INTERCULTURALIDAD La diversidad como presupuesto para la armonía entre los pueblos

La diversidad como presupuesto para la armonía entre los pueblos1
Raimon Panikkar
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Raimon Panikkar es teólogo y filósofo. Autor de numerosas obras traducidas a distintos idiomas y actualmente presidente de la Fundación Vivarium. Su intervención, a modo de conclusión, analiza minuciosamente los conceptos más empleados a lo largo de los debates y otros como la clasificación científica que del mundo hace la ciencia, el mito de la monocultura y de los valores universales, la ética... Me gustaría empezar subrayando la importancia de lo que se ha dicho y oído en este congreso. La importancia se pone tanto más de relieve cuantas menos soluciones hemos encontrado y más desorientados nos hemos sentido. Somos entonces el reflejo real de la situación mundial. Sería irrealista pensar que tenemos ya la solución de este mundo tan trastornado. Creerse en posesión de soluciones sería caer en la trampa que precisamente queremos superar: el monoculturalismo. Sería también extrapolar indebidamente la mentalidad científica para enfrentar una situación que no es científica. La ciencia moderna funciona con paradigmas de problema solución. La vida no es un enigma por resolver o un problema por solucionar. No es -digo esuna cuestión por contestar. La vida es un misterio por vivir, no un problema por solucionar, aunque este vivir implique en nosotros una experiencia consciente. Intentemos, antes que nada, situarnos para poder captar un poco, buscando no perder el sentido de la proporción. Somos

ciertamente insignificantes desde un punto de vista de política de poder. Pero paradójicamente cuanto más pequeños, insignificantes e impotentes nos sentimos, más únicos, más verdaderos y, en el fondo -más paradójicamente- más libres y más realistas somos. No cargamos, con la responsabilidad de todo el mundo. No somos el Dios Atlas que debe sostener todo el universo porque sino todo se hundiría. No somos nosotros los «buenos» conscientes de la situación, y los demás los malos egoístas que sólo quieren su provecho. No somos los salvadores del mundo. Si no superamos un cierto sentido de mesianismo no llegaremos demasiado lejos. Situémonos históricamente: el homo sapiens hace 30.000 años que vive sobre la tierra; pero el hombre histórico sólo lleva en él 200 generaciones, mientras que los cristianos contamos sólo con 60. Tengamos presente también, para captar mejor nuestra situación actual, que hoy habitamos este planeta más hombres de los que han existido durante todos los tiempos. Contados todos, los hombres que han vivido desde el Pitecanthropus erectus no llegan a los 5.200 millones de seres humanos; y sin embargo hoy sí viven. Es decir, que en cierta manera representamos a Ia mayoría de la humanidad, porque nunca hasta ahora había habido tantos hombres en la tierra. Es como si el tiempo se acortara; o mejor dicho, el tiempo no es una autopista lineal y homogénea. Quiero decir que la aventura humana de nuestros días es como la concentración del destino del hombre sobre la tierra. Pesamos más que todo el pasado. Si ahora llegara un juicio final democrático, nuestros contemporá-

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Revista Wiñay Mark a No. 20, Barcelona, mayo 1993. Diálogos en la acción, primera etapa, 2004

