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CARACTERISTICAS DE LA ALTA EDAD MEDIA

CARACTERISTICAS DE LA ALTA EDAD MEDIA

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REPORTE PARA LA MATERIA DE MONOGRÁFICO DE FILOSOFÍA MEDIEVAL
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UNIVERSIDAD DE EL SALVADOR FACULTAD DE CIENCIAS Y HUMANIDADES DEPARTAMENTO DE FILOSOFÍA MONOGRÁFICO DE FILOSOFÍA MEDIEVAL

PROFESOR: Lic. Jorge Montenegro

ALUMNOS: Rojas López, José Gustavo Quinteros Portillo, Edgar Ernesto

Ciudad Universitaria, 19 de Marzo de 2012

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ÍNDICE

Introducción 1. 2. Elementos de la realidad que dieron paso a la Alta Edad Media. Características culturales de la Alta Edad Media. A. B. C. 3. 4. 5. El espíritu de Caballero. El espíritu cortesano. Economía y Educación. 6 6 7

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La imagen del Universo. El Saber. El poder papal. La nueva unidad europea. 10 8-9

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CONCLUSIÒN

Introducción.

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Durante los primeros siglos de la Edad Media, la filosofía se nutre de saber teológico. Lo pagano había venido a parar a la negación. La exageración de los principios platónicos había conducido a negar el conocimiento, sustituido por el éxtasis; el éxtasis arrastraba a la anulación de la individualidad, y la gran Unidad, Dios mismo, venía a ser implícitamente negado: porque la unidad simplicísima excluye hasta la existencia, que es ya una complicación. Los sistemas del lado opuesto habían engendrado el escepticismo y el materialismo. La negación circundaba el pensamiento por todas partes. El cristianismo, basado en la revelación, descendía de Dios al hombre; es decir, tenía un carácter sintético, por lo cual aprovecha de la antigua ciencia cuanto conviene a su desenvolvimiento. Los grandes hombres del cristianismo sienten ante todo el apremio de defender la religión de los ataques asestados por los paganos y de patentizar las excelencias de su doctrina. De tal necesidad nace la filosofía apologética. Vencido el paganismo, la Iglesia experimentó la urgencia de edificar, de fijar el dogma, y entonces acude a la ubérrima tradición platónica juzgándola como una preparación de la doctrina revelada. Los filósofos de la Edad Media aceptaron más o menos que el cristianismo era lo verdadero. Pero la cuestión que en ésta época se plantea es que si había que tener fe para así creer en los milagros cristianos o también se podía acceder a las verdades cristianas mediante la razón. La filosofía medieval se basó prácticamente en la cuestión de que si eran compatibles la fe y la razón. La alta Edad Media es el periodo que transcurre desde la disolución del Imperio carolingio hasta la crisis medieval que se anuncia ya en pleno siglo III y que hace irrupción en el XIV, dando origen a la baja Edad Media. Puede decirse que este periodo constituye la etapa de gestación y maduración del proceso creador que representa la Edad Media.

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1. Elementos de la realidad que dieron paso a la Alta Edad Media.

El Imperio carolingio fue una vasta creación política, admirable por la deliberada voluntad con que se atendió a su construcción. Más que una creación, el imperio organizado por Carlomagno fue una restauración, construida sobre la base de algunos elementos reales y muchos elementos adventicios proporcionados por el recuerdo, lleno de prestigio de la Roma secular. Con la muerte del emperador, la obra que había realizado con tanto esfuerzo y tan sostenida voluntad empezó en seguida a desmoronarse y poco después no quedaba de ella sino una sombra cada vez más esfumada. A pesar de todo, el imperio había sido una aspiración vehemente y había provocado un justo orgullo en sus artífices y una sensación de seguridad en sus súbditos. El Imperio carolingio tropezaba con serios inconvenientes para su perduración. Las condiciones de la realidad se oponían a la subsistencia de una vasta unidad administrativa, sobre todo por la creciente disminución de la capacidad técnica. Entonces el índice de la eficacia práctica había disminuido considerablemente; la construcción y conservación de los caminos, la regularidad y seguridad de los transportes marítimos, el ajuste de los órganos administrativos, la unidad de acción de los diversos cuerpos militares, etc. Todo ello había dejado de tener la precisión que poseyera durante los primeros tiempos del Imperio romano, y esa creciente desorganización era incompatible con un régimen centralizado que debía ejercer su acción sobre un vastísimo territorio. Las invasiones no hicieron sino acentuar ese proceso, profundizando la inconexión entre las distintas áreas, restringiendo su desarrollo comercial, asentándose sobre una economía eminentemente rural, y sobre todo haciendo perder la capacidad técnica que antaño caracterizaba a los romanos. Los restos de un precioso saber, referido al ejercicio de la administración y fomento de la vida económica y conservada por la tradición, se fueron perdiendo por la falta de ejercicio. A este panorama debió agregarse poco después la interrupción de las comunicaciones marítimas por el Mediterráneo, debido al predominio de las naves musulmanas.
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Cuando la férrea voluntad de Carlomagno faltó en el gobierno, las fuerzas disgregadoras no tuvieron ya freno y consumaron la subdivisión del ámbito político carolingio en tantas pequeñas unidades como jefes hubo capaces de asentar su autoridad personal. Así sucumbió el imperio y surgieron los señoríos, vagamente organizados dentro de un sistema de reinos, cada uno de los cuales constituía más una virtualidad que una fuerza efectiva. Lo que siguió al proceso de disgregación que se opera en el curso del siglo IX fue una lucha universal por el predominio en las diversas regiones. Poderes de facto, los de los señores no reconocían con frecuencia otro límite jurisdiccional que el que les asignaban sus propias fuerzas, y cada uno de los magnates procuraba acrecentar el suyo con el esfuerzo de su brazo. De tal modo que a la antigua unidad política siguió una infinita parcelación del poder, y el antiguo anhelo ecuménico se proyectó hacia el plano ideal, en el que la cristiandad constituía la única unidad concebible, representada, si, por el papado, que vería crecer su fuerza por esa misma causa.

