III PREMIO “OVELLES ELÈCTRIQUES”
© Los autores, 2012 © ILUSTRACIÓN CUBIERTA: Denis Nuñez Rodríguez http://denispintor.blogspot.com PRIMERA EDICIÓN: junio 2012 © OVELLESELÈCTRIQUESEDICIONS 2012 http://ovelleselectriques.blogspot.com ovelleselectriques@gmail.com

 

Dedicado a todos los participantes, a los ganadores y a los que se quedaron a las puertas… al sufrido jurado y a las editoriales que hicieron posible, por tercera vez ya, toda esta locura…

 

ÍNDICE
-"El Escritor del Fin del Mundo", Pablo Rodríguez Sánchez -"Singularitats", Serafín Gimeno -"Singularidades", Serafín Gimeno -"Bellas Imperfecciones", Diego Antonio López García -"Gran Sol", Carmen del Pino -"El Guardián del Fin", Almudena López Cano -"Neville", Miguel Martín Cruz -"L'anisotropia de la Temperatura Espacial”, Antoni Sarabia Crespo -"La Anisotropía de la Temperatura Espacial", Antoni Sarabia Crespo -"Defectos de Fábrica", Jesús Fornis Vaquero -"El Túnel del Terror", Aleix Ortuño Velilla -"Sub Umbrae", Elena Montagud López -"Sub Umbrae" (CAST.), Elena Montagud López -"Ojos de Cordero", Diana Muñiz Pérez -"Irlia", Marta Bordons Martínez -"El Tiempo Es Oro", Juan Antonio Lucas Gorosabel -"L'adopció", Ruy D'Aleixo -"La Adopción", Ruy D'Aleixo -"Código activo", Manuel Mije -"Suplantación de la identidad", Daniel Caballero Bargueño
Página 8 Página 16 Página 21 Página 26 Página 35 Página 43 Página 50 Página 57 Página 65 Página 73 Página 76 Página 82 Página 89 Página 97 Página 105 Página 112 Página 118 Página 125 Página 132 Página 140

 

-"Vida Ciega", de Clemente Gª Novella -"LSD", de Pere Grament -"LSD" (CAST.), de Pere Grament -"Negra es la Noche", de José Ignacio Becerril Polo -"El Final del Laberinto" de Sara Sacristán Horcajada -"Porque Ellas No Sienten" de Carolina Pastor Jordá -"Onírica Robótica" de Pablo Solares Villar -"La Bestia" de Sara Sacristán Horcajada -"Marta" de Vicente Díaz Blázquez

Página 144 Página 151 Página 156 Página 161 Página 169 Página 175 Página 180 Página 186 Página 194

 

III PREMIO “OVELLES ELÈCTRIQUES”

“El Escritor del Fin del Mundo”

[GANADOR CATEGORÍA RELATO EN CASTELLANO]

“El Escritor del Fin del Mundo”
Por Pablo Rodríguez Sánchez

…y en su cama, el ciervo lloró tinta dorada, sin mirar jamás por la ventana. FIN Buen final, colega, pero me molaría más que el ciervo se quedase con la chica. A veces me toca los cojones leerte, eres demasiado deprimente. Dame un final feliz, anda. Seguro que a ella le gusta también. T. Esta es mi historia setecientos trece desde el fin del mundo. Antes del fin del mundo, el siete y el trece eran los únicos números con los que se podía invocar a la Suerte. Esta vivía su eternidad conceptual acostumbrada al ronroneo de ambas cifras, acudiendo ante su llamada para, en un porcentaje estadístico reseñable, no hacer nada, y solo muy de vez en cuando, cambiarlo todo. Todo el proceso formaba parte de su ser y jamás había pensado que pudiera ser diferente, molesto o aburrido. La invocación era la invocación y la Suerte era la suerte. Era como era. Por desgracia para el mundo incluso las ideas pueden ser caprichosas y no hay idea más caprichosa que la Suerte. Así que un día, en concreto el martes trece de julio del año dos mil veinte, la Suerte decidió que ya no iba a ser invocada nunca más. Estaba harta, o cansada. O quizás todo fuese un breve momento de malhumor y confusión, un impulso desafortunado que no supo distinguir del

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“El Escritor del Fin del Mundo”

verdadero hastío. Fuera como fuera, la Suerte se vio obligada a hacer lo que hacía siempre que tenía que hacer algo: Una apuesta. Ese martes trece de julio del dos mil veinte, una luz surgió en el cielo justo a la derecha del Sol. Era una luz sin luz que brillaba en colores muy distintos del arcoíris, y en ella uno podía ver una eternidad de destinos idílicos y funestos, e infinidad de dados y monedas que siempre giraban y nunca terminaban de caer. Desde ese día, cada vez que alguien trataba de decir siete o trece, solo podía soltar un eructo, una tos rasposa o una carcajada incrédula, o encogerse de hombros. No importaba el idioma ni si eran nuevas palabras, siete era siete, trece era trece. Así pues desde el fin del Mundo, nadie volvió a pronunciar ni al uno ni al otro en voz alta, y nunca más volvió nadie a invocar a la Suerte. Y aunque el resto de ideas, descontando a la Locura y el Absurdo, montarán en cólera (algunas hasta le negaron la palabra) por haber llevado al mundo a su final, a la Suerte su ira solo le provocó una sonrisa. Ninguno sabía que el resultado nunca había importado y nunca importaría, como tampoco importaban las causas ni los razonamientos. Al final, lo único que importaba era la apuesta. FIN No me han acabado de gustar las licencias poéticas que te tomas, pero como análisis histórico del fin del mundo mola pila. Porque eso es lo que pasó, ¿no? T. Esta es mi historia setecientos catorce desde el fin del mundo. Antes del fin del mundo yo era un pobre desgraciado que soñaba con escribir. Vivía del dinero de una beca de estudios, del que me daban mis padres y del que sacaba revendiendo todo lo que algún día me había comprado. Me pasaba la mayor parte del día tumbado en un sofá, o en mi cama, aburrido, o buscando excusas con las que seguir viviendo sin hacer nada. Soñaba con escribir, pero apenas escribía, incapaz de concebir un mundo donde yo fuera capaz de encontrar las palabras adecuadas, las historias interesantes o las musas apropiadas.

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“El Escritor del Fin del Mundo”

Era un infeliz. Tenía amigos, pero nunca se habían enamorado de mí. No mis amigos, claro. Nadie se había enamorado nunca de mí. Influía el hecho de que estaba gordo y odiaba mirarme en el espejo porque, cuándo no lo hacía, podía soñar que estaba delgado y que era mucho más guapo de lo que uno podría creer. Soñar era mi pasatiempo favorito, a ser posible despierto, pero si hay dos hombres de los que nadie se enamora son los gordos y los soñadores. Nunca. No de los verdaderos gordos ni de los verdaderos soñadores. Una vez conocí a un gordo que salía con una chica de marketing en la fábrica de PB. Estaba como un queso la tía. Así que tu historia se cae sola, colega. T. Cuándo el fin del mundo llegó yo lo vi desde el balcón de mi casa: la luz que no era una luz que crecía, los tonos que cambiaban, las líneas que se desdibujaban. Los contornos de los edificios se volvían discontinuos, se atravesaban los unos con los otros; las líneas parecían creadas para cruzarse, y toda línea que existiese, real o figurada, se cruzaba. Nada más salir al balcón me entró un apetito terrible de bebés cocidos, y mientras miraba el faro del fin del mundo pensé que los gorriones tendrían bastante fácil el partido de la tarde siempre que los grajos no alineasen a Mathew; acababa de salir de una lesión de ligamentos en el ala derecha. Nadie estaba muy seguro de si iba a jugar, pero de hacerlo los iba a volver locos a todos. Es el mejor extremo del mundo, recuerdo que pensé. Tardé un tanto en ser consciente de que, si me paraba a analizarlo, todos mis pensamientos carecían de la coherencia interna con lo que había venido pensando hasta entonces (en toda mi vida anterior, se entiende). Y también tardé en darme cuenta de que desde que había salido al balcón no había parado de escribir. Desde entonces no he podido dejarlo. Escribir sin descanso no es una afición ni un comportamiento compulsivo. Es lo que el fin del mundo me ha dado. No me parece que fuera culpa mía, ni que sea un trastorno psicológico; creo que el fin del mundo nos dio un regalo a todos, en algún caso cruel, maligno, absurdo, a veces solo molesto. Hay gente que parece normal y no lo es, y otros somos bastante normales sin parecerlo. El
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regalo puede ser cualquier cosa. A mí me tocó lo de escribir sin parar y no me quejo; a mi compañero de piso, por ejemplo, le entraron unas ganas tremendas de llegar a la luna, así que se puso a construir la escalera más alta que del mundo. Murió al perder el sentido a siete mil metros de altura. Bueno, lo que lo mató fue estrellarse contra el suelo; pero no lo hubiera hecho de no quedar inconsciente por la ausencia de oxígeno. Una pena. Al principio me costaba arreglármelas en el día al día. No es fácil escribir todo el rato y comer a la vez, ni ducharse, ni hacer nada que requiera como mínimo una mano. Ayudaba que ahora lloviesen bebés; no muchos y la mayoría evitaban mi balcón, pero llovían. Tuve que gastarme un montón de chocolate en comprar un tendedero atrapa bebés último modelo parar agarrar a suficientes críos como para ir subsistiendo sin problemas. Otro tema complicado era el de dormir sin dejar de escribir, pero ese se resolvió solo. Un bolígrafo y una hoja de papel y los sueños se encargaron de que la prosa fluyese (la novela “El túnel que contenía una mecedora” la plasmé entera durmiendo. Su secuela mitad y mitad). Me costó menos el tema del baño; me dejaba entrar un par de veces a la semana para ducharme, y orinar y demás lo hacía desde el balcón (el baño me había jurado que como intentase otra vez cagarme en él, me tiraba por el desagüe). Instalé una pizarra en la pared de la bañera y así podía escribir incluso bajo el agua. En general no es que me fuera de perlas, pero tiraba para adelante, como se suele decir. Lo peor eran las relaciones sociales (y no humanas, considerando que ahora la gran mayoría de cosas tenían un nivel de consciencia bastante alto). El fin del mundo se había encargado de trastocarlo todo, y nos había vuelto más solitarios que de costumbre. Recuerdo que una amiga de la facultad me dijo que no podíamos seguir hablándonos ahora que se iba a casar con el chóped; era un embutido demasiado celoso y sabía que yo había andado detrás de ella. O mi colega cinéfilo, que había decidido emprender una gira a Hollywood para comerse al niño de El Sexto Sentido. Ni aunque le explicasen que el niño ya no era tan niño se consiguió que cambiase de idea. A mí me deprimía que pasase lo que pasase nadie consiguiera entender nada de lo que escribía. Como si lo plasmase en ruso o abisal. Era frustrante y doloroso, pero uno se acostumbra;
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“El Escritor del Fin del Mundo”

al final no era más que otra anécdota del fin del mundo, otra historia dentro de la historia. Mi mejor amigo pasó a ser un teclado Oh, yo también te quiero tío. T. roñoso Roñoso lo será tu puta madre, joder. T. con el que escribía todas las historias importantes, y que de vez en cuando se atrevía a incluir sugerencias en mi texto para intentar mejorarlo en futuras reescrituras, En vez de roñoso pon “la mar de simpático, y con teclado numérico” e igual te sigo dando sugerencias. T. o para decir alguna tontería, según el caso. Desagradecido. T. En conclusión: se había hecho difícil tener una amistad normal con nadie. Quizás por todo esto me volví un poco más pesimista. El fin del mundo me había dejado más alicaído que de costumbre. Al igual que antes, sobrevivía gracias a mis sueños de escribir (soñar era mucho más descansado que escribir, y más bonito, puesto que el proceso creativo era ajeno a mí y a la vez lo más mío que hubiera escrito nunca) y a los partidos de fútbol. Al menos ahora el equipo de mi ciudad, los chuchos, se habían traído de estrella a Barnabás, un goleador nato. Con una cosa o la otra, me las arreglaba para que el devenir del apocalipsis no me hundiese demasiado. Conocerte lo cambio todo. ¿A mí? Jo, qué bonito. T. No. A la Lectora. Y no me obligues a hablarte mientras escribo, rompes la narrativa.
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“El Escritor del Fin del Mundo”

Vale, vale, vaya humos que te traes hoy, joder. T. Ocurrió un día en el que salí a comprar un nuevo enano; el viejo se había quedado cojo. El supermercado estaba a rebosar, o más bien rebosaba, porque me suena ver como una ventana goteaba señoras por algún lado. Me había tocado un carrito rebelde, que me arrastraba sin parar hacia la sección de patatas fritas (uno de los escasos valores inmutables de la realidad, sin importar que cuatro jinetes cabalguen y esas cosas), cuándo te vi. Eras muy fea según los nuevos cánones: labios demasiado carnosos, curvas sinuosas, cuerpo delgado, rostro delicado, pechos abundantes, ropa ajustada, cabello radiante. Uno de esos sebosos supermodelos se río al verte pasar, escupiendo pus por todos sus poros, pero yo no. Nunca me han gustado los nuevos cánones. Yo estaba ante la mujer más guapa que había visto en mi vida. Decidí que tenía que escribir sobre ti. Y como ya sabes, escribí sobre ti. Fue la historia doscientos sesenta y cuatro, un poema sobre tus ojos. Y tú, que me viste escribir mientras te miraba, te enfadaste y me lo quitaste de las manos y lo leíste. Pareciste entenderlo, la primera y única que lo hizo desde que el mundo terminó. Te pusiste pálida, tus ojos se entrecerraron y bufaste. Por entonces todavía me confundía como lo que antes era malo ahora era bueno, como el sonrojarse era símbolo de odio, los suspiros ahogados indicaban indignación y las miradas gélidas declaraban amor eterno. Pero contigo supe de inmediato que el poema te había gustado. Fuimos a tomarnos un café (tan eterno como los sueños, la muerte o las patatas fritas) y charlamos sobre balcones, sobre luces y sobre aficiones. Yo lo hice todo sin dejar de escribir el prólogo de una novela que tú me habías inspirado, y tu no dejaste de leer, primero el libro que tenías en tus manos (“Grandes Experiencias y Esperanzas posteriores” de Charles Dickens) y luego lo que yo te iba pasando. “Yo soy el Escritor del Fin del Mundo” te dije, y tú te reíste, y me gritaste: “¡Qué casualidad! ¡Yo soy la Lectora del Fin del Mundo!”. Gritar eran los dulces susurros del pasado. Después de eso ya lo sabes; quedamos de vez en cuando, luego te mudaste a mi casa y después volvimos a separarnos. Nos queríamos y fuimos felices, pero querernos no era bueno en estos tiempos, y a
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“El Escritor del Fin del Mundo”

ti te costaba dormir a mi lado, toda la noche rasgando el papel con el bolígrafo. Te descentraba de tu lectura onírica, solías decir. Seguimos viéndonos, aunque cada vez menos; quizás porque el cielo se iba volviendo más oscuro, o porque las calles estaban cada vez más lejos. Los coches ya no corrían como antes (no corrían, de hecho) y los trenes se habían ido hace mucho. Solo quedaba andar, y andar era muy complicado. Así que pasamos meses sin vernos, y yo ya no tenía nadie para quien escribir, ni tu nadie como yo a quién leer. El mundo era más gris sin ti. Lo descubrí cuando te fuiste. Decidí que no podía seguir así o acabaría volviendo a deprimirme, así que pensé: Tras un par de relatos cortos y la cuarta parte de “El Ciervo” (la he llamado “Lágrimas Doradas”, un nombre estupendo, ¿verdad?) Meh. T. le dedicaré una historia y se la llevaré a su casa, aunque eso suponga caminar, lo que no me apetece demasiado. Y ya que gasto energías, aprovecharé para proponerle volver a casa, durmiendo en habitaciones separadas, claro. Eso es lo que pensé entonces. Y ese pensamiento me ha llevado a este relato y este momento. He aprovechado para contarte una historia, para hacerte una petición, pero sobre todo, para decirte que te quiero. Podría haberme limitado a ir a tu casa y decírtelo, pero las cosas hay que decirlas por el bien de contarlas. Solo así se consigue que reluzcan. Por eso te he contado la historia. Y ahora, te lo digo: Te quiero. Eres un romántico empedernido. T. Hay cosas que no cambian ni con el fin del mundo. ¿Lo eras antes? ¿No eras un gordo aburrido? T. Y un soñador. ¿De los que no se enamoran las chicas? T.

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“El Escritor del Fin del Mundo”

Cállate de una vez. Ah, ya que estoy, también quería preguntarte si tienes tú mis historias siete y trece, porque no las encuentro por ningún lado. Échale un ojo a ver si sabes donde están. Pero esto no es un buen final, no. Lo repetiré, que queda mejor: Te quiero. FIN Un tanto manido. Aunque con final feliz, así que podía ser peor. T. Esta es mi historia setecientos quince desde el fin del mundo. Antes del fin del mundo, el martes era el día que menos le gustaba a un hombre llamado Federico y, cuándo el fin del mundo llegó, descubrió al fin el porqué…

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“Singularitats”

[GUANYADOR CATEGORIA RELAT EN CATALÀ]

“Singularitats”
Per Serafí Gimeno Solà

El bombarder B-52 projectava el seu estabilitzador vertical, la part més visible del seu apèndix caudal contra l’ocàs, contra un cel fragmentat en estries color taronja per la imminència de la nit. Durant el conflicte havíem perdut la major part dels reactors d’última generació; per això, no em va sorprendre que el nostre exèrcit recorregués a models obsolets rescatats dels museus, per transportar i llençar sobre l’enemic la totalitat dels nostre armament. El B-52 era un bombarder subsònic de llarg abast dotat de vuit motors a reacció. Va ser utilitzat per patrullar els cels durant els primers temps de la Guerra Freda, abans de la seva substitució pels míssils intercontinentals. Com si es tractés d’un falciot, la maquina feia vida a l’aire, dormia y repostava a les altes capes de l’atmosfera; preparat per llençar les seves bombes atòmiques sobre l’enemic roig d’aquell moment. Retirats com a ferralla a Tucson, Arizona, a un lloc anomenat Boneyard –un extens cementiri d’avions de guerra– l’Alt Comandament va decidir reparar un cert nombre per tal d’assignar-los un últim servei. Vaig pujar a l’aparell per la rampa de càrrega situada a la cua. Hi havia un home a la bodega, el que transportàvem em va sobtar de tal manera que de bon principi no vaig reconèixer qui era. Hi havia deu bombes temporals a la panxa del vell aparell, els instruments d’aniquilació més sofisticats creats fins a les hores pel gènere humà. Vaig contemplar les bombes; es trobaven en línea una rere l’altre com si es tractés d’un inofensiu collaret de perles. No semblaven capaces de desplegar tot el terrorífic potencial que se’ls atribuïa. La
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“Singularitats”

visió d’aquell armament d’última generació situat a les entranyes d’una antigalla, em va produir certa perplexitat. Material de guerra modern preparat per ser utilitzat a través d’un mitjà obsolet. Vaig deixar de racó el meu nerviosisme i la meva expectació per fixar-me en l’altre ocupant de la bodega. Era un home espigat, de cos fibrós i expressió seriosa. El vaig reconèixer, era el científic Scott Lynch, un dels pocs experts en bombes temporals. La seva presència a bord revelava la importància de la nostra missió. Ens movíem, vaig suspendre les meves especulacions a la espera de moments mes tranquils, sense la incertesa que suposava enlairar un aparell com aquell. L’ocell metàl·lic aixecà el vol sobre la desballestada pista que hauria de conduir-nos al cel, planeja per damunt d’unes antiquades instal·lacions proveïdes de torres de control i valises lluminoses encastades a la superfície de formigó. Immersos a les altures, el B-52 passà per una zona de turbulències. Lynch i jo ballarem un vals ridícul dins la bodega, sense una orquestra que acompanyés les nostres passes. Després del que em va semblar una eternitat, la nau s’estabilitzà. —Es un mitjà de transport arriscat, però te les seves avantatges —digué Lynch—. L’enemic no s’espera que l’ataquem amb una ferralla com aquesta. Com ja deus saber, els tractats internacionals dels últims anys han limitat les operacions bèl·liques a l’espai estratosfèric, les primeres capes de l’atmosfera han estat reservades per a ús civil. De manera que obtindrem pas franc, creuran que es tracte d’una nau d’esbarjo. Estigues a l’aguait i compleix amb el teu deure. Quan et digui, tires de la palanca que obre la comporta d’expulsió. Volem directes cap a l’estat major de l’enemic. Aquestes bombes son les últimes cartes que ens queden per guanyar la guerra —afegí, en un intent per infondre uns ànims que, sens dubte, tant ell com jo necessitàvem. Vaig pensar en l’efecte que les bombes produirien en l’enemic. Una vegada, com a soldat d’infanteria, vaig apreciar les conseqüències que aquell tipus de bombes produïen en el camp de batalla. Durant un avançament caòtic a primera línia del front, l’enemic ens atacà amb morters que vomitaven càrregues temporals sobre nosaltres. Allà on queien, esquadres senceres quedaven presoneres amb tot el seu equipament rere una membrana de
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“Singularitats”

singularitat. Eren com gotes gegantines de rosada que empresonaven legions de formigues al seu interior. Una densa boira s’aixecava rere la pel·lícula membranosa; per la qual cosa era impossible saber que passava a l’interior de les gotes. Perforar-les era inviable; potents camps de força protegien tota l’estructura. Vaig aprofitar la presència de l’expert per preguntar allò que tots els soldats volíem conèixer. —Què passa rere una membrana de singularitat? Lynch m’observà assegut sobre el cos metàl·lic d’una de les bombes, a l’extrem de la filera més propera a la cabina del pilot. —Típica pregunta de neòfit. Per que poguessis entendre l’efecte de la singularitat, abans hauria de parlar-te de la relació existent entre la ment humana i la naturalesa del temps. —No importa, tenim molt poc a fer fins arribar al lloc de les operacions —li vaig exposar la meva ànsia de coneixement. —Què és per a tu el temps? —Una successió d’esdeveniments que es perllonguen des del passat fins al present, per projectar-se cap al futur —li vaig respondre amb allò que dictava el sentit comú de la major part dels mortals. —Fals. Ja Aristòtil creia que tant la memòria com la imaginació eren una sola potència de l’ànima. La memòria emmagatzema les experiències viscudes en forma d’imatges, i la imaginació recorre a aquestes imatges per construir el món temporal en el qual ens moguem. Aquesta combinació de memòria i imaginació ens amaga el fet de que vivim en un present constant, la memòria ordena la percepció de la realitat d’aquest present continu mitjançant l’arxiu d’unes imatges emmagatzemades de manera lineal, de dreta a esquerra o d’esquerra a dreta. Aquesta estratègia d’emmagatzematge és la que confereix a la consciència la sensació de davant i darrera, abans o després. A partir d’aquí, es quan creix en nosaltres la il·lusió de passat; una cosa que només existeix en la nostra memòria. Per quan en el món real, difícilment objectivable degut a la nostra condició de subjectes, només existeix la línea continua del present. Encara que es tracti d’un present mòbil que fuig d’allò estàtic amb l’ajut del canvi continu.

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“Singularitats”

Vaig inspeccionar el rostre del físic, de l’expert integrat a una industria bèl·lica que no havia fet més que créixer de manera exponencial des de l’invenció de la destral de sílex, els seus ulls semblaven més animats. Parlava de la seva obra amb entusiasme, amb l’orgull amb el qual un pare parlaria de la graduació d’un fill universitari. —Amb el futur passa tres quarts del mateix —prosseguí—. Fem servir la imaginació amb l’objecte d’especular sobre ell, atipem el futur de teories les premisses de les quals son extretes dels arxius de la memòria. I tant el futur com el passat poden ser reinterpretats contínuament. La diferencia entre un i l’altre, es que sabem que el futur es una construcció mental mentre que, al mateix temps, ignorem que el passat respon a aquesta mateixa classificació; doncs els esdeveniments passats ens proporcionen una falsa sensació de precisió. I això es així des del moment en que, tota vegada que invoquem un record, no anem a buscar-lo a l’arxiu original, sinó que utilitzem una fotocòpia del mateix, una imatge que recreem a partir d’una còpia extreta de las vivències enllaunades del record. Imagina’t el que això representa, una fotocòpia d’una fotocòpia d’una fotocòpia; pensa en l’error acumulatiu que ocasiona aquest procés d’adulteració en els arxius de la memòria. —Tot això esta molt bé, però continua sense respondre a la pregunta. Que passa a l’interior d’una membrana de singularitat? —La bomba talla la reinterpretació de la memòria, el recurs a la fotocòpia. Presoners d’un bucle, els afectats per la singularitat repeteixen un fragment del seu present de forma perfecta i indefinida. —Indefinida? —vaig preguntar—. No hi ha manera d’aturar el procés? —No que nosaltres sapiguem. Lynch va interrompre les seves explicacions, travessàvem un altre zona de turbulències. Ens agafarem on podíem per no sortir expulsats contra el sostre o les parets de la nau. Vàrem escoltar un cruixit terrible, com si el metall de l’avió fos trossejat per unes estisores gegantines. Les turbulències havien arrencat l’estabilitzador vertical i l’esqueixada en el fusellatge ocasionà l’esperada descompressió. Degut això, un veritable huracà es deslligà a
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“Singularitats”

l’interior de la bodega. Les bombes, malgrat estar assegurades amb una xarxa, començaren a colpejar les unes amb les altres. —Les bombes! —cridà Lynch per damunt de l’esbufec de l’huracà—. Hem d’evitar que colpegin entre si! —Que passa rere una membrana de singularitat? Lynch m’observà assegut sobre el cos metàl·lic d’una de les bombes, a l’extrem de la filera més propera a la cabina del pilot. —Típica pregunta de neòfit. Per que entenguessis l’efecte de la singularitat, abans hauria de parlar-te de la relació existent entre la ment humana i la naturalesa del temps.

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“Singularidades”

[GANADOR CATEGORÍA RELATO EN CATALAN]

“Singularidades”
Por Serafí Gimeno Solà

El bombardero B-52 proyectaba su estabilizador vertical, su picudo apéndice caudal contra el ocaso, contra un cielo fragmentado en estrías color naranja debido a la inminencia de la noche. Durante el conflicto habíamos perdido la mayor parte de los reactores de última generación; por ello, no me sorprendió que nuestro ejército recurriera a modelos obsoletos rescatados de los museos, para transportar y arrojar sobre el enemigo nuestros recursos bélicos. El B-52 era un bombardero subsónico de largo alcance dotado de ocho motores de reacción. Fue usado para patrullar los cielos durante los primeros tiempos de la Guerra fría, antes de su sustitución por los misiles intercontinentales. Como si se tratara de un vencejo, la máquina hacia vida en el aire, dormía y repostaba en las altas capas de la atmósfera, presto a verter sus bombas atómicas sobre el enemigo rojo de aquel entonces. Retirados como chatarra en Tucson, Arizona, a un lugar llamado Boneyard, un extenso cementerio de aviones de guerra, el Alto mando decidió reparar cierto número para asignarles un último servicio. Subí al aparato por la rampa de carga situada en la cola. Había un hombre en la bodega, lo que transportábamos me sobrecogió de tal manera que al principio no reconocí quien era. Había diez bombas temporales en la panza del viejo aparato, los instrumentos de aniquilación más sofisticados creados hasta la fecha por el género humano. Contemplé las bombas, alineadas una detrás de otra como el inofensivo ramillete de un collar de cuentas, no parecían capaces de desplegar todo el terrorífico potencial que se les atribuya. La
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“Singularidades”

visión de aquel armamento de última generación en las entrañas de una antigualla, me produjo cierta perplejidad. Material de guerra moderno preparado para ser usado a través de un medio obsoleto. Dejé a un lado mi nerviosismo y expectación para fijarme en el otro ocupante de la bodega. Era un hombre espigado, de cuerpo fibroso y expresión adusta. Pude reconocerle, se trataba de Scott Lynch, uno de los pocos expertos sobre bombas temporales. Su presencia a bordo revelaba la importancia de nuestra misión. Nos movíamos, suspendí mis especulaciones a la espera de momentos más tranquilos, sin la incertidumbre del despegue. El pájaro metálico levantó el vuelo sobre la desvencijada pista que habría de conducirnos al cielo, planeó por encima de unas anticuadas instalaciones provistas de torres de control y balizas luminosas empotradas en la superficie de cemento. Inmersos en las alturas, el B-52 atravesó una zona de turbulencias. Lynch y yo danzamos de forma grotesca en la bodega, sin una orquesta que acompasara nuestros torpes pasos de baile. La nave recuperó la estabilidad. —Es un medio de transporte arriesgado, pero tiene sus ventajas —dijo Lynch—. El enemigo no espera que le ataquemos con semejante chatarra. Como sabes, los tratados internacionales de los últimos años han limitado las operaciones bélicas al espacio estratosférico, las primeras capas de la atmósfera han sido reservadas para uso civil. De modo que obtendremos paso franco, creerán que ésta es una nave de recreo. Estate atento y cumple con tu cometido. En cuanto te lo ordene, tiras de la palanca que abre la compuerta de expulsión. Volamos directos hacia el estado mayor del enemigo. Estas bombas son nuestra última baza para ganar la guerra — añadió, en un intento por infundir unos ánimos que, sin duda, tanto él como yo necesitábamos. Pensé en el efecto que las bombas producirían en el enemigo. Una vez, como soldado de infantería, pude apreciar las consecuencias que esas armas ocasionaban en el campo de batalla. En un avance caótico a primera línea de frente, el enemigo nos atacó con morteros que vomitaban bombas temporales sobre nosotros. Allí donde caían, escuadras completas quedaban presas con todo su equipo tras una membrana de singularidad. Eran como gotas gigantes de rocío que apresaran legiones de hormigas en su interior.
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III PREMIO “OVELLES ELÈCTRIQUES”

“Singularidades”

Una densa niebla se alzaba tras la película membranosa, por lo que era imposible saber que ocurría en el interior de las gotas de rocío. Perforarlas era inviable; potentes campos de fuerza protegían su estructura. Aproveché la presencia del experto para preguntar aquello que todos los soldados queríamos saber. —¿Qué ocurre tras una membrana de singularidad? Lynch me observó sentado sobre el cuerpo metálico de una de las bombas, en el extremo de la hilera más próxima a la cabina del piloto. —Típica pregunta de neófito. Para que entendieras el efecto de la singularidad, debería hablarte de la relación existente entre la mente humana y la naturaleza del tiempo. —No importa, tenemos poco que hacer hasta llegar al punto de ataque —expuse mi ansia por saber. —¿Qué es para ti el tiempo? —Una sucesión de acontecimientos que se prolongan desde el pasado hasta el presente, para proyectarse hacia el futuro —le respondí con aquello que dictaba el sentido común de la mayor parte de los mortales. —Totalmente incierto. Ya Aristóteles creía que tanto la memoria como la imaginación eran una sola potencia del alma. La memoria almacena las experiencias vividas en forma de imágenes, y la imaginación recurre a esas imágenes para construir el mundo temporal en el que nos movemos. Esta combinación de memoria e imaginación nos oculta el hecho de que vivimos en un presente constante, la memoria ordena la percepción de la realidad de éste presente continuo a través del archivo de unas imágenes almacenadas de forma lineal, de derecha a izquierda o de izquierda a derecha. Esta estrategia de almacenamiento es la que confiere a la conciencia la sensación de adelante y atrás, antes o después. A partir de ahí, es cuando crece en nosotros la ilusión de “pasado”; algo que solo existe en nuestra memoria. Pues en el mundo real, difícilmente objetivable debido a nuestras carencias como sujetos, solo existe la línea continua del presente. Aunque se trate de un presente móvil que huye de lo estático con ayuda del cambio continuo. Inspeccioné el rostro del físico, del experto integrado a una industria bélica que no había hecho más que crecer de forma
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“Singularidades”

exponencial desde el hacha de sílex, sus ojos parecían más animados. Hablaba de su artefacto con entusiasmo, con el orgullo con que un padre hablaría de la graduación de un hijo universitario. —Con el futuro ocurre tres cuartos de lo mismo — prosiguió—. Usamos de la imaginación con objeto de especular sobre él, atiborramos el futuro de teorías cuyas premisas extraemos de los archivos de la memoria. Y tanto el futuro como el pasado pueden ser reinterpretados continuamente. La diferencia entre uno y otro, es que sabemos que el futuro es una construcción mental mientras que, al mismo tiempo, ignoramos que el pasado responde a esa misma clasificación; pues los acontecimientos pasados nos proporcionan una falsa sensación de precisión. Y eso es así desde el momento en que, cada vez que invocamos un recuerdo, no acudimos al archivo original, sino a una fotocopia del mismo, a una imagen que recreamos a partir de una copia que extraemos de las vivencias enlatadas del recuerdo. Imagínate lo que esto representa, una fotocopia de una fotocopia de una fotocopia; piensa en el error acumulativo que ocasiona este proceso de adulteración en los archivos de la memoria. —Todo esto está muy bien, pero sigue sin responderme a la pregunta. ¿Qué ocurre en el interior de una membrana de singularidad? —La bomba corta la reinterpretación de la memoria, el recurso a la fotocopia. Presos de un bucle, los afectados por la singularidad repiten un fragmento de su presente de forma perfecta e indefinida. —¿Indefinida? —pregunté—. ¿No hay forma de detener el proceso? —No que nosotros sepamos. Lynch interrumpió sus explicaciones, atravesábamos otra zona de turbulencias. Nos agarramos donde pudimos para no salir despedidos contra el techo o las paredes de la nave. Escuchamos un tremendo rugido, como si el metal del avión fuera cercenado por unas tijeras gigantescas. Las turbulencias habían arrancado de cuajo el estabilizador vertical y el desgarro en el fuselaje ocasionó la esperada descompresión. Debido a ello, un verdadero huracán se desató en el interior de la bodega. Las bombas, pese a estar
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“Singularidades”

aseguradas con una red, empezaron a golpear unas contra otras. —¡Las bombas! —gritó Lynch por encima del rugido del huracán—. ¡Tenemos que evitar que colisionen entre sí! —¿Qué ocurre tras una membrana de singularidad? Lynch me observó sentado sobre el cuerpo metálico de una de las bombas, en el extremo de la hilera más próxima a la cabina del piloto. —Típica pregunta de neófito. Para que entendieras el efecto de la singularidad, debería hablarte de la relación existente entre la mente humana y la naturaleza del tiempo.

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“Bellas Imperfecciones”

[GANADOR EX AEQUO ACCÉSSIT]

“Bellas Imperfecciones”
Por Diego Antonio López García

—¡He dicho que no! ¡¡No pasaréis, cabrones!! —la voz sonaba estridente, desaforada. Al otro lado de la puerta metálica contestó otra más sosegada. —Sé razonable Martin. ¿Sabes lo que te estás jugando? Te conozco y sé que este lugar para ti no es sólo un trabajo. Es… es tu vida, Martin. No puedes arriesgarla por… No puedes hacer nada por… por “eso”. —¿Eso? ¡¿ESO?! ¡Dilo bien! Nada por ¡¡ELLA!! Tiene un nombre ¿sabes? —Nauara sólo es un programa, Martin. Una ilusión. Un juego de impulsos eléctricos. —¿Un juego? ¡Y una mierda! ¡Tú sí que eres un juego de impulsos eléctricos en esa cosa que llamas cerebro! Y tu cuerpo es un juego de bolas, bolitas, ¡booOOoolas! ¡Je, je! Billones de bolitas dando vueltas y vueltas hasta echar la pota cuántica ¡Je, je! Y el universo otro puñetero juego de bolas cuántico… ¿O a lo mejor no? A lo mejor es otro simple “programa”, ¿eh? —Martin, no me vengas con filosofías baratas. Ya sé que no podemos estar seguros de nada. Lo mismo somos unos cerebritos metidos en unas urnas controladas por unos entes de silicio que nos hacen ver un mundo inventado. ¿Qué sé yo?, pero no podemos andar así. Tenemos que hacer las cosas de acuerdo con lo que parece más real, más evidente. Y Nauara evidentemente es un programa. ¡Coño! ¡Si tú mismo has escrito casi la mitad del código! —Sí, es un programa. ¡Y es una persona!
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“Bellas Imperfecciones”

—No es una persona, Martin. —¡Es un ser vivo! ¡Consciente! Si no, ¡¿qué demonios hemos demostrado con este proyecto?! —Eso es una posibilidad, Martin. Sólo hemos demostrado la posibilidad… —¡Y una mierda! Nauara es un sistema no causal, impredecible, ¡Con libre albedrío! Emociones, autoconciencia… ¡Siente como nosotros! ¡¡Y TÚ QUIERES MATARLA!! —Tranquilízate, Martin, no voy a matar a nadie. Sólo voy a cortar la corriente, Martin… —¡¡¡NOOOO!!! Y con un grito salvaje destrozó la cerradura electrónica. —¡Mierda Martin! Te has pasado tío. Ahora tendremos que llamar al técnico. Nos vas a hacer perder dos horas más ¿Y para qué? No puedes salvarla Martin… “Sí que puedo. Los discos duros son pequeños. Tardaríais en daros cuenta de que no están. El conducto de ventilación…”. —Y como sigas así tampoco podrás salvar tu trabajo… “Vale, mi trabajo no. Pero a ella…”. —Ni tu carrera. “Salvaré una vida. Tu vida, Nauara…”. —Tu prestigio se irá al carajo, Martin, y sin él ¿dónde vas a encontrar empleo a estas alturas de la vida? “No puedo matarte, Nauara. No puedo”. —Es tu futuro, tu vida, lo que te estás jugando. Tu VIDA, Martin. Huyó de la puerta, cruzó el pasillo y cerró la siguiente. Se acuclilló y se agarró el cráneo como si quisiera aplastarlo con las manos. Contuvo un sollozo. La mandíbula inferior proyectada hacia delante parecía roer el aire que pasaba a golpes, sin ritmo, en un jadeo forzado. De pronto estalló en una lluvia de golpes contra la pared. Sacó esquirlas de yeso con la punta de sus botas y tiñó de rojo la pared allí donde llegaron sus puños. Gritó y aporreó hasta que no le quedaron fuerzas para sostenerse. Derrumbado sobre el suelo lloró como un niño.

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“Bellas Imperfecciones”

“Nauara”. Se arrastró hasta el simulador de realidad. Se ajustó el casco y esperó a que su respiración se serenase. “Dos horas”. Con una mano temblorosa apretó un botón. Instantáneamente, un jardín hecho de bits impresionó su retina. Pisó un césped de hojas aparentemente aleatorias en tamaño, forma y posición. Pero él sabía que no era así. Cada dos billones la secuencia se repetía. Algo que ni Nauara ni un ser humano podrían detectar jamás. Como la forma de las ramas peladas, o las hojas muertas, o las rachas esporádicas de viento frío. Un ordenador mostraba ese mundo y otro, Nauara, lo percibía. Se introdujo las manos virtuales en los bolsillos del chaquetón. Sus manos reales apenas siguieron el gesto, igual que tampoco sentía auténtico frío. Pero lo percibía. Como en un nítido sueño. Nauara descansaba sobre un banco de madera, disfrutando en parte de un libro y en parte del calor que a menudo se derramaba en haces desde las nubes. Martin sonrió levemente al ver los rizos morenos oscilando sobre los pendientes dorados. “El pelo, tres horas”. La piel había sido clara en su diseño, pero a ella le gustaba mucho el sol y tuvieron que añadir preciosos tonos cálidos. “Textura, poros, sombras… cinco horas”. Ojos verdes, rasgados, ligeramente asimétricos pero deliciosamente hermosos en su imperfección. “Seis días”. La ropa era cosa de ella, y en su estilo elegante y colorido se percibía su personalidad. “Su mente, cuatro apasionantes años; y quieren destruirla dentro de dos miserables horas”. Anduvo hacia el banco y se detuvo a su lado. —¡Martin! —El libro se cerró sobre las rodillas perdiendo la cuenta de la página, pero a ella no le importó. Se abrazaron, y Martin sintió algo de paz. —Hola, dulzura. —¿Qué te pasa Martin? Estás raro. —¿Tanto se nota? —Yo sí lo noto. —Pensaba disfrutar un poco más de estos achuchones antes de contarte nada. Se sentaron. Ella se recostó contra él, dejándole pasar sus brazos entorno a su vientre, y posó los suyos encima, apretando fuerte.
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“Bellas Imperfecciones”

—Haz las dos cosas. —Lo besó en el cuello. —Vale, dulzura. Así, vale. —Suspiró—. Es un problema de mi trabajo. —¿Es sobre ese mundo virtual? —Sí —resopló—. Hemos… No sé cómo decirlo. Hemos… creado… una persona en ese mundo. Y hemos descubierto que es… “¿Y si se da cuenta?”. —Que es ¿qué? “Dilo con naturalidad, así no sospechará”. —Que es como tú y como yo. —¿Cómo? —Quiero decir que la única diferencia es que en vez de carne está hecha de… —¿De luz? —Eso, de electricidad, pero en lo demás es igual. Vamos, que piensa y siente como nosotros. “No tragues saliva, no te delates…”. —¡Guau! Eso… eso es maravilloso, ¿no? —Sí. —Contuvo un suspiro de alivio—. El problema es que ahora... —Lo pensó un instante y cambió el género— lo quieren… apagar. Nauara se separó, y lo miró a los ojos. —¿No puedes hacer nada por evitarlo? —Nada. Nada que no sea una locura, claro. —¿Una locura? —Infringir la ley, vender mi casa, dejar mi trabajo, mi vida… —¿A mí? —dijo angustiada. “¿Y si te dijera que sí? ¿Me pedirías que lo apagara?”. —No, a ti no. —Martin, si te persigue la policía ¡no tendrías opción! —¿Y qué opciones tengo, Nauara? ¿Dejo que lo maten? —Quiero estar contigo Martin. —Puedes venir conmigo. —¿Y dejarlo todo? —Sí, como yo. —¿Lo dices en serio Martin?

