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Iain Sinclair

WHITE CHAPPELL, TRAZOS ROJOS

Traducción de Matías Serra Bradford

Editorial Sudamericana Narrativas

IMPRESO EN LA ARGENTINA Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723. © 2005, Editorial Sudamericana S.A. Humberto I 531, Buenos Aires. www.edsudamericana.com.ar ISBN 950-07-2598-3 ©1987 by Iain Sinclair Título del original en inglés: White Chappell, Scarlet Tracings

—... le digo, abuela, cuál es el cambio con el que le convendría empezar. Mejor cambie Fue por Es y Es por Fue, y déjelos así. —¿Y eso te vendría bien? ¿No estarías siempre sufriendo? —preguntó el viejo con ternura. —¡Cierto! —exclamó Miss Wren con otro golpe.

Para B. Catling, que llegó antes que yo, y para Martin Stone, siempre adelante.

Libro primero

MANAC

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Existe una curiosa enfermedad del estómago en la que la úlcera crece como un tejido fibroso, coralino, que reemplaza a la musculatura, y la cicatriz divide ese sombrío receptáculo en dos zonas comunicadas a través de un istmo angosto. Una condición que no sin cierto temor los especialistas en patología describen como “estómago reloj de arena”. Se pueden sentir las olas peristálticas mientras éstas pasan visiblemente por la parte superior del abdomen, de izquierda a derecha, como si fueran conscientes de la etiqueta diurna. Amigos de cirujanos las han observado hipnotizados, boquiabiertos, con el rapto de los que solean sus cabezas vacías al aire libre en el ocaso, ante esta revelación de mareas secretas. Un tedioso dolor se repite, picotea el hígado, y hasta la idea de comer se torna una tortura. Algo que comienza en la incomodidad se perfecciona con cada ingesta hasta colonizar toda la conciencia, hasta que abundantes vómitos, sorprendentes para los testigos casuales, traen alivio. Nicholas Lane, descarnado, las manos sobre sus rodillas rígidamente angulosas, levantó la vista hacia el paisaje oscurecido, monótono, y después la bajó hacia el arenque a medias fermentado, mezclado con el moco color helecho que vertía de su garganta y se trenzaba en las duras lanzas del césped al costado de la carretera. Trozos, que eran casi piel, se partían y caían al suelo. Lo arrebataron nuevas convulsiones. Sus huesos castañeteaban bajo su furia. Pedazos de bullabesa humeante se derramaban en un charco de sombra sobre la fina capa de nieve. —¡Sapos! —señaló Dryfeld, ignorando el acontecimiento—. Las hembras cargan a los machos en sus espaldas para cruzar estas carreteras. O mueren en el intento. Como las pescadoras de Shetland. Faldas mojadas plegadas en sus cinturones. Hacia la rompiente. Los maridos. Bebiendo la noche entera. Se cuelgan de sus cuellos. Se detuvo, garabateó unas líneas en su libreta, en rígidas mayúsculas azules; y luego, sin apuntador, relanzó su monólogo. —Si la carretera A1 se hubiera anticipado a sí misma, Darwin nunca hubiera necesitado abandonar estas orillas. Está todo aquí, Monsieur. Sólo las especies más aptas y más demencialmente decididas logran batallar a

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través de ese río de muerte y acceder a la reserva central, pero después, claro, quedan a salvo de los depredadores. Viven y respiran debajo del nivel de los gases. Permanecen en este pasto espinoso, abandonan la ciudad, o la costa del mar, escapan, gatos salvajes y otros así, y viajan por el país, sin ser estorbados, de norte a sur. Los menos hermanados mueren en las orillas. Y nuestras ruedas los hacen girar, y los arrojan hacia la carroña. ¡Hija de Grantham, ésta es tu visión! ”Y cuando las ciudades se acaben, y queden abandonadas, la vida regresará sigilosamente por esta lengua protegida. El nuevo mundo se desarrollará aquí. Tras haber vaciado su estómago, Nicholas Lane subió de nuevo al coche, notó que todavía tenía un cigarrillo en reserva y pidió un fósforo. Nadie tenía ninguno. Sorbió por la nariz, se pasó la mano por debajo de ella y dejó el cigarrillo colgando como un pedazo de labio desgarrado. Llamarlo flaco sería describirlo con un ojo tapado. Su piel era papel húmedo sobre huesos. Nada le entraba al intestino, por lo cual funcionaba directamente con energía cerebral. Una estalactita de inteligencia pura. La oscuridad de Mid-England, densa y apática, una especie de ignorancia intencionada, los rodeaba por todas partes. Un coche pesado y perezoso, las tapas del eje embarradas, las ventanas mugrientas. Una clase de coche común en el negocio de las antigüedades, lo suficientemente fuerte como para trasladar numerosos armarios con estantes. Poco visto en el negocio de los libros. Si ves uno se trata de un estafador. Digamos un Volvo. Una caja sellada de calor, humo añejo, sudores, bolsos, temores, papeles, nervios de café, desvelados, a la busca, nunca empeñados en dar el día por cumplido. Habían pasado unos días apacibles viajando de Londres a Glasgow, a Stirling, a Edimburgo, a Newcastle, a Durham, con breves expediciones a Carlisle, Richmond, Ripon y otros puntos menores, persiguiendo más de un rumor, detrás de nada más interesante que unos libros usados. El coche estaba repleto de ellos. Folios gigantescos, sueltos, juegos para encuadernar, vendidos por yarda, bolsas con explosivos ejemplares en rústica, primeras ediciones guardadas en cajas de cartón, folletos sobre fuegos artificiales, novelas sobre golf, diseños para bordar, catálogos de apliques y accesorios, tratados vegetarianos, cualquier cosa que se pudiera convertir fácilmente en dinero, y poder regresar de nuevo a la carretera. Jamie, conocido en más de un circuito de subastas como “El Viejo Impostor”, iba al volante, pues se trataba de su coche, dormido, la frente casi horizontal hundida sobre su brazo. Piel séptica, una palidez tropical, de una familia de capataces de plantaciones, el hígado fuera de combate, y padecía una dosis apenas inconveniente de gonorrea. Un hombre útil.

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Muchos parientes con mansiones en decadencia, habitadas por animales domésticos y parásitos incontrolables. Una suerte si llegaba a su cumpleaños número treinta. Cuando no estaba borracho, dormía. Y eso que tenía prohibido el trago del ocaso. Dryfeld no dejaba que el auto se detuviera a la luz del día, hasta que la amenaza de recibir un faldazo del desayuno de una semana atrás de Nicholas Lane y la visión al otro lado de la calle de una cabina telefónica lo obligaron a detenerse. Dryfeld lucía un abrigo de pelo de camello, con las jorobas del camello todavía puestas; más que un abrigo, una manta acolchada para caballos, estirada más allá de sus límites para adaptarse a los rígidos hombros del corredor de libros. Su peso parecía haber sido comprimido todo en alguna parte cerca de la cima de su columna. No tenía cuello. Su cráneo estaba afeitado, la elegancia del condenado a muerte, tan voluminoso y cargado de información no asimilada que se inclinaba hacia adelante agresivamente, casi hasta el pecho. Encorvaba los hombros para que pudieran aguantar el peso, daba zancadas a una velocidad imprudente, podría tomárselo por un jorobado. La gruesa piel de su cara se fruncía en un ceño permanente. Lástima que Max Beckmann hubiera muerto demasiado pronto y no hubiera podido intentar algo con él, sus más oscuros autorretratos sugieren algo de la esencia de Dryfeld. Pero Dryfeld nunca posó, no descansaba nunca. Sus bolsillos cedían, atormentados por la colección de monedas necesarias para las llamadas telefónicas sistemáticas. Su negocio se llevaba a cabo en locales ajenos. Llamaba a sus contactos de día o de noche, desde un café, o estación de servicio, o estación de trenes, cada vez que contaba con un minuto. Así, cuando regresara a Londres podría recoger de inmediato más dinero, cobrar los cheques, dejar una bolsa con sus recientes adquisiciones y volver a salir. No vivía en ninguna parte, no era nadie. Se había propuesto permanecer fuera de todos los archivos, listas y censos. Tomó su nombre, sólo uno, de St. Mary Matfellon en Whitechapel. La promesa de una liquidación de libros anarquistas en Angel Alley los había atraído al laberinto, pero la venta, administrada por anarquistas, fue naturalmente cancelada y trasladada, sin anuncio previo, a otro lugar, a otra hora, y ya no se trataba de libros sino de discos. No era cuestión de desperdiciar un segundo. Dryfeld zarpó hacia la Biblioteca de Whitechapel y se sumergió en los registros de la iglesia desterrada. Halló los datos en el listado de párrocos: Tho. Dryfeld, 10 de enero de 1503 - 2 de marzo de 1512. Nadie estaba utilizando el nombre: se convirtió en el suyo. Un tipo tan bien leído como el personal de limpieza del ferrocarril con su botín de los vagones de primera clase, los bolsillos llenos de noticias

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impresas un poco corrompidas, los gruesos dedos manchados de tinta. Absorbía toda la información al tacto, una especie de braille para retardados. Nicholas Lane nunca leía periódicos, no llevaba dinero. Pagaba su té con un cheque arrugado. Era tan frágil como Dryfeld sólido. Pero se trataba de una ilusión. Saltaba de acá para allá como un bicho palo, a una velocidad inconcebible para los simples mamíferos. Se podía estar conversando con él en la calle y descubrir, en medio de una oración, que había salido disparado por una tangente, un callejón lateral, a través de la calle, hacia una librería que a los demás les parecía una peluquería o una zapatería. Contaba con un radar inigualable. Pantalones negros ajustados que resaltaban tobillos delgados en medias blancas, zapatos de Brick Lane, afilados como puntas de cincel, una ganga si sus pies hubieran sido dos talles más pequeños. La boina, un murciélago frugívoro, siempre en su cabeza un espíritu sobrenatural a sus órdenes. Nadie lo había visto nunca sin ella. Un visionario subterráneo. En este contexto la palabra genio podría ser empleada sin ningún temor a la hipérbole. Una brillante posesión de un yo martirizado. Gruñido nasal de Jamie, como si se hubiera tragado la lengua y el gusto no le hubiera apetecido demasiado. Exhausto asesino de urogallos, sus lentes enormes como platos, tan manchados y grasientos que un piloto con una visión 20/20 hubiera necesitado un bastón blanco. Destripador de libros, hombre de cuchilla, rebanando rápidamente lo que tenía a la vista, trajes, mapas, destripando el color o puliendo los cueros: libros convertidos en muebles. El whisky su combustible. Las manos temblando en el volante del sueño. Gemidos. Tremens. Bastante justificado todo. El narrador, sintiéndose póstumo, se veía a sí mismo como un Watson tardío. El héroe secreto que esconde su propio poder en la descripción de las victorias ajenas. Terreno peligroso. Vacilando entre la modestia y la blasfemia. Apretujado en el asiento del copiloto, cajas y mapas sobre sus rodillas, con un caramelo en la boca, lechuza estreñida, engendrada alrededor de tripas ahora bien endurecidas, cementadas con culpa, retención involuntaria de torta de avena, papillas, legumbres, la energía atrapada, ojos rojos sin párpados por el café, incapaz, fuera de su casa, de hacer otra cosa que no sea soltar un pedo. Un pelo de perro picándole el cuero cabelludo. Dryfeld regresó de la cabina y se puso a golpear con los puños la ventanilla del conductor, un bombeo cardíaco. Nueve en punto, una noche a principios de diciembre, nieve negra, su aliento creando frenéticos dibujos animados en el aire. Mossy Noonmann nos recibiría. Nunca les

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cierra a los colegas. Ni le abre al público, que se sabe que se ha desmayado, que ha gritado e insultado nada más ver uno de sus precios. Experimentaba un manso placer, sorbiendo con labios húmedos el cañón de la pipa, al observar a los inocentes soltar un libro e intentar alcanzar la puerta antes de que pudiera atravesarlos con su ojo de viejo marino con el fin de petrificarlos, parándose casualmente en la puerta y conduciéndolos de nuevo hacia los estantes de libros de tapa blanda, donde pudieran realizar una compra simbólica por unas pocas libras y huir a la luz del día. Nicholas Lane armó una línea de blanca boliviana muy adulterada sobre la tapa de su maletín, enrolló un cheque rechazado, y la aspiró por la nariz. Martilleó la membrana mucosa. Le dio con un dardo blanco a la gelatina del cerebro. Sus ojos se afilaron, sus dedos, ya espasmódicos y prensiles, jugaban con la combinación de su cerrojo, una narcótica secuencia de números que infundía poder. Cuidado, Mossy. Los cuatro jinetes se hallaban fuera de Steynford, y estaban a punto de tomar el pueblo por asalto.
*

La librería de Mossy Noonmann, si se nos permite la cortesía de ese rótulo, era probablemente la única abierta en toda la región de Midlands, de Wolverhampton a Boston, incluido el norte. Y él era el menos predecible de los propietarios. Cómo había llegado allí nadie lo sabía y casi nadie se había preocupado por averiguarlo. Se plantaba, encorvado, a unos pocos centímetros del bajo cielo raso de su imperio mal iluminado, laqueado en sudor seco, reluciente. Había encontrado un papel a su altura y estaba muy dispuesto a representarlo. Ostentaba los atributos del negocio tal como los describiría una novela policial de los años 30: una pipa díscola, casi toda la caña mordida, sorbida, salivada, hurgada, raspada, limpiada con la más sucia varita de alquitrán, apagada, y con frecuencia guardada en un arruinado chaleco floreado. Su rostro tenía la desnudez y conmoción de haber permanecido durante años dentro de un casco de pelos y de pronto, por orden de un juez, hubiera sido expuesto a la luz. Su cráneo pesado, colmado de agua, tendía a descansar sobre un hombro u otro. Era descabellado pensar que el stock de su local había sido seleccionado con alguna noción comercial. Parecía que a todos los libreros de cincuenta millas a la redonda les hubieran permitido descargar los ejemplares más sarnosos y escamosos sobre su tienda. Los estantes, de buenos tablones, se habían vendido hacía tiempo. Había carteles que anunciaban LITERATURA, FILOSOFÍA, POSTALES, CRIMEN, ESTRELLAS

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DE CINE, GUERRA, MODA, pero a pesar de haber sido tan cuidadosamente preparados, estaban tirados por cualquier parte. Dos buenas ideas en un día eran demasiado, y los cartelitos ya no mantenían ninguna relación con las pilas sobre las que descansaban. A Mossy le costaba respirar. No estaba convencido de que la recompensa justificara el esfuerzo. Inhalaba, pero después dejaba que el aire se las arreglara solo. Gemía. Y esto distraía a quienes estaban estirándose hacia un ejemplar de, por ejemplo, El martirio del hombre de Winwood Reade. En ese momento tendían no tanto a soltar los libros que sostenían sino a arrojarlos a través de la sala, acrecentando todavía más el ya generoso grado de confusión. La nariz de Mossy era digna de admiración. Él la admiraba. La cuidaba más que a su familia. Examinaba su interior con un fósforo, amasaba un bulto interesante, de moco o piel, o incluso de comida, y luego del esfuerzo se quedaba boqueando. Se limpiaba con un pañuelo del tamaño de una camisa. Quizá fuera una camisa, una muy vieja. Era la única persona a la que Steynford le parecía un lugar tropical. Sudaba con sólo tener que encender un fósforo y dejarlo apagarse entre los dedos. En una época casi todo el negocio de Mossy se llevaba a cabo por teléfono, hasta que el artefacto fue cortado. Literalmente. Mossy acercó su navaja al cable, lo mutiló, y le puso al auricular una etiqueta con el precio. Un punto de vista práctico. Todo tiene su precio y éste puede estar perfectamente a la vista. Con el tiempo a Mossy empezó a agradarle asistir a casas de subastas. Rondaba las salas estudiando a los postores, buscando a un novato prometedor y de brazo nervioso para pedirle si lo alcanzaba, “acá nomás, al final de la calle”. Siendo dicha calle la carretera A1. Su benefactor, en un estado de parálisis histérica, era persuadido de oficiar de chofer de Mossy hasta la puerta de su negocio. Y después lo convencía de entrar, y de llevarle una caja. El hecho de que se tratara de la caja del conductor parecía siempre pasarse por alto. La orden de liberación sólo podía obtenerse comprando una buena cantidad de volúmenes raros y primeras ediciones, sin tapas, con la información adicional acerca de sus sucesivas ediciones cuidadosamente borrada, ejemplares escasos publicados por Clubes de Lectores. Cada vez que Mossy amenazaba con preparar una gran taza de café, aparecían las chequeras y otro neófito sucumbía al asalto. Noonmann, neoyorkino, veterano de la librería Peace Eye, desengañado de un negocio en el sudeste asiático a mediados de los 60, había regresado a la Europa de sus antepasados vía Liverpool, por aquel entonces, por un tiempo breve, el centro del Universo. Una sola noche

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desmintió tal presunción: Noonmann halló un colchón en Westbourne Grove. Hubo pequeños malentendidos acerca de unos libros en préstamo, papeleo de la seguridad social, reglamentos de importación y exportación sobre resinas del Medio Oriente; apareció un inoportuno maletín de unas onzas y Mossy se echó al ruedo. Dos horas por la autopista A1 y el propietario de una licencia de Vehículo Autorizado para Productos Pesados, con domicilio en Camberwell, estaba más dispuesto a regalarla que a llevar a Mossy otra milla más. Caminó colina abajo hacia Steynford. Ha estado allí desde entonces, y nunca más ha vuelto a caminar tanto como aquella vez.
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Jamie dejó que el coche rodara silenciosamente por la calle principal, pasando el Hotel Pelican a la izquierda, suspirando apenas débil y melancólicamente. Un pueblo color queso, engrasado con nevisca de pantano, húmedo como el refrigerador de un matadero, caracterizado por una multitud de iglesias con cuernos de caracol en plena muda, sus campanarios desalentadoramente cimentados con dientes de tiburón. Al otro lado del río, un golpe de volante los acerca al patio contiguo al local de Mossy Noonmann. Antes de que los demás hayan abierto las puertas, Jamie ya ha estado en el local y ha comprobado que no hay libros más grandes que lápidas, ni cuero olvidado en los lomos, ni estampados en oro, y ya está afuera de nuevo, colina arriba, las manos en los bolsillos, rascándose, los faldones de la camisa volando hacia atrás, por un angosto pasaje, unas escaleras, a través del recinto desierto de un centro comercial. Nunca antes estuvo allí, puede oler el grano fermentado dentro de la botella, se apoltrona en el bar, el cuello del abrigo subido para enfrentar los vientos de Lincolnshire que no cree vayan a permanecer fuera de los bares, y pide que le recarguen el vaso. Mossy mueve su cabeza de un lado al otro, sin arriesgar ningún comentario, mientras los demás pasan a su lado y, desplazándolo con cierta informalidad, bajan el escalón y se dispersan en distintas áreas de la tienda. Naturalmente, ignoran los libros de los pocos estantes que quedan, y aquellos que están en lo que alguna vez debió haber sido una vitrina; en cambio comienzan a investigar, con mucho esmero, las hojas sueltas debajo de las mesas, cualquier cosa sin lomo, y vierten los contenidos de cajas al suelo. —Es todo una mierda —anuncia Dryfeld, innecesariamente. —¡Eh, imbéciles! —señala Mossy, hastiado de todo, pero con algo de

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admiración en el tono de su voz—. Muchachos de mierda. Logró capturar una masa de moco espectacularmente colorida y la amasó contra el mostrador. Se veía moteada como el granito. Probablemente la convertiría en el sello de su anillo. —La puta, se pasan de vivos. —Liquidó una botella natural de glucola y destapó la otra. Dryfeld, ignorando por completo los precios escritos en los libros, que no mantenían ninguna relación con su valor en subastas, en catálogos, o cualquier otro método de intercambio practicado por la humanidad, comenzó a colocar una pila de “posibles” en el mostrador, “para negociar”. Está bastante dispuesto a discutirlos hasta la madrugada; o hasta que abra el primer local en Hendon. O hasta que las chillonas células de Mossy exijan otro trago anodino. Quien quiera que haya hablado de colocarse no conoció a Mossy. Absorbía, transpiraba, seguía adelante. Parecía un bisonte mal afeitado pero tenía una voluntad que sólo podía medirse en tiempo geológico. Su linaje quizá necesite fecharse con carbono catorce, pero él nunca podría quebrarse. Los comerciantes de primeras ediciones no están interesados más que en el estado. No les preocupa en lo más mínimo el título o el contenido mientras el libro se encuentre bien, impecable, en perfecto estado, intacto, una virgen reincidente. Pero aquí no rezarían. El tenaz Nicholas Lane comienza a bucear entre un revoltijo de viejas Horner’s Penny Stories for the People, de un tostado tan parejo que parecen recién salidas del horno. Hace una pausa para estudiar un ejemplar de cerca. No ha parpadeado desde que salieron del coche: sus pupilas se dilatan algún milímetro más. Toma la pila entera y se la coloca debajo del brazo. Después selecciona rápidamente un puñado de libros con aflicción terminal, un Austin Freeman, un cuento de La carrera perdida al que le faltan las páginas de cortesía, una novela romántica que se desarrolla en Burma, y un Jonathan Latimer de tapa blanda para su uso personal. Dryfeld y Nicholas Lane eran personajes notables en el mundo de los libros. Ambos podían leer, un libro al día, entre local y local. La velocidad de las decisiones de Lane era pasmosa y aquellos que lo conocen saben en qué momento ha hallado algo. El resto no es más que papel de envolver y puede desecharse sin reparos. El Watson Tardío se ve más bien lánguido. El local se parece, de un modo perturbador, a un diagrama de su estómago. Comenzó a alucinar. La sala se extendía hacia la mole de la catedral de Ripon. Llovía, o el techo se estaba derritiendo. Los bancos, como de iglesia, estaban amontonados con pruebas de galera sin titular, mil en cada hilera, y en alguna parte entre todo esto, la copia personal de Graham Greene de su Brighton Rock, con

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todo el racismo de la época aún no expurgado. Necesitaba poner su cabeza debajo de una canilla. Vagó por la parte principal del negocio y subió unos peldaños hacia la sala de atrás. La pileta del lavabo estaba llena de caras de mujeres pintadas. Títulos como Sangre azul fluye al este, Señora, no se dé la vuelta, flotaban empapados en la superficie. Los títulos de ciencia ficción desparramados por el suelo, junto a un buen número de jeringas usadas o a estrenar. Pisarlas, igual que caminar sobre langostas. No hay luz, él tiene una linterna en su bolsillo, lista para ferias de mañanas de invierno, para poder escurrirse en sótanos prohibidos o espiar a través de la mirilla de habitaciones cerradas. Reconoce una copia decente de Las puertas de Anubis de Tim Powers, publicada en 1985 a nueve libras con noventa y cinco y aumentado modestamente por Mossy a quince. No está mal. Puede sacar cuarenta por él. Separa una media docena de otros para tirar por la borda cuando negocien. De vuelta al local, un long-seller, un ejemplar dedicado del Hawksmoor de Peter Ackroyd a cinco libras: con eso da por cumplido el objetivo del día. La única ventaja del negocio de Mossy es que no ofrece café a los compradores de libros. Esa clase de amabilidad ha arruinado más estómagos que todas las fuerzas unidas de los menús de pollos difuntos de la comida chatarra. —Me estás presionando, viejo. Todo esto suma doscientos treinta y ocho. Te digo que puedes llevártelo por doscientos diez. Doscientas. Diez. Libras. ¿Qué querés, hombre, que te los regale? ¡Por Dios! Mossy asume apaciblemente su indignación, la siente casi genuina. Se deja caer sin aliento. Dryfeld, inconmovible: —Sesenta. Mi mejor oferta. —¡Salí de acá! ¿Sabés a cuánto figuran en los catálogos? ¿Me lo decís en serio? —Sesenta. Tomalo o dejalo. —Estoy dándote libros por un valor de trescientas libras infames, ¿en qué otro lugar del mundo vas a ver estos libros? Por doscientas libras los estoy regalando. ¿Qué querés, hijo de puta? ¿Querés cogerte además a mi mujer y a mis hijos? —Sesenta. Mossy traga glucola y babea burbujas naranjas sobre el hoyuelo de su barbilla. Alza los hombros, da media vuelta, recurre al narrador, y a Nicholas Lane, quien ejecuta varias operaciones autónomas con cigarrillos, virutas resinosas y una caja de fósforos de Mossy. —Bueno, muchachos, vamos a mi casa. ¿Tiempo? Tienen tiempo.

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¿Qué otro lugar está abierto? Mi casa. Les voy a mostrar otras cosas. ¿Quién puede creerle? ¡Un gorila skinhead de mierda! Ciento veinte por libros que valen trescientas libras sobre Pieles Rojas de mierda, mejor cuelgo los guantes. Escuchame, flaco, no pienses que podés decirme algo sobre los indios. Yo tomé cursos con Olson en Buffalo, ¿sabés? La puta Librería del Congreso cruzaría el océano por ese precio. ¿Querés que los llame? Caza el teléfono amputado y lo arroja hacia la cara de Dryfeld. —El hijo de puta todavía quiere joder. Debí haberlo liquidado la última vez. —Sesenta. —Dryfeld da unos pasos, incómodo en una habitación sin diarios.
*

Se puede trepar desde el río a lo largo de pasajes estrechos; los hombros de Dryfeld rozan las algas de las paredes húmedas, la nieve derretida y gris gotea hacia los zapatos de Nicholas Lane, finos como papel; en un espasmo, por los intestinos secretos de la ciudad. Pasan, e ignoran, la sombra hundida de Jamie, una mancha en la ventana del pub, incrementando la dosis de Jameson con un poco de cola para acompañarlo. A la esposa de Mossy Noonmann no se la ve radiante ante la perspectiva del regreso de su marido, sin haber cerrado ningún negocio, con tres libreros medio dementes en sus talones, con sus manojos de papeles y su empeño saurio. La televisión permanece encendida pero el resto de los muebles ha ido quedando fuera de uso. Dos niños pálidos, de sexo indeterminado, están sentados a casi un metro del aparato, visiblemente mal alimentados, aunque sus pijamas que no hacen juego son testigos de alguna comida que ha ocurrido en algún punto de su reciente historia, y que ha involucrado un uso abusivo del frasco de salsa. Mudos y de cabellos llovidos miran la pecera eléctrica sin pestañear. La mujer se retira a la cocina para practicar algo que suena a curso avanzado en soldadura por arco. Las negociaciones continúan. Dryfeld despliega un grueso fajo de billetes y comienza a contar los sesenta en billetes de a cinco. —Te estoy pidiendo cien libras. ¿Querés robar libros por valor de cuatrocientas libras? De acuerdo. Robalos. Será tu karma, querido. Antes de que Mossy tome el dinero aparece la mano de su mujer, desaparece, ella desaparece, colapsa su performance animada, cabecea, tiembla, baja el volumen de la televisión. La matanza y la locura danzan en

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cortes rabiosos detrás de él, como si todo estuviera escapando desde dentro de sus párpados. Los hijos no se oponen ni se mueven. La mujer se materializa de nuevo. —¡Idiota! Sube el volumen otra vez, hasta el tope. Las ventanas se estremecen. La puerta de entrada permanece abierta y los gañidos y ladridos invaden la calle hasta ese momento silenciosa. Dryfeld guarda sus Indios Smithsonianos en un bolso de lona, con correas —el detalle de un corredor profesional— pasadas por debajo para mayor resistencia. Nicholas Lane es capaz de percibir el vaso sanguíneo del píloro estrecharse, las primeras ondas delicadas, casi sensuales, de dolor, el anticipo del vómito en la garganta, recuerdo proustiano, un Dal Mosola de Glasgow a punto de resurgir. Se enreda en la más pálida forma de discusión, baja el valor del billete de diez libras de Mossy a ocho, acuerdan un precio general por las Penny Stories que cualquiera menos desesperado que Mossy hubiera tirado en una feria de beneficencia. Llega hasta el césped congelado y rocía varios litros de vieja comida sobre un florero decorado. —Vomitó su anillo —pensó el narrador, una frase que oyó decir en Walthamstow, de significado incierto, pero de mucha contundencia. —Vomitó su anillo. La violencia registrada y la violencia real se mezclan, golpes impostados y verdaderos estremecimientos de carne violada. Ellos se encaminan agradecidos hacia el coche, cada uno con su victoria secreta de libros. El vehículo los espera, estéril. Se paran a su alrededor, incapaces de subirse a él o encima de él. Jamie duerme, con la cabeza sobre la mesa del bar.
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Las ventanas del bar, misericordiosamente escarchadas, impedían la vista de los muros de piedra de este pueblo condenado por la arena. Jamie se despierta y manotea buscando uno de los cigarrillos de Nicholas Lane. Tiene encendedor pero no funciona. Nunca existió un fumador avezado que tuviera fósforos. Miden sus días en luces errabundas. Jamás hubo un adicto a la nicotina que tuviera reloj. Sería superfluo: pueden medir el tiempo gracias a su sed por una lengua quemada, una lamedura de viejos ceniceros. Lanzadas sus adquisiciones al bolso, a Dryfeld no le queda el más

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mínimo interés por examinarlas. Ya llamó por teléfono. Están vendidas. Tendrá su dinero antes de la madrugada y estará en el tren a Penzance a la hora del desayuno. Con un atado de diarios todavía crujientes. Comienza a escribir en su libreta. Su letra ha sido correctamente descripta como “tejido de mala calidad”. Tiene la ventaja de ser ilegible, incluso para él mismo. A pesar de que no puede hacer dos cosas a la vez, las lleva a cabo tan seguidas una de otra que se mezclan en una misma masa de migas. Escribe, fruncido, los labios en movimiento, se detiene, devora, destroza un plato de gruesos sándwiches de queso. Los malignos granos anaranjados de queso humedecido salen por los rincones de su boca, generosos glóbulos de saliva lechosa. Un vegetariano salvaje. Los libros del narrador también están guardados. Se acabó el interés. Una vez comprados se los vendería a cualquiera, por cualquier precio, preferiblemente varias veces multiplicado. Es el estigma de los culpables, el signo visible de que permanece en esta profesión indigna. No tiene el ánimo, todavía, para sentirse orgulloso de estas corrupciones enérgicas y refinadas. Antiguas pretensiones lo barnizan con una amarga inercia. Concentrado, Nicholas Lane subyuga el vórtice esférico de dolor que le perfora las tripas. Un verdadero entusiasta. El caballero que logra dragar tesoros del grial de una tierra estéril, mientras agoniza con la herida abierta. Desdentado, pero brillante en los ojos y dedos. Sabe que el dolor es la vida. Cada mordisco y tirón enciende otra sinopsis, quema una conexión, mantiene su borde afilado. Desata el atado de viejos papeles. Empina un brandy, disparándole a su úlcera un balazo de sal. Lo primero que puede revelar es que los envoltorios no tienen ninguna relación con los contenidos. Una de las penny stories, “Afuera en este vasto mundo” de Fannie Eden, lleva una atractiva ilustración de cubierta de una melancólica joven —Chatterton travestido— de pie junto a la ventana de su ático, atravesando con la mirada los techos de la ciudad hasta esa distancia, desenfocada, en que se encuentran la catedral de St. Paul’s y sus iglesias hermanas, y que evidencia, si se la mira de cerca, dos páginas de proféticos desvaríos milenarios adosados al margen del texto original. —Señor, señor —exclamó ella—, ¡un judío abyecto ha subido a la hemeroteca! Dice que esa espantosa pintura le pertenece porque le prestó dinero al caballero, y se la está llevando. De pronto, Molly se puso de pie con un alarido de espanto. —Tranquila, Molly, no te inquietes. Debe haber algún error —dijo el doctor Maitland—, quédate aquí, iré a ver a este muchacho judío —y se dio la vuelta y la dejó allí.

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Un buen número de otros cuentos, que trataban de tigres, regatas, niños y animales secuestrados y abandonados, barbudos jugadores de naipes, habían sido despojados de tapas, sin ilustraciones, sin anuncios. Algunas cubiertas estaban descuidadamente adosadas a interiores ajenos, algunos pegados con anuncios de caucho sobre cubiertas marrones. Pero había sido el nombre del Anuario Navideño de Beeton y la búsqueda de la fecha mágica, 1887, lo que había decidido la compra de Nicholas Lane. Había otros ejemplares, pero estaban partidos y dispersos. Adherido con cinta a una novela romántica de H. Fitzgerald, titulada La tentación de Magdalena, encontró lo que parecía una versión del legendario Anuario Navideño con la primera edición de la primera aparición de Sherlock Holmes, Un estudio en escarlata. Las tapas habían desaparecido, quedaban algunas anotaciones en el texto. La fecha “1878” había sido modificada por “1888”. La palabra “Nettley” por “Netley”. Nicholas Lane hizo una pausa para quitarse de los labios un globo de saliva blanca y seca. —En el peor de los casos —dijo—, otra versión. En el mejor, una edición única. Un ejemplar de prueba, o una galerada de algún tipo. Podría tratarse del libro que Ward Lock deseaba publicar, mencionado en el Anuario Beeton, pero que nunca ha sido localizado. —¿Cuánto? —inquirió Dryfeld, siempre directo. —De diez a veinte. Mil. O más. Jamie despertó con una sacudida espástica, escupiendo las heces de su whisky sobre las páginas, y Nicholas Lane las fregó con un pañuelo indescriptible. Armó allí su última, y durante largo tiempo reservada, línea, e inhaló, mientras Jamie lo observaba, a la espera infructuosa de una invitación fraternal. —Veinte de los grandes, o más. Bastante más si va a subasta en Nueva York. El febril e inhumanamente acelerado cerebro de Nicholas Lane poseía un registro perfecto de cada catálogo, artículo y libro que hubiera pasado por sus manos. “Nettley” era una ortografía que no existía en ninguna versión conocida del texto. Había logrado, otra vez, revelar un pedazo de historia, un verdadero fragmento de la década de mil ochocientos ochenta. Y éste era real, ésta era grande, la ballena blanca, la razón por la que estamos todos en el juego. Había conseguido, finalmente, lo más alto. Y estaba en venta. Una vez que Dryfeld encontró el Departamento de Salud y Seguridad Social y depositó en el buzón el documento anónimo que denunciaba a Mossy por abuso de menores, no quedaba nada por hacer. Habían

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prendido fuego ese sitio, había otros lugares para explorar.

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Un capataz de estibadores es un hombre de negocios y se alimenta de acuerdo con su condición. John Gull padre, de espaldas a tierra firme, estudiaba su desayuno con una concentración rigurosa y metódica. No efectuaba dos cortes donde uno era suficiente. Hasta la carne de cerdo podía ser aprovechada, dividida con una simetría moral. Degustada, engullida, los elementos valiosos puestos a funcionar, los inútiles quemados en la boca del estómago, comprimidos y expulsados: las ovejas separadas de las cabras. Inmóvil, su gran cabeza como un trofeo, los ojos fijos en los paneles de la puerta como si esperara que los mandamientos del día surgieran allí. Mientras tanto, en secreto, sus manos lo servían, igual que sus hijos, su mujer, sus empleados. Acentuadas por los puños almidonados, estas manos, con las uñas todas rotas, se mostraban noblemente ennegrecidas. Pero no era tan orgulloso como para no ejercitar sus talentos; el sudor de su frente lo enorgullecía. Su puño, como un pálido cangrejo, revolvía las carnes entibiadas: riñón, hígado, morcilla, y se deslizaba entre capas de gruesos y musculosos segmentos de papa. Masticaba vigorosamente, ejercitando una poderosa mandíbula. Los ardores animales se convertían en los de él. No existía ningún placer en todo esto. El trabajo era la vida, la vida era el trabajo. “Bendito aquel que ha hallado su tarea.” Los débiles deben servir a los fuertes y ser protegidos, como los hijos que sirvieron a sus padres, y las mujeres a los hombres, y los hombres a Dios, esa salvaje y maravillosa oscuridad. Sus dientes cuadrados y fuertes partieron el centro del huevo y estrujaron la vida sin fertilizar sobre la lengua. Asintió cuando su mujer Elizabeth levantó la tetera del calentador y se la acercó para una última taza. Bajó la comida bien machacada con un té hirviendo de agua para macetas. El joven William lo observaba. El niño estaba tan callado como el hombre. Su quietud era extraordinaria, absolutamente contenida, aprobada por su padre, que le permitió quedarse, de pie, con su mentón

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sobre el borde de la mesa. John Gull alisó la pasamanería de su chaleco de topo sobre su estómago rotundo pero obediente. Un hombre de negocios. Y una criatura de su dios. Sobre él, contra la pared, habían colgado, no como una mera decoración, una tabla de madera con una leyenda marcada a fuego sobre su piel esmaltada: “Lo que sea que tu mano encuentre para hacer, hazlo con toda tu fuerza”. Marcas negras, desparejas. Runas. Varillas flotando en salsa. La tabla en equilibrio sobre la cabeza de John Gull como la galera de un mago. Esas eran formas que podían obrar milagros, transformar la casa en un bote. William vio a su padre encima de él, los codos sobre la mesa, un hombrealtar, su cabeza en un casco de letras. La mañana clareó, hora de trabajar. El mar estaba en el río y el río sobre la tierra. Escarcha, lluvia e inquietud, mareas a la deriva en el aire, un mundo informe de zanja y canal. Peces en los árboles y lechuzas nadando. Su casa era un barco boca abajo. No había nadie más. Somos las únicas personas en el mundo, pensó William. Somos los primeros, los elegidos. Ésta es nuestra Arca. El mundo es agua. Y seremos enviados a todos los grandes y vastos campos del océano. Miraremos a Dios a los ojos. Somos sus Gulls 1.
*

Habbía unavezz un ninnio qu vivvía enunna cassa. La filosa punta de la piedra marcó un trazo blanco en la pizarra. La luz del sol relampagueó y se lanzó hacia el estuario. Los dedos de William impulsaban la piedra de arriba a abajo, complaciéndose en excavar para las letras un camino que conocía, pero que no podía leer. —¿Co-copiando, supongo? E-é-ésta es la gran flota de tu padre. Muy loable. Una sombra elevada se proyectó sobre su trabajo y detuvo a William. Había más para escribir pero ahora no lo haría. Mientras se inclinaba a simular que investigaba su tarea, el hombre le resopló en la nuca su cálido aliento de caballo. —Redactando un testa meto. El desconocido desdeñó tamaña precocidad y, como el niño no daba señales de ponerse de pie, sin ser invitado se sentó a su lado en el suelo. —¿Me-me leerías tu-tu tes-testame-to? —Puso especial cuidado en
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Nota del T.: El autor juega aquí con el apellido de la familia y el significado de gull, gaviota. 22

enfatizar la letra faltante. —Había una vez un niño que vivía en una casa. —No había escrito más. Pero podría continuar. Casi toda la pizarra estaba llena y nadie le había explicado cómo hacerlo: podía hacerlo solo. En la orilla se podrían encontrar más pizarras. Los bordes eran filosos, se podía cortar la cabeza a un pescado. Podías partirte la lengua al lamerlos. —Había una vez un niño en una casa. Y era grande. —¿Y el no-no-nombre del niño? —dijo el extraño. William se volvió para mirarlo. Se trataba de un hombre rosado, tibio, un hombre de cara indefensa, con vidrios en sus ojos, con sombrero y una bolsa colgada al hombro. Y que olía demasiado a jabón. —Vivo en una casa —dijo William. —¿Vi-vís en esa ca-casa? —No se veía ninguna otra. Una fila de cabañas solitarias, dispuestas en un mismo sentido, ubicadas frente a campos sin explotar. Landermere. Agua a su alrededor, juncos, calas. No había otro lugar. —Puedo escribir. Puedo escribir un testamento, como el Antiguo. —A mí también me gu-gusta escribir —contestó el hombre—. ¿Te gustaría oír lo que he e-escrito es-esta mañana? —No —replicó William, directo. Había visto a su padre y sus hermanos bajar por el camino de la cabaña al muelle, su muelle. Se oía un carro al otro lado de los árboles, bien cargado, las ruedas chirriando. Habría trabajo. Bolsas para cargar. Barcazas donde amontonarlas. Cuerdas que recoger y atar. Su padre navegaría hacia el mar. —Me-me gustaría hablar co-con tu padre —dijo el párroco, dejando caer la bolsa del hombro, tendiendo su mano hacia la de William, retirándola, dándose media vuelta, asintiendo, alejándose por la orilla hacia la fauna, la vida de las nubes, la vida acuática y los tocones de los árboles, todos satisfechos y sumisos, dejándose observar, describir y retratar. Y sin cobrar nada. Excepto su tiempo. Del que era lo bastante afortunado como para contar con una abundante provisión. —Ese hombre está loco de remate —pensó William—. No le puedo enseñar si no está dispuesto a escuchar. Bajo el agua se esconden las hermanas. No treparán al cielo hasta que el cazador haya pasado. Pero cuando el momento de la caza llegue, serán capturadas.

