas por tentaciones o vocaciones populistas. La razón es obvia: sólo una personalización del poder político, una concentración y acumulación de la autoridad del Jefe del Estado y del poder en el Jefe de Gobierno en la persona del Presidente de la República en un Estado centralista se prestan a atribuir a tal figura un carisma y un liderazgo, a depositar en él la solución de todos los problemas nacionales. Si a esto se añade un sistema de partidos y un régimen electoral que hace de los plebiscitos una decisiva e intensa apuesta y lucha políticas por el poder, con una gran inversión de fuerzas, emociones, de dinero y de movilización de masas, se entiende que toda esta combinación propicie la fabricación de lo que puede llamarse carisma y los escenarios para un excepcional protagonismo. Así tenemos que por un lado la figura del Presidente suscita una fuerte carismatización personal, y por otro lado las campañas electorales provocan una gran movilización de masas en torno a los líderes políticos. Tal aleación sienta las bases para que emerja cualquier forma de liderazgo populista” (1998: pp. 158-159). Ahora bien, Conniff (1999a) afirma que el fenómeno populista debe entenderse como un estilo de campañas electorales promovidas por liderazgos atractivos que arrastraron a la mayoría de los nuevos votantes hacia sus propios movimientos, estableciendo un vínculo entre líderes y seguidores que permanecerá incluso después de la muerte de aquellos (p. 4). A nivel discursivo, los populistas han apelado al sentimiento nacionalista al contraponer los intereses del “pueblo” en contra del “imperialismo” y la oligarquía nacional, siendo catalogados como los “enemigos” tradicionales del “pueblo”. Esto generaba un vínculo afectivo entre el líder generalmente carismático- y los sectores que llegaron a conformar la alianza policlasista, otorgándole el piso político suficiente para que el movimiento populista pudiese triunfar y alcanzar el poder político. En este sentido, el populismo latinoamericano se caracteriza por la presencia de liderazgos carismáticos que tuvieron apoyo de masas y que obtuvieron victorias electorales de manera recurrente. Este autor sintetiza sus argumentos a través de la siguiente fórmula:

Populismo = líder

vínculo carismático + triunfo electoral

seguidores

Fuente: Conniff (1999) (ed). Populism in Latin America. University of Alabama Press, USA, p. 4.

99

Por su parte, Taggart (2000) considera que el populismo latinoamericano refleja la concepción del populismo de los políticos desarrollada por Canovan (1981)92, lo que resaltaría la importancia de un tipo de liderazgo político, carismático en la mayoría de los casos, presente en las experiencias populistas de la región. Así se tiene que la conceptualización del fenómeno populista se abordaría desde dos perspectivas: por un lado entendiéndose como una serie de gobiernos y sus formas particulares de hacer política; por el otro lado, remite a los líderes populistas de la región y sus posturas ideológicas (p. 59). Por otro lado, al ser entendido desde una perspectiva contextual, el populismo latinoamericano vendría a reflejar la particular posición que América Latina ocupó en el plano económico mundial durante el siglo XX (p. 60)93. Desde esta perspectiva el populismo apareció como respuesta a la crisis económica experimentada por los países de la región con un discurso de carácter “reformista” para promover cambios sociales que consideraba “necesarios”. Ahora bien, Cammack (2000) sugiere la posibilidad de un resurgimiento del fenómeno populista en Latinoamérica. Al hablar del resurgimiento del fenómeno, entiende que ha estado presente anteriormente en la historia de la región y que vuelve a aparecer, por lo que distingue entre el populismo clásico y el populismo contemporáneo o neopopulismo. El primero es el que irrumpió a mediados del siglo XX promoviendo un proyecto político que sustituyera al Estado tradicional, teniendo en la alianza policlasista su principal base de apoyo. El segundo apareció en las postrimerías del siglo XX asumiendo las propuestas económicas del “Consenso de Washington” pero con un liderazgo fuerte y/o carismático que recordaba a los viejos líderes populistas (pp. 159-160). El cuadro 2 muestra las diferencias y semejanzas entre ambas variantes del fenómeno populista.

Ver en el capítulo 1 la sección de definiciones teóricas, específicamente los aportes realizados por Canovan (1981) en esta línea. 93 Esta es la perspectiva que reflejan los estudios “clásicos” del populismo como los de Germani (1962); di Tella (1965); Hennessy (1970); Malloy (1977); entre otros.

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100 Cuadro 2 Comparación entre el populismo clásico y el neopopulismo Elementos característicos Tipo de liderazgo Tipo de política económica Populismo clásico Carismático y personalizado Cepalista, orientada distribución con intervención del Estado a la fuerte Neopopulismo Carismático y personalizado Neoliberal, orientada a la rigurosidad fiscal y al libre mercado, con poca intervención del Estado Sectores informales desprotegidos de la política pública del Estado

Fuente de apoyo principal

Sectores medios profesionales con incongruencia de status y obreros urbanos

Fuente: Cammack (2000), elaboración propia.

Por otro lado, este autor afirma que uno de los principales temores en la región en los tiempos actuales es que no pudiera alcanzarse la consolidación democrática, en gran medida a que en momentos de crisis políticas -como considera Cammack (2000) que han sufrido algunos países latinoamericanos en los últimos años- los ciudadanos tienden a desconfiar de las instituciones porque creen que son incapaces de resolver sus problemas. Esto llevaría a la población a una situación en la que optarían volcar sus esperanzas en líderes que profesan una retórica “salvacionista” e “inmediatista” (p. 149). Algunos autores (Cammack, 2000; Taggart, 2000; March, 2007) consideran que el populismo podría ser una amenaza a la consolidación de la democracia en América Latina, debido a la desconfianza con la que sus líderes ven a las instituciones políticas aludiendo la ineficacia de las mismas para representar los intereses de la población de manera efectiva. Incluso podría verse en esto una sombra o un espectro de la democracia (Arditi, 2004)94. Por esto, en la mayoría de los casos, estos líderes son partidarios de establecer relaciones verticales y poco mediadas, institucionalmente hablando, con sus seguidores. Tal cuadro establecería un escenario inestable para el ejercicio de la política democrática con pluralidad de intereses y sistema de partidos.

94

March (2007) ampliando a Canovan observa la tendencia del populismo a arropar cualquier disidencia en razón de la tiranía de las mayorías que ya había denunciado J.S. Mill. “La interpretación maximalista de la democracia que hace el populismo, sin limitaciones de ningún tipo, es potencialmente iliberal, incluso extremista, intolerante de cualquier limitación aunque sea constitucional que pudiera constreñir la voluntad general” (p. 73).

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Siguiendo el objetivo del presente apartado de conceptualizar el fenómeno populista de América Latina, Arditi (2003) ahonda en los rasgos y elementos que han caracterizado a los populismos latinoamericanos clásicos, aquellos de los años 40 y 50 (Perón en Argentina y Vargas en Brasil por ejemplo). En este sentido, el autor considera que éstos se caracterizaban por: una fuerte dosis de nacionalismo, el estado era el motor principal de la actividad económica promoviendo subsidios, control de precios, sustitución de importaciones y protección de la industria local, manejo de recursos para premiar a los seguidores y castigar a los oponentes, movilización de las masas contra las oligarquías, donde el culto a la personalidad impulsaba una visión mesiánica del líder que, por lo general, obviaban las formas de representación políticas prefiriendo una relación directa con las masas (p. 17-18). Hoy en día el populismo pareciera tener poca relación con esta concepción, salvo por la autopercepción del líder como la figura mesiánica capaz de salvar a la nación y que entiende que la virtud reside en la gente común, es decir, el pueblo. Arditi (2003) señala que los populismos, tanto los clásicos como los contemporáneos, se sustentan sobre líderes políticos complacientes con sus partidarios y con las masas, una especie de demagogos que realizan cualquier promesa, sin importar la dificultad de plasmarla en la realidad, con tal de que sirva para sus fines. Tienden a despreciar el statu-quo y los procedimientos democrático-liberales. Por esta razón, pudieran considerarse como una variación del viejo cesarismo con ropaje democrático, ya que de alguna manera, se desempeña según las reglas del sistema democrático, y en el imaginario populista la reivindicación democrática está presente. Según este autor, el populismo podría ser entendido desde cuatro perspectivas distintas una de otra, aunque no excluyentes entre ellas: a) Un modo de representación política, entendida como una situación donde prevalece la

mentalidad confrontacional, el personalismo, la movilización de masas y la compenetración con el “pueblo” a través del uso de un lenguaje sencillo y común. En este caso, es una forma de representación porque el populismo a través de un lenguaje “vacío” conceptualmente construye una realidad dicotómica o antagónica en la que reclama la defensa de los intereses del “pueblo” para oponerse a sus “enemigo” (Laclau, 2005).

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b)

Un síntoma de la democracia; entendido como el retorno de los reprimidos en el plano

político, lo que evidencia los límites de la democracia, regenerándola y evitando su sustitución por otro sistema político. El populismo se muestra aquí como la redención de la democracia, una especie de válvula de escape que genera la misma para corregir sus fallas estructurales y/o institucionales para poder mantenerse como sistema de gobierno. c) Un riesgo para la democracia, debido a la tergiversación de lo que se entiende por

representación, viéndose el populismo tentando a confundir el estado con el gobierno. Además depender enormemente de un liderazgo carismático y un voluntarismo político exacerbado merma la capacidad ciudadana de las personas por un lado, así como la capacidad institucional de respuesta de la democracia por el otro95. d) Una periferia interna de la democracia. Esto significa que se relaciona directamente

con ella, pero a su vez plasma la idea de una frontera, de un límite. En otras palabras, un perímetro o espacio donde termina un sistema o territorio y empieza otro distinto (2003: p. 29). Estas perspectivas que desarrolla Arditi (2003) dan la impresión que pueden encontrarse en el fenómeno populista en mayor o menor medida según el contexto en el que éste haga su aparición, por lo que podrían crearse distintas combinaciones de las mismas. En los países latinoamericanos, donde el sistema político por excelencia es el presidencialismo, los riesgos que el populismo pudiera representar para la democracia serían mayores, ya que la autoridad del Presidente podría mermar el rol de las otras instancias necesarias para el funcionamiento del sistema, argumentando la necesidad de establecer un vínculo más efectivo con la población. En el último año Roberts (2007) ha brindado nuevos aportes a la labor de conceptualización del fenómeno populista latinoamericano que valen la pena señalar en este trabajo. Este autor considera que la región ha provisto las condiciones necesarias para la aparición de las experiencias populistas más paradigmáticas, señalando entre ellas los gobiernos de Juan Domingo Perón en Argentina y Hugo Chávez en Venezuela. El populismo

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Es prudente recordar que a diferencia del populismo en Europa, donde la política precisa de una enorme vinculación con el sistema de partidos de una u otra manera, en Latinoamérica el personalismo viene heredado desde el caudillismo. Las personalidades prominentes y los hombre fuertes siempre han tenido cabida al margen de la racionalidad política (ver March, 2007; Hernandez, 2007).

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vendría a ser “un proceso de movilización política canalizado por un liderazgo carismático que apela a las masas, se enfrenta a las élites tradicionales y pugna por la autonomía nacional en el plano internacional” (Roberts, 2007: p. 3). La relación que se establece entre líder-masa se caracteriza por su verticalidad, siendo el líder el que la mayoría de las veces establece los criterios de la misma para el beneficio del “pueblo”. Para este autor, las causas de la aparición del populismo como fenómeno político pueden encontrarse en las recurrentes crisis sistémicas que experimentaría el sistema político democrático. El fenómeno populista emergería en momentos de crisis en los que se produce una “intersección entre un orden político y económico excluyente con un contexto institucional que crea espacios políticos que pueden ser llenados potencialmente por outsiders que capitalizan los sentimientos anti-establishment y anti-élites de la población” (Roberts, 2007: p. 4). Las distintas aproximaciones a la conceptualización del populismo como fenómeno social, económico y político, no pretenden ser un trabajo definitivo sobre el tema. Antes bien, pretende ser una modesta orientación para el lector, en un esfuerzo por presentar las aproximaciones a un concepto que para el campo de las ciencias sociales en general, y para la ciencia política particularmente, ha sido sumamente polémico y discutido.

2.2

Antecedentes del populismo en Latinoamérica Para entender la emergencia del fenómeno populista en América Latina pareciera

necesario ahondar en las características particulares del contexto en el cual irrumpió originalmente esta forma de hacer política, en particular, la situación económica y social de la región en las primeras décadas del siglo XX. Es importante comprender la conformación, funcionamiento y deterioro del Estado tradicional u “oligárquico-liberal”, figura institucional que administró los asuntos públicos de los países latinoamericanos durante el siglo XIX y principios del siglo XX, cuya crisis y/o deslegitimación pareciera haber cedido el terreno para la irrupción del fenómeno populista en la región. Una vez que éste logró alcanzar el poder político en algunos países del continente impulsó una estrategia económica “desarrollista” que apeló a la industrialización y modernización por medio de la “sustitución de importaciones”, además optaría por construir

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partidos “policlasistas” para poder incorporar a los sectores excluidos del antiguo establishment, representar y canalizar sus intereses para así poder consolidar su base de apoyo. Sin embargo, la experiencia histórica pareciera dar a entender que el proceso de reformas y cambios sociales pretendidos por el populismo hubiese sido difícil de alcanzar de no haber contado con un liderazgo particular, en este caso carismático, por lo que se ahonda en las particularidades del líder vinculado a los movimientos populistas como uno de sus elementos más resaltantes. 2.2.1 El Estado tradicional El sistema político y el Estado que se consolidaría en los países de la región latinoamericana luego de alcanzar la independencia de España y Portugal, será conocido como el “Estado oligárquico liberal” (Germani 1962, 1971, 1978; di Tella, 1965; Ianni, 1972; Malloy, 1977; Rey, 1980; entre otros). Esta configuración estatal se caracterizó por el protagonismo de una oligarquía conformada por “los blancos criollos de la Colonia, propietarios de la tierra y comerciantes de los productos de exportación” (Paúl Bello, 1996: p. 16). Generalmente los productos colocados en el mercado internacional eran materias primas que luego serían confeccionadas en artículos acabados para ser vendidos a los países de la región, de ahí que se afirme sobre el carácter “dependiente” de las economías latinoamericanas. Esto configuraría una situación caracterizada por la “permanencia de la condición periférica dependiente (…) fundada en la situación inalterada de las estructuras socioeconómicas establecidas a lo largo de los tres siglos de relación colonial” (Paúl Bello, 1996: p. 25). El papel secundario y/o periférico que el modelo capitalista mundial delegó en los países de la región, conllevó la organización de sus respectivas economías únicamente en la actividad exportadora. Esto produjo una “hipertrofia del sector exportador en contraste con el estancamiento relativo de todos los otros sectores de dichas economías” (Paúl Bello, 1996: p. 27). Los países latinoamericanos que formaron parte de la periferia colonial dependiente, se articularon con el sistema capitalista en expansión una vez alcanzada la independencia política durante el siglo XIX. Fue un período en el que, como ha señalado Germani (1971), las élites criollas que habían articulado la lucha por la independencia del poder colonial “intentaron superponer a la sociedad (…) las formas modernas de un Estado nacional con democracia

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representativa” (p. 196). Sin embargo, estos primeros intentos de modernización estarían destinados al fracaso debido a la ausencia de dos elementos que tuvieron un rol fundamental en el proceso de modernización de los países de Europa: una burguesía nacional lo

suficientemente importante -en cantidad y cualidad- y un estrato popular permeado por los influjos de la modernización. Serían las clases terratenientes y los grupos vinculados al sector agroexportador los únicos beneficiados por las ejecutorias del Estado tradicional. Los países periféricos habían sido los principales exportadores de productos primarios hacia los países más desarrollados en el marco del mercado internacional. Es la etapa de “crecimiento hacia afuera” que se consolidaría en las últimas décadas del siglo XIX y se extendería hasta 1930. Esta estructura social articulada por el Estado tradicional experimentaría un desgaste significativo a partir de la propia crisis que vive el capitalismo mundial desde la Gran Depresión de 1929 hasta la Segunda Guerra Mundial. Esto sentaría las bases para un escenario en el que se produjo un “debilitamiento de los vínculos de dependencia entre las potencias y su periferia; la consiguiente mayor autonomía, más amplia y flexible libertad de acción de que disfrutan aquellas fuerzas socio-políticas que cuestionan el ‘statu-quo’. La crisis de los 30 desbarata las economías centrales y conmueve hondamente su estabilidad social y política” (Trías, 1978: p. 29). A partir de este escenario, las fuerzas políticas ascendentes pondrían en marcha un proceso de modernización en los países de América Latina bastante particular, en el que llegaron a convivir lo contemporáneo con lo tradicional. Esto produjo un “desfasamiento” en lo cultural, lo económico, lo social y lo político (Germani, 1962). Según este planteamiento, se produjo un desigual desarrollo de las sociedades latinoamericanas producto de la convivencia simultánea instituciones y formas de pensamiento modernas con sus contrapartes tradicionales, todo al mismo tiempo. Al final este cuadro “reforzó formas e instituciones sociales atrasadas (…); concentración de la riqueza y de la población en torno a los centros urbanos más importantes favorecidos por las mayores inversiones infraestructuras físicas y de servicios” (Paúl Bello, 1996; p. 28). Como señalan Kaufman y Stallings (1992), la dinámica del mercado internacional produjo en los países de la región la formación de fuertes oligarquías exportadoras tradicionales y su respectiva institución política, el Estado tradicional.

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Desde una perspectiva estructural el Estado tradicional presentó los siguientes elementos en la mayoría de los países de América Latina: a) La concentración elevada del ingreso, los activos, el poder político y el diseño

institucional del Estado en las clases propietarias y terratenientes con su lógica y pronunciada distribución desigual del ingreso. b) Una marcada división entre trabajadores y empresarios de la industria y los servicios,

en comparación con la situación existente en el sector exportador de productos primarios, rubro con mayores fortalezas dada las características del mercado internacional en el que los países de la región cumplían el papel de suplidores de materias primas, lo que reforzó el control de la oligarquía nacional. Esta situación pudo mantenerse relativamente estable hasta la década de 1930 aproximadamente, momento en el que las contradicciones sectoriales se volvieron sumamente pronunciadas. El Estado tradicional habría empezado a experimentar entonces una crisis de representación política debido a su incapacidad para responder a las demandas de los sectores sociales insatisfechos. En el plano económico, “cuando los choques de la depresión impulsaron la industrialización con sustitución de importaciones (…) y allanaron el camino para la formación de nuevas doctrinas desarrollistas influyentes (…) que hacían hincapié en las estrategias de desarrollo hacia adentro” (Kaufman y Stallings, 1992: p. 29). Así se agravó la crisis estructural del Estado tradicional abriéndole paso al proceso de modernización que impulsarían los movimientos -gobiernos- populistas en la región, es decir, el fenómeno populista latinoamericano apareció “tras las perturbaciones del comercio internacional derivadas de la primera Guerra Mundial, la Gran Depresión y la segunda Guerra Mundial (…) respondió a esa crisis con la industrialización, la beneficencia estatal, la movilización de los trabajadores y el apoyo de las masas al gobierno” (Drake, 1992: p. 51). Esta modernización no solo se llevaría adelante en el ámbito económico a través de la industrialización, sino también en el plano político mediante la incorporación de los sectores sociales anteriormente excluidos por la dinámica del establishment, como lo fueron las clases medias profesionales y los sectores populares, particularmente los obreros urbanos.

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2.2.2 El proceso modernizador: la industrialización a través de la sustitución de importaciones Se dice que el proceso de desarrollo y modernización que impulsaron los populismos en Latinoamérica pretendía romper con la relación de excesiva dependencia en el mercado internacional con los países industrializados, es decir, con la dinámica económica de “crecimiento hacia afuera”. Por esta razón, las emergentes clases medias urbanas así como las burguesías industriales y comerciales buscaron mermar el poder que tuvieron las clases terratenientes en el sistema oligárquico que venía entrando en crisis. Para lograr este objetivo debían consolidar el mercado interno y activar distintos mecanismos para profundizar la industrialización y diversificación de las economías nacionales. Así pues, el vacío que se produjo a raíz de la crisis y consecuente derrumbamiento del Estado tradicional en la región, fue seguido de una dinámica modernizadora auspiciada principalmente por los movimientos populistas una vez que llegaron al gobierno. Para lograr la modernización de las sociedades en las que el populismo se presentó como una opción política relevante, éste promovió la industrialización del país para diversificar el aparato económico y así superar el rol de países productores de materias primas que cumplía anteriormente. De esta manera, se activa el proceso de transición del sistema oligárquico a un sistema populista, donde “las empresas de propiedad nacional, gozando (…) de un alto nivel de protecciones arancelarias y otras formas de subsidios estatales, comienzan a producir para un mercado local ya existente, que previamente se abastecía de bienes de importación” (Collier, 1985: p. 31). El rol del Estado en esta etapa sería fundamental, sobre todo para garantizar unas condiciones mínimas que permitiesen el desarrollo y desempeño del empresariado nacional pues era el único con el músculo estructural y financiero para impulsar estos cambios. Así pues, la emergencia de la coalición populista representará el intento de los grupos incongruentes, alienados del orden sociopolítico establecido por el Estado tradicional, para “buscar una nueva forma de inserción en el sistema capitalista internacional y la puesta en marcha (…) de un modelo de ‘crecimiento hacia adentro’, primordialmente mediante la industrialización sustitutiva de importaciones” (Rey, 1980: p. 121). La emergencia de la alianza policlasista sería la respuesta política a la deslegitimación del orden social vigente y los programas de desarrollo e industrialización “cepalistas” su

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contraparte económica. Ambas buscarían darle respuesta a la crisis general que experimentó el Estado tradicional en las primeras décadas del siglo XX, promoviendo nuevas formas de ordenamiento de los asuntos públicos. El Populismo como fenómeno político y la sustitución de importaciones como modelo económico, son dos maneras de aproximarse a la consideración de una misma realidad; la una, con mayor insistencia en la evolución y características del proceso vistos desde el ángulo socioeconómico, y la otra, con las perspectivas sociopolíticas (Rey, 1980: p. 84). En el plano discursivo, la propuesta económica “cepalista” de crecimiento hacia adentro sería complementada a través de la exaltación de un sentimiento nacionalista, en el que los líderes de la coalición reafirmarían hábilmente, aunque de manera vaga e imprecisa, los valores propios y sustantivos de la nación y del “pueblo”. La puesta en marcha de la política de industrialización sustitutiva de importaciones y la contraposición a las fuerzas extranjeras a través de cierto nacionalismo ideológico como elemento cohesionador, fueron expresiones manifiestas de los intereses de los sectores de la alianza que conformaban los gobiernos populistas latinoamericanos. Así, la misma apuntó a “la expansión del sector privador de la economía y (…) el robustecimiento de la burguesía industrial y la creación de áreas nuevas de inversión, concentradas alrededor de la ‘industria básica’ y de las obras de infraestructura, en donde fue acentuada la participación estatal” (Cardoso y Faletto, 1979: p. 103), de ahí que se sostenga que los populismos habrían promovido el desarrollo de un capitalismo de Estado en el ejercicio de sus funciones gubernamentales. Se va desarrollando entonces un nuevo escenario económico, social y político a raíz de la puesta en marcha de los nuevos programas económicos que como se ha visto, apuntaron a la activación del mercado interno, la promoción del consumo y la distribución del ingreso por parte del Estado. El objetivo teleológico era cuando menos verbalmente mejorar la situación de los sectores medios y populares. Por esta razón y como consecuencia, se va produciendo una continua migración del campo a las principales ciudades ya que ofrecían mejores condiciones de vida, engendrándose así un proletariado y un sector popular urbano no obrero. Esto sentaría las bases para la consolidación de las sociedades urbanas de masas,

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caracterizadas por una densidad poblacional alta en las principales ciudades del país en razón de que eran las que ofrecían más y mejores oportunidades laborales96. Es justamente la “presencia de las masas”, al lado de la formación de los primeros y más consistentes gérmenes de una economía industrial diferenciada (es decir, no solamente de bienes de consumo inmediato), el hecho que va a caracterizar el período inicial del llamado “desarrollo hacia adentro”, que se acentúa durante la guerra y se manifiesta en su plenitud durante la década 1950-1960. Económicamente, durante este período aparecen las llamadas políticas de “industrialización sustitutiva”, que en última instancia han consistido en el aprovechamiento e incremento de la base productiva del momento anterior para atender a la demanda interna de bienes de consumo y bienes intermedios, debido en especial a la carencia de divisas así como a las dificultades de importación (Cardoso y Faletto, 1979: pp. 103-104). Como ya mencionaron previamente estos dos autores, en esta etapa de modernización económica y diversificación del aparato productivo de los países de la región latinoamericana emprendida a mediados del siglo XX, el Estado tomaría un rol mucho más protagónico en lo social y económico al proteger a través de su gestión el mercado interno y el empresariado nacional. Se activaría un proceso de transferencia de rentas del sector exportador -de materias primas fundamentalmente- al sector interno, promovido por el Estado, creándose “los núcleos fundamentales de infraestructura para apoyar la industrialización sustitutiva de importaciones” (Cardoso y Faletto, 1979: p. 104), como las plantas nacionales de acero, hierro y aluminio, las refinerías de petróleo, las centrales eléctricas, entre otras. La industrialización por sustitución selectiva fue una respuesta económica del populismo a la crisis del Estado tradicional, pero además hubo una respuesta de carácter político que se tradujo en la conformación de la alianza policlasista que termino por fraguar los partidos de masas. Estos incorporarían a los sectores medios y populares a la vida sociopolítica de los países latinoamericanos. A pesar de la diferenciación socio-educativa de los grupos que conformaron la coalición populista, los mismos coincidían en un aspecto relevante: habían sido relegados de toda representación política por parte del Estado tradicional mismo que a su vez había sido diseñado por las elites mayormente terratenientes surgidas en etapas post-

Cardoso y Faletto (1979) señalan que el rápido crecimiento poblacional de las ciudades “suele ser mayor que la capacidad de absorción de los nuevos empleos urbanos generados por la industrialización, y esto posibilitó la formación de (…) ‘sociedades urbanas de masas’, basadas en economías insuficientemente industrializadas” (p. 103).

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independentistas. Esto pareciera haber reforzado el sentimiento generalizado de rechazo contra el statu quo que manifestaron tanto los sectores medios profesionales, los intelectuales, el movimiento obrero urbano, y demás grupos de la coalición. En última instancia, esta diversa y heterogénea coalición que fue configurándose producto del descontento con el establishment, sólo podría haberse sostenido en el tiempo en la medida en que los diversos intereses de los grupos que la conformaron pudiesen ser satisfechos, y esto pareciera haber dependido de la eficacia de la política de industrialización y la activación del mercado de consumo interno impulsada a raíz de la crisis de legitimidad que experimentó el Estado tradicional a mediados del siglo XX.

2.2.3 La alianza policlasista La alianza policlasista es uno de los elementos centrales que según diversos autores caracteriza al fenómeno populista de mediados del siglo XX en América Latina. Germani (1971) define a la alianza como un elemento inseparable de los movimientos “nacionalpopulares”, la cual vendría a representar una forma particular de intervención en la vida política nacional de los estratos en curso de rápida movilización social (sectores medios profesionales y obreros urbanos principalmente) en los países de industrialización tardía, situación en la que se encontrarían la mayoría de los países latinoamericanos a mediados del siglo XX. Se ha adelantado algo sobre la misma en páginas anteriores, sin embargo cabe la pena recordar aquí cómo ha sido abordada en la literatura especializada, tal es el caso de di Tella (1965) que define a la alianza policlasista como una coalición de carácter heterogéneo en las que confluyen: a) Una élite ubicada en los sectores medios o altos, con fuertes sentimientos contrarios al

establishment, que experimentan incongruencia de status, ya que el Estado ha sido incapaz de canalizar los intereses y demandas de los mismos. b) Una masa movilizada formada como resultado de lo que este autor llama la

“revolución de las aspiraciones”, proceso mediante el cual se “inculca en las masas el deseo de contar con representación aún cuando no tributen impuestos (…) grupos que no disponen de

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suficiente poder económico u organizativo exigen participación en los bienes y en las decisiones políticas de la sociedad” (p. 42). Para que una coalición de este tipo, en la que coinciden grupos tan divergentes como los mencionados, pueda trascender y mantenerse en el tiempo, deben establecerse relaciones de tipo “no-suma-cero” entre sus miembros. En este sentido, Rey (1980) señala los siguientes tipos de mecanismos políticos que harían efectiva la cohesión interna de esta alianza: a) El populismo omite la tradicional visión marxista de la lucha de clases y ofrece una

lectura de los conflictos sociales en las que antepone los intereses de los auténticos y verdaderos “patriotas” contra los “vendepatrias” o “traidora” es que responden a los intereses del “imperialismo”. Así, logra subsumir a todos los componentes heterogéneos bajo la abstracción del “pueblo”, presentándose no “como la expresión de intereses de grupos o clases parciales, sino que pretende abarcar y representar el conjunto de la nación o, al menos, a su parte más sana y auténtica” (Rey, 1980: p. 123). De esta manera se sustenta un nacionalismo a través del proyecto de crecimiento “hacia adentro” y en la participación preponderante del Estado en la vida económica, social y política. b) Para lograr la cohesión del movimiento, sobre todo en su etapa movilizadora, se

recurre a la unidad emocional frente a un enemigo común, que puede ser real o ficticio, como la “oligarquía” y el “imperialismo”. Este enemigo vendría a ser el depositario de todos los males que padece la sociedad. Así, se desarrolla un “estilo tremendamente sectario según el cual otros partidos u organizaciones políticas no son la expresión de una oposición legítima y hasta necesaria, a la que hay que respetar, sino enemigos existenciales a los que hay que aplastar o destruir” (Rey, 1980: p. 124). Se está en presencia de una especie de radicalismo demagógico, efectista, pero pocas veces reflejo de una realidad concreta. c) Se necesita de una ideología poco coherente y difusa, que gracias a su alto grado de

generalidad y abstracción puede ser inteligible para los distintos grupos o sectores que conforman la alianza según sus propios intereses. d) Al ser un movimiento que pretenden cambiar el orden sociopolítico existente,

generalmente por la vía reformista, “necesita un liderazgo carismático y las adhesiones entusiastas que él suscita (…) da más importancia a la fidelidad política y el entusiasmo en el

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reclutamiento de funcionarios”97 (Rey, 1980: p. 125). Por esta razón, este autor afirma que el populismo presenta elementos “bonapartistas” o “cesaristas” en la relación que se establece entre el líder y sus seguidores, caracterizada por una verticalidad que trata de evitar la mediación institucional democrática. e) La unidad de la coalición es posible en la medida en que funcione un sistema de

acomodación de tipo utilitario entre los intereses de los sectores que la conforman. Aquí destacan conductas como “el patronazgo, el clientelismo burocrático y aún la corrupción generalizada” (Rey, 1980: p. 126). Estas formas de relación permitirían la satisfacción de los diversos intereses de los sectores agrupados en la alianza policlasista. La progresiva deslegitimación del Estado tradicional, debido a su incapacidad en algunos casos y negación en otros, para canalizar las demandas de los nuevos sectores sociales que confluirían en las principales ciudades de los países latinoamericanos, sentaría las bases para el clima de descontento y rechazo al orden social establecido que permitiría la irrupción de la alianza policlasista. Sobre este aspecto, Germani (1971) ha señalado que la aparición de movimientos “nacionales-populares” en los países de la región ocurre cuando “el grado de movilización de las capas populares de las áreas marginales dentro de cada país rebasa o amenaza rebasar los canales de expresión y de participación que la estructura social es capaz de ofrecer” (p. 210). Los líderes de esta coalición pudieron haber emergido del propio statu quo, como en el caso de Perón en Argentina y Vargas en Brasil que formaban parte del estamento militar del Estado al que luego atacarían, o bien como figuras novedosas que argumentaron no tener vínculos con el orden político vigente. En cualquiera de ambos casos, las personas que asumieron el liderazgo del movimiento populista, demostrarían una capacidad para articular un discurso de rechazo al establishment por lo que consideraban era una incapacidad para satisfacer los intereses de los sectores medios y populares. En este sentido, el liderazgo asumiría la defensa de estos grupos al denunciar la “traición” del orden establecido hacia los intereses del “pueblo” para satisfacer en última instancia los intereses del “imperialismo” y la “oligarquía”.

Aquí es importante recordar los aportes de Weber (1972) sobre las características del liderazgo carismático y la necesidad de establecer relaciones poco mediatizadas entre el líder y sus seguidores.

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2.3

El fenómeno populista latinoamericano América Latina ha experimentado el populismo en distintas modalidades a lo largo de su

historia reciente, con particular énfasis en el transcurso del siglo XX y el siglo XXI. Como se ha presentado a lo largo de este capítulo, parte la literatura especializada ha vinculado la emergencia del fenómeno populista como coadyuvante en el proceso modernizador de los países de la región. Para Roberts (2007) el populismo en la región haría su aparición cada vez que el sistema político democrático experimenta crisis profundas, incrementándose el descontento de la población, lo cual suele ser aprovechado por ciertos líderes que capitalizan este sentimiento para generar simpatías y capitalizar el éxito político. Según este análisis, se habrían producido tres momentos de crisis en la historia latinoamericana que sentaron las condiciones para la emergencia del fenómeno populista: a) La transición del régimen oligárquico con economías agroexportadoras hacia una

política de masas promotora del crecimiento económico hacia adentro a partir de 1930. En el momento en el que los partidos del establishment fueron desbordados por la movilización de los sectores populares, emergieron líderes populistas que articularon alianzas policlasistas para incorporar a las masas a la vida política. Este sería el período de actuación del populismo clásico, el cual se extendería desde 1930 hasta 1970 aproximadamente. b) La crisis económica de 1982, producto de la insostenibilidad de la política cepalista,

promovió la implementación de reformas de corte neoliberal orientadas al mercado. Los partidos políticos saldrían debilitados de esta crisis, en gran medida por progresiva transformación en simples maquinarias electorales incapaces de responder a los intereses de sus seguidores. Se habría abierto el espacio para la aparición de nuevos líderes, los outsiders, que buscaron establecer un vínculo poco mediado con la población descontenta. Aparecería entonces el neopopulismo en los países de la región con particular fuerza entre las década de 1980 y 1990. c) La deslegimitación de las políticas económicas promovidas por el “Consenso de

Washington” y el creciente empobrecimiento de la población, auspició la irrupción de nuevos líderes de clara impronta populista que capitalizarían el descontento de la población, con un discurso que buscaba corregir las desigualdades generadas por las políticas económicas

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neoliberales. Se habla así de la aparición de un populismo de izquierda de orientación socialista en general, en algunos casos con una clara impronta marxista.

2.3.1 El populismo clásico (1930’s-1970’s) Siguiendo la hipótesis planteada por Roberts (2007), el populismo clásico habría surgido como respuesta al agotamiento del sistema social promovido por el Estado tradicional. Las clases medias profesionales y los sectores obreros, que se habrían formado producto de los movimientos migratorios hacia las principales ciudades para buscar mejores oportunidades de vida, demostrarían una profunda insatisfacción hacia el establishment por haber sido relegados de todo beneficio social y político. En este sentido, estos sectores vendrían a representar espacios de descontento por lo que se consideraba la poca capacidad de respuesta por parte del Estado para canalizar los intereses y demandas de los mismos. La opción populista habría sido la escogida por los sectores opuestos al establishment en parte debido a la incapacidad para impulsar una revolución de clases al estilo soviético, por lo que estos sectores debieron optar por una vía reformista para impulsar los cambios sociales (di Tella, 1965). En este sentido, como señala Hennessy (1970) la variante clásica del populismo habría sido un “arma organizacional para sincronizar grupos de intereses divergentes, y se aplica a cualquier movimiento no basado en una clase social específica” (p. 40). Este grupo de composición heterogénea es lo que se ha definido como la alianza policlasista conformada por un lado por las clases medias profesionales a las que se le había bloqueado las posibilidades de participación en los asuntos públicos, y por el otro por la población que había migrado del campo -debido a la incapacidad de los gobiernos para resolver la cuestión campesina eficazmente- y que se sumaría a la clase trabajadora ya asentada en las ciudades para fungir como mano de obra en el aparato productivo del país. El populismo clásico, una vez que llegó al gobierno en los distintos países de la región canalizaría una política económica acorde con las recomendaciones de la CEPAL, promoviendo el crecimiento hacia adentro a través de la sustitución de importaciones. Esta política económica estaría acorde con la retórica de tintes nacionalistas y antiimperialista auspiciada por los principales líderes del movimiento populista. Como señalarían Hennessy (1970) en relación con el liderazgo del populismo, este “proviene de los estratos medios y

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superiores de una clase media descontenta (…) y con frecuencia se corporiza en una figura dotada de elementos carismáticos, como Perón en la Argentina o Vargas en el Brasil” (p. 41), y habría que agregar a Betancourt en Venezuela, Haya de la Torre en Perú, Velasco Alvarado en Ecuador, etc.

2.3.1.1 El liderazgo populista La aparición del populismo en Latinoamérica como movimiento que irrumpió luego de la crisis del Estado tradicional trajo consigo “un cambio en el juego político y eventualmente una modificación de sus reglas formales: la aparición de nuevos actores, y la introducción de nuevos recursos” (Rey, 1980: p. 126). Los nuevos actores serán de dos tipos: por un lado, las élites medias y la burguesía urbana profesionalizada que encontró en la burocracia estatal su principal fuente de ingreso y de movilidad social; por el otro, las masas trabajadoras que aportaron su mano de obra para la economía nacional, pero que no percibían la obtención de mayores beneficios económicos, políticos y sociales por parte del orden social dominante. En este sentido, los sectores medios llegarían a tomar las riendas del movimiento populista a mediados del siglo XX para convertirse en sus líderes más visibles y en los críticos más agudos de lo que consideraban eran las “injusticias” del orden social fomentado por el Estado tradicional, en el que afirmaban no habían lograron obtener mayores beneficios durante la etapa del Estado oligárquico. Esto generó en ellos un sentimiento de rechazo y oposición hacia el statu quo, debido a lo que consideraban una falta de representación política dentro del mismo. Los sectores medios profesionales y el movimiento obrero principalmente, consideraban que aportaban lo suficiente a la economía nacional, por lo que debían “beneficiarse” de alguna manera a través de la canalización y respuesta de sus intereses por parte de la institución estatal. Bajo esta situación de crisis que fue aprovechada por el populismo para emerger en la región, se dieron cambios en el tipo de recursos políticos utilizados hasta los momentos. Atrás quedarán el caudillismo y el caciquismo como formas de relacionamiento sustentadas en la posesión de tierras unida a los nexos familiares y personales y el prestigio e influencia que de ellos se derivaban. Ahora surgen “nuevas habilidades que se convierten en fuente de poder e influencia política: la capacidad de conmover, movilizar y organizar a las masas” (Rey, 1980:

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p. 126). Sin embargo, la verticalidad de las relaciones que se establecían en el caudillismo y el caciquismo se mantendría en el populismo y en la relación que sus líderes establecían con sus seguidores. Esto llevó a plantear a algunos autores el efecto que tuvo en la cultura política de los países latinoamericanos la herencia cultural producto de 300 años aproximadamente de relación de dominación del Imperio Español, la cual habría reforzado la importancia otorgada al “personalismo” en detrimento de la institucionalidad propia de los regímenes democráticos (Paúl Bello, 1996). Así pues, como ha señalado Rey (1980) las élites que asumieron el liderazgo de los movimientos populistas estuvieron constituidas por “intelectuales o profesionales de clase media urbana que (…) sufren de incongruencia de status y que se encuentran alienados con respecto al sistema sociopolítico existente, quienes poseen tales tipos de nuevas habilidades y las utilizan convirtiéndose en políticos profesionales” (pp. 126-127). El político de profesión, nuevo actor social que emerge de la mano con el movimiento populista y lo complementa, será definido por este autor como “empresario político”, siendo una persona que busca beneficios políticos personales invirtiendo para alcanzarlos los recursos con los que cuenta. Busca apoyo y legitimación política a cambio de articular los intereses socioeconómicos de masas obreras y campesinas a las que organiza. La búsqueda de poder puede ser, en ocasiones, un valor instrumental o un medio para el logro de otros bienes, en particular bienestar económico y prestigio; especialmente en situaciones de poco desarrollo socioeconómico y bloqueo, como son las propias de los Estados oligárquicos, la conquista del poder o la inserción en el aparato del Estado puede ser la única vía de movilización social ascendente abierta a los miembros de la clase media (Rey, 1980: p. 127). Muchos fueron los líderes populistas y “empresarios políticos” que irrumpieron en Latinoamérica para oponerse al establishment político y denunciar lo que consideraban como un ordenamiento injusto de los asuntos públicos, así como una distribución desigual de los beneficios otorgados por el Estado. El progresivo deterioro y deslegitimación del Estado tradicional, en parte debido a su incapacidad para incorporar a los nuevos sectores de la sociedad que exigían representación y beneficios por parte del Estado, sentaría el escenario ideal para que estos líderes le dieran contenido concreto a sus cuestionamientos. Las denuncias de los nuevos líderes que emergían en el escenario político latinoamericano para atacar al establishment, serían articuladas a través de un discurso característico del fenómeno populista. Este se habría centrado en una construcción dicotómica

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de la realidad social, en la que se oponían los intereses del “pueblo” con los del “enemigo”, siendo el mismo la “oligarquía”, el “imperialismo”, entre otros, dependiendo de las circunstancias y/o el contexto. Entre los líderes del populismo clásico de la región, que pudieron articular los elementos señalados anteriormente, pueden señalarse: a) Juan Domingo Perón en Argentina: considerado el líder populista por antonomasia. Autores como Trías (1978) señalan el carácter contradictorio del personaje al afirmar que “recoge el legado de los caudillos federales de la primera hora, el repulsivo nacional de Juan Manuel de Rosas y el heterogéneo y rico radicalismo irigoyenista que expresa la insurgencia de las clases medias de origen migratorio entre fines del siglo XIX y los 20” (pp. 33-34). El “peronismo” tiene orígenes más profundos en los cambios estructurales experimentados por la sociedad argentina a mediados de los años 30. Argentina vivía procesos de cambio sociales, económicos y políticos, que sin embargo no se traducían en un orden social más incluyente para los actores que se estaban incorporando tanto desde los asentamientos rurales como desde el extranjero a su despegue económico. Siguiendo la lógica populista, Perón basó su liderazgo en la construcción de un mensaje carente de contenidos específicos, lo suficientemente general y amplio para ser moldeado a las aspiraciones de todos los grupos constituyentes de la sociedad argentina, sin especificar los medios para lograr los objetivos planteados. Las habilidades discursivas de Perón, educadas durante muchos años de docencia en la escuela de cadetes del ejército y en una profundas intuición sobre la población argentina, le permitieron articular las aspiraciones de diversos sectores de la sociedad, creando “una masa obrera débilmente organizada, que mantiene relaciones difusas y directas con un liderazgo de tipo paternalista, y un movimiento popular igualmente ligado a una dirección externa pero basado en los sindicatos” (Torre, 1989: p. 1), sobre todo los que habían sido integrados por los trabajadores urbanos que provenían del campo. El gobierno de Perón impulsó la democratización de Argentina por vía autoritaria, es decir, fue canalizado en gran medida a través de una verticalidad en las decisiones, lo que pudo haber sido posible gracias al liderazgo innegable ejercido por Perón. En este contexto, de una iniciativa producida desde arriba, “surge en la sociedad una movilización que combina la

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lucha de clases y la demanda de participación, el enfrentamiento con los patrones pero también con las estructuras de poder que protegen sus privilegios” (Torre, 1989: p. 22). Esto fue hábilmente canalizado por el liderazgo “peronista”, portador de un inmenso carisma y de un gran vacío en el contenido de su mensaje. En conjunto, esto permitiría que el gobierno “peronista” dotara de nuevas “identidades colectivas” o “identidades sociales” a aquellos sectores excluidos del antiguo orden social, particularmente a los nuevos obreros y algunos miembros de los sectores medios urbanos (Berhó, 2000)98. b) Getulio Vargas en Brasil: considerado como la otra gran experiencia clásica del populismo en América Latina, Getulio Vargas fue primero Ministro de Finanzas en la década de los 20 en Brasil y luego presidente, forzando un mandato “de facto” con el cierre del Congreso en 1937. En estricto sentido, se puede catalogar el gobierno de Vargas como un ejemplo de “populismo desarrollista” ya que se ocupó deliberadamente de centralizar el accionar del estado procurando darle mayor eficiencia a través de instituciones creadas por él. La noción que impuso entre 1937 y 1945, conocida como el “Estado Novo”, poseía rasgos contradictorios ya que por un lado apeló a la expansión del antiguo Estado liberal hacia una fórmula más inclusiva en donde las masas que migraban hacia las ciudades podrían encontrar respaldo en la figura del Estado manejado por una figura concreta, pero además la “democratización” que impulsó el régimen presentaba rasgos autocráticos que mermaron los vestigios democráticos de la sociedad brasileña (Conniff, 1999 b: p. 47). A partir de 1943 el gobierno de Vargas se inclinó cada vez más por una vía democrática para modernizar al Brasil. Específicamente Vargas articuló un discurso en el que equiparaba sus intereses con los del sector obrero citadino, asumía el crédito personal por los nuevos programas sociales y reformas laborales que impulsaba su gobierno y fundó el Partido de los Trabajadores de Brasil (PTB), lo que coadyuvó en la construcción de la imagen de Vargas como el gran “líder” de los trabajadores (Conniff, 1999b: pp. 47-48). La presidencia de Vargas
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Se ha comentado en páginas anteriores de esta investigación el hecho distintivo del fenómeno populista, el cual consiste en tener la capacidad de crear nuevas identidades para aquellos sectores marginados de un orden social específico. Como ha señalado Dávila (2001) en relación con la constitución de nuevas identidades colectivas, éstas harán aparición sólo cuando se “experimenta el establecimiento de nuevas fronteras políticas de la forma nosotros/ellos” (p. 129). Esta demarcación antagónica de la realidad social es posible a través del discurso al que apelan los líderes populistas. Así, a través de la interpelación a los sectores excluidos “con actos, palabras y símbolos en las que ellas sientan reconocida su identidad, serán capaces esas mayorías de comprometerse a construir el futuro que se les proponga, por oposición al ellos negados de ese futuro” (Dávila, 2001: p. 129). Como señala Berhó (2000) este proceso de dotación de nuevas identidades sociales y políticas pudo lograrlo en gran medida Perón a través del carisma que se desprendía de su liderazgo y de su discurso.

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terminaría de manera abrupta con la intervención del sector militar que actuó para deponerlo del cargo. Para Conniff (1999b), luego de una especie de exilio domiciliario autoimpuesto, el expresidente Vargas volvió a la escena pública en 1950 exhibiendo sus cualidades carismáticas como nunca antes. Afirmó que solo podría ser derrotado en la arena pública, donde el “pueblo” era el único que podía decidir si lo consideraban una opción válida para regir el destino del país. Así pues, a través de una hábil campaña mediática dirigida por su hija Alzira Vargas, consolidó una imagen de líder popular que defendió y defendería los intereses del “pueblo” que habían sido atacados por las clases tradicionales. Getulio Vargas apeló a los aciertos de su primer gobierno en materia económica, social y política para captar nuevamente la atención de los sectores populares, pero afirmaba que sólo retomaría la carrera política si el “pueblo” así se lo exigía. Aquí se hace evidente la conexión afectiva que generaba Vargas en la población brasileña, ya que con su ayuda obtuvo la presidencia a través del voto directo, la cual ejerció hasta su suicidó en 1954 luego de un escándalo público a raíz de un atentado en el que murió el mayor de la aeronáutica y dejo herido al periodista crítico del régimen Carlos Lacerda. Pareciera que los movimientos populistas necesitan de un liderazgo particular que sea capaz de agrupar a los diversos sectores de la sociedad que integran la alianza policlasista y así lograr la movilización y organización de estos grupos en la escena política (Rey, 1980). En este sentido, autores como Conniff (1999a) señalan el importante rol que cumpliría un liderazgo de tipo carismático en el fenómeno populista99. Connotados líderes en la región latinoamericana, como Perón y Vargas, pareciera haber poseído el carisma necesario para satisfacer los intereses de los sectores de la coalición populista. A través de una relación signada por el carisma, se establecería un vínculo particular entre el líder que posee esta cualidad y aquellos que lo siguen, donde la misma descansaría “en la entrega extracotidiana a la santidad, heroísmo o ejemplaridad de una persona y a las ordenaciones por ella creadas o reveladas (…) en la autoridad carismática se obedece al caudillo carismáticamente calificado por razones de confianza personal en la revelación,
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Para Weber (1992) el carisma es entendido como algo extraordinario y fuera de lo cotidiano. El vínculo social sustentado por este elemento, afirma este autor, terminaría “representando una relación social rigurosamente personal, unida a la validez carismática de cualidades personales y a su corroboración” (p. 197).

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heroicidad o ejemplaridad, dentro del círculo en que la fe en su carisma tiene validez (Weber, 1992: pp. 172-173). En tiempos recientes, Deusdad (2003) ha ampliado la propuesta “clásica” sobre el fenómeno del carisma, al afirmar que existe un carisma de tipo político en el que a pesar de la irracionalidad que caracteriza a la relación establecida entre el líder y la masa, en parte debido a las cualidades particulares de aquel, siempre hay un elemento de racionalidad que refleja la filiación de los seguidores hacia el que consideran como su liderazgo legítimo. El carisma político se establece, como señaló Weber, en relación con los seguidores que admiran al líder político y pueden manifestar, según las épocas y los condicionamientos socio-económicos y culturales, diferentes muestras de afecto, de gratitud, y de fidelidad o adhesión. El carisma político, a pesar de su irracionalidad, tiene siempre un componente de racionalidad, todos los seguidores se explican de una u otra forma su adhesión al líder (Deusdad, 2003: p. 22). Ahora bien, en su estudio sobre las características y manifestaciones del liderazgo carismático, Deusdad (2003) afirma que existe una estrecha relación entre las manifestaciones carismáticas y los movimientos y/o regímenes populistas, por esto considera que un líder populista es un líder carismático ya que ejerce una manipulación sobre las masas exaltadas por su presencia, posee multitud de seguidores. Por un lado, hay una tendencia intrínseca del populismo hacia el carisma. Por otro, el liderazgo carismático se caracteriza por la estructura vertical del poder organizativo que contrasta con el aspecto central de la ideología populista que establece una oposición entre pueblo-oligarquía, o sea, el anti-elitismo. La estrategia del líder son las cualidades del hombre común. Las virtudes cotidianas del pueblo son desplegadas en el líder de forma extraordinaria para poder realizar su misión. Se establece una mitología del líder. Un tipo de identificación de las multitudes con el líder es sentirse similar a éste. Otro aspecto es que el líder posee cualidades que la gente querría tener (Deusdad, 2003: p. 24). Esto es lo que produciría un vínculo particular entre los liderazgos populistas y sus seguidores, en gran medida debido al poco desarrollo y autonomía de los distintos grupos que formaban la coalición, lo que terminó expresándose en una actitud paternalista hacia el líder en primer lugar, y luego hacia el Estado una vez que el movimiento se hizo gobierno (Rey, 1980).