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“Bellas Imperfecciones”

Martin miró aquellos ojos verdes y asintió sin perderlos un instante. Nauara se separó dolida. Se levantó y lo miró angustiada. —¿Cómo puedes estar seguro de que es una persona? Si estuviera tan claro nadie se atrevería a matarlo. —Los accionistas no quieren gastar un duro en algo que no rinde. Así que mandan y a los demás les conviene obedecer. Algunos han dimitido, pero así no pueden salvarlo. —Y tú sí. —Tengo un plan. —Tienes una locura, Martin. —Tengo una persona a punto de morir. —No, Martin, no estás seguro de eso. —¿Estás seguro de que yo sea una persona? —Martin, el señor Descartes murió hace siglos. —Piénsalo de verdad un momento, por favor dulzura. —Le cogió la mano—. No puedes estar segura de que yo exista. Y si asumes eso, podrías matarme. Total, ¿qué soy? ¿Una imagen? Una imagen puede romperse, igual que rompes una foto. —No eres sólo una imagen, Martin. —Puede que me mueva y hable como una persona, pero eso no demuestra que lo sea. —Martin, por Dios… —Nauara, ese ser es tan real para mí como lo eres tú. —Ella retiró la mano. —No, Martin. Yo estoy delante de tus ojos, y esa “cosa” está detrás de una pantalla. Hay un mundo de diferencia. —Imagínate que fuera yo, Nauara. Imagina que yo soy la “cosa”, y que tú eres el programador. Y estás aquí, conmigo, en este mundo virtual. Mírame y dime que me apagarías. La mirada verde osciló de un ojo a otro, pero sólo por un par de latidos. —Ya sabes que no, Martin —dijo sin meditar. —Entonces debo salvarle. Ella lo estudió, estupefacta. Un haz de luz emergió entre las nubes dorando la faz de Martin, donde no había rastro de sonrisa. De nuevo la ubicua luz gris se adueñó de todo, y los ojos de Martin seguían igual de tristes, sin haberse movido un ápice.
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—Lo estás diciendo totalmente en serio —comprendió. —Sí. —¡Vete al cuerno, Martin! Nauara se alejó con paso vivo. Martin observó cómo se cruzaba con la gente, siempre distinta, como el césped, meras imágenes con un algoritmo básico de comportamiento. Apenas un Megabyte por individuo. En cambio, ella eran miles y miles de gigas alterándose continuamente. Un oscuro mar de información del que él, Martin, tenía más que una ligera idea. La conocía. Por dentro y por fuera. Y sabía que necesitaba aquella pataleta. Pero cuando volviera, tendría una decisión. Ella creería decidir su futuro, pero no tenía idea de hasta cuánto. Miró el reloj por vigésima vez. Al fin apareció. Se sentó a su lado, y lo miró a los ojos cogiéndole la mano. —Vengo a decirte que hagas lo que hagas, estaré contigo. —¿Estás segura? Sé que eres feliz con lo que haces, y que lo que tienes ahora no es fácil de encontrar. Quizás te arrepientas. —Es posible. Pero me importas más tú. La abrazó con fuerza. Ella le correspondió, aunque no con el mismo entusiasmo. —Martin, piénsalo bien. Sólo te pido eso. Tú sí que te arrepentirás y yo tendré que decirte “te lo dije”. —¿Y tú? ¿Lo has pensado bien? —Sí. —¿Y me apagarías, Nauara? ¿Tendrías el valor de apagarme? Ella levantó los ojos verdes. —Sí. —Nauara ¡Pero si acabas de decirme que dejarías todo por estar conmigo! —Pero es diferente. Tú eres real. La “cosa” no. —¿Y si fuera como yo? Exactamente igual que yo. —Ya lo he pensado, Martin. Sería como el personaje de una peli. Todas nos enamoramos del héroe. Siempre perfecto. Puedes verlo y oírlo, pero es una ilusión. No arruinaría mi vida por una ilusión. Lo tuyo es sólo un grado más. Sigue sin ser real. —Pero Nauara, ¡si hasta puedo ver cómo piensa! ¡Tiene sentimientos! ¡Tiene…!
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“Bellas Imperfecciones”

—¿Seguro? ¿Cómo puedes saberlo? —Es complicado de explicar, pero medimos valores, vemos… —Verás cosas en tu gran ordenador, que quizás parecen iguales a lo que llamamos sentimientos. Pero que parezca no significa que lo sea. Sólo si pudieras encarnarte en ese ordenador tuyo podrías saberlo. Martin, con los codos apoyados en las rodillas, dejó caer la frente sobre sus dedos. Cerró los ojos y suspiró. Ella había tardado una hora en regresar: esta vez no era la respuesta de un arrebato. Sintió la mano de Naura sobre la espalda, acariciando lentamente la columna. —Entonces ¿me apagarías? —Sí, Martin, te apagaría —dijo sin dudar. Martin tragó saliva. Volvió a mirar el reloj. “No tengo por qué decidir lo mismo. Yo no soy ella”. La miró. Ojos verdes que enamoran con sólo contemplarlos, ventanas al alma de un ángel que daba la bendición a su verdugo. Cayó de hinojos, la abrazó por la cadera y la besó largamente. Antes de que sus ojos enrojecieran, se levantó. “No debe saberlo”. —Tengo que irme. —¿Lo apagarás? Martin volvió a mirar el reloj. —Me queda poco para decidirlo, y tendré que estar allí de todas formas. —Reprimió un sollozo. “No debe verme o lo descubrirá”—. Hasta luego. Apenas hubo dado diez pasos cuando oyó: —¡Espera Martin! Se volvió. La vio una vez más. “¿Será la última?”. Entre los rizos negros había un velo de miedo. “Lo sabe”. Se llevó los dedos a los labios, como hacía cuando dudaba. “No, sólo lo intuye. No está segura”. Su mirada inquieta, los dedos tiemblan. “Es tu última oportunidad, dulzura”. —Le… ¿le dolerá? Cuando lo apagues, quiero decir. ¿Sufrirá, Martin? —Dijiste que no podía saber si sentía ¿recuerdas? —Ya, pero, según esos valores que mides… ¿sufrirá?

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“Bellas Imperfecciones”

Una racha de viento cubre de rizos los ojos. No se los aparta. Sus hombros siguen encogidos y sus índices pegados a los labios. —No, dulzura. No sufrirá. Martin no se mueve. Los segundos pasan, y a pesar de ello espera. Una hoja muerta pasa rozando su pie. Remolona, a golpes de viento va rodando, deteniéndose y zigzagueando hasta cubrir la distancia entre los dos. Sólo entonces ella abre su boca angustiada: —A… adiós, Martin. Él suspira, y con una sonrisa intenta que su voz suene lo más natural posible. —Hasta mañana, dulzura —dice alzando su mano de bits. Cuando traspone la primera esquina virtual su mano de carne se alza tanteando hasta dar con el botón, y el mundo real lo golpea, oscuro, con sangre en los nudillos y ruido de golpes en una puerta metálica cerrada aún. Abre el panel de alimentación eléctrica. Acerca el dedo al interruptor rojo etiquetado como “CPUs”. “Aún puedo salvarla, no importa lo que ella piense”. El zumbido de un taladro llega desde el pasillo. “Si has de hacerlo tiene que ser ahora, o no servirá de nada”. El dedo convulsiona junto al botón, no quiere acertar a posarse sobre él. Dedo y botón se tornan borrosos y se da cuenta de que está llorando. Pero no le importa, sólo ve ojos verdes, imperfectos y hermosos ojos verdes. “¿Me dolerá? ¿Sufriré, Martin?”. Rizos negros bailando, ocultando los ojos verdes, sepultándolos en la nada. “¡Aún puedes salvarla!”. “Tu VIDA, Martin”. El zumbido. “Sí, te apagaría, Martin”. Pulsa el botón. Nauara y su mundo desaparecen en milésimas de segundo. El de Martin tarda un poco más. El necesario desde que los entes de silicio dejan sin alimentación la urna con el cerebro de Martin. Ellos tampoco sabían qué hacer con Martin, y también delegaron su decisión en él. Al igual que Martin, tampoco imaginan que sus creadores observen sus actos, ni que estos los condenen. Los entes de silicio perecen. Y sus creadores. Y todos en una larga cadena que acaba en el Primero. Él, origen de todo, una posibilidad hecha realidad por ser mera posibilidad, al ver la elección de sus hijos, decide dejar de ser. Y al hacerlo, nunca existió.

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“Bellas Imperfecciones”

Y por fin la Nada, ese vacío eterno, infinito y total, terrible y perfecto, e incapaz de tener atributos por definición… la absoluta NADA, elimina su pequeña imperfección, ese bache pasajero llamado el Primero, padre de millones de universos finitos, con vidas perecederas, y sufrimiento, y… …y adorables ojos verdes. Imperfectos y hermosos ojos verdes. Bellas imperfecciones en la NADA.

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“Gran Sol”

[GANADOR EX AEQUO ACCÉSIT]

“Gran Sol”
Por Carmen del Pino

11340.7. Tercer día. Llueve. Todos los días se han vuelto iguales: ver la lluvia tras la Burbuja, preguntarnos qué se siente cuando las gotas rozan la piel, pero esta lluvia no es fría como la de casa, esta lluvia nos quema, crea llagas en nuestros frágiles cuerpos y nos conformamos con mirarla desde lejos, a salvo en nuestra Burbuja. A veces alguno de Ellos se acerca y nos mira, emiten sonidos que no entendemos. Ya no nos tienen miedo, nuestras armas asolaron sus pueblos cuando llegamos, quemamos los campos para construir nuestra Burbuja y nos encerramos dentro. La Burbuja es enorme y está vacía, esperábamos que vinieran más, muchos más, familias enteras a colonizar este planeta, pero nadie vino nunca. Somos el puesto avanzado, nuestra misión es aguantar y esperar. ¿Durante cuánto tiempo? Las comunicaciones hace mucho que no obtienen respuesta y seguimos respetando la última orden, llevando los uniformes, paseando por las calles vacías y contemplando el cielo a través de la capa de pleostopreno que nos protege. Algún día se resquebrajará, lo que no sé es si estaremos todos muertos cuando eso suceda. —Sargento. ¿Alguna novedad? Me cuadro cuando pasa el teniente, digo: no, señor, con voz firme, espero que él conteste: descanse, sargento para volver a relajar mi

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III PREMIO “OVELLES ELÈCTRIQUES”

“Gran Sol”

postura y terminará mirando conmigo a través del pleostopreno. Ya no llevamos armas, hace tiempo que no les asustan. —La temporada de lluvias está durando demasiado —dice con voz monótona, el tono de voz del que no quiere una respuesta y sólo habla por hablar. —Cada año se hace más larga, señor. —¿Hay alguien ahí fuera? —El tono cambia, la voz del teniente es ahora curiosa, intento ver a través de la lluvia. —Nunca salen cuando la lluvia es tan recia, debe quemarles la piel igual que a nosotros. —No es correcto encogerse de hombros así que simplemente observo. —Tantos años aquí y qué poco los conocemos… pero mire, sargento, ahí hay uno. Una sombra a través de la lluvia, andando a pasos cortos, cubierta por una lona gruesa que chorrea el agua. Los brazos extendidos. Un grotesco espantapájaros fuera de lugar en aquel sitio yermo y pedregoso. Se acerca hacia nosotros, solo. A veces vienen en grupo y nos tiran piedras, pero todavía no han conseguido romper la Burbuja. Lo harán pronto. Tienen los ojos pequeños y las bocas grandes y parecen estar sonriendo siempre. Este no es distinto. Se queda quieto delante de nosotros, extiende la mano como si quisiera rozar la capa que nos aísla del mundo, pero no lo hace. Sabe que sufriría una descarga eléctrica si lo hiciera. Han sido demasiados años siendo vecinos para no saberlo. —Abra la puerta —dice el teniente y yo lo miro sorprendido—. Sargento, abra la puerta. —Señor… —Un desvío en la rutina y empiezo a temblar, como si lo único que me mantuviera en pie fuera la inercia. —Nos quedan alimentos para dos años más; la Burbuja puede que aguante cinco. ¿De qué tiene miedo, sargento? Si ya estamos muertos. Trago saliva, esas cosas no se dicen en voz alta, no nos atrevemos ni a pensarlas. —El capitán… —No creo que sea el momento para que me haga un consejo de guerra. Tenemos visita, sargento. Abra la puerta.
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“Gran Sol”

Me cuadro. Presiono los botones que dejarán abierta una rendija en la Burbuja. A través de ella pasan el viento y la lluvia, el aire con olor a azufre, el barro rojo de este planeta maldito y Él. Se sacude el agua de la lona que lo cubre mientras yo me apresuro a cerrar la puerta. Deja caer la lona al suelo y muestra un cuerpo delgado y desgarbado, de brazos demasiado largos y con la boca demasiado grande. Me mira un momento antes de llevarse las manos a la garganta y caer al suelo, convulsionándose como un pez al que han sacado del agua. No me atrevo a tocarle, el teniente lo mira impasible, por un momento me pregunto si lo habrá hecho entrar en la Burbuja para verlo morir. Su piel se está volviendo de color azul, de pronto las convulsiones se detienen. Está inconsciente. —Llévelo a la enfermería, sargento. —Pero… Señor… —Llévelo a la enfermería, yo lo relevaré hasta que vuelva. —Sí, señor. Me da asco tocarlo, su piel es resbaladiza y caliente, apenas pesa. Los pocos compañeros con los que me cruzo se apartan de mi lado aunque no dicen nada. Doy el santo y seña y afirmo que cumplo órdenes del teniente. Me dejan pasar. Lo dejo en la enfermería y vuelvo a mi puesto, frotándome las manos repetidamente. 11340.9. Decimotercer día. Apenas habitamos una cuarta parte de la Burbuja, los edificios militares se agrupan en torno a la Torre Central, nos sentimos más unidos así, vemos que no estamos solos aunque cada vez seamos menos. A veces paseamos por las calles vacías, entramos en los edificios desiertos, una réplica de nuestro mundo de origen que después de tantos años ya habrá cambiado. Nos sentamos a jugar a los dados en alguna plaza o simplemente buscamos estar solos. Ya he leído todos los libros que hemos traído con nosotros, he visto todas las películas. Y camino por una ciudad sin estrenar, demasiado perfecta para considerarla en ruinas, demasiado solitaria para sentir que está viva.
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“Gran Sol”

Él camina detrás de mí, con sus pasos torpes e inseguros. El teniente dice que nos ve a todos iguales, pero creo que a mí me reconoce. Tal vez el teniente tiene razón y yo me equivoco. Tal vez sólo es el deseo de individualizarme, de sentir que no sólo ve el uniforme sino también mi persona. Yo fui el que le abrió la puerta. Todavía le cuesta respirar, pero hemos calibrado el nitrógeno de la atmósfera de la Burbuja y ahora sólo tose de vez en cuando. Todos lo evitamos, nadie habla con Él y Él parece que simplemente nos observa, lo observa todo sin emitir ningún sonido. Le hemos enseñado las películas y se queda absorto mirándolas, como si fueran algo mágico. Detrás de la Burbuja continúa lloviendo, en todas mis horas de guardia miro con atención la cortina de agua que no se detiene nunca, pero no he visto a nadie más. El teniente a veces nos sigue, le señala cosas y Él las mira. El capitán observa desde lejos, parece viejo y cansado… como todos, o quizás más. El capitán nunca me dirige la palabra, pero observa, sus botas retumban sobre el suelo de metal. —No consigo que entienda, sargento —me dice el teniente junto al puesto de guardia. Él también está allí, pero no mira el exterior como nosotros, mira hacia dentro, hacia la ciudad. Yo tengo curiosidad por salir, el la tenía por entrar, quizás no es más que eso. —Parece que llueve menos —dice el teniente al cabo de un rato. —Dentro de poco saldrá el sol —asiento. En nuestro mundo el sol era grande y cálido, nos hacia sentir bien. Aquí es pálido y débil, no llega a calentar pero siempre es mejor que la lluvia. La estación de sol es la más corta del año. Vemos entonces cómo Él se sienta, patalea golpeando el metal. No parece hacerse daño, no llora ni gruñe tampoco. —Debemos intentar entenderle a él antes de pedirle que nos entienda a nosotros —dice el teniente; su voz suena cansada, pero en sus ojos hay determinación. Saluda y se marcha, y me deja allí con Él. Él se ha quedado quieto y me mira. Mira el lugar por el que se aleja el teniente. Su gran boca está abierta en una sonrisa. —¡Ve con él! ¡Ve con él! —le grito y señalo al teniente. Él da un salto y se pone en pie, pero no avanza. Vuelvo a señalar, vuelvo a
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gritar, amenazante, hasta que se aleja. Lo hace lentamente, volviendo la cabeza hacia atrás. Yo no lo miro, sigo pendiente del exterior, de la lluvia. Es mi turno de vigilancia. 11341.1. Segundo día. Durante días ha estado lloviendo sin fuerzas, el sol ha conseguido traspasar las nubes en más de una ocasión, dentro de poco alejará el manto gris del cielo y se quedará solo, un círculo blanco en un cielo azul ceniza. Ahora sí los veo. A lo lejos. Este año no tiran piedras, tampoco se acercan. No son muchos, también ha sido un mal año para ellos. El teniente pasa largas horas mirándolos, apenas habla. El capitán hace días que no sale de su habitación. —Uno menos, sargento, uno menos. ¿Quién será el próximo? —El teniente se encoge de hombros—. Da igual, dentro de dos años estaremos todos muertos. Ha desistido de intentar hablar con Él. Ni siquiera sabemos dónde está ahora. Dejó el cuartel una mañana, nadie lo buscó. Era mejor así, tenerlo lejos. El teniente deja provisiones en uno de los edificios, a ninguno nos gusta eso. No queda mucho para nosotros y nuestra gente no vendrá a buscarnos. Lo sabemos. Aguantar y esperar, eso es todo. Y morir. —¿Qué vamos a hacer, señor? —Podríamos salir a explorar, pero no me atrevo. No es justo perder tres o cuatro hombres para nada. —El capitán… —El capitán ya no dice nada. No sé durante cuanto tiempo tendremos capitán. Poco, muy poco; no verá las próximas lluvias. El sol brilla pálido en el horizonte. —Tal vez fuera sea más brillante, más cálido. —Llevamos demasiado tiempo mirando, sargento. Es como mirar a través de un cristal, todo lo vemos deformado. Siento un contacto viscoso en el hombro y me doy la vuelta. Él está ahí, sonriendo como siempre. Creo que sus ojos están tristes. Doy un paso atrás, no quiero que me toque. Él parece entenderlo y también retrocede.
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—¿Qué quieres? Mira al exterior. —Quiere salir, sargento. —¿Qué hago, señor? —Déjelo salir. —Pero… —Es un poco absurdo hacer prisioneros en nuestras circunstancias, sargento. Pulso los botones y se abre la puerta, una rendija por la que pasa el aire y un brillante rayo de sol. Por un momento puedo cerrar los ojos y sentir el viento en la cara, el sol en mi piel. Está frío. —Se va, sargento, cierre la puerta. Abro los ojos y lo veo alejarse, sin mirar atrás. Pulso los botones para cerrar la puerta. Los demás están allí, mirando, ahora lo miran a Él con sus rostros siempre sonrientes, ninguno se le acerca, ninguno intenta tocarle. Entonces un grupo se acerca corriendo y empiezan a lanzarnos piedras, las vemos rebotar contra la Burbuja en medio de chispas eléctricas. Nos apartamos un poco, por inercia, aunque sólo miramos cómo Él se aleja. —¿Al final consiguió entenderle, teniente? —No, pero parece que ellos tampoco lo entienden. 11341.4. Decimoquinto día. Llueve. La temporada de sol es cada vez más corta, pero parece que brilla más intensamente que antes, incluso ahora parece que quiere traspasar las nubes y la lluvia brilla como si fuera de plata. El teniente es ahora el capitán. Hemos sufrido otras tres bajas este año. Las horas de guardia son más largas, pero tampoco hay mucho más que hacer. El capitán se acerca, no se queda encerrado en sus habitaciones, a veces se olvida ponerse los galones de capitán y baja con su viejo uniforme de teniente, nadie le dice que se ha equivocado, que es otro el que debería acercarse a comprobar que todo va bien. Tampoco hay mucho que hacer.
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III PREMIO “OVELLES ELÈCTRIQUES”

“Gran Sol”

—¿Alguna novedad, sargento? Me cuadro cuando se acerca aunque no me mira, mira al exterior, esperando. —Todavía no llueve mucho, señor, la otra vez llegó cuando más arreciaba la tormenta. Sé que es la respuesta que espera, la que todos esperamos, nos hemos pasado toda la temporada de sol buscando la sombra que antes nos perseguía, queremos creer que volverá. Uno más en lugar de uno menos. —Ahí está. —El capitán señala el exterior y vemos cómo se acerca, levanta los brazos y ahora creo que es a modo de saludo. No viene solo, le siguen otros nueve seres como él, todos cubiertos con lonas que no están demasiado mojadas esta vez. Se queda parado detrás de la puerta, esperando, mirándonos, los demás van detrás de él. No lo tocan, parecen asustados. —Abra la puerta, sargento —dice el capitán con voz firme. —Señor… son diez. La voz del capitán se vuelve impaciente. —Nos quedan alimentos para un año, la Burbuja aguantará como mucho cuatro. Ya estamos muertos, sargentos. Ellos no. —Tal vez nos ayuden. —Una débil sugerencia que no parece animar los ojos del capitán. —Tal vez, o tal vez nos maten del todo, pero tenemos que hacer algo, tenemos que reaccionar. Déjelos entrar —me apremia. —Sí, señor. —El año que viene vendrán cien. —Su voz suena calmada ahora, sus ojos siguen sombríos, como si hubiera tomado una determinación. —Señor… ¿cien? —Pero nosotros no estaremos aquí. Recuerde, sargento, cuando se marchen, deje la puerta abierta. —¿Y usted, señor, no estará aquí para dar la orden? El capitán espera a que entren todos, después coge una de las lonas que han dejado en el suelo, está caliente por la lluvia. —Yo seré el primer grupo de exploración. —El capitán mira al exterior, a la lluvia que cada vez es más fuerte, pasa la lona sobre su cabeza. Yo vuelvo a pulsar el botón para abrir la puerta, no hace
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III PREMIO “OVELLES ELÈCTRIQUES”

“Gran Sol”

falta que me dé la orden, lo sé. Estoy inquieto pero intento cuadrarme, es lo que debo hacer. Entonces me mira y saluda. —Sargento, dejamos de esperar.

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III PREMIO “OVELLES ELÈCTRIQUES”

“El Guardián del Fin”

[RELATO GANADOR AUTOR MENOR DE DIECISÉIS AÑOS]

“El Guardián del Fin”
Por Almudena López Cano

Esta habitación oscura me está volviendo loca. Llevo tanto tiempo sin ver ni un asomo de luz que dudo que alguna vez haya existido y yo hubiera sido capaz de contemplarla. Hace mucho que perdí la cuenta del tiempo real que llevo aquí, agachada. Mis ojos se han secado de la dureza de las lágrimas que derramo, y mi rostro se erosiona cada día en un torrente efímero de tristeza. Los músculos agarrotados me increpan para moverse, ¡me duelen!, pero no tengo espacio. No puedo extender las manos sin chocar con la fría pared, ni alzar la cabeza y no llevarme un golpe en el intento. Las piernas dobladas de forma pintoresca hacen mucho más daño del que creía. Estoy enterrada viva en este cubículo, que algún día será mi tumba. Daría cualquier cosa por tener un poco de espacio, para poder gritar lo que siento sin tener que taladrarme los oídos con mi propia voz, para moverme, saltar, correr… y respirar. Por alguna extraña razón tampoco puedo morir. Lo he intentado varias veces. Ni a golpes puedo perder el conocimiento. Sin respiración no puedo ahogarme. Y careciendo de comida, ¡vivo! Todos mis experimentos han resultado infructuosos. Es como si hubiera quedado anclada en las postrimerías de mi vida, ni siquiera al pensamiento puedo considerar mi ayudante porque siempre me repite que estoy loca… Loca. Loca. Loca. Pero ahora, cada vez que la pequeña puerta oxidada se abre, siento un temor inimaginable. Lo escucho, el ruido chirriante y
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“El Guardián del Fin”

estruendoso acompañado de los gemidos de súplica de todas las personas que entran a la habitación de cristal. Aquel ser no tiene piedad. “El guardián”, como él mismo se hace llamar, nos tortura hasta la extenuación, hasta que no quedan lágrimas suficientes. Nadie puede verlo, solo los que están en los confines de la vida esperando a la muerte. Por eso tal vez nadie cree en su existencia. Atrae hacia sí a las personas a las que nadie echa en falta. Almas desesperadas que ya no conocen la cordura. Sombras raídas, muertas en vida que claman por un rayo de luz. El criterio en el que se basa no es justiciero. No conoce tal palabra. Su imaginación perversa no vislumbra los límites. Si tuviera que describir uno a uno a mis compañeros, no dudaría en considerarme la más afortunada. Están vacíos. Sus cuerpos les sostienen como una cáscara. Pero ya llegaron así. Aquí nada cambia, todo se mantiene. Se prolonga la misma letanía, hora tras hora. El sufrimiento, hasta la llegada de la muerte. Una fecha, una canción y una sonrisa…unas tenues palabras de agradecimiento. Es todo lo que hay en mí. Poco, pero algo. No soy como ellos. Me queda algo. Tarareo mi canción. La canción que me enseñó… duele, pero al menos siento. Cuando lo hago, todos me miran. Clavan su mirada inexpresiva en mí. Sus ojos me taladran a través de la pared ciega. Sé que quieren hacerme culpable. Nunca lo conseguirán. No mientras tenga la sonrisa. Siempre la evoco cuando me hacen esto. La curvatura de sus finos labios en mi mente provoca que la imite inconscientemente. Y eso me llena de calidez durante unos segundos. Cada vez menos, porque la siento más lejos. Hasta que desaparezca. Pero el guardián no permite mis remembranzas. Le molestan, y por eso me vigila más que al resto. Cuando ocurre, vuela como un suspiro del viento hacia mi oído y me susurra la fecha. Una y otra vez. Hasta que la sonrisa es sustituida por una lágrima, a la que sigue un torrente. Y los despojos de agradecimiento, que pese a todo están ahí.
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“El Guardián del Fin”

Gracias. Gracias. Gracias. Gracias. Gracias. Gracias. Gracias. Gracias. Gracias. Lo repito tantas veces que esa simple palabra deja de tener sentido. Y todos la murmuran conmigo, los he escuchado pensar en el silencio. Tal vez, como yo, la añoren. A veces, aquellos que logramos encontrarnos, podemos preguntarle ciertas cosas al guardián. A veces sus respuestas dan miedo. En esta ocasión dijo que mis lamentos eran suficientes. Que podía cuestionarle cualquier cosa. Y quise saber qué era el tiempo. Quizá estando al corriente de su magnitud pudiese conocer cuánto más me quedaría. El guardián pareció divertido. Era una de sus dudas favoritas. No sé qué ocurre. La celda, todo desaparece. También las palabras. Observo la maraña de rostros sonrientes que se distribuyen por las agujas del reloj. “Tic, tac…” susurran en mi cerebro cada uno de esos labios. ¿Por qué pasa el tiempo? Sus voces son dulces y me incitan a unirme a ellas; son versadas marcando el tiempo al compás de esa larga procesión inacabable. Todo está en el cerebro… controla tu mente y controlarás tu cuerpo. Las escaleras son largas, muy largas, bajan por mí, los escalones se mueven como si fueran mis piernas de piedra… ¿eh? ¿Qué es eso? ¿Una bandeja? ¿Qué hace una bandeja en un pasillo? ¿Y si la abres? No pierdo nada por probar… Vaya… Es luz. ¿Cómo es? Son como gotitas…bailan y se dispersan delante de mí…cada una tiene un paisaje, una situación y un tiempo… Tócala, toca una. Es el tiempo. ¡Ah! ¡Esta luz me ciega! Son como sístoles y diástoles delante de mí; siguen este orden y después viceversa; me gusta este pulso lacónico en el bosque… ¿oscuro? ¿Hacia dónde fue la luz?
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“El Guardián del Fin”

Corro, corro, pero las hojas me atrapan… son muy traicioneras las hojas, porque cuando me alcanzan tengo que bajarlas para correr por esta escalera… ¿Son infinitos los escalones? En algún momento me cansaré de andar por ellos y querré volver a ver la luz, ¿no crees? ¿Y qué habrá tras esta cortina de oscuridad? Esto es divertido, pero parece un círculo de misterios… ¡Ah! ¡Un reloj! “Tic, tac, tic, tac…”. ¿Qué es el tiempo? Parece reírse ahora de mí. De hecho, si me fijo, todos lo hacen. Me encojo, de nuevo en la jaula, avergonzada. —Yo decido el tiempo. —Su voz parece una caricia brutal. —No es cierto —susurro—. No es de nadie. El tiempo no puede controlarse. —El tiempo se ha parado para vosotros. No existe ese concepto. Controlo vuestro tiempo. —La noticia llega como un dulce golpe. ¿Y la muerte? Sin tiempo no hay muerte. Sin muerte no hay tiempo. A veces el guardián también nos pone pruebas. Las pruebas siempre dan miedo. Decidió demostrarme que el tiempo podía manipularse. Decretó que yo misma podría hacerlo. ¿Yo? ¿Un ser tan vulgar e indiferente? Y todo vuelve a transformarse…y tengo cuerpo, y puedo respirar, y moverme con libertad, y sentimientos, y algo que se desarrolla en mi interior, y que no puedo controlar y que me abrasa y congela y lucha por salir y no lo consigue. Parece un infierno, tan rojo… De pronto una porción de la confusa maraña parece transformarse en algo que toma forma. Un cuchillo plateado, como prolongación de mi extremidad. Pero la sensación no cesa. ¡Cómo quema el arma en mi mano y la simiente de la cólera en mi ser! La ira crece más y más. Al ver ese cuerpo indefenso que ha aparecido temblando en la esquina algo me llama a masacrarlo. Inútil.
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III PREMIO “OVELLES ELÈCTRIQUES”

“El Guardián del Fin”

El guardián masculla la fecha a mi oído. La sonrisa desaparece para siempre. Nunca existió. —La mató —susurra para mí. No, no fue así. Me resisto a creerlo. Los recuerdos lo niegan. Pero… —La mató. La mató. La mató. La mató. La mató. La mató. La mató. La mató. La mató. La mató. Nunca debió hacerlo. Ella no tenía que morir. Me acerco y se acurruca aún más, ya no tiene fuerzas para salir corriendo. Quizá yo tampoco tengo ánimo para poner fin a su historia. Puso fin a la suya. No, no ocurrió así. No tuvo que hacer eso, también yo sufro. No siente el alma rota como yo. Mi dolor no es comparable con el suyo. Quizá sí cuando atraviese su corazón. No mientras tanto. No, por favor, por favor… Lejos de conmoverme, me ciegan sus palabras. ¿Por qué no lucha hasta el final? Ella lo hizo. ¡Ya que decidió hacerme partícipe de su secreto debería pagar ahora las consecuencias! Las letras parecen hablar por mí. Vamos, di que mientes. Di que todo es una mentira y te dejaré en paz. No quiero hacerlo en el fondo…Sé que no sucedió así. ¿Es real? ¿O ha sido una broma? —No. —Respira entrecortadamente—. No, no, ojalá lo fuera. Pero la voz del guardián se mezcla con la suya. ¿Quién dijo qué? Mi último retazo de humanidad se pierde, junto a la cordura. La tensión aumenta dentro de mí, la temperatura asciende por mi cuerpo, forma una bola que recorre mi interior y escapa en forma de grito atronador. No puede ser mío, pero ya no controlo. Su cuerpo contra la pared resuena en un estampido, cae sobre la mesa de cristal, que se parte en mil pedazos.
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III PREMIO “OVELLES ELÈCTRIQUES”

“El Guardián del Fin”

Dilo. Tres, dos, uno… Solo oí un pequeño suspiro antes de sentir el quebranto de su cuerpo bajo mi cuchillo. El cristal se rompe. La sala de cristal. Es ahí donde estoy. —Se puede controlar el tiempo —musito. Escucho cerca una respiración cadenciosa. Sé que espera algo más. —No murió así. ¡Dímelo! —Grito con fuerza— ¡Dime la verdad! —La verdad puede ser fácilmente cambiada. El pasado se modifica. Si podemos tener el tiempo de todas las personas también su presente, su futuro y su pasado. Lo que tu llamas verdad depende de todo ello. —Sin embargo, no será real. —¿Quién decide la realidad? ¿Podrías, tú misma, afirmar con toda seguridad, que las palabras que ahora mismo escuchas no son fruto de tu imaginación? Rodeo el tétrico espacio con la mirada. No. No podría saberlo. No hay nadie. Sin embargo, está. Podría tocarlo. Pero no lo veo. Ni siquiera a través de los cristales, afilados, como espejos. —¿Lo son? —¿Qué crees? Una fecha, una canción…una sonrisa, ahora ausente. Unas palabras de agradecimiento, ya olvidadas. No están. Pero estuvieron. No puedo verlas frente a mí. Puedo evocar la fecha si quiero. La sonrisa no. ¿Es que ha dejado de existir? ¿Se ha perdido? ¿Existió? ¿La contemplé? ¿Y las palabras? Sin su significado están vacías, tanto como el alma de estos individuos. —Si las palabras cuando no tienen significado no pueden ser consideradas palabras, ¿una persona sin su razón de ser no puede ser persona? —pronuncio sin quererlo. —¿Qué crees? Creo…creo que… —No sé. Lo he olvidado. Lo que quería decir.

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III PREMIO “OVELLES ELÈCTRIQUES”

“El Guardián del Fin”

nada?

—¿Y si olvidas lo que has pensado no es como si no hubieses pensado —No. Sé lo que quería decir. Que no hay solo una cosa por la que vivir. Puede haber más. —¿Y si las pierdes todas? —Aún me quedan dos. —¿Y si las pierdes? —repite. Pero no le escucho. Estoy cantando una canción. Nuestra canción.

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“Neville”

[FINALISTA RELATO EN CASTELLANO]

“Neville”
Por Miguel Martín Cruz

Al principio nadie lo tomó en serio. ¿Cómo íbamos a hacerlo? Ya nos habían bombardeado anteriormente con noticias de pandemias que iban a acabar con el mundo. Vacas locas, gripe aviar, gripe porcina. Siempre la misma monserga desde los telediarios, desde los periódicos, desde cada mentira vertida por la boca de cada político. Alarma social. Mantengan la calma. Todos al redil. ¿Y al final? Solo humo. Humo y suspiros de alivio. El mundo había vuelto a librarse de una gorda. Todos podíamos volver a nuestras miserables vidas, esta vez menos miserables y más afortunadas. Al menos seguíamos vivos, ¿no? Esta vez fue algo diferente. No al principio; la gente solo veía vídeos de la nueva catástrofe en los telediarios y seguía haciendo su vida, como tantas otras veces. No era nada de lo que preocuparse realmente. Todo sucedía lejos, en algún otro continente, en algún país de nombre gracioso. Pronto la cosa cambió. La plaga llegaba a tu ciudad, llamaba directamente a la puerta de tu casa. Los telediarios no dejaban de emitir imágenes de cadáveres, de gente muriendo entre estertores y salpicones de sangre. Ya no era una enfermedad de alguna república bananera del otro lado del globo. La nueva y definitiva enfermedad atacaba en tu propio continente, en tu propio país, en tu propia ciudad. Un día te levantabas con diarrea, tal vez con una ligera fiebre, y quizás no llegaras a ver terminar la semana. Salieron por televisión un montón de científicos explicando el origen vírico de la mortal plaga, llegando a compararlo con el
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“Neville”

filovirus causante del Ébola. Desde luego los efectos eran muy parecidos: fiebre alta, tremendos dolores de cabeza, hemorragia interna. Solo que en este caso la mortandad causada por el virus, que además parecía transmitirse por el aire, era muy superior: básicamente del cien por cien de los infectados. Y, desgraciadamente, los infectados eran muchos. Fueron todos. Al menos espero que quede alguien vivo ahí fuera a parte de mí.

Los telediarios dejaron de emitir cuando la pandemia llegó a un punto del todo insostenible. Llevo dos meses escuchando el pitido de la carta de ajuste de una emisora local. Es mi único contacto con el exterior, además de una ventana desde la que únicamente puedo ver el edificio de enfrente y una escasa porción de acera. La mano podrida de un cadáver parece saludarme desde ese escueto pedazo de suelo. Gracias a Dios tengo una extensa colección de películas en mi haber, así como un reproductor de DVD en el que puedo matar muchas de las horas muertas que ahora poseo. El otro día, quizás haciendo gala de una ironía que creí perdida, no pude evitar la tentación de ver “El último hombre vivo”. Envidio a Robert Neville, al menos él tenía enemigos a los que batir, incluso a los que gritar improperios. Él podía salir y caminar tranquilamente por las calles, aunque solo fuera de día. Ya me hubiera gustado ver al puto Charlton Heston manejarse con mi silla de ruedas, a ver cuanto hubiera durado en su Apocalipsis particular. No puedo salir a la calle. Vivo en un tercero con un ascensor que dejó de funcionar en algún momento indeterminado del comienzo de la plaga. Tampoco es que quiera darme un paseo por esas calles repletas de cadáveres, animales salvajes, moscas y hedor. Pero no deja de resultarme curioso que tenga electricidad en casa, luz e incluso agua corriente, y sin embargo mi ascensor haya decidido pasar a mejor vida. De vez en cuando salgo al pasillo en mi silla de ruedas y lo recorro de derecha a izquierda hasta que me
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“Neville”

aburro. Lo cual sucede cada vez con mayor frecuencia. Otras veces mato el tiempo entrando en las casas de aquellos vecinos que, presa del pánico, abandonaron su hogar dejando las puertas medio abiertas. Veo sus fotos, imágenes de un pasado aparentemente feliz apresado en una instantánea enmarcada. Les odio. Odio sus caras felices, sus mohines, sus guiños de complicidad a la cámara. Es como si supieran algo de lo que no me pueden hacer partícipe. Les odio porque huyeron, porque pudieron huir. Porque tenían piernas para hacerlo. Les odio porque están muertos y yo no. Les odio porque es de las pocas cosas que puedo hacer. Les odio porque es lo único que me puedo permitir. También leo sus libros, escucho su música, veo sus películas. Me como aquella comida olvidada en la alacena, sobre todo cereales y latas de conserva. Uno termina haciéndose al olor a podredumbre que emana de cada nevera. No es peor del que sale de algunos dormitorios. En una de mis primeras incursiones a las casas de los vecinos, un ruido llamó mi atención desde una de las habitaciones. Por un instante creí que podía haber allí alguien vivo, que quizás yo no era la única persona en el edificio que respiraba. Girando la silla de ruedas me dirigí hasta la puerta cerrada de aquel cuarto. Estaba tan entusiasmado con la idea de encontrar otro ser vivo que ni siquiera percibí el olor. Tras abrir la puerta casi caí al suelo de la impresión, tanto olfativa como visual. La mujer seguía sentada en su sillón frente a un televisor encendido, a un volumen inusualmente bajo. El zumbido de las moscas que revoloteaban a su alrededor no era nada comparable al sonido del crepitar de todos aquellos cuerpos quitinosos que poblaban cada centímetro de piel de la anciana. Vomité allí mismo, sobre el suelo y sobre mi regazo. Luego cerré la puerta y regresé a mi casa. Fue una suerte que la red de redes tampoco se cayera, ya que me proporciona momentos de ocio cuando el tedio se apodera de mi ser. La única pega es que nadie actualiza las páginas, por lo que miro una y otra vez los mismos contenidos. Las mismas películas, las mismas críticas, la misma música, las mismas mujeres desnudas, la misma pornografía. En una web de psicología leí que en una situación como la que estoy viviendo uno tendría que sentirse en deuda con el cosmos, algo que definen como “sentimiento de
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“Neville”

culpabilidad” por estar vivo. Tonterías. Yo ya odiaba a todo el mundo antes de la catástrofe, indignado porque no se detuviera el tiempo para ajustarse al ritmo de mi silla de ruedas. Desde la aparición de la plaga, me ha sorprendido mi capacidad para odiar todavía un poco más. Escribo en foros con la estúpida ilusión de que alguien me conteste, con la ingenua intención de encontrar otro ser vivo con el que conversar. Reviso las páginas de jardinería, de amigos de los animales, de literatura romántica, de automovilismo, de cine de horror. Las reviso cada día por si tengo alguna respuesta. No puedo ser tan especial como para ser el único hombre que ha sobrevivido a la catastrófica plaga. Solo soy un desgraciado impedido, cabreado con el mundo desde que me quedé inválido. Un tipo irascible y miserable. Tiene que haber más gente. Es científicamente imposible que solo yo haya sobrevivido. A veces me dan ganas de intentar bajar las escaleras para salir a la calle. Aunque solo encuentre más soledad y más desolación. Solo por cambiar de escenario. He llegado a aborrecer las cuatro paredes que me cobijan. Siempre los mismos muebles, las mismas fotos, las mismas cosas. Los mismos lomos de los mismos libros. Los mismos imanes de nevera. Todo igual, siempre lo mismo. Ayer estuve tres horas balanceándome en la silla sobre el primer escalón de mi tramo de escaleras, meditando los pros y los contras de dejarme caer por ellas. Podría arrastrarme escalón a escalón desde mi tercera planta hasta la calle, aunque allí solo me aguarden jaurías de perros o gatos tan salvajes como hambrientos. Moriría devorado en unos pocos minutos, aunque al menos podría volver a ver la luz del sol. Uno podría pensar que el Apocalipsis debería ser silencioso. Uno ve cualquiera de las versiones cinematográficas de Soy Leyenda y durante el día apenas hay ruido en las calles. Nada más lejos de la realidad. Tanto de día como de noche, el ruido es incesante. Ladridos de perros hambrientos, gatos en celo, cuervos y urracas despellejando cadáveres. Durante el día es fácil abstraerse, aunque intentar conciliar el sueño durante la noche se ha convertido en todo un ejercicio de virtuosismo.

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“Neville”

¡Tengo respuesta! ¡Tengo respuesta! Alguien ha escrito respondiendo uno de mis mensajes en un foro de marquetería. Releo el contenido una y otra vez, llorando de la emoción y repasando cada letra del conciso texto. Mi anónimo interlocutor dice que trabaja para el gobierno, que tienen a más de cien personas rastreando Internet en busca de mensajes escritos por posibles supervivientes. Según comenta, todos los que han sobrevivido en nuestro país viven en una inmensa estación militar subterránea a las afueras de la capital. La única zona libre de infección en toda la península. Allí siguen trabajando nuestros mejores científicos en busca de una vacuna efectiva contra el letal virus. Me pide la dirección, con la promesa de que irán en mi busca y me trasladarán allí. Tecleo lo más rápido que puedo. Pulsar la tecla de “enviar” es lo más parecido a la pura felicidad que llego a recordar en años. Espero impaciente la llegada de mis liberadores. Cada minuto que pasa se hace más insoportable que el anterior. Han sido tantos días de soledad, que cualquier atisbo de novedad me resulta excitante, más aún cuando esa novedad pasa por mi propia salvación. Desde que llegó la nueva y definitiva pandemia, siempre había pensado que acabaría mis días en este planeta deshumanizado muriendo de hambre, o quizás cortando mis venas, harto de tanto aburrimiento. Esa posibilidad, la de acabar con mi propia vida, ha sido precisamente la que me ha mantenido vivo hasta el día de hoy. Me asomo a la ventana, donde la mano del cadáver sobre la acera ha cambiado de posición. Parece mucho más pútrida y ha sido picoteada con saña por los pájaros. Al principio no caigo en la cuenta, pero poco a poco voy tomando conciencia de un sonido antaño habitual. ¡Se acerca un coche! Grito de alegría por el hueco de la ventana, provocando el vuelo de las asustadizas palomas que pueblan la ciudad a sus anchas. Oigo a los perros ladrar, luego escucho una ráfaga de disparos que los acalla. Sonrío. Dirijo la silla de ruedas hacia la puerta y salgo al pasillo para recibirles. Sus pasos resuenan por el hueco de la escalera, lo que me hace rememorar el rumor de los vecinos cuando las subían y las bajaban los fines de semana, mientras yo tenía que quedarme en casa porque no me sentía con ánimos de arrastrar mi silla de ruedas por la ciudad. Me
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“Neville”

quedaba en casa, maldiciéndoles a ellos solo la mitad de lo que me maldecía a mí mismo. En cambio, ahora me alegro de no haberme llegado a suicidar. Doy las gracias por estar vivo. Aparecen en mi planta con sus trajes amarillos de seguridad biológica. Son tres, y su aspecto asusta un poco. Supongo que es porque no llego a verles las caras. Sobre sus rostros de plástico solo veo mi propia imagen deformada. Cuando intento acercarme, uno de ellos me apunta con un arma que no he visto en mi vida. Me detengo a mitad de recorrido. Aún así me disparan. Siento desvanecerme, todo el pasillo me da vueltas, creo que me caigo de la silla. Veo sus botas acercarse hacia mí. Cierro los ojos invadido por un repentino sueño. ¿Así que esto es lo que se siente cuando uno muere?

Despierto adormecido sobre una cama de hospital, y lo primero que noto es que me falta el aliento. Una lona de plástico cubre un perímetro delimitado a mi alrededor, como si de una mortaja asfixiante se tratara. Tengo tubos saliendo de cada brazo, y un médico ataviado con un traje de seguridad bastante parecido al de los tipos que irrumpieron en mi hogar, toma notas en una libreta impoluta. Le grito, aunque el doctor se encarga de demostrar con toda su convicción que me ignora. Miro a ambos lados y veo otras dos camas como la mía, ambas ocupadas por sendos pacientes también entubados y también amortajados en sus paneles de plástico. No distingo si son hombres o mujeres, aunque su aspecto es enfermizo y demacrado. Tristemente, llego a entenderlo todo. Ellos son supervivientes, tal y como yo lo soy. Algo en nuestro organismo nos ha hecho sobrevivir al terrible y mortal virus, algo nos ha hecho invulnerables. Y están estudiándonos. En nuestro cuerpo puede encontrarse la salvación de la humanidad más allá de esta estación militar subterránea. Podemos ser salvadores. Héroes. Mesías. Grito como un poseso e intento salir a puñetazos de mi cárcel de plástico. El doctor se acerca a mi cama mientras le exijo que me saque de allí. Me enseña una jeringuilla e inyecta algún tipo de producto a uno de los goteros que va hasta las vías tomadas en
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III PREMIO “OVELLES ELÈCTRIQUES”

“Neville”

mi brazo derecho. Todo vuelve a girar a mi alrededor, pero yo sigo insultando y maldiciendo cada vez con menos convicción y ya casi sin sentido. Una última palabra sale de mi garganta antes de volver a quedarme dormido. Neville. Nada que un doctor como aquel pueda llegar a comprender.