2. Características culturales de la Alta Edad Media.

Los albores de la Alta Edad Media vieron el retroceso de los ideales cristianos, tras el avance y casi el triunfo que para ellos significó la ordenación del Imperio carolingio. La iglesia había logrado entonces superponer la defensa de la cristiandad a los intereses políticos inmediatos, y había conseguido con ello acrecentar su influencia y enaltecer los valores que defendía. Como los musulmanes, también éstos comenzaron a sentir que el heroísmo no valía tanto por sí mismo como por los objetivos en cuya defensa se ponía de manifiesto. Y esos objetivos eran, precisamente, el triunfo de una fe cuya esencia no residía en la vida activa, sino en la vida contemplativa, lo cual entrañaba una contradicción lo suficientemente profunda como para que se necesitara un largo plazo para superarla y establecer sólidamente las bases de una conciliación. Y cuando comenzaron a producirse los distintos fenómenos que concurrieron a la instauración del orden feudal, el sentimiento heroico de la vida volvió a florecer en las aristocracias al calor de las exigencias cotidianas que, en efecto, hacían del heroísmo la más importante de las virtudes.
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Este renacimiento del espíritu heroico caracteriza toda la alta Edad Media, que bien podría llamarse la época feudal por excelencia. Ya se verá cómo, poco a poco, reconquistó el cristianismo su ascendiente por un proceso semejante al que se había producido a fines de la temprana Edad Media. Pero si eso fue posible, se debió a que el cristianismo no abandonó nunca el campo y mantuvo ciertos reductos inexpugnables, especialmente entre las clases no privilegiadas. En ellas no había lugar para el sentimiento heroico ni ocasión par a la exaltación guerrera, pues el combate les estaba vedado en cuanto tenía de glorioso. Fueron las clases humildes las que conservaron y alimentaron el sentimiento cristiano, irradiado desde los monasterios sobre todo. En los que la caridad encontraba el único reducto. La ayuda y el consuelo, tan escasos o remotos como pudieran ser, constituían acaso la única satisfacción que los grupos no privilegiados recibían en una sociedad basada en la desigualdad jurídica y en el reinado de la fuerza.

A. El espíritu de Caballero. La espada es el signo del caballero y el combate su única justificación. Ningún lugar queda en su corazón para la contemplación de Dios, a quien honra exteriormente, pero desobedece en el fondo o lo desconoce, en cuanto vive una existencia alejada de sus enseñanzas. Con las agresiones musulmanas y el espíritu luchador del Caballero, la iglesia veía llegado su momento de avanzar. El espíritu de cruzada se forjó en las postrimerías del siglo XI, pero campeó como un elemento director de la conducta del caballero durante el XII y el XIII. El objetivo ahora trascendía al individuo; era la conquista del Santo Sepulcro, la defensa de la fe, la destrucción de los infieles, hasta la destrucción de los herejes surgidos en el mismo seno del mundo cristiano. Si el individuo había de alcanzar una gloria excelsa, había de ser en la medida en que sirviera esos objetivos, como un Godofredo de Bouillon, como un San Luis.