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neos tendrían más votos que todos los demás. Pero nunca hasta ahora ha existido tanta injusticia consciente, no justificada, tanta hambre, tantas muertes... Todo lo que hemos escuchado estos días es verdad. Podría resumir la injusticia actual diciendo que un 18% de los hombres consume un 80% de la energía que existe a nuestra disposición, de tal manera que por este desequilibrio -a diferencia de tiempos pasados en que los límites no se habían alcanzado- lo que uno malgasta causa la miseria del otro. La tierra no es infinita. Y hemos acelerado irresponsablemente la ley de la entropía. No es sólo el papel el que tenemos que reciclar. Otra diferencia, aún, es que en el pasado las desigualdades humanas, generalmente, se creían justificadas (con o sin razón) a los ojos de la misma gente. Muchas de las religiones no hacían otra cosa que justificar el status quo existente. Una novedad hoy día es que nosotros sufrimos quizás como nadie cuando somos conscientes que estas injusticias institucionalizadas, que esta situación de desorden no tiene ninguna justificación, ni humana, ni divina, ni técnica, ni de ningún orden. En siglos pasados quizás la gente no era demasiado consciente de que, por ejemplo, la esclavitud era aberrante, y hombres tan grandes y tan sabios como nos presenta la historia d Occidente la e aceptaban más o menos. Hoy en día hay mucha gente que aún no cree que el capitalismo, para seguir con un ejemplo paralelo, es tan aberrante como la esclavitud, aunque muchos empiecen ya a pensarlo. Nuestra situación histórica actual es única políticamente e históricamente. Por ello, para abordarla, yo diría con eficacia, pero con serenidad, se requiere una cosa que es muy fácil de decir y muy difícil de hacer, y a la que os querría invitar. Hace muy pocos minutos hemos escuchado como nos hablan nuestros compañeros y hermanos de esta América

torturada. Es muy difícil ser ecuánime, es muy difícil ser justo, es muy difícil predicar la comprensión ante la tortura institucionalizada y la injusticia endémica. No se puede esperar de nosotros sólo paciencia y resignación. Lo que hace falta es magnanimidad, una grandeza de alma que no es fácil conseguir. La grandeza de alma (mahâtma) que se requiere para afrontar la situación actual no es algo secundario o accidental a la situación en que se encuentra el hombre contemporáneo. Esta magnanimidad tiene tanto la vertiente de acción como la de teoría, tanto de compromiso como de distanciamiento (distacco, asakta, non-attachment, desapego). Se precisa un enorme coraje intelectual y audacia espiritual para afrontar el mundo contemporáneo y se requiere una gran valentía para lanzarse a la acción cuando no se ve ninguna salida. Quien no sepa encarnar esta actitud podrá ayudar muy poco a mejorar la situación. El rencor, la venganza y por descontado el odio, no hacen sino empeorar aún más la situación. Como dice Shantideva: «Si tú te irritas porque el otro se ha irritado y estás furioso porque el otro está furioso, lo único que habrás conseguido es que haya dos personas irritadas y furiosas más en el mundo». No es esta la solución; y no obstante, esto no significa ser insensible. Para centrarme ahora en mi tema, una vez hemos intentado lograr esta grandeza de alma, esta serenidad ante las realidades intolerables, me gustaría hacer algunas reflexiones sobre la diversidad de las culturas. Desearía hacer unas cuantas, quizás bastante más diversas de lo que se ha hecho hasta ahora, y os pido de entrada perdón por todos mis errores. En mi opinión, la diversidad no puede ser un proyecto, ya que se cae en una de las

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peores trampas de la modernidad tecnocrática: todo debería ser proyectado, previsto, programado. ¿No es este el orgullo de la ciencia moderna que nos predice lo que sucederá, cómo se comportarán las cosas? Me permito decir que quien vive la vida como un proyecto será infeliz hasta la muerte. No lo podrá realizar nunca. El futuro sólo es un espejismo del presente, lo que no significa que no sea real como tal. Esta ilusión de futuro, este espejismo es una de las fuerzas más potentes de una o de pocas de las civilizaciones actuales, pero no es pluricultural; ciertamente no es universal. Hablo del mito de la historia, que no debemos confundir con la experiencia del tiempo. Hago a modo de paréntesis una distinción fundamental entre invariantes humanas y universales culturales, para añadir que existen invariantes humanas: todos tenemos cuerpo, todos comemos, todos andamos, todos hablamos, a todos nos gustan unas cosas, etc. Existen invariantes humanas, pero no universales culturales. Pertenece precisamente a la cultura dominante que nos hayan querido hacer creer que existen universales culturales. La comida, para unos es ingerir proteínas, para otros es mantenerse en forma, para otros es algo comunitario muy hermoso, para otros es comunicarse con la divinidad, para otros... es completamente distinto. No hay universales culturales. Y cierro el paréntesis. Digámoslo de otro modo: una de las manías, o dicho con más elegancia, uno de los inventos geniales de Occidente, genial porque caemos en él todos rápidamente (yo soy un enamorado de Occidente pero no desearía idolatrarlo como al único Dios, yo que ni siquiera soy monoteísta) es el descubrimiento de la clasificación. Abrid cualquier libro de texto de la universidad o de la escuela, y veréis como todo se clasifica. Lo clasificamos