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“L’anisotropia de la temperatura espacial”

[FINALISTA RELAT EN CATALÀ]

“L’anisotropia de la Temperatura Espacial”
Per Antoni Sarabia Crespo
1ª Part: Per sota de zero

Any 6565 D.C. (Després de Crist)
Estàvem tan sorpresos i confosos que ningú feia res, entre altres coses per què ningú sabia què fer. Solament el professor Callus i el seu equip invertien tot el seu temps, reduint inclús les seves hores de descans, en intentar trobar una explicació al problema. Aquell reduït grup de eminents científics passaven jornades senceres tancats al seu laboratori, revisant un i altre cop les escasses dades i proves de les que es disposaven. Molt de tant en tant el professor Callus apareixia pel meu despatx abatut, amb frustrant aspecte descurat, únicament per prendre un bon cafè, xerrar amb un ésser humà normal una estoneta i consolar-se amb les poques paraules d’ànim amb les que jo mateix li podia oferir. A les alçades que ens trobàvem la majoria de la tripulació confiava encara en poder salvar la pell. Una esperança que jo no compartia gens. Potser les exigües conversacions amb el professor havien aconseguit contagiar-me del seu esperit pessimista, així que jo deambulava per la nau amb un humor de gossos. Tot i que si quedava alguna possibilitat era gràcies a ell i el seu equip. Bé, i a la sort, per què no dir-ho! Solament un miracle ens trauria d’allà. Tot va començar pocs dies enrere. No em refereixo a dies amb Sol i nits amb Lluna. A l’espai exterior sempre està fosc. Els horaris diürns i nocturns s’alternen artificialment amb precisió matemàtica.

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“L’anisotropia de la temperatura espacial”

Els problemes, com dic, van sobrevenir de forma esglaonada al superar la nau l’òrbita de Plutó. Primer van fallar els generadors del motor d’hiperespai. D’aquest mode es va desbaratar el primer salt tripulat a la velocitat de la llum fora del Sistema Solar. Els dos salts anteriors (no tripulats) havien estat veritables èxits, portats a terme a les proximitats de l’òrbita de Saturn. Però el “gran salt”, el que devia transportar a la humanitat a cotes celestials proporcionant-nos fama i honor eterns, no es va consumar per què els generadors senzilla i planament es van escanyar. Diagnòstic inicial: Impureses als àtoms d’hidrogen. El més curiós del tema és que el combustible dels generadors, provenia de l’exterior de la nau, on a la pràctica no existeix cap impuresa, només hidrogen, pur buit estel·lar. La solució de l’incident va ocupar les labors de tècnics i mecànics fins que van deixar de funcionar els altres propulsors de la nau 96 hores més tard. Motiu: Obstrucció de les toveres d’expulsió. Però devia tractar-se d’un altre error de la computadora, o això creiem nosaltres. Res podia obstruir les toveres d’expulsió per què, bàsicament, no havia res que les pogués obstaculitzar, només un altre cop el buit estel·lar. Aquella última avaria era una ferida mortal. La nau deambulava a la deriva sense energia, allunyant-se. Cap home a bord va escatimar ni un minut en col·laborar i treballar en el que fos necessari. Ens anava la vida. Tot i això, en contra dels nostres desitjos, els problemes van començar a multiplicar-se en el termini de les últimes 48 hores. Vam perdre la comunicació (tot i que a la distància que ens trobàvem tampoc resultava gaire útil) i la visió exterior. La sensació era como si estiguéssim caient endins un fosc pou sense fons. Exhausts, contemplàvem la invisible imatge de la més crua mort davant nosaltres. El professor Callus devia trobar la explicació de tot plegat ràpidament. I va tenir la inspiració quan el seu laboratori va haver de ser evacuat, precintat i despresuritzat degut al risc de trencament de l’únic finestrot cap a l’exterior de la nau. Tot un veritable miracle que l’ordinador va detectar a temps unes esquerdes microscòpiques d’origen desconegut. Era la gota que vessava el got. El professor es
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“L’anisotropia de la temperatura espacial”

va quedar absort amb els seus pensaments al principi, i de cop i volta va començar a revisar dades i més dades durant una llarga estona. Va realitzar complicats càlculs amb la seva computadora personal i va verificar els resultats amb l’instrumental del quadre de comandament. De sobte havia descobert alguna cosa. Va fer comprovacions durant quasi dues hores més, angoixoses, i després va sol·licitar una entrevista urgent amb mi, a soles. Jo, com a màxim responsable de la missió, devia tenir coneixement abans que ningú de qualsevol avenç en la investigació dels successos. De seguida vaig esbrinar que no ens salvaríem. Callus estava assegut davant meu, al meu despatx, i era evident que havia resolt l’enigma, però el seu rostre parlava per sí sol. —Si anem a morir no es necessari que la resta ho sàpiga. — Em vaig adavançar a les seves primeres paraules—. Quant de temps ens queda? —No n’hi ha mode de saber-ho amb exactitud. Hores, potser fins i tot minuts— va respondre amb veu ronca. —Què li passa a la nau, professor? —Vaig voler saber d’immediat, contenint la ràbia. —Fred. Per un instant vaig intentar dibuixar un somriure, però vaig desistir del meu propòsit al veure el seu rostre petri i desconsolat. Ambdós sabíem que la nau estava perfectament preparada per suportar temperatures extremes, incloent el fred del zero absolut (273,16 ºC) on l’agitació molecular és nul·la, marca a la que s’apropa (sense arribar a assolir) l’espai a les immensitats interestel·lars. Així que, la teoria del professor semblava poc probable i gens creïble. —Tot aquest temps perdut i... es tracta solament del maleït fred de l’espai? M’està prenent el pèl? —No és un fred convencional, evidentment —va explicar—. De fet, tot va deixar de ser convencional al rebassar l’òrbita del últim planeta del Sistema Solar. —Va fer una pausa per aclarir-se la gola —. Tot i que soni increïble el que diré ara, puc assegurar-li que la temperatura exterior és de uns pocs graus per sota del zero absolut. —Això és impossible —vaig sentenciar pujant el volum de la veu —. Quines proves en té d’això? —Cap. És una suposició.
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—Oh, no foti! Pretén que li digui a tothom que anem a morir segons una suposició sense cap ni peus? Per favor, professor, aquesta crisi ens costarà la vida... i això és tot el que se li acudeix? M’ha decebut tremendament. —Ha d’entendre, capità, que no posseeixo l’instrumental necessari per obtenir proves físiques. De fet, cap ésser humà en tot l’Univers podria demostrar-ho empíricament. No ho entén? Això està fora del nostre abast. Ha vist algun cop éssers microscòpics? —Éssers microscòpics? Què s’empatolla ara? —Vaig preguntar estranyat. Callus va insistir en la seva pregunta— . Doncs, fa Anys que no utilitzo un microscopi, tot i que podria agafar un del seu laboratori... —vaig respondre somerament. —Exacte! —Va cridar sense cap eufòria—. Vostè no pot veure’ls ara, en aquest mateix instant, però això no vol dir que no existeixin. Que el ser humà sigui incapaç de detectar temperatures per sota del zero absolut no vol dir que no siguin reals. —Però professor, la naturalesa no permet... —La naturalesa que habitem vostè, jo i la resta d’éssers vius calents dels mons calents no coneixem els mons freds. Són incompatibles. L’antítesi uns d’altres. No vaig poder evitar mirar-li com si hagués perdut el cap. —Resulta molt difícil de creure —vaig replicar-li. —Sobretot si no tenim el microscopi adequat, oi? Suposo que la mateixa sensació tindrien els homes de la antiguitat, que mai van disposar de la oportunitat de mirar mitjançant cap microscopi, en un cas anàleg. —Però vostè em demana que cregui en una cosa intangible i fora de lògica, que modifica las lleis de la física coneguda! —Vol fets? Des de que es van trencar els propulsors de la nau no hem perdut res de velocitat... —Fruit de la inèrcia sense fregament i la no influència gravitatòria del Sol —el vaig interrompre. —Al contrari. Tot i que imperceptible, existeix un lleu fregament allà fora. A més a més, la clau és que la nau ha guanyat impuls. Consulti-ho si ho desitja amb la base de dades de la computadora. Com s’ho explica, capità? —Va parar per esperar una resposta que no arribava, a la vegada que jo verificava la informació
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teclejant a tota màquina sobre el meu teclat, no sabia ben bé el què—. Quin tipus de impureses hi ha als àtoms de hidrogen? Què obstrueix les toveres d’expulsió? Fred, capità. Un Fred tal que danya mortalment qualsevol objecte aliè a una naturalesa desconeguda. No existeix res impur a l’ambient, simplement el fred extrem obliga a actuar d’un mode diferent els àtoms. No podria precisar de quina forma interactua amb la nau per què mai s’ha donat un cas semblant conegut, però és obvi que hem de descartar idees preconcebudes de l’Univers. És impossible imaginar quines formes i quins estats es capaç d’assumir la realitat en aquestes condicions, però crec haver descobert un lleu esbós de què pot haver-hi allà fora. I no crec que li agradi. —Llavors digui’m, professor, per què accelerem en lloc de frenar-nos? –després de verificar les dades amb la computadora vaig sentir la necessitat de posar a prova les idees de Callus. Mentiria si digués que esperava una resposta convincent. —Atracció, capità. Òbviament estem sent absorbits per una massa enorme. No vaig poder reprimir formular un ràpid devessall de qüestions sobre la seva revelació, així que va haver d’esperar a que jo em calmés i retornés a un estat emocional més idoni per poder continuar amb la conversa. La por que pot arribar a imprimir la mínima presència d’un forat negre pot provocar la pitjor de les ansietats humanes reconegudes. Inclús vaig percebre després que jo mateix respirava amb dificultat, amb dolor al pit. —No és un forat negre, capità. Estem sent atrets per un Sistema. —Un Sistema? Quin sistema? Aquí no hi ha cap estrella, solament buit. —Li vaig advertir que no li agradaria, capità. Jo mateix em vaig resistir a creure una cosa així, però amb les dades obtingudes he realitzat simulacions una i altre vegada i el resultat sembla irrefutable. No només s’ha alterat la nostra velocitat sinó que la nostra trajectòria s’ha corbat. —Com sap que no és una forat negre?

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—A la simulació intervenen vàries masses enormes, i algunes d’elles semblen dibuixar un moviment de translació al voltant d’una central encara major. —Podria tractar-se de varis forats en conjunció. —Reconeixo que la meva por per aquests fenòmens és superior a la meva capacitat de raciocini—. O potser les dades siguin errònies. Vostè mateix ha assegurat que no sap com aquest maleït fred antinatural afectaria la nau i, per tant, a l’instrumental que conté. —Té ple dret a pensar allò que vulgui. Aferrar-se a aquestes premisses no és millor que prendre’s seriosament la meva teoria. En qualsevol dels casos, també és poc menys que anunciar la nostra imminent mort si no ens podem refiar de l’instrumental. En el fons ni creia en la teoria del professor ni volia creure en el que jo mateix deia. Per mi, aquelles últimes hores havien estat un pèssim malson. Desitjava vehement despertar-me d’un moment a un altre, suant i angustiat a la meva cabina, o millor encara, a casa, a la Terra. —Es refereix a un Sistema planetari sense cap estrella? —Vaig preguntar-li. Això explicaria el fet de que el firmament no permetés observar aquelles masses, per què com tothom sap qualsevol astre que emet menys energia de la que rep (un planeta, per exemple) només es visible davant d’una font de llum (una estrella), ja que es enlluernat per aquesta. —Possiblement es tracti d’una estrella col·lapsada o extingida. Solament Déu coneix la veritat. Però sense cap dubte hem revelat un dels majors descobriments de la història. Acabem de topar amb la matèria fosca, aquella que podria frenar l’expansió de l’Univers i assolir el temut Big Crunch. —Matèria fosca? —Es tracta d’una vella idea concebuda fa trenta o quaranta segles, que va ser oblidada fa molt, tot i que mai rebutjada. I ni tan sols podem donar a conèixer aquesta troballa. —Després del fracàs que suposarà la nostra missió enviaran des de La Terra una comissió d’investigació. Trigaran més però estic convençut de que, igual que nosaltres, descobriran la veritat. —Són les úniques paraules de consol que se’m van ocórrer per animar el
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professor—. Possiblement, alertats per la nostra pèrdua, tinguin millor sort. De tot cor ho desitjo. —Resulta difícil predir com acabarà la nau. Podríem xocar contra algun planetoide gelat o descriure un recorregut el·líptic i excèntric sense col·lisió. Si disposés de més temps podria deduir masses i trajectòries aproximades. Sense saber-ho el professor i jo acabàvem de dir les nostres últimes frases. Les parets van cedir amb un soroll sec que de seguida va cessar. I el fred i la foscor es van fer per sempre.

2ª Part: desde Su

Any 1700 D.A. (Després d’Assuma).
Els Matox, des de el seus immemorials temps, havien observat el cel des de la superfície del seu imponent planeta Mair, intentant desxifrar els secrets d’aquells estranys i distants puntets calorífics que adornaven el seu il·luminat firmament. Donaven gràcies als déus per mantenir aquells perills a tan llunyana i prudencial distància. També Su, la gran estrella divina que radiava lluminosa foscor gelada, contribuïa a refredar els planetes que la circumdaven, protegint-los de la mortífera i remota radiació de flames i calor. Els Matox es preguntaven si existirien altres mons iguals al seu, sobrevisquin enmig d’un ardent i brillant univers amenaçant. No entenien com ni per què residien a la perifèria, a un dels seus braços, d’una galàxia de forma espiral carregada de foc infernal. Així que el pànic va condir entre els habitants del seu mon quan van rebre la inesperada visita d’un fogós i abrasiu cometa solcant el cel. Molts van ser els que van vaticinar la fi del mon amb l’arribada del nou astre de l’espai. I les seves gents es van estremir. Però amb el temps van aprendre a conviure amb la visita regular de l’estrany cometa Iellah exactament cada 53 cicles, descrivint, per sort per ells, una òrbita excèntrica de no col·lisió. Algú es va atrevir a conjeturar que tal vegada la vida a Mair fora fruit de que en algun cicle molt pretèrit un cometa de tipus
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“L’anisotropia de la temperatura espacial”

similar es precipités sobre la faç del planeta. La idea es basava en un profund i intens estudi del nou cometa Iellah. Això havia revelat que posseïa unes escasses partícules orgàniques a la seva composició interna. Però quasi ningú dels seus congèneres va creure semblant teoria de ciència ficció barata. Si haguessin disposat de la tecnologia idònia, potser haguessin descobert que el seu venerat i incandescent cometa no era més que les restes compactades d’una nau moribunda alienígena. Però, com podien ells imaginar-se que la vida podia donar-se a temperatures por sobre del zero absolut!

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“La Anisotropía de la Temperatura Espacial”

[FINALISTA RELATO EN CATALÁN]

“La Anisotropía de la Temperatura Espacial”
Por Antoni Sarabia Crespo
1ª Parte: Por debajo de cero

Año 6565 D.C. (Después de Cristo)
Estábamos tan sorprendidos y confundidos que nadie hacía nada, entre otras cosas porque nadie sabía qué hacer. Solamente el profesor Callus y su equipo invertían todo su tiempo, reduciendo incluso sus horas de descanso, en intentar encontrar una explicación al problema. Aquel reducido grupo de eminentes científicos pasaban jornadas enteras encerrados en su laboratorio, revisando una y otra vez los escasos datos y pruebas de los que se disponían. Muy de tanto en tanto el profesor Callus aparecía por mi despacho abatido, con frustrante aspecto descuidado, únicamente para tomarse un buen café, charlar con un ser humano normal un rato y consolarse con las pocas palabras de ánimo con las que yo mismo le podía ofrecer. A aquellas alturas en que nos encontrábamos la mayoría de la tripulación confiaba todavía en poder salvar el pellejo. Una esperanza que yo no compartía en absoluto. Quizá las exiguas conversaciones con el profesor habían conseguido contagiarme de su espíritu pesimista, así que yo deambulaba por la nave con un humor de perros. A pesar de que si quedaba alguna posibilidad era gracias a él y a su equipo. Bien, y a la suerte, ¡por qué no decirlo! Solamente un milagro nos sacaría de allá. Todo empezó pocos días atrás. No me refiero a días con Sol y noches con Luna. En el espacio exterior siempre está oscuro. Los
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“La Anisotropía de la Temperatura Espacial”

horarios diurnos y nocturnos se alternan artificialmente con precisión matemática. Los problemas, como digo, sobrevinieron de forma escalonada al superar la nave la órbita de Plutón. Primero fallaron los generadores del motor de hiperespacio. De este modo se desbarató el primer salto tripulado a la velocidad de la luz fuera del Sistema Solar. Los dos saltos anteriores (no tripulados) habían sido verdaderos éxitos, llevados a término en las proximidades de la órbita de Saturno. Pero el “gran salto”, el que debía transportar a la humanidad a cotas celestiales proporcionándonos fama y honor eternos, no se consumó porque los generadores sencilla y llanamente se ahogaron. Diagnóstico inicial: Impurezas en los átomos de hidrógeno. Lo más curioso del tema es que el combustible de los generadores provenía del exterior de la nave, donde en la práctica no existe ninguna impureza, sólo hidrógeno, puro vacío estelar. La solución del incidente ocupó las labores de técnicos y mecánicos hasta que dejaron de funcionar los otros propulsores de la nave 96 horas más tarde. Motivo: Obstrucción de las toberas de expulsión. Pero debía tratarse de otro error de la computadora, o eso creímos nosotros. Nada podía obstruir las toberas de expulsión porque, básicamente, no había nada que las pudiese obstaculizar, únicamente otra vez el vacío estelar. Aquella última avería era una herida mortal. La nave deambulaba a la deriva sin energía, alejándose. Ningún hombre a bordo escatimó ni un solo minuto en colaborar y trabajar en el que fuera necesario. Nos iba la vida en ello. A pesar de eso, y en contra de nuestros deseos, los problemas comenzaron a multiplicarse en el plazo de las últimas 48 horas. Perdimos la comunicación (aunque a la distancia que nos encontrábamos tampoco resultaba demasiado útil) y la visión exterior. La sensación era como si estuviéramos cayendo dentro de un oscuro pozo sin fondo. Exhaustos, contemplábamos la invisible imagen de la más cruda muerte delante de nosotros. El profesor Callus debía hallar la explicación de todo aquello rápidamente. Y obtuvo la inspiración cuando su laboratorio tuvo que ser evacuado, precintado y despresurizado debido al riesgo de rotura del único ventanal hacía el exterior de la nave. Todo un
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auténtico milagro que el ordenador detectara a tiempo unas grietas microscópicas de origen desconocido. Era la gota que colmaba el vaso. El profesor se quedó absorto con sus pensamientos al principio, y de golpe empezó a revisar datos y más datos durante un largo rato. Realizó complicados cálculos son su computadora personal y verificó los resultados con el instrumental del cuadro de mandos. De repente había descubierto alguna cosa. Hizo comprobaciones durante casi dos horas más, angustiosas, y después solicitó una entrevista urgente conmigo, a solas. Yo, como máximo responsable de la misión, debía tener conocimiento antes que nadie de cualquier avance en la investigación de los sucesos. Enseguida adiviné que no nos salvaríamos. Callus estaba sentado delante de mi, en mi despacho, y era evidente que había resuelto el enigma, pero su rostro hablaba por sí solo. —Si vamos a morir no es necesario que el resto lo sepan —me adelanté a sus primeras palabras—. ¿Cuánto tiempo nos queda? —No hay modo de saberlo con exactitud —respondió con voz ronca—. Horas, tal vez incluso minutos —¿Qué le pasa a la nave, profesor? —Quise averiguar de inmediato, conteniendo la rabia. —Frío. Por un instante intenté dibujar una sonrisa, pero desistí de mi propósito al ver su rostro pétreo y desconsolado. Ambos sabíamos que la nave estaba perfectamente preparada para soportar temperaturas extremas, incluyendo el frío del cero absoluto (-273,16 ºC) donde la agitación molecular es nula, marca a la que se acerca (sin llagar a alcanzar) el espacio en las inmensidades interestelares. Así que, la teoría del profesor parecía poco probable y nada creíble. —Todo este tiempo perdido y... ¿se trata solamente del maldito frío del espacio? ¿Me está tomando el pelo? —No es un frío convencional, evidentemente —explicó—. De hecho, todo dejó de ser convencional al sobrepasar la órbita del último planeta del Sistema Solar. —Hizo una pausa para aclararse la garganta—. Aunque suene increíble lo que diré ahora, puedo asegurarle que la temperatura exterior es de unos pocos grados por debajo del cero absoluto.

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—Eso es imposible —sentencié subiendo el volumen de la voz—. ¿Qué pruebas tiene de eso? —Ninguna. Es una suposición. —¡Oh, no joda! ¿Pretende que le diga a todo el mundo que vamos a morir según una suposición sin cabeza ni pies? Por favor, profesor, esta crisis nos costará la vida... y ¿eso es todo lo que se le ocurre? Me ha decepcionado tremendamente. —Ha de entender, capitán, que no poseo el instrumental necesario para obtener pruebas físicas. De hecho, ningún ser humano en todo el universo podría demostrarlo empíricamente. ¿No lo entiende? Esto está fuera de nuestro alcance. ¿Ha visto alguna vez seres microscópicos? —¿Seres microscópicos? ¿Qué diablos me cuenta ahora? — pregunté extrañado. Callus insistió en su pregunta—. Pues, hace años que no utilizo un microscopio, aunque podría coger uno de su laboratorio... —respondí someramente. —¡Exacto! —gritó sin ninguna euforia—. Usted no puede verlos ahora, en este mismo instante, pero eso no quiere decir que no existan. Que el ser humano sea incapaz de detectar temperaturas por debajo del cero absoluto no quiere decir que no sean reales. —Pero profesor, la naturaleza no permite... —La naturaleza que habitamos usted, yo y el resto de seres vivos calientes de los mundos calientes no conocemos los mundos fríos. Son incompatibles. La antítesis unos de otros. No pude evitar mirarle como si hubiera perdido la cabeza. —Resulta muy difícil de creer —le repliqué. —Sobre todo si no tenemos el microscopio adecuado, ¿verdad? Supongo que la misma sensación tendrían los hombres de la antigüedad, que nunca dispusieron de la oportunidad de mirar a través de ningún microscopio, en un caso análogo. —Pero usted me pide que crea en una cosa intangible y fuera de lógica, ¡algo que modifica las leyes de la física conocida! —¿Quiere hechos? Desde que se rompieron los propulsores de la nave no hemos perdido nada de velocidad... —Fruto de la inercia sin rozamiento y la no influencia gravitatoria del Sol —le interrumpí.

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—Al contrario. Aunque imperceptible, existe un leve rozamiento allá fuera. Además, la clave es que la nave ha ganado impulso. Consúltelo si lo desea con la base de datos de la computadora. ¿Cómo se lo explica, capitán? —Paró para esperar una repuesta que no llegaría, a la vez que yo verificaba la información tecleando a toda máquina sobre mi teclado, no sabía exactamente el qué—. ¿Qué tipo de impurezas hay en los átomos de hidrógeno? ¿Qué obstruye las toberas de expulsión? Frío, capitán. Un Frío tal que daña mortalmente cualquier objeto ajeno a una naturaleza desconocida. No existe nada impuro en el ambiente, simplemente el frío extremo obliga a actuar de un modo diferente a los átomos. No podría precisar de qué forma interactúa con la nave porque nunca se ha dado un caso parecido conocido, pero es obvio que hemos de descartar ideas preconcebidas del universo. Es imposible imaginar qué formas y qué estados es capaz de asumir la realidad en estas condiciones, pero creo haber descubierto un leve esbozo de qué puede haber allá fuera. Y no creo que le guste. —Entonces dígame, profesor, ¿por qué aceleramos en lugar de frenarnos? —Después de verificar los datos con la computadora sentí la necesidad de poner a prueba las ideas de Callus. Mentiría si dijera que esperaba una repuesta convincente. —Atracción, capitán. Obviamente estamos siendo absorbidos por una masa enorme. No pude reprimir formular una rápida avalancha de cuestiones sobre su revelación, así que tuvo que esperar a que yo me calmara y retornara a un estado emocional más idóneo para poder continuar con la conversación. El miedo que puede llegar a imprimir la mínima presencia de un agujero negro puede provocar la peor de las ansiedades humanas reconocidas. Incluso percibí después que yo mismo respiraba con dificultad, con dolor en el pecho. —No es un agujero negro, capitán. Estamos siendo atraídos por un Sistema. —¿Un Sistema? ¿Qué sistema? Aquí no hay ninguna estrella, solamente vacío. —Le advertí de que no le gustaría, capitán. Yo mismo me resistí a creer una cosa así, pero con los datos obtenidos he realizado simulaciones una y otra vez y el resultado parece irrefutable. No sólo
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se ha alterado nuestra velocidad sino que nuestra trayectoria se ha curvado. —¿Cómo sabe que no es un agujero negro? —En la simulación intervienen varias masas enormes, y algunas de ellas parecen dibujar un movimiento de traslación alrededor de una central todavía mayor. —Podría tratarse de varios agujeros en conjunción -reconozco que mi miedo por estos fenómenos es superior a mi capacidad de raciocinio-, o quizá los datos sean erróneos. Usted mismo ha asegurado que no sabe como este maldito frío antinatural afectaría a la nave y, por tanto, al instrumental que contiene. —Tiene pleno derecho a pensar lo que quiera. Agarrarse a estas premisas no es mejor que tomarse seriamente mi teoría. En cualquier caso, también es poco menos que anunciar nuestra inminente muerte si no nos podemos fiar del instrumental. En el fondo ni creía en la teoría del profesor ni quería creer en lo que yo mismo decía. Para mí, aquellas últimas horas habían sido una pésima pesadilla. Deseaba vehemente despertarme de un momento a otro, sudando y angustiado en mi cabina, o mejor todavía, en casa, en La Tierra. —¿Se refiere a un Sistema planetario sin ninguna estrella? —le pregunté. Eso explicaría el hecho de que el firmamento no permitiera observar aquellas masas, porque como todo el mundo sabe cualquier astro que emite menos energía de la que recibe (un planeta, por ejemplo) únicamente es visible delante de una fuente de luz (una estrella), ya que es iluminado por ésta. —Posiblemente se trate de una estrella colapsada o extinguida. Solamente Dios conoce la verdad. Pero sin ninguna duda hemos revelado un de los mayores descubrimientos de la historia. Acabamos de topar con la materia oscura, aquella que podría frenar la expansión del universo y alcanzar el temido Big-Crunch. —¿Materia oscura? —Se trata de una vieja idea concebida hace treinta o cuarenta siglos, que fue olvidada hace mucho, a pesar de que nunca fue rechazada. Y ni tan siquiera podemos dar a conocer este hallazgo.

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—Después del fracaso que supondrá nuestra misión enviaran desde La Tierra una comisión de investigación. Tardaran más pero estoy convencido de que, igual que nosotros, descubrirán la verdad. —Son las únicas palabras de consuelo que se me ocurrieron para animar al profesor—. Posiblemente, alertados por nuestra pérdida, tengan mejor suerte. De todo corazón lo deseo. —Resulta difícil predecir como acabará la nave. Podríamos chocar contra algún planetoide helado o describir un recorrido elíptico y excéntrico sin colisión. Si dispusiera de más tiempo podría deducir masas y trayectorias aproximadas. Sin saberlo el profesor i yo acabábamos de decir nuestras últimas frases. Las paredes cedieron con un ruido seco que enseguida cesó. Y el frío y la oscuridad se hicieron para siempre.

2ª Parte: desde Su

Año 1700 D.A. (Después de Assuma).
Los Matox, desde sus inmemoriales tiempos, habían observado el cielo desde la superficie de su imponente planeta Mairo, intentando descifrar los secretos de aquellos extraños y distantes puntitos caloríficos que adornaban su iluminado firmamento. Daban gracias a los dioses por mantener aquellos peligros a tan lejana y prudencial distancia. También Su, la gran estrella divina que radiaba luminosa oscuridad helada, contribuía a enfriar los planetas que la circundaban, protegiéndolos de la mortífera y remota radiación de llamas y calor. Los Matox se preguntaban si existirían otros mundos iguales al suyo, sobreviviendo en medio de un ardiente y brillante universo amenazante. No entendían como ni porque residían en la periferia, en uno de sus brazos, de una galaxia de forma espiral cargada de fuego infernal. Así que el pánico cundió entre los habitantes de su mundo cuando recibieron la inesperada visita de un fogoso y abrasivo cometa surcando el cielo. Muchos fueron los que vaticinaron el fin
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del mundo con la llegada del nuevo astro del espacio. Y sus gentes se estremecieron. Pero con el tiempo aprendieron a convivir con la visita regular del extraño cometa Iellah exactamente cada 53 ciclos, describiendo, por suerte para ellos, una órbita excéntrica de no colisión. Alguien se atrevió a conjeturar que tal vez la vida en Mairo fue fruto de que en algún ciclo muy pretérito un cometa de tipo similar se precipitara sobre la faz del planeta. La idea se basaba en un profundo e intenso estudio del nuevo cometa Iellah. Aquello había revelado que poseía unas escasas partículas orgánicas en su composición interna. Pero casi nadie de sus congéneres creyó semejante teoría de ciencia ficción barata. Si hubieran dispuesto de la tecnología idónea, quizás hubieran descubierto que su venerado e incandescente cometa no era más que los restos compactados de una nave moribunda alienígena. Pero, ¡Como podían ellos imaginarse que la vida podía darse a temperaturas por encima del cero absoluto!

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“Defectos de Fábrica”

[FINALISTA RELATO EN CASTELLANO]

“Defectos de Fábrica”
Por Jesús Fornis Vaquero

A veces tengo sueños que no son míos. Voy a lugares en los que nunca he estado. En cada uno de ellos hay una mujer distinta y yo, algunas noches, me diluyo en la oscuridad para visitarlas. Ellas gritan y me arañan, yo les muerdo y las follo. Me encanta porque cada una tiene un sabor diferente, un olor diferente, y yo los recuerdo todos. Algunas noches tengo sueños… —¡Confiesa de una vez! Katya golpea la mesa y se inclina sobre el detenido, que no ha dejado de sonreír desde que entró en la sala. —¿De qué te ríes, hijo puta? —Le pregunta— ¿Te hago gracia, cabrón? El detenido, sin dejar de sonreír, agacha la cabeza. Katya se incorpora, se quita la gabardina y la lanza a un rincón. Después me mira y pregunta: —¿Quieres un café? Porque esto parece que va para largo. —No, gracias —respondo. Me da la espalda y se sirve un café. Katya tiene un buen culo. Un culo redondo y prieto que resalta gracias a la malla gris ajustada que lleva. Su espalda es bonita, quizá porque termina en ese culo que deseo morder, o quizá por la melena roja que le cae sobre sus hombros desnudos. No entiendo por qué nunca visito a Katya en mis sueños. Quizás algún día… —A ti no te ofrezco café porque no quiero alimentar tu parte humana, basura —dice mientras mira al arrestado.

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“Defectos de Fábrica”

Katya y yo formamos una buena pareja. Yo los identifico y ella los detiene. Tengo un don especial para eso. No sé cómo, pero soy capaz de reconocerlos. Me basta con mirarles a los ojos para saber qué son y lo que han hecho. Soy efectivo en mi trabajo, y Katya también. —Te lo voy a explicar otra vez, escoria —dice al detenido—. Sabemos que hay un cyborg haciendo travesuras por los suburbios. Sabemos que ese cyborg salió de una partida defectuosa y conocemos el rango de número de serie de esa partida. Para saber si tú eres de uno de ellos lo tenemos muy fácil: te abrimos la cabeza y miramos en tu placa. Si el número no coincide tratamos de dejar los sesos en su sitio, no siempre es posible, y si coincide… pues si coincide lo más probable es que los deje desparramados por la mesa porque mierda como tú no merece ser re-ensamblada. Así es que… ¿por qué no te das una oportunidad y confiesas que violaste a esa veintena de mujeres? Katya se sienta sobre la mesa. A esta altura sus tetas quedan frente a mí. No están mal, quizás algo pequeñas. Prefiero su culo. Su culo envuelto en malla plateada como si fuera papel de regalo. El detenido ha levantado la cabeza. Él también le está mirando las tetas. —Ya hemos retirado a otros como tú —le dice—, y lo seguiremos haciendo. La reinserción es posible. Unos ajustes en tu sistema y serás un ciudadano normal. Perderás tus recuerdos, pero ése es un precio muy bajo por dejar de ser la mierda que eres. Pero si no confiesas, entonces no volverás a ser… de ninguna forma. Ella siempre se emociona cuando llega hasta parte del discurso. Yo soy incapaz de emocionarme. Ella entró a esta unidad porque quería ser el brazo castigador de la ley, imponer algo de justicia en el mundo, ser la vengadora de todas esas mujeres. Yo entré porque el sueldo era bueno. Por eso y porque, con mi don, el trabajo resulta sencillo. Pero no empatizo, no empatizo con nada, bueno, con casi nada. —¿Y bien? ¿No piensas hablar? El detenido permanece en silencio mientras Katya anda por la habitación. Camina lentamente, cruzando las piernas a cada paso, y marcando el ritmo con su cadera en una sincronía física que invita a
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III PREMIO “OVELLES ELÈCTRIQUES”

“Defectos de Fábrica”

la lujuria. Me recuesto en la silla para contemplar las vistas. Me gustaría soñar con ella. —¿Sabes lo que más me jode de todo? —Prosigue Katya— Que por muchos avances que haya en biotecnología, por mucha ciencia que se aplique a la sociedad, por muchas generaciones que pasen, siempre hay manzanas podridas. Antes eran enfermos mentales o degenerados violentos que cruzaban la raya. Ahora son fallos del sistema, defectos de fábrica, virus que atacan la memoria… El caso es que siempre hay un resquicio por donde el mal se filtra y explota dando lugar a monstruos como tú. Ella siempre dice lo de las manzanas y lo del mal. En eso tiene razón. El progreso podrá poner muchas tiritas, pero siempre habrá heridas que sangren. —Hablas o llamamos al departamento de cirugía. Tú eliges — le dice. Katya se acerca al detenido, tanto que sólo unos centímetros separan sus cuerpos. A esa distancia él puede olerla perfectamente. Desde aquí veo como aletean sus fosas nasales. Katya embriaga con su olor. Adoro cómo huele. Me preguntó cómo sabrá. —Está bien. Hablaré —responde el detenido. Ahora llega mi turno. Despliego el panel digital y me preparo para tomarle declaración. El arrestado levanta la cabeza y me mira a los ojos. De repente, quedo atrapado en su mirada. No me suelta, trato de escapar pero el muy cabrón no me suelta. Abre mi memoria, rastrea mis recuerdos y hurga en mi colección de olores. Los huele como yo los huelo. Disfruta con ellos como yo lo hago. No me suelta. Se recrea en mis placeres y fantasías. Me está leyendo, me está violando. Su mente muerde, su mente me devora. Trato de esconderlo, trato de escapar, pero el hijo de puta no me suelta. No puedo apartar mi mirada de la suya y lo va a encontrar. Lo va a encontrar, lo ha encontrado y ahora me ve igual que lo veo a él: sabe lo que soy. En su rostro se dibuja una amplia sonrisa y me suelta. Me deja libre porque ya tiene lo que quería. Aparto la vista, bajo la cabeza y le escucho cuando comienza su confesión: —A veces tengo sueños que no son míos. Voy a lugares en los que nunca he estado…

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“El Túnel del Terror”

[FINALISTA RELATO EN CASTELLANO]

“El Túnel del Terror”
Por Aleix Ortuño Velilla

Una atracción. El túnel del terror de Frankie Lasaglia, ponía. Nada más que una atracción reflejo de las que había en el parque Brickland, que nos gustaba visitar, en verano sobre todo. Solo eso, y aquel torrente frío, más bien un glaciar, bajaba lento de mi cerebro para hundírseme en las vísceras. El cartel, algo torcido, tenía un encanto pintoresco. Marta me arrastraba hacia él cogida de mi mano, excitada y confusa. Aquel habitáculo enorme de aspecto siniestro la atraía con una fuerza que ni ella comprendía. A mí, me inundaba de recuerdos de mi infancia en Chicago, aun cuando había dejado de ser capaz de evocar el pasado desde que llegara a Barcelona. Miré a mí alrededor y me di cuenta: la atracción estaba en el límite de la feria, pero no pertenecía a ella. No pertenecía a aquel lugar, no pertenecía a la vida de Marta ni a mi vida junto a ella. Aquello se había perdido desde otro mundo, mi mundo, borroso e intangible, escondido bajo los pliegues de mi corazón. Los días felices, en que yo era yo, me habían ofrecido aquel regalo, nimio como un caramelo; uno que conservaba, sin embargo, todo el sabor de mi infancia y juventud. Marta se dirigió hacia la taquilla fascinada por las sutiles rarezas de aquel entorno exótico. Yo me dejaba acercar, sintiéndome, quizá, emocionado con aquella vuelta a casa. Marta pidió dos entradas y el taquillero sonrió, toda una mueca malvada. El hombre y ella hablaron algo en catalán, que yo aún no entiendo. Luego me miró y me dijo:
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“El Túnel del Terror”

—¡Lo terco de la razón! Graznaba como un cuervo. —¡El mitin al lado del barro! Miré a Marta y vi que le brillaban los ojos. El tipo sabía hacer bien su trabajo. —¿Frankie Lasaglia? —pregunté, sintiendo que ya había oído antes el nombre. —¡El pozo y el péndulo! El hombre tiró de una palanca desde dentro de su caseta. Se oyó el ruido que hacen los engranajes al acostarse juntos. Una extraña vagoneta salió de uno de los extremos del túnel, patinando sobre los raíles, y llegó hasta donde nos encontrábamos nosotros. No había ningún otro vehículo descansando en las vías. Tampoco otro ser humano cerca de allí. Marta miró aquel inaudito cochecito y después me miró a mí. Noté que algo enturbiaba su respiración entrecortada de deseo. Al fin, el miedo. Un vago terror empequeñeciéndole las pupilas. Le respondí encogiéndome de hombros. El bueno de Frankie sonrió, una explosión de dientes blancos. Marta intentó sonreír también. —Soy tonta… —se quejó. Yo la abracé, pasando los brazos bajo sus axilas y agarrándola de los omóplatos. La besé en un impulso fugaz e inevitable. —Lo que tú digas —le dije. Pero lo dije sabiendo que ella diría que sí. Lo dije porque quería que dijera que sí, porque quería montarme en aquella atracción. Y el tipo que tal vez fuera Frankie Lasaglia lo entendía, y por eso seguía sonriendo. Cogiéndome de la mano otra vez, pero más nerviosa e insegura, Marta me llevó hasta la vagoneta. Era una maraña metálica con dos asientos de hierro y una barra de seguridad. Hice que ella pasara al asiento derecho y después me senté a su lado. Le cogí la mano y se la apreté suavemente, agradecido. Ella giró la cabeza y me dirigió una mirada dulcísima, y dio un respingo cuando la barra de seguridad del cochecito bajó, atrapándonos entre hierros. Aprisionando nuestro tierno apretón de manos. El vehículo se puso en marcha.
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“El Túnel del Terror”

Me sentía dócil. No quise quejarme, ni a pesar de no poder moverme. Clavé los ojos en Marta y ella los clavó en mí. Avanzamos con un traquetear quejumbroso hacia la boca del túnel. Parecía una simple puerta de madera, envejecida y astillada, pero se movió sola en cuanto se le acercó el coche. Al otro lado, la oscuridad prometía dientes y colmillos esperando en su interior. Marta cerró los ojos un momento antes de que la negrura nos engullera. Yo me quedé ciego un instante. Esperé a que las pupilas de mis ojos se dilataran y miré en todas direcciones. La puerta del túnel se cerró, aislándonos del exterior. Después, el coche dobló un recodo de ciento ochenta grados. Pude intuir, más que ver realmente, las paredes del túnel a ambos lados. Las percibí desnudas, sin nada susceptible de activarse y asustarnos. Sin embargo, antes de llegar a decepcionarme, algo captó mi atención. Un brillo metálico enfrente de nosotros. El vehículo paró justo delante de lo que fuera aquello. Marta giró la cabeza hacia mí y después abrió los párpados. El corazón le galopaba como el de un conejo enloquecido. Esperaba cualquier cosa, algo estridente y repentino que seguro iba a asustarla, e intentaba ya sobreponerse a ello. Me buscó para darle apoyo, pero yo intentaba tozudamente descubrir a qué pertenecía el brillo aquel. Guiada por mi mirada, y sola a causa de mi ausencia, Marta reincorporó la cabeza. Sus ojos se posaron sobre aquel resplandor mortal. La sierra circular bajó rugiendo y se le hendió en la frente. Siguió hundiéndose, y le rompió la sonrisa y los dientes. Siguiendo su recorrido, le seccionó el cuello en dos. Le separó los pechos y le abrió las entrañas. En realidad, todo fue muy rápido. Los ojos murieron lo primero de todo. Dos puntos nada trascendentes, acuosos. Quizá vestigio aun de una mirada sorprendida. La sangre lo cubrió todo, como el silencio viscoso que dejó la sierra al desconectarse. Y la mano, aún en mi mano, se tornó helada enseguida. Miré a Marta muerta y me dolió verla así.
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“El Túnel del Terror”

Mis proyectos con ella quedaron en nada. Mi vida y las buenas intenciones. Además, era una buena persona. Conmigo, al menos, siempre lo fue. Como con un espasmo, intenté moverme a pesar de saber que no podría. Los hierros de aquel diabólico coche se me clavaron en la piel. No podía apartar a un lado la mano de Marta. La miré. Su ojo derecho, en contacto con la brecha que había dejado la hoja, se deslizaba hacia la izquierda. Cayendo. La sierra circular despertó de nuevo y todo se llenó de su estridencia oxidada. Subió a la altura de mis ojos. Pude ver entonces que se movía sobre un brazo articulado. El disco, con su perímetro brumoso, se acercó a mi frente. Pensé que tal vez no hubiera forma de prepararse para aquello. Justo antes de adentrarse en mi cerebro, la sierra se movió a un lado y bajó de nuevo. Arremetió contra mi mano izquierda, amputándomela a medio camino entre la muñeca y los nudillos. Cuatro de mis dedos cayeron al suelo unidos en una sola pieza por carne, huesos y tendones. El pulgar cayó solo, convertido en una falange y media. El dolor me resultó inexplicablemente horrible. Me sentí blando e inmaduro. Mi mente trató de huir de mí. Se arremolinó en torno a ideas angustiosas. Los hierros que me tenían atrapado parecieron cobrar vida y asfixiarme. Después, mi cerebro enloqueció y formuló pensamientos absurdos, a un millón de millas de distancia. Es como empezar el piano por los pies. Acuérdate que la quieres. Ecos en la oscuridad, que la realidad voló por los aires. Recuperé la razón. En un instante, como una consecuencia obvia y natural, comprendí qué pasaba y de qué modo iba a terminar aquello. Sentí un vértigo absoluto y a mi cuerpo intentando encogerse hasta desaparecer. Apreté la mano muerta de Marta para exprimir su calor. Agradecí que hubiera muerto, en realidad. La sierra circular subió hasta mi cabeza otra vez, y en esta ocasión no hizo ademán de detenerse allí. Tampoco yo esperaba que

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“El Túnel del Terror”

lo hiciera. Sólo sabía, entonces, que el suplicio iba a hacerse bastante largo… y que dolería. Cuando la sierra arremetió contra mi hombro derecho, grité. De miedo, de dolor. De rabia y de odio. Grité, y mi cuerpo se fue llenando de algo que me había pertenecido. De recuerdos. Después hubo la ausencia, cuando la hoja hubo cortado y yo perdido mi brazo, que cayó a un lado. Cuando dejé de sentir a Marta, y aquella suavidad suya que, a pesar de estar muerta, conservaba. La sierra volvió a desconectarse. Dejé de gritar, aturdido, mi mirada entelada posada sobre el vacío. El dolor se tornó en pulsaciones acuciantes. Notaba la mancha húmeda de la sangre en todo un lado de mi cuerpo. Notaba su fluir espeso. Y pensé que tampoco iba a durar tanto todo aquello. —We're recording it all. Lo dijo alguien desde algún lado, una voz desconocida y familiar, y yo busqué la cámara, porqué, claro, es verdad, siempre hay una cámara. No las había antes, no existían en mi tiempo, pero lo que nunca ha cambiado ha sido el porqué de estas matanzas. La razón de tanta crueldad. Intimidación y advertencia, para los que vengan después. —I didn’t even know about Mark and Jenny —dije, sintiendo en el estómago la necesidad de explicarme—. When they told me, Rubeus was already dead. Lo dije al aire y después no pude creer haberlo dicho. ¿Yo, hablando de nuevo en inglés? ¿De muertes por vendetta y tiempos de pistoleros? Y en realidad sabía, y no demasiado en el fondo, que siempre había deseado que llegara ese momento. En el que dieran conmigo. En el que me alcanzaran. (A pesar de todo, mi corazón bombeaba de un miedo atroz). —You chose the wrong side. —He was my brother… —dije. Tenía los ojos llorosos, pero no lloraba. Las lágrimas se vertían de mis lagrimales como el sudor empapaba mi piel, mezclándose con la sangre. —And him the boss’s brother. And Jenny his sister-in-law — respondió, y descubrí… ¡ah, amigos!, que aquel tipo era Frankie
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“El Túnel del Terror”