B. El espíritu cortesano.
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También el espíritu de cortesano comenzó a aparecer como resultado de una pertinaz pérdida a favor de un endulzamiento de las costumbres, que caía sobre terreno propicio en algunos lugares donde ya había llegado la delicada influencia de las cortes musulmanas. Poco a poco, las ásperas fortalezas comenzaron a acoger una sociedad menos obsesionada por la guerra y los señores sintieron el halago de una vida menos feroz que aquella que vivían. Sin duda, además de la influencia musulmana, fue la Iglesia la que contribuyó a enaltecer la significación de la mujer, con cuyo predominio aparecieron costumbres y formas de vidas muy diversas de las que antes prevalecían. Ellas representaban el espíritu, la gracia, y sobre todo el primado del amor, amor terreno sublimado en el que se reflejaba el amor divino. A su alrededor el héroe se transformaba en caballero cortesano y sus virtudes dejaban de ser solamente las del puro valor viril para combinarse con las del espíritu. Elegancia, gracia, finura eran prendas que brillaban tanto en el caballero como su habilidad o su fuerza en el combate o en el torneo. Artùs o Lancelot comenzaban ahora a ser los modelos predilectos de los caballeros.

C. Economía y Educación. También comenzaban a desgajarse de la férrea estructura económicosocial del feudalismo una clase social nueva, la burguesía, que crecía muy pronto y aceleraría el próspero desarrollo de las ciudades, generalmente con el apoyo de los reyes. Para ella el trabajo y la riqueza eran los valores supremos, alimentado por cierto realismo de poco vuelo que bien pronto pondría de reflejo el naciente teatro profano. Pero el trabajo se orientaba también hacia la actividad intelectual, y de su seno había de salir buena parte de la clase de los letrados, eclesiásticos y laicos, que brillaron durante los dos grandes siglos de la cultura de la alta Edad Media, el XII y XIII. Ellos dieron brillo a las Universidades, crearon el vasto monumento de la escolástica y trabajaron por la reordenación de las formas de convivencia apoyando a

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una monarquía que debía regirse según las sabias descripciones del derecho romano. Mientras los más humildes y desamparados se refugiaban en la esperanza de otra vida mejor, la burguesía empeñaba una lucha por el predominio en el terreno de las realidades, sin temor a los fracasos y con cierta oscura conciencia de su fuerza. El dinero fue su arma de combate, y fue también uno de sus mejores instrumentos de expresión. Gracias a él surgieron las catedrales y los ayuntamientos, la vasta red comercial, las ciudades populosas, fuerzas todas destinadas a quebrar el orden feudal.

3. La imagen del Universo. El Saber.

El triunfo del sentimiento cristiano fue decisivo, pues, en la alta Edad Media; pero, en tanto que en las clases aristocráticas perduraban otras influencias que habían reverdecido durante la época de las segundas invasiones, en las clases no privilegiadas mantenía aquel un ininterrumpido vigor desde la temprana Edad Media. En ellas, pues, floreció en los siglos XI, XII y XIII, y gracias a ellas se obtuvieron los sazonados frutos que hacen de esa época el momento más brillante y coherente de la cultura medieval. El rasgo más característico es la presencia del “más allá” saturando toda la concepción de la vida, toda la interpretación de la realidad, todo el problema de la conducta. Era, por una parte, el más allá después de la muerte, y por otra, cierto mundo de misterio que asomaba a cada instante por los rincones de la realidad inmediata, imprimiéndole un vago aire de misterio y sorpresa. El mundo después de la muerte, con su infierno, su purgatorio y su cielo, había sido imaginado muchas veces antes de que Dante le proporcionaría, en las postrimerías de la Edad Media, los rigurosos perfiles que aparecen en la Comedia. En otro plano, el “más allá” constituía una realidad que era necesario definir con precisión, y la teología consideraba que era su misión primordial. Poco después comenzaron a sistematizarse los estudios en las universidades, en las que, al lado de la teología, se estudiaban la filosofía, el derecho, la medicina y las siete artes liberales. Así surgieron Universidades como la de Parma 1100, la de París 1120, la de Oxford 1130, etc. El núcleo de los estudios fueron en esta época los problemas teológicos, al servicio de cuya elucidación estaba la filosofía. A
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partir del siglo XI se centraron las preocupaciones en el llamado problema de los universales, esto es, de los conceptos, frente al cual se adoptaron dos posiciones antagónicas. Mientras la escuela de Chartres, de orientación fuertemente agustiniana, defendía la posición realista (Los conceptos son cosas) en cuya defensa brillaron San Anselmo y Guillermo de Champeaux, por su parte Roscellino de Compiègne sostuvo la tesis nominalista (Los conceptos son voces). Así del campo de la mera especulación, el antagonismo trascendió a la lucha práctica. Los franciscanos fueron ardientes defensores del realismo; los dominicos tomaron partido por el nominalismo, en cuyo desarrollo influyó notablemente el conocimiento de Aristóteles, que empezaba a circular gracias a las traducciones realizadas por árabes y judíos. Pero muy pronto surgieron también las tesis conciliatorias, como las de Abelardo, Gilberto de la Poirè, Pedro Lombardo, y sobre todo las que, ligeramente inclinadas hacia el nominalismo, ordenó Santo Tomás dentro de un sistema monumental. De este modo quedó fundada la escolástica, un método de discusión de los problemas basado en el principio de la fundamentación y la refutación de las opiniones –no en el descubrimiento de nuevas verdades-, con el que se procuró llevar hasta sus últimas consecuencias el conjunto de nociones dogmáticas sostenidas por la fe. Pues Anselmo de Cantorbery había afirmado en la aurora del renacimiento filosófico del siglo XI el principio radical del pensamiento cristiano: Credo ut intelligam, esto es, creo para luego entender lo que creo por el camino de la razón. El florecimiento de la escolástica corresponde al siglo XIII, en el que desarrollaron su pensamiento dos filósofos de orientación agustiniana –y de orden franciscana-, Alejandro de Hales y San Buenaventura y dos filósofos de orientación aristotélica –y de la orden dominica-, Alberto Magno y Santo Tomàs de Aquino. El predominio de una ordenación sistemática condujo a estos últimos a la construcción de vastas enciclopedias del saber teológico, las Summas, que constituyeron, en cierto modo, los documentos de ciertas posiciones irreductibles.