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Bajo la mancha de pasto, el altar. Soñé un sueño nuevo, prados de fuego. Caminando a través de un bosque superpuesto a lo largo de lo que hoy es Brick Lane. La fuerza del río desarmándome, lanzándome más allá de las pasiones humanas, cada vez con menos tiempo, hacia lo previo, hacia adelante, poniéndome en contacto con una conciencia de velas encendidas. Hay figuras esculpidas en las rocas, enormes caras talladas en el barro rojo de la ribera. En la maleza, formas enhebradas de ancestros estelares. La luz se torna marrón, una correntada de sangre. Y se atreve a dejar atrás la advertencia en la piedra. Ahora, el movimiento es en dirección sur. El campo se abre en la boca del río, una capilla de piedra blanca, tal vez los viajeros recen, los peregrinos descansen. No es un santuario en sí, ni una causa: una cura. Desde altos resquicios, una cálida luz afila el suelo. Un recinto blanco. Las nubes ruedan en bucles deshilachados, misteriosamente, desde un crimen nunca absuelto. Caigo sobre la tierra. “Un desconocido, y sin embargo muy familiar”. De rodillas, soy un penitente. Todavía no sé qué confesar. Saturarse con esta pócima de pasado, involuntaria, no deseada, hasta que el lugar donde se está se convierte en otro. Y luego se lo puede experimentar, y luego existe.
*

El trabajo nos conduce a lugares extraños. Examinan mis brazos y piernas en busca de pinchazos de aguja. Susurran números. Me muestran letras para identificarlas. Me contratan: mi nombre ingresa en el libro. La bodega da a un amplio patio empedrado. Trabajamos bajo el signo del Águila Negra, la fecha del año de la plaga, el número de la bestia oculto en escritura gótica, al compás de las campanas de la torre que dividen las tareas del día. Cuando los carros se acercan al patio hacemos caer, como podemos,

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los veintidós barriles y once toneles en desorden, desplazando pesos que parecían inamovibles sólo porque eso es lo que se esperaba de nosotros. Existimos más allá de lo personal, somos parte de un equipo: el bodeguero, el escultor y yo. Luego, se hace avanzar a los barriles sobre las abrazaderas, pateándolos y echándolos a rodar, rampa abajo hacia la bodega misma, donde se ubican en fila, lejos de la luz. Y aquí es donde se corren riesgos. Las tapas que sobresalen de las barricas se abren para medir los niveles, el mosto de la bebida se examina y se cata la insípida cerveza rubia, y una de cada cuatro, o quizás cinco, salta hacia arriba, como una granada, para gran entretenimiento del bodeguero con su tablilla y su lápiz, soplando el tubo de aluminio hacia lo alto, o en la cara del aprendiz de catador. Después de que el tercer barril ha sido desactivado sin accidentes, un pálido desgano se apodera de los operarios. Los cordones de las botas se desatan, los tirantes reclaman ajustes, las gorras toman vuelo. Lo que sigue es un baile inquieto de pies que se arrastran y manos que rascan y cigarrillos que se encienden. ¡Allá va! Mejor sacudirlo y forzar la emisión para pasar a otra cosa. Avanzamos luego hacia los rincones más oscuros del sótano, chapoteando a través de mareas de líquido no analizado a la altura del tobillo, realizando astutos movimientos animales que perciben los crujidos y los agujeros de los tapones. Las condenadas devoluciones son llevadas a una fosa al aire libre y vaciadas en tanques de pizarra, hacia rumores de cavernas subterráneas, laberintos, antiguas formas de vida de sangre fría: una corriente de amargura que tensa el estómago. Una medida de trigo por un penique y tres medidas de cebada. Voces líquidas. Lo que sucede a continuación no nos concierne. El bodeguero da una patada salvaje y parte la barriga de una rata con la punta metálica de su bota. Después con el palo de escoba. Otra patada manda el cuerpo al canal y la cerveza vieja lo lava y aleja en un torrente. Que se la tome el que quiera. Los trabajadores sudan y arrastran, se empantanan, se mueven durante una larga hora entre el temor, el aburrimiento y el agotamiento, terminando la tarea. Luego el tiempo es de ellos. Afuera, hacia el bar de los camioneros donde la cerveza es gratis. Hombres de tripas pesadas, hombro con hombro, llenan el tanque para la ruta. Hay varias cosas en camino: endulzantes, días de bebidas, noches de horas extra. Directo al mostrador de un local de comida caliente y de desayunos las 24 horas. Frotándome la nuca con un pañuelo, me senté en la entrada a tomar sol con el viejo Dick Brandon, y a arriesgarme a unas hemorroides sobre

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un pilar de piedra negra. Dick vertió de un jarro de lata su primera pinta de cerveza negra, y se la tomó para obsequiarle convulsiones a su cuello estrecho. Que se tomara mi jarro también: sobre esta base fundamos nuestra relación. Yo deseaba escuchar y absorber; él, hablar. No necesitaba ninguna audiencia o apuntadores. No contaba historias, ellas lo contaban a él. Era un viejo hombre encorvado, con las venas hinchándose en la piel transparente, la imperfecta suavidad de algo abandonado demasiado tiempo en remojo: una voz desde un caparazón deshabitado. Todo lo ajeno a la historia había sido tragado, ahora sólo se alimentaba de la bebida que él mismo destilaba. Lo ignoraban; sus palabras inadvertidas por los otros trabajadores, ocupados en apuntar sus horas extra, intercambiando trucos y tretas, sacándole brillo a las cabinas de sus Rovers color bilis, tratando de dibujar esos pequeños y necesarios extras. —Solía quedarme a mirar incendios (inhala ruidosamente). He visto distritos de la ciudad volar como cuando queman rastrojo. He visto relojes derretirse (inhala). He visto caballos en llamas escapando de los establos, por Woodseer y a través de Deal, saltando las vías del ferrocarril, los he visto, con las crines en llamas, corriendo derecho (bang) contra un tren. (Inhala) He visto incendios cuando no había nadie que hubiera podido provocarlos. ”Noches enteras todos ahí arriba en la habitación de la torre, ahí arriba, las ventanas con las persianas bajas, mirando a través de los techos, mirando, nadie en las calles, ¿verdad? Un pequeño trago, un cigarrito y, si quisiera salir a la cornisa lo haría, si quisiera. Voy donde se me canta, camino, Flower y Dean, Thrawl, Heneage, Chicksand, cruzaría el río si quisiera, nadie más, no, nunca mordí el polvo. Parecido a un chivo, ¿verdad? No pesaba nada, no pesaba. Conocía cada una de las malditas piedras allí y todavía las conozco. Mira allá, aquella iglesia, la recorrí de punta a punta, la recorrí, como un pájaro, amigo, nada cambió, nada. ”Otra vez, ¿no? (inhala) Oigo la sirena, pero no me muevo. Estación de Bethnal Green. ¡Miles, amigo! Como si quisieras verter todo el río en una botella de pis. En las escaleras se cayó una mujer que llevaba un niño. Y entonces muchos más, pues no podían frenarse, no podían. Un muro de cuerpos, todos apilados, eso es lo que dijeron. Se consumió todo el aire. Empujaban desde atrás. Los putísimos ciento setenta y tres. Muertos. Cerraron el lugar y ahí los enterraron. ”Hermosa mañana, amigo, hermosa mañana cálida, brazalete, bicicleta, otoño, un poco de niebla. Me habían llamado (inhala) del cementerio judío, me habían llamado ¿verdad? Por Brady Street, calle abajo. Nunca antes había ido, nunca había querido, nunca. Una enorme,

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jodida pared todo alrededor. Durward Street, casitas por aquel entonces, una bomba dijeron, durante la noche, un silbido, a las dos o tres de la mañana. ”Logré que un viejo judío me dejara entrar, no decía nada, ¿verdad? Una pequeña puerta en la pared, lento con la llave, bolsillos largos. Nadie ingresa allí hasta que el peluquero no se haya apoderado de su anillo para la cadena del reloj, nadie. Paredes embotelladas. ¿Qué pasa, hermano? le digo, ¿tenés miedo que se escapen? ”Todas las tumbas miran en una dirección, lenguas negras, horribles como la mierda, esperando un sermón. Entro con la bici rodando, entro. Despacio, me pescaron. Los árboles sin pájaros, la tierra muerta, barro. Ahí no volaba ni una avispa. No es lo mismo para esos hijos de puta, ¿verdad? Piedras quemadas, todas negras; estaba buscando el maldito metano. Tampoco veo bombas. Todo niebla, amigo. Los pantalones hechos sopa, quizá me hice encima. ”Y después, no sé, casi me caí con la bicicleta adentro de un pozo. Las urnas hechas pedazos, volcadas, convertidas en escombros. Tengo que informar. Fumate uno, viejo, tomá fuego, sólo cinco. ¡Carajo, el techo! ¿Springfield Park? Te digo la verdad: ¡Protocolos de Sión! Estos judíos, los Ancestros, en el techo de aquella pequeña casa, en el techo tienen cargos, ¿cómo es que les dicen? Sombreros negros se hunden en sus caras y barbas, los sombreros. Miran, señalan. Yo no, amigo. Empiezan a reír. ¡Carajo! ¿Alguna vez los viste reír? El día del maldito Juicio, ese día. Por el techo. Colgados o cayéndose. ¡Muriéndose de risa! Jamás vi algo así en ninguna parte, jamás. Los hombres que no van a ser acusados por nada. ¡Por favor, hermano!
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Mientras yo entretenía a Dick Brandon, el escultor S.L. Joblard lo hacía con el señor Eves del Departamento de Publicidad. El señor Eves poseía una colección de placas fotográficas tomadas por medio de extensas exposiciones en las escenas de los crímenes de Jack el Destripador: patios, portales, entradas de fábricas. Sólo estaba dispuesto a mostrar algunas, otras no. Se rumoreaba que también poseía otro tipo de cosas. Muchos eran los recintos desconocidos, ocultos en la arquitectura secreta de la cervecería: cámaras bajo techo, pasajes bloqueados por tuberías, bóvedas debajo del frío depósito, de los establos tapiados, de los armarios clausurados. Los más viejos, Brandon y Eves, inalcanzables y libres para perseguir sus propias obsesiones, iban a donde querían. De modo que esa tarde encontraría a Dick Brandon dormido en una hamaca

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hecha por sus propias manos, suspendida entre tuberías calientes, con un nido de gatos salvajes debajo de él; y encontraría al señor Eves, con guantes blancos de algodón en las manos, verificando su colección o, como con el ojo de un cíclope, repasando sus fotografías con una lupa de puño de marfil, aguardando la primera señal de movimiento en algún lugar allí entre los detalles del fondo gris; y vería a Joblard y Sinclair en las calles. Poco a poco, la zona se delimitaba, se penetraba el laberinto. Los límites dados por las víctimas del Destripador: Roebuck y Brady Street al este, Mitre Square al oeste, las Minories al sur, el norte en gran parte sin frecuentar. En círculos y volviendo sobre sus pasos, estudiando los mismos sitios desde distintos ángulos, helechos que quiebran las piedras, caballos atados a basureros, convólvulos tragándose muros ensombrecidos por altas viviendas, patas de pollo en cajas de cartón húmedas, aparatos de radio destripados, grafiti en el puente del ferrocarril, sinagogas ruinosas, semillas de cárdamo, el relámpago y el pestañeo de la futura cultura de bazar, los primeros susurros de un nuevo Mesías. De buena gana perdimos el tiempo, y a nosotros mismos; desde el Nazrul, un festín de cucarachas, al Seven Stars, con una escala en el local de apuestas. Para poner a prueba la resistencia de digestiones hasta entonces impunes. Cuando dos hombres se encuentran, siempre hay un tercero presente, un desconocido para ambos.

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Le pegó a Dryfeld más lentamente que al narrador, pero la punta de la aguja reaccionó con una velocidad más brusca. Abandonó su cuarto, las persianas de hule bajas, los tubos fluorescentes goteando su pulso errático y enfermo, la radio farfullando el Servicio Mundial a un piso desierto de libros, calaveras y gabanes. Tomó su bicicleta apoyada contra la pared y partió hacia el este. Ésta podría ser la mañana en que por fin hallara el segundo volumen de la biografía de Chatterton por Meyerstein y completara su colección suicida. Si localizara todos los libros no habría ninguna razón para merodear; podría pegarse un tiro. El Watson Tardío permanecía recostado en la cama y la idea de veinte mil libras de pronto le pareció una justificada porción de tiempo de trabajo. Bañado en sudor tomó conciencia de que una parte podía ser suya. El acuerdo era el siguiente: a Nicholas Lane le tocaba la ficción del siglo XIX, a él la del XX, a Dryfeld todo el resto. A no ser que apareciera algo con un precio de venta de más de mil, en ese caso lo repartirían entre los tres. Jamie quedaba afuera, no podía tolerar esa clase de arreglos que le parecían remedos de comunismo. Captaba el funcionamiento de las subastas. Solo debía hacerse presente. Sin hacer ofertas. Y consentir en aguantar las manos en los bolsillos. Aun con sus problemas, era algo que no costaba gran cosa. Después tomaría su parte. Una tajada de veinte mil lo esperaba ahí afuera. No sentía que le perteneciera o que la mereciera, tampoco había probabilidades de obtenerla a menos que actuara AHORA... El calor de su esposa dormida le rozaba un lado. Podía oír la voz de Dryfeld. “¡Trabajadores de media jornada!” Peor insulto, imposible. Dryfeld le puso un candado a sus ruedas haciendo pasar una cadena gruesísima por entre los rayos, el cuadro y la baranda que hacía de fachada de un solar contiguo al Carpenter’s Arms. Tomó el bolso de la caja de madera que se había hecho construir para trasladar algunas de sus adquisiciones. Se apuró, sin echarle una mirada a los símbolos masónicos tallados en el cristal de la entrada del pub, sin pensar en los dueños, Ron y Reg, consumiéndose en el exilio sin siquiera un editor decente para sus

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versos. Todo se veía muerto, justo después de medianoche, y sólo las primeras dos o tres camionetas habían estacionado al final de Cheshire Street, del lado de Vallance Road. Hombres con chaquetas parecidos a mecánicos de aeronáutica permanecían de pie alrededor de las camionetas, fingiendo lo mejor que podían que esos vehículos no tenían nada que ver con ellos. Hasta que alguien se acercaba para echar una mirada. En ese momento, reaparecían por la escalera posterior, con el aspecto de tener todo que ver con ellos y de que cualquier ciudadano que los cuestionara recibiría un puntapié en la nuez. Amigo, éstas eran las legendarias partes traseras de camiones de los que se caían cosas, incluso hombres empuñando largas linternas, que demuestran su éxito con cigarros perversos y su conocimiento con economía de lenguaje, siempre sucio. La conversación no es un requisito, tampoco lo es la chequera. Tarjetas American Express se pueden comprar de a puñados, pero no usar, excepto para forzar cerrojos. Naturalmente, los libros no figuran al tope de las preferencias de esta hermandad. No entrarán en escena hasta un par de horas antes del amanecer, junto a los vendedores de linternas de bolsillo, con un botín no mayor a unos cuantos cientos, que reñirán permanentemente —intentando pedir prestado, o vender lo que han descubierto— para aprovisionarse del buen material que ha salido a la superficie, en forma de rumor, en la próxima esquina. Los comerciantes comunes de segunda mano no compran libros pero están dispuestos, de mala gana, a aceptarlos gratis. Y a empezar a venderlos a cincuenta. Cuando aparecen los primeros clientes a las ocho y media ya bajaron a diez. Se los llevan por un dólar antes de la hora de apertura. Dryfeld gruñe mientras avanza entre las camionetas, hurga en las bolsas, pasa rabiando por los cobertizos de los cartoneros, a codazos por baldíos terminales, donde viejos restos han sido desplegados para secarlos, más para exhibirlos que por una verdadera expectativa de venta. Contesta con un gruñido a los animales enjaulados, a los graznidos de los pájaros, a las peceras rancias, bestias de riña de mandíbula fuerte, trocados como hace más de cien años, bajo los arcos del puente de la vía del tren. Los lugareños se sienten halagados de contar con criaturas cuya existencia es aun peor que la propia. Ni rastro de Nicholas Lane. Se lo debe haber tragado la tierra. Regresará con barro en la nariz. El narrador cierra su coche en Palissy Street. El gemido de música de gaitas montañesas, con la percusión de una máquina de coser, proviene de la única ventana iluminada en el bloque de inquietantes viviendas. Elevan estas moles acorazadas para desterrar las mugrientas bandadas de Nova Scotia. Arnold Circus agitado en un delirio de pájaros, las piedras

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empastadas con excrementos. Una breve parada para panes de cebolla y medias lunas. Luego, bajando por Lane Street, giró hacia la izquierda, la pintura de la pared descascarada con una cita histórica: “Vuelvo a casa/a mi/radio/ de la BACON STREET”. Un miserable vistazo a un desaguadero de libros, discos, muñecas amputadas, zapatos solitarios. Es demasiado tarde, los Pacientes Externos ya se están colando por todas las grietas. Plagas de estación. La primavera los sorprende: aparecen, pálidos, aferrados a sus giros bancarios, las mochilas a mano, para hacer negocios con papel. Carroñean lotes roñosos y saquean las ferias de caridad. Compran lo más barato y le sacan brillo a los precios, siempre frotando, rayando los originales; regresan en bicicleta al Camden Passage y al Camden Lock con bolsas cada vez más voluminosas, valijas, bolsas de basura apenas respetables, los clásicos Penguin: exclusivos para pingüinos. Éstos se contonean como tales hacia los puestos para confirmar los números en sus agendas. Libros para bingueros. En pleno verano la locura se acelera: escasea la provisión de valium. Cambian por la moda de las anfetaminas. Con ojos saltones, se toman un viernes para arrastrar los pies por la parte infectada de Portobello Road, compitiendo con un trío de prostitutas de Hong Kong con caras de luna, listos para negociar cualquier cosa, cantidad es lo que buscan: los mercaderes de una punta, la sucia, acopian más y más y más stock, que saben que no podrán ni querrán vender, mientras los comerciantes de otro nivel tienen cada vez menos, y cada vez más caro, hasta que no les queda más que una silla, un teléfono, y un número de teléfono de la Costa Oeste. Sábado, Bell Street, más de diez ferias benéficas, de Fulham a Finchley, más y más territorio, cada vez más rápido, para encontrar cada vez menos, sin tiempo para mirar, enlazar lo que sea, llenar el bolso, los hombros encorvados, hasta que apenas se puede caminar. A la altura del jueves el estrés ha comenzado a surtir efecto. Se los ha visto sufrir ataques de nervios, abofetear la cara de algún inocente caminando por Essex Road a punto de tomar el ómnibus al trabajo. “¡Desapareció, desapareció! ¡Ay, Jesús, ay Dios! Me han robado mi Waterland. ¡No, no, por Jesucristo!” Queda lloriqueando en el suelo, rompiéndose con un chirrido las uñas contra los ventanales del restaurante del señor Carrier. Se terminaron las vacaciones, hora de regresar al ridículo sanatorio. Los Pacientes Externos, también llamados Respiradores de Nucas, enfadados, consumidos por una angustia tiroidea, aman Brick Lane, pero no se los debe confundir con los Pendencieros o los Fanáticos de la Austeridad de Stoke Newington, los melancólicos. Los Pendencieros tienen sus pretensiones: han visto libros cambiar de manos por dinero, han

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acumulado catálogos, de los que nunca ordenan ni una compra (sin darse cuenta de que los libros catalogados son aquellos que los grandes muchachos no pueden vender, mercadería agria). Exigen precios de oro. Los Pendencieros se unen, si pueden, a los grupos de caridad extremistas. Es una gran estafa, reunir primeras ediciones para los Sandinistas, sonsacándole cartas de adhesión a John le Carré, la municipalidad disponible por cortesía del Nuclear Free Islington: vender todo regalado, sacárselo de encima. A los Pendencieros les agrada más que nada pelear por las mesas. A la mierda con los libros. Tienen que conseguir el mejor puesto y la mayor cantidad de mesas. Si algo no vende es porque la mesa no es lo suficientemente grande. Matarían por el puesto más amplio. Se dispersan por la feria como una unidad comando: botas, equipo de combate, manos como garfios, despreciando a los vendedores callejeros y discutiendo cada precio a viva voz. El pánico no aparece hasta que efectivamente encuentran algo. Entonces sobreviene el terror, quizá lo tengan que vender ¡Y PONERLE EL PRECIO EQUIVOCADO! Mejor quemarlo o enterrarlo. Cobraron fuerza en los crudos días del capitalismo de iniciativa zonal, los perros lisiados, los perros enloquecidos y los débiles al paredón. Toda la literatura flotante de la calle ha sido dragada y valuada fuera del alcance de los estudiantes que queden y acaso quieran probar fortuna. Un profiláctico cultural ha sido cuidadosamente colocado sobre la marea activa, grata y errante de desperdicios. Dryfeld y el Watson Tardío descubren a Nicholas Lane en el mismo instante, convergen, cada uno tomándole un codo huesudo. Tienen suerte de haberlo encontrado. Es demasiado bueno como comerciante para lo que se ha convertido este lugar. Las generaciones de vendedores callejeros pueden morir como moscas, en semanas, días. Un viaje fuera de la ciudad y desaparecen, no regresan nunca más. Cuando los Pendencieros han encontrado algo, Nicholas Lane ya no está allí. Si oyes su nombre, ya es demasiado tarde. Un último circuito nostálgico, ni siquiera está comprando libros, su extraordinario radar ha hecho blanco en una fotografía de T. S. Eliot enseñando un retrato de Wyndham Lewis a unos académicos canadienses que tienen el aspecto de haber caído de la punta del poste de un tótem. Está firmada, por supuesto. Si Nicholas Lane anda cerca, hay algo que vale la pena encontrar. Un alquimista convierte la mierda en oro, y el oro otra vez en mierda. Podemos oír a los Pendencieros intentando bajar el precio de unos andrajosos Colin Wilson de veinte peniques a cinco: sin éxito. Un precio

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escandalosamente recargado.
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El café del bar de obreros y estudiantes es apenas preferible al té: pega como un martillo. En lugar de un daño permanente al riñón, ocasiona una leve conmoción cerebral. Un huevo muerto se desliza por una húmeda rebanada de pan. Asombrosa, la anemia de Nicholas Lane está activa, como un cáncer heredado de una sanción de siglos atrás, ahora entrada en vigencia. El crimen de un hombre muerto brilla en su rostro. Está muy entusiasmado, torcido de frío, temblando en rojo, frenético con especulaciones y perspectivas. Un estudio en escarlata era ayer y ahora la palabra clave es ADELANTE. Con Dryfeld, la palabra es crimen. Y ahora es demasiado tarde. Quiere una venta y quiere su parte. Los acreedores de sus acreedores han envejecido esperando, las hojas de los machetes que alguna vez quisieron destrozarle la rótula están desafilados, pero el grito de tesoros olvidados en remotas librerías de provincia es demasiado agudo e insistente. Quiere llegar allí, en un compartimiento de primera clase. Esa noche va a ir a la casa de Lane en busca de su dinero. Antes de que su taza de café se estrelle contra la mesa, el bar entero, que ha estado oyendo sus rugidos, puede girar y verlo pasar en su bicicleta por la ventana, hacia el oeste, donde pasará el día frente a una interminable película de Abel Gance, las tres funciones. La energía también es un modo de posesión. Nicholas se guarda la foto de Eliot, sin locura por venderla, sin desesperación por retenerla. “Estoy seguro de una cosa. Ahora es el fin. Se terminó el ciclo. Nada más. El fin del mundo. Eso es definitivo. Realmente se puede verlo, el temblor milenario”. Flacos dedos manchados jugando y crispándose en el bol de azúcar. Dedos como un puñado de narices, hechos finas trizas en las cuerdas de una guitarra acústica, el aguado fantasma de un músico de rock. Recuerden que este hombre compartió cartel con Bob Dylan en la Isla de Wight; fue preseleccionado para reemplazar a Brian Jones. No fueron sus destrezas táctiles las que lo descalificaron, sino el poder de sus tabiques. La ración de pimienta se vio amenazada. Inclina la mesa con súbitos temores. Sus ojos pierden color. Es verdad que sucede pero no podés verlo. Ahora el fin. Todo ha terminado. Corremos hacia nosotros mismos. Corremos. Antiguo hippie, viejo monje. Nicholas Lane se pone de pie para dar la

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mano, una cortesía exquisita y natural, y se aleja, a través de la multitud, una sombra desvanecida.
*

Luego de pasar tanto tiempo en una habitación, el mundo exterior se termina convirtiendo en agua. La estufa sopla aire quemado pero aun así no logras calentarte. Los tobillos hierven pero la cabeza es un balde de hielo. El tiempo gotea como una estalactita. El agua para el café se hace humo en un árbol de vapor. El Joven Kernan era un tiracables de rock, sus heridas se remontaban a la prehistoria de los tempranos años ’70, una generación mutilada, como supervivientes de la primera guerra, risueño, iluminado. Nunca más el mismo, dañado, crispado pero bendecido con la cara de un monaguillo recientemente violado. Había acompañado a Nicholas Lane en los buenos momentos y en los malos, los peores, el fondo del foso, con el aspecto de regresar de un flagelo en un sauna. Sus ropas hechas jirones, aún mantenía el optimismo intacto de un verdadero discípulo que no puede creer que todo haya terminado. Alguien debió haberle arrojado una orden de conservación. Pero en el nuevo mundo de los negocios no hay contacto sexual. De una cacerola ennegrecida, volcó agua caliente sobre los granos del día anterior. Pequeñas epifanías domésticas iluminan la miseria. Postales, tallas tribales, objetos dadá vencidos, algunos juguetes infantiles. Viejos cuentos, todavía no evaporados. La alfombra gastada hasta el parquet. Juego de pesas. Tiempo de pesar. No es la mierda que se esconde en los estantes superiores, pero tendría que poder dividirse en siete partes. Vender seis y quedarse con una. Pagar seiscientas cincuenta libras para ganar cincuenta. Cuesta mucho mantener el trabajo a distancia para poder seguir trabajando. El Watson Tardío aguardaba, qué más podía hacer. No tenía sentido probar otra cosa. El espejo, la navaja, las pesas. Simplemente agarrá un libro y leelo. En alguna parte, Un estudio en escarlata: en su armario, en su maletín, ¿o escondido? Queda todavía mucha noche sin usar. En la calle, el agente Clark y su compañera Dudley patrullan deambulando por el pub —que es el burdel más concurrido entre Cable Street y Whitechapel, donde un negro repugnante administra mujeres blancas—, y por una vivienda a medias usurpada, la madriguera de trabajadores textiles, independientes, por hora, agujereadores de botones para impermeables, tintoreros de barriletes: todos ellos involucrados. ¿Dónde empezar? No hay nada por lo

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que valga la pena dar un culetazo. —¿Ves Hessel Street? Peor que Calcuta. Las miserables veredas son una carnicería. Viven en cavernas, los muy animales. Y mientras despliega sus conocimientos acerca del folklore local, sin encontrar resistencia, tantea con su mano el muslo de medias negras de su subordinada, de musculatura feroz. El corazón de John Williams, el homicida de la autopista Ratcliff, quemado en la hoguera, late parejo en el cuadrivio, en paz, lejos de los arbitrajes de la ética del trabajo, conectado por un trazo callado y misterioso a los bloques de piedra blanca de St. George in the East recientemente rasqueteados.

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John Gull se ganaba la vida gracias al agua, trasladando el fruto de los campos, por barcaza, desde Hamford Water a la City de Londres — medidas de trigo, medidas de cebada—; hasta que en Londres lo alcanzó la muerte en el agua. Siempre estuvo allí y siempre dentro de él. El bacilo de la coma todavía no había recibido nombre, y aun sin bautismo era mortal. La bomba de agua municipal en Broad Street había sido infectada, aguas residuales y agua potable corriendo juntas, un verano duro, las cuerdas colgando de las cajas en el mercado de Spitalfields, negras de tantas moscas, los vegetales de Gull pudriéndose amontonados. Las hormigas corrían por los escalones de la iglesia y eran tantas que podían tomarse a puñados. El delirante canto de las ranas. El sol se puso negro como hilos de arpillera y la luna se tornó sangre. La sangre de Gull hirvió, y se hizo agua. Sus fronteras voluntarias explotaron, se anegó hacia la nada. Arenisca en la fachada de edificios con leones incrustados. Polvo sobre el optimismo. Su esposa Elizabeth, que mientras John Gull vivía nunca había adoptado una posición firme acerca de nada, ahora que éste había muerto insistía en que no sería desalojada de la más extraña, algunos decían pagana, isla caníbal. Decían que el dolor la había desquiciado, decían. Pero no había muestras visibles de dolor. Ya no era la que había sido. Los barqueros la obedecían, por respeto, por un oscuro temor a John, a que fuera todavía su voz la que hablaba. Así fue que la más larga, la más negra, la más pesada, la más imperial de las barcazas de John Gull regresó a Landermere. La víctima del cólera, envuelta en blanco, bien ceñida, implacable: su calor sellado. Dieron la vuelta por el Naze y Hamford Water, por Horsey, por Skipper Island. Los pájaros del estuario revoloteaban en la mañana chata, apagada, de sol vencido ya temprano, la piel del agua afiebrada, retrocediendo ante el mal, cambiando con la brisa: un rezagarse de vecinos, obedientes, sometidos, Elizabeth y William, el niño en el muelle. Los barqueros, con las cabezas descubiertas, les dieron paso. La misma Elizabeth conduciendo el gran caballo, el Polichinela de Suffolk, que arrastra a John Gull en su descomunal ataúd flotante a través de

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estrechos canales, atajos y juncos. William a la zaga, un lobo con bozal. Se perdieron de vista a partir de una hilera de casas solitarias. Los barqueros, sus esposas en tierra firme con los ojos sobre el agua sin reflejos, se dieron la vuelta: demasiados idiotas con bastones. En un lugar que no era ni tierra ni agua, en un campo echado a la deriva, nunca trabajado, el caballo fue liberado de su arnés. Y la barcaza fue incendiada. La espalda de John Gull daba al mar cuando sus huesos se separaron de su carne. Su cráneo, apenas flotando en unos centímetros de agua, estalló en llamas: un faro. Parecía erguirse, tomar asiento. Quedó curvado como una rama seca. Su pajarito, un pedazo de trapo negro, se elevó, resplandeció y se hizo humo. La mujer y el niño permanecieron allí toda la tarde. Ese lugar les pertenecía; desconocido, todos lo evitaban. Los ojos rojos brillando en un rostro ennegrecido, el pelo corto ceniza que envejece, un hombre viejo ya, William Withey Gull lanzó un grito sobre los juncos con una risa colosal.
*

Ahora la ambición del párroco ya no sería jamás satisfecha plenamente: podría hablar con el padre de William, pero no obtendría ninguna respuesta. Lo mismo hablarle a un poste o a una de las piedras que señalan el canal a lo largo del barro hacia la isla de Horsey. Él les había hablado. Incontinente, conversador solitario, nunca contradicho, despotricaba contra los cuervos, elogiaba los cercos, debatía con gusanos en el cráneo de un conejo, vigilaba las groserías desde las rocas. Los clérigos viven en un monólogo así, es lo que se merecen: nadie le contesta a un púlpito. El silencio desafiante de John Gull reavivó, afiló y agigantó su deseo de iniciar una conversación con su viuda, Elizabeth. La viuda era una mujer de estatura moderada, oscura, de amplia figura. Se alisó el pelo pero no realizó ningún otro gesto vanidoso antes de abrir la puerta al golpe del señor Harrison, párroco de Beaumont. El señor Harrison vivía con la arena escurriéndosele entre los dedos, los granos chorreándole por su columna, el tiempo su temor: pasa, pasa, pasa. Sudores nocturnos. La tumba que bosteza. Para siempre. Barro en sus ojos. Cada mañana palpándose los huesos de la cara, buscando una debilidad, un hundimiento de la piel. Necesitaba estar allí, moviéndose, haciendo cosas; hombre de aire y fuego, de aires feroces, envanecidos. Le dio un tirón y arrancó la parra del otro lado de la puerta de la casita. Se

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agachó, giró su fino cuello como si fuera a espiar a través de las grietas en la madera. —Ah, m-m-madame, se-señora Gull, yo... Estimada Se-señora, mmm... William Gull precedió a su madre y ahora su cabeza, sólida, tomó contacto con el estómago tenso y contraído del señor Harrison. —S-s-sí... Yo... Mm-madame... El cabello de la viuda se veía iluminado desde atrás. Él se armó un lío con epistolarios copiados de los maestros de la Escuela de Venecia. Sobre el hombro de William, la mano de ella se veía fuerte, poco delicada, un simple anillo de oro casado a su dedo. —¿Señor? —Con su permiso... —El señor Harrison dio un paso atrás, gesticulando toscamente. William lo acompañó y se opuso a su intención de avanzar nuevamente hacia la puerta. —¿Le gustaría entrar a mi casa, señor? Le gustaría, lo hizo: maniobrando, poniéndose de pie, tambaleándose, inclinándose a medias, enrojeciendo, gesticulando, poniéndose en marcha, vacilando, sin haber sido invitado, hacia un asiento junto al fuego. “Aquello que tu mano encuentre para hacer...”. Lo que el señor Harrison deseaba no podía realizarlo. Lo que el señor Harrison, en su buena conciencia cristiana, podía hacer, lo hacía. William Gull debería presentarse en la parroquia de Beaumont cada tarde, a su regreso de la escuela del pueblo, y sería instruido en los Clásicos, acerca de la palabra reveladora de nuestro Señor, de la observación y descripción de la flora y la fauna, tanto local como general, de las peregrinaciones de los cuerpos celestes. Tendría incluso la oportunidad —bajo la más estricta supervisión, por supuesto— de gozar de las más exquisitas efusiones de los más refinados poetas de la época, como Sir Walter Scott. Esto satisfacía a la señora Gull, satisfacía al señor Harrison, y con el tiempo daría plena satisfacción al señor Benjamín Harrison, su tío, nada menos que el tesorero del Guy’s Hospital en Southwark, Londres. Al ser el hospital el propietario de la tierra de William, podría también ser, en la persona del señor Benjamín Harrison, y si Dios lo permite y William llevara a cabo su evidente —y heredada— promesa, y desarrollara todas sus facultades, su patrón. Un camino se había abierto, serpenteando desde la orilla, en círculos, hacia Beaumont y, a través de muchos retos y peligros y varias pruebas de voluntad, hacia el gran mundo. Él debía... servir. Con su torrente de benevolencia, el señor Harrison se permitió atrapar la mano de la señora Gull entre las suyas. Elevó su mano levemente hacia sus labios, y luego la soltó para que cayera, la palma hacia

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arriba, sobre la mesa: un helecho blanco proféticamente, marcado con un futuro aterrador.

y

muerto,

grabado

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El señor Eves guardaba los nombres de las víctimas impresos en rojo en frágiles fichas color vinagre, con borde negro. La primera letra de cada nombre era una capitular, ampliada, una letra de molde ilustrada y densamente ornamentada. Sacó las fichas de una caja de zapatos y las apoyó contra el pecho, indeciso acerca de cuánto ofrecer por ellas. Joblard y Sinclair se reclinaron alejándose de la mesa, ansiosos, respetuosos del tiempo de Eves, simulando una calma que no sentían. Compartían una jarra de cerveza negra, con mucha espuma, vertida en tazas de porcelana. Eves rechazó su oferta con la mano. —Diabético. No llego al Año Nuevo. A la mierda con las inyecciones. Me iré cuando esté listo y a mi manera. No, no me voy a hacer el yogui. Su piel era de cera y fibrosa, un pergamino sin aplanar, las mejillas hundidas, perfeccionadas con la enfermedad, corroídas hasta lograr una gran delicadeza de gesto y movimiento. Para evitar lo superfluo. Distribuyó las fichas con los nombres, en una especie de tarot, sobre la mesa de paño verde. Su cabeza con forma de corcho asentía a través de los paneles de las pequeñas ventanas de vidrio repartido. Detrás de él, madera oscura. Tutoría vespertina en una facultad de Oxford. El mundo a cierta distancia. Mary Ann Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride, Catherine Eddowes, Marie Jeanette Kelly. —No hay más —se nos anticipó—. Tus Tabrams y Myletts no son parte de esto. La capilla se los podía haber tragado en cualquier momento. Tambalearon. Contra su voluntad. Pero observen mis nombres, ¿qué ven? Veíamos nombres, los conocíamos. Había otras versiones de ellos; las víctimas pueden haberse mostrado de una docena de modos, así lo hizo Shakespeare. ¿Recordaban ellos quiénes eran? Estos eran los nombres de las víctimas y estaban estrechamente abrazadas como un famoso equipo de fútbol, eran inseparables. Parte del credo. Miramos fijamente las fichas. El señor Eves se alejó, buscó un termo de té, lo sirvió, sin vapor, enfriado, a una temperatura intoxicante, vertido en unos cuantos centímetros de azúcar, taza de caspa vieja, revuelta, sorbida más que bebida. Acercó sus labios blancos hacia la película que

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cubría el líquido. Una sonrisa: pedazos de dientes, lápices rotos, la boca de un conejo. Había planteado un acertijo con éxito: nosotros debíamos resolverlo. Él ya no iría a ningún sitio. Retirado, para siempre, en su estudio. El trabajo estaba terminado. —Llévenselas —dijo, golpeando las fichas con una uña sin recortar—, ya no significan nada para mí. Hizo girar una lupa de mesa, apoyó su pulgar sobre ella, una lengua en una ventana. La yema ampliada como en una autopsia. —Esta es la verdadera espiral —dijo—, el primer mapa del laberinto.
*

Pero es casi siempre en calles glaciales que he oído Cómo la maldición de la prostituta de medianoche Hace volar la lágrima del recién nacido Y castiga con plagas la carroza fúnebre marital. Repitiendo a Blake, Blake repitiéndose como un delirio, una de esas adicciones azucaradas que se te meten en la cabeza, un espasmo, imposible librarse. Un remedio contra un dolor local, palpitando contra el agotamiento del cuerpo. El signo de las Pléyades —las estrellas inscriptas en el jarro de una pinta— sobre un pub del lado oeste de Brick Lane: Las Siete Estrellas. Novias de las Pléyades: “novias” el nombre familiar que en este barrio tienen las prostitutas. Novias, estrellas, sirvientas de Orión. Corrupciones luminosas. Hace lo que quieras y estará todo dentro de la ley. Nos acomodamos en un rincón apartado, el bar todavía vacío, un charco de sol. La bailarina no sube al escenario hasta dentro de treinta minutos. Joblard enrolla un cigarrillo con sus grandes dedos manchados de ácido. Un rostro perturbado, un niño sustituido al nacer. Un hombre joven con ceniza en la cabeza. Una máscara de poder sumergida en cortesías. Se actúa a sí mismo con tanto esmero que el yo que representa se ha convertido en el verdadero: debajo hay un misterio mayor. De aspecto maduro, sin equipaje, y con un pasado paleolítico. Hace marcas en el hueso, le teme al papel. La pared detrás de nosotros repite una escena de desembarco, mástiles, castillos, baile. Y súbitamente reconozco la oración que Eves nos ha dado. Mary Ann Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride, Catherine Eddowes, Marie Jeanette Kelly. MANACESCEMJK. MANAC. ES. CEM. JK. MANAC ES CEM, JK.

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La fría verdad de esa ficción respira entre nosotros. Afluencia de aliento sumerio. El bar se ha llenado sin transición: hombres que vienen de la cervecería, ya medio listos para burlar y tratar con condescendencia al parroquiano de origen sikh, ocupando toda una pared, hombro a hombro, de la puerta de la calle hasta los baños, rodeando el semiescenario con una atención infecta. Del bolsillo de su saco Joblard desentierra un libro con la historia de los Crímenes de los Moors. Hojea el texto anotando en un posavasos los nombres de las víctimas: John Kilbridge, Lesley Ann Downey, Edward Evans. Y llega a la horrible revelación: JK, LADEE. Pared de cristal, un escenario de tablones. Nada de eso importa. Está su tiempo y nuestro tiempo. Están los trabajadores, que han sido siempre trabajadores. Para ellos se trata de tiempo libre. Manac. “¿Qué es lo que requiere el señor?”. La mujer no es deforme, como tantas que juegan en esta liga. Se distingue por la piel clara de su autoconocimiento. Una camisa negra de gasa. Sentada, ignorando los corrales de choferes, operarios, matarifes, las caras coloradas, vaporosas, las camisas empapadas en las axilas, a distancia de las obscenidades bramadas de vez en cuando. Comienza dándoles la espalda, ella misma en el gran espejo, un filme, la sombra de sí misma. Desconectada, quitándose todo lentamente, sin revelar nada: Inanna a través de las siete puertas del Templo de Ereshkigal. Ajustan sus ojos mortuorios sobre ella, y ella cuelga de los tallos de su deseo. El ritual se agria y deseca. Camina desnuda entre ellos, los tacones altos, zapatos sucios, escarlata, sembrados de apagadas estrellas de lentejuela, zapatos de leproso, recoge su diezmo, fuma, un tintineo de monedas en una jarra de peltre. Están en la calle y el calor de la vieja historia de siempre comienza a animarlos. El Nazrul otra vez, engullendo carnes picantes, arroz al azafrán, confecciones espolvoreadas. Parejas de hombres haciendo tiempo en las mesas, tortas demasiado dulces, tortas apestadas de leche condensada. Una sola chica blanca, sola, maquillada como un caballo de calesita, las narices en llamas, delineada en esmalte, sus ojos de confite muertos, sentada al borde de la mesa. Los hombres la acarician y la ignoran. Regresa a la calle con un quejido, con su falda de cuero, una gladiadora. Una voz desde la mesa detrás de ellos “Bueno, te sacaste la grande” proviene de una cabina vacía; sus nervios se intensifican y trastocan, dictan mensajes. “Te sacaste la grande”. Esporas de lluvia mueren en el empedrado, energías remotas atraídas hacia la entropía de la espiral; fuerzas vegetales, pálidos helechos

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apartando los adoquines. Vagabundos, compartimos una botella de vino menstrual, escupimos en jardines salvajes. Lamemos colillas de cigarrillos. Pateamos paredes. Las viviendas de la parte sur del cementerio judío han sido abandonadas por sus dueños, y ocupadas por pordioseros y parásitos. Condenada, la zona entera está condenada. Las piedras se asolarán, ladrillo a ladrillo, sus historias aplanadas, enterradas en montículos de polvo. La geología del tiempo ahora está disponible para nosotros, en este momento, esta tarde, y desaparecerá, inalcanzable para siempre. Irredimible. Unos escalones llevan a una capilla al aire libre. Altos muros fortificados, arqueados, techados, glorieta, un lugar de adoración. Como una dársena, tres picos en triángulo pintados con el ojo de Horus. Un jardín bautista medio infame: barrancos con viviendas todo alrededor, sin dejar pasar la luz, jardín de sombras, balcones, escaleras, entradas oscuras. Hay dos lápidas encastradas en el muro, mandamientos para recitar por ojos que se eleven del zumbido de los salmos. A la derecha: “Trabajo / es vida / Bendito aquel / que ha encontrado su trabajo”. El trabajo, si breve, es vida. Rápidamente consumado. Destruido. A la izquierda: “Aquello que / vuestra mano / encuentre para hacer / que lo haga / con todo vuestro poder”. Dieciséis ventanas en todo el bloque de viviendas, y cuatro más adosadas al techo: ojos ciegos. Tiempo condenado. Un decorado preescombros, erguido sobre vigas. La perdurable resistencia de los barrios bajos. Obras benéficas construidas para durar mil años. Cinco arcos forman la nave del altar, el oscurecido cuerpo de la capilla: trampa sin vigilancia para dioses. Cambiamos la dirección hacia La destilería, dejamos que el trazo en la tierra nos conduzca, la pata de la liebre. Una marea nos arrastra alrededor de islas de abandono, territorios de gitanos, restos de asuntos civiles, cuidadosamente señalados con placas, arcos ferroviarios creados con motores en ruina, chatarra fundida. Por la calle Durward hacia Vallance, acortando camino por Buxton Street hacia la entrada posterior de la cervecera, para fichar la salida. Un conjunto de casas del Victoriano medio, marcadas para demolición, selladas con una cerca de hierro corrugado. Un afiche, “SS”, un pastiche nazi, extremista, protesta por la Inseguridad Social. Mientras leemos, una fina voz de vermouth se nos acerca, un cristal que rasga seda. Una mujer con el cabello pasado por varias salsas, la cola teñida, hace de intérprete de un personaje pequeño, de cráneo mojado, que se

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sacude, trémulo, casi una muñeca en pantalón de pijamas y pantuflas. Su sillón ha sido arrastrado a la vereda, ¿de dónde? Quizá vive en él. Unas cuantas líneas de cabello han sido pintadas sobre su cuero cabelludo, una mancha marrón rojiza cae por sus mejillas encogidas, parece la herida de un martillo. A la mujer le han ordenado preguntarnos si somos alemanes. De mejor humor por la bebida y el ejercicio, Joblard espeta unas cuantas frases de Mabuse macarrónico. El pequeño hombre se retuerce de verdadero horror, patalea y arrastra la gran silla con él, cubriéndose la cara con un brazo delgado. La mujer explica que el viejo ha estado en los campos. Se llama Hymie y era sastre. Van a tirar abajo su casa. Mi mujer y mi hija han ido a pasar unos días con su madre, convaleciente, frente al Mar del Norte. Joblard regresa conmigo, por lo tanto, para pasar la tarde juntos hasta la noche. Vaciamos la heladera y nos la tragamos, estante por estante: aceitunas, ensalada, arroz con leche, panceta, queso. Lo digerimos metódicamente con una mezcla de cerveza negra rusa y sidra de endrino. Sólo queda una torta de chocolate de dudosa procedencia, obsequio de unos vecinos devotos de la Liturgia Divina, inspirada en un libro de cocina de Alice B. Toldas, y probablemente enriquecida con aditivos de Asia Menor. Engullir, tragar y atragantarse; las bocas negras como comederos de barro. Una buena paliza y en el bolsillo un sobre amarillo repleto de billetes. La torta no causa un efecto inmediato, nos llenamos con algunas porciones más. La televisión comienza a adquirir un ingenio hasta entonces desconocido. Todo es irónico. Cada comentario suena gracioso, pero atenuado: nadie más se daría cuenta. Estamos acostados en el piso, agarrando todo lo que nos tiran, sin sentido crítico, entretenidos. Da todo igual, ¿no? Mirá lo que quieras y encontrale un valor. El programa que hemos estado aguardando aparece ante nosotros como de la nada. La última entrega de una investigación televisiva sobre los Crímenes de Whitechapel, El Archivo Ripper. En nuestro estado desquiciado no estamos interesados en seguir detalles o en hacer conexiones lógicas. Lo sabemos todo. Cerramos los ojos: Masones, Clarence, Druitt, conspiración, asilo. Todo lo que importa es la metáfora básica: tres hombres, Sickert el pintor, Netley el cochero, Gull el doctor. Si la ecuación se resuelve, entonces es verdad. El pelo se eriza en el cuero cabelludo, una especie de reconocimiento, nombres conocidos, lugares conocidos. Simplemente se confirman.

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Nos obligamos a concentrarnos en las voces remotas y ridículas. —¿Tiene usted una fotografía de él? —¿De quién? —Sir William Gull. —Parece mucho más importante que los otros dos sospechosos. —Lo era. Un hombre que se hizo a sí mismo. Curó al Príncipe de Gales de tifus y a partir de entonces su carrera fue todo cuesta arriba. Dejó trescientas cuarenta mil libras, una enorme fortuna en aquellos tiempos. —Hoy no estaría nada mal. ¿Puede realmente figurarse a un hombre así caminando hacia Whitechapel y tomando parte en el crimen de cinco prostitutas? Gateo hasta el aparato, obligo a mi cara a mirarlo. Detrás de las líneas onduladas, una cara más firme y más conocida para mí que la mía propia. Es la cara de Joblard, el huérfano. Sir William Gull ha robado la cara del huérfano. Su arrogancia y abstracción me dan escalofríos. ¿Se mira Joblard a sí mismo? ¿Confronta el yo que ahora lo está acusando, que lo conoce, lo empuja a que se haga disponible para la representación de un antiguo crimen? El yo que él ha estado representando inconscientemente. No. Está recostado, la cara en la bañera, gimiendo, observando la bazofia de chocolate, cerveza y curry regurgitados, removiéndose, en el sentido de las agujas del reloj, alrededor del agujero del tapón. El intercambio de testamentos se pospone.