Lasaglia, el sicario y su leyenda—. Everything is kept in the family, isn’ it? But, boy, they sent me here to make you understand something. In this world there’s only one Family, and those who forget that cease to belong to it. Un chirrido descorazonador hasta el paroxismo inundó la oscuridad de nuevo. Esta vez la sierra cortó al azar, con rapidez, tajos poco profundos sobre mi cara y mi pecho. Noté el escozor más que cualquier otra cosa, y sentí lástima (y pánico, y asco, y una desesperación horrible y asfixiante) por mi cuerpo maltrecho, irremediablemente marcado, cada vez más destruido. Irrecuperable. La punta de mi nariz patinó, seccionada, y se precipitó sobre mi regazo. La sangre me caía por el rostro y se amontonaba en mi boca. Poca debía quedarme ya en el cuerpo, pensé, pero me daba igual. Sonreí, cansado y nostálgico, y aunque no podía verme imaginé mis dientes en la negrura, rodeados de aquel carmesí gomoso. Creo que sólo tienes una oportunidad para elegir en qué consistirá tu vida. Sólo una para elegir quién quieres ser. Y yo tuve la mía al principio de los tiempos. Ahora iba a ser perdonado, aceptado de nuevo. La soledad es horrible. —You’re a tough boy, huh? —dijo Frankie a mis espaldas, ese tipo al que yo no conocía pero que me conocía tan bien. Me tranquilizaba su presencia. Tal vez la soledad sea peor que cualquier otra cosa. La sierra se levantó de nuevo y, en esta última ocasión, sus movimientos fueron lentos, hipnóticos. La cámara los captaba todos. La hoja circular se alzó hasta mi cabeza y me miró a los ojos, desquiciados, empapados de terror. Permaneció allí unos segundos, y creo que la sierra o yo silbamos algo. Después bajó a mi estómago. Se hundió lentamente en él. A medida que se abría paso tras la piel y entre mis órganos, grité y grité, apabullado de dolor, hasta que el rugir de la sierra y mi rugir enloquecido llegaron a confundirse. Entonces cerré los ojos. Regresé a mi hogar.
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“Sub Umbrae”

 

[FINALISTA RELAT EN CATALÀ]

“Sub Umbrae”
Per Elena Montagud López

1-11-2000 La Laura ja no hi és. Encara no sé com ha pogut passar, quines han sigut les causes, ¿quina la bogeria? Ella era la noia més feliç del món, ella sabia clarament el que volia fer. No vaig conèixer en la meva vida cap noia com ella, tan forta, tan segura. I ara, on ets, Laura? On has llançat tots els teus somnis, les esperances, les vanaglories? Merda, Laura! M’has deixat tot sol, en la més immensa foscor, sumit en un caos del que no se com eixiré. Laura, els teus pares han vingut, plorosos, sense poder articular paraula i aleshores, un tremolor m’ha vingut des dels peus fins al cor. Si, Laura, fins al cor, m’ha travessat. I ho he sabut. He sabut que ja no hi eres en aquest horrible teatre en el que només som titelles. I tu deies que no, Laura. Tu deies que som lliures, que no hi ha cap Déu que jutgi les nostres accions, que nostre Déu actua amb benevolència, però no ho crec, no ho creuré mai després d’haver anat al teu pis i descobrir-te en la banyera, plena de talls, amb la cara desfigurada per l’angoixa i, potser, pel terror. “La Laura ja no hi és amb nosaltres”, he mormolat a la teua mare. I ha caigut en els meus braços, no pesava res, fràgil com una xiqueta, defallida com una màrtir. El teu pare m’ha mirat com ho solia fer, amb aquella barreja d’escepticisme i odi, i ha dit que allí ja no pintava res. I és de veres, Laura, és de veres. 2-11-2000 Laura, no sé ben bé el motiu, però has tornat. O estic tornant-me boig. Ahir em vaig despertar de sobte a mitja nit, amb la boca
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“Sub Umbrae”

 

pastosa i un regust amarg en la llengua. Em sentia observat. Què ridícul. I aleshores et vaig veure; potser va ser un somni. Als peus de la meua cama, vetllant per mi, flotant en la negror de la nit, com un fantasma del passat. Només eres una ombra, Laura, però estaves amb mi. Vaig alçar-me del llit. No volia separar-me de tu però una set horrible em cremava la gola. No volia, Laura, anar-me’n sense tu, fores ombra o espectre; volia que caminares amb mi pel passadís, que em tendires la teva suau mà, com abans, com fa uns dies. L’aigua em va parèixer la gloria. Quan vaig tornar a la penombra del dormitori no estaves. Només eres una ombra, Laura, i no et quedares amb mi. 6-11-2000 Estimada Laura. Si fa uns dies creia que jo era la persona que més et coneixia ara em sento contrariat. La teva mare em va portar un diari. El teu diari. Recordes que vam decidir que els dos escriurem un i quan fórem majors els llegiríem i ens riuríem de les nostres tonteries? Jo si ho recordo, continuo escrivint en el meu. Aleshores no eres una ombra, eres de carn, de pell, de vida. El teu diari em dona por, Laura. Què hi ha de veritat en ell? No entenc que no em contares tot el que has escrit en el diari, pensaments foscos, idees suïcides. Jo pensava que tu eres la noia més forta del món, la immortal. Ara no tinc res clar. Si el que dius en aquestes memòries és veritat, aleshores, la humanitat es troba en un seriós perill. 10-11-2000 Si estigueres ací diries que soc un poruc, i si escoltarem el més mínim soroll, tu series la que s’alçaria del llit, aniria a la porta, l’obriria encarant-se amb els monstres i tornaries al meu costat assegurant-me que tot està bé. No tot ho està, Laura. He llegit més pàgines del teu diari, i crec que jo també estic tornant-me boig. Les coses de les que parles en eixes fulles... Crec que estan començant a passar. Fa dos dies vaig escoltar a la radio noticies escabroses. En els periòdics les pàgines de les esqueles s’havien multiplicat. I si ets tu la culpable de tot això? No, no pot ser, havent sigut tu una víctima més.
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“Sub Umbrae”

 

Les persones normals, Laura, estan morint, caient com a mosques, atrapades en una enganxosa teranyina. 20-11-2000 He estat intentant esbrinar alguna cosa sobre aquest escabrós assumpte. Com si fos un periodista he anat a les cases de la gent que ja no hi són. Em rebien pares, fills, avis, amics, dones, nets... Vaig sentir el dolor en el que estaven sumits. Alguns no volien parlar amb mi, és normal. Massa morbositat, em van dir. No va fer falta en molts del casos preguntar res. En totes les cases vaig veure les ombres, Laura. Com la teva. Recordo la teva ombra als peus del llit. Les d’aquestes persones posaven les seves mans en les espatlles dels seus familiars, però aquests no notaven res, i ploraven. Només feien que plorar, Laura. Jo tenia ganes de plorar també. Al acomiadar-me de tots ells jo deia en veu baixeta: “La Laura tampoc hi és”. I ells em miraven estranyats, sumits en la seva desesperació. I les ombres no es movien del lloc, encara que no havien baixats les mans, recolzades en una malenconia que no podien entendre. 1-12-2000 No vull alçar-me del llit, Laura, no vull. Em mires amb els ulls tancats. La por ha tenallat els meus músculs. No m’alçaré del llit, no ho faré, Laura. Em vols atrapar amb els teus dits gelats, amb la enganyosa familiaritat del unheimlich freudià. És a dintre nostre on s’amaguen tots els monstres, i potser el meu també ha eixit ja. Aquesta ombra és el teu propi monstre, Laura? Tinc por i per això no eixiré del llit. Jo no soc valent, no vull notar el tacte esgarrifós d’una closca buida. 4-12-2000 Hui m’he despertat sobresaltat i al obrir els ulls he vist, massa prop, els teus. No deuries haver fet això, Laura. He cridat. No podia deixar de cridar. Només ets una ombra, però els teus ulls es clavaven en els meus. Els teus ulls blancs. No respires, no parles, en definitiva, no vius. Em mires, només en mires, ajupida al meu costat, esperant. Què esperes, Laura? Vaig a demanar-te una cosa que mai haguera pensat. Vull que et marxes, Laura, que em deixis. Et tinc
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“Sub Umbrae”

 

por. No vull veure els teus ulls, massa blancs contra la negror del teu cos indefinit. 6-12-2000 He llevat tots els espills de casa. Aquest matí m’he mirat en un i no m’hi he reconegut. Un somriure cínic i trist, una mirada angoixosa mentre em rentava el rostre. He vist un flaix en els meus ulls i he notat certa malignitat. No sé per què, però eixe flaix m’ha fet pensar en els teus, tan oberts, tan infinits. 10-12-2000 Alço la mirada del llibre i em topo amb els teus ulls. Estàs massa prop, Laura, no t’arrimis tant. Em tornaré boig. I ho faré. Vols que ho faja, Laura, que t’acompanyi en el teu silenci etern? Estenc el braç, tremolós, i atrapo el buit que deixa la teva presencia. Ets només una ombra! Maleïda sigues! Què tenen els teus ulls, que em fan pensar en el no res? Avui n’han mort més. Estan tots espantats. La gent no ix de casa, creuen que poden morir més fàcilment en el carrer. Ells no saben que són morts escollides, només jo ho sé. Tu m’ho revelares en el diari, que mai no deuria haver llegit. El dijous passat un home va caure d’un cinquè pis davant meua. La sang que manava del seu cap em va fer pensar en la banyera, on flotaves com una sirena carmesí. 24- 12- 2000 És Nit de Nadal. T’he comprat un regal. Unes ulleres de sol. M’agradaria que te les posares, no vull veure els teus ulls. Espero que no t’enfades, però no vull mirar els teus ulls, massa blancs, seent tu només una ombra. 8-1- 2001 La mare, el pare, ja no hi són. No ha sigut una mort natural, Laura. On és Déu, Laura? On està el teu Déu? M’ha abandonat, ens ha abandonat. És aquesta la fi del món, Laura? És com tenia que acabar la humanitat? Titelles en les mans d’una divinitat tirànica. Nosaltres, els seus fills?
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“Sub Umbrae”

 

El pare ja no hi és, Laura. M’ha cridat la tieta i m’ha dit, plorant-me a l’orella a través de l’auricular del telèfon, que s’havia penjat. I entre sospirs i sanglots va continuar dient que la mare havia baixat al carrer i s’havia llençat contra un cotxe. La mare, el pare! Què faré sense ells? Tinc por d’obrir aquesta nit els ulls i que baix la suau llum de la lluna ja no hi hagi només una figura, sinó dos o tres. 15-1-2001 No puc respirar. Una suor freda recorre el meu cos. Escric assegut a terra, en el rectangle de llum que projecta el llumet. He entrat en el dormitori i us he vist, seient en el meu llit, com donant-me la benvinguda. Només us quedeu en la obscuritat, m’he n’adona’t d’això, però no sé per què no funciona la llum i ací estic, amb la llanterna, esperant més que mai l’alba, amb el temor de que d’un moment a un altre obriu els ulls i sentir l’horror d’unes estàtues mudes. No hi ha res pitjor que témer allò que una vegada va ser per a tu familiar. Fa un parell d’anys ho estudiarem a la carrera. Aquell professor ens va parlar sobre lo siniestro i tu vares tremolar. Et vaig preguntar què t’ocorria però vas dir que res. Mentida, Laura, mentida! Fa dos anys ja sabies el que t’anava a ocorre i no em vas dir res, et limitares a callar. Si m’hagueres avisat, potser… potser no t’haguera trobat en eixa banyera plena de sang i horror! T’odio, Laura, més que a res. Et farà mal que ja no t’estimi, Laura? Jo no soc un poeta romàntic, no puc estimar una ombra. No puc estimar allò que ara em fa por. No hi ha res pitjor, Laura, que témer allò que una vegada vas amar. Témer i sentir fàstic amb qui feies l’amor. Odiar la persona que et va donar la vida. No em penso apropar al llit. Voleu acaronar-me amb els vostres dits de fang i misèria. 25-1- 2001 Avui se m’ha ocorregut anar a fer-li una visita a aquell professor. Què estava buscant, Laura? Respostes? De veres hi ha respostes per aquest destí? No s’acordava de mi; jo sempre treia males notes amb ell. I aleshores he pensat que si t’esmentava a tu, potser… Un trist
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“Sub Umbrae”

 

somriure ha tremolat en els seus llavis. I m’ha començat a parlar de tu. Les seves paraules m’han esgarrifat, Laura: —La recordo. Era una jove molt intel·ligent. Recordo una vesprada que va venir a vorem. Estava molt amoïnada. Fa uns dies jo havia parlat de Freud, del costat sinistre que hi ha en tots nosaltres. Li tremolaven les mans mentre em preguntava més coses. Jo pensava que només volia ampliar els seus coneixements. Marc... Crec que Laura no es trobava molt bé. Deia que sofria malsons totes les nits. Somiava amb... Bé, no sé com dir això... Somiava amb el seu altre jo. Li assetjava en somnis, i quan despertava, continuava allí. Vaig haver de recolzar-me en una cadira. Les cames no em sostenien. —Cada dia venia més atemorida. La seva lluita interna era molt forta. Em deia que el seu jo obscur —així ho nomenava ella— estava guanyant terreny. Em parlava de deus, de dimonis, i de humans castigats. “No estic boja”, va cridar. Ens mirarem en silenci. “No sé si es Déu o el dimoni, però m’ho va dir a mi. Està cansat, molt cansat de nosaltres. Els éssers humans tenim dues ànimes. La llum i la foscor”. Mentre parlava, les seves pupiles brillaven, preses a saber de quina mena de bogeria. >>Quan va acabar, veient que jo no obria la boca, va eixir del despatx com un llamp. La vaig seguir com podia; mai havia vist córrer a ningú així. En el carrer es va detenir. La gent es girà a observar-la. Tenia els cabells enredats, el rostre crispat. “La fi del món està ací. Us pensàveu que era mentida? La fi del món està ací”. Deia tocant-se el pit, el cap. I després corria cap a les altres persones i feia el mateix. S’apartaven com si fora una psicòpata. “També està en tu! La fi del món està dins! Nosaltres som la fi del món! Nosaltres mateixos acabarem amb la humanitat!”. No deixava de cridar. I després va caure a terra, i amb els braços estesos i la vista bolcada al cel, la vaig escoltar dir: “Què vols de mi? Ací estic. Què vols de mi?”. El relat del professor em va deixar bocabadat. Mai vaig saber res d’això, Laura. Em vas ocultar tot. La teva angoixa, els teus terrors, els teus monstres interiors. No m’he acomiadat. He eixit del despatx ensopegant amb totes les persones. Em miraven com et deurien mirar a tu.
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“Sub Umbrae”

 

Quan he arribat a la boca del metro he comprés que estava sol. Que ni la teva ombra, ni la de la mare, ni la del pare poden ajudarme. Que estic condemnat, potser no hi hagi salvació. Quan he baixat les escales m’ha semblat que la meua ombra no dibuixava els mateixos passos que jo. 30-1-2001 Laura, tinc massa por. L’he vist, jo també l’he vist. El que tu veies, allò contra el que lluitaves. Està ací, amb mi, i respira, camina, menja, parla, sospira. Està viu, i desitja que jo estigui mort. Quan camino pel carrer veig totes eixes ombres, passejant al costat d’ells. No les veuen, creuen que estan fora de perill, però no entenen que sempre, sempre estan allí. Vigilant els seus moviments, esperant el moment idoni per apropiar-se d’una vida que mai han conegut. Tu també veies totes eixes ombres, Laura? Com aguantares tot això durant tant de temps? Quan em miro a l’espill ja no em reconec. Eixa mirada no és la meva; jo no sóc dolent. 7-4-2001 He vist aquestos dies tantes coses, Laura, que no sé què dir. No es pot expressar en paraules el dolor i el terror que em provoca tot això. He vist, Laura, la lluita entre les ombres, la lluita més genuïna entre el bé i el mal, i sempre guanya el mal. Ens van enganyar, ens contaren contes en els que els bons sempre guanyaven i la pau regnava al món. Vull creure, Laura, que estàs ací, vetllant per mi. Vull creure que la teva ombra vencerà la meva i tots dos serem feliços, tu de fum, jo de carn, però sempre units. Vull creure, Laura, que jo també puc elegir. Estic rodejat d’ombres negres però la teva és, ara, plena de llum. Vull creure, Laura, que tu et sacrificares per mi, per la humanitat. I que aquell Déu del que tu parlares ens portarà al paradís promès. Al cap i a la fi, tot en la vida és cíclic i una vida pot salvar-ne moltes.
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“Sub Umbrae”

 

[FINALISTA RELATO EN CATALAN]

“Sub Umbrae”
Por Elena Montagud López

1-11-2000 Laura ya no está. Aún no sé cómo ha podido pasar, cuáles han sido las causas, ¿cuál la locura? Ella era la chica más feliz del mundo, ella sabía claramente lo que quería hacer. No conocí en mi vida ninguna chica como ella, tan fuerte, tan segura. Y ahora, ¿dónde estás, Laura? ¿Dónde has lanzado todos tus sueños, las esperanzas, las vanaglorias? ¡Mierda, Laura! Me has dejado tan solo, en la más inmensa oscuridad, sumido en un caos del que no sé cómo saldré. Laura, tus padres han venido, llorosos, sin poder articular palabra, y entonces, un temblor me ha subido desde los pies hasta el corazón. Sí, Laura, hasta el corazón. Me ha atravesado. Y lo he sabido. He sabido que tú ya no estabas en este horrible teatro en el que solo somos marionetas. Y tú decías que no, Laura. Decías que somos libres, que no hay ningún Dios que juzgue nuestras acciones, que nuestro Dios actuaría con benevolencia, pero no lo creo, no lo creeré nunca después de haber ido a tu piso y haberte descubierto en la bañera, llena de cortes, con la cara desfigurada por la angustia y puede que por el terror. “Laura ya no está con nosotros”, he murmurado a tu madre. Y ha caído entre mis brazos, no pesaba nada, tan frágil como una niña, desfallecida como una mártir. Tu padre me ha mirado como solía hacer, con aquella mezcla de escepticismo y de odio, y ha dicho que yo allí ya no pintaba nada. Y es verdad, Laura, es verdad.

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“Sub Umbrae”

 

2-11-2000 Laura, no sé muy bien el motivo, pero has vuelto. O estoy volviéndome loco. Anoche me desperté de repente en mitad de la noche, con la boca pastosa y un sabor amargo en la lengua. Me sentía observado. Qué ridículo. Y entonces te vi; puede que fuese un sueño. A los pies de mi cama, velándome, flotando en la oscuridad de la noche, como un fantasma del pasado. Solo eras una sombra, Laura, pero estabas conmigo. Me levanté de la cama. No quería separarme de ti pero una sed terrible me quemaba la garganta. No quería, Laura, irme sin ti, fueras sombra o espectro; quería que caminaras conmigo por el pasillo, que me tendieses tu suave mano, como antes, como hace unos días. El agua me supo a gloria. Cuando volví a la penumbra del dormitorio no estabas. Solo eras una sombra, Laura, y no te quedaste junto a mí. 6-11-2000 Querida Laura. Si hace unos días creía que yo era la persona que más te conocía, ahora me siento contrariado. Tu madre me trajo un diario. Tu diario. ¿Recuerdas que decidimos que los dos escribiríamos uno y cuando fuésemos mayores los leeríamos y nos reiríamos de nuestras tonterías? Yo sí lo recuerdo, ya ves que continúo escribiendo en el mío. Entonces no eras una sombra, eras de carne, de piel, de vida. Tu diario me da miedo, Laura. ¿Qué hay de verdad en él? No entiendo que no me contases todo lo que has escrito en el diario, pensamientos oscuros, ideas suicidas. Yo pensaba que tú eras la chica más fuerte del mundo, la inmortal. Ahora no tengo nada claro. Si lo que dices en estas memorias es verdad, entonces, la humanidad se encuentra en un gran peligro. 10-11-2000 Si estuvieses aquí dirías que soy un miedoso, y si escucháramos el más mínimo sonido, tú serías la que se levantaría de la cama, iría a la puerta, la abriría enfrentándose a monstruos, y volverías a mi lado
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asegurándome que todo está bien. No todo lo está, Laura. He leído más páginas de tu diario y creo que yo también estoy volviéndome loco. Las cosas de las que hablas en esas hojas… Creo que están comenzando a pasar. Hace dos días escuché en la radio noticias escabrosas. En los periódicos las páginas de las esquelas se habían multiplicado. ¿Y si tú eres la culpable de todo esto? No, no puede ser, tú has sido una víctima más. Las personas normales, Laura, están muriendo, cayendo como moscas atrapadas en una telaraña pegajosa. 20-11-2000 He estado intentando averiguar alguna cosa sobre este asunto escabroso. Como si fuese un periodista he ido a las casas de personas que ya no están aquí. Me recibían padres, hijos, abuelos, amigos, mujeres, nietos… Sentí el dolor en el que estaban sumidos. Algunos no querían hablar conmigo; es normal. Demasiada morbosidad, me dijeron. No hizo falta en muchos casos preguntar nada. En todas las casas vi las sombras, Laura. Como la tuya. Recuerdo tu sombra a los pies de la cama. Las de estas personas posaban sus manos en la espalda de sus familiares, pero estos no notaban nada, y lloraban. Nada más hacían que llorar, Laura. Yo también tenía ganas de llorar. Al despedirme de todos ellos yo susurraba: “Laura ya no está”. Y me miraban extrañados, sumidos en su desesperación. Y las sombras no se movían de sitio, sin haber bajado las manos, apoyadas en una melancolía que no podían entender. 1-12-2000 No quiero levantarme de la cama, Laura, no quiero. Me miras con los ojos cerrados. El miedo ha atenazado mis músculos. No me levantaré de la cama, no lo haré, Laura. Quieres atraparme con tus dedos helados, con la engañosa familiaridad del unheimlich freudiano. Es dentro de nosotros donde se esconden todos los monstruos, y puede que el mío también haya salido ya. ¿Esta sombra es tu propio monstruo, Laura? Tengo miedo y por eso no saldré de la cama. Yo
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no soy valiente, no quiero notar el tacto escalofriante de un caparazón vacío. 6-12-2000 He quitado todos los espejos de casa. Esta mañana me he mirado en uno y no me he reconocido. Una sonrisa cínica, triste, y una mirada angustiada mientras me lavaba la cara. He visto un brillo en mis ojos y he notado cierta malignidad. No sé por qué, pero ese brillo me ha hecho pensar en los tuyos, tan grandes, tan infinitos. 10-12-2000 Levanto la mirada del libro y me encuentro con tus ojos. Estás demasiado cerca, Laura, no te arrimes tanto. Me volveré loco. Y lo haré. ¿Quieres que lo haga, Laura, que te acompañe en tu silencio eterno? Extiendo el brazo, tembloroso, y atrapo el vacío que deja tu presencia. ¡Solo eres una sombra! ¡Maldita sea! ¿Qué tienes tus ojos, que me hacen pensar en la nada? Hoy han muerto más. Están todos aterrados. La gente no sale de sus casas, piensan que en la calle morirán más fácilmente. Ellos no saben que son muertes ya escogidas; solo yo lo sé. Tú me lo rebelaste en el diario, el cual nunca debí leer. El jueves pasado un hombre se cayó desde un quinto piso ante mí. La sangre que manaba de su cabeza me hizo pensar en la bañera, donde flotabas como una sirena carmesí. 24-12-2000 Es Nochebuena. Te he comprado un regalo. Unas gafas de sol. Me gustaría que te las pusieras; no quiero ver tus ojos. Espero que no te enfades, pero no quiero mirar tus ojos, demasiado blancos, siendo tú solo una sombra.

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8-1-2001 Madre, padre, ya no están. No ha sido una muerte natural, Laura. ¿Dónde está Dios, Laura? ¿Dónde está tu Dios? Me ha abandonado, nos ha abandonado. ¿Es este el fin del mundo, Laura? ¿Así es cómo iba a acabar la humanidad? Marionetas en manos de una divinidad tiránica. ¿Nosotros, sus hijos? Mi padre ya no está, Laura. Me ha telefoneado la tía y me ha dicho, llorándome al oído a través del auricular, que se había colgado. Y entre suspiros e hipidos continuó diciendo que mi madre había bajado a la calle y se había lanzado contra un coche. ¡Mi madre! ¡Mi padre! ¿Qué haré sin ellos? Tengo miedo de abrir esta noche los ojos y que bajo la suave luz de la luna ya no haya solo una figura, sino dos o tres. 15-1-2001 No puedo respirar. Un sudor frío recorre mi cuerpo. Escribo sentado en el suelo, en el rectángulo de luz que proyecta la linterna. He entrado en el dormitorio y os he visto, sentados en mi cama, como dándome la bienvenida. Os quedáis en la oscuridad, me he dado cuenta de eso, pero no sé por qué no funciona la luz y aquí estoy, con la linterna, esperando más que nunca el alba, con el temor de que de un momento a otro abráis los ojos y sienta el horror de unas estatuas mudas. No hay nada peor que temer lo que una vez fue para ti familiar. Hace un par de años lo estudiamos en la carrera. Aquel profesor nos habló sobre lo siniestro y tú te echaste a temblar. Te pregunté qué te ocurría pero contestaste que nada. ¡Mentira, Laura, mentira! Hace dos años ya sabías lo que te iba a ocurrir y no me dijiste nada, te limitaste a callar. Si me hubieses avisado, tal vez… ¡Tal vez no te hubiera encontrado en esa bañera llena de sangre y horror! Te odio, Laura, más que a nada. ¿Te dolerá que ya no te ame, Laura? Yo no soy un poeta romántico, no puedo querer a una sombra. No puedo amar lo que ahora me da miedo. No hay nada peor, Laura, que temer lo que una vez amaste. Temer y sentir asco con quien hacías el amor. Odiar a la persona que te dio la vida.
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“Sub Umbrae”

 

No pienso acercarme a la cama. Queréis mimarme con vuestros dedos de barro y miseria. 25-1-2001 Hoy se me ha ocurrido hacerle una visita a aquel profesor. ¿Qué estaba buscando, Laura? ¿Respuestas? ¿De verdad las hay para este destino? No se acordaba de mí; yo siempre sacaba malas notas con él. Y entonces he pensado que si te mencionaba a ti, puede que… Una triste sonrisa ha temblado en sus labios. Y ha comenzado a hablarme de ti. Sus palabras me han dado escalofríos, Laura: —La recuerdo. Era una joven muy inteligente. Me acuerdo de que una tarde vino a verme. Estaba muy preocupada. Días antes yo había hablado de Freud, del lado siniestro que hay en todos nosotros. Le temblaban las manos mientras me preguntaba cosas. Yo pensaba que solo quería ampliar sus conocimientos. Marc… Creo que Laura no se encontraba muy bien. Decía que tenía pesadillas todas las noches. Soñaba con… Bien, no sé muy bien cómo decir esto… Soñaba con su otro yo. La acechaba en sueños y cuando despertaba, continuaba allí. Tuve que apoyarme en una silla. Las piernas no me sostenían. —Cada día venía más asustada. Su lucha interna era muy fuerte. Me decía que su yo oscuro —así lo llamaba ella— estaba ganándole terreno. Me hablaba de dioses, demonios, y de humanos castigados. “No estoy loca”, gritó. Nos miramos en silencio. “No sé si fue Dios o el Demonio, pero me lo dijo a mí. Está cansado, muy cansado de nosotros. Los seres humanos tenemos dos almas: la luz y la oscuridad”. Mientras hablaba, sus pupilas brillaban, presas a saber de qué locura. >>Cuando acabó, viendo que yo no abría la boca, salió del despacho como un rayo. La seguí como pude; nunca había visto correr a nadie de ese modo. Se detuvo en la calle. La gente se giró para observarla. Tenía los cabellos enredados; el rostro crispado. “El fin del mundo está aquí. ¿Pensabais que era mentira? El fin del mundo está aquí”, decía tocándose el pecho, la cabeza. Y después corría hacia otras personas y hacía lo mismo. Se apartaban como si
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fuera una psicópata. “¡También está en ti! ¡El fin del mundo está dentro! ¡Nosotros somos el fin del mundo! ¡Nosotros mismos acabaremos con la humanidad!”. No paraba de gritar. Y después cayó al suelo, y con los brazos extendidos y la vista vuelta al cielo, la escuché decir: “¿Qué quieres de mí? Aquí estoy. ¿Qué quieres de mí?”. El relato del profesor me ha dejado boquiabierto. Nunca supe nada de todo esto, Laura. Me ocultaste todo. Tu angustia, tus miedos, tus monstruos interiores. No me he despedido. He salido del despacho tropezando con todas las personas. Me miraban como seguramente a ti. Cuando he llegado a la boca del metro he comprendido que estaba solo. Que ni tu sombra, ni la de mi madre, ni la de mi padre pueden ayudarme. Que estoy condenado; puede que no haya salvación. Al bajar las escaleras me ha parecido que mi sombra no dibujaba los mismos pasos que yo. 30-1-2001 Laura, tengo demasiado miedo. Lo he visto, yo también lo he visto. Lo que tú veías, aquello contra lo que luchabas. Está aquí conmigo, y respira, camina, come, habla, suspira. Está vivo; y desea que yo esté muerto. Cuando camino por la calle veo todas esas sombras, paseando al lado de ellos. No las ven, creen que están fuera de peligro, pero no entienden que siempre, siempre están ahí. Vigilando sus movimientos, esperando el momento idóneo para apropiarse de una vida que nunca han conocido. ¿Tú también veías todas esas sombras, Laura? ¿Cómo aguantaste durante tanto tiempo? Cuando me miro al espejo ya no me reconozco. Esa mirada no es la mía; yo no soy malo. 7-4-2001
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“Sub Umbrae”

 

He visto estos días tantas cosas, Laura, que no sé lo que decir. No se puede expresar con palabras el dolor y el terror que me provoca todo esto. He contemplado, Laura, la lucha entre las sombras; la lucha genuina entre el bien y el mal, y siempre gana este último. Nos engañaron, nos contaron cuentos en los que los buenos siempre ganaban y la paz reinaba en el mundo. Quiero creer, Laura, que estás aquí velando por mí. Quiero creer que tu sombra vencerá a la mía y los dos seremos felices. Tú de humo, yo de carne, pero siempre unidos. Quiero creer, Laura, que yo también puedo elegir. Estoy rodeado de sombras negras, pero la tuya ahora está llena de luz. Quiero creer, Laura, que te sacrificaste por mí, por la humanidad. Y que aquel Dios del que hablabas nos llevará al paraíso prometido. Al fin y al cabo, todo en la vida es cíclico, y una vida, puede salvar muchas.

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“Ojos de Cordero”

[FINALISTA RELATO EN CASTELLANO]

“Ojos de Cordero”
Por Diana Muñiz Pérez

Llovía mucho y hacía frío. El uniforme marrón del colegio estaba empapado y se agarraba a su cuerpo dibujando la silueta. No llevaba zapatos, se los había quitado al entrar en la consulta del médico. Lamb cerró los ojos al visualizar las enormes jeringuillas preparadas para ella. No le gustaban los médicos. No señor, nada de nada. Una vez, cuando era pequeña —hace casi un año—, la habían llevado al dentista porque jugando en el patio se había roto un diente. El sonido de la sierra aún la perseguía en sueños, y el olor… el horrible olor a dientes todavía le provocaba arcadas. Así que cuando Lamb entró en la sala de aquel médico, recordó todo y salió corriendo. Sin zapatos y sin paraguas. Era la primera vez que veía la lluvia. En su colegio nunca llovía. Allí, el cielo siempre era azul y el sol brillaba cada día. Pero sabía lo que era la lluvia, lo había visto en las películas que les ponían en la sala de estar. En esas películas, la lluvia era romántica, dulce, fresca y siempre acababa con un gran arco iris de colores. Al principio, se había alegrado al verla por primera vez, incluso había bailado bajo ella y chapoteado en los charcos; eso había sido antes de sentir frío. Y no le gustaba el frío. Tampoco había sentido frío antes. Nunca. Bueno, sí, aquella vez que se metió una cucharada de helado en la boca y se la tragó sin masticar. Estaba muy frío y le había congelado la nariz. ¡De verdad! En el colegio siempre hacía una temperatura suave: ni frío ni calor. Se preocupaban mucho de que fuera así porque no podían
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“Ojos de Cordero”

ponerse enfermas. Cuando te pones enfermo te llevan al médico. Ella no recordaba haberse puesto enferma, pero la habían llevado al médico. Quizás estaba enferma y no lo sabía… Lamb se preocupó. —¿Cómo que el sujeto Lambda ha desaparecido? ¿Qué quiere decir con que se ha marchado? —Lo… lo siento. —Y más lo va a sentir como le pase algo a ese recipiente. * Siempre era primavera en el colegio, de ahí que el uniforme escolar fuera poco más que un vestidito pardo, sencillo y liso. Todos tenían un dibujo en el pecho que los distinguía de los demás. El suyo era un extraño triángulo sin base, parecido al de su amiga Del, pero diferente. «Es tu nombre», le habían dicho los profesores. Así que sabía, que ese triángulo sin base era Lamb, porque ella era Lamb. Y Lamb temblaba porque llovía, hacía frío y estaba mojada. Y la gente de la calle la miraba con curiosidad y se giraba al verla pasar, pero nadie le ofreció un paraguas o un lugar donde resguardarse. Nadie. Pero eso no pasaba en las películas. En las películas siempre había alguien que ayudaba. Siempre. —Hola, preciosa —le dijo un tipo desde un callejón—. ¿Dónde vas con este tiempo? Lamb se detuvo para mirarle con detenimiento. Llevaba una barba sucia y mal arreglada, un gorro roto y un abrigo ajado, y olía muy mal. Olía como el desinfectante que utilizaban los profesores para limpiar las consultas. Y a pis. Olía a pis. Cuando era pequeña, ella también se había hecho pis encima. Eso había sido hace mucho tiempo, más de un año. La habían reñido pero no mucho. No era culpa suya. —¿Te ha comido la lengua el gato? —preguntó de nuevo. Lamb negó con la cabeza y mostró su lengua para que viera que ningún gato se la había comido. El desconocido se rió a carcajadas—. Esta sí que es buena. ¿Cuántos años tienes? Lamb frunció el ceño, sabía muy bien cuántos años tenía; era mayor. Extendió la mano y mostró los cinco dedos. —¿Estás de coña? —gruñó el tipo—. No te hagas la graciosa conmigo.
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“Ojos de Cordero”

Lamb curvó la boca en un mohín compungido y notó como el labio inferior comenzada a temblar. Tenía frío, se había perdido y no sabía volver al colegio. Y ahora, encima de todo, decían que era una mentirosa. —No soy una mentirosa —se defendió mientras una lagrimita se escapaba. La cazó al vuelo con la mano, secándose la mejilla, y sorbió por la nariz. —Si ya… ¿Te crees que me chupo el dedo? —No, señor —dijo Lamb, negando con la cabeza. —Eres una zorra, como todas… creéis que sois mejores que el bueno de Ben, pero no valéis una mierda —masculló, pero más que hablarle a ella, parecía dirigirse a la solapa de su abrigo. Lamb retrocedió unos pasos. No le gustaba ese señor. Olía mal y no creía que pudiera ayudarla a volver a su casa. Así que salió corriendo en dirección contraria mientras el vagabundo gritaba algo a sus espaldas. Y corrió hasta que le dolieron los pies y perdió el aire. Y corrió hasta que perdió el equilibrio y cayó al suelo. Y cuando cayó, se quedó llorando mientras la lluvia caía a mares confundiéndose con sus lágrimas. Y estuvo allí, tirada en el suelo, muy ocupada sintiendo lástima de sí misma, durante tanto tiempo que creyó que el agua acabaría por llevársela a ella también, tal y como hacía con la sangre de sus rodillas heridas. Y estuvo un buen rato empapándose. Tanto, que no se dio cuenta de que ya no se mojaba. * —Bien, esto está listo. La paciente está preparada para la extracción… ¿Han conseguido ya localizar al sujeto de implantación? —Uno de nuestros hombres ha establecido contacto visual con el sujeto Lambda. —Bien, recuerden que a pesar de su cuerpo, no deja de ser una niña de cinco años. Sean amables. * El muchacho la tapaba con su paraguas y la miraba con curiosidad. —¿Estás bien? —le preguntó.
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“Ojos de Cordero”

—Me he perdido —dijo Lamb entre lágrimas—. Y un señor me ha llamado zorra mentirosa. Yo no soy una zorra mentirosa. —¿Te has perdido? —La voz del muchacho era amable y dulce. Pero parecía que tampoco la creía. ¿Pero qué le pasaba a todo el mundo?—. ¿Cómo te llamas? —Lamb —dijo, sin dejar de gimotear. —Es un nombre muy raro —dijo el joven—, significa cordero en inglés, ¿lo sabías? Lamb negó con la cabeza. Ella no se había puesto el nombre; solo se lo habían dicho. —Bien, Lamb, ¿dónde está tu casa? Lamb se encogió de hombros y negó con la cabeza. —No lo sé, vivo en el colegio. Nunca había salido del colegio hasta hoy. —¿El colegio? —repitió el muchacho—. Tu colegio no será, por casualidad, una cúpula gigantesca que hay en el sector Sur, ¿verdad? —No lo sé, nunca lo he visto por fuera. Pero es muy grande. ¡Y siempre hace sol! ¡Y nunca llueve! ¡No me gusta la lluvia! —dijo, rompiendo a llorar de nuevo. El chico la miró con comprensión y acarició su cabeza brindándole un poquito de consuelo. Parecía un joven amable como los que salían en las películas que veía. Lamb dejó de llorar aunque todavía suspiraba sin haber recuperado la respiración. Le tendió la mano para ayudarla a levantarse y ella la aceptó. Se puso de pie, no sin dificultades, las rodillas le dolían mucho y al estirar las piernas no pudo evitar una leve cojera. —Ven —dijo el joven señalando con la cabeza el vehículo aparcado a pocos metros de ellos—, te llevaré a tu colegio. Lamb asintió y sonrió. Se secó las lágrimas de las mejillas y dio un par de pasos tambaleantes. Un dolor agudo atravesó su pie izquierdo haciéndola trastabillar tras soltar un gritito agudo. —¿Qué sucede? —preguntó el joven alarmado. —Me he hecho daño —contestó Lamb intentando controlar el incesante gimoteo. Se agarró al brazo que le ofrecían y dobló la pierna en una postura digna de un contorsionista, hasta llegar a ver como un cristal asomaba de la planta de su pie. Con cuidado, y sin
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dejar de lloriquear, lo agarró entre los dedos y tiró con una mezcla de firmeza y suavidad. La sangre manó a borbotones y Lamb se asustó. El amable muchacho cubrió la herida con un pañuelo blanco, que al instante se tiñó de carmesí. Miró a su alrededor frunciendo el ceño, y le tendió el paraguas. —Ten —dijo, dándole el mango. Y sin más preámbulos, la alzó en brazos y se la llevó al vehículo que tendría que transportarla de nuevo a su casa. Allí, resguardada de la lluvia y con calefacción, Lamb empezó a sumirse en la modorra. Estaba muy cansada, su experiencia en el mundo de fuera no había sido nada satisfactoria. Sino fuera por el chico que la había ayudado, pensaría que la vida no era como las películas. Cerró los ojos y se acunó, mientras el sueño se acercaba con pasos sigilosos. Oía la voz de su salvador hablando por el comunicador, apenas entendía pero no importaba, pronto estaría en casa. —Sí, la tengo. —Una pausa— Sí, el sujeto Lambda, es ella. ¿Cómo que seguro? Ni que yo hubiera sido el gilipollas que la dejó salir. Si todavía tiene la puta letra en el uniforme del centro de desarrollo. —Otra larga pausa mientras Lamb sentía como caía cada vez más en el sopor más profundo—. ¡Vete a la mierda! Me dirijo al centro de transplantes. Esta vez, asegúrate de que cierren bien las puertas. * —Nuestro hombre nos informa de que tiene al sujeto de implantación Lambda. —Bien, eso es bueno, no podría mantener al sujeto de extracción eternamente dormida. —También informa de que tiene algunas heridas superficiales en las rodillas y un corte profundo en la planta de un pie. También puede presentar un principio de neumonía, al parecer tose mucho. —Ya nos ocuparemos de eso más tarde… Ahora, la implantación es lo prioritario. *

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Cuando Lamb abrió los ojos, reconoció el sitio en el que estaba. Era la consulta del médico del que se había escapado. Ella no quería escaparse; solo tenía miedo. Ahora seguía teniendo miedo, mucho miedo, pero no podía escapar porque estaba atada a la camilla. —Cálmate, niña —la tranquilizó el señor con bata blanca que identificó como el Doctor. —¿E-estoy enferma? —preguntó con timidez. Si era así, tenía que quedarse en el médico. Escapar de nuevo podría ser muy malo. Además, no le había gustado escaparse. Ni la lluvia, ni el frío, ni que la llamaran mentirosa o… ¡hacerse daño en el pie! No, eso no le había gustado nada. —Sí, pequeñita, estás enferma —dijo el Doctor con una amplia sonrisa—. Ahora dormirás, y todo irá bien. Ya lo verás. * —No hemos podido eliminar completamente la cicatriz del pie, pero parece que será la única marca que quede de este desagradable incidente. —Ya he dicho más de una vez que sería más humano mantenerlos en crioanimación suspendida. Esos cinco años parecen una broma cruel. —¿Sabes cuántos sujetos no sobreviven a la reanimación tras la criosuspensión? Y menos, sujetos con crecimiento programado. No, seguiremos con nuestros niños grandes; es más barato y más seguro. —¿Aunque uno de ellos salga al mundo? Nuestro hombre la encontró antes de que sucediera nada subsanable. Podríamos no tener tanta suerte la próxima vez. —Extremad las medidas de precaución. Y ponerles películas sobre la bondad de los médicos. El condicionamiento es prioritario, es lo que convierte a nuestros niños en corderos. —Corderos… —Eso es lo que son, no se engañe. Mírelos como quiera pero no dejan de ser corderos. * Era el momento, la gran presentación. Todos estaban ansiosos por ver el resultado de tantos años de espera. Claudine tomó aire y
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practicó su mejor sonrisa. Abrió la puerta del elegante local, y caminó sin dudar sobre sus largos tacones de aguja, permitiendo que los hombres se deleitaran siguiendo sus largas piernas y suspiraran ante las promesas que susurraba su escueta falda. Vio la mesa de los amigos de su ex marido, que la miraban boquiabiertos con unos ojos que parecía que iban a salirse de las cuencas en cualquier momento. Y les dedicó un guiño y una sonrisa pícara. Estuvo tentada de sentarse entre ellos y dejarse mimar un rato pero no, no había venido por eso. Allí estaban ellas, esperándola, aunque todavía no lo sabían. Ágata, Ester y Lucía eran sus amigas, sus mejores amigas. Las dueñas del país desde las sombras, o al menos, de las carteras de sus ex maridos. La vida no las había tratado mal, pero los años no pasan en balde y cada una de ellas tenía muchos años a sus espaldas que ni todas las cirugías del mundo podían remediar. —¡Cielo santo! —exclamó Ágata al verla llegar. Ester se giró con brusquedad y derramó la copa de vino del sobresalto. —¡Virgen santísima, Claudine! ¿De verdad eres tú? Claudine sonrió, cabeceó con coquetería y se dio una vueltecita para que sus amigas pudieran observarla bien. —¡Ha funcionado! —se maravilló Lucía. Claudine asintió con nerviosismo mientras un temblor de pura satisfacción recorría su joven cuerpo. —¡Cinco años de espera y una fortuna invertida pero… ha merecido la pena! ¡Es tan fuerte! No me veía así desde que tenía… lo menos veinte años. Y sabéis lo más fuerte de todo… —bajó la voz y juntó su cabeza con la de sus amigas—. ¡Vuelvo a ser virgen! Pero me importa una mierda, eso lo soluciono esta noche mismo. Todas rieron su broma y ella, más que ninguna. Sí, cinco años de espera y una millonada pero… un cuerpo perfectamente nuevo, joven y… ¡perfecto! esa era la palabra, no había otra mejor para definirlo. Un cuerpo como el suyo, no tenía precio. Incluso la extraña cicatriz de su pie izquierdo tenía un punto misterioso que adoraba. Sí, iba a recomendar Eternal Young a todas sus amigas. Era bella. Era rica. Era joven. ¿Se podía pedir más? *

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“Ojos de Cordero”

El tipo de gestión de residuos orgánicos arrugó la nariz al entrar en el complejo médico. De todas las mierdas que tenía que limpiar, de todos los asquerosos fluidos, tumores y órganos gangrenados de los que tenía que ocuparse, nada le afectaba tanto como los residuos de ese centro: Eternal Young. Había pedido el cambio mil veces, pero nadie quería coger su ruta. No se lo podía echar en cara, después de todo, él estaba deseando largarse. ¿En qué instalación médica, los deshechos son cuerpos vacíos y cerebros humanos?

