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Título original: Las Moradas Filosofales


Edición original: Plaza & Janés

Responsables de esta edición:

Transcripción/Maquetación- El Cenáculo (http://pagina.de/cena)


Agradecimientos- Flameus, Palociego.

Edición limitada a ejemplares, Enero, año 2000.

© 2000, Hijos del Arte.

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LAS MORADAS FILOSOFALES

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ÍNDICE GENERAL

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Las Moradas Filosofales, ÍNDICE GENERAL

ÍNDICE GENERAL

PREFACIOS
Prefacio a la primera Edición Francesa ..................................... 13
Prefacio a la segunda Edición Francesa .................................... 15
Prefacio a la tercera Edición Francesa ....................................... 23

LIBRO PRIMERO
Historia y monumento ............................................................... 33
Edad Media y Renacimiento ..................................................... 37
La alquimia medieval ................................................................ 39
El laboratorio legendario ........................................................... 41
Química y filosofía .................................................................... 43
La cábala hermética ................................................................... 51
Alquimia y espagiria .................................................................. 57

LIBRO SEGUNDO
La salamandra de Lisieux .......................................................... 69
El mito alquímico de Adán y Eva .............................................. 87
Lous d'Estissac, gobernador del Poitou y de la Saintonge,
gran oficial de la corona y filósofo hermético ........................... 95
El hombre de los bosques, heraldo místico de Thiers ............... 119
El maravilloso grimorio del castillo de Dampierre ................... 129
Los guardias de escolta de Francisco II, duque de Bretaña ....... 183
El reloj del sol del palacio Holyrood de Edimburgo ................. 203
Paradoja del progreso ilimitado de las ciencias ......................... 211
El reinado del hombre ............................................................... 215
El diluvio ................................................................................... 215
La Atlántida ............................................................................... 217
El incendio ................................................................................. 218
La edad de oro ........................................................................... 219

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PREFACIOS

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Las Moradas Filosofales, PREFACIO A LA PRIMERA EDICIÓN FRANCESA

PREFACIO A LA PRIMERA EDICIÓN FRANCESA

Considerada largo tiempo como una quimera, la alquimia interesa cada día más al mundo científico. Los trabajos
de los sabios acerca de la constitución de la materia y sus recientes descubrimientos prueban con toda evidencia la
posibilidad de disociación de los elementos químicos. Ya no se duda ahora de que los cuerpos tenidos por simples
sean, por el contrario, compuestos, y la hipótesis de la insecabilidad atómica apenas encuentra ya partidarios. La
inercia decepcionante desaparece del Universo, y lo que ayer se consideraba herejía se ha convertido hoy en
dogma. Con una uniformidad de acción impresionante, pero en grados diversos, la vida se pone de manifiesto en
los tres reinos de la Naturaleza, netamente separados antaño, y entre los cuales ya no se hace distinción. El origen
y la vitalidad son comunes al triple grupo de la antigua clasificación. La sustancia bruta se revela animada y los
seres y las cosas evolucionan y progresan en transformaciones y en renovaciones incesantes. Por la multiplicidad
de sus cambios y de sus combinaciones, se alejan de la unidad primitiva, mas para recuperar su simplicidad
original bajo el efecto de las descomposiciones. Sublime armonía del gran Todo, círculo inmenso que el Espíritu
recorre en su actividad eterna y que tiene por centro la única parcela viviente emanada del Verbo creador.
Así, tras haberse alejado del recto camino, la ciencia actual trata de volver a él adoptando, poco a poco, las
concepciones antiguas. A la manera de las civilizaciones sucesivas, el progreso humano obedece a la ley indudable
del perpetuo recomenzar. Respecto a todos y en contra de todos, la Verdad acaba siempre por triunfar, pese a su
lento avance, penoso y tortuoso. El buen sentido y la simplicidad se sobreponen, tarde o temprano, a sofismas y
prejuicios. «Puesto que nada hay escondido -enseña la Escritura- que no deba ser descubierto, ni nada secreto que
no deba ser conocido.» (Mateo, X, 26.)
Sin embargo, sería erróneo creer que la ciencia tradicional cuyos elementos ha reunido Fulcanelli se haya puesto,
en la presente obra, al alcance de todos. El autor no ha pretendido eso en absoluto, y se engañaría del todo quien
esperara comprender la doctrina secreta tras una simple lectura. «Nuestros libros no son escritos para todos -
repiten los viejos maestros-, si bien todos son llamados a leerlos.» En efecto, cada uno debe aportar su esfuerzo
personal, absolutamente indispensable si desea adquirir las nociones de una ciencia que jamás ha cesado de ser
esotérica. Por ello, los filósofos, con objeto de esconder sus principios al vulgo, han cubierto el antiguo
conocimiento con el misterio de las palabras y el velo de las alegorías.
El ignorante no es capaz de perdonar a los alquimistas que se muestran tan fieles a la disciplina rigurosa que han
aceptado libremente. Mi maestro, lo sé, no escapará al mismo reproche. Ante todo, le ha sido preciso respetar la
voluntad divina, dispensadora de la luz y de la revelación. Así mismo, ha debido obediencia a la regla filosófica,
que impone a los iniciados la necesidad de un secreto inviolable.
En la Antigüedad, y sobre todo en Egipto, esta sumisión primordial se aplicaba a todas las ramas de las ciencias y
de las artes industriales. Ceramistas, esmaltadores, orfebres, fundadores y vidrieros trabajaban en el interior de los
templos. El personal obrero de los talleres y los laboratorios formaba parte de la casta sacerdotal. Desde la época
medieval hasta el siglo XIX, la Historia nos ofrece numerosos ejemplos de organización parecida en la caballería,
las órdenes monásticas, la Masonería, las corporaciones, las cofradías, etc. Esas múltiples asociaciones, que
guardaban celosamente los secretos de la ciencia o de los oficios, poseían siempre un carácter místico o simbólico,
conservaban usos tradicionales y practicaban una moral religiosa. Se sabe cuánta era la consideración de que
gozaban los gentileshombres vidrieros cerca de los monarcas y los príncipes, y hasta qué punto esos artistas
llevaban sus precauciones para evitar la difusión de los secretos específicas de la noble industria del vidrio.
Estas reglas exclusivas tienen una razón profunda. Si se me preguntara cuál es, respondería, simplemente que el
privilegio de las ciencias debería ser patrimonio de los sabios de élite. Al caer en el ámbito popular, distribuidos
sin discernimiento entre las masas y explotados ciegamente por ellas, los más hermosos descubrimientos se
evidencian mas perjudiciales que útiles. La naturaleza del hombre lo empuja voluntariamente hacia lo malo y lo
peor. Lo más frecuente es que aquello que pudiera procurarle el bienestar, se vuelva contra él, y en definitiva, se
convierta en el instrumento de su ruina. Los métodos de guerra modernos son, por desgracia, la más palpable y
triste prueba de ese funesto estado de espíritu. Homo homini lupus.
Por el hecho de haber empleado un lenguaje demasiado oscuro, no sería justo, en presencia de peligros tan
graves, enterrar la memoria de nuestros grandes antepasados bajo una reprobación que no merecen.
¿Debemos condenarlos a todos y despreciarlos porque han abusado de las reticencias? Al envolver sus trabajos
en silencio y al rodear sus revelaciones de parábolas, los filósofos actúan con sabiduría. Respetuosos de las
instituciones sociales no estorban a nadie y aseguran su propia salvación.
Permítaseme, a este respecto, una simple anécdota.
Un admirador de Fulcanelli conversaba un día con uno de los mejores químicos franceses, y le preguntaba su
opinión acerca de la transmutación metálica.
-La creo posible -dijo el sabio-, aunque de realización muy dudosa.

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Las Moradas Filosofales, PREFACIO A LA PRIMERA EDICIÓN FRANCESA

-Y si algún testigo sincero le diera fe de haberla visto y le aportara la prueba formal -replicó el amigo del maestro-,
¿qué pensaría usted? -Pensaría -repuso el químico- que un hombre así debería ser despiadadamente perseguido y
suprimido como un malhechor peligroso.
Como se ve, la prudencia, la extrema reserva y la absoluta discreción aparecen plenamente justificadas. ¿Quién,
después de esto, sería capaz de reprochar a los adeptos por el estilo particular que han empleado en sus
divulgaciones? ¿Quién, pues, osaría arrojar la primera piedra al autor de este libro?
Mas no debería llegarse a la conclusión de que nada hay que descubrir en las obras de los filósofos Por lo que
pudiera pensarse de una enseñanza en la que el lenguaje claro permanece prohibido. Muy al contrario. Basta con
estar dotado de un poco de sagacidad para saber leerlas y comprender lo esencial de ellas.
Entre los autores antiguos y los escritores modernos, Fulcanelli es, sin discusión, uno de los más sinceros y
convincentes. Establece la teoría hermética sobre bases sólidas, la apoya en hechos analógicos evidentes y,
después, la expone de una manera simple y precisa. Para descubrir sobre qué reposan los principios del arte,
gracias al desarrollo claro y firme, al estudiante le quedan pocos esfuerzos que hacer. Incluso le será posible
acumular gran número de conocimientos necesarios. Así pertrechado, podrá entonces intentar su gran labor y
abandonar el ámbito especulativo por el de las realizaciones positivas.
A partir de ese momento, verá erigirse ante él las primeras dificultades, y surgir obstáculos numerosos y casi
insuperables. No hay investigador que no conozca esos escollos, esos límites infranqueables contra los cuales he
estado yo a punto, muchas veces, de estrellarme. Y más aún que yo mismo, mi maestro conserva de ello imborrable
recuerdo. A ejemplo de Basilio Valentín, sí verdadero iniciador, se vio fracasado, sin poder hallar la salida,
durante más de treinta años!
Fulcanelli ha llevado el detalle de la práctica mucho más lejos que ningún otro, con una intención caritativa hacia
los que trabajan, sus hermanos, y para ayudarles a vencer esas causas fatigosas de detenciones. Su método es
diferente del que ha sido empleado por sus predecesores, y consiste en describir con minucia todas las operaciones
de la Obra, tras haberlas dividido en muchos fragmentos. Toma así cada una de las fases del trabajo, comienza su
explicación en un capítulo y la interrumpe para proseguirla en otro y para terminarla en un último lugar. Esa
fragmentación, que transforma el magisterio en un solitario filosófico, no será capaz de asustar al investigador
instruido, pero desanima en seguida al profano, incapaz de orientarse en ese laberinto diferente e incapaz de
restablecer el orden de las manipulaciones.
Tal es el interés capital del libro que Fulcanelli presenta al lector culto, llamado a juzgar la obra según su valor,
según su originalidad, o, tal vez, a estimarla conforme a su mérito.
Finalmente, me parecería no haberlo dicho todo si omitiera señalar los notables y espléndidos dibujos del pintor
Julien Champagne. El excelente artista merece los mayores elogios. Me complazco también en dirigir mi más vivo
agradecimiento al editor, Monsieur Jean Schemit, cuyo buen gusto y probada competencia han dirigido, con tanta
perfección, la edificación de la parte material de Las moradas filosofales.

EUGÉNE CANSELIET,
F. C. H.

Abril de 1929.

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Las Moradas Filosofales, PREFACIO A LA SEGUNDA EDICIÓN FRANCESA

PREFACIO A LA SEGUNDA EDICIÓN FRANCESA

Las Moradas Filosofales, que tenemos el honor de prologar de nuevo, no debía ser el último libro de Fulcanelli.
Con el título de Finis Gloriae Mundi (El fin de la gloria del mundo), existía una tercera parte que emprendió su
autor y que hubiera elevado la obra didáctica a la más extraordinaria trilogía alquímica. En aquella época hacía
ya seis años que nuestro viejo maestro había conseguido la elaboración de la Piedra filosofal, de la que se ignora
ordinariamente que se divide en Medicina universal y en Polvo transmutatorio. Una y otra aseguran al adepto el
triple patrimonio -conocimiento, salud y riqueza- que exalta la estancia terrestre a la absoluta felicidad del Paraíso
del Génesis. Siguiendo el sentido del vocablo latino adeptus, el alquimista ha recibido desde ese momento, el Don
de Dios, o, mejor aún, el Presente en el juego cabalístico de la doble acepción, subrayando que, a partir de entonces,
goza de la duración infinita de lo actual: «Adeptos se dice en el arte químico» -Adepti dicuntur in arte chimica-,
precisa Du Cange1, que analiza también el sinónimo Mystes (Mystae), que designa exactamente a los que han
alcanzado la más elevada iniciación (imo epoptai ).
«Pues esta rica materia -declara Henri de Linthaut en su Commentaire sur le Trésor des Trésors- comprende en sí
el misterio de la Creación del mundo y de las grandezas y maravillas de Dios, y es un verdadero sol que da luz, por
cierto, a las cosas tenebrosas.»
El Cosmopolita2 nos habla de un espejo que le mostró Neptuno en el jardín de las Hespérides, y en el que vió toda
la Naturaleza al descubierto. Sin duda, se trata del mismo espejo que vemos representado en una de las hermosas
pinturas herméticas que adornan la sacristía del santuario de Cimiez, cuya divisa latina apenas recuerda el ligero
velo extendido por el aliento sobre el objeto ordinario de los tocadores:

FLATUS IRRITUS ODIT: un vano aliento lo empaña.

El espejo de la sabiduría, evidentemente, no ofrece ninguna relación con el mueble utilizado para la reflexión de
la imagen, aunque esté hecho de metal, como en el antiguo Egipto, o de obsidiana, como en la Roma de los cesares,
o del cristal de las fuentes, en los más remotos orígenes, o del vidrio azogado más puro en nuestros tiempos
modernos. Sin embargo, es este último, en forma de lente convexa e inclinada, el que sostiene la Prudencia con dos
rostros opuestos, guardiana de la tumba de Francisco II de Francia, en la catedral de San Pedro, en Nantes, con
sus tres compañeras: la Justicia, la Fortaleza y la Templanza. De estas cuatro estatuas magníficas, ejecutadas
durante el primer lustro del siglo XVI, hizo unos dibujos a lápiz Wolff, realzado con aguada, nuestro malogrado
amigo Julien Champagne, de cuya muerte se han cumplido exactamente, el 26 de agosto, veinticinco años. Había
sido alumno de Jean-Léon Gérome, así como nuestro común amigo, mi querido Mariano Ancon, artista orgulloso,
digno de los tiempos antiguos, muerto de miseria en 1943, en medio de sus telas amontonadas por centenares, en su
pequeña vivienda de la rue de la Chapelle, en Saint-Ouen, que pronto debía ser destruida por el terrible
bombardeo.
Tras la advertencia hecha por la leyenda que corona el emblema del monasterio franciscano, acabamos por tener
la impresión de que la hermosa criatura, sin preocuparse de su occipucio senil y grave, retiene su respiración en el
examen atento y sostenido de alguna escena extraña que se ofrece a su mirada.
«En el reino del azufre -insiste el Cosmopolita-, existe un espejo en el que se ve todo el mundo. Quienquiera que
mire en ese espejo, puede ver y aprender las tres partes de la sabiduría de todo el mundo, y de esta manera se
convertirá en muy sabio en esos tres reinos tal corno lo fueron Aristóteles, Avicena y otros muchos que, al igual que
el resto de los maestros, vieron en ese espejo cómo fue creado el mundo.» (De Sulphure, Coloniae, 1616, p. 65.)

Seguramente, el doble secreto del nacimiento y de la muerte, impenetrable para los más sabios «según el siglo», el
de la creación del mundo y de su fin trágico en castigo por la avidez y el orgullo de los hombres, igualmente
inconmensurables, no son las más pequeñas revelaciones visuales que proporciona al adepto el Espejo del arte.
Mercurio esplendoroso y precioso, que refleja en la ligera convexidad del baño las vicisitudes de la bola crucífera,
sucesivamente presentadas en el plano alegórico por las iniciáticas viñetas, transformadas en deliciosas travesuras
que grabó Philippe de Mallery con toda la delicadeza de su mano para el librito des Rhéteurs du Collége de la

1
Glossarium mediae et infimae latinitatis, París, cd. 1938, 10 vols. -N. del T.
2
Sobrenombre del alquimista escocés Alexander Seton, que viajó por toda Europa y realizó gran número de transmutaciones, de
las que ha quedado constancia. Fue prendido en Dresde y torturado para que revelara el secreto de la proyección. Aunque fue
salvado por su discípulo Sendivogio, falleció a causa de las heridas, en 1604.
-N del T.

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Las Moradas Filosofales, PREFACIO A LA SEGUNDA EDICIÓN FRANCESA

Société de Jésus à Anvers. Así traducimos nuestra interpretación de las siglas a RR. C.S.I.A. (à Rhetoribus Collegii
Societatis lesu Antverpiae) que acompañan el título:
«Tvpus Mundi, in quo eius Calamitates et Perícula nec non Divini, humanique Amoris Antipathia, emblematice
proponuntur; imagen del mundo en la que se presentan emblemáticamente sus calamidades y sus peligros, y luego
también la antipatía del amor de Dios y del hombre.»
El primer emblema designa, sin ambages, la fuente inicial, si no única, de todos los males de nuestra Humanidad.
Eso es lo que subraya la leyenda latina al jugar, entre paréntesis, con la cábala fonética:
Totus mundus in maligno (mali ligno) positus est; todo el mundo está instalado en el diablo (en el árbol del mal).
He aquí, pues, al árbol de la ciencia del bien y del mal, el del Génesis, del que el Creador ordenó a Adán no
comer, significándose desde el principio la consecuencia inevitable y funesta:
«Porque el día que de él comieres ciertamente morirás; in quocumque enim die comederis ex eo, morte morieris.»
No nos sorprendería que el árbol paradisíaco y prohibido fuera, en este caso, una encina que tiene como frutos
una cantidad de pequeños mundos unidos a las ramas por su reverso, que sirve de pedúnculo. Enroscada en el
tronco central por la parte inferior de su cuerpo anguípedo, Eva, seductora, con el seno carnoso y provocador,
tiende una de esas manzanas singulares a su extasiado compañero, que levanta la diestra para recibirla.
No hay necesidad de que intentemos la menor explicación en lo que concierne a la esencia a la cual los sabios
Padres quisieron que perteneciera el árbol central del Jardín de las Delicias. Fulcanelli, en El misterio de las
Catedrales, ha hablado bastante de esa encina y de su estrecha relación, desde el punto de vista simbólico, con la
materia prima de los alquimistas para que no fuera superfluo repetir esa enseñanza ni, sobre todo, de temer
oscurecer o traicionar el pensamiento del adepto, tratando de resumirla. Contentémonos con señalar en el lindo
grabado del Typus Mundi esa liebre que el árbol esconde a medias y que roe la escasa hierba del prado abierto al
fondo. Se podrá, a continuación, entre las moradas filosofales reunidas por Fulcanelli, relacionar con la chimenea,
suntuosamente adornada, de Louis d'Estissac, quien fue, con mucha verosimilitud, alumno de François Rabelais. Se
meditará acerca de la sorprendente relación cabalística establecida por nuestro maestro entre la liebre y la materia
bruta de la Gran Obra, «escamosa, negra, dura y seca» cuya bola crucífera, al proliferar en el seno del follaje
revelador, llevada hasta su esquema lineal, da el símbolo gráfico propio de los antiguos tratados. Es, entonces, la
indicación de la Tierra, ya se trate, como hemos dicho, del Caos primordial de la Creación alquímica o del globo
macrocósmico que forma parte de los siete planetas del Cielo de los astrólogos.
Vuelto sobre su cruz, el signo de la Tierra se convierte en el de Venus, de esa Afrodita a la que los adeptos
designan, con más precisión, como su sujeto mineral de realización. En ese mismo y tan extraño Typus Mundi, la
quinta imagen nos muestra al Amor haciendo girar, con ayuda de una correa de piel de anguila, sobre la rama
vertical que le sirve de eje, la bola del mundo, al que amenaza, por otra parte, la Discordia con su cabellera y su
látigo formados por serpientes que se retuercen irritadas y dispuestas a morder de todas maneras:

TRANSIT EPWS IN EPIS


Sería un error sorprenderse de que hiciéramos tanto caso al muy valioso pequeño volumen que Fulcanelli tenía en
tan gran estima y que aquí tengamos la ocasión de atraer, muy en especial, la atención del investigador sobre el
luminoso capítulo relativo a Louis d'Estissac y ya evocado; es decir, más exactamente, sobre el pasaje que se
esfuerza por disipar toda confusión, casi inevitable, con el régulo de la espagiria. Asimismo, bueno será relacionar
esas indicaciones con lo que el maestro observa aún respecto al mismo globo, «reflejo y espejo del macrocosmos»,
en su estudio de la deliciosa mansión de la Salamandra, en Lisieux, que por desgracia fue destruida en 1944.

Digamos sin rodeos que la materia de los trabajos alquímicos se presenta, e incluso se impone, con tanta
evidencia que no hay autor, aun el más sincero, que no se haya mostrado «deseoso», que no haya callado, velado o
falseado la selección, hasta escribir el nombre vulgar de este sujeto, muy realmente predestinado, para declarar, al
fin, que no es aquél.
El alquimista debe unirse a esta Virgen en cuerpo y alma, en el matrimonio perfecto e indisoluble, a fin de
recobrar con ella el andrógino primordial y el estado de inocencia:
«Estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, sin avergonzarse de ello; Erat autem uterque scilicet et uxor ejus: et
non erubescebant.»
El artista recibe mucho, si no todo, de esta unión radical, de esta íntima armonía, espiritual y física, con la
materia, canónicamente reservada, que lo inspira mediante intercambios fluídicos que guían su búsqueda cuando,
al igual que el caballero de las novelas medievales, se consagra al servicio de su dama y se expone, por ella, a los
mayores peligros. Pasión superior, a la vez, mágica y natural, sobre la que no deja de ser interesante que el neófito
escuche discurrir al conde de Gabalis, concediendo, desde luego, su parte exacta a la hipérbole, para dejar a la
compañera de carne la parte considerable que le corresponde y que proclaman las imágenes del Mutus Liber:
«Sí, hijo mío, admirad hasta dónde llega la felicidad filosófica para mujeres cuyos frágiles encantos pasan en
pocos días y son seguidos de arrugas horribles. Los sabios poseen bellezas que no envejecen jamás y que ellos
tienen la gloria de hacer inmortales. Juzgad el amor y el reconocimiento de esas amantes invisibles, y con cuánto
ardor tratan de complacer al filósofo caritativo que se esfuerza en inmortalizarlas.

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Las Moradas Filosofales, PREFACIO A LA SEGUNDA EDICIÓN FRANCESA

»...Renunciad a los inútiles e insípidos placeres que pueden hallarse con las mujeres. La más bella de entre ellas
es horrible junto a la más insignificante de las sílfides; ningún desagrado sigue jamás a nuestros sabios abrazos.
Miserables ignorantes, cuánto sois de compadecer por no poder gustar las voluptuosidades filosóficas.»
Alejándose del ámbito cabalístico, donde ha presentado a la mujer Salamandra como la más bella, pues está
constituida por el fuego universal, «principio de todos los movimientos de la Naturaleza», en cuya esfera elevada
habita, el abad Montfaucon de Villars expone pronto la manera de subyugar a esta criatura elemental por el,
trueque del matraz filosófico, ya se mire desde el exterior la evidente convexidad de su vientre, ya se contemple en
el interior el misterio de su cóncava redondez.
«Es preciso purificar y exaltar el elemento del fuego, que está en nosotros, y elevar el tono de esta cuerda
aflojada. Sólo hay que concentrar el fuego del mundo mediante espejos cóncavos en un globo de vidrio, y ése es el
artificio que todos los antiguos han ocultado religiosamente y que el divino Teofrasto ha descubierto. Se forma en
ese globo un polvo solar el cual se purifica de sí mismo y de la mezcla de los otros elementos; se prepara según el
arte, y en muy poco tiempo se convierte en soberanamente apropiado para exaltar el fuego que hay en nosotros; y
nos hace, por así decirlo, de naturaleza ígnea.»
No dejaremos de señalar en este punto el paralelismo que se impone entre este pasaje de Entretiens sur les
Sciences Secrétes del conde de Gabalis con el de El otro mundo: los Estados de la Luna, donde Cyrano Bergerac
hace hablar a su demonio protector que lleva dos bolas de fuego que la concurrencia se sorprende no le quemen los
dedos:
«Estas llamas incombustibles -dice- nos servirán mejor que vuestros enjambres de gusanos. Son rayos del Sol que
he purgado de su calor, o de lo contrario, las cualidades corrosivas de su fuego hubieran herido vuestra vista
deslumbrándola. Yo he fijado su luz y la he encerrado dentro de estas bolas transparentes que sostengo. Esto no
debe despertarnos gran admiración, pues no me resulta más difícil, a mí que he nacido en el Sol, condensar los
rayos que son la polvareda de aquel mundo, que a vosotros amasar el polvo o los átomos, que son la tierra
pulverizada de éste.»
¡Qué sorprendente similitud de destino entre esos dos autores que murieron prematuramente y de forma trágica, el
uno a los treinta y cinco anos a causa de una terrible herida en la cabeza, y el otro a los treinta y ocho por una viga
lanzada desde una ventana, asesinado en la calle en Lyon!
El adepto, es decir, como lo hemos expuesto más atrás, el hombre que posee la Piedra Filosofal, es el único que
puede prever todo lo que es capaz de amenazar su existencia: las enfermedades, los accidentes y, sobre todo, la
violencia criminal. El filósofo que no ha triunfado, por muy cerca de la meta que se encuentre, aunque haya
adquirido alguna ciencia de la Gran Obra, en ocasiones con una o varias de las preciosas medicinas
intermediarias, no sería capaz de alcanzar, sin embargo, de manera absoluta y soberana, la facultad de penetrar en
el porvenir y tampoco, por supuesto, la de leer en el pasado.

Pero no es uno de los más legítimos timbres de gloria de nuestro maestro Fulcanelli el haber desvelado, el
primero, la verdadera personalidad de Cyrano Bergerac presentándolo, no sin argumentos concretos, probatorios y
decisivos, como un filósofo hermético de valor excepcional, al que no duda en calificar como el más grande de los
tiempos modernos. Eso es lo que se desprende, en Las moradas filosofales, de tres fragmentos importantes del
Grimorio de Dampierre-sur-Boutonne, en particular, de la glosa de Fulcanelli sobre el duelo encarnizado de la
Rémora y de la Salamandra descrito por Cyrano, que asiste a él en compañía de un anciano. Combate esotérico que
justifica, en su realidad física, la corona fructífera que honra uno de los artesonados de la galería alta, en bóveda
rebajada, y que encuentra la divisa:

NEMO ACCIPIT QUI NON LEGITIME CERTAVERIT.


Nadie la recibe que no haya combatido según las reglas.

Si no hubiera todo esto, junto con el pasaje sobre el fénix, en la misma Historia de los pájaros, habría también,
entre otras cien cosas que revelan claramente la pura esencia alquímica de El otro mundo, la máquina que
arrebata a nuestro héroe hasta el Imperio del Sol. La pieza principal y motriz es una vasija de cristal que toma la
forma poliédrica del cuadrante solar del palacio Holyrood de Edimburgo, el extraño edificio escocés del que se
ocupa el último capítulo de Las moradas filosofales:
«El recipiente estaba construido a propósito con muchos ángulos, y en forma de icosaedro, a fin de que cada
faceta fuera convexa y cóncava, y mi bola produjera el efecto de un espejo ardiente.»
Nada coincide mejor, después, con el texto de Fulcanelli que demuestra que el icosaedro simbólico es ese cristal
desconocido llamado vitriolo de los filósofos, que es el espíritu o el fuego encarnado, que con anterioridad hemos
visto que no quema las manos. Por lo que repite Bergerac se juzgará que reconoce, en ese elemento celeste, un
polvo casi espiritual:
« ... no se sorprenderá de que me aproximase al Sol sin ser quemado, pues lo que quema no es el fuego, sino la
materia a la que está unido, y el fuego del Sol no puede ser mezclado con ninguna materia.» Savinien de Cyrano,
así puesto a plena luz, aparece muy distinto del personaje inconsistente y caprichoso que ha grabado la literatura

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Las Moradas Filosofales, PREFACIO A LA SEGUNDA EDICIÓN FRANCESA

en la imaginación de la mayoría, sobre el modelo de una reputación falsa, únicamente nacida de los excesos de la
juventud, a la vez ardiente y pasajera.
Fulcanelli quiso, pues, que esos dos aspectos del mismo hombre fueran claramente distintos, y con ese objeto,
como se advertirá, eligió para el autor sabio de El otro mundo, único en verdad digno de la gloria y del renombre,
la disposición patronímica que se muestra propicia para reconciliar la exigencia oficial del registro de bautismo
con la fantasía nobiliario del gentilhombre parisiense, más rico de ciencia que de bienes raíces. Excelente idea que
hemos seguido y que, entre las variantes utilizadas por el mismo interesado, se decidió por la forma de Cyrano
Bergerac. La partícula en el centro recuerda demasiado al espadachín vanilocuo, desdoblado de galán platónico,
popularizado por la tragicomedia de Edmond Rostand.
Nada importa, por lo demás, la versatilidad del filósofo respecto a la etiqueta temporal de su individualidad
social, por la que Fulcanelli manifestó, a su vez, una indiferencia total, tanto más válida cuanto que su ascenso al
adeptado no hizo sino aumentarla, Sí, ¿qué importancia tiene? Concluyamos, pues, con el Jafet del infortunado
Scarron que no guardó demasiado rencor a Savinien por un retrato, sin embargo, implacable y sin caridad:

« ... Dom Zapata Pascal!


Ou Pascal Zapata: car il n'importe guere
Que Pascal soit devant ou Pascal soit derriere.»

El lector deberá adivinar que Las moradas filosofales se abren con el frontispicio de la Salamandra, y que se
cierran con el Sundial de Edimburgo a manera de epílogo. Esos dos emblemas expresan la misma sustancia cuyo
estudio profundo, disperso en todo el volumen, constituye la expresión meticulosa del enorme esfuerzo que produjo
a nuestro maestro su invención, de las inauditas dificultades que exigió de él para su perfecta preparación.
No tendremos la pretensión de completar la enseñanza que Fulcanelli ha dispensado con abundancia en el curso
de sus páginas, sin exceptuar nada de ello, según le permitían sus conocimientos de especialista de primera línea y,
en cuanto al peligro de divulgación, su habilidad de retórico hermético familiarizado con los autores antiguos. Sin
embargo, el privilegio de que hemos gozado de hallarnos por tanto tiempo cerca del maestro como testigo
maravillado de sus incansables manipulaciones junto a la boca del horno, nos autoriza a anotar algunos recuerdos
que los aficionados, sin duda sabrán apreciar como es debido.
No pensamos cometer ninguna imprudencia al publicar que Fulcanelli nos confió que había estado más de
veinticinco años buscando ese Oro de los Sabios que sin cesar tenía junto a sí, bajo la mano y ante los ojos. Esta
confesión, teñida de sinceridad y de humildad en la que asomaba casi el arrepentimiento, nos dejó, por el momento,
confundidos. A decir verdad, su ejemplo no constituía una excepción. Naxágoras, de quien leíamos junto al
maestro, La alquimia desvelada, en una muy fiel traducción francesa manuscrita del siglo XVIII, después de haber
buscado durante más de treinta años aquel cuerpo misterioso -que tenía en sus manos cada día-, exclama, de
pronto transportado:
«¡Oh, gran Dios! ¡En qué ceguera nos tenéis hasta donde sabéis, por vuestra misericordia infinita, que esta Obra
no nos perderá!»
Comentaba entonces el maestro, con su grave y noble rostro cubierto por sus largos cabellos grises e inclinado
sobre nuestro hombro:
-«Así, el oro filosófico, todo lleno de impurezas, rodeado de espesas tinieblas y cubierto de tristeza y de duelo,
debe ser considerado, sin embargo, como la verdadera y única materia prima de la Obra, al igual que sucede con
la verdadera y única materia prima, el mercurio, de donde ese oro invisible, miserable y desconocido ha nacido.
Esta distinción, que no se acostumbra hacer -precisaba- es de una importancia capital, pues facilita muchísimo la
comprensión de los textos y permite la resolución de las primeras dificultades.»
La conversación proseguía, y a ella eran a menudo convidados como testigos, bajo la suave luz de una gran
lámpara de petróleo, los autores reunidos en muchedumbre en la biblioteca vecina:
-«Desde el principio, el resultado de la coagulación del agua se presenta de tal forma que a menudo no se inclina
a rechazarla sin tan siquiera tomarse la molestia del más modesto examen.»
En nuestra explicación de la escena macabra que ilustra la cuarta clave de Basilio Valentín1 (Editions de Minuit),
hemos hablado de esta materia, simbólicamente designada por el estiércol, que los alquimistas conocen bien,
aunque la consideren como un deleznable residuo y no hagan de ella el menor caso. Por el hecho de que es difícil
no extraer nada de esa materia que resulte de algún valor, a menos que sea con ayuda de nuestra técnica, esas
heces ni siquiera han entrado en la clasificación de subproductos utilizables. Sin embargo, es una sustancia, en
apariencia inmunda, la que los filósofos llaman baba del dragón, - y de la que afirman que es a la vez muy vil y muy
preciosa. De color negro y olor cadavérico, se eleva del fondo de la mar hermética y se extiende a la superficie,
como el icor sale de una llaga bajo el aspecto de una espuma infecta, ampollosa y pútrida, que se aplica a recoger
alegremente la pareja del Mutus Liber. El alquimista y su mujer recogen con cuchara ese bodrio grasiento y
pimentado que recubre su solución y que Fulcanelli recuerda en el capítulo de El hombre de los bosques en sus

1
Basilio Valentín ha sido, según la tradición, uno de los más grandes alquimistas que han existido. Benedictino en Erfurt a
principios del siglo XV, su máxima difusión la alcanzó dos siglos mas tarde al ser impresa su obra Las doce claves. Sin embargo,
muchos historiadores consideran mítico a este personaje. –Nota del Traductor.

18
Las Moradas Filosofales, PREFACIO A LA SEGUNDA EDICIÓN FRANCESA

Moradas filosofales. De esta manera, finalmente, los dos personajes de la iconografía de Altus ponen en práctica el
consejo Magistri Arnoldi Villanovani in ejus Philosophorum Rosario1:
«Sin embargo, reúne aparte el negro que sobrenada, pues es el aceite y el verdadero signo de la disolución,
porque lo que está disuelto alcanza lo más alto, de donde se separa de las cosas inferiores lo que se eleva y trata de
alcanzar otros lugares, como un cuerpo de oro. Por otra parte, guarda éste con precaución para que no vuele en
humo.» (Lugduni, 1856, p. 71.)
«-Tal es nuestro estiércol -hubiera aprobado el maestro-, nuestro estiércol que los filósofos designaron con las
expresiones de azufre negro, azufre de naturaleza, prisión del oro, tumba del rey, o por los nombres de latón, cuervo,
Saturno, Venus, cobre, bronce, etc., y al que atribuyen las mayores y más raras virtudes. Lo estimaron
legítimamente como un real presente del Creador, y afirman que, sin una inspiración del cielo, jamás podría
reconocerse en ese magma desheredado y repulsivo de aspecto el Don de Dios que transforma al simple alquimista
en sabio, y al filósofo en adepto probado.
»-Ved que Ireneo Filaleteo2 lo asimila al oro y le da ese nombre; vedlo en el capítulo XVIII, párrafo III de su
Introitus.»
Así concluía Fulcanelli, tomando la indicación de su prodigiosa memoria, con toda la benevolencia de su sonrisa,
con la mano levantada en un gesto habitual en el que brillaba aquella noche el anillo bafomético cincelado en oro
de transmutación y llegado hasta él procedente de los templarios de la encomienda de Hennebont, en Bretaña.
Leemos, en efecto, en el latín debido a Nicolas Lenglet-Dufresnoy y que una nota de Juan Miguel Faustius nos
confirma ser el del Manuscrito más perfecto en el que la Entrada abierta fuera traducida e impresa en Londres, en
1669; Introittus Apertus ex Manuscripto perfectioni traductus et impressus Londini:
«Mas nuestro oro no puede ser comprado con dinero, aunque estuvieras dispuesto a ofrecer a cambio una corona
o un reino. En verdad que es un don de Dios. En efecto, no debemos tener en las manos nuestro Oro perfecto -al
menos, de manera vulgar-, porque es necesario a nuestro arte, a fin de que sea nuestro Oro.3»

No deja de tener lógica, subrayaba Fulcanelli, que los sabios hayan dado a nuestro precioso cuerpo los nombres
de los planetas Saturno y Venus:
«¡Dichoso -exclamaba Filaleteo- aquel que puede saludar ese planeta de marcha lenta (tardambulonem)! Ruega a
Dios, hermano, a fin de que seas digno de esta bendición, porque no depende de quien la busca y, con mayor razón,
de quien la desea, sino sólo del Padre de la Luz.»
En cuanto a Venus, los autores no lo hacen intervenir en la operación más que para indicar el azufre negro. El
lector verá, con Fulcanelli, que ese agente filosófico nace del mar hermético, y aparece en lo más fuerte de la
agitación de las aguas, bajo la forma de una espuma que se eleva, sobrenada, se espesa y flota en la superficie.
Comprenderá entonces cuán grave sería su error si adoptara el plomo para la materia mercurial, y el cobre para el
dispensador del azufre.
Mas ¿cuál puede ser el promotor mineral, aislado o doble, de la putrefacción del mercurio, generadora de ese
azufre negro, fluido y viscoso, de reflejos metálicos irisados como el plumaje del cuervo, de tal manera que recibe
el nombre del volátil negro que los latidos llamaban Phoebeius ales, el pájaro de Apolo, desvelando la idea del sol
oscuro y del oro volátil? Sí, ¿cuál es ese catalizador químico que con tanta frecuencia fue objeto de nuestras
conversaciones con el maestro?
Pensamos que sea ahora oportuno revisar, razonándolas, y dirigidas a nuestros hermanos detenidos en el
atolladero, las consideraciones que, implica el mismo problema, las cuales fueron continuadas por Fulcanelli a lo
largo de su segunda obra.
Entre las sales que se muestran idóneas para formar parte de la composición del fuego secreto y filosófico, el
salitre parece que debería ocupar un lugar importante. Al menos, así permite presumirlo su etimología. En efecto,
el griego nitron -nítron-, que designa el azotato de potasa y vulgarmente el nitro toma su origen de niptw -
nípto- o nizw -nízo-, lavar, y se sabe que los filósofos recomiendan lavar con el fuego, Todas sus purificaciones y
todas sus sublimaciones se hacen con ayuda de lavados ígneos, con laveures, según escribe Nicolas Flamel4. Por
otra parte, el salitre, cuando actúa en contacto con las materias en fusión, en «fundente», se transforma
parcialmente en carbonato de potasio; «se alcaliza». El carbonato era llamado antaño sal de tártaro, y el tártaro se
dice en griego trux -tryx- con el significado de hez de vino, escoria, sedimento. Este sustantivo deriva del verbo
trugw -trygo-, desecar, secar, que expresa la acción misma del fuego, y, se podría, por añadidura, compararlo de
1
Del maestro Arnaldo de Vilanova en su Rosario de los filósofos.-N. del A.
(Arnaldo de Vilanova 1245-1313, médico pontificio, ilerdense, fue uno de los grandes alquimistas del Medioevo . Aportó a la
Obra elementos de origen cabalístico. Fue maestro de Raimundo Lulio. -Nota del traductor.)
2
Enigmático personaje que algunos identifican con el alquimista inglés Thomas Vaughan (1622-1666).
- N. del T
3
quia ut nostrum st, nostra opus est arte.
4
Nicolas Flamel (1330-1418), francés, fue el arquitecto de la iglesia parisiense de St. Jacques, de simbolismo hermético y de la
que sólo queda su famosa torre. Estudiando luego el manuscrito alegórico de Abraham el Judío, llegó a convertirse en un
autentico maestro del Art roval y luego, en el siglo XV, fue uno de los alquimistas que mayor influencia ejercieron. -N. del T.

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Las Moradas Filosofales, PREFACIO A LA SEGUNDA EDICIÓN FRANCESA

modo muy sugestivo, a nuestro familiar truco, en el sentido de procedimiento escondido, de medio astuto o sutil. El
truco de la Obra residiría así en la aplicación de la sal de tártaro procedente del ataque del nitro, considerado
como la sustancia o como uno de los componentes del fuego secreto que los alquimistas reservaron tan
rigurosamente en sus tratados.
Según el abate Espagnolle, (L'Origine du Français), la palabra truc [truco] procedería de trucw -trycho-,
golpear y juego de pasa-pasa. Pero trucw significa, sobre todo, desgastar por el frotamiento, agotar, fatigar,
hostigar, atormentar. Se puede, pues, derivar de esos dos vocablos todas las ideas que deciden la elección del fuego
secreto y que determinan su modo de utilización y de actividad sobre la materia filosofal. Atormentando ésta el
fuego la deseca, la calcina y la escorifica.
Por lo demás, formulamos aún algunas reflexiones acerca de la sal a la que la fusión da la consistencia vítrea
particularmente apta para impregnarse del color y retenerlo, aunque sea el más precioso y el más fugitivo. Puesto
que el color es la manifestación específicamente visible del azufre secreto, el artista conoce por él el origen de sus
tintes. Entre éstos, el espíritu universal ocupa un lugar importante, en la base misma de la gama policroma de la
Gran Obra. Ese spiritus rnundi disuelto en el cristal de los filósofos produce aquella misma esmeralda que se
desprendió de la frente de Lucifer en el momento de su caída, y en la cual fue tallado el Graal. Es la gema
hermética que orna el anillo de Piel de Asno, como el del papa alquimista Juan XXII en su tumba, y que se vuelve a
encontrar en los arcos pintados de la capilla del convento de Cimiez, ocupando el sello de una sortija y ensalzada
por la leyenda yuxtapuesta en lengua italiana:

NE LA TERRA NE IL CIELO
VIST HA PIU BELLA.
Ni la tierra ni el cielo han visto otra más bella.

Con el coadyuvante salino, hemos abordado ese otro gran problema que es el de la sublimación y que Sethon (el
Cosmopolita) examinó muy ampliamente hasta modelar con él la resolución química sobre la gran cohobación de
los últimos tiempos. En el pasaje que tomamos del adepto escocés (De Sulphure, p. 15 y 16), se encontrará la
confirmación de la teoría de Fulcanelli, en el lugar de las dos catástrofes suscitadas para castigar y purificar la
Tierra, pero no para destruirla y exterminar a sus habitantes:
«Así, pues, el Creador de todas las cosas es el destilador, y en su mano está ese destilatorio a cuyo ejemplo han
sido descubiertas por los filósofos todas las destilaciones. Lo que, sin duda, ha inspirado a los hombres, el mismo
Dios, muy alto y misericordioso, podrá, cuando sea su santa voluntad, extinguir el fuego central o quebrar el vaso.
Y ése será el fin de todas las cosas. Pero como la bondad de Dios tiende a lo mejor, exaltará cada día su muy santa
majestad, y elevará ese fuego, el más puro de todos, que en el firmamento está más alto que las aguas de los cielos,
y aumentará un grado el fuego central, a fin de que todas las aguas sean volatilizadas en aire, y la tierra será
calcinada. Hasta tal punto, que el fuego, tras haber consumido todo lo impuro, devolverá a la tierra purificada las
aguas sutilizadas que habrán circulado en el aire. Y de esta manera (si, por lo demás, está permitido filosofar),
Dios hará un mundo mucho más noble.»
Recordemos las palabras de san Juan Bautista designando con claridad las dos vastas purificaciones de que
algunos borradores, que quedaron en el archivo vacío del importante trabajo incompleto, muestran al final de Las
moradas filosofales cómo pudieron, en su temible eventualidad, fijar en primer lugar la atención del filósofo y
decidir, al fin, el mutismo del adepto:
«Yo, cierto, os bautizo en agua para penitencia; pero detrás de mí viene otro más fuerte que yo, a quien no soy
digno de desatar las sandalias; él os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego.» (Mateo, III, 11.)
Esto es, brevemente expresado, la base misma de la teoría del quiliasmo1, del que los templarios dejaron, entre
otras inscripciones, en la pared de su calabozo en la fortaleza de Chinon, el esquema misterioso reproducido en
nuestra obra Deux Logis Alchimiques. Los filósofos herméticos fueron depositarios de este conocimiento, y entre
ellos, y no de los de menor importancia, a saber Jean Lallemant, autor de los bajo relieves de su encantadora
mansión del Berry2. En el oratorio de esta joya arquitectónica del Renacimiento en sus comienzos, se advierte, en
uno de los compartimentos del techo, una esfera armilar que parece colocada en el seno de largas llamas que se
elevan de un hogar único y gigantesco. Esta figura está coronada por una ancha banderola, asimismo desplegada,
que aunque sin divisa, señala de modo muy especial el sentido escondido de aquel lugar, en virtud de lo que
Fulcanelli desarrolla, muy doctamente, a propósito del vocablo filacteria, antes de emprender el estudio minucioso
de la iconografía esculpida de Dampierre-sur-Boutonne.
El fuego que envuelve así la esfera de Ptolomeo, su mitad inferior, se nos aparece a la vez celeste y magnético,
puesto que, desprovisto de combustible aparente, emana de un punto invisible del Universo exterior.

1
Creencia, casi tan antigua corno el cristianismo, en el período de mil años que durará el reinado de Cristo a su vuelta sobre la
Tierra, y que se caracterizará por el triunfo del bien y la instauración de la fraternidad y la paz. Las fuentes en que se basan los
partidarios de esta doctrina son, fundamentalmente, el Apocalipsis y el profeta Daniel.
-N. del T -
2
Cf. El Misterio de las catedrales

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Las Moradas Filosofales, PREFACIO A LA SEGUNDA EDICIÓN FRANCESA

A cada lado hay dos angelotes alados y rollizos, portadores del mismo fluido justiciero que el de la derecha, y que
se emparentan con uno de los ángeles del Apocalipsis -sopla y aviva- al son de su trompeta. Pequeños Eros que
encarnan, asimismo, el principio vital y creador, y cuyo arco infalible, privado de su cuerda desenganchada y
cruzada en X con una filacteria, proclama, en el compartimento vecino, que su función soberana quedará
suspendida por un tiempo.
De manera semejante, el Dios bíblico quiebra el arco del pueblo de Israel al que quiere castigar (conteram arcum
Israel).
Por las notas que nos quedan del maestro - aparte los papeles que pertenecían al ámbito puramente alquímico y
que fueron utilizados sin excepción, según escribimos hace ya más de veinte años -, por esas notas sabemos que el
hemisferio boreal sufrirá el incendio, mientras que el otro será sometido a la inundación. En consecuencia, podría
extrañarnos que Jean Lallemant nos mostrara el polo austral del mundo expuesto al brasero universal si
ignorásemos que quiso traducir en imagen el alcance cabalístico del vocablo tópico en aquel lugar. Éste no se
aplica en absoluto al doble cataclismo en sí, como podría creerse, sino a la causa que lo provoca y que constituye
la terrible convulsión geológica. En efecto, el trastorno es la inversión de la bola; exactamente el cambio de las dos
extremidades del eje o la caída de los polos, uno de los cuales toma bruscamente el lugar del otro.
En los dos compartimentos que siguen, el adepto expresó, desde los puntos de vista alquímico y cíclico, la
asociación de los dos elementos antagonistas mediante una acción simultánea. Es, otra vez, un angelote, no menos
obeso que los precedentes, el que mantiene, en el centro de un hogar que irradia en sol, una concha de Santiago,
receptáculo consagrado del agua alquímica, y también un hisopo atado bajo una banderola -, que deja caer
enormes gotas sobre llamas idénticas, siempre producidas sin cuerpo de combustión.
En cuanto a ese fuego que el adepto de Bourges hizo representar como perfecto iniciado que conoce a maravilla el
destino del mundo, se expresa de manera mucho más realista, conforme a su esencia sobrenatural, por el reciente
anuncio de Electricité de France. Nos ha parecido útil señalar esto aun a riesgo de que pueda parecer fantástico,
frívolo y fuera de propósito. Ese singular llamamiento al ahorro, extendido en abundancia por las paredes, no
menos alejado de su papel aparente que problemático en su alcance como reclamo, sorprende en seguida por su
sobrio poder de evocación filosófica. A partir del borde superior de la imagen en colores, todo el fluido fulgurante y
azul, surgido de las profundidades cósmicas, ilumina las sombras cimeras de los espacios intersiderales, desciende
y golpea la parte septentrional de la Tierra, cuyo globo se halla en la parte baja de la composición.
Cuadro impresionante que, aunque desprovisto del elemento líquido que anegue el hemisferio Sur, se muestra más
sugestivo aún que el simbolismo del monumento obelisco de Dammartinsous-Tigeaux, reproducido por el dibujo de
Julien Champagne y que constituye uno de los más fuertes argumentos de Fulcanelli tomado de las artes plásticas
en apoyo de su tesis. Acerca de este tema, que se reparte la angustia y la esperanza de los hombres, habíamos
prometido escribir algunas líneas. Las tomamos ahora de la sentencia que hallamos bajo la segunda imagen del
Typus Mundi citada al comienzo de este prefacio, y que designa el fruto prohibido del Árbol de la Ciencia, como
único responsable de los mayores sufrimientos humanos cuando se coge al margen de las leyes eternas de la
Filosofía. Es una escena de desolación en la que los dos azotes universales se abaten a la vez sobre la Tierra y
afligen por separado a ambas mitades: «Así la manzana única ha crecido para la desdicha general.»

SIC MALUM CREVIT UNICUM IN OMNE MALUM.

Savignies, febrero de 1958.


EUGÉNE CANSELIET.

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Las Moradas Filosofales, PREFACIO A LA TERCERA EDICIÓN FRANCESA

PREFACIO A LA TERCERA EDICIÓN FRANCESA

Todas estas cosas les sucedieron a ellos en Figura y fueron escritas para amonestarnos a nosotros, para
quienes ha llegado la plenitud de los tiempos. (Primera Epístola de san Pablo a los corintios, cap X, v. 11.)

Haec autem omnia in figura contigebant illis: scripta sunt autem ad correctionem nostram, in quos fines
saeculorum devenerunt. (Sancti Pauli Corinthiis Epistola Prima, cap. X, v. 11.)

Fulcanelli entendió siempre por la expresión morada filosofal todo soporte simbólico de la Verdad hermética,
cualesquiera pudieran ser su naturaleza e importancia. A saber, por ejemplo, la minúscula figurilla conservada en
una vitrina, la pieza de iconografía en simple hoja o cuadro, o el monumento arquitectónico ya sea detalle, vestigio,
o castillo o iglesia en su integridad.
A fin de que guardasen armonía con El misterio de las catedrales, Las moradas filosofales reclamaban, a su vez,
que los dibujos de Julien Champagne fueran sustituidos por la fotografía de los modelos iniciales. Entre éstos, por
desgracia, muchos se hallaban más o menos deteriorados. Otros lo cual es infinitamente peor, desaparecieron en su
totalidad, a menudo bajo bombas amigas cuya necesidad era poco menos que discutible. De esta miseria lastimosa,
Lisieux se ofrece como ilustración realmente tópica, ya que fue destruido en su parte antigua incluido el palacio, de
valor inestimable. Durante aquel tiempo gozaba de una serena inmunidad la basílica comercial, que es sobre todo
notable por su cúpula, en perfecta armonía con la atmósfera habitual de los grandes almacenes de París.

Para nosotros, que trabajamos por vía seca1 en el horno, la morada filosofal, a la vez la más humilde y la más
opulenta, es la caverna de Belén, donde la Virgen María dio a luz al divino Niño. El albergue subterráneo se
encontraba a tanta profundidad, que la luz no penetró jamás en él, sino siempre las tinieblas, porque en el interior
no recibía la claridad del día: lux non fuit unquam sed semper tenebrae, quia lumen diei penitus nan habebat2.
Allí, según la secuencia de la misa del día de los dominicos,

El lecho del Intacto Regem regum


ha producido el Rey de reyes. Intactae profudit torus.
Cosa admirable. Res miranda.