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Era la primera vez que veía a alguien cocinar con yogur. Barniz oscuro, techo alto, ventana sucia por la grasa de las carnes, roble y hule, el casco de la habitación ensanchándose hacia un pequeño jardín sembrado por una erupción dispersa de plantas convalecientes. Con las mangas dobladas con elegancia hasta los codos, las largas manos maniobraban con una exactitud forense, el omóplato bajo los sofocantes “ornamentos negros”. Justo antes de que se queme, sacudió el arroz en una cacerola distinta, mojando apenas la punta de los vegetales verdes en agua hirviendo. Un experto en la antigua cocina india. El día era cálido, efusivo. Mantos de amarillas flores pez martillo estallaban en chirridos entre los jardines condenados y los terrenos cercados. La larga inercia se había quebrado, la gente de invierno, encerrada, retorcidos cadáveres crujiendo, se sentía molesta, estaba lista para ponerse en marcha, para estar temprano en las calles; para buscarlo, encontrarlo, adoptarlo. Pero las ventanas de Joblard, sus hojas desparejas, permanecían inmóviles, fijadas en pintura antiquísima. Un pequeño fuego de carbón enrojecía en el hogar. Me invitó a su mejor sillón, comimos. Una cirugía de botellas diminutas, instrumentos, tubos, cables. Un museo de piedras, pieles, animales embalsamados, cazadores neutralizados, sonriendo con la mueca de dientes muy falsos. Candelabros de latón, relojes sepulcrales. Tanto pasado había sido traído a estas habitaciones que el aire se había convertido en niebla y hollín; polvo de hueso espolvoreando su calva, sombras de barbas componiéndose en nuestras caras. La mano se crispó sobre la campana para llamar a la señora Hudson, que de hecho parecía estar presente, ya que mientras el fuego se apagaba la puerta se abría y un hombre encorvado y poseído, afable pero distraído, aparecía con un nuevo cubo de carbón. La ceniza de un cigarrillo se desprendió, pero antes de que llegara a la alfombra fue barrida hacia una pala por una mujer diminuta, sonriente, completamente imprevista; tan discreta que se había retirado, taconeando, antes de que la hubiéramos reconocido. Ambos parecían espíritus de prolongada residencia: habíamos

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errado hacia su territorio y seríamos servidos, sin interrogatorios, pero sin homenajes superfluos ni rastros de ironía. La casa era alta y de altas ventanas, apacible. Es posible que hubiera otros habitantes pero no estaban a la vista. Una vez apareció una especie de animal, un bulto de viejo pelaje negro, asintiendo con la cabeza, medio ciego. Se deslizó unos metros hacia el fuego antes de ser tironeado hacia atrás y afuera por una correa invisible, la pequeña mujer cacareando en el umbral de la puerta. De la ventana del frente: algunos árboles, una parcela de pasto, arcilla áspera y ripio, y más allá, distantes monobloques de ladrillo oscuro, sin luz: cumpliendo una condena. Sin un violín o una bebida de siete por ciento a mano, Joblard ofreció una pipa de cerámica mientras sorbía y escarbaba algo más teatral, tabaco picado empapado en ron. El tiempo se desanimaba con nosotros; acuoso, hervía a fuego lento. El humo serpenteaba y se retorcía en interrogantes. Luces de un gris azulado hacían correr venas hacia el techo. —Pienso —dijo Joblard, señalando con el cañón de la pipa un ejemplar del libro de Stephen Knight, Jack el Destripador. La Solución Definitiva— que nos hemos salvado de mucho trabajo de hormiga. Este guión se discutirá inexorablemente y, ya que lo recibimos ahora que el elenco ha sido difundido, podemos admitirlo como hipótesis de trabajo y arrancar a partir de allí. —¿Hacia delante? —pregunté— ¿o hacia atrás? —Hay algo implícitamente sórdido y salaz en remover la roña de estos crímenes todo el tiempo, en espiar cuerpos mutilados, enumerar ropa interior, recorrer los terrenos infectados en busca de una vibración oculta rezagada en el tiempo. Detesto estos reporteruchos con sus bolsas de viejos recortes. Si Knight hubiera sido un químico y no un periodista, dudo que se hubiera atrevido a describir alguna solución como “definitiva”. Según mi diccionario una solución es “el acto de separar las partes, especialmente las partes conectadas de cualquier cuerpo”. Una lástima que sea así. “Disolver un sólido en un líquido, absolución, liberación”. Esto es precisamente lo que la explicación de Knight no provee. Se nos informa, se nos excita, se nos atrae hacia una complicidad con su versión de la verdad. ¿Pero absueltos y liberados? No creo. No creo que entienda que se requiere una liberación. ¿O qué monstruo puede resultar de ese parto de manos ensangrentadas? Admitimos que hubo cinco prostitutas asesinadas por Sir William Gull, o por orden de él. Un carruaje se vio involucrado, y un cochero, John Netley. El tercer hombre sigue siendo un enigma, una cara indefinida. Los

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hechos tuvieron lugar entre agosto y noviembre de 1888 en un escenario determinado, Whitechapel. Hizo una pausa: —También me gusta la idea de las uvas. Tomó un guijarro de piedra caliza de la mesa y lo hizo girar en su mano nerviosa. —¿Fue todo esto algo más que una conspiración local? ¿O está el círculo volviéndose hacia nosotros? Ahora que el siglo desfallece, ¿será necesario otro modelo de sacrificio? ¿Comenzamos lentamente a comprender sólo porque estamos a punto de convertirnos en actores del mismo ritual ciego? Nuestra conversación avanzaba con espasmos y saltos al azar: ranas muertas en un estante electrificado. “De una gota de agua”, escribió Holmes en su artículo, El libro de la vida, “un lógico podría inferir la posibilidad de un Atlántico”. Pero nosotros no éramos lógicos. Nos precipitábamos, contestábamos sin pensar, desconfiábamos de nosotros mismos, retrocedíamos, siempre utilizando la evidencia del pasado como justificación. —Encontré algo curioso en un libro de Michael Harrison —arranqué— publicado tres años antes que el de Knight. Harrison sostiene que “en lo que Sir William Gull se había convertido para la Familia Real, Nobleza y Aristocracia de Gran Bretaña, en el terreno de la medicina... Sherlock Holmes, aun a mediados de los ochenta, iba bien en camino de convertirse en el terreno de proteger a los Grandes de la maldad de sus enemigos... ”Creo que ésta es una mejor puerta de entrada: a través de una forma inconscientemente escrita entre las líneas del texto. Lo que importa es lo que no dicen, lo que está codificado allí, todos esos maravillosos detalles no explicados, como una catedral gótica. Así es como estos libros nos tienden una trampa adictiva. ”Desplumen Un estudio en escarlata o Jekylly Hyde o Misterio del carruaje y aparecerán las versiones proféticas. Bajo el impulso narrativo corre un plan de energías que puede, con la clave correcta, ser consultado. Saqué de mi bolsa un ejemplar de Los relatos de Sherlock Holmes y se lo mostré a la fuerza. Había tratado el texto como un censor de cárceles, tachando cuidadosamente para descubrir el temblor mántrico.

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—Obviamente, esto es una lectura demasiado descarada. Mejor observar el destello de palabras aisladas, cortar frases, dejar que el texto arme su propia cadena. “Netley. Cirujano. Caballo. Londres, ese gran pozo negro. Juntos en un carruaje. Pobre diablo. Buscando alojamiento. . Un extraño. El segundo hombre en el día.

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No encontró con quien compartir los gastos de unas lindas habitaciones. Quizá no te gustaría como compañero permanente. Un poco extravagante en sus ideas. Bien en anatomía. Ha amasado grandes cantidades de conocimiento no convencional. Un hombre al que es difícil hacer hablar. Se evade del terreno. Una razón para desentenderte del asunto. Sangre fría. Una pizca del último alcaloide vegetal. Puede ser llevado al exceso. Cuando llega el momento de golpear con un palo a los sujetos en la sala de disección. Un estado bastante raro. Verifica cuántos moretones pueden producirse después de la muerte. Lo vi haciéndolo delante de mis propios ojos. ¿No era un estudiante de medicina? Giró en un pasaje estrecho y pasó por una puerta lateral que daba a un ala del gran hospital. Terreno conocido. No necesitaba guía alguno. ¿Por supuesto que ves el significado? Consigamos algo de sangre fresca, dijo. Líquido transparente. Un color caoba apagado. Polvo amarronado. Las manchas tienen algunas horas. Cientos de hombres caminando por el mundo que años atrás hubieran pagado por sus crímenes. Un hombre es sospechoso de un crimen quizá meses después de haberse cometido. Su ropa de cama examinada. ¿Manchas de óxido o de fruta? También estaba Masón. El escandaloso. Tengo que ser más cuidadoso. Me salpico. Descolorido con ácidos fuertes. Cada uno conoce lo peor del otro antes de empezar. Un misterio, ¿no? Le estoy agradecido por habernos reunido”. —El amanuense toma dictado a una velocidad —con frecuencia bajo

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presión de trabajo o enfermedad— tan rápida y tan concentrada que lo escribe antes de que suceda, y al escribirlo provoca que suceda, un juego del destino que no le permite al inconsciente ninguna huida. Con describir los demonios no alcanza para escapar de ellos. El médium no elige a quién servirá. “Esto es para invertir las convenciones de la narrativa policial, donde un crimen se descifra pieza por pieza, hasta que un asesino es denunciado, alguien cuyo acto es el punto inicial de la narración. Nuestro relato comienza en todas partes. Queremos reunir todos los movimientos incompletos, como cubistas, hasta que lleguemos al punto en el que el crimen pueda cometerse a sí mismo. “Es por eso que existen tantos candidatos para Ripper, tantas teorías, y todas pueden ser correctas. Todos pueden desvanecerse lentamente en asilos privados. “Los hechos de Whitechapel cauterizaron los temores milenarios, cancelaron la promesa de una revelación. Necesitábamos aire: caminaríamos hasta Southwark y estudiaríamos la torre quirúrgica.
*

Cobourg Road es la arteria de un camino mucho más antiguo, la vía peregrina, Old Kent Road, una curva más allá del Becker. Esta es una zona que se conocía a sí misma, se valoraba, pero vivía con temor a lo que pudiera pasar, y pasarles a todos ellos. Su secreto podría ser violado, vivían en un tiempo suspendido y mantenían sus voces bajas, sin exigir nada. Conan Doyle situó muchos de sus cuentos sherlockianos en este lugar. En este territorio Watson encontró una esposa. Las víctimas del crimen aguardaban su visita, todavía no invadidas por los ángeles de la destrucción; navajas para venas vitales, puntas de hachas bien afiladas. La zona estaba protegida por su rigurosa domesticidad. La familia perduraba como unidad de fuerza dentro de sus paredes, relacionada y conectada con tantas otras agrupaciones tribales, tíos choferes de camionetas, trabajadores de fábricas de las cavernas del ferrocarril: había mucho para compartir, arreglar, ajustar, errores para corregir. Una proximidad conjurada. Impuesta, ritualizada, enmudecida. Los trabajadores sociales la descoserían y la dañarían con cuidado, hasta hacerla desaparecer para siempre. Cuando fue examinada la ropa interior de la primera víctima del Destripador, Mary Ann Nichols, hallaron la etiqueta del asilo de pobres de

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Lambeth. Gracias a lo cual pudo ser identificada como la esposa de William Nichols, impresor de Cobourg Road, Camberwell, de quien se había separado hacía nueve años. La protección de este recinto, invisible, inexpresado, fue anulada por la ginebra, quemada, ella misma prostituida, a la deriva, inevitablemente expulsada, arrastrada, de donde ella había jugado a ser, abajo, con una generosidad inconsciente, empleada de Thrawl Street, Fournier, Flower & Dean, otro recinto, más salvaje, el intestino recalentado de la ciudad: fue degollada, tensada, sus medidas despedazadas. Interrumpimos esto sin que nos importe. El canal Surrey se ha secado. Una vieja línea del cólera, zanja de trabajo, que acabó con John Gull. El pasaje no señalizado hacia Greenland Dock y Limehouse Reach, un camino de basura, desechos, viejas calles inclinadas para anestesiar el sentido. Mapas de la inutilidad caídos en tierra. No hay donde beber por aquí: los pubs se derrumbaron sobre sus propias pretensiones, cretinos sustitutos ruegan espuma de cóctel, el tintineo de carteristas electrónicos socava la mente. Southwark contiene su tiempo, con la City, Whitechapel y Clerkenwell, guarda la memoria de lo que fue: es posible caminar hacia lo previo, como en un cuento, y seguir siendo fiel al momento presente. La huella de Marshalsea, la laberíntica trampa narrativa que tendió Dickens, toma el control: las figuras de la ficción sobreviven a los impulsos fantasmales que les dieron a luz. El pasado es una ficción que nos absorbe. No se necesita pasaporte, se dobla la esquina y está contigo. Las cosas que se hacen allí son naturales, uno hace lo mismo. Separado de esta sombra no sos nada, no hay nada. No hay otra existencia. Con los gruñidos vulgares de Bob Sawyer y Ben Alien, con esa exuberancia cuyo encanto post textual no se traduce a la calle, médicos jóvenes se lanzan a The Bunch of Grapes, a beber hasta tener el pulso listo para una tarde en la sala de operaciones. Cruzamos St. Thomas Street para llegar a Red Tower. Una Historia del Dolor bajo la protección de la roseta de la catedral: un enhebrado de frutas, cuernos de la abundancia, suspendidos del ladrillo templado. Entramos, pagamos nuestras monedas, subimos. Bajo los aleros, la Guardilla de Hierbas. Aquí se encuentran las reliquias, los morteros campana de Whitechapel, donde los cuerpos desmenuzables son reducidos a polvo. Aquí están los nombres de los Viles Custodios; Lázaro, Job, Nápoles, Magdalena. Aquí está la advertencia: “El interés de los pobres / y su deber / es uno y el mismo”. Bajo techos abatidos, copas de semillas de amapola. En el quirófano preservado luz séptica, una herida estrujada. Se

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honra el poder del dolor: virutas, sierra, tabla, correas. La solidez de la tabla de cortar hace contrapeso con la curvatura de las galerías color ocre, como en la habitación de Joblard. Sobre la cabeza de la víctima ausente hay fijada una máxima: “Miseratione non mercede”, para enfrentar al público, a los distinguidos visitantes en sus sillas acolchadas. El piso ha sido elevado tres pulgadas sobre vigas para absorber la pérdida de sangre. Cuelga la lámpara pascual, ennegrecida por la abundancia de amputados, su conciencia inicia gritando en estado de shock, forzándolos a trepar fuera del dolor, hacia el forjado de metal, hacia la misma luz. Cirujanos de abrigos largos cortan y tajean, hablan de su virtuosismo a las secas gargantas de los estudiantes amontonados. Se salpican las manos con agua. Un pequeño espejo. Sus propias caras. Barbas y dientes. Retiran a los pacientes. Espectáculo terminado. El telón de los ojos. Presente el joven Keats, sus labios mordidos. Un neófito. “Implicado” por estos rituales en misterios que empequeñecieron tanto su corazón que ya no puede contener su sangre. Un torrente, de eso no debería hablarse, acelerado por la enfermedad: un testigo. Botas altas manchadas de pus, agrias venas abiertas. Gull y Hinton, hombres de Guy. Un privado y secreto teatro de gestos. La alquimia comienza en las entrañas del temor: luz de parto en el estiércol. Huida. Las cabezas inclinadas hacia delante, los hombros se magullan en los márgenes de la iglesia: calle abajo por Cathedral Street, una ojeada, parcial, en combinaciones fracturadas, a la torre y a las vías suspendidas, una escenografía expresionista. Nos abrimos camino entre cajones de uva, bajo la tienda del mercado municipal de verduras. Cada uno elige su entrada. Si se puede encontrar un mercado abierto encontrarás un pub donde valga la pena beber. En paz, cuando se hayan ido los trabajadores. Nos acercamos al Wheatsheaf, “TOMA CORAJE”: la marca y el eslogan de la cerveza un mensaje dirigido a nosotros. Las ruedas traquetean por sobre el mercado, un laberinto de jaulas. Los transportes cargados zarpan temblando desde la cúpula de St. Paul’s. El bar posee su propio criterio sobre lo que debería ser: madera húmeda arqueada como hueso de ballena, claustrofóbico, grabados de la vieja ciudad, rincones secretos, mensajes oscuros. Este interior posee una cualidad narrativa, como la de un púlpito. Debemos instalarnos dentro de un texto, no hay nada escrito, está todo reescrito. Somos retrospectivos. Hasta los muros están empapados de historias previas, abortadas. Nos apropiamos de cerveza negra rusa y sidra de endrino. Y rascamos y quitamos de nuestras botas los restos vegetales podridos. A resguardo de

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la furia de los hechos. El discurso se derrama como un cráneo vaciado. Nuestro barman nos sigue con su ojo pequeño, una fiebre peligrosa, reconocida, a la que no se le debe dar la oportunidad de surgir. Se traga los bordes de los labios. Un hombre cortés, amenazadoramente cortés, de un pálido brillo de polillas y aspirinas, de café flojo: un golem de armario. Sus crujientes mangas sujetas con ligas. Sonrisa contenida, como un animal perverso de los años treinta. La cara, pura carne blanca como una vela, y una copa de brandy de respetable locura. Tironeo obsesivo de los puños. No hay manera de escaparse de eso. Nos ha oído, nos esperaba, hemos cumplido con los requisitos. Cuando dos hombres se reúnen, siempre hay un tercero presente. Sin nosotros no estaría aquí: si no fuera por él no habríamos venido. Le doy la espalda al bar y me encorvo. Por encima mío se dirige a Joblard, que no levanta la vista de la mesa. —Señores, ustedes mencionaron a Keats, pero ¿qué opinan de Chatterton? De pie frente a él, en silencio, Joblard alarga su mano hacia otro par de botellas. —Keats no temía tomar prestado de Chatterton, en absoluto. No se trata de robo, ustedes comprenden, sino de un acto de generosidad. Uno mismo se expone a un mundo de posesión oculta. Concluir el trabajo de otro hombre, como esas estatuillas que los sacerdotes egipcios solían dejar en sus tumbas. La tarea no finaliza con la muerte. Y tampoco le pertenece a ningún individuo. A la espera de una cerveza negra, la mano de Joblard recibe una tarjeta postal. Seguramente conoces el cuadro de Wallis. Creo que está en la Tate. Yo nunca lo vi con mis propios ojos. No me agrada mojarme los pies cruzando el río. Sólo arruinaría la ilusión. Prefiero la postal. Es al cuadro lo que el cuadro a Chatterton. Ven, no se trata de Chatterton en absoluto, es George Meredith. ¿No es gracioso? Posando en calzones púrpura, la camisa abierta hasta la cintura, sobre una cama en Gray’s Inn. Una estúpida loca. ”Es por eso que la vista desde la ventana es completamente errónea. ¿St. Paul’s? ¿Desde Brook Street, Holborn? Una perspectiva totalmente embrollada. ”¿Qué importancia tiene? Esta versión es mucho más entretenida que la supuesta verdad. ¿Para qué mirar a la desdichada criatura esforzarse por actuar cuando puedes llevarte una chica pin-up a casa? Joblard emite un sonido a mitad de camino entre un gemido y un insulto, incapaz de aguardar un poco más, intentando destapar la botella con los dientes.

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—Supongo que a usted le gustarían el vómito y los dolores venéreos. Había cogido una mala dosis. Yo siempre optaría por pedir antes un consejo. La ventana detrás de él abierta apenas una rendija. Nada descarado. Wallis huyó con la mujer de Meredith. Estúpido cochino. Pronto se la quitó de encima. Era a Chatterton a quien perseguía. Debió haberle comprado a ella una peluca roja. Una vez que llegó a Spitalfields, Chatterton nunca debió haberse ido. De acuerdo, mejor no haber llegado nunca. Debió haberse quedado en casa con su madre. Poseía la coartada perfecta: plagiar lo no escrito. Si funcionaba él se lo atribuiría; si fracasaba, bueno, de todos modos no le pertenecía. Todos debemos encontrar maneras de distanciarnos de nuestras propias invenciones. Ese era el propósito del veneno. Separarse de su trabajo, para que pudiera sobrevivirlo. Se convirtió en una figura, apareciendo en las obras de teatro y novelas de otros. Haciéndose pasar por Francis Thompson. Terreno peligroso para perderse. Cuando apenas me había mudado aquí, un amigo mío solía comprarle todas las verduras a los más viejos y decrépitos del mercado. Cuando le pregunté por qué, me respondió que le proporcionaba un sentimiento único pensar que alguno de ellos pudo haber conocido a Oscar Wilde. A mí me parece una idiotez total. Ya estoy afuera, espantado. Resulta que ahora son todos escritores, todos reescriben el pasado, todos rescritos por identidades todavía no nacidas. Puedo oír la voz del barman, dirigida a mí. “¿Por qué esa prisa? ¿Quiere ponerme en un libro?”. Tenemos que escapar, arrastrados, sin poder tomar decisiones conscientes. Para un hombre de su peso y sustancia, con pantalones Bunter a rayas, cuello de celuloide y abrigo negro, Joblard arranca con un paso inhumano. Por Tooley Street, cantineros, carteles, el borde de St. John, Horselydown, un vidriado burocrático, por Tower Bridge, The Minories. No fue planeado, estamos otra vez allí. —¡Suban y mueran! Matfellon, Hanbury, Durward. Damos la vuelta entera. El estómago del corazón. No hay manera de librarse de él. Nos describe. Inclinándonos hacia el magnetismo, de regreso al vientre del secreto. Pero nos encontramos dentro de nuestro territorio, delimitado por la circunferencia de la razón. Inflamadas, nuestras energías se repliegan sobre sí mismas.

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A pesar de sus mejores esfuerzos, Dryfeld era un hombre interesante, y un hombre con intereses. Pero había docenas de otros hombres a quienes nada les hubiera gustado tanto como quebrar ese interés, atravesarlo como una navaja atraviesa un melón. Era también un hombre poseído, un materialista. Nunca estaba ahí delante tuyo, estaba siempre conduciendo, apresurado, las cejas rígidas, prosiguiendo la batalla. Si conseguías atraparlo por unas horas —digamos en un coche, rumbo a un objetivo que él mismo aprobara: el rumor de una librería virgen— sus preocupaciones o intereses más profundos surgían en una visión del mundo que parecía, en el peor de los casos, la suya y, en un nivel más superficial, enérgica, vivida, arrojada hacia un lenguaje claramente práctico, candente, la sintaxis escupida como clavos. Si querías hablar de prisiones, hospicios, encierros, él podía facilitarte hechos, datos, anécdotas. Si querías separar la envidia de los celos, él era el hombre indicado. Si querías conversar de cultura, él la había visto, la había tragado. Su avidez era la de alguien a quien, en algún momento, se le había negado rotundamente el acceso a estas cosas. Alguien decidido a inventarse a sí mismo, pero que no se compromete con el resultado de esa cesárea brutal. De mandíbulas prominentes, se había propuesto desafiar al subcontinente trémulo y corrupto, aunque esencialmente trivial, del negocio del libro. Lo convirtió en su vida. Otras partes de él pagaron por ello, se sumergieron. Contaba con no pocos bienhechores, y la esencia de su encanto, invisible para las miradas inexpertas, era apreciada por una serie de mujeres que fuera de esto se mostraban desesperadamente respetables. Las mujeres casadas eran su presa predilecta: una suerte de profiláctico emocional. Era capaz de descubrir cualidades únicas en los miembros más inciertos del ramo, pero incapaz de reconocer el verdadero valor de Nicholas Lane, que era su opuesto, tanto más líquido, ilimitado, pero rigurosamente exacto en su atención al detalle. Nicholas Lane se estaba desinventando a sí mismo, vaciándose, cada día menos presente. Se estaba liberando fecundamente de lo humano, tornándose una fuerza de la

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naturaleza. Liquen bajo las uñas. Superando la adicción hasta que él era la adicción. El dolor sin la cabeza. La línea sin la sombra. Deterioro absoluto, un estado terminal. Una necesidad sin origen. Ingrávido, y de una gran delicadeza. A pesar de que parecían tener tanto en común, que asumían la misma metáfora universal —la compra y venta de libros—, cultivando rechazos similares y rehuyendo de la carne, cocida o cruda, ellos eran los polos entre los que circulaba la corriente. Los dos mejores cirujanos de su generación: arrinconados, sin reservas, raquíticos, desquiciados. Cometas muertos. Cheques sin fondo. Teléfonos cortados. Sin techo. Dryfeld estaba dispuesto a desprender las tablas del suelo con tal de obtener su dinero. Nicholas Lane estaba dispuesto a contemplar la circulación del polvo en el aire, a esperar que la arcilla se asentara en el suelo de hueso seco de los valles lunares. Un cirujano impulsado por aquello en lo que él mismo se había convertido, corriendo hacia su propia máscara mortuoria. El otro escapando, escondiéndose detrás de lo que realmente era. El espacio entre ambos es infinito. El narrador, en busca del fracaso y el ocultamiento, como única condición espiritualmente apropiada para su autoestima, es de cristal. Los observa, sin mirar, sólo está. Y sólo puede vivir en ellos, alimentándose de ellos. Lo que deriva en un estado de ánimo tan lleno y tan vacío como ellos mismos.
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Es una de esas noches cortas que no se detienen nunca. Persianas de listones sellan la jaula, los dealers observan sus desnudas obsesiones, el tambor telescópico de un arma. Esa hora suicida de café frío y voces extrañas en la radio. Aguardando anuncios apocalípticos con una calma fatalista. Las reacciones ralentizadas: como tener que decirle a otro cuerpo qué hacer sin mover los labios, como levantar a un hombre muerto bajo el agua. Todos oímos los rasguños y golpecitos en la ventana y todos los creemos, pero qué más da, no nos podría importar menos. Nos anulamos mutuamente. La ventana está tan floja, el marco tan podrido, que no se puede cerrar. Se eleva lentamente; las persianas dan un repiqueteo de muerte, huesos atados con hilo. Dedos blancos se enredan en las tablillas, gusanos en un farolillo. Aparece una cabeza enferma, el cuero cabelludo color tiza,

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su vellón húmedo, coronas, aureoladas en sodio, ensortijadas, lemurianas. Manos sucias buscan a tientas algo sólido. Howard Omega. —¡Eh! Sus labios no se mueven, habla por la nariz. —¡Sí! Legañoso, asiente. Silba. —¡Eh! OK. ¿De acuerdo, hermano? ¡Andá! Sin ser invitado, Howard comienza a recoger libros de los estantes y les echa un vistazo a las tapas. Sin abrirlos, los ubica de nuevo, furiosamente, doblando los bordes, dejándolos como labios partidos de truchas. —¡Mierda! ¿No hay nada decente? Howard es como un horrible doppelgänger encogido de Nicholas Lane, fruto de una inconsciente emisión masturbatoria. Lleva una chapa en la solapa que anuncia, innecesariamente, “DERROTA A LA MUERTE”. Howard se refugia en ese juego de palabras. A Nicholas Lane le afecta visiblemente tener que enfrentarse a este demente futurista de malos modales. Alguien que considera un comportamiento normal aparecer en medio de la noche, sin previo aviso, para un turbio chantaje. Se ha instalado profundamente en el tiempo celular: vive tan intensamente el presente que borra la historia. Los libros del día anterior, los paquetes y los viejos compromisos ya no existen. Mira a través de Howard y del Howard detrás de Howard y del Howard detrás de éste. —Hice buenos números, hermano. Tengo unas cuantas de Elmore Leonard. ¿Vamos al local y lo hablamos? La nariz de Howard moquea con la expectativa. Un buen trabajo. Fijar el valor, sacar ventaja, seguir adelante. Intercambio de mercadería, contra usuram, mantengamos a los billetes fuera de esto. —Donde él vaya, yo voy —gruñe Dryfeld—, soy su sombra hasta que repartamos el dinero. Gemelos impíos. Aguardando cirugía. En la calle intentan llamar un taxi. ¿Los llevarías? Dos espantapájaros desvaídos con coletas salvajes de pelo de rata. Uno de ellos camina a los saltos, el otro arrastra los pies, como si llevara los cordones atados. Con su cabeza rapada de loco, Dryfeld siente su pelo crecer. Percibe de veras el pelaje trepando fuera de su cráneo, y lo sacude en una tormenta de caspa ósea. Ubicado en un pasaje estrecho, concurrido en otros tiempos por los proveedores de curiosidades, el local está, naturalmente, cerrado. No hay problema, Howard patea el cerrojo y la puerta se abre de par en par. No

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hay luz, la cortaron, pero más allá del mostrador hay dos Pacientes Externos incontratables, desafiando sus límites junto al brillo de una linterna a prueba de huracanes. Uno de ellos trabaja con papel de lija para borrar un sello inhibidor, “stock dañado”, de los bordes de una pila adquirida con los éxitos editoriales del mes pasado. No hay nada “dañado” en ellos, salvo el sello, y esto se está remediando rápidamente. Las rodillas del Paciente Externo se tornan blancas con las escamas del papel que cae. Tose. El segundo Paciente Externo, encorvado sobre una tetera, ablanda con vapor las etiquetas de una colección de libros de arte gigantescos. Si existen maneras más sencillas de ganarse el desayuno, él es incapaz de imaginárselas. Los estantes del negocio, iluminados por la linterna de Dryfeld en un túnel de luz incrédula, están repletos de la basura más horrenda, una penumbra siniestra, similar a la de las cajas en las que se exporta el té. Casi todos los libros cubiertos con una capa de granos de té, marrón, coagulada, inerte. Exclusivos para el mercado cautivo estudiantil, yardas de parásitos de becas. La plata está en otra parte. Detrás de una de las pilas una escalera acordonada nos conduce al sótano. Al mejor de los Pacientes Externos, un hombre cuyas destrezas por poco no lo ascienden al rango de Buscarroña. Sentado junto a una vela, firmando, a dos manos, con un automatismo mántrico, un montón de — fingidas— primeras ediciones recién acuñadas. ¿Quién hubiera creído que John Fowles necesitaba un segundo empleo? O que John Fowles y Dick Francis eran uno y el mismo: la mano izquierda y la derecha. Los ejemplares dedicados de Ian Fleming ya han sido llevados, para secarse durante la noche, bajo una lámpara de mesa. El Cuasi-Buscarroña, un ex ganador del Premio Newdigate, nos ignora. Ha visto cosas peores. Y tampoco las creyó. Al doctor Suk, misterioso hombre de negocios, conferenciante, pornógrafo, le gustaba contratar a poetas. Él solo era toda una fundación para las artes. Le agradaba la sensación de tener una corte a su alrededor, los que alguna vez fueron grandes y ahora estaban en apuros sólo incrementaban su prestigio. Los apretaba cada vez más hasta que no se pudieran mover. Los tenía sujetados con cúmulos de necesidades, hastiados de sí mismos, pálidos de miedo. Un cómodo estanque repleto de los patos más ineptos. Una pecera infectada. Cada interno capaz de funcionar, pero apenas. El exceso de energía o imaginación sólo podía dañarlos. Afable Suk, el Duvalier de Shit Street. Otra vez aguardamos una lenta lengua de luz, descolorida a través de

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la rejilla del techo. Las gruesas ruedas del Mercedes de Suk la bloquean. Suk aparenta quince años a la luz del día, noventa a la de una vela. Su bondad de cara de luna, acompañada por anteojos del tamaño de glúteos, es lo que lo ayuda a posicionarse: parece el niño adoptado de un misionero inglés en la China. Un buen disfraz, al menos por un tiempo. Y lo actuaba a la perfección, sin apuro, a su propio ritmo. —Disculpe, señor, he notado que trabaja en el ramo de los Libros Antiguos —(esto a un caballero que vigila una mesa de saldos en mal estado)—. ¿Podríamos conversar? ¿Quizá tiene tiempo para una taza de té? Puesta en letras de molde la historia huele a pescado podrido, pero basta escucharlo a él decirlo y los tonos apagados, sin modulaciones, se te clavan, un narcoléptico trance de cabezazos. —Un huérfano enviado a una Universidad Teológica al norte de Inglaterra... (mira el largo abrigo negro, el rostro húmedo y lúgubre)... Los libros de mi querido padre guardados en el East End... (dónde)... Casi todos de teología e historia de la Iglesia... (gemido, aburrimiento, váyase)... Pero él también coleccionaba, eh, no estoy seguro de la palabra, eh-erótica. Muy antiguos, señor, japoneses. ¿Cómo se les llama? ¿Pergaminos? (el comprador babea)... Usted sabrá, yo no puedo vender por mi cuenta esas cosas... (no, por supuesto, nos ocuparemos de eso por usted) ¿podríamos compartir un porcentaje?... (podemos, qué duda cabe, sería muy justo, noventa por ciento para nosotros, diez por ciento para usted). Y cuando el anzuelo ha sido tragado, sube de acuerdo a las pretensiones y el potencial del comprador, de treinta libras en la calle a doscientos en lo más alto... —Retirar los libros del depósito ahora mismo. Siempre funcionaba. A la perfección. El taxi arrancó suavemente, con un sombrío misionero huérfano de cara redonda. Dar un golpe de ésos le llevaba unas dos horas. Podía trabajar cada zona sólo una vez. Por la mañana, Camden Passage. Por la tarde, Kensington Church Street. Mañana, Brighton. Llevaba meses juntar un fajo razonable, así que se atribuyó un título en Contabilidad y comenzó a dar clases en escuelas nocturnas para estudiantes extranjeros, que sabían menos que él, pero que estaban desesperados por llevarse los diplomas que les permitieran, a su vez, poner a funcionar un negocio en sus lugares de origen. Era fácil otorgarse a sí mismo un doctorado en estudios de supervivencia. Videos obscenos, herramientas de autos, comida rápida, albergues juveniles, una librería: con mucho stock de saldo de cuarta, saldados, justo es decirlo, sin el conocimiento de la editorial; una maniobra fácil desde un

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almacén compartido y alejado de todo. No tenían ni la más remota idea de qué es lo que guardaban: la computadora no estaba interesada en esa clase de detalles. Había alcanzado su punto más alto: Mercedes blanco, jeans de diseñador, chaqueta de cuero de chancho, su propio traficante de coca aceptaría libros en parte de pago, los cuales serían rápidamente transformados otra vez en azúcar equívoca. La mercadería no viene en prolijos paquetes de plástico como en Miami Vice. Llega en papel de aluminio de comida rápida. En el lomo de un libro de J.B. Priestley. Un texto voluminoso, demasiado aburrido para que alguien lo abra nunca. Desenterrado como un supositorio. Con frecuencia es un supositorio. Nicholas Lane toma una bolsa y la llena de libros comercializables, que ahora no verán jamás la luz del día. Atesorados bajo el pavimento, vendidos por teléfono a la noche, unidos al resto de una gran colección, encerrados en una bóveda bancaria. Ganando tiempo suficiente para vender el más grande, Un estudio en escarlata. ¿Debería ser alguien local, J. Leper-Klamm, para una rápida cacería? Inténtalo con ocho mil. ¿O deberían llamar a uno de los gigantes de California y probar con el precio más alto, quince mil? Una golosina para la mente. Agujeros en el zapato.

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El rector llenó su sombrero con piedras. Sin importarle si estropeaba la paja, hundió el ala entre el sílex, los guijarros y los ladrillos rotos. William lo observaba. Sus ojos en los ojos del Párroco, una indiferencia de halcón. Satisfecho, el Rector tendió el sombrero a cierta distancia, una ofrenda. —¡Setenta y tres! El niño lo había logrado una vez más: responder antes de que la pregunta fuera formulada. El señor Harrison no era optimista, no podía oponerse a esta certeza, el libre acto de la voluntad. ¿Cómo podía hablar? El niño daba respuestas a preguntas que él todavía no había concebido adecuadamente. La necesidad de preguntar cualquier cosa se diluía. El señor Harrison se retiró repentinamente al silencio, sacudiendo su papada. Pero su mente racional, inquieta, calculadora, siempre necesitaba verificar. Incluso lo que ya no existía, sin entender que la respuesta cancelaba la pregunta. Los círculos alisaban las aguas suaves, retornando a la piedra arrojada. Un agujero, invisiblemente sellado. El señor Harrison no podía desplegar las piedras para contarlas, se perderían entre sus innumerables hermanas. Comenzó a contar, llenándose los bolsillos de su saco, después el chaleco y los pantalones. Abultado, desgraciado, un incómodo caballero radiante extendiendo un sombrero vacío, un mendigo. Perdió la cuenta. La chaqueta le rozaba el cuello, que parecía haberse inflado horriblemente, hinchado en sangre. Su ropa interior se le adhería. La incomodidad era el estado en el que más cómodo se sentía. Comprendió la pregunta que ahora el niño forzaba a él a responder: ¿cuántas piedras quedan en la pequeña playa? Podría buscar cuerdas, tal vez llamar al hijo del jardinero, dividir la zona en cuadrados, traer cubos, quizá algún tipo de balanza podría inventarse, pero el terreno era desparejo, la marea traería más piedras, los niños de las cabañas podrían arrojarlas al agua. Se atragantó, se aferró a su garganta, un pánico convulsivo.

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William apoyó la espalda sobre una de las robustas vigas negras del muelle, de cara al lago, su mano derecha sobre el corazón, ralentándolo, refrenando su negligente desembolso de tiempo. En el barro de la orilla, la base dentada de una botella de cerveza negra: capturando la luz. La haría arder con la fuerza de su voluntad, la derretiría. Observó la forma de una llama en las profundidades del verde, una grieta. Se dejó estar. Si podía hacerse, no tenía por qué hacerlo. —He hallado una señal —declamó el Párroco, su aliento carnal sobre el cuello del niño, citando brutamente, consciente de que el resto de la cita se le estaba escapando. —Una se-se-señal... En su opinión, un programa de educación sólo podía funcionar si estaba basado en la observación, el cálculo, exámenes prácticos, siempre y cuando las reacciones se mantuvieran despiertas, motivadas, atravesando rápidamente todas las disciplinas y entrelazándolas entre sí, todo el hombre, el cuerpo sano. Por lo que abrupta., violentamente, citaría al Bardo, la Biblia, mientras William seguía con la vista el vuelo de los pájaros, un buen truco, afuera sobre el estuario, el esclarecerse de un oscuro sombrero. William le habló a su puño. “...Y ahora lo he perdido. Abandonemos el bote en la ribera y partamos”. Partieron. El señor Harrison dando zancadas, bastón en mano, chaqueta blanca, bolsa al hombro, sin ver nada, enumerando todo. El sólido joven de chaqueta oscura siempre algunas yardas más atrás, los párpados pesados, ojos de caracol. Sus respuestas arrancando preguntas cada vez más fracturadas, hasta que el Párroco estuvo exhausto, muerto de cansancio, sin aliento, listo para el asiento del lado de la ventana y un vaso de jerez. Caminarían durante horas, rápido y a los saltos, acompañando el accidentado desorden de la costa, pisando los pastos rígidos, a veces con zanjas a su lado, alguna liebre o nutria, a veces con un poco de agua a la vista, barro que absorbe luz. Retrocediendo tanto como avanzando, si una distinción fuera posible, si hubiera algo hacia lo cual avanzar. En Kirby más allá del muelle se encontraron con un grupo de cazadores enanos y endogámicos, armas a sus pies, caras bovinas, fuertes de hombros y muñecas, babeando. Sin apuro, no van a ninguna parte, las manos en los bolsillos, mirando más allá del Twizzle. El martilleo remoto de alas, la nube de pájaros que gira en picado. Las armas llamando a las presas, el estruendo de empastes de hierro en huecos dientes de tiza. Y ahora que se aproximaban al Wade, Harrison vio que William se las había arreglado para adelantarse y lo esperaba en el cruce de caminos.

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El niño aguarda de pie junto al poste, una cruz marítima que indica el trayecto hacia la isla de Horsey. La marea está subiendo, el barro apenas cubierto, pero la caminata es peligrosa, el negro lodo burbujeante llega a la altura de las botas, frenan, detienen al caminante, que duda, ambas orillas retroceden, ahora la marea se acelera, charcos a ambos lados. William respira por la boca, despacio, una lanza de aliento caliente, su mano apoyada en el poste de madera. Respira y sopla a través de la corriente de la marea, imperturbable. Afuera. Fuera de él. Tan despacio. Una lengua de aliento. Sopla oscuridad hacia las hojas más bajas de un árbol solitario que se alza por encima de la línea costera de Horsey. El árbol se llena, el aliento acelera sin forzárselo. La oscuridad del espacio entre las hojas se cierra, se une y sella el detalle inmaterial. La respiración de Gull describe el rostro en el árbol, absorbe su oscuridad. Hay un túnel que va de la boca del chico a los límites lejanos de la orilla. Todo el resto se ha borrado. Una figura se eleva sobre Horsey. Una figura negra y amorfa a un lado del árbol. William Gull ve: mira desde Horsey a través de la extensión de la marea, a través del agua, hacia las efigies de Harrison y el chico, William Gull, él mismo, su mano sobre el poste. Frota la llama en su mano, siente una astilla penetrar en su uña, el dolor de un recuerdo.

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Libro segundo

MANAC ES CEM

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123 Whitechapel High Street Octubre, 1838 Para: Sarah Hinton Mi querida Sarah: Me castigas por mi incontinencia expresiva, me llamas “torbellino”, dices que te cuento todo, menos aquello de lo que con tanta avidez me acusas. Dices que mi tono es vago, ensimismado, perturbado y al mismo tiempo “deslumbrante”, que soy demasiado brusco, de modales demasiado violentos. Mi querida hermana, creo que deberías elegir con más cuidado con qué vara pegarme. Me felicitas por verme como un espantapájaros, un maniquí de parque de diversiones, las ropas echadas sobre la espalda. Crezco con tales impulsos que nada me sienta bien. Despierto y mis brazos cuelgan de la cama. Tomo asiento y mis piernas salen a gatas de debajo del banco. Mis hombros se ensanchan por la tarde, mi cabeza se inflama por la noche. ¿Cómo puedo abastecer un ropero que se adapte a esta clase de niño robado? Y sin embargo, sin embargo, todo lo que dices es justo, soy culpable de cada cosa de la que se me acusa, pero no estoy del todo arrepentido de ello. Es como describir un río por la basura hallada a lo largo de la playa, como abominar de la luna porque unas pocas almas ignorantes se volvieron locas debido a sus mareas y aúllan en las calles implorando sangre roja. Voy demasiado lejos. ¡Como siempre, acotarás! ¿Y qué hay entonces de mis tareas? ¡Sí, al fin me referiré a ellas! Sentado a la entrada del Temple, manejo un gran monstruo descarado que traga monedas y devora papel de la manera más despiadada, dando poco y recibiendo mucho. En una palabra, ¡soy cajero! Tengo un lugar en el mundo, todavía no muy destacado, pero soy muy decidido y veloz cuando no se requiere ninguna urgencia. Sentado junto a la puerta, la luz del día huye de mí. Somos un oasis cristiano, medio olvidado junto a las procesiones del

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mundo grande y radiante. El señor Dyer, comerciante de lana, es un hombre de negocios, honrado y respetable. Decir eso es decirlo todo. No tiene, lo juro, vida secreta, vida interior. Su peculiar frivolidad a nuestra vista, la de sus empleados, es habitual y por lo tanto sin sentido. Cuando entra en el local mira alrededor y al vernos a todos, siempre en nuestros sitios acostumbrados y a la hora designada, se quita los guantes, abre un cajón y exclama: “¡Observen las manos del sastre!”. Una cita, supongo. Desde luego, nos vemos abocados a observar cualquier cosa (y todo) excepto ese blanco y delicado espanto. Después se mete en un despacho privado y ya no lo vemos más. Un día le sigue a otro, el tiempo pasa pero no fluye, como sabemos que puede suceder. El tiempo permanece sin consumarse. Me levanto a las siete y barro hasta las ocho. Después no hago nada, o cualquier cosa que haya para hacer a la mañana, y lo mismo a la tarde hasta las nueve. Sirvo licores a los mejores clientes a través del mostrador, o a aquellos que dicen ser nuestros mejores clientes, sin soltar ni medio centavo. Esos tipos de caras bien definidas cuya única solicitud de hospitalidad hacia el local parecería ser una especial relación con el señor Dyer. Una relación que involucra miradas llenas de significado, un vigoroso apretón de manos y la inclinación de cabezas. A menudo servimos más licores fuertes que ropa. Sería mucho mejor llamarnos El Águila Negra, convertirnos en un bar y regalar un traje del mejor tweed escocés, por debajo del mostrador, a aquellos que se anuncian, con un guiño y una sonrisa maliciosa, como “nuestros mejores clientes”. Almuerzo a la una, tomo el té a las cinco, después de lo cual trago una vez más, y luego tengo hasta las diez y media para ejercitarme, leer, escribirte y copiar, con pocas modificaciones. No tengo noticias, excepto que mis ropas se están encogiendo demasiado. No puedo decidirme a dejar de crecer. Tu afectuoso hermano, James
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Se trataba de gritos por la noche, terror. La tripa de un gato tensada y rota, horriblemente. Horriblemente estirada hasta que no se podía extender más. En lugar de música divina, gritos en la noche, tripas de gato, colas de caballo prendidas fuego. Voces de mujeres, de niños que sufren. Voy

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descalzo. Así he caminado como penitencia alrededor de los cimientos de la iglesia, dulce pasto en esta sucia madriguera: ya no tiene paredes. Puedo ver las casas más allá de la iglesia. Las piedras se derretirán, el cristal tentará al fuego. He mirado hacia el cielo en busca de una brisa que pase las páginas secas de los árboles. Aguardo una fiesta de estrellas. Pero la tierra está reseca, el suelo amargo, los trozos de cristal pintado laceran la piel de mis pies. Destruyo mis ropas en las zarzas, me estropeo los pies sobre las piedras, froto polvo en mi pelo. Es intolerable. Las bisagras del infierno, las piedras de Whitechapel. Hinton avanzaba en un diálogo con la fiebre. Tan frío, temblando, la sangre en su cara, rotas las venas de sus ojos. Su camisa empapada, tantos, tantos dolores que soportar. Los golpes. Tambaleando, las mujeres se separan del brazo de sus hombres. Sangre. Los niños piojosos no pueden vivir. Las calles desbordan, un río de risas, luz de farol, caras barnizadas, juramentos, la multitud no tiene ninguna intención, ¿hacia dónde van? No importa. Chicas jóvenes se pasean del brazo de hombres que se esfuerzan por captar los ojos de otras chicas. Las puertas de los pubs abiertas a la calle. Música. Carruajes. Incluso hombres educados, acaudalados, de buena posición, sí, vienen aquí. Sus mujeres los autorizan, son cómplices de estas brutalidades. Los sirven, lo dan por terminado. Un rojo, sedoso borde de infierno. Hinton recorre la circunferencia. Gritos en la noche. Huye de ellos, hacia ellos. Tantas ventanas: como si ciegas aves marinas se hubieran estrellado en las paredes inmaculadas de los edificios. Pájaros enterrados en muros. Huye de ellos, de la correa de su circunferencia, dentro de esta frontera invisible mastica su corazón. Está atado a un calor que no puede clasificar. Una voz enloquecida grita: “ENTIERREN LA CAMPANA”. Angel Alley. Sus hombros frotan las frías paredes de ladrillos. Se fuerza, se encierra, se implica, descontrolado, conducido fuera de sí, arrastrado hacia afuera, desnudo, temblando. Dos mujeres en un portal oscuro. Mujeres o chicas con sus sombreros. Rostros diluidos en sombra, roídos. Se marea con el olor, tan inconcebible, nauseabundo. No puede inhalar. Pero quiere. En cuanto me acerqué a ellas, hablaron: “¿Cuál de nosotras vas a llevarte?” Habló una, o las dos. Era una prueba, un juicio que sólo podía realizar con una espada. “¿Cuál de nosotras?”. Corrió hasta el final del callejón. No había escapatoria, las paredes de los edificios sobre su cabeza, las ventanas ciegas, el cielo tan alejado, una herida negra. Hinton está de rodillas, pero no va a rezar. “Cristo fue el Salvador de

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los hombres, pero yo soy el Salvador de las mujeres, y no lo envidio en nada”. Ventanas muertas, haces rojos, brillo de horno, fundición de metales. Mezcla de sangre con fuegos líquidos, plomo y estiércol. Dos mujeres en el portal. —Vení, subí y caete muerto.