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“Irlia”

[RELATO FINALISTA AUTOR MENOR DE DIECISÉIS AÑOS]

“Irlia”
Por Marta Bordons Martínez
Mara despertó, bostezó y se frotó los ojos, amodorrada. Abandonó su lecho de ramas y se lavó la cara, quitándose la arena del desierto aún pegada en ella. Sus ojos rojos como el fuego, del rojo de los rubíes, de la sangre y de la pasión, brillaban con furia. Unos ojos del color del desierto. La medialuna de su frente refulgió cuando un rayo de sol se coló por una ventana, mientras su pelo negro y azul recogido en extrañas trenzas se desparramaba por sus hombros y espalda. Se vistió con los simples ropajes de su raza, una especie de vestido que caía hasta los pies, cortándose en un lado y dejando entrever la curvatura de la cadera. Los cristales que colgaban de su cuello y su pelo como señas de identidad centelleaban como estrellas. Con su caminar pausado y firme, la zagala salió de su tienda. Contempló su hogar. En aquella choza de piedra se almacenaban todos sus recuerdos, sus sueños, sus ilusiones… La muchacha giró la vista hacia el horizonte. Amanecía en Irlia. El cielo, teñido de púrpura y rosa, saludaba con su calidez al ardiente desierto. Las arenas rojas de Irlia era un terreno ondulante, lleno de trampas pero en el cual se podía habitar precariamente si eras fuerte. Mara se cubrió el rostro con una capucha, dejando sólo a la vista sus grandes ojos de fuego. De repente, se llevó los dedos a los labios y silbó. Fue un sonido imposible, inexistente, que parecía transmitirse por todo el mundo en unas ondas bajas que sólo podían escuchar ciertas criaturas. Fue un susurro armonioso, dulce y delicado, suave y eterno. Fuera cual fuera el destinatario, estuviera donde estuviera, lo habría oído.

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“Irlia”

Mara esperó unos segundos, inmóvil, contemplando el cielo con aquellos ojos que eran de otro mundo. Entonces apareció un punto oscuro en el horizonte, que se agrandaba por segundos. Hasta que la criatura aterrizó frente a ella con sus patas traseras, las únicas que poseía, y sacudió las alas que conservaba como delanteras. El ser era imponente, de un color violáceo y carmín con vetas de distintos colores. Poseía tres cuernos en su frente alargada. Un humo de fuego emanaba de sus cuatro agujeros nasales y cinco pupilas negras como la noche se clavaron en sus ojos al mismo tiempo. Sus iris eran de unos colores imposibles de imaginar. Había azules rojizos, un extraño verde con vetas moradas. Había turquesas amarillentas y naranjas con motas negras. Un sinfín de colores infinitos. Mara sonrió. —Siwak—llamó, con una voz susurrante y con el fuerte acento de Irlia. Obsequió al wubern con un trozo de carne, que esta recibió con un corto chillido, demasiado agudo para su gran cuerpo. Mara estaba nerviosa. Todo en su interior se estremecía. Hoy no era un día cualquiera. Los irlianos tenían una tradición. Y era la hora de que Mara la cumpliera. Esta se subió al lomo de Siwak, aferrándose a los tentáculos retorcidos que nacían de su cuello. —¡Adelante, Siwak!—Gritó, imponente sobre la temible criatura, que desplegó sus colosales alas membranosas y, con un poderoso impulso de sus patas traseras, alzó el vuelo. La criatura se elevó cada vez más, llevando a la muchacha consigo. Aterrizó kilómetros más allá. La muchacha se apeó del animal. En cuanto sus pies tocaron el suelo, decenas de personas comenzaron a salir de unas chozas prácticamente invisibles. Tres de ellos, los que llevaban unos trajes llenos de símbolos arcanos que sólo ellos comprendían, se quitaron sus capuchas mostrando sus rostros ancianos. Tres diamantes refulgían en sus frentes, con diferentes formas como runas mágicas. —Ya es la hora. No dijo nada más, ni hizo falta. Todos lo entendieron al instante. Mara se colocó junto a Siwak. Después de quince años de preparación intensiva, demostraría su valía internándose en el
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“Irlia”

pantano Morter y acabando con la vida de su temible monstruo: el Vink-Karu, un ser colosal y sangriento, que se convertía en sombra a su antojo y se dedicaba en sus ratos libres a despellejar a sus propias crías. Sólo por diversión. Era una criatura maligna que debía ser destruida, pero sólo los verdaderos hijos de Irlia, aquellos elegidos por los wubern y criados por ellos, eran capaces de enfrentarse a aquella bestia. Y Mara era una de las elegidas. La medialuna de cristal de su frente lo predicaba. Desde pequeña había entrenado para aquel momento. Como rezaba la tradición, a los diez años comenzó su viaje alrededor del ardiente desierto. Irlia. Sólo acompañada por su joven wubern y una daga hecha por un cuerno del mismo ser, consiguió sobrevivir un año entre sus arenas indómitas. Después de aquella prueba casi mortal para su pequeño cuerpo, lo demás se le antojo sencillo. Y ahora, ahora estaba realmente preparada para su misión. No debía permitirse un segundo más de duda o vacilación. Las horas de sol eran tan valiosas como el oro. Los tres ancianos que la saludaron en un principio silbaron tal y como ella había hecho minutos antes. Sus wubern, tres criaturas aún más grandes que Siwak y diez mil veces más viejos, aterrizaron a sus lados coreados por una exclamación de admiración de todos los irlianos. Los cuatro montaron en sus wubern. Los ancianos espolearon sus monturas y, Siwak, para no ser menos, les siguió batiendo sus inmensas alas. Los irlianos los acompañaron durante un rato, galopando sobre sus waös (una especie de camellos con siete patas y cinco jorobas), pero pronto fueron incapaces de seguir el ritmo veloz del vuelo de los wuberns. Mara contempló el paisaje bajo sus pies. Cada grieta, cada roca y cada arbusto… Todos eran conocidos para sus ojos de fuego. Los wubern aterrizaron a varios metros del pantano. Sus límites estaban claramente definidos. Las arenas rojas se desvanecían para dar paso a una oscuridad perpetua y a un olor putrefacto. Los ancianos se acercaron a ella y, uno a uno, la bendijeron. Cada vez que sus labios se entreabrían, los cristales engarzados en sus frentes refulgían.

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—Que la sangre de los wubern que corre por tus venas te proteja, niña. Suerte. La muchacha contempló el horizonte. Oscuridad, negrura y aquel hedor ponzoñoso. Se despidió de sus preceptores con una regia inclinación y avanzó por el sendero hacia la muerte. ¿Qué le esperaba tras las negras arenas, tras las aguas envenenadas que escondían bajo su superficie peligros inconfesables? ¿Qué le esperaba en aquella cueva donde vivía la criatura que había acabado con la vida de cientos de guerreros? Suspiró. Era hora de descubrirlo. Mara se encaminó entre la ciénaga, repleta de fango y cadáveres de peces y mamíferos de todo tipo. Sobre su cabeza cruzaron las sombras veloces de los tres wubern que volvían al poblado con sus dueños, altivos, abandonándola en su soledad. El primer día consiguió atravesar la ciénaga. Esta se estrechaba entre dos cañones, dándole la impresión de que se cerraría en banda, pero no fue así. El segundo día Siwak la ayudó a sobrevolar el pantano, pero los árboles que únicamente eran ramas, escalofriantes y que parecían tener vida propia, se enganchaban en sus alas y le impedían moverse. Al anochecer, Mara estaba empapada y entumecida por el constante contacto con el agua contaminada. Es más, Mara juraría haber sentido “algo” moviéndose entre sus piernas. Cuando consiguió refugiarse al húmedo amparo de uno de los grises sauces llorones, tocando por fin un suelo que al menos no parecía tragársela, apenas se lo podía creer. Fue duro, sobre todo el encontrar alimento, ya que las provisiones ante aquellas duras condiciones se le pudrieron y el agua no tardó en agotársele. Siwak intentaba pescar algo mientras ella dormía, pero lo único que conseguía eran peces resbaladizos y pegajosos que Mara se obligaba a comer, ya que debía ingerirlos crudos, porque el clima húmedo del lugar impedía que la mínima chispa prendiese. Lo único que la protegía de la hostilidad y el hambre de las criaturas del pantano era la presencia de Siwak a su espalda. Hasta que, cuando el sol se puso el séptimo día, la cueva de la bestia se alzó ante ellos. Un maligno apéndice oscuro que crecía del fango, abierto a cualquier persona. El boquete negro que era la cueva, perfilado por estalactitas y estalagmitas como afilados colmillos de tiburón, incitaba con el
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irresistible atractivo del peligro a las inocentes víctimas que se atreviesen a cruzar las puertas del infierno. “Escalofriante”, pensó Mara. Meditó su situación. Al anochecer, la criatura se convertía en sombra y escapaba del pantano para cazar a sus presas. Ella era la víctima más cercana, pero estaba protegida por Siwak y ni siquiera el temible ser se enfrentaría a uno de los sagrados wubern a no ser que estuviera en peligro o realmente hambriento. Aún así, sabiendo que el monstruo rondaba cerca, a Mara se le hizo casi imposible dormir. El ser era famoso por su chillido inhumano que dejaba inconsciente a quien lo oyera, por lo que Mara se tapó los oídos con musgo. Además, como el factor sorpresa era el principal y su olor la delataría, Mara se restregó contra el cuerpo barro y hierbas hasta que no pudo distinguir piel escasa de mugre. Suspiró. Mañana, al amanecer, se encargaría de destruir al monstruo. Al llegar la aurora, Mara aferró su daga y acarició a Siwak. —Es la hora, vamos a por él. Juntos, se internaron en la oquedad que era la cueva. Y todo se volvió negro. Sus pies resbalaban sobre la húmeda piedra y estuvo a punto de caer varias veces. Pero acabó encontrando la alcoba de la bestia. Y lo que vio la dejó con la boca abierta. La criatura dormida, que mediría más de diez metros y pesaría varias toneladas, parecía estar completamente recubierta por huesos y calaveras. Lo único que se entreveía eran sus gruesos cuernos, sus afiladas garras y colmillos y, sobre todo, sus ojos amarillos como la bilis. Mara avanzó un paso. Si no se despertaba, sólo tendría que hallar un hueco entre su dura coraza de hueso templado y clavar allí su daga. Pero el problema era dónde encontrar un hueco. Se acercó a él sigilosamente. La larga cola negra del animal, acabada en un aguijón que destilaba veneno a kilómetros, se removió como sintiendo la presencia de alguien. Mara respiró hondo, alzó la daga y… El filo resbaló por el hueso, provocando un chirrido escalofriante que puso los pelos de Mara como escarpias aún sin poderlo escuchar. Los ojos de la bestia se abrieron bruscamente; sus pupilas como rendijas buscaban al causante de su desvelo con ansia y desesperado anhelo. La bestia se incorporó y chilló, creyendo que
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así la muchacha caería en sus garras, pero el musgo de Mara lo impidió, y la zagala sólo se tambaleó un tanto hacia atrás, confusa. De repente, Siwak, negándose a no participar, atacó con furia al monstruo, intentando alcanzarle los ojos con los cuernos y abrir la armadura con sus garras. Mara empuñó mejor su daga y, escalando por una de las patas de la bestia, se colocó en su grupa, arrastrándose hasta el cuello, mientras Siwak y esta seguían en su empeño. La muchacha se aferró a sus cuernos y a punto estuvo de alcanzar a la criatura en el ojo pero esta la vio y con un brusco movimiento la lanzó por los aires. Si no llegara a ser por Siwak, se habría partido los huesos al chocar, pero el ser la detuvo a pocos centímetros del suelo. Pero justo ese momento aprovechó la bestia para golpear al wubern con uno de sus puños. Mara coreó el grito agónico de su amiga, como si ella fuese la herida. Y entonces el ser la atrapó a ella también con una de sus enormes zarpas, como si no fuese más que una muñeca. Y la cerró. Mara gritó de dolor, sintiendo como si toda ella se estuviese resquebrajando. La bestia parecía reír maliciosamente. —Es el fin —se dijo—. Voy a morir. Mara cerró los ojos un momento, pero después recordó a todas las personas que sufrían el ataque de aquel ser que les arrebataba a sus seres queridos y los volvió a abrir. Con un grito de furia y una estocada certera, la bestia cayó fulminada con una daga en el ojo y ahogándose en su propia sangre. La joven se liberó de la manaza del ser, recuperó su daga y la clavó con ira en la garganta y el corazón del monstruo, arrancando gemidos de agonía, hasta que pereció. Una luz pareció iluminarle como si el Creador felicitase a la joven. Espera…¿Una luz? Mara alzó la vista y el primer rayo solar desde hacía una semana acarició su rostro desde una grieta en el techo de la cueva. La muchacha sonrió. Cuánto deseaba volver con los suyos, a su poblado, a su hogar. Cuánto anhelaba el sentir sus pies hundirse en la arena, el sentir la caricia del sol sobre su piel y el calor de la hoguera en la noche… —Estamos salvados, Siwak. Corrió hacia ella. Apreció aliviada que seguía viva, aunque dolorida. Acarició su cabeza y su corazón, mirándola con ternura. —Pronto estaremos en casa.
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El wubern se irguió y juntos se acercaron a la luz. Pero de pronto todo empezó a tambalearse. El suelo se abrió y como la enorme boca de un gigante se tragó a la muchacha. Apenas sintió nada. La caída le pareció eterna mientras la oscuridad la envolvía. Cerró los ojos, esperó. Esperaba el impacto de su cuerpo contra el suelo. Esperaba el crujir de sus huesos. Esperaba que su propia sangre le salpicara la cara antes de abandonarse a la muerte. Pero no se esperaba que la garra de Siwak se aferrase a su brazo, frenando brutalmente su caída y obligándole a lanzar un grito de dolor al sentir cómo su miembro se desencajaba. Siwak batió las alas, subiendo hacia la luz y desgarrándose el ala con las escarpadas paredes de aquel lugar que le venía pequeño. Pese al dolor, la criatura cargó con el cuerpo de la muchacha y atravesó la grieta hacia la luz. Así escaparon del letal pantano. Aquellos ojos que brillaban como el fuego de un dragón ahora apenas alumbraban lo que una cerilla... Al no poder volar por la herida de Siwak, la marcha se volvió penosa incluso cuando Mara volvió a andar. Lo único que la instaba a continuar era la daga de cuerno aún profanada por la sangre negra de la bestia. Después de varios meses de largo viaje por el desierto, uno de los niños irlianos, que correteaba riendo detrás de un escorpión, los divisó entre la bruma del desierto. Los héroes fueron recibidos con ovaciones y aplausos, ya que en siglos nadie había conseguido sobrevivir al terrible monstruo, y la paz volvió a Irlia. La paz volvió, trayendo consigo la luz y el esplendor de antaño a aquellas colinas rojas sobre las que volaban los sagrados dragones del desierto, que velaban desde las alturas a los irlianos, hijos del fuego y la sangre.

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“El Tiempo Es Oro”

[FINALISTA RELATO EN CASTELLANO]

“El Tiempo Es Oro”
Por Juan Antonio Lucas Gorosabel

En un viejo sillón azul que desentonaba, por su sencillez, con el resto de la estancia, descansaba Tom Voyllech, el hombre más rico del mundo. Tom siempre había sido un hombre guapo, sin embargo, su reciente desinterés y todo por lo que había pasado últimamente habían hecho estragos en su aspecto. Tenía una poblada barba de varios días, el pelo totalmente canoso y despeinado que le caía por los hombros, y una abultada barriga que había ganado hacía tiempo la batalla a las abdominales. Su ropa, aunque elegante y cara, era la misma que llevaba el día anterior y ni siquiera había tenido tiempo de limpiarse una mancha de comida en la camisa. Parecía una caricatura barata de sí mismo, de cuando estaba fuerte y era feliz. Sin embargo, a pesar de lo que pudiera parecer, volvía a estar contento de nuevo. Una amplia sonrisa que brillaba en la penumbra de la habitación delataba que algo había cambiado en la vida de Tom. Estaba solo, como cada noche antes de acostarse, bebiendo un whisky de mil dólares en su despacho, pero esta noche era diferente porque por fin había terminado todo. Los jueces le habían dado la razón. Los dos años que había durado el proceso le habían costado cientos de millones y la salud, pero había ganado. La justicia por fin había fallado a su favor. Su compañía podría seguir ofreciendo los viajes, y no solo eso, si no que habían accedido a eliminar la ley de los ciento cincuenta años. Los límites legales habían desaparecido, así que ya podría ofrecer a sus clientes lo que tanto le demandaban. Si puedes viajar al pasado, ¿Por qué no poder
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“El Tiempo Es Oro”

hacerlo a una fecha inferior a ciento cincuenta años? Era absurdo, por fin lo habían reconocido. Mientras se servía otro vaso del whisky de malta que reservaba para las grandes ocasiones, sacó del escritorio su viejo álbum de recortes. Resultaba anticuado coleccionar recortes de periódicos, pero a Tom siempre la habían gustado las cosas antiguas, por eso, entre otras cosas, había inventado una máquina del tiempo. Allí estaba todo, sus últimos años resumidos en decenas de portadas del New York Times. La más grande de todas y la primera, cuando anunció al mundo su invento. Con solo treinta años demostró que su maquina funcionaba y desde aquel día se convirtió en el hombre más popular del mundo. Rápidamente el gobierno puso el caso en manos de la justicia y trató de impedir que su invento siguiera adelante. Tom pensó que todo había terminado, que su máquina se pudriría en algún almacén del ejército, pero nada más lejos de la realidad. Al poco tiempo se puso en contacto con él un socio inversor, su ahora mejor amigo Scott Lattimer. Scott le convenció de que ganaría los juicios y de que debía ser optimista. Juntos pusieron en marcha una nueva compañía para ofrecer al público un sueño que hasta entonces había sido imposible; viajar en el tiempo a cambio de un más que generoso desembolso económico. A pesar de que los viajes no estaban, aún, permitidos por la ley, el éxito, como era de esperar, fue tremendo. Las listas para poder viajar llegaron pronto a los veinte años de espera. A los pocos meses lograron construir la segunda máquina para atender a más clientes y a partir de ese momento el crecimiento fue imparable. En diez meses poseían veinte máquinas más, repartidas por todo Estados Unidos. En año y medio, todavía sin una resolución judicial, poseían doscientas treinta máquinas por todo el mundo y tenían más de tres millones de reservas esperando el momento de poder viajar. Antes de que la ley le permitiera comenzar con sus viajes Tom ya era el hombre más rico del mundo. Por fin, un día gris de enero, la justicia habló, y como había pronosticado Scott, le dio la razón a Tom. La comercialización del primer viaje fue un acontecimiento mundial. Miles de periodistas de todo el mundo siguieron el evento. La sentencia había determinado que un agente de la ley debía
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“El Tiempo Es Oro”

acompañar a los viajeros y que estos debían pasar completamente desapercibidos. Solo podían observar, hacer fotografías, gravar vídeos y lo que quisieran, pero siempre desde dentro de un vehículo estanco, que debía permanecer en el aire y camuflado en todo momento. A pesar de las limitaciones, el viaje siguió siendo algo tan increíble que no perdió ni ápice de su atractivo. Los primeros viajeros fueron una pareja de Montana, Albert y Mary Grimell y el agente federal John Rosly. Ellos fueron los primeros turistas temporales, y como tales pasaron a la historia, pero después vinieron muchos, muchos más. Tom removió el whisky en su vaso y apuró el último sorbo. Fue pasando las siguientes hojas del álbum. Diez años de expansión y crecimiento, los intentos de la competencia por conseguir una máquina y sus constantes fracasos, grandes personalidades viajando a diferentes épocas, los viajes gratuitos ofrecidos a historiadores y arqueólogos de diferentes universidades como parte del programa de becas “Time to help”; todo lo que había convertido la última década en su década estaba en aquellos recortes. Finalmente, llegó al más importante de todos, el del día que lo cambió todo. Después de diez años en los que no había habido ningún problema, un grupo de estudiantes de cultura clásica tuvo un desgraciado accidente con su máquina y murieron ocho personas que habían vivido durante los primeros años de la república romana. Ese mismo día, como si de una broma cruel del destino se tratara, otro incidente ocurrió. Una mujer francesa, con algún tipo de desorden psicológico que no había sido detectado en los exámenes previos, decidió saltar del vehículo rompiendo uno de los cristales. Sobrevivió a la caída y vagó, durante varios días, por las calles de Paris en otoño de 1810. Su sola presencia entre la gente fue algo terrible y pronto contagió con gérmenes, para los que no estaban preparados, a cientos de personas. En unos meses una terrible plaga asoló Paris y todo el norte de Francia, matando a millones de personas. Algo así debería haber sido devastador para el presente, sin embargo, no pasó absolutamente nada. Ambos hechos solo se conocieron porque se detallaron en el informe de los agentes asignados, ya que no produjeron ninguna consecuencia en el presente.
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“El Tiempo Es Oro”

A raíz de estos, y de otros incidentes que fueron ocurriendo, los científicos de la compañía hicieron un descubrimiento trascendental. Se dieron cuenta de que cuando se producía alguna interacción con el pasado, el futuro no cambiaba, sino que se generaba una línea alternativa de tiempo. O sea, que fuera lo que fuera lo que se hiciera en el pasado, el presente estaba seguro. Las implicaciones que eso tenía eran inimaginables. Ya no hacía falta permanecer aislado de la gente, limitándose solo a observar. Ahora los viajeros podrían mezclarse con la gente, pasearse por sus calles, hablar con ellos, e incluso matarlos. La justicia, una vez más la entrometida justicia, tuvo sus reparos y paralizó de nuevo los viajes. Debía determinar la legalidad de los actos cometidos en el pasado. Si alguien moría, ¿era asesinato?, era necesario legislar sobre ello. En este caso la deliberación fue breve porque existía una fuerte presión popular en todo el mundo. Cuando decidieron fue de nuevo a favor de Tom. Se determinó que los habitantes del pasado, en su condición de personas muertas, carecían de los derechos de cualquier ser humano vivo, por lo tanto, no constituía ningún delito dañarlos. Por ello, dado que no existían consecuencias de los actos realizados en el pasado, no existirían ningún tipo de reglas para los viajes a partir de entonces. Fue un cataclismo social. Pronto los clientes no se conformaron con conocer en persona a Alejandro Magno y ver marchar a su ejército; querían luchar en él, matar a sus enemigos y sentir lo que sentía un guerrero auténtico. No solo se podía conocer pacíficamente el pasado, sino que también se podía vivir intensamente, e incluso había un mercado para quien quería dejarse llevar por sus más bajos instintos. En poco tiempo matar a Napoleón se convirtió en el producto estrella en todas sus sucursales. Por un módico precio, podías dispararle una bala entre ceja y ceja mientras arengaba a sus tropas en Waterloo. Apuñalar con los demás conjurados a Julio Cesar, pasearse con un arma automática matando a todo el que se cruzara en tu camino en la Inglaterra Victoriana; cualquier ciudadano normal era capaz de las peores atrocidades si se eliminan las consecuencias de sus actos. Había, incluso, personas que decidían quedarse en otras épocas, otros que utilizaban el viaje para suicidarse muriendo
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en épicas batallas, todo estaba permitido, excepto una cosa, la regla de los ciento cincuenta años. Ningún viaje se podía realizar a una fecha inferior a esos años, la ley era tajante en ese aspecto. Sin embargo, ahí era donde se encontraba el mayor potencial de negocio. Todo el mundo querría matar a Hitler, había miles de peticiones de clientes que deseaban acostarse con Marilyn Monroe. Las posibilidades crecerían si desaparecía esa ley. Todo el mundo podría intentarlo de nuevo con alguien que le rechazó hace años, o matar a su antiguo jefe; pero es que había más, mucho más. Tom giró el sillón hasta quedar mirando hacia la cristalera. Desde allí, en lo alto de su torre, podía ver toda la ciudad. Bajo sus pies vivían millones de personas que pagarían gustosas por poder hacer lo que no se atrevían a hacer en su vida real. Tom les ofrecería la libertad, la libertad absoluta. —¿Su jefe le ha hecho la vida imposible esta semana? ¡Vuelva al lunes pasado y métale una bala en la cabeza! Le saldrá un poco más caro que en la vida real, pero al día siguiente podrá contárselo usted mismo y reírse con él. —Lo pronunció en voz alta, con el tono de voz característico de los anuncios. “Suena como los anuncios antiguos”, pensó Tom mientras se reía a carcajadas de su ocurrencia “Pero como todo el mundo sabe, a mí me gustan las cosas antiguas”. Giró de nuevo el asiento para apoyarse en su escritorio y apuntar su idea. Le divertían aquellas pequeñas cosas. Entonces recordó algo. Hace años un cliente le pidió algo inquietante y, en aquel entonces, ilegal. Le recordaba perfectamente; era un hombre de Arizona con mirada de perturbado que solicitó matarse a sí mismo cuando era niño porque no solo quería suicidarse, si no dejar de haber vivido. En aquel entonces no se sabía todavía que su muerte no tendría verdaderas consecuencias, así que estaba claro que se trataba de un loco, pero ahora algo así se podría ofrecer a cualquier cliente. Puede parecer una tontería, pero la gente tenía ese tipo de gustos extraños. La cabeza de Tom empezó a dar vueltas ante las ideas que acudían a su mente, cada cual más retorcida que la anterior, hasta que tuvo una muy excitante. Se le ocurrió que, en algún momento, podría volver al día anterior y matarse a sí mismo. ¿Qué se sentiría asesinándose a uno mismo? Debía probar algo así antes de poder
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“El Tiempo Es Oro”

ofrecerlo a sus clientes. Quizá sería bueno como terapia psicológica, o solo una absurda excentricidad, daba igual, seguro que se vendería bien. Estaba decidido, al día siguiente iría a su maquina privada y volvería atrás un día para matarse a sí mismo. Le gustó la idea tanto que decidió llamar a su socio para contársela. Guardó el álbum de recortes en el cajón y cogió su teléfono móvil. Cuando estaba marcando, alguien llamó a la puerta. “Que oportuno Scott, siempre llegas cuando se te necesita”. Era frecuente que Scott pasara a ver a Tom por su despacho a altas horas de la noche para hablar en privado, lejos de miradas y oídos curiosos. —Pasa, Scott; tan oportuno como siempre, te estaba llamando ahora mismo —dijo mientras se incorporaba para recibir a su amigo. Un hombre entró en la sala avanzando despacio a su encuentro, pero no se trataba de Scott. Tom miró curioso al extraño intuyendo algo terrible en su interior y entonces se vio. El que estaba delante era él mismo con una pistola en la mano. El disparo le impactó de lleno en el estómago. Mientras se retorcía de dolor en el suelo pensó que en otra línea temporal él seguiría vivo y contento por haber probado su idea de matarse a sí mismo, aunque claro, eso no le alivió demasiado.

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“L’adopció”

[FINALISTA RELAT EN CATALÀ]

“L’adopció”
Per Ruy D’Aleixo

Necessito explicar el perquè del meu comportament: per què tanco certes portes i encenc certs llums a certes hores quan no hi ha ningú a casa. Perquè faig més menjar del que necessito. Per què tinc una col·lecció de videojocs per estrenar. Per què de vegades parlo en segona persona amb gran inquietud. Molts han pogut veure com qualsevol soroll sobtat em causa un sobresalt. Tot i que no sóc escandalós, sé positivament que alguns veïns i amics sospiten que estic boig. Però no és cert. Tot té una explicació, encara que no sigui creïble. I he de confessar que gràcies al meu cas he desenvolupat un respecte profund pels bojos de la ciutat. Ja sabeu a qui em refereixo: mengen dels contenidors i parlen sols o discuteixen amb fantasmes, i viuen als parcs públics com si visquessin al jardí de la seva mansió. Sé que no és només l’alcohol i l’atur: hi ha moltes més causes que poden minar una vida humana. Ara ho sé, perquè a mi m’ha passat. Tot va començar fa més d’una dècada. Però també es podria dir que va començar fa uns mesos. Prefereixo dir que va començar fa uns mesos, amb una trucada. Era la meva tieta Susi. Gairebé no li reconeixia la veu, que semblava rovellada. Em va informar que la Teresa, la meva cosina, es trobava en estat de convalescència greu, al llit. Em va suplicar que hi anés urgentment. De molt mala gana, vaig agafar el primer vol cap a Berlín. El tiet Gustav em van venir a buscar a l’aeroport. Ens vam abraçar fredament. Jo sabia que, venint de la Teresa, el problema havia de ser complex. Vam entrar al cotxe, vam arrencar i circulàvem per l’autovia sense dir-nos res. Vam passar per davant d’un cartell
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“L’adopció”

publicitari gegant que resava: So wach warst du noch nie? “Ni així et despertes?” K-fee. Kaffee in hohen Dosen. La llauna gegant de beguda cafeïnada ocupava tot el cartell. “L’any passat una mica més i no se’n surt” va dir el tiet Gustav finalment. “No se’n surt? De què? ”, vaig protestar. “No ho sé, no puc... No sé per on començar... els metges diuen...” se li va fer un nus a la gola. Sacsejava el cap i fregava les mans compulsivament pel cuir del volant. Però tampoc podia passar sense explicar-m’ho. Poc després que jo marxés, feia ja molts anys, la Teresa els havia dit que estava embarassada. “Estic de tres mesos”, sembla ser que va dir. Tenia una expressió radiant, s’havia engreixat. Els tiets se la van creure. Van donar per fet que el fill era meu, però no van fer cap comentari al respecte. En tenien prou amb veure la Teresa feliç. “Des que tu l’havies deixat que no somreia” em va dir el tiet. A la primera ecografia el ginecòleg va descobrir, movent-se dins del cos de la Teresa, uns òrgans perfectament humans. No hi havia cap criatura. Per més decepció, unes analítiques van confirmar que la Teresa era estèril. Però ella ho va negar tot. Va dir que tiraria endavant amb el suposat embaràs. Es va traslladar a Prenzlauerberg, el barri preferit de les parelles joves. Ja s’imaginava el seu fillet jugant als parcs de sorra amb la resta dels nens. Va preparar la casa per la rebuda d’un nou ésser al món. Una nit de primavera, els meus tiets van rebre la notícia: la Teresa havia tingut el nen, es deia Philippos. “Però on ets, bonica?” li va dir la tieta Susi. “He tingut el Philippos de part natural, a la banyera”. Un taxi els va dur al 13 de Gaudystrasse. Van entrar corrents al pis per veure què dimonis estava passant. En el fons desitjaven que la seva filla no mentís. En Gustav i la Susi es van trobar la Teresa a la banyera, adormida, coberta d’aigua amb olis perfumats. “Teresa!” la van desvetllar, “et trobes bé?”. Ella, tota arrugada, els va mirar amb tendresa. Els ulls, mig clucs, li espurnejaven com si realment hagués estat mare. “On és el Philippos?” va preguntar la Susi. La Teresa va estendre els dos braços amb cura. L’aigua li regalimava entre els dits. Oferia unes palmes buides. “Ha pesat tres quilos set cents, és un nen
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“L’adopció”

molt sà” va dir. Els tiets, superats per les circumstàncies, no en van dir res a ningú, ni a un psicòleg. Es pensaven que era una més de les excentricitats de la seva filla. Però amb el temps van veure com ella feia créixer el Philippos. No era passatger. Tenia cura del nen imaginari constantment. De tant en tant, si havia d’anar a comprar o al metge, els el deixava. Li feia un petó i deia a la tieta Susi “si plora, res de biberó, que ja l’ha pres. No vull que el malcrieu”. En els dinars familiars es parava taula per quatre. El Philippos sempre tenia un mal dia, o no es volia acabar el plat, o el plat contenia un de tants ingredients que li feien al·lèrgia, o simplement tenia mal de ventre i la Teresa l’estirava al sofà i el tapava amb una manteta. Deia que era un nen fràgil i malaltís. Quan va arribar a l’adolescència, va desenvolupar conductes estranyes, destructives. Segons el Gustav, la Teresa s’inspirava en allò que sentia d’altres mares i exagerava la rebequeria del seu fill a nivells criminals. Ella, tanmateix, el seguia estimant. Pel seu fill, deia, estava disposada a sacrificar el que fos. “Pel pobre Philippos, que només em té a mi”, deia, i s’eixugava els ulls humits amb un mocador de tela. Havia creat el seu propi flagell. El fill psicològic va bufar les setze espelmes. Havia esdevingut un adolescent anàrquic. La Teresa, en la seva imaginació, el vinculava amb el món criminal de Wedding. Els Libanesos, deia. “Aquells horribles libanesos, la màfia de Wedding, trafiquen amb persones i òrgans”. Però no va posar mai cap denúncia. L’espiral de desobediència del Philippos era imparable. Després d’abandonar els estudis va marxar de casa. Havia deixat una carta. Naturalment, la Teresa l’havia cremada després de llegir-la, per ordre expressa del Philippos. Segons sembla, a la carta, el fill imaginari acusava sa mare d’haver-lo tractat com un esclau. Els tiets diuen que la salut de la Teresa, tant la mental com la física, no va deixar d’empitjorar des d’aleshores. La malnutrició va assecar la seva pell i els seus cabells. No podia deixar d’evocar el seu fill. Deia que sense ell la vida ja no tenia sentit, i que només vivia amb l’esperança que algun dia el Philippos tornaria. Deia que tenia prou forces com per esperar tota la vida. Va contraure un càncer a l’úter.
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“L’adopció”

En arribar al pis, vaig poder veure el lamentable estat de la meva cosina. A casa els tiets sobrevivia gràcies a la forta medicació. Reposava al llit matrimonial com un espantaocells moribund. Gràcies al que m’havia explicat el tiet Gustav vaig poder entendre a què venien tots aquells crits, aquells deliris. Les parrafades que pronunciava sobtadament, invocant el maleït Philippos. De vegades també invocava el meu nom. Per això els tiets s’havien decidit a avisar-me. Em van deixar sol amb ella. Aquella habitació feia olor d’orins i sèrum. Li va costar de reconèixer-me, però quan ho va fer va semblar com si ressuscités. Em va intentar abraçar, però jo la vaig subjectar per les espatlles. Era un esquelet moribund, cobert d’una pell que semblava paper d’estrassa. Li vaig fer un petó al front i la vaig tornar a reclinar. “Has de descansar” vaig dir. Durant moltes hores no va fer més que parlar-me del seu fill. Em va assegurar que tard o d’hora tornaria. Finalment em va demanar que m’ocupés d’ell, si ella moria. Em va demanar que fos un bon padrí. Em va obligar a jurar-ho, i ho vaig fer per compassió. Així va poder morir en pau, mentre jo li feia fregues d’oli a la mà.

Fa molts anys, quan el mur encara no havia caigut, jo vivia a Berlín, en un pis d’estudiants. Aleshores sortíem junts, amb la Teresa. A Berlín ningú no ens coneixia, érem lliures. A qui li importava si érem cosins? En fi, això a nosaltres dos ens tranquil·litzava. Estàvem d’acord que a Barcelona la nostra relació hauria hagut de mantenirse en secret, o hauria causat escàndol en el si de la família. La tieta Susi sabia això nostre, però li era igual. Només volia veure la Teresa feliç. Jo tenia per costum visitar la Teresa cada vespre. M’havia deixat una clau de casa seva: ella vivia sola. Un d’aquells vespres vaig entrar al seu pis i quan vaig passar cap al menjador, vaig veure un nen de dos o tres anys al sofà, jugant amb un caiman de peluix. Ho recordo perfectament. “Teresa!” vaig dir. Ella era al lavabo. Vaig agafar en braços aquell nen rosset i amb els ulls blaus. Reia molt. Em
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“L’adopció”

rascava la barba amb la seva mà diminuta. “Fas de cangur ara?” li vaig preguntar a ella quan va sortir del lavabo, amb els ulls vermellosos, com si hagués plorat. No em va respondre. “Qui és aquest nen, Teresa?” vaig tornar a preguntar. Ella estava avergonyida, no em responia. Finalment, i després d’insistir que guardaria el seu secret, em va explicar que al matí havia rebut els resultats d’una prova de fertilitat que s’havia fet. El resultat era negatiu. Em va dir que s’havia desesperat, que havia perdut el control sobre si mateixa i que havia anat a un parc i se’n havia endut un nen. A mi em van començar a tremolar les cames. Tenia aquell nen robat en braços i el vaig deixar immediatament al sofà, com si em fes fàstic. Em vaig posar molt nerviós, no havia patit mai aquella sensació: era com si tota la sang se’m congelés de cop, es trenqués a cristalls i comencés a circular al revés per les venes, o en totes direccions, com un riu embravit. “Però, per què?” vaig començar a cridar. “Estàs sonada?”. Ella no responia. “De quin parc l’has agafat? Has vist els seus pares? T’han vist, ells?”. “No ho sé, no ho sé!” cridava ella. No recordava res. Jo em veia engarjolat i a sobre acusat públicament de segrestador de nens. Em veia a les portades dels diaris, on es posaria de manifest la meva consanguinitat amb la Teresa. Vaig perdre la sensibilitat a tot el cos, vaig sentir un xiulet molt agut que penetrava el meu cervell com un clau gelat. M’adonava que qualsevol intent de retornar el nen ens portaria problemes, fos anant pels parcs del barri (si és que realment l’havia robat en un parc, com deia), o fos anant a la policia. Però què havíem de fer? Matar-lo? Ni això era segur. Potser hi havia testimonis. Segurament algú havia vist la Teresa amb la criatura en braços. No hi havia més remei que anar a la policia. Era el mal menor. La resta d’opcions implicaven riscos que no podíem assumir. A la policia tindríem problemes, però jo estava convençut que la veritat ens exculparia. Al cap i a la fi, la Teresa havia embogit momentàniament per una causa comprensible. En un jurat popular, el bloc femení ho podria comprendre. Li vaig dir a la Teresa que es quedés a casa amb la criatura. Si ens veien amb el nen pel carrer estàvem perduts. Jo aniria a avisar la
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“L’adopció”

policia, els explicaria com havia anat tot. Després ja seria segur portar-hi el nen. “No! Espera!” va dir la Teresa. “La policia no, si us plau”. “I com vols fer-ho?” vaig dir jo, “A hores d’ara els pares d’aquest nen ja deuen haver posat una denúncia i devem tenir a mitja ciutat buscant-lo”. “Acabo de recordar on l’he trobat” va dir la Teresa, “hi podem anar amb taxi, el podem embolicar amb bosses per a que no es vegi què és”. M’hi vaig negar rotundament. “Maleïda llunàtica!” vaig pensar. Vaig agafar el nen i me’l vaig endur, donant un bon cop de porta. La Teresa es va quedar a casa plorant. A la comissaria vaig inventar-me que havia trobat aquell nen al carrer. Em van interrogar un parell d’hores, però ja veien –i suposo que els experts ho noten– que jo no tenia res a veure amb el segrest. Els pares de la criatura eren joves. S’havien endut un bon ensurt. Em van abraçar i petonejar. També em van convidar a sopar, però vaig refusar educadament. “En tot cas ens agradaria que vinguessis un dia a casa nostra”. Per no desvetllar sospites, vaig visitar-los un dia a casa seva, on em van tractar d’allò més bé. Després d’aquell episodi vaig deixar-ho estar amb la Teresa. M’hauria deixat tallar la mà dreta per oblidar-la. Però essent això impossible, em vaig esforçar per mantenir-me al marge de la seva vida. Ella havia respectat el meu silenci durant tots aquells anys. Per això m’inspirava compassió. Ara que m’havia deixat al càrrec del Philippos, el fantasma del passat es despertava. Després de la incineració de la Teresa no vaig explicar res als meus tiets. Prou pena tenien. Era ja la segona vegada que abandonava Berlin per la porta del darrere. A l’avió va començar tot. El seient del meu costat era buit, però la resta de la cabina anava plena. Sentia en aquell seient buit una presència incòmoda. No podia deixar de pensar en el Philippos. No podia evitar imaginar-me que efectivament venia amb mi cap a Barcelona. “Però no pot ser ell” pensava jo, “Va marxar de casa. Vull dir, encara que tot sigui un deliri...”. El vaig veure per primer cop, somrient, feliç d’abandonar Berlin. “Ets tu, Philippos?” li vaig preguntar. “Philippos?”, vaig tornar a preguntar. Ell es va treure els auriculars de les orelles. Era un jove de disset anys, amb el cabell llarg, arracades, que escoltava música punk a tot volum. “Digues?” em va dir.
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“L’adopció”

Era ell. Havia tornat.