El ritual insiste resueltamente en ello, y ha conservado para la liturgia de Navidad el hermoso himno de san
Ambrosio, que se canta en los maitines, y del que agradará, sin duda, el hermetismo raro, en clara transparencia
bajo la corteza de un realismo lleno de vigor:

Ven, redentor de las naciones, Veni redemptor gentium,


muestra el parto de la Virgen Ostende partum Virginis:
que todo el siglo admira. Miretur omne saeculum:
Semejante nacimiento corresponde a Dios. Talis decet partus Deum.

No de la semilla de un hombre, Non ex virili semine,


sino de un soplo misterioso Sed mystico spiramine
el Verbo de Dios se ha hecho carne, Verbum Dei factum caro,
y f ruto de las entrañas ha florecido. Fructusque ventris floruit.

El vientre de la Virgen se hincha. Alvus tumescit Virginis


Las murallas del pudor persisten. Claustra pudoris permanent,
Los estandartes de las virtudes se agitan Vexilla virtutum micant,
y Dios reside en el templo. Versatur in templo Deus.

1
Durante la Edad Media y el Renacimiento, la única forma de operar era la llamada «vía húmeda», cuyo proceso duraba unos
cuarenta días para los que se requerían, además, años enteros de preparación. En el siglo XVII, Barchusen introdujo la «vía
seca.», que acortaba la Gran Obra a sólo cuatro días aunque su realización quedaba limitada a un reducidísimo número de
adeptos. - N det T.
2
Liber de Ortu Beatae Mariae et Infantia Salvatoris. Libro del nacimiento de la Bienaventurada María y de la infancia del
Salvador.

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Desde el mismo punto de vista que hemos expresado más atrás, no dudamos de que el maestro hubiera clasificado
en sus moradas filosofales uno de los capiteles magníficos procedentes de la basílica románica de Cluny, en Saona
y Loira, cuya célebre abadía, comprendida la biblioteca constituida por volúmenes manuscritos de lo más
inestimable, en gran parte saqueada y devastada por los calvinistas en 1562, fue totalmente destruida el año
primero de la República1 por la soldadesca revolucionaria. En aquella escultura, de la que debemos la excelente
fotografía a la gentileza de Monsieur Geay, fotógrafo del museo de Cluny -ciudad de arte y de Historia-,
reconocemos al anunciador de la cuarta edad, pronto cumplida, para el ciclo que se cierra. Es un joven vestido con
una larga túnica y que lleva en la espalda un bastón provisto de una campana a cada extremo. Una tercera, sin
badajo, está sujeta por una especie de correa en el antebrazo izquierdo del estudiante. Sin duda, con su diestra
sostenía un martillo con el único fin de golpear la campana más terrible en el oficio que lo somete a muy rudas
contorsiones (lám. I).
Pero se objetará que no hay allí nada sorprendente como no sea el tintinábulo, tan extendido en la Edad Media
románica y que vuelve a encontrarse representado de modo semejante en dos capiteles no menos admirables: el
uno, en Vézelay, en la iglesia de la Magdalena, y el otro, en Autun, en la catedral de San Lázaro. En efecto, el
personaje figurado en alto relieve en el interior de una mandorla cobra toda su significación hermética con el
exergo latino grabado en el reborde plano de la elipse, y que relaciona muy claramente la gesticulación del heraldo
apocalíptico con el porvenir fatal de la pluralidad de los hombres:

SUPLEDIT QUARTUS SIMULANS IN CARMINE PLANCTUS 2.

Golpea, reproduciendo el cuarto golpe en obediencia a la profecía.

Así, los benedictinos de Cluny anunciaban ya el fin de aquella edad de hierro, ellos a quienes tan sólo separaban
algunos siglos de las calamidades provocadas por la extinción brutal de la raza de bronce:

... La última es de hierro duro.


De inmediato, todo crimen se precipitó en la edad del peor metal: el deber, la verdad y la confianza huyeron, y en su
lugar se establecieron las mentiras y las astucias, las trampas, la violencia y el criminal deseo de poseer3.

En tan nefastas condiciones, la justicia cesa de reinar en el seno de las sociedades humanas, que Publio Ovidio
Nasón encarnó en la diosa, hija de Júpiter y de Temis, y descendida del Olimpo sobre la Tierra en el comienzo de la
edad de oro:
La piedad yace vencida, y la virgen Astrea, la mayor de los cielos, abandona los países inundados por la sangre de
la matanza4.

Publio Virgilio Marón señaló también ta partida de la diosa que, hasta entonces, se había refugiado entre los
jóvenes de los campos:

... entre ellos la Justicia; retirándose de las comarcas, dio sus últimos pasos5.

De la Justicia, Jean Perréal, gracias al escultor Michel Colombe, nos dejó la estatua admirable y femenina para
la tumba sin par que proyectó por encargo de la reina Ana, deseosa de dar a los restos de sus bienamados padres,
el duque Francisco II de Bretaña y Margarita de Foix, una última morada suntuosa. Joven y, pese a su gigantesca
talla, muy agradable, nuestra Temis no presenta, en principio, nada más que los dos atributos clásicos que le son
habituales, es decir, la espada y la balanza. Este instrumento, aquí de dimensiones reducidas, tiene sus dos platillos

1
1792.-N. del T.
2
Supledit está por supplodit. No se otvide que nos hallamos en presencia de una epigrafía de baja latinidad. Asimismo, para el
acusativo, reclamado por simulare en voz activa y transitiva directa nos encontramos en Quinto Curcio Rufo: conterritus
simulans, fingiendo estar atemorizado, lo que autoriza, por tanto, nuestra tesis.
3
... De duro est ultima ferro.
Protinus irrupit venæ pejoris in ævum
Omne nefas: tugere pudor verumque fidesque;
In quorum subiere locum fraudesque dolique
Insidiæque et vis et amor sceleratus habendi.
(Ovidii Metamorphoses, libro primo. Quatuor Aetates. - Las Metamorfosis de Ovidio, libro primero. Las cuatro edades.)
4
Victa jacet pietas, et virgo cœde madentes,
Ultima cælestum, terras Astræa reliquit.
(Ibidem, in loco citato supra.)
5
... extrema per illos
Justitia excedens terris vestigia fecit.
(Georgicorum, liber secundus-libro segundo de Las geórgicas.)

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Las Moradas Filosofales, PREFACIO A LA TERCERA EDICIÓN FRANCESA

al mismo nivel, y nos recuerda lo que declara el adepto anónimo, tan brillantemente traducido por Bruno de
Lansac:
«... y por la fuerza de la atracción pesamos nuestros elementos en una proporción tan justa que permanecen como
balanzas, sin que una parte pueda sobrepasar a la otra, pues cuando un elemento iguala a otro en virtud, de modo,
por ejemplo, que el fijo no sea de ningún modo rebasado por el volátil, ni el volátil por el fijo, entonces de esta
armonía nace un justo peso y una mezcla perfecta».1
Ponderabilidad singutar, por la cual la balanza de Perréal se aplica contra el libro, abierto de par en par,
examinado a menudo por nosotros, siguiendo al maestro en la presente obra. Se verá en ella, en el capítulo de Los
guardias de corps de Francisco II, duque de Bretaña, lo que disimula de enseñanza rara la alegoría, en apariencia
exotérica, de las cuatro virtudes cardinales que se yerguen en los ángulos del mausoleo nantés.
Como particularidad curiosa, la Justicia se muestra tocada con la corona ducal que no poseen sus tres
compañeras, igualmente majestuosas, de manera que creemos con fundamento que se trata de facies de mármol,
animado por Colombe, y que de seguro representa a Ana de Bretaña, inteligente, instruida y hermosa. Basta, para
convencerse de ello, con examinar los dos pequeños esbozos de los rostros de la buena duquesa y de su segundo
marido, Luis XII, que conserva la biblioteca de la Facultad de Medicina de Montpellier, y que fueron ejecutados a
pluma por Perréal, llamado Jehan de Paris.
No sería cosa de sorprenderse si este artista, célebre con fundamento, hubiera impreso semejante sentido
alquímico a su maravillosa composición funeraria; él que era dibujante, pintor, miniaturista y, por añadidura,
poeta, no dejó de firmar en acróstico su Complainte de Nature à 1'alchimiste errant. He aquí los diecinueve versos
que, en el manuscrito seguramente original de la biblioteca Sainte-Geneviève, de París, forman a la vez el íncipit y
la introducción del excelente tratado de alta poesía, y de los que las mayúsculas iniciales constituyen, por otra
parte, el nombre, apellido y lugar de origen del autor IEHAN PERREAL DE PARIS:

Il avint ung iour que nature


En disputant a ung souffleur
Hardiment luy dist creature
A quoy laisse tu fruict pour fleur
Nas tu honte de ta folleur
Pour dieu laisse ta faulcete
Et regarde bien ton erreur
Raison le veult et verite
Renge toy a subtillite
Entens bien mon livre et ty fie
Autrement c'est la pauvrete
Laisse tout. Prens philozophie
Daultre part ie te certiffie
Et me croiz qui suis esperit
Personne nest qui verifie
Autre que moy lavoir escript
Rien nest ne fut qui onc le veit
Ie lay fait pour toy qui le prens
Si tu lentens bien tu apprens2.

Jean Perréal no sigue a Nicolas Flamel, y de éste, el libro famoso de Abraham el Judío, cuando nos confía, en
cuanto al mencionado librito de la Complainte de Nature, que lo descubrió en un agujero sobre el que estaba
pintada una calavera que «il estoit fort vieil» y que lo escribió «ung esperit de terre et soubz terre». Lo leyó, «mais
a grant peine a cause de la vielle lettre et ancienne mode descripre qui estoit en latin», consecuentemente a
imitación de Flamel, que descifró el suyo al precio de largos esfuerzos. Cinco siglos después, Fulcanelli elucidó en
su segunda obra, dirigiéndose a los amantes de la ciencia, el extrañísimo libro dorado, muy viejo y muy amplio, al
mismo tiempo que el inverosímil viaje que en él se relata en la peregrinación a Santiago de Compostela.

1
La Lumiere sortant par soy mesme des Tenebres ou Veritable Theorie de ta Pierre des Philosophes escrite en vers Italiens, &
amplifiée en Latin par un Auteur Anonyme, en forme de Commentaire; le tout traduit en Français par B. D. L. A Paris, chez
Laurent D'Houry, 1687, p. 284.
2
Sucedió que, un día / disputando Naturaleza con un soplador [alquimista de poca monta] / le dijo resueltamente: «Criatura /
¿para qué dejas el fruto por la flor? / ¿No sientes vergüenza de tu locura? / Por Dios, no persistas en tu falsedad / y mira bien tu
error. / La razón lo reclama y la verdad. / Vuélvete sutil / comprende bien mi libro y confÍate, / pues lo contrario significa la
pobreza. / Déjalo todo y decídete por la filosofía. / Por otra parte, te aseguro, / y créeme pues soy espíritu, / que nadie hay que
pueda atribuirse / como no sea yo el haberlo escrito. / Nada es ni fue que jamás lo viera. / Lo he hecho para ti que lo tomas. / Si lo
comprendes bien, aprendes.»
Hemos transcrito rigurosamente el texto, cuya hermosa escritura no lleva acentuación ni apenas puntuación. Así, el lector deberá
advertir, en particular los acentos agudos y los apóstrofos a fin de saborear mejor el lenguaje tan perfecto ya, que cultivaban, en
el mismo siglo medieval, Alain Chartier, Charles d Orléans y François Villon.

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Las Moradas Filosofales, PREFACIO A LA TERCERA EDICIÓN FRANCESA

Nos hallamos, entonces, muy lejos del extravagante empirismo que con toda evidencia preocupó a Jean Perréal,
aunque quedara netamente distinguido de la alquimia tradicional. Ya reinaba la confusión, en su época, entre la
obra de naturaleza (opus naturae) y el trabajo mecánico (opus mechanicae). El filósofo o alquimista y el soplador o
espagirista utilizan un fuego muy diferente; éste, elemental y producido por los combustibles ordinarios, y aquél,
filosófico y nacido de la inagotable fuente celeste. Es ese fuego de la madre Naturaleza el principal artesano de la
Gran Obra; es el que Cristo ha venido a poner en las cosas y que desea obstinadamente que arda en el atanor. Allí
donde puede ser tallada la piedra del ángulo, que el Todopoderoso conserva a disposición de los hombres de buena
voluntad.

La Piedra, sobre la que Jesús edificó la Iglesia, está incluida en la base de toda morada filosofal, mas, por
desgracia, se convierte en ocasiones en causa de tropiezo y de escándalo.
«Y así, por este tratado, he querido indicar y abrir la Piedra de 1os antiguos, que nos ha venido del cielo para la
salvación y el consuelo de los hombres en este valle de lágrimas, como el más alto tesoro terrestre concedido, y,
para mí, ¡cuán legítimo!»
He aquí lo que nos dice Basilio Valentín, hermano de la orden de San Benito, en sus Doudecim Claves
Philosophiae1, y que la mujer alquimista Sabine Stuart de Chevalier parafraseó en su Discours Philosophique sur
les Trois Principes2, tomando así el pretexto de manifestar su admiración hacia el ilustre cenobita mediante un bello
y curioso grabado que los lectores de Fulcanelli nos agradecerán que reproduzcamos aquí (lám. II), como
complemento del que dimos en Alchimie3. Advertirán abajo, a la derecha, colocado sobre el horno, un matraz del
que salen tres cabezuelas y en cuyo interior aparecen desnudos, el uno junto a la otra, el hombre y la mujer
alquímicos, mientras que un niño pequeño se halla en el cuello del recipiente.
El frasco filosofal, habitado de forma semejante, se veía ya entre las figuras en colores del Don de Dios de Jorge
Aurach, y por ello no dejaremos de añadir también la acuarela que ejecutamos hace tiempo de la pequeña pintura
del artista contemporáneo de Jacques Coeur.

La separación alquímica, puesta en alegoría por el adepto alsaciano, es diametralmente contraria a la disociación
de los elementos y, más aún, a su desintegración, que aniquilaría toda esperanza de que en lo sucesivo se reunieran
para una vida nueva y más gloriosa. Esta operación inicial de la Gran Obra, en perfecto acuerdo con el capítulo
del Génesis, preludia la creación del filósofo a partir del caos mineral y microcósmico en cuyo seno se confunden
los elementos. A ejemplo de Dios, al comienzo del mundo el alquimista procede a la separación del cielo y del agua
o, más exactamente, del fuego y del aire con la tierra y el agua.
«Y Dios hizo el firmamento y separó las aguas que estaban bajo el firmamento de aquellas que estaban encima del
firmamento. Y así fue hecho. » 4
En la introducción de nuestra Alchimie hemos indicado, poéticamente, qué clase de ondas son las aguas
superiores, tan consideradas por los antiguos. En este sentido, Fulcanelli a menudo se ha detenido en esta fuente
magnética, en la fuente de magnesia, en particular, siguiendo a Filaleteo y viendo con claridad en el capítulo IV de
su Entrada abierta al palacio cerrado del rey el imán de los filósofos que constituye, para el alquimista, la base,
simultáneamente espiritual y física, de la realización en el laboratorio:
Advierte, además, que nuestro imán posee un centro escondido que abunda en sal, la cual, en la esfera de la luna, es
el menstruo que tiene el poder de calcinar el Oro5.
*

En este punto capital de la elaboración, nos parece oportuno ir un poco más lejos de lo que consintió el maestro y,
por tanto, atraer la atención de algunos sobre la ayuda que pueden esperar de las reservas cósmicas.
Nada más que para la detección de los rayos ultravioleta, ¡qué aparatos, qué técnicas infinitamente complicadas,
fuera de los receptores químicos, bajo los auspicios de la electricidad! Así, en los laboratorios de física-química se
ha podido reconocer que entre las fuentes siderales del rayo a la vez invisible y químico, se sitúa el firmamento
nocturno que, en tiempo claro y sereno, irradia poderosamente en el seno del fluido violeta. Sin duda queda la posi-
bilidad de imaginar hasta dónde llegan a cambiar la naturaleza y el comportamiento del rayo que forma franjas en
el espectro en su extremidad oscura y fría cuando, habiendo partido del Sol, llega a la Tierra tras haber sufrido los
efectos de la Luna. En efecto, es entonces cuando a pesar de la habilidad que requieren, las «ligerezas de manos»
del alquimista aparecen con esta grande y sorprendente simplicidad, propia siempre de los fenómenos de la
Naturaleza.

1
Les Douze Clefs de la Philosophie. Traducción, introducción, notas y explicación de los grabados. Editions de Minuit, p. 73.
2
París, Quillau, 1781. La corona del adeptado viene de la del pequeño rey, del régulo, la cual tiene puntas y va siempre
acompañada del cetro, asi como de la llave que corresponde al vitriolo filosófico
3
Etudes diverses de Symbolisme hermétique et de Pratique philosophale, Ed. Jean-Jacques Pauvert, 1964.
4
Et fecit Deus firmamentum: divisitque aquas quæ erant sub firmamento, ab is quæ erant super firmamentum. Et factum est ita.
5
Introitus apertus ad occlusum Regis Palatium. De Magnete Sophorum. - Del imán de los sabios. - II: Notifico porro, Magnetem
nostrum habere centrum occultum, sale abundans, qui sal est menstruum in sphaera lunæ, qui novit calcinare Aurum.

26
Las Moradas Filosofales, PREFACIO A LA TERCERA EDICIÓN FRANCESA

Es cierto que los sabios de hoy se hallan en grave inferioridad respecto a la universal y natural magia. Por otra
parte, no es verdad que hayan realizado nunca la trasmutación metálica, que entendemos debe ser en proporciones
amplias y no imperceptiblemente infinitesimales. Para entonces, la atomística parece ilustrar muy bien la inmensa
cadena de montañas que, luego de no menos ilimitados dolores, dé a luz una chispa casi microscópica.

Si hubiera que investigar las razones de la audiencia, completamente favorable y sin cesar creciente, que la
alquimia encuentra hoy, habría que tener en cuenta, además del innegable efecto de irresistibles universales, la más
importante, sin duda, que es el fracaso de una enseñanza desligada de preocupaciones espirituales y muy próxima a
abandonar del todo las Letras y las Humanidades a las que teme tanto como desprecia. Se ve proscrito todo
esfuerzo que trate de convertir en noción intelectual la intuición fecunda y la emoción del Absoluto sin límites de
espacio y de duración.
También la menor veleidad de una resolucidn cualquiera se ve desmoralizada por adelantado. La más modesta
tentativa de una aproximación, inevitablemente indefinida, que hiciera florecer el alma del hombre en el seno del
alma uníversal, es reprimida de. inmediato. Ahí reside alquímicamente la indispensable toma de conciencia, en ese
fenómeno de armonía que nace del contacto de dos ritmos extraños y gracias al cual el alma humana pone el suyo
según el diapasón del del Universo y se libera de la estrecha esfera del individuo.
Como lo proclamaba ya Fulcanelli pronto hará medio siglo, no se ata perpetuamente el espíritu con los vínculos
de un positivismo ilusorio y estéril. Sépase bien, añadiremos nosotros, que los juegos, los encantamientos y los
sortilegios del decepcionante análisis han envejecido ya ahora. Las trascendentes certidumbres se infiltran de
nuevo y se instalan con firmeza en las almas que nufren contra la ciencia el amargo reproche de que no haya
conseguido satisfacer la creencia, así como justificar la fe.

Savignies, enero de 1965.

27
LAS MORADAS FILOSOFALES

29
LIBRO PRIMERO

31
Las Moradas Filosofales, HISTORIA Y MONUMENTO

HISTORIA Y MONUMENTO

Paradójica en sus manifestaciones y desconcertante en sus signos, la Edad Media propone a la sagacidad de sus
admiradores la resolución de un singular contrasentido. ¿Cómo conciliar lo inconciliable? ¿Cómo armonizar el
testimonio de los hechos históricos con el de las obras medievales?
Los cronistas nos pintan esta desdichada época con los colores más sombríos. Por espacio de muchos siglos, no hay
más que invasiones, guerras, hambres y epidemias. Y, sin embargo, los monumentos -fieles y sinceros testimonios
de aquellos tiempos nebulosos- no evidencian la menor huella de semejantes azotes. Muy al contrario, parecen haber
sido construidos entre el entusiasmo de una poderosa inspiración de ideal y de fe por un pueblo dichoso de vivir, en
el seno de una sociedad floreciente y fuertemente organizada.
¿Debemos dudar de la veracidad de los relatos históricos, de la autenticidad de los acontecimientos que registran y
creer, con la sabiduría de las naciones, que los pueblos felices no tienen Historia? A menos que, sin refutar en
bloque toda la Historia, se prefiera descubrir, en una ausencia relativa de incidentes, la justificación de la oscuridad
medieval.
Sea como fuere, lo que se mantiene innegable es que todos los edificios góticos sin excepción reflejan una
serenidad, una expansividad y una nobleza sin igual. Si se examina de cerca la expresión de la estatuaria, en
particular, pronto se sentirá uno edificado por el carácter apacible y la tranquilidad pura que emanan de aquellas
figuras. Todas están en calma y sonrientes, y se muestran afables y bondadosas. Humanidad lapidaria, silenciosa y
de buena compañía. Las mujeres poseen esa lozanía que revela bastante, en sus modelos, la excelencia de una
alimentación rica y sustancial. Los niños son mofletudos, llenos, desarrollados. Sacerdotes, diáconos, capuchinos,
hermanos intendentes, clérigos y chantres muestran un rostro jovial o la agradable silueta de su dignidad ventruda.
Sus intérpretes -esos maravillosos y modestos imagineros- no nos engañan y no serían capaces de engañarse. Toman
sus tipos de La vida corriente, entre eL pueblo que se agita en torno a ellos y en medio del cual viven. Una gran
cantidad de esas figuras, tomadas al azar de la callejuela, de la taberna o de la escuela, de la sacristía o del taller, tal
vez están recargados o en exceso acusados, pero en la nota pintoresca, con la preocupación por el carácter, por el
sentido alegre y la forma amplia. Grotescos si se quiere, pero grotescos alegres y llenos de enseñanza. Sátiras de
gentes a las que gusta reír, beber, cantar y darse buena vida. Obras maestras de una escuela realista, profundamente
humana y segura de su maestría, consciente de sus medios, ignorando, en cambio, lo que es el dolor, la miseria, la
opresión y la esclavitud. Eso es tan cierto que por más que se busque y se interrogue la estatuaria ojival, jamás se
descubrirá una figura de Cristo cuya expresión revele un sufrimiento real. Se reconocerá, con nosotros, que los
latomi se han tomado un trabajo enorme para dotar a sus crucificados de una fisonomía grave sin conseguirlo
siempre. Los mejores, apenas demacrados, tienen los ojos cerrados y parecen reposar. En nuestras catedrales, las
escenas del Juicio Final muestran demonios gesticulantes, contrahechos y monstruosos, más cómicos que terribles;
en cuanto a los condenados, malditos anestesiados, se cuecen a fuego lento en su marmita, sin lamentos vanos ni
dolor verdadero.
Esas imágenes libres, viriles y sanas, prueba hasta la evidencia que los artistas de la Edad Media no conocieron en
absoluto el espectáculo deprimente de las miserias humanas. Si el pueblo hubiera sufrido, si las masas hubieran
gemido en el infortunio, los monumentos nos hubieran conservado testimonio de ello. Pero sabemos que el arte, esa
expresión superior de la Humanidad civilizada, no puede desarrollarse libremente sino a favor de una paz estable y
segura. Al igual que la ciencia, el arte no sería capaz de revelar su genio en el ambiente de sociedades en desorden.
Todas las manifestaciones elevadas del pensamiento humano están en él; revoluciones, guerras y revueltas le son
funestas. Reclaman la seguridad nacida del orden y de la concordia, a fin de crecer, florecer y fructificar. Razones
igualmente de peso nos inclinan a aceptar con reserva los acontecimientos medievales consignados por la Historia.
Y confesamos que la afirmación de una «sarta de calamidades, desastres y ruinas acumulados durante ciento cua-
renta y seis años» nos parece en verdad excesiva. Hay en ello una anomalía inexplicable, pues justamente es durante
aquella desgraciada guerra de cien años, que se extiende del año 1337 a 1453 cuando fueron construidos los más
ricos edificios de nuestro estilo flamígero. Es el punto culminante, el apogeo de la forma y de la audacia, la fase
maravillosa en que el espíritu, llama divina, imprime su sello a las últimas creaciones del pensamiento gótico. Es la
época de terminación de las grandes basílicas, pero también se elevan otros monumentos importantes, colegiales o
abaciales, de la arquitectura religiosa: las abadías de Solesmes, de Cluny, de Saint-Riquier, la cartuja de Dijon,
Saint-Wulfram de Abbeville, Saint-Etienne de Beauvais, etc. Se ve surgir de la tierra notables edificios civiles,
desde el hospicio de Beaune hasta el palacio de Justicia de Ruán y el Ayuntamiento de Compiègne; desde las man-
siones construidas un poco por todas partes por Jacques Coeur hasta las atalayas de las ciudades libres como
Béthune, Douai, Dunkerque, etc. En las grandes ciudades francesas, las callejuelas siguen su curso estrecho entre la
aglomeración de los remates apiñonados, de las torrecillas y de los balcones, de las casas de madera esculpida, de
los edificios de piedra con fachadas delicadamente ornadas. Y, en todas partes, bajo la salvaguarda de las

33
Las Moradas Filosofales, HISTORIA Y MONUMENTO

corporaciones, los oficios se desarrollan; en todas partes los compañeros rivalizan en habilidad; en todas partes la
emulación multiplica las obras maestras. La Universidad forma brillantes alumnos, y su renombre se extiende por el
viejo mundo; célebres doctores e ilustres sabios expanden y propagan las bondades de la ciencia y de la filosofía; los
espagiristas amasan, en el silencio del laboratorio, los materiales que más tarde servirán de base a nuestra química;
grandes adeptos dan a la verdad hermética un nuevo esplendor... ¡Qué ardor desplegado en todas las ramas de la
actividad humana!

¡Y qué riqueza, qué fecundidad, qué poderosa fe, qué confianza en el porvenir alentaban bajo ese deseo de edificar,
de crear, de investigar y de descubrir en plena invasión, en este miserable país de Francia sometido a la dominación
extranjera y que conoce todos los horrores de una guerra interminable!
En verdad, no comprendemos...
También se explicará por qué nuestra preferencia sigue centrada en Ia Edad Media tal como nos la revelan los
edificios góticos, más que en esa misma época, tal como nos la describen los historiadores.
Y es que resulta cómodo fabricar, con todas las piezas, textos y documentos, viejas cartas de cálidas pátinas,
pergaminos y sellos de aspecto arcaico, y algún suntuoso libro de horas, anotado en sus márgenes y bellamente
iluminado de orlas, cenefas y miniaturas. Montmartre proporciona a quien lo desea, y según el precio ofrecido, el
Rembrandt desconocido o el auténtico Teniers. Un hábil artesano del barrio des Halles labra, con una inspiración y
una maestría asombrosas, pequeñas divinidades egipcias de oro y bronces macizos, maravillas de imitación que se
disputan ciertos anticuarios. Quién no recuerda, si no, la tan famosa tiara de Saitafernes... La falsificación y la
imitación fraudulenta son tan viejas como el mundo, y la Historia, que tiene horror al vacío cronológico, en
ocasiones ha tenido que llamarlas en su auxilio. Un sapientísimo jesuita del siglo XVII, el padre Jean Hardouin, no
teme denunciar como apócrifas una cantidad de monedas y medallas griegas y romanas acuñadas en la época del
Renacimiento, enterradas con objeto de «colmar» amplias lagunas históricas. Anatole de Montaiglon1 nos ilustra de
que Jacques de Bie publicó, en 1639, un volumen en folio acompañado de láminas y titulado Les Familles de
France, illustrées par les monuments des médailles anciennes et modernes, que, según dice, «tiene más medallas
inventadas que reales». Convengamos en que para suministrar a la Historia la documentación que le faltaba, Jacques
de Bie utilizó un procedimiento más rápido y económico que el denunciado por el padre Hardouin. Victor Hugo2,
citando las cuatro Historias de Francia más reputadas hacia 1830 -las de Dupleix, Mézeray, Vély y la del padre
Daniel-, dice de esta última que el autor, «jesuita famoso por sus descripciones de batallas, ha hecho en veinte años
una historia que no tiene otro mérito que la erudición, y en la cual el conde de Boulainvilliers apenas encontraba
más de diez mil errores». Se sabe que Calígula mandó erigir el año 40, cerca de Boulogne-sur-Mer, la torre de Odre
«para engañar a las generaciones futuras sobre un pretendido desembarco de Calígula en la Gran Bretaña»3.
Convertida en faro (turris ardens) por uno de sus sucesores, la torre de Odre se derrumbó en 1645.
¿Qué historiador nos explicará la razón -superficial o profunda- invocada por los soberanos de Inglaterra para
justificar la calidad y el título de reyes de Francia que conservaron hasta el siglo XVIII? Y, sin embargo, la moneda
inglesa de esta época continúa llevando el sello de semejante pretensión4.
Antaño, en los bancos de la escuela se nos enseñaba que el primer rey francés se llamaba Faramundo, y fijaba en el
año 420 la fecha de su exaltación. Hoy, la genealogía real empieza en Clodión el Velloso, porque se ha reconocido
que su padre, Faramundo, jamás había reinado. Pero, en aquellos tiempos lejanos del siglo V, ¿se está bien seguro de
la autenticidad de los documentos relativos a los hechos y gestas de Clodión? ¿No serán aquéllos y éstas im-
pugnados algún día, antes de ser relegados al ámbito de las leyendas y de las fábulas?
Para Huysmans, la Historia es «la más solemne de las mentiras y la más infantil de las engañifas».
«Los acontecimientos -decíase-, para un hombre de talento, no son más que un trampolín de ideas y de estilo,
puesto que todos se mitigan o se agravan con arreglo a las necesidades de una causa política o según el
temperamento del escritor que los maneja. En cuanto a los documentos que los apuntalan, tienen menos valor aún,
porque ninguno de ellos es irreductible y todos son impugnables. Cuando no resultan apócrifos, se desentierran más
tarde otros, no menos ciertos, que los calumnian, en espera de que a su vez los desvalore la exhumación de otros
archivos no menos seguros»5. Las tumbas de personajes históricos son asimismo fuentes de información sujetas a

1
Anatole de Montaiglon. Prefacio de las Curiositez de Paris, reimpresas según la edición original de 1716. Paris, 1883.
2
Victor Hugo. Littérature et PhiIosophie melées. París, Furne, 1841, p. 31.
3
Anthyme Saint-Paul.
4
Según los historiadores ingleses, los reyes de Inglaterra llevaron el tftulo de reyes de Francia hasta 1453. Tal vez trataban de
justificarlo por la posesión de Calais, que perdieron en 1558. No obstante, continuaron atribuyéndose, hasta la Revolución, la
cualidad de soberanos Franceses. Jusserand dice de Enrique VIII, nombrado defensor de ta fe por el papa León XI, en 1521, que
«ese príncipe voluntarioso y poco escrupuloso que consideraba que lo que era bueno de tomar era bueno de conservar. Es un
razonamiento que había aplicado al reino de Inglaterra mismo, y consecuente al cual había desposeído, encarcelado y matado a su
primo Ricardo VI». Todos los monarcas ingleses practicaron ese principio porque todos profesaban el axioma egoísta: Lo que me
gusta, me lo quedo, y actuaban en consecuencia.
5
J. K. Huysmans, Là-bas. Paris, Plon, 1891, cap. II. (N. del T.: Los párrafos reproducidos los hemos tomado de la traducción
española de la editorial Prometeo, que apareció con el título de Allá lejos.)

34
Las Moradas Filosofales, HISTORIA Y MONUMENTO

controversia. Lo hemos comprobado más de una vez1. Los habitantes de Bérgamo se encontraron en 1922 con una
empresa desagradable. ¿Podían creer que su celebridad local, aquel ardoroso condottiere, Bartholomeo Coleoni, que
llenó en el siglo XV los anales italianos con sus caprichos belicosos, no fue sino una sombra legendaria? Sin
embargo, ante una duda del rey, de visita en Bérgamo, la municipalidad mandó trasladar el mausoleo, adornado con
la célebre estatua ecuestre, abrir la tumba, y todos los asistentes comprobaron, no sin estupor, que estaba vacía... En
Francia, al menos, no se Ileva tan lejos la audacia. Auténticas o no, las sepulturas de este país encierran osamentas.
Amédée de Ponthieu2 narra que el sarcófago de François Myron, edil parisiense de 1604, fue hallado a raíz de las
demoliciones de la casa número 13 de la rue d'Arcole, inmueble erigido sobre los cimientos de la iglesia de Sainte-
Marine, en la cual había sido inhumado. «El féretro de plomo -escribe ese autor- tiene la forma de una elipse
estrangulada... El epitafio estaba borrado. Cuando se levantó la tapa del ataúd no se encontró más que un esqueleto
rodeado de una especie de hollín negruzco mezclado con polvo... Cosa singular, no se descubrieron ni las insignias
de su cargo, ni su espada, ni su anillo, etc., ni tan siquiera trazas de su escudo de armas... Sin embargo, la Comisión
de Bellas Artes, por boca de sus expertos, declaró que con seguridad era el gran edil parisiense, y sus ilustres
reliquias fueron trasladadas a la cripta de Notre-Dame.» Un testimonio de semejante valor lo señala Fernand
Bournon en su obra Paris-Atlas. «No hablaremos más que para memoria -dice- de la casa sita en el Quai aux Fleurs,
del que lleva los níuneros 9 y 11, y que una inscripción, sin sombra de autenticidad ni tan siquiera de verosimilitud
señala como la antigua residencia de Eloísa y Abelardo en 1118, y reconstruida en 1849. Semejantes afirmaciones
grabadas en mármol constituyen un desafío al buen sentido.» Apresurémonos a reconocer que, en sus deformaciones
históricas, el padre Loriquet muestra menos audacia.
Permítasenos aquí una digresión destinada a precisar y definir nuestro pensamiento. Constituye un prejuicio muy
enraizado aquel que, durante largo tiempo, hizo atribuir al sabio Pascal la paternidad de la carretilla volquete. Y
aunque la falsedad de esta atribución esté hoy demostrada, no es menos cierto que la gran mayoría del pueblo
persiste en considerarla fundada. Interrogad a un escolar y os responderá que ese práctico vehículo, por todos
conocido, debe su concepción al ilustre físico. Entre las individualidades en revesadas, alborotadoras y, a menudo,
distraídas del mundillo escolar, el nombre de Pascal se impone a las jóvenes inteligencias sobre todo a causa de esta
pretendida realización. Muchos escolares primarios, en efecto, ignorarán quién es Descartes, Miguel Ángel, Denis
Papin o Torricelli, pero no dudarán un segundo en lo referente a Pascal. Sería interesante saber por qué nuestros
niños, entre tantos admirables descubrimientos cuya aplicación cotidiana tienen ante Los ojos, conocen mejor a
Pascal y a su volquete que a los hombres de talento a quienes debemos el vapor, la pila eléctrica, el azúcar de
remolacha y la bujía esteárica. ¿Es acaso porque la carretilla volquete los afecta más de cerca, les interesa más o les
resulta más familiar? Puede ser. Sea como fuere, el error vulgar que propagaron los libros elementales de Historia
podía ser fácilmente desenmascarado, pues bastaba, tan sólo, con hojear algunos manuscritos iluminados de los
siglos XIII y XIV, en los que muchas miniaturas representan a campesinos medievales utilizando la carretilla3. E
incluso, sin emprender tan delicadas búsquedas, una ojeada lanzada sobre los monumentos hubiera permitido
restablecer la verdad. Entre los motivos que decoran una arquivolta del atrio septentrional de la catedral de
Beauvais, por ejemplo, un viejo rústico del siglo XV aparece representado empujando su carretilla, de un modelo
semejante a las que utilizamos en la actualidad (lám. IV). El mismo utensilio se advierte asimismo en escenas
agrícolas que forman el tema de dos misericordias esculpidas, procedentes de la sillería del coro de la abadía de
SaintLucien, cerca de Beauvais (1492-1500)4. Por añadidura, si la verdad nos obliga a negarle a Pascal el beneficio
de una invención muy antigua, anterior en muchos siglos a su nacimiento, ello no sería capaz de disminuir en nada
la grandeza y el vigor de su genio. El inmortal autor de los Pensamientos, del cálculo de probabilidades, e inventor
de la prensa hidráulica, de la máquina de calcular, etc., arrastra nuestra admiración mediante obras superiores y
descubrimientos de envergadura distinta a la de la carretilla. Mas lo que importa destacar, lo que cuenta tan sólo
para nosotros es que, en la búsqueda de la verdad, es preferible apelar al edificio antes que a las relaciones
históricas, en ocasiones incompletas, a menudo tendenciosas y casi siempre sujetas a reserva.
A una conclusión paralela ha llegado André Geiger cuando, sorprendido por el inexplicable homenaje rendido por
Adriano a la estatua de Nerón, hace justicia a las acusaciones inicuas formuladas contra ese emperador y contra
Tiberio. Al igual que nosotros, niega toda autoridad a los relatos históricos, falsificados a propósito, concernientes a
aquellos presuntos monstruos humanos, y no duda en escribir: «Me fío más de los monumentos y de la lógica que de
las Historias.»
Si, como hemos dicho, la impostura de un texto y la redacción de una crónica no exigen más que un poco de
habilidad y de saber hacer, en contrapartida es imposible construir una catedral. Volvamos nuestra mirada, pues, a
los edificios, que ellos nos proporcionarán más serias y mejores indicaciones. En ellos, al menos, veremos a nuestros
personajes retratados a lo vivo, fijados en la piedra o en la madera con su fisonomía real, su vestido y sus gestos, ya

1
Que los amantes de los recuerdos históricos se tomen el trabajo, para su propia edificación, de reclamar a la alcaldía de
Dourdan (Sena y Oise) un extracto del registro civil, con indicación del folio, del acta de defunción de Roustam-Pacha (Roustan).
Mameluco de Napoleón I, Roustan murió en Dourdan en 1845, a los cincuenta y cinco años.
2
Amédée de Ponthieu, Légendes du Vieux-Paris. París, Bachelin-Deflorenne, 1867.
3
Cf. Biblioteca nacional de París mss. 2090, 2091 y 1092 fondos franceses. Esos tres tomos formaban en principio una sola obra
que fue ofrecida en 1317 al rey Felipe el Largo por Gilles de Pontoise, abad de Saint-Denis. Aquellas iluminaciones y miniaturas
se reproducen en negro en la obra de Henry Martin titulada Légende de Saint-Denis, París, Champion, 1908.
4
Esos sitiales, conservados en el museo de Cluny, llevan las cotas B.399 y B.414

35
Las Moradas Filosofales, HISTORIA Y MONUMENTO

figuren en escenas sagradas o compongan temas profundos. Tomaremos contacto con ellos y no tardaremos en
amarlos. Tan pronto interrogaremos al segador del siglo XIII que alza su hoz en la portada de París, como al
boticario del XV que, en el coro de Amiens, machaca no se sabe qué droga en su mortero de madera. Su vecino, el
borracho de la nariz florida, no es un desconocido para nosotros, pues nos recuerda habernos encontrado, al azar de
nuestras peregrinaciones, con ese alegre bebedor. Acaso fuera nuestro hombre el que exclamara en pleno «misterio»,
ante el espectáculo del milagro de Jesús en las bodas de Caná:

Si scavoye faire ce qu'il f aict,


Toute la mer de Galilée
Seroit ennuyt en vin muée;
Et jamais sus terre n'auroit
Goutte d'eau, ne pleuveroit
Rien du ciel que tout ne fut vin 1.

Y a ese mendigo escapado de la corte de los milagros, sin otro estigma de miseria que sus andrajos y sus piojos,
también le reconocemos. Es a él a quien los Cofrades de la Pasión ponen en escena a los pies de Cristo y que,
lamentable, pronuncia este soliloquio:

Je regarde sus mes drapeaux


Son y a jecté quelque maille;
J'ouïs tantost: baille luy, baille!
-Y n'y a dernier ne demy...
Un povre homme n'a poinct d'amy 2.

Pese a todo cuanto haya podido escribirse, debemos, de buen o de mal grado, acostumbrarnos a la verdad de que, al
comienzo de la Edad Media, la sociedad se elevaba ya a un grado superior de civilización y esplendor. Juan de
Salisbury, que visitó París en 1176, expresa a este respecto en su Polycration el más sincero entusiasmo.
«Cuando veía -dice- la abundancia de subsistencias, la alegría del pueblo, el buen aspecto del clero, la majestad y
la gloria de la Iglesia y las diversas ocupaciones de los hombres admitidos al estudio de la filosofía, me ha parecido
ver esa escala de Jacob cuyo coronamiento alcanzaba el cielo y por la que los ángeles subían y bajaban. Me he visto
forzado a confesar que, en verdad, el Señor estaba en ese lugar y que yo lo ignoraba. También acudió a mi espíritu
este pasaje de un poeta: ¡Feliz aquel a quien se asigna este lugar por exilio!» 3.

1
«Si supiera hacer lo que él hace / todo el mar de Galilea / sería hoy convertido en vino, / y jamás en la tierra habría / gota de
agua, ni lloveria / nada del cielo que no fuera todo vino.»
2
«Miro bajo mis andrajos / si me han echado alguna moneda. / Luego oigo: ¡entrégalo, entrégalo! / - No hay ni medio dinero... /
Un hombre pobre no tiene amigos.»
3
«Parisius cum viderem victualium copiam, lætitiam populi, reverentiam cleri, et totus ecclesiæ majestatem et gloriam, et variam
occupationes philosophantium, admiratus velut illam scalam Jacob, cujus summitas cœlum tangebat, eratque via ascendentium et
descendentium angelorum, coactus sum profiteri quod sera Dominus est in loco ipso, et ego nesciebam. Illud quoque pœticum ad
mentem rediit: felix exilium cui locus iste datur!»

36
Las Moradas Filosofales, II. EDAD MEDIA Y RENACIMIENTO

II. EDAD MEDIA Y RENACIMIENTO

Nadie discute en nuestros días el alto valor de las obras medievales. Mas, ¿quién podrá razonar jamás el extraño
desprecio de que fueron víctimas hasta el siglo XIX? ¿Quién nos aclarara por qué, desde el Renacimiento, la élite de
los artistas, de los sabios y de los pensadores consideraba de buen tono afectar la más completa indiferencia hacia
las creaciones audaces de una época incomprendida, original entre todas y tan magníficamente expresiva del genio
francés? ¿Cuál fue, cuál pudo ser la causa profunda del trastorno de la opinión y, luego, del apartamiento y de la
exclusión que pesaron por tanto tiempo sobre el arte gótico? ¿Debemos culpar a la ignorancia, el capricho y la
perversión del gusto? No lo sabemos. Un escritor francés, Charles de Rémusat1 cree descubrir la razón primera de
este injusto desdén en la ausencia de literatura, lo que no deja de sorprender. «El Renacimiento -nos asegura- ha
despreciado la Edad Media porque la verdadera literatura francesa, la que ha seguido, ha borrado las últimas huellas.
Y, sin embargo, la Francia de la Edad Media ofrece un sorprendente espectáculo. Su genio era elevado y severo.
Gustaba de las graves meditaciones y de las investigaciones profundas, y exponía, en un lenguaje sin gracia y sin
brillantez, verdades sublimes y sutiles hipótesis. Ha producido una literatura singularmente filosófica. Sin duda,
aquella literatura ha ejercitado más al espíritu humano de lo que lo ha servido. En vano hombres de primer orden lo
han ilustrado sucesivamente, pues para las generaciones modernas sus obras no cuentan. Y es que tenían ingenio e
ideas, mas no el talento de bien decir en una lengua que no fuera prestada. Escoto Erígena recuerda en ciertos
momentos a Platón. Apenas se ha llevado más lejos que él la libertad filosófica, y se eleva audazmente en esa región
de las nubes en la que la verdad sólo brilla en relámpagos. Pensaba por su cuenta en el siglo IX. San Anselmo es un
metafísico original cuyo idealismo sabio regenera las creencias vulgares, y ha concebido y realizado el audaz
pensamiento de alcanzar directamente la noción de la divinidad. Es el teólogo de la razón pura. San Bernardo tan
pronto es brïllante e ingenioso como grave y patético. Místico como Fénelon, recuerda a un Bossuet actuan te y
popular que domina en el siglo por la palabra y manda a los reyes en lugar de alabarlos y servirlos. Su triste rival, su
noble víctima, Abelardo, ha llevado en la exposición de la ciencia dialéctica un rigor desconocido y una lucidez
relativa que atestiguan un espíritu nervioso y flexible, hecho para comprenderlo todo y explicarlo todo. Es un gran
propagador de ideas. Eloísa ha forzado una lengua seca y pedante a reflejar las delicadezas de una inteligencia de
élite, los dolores del alma más orgullosa y tierna y los transportes de una pasión desesperada. Juan de Salisbury es
un crítico clarividente a quien el espíritu humano le sirve de espectáculo y al cual describe en sus progresos, en sus
movimientos, en sus retrocesos, con una veracidad y una imparcialidad prematuras. Parece haber adivinado ese
talento de nuestro tiempo, ese arte de colocar ante sí la sociedad intelectual para juzgarla... Santo Tomás, abarcando
de una vez toda la filosofía de su tiempo, en algunos momentos ha sobrepasado la nuestra. Ha contenido toda la
ciencia humana en un perpetuo silogismo y la ha vaciado entera al filo de un razonamiento continuo, realizando así
la unión de un espíritu vasto y de un espíritu lógico. Finalmente, Gerson. Gerson, el teólogo en quien el sentimiento
se disputa con la deducción, que comprendía y desestimaba la filosofía, supo someter la razón sin humillarla,
cautivar los corazones sin ofender los espíritus, imitar, en fin, al Dios que hace que se crea en Él amándolo. Todos
esos hombres, y no nombro a todos sus iguales, eran grandes y sus obras, admirables. Para ser admirados, para
conservar una inffuencia constante sobre la literatura posterior, ¿qué les ha faltado, pues? No ha sido la ciencia, ni el
pensamiento ni el genio, y me temo que sea una sola cosa: el estilo.
«La literatura francesa no viene de ellos. No se remite a su autoridad ni utiliza sus nombres. Tan sólo se ha
gloriado de borrarlos.»
De ello podemos concluir que si a la Edad Media le correspóndió el espíritu, el Renacimiento gozó del maligno
placer de encarcelarnos en la letra...
Lo que dice Charles de Rémusat es muy juicioso; al menos, en lo tocante al primer período medieval, aquel en el
que la intelectualidad aparece sometida a la inffuencia bizantina y aún está imbuida de las doctrinas románicas. Un
siglo más tarde, el mismo razonamiento pierde gran parte de su valor. No puede discutirse, por ejemplo, en las obras
del ciclo de la tabla redonda cierto encanto desligado de una forma ya más cuidada. Teobaldo, conde de Champaña,
en sus Chansons du roi de Navarre, Guillaume de Lorris y Jehan Clopinel, autores del Roman de la Rose y todos los
troveros y trovadores de los siglos XIII y XIV, sin tener el genio altivo de sus antepasados sabios filósofos, saben
servirse de forma agradable de su lengua y se expresan a menudo con la gracia y la flexibilidad que caracterizan la
literatura de nuestros días.
No vemos, pues, por qué el Renacimiento juzgó duramente la Edad Media y sentó plaza de su pretendida carencia
literaria para proscribirla y arrojarla al caos de las civilizaciones nacientes, apenas salidas de la barbarie.
En cuanto a nosotros, estimamos que el pensamiento medieval se revela como de esencia científica y no de otra
especie. El arte y la literatura no son para él sino los humildes servidores de la ciencia tradicional. Tienen por misión

1
Charles de Rémusat, Critique et Etudes littéraires.

37
Las Moradas Filosofales, II. EDAD MEDIA Y RENACIMIENTO

expresa traducir simbólicamente las verdades que la Edad Media recibió de la Antigüedad y de las que se mantuvo
fiel depositaria. Sometidos a la expresión puramente alegórica y mantenidos bajo la voluntad imperativa de la
misma parábola que sustrae a lo profano el misterio cristiano, el arte y la literatura testimonian una preocupación
evidente y hacen alarde de cierta rigidez, pero la solidez y la simplicidad de su factura contribuyen, pese a todo, a
dotarlos de una originalidad indiscutible. Ciertamente, el observador jamás hallará seductora la imagen de Cristo tal
como nos la presentan las portadas románicas, en las que Jesús, en el centro de la mandorla mística, aparece rodeado
de los cuatro animales evangélicos. Nos basta que su divinidad venga subrayada por sus propios emblemas y se
anuncie así reveladora de una enseñanza secreta. Admiramos las obras maestras góticas por su nobleza y por la
audacia de su expresión. Si carecen de la perfección delicada de la forma, poseen en grado supremo el poder
iniciático de una filosofía docta y trascendente. Se trata de producciones graves y austeras, y no de ligeros motivos
graciosos y placenteros como los que el arte, desde el Renacimiento, se ha complacido en prodigarnos. Pero
mientras que estos últimos sólo aspiran a halagar la vista o a subyugar los sentidos, las obras artísticas y literarias de
la Edad Media se apoyan en un pensamiento superior; verdadero y concreto, piedra angular de una ciencia inmu-
table, base indestructible de la religión. Si tuviéramos que definir estas dos tendencias, una profunda y la otra
superficial, diríamos que el arte gótico se manifiesta por entero en la sabia majestad de sus edificios, y que el
Renacimiento lo hace en la agradable decoración de las viviendas.
El coloso medieval no se ha derrumbado de un solo golpe con el declinar del siglo XV. En muchos lugares, su
genio ha sabido resistir aún por largo tiempo a la imposición de las nuevas directivas. Vemos su agonía prolongarse
hasta la mitad, más o menos, del siglo siguiente, y volvemos a encontrar en algunos edificios de aquella época el
impulso filosófico, el fondo de sabiduría que generaron durante tres siglos tantas obras imperecederas. Asimismo,
sin tener en cuenta su edificación más reciente, nos detendremos en esas obras de importancia menor, pero de
significación semejante, con la esperanza de reconocer en ellas la idea secreta, simbólicamente expresada, de sus
autores.
Esos refugios del esoterismo antiguo, esos asilos de la ciencia tradicional, hoy rarísimos, sin tener en cuenta su
destino ni su utilidad, los clasificamos en la iconología hermética, entre los guardianes artísticos de las elevadas
verdades filosofales.
¿Se desea un ejemplo? He aquí el admirable tímpano1 que decoraba, en el lejano siglo XII, la puerta de entrada de
una antigua casa de Reims (lám. V). El tema, muy transparente, podría prescindir con facilidad de la descripción.
Bajo una gran arcada que inscribe otros dos geminados, un maestro enseña a su discípulo y le muestra con el dedo,
en las páginas de un libro abierto, el pasaje que comenta. Encima, un joven y vigoroso atleta estrangula a un animal
monstruoso -tal vez un dragón-, del que sólo se ve la cabeza y el cuello. Junto a él hay dos jovencitos estrechamente
enlazados. La Ciencia aparece así como dominadora de la Fuerza y del Amor, oponiendo la superioridad del espíritu
a las manifestaciones físicas del poder y del sentimiento.
¿Cómo admitir que una construcción animada de semejante pensamiento no haya pertenecido a algún filósofo
desconocido? ¿Por qué habríamos de negar a ese bajo relieve la manifestación de una concepción simbólica que
emana de un cerebro cultivado, de un hombre instruido que afirma su gusto por el estudio y predica con el ejemplo?
Nos equivocaríamos, pues, de medio a medio si excluyéramos esa vivienda, de frontispicio tan característico, de
entre las obras emblemáticas que nos proponemos estudiar bajo el título general de Las moradas filosofales.