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2.3.1.2 El partido político populista Los movimientos populistas que emergieron en América Latina en respuesta a la crisis del Estado tradicional, no pudieron sustentarse únicamente por el carisma de sus líderes para tener algún impacto en la escena política nacional. Por esta razón, tuvieron que constituir partidos políticos para así poder hacer vida “legítima” en la dinámica social de sus respectivos países. En este sentido, el partido fue concebido como la herramienta principal para hacer vida política, destacando entre sus principales atribuciones la competencia electoral, la canalización y resolución de las demandas del electorado, etc. Así pues, autores como di Tella (1965) consideran que en los países de la región se constituyen cuatro tipos de partidos políticos populistas, señalados a continuación: a) Los partidos integrativos policlasistas: agrupan a sectores de la clase obrera, la burguesía -industrial la mayoría de las veces, pero no excluye a la burguesía campesina- y las clases medias. Son partidos muy amplios ya que integran la multiplicidad de intereses de los sectores que lo conforman, así “los diversos intereses se expresan a través de facciones y otros grupos especiales dentro del partido, que cuentan con una esfera de acción bastante amplia para negociar y llegar a acuerdos en los cuales se respeten sus intereses” (di Tella, 1965: p. 54). Estos partidos poseen una estructura organizativa bastante consolidada que llega a controlar hasta los asuntos de carácter particular, a través de comités locales y asociaciones voluntarias. Además, suelen tener un apoyo sindical considerable, la mayoría de las veces auspiciado por el propio partido y en relación sinérgica con el mismo. Los líderes del partido suelen ser carismáticos, aunque esto no es una condición sine qua non debido a la estructura del partido que cumple una función mediadora. Específicamente, el partido “cuenta con el apoyo de la mayoría de las clases medias y la burguesía, no necesita establecer con las masas un vínculo directo como en aquellos casos en que un liderazgo más bien aislado e ilegitimado tienen en su contra la mayoría del statu quo” (di Tella, 1965: p. 54). Como ejemplos de este tipo de partidos destacan: el Partido del Congreso de la India, el Partido Revolucionario Institucional de México, la coalición que apoyó a Vargas en Brasil formada por el Partido Social Democrático y el Partido Trabalhista, entre otros. b) Los partidos apristas: son partidos con fuerte apoyo de la clase obrera y la clase media, aunque no incluyen a la burguesía, los militares o el clero. Presenta una disciplina interna mucho mayor que los partidos integrativos policlasistas, no incluyen la representación

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de los intereses divergentes ni ofrece una oportunidad adecuada para que se manifieste la oposición interna. Generalmente, su “estructura organizativa está frecuentemente entretejida y dotada de una base voluntaria muy importante que se acerca a la variedad de la célula comunista” (di Tella, 1965: p. 59). Incorporan elementos de la tradición anarquista y de las luchas obreras en pequeña escala, canalizados por un fuerte liderazgo carismático que pareciera encarnar una autoridad “suprema”. Además son partidos que asignan importancia a la educación, el trabajo social, el movimiento cooperativista y otras actividades de formación integral, aproximándose con esto a la tradición socialdemócrata de Europa. En cuanto a su orientación ideológica, suele representar un papel más importante en la creación de vínculos solidarios entre sus miembros que en los partidos integrativos policlasistas. Además, suelen contar con un fuerte apoyo de los sindicatos. Entre los partidos que representan esta tendencia destacan: la Alianza Popular Revolucionaria Americana en Perú, Acción Democrática en Venezuela, etc. c) Partidos reformistas militaristas: como ha señalado claramente di Tella (1965) los partidos integrativos policlasistas y aprista irrumpen cuando se dan ciertas condiciones sociales que colocan a la mayor parte de la burguesía o de la clase media inferior contra el orden social establecido. Bajo estas circunstancias, los partidos reformistas militaristas tienen que “representar las opiniones y sentimientos que prevalecen entre la masa de la respectiva clase, es decir la burguesía para los partidos integrativos policlasistas y la clase media inferior para los partidos apristas” (p. 65). Por esta razón, estos partidos, en aras de lograr un apoyo en la sociedad importante, deberán “suavizar” sus lineamientos para así calar en estos sectores. Por lo general, los sectores de la burguesía y la clase media que confluyen en estos partidos no están legitimados y experimentan incongruencia de status, situación en el que la tensión e inseguridad que experimentan estos sectores aumenta “las posibilidades de que desarrolle rasgos de autoritarismo y emocionalismo, así como una predisposición a luchar intensamente por sus ideas e intereses” (di Tella, 1965: p. 65). La manera cómo se articulen estas características determinará a su vez dos tipos de partidos reformistas: los nasseristas y los revolucionarios sociales. c.i) Los partidos nasseristas: tiene como principal sector de apoyo a las fuerzas armadas que se rebelan contra el establishment. Como ocurre en algunos países de la periferia, la burguesía y las clases medias son políticamente débiles y no cuentan con el

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apoyo del sector obrero de las ciudades. Por esta razón, los militares se convierte en los conductores de la política nacional para impulsar el crecimiento económico y el desarrollo social, y como en este tipo de escenarios “constituyen el único grupo social importante dotado de algún grado de organización, modernismo y disciplina, los ayuda en la tarea” (di Tella, 1965: p. 66). Se conforma así una situación en la que impulsan la modernización e industrialización del país por la vía autoritaria. Por lo general, estos partidos carecen de una ideología estructurada por lo que se centran principalmente en la figura de un líder carismático. En cuanto a las organizaciones profesionales y sindicales, éstas “se forman como mecanismos controlados por el Estado, y en ellos, como en el partido, el elemento asociacionista es bastante reducido. El vínculo entre las masas y el líder es muy directo y está fortalecido por una buena dosis de xenofobia” (di Tella, 1965: pp. 66-67). Destacan entre este tipo de partidos aquel que lideró Nasser en Egipto. c.ii) Los partidos social-revolucionarios: tienen apoyo minoritario de la clase obrera urbana, ya que en los países de América Latina para el momento en el que se conformaron, la misma era poco numerosa y no estaba bien organizada, por lo que su principal fuente de apoyo estará en el campesinado pobre y los peones agrícolas. Además, agrupará a una élite de “revolucionarios profesionales” provenientes “principalmente de la clase media inferior y la intelligentsia y de grupos fuertemente opuestos a su propia clase de origen. Como consecuencia, esos grupos no están legitimados, antes de la revolución, y desarrollan actitudes autoritarias, emocionales” (di Tella, 1965: pp. 71-72). Internamente, estos partidos se estructuran de manera monolítica, con una ideología muy precisa que forma el núcleo de las lealtades, y con organizaciones sociales como los sindicatos controladas por el partido. Entre estos partidos destacan: el Partido Comunista de Cuba impulsado luego del triunfo del Movimiento 26 de Julio, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria en Venezuela, el Movimiento Nacionalista Revolucionario boliviano, entre otros. d) El partido peronista: última variante de los partidos políticos populistas, irrumpió en los países más desarrollados del “Tercer Mundo”. Dado los altos niveles de desarrollo económico, la movilidad social ascendente y la mejora en las condiciones de vida de la burguesía y las clases medias, éstas por lo general no llegarán a formar parte de una alianza policlasista opuesta al orden social establecido. Sin embargo, en países desarrollados como

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Argentina bajo el liderazgo de Juan Domingo Perón, se logró conformar una coalición populista, lo que lleva a introducir nuevos elementos que permitan superar esta aparente contradicción. Como ha señalado di Tella (1965) sobre este hecho, para que pueda consolidarse un movimiento populista en un país relativamente desarrollado “es necesario contar con una minoría anti-statu quo muy fuertemente motivada en los sectores medios o altos de la pirámide de estratificación. Cuando, sea por incongruencia de status o por otros factores, tal grupo existe, es muy probable que nazca una coalición populista” (pp. 77-78). Esta coalición no será igual a la de los partidos integrativos y/o apristas ya que no contará con tanto apoyo entre las clases medias inferiores y los intelectuales, antes bien sus mayores simpatizantes estarán ubicados en las élites de los estratos superiores y en un sector sindical identificado con el movimiento y el líder. El ejemplo paradigmático de partido político con estas características es el partido que fundó Juan Domingo Perón, el Partido Justicialista. Pareciera entonces que a pesar de las variaciones que presentan los cuatro tipos de partidos políticos populistas en su composición interna y dinámica de funcionamiento, todo ellos resaltan el carácter policlasista debido a la labor realizada en la agregación y representación de los intereses de aquellos sectores de la sociedad que expresaban un descontento hacia el establishment. Además puede decirse que, grosso modo, estos partidos promovieron y se sustentaron en la mayoría de los casos, gracias a la presencia de líderes carismáticos que centralizaron y personalizaron el poder político al interior de los mismos. En este sentido, Conniff (1999a) destaca que en los partidos populistas la agenda, la iniciativa y/o la toma de decisiones, requerían de la supervisión y aprobación del máximo líder. Esto trajo problemas de funcionamiento desde el primer momento en que los movimientos populistas alcanzaron el poder, ya que en una vez en el ejercicio de funciones de gobierno, los líderes carecían de una cultura política propensa a la negociación y al diálogo, antes bien el personalismo y centralismo eran paradigmáticos en la dinámica de estos movimientos, lo que dificultaba la toma decisiones y la delegación del poder en los

subalternos. Por esta razón, se afirma que los populismos fueron sumamente inestables a la hora de corresponder las demandas de los sectores que conformaban y apoyaba la coalición (p.16).

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2.3.1.3 El gobierno populista Se han desarrollado hasta los momentos algunos elementos propios del fenómeno populista, entre ellos su base de apoyo como lo fue la alianza policlasista y el tipo de liderazgo que asumió la representación de la misma. Sin embargo, es importante presentar algunas reflexiones sobre las especificidades de los movimientos populistas que lograron alcanzar el poder, bien fuese por la vía del golpe de Estado en conjunto con el sector militar o través del triunfo en las urnas, para así hacerse gobiernos. Sea de una u otra forma, como ha apuntado Conniff (1999a), pareciera que durante el transcurso del siglo XX América Latina experimentaría el recurrente ascenso al poder de gobiernos de marcada orientación populista, caracterizados por su ataque verbal contra las “potencias imperiales”, la exaltación del nacionalismo como valor en lo político y lo económico, etc. Para todos estos gobiernos, según lo manifestarían sus principales líderes, el objetivo último sus políticas serían la reivindicación de los intereses y el bienestar del “pueblo”. Partiendo de estas observaciones, vale la pena señalar algunas de las experiencias que han sido consideradas paradigmáticas como gobiernos populistas en Latinoamérica (Germani, 1962; di Tella, 1965; Malloy, 1977; Taggart, 2000). Entre ellas destacan los gobiernos de Perón en Argentina, el de Vargas en Brasil y el “trienio adeco” en Venezuela, de los que se dará una exposición sucinta a continuación: a) Juan Domingo Perón en Argentina (1946-1955): El prefacio al primer gobierno de Juan Domingo Perón -de 1946 a 1955- se encuentra en el golpe de Estado impulsado en 1943 por jóvenes militares que se oponían a la participación argentina en la II Guerra Mundial. Dentro de ese cambio social comienza a articularse el accionar político de Perón, quien ocupó un rol importante en el movimiento de esos jóvenes. El grupo militar que impulsó el golpe expresaba orientaciones ideológicas próximas al fascismo italiano con ciertas ideas del propio totalitarismo de Estado que proponía Musolini, por lo que atacó abiertamente algunos sectores de la oposición civil, a los partidos políticos a la vez que trató de silenciar a los grupos intelectuales. Sin embargo, a medida que la figura política de Perón fue adquiriendo protagonismo dentro del nuevo grupo gobernante como Ministro del Trabajo, la conformación de una coalición populista afianzada en pactos con los sindicatos y otros movimientos de base empezaría a materializarse.

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Como uno de los casos paradigmáticos de gobiernos populistas en América Latina, el fenómeno “peronista” tiene orígenes más profundos en los cambios estructurales experimentados por la sociedad argentina a mediados de los años 30 (Germani, 1962, 1978; di Tella, 1965; Malloy, 1977, Paúl Bello, 1996). Argentina vivía procesos de cambio sociales, económicos y políticos, que sin embargo no se traducían en un orden social más incluyente para los actores que se estaban incorporando tanto desde los asentamientos rurales como desde el extranjero a su despegue económico. En este sentido, en su estudio sobre los orígenes del “peronismo”, Torre (1989) señala que “si bien las transformaciones estructurales tendían a fortalecer y a poner en movimiento al mundo del trabajo, las instituciones de la restauración conservadora permanecían en gran medida sordas a esos cambios: he aquí que se perfila la escena característica de una crisis de participación” (p. 9). Además de la incorporación de una enorme afluencia de inmigrantes europeos que llegó casi ininterrumpidamente a varias regiones de país desde finales del siglo XIX, las ciudades eran testigos de una migración interna constante de trabajadores del campo a las grandes ciudades, en particular a la capital, Buenos Aires, cuya Capital Federal experimentaría crecimientos casi de proporciones geométricas a principios del siglo XX. Esto llevaría a experimentar una transformación sociológica profunda en el tipo de labores desarrolladas hasta el momento. Gran parte de las fuerzas trabajadoras que hacían posible la expansión productiva del país durante las primeras décadas, habían pasado abruptamente de campesinos a obreros. Esta confrontación con una realidad cosmopolita y agresiva como era la de las ciudades los capturaba sin experiencias sindicales, débilmente organizados si acaso. Muchos de ellos fueron simplemente desempleados, ya que el mercado laboral de las nacientes metrópolis como era el caso de Buenos Aires, estaban en la incapacidad de asimilar tal cantidad de mano de obra al comenzar la migración. Tal fenómeno, unido a la influencia de ideas europeas traídas por algunos inmigrantes promoverá el surgimiento de organizaciones que pretendían promover el sindicalismo de masas para empoderar a los trabajadores con derechos que les eran inherentes a su condición. Ello “remite, en primer lugar, a un momento de crisis y reorganización del Estado a mitad de los años cuarenta, en el cual surge una nueva élite dirigente, de origen militar, que procura darse una base de apoyo social apelando a la movilización de los sectores populares” (Torre, 1989: p. 1). Los trabajadores urbanos formaron parte importante de la alianza policlasista que

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brindó apoyo a Perón tanto durante sus años de Ministro del Trabajo como durante su gobierno posterior. El “peronismo” tuvo apoyo de muchos círculos de las fuerzas armadas, habiendo sido Perón instructor de los primeros años en la academia militar, de un apreciable sector del clero y de algunos grupos importantes de industriales medianos. Todos estos grupos, en particular los últimos mencionados, constituían una parte ilegitimada de la burguesía de donde por cierto provino lo más importante del liderazgo: el sostén económico, la capacidad organizativa y la ideología del partido de Perón, el llamado Partido Justicialista. Los elementos constitutivos de la alianza policlasista que apoyó al gobierno peronista en esos años no hubiesen tenido cohesión interna sin el liderazgo profundamente carismático ejercido por el propio Perón. Su liderazgo se basaba marcadamente en un mensaje moldeable a las aspiraciones de todos los grupos constituyentes sin especificar los medios para lograr los objetivos planteados. Las habilidades discursivas de Perón, educadas durante muchos años de docencia en la escuela de cadetes del ejército y en una profundas intuición sobre la población argentina, le permitieron articular las aspiraciones de diversos sectores de la sociedad, creando una masa obrera débilmente organizada, que mantendría relaciones difusas y directas con un liderazgo de tipo paternalista, así como un movimiento popular igualmente ligado a una dirección externa pero basado en los sindicatos, sobre todo los que habían sido integrados por los trabajadores urbanos que provenían del campo. No habría que pensar en este punto que con miras a un liderazgo uni-direccional caudillo-pueblo Perón descartaría al viejo sindicalismo existente antes de su llegada a la presidencia. Por el contrario, estando adaptado a la dinámica de la vida urbana, con una larga experiencia en la lucha social, se dirigió a la vieja guardia sindical para ganar su apoyo invitándolos a poner los recursos, organizacionales y políticos con los que ésta contaba al servicio de su inserción en el mundo obrero y de la conquista del poder. En este sentido, el viejo sindicalismo encuentra en el gobierno peronista una serie de oportunidades de negociación imposibles en el orden social anterior a la vez que Perón logra un afianzamiento dentro de sectores sobre los que basará mucho de su poder futuro. Por esto, la alianza establece como una deliberación racional para la sociedad el visto bueno a la creciente intervención del Estado en varios ordenes de la vida social, dando como resultado la satisfacción de reivindicaciones del viejo sindicalismo que regímenes pasados habían ido

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postergando y que el peronismo, al menos discursivamente y de una manera difusa, pretendía enfocar y poner sobre la mesa de discusiones sociales. El gobierno populista de Perón impulsó la democratización de Argentina por vía autoritaria, es decir, el cambio político no se produjo como resultado de continuas luchas y presiones de los distintos sectores de una sociedad que llevan a la élite gobernante a poner en marcha una serie de reformas institucionales. En cambio fue motorizado por la acción de quiebre de la misma y pautas verticales que venían directo desde la Casa Rosada. La ambigüedad ideológica del gobierno de Perón, propia de los movimientos y gobiernos populistas que luego se constataron en otros países del continente, se tradujo en la proyección de una imagen política como de un partido “reformista” y un partido “del orden” al mismo tiempo100. Esto se vio reforzado por dos ideas utilizadas por el peronismo continuamente: la “justicia social y la “identidad nacional”. La habilidad política de Perón le permitió manejar la solidaridad nacional y las fronteras de lo “popular” como algo propio del “peronismo”, identificando a todos los argentinos con los “peronistas”, como si fuesen un solo sujeto. Perón llegaría a calificar como “no argentinos” a aquellos que se oponían a las políticas reformistas implementadas en materia social por su gobierno. A su vez, la “justicia social” fue utilizada como un elemento de justificación para alcanzar las reformas sociales tendientes a superar el orden político precedente y establecer patrones de dominio y estructuras que a la larga derivaron hacia un estado corporativista con profundas redes clientelares. Simultáneamente todo este entramado basado en la “Justicia Social”, serviría también para marcar distancias con la tesis de la lucha de clases defendida por los grupos de izquierda de los que el peronismo se alejaba al tiempo que iba dejando sin agenda y sin discurso. Claramente, la naturaleza contradictoria y ambigua del gobierno peronista no podía hacerse sostenible por mucho tiempo y en esto probo otra de las sintomatologías clásicas del populismo: una agenda cortoplacista que en este caso tardó algo más en implosionar debido en parte a los ingentes beneficios que obtuvo la economía Argentina durante la segunda guerra
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Tomás Eloy Martínez en su libro “La Novela de Perón” (1986) produce una cita que, sin que se sepa claramente de su validez histórica, responde calcada a la fórmula discursiva que mantuvo Perón durante casi toda su vida para, en equilibrio de malabarista, granjearse el afecto de las mayorías sin tomar partido por ningún grupo: “Si he sido repetidamente un actor central en la Historia es porque he sido capaz de contradecirme. Usted ha oído hablar de la estrategia de Schlieffen. Uno tiene que cambiar de planes varias veces al día y exponerlos uno a uno como algo necesario. ¿La Patria Socialista? Yo la inventé. ¿La Patria Conservadora? Yo la mantengo viva. Tengo que soplar en todas direcciones como un gallo que indica la dirección del viento”.

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mundial, y en parte dados los equilibrios discursivos y manipuladores de la retórica del líder. Al final, satisfacer las demandas de tantos distintos grupos sociales para luego arremeter contra ellos en una lógica de exclusión/inclusión permanente, concluyó con el derrocamiento de Perón cuando transitaba en medio de su segundo mandato en 1955. Es interesante ver la diversidad de sectores que se aliaron entonces para deponer al gobierno peronista, pues confluyeron allí tanto aquellos que veían en el peronismo una vulneración de la libertad y la democracia, como quienes respondieron también con la sedición a las políticas reformistas en material social del régimen. Entre los grupos participantes hubo distintas ramas de la iglesia católica y de sectores conservadores de grupos agrarios e industriales. b) Getulio Vargas en Brasil: Brasil ha sido uno de los países latinoamericanos con mayor presencia de síntomas populistas a lo largo de su historia. Esto pudo deberse a a dos razones fundamentales: primero, su enorme tamaño geográfico, lo que hace muy complejo para cualquier Estado hacerse presente con igual efectividad e intensidad para toda la población, y segundo, la recurrente experiencia con diversos tipos de autoritarismo tal y como ha habido en ese país101. En cuanto a lo primero, se han adelantado ya algunos aportes que considerarían la irrupción del populismo allí donde por carencia de efectividad del Estado se producen espacios o grupos excluidos socialmente, lo que se traduciría en crecientes dosis de descontento social e inestabilidad política en mayor o menor grado. Como ha señalado Trías (1978) en relación con la irrupción del populismo en este país, ésta se habría producido al inicio de la década de 1930 con la aparición de las clases medias profesionalizadas y las clases obreras y marginales urbanas. Estos sectores “desatendidos” por el sistema político habrían sido capitalizados por el movimiento que lideraba Getulio Vargas, convirtiéndose en su principal base de apoyo. En cuanto a la gestión gubernamental de Getulio Vargas entre 1937 y 1945, puede decirse que ejemplifica en gran medida al populismo clásico latinoamericano. Su administración aplicó las medidas económicas de la CEPAL para promover el crecimiento por sustitución de importaciones, se ocupo deliberadamente de centralizar el accionar del Estado
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Una de las definiciones que dan Rabello y Ronci (1992) sobre el populismo, vincula directamente el autoritarismo y el populismo exponiendo una relación causal entre los dos: “El Populismo es una forma de conducta política adoptada por una persona o grupo de personas que puede ser identificada por el uso de herramientas económicas y otros medios diseñados para producir resultados favorables rápidamente, sin importar cuan poco duraderos estos puedan ser, pero que sirvan como acciones para adquirir y mantener un poder autoritario” (p. 150) .

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procurando darle mayor eficiencia a través de instituciones creadas por él. Impondría la noción del “Estado Novo”, la cual coincidiría temporal y conceptualmente con la expansión del antiguo estado liberal hacia una fórmula mas inclusiva en donde las masas que migraban hacia las ciudades podrían encontrar respaldo en la figura del Estado manejado por una figura concreta, las veces percibido como el líder “indiscutido” del proceso. En términos económicos, la de Vargas fue una administración que respondió a criterios de tipo intervencionista. Crearía el Instituto Nacional del Café, el Instituto Nacional del Azúcar y Alcohol y otra serie de entidades propias de políticas centralizadoras que procuraban organizar y estimular la producción agrícola pecuaria e industrial del país. Todo esto respondería a lo que hemos señalado como características funcionales de los gobiernos populistas. La centralización del poder político y como contraparte a esto, del poder económico produjo en muchos casos las posteriores tendencias a la nacionalización y regulación del mercado hasta hacerlo insostenible. Sin embargo, es de destacar que estos gobiernos populistas que produjeron la expansión del Estado como fue el caso de Vargas forjaron la mayoría de las instituciones oficiales que incluso hasta el día de hoy existen manteniendo la percepción de un Estado empresario que debe intervenir en las distintas esferas económicas del país (Rabello y Ronci, 1992). La fundación y creación de compañías del tamaño de Petróleos del Brasil, Petrobrás, muchas de las grandes compañías mineras, compañías eléctricas promovieron una generación de empleo y crecimiento social sin precedente. Crearon también como contraparte toda una red de estructuras dependientes del Estado que producían fórmulas clientelares en un Estado de gran tamaño. Esto colocó a futuras administraciones en estado de dependencia cuando en posteriores intervenciones el institución estatal trataba de controlar fenómenos inflacionarios mediante su intervención en la economía. Las estructuras creadas llegaron a ser de tal magnitud y poder que formaban una especie de Estado paralelo. Para el momento en que Vargas llega a su segundo periodo como presidente, se produce una enorme inestabilidad política como consecuencia de acusaciones por parte de la opinión pública en relación con un supuesto enriquecimiento personal y uso ilícito del dinero público. La crisis experimentada llevarían al presidente a acabar con su propia vida, suicidándose en el transcurso del año 1954. Cierra así, el ciclo del gobierno populista de Vargas y Brasil comenzaría una larga historia de gobiernos de facto que oscilarían entre el

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conservadurismo fuerte en materia de economía y ciertos amagues de populismo distribucionista. En última instancia, el caso brasilero refleja claramente una de los aspectos que señalan Rabello y Ronci (1992) en su trabajo, y que ha venido a ser la segunda “gran” herencia de los gobiernos populistas de orientación distributiva en Latinoamérica: el “subdesarrollo institucional” con su consecuente supeditación de la política a los deseos del líder carismático, el cual busca la identificación directa con sus seguidores para satisfacer sus demandas y exigencias. Puede parecer una paradoja que la centralización masiva en la toma de decisiones y la multiplicación de agencias para controlar la economía no implicaría el desarrollo de instituciones fuertes características de las democracias liberales. La explicación para esta aparente paradoja esta en la naturaleza autoritaria del populismo, y es por ello que no existe tal cosa como populismo democrático. La búsqueda del poder y la lucha para mantenerlo en un sistema populista produce la ruptura de aquellas tradiciones que son tan importantes a la hora de producir la naturaleza que conforma las instituciones y las agencias (p. 157). c) Venezuela, petróleo y populismo: los antecedentes del fenómeno populista en Venezuela pueden rastrearse desde las primeras décadas del siglo XX, época en la cual, al igual que la mayoría de los países del continente (como en el caso argentino y brasilero descrito anteriormente), el país experimentó cambios profundos en su estructura social, demográfica, económica y política debido a las cantidades de población que dejaban el medio rural para venirse a vivir a las grandes ciudades. Esto se reflejó mas claramente desde el momento en que apareció el petróleo, lo que promovió la transformación de la economía al dejar de lado productos tradicionales como el café y el cacao, que hasta la fecha habían sido los principales rubros de una economía de corte agrario que sostenía el aparato productivo de la nación, y darle peso principal a la actividad petrolera102. La expansión de la economía venezolana resultado del descubrimiento de masivos yacimientos de petróleo, promovió la aparición y/o multiplicación de numerosas fábricas de
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Si bien es cierto que la feroz dictadura gomecista mantuvo al país en un sopor deliberado durante varias décadas, el cambio económico que significo la explotación petrolera fue un giro indetenible que forzó la apurada migración de masas campesinas hacia los centros urbanos. El desarrollo político tardo un poco en incorporarlas al discurso y actividad política principalmente por el enorme atraso que socialmente promovió una dictadura de espectro medieval. Sin embargo el primer populismo efectivo nace cuando, ya muerto el dictador, los presidentes posteriores se esfuerzan en mayor o menor modo, por crear instituciones que pudiesen responder e incluir a estos grupos recién llegados a las urbes.

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textiles, cigarrillos, calzado, alimentos, bebidas, entre otras, lo que para algunos “acentuó, de manera notoria, el proceso de movilización de la población hacia Caracas donde, a partir de 1936, se invirtió un alto porcentaje del presupuesto nacional en obras de infraestructura y servicios (…) esta concentración, paralela al proceso de concentración económica y cultural en la región central con centro en la Capital, terminó pro definir en Venezuela una acentuada división interior que reproducía dentro del país el esquema mundial centro-periferia” (Paúl Paúl Bello, 1996: p. 159). El impacto de la actividad petrolera en el país fue de tal envergadura, que consolidó un tipo de Estado que se alejaba de la visión sociológica de Weber (1992) según la cual éste era visto estrictamente como la institución burocrática encargada de administrar un territorio reclamando para sí el monopolio legítimo de la violencia, en cambio y por razón de ser a la vez el único dueño y administrador de la renta petrolera cuantificada en sus yacimientos, se entendía como un instrumento de poder político capaz de emprender proyectos de desarrollo social de gran envergadura. Es a partir de allí y debido a esta circunstancia especial por lo que se comenzó a hablar del “Estado rentista”. En relación con la renta petrolera, algunos autores la entienden como “el precio pagado al Estado por las compañías petroleras establecidas en el país, por el derecho a explorar y explotar los recursos petroleros nacionales”. Visto desde esta perspectiva renta petrolera es sinónimo de una transferencia internacional unilateral (Dávila, 2001: p.128), entendida como un componente externo a la economía nacional independiente del régimen político imperante, que trabaja en dos planos simultáneos: 1) Se establece una dinámica entre el Estado que actúa como propietario de un bien (el

petróleo) y como soberano para propósitos fiscales y las compañías petroleras quienes arriendan el uso de un objeto que pertenece a otro, en esta caso a la nación venezolana. 2) La otra relación se establece entre el Estado que administra la renta y la nación como

un todo, donde se produce la distribución de la renta petrolera. La clave en esta dinámica reside en la habilidad política del Estado para distribuir la renta entre las distintas fuerzas políticas, económicas y sociales que cohabitan en el territorio nacional103.

Un problema funcional derivado de esta estructuración de la realidad política es que en un país con poquísima madurez política y donde a juicio de pensadores como Mariano Picón Salas habíamos llegado al siglo XX solo

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Los dos planos de acción descritos anteriormente definen la esencia del Estado rentista venezolano, pero su labor sólo sería exitosa en la medida en que: a) Los dirigentes del Estado lograrían establecer una estrategia discursiva coherente en

cuanto al uso de la renta petrolera (p. ej. La frase utilizada por muchos políticos “el petróleo es de todos los venezolanos” apunta en esa dirección). b) Se estableciera una correlación de fuerzas entre el Estado y los sectores políticos,

económicos y sociales del país. c) Se expresara de manera concreta esta correlación en un sistema político capaz de

distribuir la renta petrolera, conceptualizado por Rey (1980) como el “sistema populista de conciliación de élites”. Dado lo anterior, pareciera que las bases para la aparición del populismo en Venezuela ya estaban sentadas, debido a las contradicciones sociales que se generarían a partir del proceso de explotación petrolera, entre otros, con la creciente migración de mano de obra a las principales ciudades del territorio nacional, con el extrañamiento de una “nueva clase política” que emergía gracias a la liberación política promovida por los gobiernos de Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita, con una generación joven y profesionalizada del sector militar descontenta por su poca participación en la dinámica política, con la diversificación del aparato administrativo burocrático del Estado que se hacía incomprensible para hombres formados en la mentalidad del siglo XIX, incapaces en su mayoría de dirigirlo, y además, con el crecimiento del sector terciario de la economía, entre otros factores. En este sentido, se promovería la alianza de distintos grupos de la sociedad venezolana, sectores medios con incongruencias de status en su mayoría, como la nueva clase política y las nuevas generaciones militares que no tenían cabida en la estructura social, económica y gubernamental propuesta por el “medinismo”. Ello promovería, mediante la coalición de estos dos grupos funcionalmente excluidos del panorama político cotidiano, la revuelta cívicodespués de la muerte del tirano a finales de 1935, se producía tanto para presidentes como para ciudadanos una confusión de funciones y atribuciones entre Estado y Gobierno. Esto promovió posteriormente la imagen de la silla de Miraflores como el centro de los tesoros nacionales que podían ser repartidos a juicio del mandatario de turno, olvidando criterios de bien común a favor de bienes parciales. Este rentismo, sumado a un residencialismo que se acentuaría con el tiempo, dio al traste con cualquier desarrollo político duradero en razón de que el poder era visto como una catapulta para riquezas personales y de un grupo.

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militar del 18 de octubre de 1945 que daría paso al gobierno de Acción Democrática (AD), conocido comúnmente como el “trienio adeco”. Así se tiene que, desde y a partir del 18 de octubre de 1945, se instauraría en Venezuela el primer modelo político de orientación claramente populista, promovido por Acción Democrática para la consecución de los cambios sociales considerados como necesarios por estos grupos de la sociedad venezolana. El resultado de una alianza del tipo característico dentro del populismo, la que accede al poder mediante un golpe de Estado dirigido por jóvenes militares formados en escuelas militares del exterior y con una distinta concepción de las Fuerzas Armadas y su rol en la sociedad; jóvenes políticos, de extracción marxista y agrupados en el partido Acción Democrática, apresurados por lograr cambios profundos en el país, van a integrar con los militares un gobierno, sin contar para ello con una visión clara de la realidad, con un diseño coherente, con un proyecto que significara una alternativa válida (Paúl Bello, 1996: p. 159). Rómulo Betancourt, líder máximo de AD, se percataría de la importancia de la formación de una coalición política y social mucho más amplia que la que proponía el Partido Comunista de Venezuela para realizar una revolución social en nombre del proletariado, es decir, destacaría la urgencia de la organización de una alianza entre múltiples sectores de la sociedad para modernizar al país no solo en lo económico y tecnológico, sino también en lo social y político, y la herramienta fundamental sería el populismo como modo de hacer política, sustentando su labor en las cuantiosas sumas obtenidas por la explotación y comercialización del petróleo (Ellner, 1999). Algunos proponen que para la modernización de Venezuela, desde la dimensión política, se necesitó de “un movimiento simultáneo de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba (…) para ello se requiere un ‘pueblo encuadrado’ en organizaciones policlasistas a través de las cuales se logra la movilización de las masas y la participación inmediata de la gente en los beneficios de la modernización rentista” (Sosa y González, 2006: p. 194). Una vez establecido el populismo como formar fundamental de hacer política, los líderes de AD y COPEI, en los tiempos en cada uno fue gobierno y ocupó la titularidad de los puestos del Estado, le darían un uso a éste último como instrumento político receptor y distribuidor exclusivo de la renta petrolera. Así, el Estado venezolano, durante los últimos 60 años, estableció una estrategia de intervención rentista y populista en la economía en la medida en que asumió la representación del “pueblo”. Al hacer esto, “en la realidad sustituye la lucha de

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los intereses populares, porque el Estado rentista actúa en su nombre dando por sentado que sus decisiones y acciones satisfacen las demandas populares” (Dávila, 2001: p. 128), por lo que, una de las grandes tareas a las que tuvo que abocarse el liderazgo político nacional fue a la construcción de las identidades populares, proceso que se ha identificado en páginas anteriores con la creación de un “pueblo” necesario para la lógica política populista. Para cerrar, se puede decir que el populismo venezolano, tangible desde 1945 aunque hayan indicios anteriores, tuvo un papel importante en la modernización económica, social y política del país. El desarrollo en distintas áreas fue evidente, lo que le dio una considerable legitimidad al sistema democrático posterior, que para algunos se evidencia en una “participación electoral masiva, crecimiento de diversos tipos de organizaciones políticas y sociales, enormes inversiones estatales en servicios públicos como atención a la salud, expansión de la educación gratuita, planes de vivienda popular, construcción de infraestructura pública, etc. A esto se unen planes se prometieron pronto y se desarrollaron luego, como la reforma agraria, el compromiso del Estado con las empresas básicas y enormes facilidades para la actividad privada en las áreas más rentables de la economía” (Sosa y González, 2006: pp. 194-195). Todo en parte pudo ser posible sólo gracias a la abundante renta petrolera que permitió que el Estado pudiera satisfacer prácticamente todas las demandas de los diversos grupos sociales en un clima convivencia que evitaría mayores conflictos sociales.

2.3.2 El fenómeno neopopulista latinoamericano (1980’s-1990’s) Con el advenimiento de la llamada “ola democrática” en los países latinoamericanos en las década de 1980 y 1990 se plantearía nuevamente la irrupción del fenómeno populista en la región (Vilas, 2003). La presencia de fuertes liderazgos que hicieron presencia en el escenario político de sus respectivos países, como Collor de Mello en Brasil, Fujimori en Perú o Menem en Argentina, plantearía la posibilidad de estar en presencia del resurgimiento de un fenómeno que había sido característico de la política latinoamericana, el populismo. Sin embargo, el prefijo “neo” se la habría añadido debido a la novedad de algunas de las características que presentaba y que no estaban presentes en el populismo clásico (Conniff, 2003). A pesar de haber un acuerdo generalizado sobre la presencia del fenómeno neopopulista y sus rasgos definitorios, algunos autores han planteado la poca rigurosidad con la que se ha

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abordado el estudio de este fenómeno afirmando que no tiene ningún tipo de relación con el populismo latinoamericano (Vilas, 2003). La crítica apuntaría a lo que este autor considera como un estiramiento conceptual producto de una mala caracterización del populismo. En este orden de ideas, Vilas (2003) señala que a la hora de definir un fenómeno como el neopopulismo, sobre el cual pone en duda su existencia, se ha reducido la complejidad del populismo clásico a algunos de los muchos elementos que lo conforman. El más frecuente es el que se refiere a la personalización del liderazgo político. El populismo fue tempranamente criticado por sus adversarios políticos como el producto de la demagogia de dirigentes carismáticos que subyugan a las masas con promesas imposibles de cumplir, movilizándolas detrás de objetivos mezquinos e inconfesables. El atractivo del dirigente se explicaba por su supuesto carisma, en una aplicación más bien vulgar de un concepto bastante complejo y de raigambre weberiana (p. 138). Según Vilas (2004) se produciría además un reduccionismo de carácter económico, como el que han venido desarrollando Dornsbusch y Edwards (1992) quienes entienden el fenómeno populista como aquellos gobiernos que formularían políticas económicas de corte redistributivo orientadas a la expansión del consumo interno, ausentes de toda disciplina fiscal. Para estos dos autores, el populismo no sería más que una política macroeconómica. A pesar de los señalamientos realizados por Vilas (2004), esta investigación parte de la idea según la cual el neopopulismo es un hecho concreto y tangible que emergió en diversos países de América Latina en las últimas décadas del siglo XX. Esta afirmación estaría sustentada por numerosos trabajos publicados en los últimos años, los cuales apuntarían en esa dirección (Weyland, 1996, 1999; Conniff, 1999, 2003; Koeneke, 2003; De La Torre, 2003; Ellner, 2004). Autores como Conniff (2003) han señalado que la emergencia del neopopulismo en las últimas décadas del siglo XX pudo haberse debido a una serie de factores asociados a posibles fallas en el funcionamiento del sistema democrático, lo que reforzaría parte de la tesis presentadas en esta investigación según las cuales el populismo sería una respuesta a las crisis sistémicas del sistema político democrático (Roberts, 2007). Entre estos factores destacarían: a. La continua expansión del electorado hasta el punto de saturación, incorporando un

número importante de personas con poca cultura política, que serían aprovechadas por líderes hábiles.

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b.

El creciente descontento de la población con el sistema democrático en general, y con

los partidos políticos en particular, dada la incapacidad de los mismos para representar y canalizar los intereses de la población. Producto del descontento de los ciudadanos hacia el sistema político, debido a la incapacidad de éste para satisfacer las demandas de aquellos, se sentaron las bases para la irrupción del fenómeno de la “antipolítica” el cual estaría fuertemente vinculado con el neopopulismo. A diferencia de años anteriores, donde las credenciales políticas de los líderes eran valoradas al momento de los comicios, el progresivo deterioro del sistema democrático y el descontento de la población hacia el mismo, permitiría la consolidación de los outsiders como formas de liderazgo político en los países latinoamericanos de las postrimerías del siglo XX. Estos líderes recalcarían el hecho de no lazos de dependencia de los partidos políticos tradicionales. Los votantes buscaron nuevos líderes que afirmaba oponerse al statu quo bajo la promesa de cambiar la situación de los sectores más empobrecidos. En otras palabras, “buscaban héroes carismáticos que salvarían a sus pueblos” (Conniff, 2003: p. 32). En resumen, los líderes neopopulistas al alejarse de los partidos políticos apelarían a los medios de comunicación social como su principal canal para establecer contacto con la población, lo que les permitiría “acceder a y movilizar a un sector heterogéneo y en gran medida desarraigado socialmente como el informal” (Koeneke, 2003: p. 9). La dinámica establecida por los líderes del neopopulismo apuntaría al abandono del intervencionismo estatal para implementar políticas de corte neoliberal cónsonas con las pautas establecidas por el Consenso de Washington. El neopopulismo habría optado por las políticas económicas neoliberales para contrarrestar los efectos de las políticas distribucionistas, expansivas y fiscalmente irresponsables del -propias del populismo clásicoque habían producido crisis hiperinflacionarias sumamente graves (Weyland, 1996). Por otro lado, los líderes neopopulistas denunciarían con mayor énfasis al establishment, ufanándose de ser outsiders de la política. En particular, los neopopulistas abandonaron el intervencionismo económico del Estado para seguir la nueva onda del neoliberalismo. Además, los neopopulistas eran más enfáticos en denunciar a los partidos políticos que sus antecesores. Y los neopopulistas estaban dispuestos a abandonar ciertos sectores que habían sido cruciales para los antecedentes clásicos, como por ejemplo los sindicatos y los magnates de la industria. Finalmente, encontramos en el discurso de los neopopulistas menos énfasis en la cultura popular (Conniff, 2003: p. 32).

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Al igual que en el populismo de mediados del siglo XX, los de los neopopulistas, serían gobiernos que contarían con el apoyo de aquellos sectores de la población “olvidados” por las ejecutorias del sistema democrático, es decir, contaría con todas aquellas personas descontentas con el establishment político. A diferencia de la variante clásica del populismo, los neopopulistas dejarían atrás las clases medias profesionales y los sectores obreros urbanos, para apoyarse en los sectores informales de la economía (Koeneke, 2003; Ellner 2004).

2.3.2.1 El gobierno neopopulista Con la deposición de los gobiernos militares que rigieron el destino de los países latinoamericanos durante buena parte del siglo XX, se dio inicio a un proceso de democratización en las décadas de los 80 y 90, lo cual permitiría que la población participara en elecciones para votar por sus candidatos y partidos de su preferencia. En países como Argentina, Brasil y Perú accederían al poder líderes civiles vinculados con el populismo clásico, como lo habrían sido Raúl Alfonsín y Alan García respectivamente. El desempeño de las nuevas democracias habría resultado bastante deficiente, en muchos casos presentándose escenarios de hiperinflación que superaban los tres dígitos, así como un desempleo creciente, lo cual incidía directamente en el aumento de las desigualdades y los niveles de pobreza. Se empezaría a gestar un sentimiento de descontento y rechazo en la población hacia el sistema democrático en general, y sobre todo hacia su principal institución, los partidos políticos, fenómeno que sería denominado como “antipolítica”. La “antipolítica” vendría a ser un fenómeno que se desarrolla en el terreno de la democracia, donde hace su aparición nuevos líderes ufanados de no tener vínculos con el sistema político vigente para atacarlo de manera categórica. Generalmente, esta forma de actuar en la política se produciría debido a un “verdadero colapso del sistema de partidos y de las élites políticas tradicionales que hizo catapultar al poder a los ‘outsiders’ y movimientos antipolíticos” (Mayorga, s/f: p. 181). Los planteamientos de Weyland (1996, 1999) y Conniff (2003) sugieren que el fenómeno de la “antipolítica” habría funcionado como catalizador para la aparición de los nuevos líderes que criticarían al establishment y sus ejecutorias. Estos outsiders de la política reavivarían el debate sobre el populismo en la región ya que planteaban “el retorno de

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liderazgos verticales y mesiánicos, la democracia plebiscitaria, la utopía de la identidad entre Estado y pueblo encarnada en líderes providenciales, el desplazamiento de las tendencias hacia la construcción de democracias representativas por democracias presidencialistas altamente dependientes del ‘líderes históricos’” (Mayorga, s/f: p. 182). Se instaurarían en el poder una serie de gobiernos definidos claramente como neopopulistas por diversos autores ya que poseían una serie de características como las mencionadas anteriormente, que los identifcaban con los viejos gobiernos populistas que habían tenido presencia a mediados del siglo XX. Sin embargo, una vez que accedieron al poder, estos gobiernos abrazarían los dictámenes del Consenso de Washington, aplicando así políticas económicas propias de la doctrina neoliberal (Weyland, 1996, 1999; Conniff, 1999; Mayorga, s/f; Koeneke, 2003; De La Torre, 2003; Ellner, 2004). Entre los casos emblemáticos de gobiernos de orientación neopopulista destacarían el de Fujimori en Perú, Collor de Mello en Brasil y Menem en Argentina. A continuación, se presenta brevemente los mismos: a) El Perú de Alberto Fujimori (1990-2000): El ascenso de Alberto Fujimori a la presidencia del Perú en 1990 se enmarca sintomáticamente dentro del patrón del neopopulismo ya descrito en páginas anteriores. Sus antecedentes directos pueden ser rastreados en los resultados del gobierno de Alan García de 1985 a 1990. García era uno de los líderes más destacados de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), partido político fundado por Víctor Raúl Haya de la Torre en 1930, considerado como uno de los más importantes líderes del populismo clásico latinoamericano. Éste llegaría al poder como depositario de enormes esperanzas de parte de buena parte de los peruanos. La presidencia de García estuvo signada por políticas económicas y sociales muy cercanas al prototipo populista latinoamericano con un esquema estatista y distributivo más propio de los años 40 y 50, estableciendo un control de cambio, subsidiando el precio de la gasolina, de los alimentos y de la mayoría de los servicios públicos. Además, trató por medio de distintas vías de nacionalizar los bancos y las compañías aseguradoras que operaban en territorio peruano, para así influir de manera determinante en el sector privado. Producto de éstas y otras decisiones, al cierre del gobierno aprista la economía había decrecido en más de un 8,7%, el déficit fiscal se situó en 7% del PIB y la inflación se ubicó en un alarmante

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1.722%. En términos económicos, esto se reflejó directamente en el aparato productivo, con una reducción importante del empleo formal, un aumento de la desocupación y, en consecuencia, de la llamada “economía informal”. Según algunos autores, esto produjo “la emergencia de un universo nuevo de relaciones, identidades e instituciones sociales” (Quijano, 1998: p. 191), en otras palabras, gente que quedó totalmente desprotegida y excluida de cualquier resguardo del estado ante una serie de decisiones políticas que los dejaron como damnificados del sistema. El marco de estas nuevas relaciones e identidades sociales sentaron las bases para la irrupción del fenómeno antipolítico como identidad en la sociedad peruana, llevando a un sector importante de la población a rechazar las propuestas y los candidatos de los partidos políticos tradicionales, entre ellos el APRA, ya que no se sentían representados por los mismos. Además, los sectores informales y desocupados empezaron a cuestionar la permanencia en el poder de la burguesía peruana, del statu-quo, así como el discurso discriminatorio de tintes racistas que ésta profesaba (tildando de “cholos” a los sectores populares de la sociedad). Por estas y otras razones, un ingeniero agrónomo, de ascendencia japonesa como lo era Alberto Fujimori, sin vinculaciones con organizaciones políticas tradicionales, sin discurso político ni propuestas de gobierno que le distinguieran especialmente, en resumen, sin ningún tipo de experiencia política previa (lo que lo identifica con los líderes outsiders propios del fenómenos neopopulista), pudo alcanzar la presidencia del Perú derrotando en segunda vuelta con un 63% de los votos, a Mario Vargas Llosa quien en medio de un discurso antirentista, antiestatista y elitesco no pudo calar en los sectores populares. El candidato Fujimori conformó, más que un partido político estrictamente hablando, una plataforma electoral de nombre CAMBIO 90 que le permitió acceder a la presidencia. A pesar de haber sustentado su campaña en un discurso profundamente antiliberal (más no antitecnocrático), una vez juramentado en el cargo Fujimori adoptó una serie de medidas que iban en sentido contrario a lo que había expresado a lo largo de toda su campaña. Sus decisiones y visiones en materia de política económica se fueron evidenciando y separando de las promesas electorales al implementar un programa de ajustes que estipulaba la eliminación del control de cambio, el aumento del precio de la gasolina, la eliminación de subsidios para

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otros bienes y servicios, la liberación de precios, la suspensión de exoneraciones tributarias, el incremento del salario mínimo, entre otras medidas. En tanto que transcurría su primer mandato presidencial, en abril de 1992, las diferencias con el Poder Legislativo y el bajo rendimiento de las medidas económicas puestas en marcha los años anteriores, llevan a un Fujimori (quien carecía de apoyo significativo en los demás poderes públicos) a apoyarse mas consistentemente en las Fuerzas Armadas para cerrar el Congreso y remover a gran parte de los funcionarios públicos, magistrados, jueces y otros representantes del Poder Judicial, en lo que fue considerado un “autogolpe” de Estado104. Como podemos constatar empíricamente, a partir de este momento “la administración se declaró Gobierno de Emergencia y Reconstrucción Nacional y convocó a elecciones para una Asamblea Nacional Constituyente (ANC) en noviembre de ese año, (…) dominadas ampliamente por el fujimorismo”(Koeneke, 2003: p. 10). La labor de la ANC dio como resultado una nueva constitución en 1993, en la que se consagraba la reelección presidencial, propósito central del autogolpe según lo señalado por diversos analistas. Los síntomas del populismo clásico, remozados con elementos mediáticos más de mensaje anti establishment volvían a entremezclarse con el autoritarismo pues el populismo viejo o nuevo siempre promueve y acentúa la verticalidad. Asegurado un segundo mandato presidencial, Fujimori implementó un programa social de carácter expansivo que fue duramente criticado por los organismos multilaterales, al aducir que ese dinero pudo haberse destinado para el pago de la deuda externa peruana. El programa social del gobierno fue posible gracias a los ingresos obtenidos de las privatizaciones que fueron impulsadas con anterioridad, y tuvo como objetivo captar a la población que pertenecía a las provincias donde la oposición había cosechado éxitos en las elecciones municipales de 1993. Así que, siguiendo el modus operandi no solo de los populistas clásicos, sino también de los líderes neopopulistas, de carácter demagógico y acomodaticio, Fujimori implementaba políticas focales y programas específicos que buscaban dividendos inmediatos, para los efectos apoyo popular, sin tratar de resolver los problemas estructurales de la economía
El caso de Fujimori revela con crudeza el revés de muchos de los candidatos anti política de los 90 y la actualidad. Por una parte obtienen mucha popularidad basándose en el desgaste del sistema político tradicional pero por otra, al gobernar, carece de partido o estructura que los ayude a consolidar fuerzas y alianzas. En muchos casos se nota como en base al puro carisma estos lideres logran coagular movimientos políticos en torno a su figura, mismos que raramente les sobreviven luego que desaparecen física o políticamente. Es precisamente el caso de Fujimori en Perú con su Cambio 90, o de Caldera en Venezuela con Convergencia.
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peruana. En otras palabras, lo que el presidente buscaba con el incremento del gasto social era la generación de una lealtad hacia su persona sin ningún tipo de intermediación institucional (el éxito de este proceso fue significativo, y el apoyo a Fujimori por parte de los sectores populares para su segunda reelección en 2000 así lo demuestran) que se tradujera en votos electorales. En algunos sentidos parte de la estrategia de Fujimori para ganar adeptos se asemejaba a la de su predecesor Alan García en cuanto a que ambos procuraban atraer la atención del electorado mediante simpatía e igualación. Eran frecuentes sus discursos improvisados en donde trataba de congeniar con los diversos sectores del país vestido incluso con atuendos locales para lograr mejor asimilación. Probablemente la mayor diferenciación seria considerar que mientras que Alan García representaba a un partido tradicional, Fujimori quería ser visto como el hombre común, sin alianzas distintas a las que el mismo “pueblo” le impusiese. García era un hombre del partido y como tal tenia jerarquía en sus intereses ya que debía responder a la maquinaria que lo había llevado al poder. Fujimori ofrecía justamente todo lo contrario al hombre de la calle y le prometía además resultados simples y rápidos que no habían sido tomados antes pues el anterior liderazgo estaba imbuido de politiquería burocrática y corrupta. Como señalan, algunos estudiosos del tema, “la orientación a corto plazo de las estrategias de Fujimori se manifestó en muchos frentes. Primero, el programa social de su gobierno fue financiado con el ingreso de las privatizaciones, que se redujo durante su segundo período presidencial. Estas asignaciones, atribuidas por consideraciones electorales, al igual que los programas sociales compensatorios y focalizados promovidos por los

neoliberales y apuntados en contra de la pobreza crítica, eran de corto plazo por su misma naturaleza. Segundo, Fujimori, cuyas acciones siempre se calculaban sobre la base de encuestas de opinión, hizo uso de trucos para inflar su popularidad en momentos claves. (…) Tercero, (…) no hizo ningún esfuerzo para construir un partido político que le hubiera asegurado (…) una presencia a largo plazo en el Perú” (Ellner, 2004: p. 31). En conclusión, el estudio del gobierno de Alberto Fujimori es de cuantiosa valía para entender la actuación del “neopopulismo” en la región, ya que posee, según su propia constitución, los principales rasgos que caracterizan al fenómeno y que hemos tratado de distinguir. En este sentido, podemos afirmar que el “fujimorismo” estuvo sustentado en el

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modo de hacer política propio del populismo de nuevo cuño que hemos presentado anteriormente en este trabajo, y debió su arraigo en buena medida al clima antipolítico que reinaba en la región, lo que se tradujo en un profundo descontento por parte de la población hacia los sistemas democráticos de la región. Este descontento le abriría el camino a la presidencia a Alberto Fujimori, candidato que se ufanaba de no tener vinculaciones con el statu quo, ni con la clase dirigente, y que a través de un hábil manejo de los medios masivos de comunicación, de un discurso novedoso que buscaba anclar en los sectores populares al identificarse directamente con ellos (“los chinitos con los cholitos” como diría en su primer mitin público en una barriada de Lima en 1990), las promesas de reconocer como ciudadanos plenos de derechos políticos a los sectores informales de la economía peruana (llegó a oficializar la buhonería y creo un banco buhonero en su gobierno), y a la habilidad demostrada por su persona para evitar el menoscabo de su popularidad en estos sectores mientras impulsaba políticas económicas de corte liberal para reactivar el aparato productivo del país. b) La Argentina de Carlos Menem (1989-1999): el estudio de la presidencia de Carlos Menem viene a ser otro de los casos emblemáticos del fenómeno neopopulista latinoamericano, el cual irrumpió en nuestro continente con gran impulso en las dos últimas décadas del siglo XX. Sin embargo, esta labor de entendimiento del “menemismo” no sería posible sin antes profundizar en los años previos a su ascenso al poder donde se fraguo tanto la formación de Menem como líder nacional desde ser un gobernador de una provincia, como el replanteamiento orgánico del partido Justicialista en Argentina luego de su derrota presidencial en las primeras elecciones al retornar la democracia. Raúl Alfonsín asumió la presidencia argentina en diciembre de 1983, como parte de la delicada transición hacia una política basada en instituciones democráticas luego de la debacle y caída de la dictadura militar que rigió los destinos de esa nación durante los últimos 10 años, lanzando irresponsablemente al final al país a una guerra que tuvo como lamentable corolario una estrepitosa derrota (la guerra de Las Malvinas). Alfonsín, miembro de la Unión Cívica Radical (UCR), se impuso al candidato peronista Ítalo Lúder en las elecciones de ese año con el 51,7% de los votos, teniendo como principales retos al asumir la presidencia trabajar en pro de la consolidación de la democracia y forjar algún tipo de pacto con las Fuerzas Armadas, que permitiese a la población superar los traumas de pasadas torturas y recurrentes violaciones

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de derechos humanos. Las Fuerzas Armadas de Argentina enfrentaban acusaciones nacionales e internacionales de aplicar un terrorismo de Estado, traducido en violación de los Derechos Humanos de miles de ciudadanos argentinos, y la desaparición forzosa de las personas catalogadas como los “enemigos” del régimen. En los inicios del gobierno democrático, la determinación del presidente para impulsar los juicios contra aquellos militares implicados en detenciones ilegales y desapariciones así como en flagrantes violaciones de Derechos Humanos generó numerosas reacciones en las Fuerzas Armadas. Esto se tradujo de inmediato en amenazas continuas y sistemáticas contra el orden constitucional. La falta de apoyo de parte de varios sectores castrenses al igual que las presiones de sectores económicos que habían salido favorecidos con las pasadas administraciones de la Junta Militar, llevó a Alfonsín a ceder o en cierta forma matizar lo que eran sus promesas y planes originales. Es probablemente por esto que en 1987 se dictó la “ley de obediencia debida” (Nº 23.521) que convirtió en “no punibles” muchos de los lamentables hechos cometidos por los miembros de las fuerzas armadas, de seguridad, policiales y penitenciarias. Esto defraudó enormemente las esperanzas de miles que anhelaban justicia para quienes habían cometido crímenes contra los derechos humanos, pues la ley les ofrecía la presunción de que habían “obrado en virtud del principio de la obediencia debida a sus superiores jerárquicos” (Nun, 1998: p. 61). Esta especie de armisticio, casi sobreseimiento de causa, firmado con el estamento militar, fue un claro error político para algunos analistas, y tuvo repercusiones para la imagen y desempeño del gobierno. Para muchos la decisión fue vista como un acto a través del cual la democracia cedió por intereses a sus principios éticos básicos, abandonando de esta manera una de las propuestas electorales del gobierno que había ofrecido llevar ante la justicia a los responsables de los crímenes cometidos durante la dictadura. Era precisamente una de las proposiciones que le había brindado a Alfonsín mayor prestigio y soporte en la población. En materia económica, el gobierno del presidente Alfonsín también tuvo que enfrentar serias dificultades, en gran parte debido a los efectos de la crisis de la deuda externa latinoamericana que había estallado en 1982 al declararse México en incapacidad de honrar sus pagos, justo un año antes de asumir él la presidencia. Internamente y gracias a la impericia de la junta militar mas la deliberada corrupción que ese régimen alentó tanto para los militares como para algunos sectores favorecidos, la deuda externa argentina había pasado de 7.875

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millones de dólares al finalizar 1975, a 45.087 millones de dólares al finalizar 1983. La puesta en marcha de una política económica de corte nacionalista y proteccionista como pretendió Alfonsín, estrategia propia del radicalismo argentino, tenía serios problemas de fondo y pocas posibilidades reales al levarse a la practica con tal nivel de endeudamiento como el que había a mediados de los 80. Al finalizar 1984 el salario real había aumentado un 35%, sin embargo ello resulto pírrico frente a una inflación que se ubicó en 625% anual, llegando a rondar para 1989 el increíble 5.000%. Como consecuencia de la asfixiante crisis económica y de los que fueron percibidos por un sector importante del país como reiteradas pifias políticas, el electorado argentino recurrió al “amigo” histórico de los trabajadores y de las clases empobrecidas en las elecciones de 1989, el peronismo, que para esta ocasión se presentó con el candidato Carlos Menem, político de experiencia regional en la gobernación de la provincia de La Rioja. En otras palabras, la difícil situación por la que atravesaba la sociedad argentina, llevó a que la gente se preocupara más por lo que quería dejar atrás, evadiendo posibles preguntas sobre el tipo de sociedad que querían para el futuro. Es bajo esta lógica que la figura de Menem, montado en un carro llamado el “Menemóvil”105 y con el slogan de “¡síganme!” difundido a través de una estrategia mediática organizada, caló de manera apabullante. A lo largo de su campaña presidencial, Menem apeló a las tradicionales recetas del peronismo para acceder al poder, al menos desde una perspectiva discursiva, divulgando promesas de distribución económica y estatismo para solventar la crisis y la desigualdad económica. Muchas de ellas, sobretodo los ofrecimientos de corte económico, fueron luego rápidamente descartadas y suplantadas por tesis diametralmente opuestas tras la victoria electoral. Por esta razón, es que muchos analistas consideran al “menemismo” como uno de los ejemplos paradigmáticos del neopopulismo latinoamericanos (Nun, 1998; Weyland, 1996; 1999). A diferencia de Alberto Fujimori en Perú o de Silvio Berlusconi en Italia, Menem no era ningún extraño en el mundo de la política profesional, sin embargo, desde comienzos de los 80 se “fue construyendo una imagen pública de outsider de la política nacional que le daría óptimos frutos en las elecciones presidenciales de 1989. Para ello, hizo de la necesidad virtud
Esta idea de llamar al vehiculo de campana del candidato justicialista “Menemóvil” provino seguramente del nombre con que se denominaba el carro para transportar al papa Juan Pablo II en sus múltiples viajes: el papamóvil. Ya desde allí se puede percibir el anclaje que buscaba Menem para su candidatura usando los arquetipos verbales o de imagen que fuesen de difusión masiva.
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y formó una fracción de leales por fuera de las estructuras partidarias y sindicales del peronismo, a las que de hecho tenía muy poco acceso” (Nun, 1998: p. 62). Si bien es cierto que Menem no poseía el carisma personal y político de Perón, si logró proyectar cuando menos temporalmente una imagen de caudillo pintoresco que recorría todos los rincones del país para buscar el mayor contacto posible con el “pueblo” argentino y así conocer la dinámica de su vida cotidiana de primera mano. Menem se presentaba como el auténtico “salvador” de los argentinos, sus discursos iban dirigidos a los “hermanos y hermanas”, y siempre los clausuraba con la exhortación de “¡síganme!”. Las carencias oratorias y carismáticas del candidato eran suplidas por un montón desordenado de promesas vagas y conceptos que casi podían rellenarse de cualquier significado como “la revolución productiva”, “la reconciliación nacional”, “la unidad latinoamericana”, etc., pero sobre todo su discurso destacaba constantemente por la solicitud de adhesión a su persona. Como señala Nun (1998), “si Perón se había visto obligado a salir del cuartel para salvar a la patria, Menem encarnaba al caudillo que descendía de una provincia muy pobre para hablarles en su propio lenguaje a todos los excluidos y desencantados. Pero esto no quiere decir que se confundiese con ellos. Ante todo, se presentaba como un gobernador exitoso, que sabía hacer política y a la vez triunfaba en esos dos lugares mitologizados del ascenso social como son el deporte y el mundo de la farándula” (pp. 62-63). La popularidad de Menem fue subiendo en la medida que hacía apariciones en revistas de actualidad, acción que fue criticada por sus opositores dentro y fuera del peronismo. Esta estrategia se entiende si recordamos que el poco apoyo del que gozaba el presidente dentro del partido peronista, por lo que siguiendo la lógica de los líderes “neopopulistas”, buscaba aceptación en otros sectores de la sociedad no vinculados tradicionalmente con la dinámica política. La imagen de outsider que tanto había trabajado brindaba justo ese potencial retorno: el apoyo de sectores desencantados bien con el peronismo clásico bien con la forma tradicional como se había hecho la política hasta entonces. El presidente tuvo la habilidad de recuperar “los aspectos más plebeyos de la retórica peronista, les añadía un fuerte matiz religioso en clave de tele-evangelista y se situaba más allá de la ‘partidocracia liberal, responsable de casi todos los males que azotan al país’, como gustaba decir en la mejor tradición del populismo. En un vehículo especialmente preparado (que fue bautizado ‘menemóvil’) iba literalmente al encuentro de la gente, que en los barrios

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populares se encolumnaba para acompañarlo” (Nun, 1998: p. 63). Esa separación de la “partidocracia” o del “establishment” distinguió a Menem y a otros políticos quienes como el se valían de variantes anti sistémicas para lograr apoyos de masas excluidas. Una vez asumida la presidencia, Menem abordaría la estrategia que caracterizaría a los llamados neopopulistas latinoamericanos en materia de política económica como fue el caso de Fujimori en Perú, Collor de Mello en Brasil, entre otros, al archivar gran parte de sus promesas de corte populista y distribucionista, dando un vuelco de 180 grados al abrazar estrictamente las recetas de recuperación económica que luego se conocerían como Consenso de Washington (Weyland, 1996, 1999). Esto le ayudaría a superar la crisis económica heredada del gobierno anterior a la vez que ponía a Argentina de nuevo como destino confiable para las inversiones a nivel mundial. La estrategia de seguir las indicaciones del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial buscarían llegarle a dos sectores específicos: por un lado al mundo de los negocios del país y sus inversionistas, y por el otro al sector financiero internacional. A partir de este giro, “el gobierno intensificó la apertura y la desregulación de la economía; dio comienzo a uno de los procesos de privatizaciones y concesiones más masivos, veloces y subsidiados del mundo; concedió el indulto a los militares y a los jefes guerrilleros que habían sido procesados o condenados por la justicia, y se dedicó con ahínco a concentrar en sus manos el mayor poder posible” (Nun, 1998: p. 65). La concentración de poder y el personalismo político como constante de los gobiernos neopopulistas de la región, de clara tendencia verticalista en la toma de decisiones, fue replicada por el propio Menem al apoyarse en la obediente mayoría parlamentaria justicialista para llevar adelante una serie de reformas que consolidaran su permanencia en el poder106. Como hechos paradigmáticos en este sentido destacan la ampliación del número de jueces de la Corte Suprema de Justicia para asegurar los fallos favorables que necesitase el Ejecutivo, la concesión de poderes especiales para el Ejecutivo que le permitieran gobernar a través de decretos, y en particular la reforma constitucional de 1994 que como resultado plasmó la reelección presidencial. Esto último permitió que Menem fuese elegido para un segundo mandato de 4 años que concluiría en 1999.