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Nicholas Lane era uno de esos individuos únicos que inventan para sí mismos una nueva categoría. Un gran hombre de libros, aunque no un gran librero. No podía contactárselo nunca, imposible ver su stock. Tampoco, obviamente, un gran comprador de libros. Sus cheques eran notoriamente dudosos. Un gran hombre de libros, eso es todo. Una leyenda. A falta de otras, en un mundo pequeño, en un tiempo agotado. Si pudiera encontrar a un contacto en una casa ocupada en Hessel Street, que también abastecía a un intermediario llamado Nolan, podría conseguir el número de teléfono de un contable hindú de Enfield, que a veces viajaba a subastas en el campo con un dealer de Islington, de quien se rumoreaba que intercambiaba favores sexuales con un platero de Clerkenwell, que compartía un puesto en Covent Garden con un ex jugador de fútbol italiano, de quien se sospechaban conexiones sicilianas no del todo fundadas, y que vendía libros como muebles o artículos de cuero, a un amigo de Córcega cuya exnovia trabajó en la misma oficina de recaudación fiscal que J. Leper-Klamm. Si tan solo pudiera. Dryfeld explotó: lo tuvieron que dejar en un extremo de Brick Lane, sopa de guisantes, zumo de naranja recién exprimido, tres tortas indias, bhaji de cebolla, curry de vegetales, café negro, y lo mismo otra vez por favor. Times Literary Supplement, todos los periódicos locales, de Croydon a Ongar, en busca de ferias americanas, la piel como una naranja de sangre, venas de hachís: el hombre que rogó que ahogaran la radio en un balde de agua. Continúa su búsqueda, eterna y siempre insatisfecha, de la perfecta virgen de Bengala, diáfano sari al vuelo con sus buenas caderas, panza dorada y desnuda: que complacería a un librero maníaco depresivo, itinerante, sin domicilio fijo, sin familia y sin cotización en la Bolsa. Esa era su obsesión: si llegara un día a satisfacerla, tendría que encontrar otra. Brick Lane era el último lugar en el mundo donde buscarla. Correría mejor suerte en Limerick Junction un jueves de lluvia. La cadena se cortó con Nolan, que no estaba en la casa ocupada, ni compraba drogas, ni dormía. El zorro de la memoria: un pequeño anillo arqueado en la suave carne del lóbulo, logrando una nariz brillante en esa pequeña cara encogida, convirtiendo en sangre el tono de la piel. Un rojo

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barrido, el cabello de un oro rojizo, corto, como alambres después de un baño de barro. Hombre alto, burlón, con una camisa impecable, jeans blanqueados, un resabio de la época de la industria minorista del vestido, fines de los años ’60, chofer, abrigado, ojos crudos, pupila excitada, sin ver, sin éxtasis, seco, de modos delicados. Nolan: se habla de él, no se lo encuentra. Recuerdo. Asentía al saludar, extendía una mano para que la chocaran, para ver si llovía. Siempre asintiendo, clientes, empleadores, amigos, familia. Vendía libros en la calle bajo el paso a nivel, la parte Muralla de Berlín de Portobello, mañanas de viernes a principios de invierno, sudadera, sin saco, zapatillas inmaculadas. El sol no ha levantado el manto de niebla, ahí está él, parado con libros de arte malheridos, rotos, sus precios elevados, demasiado vivaces como para que alguien quiera tocarlos, la cubierta entelada demasiado caliente como para sostenerlos, olor a biblioteca universitaria, textos defectuosos que hacen saltar la pintura, adhesivo bovino, literatura anormal dragada de casitas de campo desmanteladas, “esto es tuyo, hermano”, Breve panorama del surrealismo de David Gascoyne, con el lomo roto y la sobrecubierta de Max Ernst cortada y pegada a la primera y última página. “Swift es surrealista en su maldad Sade en su sadismo... Poe en su riesgo Baudelaire en su moral Rimbaud es surrealista en la vida y en otras cosas... Albertus Magnus es surrealista en el automaton Lille por definición... Flamel en la noche dorada... El Monje Lewis en la belleza del mal...”. Nolan es un mensajero. Siempre con prisa, entre un encuentro y otro, bolsos propios que llenar, ajenos que desvalijar. No hay tiempo, viejo. Ese loco amor por los libros como tótems, nunca leídos, absorbidos por la piel, tiene que tenerlos cerca. Los cheques rebotan, los vehículos se confiscan, divorcio, estafas, heridas. Vuela, lejos, sobre los pantanos. Vende todo en habitaciones de Nueva York. En Miami. Como empleado nocturno de un salón de masajes colombiano, muy higiénico, silba, friega las duchas en calzoncillos. Ciudadanos cargosos. Trajes de seda. Hombros peludos. Todo apariencias. Sin pensar. Mo-vete, muñeco. Julio. Angel. Un secuestro a la Chris Craft, los dueños a los tiburones. Ascensor cubano. Técnicos de cerbatana congelados: demasiado calientes para los cocodrilos. Un video de terror sobre el Triángulo de las Bermudas. Quemaduras de bozo, partes pudendas afeitadas. Un gancho rectal para carne. El zapato de coca. Se zafa sin demasiadas consecuencias, con la pérdida de un dedo, un anillo. Así lo recuerda Nicholas Lane, al volante, paralelo al Hospital de

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Londres, hora pico, avanzando a sacudidas, nerviosos, la entrada iluminada, columnas, una ópera, escalones parecidos a una iglesia de Hawksmoor, mendigos enfermos se arrastran desde la calle, lo recuerda: Nolan fue atrapado en una redada, un choque, pero no se trata de un golpe tramado por él. Una lástima. Tres años en Dorchester. El tiempo suficiente para ponerse al día con Proust. Con vista hacia la cervecería, no al castillo de Maiden. El fantasma del zorro corre hacia un horno creado por él mismo. La coartada se evaporó. El coche se estremece, hacia la izquierda, hacia el río. Un cuadrivio por el que no puede pasar.
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Los días de J. Leper-Klamm se deslizaban bajo el pulso enfermo de una iluminación de stripper, entre paredes de club nocturno. Recalentado, subalimentado, distante, secreto, la cabeza gacha, zurdo, garabateaba sus trazos amontonados de garra de pájaro detrás del refugio de su brazo curvado. Una larga gasa de puños sucios, sin abrochar, se sacudía en su muñeca, dándole un aspecto convaleciente. Un faraón desenvuelto. Al señor Klamm no se le encargaban entrevistas, inquisiciones o investigaciones, no se esperaba de él que quebrara la paciencia de los soberbios decoradores monotributistas, o que develara intrincadas redes de engaño. No era un hombre al que le agradara sudar la gota gorda. No volvía loco a nadie. Dentro del gran bloque de edificio de las Oficinas de Impuestos de Moorgate, el señor Klamm era una presencia ignorable. Archivaba cartas y no se las volvía a ver jamás. Enviaba respuestas por triplicado a directores de compañías en quiebra que ya hacía tiempo habían reclamado los gastos de su último almuerzo a cuenta de la empresa. Su lengua sabía siempre a pegamento barato. Era una redundancia a la espera de ser descubierta. J. Leper-Klamm también poseía la colección más grande en Europa de ediciones de Un estudio en escarlata. No coleccionaba ningún otro título. Su colección le había costado muchos, mu—— líos miles y valía, aun destripada en una subasta, muchos, muchos miles más. Su trabajo era una coartada. ¿Lo era? Le otorgaba un número en la computadora, un lugar en el Reich. Sin él, hubiera sido tan invisible que no hubiera podido funcionar. Un fantasma no puede poseer libros, un fantasma no puede encerrarlos bajo llave en habitaciones a las que sólo él accederá. Un director de escuela de uno de los establecimientos educativos de la colonia hindú, fundado según el modelo de las Escuelas Públicas Victorianas, le había dado al alumno Klamm, los puños flameando, el pelo

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húmedo, apoyado sobre sus codos, distraído, expectante, un ejemplar de los Cuentos de Sherlock Holmes, cuatro volúmenes en uno, John Murray, reimpresión, 1952. Klamm avanzó por la primera historia, Un estudio en escarlata, cuidadosamente, línea por línea, y no encontró ninguna razón para ir más lejos. No la leyó nunca más. Pero deseaba cada ejemplar que existiera. Abdicó su vida, comenzó la búsqueda. Un Klamm sin yo, en camino hacia el Dharma. Se sabía que Klamm vivía, dormía y comía, si es que comía, en un piso municipal en Lambeth. Nadie lo había visitado allí, pero los catálogos de libreros llegaban a esa dirección. En el ambiente se rumoreaba —del modo en que los rumores se convierten en hechos— que Klamm era un hombre con patrimonio, con posesiones en la India, con intereses en Whitechapel. Lo rumoreaban y murmuraban jóvenes en trajes a rayas y corbatas sugerentes, el Salón de los Rechazados, que malgastan sus días cotorreando en sus escritorios, lamiéndose el brillo de los labios, parte del mobiliario de lo que pretendía ser el establecimiento líder para la venta de Primeras Ediciones Contemporáneas, es decir, cualquier cosa que luciera bien detrás de un armario de cristal. Se suspiraba, se discutía, la leyenda se convirtió en hecho: Klamm era el dueño de una casa en alguna parte, en ninguna parte, Clerkenwell o Finsbury o Holborn, una casa que nunca se abría a la luz del día, cuyos pocos artículos de uso habían sido dejados en paz, cubiertos por sábanas, las habitaciones repletas de estantes, los estantes plagados de libros, cada libro envuelto en papel de seda, sellado, dentro de una bolsa de papel marrón, sellada a su vez. Cuartos y cuartos, estante sobre estante, nada más que libros envueltos, como mirar un cementerio, inscripciones borradas, caminos despejados, las lápidas cubiertas en antifaces de medias. Fue hacia esta madriguera que Nicholas Lane y el ex Watson decidieron seguir a J. Leper-Klamm. Inverosímiles, acechaban entre las secretarias sin depilar, las novatas contables de Trinity College, Dublín, y los ejecutivos de la compañía, trajeados y en forma, trotando hacia su primer infarto. La noche, burlonamente templada. Leper-Klamm apareció con un largo abrigo negro y varias bolsas atadas a punto de desbordar. Se encaminaba hacia su santuario. Al comprar un libro preguntaba, indefectiblemente cortés, humilde como ácido de batería, “Disculpe la molestia, señor, ¿tendrá una bolsa? Gracias, gracias. ¿Y otra más? Gracias, señor. ¿Y una bolsa de plástico? Gracias”. El hecho de que el señor Klamm, él solo, les estuviera pagando los

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salarios, permitiéndoles construirse curiosas colecciones de poesía decadentista, no le alcanzaba para ganarse el respeto de los líderes del mercado, los Libreros Proveedores de las casas de campo de Inglaterra y las bibliotecas de Nebraska. Lo recibían con una reverencia, lo despedían con risitas disimuladas. Por Finsbury Pavement, hacia Finsbury Square: locuras babilónicas, Imperios de Seguros de ladrillo blanco, arquitectura del miedo. City Road, un bolsillo de disenso: lo evitan a través de enrejados hacia Bunhill Fields. Leper-Klamm está inclinado, apenas levanta los pies del piso, impulsado por el viento, por caminos bien aceitados. No ve nada. Desde detrás del monumento a Bunyan, Nicholas Lane susurra, “Cuando cree que lo están observando, canta”. Nada de eso. La tabla que marca el lugar donde el alma de William Blake no está: sendero oscurecido, bloques de roca cercados, subyugando por siempre a los malintencionados, a los coristas de himnos. Tanques de agua corriente de víctimas que nunca se quejaron de sus casos. Klamm no canta. Sus labios se mueven, un monólogo balbuceado. “¿Señor, tiene alguna edición de un libro de Sir Arthur Conan Doyle? ¿Un estudio en escarlata? No importa su estado, señor, siempre que esté completo. Gracias, señor”. Es casi una canción. Por la calle Banner, ahora unos pocos pasos detrás de él, Whitecross, y nos frena la visión del obelisco de Hawksmoor, St. Luke’s, un faro blanco, una señal del Nilo. Leper-Klamm no levanta la cabeza. Se escabulle entre los autos por Helmet Row. Mira a su alrededor, saca una llave, que cuelga de un largo cordón. Cruzamos rápidamente la entrada de la parte norte de la iglesia, aceleramos por el sendero, nos abalanzamos hacia el refugio de un laurel, bajo sus hojas laqueadas y bayas envenenadas. Está en la puerta, más allá de Micawber Machinery. Está dentro. La mansión clausurada de un comerciante. Debajo de la aguja de energías no consumidas, dentro del espacio protegido de ese recinto sin techo, el sol eleva la sangre del borde de las ventanas rotas de la iglesia. El obelisco no parece recibir luz sino que parece generarla. Leper-Klamm ha saltado fuera del tiempo, a través de un túnel creado por él mismo. En algún momento del pasado Nicholas Lane le suministró mercancía. Se ha decidido que entrará solo. Y tenderá una trampa irresistible. No hay timbre. Golpea, martilla, grita. Nada. Ningún Klamm. Fue absorbido en los estantes de libros envueltos en papel madera. Está debajo de una sobrecubierta. No se oye ninguna respiración en la casa a oscuras. Nunca está tan presente como cuando la casa está vacía.

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Nicholas Lane garabatea un mensaje en una hoja arrancada de su cuaderno. “Tenemos una alternativa a la primera versión, ¿pruebas de imprenta? ¿galeras?, de Un E. en E. ¿Está interesado? Nicholas Lane”. Y como no encuentra ninguna hendija en la madera de la puerta, desliza su mensaje por debajo, dejándolo flotar hacia la ficción autocreada de Klamm. Nada. El sol cae cansado, curva la sombra del obelisco alejándola de la casa y de los piratas de libros, mientras éstos se agazapan como zorros bajo un arbusto, arrojados a una zanja de oscuridad. “¿Tiene alguna edición, señor, de un libro de Sir Arthur Conan Doyle? ¿Un estudio en escarlata?”. Leper-Klamm se hace presente. La puerta no se ha abierto, sus ojos no se han apartado de ella, pero Klamm está a su lado, la mano contra la cara. Las mangas aletean, la corbata negra suelta, los botones de la camisa abiertos revelan ropa interior muy manchada. “Pienso que esta vez, señor, podríamos compartir el gasto de un taxi. Sí, sí, señor. Gracias”. Inmediatamente, en cuanto Leper-Klamm levanta un brazo, un taxi, atropellando por poco a un ciclista por el carril del colectivo, antes de la rotonda de Old Street, pega una frenada y brama con obsecuencia para detenerse. Nos encaminamos hacia el este, comodidades uterinas, mientras Nicholas Lane se da un saque bien merecido en la nariz. El narrador cierra los ojos para clausurar la plaga de nombres de calles, el imparable torrente de altos edificios, cornisas, frisos, arquitrabes, fachadas adustas. No puede tragar un detalle más. Suavemente, J. Leper-Klamm comienza a cantar.

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Bartholomew Close, Londres Mayo, 1850 Para: Sarah Hinton Mi querida Sarah: Una vez más, tomo mi pluma para defender mis acciones: ante ti, que eres quien mejor las comprende. Con sentimientos de la más profunda angustia, te confieso que me considero un idiota, más ciego que tres escarabajos. Estoy dispuesto a abandonar mi pluma absolutamente disgustado por mi incapacidad. Me lleva semanas y meses descubrir las cosas más simples. Fue sólo durante los dos últimos días que he abierto mis ojos a la más obvia deducción, a saber, que tenemos el poder de controlar nuestros pensamientos. Si el cerebro piensa, tiene que ser otra cosa la que controla esta acción. Hay algo en nosotros, o conectado a nosotros, que hace uso de nuestro cerebro: es evidente que algo nos piensa. Algo dicta mi dictado. Ahora estoy seguro de que mi cerebro es una parte, y sólo una parte, de una inteligencia mayor, y mi único propósito debe consistir en permitirle a esa inteligencia, a esa mente, utilizarme. Debo servir a mi voluntad. Porque mi voluntad es más que yo mismo. Como ya te he dicho, soy un tonto. Con los ojos cerrados me he lanzado hacia la más recóndita de las fisiologías y he ascendido a las más elevadas abstracciones de la moral, para encontrar la evidencia de este hecho. Merezco un buen castigo por mi estupidez. Desearía que hubiera alguien aquí y ahora para darme una paliza. Está claro que si el cerebro es el órgano que piensa, ciertamente existe algo que lo utiliza para pensar. El cerebro es el órgano del espíritu, el instrumento por el cual el espíritu lleva a cabo sus objetivos, ya sea pensando o actuando. El cerebro es absolutamente pasivo, tan pasivo como un piano. Rechazo el falso dogma que afirma que la materia viva actúa por sí sola. Ese es un gran error. La materia viva, como la muerta, sólo puede actuar cuando se actúa sobre ella. Es la Fisiología la que debe despejar estas discusiones metafísicas. De

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hecho, la metafísica debe fundirse con la fisiología, como la astrología con la astronomía. ¿No recuerdas que Coleridge llama al entendimiento “una facultad sensual” y sostiene que “Si hay un elemento espiritual en el hombre, ése es la voluntad”? No fue la razón la que lo llevó a Coleridge a decir eso. Fue la inspiración. Una de esas explosiones de intuición gracias a las cuales los grandes poetas de todos los tiempos anticiparon los descubrimientos de la ciencia. Al final, arribo a esta conclusión: el espíritu es voluntad y la voluntad es sagrada. No debo inhibir o contradecir sus dictados. La voluntad es ley y la ley dice: no tengas ninguna. No te ates a nada, prepárate para todo. El amor es la ley: amar y hacer lo que se quiera: el amor es lo que te impulsa. Ésta es una carta espantosa. No le des muchas vueltas. Te la he enviado sólo a ti porque no podía enviársela a Margaret. El esfuerzo por comprenderse a uno mismo debería llevarnos a una intimidad más próxima con nuestro Creador. No puedo luchar para penetrar en las profundidades de mi ser sin sentir, más atrevida y profundamente todavía, la relación íntima que tengo con Dios y su Cuidado de mí. Su amor por mí, la felicidad que debe significar hacer Su voluntad. Es un gran sufrimiento para mí pensar que he obtenido el amor de Margaret sólo para que fuera una fuente de miseria para ella. No puedo justificarme. Ojalá tuviera algún castigo que soportar para librarme de ese pensamiento. Le he dicho a Margaret que quizá mi obligación primera y principal es buscar la verdad. Y que nada puede proveer tan bien la clase de conocimiento más útil, más necesario para mí, que el observar a la humanidad en todas sus fases, observar la naturaleza y las pasiones humanas bajo diversas circunstancias. Odiaría tener por esposa a una mujer que deliberadamente sacrificara lo que ella considerase su obligación hacia Dios por su amor hacia mí. Debo irme a la cama, pero quiero que tengas esta carta por la mañana. Tu hermano, James
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Sentado a la mesa de su cocina, el cirujano Hinton diseccionaba una costilla de cordero y trinchaba una oreja humana. Hizo correr su hoja por el lomo de la hélice, pelando tejido. Observó la superficie del cartílago y vio

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el rostro de un hombre, de perfil, algo viejo pero aún no nacido. El secreto oyente de todas nuestras penas. Frente a él, un ejemplar abierto de los ensayos de Coleridge sobre Los Principios del Método. Tomó con el tenedor una tira de carne fría, y allí delineó una carta para Caroline Haddon, su anhelada cuñada. Durante diez años, la relación con su hermana Margaret se había hervido, evaporado, aflojado, escrito y analizado. Pero ahora que contaba con ingresos, pacientes y una casa propia, el matrimonio no podía posponerse más. El redentor de las mujeres. Cada vez que pensaba en Margaret le escribía a Caroline. Margaret sería su socia, la madre de sus hijos, pero Caroline sería algo más, la mujer que lo escuchaba, que tenía tiempo, que no tenía compromisos, para seguirlo en sus divagaciones. Quería mucho más a Caroline como hermana que a Margaret como esposa. Una mujer sería parte de él, decoraría su idea de sí mismo, pero una hermana más joven implicaba un misterio más velado. La disección de la costilla fue total, Hinton se limpió los dedos en su barba y la barba en la solapa del saco. Cuello desnudo, nariz larga. Los ojos salvajes, indisciplinados, se tornaron hacia dentro, forzando al mundo más allá de su alcance a entrar en foco. No hay tiempo para tomar la pluma: Hinton le dicta a la celda blanca de su cocina. A la ventana, al angosto pasaje, al cementerio sombreado por árboles de St. Bartholomewthe-Great, a los patios del hospital, exagerados ahora mucho más allá de la iglesia del priorato que lo auspiciaban. La visión palúdica de Rahere: una gran águila negra llevándolo al borde del foso sin fondo. Un santo azotado, Hinton inscribiría su testamento en la piel de tu espalda y lo clavaría a una puerta. Callejuelas de ventanas falsas, mirones dibujados. Su boca una araña, Hinton dicta una tela de barba. Caroline. Estoy justificado. Carente de envidia, soy el Redentor de las Mujeres. El amor es la ley: haz lo que desees. Hasta ahora, nunca apoyé la mano sobre nada sin que se convirtiera en oro bajo mi puño. Caroline. Abre el relicario para que pueda ver a mi santo. El doctor Gull me contó que muchos años atrás estaba caminando a través de un campo de arvejas. Tomó algunas en su mano, y meditando las hacía rodar entre sus dedos. Mientras estaba en esto, pasó por la casa de una mujer con la mente desquiciada. Ella le pidió que le entregara lo que tenía en la mano. Le entregó dos arvejas. Ella las tomó. Al día siguiente, la visitó y descubrió que la habían curado. ¿Y qué hizo entonces? Se rió. Podría haber salvado del deterioro el papel sobre el que se imprimieron libros crueles. No lo hizo, pero que sus faltas sean perdonadas, todos hemos pecado. Perdóname, Caroline. Debo ser flagelado, mis faltas deben ser

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apaleadas hasta que desaparezcan. Alcanzaré a latigazos la luz de la verdad. Apoyó la cabeza en la mesa. Sangre, carne aplastada contra su pecho, la espalda desnuda. Los pantalones abultados atados con una cuerda. Sobre la mesa, hacia adelante, de pie sobre la punta de sus botas. La barba en la fría madera. Caroline. El flagelo nudoso se clavó en él. Me haré cargo de los pecados del hombre, para que las mujeres sean liberadas de sus cadenas. Haz lo que quieras. Reúne la fuerza que se encuentra en la maldad, y ponla a trabajar. El filo de la flor del dolor se extiende, el sudor salado se le cuela en los ojos, lágrimas. El dulce misterio del dolor. La carne se elevará hasta convertirse en pastor del espíritu. ¡Alabado sea el dolor y alabado sea el gozo! Ambos son sagrados. Ustedes, mártires de la Cartuja. Ustedes, benditos padres caminando alegremente hacia sus muertes como novios hacia la boda. ¡Corta y parte esta cascara de piel! La falsa moderación y la autocomplacencia mantienen a la verdad alejada. ¡Déjala que sangre! El gozo es más amargo que el dolor y el dolor más valioso que el deleite. La mujer que dice que el deleite sensual necesita una reserva está tan confundida y superada por falsas ideas y sentimientos que sus instintos están completamente pervertidos y no sabe lo que dice. ¿Acaso no hemos tratado al placer como a una especie de puta? ¡Mira en lo que se ha convertido! Sólo una pasión fuerte puede conducirla hacia la pureza. Las prostitutas ponen reparos cuando se trata de mostrar sus cuerpos. Muchas no lo harían por cualquier suma. Han transformado algo puro en algo impuro. Detesto sus reparos. Lo que pido, se lo pido a tu voluntad. Hazlo con toda tu fuerza. Hazlo. Caroline es la que se desabotona, caen las largas faldas al piso, cambia de posición, radiante, se planta detrás de él, su dulce aliento sobre su cuello. El flagelo de su placer está en su mano. Es Caroline la que suelta la cuerda en su cintura, y su mano pequeña se desliza sobre él. ¿Si todo dolor fuera visto bajo la luz del martirio, no estaría el trabajo hecho? Está hecho, la luz, la palabra dicha. La boca húmeda de ella, afiebrada por el calor profético de él, hace globos, se traga los espasmos incontinentes, las palabras terminan cayendo en suspiros, el grito ladrado del gozo.

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Pagado y despedido en la puerta del patio, ahora Joblard está bajo tierra, en Tarxien, investigando los templos absidales de Malta, el Hypogeum en Hal Saflieni, un oráculo de ocre rojo, una colmena de voces alrededor de arcilla de mujer, faldas acampanadas. Se conecta con la piedra fría, las voces corren hacia él, certezas que reverberan, con la lengua partida no se alcanza la velocidad suficiente como para formular preguntas. Mi cuñada, pelirroja, sentada con las piernas cruzadas, haciendo tiempo frente al televisor. Comeremos en el Huntsman. Una fotografía de Hymie Beaker, de Buxton Street, salvajemente atacado, molido. En su propia esquina, enfilando hacia Vallance Road. Sin motivo aparente. Los finos huesos quebrados, el papel de su cara rayado y roto, puñados de pelos. En el London Hospital, entre la muerte y la calle. Identikit de un hombre visto al acecho, declamando: un híbrido de horror, los rasgos de Joblard y los míos unidos. Cortados y pegados. Fuera del espectro humano. Donde hay dos hombres. Después del primer incidente, habíamos caminado con frecuencia más allá de los camiones cargados de pollos enanos a la espera del sacrificio ritual, más allá del babeante hedor del miedo. Pasamos por ese sitio, intentando curar la herida psíquica. Pero nunca más vimos al sastre Hymie Beaker. Ni a la pelirroja. Las puertas y ventanas con cerrojo. El tercer hombre había huido.

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El piso de Nicholas Lane estaba rodeado, todo se venía abajo. El joven Kernan Quinn había sido negligente, nunca había sido otra cosa, pero hasta ahora no había importado. Nicholas Lane había estado afuera demasiado tiempo, frenético de un lado a otro de la ciudad. El teléfono no paraba. Con los pelos de punta, Kernan salió derecho al pub. No bebía pero debía escapar de esa aplastante sensación de catástrofe. Sin saber que la llevaba consigo: una camisa. Todo se cercaba, sin aliento, el leve peso de la ciudad envolviéndolo en sí mismo. Pasaban toda clase de cosas raras, susurros en las esquinas, reveladores fósforos encendidos y soplados. Desocupadas, las putas bebían en grandes cantidades. De servicio, los policías bebían aún más. El soplón en la esquina quería beber más que nadie, pero carecía de fondos. —¿Puede mostrarme eso, muchacho? Kernan ignoró al escocés, de nombre desconocido y motivos cuestionables. Una presencia, pegajoso en su camiseta y chaleco de golf. —Creo que leí ése. Es bueno. Kernan elevó el libro y lo colocó frente a su cara. No había pasado ni una página desde que se sentó. El libro no era suyo, lo había escogido al azar, uno liviano, fácil de llevar. —Pensé que era otra cosa. No es lo que imaginaba. Es el libro equivocado, muchacho. Estás llevando el libro equivocado. —Andate a la mierda. —Kernan habló, provocó. No al escocés, al mundo en general—. Andá a cagar. Había oído a Nicholas Lane humillar al escocés cuando éste quiso encajarle libros robados de la Biblioteca Seaman. Se había hecho abstemio y había ganado una mala reputación por todas partes. Realizaron una colecta para comprarle una botella de Bells y ponerlo otra vez al fuego y enterrar al imbécil de una buena vez. —Oíme, hijo, oíme. Creo que tengo algo para tu jefe. ¿Sabes por dónde anda? Nada. Kernan se apretó un grano en la punta de su nariz, lamiéndose el dedo mientras pensaba. Desde la ventana, vio estacionar al taxi del otro lado de la calle.

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—Oíme, hijo. Decile a tu jefe que venga. Tengo algo para él. Su clase de cosas. Mi Dios, ¡es algo tan extraño! Decíselo, algo muy raro, la mierda si es raro. Con tapas espléndidas. ¡Increíble! Quiero que tenga la primera opción. Carajo, nene, decíselo. En el fondo, el escocés detestaba a los libreros, y cuando les vendía material ejecutaba una terrible venganza. Con un cortaplumas y un cuidado pocas veces visto, cortaba una página del medio del texto, tan delicadamente que nunca se notaba. Los libros pasaban de mano en mano, se los ponía en estantes, nunca eran leídos. Muchas de las grandes colecciones poseían libros castrados, sin valor. Al escocés eso le gustaba. Lo hacía sentirse bien. Nunca regresaban. Pensar en eso le provocaba una sonrisa. Algo lo hizo sonreír, lo cual aterrorizó a Kernan, lo hizo ponerse de pie y caminar de espaldas hacia la puerta.
*

Afeitando el block y arremangándose, con sus largos dedos blancos de escriba, el ejercicio desinhibido de la destreza: Nicholas Lane en su casa. Las persianas bajas. Kernan adentro, con la mano extendida para tomar la droga. El mundo al alcance de su codo, la puerta de entrada abierta de par en par a la noche, las cadenas colgando impotentes. —Quisiera examinar ese Arthur Conan Doyle, señor. Un estudio en escarlata. Si lo tiene, señor. Si puede conseguirlo. Nicholas Lane está metiendo la mano en un J.B. Priestley, su dedo de veterinario en el lomo, seguro de que allí hay algo para raspar. Quinn flota a su alrededor, una sombra, la piel tiesa, los ojos hinchados por la operación. La mente en encendido y apagado; mejor durante los apagones que durante el resto del tiempo. ¿Nada, hermano? ¡Perfecto! Dolores de luz. Alzándose los pantalones parece mucho más flaco. De cualquier modo, ¿son éstos sus pantalones? El teléfono los perfora y agujerea. Resolvelo. Howard Omega. Todos los libros buenos escondidos en la cama, la familia levantó campamento, el escocés pudo haber sondeado el lugar. —Lindo espejo tenés, nene, ¿qué valor tiene? Calle abajo te darían unas libras por esas muñecas —dice señalando los oscuros objetos fetiche. Que a su vez lo señalan a él, blasfemia fálica, le señalan la puerta de salida. Nicholas Lane lleva al señor Klamm a la habitación de atrás, un trecho, bajo torres letales de libros, desfiladeros resbaladizos, sin luz, hacia la cama. Corre las sábanas. Klamm no empalidece, huele su objetivo. Lane revuelve en busca del delgadísimo texto, entre tomos gruesos dispersos,

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ediciones limitadas, removibles. El teléfono vuelve a perforar, una entrega. ¿Lane puede esperar? Omega. De parte de Suk. Sólo por un par de horas. Unos cuantos amigos pasarán por allí a retirar su pedido. Eso vale una onza o dos. En cuanto Omega se acerca a la puerta de calle y pone el pie en el escalón, el coche patrulla sin pintar pero extremadamente visible arranca y se va. Puede haber sido la angustia poscoito, las costuras de las medias negras de Dudley corridas en un salvaje zigzag, comida china para llevar, o un trabajo manual. O pudo haber sido un comentario. Un cumplido inoportuno. Neumáticos ruborizados. En la jaula de su cráneo, Omega no vio nada. Por fin, J. Leper-Klamm tiene el grial en sus manos, le responde, su vida desborda, todo se conecta. Se transubstancia, es traducido. Las páginas se blanquean hasta hacerse cristal. Las palabras flotan en hojas de aire de cristal. Liberadas. Formándose una y otra vez. “Bien dentro de campo enemigo... Nada más que desgracia y calamidad... Fui golpeado... roto hasta la médula... Debo haber caído... deshecho de cansancio...” Insinuaciones heladas congelan la camisa de Klamm sobre su espalda. —¿Ha determinado un precio, señor, por este ítem? Que sea conveniente, señor, para las partes involucradas. —Ocho mil, quinientos. —Lane agregó unos rápidos quinientos al ver a Omega dividir las onzas en la alfombra turca deshilachada. —¿Aceptaría un cheque, señor? —dijo Klamm, tocándose los bolsillos, no del todo seguro de si la suma mencionada estaría allí, al acecho, desde su último viaje a la licorería. Lane puso una lapicera en su mano y por primera vez en la historia se corrió la boina para secarse la cabellera. La puerta que daba a la habitación flotó hacia dentro como una balsa vertical. Algo iba mal. Era como mirar una balsa desde abajo del agua, una distorsión singular. Regresó al plano horizontal quebrando el brazo de Omega, elevado. Quinn estaba blasfemando cuando el mango de un hacha le dio en la boca, rompiéndole tres dientes superiores, de un saque, sin dolor, y algunos pedazos de otros. Escupió sangre. La miró, goteando de su mano. —Las caras contra el piso. Hijos de puta. Quiero todo lo que tengan. Todo. Eran tres, con máscaras de medias negras y caras de rinoceronte. Dos o ni mangos de hacha, el tercero con el mango de un hacha con hacha incorporada. Patearon la canasta de mimbre para la ropa sucia y le cortaron la cabeza a todos los juguetes de los niños. Hicieron trizas el frente del

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armario vidriado. Tomaron todo: paquetes, polvos, resinas, efectivo. Destruyeron, con una refinada falta de distinción, toda la literatura: sensacionalista, surrealista, gótica, hermética, lírica y nacional. También lo patearon un poco a Nicholas Lane, quebrándole un par de costillas y desplazándole el riñón. La última semana había estado demasiado ocupado para poder vomitar: ahora había mucho para descargar. Marrón, agrio y con olor a muerte. A Leper-Klamm le arrancaron el panfleto de las manos y se lo hicieron pedazos. Si en aquel instante algún otro coleccionista hubiera tenido otra copia, habría duplicado su valor. Pero nadie la tenía. Aquel túnel hacia el tiempo estaba sellado. En ese momento, algo relampagueó, perversamente, en la cabeza del narrador: que el nombre del hombre que le presentó Watson a Holmes era Stamford. Tan parecido al nombre del lugar donde el libro había sido hallado. Los violentos se ponen cómodos, se dan un saque con una botella de vodka, y aguardan el grito del famélico teléfono. Conocen toda la operación. Obligan a Omega a contestar todas las llamadas. A cada uno le dicen que venga con la pasta. Llegan, los reciben con un golpe en la cabeza, les cortan los bolsillos y les aplastan la cara contra las tablas del suelo. Después de un par de horas, los tipos ya acumularon más de cuatro mil libras. Y todo el material. Una alfombra humana de plumas de aves. El teléfono insiste una última vez. Un dealer buscando cualquier obra de Fredric Brown. El hombre del hacha toma el aparato de la pared y estrangula con él el cuello de Omega. “Creo que es para usted, John”, fue su chiste de despedida. Se hicieron humo. Pudo haber sido una pandilla de Brewery, tipos peligrosos, bajo el efecto de porquerías hippies. Pudo haber sido una conexión del escocés. Pudo haber sido una traición por parte de Suk, deshaciéndose de mercadería invendible. Pudieron haber sido las furias del éter, construidas por su propia paranoia. Pero quienquiera que haya sido, usaba botas negras bien lustradas, gruesas suelas de goma y camisas azules con cuellos número 17. Cuando ha ocurrido lo peor, y todos tus temores han sido confirmados, llega una momentánea sensación de calma y bienestar. A veces.

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ARRANCA LA PIEL, Costillas de Calidad, 94 Farringdon Road, Alimentos para la Clase Trabajadora y Progresista. Arrancar la piel a lo largo de la salchicha, partir la carne rosácea sofocada, suspirar y temer. Reunir fuerzas para el próximo asalto a los puestos de libros. Cómodo dentro de esta cabina de madera vieja, las manos alrededor de un tazón de té. Una objetividad indiferente. De regreso. No hay nada que mirar en la calle. No hay otra manera de utilizar este tiempo. Adentro hay que demostrar solidaridad con los trabajadores que mastican sus sándwiches de salchicha, ustedes, delegados de Stoke Newington, mojando el pan blanco y húmedo en un chorro de vinagre carmesí. Acuclillados sobre una línea de poder, alineados, por una vez, con el flujo de la ciudad. Con el correr del agua, los charcos, las cavernas de Pentonville, fluyen con el arroyo Fleet, junto a su zanja, arrastrados con los perros muertos hacia el Támesis. Las cúpulas de Old Bailey y St. Paul’s, los cascos de las viviendas, las moles de oficinas. En el fondo, todo flota hacia Farringdon Road, cadáveres y bibliotecas, bolsas y cajas de té, confesiones, testamentos. Los misterios se hacen trizas y se les pone un precio. Se ofrecen a la mano guiada. Alimentado, se lanza. Hacia una curva, el muro lo atrae, una frazada protuberante, la vertiginosa configuración del ojo, por oleajes, los edificios derrumbados, una convulsión ancha como un horizonte, barriendo de Saffron Hill a Smithfield y el hospital St. Bartholomew, las vías brillan allá abajo, una escalera muerta. Ahora aparecen ojos detrás de la cabeza, en la nuca, la piel es clarividente, agudeza histérica del nervio: el tacto es vista. Las ondas del muro amenazan al ojo. El ojo sangra hacia un conocimiento holístico. Todo lo previo está allí con él, se acerca a sí mismo, dejando atrás recuerdos que acuden raudos. Los puestos están cubiertos, atados. Anatomías con grumos. La ESTRELLA DE LA MAÑANA mira hacia el este: un edificio tenue con poderes exclusivos. Letras en rojo, bajo polvo flotante, formando señales pero no una palabra. Pulso rojo en baja, cediendo. ¿Dónde has ido, Bill Sherman? Franjas recortadas de nubes flotan sobre los vidrios:

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ventanas posmortem. Los dealers se arriman, dialogan en susurros. Deslizan una mano por el muro e ingresan en la cúpula de la máquina de Christopher Wren, un melón del tamaño de una ballena vibrando con pensamientos celestes, otros leviatanes de la ciudad, con el fin de nadar el Támesis río arriba. En un momento apocalíptico, las grandes iglesias ahogan la locura humana. Los esquiladores de trapos se conectan con las mesas atadas, gases secretos, árboles convertidos en pulpa, medias, huesos, venas de pino derretidas. Los vórtices de la esperanza se encienden. La plataforma de un tren siberiano. Estruendo de voces de madera. A medida que avanza, tranquilo, levanta una columna de polvillo que se deposita sobre su acalorada ausencia y charcos de sombra empapan sus pies ampollados. Hacer de esta Londres de amplio cielo un sitio trabajable y seguro. Cargar con la ciudad y hacerla interior. Ubicarla en una jungla de lluvia, que se hunda en la vegetación. Quebrar las piedras para que emerjan de nuevo como el calcio en los dientes de animales carnívoros. Incorporar los edificios a la sangre: en forma de sal. Esta es su visión. El hombre se convierte en el edificio, el edificio flota libremente, despedazándose contra otras estructuras más viejas, hacia interminables campos de agua. Los hombres viejos se apropian de las mesas. Son feroces y callados. Los echa, y humilla al vendedor con su chaleco de peluquero, benévolo, con un penacho en la cabeza, como con bolsillos llenos de profilácticos para distribuir, con secretitos pornográficos de última hora. A los suplicantes se los manda a la pared, rozan sus abrigos contra los ladrillos. En cuanto se dé la señal serán impulsados a gran velocidad hacia los desnudos escombros de libros, una limosna de cuarta. Los cueros de raros volúmenes rabiando por ser consumidos nuevamente en los corrales de ganado de Smithfield. Sin preámbulos, me captura uno de los más viejos, sin mirarme a la cara, la historia que debe ser contada sin descanso. Una compulsión temblorosa. No un exorcismo sino un lamento mántrico. Una y otra y otra vez, la persuasión de las palabras: calmado, neutralizado. Soy testigo, los ojos fijos en la pila de libros, atados con correa, a la espera. La historia que se vuelca sobre mí, los huesos en el barro. Su tío, sí, ahora encerrado, muchos años al resguardo, un hospicio en las colinas de Surrey. Señala, vagamente, con el brazo del impermeable elevado sobre la ciudad, hacia algo azul y algo más allá. El tío liberado por esta vez. Mientras se hable de él, estará con nosotros. Colgando de la boca del hombre viejo en blancas gotas de saliva. Su tío uniformado fue uno de los primeros en entrar en Belsen. El no

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ser creyente lo cambiaba todo. El olor de la muerte perdura durante millas. Un fiscal. Condecoraciones nuevas, insignia en el gorro, pipa, anteojos lustrados. No se puede saber si es que se convirtió en algo nuevo, o simplemente su experiencia extirpó algún espectro que siempre estuvo con él. De pronto, el valiente oficial se enfrenta con una visión del infierno. El hedor. El territorio que había sido destruido para siempre por una visión enloquecida, la esencia de todo un pueblo potenciada, cenizas arrojadas al viento, maldiciendo la tierra, sembrándola de hueso y terror desolado, inutilizándola. Divorciada, alienada, transformada en horror. Dividió su vida. Frágil, pero aún en funciones, aparecía los sábados en Farringdon Road, desharrapado, con un impermeable oloroso. Los libros eran su mundo. Peinaba todos los puestos, buscando guías, metiendo la nariz en Hegel, Schopenhauer, Nietzsche, La Historia del Mundo bajo la luz del Santo Grial de Stein, Fausto, el Rig-Veda, El Libro de los Muertos egipcio, el Parsifal de Wolfram von Eschenbach. Acumulaba, anotaba, exploraba. Manoteaba panfletos descartados, gateaba bajo las ruedas para raspar la suciedad de números perdidos de The Psychic Review. Su obsesión no se podía satisfacer en un día. Desaparecía bajo tierra. En un momento estaba de pie, maltrecho, el saco cosido con cordones, en el siguiente le venían los sueños de la lanza y el cáliz. Pelo húmedo le colgaba sobre la cara. Rondaba las habitaciones traseras de libreros teológicos con dudosas simpatías políticas. Y un día se terminó. Huyó. De vuelta al bosque de los cerezos en flor: un nazi completamente convencido. El Reich de los Últimos Días. Viajó hacia allá. Pero se trataba de un secreto. Al principio no había casi nada que ver. La teatralización fue gradual: Mercedes negro, guantes de cuero, anteojos de alambre. Gestos violentos para con la esposa y la familia. Perversiones en el armario. La forma química era adicción a la morfina. Dejarla absorberse en lo que él se había convertido, destiñendo la memoria. Mantenía y exageraba su rutina visible. Hasta que la araña del pánico se zambulló y el grito se hizo metal caliente en su garganta, órdenes guturales tartamudeadas en su boca. Aullaba como loco, escupía ceniza. El traje empapado en orina y un micrófono del tamaño de un puño debajo de su barbilla. A merced de sus voces. Una cabeza no nacida separando sus dientes. Gruesas cortinas de terciopelo lo adornan, lo ocultan de la tranquila calle suburbana. El puestero afirma, le da la palabra, seguimos a los tropiezos. Los compradores agarran todos los libros que sus manos pueden soportar, acumulándolos contraía pared. Saquear los restos de vidas muertas. Textos de la sociedad ocultista El Amanecer Dorado se hallaron aquí. El

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Renacimiento Mágico comenzó con documentos enterrados. Hay ladrillos de oro bajo la escoria deshecha. Cavan con uñas y codos. Si hacés una pausa, estás perdido. Te detenés a mirarte y se fugó para siempre. Demasiado tarde. Conmigo, el hambre está perdido. Tomo un librito gastado con sobrecubierta de rústica, de la vereda, con letras rojas y azules, Longmans, 1886, quinta edición, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Me alejo.
*

El doctor Loew conducía un Buick y tenía hijos mellizos. Los sábados por la mañana, para todos ellos era una cuestión de rutina visitar los puestos de Farringdon Road. Como muchos hombres de medicina, compraba libros, los coleccionaba, los ponía en estantes y un día publicaba un catálogo y se convertía en librero. Los oculistas preferían los puestos, los hombres de agallas las ferias mensuales en el Hotel Russell, sosegados por un sentido de regularidad, los psiquiatras insistían con las ventas de caridad: un médico miserable, exiliado en Brondesbury Park, no hacía más que acumular ejemplares de prueba para la prensa, estante sobre estante de lomos rosas y azul pálido, sin encuadernar ni imprimir, fantasmas que nunca se convertirían en libros. Los chicos del doctor Loew se apedreaban con ladrillos sueltos, mientras el doctor, distraído, recorría toda la fila, examinaba los volúmenes inertes, esperando que su recepcionista se los anunciara. Se llegó a un trato: a cambio de poca cosa, el doctor acordó llevarme al London Hospital Medical College Museum a ver el esqueleto y molde de Joseph Merrick, el Hombre Elefante. Joblard nos acompañaría, con su maleta de cuero y su cuaderno de dibujo. Hoy en día el altruismo no tiene barba: sobre la curva de la escalera, el retrato de Sir Frederick Treves. Cuelga el óleo de un bigote exitoso. El puño en la cintura, una mesa de fragmentos de hueso, papel en mano, la cadena del reloj como un ancla. Nos mira como para echarnos. El simple acto de caridad de Treves tenía que ser explicado. La ficción era su verdad. Hubo errores en la explicación que dio: vacilaba en los nombres de las calles, mejoraba el torpe exceso de detalles (el tiempo fluyendo siempre hacia la decadencia). La verdad sólo puede rehacerse a partir de mentiras. ¡Qué terrible! Una vida de pura invención. Su monstruo fue hallado, agazapado, entibiado por un solo ladrillo recalentado. Se lo llevó adentro. Recibió a otros seres extraños: no leerás sus historias. Aún están allí. Botellas en el laboratorio patológico, abortos

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flotando en aceites compasivos. Su vida: un círculo de ojos enceguecidos. La Historia del Hombre Elefante corre hacia ti. No puedes evitarla. Ganesa de los Últimos Días, Cabeza de Elefante. El lugar estaba preparado. La cámara lista. El hombre incompleto acechaba las calles. Contenido en su carruaje, no galopaba como esa eminencia, Gull, estático, una presencia de piedra, elevado sobre el asfalto, sentado, las manos entre uvas, las ruedas de la plegaria rodando, repitiendo, infectando y sellando el espacio forrado en cuero. No entró a patadas hacia el oráculo ubicable en Victimología. Los doctores estaban todos en sintonía con la bengala milenaria, el siglo que agoniza, la erosión de certezas imperiales. Salió a las calles, hacia las madrigueras, agujeros de ratas, clavos, púas, cuevas y deambulaba con terror. Con la colaboración de los cuatro, Aysch, Mayim, Ruach, Aphar, se realizó el golem del cuarto elemento. Arcilla roja de los campos de ladrillo, con todos sus miembros completos, recostado en la tierra de Matfellon, sobre esa ausencia, donde había estado la iglesia. Treves camina siete veces el laberinto, de derecha a izquierda, así el cuerpo se torna oscuro, rojo como el fuego. De nuevo Treves, regresando hacia la espiral, de izquierda a derecha, siete veces, alrededor del cuerpo, a través de Lion Yard, Old Montagu, Bakers, Buxton. Spicers, Brick, Hanbury, Great Garden, y de este modo lo rojo se extinguió, y el agua fluyó por la arcilla, el cabello brotó, las uñas crecieron. Después, Treves se colocó en la boca un pedazo de pergamino con el nombre secreto. Se persignó hacia el este y el oeste, el sur y el norte, recitando las palabras del ritual. Sopló aliento en las narices del golem y el golem abrió los ojos. Al amanecer Treves se dirigió a su criatura: “Debes saber que te hemos creado con un terrón de tierra. Serás llamado Joseph y vivirás en mi hogar. ”¡Tú, Joseph, deberás obedecer mis órdenes, cuando y adonde te envíe, a fuego o agua, ya sea que te ordene saltar desde el techo o te envíe al lecho del mar!”. La cámara lista y la criatura puesta a salvo. Luego comenzó. Se puede llamarla benevolencia. Se puede llamarla buena voluntad. Pero eso sería condenarla y convertirla en nada. Treves buscaba una alquimia al revés. Quería tomar oro y transformarlo en escoria. Encontró un ser compuesto de aguas radicales, una cosa líquida nadando en sus propias tintas, perdido más allá de la luz. Lo colocó en la capa del mito. Su mundo era su creación. Se hizo Dios. Pero, al mismo tiempo, apareciendo con el sugestivo disfraz de la deformidad, Merrick lo controlaba. Haciendo de Treves un vampiro,

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regresando compulsivamente. Visitas de día y de noche. Citas. Treves alimentaba al Hombre Elefante con oro en polvo. Sales de oro habían sido efectivas en el tratamiento de la artritis reumática. ¿Existía una toxicidad del oro? ¿Reacciones adversas? ¿Erupciones? ¿Depresiones de la médula? Homeopatía. Física fisiológica. Tratando a los iguales. Actuando sobre la luz con luz más potente. Actuando sobre la oscuridad con la muerte. Dificultades de sangre. Oro almacenado en pañuelos por períodos prolongados. Sales de oro en su guiso. Los poros sudan. El orinal retirado y examinado. Transformar la luz en material de fundición. La carne hecha palabra. El homúnculo dorado humea. Un gusano. Pero el excremento es puro. Seca la excitación. Se pone polvo en la nariz. No tiene olor. La criatura, ella misma, se endurece, un volumen de cartas en la mesa, hace correr su mano delgada sobre su mejilla. Habitaciones que brillan con adornos y pinturas. Se ha convertido otra vez en una pieza de museo: una estatua de sol, desfalleciendo en ventanas de otoño. Merrick fue destruido por su liberación, puesto a salvo de su propia angustia y pánico, rescatado. Se convirtió en una nota al pie en el mito de Treves. Interpretaba el rol de animal. Su propia energía contenida y vaciada. Era la demostración de la santidad de Treves. Cambió su manager, pasó del Rey de Plata al Cirujano. Se puso a salvo. Dejó la calle. Se abandonó, abandonó su yo no nacido, con la voluntad de que su historia se hiciera sensacionalista. La víctima dibujó la mano del autor sobre el papel: su boca se desbordó, se atragantó con la oscuridad. Treves trabajaba con precisión de cirujano: recortaba todo diálogo ajeno, color local, arquitectura, clima. Merrick era el nervio de todo esto: al precio de su propia existencia. No podía ser olvidado. Estaba unido umbilicalmente a su creador. Sin instrucción, el golem comenzó a recorrer el barrio judío de la ciudad como un loco, amenazando con destruir todo. Era el capítulo de Edwin Drood que faltaba, pero Dickens se refrenaba frente a una deformidad que pudo haber esfumado pero que no pudo realmente convertir en sentimiento. Lo asustaba la clarividencia de la fealdad; el excéntrico de feria que se convierte en una Presencia. Y lo que su vida había sido siguió penetrando las piedras, moviéndose entre las oscuras copas de los árboles, describiendo el borde de la desaparecida iglesia de Mary Matfellon. Una mancha en el color de los lúpulos. Estaba sentado donde se había sentado antes. Y ahora no tenía fiebre, ningún velo sobre la desnudez de su cara. A medida que nos acercamos al armario de cristal, caminamos hacia su esqueleto. El armario está ubicado en un ángulo del rincón más obtuso.