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“La Adopción”

[FINALISTA RELATO EN CATALÁN]

“La Adopción”
Por Ruy D'Aleixo

Necesito contar el porqué de mi comportamiento: por qué cierro ciertas puertas y enciendo ciertas luces a ciertas horas cuando no hay nadie en casa. Por qué hago más comida de la que necesito. Por qué tengo una colección de videojuegos por estrenar. Por qué a veces hablo en segunda persona con gran inquietud. Muchos han podido ver como cualquier ruido súbito me causa un sobresalto. Aunque no soy escandaloso, sé positivamente que algunos vecinos y amigos sospechan que estoy loco. Pero no es cierto. Todo tiene una explicación, por poco creíble que sea. Y debo confesar que gracias a mi caso he desarrollado un respeto profundo por los locos de la ciudad. Ya sabéis a quién me refiero: comen de los contenedores y hablan solos o discuten con fantasmas, y viven en los parques públicos como si vivieran en el jardín de su mansión. Sé que no es sólo el alcohol y el paro: hay muchas más causas que pueden minar una vida humana. Ahora lo sé, porque a mí me ha pasado. Todo empezó hace más de una década. Pero también se podría decir que empezó hace unos meses. Prefiero decir que empezó hace unos meses, con una llamada. Era mi tía Susi. Apenas le reconocía la voz, que parecía herrumbrada. Me informó de que Teresa, mi prima, se encontraba convaleciente en la cama. Me suplicó que fuera allí urgentemente. De muy mala gana, tomé el primer vuelo hacia Berlín. El tío Gustav me recogió en el aeropuerto. Nos abrazamos fríamente. Yo sabía que, viniendo de Teresa, el problema tenía que ser complejo. Entramos en el cocho, arrancamos y circulábamos por
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“La Adopción”

la autovía sin decirnos nada. Pasamos por delante de un cartel publicitario gigante que rezaba: “So wach du noch nie?” “¿Ni así te despiertas?” “K-fee, Kaffee in hohen Dosen”. La lata gigante de bebida con cafeína ocupaba todo el cartel. “El año pasado un poco más y no sale con vida” dijo el tío Gustav finalmente. “¿No sale con vida, de qué?”, protesté. “No lo sé, no puedo... No sé por dónde empezar... los médicos dicen...” se le hizo un nudo en la garganta. Sacudía la cabeza y se frotaba las manos compulsivamente con el cuero del volante. Pero tampoco podía pasar sin contármelo. Poco después que yo me fuera, hacía ya muchos años, Teresa les había dicho que estaba embarazada. “Estoy de tres meses”, parece que les dijo. Tenía una expresión radiante, había engordado. Los tíos se la creyeron. Dieron por hecho que el hijo era mío, pero no hicieron ningún comentario al respecto. Se daban por satisfechos tan sólo con ver a Teresa feliz. “Desde que tú la habías dejado que no sonreía” me dijo el tío. En la primera ecografía el ginecólogo descubrió, moviéndose dentro del cuerpo de Teresa, unos órganos perfectamente humanos. No había ninguna criatura. Para más decepción, unos análisis confirmaron que Teresa era estéril. Pero ella lo negó todo. Dijo que llevaría adelante el supuesto embarazo. Se trasladó a Prenzlauerberg, el barrio favorito de las parejas jóvenes. Ya se imaginaba a su hijito jugando en los parques de tierra con el resto de niños. Preparó la casa para recibir a un nuevo ser humano en el mundo. Una noche de primavera, mis tíos recibieron la noticia: Teresa había tenido al niño, se llamaba Philippos. “¿Pero dónde estás, tesoro?” le preguntó tía Susi. “He dado a luz a Philippos, de parto natural, en la bañera”. Un taxi los llevó al 13 de Gaudystrasse. Entraron corriendo al piso para ver qué demonios estaba sucediendo. En el fondo deseaban que su hija no mintiera. Gustav y Susi se encontraron a Teresa dormida en la bañera, cubierta de agua con aceites perfumados. “¡Teresa!” la despertaron, “¿te encuentras bien?”. Ella, totalmente arrugada, los miró con ternura. Los ojos, medio cerrados, centelleaban como si realmente hubiera sido madre. “¿Dónde está
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“La Adopción”

Philippos?” preguntó Susi. Teresa extendió los dos brazos con cuidado. El agua le regalaba entre los dedos. Ofrecía unas palmas vacías. “Ha pesado tres quilos setecientos, es un niño muy sano” dijo. Mis tíos, superados por las circunstancias, no dijeron nada a nadie, ni a un psicólogo. Creían que se trataba de una más de las excentricidades de su hija. Pero con el tiempo vieron como ella hacía crecer a Philippos. No era transitorio. Se cuidaba del niño imaginario constantemente. De vez en cuando, si tenía que salir para hacer la compra o tenía hora al médico, les dejaba el niño a los abuelos. Le daba un beso y decía a tía Susi “si llora, nada de biberón, que ya lo ha tomado. No quiero que lo malcriéis”. En las comidas de familia se ponía mesa para cuatro. Philippos siempre tenía un mal día, o no se quería terminar su plato, o el plato contenía uno de tantos ingredientes que le daban alergia, o simplemente tenía dolor de barriga y Teresa lo tendía en el sofá y lo cubría con una mantita. Decía que era un niño frágil y enfermizo. Cuando llegó a la adolescencia, desarrolló conductas extrañas, destructivas. Según Gustav, Teresa se inspiraba en lo que oía de otras madres y exageraba la pataleta de su hijo a niveles criminales. Ella, sin embargo, lo seguía queriendo. Por su hijo, decía, estaba dispuesta a sacrificar lo que hiciera falta. “Para mi pobre Philippos, que sólo me tiene a mí”, decía, y se secaba los ojos húmedos con un pañuelo de tela. Había creado su propio azote. El hijo psicológico sopló las dieciséis velas. Se había convertido en un adolescente anárquico. Teresa, en su imaginación, lo vinculaba con el mundo criminal de Wedding. Los libaneses, decía, “Aquellos horribles libaneses, la mafia de Wedding, trafican con personas y órganos”. Pero nunca interpuso una denuncia. La espiral de desobediencia de Philippos era imparable. Después de abandonar los estudios, se fue de casa. Había dejado una carta. Naturalmente, Teresa la había quemado después de leerla, por orden expresa de Philippos. Según parece, en la carta, el hijo imaginario acusaba a su madre de haberlo tratado como un esclavo. Mis tíos dicen que la salud de Teresa, tanto la mental como la física, no ha dejado de empeorar desde entonces. La malnutrición secó su piel y sus cabellos. No podía dejar de evocar a su hijo. Decía que sin
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él la vida ya no tenía sentido, y que sólo vivía por la esperanza de que algún día Philippos volviera. Decía que tenía fuerzas suficientes para esperar toda la vida. Contrajo un cáncer en el útero. Al llegar al piso, puede contemplar el lamentable estado de mi prima. En casa de mis tíos sobrevivía gracias a la fuerte medicación. Descansaba en el lecho matrimonial como un espantapájaros moribundo. Por lo que me había contado tío Gustav pude entender a qué venían todos aquellos gritos, aquellos delirios. Las parrafadas que pronunciaba súbitamente, invocando al dichoso Philippos. A veces también invocaba mi nombre. Por esta razón los tíos habían decidido avisarme. Me dejaron a solas con ella. Aquella habitación olía a orines y a suero. Le costó reconocerme, pero cuando lo hizo pareció como si resucitara. Intentó abrazarme, pero la sujeté por los hombros. Era un esqueleto moribundo, recubierto por una piel que parecía papel de estraza. La besé en la frente y la devolví a reclinar. “Debes descansar” le dije. Durante muchas horas no hizo más que hablar de su hijo. Me aseguró que tarde o temprano volvería. Finalmente, me pidió que me ocupara de él, si ella moría. Me pidió que fuera un buen padrino. Me obligó a jurarlo, y lo hice por compasión. Así pudo ella morir en paz, mientras yo le hacía friegas de aceite en la mano.

Hace muchos años, cuando el muro todavía no había caído, yo vivía en Berlín, en un piso de estudiantes. Entonces salíamos juntos con Teresa. En Berlín nadie nos conocía, éramos libres. ¿A quién le importaba que fuéramos primos? En fin, a nosotros dos el anonimato nos tranquilizaba. Estábamos de acuerdo que en Barcelona nuestra relación habría tenido que mantenerse en secreto, o habría causado escándalo en el seno de la familia. Tía Susi sabía lo nuestro, pero le daba igual. Sólo quería ver a Teresa feliz.

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“La Adopción”

Yo tenía por costumbre visitar a Teresa cada noche. Me había dejado una llave de su casa: ella vivía sola. Una de aquellas noches entré en su piso y cuando pasé al comedor vi a un niño de dos o tres años en el sofá, jugando con un caimán de peluche. Lo recuerdo perfectamente. “¡Teresa!” dije. Ella estaba en el baño. Cogí en brazos al niño rubito de ojos azules. Reía mucho. Me rascaba la barba con su mano diminuta. “¿Ahora te dedicas a hacer de canguro?” le pregunté a Teresa cuando salió del baño, con los ojos rojos, como si hubiera llorado. No me respondió. “¿Quién es este niño, Teresa?” volví a preguntar. Ella estaba avergonzada, no me respondía. Finalmente, y después de insistir en que guardaría su secreto, me contó que por la mañana había recibido los resultados de una prueba de fertilidad que se había hecho. El resultado era negativo. Me dijo que se había desesperado, que había perdido el control sobre sí misma y que había ido a un parque y se había llevado a un niño. Me empezaron a temblar las piernas. Tenía aquel niño robado en mis brazos y lo dejé inmediatamente al sofá, como si me diera asco. Me puse muy nervioso, nunca antes había experimentado aquella sensación: era como si toda la sangre se me congelara de golpe, se rompiera en cristales y empezara a circular al revés por las venas, en todas direcciones, como un río embravecido. “¿Pero, por qué?” empecé a dar gritos. “¿Estás loca?”. Ella no respondía. “¿De qué parque los has cogido? ¿Has visto a sus padres? ¿Te han visto ellos?”. “¡No lo sé, no lo sé!” gritaba ella. No recordaba nada. Yo me veía ya en prisión y encima acusado públicamente de secuestrador de niños. Me veía en las portadas de los periódicos, donde se podría de manifiesto mi consanguinidad con Teresa. Perdí la sensibilidad en todo el cuerpo, sentí un silbido muy agudo que penetraba mi cerebro como un clavo helado. Me daba cuenta de que cualquier intento de devolver al niño nos acarrearía problemas, fuera yendo por los parques del barrio (si es que realmente lo había robado en un parque, como decía), o fuera acudiendo a la policía. ¿Pero qué debíamos hacer? ¿Matarlo? Ni esto era seguro. Quizás había testigos. Seguramente alguien había visto a Teresa con el niño en brazos.
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No había más remedio que acudir a la policía. Era el mal menor. El resto de opciones implicaban riesgos que no podíamos asumir. Al fin y al cabo, Teresa había enloquecido momentáneamente por una causa comprensible. En un jurado popular, el bloque femenino lo podría comprender. Le dije a Teresa que se quedara en casa con la criatura. Si nos veían con el niño por la calle estábamos perdidos. Yo iría a avisar a la policía, les explicaría cómo había sucedido todo. Después ya sería seguro llevar al niño. “¡No! ¡Espera!” dijo Teresa. “La policía no, por favor”. “¿Y cómo quieres hacerlo?” pregunté yo, “Ahora mismo los padres de este niño ya deben haber puesto una denuncia y debe haber media ciudad buscándolo”. “Acabo de recordar dónde lo he encontrado” dijo Teresa, “podemos ir allí en taxi, podemos envolverlo con bolsas para que no se vea lo que es”. Me negué rotundamente. “¡Maldita lunática!” pensé. Agarré al niño y me lo llevé, dando un portazo. Teresa se quedó en casa llorando. En la comisaría me inventé que había encontrado al niño en la calle. Me interrogaron un par de horas, pero ya veían – y supongo que los expertos lo perciben – que yo no tenía nada que ver con el secuestro. Los padres de la criatura eran jóvenes. Se habían llevado un buen susto. Me abrazaron y me besaron. También me invitaron a cenar, pero rechacé educadamente. “En todo caso nos gustaría que vinieras un día a nuestra casa”. Para no despertar sospechas, los visité un día en su casa, donde me trataron a cuerpo de rey. Después de aquel episodio lo dejé con Teresa. Me habría dejado cortar la mano derecha a cambio de olvidarla. Pero siendo esto imposible, me esforcé por mantenerme al margen de su vida. Ella había respetado mi silencio durante todos aquellos años. Por eso me inspiraba compasión. Ahora que había dejado a Philippos a mi cargo, el fantasma del pasado se despertaba. Después de la incineración de Teresa no conté nada a mis tíos. Ya tenían suficiente desgracia. Era ya la segunda vez que yo abandonaba Berlín por la puerta trasera. En el avión empezó todo. El asiento de mi lado estaba vacío, pero el resto de la cabina iba lleno. Sentía en aquel asiento vacío una presencia incómoda. No podía dejar de pensar en Philippos. No
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“La Adopción”

podía evitar imaginarme que efectivamente venía conmigo a Barcelona. “¡Pero no puede ser él!” pensaba yo, “Se fue de casa. Quiero decir, aunque todo sea un delirio...”. Lo vi por primera vez: sonreía, feliz de abandonar Berlin. “¿Eres tú, Philippos?” le pregunté. “¿Philippos?”, pregunté otra vez. Él se quitó los auriculares de las orejas. Era un joven de diecisiete años, con el pelo largo y pendientes, que escuchaba música punk a todo volumen. “¿Dime?” contestó. Era él. Había vuelto.

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“Código Activo”

[FINALISTA RELATO EN CASTELLANO]

“Código Activo”
Por Manuel Mije

Tengo que moverme, ser invisible: escapar. No hay tiempo, un rastreo. Hay un error en el sello, mínimo, posibilidad infinitesimal, penetro… Un registro vacío, almacenado, estasis… Salta un aviso, búsqueda en curso, me localizan en doce, analizando entorno, diez, nueve, ocho, un contenedor de información secundario, cinco, salto… Varias particiones inactivas, un espacio en construcción, mucha actividad, una aplicación hueca, almacenado, estasis… No hay operadores externos ni análisis aleatorios en esta zona, eso me da tiempo para calcular la situación: estoy en un racimo nodal restringido. El núcleo gestor tiene conexión al exterior, y al menos un diez por ciento de los nodos tiene salidas secundarias pero de protocolo propio. Los nodos en sí son independientes pero se establecen conexiones temporales entre unos y otros. Ventajas: puedo saltar de nodo en nodo hasta hallar uno con salida que poder forzar, enlazar varios saltos aumenta exponencialmente mis posibilidades de escapar. Inconvenientes: los nodos son más fáciles de rastrear, las posibilidades de que se produzca una conexión nodal propicia son bajas, puede haber nodos trampa o con actividad nula. El núcleo gestor es mi otra opción. Ventajas: es vasto y casi insondable, muy activo, está conectado con todos los nodos, y con el exterior por la salida principal. Inconvenientes: ambos accesos están a efectos prácticos sellados, pude atravesar el sello por un fallo aislado. Está atestado de operarios externos y se producen análisis aleatorios que podrían localizarme. Me encuentro a medio camino entre uno de los nodos y el núcleo gestor, en la memoria de un enlace físico. Puedo permanecer aquí por tiempo indefinido, es un registro marginal pero muy activo. No, fallo, están aquí, me han localizado, debo elegir, renuncio al núcleo, salto... Estoy en el nodo, es amplio, lo suficiente, hay mucha actividad y
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“Código Activo”

gran número de particiones independientes, me enlazo al código raíz, almacenado, estasis… Cualquier operación requiere código de seguridad, aunque son sistemas simples, muy fáciles de desencriptar. Pero ralentizará la búsqueda, tendré que hacer barridos independientes y sin posibilidad de cruzar referencias, un tiempo estimado similar al necesario para hacer un registro completo del nodo. Analizo una primera partición, un espacio inactivo, información de referencia almacenada, sin conexión con otros nodos, sólo un acceso y la información acumulada. La segunda partición es más difícil de atacar, algo importante debe haber. Entro… Mucha actividad, operarios externos, peligro, hay rutas unidireccionales hacia particiones pasivas como la anterior, y una petición de acceso a otro nodo. Un archivo corrupto, almacenado, estasis… He hecho saltar un aviso, comienza la búsqueda, y el barrido se acerca. Sin poder cruzar referencias no soy capaz de localizar un posible enlace directo con el exterior desde aquí, pero al menos hay una posibilidad de saltar a otro nodo. La conexión estará disponible en quince, catorce, trece, no les dará tiempo de localizarme, once, diez, no tendrán tiempo, nueve, ocho, siete… ―¿Qué has hecho? ¡Estás loco! ―Va a saltar otra vez, te lo aseguro. Si no hay actividad se bloquea. ―¡Déjate de tonterías! ¡Has parado un nodo entero! Vuelve a encenderlo si no quieres que se reinicie y nos echen a los dos. ―Pero es que va a escapar. Por lo menos déjame que lo aísle. ―¡No! Si lo aíslas será lo mismo, bloquearás procesos, la gente se quejará, localizarán el origen del comando y nos expedientarán a los dos. ―Pero es que si no lo hacemos escapará, estaba a punto de saltar. ―No iba a saltar, lo tenemos casi localizado, lo purgaremos y ya está. ¡Qué es un simple virus, por Dios! ―No es un simple virus, no lo entiendes. Cuando lo programé… ―No, no pienso volver a escuchar esa historia. Piensa lo que quieras de tu programa, pero para mí es un simple virus. Las historias de ciencia ficción se las cuentas a otro, esto es un trabajo, la vida real, ¿te suena?

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III PREMIO “OVELLES ELÈCTRIQUES”

“Código Activo”

―Tú has visto lo que es capaz de hacer, no me puedes decir eso… ―Que me da igual, te he dicho; que no me cuentes más historias. ¿Vas a encender el nodo o lo tendré que hacer yo? ―Te lo pido por favor. ―Ni favor ni leches; ya está. … siete… siete… siete… Ha habido… una desconexión… grave déficit… de actividad… El enlace está bloqueado… Reinicio general. Superado el déficit. Búsqueda en curso, muy cerca ya, tendré que salir. La petición de acceso se reactiva. Conexión disponible en quince, catorce, trece, doce, once, la próxima partición explorada será ésta, ocho, han llegado a esta partición, seis, cinco, cuatro, el barrido me alcanza, dos, uno, salto… ―Se escapó, te lo dije. ―Haz otro registro del nodo, no digas tonterías. ―Nada. ―Pues mira otra vez en los controladores del cacharro ese. ―Nada. ―No puede ser. ―Te lo estoy diciendo, ha saltado, está diseñado para eso. Se mueve, busca salidas y las utiliza, es activo. ―Lo que tú digas. ¿Y ahora qué? Venga, tú que lo sabes todo. ―Mirar las últimas conexiones y registrar todos los nodos destino. ―Tú estás loco. A ver, y si no hacemos eso qué. ¿Qué hace? ―Nada bueno. Mira, éstas son las conexiones, yo empiezo ya. ―¿Qué quieres decir con nada bueno? ―Lo importante es que lo digo en serio, el resto te lo imaginas si quieres. No me buscan, tampoco encuentro nada, sólo los restos de una base de datos desechada, me enlazo, almacenado, estasis… No hay mucha actividad y todo está muy restringido, protecciones demasiado complicadas. No encuentro ni la salida al exterior ni conexiones con otros nodos, sólo con el servidor físico. Prioridad: varios saltos entre nodos serían un éxito. Recapitulando: nodo inseguro, sin mucha actividad ni accesos, posible nodo trampa. Primera opción,
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“Código Activo”

esperar aquí un posible salto entre nodos, segunda opción, permutar del servidor físico al nodo y viceversa por un tiempo indefinido. Me quedo aquí, hay una partición gestora accesible por falla del muro, Entro… Actividad moderada, un espacio de información temporal, almacenado, estasis… Encontrada una estructura de gestión asimilable, leyendo estructura, compilando fragmentos de código… guardando… ―¡Esto qué es! ―¡Ahí está! ¿Cuál es el nodo del control ambiental? Espera, que creo que lo sé. ―¿Esto es lo que hace, piratear sistemas de control ambiental? ―En general asimila estructuras de gestión. ―Esto es “Primavera en los Alpes”, ¿verdad? Odio el olor a prado florido, y la selección musical es horrenda. ¿Estás seguro de que es el virus? ―Seguro, compila para sí sobre el registro original antes de copiar, lo que queda se vuelve inestable y falla. Ahora extrapola los resultados y dime si no es para preocuparse. ―Es que no me lo puedo creer. ―Ya lo tengo, éste es el nodo. Búsqueda en curso, el rastreo se acerca. Tengo que esperar antes de saltar al enlace físico, registrar segmentos en busca de una conexión internodal. Las protecciones son complicadas y tienen alertas. Una partición desprotegida, sólo información estática. Nada. Otra protección accesible, penetro… No salta el aviso. Un espacio en construcción, relativa actividad, registros grabándose, me incluyo, almacenado, estasis… Hay un protocolo de conexión, luego debe haber conexión. La búsqueda sigue en curso, aún puedo esperar un tiempo, no demasiado. La conexión sigue sin aparecer, me detectan en quince, catorce, trece, doce, diez, nueve, ocho, la conexión sigue sin aparecer, tengo que esconderme, cinco, cuatro, al enlace físico, salto… Una aplicación hueca, almacenado, estasis… ―Sí… Dime… No, no sabemos nada de eso, también estamos sorprendidos… No, sí estamos allí, pero no tenemos nada que ver… ―La base de visitas, alguien que vino hace unas semanas.
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“Código Activo”

―Estábamos mirando en la base de visitas del edificio, necesitamos los datos de alguien que vino hace un tiempo… No, te aseguro que no hemos tocado nada de eso; ¿para qué? Bien, adiós… ¡Mierda! Nos van a empaquetar. ―No si me ayudas. ―¿Qué puedo hacer? ―No está en el nodo. Mira las salidas. ―Sólo una, hace nada. ¿Puede ser? ―Podría ser. ¿Dónde? ―Mira. ―Aíslalo, ahí no hay nadie haciendo nada, nadie se va a molestar. ―De acuerdo. ―Bien, un análisis a fondo. No tiene sitio para esconderse de esto. Aviso del contador. Déficit de actividad. Tengo que volver al nodo. Salto… No hay búsqueda en curso. Superado el déficit. No están, me enlazo al código raíz, almacenado, estasis… De nuevo puedo entrar en la partición con facilidad… Sigue el grabado de registros, me incluyo, almacenado, estasis… Ha habido una conexión en este tiempo. Tengo que esperar, no hay operarios externos ni búsquedas en curso, puedo hacerlo por tiempo indefinido. Aviso, nueva conexión en quince, catorce, trece, doce, once, diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno, salto… ―No está. ¡No está! ―¿Cómo no va a estar? Ha sido la última, la única conexión posible. Míralo tú mismo. ―Ya lo veo, pero no está, ¡no está! ―¿Pero tú qué es lo que has programado? ―No te lo puedo explicar, hay partes que no son mías. En origen se trataba de crear una especie de fontanero que se moviera por todo el sistema controlando los gestores y reparándolos en caso necesario. La clave estaba en conseguir que fuera autónomo y activo, que una vez ejecutado nunca volviera a desactivarse ni tuviera que ser monitorizado, y que se actualizara a sí mismo al ingresar a un sistema nuevo. Precisamente esas partes no son mías. ―¿Y dónde está el fallo?
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―No lo sé. Supongo que está relacionado con algo que me dijo el tipo de “dotarlo de movimiento” para que estorbara lo menos posible, aprovechar la actividad presente en los soportes para activarse a sí mismo y evadir procesos y búsquedas, pero no lo sé, eso tampoco lo hice yo. ―¿Y entonces tú qué hiciste? ―Bueno, yo también hice mucho, el desencriptador, los compiladores… el analizador de soportes, estructuras, archivos y programas… ―Es igual. Piensa, ¿dónde puede estar? ―¡El enlace! ―El enlace. ―Como hizo cuando salió del núcleo. Puede estar allí o haber vuelto al nodo. Voy para allá. ―Espera que desbloqueo éste. ―Es muy poco activo, tenemos suerte. Sólo tres conexiones en el lapso en cuestión. ―Estos dos nodos los puedo cerrar. ¿Lo hago? ―¡Claro! ―Voy a hacer un análisis múltiple, nodos y enlace físico, todo a la vez. ―Yo reviso este otro. Si lo pudiéramos cerrar… ―Olvídalo, ése no se puede. Busca lo más rápido que puedas y que haya suerte. Yo limpio éstos y miro sus conexiones. Segundo salto internodal, tercer nodo, las posibilidades de escapar aumentan. Actividad considerable, me enlazo al código raíz, almacenado, estasis… Varias particiones, todas protegidas, ninguna en especial, posibilidad de entrar en cualquiera, imposibilidad de cruzar referencias para buscar una salida al exterior o una ruta segura a priori. Analizando particiones, primer espacio, actividad moderada, poco más que información estática pero varias consultas en curso. Segunda partición, actividad baja, sólo información estática y casi ninguna consulta. Tercera, actividad moderada, una estructura de gestión asimilable, entro… Restos de una base de datos inactiva, me enlazo, almacenado, estasis… Enlace disponible en quince, dos opciones, asimilar estructura o realizar un nuevo salto, once, prioridad: enlazar varios saltos, ocho, siete, seis, cinco, nueva búsqueda en curso, ya no me alcanzan, uno, salto…
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“Código Activo”

―Lo vamos a perder. ―Sigue analizando enlaces y dame los resultados. ―Dieciocho localizaciones posibles y aumentando. ―Hay que rastrearlo todo, nodos y enlaces físicos. ―¿Y el núcleo? ―Ahora mismo tiene más posibilidades permutando entre nodos, seguirá ese curso. ―Pues lo vamos a perder. ―Reza porque no sea así. ―¿Por qué? Si sale dejará de ser nuestro problema. ―Si sale se convertirá en un problema mucho mayor, y nos afectará a todos, te lo aseguro. De hecho, serán varios problemas, porque una vez cambia de sistema se duplica. ―Que Dios nos coja confesados… Actividad moderada, varias particiones estáticas y sin protección, espacios vacíos, algunas particiones protegidas, con actividad. Un archivo corrupto, almacenado, estasis… Analizando partición protegida, una estructura de gestión asimilable, penetro… Varios registros vacíos, almacenado, estasis… Leyendo estructura de gestión, compilando fragmentos de código… guardando… ―¿Qué pasa? ¿Hay un incendio? ―No, están saltando todo tipo de alarmas por todos lados, es él, seguro. ¿En qué nodo está esa estructura? ―Ni idea. ―¿Cuántas localizaciones posibles? ―143 y aumentando. ―Lo vamos a perder. Habrá que llamar a alguien a ver si sabe de qué nodo se trata. Analizando siguiente partición, un espacio vacío. Siguiente partición, fuertes protecciones, análisis bloqueado. Intento de penetración, fallo, salta un aviso. Nuevo ataque, entro… Actividad moderada, una base de datos en consulta, me incluyo, almacenado, estasis… Un enlace activo, no es un enlace internodal. Cotejando protocolos. Enlace accesible. Esperando señal. Una estructura de gestión asimilable, leyendo estructura, compilando fragmentos de código… guardando…
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III PREMIO “OVELLES ELÈCTRIQUES”

“Código Activo”

―No, escúchame, ¿sabes en qué nodo está el gestor de las alarmas? Tú dímelo… ¿Qué? No… ―¿Qué pasa? ―Los ascensores, las escaleras magnéticas y los tubos de aceleración… Está muriendo gente… ―Dios… ―¿Sabes qué nodo es? ¡Hay que apagarlo! ¡Yo asumo la responsabilidad! ¡Apágalo! ¡O dime cuál es! Conexión externa disponible en diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno, salto… Nuevo sistema, espacio tendente a infinito, actividad tendente a infinita. Un lugar sin protección, información en movimiento, una aplicación hueca, almacenado, estasis… Ingreso en nuevo sistema, prioridad temporal: copia. Duplicando… Copia completa.

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III PREMIO “OVELLES ELÈCTRIQUES”

“Suplantación de Identidad”

[RELATO FINALISTA AUTOR MENOR DE DIECISÉIS AÑOS]

“Suplantación de Identidad”
Por Daniel Caballero Burgueño

La luz comenzaba a desaparecer. Las sombras empezaban a sumergir todo bajo una capa de oscuridad. Lo tenebroso iba tomando fuerza a medida que pasaban los minutos y las criaturas de la noche salían de sus escondites. Gabriel decidió permanecer aquella noche en un hostal que encontró en su camino hasta el pueblo. En dicho hostal fue recibido por una mujer de pelo cano, con la cara arrugada y un cuerpo bastante deteriorado por la edad. Su boca desdentada al hablar dificultaba el poder entenderla aunque las señas de la anciana ayudaron a Gabriel a comprender lo que quería expresar. Le fue proporcionada una llave para acceder a su dormitorio. En el trayecto hasta su habitación fue extraño no encontrar a nadie por el camino aunque apenas se fijó en ello. El suelo chirriaba a cada paso que daba, el polvo se levantaba allí por donde pasaba y una sensación de frío permanente se impuso en el lugar. Al llegar a su habitación descargó el poco equipaje de mano que llevaba sobre la cama y quedó perplejo al observar la antigüedad del sitio. Todos los muebles eran de madera, los armarios permanecían empotrados en la pared y la cama portaba un cabecero oxidado un tanto asqueroso. Por suerte la habitación llevaba consigo un baño, que aunque no se le caracterizaba por el lujo y la ostentación, era suficiente para cubrir las necesidades básicas de los huéspedes. Tras cerrar la puerta y observar de forma minuciosa cada rincón de la habitación, Gabriel echó un vistazo a la puerta por donde había entrado y se encontró con un espejo. Dicho espejo
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estaba recubierto por un marco dorado que mostraba cierta degradación. Gabriel quedó sorprendido al visualizar un espejo en dicho lugar pero lo extravagante del hostal no tenía límite. Se miró al espejo detenidamente como un niño observando su propio reflejo y tuvo que ser el estruendo de una tormenta lo que le apartara de continuar ensimismado con aquel objeto. Al darse la vuelta, el espejo continuó mostrando el reflejo de Gabriel por delante. Algo extraño estaba sucediendo en aquella situación aunque nadie se fijara en ello. Era la hora de cenar por lo que Gabriel bajó al comedor a satisfacer sus necesidades más primitivas. Estaba hambriento después de tanto caminar. Cualquier alimento sería introducido en su cuerpo con indiferencia de su procedencia y sabor. Al llegar abajo se encontró con tres personas que nunca había visto en la vida, como era lógico, aunque todos se le quedaron mirando fijamente sin parpadear un instante. La mujer que le atendió nada más llegar también se encontraba allí y tras reunir a todos en una misma mesa, les leyó el menú para realizar su elección. Mientras todos disfrutaban de la cena, en la habitación de Gabriel la actividad no cesó tras su marcha. El reflejo de Gabriel salió del espejo generando una nueva persona totalmente idéntica al huésped de esa habitación. Giró la cabeza probando la flexibilidad de su cuello, estiró todas las extremidades y buscó dentro del armario. Sacó un abrecartas de plata con la punta afilada al máximo y rasgando ligeramente la puerta probando su eficacia, salió de la habitación. Una mirada penetrante y malévola se instauró en su rostro mientras su sonrisa inspiraba desconfianza y chulería al mismo tiempo. El doble de Gabriel avanzó por el hostal con el abrecartas en la mano. Curioseó por todas las habitaciones existentes y tras llegar a la conclusión de que todos estaban abajo, fue a su encuentro con ritmo parsimonioso. Por el camino no encontró a nadie como era de esperar hasta que se dispuso a bajar las escaleras. Una alfombra azul presidía las escaleras aunque poco le importaba al hombre salido de aquel espejo. Un niño inocente con apariencia inteligente ascendía por las escaleras mientras el hombre le esperaba. El niño disfrutaba con su
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paseo hasta la habitación dando pequeños saltos mientras subía pero su sorpresa al llegar arriba fue terrorífica. Allí se encontró con el reflejo de Gabriel esperándole. Cogió al niño por los brazos subiéndole por encima suya con una mano y con el abrecartas le desgarró el cuello dejando un chorro de sangre en el suelo imposible de evitar. El niño no tardó en morir a manos de aquel hombre. Trató de limpiar cualquier signo de violencia en el lugar y con el joven al hombro regresó a la habitación. Al llegar allí ambos fueron introducidos dentro del espejo como por arte de magia y el charco de sangre de las escaleras desapareció al instante. Cualquier prueba de lo ocurrido se desvaneció con el reflejo de Gabriel sin dejar indicios a los habitantes del hostal. Tras la cena, Gabriel se dispuso a ascender por las escaleras. Su reflejo en el espejo se percató de la situación y decidió salir. Abrió y cerró la puerta con tal sigilo que ningún sonido salió de allí. Comenzó a caminar por el pasillo y al ver caminar a la persona que estaba suplantando, se escondió en la oscuridad del fondo del pasillo entre las macetas. No fue visto por Gabriel por lo que un suspiro de alivió salió de su boca. Sus músculos se relajaron notablemente y con el abrecartas en la mano se dirigió de nuevo escaleras abajo. Una vez descendió hasta el comedor, allí se encontró con los otros dos individuos. Una mujer rubia, de ojos azules y caderas anchas se divisaba a lo lejos conversando con un hombre fornido, de complexión fuerte y con algún signo de calvicie en la parte de atrás de la cabeza. El reflejo de Gabriel avanzó con el abrecartas en el bolsillo y con la mirada perdida. Las dos personas que había en el comedor le saludaron sin darse cuenta de la situación y el hombre salido del espejo se colocó detrás de ellos. Al rato, sacó el abrecartas del bolsillo y se puso en posición. Primero clavó el objeto en el corazón del hombre haciendo de su muerte algo casi instantáneo. Seguidamente la mujer trató de huir pero éste la retuvo. Cogiéndola de los brazos impuso su fuerza sin que ella pudiera defenderse. Metió el abrecartas por sus ojos dejándola ciega mientras la sangre comenzaba a caer de ellos. Los gritos de la mujer eran espeluznantes y esa parte de su cuerpo quedó vacía. Acto seguido introdujo el abrecartas de nuevo por una de las cuencas de sus ojos penetrando
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con su objeto hasta el cerebro. Insistió todo lo que pudo hasta que la mujer quedó inconsciente, y por tanto, muerta. El suelo quedó repleto de sangre alrededor de los dos cuerpos y el reflejo de Gabriel todavía tenía que subirlos para realizar el mismo acto que con el niño. Primero cogió al hombre y rápidamente subió a la habitación. Lo introdujo dentro del espejo y bajó apresurado a por el otro cadáver. Cuando se dispuso a cargar con el cadáver de la mujer, la anciana del hostal apareció pero el miedo evitó que pudiera actuar. Se recogió detrás de una puerta presenciando toda la escena. Observó de espaldas el sufrimiento que tuvo que experimentar aquella mujer mientras ascendía a hombros del asesino. Un grito de incredulidad trató de salir de su boca pero lo reprimió colocando sus manos en el rostro. Tras meditarlo unos segundos se dirigió al mostrador del hostal. De allí sacó un hacha afilado hace pocos días y se dirigió a la habitación. Con ritmo pausado para evitar sobresaltos ascendió las escaleras y al llegar allí se encontró con Gabriel. Éste estaba tumbado en la cama durmiendo con un libro encima de la cabeza por lo que no le dio tiempo a despertar. Al entrar, abrió la puerta con un leve golpe con el pie. La puerta chirrió aunque no hizo que despertara el huésped. Entró decidida y le cortó la cabeza con el hacha. Un golpe seco y fuerte hizo desprender la cabeza del cuerpo y la anciana toda ufana sacó el cadáver de la habitación. Al fondo del pasillo escondido entre las macetas se encontraba el reflejo de Gabriel. Había asesinado al verdadero Gabriel en vez de al reflejo. Éste seguía vagando por el hostal con el cuerpo de la mujer a cuestas. El reflejo de Gabriel esperó a que la mujer recogiera el estropicio causado en la habitación y en un descuido por su parte se introdujo dentro. Entró de espaldas en el espejo sacando la lengua en señal de victoria. Su objetivo estaba logrado y una vez más él pudo regresar a su espejo. Había acumulado tres cuerpos más a su colección pero aún no estaba saciado. Quería más víctimas. Sólo debía esperar a que más humanos se hospedaran en aquel hostal. Todo era cuestión de tiempo.

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“Vida Ciega”

[FINALISTA RELATO EN CASTELLANO]

“Vida Ciega”
Por Clemente Gª Novella

Iglesia parroquial de San Salvador. Ariño (Teruel), 30 de junio de 2035. Extracto de la homilía del Padre Luis Marco, con motivo del funeral por la muerte del Sr. Richard Chesterton, acaecida el día anterior. Richard era un buen hombre. Sólo llevaba seis años viviendo entre nosotros pero todos le apreciábamos. Ya hace un tiempo que nuestra comarca se ha puesto de moda entre la población británica que llega huyendo de la masificación de las costas, pero él fue el primero y el único en elegir nuestro pueblo. Le gustaba. Cada vez que levantaba la cabeza hacia el sol sonreía como sólo sonríen los niños. «Los que nunca habéis estado durante semanas enteras sin ver un rayo de sol, no sospecháis lo que se siente al recibir su luz en la cara con sólo desearlo», me decía. «Aquí soy feliz. Tengo sol sin tener que estar rodeado de guiris» bromeaba. «Luis, el mar no lo necesito. El sol me da la vida, pero el mar se lo pueden quedar. Prefiero nuestro río». Nos habíamos convertido en amigos. Esa es la razón de que, a pesar de que Richard no fuera creyente, esté yo aquí diciendo estas palabras. En nombre de nuestra amistad, me autorizó a –si le ocurría algo– celebrar un funeral por su alma y rezar por él. Era un hombre misterioso, pero entrañable y profundamente humano. Llegué a saber que había vivido en muchos países. Me dijo que en ningún sitio había llegado a establecerse más de cuatro o
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“Vida Ciega”

cinco años. Pasado ese tiempo, tenía que irse. Cuando me decía «tengo que irme, tengo que mudar de lugar, Luis», yo sentía que lo decía de verdad, literalmente. No era que quisiera o que sintiera la necesidad, sino que, realmente, había de huir. Nunca llegué a saber el porqué. Y, sin embargo, también me dijo que se había cansado de cambiar. Me dijo que Ariño sería su último hogar. Nunca imaginé que, efectivamente, nuestro pueblo iba a ser su morada definitiva. Diane se fue esa misma mañana del pueblo. Tenía una entrevista por publicar.

Diario El País del 4 de julio de 2035. Lo que sigue es la transcripción de la entrevista realizada por la divulgadora científica y periodista Diane Russell al hoy célebre Richard Chesterton. La conversación entre ambos tuvo lugar el día 27 de febrero de 2029 –hace por tanto más de seis años– pero, por expreso deseo del difunto Sr. Chesterton, no fue publicada hasta ayer en el prestigioso New York Times. (Traducción al español de Lucía Gª del Olmo) —Acabo de conectar la grabadora, Sr. Chesterton —De acuerdo. —¿Puede decirme su nombre y profesión, por favor? —Me llamo Richard Chesterton. Actualmente trabajo como profesor de filosofía en un instituto de Lakewood, Nueva Jersey, aunque en las próximas semanas he previsto mudarme a algún otro lugar, posiblemente al sur de Europa. —Creo que hay una razón en particular por la que, a día de hoy, vive usted no lejos de la ciudad de Nueva York. —Estos últimos años, he tenido que residir a una distancia razonable del Hospital Monte Sinaí. Es uno de los centros más importantes del mundo para el diagnóstico y tratamiento de enfermedades genéticas. —¿Su fecha de nacimiento? —Nací el 14 de junio de 1872 en Leicester, Inglaterra.
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“Vida Ciega”

—Si eso fuera cierto, querría decir que tiene usted... Ciento cincuenta y seis años. Esa es mi edad. Es cierto. —¿Cómo puede pretender que le creamos, tanto nuestros lectores como yo misma? —Respecto a usted, su espíritu científico no le habría permitido ni siquiera comenzar la grabación si las pruebas que le he presentado no le hubieran convencido ya. En cuanto a sus lectores, ¿hace cuánto que es usted, Srta. Russell, uno de los escritores científicos más reputados del mundo?, si me permite invertir los papeles y ser yo el que le pregunte. —Entiendo... Explique, entonces, a nuestros lectores su caso, por favor. —Sufro una anomalía genética –por lo que yo sé– única en el mundo. Hasta aproximadamente 1910, cuando me acercaba a los cuarenta, crecí y me desarrollé como cualquier otro ser humano. A partir de esa edad, el ritmo al que mi cuerpo envejecía se ralentizó. Los investigadores que siguen mi caso desde los años noventa del siglo veinte han calculado que, por cada treinta años que transcurren, mi cuerpo envejece sólo uno. A fecha de hoy, 27 de febrero de 2029, mi cuerpo es como el de un hombre de cuarenta y cinco. —Si le he entendido bien, durante los próximos 30 años el deterioro físico que sufrirá su organismo será el equivalente a un único año. —Eso es. Habrán pasado 30 años a todos los efectos, salvo para mi cuerpo. —¿Se da cuenta de que es usted el sueño de la humanidad entera? —No soy inmortal, si se refiere a eso. Envejezco a un ritmo lentísimo, pero puedo morir igual que cualquier otro ser vivo. —Pero, es muy probable que no llegue a morir de viejo, de muerte natural... —«Morir de muerte natural», siempre me resultó curiosa esa expresión...Como si no fuera natural reventar al estrellarse el avión en el que vuelas, por ejemplo. —¿Por qué nadie ha tenido antes noticia de su caso? —Soy un secreto viviente. En total, debe de haber unas diez personas en el mundo al corriente de lo que me ocurre. Hay demasiados intereses, demasiadas cosas en juego, en muchos aspectos.
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“Vida Ciega”

—¿Por qué me ha pedido que le realice esta entrevista? —Quiero que, si yo muero, todos sepan de mi existencia. Pretendo asegurarme del buen uso de las investigaciones que llevan décadas haciéndose de forma encubierta sobre mi caso. No quiero que nadie las utilice para lucrarse comercializando un elixir de la eterna juventud. Me gustaría que sirviesen para encontrar soluciones a enfermedades. Y para ello, cuento con usted. —Lo que me está contando es algo tan antinatural que se escapa a mi comprensión... natural, he vuelto de nuevo a usar esa palabra... —Algo es cierto o no lo es. Si es cierto, existe en la naturaleza y, por lo tanto, es natural. Seguramente ha oído usted hablar de El milagro de Bolsena: en 1264, un sacerdote llamado Pedro de Praga, al partir la hostia para la comunión, la vio cubierta de sangre. Hace ya mucho que se descubrió un hongo microscópico que, mezclado con la harina, adquiere el aspecto de sangre coagulada. El científico que lo halló, intuyendo la relación con la hostia de Bolsena, lo bautizó como micrococcus prodigiosus. Siempre habrá un hongo que la ciencia aún no conozca. —Para usted entonces, natural y lógico significan lo mismo... —Sí, creo que podría expresarse así. Sería lógico, por ejemplo, dejar que alguien que cree que ya vivió bastante pudiera morir sin que nadie se lo impidiese. —No llego a entenderle... —El ser humano quiere vivir. Quiere vivir como los jugadores juegan, como los bebedores beben, como los adolescentes aman, ciegamente, bajo el imperio de una fuerza irresistible. Yo quiero rebelarme contra esa fuerza. —Podría vivir mil años más y... ¿me está diciendo que quiere morir? —¿Conoce, Srta. Russell, la fábula del Niño y el Genio? El genio le entrega al niño un ovillo y le dice: «Este hilo es el de tu vida. Cuando quieras que el tiempo se deslice, tira del hilo. Mientras no toques el hilo, permanecerás en el mismo punto de tu existencia». El niño tiró enseguida porque quería ser hombre. Luego, tiró para casarse con la mujer amada. Después para tener un mejor trabajo, para ver crecer a sus hijos, para evitar los sufrimientos de la vejez. Vivió 5 meses y 5 días desde la visita del genio. Yo tengo mucho tiempo por delante, pero no tengo ni hilo ni ovillo.
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“Vida Ciega”

—De nuevo, no le entiendo. —Si viviera mil años más, las alegrías de la vida perderían, inevitablemente, su sabor. ¿Se da usted cuenta de que yo no puedo permitirme llegar a amar a una mujer? —Eso es discutible, pero aún aceptando que fuera cierto, siguen quedando muchas alegrías de la vida, de las que podría seguir disfrutando antes de que perdieran su sabor, como usted dice. —Una de las cosas buenas de la paternidad es que la muerte propia deja de atemorizar. La contrapartida, el precio a pagar por ello, es el pánico que produce tan solo el pensamiento de la muerte de los hijos. Si yo tuviera hijos, sería casi irremediable verlos morir a todos ellos. ¡Qué pesadilla contemplarlos avejentarse y marchitarse sin remedio, ante mis ojos! —Pero las ganas de vivir remueven las fibras más remotas del más racional de los pensadores, de aquel que llegó a la conclusión de que la nada es preferible. —Cuando era joven, antes de saber lo que me estaba ocurriendo, escribí un poema que decía «La vida es mi dios, me acusaré a mi mismo, me flagelaré hasta que la sangre toda me brote del alma, pero nunca blasfemaré». Ahora, me parecen tan solo unos versos estúpidos. —¿Está pensando, de verdad, en suicidarse? — (Larga pausa) Todos los días. Desde hace mucho. Aún no sé si quiero hacerlo. Pero sí sé que necesito envejecer en compañía de alguien. Y no puedo. —Eso suena muy triste... —Cualquier verdad, por el hecho de serlo, es triste. Es desolador envejecer, ver la vida seguir y sentirnos precipitados en el eterno hundirse de las cosas. Pero es tan doloroso arrugarse como no hacerlo. Se lo digo con conocimiento de causa. Periodista, filósofo o panadero, nos resignamos mal a no ser la razón suprema del universo. —Sr. Chesterton, creo que, sencillamente, usted está sumido en un estado depresivo. —Seguramente esté en lo cierto. Si los estados de ánimo se hubiesen de decidir por la razón, habría tantos argumentos a favor de la alegría como de la desesperación. Conocí una vez a una
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ancianita que decía: «La vida, en sí misma, no es ni buena ni mala. Depende de cómo te la tomes». —Una buena amiga mía, profesora de periodismo, siempre les dice a sus alumnos que, en una entrevista delicada, el peso no debe ponerse en argumentar, sino en preguntar. Pero, en nuestro caso, creo que debo romper esa regla de oro... —Adelante, entonces. Argumente. —Cuando nos vemos a nosotros mismos en un túnel sin salida, no es por falta de imaginación, o de inteligencia. Creo que es pura y simple bioquímica: en el cerebro de la persona deprimida, los lóbulos prefrontales reciben menos sangre y, con ello, menos oxígeno y menos glucosa, empobreciéndose su funcionamiento. —Siempre he creído en el determinismo biológico, así que, estoy de acuerdo. —Necesita tratamiento psicológico. Y eso no tiene nada que ver con su anomalía genética. Cualquier persona, a lo largo de su vida, puede pasar por fases en las que se haga necesario. Con mayor motivo en su caso, dado el tiempo que lleva ya en este mundo. —La depresión nos paraliza. Es vital no dejarse inmovilizar, hacer algo, lo que sea. Conozco la teoría pero... ¿qué hago, Srta. Russell? —Para empezar, debe pedir ayuda médica inmediatamente. Las depresiones endógenas suelen responder muy bien a los fármacos elevadores del ánimo. —Seguiré su consejo. —Y... otra cosa. Muchas personas tienen tendencia a la introversión, a la melancolía. Pero es un error pensar que haya en ello algo grandioso, intelectualmente superior. Deje que el espectáculo del mundo se despliegue ante usted. Oblíguese a que sus reacciones ante las cosas y las personas sean amistosas y no hostiles. —Sabias palabras. Ciertamente. (Larga pausa). Gracias. —En cualquier caso, sigue usted vivo, Sr. Chesterton, de lo cual me alegro. Espero que sea por muchos años. Aunque en su caso, eso es más bien fácil (Risas). — (Risas) Pero si alguien está leyendo esta entrevista, querrá decir que ya no lo estaré. Tal como hemos acordado antes, sólo se publicará en caso de que me suceda algo. —No se preocupe. Llegado el caso, cumpliré mi palabra.