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Las relaciones de Menem con el partido peronista, Partido Justicialista, no fueron siempre armónicas pero si se pueden distinguir ciertas fases en las que la mayor cantidad de reformas aprobadas por el congreso coinciden con los periodos de apoyo parlamentario a la gestión de gobierno.

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Por último, sin olvidar las razones expuestas hasta este punto, se podría afirmar que buena parte del éxito que pudo alcanzar el presidente Menem durante sus mandatos presidenciales, se debió a la habilidad que demostró en el uso de los medios de comunicación y de los estudios de opinión pública (encuestas) para la toma de decisiones, aquí nuevamente queda en evidencia uno de los elementos característicos del populismo de nuevo cuño, el valerse de los avances de tecnología que posibilitan la transmisión del mensaje sin intermediarios (Weyland, 1996, 1999). Igualmente la acentuación de los poderes presidenciales al punto de crear un hiper-presidencialismo sintomático que por una parte absorbía las competencias de otras instituciones y por otra parte alentaba su inutilidad forzando a constantes delegaciones de poder sobre el presidente y su gabinete.

2.3.3 El (re) surgimiento del populismo de izquierda (1990’s-) Las políticas de orientación neoliberal puestas en marcha por los gobiernos neopopulistas parecieran no haber resuelto los principales problemas que denunciaron tan enfáticamente. Al contrario, las desigualdades entre ricos y pobres se hicieron cada vez más grandes y las economías nacionales experimentaron caídas importantes de su PIB, lo que se traduciría en un incremento de los niveles de pobreza (Castañeda, 2006; Roberts, 2007; March, 2007). De esta manera se haría evidente el progresivo descontento hacia el sistema político en general por parte de la población, pero sobre todo, hacia las políticas económicas auspiciadas por el Consenso de Washington y el Banco Mundial. Este conjunto de medidas económicas serían denunciadas por nuevos líderes emergentes de la izquierda del espectro ideológico-político, aludiendo que las mismas fueron la principal causa de la precaria situación padecida por el “pueblo”, al entregar los destinos del país al mandato del “imperialismo”. El “giro” a la izquierda en América Latina vendría a ser un fenómeno más o menos generalizado en toda la región. Para March (2007: p. 71) las posibles causas de la irrupción de la izquierda en los últimos años serían: a. Desigualdades sociales extremas. Latinoamérica es el país con la mayor brecha entre

ricos y pobres en cuanto a distribución y concentración de. ingreso se refiere.

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b.

Descontento con las políticas neoliberales fomentadas por el Consenso de Washington,

las cuales llegarían a ser percibidas como inefectivas al momento de solucionar los problemas de la población. c. La decisión tomada por los sectores de la izquierda para competir en el plano electoral,

dejando de lado la tradicional estrategia abstencionista para así optar a cargos de elección popular. d. La ausencia o el poco apoyo otorgado a los gobiernos de centro-derecha en las

primeras etapas de la transición democrática, en parte por la orientación tecnocrática de muchos de ellos y la ausencia de un discurso con el que se identificaran distintos sectores de la sociedad. e. La pérdida del “estigma” que portó la izquierda durante la etapa de la Guerra Fría, lo

que llevaría a reconocerla como un actor legítimo en el plano de la acción política. Por estas razones, en los últimos años se habría producido el ascenso al poder de gobiernos “progresistas” como los de Bachelet en Chile, Vázquez en Uruguay, Lula en Brasil, Kirchner en Argentina, Correa en Ecuador y Chávez en Venezuela así lo demostrarían. Sin embargo, autores como Petkoff (2005) y Castañeda (2006) afirman la existencia de diferencias sustantivas entre estos líderes y sus respectivos gobiernos, por lo que hablarían de la presencia de “dos izquierdas” diferenciadas una de la otra. Por un lado, se tendría una izquierda de carácter reformista, que en principio estuvo arropada bajo el influjo de la revolución soviética y la Komintern, y que una vez acaecido el derrumbe del muro de Berlín se ha ido acercando al modelo socialdemócrata de los países escandinavos reconociendo los aciertos de la democracia representativa y del liberalismo filosófico -el estado de Derecho y la separación de poderes son ejemplos claros-; por el otro, una izquierda heredera de la tradición populista de Perón y Vargas, recelosa de los mecanismos de representación democrática y propensa al autoritarismo, que tiene como principal referente en la actualidad al gobierno de Fidel Castro en Cuba. Como ejemplos de la primera, estarían los gobiernos de Bachelet, Vázquez y Lula; la segunda estaría representada por los gobiernos de Correa, Morales y Chávez de clara orientación populista (Castañeda, 2006). El ascenso al poder de estos nuevos liderazgos políticos vinculados con un populismo de izquierda, no sólo se produciría en los países latinoamericanos, sino también en países

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europeos, donde la presencia de líderes populistas tuvo mayor vinculación con la derecha. Siguiendo la tradición populista, estos líderes articularían un discurso y un modo de ver el mundo de carácter dicotómico, separando la realidad en dos grupos enfrentados, el “pueblo” lleno de virtudes y unas “élites corruptas” que se han visto beneficiadas en detrimento de los intereses de aquel. En última instancia, los nuevos líderes que han emergido en el escenario de la política latinoamericana, tal es el caso de Hugo Chávez en Venezuela y Evo Morales en Bolivia por citar algunos, argumentarían que la política debe ser la expresión de la voluntad general del “pueblo” (March, 2007). Esta nueva expresión populista en la región sería considerada como un populismo de izquierda no solamente porque pretende defender los intereses del “pueblo” y oponerse a una supuesta “oligarquía”, además haría particular énfasis en la igualdad social como valor político. Por otra parte, identificaría las desigualdades económicas como parte de un acuerdo establecido entre los miembros del establishment. Por esta razón, el discurso del populismo de izquierda será profundamente crítico contra el capitalismo y el liberalismo, al ser identificados como las fuentes principales de las situaciones de injusticias en las que vive la mayoría de la población (March, 2007: p. 66). Atrás quedarían las referencias a la lucha de clases, propias del análisis marxista, para ser sustituido por el “pueblo” como entidad traicionada por los intereses del “imperialismo” y la “oligarquía” nacional. Roberts (2007) ha señalado que en última instancia, la victoria política de Chávez ha demostrado que un discurso anti-statu quo puede orientarse hacía una agenda más radical que optaría por cambios socioeconómicos y políticos significativos (p. 11). Dado el descontento de la población hacia el sistema democrático en general, un discurso orientado hacia la izquierda podría ser un vehículo factible para el triunfo electoral, como lo ha demostrado la llegada a la presidencia de Morales en Bolivia (Castañeda, 2006). Sin embargo, la herencia señalada de estos nuevos populismos los llevaría a ver con cierto recelo algunos formalismos propios del sistema de gobierno democrático como la representación política, la rendición de cuentas y la separación de poderes. En primer lugar, serían partidarios de establecer relaciones poco mediadas y cuasi-directas con sus seguidores, de ahí la importancia de un líder carismático capaz de aglutinar a través de su discurso a los sectores heterogéneos agrupados en el “pueblo” (Weyland, 1996, 1999, 2001). En segundo lugar, articularían un discurso de carácter confrontacional hacia los Estados Unidos y la

151

hegemonía que representan en el plano internacional. En tercer lugar, serían gobiernos de marcada orientación centralista y personalista, otorgándole primacía a la figura del líder del movimiento (March, 2007). En estos tres aspectos, las semejanzas con los populismos clásicos son más que evidentes. Por estas razones, como lo plantean algunos autores a manera de síntesis, para los populistas de izquierda la retórica sería más importante que la sustancia, y el hecho de detentar el poder como tal tendría mayor valor que un uso responsable del mismo (Castañeda, 2006).

152

CAPÍTULO III CREACIÓN DE IDENTIDADES Y POPULISMO

3.1

El “pueblo” y el populismo En el capítulo 1 de la presente investigación se afirmó que en la historia de la humanidad

en general, pero sobre todo en el plano del fenómeno político, apelar al “pueblo” siempre ha sido una de las acciones a las que han recurrido numerosos sistemas y regímenes con el objetivo de alcanzar la legitimidad que les permita ejercer el poder. El populismo como forma de hacer política no escapa a esta afirmación, es más, encuentra en el “pueblo” su objetivo principal para la práctica política. Por esta razón, algunos autores han llegado a señalar que el objetivo último del populismo, es decir, su principal razón de ser, se asienta en el proceso de construcción de un “pueblo” a partir de cualquier heterogeneidad existente (Laclau, 2005a, 2005b, 2006a). La lógica del fenómeno populista radica en la incorporación de todos aquellos sectores supuestamente excluidos de la sociedad, que no forman parte del llamado statu quo o establishment corriente. El populismo se orientaría a la división deliberada del espacio social en dos campos enfrentados, para buscar la reivindicación discursiva del “pueblo” en contraposición de las denunciadas “élites”, sean éstas económicas, políticas o culturales (Laclau 2005a, 2005b). Para lograr esta división del espacio social y la subsiguiente incorporación de los sectores de la sociedad que formarán parte del “pueblo”, los líderes populistas suelen apoyarse en el trazado de un límite, una frontera, una referencia tomada de la realidad concreta “que puede ser una alteridad común, o la ruptura con un cierto pasado, el que tiende a constituir un espacio solidario y al mismo tiempo relativamente homogéneo” (Aboy Carlés, 2001: p. 25). Algo como lo que puede surgir al oponer, en el plano discursivo, al “pueblo” contra la “oligarquía”, encarnando ésta última el “enemigo” al que el “pueblo” debe enfrentarse. Esta utilización de referentes en oposición es una característica casi siempre existente en todo populismo que, mediante contagios sentimentales e irracionales afirma su

153

funcionalidad a la vez que su “vaciedad” ideológica. Por esto Taggart considera que la noción de “pueblo” puede ser tan flexible y dúctil como sea necesario, lo que no quiere decir que la misma no tenga un sentido o significado específico en los casos en que se utilice (2000: p. 92). El “pueblo” al que apela el populismo generalmente es entendido como una alianza policlasista con carencias comunes subrayada en los trabajos de di Tella (1965) y Rey (1980). En años recientes Novaro ha rescatado esa noción al afirmar que el “pueblo” debería ser entendido como “la agregación (…) de una diversidad bastante amplia de sectores sociales, mayoritaria aunque no exclusivamente subalternos, que venían experimentando una acelerada transformación social y económica, y por lo tanto no estaban claramente diferenciados entre sí, ni estructurados sectorialmente” (1996: p. 91). En este orden de ideas, para Novaro (1996) es evidente que lo que buscó y buscaría la lógica populista sería la utilización de un discurso que contribuya en la dotación de un sentido, de una identidad, a para estos sectores desarticulados por los cambios sociales bruscos o por la negligencia del sistema política para incorporarlos en la dinámica de la sociedad. Según este autor el objetivo estaría centrado en la incorporación a la vida política de "aquellos sectores en ascenso, en el contexto de sistemas institucionales y partidarios que se mostraban incapaces de canalizar ordenadamente, es decir, dentro del orden instituido, dicha incorporación” (p. 91). El populismo abordaría la noción de “pueblo” desde tres perspectivas que pueden llegar a complementarse entre ellas: 1. Una perspectiva numérica que alude a una mayoría significativa, la que es entendida

como un actor unificado y solidario entre sí, descartando las diferencias internas que pudiesen existir entre los distintos sectores que lo conforman (Taggart, 2000). 2. Una segunda perspectiva, desarrollada por Canovan (1999; 2004), en la que señala que

el populismo se caracterizaría no sólo por enfrentamiento contra el establishment, el statu quo y las estructuras de poder, sino también por el reconocimiento de una fuente de autoridad suprema que es quien otorga legitimidad y soberanía: el “pueblo”. Por esto los populistas alegan hablar por el “pueblo”, representado así al soberano como un todo y no a intereses particulares o a un sector económico. 3. La tercera perspectiva asocia al “pueblo” con el territorio o el espacio geográfico en el

que se habita. Por esta razón, muchos populismos apelan constantemente a la “nación” o la

154

“patria” para evocar una comunidad ideal a la que pertenecen los miembros del “pueblo”, que derrocha virtudes y posee un pasado glorioso. De ahí que muchos populismos comulguen tácita o abiertamente con el nacionalismo (Taggart, 2000)107. De lo anterior se desprende que el “pueblo”, siendo el principal referente discursivo y de soporte de la política populista, no debe entenderse como un actor acabado y definitivo, es decir, está muy lejos de ser una categoría única y comparable. Antes bien, ya se ha señalado anteriormente que uno de los objetivos principales de esta forma de ejercer la política reside en la construcción identitaria del “pueblo” la cual es dinámica y casuística. El proceso de identificación de un “pueblo” requiere del establecimiento de una línea divisoria del campo social, que permita determinar lo que es “pueblo” de lo que no lo es, es decir, que haga explícita la diferencia entre un “nosotros” de un “ellos”108. Así, pareciera que el uso del término “pueblo”, vago, ambiguo e impreciso para algunos pero no por eso algo malo per se, ha estado en el centro de la discusión en el marco de la ciencia política en gran parte debido al reiterado uso del término en el marco del ejercicio del poder (Laclau, 2005a). Por ejemplo, ya poco se habla de participación ciudadana, elemento concreto que puede ser cuantificado con precisión, antes bien la participación popular es la que cobra protagonismo en el plano discursivo a pesar de su ductilidad discursiva. Así, se tiene que el llamado a la participación popular, fenómeno impreciso y moldeable en el discurso, se usa mayormente en el populismo deliberadamente para acomodarse a varias identidades que se vuelven de inmediato el objetivo de los líderes (Hernández y Hurtado, 2008). Dentro de la contradicción de aludir a un “pueblo” como quien alude a todos los miembros de un Estado-Nación, sin hacer referencias a ninguna identidad en concreto, se representan en un “vacío” problemas generales que la colectividad sufre y que no han sido resueltos pero que están dentro de las demandas y exigencias de una gran mayoría109.

107

Como se ha mostrado en el capítulo 1 de esta investigación, una de las promesas de las configuraciones populistas clásicas que explotó el valor de la tierra como elemento importante para la construcción de una imagen de “comunidad ideal” fueron los narodniki rusos de finales del siglo XIX. Ver los aportes de Walicki (1970) en dicho capítulo. 108 Esta tesis la sostienen autores como Laclau (2005a, 2005b, 2006) y Canovan (2004, 2005a). 109 Sobre este aspecto, ya se ha comentado brevemente la lógica expuesta por Laclau (2005a) para construir un “pueblo” de manera efectiva. De igual forma, el capítulo 3 de esta investigación ahondará en profundidad sobre el proceso de construcción de un “pueblo” así como de nuevas identidades políticas.

155

El “pueblo” se definiría como algo menos que la totalidad de los miembros de la comunidad, es decir, algo que vendría a ser “un componente parcial que aspira, sin embargo, a ser concebido como la única totalidad legítima” (Laclau, 2005a: p. 108). En otras palabras, bajo la lógica populista habría una parcialidad social que pretende asumir la identificación del todo, esa parcialidad vendría a estar representada por el “pueblo”, o como señala el autor “necesitamos una plebs que reclame ser el único populus legítimo –es decir, una parcialidad que quiera funcionar como la totalidad de la comunidad” (ídem)110. En otras palabras, siguiendo la línea argumentativa del autor, podría haber un “pueblo” en la medida en que el mismo reclame para sí la totalidad de la comunidad que pretende representar. Esto sería posible siempre y cuando puedan articularse las demandas de los distintos sectores de la sociedad en una “cadena equivalencial”, proceso que requiere dejar de lado las

particularidades y especificidades de las demandas de estos sectores para poder ser aglutinadas en un todo que les sea común. Esto puede darse cuando un el malestar específico de numerosos grupos hacia un sistema político en particular es canalizado a través de una demanda global que reclama el cambio social y político, es decir, que no importa el contenido específico de las demandas de estos grupos, todos coincidirían en esta exigencia.

3.2

La construcción de identidades sociales La construcción de una identidad social requiere de la dotación de una serie de

“significados” o “referentes” para una entidad grupal que en principio puede ser abstracta o difusa, en consecuencia, se necesita fabricar una identidad general que actué como cohesionante y antes no existía o lo hacía difusamente. Es discutible si artificialmente, mediante significados prefabricados o preensamblados puede “construirse” una identidad que pueda luego ser asumida por un colectivo. El proceso que daría génesis a una entidad política o social requiere de la utilización de referentes, símbolos y un lenguaje que promueven la uniformidad y lealtad y que por lo general nace de la entidad misma en diversos sectores. Este autor plantea algunas interrogantes básicas para la comprensión de los procesos de creación de identidades colectivas, entre ellas el hecho de cómo poder crearse sentimientos de pertenencia abstractos y generales, que remitan por ejemplo a una nación, a un partido político, a un
110

Sobre los términos plebs y populus, Laclau (2005a) ha señalado que el “pueblo” puede entenderse como populus, entendido como el cuerpo de todos los ciudadanos, o como plebs, siendo éstos los menos privilegiados de la sociedad.

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movimiento social o incluso a un “pueblo” (Cruz García, 2002: pp. 1-2). En otras palabras, llega a preguntarse cómo pueden los mismos actores cotidianos convertirse en una representación objetivable y actuante que permita la diferenciación entre un “nosotros” de un “ellos”, concreto, proyectado hacia el pasado y hacia el futuro (Ídem.). En tiempos recientes Cerulo (1997) ha centrado su labor en la recopilación del estado del arte contemporáneo de las investigaciones relacionadas con la construcción y/o creación de identidades sociales, políticas y culturales. Una vez que distintos colectivos o grupos sociales logran crear una distinción en su proceso de construcción identitaria, pueden tener la capacidad para distinguirse de otros grupos o actores sociales. De esto se desprendería la importancia fundamental del establecimiento de una frontera o de límite para alcanzar dicho proceso diferenciador, que permite en resumidas cuentas alcanzar la propia identificación del grupo o entidad social. Se desprendería así la importancia que cumplirá el establecimiento de la “frontera simbólica” para darle contenido a las nuevas identidades. Cerulo (1997) concluye que la construcción de una frontera simbólica efectiva, que permita diferenciar a un grupo de otro(s), dependerá del grado de reciprocidad y de significados compartidos de los miembros del grupo. Desde una clara perspectiva schmittiana, afirmaría que la consecución exitosa del mismo es lo que permitiría establecer una clara diferenciación entre un “nosotros” de un “ellos”, de una “nación” de otra “nación”, de un partido político de otro partido político, de un “pueblo” de otro “pueblo” o de un “amigo” de un “enemigo”111. En cuanto a los procesos de creación de identidades políticas, particularmente las identidades “partidarias”, Paramio (2005) sostiene que las investigaciones iniciales relacionadas con el tema, otorgaban importancia al rol de la familia en el proceso de socialización política. La socialización en el seno familiar se combinaría con el aprendizaje para producir identificación partidaria estable, quien vota por primera vez lo hará por el partido político de arraigo en el núcleo familiar, y si estos resultados son satisfactorios probablemente los repetirá en el tiempo.

111

El proceso de construcción identitaria de un “pueblo” sería el principal objetivo del populismo como forma de hacer política, en otras palabras, esa sería su principal razón de ser (Laclau, 2005a, 2005b).

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Actualmente, aunque no se deja de lado la importancia que pueda tener el entorno familiar en el proceso de creación de identidades político-partidarias, se busca en grupos extrafamiliares espacios potenciales para la consolidación de estas identidades, como pueden serlo la escuela, el trabajo, los grupos de interés, etc. Esta diversificación social y cultural se debe en parte al avance de los medios de comunicación y su impacto en la dinámica

globalizadora. Según Paramio (2005) hoy un joven puede tener varios grupos de pares según el ámbito en que se mueve en cada momento, aunque esos grupos no sean disjuntos y dentro de ellos pueda haber una gran diferenciación social y cultural. Ahora bien, haciendo referencia a los procesos por medio de los cuales se busca la fabricación de identidades nacionales, Cruz García (2002) afirma que los mismos son de doble direccionalidad: a) Horizontales: toman en cuenta la confrontación y/o el relacionamiento entre unidades

de rango similar. b) Verticales: se realizan de arriba abajo, cuando ciertas unidades ejercen dominio o

negociación sobre otras de rango menor. Este autor sostiene que el proceso ideal mediante el cual se construyen las nuevas identidades verticalmente incluye un grupo diferenciado, generalmente de carácter étnico, que impone su influencia política y cultural sobre un territorio, normalmente en confrontación con otros grupos que quedan subordinados o apartados, sin llegar a representar algún tipo de peligro para el grupo dominante. En este caso, la heterogeneidad es combatida para forzar la uniformidad imponiéndose nuevos códigos de conducta y pensamiento, nuevos medios de expresión y nuevos sentimientos y actitudes, para poder superar las diferencias y buscar lo que se considera como elemento esencial, aglutinante y característico (ídem. p. 133). La verticalidad del proceso instala un flujo constante de información, una marca permanente de cultura que, de abajo a arriba y de arriba abajo, intercambia claves, instaura símbolos, crea representaciones. El proceso es selectivo: la información discriminada. Unos elementos exitosos se instalan en la cumbre de la identidad como símbolos comunitarios y se expandirán por la base para reforzar la unidad. Otros, por el contrario, serán inicialmente desechados o caerán en el olvido o serán convenientemente modificados para cumplir la misma función: servir de seña de identidad, de lugar común en el que los individuos se reconocen, de espejo que refleja lo propio y omite lo ajeno, de carta de presentación de un nosotros en permanente creación y puesta en escena (Cruz García, 2002: pp. 133).

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Uno de los aspectos más importantes señalados por este autor para la creación exitosa de identidades vendría a ser la asimilación de símbolos y referentes que abran un espacio para ese lugar común en el que puedan asemejarse los miembros de determinada entidad social -nación, partido político, “pueblo”-. Sobre esto es de interés retomar los argumentos de Laclau (2005a) sobre la construcción del “pueblo”, labor que solo podría ser exitosa en la medida en que se articulen conceptos y símbolos lo suficientemente “vacíos” como para poder abarcar la mayor cantidad de grupos sociales, que por sus propias características internas son más las cosas que los diferencias entre sí112. Ahora bien, Cruz García (ídem) sugiere que el proceso vertical de fabricación de identidades se divide dependiendo del papel activo que asumirían los grupos involucrados en el mismo. Estos procesos verticales de fabricación de identidades serían: a) El papel de los dominantes: alude al rol que cumplen las élites en la elaboración de

pautas, normas, códigos y referentes relacionados con el universo abstracto de la cultura. Los grupos que detentan el poder económico, social, político y cultural serían los responsables de la creación de valores y pautas que luego serían adoptados por los otros grupos de la sociedad, por lo que se daría proceso de arriba a abajo. En este sentido, los “símbolos, creencias, imágenes de la nación y del resto, vendrían dados desde arriba, es decir, desde el poder, desde un estamento pensante creativo, intelectual, que puede dedicar su tiempo a la esfera de la ideología y la creación intelectual y teórica” (Cruz García, ídem: pp. 134).

Más adelante se profundizará en este proceso de creación identitaria del “pueblo”, que según Laclau (2005a), se sostiene gracias al uso de los “significantes vacíos”.

112

159 Gráfico 1 Construcción de identidades a través de grupos dominantes Grupos dominantes

Grupos dominados Fuente: Elaboración propia

b)

El papel de los dominados: plantea que así como las élites de determinados agregados

sociales pueden ser creadoras de identidades, las bases o sectores dominados, portadoras de una simbología y códigos propios, también pueden influir en los procesos de fabricación de las aludidas identidades. El proceso de intercambio entre la escala micro y macro de una sociedad, entre grupos que ocupan distintas posiciones en el entramado social, es continuo. Por esta razón, grupos sociales no vinculados a las élites, como los sectores populares, portadores de una cultura poco tecnificada, rural -no todas las veces- y espontánea, también aportan sus significantes y representaciones para la construcción de la identidad nacional (Cruz García, ídem: p. 136).
Gráfico 2 Construcción de identidades a través de grupos dominados Grupos dominantes

Grupos dominados Fuente: Elaboración propia

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c)

La negociación intragrupal: esta perspectiva busca integrar la anteriores al afirmar

que existe una relación continua y bidireccional entre los grupos de base y las élites, “si bien aquella es utilizada de manera selectiva y transformadora por parte de ésta, no tratándose en este caso de una mera trasposición o préstamo cultural (ídem). En este sentido, una nación en proceso de formación y consolidación de su identidad adaptaría a sus intereses aquellos elementos de la cultura popular local que resultaran adecuados a sus fines. Así terminan generándose dos procesos simultáneos de transmisión de comportamientos y significados posibles: uno descendente, mediante el cual se generan normas desde la jerarquía y son transmitidas a la base que las adopta; otro ascendente, por medio del cual las normas, comportamientos y significados propios de grupos intersticiales113 se convierten en la pauta a seguir por el grupo dominante.

Gráfico 3 Construcción de identidades a través de la negociación entre grupos

Grupos dominantes

Grupos dominados Fuente: Elaboración propia

Por su parte, James (2004) aborda desde otra perspectiva los procesos inherentes a la construcción de identidades sociales. Considera que las identidades serían importantes no sólo por los significados culturales que puedan desprenderse de las mismas, sino también por los beneficios prácticos y sus costos, ya que facilitaría las actuaciones de las personas al darles un
Cruz García (2002) señala que el concepto de grupos intersticiales fue planteado por Trasher desde la Escuela de Chicago para dar cuenta de comunidades primarias y no centrales cuya misión es proveer a la persona de una socialización que no le procuran las instituciones tradicionales.
113

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patrón o referente que les sirve de guía para manejarse en los distintos espacios de interacción dentro de una sociedad. Tomando en cuenta lo anterior, propone cuatro formas de construir identidades sociales (ver el Cuadro 3), afirmando que las mismas sugieren que los grupos internamente son diversos y que las fronteras que los diferencian de otros pueden cambiar con el tiempo. Además, las identidades colectivas o sociales pueden ser de importancia para los individuos por dos razones: por un lado pueden tener un significado interpretativo donde los miembros comparten normas, valores, símbolos, modos de hacer, etc.; por otro lado pueden tener un significado instrumental, siendo que las mismas influyen de manera positiva o negativa en los miembros del grupo como aumentar las probabilidades de conseguir un trabajo por ejemplo. En este sentido, las identidades pueden ser asimiladas por los individuos y pueden ser cambiadas dependiendo de las oportunidades y las consecuencias que se deriven de esto. De lo anterior se desprendería que las fronteras que diferencian a los miembros de un grupo o entidad de otro pueden cambiar no sólo por las estructuras sociales sino también por las decisiones instrumentales o interpretativas que realicen los individuos (p. 20). Es decir, las personas deliberadamente podrían tomar la decisión sobre a cual identidad grupal plegarse haciendo un análisis de los costos y beneficios que podrían derivarse de la pertenencia a un determinado grupo en la sociedad.
Cuadro 3 Fuentes y significados de las identidades sociales
Significado de la identidad Individuo Instrumental Interpretativa Grupos étnicos de interés Etnicidad simbólica Fuente de la identidad Estructura Identidad racial Comunidad de lenguaje

Fuente: James, Michael Rabinder (2004), p. 21.

A continuación se presentan de manera detallada las cuatro formas propuestas por James (2004) para construir identidades sociales:

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a.

Instrumental centrada en los individuos: aquí el individuo escoge deliberadamente

las identidades por razones instrumentales, de esta forma alineará sus intereses a los del grupo. Los individuos se identificarán con un grupo por motivos prácticos, pudiendo llegar a alterar sus identidades o sus filiaciones con otros grupos para poder encajar en éste, sea por razones económicas, políticas o sociales. b. Instrumental centrada en las estructuras: bajo esta modalidad, los individuos son

socializados por otros en los significados, los modos y los códigos característicos de una identidad. Un ejemplo característico de identidad colectiva estructural sería el de los grupos raciales, sus miembros no necesitan compartir símbolos, valores, normas o una cultura, sino que pueden ser identificados por su “adscripción” racial. c. Interpretativa centrada en los individuos: refleja la manera en que los individuos

asumen las identidades grupales sobre la base de sus creencias, prácticas, valores y símbolos. En esta modalidad los individuos disciernen sobre qué creencias y prácticas culturales podrían ser fundamentales para la identidad del grupo. Un ejemplo de esto sería la “etnicidad simbólica” utilizada comúnmente en los Estados Unidos, donde los matrimonios entre personas provenientes de grupos étnicos blancos distintos, en este caso Europeos, tienen a la mano una variedad de ascendencia cultural para escoger según sus intereses. d. Interpretativa centrada en las estructuras: aquí los individuos no tienen potestad

para escoger la identidad colectiva con la que se más se reconozcan, lo que no implica que estas identidades no sean importantes. Un ejemplo importante de estas formas de construcción identitaria serían las comunidades de lenguaje donde los niños son socializados en la “lengua materna”, siendo ésta la forma a través de la cual decodifican el mundo. Solo a través de grandes esfuerzos estos individuos podrán asumir y manejar una nueva lengua con la misma facilidad con la que emplean su lengua natal.

3.2.1 La construcción identitaria del “pueblo” Una de las tareas principales del populismo como forma de hacer política de masas radica en la construcción de la identidad de un “pueblo” mayormente homogéneo, a partir de componentes sociales disímiles. Siguiendo a Laclau (2005a) y retomando lo dicho en páginas anteriores, puede afirmarse que la lógica del fenómeno populista radicaría en la incorporación

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de aquellos supuestos sectores de la sociedad que no forman parte del llamado statu quo o establishment en una entidad abarcante y/o unitaria como el “pueblo”. En este sentido, se presentarán a continuación los aportes de autores como Laclau (2005a, 2005b), Aboy Carlés (2001), Novaro (1996), Canovan (2005), entre otros, centrados en los elementos y estrategias necesarias para construir la identidad de un “pueblo”. Se ha definido en páginas anteriores de esta investigación la noción de “pueblo” que suele manejar el populismo, donde los líderes populistas la han entendido como una agregación de sectores sociales no incorporados al establishment, que han experimentado transformaciones sociales y económicas pero que al mismo tiempo han padecido cierto déficit de representación social y política en las instituciones del Estado. De lo anterior se desprende que una supuesta intencionalidad por parte de la lógica populista mediante la creación de identidades es incorporar a la vida política a aquellos sectores en ascenso, “en el contexto de sistemas institucionales y partidarios que se mostraban incapaces de canalizar ordenadamente, es decir, dentro del orden instituido, dicha incorporación” (Novaro, 1996: p. 91). Este será una de los rasgos más característicos del populismo latinoamericano clásico, lo que promoverá la movilización de muchos para ajustar el diseño del Estado no a un grupo minoritario sino al funcionamiento de cuando menos la mayor parte de cuerpo social. Todo esto tiene clara asociación con las alianzas policlasistas que ha buscado el populismo en la región latinoamericana y también, con el pobre desempeño público que tales alianzas habrían logrado una vez que se hicieron gobierno, en razón del alto poder de fragmentación que manejaban y que hacía inviable cuando no imposible la toma de una serie concatenada de decisiones. En ese escenario, cuando habían costos decisorios e intereses afectados las alianzas de tantos intereses pudieron experimentar un proceso de dilución y fractura (Hernández y Hurtado, 2008). En su estudio del populismo latinoamericano, Novaro (1996) aborda la noción de identidad entendiéndola como “un principio de unidad de un actor colectivo, a aquello que mantiene unido lo que de otro modo sería una multitud políticamente inerte” (pp. 94). Para que se materialice el proceso de identificación, este autor afirma la necesidad de que exista un “otro” frente al cual se constituya el “nosotros”. A diferencia de la perspectiva planteada por Laclau (2005a), en donde se estaría abordando identidades descentradas, pues su principio de unidad es algo externo a ellas mismas -la alteridad-, donde la identidad no se construye sobre

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la base de algo que le pertenece al grupo o un rasgo particular, Novaro (1996) propone una segunda forma de abordar los procesos de construcción identitaria desde la perspectiva de la fenomenología y las teorías de la ideología las cuales suelen reivindicar para las identidades la referencia a valores, voluntades e intereses. Sería la referencia a determinadas “ideas” la que produce en los sujetos el efecto de identificación. Ideas que les dicen a los sujetos históricos quiénes son. Esto significa que las ideas les proveen de una “imagen” con la que se identifican. Ahora bien, imágenes e ideas no se hacen presentes en forma inmediata, deben ser personificadas, es decir, representadas. Y por lo tanto, las imágenes no sólo suponen un desdoblamiento imaginario, la proyección de cierto contenido subjetivo en una escena especular en la cual los sujetos “recuperan” idealmente lo allí proyectado que les es “propio”. Sino también un desdoblamiento existencial, que involucra a las personas de los mismos sujetos: se conforma un espacio de escenificación en el que se relacionan los sujetos como representantes y representados (Novaro, 1996: pp. 95-96). Antes de comprender el proceso de creación de identidades sociales y políticas que impulsa el populismo, es necesario ubicarse en el propio proceso de construcción del “pueblo” como categoría referencial por medio de la cual pueden identificarse numerosos grupos y sectores de la sociedad. Se entiende al “pueblo” como la conjunción arbitraria de masas urbanas y rurales, con pluralidad de ideas y necesidades, es decir, un mapa social claramente heterogéneo tanto en conformación como en intereses. Son estos grupos, bien urbanos o bien rurales, y otros, los que se convocan bajo el paraguas del descontento o la exclusión, o de la ciudadanía disminuida en relación a otros sectores sociales. Hacer de esta coincidencia sistémica -la exclusión- el eje del mensaje ha sido en la mayoría de los casos históricos, los vinculantes discursivos. Pues si en algo realmente están unidos tantos grupos sociales es en la heterogeneidad de sus atributos e intereses. Lo único que puede vincularlos rápida y superficialmente es un tipo de retórica ligera ideológicamente hablando, y agregativa en sus demandas (Hernández y Hurtado, ídem.). Podría afirmarse que la homogeneidad y la heterogeneidad se combinan en el proceso de construcción de un “pueblo”, es decir, ambos son necesarios para la constitución de este actor político abarcante. Por un lado, se necesita de una complejidad interna que está dada por la pluralidad de demandas que conforman la cadena de equivalencias, esta sería la dimensión de la heterogeneidad. Por el otro lado, estas demandas consideradas individualmente no pueden constituirse como “hegemonía” ni enfrentarse al establishment, por lo que necesitan de un

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momento de uniformidad que vendría a articular el significante vacío. En este sentido, el significante vacío cumple una función homogenizadora al constituir la cadena de equivalencias, y a la vez, representarla (Laclau, 2005a).

3.2.1.1 Las demandas democráticas y las demandas populares El “pueblo” no debe entenderse como una simple expresión ideológica, sino que debe ser visto como una relación real entre agentes sociales potencialmente políticos; asimismo, existe como una forma de constituir la unidad -aunque frágil- de grupos portadores de demandas no satisfechas por el sistema institucional tal y como ha existido. En el discurso del líder populista tales demandas son igualadas en una lógica de la equivalencia que apela a lo emotivo más que a lo racional. Suele decirse que el “pueblo” vendría a ser “algo menos que la totalidad de los miembros de la comunidad: es un componente parcial que aspira, sin embargo, a ser concebido como la única totalidad legítima” (Laclau, 2005a: p. 108). Aquí irrumpirían dos tipos de demandas diferenciadas tipológicamente una de otra: hay una demanda que permanece aislada o relacionada sólo con cada grupo en particular de los que conforman la coalición multiclasista. Esta se conoce como demanda democrática. A la pluralidad de demandas que a través de su articulación igualitaria constituyen una subjetividad social más amplia, en cambio, se les conoce como demandas populares. Es sobre la base de éstas últimas que puede articularse realmente el “pueblo” que movilizan los líderes populistas (Laclau, 2005a). Más allá de lo complejo de su sonoridad terminológica, estas demandas populares serian como el mínimo común múltiplo de las demandas y exigencias de diversos grupos sociales dentro de una coalición, que pueden enhebrarse a través de las varias causas de sus descontentos. Claro que esto se logra por parte de un liderazgo que sepa capturar los puntos de exclusión e insatisfacción comunes a todos los elementos constituyentes de la masa de apoyo. Una causa recurrente, invocada muchas veces, es la rigidez del sistema político-institucional para los cambios. En este sentido, se unirían las demandas de todos los sectores particulares en un agente superior a ellas, el “pueblo”, para oponerse al establishment y representar una alternativa para el ordenamiento de la sociedad y el sistema político. El gráfico 4 muestra la manera en que se articularían las demandas democráticas en una gran demanda popular opuesta al statu quo. En este sentido, se aprecia como las distintas demandas democráticas

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(D1, D2, D3, D4) logran articularse en una cadena de equivalencias -a través de la simplificación de los contenidos de sus demandas específicas- para conformar una demanda mayor que las agrupa a todos, que vendría a ser la demanda popular (DP).

Gráfico 4 Construcción de una demanda popular a partir de la articulación de demandas democráticas

DP

D1

=

D2

=

D3

=

D4

Fuente: Laclau (2005a). La razón populista

Para producir el rechazo de un poder realmente activo en una determinada comunidad, se necesita de la identificación de todos los eslabones de la cadena popular con un principio de identidad que agrupe las diferentes demandas en torno a un elemento común. Cuando esto ocurre la transición de las demandas democráticas a las demandas populares se hace efectiva, ambas se diferenciarían entre ellas ya que “las primeras pueden ser incorporadas a una formación hegemónica en expansión; las segundas representan un desafío a la formación hegemónica como tal” (Laclau, 2005a: p. 108). Las demandas populares, articuladas una vez en la cadena de equivalencias, conformarían una suerte de movimiento contrapuesto al statu quo, que reclamaría la satisfacción de una serie de intereses y expectativas no cumplidas hasta el momento. Así pues, el populismo requería de las siguientes precondiciones para su irrupción en el campo de lo político social: 1. La unificación de una pluralidad de demandas populares mediante la articulación de

una cadena equivalencial;

167

2.

La formación de una frontera interna antagónica, separando al “pueblo” del poder

tradicional, donde el pueblo siempre representa el lado bueno; 3. Una articulación equivalencial de demandas, forjada a partir de las necesidades

comunes existentes en varios grupos sociales, que hace posible el surgimiento del “pueblo” como “homogeneidad” de lo heterogéneo. En palabras del propio Laclau, “el rechazo de un poder realmente activo en la comunidad requiere la identificación de todos los eslabones de la cadena popular con un principio de identidad que permita la cristalización de las diferentes demandas en torno a un común denominador -y éste requiere, desde luego, una expresión simbólica positiva-. Ésta es la transición de lo que hemos llamado demandas democráticas a demandas populares” (Ídem. p. 108). Nuevamente, se desprende de este argumento que las demandas grupales sectoriales deben converger hacia demandas colectivas mayores creando la ya mentada coalición multisectorial o multiclasista, según sea el caso. Las demandas democráticas no estarían destinadas a articularse en ninguna forma política particular, en cambio las demandas populares convergerían para darle forma a un “pueblo” como actor político.

3.2.1.2 La lógica de las diferencias y la lógica de las equivalencias Los procesos mediante los cuales pueden construirse identidades sociales y políticas reposan sobre dos lógicas muy distintas una de otra: la lógica de las diferencias y la lógica de las equivalencias. En líneas generales ambas lógicas apelan a procesos de identificación distintos, la primera centrándose en los elementos diferenciadores con otros grupos o actores sociales, la segunda buscando aspectos igualadores -mediante el uso de significantes vacíosque coadyuven a la identificación con una entidad superior como una nación o un “pueblo”. Así pues, la identificación podría alcanzarse bien por la reafirmación de la particularidad en y de un grupo, o por medio de la simplificación de esa particularidad para alcanzar la identificación con una entidad mucho más amplia. Como ha señalado Laclau (2005a), estas dos lógicas operan permanentemente en la construcción de lo social: la lógica de la diferencia y la lógica de la equivalencia o igualación, siendo esta última de vital importancia para la constitución, construcción y afirmación del “pueblo”. Lo social, puede construirse “bien mediante la afirmación de la particularidad -en

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nuestro caso, un particularismo de las demandas- cuyos únicos lazos con otras particularidades son de una naturaleza diferencial (como hemos visto: sin términos positivos, sólo diferencias), o bien mediante una claudicación parcial de la particularidad, destacando lo que todas las particularidades tienen, justamente, en común. La segunda manera de construcción de lo social implica el trazado de una frontera antagónica; la primera, no” (pp. 102-103). La primera posición sería una lógica de la diferencia y la segunda una lógica de la equivalencia. El antagonismo creado por la lógica de la equivalencia permite que la diversidad de demandas populares se oponga a un elemento común que logran identificar todos los integrantes como negativo y ajeno. A los efectos puede perfectamente ser la “oligarquía”, la “clase dominante”, el “imperialismo”, el “statu quo”, o cualquier otra alteridad identificada por los grupos que conformarán el “pueblo”. Lo importante es crear la división antagónica del campo social, colocando a los grupos uno frente al otro, llevando una especie de “confrontación” hacia terreno sensible, disfrazado de una aparente racionalidad. La lógica de la equivalencia lo que busca es subvertir las diferencias, anulándolas en la medida en que son usadas para expresar algo idéntico que subyace a todas ellas. Lo importante aquí radica en identificar los elementos comunes que permitan agrupar a conglomerados poblacionales distintos unos de otros en una entidad abarcante como el “pueblo”. Si a través de la cadena de equivalencias se han perdido todas las determinaciones objetivas diferenciales de sus términos, la identidad sólo puede estar dada, o bien por una determinación positiva presente en todos ellos, o bien por su referencia común a algo exterior. Lo primero está excluido: una determinación positiva común se expresa de forma directa, sin requerir mostrarse en una relación de equivalencia. Pero la referencia común a algo exterior tampoco puede ser la referencia a algo positivo, pues en tal caso la relación entre los dos polos podría construirse también en forma directa y positiva, y esto haría imposible la anulación completa de diferencias que implica una relación de equivalencia total (Laclau y Mouffe, 2006: p. 170). De lo anterior se desprende que en el momento en que se logran corresponder en una cadena equivalencial las demandas e intereses de los grupos diversos se da paso a la identificación negativa, es decir, a la construcción de una identidad a través de aquello que no se es, es decir, que por medio de las equivalencias se lograría expresar algo que el objeto no es. En el momento en que se logra una equivalencia total, el campo de lo social quedará dividido estrictamente en dos campos antagónicos: por un lado, aquellos sectores marginados del establishment y descontentos con el statu quo quedarán agrupados en el “pueblo”; del otro,

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se agruparán los sectores identificados con la “oligarquía”, el “imperialismo”, etc. Así pues, los primeros lograrán crear su identidad por la estricta oposición hacia lo que para ellos significan los segundos, de ahí que se diga que la identidad del “pueblo”, construida a través de la lógica de las equivalencias, sea de carácter negativa. En conclusión, los argumentos presentados en este apartado llevan a afirmar que la lógica de la equivalencia pone en marcha un proceso de simplificación del espacio político, esto lo puede lograr en el momento en que dicotómicamente divide a la sociedad en un “nosotros” de un “ellos”. Por su parte, la lógica de la diferencia expande y complejiza el espacio político en cuestión. El populismo sólo podría valerse del proceso de simplificación de los significados dentro de una sociedad determinada para poder incorporar a los numerosos sectores y actores sociales descontentos con el statu quo en una entidad global o totalizadora como puede serlo el “pueblo”.

3.2.1.3 La producción discursiva del “vacío” La construcción de un “pueblo” requeriría de un proceso mediante el cual se agruparían numerosas demandas populares en torno a un elemento común. Se buscaría reducir al mínimo la heterogeneidad de aquellos grupos descontentos con el establishment político a través de la articulación de una cadena equivalencial que simplifique las particularidades de estos grupos. Así todos podrían formar parte e identificarse con esa entidad de mayor alcance como podría ser el “pueblo”. Para que este agrupamiento se haga efectivo la cadena de equivalencias necesitaría “vaciar” lo más posible el significado de las demandas particulares de los sectores descontentos de la sociedad y así poder conjugarlas y contraponerlas ante un “enemigo” común a todas. En otras palabras, el discurso de los líderes populistas debería ser capaz de generar una especie de “vacío” que cumpla el rol de mínimo común denominador para la diversidad de actores articulados en el “pueblo”. Las identidades populares requerirían ser asentadas sobre la base de significantes y referentes para poder articularse en una cadena de equivalencias, lo que permitiría constituir un actor de mayor envergadura. A medida que se incorporen más sectores insatisfechos por el incumplimiento de sus demandas e intereses, los contenidos de las mismas deberán alejarse cada vez más de sus posiciones originales para poder mantenerse articulados entre sí en esa

170

entidad abarcante y/o universal como el “pueblo”. Esto significa que cada unos de los grupos involucrados tendría que desprenderse de aspectos muy específicos de sus exigencias para poder ser miembro de este agente de mayores proporciones. Cualquier identidad popular requiere ser condensada (…) en torno a algunos significantes (palabras, imágenes) que se refieren a la cadena equivalencial como totalidad. Cuanto más extendida es la cadena, menos ligados van a estar estos significantes a sus demandas particulares originales. Es decir, la función de representar la “universalidad” relativa de la cadena va a prevalecer sobre la de expresar el reclamo particular que constituye el material que sostiene esa función. En otras palabras: la identidad popular se vuelve más plena desde un punto de vista extensivo, ya que representa una cadena siempre mayor de demandas; pero se vuelve intensivamente más pobre, porque debe despojarse de contenidos particulares a fin de abarcar demandas sociales que son totalmente heterogéneas entre sí. Esto es: una identidad popular funciona como un significante tendencialmente vacío (Laclau, 2005a: p. 125)114. El aspecto de vaciedad que pueden tomar los significantes que articulan o constituyen el campo popular no debe entenderse desde una perspectiva peyorativa, como una condición de subdesarrollo ideológico por ejemplo. Lo que plasma esto es el hecho de que toda unificación populista ocurre en el marco de una sociedad caracterizada por la complejidad y heterogeneidad de los grupos que la conforman. La complejidad social no tiende a partir de su propio carácter diferencial a agruparse en torno a una entidad universal como resultado de su propio desarrollo interno, por esta razón, la unidad sólo procedería de una inscripción, y el aspecto evidente de esta inscripción -los símbolos populares- no podrán reducirse a los aspectos que están inscriptos en ella. En otras palabras, los símbolos populares -aquellos utilizados para articular un “pueblo”-, son expresiones de las demandas democráticas que ellos reúnen, sin embargo, el medio expresivo no puede ser reducido a lo que él expresa. Cuando estoy intentando constituir una identidad popular más amplia y un enemigo más global mediante la articulación de demandas sectoriales, la identidad tanto de las fuerzas populares como del enemigo se vuelve más difícil de
114

Sobre el uso de los significantes vacíos Laclau (2005a) aborda un ejemplo que es bueno exponer en este punto para visualizar cómo se plasmaría en la realidad concreta la articulación del pueblo apelando al proceso de vaciar la particularidad de las demandas sociales: “si me refiero a un conjunto de agravios sociales, a la injusticia general, y atribuyo su causa a la ‘oligarquía’, por ejemplo, estoy efectuando dos operaciones interrelacionadas: por un lado, estoy constituyendo al pueblo al encontrar la identidad común de un conjunto de reclamos sociales en su oposición a la oligarquía; por el otro, el enemigo deja de ser puramente circunstancial y adquiere dimensiones más globales. Es por esto que una cadena equivalencial debe ser expresada mediante la catexia de un elemento singular: porque no estamos tratando con una operación conceptual de encontrar un rasgo común abstracto subyacente en todos os agravios sociales, sino con una operación preformativa que constituye la cadena como tal” (p. 126).