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Una frase presente, sin ser dicha por ninguno de nosotros, olvidada en la habitación: “Adentro siempre huele a mármol podrido”. Trepando hacia este cuarto secreto, por escaleras, girando hacia el apéndice gusanoide del intestino. Escalones prohibidos, a una distancia hierática, extienden nuestro paso. A medida que nos aproximamos al armario del esqueleto, nos acercamos a nuestras partes más oscuras. La silueta de carne de Joblard se impone a la torcida armazón de hueso. Mi cara observa desde el molde del cráneo, asumiendo un mongolismo innato de pálidos aceites. Una red de piel opaca me oculta de la luz. Los huesos sobre la chaqueta de Joblard son de cal aborigen. El sombrero de pico de apicultor del Hombre Elefante y la red mantienen alejados a los ojos furiosos. Su caída en Liverpool Street Station, una catedral de vapor, pasarelas, vigas, altos bosques, el sombrero arrebatado, el peso de la opresiva Gran Mampostería del Este. ¡Entierren la campana! Acobardándose en este sitio: el manicomio grita, celdas de paja. Se lo rescata. Un retrato suyo. Un espécimen. Joseph Merrick, Papa. El modelo de la iglesia en su mano. Ingresando en el tarot de la blasfemia. Desmoronando corales de hueso. El sombrero. La iglesia en todos sus detalles. El cristal es un espejo. El circuito ha sido completado. Los ojos del público son conducidos a este lugar para mirarse a sí mismos, mirar hacia fuera, desde la sombra pintada de lo que fue un hombre una vez, hacia las tres figuras oscuras que atraviesan el piso para unírsele, en un instante sin cortes.
*

A través del amplio boulevard de Whitechapel Road y hacia el Blind Beggar. Una parada, sedientos. Se nos pasa por alto, nos ignoran. Hay algunos chicos de Brady Street, por lo tanto la pandilla de Brick Lane se mantiene alejada. Pero nosotros apenas somos amateurs de barriles, no nos tienen en cuenta: terminá el trago, movete. Sin ningún reclamo sobre ningún territorio. “¿Todo bien, John?”. Los chicos siguen la charla en horario de trabajo, pero la hacen sonar como parte de un trabajo bancario. Encorvados, bajo una tensión dinámica, ni un pelo fuera de sitio, aceitados con agua. Rodillas que no caben bajo las mesas. La luz manchada, corrientes de aire tibio, la calle flota hacia atrás. —Para mí, Hinton es la figura clave. El torbellino, el principio energizante. Lo lanza todo al aire. Pero está loco, fuera de sí. Borra las

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fronteras, se desborda. Depende de los otros interpretar su trabajo, emprenderlo y llevarlo a término. Joblard está acostumbrado a estos monólogos no solicitados. Nutren su inteligencia bien asentada. No está obligado a responderles. Contesta con algunos fragmentos propios, historias precisas y minuciosas, aparentemente desconectadas, quemando tiempo hasta que se hace humo, veneno absorbido. Tiene el don de convertir sustantivos en verbos. Los pone en movimiento. —¿Leíste al hijo de Hinton, Howard? ¿Qué es la Cuarta Dimensión? Publicado en 1887, por supuesto. Estaba todo allí, en ebullición. Howard estaba completando un aspecto del trabajo de su padre. ”James Hinton dice: ‘Mis amigos pueden completarlo, pues no puedo hacerlo yo mismo...’ Dice: ‘Fue demasiado para mi cerebro, pero es gracias al fracaso de unos que otros progresan...’ Dice: ‘O surgía un segundo yo, que hacía negocios en mi nombre, o mi cuerpo estaba a veces poseído por un espíritu sobre el que no tenía ningún control, y de cuyas acciones mi alma era completamente inconsciente’. ”Dejó el arpón sobre la mesa. Obligó a que otros hombres lo lomaran. Es esa loca, acalorada excitación autoinducida que se conecta con lo real pero no puede traducirla en acción. Ninguna acción sería suficiente. Huía antes de que lo dijera. Veía el opuesto. Se cancelaba a sí mismo. ”Pero Howard, el hijo, se interesó por un solo aspecto del estudio de Hinton, las acciones del tiempo. Describió un sistema modelo de líneas, casi verticales, curvándose en distintas direcciones, conectadas a una estructura rígida. Propuso que esta estructura pasara por un plano horizontal fluido que se extendía en ángulos rectos en la misma dirección del movimiento. Tendría la apariencia de una multitud de puntos móviles en el plano, iguales en número a las líneas rectas en el sistema. ”Deberíamos imaginar un todo estupendo en el cual todo lo que alguna vez ha existido y vaya a existir convivan, el cual, transcurriendo lentamente, imprime en nuestra vacilante conciencia, limitada a un espacio angosto y a un solo momento, un tumultuoso registro de cambios y vicisitudes que sólo nos importan a nosotros. ”Entonces está todo allí en la respiración de las piedras. ¡Existe una geología del tiempo! Podemos tomar los ladrillos en nuestras manos: a medida que los empuñamos, ingresamos en ella. El momento muerto sólo existe como lo vivimos ahora. No se ven sombras en el paisaje del pasado. Tenemos el pasado, tenemos lo que vendrá. Arribamos a lo que fue y lo transformamos en un ahora. ”Nos rendimos, nos abandonamos, nos acechamos sin darnos cuenta. Caminamos hacia nuestro propio contorno. Llegamos antes. Howard se

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convirtió en su propio padre. ”Le dio forma al razonamiento incompleto de su padre. Servimos a los muertos. Sin él, una parte de su padre hubiera desaparecido para siempre. ”No puedes evadir esa curva. Es como el viejo Dick Brandon. La familia que toma su desayuno en la antecocina en Bow ya está muerta, el cohete Peenemunde lanzado desde los montes germanos. Los patriarcas están dispersos en el techo. Los atrapa en medio de su tarea, les mete plomo en los bordes de sus chaquetas. Podrían haber utilizado una escalera, treparse a la cornisa a esperar su muerte. ”Hasta que podamos rehacer el pasado, hay que zambullirse en él, modificar el hoy, rebanar esos cánceres; no tenemos remedio. Somos prisioneros, dando a luz viejos defectos, llevando a nuestros abuelos desnudos en los brazos. ”Lo que Hinton decía, Gull lo hacía. Hinton aseguraba que ‘la prostitución está muerta. La he liquidado. Soy el Salvador de las Mujeres’. Pero fue Gull quien hizo del coche de alquiler un módulo de tiempo: uno de los diagramas de Howard hecho realidad. Flotaba en una solución de tiempo, por encima del plano horizontal, fuera de él, sin esa crudeza del llegar a ninguna parte. Concretando y encarnando todos esos potenciales momentos de la voluntad. ”La gran síntesis viaja en un coche sellado. Las estrellas se trasladan a lo largo del techo de brea, la carpa del bote: a la velocidad de la respiración de Gull. Comprimiendo su tiempo. Practicando incisiones, haciendo sacrificios. Gull el literal, en acto, completo, hecho. De lo contrario Hinton no hubiera sido nada. ”El irónico Gull, sin necesidad de creer, supervisó el asesinato de cinco mujeres. Fríamente, distanciado de sus acciones. Enterró una amenaza. Cubrió con tierra un temor. Realizó un sacrificio para que pudiera nacer el nuevo siglo. Abortó su propio futuro. ”Era una víctima. No podía escapar a los actos que debía llevar a cabo. La voluntad de las víctimas era tan grande como la suya: corriendo juntos hacia la aniquilación, cada uno trabajando para el otro. Ahora, Joblard estaba realizando un esbozo rápido, contornos negros, costilla y venas, el corazón del corazón, el laberinto de la ciudad secreta, el gráfico de la temperatura de las piedras agonizantes: neutralizando la diseminación de la locura. Regresamos, Hanbury, Spital, Woodseer, a la entrada de la cervecera. Una visita. Mi instinto me lo dice: no vuelvas nunca. Regresar es rehacer lo que es. Pero Joblard, sin pasado, cultiva las piezas de lo inmediato que todavía están al alcance.

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El don de la amistad y la destreza para exigir se mantienen vivos. Los hombres de los barriles duermen con sus tripas y gases en el bar concesionado, un poco inhibidos por el entrajado dueño de una oficina a la calle que bebe con dos plomeros y una chica que trajeron del Seven Stars. Tienen contactos, están involucrados en dudosas facturas y en la falsificación de notas de entrega. Trajes livianos, como manchas de aceite, cigarros baratos. Acentúan sus comentarios con súbitos golpecitos en los hombros de la mujer, dejando moretones incipientes en su suave piel. Le sirven dobles, le prometen el tour completo. —¿Cómo anda el viejo amigo? ¿Todavía activo? —Está muerto. ¿No lo sabían? Hace seis meses. Muerto y enterrado. —Trabajó mucho en eso el viejo Eves. Es lo que estaba esperando. —¡Que se vaya a la mierda Eves! Sigue dando vueltas, el pajero. Seguirá muriéndose durante los próximos treinta años. Te va a despedir, hermano. —¿Entonces quién? —Brandon. Lo abrieron, ¿o no? De arriba abajo, hermano. Cada pulgada de su cuerpo. Estaba lleno. Cáncer. Estaba bebiendo en este bar aquel viernes, al martes siguiente estaba seis pies bajo tierra en Tower Hamlets. Le vino bien, nada le estaría siguiendo los pasos. Nunca cambiaba, como un esqueleto. Sin dientes. Terminó su botella, ¿no? Aceptó otra, no se negó. Mierda, nunca se la tomó. Los muchachos, el trío de buenas conexiones, se llevan a la chica afuera, de puntillas sobre tacos altos, riendo, sobre el patio empedrado de la tonelería. —Vamos, muchachos. Los seguimos —dice el jefe de barriles en calidad de voyeur. —Tal vez consigamos unos putos restos. Hacia las cuadras, por el camino de los carros, una insinuación de ratas en los tobillos de la chica, que condescendiente levanta y sacude la falda ajustada. Una media corrida. La medida exacta del daño calculado por el dueño de la oficina a la calle. Después, a través de túneles y pasarelas, un itinerario que involucra muchas escaleras. La chica sigue a uno de los plomeros, el hombre de la oficina va detrás, protegiéndola de cualquier peligro que la haga caer al apoyar sus manos de manicura sobre sus nalgas. Pasan por tanques relucientes, baños de espuma, tolvas. Ingresan en el frío local, sobre Hanbury, cerveza negra helada, el rincón rehuido, el suelo sobre el que se descubrió el cuerpo de Annie Chapman, salen por Dorset Street, “en peor estado por culpa de las papas y el licor”. Los plomeros se detienen, no vale la pena el esfuerzo. Una canilla y un balde. Se sientan sobre el piso de

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piedra, se pasan el balde, comparten una canción. El hombre de la oficina envuelve con su chaqueta los hombros de la chica, un abrigo con forro escarlata. Al mismo tiempo se las arregla para soltar las tiras de su vestido. Le da calor ofreciéndole un largo trago de su petaca. Nuestra búsqueda no tiene objetivo. Nos unimos a los plomeros en el suelo. Los dictados testiculares se congelan. Una vez más, flotamos hacia la decadencia. —¡Ella se la va a arrancar de un bocado! —Hasta el borde, John. Llénala toda. El balde se traslada con inestabilidad. Se derrama y empapa el overol del plomero. Un grito. El plomero se acomoda de golpe y se da la cabeza contra una canilla. Sangre en su mejilla. Un grito que congela hasta nuestras sombras. Andamos a ciegas. Demasiadas puertas, escaleras, escalones, callejones y pasadizos sin salida. Nos agachamos bajo cañerías, nos falta Brandon, el guía, la rata entre secretos. Un piso extenso, fuera de la oscuridad, granos sobre tablas, altos techos en arco. Pulsos de respiración mecánica, esferas de nervios. Y en el polvo, en el suelo de esta támara de paredes de vidrio, una línea de pisadas guía nuestros ojos hacia el hombre, la cabeza entre las rodillas, lustrando su pipa de aluminio. La chica, a esta altura prácticamente desnuda —el chaleco le cae de los hombros—, se arroja contra una ventana. Se hace pedazos. Arrastra la muñeca hacia atrás y adelante sobre el borde mellado del vidrio, gritando como una loca. Tiras de luz del techo vidriado rayan la nave, polvo blanco flota formando columnas inmaculadas.

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8 Finsbury Square Julio, 1861 Para: Sarah Hinton Mi querida Sarah: ¿Dónde crees que estoy ahora? Estoy en casa del doctor Gull. Me he instalado aquí por una semana, más o menos, para redactar con el doctor el informe sobre el que ya te he hablado. Estaba tan cargado de ideas, agigantado y exultante, absorbido en mis planes y proyectos cuando te vi, que no llegué a decirte dónde podrías encontrarme. Quiero tiempo para que los pensamientos maduren, para que puedan presentarse en una forma adecuada y no necesiten reelaborarse. El doctor escucha, un búho con chaleco verde, enfrascado en su asiento junto a la ventana, la luz detrás suyo, todas sus plumas en llamas. No puedo ver su expresión, su aprobación o su rechazo. Creo que mira hacia mi silla y no ve nada. Soy invisible. Pero mis palabras van hacia él como abejorros, ¡y pican! Su mano derecha siempre descansa en su abdomen, siente cada respiración a medida que exhala, tan infernalmente calma, tan contenida, con toda la complacencia de una madre embarazada. ¡Esas gruesas cejas de gusano! ¡Ese ojo remoto! Parece haberle dado la bienvenida a mi tren de pensamientos antes de que yo lo haya lanzado de la plataforma. Ahora es un hombre muy reconocido en el mundo, su mujer y su familia viven en Brook Street. Mantiene su viejo consultorio en Finsbury como piso de soltero, para que podamos hablar sin molestias. ¡Hablar, hablar, hablar! Estoy seguro de que lo canso, pero no da señales. De hecho, comienza a ocurrírseme que yo no hago más que ahorrarle los esfuerzos de articular y definir, trabajar lo que no necesita ser dicho. ¡El liso bonete de pelo! ¡El alto y rígido cuello! El verdadero retrato de un médico exitoso. Se ha pintado a sí mismo y ha desaparecido en su propia imagen. Pero le debo al doctor Gull mucho más de lo que puedo decir,

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nuestras caminatas juntos, cada mañana, por las partes de la ciudad todavía no contaminadas por el tráfico de negocios insignificantes. Nuestras caminatas por la noche hacia el oscuro corazón, los desagües, las venas de lo corrupto. Mucha de la inspiración para El Misterio del Dolor no provenía de un escritorio recluido o de un tranquilo contacto con la naturaleza, sino de las calles de los barrios bajos de Whitechapel. El mal, Sarah, es una ventana de vidrio manchada con una realidad reluciente detrás. Con mártir y santo, radiante, y con un significado de lo más divino un poco más allá de nuestra vista. Le agradezco a Dios que exista —tanta fealdad y tanto mal. Estrecho al mal y a la injusticia contra mi corazón. Son la vida, son el amor más tierno de Dios. Con ellos me dice: “Mira, hijo mío, y dime lo que estoy haciendo. Será doloroso al principio, pero lo amarás cuando lo veas”. Pensar en el misterio del dolor es ver nuestra vida otra vez como un Flujo. La sensación de dolor es un elemento que aparece en uno mismo por aislamiento. He sufrido esto, pero no por mi redención. Hasta que no vemos el dolor como un sacrificio con voluntad propia, no se convierte en bien puro. Con el dolor he mejorado el yo, y el dolor mejorado es una fuerza para mi trabajo. Fue útil, nada más. El bien más alto de todo está en el poder hacer algo mejor, algo que no sea posible de otra forma. Me fue dada una semilla y cuando la amé me fue prohibido enterrarla en la tierra, y la enterré, sin saber qué estaba sembrando. Esa alegría es más amarga que el dolor, ese dolor más querido que el gozo. Sarah, hasta aquí hemos llegado juntos. Tu propuesta de esta tarde abre mi camino. En eso consiste el trabajo: reunir la fuerza que reside en estos malos pensamientos, que ahora sólo sentimos como dolor, sin ninguna otra utilidad que la de producir una tensión en nuestros corazones que debe ganar relieve y por fin consumirse en la vida. Para convocar la fuerza y ponerla directamente a trabajar. He visto cosas así. Un hombre puede estar en lo cierto al decir que ha encontrado una puerta, y no una pared, a pesar de que apenas puede abrirla, y de que tiene poca idea sobre el espacio al que conduce. Recuerda cuan completamente incapaz e injusto soy con lo que quiero decir. Oigo el paso del doctor, no duerme, a pesar de que nunca está angustiado como yo. Inquieto, da vueltas, no lo molesto con mi trabajo. Soy bastante silencioso, te aseguro, aunque dejo escapar, de vez en cuando, una queja ocasional. Al calor de mis pensamientos, al

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exceso de mis argumentos, no se les debe permitir interrumpir sus meditaciones, invisibles, agua que corre debajo del agua. Moderaré mi mano y dejaré que mis palabras se vayan libres a donde quieran, desde la ventana hacia las calles ignorantes, indiferentes. Tu hermano, James

8 Finsbury Square Julio, 1861 Para: Caroline Haddon Mi querida Caroline: Estuve en De Beauvoir Square esta tarde, y Sarah me dijo: “Apúrate y escribe tu libro. Pagaré su impresión”. Fui a lo del doctor Gull por la noche y se lo mencioné. “Dile a tu hermana que compartiré los gastos”. Acabo de apoyar la pluma y sellar la carta para Sarah, pero no puedo descansar, el doctor está ocupado, y hay tanto, tanto para decir. Por favor, discúlpame si sólo te cuento una parte. No es suficiente dejar estas cosas a medio hacer. Nada puede ser si no se actúa, o ser si no es actuando. El mundo está gobernado por el pensamiento, pero nadie sabe qué sucederá con las acciones. Y sin embargo una idea de lo más común me encaminó en una línea de pensamiento que casi ha revolucionado mis “opiniones” sobre muchos de los temas más interesantes e importantes, especialmente para un médico. Mis nuevas ideas pueden ser ciertas o falsas, o más bien, en gran medida, deben ser falsas, pero ése no es el tema. Son nuevas e interdependientes y en tanto provienen de una obvia aunque no reconocida verdad, creo que pueden contener los elementos de algo valioso. Pero iba a decirte dónde he terminado, ya que he terminado, porque es imposible seguir. Finalmente he incorporado las revoluciones de los planetas en mis investigaciones, e intento mezclarlas con un sondeo sobre la fuerza centrífuga. Estarás sonriendo, pero hablo en serio. He dado con un dato increíble o una fantasía monstruosa. Si es esto último me alegra: conoces mi opinión sobre el rol que cumple el error en el mundo. No aspiro a un honor más alto que el de realizar mi trabajo.
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Si mis ideas son correctas, y en parte así puede ser, he dado un paso hacia la solución, no del misterio esencial, sino del “misterio” de la vida. Quisiera encontrarme con algún matemático y astrónomo de primer nivel sólo para hacerle algunas preguntas sobre la fuerza centrífuga, y después me abstendría totalmente de continuar investigando estos temas por el momento, y con paciencia volvería sobre mis pasos, y me sentaría con el claro propósito de madurar las especulaciones que se han acumulado en mí, y revisaría y refinaría lo que he escrito, más de cuatrocientos folios de abigarrados escritos. No supongas que coloco estas investigaciones científicas a la altura de objetivos morales. No opino que el hombre sea un animal que observa o razona, o que cualquier volumen de esfuerzo intelectual o logro científico pueda ser utilizado como excusa por el descuido del deber. Tal vez, en el intento por circunscribir y ponerle límites a lo desconocido, me paso de la raya. “Desconocido” porque saber sería ir más allá de uno mismo, más allá de los límites, disolver fronteras, darle voz a lo prohibido, una blasfemia hacia la verdad. Cualquier cosa que fracase favorece objetivos desconocidos. Mejores objetivos que los que fracasaron. ¡Piensa en todo el trabajo que tuvo que hacerse! El precio de mi visión y de la locura que conlleva tendrán que pagarse. Así debe ser. No hubiera sido posible lograr que el mundo entero se diera vuelta y fuera totalmente distinto, y tener la tranquilidad de que fuera bueno y ya no cruel, sin ser arrastrado hacia uno mismo. El castigo llegará y no vendrá solo. Otros pueden hacer con sangre fría lo que el genio logra con el dolor y la crucifixión. El genio es la incapacidad por mantener a la naturaleza alejada. Es la mujer en el hombre. El pivote en el mundo que gira. Debe ser aplastado. Esa es la parte del trabajo, su función. Sin extinguirse, el trabajo no estaría terminado. El genio no hace preguntas, sigue a la naturaleza ciegamente. Hasta el exceso o la locura. La naturaleza repudia la bondad del hombre dado que no es uno con ella. ¡Demasiadas negativas, demasiadas restricciones! La naturaleza dice: “Esa fuerza que malgastas quiero utilizarla a través tuyo”. El genio ve lo invisible. Los hombres de genio son las mujeres de la raza. El genio es la abnegación positiva de sí mismo, así como el ascetismo es la negativa. El trabajo de genio posee lo que no puede realizarse por la voluntad. Es el abandono en el punto justo, una abdicación del control, una inhibición de reflejos. Es por eso que el cielo se llama un cese de labores. El acto debe ser medio inconsciente, en el momento, sin deliberación. Algo nuevo, no una repetición consciente de algo ya realizado.

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Yo lo haré. Y dejo contigo mi justificación. Como siempre, tu amigo, James
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Cuando la luz estaba limpia, se mantenían en lo alto. Capa de agua de pozo. Molinos, ganado pastando. El sueño de Hinton lo llevó fuera de la ciudad por rutas que nunca podrían encontrarse. Colinas traídas de Islington, súbitas como icebergs. Prados, arroyos. Las calles cavernosas se quebraron y lo hicieron caer en una Arcadia viciada. Caminaba por dársenas y muelles que se convertían en bosques. La luz del sol cruzaba los claros con un simbolismo enajenado. Se mojaba las manos en las fuentes cristalinas, pero nunca bebía de ellas. Siempre regresaban. Dándole la espalda a la sensación del paisaje abierto. Esos campos eran páginas en blanco. Giraban en sus talones para enfrentar la excitación del corazón despellejado de la ciudad, sus torres y monumentos relucientes. Se pospuso el momento, se aguzó el placer. Pero no se lo prolongó. Se lanzaron por Percival Street, por Goswell, St. John, Farringdon. Las mismas pistas, hacia el recinto conocido, los santuarios de poder. La ciudad era su propio museo. Mañana de sangre y narcisos, un frenesí de pequeños pájaros pateando el hollín en un declive de techo desparejo. Gull anda despacio, calmo, canónico, satisfecho: un hombre que le ha hecho el amor a su mujer antes de salir. Sin bañarse, colmado, extendiendo al nuevo día su sensación de bienestar. Hurga, clava, juega con su grueso bastón. Hinton traspira vapor, se mueve como un pistón, la lana de su sombrero peinada al revés, sin guantes. Se detiene, mira como un loco a su alrededor, sorprendido, desequilibrado, resuelto, un manojo de raros volúmenes bajo el brazo. Es Holmes resucitado, después de las Cataratas, recurrente, nacido de nuevo, “extraño y viejo coleccionista de libros, su cara seca, marcada”, llevando Los orígenes del culto a los árboles. Un Hinton en ayunas desprecia el Quality Chop House. Las secreciones de Gull burbujean con la desilusión. Hinton arriesga algunas profecías con la humedad de la luna de su uña. ¡Adelante! Sopla la bufanda de nubes. Sir William se contenta con excavar un fragmento de mostaza seca de su cruda barba de un día. Se demora, nota el talón de su compañero, desgastado como un molar bajo una dieta de guijarros. —Ahora está clínicamente muerto —dijo Gull—. Fui llamado para dar

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una segunda opinión. Les informé que mis opiniones eran necesariamente definitivas. De hecho, no eran opiniones en absoluto, sino juicios, realizados tras una larga experiencia y observación. Soy la última cámara de apelaciones. Le costará ciento cincuenta guineas, mi estimado señor, saber que ya es un hombre muerto. Arregle sus asuntos. El shock terminó con él. El horripilante monaguillo, de servicio, revoloteaba como una mosca de estiércol, con su “Lord Arthur requiere... Lord Arthur ordena...”. Un estudiante con viruela de humedad, con bajo control de sus esfínteres. No podría decir el día de la semana. —No he hecho nada, Sir William —se quejó. —Al menos eso lo hizo bien —le dije. Antes de mandarlo al diablo. —No me protejas —musitó Lord Arthur—, quiero conocer el verdadero estado de cosas, Sir William. —Está clínicamente muerto —le respondí—. El resto seguirá su curso. Hemos realizado nuestro trabajo. —Señor, he quemado mis naves. Escuché el consejo de hombres de mala calaña. Me llevaron a creer que todavía habría tiempo. Tengo una mujer, una familia joven —se quejó en mi cara. —Lord Arthur, usted ha girado su tiempo en descubierto durante un lapso demasiado largo. Me topé con una frase en un ensayo que promovía a ese poeta lamentablemente mal aconsejado, Thomas Chatterton, “No puedes quemar tus naves cuando vives en tierra”. Por cierto, no es un truco para los vivos, pero el ataúd es el único vehículo en el que podrá navegar. Buenos días, señor. La parábola fue escupida en el cuello de Hinton, malgastada. Entraron en el recinto del viejo Templar por St. John’s Gate. Gull, hierático y ruborizado. Hinton, arrastrando los pies, haciendo zanjas en el polvo. Arriaban ganado delante de ellos, taciturno, con las bolas colgando, los mataderos a la vista. Los carteles chillones de los negocios prometían tripa, menudencias, carne fresca de las patas. Los carniceros hacen muecas apoyados sobre sus cuchillas. Carne disfrazada de confite. El hedor del miedo. Dulce hedor de carne en el desagüe. Pellejo, cuerno y pegamento burbujeando en los barriles. Pero las altas y claras voces de los chicos jóvenes ensayan las bendiciones de esta mañana recién acuñada. Desde St. Bartholomew-theGreat un coro de boda conforma su cono de Gloria. Gaviotas debajo de torcidas columnas de basalto. —¡Qué pureza de sonido! —exclamó Hinton—. Qué entrevisiones de lo real en lo aparente. Celebran a la mujer en el hombre. Se trata

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seguramente de la inhumana e intachable canción de los castrati. La verdadera afinidad del sacrificio es con el éxtasis. ¡Pero a qué precio! ¿Vale la pena? ¡La virilidad vaciada! —Vale la pena. Debemos comer. Gull tomó a Hinton por el codo y se lo llevó por el camino más corto, a través de la nave central de la gran catedral de la carne de Smithfield, bajo el cartel de Absalom & Tribe Ltd., bajo los ganchos y faroles, y a través de una playa de aserrín sangriento. Lugar nocturno. Rebaños que llegan, silenciados en la oscuridad, sazonados para la mesa por la mañana. Un fuerte olor se prende a la ropa, baldes de oscuras decoraciones, negras y púrpuras, resplandecientes piedritas de piel. El animal de adentro para afuera. Caminan hacia el estómago de una vaca dada vuelta. Se pierden en sus costillas de hierro, la leche convertida en ácido por el miedo. El ayuno de Gull se corta de inmediato. Se unen a los matarifes de trajes sangrientos en el restaurant Brown’s. Madera sencilla, largos espejos englobando el mercado que obliga a doctores, carniceros, sacerdotes a un mismo marco moldeado. Aliento tibio que nubla los detalles, un enrejado de frutas y granos. Hinton no toma más que un tazón de café hirviendo, sus pensamientos a esta altura tan completamente desnudados que desbordan pus en una herida abierta. —Sé que fueron esos gritos en la noche, como el aullido del ganado, indefenso, sin sentido, ya muerto, esos chillidos del infierno, cuando vivía en Whitechapel, que me desterraron de mí mismo. Un horror sobrevino, y permanece imperturbable después de todas las otras experiencias horribles. Fue esto más que ninguna otra cosa lo que determinó la forma de mi vida. ”Soy un Caballero del Espíritu Santo: lo sentí en cuanto cruzamos las puertas de esta ciudad dentro de una ciudad. Nací del agua y del viento. —A un tonto —respondió Gull, encendiendo un cigarro, negro como sangre de pulmón— se lo conoce por la pequeñez de su tontera. Usted, amigo mío, hinchado por el exceso, es como un perro tan lleno de gusanos que parece moverse por voluntad propia, parece arrastrarse sobre su panza. Cada pensamiento cría tres ilegítimos, cada ilegítimo otros nueve. Habrá tanto de usted que estará ido del todo. Usted es el libro, capítulo y versículo, de su propio Apocalipsis. Debo obligarlo a contenerse, mantenerlo conmigo. Oigo una voz que grita “Cúbranlo, aplástenlo, oprímanlo”. Hinton está perdido en una capa de humo azul, degollado, las manos sacudiéndose, dolorido.

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Gull deja caer ceniza en una galleta de manteca blanca, aconsejándole: “No dañe el aceite ni el vino”. Hinton se desploma sobre su brazo, aniquilado en su púlpito. —Hemos arribado al final. Fue demasiado para mi cerebro. Estoy tan agotado que ya apenas creo en nada aunque esté delante de mí. Está rodeado. El saco de tres botones de Gull hace de telón —el poder del plomo— y detrás, oculta, la cara entera de Gull, al revés, Rey de las Estrellas de Cinco Puntas, cabezas de toro sobre sus hombros, elevándose, negras y feroces, desde el borde de su silla. Pero aún no logra llegar al silencio. —Estoy del lado de los malos. Odio a los buenos con su magra simpatía y su inteligencia fermentada. Reconozco a la mujer en el hombre, el significado de la profecía, aquello que ha sido dicho: llevamos a cabo aquello que descubrimos. Reinventamos lo que ha sido, para que se convierta en lo que es. A la mujer se la vistió de púrpura y escarlata, y adornada con oro y piedras preciosas y perlas, con una copa dorada en la mano llena de abominaciones y sucia por su fornicación. Y sobre su frente un nombre escrito...”. “MISTERIO, BABILONIA LA GRANDE, LA MADRE DE LAS PROSTITUTAS”. Gull se inclinó hacia delante, su cabeza sobre sus puños, ojos desanimados de molusco, sin parpadear, una piedra. —Exactamente así. Misterio, Babilonia, La Madre. El grito en la noche. El insulto de la prostituta de medianoche... ¿Y qué acepta Dios como sacrificio? ¡Mire lo que ha aceptado de las prostitutas! Ve el enorme poder... El gran sacrificio debe ser realizado para erradicar la prostitución. El remedio está en un sacrificio de mujeres, ninguna otra cosa, nada menos. ¿No es la prostitución el sacrificio de la mujer? ¿Habrá menos sacrificio en el mundo cuando la prostitución ya no exista? ¡No hasta que el cielo y el infierno intercambien posiciones! La prostitución protege y mantiene la mojigatería de las mujeres respetables. Es un precio demasiado alto para la virtud. Las mujeres dejan de ser mujeres mientras mantienen prostitutas para acostarse con la bestia en el hombre, para succionar el veneno de nuestro desesperado sentido de la mortalidad. El hombre grita, por miedo y vergüenza: “Debo morir”. Grita fuerte aún mientras monta y corcovea sobre su ramera pascual, muere mientras paga. —Ninguna mujer —aclara Gull— es una duquesa a cien yardas de un carruaje.

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Hinton miró fijo sus manos, y vio garras, anudadas, sudando. —Qué poco queda de esta filosofía rancia, de la blanda influencia de la literatura. Qué poco se sabe de la prostitución. Debemos quebrar las cadenas sutiles de Satán: la vida del yo. Quitar la piedra más pesada del sepulcro. ¿Pero quién llevará esto a cabo? Un ángel vestido de blanco con un lustre celestial sobre sus alas. —¿Sobre sus alas? —preguntó Gull—, ¿un ángel interesado en filosofía moral, barbudo y con una nariz parecida al pene de un padrillo? —La prostitución está muerta. La he exterminado. Una mujer poseía un talismán. Pero yo soy el Redentor. Lo he descubierto. Pasarán doscientos años antes de que se comprenda mi trabajo. —Amigo mío —respondió Gull—, usted es demasiado modesto. Piensa en la muerte como en una idea puramente humana. La muerte es una dimensión, como el tiempo. Sólo el tiempo puede redimirla. Usted ha circunnavegado la teoría pero no está capacitado para describir la práctica. El acto debe actuarse. De lo contrario, no es nada. El sacrificio sólo estará terminado con el asentimiento voluntario de la víctima. Ese tiempo está al llegar, el tiempo más allá de las palabras. Si lo confundimos, no regresará. Respiró, una nube húmeda sobre el espejo, un ojo de aliento se contraía lentamente, revelando la cara de una mujer joven, flotando en lo plateado. Una mujer parada detrás de ellos, sin sombrero ni gorro. No se dieron la vuelta. Un chal rojo tejido sobre sus hombros, cabello oscuro, muy joven, vestido de linsey, maillot de terciopelo negro. Una fragancia de violetas, dejadas en agua demasiado tiempo. Gull limpió el vaso con el revés de la manga. El contorno de su mano, enmarcado como un escudo, se imprimió. Un trasplante. —Los días del Anticristo han llegado. Sepan que he sido nombrado el abortista del tiempo.

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Solsticio de verano: la noche más corta. El año está de su lado: Joblard se va a casar. Y realizará ese acto, esa declaración, en St. Bartholomew-the-Great. La Boda Química, sponsus y sponsa, uniéndose en un canto, girando alrededor de las columnas de ese bosque de piedra. Se celebra aquí con una mezcla de cerveza negra rusa, nigredo, y sidra de endrino. Los riesgos nos rodean, cacarean urracas en la ventana. Los pájaros se disfrazan, revolotean hasta convertirse en sombreros. Sufrimos la resistencia de los plateros, espíritus leoninos, bulliciosos, ruidosos sobre el asfalto: Hat & Feathers, en la esquina de las calles Goswell y Clerkenwell. Una fachada amplia y desafiante, pintura fresca y pilares de granito rojo, una lápida. Por supuesto, no hablamos de estas cosas, las cosas del futuro. ¿Lo no dicho provoca, por primera vez, un temblor en la mano de Joblard? Apenas. Arma un cigarrillo con el dedo dañado sobre un taburete de cuero. Los jarros de cerveza primero, un lento comienzo. El cambio sobre la mesa. Joblard juguetea con tres monedas entre sus dedos. Soborna al hombre del ferry. Cohecho sin motivo. ¡No lo digas! Tomate todo el tiempo que quieras porque hay tanto que viene a toda marcha, más de lo que la breve noche puede soportar. Me lanzo sin preámbulos. —Aceptando la noción de “presencia”, quiero decir que ciertas ficciones, principalmente Conan Doyle, Stevenson, pero muchos otros también, establecieron una matriz más poderosa que cualquier registro documental... Las presencias que ellos crearon, o “figuras”, si lo preferís, como el Golem del Rabino Loew, se excedieron, y demasiado rápido como para limitarse a las convenciones de esa ficción. Se escaparon hacia la corriente del tiempo, al éter. Se escaparon hacia el laberinto. Alcanzaron una vida independiente. ”Los escritores eran médiums. Lo ponían en palabras, le daban forma a una estructura de energía que ya estaba circulando. Se montaron sobre la curva del tiempo, de modo que al escribir rechazando la reacción inhibitoria de la mente racional, fueron capaces de elaborar un texto profético.

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”Doyle codifica los sacrificios venideros, el Jekyll y Hyde de Stevenson, en ese lenguaje calvinista predeterminado, describe lo que está casi a mano: la huida del otro, la necesaria aniquilación del yo. El Golem de Whitechapel, desalmado. Había tantas figuras, esencias conjuradas, libres entre las trampas, desenfocadas, sin dirección. No sé si las testimoniaban o las creaban. Hurgo en busca de una libreta. No estoy seguro si la perdí. Urgencia por decir. Saber que lo que se dice es falso ensancha la línea de la verdad. Una oración mal redactada daña el pasado. Recurro a una cita de Francis Crick. “Si fuera posible evitar que los dos hemisferios del cerebro se comunicaran durante un largo período de tiempo, uno podría, tal vez, convencer a un cerebro de que se encuentra en el mismo cuerpo que otro cerebro—; en otras palabras, uno podría crear dos personas donde antes había una. Un área de investigación que probablemente conduzca a interesantes consecuencias? —Hymie Beaker —respondió Joblard, deslizándose hacia el segundo trago. —También —yo ya no podía parar—, el 19 de febrero de 1969, predijo en la radio la creación de híbridos hombres-animales. —Demasiado tarde. Ya tenemos de ésos —dijo Joblard, mientras su amigo Jack revoloteaba sobre nosotros—, el Tercer Hombre, mitad músico, mitad cocodrilo. En principio, Jack se presenta como una forma de vida extraterrestre. La luz de la puerta de la calle brilla a través de su impermeable gris. Gotas de sudor le recorren el cuero cabelludo. Sus anteojos gruesos están empañados: se quedó sin ojos. Sus brazos se pierden en las alas del impermeable. Jack nos hace una mueca. Más que extinguido, obsoleto. Pero era tan afable, tan falto de modos agresivos, nerviosos y atolondrados, que me vi forzado a asumir una terca y terrible furia por debajo. Jack no quería imponer nada, no necesitaba afirmar nada. Más que ningún otro ser humano que yo haya conocido, obedecía la gnómica orden de Nietzsche: “Conviértete en lo que eres”. Con una garganta de acero, Jack se terminó el vaso. Escuchaba. Un testigo vital, neutralizando la posible fuga del tercero, el necesario desconocido, siempre presente cuando dos hombres conversan. Jack selló el trío. Una nueva benevolencia. Estoy convencido de que, si lo hubiéramos conservado, hubiéramos torcido el destino. Se hubieran evitado los sacrificios. Gracias a esta adición, el grito en la noche fue enterrado.