todo. El árbol de Porfirio se extiende por todas partes: vivo/no vivo, material/no material, así/asá, sulfúrico-sulfurososulfhídrico... Vamos catalogándolo todo: indios/no indios, cristianos/no cristianos, ricos/pobres, norte/sur, creyentes/no creyentes, buenos/malos...Y sirve muy poco, indiscutiblemente sirve. Lo que sucede es que cuando caemos en la trampa de la clasificación ya no hay salida. Reíros de los laberintos de Ariadna y de otros por el estilo. Una vez que nuestra cabeza ha empezado a clasificar, no sólo llegan los ordenadores, sino que ya no hay manera de escapar de su poder. Hemos clasificado incluso al hombre, y por esto lo hemos reducido al individuo. Incluso ahora nos estamos contagiando de la obsesión norteamericana que nos querría llamar "humanos” (y no hombres) como si fuésemos miembros de una clase. De aquí a los campos de concentración ya no hay solución de continuidad excepto el freno moral, que a veces se estropea. Tú eres un individuo, uno, y hay cincuenta mil como tú, y si estorbas demasiado, pues... fuera. Otro te reemplazará. No sabemos pensar sin clasificar. Mejor dicho, o más bien mucho peor: creemos que clasificar equivale a pensar. Pensar ya no es el acto creador por el cual el hombre conoce, es decir, se identifica con la realidad y así la modifica. Pensar se ha confundido con calcular, es decir, con clasificar. La lógica se ha convertido en lógica de clases o ha degenerado en lucha de clases. Pero no sigo por este camino porque sólo quería decir que las culturas no son especies de ningún género, que las culturas no se dejan clasificar, que si empezamos a clasificarlas empezaremos a hacer posibles los genocidios culturales, porque una cultura que a mí me sirva un poco más, evidentemente será superior en la clasificación, y suplantará a aquella que tenga una clasificación inferior.

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Cuando empezamos a clasificar nos empezamos a separar de la realidad. Toda clasificación presupone un trasfondo común. Y cada cultura tiene el suyo propio. Este es el que la constituye. La clasificación de culturas es un pecado intercultural. A hacer tomar conciencia de este pecado he dedicado gran parte de mi vida... Brevemente, la diversidad cultural no es tal diversidad porque no tenemos tela de fondo dónde situarla. ¿Es necesario que diga que las culturas no son folklore, distintas formas de bailar o divertirse? Este lápiz no es esta pluma. Sabemos que son distintos porque lo son en relación con una cosa común que se llama instrumento para escribir. Creemos, más o menos inconscientemente en el fondo, que una cultura es superior porque puede incluir a muchas otras y nos permite ver su diversidad. No niego que existan culturas más amplias y culturas más estrechas, pero incluso en este caso el criterio de clasificación debería ser admitido por ambos grupos culturales. No debemos olvidar que las abstracciones son siempre extractos de la realidad. Lo que existe, que es muy difícil de expresar con nuestro lenguaje, acostumbrado a la extrapolación universalizante, es la inconmensurabilidad entre las culturas. Y dado que esto no podemos dominarlo, dado que no podemos clasificarlo, como que con esto no podemos empezar a decir que nosotros somos los buenos o superiores, nos resulta incómodo. Las culturas no es que sean diversas, es que son inconmensurables. Cada cultura es un mundo, cada cultura es un universo y no sólo una forma de ver y de vivir la realidad, es otra realidad. Y esta realidad yo no la veo. Es el otro el que me la hace ver, quien me la revela cuando le Eschcho. Y le escucho sólo cuando le quiero. Y le quiero sólo cuando le conozco. Todo va ligado.