171

determinar. Es aquí donde necesariamente surge el momento de la vacuidad, que sigue el establecimiento de los vínculos equivalenciales. Ergo, hay “vaguedad” e “imprecisión”, pero no resulta de ningún tipo de situación marginal o primitiva, ya que se inscriben en la naturaleza misma de la política (Laclau, 2005a: p. 128). Se constituye así una identidad popular, o lo que es lo mismo un “pueblo”, a partir de los significantes vacíos. Este proceso coadyuvará a que los contenidos de las demandas sociales se hagan lo más general posibles para poder articular, lo que en principio se caracteriza por su heterogeneidad y diversidad, en una cadena de equivalencias que promueva la creación de una entidad global y amplia, que en este caso vendría a ser el “pueblo”. Ahora bien, para que el proceso “vaciador” de la particularidad de las demandas sea efectivo y pueda construirse el mentado “pueblo”, lo primero que debería hacerse es “vaciar” los contenidos de ciertas palabras o expresiones que sirvan de referente para los grupos que conformarían el nuevo actor “popular”. Así por ejemplo, se encuentra en el caso venezolano autores como El Troudi (2006, 2007) quien afirma que el socialismo está por definirse, por esta razón “será aquello que nosotros definamos y queramos que sea”. Aquí se muestra el uso simplificador del lenguaje para poder construir un concepto más universal e inclusivo que permita la identificación de sectores diferenciados entre sí con un elemento que les sea común. Por otro lado, también debe producirse la llamada totalización del campo popular, que sólo podrá alcanzarse en la medida en que un contenido parcial adopte la representación de una universalidad que fuera incontable con él. Desde la perspectiva de Laclau, esta construcción sólo sería posible en la medida en que una plebs reclame ser -o representar- el único populus legítimo, en otras palabras, que una parcialidad pretenda funcionar como la totalidad de una comunidad determinada. Siguiendo con la lógica de este autor, se estaría presente ante un sujeto popular, en este caso un “pueblo”, que está constituido por la unidad de demandas insatisfechas a través de la lógica de las equivalencias. Estas demandas existen antes y fuera del recientemente constituido sujeto popular, y sólo será a través del proceso de vaciar los contenidos específicos de las demandas sociales que podrán articularse en la cadena antes mencionada. En este punto cobra particular importancia el rol que cumpliría el líder, en particular el líder populista, en la construcción y consolidación del “pueblo” como actor político.

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Un conjunto de elementos heterogéneos mantenidos equivalencialmente unidos sólo mediante un nombre es (…) necesariamente una singularidad. Una sociedad, cuanto menos se mantiene unida por mecanismos diferenciales inmanentes, más depende, para su coherencia, de ese momento trascendente, singular. Pero la forma extrema de singularidad es una individualidad. De esta manera casi imperceptible, la lógica de la equivalencia conduce a la singularidad, y ésta a la identificación de la unidad del grupo con el nombre del líder (…) La unificación simbólica del grupo en torno a un individualidad (…) es inherente a la formación de un pueblo (Laclau, 2005a: p. 130). Por último, es importante señalar que sin la activación de los procesos descritos hasta los momentos -“vaciedad” de significados y articulación de las demandas sociales en una cadena de equivalencias- no se construiría un “pueblo”, ergo, no habría populismo. En otras palabras, no habría populismo posible sin una investidura efectiva en un objeto parcial que reclame una totalidad. Si la sociedad lograra alcanzar un orden institucional de tal naturaleza que todas las demandas pudieran satisfacerse dentro de sus propios mecanismos inmanentes, no habría populismo, pero, por razones obvias, tampoco habría política. La necesidad de constituir un “pueblo” (una plebs que reivindica ser un populus) sólo surge cuando esa plenitud no es alcanzada y objetos parciales dentro de la sociedad (objetivos, figuras, símbolos) son investidos de tal manera que se convierten en los nombres de su ausencia (Laclau, 2005a: p. 149).

3.2.1.4 La construcción de una nueva “hegemonía” Desde la perspectiva planteada a lo largo de este capítulo, el proceso mediante el cual una parcialidad social pretende identificarse con el todo -en este caso representada como un “pueblo”-, vendría a ser la razón de ser de la lógica populista, por lo tanto, del populismo como fenómeno social y político. Este proceso es el que Laclau (2005a) ha señalado que tendría lugar siempre que una plebs reclame para sí la representación legítima del populus, que no es más que una parcialidad que pretendería funcionar como la totalidad de un agregado social. Esta operación por medio de la cual una particularidad asume una significación universal inconmesurable -no medible- consigo misma es lo que se conoce como “hegemonía”. Existe la posibilidad de que una diferencia, sin dejar de ser particular, asuma la representación de una totalidad, y por esta razón, es que se señala el carácter inconmesurable de la misma.

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Para Laclau y Mouffe (2006) el campo general de emergencia de la “hegemonía” es el de las prácticas articulatorias, es decir, en un campo que remite a procesos que no han cristalizado en identidades relacionales claramente identificadas, sino que están en continuo proceso de construcción identitaria. En otras palabras, se parte de la premisa que lo social, en particular el campo en el que se dota de nuevos significados e identidades a los grupos sociales, es algo abierto y en constante movimiento. En un sistema cerrado de identidades relaciones, en el que el sentido de cada momento está absolutamente fijado, no hay lugar para la práctica hegemónica. Un sistema plenamente logrado de diferencias, que excluyera a todo significante flotante, no abriría el campo a ninguna articulación; el principio de repetición dominaría toda práctica en el interior del mismo, y no habría nada que hegemonizar. Es porque la hegemonía supone el carácter incompleto y abierto de lo social, que sólo puede constituirse en un campo dominado por prácticas articulatorias (p. 178). Aquí surge la pregunta sobre el actor o sujeto encargado de articular todos los actores sociales que pretenden formar parte de la nueva “hegemonía”. Desde la perspectiva marxista, aquí entrarían los aportes de Lenin y Gramsci, donde el núcleo fundamental de una fuerza hegemónica lo constituiría una clase social fundamental, en este caso el proletariado que habría de ser guiado u orientado por una vanguardia de intelectuales y revolucionarios de profesión. Gramsci en particular considera que la fuerza social que adquiera la cualidad “hegemónica”, representando a la sociedad como un todo, se desprenderá del resultado de una lucha contingente. Afirmará que una de las tareas fundaméntales del proletariado en su lucha contra el sistema capitalista tenía que estar centrada en la conformación de una fuerza hegemónica que desbordara y transformara este sistema para contribuir a la construcción del socialismo. Gramsci criticaría la postura del comunista italiano Bordiga, ya que consideraba que la misma exaltaba el carácter nacionalista de la lucha proletaria en Italia, obviando el la esencia internacionalista del movimiento proletario. Por esta razón, el esfuerzo por conformar una fuerza hegemónica por parte del proletariado cobraría mayor fortaleza en el análisis gramsciano de la sociedad de principios del siglo XX115. El elemento de la situación nacional era preponderante en la formación política del camarada Bordiga y había cristalizado en él un estado permanente de pesimismo sobre la posibilidad de que el proletariado y su partido pudiesen salir inmunes de
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Amadeo Bordiga (1889-1970) fue uno de los miembros fundadores del Partido Comunista Italiano y uno de los principales líderes de la Internacional Comunista (KOMINTERN).

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las infiltraciones de la ideología pequeño-burguesa sin la aplicación de una táctica política extremadamente sectaria, que hacía imposible la aplicación y la realización de los dos principios que caracterizan el bolchevismo: la alianza entre obreros y campesinos y la hegemonía del proletariado en el movimiento revolucionario anticapitalista. La línea a adoptar para combatir estas debilidades de nuestro Partido es la de la lucha por la bolchevización. La acción a emprender debe ser predominantemente ideológica, pero debe convertirse en política por lo que respecta a la extrema izquierda, es decir, la tendencia representada por el camarada Bordiga, que del fraccionalismo latente pasará necesariamente al fraccionalismo abierto y en el Congreso tratará de cambiar la dirección política de la Internacional (Gramsci, 2001). Sobre lo anterior, Laclau considera que “una vez que una fuerza social pasa a ser hegemónica, permanecerá como tal por todo un período histórico (…) el afecto (es decir, el goce) constituye la esencia misma de la investidura, mientras que su carácter contingente da cuenta del componente ‘radical’ de la fórmula” (Laclau, 2005a: p. 148). Desde la perspectiva populista este punto cobra importante valor, ya que podría reforzar la hipótesis según la cual el líder populista y el vínculo afectivo que pueda generar con sus seguidores, son fundamentales para la articulación de todos estos sectores y en consecuencia para la creación de un “pueblo” como sujeto político. El sujeto hegemónico, como el sujeto de toda práctica articulatoria, debe ser parcialmente exterior a lo que articula -de lo contrario no habría articulación alguna-; pero, por otro lado, esa exterioridad no puede ser concebida como la existente entre dos niveles ontológicos diversos. Por consiguiente, pareciera que la solución consistiría en reintroducir nuestra distinción entre discurso y campo general de la discursividad; en este caso, tanto la fuerza hegemonizante como el conjunto de los elementos hegemonizados se constituirían en un mismo plano -el campo general de la discursividad-, en tanto que la exterioridad sería la correspondiente a formaciones discursivas diversas (Laclau y Mouffe, ídem.). Para la constitución de una “hegemonía” hace falta algo más que el momento en el que se da la articulación propiamente dicha a través de la lógica de la equivalencia. También es necesario que esa articulación sea verificada a través de un enfrentamiento con prácticas articulatorias antagónicas. En otras palabras, se necesitaría que la “hegemonía” se constituya en un campo social en el que estén presentes los antagonismos, lo que sería posible en la medida en que hayan otros procesos articulatorios de equivalencias en proceso y efectos de delimitación de fronteras que permitirían la distinción con otros actores políticos. Un ejemplo de esto podría manifestarse en el momento en que numerosos grupos insatisfechos con el orden establecido empiezan a articularse y oponerse al mismo a través de la conformación de

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un “pueblo” por un lado, mientras que en paralelo otros sectores se agrupan en una entidad plenamente identificada con el establishment, enfrentándose ambos para ver quien logra constituirse como actor hegemónico. Ahora bien, sabiendo que en la construcción de una hegemonía un actor particular pretende representar a la sociedad como un todo, es necesario explicar las condiciones requeridas para que la misma surja, ya que como se verá más adelante, se necesitan de unas circunstancias particulares para que la hegemonía pueda materializarse en el campo de lo social y político. Estas condiciones serían las siguientes:   La presencia de fuerzas antagónicas. La inestabilidad de las fronteras que las separan. Como han señalado Laclau y Mouffe (ídem.) sólo al estar presentes ante una vasta región de elementos flotantes y su posible articulación en campos opuestos o antagónicos, es que puede definirse a una práctica como hegemónica. Por esta razón, ambos autores concluyen en que “sin equivalencias y sin fronteras no puede estrictamente hablarse de hegemonía” (p. 179)116. Al final de cuentas, Laclau (2005a) conviene en afirmar que no habrá plenitud social posible si no es a través de la articulación “hegemónica”, es decir, que no el único horizonte totalizador posible del campo social estará dado por una parcialidad que asuma la representación de una totalidad mítica, que desde una perspectiva lacananiana asumida por este autor, vendría a ser un objeto que es elevado a la dignidad de la Cosa. El objeto de la investidura hegemónica no constituye un segundón respecto de la cosa real, que sería una sociedad totalmente reconciliada (la cual, como totalidad sistémica, no requeriría ni investidura ni hegemonía): es simplemente el nombre que recibe la plenitud dentro de un determinado horizonte histórico, que como

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Sobre los procesos articulatorios y su conclusión en la formación de una “hegemonía” Laclau y Mouffe (ídem.) coinciden en señalar que el momento articulatorio como tal no es suficiente. Se necesita además que la articulación se compruebe por medio de un enfrentamiento con prácticas articulatorias antagónicas. Sin embargo, no todo antagonismo supone prácticas hegemónicas, como ejemplo señalan el milenarismo en el que “tenemos un antagonismo en su forma más pura y, sin embargo, no hay hegemonía, por cuanto no hay articulación de elementos flotantes: la distancia entre las dos comunidades es algo inmediatamente dado y adquirido desde un comienzo, y no supone construcción articulatoria alguna. Las cadenas de equivalencia no fijan los límites del espacio comunitario, sino que operan sobre espacios comunitarios preexistentes a las mismas” (p. 179).

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objeto parcial de una investidura hegemónica no es un ersatz117, sino el punto de partida de adhesiones profundas (p. 149). Por último, Aboy Carlés (2001) considera necesario hacer una distinción entre el concepto de “hegemonía” y “hegemonismo”. La “hegemonía” remitiría al proceso mediante el cual se constituyen espacios de solidaridades políticas. Por su parte, el “hegemonismo” aparecería como un tipo particular de articulación hegemónica, que consiste en la irrealizable pretensión de clausura de todo espacio de diferencias en una formación política. De entrada esto pareciera ser irrealizable ya que la definición de límites aparece como un requisito para la constitución de cualquier identidad. Así pues, la presencia de una alteridad es el exterior constitutivo que en tanto cierre permite la conformación del interior solidario de toda identidad118. Ahora bien, si el “hegemonismo” plantea la concreción del algo “imposible”, sería ingenuo pensar que éste no tendría lógicas y mecanismos específicos para que esa “imposibilidad” devenga en una articulación política “posible”: “un mecanismo particular a través del cual el hegemonismo negocia la irresoluble tensión entre la ruptura y la integración, estará dado por la alternativa exclusión/inclusión del adversario del propio campo de afinidades” (p. 28). En este sentido, la distinción podría alcanzarse siempre y cuando la entidad que pretende construir su identidad tenga la capacidad de incorporar a desestimar al “otro”. Como ejemplo en la construcción de identidades políticas a través de la lógica de la exclusión/inclusión, Aboy Carlés aborda el fenómeno peronista y el proceso de ampliación del sistema político. Lo primero que hizo el peronismo fue construir una frontera política a través de la crítica férrea al pasado y la idealización de un futuro que sería mejor, así pudo fomentar la ruptura necesaria para la constitución de las nuevas identidades. Pero no sólo eso, Perón tuvo la capacidad para incluir o excluir a sectores de la sociedad argentina en determinados momentos dentro del sistema social. así pues, se habría producido tensión entre las pretensiones contrapuestas por la lógica de exclusión/inclusión, lo que coadyuvó a la constitución de dos tipos de identidades políticas: “la tensión entre una tendencia a la ruptura,
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El término ersatz es un germanismo, un préstamo lingüístico en lengua francesa, significa “sucedáneo”. Se utiliza para designar un producto que sustituye a otro de calidad superior que escasea o que resulta más caro y difícil de comprar. Así, vendría a ser una especie de imitación de algo de mayor calidad. 118 Un ejemplo importante relacionado con la señalización como enemigo de una alteridad externa a un cuerpo social y/o político para lograr la cohesión social y la identificación con una idea o elemento compartido se habría dado en los sistemas totalitarios consolidados por Hitler en Alemania y Stalin en la URSS (ver: Arendt, 2002).

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es decir a la escisión respecto a un orden y unos actores dados, y, en contraste con esta tendencia, la aspiración a un cierre de las conflictividades, a una disolución de las diferencias, que permitiera al nuevo movimiento atribuirse la representación de una realidad homogénea, de la formación política como un todo” (2001a: p. 29). Así pues, en el momento en que el peronismo fracasaba en la estrategia “transformista” que impulsó Perón en un principio -la cual quedaría plasmada en su célebre discurso ante la Bolsa de Comercio de Buenos Aires en agosto de 1944- siguió un proceso de radicalización en la campaña electoral de 1946. Al obtener el triunfo, se procedió a la disolución del Partido Laborista y la posterior cooptación de la CGT con la clara intención de diluir las diferencias estructuradas en el momento fundacional, diferencias que serían reavivadas ante los crecientes cuestionamientos de la oposición al gobierno peronista.

3.2.1.5 El “pueblo” como actor en la Historia Las pugnas políticas, los desencuentros entre Estados, las guerras de liberación nacional o incluso las políticas sistemáticas de exterminio se han llevado a cabo como justificación de la promoción y defensa de los intereses de un “pueblo” en particular. Así pues, en el nombre del “pueblo”, de la “voluntad popular” y la “soberanía general” los movimientos sociales y políticos, así como sus principales líderes, han buscado la aprobación y legitimidad política. En otras palabras, como ha señalado Canovan (2005), las fuentes tradicionales del poder político -los gobiernos absolutistas europeos son un ejemplo- experimentarían desajuste en sus bases y crisis de gobernabilidad producto de movimientos sociales emergentes que reclamaban la representación efectiva de la “voluntad popular”. En este punto se señalan cuatro momentos particulares de la historia política de la humanidad, como lo fueron la conformación de la República Romana, la Revolución Inglesa, la Revolución Francesa y la Revolución Norteamericana, para entender el uso histórico que se le dio en su momento a las categorías de “pueblo” en general, y a la “voluntad general” y “soberanía popular” en particular.

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3.2.1.5.1 La República Romana y el populus El estudio sobre la conformación de la República Romana encuentra en Marco Tulio Cicerón a uno de sus exponentes más destacados, siendo su tratado Sobre la República el de mayor importancia en cuanto representa una buena síntesis de lo que sobre la organización política llegara a concebir el mundo antiguo. Cicerón será de los primeros en hablar de un “pueblo” organizado, entendiéndolo como un poder público organizado (Rodríguez Prats, s/f). El autor considera que el buen funcionamiento del gobierno dependerá de la unión entre el “pueblo” y sus representantes políticos, el Senado. En este sentido, delega en los ciudadanos la responsabilidad de cultivar las ciencias y las artes que los hagan útiles a la República para el beneficio de ambos. Todo pueblo, es decir, toda sociedad fundada (…) toda ciudad, o, lo que es lo mismo, toda constitución particular de un pueblo, toda cosa pública, y por eso entiendo toda la cosa del pueblo, necesita, para ser duradera, ser regida por una autoridad inteligente que siempre se apoye sobre el principio que ha presidido la formación del Estado. Ahora bien, este gobierno puede atribuirse a un solo hombre o a algunos ciudadanos escogidos por todo el pueblo (Escipión en: Cicerón, 1967: p. 1405). Pareciera desprenderse de las reflexiones anteriores el vínculo particular que se establece entre el “pueblo” y la forma de gobierno que se adopte para regir los asuntos públicos dependerá en gran medida de la aprobación por parte de sus miembros. Así, se podría estar en presencia de una monarquía, aristocracia o democracia, pero sea la forma que se adopte, ésta tendría que contar con la soberanía popular para poder cumplir con su rol de forma estable, entendiéndola como esa fuente de legitimidad que reside en los miembros de una comunidad política. La soberanía popular (…) es aquella en que todas las cosas residen en el pueblo, y si el lazo que primitivamente ha hecho agruparse a los hombres en sociedad por el bien público permanece en todo su vigor, cada una de estas formas de gobierno, sin ser perfecta ni la mejor posible, parecerá menos soportable y hará su elección incierta entre las demás; en efecto, un rey justo y sabio, un número elegido de ciudadanos preclaros, el pueblo mismo, aunque esta suposición sea menos favorable, pueden, si la injusticia y las pasiones no lo estorban, formar un gobierno con condiciones de estabilidad (ídem. pp. 1405-1406). Pero ¿qué entienden los romanos en general, y particularmente Cicerón en sus reflexiones, por el “pueblo”? La mayoría de las veces, el populus se refería a la población plebeya en contraste con la clase dominante, en este caso los patricios. El término también fue

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utilizado para referirse a los miembros del Senado, a los cónsules electos y a las asambleas populares, actores responsables de canalizar los asuntos de interés público. Al referirse a la población plebeya, el populus quedaba claramente definido como toda aquella población que ocupaba un rango inferior en la pirámide social por debajo de los patricios, pero por encima de los esclavos, por lo que eran considerados portadores de ciertos derechos dentro de la República Romana. En resumen, puede decirse que desde una perspectiva amplia, la noción de populus era utilizada para hacer referencia a la “comunidad de ciudadanos” de Roma. Ahora bien, podría considerarse que la anterior fue una manera de concebir al “pueblo” en el marco de la historia romana, sin embargo, hubo otra interpretación que entendía al populus como la totalidad del cuerpo social, como una entidad colectiva que trascendía al individuo, la clase social o incluso la generación. En otras palabras, se apelaba al “pueblo romano” para hacer referencia a toda la comunidad política (Canovan, 2005: p. 12). De la experiencia romana se desprende otra de las tantas concepciones sobre los términos “pueblo” y “soberanía popular”, en este caso se refiere a la lex regia. Bajo este término se cobija la idea según la cual la soberanía reside en el “pueblo”, y es éste el único que puede delegarla en una persona para que administre los asuntos públicos y se encargue del gobierno de una comunidad política. Así pues, la lex regia aludiría a una autorización indirecta que emergería del “pueblo” para ser aplicada por sus gobernantes o mandatarios en su nombre. Como legado de esta última concepción se han derivado numerosas interpretaciones que abordarían el tema de la “soberanía popular”, destacando entre ellas: a. La “soberanía popular” se encontraría en reserva por lo que sería utilizada en aquellos

casos que sean considerados como una emergencia para la comunidad política. b. La “soberanía popular” sería aplicada para que el gobernante rinda cuentas de manera

efectiva mientras se encuentre en el ejercicio del poder político. c. d. Se invoca a la “soberanía popular” para establecer un nuevo texto constitucional. Por último, la “soberanía popular” sería el bastión del autogobierno.

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3.2.1.5.2 El “pueblo” anglosajón: de la guerra civil a la Revolución Americana La concepción romana de la lex regia, según la cual la autoridad del “pueblo” se encuentra en reserva y puede apelarse a ella en casos excepcionales y/o puntuales antes de ser un poder continuamente presente en el plano político, será retomada por los protagonistas de la Guerra Civil Inglesa y la Revolución Americana durante los siglos XVII y XVIII. En el caso anglosajón el “pueblo” estará asociado a aquellos sectores no poseedores del poder político, enfrentados al Rey o al Parlamento Inglés y que en su momento exigieron mayores derechos y representación política. En el intervalo de tiempo señalado se irían configurando dos preguntas relacionadas directamente con la constitución del “pueblo” y el mandato que emana del mismo, las cuales de una manera u otra se han mantenido en la discusión política hasta la actualidad: 1) Una primera pregunta que giraría en torno a la noción según la cual el poder reside en el “pueblo”, por lo que habría que cuestionarse qué significaría eso en términos prácticos. Históricamente se le han dado numerosas respuesta a estas preguntas, se ha dicho que el “pueblo” es el único que puede exigir la rendición de cuentas por parte de los gobernantes, que el “pueblo” es el único actor legítimo para re-hacer una constitución y además sería el responsable de establecer un programa de gobierno realmente “popular” (Canovan, 2005). Ahora bien, uno de los aspectos más trascendentes articulados por los intelectuales y políticos que confluyeron en los tiempos de la Revolución Inglesa es el que se vincula con la idea del “mandato popular”, heredera de alguna forma de la lex regia. El lector recordará que según esta última noción, el “pueblo” sería el depositario de la soberanía y su mandato emergería sólo en el momento en que el gobierno experimentara alguna crisis sistémica o coyuntural que lo llevara al fracaso. De esta forma, el “pueblo” a través del ejercicio de su soberanía restauraría el orden social y reclamaría el cumplimiento de sus derechos para delegar nuevamente esa soberanía en los representantes del gobierno. Sin embargo, el ejercicio radical de la “soberanía popular” no implicaba necesariamente un “gobierno popular”. En tiempos de la Revolución Inglesa la monarquía seguía siendo la forma convencional de gobierno, aún en aquellos casos en los que era acompañada y/o limitada por un parlamento (monarquía parlamentaria).

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2) La segunda pregunta abordaría la constitución interna del “pueblo”, quiénes lo conforman y cómo actuarían en la realidad concreta. Sobre estos aspectos, se ha dicho que el “pueblo” haría referencia al colectivo o grupo de personas que comparten una nación, hasta aquella que concebía al “pueblo” como la población adulta masculina de una nación (ídem.). Algunas interpretaciones, como la teoría de la resistencia, consideran al “pueblo” como el agregado de personas -colectivo- con sus líderes naturales que irrumpen en la escena política siempre que sea necesario (ídem. p. 22). Sin embargo, Edmund Burke aludiría en su momento que el “pueblo”, como era entendido en la Inglaterra del siglo XVII y XVIII, no era otra cosa que el conjunto de terratenientes masculinos mayores de edad, y que difícilmente podría éste identificarse con toda la población inglesa. La publicación del “Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil” de John Locke en 1690, justo después de la Revolución, significó un importante aporte para el desarrollo de la doctrina de la “soberanía popular”. Para este autor, el “pueblo soberano” era entendido como la mayoría de la población -adulta y masculina-, mayoría en la que sin duda alguna habría entrada la gente común y otros sectores desfavorecidos. (Ídem. P. 24). El legado sajón en relación con la concepción del “pueblo” y su fuente autoridad puede resumirse en dos grandes vertientes, con interpretaciones intermedias entre ambas: por un lado, una interpretación jerárquica y excluyente que entendería al “pueblo” como el agregado de personas en el que estarían incluidos únicamente la población masculina mayor de edad poseedora de grandes tierras, quedando así excluidos los pequeños propietarios; por otro lado, un abordaje inclusivo y más radical, que concebía al pueblo como a todos los ciudadanos sin distinción alguna –perspectiva asumida por los niveladores o levellers-119. Con el fin de la Revolución Inglesa se adoptaría una constitución mixta que permitió el establecimiento de la monarquía parlamentaria como forma de gobierno. Se evitaba así el extremismo del gobierno puritano como el del real despótico. La Cámara de los Comunes adquiría redoblada fuerza y, aunque no representaba a todo el “pueblo” sino a sólo a los
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Los niveladores fueron la forma en que se le llamó a una alianza informal de agitadores políticos, que surgió en Inglaterra cuando se desató el conflicto entre el Rey y el Parlamento, en la década de 1640. No tenían un manifiesto fijo, sin embargo a partir de 1649 el movimiento sería fuertemente reprimido por las autoridades, ganando notoriedad pública. En su mayoría, el movimiento estuvo conformado por pequeños propietarios que “insistían en la igualdad de todos los hombres a nivel político y de representación, así como en lo religioso; (…) luchaban contra el sistema oligárquico de la iglesia anglicana” (Giner, 2002: p. 258).

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grupos más privilegiados, la posibilidad de ir ampliando su representatividad estaba abierta a partir de ese momento (Giner, 2002). En este sentido, puede decirse que las luchas de numerosos sectores sociales, económicos y políticos de aquella sociedad coadyuvaron al ensanchamiento de la concepción del “pueblo” manejada hasta los momentos. Según lo anterior, cabría reafirmar que la noción de “pueblo” heredada de este proceso lo habría entendido como al conjunto de miembros de la “nación” donde la “gente común” y los sectores desposeídos no quedaban excluidos, sino al contrario, sus intereses eran representados por los parlamentarios en la instancia pertinente. A su vez, una segunda concepción que sólo se haría manifiesta de manera taxativa con los acontecimientos que concluyeron en la Revolución Norteamericana, que abordaba al “pueblo” desde una perspectiva claramente mayoritaria y radical, donde sus propios miembros podrían ejercer el poder de manera activa y directa, aunque esto no signifique que practicaban una democracia directa y asamblearia al estilo ateniense.

3.2.1.5.3 La mirada francesa: Rousseau La discusión sobre la soberanía como un elemento que subyace en las decisiones colectivas de la población de un determinado país y que es delegada periódicamente a los gobernantes de turno encuentra en Rousseau a uno de sus primeros promotores ideológicos. En 1762 con la publicación de El Contrato Social, desarrollaría aspectos teóricos sobre la voluntad general, el pacto social, la soberanía, el “pueblo”, entre otros, que han sido a partir de su publicación referentes continuos en el ejercicio político en general, y sobre todo, en el ámbito específico del populismo. El autor produce conceptos que luego relaciona analógicamente con la idea de un “pueblo”, hablando de la concomitante voluntad general e interés común con que el bienestar colectivo se expresa y se busca (Hernández y Hurtado, Ídem). Sin embargo, la obra de Rousseau estaría llena propuestas teóricas sumamente abstractas, con profundas contradicciones y paradojas, lo cual hace complicada su lectura y aplicación (Sabine, 1996). De los aportes más destacados señala la necesidad de un pacto social para que los individuos puedan vivir en sociedad, el cual nacería mediante previa aprobación de los miembros siempre que no se atente contra sus libertades. De lo que se trata es de “encontrar

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una forma de asociación que defienda y proteja (…) a la persona y los bienes de cada asociado, y por lo cual, uniéndose cada uno a todos, no obedezca (…) sin embargo más que a sí mismo y permanezca tan libre como antes” (Rousseau, 1973: p. 16). El contrato coadyuvará en la formación de una nueva comunidad siempre que los involucrados estén dispuestos a enajenar parte de sus derechos a la misma, es decir, “cada uno pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general; y recibimos en cuerpo a cada miembro como parte indivisible del todo” (Ídem, p. 17). Del acto de asociación se produciría lo que el autor ha llamado un “cuerpo moral y colectivo” conformado de tantos miembros como votos tiene la asamblea, el cual recibiría de este mismo acto su unidad, su esencia y su voluntad. Así pues, se formaría una persona pública, un colectivo o agregado social producto de la unión de todos los demás. Tomaba en otro tiempo el nombre de Ciudad, y toma ahora el de República o el de cuerpo político, al cual llaman sus miembros Estado cuando es pasivo, Soberano cuando es activo, Poder cuando lo comparan con otros de su misma especie. Por lo que se refiere a los asociados, toman colectivamente el nombre de Pueblo, y se llaman en particular Ciudadanos como participantes en la autoridad soberana, y Súbditos como sometidos a las leyes del Estado (Ídem, p. 18). Así pues, el cuerpo político que ejerce su influencia y procede de manera activa puede ser considerado soberano, cumple su voluntad general. Ésta es inherente al “pueblo”, unitaria, y supera a los partidos. En otras palabras, es una fuerza hostil a toda separación de poderes y a toda división de la sociedad en estamentos y cuerpos políticos intermedios (Giner, 2002: p. 332). Este postulado de Rousseau sentará las bases para un aspecto que será desarrollado con mayor precisión a partir de la Revolución Norteamericana, en el que se considera que el “pueblo” es el depositario de la soberanía -de ahí que se hable luego de soberanía popular-, de ahí la legitimidad que tendría para ser uno de los principales referentes de anclaje del discurso político, y en particular de la simbología a la que apelaría el populismo. El “pueblo” en el ejercicio de su soberanía se entendería como un todo que superaría la mera suma de los miembros que lo conforman, un cuerpo político homogéneo, cuyos diversos grupos no se hallen escindidos por intereses antagónicos (Giner, ídem.). Desde el momento en que esa multitud queda así unida en un cuerpo, no se puede atentar a uno de sus miembros sin atacar al cuerpo; menos aún atentar al cuerpo

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sin que los miembros se resientan. Así, el deber y el interés obligan igualmente a las dos partes contratantes a ayudarse mutuamente, y los mismos hombres deben procurar reunir bajo esta doble relación todas las ventajas que de ella se derivan. Ahora bien, como el soberano está formado únicamente por los particulares que lo componen, no tiene ni puede tener interés contrario al de éstos; por consiguiente, el poder soberano no tiene ninguna necesidad de garantía ante los súbditos, porque es imposible que el cuerpo quiera perjudicar a todos sus miembros (…) El soberano por el simple hecho de serlo, es siempre todo lo que debe ser (Ídem, p. 20). 3.2.1.5.4 El legado de la Revolución Norteamericana: “Nosotros, el pueblo…” La Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América el 4 de julio de 1776 puede ser vista como uno de los momentos cumbre en la historia del social y política, sobre todo porque el “pueblo” cobrará un protagonismo nunca visto en tiempos anteriores en la lucha por sus reivindicaciones particulares. La Revolución Norteamericana demostraría como un “pueblo” es capaz de organizarse para enfrenta a un poder que considera ilegítimo y así proclamar su independencia ante el mismo, con el firme propósito de autodeterminar sus destinos. Los eventos sucedidos en territorio estadounidense se habrían alejado de la concepción romana lex regia según la cual la soberanía del “pueblo” se encontraría en reserva y sería reclamada por él para darle uso en momentos de crisis políticas, siendo delegada nuevamente a los funcionarios políticos una vez solventados los inconvenientes. En este sentido, los estadounidenses habrían logrado construir una interpretación abarcante sobre el “pueblo” al tomar en cuenta las nociones del “pueblo soberano” y el “gobierno del pueblo” de la tradición romana, incluyéndole un rol importante en la administración de los asuntos políticos a la “gente común”. Se tiene como ejemplo destacado en esta línea los discursos del presidente Andrew Jackson120, quien al referirse al “pueblo” estadounidense era partidario de incluir a toda la población adulta blanca, entre ellos al agricultor, al granjero, al mecánico, al obrero, y no solo a los terratenientes como solía concebirse al “pueblo” en la Inglaterra de entonces. Sumado a lo anterior, puede decirse que otro de los legados de la Revolución Norteamericana haber reafirmado categóricamente el binomio “pueblo-nación” y su derecho a

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Andrew Jackson fue el séptimo presidente de los Estados Unidos de América (1829-1837) y uno de los principales artífices del Partido Demócrata.

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gobernar como colectivo un espacio determinado -el espacio nacional- en nombre de sus derechos universales (Canovan, 2005: pp. 26-27). Se desarrollaría así la idea del “gobierno popular”, entendiendo que fue el propio “pueblo” estadounidense, actuando como un todo, el que se enfrentaría a la monarquía inglesa en una guerra por su independencia, y que una vez alcanzado el triunfo en la misma, se entregaría a la tarea de consolidar un movimiento de base del que emergerían liderazgos políticos importantes para coadyuvar en la construcción de la nueva institucionalidad que el recién liberado territorio exigía. Esta es la idea que se desarrolla en el Federalista Nº 50 cuando señala la necesidad de consultar periódicamente al “pueblo” para prevenir cualquier tipo de violación a lo establecido en la Constitución nacional121. Con esto se reforzaría la idea del “gobierno popular”, ya que la propia población sería consultada con cierta periodicidad para emitir sus juicios y opiniones en relación con los asuntos públicos. Uno de los hechos emblemáticos que reforzaría lo anterior sería la redacción la Constitución Norteamericana por la propia ciudadanía y su consiguiente proclamación122. Con esto, se reforzaba la idea de que el “pueblo” era el soberano pero además era su propio gobernante (Canovan, 2005. p. 28). En su estudio sobre la democracia en los Estados Unidos, Tocqueville (1973) señalará la importancia asumida por el “pueblo” en la administración de los asuntos públicos norteamericanos, lo que llevaría a reforzar la idea de que es el propio “pueblo” el que incidía directamente en el gobierno a través del ejercicio de su soberanía. El pueblo nombra a quien hace la ley y a quien la ejecuta; él mismo forma el jurado que castiga las infracciones de la ley. No solamente las instituciones son democráticas en su principio, sino también en todo su desarrollo. Así, el pueblo nombra directamente a sus representantes y los escoge en general cada año, a fin de tenerlos completamente bajo su dependencia. Es, pues, realmente el pueblo quien dirige y, aunque la forma de gobierno sea representativa, es evidente que las opiniones, los prejuicios, los intereses y aun las pasiones del pueblo no pueden encontrar obstáculos durables que le impidan producirse en la dirección cotidiana de la sociedad (p. 191).
La autoría de El Federalista Nº 50 no está claramente definida, es atribuida tanto a Alexander Hamilton como a James Madison. Lo importante es el señalamiento que se hace en la misma sobre la necesidad de recurrir cada cierto tiempo a la opinión del “pueblo” para evitar cualquier tipo de violación a los contenidos de la Constitución Norteamericana. En: http://www.foundingfathers.info/federalistpapers/fedindex.htm, con acceso el 20/03/08. 122 Es importante aclarar que todavía en este momento la ciudadanía no tenía el carácter universal y expansivo de los tiempos actuales. En los Estados Unidos de América de finales del siglo XVIII, eran considerados ciudadanos la población masculina blanca mayor de edad, por lo que quedaban descartadas de antemano las mujeres, los negros esclavos traídos de África y la población indígena nativa de las tierras del norte.
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En relación con la “soberanía popular”, Tocqueville (ídem.) señalará que es en los Estados Unidos de finales del siglo XVIII el país de referencia para apreciar el ejercicio del principio de la soberanía del “pueblo”. El autor afirma como se habría desligado de toda abstracción teórica para constatar in situ la puesta en práctica de dicha soberanía. Así pues, observaría como algunas unas veces el “pueblo” en masa el que hace las leyes como en Atenas; otras los diputados elegidos por el voto universal lo representan y actúan en su nombre bajo su vigilancia casi inmediata. Sea la forma que adopte el “pueblo” ejerce su soberanía para decidir en materia social, económica y política. La sociedad obra allí por sí misma y sobre sí misma. No existe poder sino dentro de su seno; no se encuentra a nadie que se atreva a concebir y sobre todo a expresar la idea de buscar ese poder en otro lado. El pueblo participa en la composición de las leyes por la selección de los legisladores, en su aplicación por la elección de los agentes del poder ejecutivo y se puede decir que del mismo gobierno, tan restringida y débil en la parte dejada a la administración y tanto se resiente ésta de su origen popular, obedeciendo al poder del que emana. El pueblo dirige el mundo norteamericano como Dios lo hace con el universo. Él es la causa y el fin de todas las cosas. Todo sale de él y todo vuelve a absorberse en su seno (Tocqueville, ídem. p. 76). En tiempos recientes, la perspectiva planteada por un Tocqueville que estudiaría la democracia estadounidense poco después de su nacimiento si bien no ha sido desmentida, se le han hecho una serie de observaciones de valor. Así, junto a esta concepción permanecía vigente la concepción romana de lex regia y la soberanía del “pueblo” en reserva, apartada del poder político constituido. Esto fue así, ya que a pesar de definirse como un “gobierno popular” donde el “pueblo” cumplía un rol activo en un gobierno que consideraba propio, también se encontraban fuera, encima y debajo de éste. Esta interpretación tendrá implicaciones importantes, ya que a pesar de definirse como un gobierno del “pueblo” siempre habría de existir una brecha, por muy pequeña que fuese, entre el gobierno constituido y el “pueblo” soberano como tal. Un escenario como el descrito podría generar situaciones de crisis de representación política, sentando las bases para la irrupción de movimientos y líderes populistas con sus conocidas exigencias de devolverle el poder al “pueblo” el cual habría sido usurpado por los statu quo por ejemplo (Canovan, Ídem. pp. 28-29). En conclusión, puede decirse que los acontecimientos vinculados a la Revolución Norteamericana, han dejado huella importante en el marco de la ciencia política, sobre todo en lo que se refiere a las distintas aproximaciones sobre un concepto tan difuso como lo es el de

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“pueblo”. En este sentido, podrían resumirse en tres grandes interpretaciones imbricadas y en ocasiones contrapuestas entre sí: a. El “pueblo” como una nación soberana, en este caso plasmado en el preámbulo de la

propia constitución que reza “Nosotros el pueblo de los Estados Unidos”. b. c. El “pueblo” como gobernante interesado en alcanzar su autodeterminación. El “pueblo” entendido como la “gente común”, entre ellos los sectores desposeídos.

3.3

Creación de identidades según la praxis política populista Se ha comentado a lo largo de este capítulo, que uno de los objetivos principales del

populismo, si no su objetivo principal, es la construcción de un “pueblo”. Para que este proceso se haga efectivo, el líder populista deberá articular los intereses de los sectores descontentos con el statu quo -las demandas populares- a través de una cadena equivalencial. Así pues, una vez que esta agrupación de demandas e intereses cuaje en la mentada cadena se podría hablar de la constitución de una identidad. Aquí la identidad debe ser comprendida como una forma que promueve la cohesión de un colectivo123. Siguiendo a Laclau (2005a) y Aboy Carlés (2001), al ser el populismo un fenómeno de naturaleza política, en el que su principal tarea sería la constitución de un “pueblo”, éste estaría apelando a la creación de identidades políticas. Hemos definido a la identidad política como el conjunto de prácticas sedimentadas, configuradoras de sentido, que establecen a través de un mismo proceso de diferenciación externa y homogeneización interna, solidaridades estables, capaces de definir, a través de unidades de nominación, orientaciones gregarias de la acción en relación a la definición de asuntos públicos124. Toda
Aboy Carlés (2001) toma como ejemplo para el estudio de la identidad social el trabajo de Emile Durkheim “La división del trabajo social”, obra que pretende estudiar las nociones de la identidad y la diferenciación social. En este sentido, se pregunta sobre la naturaleza del lazo social, es decir, aquello que mantiene unida a una sociedad, su principio de cohesión. Este autor señala que el sociólogo francés encuentra la base de toda afinidad bien sea en aquello que hay en común entre los miembros de una entidad social -nación, partido político, comunidad, etc.-, o en las cualidades diferenciadoras y particulares de las mismas. Los elementos diferenciadores fomentan la solidaridad orgánica, propia de las sociedades diversificadas y de la división social del trabajo; los elementos homogeneizantes promueven la solidaridad mecánica, sustentaba en la cooperación “instantánea” entre los miembros de un grupo. 124 El propio Aboy Carlés (2001) define los asuntos públicos como todos aquellos campos de conflictividad en torno a decisiones que afecten a la relación de una formación política con su exterior y a la definición de los límites de dicha formación. Además considera todos los campos de conflictividad que involucren la regulación de la vida interna de la propia formación política.
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identidad política se constituye y transforma en el marco de la doble dimensión de una competencia entre las alteridades que componen el sistema y de la tensión con la tradición de la propia unidad de referencia (Aboy Carlés, 2001: p. 24). En este punto los planteamientos de Aboy Carlés (2001) coinciden con aquellos de Laclau (2005a) en los que resalta la importancia de establecer una frontera que permita diferenciar a los grupos de una sociedad. En el caso de la lógica populista, se produciría una división dicotómica del campo social que coadyuve a la identificación de un “nosotros” de un “ellos”, del “pueblo” de la “oligarquía”. La fijación de límites es fundamental para la construcción de cualquier espacio identitario, y ese límite, que puede ser una alteridad común, el reclamo por la reivindicación de ciertos derechos, el rechazo del statu quo o la ruptura con cierto pasado, es el que tiende a constituir un espacio solidario y relativamente homogéneo (Aboy Carlés, ídem. p. 25). Toda identidad política, al igual que las identidades sociales o nacionales, son relativas y contextuales, por lo que tendrán límites inestables y susceptibles de ser redefinidos a través de la articulación contingente de una pluralidad de otras identidades y relaciones establecidas en una sociedad dada. Así pues, en la medida en que la lógica de la diferencia sea la que esté en marcha, se producirá una expansión y complejización del espacio político. Por su parte, si se apela a la lógica de la equivalencia, se simplificará el espacio político produciendo la rearticulación de identidades ya existentes que revierten su carácter diferencial y se articulan en un nuevo actor o identidad (Laclau y Mouffe, 2006). En última instancia, las identidades en general se remitirían siempre a un contexto específico, cumpliendo su función orientadora y de sentido bajo circunstancias particulares. Por esta razón, algunas identidades pueden tener anclaje y razón de ser en unos contextos, a la vez que no significar nada en otros. Así pues, la identidad política supone un principio de escisión y el establecimiento de un espacio solidario propio en el que se logra vislumbrar la clausura impuesta por una alteridad. Sin embargo, la identidad política busca ampliar su propio espacio solidario, por eso es que puede verse cómo el populismo busca construir una “hegemonía” -parcialidad-, en este caso un “pueblo” que pretenda representar la totalidad del campo social (Laclau, 2005a; Laclau y Mouffe, 2006). Las lógicas equivalenciales y diferenciales, con sus contradictorias tendencias a la división y a la simplificación de los espacios solidarios, dibujan un conflicto irremediable por el que pasaría toda identidad política: conflicto entre el establecimiento de un límite o

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frontera necesaria para su propia constitución por un lado, pretensión de desplazar ese límite, de captar el espacio que se vislumbra tras la original clausura o constitución de la identidad por el otro. En palabras de Laclau (2005a), el proceso de pretender ser una totalidad por parte de una parcialidad vendría a ser el de una “plebs que reclame ser el único populus legítimo”. La constitución y transformación de las identidades políticas pasarían necesariamente por un proceso necesario de tensión irresoluble entre ruptura e integración. El mismo se caracterizaría como un juego pendular que agudiza estas tendencias contrapuestas a través de la dinámica exclusión/inclusión de la alteridad constitutiva del propio marco referencial de solidaridades. Aboy Carlés (ídem.) afirma que aquí radicaría la especificidad del populismo como forma particular de negociación de esa tensión irresoluble. En otras palabras, fomentaría un movimiento pendular que agudiza las tendencias a la ruptura y las contratendencias a la integración, que afirma y reniega alternativamente su propia frontera constitutiva, y por lo tanto, promovería la emergencia de oposiciones bipolares (p. 34). En conclusión, la lógica puesta en marcha por el populismo para la creación de identidades y nuevas representaciones simbólicas pasa por tres fases: la suma, la síntesis y la representación -en un líder, un partido o símbolo-. En el cumplimiento de estas fases, el populismo apela necesariamente a un proceso de simplificación, “vaciando” las particularidades de las demandas sociales de aquellos sectores que conformarían el “pueblo”, para construir una(s) identidad(es) que ya no será igual a las de las partes del mismo. Mediante esta operación cada uno de los sectores ha tenido que ceder una cuota de su auto-identidad en favor de una identidad simbólica común (Mires, 2007a). Ese común denominador está constituido gracias a las representaciones simbólicas de cada una de las fuerzas que suman (…) La política populista presupone tres momentos formativos: el de la suma, el de la síntesis y el de la representación, que puede ser un partido, un líder o un signo. En el recorrido de esas tres fases, el movimiento populista adquiere una identidad que ya no es igual a la de cada una de las partes del movimiento, lo que significa que cada una de las partes ha debido ceder una cuota de auto-identidad en aras de una identidad simbólica común. Luego, no es tan cierta aquella creencia historicista que afirma que el fenómeno populista es sólo propio de un período histórico (…) El populismo, como en el Perú de Fujimori y en la Venezuela de Chávez, puede emerger en cualquier momento de la historia de cada nación, sobre todo cuando las muchedumbres hacen su entrada en la política y a través de signos representativos se constituyen, o son constituidas, imaginariamente, como pueblo (Mires, ídem. p. 39).

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Aquí es importante señalar algunas diferencias que podrían desprenderse del análisis de las posturas teóricas de Laclau y Mires en relación con el proceso mediante el cual se construye “pueblo” y los factores que intervienen en el mismo. De la argumentación de Laclau (2005a, 2005b) pareciera sugerirse que la construcción de la identidad de un “pueblo” recaería principalmente en la habilidad discursiva del líder político -populista- para construir un discurso suficientemente “vacío” que permita que sectores diversos puedan sentir que forman parte de una entidad mayor, en este caso de un “pueblo”. En este sentido, pareciera desprender que los grupos y sectores de la sociedad que llegarían a formar parte de este “pueblo” tendrían un rol pasivo para garantizar la conformación del nuevo actor. En cambio, de los planteamientos presentados por Mires (2007a) se evidenciaría una disposición abierta por parte de los grupos para dejar de lado una parte de sus identidades particulares y así poder formar parte de este nuevo actor social y político.

3.3.2 La identificación a través del descontento: las fallas recurrentes del Estado liberal democrático Las democracias modernas se nutren de dos corrientes filosóficas antagónicas: el liberalismo y el igualitarismo democrático. Autores como Bobbio (1992) y García-Pelayo (2005) han señalado las antinomias funcionales propias del Estado democrático liberal, siendo éstas la democracia y el liberalismo. Ambas parten de concepciones del hombre y de la sociedad radicalmente distintas: la tradición liberal es individualista, conflictiva y pluralista; la igualitaria es totalizante, armónica y monista. Para el liberal el fin principal es el desarrollo de la personalidad individual, a pesar de las diferencias radicales que puedan generarse entre los miembros de un colectivo -pobreza, desigualdad, etc.-; para el igualitario el fin principal es el desarrollo de la comunidad en su conjunto, aún cuando eso signifique la disminución de la esfera de libertad de los individuos. En resumen, las democracias modernas se nutren de dos valores inversamente proporcionales, la libertad y la igualdad, esto significa que no podrán alcanzarse mayores niveles de uno sin la disminución de niveles del otro (p. 41). Por su parte el liberalismo predica y exige una igualdad de manera categórica, esta es la igualdad en la libertad y ante las leyes. Esto quiere decir que cada individuo debe gozar de tanta libertad cuanto sea compatible con la libertad ajena y puede hacer todo aquello que no atente contra la libertad de los demás. Así pues, desde que se concibió el Estado liberal a

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finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII, siempre estuvo asociada a dos principios constitucionales fundamentales que buscaban la promoción de la igualdad en la libertad: por un lado la igualdad frente a la ley y, por el otro lado, la igualdad de derechos fundamentales, que en principio incluían exclusivamente los derechos civiles y luego fueron ampliados progresivamente hasta incluir los derechos políticos y sociales125. Ninguno de los aspectos defendidos por el liberalismo en principio parecieran compatibles con aquello defendido por el igualitarismo, ya que como se ha señalado lo que ambos resaltan -libertad e igualdad- son inversamente proporcionales. Tomando en cuenta lo anterior, habría que hacerse la siguiente pregunta: ¿en qué sentido la democracia puede ser entendida como la consecuencia y evolución del Estado liberal para así justificar el uso de la expresión “democracia liberal” para referirse a numerosos regímenes en la actualidad? Siguiendo a Bobbio (Ídem.) puede afirmarse que no sólo la libertad es compatible con la democracia, sino que la democracia puede considerarse como el desarrollo natural del Estado liberal, siempre que no se le considere a aquella desde su ideal igualitario sino desde el punto de vista de su fórmula política, es decir, la soberanía popular. La única manera de posibilitar el ejercicio de la soberanía popular radicaría en la expansión de los derechos ciudadanos a la mayor cantidad de personas de una comunidad política, permitiendo la participación directa e indirecta en la toma de las decisiones colectivas. En otras palabras, la mayor extensión de los derechos políticos hasta el límite del sufragio universal masculino y femenino, salvo el límite de edad (pp. 45-46). En la actualidad difícilmente podría considerarse un Estado democrático que no fuese liberal, ni un Estado liberal que no fuese democrático. De esto se desprenden dos premisas fundamentales: a) Hoy el método democrático es necesario para proteger los derechos fundamentales de la persona que son la base del Estado liberal; b) La protección de estos derechos es necesaria para el funcionamiento correcto del método democrático. El Estado liberal-democrático pareciera que tiende a experimentar crisis sistémicas cada cierto tiempo, producto de la conjugación de dos valores que parecieran irreconciliables. El
Según el PNUD (2004) los derechos civiles son aquellos relacionados con la libertad individual: libertad de la persona, libertad de expresión, de pensamiento y religión, derecho a la propiedad y a establecer contratos válidos y derecho a la justicia. Por su parte, los derechos políticos son aquellos relacionados con la participación en el ejercicio del poder político, como miembros de un cuerpo investido de autoridad política o como elector de los mismos. Por último, los derechos sociales abarcan el derecho a la seguridad, a la educación, a la salud, al bienestar económico. En los tiempos actuales estas tres esferas de derechos deben ser consideradas para poder considerar a las personas como ciudadanos capaces de ejercer la llamada ciudadanía.
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Estado liberal habría evolucionado hacia formas más democráticas producto de las presiones de nuevos grupos que exigían el sufragio universal y su participación en los asuntos públicos (García-Pelayo, Ídem.). Ahora bien, la representación de estos grupos todavía llegaría a ser muy precaria, lo que habría podido generar descontento en la sociedad debido a la incapacidad del Estado para dar repuestas efectivas a las demandas específicas de los mismos. En otras palabras, la capacidad del Estado como institución para responder efectivamente a la

dinámica social -caracterizada por las demandas y los intereses de todos los sectores y grupos que forman parte de un colectivo o una sociedad- sería más dilatada y no siempre del todo efectiva. Esto produciría los llamados “illiberal gaps” o nichos de descontento donde calaría un discurso político que apele a lo emocional-metafórico, evocando en el mensaje soluciones obvias y sencillas a las crisis. Como ejemplo histórico se ha comentado que el populismo clásico habría apelado al descontento derivado de los procesos de industrialización y a la actuación de las llamadas “élites” económicas y políticas para bloquear la incorporación de los sectores emergentes, entre ellos las clases medias profesionales y los movimientos obreros que venían de un proceso de organización sindical que cobraba fuerza con el paso de los años. Así, la incongruencia de status experimentada por estos sectores habría fungido como catalizador para oponerse al orden establecido y a los sectores de la sociedad identificados con el mismo: la “oligarquía” (di Tella, 1965; Stewart, 1970). Sobre este aspecto Hernández (2007) ha planteado que a pesar de que el Estado tuvo y ha tenido siempre la intención de incluir a todos aquellos sectores de la sociedad para cumplir con el principio de universalización de la ciudadanía, al menos en Occidente, bien habría fallado o no habría podido llegar a los mismos en igualdad de condiciones. Por esta razón, el Estado iría dejando grupos o sectores sin representación política real allí donde importa y donde es definitivo tenerla, o les ha dejado sin acceso a un mínimo recurso de participación política, de justicia, de salud o de educación. Estos sectores “invisibles” para el Estado, estructuralmente hablando, a medida que aparecen y se multiplican se vuelven un caldo de cultivo y un contrapeso para su propia existencia tal, que pueden ser manejados con base en su poca consciencia y experiencia política por actores expertos y menos escrupulosos, o en el mejor de los casos, más ingenuos. Justo allí, donde la democracia por uso y desgaste ha perdido motricidad funcional a que la

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carencia de adaptabilidad y reformas apropiadas la ha llevado y donde las políticas del Estado no llegan, se forja en las democracias liberales contemporáneas la posibilidad de invocar el dualismo definitivo para alentar en los excluidos el llamado de “ellos contra nosotros”, o como señala Canovan (1981, 2005) de “devolverle el poder al pueblo”. Así estarían dadas las condiciones para un posible escenario donde irrumpirían líderes políticos con un discurso de denuncia contra el sistema por su inoperancia a la hora de gobernar y administrar los asuntos públicos. Esta articulación discursiva tendría a ser emotiva e inflacionaria en cuanto a las promesas tendientes a resolverle los problemas a la población, los cuales suelen estar presentes -para los líderes populistas- producto de la desviación de un pasado idealizado y/o mitificado126. Sobre este aspecto, Wiles (1970) ha señalado que el populismo es “fundamentalmente nostálgico. Sintiéndose a disgusto con el presente y el futuro inmediato, busca modelar el futuro mediato de acuerdo con su visión del pasado” (p. 209). Estos espacios que alimentan el renacer del populismo sobre todo en las débiles democracias latinoamericanas casi cíclicamente, los “illiberal gaps” o “brechas iliberales” del sistema, mismos que el líder populista procura atender con promesas reivindicativas las cuales, a la luz de cualquier análisis racional-critico, parecieran tener pocas posibilidades de ser sustentables o siquiera de llegar a ponerse en práctica. Las soluciones, sobretodo en tiempo electoral, son vendidas como algo sencillo y simple de implementar, lo cual “no había sido posible por los intereses del pasado”, mismos que impedían que se tomasen las decisiones obvias para que se beneficiase la mayoría. El mensaje se produce en razón suficiente a sí mismo (Hernández, Ídem.) En conclusión, puede decirse que con esta dinámica se apunta a una especie de “juego final” donde hay poco que perder socialmente hablando de parte de los olvidados institucionales pues ni siquiera la existencia, mucho menos la ciudadanía, estaría garantizada. Esta contraposición anti-sistema es una premisa para la identificación y la creación de identidades a través del descontento de aquellos sectores de la sociedad desatendidos por el Estado. Además, sería propia de los movimientos anti-políticos que caracterizan al populismo en general, y particularmente a los neopopulismos nacidos a finales de 1980 y principios de
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El caso del gobierno de Hugo Chávez en Venezuela es paradigmático en relación con la denuncia de la llamada “democracia puntofijista” y su respectiva traición a los ideales del Libertador Simón Bolívar. Para el primer mandatario el rescato del corpus ideológico bolivariano sería unas condiciones sine qua non para retomar la senda de desarrollo y prosperidad para el país.