1
Ese tímpano se conserva en el museo lapidario de Reims, instalado en los locales del hospital civil (antigua abadía de Saint-
Remi, en la rue Simon). Se descubrió hacia 1857, al construirse la prisión, en los cimientos de la casa llamada de la Chrétienté de
Reims, situada en la place du Parvis, y que llevaba la inscripción: Fides, Spes, Caritas. Esa casa pertenecía al capítulo.

38
Las Moradas Filosofales, III. LA ALQUIMIA MEDIEVAL

III. LA ALQUIMIA MEDIEVAL

De todas las ciencias cultivadas en la Edad Media, ninguna conoció más favor ni más honor que la alquimia. Tal
es el nombre bajo el que se disimulaba entre los árabes el Arte sagrado o sacerdotal que habían heredado de los
egipcios, y que el Occidente medieval debia, más tarde, acoger con tanto entusiasmo.
Muchas controversias se han desarrollado a propósito de las diversas etimologías atribuidas a la palabra alquimia.
Pierre-Jean Fabre, en su Abrégé des Secrets chymiques, pretende que se relacione con el nombre de Cam, hijo de
Noé, que habría sido el primer artesano, y escribe alchamie. El autor anónimo de un curioso manuscrito1 piensa que
«la palabra alquimia deriva de als, que significa sal, y de quimia, que quiere decir fusión. Y así está bien dicho,
porque la sal, que es tan admirable, está usurpada.» Pero si la sal se dice alz en lengua griega, ceimeia, en lugar
de cumeia, alquimia, no tiene otro sentido que el de jugo o humor. Otros descubren el origen en la primera
denominación de la tierra de Egipto, patria del Arte sagrado, Kymia o Chemi. Napoleón Landais no halla ninguna
diferencia entre las dos palabras química y alquimia, y se limita a añadir que el prefijo al no puede ser confundido
con el artículo árabe y significa tan sólo una virtud maravillosa. Quienes sostienen la tesis inversa sirviéndose del
artículo al y del sustantivo quimia (química), entienden designar la química por excelencia o hiperquímica de los
ocultistas modernos. Si debemos aportar a este debate nuestra opinión personal, diremos que la cábala fonética
reconoce un estrecho parentesco entre las palabras griegas ceimeia, cumeia y ceuma, el cual indica lo que
fluye, discurre, mana, y se refiere de modo particular al metal fundido, a la misma fusión y a toda obra hecha de un
metal fundido. Sería ésta una breve y sucinta definición de la alquimia en tanto que técnica metalúrgica2. Pero
sabemos, por otra parte, que el nombre y la cosa se basan en la permutación de la forma por la luz, fuego o espíritu.
Tal es, al menos, el sentido verdadero que indica el lenguaje de los pájaros.
Nacida en Oriente, patria del misterio y de lo maravilloso, la ciencia alquímica se ha expandido por Occidente a
través de tres grandes vías de penetración: bizantina, mediterránea e hispánica. Fue, sobre todo, el resultado de las
conquistas árabes. Este pueblo curioso, estudioso, ávido de filosofía y de cultura, pueblo civilizador por excelencia,
constituye el vínculo de unión, la cadena que relaciona la antigüedad oriental con la Edad Media occidental.
Desempeña, en efecto, en la historia del progreso humano, un papel comparable al que correspondió a los fenicios,
mercaderes entre Egipto y Asiria. Los árabes, discípulos de los griegos y de los persas, transmitieron a Europa la
ciencia de Egipto y de Babilonia, aumentada por sus propias adquisiciones, a través del continente europeo (vía
bizantina), y hacia el siglo VIII de nuestra Era. Por otra parte, la influencia árabe se ejerció en nuestros países a la
vuelta de las expediciones de Palestina (vía mediterránea), y son los cruzados del siglo XII quienes importan la
mayor parte de los conocimientos antiguos. Finalmente, más cerca de nosotros, en la aurora del siglo XIII, nuevos
elementos de civilización, de ciencia y de arte, surgidos hacia el siglo VIII del África septentrional, se extienden por
España (vía hispánica) y vienen a acrecentar las primeras aportaciones del foco grecobizantino.
Al principio tímida e indecisa, la alquimia toma poco a poco conciencia de sí misma y no tarda demasiado en
afirmarse. Tiende a imponerse, y esta planta exótica, trasplantada a nuestro suelo se aclimata en él
maravillosamente, y se desarrolla con tanto vigor que pronto se la ve expansionarse en una exuberante floración. Su
extensión y sus progresos son prodigiosos. Apenas se la cultiva -y tan sólo a la sombra de las celdas monásticas- en
el siglo XII. En el XIV, se propaga a todas partes, irradiando sobre todas las clases sociales, entre las que brilla con
el más vivo fulgor. Todos los países ofrecen a la ciencia misteriosa una multitud de fervientes discípulos, y cada
estamento se esfuerza en sacrificarle. Nobleza y alta burguesía se entregan a ella. Sabios, monjes, príncipes y pre-
lados hacen profesión, y las gentes de oficio y pequeños artesanos, orfebres, gentilhombres, vidrieros, esmaltadores
y boticarios, tampoco dejan de experimentar el irresistible deseo de manejar la retorta. Si no se trabaja a la luz del
día -la autoridad real persigue a los sopladores y los Papas fulminan contra ellos3-, no se deja de estudiar a
escondidas. Se busca con avidez la sociedad de filósofos, verdaderos o pretendidos. Estos emprenden largos viajes,
con intención de aumentar su patrimonio de conocimientos, o corresponden en lenguaje cifrado de país a país y de
reino a reino. Se disputan los manuscritos de los grandes adeptos, los del panopolita Zósimo, de Ostanes y de
Sinesio. Las copias de Jabir, de Razi y de Artefio. Los libros de Moriano, de María la Profetisa y los fragmentos de
Hermes se negocian a precio de oro. La fiebre se apodera de los intelectuales y, con las fraternidades, las logias y los

1
L'Interruption du Sommeil cabalistique ou le Dévoilement des Tableaux de l'Antiquité... Mss. con figuras del siglo XVIII,
biblioteca del Arsenal (París) n.º 2520 (175 S.A.F. - Biblioteca nacional de París, antiguo fondo francés, n.º 670 (71235), siglo
XVII. Biblioteca Sainte-Geneviève, n.º 2267, tratado II, siglo XVIII.
2
Esta definición convendría mejor a la arquimia o voarchadumia, parte de la ciencia que enseña la trasmutación de los metales
unos en otros, antes que a la alquimia propiamente dicha.
3
Cf. la bula Spondent pariter lanzada en 1317 contra los alquimistas por el papa Juan XXII, quien, sin embargo, había escrito su
muy singular Ars transmutatoria metallorum.

39
Las Moradas Filosofales, III. LA ALQUIMIA MEDIEVAL

centros iniciáticos, los sopladores crecen y se multiplican. Pocas familias escapan al pernicioso atractivo de la
quimera dorada, y muy raras son las que no cuentan en su seno con algún alquimista practicante, con. algún
perseguidor de lo imposible. La imaginación se lanza al galope. El auri sacra fames arruina al noble, desespera al
villano, deja hambriento a quienquiera que se deje prender en él y no aprovecha más que al charlatán. «Abades,
obispos, médicos, solitarios -escribe Lenglet-Dufresnoy1-, todos convirtieron la alquimia en ocupación. Era la locura
del tiempo, y se sabe que cada siglo tiene una que le es propia, pero por desgracia aquélla ha reinado más tiempo
que las otras y ni siquiera ha pasado del todo.»
¡Con qué pasión, con qué aliento, con qué esperanzas la ciencia maldita envuelve las ciudades góticas adormecidas
bajo las estrellas! ¡Fermentación subterránea y secreta que, en cuanto cae la noche, puebla con extrañas pulsaciones
las cuevas profundas, se escapa de los tragaluces en claridades intermitentes y asciende en volutas sulfurosas a los
ápices de los remates!
Después del nombre célebre de Artefio (hacia 1130), la nombradía de los maestros que lo suceden consagra la
realidad hermética y estimula el ardor de los aspirantes al adeptado. En el siglo XIII, vive el ilustre monje inglés
Roger Bacon, a quien sus discípulos llaman Doctor admirabilis (1214-1292) y cuya enorme reputación se hace
universal. A continuación, viene Francia con Alain de l'Isle, doctor por París y monje del Císter (muerto hacia
1298); Cristóbal el Parisiense (hacia 1260) y Arnaldo de Vilanova (12451310), mientras que en Italia brillan Tomás
de Aquino -Doctor angelicus- (1225) y el monje Ferrari (1280).
El siglo XIV ve surgir a toda una pléyade de artistas. Raimundo Lulio -Doctor illuminatus-, franciscano español
(1235-1315); Juan Daustin, filósofo inglés; Juan Cremer, abad de Westminster; Ricardo, llamado Roberto el Inglés,
autor del Correctum alchymiae (hacia 1330); el italiano Pedro Bon de Lombardía; el papa francés Juan XXII (1244-
1317); Guillermo de París, patrocinador de los bajo relieves herméticos del atrio de Notre-Dame: Jehan de Meun,
llamado Clopinel, uno de los autores del Roman de la Rose (12801364); Grasseo, llamado Hortulano, comentarista
de la Tabla de esmeralda (1358); y, finalmente, el más famoso y popular de los filósofos franceses, el alquimista
Nicolas Flamel (1330-1417).
El siglo xv marca el período glorioso de la ciencia y sobrepasa aún los precedentes, tanto por la valía como por el
número de los maestros que lo han ilustrado. Entre éstos conviene citar en primer lugar a Basilio Valentín, monje
benedictino de la abadía de San Pedro, en Erfurt, electorado de Maguncia (hacia 1413), el artista más considerable,
tal vez, que el arte hermético haya producido nunca; a su compatriota el abad Tritemio; a Isaac el Holandés (1408);
a los dos ingleses Thomas Norton y George Ripley; a Lambsprinck; a Jorge Aurach, de Estrasburgo (1415); al
monje calabrés Lacini (1459); y al noble Bernardo Trevisan (1406-1490), que empleó cincuenta y seis años de su
vida en la prosecución de la Obra, y cuyo nombre quedará en la historia alquímica como un símbolo de tesón, de
constancia y de irreductible perseverancia.
A partir de este momento, el hermetismo cae en descrédito. Sus mismos partidarios, amargados por la falta de
éxito, se vuelven contra él. Atacado por todas partes, su prestigio desaparece, el entusiasmo decrece y la opinión
cambia. Operaciones prácticas, recogidas, reunidas y luego reveladas y enseñadas, permiten a los disidentes sostener
la tesis de la nada alquímica, y arruinar la filosofía echando las bases de nuestra química. Seton, Wenceslao Lavinio
de Moravia, Zacarías y Paracelso son, en el siglo XVI, los únicos herederos conocidos del esoterismo egipcio del
que el Renacimiento ha renegado tras haberlo corrompido. Rindamos, de pasada, un supremo homenaje al ardiente
defensor de las verdades antiguas que fue Paracelso. El gran tribuno merece por nuestra parte un eterno
reconocimiento por su última y valiente intervención que, aunque vana, no por ello deja de constituir uno de sus
mejores timbres de gloria.
El arte hermético prolonga su agonía hasta el siglo XVII y, por fin, se extingue, no sin haber dado al mundo
occidental tres vástagos de gran envergadura: Láscaris, el presidente d'Espagnet y el misterioso Ireneo Filaleteo,
enigma vivo cuya personalidad jamás pudo descubrirse.

1
Lenglet-Dufresnoy, Histoire de la Philosophie hermétique. París, Coustelier, 1742.

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Las Moradas Filosofales, IV. EL LABORATORIO LEGENDARIO

IV. EL LABORATORIO LEGENDARIO

Con su cortejo de misterio y de desconocido, bajo su velo de iluminismo y de maravilloso, la alquimia evoca todo
un pasado de historias lejanas, de narraciones miríficas y de testimonios sorprendentes. Sus teorías singulares, sus
extrañas recetas, la secular nombradía de sus grandes maestros, las apasionadas controversias que suscitó, el favor
de que gozó en la Edad Media y su literatura oscura, enigmática y paradójica nos parecen desprender hoy el tufo del
moho y del aire rarificado que adquieren, al correr de los años, los sepulcros vacíos, las flores marchitas, las
viviendas abandonadas y los pergaminos amarillentos.
¿El alquimista? Un anciano meditabundo, de frente grave y coronada de cabellos blancos, de silueta pálida y
achacosa, personaje original de una Humanidad desaparecida y de un mundo olvidado; un recluso testarudo,
encorvado por el estudio, las vigilias, la investigación perseverante y el desciframiento obstinado de los enigmas de
la alta ciencia. Tal es el filósofo a quien la imaginación del poeta y el pincel del artista se han complacido en
presentarnos.
Su laboratorio - sótano, celda o cripta antigua - apenas se ilumina con una luz triste que ayuda a difundir las
múltiples telarañas polvorientas. Sin embargo, ahí, en medio del silencio, se consuma el prodigio poco a poco. La
infatigable Naturaleza, mejor que en sus abismos rocosos. se afana bajo la prudente vigilancia del hombre, con el
socorro de los astros y por la gracia de Dios. ¡Labor oculta, tarea ingrata y ciclópea, de una amplitud de pesadilla!
En el centro de este in pace, un ser, un sabio para quien ninguna otra cosa existe ya, vigila, atento y paciente, las
fases sucesivas de la Gran Obra...
A medida que nuestros ojos se habitúan mil cosas salen de la penumbra, nacen y se precisan. ¿Dónde estamos,
Señor? ¿Tal vez en el antro de Polifemo o acaso en la caverna de Vulcano?
Cerca de nosotros hay una fragua apagada cubierta de polvo y de virutas de forja, y la bigornia, el martillo, las
pinzas, las tijeras y las tenazas; moldes oxidados y los útiles rudos y poderosos del metalúrgico han ido a caer allá.
En un rincón, gruesos libros pesadamente herrados -como antifonarios - con cintas selladas con plomos vetustos;
manuscritos cenizosos y grimorios amontonados mezclados unos con otros; volúmenes cubiertos de notas y de
fórmulas, maculados desde el incipit al explicit. Redomas ventrudas corno buenos monjes y repletas de emulsiones
opalescentes, de líquidos glaucos herrumbrosos o encarnadinos exhalan esos relentes ácidos cuya aspereza anuda la
garganta y pica en la nariz.
En la campana del horno se alinean curiosas vasijas oblongas, de cuello corto, selladas y encapuchadas con cera;
matraces de esferas irisadas por los depósitos metálicos estiran sus cuellos unas veces delgados y cilíndricos, y otras
abocinados o hinchados; las cucúrbitas verdosas, y las retortas de cerámica aparecen junto a los crisoles de tierra
roja y llameada. Al fondo, colocados en sus montones de paja a lo largo de una cornisa de piedra, unos huevos
filosóficos hialinos y e elegantes contrastan con la maciza y abultada calabaza, praegnans cucurbita.
¡Condenación! He aquí ahora piezas anatómicas, fragmentos esqueléticos: cráneos ennegrecidos, desdentados y
repugnantes en su rictus de ultratumba; fetos humanos suspendidos, desecados y encogidos, miserables desechos
que ofrecen a la mirada su cuerpo minúsculo, su cabeza apergaminada, desdeñable y lastimosa. Esos ojos redondos,
vidriosos y dorados son los de una lechuza de plumaje marchito, que tiene por vecino a un cocodrilo, salamandra
gigante, otro símbolo importante de la práctica. El espantoso reptil emerge de un rincón oscuro, tiende la cadena de
sus vértebras sobre sus patas rechonchas y dirige hacia las arcadas la sima ósea de sus temibles maxilares.
Esparcidos sin orden, al azar de las necesidades, en la placa del horno, se ven botes vitrificados, alúdeles o
sublimatorios; pelicanos de paredes espesas; infiernos semejantes a grandes huevos de los que se viera una de las
chalazas; recipientes oliváceos hundidos de lleno en la arena, contra el atanor de humaredas ligeras que ascienden
hacia la bóveda ojival. Aquí está el alambique de cobre -homo galeatus-, maculado de babas verdes; allá, los
descensores y los dos hermanos o gemelos de la cohobación; recipientes con serpentines; pesados morteros de
fundición o de mármol; un ancho fuelle de flancos de cuero raído junto a un montón de garruchas, de tejas, de
copelas, de evaporatorios...
¡Amasijo caótico de instrumentos arcaicos, de materiales extraños y de utensilios caducos, almoneda de todas las
ciencias, batiburrillo de faunas impresionantes! Y planeando sobre ese desorden, fijo en la clave de bóveda, como
pendiente con las alas desplegadas, el gran cuervo, jeroglífico de la muerte material y de sus descomposiciones,
emblema misterioso de misteriosas operaciones.
Curiosa también la muralla o, al menos, lo que de ella queda. Inscripciones de sentido místico llenan los vacíos:
Hic lapis est subtus te, supra te, erga te et circa te; versos mnemónicos se hacen un lío, grabados al capricho del
estilete en la piedra blanda; predomina uno de ellos, trazado en cursiva gótica: Azoth et ignis tibi sufficiunt,
caracteres hebraicos; círculos cortados por triángulos, entremezclados con cuadriláteros a la manera de las
signaturas gnósticas. Aquí, un pensamiento, fundado sobre el dogma de la unidad, resume toda una filosofía: Omnia
ab uno et in unum omnia. Aparte, la imagen de la hoz, emblema del decimotercer arcano y de la casa natural; la

41
Las Moradas Filosofales, IV. EL LABORATORIO LEGENDARIO

estrella de Salomón; el símbolo del Cangrejo, obsecración del mal espíritu; algunos pasajes de Zoroastro,
testimonios de la alta antigüedad de las ciencias malditas. Finalmente, situado en el campo luminoso del tragaluz, y
más legible en ese dédalo de imprevisiones, el ternario hermético: Sal, Sulphur, Mercurius...
Tal es el cuadro legendario del alquimista y de su laboratorio. Visión fantástica, desprovista de veracidad, salida de
la imaginación popular y reproducida en los viejos almanaques, tesoros del cotilleo.
¿Sopladores, magistas, brujos, astrólogos, nigromantes?
-¡Anatema y maldición!

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Las Moradas Filosofales, V. QUÍMICA Y FILOSOFÍA

V. QUÍMICA Y FILOSOFÍA

La química es, indiscutiblemente, la ciencia de los hechos, como la alquimia lo es de las causas. La primera,
limitada al ámbito material, se apoya en la experiencia, en tanto que la segunda, toma de preferencia sus directrices
en la filosofía. Si una tiene por objeto el estudio de los cuerpos naturales, la otra intenta penetrar en el misterioso
dinamismo que preside sus transformaciones. Es esto lo que determina su diferencia esencial y nos permite decir que
la alquimia, comparada a nuestra ciencia positiva, la única admitida y enseñada hoy, es una química espiritualista
porque nos permite entrever a Dios a través de las tinieblas de la sustancia.
Por añadidura, no nos parece suficiente saber reconocer y clasificar los hechos con exactitud. Es preciso, aún,
interrogar a la Naturaleza para aprender de ella en qué condiciones y bajo el imperio de qué voluntad se operan sus
múltiples producciones. El espíritu filosófico no sería capaz, en efecto, de contentarse con una simple posibilidad de
identificación de los cuerpos, sino que reclama el conocimiento del secreto de su elaboración. Entreabrir la puerta
del laboratorio donde la Naturaleza mezcla los elementos está bien, pero descubrir la fuerza oculta bajo cuya
influencia se efectúa su labor, mejor. Nos hallamos lejos, evidentemente, de conocer todos los cuerpos naturales y
sus combinaciones, ya que cada día descubrimos otros nuevos, pero sabemos lo suficiente como para renunciar
provisionalmente al estudio de la materia inerte y dirigir nuestras investigaciones hacia el animador desconocido,
agente de tantas maravillas.
Decir, por ejemplo, que dos volúmenes de hidrógeno combinados con un volumen de oxígeno dan agua es anunciar
una trivialidad química. Y, sin embargo, ¿quién nos enseñará por qué el resultado de esa combinación presenta, con
un estado especial, caracteres que no poseen en absoluto los gases que la han producido? ¿Cuál es, pues, el agente
que impone al compuesto su especificidad nueva y obliga al agua, solidificada por el frío, a cristalizar siempre en el
mismo sistema? Por una parte, si el hecho es innegable y está rigurosamente controlado, ¿de dónde procede el que
nos resulte imposible reproducirla por simple lectura de la fórmula encargada de explicar su mecanismo? Pues falta,
en la notación H2O el agente esencial capaz de provocar la unión íntima de los elementos gaseosos, es decir, el
fuego. Pero desafiamos al más hábil químico a que fabrique agua sintética mezclando el oxígeno con el hidrógeno
en los volúmenes indicados: ambos gases rehusarán siempre combinarse. Para tener éxito en la experiencia, es
indispensable hacer intervenir el fuego, ya sea en forma de chispa o en la de un cuerpo en ignición o susceptible de
ser puesto en incandescencia (esponja de platino). Se reconoce, así, sin que se pueda oponer a nuestra tesis el menor
argumento serio, que la fórmula química del agua es, si no falsa, al menos incompleta y truncada. Y el agente
intermediario fuego, sin el cual ninguna combinación puede efectuarse, al estar excluido de la notación química,
hace que la ciencia entera se manifieste como lagunar e incapaz de suministrar, mediante sus fórmulas, una
explicación lógica y verdadera de los fenómenos estudiados. «La química física -escribe A. Etard1 - arrastra a la
mayoría de los espíritus investigadores. Ella es la que toca más de cerca las verdades profundas, y será ella la que
nos revele lentamente las leyes capaces de cambiar todos nuestros sistemas y nuestras fórmulas. Pero por su
importancia misma, este tipo de química es el más abstracto y el más misterioso de cuantos existen. Las mejores
inteligencias no pueden, durante los cortos instantes de un pensamiento creador, llegar a la atención sostenida y a la
comparación de todos los grandes hechos conocidos. Ante semejante imposibilidad, se recurre a las representaciones
matemáticas. Estas representaciones son, las más de las veces, perfectas en sus métodos y en sus resultados, pero en
la aplicación a lo que es profundamente desconocido, no puede lograrse que las matemáticas descubran verdades
cuyos elementos no les ha confiado. El hombre mejor dotado plantea mal el problema que no comprende. Si estos
problemas pudieran ser reducidos correctamente a una ecuación, se tendría la esperanza de resolverlos. Pero en el
estado de ignorancia en que nos encontramos, nos vemos fatalmente limitados a introducir numerosas constantes, a
descuidar los términos y a aplicar hipótesis... La reducción a ecuación no es, tal vez, correcta del todo, pero nos
consolamos porque conduce a una solución, por más que constituye una detención temporal del progreso de la
ciencia el que tales soluciones se impongan durante años a personalidades de valía como una demostración
científica. Muchos trabajos se realizan en este sentido, los cuales ocupan tiempo y conducen a teorías
contradictorias destinadas al olvido.»
Esas famosas teorías que por tanto tiempo fueron invocadas y opuestas a las concepciones herméticas ven hoy en
día su solidez fuertemente comprometida. Sabios sinceros pertenecientes a la escuela creadora de esas mismas
hipótesis consideradas como certidumbres - no les conceden sino un valor muy relativo.
Su campo de acción se reduce paralelamente a la disminución de su poder de investigación. Es lo que expresa con
esa franqueza reveladora del verdadero espíritu científico, Emile Picard en la Revue des Deux Mondes. «En cuanto a
las teorías - escribe -, ya no se proponen dar una explicación causal de la realidad misma, sino sólo traducir ésta a
imágenes a símbolos matemáticos. Se pide a esos instrumentos de trabajo que son las teorías que coordinen, al

1
A. Etard, Revue annuelle de Chimie pure, en Revue des Sciences, 30 setiembre de 1896, p. 775.

43
Las Moradas Filosofales, V. QUÍMICA Y FILOSOFÍA

menos por un tiempo, los fenómenos conocidos y que prevean otros nuevos. Cuando su fecundidad queda agotada,
se esfuerzan en hacerle experimentar las transformaciones que ha hecho necesarias el descubrimiento de hechos
nuevos.» Así, pues, contrariamente a la filosofía, que rebasa los hechos y asegura la orientación de las ideas y su
conexión práctica, la teoría, concebida a posteriori y modificada según los resultados de la experiencia a medida que
se efectúan nuevas adquisiciones, refleja siempre la incertidumbre de las cosas provisionales y da a la ciencia
moderna el carácter de un perpetuo empirismo. Gran cantidad de hechos químicos seriamente observados resisten a
la lógica y desafían todo razonamiento, «El ioduro cúprico, por ejemplo - dice J. Duclaux1 -, se descompone
espontáneamente en iodo y yoduro cuproso. Puesto que el iodo es un oxidante y las sales cuprosas son reductoras,
esta descomposición es inexplicable. La formación de compuestos en extremo inestables, tales como el cloruro de
nitrógeno, es asimismo inexplicable. Tampoco se comprende por qué el oro, que resiste a los ácidos y a los álcalis,
incluso concentrados y calientes, se disuelve en una solución extendida y fría de cianuro de potasio; por qué el
hidrógeno sulfurado es más volátil que el agua; por qué el cloruro de azufre, compuesto de dos elementos cada uno
de los cuales se combina con el potasio con incandescencia, no actúa sobre ese metal.»
Acabamos de hablar del fuego. Todavía no lo consideramos más que en su forma vulgar y no en su esencia
espiritual, la cual se introduce en los cuerpos en el momento de su aparición en el plano físico. Lo que deseamos
demostrar sin salirnos del ámbito alquímico es el error grave que domina toda la ciencia actual y le impide
reconocer ese principio universal que anima la sustancia, pertenezca al reino que pertenezca. Sin embargo, se
manifiesta en torno nuestro, ante nuestros ojos, ya sea por las propiedades nuevas que la materia herede de él, ya por
los fenómenos que acompañen su desprendimiento. La luz - fuego ramificado y espiritualizado - posee las mismas
virtudes y el mismo poder químico que el fuego elemental y grosero. Una experiencia dirigida hacia la realización
sintética del ácido clorhídrico (ClH) a partir de sus compuestos lo demuestra de modo suficiente. Si se encierran en
un frasco de vidrio volúmenes iguales de gas cloro y de hidrógeno, ambos gases conservarán su individualidad
propia en tanto que la redoma que los contenga se mantenga en la oscuridad. Ya a la luz difusa, su combinación se
efectúa poco a poco, pero si se expone el recipiente a los rayos solares directos, estalla con violencia.
Se nos objetará que el fuego, considerado como simple catalizador, no forma en absoluto parte integrante de la
sustancia y que, en consecuencia, no se lo puede señalar en la expresión de las fórmulas químicas. El argumento es
más falaz que verdadero, pues la misma experiencia lo invalida. He aquí un terrón de azúcar, cuya ecuación no
incluye ningún equivalente del fuego. Si lo rompemos en la oscuridad, veremos que desprende una chispita azul.
¿De dónde proviene? ¿Dónde se halla encerrada sino en la textura cristalina de la sacarosa? Hemos hablado del
agua. Pues bien, arrojemos a su superficie un fragmento de potasio: se inflama espontáneamente y arde con energía.
¿Dónde, pues, se escondía esta llama visible? Ya sea en el agua, en el aire o en el metal, ello importa poco; el hecho
esencial es que existe potencialmente en el interior de uno u otro de esos cuerpos o quizá de todos. ¿Qué es el
fósforo, portador de luz y generador de fuego? ¿Cómo transforman las noctílucas, las luciérnagas y los gusanos de
luz una parte de su energía vital en luminosa? ¿Quién obliga a las sales de uranio, de cerio y de circonio a
convertirse en fluorescentes cuando han estado sometidas a la acción de la luz solar? ¿Por qué misterioso
sincronismo el platino - cianuro de bario brilla al contacto de los rayos Roentgen?
Y no se hable de la oxidación en el orden normal de los fenómenos ígneos, pues ello significaría hacer retroceder la
cuestión en lugar de resolverla. La oxidación es una resultante y no una causa; es una combinación sometida a un
principio activo, a un agente. Si ciertas oxidaciones enérgicas desprenden calor o fuego es, muy ciertamente, por la
razón de que este fuego se hallaba primero en el seno del cuerpo en cuestión. El fluido eléctrico, silencioso, oscuro y
frío, recorre su conductor metálico sin influenciarlo mayormente ni manifestar su paso a través de él, pero si va a dar
con una resistencia, la energía se revela de inmediato con las cualidades y bajo el aspecto del fuego. Un filamento de
lámpara se vuelve incandescente, el carbón de la cucúrbita se convierte en brasas, y el hilo metálico más refractario
se funde en seguida. Entonces, ¿no es la electricidad un fuego verdadero, un fuego en potencia? ¿De dónde extrae su
origen sino de la descomposición (pilas) o de la disgregación de los metales (dínamos), cuerpos eminentemente
cargados del principio ígneo? Desprendamos una partícula de acero o de hierro mediante abrasión o por el choque
contra un sílex, y veremos brillar la chispa así puesta en libertad. Es bastante conocido el encendedor neumático,
basado en la propiedad que posee el aire atmosférico de inflamarse por simple compresión. Los mismos líquidos son
a menudo verdaderas reservas de fuego. Basta verter algunas gotas de ácido nítrico concentrado en la esencia de
trementina para provocar su inflamación. En la categoría de las sales, citemos de memoria las fulminantes, la
nitrocelulosa, el picrato de potasa, etc.
Sin multiplicar más los ejemplos, se advierte que resultaría pueril sostener que el fuego, por el hecho de que no
podemos percibirlo directamente en la materia, no se halle, en realidad, en ella en estado latente. Los viejos
alquimistas, que poseían de fuente tradicional más conocimientos de los que estamos dispuestos a reconocerles,
aseguraban que el Sol es un astro frío y que sus rayos son oscuros2. Nada parece más paradójico ni más contrario a
la apariencia y, sin embargo, nada es más verdadero. Algunos instantes de reflexión permiten convencerse de ello.
Si el Sol fuera un globo de fuego, como se nos enseña, bastaría acercarse por poco que fuera para experimentar el
efecto de un calor creciente. Y lo que sucede es justo lo contrario, pues las altas montañas permanecen coronadas de
nieve pese a los ardores del verano. En las regiones elevadas de la atmósfera, cuando el astro pasa por el cenit, el
globo de los aerostatos se cubre de escarcha y sus pasajeros padecen un frío muy vivo. Así, la experiencia demuestra

1
J. Duclaux, La Chimie de la Matière vivante. Paris, Alcan, 1910 p.14
2
Cf. Cosmopolita o Nouvelle Lumiere chymique, París, 1669, página 50.

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Las Moradas Filosofales, V. QUÍMICA Y FILOSOFÍA

que la temperatura desciende a medida que aumenta la altura. La misma luz se nos hace sensible cuando nos
encontramos situados en el campo de su irradiación. En cuanto nos situamos fuera del haz radiante, su acción cesa
para nuestros ojos. Es un hecho bien conocido que un observador que contempla el cielo desde el fondo de un pozo
al mediodía ve el firmamento nocturno y constelado.
¿De dónde proceden, pues, el calor y la luz? Del simple choque de las vibraciones frías y oscuras contra las
moléculas gaseosas de nuestra atmósfera. Y como la resistencia crece en razón directa de la densidad del medio, el
calor y la luz son más fuertes en la superficie terrestre que en las grandes altitudes porque las capas de aire son,
asimismo, más densas. Tal es, al menos, la explicación física del fenómeno. En realidad, y según la teoría hermética,
la oposición al movimiento vibratorio y la reacción no son sino las causas primeras de un efecto que se traduce por
la liberación de los átomos luminosos e ígneos del aire atmosférico. Bajo la acción del bombardeo vibratorio, el
espíritu, liberado del cuerpo, se reviste para nuestros sentidos de las cualidades físicas características de su fase
activa: luminosidad, brillo y calor.
Así, el único reproche que se puede dirigir a la ciencia química es el de no tener en cuenta el agente ígneo,
principio espiritual y base de la energética, bajo cuya influencia se operan todas las transformaciones materiales. La
exclusión sistemática de -este espíritu, voluntad superior y dinamismo escondido de las cosas, es lo que priva a la
química moderna del carácter filosófico que posee la antigua alquimia. «Usted cree -escribe Henri Hélier a L.
Olivier1 en la fecundidad indefinida de la experiencia. Sin duda, pero siempre la experimentación se ha dejado llevar
por una idea preconcebida, por una filosofía. Idea a menudo casi absurda en apariencia, filosofía en ocasiones
extraña y desconcertante en sus signos. "Si yo contara cómo he hecho mis descubrimientos, decía Faraday, me
tomaríais por un imbécil." Todos los grandes químicos han tenido así ideas en la cabeza que se han guardado muy
mucho de darlas a conocer... De sus trabajos hemos extraído nuestros métodos y teorías actuales, los cuales
constituyen el más precioso resultado de aquéllos, pero no fueron su origen.»
«El alambique, con sus aires graves y reposados - dice un filósofo anónimo2 -, ha conseguido en química una gran
clientela. Tratad de fiaros de él; es un depositario infiel y un usurero. Le confiáis un objeto por completo sano,
dotado de propiedades naturales indiscutibles, con una forma que constituye su existencia, y os lo vuelve informe,
en polvo o en gas, y tiene la pretensión de devolvéroslo todo cuando se lo ha quedado todo, menos el peso, que no es
nada puesto que procede de una causa independiente del cuerpo mismo. Y el sindicato de los sabios sanciona esta
horrible usura! Le dais vino y os devuelve tanino, alcohol y agua a peso igual .¿Qué falta? El gusto, es decir, la
única cosa que hace que sea vino, y así con todo. Puesto que habéis obtenido tres cosas del vino, señores químicos,
decís que el vino está compuesto de esas tres cosas. Recomponedlo, pues, o yo os diré que son tres cosas las que se
obtienen del vino. Podéis deshacer lo que habéis hecho, pero jamás reharéis lo que habéis deshecho en la
Naturaleza. Los cuerpos sólo se os resisten en la proporción en que están combinados con más fuerza, y llamáis
cuerpos simples a todos aquellos que se os resisten: ¡vanidad!
»Me gusta el microscopio porque se contenta con mostrarnos las cosas tal como son, extendiendo simplemente
nuestra percepción; así, son los sabios, pues, los que le prestan opiniones. Pero cuando, sumergidos en los últimos
detalles, esos señores colocan bajo el microscopio el grano más pequeño o la gotita más insignificante, el
instrumento guasón parece decirles, al tiempo que les muestra animales vivos: ¡Analizadme éstos! ¿Qué es, pues, lo
que lo analiza? ¡Vanidad, vanidad!
»Finalmente, cuando un sabio doctor hunde el bisturí en un cadáver para buscar en él las causas de la enfermedad
que ha hecho una víctima, con su ayuda no encuentra más que resultados, pues la causa de la
muerte está en la de la vida, y la verdadera medicina, la que practicó naturalmente Cristo y que renace
científicamente con la homeopatía, la medicina de los semejantes, se estudia en el individuo vivo. Pero cuando se
trata de la vida, como nada hay que se parezca menos a un vivo que un muerto, la anatomía es la más triste de las
vanidades.
»Así, pues, ¿son todos los instrumentos causa de error? Lejos de ello, pero indican la verdad en un límite tan
restringido que su verdad no es más que una vanidad, con lo que resulta imposible atribuirles una verdad absoluta.
Es lo que yo llamo la imposibilidad de lo real, y en ello me baso para afirmar la posibilidad de lo maravilloso.»
Positiva en sus hechos la química se mantiene negativa en su espíritu, y es precisamente eso lo que la diferencia de
la ciencia hermética, cuyo ámbito comprende, sobre todo, el estudio de las causas eficientes, de sus influencias, de
las modalidades que afectan según los medios y las condiciones. Este estudio, exclusivamente filosófico, permite al
hombre penetrar el misterio de los hechos, comprender su extensión e identificar, en fin, a la inteligencia suprema,
alma del Universo, Luz, Dios. Así, la alquimia, remontándose de lo concreto a lo abstracto, del positivismo material
al espiritualismo puro, ensancha el campo de los conocimientos humanos, de las posibilidades de acción, y realiza la
unión de Dios y de la Naturaleza, de la Creación y del Creador, de la Ciencia y de la Religión.
No se vea en esta discusión ninguna crítica injusta o tendenciosa dirigida contra los químicos. Respetamos a todas
las personas laboriosas a cualquier condición que pertenezcan, y profesamos personalmente la más profunda
admiración por los grandes sabios cuyos descubrimientos han enriquecido de manera tan magnífica la ciencia actual.
Pero lo que los hombres de buena fe lamentarán con nosotros no son tanto las divergencias de opinión libremente
expresadas, como las enfadosas intenciones de un sectarismo estrecho que siembra la discordia entre los partidarios
de una y otra doctrina. La vida es demasiado breve y el tiempo demasiado precioso para malgastarlos en vanas

1
Lettre sur la Philosophie chimique, en la Revue des Sciences, 30 de diciembre de 1896, p. 1227.
2
Comment l’Esprit vient aux tables, par un homme qui n'a pas perdu l'esprit. París, Librairie Nouvelle, 1854, p. 150.

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Las Moradas Filosofales, V. QUÍMICA Y FILOSOFÍA

polémicas, y no es honrarse demasiado despreciar el saber de otro. Poco importa, por añadidura, que tantos
investigadores se pierdan si son sinceros y si su mismo error los conduce a útiles descubrimientos. Errare humanum
est, dice el viejo adagio, y la ilusión se apodera a menudo de la diadema de la verdad. Aquellos que perseveran a
pesar de la falta de éxito tienen, pues, derecho a toda nuestra simpatía. Por desgracia, el espíritu científico es una
cualidad rara en el hombre de ciencia, y hallamos este defecto en el origen de las luchas que señalamos. De que una
verdad no esté demostrada ni sea demostrable con ayuda de los medios de que dispone la ciencia, no puede inferirse
que no lo sea jamás. «Le mot impossible n'est pas français», decía Arago; y nosotros añadirnos que esa palabra es
contraria al verdadero espíritu científico. Calificar una cosa de imposible porque su posibilidad actual resulte dudosa
evidencia falta de confianza en el porvenir y es renegar del progreso. Lémery1 no comete una imprudencia grave
cuando se atreve a escribir, a propósito del alkaest o disolvente universal: «En cuanto a mí, lo creo imaginario
puesto que no lo conozco.» Nuestro químico, como se convendrá en ello, estimaba en gran manera el valor y la
extensión de sus conocimientos. Harrys, cerebro refractario al pensamiento hermético, definía así la alquimia, sin
haber querido estudiarla jamás: Ars sine artre, cujus principium est mentiri, medium laborare et finis mendicare2.
Al lado de estos sabios encerrados en su torre de marfil, al lado de estos hombres de mérito indiscutible, cierto,
pero esclavos de prejuicios tenaces, otros no dudaron en absoluto en otorgar derecho de ciudadanía a la vieja
ciencia. Spinoza y Leibniz creían en la piedra filosofar y en la crisopeya. Pascal llegó a la certidumbre de ella3. Más
cerca de nosotros, algunos espíritus elevados, entre otros Sir Humphrey Davy, pensaban que las investigaciones
herméticas podían conducir a resultados insospechados. Jean-Baptiste Dumas, en sus Leçons sur la Philosophie
chimique se expresa en estos términos: «Nos estaría permitido admitir cuerpos simples isómeros? Esta pregunta toca
de cerca la transmutación de los metales. Resuelta afirmativamente, daría oportunidades de éxito a la búsqueda de la
piedra filosofal... Es preciso, pues, consultar a la experiencia, y la experiencia, hay que decirlo, no se halla hasta el
momento en absoluto en oposición con la posibilidad de la transmutación de los cuerpos simples... Se opone,
incluso, a que se rechace esta idea como un absurdo demostrado por el actual estado de nuestros conocimientos.»
François-Vincent Raspail era un químico convencido, y las obras de los filósofos clásicos ocupaban un lugar
preponderante entre sus demás libros. Ernest Bosc4 cuenta que Auguste Cahours, miembro de la Academia Francesa
de las Ciencias, le había revelado que «su venerado maestro Chevreul profesaba la mayor estima por nuestros viejos
alquimistas, y también su rica biblioteca encerraba casi todas las obras importantes de los filósofos herméticos5.
Parecería, incluso, que el decano de los estudiantes de Fran cia, como Chevreul se titulaba a sí mismo, había
aprendido mucho de esos viejos mamotretos, y que les debía una parte de sus hermosos descubrimientos. El ilustre
Chevreul, en efecto, sabía leer entre líneas muchos datos que habían pasado inadvertidas antes de él.» Uno de los
maestros más célebres de la ciencia química, Marcellin Berthelot, no se contentó, ni mucho menos, con adoptar la
opinión de la Escuela. Contrariamente a la mayoría de sus colegas, que hablan audazmente de la alquimia sin
conocerla, consagró más de veinte años al paciente estudio de los textos originales, griegos y árabes. Y de ese largo
comercio con los maestros antiguos, nació en él aquella convicción de que «los principios herméticos, en su
conjunto, son tan sostenibles como las mejores teorías modernas». De no ser por la promesa que les hicimos,
podríamos añadir a esos sabios los nombres de ciertas eminencias científicas, por entero conquistadas para el arte de
Hermes, pero cuya situación misma les obliga a practicarlo tan sólo en secreto.
En nuestros días, y aunque la unidad de la sustancia - base de la doctrina enseñada desde la Antigüedad por todos
los alquimistas - sea admitida y oficialmente consagrada, no parece, sin embargo, que la idea de la transmutación
haya seguido el mismo progreso. El hecho resulta tanto más sorprendente cuanto que no cabría admitir la una sin

1
Lémery, Cours de Chymie. París, d'Houry, 1757.
2
«Un arte sin arte, cuyo principio es mentir, la mitad, trabajar, y el final, mendigar.»
3
¿Fue alquimista Pascal? Nada nos autoriza a pretender que así fuera. Lo más seguro es que realizara por si mismo la
transmutación a menos que la hubiera visto consumarse, ante sus ojos, en el laboratorio de un adepto. La operación duró dos
horas. Eso es lo que se desprende de un curioso documento autógrafo de papel, redactado en estilo místico, y que se halló cosido
en su vestido cuando se procedió a su entierro. He aquí el comienzo, que es también la parte esencial:

El año de gracia de 1654,

lunes, 23 de noviembre, día de San Clemente, papa y mártir,


Y otros del martirologio,
víspera de San Crisógono, mártir, y otros,
después de alrededor de las diez y media de la noche más o menos hasta
las doce y media,
FUEGO.
Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob,
y no el de los filósofos y de lo sabios.
Certeza, certeza, sentimiento, alegría y paz.

Hemos subrayado al proposito, aunque no lo esté en la pieza original, la palabra Crisógono de la que se sirve el autor para
calificar la transmutación. Está formada, en efecto, por dos términos griegos: crusoz, oro y gonh, generación. La muerte, que
de ordinario se lleva el secreto de los hombres, debía revelar el de Pascal, philosophus per ignem.
4
Ernest Bosc, Dictionnaire d'Orientalisme, d'occultisme et de Psychologie. Tomo I: art. Alchimie.
5
Chevreul legó su biblioteca hermética al Museo de Historia Natural de París.

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Las Moradas Filosofales, V. QUÍMICA Y FILOSOFÍA

considerar la posibilidad de la otra. Por otra parte, en vista de la gran antigüedad de la tesis hermética, podría
pensarse con cierta razón que en el curso de los siglos ha podido hallarse confirmada por la experiencia. Es verdad
que los sabios hacen, por lo general, poco caso de los argumentos de este orden, y que los testimonios más dignos de
fe y mejor fundamentados les parecen sospechosos, ya sea porque los ignoran o porque prefieren desinteresarse de
ellos. A fin de que no se nos acuse lo más mínimo de atribuirles alguna intención malévola al desnaturalizar su
pensamiento, y para permitir al lector que juzgue con toda libertad, someteremos a su apreciación las opiniones de
sabios y filósofos modernos sobre el tema que nos ocupa. Jean Finot1, habiendo hecho un llamamiento a los
hombres competentes, les propuso la pregunta siguiente: En el estado actual de la ciencia, la transmutación
metálica es posible o realizable. ¿Puede ser considerada, incluso, como realizada según nuestros conocimientos?
He aquí las respuestas que recibió:
Doctor Max Nordeau: «Permítame que me abstenga de toda discusión acerca de la transmutación de la materia.
Adopto el dogma (es uno de ellos) de la unidad de aquélla, la hipótesis de la evolución de los elementos químicos de
peso atómico más ligero a más pesado, e incluso la teoría - imprudentemente llamada ley - de la periodicidad de
Mendeléiev. No niego la posibilidad teórica de rehacer artificialmente, con métodos de laboratorio, una parte de esa
evolución, producida naturalmente en miles de millones o billones de años por las fuerzas cósmicas, y transformar
en oro metales más ligeros. Pero no creo que nuestro siglo sea testigo de la realización del sueño de los
alquimistas.»
Henri Poincaré: «La ciencia no puede y no debe decir ¡jamás! Tal vez un día se descubra el principio de fabricar
oro, pero, por el momento, el problema no parece resuelto.»
Madame M. Curie: «Si es verdad que han sido observadas transformaciones atómicas espontáneas con los cuerpos
radiactivos (producción de helio por esos cuerpos que usted señala, lo cual es perfectamente exacto), se puede, por
otra parte, asegurar que ninguna transformación de cuerpo simple ha sido aún obtenida por el esfuerzo de los
hombres y gracias a dispositivos imaginados por ellos. Es, pues, del todo inútil, hoy, considerar las consecuencias
posibles de la fabricación del oro. »
Gustave Le Bon: «Es posible que se transforme acero en oro como se transforma, según dice, el uranio en radio y
en helio, pero esas transformaciones no afectan más que a milmillonésimas de miligramos, y entonces sería mucho
más económico obtener oro del mar, que contiene toneladas de él.»
Diez años después, una revista de divulgación científica2 realizó la misma encuesta y publicó las opiniones
siguientes:
Charles Richet, profesor de la Facultad de Medicina de París, miembro del Instituto de Francia y premio Nobel:
«Confieso que carezco de opinión acerca de este asunto.»
Urbain y Jules Perrin: «De no producirse una revolución en el arte de explotar las fuerzas naturales, el oro sintético
-si no es una quimera -, no valdrá la pena de ser explotado industrialmente.»
Charles Moureu: «La fabricación del oro no es tina hipótesis absurda. Es casi la única afirmación que puede
emitir un verdadero sabio... Un sabio no afirma nada "a priori..." La transmutación es un hecho que comprobamos
todos los días.»
A este pensamiento tan audazmente expresado, elaborado por un cerebro intrépido, dotado del más noble espíritu
científico y de un sentido profundo de la verdad, opondremos otro de calidad muy distinta. Se trata de la apreciación
de Henry Le Châtelier, miembro del Instituto de Francia, profesor de química de la Facultad de Ciencias de París:
«Me niego en absoluto -escribe el ilustre maestro- a toda entrevista sobre el tema del oro sintético. Considero que
ello debe de derivar de alguna tentativa de estafa, como los famosos diamantes Lemoine.»
En verdad que no se podría testimoniar con menos palabras y amenidad tanto desprecio por los viejos adeptos,
maestros venerados de los alquimistas actuales. Para nuestro autor, que sin duda jamás ha abierto un libro hermético,
transmutación es sinónimo de charlatanismo. Discípulo de esos grandes desaparecidos, parece bastante natural que
debamos heredar su molesta reputación. Nada importa. En ello reside nuestra gloria, la única, por otra parte, que se
digna concedernos cuando halla la oportunidad la ignorancia diplomada, orgullosa de sus baratijas: cruces, sellos,
palmas y pergaminos. Pero dejemos al asno llevar con gravedad sus reliquias y volvamos a nuestro tema.
Las respuestas que se acaban de leer - excepto la de Charles Moureu - son semejantes en cuanto al fondo. Todas
proceden de una misma fuente; el espíritu académico las ha dictado. Nuestros sabios aceptan la posibilidad teórica
de la transmutación, pero se niegan a creer en su realidad material. Niegan después de haber afirmado, lo que
constituye un medio cómodo de quedar a la expectativa y de no comprometerse ni salirse del ámbito de las
relatividades.
¿Podemos hablar de transformaciones atómicas que afectan a algunas moléculas de sustancia? ¿Cómo reconocerles
un valor absoluto si sólo se las puede controlar indirectamente por caminos apartados? ¿Se trata de una simple
concesión que los modernos hacen a los antiguos? Pero nosotros nunca hemos oído decir que la ciencia hermética
haya pedido limosna. La conocemos bastante rica de observaciones, bastante provista de hechos positivos como para
no verse reducida a la mendicidad. Por otra parte, la idea teórica que nuestros químicos sostienen hoy pertenece, sin
discusión, a los alquimistas. Se trata de su bien propio, y nadie sería capaz de rehusarles el beneficio de una
anterioridad reconocida de quince siglos. Esos hombres han sido los primeros en demostrar la realización efectiva,
nacida de la unidad de sustancia, base invulnerable de su filosofía. Por añadidura, nos preguntamos por qué la

1
Cf. La Revue, n.- 18, 15 de setiembre de 1912, p. 162 y ss.
2
«Je sais tout.» La fabrication synthétique de I'or est-elle possible? N.º- 194, 15 de febrero de 1922.