Esto no significa que no haya mitos interculturales que permitan en un momento dado condenar unánimemente a culturas que llamaríamos degeneradas o inhumanas. Pero no podemos absolutizar criterios. Pensemos que las culturas de guerra aún son admitidas en nuestros días. En la interculturalidad hay una trampa escondida en la ambigüedad de la palabra. Es obvio que debemos abrirnos a las demás culturas, que no nos podemos encerrar en nosotros mismos, que debemos abrir las pequeñas barreras que nos van limitando a cada uno de nosotros. Esto es evidente, pero pensar que yo puedo ser supracultural por encima de todas las culturas porque sé más, porque soy «intercultural» es caer en el mito negativo de la interculturalidad. Yo diría que el mito es aquello que se cree de tal manera que ni tan sólo se cree que se cree: es la evidencia misma; es -de una manera exactael horizonte de inteligibilidad que nos permite detener la indagación, y que de otro modo sería ad infinitum. La interculturalidad sana es aquella que por ósmosis, asimilación y estimulación se abre a lo que ve de positivo en otras culturas. Este reconocimiento de la inconmensurabilidad de las culturas es el pluralismo. Cada visión del mundo pide respeto, aunque no se entienda, respeto aunque se crea mala y contraproducente, y por tanto luchemos contra ella, pero con respeto. Se ha citado a los indios del Canadá, que piden perdón al árbol antes de cortarlo, y después de haberlo hecho le dan las gracias; y las dos operaciones son hechas sin cinismo de ningún tipo, porque en el fondo también será la alegría del árbol haber sido útil al ser humano que lo ha cortado. Yo no defiendo un «pacifismo» ingenuo, suponiendo que deberíamos reservar esta palabra para un pacifismo crítico. El árbol (digo el árbol del indio, no los bosques del Amazonas) tiene que ser cortado.

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Si cada cultura es única, no hay una super-cultura. Por tanto no se puede afirmar con metodología sana que una cultura sea superior a las otras. Son distintas y, por tanto, desafían a la razón de establecer entre ellas cualquier clasificación. Yo puedo hacer miles de clasificaciones siempre que tenga en cuenta el principio clasificatorio que me sirve para efectos pragmáticos. Pero ni me sirve para vivir y entender lo que es cultura porque, si no se vive desde dentro ni se vive ni se comprende. Y, en consecuencia, la misma idea de un orden mundial único, por ejemplo, que en el fondo quiere decir una sola cultura, es un pecado de lesa humanidad. Representa una denigración de lo que es el ser humano, querer reducirlo a una cosa que más o menos se puede clasificar, manipular. Esta es la trampa. Cuando digo pluralismo no quiero decir plural; cuando digo, por ejemplo, en términos más filosóficos, que la verdad es pluralista, no quiero decir, de ninguna manera, que verdades haya muchas, digo que la verdad no es ni una ni muchas y que no se deja cuantificar de ninguna manera. Si nosotros sólo utilizamos la razón raciocinante para ver la realidad, entonces debemos componer, dividir y comparar. Pero la vida no es sólo una función de la razón raciocinante, ni el razonar tampoco se puede reducir a hacer silogismos. Es muy curioso y significativo que en la mayoría de las lenguas modernas europeas haya desaparecido un caso gramatical que nos permitiría tener otra experiencia de la realidad. Me refiero al dual que existe aún en el sánscrito y en griego, pero que en el latín ya no se encuentra. El dual no es ni un árbol, ni muchos árboles. Son dos árboles con una forma gramatical diferente y personalidad propia. Dos personas es una entidad diversa que no es plural, es dual.