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1990 donde sus líderes se ufanaron de su independencia del sistema político anterior a ellos, es decir, era una virtud presentarse como outsiders (Hernández, Ídem.).

3.3.3 La creación del “otro”: la identificación a través del opuesto Una de las tesis sostenidas por la literatura especializada y desarrollada a lo largo de este trabajo de investigación sostiene que el populismo se caracterizaría en gran medida por su vaguedad e imprecisión. La potencialidad del fenómeno populista para construir identidades sociales y políticas radicaría en alcanzar la identificación a través de aquello que no se es, es decir, el populismo se caracterizaría por su oposición al orden establecido y a cualquier tipo de élite. Por esta razón, entre los recursos narrativos utilizados con mayor frecuencia por los movimientos populistas y sus líderes para proveer identidades a algunos sectores de un colectivo o sociedad específica que pretenden ser identificados como un “pueblo”, se tienen la denuncia contra el establishment o el statu quo, siendo que la “oligarquía” y las “élites” habrían actuado en contra de los intereses de aquellos sectores excluidos de la dinámica social y política (Wiles, 1970; Laclau, 2005a). Entre los primeros teóricos del fenómeno político que rescatan la importancia de los procesos de diferenciación para conocer y comprender un fenómeno -social, económico y/o político- se encuentra a Carl Schmitt (1984). Este autor sostiene que una posible definición conceptual de lo político puede obtenerse sólo mediante el descubrimiento y la verificación de categorías específicamente políticas. De hecho, lo político tiene sus propios criterios que se manifiestan de un modo particular frente a las diferentes áreas específicas relativamente independientes del pensamiento y del accionar humanos como lo moral, lo estético y lo económico. En este sentido, afirma que lo político debe consistir “en alguna distinción de fondo a la cual puede ser remitido todo el actuar político en sentido específico” (p. 22). En otras palabras, debe residir en sus propias diferenciaciones, con las cuales se puede relacionar todo accionar que sea político en un sentido específico. Retomando el punto anterior, Schmitt destaca como en el área de lo moral las diferenciaciones últimas estarían dadas por el bien y el mal; en lo estético por la belleza y la fealdad; por lo útil y lo perjudicial en lo económico o bien, por ejemplo, por lo rentable y lo no-rentable. La cuestión que se plantea a partir de aquí es la de si hay -si la hay, en qué consiste- una diferenciación especial, autónoma y por ello explícita sin más y por si misma,

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que constituya un sencillo criterio de lo político y que no sea de la misma especie que las diferenciaciones anteriores ni análoga a ellas. La diferenciación específicamente política, con la cual se pueden relacionar los actos y las motivaciones políticas, es la diferenciación entre el amigo y el enemigo. Esta diferenciación ofrece una definición conceptual, entendida en el sentido de un criterio y no como una definición exhaustiva ni como una expresión de contenidos. La específica distinción política a la cual es posible referir las acciones y los motivos políticos es la distinción de amigo (…) y enemigo (…) Ella ofrece una definición conceptual, es decir, un criterio, no una definición exhaustiva o una explicación del contenido. En la medida en que no es derivable de otros criterios, ella corresponde, para la política, a los criterios relativamente autónomos de las otras contraposiciones: bueno y malo para la moral, bello y feo para la estética y así sucesivamente (…) El significado de la distinción de amigo y enemigo es el de indicar el extremo grado de intensidad de una unión o de una separación, de una sociación o de una disociación (…) El enemigo es simplemente el otro, el extranjero (…) y basta a su esencia que sea existencialmente, en un sentido particularmente intensivo, algo otro o extranjero, de modo que, en el caso extremo sean posibles con él conflictos que no puedan ser decididos ni a través de un sistema de normas preestablecidas ni mediante la intervención de un tercero “descomprometido” y por eso “imparcial” (Schmitt, 1984: p. 23). Puede existir de modo teórico o de modo práctico, sin que por ello y simultáneamente todas las demás diferenciaciones morales, estéticas, económicas, o de otra índole, deban ser de aplicación. El enemigo político no tiene por qué ser moralmente malo; no tiene por qué ser estéticamente feo; no tiene por qué actuar como un competidor económico y hasta podría quizás parecer ventajoso hacer negocios con él, es simplemente el otro, el extraño. En este sentido, los señalamientos que hace Schmitt para poder diferenciar entre amigos y enemigos y así definir la esencia del fenómeno político, son fundamentales para el estudio del populismo y la estrategia que utiliza en la construir nuevas identidades a través de la diferenciación con el “opuesto”127.

Para Schmitt “enemigo no es el competidor o el adversario en general. Enemigo no es siquiera el adversario privado que nos odia debido a sentimientos de antipatía. Enemigo es sólo un conjunto de hombres que combate, al menos virtualmente, o sea sobre una posibilidad real, y que se contrapone a otro agrupamiento humano del mismo género. Enemigo es sólo el enemigo público, puesto que todo lo que se refiere a semejante agrupamiento, y en particular a un pueblo íntegro, deviene por ello mismo público. El enemigo es el hostis, no el inimicus en sentido amplio” (1984: p. 25). La lógica discursiva populista pareciera llevar el antagonismo político a su máxima expresión, debido a la clara diferenciación que hace entre el “amigo” y el “enemigo”, señalado éste último como la “oligarquía”, el “imperialismo”, el establishment, etc.

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En este sentido, al ser el populismo un movimiento que rechaza el orden establecido, puede decirse que apelaría a la valoración de todo aquello que considera como no representado y excluido por el establishment. Por esto articularía potencialmente nuevas identidades a través de la valoración de las cualidades del “hombre común”, de los “excluidos” del sistema, como integrantes fundamentales de una comunidad “virtuosa”: el “pueblo”. A través de la identificación del orden social como el “enemigo”, articulaban un discurso tendiente al rechazo del orden social que habría truncado sus posibilidades, así el populismo “ofrecíales a todos ellos una nueva identidad comunal transectorial, acoplada por lo general, con suma facilidad, a las imágenes nacionales” (Worsley, 1970: p. 296). Lograr la identificación a través de aquello que se afirma no ser, mediante un proceso de oposición y alejamiento de una entidad discernible -oligarquía, élite, privilegiados, etc.-, suele ser uno de los procesos más factible para el populismo ya que construye una realidad a través de la “simplificación” de la misma. Al ser un “pueblo” una relación entre agentes sociales diversos, una de las formas más efectivas de agruparlos bajo el manto de una misma entidad sería mediante un proceso de simplificación de las particularidades de sus intereses y demandas apelando al uso de significantes vacíos. Este proceso permite la “unificación de (…) diversas demandas -cuya equivalencia, hasta ese punto, no había ido más allá de un vago sentimiento de solidaridad- en un sistema estable de significación” (Laclau, 2005a: p. 99). La frustración de una serie de demandas sociales posibilita la transición de demandas democráticas aisladas hacia demandas populares a través de las equivalencias. Se produce un rechazo hacia el statu quo en buena medida por la no articulación y canalización de las demandas de estos sectores, construyéndose una identificación a partir del malestar y el consiguiente rechazo hacia aquel orden social inhabilitado para satisfacer las mismas. En otras palabras, la creación de identidades a través del discurso populista tendría su anclaje en un actor que es identificada como el “enemigo”, de esta manera se estarían privilegiando alrededor de esa entidad la significación de todo un campo antagónico interpretado como el bando contrapuesto al pueblo y comúnmente señalado como: el “régimen”, la “oligarquía”, los “grupos dominantes”, las “élites”, etc.) (Laclau, Ídem. p. 114). En conclusión, puede señalarse que según los aspectos presentados las nuevas identidades promovidas por el populismo vendrían a ser las dos caras de una misma moneda: por un lado, se articula el descontento de diversos grupos que no han recibido representación

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efectiva y satisfacción de sus demandas por parte del Estado liberal democrático, promoviendo un espacio identitario sustentado en esa insatisfacción; por el otro, siendo la división dicotómica del espacio social una de las precondiciones necesarias para la irrupción del populismo, los líderes populistas llevarían al extremo la lógica schmittiana al señalar a los actores relacionados con la gestión y administración del Estado -el establishment o stau quocomo el otro al que hay que oponerse para articular así la nueva identidad, entendiendo al otro u opuesto como el “enemigo” del “pueblo”.

3.3.4 La creación de identidades a través de la mitificación del pasado El fenómeno político en su conjunto, entendiéndolo como el sistema y las prácticas de relaciones e interacción social y de toma de decisiones individuales y colectivas, se nutre de las visiones del pasado, ya que éstas conformarían un sustrato político de referentes conceptuales y simbólicos para la legitimación, continuidad o transformación de las condiciones socioculturales existentes. Según esta lectura, el pasado constituiría el soporte sobre el cual se construyen y consolidan proyectos políticos en el presente (Navarrete, 2005). Uno de los aspectos sobre los cuales vuelve constantemente el discurso populista es la exaltación y visualización de un pasado glorioso, de una época que fue mejor para la nación en general, y particularmente para el “pueblo”. Parte del discurso populista encontraría su anclaje en una crítica férrea al orden establecido y la denuncia de la usurpación del poder por parte de las élites -alineadas, según el discurso, la mayoría de las veces con el imperialismo-. Al ser crítico severo del presente, aludiendo la supuesta incapacidad del establishment para canalizar los intereses del “pueblo”, encuentra en el pasado su principal referente simbólico para actuar en el presente. Por esta razón, se asocia al populismo con una especie de primitivismo romántico, siendo él mismo fundamentalmente nostálgico (Wiles, 1970; MacRae, 1970). Ejemplos de la exaltación de un pasado considerado como una época mejor al punto de reconstruir una imagen que tergiversaría los hechos históricos, para poder lograr cohesión social y legitimidad, hay muchos. Vinculados con el populismo pueden citarse los fascismos europeos de las primeras décadas del siglo XX, en particular el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán, construyendo una ideología de carácter mítico que exaltaba al pasado “glorioso” del “pueblo” en estos países. En Rusia, los intelectuales vinculados al

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movimiento populista optaron por resaltar los valores de la comunidad agraria y su principal figura: el campesino. Para ellos, el proceso de industrialización habría atentado contra los valores y la integridad del “pueblo” campesino, por lo que consideraban había que poner en marcha una vuelta al pasado. Los casos soviéticos y alemanes desembocaron luego en regímenes totalitarios, en ambos casos se pretendió establecer el reinado directo de la justicia en la Tierra, ejecutar la ley de la Historia o de la Naturaleza, sosteniendo la transformación de la especie humana en portadora activa e infalible de una ley (Arendt, 2002: p. 685). En Latinoamérica, los proyectos políticos populistas de la región han encontrado en la gesta independentista y las guerras de liberación nacional su principal soporte. Uno de los casos paradigmáticos se habrían dado en Venezuela donde se ha recurrido a tal punto a la figura y pensamiento de Simón Bolívar y la lucha de independencia para justificar cualquier proyecto político, que algunos autores hablarían de la presencia de una teología o mitología bolivariana (Pino Iturrieta, 2003; Castro Leiva, 2005; Carrera Damas, 2005)128.

3.3.5 La creación de nuevas identidades políticas Los planteamientos desarrollados a lo largo del presente capítulo pretenden demostrar las grandes potencialidades del populismo como forma de hacer política. El mismo anclaría parte de sus fortalezas en la construcción de una línea discursiva tendiente a la (re)presentación de una realidad social dicotómica y antagónica, en la que se enfrentarían dos bandos con intereses totalmente opuestos: uno estaría conformado por la gente sencilla y todos aquellos sectores excluidos por el orden establecido; otro lo compondrían las “élites” económicas y políticas, la “burguesía” y demás sectores identificados con el establishment, todos ellos identificados como los “enemigos” del “pueblo”. Por medio de esta operación, el fenómeno populista estaría construyendo y otorgando nuevas identidades políticas para esos sectores “olvidados” por el sistema, conformando espacios novedosos de identificación, apoyo y solidaridad social y política (Aboy Carlés, 2001). Particularmente, la construcción discursiva de los líderes populistas contribuirían a la construcción y asentamiento de estas nuevas identidades políticas que antes no existían, de ahí la importancia de estudiar lo dicho por estas personalidades para el descubrimiento de estas
Sobre el particular se profundizará en el capítulo 4, cuando se expliquen los procesos de creación de identidades en Venezuela en las últimas décadas
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nuevas identidades (Berhó, 2000). Por otro lado, esta incorporación de nuevos sectores al juego político de una comunidad política podría entenderse como el momento en que “las muchedumbres hacen su entrada en la política y a través de signos representativos se constituyen, o son constituidas, imaginariamente, como pueblo” (Mires, 2007a: p. 39). Este “pueblo” llegaría a identificarse como tal gracias a la simplificación discursiva puesta en marcha por el populismo, lo que permitiría que los sectores excluidos, a pesar de sus diferencias sustantivas, puedan confluir en un espacio que les sea común. Así pues, la labor de simplificación del discurso impulsada por el fenómeno populista y sus líderes coadyuvarían en la creación de nuevas identidades políticas, canalizando el descontento de numerosos grupos y sectores de la sociedad que aludirían ausencia de representación y canalización de sus intereses por parte del statu quo, para formar nuevos espacios de apoyo y solidaridades compartidas. La operación sería exitosa en la medida en que el discurso sea adecuadamente sencillo -vacío diría Laclau- para poder agrupar en una entidad común a todos esos sectores y actores diversos por un lado, y lo suficientemente enfático como para establecer la línea divisoria entre los dos bandos -el “pueblo” y el “enemigo”-, que en teoría se encontrarían enfrentados de manera irreconciliable. En la medida en que se cumplan estos dos aspectos, podría pensarse en la consecución exitosa del proceso de promoción de estas novedosas identidades sociales y políticas. Por otra parte, se estaría en presencia de nuevas identidades políticas universales y abarcantes -como el “pueblo”- siempre que los grupos que decidan formar parte de las mismas, tengan la voluntad de desprenderse de una parte de sus identidades particulares para poder igualarse con otros dentro del nuevo espacio identitario (Mires, 2007a).

3.3.5.1 Creación de identidades a través del discurso político En páginas anteriores de la presente investigación, se señaló la importancia de la palabra -hablada y escrita- para la articulación de un universo simbólico tendiente a la configuración de nuevas formas de representación de la realidad129. En este sentido, el discurso se presentaría
Según Jodelet (1993), la representación social vendría a ser “una forma de conocimiento específico, el saber del sentido común, cuyos contenidos manifiestan la operación de procesos generativos y funcionales socialmente caracterizados. En sentido más amplio designa una forma de pensamiento social. Las representaciones sociales constituyen modalidades de pensamiento práctico orientados hacia la comunicación, la comprensión y el dominio del entorno social, material e ideal. En tanto que tales, presentan características específicas a nivel de
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como una herramienta altamente efectiva para alcanzar dicha representación. Para los efectos, el discurso no sólo debe referirse a la palabra o al texto de manera restringida, sino que comprendería también el conjunto de enunciado, valores y prácticas que definen, informan y justifican la manera como se ordena el poder y las relaciones sociales en una comunidad política determinada. Su función sería la “producción/invocación política y social de sentido, de representación (…) la afirmación y repetición de los objetivos del ejercicio del poder y del lugar que los hombres ocupan o deben ocupar en la estructura política y social” (Dávila, 1992: p. 29). A través de este procedimiento el discurso va creando objetos e imágenes que representan o “simbolizan” una realidad específica, mucha de las veces arraigada en un pasado histórico. Las reflexiones de Wittgenstein sobre el uso del lenguaje y las palabras para duplicar una realidad o alcanzar una representación de la misma, cobran importancia para el estudio de los procesos mediante los cuales se construyen nuevos espacios identitarios130. Al figurar la realidad, creamos, en cierto modo, una doble realidad: la una representa a la otra y se convierte, así, en ella misma en una realidad, aunque referida y ligada a la otra. Nos podemos mover en las representaciones como en un cierto género de realidad. Haciendo eso, permanecemos, por medio de la figura, en referencia a la realidad, incluso si lo olvidamos. Cuando desdoblo a la realidad, la figuro y represento, lo hago de determinado modo y manera. A esto lo llamo el método de figuración o de representación (Brand, 1981: p. 49). Siguiendo a Wittgenstein, se infiere que por medio del lenguaje se construiría una representación de una realidad por medio del uso de las palabras, aunque esta no fuere la realidad como tal, pero al referirse a aquella que pretende representar, terminaría convirtiéndose ella misma en una realidad. De alguna forma esta idea se relaciona con la definición que de la representación social hace Jodelet (1993) para quien la representación de

organización de los contenidos, las operaciones mentales y la lógica. La caracterización social de los contenidos o de los procesos de representación ha de referirse a las condiciones y a los contextos en los que surgen las representaciones, a las comunicaciones mediante las que circula y a las funciones a las que sirven dentro de la interacción con el mundo y los demás” (pp. 474-475). De esto se desprende que la representación social estaría definida por un contenido -información, imagen, opinión, etc.- que se relaciona con un objeto en particular personaje, hecho histórico, etc.-, le da forma e inteligibilidad. Esto no signifique que se duplique la realidad “objetiva” de algo o alguien tal como es, antes bien es la representación de los mismos. 130 Para las citas de los trabajos de Wittgenstein se toma como referencia el texto de Gerd Brand (1981) “Los textos fundamentales de Ludwig Wittgenstein”, quien a través de una labor centrada en la hermenéutica, presenta en un todo coherente los distintos trabajos realizados por el filósofo austriaco a lo largo de su producción intelectual.

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algún objeto o de una realidad específica es válida para las personas porque ella misma parte de elementos y contenidos relacionados con dicha realidad. Ahora bien, continuado con la argumentación wittgensteiniana, se desprende que sólo a través del lenguaje podría mostrarse la realidad, es decir, que aquello que no pueda “traducirse” en palabras no sería real. Por esta razón, el lenguaje juega un papel importante, por no decir vital, para la construcción de realidades que puedan luego servir de anclaje a representaciones de una realidad así como de identidades sociales y políticas. La realidad, si se muestra, se muestra solo en la proposición, en el lenguaje. Depende de nuestra actividad creadora qué símbolos haya en concreto con los que significamos la realidad, qué proposiciones formamos. Al formar una proposición, fundamos una perspectiva dentro de la cual esa proposición encuentra su sentido. No hay una proposición aislada. Ella está incluida en un sistema que creamos con nuestra representación, que determina a su modo cómo vemos la realidad y lo que distinguimos en ella (Brand, ídem.: p. 51). Es así como las sociedades llegarían a representarse a sí mismas, encontrando sus identidades a través del sistema simbólico creado por el lenguaje, transmitido en las relaciones que establecen las personas. En el plano político éste sería difundido por los líderes y demás actores a través del discurso. En este sentido, el “símbolo” es utilizado por el imaginario para expresarse y, además, para existir, por lo que supondría una cierta capacidad imaginaria en la medida en que permite ver, bajo el modo de la representación, en una cosa lo que no es, o ver la cosa de otra manera que como ella es. Por esto se dice que lo simbólico representa una realidad o a aquello que es indispensable para pensarla y sobre ella actuar (Dávila, 1992: p. 29). Así pues, el imaginario transmitido a través del discurso tendría como una de sus principales funciones la de mostrar desde una perspectiva específica aspectos y dinámicas de la realidad, aunque esta no sea la realidad en toda su expresión o incluso no tenga mayor vinculación con la misma. Es una herramienta por medio de la que se expresarían imágenes, ritos, valores, metáforas propias de la comunidad/sociedad que se pretenden representar. En el caso específico del discurso político, el imaginario y la simbología sobre la cual se sustenta suele recurrir a emblemas, imágenes, conceptos, órdenes, contra-órdenes, ritos, colores, música, metáforas, autodefiniciones, para justificar el ejercicio del poder. Siguiendo la tradición foucaultiana el discurso vendría a ser un elemento de dominación y control sobre la hegemonía, es decir, sería un instrumento para el ejercicio del poder que permite construir o

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consolidar relaciones de legitimidad y legalidad. Por esta razón, algunos autores afirman que el discurso político puede entenderse como un discurso del poder ya que apuntaría a legitimar un sistema de dominación concreto (Romero Jiménez, 2006). Entendido como la emisión de actos del habla, que expresan un conjunto de significados y enunciados que permiten la construcción, desarrollo, mantenimiento o ampliación de lazos sociales y culturales, vitales para lograr el convencimiento y la obediencia de otros seres humanos. El discurso del poder, resulta significativo para la construcción de una relación de poder no coercitiva o coactiva, que ejerza la autoridad no sobre la amenaza de la violencia sino a través de la persuasión o el convencimiento (…) para el ejercicio del poder, resulta clave construir un discurso que propicie el convencimiento y la aceptación de las relaciones de subordinación y obediencia (…). Es éste la esencia significativa del discurso del poder, sobre todo de discurso político, entendido como un acto de habla emitido en un espacio público por hombres y mujeres ligados a movimientos políticos, esencialmente argumentativo, que busca convencer, persuadir mostrando las virtudes que adornan las razones presentadas y los aspectos negativos que plagan las razones contrarias (Romero Jiménez, 2006: p. 201). Uno de los aspectos sobre los cuales basa su legitimidad un determinado movimiento, partido, líder u orden político es a través de la creación de identidades -sociales, colectivas y/o políticas- por medio del discurso, específicamente el discurso político. El mismo, apelando a un imaginario concreto, construiría identidades colectivas difundiendo símbolos colectivos como aquellos mencionados anteriormente: valores, normas, imágenes, etc. En este punto, la lógica discursiva especifica que es utilizada por el populismo -división dicotómica de la sociedad, simplificación de las demandas particulares para la creación de un “pueblo”, etc.- se presentaría como una herramienta altamente efectiva para la construcción de nuevas identidades, en su empeño por proveer de referentes sociales, culturales y políticos para los distintos grupos que cohabitan dentro de una sociedad o comunidad en particular. En los apartados siguientes se intentará demostrar cómo el discurso político en la sociedad venezolana, particularmente el discurso populista, ha promovido la construcción de nuevas identidades sociales y políticas, haciendo especial énfasis en a aquellos sectores de la sociedad excluidos o apartados de la dinámica política tradicional como uno de sus principales referentes. Por último, se buscará señalar cómo el actual gobierno del presidente Chávez debe parte de su arraigo social en esta cualidad propia del populismo, esto es, la difusión de imágenes, símbolos y contenidos que pudiesen coadyuvar a la construcción identitaria por medio del discurso en sus distintas expresiones.

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CAPÍTULO IV POPULISMO Y CREACIÓN DE IDENTIDADES. CASO VENEZUELA
4.1 1945-1948: La creación de identidades en el “trienio adeco” Según Manuel Caballero, el 18 de octubre de 1945 estalla una revuelta militar en contra del gobierno del presidente Isaías Medina Angarita. Antes que un movimiento “cívicomilitar”, la acción se presentó como un pronunciamiento militar clásico en el que colaboró un pequeño grupo de civiles, apoyo que se ampliaría al saber que el apoyo civil provenía de las filas del partido Acción Democrática (AD). Los actores del movimiento vendrían a ser militares de bajo rango descontentos de alguna manera con el alto mando del estamento militar, a su vez se encontraban los civiles, que si bien formaban la dirección del primer partido de oposición del país, también era la primera vez que se presentaban como una opción real de poder (Caballero, 1998). Concretado el golpe contra Medina se formaría la Junta Revolucionaria de Gobierno conformada de la siguiente manera: Rómulo Betancourt (presidente de la Junta), Raúl Leoni, Gonzalo Barrios y Luís Beltrán Prieto Figueroa, todos ellos miembros de AD. En segunda instancia, el médico Edmundo Hernández, quien había fungido como enlace entre los miembros de AD y la Unión Patriótica Militar (UPM). Por último, los militares Carlos Delgado Chalbaud y Mario Vargas. El nuevo gobierno tendría que dar respuesta a los reclamos de muchos de sus simpatizantes en relación con la actitud “complaciente” que tuvieron hacia algunas figuras importantes del medinismo. Además, debían “limpiar” de alguna forma ante la opinión pública el hecho de haber llegado al poder a través de la co-participación en un golpe de Estado, Betancourt afirmaría que se había producido la instalación de un “gobierno nacido de la violencia que actúa con tolerancia” (Betancourt, 1967: p. 247), que de alguna forma condicionaba la conducta de los nuevos funcionarios.

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Queríamos limpiar la obra en trance de iniciarse de toda traza de retaliación personal. Habíamos llegado al poder con un bagaje de ideas concretas de política y administración, macerado a través de años de meditación y estudio, y estábamos deseosos de echarlas a andar. Nos pusimos por eso a la faena creadora desde el momento mismo de entrar a Miraflores (Betancourt, ídem.: p. 248). Así las cosas, el nuevo gobierno se pondría manos a la obra una vez alcanzado el poder, anunciando la convocatoria en el corto plazo a elecciones para una Asamblea Nacional Constituyente (ANC) con el objeto de producir una nueva constitución que recogiera elementos diferentes a las constituciones anteriores aprobadas en los años del gomecismo. La ANC sería la medida política de mayor relevancia, pues tuvo la responsabilidad de sancionar la nueva constitución en 1947. En ella se consagraría el sufragio universal para todos los venezolanos y venezolanas mayores de 18 años, la garantía de libre organización y expresión de los partidos políticos y otros derechos y garantías ciudadanas. Se modificaría la Ley del Trabajo, se emprenderían campañas sanitarias y de alfabetización, cobraría fuerzas un nuevo sindicalismo fomentado por el gobierno (Rodríguez Campos, 1992). A su vez, el 27 de noviembre de 1945 se decretaría la creación de un Jurado de Responsabilidad Civil y Administrativa para juzgar y condenar a todos aquellos que se habían apropiado de parte del tesoro público de manera ilícita, obligados a devolver los bienes comprobadamente malhabidos. Consecuente con esta política, se le exigiría a los miembros del nuevo gobierno presentar a su entrada y salida del ejercicio de sus funciones, una declaración jurada de sus bienes respectivos (Caballero, Ídem.: p. 85). A partir del 18 de octubre se producirían nuevas relaciones de sentido sociala través del discurso político, específicamente el discurso del poder, encontrando su fortaleza en una narrativa que diseña la sutura en torno a nuevas cadenas equivalenciales en el discurso. Mediante esta operación, el pasado y el presente son separados categóricamente, relegándose todo lo pretérito al lugar cuya frontera permite la constitución de una nueva identidad que se opone a él. Del gomecismo trascendería la figura de Gómez en el discurso para prolongarse en López Contreras y Medina Angarita, por lo que no habría posibilidades de calificar diferencialmente la gestión de uno y de otro, ni de éstos con la de Gómez. Así pues, el pasado se volvía uno y oscuro. En este sentido, el discurso al que apelaron las principales figuras del movimiento “octubrista” crearían un antagonismo central a partir del cual todo aquello que los precedió era algo dañino, corrupto e indigno (Arenas y Gómez Calcaño, 2000: p. 17).

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Un acontecimiento como éste tendría una importante significación para la política venezolana ya que se inscribiría, incluso luego mediante la sanción de una constitución, como un acontecimiento mediante el cual se sustituiría un orden político por otro. Así, se habría producido una fragmentación de intereses e identidades sociales que fue necesario reconstruir para poder “inscribir imaginariamente” entre los diferentes sectores y proyectar en el tiempo los resultados de la acción emprendida. Esto lo haría el discurso de la JRG a través de tres mecanismos: construcción de identidades populares, institucionalización de la “democracia efectiva” y el “nacionalismo económico” (Dávila, 1992: p. 32).

4.1.1 El “pueblo”: nuevo actor político En primer lugar, a partir de 1945 se evidenciaría una dimensión discursiva que otorga un papel relevante al “pueblo” como novel actor en la política venezolana. Se convertiría a partir de ese momento en el principal referente del discurso de los líderes políticos, presentado como un actor transparente -a pesar de la vaguedad e imprecisión del término-, o una suma indiferenciada de las mejores voluntades, entendido siempre como la gran mayoría de los venezolanos. Aquí se incluían a los estudiantes, obreros, profesionales, campesinos, maestros, sindicatos, federaciones industriales, etc. (Dávila, Ídem. pp. 32-33). El imaginario político y el discurso del poder se construirán a partir de esa identidad colectiva que agrupa a la “determinante mayoría”, difundiendo símbolos colectivos. El “pueblo” se convertiría en el actor protagónico de la llamada “Revolución de Octubre”, es decir, no serían todos los venezolanos los que marcarían la pauta, sino aquellos que pertenecieran y fuesen identificados como “pueblo” (Dávila, Ídem). Hay entonces en el discurso “octubrista” una firme reivindicación del sujeto popular como aquel que se opone a la oligarquía, vinculada con el gomecismo, y con ello a todo el pasado. Los líderes del gobierno “octubrista” señalarían constantemente que la Junta Revolucionaria había asumido plenamente los Poderes Ejecutivo y Legislativo con el claro respaldo del “pueblo” venezolano, o como quedaría asentado en el Decreto Nº 1 de la Junta, ejercerían sus responsabilidades “con el asentimiento popular”. Esto configuraría una primera identidad que relacionaría al nuevo actor político, el “pueblo”, con el nuevo orden social que promovía el gobierno, por lo que a partir de ese momento se hablaría del “gobierno del pueblo”. A su vez, se fue reforzando la identidad política de Acción Democrática como la del

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“partido del pueblo”, aunque esto no fuese del todo cierto. Será una identidad reforzada desde la fundación del partido en 1941, cuando se le señalaría al “pueblo de ‘viva voz’ que ya tenía su Partido” (Dávila, Ídem: p. 35). En palabras del propio Bentancourt, esto quedaría representado así: “lo popular venezolano, que andaba buscando cauce y expresión política, ha incubado este Partido y lo ha echado a andar por todos los caminos de Venezuela”131. Así se definiría una de las grandes tareas del partido en el momento de su fundación, y luego durante el gobierno octubrista: la articulación de las mayorías venezolanas para coadyuvar en el redescubrimiento de la identidad nacional, de la “venezolanidad”. Uno de los escenarios donde la dirigencia del partido socialdemócrata haría especial labor de captación de simpatizantes y construcción identitaria sería en el movimiento obrero organizado. En los primeros años de la década de 1940 AD pasaría a controlar el movimiento laboral, desplazando así al Partido Comunista de Venezuela (PCV). La actuación del partido era la típica del partido populista de la región: defendía un programa radical de redistribución del ingreso. Sus líderes “promovían la creencia de que el destino de la nación estaba estrechamente ligado al partido (…) durante el trienio del 1945 al 1948, AD logró encontrar apoyo entre los sectores populares y ganar el control absoluto de los movimientos obrero, campesino y estudiantil” (Ellner, 1995: p. 30). En este sentido, la labor de construcción identitaria en estos espacios de la sociedad se complementaría con otra que presentaría al Partido y el gobierno octubrista como representantes de lo “popular-nacional”, promoviendo una política inclusiva que dejaría de lado los regionalismos -específicamente el tachirense- practicados por los gobiernos previos. Así, el discurso gubernamental insistiría en el componente nacional de su identidad al apelar por la “integración venezolana”. En este orden de ideas Betancourt afirmará lo siguiente: Porque en una misma mesa modesta de Miraflores se escucha el habla cantarina del zuliano, la palabra pausada del andino, la voz dicharachera del hombre de la costa o del llano, todas con un mismo diapasón de amor hacia la Patria, todas con una misma pasión venezolanista132.

131 132

Betancourt, Rómulo (1941). Acción Democrática hará historia. En: Dávila, Ob. cit. p. 35 Discurso de R. Betancourt en el Táchira, 14/12/1945, en Trayectoria democrática de una Revolución, Discursos y Conferencias pronunciados en Venezuela y en el exterior durante el ejercicio de la Presidencia de la JRG de los EU de Venezuela. Imprenta Nacional, Caracas, 1948, p. 20. En Dávila. Ídem. p. 34.

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Por otro lado, durante los tres años en los que gobernaría la JRG -periodo conocido popularmente como el “trienio adeco”- se reforzaría también una identidad que vinculaba el papel del ejercito en la asonada del octubre con el “pueblo”, de modo que se llegaría a afirmar que contra el gobierno de Medina insurgieron unidos el “pueblo” y el ejército. Partiendo del malestar de la oficialidad militar media y baja que rechazaban el gobierno medinista, se insistiría en que su participación en el golpe junto a los civiles miembros de AD habría sido para devolverle al “pueblo” su soberanía. A partir de ese momento se reforzaría la idea según la cual “Pueblo y Ejército se empeñarían en sostener ambos sus rumbos” (Dávila, Ídem. p. 37).

4.1.2 La democratización efectiva y el sufragio universal En cuanto a la puesta en marcha de la “democracia efectiva”, presentada como una de las promesas pivote del gobierno revolucionario, el imaginario octubrista apelaría por la universalización del sufragio, la moralidad administrativa y la despersonalización del poder político (Dávila, ídem.). La convocatoria para elegir la ANC sería el justificativo para la puesta en marcha del proceso democratizador “con el fin de concretar la ruptura institucional con el pasado y crear una nueva hegemonía” (Arenas y Gómez Calcaño, 2000: p. 23). En este sentido el 15 de marzo de 1946 se promulgaría el nuevo Estatuto Electoral, donde se le concedía el voto a todos los venezolanos mayores de 18 años, alfabetos o no, masculinos o femeninos, en funciones de vida pública o privada. De esta manera, aumentaría considerablemente el padrón electoral, pasando de unos 400.000 a más de 1.000.000 de votantes. Ese estatuto electoral puede ser considerado (…) como el más democrático que para entonces se hubiese promulgado en América. Su artículo 2º concedió el derecho de sufragio a “todos los venezolanos mayores de 18 años, sin distinción de sexo y sin más excepciones que los entredichos y los que cumplen condena penal por sentencia firme que lleve consigo la inhabilitación política”. El artículo 3º declaró elegibles a todos los venezolanos mayores de 21 años, y que no figurasen en las excepciones establecidas en el artículo anterior (…) La injerencia del Poder Ejecutivo en el proceso comicial quedaba reducida a la entrega de los fondos fiscales requeridos para el eficaz funcionamiento del organismo rector de las elecciones (…) La representación de las minorías electoras quedó garantizada en el Estatuto en forma extraordinariamente liberal (…) En el curso de escasos meses, fueron legalizados hasta 13 partidos políticos, los cuales atronaron los aires con las voces de sus oradores en millares de asambleas públicas, cubrieron de consignas todo pedazo de muro utilizable y fatigaron los tipos de la prensa, en disfrute de una

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libertad total, para popularizar sus programas y exaltar sus candidaturas (Betancourt, ídem.: pp. 250-251). La ANC, elegida en octubre de 1946, ratificaría y legalizaría los poderes de facto ejercidos por la JRG desde la toma del poder el año anterior, siendo además las primeras elecciones en las que los diputados que conformarían Asamblea fueron elegidos por el voto universal y directo. La Constituyente tendría entre sus principales labores la redacción de un nuevo texto constitucional que plasmara los cambios institucionales promovidos desde el discurso. Así, la exigencia octubrista por una mayor justicia social quedaría plasmada en la nueva constitución, ampliando de manera importante la franja de los derechos sociales, garantizando la educación, salud, protección familiar, seguridad, trabajo, etc. (Arenas y Gómez Calcaño, Ídem. p. 25). Además, los líderes octubristas afirmaban que con la elección de la ANC mediante el voto universal y directo, se pretendía devolverle al “pueblo” la soberanía que se les había usurpado. Se presenta la ANC como la acción de peso que legitimaría las acciones del nuevo gobierno y que coadyuvaría en la profundización del sistema democrático a partir de ese momento. Dado lo anterior, el sufragio universal sería presentado como la herramienta fundamental para reproducir el nuevo orden político en el tiempo, en el entendido de que era la mejor forma de gobierno para el “pueblo” venezolano. Todo esto habría sido respaldado por la masiva participación ciudadana en los comicios para la elegir a los miembros de la Constituyente. Millón y medio de venezolanos, con fervor filiable en las místicas religiosas, concurría a los comicios. Jamás había votado en Venezuela más de un 5% de la población y esta vez votó el 36%. De cada 100 ciudadanos inscritos en los registros, 92 concurrieron a las urnas, y no hubo en el vasto territorio nacional ni un solo hecho de sangre, ni una sola violencia física ejercida contra nadie, para impedirle votar o para torcer su libre determinación (Betancourt, ídem.: p. 254). AD se convertiría en el partido con mayor representación dentro de la ANC al obtener 1.100.000 votos, seguido de COPEI con 180 mil votos, URD con 54 mil votos y PCV con 51 mil votos. El resto de los votos sería repartido entre 11 organizaciones más que concurrieron con sus propios candidatos a las urnas. La tabla 1 muestra la distribución de bancas en la ANC, la cual tuvo como base el sistema de representación expuesto en el Estatuto Electoral promulgado por la JRG:

209 Tabla 1 Distribución de bancas en la ANC según el partido político

Partido AD COPEI URD PCV

Bancas 137 19 2 2

Fuente: Betancourt (1967). Venezuela, política y petróleo. p. 254.

Vale la pena destacar la visión expresada por el propio Betancourt en cuanto a la composición interna de la ANC, ya que según su perspectiva habría quedado atrás la época en que la política era una actividad reducida a las élites del país donde las mujeres y los sectores populares quedaban excluidos del ejercicio de la misma. Por esta razón, señalaría el carácter inclusivo y representativo del “pueblo” venezolano de la Constituyente, lo cual a su vez iba en sintonía con el proceso “democratizador” que habían iniciado en 1945. El Parlamento dejó de ser reducto exclusivo de profesionales, con título universitario, y de políticos, varones siempre. Trabajadores venidos del taller, de la fábrica y de las zonas petroleras; campesinos y mujeres salidas del magisterio, el bufete jurídico, el ejercicio de las letras y aun de modestos quehaceres de la vida doméstica, formaron parte de los cuerpos deliberantes (Betancourt, ídem.: p. 254).

4.1.3 La moralización administrativa En relación con el manejo del dinero público, el discurso del “trienio adeco” buscaría fijar una clara posición diferenciadora con los gobiernos anteriores a través de la promoción de la “moralización administrativa” tratando de dar visos de modernidad a la gestión pública. Sus líderes justificarían las acciones emprendidas partiendo de la versión según la cual la cosa pública fue encontrada llena de vicios y corruptelas originados en los años de la dictadura gomecista y las administraciones posteriores. La finalidad básica del gobierno sería la liquidación de los vicios administrativos y el peculado, diferenciando categóricamente lo público de lo privado. Para esto, todos los funcionarios presentarían declaración jurada de bienes ante un juez al inicio y conclusión de sus funciones.

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Esta acción iría acompañada de la puesta en marcha del Jurado de Responsabilidad Civil y Administrativa el 27 de octubre de 1945, encargado de juzgar a los presuntos culpables de peculado, que habrían adquirido sus bienes y fortunas supuestamente de manera ilícita. Así, la función de esta institución se centraría e la confiscación de aquellos bienes “malhabidos” para ser devueltos al patrimonio de la nación. Suerte de jurado que actuaba de acuerdo con los dictados de su conciencia. Se integró en forma amplia, formando parte de él, junto con abogados, profesionales y dirigentes obreros, dos miembros de las Fuerzas Armadas y un ilustrado sacerdote católico, con la presumible autorización de la jerarquía eclesiástica. Este tribunal actuó conforme a pautas especificadas en el decreto que lo creó. Era más justo el procedimiento que el establecido en la Constitución de 1936 (…) Los abogados y partidarios de ambos ex gobernantes -López Contreras y Medina Angarita (HHG)- le imputarían después a la Junta Revolucionaria de Gobierno estar ejercitando rencorosa venganza contra ellos cuando sus bienes fueron incorporados, por decisión del Tribunal, al patrimonio de la nación (…) Y era más justo el procedimiento establecido por nuestro Gobierno porque dentro de sus normas la suerte del presunto reo de peculado la decidía un tribunal contencioso, y no organismos políticos (…) y porque a los enjuicidados por ese tribunal se les otorgaba el derecho de defensa (…) Más de 400 millones de bolívares fueron reintegrados , en virtud de sus decisiones, al patrimonio de la nación (Betancourt, ídem.: pp. 270-272). Sin embargo, la manera poco tolerante con que los miembros del Jurado desempeñaron sus funciones sería un hecho. Esto llevaría a muchos a afirmar que se estaba ante una “cacería de brujas” en contra de los representantes del “medinismo”. Betancourt justificaría las acciones emprendidas, sabiendo que levantaría pasiones en su contra, afirmando que tenían “un compromiso público con el pueblo, a través de muchos años de prédica sostenida contra el peculado” (ídem. p. 271). Como resultado de la intransigencia política de los miembros del partido, emergería una postura sectaria por parte de AD que le costaría caro en el futuro inmediato, cuando 3 años después un pronunciamiento militar derrocaría al presidente “acción-democratista” Rómulo Gallegos -primer presidente elegido en Venezuela a través del sufragio universal y directo (Dávila, Ídem.).

4.1.4 La despersonalización del poder En relación con la despersonalización del poder político, el voto permitiría insurgir de alguna forma contra el poder personalista que identificaba a los gobiernos anteriores. Si el voto era la herramienta “para ejercer la ciudadanía en democracia, ello era en primer lugar

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necesario para dejar fuera de combate al personalismo caudillesco” (Arenas y Gómez Calcaño, Ídem. p. 19), así se evitaría el sistema parcializado de imposición personalista a través del cual se habían elegido los sucesores de Gómez en el poder. Según el discurso octubrista, las tergiversaciones en el manejo del dinero público eran consecuencia del caudillismo y el ejercicio personalista de la política nacional, de ahí la importancia de trasladar la conducción de los asuntos públicos a las instituciones. Como primera medida en respuesta a la operación antipersonalista puesta en marcha por la JRG, el 22 de octubre de 1945 se promulgaría un decreto que incapacitaría a sus miembros para postularse como candidatos a la Presidencia de la República cuando se llamase a elecciones para tal fin. Betancourt señalaría que el decreto se había redactado para darle paso a nuevas figuras políticas, especialmente a las de su partido. Redacté ese decreto no porque personalmente vacilara para enfrentar las responsabilidades del Gobierno, ni menos con la intención de maniobrar en perjuicio de otros miembros del Ejecutivo plural. Sino, lisa y llanamente, porque imbuido de la razonable convicción de que el próximo Presidente de la República sería un hombre de Acción Democrática, por el indiscutible respaldo mayoritario del pueblo a ese Partido, creí mi deber, y lo cumplí, facilitarle a la organización donde militaba la escogencia como candidato de Rómulo Gallegos, candidatura que como es notorio venía agitando AD desde 1941 (Betancourt, ídem.: p. 249). De este modo se buscaba presentarle a la colectividad una especie de “antipersonalismo revolucionario” para así crear la “imagen del anticontinuismo en el más preciado de los poderes: el Ejecutivo” (Dávila, Ídem. p. 45). Betancourt reafirmaría esta ruptura con las prácticas del pasado en su discurso de despedida como presidente en 1948 ante el Congreso Nacional, donde dejaría en claro que el nuevo presidente electo no provenía de la JRG. Sin embargo, la intransigencia demostrada por los miembros de AD hacia los representantes de otros sectores políticos de la sociedad venezolana impediría el anclaje en el imaginario colectivo de la práctica en contra de las ambiciones personales en el ejercicio del poder, antes bien, le añadirían un nuevo componente: el sectarismo. Esto podría verse reflejado en las propias palabras de Betancourt presentadas anteriormente cuando afirma que dejaba de lado cualquier intento de reelección de los miembros de la JRG porque estaba seguro de que un miembro de AD se haría con la jefatura del Ejecutivo. Así pues, el personalismo sectario se convertiría en componente de peso en la dinámica política del país, lo cual se magnificaría debido al dominio de AD sobre el sistema de partidos. Por esta razón, “al concepto de ciudadano se le añadiría una novedosa variante: sectario. El

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ciudadano sectario del partido será encarnado por el militante adeco” (Dávila, Ídem. p. 46). En la medida en que AD se convertiría después del triunfo electoral de 1946 para integrar la ANC en la principal organización política -obtuvo 78,4% de los votos-, la condición de militante sería, por consiguiente, carta de ciudadanía. A partir de ese momento se articularían frases que buscaban reforzar esa identidad, destacando entre ellas: “quien no es adeco no es venezolano”, “quien no quiere a AD no quiere a su Patria”, etc.

4.1.5 El nacionalismo económico Otra de las acciones emprendidas para consolidar un imaginario político acorde con la idea según la cual el gobierno tenía entre sus principales tareas la recuperación de la soberanía del “pueblo”, fue la insistencia en el nacionalismo económico como piedra angular del nuevo orden. A partir de 1945 se plantearía la recuperación de la economía y de la exigencia para la nación de una participación adecuada en el producto de la industria petrolera. El partido Acción Democrática lanzaría slogans que apuntaban en esta dirección, destacando entre ellos: “Venezuela primero”, “La revolución democrática y antiimperialista”, “Por una Venezuela libre y de los venezolanos”, entre otras, que dejaban ver su posición particular en lo político y lo económico -serían los años de la génesis del llamado Estado rentista-. El imaginario octubrista se encargaría de representar el nacionalismo económico como una relación entre el Estado venezolano, bajo la conducción de AD, y el capital extranjero donde el primero impone condiciones y saca provecho del segundo por la fuerza de su posición claramente nacionalista. En otras palabras, se estaba en presencia de una política oficial tendiente al aumento de la participación de la nación en las ganancias de las compañías petroleras, cuyo producto sería destinado para hacerle eco al lema acuñado por Uslar Pietri de “sembrar el petróleo”, pero a diferencia del postulado inicial uslariano de distribución elitista de la renta, el gobierno optaría por distribuirla entre los sectores más desfavorecidos (Arenas y Gómez Calcaño, Ídem.). Así pues, se llevaría adelante una política de gasto público que se convertiría en el mecanismo legitimador por excelencia. La política económica petrolera del “trienio” habría asumido tareas específicas que no habían sido atendidas por los gobiernos anteriores, éstas fueron resumidas por Betancourt en ocho puntos fundamentales (ídem.: pp. 283-284):

213

1. 2.

Elevación de los impuestos hasta el límite considerado rentable. Concurrencia de Venezuela como entidad autónoma al mercado internacional petrolero

para la venta directa de sus regalías. 3. Cese del sistema de otorgamiento de concesiones a particulares y planeamiento de una

empresa del Estado a la cual se atribuiría la facultad de explotar directamente, o mediante contratos con terceros, las reservas nacionales. 4. Industrialización de la mayor parte del petróleo venezolano dentro del país, y

organización de una refinería nacional, con capital estatal o mixto. 5. 6. Medidas adecuadas para la conservación de la riqueza petrolera. Reinversión por las compañías concesionarias de una parte de sus utilidades en la

activación y desarrollo del sector agropecuario. 7. Mejoras sustanciales en salarios, prestaciones sociales y condiciones de vida y de

trabajo de los obreros, empleados y técnicos al servicio de la industria. 8. Inversión de una cuota elevada de los ingresos obtenidos de la nueva política

impositiva sobre el petróleo en crear una economía diversificada y propia, netamente venezolana. Estas áreas de atención sobre las cuales debía trabajar el nuevo gobierno, irían consolidando un nuevo tipo de Estado conocido como el Estado rentista. Así, éste se convertiría en el en el epicentro y palanca del desarrollo del país al darle uso a los cuantiosos recursos obtenidos por la renta petrolera para la inversión interna y la activación de las distintas áreas del sector productivo. El Estado rentista, al distribuir sus recursos, presta auxilio justificador a un orden político y social que reclama, precisamente legitimidad. Entre más se politiza el orden económico, esta distribución se hace en relación directa al grado de organización y a la capacidad de contestación y movilización de los distintos sectores. Tal mecanismo arrojaría sus frutos, en un primer momento, entre los sectores populares (Dávila, Ídem. pp. 84-85). En cuanto a la participación del Estado en el producto de la industria petrolera, los líderes del trienio proyectarían la imagen según la cual gracias al decidido nacionalismo revolucionario se habría conseguido elevar considerablemente la participación nacional en el

214

negocio petrolero. Se desconoció todo lo hecho en materia por los regímenes anteriores, particularmente los avances de Medina. Los mecanismos empleados para elevar durante el trienio la participación del Estado venezolano en la captación de la renta, hasta llevarla a una relación de 50%-50% -bautizada como el fifty and fifty-, ya habían sido diseñados e implementados por el gobierno anterior al 18 de octubre. Sin embargo el discurso octubrista se encargaría de ocultar este hecho de manera acomodaticia. Habiendo condenado a los gobiernos anteriores, no podían aceptar la gestión de los mismos en la materia (Dávila, Ídem. p. 50). Estas acciones se habrían visto favorecidas por una fuerte expansión de la producción petrolera nacional amparada en la favorable coyuntura internacional de posguerra traducida en una ampliación de la demanda del crudo y de sus derivados a los efectos de reconstruir las deterioradas economías de los países europeos, aniquiladas por el conflicto. Esto significaría un margen de acción holgado, debido a la disponibilidad de recursos, para que el gobierno octubrista emprendiera sus acciones en materia de política económica y social. Además del fortalecimiento del sector petrolero, el Estado sentaría las bases para la consolidación del sector industrial. En este sentido, se fundaría la Corporación Venezolana de Fomento (CVF) con la intención e incrementar la producción nacional, procurar nuevas formas productivas, auxiliar técnica y financieramente al Estado y a los particulares en el estudio y establecimiento de nuevas empresas, etc. Como hecho concreto que apuntaría al reforzamiento de la imagen del nacionalismo económico, puede decirse que las acciones emprendidas en materia industrial adquirieron gran impulso fortaleciendo los grupos privados dedicados a las labores manufactureras en el corto plazo (Arenas y Gómez Calcaño, Ídem.). En conclusión, pueden determinarse cinco principales referentes o identidades construidos por el discurso del gobierno octubrista, las cuales de alguna manera han estado presentes hasta los momentos actuales. En primer instancia, una identidad anclada en el nuevo sujeto popular, el “pueblo”, como actor que irrumpiría definitivamente en la escena política nacional. Esto iría acompañado de una clara vocación democrática, sistema político instaurado para rescatar la soberanía usurpada al “pueblo” y así canalizar de manera efectiva la voluntad del mismo -en esta línea, puede identificarse plenamente al gobierno del trienio con la lógica populista expuesta por Laclau (2005a) y explicada en páginas anteriores-.

