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Marcelo Villa Navarrete mvillanav@yahoo.

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El cisne y el rinoceronte Apenas te digo que podras caber en una sola de mis manos, y una horda de gigantes se levanta y busca refugio en los cipreses. Ninguno tiene rostro. Los llamas y se evaporan. Ser porque has visto al paisaje reverdecer, elevarse y desgranarse; ser porque res como un cuchillo en el agua y lees los intersticios de las piedras; ser porque tambin abrigo un cadver que perfuma las auroras y abofetea los ocasos. Porque has prometido una tumba al pie de tu puerta. No has llamado, pero aguardo el campanilleo. Tu cuerpo se acerca como una guillotina. No anso tus viedos, ni la arena de tu boca. Busco igualmente una voz con el calor de los sepulcros. Suelo pensar que pudiste haber muerto. Fue la llama y el hielo sobre los prpados, y silencios desgajados en las sbanas. Sembr tan solo la helada de mis das sobre tu nombre. Amar el surco y la tangente, como al estertor y al vagido. Te habita una carroza llena de manzanas, y son ms luminosas cuando tu desnudez huye calle arriba. La patria, es decir t, sucede afuera. Est muy lejos de esta puerta con veneno en las cerraduras. Adentro hay un surco palpitante de agua turbia y bebo enmascarado. Entonces la miseria ya no importa, el mundo vuelve a ser doble o infinitesimal; me tambaleo y dejo caer tus fotografas. Las termino pisoteando. Un cuerno te naci la vspera, me dices, un cuerno que atraviesa constelaciones. En el ltimo golpe de dados comprendo que todo fue al revs: yo era el cisne y t el rinoceronte. Solo el olvido se ensancha, alguien llegar a ser loto, roble o diente de len. La primavera ser una lengua muerta. Ac la niebla, el ladrido del sur, tus bambalinas arrojadas al otro extremo del mundo y que he recuperado.

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