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Las Moradas Filosofales, V. QUÍMICA Y FILOSOFÍA

ciencia actual, dotada de medios múltiples y poderosos y de métodos rigurosos servidos por unos instrumentos
precisos y perfeccionados ha empleado tanto tiempo para reconocer la veracidad del principio hermético. A partir de
este momento, nos consideramos con derecho a concluir que los viejos alquimistas, con la ayuda de procedimientos
muy simples, habían descubierto, no obstante, de forma experimental la prueba formal capaz de imponer como una
verdad absoluta el concepto de la transmutación metálica. Nuestros predecesores no fueron ni insensatos ni
impostores, y la idea madre que guió sus trabajos, la misma que se infiltra en las esferas científicas de nuestra época,
es extraña a los principios hipotéticos cuyas fluctuaciones y vicisitudes ignora.
Aseguramos, pues, sin tomar partido, que los grandes sabios cuyas opiniones hemos reproducido se equivocan
cuando niegan el resultado lucrativo de la transmutación. Se engañan acerca de la constitución y las cualidades
profundas de la materia, aunque piensen haber sondeado todos sus misterios. Mas, ¡ay!, la complejidad de sus
teorías, el amasijo de palabras creadas para explicar lo inexplicable y, sobre todo, la influencia perniciosa de una
educación materialista los empujan a investigar muy lejos de aquello que está a su alcance. Matemáticos en su
mayoría, pierden en simplicidad y en buen sentido lo que ganan en lógica humana y en rigor numeral. Sueñan con
aprisionar la Naturaleza en una fórmula y con reducir la vida a una ecuación. Así, por desviaciones sucesivas, llegan
inconscientemente a alejarse tanto de la verdad simple, que justifican la dura palabra del Evangelio: «¡Tienen ojos
para no ver y sentidos para no comprender!»
¿Sería posible llevar a esos hombres a una concepción menos complicada de las cosas, guiar a esos extraviados
hacia la luz del espiritualismo que les falta? Vamos a intentarlo y digamos, de buen principio,
dirigiéndonos a aquellos que deseen seguirnos, que no se estudia la naturaleza viva fuera de su actividad. El análisis
de la molécula y del átomo no enseña nada, pues es incapaz de resolver el problema más elevado que un sabio pueda
plantearse: ¿cuál es la esencia de ese dinamismo invisible y misterioso que anima la sustancia? En efecto, ¿qué
sabemos de la vida sino que encontramos su consecuencia física en el fenómeno del movimiento? Sin embargo, todo
es vida y movimiento aquí abajo. La actividad vital, muy aparente entre los animales y los vegetales, no lo es mucho
menos en el reino mineral, aunque exija del observador una atención más aguda. Los metales, en efecto, son cuerpos
vivos y sensibles, de lo que son testigos el termómetro y mercurio, las sales de plata, los fluoruros, etc. ¿Qué es la
dilatación y la contracción sino dos efectos del dinamismo metálico, dos manifestaciones de la vida mineral? Sin
embargo, no le basta al filósofo comprobar tan sólo el alargamiento de una barra de hierro sometida al calor, sino
que todavía le es preciso investigar qué voluntad oculta obliga al metal a dilatarse. Se sabe que éste, bajo la
impresión de las radiaciones calóricas, abre sus poros, distiende sus moléculas y aumenta de superficie y de
volumen. En cierto modo, se expande, como lo hacemos nosotros, bajo la acción de los benéficos efluvios solares.
No se puede negar, pues, que semejante reacción tenga una causa profunda, inmaterial, pues no sabríamos explicar,
sin ese impulso, qué fuerza obligaría a las partículas cristalinas a abandonar su aparente inercia. Esta voluntad
metálica, el alma misma del metal, queda claramente puesta en evidencia en uno de los hermosos experimentos
hechos por Ch.-Ed. Guillaume. Una barra de acero calibrado es sometida a una tracción continua y progresiva cuya
potencia se registra con ayuda del dinamógrafo. Cuando la barra va a ceder, manifiesta un estrangulamiento cuyo
lugar exacto se fija. Se detiene la extensión y la barra vuelve a sus dimensiones primitivas. Luego, se reanuda el
experimento. Esta vez, el estrangulamiento se produce en un punto distinto del primero. Prosiguiendo la misma
técnica, se advierte que todos los puntos han sido experimentados sucesivamente y que han ido cediendo, uno tras
otro, a la misma tracción. Pero si se calibra una última vez la barra de acero, reanudando el experimento por el
principio, se advierte que es preciso emplear una fuerza muy superior a la primera para provocar la aparición de los
síntomas de ruptura. Ch.-Ed . Guillaurne concluye de esos ensayos, con mucha razón, que el metal se ha comportado
como lo hubiera hecho un cuerpo orgánico: ha reforzado sucesivamente todas sus partes débiles y aumentado a
propósito su coherencia para mejor defender su integridad amenazada. Una enseñanza análoga se desprende del
estudio de los compuestos salinos cristalizados. Si se quiebra la arista de un cristal cualquiera y se lo sumerge, así
mutilado, en el agua madre que lo produjo, no sólo se lo ve reparar de inmediato su herida, sino incluso acrecentarse
con una velocidad mayor que la de los cristales intactos que han permanecido en la misma solución. Descubrimos
aun una prueba evidente de la vitalidad metálica en el hecho de que, en América, los raíles de las vías férreas
muestran, sin razón aparente, los efectos de una singular evolución. En ninguna parte son más frecuentes los
descarrilamientos ni más inexplicables las catástrofes. Los ingenieros encargados de estudiar la causa de estas
múltiples rupturas la atribuyen al «envejecimiento prematuro» del acero. Bajo la influencia probable de condiciones
climáticas especiales, el metal envejece rápidamente, desde muy pronto, pierde su elasticidad, su maleabilidad y su
resistencia, y la tenacidad y la cohesión parecen diminuidas hasta el punto de volverlo seco y quebradizo. Esta
degeneración metálica, por otra parte, no se limita tan sólo a los raíles, sino que extiende sus estragos a las placas de
blindaje de los navíos acorazados, las cuales quedan fuera de servicio, por lo general tras algunos meses de uso. Al
ensayarlas, se sorprenden de verlas quebrarse en muchos fragmentos con el choque de una simple granada
rompedora. El debilitamiento de la energía vital, fase normal y característica de decrepitud, de senilidad del metal,
es un claro signo precursor de su muerte próxima. Pero puesto que la muerte, corolario de la vida, es la consecuencia
directa del nacimiento, de ello se sigue que los metales y minerales manifiestan su sumisión a la ley de
predestinación que rige a todos los seres creados. Nacer, vivir, morir o transformarse son los tres estadios de un
período único que abarca toda la actividad física. Y como esta actividad tiene por función esencial renovarse,
continuar reproduciéndose por generación, llegamos a la conclusión de que los metales llevan en sí, al igual que los
animales y los vegetales, la facultad de multiplicar su especie.

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Las Moradas Filosofales, V. QUÍMICA Y FILOSOFÍA

Tal es la verdad analógica que la alquimia se esforzó en practicar, y tal es, asimismo, la idea hermética que nos ha
parecido necesario poner primero de relieve. Así, la filosofía enseña y la experiencia demuestra que los metales,
gracias a su propia simiente, pueden ser reproducidos y desarrollados en cantidad. Eso es, por otra parte, lo que la
palabra de Dios nos revela en el Génesis, cuando el Creador transmite una parcela de su actividad a las criaturas
salidas de su misma sustancia, pues el mandato divino creced y multiplicaos no se aplica sólo al hombre, sino que
está dirigido al conjunto de los seres vivos extendidos por la Naturaleza entera.

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Las Moradas Filosofales, VI. LA CÁBALA HERMÉTICA

VI. LA CÁBALA HERMÉTICA

La alquimia tan sólo es oscura porque está oculta. Los filósofos que quisieron transmitir a la posteridad la
exposición de su doctrina y el fruto de sus labores se guardaron de divulgar el arte presentándolo bajo una forma
común, a fin de que el profano no pudiera hacer mal uso de él. También, por su dificultad de comprensión, por el
misterio de sus enigmas y porque la opacidad de sus parábolas, la ciencia se ha visto relegada entre las
ensoñaciones, las ilusiones y las quimeras.
Es cierto que esos viejos mamotretos de tonos parduscos no se dejan penetrar con facilidad. Pretender leerlos a la
manera de nuestros libros sería pedir demasiado. Sin embargo, la primera impresión que se recibe, por extraña y
confusa que parezca, no deja de ser menos vibrante y persuasiva. Se adivina, a través del lenguaje alegórico y la
abundancia de una nomenclatura equívoca, ese relámpago de verdad, esa convicción profunda nacida de hechos
ciertos, debidamente observados y que no deben nada a las especulaciones fantásticas de la imaginación pura.
Se nos objetará, sin duda, que las mejores obras herméticas contienen muchas lagunas, acumulan contradicciones y
se esmaltan de falsas recetas, y se nos dirá que el modus operandi varía según los autores y que, si el desarrollo
teórico es el mismo en todos los casos, por el contrario, las descripciones de los cuerpos empleados ofrecen
raramente entre sí una similitud rigurosa. Responderemos que los filósofos no disponían de otras fuentes para
ocultar a unos lo que querían mostrar a otros, más que ese fárrago de metáforas y de símbolos diversos, y esa
prolijidad de términos y de fórmulas caprichosas trazadas a vuelapluma y expresadas en lenguaje claro para uso de
los ávidos o de los insensatos. En cuanto al argumento referente a la práctica, cae por su propio peso por la simple
razón de que si la materia inicial puede ser examinada bajo uno cualquiera de los múltiples aspectos que adquiere en
el curso del trabajo, y si los artistas no describen nunca sino una parte de la técnica, parece que existen otros tantos
procesos distintos como escritores cultivan el género.
Por lo demás, no debemos olvidar que los tratados llegados a nosotros han sido compuestos durante el más
floreciente período alquímico, el que abarca los tres últimos siglos de la Edad Media. En efecto, en aquella época, el
espíritu popular, por completo impregnado del misticismo oriental, se complacía en el acertijo, en el velo simbólico
y en la expresión alegórica. Este disfraz halagaba el instinto inquieto del pueblo y proporcionaba a la inspiración
satírica de los grandes un alimento nuevo. También había conquistado el favor general y se encontraba en todas
partes, firmemente arraigado en los diferentes peldaños de la escala social. Brillaba en palabras ingeniosas en la
conversación de las gentes cultivadas, nobles o burgueses, y se vulgarizaba en ingenuos retruécanos en el truhán.
Adornaba la muestra de los tenderos con jeroglíficos pintorescos y se apoderaban del blasón, cuyas reglas esotéricas
y cuyo protocolo establecía. Imponía en el arte, en la literatura y, sobre todo, en el esoterismo su ropaje abigarrado
de imágenes, de enigmas y de emblemas.
A él le debemos esa variedad de enseñas curiosas cuyo número y singularidad se añaden aún al carácter tan
netamente original de las producciones francesas medievales. Nada sorprende tanto a nuestro modernismo como
esas pancartas de taberneros que oscilan sobre un eje de hierro, en las que tan sólo reconocemos la letra O seguida
de una K cortada de un trazo, pero el borracho del siglo XIV no se equivocaba y entraba, sin dudar, au grand
cabaret. Las hosterías arbolaban a menudo un león dorado en posición heráldica, lo cual, para el peregrino en busca
de albergue, significaba que «se podía dormir», gracias al doble sentido de la imagen: au lit on dort, en el lecho se
duerme (au lion d'or, el león de oro). Edouard Fournier1 nos cuenta que, en París, la rue du Bout-du-Monde aún
existía en el siglo XVII. «Este nombre - añade el autor -, que le venía del hecho de haber estado mucho tiempo muy
cerca de la muralla de la ciudad, había sido figurado en jeroglíficos en la enseña de una taberna. Se había
representado un hueso (os), un buco (bouc), un búho (duc) y un mundo (monde).»
Junto al blasón formado por las armas de la nobleza hereditaria, se descubre otro cuyas armas son sólo parlantes y
tributarios del jeroglífico. Este último señala a los plebeyos llegados por la fortuna al rango de personajes de
condición. Frangois Myron, edil parisiense de 1604, llevaba, así, «gules en el espejo redondo» («de gueules au
miroir rond»). Un advenedizo de la misma clase, superior del monasterio de San Bartolomé, en Londres, el prior
Bolton - que ocupó el cargo de 1532 a 1539 - había hecho esculpir sus armas sobre el mirador del triforio, desde
donde vigilaba los piadosos ejercicios de sus monjes. Se ve en él una flecha (bolt) atravesando un pequeño barril
(tun), de donde resulta Bolton (lám. VI). En sus Enigmes des rues de Paris, Edouard Fournier, al que acabamos de
citar, tras habernos iniciado en las disputas de Luis XIV y de Louvois a raíz de la construcción de los Inválidos,
promovidas porque éste deseaba colocar sus «armas» al lado de las del rey, y tropezaba así con las órdenes
contrarias del monarca, nos dice que Louvois «tomó sus medidas de otra manera para fijar, en los Inválidos, su
recuerdo de una manera inmutable y parlante.

1
Edouard Fournier, Enigmes des rues de Paris. París, E. Dentu, 1860.

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Las Moradas Filosofales, VI. LA CÁBALA HERMÉTICA

»Entrad en el patio de honor del recinto y contemplad los sotabancos que coronan las fachadas del monumental
cuadrilátero. Cuando lleguéis al quinto de los que se alinean en lo alto de la bovedilla oriental, junto a la iglesia,
examinadlo bien. La ornamentación es muy particular. Está esculpido un lobo de medio cuerpo, con las patas que se
abaten sobre la abertura del ojo de buey, al que rodean; la cabeza está medio oculta bajo una espesura de palmas, y
los ojos se fijan ardientemente en el suelo del patio. No dudéis de que ahí hay un monumental juego de palabras,
como tan a menudo se hacía para las armas parlantes, y en este jeroglífico de piedra se encuentra el desquite y la
satisfacción del vanidoso ministro. Ese lobo mira; ese lobo va (ce loup voit). ¡Y ése es su emblema! Para que no
haya lugar a dudas, ha hecho esculpir en la buhardilla contigua, a la derecha, un barril de pólvora haciendo
explosión, símbolo de la guerra, departamento del que fue impetuoso ministro. En el sotabanco de la izquierda se
representa un penacho de plumas de avestruz, atributo de un alto y poderoso señor, como pretendía ser él. Y todavía
en otras dos buhardillas de la misma bovedilla aparecen un búho y un murciélago, pájaros de la vigilancia, su gran
virtud. Colbert, cuya fortuna tenía el mismo origen que la de Louvois, y que no tenía menos vanidosas pretensiones
de nobleza, había tomado por emblema la culebra (coluber), como Louvois había escogido el lobo (loup).»
La afición por el jeroglífico, último eco de la lengua sagrada, se ha debilitado considerablemente en nuestros días.
Ya no se cultiva, y apenas interesa a los escolares de la generación actual. Al cesar de proporcionar a la ciencia del
blasón el medio de descifrar sus enigmas, el jeroglífico ha perdido el valor esotérico que poseyera antaño. Lo
hallamos hoy refugiado en las últimas páginas de las revistas, donde - como pasatiempo recreativo - su papel se
limita a la expresión de imágenes de algunos proverbios. Apenas se señala de vez en cuando una aplicación regular,
pero con frecuencia orientada a una finalidad de reclamo, de este arte en decadencia. Así, una gran firma moderna,
especializada en la construcción de máquinas de coser, adoptó para su publicidad un cartel muy conocido que
representa a una mujer sentada, cosiendo a máquina, en el centro de una S majestuosa. Se ve, sobre todo, en ella la
inicial del fabricante, aunque el jeroglífico esté claro y su sentido sea transparente: esta mujer cose en su embarazo,
lo que es una alusión a la suavidad del mecanismo.
El tiempo, que arruina y devora las obras humanas, no ha respetado el viejo lenguaje hermético. La indiferencia, la
ignorancia y el olvido han rematado la acción disgregadora de los siglos. Pero no nos atreveríamos tampoco a
sostener que se haya perdido del todo, pues algunos iniciados conservan sus reglas, saben sacar partido de los
recursos que ofrece en la transmisión de verdades secretas o lo emplean como clave mnemotécnica de enseñanza.
En el año de 1843, los reclutas destinados al regimiento de Infantería número 46, con guarnición en París, podían
encontrar cada, semana, al atravesar el patio del cuartel de Luis Felipe, a un profesor poco corriente. Según un
testigo ocular - uno de nuestros parientes, suboficial por entonces y que seguía asiduamente sus lecciones-, era un
hombre todavía joven, pero de aspecto descuidado, con largos cabellos que caían en rizos por sus hombros, y cuya
fisonomía -, muy expresiva, llevaba la impronta de una notable inteligencia. Por la noche, enseñaba a los militares
que lo deseaban Historia de Francia, mediante una pequeña retribución, y empleaba un método que afirmaba era
conocido desde la más remota antigüedad. En realidad, ese curso, tan seductor para quienes asistían a él, estaba
basado en la cábala fonética tradicional1.
Algunos ejemplos escogidos entre aquellos cuyo recuerdo hemos conservado, darán una idea del procedimiento.
Tras un corto preámbulo sobre una decena de signos convencionales destinados, por su forma y unión, a encontrar
todas las fechas históricas, el profesor trazaba en el encerado un gráfico muy simplificado. Esta imagen, que se
grababa fácilmente en la memoria, era, en cierto modo, el símbolo completo del reinado que se estudiaba.
El primero de aquellos dibujos mostraba un personaje en pie en lo alto de una torre y sosteniendo una antorcha con
la mano. Sobre una línea horizontal, figurativa del suelo, se alineaban tres accesorios: una silla, un cayado y un
escabel. La explicación del esquema era simple. Lo que el hombre eleva en su mano sirve de faro: faro de mano,
Faramundo 2. La torre que lo sostiene indica la cifra l: Faramundo fue, se dice, el primer rey de Francia. Finalmente,
la silla es el jeroglífico de la cifra 4, el cayado lo es del 2 y el escabel es el signo del cero, lo cual da el número 420,
presunta fecha del advenimiento del soberano legendario.
Como no ignoramos, Clodoveo era uno de esos bribones con los que no hay nada que hacer si no se emplea la
fuerza. Turbulento, agresivo, batallador y dispuesto a romperlo todo, sólo soñaba en calamidades y juergas. Sus
buenos padres, tanto para domarlo como por prudencia, lo habían atado a la silla. Toda la Corte sabía que estaba
encerrado y «atornillado» (clos à vis, Clovis, Clodoveo). La silla y dos cuernos de caza puestos en el suelo daban la
fecha 466.
Clotario, de naturaleza indolente, paseaba su melancolía por un campo rodeado de murallas. El infortunado se
encontraba así encerrado (clos) en su tierra (terre) : Clotaire-Clotario.
Chilperico - no sabemos por qué causa - se agitaba en una sartén de freír, como un simple espárrago, gritando hasta
perder el aliento: ¡Perezco! (J'y péris!, Chilperic).
Dagoberto adoptaba el exterior poco pacífico de un guerrero que blandía una daga e iba vestido con una cota de
malla (haubert) - Dagobert.

1
La palabra cábala es una deformación del griego carqan , que chapurrea o habla una lengua bárbara.
2
Hay aquí identidad absoluta de figuración y de sentido con la cábala expresada en los grabados de ciertas viejas obras como, en
particular, El sueño de Polifilo, El rey Salomón se representa siempre por una mano que sostiene una rama de sauce (saule):
saule a main, Salomón. Una margarita (marguerite) significa me echa de menos (me regrette), etc. En este sentido conviene
analizar los dichos y maneras de hablar de Pantagruel y de Gargantúa si quiere averiguarse todo cuanto está «escondido» en la
obra del notable iniciado que fue Rabelais.

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Las Moradas Filosofales, VI. LA CÁBALA HERMÉTICA

San Luis -¿quién lo hubiera dicho?- apreciaba mucho el pulido y el brillo de las piezas de oro recién acuñadas, y
también dedicaba sus ocios a fundir viejos luises para obtener otros nuevos: Luis IX.
En cuanto al pequeño cabo - grandeza y decadencia -, su blasón no precisaba el empleo de ningún personaje. Una
mesa cubierta con su mantel (nappe), y sobre la que aparecía un vulgar cazo (poêlon) bastaban para identificarlo:
Nappe et poêlon, Napoleón...
Estos juegos de palabras, asociados o no a los jeroglíficos, servían a los iniciados como clave para sus
conversaciones verbales. En las obras acroamáticas, se reservaban los anagramas unas veces para enmascarar la
personalidad del autor, y otras para disfrazar el título y sustraer al profano el pensamiento clave. Éste es el caso, en
particular, de un librito muy curioso y tan hábilmente cerrado que resulta imposible saber cuál es su tema. Se
atribuye a Tiphaigne de la Roche, y lleva este título singular: Amilec ou la graine d'hommes1. Se trata de la reunión
del anagrama y el jeroglífico. Se debe leer Alcmie ou la créme d'Aum. Los neófitos aprenderán que se trata de un
verdadero tratado de alquimia, porque en el siglo XIII se escribía en francés alkimie, alkemie, alkmie; que el tema
científico revelado por el autor se relaciona con la extracción del espíritu incluido en la materia prima o virgen
filosófica, que tiene el mismo signo que la Virgen celeste, el monograma AUM; que finalmente, esta extracción
debe hacerse por un procedimiento análogo al que permite separar la crema de la leche, como enseñan, por otra
parte, Basilio Valentín, Tolio, Filaleteo los personajes del Liber Mutus. Apartando el velo del título al que recubre,
se ve hasta qué punto éste es sugestivo, pues anuncia la divulgación del medio secreto apropiado para la obtención
de aquella crema de leche de virgen que pocos investigadores han tenido la dicha de poseer. Tiphaigne de la Roche,
poco menos que desconocido, fue, sin embargo, uno de los más sabios adeptos del siglo XVIII. En otro tratado
titulado Giphantie (anagrama de Tiphaigne), describe perfectamente el procedimiento fotográfico, y demuestra que
estaba al corriente de las manipulaciones químicas referentes al desarrollo y fijación de la imagen, un siglo antes del
descubrimiento de Daguerre y Niepce de Saint-Victor.
Entre los anagramas destinados a encubrir el nombre de sus autores, señalaremos el de Limojon de Saint-Didier:
Dives sicut ardens, es decir, Sanctus Didiereus, y la divisa del presidente d'Espagnet: Spes mea est in agno. Otros
filósofos han preferido revestirse de seudónimos cabalísticos relacionados más directamente con la ciencia que
profesaban. Basilio Valentín reúne el griego BasileuV, rey y el latín Valens, poderoso, a fin de indicar el
sorprendente poder de la piedra filosofal. Ireneo Filaleteo aparece compuesto de tres palabras griegas:
EirhnaioV, pacífico, filoV, amigo, y alhneia, verdad. Filaleteo se presenta así como el pacífico amigo de la
verdad. Grasseo firma sus obras con el nombre de Hortulano, con el significado de jardinero (Hortulanus) - de los
jardines marítimos, se toma el trabajo de subrayar -. Ferrari es un monje forjador (ferrarius) que trabaja los metales.
Musa, discípulo de Khálid, es MusthV, el iniciado, mientras que su maestro - nuestro maestro para todos - es el
calor desprendido por el atanor (lat. calidus, ardiente), Haly indica sal, en griego alV, y las Metamorfosis de Ovidio
son las del huevo de los filósofos (ovum, ovi). Arquelao es más bien el título de una obra que el nombre de un autor:
es el principio de la piedra, del griego Arch, principio, y laoV, piedra. Marcelo Palingenio combina Marte, el
hierro, el sol y Palingenesia, regeneración, para designar que realizaba la regeneración del sol, o del oro, por el
hierro. Juan Austri, Graciano y Esteban se dividen los vientos (austri), la gracia (gratia) y la corona (StefcnoV,
Stephanus). Famano toma por emblema la famosa castaña, tan renombrada entre los sabios (Fama-nux), y Juan de
Sacrobosco tiene en cuenta, sobre todo, el misterioso bosque consagrado. Ciliano es el equivalente de Cyllenius, de
Cilene, montaña de Mercurio, que dio sobrenombre a ese dios cilenio. En cuanto al modesto Gallinario, se contenta
con el gallinero y el corral, donde el polluelo amarillo, salido de un huevo de gallina negra pronto se convertirá en
nuestra mirífica gallina de los huevos de oro…
Sin abandonar por completo estos artificios de lingüística, los viejos maestros, en la redacción de sus tratados sobre
todo la cábala utilizaron sobre todo la cábala hermética, a la que aún llamaban lenguaie de los pájaros, de los
dioses, gaya, ciencia o gay saber. De esta manera, pudieron ocultar al vulgo los principios de su ciencia,
envolviéndolos con un ropaje cabalístico. Es esto algo indiscutible y muy conocido. Pero lo que generalmente se
ignora es que el idioma del que los autores tomaron sus términos es el griego arcaico, lengua madre de la pluralidad
de los discípulos de Hermes. La razón por la cual no se advierte la intervención cabalística se debe, precisamente, a
que nuestra lengua actual proviene directamente del griego. En consecuencia, todos los vocablos escogidos en
nuestro idioma para definir ciertos secretos, como tienen sus equivalentes ortográficos o fonéticos griegos, basta
conocer bien éstos para descubrir en seguida el sentido exacto, restablecido, de aquéllos. Pues si nuestro idioma
actual, en cuanto al fondo, es en verdad helénico, su significación se ha visto modificada en el curso de los siglos, a
medida que se alejaba de su fuente. Es el caso del francés, antes de la transformación radical que le hizo sufrir el
Renacimiento, decadencia escondida bajo el concepto de reforma.
La imposición de palabras griegas disimuladas bajo términos actuales correspondientes, de textura semejante, pero
de sentido más o menos corrompido, permite al investigador penetrar con comodidad en el pensamiento. Este es el
método que nosotros hemos utilizado, a ejemplo de los antiguos, y al que hemos recurrido con frecuencia en el
análisis de las obras simbólicas legadas por nuestros antepasados.
Muchos filólogos, sin duda, no compartirán nuestra opinión y continuarán seguros, con la masa popular, de que
nuestra lengua es de origen latino, únicamente porque recibieron la primera noción de ello en los bancos de la
escuela. Nosotros mismos hemos creído y aceptado mucho tiempo como expresión de la verdad lo que enseñaban

1
Esta obrita de dieciseisavo, muy bien escrita, pero que no lleva lugar de edición ni nombre del editor, fue publicada hacia 1753.

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Las Moradas Filosofales, VI. LA CÁBALA HERMÉTICA

nuestros profesores. Sólo más tarde, buscando la prueba de esa filiación por entero convencional, tuvimos que
reconocer la vanidad de nuestros esfuerzos y rechazar el error nacido del prejuicio clásico. Hoy, nada sería capaz de
hacernos rectificar nuestra convicción, santísimas veces confirmada por el éxito obtenido en el orden de los
fenómenos materiales y de los resultados científicos. Por ello afirmamos en voz alta, sin negar la introducción de
elementos latinos en nuestro idioma desde la conquista romana, que nuestra lengua es griega, que somos helenos o,
más exactamente, pelasgos.
A los defensores del neolatinismo francés como Gaston Paris, Littré y Ménage se oponen ahora maestros más
clarividentes, de espíritu amplio y libre, como Hins, J. Lefebvre, Louis de Fourcaud, Granier de Cassagnac, el abate
Espagnolle (J. - L. Dartois), etc. Y con mucho gusto estamos con ellos porque, a despecho de las apariencias,
sabemos que han visto claro, y que han juzgado con espíritu sano y que siguen la vía simple y recta de la verdad, la
única capaz de conducir a los grandes descubrimientos.
«En 1872 -escribe J.-L. Dartois1 -, Granier de Cassagnac, en una obra de erudición maravillosa y de un estilo
agradable que lleva por título Histoire des origines de la langue française, puso el dedo en la llaga de la inanidad de
la tesis del neolatinismo, que pretende probar que el francés es latín evolucionado. Demostró que semejante tesis no
era sostenible, pues chocaba con la Historia, con la lógica, con el buen sentido y, en fin, que nuestro idioma la
rechazaba2 ... Algunos años más tarde, M. Hins probaba, a su vez, en un estudio muy documentado aparecido en la
Revue de Linguistique, que de todos los trabajos del neolatinismo no se podía concluir más que en el parentesco y no
en la filiación de las lenguas llamadas neolatinas... Finalmente, J. Lefebvre, en dos notables artículos muy leídos
publicados en junio de 1892 en la Nouvelle Revue demolía desde su misma base la tesis del neolatinismo,
estableciendo que el abate Espagnolle, en su obra l'Origine du français, estaba en lo cierto; que nuestra lengua,
como así lo habían entrevisto los más grandes sabios del siglo XVI, era griega; que el dominio romano en la Galia
no había hecho sino cubrirla de una ligera capa de latín sin alterar en absoluto su genio.» Más adelante, el autor
añade: «Si pedimos al neolatinismo que nos explique cómo el pueblo galo, que comprendía no menos de siete
millones de personas, pudo olvidar su lengua nacional y aprender otra, o más bien, cambiar la lengua latina en
lengua gala, lo cual es más difícil; cómo unos legionarios que, en su mayoría, ignoraban ellos mismos el latín y se
estacionaban en campamentos reducidos, separados unos de otros por vastas espacios, pudieron, no obstante,
convertirse en los pedagogos de las tribus galas y enseñarles la lengua de Roma, es decir, operar en las Galias tan
sólo un prodigio que las otras legiones romanas no pudieron conseguir en ninguna otra parte, ni en Asia, ni en
Grecia, ni en las Islas Británicas; cómo, finalmente, los vascos y los bretones lograron conservar sus idiomas, en
tanto que sus vecinos, los habitantes del Bearn, del Maine y del Anjou perdían los suyos y se veían obligados a
hablar en latín.» Esta objeción es tan grave que Gaston Paris, jefe de la escuela, es el encargado de responder a ella.
«Nosotros, los neolatinos, no estamos obligados - dice, en sustancia - a resolver las dificultades que pueden plantear
la lógica y la Historia. Nosotros no nos ocupamos más que del hecho filológico, y este hecho domina el problema,
ya que prueba, él solo, el origen latino del francés, del italiano y del español.» « ... Por supuesto - le responde J.
Lefebvre - que el hecho filológico sería decisivo si estuviera bien y debidamente fundamentado, pero no lo está del
todo. Con todas las sutilezas del mundo, el neolatinismo no llega, en realidad, sino a comprobar la trivial realidad de
que hay una cantidad bastante grande de palabras latinas en nuestra lengua, y eso jamás lo ha impugnado nadie.»
En cuanto al hecho filológico invocado, pero en absoluto demostrado, por Gaston Paris para tratar de justificar su
tesis, J.-L.. Dartois demuestra su inexistencia apoyándose en los trabajos de Petit-Radel. «Al pretendido hecho
filológico latino - escribe -, puede oponerse el hecho griego evidente. Este nuevo hecho filológico, el único
verdadero y demostrable, tiene una importancia capital, ya que prueba, sin discusión, que las tribus que vinieron a
poblar el Occidente de Europa eran colonias pelásgicas, y confirma el hermoso descubrimiento de Petit-Radel. Se
sabe que este modesto sabio leyó en 1802, ante el Instituto de Francia, un trabajo notable para demostrar que los
monumentos de bloques poliédricos que se encuentran en Grecia, Italia, Francia y hasta en el interior de España y
que se atribuían a los cíclopes, son obra de los pelasgos. Esta demostración convenció al Instituto, y desde entonces
no se ha manifestado ninguna duda sobre el origen de esos monumentos... La lengua de los pelasgos era el griego
arcaico, compuesto sobre todo de los dialectos eolio y dórico,y justamente ése es el griego que se encuentra en todas
partes en Francia, incluso en el argot de París.»
El lenguaje de los pájaros es un idioma fonético basado únicamente en la asonancia. No se tiene, pues, en cuenta
para nada la ortografía, cuyo rigor mismo sirve de freno a los espíritus curiosos y les hace inaceptable toda
especulación realizada fuera de las reglas de la gramática. «Yo no me preocupo más que las cosas útiles - dice san
Gregorio en el siglo VI, en una carta que sirve de prefacio a sus Morales -, sin ocuparme del estilo, ni del régimen de
las preposiciones, ni de las desinencias, porque no es digno de un cristiano sujetar las palabras de la Escritura a las
reglas de la gramática.» Esto significa que el sentido de los libros sagrados no es en absoluto literal, y que resulta
indispensable saber dar con su espíritu por la interpretación cabalística, como se tiene por costumbre hacer a fin de
comprender las obras alquímicas. Los raros autores que han hablado de la lengua de los pájaros le atribuyen el
primer lugar en el origen de las lenguas. Su antigüedad se remontaría a Adán, que la habría utilizado para imponer,

1
J. L. Dartois, Le Néo-latinisme. París, Societé des Auteurs- Editeurs, 1909, p. 6.
2
«El latín, síntesis clara de las lenguas rudimentarias de Asia, pero simple intermediario en lingüística, especie de telón corrido
sobre la escena del mundo, fue una enorme superchería favorecida por una fonética diferente de la nuestra, lo que disimulaba los
pillajes, y debió de hacerse después de la batalla del Alia, durante la ocupación senonesa (390-345 antes de J. C.).» - A.
Champrosay, Les Illuminés de Cabarose, París, 1920, página 54.

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Las Moradas Filosofales, VI. LA CÁBALA HERMÉTICA

bajo las órdenes de Dios, los nombres apropiados para definir las características de los seres y de las cosas creadas.
De Cyrano Bergerac1 refiere esta tradición cuando, nuevo habitante de un mundo vecino al Sol, se hace explicar lo
que es la cábala hermética por «un hombrecillo en cueros vivos, sentado en una piedra», figura expresiva de la
verdad simple y sin vestimentas, sentada en la piedra natural de los filósofos.
«No recuerdo si le hablé primero - dice el gran iniciado - o si fue él quien me interrogó, pero tengo la memoria
muy fresca, como si aún lo escuchara, de que me habló durante tres largas horas en una lengua que estoy seguro de
no haber oído jamás, y que no tiene la menor relación con ninguna de este mundo, pero yo la comprendí más rápida
y más inteligiblemente que la de mi nodriza. Me explicó, cuando inquirí acerca de algo tan maravilloso, que en las
ciencias había una Verdad fuera de la que siempre se está alejado de lo fácil, y que cuanto más un idioma se alejaba
de esa Verdad, más se hallaba por debajo de la concepción y resultaba de menos fácil inteligencia. "Igualmente -
continuó -, en la música, esa Verdad no se encuentra jamás hasta que el alma, de pronto transportada, se dirige a ella
ciegamente. Nosotros no la vemos, pero sentimos que la Naturaleza la ve, y sin poder comprender de qué forma nos
vemos absorbidos, quedamos cautivados y no sabríamos señalar dónde está. Lo mismo pasa con las lenguas. Quien
dé con esa verdad de letras, de palabras y de frases jamás puede, al expresarse, caer por debajo de su concepción;
siempre habla igual a su pensamiento y es por no poseer el conocimiento de ese idioma perfecto por lo que os
quedáis corto, sin conocer el orden ni las palabras que puedan expresar lo que imagináis." Yo le dije que el primer
hombre de nuestro mundo se había servido, indudablemente, de esa lengua, porque cada nombre que impuso a las
cosas declaraba su esencia. Me interrumpió y continuó: "No es simplemente necesaria esa lengua para expresar todo
lo que el espíritu concibe, sino que, sin ella, no se puede ser comprendido por todos. Como este idioma es el instinto
o la voz de la naturaleza, debe ser inteligible a todo lo que vive y compete a la Naturaleza. Por eso, si la conocierais,
podríais comunicaras y discurrir sobre todos vuestros pensamientos con las bestias2, y las bestias con vos de los
suyos, ya que es el lenguaje mismo de la Naturaleza, por el que ella se hace comprender de todos los animales. Que
la facilidad, pues, con que comprendéis el sentido de una lengua que jamás sonó a nuestro oído ya no os sorprenda
más. Cuando hablo, vuestra alma vuelve a hallar, en cada una de mis palabras, esa Verdad que ella busca a tientas, y
aunque su razón no la comprenda, tiene en sí a Naturaleza, que no puede dejar de comprenderla."»
Pero este lenguaje secreto, universal e indefinido, pese a la importancia y la veracidad de su expresión es, en
realidad, de origen y de genio griegos, como nos explica nuestro autor en su Historia de los pájaros. Hace hablar
encinas seculares - alusión a la lengua de que se servían los druidas (Druidai, de AruV, encina)- de esta manera:
«Contempla las encinas de donde nos hallamos y que tienes ante tu vista: somos nosotras las que te hablamos, y si te
sorprendes de que hablemos una lengua usada en el mundo del que procedes, sabe que nuestros primeros padres son
originarios de él, y vivían en el Epiro, en el bosque Dodona, donde su bondad natural los impulsó a poner oráculos
al alcance de los afligidos que los consultaban. Por esa razón, habían aprendido la lengua griega, la más universal
que existía entonces, a fin de ser comprendidos.» La cábala hermética se conocía en Egipto, al menos, por parte de
la casta sacerdotal, como testimonia la invocación del papiro de Leiden: « ... Te invoco a ti, el más poderoso de los
dioses, que todo lo has creado; a ti, nacido de ti mismo, que lo ves todo sin poder ser visto... Te invoco bajo el
nombre que posees en la lengua de los pájaros, en la de los jeroglíficos, en la de los judíos, en la de los egipcios, en
la de los cinocéfalos..., en la de los gavilanes, en la lengua hierática.» Volvemos aún a encontrarnos con este
idioma entre los incas, soberanos del Perú hasta la conquista española, y los escritores antiguos lo llaman lengua
general (universal) y lengua cortesana, es decir la lengua diplomática, porque incluye una significación doble,
correspondiente a una doble ciencia, la una aparente y la otra profunda (diplh, doble, y madh, ciencia). «La
cábala - dice el abate Perroquet3 - era una introducción al estudio de todas las ciencias.»
Al presentarnos la poderosa personalidad de Roger Bacon, cuyo genio brilla en el firmamento intelectual del siglo
XIII como un astro de primera magnitud, Armand Parrot4 nos describe cómo pudo obtener la síntesis de las lenguas
latinas y poseer una práctica tan extensa de la lengua madre que podía, con ella, enseñar en poco tiempo los idiomas
considerados como los más ingratos. Es ésa, se reconocerá, una particularidad realmente maravillosa de ese lenguaje
universal que se nos aparece a la vez con la mejor clave de las ciencias y el más perfecto método de humanismo. «
Bacon - escribe el autor - sabía el latín, el griego, el hebreo y el árabe, y habiéndose colocado con ello en situación
de obtener una rica instrucción en la literatura antigua, había adquirido un conocimiento razonado de las dos lenguas
vulgares que tenía necesidad de saber; la de su país natal y la de Francia. De esas gramáticas particulares, un espíritu
como el suyo no podía dejar de elevarse a la teoría general del lenguaje, y se abrió las dos fuentes de que aquéllas
manan y que son, por una parte, la composición positiva de muchos idiomas y por otra el análisis filosófico del
entendimiento humano, la historia natural de sus facultades y de sus concepciones. También lo vemos aplicado, casi
solo en todo su siglo, en comparar vocabularios, en aproximar sintaxis, en buscar las relaciones del lenguaje con el
pensamiento y en medir la influencia que el carácter, los movimientos y las formas tan variadas del discurso ejercen
sobre las costumbres y las opiniones de !os pueblos. Se remontaba así a los orígenes de todas las nociones simples o
complejas, fijas o variables, verdaderas o erróneas que la palabra expresaba. Esta gramática universal le parecía la

1
De Cyrano Bergerac, L'Autre Monde. Histoire comique des Etats et Empires du Soleil. París, Bauche, 1910; J. J. Pauvert, París,
1962, presentación de C. Mettra y J. Suyeux, p. 170.
2
El célebre fundador de la orden de los franciscanos, a la que pertenecía el ilustre adepto Francis Bacon, conocía perfectamente
la cábala hermética: san Francisco sabía hablar con los pájaros.
3
Perroquet, presbítero, La Vie et le Martyre du Docteur Illuminé, le Bienheureux Raymond Lulle. Vendôme, 1667.
4
Armand Parrot, Roger Bacon, sa personne, son génie, ses æuvres et ses contemporains. París, A. Picard, 1894, p. 48 y 49.

55
Las Moradas Filosofales, VI. LA CÁBALA HERMÉTICA

verdadera lógica y la mejor filosofía, y le atribuía tanto poder, que, con ayuda de tal ciencia, se creía capaz de
enseñar el griego o el hebreo en tres días1, así como a su joven discípulo, Juan de París, le había enseñado en un año
lo que a él le había costado cuarenta de aprender. «¡Fulgurante rapidez de la educación del buen sentido! ¡Extraño
poder - dice Michelet- de sacar a la superficie, con chispa eléctrica, la ciencia preexistente en el cerebro del
hombre!»

1
Cf. Epist. De Laude sacræ Scripturæ, and Clement IV. -De Gérando, Histoire comparée des systèmes de Philosophie, t. IV,
capítulo XXVII, p. 541. - Histoire littéraire de la France, t. XX, p. 233-234.

56
Las Moradas Filosofales, VII. ALQUIMIA Y ESPAGIRIA

VII. ALQUIMIA Y ESPAGIRIA

Es de suponer que gran número de sabios químicos -y asimismo ciertos alquimistas- no compartirán nuestros
puntos de vista. Pero ello no basta para detenernos. Aunque tuviéramos que pasar por ser partidarios decididos de las
teorías más subversivas, no temeríamos desarrollar aquí nuestro pensamiento, pues estimamos que la verdad tiene
muchos más atractivos que un vulgar prejuicio, y que, en su misma desnudez, resulta preferible al error mejor
revestido y más suntuosamente arropado.
Todos los autores que desde Lavoisier han escrito sobre la historia química, coinciden en profesar que nuestra
química proviene, por filiación directa, de la vieja alquimia. En consecuencia, el origen de una se confunde con el
de la otra. A la alquimia, se dice, le debería la ciencia actual los hechos positivos sobre los que ha sido edificada,
gracias a la paciente labor de los alquimistas antiguos.
Esta hipótesis, a la que se podía haber concedido tan sólo un valor relativo y convencional, está admitida hoy como
verdad demostrada, y la ciencia alquímica, despojada de su propio fondo, pierde todo cuanto era susceptible de
motivar su existencia y de justificar su razón de ser. Vista así, a distancia, bajo las brumas legendarias y el velo de
los siglos, no ofrece ya sino una forma vaga, nebulosa, sin consistencia. Fantasma impreciso, espectro mentiroso, la
maravillosa y decepcionante quimera bien merece ser relegada a la categoría de las ilusiones de antaño, de las falsas
ciencias, tal como pretende, por otra parte, un eminente profesor1.
Pero donde las pruebas serían necesarias, donde hay hechos que se afirman indispensables, se contentan con
oponer a las «pretensiones» herméticas una petición de principio. La Escuela, impaciente, no discute, sino que zanja.
Pues bien; nosotros, a nuestra vez, certificamos, proponiéndonos demostrar que los sabios que de buena fe han
adoptado y propagado esta hipótesis, han errado por ignorancia o defecto de penetración. No comprendiendo sino en
parte los libros que estudiaban, tomaron la apariencia por la realidad. Digamos, pues, sin más, puesto que tantas
personas instruidas y sinceras parecen ignorarlo, que la antepasada real de nuestra química es la antigua espagiria
y no la ciencia hermética misma. Existe, en efecto, un profundo abismo entre la espagiria y la alquimia, y esto es
precisamente lo que nos esforzaremos en determinar en tanto, por lo menos, que sea posible, sin ir más allá de los
límites permitidos. Esperamos, sin embargo, profundizar lo bastante el análisis y dar las precisiones suficientes para
alimentar nuestra tesis, felices, al menos, de dar a los químicos enemigos del prejuicio un testimonio de nuestros
buenos deseos y de nuestra solicitud.
Hubo en la Edad Media -verosímilmente, incluso, en la antigüedad griega, si nos referimos a las obras de Zósimo y
de Ostanes- dos grados, dos órdenes de investigaciones en la ciencia química: la espagiria y la arquimia. Estas dos
ramas de un mismo arte esotérico se difundían entre las gentes trabajadoras por la práctica de laboratorio.
Metalúrgicos, orfebres, pintores, ceramistas, vidrieros, tintoreros, destiladores, esmaltadores, alfareros, etc., debían,
al igual que los boticarios, estar provistos de conocimientos espagíricos suficientes que, luego, completaban ellos
mismos en el ejercicio de su profesión. En cuanto a los arquimistas, formaban una categoría especial, más
restringida, más oscura también, entre los químicos antiguos. La finalidad que perseguían presentaba alguna
analogía con la de los alquimistas, pero los materiales y los medios de que disponían para alcanzarla eran
únicamente materiales y medios químicos. Trasmutar los metales unos en otros; producir oro y plata partiendo de
minerales vulgares o de compuestos metálicos salinos; obligar al oro contenido potencialmente en la plata y a la
plata en el estaño a transformarse en actuales y susceptibles de extracción, tales eran las metas que se proponía el
arquimista. Era, en definitiva, un espagirista acantonado en el reino mineral y que prescindía voluntariamente de las
quintaesencias animales y de los alcaloides vegetales. Pues como los reglamentos medievales impedían poseer en la
propia casa sin previa autorización hornos y utensilios químicos, muchos artesanos, una vez terminada su labor,
estudiaban, manipulaban y experimentaban en secreto en su bodega o en su granero. Cultivaban la ciencia de los
pequeños particulares, según la expresión un tanto desdeñosa de los alquimistas para designar a aquellos «colegas»
indignos del filósofo. Reconozcamos, sin menospreciar a estos útiles investigadores, que los más afortunados a
menudo no lograban sino un beneficio mediocre, y que un mismo procedimiento, seguido al principio de éxito, no
daba a continuación más que resultados nulos o inciertos.
Sin embargo, pese a sus errores -o, más bien, a causa de ellos-, son ellos, los arquimistas, quienes han
proporcionado a los espagiristas al principio y a la ciencia moderna luego, los hechos, los métodos y las operaciones
de que tenían necesidad. Esos hombres atormentados por el deseo de investigarlo todo y aprenderlo todo son los
verdaderos fundadores de una ciencia espléndida y perfecta a la que dotaron de observaciones justas, de reacciones
exactas, de manipulaciones hábiles, de habilidades penosamente adquiridas. Saludemos a esos pioneros, a esos
precursores, a esos incansables trabajadores y no olvidemos jamás cuanto hicieron por nosotros.

1
Cf. l'Illusion et les Fausses Sciences, por el profesor Edmond-Marie-Léopold Bouty, en la revista Science et Vie de diciembre
de 1913.

57
Las Moradas Filosofales, VII. ALQUIMIA Y ESPAGIRIA

Pero la alquimia, repetimos, no entra para nada en esas aportaciones sucesivas. Tan sólo los escritos herméticos,
incomprendidos por los investigadores profanos, fueron la causa indirecta de los descubrimientos que sus autores
jamás habían previsto. Así es como Blaise de Vignère obtuvo el ácido benzoico por sublimacíón del benjuí; como
Brandt pudo extraer el fósforo buscando el alkaest en la orina; como Basilio Valentín -prestigioso adepto que no
menospreciaba en absoluto los ensayos espagíricos- estableció toda la serie de sales de antimonio y realizó el
coloide de oro rubí1; como Raimundo Lulio preparó la acetona y Casio, la púrpura de oro; como Glauber obtuvo el
sulfato sódico y como Van Helmont reconoció la existencia de los gases. Pero con excepción de Lulio y de Basilio
Valentín, todos esos investigadores, clasificados equivocadamente entre los alquimistas, no fueron sino simples
arquimistas o sabios espagiristas. Por ello, un célebre adepto, autor de una obra clásica2, puede decir con mucha
razón: «Si Hermes, el padre de los filósofos, resucitara hoy con el sutil Jabir y el profundo Raimundo Lulio no
serían hoy considerados como filósofos por nuestros químicos vulgares 3, que casi no se dignarían incluirlos entre
sus discípulos porque ignorarían la manera de proceder a todas esas destilaciones, circulaciones, calcinaciones y
todas esas operaciones innumerables que nuestros químicos vulgares han inventado por haber comprendido mal los
escritos alegóricos de esos filósofos.»
Con su texto confuso, esmaltado de expresiones cabalísticas, los libros continúan siendo la causa eficiente y
genuina del grosero menosprecio que señalamos. Pues a despecho de las advertencias y las censuras de sus autores,
los estudiantes.se obstinan en leerlos según el sentido que ofrecen en el lenguaje corriente. No saben que esos textos
están reservados a los iniciados y que es indispensable para comprenderlos bien tener la clave secreta. En lo que hay
que trabajar primero es en descubrir esta clave; Es cierto que esos viejos tratados contienen si no la ciencia íntegra,
al menos su filosofía, sus principios y el arte de aplicarlos conforme a las leyes naturales. Pero si se ignora la
significación oculta de los términos -por ejemplo, Ares se distingue de Aries y se aproxima a Arles, Arnet y Albait-,
calificativos extraños empleados a propósito en la redacción de tales obras, hay que temer no comprender nada o
dejarse confundir infaliblemente. No debemos olvidar que se trata de una ciencia esotérica. En consecuencia, una
viva inteligencia, una memoria excelente, el trabajo y la atención ayudados por una voluntad fuerte no son en
absoluto cualidades suficientes para esperar convertirse en docto en la materia. «Se engañan -escribe Nicolas
Grosparmy- quienes imaginan que hemos escrito nuestros libros para ellos, cuando, en realidad, 1os .hemos escrito
para arrojar fuera a todos aquellos que no son de nuestra secta.»4
Batsdorff, al comienzo de su tratado5, previene caritativamente al lector en estos términos: «Todo hombre prudente
-dice- debe, en primer lugar, aprender la Ciencia, si puede; es decir, los principios y los medios de operar, en .lugar
de emplear totalmente su tiempo y sus bienes... Así, pues, ruego a quienes lean este librito que den fe a mis palabras.
Les digo, pues, una vez más, que jamás aprenderán esta ciencia sublime a través de los libros, y que no puede
aprenderse más que por revelación divina, por lo que se llama Arte divino, o bien por medio de un buen y fiel
maestro, y como hay muy pocos a quienes Dios haya hecho esa gracia, también hay pocos que lo enseñen.»
Finalmente, un autor anónimo del siglo XVIII6 da otras razones de la dificultad que se experimenta al descifrar el
enigma: «Mas he aquí -escribe- que la primera y verdadera causa por la que la Naturaleza ha escondido este palacio
abierto y real a tantos filósofos, incluso a los provistos de un espíritu muy sutil, es porque, apartándose desde su
juventud del camino simple de la Naturaleza por conclusiones, de lógica y de metafisica, y eñgañados por las
ilusiones de los mejores libros, se imaginan y juran que este arte es más profundo, más difícil de conocer que
ninguna metafísica, aunque la Naturaleza ingenua, en este camino como en todos los otros, camina con paso recto y
muy simple.»
Tales son las opiniones de los filósofos sobre sus propias obras. ¿Cómo sorprenderse, entonces, de que tantos
excelentes químicos hayan tomado el camino equivocado y de que se hayan perdido discutiendo sobre una ciencia
que eran incapaces de asimilar en sus más elementales nociones? Y ello no sería hacer un servicio a los demás, a los
neófitos, llevarles a meditar esa gran verdad que proclama la Imitación (lib. III, cap. II, v. 2) cuando dice, hablando
de los libros sellados:
«Muy hermosamente dicen; mas callando tú, no encienden el corazón. Enseñan letras, mas tú abres el sentido.
Dicen misterios, mas tú declaras el entendimiento de los secretos. Pronuncian mandamientos, mas tú ayudas a
cumplirlos. Muestran el camino, mas tú das esfuerzo para andarlo.»7

1
Partiendo del tricloruro de oro puro, separado del ácido cloroáurico y lentamente precipitado por una sal de zine unida al
carbonato potásico en cierta «agua de lluvia». E1 agua de lluvia sola, recogida en una época dada en recipiente de zinc, basta
para formar el coloide rubí, que se separa de los eristaloides por diálisis, lo que hemos experimentado innumerables veces y
siempre con el mismo éxito.
2
Cosmopolite o Nouvelle Lumière chymique. París, Jean d'Aoury, 1669.
3
Los arquimistas y los espagiristas son designados aquí por el autor con el epíteto general de químicos vutgares, para
diferenciarlos de los verdaderos alquimistas, llamados aún adeptos (adeptus, el que ha adquirido) o filósofos químicos.
4
Nicolas Grosparmy, L'Abrégé de Théoricque ei le Secret des Secretz. Ms. de la Bibl nac. de París, núms. 12246, 12298, 12299,
14789, 19072. Bibl. del Arsenal, núm. 2516 (166 S. A. F.). Rennes, 160, 161.
5
Batsdorff, Le Filet d'Ariadne. París Laurent d'Houry, 1695, p. 2.
6
Clavicula Hermeticæ Scientice ab hyperboreo quodam horis subsecivis consignata Anno 1732. Amstelodami, Petrus Mortieri,
1751, p. 51.
7
Tomado de la traducción castellana de fray Luis de Granada.-N. del T.