215

Lo anterior se vería reforzado por una segunda identidad la cual destacaba las bondades del sufragio universal y directo como el mecanismo óptimo para el funcionamiento y permanencia de la “naciente” democracia en el país. En tercer lugar, se asentaría un nuevo referente según el cual el sistema político estaría ligado al funcionamiento institucional y no a la voluntad de un caudillo, desmontando el estilo político personalista que, según los líderes del trienio, había caracterizado a la política venezolana hasta la fecha. Como cuarto referente propio del imaginario político del trienio adeco, se haría hincapié en la transparencia en el manejo de los asuntos públicos y la “nueva” moral de los funcionarios de gobierno, apartados de las viejas prácticas corruptas y el peculado. Por último, como una quinta identidad consolidada en este período, se asociaría al sistema democrático con la defensa y promoción de los intereses nacionales en el plano económico. Grosso modo, estas identidades pudieron asentarse no sólo por el discurso de los líderes del trienio que insistirían vehementemente en esto, sino también por el sistema educativo estructurado desde los días del gobierno de la Junta Revolucionaria y que cumpliría con el rol de transmitir los valores e imágenes que coadyuvarían en el anclaje de estas imágenes y representaciones en el imaginario político venezolano. Aquí se pondría en práctica la tesis del Estado Docente desarrollada por Luis Beltrán Prieto Figueroa según la cual se “combatiría la anterior ‘dolorosa ignorancia’ y además crearía una identidad cultural entre los venezolanos, la cual era precaria con esos flagelos del 60% de analfabetismo y una relativa desintegración física nacional” (Dávila, Ídem. p. 90).

4.2

Hugo Chávez y la nueva emergencia del populismo En los últimos años, en Latinoamérica y el resto del mundo, se ha reavivado el debate

sobre el fenómeno populista. La aparición de nuevos liderazgos carismáticos, con un importante anclaje en las masas, remiten ineludiblemente a los gobiernos de Juan Domingo Perón en Argentina, Getulio Vargas en Brasil, entre otros, lo que ha incidido en el resurgimiento del tema. Así, con la aparición en años recientes en la escena política de la región de líderes como Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador y Hugo Chávez en Venezuela, las comparaciones con el populismo clásico y el neopopulismo no se han hecho

216

esperar. En el caso venezolano en particular, es extensa la literatura que resalta la esencia populista del gobierno de Chávez en general, particularmente , y no duda en señalar las semejanzas del gobierno chavista tanto con ambas variaciones históricas del fenómeno populista (Arenas, 2005; Arenas y Gómez Calcaño, 2000, 2006a, 2006b, 2006c; Ellner, 1999, 2003, 2004, 2006; Hawkins, 2003; Koeneke, 2003; López Maya, 2004; Mires, 2007a, 2007b; Parenti, 2005; Parker, 2001; Vilas, 2005). Partiendo de esta idea Arenas (2005) considera que en el movimiento liderado por el Presidente Chávez están presentes rasgos sintomáticos de los populismos clásicos latinoamericanos. Destacan entre ellos una fuerte retórica anti statu quo, la disposición para incorporar al sistema político a los sectores de la sociedad menos favorecidos, la continua movilización de las masas, el liderazgo carismático del propio Chávez, la importancia de alianzas multisectoriales para el apoyo del movimiento, una importante intervención del Estado en los asuntos económicos, entre otros. La autora considera que el discurso chavista es uno de los elementos más arraigados en la tradición populista clásica apelando a un discurso enfrentado a las élites económicas, a los partidos políticos, a la Iglesia, al viejo sindicalismo, etc., además de que seguiría la lógica señalada por Laclau de construcción de una sociedad divida en dos grandes grupos antagónicos, enfrentados entre sí. “Cúpulas podridas” es el calificativo que Chávez ha empleado desde los días de la campaña electoral para designar a los representantes del antiguo establishment. Este discurso antielitista se apoya en la lógica divisiva de la sociedad, a partir de la cual se construyen nudos antagónicos que oponen en el imaginario al pueblo contra la oligarquía y a la Nación contra el imperialismo. De allí que el ataque contra los factores de poder no se agote en los espacios domésticos (…) En la medida en que sus adversarios fueron perdiendo poder y dejaron de constituir una amenaza para su régimen, la frontera fue corriéndose hacia una exterioridad enemiga, más allá de los límites nacionales, como la que encarnan EEUU y su gobierno (Arenas, 2005: pp. 39-40). Otro de los aspectos presentes en el movimiento chavista que remiten a los viejos populismos es el fervor nacionalista que ha (re)activado desde que llegó al poder en 1998. Al igual que en el populismo clásico, para el discurso del chavismo “pueblo” y “nación” están íntimamente relacionados. La representación de estas dos categorías habría recaído en el líder, portador simbólico de todas las virtudes de la gente sencilla (Arenas, 2005). Esto pareciera haberlo sabido trabajar el Presidente Chávez desde que apareciera en la vida pública del país después del fallido intento de golpe de Estado en 1992. Así pues, en el populismo bolivariano

217

convivirían

“un

discurso

fuertemente

confrontacional,

de

contenido

nacionalista,

antioligárquico y antiimperialista, así como su ubicación ideológica en la izquierda según la percepción de los sectores de poder” (López Maya, 2004: p. 135). Ellner sostiene que en el seno del movimiento chavista conviven dos elementos que recuerdan a los populismos clásicos latinoamericanos: “su retórica antiestablishment y el intento de incorporar a los sectores desfavorecidos al sistema político y proporcionarles un trato justo” (2003: p. 18). Según Ellner (2003) el chavismo poseería mayores semejanzas con el populismo clásico que con el neopopulismo. La versión clásica del populismo amplió las bases de la ciudadanía e incorporó a la dinámica política a sectores excluidos hasta el momento, de igual forma el gobierno del Presidente Chávez intenta ampliar la participación con la consigna de la “democracia participativa y protagónica” y así empoderar a los sectores no privilegiados. Sin embargo, las contradicciones estarían presentes al interior del movimiento ya que al igual que los neopopulismos, el chavismo ha desarrollado una relación significativa con los sectores no organizados e informales de la población. Ahora bien, autores como Conniff (2003) sugieren que en los últimos años ha surgido un tipo de populismo particular que hasta la fecha no había tenido presencia en la región: el militarismo populista. Señala como los populismos clásicos tuvieron una relación de tensión con el sector militar, donde éstos eran tolerados mientras se mantuvieran ajenos a los asuntos políticos, y en la mayoría de los casos los militares depusieron a estos líderes populistas. Quizá el único caso que pudo fusionar el populismo y el militarismo fue Perón, quien hizo una transición de uno a otro en 1945-1946. Sin embargo, su caso no fue ajeno a las conflictividades con el sector militar, hasta ser depuesto por éste en 1955. Este autor considera que en tiempos recientes algunos exmilitares han hecho una transición semejante a la de Juan Domingo Perón, siendo el caso del Presidente Hugo Chávez uno de los más destacados. Aprovechando su rol como golpista militar ha asumido la posición de líder con fuerza, determinación y disciplina, algo que como se ha señalado anteriormente podría tener su anclaje en elementos de la cultura política del venezolano, donde se ha demostrado cómo la población reclamaba la presencia de un líder con “mano dura”. Además, ha articulado un discurso que le habría dejado saldos políticos importantes: “el que pinta a las élites como villanos, especialmente a los políticos asociados con AD y Copei” (Conniff, 2003: p. 36).

218

Por esta razón, Arenas y Gómez Calcaño (2006c) afirman que Venezuela está en presencia de una vuelta del militarismo después de su defenestración por varias décadas. Este sería un militarismo con retórica izquierdista que guarda mucha semejanza con el primer gobierno de Perón, a pesar de que el líder argentino no exhibió inclinación especial por ideas de arraigo socialista. Pero el militarismo del actual gobierno no sería solo de forma sino también de contenido, pues su gestión de gobierno y su discurso están fuertemente impregnados de sustancia militar (p. 143). Al ser sumado este aspecto militarista con el de una ideología considerada de “izquierda”, podría llegar a proyectarse a nivel discursivo la esencia “cívico-militar” del gobierno del Presidente Chávez133. A pesar de estas contradicciones, o de la complejidad asociada a la categorización del fenómeno chavista, parte de las hipótesis sostenidas por la presente investigación sostienen por un lado el carácter eminentemente populista del chavismo en general -bien por sus cercanías con el populismo clásico o el neopopulismo-, y del gobierno del Presidente Chávez en particular. Por el otro lado que a través del discurso político del propio Presidente, y de la articulación del sistema de políticas sociales conocidas como “Misiones”, se estarían consolidando espacios noveles para la construcción de nuevas identidades sociales y políticas para aquellos sectores de la sociedad venezolana excluidos del statu quo por la llamada “democracia puntofijista”. Lo anterior tiene como fundamento aspectos señalados en esta investigación previamente, y relacionados con la lógica populista, la cual afirma que la articulación discursiva del líder del movimiento se presentaría como un vehículo ideal para la transmisión de símbolos, imágenes y significados que coadyuvarían a la creación de nuevas identidades sociales y políticas. Según esta perspectiva, el proceso se daría verticalmente, siendo el líder -como miembro de los grupos dominantes- el principal responsable de la difusión los
Domingo Irwin, uno de los principales estudiosos del tema militar en Venezuela, considera que el profesionalismo militar se alcanza “cuando los militares comienzan a establecer una diferencia entre Nación y Gobierno de Turno. Desde el momento en que los militares establecen que su lealtad, obediencia, responsabilidad, etc., están directamente dirigidas a la nación y no a ésta vía El Gobierno Institucional (…) Cuando los militares crean interesadas teorías sobre la seguridad nacional, estas pueden llevar implícito el desconocimiento de la sujeción militar ante la autoridad civil (Irwin, 2003: pp. 33-34). Arenas y Gómez Calcaño parecieran hablar de militarismo debido a la pérdida de control civil sobre el sector militar, control que puede ser subjetivo y objetivo: el primero enfatiza mecanismos de control y poder civil ante los militares, para ellos se “recurrea a las instituciones de gobierno, o bien sectores sociales y a formas constitucionales. Otra forma de asegurar el control civil sobre el aparato militar es enraizando el profesionalismo castrense (Irwin, ídem. p. 31), este sería el control objetivo.
133

219

contenidos que serán aprehendidos y apropiados por los demás grupos y sectores de la sociedad (Cruz García, 2002). Así por ejemplo, Berhó (2000) centrándose en el caso de uno de los líderes populistas más importantes del siglo XX, destaca la importancia del rol cumplido por Perón durante su primer gobierno para la construcción de nuevas identidades en la sociedad argentina de los 40 y 50. Por esta razón, en la presente investigación se sostiene la hipótesis según la cual el discurso del Presidente Chávez sería un canal idóneo para la transmisión de símbolos, imágenes y representaciones sociales que permitan la construcción de nuevos referentes identitarios para distintos sectores de la sociedad, pero sobre todo para aquellos considerados como los excluidos del statu quo.

4.2.1 El Presidente Chávez y el ejercicio del liderazgo populista Uno de los elementos que caracteriza al fenómeno populista es la presencia de fuerte liderazgo dentro del movimiento, la mayoría de las veces carismáticos. A finales de la década de 1980, con la aparición de líderes políticos como Menem en Argentina y Fujimori en Perú, que establecieron fuertes lazos con los sectores populares y excluidos del establishment, se hablaría del “regreso del líder” (Burbano de Lara, 1998). Además, se planteó el hecho de estar en presencia de la aparición de un nuevo populismo que, si bien recordaba en algunos aspectos al populismo clásico, poseía características propias y diferenciales (Koeneke, 2003; Weyland, 1996; 1999). A pesar de contar con elementos que recuerdan a los populismos de antaño y a los neopopulismos, lo que pareciera indiscutible es el rol del líder dentro del chavismo. Con la llegada de Hugo Chávez al poder, se haría evidente la emergencia de un liderazgo capaz de articular en torno a su figura al movimiento populista que lo ha acompañado. En este sentido, se plantearía que siendo portador de un fuerte carisma y una habilidad discursiva, Chávez ha logrado establecer un vínculo con aquellos sectores marginados por el sistema, sustentándose la relación en un componente emocional importante (Arenas y Gómez Calcaño, 2006a: p. 84). El actual Presidente pareciera hacer prevalecer el aspecto emocional-afectivo para combinarlo con “elementos religiosos y heroicos con la promesa del edén (que por cierto se posterga hasta la realización de cada proceso electoral), para cuyo cumplimiento se siente y se muestra predestinado” (ídem. p. 85).

220

Desde una perspectiva semejante se encuentran los aportes de Raby (2006), quien señala las características carismáticas que emanan del liderazgo del Presidente Chávez y la importancia que esto tiene a su vez para el movimiento chavista en general y para el gobierno bolivariano en particular. La autora afirmaría que en Chávez se habrían canalizado las demandas de cambio exigidas por el “pueblo” venezolano producto del desgaste del sistema político “puntofijista”, vigente desde 1958. Así, “en las elecciones de 1998 quedaba claro que Chávez era el candidato del pueblo, y en el proceso político siguiente el protagonista era él” (Raby, 2006: p. 61), junto al “pueblo” venezolano. Por esta razón, “el pueblo venezolano encontró una identidad colectiva y se constituyó como sujeto político a través de las acciones de Hugo Chávez y del Movimiento Bolivariano; hablar de uno sin el otro no tiene sentido en la actual fase histórica” (ídem.). Conviene examinar un poco más de cerca algunos aspectos del liderazgo carismático, de la relación excepcional entre el dirigente y el pueblo. No hay duda de que esta relación alcanza una intensidad casi mística, y que el discurso es un elemento central en esta relación: el líder tiene -o más bien, desarrolla- la capacidad de hablar apasionadamente y a veces por mucho tiempo, pero en el lenguaje popular, de comunicarse con el pueblo de tal manera que sienten que está expresando los sentimientos y pensamientos íntimos de ellos mismos. Para algunos esto suena como demagogia o manipulación, pero en realidad lo que sucede es mucho más interesante: el liderazgo populista se va formando a través de un proceso de dirección política práctica y de diálogo con el pueblo, de tal manera que el dirigente va asimilando el sentir popular, la voluntad general de Rousseau, y lo vuelve a expresar en forma más coherente y con más fuerza (Raby, ídem.: pp. 68-69). Dado lo anteriormente expuesto, la autora enfatiza que para estudiar el liderazgo populista y la relación establecida con sus partidarios, debe tomarse en cuenta “no solamente las palabras, la iconografía y los gestos del orador sino también el comportamiento del público, sus expectaciones, carteles, gritos y gestos” (Raby, ídem. 69). Además sugiere que “los más auténticos líderes populistas no limitan su interacción con el pueblo a las manifestaciones masivas o los programas radiales o televisivos, sino que conversan regularmente con trabajadores individuales o grupos pequeños en diálogos más personales” (ídem.). Se trataría de “un proceso que contribuye tanto a la formación de una identidad colectiva entre los participantes como a la evolución ideológica y la formación personal del líder” (ídem.). En este sentido, pareciera que las estrategias comunicacionales del actual gobierno, particularmente aquellas donde interviene el presidente Chávez directamente como

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en sus numerosos discursos o alocuciones públicas y en su

programa dominical “Aló

Presidente”, serían potenciales vehículos para la difusión de símbolos, imágenes, contenidos y representaciones proclives a la construcción y asentamiento de nuevas identidades. Pero hay otro aspecto esencial del fenómeno populista que hay que destacar, y es que el carisma y el prestigio del líder no resultan únicamente de su discurso, de su poder de oratoria, sino también de acciones decisivas que demuestran su identificación con la causa popular y su liderazgo (…)Hay que señalar también que las acciones que contribuyen a forjar el carisma del líder no se limitan a medidas prácticas como las ya señaladas (reforma agraria, legislación social, etc.), por importante que éstas sean. Típicamente en la carrera de cualquier gran dirigente populista hay un acto simbólico fundamental, un gesto heroico que marca el nacimiento político del líder (Raby, ídem.: pp. 69-70). Para la autora, en el caso del Presidente Chávez uno de esos momentos simbólicos que coadyuvarían a la consolidación del carisma de su figura, pudiese encontrarse en su aparición ante los medios venezolanos adjudicándose rol protagónico en la fallida intentona golpista del 4 de febrero de 1992 cuando auparía a sus compañeros de armas a deponer las armas al decirles: Compañeros, lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados (…) Es tiempo de reflexionar; vendrán nuevas situaciones y el país tiene que enrumbarse, definitivamente, hacia un destino mejor” (Chávez, 2006a: p. 4). Con esas palabras, el Teniente Coronel parecía postergar para un futuro la construcción de un orden social distinto, y reforzaba de alguna manera el aspecto carismático de su liderazgo, el cual sería un elemento fundamental en la creación de nuevas identidades en la sociedad venezolana a partir de su elección como Presidente de la República en diciembre de 1998.

4.2.2 La creación de nuevas identidades políticas Afirmando el carácter populista del movimiento chavista y de un liderazgo de tipo carismático de su principal figura, el Presidente Chávez, puede decirse que éste se convertiría en uno de los principales difusores de contenidos e imágenes tendientes a la posible construcción de novedosos referentes identitarios a través de sus frecuentes discursos y alocuciones públicas. Sumada a la perspectiva planteada por Cruz García (2002), según la cual se crearían nuevas identidades a partir de la difusión de imágenes, símbolos y significados desde los grupos dominantes a los dominados -en sentido vertical-, hay que destacar los planteamientos desarrollados por Romero Jiménez (2006), que sostienen la importancia que

222

tienen para los movimientos populistas apelar a un discurso que mitifique el pasado para alcanzar la solidaridad entre aquellos grupos excluidos y descontentos con el statu quo. El chavismo, recurre a un manejo no tradicional de los contenidos históricos constitutivos de la venezolanidad (el culto a la heroicidad, la importancia del héroe en el proceso latinoamericano), genera una negociación alrededor de los elementos simbólicos que conforman esa construcción cultural. En la representación que se le asigna, se plantean una negociación sobre los mecanismos de articulación de los ciudadanos en el espacio público, a través de la popularización o más bien la extensión, de formas organizativas no dominadas exclusivamente por las estructuras formales e institucionales de los partidos o los sindicatos, abriendo paso a la conformación de redes sociales no asociadas a estos elementos formales (Romero Jiménez, 2006: p. 210). De lo anterior se podría inferir el esfuerzo emprendido por el gobierno del Presidente Chávez por la conformación de nuevos espacios en la sociedad para la transmisión de aquellos elementos simbólicos que facilitarían la creación y asentamiento de los nuevos referentes identitarios. Desde esta perspectiva podrían entenderse las iniciativas por medio de las cuales se conformaron e institucionalizaron los círculos bolivarianos y las misiones bolivarianas: los primeros habrían sido creados con el propósito de impulsar y sostener el proceso político liderado por el Presidente Chávez (Arenas y Gómez Calcaño, 2006b), las segundas habrían sido pensadas como parte de la política social del gobierno y además como áreas proclives para la transmisión de identidades, así como para la conformación de nuevas formas de vinculación entre el Estado y la ciudadanía (Lacruz, 2006). Autores como Arenas y Gómez Calcaño (2006c) consideran que los mecanismos establecidos para establecer una relación entre la población con las instancias estatales son cercanos al corporativismo de los populismos clásicos como en el caso del gobierno de Perón. Por esta razón, consideran los círculos bolivarianos como el mejor ejemplo de subordinación de las organizaciones sociales hacia la esfera de influencia estatal. Los círculos vendrían a ser “unidades fundadas bajo la dirección del Presidente, de modo que éste deviene así en jefe de la sociedad organizada, reconstruyendo de este modo un corporativismo estadocéntrico” (Arenas y Gómez Calcaño, 2006c: p. 137). Se construye, sobre esa base de redes sociales, impulsadas por el discurso evocador del chavismo, una red de pequeños grupos sumergidos en la resolución articulada de los problemas que afectan a su vida cotidiana, incorporados mediante su participación en las distintas misiones (Robinson, Ribas, Barrio Adentro, Vuelvan Caras, Sucre), y que estimula impulsos de innovación cultural, que

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chocan con las prácticas institucionalizadas de la vieja cultura política corporativista, propiciando el conflicto, que es a la vez cultural y político (Romero Jiménez, 2006: p. 210). Esta visión “estadocéntrica” es además coherente con posteriores planteamientos políticoeconómicos del gobierno chavista, en donde el Estado pasa a ser el principal ente articulador de la dinámica social, política y económica del país. En este sentido, Arenas y Gómez Calcaño (2006b) han señalado como incluso en el marco del gobierno chavista el corporativismo se exacerba, ya que el Estado asumiría otras funciones que trascienden la formulación y ejecución de políticas económicas y sociales, convirtiéndose en “jefe” de la sociedad civil al tener la potestad de aprobar o desaprobar la conformación de círculos bolivarianos y otras formas de organización social.

4.2.2.1 Los discursos presidenciales como canales para la creación de identidades Como se ha comentado previamente, el líder del movimiento populista debería tener la capacidad de coadyuvar a la creación de nuevas identidades sociales y políticas a través de su discurso. A través del uso de significantes vacíos y de la articulación de una serie de demandas sociales en una cadena de equivalencias, el líder tendría la capacidad de crear un “pueblo” al articular el descontento de distintos sectores de la sociedad y contraponerlos a un “enemigo” común (Laclau, 2005a). En el caso venezolano se afirmaría que con el gobierno chavista ocurriría un fenómeno similar, donde el Presidente Chávez habría articulado un discurso “sobre una base cultural, que exalta su identificación con los sectores sociales excluidos, sobre la base de la enorme crisis institucional que produjo un progresivo ‘abandono’ por parte del Estado de la nación de la atención del ciudadano” (Romero Jiménez, 2006: p. 208). Este contexto de desencanto con el sistema democrático vigente hasta la llegada de Chávez al poder -el que se ha definido como “puntofijista”- es el que serviría de base al Presidente para “construir una mirada (…) de cercanía con ese ciudadano excluido, despojado de su ciudadanía social” (Ídem.). En este sentido, la presente investigación sostiene que a través de los discursos e intervenciones públicas del Presidente Chávez se estarían difundiendo distintas imágenes, símbolos, significados y modos de representación de la realidad social que buscarían consolidarse en el imaginario colectivo de la sociedad venezolana, teniendo como objetivo

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último la creación de nuevas identidades sociales y políticas para sectores de la sociedad. A continuación se enumeran las imágenes que se estarían transmitiendo a través de la estructuración discursiva del Primer Mandatario: 1. 2. 3. 4. 5. El “pueblo heroico” o “pueblo bolivariano”. El “pueblo participativo” o “pueblo protagónico”. La anti-oligarquía o el anti-establishment como “enemigo del pueblo”. El Socialismo del Siglo XXI o Socialismo Bolivariano. La “alianza cívico-militar”. Estas cinco imágenes se difundirían en mayor o menor medida desde el discurso del Presidente Chávez por un lado, y desde los espacios de las misiones bolivarianas estudiadas Ribas, Sucre y Vuelvan Caras- por el otro. Como se ha señalado, esta labor tiene el propósito de crear y asentar nuevas identidades políticas que coadyuven a la consolidación de nuevas relaciones de solidaridad entre diversos grupos de la sociedad venezolana. En el discurso chavista, se pretendería lograr la identificación en todos aquellos sectores y grupos que experimentaron algún tipo de rechazo hacia el sistema democrático “puntofijista”, los cuales pasarían a ocupar el protagonismo en la escena política nacional bajo la etiqueta genérica del “pueblo”.

4.2.2.1.1 El “pueblo heroico” o “pueblo bolivariano” Cuando se habla de un héroe, se piensa en una persona cuya transgresión cumple los deseos implícitos de una colectividad. Es por tanto quien mediante sus fuerzas personales realiza un anhelo general, que, por ser voz del “pueblo”, es también voz de Dios. El héroe es visto como un transgresor que busca cumplir el deseo implícito que abrigan todos, desafían la regla explícita ante la cual se inclinan. Es un paladín que busca fundar un nuevo orden al matar a un enemigo que simboliza un orden social profundamente injusto (Britto García, 1998). La taxonomía trágica de nuestros héroes comienza con la tríada de los Padres Fundadores: Indígenas que resisten la Conquista, Conquistadores, Libertadores. Características comunes unen destinos tan contradictorios. Todos viven y mueren por preservar o fundar un proyecto colectivo (…) Todos derivan su prestigio

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esencialmente del coraje físico. Todos son varones. Todos comparten destinos trágicos: los caciques mueren ejecutados o emboscados; los conquistadores se matan entre sí o perecen en insensatas búsquedas de El Dorado, los próceres entregan su vida precozmente como precursores o prematuramente como libertadores execrados por sus libertados. Como a los héroes trágicos, los hace y los deshace la hubris: la soberbia, la desmesura. Todos, en definitiva, están bajo el signo crepuscular del fracaso. O mueren antes de culminar su obra, o sobreviven grotescamente para destruirla. Nadie sabe hasta dónde hubiera llegado la carrera de Páez si hubiera tenido la suerte de morir en Carabobo (Britto García, ídem.). Teniendo en cuenta esta perspectiva de la heroicidad de nuestros próceres, el Presidente Chávez ha querido construir una especie de paralelismo histórico entre la gesta independentista y la actualidad de su gobierno, resaltando a nivel discursivo el “tiempo breve pero glorioso en el que se gesta (…) la independencia y Bolívar, acompañado de otros héroes de la época que crean un pasado nacional luminoso interrumpido en 1830 por la traición” (González Deluca, 2005: pp. 170-171). Así pues, en la cadena de significados construida por el discurso presidencial se buscaría rescatar esa época “perdida” gracias a los valores latentes en el “pueblo”. Siguiendo esta lógica, ya desde sus primeros discursos, específicamente en el que dio en El Paseo Los Próceres luego de su juramentación como Presidente el 2 de febrero l 999, Chávez afirmaría lo siguiente: La voluntad del pueblo soberano de Venezuela. Hoy en horas del mediodía en el Palacio de Gobierno de Miraflores tuve el honor de conducir, de realizar el Primer Consejo de Ministros del Gobierno Bolivariano que hoy comenzó en esta Venezuela de fines de siglo, y en ese primer acto de gobierno, en este primer Consejo de Ministros he firmado, el Decreto Presidencial llamando al pueblo a que se pronuncie si quiero o no quiere la Asamblea Constituyente. Sabido es por todos, en esta tierra bolivariana, que en Venezuela desde hace tiempo ya entró en marcha, se puso en marcha un proceso revolucionario que lleva en sus entrañas el mismo signo aquel con el comenzó la gesta de Independencia por allá en 1810, en esta misma Caracas, en este valle de los indios Caracas (Chávez, 2005a: p. 33). Chávez dedicaría ese discurso “al verdadero dueño de este proceso, al verdadero grandísimo héroe de este tiempo, quien no es otro que el pueblo noble y heroico de Venezuela” (Chávez, 2005a: ídem.). En este sentido, traería de vuelta referencias de la historia patria, particularmente haciendo un símil con la gesta independentista, para contribuir a la consolidación de una nueva identidad del “pueblo” venezolano (González Deluca, 2005). En este orden de ideas, apelando la lógica populista y su mitificación de una especie de pasado

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glorioso, Chávez consideraría que el momento en el que asumió la Presidencia de la República estaban relacionados directamente con los tiempos de Bolívar y la lucha por la independencia. Hoy la palabra de Bolívar vuelve a recorrer los campos y las ciudades de Venezuela. Necesitamos Moral, necesitamos Luces, necesitamos unión para poder impulsar el motor de la Venezuela que queremos y para dejársela a nuestros hijos, a nuestros descendientes. Para que ellos no tengan que vivir estos años oscuros que nosotros hemos tenido que vivir; para que no pasen ellos por los dolores que nosotros hemos tenido que pasar, para que haya en esta tierra -como diría Simón Bolívar- libertad, seguridad, felicidad para todos. Para que el pueblo venezolano recupere de verdad su nivel de vida y en ese esfuerzo desde hoy yo comprometo toda mi voluntad, como lo juré hace años: “no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma -juramento bolivariano- hasta que veamos rotas las cadenas de la miseria” (Chávez, 2005a: p. 36). El 23 de mayo de 1999, en acto realizado en el estado Táchira para conmemorar los 100 años de la Revolución Restauradora, el Presidente Chávez apelaría a la unión de todos aquellos sectores que identifica con el “pueblo” de Venezuela para la transformación del país, y así construir la “patria nueva”. Interesante es observar como apela al señalamiento de la mayor cantidad de grupos sociales, en una estrategia de simplificación discursiva, para que puedan los mismos reconocerse en ese “pueblo” al que el Jefe del Ejecutivo hace mención. Yo los llamo a que nos unamos todos los hombres, todas las mujeres, los campesinos, los trabajadores, los estudiantes, los jóvenes, los obreros, los empleados, los indígenas, los civiles, los militares, todos los honestos, los católicos, los cristianos, los protestantes, los blancos, los negros; no importa, todo aquél a quien le duela su Patria, todo aquél quien sueñe con una Patria mejor para sus hijos, para que estos niños no pasen por lo que nosotros hemos pasado. Yo le hago el llamado a la Unión, al Trabajo y a la Lucha rumbo al 25 de julio, rumbo a la Constituyente. Yo estaré en todas partes, a veces en la retaguardia, a veces en la vanguardia, a veces por el flanco derecho, a veces por el flanco izquierdo, a veces por arriba y a veces por debajo; pero yo estaré siempre en la ofensiva constituyente, en la batalla constituyente orientando al pueblo bolivariano para que hagamos la Patria Nueva (Chávez, 2005a: p. 212). El 5 de agosto de 1999, con motivo de la instalación de la Asamblea Nacional Constituyente, el Presidente Chávez señalaría nuevamente la esencia “heroica y noble” del “pueblo” venezolano, buscando así construir una identificación que establezca paralelos con los tiempos anteriores a la llamada IV República. De paso, aquí también se haría evidente la pretensión de separar la realidad del país en dos bloques contrapuestos entre sí, elemento

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característico del discurso populista según se ha señalado en páginas anteriores (Laclau, 2005a; Aboy Carlés, 2001; entre otros). Felizmente soy Presidente, el último de la IV República y más felizmente, doblemente feliz porque, también gracias a Dios y a nuestro pueblo, seré, espero que así sea, el primer Presidente de la V República, el primer Presidente de la República Bolivariana que vuelve. Más y mayor dicha, humilde dicha que no puede caber en el corazón de un hombre y eso no me pertenece, yo apenas soy como un transmisor, un conductor de la dicha, la dicha la comparto con ustedes y especialmente con el pueblo heroico y noble de Venezuela (Chávez, 2005a: p. 294). Más adelante, el 4 de diciembre de 1999 con motivo del encuentro nacional por la Asamblea Constituyente Educativa en Barlovento, el Jefe del Ejecutivo Nacional volvería la atención sobre el carácter “heroico” del “pueblo” venezolano. Vamos todos y que todos sepan por qué vamos por esa dirección, que todos participen en la construcción de ese camino, de esa dirección histórica. Así que esto lo que hace es comprometernos mucho más con el pueblo heroico, glorioso y grande de Venezuela que, como siempre hemos dicho, es un pueblo de guerreros, de poetas, de libertadores. El pueblo venezolano es uno de los pueblos más grandiosos del mundo entero (Chávez, 2005a: p. 499). En enero de 2003, con motivo de la celebración del aniversario del 23 de enero de 1958, el Primer Mandatario volvería a resaltar el carácter “valeroso” del “pueblo” venezolano, sobre todo en su enfrentamiento con la “oligarquía”, la cual pretendería revertir los alcances del gobierno bolivariano. Aquí se presentarían dos construcciones identitarias dentro del discurso del Presidente: por un lado, se hace referencia al “pueblo heroico y bolivariano”, por el otro lado se destaca el intento de la “oligarquía” para socavar un gobierno que se presenta a la población como coadyuvante en la promoción de las demandas e intereses del mentado “pueblo”. Mientras la oligarquía más se mete con el pueblo, el pueblo más crece. Mientras la oligarquía más pretenda reducir al pueblo venezolano la respuesta del pueblo seguirá siendo ésta, la respuesta del pueblo seguirá mostrando el engrandecimiento de la fuerza popular y de la conciencia popular bolivariana y revolucionaria, no podrán con el pueblo bolivariano (…) El pueblo no quiere guerra, el pueblo venezolano no quiere violencia, pero es conveniente recordarle a la “oligarquía golpista”, es conveniente recordarle a “la oligarquía fascista” que pretende derrocar al gobierno bolivariano, que el pueblo venezolano está dispuesto, como sea, a defender su contribución y a defender su revolución. Y he aquí esta tarde de hoy, este día de hoy, una demostración más de la contundencia revolucionaria del

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pueblo de Simón Bolívar. Quisieron en el 2002 cortarle el camino al pueblo venezolano y aquí está la respuesta del pueblo venezolano. Mientras más se metan con el pueblo más pueblo habrá en Venezuela (Chávez, 2005e: pp. 73-74). Como estrategia tendiente a la consolidación de la imagen del “pueblo heroico o “pueblo bolivariano”, el Primer Mandatario resaltaría en acto realizado el 27 de diciembre de 2003 en el Hipódromo La Rinconada con motivo de la graduación de un millón de alfabetizados de la Misión Robinson, el legado del Libertador y su influencia en el “pueblo” de Venezuela. Pareciera así, que se buscaría presentar a Bolívar como sujeto activo en el proceso de transformación económica, cultural y política del país iniciado con la llegada del Presidente Chávez al poder. Ahora (…) insisto en que debemos precisar las metas, los objetivos del 2004, para incorporar gruesos contingentes que se están capacitando en estas misiones, por ejemplo a la producción agrícola, por ejemplo a la autoconstrucción de viviendas, por ejemplo al empleo productivo en la pequeña y la mediana industria, a la manufactura, al turismo, es decir, las misiones debemos engranarlas con los planes económicos productivos. Porque esta, la que ustedes constituyen, es una savia heroica para inyectársela al nuevo sistema económico que debemos construir en los próximos años, un sistema económico productivo que genere bienestar y una calidad de vida superior para todos los venezolanos y para todas las venezolanas. Pero, bueno, se trata de entender y de visualizar que este es un proceso que lleva sus fases, pero por supuesto, compatriotas, tengamos claro que las fases subsiguientes no serán posible nunca o no serían posibles nunca si nosotros no cumpliéramos estas primeras etapas que estamos cumpliendo, por eso hoy en este acto de graduación de un millón de compatriotas de la Misión Robinsón I debemos tener la conciencia de que estamos llenando o cumpliendo las primeras jornadas de la gran jornada de construcción de la patria, de la gran jornada liberadora, de la gran jornada bolivariana (Chávez, 2005e: p. 657). Cuando el gobierno arriba a sus 5 años de gestión el 2 de febrero de 2004, el Presidente Chávez transmitiría su lectura sobre los hechos y procesos activados una vez que su propuesta política alcanzó el triunfo en los comicios de diciembre de 1998. Es interesante destacar como el aspecto de la alianza cívico-militar, presente desde la puesta en marcha del MBR-200, es presentado como el elemento que sintetiza la unión de los distintos sectores del país que, se afirma en el discurso, apoyan el gobierno bolivariano. Desde 1999 para acá ya no se trata de que están gobernando los militares o están gobernando los civiles; no, aquí hay un Gobierno cívico-militar que recoge la unidad nacional, cívicomilitar-popular, y eso tiene una extraordinaria importancia, y eso significa o le proporciona a este proyecto bolivariano una de las más grandes fortalezas que nos ha permitido precisamente resistir y derrotar las envestidas de la

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oligarquía criolla y sus aliados internacionales, la unidad cívico militar, desde aquí nuestro saludo a ese pueblo bolivariano disperso a lo largo y ancho del territorio, mi agradecimiento y mi admiración; desde aquí mi saludo cargado también de compañerismo, de camaradería y admiración a los soldados de la patria de Bolívar, a los soldados del pueblo. Unidos Gobierno-pueblo con Fuerza Armada aquí seguiremos sembrando este proyecto que ya echa raíces (Chávez, 2005f: p. 82). Cabe destacar un elemento específico dicho por el Presidente Chávez en el marco de la celebración del quinto aniversario de su gestión gubernamental: la unión entre el Ejército, el “pueblo” y el gobierno, la cual podría ser comprendida a la luz de los planteamientos de Ceresole (1999) expresados en la fusión entre el “pueblo”, el líder y la fuerza armadas, en una configuración política catalogada como “posdemocracia”. Una de las condiciones necesarias para el afianzamiento de este modelo político, según este autor, es la “ausencia de instituciones civiles intermedias eficaces” (ídem.), lo cual podría relacionarse con la concepción de los fenómenos populistas y neopopulistas desarrollada por Weyland, donde la relación poco mediatizada entre el líder y la masa es necesaria para ser considerados como tales (1996, 1999). Los antecedentes de la posdemocracia venezolana deben buscarse en otros movimientos nacionales y populares, como el peronismo argentino, que siempre gobernó dentro del sistema democrático (ni un sólo día dejaron de funcionar los tres poderes de la dogmática liberal), pero requiriendo permanentemente la participación de un pueblo dignificado y de un ejército nacionalizado e industrializado. Es asimismo irresistible comparar la posdemocracia venezolana con el proceso de la revolución cubana: desde la caída de Moscú lo único que hoy queda vivo en ella es la acción pertinaz de un caudillo que aglutina al pueblonación. Sin ese cemento implosionaría la totalidad del sistema: después de cuarenta años de experimentos nada quedaría en pie a los pocos minutos de la eventual desaparición del caudillo. En ese sentido, también, la posdemocracia venezolana es una tradición fuertemente arraigada en la cultura política hispanocriolla (Ceresole, 1999). En conclusión, puede decirse que el discurso del Jefe del Ejecutivo Nacional pareciera fortalecer la imagen del “pueblo heroico y bolivariano”. En el mismo, se considera al “pueblo” y al actual gobierno como agentes transgresores, abocados a la ruptura con el pasado inmediato para construir un nuevo orden social (Britto García, ídem.). Desde la perspectiva histórica manejada por el chavismo, este actor regresaría a la palestra pública luego de que en 1830 fuese traicionado por la “oligarquía” del país, en una especie de actualización de aquella gesta que quedó truncada (González Deluca, Ídem.).

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4.2.2.1.2 El “pueblo participativo” o “pueblo protagónico”: la génesis del “poder popular” Una de las imágenes más frecuentes dentro del discurso presidencial es aquella relacionada con el carácter participativo de la democracia auspiciada por el gobierno chavista, de ahí el papel “protagónico” que asumiría el “pueblo” en la toma de decisiones políticas en el marco del actual gobierno. ¿Pero qué es el poder popular? Para algunos autores cercanos al proceso político del Presidente Chávez vendría a ser el poder que emana del “pueblo”, algo que puede ser bastante amplio y libre a numerosas interpretaciones. En este sentido, Colussi precisa la definición del mismo de la siguiente manera: Es el poder que emana del pueblo, pero no esa delegación simbólica, aguada y desabrida, de la democracia representativa, donde cada cierto período se cumple con el rito de elegir a supuestos representantes de la voluntad popular. No, en absoluto. El poder popular es el ejercicio efectivo, a través de la organización y la participación real, de la amplia mayoría de un pueblo en la decisión de los asuntos básicos que le conciernen. El poder popular es más, infinitamente más que la atención de los problemas puntuales de una comunidad acotada, el alumbrado público o el adoquinado de un barrio, la resolución de un problema específico del transporte colectivo de un sector urbano, o la instalación del agua potable o la edificación de una escuela en una comunidad rural. El poder popular es la democracia real, directa, efectiva, participativa del pueblo soberano, no sólo para atender problemas prácticos puntuales sino para definir y controlar la implementación de políticas macro a nivel nacional, e incluso internacional (Colussi, 2007). Siguiendo esta definición, pareciera detectarse dentro de la imagen del “pueblo participativo y protagónico” dos imágenes mucho más específicas: una que remitiría directamente al “protagonismo y poder popular”, y otra que presentaría al gobierno bolivariano como “instrumento del pueblo”, es decir, como herramienta a través de la cual el ejercicio de la “soberanía popular” sería factible. Ésta última se sustenta en la tesis según la cual los dirigentes y funcionarios del Estado no serán quienes decidan, es decir, “serán solamente instrumentos del pueblo. el poder de las decisiones recaerá sobre el pueblo” (Izarra, 2007, p. 10).

4.2.2.1.2.1 Protagonismo y poder popular En concordancia con la imagen presentada en este apartado, el 5 de agosto de 1999 en el acto de instalación de la Asamblea Nacional Constituyente, el Presidente Chávez afirmaría la

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necesidad de transformar las estructuras del sistema político del país, con el objetivo de construir una democracia “participativa y protagónica”, donde el “pueblo” ejerciera el poder de manera efectiva. No basta con hablar de democracia participativa como si ese fuera el fin, no. La participación debe ser un instrumento para lograr un fin, porque de qué nos vale que todos participen, hablen, levanten la mano o discurran o escriban, no; ese no puede ser el fin. El objetivo tiene que ir más allá y por eso aquí hablamos de la democracia participativa y protagónica como un solo concepto. El protagonismo popular es un concepto bolivariano, democrático y eminentemente revolucionario y se acerca a los mecanismos de una democracia que hoy no puede ser, lo entendemos, exacta y absolutamente directa, pero sí tiene que ser protagónica, tenemos que darle al pueblo diversos mecanismos como los plebiscitos, los referenda, las asambleas populares, las consultas populares, las iniciativas de leyes, todos esos instrumentos deben quedar, en mi criterio, propongo legisladores, insertados en la nueva carta fundamental para que sea vinculante la participación y para que no sea sencillamente un participar por participar, sino un instrumento de construcción, de protagonismo y de democracia verdadera, de participación efectiva, vital para construir un país, para construir un rumbo, para construir un proyecto (Chávez, 2005a: p. 300). En esta misma línea, el Presidente Chávez celebraría su primer año de gobierno con un discurso en el Palacio de Miraflores el 3 de febrero de 2000. En el marco de esta intervención volvería la mirada sobre la activación del “poder popular”. Ahora, soberanía popular, elecciones populares. Poder popular, eso está despertando de manera impresionante en toda Venezuela y lo reconoce el mundo entero. Aquí hay un pueblo que le ha conseguido la esencia a lo que es la soberanía, que ha descubierto su propia fuerza. Y allí lo tenemos. Ahora lidiemos con él, ahora no le tengamos miedo. Aquí vienen a la puerta de Palacio o a la puerta de la Casona: los pueblos marchan, los campesinos andan clamando tierra, bueno, he allí. Ahora no podemos, como dice el dicho, después que lo despertamos, no digamos eso de matar al tigre, la metáfora es contraria, ahora que hemos revivido al pueblo, pues vamos, vamos con él y con ese pueblo está amarrado nuestro destino, con ustedes, queridos compatriotas (Chávez, 2005b: p. 63). Ahora bien, con motivo de la presentación de su plan de gobierno el 22 de mayo de 2000, el Primer Mandatario señalaría nuevamente la distinción entre el gobierno que el lidera y los gobiernos anteriores, siendo -según sus palabras- el carácter “participativo y protagónico” del mismo el elemento diferenciador. En otras palabras, buscaría, desde una diferenciación dicotómica de la realidad y los hechos históricos -esencialmente populista-,

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resaltar el elemento novedoso de su propuesta gubernamental en aras de un posible anclaje en el imaginario colectivo de la población. La democracia bolivariana tiene doble esencia: democracia participativa y democracia protagónica. Participación del pueblo en la toma de decisiones, que no se quede en los círculos de siempre. No hemos llegado a eso, estamos comenzando, esa es la meta, ese es el objetivo y estamos obligados, el Estado y la sociedad, a crear las condiciones para que eso sea así y algo que dice la Constitución, en su artículo 62 es el control, la formación, la ejecución y el control de la gestión pública y eso va desde lo más pequeño, futuros alcaldes, en vez de seguir los malos ejemplos de los alcaldes que hasta dentro de pocos días estarán en funciones y que aquí hubo alcaldes de todo tipo que administran los recursos a su criterio, a su capricho. No, esos recursos deben ser administrados de manera conjunta con la población de ese municipio y los proyectos que deben ser elevados por los alcaldes para la definición del POA, es decir, el Plan Operativo Anual, de donde sale el presupuesto nacional, deben ser hechos no por el Alcalde y cuatro asesores, sino en consulta, en Asambleas Populares para determinar qué es lo más importante (Chávez, 2005b: p. 285). Durante esta intervención pública, el Presidente de la República resaltaría lo que él considera uno de los elementos característicos diferenciadores del gobierno bolivariano de épocas anteriores: la participación popular. Esta participación, junto a los distintos mecanismos propuestos para promoverla, vendrían a ser referentes que ayudarían a consolidar la nueva imagen del “pueblo participativo y protagónico”, siendo la misma coadyuvante para el afianzamiento de nuevas solidaridades e identidades políticas. Vamos a articular para ayudar al protagonismo, desde el Poder Ejecutivo, pero esta es una responsabilidad de todos, del Estado y de toda la sociedad, como dice la Constitución, pero al gobierno le corresponde impulsar y dar el ejemplo. Vamos a arrancar fuerte en esa dirección, vamos a activar en todo el país múltiples redes sociales para el protagonismo y la participación popular, redes sociales de campesinos, de mujeres, de niños, de trabajadores, de desempleados, de obreros, de estudiantes, de empresarios, redes sociales porque ese será el sustento de una democracia que debe tener un profundo contenido popular, porque “demos = pueblo” y “cratos = gobierno”, una democracia sin pueblo no es democracia, es como una capilla sin santos (Chávez, 2005b: p. 288). El 22 de agosto de 2001, luego de una gira por distintos países de América, el Presidente Chávez volvería el tema sobre la importancia de construir una nueva democracia, que en su discurso se vincularía con la transformación de la democracia representativa en una democracia “participativa y protagónica”, que definirá como “democracia bolivariana”.

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Construyamos la democracia bolivariana, ¿Y cuál es la democracia bolivariana? La democracia participativa, la democracia protagónica cuyo fin -decía Bolívardebe ser darle al pueblo la mayor suma de felicidad posible. La democracia no es sólo elegir representantes, llámense como se llamen. No. Esa es sólo una parte de la democracia, la democracia tiene que garantizar igualdad, justicia, no puede quedarse sólo en lo político; la democracia tiene que ser también social, igualdad social; debe satisfacer los derechos humanos de la población y no de una minoría de la población, de toda la población: educación, salud, vivienda, trabajo, desarrollo humano, vida. La democracia tiene que ser también económica, debe darle oportunidad a todos, debe ir poco a poco desmontando estos salvajes sistemas tan desiguales del neoliberalismo. ¡La democracia es el pueblo! (Chávez, 2005c: p. 300). Ahora bien, en el discurso presidencial para presentar el Plan de Desarrollo Económico y Social de la Nación el 28 de septiembre de 2001, Chávez reafirmaría la necesidad de construir una democracia “participativa” para darle mayor poder para el “pueblo”. En lo político se trata de construir la democracia bolivariana, y la democracia bolivariana, así la llamamos tomando el mismo nombre de nuestra República y el nombre eterno de Bolívar, se trata de una democracia participativa y protagónica como la hemos venido definiendo. Allí es muy importante una ley que se está debatiendo en la Asamblea, como es la Ley de Participación Ciudadana. Esa es una ley fundamental para darle vida a la democracia participativa, para abrir canales y para dejar para siempre a retaguardia, para la historia, ese viejo modelo, nefasto modelo que para nosotros ha sido una trampa, la democracia representativa, que perdió la esencia de la democracia. La esencia es el pueblo y su participación y su aliento, incluso nosotros estamos tan convencidos de que ésta es una necesidad para los pueblos, que hemos sugerido a nivel mundial que se debata esto también. En todas nuestras reuniones cumbres, en todos los mecanismos de integración subregional o regional o mundial siempre hemos dejado allí el mensaje. Creo que los pueblos o creo que las naciones deben marchar hacia otros modelos democráticos (Chávez, 2005c: p. 486). Más adelante, con motivo de la celebración de los 6 meses de la restitución del hilo constitucional, en acto celebrado el 13 de octubre de 2002 en la Avenida Bolívar de Caracas, Chávez señalaría la importancia de activar un plan de gobierno que fortalezca el llamado “poder popular” como parte de su propuesta de democracia “participativa y protagónica. Aquí puede observarse el reforzamiento a nivel discursivo que el Presidente pretendería darle a uno de los “slogans” más utilizados por su gobierno, aquel que considera que “el poder es del pueblo”. Estoy decidido a que ahora mismo en el mes de octubre, noviembre y diciembre para terminar el año, le demos impulso al Plan del Poder Popular, Participativo y

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Protagónico, el Plan de las cinco P; estoy decidido a impulsar ese programa, a impulsar ese proyecto para que el pueblo cada día siga tomando espacios de poder, porque en la democracia bolivariana el poder no es de Chávez, el poder no es de los gobernadores, el poder no es de la Asamblea Nacional, el poder debe ser cada día más del pueblo venezolano, ese es el verdadero sentido de esta revolución y cuando hablo de poder me refiero al poder como instancia general, no sólo el poder político sino también el poder económico, el pueblo cada día debe ser dueño de la economía popular, de la economía social, de la economía productiva; al pueblo hay que hacerlo propietario de la tierra, de las fábricas, del capital para que con ello el pueblo pueda cumplir la tarea que tiene que cumplir: construir la República con igualdad de oportunidades (Chávez, 2005d: pp.475-476).