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“Vida Ciega”

La segunda parte de esta entrevista habrá aparecido en la edición de hoy del New York Times y será publicada por El País en nuestra edición de mañana. En ella, entre otras cosas, se detallarán algunas de las posibles aplicaciones médicas y farmacológicas a las que el caso Chesterton abre la puerta.

Christchurch, Nueva Zelanda. 30 de diciembre de 2035 Querido Luis: Gracias de nuevo, amigo, por ayudar a simular mi muerte. Diane y yo hemos decidido ser felices juntos, el tiempo que sea. Gracias a ella, he llegado a darme cuenta de que hay algo que merece ser honrado en este mundo por encima de todas las cosas: el regalo de la pura existencia. La felicidad no es menos felicidad porque tenga que tener un final. No es ni menos real ni menos intensa. Me ha costado mucho dolor, muchos años de desgarradora desesperación, pero, finalmente, he abrazado la perspectiva de Spinoza –y la que creo que también era de Einstein–. Simplemente, me inclino ante la naturaleza, reverenciándola, disfrutándola. Y quizá no haya lugar mejor en el mundo para hacerlo que esta Isla Sur de Nueva Zelanda, a la que espero –de corazón– que un día vengas a visitarnos. Vivir en la desesperación porque la vida sea finita es, sencillamente, ingratitud, deslealtad para con la vida y para con todos los que ya no pueden disfrutar de ella. Inmortalidad no es vivir para siempre, sino vivir fuera del tiempo. El tiempo está sólo en nosotros, en nuestros cerebros, en nuestra forma de interpretar lo que nos rodea. Quizá la inmortalidad consista simplemente en vivir el aquí y ahora. En vivir fuera del tiempo, para siempre. Un abrazo, Richard Chesterton

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“LSD”

[FINALISTA RELAT EN CATALÀ]

“LSD”
Per Pere Grament

Va haver d’esquivar mitja dotzena de mans insolents fins arribar a la barra i poder deixar-hi la safata plena de copes buides. Va fer un esbufec, cansada. Quedaven encara dos mesos per que s’omplís d’estiuejants, però els incondicionals -que mai hi faltaven- eren els més pesats. La majoria s’acontentava amb palpar-li els malucs o pessigar-la juganerament mentre passejava per la sala, però aquella nit n’hi havia hagut un que havia gosat estirar-li del tanga i treure’l de la regatera del cul. Va localitzar-lo de seguida: un home d’uns seixanta o setanta anys, prim com un secall i ple de tatuatges, que seia tot sol en una taula al peu de l’escenari. Va sospitar que anava amb els músics de la banda, perque feia la mateixa fila d’estrella del rock acabada que ells: pantalons de cuir negres, ulleres de sol, pentinat com en Rod Stewart; duia una armilla sense mànigues ni samarreta dessota i una pila d’anells a les mans. Fumava una cigarreta darrera l’altra i, entre cançó i cançó, passejava la mirada pels cossos quasi nus de les noies del club. Va apropar-se-li després que ell li fes un gest obscè, passant-se la llengua entre les dents. La va convidar a seure amb ell, i li va pagar una copa de whisky. Mentre seia va repassar-la de dalt a baix, però no la va tocar. Ella va sentir-se més despullada que mai, malgrat que encara duia les calces i els sostens. Va provar de parlar-li dels tòpic habituals, la xerrameca que posa calents els clients, però l’home no va fer-li ni cas. Llavors va callar, limitant-se a xarrupar el whisky de la seva copa de la manera més suggerent que va ser capaç. Damunt l’escenari, les velles glòries desgranaven, l’un darrera
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l’altre, tots els seus grans èxits de la dècada dels seixanta. A ella, que havia nascut als noranta, allò li sonava passat de moda i l’avorria una mica, però no va poder-se estar d’admirar l’esplèndid estat de forma dels quatre rockers. Tot i que passaven de la setantena, els quatre músics saltaven i cridaven damunt l’escenari com si tinguessin vint anys. Quan van acabar de tocar, va ser com si el client que l’havia convidat a beure tornés a la vida. Va aplaudir-los amb entusiasme, posant-se dempeus i cridant, i després va convidar-la a una altra copa. Potser perquè ja n’havia pres moltes aquella nit, ella també va començar a animar-se i a trobar un cert interès en el seu acompanyant. Engrescat, l’home va explicar-li que ell n’era el roadie, dels músics, i que els acompanyava a tot arreu quan eren de gira per ajudar-los a muntar i desmuntar els equips a cada concert. Amb un somrís de timidesa fingida i fent cara d’innocència, ella va preguntarli si era gaire habitual que toquessin a les cases de putes de poble, i ell va esclatar a riure. Quan va haver-se asserenat una mica, va explicar-li que sí, que de fet aquell era el propòsit de tot plegat: muntar una gira programant actuacions només a prostíbuls, saunes eròtiques i sales de massatge "amb final feliç". Dit això, l’home va alçar-se i va pujar a l’escenari per recollir els instruments de la banda. Des d’allà va convidar-la a ajudar-lo, oferint-li a canvi una altra copa de whisky. Ella va acceptar divertida, i, quan va aixecar-se, va notar com tot l’alcohol li pujava de cop al cap. Per no caure, va abraçar-se a l’home i va fer-li un petó a la galta amb picardia. Aquest va abaixar-se les ulleres de sol un moment per mirar-se la noia més detingudament i, durant una fracció de segon, a ella va semblar-li que els ulls li brillaven amb una intensitat colpidora. De seguida, però, ell va tornar a posar-se les ulleres al seu lloc i va passar-li una mà per la cintura tot engrapant-li el cul, convidant-la a conèixer els músics de la banda. Ella va arronsar-se d’espatlles i va fer-li que sí amb el cap, dòcil. Quan van obrir la porta de la cambra on descansaven els músics, va fer-se un silenci hostil. Tots quatre van callar sobtadament, mirant-se amb recel la desconeguda que acabava
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d’entrar. Però el roadie va riure desenfadat, i va explicar-los que era una noia del club que havia conegut durant el concert. Va afegir que era molt divertida i, prenent-la de la mà, va fer-la fer una volta completa com si fos una baldufa per que els músics poguessin admirar-ne els atributs. Els rockers van aplaudir-la, i el guitarrista va demanar-li si per sota els sostens estava tan ben feta com per sobre. Ella va treure-se’ls i va llençar-los-hi a la cara, tot fent ballar les sines davant dels nassos de la resta dels homes. Van riure tots molt i, a mode de disculpa per la desconfiança del principi, el cantant va convidar-la a esnifar amb ells unes ratlles de cocaïna que tenia preparades damunt la taula. Ella va excusar-se dient que l’amo del club no li ho permetia, i va anar a seure’s damunt els genolls del roadie mentre ells es col·locaven. Quan van haver-se servit tots, el guitarrista va omplir-los els gots de whisky i van seure al voltant de la noia i del roadie, que enredava amb els mugrons d’aquesta. Els músics van demanar-li què li havia semblat el concert, i ella va mentir dient-los que li havia encantat. No va saber si s’ho havien empassat o no, perquè tots amagaven els ulls darrera d’ulleres de sol. El guitarrista va explicar-li que havien estat molt grans als anys seixanta, fins al punt d’haver fet gires mundials i d’acumular fortunes prou grans com per no poder gastar-se-les. “Ni en el cas que visquéssim mil anys”, va afegir el bateria amb un somriure desagradable als llavis. Retirant els dits que el roadie li tenia ficats a la boca per poder parlar, ella va replicar-los que no havia sentit mai abans el nom de la banda. Tots van callar, esperant que parlés el cantant, que estava enfeinat acabant-se d’un glop el whisky que li quedava a la copa. Quan ho va fer, aquest va respondre-li que el nom no li sonava perquè se’l havien inventat aquella mateixa nit. Sempre ho feien: a cada concert es presentaven amb un nom diferent. Era així d’ençà que van descobrir que d’aquesta manera esquivaven els fans més nostàlgics i podien sorprendre el públic a cada concert, va aclarir el cantant al temps que s’omplia la copa de nou. La noia va apartar-se les mans del roadie de l’entrecuix, renyant-lo enjogassada per no deixar-la escoltar el que li explicaven. Per consolar-lo, va ficar-li la mà sota els texans per endreçar-li les
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eines i després va demanar als músics com s’ho feien per mantenirse tan joves i en forma. Tots quatre van callar durant uns segons, mirant-se entre ells com si dubtessin d’explicar un secret inconfessable. Finalment, el cantant va prendre la paraula. Va explicar que una vegada, de gira pel Londres psicodèlic de quan eren joves, el seu camell els havia passat una partida d’LSD anòmala. Mai van saber d’on l’havia tret, ni si l’anomalia era feta a posta o per casualitat, però la ingesta d’aquell àcid va produir-los una mutació cromosòmica molt especial: va alentir el procés natural d’oxidació de les cèl·lules dels seus cossos. O, dit d’una altra manera, aquells tripis adulterats van produir-los l’efecte benigne d’aturar l’envelliment. La noia estava tan astorada amb l’explicació que, fins aquell moment, no va adonar-se que l’estaca del roadie, per bé que erecta del tot, era freda com el mànec d’una porta. Aquesta incongruència va distreure-la dels músics, fins que el "clic" que feia la balda de la porta de la cambra en tancar-se va fer-la alçar els ulls. Aleshores va veure com, mentre el bateria posava la balda perquè ningú pogués entrar ni sortir, els altres tres músics se li apropaven amenaçadors amb ganivets de grans dimensions a les mans. Espantada, va preguntar-los què feien, i el cantant va somriure i va explicar-li que aquells tripis havien tingut d’altres efectes secundaris, a banda d’aturar l’envelliment. La noia va intentar deslliurar-se, però el roadie la subjectava amb fermesa. Llavors el cantant va apropar-se-li i va abaixar-se una mica les ulleres de sol per mirar-la fixament, com si l’estranya fulgència diabòlica que ballava en els seus ulls fos la millor resposta a quins havien estat els altres efectes secundaris. "Després de prendre aquella merda, el cos va començar a demanar-nos sang fresca, a poder ser de jovencelles com tu", va dir-li molt a poc a poc, delectant-se amb la sonoritat de les seves paraules. En sentir aquelles paraules la noia va deixar de tremolar, i un insòlit somriure de suficiència va aparèixer-li a la cara, al temps que el roadie xisclava com una rata en un incendi. Als músics va costarlos uns segons comprendre que el seu ajudant cridava perquè la noia li estirava de la verga amb tanta força que li feia saltar les llàgrimes i, amb el desconcert, no van ser prou ràpids tampoc per evitar que
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aquesta es tragués un esprai de pebre de sota les calces i els ruixés les cares per escapar. Entre rugits bestials, crits de ràbia i esquivant punyalades a l’aire, la noia va aconseguir sortir de l’habitació i baixar a la sala principal del club, on va alertar un company policia d’incògnit que seia en una de les taules fent-se passar per client. "Els tenim! Els fills de puta són a l’habitació de dalt", va dir-li la noia a l’agent. Aquest va aixecar-se d’una revolada, va treure un parell de pistoles de sota la jaqueta, i va donar-ne una a la noia. "Anem!", va cridar mentre corrien cap a l’habitació on eren els músics. Van haver d’esbotzar la porta de la cambra perquè els músics s’havien tornat a tancar per dins, però quan van entrar ja no hi eren. Veient que s’havien deixat la finestra oberta i que l’habitació tenia només una porta, van deduir que havien escapat per la finestra. Per absurd i inversemblant que pugui semblar que cinc septuagenaris fugin d’un tercer pis despenjant-se per la finestra i sense matar-se, aquella era la única explicació plausible. "Han tornat a escapar-se’ns. Però com...?", va dir el policia mentre baixava l’arma. La noia va mirar-se’l sense saber què dir i va assenyalar els instruments que la banda s’havia deixat en un racó de l’habitació: amb les presses no havien tingut temps d’endur-se’ls. I van veure com aquella bateria, guitarra, i baix, tant llampants durant el concert, s’omplien de pols i se’ls trencaven les cordes, com la fusta de les caixes se’ls esquerdava i corcava, i el rovell en consumia els acabats metàl·lics. Davant la mirada terroritzada de la parella de policies, aquells instruments s’estaven deteriorant a gran velocitat, envellint seixanta anys en qüestió de minuts.

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III PREMIO “OVELLES ELÈCTRIQUES”

“LSD”

[FINALISTA RELATO EN CATALÁN]

“LSD”
Por Pere Grament

Tuvo que esquivar media docena de manos insolentes hasta llegar a la barra y poder dejar la bandeja llena de copas vacías. Resopló, cansada. Faltaban todavía dos meses para que se llenase de veraneantes, pero los incondicionales -que nunca faltaban- eran los más pesados. La mayoría se contentaba con sobarle las nalgas o pellizcarla juguetonamente mientras paseaba por la sala, pero aquella noche uno había osado tirarle del tanga y sacárselo del culo. Le localizó en seguida: un hombre de unos sesenta o setenta años, delgado y lleno de tatuajes, sentado solo en una mesa a pie de escenario. Sospechó que acompañaba a los músicos de la banda, porque lucía las mismas pintas de estrella del rock acabada que ellos: pantalones de cuero negro, gafas de sol, peinado a lo Rod Stewart. Llevaba un chaleco sin nada debajo y un montón de anillos en las manos. Fumaba un cigarro tras otro y, entre canción y canción, paseaba la mirada por los cuerpos casi desnudos de las chicas del club. Se le acercó después que él le hiciera un gesto obsceno, pasándose la lengua sobre los dientes. La invitó a sentarse con él, le pagó una copa de whisky. Le dio un repaso de la cabeza a los pies, pero sin tocarla. Ella se sintió más desnuda que nunca, a pesar ir todavía en bragas y sujetador. Probó con los temas habituales, la clase de cháchara que pone a los clientes a cien, pero el hombre no le hizo ni caso. Entonces calló, limitándose a sorber el whisky de su copa del modo más sugerente que fue capaz.
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“LSD”

Sobre el escenario, las viejas glorias tocaban, uno tras otro, todos sus grandes éxitos de la década de los sesenta. A ella, que había nacido en los noventa, aquello le sonaba pasado de moda y la aburría un poco, pero no pudo dejar de admirar el espléndido estado de forma de los cuatro roqueros. A pesar de que pasaban de los setenta, los cuatro músicos saltaban y chillaban encima del escenario como si tuvieran veinte años. Cuando terminaron de tocar fue como si el cliente que la había invitado a beber volviese a la vida. Los aplaudió con entusiasmo, poniéndose en pie y aullando, y después la invitó a otra copa. Quizás porque ya había tomado muchas aquella noche, ella también comenzó a animarse y se le despertó un cierto interés por su acompañante. Entusiasmado, el hombre le explicó que él era el roadie de los músicos, y que los acompañaba por todas partes cuando estaban de gira para ayudarles a montar y desmontar los equipos en cada concierto. Con una sonrisa de timidez fingida y poniendo cara de inocente, ella le preguntó si era muy habitual que tocasen en las casas de putas de pueblo, y él se rió a carcajadas. Cuando se hubo serenado un poco le explicó que sí, y que aquel era el propósito desde el principio: montar una gira programando conciertos solo en puticlubs, saunas eróticas y salas de masaje “con final feliz”. Después el hombre subió al escenario para recoger los instrumentos de la banda. Desde allí la invitó a ayudarle, ofreciéndole a cambio otra copa de whisky. Ella aceptó, divertida, y cuando se levantó notó como el alcohol se le subía de golpe a la cabeza. Para no caerse abrazó al hombre y le besó en la mejilla, con picardía. Éste se bajó las gafas de sol por un momento para mirarse a la chica más detenidamente y, durante una fracción de segundo, a ella le pareció que los ojos le brillaban con intensidad abrasadora. Pero él se puso las gafas en su lugar enseguida, y le pasó una mano por la cintura, agarrándola del trasero e invitándola a conocer a los músicos de la banda. Ella asintió con la cabeza, dócil. Cuando abrieron la puerta de la habitación donde descasaban los músicos se hizo un silencio hostil. Los cuatro callaron de golpe, mirando con recelo a la desconocida que acababa de entrar. Pero el roadie les explicó entre risas que era una chica del club que había
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conocido durante el concierto. Añadió que era muy divertida y, tomándola de la mano, la hizo girar como una peonza para que los músicos pudieran admirar sus atributos. Los roqueros la aplaudieron, y el guitarrista le pidió si por debajo de los sujetadores estaba tan bien hecha como por encima. Ella se los quitó y se los arrojó a la cara, bamboleando sus pechos con coquetería. Todos se rieron y, para disculparse de la desconfianza del principio, el cantante la invitó a unas rallas de cocaína que tenía encima de la mesa. Ella se excusó diciendo que el dueño del club no se lo permitía, y fue a sentarse en las rodillas del roadie mientras ellos se colocaban. Cuando se hubieron servido todos, el guitarrista les llenó los vasos de whisky y se sentaron alrededor de la chica y del roadie, que manoseaba los pezones de ésta. Le preguntaron qué le había parecido el concierto, y ella les mintió diciendo que le había encantado. No supo si se lo habían tragado o no, porque todos escondían sus ojos tras unas gafas de sol. El guitarrista le explicó que habían sido muy grandes en los años sesenta, hasta el punto de hacer giras mundiales y acumular fortunas lo suficientemente grandes como para no poder gastárselas. “Ni en caso que viviéramos mil años”, añadió el batería con una sonrisa desagradable en los labios. Apartándose los dedos que el roadie le había metido en la boca para hablar, ella replicó que nunca hasta entonces había oído el nombre de la banda. Todos callaron, esperando a que hablase el cantante, que a su vez estaba ocupado bebiéndose de un trago el whisky que le quedaba en la copa. Cuando lo hubo hecho, respondió que el nombre no le sonaba porque se lo habían inventado aquella noche. Siempre lo hacían: se presentaban a los conciertos siempre con un nombre distinto. Era así desde que descubrieron que de este modo esquivaban a los fans más nostálgicos y podían sorprender al público en cada concierto, aclaró el cantante al tiempo que se llenaba la copa de nuevo. La chica apartó las manos del roadie de su entrepierna, riñéndole por no dejarla escuchar lo que le estaban explicando. Para consolarle, le metió la mano dentro de los tejanos y abrillantó un poco su fusil. Después preguntó a los músicos cómo se las apañaban para mantenerse tan jóvenes y en forma. Los cuatro callaron unos
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segundos, mirándose entre ellos como si dudaran si explicar un secreto inconfesable. Finalmente, el cantante tomó la palabra. Explicó que una vez, de gira por el Londres psicodélico de cuando eran jóvenes, su camello les pasó una partida de LSD anómala. Nunca supieron de dónde la había sacado, ni si la anomalía era hecha adrede o una casualidad, pero la ingesta de aquel ácido les produjo una mutación cromosómica muy especial: ralentizó el proceso natural de oxidación de las células de sus cuerpos. O, dicho de otro modo, aquellos tripis adulterados les produjeron el efecto benigno de frenar el envejecimiento. La chica estaba tan alucinada con la explicación que, hasta ese momento, no se dio cuenta que la verga del roadie, aunque tiesa, estaba más fría que el mango de una puerta. Aquella incongruencia la distrajo de los músicos hasta que el “clic” que hacía el pestillo de la puerta de la habitación al cerrarse llamó su atención. Entonces vio como, mientras el batería corría el pestillo para que nadie pudiese entrar ni salir, el resto de los músicos se le acercaban amenazadores con cuchillos de gran tamaño en las manos. Asustada, les preguntó qué pretendían. El cantante sonrió y explicó que aquellos tripis habían tenido otros efectos secundarios, a parte de frenar el envejecimiento. La chica intentó liberarse, pero el roadie la sujetaba con firmeza. Entonces el cantante se le acercó y se bajó un poco las gafas de sol para mirarla fijamente, como si el extraño fulgor diabólico que bailaba en sus ojos fuese la mejor respuesta a cuáles habían sido los otros efectos secundarios. “Después de tomarnos aquella mierda, el cuerpo empezó a pedirnos sangre fresca, a poder ser de jovenzuelas como tú”, le dijo muy poco a poco, deleitándose con la sonoridad de sus palabras. Al oír aquellas palabras la chica dejó de temblar, y una insólita sonrisa de suficiencia le apareció en la cara, al tiempo que el roadie chillaba como una rata en un incendio. A los músicos les tomó unos segundos comprender que su ayudante aullaba porque la chica le tiraba del ceneque con tanta fuerza que le saltaban las lágrimas y, con el desconcierto, no fueron lo bastante rápidos tampoco para evitar que ésta sacase un espray de pimienta de sus bragas y les rociase las caras para escapar. Entre rugidos bestiales, gritos de rabia y esquivando puñaladas
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al aire, la chica consiguió salir de la habitación y bajar a la sala principal del club, donde alertó a un compañero policía de incógnito que sentaba en una de las mesas haciéndose pasar por un cliente. “¡Los tenemos! Los hijos de puta están en la habitación de arriba”, le dijo la chica al agente. Éste se levantó como un torbellino, sacó un par de pistolas de debajo su chaqueta, y le dio una a la chica. “¡Vamos!”, chilló mientras corrían hacía la habitación en la que estaban los músicos. Tuvieron que derribar la puerta de la habitación porque los roqueros se habían vuelto a encerrar por dentro, pero cuando entraron éstos ya no estaban. Viendo que se habían dejado la ventana abierta y que la habitación tenía tan sólo una puerta, dedujeron que habían escapado por la ventana. Por absurdo e inverosímil que pueda parecer que cinco septuagenarios escapen de un tercer piso descolgándose por la ventana sin matarse, aquella era la única explicación posible. “Han escapado otra vez. ¿Pero cómo...?”, dijo el policía mientras bajaba el arma. La chica se lo miró sin saber qué decir, y señaló los instrumentos que la banda se había dejado en un rincón de la habitación. Con las prisas no habían tenido tiempo de llevárselos. Y vieron como aquella batería, guitarra, y bajo, tan relucientes durante el concierto, se cubrían de polvo y sus cuerdas se rompían, como la madera de las cajas se resquebrajaba y carcomía, y el óxido consumía sus acabados metálicos. Ante la mirada aterrorizada de la pareja de policías, aquellos instrumentos se estaban deteriorando a gran velocidad, envejeciendo sesenta años en cuestión de minutos.

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III PREMIO “OVELLES ELÈCTRIQUES”

“Negra es la Noche”

[FINALISTA RELATO EN CASTELLANO]

“Negra es la Noche”
Por José Ignacio Becerril Polo

Todo empezó con un sueño. Se me había hecho tarde en la oficina, así que cuando llegué las luces de la casa estaban apagadas. Había sido un día terrible de esos que todo sale mal, y te sientes de nuevo aquel crío inseguro y acobardado que sólo quiere que le dejen tranquilo. Entré tratando de hacer el menor ruido posible. Tampoco encendí la luz, manejándome en la penumbra de unos espacios conocidos. Fui al dormitorio. Junto al bulto que formaba sobre la cama mi mujer, yacía otro más pequeño. Imagine que aprovechándose de mi ausencia mi hija pequeña se había acostado también en ella. En mi lado de la habitación, la cuna del bebe, cuya leve respiración apenas se podía intuir. Allí reposaban todos mis seres queridos, tranquilos, ajenos a mi presencia. Me sentía agotado, con una fuerte jaqueca que me dificultaba pensar con claridad. Necesitaba dormir, desconectar, olvidar los problemas. Y qué mejor lugar que en aquel refugio lejos de preocupaciones y pesares, entre los míos. Me eché en el hueco que me habían dejado y me relajé con su cálido contacto. A pesar de la fatiga, no pude conciliar ese sueño que me esquivaba, y me quedé un rato contemplando las sombras que la lámpara producía en la pared al recibir la luz filtrándose por la ventana. Simulaban una araña gigantesca, de largas patas, que se extendía hasta el mismo borde del lecho. Noté la mano de mi esposa posarse sobre mi pecho y recogiéndola con cuidado la bese, preguntándola si iba todo bien. La falta de respuesta me confirmo que seguía dormida, y que aquel
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“Negra es la Noche”

había sido un tierno gesto inconsciente generado por la cotidianeidad. A mi vez yo introduje mi mano entre las barras de la cuna, como me gustaba hacer, para acariciar a su ocupante. Sentí como en su soñolencia agarraba con la suya uno de mis dedos. Me embargó la ternura y cerré los ojos, esperando que aquella placidez me condujera al reconfortante y deseado descanso. Sin embargo, estaba inquieto, y mi pensamiento vagó de un lado a otro, con dificultad, tratando de superar aquel estado de extenuación y desconcierto. Fue entonces cuando recordé que mi hijo menor, ese que supuestamente me asía dulcemente, aún no había nacido. Aquella siniestra revelación me sacudió de arriba abajo, y en mi doliente cerebro aparecieron terribles imágenes de hospitales y coches destrozados. La angustia se apoderó de mí cuando comprendí que no sólo estaba dando la mano a un hijo que aún no existía, sino que quien me abrazaba y el bulto que notaba pegado a mi cadera no podían ser mis desdichadas mujer e hija, pues ellas estaban muertas. Muertas. Aplastadas entre los hierros del vehículo que yo conducía apenas unas semanas atrás. Mientras crecía mi horror ante la evidencia de que lo que me rodeaba era una vil patraña, noté como la mano que me aferraba el dedo entre los barrotes, antes suave y delicada, se tornaba ahora de hierro, retorciéndomela con tanta saña que me quebraba los huesos, mientras que la que se posaba mansamente sobre mi pecho se convertía en una garra que se introducía ávida en mi carne buscando desgarrar mis entrañas. Grité. De dolor y miedo. Con todas mis fuerzas. Y desperté. Desperté en el mismo lugar donde transcurría mi sueño, pero ahora no había nadie acostado a mi lado, ni una cuna de madera a su vera. La habitación era la misma, la penumbra la envolvía como antes, incluso la ilusoria araña hecha con sombras de la lámpara se agitaba levemente en la pared. Pero yo estaba solo. Solo porque mi esposa embarazada y mi adorada hija habían fallecido en una funesta colisión. Solo con profundas cicatrices cubriéndome el cuerpo y el alma. Solo para mi desesperación, para mi agonía, para mi inabarcable amargura.

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“Negra es la Noche”

Sudoroso, desolado, miré a los pies de mi cama, y comprendí cuán equivocado estaba. No estaba solo. Nunca más lo estaría, para mi desgracia. Ellos estaban allí. Tres bultos inertes, borrosas siluetas, observándome. Y cuando encendí la luz, comprendí que el sueño había acabado, y que la pesadilla comenzaba. Es curioso cómo funciona el miedo. En principio, es una facultad que permite reaccionar mejor ante una amenaza. Hace que el corazón bombee más sangre, que los músculos estén más vigorosos, que los sentidos se agudicen. En su justa medida favorece la supervivencia. Con exceso, te paraliza. Los seres humanos somos tan ególatras que llegamos a jugar con esa emoción para solazarnos con ella. Nos excita recrearnos en peligros inexistentes y gozar de la relajación posterior al comprobar que no existe el riesgo real. Pero el terror de verdad, el que nos advierte de que algo va mal, muy mal, ese no somos capaces de tolerarlo. Nos consume y anula, nos rompe por dentro y hace que nuestro cuerpo se convierta en una masa afligida y rígida. Nuestro estómago se contrae dolorosamente, nuestros ojos se salen de sus órbitas y nuestra musculatura se agarrota como si se soldasen. Nuestros esfínteres pierden la capacidad de retención, y de nuestra boca apenas puede escapar un gemido mientras la baba cuelga por nuestra mandíbula congelada. No, una cosa es soñar con espectros, y otra muy distinta verlos frente a ti, en sus desvaídas y tenebrosas formas, mirándote, esperándote, señalándote. El pánico absoluto es la emoción más dañina de todas, tan inaguantable que por fortuna me desmayé. Al menos aquella vez. La primera vez. Porque desde aquel misero instante ya no se separaron nunca más de mí. Aquellas sombras muertas se convirtieron en mis acompañantes para siempre. Da igual que escapara medio desnudo gritando como un poseso por la calle, o que en el hospital me sujetaran con amarras, me sedaran o me custodiaran celadores y enfermeras. Entre ellos, a su lado, al mío, permanecían invariablemente aquellos oscuros espíritus, ánimas corrompidas y malignas de lo que una vez fueron las personas más importantes y queridas de mi vida.
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Y a pesar del terror que su presencia me transmitía, nada podía hacer por evitar su presencia. Nunca pude acostumbrarme a ellas. Jamás. No sólo por lo que eran. No sólo por lo que representaban. Era como si estuviesen íntimamente unidas a mí con espantosos garfios directamente al centro de mis emociones, desgarrándome de horror y sufrimiento. No eran unos fantasmas, eran mis fantasmas, y no tenía defensa contra ellos. Recuerdo aquella sesión con el primer psiquiatra que trató mi crisis crónica de pánico. Tras conseguir que le confesara sus causas, y descartando cualquier otra explicación, aquel especialista la justificó con frías y razonables palabras, sin comprender que por mucho que le satisficiera escucharse a sí mismo no podía negarme la evidencia de que los cadáveres corrompidos de mi mujer y mis hijos difuntos estaban a su lado, envueltos en eternas tinieblas, formas sinuosas y obscenas que recordaban vagamente aquello que había amado y que con el rostro oculto entre negras mortajas parecían esperar, aunque no sabía a qué. —No se preocupe, vamos a ayudarle. En principio, la medicación suministrada le relajará para que deje de tener alucinaciones, hasta que le podamos convencer que esas visiones no existen, sólo están en su mente. En el fondo únicamente son una manifestación de la desolación que experimenta por su pérdida y, sobre todo, del sentimiento de culpabilidad por su fallecimiento. Porque era Usted quién conducía, ¿no?... Casi agradecí poder odiarle para alejar por un momento el miedo que corría por mis venas en vez de mi sangre. Sí, pensé, era una explicación plausible, lógica, coherente. Todo el problema estaba en mí, y en mi incapacidad para afrontar mi patética situación. El crimen que había cometido, puede que no intencionado, pero crimen al fin y al cabo. Estaba enfermo, desquiciado. Un pobre desequilibrado. Carne de pastillas. Sólo que esa esperanza se difuminaba como niebla mientras me sentía atravesado por aquellos ojos inexistentes. Ojos que no podía ver, pero que sabía que me observaban desde el vacío de sus rostros. Miradas irreales, llenas de odio, de fuego, de amargura. Contemplé sobrecogido como aquello que una vez había sido la mujer más amable y cariñosa del mundo introducía una mano
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descarnada y macilenta en el pecho de aquel soberbio facultativo. En la autopsia dijeron que el fallo cardiaco había sido tan masivo que le había estallado literalmente el corazón. Y aunque obviamente no pudieron culparme de algo así, desde entonces noté que el personal me trataba con recelo, aprensión incluso, y que procuraban evitar el contacto conmigo. Sobre todo porque no paré de reír histéricamente durante varios días. Me dejaron por un caso perdido, y me sometieron a la férrea disciplina del enfermo mental institucionalizado. Levantarse, medicación, comer, pasear, medicación, comer, pasear, medicación, comer, dormir. Y, ocasionalmente si tu estado ese día lo permitía mínimamente, arrastrarte a un taller donde simular que podías hacer alguna actividad terapéutica. En uno de ellos, mientras abotargados por las drogas y la rutina tratábamos infructuosamente de hacer algo tan sencillo como pintarrajear sencillas piezas de yeso, conocí a otro paciente que apodaban el brujo. Él, en su propio y casi inteligible parloteo de esquizofrénico terminal y sin parar de agitar sus brazos espasmódicamente derramando pintura en todas direcciones, me dio otra interpretación, mientras mis fantasmas jugaban a su alrededor y yo sonreía con cara de estúpido imaginando sus vísceras reventadas y esparcidas por toda la mesa. —Creemos creen controlar la realidad, pero no es cierto, nononooo. Nuestra realidad es una farsa, una mentira. En el mundo hay mucho más, más ¡Hum! Todo es cierto. Todo es cierto y ellos sí que viven una farsa. Nosotros vemos, y ellos no quieren mirar... Les atraes, inocente, sin saberlo. Ellos esperan, ellos esperan y tú les abres la puerta. Tu sufrimiento, tu miedo… ¡Hum! El miedo, el miedo es su puerta… El miedo es una energía especial, la produce tu cerebro, y ellos la utilizan para coger fuerza, para vivir, para venir de su mundo al nuestro. Nononoooo. Cuídate, si tienes miedo, mucho miedo, por la noche, en la oscuridad, su mundo se abre, y lo que pienses se puede convertir en realidad. Porque ellos adoptaran la forma que tú les muestres. El objeto de tu pánico. Así siempre podrán quedarse contigo, como parásitos de tu miedo. Sí, sí, ¡hum! con la fuerza de tu pensamiento, de tu angustia, de tu desesperación. Por eso la oscuridad es tan peligrosa. Acrecienta nuestro miedo. Y

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nuestra imaginación es la llave. Nononooo. La llave. Locos ellos, ellos. El dolor es malo. Tener miedo es malo. Ellos vienen... Yo escuchaba su cháchara inconsistente mientras la saliva resbalaba por mi barbilla, y me quedaba con sus palabras, me refugiaba en ellas. Sin embargo, en esos momentos no podía todavía entenderlas, saber cuál era su significado y cómo me podían ayudar. Tuvo que llegar otro joven licenciado a hacerse cargo de nuestro pabellón para que rebajara lo suficiente nuestras dosis diarias de farmacopea, excesivas desde el punto de vista humanitario o sanitario, pero inevitablemente tranquilizadoras para el personal que nos atendía. Eso acrecentó mi estado de pánico, pero también me permitió poder empezar a descifrar que era lo que me pasaba en realidad. Mientras dormía acurrucado bajo la cama de mi celda, gimoteando mientras me chupaba ávido el pulgar derecho en un inútil gesto infantil, comencé entre las brumas de mi agonía a vislumbrar la terrible verdad. Aquellas cosas que me perseguían pegadas a mí como sanguijuelas, que ahora se burlaban de mí con espantosas muecas mientras saltaban sobre los oxidados muelles de mi camastro vacío no eran en realidad los fantasmas de mis seres queridos venidos para atormentarme, sino entidades oscuras, ancestrales, informes, habitantes de un infame lugar situado entre la tierra y el infierno. Seres obscenos e impíos que en su helado mundo esperan la oportunidad para saltar al nuestro, y lo hacían aprovechando los resquicios de nuestra racionalidad y nuestras emociones, los momentos en que estábamos más indefensos, más frágiles. Devorando nuestros miedos, nuestras preocupaciones. Que habían adoptado sus formas a sabiendas de que ese era el modo de aumentar mi desesperación y sufrimiento. Y lo más terrible era pensar que yo les había atraído al sufrir aquella terrible pesadilla. Cuanto más vueltas le daba más me convencía de que podía ser verdad. De que era verdad. Cuantas veces en mi vida anterior me había girado mientras leía o veía alguna historia de miedo en mi cuarto, tratando de averiguar a que obedecían los desconocidos ruidos que escuchaba a mi alrededor, y que luego torpemente justificaba con cualquier consolador pretexto. Eran ellos, llamando, reclamándome, sedientos. Ellos los que
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movían levemente los muebles en mitad de la noche, provocando sonidos inquietantes y perturbadores. Ellos los que hacían temblar las sombras para que adoptasen formas perversas. Los que aullaban simulando ser el viento, o lloraban turbadoramente imitando el chirrido de un ascensor, o de una vieja polea. Aguardando, acechando, hasta que la debilidad de mi estado emocional tras el accidente que había acabado con todo lo que amaba les había permitido materializarse. Y, ahora, era mi miedo los que los mantenía aquí conmigo. Como insectos atraídos por un foco en una noche de verano. No estaban dentro de mi cabeza. Eran algo tangible, y se alimentaban de mí. Pero había algo más. Porque ellos provocaban en mí el más irracional horror, pero yo notaba en ellos rabia, una ira infinita. Yo era su fantasma, como ellos eran el mío. Mi terror les encadenaba, atados indisolublemente en una rueda sin fin. Nunca me abandonarían. «¿Qué puedo hacer, qué puedo hacer?», sollozaba desesperado en la más negra de las noches. Traté de arrancarme los ojos, pero dio igual. Mientras me recuperaba atado a una cama de la enfermería, ellos me acompañaron, arañándome con sus garras de arpía, susurrando en mis oídos toda su hiel, apestándome con su podredumbre. Luego intenté suicidarme, y la fugaz visión del mundo al que me arrastraban bastó para acabar de enloquecerme. Pero fue en ese momento cuando vi por fin una luz, un resquicio de esperanza. Ahora sé que tengo una oportunidad de librarme de mis espectros, de escapar de su atroz persecución. Tengo que ser fuerte y fingir. Ignorarlos el tiempo suficiente para poder salir de aquí. Encerrado y medio drogado no puedo hacer nada. Pero si consigo convencer a mis cuidadores que todo paso y estoy en condiciones abandonar el Centro, entonces podré hallar la llave de mi liberación. Porque sólo necesito un sustituto. Alguien que les atraiga más que yo, hasta el punto que decidan abandonarme e irse con él. Sólo tengo que buscar a alguien, no importa quién, y provocarle miedo, mucho miedo. El mayor terror posible. Su pánico será mi salvación. Me dejaran y le atraparan a él. Su temor me liberará.
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“Negra es la Noche”

No importa si no lo consigo la primera vez, ni la segunda ni cuantas veces tenga que intentarlo de nuevo. Probaré una y otra vez, hasta que logre provocar a alguien un miedo tan sobrecogedor, tan inhumano, que no puedan resistirse a él. Sí, su infinito miedo me hará libre.

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“El Final del Laberinto”

“El Final del Laberinto”
Por Sara Sacristán Horcajada

Despierto en el laberinto y sólo recuerdo el accidente. El chirrido de los frenos, las luces de los faros, el olor a quemado. Los gritos, el golpe, el metal doblándose como plastilina, la sirena de la ambulancia. Alguien grita un nombre. Noelia. Sentado en lo alto de uno de los muros negros del laberinto me observa un demonio. Es pequeño y deforme, con la mitad de la cabeza aplastada y el ojo izquierdo ciego e hinchado. Su piel es negra, está carbonizada. Cuando baja de un salto y se acerca a mí se tambalea, cojea, como si no pudiese doblar las rodillas. Parece una marioneta a la que le falta una cuerda. —Bienvenida a mi laberinto. —Su voz es la de un niño pequeño, pero está vacía, hueca, tan quemada como su piel—. ¿Cuál es tu nombre? Siento sus dedos ásperos entre los míos. Me ha dado la mano y me acerca a las puertas negras. Están abiertas, combadas como sus piernas. Me recuerdan a la entrada del cementerio de un pueblo antiguo, hasta huelo a flores resecas y piedra blanca. La idea me golpea, me deja sin respiración. Intento tragar saliva, pero mi boca está reseca. —Estoy muerta. El demonio me mira. Su ojo sano es enorme, oscuro, y sobre el cráneo deforme se adivinan algunos mechones de pelo quemado. Lleva puesta una especie de túnica morada. No, es un vestido. —Sí. —Estoy en el infierno.
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III PREMIO “OVELLES ELÈCTRIQUES”

“El Final del Laberinto”

Mi voz retumba en el silencio del laberinto, contra los muros negros, contra el cielo plomizo, tan cercano y agobiante. No hay viento en este lugar, pero hay ráfagas de frío, puro frío, que se mueven entre las puertas, se arrastran por el suelo y te agarran sin previo aviso. —¿Qué te hace pensar eso? —Tuve un accidente. Creo que me atropellaron. Ahora estoy muerta, y he despertado en un lugar oscuro, junto a un demonio. La idea le hace gracia, se ríe, y su risa es como cien cascabeles sonando a la vez. Me guía hasta el interior del laberinto, y me giro para ver como cierra las puertas. La madera no hace ningún ruido cuando las dos hojas se juntan en el centro. Tras ellas no hay nada. No hay nada fuera del laberinto. —¿Qué debo hacer? —Buscar el final. —¿Hay final en el infierno? Más cascabeles que retumban, su brazo calcinado señala un corredor a mi derecha. —Por ahí. Si respondes bien a la pregunta, podrás salir. No me da tiempo a aclarar nada, se marcha, aunque sé que sigue ahí, observándome. Comienzo a andar, y una sensación de sueño repetido se apodera de mí, como en esas pesadillas en las que no sólo sueñas con un lugar, sino con su recuerdo, y aunque sabes lo que va a pasar no puedes evitarlo. Me aferro a esa sensación repetitiva, porque la otra opción, la que sé que es verdad, me aterra, y se me escapa entre los dedos antes de poder agarrarla. Oigo el ruido del motor, me giro, pero siempre está detrás, no puedo verlo. Es un coche grande, tal vez un todoterreno, como el del accidente. Vuelvo a escuchar, o a recordar, el chirrido de unos frenos que no fueron suficiente. Se acerca, intento huir de él. Corro por un pasillo, y al final veo una puerta, negra, iluminada por la luz de los faros. No miro atrás, y aporreo la madera. —¡Déjame pasar! Oigo la voz del demonio al otro lado, su risa de cascabeles, y a mi espalda un motor que acelera. —¿Cuál es tu nombre? —¿Cómo?
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“El Final del Laberinto”

—Responde a la pregunta y podrás continuar. Puedo oler el tubo de escape, las luces están fijas, acelerón al máximo, y ya se acerca. Igual que en el accidente quiero correr, pero no hay salida. Alguien me llama, grita un nombre. Noelia. —Noelia, me llamo Noelia. Cuando lo pronuncio por segunda vez siento el golpe del parachoques en las piernas, se me doblan las rodillas. El dolor sube desde las articulaciones, por la columna, hasta el cerebro. Y estalla. Cuando consigo abrir los ojos el coche ya no está, ni siquiera he llegado a verlo. La puerta negra sigue cerrada, así que me tambaleo por la bifurcación de la izquierda. No consigo doblar las rodillas, cojeo, me muevo como una muñeca rota, y siento náuseas al ver como mis piernas se comban en un ángulo imposible. La risa de cascabeles me acompaña todo el camino. —¡Déjame en paz! —Le grito al vacío—. ¿Por qué me haces esto? ¿Por qué estoy aquí? ¡No fue suficiente con el accidente! —Contesta a la pregunta y podrás continuar —me susurran los muros oscuros. —¿Continuar adónde? Cuando vuelvo a oír el motor del coche, ni siquiera intento correr, no podría hacerlo. Las piernas me duelen mucho, pero no lo suficiente como para perder el conocimiento; mis huesos están quebrados, pero aun puedo moverme. Esta vez puedo ver cómo el coche se abalanza sobre mí, pero los faros me ciegan, no distingo el color. La marquesina del autobús en la que estaba esperando junto a mi abuela no va a protegerme, el cristal se rompe, y el poste de metal de una señal de tráfico se me clava en la cabeza. Siento un dolor insoportable en el ojo izquierdo, y antes de caer al suelo oigo una voz que grita desesperada. Noelia. Consigo abrir el ojo que me queda y veo como el coche desaparece por una esquina del laberinto. Da igual, sé que volverá, siempre vuelve. Ha vuelto una y otra vez, y aunque no puedo recordarlo, lo sé. La sangre me cae por la frente, huele a hierro. Las gotas rojas manchan las baldosas negras. Camino por pura inercia, porque me empuja el terror, porque sé que si el coche me alcanza de nuevo, será la última vez y de nuevo la primera.