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Las Moradas Filosofales, VII. ALQUIMIA Y ESPAGIRIA

Es la piedra de toque con la que han tropezado nuestros químicos. Y podemos afirmar que si nuestros sabios
hubieran comprendido el lenguaje de los viejos alquimistas, las leyes de la práctica de Hermes les serían conocidas,
y la piedra filosofal habría cesado, desde haría tiempo, de ser considerada como quimérica.
Hemos asegurado más atrás que los arquimistas conformaban sus trabajos a la teoría hermética -al menos, tal como
la entendían-, y que ése fue el punto de partida de experiencias fecundas en resultados puramente químicos.
Prepararon así los disolventes ácidos de los que nos servimos, y por la acción de éstos sobre las bases metálicas
obtuvieron las series salinas que conocemos. Reduciendo a continuación esas sales, bien mediante otros metales, los
alcalinos o el carbón, bien por el azúcar o los cuerpos grasos, encontraron de nuevo, sin transformaciones, los
elementos básicos que habían combinado previamente. Pero esas tentativas, así como los métodos que empleaban,
no presentaban diferencia alguna con las que se practican corrientemente en nuestros laboratorios. Algunos
investigadores, no obstante, llevaron sus trabajos mucho más lejos. Extendieron singularmente el campo de las
posibilidades químicas hasta tal punto, incluso, que sus resultados nos parecen dudosos si no imaginarios. Es verdad
que esos procedimientos a menudo son incompletos y están envueltos en un misterio casi tan denso como el de la
Gran Obra. Puesto que nuestra intención es -como hemos anunciado- resultar útiles a los estudiantes, entraremos, en
este sentido, en algunos detalles y mostraremos que esas recetas de sopladores ofrecen más certidumbre
experimental de lo que estaríamos dispuestos a atribuirles. Que los filósofos, nuestros hermanos, cuya indulgencia
reclamamos, se dignen perdonarnos estas divulgaciones. Pero además de que nuestro juramento afecta sólo a la
alquimia y creemos que nos hallamos estrictamente en el terreno espagírico, deseamos, por otra parte, mantener la
promesa que hemos hecho de demostrar mediante hechos reales y controlables que nuestra química lo debe todo a
los espagiristas y arquimistas, y nada en absoluto a la filosofía hermética.
El procedimiento arquímico más simple consiste en utilizar el efecto de reacciones violentas -las de los ácidos
sobre las bases- a fín de provocar, en el seno de la efervescencia, la reunión de las partes puras y su unión
irreductible bajo la forma de cuerpos nuevos. Se puede así, partiendo de un metal próximo al oro -con preferencia la
plata-, producir una pequeña cantidad de metal precioso. He aquí, en este orden de investigaciones, una operación
elemental cuyo éxito certificamos si se siguen bien nuestras índicaciones.
Verted en una retorta de vidrio, alta y tubular, el tercio de su capacidad de ácido nítrico puro. Adaptadle un
recipiente provisto de tubo de escape y colocad el aparato en un baño de arena. Operad bajo el recipiente calentando
el aparato suavemente y sin alcanzar el grado de ebullición del ácido. Apagad entonces el fuego, abrid la boca del
tubo e introducid una ligera fracción de plata virgen o de copela que no contenga la menor traza de oro. Cuando cese
la emisión de peróxido de nitrógeno y la efervescencia se haya calmado, dejad caer en el licor una segunda porción
de plata pura. Repetid así la introducción del metal, sin prisa, hasta que la ebullición y el desprendimiento de
vapores rojos manifiesten poca energía, indicios de una próxima saturación. No añadáis ya nada más. Dejad que se
deposite durante una media hora y, luego, decantad con precaución, en un recipiente, vuestra solución clara y aún
caliente. Encontraréis en el fondo de la retorta un pequeño depósito en forma de arenilla negra. Lavadla con agua
destilada tibia y vertedla en una capsulita de porcelana. Reconoceréis en los ensayos que este precipitado es
insoluble en ácido clorhídrico, como lo es en el ácido nítrico. El agua regia lo disuelve y da una magnífica solución
amarilla del todo semejante a la del tricloruro de oro. Añadid agua destilada a ese licor, precipitadlo por una lámina
de zinc y se depositará un polvo amorfo, muy fino, mate, de coloración marrón rojizo, idéntica a la que da el oro
natural reducido de la misma manera. Lavad convenientemente y, luego, desecad ese precipitado pulverulento. Al
comprimirlo contra una plancha de vidrio o contra el mármol, os dará una lámina brillante, coherente, de un
hermoso brillo amarillo por reflexión y de color verde por transparencia, cuyo aspecto y características superficiales
serán las del oro más puro.
A fin de aumentar en una cantidad nueva vuestro minúsculo depósito, podréis volver a empezar la operación
cuantas veces gustéis. En este caso, tomad de nuevo la solución clara de nitrato de plata a la que se habrán añadido
las primeras aguas de lavado. Reducid el metal con zinc o cobre. Decantad y lavad en abundancia cuando la
reducción se complete. Desecad esa plata en polvo y servíos de ella para vuestra segunda disolución. Continuando
así, reuniréis bastante metal como para hacer más cómodo el análisis. Además, os aseguraréis de su verdadera
producción, suponiendo incluso que la plata empleada al comienzo contuviera algunas trazas de oro.
Pero este cuerpo simple, obtenido con tanta facilidad aunque en escasa proporción, ¿es de verdad oro? Nuestra
sinceridad nos impulsa a decir no, o, al menos, todavía no. Pues si presenta la más perfecta analogía exterior con el
oro, e incluso la mayoría de sus propiedades y reacciones químicas, le falta, no obstante, un carácter físico esencial:
la densidad. Este oro es menos pesado que el natural, aunque su densidad propia sea ya superior a la de la plata.
Podemos, pues, considerarlo no como el representante de un estado alotrópico más o menos inestable de la plata,
sino como oro joven, oro naciente, lo que revela aún su formación reciente. Por supuesto que el metal producido de
nuevo es susceptible de tomar y conservar, por contracción, la densidad elevada que posee el metal adulto. Los
arquimistas utilizaban un procedimiento que aseguraba al oro naciente todas las cualidades específicas del oro
adulto, y denominaban esa técnica maduración o afirmación, y sabemos que el mercurio era su agente principal.
Aún se encuentra citada en algunos manuscritos antiguos latinos con la expresión de Confirmatio.
Nos resultaría cómodo señalar, a propósito de la operación que acabamos de indicar, muchas observaciones útiles y
consecuentes, y mostrar sobre qué principios filosóficos reposa, en ella, la producción directa del metal. Podríamos,
asimismo, dar alguna variante susceptible de aumentar su rendimiento, pero franquearíamos con ello los límites que
voluntariamente nos hemos impuesto. Dejaremos, pues, a los investigadores el cuidado de descubrir todo eso por sí

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Las Moradas Filosofales, VII. ALQUIMIA Y ESPAGIRIA

mismos y de someter sus deducciones al control de la experiencia. Nuestro papel se limita a presentar hechos, y a los
alquimistas modernos, espagiristas y químicos corresponde sacar conclusiones1.
Pero en arquimia hay otros métodos cuyos resultados vienen a aportar la prueba de las afirmaciones filosóficas y
que permiten realizar la descomposición de los cuerpos metálicos, largo tiempo considerados como elementos
sïmples. Estos procedimientos, que los alquimistas conocen aunque no los utilicen en la elaboración de la Gran
Obra, tienen por objeto la extracción de uno de los dos radicales metálicos: azufre y mercurio.
La filosofía hermética nos enseña que los cuerpos no tienen ninguna acción sobre los cuerpos y que sólo los
espíritus son activos y penetrantes 2. Son los espíritus los agentes naturales que provocan, en el seno de la materia,
las transformaciones que observamos en ella. Pues la sabiduría demuestra por la experiencia que los cuerpos no son
susceptibles de formar entre sí más que combinaciones temporales cómodamente reductibles. Tal es el caso de las
aleaciones, algunas de las cuales se licuan por simple fusión, y de todos los compuestos salinos. Asimismo, los
metales aleados conservan su cualidades específicas pese a las propiedades diversas que afectan en estado de
asociación. Se comprende, pues, de qué utilidad pueden ser los espíritus en el desprendimiento del azufre o del
mercurio metálicos, cuando se sabe que son los únicos capaces de vencer la fuerte cohesión que liga estrechamente
entre sí esos dos principios.
Antes, es indispensable conocer lo que los antiguos designaban con el término genérico y bastante vago de
espíritus.
Para los alquimistas, los espíritus son influencias reales, aunque físicamente casi inmateriales o imponderables.
Actúan de una manera misteriosa, inexplicable, incognoscible, pero eficaz, sobre las sustancias sometidas a su
acción y preparadas para recibirlos. La radiación lunar es uno de esos espíritus herméticos.
En cuanto a los arquimistas, su cóncepción se evidencia como de orden más concreto y sustancial. Nuestros viejos
químicos engloban bajo la misma clasificación todos los cuerpos, simples o complejos, sólidos o líquidos, provistos
de una cualidad volátil apta para hacerlos enteramente sublimales. Metales, no metales, sales, carburos de
hidrógeno, etc., aportan a los arquimistas su contingente de espíritus: mercurio, arsénico, antimonio y algunos de sus
compuestos, azufre, sal amoniacal, alcohol, éter, esencias vegetales, etc.
En la extracción del azufre metálico, la técnica favorita es la que utiliza la sublimación. He aquí, a título de
indicación, algunas maneras de operar.
Disolved plata pura en ácido nítrico caliente, según la manipulación antes descrita, y luego añadid a esta solución
agua destilada caliente. Decantad el licor claro, a fin de separar, si hubiere lugar, el ligero depósito negro del que
hemos hablado. Dejadlo enfriar en el laboratorio a oscuras y verted en el licor, poco a poco, ya sea una solución
filtrada de cloruro sódico o de ácido clorhídrico puro. El cloruro de plata se precipitará al fondo de la vasija en
forma de masa blanca cuajada. Tras un reposo de veinticuatro horas, decantad el agua acidulada que sobrenada,
lavad rápidamente al agua fría y haced desecar espontáneamente en una piedra donde no penetre ninguna luz. Pesad,
entonces, vuestra sal de plata, a la que mezclaréis íntimamente tres veces la misma cantidad de cloruro de amonio
puro. Introducidlo todo en una retorta de vidrio alta y de capacidad tal que sólo el fondo esté ocupado por la mezcla
salina. Dad fuego suave al baño de arena y aumentadlo por grados. Cuando la temperatura sea suficiente, la sal
amoniacal se elevará y tapizará con una capa firme la bóveda y el cuello del aparato. Este sublimado, de una
blancura de nieve, raramente amarillento, permitiría creer que no encierra nada de particular. Cortad, pues,
diestramente la retorta, separad con cuidado ese sublimado blanco y disolvedlo en agua destilada, fría o caliente.
Finalizada la disolución, hallaréis al fondo un polvo muy fino, de un rojo brillante: es una parte del azufre de plata o
azufre lunar, separado del metal y volatilizado por la sal amoniacal en el curso de su sublimación.
Esta operación, no obstante, pese a su simplicidad, no deja de presentar grandes inconvenientes. Bajo su apariencia
fácil, exige gran habilidad y mucha prudencia en el manejo del fuego. Es preciso, en primer lugar, si no quiere
perderse la mitad, y más, del metal empleado, evitar sobre todo la fusión de las sales. Pues si la temperatura se
mantiene inferior al grado requerido para determinar y mantener la fluidez de la mezcla, no se produce sublimación.
Por otra parte, cuando se establece, el cloruro de plata, ya de por sí muy penetrante, adquiere, al contacto con la sal
amoniacal, un mordiente tal que pasa a través de las paredes de vidrio3 y escapa al exterior. Muy frecuentemente, la
retorta se resquebraja cuando la fase de vaporización comienza, y la sal amoniacal sublima en el exterior. El artista

1
En esta clase de ensayos se puede advertir un hecho curioso y que hace imposible toda tentativa de industrialización. El
resultado, en efecto, varía en razón inversa de la cantidad de metal empleado. Cuanto más se actúa sobre fuertes masas, menos
producto se recoge. El mismo fenómeno se observa con las mezclas metálicas y salinas de las que, generalmente, se extraen
pequeñas cantidades de oro. Si la experiencia suele tener éxito al operar sobre algunos gramos de materia inicial, trabajando una
masa décuple es frecuente que se coseche un fracaso total. Durante mucho tiempo, hemos buscado, antes de descubrirla, la razón
de esta singularidad, que reside en la manera como los disolventes se comportan en la medida de su saturación. El precipitado
aparece poco después del comienzo, y hasta hacia la mitad del ataque. Se vuelve a disolver en parte o en su totalidad a
continuación, según la importancia misma del volumen del ácido.
2
Jabir, en su Suma de perfección del magisterio (Summa pertectionis Magisterii), habla así del poder que tienen los espíritus
sobre los cuerpos. «¡Oh, hijos de la doctrina! -exclama-. Si queréis hacer experimentar a los cuerpos cambios diversos, tan sólo lo
conseguiréis con la ayuda de los espíritus (per spiritus ipsos fieri necesse est). Cuando estos espíritus se fijan en los cuerpos,
pierden su forma y su naturaleza y ya no son los que eran. Cuando se opera su separación, he aquí lo que sucede: o los espíritus
se escapan solos, y los cuerpos a los que estaban fijados permanecen, o los espíritus y los cuerpos se escapan juntos al mismo
tiempo.»
3
Las colorea en la masa de un color rojo por transparencia y verde por reflexión

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Las Moradas Filosofales, VII. ALQUIMIA Y ESPAGIRIA

ni siquiera tiene el recurso de acudir a las retortas de arcilla, de tierra o de porcelana, más porosas aún que las de
vidrio, puesto que debe poder observar constantemente la marcha de las reacciones si desea estar en condiciones de
intervenir en el momento oportuno. En este método hay, como en muchos otros del mismo tipo, ciertos secretos de
práctica que los arquimistas se han reservado prudentemente. Uno de los mejores consiste en dividir la mezcla de los
cloruros interponiendo un cuerpo inerte, susceptible de empastar las sales e impedir su licuefacción. Esta materia no
debe poseer cualidad reductora ni virtud catalítica, y también es indispensable que se la pueda aislar fácilmente del
caput mortuum. Antaño se empleaba el ladrillo triturado y diversos absorbentes tales como el estaño calcinado, la
piedra pómez, el sílex pulverizado, etc. Estas sustancias suministran, por desgracia, un sublimado muy impuro.
Damos preferencia a cierto producto desprovisto de cualquier afinidad para los cloruros de plata y de amonio, que
extraemos del betún de Judea. Aparte la pureza del azufre obtenido, la técnica resulta muy cómoda. Se puede, sin
dificultades, reducir el residuo a plata metálica y reiterar las sublimaciones hasta la extracción total del azufre. La
masa residual ya no es entonces reducible y se presenta bajo el aspecto de una ceniza gris, blanda, muy suave, grasa
al tacto, que conserva la huella del dedo y que cede, en poco tiempo, la mitad de su peso de mercurio específico.
Esta técnica se aplica igualmente al plomo. De precio menos elevado, ofrece la ventaja de proporcionar sales
insensibles a la luz, lo que dispensa al artista de operar en la oscuridad. No es necesario ya emplear la composición
de sustancias trituradas y amasadas. Finalmente, como el plomo es menos fijo que la plata, el rendimiento en
sublimado rojo es mejor y el tiempo empleado es más corto. El único aspecto molesto de la operación procede de
que la sal amoniacal forma, con el azufre del plomo, una capa salina compacta y tan tenaz que se la creería fundida
con el vidrio. También resulta laborioso despegarla sin rotura. En cuanto al extracto en sí, es de un hermoso color
rojo revestido en un sublimado amarillo fuertemente coloreado, pero muy impuro en comparación con el de la plata.
Importa, pues, purificarlo antes de emplearlo. Su madurez es también menos perfecta, consideración importante si
las investigaciones están orientadas a la obtención de tinturas especiales.
No todos los metales obedecen a los mismos agentes químicos. El procedimiento que conviene a la plata y al
plomo no puede ser aplicado al estaño, al cobre, al hierro o al oro. Más bien es espíritu capaz de extraer y aislar el
azufre de un metal, dado que ejercerá su acción sobre otro metal en el principio mercurial de éste. En el primer caso,
el mercurio será fuertemente retenido, mientras que el azufre se sublimará. En el segundo, se verá producirse el
fenómeno inverso. De ahí la diversidad de métodos y la variedad de técnicas de descomposición metálica. Por otra
parte, y sobre todo, la afinidad que muestran los cuerpos entre sí, y la que muestran éstos por los espíritus, lo que
regula su aplicación. Se sabe que la plata y el plomo tienen juntos una simpatía muy marcada, de lo que son prueba
suficiente los minerales de plomo argentífero. Pues bien; ya que la afinidad establece la identidad química profunda
de esos cuerpos, es lógico pensar que el mismo espíritu, empleado en las mismas condiciones, determine los mismos
efectos. Es lo que sucede con el hierro y el oro, los cuales están ligados por una estrecha afinidad, hasta el punto de
que cuando los prospectores mexicanos descubren una tierra arenosa muy roja, compuesta en su mayoría de hierro
oxidado, concluyen de ello que el oro no está lejos. También consideran esa tierra roja como la minera y la madre
del oro, y el mejor indicicio de un filón próximo. El hecho parece, sin embargo, bastante singular, dadas las
diferencias físicas de esos metales. En la categoría de los cuerpos metálicos usuales, el oro es el más raro de entre
ellos, en tanto que el hierro es, ciertamente, el más común, el que se encuentra en todas partes y no sólo en las
minas, donde ocupa yacimientos considerables y numerosos, sino incluso diseminado en la superficie misma del
Sol. La arcilla le debe su coloración especial, unas veces amarilla, cuando el hierro se encuentra dividido en estado
de hidrato, y otras roja, si está en forma de sesquióxido, color que se exalta aún por la cocción (ladrillos, tejas,
cerámicas). De todos los minerales clasificados, la pirita de hierro es el más vulgar y el más conocido. Las masas
ferruginosas negras, en bolas de diversos grosores, en conglomerados testáceos y de forma arriñonada, se encuentran
con frecuencia en los campos, al borde de los caminos y en los terrenos gredosos. Los niños del campo tienen la
costumbre de jugar con esas marcasitas que muestran, cuando se las rompe, una textura fibrosa, cristalina y radiada.
En ocasiones encierran pequeñas cantidades de oro. Los meteoritos, compuestos, sobre todo, de hierro magnético
fundido, prueban que las masas interplanetarias de las que proceden deben la mayor parte de su estructura al hierro.
Ciertos vegetales contienen hierro asimilable (trigo, berro, lentejas, alubias, patatas). El hombre y los animales
vertebrados deben al hierro y al oro la coloración roja de su sangre. En efecto, las sales de hierro constituyen el
elemento activo de la hemoglobina. Son, incluso, tan necesarias para la vitalidad orgánica, que la Medicina y la
farmacopea de todos los tiempos han tratado de suministrar a la sangre empobrecida los compuestos metálicos
apropiados para su reconstitución (peptonato y carbonato de hierro). Entre el pueblo, se ha conservado el uso del
agua convertida en ferrugínosa por inmersión de clavos oxidados. Finalmente, las sales de hierro presentan una
variedad tal en su coloración, que puede asegurarse que bastarían para reproducir todas las tonalidades del espectro,
desde el violeta, que es el color del metal puro, hasta el rojo intenso que da a la sílice en las diversas clases de rubíes
y granates.
No hacía falta tanto para arrastrar a los arquimistas a trabajar con el hierro, a fin de descubrir en él los componentes
de sus tintes. Por lo demás, este metal permite extraer con comodidad sus constituyentes, sulfuroso y mercurial, en
una sola manipulación, lo que representa ya una gran ventaja. La grande y enorme dificultad reside en la reunión de
esos elementos, los cuales, pese a su purificación, rehúsan enérgicamente combinarse para formar un cuerpo nuevo.
Pero pasaremos sin analizar ni resolver este problema, ya que nuestro tema se limita a establecer la prueba de que
los arquimistas siempre han empleado materiales químicos puestos en acción con la ayuda de medios y operaciones
químicas.

61
Las Moradas Filosofales, VII. ALQUIMIA Y ESPAGIRIA

En el tratamiento espagírico del fuego está la reacción enérgica de ácidos que tienen por el metal una afinidad
semejante que se utiliza para vencer la cohesión. De ordinario, se parte de la pirita marcial o del metal reducido a
limaduras. En este último caso, recomendamos prudencia y precaución. Si se trabaja Ia pirita, bastará machacarla lo
más finamente posible y poner al rojo, al fuego, este polvo una sola vez, batiéndola con fuerza. Enfriada, se
introduce en un amplio matraz con cuatro veces su peso de agua regia, y se pone todo en ebullición. Al cabo de una
o dos horas, se deja reposar, se decanta el licor y, luego, se vierte sobre el magma una cantidad semejante de agua
regia nueva que, como antes, se hace hervir. Se debe continuar así la ebullición y la decantación hasta que la pirita
aparezca blanca al fondo de la vasija. Entonces, se toman de nuevo todos los extractos, se los filtra a través de fibra
de cristal y se los concentra por destilación lenta en una retorta provista de tubo de escape. Cuando ya no queda más
que aproximadamente el tercio del volumen primitivo, se abre el tubo y se vierte por fracciones sucesivas cierta
cantidad de ácido sulfúrico puro a 66° (60 gr para un volumen total de extracto procedente de 500 gr de pirita). Se
destila, a continuación, hasta a seco, y después de haber cambiado de recipiente, se aumenta poco a poco la
temperatura. Se verá destilar gotas oleosas, rojas como sangre, que representan la tintura sulfurosa y, luego, un
hermoso sublimado blanco que se adhiere a la panza y aI cuello con aspecto de plumón cristalino. Este sublimado es
una verdadera sal de mercurio -llamada por algunos arquimistas mercurio de vitriolo- que se reduce sin dificultad a
mercurio fluido por las limaduras de hierro, la cal viva o el carbonato potásico anhidro. Se puede, desde luego,
asegurarse en seguida de que este sublimado encierra el mercurio específico del hierro frotando los cristales en una
lámina de cobre: la amalgama se produce de inmediato y el metal parece plateado.
En cuanto a las limaduras de hierro, dan un azufre de color de oro en lugar de rojo, y un poco -muy poco- de
mercurio sublimado. El procedimiento es el mismo, pero con la ligera diferencia de que hay que echar en el agua
regia, previamente calentada, pulgaradas de limaduras y aguardar, tras cada una de ellas, a que la efervescencia se
haya calmado. Es bueno remover el fondo con un agitador a fin de evitar que las limaduras formen masa. Tras la
filtración y la reducción a la mitad, se añade -muy poco cada vez, pues la reacción es violenta y los sobresaltos,
furiosos- ácido sulfúrico hasta la mitad de lo que pesa el licor concentrado. Éste es el aspecto peligroso de la
manipulación, pues con bastante frecuencia sucede que la retorta estalla o que se quiebra al nivel de los ácidos.
Detendremos aquí la descripción de los procedimientos con el hierro, estimando que bastan ampliamente para
fundamentar nuestra tesis, y concluiremos la exposición de los procedimientos espagíricos con el del oro, el cual es,
según la opinión de todos los filósofos, el cuerpo más refractario a la disociación. Es un axioma corriente en
espagiria que es más fácil hacer oro que destruirlo. Más aquí se impone una breve observación.
Limitando tan sólo nuestro deseo a probar la realidad química de las investigaciones arquímicas, nos guardaremos
mucho de enseñar, en lenguaje claro, cómo puede fabricarse oro, pues la finalidad que perseguimos es de orden más
elevado, y preferimos mantenernos en el ámbito alquímico puro, antes que empujar al investigador a seguir esos
senderos cubiertos de zarzas y bordeados de barrancos, ya que la aplicación de esos métodos, que aseguran el
principio químico de las trasmutaciones directas, sería incapaz de aportar el menor testimonio en favor de la Gran
Obra, cuya elaboración continúa siendo por completo extraña a ese mismo principio. Dicho esto, volvamos a nuestra
tema.
Un viejo dicho espagírico pretende que la semilla del oro está en el mismo oro. Nosotros no le llevaremos la
contraria, a condición de que se sepa de que oro se trata o cómo es conveniente separar esa semilla del oro vulgar. Si
se ignora el último de estos secretos, se deberá, necesariamente, contentarse con asistir a la producción del
fenómeno sin extraer de él otro provecho que una certidumbre objetiva. Obsérvese, pues, con atención lo que sucede
en la operación siguiente, cuya ejecución no presenta dificultad ninguna.
Disuélvase oro puro en agua regia y viértase ácido sulfúrico en un peso equivalente a la mitad del peso del oro
empleado. No se producirá más que una ligera contracción. Agítese la solución e introdúzcase en una retorta de
vidrio sin tubo de escape, colocada en baño de arena. Dese al principio un fuego escaso, a fin de que la destilación
de los ácidos se opere suavemente y sin ebullición. Cuando ya no se produzca destilación y el oro aparezca en el
fondo bajo el aspecto de una masa amarilla, mate, seca y cavernosa, cámbiese de recipiente y auméntese
progresivamente la intensidad del fuego. Veréis elevarse vapores blancos, opacos y ligeros al principio, y, luego,
cada vez más pesados. Los primeros se condensarán en un hermoso aceite amarillo que fluirá al recipiente, y los
segundos se sublimarán y cubrirán la panza y el arranque del cuello con finos cristales que imitan el plumón de los
pájaros. Su color, de un rojo sangre magnífico, adquiere el brillo de los rubíes cuando un rayo de sol o alguna luz
viva incide en ellos. Estos cristales, muy delicuescentes, así como las otras sales de oro, se disgregan en licor
amarillo en cuanto baja la temperatura...
No proseguiremos ya el estudio de las sublimaciones. En cuanto a los procedimientos arquímicos conocidos bajo la
expresión de pequeños particulares, se trata, en la mayoría de los casos, de técnicas aleatorias. Los mejores de entre
esos procesos parten de los productos metálicos extraídos según los medios que hemos indicado. Se encontrarán
extendidos profusamente en muchas obras de segundo orden y en manuscritos de sopladores. Nosotros nos limi-
taremos, a título documental, a reproducir el particular que señala Basilio Valentín1 porque, contrariamente a los
demás, está basado en sólidas y pertinentes razones filosóficas. El gran adepto afirma, en este pasaje, que puede
obtenerse una tintura particular uniendo el mercurio de la plata al azufre del cobre mediante sal de hierro. «La Luna
-dice- tiene en sí un mercurio fijo por el que sostiene más tiempo la violencia del fuego que Ios otros metales
imperfectos, y Ia victoria que logra muestra con bastante evidencia hasta qué punto es fija, pues el arrebatador

1
Les Douze Clefs de Philosophie. París, Pierre Moét, 1659, Libro I, p. 34; Editions de Minuit, 1956, p. 85.

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Las Moradas Filosofales, VII. ALQUIMIA Y ESPAGIRIA

Saturno no le puede quitar nada o disminuirla. La lasciva Venus está bien coloreada, y todo su cuerpo casi no es más
que tintura y color semejante a los que tiene el Sol, que a causa de su abundancia deriva grandemente hacia el rojo.
Pero mientras que su cuerpo es leproso y enfermo, la tintura fija no puede habitar en él, y al volatilizarse el cuerpo,
necesariamente la tintura debe seguirlo, pues, al perecer aquél, el alma no puede quedarse, pues su domicilio está
consumido por el fuego, no apareciendo y no dejándole ningún sitio ni refugio sino que, por el contrario,
acompañada, permanece con un cuerpo fijo. La sal fija suministra al guerrero Marte un cuerpo duro, fuerte, sólido y
robusto, de donde procede su magnanimidad y gran valor.
Por ello es en extremo difícil sobrepasar a tan intrépido capitán, pues su cuerpo es tan duro que apenas se le puede
herir. Pero si alguien mezcla su fuerza y dureza con la constancia de la Luna y la belleza de Venus, y los pone de
acuerdo por un medio espiritual, podrá conseguir, no tan mal, una suave armonía por medio de la cual el pobre
hombre, habiéndose servido a este propósito de algunas claves de nuestro arte, luego de haber subido a lo alto de
esta escala y de haber llevado la Obra hasta el fin, podrá particularmente ganarse la vida. Pues la naturaleza
flemática y húmeda de la Luna puede ser calentada y desecada por la sangre cálida y colérica de Venus, y su gran
negrura, corregida por la sal de Marte.»
Entre los arquimistas que han utilizado oro para aumentarlo, con ayuda de fórmulas que los conducen al éxito,
citaremos al sacerdote veneciano Panteo1; a Naxágoras, autor de la Alchymia denudata (1715); a De Locques; a
Duclos; a Bernard de Labadye; a Joseph du Chesne, barón de Morancé, médico ordinario del rey Enrique IV; a
Blaise de Vigenère; a Bardin, del Havre (1638); a Mademoiselle de Martinville (1610); a Yardley, inventor inglés de
un procedimiento transmitido a Garden, guantero de Londres, en 1716, y luego comunicado por Ferdinand Hockley
al doctor Sigismond Bacstrom2, y que constituyó el tema de una carta de éste a L. Sand, en 1804; finalmente, al
piadoso filántropo san Vicente de Paúl, fundador de los padres de la misión (1625), de la congregación de las
hermanas de la caridad (1634), etc.
Permítasenos detenernos un instante en esta grande y noble figura, así como en su labor oculta, generalmente
ignorada.
Sabido es que en el curso de un viaje que realizó de Marsella a Narbona, san Vicente de Paúl fue apresado por unos
piratas berberiscos y llevado cautivo a Túnez. Tenía entonces veinticuatro años3. Se nos asegura también que
consiguió rescatar para la Iglesia a su último amo, un renegado, y que regresó a Francia y estuvo en Roma, donde el
papa Paulo V le recibió con grandes muestras de consideración. A partir de este momento, emprendió sus
fundaciones piadosas y sus instituciones caritativas. Pero lo que se guarda bien de decirnos es que el padre de los
niños hallados, como se le llamaba en vida, había aprendido la arquimia durante su cautiverio. Así se explica, sin
que haya necesidad de intervención milagrosa, que el gran apóstol de la caridad cristiana encontrara medios para
realizar sus numerosas obras filantrópicas4. Era, por otra parte, un hombre práctico, positivo, resuelto, que no
descuidaba en absoluto sus asuntos, de ningún modo soñador ni inclinado al misticismo. Por lo demás, un alma
profundamente humana bajo la apariencia ruda de hombre activo, tenaz y ambicioso.
Poseemos de él dos cartas muy sugestivas acerca de sus trabajos químicos. La primera, escrita a Monsieur de
Comet, abogado de la corte de primera instancia de Dax, fue publicada muchas veces y analizada por Georges Bois
en Le péril occultiste (París, Victor Retaux, s. f.). Está escrita en Aviñón y fechada en 24 de junio de 1607.
Tomaremos ese documento, que es bastante largo, en el momento en que Vicente de Paúl, habiendo acabado la
misión por la que se encontraba en Marsella, se prepara a regresar a Tolosa.
«... Hallándome a punto de partir por tierra -dice-, me convenció un caballero con quien estuve albergado, para que
me embarcara con él hasta Narbona, en vista del tiempo favorable que hacía. Y me embarqué para aprovechar la
ocasión y para ahorrar o, por mejor decir, para mi desdicha y para perderlo todo. El viento nos fue tan favorable que
poco nos faltó para llegar aquel mismo día a Narbona, que se hallaba a cincuenta leguas, si Dios no hubiera
permitido que tres bergantines turcos que costeaban el golfo de León (para apresar las barcas que procedían de
Beaucaire, donde había feria, que se tiene por una de las más bellas de la Cristiandad) no nos hubieran dado caza y
no nos hubieran atacado con tanta energía que dos o tres de los nuestros fueron muertos y el resto, heridos, e incluso
yo, que recibí un flechazo que me servirá de reloj el resto de mi vida, por lo que nos vimos obligados a rendirnos a
aquellos piratas, peores que tigres. Sus primeros estallidos de rabia les llevaron a hacer mil trozos de nuestro piloto,
a hachazos, por haber dado muerte a uno de los principales de entre ellos, además de cuatro o cinco hombres que los
nuestros les mataron. Hecho esto, nos encadenaron después de habernos tratado groseramente y prosiguieron su
rumbo cometiendo mil latrocinios, pero dando la libertad a aquellos que se rendían sin combatir, luego de haberlos

1
J. A. Pantheus, Ars et Theoria Transmutationis Metallicæ cum Voarchadumia Veneunt. Vivantium Gautherorium, 1550.
2
El doctor S. Bacstrom se afilió a la sociedad hermética fundada por el adepto De Chazal, que vivía en la isla Mauricio, en el
océano Indico, en la época de la Revolución.
3
Nacido en Poux, cerca de Dax, en 1581, los biógrafos lo consideran nacido en 1576, aunque él mismo dé su edad exacta en
diversas ocasiones, en su correspondencia. Este error se explica por el hecho de que, con la complicidad de prelados que actuaban
contra las decisiones del concilio de Trento, se le hizo pasar fraudulentamente como que tenía veinticuatro años cuando, en
realidad, no contaba más que diecinueve cuando fue ordenado sacerdote en el año 1600.
4
Fundó -nos dice el abate Pétin (Dictionnatre hagiographique, en la Encyclopédie de Migne. París, 1850)- un hospital para los
galeotes en Marsella, y en París estableció las casas de los Huérfanos, de las Hijas de la Providencia y de las Hijas de la Cruz,
así como el hospital de Jesús, el de los Niños hallados y el hospital general de la Salpetrière. «Sin hablar del hospital de Sainte-
Renne, que fundó en la Borgoña, socorrió varias provincias azotadas por el hambre y la peste, y las limosnas que hizo llegar a
Lorena y Champaña ascienden a casi dos millones.»

63
Las Moradas Filosofales, VII. ALQUIMIA Y ESPAGIRIA

despojado. Y finalmente, cargados de mercancía, al cabo de siete u ocho días, tomaron la ruta de Berbería, cubil y
espelunca de ladrones de la peor especie del gran turco, y así que llegamos nos pusieron a la venta con el sumario de
nuestra captura, que decían haber efectuado en un navío español, porque sin esa mentira hubiéramos sido liberados
por el cónsul que el rey mantiene allí para garantizar el libre comercio de los franceses. El procedimiento de nuestra
venta consistió en que, luego que nos hubieron dejado en cueros vivos, nos procuraron a cada uno un par de bragas,
una sobrevesta de lino y un gorro, y nos pasearon así por la ciudad de Túnez, a donde habían ido para vendernos.
Habiéndonos hecho dar cinco o seis vueltas por la ciudad, con la cadena al cuello, nos condujeron al barco a fm de
que los mercaderes acudieran a ver quién podría comer y quién no, a fin de demostrar que nuestros achaques no eran
en absoluto mortales. Hecho esto, nos condujeron a la plaza, a donde los mercaderes fueron a examinarnos igual que
se hace para comprar un caballo o un buey, hacíéndonos abrir la boca para inspeccionar nuestros dientes, palpando
nuestros costados, sondeando nuestras llagas y haciéndonos caminar al paso, trotar o correr, luego sostener fardos y
después luchar para ver la fuerza de cada uno, y otras mil clases de brutalidades.
«Fui vendido a un pescador, quien pronto se vio obligado a deshacerse de mí, pues nada le era tan adverso como la
mar. Después, del pescador pasé a ser propiedad de un anciano, médico espagírico, soberano déspota de
quintaesencias, hombre muy humano y tratable que, por lo que me dijo, había trabajado cincuenta años en busca de
la piedra filosofal, y aunque su esfuerzo resultó vano en cuanto a la piedra en sí, logró, con toda seguridad, otras
formas de trasmutación de metales. Y para dar fe de ello, declaro que a menudo lo ví fundír tanto oro como plata
juntos, colocarlos en laminillas, poner luego un lecho de algún polvo, luego otro de láminas y después otro de polvo
en un crisol o recipiente de fundir de los orfebres, mantenerlo al fuego veinticuatro horas y, por fin, abrirlo y hallar
la plata convertida en oro. Y, más a menado todavía, lo vi congelar o fijar el azogue en plata fina que vendía para
hacer limosnas a los pobres. Mi ocupación consistía en mantener el fuego en diez o doce hornos lo que, a Dios
gracias, no me producía más pena que placer. Mi dueño me amaba mucho, y se complacía en gran manera
hablándome de alquimia y, más aún, de su ley, a la que se esforzaba por atraerme prometiéndome mucha riqueza y
todo su saber. Dios mantuvo siempre en mí la creencia en mi liberación, por las asiduas plegarias que dirigía a Él y a
la Virgen María, por cuya única intercesión creo firmemente haber sido salvado. La esperanza y firme creencia que
tenía de volver a veros, pues, señor, me movió a rogar a mi amo asiduamente que me enseñara el medio de curar los
cálculos, en lo que cada día le veía operar milagros. Lo que él hizo fue mandarme preparar y administrar los
ingredientes...
»Permanecí con aquel anciano desde el mes de setiembre de 1605 hasta el mes de agosto siguiente, en que fue
apresado y conducido al gran sultán para que trabajara para él, mas en vano, pues murió de pena por el camino. Me
legó a su sobrino, verdadero antropomorfita1 que pronto me revendió tras la muerte de su tío, porque oyó decir que
Monsieur de Breve, embajador del rey de Turquía, venía con buenas y expresas patentes del gran turco para redimir
a los esclavos cristianos. Un renegado de Niza, en Saboya, enemigo por naturaleza, me compró y me condujo a su
temat (así se llama la propiedad que se posee como aparcero del gran señor, pues el pueblo no tiene nada, ya que
todo es del sultán). El temat de aquél estaba en la montaña, donde el país es en extremo cálido y desértico.»
Después de haber convertido a aquel hombre, Vicente partió con él, diez meses después, «al cabo de los cuales -
continúa el cronista- nos salvamos en un pequeño esquife y el vigésimo octavo día de junio arribamos a Aguas
Muertas, y, poco después, a Aviñón, donde el señor vicelegado recibió públicamente al renegado, que iba con
lágrimas en los ojos y sollozos en la garganta, en la iglesia de San Pedro, en honor de Dios y para edificación de los
espectadores. Señor mío..., este honor me obliga a amar y cuidar ciertos secretos de alquimia que le he enseñado,
que él reconoció más que si io gli avessi dato un monte di oro 2, porque toda su vida ha trabajado en ello y de
ninguna otra cosa obtiene más contento...
-Vincent Depaul.» 3.
En enero de 1608, una segunda epístola, dirigida desde Roma al mismo destinatario, nos muestra a Vicente de Paúl
iniciando al vicelegado de Aviñón, del que acaba de hacer mención, y muy bien situado en la corte, gracias a sus
secretos espagíricos. «... Mi estado es tal, pues, en una palabra, que estoy en esta ciudad de Roma, donde continúo
mis estudios sostenido por monseñor vicelegado, que es de Aviñón, el cual me dispensa el honor de amarme y
desear mi progreso, por haberle mostrado muchas cosas hermosas y curiosas que aprendí durante mi esclavitud de
aquel anciano turco a quien ya os he escrito que fui vendido, del número de las cuales curiosidades es el comienzo,
no la total perfección, el espejo de Arquímedes, un recurso artificial para hacer hablar una cabeza de muerto de la
que aquel miserable se servía para seducir al pueblo, diciéndole que su dios Mahoma les comunicaba su voluntad
mediante aquella cabeza, y otras mil bonitas cosas geométricas que he aprendido de él, de las cuales mi señor se
muestra tan celoso que ni siquiera permite que me acerque a nadie, por miedo a que yo las enseñe, pues desea tener
1
Nombre genérico dado a los herejes que creían en la forma humana de Dios basándose en las palabras del Génesis, según las
cuales Yavé habría creado al hombre a su imagen y semejanza. - N. del T.
2
«Si le hubiera dado una montaña de oro».
3
Ignoramos por qué la Historia y los biógrafos se obstinan en conservar la grafía falsa de Vicente de Paúl. Este nombre no
precisa de partícula por ser noble entre los nobles. Todas sus epístolas están firmadas con Depaul. Se halla este nombre escrito de
esta forma en una convocatoria masónica reproducida en las páginas 130-131 del Dictionnaire d'Occultisme de E. Desormes y
Adrien Basile (Angers, Lachése, 1897). No hay que sorprenderse de que una logia, obedeciendo el código de caridad y elevada
fraternidad por el que se regía la masonería del siglo XV, se colocara bajo la protección nominal del poderoso filántropo. E1
documento en cuestión, fechado en 14 de febrero de 1835, emana de la logia Salut, Force, Union, del Capítulo de los dicípulos de
saint Vincent Depaul, adherida al Oriente de París y fundada en 1777.

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Las Moradas Filosofales, VII. ALQUIMIA Y ESPAGIRIA

él solo la reputación de saber las cosas, las cuales se complace en hacer ver alguna vez a Su Santidad y a los
cardenales.»
Pese al escaso crédito que concede a los alquimistas y a su ciencia, Georges Bois reconoce, sin embargo, que no se
puede sospechar de la sinceridad del narrador ni de la realidad de las experiencias que éste ha visto practicar. «Es un
testigo -escribe- que reúne todas las garantías que pueden esperarse de un testigo ocular frecuente y particularmente
desinteresado, condición que no se encuentra en el mismo grado entre los investigadores que narran sus propias
experiencias y que siempre están preocupados por un punto de vista particular. Es un buen testigo, pero es un
hombre y, por tanto, no es infalible. Ha podido equivocarse y tomar por oro lo que no era sino una aleación de oro y
plata. Esto es lo que, según nuestras ideas actuales, hemos llegado a creer, en virtud de la costumbre que debemos a
nuestra educación de colocar la trasmutación entre las fábulas. Pero si nos limitamos simplemente a analizar el
testimonio que examinamos, el error no es posible. Se dice con claridad que el alquimista fundía juntos tanto oro
como plata, y he aquí la aleación bien definida1. Esta aleación es laminada. A continuación, las láminas se disponen
por capas separadas por otras capas de cierto polvo que no se describe. Este polvo no es la piedra filosofal, pero
posee una de sus propiedades: opera la trasmutación. Se calienta durante veinticuatro horas, y la plata que intervenía
en la aleación queda transformada en oro. Este oro es revendido, y así sucesivamente. No hay ningún desprecio en la
distinción de los metales. Además, es inverosímil, pues la operación era frecuente y el oro era negociado a
mercaderes, que un error tan enorme se produjera con tanta facilidad. Pues, en esa época, todo el mundo cree en la
alquimia, y los orfebres, los banqueros y los mercaderes saben distinguir muy bien el oro puro del oro aleado con
otros metales. Desde Arquímedes, todo el mundo sabe conocer el oro por la relación que existe entre su volumen y
su peso. Los príncipes monederos falsos engañan a sus súbditos, pero no la balanza de los banqueros ni el arte de los
quilatadores. No se hacía comercio de oro vendiendo como oro lo que no lo era. En la época en que nos situamos, en
1605, era en Túnez, a la sazón uno de los mercados más conocidos del comercio internacional, un fraude tan difícil
y tan peligroso como lo sería hoy, por ejemplo, en Londres, Amsterdam, Nueva York o París, donde los elevados
pagos de oro se efectúan en lingotes. Este es el más concluyente hecho, a nuestro juicio, de cuantos hemos podido
invocar en apoyo de la opinión de los alquimistas sobre la realidad de la trasmutación.»
En cuanto a la operación en sí, depende exclusivamente de la arquimia y se acerca mucho a la que Panteo enseña
en su Voarchadumia y cuyo resultado designa con el nombre de oro de las dos cimentaciones. Pues si Vicente de
Paúl ha mostrado claramente las líneas generales del procedimiento, se ha reservado, por el contrario, describir el
orden y la manera de operar. Aquel que, en nuestros días, intentara realizar la operación, aunque tuviera un perfecto
conocimiento del cemento especial, acabaría en el fracaso. Y es que, en efecto, el oro, para adquirir la facultad de
trasmutar la plata que lleva aleada, necesita, en primer lugar, ser preparado, y el cemento actúa sólo sobre la plata.
Sin esta disposición previa, el oro permanecería inerte en el seno del electro y no podría transmitir a la plata lo que
en estado natural no posee2. Los espagiristas designan este trabajo preliminar con el nombre de exaltación o trans-
fusión, y se ejecuta asimismo con ayuda de un cemento aplicado por estratificación. De tal manera que siendo
distinta la composición de este primer cemento con respecto a la del segundo, la denominación dada por Panteo al
metal obtenido se halla así plenamente justificada.
El secreto de la exaltación, sin cuyo conocimiento no puede obtenerse el éxito, consiste en aumentar -de una vez o
gradualmente- el color normal del oro por el azufre de un metal imperfecto, de ordinario, el cobre. Éste proporciona
al metal precioso su propia sangre mediante una especie de transfusión química. El oro, sobrecargado de tintura,
toma entonces el aspecto rojo del coral y puede dar al mercurio específico de la plata el azufre que necesita, gracias
a la intervención de los espíritus minerales desprendidos del cemento en el curso del trabajo. Esta transmisión del
azufre retenido en exceso por el oro exaltado se efectúa poco a poco bajo la acción del calor. Necesita de
veinticuatro a cuarenta horas, según la habilidad del artesano y el volumen de las materias tratadas. Es necesario
prestar gran atención al fuego, que debe ser continuo y bastante fuerte, sin alcanzar jamás el grado de fusión de la
aleación. Calentando demasiado, se correría el riesgo de volatilizar la plata y disipar el azufre introducido en el oro
sin que este azufre hubiera adquirido una fijeza perfecta.
Por fin, una tercera manipulación, voluntariamente omitida porque un alquimista esclarecido sabe muy bien lo que
tiene que hacer, comprende la acepilladura de las láminas extraídas, su fusión y su copelación. El residuo de oro
puro manifiesta, al peso, una disminución más o menos sensible que varía, generalmente, entre la quinta y la cuarta
parte de la plata aleada. Sea como fuere, y pese a esta pérdida, el procedimiento deja todavía un beneficio
remunerador.
Señalaremos, a propósito de la exaltación, que el oro coralino obtenido por uno cualquiera de los diversos métodos
preconizados, sigue siendo susceptible de trasmutar directamente, es decir, sin la ayuda de una cimentación ulterior,
cierta cantidad de plata: alrededor de la cuarta parte de su peso. Sin embargo, como es imposible determinar el valor
exacto del coeficiente de potencia aurífica, se resuelve la dificultad fundiendo oro rojo con una proporción triple de
plata (encuartación) y sometiendo la aleación laminada a la operación del comienzo.

1
Es tanto más difícil equivocarse sobre la naturaleza de esta aleación cuanto que la plata provoca en el oro una decoloración tal
que no podría pasar inadvertida. Aquí es casi total, pues los metales están aleados a pesos iguales, con lo que la aleación
resultaría blanca.
2
Basilio Valentín insiste en la necesidad de dar al oro una sobreabundancia de azufre. «El oro no tiñe -dice- si no es teñido él
previamente.»

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Las Moradas Filosofales, VII. ALQUIMIA Y ESPAGIRIA

Después de haber dicho que la exaltación, basada en la absorción de cierta porción de azufre metálico por el
mercurio del oro, tiene por efecto reforzar considerablemente la coloración propia del metal, daremos algunas
indicaciones sobre los procedimientos utilizados con este propósito. Éstos aprovechan la propiedad que posee el
mercurio solar de retener firmemente una fracción de azufre puro cuando se actúa sobre la masa metálica, a fin de
disociar la aleación formada al principio. Así, el oro fundido con el cobre, si llega a separarse de él, no abandona
jamás del todo una parcela de tintura tomada a éste. De tal manera que reiterando a menudo la misma acción, el oro
se enriquece cada vez más y puede entonces ceder esta tintura excelente al metal que le es próximo, es decir, a la
plata.
Un químico experimentado, señala Naxágoras, sabe muy bien que si se purifica el oro hasta veinticuatro veces o
más con sulfuro de antimonio adquiere un color, un brillo y una finura notables. Pero se produce pérdida de metal,
contrariamente a lo que sucede con el cobre, porque, en la purificación, el mercurio del oro abandona una parte de
su sustancia al antimonio, y el azufre se encuentra entonces superabundante por desequilibrio de las proporciones
naturales. Esto hace el procedimiento inutilizable y no permite esperar de él sino una simple satisfacción de
curiosidad.
Se consigue, asimismo, exaltar el oro fundiéndolo primero con tres veces su peso de cobre y luego
descomponiendo la aleación, reducida a limaduras, con ácido nítrico hirviendo. Aunque esta técnica sea laboriosa y
cueste mucho, dado el volumen de ácido exigido, es, sin embargo, una de las mejores y más seguras que se conocen.
No obstante, si se posee un reductor enérgico y se sabe emplearlo en el curso de la fusión misma del oro y del
cobre, la operación se verá simplificada en gran manera y no habrá que temer pérdida de materia ni trabajo excesivo,
pese a las repeticiones indispensables que este método aún requiere. Finalmente, el artista, estudiando estos diversos
métodos, podrá descubrir otros mejores, o sea, más eficaces. Le bastará, por ejemplo, echar mano del azufre
directamente extraído del plomo, incerarlo en estado bruto y proyectarlo poco a poco en el oro fundido, que retendrá
la parte pura. A menos que prefiera recurrir al hierro, cuyo azufre específico es, de todos los metales, aquel por el
que el oro manifiesta la mayor afinidad.
Pero basta. Que trabaje ahora quien quiera; que cada cual conserve su opinión, siga o desprecie nuestros consejos,
poco nos importa. Repetiremos, por última vez, que de todas las operaciones benévolamente descritas en estas
páginas, ninguna se relaciona, de lejos o de cerca, con la alquimia tradicional, y ninguna puede ser comparada a las
suyas. Muralla espesa que separa las dos ciencias, obstáculo infranqueable para aquellos que están familiarizados
con los métodos y las fórmulas químicas. No queremos desesperar a nadie, pero la verdad nos obliga a decir que
ésos no saldrán jamás de los caminos de la química oficial, aunque se entreguen a las investigaciones espagíricas.
Muchos modernos creen, de buena fe, apartarse resueltamente de la ciencia química porque explican sus fenómenos
de una manera especial, sin emplear, no obstante, otra técnica que la de los sabios varones a los que hacen objeto de
su crítica. Hubo siempre, por desdicha, errabundos y engañados de ese tipo, y para ellos, sin duda, Jacques Tesson1
escribió estas palabras llenas de verdad: «Los que quieren hacer nuestra Obra mediante digestiones, destilaciones
vulgares y sublimaciones semejantes, y otros por trituraciones, todos ellos están fuera del buen camino, sumidos en
gran error y dificultad, y privados para siempre de conseguir su objetivo, porque todos esos nombres y palabras y
maneras de operar son nombres, palabras y maneras metafóricos.
Creemos, pues, haber cumplido nuestro propósito y demostrado, en la medida que nos ha sido posible, que la
antepasada de la química actual no es la vieja alquimia, sino la espagiria antigua, enriquecida con aportaciones
sucesivas de la alquimia griega, árabe y medieval.
Y si se desea tener alguna idea de la ciencia secreta, diríjase el pensamiento al trabajo del agricultor y al del
microbiólogo, pues el nuestro está situado bajo la dependencia de condiciones análogas. Pues al igual que la
Naturaleza da al cultivador la tierra y el grano, al microbiólogo el agar y la espora, lo mismo suministra al
alquimista el terreno metálico apropiado y la semilla conveniente. Si todas las circunstancias favorables a la marcha
regular de este cultivo especial se observan rigurosamente, la recolección no podrá dejar de ser abundante...
En resumen, la ciencia alquímica, de una simplicidad extrema en sus materiales y en su fórmula, sigue siendo, no
obstante, la más ingrata y la más oscura de todas, debido al conocimiento exacto de las condiciones requeridas y de
las influencias exigidas. Ahí radica su aspecto misterioso, y hacia la solución de este arduo problema convergen los
esfuerzos de todos los hijos de Hermes.

1
Jacques Tesson o Le Tesson, Le Grand et excellent Oeuvre des Sages, contenant trois traités ou dialogues: Dialogues du Lyon
verd, du grand Thériaque et du Régime. Ms. del siglo XVII. Bibliot. de Lyon, N.ª 971 (900).