4.2.2.1.2.2 El gobierno bolivariano como instrumento del “pueblo”, comprometido con el “pueblo” El Presidente Chávez buscaría presentar a nivel discursivo el tipo de dinámica que se establecería entre él y sus seguidores dentro del gobierno bolivariano. El Primer Mandatario estaría apuntando a la consolidación de un imaginario en el que se establezca una relación con pocas mediaciones institucionales entre el líder y el “pueblo”, donde el gobierno bolivariano sea visto como una herramienta para la expresión de los intereses del “pueblo” venezolano. Esto va en sintonía con la afirmación de Izarra (ídem.) de que los funcionarios del Estado no son los que decidirán, sino que éstos deberán servir de herramientas para canalizar las demandas y exigencias de la población. De ahí que se presenten frases como la de que “con Chávez el gobierno es el pueblo”, incluso el propio Presidente afirmará en 1999 con motivo de la toma de posesión de su cargo, lo siguiente: Prepárense ustedes para gobernar, porque la idea de la democracia, precisamente es esa idea según la cual es el pueblo el que gobierna (…) yo gobernaré Venezuela siguiendo el mandato del pueblo que es el auténtico y único dueño de la soberanía nacional (Chávez, 2005a: p. 36). Así pues, en relación con la imagen del gobierno bolivariano como gobierno del “pueblo”, Chávez ha insistido desde los inicios de su mandato en 1999, que el estaría junto al “pueblo” en la lucha por la construcción del nuevo sistema político en Venezuela. Así, llegaría a decir con motivo de la propuesta para la convocatoria a la ANC: “estaré en la batalla constituyente a tiempo completo junto al pueblo” (Chávez, 2005a: p. 206). En el Aló Presidente Nº 180, en el marco de la celebración del aniversario 187 del nacimiento de Ezequiel Zamora, el Primer Mandatario destacaría la importancia de la

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participación popular para coadyuvar en la construcción de un gobierno del “pueblo”. En este sentido, destacaría la necesidad de fortalecer los distintos canales de participación ciudadana existentes y promovidos por el gobierno bolivariano. Que hable mi gente, que testimonios tan bonitos estamos viendo. Esto es producto de la participación popular y quiero insistir en ese tema para invitar a todos, a todos en todas partes a que incentivemos, motoricemos, facilitemos la participación popular comunitaria, siguiendo el mandato constitucional porque esa es la base del nuevo modelo democrático que aquí está naciendo en Venezuela, es la democracia participativa, es la misma gente asumiendo (…) el empoderamiento del pueblo, es decir, darle poder a las comunidades. Pero parte importante de ese poder esa organización comunitaria, organizados unidos es como podremos salir adelante, adelante, siempre adelante; bueno, ustedes han visto unas comunidades educativas organizadas, unas comunidades organizadas para el manejo del agua, las mesas técnicas de agua, los Comités de Tierra Urbana, los Círculos Bolivarianos, los Círculos Patriotas, es la organización popular, hay experiencia en todas partes, los Conucos Zamoranos, los Fundos Zamoranos (…) Es el Gobierno de la gente, es el Gobierno del Pueblo (Chávez, 2004a: pp. 18-19). En el discurso de celebración del V aniversario del gobierno bolivariano el 2 de febrero de 2004, el Primer Mandatario volvería la mirada nuevamente sobre el compromiso del gobierno bolivariano con el “pueblo” de Venezuela. Yo en estos cinco años, por supuesto, que he cometido errores, que he fallado en ocasiones distintas, pero más allá de todo eso los éxitos no son míos, los éxitos son del pueblo venezolano, los éxitos son del esfuerzo colectivo de mis ministros, de mis ministras, los éxitos son de ustedes; los errores anótenmelos a mí, los éxitos son de ustedes (…) Muchísimas gracias porque ustedes me han hecho conseguirle razón sublime a la vida y a todos, a todos los venezolanos y venezolanas les ratifico que mientras esté aquí al frente del barco, mientras Dios lo quiera y ustedes lo aprueben cada día y cada noche crecerá mi amor por mi patria y crecerá mi compromiso con el pueblo venezolano. Yo les llamo a todos y aprovecho esta noche bonita, aprovecho esta noche bonita porque además sé que estoy recogiendo el clamor de ustedes también y un deseo profundo de ustedes, aprovecho para hacer un llamado a todos los venezolanos en este día de aniversario, incluyo allí a quienes no comparten nuestros puntos de vista, incluyo allí a los venezolanos que se oponen a mi gobierno, siempre les he dicho que tienen derecho a oponerse a mi gobierno, que tienen derecho a conformar una oposición, pero que sea una oposición honesta, leal con el país, que acepte la Constitución y las leyes (Chávez, 2005f: pp. 82-83). Ese mismo año, cuando aceptó la decisión del CNE de realizar el referéndum presidencial, lanzaría la ofensiva gubernamental para conseguir los votos necesarios para ser

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ratificado como Presidente conocida como la “Batalla de Santa Inés”. En el marco de esta intervención, resaltaría el vínculo que tiene él y su gobierno con el “pueblo” venezolano. Quiero saludarlos a todos ustedes que están allá afuera compatriotas, se que me están viendo y me están oyendo frente del Palacio, cuantas manos, cuantos brazos, cuanto amor, se que tienen ahí horas cantando, se que están tremolando las banderas de la dignidad de la patria, se que tienen el corazón lleno de esperanzas, se que están preocupados muchos de ustedes, pudieran estar llenos de angustias algunos, por las campañas mediáticas o por la falta de información. Quise hablar con ustedes, sobre todo con ustedes, ustedes mi pueblo, ese pueblo al que amo, ese pueblo al que le pertenezco, ese pueblo, ustedes venezolanas y venezolanos con quienes eché mi suerte a andar como dijo José Martí de los pobres de la tierra, “con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar”. Con el pueblo venezolano eché mi suerte, para siempre, con ustedes estaré siempre, los invito a esta nueva batalla, Bolívar lo dijo muy claro, yo siempre lo he tenido aquí en mi conciencia, voy a leerlo en 1826 dijo Bolívar de nosotros su pueblo. Bolívar pensaba de nosotros su pueblo que es lo que yo pienso de ustedes mi pueblo y de la democracia popular, que hoy si canta victoria, que hoy si se fortalece, no es la victoria de la oposición lo que tiene que celebrar nadie, no nos han derrotado, yo creo que la oposición más bien tiene que celebrar que han derrotado, ellos han derrotado no a Chávez, han derrotado las bajas pasiones y ojalá para siempre, señores de la oposición han derrotado los caminos del golpismo, han derrotado las ambiciones, han derrotado los caminos del terrorismo y se han venido por el camino de la democracia, bienvenidos, contamos con ustedes (Chávez, 2005f: p. 308). El 26 de septiembre de 2004, en el programa Nº 205 de Aló Presidente, el Jefe del Ejecutivo Nacional haría especial énfasis en la necesidad de trabajar en estrecha relación con el “pueblo” para alcanzar los objetivos planteados por el gobierno bolivariano. Yo llamo a todos a que asumamos esta nueva prueba de las elecciones regionales con mucha conciencia, con ideología. Con responsabilidad ante un pueblo que cada día reclama más y mejor liderazgo, compromiso, un pueblo que está allí heroico, grande y al que no se puede engañar y el que se ponga la camiseta del engaño yo estoy seguro que será molido por el molino de los dioses o por el trapiche de la historia, no perdona el trapiche de la historia. Así que revolucionarios a ser cada día más revolucionarios, candidatos a ser verdaderos lideres uniendo al pueblo y no diciéndole, diciéndole verdades al pueblo y no mintiéndole, orientándolo, madurando con él, construyendo con él, sumando con él y avanzando con él, con el pueblo siempre y andar con el pueblo es andar con Dios (Chávez, 2004b: p. 7). El 2 de febrero de 2005, con motivo de la celebración de los 6 años del gobierno bolivariano, desde el autoproclamado “Balcón del Pueblo” el Presidente Chávez resaltaría

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nuevamente las bondades de su gobierno y el estar en consonancia con los intereses y demandas del “pueblo”. Este gobierno es el primer gobierno, desde el año 1935, que permanece aquí más de cinco años, desde 1935, eso refleja la fortaleza del pueblo que apoya a su gobierno, porque lo que dijo José Vicente Rangel es muy cierto, aquí no estamos celebrando nada personal ni estamos celebrando seis años de Chávez en el gobierno, no. Chávez es, yo soy apenas un instrumento del dueño del poder en Venezuela que hoy no es otro que el soberano pueblo de Venezuela, el pueblo de Simón Bolívar, son ustedes los dueños del gobierno y son ustedes los que me trajeron aquí un día como hoy, hace seis años, los que me han apoyado, el pueblo bolivariano, el pueblo venezolano, la gran mayoría de los venezolanos y los que cuando la fuerza de la contra revolución me sacó de aquí, por esa misma calle, una madrugada, se activó el poder popular y en menos de 48 horas me volvieron a traer y me pusieron aquí, son ustedes tercos de verdad, ¿No? Yo estaré aquí siempre a la orden de ustedes cumpliendo con el mandato constitucional, con el mandato popular (Chávez, 2005g: pp. 100-101). Esta construcción discursiva se ha mantenido prácticamente inalterable a los largo de los años del gobierno chavista. Así por ejemplo, en el año 2006, en la transmisión 249 de su programa Aló Presidente, Chávez afirmaría nuevamente sobre su relación con el “pueblo” de Venezuela: El que juega con la esperanza popular, el que engaña al pueblo, así como alguien engaña a un niño o a cualquier otra persona, juega con el sentimiento, juega con la emoción. Yo no juego con el pueblo venezolano ni con sus sentimientos, ni con su emoción, yo vivo, vivo, con ese sentimiento. Soy parte de ese sentimiento. Y junto a todos ustedes lucho, luchamos, para hacer realidad la esperanza nacida y ese optimismo que ahora nos baña, gracias a Dios (Chávez, 2006c p. 74). Con esto, se pretendería construir una imagen que señale al Presidente como un miembro más de ese “pueblo” al que se ha referido constantemente a lo largo de los años y reforzar así la identificación del “pueblo” con la figura de Chávez.

4.2.2.1.3 La anti-oligarquía o el anti-establishment: la construcción de identidades a través del descontento y rechazo del “otro” Por otra parte, siguiendo con la perspectiva arraigada en la lógica populista, el Presidente Chávez pretendería articular un discurso de carácter dicotómico que le permitiese sentar una clara diferenciación con su pasado inmediato, aquel que identificaría con la “democracia puntofijista”. Aprovechando el descontento producido por la incapacidad del sistema

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democrático para darle respuestas efectivas a todos los sectores de la sociedad, este discurso podría tener un anclaje importante en los “illiberal gaps” o nichos de descontento al marcar distancia con el antiguo establishment y su incapacidad para resolverle los problemas del “pueblo” de Venezuela (Hernández, 2007), y así facilitar la consolidación relaciones de solidaridad social que permitan la generación de nuevas identidades sociales y políticas. Se modelaría así una visión dicotómica de la realidad y el tiempo histórico, agrupadas en dos grandes bloques de valor opuesto: por un lado la historia de la “oligarquía”, que es considerada ilegítima y antipopular, expresada en antivalores como la traición. Esta historia sería utilizada como fuente de rechazo hacia el sector de la sociedad que hoy la representa: los oligarcas del presente. Por el otro lado, se alude a una historia donde se sitúan los héroes y nobles, personales de arraigo “popular” que entregaron sus vidas por un ideal que fue mancillado (González Deluca, 2005: p. 183). Como se verá a continuación, dentro de la lógica chavista esta sería la historia del “pueblo” venezolano, el cual habría padecido la traición de sus intereses por parte de los sectores oligárquicos en la época de la llamada IV república (1830-1998). En esta línea cabe destacar el discurso pronunciado por el Presidente Chávez en el momento en que tomaba posesión de su cargo el 2 de febrero de 1999. Aprovecharía la oportunidad para “denunciar” al sistema que, según él, acabaría con su llegada al poder. Haría un llamado a toda la sociedad para trabajar en la reconstrucción del país. Hoy comienza para todos nosotros una tarea inmensa; se trata de que con estas manos, con estas mentes, con estos corazones, unidos todos nosotros estamos llamados a salvar a Venezuela de este inmenso e inmundo pantano en que la hundieron 40 años de demagogia y corrupción, 40 años es demasiado para un pueblo, 40 años es demasiado para el pueblo venezolano. Ya basta, ahora yo como líder de la nación que quiero ser verdaderamente, como conductor de este pueblo le hago un llamado a todos ustedes, a todos los que puedan oír este mensaje, los que puedan verme desde sus casas, desde sus sitios de trabajo, desde sus sitios donde aman, donde lloran, donde ríen, donde esperan. Yo les llamo a todos, la tarea es de todos, que nadie se quede ahora rezagado, es el momento de sumar fuerzas de todo tipo para levantar a Venezuela, para reconstruir la Patria y para impulsarla con vigor hacia el próximo siglo que ya tenemos en el horizonte (Chávez, 2005a: pp. 34-35). De lo anterior se desprendería cómo el Jefe del Ejecutivo Nacional apelaría al uso de significantes vacíos para articular una cadena equivalencial que permita el que un mayor

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número de personas puedan identificarse con la realidad que construye a través de su discurso (Laclau, 2005a). Esta imagen que busca la solidaridad a través de la identificación con el opuesto, es utilizada como un significante vacío al referirse al establishment y a la oligarquía de manera general y muy imprecisa como los culpables de la situación en la que vive el “pueblo” venezolano, tomando así como principal referente el descontento generalizado que experimentaba la población venezolana hacia el sistema político en general para el momento (López Maya, 1996, 2006). Siguiendo con la tradición de los populismos clásicos (di Tella, 1965; Worsley, 1970; Malloy, 1977; Canovan, 1981; entre otros), y con los nuevos populismos de izquierda (Castañeda, 2006; Roberts, 2007), el Presidente Chávez articularía una retórica con connotaciones antiestablishment, donde denunciaría las desigualdades sociales como un producto de las políticas económicas neoliberales. Por esta razón, el discurso buscaría la defensa de los intereses del “pueblo”, resaltando la igualdad social y la justicia social como valores sustantivos inherentes al nuevo orden político que se pretende construir. La lanza de Páez se puso después al servicio de los enemigos de la Patria y eso fue una de las causas de la tragedia del siglo pasado (…) Echaron atrás la revolución, la traicionaron, la desviaron y le entregaron la Patria a la oligarquía que la destrozó, a esta IV República que nació sobre las cenizas de Bolívar en 1830 y que hoy está muriendo. La IV República se va, la IV República agoniza. A la IV República la enterraremos y descansará en paz, porque ya basta, está bueno, ¡No más, nunca más! (Chávez, 2005a: p. 193). Así por ejemplo, con motivo de la conmemoración de los 100 años de la Revolución Restauradora el 23 de mayo de 1999, Chávez denunciaría nuevamente la incapacidad o complicidad del sistema político “puntofijista” para canalizar las demandas de los distintos sectores del “pueblo” venezolano. Venezuela hoy no está restaurada, ojalá pudiéramos decir que sí, pero dolorosamente tenemos que reconocer, hermanos, que Venezuela está destrozada. A la Patria la destrozaron, especialmente en estos últimos 40 años de dominio de un sistema político que perdió la esencia de su pueblo, y que ya no es querido por su pueblo sino que es rechazado por su pueblo; absolutamente rechazado porque se volteó contra el pueblo y su esperanza. Traicionó el postulado de una democracia que ojalá hubiese sido democracia, porque la democracia, como decía Abraham Lincoln, un dirigente político norteamericano, “la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” (Chávez, 2005a: p. 197).

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Desde una perspectiva similar, en el discurso realizado con motivo de la instalación de la Asamblea Constituyente el 5 de agosto de 1999, el Presidente Chávez resaltaría la “traición” de los ideales bolivarianos por parte de la llamada “cuarta república”, identificada con la democracia representativa que tendría su génesis con el Pacto de Punto Fijo en 1958. Hoy, así como aquella Cuarta República nació sobre la traición a Bolívar y a la revolución de independencia; así como esa Cuarta República nació con el amparo del balazo en Berruecos y a la traición; así como esa Cuarta República nació con los aplausos de la oligarquía conservadora; así como esa Cuarta República nació con el último aliento de Santa Marta, hoy le corresponde morir, con el aleteo del cóndor, que volvió volando de las pasadas edades. Hoy, con la llegada del pueblo, con ese retorno de Bolívar volando por las edades de hoy, ahora le toca morir, a la que nació, traicionando al Cóndor y enterrándolo en Santa Marta. Hoy muere la Cuarta República y se levanta la República Bolivariana. De allá viene esta revolución, de los siglos que se quedaron atrás, desde 1810, 1811, 1813, 1818 y 1819, desde 1826 y 1830 (Chávez, 2005a: p. 284). En un discurso realizado en Caracas el 24 de agosto de 2002, para celebrar la “Marcha Por La Paz Y En Contra De La Impunidad”, el Presidente Chávez manifestaría su descontento por la decisión del Tribunal Supremo de Justicia de absolver a los militares que participaron en el golpe de Estado del 11 de abril de ese año. Volvería a articular el malestar de aquellos sectores identificados con el “pueblo” para contraponerlos a lo que consideraba el enemigo común, señalado en este caso como la “oligarquía” venezolana, siguiendo así una lógica eminentemente populista para asentar una identidad a través de la identificación del opuesto (Wiles, 1970; Laclau, 2005a, entre otros). Ahora así como el 11 de abril, día del golpe oligárquico, porque ese golpe que a nosotros nos lanzaron fue un golpe elaborado fríamente por la oligarquía venezolana, además con sus ramificaciones internacionales. Ese golpe del 11 de abril generó una rápida, contundente, patriótica y valerosa respuesta del pueblo bolivariano y de los militares bolivarianos y patriotas. Una respuesta de la que ya el mundo tiene noticia y eso hay que recordarlo, porque nunca antes, y esto es bueno que lo sepamos, que lo internalicemos y que no lo olvidemos, que lo digamos por todas partes, que lo analicemos. Lo que aquí ocurrió -lo vuelvo a repetir- los días 12 y 13 de abril, no tiene precedentes en la historia de los países del mundo en los últimos 500 años. Lo que el pueblo venezolano fue capaz de hacer, lo que el pueblo venezolano hizo fue historia, la acción popular, la rebelión popular del 13 de abril contra la tiranía que se instaló en el amanecer del 12, quedará escrita para siempre en las páginas imborrables de la historia venezolana, de la historia latinoamericana y de la historia de todos los pueblos del mundo, grandioso lo hecho por ustedes (Chávez, 2005d: pp. 398-399).

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El 2 de febrero de 2004, en el marco de la celebración de los 5 años del gobierno bolivariano, el Presidente Chávez haría un repaso sobre su interpretación histórica de lo que fue el siglo XX en Venezuela. Ahí, nuevamente, señalaría el carácter elitesco y no popular de los gobiernos que le precedieron, en un intento por aglutinar a sus seguidores en una nueva identidad política. Esto se lograría estableciendo el límite o la frontera que los dividiría a ellos de los otros, en este caso al “pueblo” de las élites económicas y políticas. Desde 1908 sobre todo hasta 1958, 50 años exacto de gobiernos militares elitescos y entregados a intereses antinacionales, y en 1958 comienza otra etapa que duraría exactamente 40 años más, desde 1958 hasta 1998, 40 años de gobierno elitesco, civiles elitesco, entregados a las élites económicas nacionales y a las élites internacionales, traicionando también las esperanzas de un pueblo, pero es la misma línea de continuidad. Estamos hablando de 90 años, 50 de gobiernos militares y 40 de gobiernos civiles. Pero en el fondo lo mismo, gobernaron con las élites, no fueron gobiernos realmente democráticos, dejaron a un lado los intereses nacionales y entregaron el país a intereses foráneos, y permitieron que se hundiera la mayor parte del pueblo venezolano en la pobreza, al lado de la riqueza infinita que tiene esta tierra bendita por la mano de Dios nuestro Señor, el creador de todo esto. De allí venimos nosotros (Chávez, 2005f: pp. 78-79). En esa misma intervención, volviendo sobre el planteamiento anteriormente señalado, comentaría lo siguiente: Desde 1908 hasta 1958 gobernaron las élites militares aliadas con las élites económicas sobre todo; pero no tenía pueblo, eran militares sin pueblo, su apoyo estaba en la fuerza de las armas y en la fuerza del dinero; luego desde 1958 hasta 1998 gobernaban élites civiles, pero sin pueblo igual y amparadas en el uso de la fuerza (Chávez, 2005f: p. 82). Las construcciones simbólicas presentadas podrían demostrar el interés por parte del Presidente Chávez de presentar una historia maniquea, que divide la realidad en dos grandes bloques: “pueblo” y “oligarquía”. Esta estrategia sería ampliamente utilizada por aquellos movimientos y gobiernos que apelan a la lógica populista para la representación de una realidad social donde las demandas y exigencias de los sectores “populares” quedan relegados producto de los intereses de las élites económicas y políticas (di Tella, 1965: Malloy, 1977, entre otros). En la Tabla 2, se presentan algunas frases extraídas del discurso presidencial que apuntarían a esta diferenciación dicotómica propia de la lógica populista entre “ellos” y “nosotros”, o entre la “oligarquía” y el “pueblo” respectivamente.

242 Tabla 2 Diferenciación en el discurso del Presidente Chávez entre “ellos” y “nosotros”, la “oligarquía” y el “pueblo” Ellos: oligarquía y establishment  “Hoy comienza para todos nosotros una tarea inmensa; se trata de que con estas manos, con estas mentes, con estos corazones, unidos todos nosotros estamos llamados a salvar a Venezuela de este inmenso e inmundo pantano en que la hundieron 40 años de demagogia y corrupción, 40 años es demasiado para un pueblo, 40 años es demasiado para el pueblo venezolano” (Discurso de toma de posesión el 2 de febrero de 1999). “A la Patria la destrozaron, especialmente en estos últimos 40 años de dominio de un sistema político que perdió la esencia de su pueblo, y que ya no es querido por su pueblo sino que es rechazado por su pueblo; absolutamente rechazado porque se volteó contra el pueblo y su esperanza. Traicionó el postulado de una democracia que ojalá hubiese sido” (Discurso con motivo de los 100 años de la Revolución Restauradora el 23 de mayo de 1999). “Hoy, con la llegada del pueblo, con ese retorno de Bolívar volando por las edades de hoy, ahora le toca morir, a la que nació, traicionando al Cóndor y enterrándolo en Santa Marta. Hoy muere la Cuarta República y se levanta la República Bolivariana. De allá viene esta revolución, de los siglos que se quedaron atrás, desde 1810, 1811, 1813, 1818 y 1819, desde 1826 y 1830” (Instalación de la Asamblea Nacional Constituyente el 5 de agosto de 1999). “Estamos hablando de 90 años, 50 de gobiernos militares y 40 de gobiernos civiles. Pero en el fondo lo mismo, gobernaron con las élites, no fueron gobiernos realmente democráticos, dejaron a un lado los intereses nacionales y entregaron el país a intereses foráneos, y permitieron que se hundiera la mayor parte del pueblo venezolano en la pobreza, al lado de la riqueza infinita que tiene esta tierra bendita por la mano de Dios nuestro Señor, el creador de todo esto. De allí venimos nosotros” (Celebración de 5 años de gobierno el 2 de febrero de 2004) Fuente: elaboración propia a partir de discursos señalados  Nosotros: pueblo “Verdadero dueño de este proceso, al verdadero grandísimo héroe de este tiempo, quien no es otro que el pueblo noble y heroico de Venezuela” (discurso dado en El Paseo Los Próceres, luego de su juramentación como Presidente el 2 de febrero de 1999). “El pueblo heroico, glorioso y grande de Venezuela que, como siempre hemos dicho, es un pueblo de guerreros, de poetas, de libertadores. El pueblo venezolano es uno de los pueblos más grandiosos del mundo entero” (Encuentro nacional por la Asamblea Constituyente Educativa en Barlovento el 4 de diciembre de 1999). “El pueblo seguirá mostrando el engrandecimiento de la fuerza popular y de la conciencia popular bolivariana y revolucionaria, no podrán con el pueblo bolivariano” (Celebración del XLV aniversario del 23 de enero de 1958). “Porque esta, la que ustedes constituyen, es una savia heroica para inyectársela al nuevo sistema económico que debemos construir en los próximos años, un sistema económico productivo que genere bienestar y una calidad de vida superior para todos los venezolanos y para todas las venezolanas” (Discurso con con motivo de la graduación de un millón de alfabetizados de la Misión Robinson el 27 de noviembre de 2003)

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4.2.2.1.4 El Socialismo del Siglo XXI o Socialismo Bolivariano Como rasgo característico de los nuevos populismos de izquierda que han irrumpido en la región en los últimos años, el Presidente Chávez retomaría el discurso de enfrentamiento y contraposición al “imperialismo”. Su propuesta estaría enfocada en la construcción de un nuevo socialismo, al cual, siguiendo a Dieterich (2005), El Troudi (2006, 2007) y Lebowitz (2006), llamaría Socialismo del Siglo XXI (SSXXI). Siguiendo a El Troudi (2006), el SSXXI debería entenderse como algo que está por hacerse, es decir, “debe ser visto en términos de proceso; su ideal establecer nuevas relaciones de convivencia humana basadas en la igualdad, la justicia social y la solidaridad, instaurando para ello un nuevo modo de producción” (El Troudi, 2006: p. 3). Este nuevo modo de producción debería construirse desde la perspectiva de la llamada “economía social”, donde las cooperativas, la cogestión y las Empresas de Producción Social (EPS) cumplen un rol fundamental (El Troudi, 2006; El Troudi y Monedero, 2006). Desde una perspectiva política, el SSXXI exigiría el cambio de la institucionalidad de las democracias representativas hacia una democracia “participativa y protagónica”, donde cumplirían papeles importantes las mesas técnicas de agua, los comités de tierra urbana, los consejos comunales, entre otras instancias promotoras de la participación de la ciudadanía, todo con el propósito de fortalecer la “dirección popular del proceso democrático” (El Troudi y Monedero, 2006; Misión Vuelvan Caras-MINEP, 2005). Exceptuando estas consideraciones, el SSXXI se presentaría como una especie de “significante vacío”, definido más por lo que no es que por lo que vendría a ser. De ahí que autores como El Troudi (2006) lo consideren un proceso en construcción. De ahí que el autor enumeraría una serie de elementos a los que no debería sucumbir el SSXXI, antes que proponer cualidades definitorias del mismo. Entre aquellos aspectos que no debería ser enumera: “1. Ni capitalista de Estado, 2. Ni populista – paternalista, 3. Ni mesiánico, 4. Ni estatista, 5. Ni armamentista, 6. Ni ateo, 7. Ni unipartidista, 8. Ni totalitario, 9. Ni extrapolador de modelos, 10. Ni practicante excesivo del centralismo “democrático”, 11. Ni auspiciante de la división entre dirigentes y dirigidos” (El Troudi, 2006: p. 11). Las reflexiones en torno a la necesidad de construir el SSXXI se habrían empezado a esbozar a partir de 2004, cuando el Presidente Chávez traería el tema a la palestra pública y declararía el 27 de mayo de ese año en una conferencia magistral dictada en la Universidad

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Nacional Autónoma de México la necesidad de fortalecer la denuncia y la lucha en contra del “imperialismo”. Cayó la Unión Soviética, murió el socialismo, dijeron algunos. Se enterró el comunismo, ¡Viva el capitalismo! Y ahora en su fase superior, el neoliberalismo. Ese discurso fue logrando la eliminación de un término que durante años sirvió para orientar a los pueblos del mundo, de una palabra, de una definición: el imperialismo. Desde hace años se dejó de hablar de imperialismo. El discurso de la globalidad condenó esa palabra y la congeló. Pero con lo que hemos estado viviendo en el mundo en los últimos años, creo que esa palabra hay que descongelarla y traerla de nuevo al primer lugar del diccionario de los que luchamos por la justicia, por la igualdad y por la libertad de nuestros pueblos, para oponernos a todo imperialismo, sobre todo porque está ocurriendo algo (Chávez, 2005f: pp. 272-273). El 30 de enero de 2005, en el Foro Social Mundial en Porto Alegre, el Presidente Chávez sostendría la necesidad de construir una opción de desarrollo alternativa al capitalismo, la cual mencionaría brevemente, sin hacer mayor precisiones al respecto, que estaría vinculada con el socialismo. Yo, cada día me convenzo más, capitalismo y socialismo, no tengo la menor duda. Es necesario, decimos y dicen muchos intelectuales del mundo, trascender el capitalismo, pero agrego yo, el capitalismo no se va a trascender por dentro del mismo capitalismo, no. Al capitalismo hay que transcenderlo por la vía del socialismo, por esa vía es que hay que trascender el modelo capitalista, el verdadero socialismo. ¡La igualdad, la justicia! (Chávez, 2005g: p. 90). Ese mismo año, en el marco de la IV Cumbre de la Deuda Social y la Carta Social de las Américas realizada el 25 de febrero de 2005 en Caracas, el Primer Mandatario volvería nuevamente la mirada sobre la necesidad del socialismo como modelo político y económico para el desarrollo de las sociedades del mundo. Entonces si no es el capitalismo ¿Qué? Yo no tengo duda, es el socialismo. Ahora ¿Qué socialismo cuál de tantos? Pudiéramos pensar incluso que ninguno de los que han sido, aun cuando hay experiencias, hay logros y avances en muchos casos de socialismo, tendremos que inventárnoslo y de allí la importancia de estos debates y de esta batalla de ideas; hay que inventar el socialismo del Siglo XXI y habrá que ver por qué vías, muchas vías lo sabemos, lo táctico es tan variado como la mente de cada uno de nosotros (Chávez, 2005g: p. 161). Siguiendo esta misma línea, en el marco del IV Encuentro Hemisférico en Contra del ALCA celebrado el 29 de abril en La Habana, el Presidente Chávez resaltaría la necesidad de “reinventar” el socialismo para adecuarlo a los nuevos tiempos. Utilizaría la “etiqueta” del

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socialismo como una especie de significante vacío laclauliano al afirmar que éste deberá construirse y definirse. El camino es el socialismo, es la única alternativa al capitalismo, sólo que creo que debemos reinventar el socialismo, reinventar un socialismo adecuado a nuestras realidades y a nuestro siglo XXI, reinventarlo y estamos reinventándolo, pero no es un reinvento o un invento de individuos o de pensadores en lo individual, que pueden ayudar muchísimo (Chávez, 2005g: p. 274). El 1 de mayo de 2005, en un acto conmemorativo del Día Internacional del Trabajador en la Avenida Urdaneta, el Primer Mandatario volvería sobre la idea de la necesidad de construir un nuevo modelo socialista. Es imposible en el capitalismo lograr nuestras metas, tampoco es posible buscar una vía intermedia; no, no hay duda, invito a Venezuela toda a que marchemos por la vía del socialismo del nuevo siglo, un nuevo socialismo para el siglo XXI, debemos construir un nuevo modelo social socialista; un nuevo modelo económico socialista, un nuevo modelo político socialista, una sociedad socialista (Chávez, 2005g: p. 317). Más adelante, en esta misma intervención planteará algunas ideas relacionadas con la esencia del sistema y la dinámica económica del nuevo socialismo. Así pues, señalaría lo siguiente: La economía socialista está obligada con otras herramientas y en otro marco a ser eficiente, en todos los sentidos, no sólo la eficiencia productiva mercantil de producir mercancías y ganancias monetarias, no, no me refiero a eso, eficiente en el modo de gestión, de creación de una nueva relación de trabajo entre los trabajadores de la propia empresa, de nuevas relaciones de vida, de trabajo y de producción con la comunidad donde está asentada la empresa, las luchas sociales, la lucha por la educación, la lucha por la salud, la lucha por la ecología, el respeto al equilibrio ecológico, la lucha contra la miseria, por los niños de la calle, por los ancianos desvalidos (Chávez, 2005g: p. 321). Luego señalaría el trabajo emprendido por su gobierno para fortalecer actividades propias de la economía social, que a su vez sienten las bases para la construcción de una economía adaptada al sistema socialista profesado: Hemos puesto en marcha un plan nacional de incentivos, el más importante, repito, no es el económico, es el moral, le voy a hacer un reconocimiento especial a las comunidades, a los alcaldes y gobernadores que presenten los mejores proyectos, según una tabla de evaluación que ya tenemos, un apoyo moral, un apoyo político, un apoyo tecnológico, un apoyo financiero, bien sea a través de donaciones o de créditos para que desde abajo siga creciendo el país, siga fortaleciéndose la nueva

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economía productiva con participación social, es decir la economía popular, no la economía capitalista, es decir la economía social, no la economía de explotación, rumbo a la economía socialista que nos hemos planteado como meta para el futuro (Ídem., p. 330). Es interesante señalar que la Misión Vuelvan Caras nació como un espacio para la capacitación laboral enfocada desde la perspectiva del desarrollo endógeno. Aunque no fue concebida originalmente para la formación y adiestramiento en el marco de un sistema político y económico socialista -ya que su objetivo último era el desarrollo endógeno-, ya en estas intervenciones se iría configurando el nuevo objetivo de la Misión, conocida posteriormente como Misión Che Guevara. Este mes de Mayo, también se gradúan más de 250 mil lanceros de la Misión Vuelvan Caras, después de un año, Dios mío y esta garganta mía tiene que quedar fina para tantos actos. Y esos lanceros ahora, óiganme esto trabajadores de mi patria, esto es parte de las políticas obreristas de este gobierno revolucionario, porque no se trata de formar trabajadores para que sean esclavos asalariados, no, estamos partiendo de un nuevo concepto, la Misión Vuelvan Caras absorbe o atrae, u organiza, agrupa a los desempleados o sub-empleados, después de seis meses de cursos, algunos duraron un poco más, les pagamos una beca de 100 dólares mensual a la gran mayoría para poder sustentar su tiempo de preparación, tenían un ingreso, era una beca, porque la mayoría o todos son muy pobres, no tenían ingreso y tienen familia, la beca cumplió un papel maravilloso y es ahí donde el “Ché” Guevara tiene razón, acerca de la construcción de la economía socialista, no puede construirse un nuevo modelo económico en el marco de la ortodoxia económica, porque casi ningún economista si tu le preguntas, incluyendo los revolucionarios, todos mis respetos a los economistas, pero los economistas tienen una formación y unas leyes económicas (Chávez, 2005g: p. 332). Las referencias que hace recurrentemente el Presidente Chávez hacia el socialismo como la alternativa necesaria para la construcción de un nuevo orden social, económico y político, parecieran reforzar el carácter elástico y vacío del referente. Esto pareciera sustentarse sobre las afirmaciones realizadas por El Troudi (2006), quien señala que el socialismo está por construirse, y que se define más por aquello que no es ni será que por otra cosa.

4.2.2.1.5 La “alianza cívico-militar”: el Ejército y el “pueblo” fusionados La imagen que presenta la fusión entre el sector militar y el “pueblo” podría estar encuadrada en las características de los populismos militares que han emergido en los últimos años en la región latinoamericana (Conniff, 2003). Como militar, el Presidente Chávez ha

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hecho énfasis en el carácter “popular” de la FFAA venezolana, de ahí que defienda la idea según la cual el ejército vendría a ser el mismo “pueblo” pero en armas (Blanco Muñoz, 1998). Aquí además habría calado la propuesta de la posdemocracia desarrollada por Ceresole (1999) donde “pueblo” y ejército están fusionados. Este modelo, tal como lo señala el autor, se sustenta en la participación directa de un pueblo dignificado y de un ejército nacionalizado e industrializado (ídem.). El Presidente Chávez, incluso antes de llegar a la Presidencia de la República, buscaría consolidar la imagen de una unión entre el “pueblo” y el ejército venezolano trabajando en aras del desarrollo del país. En este sentido, puede verse como el 26 de octubre de 1999, en acto celebrado con motivo de la sesión inaugural de la XXX Conferencia General de la UNESCO, el Presidente Chávez volvería la mira sobre lo que consideraba un hecho novedoso de su gobierno: la alianza y el trabajo mancomunado emprendido entre los sectores militares y “populares”. En Venezuela, los militares andan como peces en el agua, estrechándose las manos con el pueblo, trabajando o construyendo escuelas, reparando carreteras, haciendo intervenciones quirúrgicas en los barrios más pobres, trasladando en aviones militares pasajeros, cobrándole solo el precio mínimo del combustible, por las ciudades más alejadas del país. Los marinos de guerra ya no son de guerra, son marinos de paz y andan junto a los pescadores haciendo cooperativas y ayudando a arreglar sus barcas para ir a la mar a buscar la pesca, para navegar los ríos, construyendo escuelas, atendiendo a los niños (Chávez, 2005a: pp. 393-394). El 01 de febrero de 2000 el Primer Mandatario participaría en la instalación de la Comisión Legislativa Nacional, ahí volvería a resaltar la unidad entre el sector militar y el “pueblo” venezolano cuando señalaba que “tenemos nueva Constitución, que tenemos una nueva República, que tenemos un nuevo Estado naciente, que tenemos pueblo, que tenemos Fuerza Armada unida con el pueblo, que tenemos coraje, que tenemos moral y que tenemos disposición para maniobrar” (Chávez, 2005b: p. 47). En el acto realizado el 13 de octubre de 2002 para celebrar los 6 meses de la restitución del hilo constitucional del gobierno bolivariano, destacaría la labor realizada por la Fuerza Armada y el “pueblo” venezolano en la defensa del gobierno contra el golpe de Estado ocurrido el 11 de abril de ese año. La Fuerza Armada Venezolana, sus hombres y sus mujeres, comprometidos están con esta Constitución, con su pueblo, con su historia, con su dignidad y con el

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grandísimo papel que junto al pueblo hoy están cumpliendo los militares venezolanos, por eso desde aquí, vamos a mandarle un aplauso caluroso a los soldados de la República, soldados conscientes, soldados del pueblo, soldados de la democracia, soldados de la paz, del Ejército, de la Marina, de la Aviación y de la Guardia Nacional, el aplauso del pueblo para sus soldados que están y estarán con la Constitución Bolivariana, con la paz, con la democracia y el compromiso popular (Chávez, 2005d: p. 469). Ahora bien, en el acto organizado en la Avenida Bolívar de Caracas con motivo de la celebración del XLV aniversario del 23 de enero de 2003, el Presidente Chávez recordaría, lo que desde su perspectiva, fue la separación realizada por la democracia “puntofijista” de las fuerzas armadas y el “pueblo” venezolano. En este sentido, reforzaría la imagen de la unión “cívico-militar” promovida por su gobierno y el trabajo conjunto de ambos sectores en la gestión del mismo, particularmente en su involucramiento en lo que fue la defensa y restitución del gobierno bolivariano el 13 de abril de 2002. Conveniente es sacar conclusiones (…) acerca de lo que ocurrió aquella jornada memorable del 13 de abril. La recuperación de la democracia dada la unión del pueblo con los militares patriotas, nos permitió iniciar un proceso de reestructuración, depuración y reunificación de la Fuerza Armada Venezolana y hoy tenemos una Fuerza Armada reunificada, fortalecida y allí de pie firme defendiendo a la Constitución Bolivariana y al pueblo de Venezuela. ¡Qué viva la Fuerza Armada! Ahí tenemos al Ejército venezolano, ahí tenemos a la Marina de Guerra Venezolana, ahí tenemos a la Fuerza Aérea Venezolana y ahí tenemos a la Guardia Nacional Venezolana trabajando junto al pueblo y defendiendo la dignidad de la sociedad y la Constitución Bolivariana (Chávez, 2005e: p. 79). Más adelante, el 19 de septiembre de ese mismo año el Jefe del Ejecutivo Nacional daría un discurso a propósito de la segunda promoción del plan nacional de alfabetización Misión Robinson y la juramentación de la Comisión Presidencial de la Misión Sucre, volvería nuevamente la mirada sobre el trabajo mancomunado realizado por los militares y los civiles en el desarrollo de la nación. La Misión Sucre (…) arranca con un censo nacional, un censo nacional que ya está preparado logísticamente, civiles y militares, todos juntos, la unión civil-militar hay que seguirla fortaleciendo en la batalla de todos los días, la unión civil militar, y quiero resaltar el esfuerzo de los militares venezolanos junto al pueblo, eso siempre hay que resaltarlo, y siempre hay que aplaudirlo, reconocerlo, no hay ejemplo alguno en este Continente y en 200 años, de una Fuerza Armada entregada de lleno a la tarea diaria de luchar junto a su pueblo por la felicidad general, por la paz, por la justicia, por la libertad, nuevos libertadores, herederos verdaderos de las glorias de Bolívar y de los libertadores de América, por eso

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saludo con especial deferencia al Inspector General del Ejército, al Comandante General de la Armada, al Comandante General de la Guardia Nacional, al Inspector General de la Fuerza Aérea, y llévenle muchachos este aplauso a todos los soldados de nuestra querida Fuerza Armada venezolana (Chávez, 2005e: p. 547). El 8 de octubre de 2004 el Presidente Chávez realizaría una presentación en la Academia militar con motivo de la inauguración del año académico 2004-2005, ante un auditorio conformado por los nuevos cadetes de la FFAA. Aquí señalaría la importancia del trabajo mancomunado entre el cuerpo castrense y el “pueblo” para lograr la transformación social, política y económica auspiciada desde el inicio de su mandato. Ustedes deben meterse a fondo en la filosofía de este modelo de desarrollo, en la ideología bolivariana que es la que impulsa este modelo de desarrollo integral en el concepto del desarrollo endógeno, he estado insistiendo en estos últimos meses porque en verdad la Revolución Bolivariana, sorteado muchas dificultades después del 15 de Agosto, hemos entrado en una nueva etapa y es necesario acelerar la marcha, redoblar el paso, afincar el paso como diríamos en nuestras jergas castrenses afincar el paso, redoblarlo, afincar las políticas de transformación social y económicas sobre todo porque he allí la médula y allí la Fuerza Armada ha jugar un papel fundamental junto al pueblo, junto a los trabajadores (Chávez, 2005f: pp. 556-557). A propósito del III Encuentro Mundial de Solidaridad con la Revolución Bolivariana el 13 de abril de 2005, el Presidente Chávez señalaría la importancia de que la Fuerza Armada trabaje por el desarrollo del país, ya que según él, la FFAA vendría a ser el “pueblo” en armas, de ahí que se desprenda desde la lógica chavista, la innegable fusión que se produciría entre el sector militar y el civil. ¿Saben quién es imprescindible? ¡El pueblo! Ese sí es el imprescindible, el pueblo unido, consciente, el pueblo unido con la Fuerza Armada que no es otra cosa sino el pueblo en uniforme y con las armas en la mano, eso sí es imprescindible, y eso es lo que tenemos que cuidar nosotros y fortalecer el pueblo consciente, unido, la Fuerza Armada consciente y unida junto al pueblo, y unos partidos políticos de nuevo tipo, unos partidos políticos renovados, democratizados, revolucionarios verdaderamente, y unos movimientos sociales populares bien conscientes, revolucionarios verdaderamente; los poderes locales bien sólidos, las gobernaciones, las alcaldías, los concejos municipales, los consejos legislativos regionales, las juntas parroquiales, la nueva estructura, las nuevas leyes bien asentadas, bien fortalecidas, es decir la nueva estructura político-jurídica, la nueva estructura económica, PDVSA bien fortalecida, el modelo endógeno, las empresas de Guayana, los núcleos endógenos bien sembrados y en marcha, el país

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produciendo los alimentos que consume, las microempresas, las pequeñas empresas, las cooperativas (Chávez, 2005g: pp. 241-242). Puede decirse que a través de su articulación discursiva, el Presidente Chávez apuntaría a presentar a la Fuerza Armada Nacional bajo un nuevo rol de liderazgo político que se involucra en la participación activa del desarrollo del país junto a la población civil. Trasciende así la esfera de lo militar -resguardo de la soberanía nacional y defensa del paíspara adquirir cualidades propias del sector civil como el voto militar, la colocación de sus oficiales en los cargos públicos no militares, la participación en programas sociales como el Plan Bolívar 2000, etc. (Manrique, 2001).

4.2.3 Las misiones bolivarianas Las misiones bolivarianas forman parte de los programas sociales del gobierno del Presidente Chávez y buscan solventar el acceso a diversos derechos sociales. Para López Maya éstas han sido concebidas como “políticas de emergencia y/o temporales para atacar ciertas necesidades urgentes de los sectores populares (…) son quizás las que han alcanzado una mayor fama fuera del país” (2006: p. 355). Esta perspectiva también es compartida por autores como Romero Jiménez (2006) y Lacruz (2006), incluso para el primero, Chávez habría logrado construir un discurso cercano a la población venezolana, sobre todo para aquellos considerados excluidos de la democracia “puntofijista” (Romero Jiménez, 2006). Por esta razón, las misiones bolivarianas se han convertido en la propuesta principal en materia de política social del gobierno del Presidente Chávez. Responderían a un elemento coyuntural de la vida política del país, específicamente al paro general de 2002 y el referéndum revocatorio de 2004, así como a la necesidad de consolidar las simpatías y el apoyo hacia el Presidente en medio de esa coyuntura. En el contexto de las tensiones que se presentaron durante los años 2003 y 2004, el gobierno necesitaba reconfigurar la política social y los programas sociales con miras a obtener resultados visibles de la gestión, a fortalecer la imagen del Presidente, a producir el arraigo de la política en los sectores populares y a movilizar grupos comunitarios como portadores y defensores de la promesa del PRB, con el fin de ganar el referendo revocatorio y recuperar la gobernabilidad del país. En este sentido, las misiones constituyeron una estrategia con una triple función: conformaron un paraguas para condensar los objetivos estratégicos y los esfuerzos de la política en una agenda única de acción; se convirtieron en un mecanismo extra-institucional y expedito para poner a operar la política social

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conforme se moviera el escenario político, y resultaron una herramienta para tener control sobre la dirección de la política, desde varios ángulos a la vez (D’Elia, coord., 2006: p. 206). El Ministerio de Comunicación e Información (MINCI) considera que la génesis de las misiones pueden rastrearse en los ataques de los sectores de la oposición hacia el gobierno bolivariano, los cuales fueron aprovechados “por el Presidente Chávez y el pueblo organizado para profundizar los cambios” (MINCI, 2006: p. 14). Estas políticas sociales se orientarían a “saldar la enorme deuda social que arrastra la nación, luego de décadas de despilfarro y exclusión social, y a construir el nuevo Estado social revolucionario” (ídem.). El MINCI considera que la implementación de este tipo de programas sociales fue posible en su momento gracias al “compromiso inmediato de las mayorías excluidas de asumir el protagonismo en la transformación de sus vidas y de la sociedad venezolana en su conjunto” (ídem.). Se trata de un modelo revolucionario de políticas públicas, que conjuga la agilización de los procesos estatales con la participación directa del pueblo en su gestión (…) Las misiones representan el mayor esfuerzo público que haya conocido la nación para enfrentar corresponsablemente las necesidades del pueblo venezolano, como medio para garantizar su plena incorporación al desarrollo local y nacional (…) Promueve la consolidación de una democracia participativa genuinamente original, construida codo a codo por el gobierno revolucionario y el pueblo en revolución (MINCI, 2006: pp. 14-15). En este sentido, en relación con el impacto de estos programas sociales del gobierno, en diciembre de 2003, haciendo referencia a las misiones educativas, específicamente de la Misión Robinson y de la graduación de un millón de alfabetizados, el Presidente Chávez afirmaría desde una retórica con referencias bélicas, la batalla librada en las misiones para coadyuvar en la superación de la pobreza. Además, apelaría a una especie de republicanismo al señalar que el esfuerzo del gobierno y de la población tienen como fin último el mejoramiento de la patria. Todas estas misiones deben convertir a cada aula de clase en una unidad de producción, en una cooperativa, en una unidad de trabajo social, en un pelotón, pues, si habláramos militarmente; en cada aula de clases ese es un pelotón para la batalla social, un pelotón que se está adiestrando en la teoría y en la realidad para la gran batalla de sacar a Venezuela para siempre del mapa de la pobreza, del mapa del hambre, del mapa de la desigualdad, es una tarea suprema. Yo invito a que nos armemos del más grande de los espíritus de patriota para que asumamos cada día con mayor vigor esta batalla; en esta batalla, compatriotas, se nos irá la

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vida, pero bien invertida estará la vida por la vida de la patria, por la vida de los de demás (Chávez, 2005e: p. 657). Ahora bien, en su mensaje anual a la Asamblea Nacional el 15 de enero de 2004, el Presidente Chávez recalcaría el carácter único de los programas sociales impulsados por su gobierno al afirmar que “las misiones le abren las puertas a la participación popular” (Chávez, 2005f: p. 58). Siguiendo este razonamiento, el Primer Mandatario dará un discurso el 28 de agosto de 2004 con motivo del desfile de las Misiones Bolivarianas en El Paseo Los Próceres en donde señalará el trabajo realizado para impulsar la inclusión de los sectores marginados de la vida nacional y así propiciar la construcción del Estado social de derecho y de justicia. Necesitamos institucionalizar no sólo el Día de las Misiones, sino institucionalizar las misiones, porque las misiones son componentes fundamentales del nuevo Estado social de derecho y de justicia, los que estaban excluidos ahora están incluidos: estudiando, capacitándose, organizándose, trabajando con una nueva cultura, con una nueva conciencia, porque las misiones están generando una nueva realidad, incluso en el orden cultural, incluso en el orden psicológico, en el orden ideológico y en el orden filosófico, además de la realidad concreta y práctica que están generando en lo social, en lo económico y en lo educativo (Chávez, 2005f: p. 507). A pesar de su origen coyuntural, autores como Lacruz sostienen que las misiones responden a lo que son las intenciones políticas y de cambio social a las cuales aspira el actual gobierno: “reivindicar a las poblaciones excluidas y remodelar un nuevo tipo de sociedad con nuevas formas de participar en el poder” (2006: p. 172). Este autor sostiene que el valor simbólico asumido por estos programas de acción y ayuda social del gobierno bolivariano se debe a lo siguiente: “su naturaleza diversa, su extensión nacional, su carácter simbólico en momentos políticos determinantes y, en algunos casos, las particularidades de su ejecución” (2006: p. 171). En esta misma línea López Maya -tomando como referencia a Febres- señala el anclaje que tienen las misiones en el imaginario popular ya que se les ve como la posibilidad o el instrumento para alcanzar la “inclusión social”. Se enfatiza así la dimensión simbólica que han tenido las misiones, la cual se deriva del discurso y de las imágenes con que estos instrumentos se han acompañado (2006: p. 358). Una de las referencias discursivas más importantes que se ha articulado sería aquella utilizada por la dirigencia del gobierno chavista

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que considera a las misiones como una herramienta fundamental para cancelar la deuda social con la población venezolana adquirida por los gobiernos anteriores (D’Elia, coord. 2007). El Plan de Identidad (…) se ha promocionado bajo el lema “soy venezolano, soy venezolana” promoviendo directamente el desarrollo del sentimiento de pertenencia a la nación como acceso a la ciudadanía; la Misión Robinson “Yo si puedo”, reforzando el sentimiento de autoestima; la Misión Sucre denomina a sus estudiantes “vencedores”, más recientemente, y por iniciativa propia, los indigentes que comienzan a organizarse para acceder mediante una misión a su derecho al empleo, se denominan nómadas, y los de Misión Vuelvan Caras, destinada a superar la altísima tasa de desempleo, “lanceros”. El cambio de nombre es también un cambio de imagen. Esto, por supuesto, se ve potenciado por el discurso del Presidente, permanentemente cargado de símbolos y antecedentes históricos para dar realce y proyección a toda acción política u oficial incluidas éstas de las misiones (López Maya, 2006: pp. 358-359). Las misiones también se convertirían en espacios para la construcción de nuevos referentes identitarios a través de la mitificación del pasado. Es decir, serían espacios para la transmisión de imágenes y símbolos que coadyuven a la representación de una especie de pasado glorioso, lo cual a su vez podría promover la consolidación de nuevas identidades sociales y políticas. En este sentido, en revisión de las publicaciones del MINCI relacionadas con estos programas vinculados a la política pública del actual gobierno, se señalan los ideales bolivarianos como parte esencial de la naturaleza de las misiones (MINCI, 2006). Por medio de la exaltación de una especie de pasado glorioso, se apela a la creación de un paralelismo entre las luchas independentistas decimonónicas y los procesos de transformación políticas puestos en marcha desde la llegada del Presidente Chávez al poder en diciembre de 1998. El proceso de refundación de la República persigue la conquista definitiva de la independencia nacional, por medio de la revolución social, la revolución institucional y la revolución del conocimiento. Estos ideales son los mismos que inspiraron a nuestros libertadores en sus luchas contra el imperialismo español. Las misiones recogen el espíritu de las ideas de Simón Bolívar, el principal precursor de las luchas actuales del pueblo venezolano (…) Las Misiones, como medios idóneos para luchar contra la pobreza, son una herramienta fundamental para lograr la independencia por la que lucharon nuestros libertadores, y que fue sucesivamente traicionada por las oligarquías (MINCI, 2006: pp. 15-17). Siguiendo la lógica del fenómeno populista, expuesta en páginas anteriores de esta investigación, desde los espacios de las misiones bolivarianas se apela a la creación de una imagen que vincule al “pueblo” con los sectores desatendidos por el establishment social y político. En este sentido, se articularía un discurso que afirma la importancia de las misiones

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como mecanismos para dotar de conocimiento y facultades a los sectores que conforman este “pueblo” y así poder transformar la realidad para su beneficio. Así por ejemplo, esto iría en estrecha relación con la característica del populismo de “devolverle el poder al pueblo”, la cual es señalada por Canovan en sus distintos trabajos (1981, 2005). 500 años de desigualdad y explotación y un siglo de capitalismo salvaje y dependiente han dejado un terrible saldo de desigualdad y exclusión. El único medio para enfrentar esta situación es mediante la redistribución efectiva del poder: el poder del conocimiento, de la salud, de la organización, el poder para cambiar la dramática realidad que enfrentan diariamente la mayor parte de los venezolanos. Las misiones apuntan precisamente a darle poder a estas mayorías empobrecidas, para que ellos mismos transformen con su propio esfuerzo la realidad política, social, cultural y económica que ha posibilitado la explotación de los pocos sobre los muchos (MINCI, 2006: pp. 16-17). En concordancia con lo expuesto anteriormente, también puede rastrearse el intento por construir una imagen que refuerce la idea de un “pueblo” organizado, que ha asumido nuevas capacidades y destrezas negadas por el orden social y político de la democracia “puntofijista”. En este sentido, el “slogan” promovido por el gobierno bolivariano para consolidar esta idea es la puesta en marcha de la “democracia participativa y protagónica”. La superación del modelo de dominación imperante requiere la transformación del modelo de democracia representativa que lo ha posibilitado, y la consolidación de las instituciones de democracia representativa, para garantizar la participación directa de las comunidades en la vida pública y en el desarrollo local y nacional. Así como la constitución provee de nuevas instituciones para el ejercicio de la política, su desarrollo y consolidación requiere de nuevas modalidades de hacer política, como medio para superar las limitaciones del Estado liberal. Por ello, las misiones impulsan la profundización de todas las formas de participación y protagonismo del pueblo (MINCI, 2006: pp. 17-18). El éxito de las dinámicas de participación depende de la organización colectiva de los nuevos sujetos del desarrollo. Por ello, las misiones buscan promover la organización social, política y económica de las comunidades, para construir el poder popular y garantizar la efectividad de su participación crítica en las propuestas que adelanta el gobierno bolivariano. A su vez, se articulan con las diversas formas de organización local existentes (…) coadyuvando a fortalecer las redes organizativas populares (MINCI, 2007: p. 19). En conclusión, puede decirse que las misiones bolivarianas, sumadas al discurso del Presidente Chávez, serían portadores de “una carga de representación social, de significados sociales y antropológicos, que colocan al excluido en el epicentro de la acción estatal, ya no

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solo discursivamente sino en la práctica institucional del proyecto bolivariano, esbozado desde 1999” (Romero Jiménez, 2006: p. 208).

4.2.3.1 Misión Ribas: el “nuevo ciudadano” El 16 de octubre de 2003, mediante el decreto 2.656, se creó la Comisión Presidencial que llevó a más de 770 mil venezolanos adultos la esperanza de culminar su bachillerato para, luego, incorporarse a la Educación Superior (MINCI, 2007). Según el portal web oficial de la Misión Ribas, ésta se definió como un programa social implementado por el Gobierno Nacional cuyo objetivo es reinsertar dentro de un sistema educativo y productivo a todas aquellas personas que no culminaron sus estudios de la tercera etapa de educación media y diversificada, para que obtengan su título de bachiller integral avalado por el Ministerio de Educación y Deportes (Misión Ribas, 2008). Siguiendo lógica populista de división dicotómica de la realidad social y de los tiempos históricos (Laclau, 2005a), en una publicación divulgativa sobre las misiones bolivarianas se afirma que con la puesta en marcha de la Misión Ribas se “comienzan a andar el camino hacia la profesionalización, haciendo realidad el sueño de llegar a la universidad. El derecho a una educación de calidad y sin exclusión comienza a renacer de las cenizas dejadas por la IV República” (MINCI, 2007: p. 21). Las áreas de conocimiento estarían pensadas como un todo con el componente de formación de la ciudadanía que les permite a los beneficiarios de la Misión, catalogados como vencedores y vencedoras, tener conciencia y conocimiento de los procesos sociales, políticos, culturales, económicos y ambientales en los cuales tienen participación tanto individual como colectiva en los ámbitos local, regional y nacional con visión latinoamericana y mundial. Éstos se concretan a través del componente comunitario y sociolaboral y la orientación laboral y de empleo adecuada y efectiva en y para una formación integral que se hace realidad con trabajo liberado (Misión Ribas, 2008). Así pues, el Plan de Estudios de la Misión se concebiría como “columna vertebral, el Componente Comunitario y Socio-Laboral, que responde, en toda su magnitud, a los pilares básicos de la pedagogía contemporánea: Aprender a Conocer, Aprender a Hacer, Aprender a Convivir, Aprender a Ser” (MINCI, 2007: p. 21).