Conservamos algunos restos: aún decimos «los padres», que no tiene nada que ver con el sexo masculino: es un dual, significa padre y madre, mis padres. «Los hermanos» tiene algo de ese colectivo. Las culturas, repito, son únicas, inconmensurables, y, por tanto, la diversidad cultural es mucho más revolucionaria que querer que muchas florecillas vayan floreciendo en mi jardín, en mi campo, en mi tierra -dentro de mi orden mundial, por muy tolerante que lo queramos hacer. Un gran pecado de nuestro tiempo, del que nosotros muchas veces no podemos ni siquiera escapar, es la reducción de las culturas al folklore. Pensar que cultura significa que puedo bailar, comer, vestirme como me dé la gana, y unas cuantas cosas más, pero en el fondo “when the chips are down you have to pay in dollars and speak English. That´s all”. Reducir cultura a folklore es el primer paso para conseguir lo que nos decían el otro día sobre el imperialismo cultural. No querría hablar ahora de él, pero sí me gustaría referirme a la estrategia de la resistencia. En primer lugar, insistiría en la superación del cripto-complejo de inferioridad que tienen casi todas las culturas de hoy en día, excepto la dominante, que tiene un concepto de superioridad feroz. Haría una excepción, entre las culturas que conozco, de la cultura bengalí que no tiene, o aún no tiene, complejo de inferioridad. Pero la mayoría de culturas tienen un criptocomplejo de inferioridad, y por este motivo se excusan constantemente diciendo que no quieren volver atrás sino que desean ser un poco más modernas, aunque a su manera. ¡Todo el mundo quiere ser científico hoy día! Si no superamos este complejo de inferioridad, que está muy arraigado, llegaremos a una esclavitud cultural como no ha existido nunca en nuestra historia, 500 años son demasiado pocos: a mí me gustaría hablar de los últimos 5.000 años que nos han ido creando hábitos y formas mentales que

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llegan a su fin hoy día. Nos hemos dado cuenta de que si no lo superamos el mundo irá de mal en peor y acabará en una catástrofe. Yo creo que uno de los responsables de este complejo de inferioridad, de este virus que está corroyendo por dentro a una inmensa mayoría de las culturas que aún están vivas, es la ciencia moderna. Es muy significativo que una gran mayoría de los dirigentes nativos de estas culturas de África, Asia y otros continentes, naturalmente muchos de ellos «formados» (informados, deformados), en las instituciones «modernas», aún quieren ser científicos, racionales y probar de alguna manera que también esto de la ciencia, que tiene tanto prestigio y poder cuando se aplica a la tecnología, es una verdad universal, una adquisición de toda la raza humana. Yo creo que si no lo superamos, y no es nada fácil de hacer, no eliminaremos este complejo de inferioridad de la mayoría de las culturas que entran en contacto con el llamado «mundo moderno». Es la Tentación de que también «Nosotros» querríamos construir aviones, computadoras y tener aquel poder material que tanto deslumbra. El problema de la ciencia moderna es un problema enorme que no se puede despreciar de ninguna manera, que tampoco se puede negar, pero que en ningún caso, desde el punto de vista de otras culturas, se puede erigir en un absoluto o una condición sin la cual no se puede alcanzar hoy en día una vida plenamente normal. Si caemos en esta trampa, la fagocitosis científica se lo tragará todo. La cultura científica sabe muy bien que las demás no tendrán nunca una connaturalidad con aquello que no han creado: esta ciencia y esta cultura. En este punto debo añadir tres pensamientos: no todo es oscuro en las demás culturas; es un hecho histórico que han pasado por momentos muy bajos, pero también es un hecho que hay un despertar muy fuerte en algunos

ambientes que ya no se tragan la propaganda de la superioridad cultural de Occidente. Añado también que no todo es negativo en occidente y que quizás las fuerzas más vivas de resistencia cultural se encuentran en el seno de la misma civilización occidental. Y debo añadir además que también deberíamos pensar en la posibilidad de que quizás sí que la civilización occidental hoy en día, y desde la perspectiva de nuestro tiempo, muestra una superioridad innegable. La ciencia moderna es un ejemplo de ello y la metamorfosis por la que la ciencia contemporánea está pasando es otro y muy esperanzador. Pero ahora me gustaría pasar a mi segundo comentario sobre la resistencia. ¿Cómo resistir a la cultura dominante? Y aquí pediría aún algunos minutos para decir una cosa que no querría que fuera malentendida porque es muy delicada. ¿Cómo resistir? Yo diría: jugando al juego de la cultura dominante, honestamente pero sin obedecer sus reglas. Jugando honestamente pero haciendo trampas. Jugando un juego limpio, sencillos como palomas pero haciendo trampas como serpientes, no siguiendo las reglas. Aquí necesitamos un nuevo ethos, una nueva ética. No es anarquía lo que estoy defendiendo, sino una pluriarquía si se quiere, una nueva ética que nos muestra que la forma de supervivencia de esta inmensa mayoría de culturas que hoy día está dominada, ahogada, psíquica y espiritualmente, por las culturas e ideologías imperantes, no pueden sobrevivir si no se adaptan, juegan y dicen que son demócratas, que quieren hacer un estado, que aceptan la ciencia, el mercado o lo que sea. Pero si caen en la trampa de creer que este es el único camino posible ya se han condenado de entrada a desaparecer -han dejado entrar al nuevo caballo de Troya.