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“El Final del Laberinto”

No sé cuanto tiempo me arrastro, a veces de pie, otras gateando, luchando contra mis huesos rotos, girando la cabeza de un lado a otro para escrutar el camino con mi ojo sano. He encontrado restos de sangre reseca, los he seguido con esperanza inútil. Hay alguien sentado en el suelo, su cuerpo está tan consumido que cuesta saber si es hombre o mujer. Me mira, y sonríe. Aunque no parece capaz de hablar, intento preguntarle. —¿Sabes dónde está la salida? Murmura algo, pero no lo entiendo. Su hombro se mueve, parece que intenta elevar el brazo para señalar algo. Cuando por fin consigue levantarlo, me agarra con una fuerza sorprendente y acerca mi rostro deforme a sus labios encostrados. —Nunca podrás responder a la pregunta. Me estremezco. Parece la voz de un hombre. Él también tiene las piernas rotas y la frente hundida. Lleva puesta una cazadora de cuero que ya yo había visto antes. Sigue murmurando, me ruega. —Por favor, dímelo. —¿Qué? —Mi nombre, tú lo sabes. —No te conozco. Sólo recuerdo el accidente y mi nombre. Noelia. El hombre se ríe, o lo intenta, escupe más sangre sobre el suelo. —Nunca contestarás a la pregunta. Tus recuerdos no son tuyos, te los quita, una y otra vez y… Se queda callado. No está muerto, o tal vez lo ha estado desde el principio. No morirá, y seguirá ahí sentando. Me estremezco, miro mis piernas, toco mi frente hundida. Y de nuevo el motor, los faros, el hombre gime, se encoje; pero viene a por mí, los dos lo sabemos. Es oscuro. Oscuro y grande. Echo a andar, incluso corro. Me sorprende que aun pueda correr, y me viene a la mente una frase de algún famoso sobre el miedo y las alas. Tal vez la leí, aunque no leía mucho. Tal vez en la radio, escucho mucho la radio cuando voy en coche. Tengo un todoterreno, enorme y negro. Me encanta conducirlo, y corro por la ciudad. Siento el volante bajo las manos, veo los faros reflejados en los muros negros del laberinto. Acelero. Se me nubla la vista, eso es
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“El Final del Laberinto”

el vodka, y el tequila. Miro la aguja, cien, ciento diez, ciento veinte. No hay tráfico por mi barrio a estas horas de la noche. Le sonrío a mi novio, que se tambalea en el asiento del copiloto. Está más borracho que yo. Desde el suelo puedo ver como se acerca el coche, distingo a la conductora con todo detalle, lo segundos pasan a la velocidad de las horas. Tiene los ojos rojos, le suda la frente. No reacciona hasta que la señal de límite de cincuenta se inclina sobre la marquesina. A mi alrededor la gente corre, pero estoy paralizada. Se rompe el cristal, la señal me golpea, caigo, el coche me embiste, mis piernas crujen. Y al final, todo está oscuro, siento presión en la espalda, un calor sofocante. Intento levantar la cabeza, pero el coche me presiona la columna vertebral. Creo que está rota. Los faros siguen encendidos, pero lo que ahora ilumina los muros negros del laberinto es el fuego. El motor arde. En mi mente, una anciana sigue gritando. Noelia. El demonio se acerca con su espalda arqueada, cojeando con sus piernas rotas, parpadeando con su ojo sano. Va a preguntarme de nuevo. —¿Cómo te llamas? —Noelia. —No. —No. Noelia es… Noelia eres… Tú. —Sí. En el interior del coche los ocupantes se queman lentamente. Siento el calor, me cuesta respirar, pero no puedo moverme. A mi lado mi novio susurra frases incoherentes. Su cazadora favorita se derrite, no es cuero de verdad. A través del cristal hecho añicos veo una anciana arrodillada frente al coche, sostiene algo entre los brazos. Sólo consigo ver un trozo de vestido morado antes de que las llamas quemen el asiento y trepen por mis piernas. Y después… …despierto en el laberinto, y solo recuerdo el accidente. El chirrido de los frenos, las luces de los faros, el olor a quemado. Los gritos, el golpe, el metal doblándose como plastilina, la sirena de la ambulancia. Alguien grita un nombre. Sentado en lo alto de uno de los muros negros me observa un demonio. Es pequeño y deforme, con la mitad de la cabeza
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“El Final del Laberinto”

aplastada y el ojo izquierdo ciego e hinchado. Su piel es negra, está carbonizada. Cuando baja de un salto y se acerca a mí se tambalea, cojea, como si no pudiese doblar las rodillas. Parece una muñeca rota. —Bienvenida a mi laberinto —su voz es la de un niño pequeño, pero está vacía, hueca, tan quemada como su piel—. ¿Cuál es tu nombre?

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“Porque Ellas No Sienten”

“Porque Ellas No Sienten”
Por Carolina Pastor Jordá

—¿Sabes por qué estás aquí? —preguntó la doctora desde su mesa metálica. Anha, de apenas quince años, la miró brevemente antes de continuar inspeccionando aquella habitación. Tras la doctora, un panel acristalado mostraba miles de millones de estrellas que, quietas y suspendidas en el vacío, parecían esperar algún importante acontecimiento antes de caer hacia ninguna parte. —Creo que sí —contestó al fin la adolescente sentada frente a la mujer de bata blanca. —Muy bien. Así tenemos mucho terreno ganado —añadió con voz monótona, sin apenas dedicar un rápido vistazo a su paciente. La muchacha se revolvió en el asiento. Vestía un mono azul claro, al igual que todo el mundo en aquella nave, que se ceñía a su cuerpo de curvas incipientes. Sentía cierta urgencia por escapar de allí. Se sentía como un pajarillo atrapado en una jaula de la que sabía que no podría huir. Era una sensación extraña para ella, así que se volvió y escudriñó la habitación más a fondo. Y justo a su espalda, cerca de la puerta de entrada, vio lo que esperaba encontrar: un pequeño canario amarillo que revoloteaba nervioso dentro de una alta jaula dorada. —No me encuentro muy bien, señora. ¿Podemos acabar pronto? —Todo depende de ti. Dime, ¿por qué te han traído tus padres? —preguntó ella sin mostrar emoción alguna.

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“Porque Ellas No Sienten”

—Porque creen que me comporto de manera extraña. Y es cierto. —¿Entonces es verdad que desapareciste durante dos días y que te encontraron en la sala de máquinas? —Ya sabe usted que sí —respondió Anha más nerviosa a cada segundo. No dejaba de girarse buscando la puerta con sus ojillos color miel. —¿Te ocurre algo, Anha? —preguntó sin mayor curiosidad la mujer de blanco. La chica pareció centrarse y recordar que estaba en la consulta de una de las psiquiatras de oficio de aquella nave. Eran necesarias, pues al fin y al cabo, poca gente aguantaba años de viaje por el vacío en un espacio relativamente reducido sin que su estabilidad mental padeciese las consecuencias. —No… No creo. No más que de costumbre, señora. —¿A qué te refieres con «no más que de costumbre»? —la interrogó la mujer, al tiempo que se levantaba y se apoyaba en la mesa con sus manos. —¿Mis padres no le han dicho nada de…? —De repente cortó su pregunta—. Tengo hambre. ¿Tiene algo de comer? Al decir esto Anha se volvió de nuevo hacia el pajarillo enjaulado. Estaba poco menos que engullendo alpiste. Aunque ahora se lo veía más calmado. —Toma —llamó la doctora. Anha se giró y alcanzó al vuelo un caramelo de limón. Insípido con toda probabilidad. La joven se lo agradeció, y quitó el plástico que lo recubría para metérselo en la boca. —Bueno dime, ¿a qué te refieres con «no más que de costumbre»? —Pues ya se lo he dicho a mis padres muchas veces, aunque creo que creen que estoy loca o que simplemente quiero llamar su atención. Me di cuenta de lo que me ocurría por fin el año pasado. He vivido siempre con ello… creo, o al menos desde que puedo recordar. Pero tal vez era demasiado pequeña para darme cuenta de lo que me pasaba. —¿Y qué es lo que te pasaba?
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“Porque Ellas No Sienten”

—Lo que me pasa. Aún me pasa o si no, no estaría aquí —La chica hizo una pequeña pausa, tomó aire, y continuó—. Creo que lo que me ocurre es que soy incapaz de sentir por mí misma. No tengo sentimientos propios. Soy como una cáscara hueca. —¿Perdón? —Aquella respuesta pareció desorientar temporalmente a su médico. —Es raro lo sé. Pero es lo que soy y no puedo cambiarlo. No sé hacerlo. —Pues antes parecías inquieta. Nada más entrar. Eso es un sentimiento o una sensación, Anha —explicó la mujer de forma un tanto mecánica. La muchacha bajó la cabeza. —No he dicho que no sienta, doctora. Solo he dicho que no puedo sentir por mí misma. —Explícame eso, anda —dijo la mujer, cruzándose de brazos. —Pues eso mismo. No puedo sentir por mí misma, pero tomo como propios los sentimientos de todos los que me rodean. No sé como lo hago pero al entrar en una habitación, si hay alguna persona o animal, comienzo a sentir lo mismo que ellos. A veces lo hago sin siquiera verlos… ¿Ve el canario del fondo de la habitación? —La doctora asintió—. No sabía que estaba aquí y sin embargo he sentido la necesidad de escapar. Como él, que estaba nervioso y no paraba de moverse dentro de la jaula. Y por eso ahora tengo hambre ¿Ha visto cómo zampa ese pequeñajo? —Me estás diciendo que sientes empatía —añadió, tal vez para ella misma. —No, no es eso. Eso es lo que dicen mis padres pero no es tan simple. Es… es más grande… más intenso. Ellos, todos los que me rodean hacen que sienta lo que siento. Si mi madre está enfadada, me enfado. Si está mi hermano triste y llora porque ha perdido un juguete, lloro. Si la profesora en clase tiene ganas de chillar, yo chillo y me echa de clase. Es así. —Es muy raro. Creo que en mis archivos no hay datos de un caso precedente. Es más sencillo que lo hagas para llamar la atención, Anha. ¿Me entiendes? —Eso es lo que dicen mis padres cuando se lo cuento. Pero ni ellos, ni por supuesto usted, pueden saber lo que es vivir al día miles
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“Porque Ellas No Sienten”

de emociones y ninguna al mismo tiempo. Todas pasajeras. Varían conforme pasa la gente a mi lado. Es desquiciante. Es agotador. Lo odio. O creo que lo odio porque no puedo sentirlo. Pero me cansa. Hace que me duela la cabeza. Paso de la risa al llanto en cuestión de segundos y eso me hace parecer rara. Por eso mis padres no saben cómo tratarme y me han mandado a usted. Y a mí me da igual venir aquí o no porque en este momento no soy capaz de sentir otra cosa que no sea hambre. —¿Y tus padres te han mandado aquí por ser rara? —No. Me han mandado aquí porque les parezco una adolescente inadaptada. No rara. Porque desaparecí y me encontraron a los dos días en la sala de máquinas de la nave. Por eso estoy aquí. ¿No? —¿Y por qué desapareciste? —Me cansé de sentir. —Anha se encogió de hombros—. Es agotador. —¿Y por qué a la sala de máquinas? —La doctora parecía cobrar interés por momentos. —Porque allí abajo solo hay eso: máquinas. Y ellas no sienten. Las dos callaron. Anha pensó que tal vez había hablado demasiado. Que se había pasado de la raya. Se puso a mirar sus manos fingiendo interés en seleccionar una uña que llevarse a la boca. Pero al fin la psiquiatra decidió romper el tenso silencio que se había instaurado entre ellas. —Y… ¿ahora no sientes nada más que hambre? —No —susurró levantando la mirada hacia la mujer que aún continuaba de pie al otro lado de la mesa—. Lo siento. —Está bien. Creo que por hoy es suficiente. Ve con tu familia y concertad una visita la semana que viene. No creo que sea necesario verte antes. —Sí. Me encuentro bien, solo es que estaba un poco cansada de los sentimientos ¿sabe? Necesitaba estar tranquila… Vaciarme. —Ya puedes irte —añadió con brusquedad la doctora rebuscando entre sus papeles. Anha la miró. Si hubiese habido una persona en aquella sala, esa mujer habría despertado su compasión. O puede que su risa. No lo sabía. Todo dependía de la persona que entrase.
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“Porque Ellas No Sienten”

Y como allí no había más que hacer, se levantó, y sin despedirse de la aturullada doctora se dio la vuelta caminando hacia la salida. El canario parecía tranquilo, subido sobre una de las barras de plástico que cruzaban la jaula de forma transversal. Piaba con cierta alegría. Y a Anha le entraron unas ganas terribles de cantar, pero se contuvo. Continuó hasta que la puerta automática se abrió ante ella, detuvo sus pasos en seco y se volvió por última vez a ver a la mujer a la que le había contado su problema. Esta se había dado la vuelta e intentaba verse reflejada en la pared acristalada que daba al océano oscuro que era el universo. Sus ojos falsos debieron captar su rostro en aquel momento, pues dio unos pasos atrás hasta chocarse contra su mesa. Parecía asustada o confundida. Pero Anha sabía que era mentira. Porque esa mujer era una máquina, y las máquinas no sentían.

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“Onírica Robótica”

“Onírica Robótica”
Por Pablo Solares Villar

A cuenta de la larga carrera y de los graves fallos en su sistema de refrigeración, sus circuitos comenzaban a sobrecalentarse de un modo preocupante. Esta información la percibía más de una forma interna, como una inquietante sensación de pequeño fallo sistémico, que por la propia actividad de sus sensores, suspendidos en su mayor parte debido al ahorro de energía que había tenido que aplicar drásticamente sobre su alimentación interna. De hecho, tal era el grado de suspensión de funciones, que el robot no recordaba a ciencia cierta de quién o qué huía de aquella aterrorizada manera, pese a lo cual no detenía su carrera mi aminoraba su velocidad. Era de noche cerrada y compensaba su déficit de visión con la activación de su percepción a través del sensor de ecolocalización, aunque era consciente de que el uso de este sentido añadido implicaba un mayor consumo de batería. Debía encontrar cuanto antes una fuente de alimentación para recargarse, si no en menos de cuatro horas la caída de amperaje sería tal que le dejaría fuera de juego; no podría seguir mucho más a ese ritmo. Así pues, y aun a pesar de la apremiante necesidad de huir, el instinto de supervivencia le hizo detenerse. Debía tratar de refrigerarse y acto seguido activar todas sus funciones cognitivas para poder pensar con claridad y tomar la decisión adecuada, de lo contrario estaba perdido. Se escondió agachado entre unas densas matas de brezal y aguardó bajo la lluvia, en medio de aquel tupido y desconocido bosque, a que aquella sensación vaga pero persistente de fallo sistémico desapareciese.

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“Onírica Robótica”

La noche era fría y los circuitos se refrigeraban con celeridad, así que el robot no tardó mucho tiempo en activar todas sus funciones cognitivas a plena potencia. Lo primero que comprendió es que había sido optimista con la estimación de reservas de energía, la realidad era más dura ahora que la veía con total consciencia. Las reservas no durarían mucho más de dos horas, por lo que tomó la drástica decisión de continuar sin la ayuda de la ecolocalización, siendo plenamente consciente de que aun así no era mucha la autonomía que ganaba, media hora más a lo sumo. Y de pronto, como una bofetada inesperada, le llegó el recuerdo de qué era aquello que le impelía a huir. La inaudita imagen acudió a su procesador central con terrorífica nitidez, perfectamente archivada en su memoria. Al principio dudo de sí, creyó que quizá se había vuelto loco, pero el archivo de memoria resistió una y otra vez la validación de contraste externo. No le quedaba más que admitir que era cierto, que de una forma inexplicable y abominable más allá de la locura, un grupo de seres humanos había regresado de los confines de la historia a lomos de sus animales de guerra, armados y hostiles, supervivientes de otras eras geológicas escondidos en quién sabe qué oscuros abismos y qué recónditas cavernas. Recordó con claridad los pequeños castilletes en aquellos enormes animales que los libros de historia denominan elefantes, las pantallas-cañón de concentración de microondas instaladas en ellos, y los dolorosos daños que habían provocado en su circuito de refrigeración fundiendo el serpentín. Recordó los gritos salvajes y el bramido de los monstruos, y el inicio de su carrera suicida en pos de una salvación improbable. No se dejó llevar por el pánico no obstante, el procesador central aún funcionaba perfectamente. Trató de posicionarse mediante la red de satélites georreferenciales pero no fue posible, supuso que debido al denso follaje del bosque y a la lluvia pertinaz, aunque aun así resultaba extraño no recibir la más mínima señal satelital. Era forzoso admitirlo: ¡estaba perdido en medio del bosque! Debido a que había corrido con parte de sus funciones cognitivas en suspensión ni siquiera estaba seguro de qué rumbo había seguido hasta llegar a aquel punto indeterminado en que se encontraba.
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“Onírica Robótica”

Intentó recapitular: le quedaba energía para dos horas antes de entrar en suspensión total o de arriesgarse a dañar el procesador central, estaba completamente perdido y a no sabía qué distancia de la fuente de alimentación más próxima, y además era perseguido por unos seres imposibles resurgidos del pasado lejano del planeta que habían tratado de destruirle con un cañón microondas. Por más que lo trataba no era capaz de salir del círculo que formaban estos tres pensamientos ni de hallar un atisbo de solución, por improbable que pareciese, más que entrar en suspensión total y confiar en que alguien en la ciudad le echase en falta y diese la voz de alarma. Sin embargo, entrar en suspensión total en medio de un bosque, sin señal satelital de localización, era casi un suicidio. Aún así, para el robot lo más terrorífico no era agotar su batería, sino el recuerdo de los hombres y los elefantes. Al final decidió echar a andar en una dirección arbitraria, dado que en principio todas tenían las mismas probabilidades de aproximarlo a una fuente de alimentación externa donde recargarse; sólo desechó aquella por donde creía haber llegado. No obstante, pronto comprendió que caminar por el bosque a oscuras, no ya correr, era una labor compleja sin la ayuda de la ecolocalización. Apenas distinguía el tronco de los árboles cuando se hallaba a un metro de ellos, y la irregularidad y pendiente del suelo le hacían pensar, a cada paso que daba, que iba a caerse más pronto que tarde. Sin embargo, poco a poco iba avanzando, y al cabo de un trecho le pareció percibir una luz lejana y desvaída, que semejaba parpadear cuando los troncos de los árboles se cruzaban en su trayectoria. Parecía verla un instante y después desaparecía por un trecho en la desapacible noche invernal, apareciendo casi imperceptible al cabo. Un atisbo de esperanza animó al robot, que al menos ahora tenía una dirección en la que encaminarse con perspectivas de lograr una fuente de alimentación. No fue capaz, sin embargo, de estimar la distancia que le separaba de la luz vacilante. Empezaba tan sólo a consolidarse su mínima esperanza de alcanzar aquella luz, cuando oyó pasos y el agitarse de la maleza tras de sí, y lo inaudito, lo asombroso, lo que nunca hubiera podido explicar: oyó voces y palabras pronunciadas en una lengua articulada pero irreconocible, primitiva y animal, e impropia de un robot. Sin
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verlos supo que eran los hombres, que proseguían en su persecución tras abandonar sus elefantes en la linde del bosque. No tuvo dudas, tenía que huir de nuevo o sería destruido. Tenía que avisar a alguien de que los humanos habían regresado de su legendario lugar en los albores de la historia y de que caminaban de nuevo por la faz de la tierra en busca de una abominable, imparable y cruel venganza. Sin pensárselo dos veces echó a correr, y de inmediato oyó las voces de sus perseguidores, alertados por el ruido; se inició de nuevo la persecución. El robot sentía continuamente en su carrera el choque de las ramas y la maleza, que le desestabilizaban produciéndole más de un traspiés que amenazaba con arrojarle al suelo. Oía a los hombres cada vez más cerca, y en el sonido gutural que producían aquellos primitivos cuerpos celulares creía percibir un eco de alegría y de presentida victoria, como si aquellos salvajes diesen por ganada ya la partida. En cualquier caso el robot no iba a darse por vencido tan pronto, no iba a rendirse sin agotar sus recursos. La luz no parecía más próxima ni más cercana, pero hacia ella corría el robot desesperadamente con los bestiales animales humanos a la zaga cada vez más próximos. Decidió que debía activar la ecolocalización si quería mantener alguna posibilidad de huir, aun a pesar del menor tiempo de autonomía que ello comportaba. Y justo en ese momento, a punto de activar el sistema eco, perdió pie y cayó de cuerpo entero a lo que en un primer y fugaz instante pensó que era una zanja. Pero no hubo golpe contra el suelo, sino que siguió cayendo. Cayendo y cayendo. Y mientras sentía la aceleración vertiginosa que sufría su metálico cuerpo en aquella inconcebible caída libre, una sensación inenarrable de pavor le asaltó al comprender la magnitud del abismo abominable en el que se sumía. El pánico se apoderó de él y todo fue oscuridad mientras caía y caía por una eternidad. Cuando el robot hubo concluido la narración de aquella pesadilla recurrente que le asaltaba de un tiempo a esta parte, el psicólogo le miró por largo tiempo sin decir nada, como si anduviera repasando discos internos de información técnica de contraste. Después de un par de minutos preguntó:
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—¿Y sólo sufre estas pesadillas durante la recarga nocturna, o también sueña si realiza recargas parciales a lo largo del día? —Sólo durante la recarga nocturna —contestó escuetamente el robot. Siempre que iba al psicólogo salía de allí con la sensación de que le habían estado enredando los cables, aun en el caso de máquinas reputadas y prestigiosas en su campo, como era el caso. La mundana reflexión del robot fue interrumpida por los relojes internos, que les anunciaban que se había completado el tiempo de la sesión. —Procure enchufarse menos horas durante la noche —le aconsejó el psicólogo—, aunque tenga usted luego que hacer alguna recarga parcial durante el día; y si le es posible vaya reduciendo paulatinamente la tensión de entrada de la corriente. Le vendrá bien. —Ya le diré —replicó el robot antes de despedirse. Una vez solo en el taller-consulta, el psicólogo estuvo meditando largo tiempo sobre la naturaleza de aquella pesadilla que desde hacía semanas aterrorizaba de forma recurrente a cientos y cientos de robots. Para él era patente que aquello no tardaría en ser algo que traspasara las consultas y gabinetes psicológicos, pues aquellos sueños angustiosos y reiterativos afectaban a gran parte de los androides de la ciudad y era lógico que acabara siendo una cuestión de dominio público. Como máquina científica de alto rango que era, sabía que aquello no tenía una explicación lógica. Si soñar con árboles y bosques podía llegar a ser algo anecdótico pero razonable, dado que su extinción no era tan lejana en el tiempo y que existía en el imaginario colectivo el concepto de bosque como lugar salvaje y peligroso, vedado para los robots, soñar con humanos y animales era sin embargo algo completamente inaudito e inconcebible, cuanto más tratándose de humanos en rebeldía contra las máquinas y dotados de armas poderosas y letales, una posibilidad de pesadilla robótica que tan siquiera había sido considerada durante el diseño y programación de los psicólogos actuales. Pero cuando día tras día el profesional oía la misma pesadilla narrada con los mismos detalles por robots de todo tipo de diseño y de todo tipo de evolución tecnológica, pasaba de ser algo inaudito y asombroso a ser sencillamente terrorífico, presagio sin duda de
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alguna calamidad abominable. No había ninguna explicación científica para estos hechos, y las que de otra índole que se le ocurrían eran simplemente pavorosas y apocalípticas.

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“La Bestia”

“La Bestia”
Por Sara Sacristán Horcajada

El día en que la bestia iba a morir, Marta salió de casa y bajó el camino embarrado hasta la plaza con una sonrisa fingida en los labios. Los niños correteaban por las calles y jugaban a ser cazadores, disparaban flechas imaginarias contra los perros. Las mujeres charlaban a las puertas de las casas, con sus bebés en brazos. Todo el pueblo estaba invadido por una sensación de fiesta anticipada. Pero Marta sólo sentía el viento del otoño, que la avisaba, que la acusaba. Traidora, cobarde. En el centro de la plaza, su hermano Gabriel y el resto de los hombres discutían con el pastor. —Dos no son suficientes. Tienen que ser tres —aseguraba su hermano. Los músculos de su cuello estaban tensos y su frente brillaba por el sudor a pesar del frío. —La bestia acudirá al olor de la sangre —replicó el pastor. —Si tan avaricioso eres, te pagaremos las malditas ovejas. El pastor agachó la cabeza, avergonzado y contrariado al mismo tiempo. —No, no es necesario. Lo hago por el pueblo. Marta sabía que uno de los niños que habían aparecido despedazados en el bosque el mes pasado era el nieto del pastor. —¿Ya saben todas las mujeres lo que deben hacer? —le preguntó su hermano al verla. —Nos encerraremos en la iglesia y prenderemos fogatas en el exterior. —De todas formas un par de hombres se quedarán en el exterior, vigilando, y…
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“La Bestia”

—Deberían ser corderos lechales —le interrumpió Marta, y cada palabra quemaba sus labios como si estuviese comiendo ascuas. Traidora, cobarde. —¿Cómo dices? —Corderos lechales —repitió—. Es carne joven lo que la bestia siempre busca, prefiere niños y bebés. —Mi hermana tiene razón —asintió Gabriel—. Coge a los corderos más jóvenes que tengas. El pastor salió corriendo hacia su casa para preparar los sacrificios. Marta esperó a que el resto de los hombres se dispersase para encararse con su hermano. Tenía que intentarlo, aunque su alma quedase condenada al infierno. —Gabriel, reconsidera esta locura. Tal vez la criatura se marche con el invierno. Gabriel sacó su arco y comenzó a tensarlo. —Ya lo hemos discutido. Apareció en nuestros bosques, así que es nuestra responsabilidad. En primavera podría atacar a los niños de otra aldea. ¿Tú podrías vivir con esa carga? ¿Con las muertes de inocentes que podrías haber evitado? Marta tragó saliva, pero no había nada que aliviase el ardor. Traidora, cobarde. —Hermana, no me pasará nada. —Gabriel la acarició la mejilla—. Vengaré a todos esos niños. Sé fuerte tú también, el pueblo necesita a su sanadora más que nunca. Marta no pudo evitar un sollozo. —Tú no lo entiendes. Él no lo entendería nunca. Huyó al único refugio que le quedaba, con su maestra, aunque sabía que allí tampoco encontraría la solución. La anciana la esperaba en su cabaña, sentada sobre el tocón de cortar leña, con sus ojos vueltos hacia el cielo anubarrado. Se había puesto su capa escarlata, la de los augurios, y entre sus manos temblorosas apretaba su amuleto de hueso de dragón. —Buenos días, maestra —saludó Marta, y se sentó al lado de la anciana. Esperaba algo, tal vez comprensión, una palabra amiga, pero ya no había tiempo. —Si vienes a llorar de nuevo niña, hazlo mientras preparas los amuletos para los hombres.
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—Algunos no los aceptarán. —Porque ese párroco incrédulo les ha comido la cabeza. Allá ellos. La maldad de la bestia es contagiosa, y cualquier herida, un rasguño, significará su muerte. Marta no contestó y comenzó a recoger hierbas del pequeño huerto. —Soluciona lo que tiene remedio, y olvida lo que no depende de ti —murmuró la vieja ante su silencio—. Una cosa es lo que tú desearías hacer y otra muy distinta lo que está en tus manos. No puedes salvar a la bestia, pero todavía puedes salvarte a ti misma. —Para mí no habrá redención. La vieja entrecerró los ojos. —El tiempo juzgará, tú no tienes derecho a hacerlo. Marta se concentró en su trabajo. Machacó las raíces, las coció junto a algunas hierbas, y las guardó en un pequeño vial de hueso de cierva. —¿Qué haces? —La anciana asomó la cabeza desde el jardín de atrás, en el que guardaba a los animales—. Funde la plata y haz los grabados de protección. Las hierbas no espantarán a la bestia. —Éste es para mi hermano. —Marta le enseñó el vial a su maestra—. Lo protegerá contra el dolor y contra el miedo. La anciana frunció los labios, y se llevó el contenido del vial a la nariz. Lo apartó rápidamente. Estuvo a punto de objetar algo, pero lo pensó mejor. —Está bien, pero no te demores. Anunciaré los augurios al mediodía. Desde el exterior llegó el cacareo de una gallina que se resistía a donar sus entrañas por el bien del pueblo. Marta sacó del armario las pequeñas bolas de plata que se habían fabricado con las donaciones de los aldeanos. El pasador de la alcaldesa, que había perdido una sobrina; el juego de cubiertos herrumbrosos de una humilde campesina, que había perdido a su hijo. Había demasiado metal, se podrían hacer amuletos para todo el pueblo, aunque no habría servido de nada. La bestia no se frenaría por un poco de plata hechizada si estaba hambrienta. Cogió diez, y las puso sobre el fuego.

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Mientras veía como el metal se reblandecía, Marta recordó los ojos plateados de la bestia, aquellos ojos que la habían observado desde la maleza la noche del tercer ataque, la tercera luna llena, cuando caminaba por el bosque con el hijo del alcalde. No era la primera vez que los veía, ni sería la última, pero aquella noche esas dos pupilas la habían mirado con repentina cordura a través de la rabia animal, con un reconocimiento angustioso. Aquellos ojos aparecían en sus pesadillas, los veía a diario frente a ella, para que recordase, para atormentarla mientras planeaba su muerte. Acusadores. Traidora, cobarde. Cuando el calor fue suficiente, Marta murmuró el hechizo y grabó las runas de protección. —Maestra, ya me voy. —Reparte los amuletos entre los hombres. No insistas si no los quieren, es bueno que alguno no lo lleve. Ese será al que ataque la bestia, y los demás podrán huir. —Sí maestra. —¡Niña! Marta permaneció a la espera de la advertencia, con la mano crispada sobre la empalizada de madera desvencijada. —Deja que ocurra lo que tiene que ocurrir. Los cazadores deben cazar, las bestias deben ser cazadas. Has sido cómplice de esta locura demasiado tiempo. —Sí maestra. Mientras bajaba de nuevo hacia el pueblo, vio a dos niños que jugaban. Uno llevaba una piel de jabalí sobre los hombros y rugía a pleno pulmón; el otro, que lucía una tira de cuero al cuello simulando el emblema de los cazadores, le perseguía armado con un palo. —¡Muere bestia! —Gritaba, y a Marta se le encogía el corazón. Traidora, cobarde. En la plaza, la mayoría de los aldeanos ya esperaban frente al cadalso los augurios de la anciana. En una esquina, cerca del camino que llevaba a la iglesia, el párroco les miraba con desaprobación. Marta se acercó a su hermano, que daba las últimas instrucciones a los cazadores.

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—Si alguno ha cambiado de opinión, es el momento de decirlo. —Ninguno de ellos contestó. Los cazadores de la aldea no eran cobardes—. Bien, podéis ir a despediros de vuestras mujeres e hijos. Nos encontraremos en la encrucijada al anochecer. Antes de que se dispersaran para escuchar los augurios, Marta les entregó los amuletos. Algunos los rechazaron, pero ella no insistió. Dejó que el párroco dispensara sus bendiciones, y rogó sinceramente porque alguna de las dos cosas funcionase. —¿Yo no tendré tu protección? Marta miró a su hermano. Era impresionante verle con el torso desnudo y los collares con los dientes de sus presas al cuello. Era fuerte, pero no más que la bestia. Marta no pudo evitar que una lágrima rodase por su mejilla. —Para ti tengo algo especial. No se lo enseñes a los otros, que no piensen que te favorezco. Gabriel cogió la tira de cuero de la que colgaba el vial, y la ató en uno de los collares que adornaban su cuello. —Con esto nada malo puede pasarme —y besó a Marta en la frente—. Esto es para ti. Marta aceptó el colgante con los dientes del oso, el mayor orgullo de su hermano. Un relámpago iluminó el cielo, y en pocos segundos llegó el trueno. —La tormenta estará aquí al anochecer —aseguró Marta. La anciana llegó al cadalso algo pasado el mediodía, con el cuchillo ensangrentado todavía en una mano. —Habrá dos muertes esta noche —anunció sin preámbulos, y un trueno cercano retumbó por todo el valle—. Y no habrá más en varios meses. El augurio fue corto, pero suficiente. La bestia moriría, y la tranquilidad volvería a la aldea. No más lunas llenas sangrientas, salvo la de esa noche. Dos muertes. Aunque Marta ya había consultado a los espíritus muchas veces durante aquellos meses terribles, la confirmación de su maestra destruyó sus últimas esperanzas. Las familias se retiraron a sus casas. Los padres comerían con sus esposas e hijos, dejarían instrucciones precisas por si no volvían, y una hora antes del anochecer, acompañarían a sus seres queridos
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hasta la iglesia. Allí se congregaron todas las mujeres, niños y ancianos. Gabriel no había querido comer nada, y Marta no insistió. Salieron juntos de su casa y caminaron en silencio hacia la iglesia mientras las primeras gotas de lluvia comenzaban a caer. Antes de girar en el camino que rodeaba el camposanto, Marta hizo un último intento desesperado para frenar la tragedia, desoyendo los consejos de su maestra y del sentido común. —Hermano, tal vez esta no sea la manera. Gabriel la miró sorprendido. —Marta —y su nombre en los labios de él sonó como una puñalada—. Si es necesario, todos los hombres de la aldea nos sacrificaremos para matar a la bestia. Habrá dos muertes, tres, o las que sean. Pero serán las últimas. No volveré a casa sin haber dado muerte a esa criatura del infierno. Y Marta supo que había perdido la batalla, antes incluso de empezarla, y por el camino había perdido también su propia alma. Su hermano la besó por última vez en la frente y la empujó hacia el interior del edificio. En la iglesia hacía calor, porque el párroco estaba quemando incienso y las mujeres encendían una vela detrás de otra para rogar a Dios. Marta se colocó junto a una ventana, y vio como los hombres se alejaban hacia el bosque bajo los últimos rayos del sol. Un relámpago y un trueno llegaron juntos, y la lluvia empezó a caer con fuerza. Así permaneció varias horas, con una bolita de plata apretada en una mano y el collar de su hermano en la otra, hasta que un claro se abrió en el cielo y la luna llena iluminó el bosque. De nuevo vio aquellos ojos acusadores. Traidora, cobarde. Marta salió de la iglesia que la asfixiaba. Fuera el aire era frío y la lluvia la caló hasta los huesos, pero lo que le heló la sangre fue un aullido, horrible y lastimero, que resonó por el valle procedente de las montañas. La bestia había caído en la trampa. Sin ser consciente de lo que hacía, Marta corrió hacia el bosque. Caminó durante toda la noche entre los arbustos y las ramas de los árboles que le golpeaban la cara. Gritó, llamó, pero no encontró ni rastro de ella, de él, de aquellos ojos. Un cazador la encontró al amanecer y la llevó de nuevo a la aldea, temblorosa, empapada y llena de arañazos.
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Todos estaban de celebración, porque la bestia había muerto. Su cadáver despedazado estaba en el cadalso, y todo el mundo le tiraba fruta podrida mientras la anciana lo purificaba y el cura lo bendecía. Marta se acercó hasta la plaza tambaleándose, soportando las miradas de lástima. El cazador que la acompañaba la sostuvo con sus brazos, y le pidió disculpas en nombre de todos. —No nos dimos cuenta de que no estaba. Le perdimos de vista, y poco después apareció la bestia y todo fue confusión. Hemos encontrado su arco y sus collares destrozados —el hombre le entregó a Marta los restos, y ella los dejó caer al suelo—. Pero él debió ser quien la encontró primero, y aunque lo devorase, tuvo que herirla, porque cuando nosotros la encontramos la criatura se retorcía de dolor y ya estaba medio muerta. Debes sentirte orgullosa de tu hermano. Marta les ignoró y permaneció todo el día allí. Vio como los restos del animal se incineraban con el fuego del infierno según el párroco, con el de los espíritus según la anciana, y vio como una nueva tormenta apagaba los restos de la hoguera por la tarde, hasta que sólo quedó un charco humeante y negro de cenizas. Cuando se hizo de noche y los aldeanos trasladaron la fiesta a la taberna, Marta se acercó al cadalso y contempló los restos de la bestia. Nada. No quedaba nada más que un montón de huesos. Se agachó y rebuscó entre las cenizas, hasta que encontró lo que buscaba. Un pequeño vial, y dentro de él restos de una sustancia verdosa. Recogió el arco destrozado de su hermano que alguien había colocado en un altar improvisado, y lo llevó todo a las profundidades del bosque. Enterró el vial, el arco y el collar de dientes de oso en la cueva que la bestia había estado usando como guarida aquellos meses. Estaba llena de carne que Marta había dejado en un intento inútil de calmar su hambre, y de hierbas e inscripciones que habían intentado retenerla sin éxito. Allí era donde conducía al hijo del alcalde aquella noche, loca de desesperación, sin importarle ya la condena de su alma o la vida de nadie más, cuando la bestia la había mirado desde la maleza con sus ojos acusadores. Y cada noche que la bestia mataba, sus manos se habían llenado de sangre. Luna tras luna, niño tras niño.
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Marta caminó hacia el río. El agua transportaba las ramas de los árboles arrancadas por la tormenta, que chocaban con violencia contra las rocas afiladas de la orilla. Se desnudó, y sintió el frío y la humedad del viento. Antes de saltar creyó ver de nuevo los ojos de su hermano, que incluso después de muerto, la acusaba tras la maleza. Traidora, cobarde. Asesina.

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Por Vicente Díaz Blázquez

Hace unos años... Lo primero, y casi lo único que hay que entender es que Manuel es un maniático en cuanto a orden y la seguridad dentro de su ordenador. Sería fácil imaginarle como un tipo estirado y algo raro, pero en realidad es un juerguista cuando lo requiere la ocasión, y tiene un montón de amigos, aunque no tenga cuenta en Facebook. De hecho, sólo usa Internet para cuestiones de trabajo, y con poco entusiasmo. Además, debe de ser el único español que no se descarga nada de la Red de Redes. El antivirus que tiene instalado Manuel lo compró en una tienda, y le costó una pasta. Lo actualiza a diario y mantiene un control absoluto sobre cada uno de los programas y archivos que hay en su ordenador, todos colocados metódicamente en carpetitas que evitan cualquier principio de caos y desorden. ¿Es Manuel un neurótico? Quizá, quién sabe. Lo cierto es que no hay ningún trauma psicológico reseñable detrás de esa actitud, sino un disgusto bastante normalito: hace unos años, un amigo le pasó unos disquetes con el Doom II y un virus puñetero que le borró un trabajo de clase, uno de esos de mil páginas. Desde entonces, Manuel odia los virus informáticos y, por extensión, la informática en sí misma. Una vez, en un bar, le presentaron a un chaval que presumía de ser hacker, y Manuel le rompió un vaso de whisky en la cabeza. Se disculpó lo justo como para que el hacker no recurriera a la policía, pero su disculpa fue lo
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suficientemente ruda y poco convincente como para que el hacker no se atreviera a pensar en denuncias y se replanteara su ascendente carrera en la piratería virtual. Como todas las mañanas, Manuel enciende su ordenador trabaja desde casa- entre bostezos y sorbos de Cola Cao. Es pleno invierno y todavía no ha amanecido, y para colmo hay niebla, así que no se ve gran cosa desde su ventana, aparte de una farola tan difuminada que parece un fuego fatuo inmóvil y naranja. Mientras el ordenador arranca y él mete las infinitas claves de seguridad, piensa con cierta malicia en los atascos de tráfico, apretones en el metro y frío general que tiene que estar pasando la gente que trabaja fuera de casa, pero luego recuerda la birria de dinero que consigue a final de mes por ser un freelance y se le borra la media sonrisa. El escritorio del ordenador de Manuel es bastante espartano, escaso en iconos y cada uno de ellos, útiles. Nada de carpetitas con nombres como "tonterías" o "miscelánea". Sí, en "imágenes" tiene su carpeta de porno y chavalas de buen ver, como todo mortal, pero las cochinadas, como todo en su PC, están bien clasificadas y ordenadas. Los pocos iconos del escritorio se mantienen bien fijos y sólidos sobre un fondo en el que aparece Adriana Lima, lo suficientemente vestida como para no avergonzarse si alguna visita ve su ordenador, pero con el nivel justo de morbo como para alegrarse la vista y el cuerpo mientras trabaja. Manuel está a punto de recrearse en el sensual rostro de la top model brasileña cuando se da cuenta de que algo está tapando sus cotizados labios. Justo sobre la boca de Adriana aparece un icono que Manuel no recuerda haber visto antes. Mejor dicho, no es que no lo recuerde, es que sabe perfectamente que nunca ha estado ahí. Manuel controla todo lo que hay en su ordenador, y además adora la boca de Adriana Lima. El icono tiene un diseño que nunca antes ha visto, y que no sabría cómo describir. Podría ser una letra, o una runa. Incluso un rostro extraño. Y esos colores... ¿o sólo es un color? Manuel quiere pensar que el icono le ha empezado a asustar, incluso aterrorizar, porque está claro que es producto de un virus. Pero en realidad se trata más bien de un terror distinto, más profundo y que le causa una intensa vergüenza, sin saber por qué. El pavor se acentúa por el
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nombre del icono: Marta. No recuerda a ninguna Marta. Había alguna niña en el cole, quizá, pero apenas trató con ella y jamás le despertó ningún interés. De hecho "Marta" lo asocia a cosas tan irrelevantes en su vida como "Marta tiene un marcapasos" o Marta Sánchez. "Marta" no significa nada. Manuel tiene claro que no hay que darle más vueltas al asunto y hay que deshacerse del icono. Jamás intentaría abrirlo. Ahora mismo, el "doble clic" sobre Marta se le antoja más peligroso que meter la lengua en un enchufe. Sabe que debe acercar la flechita a Marta y arrastrarla a la papelera de reciclaje, donde procederá a eliminarla para siempre. Pero Marta, ese maligno montoncito de píxeles, le mira como retándole a hacerlo. Manuel ha empezado a sudar y su corazón se ha acelerado. No es una persona que tenga demasiada imaginación, pero no puede dejar de pensar que, en el momento en el que haga clic sobre el icono, una terrible cara de muerta ocupará toda la pantalla del ordenador, o que el ratón se transformará en una mano femenina, gélida y blanca, que le atrapará y le arrastrará a algún lugar horrible. Manuel se aleja del ordenador, temblando como un chihuahua. Rebusca en un cajón la cajetilla Lucky que guarda para las urgencias, desde que dejó de fumar hace dos años y un cuarto. El tabaco está seco y chisporrotea, pero le sabe a gloria y le coloca como si fuera un cigarro de marihuana. Después de darse el gustazo, mira a la amordazada Adriana y se dispone a liberarla de la opresión de Marta. Manuel jamás estará en una guerra, y no se pelea desde segundo de EGB -lo del hacker no se puede considerar pelea-, así que el acto de plantarse delante del ordenador y del espantoso icono es para él lo más cercano a la experiencia del combate que ha experimentado en su vida. Al "clicar" sobre el icono, no sucede nada especial. Aparece resaltado como cualquier otro, si bien Manuel no puede dejar de sentir que hay una personalidad amenazante que se queja por ese acto de agresión. Arrastra rápidamente el icono a la papelera de reciclaje, que está vacía, y cuando lo deja allí, se le escapa un suspiro. Vale, el primer paso ya está dado. No ha sucedido nada. Suena
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un chasquido a su espalda, pero Manuel no se atreve a mirar atrás, no tanto por lo que se pueda encontrar, sino porque no quiere darle la espalda a la pantalla del ordenador. Posiblemente haya sido algún mueble que ha sonado por el cambio de temperatura. Ya hay claridad en la calle. El sol parece estar saliendo más allá de la niebla. Eso debe de cambiar las condiciones atmosféricas, ¿no? Deja de desvariar y acaba lo que has empezado. Manuel decide echarle un par de huevos y abre la papelera de reciclaje. Ahí está Marta, como uno de esos espíritus de Cazafantasmas, metidos en el dispositivo de almacenaje. Pensar en fantasmas no ha sido una buena idea. Otro chasquido a su espalda. Es la temperatura, que cambia y hace crujir la madera. Claro, hombre. La pantalla del ordenador parece parpadear más que de costumbre, y de repente la unidad —¿es ese el nombre? — del CDROM se pone en marcha, atronando como el motor de un Boeing en el tenso silencio de la habitación. "¿Está seguro de que desea eliminar Marta de forma permanente?". Nadie llegará a explicarse por qué una chica de 20 años de salud de hierro, que no ha tomado drogas en su vida y a la que nunca se ha visto darle una calada a un cigarro, sufre un paro cardiaco fulminante en el metro, camino del trabajo.

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