66
LIBRO SEGUNDO

67
Las Moradas Filosofales, LA SALAMANDRA DE LISIEUX

LA SALAMANDRA DE LISIEUX

P equeña ciudad normanda que debe a sus numerosas casas de madera y a sus fachadas rematadas con piñones
escalonados el pintoresco aspecto medieval con que la conocemos, Lisieux, respetuosa hacia el tiempo pasado, nos
ofrece, entre otras muchas curiosidades, una hermosa y en extremo interesante mansión de alquimista.
Casa modesta, en verdad, pero que demuestra en su autor el deseo de humildad que los afortunados beneficiarios
del tesoro hermético hacían voto de respetar durante su vida entera. Este edificio suele designarse con el nombre de
«Manoir de la Salamandre», y ocupa el número 19 de la rue aux Févres (lám. VII).
Pese a nuestras investigaciones, nos ha resultado imposible obtener la menor información acerca de sus primeros
propietarios, a los que no se conoce. Nadie sabe en Lisieux o fuera de ella por quién fue construida la casa en el
siglo XVI, ni quiénes fueron los artistas que la decoraron. Para no defraudar a la tradición, sin duda, la Salamandra
guarda celosamente su secreto y el del alquimista. Sin embargo, en 1834, se escribió acerca de la mansión1, pero
limitándose a la descripción pura y simple de los temas esculpidos que el turista puede admirar en la fachada
mención rista puede admirar en la fachada. Esta mención y algunas líneas en la Statistique munumentale du
Calvados, de Caumont (Lisieux, tomo V) representan todo cuanto ha aparecido sobre la mansión de la Salamandra.
Es poco, y lo sentimos, pues la minúscula pero deliciosa morada, edificada por la voluntad de un verdadero adepto,
decorada con motivos tomados del simbolismo hermético y de la alegoría tradicional, merece mejor suerte. Bien
conocida por los lexovianos es ignorada por el gran público, tal vez incluso por muchos amantes del arte, pese a que
su decoración, tanto por su abundancia y su variedad como por su hermosa conservación, autoriza a clasificar el
edificio entre los mejores del género. Hay aquí una laguna rnolesta, y trataremos de colmarla subrayando, a la vez,
el valor artístico de esta elegante mansión y la enseñanza iniciática que se desprende de sus esculturas.
El estudio de los motivos de la fachada nos permite afirmar, con la convicción nacida de un análisis paciente, que
el constructor del «Manoir» fue un alquimista instruido que dio la medida de su talento; en otros términos, un adepto
poseedor de la piedra filosofal. Certificamos, asimismo, que su afiliación a algún centro esotérico, que tenía muchos
puntos de contacto con la dispersa orden de los templarios, se revela como indiscutible. Pero, ¿cuál podía ser aquella
fraternidad secreta que se honraba en contar entre sus miembros al sabio filósofo de Lisieux? Forzados nos vemos a
confesar nuestra ignorancia y a dejar la cuestión en suspenso. Sin embargo, y aunque sintamos una invencible
repugnancia por la hipótesis, la verosimilitud, la relación de fechas y la proximidad de los lugares nos sugieren
ciertas conjeturas que vamos a exponer a título de indicación y con todas las reservas.
Aproximadamente un siglo antes de la construcción del «Manoir» de Lisieux, tres compañeros alquimistas
«laboraban» en Flers (Orne), donde realizaban la Gran Obra en el año 1420. Eran Nicolas de de Grosparmy2,
gentilhombre, Nicolas o Nöel Vallois, llamado tambié Le Vallois, y un sacerdote de nombre Pierre Vicot o Vitecoq.
Este ultimo se califica a sí mismo de «capellán y servidor doméstico del señor de Grosparmy». Tan sólo D-e-
Grosparmy poseía alguna fortuna con el título de señor y el de conde de Flers. Sin embargo, fue Valois quien
descubrió primero la práctica de la Obra y la enseñó a sus compañeros, como lo da a entender en sus Cinq Livres.
Tenía entonces cuarenta y cinco años, lo que sitúa la fecha de su nacimiento en el año 1375. Los tres adeptos
escriben diferentes obras entre los años 1440 y 14503. Ninguno de estos libros ha sido impreso jamás, por supuesto.
Según una nota anexa al manuscrito número 158 (125) de la biblioteca de Rennes, un gentilhombre normando, Bois
Jeuffroy, habría heredado todos los tratados originales de Nicolas de Grosparmy, Valois y Vicot. Vendió la copia
completa de los mismos «al difunto señor conde de Flers, mediante 1.500 libras y un caballo de precio». Este conde
de Flers y barón de Tracy es Louis de Pellevé, muerto en 1660, bisnieto, por línea femenina, del autor Grosparmi4.
Pero estos tres adeptos que residían y trabajaban en Flers en la primera mitad del siglo XV se citan sin la menor
razón como si pertenecieran al siglo XVI. En la copia que posee la biblioteca de Rennes, se dice con claridad, no
obstante, que habitaban en el castillo de Flers, del que Grosparmy era propietario, «en el cual lugar hicieron la Obra
filosófica y compusieron sus libros». El error inicial, consciente o no, procede de un anónimo autor de las notas

1
Cf. de Formevilie, Notice su une maison du XVI, siècle, à Lisieux, con dibujos y litografias de Challamel París, Janet Y
Koepplin; Lisieux, Pigeon, 1834.
2
Ct. Bibl. nat. de París, ms. 14789 (3032): La Clef des Secrets de Philasophie, de Pierre Vicot, Presbítero; siglo XVIII.
3
Nicolas de Grosparrny acaba, el Abrégé de Théorique dando la fecha exacta de terminación de esta obra, «la cual –dice- ha
compilado y mandado escribir y quedó perfecta el 29°día de diciembre del año micuatrocientos cuarenta y nueve. Cf. Biblioteca
de Rennes, ms. 158 (125), p. 111.
4
Cf. Charles, Vèrel, Les Alchimistes de Flers. Alençon, 1889. obra en 8°., de 34 ,pág., en el Bulletin de la Société historique et
archéologique de l’Orne.

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Las Moradas Filosofales, LA SALAMANDRA DE LISIEUX

tituladas Remarques, escritas al margen de algunas copias manuscritas de las obras de Grosparmy que pertenecieron
al químico Chevreul. Este, sin controlar, por lo demás, la cronología fantástica de estas notas, aceptó las fechas,
sistemáticamente atrasadas un siglo por el escritor anónimo, y todos los autores lo siguieron y arrastraron a porfía
aquel error imperdonable. Vamos a restablecer la verdad brevemente. Alfred de Caix1, después de haber dicho que
Louis de Pelleve murió en la miseria en 1660, añade: «Según el documento que precede, la tierra de Flers habría
sido adquirida por Nicolas de Grosparmy, pero el autor de las Remarques está aquí en contradicción con el señor de
la Ferriére2, que cita en la fecha de 1404 a un tal Raoul de Grosparmy como señor del lugar.» Nada es más cierto,
aunque, por otra parte, Alfred de Caix parezca aceptar la cronología falsificada del anotador desconocido. En 1404,
Raoul de Grosparmy era, en efecto, señor de Beauville y de Flers, y aunque no se sepa a título de qué se convirtió en
propietario, el hecho no puede ser puesto en duda. «Raoul de Grosparmy -escribe el conde Hector de la Ferriére
debe de ser el padre de Nicolas de Grosparmy, quien dejó tres hijos de Marie de Roeux, Jehan de Grosparmy,
Guillaume y Mathurin de Grosparmy, y una hija, Guillemette de Grosparmy, casada el 8 de enero de 1496 con
Germain de Grimouville. En esta fecha, Nicolas de Grosparmv había muerto, y Jehan de Grosparrny, barón de
Flers3, su primogénito, y Guillaume de Grosparrny, su segundo hijo, concedieron a su hermana, en consideración a
su casamiento, trescientas libras tornesas en dinero contante, y una renta de veinte libras por año readquirible por el
precio de cuatrocientas libras tornesas4.»
He aquí, pues, perfectamente establecido que las fechas que constan en las copias de los diversos manuscritos de
Grosparmy y de Valois son rigurosamente exactas y del todo auténticas. A partir de ese momento, podríamos
considerarnos eximidos de buscar la concordancia biográfica y cronológica de Nicolas Valois, ya que está
demostrado que fue el compañero y comensal del señor y conde de Flers. Pero es conveniente todavía descubrir el
origen del error imputable al comentarista, tan mal informado, de los manuscritos de Chevreul. Digamos, asimismo,
que podría proceder de una homonimia molesta, a menos que nuestro anónimo, cambiando todas las fechas, haya
querido hacer el honor a Nicolas Valois del suntuoso palacio de Caen, construido por uno de sus sucesores.
Nicolas Valois pasa por haber adquirido, hacia el final de su vida, las cuatro tierras de Escoville, de Fontaines, de
Mesnil-Guillaume y de Manneville. El hecho, no obstante, no ha sido probado en absoluto, pues ningún documento
lo confirma aparte la afirmación gratuita y sujeta a reservas del autor de las Remarques ya citadas. El viejo
alquimista, artesano de la fortuna de los Le Vallois y señores d'Escoville vivió como un sabio, según los preceptos
de disciplina y de moral filosóficas. Quien escribía a su hijo, en 1445, que « la paciencia es la escalera de los
filósofos, y la humildad, la puerta de su jardín» no podía seguir el ejemplo ni llevar la vida de los poderosos sin
traicionar sus convicciones. Es probable, pues, que a los setenta años, sin otra preocupación material que sus obras,
acabara en el castillo de Flers una existencia de labor, de calma y de simplicidad en compañía de los dos amigos con
quienes había realizado la Gran Obra. Sus últimos años, en efecto, fueron consagrados a la redacción de las obras
destinadas a moldear la educación científica de su hijo, conocido, tan sólo con el epíteto del «piadoso y noble
caballero5» al que Pierre Vicot dispensaba instrucción iniciática oral. El sacerdote Vicot es quien se sobrentiende, en
efecto, en ese pasaje del manuscrito de Valois: «En el nombre de Dios todopoderoso, sabe, hijo mío bienamado cuál
es mi intención por los extremos que a continuación declaro. Cuando, en los últimos días de mi vida, mi cuerpo esté
presto a ser abandonado por mi alma y no haga sino esperar la hora del Señor y del último suspiro, es mi deseo
dejarte como testamento y última voluntad estas palabras, por las cuales te serán enseñadas muchas cosas hermosas
relativas a la muy digna trasmutación metálica... Por eso te he hecho enseñar los principios de la filosofía natural, a
fin de hacerte más capaz para esta santa ciencia.6»
Los Cinco Libros de Nicolas Valois, en el comienzo de los cuales figura este pasaje, llevan la fecha de 1445 -sin
duda, la de su terminación-, lo que permitiría pensar que el alquimista, contrariamente a la versíón del autor de las
Remarques, murió a una edad avanzada. Puede suponerse que su hijo, educado e instruido según las reglas de la
sabiduría hermética, tuvo que contentarse con adquirir las tierras del señorío de Escoville, o de percibir las rentas si
había heredado aquéllas de Nicolas Valois. Sea como fuere, y aunque ningún testimonio escrito venga en nuestra
ayuda para colmar esta laguna, una cosa sigue
siendo cierta, y es que el hijo del alquimista, adepto a su vez, .jamás mandó edificar todo o parte de esa propiedad,
no dio un solo paso para la contirmación del título que estaba vinculado a ella y nadie, en fin, sabe si vivió en Flers
como su padre o si fijó su residencia en Caen. Probablemente, se debe al primer poseedor reconocido de los títulos
de hidalgo y señor de Escoville, de Mesnil-Guillaume y otros lugares a quien se debe el proyecto de edificación del

1
Alfred de Caix, Notice sius quelques alchimistes normands. Caen, F. Le Bianc-Hardel, 1868.
2
Comte Hector de la Ferrière, Histoire de Flers, ses seigneurs, son industrie. París, Dumoulin, 1855.
3
Laroque. Histoire de la maison d’Harcourt, t. II, p. 1148
4
Cartulario del Castillo de Flers.
5
Obras manuscritas de Grosparmy, Valois y Vicot. Bibl. de Rennes, ms. 160 (124); fol. 90. Livre second de M.e.Pierre de
Vitecoq, presbítero: «A vos, noble y valeroso caballero, dirijo y confio en vuestras manos el mayor secreto que jamás fuera
desvelado por ningún viviente ... » Fol. 139, Récapitulation de M.e Pierre Vicot, con prefacio dirigido al «Noble y piadoso
caballero» hijo de Nicolas Valois.
6
Obras de Grosparmy, Valois y Vicot. Bibl. nac. de Paris, mss. 12246 (2526), 12298 v 12299 (435), siglo XVII. - Bibl. del
Arsenal, ms. 2516 (166, S. A. F.), siglo XVII. - Cf. Bibl. de Rennes, ms. 160 (124), fol. 139: «S'en suit la recapitulation de Me.
Pierre Vicot, presbstre... sur les preceden, ècrits qu'il a fait pour instruire le fils du sieur Le Vallois en cette Science, apres la mort
dudit Le Vallois, son père.»

70
Las Moradas Filosofales, LA SALAMANDRA DE LISIEUX

palacio del Grand-Cheval, realizado por Nicolas Le Vallois, su primogénito, en la ciudad de Caen. En todo caso,
sabemos de buena fuente que Jean Le Vallois, primero de ese nombre, nieto de Nicolas, «compareció el 24 de marzo
de 1511 vestido con brigantina y con celada a la prueba de los nobles de la bailía de Caen, según un certificado del
teniente general de dicha bailía, fechado el mismo día». Dejó a Nicolas Le Vallois, señor de Escoville y de Mesnil-
Guillaume, nacido el año 1494 y casado el 7 de abril de 1534 con Marie du Val, que le dio por hijo a Louis de
Vallois, hidalgo, señor de Escoville, nacido en Caen el. 18 de setiembre de 1536, el cual se convirtió, a
continuación, en consejero secretario del rey.
Es, pues, Nicolas Le Vallois, bisnieto del alquimista de Flers, quien manda emprender los trabajos del palacio de
Escoville, los cuales exigieron unos diez años, aproximadamente, de 1530 a 15401. Al mismo Nicolas Le Vallois
nuestro anónimo, engañado tal vez por la similitud de los nombres, atribuye los trabajos de Nicolas Valois, su
antepasado, transportando a Caen lo que tuvo por teatro Flers. Según informe de De Bras (Les Recherches et
antiquitez de la ville de Caen, p. 132), Nicolas Le Vallois habría muerto joven, en 1541. «El viernes, día de Reyes,
de mil quinientos cuarenta y uno -escribe el historiador-, Nicolas Le Vallois, señor de Escoville, Fontaines, Mesnil-
Guillaume y Manneville y el más opulento de la ciudad entonces, cuando debía sentarse a la mesa, en la sala del
pabellón de esa hermosa y soberbia morada, cerca del Carrefour Saint-Pierre, que había hecho edificar el año
precedente, al comer una ostra, a la edad, más o menos, de cuarenta y siete años, cayó muerto de súbito de una
apoplejía que le sofocó.»
En la localidad, se designaba el palacio de Escoville con el nombre de Hótel du Grand-Cheval2. Según el
testimonio de Vauquelin des Yveteaux, Nicolas Le Vallois, su propietario, habría consumado la Gran Obra «en la
ciudad donde los jeroglíficos de la mansión que hizo construir y que se ve aún, en la plaza de Saint-Pierre, frente a la
gran iglesia de ese nombre, dan fe de su ciencia».«Habría pues jeroglíficos – añade Robillard de Beaurepaire- en las
esculturas del palacio del Grand-Cheval, y sería entonces posible que todos esos detalles, que parecen incoherentes,
tuvieran una significación muy precisa para el autor de la construcción y para todos los adeptos de la ciencia
hermética, versados en las fórmulas misteriosas de los antiguos filósofos, de los magos, de los bracmanes y de los
cabalistas.» Por desgracia, de todas las estatuas que decoraban aquella elegante morada, la pieza principal, desde el
punto de vista alquímico, era «aquella que, colocada encima de la puerta, chocaba primero a la vista del transeúnte y
había dado su nombre a la vivienda, el Grand-Cheval descrito y celebrado por todos los autores contemporáneos ya
no existe hoy». Esta estatua fue implacablemente destrozada en 1793. En su obra titulada Les origines de Caen,
Daniel Huet sostiene que la escultura ecuestre pertenecía a una escena del Apocalipsis (cap. XIX, V. 11), contra la
opinión de Bardou, párroco de Cormelles, que veía en ella a Pegaso, y de De la Roque, que reconocía la propia
efigie de Hércules. En una carta dirigida a Daniel Huet por el padre De la Ducquerie, éste dice que «la figura del
gran caballo que se halla en el frontispicio de la mansión de Monsicur Le Valois d'Escoville no es, como ha creído
Monsicur De la Roque, y tras él muchos otros, un Hércules, sino una visión del Apocalipsis. Ello viene reforzado
por la inscripción que hay debajo. En el muslo de ese caballo aparecen escritas estas palabras del Apocalipsis: Rex
Regum et Dominus Dominantium, el Rey de reyes y Señor de señores». Otro corresponsal del sabio prelado de
Avranches, el médico Dubourg, entró a este respecto en detalles más circunstanciados. «Para responder a vuestra
carta -escribía-, empiezo por deciros que hay dos representaciones en bajo relieve: una, arriba, donde se representa
este gran caballo en el aire, con las nubes bajo sus pies delanteros. El hombre que está debajo tenía ante sí una
espada, pero ésta ya no está. Sostiene en su mano derecha una larga verga de hierro. Encima y detrás de él, aparecen
en el aire caballeros que lo siguen y delante y encima, un ángel en el sol. Bajo el bocel de la puerta hay todavía una
representación del hombre a caballo, en pequeño, sobre un montón de cuerpos muertos y de caballos que devoran las
aves. Está de cara a Oriente, al contrario que el otro, y ante él aparece representado el falso profeta, así como el
dragón de muchas cabezas y unos jinetes contra los que parece ir el caballero. Vuelve la cabeza atrás como para ver
la representación del falso profeta y del dragón, que entra en un viejo castillo de donde salen llamas y en las que ese
falso profeta tiene ya metido medio cuerpo. Hay una inscripción en el muslo del gran caballero, y en muchos sitios,
como Rey de reyes, Señor de los señores y otras tomadas del capítulo XIX del Apocalipsis. Como esas letras no
están grabadas, creo que han sido escritas no hace mucho, pero hay un mármol en lo alto donde aparece escrito: "Y
era su nombre, la palabra de Dios."3»
Nuestra intención no es, en absoluto, emprender aquí el estudio de la estatuaria simbólica encargada de expresar o
exponer los principales arcanos de la ciencia. Esta morada filosofal, muy conocida y a menudo descrita, podrá ser
tema de initerpretaciones personales de los amantes del arte sagrado. Nosotros nos limitaremos a señalar algunas
figuras particularmente instructivas y dignas de interés. En primer lugar, está el dragón del tímpano mutilado de la
puerta de entrada, a la izquierda, bajo el peristilo que precede la escalera del cimborrio. En la fachada lateral, dos
bellas estatuas que representan a David y Judit deben merecer atención. La última va acompañada de una sextilla de
la época:

1
Eugène de Robillard de Beaurepaire. Caen illustré, son histoire, ses monuments. Caen, F. Leblanc-Hardel, 1896, p. 436.
2
Una inscripción grabada den la hermosa fachada meridional que forma el fondo del patio lleva la fecha de 1535.
3
Esta palabra de Dios, que es el Verbum demissum del Trevisano y la palabra perdida de los masones medievales, designa el
secreto material de la Obra, cuya revelación constituye el don de Dios, y sobre cuya naturaleza, nombre vulgar o empleo, todos
los filósofos conservan un impenetrable silencio. Es evidente, pues, que el bajo relieve que acompañaba la inscripción debía
referirse al tema de los sabios y, probablemente, también a la manera de trabajar. Así es cómo se entraba en la Obra, al igual que
al palacio de Escoville, por la puerta simbólica del Grand-Cheval.

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Las Moradas Filosofales, LA SALAMANDRA DE LISIEUX

Ont voit icy le pourtraict


De Judith la vertueuse
Comme par un hautain faict
Coupa la teste fumeuse
D'Holopherne qui l'heureuse
Jerusalem eut defaict . 1

Encima de esas grandes figuras, se ven dos escenas, una de las cuales representa el rapto de Europa, y la otra, la
liberación de Andrómeda por Perseo, y ambas ofrecen un significado análogo al del fabuloso rapto de Deyanira,
seguido de la muerte de Neso, que analizaremos más tarde al hablar del mito de Adán y Eva. En otro pabellón, se lee
en el friso interior de una ventana: Marsyas victus obmutescit. «Se trata -dice Robillard de Beaurepaire- de una
alusión al torneo musical entre Apolo y Marsias, en el que figuran, en calidad de comparsas, los portadores de
instrumentos2 que distinguimos más arriba. Finalmente, para coronar el conjunto, encima del linternón hay una
figurilla, hoy muy desgastada, en la que Sauvageon creyó poder reconocer, hace muchos años, a Apolo, dios del día
y de la luz, y debajo de la cúpula de la gran claraboya, en una especie de templete áptero, la estatua muy reconocible
de Príapo. «Nos veríamos, por ejemplo -añade el autor-, en un gran aprieto para explicar qué significado preciso hay
que atribuir al personaje de grave fisonomía que se toca con un turbante hebraico; al que emerge tan vigorosamente
de un óculo pintado, mientras que su brazo atraviesa el espesor del entablamento; a una hermosísima representación
de santa Cecilia tañendo una tiorba; a los forjadores, cuyos martillos, en la parte baja de las pilastras, golpean un
yunque inexistente; a las decoraciones exteriores, tan originales, de la escalera de servicio con la divisa: Labor
improbus omnia vincit...3 Tal vez no hubiera sido inútil, por otra parte, para penetrar el sentido de todas esas
esculturas, investigar acerca de las tendencias espirituales y de las ocupaciones habituales de quien así las prodigó
en su casa. Se sabe que el señor de Escoville era uno de los hombres más ricos de Normandía, y lo que se sabe
menos es que, desde siempre, se había entregado con apasionado ardor las investigaciones misteriosas de la
alquimia.»
De esta sucinta exposición debemos retener, sobre todo, que existía en Flers, en el siglo XV, un núcleo de filósofos
herméticos; que éstos pudieron formar discípulos -lo que viene confirmado por la ciencia transmitida a los sucesores
de Nicolas Valois, los señores de Escoville- y crear un centro iniciático; que la ciudad de Caen se halla a una
distancia casi igual de Flers y de Lisieux, por lo que sería posible que el adepto desconocido, retirado al Manoir de
la Salamandre hubiera recibido su primera instrucción de algún maestro perteneciente al grupo oculto de Flers o de
Caen.
En esta hipótesis no hay imposibilidad material ni inverosimilitud, pero aun así no nos atreveríamos a otorgarle
más valor del que puede esperarse de esta clase de suposiciones. Asimismo, rogamos al lector que la admita como la
ofrecemos, es decir, con la mayor reserva y a simple título de probabilidad.

II
Henos aquí en la entrada, cerrada desde hace tiempo, de la hermosa vivienda.
La belleza del estilo, la feliz selección de los motivos y la delicadeza de la ejecución hacen de esta puertecita uno
de los más agradables ejemplares de la escultura en madera del siglo XVI. Es un goce para al artista, como es un
tesoro para el alquimista, este paradigma hermético exclusivamente consagrado al simbolismo de la vía seca, la
única que los autores han reservado sin suministrar ninguna explicación sobre ella (lám. VIII).
Pero con el fin de hacer más asequible a los estudiantes el valor particular de los emblemas analizados,
respetaremos el orden del trabajo, sin dejarnos guiar por consideraciones de lógica arquitectónica o de orden
estético.
En el tímpano de la puerta con paneles esculpidos, se advierte un interesante grupo alegórico compuesto por un
león y una leona enfrentados cara a cara. Ambos sostienen con sus patas anteriores una máscara humana que
personifica el Sol, rodeado de un bejuco curvado que forma el mango de un espejo. León y leona, principio
masculino y virtud femenina, reflejan la expresión física de las dos naturalezas, de forma semejante, pero de
propiedades contrarias que el arte debe elegir al comienzo de la práctica. De su unión, consumada según ciertas
reglas secretas, proviene aquella doble naturaleza, materia mixta que los sabios han llamado andrógino, su
hermafrodita o Espejo del Arte. Esta sustancia, a la vez positiva y negativa, paciente que contiene su propio agente,
es la base y fundamento de la Gran Obra. De estas dos naturalezas, consideradas por separado, la que desempeña el
papel de materia femenina es la única representada y llamada alquímicamente con el cuervo que sostiene una viga

1
Se ve aquí el retrato / de Judit la virtuosa; / cómo por una gran gesta / cortó la cabeza embriagada / de Holofernes, que a la
dichosa / Jerusalén había derrotado.»
2
Es frecuente hallar en las moradas de los alquimistas, entre otros emblemas herméticos, a músicos o instrumentos de música.
Entre los discípulos de Hermes, la ciencia alquímica -ya diremos por qué en el curso de esta obra- era llamada el arte de música.
3
«Menospreciada, la obra triunfa de todo.»

72
Las Moradas Filosofales, LA SALAMANDRA DE LISIEUX

del piso superior. Se ve la figura de un dragón alado de cola retorcida en lazo. Este dragón es la imagen y el símbolo
del cuerpo primitivo y volátil, verdadero y único elemento sobre el que se debe trabajar al principio. Los filósofos le
han dado una multitud de nombres diversos, fuera de aquel con que es conocido vulgarmente. Esto ha causado y
causa aún tanto apuro, tanta confusión a los principiantes, sobre todo a los que se preocupan poco de los principios e
ignoran hasta dónde puede extenderse la posibilidad de la Naturaleza. Pese a la opinión general que pretende que
nuestro objeto no ha sido jamás designado, afirmamos, al contrario, que muchas obras lo nombran y que todas lo
describen. Pero si se cita entre los buenos autores, no podría sostenerse que sea subrayado ni mostrado de forma
expresa. Incluso a menudo se encuentra clasificado entre los cuerpos rechazados como impropios o extraños a la
Obra. Procedimiento clásico del que los adeptos se han servido para apartar a los profanos y ocultarles la entrada
secreta de su jardín.
Su nombre tradicional de piedra de los filósofos, retrata con bastante fidelidad este cuerpo para servir de base útil
para su identificación. Es, en efecto, en verdad, una piedra porque presenta al salir de la mina los caracteres
exteriores comunes a todos los minerales. Es el caos de los sabios en el cual los cuatro elementos están encerrados,
pero confusos y desordenados. Es nuestro anciano y el padre de los metales, y éstos le deben su origen puesto que
representa la primera manifestación metálica terrestre. Es nuestro arsénico, el cadmio, el antimonio, la blenda, la
galena, el cinabrio, el colcotar, el oricalco el rejalgar, el oropimente, la calamina, la tucía, el tártaro, etcétera. Todos
los minerales, por la voz hermética, le han rendido el homenaje de su nombre. Aún se le llama dragón negro
cubierto de escamas, serpiente venenosa, hija de Saturno y «la más amada de sus criaturas». Esta sustancia primaria
ha visto interrumpida su evolución por interposición y penetración de un azufre infecto y combustible que empasta
el mercurio puro, lo retiene y lo coagula. Y aunque sea enteramente volátil, este mercurio primitivo, corporeizado
bajo la acción secativa del azufre arsenical, toma el aspecto de una masa sólida, negra, densa, fibroso, quebradiza,
friable, cuya escasa utilidad la convierte en vil, abyecta y despreciable a los ojos de los hombres. En este tema -
pariente pobre de la familia de los metales-, el artista esclarecido encuentra, sin embargo, todo cuanto necesita para
comenzar y perfeccionar su gran obra, pues interviene, según dicen los autores, al principio, en medio y al final de la
Obra. También los antiguos la compararon al Caos de la Creación, donde los elementos y los principios, las tinieblas
y la luz se encontraban confundidos, entremezclados y sin posibilidad de reaccionar unos sobre otros. Ésta es la
razón por la que han pintado simbólicamente su materia en su primer ser bajo la figura del mundo, que contenía en
sí los materiales de nuestro globo hermético1 o microcosmos, reunidos sin orden, sin forma, sin ritmo y sin medida.
Nuestro globo, reflejo y espejo del macrocosmos, no es, pues, más que una parcela del Caos primordial destinado,
por la voluntad divina, a la renovación elemental en los tres reinos, pero que una serie de circunstancias misteriosas
ha orientado y dirigido hacia el reino mineral. Así informado y especificado, y sometidos a las leyes que rigen la
evolución y progresión minerales, ese caos convertido en cuerpo contiene confusamente la más pura semilla y la
más próxima sustancia que existe de los minerales y los metales. La materia filosofal es, pues, de origen mineral y
metálico. Por tanto, no hay que buscarla más que en la raíz mineral y metálica, la cual, dice Basilio Valentín en el
libro de Las doce claves, fue reservada por el Creador y prometida a la generación sola de los metales. En
consecuencia, quien busque la piedra sagrada de los filósofos con la esperanza de encontrar ese pequeño mundo en
las sustancias extrañas al reino mineral y metálico, jamás llegará al logro de sus designios. Y es con el fin de apartar
al aprendiz del camino del error por lo que los autores antiguos le enseñan a seguir siempre la Naturaleza. Porque la
Naturaleza no actúa más que en la especie que le es propia, no se desarrolla ni se perfecciona sino en sí misma y por
ella misma, sin que ninguna cosa heterogéneo venga a estorbar su marcha o a contrariar el efecto de su poder
generador.
En el pilar de la izquierda de la puerta que estudiamos, un tema en alto relieve atrae y retiene la atención. Figura un
hombre ricamente vestido con jubón de mangas, tocado con una especie de almirez y con el pecho blasonado con un
escudo que muestra la estrella de seis puntas. Este personaje de condición elevada, colocado en la tapadera de una
urna de paredes repujadas, sirve para indicar, según la costumbre de la Edad Media, el contenido de la vasija. Es la
sustancia que, en el curso de las sublimaciones, se eleva por encima del agua, que sobrenada como una mancha de
aceite. Es el hiperión y el vitriolo de Basilio Valentín y el león verde de Ripley y de Jacques Tesson; en una palabra,
la verdadera incógnita del gran problema. Ese caballero, de hermoso aspecto y de celeste linaje, no es en absoluto un
extraño para nosotros: muchos grabados herméticos nos lo han hecho familiar. Salomon Trismosin, en el Vellocino
de oro lo muestra derecho, con los pies colocados en los bordes de dos pilones llenos de agua, los cuales traducen el
origen y el manantial de esta fuente misteriosa; agua de naturaleza y propiedad doble, nacida de la leche de la
Virgen y de la sangre de Cristo; agua ígnea y fuego acuoso, virtud de los dos bautismos de los que se habla en los
Evangelios: «Juan respondió a todos, diciendo: Yo os bautizo en agua, pero llegando está otro más fuerte que yo, a
quien no soy digno de soltarle la correa de las sandalias; Él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego. En su mano
tiene el bieldo para bieldar la era y almacenar el trigo en su granero, mientras la paja la quemará con fuego
inextinguible2.» El manuscrito del Filósofo Solidonio reproduce el mismo tema bajo la imagen de un cáliz lleno de
agua, del que emergen medio cuerpo dos personajes en el centro de una composición bastante confusa que resume la

1
Basilio Valentín. Les Douze Clefs de la Philosophie, Editions de Minuit, 1956, figura 9.-, p. 185.
2
San Lucas, cap. III, v. 16 y 17. -Marcos, cap. I, v. 6, 7 y 8. -Juan, cap. I, v. 30 a 32. (La presente traducción está tomada de san
Lucas en la edición Nácar-Colunga. - N. del T.

73
Las Moradas Filosofales, LA SALAMANDRA DE LISIEUX

obra entera. En cuanto al tratado del Azot1, es un ángel inmenso -el de la parábola de san Juan en el Apocalipsis- que
pisotea la tierra con un pie y el mar con otro, mientras eleva una antorcha llameante con la mano derecha y
comprime con la izquierda un odre hinchado de aire, figuras claras del cuaternario de los elementos primeros: tierra,
agua, aire y fuego. El cuerpo de este ángel, cuyas dos alas sustituyen la cabeza, está cubierta por el sello del libro
abierto, ornado con la estrella cabalística y la divisa en siete palabras del Vitriol: Visita Interiora Terrae,
Rectificandoque, Invenies Occultum Lapidem. «Vi a otro ángel -escribe san Juan2- poderoso, que descendía del cielo
envuelto en una nube; tenía sobre su cabeza el arco iris, y su rostro era como el sol, y sus pies, como columnas de
fuego, y en su mano tenía un librito abierto. Y poniendo su pie derecho sobre el mar y el izquierdo sobre la tierra,
gritó con poderosa voz como león que ruge. Cuando gritó, hablaron los siete truenos con sus propias voces. Cuando
hubieron hablado los siete truenos iba yo a escribir; pero oí una voz del cielo que me decía: Sella las cosas que han
hablado los siete truenos y no las escribas... La voz que yo había oído del cielo, de nuevo me habló y me dijo: Ve,
toma el librito abierto de mano del ángel que está sobre el mar y sobre la tierra. Fuime hacia el ángel, diciendo que
me diese el librito. Él me respondió: Toma y cómelo, y amargará tu vientre, mas en tu boca será dulce como la
miel.»
Este producto, alegóricamente expresado por el ángel o el hombre -atributo del evangelista san Mateo-, no es otro
que el mercurio de los filósofos, de naturaleza y cualidad doble, en parte fijo y material y en parte volátil y
espiritual, el cual basta para comenzar, acabar y multiplicar la obra. Esta es la única y sola materia de que tenemos
necesidad, sin preocuparnos de buscar otra, pero es necesario saber, a fin de no errar, que a partir de ese mercurio y
de su adquisición, los autores comienzan por lo general sus tratados.
Él es la mina y la raíz del oro y no el metal precioso, absolutamente inútil y sin empleo en !a vía que estudiamos.
Ireneo Filaleteo dice, con mucha razón, que nuestro mercurio, apenas mineral, es menos aún metálico porque no
encierra más que el espíritu o la semilla metálica, mientras que el cuerpo tiende a alejarse de la cualidad mineral. Sin
embargo, es el espíritu del oro, que se encierra en un aceite transparente que se coagula con facilidad; la sal de los
metales, pues toda piedra es sal, y la sal de nuestra piedra, ya que la piedra de los filósofos, que es ese mercurio del
que hablamos, es el objeto de la piedra filosofal. De ahí que muchos adeptos, deseando crear confusión, le llamen
nitro o salitre (en francés salpétre, de sal petri, sal de piedra) y hayan copiado el signo del uno sobre la imagen del
otro. Y, por añadidura, su estructura cristalina, su parecido físico con la sal fundida y su Transparencia han
permitido asimilarlo a las sales y le atribuyen todos los nombres. Se convierte así, sucesivamente, según la voluntad
o la fantasía de los escritores, en la sal marina y la sal gema, la sal alembrot, la sal de Saturno, la sal de las sales.
También el famoso vitriolo verde, oleum vitri, que Panteo describe como la crisocolia y otros como el bórax o
atincar; el vitriolo romano, porque Rwmh, nombre griego de la ciudad eterna, significa fuerza, vigor, poder,
dominación. El mineral de Pierre-Jean Fabre porque en él, dice, el oro vive (l'or y vit, vitryol). Asimismo, se le da el
sobrenombre de Proteo, a causa de sus metamorfosis durante el trabajo, y también Camaleón (Camailewn, león
rampante), porque reviste sucesivamente todos los colores del espectro.
He aquí, ahora, el último tema decorativo de nuestra puerta. Se trata de una salamandra que sirve de capitel a la
columnilla salomónica de la jamba derecha. Nos parece, en cierto modo, el hada protectora de esa agradable
morada, pues la hallamos esculpida sobre el modillón del pilar central, situado en la planta baja, y hasta en la
claraboya de la buhardilla. Parecería, incluso, dada la premeditada repetición del símbolo, que nuestro alquimista
hubiera mostrado una marcada preferencia por ese reptil heráldico. No pretendemos insinuar, por ello, que hubiera
podido atribuirle el sentido erótico y grosero que tanto apreciaba Francisco I; ello equivaldría a insultar al artesano,
a deshonrar la ciencia y a ultrajar la verdad, a imitación del aventajado corrupto, pero intelectualmente mediocre, al
que lamentamos deber hasta el paradójico nombre de Renacimiento3. Pero un rasgo singular del carácter humano
1
No se confunda con el ázoe o nitrógeno (en francés se utiliza para ambos la misma palabra, azoth, por lo que nosotros tratamos
de diferenciarlas). El azot es el llamado mercurio de los filósofos, espíritu vital de los metales y, por extensión, Spiritus mundi,
principio y fin de todas las cosas y fuerza sutil creadora de la naturaleza. -N. del T.
2
Apocalipsis, cap. X, v. 1 al 4, 8 y 9. -Esta parábola, muy instructiva, se halla reproducida con algunas variantes, que precisan su
sentido hermético, en la Vision survenue en songenat à Ben Adam, au temps du régne du roy d'Adama, laquelle a été mise en
lumiére par Floretus à Bethabor. Bibl. del Arsenal, ms. 3022 (168, S.A.F.), P. 14, He aquí la parte del texto susceptible de
interesarnos:
«Y oí otra vez una voz del cielo que me hablaba y decía:
»Ve, toma este librito abierto de la mano de este ángel que se mantiene sobre el mar y sohre la tierra. -Y yo fui hacia el ángel y
le dije: Entrégame este librito. -Y tomé el librito de la mano del ángel y se lo di para que se lo tragara. Y cuando se lo hubo
comido, sufrió unos retortijones tan fuertes en el vientre, que se volvió todo negro como el carbón. Y mientras él estaba en esta
negritud, el sol lucía claro como en el más cálido mediodía, y a causa de él cambió su forma negra como en mármol blanco hasta
que, al fin, estando el sol en lo más alto, se volvió todo rojo como el fuego... Y, entonces, todo se desvaneció...
»Y del lugar donde el ángel habló, se elevó una mano sosteniendo un vaso en el que parecía haber un polvo de color rosa roja...
Y escuché un gran eco que decía:
»¡Sigue la Naturaleza, sigue la Naturaleza!»
3
Se da a Francisco I el sobrenombre de padre de las letras, y ello por algunos favores que concedió a tres o cuatro escritores,
pero se olvida que ese padre de las letras otorgó, en 1535, cartas patentes por las que prohibía la imprenta so pena de horca; que
tras haber proscrito la imprenta estableció una censura para impedir la publicación y venta de los libros previamente impresos;
que concedió a la Sorbona el derecho de inquisición sobre las conciencias; que, según el edicto real, la posesión de un libro
antiguo condenado y proscrito por la Sorbona exponía a sus dueños a la pena de muerte, si ese libro era hallado en su domicilio,
donde los esbirros de la Sorbona tenían la facultad de efectuar registros; que se mostró, durante todo su reinado, implacable

74
Las Moradas Filosofales, LA SALAMANDRA DE LISIEUX

lleva al hombre a encariñarse con aquello por lo que más ha sufrido, y esta razón nos permitiría, sin duda, explicar el
triple empleo de la salamandra, jeroglífico del fuego secreto de los sabios. En efecto, entre los productos anexos que
intervienen en el trabajo en calidad de ayudantes o de servidores, ninguno resulta de búsqueda más ingrata ni de
identificación más laboriosa que éste. Se puede todavía, en las preparaciones accesorias, emplear en lugar de los
coadyuvantes requeridos ciertos sucedáneos capaces de dar un resultado análogo. Sin embargo, en la elaboración del
mercurio, nada sería capaz de sustituir el fuego secreto, ese espíritu susceptible de animarlo, de exaltarlo y de formar
cuerpo con él después de haberlo extraído de la materia inmunda. «Os compadecería mucho -escribe Limojon de
Saint-Didier1-, si, como yo, después de haber conocido la verdadera materia pasarais quince años enteros de trabajo,
en el estudio y en la meditación, sin poder extraer de la piedra el precioso jugo que encierra en su seno, por falta de
conocer el fuego secreto de los sabios, que hace destilar de esta planta seca y árida en apariencia un agua que no
moja las manos.» Sin él, sin ese fuego escondido bajo una forma salina, la materia preparada no podría ser forzada
ni cumplir sus funciones de madre, y nuestra labor quedaría para siempre como quimérica y vana. Toda generación
requiere la ayuda de un agente propio y determinado en el reino en que la Naturaleza lo ha colocado. Y toda cosa
lleva semilla. Los animales nacen de un huevo o de un óvulo fecundado; los vegetales provienen de un grano que se
ha hecho prolífico; y, al igual, los minerales y los metales tienen por semilla un licor metálico fertilizado por el
fuego mineral. Éste es, pues, el agente activo introducido por el arte en la semilla mineral, y es él, según nos dice
Filaleteo, «el que hace en primer lugar girar el eje y mover la rueda». Por ello, es fácil comprender de cuánta
utilidad es esta luz metálica invisible, misteriosa, y con qué cuidado debemos tratar de conocerla y distinguirla por
sus cualidades específicas, esenciales y ocultas.
Salamandra, en latín, viene de sal y mandra, que significa establo y también cavidad de roca, soledad, eremitorio.
Salamandra es, pues, el nombre de la sal de establo, sal de roca o sal solitaria. Esta palabra toma en lengua griega
otra acepción, reveladora de la acción que provoca. Salamandra aparece formado de Sala, agitación,
desorden, empleado, sin duda, por zsaloV o zalh, agua agitada, tempestad, fluctuación, y de handra, que
tiene el mismo sentido que en latín. De estas etimologías podemos sacar la conclusión de que la sal, espíritu o fuego
nace en un establo, en una cavidad de roca o en una gruta... Ya basta. Acostado en la paja de su cuna en la gruta de
Belén, ¿no es acaso Jesús el nuevo sol que trae la luz al mundo? ¿No es Dios mismo bajo su envoltura carnal y
perecedera? ¿Quién ha dicho, pues, Yo soy el Espíritu y la Vida, y he venido a prender Fuego a las cosas?
Este fuego espiritual, informado y corporeizado en sal, es el azufre escondido, porque en el curso de su operación
jamás se pone de manifiesto ni se hace sensible a nuestros ojos. Y, sin embargo, ese azufre, por invisible que sea, no
es en absoluto una ingeniosa abstracción, un artificio de doctrina. Sabemos aislarlo y extraerlo del cuerpo que lo
oculta, por un medio escondido y bajo el aspecto de un polvo seco que, en tal estado, se vuelve impropio y pierde su
efecto en el arte filosófico. Ese fuego puro, de la misma esencia que el azufre específico del oro, pero menos
digerido es, por el contrario, más abundante que el del metal precioso. Por ello se une con facilidad al mercurio de
los minerales y metales imperfectos. Filaleteo nos asegura que se encuentra escondido en el vientre de Aries o del
Carnero, constelación que recorre el Sol en el mes de abril. Finalmente, para designarlo mejor aún, añadiremos que
ese Carnero «que esconde en sí el acero mágico» lleva ostensiblemente en su escudo la imagen del sello hermético,
astro de seis rayos. En esta materia tan común, pues, que nos parece simplemente útil, es donde debemos buscar el
misterioso fuego solar, sal sutil y fuego espiritual, luz celeste difusa en las tinieblas del cuerpo, sin la cual nada
puede hacerse y a la que nada podría sustituir.
Hemos señalado más arriba el lugar importante que ocupa, entre los temas emblemáticos del palacete de Lisieux, la
salamandra, enseña particular de su modesto y sabio propietario. Se la vuelve a encontrar, decíamos, hasta en la
claraboya del tejado, casi inaccesible y levantada en pleno cielo. Sostiene el tejado de dos aguas entre dos dragones
esculpidos paralelamente - en la madera de los derrames (lám. IX). Estos dos dragones, uno áptero (apteroV, sin
alas) y el otro crisóptero (crutspteroV, de alas doradas), son ,-aquellos de los que habla Nicolas Flamel en su
Figuras jeroglíficas y que Miguel Maier (Symbola aureae mensae, Francofurti, 1617) considera que son, con el
globo rematado por la cruz, símbolos particulares del estilo del célebre adepto. Esta simple comprobación demuestra
el conocimiento extenso que el artista lexoviano tenía de los textos filosóficos y del simbolismo especial de cada
uno de sus predecesores. Por otra parte, la selección misma de la salamandra nos induce a pensar que nuestro
alquimista debió de buscar mucho tiempo y emplear numerosos años en el descubrimiento del fuego secreto. El
jeroglífico disimula, en efecto, la naturaleza psicoquímica de los frutos del jardín de Hespera, frutos cuya madurez
tardía no disfruta el sabio hasta su vejez, y que no recoge sino casi en la atardecida de la vida, en el poniente
(EsperiV) de una laboriosa y penosa carrera. Cada uno de esos frutos es el resultado de una condensación
progresiva del fuego solar por el fuego secreto, verbo encarnado, espíritu celeste corporeizado en todas las cosas de
este mundo. Y son los rayos juntados y concentrados de ese doble fuego los que colorean y animan un cuerpo puro,
diáfano, clarificado, regenerado, de brillante reflejo y de admirable virtud.
Llegado a este punto de exaltación, el principio ígneo, material y espiritual, por su universalidad de acción se hace
asimilable a los cuerpos comprendidos en los tres reinos de la Naturaleza, y ejerce su eficacia tanto entre los

enemigo de la independencia del espíritu y del progreso de las luces, así como fanático protector de los más famosos teólogos y
de los absurdos escolásticos más contrarios al verdadero espíritu de la religión cristiana... ¡Vaya impulso para las ciencias y las
bellas letras! No puede verse en Francisco I sino un loco brillante que fue la desgracia y la vergüenza de Francia.»
Abate de Montgaillard, Histoire de France. París, Moutardier, 1827, t. I, p. 183.
1
Limojon de Saint,Didier, Lettre aux vrays Disciples d'Hermés, en Triomphe Hermétique.

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Las Moradas Filosofales, LA SALAMANDRA DE LISIEUX

animales como entre los vegetales y en el interior de los cuerpos minerales y metálicos. Ahí está el rubí mágico,
agente provisto de la energía y la sutileza ígneas, y revestido del color y de las múltiples propiedades del fuego. Y
ahí está, también, el óleo de Cristo o cristal, de lagarto heráldico que atrae, devora, vomita y da la llama, extendido
en su paciencia como el viejo fénix en su inmortalidad.

III
En el pilar central de la planta baja, el visitante descubre un curioso bajo relieve. En él, un mono está ocupado en
comer los frutos de un manzano joven, apenas más elevado que él (lám. X).
Ante este tema, que traduce para el iniciado la realización perfecta, abordamos la Obra por el final. Las flores
brillantes, cuyos colores vivos y tornasolados significan la alegría de nuestro artesano, se han marchitado y
extinguido unas tras otras; los frutos han tomado forma entonces y de verdes como estaban al comienzo, se ofrecen
ahora a él adornadas de un brillante envoltorio purpúreo, seguro indicio de su madurez y su excelencia.
Y es que el alquimista, en su paciente trabajo, debe ser el escrupuloso imitador de la Naturaleza, el mono de la
creación, según la expresión genuina de muchos maestros. Guiado por la analogía, realiza en pequeño, con sus
débiles medios y en un ámbito restringido. lo que Dios hizo en grande en el universo cósmico. Aquí, lo inmenso;
allá, lo minúsculo. En estos dos extremos está el mismo pensamiento, el mismo esfuerzo y una voluntad parecida en
su relatividad. Dios lo hace todo de la nada: crea. El hombre toma una parcela de ese todo y la multiplica: prolonga
y continúa. Así el microcosmos amplía el macrocosmos. Tal es su meta y su razón de ser, y tal nos parece su
verdadera misión terrestre y la causa de su propia salvación. En lo alto, Dios; abajo, el hombre. Entre el Creador
inmortal y su criatura perecedera, se halla toda la Naturaleza creada. Buscad y no encontraréis nada más ni
descubriréis nada menos que el Autor del primer esfuerzo, ligado a la masa de los beneficiarios del ejemplo divino,
sometidos a la misma voluntad imperiosa de actividad constante, de labor eterna.
Todos los autores clásicos se muestran unánimes en reconocer que la Gran Obra es un resumen, reducido a las
proporciones y posibilidades humanas, de la Obra Divina. Y como el adepto debe aportar a ella lo mejor de sus
cualidades si quiere llevarla a buen término, parece justo y equitativo que recoja los frutos del Árbol de la Vida y se
aproveche de las manzanas maravillosas del jardín de las Hespérides.
Mas ya que, obedeciendo a la fantasía o al deseo de nuestro filósofo, nos vemos obligados a comenzar en el punto
mismo en que el arte y la Naturaleza acaban juntos su tarea, ¿sería obrar ciegamente preocuparnos por saber primero
qué es lo que buscamos? ¿Y acaso, a despecho de la paradoja, no es un excelente método el que empieza por el
final? Aquel que sepa con exactitud lo que desea obtener, hallará más fácilmente lo que necesita. En los medios
ocultos de nuestra época se habla mucho de la piedra filosofal sin saber lo que es en realidad. Muchas personas
cultivadas califican la gema hermética como un «cuerpo misterioso», y tienen de ella la opinión de ciertos
espagiristas de los siglos XVII y XVIII, que la situaban en la categoría de las entidades abstractas, calificadas de no
seres o de seres de razón. Informémonos con objeto de tener de este cuerpo desconocido una idea tan próxima como
posible de la verdad. Estudiemos las descripciones, raras y demasiado sucintas para nuestro gusto, que nos han
dejado algunos filósofos, y veamos lo que, igualmente, dicen de ella sabios personajes y fieles testigos.
Digamos, para empezar, que el término piedra filosofal significa, según la lengua sagrada, piedra que lleva el signo
del sol. Ahora bien; este signo solar viene caracterizado por la coloración roja, la cual puede variar de intensidad,
como dice Basilio Valentín1: «Su color va del rojo encarnado al carmesí, o bien del color de los rubíes al de la
granada. En cuanto a su peso, es mucho mayor que lo que corresponde a la cantidad.» Esto, por lo que se refiere al
color y a la densidad. El Cosmopolita2, que Louis Figuier cree que es el alquimista conocido bajo el nombre de
Sethon, y otros, bajo el de Miguel Sendivogio, nos describe su aspecto traslúcido, su forma cristalina y su fusibilidad
en este pasaje: «Si se encontrara -dice- nuestro objeto en su último estado de perfección, hecho y compuesto por la
Naturaleza, si fuera fusible como la cera o la manteca y su rojez, su diafanidad y claridad apareciera en el exterior,
sería en verdad nuestra bendita piedra.» Su fusibilidad es tal, en efecto, que todos los autores la han comparado a la
de la cera (64° C). «Se funde a la llama de una candela», repiten. Algunos, por esta razón, le han llegado a dar el
nombre de gran cera roja3. A estos caracteres físicos, la piedra une poderosas propiedades químicas: el poder de
penetración o de ingreso, la absoluta fijeza, la inoxidabilidad que la hace incalcinable, una extremada resistencia al
fuego y, por fin, su irreductibilidad y su perfecta indiferencia respecto a agentes químicos. Es, también, lo que nos
enseña Enrique Khunrath en su Amphiteatrum Sapientiae Aeternae cuando escribe: «Finalmente, cuando la Obra
haya pasado del color cenizoso al blanco puro y, luego, al amarillo, verás la piedra filosofal, nuestro rey elevado por
encima de los dominadores que sale de su sepulcro vítreo, se levanta de su lecho y acude a nuestro escenario
mundano en su cuerpo glorificado, es decir, regenerado y pluscuamperfecto. O, dicho de otro modo, el carbunclo
brillante que irradia gran esplendor y cuyas partes muy sutiles y depuradas, por la paz y la concordia de la mezcla,

1
Les Douze Clefs de Philosophie de Frére Basile Valentin, religieux de I'Ordre Sainct Banoist, traictant de la vraye Medecine
metallique. París, Pierre Moët, 1959; clave X, p. 121; Editions de Minuit, 1956, p. 200.
2
Cosmopolite ou Nouvelle Lumiere Chymique. París, J. d'Houry, 1669. Traité du sel, p. 64.
3
En el ms. lat. 5614 de la Bibl. nac. de París, que está compuesto por tratados de antiguos filósofos, la tercera obra se titula:
Modus faciendi Optiman Ceram rubeam.