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He dicho «hacer trampa» para ir de prisa, aunque también he añadido la palabra "honestamente". En nuestro mundo de la objetividad no queda muy bien decir esto. Para hacerlo de manera muy breve y simbólica: el fuego le hacía falta a los hombres, pero Prometeo tenía otras formas de robarlo a los d ioses. Con un poco más de feminidad no le habría sido difícil hechizar a Zeus y hacerle dar el fuego. Otro ejemplo sería aquella parábola evangélica, para mí tan fantástica y que tantos quebraderos de cabeza ha causado a los exégetas: el uso hábil del dinero, el hacerse amigo del mammone iniquitatis del administrador astuto según Lucas XVI, 9. No sería responsable si no dijera que el tema de la ética es algo fundamental. No se trata de caer en un relativismo ético para huir de un absolutismo monocultural. Debemos buscar, como vía intermedia, la relatividad. Pero este no es mi tema, hoy. Tercero, la resistencia cultural tiene que ser realista también y no presentar batalla en los términos de la cultura dominante, que es lo que he ido diciendo. Pero también debe intentar abrirse a las culturas vecinas con el diálogo que yo llamo diálogo dialogal. No es un diálogo con todo el mundo, ya que con todo el mundo sólo puedo tener un contacto indirecto y mediatizado, ya sea vía satélite o en inglés. En cambio, con los vecinos puedo tener otro tipo de contacto en la escala humana. Este es el diálogo dialogal. Es forjando este diálogo que nos abrimos al otro, con nuevas categorías fundamentales del pensar. Así que abro la boca en la India en cualquiera de las lenguas occidentales tengo que decir estado, democracia, materia, tiempo, ciencia, libertad, pensar, individuo, hombre, mundo, pero todas estas categorías allí no valen: son exógenas. Si queremos superar el provincianismo cultural en que nos encontramos y queremos contribuir a que las otras culturas vuelvan a ser verdaderamente

ellas mismas, tenemos que aprender otros lenguajes. Las categorías fundamentales con las que nos expresamos no son universales. No tenemos que disculparnos por hacerlo, porque de algún modo tenemos que expresarnos, pero demasiado a menudo las absolutizamos más o menos inconscientemente. Decimos persona, ser humano, materia, energía, mundo, Dios, democracia, Estado, ciencia, tiempo... y empezamos a pensar que estos son conceptos universales para entendernos. Lo son ciertamente para nosotros, pero no para todo el mundo. Esta es la trampa del mono-culturalismo. Dejadme decir ahora de una manera muy rápida, hoy, en este día en que los cristianos celebran el Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo. Voy a hacer una relación de mi novenario intercultural, como si fuesen nueve dones del Espíritu. Son nueve puntos que sólo formularé -sin más elucubraciones. Primero. La cultura no es sólo una forma de vivir y de ver el mundo y la vida; sino que nos abre a una nueva realidad, a un nuevo universo. Cada cultura vive y crea su universo. Cuando digo universo quiero decir universo, es decir, que si yo me permito no creer que Andrómeda no está respecto a nosotros a tantos millones de años luz, no por ello seré un ser aberrante o ignorante. Simplemente no absolutizo ni el tiempo ni el espacio de la astronomía contemporánea que hace extrapolaciones gigantes cuando sale del sistema solar. Segundo. La cultura no es un objeto, ni siquiera un objeto del pensamiento, y por ello no se puede manipular con meros conceptos. No está siquiera sujeta a nuestra voluntad; es el mito englobante. La sociología sabe que las leyes culturales son de otro orden. Tercero. La esencia del colonialismo, del que tanto se ha hablado, y, en cierta manera también del imperialismo, del que