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Pero el miedo persiste, es compulsivo. Uno de esos momentos en los que hay que decirlo. —Rimbaud y Verlaine recorrieron el terreno. Verlaine dijo: “En cuanto a Londres, lo hemos explorado tiempo atrás... Whitechapel... Angel, la City... no tenía misterios para nosotros”. Decía que la City poseía “la atmósfera de un local de máquinas, del interior de un corazón. Encuentras allí a todos los héroes”. ”Y ésta es la pura verdad. Están allí como guías. Los poetas que nacen y mueren a las viejas puertas de la ciudad. ”Chaucer, Keats. Milton, nacido bajo el signo de The Spread Eagle, su padre tenía, The Rose. Y están allí en las efigies de piedra, las fachadas Moloch. Es el recinto más oscuramente codificado del mundo occidental. Magia maligna, vudú preconsciente. ”En aquel momento, el mejor momento para ellos, el momento de su vida, Rimbaud y Verlaine pasaban los días en ese inhumano y acalorado acoplamiento sexual, una ‘alineación total’, oculta en intención y consecuencia. La voluntad de Rimbaud y el voluntario sacrificio de Verlaine, a contramarcha, en espiral, intercambiándose, animus y anima, leyendo los sueños del otro, escenas de vértebras de víbora, hélices dobles, dolor. Los actos negros. Como Crowley y Víctor Neuberg en sus ineptas mutaciones. ‘Estaban llenos de ojos dentro de sí mismos’. La noche se había vuelto rancia, los vasos patinaban sobre la mesa en charcos de sudor. Nuestros brazos se quedaban pegados a las sillas y éstas crujían en cuanto nos movíamos. Falsos suspiros pornográficos. —Puedo sentir que están cogiendo —dijo Joblard, con placer—. ¿Se necesitan dos para hacer del sexo algo sobrenatural? ¿O más? Jack gimió. —Seguí adelante sin distraerme. —Verlaine lo vio, pero no lo hizo. Proyectó una “novela feroz, lo más sádica posible, escrita en un estilo muy parco”. Pero no pudo llevarla a cabo. Ido, tragado, terminado, de regreso a la tetilla doméstica, hambriento fantasma rogando la absolución en las faldas de la iglesia, respirando ventosidades añejas. ”De estos hechos, emerge un solo hombre. El otro queda eliminado, engullido. Disecado como papel, Verlaine no tenía sangre. Era totalmente necesario, un socio de igual a igual, pero nunca logró salir de esa habitación. Lo que poseía se agotó. ”Rimbaud leía en el Museo Británico, metía la nariz en Poe, en libros de magia elemental. Aseguraba que los escritores son ‘los espejos de sombras gigantescas que el futuro arroja sobre el presente’. ”Es exactamente así. ‘En todo lo que cualquier hombre escribió... está

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contenida la idea alegórica de su propia vida futura, como la bellota contiene al roble’. Así es. ”Latían, permanecían abiertos. Deambulaban, cada día, a lo largo del río, hacia Whitechapel, Wapping, Ratcliffe, Limehouse, ingresando por propia voluntad en esa ficción. ”La conciencia de lo oculto en Rimbaud era tan intensa que quemaba su tiempo sin importarle, a todo o nada, y la describió más crudamente que ningún otro hombre, entonces o ahora, a través de los elementos del sacrificio milenario de Whitechapel. Y al describirlos, los causaba. Se los nombraba. Debían existir. Jack echó una ceñuda mirada hacia la libreta, pero en ese momento prefería beber antes que hablar. La luz estaba de nuestro lado. Las puertas abiertas a la calle; humo y plumas. —Todo el guión, como un Manifiesto Rosacruz, se encuentra en las Iluminaciones. Ni siquiera intentaría sondearlo en francés. Pero en un inglés fallido, los elementos... unos pocos fragmentos... lo despluman... aterrador... “Respondí disimulando mi risa ante el satánico doctor, y terminé acercándome a la ventana — Fantasmas de un lujo nocturno futuro.
*

Errábamos, alimentados por el vino de las cuevas y la galleta del camino, en apuros por bailar el lugar y la fórmula. Con el emplazamiento de edificios, en plazas, patios y terrazas cubiertos han echado al cochero.
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En la cuesta de la orilla, ángeles lucen sus mantos de lana sobre los pastos de acero y esmeralda... praderas en llamas… a la izquierda el abono de la colina pisoteado por todos los asesinos... todos los funestos clamores hacen girar la curva. El girar de techos podridos.

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Bajé a este carruaje donde la época está bien señalada por la ventanas convexas, Paneles hinchados y asientos contorneados. El vehículo tuerce hacia la hierba de una autopista clausurada: y en una mancha encima de la ventana de la derecha un remolino de pálidas figuras lunares, hojas, pechos. Desensillando cerca de un sitio de grava.
*

Aquí uno debería silbar por la tempestad y las Sodomas.
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Los accidentes de la magia científica Las calaveras luminosas sobre los brotes de arvejas. * El estandarte de carne sangrienta. El momento de la habitación sudorosa”. Calor es profecía. “Doctor satánico, una ventana, un lugar. Patios, un cochero despedido. Derecha e izquierda. El vehículo, la carretera clausurada. Un estandarte de carne sangrante. Momento de habitación sudorosa”. —Toma esta posesión palúdica y llévatela al África. Quémala en un horno como una venda podrida. Córtala en pedazos. El África de Chatterton, las Églogas, la salvación imaginaria. Amansa al río. Siempre es demasiado tarde. Por un momento, por necesidad, se terminó. Tragamos, lamimos el borde de nuestros vasos. Luego Joblard retomó. —Hoy, en una clase en Canterbury, escuché el final de una conferencia sobre los días de Van Gogh en Londres, dictada por una perra con mucho perfume al Instituto Courtauld. ”Estuvo aquí alrededor de 1870, con un marchand, después de su

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período como profesor y con un loco trabajo entre clérigo y misionero. Anduvo por el East End —dónde no lo sé, ella no daba especificaciones de ningún tipo—, cobrando cuotas escolares. También dio un par de sermones. Lo imagino en el púlpito al aire libre en Mary Matfellon, escupiéndoles a los borrachos, arengando a los desamparados del futuro. ”Sólo había una diapositiva de este período para mostrar. Era un boceto que hizo de un coche a caballo, girando hacia la izquierda, un remolino de sombras en el piso, con nombres y firmas. No pude descifrarlos. El carruaje estaba vacío. ”Me vino a la cabeza otro carruaje, alquilado, mucho después, 1889, que salió del asilo para despedir a una chica en un burdel de Arles, una tarde de verano. Nos guardamos una botella de Armagnac. Hay también una promesa de whisky, en el estudio. Vamos los tres silbando por callecitas laberínticas hacia Pear Tree Court. En parte, el genio de Joblard se expresa en su habilidad para manipular la superficie del mundo material de modo que, a pesar de todos los obstáculos, y mientras sus colegas se hunden, él siempre conserva un espacio en el cual poder trabajar. Bien alimentado, cigarros, vacaciones en villorrios. Una especie de truco que cambia de forma, atravesando períodos y disfraces, vestido para el matadero o para el baile del té de las cinco. Ahora con un saco de lino blanco. Los desperdicios de novelistas náuticos, talladores de árboles y percusionistas Blue Mink, todo le sienta bien, como una segunda piel. Puede pedirle prestado a gourmets o a enanos de Welles. La prenda, apenas transferida, se convierte en suya de inmediato. Nada se ve nuevo, nada se deteriora. Abre la puerta. Una larga habitación bajo un cielo raso ahora aplastante. Un tragaluz, azulejos en forma de estrella en lo más alto del techo. Es otro de los secretos de Joblard. Como Sickert, tenía sus refugios. El trabajo, lo realizado, era la única realidad. ¿Era ése un reclamo legítimo? No del todo. Pero valía como aspiración. Jack encontró una silla y apoyó los pies sobre laminados plásticos y opacos. Destapa el brandy. El trabajo de Joblard está desparramado: plomo volcado; un yunque que podría utilizarse, o podría ser la obra misma; un largo arco o arpón en el suelo. Elementos que podrían conectarse o abandonarse, romperse, convertirse en otras máquinas. Los huesos se transforman en líneas. Nuestras faltas corren por las venas. Incontables dibujos, mapas estelares, rayos X. Un teatro de metamorfosis: más que gestual, quirúrgico. La generosidad se termina en la puerta de entrada. Joblard cuelga el saco sobre un cilindro de propano, se arremanga. Si habla de trabajo es en

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términos inmediatos y prácticos. No da vueltas alrededor del oficio o la técnica. Te lanza las fichas básicas: piel despellejada, lámina de acero, plegado; costilla, articulación, derrame; pergamino, papel, sal. Mientras observamos los objetos, no habla de ellos, sino de otras cosas, en lo que podrían convertirse, o pudieron haber sido. Su cara refleja la potencial luz del acto sugerido por el objeto. El daño está presente. Está contenido. El objeto es su propia defensa. Este es el momento más intenso. Cuando se realiza el ensamblado, cuando la acción se describe y nombra por completo, entonces parte de lo que está aquí ahora se clausura: con un sello de cera. Encendemos nuestros cigarros con la lámpara a gas, que después colgamos de un trípode: pálida luz de cueva. Las sombras dementes nos deforman. Nos alargan hacia atrás. La botella de pie en el suelo, entre nosotros. —Quiero rehacer lo que nunca ha sido realizado —afirma Joblard, una mueca salvaje, un diente picado, desayunando sobre la piedra del trueno. Es una noche extravagante, unida por una lengua de fuego azul, un triángulo de absoluta serenidad. —Los fantasmas son más tangibles que las presencias humanas, muñecos de arcilla animados. Quisiera reingresar en lo conocido y descubrir sus peligros. No nombraré nada. Aparece Jack, el hombre alto, husmea algo demasiado maduro. El pelo puntiagudo en matas, una presencia disimulada, alérgico a las pretensiones. Sin interrumpir, continúa, toma la antorcha, su mano en la llama. Su historia. —Hace algunos eneros trabajaba como decorador en el departamento de un discípulo de Steiner, un pintor de flores, en 16 Chepstow Place, Westbourne Grove. Todo el día a unos metros del suelo, rascando escamas de vieja pintura del techo, los ojos llorosos, la garganta seca. Un hombre sin manos. Ella estaba fuera de casa casi todo el tiempo, preparándose para un viaje a Australia, detrás de un hombre. ”Regresa tarde, una taza de té de hierbas y dice, ‘Mm, a propósito, ¿sabías que éste era el domicilio del Club de los Suicidas, fe verdadera dirección’? ”Era una época extraña para mí. Acepté el trabajo sólo para llegar a su piano. En la planta baja había un actor de teatro del Radio Times, especialista en Beckett, y su mujer, nerviosa, con anteojos oscuros. El glamour polvoriento de una fama dudosa. Ella decía estar escribiendo ‘historias de detectives metafísicas’. Pero su principal ocupación era el tenis de mesa, en el patio de atrás, con saco, guantes y bufanda. Largos

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encuentros ritualizados. ”La radio estaba encendida el día entero: un cometa se estrelló en las colinas detrás de la cabaña donde vivía John Cowper Powys. Yo acababa de regresar de allí, un viaje demencial, auspiciado por un lunático industrial textil que se creía una especie de maestro zen: es decir, que podía contratar y despedir a una docena de temerosos en un día y ostentar imitaciones de Groucho Marx por teléfono. Me envió a las canteras de pizarra en una Ferrari roja para convertir A Glastonbury Romance en una ópera de tres actos. Cuando regresé, mi empleo había desaparecido y me arrestaron por robar el coche. ¡Un tratamiento de shock para iluminarme! ”Trabajaba toda la noche, bajo la luna protuberante y amenazadora. Ella me quiere fuera de la casa para hacer sus ejercicios de yoga. No llego a ninguna parte, un par de pasos por día. El techo es una melaza. Sin sangre en mis venas. ”De regreso al subterráneo, todos esos pacientes vendados del otro lado de las altas ventanas, convalecientes, lobotomizados, sentados en mesas individuales esperando la comida, observados por programas para niños. ”Compro el Standard y leo acerca del asesinato de James Pope Hennesy, el biógrafo de reinas, esa misma mañana, en una calle cercana. Lo apuñalaron en la cabeza. Murió al inhalar su propia sangre. ”De vuelta en casa me zambullo en mis Stevensons y descubro que 16 Chepstow Place no era el domicilio del Club de los Suicidas, sino el de un tal Bartholomew (¡ahora sí!) Malthus, que habita esa historia, sufre un ‘Accidente Melancólico’ y cae hacia su muerte ‘por la cornisa superior en Trafalgar Square, fracturándose el cráneo y rompiéndose una pierna... Mr. Malthus, acompañado por un amigo, ocupado en encontrar un taxi...’. ”En noviembre vi en el Sunday Times una reseña del libro en el que Pope Hennesy estaba trabajando en su estudio cuando se produjo esa interrupción definitiva: una biografía de Robert Louis Stevenson. ”Mis honorarios se habían acabado, cuarenta libras, la cantidad exacta para hacerse miembro del Club de los Suicidas. Ahora la línea de luz nueva se extiende a lo largo del piso. La lengua de gas, tan pálida que su poder se ha evaporado. El casamiento se avecina. Hemos dormido sobre nuestros escudos. De hombre a hombre a hombre, en silencio, hundidos, el intercambio desganado, la conversación toca fin. Nada más que hacer, la palabra que vale es: adelante. Al obelisco. Sin nombrarlo. Es tiempo de caminar, regresar a la habitación doméstica, a Camberwell, a vestir el día. Pero antes caminaremos por ese pequeño misterio, haremos la

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conexión: del obelisco a St. Luke, Old Street, al obelisco demolido de St. John, Horselydown, vía la iglesia extinguida de Mary Matfellon, Whitechapel. Los tres recintos de la ruina. No reconocidos, pero no ocultados. St. Luke, sin techo, un espacio salvaje enmarcado en piedra. St. John, un borde del original dentro del cual un lugar de negocios ha sido insertado. Y Mary Matfellon, nada, un terreno con un diagrama en el pasto, apenas una mancha. Los Apóstoles rechazados. Cuanto menos son, más extraños se tornan. La caminata no tiene nada que ver con líneas de fuerza, dibujos inmaculadamente señalizados, rígida geometría de la voluntad, pentagramas, grillas, un control de normas. Es más viejo y más salvaje. La triple espiral, una huella digital, hallada en New Grange. La espiral que gira de Clerkenwell hacia Whitechapel y Southwark. No es precisa, no se puede medir. Puede invocarse. La deseamos y ésa es su verdad. La frescura del día y el obelisco de un blanco total, blanco más allá del blanco, contra la sucia piedra oscurecida del cuerpo de la iglesia. El cerco roto y la puerta de acceso destrabada. Este es un acto propio de la mañana. Nos elevamos. Los pasos separados en el tiempo. Contamos el ascenso como si nunca más fuésemos a descender a la misma ciudad. Y nos elevamos gracias a la superación de este riesgo. Ingresamos al filo. Más allá de la puerta de la luz, la piel del local tiembla. Trepamos, giramos por la torre pero, extrañamente, esto se convierte en un descenso. Bajamos hacia el cielo. Cuelga una gran campana, una mole de peligro. Madera vieja. Una columna caída sobre dos discos o cuencos, balanzas invertidas. Oscuridad arácnida. Aliento frío. El aroma de sopa del polvo de la piedra, polvo de ropa, polvo que muere en polvo. Cuerdas en el suelo, tablas rotas. Escalamos hacia la oscuridad. Y ahora Jack está enmarcado en el espacio circular de la ventana que alguna vez ocupó el reloj. Es el fantasma de una rosa, la rosa del tiempo que se despliega, deformada en hierro: es un filtro que proyecta la rosa sobre la ciudad. Los brazos extendidos de Jack rompen el círculo, Adam Kadmon. Giro desde la luz hacia Joblard, apoyado sobre el borde de la campana, sin aliento. Fuera del vórtice de calor, su rostro ha muerto. Pálido, con una barba de sombras. Es la cara de mi padre. El Padre de las Luces. Su columna descansa sobre la campana enterrada. La campana dentro del obelisco. La campana clausurada que ha sido ocultada al mundo.

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Un aleteo de pájaros contra la ventana. Excremento de pájaro, hedor de viejas plumas. Una vez terminadas nuestras oraciones, nos retiramos. Hacia la cara del león: Bunhill, Finsbury, Sun, Appold, Pindar, Spital, Steward, White’s, Thrawl, Matfellon, el camino de la vieja piedra, por las Minories hacia la Torre, a Horselydown y Old Kent Road. Para afeitarse, lavarse, arreglarse. Limpiaron la basura del cuarto de Joblard. El marrón tragado por pálidas sombras; las ventanas limpias, abiertas al nuevo día. Un trapo blanco extendido. Los paneles que dividen la habitación se han corrido para duplicar el espacio, todo iluminado. Flores, encaje. Y gracias a estos cambios, y en este día, un nuevo matrimonio.

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No logro acostumbrarme a Limehouse. James Hinton se dio la vuelta en Limehouse, no avanzaría más allá. Como si fuera un lugar del que se pudiera huir, como si él pudiera desenmarañar el dolor, darle una distancia fija y ponerlo bajo tierra. Sus puños se estrellaron contra las verjas de hierro, la cabeza inclinada hacia su viejo enemigo, el viento. Sin fuerzas. La alta torre de la iglesia St. Anne no ofrecía resistencia: causaba el viento. Hinton obedecía a los muertos. Él era uno de ellos. Una sensación no experimentada por muchos mortales: no encontrar un lugar entre los vivos, vivir menos que esos huesos muertos, esos montículos en la tierra. Tenía la horrible sensación de estar continuamente caminando hacia sí mismo, retrasándose, ido, muerto al llegar. Apoyado contra la verja, se veía como un hombre ahogado; el faro octogonal de la torre elevándose desde su cabeza, un cornudo, convirtiéndolo en un insecto. Soplado hacia donde decidiera el viento. Su voluntad lo había abandonado. No quería oír su propia muerte. Se encaminó hacia la aniquilación, otra vez el laberinto, el corazón secreto. Redentor de las mujeres. No había nada que temer. La pasión se exterminaría con pasión. La prostitución está muerta, he acabado con la prostitución. Una mujer espera en Church Pasaje, cerca de Mitre Square. ¡Piensa en el trabajo que tuvo que hacerse! ¡Bendito aquel que ha encontrado su trabajo! Nada que decir. Eleva una mano y la apoya en un hombro. Pelo del color de óxido, sus ojos lo conquistan, marrones, de barniz de madera. Él la toma de la muñeca. La arrastra. No se produce nada dramático, ninguna polémica, ninguna discusión. Ella esperaba y ahora es ella la que lo conduce hacia la angosta hendidura de Angel Alley. Un sombrero negro de paja, inclinado, algo de piel en su cuello, tres grandes botones de metal. Desenvuelta, casi un número cómico. De nombre Kate. No se lo preguntan. De nombre Conway. De nombre Kelly. Un tatuaje en el antebrazo. De nombre Eddowes. Grandes botas de trabajador, los cordones sin atar. Jabón en los bolsillos, cintas. Hinton oliéndole el delantal: el instrumento de Dios. El martillo.

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Dentro del pasaje. Hinton bajo la campana de su falda, tantas pieles, tantas capas. Huellas de margaritas de otoño. Una falda verde oscura, manchada, usada. Hinton presiona la cara contra su estómago. Ella se relaja, complaciente, canta una canción escolar, cuenta la línea de ladrillos. Nada que temer. Hinton ha separado sus piernas y la penetra, le saca ronchas, la golpea repetidas veces contra la pared. No puede acabar. No puede culpar a la mujer por nada. Sus brazos bajo los muslos y las medias de ella. La eleva del suelo y las botas de ella patean el aire. Hurga en el borde del útero. La da vuelta. Ahora un perro, la pollera arrojada por ahí, clavándole los muslos con los dedos, sudando, boqueando. Se aleja, todavía ardiente, la sangre cargada, en crudo. Corta con su cortaplumas los botones de su saco, arroja una moneda a sus pies. Regresa. No puede ahogarla. Cubrirla. Destruirla. Aplastarla. Cruza el tráfico, carros y carruajes, gente, como una sombra salvaje. No oye nada más que muertos en las campanas. Las piedras no los retendrán. Crecerán de la tierra. Palabras de tumba: picar, no descansar. Abejorros. Hay un abrevadero, o santuario, en la pared: la piedra des colorida, arrugada, la piel de la deformidad. Un monumento a “un famoso desconocido”. Y a través de la boca de este Calibán, se insertó un caño, un agujero. Arrodillado, Hinton observa la piedra del sacrificio. Entra en el terreno de Matfellon, arrastrando a la prostituta de la mano, encorvado bajo nubes tormentosas, un nuevo Adán y una nueva Eva. —“Y me fue dada una vara parecida a un cono: y el ángel se detuvo y dijo: Elévate y mide el templo de Dios, y el altar...”. La deja ir, sin perdonarla, para subir la escalera hacia el púlpito al borde del camino: aúlla. —”Y tenía en su mano derecha siete estrellas, y de su boca salió una espada puntiaguda de doble filo, y su rostro era como un sol que brillara de fuerza. Escribe estas cosas que has visto, y las cosas como son, y las cosas como serán de ahora en adelante; El misterio de las siete estrellas que tú has visto en mi mano derecha..”. ”Tiempo de acabar con el tiempo. Y un niño nacerá, blanco como un cordero, llegará un redentor. Pero vosotros, que os llamáis Sodoma y Egipto, no merecéis al niño. Ustedes son los muertos que engendran muertos. Y para ustedes no hay esperanza. Han convertido mi templo en un sitio de vergüenza. No puede medirse como se miden vuestros días. Las

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mujeres se aparean con bestias sobre mi altar sagrado. ”Y el niño que nazca será un Anticristo, dios de lo irracional, de una Babilonia. Lo seguirán con esfuerzo, sí, hasta el fin de sus días. La mujer se arrastra sobre el campo hacia un plátano donde están sentados otra mujer y un hombre, disputándose una botella. Detrás de ellos se encuentra la ruina de un sepulcro violado. Hinton confesará a sus penitentes. O azotará la piel de sus espaldas. Camina hacia ellos tomando las muñecas de las mujeres. Murmura, escupe. —“Y le otorgaré poder a mis dos testigos, y profetizarán mil doscientos y seis días, vestidos en arpillera”. Los desafortunados caen arrodillados bajo el árbol escamado. Hinton es terrible: colérico como Moisés. Viejos pecados clavan sus palmas a la tierra. Hinton delira. —“Y el templo de Dios se abrió en el cielo, y se vio en su templo el arca de su testamento, y hubo rayos y truenos, y un terremoto, y mucho granizo”. Pero su profecía es estéril. Las nubes se corren de lugar para ser penetradas por las torres de otra Jerusalén. En llanto, Hinton araña el suelo, Enkidu, entierra los tres botones. Matfellon debe ser destruida por el fuego. Un círculo de viejos Padres lo observan. Barbas de piedra. Una chispa. La corteza de la caja del órgano. La iglesia fue destruida en una hora. Plomo derretido caía del techo. Los tubos del órgano se torcían y silbaban. Los vidrios explotaban en las ventanas martirizadas. Los santos se agrietan. La barca de Hinton se quemaba: un arca de fuego. Cavó un foso en el pasto para enterrarse a sí mismo, para violar el terreno, dolor-éxtasis, sacrificio. Temblando, boqueando. El suelo de arcilla dura, malogrado, tiñéndose lentamente de oro. La mañana siguiente, el comité de observación, dignatarios, los de la asistencia social y los padres caritativos caminaron sobre la ruina de Mary Matfellon. Plomo brillando en charcos sobre el césped. Astillas de sangre de las ventanas. Piedra calcinada. Madera que se deshace con el tacto. Y entre los restos del techo de la iglesia hallan doce ataúdes que habían estado ocultos en secreto. Ataúdes pequeños, unos pocos pies de largo, negros por el fuego, intactos. Dieron la orden para abrir los cerrojos y dentro encontraron los cuerpos perfectamente preservados de doce niños muy jovencitos, estrechamente envueltos, sus ojos ahora cerrados.

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Dryfeld no vivía en ninguna parte. Tenía una habitación, pero él no le permitía estar donde estaba. Era un espacio cancelado y él estaba atrapado en su centro. Nadie visitaba el cuarto, por lo que no se agregaba nada. Las persianas permanecían bajas, la radio encendida. Sentía el pelo —imparable— brotarle de la cabeza, pujando hacia afuera, contra la gravedad. ¿Por qué esperar? Nicholas Lane se encontraba acostado en una cama vacía del London Hospital, el suero goteando hacia sus venas. El libro era tanto polvo que se lo podría haber aspirado. No podrías matarlo, viviría para siempre. Pero a veces, estos últimos días, el mundo había abandonado a Dryfeld. Estaba en el mundo, dirigiéndose hacia Sidcup, dándole a los pedales, calculando ya cómo vender lo que todavía no había comprado. Después ya no estaba. Volcado al borde del camino, sangre en su camisa, algunos moretones. O devuelto a sí mismo con una o dos millas perdidas. Tenía esas lagunas en su cabeza. Estaba manchado de oscuridad. ¿Por qué esperar a un día espectacular para matarse? ¿Por qué no hacerlo ahora? Tomarse el desquite primero. Dicen que la gente que habla de suicidio nunca lo comete. Están equivocados. Encontró una bolsa de plástico pero no le entraba en la cabeza. ¡Un toro! Aun estirado parecía el bonete del bufón, un chal sin cortar de piel jabonosa. Había estudiado todos los manuales de Cómo hacer... ¿Y entonces? La manera más fácil era arrojarse de cabeza, darse un rápido fin. Encontró otra bolsa, con un libro adentro, Los dos. La historia de los primeros hermanos siameses. Se detuvo a hojear las páginas, no había borrado el precio original, nunca se molestaba en hacerlo, no valía más de cinco libras pero la bolsa era lo suficientemente grande. Se la pasó por arriba de la cara y ésta se arrugaba, ahogaba y estrujaba sobre sí misma. Un sacrificio de pantano. Los ojos cubiertos, la nariz achatada. Ni se molestó en recostarse. Tomó un rollo de cinta aisladora y se fabricó un cuello. Selló su cabeza en la bolsa, una ofrenda sin retorno. Bandas rojas en el borde, más allá la oscuridad. Abrió la boca.

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Comenzó a tragarse la lengua. Sonó el teléfono, fuerte pero lejos. Ya nada que ver con él. Siguió sonando. No iba a morir con el sonido de un teléfono de fondo. Cortó la bolsa a lo largo de la boca. —Sí? —¿Te apetece un hindú? Algo se está cocinando, en Boston, de lo que me gustaría hablarte. —Bien, en Brick Lane, en veinte minutos. Su cara, enrojecida, las solapas de la bolsa colgando como orejas rotas. Ningún espejo en el cual mirarse. En marcha.

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Convocado por teléfono, lamido en sudor, pálido, con una especie de malaria oculta y recurrente. Tiemblo. Deambulo por las últimas huellas de las viejas calles. Las moles se hacen trizas. No regresaremos nunca. Ha estallado la madriguera. La disimulan, la cubren de respeto, modestia y planes de futuro: destruirla por completo. Nunca reconstruirías la ciudad a partir de estas palabras. Levantarías un monstruo. —Enterrá a la bestia —dijo la chica de Sag Harbor. Amigo de los árboles, su marido la había rescatado del agua. Dale sepultura en Christ Church, Spitalfields, bajo tierra. Encarcelá su mole hierática. Elevá una nueva montaña. Para contemplar una Nueva Era. Sellá su poder. Detené su boca. Hasta la cervecería está enclaustrada, cubierta de vidrio, con falsos reflejos, oculta detrás de parras y arbustos. El Águila encapuchada. Vendé los retratos. ¡Enterrá la campana! Organizá conciertos en el vientre de la iglesia. Llamá a los músicos, amansá a los doctores. Desterrá a los fantasmas, a los vagabundos. Obligalos a la sumisión. Ponele vendas a los lunáticos. Acumulá vehículos sobre el lugar de trabajo. Rocialo de cemento. Tiemblo, estoy fuera de mí. Viejo aliento a veneno. Carne de albatros. Temblor de una fría excitación. Alienado de toda referencia de tiempo y lugar. Momento de una necesidad maniquea. El hombre dividido se encuentra, se funde, se disuelve, ¿se reintegra? En el borde más filoso del futuro. Holmes y Moriarty se zambullen juntos en el torrente, pero sólo Holmes regresa, menoscabado. Sin el oscuro doble, el opuesto, su propio poder desaparece. En camino otra vez, deambulando, sigue siendo la primera vez que entro en el Siete Estrellas. ¿Quién está sentado en mi esquina? ¿Qué le ha ocurrido al empapelado, los barcos, los castillos, el río? Un hombre me está esperando. Mi copa ya está sobre la mesa. No es esto lo que quiero, necesito brandy. El hombre huele a pachulí y su pelo es de un gris ceniza, optimista.

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No es Gull, no se trata de mi padre. ¿Quién es? Tiene auriculares, está conectado a una caja de plástico roja. Fuerte, de pecho amplio. No es uno de los albañiles. Las Novias. La danza de las Pléyades. No es Orión: es O’Ryan, el Cazador. Está transcribiendo arcos de puro movimiento. Fuma. La velocidad nerviosa le otorga un tartamudeo anfetamínico. Es Joblard. Y una vez más ha logrado una metamorfosis. Ha salido de sí mismo, guardado todo lo innecesario, todos los tentáculos humanos; su forma es densa. El caparazón es duro, pero más frágil. La bebida corre por la piel de mi cabeza, nunca se mete dentro. Pide más. El vaso es más alto. Me lo paso por la ceja. Joblard en una especie de confesión. No puedo digerirla. Se ha fracturado la confianza y deberá ser rehecha. Ha mutilado lo previo, la criatura que ha personificado por tanto tiempo. Se ha convertido, por decisión propia, en un nuevo hombre y, sí, hay una nueva mujer. El huérfano es, una vez más, su propio padre. Y por ello es nuevamente un huérfano. Se independiza. Loco de dolor. Y loco por nuevos placeres. Sin afeitarse, bebiéndose un largo fin de semana. Sin ganas, me veo implicado. De pronto y de golpe. Tras las finas paredes, una voz inhumana: “¡No rompas el anillo!”. “Es asombroso que la piel del pene y del escroto fuera perfectamente normal en todos los sentidos”. Merrick le permite a la habitación ejercer su función celular. La larga tarde se desliza sobre su ventana. Polvo de ladrillo, sombras de pájaros. Una enfermera con rugosas marcas en su falda atiza los carbones del hogar. El momento contiene el aliento, se oscurece en su marco como un estudio al óleo. Su cuarto de estar. Una casa de muñecas. Tenazas de plata. Adornos, cuadros. Volúmenes bien encuadernados. Una colección bastante respetable. Sensibilizado, se acaricia el pelo de la muñeca. No hay espejo: el espacio de la puerta colmado, súbitamente, por su protector. “Una pequeña excursión”. Las cortinas obturan las bajas luces de teatro que levantan las cejas. Máscaras demoníacas de pintura reluciente, escamosa. El infierno posa. Lenta bailarina intentando levantarles los miembros inertes. El carruaje es llamado.

Joblard persigue lo invisible. —Quisiera trazar los actos invisibles. Inundar habitaciones cerradas
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con químicos que atrapen el más mínimo movimiento de la luz. Suprimir las huellas de mi complicidad. Quiero borraduras. Débil iluminación de tinta. Ensombrecidas lámparas colgando de pergaminos. La palabra “murmullo” en un idioma desconocido. Quiero que los actos se repitan. Quiero medir la fuerza de la decadencia en el pan, el brillo en los huesos de la caballa. Borrar el tiempo y curvar la dirección de su fluir. No sé si me dice esto a mí o lo está escuchando en el auricular. O si soy yo el que hace que hable. Mi fiebre embarra las conexiones. Las defensas están bajas y el cambio está decidido. Sé que no hay nada que escribir: toda escritura es reescritura. Ese viejo sueño: libros completos que jamás serán transcriptos, redundantes desde su misma concepción. El cuarto se ha llenado pero la danza no se interrumpe. La bailarina deja caer una camisa de gasa negra. Su cuerpo es joven, más joven que la última vez. Sólo puedo observar su reflejo en el vidrio detrás de ella. Un temblor de ritmo a través de su espalda, una convulsión ralentada a medida que balancea sus hombros. Distanciada de lo que hace y distanciada de su público. El acto se ritualiza. Maldición y bendición de Enkidu. La perla. La caída de las plumas. Brilla, eleva sus manos y cubre sus pechos.

Treves empezaba a disfrutar de introducir a Joseph en nuevas experiencias: placeres sutiles podían obtenerse con sólo mirar. Joseph fue bañado. Cuidado por enfermeras. La bañadera colocada junto al fuego, gruesas toallas tibias. Treves girando alrededor, siempre con las manos en la cintura, jugando con la cadena de su reloj. Acompañado hasta la noche, sin saber si regresaría alguna vez. Un misterio el propósito de su viaje. Y hacer de eso una rutina: que cada día sea un ensayo para el próximo. Bastón en mano y el brazo del cochero alrededor de su hombro. A través de Bedstead Square y el herbario, hacia la calle. Subido a un carro cubierto. Un golpecito a los caballos. Treves sonríe con los brazos cruzados. Bloquea la ventana. Esas primeras noches de otoño: futilidad, muerte. Heno en las aceras. Fardos traídos en carros al mercado. Heces de caballo. Clanes en las entradas de los pubs. Reuniones políticas. El itinerario era variado pero la duración aparentemente la misma. Cero conversación. Tensión, arrebato. Imposible anticipar el intervalo entre estas excursiones.

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Caminó por el laberinto durante quince años. Nunca encontró al minotauro. El minotauro está del lado de afuera. Sólo nos zambullimos más profundamente en nuestras propias confusiones. Aléjate y el laberinto se desanuda. Es una trampa fantasma. Recorre toda su extensión hacia el campo. El sendero conduce a través de campos de cebada hacia Landermere, el estuario. Y se repite en un meandro de zanjas. Abre las puertas del corazón. Nos obligamos a forzar la válvula. Los sellos están para romperse. Sobre la puerta de una verdulería en decadencia, en Virginia Road, el mapa pintado del laberinto. Socio del villano, el artista ha huido. Su cuerpo penoso, dañado. Sus óleos tirados entre los sacos de papas. Afiches violentos. Cabezas pendencieras arañadas entre jarras de cerveza. Paletas mojadas en manchas industriales. Ha localizado el miedo y lo ha clavado sobre su puerta. Su mujer se ha ido. Tiralo abajo. Ha sido traicionado. Los nombres de las aves marcan las puertas de entrada: de Pajarera a Águila Extendida. Las bestias vigilan las salidas: avatares del Toro Negro. Atacalas con luz roja, destruilas en un horno de sonido. Está revolviéndose, sobre su espalda, en el piso. Como sacrificada. Se arriman para cubrirla de monedas. Desnuda hasta el pellejo. Se convierten en ganado por lo ambiguo de la necesidad. Lo que se ofrece y lo que no. El miedo de Joseph estaba enjaulado. Otra vez. Un cuento de hadas, una historia de un penique. Un recinto privado, las enfermeras con vestidos de noche, perfumadas, cabellos arreglados. Lo ocultan de las miradas curiosas. Borran su presencia. Estaba asombrado, fascinado. El espectáculo lo dejó sin palabras; si le hablaban hacía caso omiso. Con frecuencia parecía estar boqueando al respirar, encantado por una visión casi imposible de contemplarse.

Mientras la bailarina camina entre nosotros, el grueso de la atención de Joblard está unido a ella, como por una cuerda. Su con lesión ha hecho que sea necesario olio acto nías. La confesión no es extraña. Borra el pasado, reubica a un conocido casual en una intimidad más oscura. Ha envuelto sus hombros con un abrigo de piel de lagarto, desnuda debajo, contenida la devastación de la danza: perfume, tacones de aguja. Él pliega papeles en la copa de ella. Le dice la palabra, susurra. Observo el collar de ese saco, brillante, en el largo espejo. Una cuerda para serpientes. Ella vendrá con nosotros. Comerán comida india. “Vení, querido, vas a estar cómodo”.

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—O caga o caga —dice Joblard, apretándose el antebrazo derecho con la mano izquierda. En la plaza. Una tensión dinámica. Otra vuelta de vino. —Todo o nada. Ahora es azaroso, podría ser cualquier cosa. Mi fiebre se ha enfriado en un frío pegajoso, la camisa empapada va de azul a negro. “Hinton se escabulle. Tantas restricciones. Lo latiga, ventila el fuego, después se niega a seguir su razonamiento hasta el fin de sus días. La demencia del monje, el autoflagelo. La visión del caracol. A menos que podamos repetir exactamente el pasado, nunca lograremos que se arrepienta. Se nos escapará. Nada se exorciza. Continúa para siempre”. Un nuevo clima cambia el color del tiempo. La concentración se interrumpe con truenos cercanos. Un torrente, cielos que se derriten. Huesos engrasados de susto. Corremos a través del Lane. La bailarina gime, su piel tersa y reluciente. Tambalea sobre tacones absurdos. Nos ocultamos: vemos el futuro gracias a destellos de relámpagos, vemos el presente desde abajo. Gull redimió su tiempo. Cuando fue momento de actuar, actuó. No hubo instrucciones o susurros de guías secretos: ninguna orden sellada. Una porción de terreno en el cementerio St. Patrick’s, Leytonstone, permanecía sin llenar. Aparecían sombras: en el cristal mortuorio vio la silueta del cortejo fúnebre. Miró a través del estuario y vio a los hombres blancos surgir del agua: los muertos no reclamados. Era el turno de la danza fantasma. Mahdi. Espasmos mesiánicos. Veía los bordes. John Wilson, Moonhead: el Hijo de Dios regresa a nosotros, desde el viejo Coyote. El círculo pisoteado de la danza. Se traga a sí mismo. Un sueño. Se puso una camisa blanca. El hombre regresa de la muerte, con obsequios, hacia su ciudad. El corazón detenido. Interrogaron a los Indios de la Planicie que el coronel Cody trajo al Tenter Ground para su Show del Salvaje Oeste. Sospechosos, estaban implicados. Sentados sobre sus talones fuera de la colina de lona que aletea, fumando. La gran síntesis viaja en un carro cubierto. Las estrellas se mueven a lo largo del techo elevado. Un bote. Hablan de un amor que está más allá del ardor. Júpiter combinado con la oscuridad y una parte de la luna. Pero el nuestro es el restaurante rechazado, manchado por el periodismo. Mentiras calientes trepan a los platos. Cucarachas se deslizan entre la multitud. Comamos las carnes condimentadas, el arroz con azafrán. Bebamos el vino. Música corrupta emerge como algo nuevo por entre la distorsión del equívoco. Persuaden a la chica para que baile con nosotros, en privado. Las puertas están cerradas con llave, las persianas bajas.

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En el carruaje hacia Whitechapel Road y hacia Brady Street, en dirección oeste, entre el cementerio judío y la estación, bordeamos el asilo de pobres y ancianos, Bakers Row, hacia Hanbury Street, al sur: la luna se pone cuernos en la gran torre de la iglesia. En la habitación, mezclando humor y autoridad Treves lanza consejos. A Merrick se lo conduce hacia arriba y se lo ubica en una silla de caña bien acolchonada, cubierta con una manta. Troves le da la espalda a la ventana. El cochero, acomodado en el marco de la puerta, hace pasar a las mujeres: la vieja y la chica. Merrick se pone de pie y extiende la mano izquierda, enguantada. La burbuja de un mensaje saliva su garganta: sonrisa mucosa y maliciosa. ¿Está aquí como testigo o como participante? Hule a lo largo de la ventana. Empedrados en la calle. Hombres disputándose una botella, una danza de barro. Manteniéndola, delicadamente, entre ellos, manteniendo el equilibrio. Sobre el borde de la vereda, hacia la cuneta. Una herida en la cabeza se abre lentamente y se convierte en boca: pelo empapado en sangre. Fuego en el mercado. Alrededor del calentador se queman restos de vegetales. Deshechos por manos paralizadas, amontonados en la boca. Pedazos de dientes mordiendo y engomando las cascaras. Agua usada hirviendo en una lata. La botella pasa entre la luna y la ventana.

“Fui despertado por un gatito caminando por mi cuello, y en ese momento oí dos o tres veces unos gemidos de crimen de mujer”. Desde arriba es una fiesta: de plumas, heridas, los pies en la tierra. La víbora del siglo agoniza. Nubes blancas hirviendo lentamente, espuma de coliflor. Roca dura observando su historia evaporarse bajo un arma de vapor. El doctor con un vientre en la bolsa. Dos hombres y una mujer cruzando Brick Lane hacia las luces de un restaurante. Una mano enguantada cierra la ventana. El aullido de un perro en un patio vacío. Su falda linsey se estrecha. El estandarte de carne que sangra. El momento de la sala de los trabajadores. Se oye una voz cantar. Viudas y desgraciados. Sin luz, todo en calma. Es El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, escrito por Stevenson después de una serie de pesadillas terribles. Recibido y transmitido por aquellos dispuestos a aceptar la hirviente corriente de imágenes que cubre y revela su mensaje aterrador. Treves estaba decidido a revertir este proceso. Había encontrado a su Calibán, su Hyde, su hombre natural: ahora necesitaba absorberlo, darle fuego a su propia naturaleza, al ser oculto en su interior, nadar fuera del espejo de la deformidad hacia el cirujano urbano y político. Reclamar lo
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aborigen, el verde, la piel de frutas y escamas, la capa mineral. Manifestar su verdadera conciencia. Trazar el viaje dentro de las fronteras de lo esperable.

Cuando está desnuda y brilla, frotada con aceites, con guirnaldas, su piel ahora más oscura, ellos sacan la máscara, la gran Cabeza de Elefante de Ganesa. Y ella se balancea, eleva sus brazos, pone a rodar el gran casco de madera. Amenaza a la luna con su colmillo: el colmillo partido para tomar nota del dictado de los dioses. Ahora, se clava contra un costado de Joblard. —¡Ándate a la mierda con tu danza sufí, aprenderé tango! Estamos en una habitación superior. La luna, el reloj de la cervecería, la torre de la iglesia. La cara de Joblard brilla. Alisa el pelo opaco de su cuerpo, se frota con aceite. Parecía un novio. Ahora la cabeza del colmillo está sobre un gancho. Están recostados en un diván. La ventana es el espejo que bloqueo. Los extraños ocupas calientan ganja, nos conducen a otra pesadilla más. Sentí un aliento frío en mi oído, y una voz de inflexiones de lo más familiares. A pesar de que no pude identificar su fuente, decía: “Este desperdicio que vendió sus piernas por la bebida, ha robado y reemplazado tu cabeza, no con la cabeza de un asno sino con la de un elefante”. Totalmente sorprendido, voy directo al espejo. Me podrían haber confundido con un hindú o un icono de Java: mis cejas elevadas, mi nariz crecida como un tronco, colgando hasta mi pecho, mis orejas pastaban en mis hombros, y para colmo me puse de color índigo, como Shiva, el dios azul. La promesa de Maitreya está aquí, el ancestro que vendrá, el Buda de la Nueva Era, el dorado, el Jesús. Sobre la llama de esa promesa giran y se ponen de pie. Su camisa atada alrededor de la cintura de él. Las sombras de sus borlas son cráneos. La bendición y la condena. Una forma encorvada hace temblar la pared, destiñéndola hasta convertirla en cristal, dejando pasar el trazado de órbitas celestiales. Se sacrifica, se abandona. El hombre que emerge de esa habitación es un hombre distinto, con energías larvales para desatar, furioso, pero más vulnerable.

La vieja mujer sobre la cama parece estar masticando su entrada hacia el otro, una bruja —Merrick se retrae—, una boca negra hacia la cabeza del niño no nacido. La aprehensión y la creación de su propia
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deformidad. Se lanza de nuevo hacia la silla. Treves se ha quitado el saco, arremangado, sin agua, toma a la vieja por el hombro, levanta a su criatura y la coloca en su lugar. El cochero la conduce hacia el patio. Treves bloquea la ventana, de cara a la habitación. El cochero levanta y golpea a la mujer contra la pared, embistiéndola una y otra vez. La cabeza de ella suelta, casi salida del cuello, una naranja disecada en una media rota. La lengua cuelga y babea. Las aguas. Los ojos muertos. Al terminar, ella cae en la entrada de la casa. Regresa al carruaje, verificando, palmeando al caballo inquieto. La habitación. Merrick sostenido sobre el cuerpo de la chica, para que sus ojos la miren directamente a la cara. Y ve lo que Treves no puede ver. No importa qué suceda, es insensible a los movimientos y urgencias. Todo lo otro es meramente automático, electricidad aplicada a carne muerta. Mirando profundo lo que el cirujano no puede ver: lo que está detrás suyo, soportando su peso, soportándolo entero, de vuelta a la ventana, hacia una mata tumorosa de pelo y carne. Y todos ellos son, en ese momento, un solo ser, completo.