76
Las Moradas Filosofales, LA SALAMANDRA DE LISIEUX

están inseparablemente ligadas y juntas en una. Igual y diáfana como el cristal, compacta y muy ponderosa,
fácilmente fusible al fuego como la resina, fluida como la cera y más que el azogue, pero sin emitir ningún humo.
Traspasando y penetrando los cuerpos sólidos y compactos como el aceite penetra el papel; soluble y dilatable en
todo licor susceptible de ablandarla; friable como el vidrio; de color de azafrán cuando se pulveriza, pero roja como
el rubí cuando queda en masa íntegra (esta rojez es la signatura de la perfecta fijación y de la fija perfección);
colorante y tiñente constante; fija en las tribulaciones de todas las experiencias, incluso en las pruebas por el azufre
devorador y por las aguas ardientes, y por la muy fuerte persecución del fuego. Siempre duradera, incalcinable y, a
imitación de la Salamandra, permanente y juez justo de todas las cosas (pues es, a su manera, todo en todo) y
clamando: He aquí que renovaré todas las cosas.»
La piedra filosofal, que fue hallada en la tumba de un obispo reputado de muy rico y que el aventurero inglés
Edward Kelley, llamado Talbot, había comprado a un posadero hacia 1585, era roja y muy pesada, pero sin ningún
olor. Sin embargo, Berigardo de Pisa dice que un hombre hábil le dio una gruesa (3,82 gr) de un polvo cuyo color
era semejante al de la amapola, y que desprendía olor de sal marina calcinada1.
Helvecio (Juan Federico Schweitzer) vio la piedra que le mostró un adepto extranjero el 27 de diciembre de 1666,
en forma de un cuerpo de aspecto metálico color de azufre. Este producto, pulverizado, provenía, pues, como dice
Khunrath, de una masa roja. En una transmutación conseguida por Sethon en julio de 1602. ante el doctor Jacob
Zwinger, el polvo empleado era, según el informe de Dienheim, «bastante pesado y de un color que parecía amarillo
anaranjado». Un año más tarde, a raíz de una segunda proyección en casa del orfebre Hans de Kempen, en Colonia,
el 11 de agosto de 1603, el mismo artista se sirve de una piedra roja.
Según muchos testigos dignos de fe, la piedra, obtenida directamente en polvo, podría afectar una coloración tan
viva como la que se habría formado en estado compacto. El hecho es bastante raro, pero puede producirse y vale la
pena que se mencione. Así, un adepto italiano que en1658 realizó la transmutación ante el pastor protestante Gros,
en casa del orfebre Bureau, de Ginebra, empleaba, al decir de los asistentes, un polvo rojo. Schmieder describe la
piedra que Bötticher había recibido de Láscaris como una sustancia que tenía el aspecto de un vidrio color rojo de
fuego. Sin embargo, Láscaris había enviado a Domenico Manuel (Gaetano) un polvo semejante al bermellón. El de
Gustenhover era también muy rojo. En cuanto a la muestra cedida por Láscaris a Dierbach, fue examinada al
microscopio por el consejero Dippel, y apareció compuesta de una multitud de granitos o cristales rojos o
anaranjados; esta piedra tenía un poder igual a casi seiscientas veces la unidad.
Juan Bautista van Helmont, narrando la experiencia que realizó en 1618 en su laboratorio de Vilvorde, cerca de
Bruselas, escribe: «He visto y he tocado más de una vez la piedra filosofal. Su color era como el del azafrán en
polvo, pero pesada y reluciente como vidrio pulverizado.» Este producto, una cuarta parte de cuyo grano (13,25
miligramos) produce ocho onzas de oro (244,72 gramos) manifestaba una energía considerable: alrededor de 18.470
veces la unidad.
En el orden de las tinturas, es decir, de los licores obtenidos por solución de extractos metálicos grasos, poseemos
la relación de Godwin Hermann Braun, de Osnabruck, que trasmutó en 1701, con ayuda de una tintura que tenía el
aspecto de un aceite «bastante fluido y de color marrón». El célebre químico Henckel2 cuenta, según Valentini, la
anécdota siguiente: «Llegó un día a casa de un famoso boticario de Frankfurt del Meno, llamado Salwedel, un
extranjero que tenía una tintura marrón, la cual tenía casi el olor del aceite de cuerno de ciervo3. Con cuatro gotas de
esta tintura, cambió una gruesa de plomo en oro de 23 quilates 7 granos y medio. Este mismo hombre dio algunas
gotas de esta tintura al boticario, que lo alojó y que, a continuación, hizo oro semejante que guarda en memoria de
aquel hombre, con la botellita en la que estaba, y en la que pueden verse aún marcas de aquella tintura. He tenido
esa botella en mis manos y puedo dar testimonio ante todo el mundo.»
Sin discutir la veracidad de estos dos últimos hechos, nos negamos, sin embargo, a colocarlos en la categoría de
transmutaciones efectuadas por la piedra filosofal en el estado especial de polvo de proyección. Todas las tinturas
están ahí. Su sujeción a un metal particular, su limitado poder y los caracteres específicos que presentan nos
empujan a considerarlas como simples productos metálicos extraídos de los metales vulgares por ciertos
procedimientos denominados pequeños particulares, que proceden de la espagiria y no de la alquimia. Además, esas
tinturas, por el hecho de ser metálicas no tienen otra acción que la de penetrar sólo los metales que han servido de
base a su preparación.
Dejemos, pues, de lado estos procedimientos y estas tinturas. Lo que importa sobre todo es tener presente que la
piedra filosofal se nos ofrece bajo la forma de un cuerpo cristalino, diáfano, de masa roja y amarillo después de su
pulverización, que es denso y muy fusible, aunque fijo a cualquier temperatura, y cuyas cualidades propias lo hacen
incisivo, ardiente, penetrante, irreductible e incalcinable. Añadamos que es soluble en el vidrio en fusión, pero se
volatiliza instantáneamente cuando se proyecta en un metal fundido. He aquí, reunidas en un solo cuerpo,
propiedades fisicoquímicas que lo alejan de modo singular de la naturaleza metálica y hacen su origen muy
nebuloso. Un poco de reflexión nos sacará del apuro. Los maestros del arte nos enseñan que la finalidad de su
trabajo es triple. Lo que tratan de realizar en primer lugar es la medicina universal o piedra filosofal propiamente
dicha. Obtenida en forma salina, multiplicada o no, tan sólo es útil para la curación de las enfermedades humanas, la

1
Evaporando un litro de agua de mar, calentando los cristales obtenidos hasta la deshidratación completa y sometiéndolos a la
calcinación en una cápsula de porcelana, se percibe claramente el olor característico del yodo.
2
J. F. Henckel, Flora Saturnisans. París, J. T. Hérissant, 1760, cap.VIII p, 158.
3
Es el olor característico del carbonato de amoníaco.

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Las Moradas Filosofales, LA SALAMANDRA DE LISIEUX

conservación de la salud y el crecimiento de los vegetales. Soluble en todo licor espirituoso, su solución toma el
nombre de oro potable (aunque no contenga el menor átomo de oro), porque afecta un magnífico color amarillo. Su
valor curativo y la diversidad de su empleo en terapéutica hacen de él un auxiliar precioso en el tratamiento de las
afecciones graves e incurables. No ejerce acción alguna sobre los metales, salvo el oro y la plata, con los que se fija
y a los que dota de sus propiedades, pero, en consecuencia, no sirve de nada para la transmutación. Sin embargo, si
se excede el número límite de sus multiplicaciones, cambia de forma y, en lugar de recobrar el estado sólido y
cristalino al enfriarse, permanece fluida como el azogue y absolutamente incoagulable. En la oscuridad, brilla
entonces con un resplandor suave, rojo y fosforescente cuyo brillo se mantiene más débil que el de una lamparilla
ordinaria. La medicina universal se ha convertido en luz inextinguible, el producto lumínico de esas lámparas
perpetuas que algunos autores han señalado que han sido encontradas en algunas sepulturas antiguas. Así, radiante y
líquida, la piedra filosofal apenas es susceptible, según nuestra opinión, de ser llevada más allá. Querer ampliar su
virtud ígnea nos parecería peligroso. Lo menos que se podría temer sería volatilizarla y perder el beneficio de una
labor considerable. Finalmente, si se fermenta la medicina universal sólida con oro o plata muy puros, por fusión
directa, se obtiene el polvo de proyección, tercera forma de la piedra. Se trata de una masa translúcida, roja o blanca
según el metal escogido, pulverizable, apta tan sólo para la transmutación metálica. Orientada, determinada y
especificada en el reino mineral, es inútil y no puede actuar-con los otros dos reinos.
De las consideraciones precedentes resulta con toda claridad que la piedra filosofal o la medicina universal, pese a
su innegable origen metálico, no está hecha tan sólo de materia metálica. Si fuera de otro modo y se la tuviera que
componer sólo de metales, permanecería sometida a las condiciones que rigen la naturaleza mineral, y no tendría
ninguna necesidad de ser fermentada para operar la trasmutación. Por otra parte, el axioma fundamental que enseña
que los cuerpos no actúan sobre los cuerpos sería falso y paradójico. Tomaos el tiempo y la molestia de
experimentar, y reconoceréis que los metales no actúan sobre otros metales. Ya sean reducidos al estado de sales o
de cenizas, de cristales o de coloides, siempre conservarán su naturaleza en el curso de las pruebas, y. en la
reducción, se separarán sin perder sus cualidades específicas.Tan sólo los espíritus metálicos tienen el privilegio de
alterar, modificar y desnaturalizar los cuerpos metálicos. Son ellos los verdaderos promotores de todas las
metamorfosis corporales que pueden observarse. Pero como esos espíritus, tenues, en extremo sutiles y volátiles,
tienen necesidad de un vehículo o envoltorio capaz de retenerlos; como la materia de ellos debe ser muy pura -a fin
de permitir al espíritu permanecer en ella- y muy fija, a fin de impedir su volatilización; como debe permanecer
fusible, con objeto de favorecer el ingreso; como es indispensable asegurarle una resistencia absoluta a los agentes
reductores, se comprende sin dificultad que esa materia no pueda ser buscada tan sólo en la categoría de los metales.
Por ello, Basilio Valentín recomienda tomar el espíritu en la raíz metálica, y Bernardo el Trevisano se pronuncia por
el empleo de los metales, los minerales y sus sales en la construcción del cuerpo. La razón es simple y se impone
por sí misma. Si la piedra estuviera compuesta de un cuerpo metálico y de un espíritu fijado en ese cuerpo, y éste
actuara sobre aquél como si fuera de la misma especie, el todo tomaría la forma característica del metal. Se podría,
en este caso, obtener oro o plata, e incluso un metal desconocido, y nada más. Eso es lo que han hecho siempre los
alquimistas, porque ignoraban la universalidad y la esencia del agente que buscaban. Pero lo que nosotros
perseguimos, con todos los filósofos, no es la unión de un cuerpo y de un espíritu metálicos, sino la condensación, la
aglomeración de este espíritu en un envoltorio coherente, tenaz y refractario, capaz de arroparlo, de impregnar todas
sus partes y de asegurarle una protección eficaz. Esta alma, espíritu o fuego reunido, concentrado y coagulado en la
más pura, más resistente y más perfecta de las materias terrestres, es lo que llamamos nuestra piedra. Y podemos
certificar que toda empresa que no tenga este espíritu por guía y esta materia por base, jamás conducirá a la meta
propuesta.

IV
En la primera planta de la casa de Lisieux, y tallado en el pilar izquierdo de la fachada, un hombre de aspecto
primitivo levanta y parece querer llevarse un tronco de muy considerables dimensiones (lám. VII).
Este símbolo, que parece muy oscuro, esconde, sin embargo, el más importante de los arcanos secundarios.
Diremos, incluso, que por ignorancia de este punto de doctrina -y también por haber seguido demasiado literalmente
la enseñanza de los viejos autores-, gran número de buenos artistas no han podido recoger el fruto de sus trabajos. Y
muchos son los investigadores, más entusiastas que penetrantes, que topan y tropiezan con la piedra de toque de los
razonamientos falaces. Guardémonos de llevar demasiado lejos la lógica humana, tan a menudo contraria a la
simplicidad natural. Si se supiera observar más ingenuamente los efectos que la Naturaleza manifiesta en torno
nuestro; si nos contentáramos con controlar los resultados obtenidos utilizando los mismos medios; si se subordinara
al hecho la investigación del misterio de las causas, su explicación por lo verosímil, lo posible o lo hipotético, sería
descubierto gran número de verdades que aún están por buscar. No os fiéis, pues, de hacer intervenir en vuestras
observaciones aquello que creéis conocer, pues os veríais llevados a comprobar que más hubiera valido no haber
aprendido nada antes que tener que desprenderlo todo.
Tal vez sean estos consejos superfluos porque reclaman, para su puesta en práctica, la aplicación de una voluntad
obstinada de que son incapaces los mediocres. Sabemos lo que cuesta trocar los diplomas, los sellos y los
pergaminos por el humilde manto del filósofo. Nos ha sido preciso apurar, a los veinticuatro años, ese cáliz de

78
Las Moradas Filosofales, LA SALAMANDRA DE LISIEUX

brebaje amargo. Con el corazón lastimado, avergonzados de los errores de nuestros años jóvenes, tuvimos que
quemar libros y cuadernos, confesar nuestra ignorancia y, como un modesto neófito, descifrar otra ciencia en los
bancos de otra escuela. Y así, para quienes han tenido el coraje de olvidarlo todo, nos tomamos la molestia de
estudiar el símbolo y despojarlo del velo esotérico.
El tronco del que se ha apoderado ese artesano de otra edad apenas parece destinado a servir más que a su genio
industrioso. Y, sin embargo, se trata de nuestro árbol seco, el mismo que tuvo el honor de dar su nombre a una de
las calles más viejas de París, luego de haber figurado largo tiempo en una enseña célebre1. Edouard Fournier2 nos
cuenta que, según Sauval (t. l. p. 109), esta enseña se veía aún hacia 1660. Designaba a los transeúntes una «posada
de la que habla Monstrelet» (t.I, cap, CLXXVII), y estaba bien escogida para semejante establecimiento que, desde
1300, había debido servir de albergue a los peregrinos de Tierra Santa. El árbol seco era un recuerdo de Palestina, y
era la hierba plantada junto a Hebrón3, que, tras haber sido, desde el comienzo del mundo, «verde y hojosa», perdió
su follaje el día en que Nuestro Señor murió en la cruz, y entonces se secó, mas «para reverdecer cuando un señor,
príncipe de Occidente, alcance la Tierra de Promisión con la ayuda de los cristianos y haga cantar misa bajo este
árbol seco»4.
Este árbol desecado que brota de la roca árida se ve figurado en la última lámina del Art du Potier5, pero se ha
representado cubierto de hojas y de frutos, con una banderola que lleva la divisa Sic in sterili. También se encuentra
esculpido en la hermosa puerta de la catedral de Limoges, lo mismo que en un motivo tetralobulado del basamento
de Amiens. Son también dos fragmentos de ese tronco mutilado lo que un clérigo de piedra eleva por encima de la
gran concha que sirve de aguabenditera en la iglesia bretona de Guimiliau (Finisterre). Finalmente, hallamos de
nuevo el árbol seco en cierto número de edificios civiles del siglo XV. En Aviñón, corona la puerta de arco
apainelado del antiguo colegio de Roure; en Cahors, sirve de encuadre a dos ventanas (casa Verdier, rue des
Boulevards), así como a una puertecilla del colegio Pellegri, situado en la misma ciudad (lám. XI).
Tal es el jeroglífico adoptado por los filósofos para expresar la inercia metálica, es decir, el estado especial que la
industria humana hace tomar a los metales reducidos y fundidos. El esoterismo hermético demuestra, en efecto, que
los cuerpos metálicos permanecen vivos y dotados de poder vegetativo mientras están mineralizados en sus
yacimientos. Se encuentran allí asociados al agente específico o espíritu mineral, que asegura su vitalidad, su
nutrición y evolución hasta el plazo requerido por la Naturaleza, y toman, entonces, en dichos yacimientos el
aspecto y las propiedades de la plata y el oro nativos. Llegado a esta meta el agente se separa del cuerpo, que cesa de
vivir, se convierte en fijo y no susceptíble de transformación. Aunque permaneciera en la tierra muchos siglos, no
podría, por sí mismo, cambiar el estado ni abandonar los caracteres que distinguen el metal del agregado mineral.
Mas es preciso que todo ocurra así de simplemente en el interior de los yacimientos metalíferos. Sometidos a las
vicisitudes de este mundo transitorio, gran cantidad de minerales tienen su evolución suspendida por la acción de
causas profundas -agotamiento de los elementos nutritivos, falta de aportaciones cristalinas, insuficiencia de presión,
de calor, etc.-, o externas -grietas, aflujo de aguas, apertura de la mina-. Los metales se solidifican entonces y
permanecen mineralizados con sus cualidades adquiridas, sin poder sobrepasar el estadio evolutivo que han
alcanzado. Otros, más jóvenes, aguardando aún el agente que debe asegurarles solidez y consistencia, conservan el
estado líquido y son del todo incoagulables. Tal es el caso del mercurio, que se halla con frecuencia en estado nativo
o mineralizado por el azufre (cinabrio), ya sea en la misma mina o fuera de su lugar de origen.
Bajo esta forma nativa, y aunque el tratamiento metalúrgico no haya tenido que intervenir, los metales son tan
insensibles como aquellos cuyos minerales han sufrido tueste y fusión. Al igual que ellos, carecen de agente vital
propio. Los sabios nos dicen que están muertos, al menos, en apariencia, porque nos es imposible, bajo su masa
sólida y cristalizada, adivinar la vida latente, potencial, escondida en lo profundo de su ser. Son árboles muertos,
aunque conserven todavía un resto de humedad, los cuales no darán ya hojas, flores, frutos ni, sobre todo, semilla.
Con mucha razón, pues, ciertos autores aseguran que el oro y el mercurio no pueden concurrir, en todo o en parte,
en la elaboración de la Obra. El primero, dicen, porque su agente propio ha sido separado de él a raíz de su
terminación, y el segundo porque jamás dicho agente ha sido introducido en él. Otros filósofos sostienen, sin
embargo, que el oro, aunque estéril bajo su forma sólida, puede volver a hallar su vitalidad perdida y proseguir su
evolución, con tal de que se sepa «volverlo a su materia prima», mas hay ahí una enseñanza equívoca y que es
preciso guardarse de tomarla en sentido vulgar. Detengámonos un instante sobre este punto litigioso y no perdamos
de vista en absoluto la posibilidad de la Naturaleza: es el único medio que tenemos para reconocer nuestro camino
en este tortuoso laberinto. La mayor parte de los hermetistas piensan que se debe entender por el término
reincrudación la vuelta del metal a su estado primitivo, y se fundan en el significado mismo de la palabra, que
expresa la acción de volver crudo, de retrogradar.Esta concepción es falsa. Es imposible a la Naturaleza, y más aún
al arte, destruir el efecto de un trabajo secular. Lo que ha sido adquirido permanece adquirido. Y tal es la razón por

1
La rue de l'Arbre-Sac aún existe. Está situada en el distrito I, a pocos metros del Louvre, tras la iglesia de St. Germain-
l’Auxerrois. Nace en la place de l'Ecole, frente al Pont Neuf, en la orilla derecha del Sena, atraviesa la rue de Rivoli y acaba en la
de St. Honoré. – N. del T.
2
Edouard Fournier, Enigmes des rues de Paris. París, E. Dentu, 1860.
3
La identificamos como la encina de Membré o, más herméticamente, démembré (desmembrado).
4
Le livre de Messire Guill, de Mandeville. Bibl. nac. de París, ms. 8392, fol. 157.
5
Les Trois Livres de l'Art du Potier, du Cavalier Cyprian Piccólpassi, translatés par Claudius Popelyn, Parisien. Pirís, Librairie
Internationale, 1861.

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Las Moradas Filosofales, LA SALAMANDRA DE LISIEUX

la cual los viejos maestros afirman que es más fácil hacer oro que destruirlo. Nadie se envanecerá jamás de devolver
a las carnes asadas -y a las legumbres cocidas el aspecto y las cualidades que poseían antes de experimentar la
acción del fuego. Aquí, aún, la analogía y la posibilidad de naturaleza son los mejores y más seguros guías. No
existe, pues, en todo el mundo, un ejemplo de regresión.
Otros investigadores creen que basta con bañar el metal en la sustancia primitiva y mercurial que, por maduración
lenta y coagulación progresiva, le ha dado nacimiento. Este razonamiento es más falaz que verdadero. Incluso
suponiendo que conocieran esta materia prima y que supieran de dónde tomarla -lo cual ignoran los más grandes
maestros-, no podrían obtener en definitiva, sino un aumento del oro empleado y no un cuerpo nuevo, de potencia
superior a la del metal precioso. La operación, así comprendida, se resume en la mezcla de un mismo cuerpo tomado
en dos estados diferentes de su evolución: uno líquido y el otro sólido. Con un poco de reflexión, es fácil
comprender que semejante empresa no pueda conducir a la meta. Está, por supuesto, en posición formal con el
axioma filosófico que, a menudo, hemos enunciado: los cuerpos no tienen acción sobre los cuerpos; tan sólo los
espíritus son activos y actuantes.
Debemos entender, pues, bajo la expresión de devolver el oro a su materia prima la animación del metal, realizada
por el empleo de este agente vital del que hemos hablado. Él es el espíritu que ha huido del cuerpo a raíz de su
manifestación en el plano físico, y él es también el alma metálica o esa materia prima que no se ha querido designar
de otra forma y que radica en el seno de la Virgen sin mancha. La animación del oro, vitalización simbólica del
árbol seco o resurrección del muerto, nos es mostrada alegóricamente por un texto de autor árabe. Este autor,
llamado Kesseo, que se ha ocupado con preferencia -nos dice Brunet en sus notas sobre el Evangelio de la Infancia-
de recoger las leyendas orientales a propósito de los acontecimientos que cuentan los Evangelios, narra en estos
términos las circunstancias del parto de María: «Cuando el momento de su alumbramiento se aproximó, salió en
mitad de la noche de la casa de Zacarías, y se encaminó fuera de Jerusalén. Vio una palmera seca, y cuando María
se sentó al pie de este árbol, en seguida volvió a florecer y se cubrió de frutos por la operación del poder de Dios. Y
Dios hizo surgir al lado una fuente de agua viva, y cuando los dolores del parto atormentaban a María, ella
estrechaba con fuerza la palmera con sus manos.»
No somos capaces de decir más ni de hablar con mayor claridad.

V
En el pilar central del primer piso, se advierte un grupo bastante interesante para los amantes y los curiosos del
simbolismo. Aunque haya sufrido mucho deterioro y se ofrezca hoy mutilado, rajado y corroído por las intemperies,
no es posible, pese a todo, discernir aún el tema. Se trata de un personaje que estrecha entre sus piernas un grifo
cuyas patas, provistas de garras, son muy notables, así como la cola del león que prolonga la grupa, detalles todos
estos que permiten, por sí solos, una identificación exacta. Con la mano izquierda, el hombre ase al monstruo hacia
la cabeza y, con la derecha, hace gesto de golpearlo (lám. XII).

Reconocemos en este motivo uno de los emblemas mayores de la ciencia, el que cubre la preparación de las
materias primas de la Obra. Pero, mientras que el combate del dragón y del caballero indica el encuentro inicial, el
duelo de los productos minerales que se esfuerzan por defender su integridad amenazada, el grifo marca el resultado
de la operación, velada, por supuesto, bajo mitos de expresiones variadas, pero que presentan todos ellos los
caracteres de incompatibilidad, de aversión natural y profunda que tienen, una por la otra, las sustancias en contacto.
Del combate que el caballero o azufre secreto libra con el azufre arseniacal del viejo dragón nace la piedra astral
blanca, pesada, brillante como la plata y pura que aparece firmada y llevando la señal de su nobleza, la garra,
esotéricamente traducida por el grifo, índice cierto de unión y de paz entre el fuego y el agua, entre al aire y la tierra.
Sin embargo, no cabría esperar alcanzar esta dignidad a partir de la primera conjunción. Pues -nuestra piedra negra,
cubierta de andrajos, está cubierta por tantas impurezas que es en extremo difícil desembarazarla de ellas por
completo. Por ello importa someterla a muchas lixiviaciones (que son les laveures de Nicolas Flamel), a fin de
limpiarla poco a poco de sus impurezas y de las escorias heterogéneas y tenaces que la envuelven, y de verla tomar,
a cada una de esas operaciones, más esplendor, limpieza y brillo.
Los iniciados saben que nuestra ciencia, aunque puramente natural y simple, no es en absoluto vulgar. Los
términos de los que nos servimos, siguiendo a los maestros, no lo son menos. Préstese, pues, atención a ellos, ya que
los hemos elegido con cuidado, a fin de mostrar la vía y de señalar los barrancos que la cruzan, esperando con ello
ilustrar a los estudiosos, apartando a los cegados, a los ávidos y a los indignos. Aprended, vosotros que ya sabéis,
que todos nuestros lavados son ígneos, que todas nuestras purificaciones se hacen en el fuego, por el fuego y con el
fuego. Es la razón por la que algunos autores han descrito estas operaciones con el título químico de calcinaciones,
porque la materia, largo tiempo sometida a la acción de la llama, le cede sus partes impuras y combustibles. Sabed,
también, que nuestra roca -velada bajo la figura del dragón libera en primer lugar una oleada oscura, maloliente y
venenosa, cuya humareda, espesa y volátil, es tóxica en extremo. Esta agua, que tiene por símbolo el cuervo, no
puede ser lavada y blanqueada por medio del fuego. Y es eso lo que los filósofos nos dan a entender cuando, en su
estilo enigmático, recomiendan al artista cortarle la cabeza. Mediante estas abluciones ígneas, el agua abandona su
coloración negra y toma un color blanco. El cuervo decapitado, expira y pierde sus plumas. Así, el fuego, por su

80
Las Moradas Filosofales, LA SALAMANDRA DE LISIEUX

acción frecuente y reiterada sobre el agua, obliga a ésta a defender mejor sus cualidades específicas abandonando
sus superfluidades. El agua se contrae, se repliega para resistir la influencia tiránica de Vulcano. Se nutre del fuego,
que le agrega las moléculas puras y homogéneas y, al fin, se coagula en masa corporal densa, ardiente, hasta el
punto de que la llama resulta impotente para exaltarla más.
Pensando en vosotros, hermanos desconocidos de la misteriosa ciudad solar, nos hemos formado el propósito de
enseñar los modos diversos y sucesivos de nuestras purificaciones. Nos agradeceréis, estamos seguros de ello, que
os hayamos señalado estos escollos, arrecifes de la mar hermética contra los que han ido a naufragar tantos
argonautas inexpertos. Si deseáis, pues, poseer el grifo -que es nuestra piedra astral- arrancándolo de su ganga
arsenical, tomad dos partes de tierra virgen, nuestro dragón escamoso, y una del agente ígneo, el cual es ese
valiente caballero armado con la lanza y el escudo. ArhV, más vigoroso que Aries, debe estar en menor cantidad.
Pulverizad y añadid la quinceava parte del total de esta sal pura, blanca, admirable, muchas veces lavada y
cristalizada que debéis conocer necesariamente. Mezclad íntimamente y después, tomando ejemplo de la dolorosa
Pasión de Nuestro Señor, crucificad con tres puntas de hierro, a fin de que el cuerpo muera y pueda resucitar a
continuación. Hecho esto, apartad del cadáver los sedimentos más groseros, machacad y triturad sus huesos y
amasad el total en fuego suave con una varilla de acero. Echad entonces en esta mezcla la mitad de la segunda sal,
extraída del rocío que en el mes de mayo fertiliza la tierra, y obtendréis un cuerpo más claro que el precedente.
Repetid tres veces la misma técnica y llegaréis a la mina de nuestro mercurio y habréis alcanzado el primer peldaño
de la escalera de los sabios. Cuando Jesús resucitó el tercer día después de su muerte, un ángel luminoso y vestido
de blanco ocupaba, él solo, el sepulcro vacío...
Pero si basta conocer la sustancia secreta figurada por el dragón, para descubrir a su antagonista es indispensable
saber qué medio emplean los sabios para limitar y atemperar el ardor excesivo de los beligerantes. A falta de
mediador necesario -cuya interpretación simbólica jamás hemos encontrado-, el experimentador ignorante se
expondría a graves peligros. Espectador angustiado del drama que, imprudentemente, habría desencadenado, no
sería capaz de dirigir sus fases ni de regular su furor. Proyecciones ígneas, a veces incluso la explosión brutal del
horno, serían las tristes consecuencias de su temeridad. Por ello, conscientes de nuestra responsabilidad, rogamos
con insistencia a aquellos que no poseen este secreto que se abstengan hasta aquí. Evitarán de este modo la suerte
desagradable de un infortunado sacerdote de la diócesis de Aviñón, que la noticia siguiente relata en pocas
palabras1: «El abate Chapaty creía haber encontrado la piedra filosofal, pero por desgracia para él se rompió el crisol
y el metal le saltó, se adhirió a su rostro, a sus brazos y a su vestido. Corrió así por las rues des Infirmières,
arrojándose a los arroyos como un poseso, y pereció miserablemente abrasado como un condenado. 1706.»
Cuando oigáis en el recipiente un ruido análogo al del agua en ebullición -fragor sordo de la Tierra cuyas entrañas
desgarra el fuego-, disponeos a luchar y conservad vuestra sangre fría. Advertiréis humaredas y llamas azules,
verdes y violetas que acompañan una serie de detonaciones precipitadas...
Una vez pasada la efervescencia y restablecida la calma, podréis gozar de un magnífico espectáculo. En un mar de
fuego, se forman islotes sólidos que sobrenadan animados con movimientos lentos y toman y pierden una infinidad
de vivos colores. Su superficie se hincha, revienta por el centro y los hace asemejarse a minúsculos volcanes.
Desaparecen a continuación para dejar sitio a hermosas bolitas verdes, transparentes, que giran con rapidez sobre sí
mismas, ruedan, se tropiezan y parecen perseguirse en medio de las llamas multicolores y de los reflejos irisados del
baño incandescente.
Al describir la penosa y delicada preparación de nuestra piedra hemos omitido hablar del concurso eficaz que
deben aportar ciertas influencias exteriores. Podríamos, en, este sentido, contentarnos con citar a Nicolas
Grosparmy, adepto del siglo XV del que hemos hablado al comienzo de este estudio y a Cyliani, filósofo del siglo
XIX, sin omitir a Cipriano Piccolpassi, maestro alfarero italiano, que han consagrado una parte de su enseñanza al
examen de esas condiciones. Pero sus obras no están al alcance de todos. Sea como fuere, y a fin de satisfacer, en la
medida de lo posible, la legítima curiosidad de los investigadores, diremos que, sin la concordancia absoluta de los
elementos superiores con los inferiores, nuestra materia, desprovista de las virtudes astrales, no puede ser de
ninguna utilidad. El cuerpo sobre el que trabajamos es, antes de su tratamiento, más terrestre que celeste. El arte
debe hacerlo, ayudando a la naturaleza, más celeste que terrestre. El conocimiento del momento propicio, del
tiempo, lugar, estación, etc. nos es, pues, indispensable para asegurar el éxito de esta producción secreta. Sepamos
prever la hora en que los astros formarán, en el cielo de las fijas, el aspecto más favorable, pues se reflejarán en este
espejo divino que es nuestra piedra y fijarán en ella su impronta. Y la estrella terrestre, antorcha oculta de nuestra
Natividad, será la marca probatoria de la feliz unión del cielo y de la tierra o, como escribe Filaleteo, de «la unión de
las virtudes superiores en las cosas inferiores». Tendréis la confirmación al descubrir, en el seno del agua ígnea o de
ese cielo terrestre, según la expresión típica de Wenceslao Lavinio de Moravia, el sol hermético, céntrico y radiante,
manifestado, visible y patente.
Captad un rayo de sol, condensadlo en una forma sustancial, nutrid de fuego elemental ese fuego espiritual
corporeizado, y poseeréis el mayor tesoro de este mundo.
Es útil saber que la lucha, corta pero violenta, sostenida por el caballero –llámese san Jorge, san Miguel o san
Marcelo en la tradición cristiana; Marte, Teseo, Jasón, Hércules en la fábula- no cesa sino con la muerte de ambos
campeones (en hermética, el águila y el león), y su unión en un cuerpo nuevo cuya signatura alquímica es el grifo,
Recordemos que en todas las leyendas antiguas de Asia y Europa, siempre es un dragón el encargado de la custodia

1
Recueil de piéces sur Avignon. Bibl. de Carpentras ms. número 917, fol. 168.

81
Las Moradas Filosofales, LA SALAMANDRA DE LISIEUX

de los tesoros. Vela por las manzanas de oro de las Hespérides y por el vellocino suspendido de la Cólquida. Por
ello es del todo necesario reducir al silencio a ese monstruo agresivo si se quiere apoderarse a continuación de las
riquezas que protege. Una leyenda china cuenta a propósito del sabio alquimista Hujumsin, elevado a la categoría de
dios tras su muerte, que habiendo dado muerte este hombre a un dragón horrible que asolaba el país, ató el monstruo
a una columna. Es exactamente lo que hace Jasón en el bosque de Etes, y Cyliani en su narracion alegórica Hermes
desvelado. La verdad, siempre semejante a sí misma, se expresa con la ayuda de medios y ficciones análogos.
La combinación de ambas materias iniciales, una volátil y la otra fija, da un tercer cuerpo, mezclado, que marca el
primer estado de la piedra de los filósofos. Tal es, como hemos dicho, el grifo, mitad águila y mitad león, símbolo
que corresponde al del cesto de Baco y al del pez de la iconografía cristiana. Debemos señalar, en efecto, que el
grifo lleva, en lugar de una melena de león o de un collar de plumas, una cresta de aletas de pez. Este detalle tiene su
importancia, pues si se trata de provocar el encuentro y de dominar el combate, es preciso aún descubrir el medio de
captar la parte pura, esencial, del cuerpo producido de nuevo, la única que nos sea útil, es decir, el mercurio de los
sabios. Los poetas nos cuentan que Vulcano, al sorprender en adulterio a Marte y Venus, se apresuró a rodearlos con
una red, a fin de que no pudieran escapar a su venganza. Igualmente, los maestros nos aconsejan emplear también
una red delicada o sutil para captar el producto a medida que va apareciendo. El artista pesca, metafóricamente, el
pez místico y deja el agua vacía, inerte y sin alma: el hombre, en esta operación, debe matar el grifo. Es la escena
que reproduce nuestro bajo relieve.
Si investigamos cuál es la significación secreta que se atribuye a la palabra griega gruf, grifo, genitivo
grupoç, y cuya raíz es grup, o sea tener el pico curvo, hallaremos una palabra próxima, grifoç, cuya
asonancia se acerca más a la española. Así que grifoç expresa, a la vez, un enigma y una red. Se advierte de este
modo que el animal fabuloso contiene, en su imagen y en su nombre, el enigma hermético más ingrato de descifrar,
el del mercurio filosofal, cuya sustancia, profundamente escondida en el cuerpo, se coge como el pez en el agua, con
ayuda de una red apropiada.
Basilio Valentín, que de ordinario es más claro, no se ha servido del símbolo ICQUS cristiano1, que han
preferido humanizar bajo el nombre cabalístico de Hiperión. Así, señala a ese caballero presentando las tres
operaciones de la Gran Obra bajo una fórmula enigmática que contiene tres fases sucintas enunciadas así:
«He nacido de Hermógenes, Hiperión me ha elegido. Sin Jamsuf estoy condenado a perecer.»
Hemos visto cómo, y a raíz de qué reacción, nace el grifo, el cual proviene de Hermógenes o de la primera
sustancia mercurial. Hiperión, en griego Uperiwn, es el padre del Sol, y es él quien desprende, fuera del segundo
caos blanco, formado por el arte y figurado por el grifo, el alma que tiene encerrada, el espíritu, fuego o luz
escondida, y la lleva por encima de la masa, bajo el aspecto de una agua clara y límpida: Spiritus Domini ferebatur
super aquas. Pues la materia preparada, la cual contiene todos los elementos necesarios para nuestra gran obra, no es
más que una tierra fecundada en la que reina aún alguna confusión,- una sustancia que tiene en sí la luz esparcida,
que el arte debe reunir y aislar imitando al Creador. Es preciso que mortifiquemos y descompongamoss esta tierra,
lo que equivale a matar el grifo y a pescar el pez, a separar el fuego de la tierra, lo sutil de lo espeso «suavemente,
con gran habilidad y prudencia» según enseña Hermes en su Tabla de Esmeralda.
Tal es el papel químico de Hiperión. Su mismo, formado por Up, contracción de Uper, encima, y hrion,
sepulcro, tumba, que tiene la misma raíz que era, tierra, indica aquello que está por encima de la tierra, por
encima del sepulcro de la materia. Se puede, si se prefiere, elegir la etimología por la que Uperiwn derivaría de
Uper, encima, y ion, violeta. Los dos sentidos tienen, entre sí, una concordancia hermética perfecta, pero no
damos esta variante más que para orientar a los novicios de nuestra orden, siguiendo en esto la palabra del
Evangelio: « ... Porque al que tiene se le dará y abundará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará2.»

VI
Esculpida sobre el grupo del hombre del grifo, advertiréis una enorme cabeza que hace un visaje y que se adorna
con una barba en punta. Las mejillas, las orejas y la frente se estiran hasta tomar el aspecto de llamas. Esta máscara
llameante, de rictus poco simpático, aparece coronada y provista de apéndices cornudos adornados con lazos, los
cuales se apoyan en el funículo de la base de la cornisa (lám. XII). Con sus cuernos y su corona, el símbolo solar
adquiere la significación de un verdadero Bafomet, es decir, de la imagen sintética en la que los iniciados del
Templo habían agrupado todos los elementos de la alta ciencia y de la tradición. Figura compleja, en verdad, con
apariencia simple, figura parlante, cargada de enseñanzas, pese a su estética ruda y primitiva. Si se encuentra en
ellas en primer lugar la fusión mística de las naturalezas de la Obra que simbolizan los cuernos del creciente lunar
colocados sobre la cabeza solar, no se sorprende uno menos de la expresión extraña, reflejo de un ardor devorador
1
El nombre griego del pez está formado por las siglas de esta frase: IhsuV Cristoç Qeou UioV Svthr que significa
Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador. Se ve con frecuencia la palabra Icquç, grabada en las catacumbas romanas, y figura,
asimismo, en el mosaico de San Apolinar de Ravena, colocada en lo alto de una cruz constelada, elevada sobre las palabras
latinas SALUS MUNDI, que presenta en la extremidad de los brazos las letras A y W.
2
Mateo, XXV, 29, Lucas, VIII, 18 y XIX, 26; Marcos, IV, 25. (El fragmento reproducido ha sido tomado de Mateo, versión
Nácar-Colunga.)-N. del T.

82
Las Moradas Filosofales, LA SALAMANDRA DE LISIEUX

que desprende este rostro inhumano, espectro del Juicio Final. Incluso hasta la barba, jeroglífico del haz luminoso e
ígneo proyectado hacia la Tierra, no se justifica el conocimiento exacto que poseía el sabio acerca de nuestro
destino...
¿Nos hallamos en presencia de la vivienda de algún afiliado a las sectas de iluminados o rosacruces que descendían
de los viejos templarios? La teoría cíclica, paralelamente a la doctrina de Hermes, está allí expuesta con tanta
claridad que como no sea por ignorancia o mala fe, no se podría sospechar el saber de nuestro adepto. En cuanto a
nosotros, ya nos hemos hecho nuestra idea, y estamos ciertos de no equivocarnos ante tantas afirmaciones
categóricas: lo que tenemos ante nuestros ojos se trata con seguridad de un bafomet, renovación del de los
templarios. Esta imagen, sobre la cual no se poseen más que vagas indicaciones o simples hipótesis, jamás fue un
ídolo, como algunos lo han creído, sino tan sólo un emblema completo de las tradiciones secretas de la Orden,
empleado sobre todo exteriormente como paradigma esotérico, sello de caballería y signo de reconocimiento. Se
reproducía en las joyas, así como en el frontón de las residencias de los comendadores y en el tímpano de las
capillas templarias. Se componía de un triángulo isósceles con el vértice dirigido hacia abajo, jeroglífico del agua, -
primer elemento creado, según Tales de Mileto, que sostenía que «Dios es ese Espíritu que ha formado todas las
cosas del agua1.» Un segundo triángulo semejante, invertido con relación al primero, pero más pequeño, se inscribía
en el centro y parecía ocupar el espacio reservado a la nariz en el rostro humano. Simbolizaba el fuego y, más
concretamente, el fuego contenido en el agua o la chispa divina, el alma encarnada, la vida infusa en la materia. En
la base invertida del gran triángulo de agua se apoyaba un signo gráfico semejante a la letra H de los latinos o a la
hta de los griegos, pero más ancha y cuyo vástago central cortaba un círculo en la mitad. En estenografía
hermética, este signo indica el Espíritu universal, el Espíritu creador, Dios. En el interior del gran triángulo, un poco
por encima y a cada lado del triángulo de fuego, se veía, a la izquierda, el círculo lunar con el creciente inscrito y, a
la derecha, el círculo solar de centro aparente. Estos circulitos se hallaban dispuestos a la manera de los ojos.
Finalmente, soldada a la base del triangulito interno, la cruz rematando el globo completaba así el doble jeroglífico
del azufre, principio activo, asociado al mercurio principio pasivo y disolvente de todos los metales. A menudo, un
segmento más o menos largo, situado en la cúspide del triángulo, aparecía cruzado de líneas de tendencia vertical en
las que el profano no reconocía en absoluto la expresión de la radiación luminosa, sino una especie de barbichuela.
Así presentado, el bafomet afectaba una forma animal grosera, imprecisa y de identificación problemática. Eso
explicaría, sin duda, la diversidad de las descripciones que de él se han hecho, y en las cuales se ve el bafomet como
una cabeza de muerto aureolada o como un bucráneo, a veces como una cabeza de Hapi egipcio2 de buco y, mejor
aún, el rostro horripilante ¡de Satán en persona! Simples impresiones, muy alejadas de lo. realidad, pero imágenes
tan poco ortodoxas que, por desgracia, han contribuido a lanzar sobre los sabios caballeros del Templo la acusación
de satanismo y brujería, que se convirtió en una de las bases de su proceso y en uno de los motivos de su condena.
Acabamos de ver lo que era el bafomet. Debemos ahora tratar de desprender de él el sentido escondido tras esta
denominación.
En la expresión hermética pura, correspondiente al trabajo de la Obra, bafomet procede de las raíces griegas
Bafeuç, tintorero, y mhV; en lugar de mhn, la luna, a menos que se quiera relacionar con metroç, genitivo
metroç, madre o matriz, lo que vuelve al mismo sentido lunar, ya que la Luna es, en verdad, la madre o matriz
mercurial que recibe la tintura o semilla del azufre que representa al macho, al tintorero, Bafeuç, en la
generación metálica. Bafh tiene el sentido de inmersión y de tintura. Y puede decirse, sin divulgar demasiado,
que el azufre, padre y tintorero de la piedra, fecunda a la luna mercurial por inmersión, lo que nos lleva al bautismo
simbólico de Meté expresado una vez más por la palabra bafomet3. Éste aparece claramente, pues, como el
jeroglífico completo de la ciencia, figurada en otra parte en la personalidad del dios Pan, imagen mítica de la
Naturaleza en plena actividad.
La palabra latina Bapheus, tintorero, y el verbo meto, cosechar, recolectar, segar, señalan, asimismo, esta virtud
especial que posee el mercurio o luna de los sabios para captar, a medida de su emisión, y ello durante la inmersión
o el baño del rey, la tintura que abandona y que la madre conservará en su seno durante el tiempo requerido. Tal es
el Graal, que contiene el vino eucarístico, licor de fuego espiritual, licor vegetativo, vivo y vivificante introducido
en las cosas materiales.
En cuanto al origen de la Orden, su filiación, conocimientos y creencias de los templarios, no podemos hacer nada
mejor que citar textualmente un fragmento del estudio que Pierre Dujols, el erudito y sabio filósofo, consagra a los
hermanos caballeros en su Bibliographie générale des Sciences occultes4.
«Los hermanos del Templo -dice el autor, y ya no sería posible contradecirle- estuvieron en verdad afiliados al
maniqueísmo. Por lo demás, la tesis del barón de Hammer es conforme a esta opinión. Para él, los sectarios de

1
Cicerón, De natura Deorum, I, 10.
2
Durante mucho tiempo, se consideró a Hapi como la personificación divina del Nilo. Los egiptólogos actuales creen, más bien,
que se trataba del espíritu del río, entidad inconcreta que iba a parar a Nun, el mar increado. La crecida del Nilo solía llamarse «la
venida de Hapi». A veces, se subordina a Khnum o a Amón, e incluso se lo identifica con Osiris.-N. del T.
3
El bafomet ofrecía en ocasiones, como hemos dicho, el carácter y el aspecto exterior de los bucráneos. Presentado de esa forma,
se identifica con la naturaleza acuosa figurada por Neptuno, la mayor divinidad marina del Olimpo. Poseidwu está, en efecto,
velado bajo la imagen del buey, el toro o la vaca, que son símbolos lunares. El nombre griego de Neptuno deriva de Bouç,
genitivo, Booç, buey, toro, y de eidoç eidolon, imagen, espectro o simulacro.
4
A propósito del Dictionnaire des Copitroverses historiques, por S. F. Jehan, París, 1866.

83
Las Moradas Filosofales, LA SALAMANDRA DE LISIEUX

Mardeck, los ismailíes, los albigenses, los templarios, los masones, los iluminados, etc., son tributarios de una
misma tradición secreta emanada de aquella Casa de la Sabiduría (Dar el hickmet) fundada en El Cairo hacia el
siglo XI por Hakem. El académico alemán Nicolai llega a una conclusión análoga y añade que el famoso bafomet,
que hace derivar del griego BafomhtoV era un símbolo pitagórico. No nos ocuparemos de las opiniones
divergentes de Anton, Herder, Munter, etc., pero nos detendremos un instante en la etimología de la palabra
bafomet. La idea de Nicolai es aceptable si se admite, con Hammer, esta ligera variante: Bafh Mhteoç, que
podría traducirse por bautismo de Meté. Se ha encontrado, precisamente, un rito de este nombre entre los ofitas1. En
efecto, Meté era una divinidad andrógina que figuraba la Natura naturante. Proclo dice textualmente que Metis,
llamada también Epicarpaioç o Natura germinans, era el dios hermafrodita de los adoradores de la serpiente.
Se sabe también que los helenos designaban con la palabra Metis a la Prudencia venerada como esposa de Júpiter.
En suma, esta discusión filológica evidencia de manera indiscutible que el Bafomet era la expresión pagana de Pan.
Pues, al igual que los templarios, los ofitas practicaban dos bautismos: uno, el del agua o exotérico; el otro,
esotérico, el del espíritu o del fuego. Este último se llamaba el bautismo de Meté. San Justino y san Ireneo lo llaman
la iluminación. Es el bautismo de la luz de los masones. Esta purificación -la palabra es aquí verdaderamente tópica-
se encuentra indicada en uno de los ídolos gnósticos descubiertos por De Hammer, quien ha publicado su dibujo.
Sostiene en su regazo -advertid bien el gesto: habla- una bacinilla llena de fuego. Este hecho, que habría debido
sorprender al sabio teutón, y con él a todos los simbolistas, no parece haberles llamado la, atención. Sin embargo, el
famoso mito del Graal tiene su origen en esta alegoría. Justamente, el erudito barón diserta con abundancia acerca
de ese recipiente misterioso cuyo exacto significado aún se busca. Nadie ignora que, en la antigua leyenda
germánica, Titurel eleva un templo al Santo Graal en Montsalvat, y confía su custodía a doce caballeros templarios.
De Hammer quiere ver en ello el símbolo de la Sabiduría gnóstica, conclusión por demás vaga después de haber
ardido tanto tiempo. Que se nos perdone si osamos sugerir otro punto de vista. El Graal -¿quién lo duda hoy?- es el
más alto misterio de la Caballería mística y de la masonería, degeneración de aquélla. Es el velo del Fuego creador,
el Deus absconditus en la palabra INRI, grabada sobre la cabeza de Jesús en la cruz. Cuando Titurel edifica, pues, su
templo místico, es para que arda allí el fuego sagrado de las vestales, de los mazdeos e, incluso de los hebreos, ya
que los judíos mantenían un fuego perpetuo en el Templo de Jerusalén. Los doce custodios recuerdan los doce
signos del Zodiaco que recorre el Sol, Arquetipo del fuego vivo. El recipiente del ídolo del barón De Hammer es
idéntico al vaso pirógeno de los parsis, que se representa en llamas. También los egipcios poseían este atributo:
Serapis se representa a menudo con el mismo objeto sobre su cabeza, llamado Gardal en las riberas del Nilo. En ese
Gardal conservaban los sacerdotes el fuego material, como las sacerdotisas el fuego celeste de Ptah. Para los
iniciados de Isis, el Gardal era el jeroglífico del fuego divino. Y ese dios Fuego, ese dios Amor se encarna
eternamente en cada ser, ya que todo, en el Universo, tiene su chispa vital. Es el Cordero inmolado desde el
comienzo del mundo, que la Iglesia católica ofrece a sus fieles bajo las especies de la Eucaristía conservada en el
copón como el Sacramento de Amor. El copón -y nadie conciba malos pensamientos-, así como el Graal y las
crateras sagradas de todas las religiones, representa el órgano femenino de la generación, y corresponde al vaso
cosmogónico de Platón, a la copa de Hermes y de Salomón y la urna de los antiguos Misterios. El Gardal de los
egipcios es, pues, la clave del Graal. Es, en suma, la misma palabra. En efecto, de deformación en deformación,
Gardal se ha convertido en Gradal y, luego, con una especie de aspiración, en Graal. La sangre que bulle en el
santo cáliz es la fermentación ígnea de la vida o de la mixtión generadora. No podemos por menos de deplorar la
ceguera de aquellos que se obstinaban en no ver en este símbolo, despojado de sus velos hasta la desnudez, más que
una profanación de lo divino. El Pan y el Vino del Sacrificio místico es el espíritu o el fuego en la materia que, por
su unión, producen la vida. He aquí por qué los manuales iniciáticos cristianos, llamados Evangelios, hacen decir
alegóricamente a Cristo: Yo soy la Vida; soy el Pan vivo; he venido a prender fuego en las cosas, y lo envuelven en
el dulce signo exotérico del alimento por excelencia.»

VII
Antes de abandonar la linda casa de la Salamandra. señalaremos aún algunos motivos situados en el primer piso,
los cuales, sin presentar tanto interés como los precedentes, no están desprovistos de valor simbólico.
A la derecha del pilar que lleva la imagen del leñador, vemos dos ventanas contiguas, una cegada y la otra con
vidriera. En el centro de los arcos conopiales, se distingue, en la primera, una flor de lis heráldica2, emblema de la
soberanía de la ciencia que, por extensión, se convirtió en el atributo de la realeza. El signo del aceptado y del
sublime conocimiento, al figurar en los escudos reales a raíz de la institución del blasón, no perdió en absoluto el
sentido elevado que implicaba, y sirvió siempre desde entonces para designar la superioridad, la preponderancia, el
valor y la dignidad adquiridos. Por esta razón, la capital del reino (París) tuvo permiso para añadir, a la nave de plata
en campo de gules de sus armas, tres flores de lis colocadas en jefe en campo de azur. Encontramos, por supuesto, el

1
Secta gnóstica egipcia que floreció en el siglo II. Eje de su doctrina era la adoración de la serpiente (ophis) del Génesis, como
símbolo del conocimiento. – N. del T.
2
Empleamos la expresión lis para significar inequívocamente la diferencia de expresión que existe entre este emblema
heráldico, cuya imagen es una flor de iris, y el lirio natural que se da como atributo a la Virgen María.