4. El poder papal.

Durante la alta edad media la Iglesia católica, organizada en torno a una estructurada jerarquía con el papa como indiscutida cúspide, constituyó la más sofisticada institución de gobierno en Europa occidental. El Papado no sólo ejerció
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un control directo sobre el dominio de las tierras del centro y norte de Italia sino que además lo tuvo sobre toda Europa gracias a la diplomacia y a la administración de justicia (en este caso mediante el extenso sistema de tribunales eclesiásticos). Además las órdenes monásticas crecieron y prosperaron participando de lleno en la vida secular. Los antiguos monasterios benedictinos se imbricaron en la red de alianzas feudales. Los miembros de las nuevas órdenes monásticas, como los cistercienses, desecaron zonas pantanosas y limpiaron bosques; otras, como los franciscanos, entregados voluntariamente a la pobreza, pronto empezaron a participar en la renacida vida urbana. La Iglesia ya no se vería más como una ciudad espiritual en el exilio terrenal, sino como el centro de la existencia. La espiritualidad altomedieval adoptó un carácter individual, centrada ritualmente en el sacramento de la eucaristía y en la identificación subjetiva y emocional del creyente con el sufrimiento humano de Cristo. La creciente importancia del culto a la Virgen María, actitud desconocida en la Iglesia hasta este momento, tenia el mismo carácter emotivo.

5. La nueva unidad europea. Durante el siglo XIII se sintetizaron los logros del siglo anterior. La Iglesia se convirtió en la gran institución europea, las relaciones comerciales integraron a Europa gracias especialmente a las actividades de los banqueros y comerciantes italianos, que extendieron sus actividades por Francia, Inglaterra, Países Bajos y el norte de África, así como por las tierras imperiales germanas. Los viajes, bien por razones de estudio o por motivo de una peregrinación fueron más habituales y cómodos. También fue el siglo de las Cruzadas; estas guerras, iniciadas a finales del siglo XI, fueron predicadas por el Papado para liberar los Santos Lugares cristianos en el Oriente Próximo que estaban en manos de los musulmanes. Concebidas según el Derecho canónico como peregrinaciones militares, los llamamientos no establecían distinciones sociales ni profesionales. Estas expediciones internacionales fueron un ejemplo más de la unidad europea centrada en la Iglesia, aunque también influyó el interés de dominar las rutas comerciales de Oriente. La alta edad media culminó con los grandes logros de la arquitectura gótica, los escritos filosóficos de santo Tomás de Aquino y la visión imaginativa de la totalidad de la vida humana, recogida en la Divina comedia de Dante Alighieri

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CONCLUSIÒN

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Consideramos que el abordaje del pasado con perspectiva histórica nos permite abrirnos de mejor manera al conocimiento de los hechos y sucesos de la alta Edad Media. Al realizar un estudio en retrospectiva nos percatamos que todos y cada uno de los hechos tiene relaciones directas e indirectas y que la relación entre ellos marcan hitos y sucesos de especial reconocimiento. Tal es el caso de la turbulenta Edad Media que a pesar de sus crisis van surgiendo condicionantes políticos, económicos, sociales y espirituales permiten la llegada de la época que conocemos como “Alta Edad Media”; una época de maduración en todos los aspectos de la realidad y que afirman su progreso y desarrollo.

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