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ahora no querría hablar, es precisamente el mito de la mono-cultura: el creer que hay valores universales porque los vemos desde una sola cultura considerada como patrón universal. Yo me imagino que cuando en tiempos antiguos, hace 500 años, y quizás sólo hace 50, se decía «un Dios, una patria y un rey», o una religión, una civilización y una verdad, no había seguramente ninguna mala intención; se creía en ello. Se creía que era la única solución. Ahora lo hemos secularizado un poco más y vamos proclamando: una democracia, una ciencia, un gobierno universal, una banca mundial o una lengua única para que todo el mundo se entienda. Creer en el monoculturalismo es la esencia del colonialismo. Cuarto. La interculturalidad no se puede reducir a formas secundarias, y, en consecuencia a folklore, a formas secundarias marginales dentro del marco que yo llamo la tecnocracia, dentro del cual estamos todos metidos. Quinto. Desde una sola cultura no se puede hacer interculturalidad, es decir, desde una sola cultura yo no puedo salir de donde estoy, ni individualmente, ni como grupo, como cultura. Ninguna mentalidad de «nosotros solos», los católicos solos, los activistas solos, los americanos solos, o la gente de buena voluntad sola, ninguna realidad, ni los hombres solos, sin las plantas y los animales, sin los dioses, puede resolver el problema humano. Esto significa que necesito constitutivamente la presencia, la inquietud, la molestia, la amenaza del otro, el compañerismo, el amor, la ayuda, la colaboración, las dificultades del otro. En una palabra: no hay monólogo intercultural. Tiene que ser, por tanto, un diálogo en dos direcciones y dos hablas. Sexto. Desde todas las culturas a la vez tampoco se puede avanzar en la interculturalidad. No existe ningún lenguaje intercultural. Desde el momento en que abro la boca ya soy dependiente

de una determinada cultura. Sólo se es intercultural cuando dos culturas se abren la una a la otra -aunque las aperturas mutuas no tienen que ser necesariamente iguales. Es el dual del que hablaba. Si yo hablo como cristiano o como marxista, utilizo un lenguaje que no pueden escuchar un budista o un hindú porque creerán que soy esquizofrénico. Son cosas distintas. Cada cultura tiene su lengua y sus puntos de referencia. Cada cultura segrega, por así decirlo, sus criterios de verdad. Séptimo. Hoy hay problemas comunes, pero no hay soluciones comunes. No podemos negar que precisamente a causa de la dominación de la cultura dominante, hay problemas de hambre, de guerra, de violencia que están connotados por esta cultura, pero no existen soluciones comunes. Octavo. Las otras culturas están generalmente deslumbradas por la admiración o repulsión de la cultura dominante y, por tanto, se ha de superar la admiración acrítica, así como la repulsión o la rebelión, quizás un poco adolescente. Se pide de todos nosotros madurez, grandeza de alma, quilates espirituales... Dice la sabiduría china: «cuando un gong está bien forjado, golpees como golpees, lo sacudas como lo sacudas, dale un golpe por donde quieras y como quieras, su respuesta será siempre armónica y bella»; te responderá siempre bien. Noveno. Las alternativas son enclaves exteriores e interiores, necesarias pero no suficientes. Quiero decir con esto que debemos superar una de las cosas que a veces nos duelen: la creencia de que exista una alternativa. Mi respuesta es doble; primero, no hay una alternativa y si existiese una, estoy seguro de que mi alternativa sería peor de la que ahora hay. Porque la que hay ahora se ha construido, a pesar de todo, con muchas contribuciones y con mucho tiempo. La