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Libro tercero

JK

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Brightlingsea, Essex Julio 1979 Para: Iain Sinclair Estimado Iain: A mi entender tu libro trata sobre asuntos serios y no hay muchos libros publicados que sean fundamentalmente serios de este modo, dirigidos hacia fuentes profundas en lugar de dirigir miradas sincopadas hacia nuestro pequeño público con la esperanza de encontrar ojos que los correspondan. No. Has dejado asentadas todas tus creencias en lo que has escrito y lo que has dicho era lo que querías decir. Y es ese trabajo de querer decir realmente lo que uno dice lo que yo busco. Primero, encontramos una aproximación blakeana hacia el bien y el mal. Ciertamente un matrimonio pero no del tipo cristiano. Más bien creaciones de las nuevas ciencias que dan a luz fantasmas más acordes a nuestro tiempo. Hay un ataque fácil —y equivocado— a tu posición en este debate: el que te hayas involucrado con una clase de demonología como un error emocional parecido al de, digamos, involucrarse con magia sexual (y soy muy hostil hacia todas las actividades mágicas que impliquen operaciones de poder de malas intenciones o intenciones desviadas). Digo que este tipo de ataque está errado, a pesar de que reconozco que dejar fluir la imaginación hacia los Bradys y Krays del mundo conlleva al menos cierta lascivia (y la lascivia es una falta). Recuerdo haberte preguntado acerca de esto en Londres una vez, acerca de qué estabas pensando al conducir la creatividad hacia vórtices malignos. Y no he olvidado tu respuesta: “No sé, de verdad, sólo siento que debo confiarme al proceso...”. Tu respuesta de creer en el proceso casi me satisfizo por entero, como debería ser, y sólo agregué en mi cabeza el aspecto de que es más difícil confiar en el proceso de buena fe poética cuando el papel de la lascivia se hace presente. Pienso en alguno de los momentos más dudosos de Baudelaire, elevados con un arte tan sutil hacia una

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condición de salud creativa (Une Charogne es una de mis piedras de toque en este punto). Bueno, llamar a tu libro un recreo con demonios sería relegar el proceso creativo a la nada. Sólo estoy interesado en esta cuestión central: ¿puede lo poético encauzar la solución del bien y el mal hacia una coincidencia de opuestos? Habitamos una noticia y entramos en su estado actual provocado por el hecho y el ánimo: surge un mundo fantasmagórico, es apropiado y exacto, es incluso fenomenal para nosotros, como lo sería un fantasma. Cualquier tonto puede saber de estas cosas con sólo leer sobre ellas. Cualquier tonto puede construir visiones surrealistas o fantásticas y, habiéndolas imaginado, puede incluso verlas. Pero el buen poeta, el que trabaja en estos campos del saber, no necesariamente “desea” ver lo que ve. Lo ve y punto, empujado necesariamente por la circunstancia y el ánimo y por su fe en ellos, sea su voluntad de hablar capturada por horrores o beatitudes, o por un sentido común resplandeciente. Ojalá supiera cuál es exactamente la diferencia entre un hombre o mujer conducidos por estas necesidades de la expresión y aquellos de segunda mano guiados por ambiciones más precavidas. Pero el lenguaje posee una urgencia, y de algún modo un temor, como el que tiene el tuyo en este caso. Y no hay manera de confundirlo. Por lo tanto, una virtud preliminar para mí. No estoy del todo seguro de que no hubo algo lascivo, intencionado, no digamos indeseable, acerca de algunas decisiones tomadas antes y probablemente durante la escritura (¿por qué involucrarse con estos asuntos antes de que la poesía comenzara a realizar su trabajo?). Pero, una vez sumergido, evidentemente viste muchas cosas en el mundo fantasmal, o al menos tu lenguaje se dio a luz desde profundidades próximas a esa oscuridad. No hay, como he dicho, manera de confundirlo. Es decir, un mundo fantasmal, con sus parejas y opuestos, vino a “la vida” y quiero decir eso casi literalmente: para que tengamos que vivir con él. Tomemos, sin embargo, a los Bradys. Siempre han ejemplificado para mí lo que he observado en mi propio periodismo, que lo que aparece en los titulares como “mal” es también habitualmente banal y deprimente. Tu visión imaginativa y poética ha llamado, convocado estos fantasmas, surgiendo de estos crímenes, pero arrojándolos hacia un mundo astral donde poseen otro tipo de existencia. Eliphas Levi estaba orgulloso de pensar que un gran mal exige un alma tan grande como un gran bien. Estoy en desacuerdo. En un nivel visionario quizá sea verdad porque la cualidad de la visión eleva todo

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aquello que trata. En ciertos puntos de la “dialéctica” quizá también sea cierto. El miedo requiere “gran alma” para superarse. Asimismo, visto desde una visión de coincidencia de opuestos, causando una guerra en los cielos, podría también parecer cierto. Y sin embargo, todavía sigo en desacuerdo. Mi propia experiencia del bien y el mal es que el primero ennoblece y el segundo disminuye la estatura del responsable. Y creo para mí que la razón es, en un sentido, dialéctica: en su “caída” de la ontología visionaria hacia la acción humana está en la naturaleza del mal limitar y aplastar y disgustar, ser mezquino y furioso, y en la naturaleza del bien, en su caída, está el expandir e iluminar y causar una comprensión mayor. Cosmológicamente, está en la naturaleza del “mal” (ahora debemos citarlo) ser pequeño y furioso como una descarga de poder atómico, y en el bien expandirse “en amor”, como solían decir los Neo-Platónicos. No podemos negar la universalidad de la oscuridad y la claridad: nuestras poéticas deberán poseer esa ontología. Pero no tenemos ningún referente de valores excepto que nuestra ontología trabaje hacia el bien, tome esa dirección. (Y, ojo, no he dicho que la tuya no la tome). Necesitamos explorar el lado oscuro de la cosmología, para hacer de nuestra visión algo resuelto y preciso. No tengo paciencia con los que, en nuestra propia época, convierten a la poesía en algo blando, aparentemente limitada a una pretensión de buenos sentimientos. Pero también necesitamos ver que el atractivo de lo cruel es un cebo falso, que sólo se sostiene cuando se lo ve en su forma trascendente (puesto que en la trascendencia, en su fantasma “eterno” todas las cosas aparecen grandes, buenas y malas, aunque nuestra alegría y miedo sepan diferenciarlas de inmediato). Cuanto más preciso, personalizado y localizado se hace el mal, más se empequeñece. Brady y Hindley escuchando esas grabaciones espeluznantes (una bestialidad tan insignificante). Gilles de Rais acariciando niños (una crueldad tan estúpida). Un caso criminal que cubrí una vez como periodista en el cual un patético acusado alegó haber pisado un orinal bajo su cama de camino a estrangular a su amante. La afinidad de las pinturas Belsen con un vertedero. El cruel alumno en Amin o en los Krays. El hecho de que el esquizoide sea, en cierto sentido, una psiquis menor. Todo esto comparado con la grandeza de cualquier pequeño acto de bondad en un campo de concentración. Es, por supuesto, lo que Iris Murdoch llama “la Soberanía del Bien”, y creo que la fenomenología, para decirlo de algún modo, del bien y el mal, en su declinación de trascendentes fantasmas ángeles/demonios, se separa en lo mucho-en-poco y poco-en-mucho. Un gran mal es un

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gran concepto en nuestros términos más comunes: ése es su atractivo. En la práctica, es la implosión hacia la nada, mientras que el bien es la simultánea fructificación de la nada. Son por completo interdependientes dinámicamente y sin embargo el bien es el soberano como así “todo lo que tenemos” es superior a “todo lo que no tendremos”. Excepto que exista la pendiente del valor —a menos que la coincidencia de los contrarios en un sentido blakeano posea ella misma esta pendiente, como creo que la vio Blake— no puedo explicar ni nuestras acciones ni nuestras palabras. Para mí, hay otra consecuencia. A partir de la trascendencia lo primero que creamos es el fantasma del yo, para que podamos empezar a ver. Soy hostil a todos los textos que, en una confianza foucaultiana, piensan que hay una posición desde la que el yo-fantasma puede desaparecer. No puedo pensar en esa clase de posición fuera de la enfermedad mental, y si bien es posible pretender —a través de varios trucos— una literatura que trascienda la cuestión, no creo que fuera curativa. Quiero decir, el fantasma del yo debe ser despertado a una dinámica más universal, pero la regla es que en todos los conocimientos elevados persisten las formas más bajas de conocimiento: están presentes simultáneamente con el conocimiento elevado. Es por eso que estaba tan contento de ver en tu texto esta admisión de que el yo y sus formas fantasmas deben ser reconocidas antes de que el yocomo-cura-del-yo o la autodesaparición ingresen en la simultaneidad del verdadero conocimiento. Mi escritura puede parecer desviada del asunto, pero tu amable dedicatoria —“pliega el puente, la caverna aparecerá en el medio”— me convence de que estoy muy cerca del punto central: que tu fe permanece en el proceso como algo curativo. Debo decir, entonces, que el gran mal es macro-pequeño porque, cuando tenemos visiones trascendentales de él, nos asusta y nos hace empequeñecer para proteger el yo. También es nimio porque viendo la coincidencia del bien y el mal en la verdadera dinámica, rechaza la coincidencia —que es, me parece, gozosa— y elige en su lugar la alternativa obviamente peor. Dante es el hombre que, más que nadie, vio eso. Milton quería pero no pudo verlo. No podemos no elegir porque, como no llegamos a ser dioses, de lo contrario debemos vegetar. Sólo al elegir lo bueno, porque es expansivo, podemos comenzar a aceptar la dinámica en su dualidad y sin embargo tomar partido. Verlo más como creativo que destructivo refleja con mayor certeza el proceso de vida, al menos mientras la flecha del tiempo apunta en la dirección que lo hace y nuestro universo se expande:

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porque si el mal fuera soberano nada existiría. Sin embargo, finalmente cuestiono en el texto una especie de autosucción hacia el mal, porque esa cuestión es muy importante para nosotros: ¿Cuán firmemente podemos construir el muro? La verdad de estos conocimientos trascendentes parece ingresar en la conciencia de unos pocos (pero es inconscientemente conocida por la mayoría): todo el conocimiento consciente conlleva una carga extra de responsabilidad. ¡Por los dioses! Necesitamos tanto confiar en el proceso y no en nosotros. Saludos, Doug
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AQUÍ LLEGA LA CLAVE y es algo simple de entender: no puede mezclarse la compra de libros con el verdadero trabajo. Puedes creerlo pero no ser, necesariamente, capaz de vivir bajo ese principio. Entonces, si me veo en camino de Thorpe-le-Soken me detendré en la Librería Keep, en Colchester. El lugar tiene muchas desventajas, casi todas ellas detrás del mostrador, pero sigue siendo una de las preferidas. Está sobre una colina, la ciudad empieza allí. Es vieja, con goteras y rincones extraños, pero básicamente tiene más habitaciones traseras, cajones cerrados y secretos que espacio para estantes. Cumple con su trabajo. Los libros vendrán: pero tal vez no seas capaz de desenterrarlos. Buscaba rápido, ineficiente como dealer, alejándome del ejercicio práctico de encontrar libros que pudiera vender. Libros que estuvieran, técnicamente, ya vendidos y a la espera de ser reunidos y entregados. No existen valores intrínsecos: cualquier cosa se hace valiosa si hay un cliente para ella. Eso es todo lo que debes aprender: compras avaladas. En un cuarto superior, donde la psicología se convierte en perversión, hallé una copia, en rústica azul ya amarronada, de James Hinton, un bosquejo por la señora Havelock Ellis, con un prefacio de Havelock Ellis, un frontispicio fotograbado y siete ilustraciones, Primera Edición 1918. En la retiración de tapa se leía “Escaso”, lo que justificaba el precio de cuatro libras. Era demasiado caro para mí. Lo reubiqué. ¿Quién más había oído hablar de Hinton? Casi toda la gente creía que se trataba de su propio hijo. Simplemente, no me podía imaginar qué había logrado ascenderlo desde la categoría de dos libras. En ese momento no hice la conexión con esa tierra de nadie donde dudosas efusiones filosóficas se encuentran con el

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vegetarianismo, donde la teología bordea nerviosamente el sadismo: un área que parecía incluir a Edward Carpenter y Nietzsche. Había realizado el descubrimiento “casual” de Hinton en la Biblioteca Whitechapel un día en que llovía y la galería estaba cerrada. Él esperaría. Me di la vuelta para descubrir al poeta Douglas Oliver, de rodillas con un largo abrigo negro, revolviendo, sin rezar, los Latinos. Calcula una negociación por nueve o diez volúmenes, pero termina acordando un trago en la Sala Tudor del Marqués de Granby. Un lugar que necesita que algún tren interurbano pase por él. Por supuesto, no podía justificar mi incapacidad para responder a su extensa y generosa carta, o por lo menos no lo hice. Sentía que la carta era autosuficiente, ya llegaría su momento: no había nada que pudiera agregar. Si en algún punto yo había originado la carta, eso bastaba. De ningún modo me pondría a “defender” alguna posición que él hubiera visto que yo ocupaba. Cualquier tipo de intercambio “literario” estaba condenado antes de comenzar. Mi correspondencia se había restringido a intercambios de insultos en el dorso de facturas. Los extremos de los nervios que la carta de Doug tocó todavía arden y no pueden exponerse. Esta no era una culpa fruto de una insistencia en una carrera maniática y alocada, de no abrir la escritura hacia afuera, por completo, hacia la luz, dándole forma con una precisión confiada. ¿Entonces qué era? La coincidencia de los opuestos. El contacto enredado y dañino con aquello que no es exactamente lo mismo. La tercera mente no estaba presente en este encuentro. Su dirección no se aclararía para mí. Ni la mía para él. Él también era un escocés con licencia anulada. Regresé a la librería. Compré el Hinton. Me alejé hacia la colina, el sol en las piedras: mostaza vieja. Día de hojas y capullos. Abandoné los otros locales y tomé un atajo hacia el parque bajo el castillo. Un círculo de niños, con rostros lisos y aguados, corría por la hierba, tropezándose y cayendo. Su cuidador les prestaba atención muy a medias, escuchaba una historia de los muros. Los niños giraban con los brazos extendidos, golpeándose unos con otros. Una de las niñas se acercó a mí, extendió su mano, con la esperanza de que la llevara a uno de los columpios. No hay temor en estos niños. No existen sombras del futuro para ellos que enfríen sus ojos de leche. No tienen mal.

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“Querido Hardie”. La carta no podía ir más allá. Su cráneo descansaba sobre su mano como un globo de sólido cristal. Tímido, incapaz de comenzar: el aliento de Lees se arrastró por la ventana. Se retorció en sus ropas. Se rascó la cabeza. Corrió la hoja de papel vacía, tomó un libro, un cortapapeles, y empezó a abrir las páginas pegadas. Una línea interrumpida por la entrada de una corte. Justo en ese momento un cierto edificio siniestro empuja su tejado hacia la calle. Casas audibles, viviendas neutras y compartimentadas. Negligencia prolongada y sórdida. Estaba mirando el reverso del mundo. La vida alejada. Una horrible sensación impetuosa se le venía encima, adelantándose al evento, a sabiendas. Una aburrida inevitabilidad. Su orgullo toma aliento, lo deja ir, lo retoma. Le permite al húmedo calor formar figuras. Una mujer con forma de jarra. Un hombre que la sigue. Los detalles flotan desde sueños prestados. Seca el vaso con el dorso de su manga. Toma aliento. La figura se forma una vez más. Un traje de tweed escocés, un abrigo ligero y una valija de cuero. Cruza hacia las luces de un restaurant. Un reloj a un lado de Blackmail House. Un tiempo para tener en cuenta. Un fogonazo de combustible. Hombres bebiendo. El aullido de un perro. A través del pasaje y hacia el patio. Está contra la puerta. Un cuchillo en mano y un tajo en sentido contrario. Es mi tarea. El fantasma de algún viejo pecado, alguna desgracia oculta: el castigo que se acerca. Se los guía a la puerta de la casa. Todos los sirvientes duermen. No hay ventanas. Un gemido: ¡un crimen! Se efectúa el informe. Lo que no se ha visto se describe racionalmente. Se le brinda un momento de atención al reloj. Lees habla de su temor a la autoridad. Se describe el crimen, se toma nota, se lo archiva. El asesinato ocurre y respeta su guión. ¿Es la suya la única profecía? Hay cientos. En sangre y tinta, sin engatusar al viejo y querido Jefe. Mecanografiadas, escritas en lápiz, sobre pizarras, babeadas, empapadas en semen. El señor Haragán. Todo se presagia. Lo que sigue es un pálido

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reflejo. “¡Ese es el hombre que le cortó las orejas!” Robert Lees señala desde la parte superior de un ómnibus hacia Shepherd’s Bush. Su esposa sonríe. “Ese es Ripper, el asesino de prostitutas”. Se viste con trajes de tweed deportados de una novela. Lleva un abrigo ligero. Debería ser de noche. Debería ser otro lugar. No hay sangre. Sigue al hombre a través de la neblina. Una mansión imponente. Parecía haber una ola magnética conectando el sentido intangible que poseía con lo fugitivo. El tipo más raro, apresado por el elemento rojo. Pero no hay ningún fugitivo, nadie es acusado. Una oreja en la mano, el hígado conservado sobre su plato. Deja caer su tenedor. Veo su cara. Ella murmura. No puedo decir qué es lo que ella me murmura. Es un nombre por lo menos bastante conocido, un nombre que no puedo mencionar. Mi mujer sonríe. “¡Robert, qué absurdo! Te ponés en ridículo. ¡Persiguiendo caballeros perfectamente respetables por el West End de Londres! ¡Zigzagueando entre carruajes como un árabe de la calle!”. No es Cavendish Square, es Brook Street. Los judíos son Los Hombres que No Serán Acusados por Nada. Muros, umbrales. Una rosa de yeso en relieve. Usted debe escucharme, Inspector. He visto una mujer descuartizada. Una habitación decorada con sus vísceras. El cuarto rojo suda. La voz de una mujer que canta. El aroma de violetas en agua demasiado tiempo. Poseen el talismán. Trasladado o destruido. No puede decirse. Robert Lees regresa del Criterion. Ha estado cenando con dos americanos. Un vidente descreído, el Inspector le pisa los talones. Ladra como un Indio de los Llanos, la garganta de un coyote, tiempo de no creer en nada, tiempo de cultivar todas las ficciones. Golpea la puerta, de espaldas, sin mirar hacia la matanza, Millers Court, el acto final. Lees alienado, responsable, involucrado, una ola magnética lo conecta: los conduce en un rapto —se convertirá en una buena historia—, indirectamente, en círculos, entibiándose, un guía. Fuera de la habitación caliente, el horno de carne, hacia los espacios clausurados. Fresco, mucho más fresco, frío. Hacia Bucks Row, Hanbury, Matfellon, el White Mount, Berners, casi hasta el río. Pero ya ha acontecido. Echa espuma por la boca, saliva blanca. Mastica hojas arrancadas a la vera del camino. Habla en lenguas, profetiza lo que ya ha ocurrido. No ve nada. Bastante ciego, Robert Lees desentraña las vísceras del laberinto. Su cerebro es una piedra de coral. Más allá, girando en círculos, más profundamente. Es casi de mañana. El grupo arriba a la casa de un distinguido hombre público, a la

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puerta de 74 Brook Street. ¡Imposible! Este hombre ha ocupado y todavía ocupa muchos de los más honorables puestos de su profesión, Baronet y Médico Extraordinario de la Reina. Un filósofo y un hombre de firme voluntad, y sin embargo de una presencia amable, de modos gentiles y mirada de halcón. Uno de los más exitosos de aquellos que han consagrado su vida al alivio del sufrimiento humano y la salvación de la vida. Esto no puede ser, señor Lees. No puede estorbarse al médico por una nimiedad, distraérselo de sus obligaciones. Su lugar está en las crónicas de sociedad. Ha servido a los más elevados de estas tierras. Celebrado por los sabios instrumentos de los que se rodea. Se enorgullece de poder penetrar el corazón secreto de sus pacientes hasta las mayores profundidades, a través de vistazos de águila y significativas y lacónicas sentencias en su estilo profesional, enunciadas con un dejo melodramático. Nada parece proceder de la espontánea emoción del instante. Todo está predeterminado. Es una maravillosa pieza de maquinaria humana. No, señor. Debemos proceder con la cautela necesaria. Al doctor no se lo puede interrogar impúdicamente. Se ha cometido un grave error. Usted está enfermo, señor Lees. Ya no es usted, señor. Insistiendo, Lees acomete con una descripción del vestíbulo: áspera silla de roble negro del conserje, ventana de color detrás, un gran mastín al pie de la escalera. Les digo, es cómodo, de techo bajo, amueblado con costosos armarios, también de roble. Esperamos a los sirvientes, hasta que se ponen en movimiento. Estamos empapados en sudor, empolvados, encogidos: sin convencimiento, en el segundo escalón. Conducidos desde la puerta directamente al comedor. Blackmail House. La sala es larga como una calle. Una niña recoge las contraventanas. Lady Gull los recibe. —Madame —el inspector Abberline siente que es él el entrevistado, y para un puesto de sirviente—, tenemos algunas preguntas que hacerle. Hay ciertas zonas sobre las que usted podría arrojar algo de luz. La mujer de la casa, una persona entera, tranquila, se ajusta el vestido a la altura de la garganta, gira la cabeza hacia su inquisidor, cuya espalda da a la ventana, su cabello rojo en llamas. —¿Zonas? ¿A esta hora inhumana usted pretende recibir lecciones... de geografía? —Para aliviarnos, Madame, de ciertas dificultades. Para proporcionarnos respuestas a las preguntas con las que me veo en la obligación de confrontarla. Su vestido, una vez más, reajustado. Abberline siente de pronto una

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irresistible urgencia por conocer su eventual rapidez para desvestirse. Siente que su elección de camisola está siendo despiadadamente escrutada. —¿Podríamos preguntarle si su marido, Sir William Withey Gull, estuvo en casa anoche, a la medianoche, y durante las dos o tres horas subsiguientes? —¿En casa? —Su voz era baja, casi melodramática. —Sí, Madame, en casa. Con usted. Aquí. —Inspector, ¿espera usted establecer seriamente si en la medianoche mi marido me honraba con su compañía en esta misma casa? ¿Tal vez quisiera saber con precisión de qué manera estaba ocupado a esa hora? A Abberline le resulta imposible mirarla directamente a los ojos. Y a pesar de que sus manos llevan muchos anillos, son muy poderosas. Una cara empolvada, labios salvajes, cejas decididamente alarmantes. Él piensa en una lechuza: una inmóvil calma de plumas, garras filosas ocultas debajo de un envoltorio japonés. —¿Quizá, Inspector, le satisfaga examinar la habitación de Sir William? ¿Busca plata, joyas, pieles robadas? ¿Cree que éste es un posible escamoteo? Podría disponer de los preparativos necesarios para que usted gatee por debajo de la cama. Vaciaré cajones si usted me lo ordena. —Estamos aquí debido a un crimen particularmente salvaje. Una desdichada fue mutilada anoche en Whitechapel. Su vientre fue arrancado y sus órganos internos cuelgan como estandartes decorando la habitación. Había ido demasiado lejos. Era imperdonable. Su carrera estaba terminada. La Logia le cerraría las puertas en la cara. Lady Gull no se encogió frente a la intrusión del horror. Jugaba con un tenedor en los dedos. —Entra en mi casa y trae con usted crímenes impronunciables. Crímenes que asume debe articular, sin dejar de lado detalles que enrojecerían a un juzgado de primera instancia. ¡Usted se ha vuelto loco, señor! Esto no puede pasar así como así. Me tomaré el trabajo de hablar con Sir Charles Warren. Esto es intolerable. ¡Una acusación! ¡Un sucio, de los bajos fondos más bárbaros de Europa, rozándose contra paredes infestadas de parásitos, sus brazos rojos de sangre y mugre, irrumpiendo en la casa de mi marido! Un gemido de Lees, la cabeza en las manos. Está una vez más bajo el Royal Arch, diecinueve años, demostrando trucos de vidente a la reina de mármol. Abberline, blanco hasta la sien, ahora acabado, y con el pavoneo de un hombre condenado. —Si me permite, Madame, inspeccionar el ropero de Sir William, nuestro trabajo habrá terminado.

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Subieron las escaleras en silencio. El Inspector nerviosamente expectante por el mastín, que no se veía por ninguna parte. La habitación inmaculada. Ropa limpia, alfombras relucientes. Una acuarela indiscernible: barcazas en el Támesis. Las botas en el ropero brillaban acusadoramente. Los largos abrigos relucían, una acéfala comisión de investigaciones. Camisas crujientes como papel. Cuellos forenses. Botones. Puños. —¿Quisiera sacar para examinar —dijo Lady Gull— la ropa interior de Sir William? Salieron, fueron acompañados a la salida, depositados al sol. Contra la corriente de entregas a domicilio. De patitas a la calle como sucias botellas de leche. Una partida abrupta. El Inspector se aleja a zancadas, sin ningún objetivo, con la larga experiencia en su profesión de hacer parecer ese estado como significativo. Había construido su carrera sobre esta habilidad. Seguir las reglas del libro cuando el libro permanecía callado. Lees se había vaciado, sus visiones anuladas. Podían transcribirse como ficción. El mito, liberado del evento, podía reunir mucha mayor convicción. Liberado de sí mismo, llamó un coche. Indulgente consigo mismo y hambriento, regresó a la carta que ahora podría comenzar. Lady Gull caminó hacia su baño, se sentó sobre una silla de mimbre para quitarse las medias rosas, las delicadas pantuflas. Colgó su bata sobre el respaldo, enfrentó el espejo. Corpulenta, enmarañada con pelo en el cuerpo, la mano derecha sobre la barriga. Abandonó su pelo en un gancho, un gato vacío. Los labios burlones haciendo puchero, un poco brillantes, abiertos para revelar sólidos dientes cuadrados. La mejilla empolvada ahora en grumos por el vapor. Pasa su firme antebrazo por el espejo, se mira, íntima pero no excitada, como el final atado de una cuerda. Pezones chatos pintados alrededor con formas de estrellas, una piel mapeada: Sir William Withey Gull.

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Para: Caroline Haddon “A la espera de un tren”, Estación Berwick Mayo 1875 Querida Carrie: Desde nuestra charla he querido escribirte acerca de uno o dos asuntos. Hay algo instructivo para mí en el hecho de que mis procesos de pensamiento parecen estimular una desconfianza o sentimiento de inexactitud o parcialidad, incluso (ojo, sólo digo parecen) en personas que me aprecian mucho, como es tu caso, y se incorporan a las conclusiones de mi pensamiento. Se trata de lo que ahora no puedo evitar llamar mi método fluido de pensar. Es decir, el plan del cual soy bastante consciente cuando observo las operaciones de mi mente, el dejar de lado algunos elementos visibles de un caso, con el fin de ver mejor otros. Lo que convierte a este proceso en algo adecuado es que ese descartar se recuerde. Y lo que lo hace necesario es la complejidad de los hechos, la presencia en ellos de muchos elementos que interactúan y se compensan, para que los resultados parezcan más simples de lo que realmente son, y además la verdadera extensión de las cosas presentes sólo puede percibirse descartando, en el pensamiento, las influencias mezcladas de las otras. Podría referirme a este proceso como una supresión de lo superfluo, pero podría ir más lejos, dar un salto más allá, lo veo aparecer en mí: lo más obvio y lo más aparente es lo que no debe ser dicho. Lo que está frente a nuestros ojos no necesita elaboración. Es lo invisible lo que nos moviliza. Arribamos a la esencia describiendo lo que la rodea. Describir lo invisible sería borrar su poder sobre nosotros. Si enumerara todas las fuerzas que están a mi alrededor, los derechos, pasiones, sentimientos, influencias —es decir, todo— convertiría mi presencia en algo totalmente innecesario. Al dejar de ser, sería más poderosa y estaría más presente de lo que nunca hubiera estado. Estaría vaciado, dejaría de ser víctima de las leyes físicas del universo y de la demoledora

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tiranía del tiempo. Nunca más estaré frente a tus ojos, una sucesión de negativas y restricciones, estaré dentro tuyo, alrededor y más allá. Borrándome lograré ser. Entonces ves que existe una compulsión en mí, una necesidad —la compulsión y la necesidad universal gracias a las cuales creo que toda visión profunda ha sido lograda— de ver la vida humana de un modo diferente, si es que algún día la veré. Aquello que está visible en ella, no es ella. Debo ver más si busco sentir que la veo. Debo ver algunas cosas ocultas que no parecen estar allí, pero sí están a pesar de que nunca las veré. Ahora, lo que me ha entorpecido en la vida social —acaso es más bien en la vida social moderna, aunque quizá no— es la diferencia entre la gente y lo que ella hace. Cómo puede esa clase de gente hacer ese tipo de cosas. Este es el problema. De lo que soy más consciente que la mayoría, es del mal de esta buena vida. Y esto es, supongo, el feliz fruto de mi estadía en Whitechapel durante mi juventud. Descubrí entonces que existe una fuerza que opera sobre nosotros, una fuerza que nuestros actos no pueden describir nunca. Tal vez nuestros actos incluso desvían esa fuerza de su propósito. ¿Cuál es ese propósito? No se puede hablar de él de otra manera que no sea afirmando lo siguiente: es aquello que elegimos dejar de lado. Estamos ahora más allá de las nociones del bien y el mal, cuestiones todas de moralidad humana. Este nuevo cielo no es para invernaderos y carruajes. No existen altos muros a su alrededor. Nos hemos preparado a nosotros mismos para una “vida invisible” pero ese mundo se ha escapado de nuestras manos. Una vez que lo rodeas, desaparece. Y nosotros somos la forma de esa ausencia. Querida Carrie, es absolutamente cierto que algunos hombres y algunas mujeres estarán vivos y presentes para la venida del Señor. La última de las épocas de la vida humana tendrá por testigos a algunos ojos y será alabada, o lamentada (seguramente en un primer momento), por algunos corazones incrédulos, incapaces de creer que pueden ser los testigos de la última etapa, la victoria. Entonces, seguramente, también, la última etapa antes de la última será vista por ojos que temblarán frente a ella y llorarán su desaparición, y será descreída por mentes débiles y traumatizadas. ¿Por qué no podrán ser éstas la tuya y la mía? Tu querido hermano, James

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St. Michael’s, Islas Azores Noviembre 1875 Mi querido hijo, Ni en Corvo, ni en Flores. Ni en Pico. Es en St. Michael’s donde finalmente me he instalado, casi más allá del magnetismo de Europa, esos huesos cansados, ese polvo de su triste historia. No estoy descansando, estoy detenido. El Nuevo Mundo es un rumor a través del frío océano. No puedo oír la caída de esas plumas brillantes, el diente del jaguar mordiendo la piedra negra. Miro el sol morir y siento que es mi propio cerebro quemándose, licuándose, derritiéndose, enfriándose hasta ser plomo. Las manchas brillan como plata, pero no perduran. Se ha apagado el fuego de mi cráneo. Puedo observarlo más tranquilo mientras mi cerebro se cae de los cielos, abruptamente, hacia el gran mar muerto. Aquí es donde he venido porque esto es ninguna parte. Polvo. El polvo que es el hombre, soplando, soplando. En nuestros labios y en nuestros dedos. Los bosques de naranjos. Todas esas tristes vidas, esas velas, plegadas en bombitas de cera. Cuelgan pero están verdes, Howard. No hay ninguna llama de verdad en ellas. No me amamantaré con esa sangre verde. Nuestro hogar está en ruinas, no hay ningún lugar mejor. Las persianas no pueden interceptar el polvo. Lo recojo con mi cuchara. Una niña de diez años se me acercó mientras estaba sentado en el muro del puerto y dijo: “Dime algo acerca del fluir”. Le contesté enseguida: “Multiplica 17 por 3. Sabes que 3 veces 7 da 21, 1 y te llevas 2; 3 veces 1 da 3, más 2 da 5 y equivale a 51”. —Ahora bien —dije—, ¿ves lo que has hecho con ese 2? Lo has anotado y luego lo has borrado. Era necesario tenerlo, pero no guardarlo. Ahora, el fluir es esto. Es algo que necesitamos tener pero que no debemos guardar. Algo que hacemos para deshacer. El mundo es tan bello que no sé qué hacer. La condición de esa alegría es aceptar que se soportará el dolor. Y uno apenas se anima a decir que está contento, porque logra que el dolor se enfrente a uno, y las palabras han perdido su significado antes de haber pasado por los labios. Estoy contento y apenado. Y en este momento no puedo ver ni un poco si esa alegría —que creo está volviendo al mundo— llega o no. No estoy seguro de tener gran prisa en regresar. No hay ninguna razón para que me mueva de donde estoy. Ni siquiera un párpado o

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una lengua sobre labios secos. ¿Por qué estorbar al dolor que es la única verdad? Es muy triste para mí haber perdido el poder de ayudar a aquellos que necesitan ayuda. Lo he intentado demasiado y he fracasado. Pero aún quizá en mi fracaso Dios me está dando más de lo que merezco. Pero, Howard, hay un mal, un mal intenso, en nuestra sociedad, a lo largo de nuestras vidas, y será corregido algún día. Me arrojé contra él pero no es suficiente la fuerza de un hombre para moverlo. Fue demasiado para mi cerebro. Pero es por el fracaso de algunos que otros triunfan; y quizá de mi propia estupidez provenga un mejor logro para otros, más de lo que alguna inteligencia o sabiduría mía podría haber producido. Y espero haber aprendido, también, a ser más sabio. No hemos llegado al final. A pesar de estar tan cansado, de que apenas parezco capaz de creer en algo que se me presente. Cubro mis ojos del sol pero mis manos ya no pueden detener la luz. ¡Puedo ver a través! La piel es cristal. No hay nada. La oscuridad gira, gira, un ojo en un lápiz. Gira más rápido. Y más rápido. Ahora ya no creo que alguna vez se detenga. Tu querido padre, James Hinton

UN TRIBUTO Recientemente, hemos oído de la muerte del filósofo y cirujano James Hinton en Ponta Delgada, isla de St. Michael’s, en las Azores. Tras declarársele una aguda inflamación del cerebro, y después de unos días de intenso sufrimiento —durante los cuales no reconocía a nadie— pasó a otra vida el 16 de diciembre de 1875. Sería doloroso para mí que un obituario de James Hinton pasara de largo sin una palabra de afecto por su memoria. Hace ahora veinte años que nos conocimos. Nos acercaron afinidades sobre diversos temas de interés humano. Recuerdo vívidamente el modo grave en que me entregaba sus nuevos trabajos, capítulo a capítulo. Convencido de que la única inercia en la naturaleza, la única condición negativa, era el egoísmo del hombre, su vida y su pensamiento estuvieron dedicados a provocar una reacción contra esa creencia. Para él, la muerte era una idea puramente humana; toda la naturaleza vive. Estaba al tanto de la mejor psicología de su tiempo. Se lo puede considerar como alguien que prestó un buen servicio al combatir las opiniones estrechas que todavía predominan, incluso en altas esferas, y que elevan una barrera en la naturaleza entre lo orgánico y lo inorgánico
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donde no existe ninguna. Hinton no era un hombre de ciencia sino un filósofo. La ciencia era para él instrumento de la filosofía. Se consideraba a sí mismo como un intérprete de la naturaleza. No en el sentido baconiano, coleccionando y clasificando hechos, las consecuencias de causas y efectos, sino, como en los visionarios judíos de antaño, penetrando las apariencias hasta su causa original. Recuerdo una vez en que vino hacia mí lleno de emoción, con lágrimas en los ojos, por la visión que había tenido de la relación universal de las cosas con la Causa Divina. “Lo que veo en la naturaleza”, dijo, “es el poder Divino actuando dentro de un límite impuesto. Dios, autolimitado, es el universo. Dios no es el universo, pero fluye desde Él y se hace descomunal por las leyes de la limitación”. En ese momento no pude más que corregirlo citando a Goethe, poniendo énfasis en la esperanza y recordándole que el poeta no admitía la posibilidad de poder plasmarla con sólo buscar la verdad tal cual es. Sin embargo, a Hinton no se lo podía llevar a las opiniones e imperfectas formas de pensar de todos los días, sino que insistía en que voluntariamente limitáramos nuestra visión a un relato de hechos en lugar de una verdadera filosofía de ellos. Supresión y reaparición en una nueva forma más elevada era para él la ley fundamental de la fisiología. Organismos en un orden ascendente: mezclar, digerir, asimilar, “y lo corpóreo se hace incorpóreo”. El pensamiento de Hinton en asuntos morales poseía el mismo carácter que sobre asuntos materiales. Los miserables, despreciados y renegados desclasados de la sociedad, sacrificados por el egoísmo de los ricos y respetables, eran una instancia enceguecedora de la decepción de los fenómenos. Creo que puedo decir, a partir de mi primer intercambio con él, que pensaba que esos datos ilustraban el propósito del trabajo de Cristo en la Tierra, ya que demostraban cuán contraria es la verdad a las apariencias. Para descender a asuntos más bajos, me permito decir que la energía física de Hinton siempre me pareció tan grande e indomable como la de su mente. Juntas formaban un ejemplo de actividad intelectual y física rara vez superada. El trabajo que llevó a cabo fue bien realizado, y con él estableció las piedras fundamentales sobre las que otros pudieron avanzar. La vida de Hinton no estuvo tan llena de incidentes como lo estuvo de pensamientos. Fue uno de los pioneros de la humanidad que transitó los oscuros caminos de los sentidos hacia la región de la verdad. W.W. Gull

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Ian Askead nos llevó a echarle un vistazo a los congeladores. Trabajaba de conserje nocturno en el Metropolitano. Con el guardapolvo beige, arremangado y sin botones, el pelo mojado, armaba una fumata en su cubículo de vidrio. El edificio gris se congelaba en un silencio maligno: un mausoleo de varios pisos. Estábamos nerviosos, oprimidos por las instalaciones, que le otorgaban a él un estatus que en la calle no tenía. Poseía ese encanto benévolo del hombre de Glasgow, que va a través de la locura hacia la propia aniquilación. Y lo lograba con una mueca. Existía en él una inocencia que hubiera alimentado hornos a gas. Como víctima u operario. Que es como resultó ser. Había sido un fin de semana tranquilo y casi todos los refrigeradores estaban vacíos. Encontró uno ocupado y retiró un bulto blanco en su bandeja para que lo examináramos. Una cosa envuelta que emitía rayos de luz azulina. Como un pollo de supermercado en una bolsa de plástico. Askead, excitado por nuestro interés, sacó instrumentos patológicos, sierritas, calibradores, auriculares. Enchufó una tetera eléctrica. Sobre esta tabla de piedra con surcos en las esquinas, como una mesa de billar de pizarra, se corta al alma y se la libera. El ave toma vuelo. Dentro de este círculo de falsa iluminación y bajo esta mancha se origina una iniciación lacerada. Las conversaciones de los doctores aborígenes y estudiantes irlandeses están encastradas en las paredes grasosas, imperturbables. A medida que se quiebra el cráneo, ingresan las palabras. Como un veneno. Llegamos a un acuerdo. Iremos con Askead a encontrarnos con el Escuadrón de la Muerte Victor Haldin, un grupo disidente de la Brigada Enfurecida, mientras planeamos la acción futura.
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Más tarde, Askead, sentado sobre el borde de su colchón en lo que queda de sus calzoncillos, estratégicamente negros, y su hijo —robusto y nórdico, como el producto de una granja de niños— con las manos sobre la

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barra de la cuna, que mea una curva de agua clara y dorada sobre la alfombra. Una nueva mañana. Askead enciende la colilla del cigarrillo de anoche. Como a los viejos drogadictos, es difícil ponerlo en movimiento. Nuestra misión es dudosa. Somos potenciales cineastas, sólo nos faltan cámaras y película. No estamos invitados a participar ni a ser testigos. Y Askead está en esto sólo por la gente. La Anarquía Teórica no tiene ningún encanto para él. Una buena salida nocturna es por ejemplo ir hasta Kilburn para intercambiar insultos en el Shamrock Lounge y despertarse sangrando en veredas ajenas. En noches muy exitosas se despierta verdaderamente paralizado en una cuneta. Y regresa gratis a su casa en una ambulancia. Alguna gran noche se despertará en su propia heladera. Su esposa, que tiene su lugar en la casa como niñera, obteniendo para los niños el uso del sótano, está “involucrada” con un tecnócrata menor que se viste con ropa sport Burton. Esto le agrada a Askead, que ve en ello un contexto ideal para la violencia. —Eres un pequeño glóbulo baboso de caca de rana pisada —escupe, con alegría, en cuanto ve al amante, arrancándole todos los botones de la camisa, antes de que su mujer lo voltee con una cacerola de hierro fundido. Un cráneo duro, astillado, imposible hacerlo trizas. Ni un dolor de cabeza a la mañana siguiente. El amante sale hacia su oficina, la parte delantera de su camisa atada con largos alfileres rosas para pañales.
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Stoke Newington es el cuello de una botella asesina, lleva su entropía sin culpa. Mezquitas de cine desaparecen bajo una generación entera de papeles, bandas de rock, fechas, encuentros. Una perfecta formación, como de ladrillos, de negros golpeándose contra una franja hasídica en sombra. Camorreros escurriéndose por los huecos: una gentileza que lo demolerá todo. Un todo centrado en los cuarteles de policía y su presumido despliegue de carteles de Buscado. Nos desviamos en Abney Park, nos alejamos del pastiche glamoroso de New Kingdom, hacia una ancha avenida arbolada. Están esperando, detrás de las cortinas de una habitación superior. Varios cerrojos y cadenas, todo menos una contraseña. Poseen las botellas pero no el combustible. Amenazas y manuales y las vísceras de relojes alarma. La furia actual se dirige hacia Redhill. Una comunidad rodeada por alambres de púa. Chicos con botas neofascistas con licencia para desnucar, martillar, evacuar. El lobo está en la puerta.

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Persuaden a través de palancas, arrancan la cañería. Y esta retórica es contrarrestada con baldes de fuego, bolas, tachos de pintura. Es una zona de frontera de dogmas demenciales. Todo hierve pero la receta se ha perdido. Denis se dejó una barba salvaje que le debe algo a la cubierta de la edición Pan Books de Los vagabundos del Dharma. Usa una camiseta negra y asume amenazantes posturas de artes marciales, pega saltos hacia delante y atrás a lo largo de la ventana, vigila compulsivamente la calle vacía. Por supuesto, su esposa Pearl está nuevamente embarazada. Y la autoría de esto se la adjudican solamente a Denis. —¡Devolvele el golpe! Una situación forzada. Ellos y aquellos. Hay que andar con cuidado. No hay espacio. La maniobra y el contexto. Una acción precipitada. ¡INCENDIEN TODO! Pearl está ejercitando su respiración. Askead coloca a su hijo abajo entre las botellas y busca una con algo dentro. No tiene suerte. La habitación se encuentra obsesivamente limpia. Y podría ser acusado, bajo otras circunstancias, de tendencias pequeño-burguesas complacientes y triviales. Almohadones floreados. Y una alusión a la devoción carguera en la costa sur. Las tazas de café brillan. ¡Y llevan nombres! No se puede hacer nada hasta que llegue el contacto. Permanecemos bajo sospecha. Denis se ejercita con una pelota de squash en el puño, como triturando las nueces del Honorable Diputado (Leonard) Robert Carr. —No hay donde ir. No podemos dejar que se impongan. Un estado conspirativo. ¡Tomaron posición! Atrapado y en observación. Sin lugar. Terrateniente. ¡LANCEN LA BOMBA! La persiana a media asta para dejar ver un atardecer benévolo, pero las ventanas no se pueden abrir. El teléfono no debe tocarse. Ellos escuchan, oyen lo que susurramos. Por eso esperamos. Denis recuenta mientras le causa al muslo de Pearl una quemadura feroz y ella respira en una mejor vida. Oímos al taxi estacionarse, el lento corazón de su motor. Denis intenta calzar un cuchillo de cocina en el bolsillo de sus jeans. Hay un cierto malentendido con el precio del viaje, cuestiones de procedimiento a acordar. En un acento gutural del Bronx. Malas palabras de todos los colores. La Insurrección Invisible se pospone. Se trata del contacto. En puntas de pie hacia la habitación, con anteojos oscuros y un maletín, un saco largo, parece el mensajero de un abortista. No se dan nombres, eso se da por sobrentendido. Respira como si tuviera un pinchazo lento. El contacto es un desvergonzado. —Hola, soy Mossy Noonmann. ¿Alguien quiere probar?

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En esta noche interminable sólo cambian las locaciones. Ahora, un sótano de techo bajo en Petherton Road. Hace calor, es incómodo, las manos alrededor de las rodillas, los bultos de ropa para lavar. La dialéctica falla. Los errores pueden catalogarse indefinidamente, pero la acción permanece opaca. El encuentro había comenzado a media tarde. En una encarnación previa, Dryfeld estaba presente, bajo otro nombre, se puede identificarlo en Playpower de Richard Neville. Pero decidió abandonar, temprano, decidió formar un grupo disidente de un solo miembro, una nueva forma de anarquía, inventando una estafa al Correo con un botín suficiente como para comprarse un pasaje a América. Noonmann se mueve sigilosamente por los bordes con su maletín de vendedor. Sus credenciales son óptimas. Ha sido expulsado de los Estados Unidos y de la Mitteleuropa, ha pedido dinero, ha mentido, robado, trampeado y huido sin convicciones morales. Su única ley es la supervivencia. Y no está totalmente convencido de que la acatará. La vida posterior de Lázaro, a medias decaído. Seguiré en la mierda si me dejas subirme a tus hombros. Digno de Dante. Es un holandés el que patea a un lado la retórica aletargada de los meramente desilusionados. Lanza una docena de trucos en igual cantidad de minutos. —¿Querés un lugar donde dormir? Andá a dormir a los escalones del ayuntamiento. ¿Te viene bien? Acampá en London Fields. ¿Cuál es el problema? Hacelo. Hacelo de una vez. Que se preocupen ellos. Aprovechá la culpa. La única ley es lo que funciona. Tengo coche, soy quien lo lleva. Es mi parte de la ciudad, pero él me guía. Es un hombre sólido, más viejo que los otros. Tiene barba ¿no? Imposible quedarse con la cara. No podés describirla. Se ha fugado. ¿Una boina? A veces. ¿O era un sombrero gris y tirolés? No sé cómo llegamos ahí, lo escucho hablar. —No van a hacer nada. Les doy unos pocos empujones pero no obtengo nada. ¿Ves? Creo que ya se acabó. Dentro de diez años la mitad de ellos estará rogando trabajo en el gobierno local y la otra mitad, un puñado de adictos. O ambas cosas, ¿no? Estacionamos y nos conduce por un estrecho pasaje. Miro el nombre sobre el ladrillo, Angel Alley. Es Whitechapel. Es el lateral de la Whitechapel Gallery pero nunca antes lo había notado, uno de esos tenues secretos.