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La propia Misión afirma utilizar una metodología novedosa para complementar los planes de estudios tradicionales -matemáticas, lenguaje, historia, ciencias, etc.- con una propuesta de formación que pudiese coadyuvar a la construcción de lo que han definido como un “nuevo ciudadano”. Tiene como propósito la formación de vencedores(as) y facilitadores(as) en los componentes y aspectos que siembran, construyen y ejercitan ciudadanía en el proceso de Refundación de la República. Ser ciudadano y ciudadana va más allá de la participación y protagonismo en los asuntos políticos y apunta, además, a la formación de un ser humano integral que se involucra y compromete con los seres humanos con los cuales convive en familia, en comunidad, región y nación, con visión latinoamericana y mundial en los procesos políticos, sociales, económicos, culturales y ambientales que impliquen calidad de vida para hoy y para las futuras generaciones, bajo los principios de solidaridad y cooperación en la construcción de una sociedad de convivencia. Es así como este programa abre espacios de reflexión, discusión y de formación en los cuales los conocimientos cobran sentido en el contexto, contenidos que les sirva a vencedores y vencedoras en la transformación de su realidad (Misión Ribas, 2008). Los contenidos que la Misión propone tendrían como finalidad un abordaje de todas las dimensiones -política, social, económica, cultural y ambiental-, con el propósito de promover procesos de reflexión integral de lo que significa vivir en sociedad. En este sentido, se ha articulado un Programa de Formación de la Ciudadanía que aborda esta visión al trabajar cinco Temas Macro: 1. 2. 3. 4. 5. Identidad y Soberanía. Ciudadanía y Participación. Derechos Humanos. Nuevo Estado. Educación Ambiental. Estos Temas Macro serían desarrollados de manera articulada permitiendo y fortaleciendo el abordaje simultáneo de las dimensiones política, social, económica, cultural y ambiental a través de temas constitutivos de todo el programa a saber: Filosofía Humanista. Ideario bolivariano (principios de cooperación, solidaridad, convivencia, bien común, unidad, autodeterminación e integración). Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Líneas Generales del Plan de Desarrollo 2001-2007. Desarrollo Endógeno soberano y

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sustentable. Los temas constitutivos no se abordan de manera aislada sino que se abordan de manera integral como enfoque y tema permanente y simultáneo en los temas macros (Misión Ribas, 2008). Ahora bien, pareciera que las imágenes vinculadas a la formación de ese “nuevo ciudadano” que buscaría transmitirse desde los espacios de la Misión Ribas podrían tener un anclaje significativo en los beneficiarios de la misma. Por ejemplo, en acto realizado el 12 de julio de 2006 a propósito de la graduación de 250 mil bachilleres en la IV Promoción de la Misión, la “vencedora” Junilde Medina señalaría que el “gobierno revolucionario le ha dado mayor auge a la educación (…) los excluidos tienen el derecho del protagonismo y participación por primera vez en la historia de la nación. Es así como el pueblo de Venezuela: indígenas, afrodescendientes, campesinos, pueblo humilde en general, son tomados en cuenta desde la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela y en todas las misiones sociales. Avanzamos a paso de Vencedores en el camino de la emancipación”134.

4.2.3.2 Misión Sucre: el “pueblo participativo y protagónico” La Misión Sucre está orientada a facilitar el acceso a la educación superior de “aquellos sectores de población que no han tenido o no tienen oportunidades de acceso, debido a las inequidades todavía existentes en el sistema educativo formal” (MINCI, 2006: p. 25). Por esta razón, se afirma que el programa educativo de la Misión resume la imperiosa necesidad de incorporar a todos aquellos hombres y mujeres que, durante años, fueron ignorados por el sistema nacional de educación superior, mientras que, solamente, eran tomados en cuenta los estudiantes que provenían de altas elites políticas, económicas y sociales (MINCI, 2007). Su creación fue anunciada públicamente por el Presidente Chávez el 29 de julio de 2003 en la inauguración de la Universidad Bolivariana de Venezuela (UBV) (Chávez, 2005e). Aquí se plantearía la necesidad de articular los programas de la Misión con aquellos de la UBV, promoviendo la municipalización de la educación superior, garantizando su pertinencia social y la integración de los estudiantes en sus propias comunidades (MINCI; 2006).

134

En: http://www.misionribas.gov.ve/index.php?option=com_content&task=view&id=46&Itemid=72, acceso el 01/04/08

con

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La propuesta de formación de la Misión Sucre tiene por objeto potenciar la sinergia institucional y la participación comunitaria, para garantizar el acceso a la educación universitaria a todos los bachilleres sin cupo y transformar su condición de excluidos del subsistema de educación superior. Se conjugaría así una visión de justicia social, con el carácter estratégico de la educación superior para el desarrollo humano integral sustentable, la soberanía nacional y la construcción de una sociedad democrática y participativa, para lo cual es indispensable garantizar la participación de la sociedad en la generación, transformación, difusión y aprovechamiento creativo de los saberes y haceres135. Para cumplir con el objetivo señalado previamente, la Misión Sucre incluye en su estrategia un componente de formación sociopolítica, en el que se difunden contenidos y modos de entender la realidad, que parecieran apuntar a la construcción de nuevas identidades sociales y políticas. Acorde con esto, uno de los textos trabajados dentro del Programa Nacional de Formación en Sistemas e Informática es el Libro Azul del Presidente Chávez136. En el Libro Azul se pretende articular un corpus ideológico para el movimiento liderado por el Presidente Chávez a partir del pensamiento de Simón Rodríguez, Simón Bolívar y Ezequiel Zamora. El mismo habría sido definido como el “árbol de las tres raíces”, en razón de las tres figuras históricas que se rescataban. La raíz “robinsoniana”137, se fundamentaba en un sistema que buscaba la originalidad y contextualización del pensamiento, cuestión que quedaría resumida en la frase del propio Rodríguez: “inventamos o erramos”. De lo que se trataría entonces es de “inventar nuevas instituciones para las nacientes repúblicas latinoamericanas o de errar el camino cayendo en el simplismo de copiar modelos de otros tiempos, otras actitudes, otros hombres. Es decir, si no inventamos, caemos fatalmente en el error” (Chávez, 2007: pp. 14-15). Ahora bien, como una extensión la raíz “robinsoniana”, el Presidente Chávez justificará en este trabajo la presencia de de una segunda raíz: la “bolivariana”. Según esta visión, Bolívar habría tratado de llevar a la práctica las propuestas de su maestro Rodríguez de
En: http://www.gobiernoenlinea.ve/miscelaneas/misionsucre.pdf, con acceso el 02/04/08. Como ejemplo, se remite al lector a la revisión del listado de materias impartidas en el Programa Nacional de Formación en Sistemas e Informática de la Aldea Universitaria del Municipio Peña, en el Estado Yaracuy. Ahí podrá revisar en detalle los distintos materiales trabajados para cada una de las materias impartidas, incluida la de formación sociopolítica. En: http://usuarios3.arsystel.com/pnfsi/, con acceso el 02/04/08. 137 Toma este nombre del seudónimo utilizado por Simón Rodríguez para la elaboración de muchos de sus escritos. Ver Chávez (2007).
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inventar una nueva sociedad en la “América Española” o errar tratando de copiar viejos modelos no adecuados a las especificidades de la realidad latinoamericana (Chávez, ídem.). Por último, se presenta la tercera raíz que conforma la “ideología” expuesta en este texto: la raíz “zamorana”. Se desarrollaría a partir de las consignas de Ezequiel Zamora, el “General del pueblo soberano”, que proclamaban “tierras y hombres libres; elección popular; horror a la oligarquía”. Para el Primer Mandatario el pensamiento zamorano estaría ubicado “en un tiempo histórico más cercano al presente” (Chávez, 2007: p. 18) por lo que pareciera que de manera implícita aludiría al sentimiento de rechazo generalizado hacia la “oligarquía” que articulan la mayoría de los populismos en sus discursos. Como se dijo anteriormente, todos estos elementos formarían parte del corpus ideológico del proyecto de transformación social expuesto por Chávez en el Libro Azul, el Proyecto Nacional Simón Bolívar. Por otro lado, otro de los contenidos trabajados en marco del componente de formación sociopolítica, se encuentra el llamado a la “construcción de la democracia participativa y protagónica” como el sistema de gobierno más idóneo. El modelo de la sociedad original de la Venezuela del siglo XXI está concebido con el criterio de un sistema de gobierno que abra con amplitud ilimitada los espacios necesarios donde los pueblos, la masa popular, se desplieguen creativa y eficazmente, y obtengan el control del poder para tomar las decisiones que afectan su vida diaria y su destino histórico. Se trata, entonces, de un verdadero y auténtico sistema democrático (…) “Todo el Poder para el pueblo” es una consigna perfectamente válida que debe orientar el proceso democratizador hacia la sociedad proyectada en el horizonte objetivo (Chávez, 2007: p. 40). Más adelante, profundizando en las características de la nueva democracia que se pretende construir como parte del sistema político necesario para la implementación del Proyecto Nacional Simón Bolívar, el Jefe del Ejecutivo Nacional afirmaría la originalidad del modelo democrático que se pretende construir. El Proyecto Nacional Simón Bolívar debe romper los límites de la farsa representativa, para avanzar hacia la conquista de nuevos espacios participativos en una primera fase de su desarrollo. Pero el objetivo estratégico debe ser la democracia popular bolivariana como sistema de gobierno. Y más aún, como expresión de vida económica, social y cultural del modelo de sociedad original robinsoniano. La Democracia Popular Bolivariana. Protagonismo y Autogobierno (Chávez, 2007: p. 41).

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Desde la perspectiva planteada en el Libro Azul, la “democracia popular bolivariana” necesitaría de ese “pueblo participativo y protagónico” que se ha querido presentar en la Misión Sucre, así como en la Misión Vuelvan Caras por ejemplo. Para ello, sería necesario la superación de la democracia representativa al promover y reforzar los distintos canales para la participación de la población en la toma de decisiones políticas. El pueblo como depositario concreto de la soberanía debe mantener su fuerza potencial lista para ser empleada en cualquier momento y en cualquier segmento del tejido político, para reparar daños a tiempo, para reforzar algún desajuste o para producir transformaciones que permitan el avance del cuerpo social en la dirección estratégica autoimpuesta. Para ello, el sistema político debe instrumentar los canales necesarios, tanto a nivel local como regional y nacional. Canales por los cuales corra el poder popular protagónico. En tal sentido, las comunidades, barrios, pueblos y ciudades deben contar con los mecanismos y el poder para regirse por un sistema de autogobierno que les permita decidir acerca de sus asuntos internos por sí mismos, a través de procesos y estructuras generadas en su propio seno. Es decir, el pueblo debe contar con canales de información suficientes y órganos de decisión en el interior de su anatomía, que le permitan seleccionar sus metas u objetivos, corregir el rumbo hacia ellos, cuando estuviese desviado y, finalmente, producir los cambios en su composición interna, a medida que éstos sean requeridos por los procesos históricos. La democracia popular bolivariana nacerá en las comunidades, y su savia benefactora se extenderá por todo el cuerpo social de la Nación, para nutrir con su vigor igualitario, libertario y solidario al Estado Federal Zamorano. Y su follaje abarcará las estructuras del modelo de sociedad robinsoniano (Chávez, 2007: pp. 42-43). Así pues, la revisión del Libro Azul como texto fundamental del componente de formación sociopolítica de la Misión Sucre, pareciera demostrar la presencia en el texto de una serie de contenidos que apuntarían al reforzamiento y difusión de la imagen de “pueblo participativo” y “pueblo protagónico”, también difundida en la Misión Vuelvan Caras, así como por el propio Presidente Chávez a través de los discursos y alocuciones públicas presentadas en páginas anteriores del presente capítulo. Como ejemplos concretos del anclaje de estas imágenes difundidas en la Misión Sucre para la construcción de nuevas identidades políticas, pueden citarse algunos testimonios realizados por estudiantes de la Misión. En el caso de Maryorie Guerra, estudiante del 6º semestre del Programa Nacional de Formación en Educación en Los Teques (Estado Miranda), al preguntársele por los cambios experimentados desde su incorporación al programa, sostendrá que ahora “tengo una visión del futuro que quiero, me siento comprometida con la comunidad (…) uno se siente unido a la educación del pueblo, para que

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cambie a una mejor sociedad, con nuevos valores, es lo que hace falta, a mi manera de ver entender lo que sucede”138. Por esta razón, afirma la necesidad de que “el estudiante de la Misión Sucre conquista espacios, venciendo viejos paradigmas de pensamiento propios de culturas capitalistas arraigadas”139. En esta afirmación podría rastrearse algunos elementos asociados a la imagen del “pueblo participativo y protagónico” que se involucra en los asuntos públicos para la transformación social, algo que además es explícito en los contenidos del Libro Azul del Presidente Chávez como se mostró anteriormente. Así, como complemento de lo anterior la entrevistada declarará que: Conformo la vocería que se integra a la Promoción del Poder Estudiantil, y éste a su vez forma parte de la Comisión Presidencial Estudiantil. Desde allí ayudamos a impulsar nuestros proyectos, a organizar a las comunidades para que conforme sus Consejos Comunales; recientemente guiamos el debate por el Sí a la propuesta de Reforma Constitucional planteada por el Presidente Chávez, luchamos por incrementar la asignación de las becas para nuestros compañeros, cuidando que éstas lleguen realmente a quien de verdad las necesite. Además hemos ejecutado jornadas de campañas educativas junto a otras instituciones que hacen vida en el sector donde se encuentra la Aldea Paraguay I, que ayuden al manejo y control de la basura en la comunidad140. Por su parte, Jenny Rodríguez, estudiante del 8º semestre del Programa Nacional de Formación en Administración y Gestión recuerda su vinculación en distintas actividades para el mejoramiento de la Aldea Universitaria Villa Asia “UNEG” en el Municipio Carona (Puerto Ordaz). Aquí ha “participado en distintos eventos como vocera estudiantil de mi aldea, impulsado la conformación de comités estudiantiles, consejos comunales y comisiones de trabajo que nos ayuden a mejorar”141. En el caso de Rolando Machillanda, estudiante del 8º semestre del Programa Nacional de Formación en Educación en Ocumare del Tuy (Estado Miranda) comenta que su interés por estudiar educación en la Misión radica en la necesidad de “transformar la sociedad enferma que tenemos, es necesario modificar (…), transformar la educación desde sus bases. Se hace imprescindible la interacción escuela y familia (…) donde con la colaboración de ambos se

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En: http://www.misionsucre.gov.ve/home/view/controlador_detallediaestudiante.php?info=maryorie, con acceso el 05/04/08. 139 Ídem. 140 Ibíd. 141 http://www.misionsucre.gov.ve/home/view/controlador_detallediaestudiante.php?info=jenny, con acceso el 05/04/08.

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puedan formar nuevos ciudadanos”142. A continuación, en un claro ejemplo de referencia al pasado histórico venezolano -por lo tanto a la imagen de “pueblo bolivariano”- sostiene que el compromiso social con la Patria es grande: Los estudiantes sabemos que tenemos que dar lo mejor de cada uno, y en la medida que vamos avanzando en nuestro proceso educativo, conociendo la comunidad, transformando desde lo local, así como lo hicieron nuestros héroes antepasados. Debemos estudiar el pensamiento de Bolívar, el de Sucre, Simón Rodríguez cada día, todos los días debatirlo en grupos de estudios, más allá de las aulas, es lo que hacemos en la Misión Sucre143. Como cierre, puede decirse que pareciera haber una estrategia dentro de la Misión Sucre que facilitaría la difusión de contenidos y representaciones asociadas a la imagen del “pueblo participativo y protagónico”. Esto además podría reforzar la labor emprendida por el Presidente Chávez, quien sistemáticamente ha hecho referencia en sus discursos a esta imagen al resaltar la importancia de la formación de un nuevo ciudadano con mayor sensibilidad por los asuntos públicos. Este ciudadano debería ser capaz de involucrarse y participar en la toma de decisiones tendientes a la transformación del sistema político e institucional del país y coadyuvar así a la construcción de la nueva “democracia bolivariana” (Chávez, 2007).

4.2.3.3 Misión Vuelvan Caras: el “pueblo participativo y protagónico” El 18 de enero del 2004, el Presidente de la República anunció, en el programa Aló Presidente 178, la creación de la Misión Vuelvan Caras, la misma arrancaría formalmente a nivel nacional el 12 de marzo de 2004. El nombre de la Misión fue escogido por el Presidente Chávez, inspirado en el acto de valentía de 153 lanceros patriotas que peleaban bajo las órdenes del general José Antonio Páez. Acorralados por el ejército realista conformado por 1.200 hombres, en las Queseras del Medio, estado Apure, Páez ordenó a sus hombres “volver caras”: dejar el rol de perseguidos y atacar de frente al enemigo. El símil con la batalla liderada por Páez buscaría demostrar como puede ganarse la lucha contra la pobreza y la exclusión social, dos de los principales problemas padecidos por la población venezolana (MINCI, 2005a).

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http://www.misionsucre.gov.ve/home/view/controlador_detallediaestudiante.php?info=rolando, con acceso el 05/04/08. 143 Ídem.

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La Misión Vuelvan Caras se plantea como una estrategia para impulsar el modelo de desarrollo endógeno en el país. Implicaría un proceso de transformación estructural basada en el reconocimiento de nuestra cultura, el respeto al medio ambiente y las relaciones equitativas y cooperativas de producción. Para ello, el Gobierno de la República Bolivariana de Venezuela impulsa la formación de Objetivos y Núcleos de Desarrollo Endógeno Sustentables como mecanismo de generación de redes de cooperación productiva ancladas estratégicamente en un territorio definido (Ídem). El MINCI considera que con la “Misión Vuelvan Caras estamos garantizando las condiciones para el ejercicio de la democracia participativa y protagónica, promoviendo los valores de cooperación y solidaridad, y asegurando la sustentabilidad ambiental, económica y cultural para nuestras próximas generaciones” (Ídem. p. 6). Es interesante destacar como desde los espacios y publicaciones de la Misión, se pretendería transmitir símbolos e imágenes relacionadas con la concepción de un “pueblo participativo y protagónico”, bandera ésta última que ha acompañado al Presidente Chávez y al movimiento bolivariano desde sus actividades clandestinas a principios de la década de 1980. En este sentido, vale la pena rescatar la “misión” de Vuelvan Caras, la cual estaría plenamente alineada con la concepción anteriormente señalada: “Es la participación del pueblo venezolano junto al gobierno revolucionario, en la transformación social y económica del país, mediante la educación y el trabajo, hasta alcanzar una calidad de vida digna para todas y todos” (Misión Vuelvan Caras, 2008). Siguiendo esta lógica, podría señalarse el primer lineamiento estratégico de la Misión, el cual señala la importancia de “convertir -mediante el trabajo- el potencial creador del pueblo en poder popular” (Ídem.). Más adelante, la Misión declara su objetivo de la siguiente manera: “garantizar la participación de la fuerza creativa del pueblo en la producción de bienes y servicios, superando las condiciones de exclusión y pobreza generadas en las últimas cuatro décadas” (Misión Vuelvan Caras, 2008). En estos objetivos pareciera recurrirse a una práctica bastante común de la lógica populista para la construcción o representación de una realidad social concreta: la apelación a la solidaridad a través de la denuncia del statu quo y su responsabilidad en el incumplimiento de los intereses y demandas del “pueblo”. En este caso, la democracia “puntofijista” sería la entidad “denunciada” al hacer referencia su responsabilidad en el incremento de la pobreza y la exclusión social en los últimos cuarenta

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años de la vida nacional. En resumen, se estaría evocando una retórica anti establishment, en ocasiones anti partidos políticos, frecuente en los populismos clásicos y en los neopopulismos como estrategia que coadyuve a la consolidación de nuevas identidades sociales y políticas. Ahora bien, como mecanismo para la difusión de estos contenidos que podrían contribuir a la construcción de nuevas identidades políticas y sociales, la Misión Vuelvan Caras articuló un componente de Formación Sociopolítica como parte de las estrategias para consolidar la “Revolución Bolivariana” en función de “una sociedad libre, cooperativa, democrática, participativa, autodeterminada, consciente, que rompa las relaciones de dominación propias del modelo capitalista imperante en esta sociedad” (Misión Vuelvan Caras-MINEP, 2005: p. 5). Como señala el documento, de lo que se trataría es de la implementación de una “educación liberadora que contribuye a la construcción del poder popular y a la emancipación social e individual” (Ídem.), siendo sus beneficiarios directos los Núcleos de Desarrollo Endógeno de la Misión, las comunidades organizadas y las instituciones de la administración pública. El Eje de Formación Sociopolítica de Vuelvan Caras estaría enmarcado en una metodología de construcción de conocimiento para el fortalecimiento del “poder popular y la emancipación social e individual” (Ídem), conocida como Método INVEDECOR, la cual articularía cuatro procesos: “INVestigar, EDucar, Comunicar y ORganizar, es una herramienta para que el ciudadano de la República Bolivariana de Venezuela actué y asuma otra manera de organizarse, de comunicarse, educarse y de conocer la realidad para transformarla en función de intereses emancipatorios” (Ídem.). Lo anterior tendría como aparente objetivo la construcción y consolidación de una nueva identidad política a través de la representación de imágenes y símbolos relacionadas con el “protagonismo del pueblo” en el marco de la nueva configuración estatal impulsada por el gobierno bolivariano. La Participación Protagónica, está orientada a ocupar y consolidar espacios legítimos y formales de intercambio, comunicación y expresión de los ciudadanos con los órganos del Poder Público, para gobernar y compartir responsabilidades, en la gestión pública local. De esta manera se plantea una redistribución del poder como propiedad colectiva, que pertenece a todos y que se ejerce a través de las diferentes instancias y mecanismos institucionales y comunitarios (Misión Vuelvan Caras-MINEP, 2005: p. 14).

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Así pues, se tendría que para la Misión Vuelvan Caras el reto estaría en la consolidación del “poder popular” lo cual debería hacerse a través de la apropiación de los espacios legítimos y formales de intercambio, expresión y comunicación entre los ciudadanos y la institucionalidad del Poder Público, para gobernar compartiendo responsabilidades. Por esta razón, se plantearía “una redistribución del poder como propiedad colectiva, que perteneces a todos y que se ejerce a través de las diferentes instancias y mecanismos institucionales y comunitarios” (Ídem. p. 16). Además de la imagen de “pueblo participativo” o “pueblo protagónico”, la documentación revisada de la Misión Vuelvan Caras pareciera sugerir la intención de consolidar una imagen vinculada al compromiso del actual gobierno con el “pueblo” venezolano. En este sentido, señala que habría que impulsarse la configuración de una nueva institucionalidad en la que “Pueblo y Gobierno avanzan hacia un Estado de Justicia y Derecho Social (…) una Nueva Hegemonía del poder popular y una nueva institucionalidad democrática de todos y todas” (Ídem. p. 17).

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CONCLUSIONES
Primera parte La presente investigación se planteó entre sus principales objetivos la caracterización del populismo como fenómeno social, económico y político, particularmente en su fase como movimiento social en primer lugar, y luego como forma de ejercer el poder político una vez hecho gobierno. En este sentido, se revisaron con especial énfasis aportes teóricos y experiencias concretas en las regiones europeas, norteamericanas y, particularmente, en las latinoamericanas, para así cumplir con este objetivo. Los planteamientos teóricos revisados en esta investigación demuestran el carácter complejo, poliforme y multifacético del populismo como fenómeno. Abordar su estudio desde la perspectiva de los movimientos sociales implica tomar en cuenta a todos aquellos movimientos que invoquen el nombre del “pueblo” y la representación de sus intereses, entendiendo al sujeto popular como la gente sencilla, los ignorados o marginados de alguna manera por el establishment social, económico y político. Estos movimientos surgen la mayoría de las veces como reacción a cambios sociales profundos que transforman las estructuras económicas y políticas, por lo que vuelven la mirada al pasado para rescatar los valores tradicionales del “pueblo” puestos en peligro por los procesos de modernización desencadenados. Un ejemplo relevante dentro de esta categoría fue el narodnichestvo ruso. Al circunscribir el populismo dentro de una noción estrictamente política, el mismo debe comprenderse como un estilo o estrategia política. Entender al populismo como un estilo político requiere centrarse en sus aspectos expresivos y performativos, sobre todo su dimensión discursiva y la capacidad que de ésta se desprende para difundir símbolos, significados e imágenes tendientes a la construcción de un “pueblo” y a la creación de nuevas identidades sociales y políticas. Ahora bien, el populismo como estrategia política se centra en los métodos y herramientas para acceder y ejercer el poder, en otras palabras, el enfoque radica en la capacidad de poder demostrada por un líder teniendo en cuanta la base de apoyo

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de su mandato una vez que se ha hecho gobierno. La mayoría de las veces la relación entre el líder y su base de apoyo es poco mediada institucionalmente, por lo que se habla de relaciones cuasidirectas establecidas entre ambos. Desde la perspectiva política pueden analizarse movimientos sociales que apelan a un estilo político de construcción y representación de los intereses del “pueblo” por un lado, y a gobiernos que promueven tanto un estilo político como a una estrategia política de articulación con los sectores de la sociedad identificados con el “pueblo” por el otro. En ambos casos serán considerados dentro del marco referencial de fenómeno populista. Económicamente hablando el populismo debe entenderse como aquellos gobiernos que apelan a estrategias y planes económicos de corte distribucionistas, de aumento de la demanda y el consumo interno para impulsar transformaciones a gran escala en el país. En este sentido, buscan el crecimiento económico y la redistribución del ingreso a través de la protección arancelaria, los créditos subsidiados y la sustitución de importaciones, con el objetivo de fomentar el desarrollo de la industria nacional. Esto se hace la mayoría de las veces los riesgos de la inflación y el financiamiento deficitario, las restricciones externas y la reacción de los agentes económicos ante las políticas agresivas del mercado. Desde una perspectiva discursiva, el populismo no puede entenderse sin el referente último de su praxis política: el “pueblo”. Generalmente se refiere a los sectores excluidos, contrapuestos a las élites económicas, sociales y políticas, las cuales se definen bajo el rótulo genérico del “enemigo” o la “oligarquía”, pero la mayoría de las veces el “pueblo” se define más por lo que no es. Es una agregación sumamente diversa y amplia de sectores sociales que muchas veces no se diferencian claramente entre sí, pero que tienen en común la sensación de no haber visto canalizados sus intereses y demandas por el statu quo. En otras palabras, el “pueblo” es entendido como una parcialidad social que pretende asumir la identificación con la totalidad del cuerpo social, cuestión que es posible en la medida en que se articulan los intereses y demandas particulares de todos esos sectores en un referente común por medio de una cadena de equivalencias. Así pues, estos sectores son incorporados a la dinámica social y política a través de la articulación de un discurso que coadyuve a la creación de nuevos referentes identitarios que fomentan solidaridades sociales, de ahí la importancia de la dimensión discursiva para la comprensión del populismo.

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Siguiendo una perspectiva histórica la irrupción del fenómeno populista puede ser rastreada en las últimas décadas del siglo XIX en países como los Estados Unidos de América y Rusia. En el caso norteamericano el populismo estuvo asociado a un movimiento radical empresarial con cierto arraigo en las zonas rurales producto de la industrialización tardía emprendida por el país. Aquí irrumpió uno de los primeros partidos políticos populistas, el autodenominado “Partido del Pueblo”, asumiendo para sí la representación y defensa de los intereses del “pueblo” americano, relegados a un segundo plano por el establishment social, económico y político, que pasaría a definirse dentro del discurso del partido como el “enemigo” al cual había que oponerse, identificado con el sistema financiero y monetario. La experiencia rusa comparte únicamente el rasgo de radicalismo agrario de su par norteamericano. En este caso el narodnichestvo surgió como reacción al proceso de industrialización nacional promoviendo el regreso a una comunidad rural tradicional ideal. Antes que partidos políticos, el movimiento sentaba sus bases de apoyo sobre una parte de la intelectualidad rusa, crítica férrea a la monarquía zarista. En las primeras décadas del siglo XX el populismo hace presencia en los movimientos sociales -y luego gobiernos- gobiernos fascistas y nacionalsocialistas de Italia y Alemania respectivamente. Estos movimientos lograron acceder al poder político e impulsar una serie de transformaciones sociales -para bien o para mal-apelando a una ideología de carácter mítico que miraba al pasado “glorioso” del “pueblo” en estos países. En el caso italiano ésta era plasmada en una idealización del Imperio romano y sus políticas de expansión y conquista, para lograr la captación de intereses y la movilización de grandes sectores de la sociedad italiana en torno a una identidad común. En el caso alemán, siempre bajo un fuerte racismo, el nacionalsocialismo apelaba a la exaltación de las aventuras y los vaivenes del “pueblo ario” -el “paganismo germano”-, entendiéndolo como la raza superior que debía expandir su dominación por toda la tierra. En ambos gobiernos el Estado jugó un rol fundamental para encauzar el desarrollo de las sociedades, muchas veces apelando al corporativismo como manera de vinculación con la sociedad. Promovieron pues la imagen de un Estado fuerte que pudiese impulsar los cambios sociales a la vez que neutralizaba a los enemigos del “pueblo”. En Latinoamérica emergieron una cantidad significativa de movimientos y gobiernos populistas, tanto así que ha llegado a considerarse la región por excelencia para su estudio. Se determinan cinco etapas en la irrupción y presencia del fenómeno en los países

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latinoamericanos: inicial, clásica, tardía, neopopulista y populista de izquierda. La etapa inicial se refiere a la irrupción de los primeros líderes de orientación populista como Arturo Alessandri en Chile e Hipólito Irigoyen en Argentina a principios del siglo XX en los países más prósperos del continente, planteando reformas de corte liberal que promovieran la apertura de los sistemas políticos aristocráticos para darle mayor participación a las clases burguesas emergentes. Articularon una alianza policlasista con las élites descontentas, las clases medias emergentes y, en menor medida, los grupos laborales incipientes, para reclamar la atención insuficiente del Estado tradicional hacia estos grupos. En su etapa clásica, a mediados del siglo XX, el populismo buscó el apoyo entre los sectores medios que experimentaban incongruencia de status y a la naciente clase trabajadora conformada por los obreros industriales y los campesinos que habían migrado a las principales ciudades en busca de mejores oportunidades. Entre los líderes y gobiernos resaltantes se encuentran a Juan Domingo Perón en Argentina (1946-1955), Getulio Vargas en Brasil (19511964) y Rómulo Betancourt en Venezuela (1945-1948), entre otros. Fueron gobiernos apoyados en alianzas policlasistas, conformadas por esos sectores opuestos al orden establecido, en donde se promovió una ampliación de la ciudadanía, la legalización de los sindicatos, etc. Desde una perspectiva política, apelaron al estilo político populista al buscar la representación y satisfacción de los intereses y expectativas de los sectores descontentos con el establishment, lo que pudo concretarse en gran medida por el uso de una ideología muchas veces vaga e imprecisa que exaltaba el nacionalismo y los valores del “pueblo” y de la “comunidad ideal”. A pesar de contar con partidos políticos populistas encargados de agregar y canalizar las demandas de los distintos sectores de la sociedad que los apoyaban, aplicaron la estrategia política populista al pretender la conexión cuasidirecta entre el líder del gobierno la mayor de las veces de esencia carismática- y los grupos que servían de apoyo al mismo a través de grandes concentraciones de masas, mítines públicos, entre otros. Por último, pusieron en marcha políticas económicas distribucionistas para motivar la expansión del consumo interno así como la activación del sector industrial nacional a través de la sustitución de importaciones, todo esto siguiendo las recomendaciones señaladas por la CEPAL en su momento. La fase tardía del populismo remite a los gobiernos populistas de mediados de los años 80, destacando particularmente el de Alan García en Perú. Se estaba ante sociedades que

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experimentaban el desmantelamiento de dictaduras militares, altamente diversificadas y con grados de complejidad mayores que aquellas sociedades donde irrumpió el populismo clásico. Fomentar la constitución de las antiguas alianzas policlasistas era más difícil debido a los múltiples intereses que cohabitaban en el entramado social. Por esta razón, recurrir a la tradicional fórmula del populismo como forma de ejercer el gobierno y administrar los asuntos públicos se hizo menos viable, a pesar de que como estilo político continuó dejando saldos positivos como instrumento electoral. Esto quedó demostrado con la irrupción del fenómeno neopopulista a finales de la década de 1980 y principios de 1990. En Latinoamérica y algunos países de Europa -Francia, Italia, Austria- emergieron nuevos movimientos políticos con liderazgos fuertemente carismáticos, muchos de ellos outsiders que no tuvieron mayor vinculación con la política hasta ese momento, que reclamaron para sí la representación de los intereses del “pueblo”, de ahí que se habló del retorno del populismo. A pesar de la importancia del líder y de su forma de relacionarse con las masas, estos gobiernos se desmarcaron de la experiencia clásica por las políticas y programas económicos que aplicaron, de carácter neoliberal con poca intervención del Estado. Por esta razón, se habló de la presencia de un populismo con nuevas características, orientado a políticas económicas ortodoxas de “derecha”, de ahí la adición del prefijo neo para describir el fenómeno. Entre los ejemplos paradigmáticos se encuentran los gobiernos de Fernando Collor de Mello en Brasil, Carlos Menem en Argentina, Alberto Fujimori en Perú, Abdalá Bucaram en Ecuador, Silvio Berlusconi en Italia, entre otros. Como última etapa se presenta el resurgimiento de gobiernos populistas con orientaciones ideológicas de “izquierda” como respuesta a las profundas desigualdades e inequidades sociales producto de las políticas de orientación neoliberal de los gobiernos de la región latinoamericana, muchos de ellos enmarcados dentro del neopopulismo. Las denuncias provinieron y provienen de nuevos líderes autoproclamados de izquierda, aludiendo que las políticas económicas neoliberales profundizaron la precariedad en las condiciones de vida del “pueblo” al delegar parte de la soberanía nacional en manos del “imperialismo” y los organismos multilaterales. En algunos casos estos gobiernos articularon un discurso confrontacional hacia los Estados Unidos de América identificado como el máximo exponente del “imperialismo” en el mundo, además sus líderes buscaron establecer relaciones poco mediadas con sus seguidores, llegando a ver con recelo algunos formalismos democráticos

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como la rendición de cuentas, las instancias de representación política y la separación de poderes. Como ejemplos de esta tendencia destacan los gobiernos de Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Daniel Ortega en Nicaragua y Hugo Chávez en Venezuela. Por último, a pesar de las diferencias que se hallan entre los populismos clásicos, los neopopulismos y los populismos de izquierda, puede apreciarse la existencia de elementos comunes a todos éstos que trascienden la temporalidad y contextos históricos. Se enumeran a continuación los mismos: a. b. El “pueblo” se convierte en el principal referente discursivo. La presencia de una figura con cualidades carismáticas que lidera el movimiento o el

gobierno. c. Su discurso es de carácter dicotómico y antagónico, llegando a contraponer los

intereses del “pueblo” con los del establishment social, económico y político. d. A través del discurso difunde imágenes, símbolos y formas de representación de la

realidad que promueven la creación de nuevas identidades sociales y políticas. e. La preferencia por establecer relaciones cuasidirectas y poco mediadas

institucionalmente entre el líder y los seguidores.

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Cuadro 4 El fenómeno populista Dimensión Social Características a) Cualquier movimiento o gobierno que invoca al “pueblo” como su principal referente b) Reclama para sí la representación y defensa de los intereses del “pueblo” en contraposición al establishment social, económico y político Algunos casos a) Narodnichestvo ruso b) Partido del Pueblo de los Estados Unidos de América c) El primer gobierno de Juan Domingo Perón en Argentina d) El gobierno de Getulio Vargas en Brasil e) El “trienio adeco” en Venezuela f) El gobierno de Menem en Argentina g) El gobierno de Fujimori en Perú h) El gobierno de Chávez en Venezuela Económica a) Gobiernos que apelan a una política económica de corte distribucionista b) Apelan al crecimiento económico a través del aumento de la demanda y el consumo interno c) Implementan políticas proteccionistas Política a) Estilo político: se refiere a la difusión de un discurso que contenga imágenes, símbolos y referentes que coadyuven a la construcción de un “pueblo” que se oponga al establishment b) Estrategia política: se refiere a los mecanismos utilizados para ejercer el poder de manera específica. Apela al establecimiento de una relación poco mediada institucionalmente, cuasidirecta, entre el líder y sus seguidores Fuente: elaboración propia a) Estilo político: destacan entre ellos el gobierno de Perón en Argentina, el “trienio adeco” en Venezuela, el gobierno de Fujimori en Perú, el gobierno de Chávez en Venezuela. b) Estrategia política: el gobierno de Menem en Argentina, el gobierno de Fujimori en Perú, el gobierno de Chávez en Venezuela a) El primer gobierno de Juan Domingo Perón en Argentina b) El gobierno de Getulio Vargas en Brasil c) El gobierno de García en Perú

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Cuadro 5 Rasgos presentes en las distintas experiencias populistas a lo largo de la historia a) El “pueblo” se convierte en el principal referente discursivo b) La presencia de una figura con cualidades carismáticas que lidera el movimiento o el gobierno c) Un discurso es de carácter dicotómico y antagónico, llegando a contraponer los intereses del “pueblo” con los del establishment social, económico y político d) A través del discurso difunde imágenes, símbolos y formas de representación de la realidad que promueven la creación de nuevas identidades sociales y políticas f) La preferencia por establecer relaciones cuasidirectas y poco mediadas institucionalmente entre el líder y los seguidores.

Rasgos presentes en las distintas experiencias populistas a lo largo de la historia

Fuente: elaboración propia

Segunda parte Ahora bien, teniendo en cuenta los aportes teóricos y las distintas experiencias vinculadas al populismo, particularmente el referente histórico del “trienio adeco”, puede afirmarse que el gobierno de Hugo Chávez en Venezuela cumple con los requisitos que definen teóricamente al populismo como un fenómeno político y como una forma específica de ejercer el gobierno. En su seno se identifican rasgos políticos, discursivos y económicos del fenómeno populista. Esto quiere decir que en el chavismo coexisten simultáneamente elementos que remiten al populismo clásico, el neopopulismo y los nuevos populismos de izquierda que han irrumpido en la región en los últimos años. Desde una perspectiva circunscrita a la esfera política, se detectan en el gobierno del Presidente Chávez elementos propios del populismo, entendido como un estilo y estrategia de carácter político. Visto a la luz del estilo político populista, y teniendo como referencia la experiencia del “trienio adeco”, se hace evidente que el chavismo apela al discurso para coadyuvar a la difusión de imágenes, símbolos, contenidos y representaciones sociales de la realidad que permitan la construcción de nuevos referentes identitarios. Por un lado, se cree que esto se logra particularmente a través de las continuas apariciones y alocuciones públicas del Presidente Chávez, en un intento por lograr un vínculo cuasidirecto con sus simpatizantes. Por otro lado, las misiones bolivarianas –piedra angular de la política social del gobierno

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desde que se pusieron en marcha- se convierten en espacios idóneos para la articulación y difusión de ese discurso que promueve la creación de nuevas identidades sociales y políticas. Ahora bien, el gobierno del Presidente Chávez también debe ser entendido como una estrategia política populista. Una vez conquistada por la vía electoral la institucionalidad del Estado venezolano, el Primer Mandatario ha demostrado poseer la capacidad de poder propia de los gobiernos populistas. El Presidente Chávez ha preferido establecer vínculos poco mediados institucionalmente con sus seguidores en un intento por relacionarse directamente con el “pueblo” venezolano, de ahí el rol fundamental que cumplen sus concentraciones de masa, su programa Aló Presidente, etc. Pero al ser ya un gobierno populista debe mediar algún tipo de institucionalidad entre ambos. Esto sin duda rutiniza el carisma propio del liderazgo de Chávez, al tener que verse obligado a depender de actores institucionales –como el partido político (MVR)- para relacionarse con sus simpatizantes. En la manera como el Primer Mandatario logra resolver esta tensión, se demuestra la habilidad y la capacidad de poder propia de los gobiernos que apelan a una estrategia claramente populista. Desde una dimensión discursiva, tanto el gobierno octubrista como el chavismo siguen al pie la lógica populista, por lo que la labor de creación de un “pueblo” es una de sus tareas principales. Puede decirse que en esto, ambos gobierno fueron y han sido exitosos. Se han valido de un discurso maniqueo característico de los populismos, en el que se contraponen los intereses de la “oligarquía”, el “gomecismo” y el “puntofijismo” -el establishment desmontado con la llegada de los adecos y el chavismo al poder- y el “pueblo” para fomentar solidaridades entre los sectores que lo apoyan e incorporarlos a la dinámica política del país a través de distintas iniciativas. En el caso del chavismo están presentes los círculos bolivarianos, las misiones bolivarianas, los consejos comunales, entre otras. Además, este último ha apelado al uso de significantes vacíos como el “socialismo del siglo XXI”, fácilmente asimilables por su falta de referentes específicos y concretos, para poder articular las demandas democráticas de sus simpatizantes en grandes demandas populares a través de una cadena de equivalencias. La articulación de las demandas particulares en estas demandas de carácter popular significó la conformación de un movimiento que logró contraponerse al antiguo statu quo –“gomecismo” y “puntofijismo”- para promover la construcción de una nueva hegemonía social y política, logrando la homogeneidad dentro de la heterogeneidad, lo que en última instancia fueron las condiciones necesarias para la conformación de un “pueblo”.

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En el caso específico del gobierno del Presidente Chávez, entre los rasgos que remiten al populismo clásico destacan una fuerte retórica anti statu quo, la disposición para incorporar al sistema político a los sectores de la sociedad menos favorecidos, la continua movilización de las masas, el liderazgo carismático del propio Chávez, la importancia de alianzas multisectoriales para el apoyo del movimiento –sobre todo en los inicios de su gobierno-, una importante intervención del Estado en los asuntos económicos llegando a repetir las estrategias de desarrollo sustitutivas y distributivas impulsadas por estos gobiernos a mediados de siglo. Además el Presidente articula un discurso centrado en la confrontación con la “oligarquía”, los partidos políticos del “puntofijismo”, la Iglesia, el viejo sindicalismo, todos actores identificados con el establishment que precedió la llegada al poder del chavismo, y al cual se le atribuyó la incapacidad en representar y promover los intereses del “pueblo” venezolano. Este discurso sigue la lógica populista de dividir a la sociedad en dos grandes bloques antagónicos, confrontados entre sí. Otro rasgo que comparte el chavismo con los populismos clásicos es la retórica nacionalista. El movimiento se erige como defensor de los derechos e intereses del “pueblo” y la “nación” en contra de la “oligarquía” y el “imperialismo”. “Pueblo” y “nación” en este discurso tiende a confundirse. Además, el movimiento se sustenta en el evidente liderazgo carismático del Presidente Chávez, que ha sabido construir un vínculo significativo con distintos sectores del país, particularmente con los más empobrecidos. En relación con el fenómeno neopopulista el chavismo comparte el carácter de outsider de su líder. Chávez llegó a la Presidencia de la República sin tener ningún tipo de experiencia política previa, canalizando a través de un discurso antipolítico el descontento de la población venezolana con el sistema político democrático vigente desde 1958. Además contaría con el apoyo de los grupos de la sociedad que sirvieron de soporte para las experiencias neopopulistas, sobre todo en Latinoamérica: los sectores no organizados y de la economía informal. Por último, sumado a la estrategia propia de los populismos clásicos que buscaba fortalecer el vínculo con el líder a través de continuas movilizaciones de masas, el chavismo, siguiendo la lógica neopopulista, ha apelado al uso de los medios de comunicación social para establecer vínculos directos y cercanos con sus seguidores (Aló Presidente). Teniendo presente las características de los populismos de izquierda que han (re)aparecido últimamente en América Latina, se afirma que el chavismo está en plena sintonía

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con éstos. El discurso articulado por el Presidente Chávez retoma la confrontación con los sectores de la “oligarquía” y el “imperialismo”, identificados como los principales “enemigos” del “pueblo” venezolano. Afirma que el estado de precariedad en la que vive el “pueblo” se debe en parte a la puesta en marcha de políticas económicas de orientación neoliberal y a la incapacidad del sistema democrático representativo para construir un orden social más justo. Propone la construcción de una democracia “revolucionaria”, que en este caso se define como “bolivariana, participativa y protagónica”. En conclusión, el chavismo cumpliría con los requisitos básicos que sigue la lógica del fenómeno populista. Estos son los siguientes: a) Logró articular las demandas de distintos sectores de la sociedad venezolana que

exigían un cambio social, sobre todo en las élites políticas encargadas de la gestión y administración de los asuntos nacionales, cuestión que fue posible mediante la conformación de una cadena equivalencial. Ésta simplificó las especificidades de los intereses y exigencias de estos grupos de la sociedad, canalizándolas hacia demandas colectivas mayores y menos específicas, como la exigencia por un cambio social, planteamiento que desde esa perspectiva era prácticamente compartido por toda la población venezolana. b) Pudo construir un discurso en esencia antagónico y dicotómico, lo que promovió la

formación de una frontera interna que dividió a la sociedad en dos grandes bandos: el “pueblo” lleno de bondades que acompaña y apoya el proceso revolucionario que impulsa el actual gobierno por un lado; los “oligarcas”, “escuálidos” y “traidores a la patria” que se oponen al proyecto del Presidente Chávez por el otro.

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Cuadro 6 Rasgos populistas según su etapa histórica presentes en el chavismo Etapa histórica Populismo clásico (30’s-70’s) Rasgos presentes en el chavismo a) Retórica anti statu quo y nacionalista b) Disposición para incorporar al sistema político a los sectores de la sociedad menos favorecidos c) Continua movilización de las masas d) Liderazgo carismático del Presidente Chávez e) Intervención del Estado en los asuntos económicos Neopopulismo (80’s-90’s) a) Carácter de outsider del liderazgo del Presidente Chávez b) Discurso antipolítico c) Apoyo de sectores informales de la economía d) Uso de los medios de comunicación social para relacionarse con sus seguidores Populismo de izquierda (90’s-) a) Retórica antiimperialista b) Denuncia el fracaso de las políticas neoliberales implementadas en años anteriores c) Apela a la construcción de una “democracia revolucionaria” que reivindique las demandas y condiciones del “pueblo” Fuente: elaboración propia

Tercera parte El chavismo ha recurrido a la puesta en marcha de una lógica populista para la construcción de un “pueblo” como se ha demostrado en el apartado anterior. Del mismo modo en que fue realizado durante la gestión del gobierno octubrista, esta operación se apoya en la difusión de imágenes, símbolos, contenidos y formas de representación social de la realidad que coadyuvan a la creación de nuevas identidades políticas, lo cual se ha apalancado a través de dos mecanismos fundamentales: el discurso del Presidente Chávez y las misiones bolivarianas como propuesta bandera de la política social del actual gobierno. De acuerdo a lo anterior, se han identificado distintas imágenes o formas de representación difundidas a través del discurso del Primer Mandatario y desde los espacios de las misiones bolivarianas. Siguiendo la lógica populista, se afirma que este proceso se ha dado de cuatro maneras particulares:

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a)

De manera vertical, entendiendo que desde las élites políticas, en este caso el

Presidente Chávez y las Misiones Bolivarianas, son los encargados de transmitir las imágenes, símbolos y contenidos hacia los sectores y grupos de la sociedad que simpatizan y apoyan al gobierno chavista. b) Captando el descontento de la población producto de la incapacidad del Estado para

darle respuestas efectivas a sus demandas e intereses. Los “nichos iliberales” son aprovechados por el discurso populista del Presidente y las Misiones para coadyuvar a la construcción de nuevas solidaridades. c) A través de la denuncia y el señalamiento del enemigo, definido como el

“puntofijismo”, la “oligarquía” y el “imperialismo”, se logran difundir imágenes y formas de representación que pretenden consolidar nuevos referentes identitarios. d) Utilizando la historia del país de manera acomodaticia y desde una perspectiva

maniquea, se apela a una mitificación del pasado para construir un paralelismo entre la gesta independentista y los tiempos que se viven en la actualidad. Viene a ser una especie de reedición de la labor inconclusa de Bolívar, Zamora, Miranda, entre otros, en la actualidad. Ahora bien, desde el discurso presidencial son cinco las imágenes divulgadas por el Presidente Chávez en sus recurrentes intervenciones y alocuciones públicas, éstas son: a) El “pueblo heroico” o “pueblo bolivariano”: busca construir un paralelo histórico

entre el “pueblo” que se involucró en los acontecimientos que desencadenaron la lucha por la independencia del país y el “pueblo” que ha acompañado las transformaciones sociales, económicas y políticas impulsadas por el gobierno chavista. b) El “pueblo participativo” o “pueblo protagónico”: apela al carácter protagónico

adquirido por el “pueblo” venezolano en los procesos de toma de decisiones. Señalando las diferencias existentes con el sistema democrático representativo vigente hasta 1998, resalta la vinculación “directa” de la población en los asuntos públicos para la resolución de sus problemas inmediatos. c) La “anti-oligarquía” o el “anti-establishment”: aquí se difunden imágenes y

contenidos que logren la identificación a través de aquello a lo que se opone el chavismo, generalmente definido como la “oligarquía” o el “puntofijismo”, a los cuales se les achaca la

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responsabilidad por la situación en la que vivía el “pueblo” antes de la llegada del Presidente Chávez al poder. d) El “Socialismo del Siglo XXI” o “Socialismo Bolivariano”: plantea la necesidad de

repensar el socialismo y adaptarlo a los nuevos tiempos, de ahí que se hable de un socialismo para el siglo XXI (SSXXI). Esta imagen es construida por medio del uso de significantes vacíos, sobre todo cuando se afirma que el SSXXI está por construirse y se caracteriza por aquello que no es y que no pretende repetir, haciendo clara referencia a las experiencias socialistas del siglo XX, el socialismo real. De esta forma pueden agruparse en un solo referente a tradiciones de pensamiento tan disímiles como la de Marx y Engels, y el republicanismo de Bolívar, Miranda, entre otros. e) La “alianza cívico-militar”, “pueblo” y “Ejército” fusionados: esta imagen resalta

el carácter “popular” de la FFAA venezolana y su vínculo inexorable con el “pueblo” y sus intereses. Denuncia al “puntofijismo” por haber erigido una barrera entre “pueblo” y ejército, particularmente al haberle dado carácter no beligerante a este último. Por esta razón, como elemento diferenciador con el pasado inmediato, el chavismo difunde una simbología donde el “pueblo” y la Fuerza Armada conforman una “alianza cívico-militar”, donde el ejército se involucra de manera activa en otras áreas además de las que le corresponden tradicionalmente –como el resguardo y defensa de la soberanía nacional- para coadyuvar al desarrollo del país. En las misiones bolivarianas estudiadas –Ribas, Sucre, Vuelvan Caras, Miranda- se pudo observar que cada una de ellas se da a la tarea de construir y difundir imágenes vinculadas con el área de atención de las mismas. En este sentido, la Misión Ribas, la Misión Sucre y el componente formativo de la Misión Vuelvan Caras apelan a una simbología vinculada a los procesos pedagógicos necesarios para la formación del nuevo sujeto “revolucionario”, más participativo e involucrado con los asuntos públicos. Por su parte, la Misión Miranda busca fortalecer la imagen de la fusión entre el “pueblo” y la FFAA del país, por medio de la tesis de la “unión cívico-militar”. Se presentan a continuación las misiones y las imágenes a las que recurre cada una: a) Misión Ribas, “el nuevo ciudadano”: a través de un proceso formativo integral, en

los espacios de la Misión se destaca la necesidad de formar un nuevo tipo de ciudadano comprometido con los intereses del colectivo y de la sociedad venezolana en general.

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Teniendo el Programa de Formación Ciudadana como base de apoyo, se difunden imágenes que refuerzan lo que el chavismo ha presentado a la opinión pública como el Ideario bolivariano, sustentado sobre principios de cooperación, solidaridad, convivencia, bien común, unidad, autodeterminación e integración. b) Misión Sucre, “el pueblo participativo y protagónico”: difunde símbolos e

imágenes que apuntan a resaltar el carácter participativo y protagónico que adquiere el “pueblo” venezolano gracias al proceso político puesto en marcha con la llegada del Presidente Chávez al poder. Al igual que en la Misión Ribas, se incluye un componente de formación sociopolítica donde el Libro Azul del Primer Mandatario se convierte en uno de los principales textos de trabajo. Aquí destacan imágenes relacionadas con el corpus ideológico del chavismo, identificado con el Árbol de las Tres Raíces, y el nuevo modelo político implementado, la “democracia participativa y protagónica”, donde el ciudadano se involucra de manera “directa” en la toma de decisiones. c) Misión Vuelvan Caras, el “pueblo participativo y protagónico”: difunde una

imagen del “pueblo” venezolano involucrado en los procesos productivos que consoliden el modelo de desarrollo endógeno. Al igual que las misiones revisadas anteriormente, recurre a una serie de materiales de trabajo que forman parte de un eje de formación política para difundir una representación social de la realidad donde el “pueblo” adquiere participación directa en la construcción de una nueva realidad social, económica y política. El objetivo último es consolidar en el imaginario colectivo el referente que apunte a la construcción del “poder popular”. El análisis de las distintas fuentes consultadas a lo largo de esta investigación permitieron la identificación de las imágenes señaladas previamente. La revisión de algunos testimonios de participantes de las Misiones sugieren que estas imágenes se han asentado en el imaginario colectivo y han podido coadyuvar a la creación de nuevas identidades sociales y políticas. Es importante señalar que para complementar este trabajo documental, se recomienda que futuras investigaciones se den a la tarea de entrevistar en profundidad a simpatizantes del chavismo y beneficiarios de las Misiones, con el firme propósito de detectar la existencia de los nuevos referentes identitarios que habrían sido creados por las imágenes, los símbolos y las formas de representación de la realidad difundidos a través del discurso

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presidencial y las Misiones Bolivarianas, particularmente la Misión Ribas, la Misión Sucre y la Misión Vuelvan Caras.

Cuadro 7 Imágenes difundidas a través del discurso presidencial y las Misiones Bolivarianas

Discurso presidencial a) El “pueblo heroico” o “pueblo bolivariano” b) El “pueblo participativo” o “pueblo protagónico” c) La “antioligarquía” o el “antiestablishment” d) El Socialismo del Siglo XXI o Socialismo Bolivariano e) La “alianza cívico-militar”, “pueblo y Ejército” fusionados Fuente: elaboración propia

Misiones Bolivarianas a) El “nuevo ciudadano” b) El “pueblo participativo” o “pueblo protagónico”

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