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que yo pudiera proponer, o la que nosotros propusiésemos, dudo que fuera la solución; sería quizás un poco más justa, pero no duraría demasiado. Sin embargo, lo que sí hay son alternativas: pluralismo otra vez. No hay una alternativa que pueda reemplazar, digamos a la actual democracia, al actual capitalismo, a los actuales sistemas, la ciencia y la tecnología. Pero existen muchas alternativas posibles. Esta es nuestra tarea; y aquí debemos arriesgar la piel, y a veces la vida. Y como quiero terminar, y los catalanohablantes han tenido la mejor parte, quisiera hacer un resumen en castellano. Es reacción, como conclusión a la conmemoración de los 500 años, pero no es una reacción intelectual; es más bien artística, es más bien pictórica, es personal por lo menos. ¿Qué es lo que yo veo aquí en este cuadro de detrás de la mesa? (500). Primero, son dos anillos unidos por un cinco. Quisiera relacionar los dos anillos y el cinco. Dos anillos que representan estos dos grupos de culturas que durante 500 años se han hecho el amor (todos los mestizos no lo pueden negar) y la guerra (todas las víctimas tampoco lo pueden negar). Dos culturas o grupos de culturas que están unidas en un destino humano común y que no pueden separarse. Veo además, en segundo lugar, que están mutuamente encadenadas. No solamente son los anillos, son cadenas que nos encadenan en una tragedia común que tampoco podemos negar. Estamos unidos, queramos o no, en un destino común que podemos quizás salvar, pero es también una tragedia común que tenemos que aceptar. El infinito, que los dos símbolos también representan, nos debería enseñar a asimilar, perdonar, reconciliar y reparar. Tercero, veo además el símbolo, que desde Parménides hasta los Incas, tiene un valor extraordinario: la rueda, una circunferencia. Cada cultura es completa, es redonda, tiene todo lo necesario para

dar a sus habitantes aquello por lo cual pueden ganar su plenitud y adquirir su felicidad. No hay complejo de inferioridad, cada cultura es única, es completa y es redonda, y lo tiene todo si sabemos profundizar realmente en las raíces de nuestras propias tradiciones. Cuarto. A pesar de ser completas tienen un área común, pequeñita, pero que todavía existe, que es la que permite esta simbiosis, esta dialéctica, este forcejeo para mejorarnos, corregirnos los unos a los otros. No estamos unidos tangencialmente en un solo punto, sino en un área de 500 años de penas y glorias. Pero todavía hay, me fijaba ayer escuchando todo lo que se dijo en la mesa y sin intentar distraerme de lo que se decía, dos cosas más. Quinto. Hay algo que no es una anilla, que está al principio y que está abierto. Es la parte inferior del cinco, que es una apertura, una apertura hacia lo trascendente, un algo que si se cerrase negaría la libertad, un algo que ninguna de las dos anillas puede controlar, pero que en el yugo mismo es quien mantiene a las dos anillas unidas, un algo que no se cierra, que está abierto, que es misterioso, que es trascendente, que es divino o llámenlo como quieran... Más aún. Sexto. Veo también un cinco y así termino mi descripción, ¿no es verdad que las dos anillas, y esta abertura, somos el mundo entero? Las tres cuartas partes del mundo están aquí representadas, no ya por un círculo, ni por un anillo, ni por una abertura, sino por una salida hacia arriba, quizá rectilínea, que no entra en ese juego. Es todo el continente de Asia, y gran parte del continente africano y Oceanía, que ven esto muy bien, pero que nos recuerdan que no debemos reducir la tragedia humana, el destino humano, la belleza del ser vivo, exclusivamente a estos dos anillos y medio o a los problemas que hemos mencionado. Y solamente entonces es cuando uno se libera y sabe que estamos participando en

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una aventura cósmica y divina, que está simbolizada en los cinco mil años cumplidos, con las dos anillas que se aman y se rechazan, pero que se juntan y que no se pueden separar, pero con un 5

que sale hacia arriba, gritando y diciendo que pena de ser vivida si sinceridad, con alegría, pasión. Gracias.

que nos está la vida vale la la vivimos con con joia y con

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