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En una habitación a la izquierda, fuera del patio, hay gente de pie alrededor de una mesa. Les entregan tazas con sopa y una vuelta de pan. Una lámpara de aceite. Sombras de caras largas. Firman un libro, no pagan nada. Son alimentados. Sin preguntas, sin sermones. Del otro lado del patio brilla una luz en las ventanas del último piso. —Vení —dijo el holandés— vení a verlo. Por los escalones de piedra, a un extenso almacén. Decenas de figuras durmiendo, formas embolsadas. ¿Tantas? Velas en las ventanas. —Es simple —dijo el holandés—, no es nada. Cuando podés lo hacés. Cuando no, seguís de largo. ¿Está claro?
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Esta es la habitación. Las ventanas están sucias, manchadas, cubiertas de telarañas. Otra vez, la ciudad se hace industrial. Ruidos ensordecedores de generadores gigantes: humo profético. La Máscara de la Anarquía se ha clausurado. El polvo en el suelo permanece inmóvil. La estación se ha tornado helada. Joblard pondrá en escena una performance, un Teatro Químico, un Acto de Iniciación. Atravesamos la Galería cerrada; el cuervo en la pared norte, la lechuza, la calavera de una oveja. Los escudos, mapas, dibujos, la madera quemada. Estamos solos en el edificio. Y una voz. “¡No rompas el anilló!”. Etérea, detrás de nosotros, sin modulaciones. Paredes vacías y pisos relucientes. Una sola vez. Mientras nos pica el cuero cabelludo, el teléfono se abre paso en el escritorio de entrada con su histeria inmediata, insistente. Un amigo, de urgencia, para Joblard. Debe conseguir un ejemplar del SUN de hoy. Hay un vendedor de periódicos en la entrada del metro. Doble página central: Viernes, 8 de Marzo de 1974. HORROROSO HALLAZGO EN UN CASO DE ASESINATO. Un hombre acusado de matar a su mujer poseía un libro que hacía “espantosas” alusiones a los asesinos de los Moors, Ian Brady y Myra Hindley, declaró un jurado en el día de ayer. El libro, del “artista de eventos” S.L. Joblard, de título Necropathia, trataba sobre cosas tétricas, afirmó el señor Gilbert Gray, abogado, en un proceso iniciado en Leeds Crown Court. “Había fotos de cuerpos, desnudos y atados, y alusiones en el lenguaje más aterrador”, dijo. El libro fue hallado por la policía en el hogar de Gilbert Friend, que niega haber asesinado a Pat, su bella mujer. El señor Gray afirmó que Friend, un obrero, estranguló a su mujer con una blusa y un cable eléctrico después de descubrir que había hecho el amor

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con un vecino en su casa rodante. Se alega que Friend ocultó el cuerpo en un armario en la casa de su madre y más tarde telefoneó a su propia madre pidiéndole que llamara a la policía para decirle dónde encontrar el cuerpo. También escribió una supuesta confesión a su madre. Decía: “Ella quería sexo y lo tuvo. Yo la quería a ella y ahora la tengo. Ahora, ningún otro puede poseerla. Ella me pidió un último beso, pero no pude. Elevó su cara hacia mí y nos besamos. Puse mis manos en su garganta. Mientras moría le dije “Te quiero”. Perdona, madre. Te quiero. Ahora aguardaré el final, tal vez la encuentre allí”. El juicio prosigue en el día de la fecha. Noche. La habitación sobre el patio. No la cosa en sí misma sino su receptáculo. La sombra que precede su origen. Oraciones oscuras. La verdadera performance ocurre cuando el público se ha retirado. Cera moldeada alrededor de una bombita de luz gotea lentamente sobre libros abiertos, borrando y modelando el texto. Desde los techos, las sombras se mueven hacia las ventanas lúgubres. El rojo se ha ido: la tintura del mercurio. Es la huida de la luz muerta. Un acto de ceguera, figuras encapuchadas entre líneas de fuego reprimido. El suplicante ha oído la pregunta, pero no se espera ninguna respuesta. Pasa junto a la pared sin elevar la vista. Su palo se arrastra en el polvo. Gradualmente, sus actos cancelan el texto. La performance absorbe todo su potencial, se pliega sobre sí misma. Nada se escribe, todo se repite. Susurrando el futuro por cilindros de piel engomados. La voz es la garganta. La duda de Joblard hace temblar el aliento. El fantasma se escapa. Una silueta de cera quemada. La memoria gotea, sin conexión con pasado alguno. La habitación vaciada. Llamas de velas impregnando helechos negros en el vidrio. La performance es lo que sucede después. El pote de cera suave se imprime con una llave desconocida. Todos se han ido. Agachada en un rincón, una chica americana, con el pelo al ras y la mandíbula rígida, decidida, en su propio juego. Entonando la lista, repasando los nombres de víctimas y variantes, dentro del marco de una amenaza identificada. Su propia compilación, en contrapeso con la lenta ceremonia. Nadie escucha. Una grabación sin fin, seguida de un coro inmediato. Su propia voz, desconocida, mientras se mueve imperceptiblemente hacia delante, mientras la conduce hacia donde ella no sabe. Víctimas y variantes, mártires asesinos. Una ola de luz con textura de ceniza trepa por las ventanas vigías. Su cabeza hundida en las rodillas. La grabadora, una presencia ajena, se aleja

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de su dócil intención. Los nombres se han escapado. Tiemblan y se hacen manifiestos en el aire de la madrugada, elevados, un escudo hacia arriba, no para proteger, sino para golpear, la rúbrica azul de una guillotina.

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La cámara vacía. Un semicírculo de piedras lisas alrededor de una gran mesa. La mesa también de piedra, blanco puro. Un cubo cortado. Un hombre, el pelo ceniciento, vestido de negro, sobre el rincón. La luz circunspecta de la cúpula, velada. La Casa del Martillo. Oculta entre jardines, fuentes, patios, habitaciones, escaleras, doble puertas. Secretos no registrados. Un lugar de poder, donde la historia es rehecha y las decisiones se toman con voces suaves. Gull aguarda a los doce. Listo, obligado a aplicar los compases. Aguanta la respiración. La habitación se retrasa, se detiene. Gull gira su ojo hasta el lustre blanco. La lengua en su garganta. Las manos cruzadas sobre la barriga. Hace bajar la fiebre. Redime su tiempo. Está preparado para presidir su propia disolución. Entran, por separado, a través de doce puertas sin marcar. Encapuchados. De blanco. Blancas gaviotas herejes. Capuchas incongruentes sobre uniformes de poder anónimo. Grises, tizas, lima. Los instrumentos se colocan sobre la superficie de la mesa. —Me agrada que hayan podido venir a este lugar —comenzó Gull— los doce imprescindibles. Ahora damos comienzo al juego. Doce Médicos de Londres sin un nombre entre todos ellos que puedan llamar propio. —Sir William, soy Howard. Doctor Howard. Los nombres de mis colegas... —No tienen ninguna importancia, Doctor. Doctor Benjamín Howard. Gull sacó una bolsa de su bolsillo y metió la mano en ella hasta el fondo. —¿Les apetece una uva? Eligiendo un buen puñado, las cortó y procedió a quitarles la piel. —¿O preferirían las sobras? Removió los pedazos violetas arrugados sobre la mesa. —¿No se parecen a la piel de nuestro Señor? La primera gota de Su Sangre derramada. Gente práctica, los judíos. Tragó. —Bebo poco vino, pero el azúcar de la uva provee el material más refrescante de que tenga conocimiento y disponibilidad. Uvas y pasas y agua, caballeros. Y con cada uva una lección de teología. Desde la primera

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gota hasta la gloriosa vanidad de la transubstanciación. Esta es mi sangre del nuevo testamento, que se derrama por muchos. ¿Pero cuál de ustedes me traicionará? “Están escribiendo demasiado, señores. Redactando sus nombres por temor a olvidarlos antes del fin. No se detengan. Escriban eso. Y eso. Y eso. Ejerciten los dedos de la manera más práctica. El doctor Howard se quitó la bolsa blanca de la cabeza. Un hombre joven con el pelo muy aceitado y cuidadosamente arreglado, escaso sobre el cuero cabelludo. Nariz sinuosa, estridente, probablemente con alguna alergia, áspera. —¿Quisiera echarle una mirada a este papel, Sir William? No hay nada escrito del lado de afuera, se lo aseguro. Deslizó la primera hoja hacia Gull, que no se movió. “¿Y esa nada está escrita con su letra, doctor Howard?”. —No hay nada, Sir William. Nada de nada. —Entonces es una falsificación. —Pero no es de mi autoría. —Esta, señor, es mi prueba. ¿Quién dijo que yo no podía nadar? Los once encapuchados garabatean furiosamente sus papeles. Un equipo calificando al goleador. —Sir William, su currículo y sus logros, los recientes y aquellos de más de cuarenta años atrás, son demasiado conocidos como para necesitar mi defensa, pero hoy estamos reunidos en esta sala en calidad de corte de investigación médica. Hay asuntos todavía completamente oscuros, que deben ser arrojados a la luz. —De Lunático Inquirendo. Ustedes son una comisión para la demencia. Al demostrar mi desequilibrio prueban su aptitud para ser miembros. ¡Excelente! Tengo una medalla de oro sobre Demencia. Soy conferenciante en Demencia. Profesor Fullerian en Demencia. Miembro del Colegio Real de Lunáticos. Loco Residente en el Hospital Guy’s. Baronet y Extraordinario Bufón de su Majestad la Reina. Desvarío en mis cadenas. Vibro. El mármol está triunfando, caballeros. “He estado loco durante mucho tiempo, en un delirio de hombres y labores. ¿Qué es lo que el Señor te exige que no sea actuar con justicia? Exige mucho más. Exige la verdad. Vi más claramente que otros. Sostuve que nuestra ciencia es suficiente por sus propios medios para elevar a la tribu humana hacia una forma superior y con el tiempo lo logrará. Creí en una física fisiológica basada en un estudio de peculiaridades individuales, y busqué no pelear violentamente con la enfermedad sino más bien aprovechar los poderes curativos de la naturaleza. ¡Descubrir la esencia y destilarla! Conocí el poder y sentí que era mío. ¡Loco! En ese momento

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estaba loco. Y nunca un grito. Busqué convertirme en lo que era. Gull se puso de pie, caminó alrededor de la mesa. Dudando, el doctor Howard se levantó para enfrentar el pequeño dedo extendido de la mano derecha de Gull, que amenazaba íntimamente su enfurecida fosa nasal. —Con este humilde dedo sondeé el recto de su Real Alteza, el Príncipe de Gales. ¿Notan el largo de mi primera articulación? Había solamente una pequeña arruga en la pared anterior del estómago, pero su estructura anal estaba tan apretada que sólo dejaba pasar la punta de mi meñique. La primera articulación. ¿Qué piensa, Doctor, que no me la he lavado desde ese día? He ingresado en la divinidad de los dioses hasta la altura de una uña. ¿Cuántos hombres pueden decir lo mismo? El roce de plumas sobre papel había cesado por completo. Gull volvió a tomar asiento. —Una medida de trigo por un penique, y tres medidas de cebada por un penique, ¡y fíjate de no desperdiciar el aceite y el vino! La gruesa mano de Gull sobre la mesa. Lo observan tensos, grabando a fuego su contorno sobre el mármol. Los dedos enganchados otra vez en su chaleco. Otra uva desnuda, obscenamente aplastada. —¡Observen la mano del teñidor! Gull colocó su mano derecha sobre su pecho izquierdo con el pulgar hacia arriba. Hizo una burlona reverencia piadosa. —Sir William, también está la cuestión de los experimentos con animales. —¡Nunca oigas a un cuervo que miente ni a un perro que dice la verdad! —Usted intentó defender, si estoy en lo cierto, a Claude Bernard, que inventó una estufa que le permitió observar el proceso de asar perros vivos. Justificó esta horrible exhibición afirmando, lo cito, nuestras susceptibilidades morales deben ser sobornadas y silenciadas por nuestras ganancias egoístas”. ¿En qué consistirían esos beneficios exactamente? —¡Carne mejor preparada! No soy un salvaje indio piel roja. No devoraré carne cruda. Si he practicado la necesidad de diseccionar animales, tampoco he dudado en experimentar sobre mí mismo. Me he visto asar en hornos mucho más feroces. He visto mi piel tostarse y quebrarse, y mi cerebro explotar. Y he obtenido el autoconocimiento que ese sufrimiento provoca. Siempre lo supe antes de comenzar. ¡Eso es lo que llamo un tormento exquisito! —En 1873 usted leyó un trabajo ante la Sociedad Clínica de Londres, “Acerca del Estado Cretinoide que sobreviene en la Vida Adulta de las Mujeres”. Era un registro, celebrado con justicia, acerca del mixedema basado en cinco casos, mujeres de un pequeño asilo financiado por manos

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privadas, bajo su supervisión, como parte del Hospital Guy’s. En este trabajo no menciona nada acerca de la glándula tiroidea ni acerca de experimentos concernientes a su extirpación. Y sin embargo tenemos comprobadas evidencias de que en la búsqueda de su tesis completamente improbada efectuó extirpaciones de estas glándulas, primero en monos y luego en las mismas mujeres. Así logró producir un mixoedema crónico, un estado cretinoide, con mutaciones de tejido, letargo físico y mental, pérdida de memoria, alteraciones en las excreciones, fiebre y voz. Pero aún hasta 1888 ningún uso práctico le ha sido dado a estos logros conseguidos de un modo bárbaro. —Si mi descripción de esta condición, que no excedía las cinco páginas, hubiera tenido la suficiente elegancia y hubiera estado correctamente presentada y formulada, entonces los experimentos que siguieron fueron innecesarios, sí. Pero se llevaron a cabo para cancelar lo que había escrito. En esa época estaba involucrado exclusivamente en desinventar mi propia historia. Los trazos de los actos son más crudos que los huellas de los conceptos. Dejé que cinco cretinos vivieran bajo mi cargo, libremente y sin malas intenciones, en lugar de dejar abierta la posibilidad de que mis propuestas se hicieran acto por cien chambones que no hubieran podido ni todos juntos abrir una bolsa de ropa recién lavada con un bisturí. “Abandonaría una ciudad entera de mujeres cretinas si pudiera borrar por completo el trabajo que he realizado. La ignorancia es el único lugar seguro. Hice lo que se me exigió. Repito que he redimido a mi época. No llevé a cabo esta misión meramente para eliminar alguna irritación o amenaza hacia aquellos en el poder, de cuyo poder todos dependemos. Frustré ese insulto, pero no tuvo ninguna importancia. Actué el relato de un hecho que siempre estuvo allí. Y al hacer esto lo borré. Liberé ese espacio. No se podía abandonarlo a dementes, profetas, temerosos del milenio. “He cortado un vientre infectado que hubiera criado monstruos. Pero mis actos fallaron. No me di cuenta de que ellos mismos le darían forma a un nuevo mito, y que al eliminar el contorno del viejo temor estaba sembrando un rastro de calor que a su vez necesitaría ser traído a la tierra, helado hacia la inmovilidad, detenido. El mito mata al mito, produce anillos nuevos, infinitos, humo sobre piedras blancas. Trastornaría la bisagra de mi cráneo y dejaría que las estrellas tiraran de los cables de mi cerebro. Éste es un asunto aterrador. ¡Doctores, despierten. Les hablaba de espaldas, pero no tenía importancia. La luz se había corrido de él. Perduraba una espuma. Jugo de uva manchado de violeta, sus gruesos labios.

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“Porque deberá ser siempre Un secreto, oculto de todos los demás, Entre tú y yo”. Arribaron los Tyler. Sir William Withey Gull fue trasladado al Hospital St. Mary’s, Islington, bajo el nombre de Thomas Mason. Le asignaron el número 124. No se sabe nada más. De aquí en adelante los rumores son todos ficticios. Los gritos en la noche son teatro falso. En esa zona decadente, oculta en la cima de una colina, entre papeles soplados por el viento, entre vallas y agentes inmobiliarios, no había ningún Gull. Había tomado vuelo.

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UN INTERROGATORIO ESTILO NAUTILUS. El Entusiasmo de la Resistencia. Joblard divide los paneles desparejos de un espejo extendido. A ambos lados, fotos de modelos y pósteres de lanzamientos a la luna. Se lo tragan las almohadillas de la máquina. La respiración forzada. Emerge. Lo comprimen muslos inmensos. Se libera. Una tensión dinámica expulsada con el rugido de un león. Arrastra una barra con peso, se acuesta sobre una tabla. Completa el circuito, tragándose el aire, degustando los nuevos misterios del dolor. A esta hora temprana, el gimnasio es suyo. Su hijo menor juega con una moto azul, ignorando esos esfuerzos y gruñidos. La masacre del previo yo continúa con la ansiada aniquilación de viejas historias de limitaciones y fronteras consentidas. La expansión torácica expulsa imágenes de represión. Una vez más fuerza los pesos elegidos, los obstáculos morales manifiestos. La búsqueda se simplifica y contrae a la escala de este patio de juegos: las máquinas esculpidas de acero y cromo y cuero. Sus cadenas y pesas están para usarse. El estudio se torna redundante. Las acciones se repiten, sin dejar huella, más allá del sudor y del cambio en la armadura corporal. No es que emerja algo nuevo, sino que viejas inhibiciones son desechadas. La piel se suaviza, se hace infantil. Se eleva del suelo de Londres. Pero el verdadero niño, con la correa puesta en su cochecito, es mucho más antiguo, más despierto. Abierto a todo, todavía fluye a través de él y alrededor de él, sin barreras, sin nada que lo obstruya. Está contenido. La cabeza del padre partida por el espejo. Hemisferios deformados. Y la nuca del niño por encima. Y la foto de la luna con el texto impreso en el reverso transparentándose como una falla, una mancha. Y el umbral oscuro con el observador que aguarda. No puedo reunir la generosidad que soportaría esto. No por causa de las infecciones obvias y riesgos de las casetas de duchas, sino porque prefiero otros juegos del destino. En la eliminación de faltas cómodas, existe una polaridad del riesgo que le es útil a Joblard: ha decidido estalinizar su historia personal, reeditar el pasado. Aparecerá como aquello

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que él quiera que sea. La llama está demasiado alta, nuevas energías corren hacia él. Ser y no hacer. El mundo estaba a salvo por lo que él hizo y ahora debe mantener su lugar en él sin estas armas. Abandona los objetos, los refuerzos, las herramientas de una magia falsa. Se queda sin hogar. Como Nicholas Lane, ansia su ausencia del mundo. Se borra. Pero el niño, sin esfuerzo, anuncia su presencia, como la primera oración de Moby Dick, de una simplicidad aparente. Apenas se nota, pero es determinante. Allí. Y todo cambia por él. El Leviatán fatalmente estigmatizado, herido invisiblemente, derribado. La falla más grande en el tiempo es la menos vista. Este ancestro, atado en un bulto, duerme. Cargado de peso, cabecea.
*

Detrás del Hospital Guy’s, entre Newcomen y Snowfield, en Great Maze Pond hay un edificio de ladrillo rojo, encastrado con rosas y frutas, que alguna vez fue una clínica privada y ahora es un gimnasio. El cartel “Nuevo Departamento de Pacientes Externos” todavía está fresco, pero ese servicio ya no se presta. El asilo de Gull ha cerrado sus puertas, último refugio de los que menos sufren. Cierran sus puertas para preservar el status de sus doctores. Los hospitales se traducen en gimnasia: sólo para socios, boxeadores, capataces, narcisistas, prostitutas. Las facilidades incluyen baños de vapor —su uso alternado entre hombres y damas para el bien de confusiones fructíferas— y un bar. El niño aún permanece afuera. Tomamos nuestro café de la mañana. Regresamos involuntariamente al pasado, a las fábulas que construimos a partir de él. Sobre el río. Tooley Street. Una vez tuve un trabajo reeetiquetando latas de novillo argentino vencidas. Uno de los pocos trabajos manuales en los que me destaqué. Logré una velocidad que llegó a alarmar a los gerentes. La montaña de lata reducida en unas pocas horas a filas exhibicionistas con nuevos y brillantes envoltorios, todos listos para los estantes del supermercado. El hecho de que estaba ayudando a poner mercadería de alto riesgo en las bocas de bebés no inhibía mi performance de ningún modo. Me gustaba el lugar. Desconocido, me entregaba por completo a la tarea. Me tomaba mis recreos a la orilla del río, veía la ciudad en la ribera lejana, elevándose desde el barro, un sedimento de su propia memoria. Detectives con detectores de metales exploraban la playa, la mirada hacia abajo. Niños ausentes del colegio hacían anillos con piedras rotas. Abrumado por sus mentiras repetidas el río se elimina a sí mismo. Se halló

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una vez aquí a Montague Druitt, una víctima, llevado al borde de la mitología Ripper. Asesino de sí mismo. Nadando hacia afuera, sus bolsillos llenos de guijarros. Otra vez Joblard sufre mis desvaríos con misericordia. Una calma de superficie cercana al colapso. Examina al durmiente. —El hospital, ese teatro, contiene su historia secreta en su blanda arquitectura exterior. Antepatio, patios, verjas de hierro y capillas ocultan temor y frenesí. ¿Sabías que fue fundado por un librero que hizo su dinero especulando en bolsas del Mar del Sur? Otra vez el nervioso ocultismo del comerciante: traficando con lo no visible. Los muros son libros calcinados. Joblard dilata su larga mandíbula, un bostezo que delata sospecha. Sus botas ya no dan golpecitos bajo la mesa. Calma temporaria. No se rasca. La uña de su pulgar pasta en la barba. —Las mentiras son la única manera de llegar a la verdad. Lo que sabemos está tan aplastado, y se ha tornado tan familiar que su poder se ha esfumado. No podemos seguir repitiendo los mismos mitos. Hasta que lleguemos a una versión más fresca. Una réplica auténtica de nuestra propia hechura. ”Debemos utilizar aquello que nos ha sido dado. Volver al texto de Ripper, ir hasta el fondo de cada una de sus células, hasta que signifique otra cosa, algo que esté más allá de nosotros. ”De lo contrario, nunca forzaremos nuestras obsesiones. No estamos condenados a revivir el pasado, sino a morir en él. A abandonar la ambición de mantener vivo lo que nunca fue y lo que nunca será, a no ser que así lo queramos. ”La conspiración tiene que ver con el tiempo. Aquellos en los márgenes de un acontecimiento simplemente desaparecen. Como en el asesinato de Kennedy. No existen testigos de fiar. Una súbita herida libera las almas desintegradas, pus psíquico, temor y odio, espectros de una conspiración mundial. ”Es como tu físico-culturismo, perdón, entrenamiento con pesas. La manera en que te describo se convierte en una mentira. Cambiás lo que aparentás ser. Hacés de tu pasado una mentira, pero no lo eliminás. Como así tampoco la futura caída en decadencia. ”Por eso es que no puedo creer en nada de lo que digo. Detesto esta incredulidad. No hay ninguna explicación que redima al tiempo. Y si debilito las mentiras que estoy contando acerca de este, este, este momento —quiero decir, que nunca estuvimos aquí, que esta conversación nunca tuvo lugar—, no hago más que reescribir un pasado que de hecho nunca tuvo lugar. Desautorizo el presente. Aborto el futuro. Se desplaza, se escurre por nuestras torpes manos.

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”Las palabras cubren tantos temores... Se las usa para mantener esos miedos alejados. Lo que podemos describir es lo conocido, y conocible. Las palabras mantienen al mundo alejado. No podemos conocer, ni querer conocer, aquello que no podemos describir. ¿Cómo podemos perder todo esto y hundirnos en el temblor de las hojas? ¿Los momentos aplazados, los agujeros suprimidos, los espacios? Aquellos árboles informes más allá de la ventana hacen de las nubes huesos; no se refrenan por desconfianza. ”Los santos tenían una palabra que podía redimirlo. Una palabra que no voy a usar. Les costó demasiado. Mantuvieron al mundo alejado para alcanzarla. No puedo decirla, aunque sirviera para superar este dolor. Porque esa palabra está unida a todo lo que no puede ser alcanzado y que es lo más deseado. Se quiebra el escenario. Nada permanece. No se pretende que esto sea un registro de un verdadero diálogo. El gimnasio existe, pero eso era otro país. Hemos ido tan rápido que nos hemos adelantado. Estamos describiendo lo que todavía no ha sucedido, y lo que ahora no necesita suceder. Hemos arreglado las cosas de forma tal que contraen el futuro. Siempre un borrón, no un exorcismo. El exorcismo sólo le confiere estatus al exorcista, que afirma, falsamente, que tiene el poder de deshacer. Posee trucos para prenderle fuego a lo demoníaco, para clavar el corazón negro. El borrar es discreto, actúa por elevación. La exhibición de Joblard en el depósito se borró a sí misma para que las voces pudieran liberarse. Rebobinaron la memoria del futuro. No hay ninguna necesidad de borrar la inscripción sobre la piedra, porque en cuanto sea leída desaparecerá ante tus ojos.
*

Empujamos al niño hacia el aire libre y lo soltamos en el pequeño parque detrás de St. George el Mártir, Tabard Street. Nos sentamos en un banco bajo el ala de un moteado plátano londinense. Una zona elevada. El muro detrás nuestro un collage de fechas y épocas y colores, con puertas selladas, colocadas a una altura segura. Una placa: “Este sitio fue originalmente la prisión de Marshalsea inmortalizada por Charles Dickens en su famosa novela Pequeña Dorrit”. La fuerza se había transferido al niño. Ahora estamos vaciados, somos meros testigos. El niño se aferraba a la manija del cochecito y se tambaleaba por el pasto, sin paso firme pero sin caer al suelo.

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En otro banco, bajo la pared, un hombre leía. Lo reconocimos como el barman del Wheatsheaf. No nos vio. La cabeza echada, los lentes rígidos. Temblaba y se frotaba los ojos con el reverso de la mano. No lloraba, reía. El celebrante solitario de un pathos laboriosamente construido.

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Desde la colina, observaba a la gente cruzar los campos por caminos y senderos para asegurarse una buena posición. Familias con niños que se habían levantado en la oscuridad, la leche en la mesa, un trozo de pan duro en la mano, caminando veinte millas y más, para estar aquí. Las mujeres de negro, ninguno de los hombres sin algo en la cabeza, callados hasta los niños, imitando las caras largas de sus mayores. Cuando el sol ha terminado de trepar fuera de la plantación, todo el largo de la calle —desde la estación hasta la iglesia— está ocupado por lugareños y gente del campo. Los observa de pie, podría ser un tocón de árbol maltratado. Sin aliento. En este momento ha arribado el tren desde la ciudad. Humo y pompa. Los dignatarios, apenas capaces de articular sus extremidades y torpes en su papel de fantasmas de sí mismos, crujen en su almidón. El reluciente bronce de su ataúd. “William Withey Gull, Baronet, 18161890”. Encajonado en roble. Sellado, ningún aliento sobre la madera barnizada. Pero sus ojos permanecen abiertos. El trabajo está terminado. Concluido en el tiempo justo. Una mañana apacible, dibujada sobre vidrio. Humo negro trepa en línea recta desde el tren. Los sombreros parecen caños, lustrados y macizos. Las caras blancas de cera. Las manos enguantadas. Camina con modestia, avanza. Lord Justice Lindley, Sir Joseph Lister, Sir Henry Wentworth Acland, Sir James Paget, Médico de Cabecera de su Alteza Real, la Reina Victoria. Camina a su lado, despacio. Esforzate al subir. Salí de la estación por la colina hacia el pueblo, sin ojos para los campos sombríos. Poné los ojos en las colas trenzadas de los grandes caballos negros. ¡Heroico! Éste no es un ataúd de piedras. Los ojos de Gull siguen abiertos. Finalmente mira hacia arriba, lejos de las finas ramas, hacia un cielo claro. Está justificado. Inglaterra marcha a ritmo lento. Los corazones se retardan. La tierra gira despacio. La muerte recoge las ramas de los árboles. Hacia el pueblo, el portón de madera techado de la iglesia de St. Michael’s. La pierna de Gull cruzada, los brazos sobre el pecho, la

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caricatura de un pingüino. Las manos unidas, su propia efigie, Caballero de Landermere. Los rasgos pierden todo detalle: una sífilis del tiempo. El clima lo deteriora. La procesión se extiende sobre la milla náutica que va de la estación a la iglesia, desde obispos y baronets al borde de la tumba, y cirujanos, familias burguesas, muelleros en las colinas, comerciantes, pequeños granjeros, pescadores, estafadores y borrachos, hasta los niños en la plataforma. Comienza la ceremonia. Desde el terreno elevado de Thorpe Hall, Gull observa cómo lo conducen a la tumba. Ve cómo cae la tierra en sus ojos. Encerrado, clavado, descendido. En una bóveda en la que caben tres hombres. Liberado de su propia historia.
*

El entrenamiento comenzó en la hacienda privada de la residencia. Gull estaba ciego, con la espalda contra la ventana. Todas las ventanas pintadas por encima con brea, obturando las agujas de estrellas, la luz nupcial. Ni doctor ni paciente, todavía. Ni asesino. Ni víctima. La casa había estado en su cabeza tantos años. Jardines, un invernadero, la hiedra. Un frente chato sin decorar y largas ventanas. Ocultala entre los árboles, construí las paredes. Esto es verdaderamente ninguna parte. Gull es la casa. Así es como la soñó. Esto es lo que él sabía. La ceniza de la materia, de habanos sin fumar, empolvaba su manga. Toda la materia es polvo. El pulso en su cuello. Atraviesa la sala, ciego, los ojos entrenados para no ver nada, la mano en la jaula de las costillas, un pájaro en su pecho. Fuera del tiempo. Los ciclos del nacimiento suceden al margen, descomponen la luz. Su mano en el alféizar: un guante de polvos blancos, con cabellos abrochados, venas y fibras marcadas. Un mapa de mareas del estuario. Una ilusión de inmovilidad. El entrenamiento dio comienzo en la hacienda privada. Coros de manzanos estériles y atrofiados se entretejían, líneas de sangre merovingia. Las avenidas habían sido hachadas, quemadas y convertidas en este matorral. Zarzas, espinos salvajes, zarzamoras hinchadas con la lluvia agria. Racimos de verrugas sin sabor, sin recoger, rodean la huerta. Barro arado por chanchos. Arcadas oscuras. Un enrejado de filos y luz de luna, una pérgola pelada. Moho que roza los rígidos pantalones de pana. Moretones de liquen sobre piel resquebrajada. La piedra de una fuente rota. Todo enredado en una pesadilla. Gull había calculado que ciertos obstáculos deberían ser escondidos

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en este laberinto inclinado de techo de paja. ¡Encorvate! O destruí tu gorra. Existían trampas humanas, para osos, figuras momificadas, o envueltas, encadenadas a los árboles. Cabezas de lechuzas encastradas en cuerpos de gatos. Cables para hacerte tropezar producían súbitas llamaradas. Al cochero y al pintor les vendaban los ojos y los dejaban sueltos. Quemaban zonas del bosque. Corrían en su espanto, gritando, golpeándose contra los árboles, aferrándose a las formas que probablemente los estaban hiriendo. Se mutilaban a sí mismos, hasta que aprendieron a navegar sus propias huellas de temor, a bajar del mapa estelar hacia el territorio estudiado. El entrenamiento continuó durante varios meses. Ahora la oscuridad se había hecho abstracta, el ojo de la columna tembloroso pero firme en sus juicios. Netley el cochero, y el otro, el pintor, fueron invitados a sentarse en la biblioteca, espalda contra espalda, planos de calles frente a ellos, las manos atadas a una tabla, para que sólo pudieran estirar manos y dedos, para dirigir sus plumas cargadas de tinta. Leían en voz alta, las voces sincronizadas, un texto en latín que no comprendían, mientras sus dedos histéricamente sensibilizados conducían los plumines a lo largo de las autopistas, Old Montague, Finch Street, Heneage, Chicksand, Hanbury, por pasajes, Angel, Green Dragon, Lion, patios, a través de las ciudad secreta que la voluntad de Gull estaba conteniendo. Podía permitirle a su vista fallar. No tenía más necesidad de ella. Sus ojos podían quemarse hasta la raíz, su intervención detenerse. Podía ser llevado en silla de ruedas, o en camilla, extendido, la cabeza hacia arriba, libremente, entre las estrellas. Más allá de lo humano, involuntario, por caminos de impiadosa luz. Conectando las chispas, un niño uniendo los puntos numerados en su pizarra para revelar una cara oculta. Indefenso, como los Antiguos, a través de la oscuridad de la memoria en busca de sus dioses. Bajo orden implícita de Gull un empleado se metió en su pelo los lastres de los pescadores. Su cabello ceniza, ahora enredado en rizos, las plomadas golpeteando contra su rígido cuello. El peso incrementaba imperceptiblemente hasta que su cráneo ladeó y su garganta se estrechó. Se estaba separando, poco a poco, de su criatura terrena: el agresor, la bestia que huele inmundicias. Forzaron su cara hacia el cielo, la abrieron. Sus habilidades astronómicas se programaron para asesinar todo lo que no fuera mente. Esto no ha sucedido, pero sucede a medida que lo piensas. Las enfermedades son los sueños del cuerpo. En nuestras enfermedades estudiamos nuestro futuro. Mientras caminaba a solas en los jardines de la residencia, a Gull lo

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atrapó la parálisis. No perdió la conciencia pero cayó de rodillas. Los sirvientes no descubrieron diferencia en su mirada y modales pero dijo que se sentía otro hombre. Se alejó de sí mismo, a través de la huerta y más allá de la verja. Luego sufrió tres ataques epilépticos, de los que se recuperó rápidamente. Sufrió un súbito ataque apoplético, cayó en coma y terminó muriéndose. Sir William Withey Gull dejó trescientas cuarenta y cuatro mil libras, tierras y posesiones. Bienes sin precedentes en la historia de la medicina.
*

Despertándose al sueño, el mismo sueño. Su cerebro había explotado, sin freno. Catatónico. Un Lázaro de cera. Un dormir iniciático. Corre por un borde y se recuesta sobre un filo. Descolorido, se mueve con pautas lúcidas, sin estorbos, por el laberinto. Como llevado sobre agua: el contorno de Mary Matfellon. Su sueño era la pesadilla que había vivido Hinton. Absorbió la muerte de Hinton en la propia. Las enfermeras notaron una luz fetal emanando de su ombligo, un miedo muy específico. Veía las casas deshacerse en polvo. Su fantasma, entre una conciencia ahogada y el árbol, hiela la ventana. Su deformada extensión barbada cubre las ramas. Aliento de muerte sobre la piel de cristal: sin imagen. El árbol gotea tierra. Los años son varitas mágicas. Arcilla húmeda en las botas lustradas. En la noche su peso se desplaza desde su garganta a través del césped húmedo, y por encima de él, una línea de rectitud. Un jardín deshabitado. Troncos encorvados y plantas encubiertas esconden sus instintos caníbales. Él mismo. Se mira a sí mismo. Hacia adentro. Hacia afuera. Sin piedad.
*

Ya no más Gull, ni Hinton. Ya no pueden ser contenidos por esas descripciones. Una mesa de pescados. Es su madre, ilesa, cargando pescado en sus faldas levantadas hacia la mesa vacía. Arroyos brillantes y trémulos. De la campana de sus faldas saca pescados. Él debe tragarse esta abundancia. Debe matar con dagas de pesca. Los pescados son armas para detener las bocas de las mujeres. Con su sola mano podría prevenir que El Oscuro arremeta contra las amables hermanas. ¡Después cortala! Las siete hijas, las novias fugitivas. Él es Orión, movilizador de los sinnúmero. Lo que

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tiene que hacer es reunirse con su madre en el Infierno. Detener las bocas de las mujeres, que han roto el frasco de los secretos. Ahora duerme una vez más en la intemperie. Extendido a lo largo del pasto. La piel de un novillo, empapado en orina. El ciego gira, se retuerce, busca la huella del sol. ¿Dónde está su madre? Vuelca su semen en las uvas. Es astuto. Las uvas blancas están hinchadas con su semilla. Su madre deberá comer de este plato. Se ha roto el tabú. Concebirá a su hijo. En el horizonte de Oriente las siete estrellas anuncian su llegada. Son gaviotas, también llamadas suicidas. Anuncian lluvia. Custodian la Puerta de Agua, la Entrada. Cuidado ahora con el escorpión en tu tobillo. ¿Es un pescado lo que lleva en su puño cerrado? Fluidos, un pegote nocivo. Gull sangra por la entrepierna. Permanece tranquilo. El tercer hijo, jactándose de la muerte de todas las criaturas salvajes. Un acto de sacrificio. Menstrúa. Sostiene un pescado decapitado entre los muslos, empapa el pasto. Los actos de Gull realizaron lo que ahora puede soñar. Encarnó el mito. Ensayó, pero no actuó. Ahora está en calma. Él es su propia madre. Vieja Estrella, Estrella Blanca. Ella atravesó la Puerta de Agua, se convirtió en las Pléyades. Llevaré el útero al río. Una afinidad con los Arco Iris. Un día de sol detrás de lluvias. Otra vez en la Casa Blanca, las cabañas. Sobre juncos y canales. Por entre el ganado. Un camino de agua. En una hendidura en la tierra, frente a la isla Horsey, la isla Hedge-end. Un sendero sobre el agua. Veo al hombre salir de la mujer. Sin voz, da un paso hacia una playa de lenguas y peces vivos, se resbala. El hombre muerto se acerca. Cruza sin mirar hacia atrás. Bajo el arco de luces. Cuando el doble se despide, le quedan tres días de vida. El agua se ha convertido en una carpa. Trepa sobre la isla, una montaña roja, luego una lámina, una lámina blanca. Y detrás de la lámina, haciendo el amor, las sombras de su padre y su madre. Gull siente en su barriga una agitación, un movimiento, algo que no podría nombrar, desconocido, demasiado delicado para nombrarlo, imposible detenerlo. Un niño. Que no será demorado por ninguna fuerza o filo. Algo más allá de la voluntad. Su aliento era ahora la marea. Y lo contenía.

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Febrero, 1985, un viernes. Sostiene cada vez con mayor dificultad la ilusión de estar en el negocio de los libros. Se aleja de Colchester con las maletas vacías, una vez más por Clacton Road, una vez más deteniéndose en Weeley y de vuelta a lo previo. Tantas veces se ha concentrado en esa señal, Thorpe-le-Soken. Un día frío, asentado en sus propias ambigüedades. Todo lo que está más allá del camino se ha cancelado. Comienza a entender, con temor, que debajo de este texto hay también una forma desdeñada que no se somete a su control imaginario. Una serpiente con dos cabezas que se esfuerza por unir, desnudando sus colmillos venenosos. Toma el camino de la izquierda y se decide por el Crown Hotel. Una Guinness y un cigarro barato. El cuaderno rojo permanece en mi bolsillo. No invoco el anagrama “MANAC” que se me acaba de ocurrir, “VINIERON LOS HOMBRES DE JACK”. No es ninguna solución. Los ojos te evitan. Te miran las rodillas y las manos. Acá no hay sitio para parroquianos ocasionales. La amenaza se esparce por los azulejos como una mancha de sangre. Un ruido de ruedas y martillos dentro de las tragamonedas con frutas. Mira cómo las uvas púrpuras giran con las peras. “A través de las Pléyades”. Ese es el nombre de la máquina. Un peón, con botas de gamuza, intenta arrancarle la palanca. La iglesia ha desaparecido, la calle del pueblo, el pub mismo. Borrados en una súbita nevada. El viento de las estepas decodifica la piedra, cubre el brutal impacto del tiempo. Se está desplazando, incierto, aventurado. Tengo una cita en Ipswich y no la voy a suspender. Los callejones se cierran sobre mí, derrapo, las ruedas giran en falso y no por decisión mía. El corto viaje se alarga mientras la luz desfallece. No hay ningún otro vehículo en esta ruta secundaria. El cielo se ha desplomado sobre los campos. El coche falla, es incapaz de subir. Los caminos laterales están taponados con torrentes. No estoy en ninguna parte y he sido traído hasta aquí, sin derecho a opción. Camino hasta la cima de la colina con zapatos

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que gotean, no están preparados para esto. El riesgo se insinúa absorbiendo la calidez de lo conocido. Un cartel vial. Quito la nieve: Ramsey. Esto es verdaderamente ningún lugar y puedo decir que he arribado.
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Otra vez en el coche. El cartel permanece, pero el camino nunca es el mismo. No hay un fin comercial, estoy aquí simplemente para estar aquí. Y, por supuesto, es cierto, es la fiesta de San Miguel, el párroco parece estar aguardando en el porche. El festejo de San Miguel es su fiesta especial. El hombre es payaso y mensajero a la vez. En sus largas faldas negras me rodea, desde todos los ángulos a la vez, mostrándome lo que ha acumulado. Fotografías, listas, viejos libros, almohadones, cualquier cosa vieja, extensiones de su entusiasmo fuera de foco. Muestra a Fred Kempster, el gigante de Essex, dándole la mano a una mujer en una ventana del primer piso del Bell. El árbol genealógico de Gull está desplegado a lo largo de la pared norte. Me muestra la ventana de Gull, encendida por la puesta del sol. San Lucas, San Juan y Cristo, juntos en lo que él llama “episodios curativos de los evangelios”. Rituales de oscura transformación. Pero no me permite mirar. Siempre en mis talones, interpretando todo aquello que no me interesa. Debo regresar. Mañana. La exposición estará abierta al público, colgada por completo. Señala las tallas de piedra en las arcadas y alrededor de las columnas. Frutas de la tierra, bellotas, bayas envenenadas y racimos de uvas. Debo quedarme a pasar la noche para ingresar voluntariamente a las ficciones de M.R. James. Hay una habitación en el Bell. De techo bajo y ventanas que dan al cementerio. Hacia las lápidas inclinadas, el musgo y la hiedra, hacia el lugar de sepultura de los Gull. “¿Qué es lo que el Señor te exige, además de obrar con justicia, y amar la piedad, y caminar con humildad junto a tu Dios?”. No es una pregunta sino una afirmación. Largas sombras alargan los monumentos. Reducen el temor para que quepa en mi cámara. Estoy sentado junto a la ventana, dejándolo venir hacia mí a través de la seguridad de los lentes. Las vigas del cuarto crujen como un ballenero, los caños silban, la luz decae pero permanece benévola. Se la puede experimentar.
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La exposición en la iglesia no abrirá hasta las once, por eso decido salir a pie de Thorpe para intentar descubrir la cabaña de los Gull en los alrededores del embarcadero de Landermere. Camina conmigo una bruma pesada de voces líquidas. Una percepción acentuada de lo trivial arroja desde las veredas nombres de hoteles tales como “Golden Dawn” y “Wolverine Cottages”. Pero éstos pronto quedan atrás. No hay nada que pueda guiarme más que el instinto. Blando, replegado, el hotel Thorpe no tiene forma. Un camino nace hacia Kirby-le-Soken. Sigo de largo. Ganado en el mar, bufando y pisoteando, invisible. El mar ha avanzado sobre estas tierras planas: camino por debajo. Otra senda, y sin salirme de la ruta. Una construcción rústica, giro otra vez. Salto un alambrado y estoy en medio de campos. Ramas mojadas me empapan en cuanto las rozo. Velos de rocío. Telarañas relucientes en el roble. Éste me detiene. Saco la cámara y froto el lente. Pero ésta no es la foto. Está en aquella pradera. Se ve el contorno escorzado de algo así como un cobertizo dado vuelta. Bajo hacia él, deslizándome por la cuesta de barro. Se trata del armazón de una gran barcaza. Quemada, chamuscada, escamada. Las vigas rotas y dobladas, enterradas. Un terreno hundido donde el agua muere, una frontera, en el borde de las cosas, entre pasado y futuro. Umbilical, un mástil se entierra en el sedimento negro, conectando el casco con este lugar. Está quebrado, es la mitad de algo. Lo reconozco. Sé que debo escribir mi camino de regreso a este momento. Esto me ha sido dado. Para liberar a mi mujer de sus sueños de edificios malintencionados, de una casa invadida por el viento, de largos pasillos atestados de extraños: regresaré con mi familia. Y mis hijos treparán a la nave del naufragio y se pondrán de pie sobre el timón. Y la conexión habrá acontecido, el recorrido no habrá sido en vano.

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NOTA

Los personajes contemporáneos representados en este libro son, por supuesto, de ficción, inventados más por sí mismos que por el supuesto autor. Los personajes Victorianos vivieron bajo los nombres que les he dado. Su comportamiento está dictado por fuentes ajenas al registro histórico. White Chappell, trazos rojos concluye el tríptico iniciado con Lud Heat (1975) y Suicide Bridge (1979), y abre, es de esperar, un segundo tríptico. La carta de Douglas Oliver fue escrita como reacción a Suicide Bridge y se publica aquí con su permiso. Textos de distinto origen han sido canibalizados; algunos son obvios, otros recónditos. Este no es sitio para enumerarlos.

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Índice

Libro primero MANAC ................................................................. 6

Libro segundo MANAC ES CEM ................................................. 65

Libro tercero JK ..................................................................... 128

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Esta edición de 3.000 ejemplares se terminó de imprimir en Indugraf S.A., Sánchez de Loria 2251, Bs. As., en el mes de diciembre de 2004. www.indugraf.com.ar

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