84
Las Moradas Filosofales, LA SALAMANDRA DE LISIEUX

significado de este símbolo claramente explicado en los Anales de Nangis: «Los reyes de Francia acostumbraban
llevar en sus armas la flor de lis representada por tres hojas, como si dijeran a todo el mundo: Fe, Sapiencia y
Caballería son, por la provisión y por la gracia de Dios, más abundantes en nuestro reino que en los otros. Las dos
hojas de la flor de lis que son iguales significan sentido y caballería que conservan la fe.»
En la segunda ventana, no deja de suscitar curiosidad una cabeza rubicunda, redonda y lunar, coronada por un falo.
Descubrimos en ello la indicación, muy expresiva, de los dos principios cuya conjunción engendra la materia
filosofal. Este jeroglífico del agente y del paciente, del azufre y del mercurio, del Sol y de la Luna, padres filosóficos
de la piedra, es lo bastante elocuente para suministrarnos la explicación.
Entre esas ventanas, la columnilla medianera lleva, a guisa de capitel, una urna semejante a la que hemos descrito al
estudiar los motivos de la puerta de entrada. No tenemos, pues, que renovar la interpretación ya dada. En la
columnilla opuesta, continuando hacia la derecha, está fijada una figurita de ángel con la frente adornada con cintas,
con las manos juntas, en actitud orante. Más allá, dos ventanas, en ajimez como las precedentes, presentan encima
del dintel la imagen de dos escudos con el campo ornado con tres flores, que son el emblema de las tres reiteraciones
de cada obra sobre las cuales nos hemos extendido frecuentemente en el curso de este análisis. Las figuras que hacen
las veces de capiteles en las tres columnas del ventanaje ofrecen, respectivamente, y de izquierda a derecha: 1° una
cabeza de hombre que creemos sea la del propio alquimista. cuya mirada se dirige hacia el grupo del personaje que
cabalga el grifo; 2° un angelote que estrecha contra su pecho un escudo acuartelado que la lejanía y el escaso relieve
nos impiden detallar; 3°, finalmente, un segundo ángel que expone el libro abierto, jeroglífico de la materia de la
Obra, preparada y susceptible de manifestar el espíritu que contiene. Los sabios han llamado a su materia Liber, el
libro, porque su textura cristalina y laminosa está formada por hojitas superpuestas como las páginas de un libro.
En último lugar, y tallado en el fuste del pilar extremo, una especie de hércules, completamente desnudo, sostiene
con esfuerzo la enorme masa de un bafomet solar inflamado. De todos los temas esculpidos en la fachada, es el más
grosero y el de ejecución menos afortunada. Aunque de la misma época, parece cierto que este hombrecillo
rechoncho y deforme, de vientre meteorizado y órganos genitales desproporcionados, debió de ser labrado por algún
artista inhábil y de segundo orden. Con excepción del rostro, de fisonomía neutra, todo parece desagradable a placer
en esta cariátide desafortunada. Con los pies apisona una masa incurvada, provista de numerosos dientes, como la
boca de un cetáceo. Nuestro hércules podría así querer representar a Jonás, ese profeta menor milagrosamente
salvado tras haber permanecido tres días en el vientre de una ballena. Para nosotros, Jonás es la imagen sagrada del
León verde de los sabios, el cual queda durante Tres días filosóficos encerrado en la sustancia madre, antes de
elevarse por sublimación y aparecer sobre las aguas.

85
EL MITO ALQUÍMICO
DE ADÁN Y EVA

87
Las Moradas Filosofales, EL MITO ALQUÍMICO DE ADÁN Y EVA

El dogma de la caída del primer hombre, dice Dupiney de Vorepierre, no pertenece sólo al cristianismo, sino
también al mosaísmo y a la religión primitiva, que fue la de los patriarcas. Ésa es la razón de que esta creencia se
halle, si bien alterada y desfigurada, entre todos los pueblos de la Tierra. La historia auténtica de esta decadencia del
hombre por su pecado nos es conservada en el primer libro de Moisés (Génesis, capítulos II y III). «Este dogma
fundamental del cristianismo -escribe el abate Foucher- no era ignorado en absoluto en los tiempos antiguos. Los
pueblos más próximos que nosotros al origen del mundo sabían, por una tradición uniforme y constante, que el
primer hombre había prevaricado, y que su crimen había atraído la maldición de Dios sobre toda su posteridad.» «La
caída del hombre degenerado -dice el propio Voltaire- el fundamento de la teología de todas las naciones antiguas.»
Según Filolao el pitagórico (siglo V antes de J.C.), los filósofos antiguos decían que el alma estaba enterrada en el
cuerpo, como en una tumba, como castigo por algún pecado. Platón testimonia, así, que tal era la doctrina de los
órficos, y él mismo la profesaba. Pero como se reconocía igualmente que el hombre había salido de las manos de
Dios y que había vivido en un estado de pureza y de inocencia (Dicearca, Platón), era preciso admitir que el crimen
por el que sufría su pena era posterior a su creación. La edad de oro de las mitologías griega y romana es,
evidentemente, un recuerdo del primitivo estado del hombre al salir de las manos de Dios.
Los monumentos y las tradiciones de los hindúes confirman la historia de Adán y de su caída. Esta tradición existe
asimismo entre los budistas del Tíbet y era enseñada por los druidas, y también por los chinos y los antiguos persas
Según los libros de Zoroastro, el primer hombre y la primera mujer fueron creados puros y sometidos a Ormuz, su
hacedor. Ahrimán los vio y se sintió celoso de su felicidad. Los abordó en forma de culebra, les presentó unos frutos
y los convenció de que era él mismo el creador del Universo entero. Le creyeron y, desde entonces, su naturaleza
fue corrompida, y esta corrupción contaminó a su posteridad. La madre de nuestra carne o la mujer de la serpiente
es célebre en las tradiciones mexicanas, que la representan caída de su estado primitivo de dicha y de inocencia. En
el Yucatán, en el Perú, en las islas Canarias, etc., la tradición de la caída existía también entre las naciones indígenas
cuando los europeos descubrieron esos países. Las expiaciones que se celebraban entre diversos pueblos para
pacificar al niño a su entrada en esta vida constituyen un testimonio irrebatible de la existencia de esta creencia
general. «Ordinariamente—dice el sabio cardenal Gousset—, esta ceremonia tenía lugar el día en que se daba
nombre al niño. Ese día, entre los romanos, era el noveno para los varones y el octavo para las niñas, y se llamaba
lustricus a causa del agua lustral que se empleaba para purificar al recién nacido. Los egipcios, los persas y los
griegos tenían una costumbre semejante. En el Yucatán, en América, se llevaba al niño al templo, donde el sacerdote
derramaba sobre su cabeza el agua destinada a ese uso, y le daba un nombre. En las Canarias, las mujeres
desempeñaban esta función en lugar de los sacerdotes. Y las mismas expiaciones se encuentran prescritas por la ley
entre los mexicanos. En algunas provincias, se encendía igualmente fuego y se hacía ademán de pasar al niño por la
llama, como para purificarlo a la vez por el agua y el fuego. Los tibetanos, en Asia, tienen también costumbres
parecidas. En la India, cuando se da un nombre al niño, después de haber escrito este nombre en su frente y de
haberlo sumergido por tres veces en el agua, el brahmán o sacerdote exclama en voz alta: «Dios, puro, único,
invisible y perfecto, te ofrecemos a este niño, nacido de una tribu santa, ungido con un aceite incorruptible y
purificado con agua.»
Como señala Bergier, es absolutamente preciso que esta tradición se remonte a la cuna del género humano, pues si
hubiera nacido entre un pueblo concreto tras la dispersión, no hubiera podido extenderse de un extremo al otro del
mundo. Esta creencia universal en la caída del primer hombre iba, además, acompañada de la esperanza de un
mediador, personaje extraordinario que debía llevar la salvación a los hombres y reconciliarlos con Dios. No sólo
este libertador era esperado por los patriarcas y por los judíos, que sabían que aparecería entre ellos, sino también
por los egipcios, los chinos, los japoneses, los indios, los siameses, los árabes, los persas y por diversas naciones de
América. Entre griegos y romanos, esta esperanza era compartida por algunos hombres, como lo testimonian Platón
y Virgilio. Por añadidura, como hace observar Voltaire: Desde tiempo inmemorial, existía entre los indios y los
chinos una máxima según la cual el Sabio llegaría de Occidente. Europa, por el contrario, decía que vendría de
Oriente.»
Bajo la tradición bíblica de la caída del primer hombre, los filósofos, con su acostumbrada habilidad, han ocultado
una verdad secreta de orden alquímico. Eso, sin duda, es lo que nos sirve y lo que nos permite explicar las
representaciones de Adán y Eva que se descubren en algunos viejos edificios del Renacimiento. Uno de ellos,
claramente característico de esta intención, servirá de arquetipo a nuestro estudio. Esta morada filosofal, situada en
Le Mans, nos muestra, en el primer piso, un bajo relieve que representa a Adán con el brazo levantado para tomar el
fruto del arbor scientiae, mientras que Eva atrae la rama hacia él con la ayuda de una cuerda. Ambos llevan
filacterias, atributos encargados de expresar que estos personajes tienen un significado oculto, distinto del del
Génesis. Este motivo, maltratado por las intemperies—que apenas han respetado más que las grandes masas—, está

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Las Moradas Filosofales, EL MITO ALQUÍMICO DE ADÁN Y EVA

circunscrito por una corona de follaje, flores y frutos, jeroglíficos de la naturaleza fecunda, de la abundancia y de la
producción. A la derecha y arriba, se distingue, entre motivos vegetales carcomidos, la imagen del Sol, mientras
que, a la izquierda, aparece la de la Luna. Ambos astros herméticos contribuyen a acentuar y precisar aún más la
cualidad científica y la expresión profana del tema extraído de las Sagradas Escrituras (lám. XIII).
Señalemos, de paso, que las escenas laicas de la tentación están conformes a las de la iconografía religiosa. Adán
Eva Aparecen siempre separados por el tronco del árbol paradisíaco. En la mayoría de los casos, la serpiente,
enrollada en torno a aquél, se representa con cabeza humana. Así es como aparece en un bajo relieve gótico de la
antigua Fontuine Saint-Maclou, en la iglesia de este nombre, en Ruán, y en otra escena de gran dimensión que
decora un muro de la casa llamada de Adán y Eva, en Montferrand (Puy-deDome), que parece datar de finales del
siglo XIV o comienzos del XV. En el coro de Saint-Bertrand de-Comminges (Alto Garona), el reptil descubre un
busto provisto de mamas, con brazos y una cabeza de mujer. También una cabeza femenina presenta la serpiente de
Vitre, esculpida en el ajimez de una hermosa puerta del siglo XV en la rue Notre-Dame (lám. XIV). Por el contrario,
el grupo en plata maciza del tabernáculo de la catedral de Valladolid permanece fiel al realismo: la serpiente es
representada bajo su aspecto natural, y sostiene en sus fauces ampliamente abiertas una manzana entre sus
colmillos1.
Adamus, nombre latino de Adán, significa hecho de tierra roja. Es el primer ser de naturaleza, el único entre las
criaturas humanas que ha sido dotado con las dos naturalezas del andrógino. Podemos, pues, considerarlo, desde el
punto de vista hermético, como la materia básica unida al espíritu en la unidad misma de la sustancia creada,
inmortal y perdurable. Pero desde que Dios, según la tradición mosaica, hizo nacer a la mujer, individualizando, en
cuerpos distintos y separados, esas naturalezas al principio asociadas en un cuerpo único, el primer Adán tuvo que
borrarse, se especificó al perder su constitución original y se convirtió en el segundo Adán, imperfecto y mortal. El
Adán principio, del que jamás hemos descubierto figuración alguna en ningún sitio, es llamado por los griegos
Adamoç o Adamaç, palabra que designa, en el plano terrenal, el acero más duro, empleado por
Adamastoç, es decir, indomable y todavía virgen (de la partícula privativa –a y damaw, domar), lo que
caracteriza muy bien la naturaleza profunda del primer hombre celeste y del primer cuerpo terrestre como solitarios
y no sometidos al yugo del himen. ¿Cuál es, pues, este acero llamado adamaç, del que tanto hablan los filósofos?
Platón, en su Timeo, nos da la explicación siguiente.
«De todas las aguas que hemos llamado fusibles -dice-, la que tiene las partes más tenues y más iguales; la más
densa; ese género único cuyo color es un amarillo brillante; los más preciosos bienes, en fin, el oro, se ha formado
filtrándose a través de la piedra. El nudo del oro, convertido en muy duro y negro a causa de su densidad, se llama
adamas. Otro cuerpo, próximo al oro por la pequeñez de sus partes, pero que tiene muchas especies, cuya densidad
es inferior a la del oro, que encierra una débil aleación de tierra muy conocida, lo que lo hace más duro que el oro, y
que es, al mismo tiempo, más ligero gracias a los poros que atraviesan su masa, es una de esas aguas brillantes y
condensadas que se llaman bronce. Cuando la porción de tierra que contiene se halla separada por la acción del
tiempo, se hace visible por sí misma y se le da el nombre de herrumbre.»
Este pasaje del gran iniciado muestra la distinción de las dos personalidades sucesivas del Adán simbólico, las
cuales se describen bajo su expresión mineral propia del acero y del bronce. Ya que el cuerpo próximo a la sustancia
adamas —nudo o azufre del oro— es el segundo Adán considerado en el reino orgánico como el padre verdadero de
todos los hombres y, en el reino mineral, como agente y procreador de los individuos metálicos y geológicos que lo
constituyen.
Así, nos enteramos de que el azufre y el mercurio, principios generadores de los metales, no fueron en su origen
sino una y la misma materia ya que sólo más tarde adquirieron su individualidad específica y la conservaron en los
compuestos nacidos de su unión. Y aunque sea mantenida por una poderosa cohesión el arte puede, sin embargo,
romperla y aislar el azufre y el mercurio bajo la forma que le es propia. El azufre, principio activo, es designado
simbólicamente por el segundo Adán, y el mercurio, elemento pasivo su mujer, Eva. Este último elemento o
mercurio, reconocido como el más importante, es también el más difícil de obtener en la práctica de la Obra. Su
utilidad es tal, que la ciencia le debe su nombre, ya que la filosofía hermética está fundada en el conocimiento
perfecto del Mercurio, en griego Ermhç. Eso es lo que expresa el bajo relieve que acompaña y limita el panel de
Adán y Eva en la casa de Le Mans. Se advierte a Baco niño provisto del tirso2, escondiendo con la mano izquierda la
boca de una vasija, y en pie sobre la tapadera de un gran recipiente decorado con guirnaldas. Pues Baco, divinidad
emblemática del mercurio de los sabios, encarna un significado secreto parecido al de Eva, madre de los vivos. En
Grecia a todas las bacantes se las llamaba Eua, Eva, palabra que procedía de Enioç, Evius, sobrenombre de
Baco. En cuanto a las vasijas destinadas a contener el vino de los filósofos o mercurio, son lo bastante elocuentes
como para dispensarnos de poner de relieve su sentido esotérico.
Pero esta explicación, aunque lógica y conforme a la doctrina, es, sin embargo, insuficiente para suministrar la
razón de ciertas particularidades experimentales y de algunos puntos oscuros de la práctica. Es indiscutible que el
artista no sería capaz de pretender adquirir la materia original, es decir, el primer Adán «formado de tierra roja», y
que el tema de los sabios mismo, calificado de materia prima del arte, aparece muy alejado de la simplicidad

1
Esta magnífica obra de arte es del escultor Juan de Arfe que la labró en 1590.
2
En griego Qursoç, al que los adeptos prefieren, como mucho más cercano a la verdad científica y a la realidad experimental,
su sinónimo Qursologcoç, en el que puede advertirse una relación muy sugestiva entre la vara de Aarón y el dardo de Ares.

90
Las Moradas Filosofales, EL MITO ALQUÍMICO DE ADÁN Y EVA

inherente a la del segundo Adán. Este tema, sin embargo, es propiamente la madre de la Obra, como Eva es la
madre de los hombres. Dispensa a los cuerpos que da a luz, o más exactamente que reincruda, la vitalidad, la
vegetabilidad y la posibilidad de mutación. Iremos más lejos y diremos, dirigiéndonos a quienes tienen ya alguna
capa de ciencia, que la madre común de los metales alquímicos no entra en absoluto en sustancia en la Gran Obra,
aunque sea imposible producir algo ni emprender nada sin ella. En efecto, por su intermedio, los metales vulgares,
verdaderos y únicos agentes de la piedra, se cambian en metales filosóficos y gracias a ella son disueltos y
purificados. En ella encuentran y prosiguen su actividad perdida, y de muertos como estaban, vuelven a la vida. Ella
es la tierra que los nutre, los hace crecer y fructificar y les permite multiplicarse. Por fin, volviendo al seno materno
que otrora los formara y les diera nacimiento, renacen y recobran las facultades primitivas de las que la industria
humana las había privado. Eva y Baco son los símbolos de esta sustancia filosofal y natural -no primera, sin
embargo, en el sentido de la unidad o de la universalidad -comúnmente llamada con el nombre de Hermes o
Mercurio. Pues se sabe que el mensajero alado de los dioses servía de intermediario entre las potencias del Olimpo y
desempeñaba en la mitología un papel análogo al del mercurio en la labor hermética. Se comprende mejor así la
naturaleza especial de su acción y por qué no permanece con los cuerpos que ha disuelto, purgado y animado. Y,
asimismo, se interpreta el sentido en que conviene comprender a Basilio Valentín cuando asegura que los metales1
son criaturas dos veces nacidas del mercurio, hijos de una sola madre, producidos y regenerados por ella. Y se
concibe mejor, por otra parte, dónde radica esa piedra miliar que los filósofos han lanzado a través del camino
cuando afirman, de común acuerdo, que el mercurio es la única materia de la Obra, en tanto que las reacciones
necesarias son tan sólo provocadas por él, lo cual han dicho en metáfora o bien considerándolo desde un punto de
vista particular.
Tampoco es inútil tener en cuenta que si tenemos necesidad del cisto de Cibeles, de Ceres o de Baco, es sólo
porque encierra el cuerpo misterioso que constituye el embrión de nuestra piedra; si precisamos un vaso no es más
que para contener en él el cuerpo, y nadie ignora que sin una tierra apropiada, todo grano resultaría inútil, Así, no
podemos prescindir de la vasija aunque el contenido sea infinitamente más precioso que el continente, el cual está
destinado, tarde o temprano, a separarse de aquél. El agua carece de forma en sí, aunque sea susceptible de
adoptarlas todas y de tomar la del recipiente que la contiene. He aquí la razón de nuestro vaso y de su necesidad, y
por qué los filósofos lo han recomendado tanto como e! vehículo indispensable, el excipiente obligado de nuestros
cuerpos. Y esta verdad halla su justificación en la imagen de Baco niño en pie sobre la tapadera de la vasija
hermética.
De cuanto antecede, importa, sobre todo, retener el hecho de que los metales, licuados y disociados por el
mercurio, encuentran de nuevo el poder vegetativo que poseían en el momento de su aparición en el plano físico. El
disolvente hace para ellos, en cierto modo, el oficio de una verdadera fuente de Juvencia. Separa sus impurezas
heterogéneas tomadas de los yacimientos metalíferos, les quita los achaques contraídos en el curso de los siglos; los
reanima, les da un vigor nuevo y los rejuvenece. Así, los metales vulgares se hallan reincrudados, es decir, vueltos a
un estado próximo al suyo original, y en lo sucesivo son llamados metales vivos o filosóficos. Puesto que al contacto
de su madre toman de nuevo sus facultades primitivas, puede asegurarse que se han acercado a ella y han adquirido
una naturaleza análoga a la suya. Pero es evidente, por otra parte, que como consecuencia de esta conformidad de
complexión no serían capaces de engendrar cuerpos nuevos con su madre, ya que ésta tiene sólo un poder renovador
y no generador. De donde hay que concluir que el mercurio del que hablamos, y que es figurado por la Eva del Edén
mosaico, no es el que los sabios han designado como la matriz, el receptáculo y el vaso apropiado para el metal
reincrudado, llamado azufre, sol de los filósofos, semilla metálica y padre de la piedra.
No hay que dejarse engañar, pues aquí está el nudo gordiano de la Obra, el que los principiantes deben aplicarse a
desanudar si no quieren verse detenidos en seco al comienzo de la práctica. Existe, pues, otra madre, hija de la
primera, a la que los maestros con un designio fácil de adivinar, han impuesto también la denominación de
mercurio. Y la diferenciación de estos dos mercurios, uno agente de renovación y el otro de procreación, constituye
el estudio más ingrato que la ciencia huya reservado al neófito. Con el propósito de ayudarle a franquear esa barrera,
nos hemos extendido sobre el mito de Adán y Eva, y vamos a intentar aclarar esos puntos oscuros, voluntariamente
dejados en la sombra por los mejores autores mismos. La mayoría de ellos se han contentado con describir de
manera alegórica la unión del azufre y del mercurio, generadores de la piedra a la que llaman Sol y Luna, padre y
madre filosóficos, fijo y volátil, agente y paciente, macho y hembra, águila y león, Apolo y Diana (que algunos
convierten en Apolonio de Tiana), Gabritius y Beya, Urim y Tumim, las dos columnas del templo: Yakin y Bohas, el
anciano y la joven virgen y, en fin, y de manera más exacta, el hermano y la hermana. Pues son, en realidad,
hermano y hermana, ya que ambos tienen una madre común y deudores de la contrariedad de sus temperamentos
antes de la diferencia de edad y de evolución que de lo divergente de sus afinidades.
El autor anónimo de la Ancienne Guerre des Chevaliers2, en un discurso que hace pronunciar al metal reducido a
azufre bajo la acción del primer mercurio, enseña que este azufre tiene necesidad de un segundo mercurio con el
que debe juntarse a fin de multiplicar su especie. «Entre los artistas -dice- que han trabajado conmigo, algunos han
llevado tan lejos su trabajo que han conseguido separar de mí mi espíritu, que contiene mi tintura, de modo que,

1
El adepto entiende que se habla aquí de los metales alquímicos producidos por reincrudación, o sea el regreso al estado simple
de los cuerpos metálicos vulgares.
2
Tratado reimpreso en Le Triomphe hermétique de Limojon de Saint-Didier Amsterdam, Henry Wetstein, 1699, y Jacques
Desbordes, 1710, p. 18.

91
Las Moradas Filosofales, EL MITO ALQUÍMICO DE ADÁN Y EVA

mezclándolo con otros metales y minerales, han conseguido comunicar un poco de mis virtudes y de mis fuerzas a
los metales que tienen alguna afinidad y algunas amistad conmigo. Sin embargo, los artistas que han conseguido por
esta vía el éxito y que han encontrado con seguridad una parte del arte son, en verdad, poquísimos. Mas como no
han conocido el origen de donde vienen las tinturas, les ha sido imposible llevar su trabajo más acá, y no han
hallado, al fin, que hubiera gran utilidad en su procedimiento. Pero si estos artistas hubieran proseguido sus
investigaciones y hubieran examinado bien qué mujer me es propia, la hubieran buscado y me hubieran unido a ella,
entonces yo hubiera podido teñir mil veces más.» En el Entretien d'Eudoxe et de Pyrophile, que sirve de comentario
a este tratado, Limojon de Saint-Didier escribe, a propósito de este pasaje: «La mujer apropiada a la piedra y que
debe unírsele es esa fuente de agua viva cuya fuente, toda celeste, que tiene particularmente su centro en el Sol y en
la Luna, produce ese claro y precioso arroyo de los Sabios que discurre hasta el mar de los filósofos, el cual rodea
todo el mundo. No deja de tener fundamento que esta divina fuente sea llamada por este autor la mujer de la piedra.
Algunos la han representado bajo la forma de una ninfa celeste, y otros le dan el nombre de la casta Diana, cuya
pureza y virginidad no está en absoluto mancillada por el vínculo espiritual que la une a la piedra. En una palabra,
esta conjunción magnética constituye el matrimonio mágico del cielo con la tierra, del que algunos filósofos han
hablado, de tal manera, que la fuente segunda de la tintura física, que opera tan grandes maravillas, nace de esta
unión conyugal tan misteriosa.»
Estas dos madres, o mercurios, que acabamos de distinguir figuran bajo el emblema de los dos gallos1, en el panel
de piedra situado en el segundo piso de la casa de Le Mans (lám. XV). Están junto a un vaso2 lleno de hojas y frutas,
símbolo de su capacidad vivificante, generadora y vegetal, de la fecundidad y la abundancia de las producciones que
resultan. A cada lado de este motivo, unos personajes sentados -uno soplando un cuerno y el otro tañendo una
especie de guitarra- ejecutan un dúo musical. A la traducción de este Arte de música -epíteto convencional de la
alquimia- se refieren los diversos temas esculpidos en la fachada.
Pero antes de proseguir el estudio de los motivos de la casa de Adán y Eva, nos creemos obligados a prevenir al
lector de que, bajo términos muy poco velados, nuestro análisis encierra la revelación de lo que se ha convenido en
llamar el secreto de los dos mercurios. Nuestra explicación, sin embargo, no podría resistir el examen, y quien se
tomara la molestia de analizarla, hallaría en ella ciertas contradicciones, errores manifiestos de lógica o de juicio.
Pero reconocemos lealmente que, en la base, no existe más que un solo mercurio, y que el segundo deriva
necesariamente del primero. Convenía no obstante, llamar la atención sobre las cualidades diferentes que afectan
con objeto de mostrar -aún al precio de una torsión a la razón o de una inverosimilitud- cómo pueden distinguirse,
identificarse y cómo es posible extraer directamente la propia mujer del azufre, madre de la piedra, del seno de
nuestra madre primitiva. Entre la narración cabalística, la alegoría tradicional y el silencio, no podíamos escoger.
Siendo nuestra meta acudir en ayuda de los trabajadores poco familiarizados con las parábolas y las metáforas, nos
estaba prohibido el empleo de la alegoría y de la cábala. ¿Hubiera valido más actuar como muchos de nuestros
predecesores y no decir nada? No lo creemos. ¿Para qué serviría escribir sino para quienes saben ya y no necesitan
nuestros consejos? Hemos preferido, pues, dar en lenguaje claro una demostración ab absurdo, gracias a la cual
resultaba posible desvelar el arcano que, hasta ahora, permaneció obstinadamente escondido. El procedimiento, por
supuesto, no es nuestro. ¡Que los autores -y son numerosos- en quienes no se advierten semejantes discordancias nos
arrojen la primera piedra!
Encima de los gallos, guardianes del vaso fructificante, se ve un panel de mayor dimensión, por desgracia muy
mutilado, cuya escena figura el rapto de Deyanira por el centauro Neso (lám. XV).
La fábula narra que habiendo obtenido Hércules de Eneo la mano de Deyanira por haber triunfado sobre el dios río
Aqueloo3, en compañía de su nueva esposa quiso atravesar el río Evenio4. Neso, que se halla en las cercanías, se
ofreció para transportar a Deyanira a la otra orilla. Hércules cometió el error de consentirlo, y no tardó en advertir
que el centauro intentaba apoderarse de Deyanira. Una flecha templada en la sangre de la hidra y lanzada con mano
segura lo detuvo allí mismo. Sintiéndose morir, Neso entregó a Deyanira su túnica, teñida con su sangre,
asegurándole que le serviría para atraer a su marido si se alejaba de ella para acercarse a otras mujeres. Más tarde, la
esposa crédula supo que Hércules buscaba a Iole5, premio de su victoria sobre Eurito, su padre, y le envió la prenda
ensangrentada, mas apenas la vistió comenzó a sentir atroces dolores. No pudiendo resistir tanto sufrimiento, se

1
En la Antigüedad, el gallo era atribuido al dios Mercurio. Los griegos lo designaban con la palabra alectwr, que igual
significa virgen como esposa, expresiones características de uno y otro mercurio. Cabalísticamente, alectwr, juega con
alectoç, aquel que no debe o no puede ser dicho, secreto, misterioso.
2
En griego, vaso se dice aggeion, el cuerpo, palabra que procede de aggoç, el útero.
3
El agua, la fase húmeda o mercurial que ofrecen los metales en su origen, y que pierden poco a poco al coagularse bajo la
acción secadora del azufre encargado de asimilar el mercurio. El término griego AcelwoV no se aplica tan sólo al río Aqueloo,
sino que también sirve para designar todo curso de agua, ya sea río o arroyo.
4
Euhnioç, suave, fácil. Hay que señalar que no se trata aquí de una solución de los principios del oro. Hércules no entra en las
aguas del río. y Deyanira las atraviesa a lomos de Neso. Es la solución de la piedra que constituye el tema del paso alegórico del
Evenio, y ésta solución se obtiene fácilmente, de manera suave y cómoda.
5
La palabra griega Ioleia está formada por Ioç, veneno, y leia, botín, presa. Iole es el jeroglífico de la materia prima,
veneno violento, según dicen los sabios, que, sin embargo, se utiliza para obtener la gran medicina. Los metales vulgares
disueltos por ella son, así, la presa de este veneno que cambia su naturaleza y los descompone. Por ello, el artista debe guardarse
bien de alear el azufre obtenido de esta manera con el oro metálico. Hércules, aunque busque a Iole, no consuma su unión con
ella.

92
Las Moradas Filosofales, EL MITO ALQUÍMICO DE ADÁN Y EVA

lanzó en medio de las llamas de una hoguera que coronaba el monte Eta1 y que prendió con sus propias manos.
Deyanira, al saber la fatal noticia, se dio muerte, desesperada.
Esta narración se relaciona con las últimas operaciones del Magisterio, y constituye una alegoría de la
fermentación de la piedra por el oro, a fin de orientar el Elixir hacia el reino metálico y limitar su empleo a la
transmutación de los metales.
Neso representa la piedra filosofal, aún no determinada ni afecta a alguno de los grandes géneros naturales, cuyo
color varía del carmín al escarlata brillante. Nhsoç, significa en griego vestidura de púrpura, la túnica sangrienta
del centauro —"que quema los cuerpos más que el fuego del Infierno" indica la perfección del producto acabado,
maduro y lleno de tintura.
Hércules figura el azufre del oro cuya virtud refractaria a los agentes más incisivos sólo puede ser vencida por la
acción de la vestidura roja o sangre de la piedra. El oro, calcinado bajo los efectos combinados del fuego y de la
tintura, toma el color de la piedra y, a cambio, le da la calidad metálica que el trabajo le había hecho perder. Juno,
reina de la Obra, consagra así la reputación y la gloria de Hércules, cuya apoteosis mítica encuentra su realización
material en la fermentación. El nombre mismo de Hércules, Hraclhç, indica que debe a Juno la imposición de
los trabajos sucesivos que debían asegurarle la celebridad y extender su nombradía. Hraclhç, está formado, en
efecto, por Hra, Juno y cleoç, gloria, reputación, renombre. Deyanira, mujer de Hércules, personifica el
principio mercurial del oro, que lucha junto al azufre, al que está unida, pero que sucumbe, bajo el ardor de la túnica
ígnea. En griego, Dhianeira deriva de Dhiothç, hostilidad, lucha, agonía.
En el fuste de los dos pilares adosados que flanquean la escena mitológica cuyo esoterismo acabamos de estudiar,
figuran, por un lado, una cabeza de león provista de alas, y por el otro, una cabeza de perro o de perra. Estos
animales están, asimismo, representados en su forma completa en los arcos de la puerta de Vitré (lám. XIV). El león,
jeroglífico del principio fijo y coagulante llamado comúnmente azufre, lleva alas a fin de mostrar que el disolvente
primitivo, al descomponer y reincrudar el metal, da al azufre una cualidad volátil sin la cual su reunión con el
mercurio resultaría imposible. Algunos autores han descrito la manera de efectuar esta importante operación bajo la
alegoría del combate del águila y el león, de lo volátil y lo fijo, combate bastante explicado ya en otra parte2.
En cuanto al perro simbólico, sucesor directo del cinocéfalo egipcio, el filósofo Artefio le ha dado patente de
ciudadanía entre las figuras de la iconografía alquímica. Habla, en efecto, del perro del Corasán y de la perra de
Armenia, emblemas del azufre y del mercurio, padres de la piedra3. Pero mientras la palabra Drmenoç, que
significa aquello de lo que se tiene necesidad, lo que está preparado y convenientemente dispuesto, indica el
principio pasivo y femenino, el perro del Corasán o azufre toma su nombre del término griego Korax, equivalente
a cuervo4, vocablo que servía también para designar cierto pez negruzco sobre el cual, si nos fuera permitido,
podríamos decir cosas curiosas.
Los «hijos de ciencia» a quienes su perseverancia ha conducido al dintel del santuario saben que tras el
conocimiento del disolvente universal -madre única que toma la personalidad de Eva-, nada hay más importante que
el del azufre metálico primer hijo de Adán, generador efectivo de la piedra, el cual recibió el nombre de Caín. Pues
Caín significa adquisición, y lo que el artista adquiere en primer lugar es el perro negro y rabioso del que hablan los
textos, el cuervo, primer testimonio del Magisterio. También, según la versión del Cosmopolita, el pez sin huesos,
echeneis o rémora «que nada en nuestro mar filosófico», y a propósito del cual Jean Joachim d'Estinguel
d'Ingrofont5 asegura -que «poseyendo una vez el pececillo llamado Rémora, que es muy raro, por no decir único en
esta gran mar, ya no tendréis más necesidad de pescar, sino sólo de pensar en la preparación, sazonamiento y
cocción de ese pececillo». Y aunque sea preferible no extraerlo del medio en que habita -dejándole para sus
necesidades bastante agua a fin de mantener su vitalidad-, quienes tuvieron la curiosidad de aislarlo pudieron
verificar la exactitud y la veracidad de las afirmaciones filosóficas. Se trata de un cuerpo minúsculo -habida cuenta
el volumen de la masa de donde proviene-, con apariencia exterior de una lenteja biconvexa, a menudo circular y en
ocasiones elíptica. Con aspecto terroso más bien que metálico, este ligero botón, infusible pero muy soluble, duro,
quebradizo, friable, negro en una cara y blancuzco en la otra, violeta al romperse ha recibido nombres diversos y
relativos a su forma, a su coloración o a ciertas particularidades químicas. Es el prototipo secreto del bañista popular
del zapato de los reyes, el haba (cuamoç, parónimo de cuanoç; negro azulado), el sabot6. (bembhx); es

1
Del griego Aidw, quemar, inflamar, estar ardiendo.
2
Cf. Fulcanelli, El misterio de tas catedrales. Barcelona, Plaza & Janes editores, 1967, p. 135 y ss.
3
Entre los detalles de la Creación del mundo que adornan la portada Norte de la catedral de Chartres, se advierte un grupo del
siglo XIII que representa a Adán y Eva con el tentador a sus pies, figurado éste por un monstruo de cabeza y torso de perro,
apoyado en las patas anteriores y terminando en cola de serpiente. Es el símbolo del azufre unido al mercurio en la sustancia
caótica original (Satán).
4
Los latinos Llamaban al cuervo Phoebeius ales, el pájaro de Apolo o del sol (Foiboç). Se advierte en Notre-Dame de París,
entre las quimeras fijadas en las balaustradas de las galerías altas, un curioso cuervo revestido de un largo velo que lo cubre a
medias.
5
Jean-Joachim d'Estinguel d'Ingrofont, Traitez du Cosmopolite nouvellement découverts. París, Laurent d'Houry,
1691. Carta II, página 46.
6
Conf.supra p. 25 y El misterio de las catedrales, Plaza & Janes (pág. 55), lo que se dice acerca de este juguete de
niño en cuanto objeto principal del ludus puerorum. (Se trata de un trompo de corte cruciforme, zumbador, que los

93
Las Moradas Filosofales, EL MITO ALQUÍMICO DE ADÁN Y EVA

también el capullo (bombucion) y su gusano, cuyo nombre griego, bombhx, que tanto se parece al de zueco,
procede de bomboç; que expresa, precisamente, el ruido de un trompo en rotación. También se llama al pececillo
negruzco chabot (gobio), de donde Perrault sacó su Chat botté (el gato con botas) y al famoso marqués de Carabás
(de cara, cabeza, y basileuç, rey) de las leyendas herméticas caras a nuestra juventud y reunidas bajo el título
de Cuentos de mi madre la Oca. Finalmente, es el basilisco de la fábula —basilicon—, nuestro régulo (regulus,
reyezuelo) o reyecito (basiliscoç), la zapatilla de cebellina (porque es blanca y gris) de la humilde Cenicienta,
el lenguado, pescado plano, cada una de cuyas caras está coloreada de manera distinta y cuyo nombre se relaciona
con el Sol (en francés sole; en latín sol, solis), etc. En el lenguaje oral de los adeptos, no obstante, este cuerpo apenas
se designa con otro término que con el de violeta, primera flor que el sabio ve nacer y expansionarse, en la
primavera de la Obra, transformando en color nuevo la verdura de su jardín...
Pero aquí creemos que debemos suspender esta enseñanza y guardar el prudente silencio de Nicolas de Valois y de
Quercetano, los únicos, que nosotros sepamos, que revelaron el epíteto verbal del azufre, oro o sol hermético.

monaguillos de la catedral de Langres echaban fuera del recinto sagrado a latigazos en la ceremonia llamada
flagelación del Aleluya.) —N. del T.

94
LOUIS D’ESTISSAC
GOBERNADOR DEL POITOU Y DE LA SAINTONGE
GRAN OFICIAL DE LA CORONA
Y FILÓSOFO HERMÉTICO

95
Las Moradas Filosofales, LOUIS D’ESTISSAC

El aspecto misterioso de un personaje histórico se nos revela por una de sus obras. Louis d'Estissac, hombre de
elevada condición, se muestra, en efecto, como un alquimista practicante y uno de los adeptos mejor instruidos
acerca de los arcanos herméticos.
¿De dónde sacó su ciencia? ¿Quién le enseñó -de viva voz, sin duda- sus primeros elementos? No lo sabemos con
seguridad, pero nos gusta creer que el sabio médico y filósofo François Rabelais1 tal vez no fuera ajeno a su
iniciación. Louis d'Estissac, nacido en 1507, era el sobrino de Geoffroy d'Estissac y vivía en la casa de su tío,
superior de la abadía benedictina de Maillezais, el cual había establecido su priorato no lejos de allí, en Ligugé
(Vienne). Es notorio, por otra parte, que Geoffroy d'Estissac mantenía desde hacía largo tiempo relaciones
impregnadas de la más viva y cordial amistad con Rabelais. En 1525, nos dice H. Clouzot2, nuestro filósofo se
hallaba en Ligugé en calidad de agregado «al servicio» de Geoffroy d'Estissac. «Jean Bouchet -añade Clouzot-, el
procurador y poeta que tan bien nos da noticia sobre la vida que se lleva en Ligugé, en eI priorato del reverendo
obispo, no precisa, por desgracia, las funciones de Rabelais. ¿Secretario del prelado? Es posible. Mas, ¿por qué no
preceptor de su sobrino, Louis d'Estissac, que tan sólo cuenta dieciocho años y no se casará hasta 1527? El autor de
Gargantúa y Pantagruel da tales desarrollos a la educación de sus héroes que hay que suponer que su erudición no
es puramente teórica, sino que es, también, el fruto de una puesta en práctica anterior.u Por supuesto que Rabelais
no parece haber abandonado jamás a su nuevo amigo -tal vez su discípulo--; ya que estando en Roma en 1536 envió,
según nos dice Clouzot, a Madame d'Estissac, la joven sobrina del obispo, «plantas medicinales y mil pequeñas
mirelificques (objetos de curiosidad) baratas» que traen de Chipre, de Candia y de Constantinopla. Nuestro filósofo
acudirá, perseguido por el odio de sus enemigos, hacia 1550, al castillo de Coulonges-sur-1'Autize -llamado
Coulonges-les-Royaux en el cuarto libro del Pantagruel-, en busca de un refugio junto a Louis d'Estissac, heredero
del protector de Rabelais, el obispo de Maillezais.
Sea como fuere, nos inclinamos a pensar que la búsqueda de la piedra filosofal, en los siglos XVI y XVII, era más
activa de lo que pudiera creerse, y que sus felices poseedores no representaban en el mundo espagírico la ínfima
minoría que tiende a considerarse. Si permanecen desconocidos para nosotros, es mucho menos por la ausencia de
documentos relativos a su ciencia que por nuestra ignorancia del simbolismo tradicional que no nos permite recono-
cerlos bien. Es posible que al prohibir, por las cartas patentes de 1537, el uso de la Imprenta, Francisco I fuera la
causa determinante de esta carencia de obras que se advierte en el siglo XVI, y el promotor inconsciente de un
resurgir simbólico digno del más hermoso período medieval. La piedra sustituye el pergamino, y la ornamentación
esculpida acude en ayuda de la impresión prohibida. Esta vuelta temporal del pensamiento al monumento, de la
alegoría escrita a la parábola lapidaria, nos valió algunas obras brillantes, de un real interés por el estudio de las
versiones artísticas de la vieja alquimia.
Ya en la Edad Media, los maestros de quienes poseemos tratados gustaban de decorar su vivienda con signos e
imágenes herméticos. En la época en que vivía Jean Astruc3, médico de Luis XV, es decir, hacia 1720, existía en
Montpellier, en la rue du Cannau, frente al convento de los capuchinos, una casa que, según la tradición, habría
pertenecido al maestro Arnaldo de Vilanova en 1280, o habría sido habitada por él. Veíanse, esculpidos en la puerta,
dos bajo relieves que representaban el uno un león rugiente, y el otro un dragón que se mordía la cola, emblemas
reconocidos de la Gran Obra. Esta casa fue destruida en 1755. El discípulo de Vilanova, Raimundo Lulio, se detuvo
en Milán procedente de Roma, en 1296, para continuar sus investigaciones filosofales. En el siglo XVIII, se
mostraba aún en esa ciudad la casa donde Lulio había trabajado. La entrada estaba decorada con figuras jeroglíficas
relacionadas con la ciencia, como resulta de un pasaje del tratado de Borriquio sobre El origen y los progresos de la
química4. Se sabe que las casas, las iglesias y los hospitales edificados por Nicolas Flamel sirvieron de mediadores
para la difusión de las imágenes del Arte sagrado, y su propia vivienda «1'hostel Flamel», construida en el año 1376
en la rue des Marivaulx parisiense, cerca de la iglesia de Saint-Jacques, estaba, dice la crónica, «toda adornada de
historias y divisas pintadas y doradas».
Louis d'Estissac, contemporáneo de Rabelais, Denys Zachaire y Jean Lallemant, quiso también consagrar a la
ciencia de su particular preferencia una mansión digna de ella. A los treinta y cinco años, concibió el proyecto de un

1
Gilbert Ducher, en un epigrama a la filosofía (1538), lo cita entre los fieles de 1a ciencia divina:
«In primis sane Rabelæsum, principem eundem
Supremum in studiis diva tuis sophia.»
2
H. Clouzot, Vie de Rabelais noticia biográfica escrita para 1a eàición de las Oeuvres de Rabelais. París. Garnier frères, 1926.
3
Jean Astruc, Mémoires pour servir a l'Histoire de la Faculté de Médecine de Montpellier. París, 1767, n. 153.
4
«Quod autem Lullius Mediolani et fuerit et chimica ibi tractaverit notissimum est, ostenditurque adhuc domus illic nobili isto
habitatore quondam superbiens; in cujus vestibulo conspicuæ figuræ, naturaeque ingenium artemque chimici satisdemonstrant.»
(Olaus Borrichius, De Ortu et Progressu Chimiæ, p. 133.)

97
Las Moradas Filosofales, LOUIS D’ESTISSAC

interior simbólico donde se hallarían, hábilmente repartidos y disimulados con cuidado, los signos secretos que
habían guiado sus trabajos. Una vez los temas bien establecidos, convenientemente velados -a fin de que el profano
no pudiera discernir su sentido misterioso- y trazadas las grandes líneas arquitectónicas, confió la ejecución a un
arquitecto que fue, tal vez -al menos, ésa es la opinión de Rochebrune-, Philibert de 1'Orme. Así nació el soberbio
castillo de Coulonges-sur-1'Autize (Deux-Sèvres), cuya construcción exigió veintiséis años, de 1542 a 1568, pero
que ya no ofrece hoy sino un interior vacío, de paredes desnudas. El mobiliario, los soportales, las piedras
esculpidas, los techos e incluso las torrecillas de ángulo, todo ha sido dispersado. Algunas de esas piezas artísticas
fueron adquiridas por un aguafuertista célebre, Etienne-Octave de Gillaume de Rochebrune, y sirvieron para la.
restauración y embellecimiento de su propiedad de Fontenayle-Comte (Vendée). En efecto, en el castillo de Terre-
Neuve, donde en la actualidad se conservan, podemos admirarlas y estudiarlas a placer. Ese castillo, por otra parte,
debido a la abundancia, a la variedad y al origen de las piezas artísticas que encierra, parece más bien un museo que
una morada burguesa del tiempo de Enrique IV.
El más hermoso techo del castillo de Coulonges, el que otrora ornara el vestíbulo y la sala del tesoro, cubre ahora
el gran salón de Terre-Neuve, denominado 1'Atelier. Está compuesto por casi cien artesones, todos variados. Uno de
ellos lleva la fecha de 1550 y el monograma de Diana de Poitiers tal como se encuentra en el castillo de Anet. Este
detalle ha hecho suponer que los planos del castillo de Coulonges podrían pertenecer al arquitecto y canónigo
Philibert de 1'Orme1. Más adelante, volveremos a ocuparnos, al estudiar una morada análoga, del significado secreto
del monograma antiguo adoptado por la favorita de Enrique II, y diremos por qué menosprecio fueron atribuidos
falsamente tantos edificios magníficos a Diana de Poitiers.
Al principio, una simple alquería, el castillo de Terre-Neuve fue, según su plano actual, construido en 1595 por
Jean Morison por cuenta de Nicolas Rapin, vicesenescal de Fontenay-le-Comte y «poeta distinguido», tal como nos
lo explica una monografía manuscrita del castillo de Terre-Neuve, probablemente redactada por Rochebrune. La
inscripción, en verso, que se encuentra bajo la portada, fue compuesta por el mismo Nicolas Rapin. La reproducimos
aquí a título de ejemplo, conservando su disposición y su ortografía:

VENTZ.SOVFLEZ.EN.TOVTE.SAISON.
VN.BON.AYR.EN.CETTE.MAYSON.
QVE.JAMAIS.NI.FIEVRE.NI.PESTE.
NI.LES.MAVLX.QVI.VIENNENT.DEXCEZ.
ENVIE.QVERELLE.OV.PROCEZ.
CEVLZ.QVI.SY.TIENDRONT.NE.MOLESTE.

Pero gracias al sentido estético de los sucesores del poeta vicesenescal, y, sobre todo, al gusto muy seguro de
Rochebrune2 por las obras de arte, el castillo de Terre-Neuve posee sus ricas colecciones. Nuestra intención no es
establecer el catálogo de las curiosidades que alberga, pero señalemos, al azar, para satisfacción de los aficionados y
los diletantes, tapicerías de temas históricos de la época de Luis XIII procedentes de Chaligny, cerca de Sainte-Her-
mine (Vendée); una portada del gran salón, originaria de Poitiers; la silla de mano de monseñor De Mercy, obispo
de Luçon en 1773; revestimientos de madera dorada estilo Luis XIV y Luis XV; algunas consolas de madera del
castillo de Chambord; un panel blasonado de tapicería de Gobelinos (1670) otorgado por Luis XIV; hermosísimas
esculturas en madera (siglo XV) procedentes de la biblioteca del castillo de Hermenault (Vendée); colgaduras Enri-
que II; tres de los ocho tapices de la serie titulada «Triunfos de los dioses», que representan los Triunfos de Venus,
Belona y Minerva, tejidos en seda en Flandes, y atribuidos a Mantegna; mueble Luis XIV muy bien conservado y
mueble de sacristía Luis XIII; grabados de los mejores maestros de los siglos XVI y XVII; serie casi completa de
todas las armas ofensivas en uso del siglo IX al XVIII; cerámicas esmaltadas de Avisseau, bronces florentinos,
platos chinos de la familia verde; biblioteca que contiene las obras de los arquitectos más reputados de los siglos
XVI y XVII: Ducerceau, Dietterlin, Bullant, Lepautre, Philibert de 1'Orme, etc.
De todas estas maravillas, la que nos interesa más es, sin asomo de duda, la chimenea monumental del salón
grande, comprada en Coulonges y reedificada en el castillo de Terre-Neuve en Marzo de 1884. Más notable aún por
la exactitud de los jeroglíficos que la decoran, por el acabado de la ejecución, por «la rectitud de la talla, llevada en
ocasiones hasta lo imposible» y por su sorprendente conservación antes que por su valor artístico, constituye para
los discípulos de Hermes un documento precioso y útil en extremo de consultar (lám. XVI).
Ciertamente, el crítico de arte tendría algo de razón si dirigiera a esta obra lapidaria el reproche, común a las
producciones decorativas del Renacimiento, de ser pesada, inarmónica y fría, pese a su aspecto suntuoso y a la
ostentación de un lujo en exceso chillón. Acaso realcen la pesadez excesiva del lienzo, que se apoya en unas jambas
delgadas, las superficies mal equilibradas entre sí, esa pobreza de forma y de invención penosamente enmascarada
por la brillantez de los ornamentos, de las molduras y de los arabescos prodigados con vanidosa ostentación. En
cuanto a nosotros, dejaremos voluntariamente de lado el sentimiento estético de una época brillante, pero superficial,

1
El 5 de setiembre de 1550, Philibert de 1'Orme recibió una canongía en Notre-Dame de París, bacia la misma época que
Rabelais. Nuestro arquitecto renunció a ella en 1559, pero su nombre se encuentra con frecuencia mencionado en los registros
capitulares de la catedral.
2
Monsieur de Rochebrune, nacido en Fontenay-le-Comte en 1824 y muerto en el castillo de Terre-Neuve en 1900 era el abuelo
del propietario actual, Monsieur du Fontenioux

98
Las Moradas Filosofales, LOUIS D’ESTISSAC

en que la afectación y el manierismo sustituían el pensamiento ausente y la originalidad desfalleciente, para no


ocuparnos más que del valor iniciático del simbolismo al que esta chimenea sirve, a la vez, de pretexto y de soporte.
La campana, labrada a la manera de un entablamento cargado de entrelazos y figuras simbólicas, se apoya en dos
pilares de piedra cilíndricos y pulidos. En sus ábacos se sustenta un dintel acanalado bajo un cuarto bocel de ovas, y
flanqueado por tres hojas de acanto. Encima, euatro cariátides sobre pedestales -dos atlantes y dos cariátides
propiamente dichas- sostienen la cornisa. Las mujeres tienen su pedestal ornado de frutos, mientras que los hombres
prasentan en el suyo una máscara de león que muerde, a guisa de anillo, el creciente lunar. Entre las cariátides, tres
paneles de friso desarrollan diversos jeroglíficos bajo una forma decorativa destinada a velarlos mejor. La cornisa
está dividida, horizontalmente, en dos pisos por una moldura saliente que recubre cuatro motivos: dos vasos llenos
de fuego y dos carteles que llevan grabada la fecha de ejecución: marzo de 15631. Sirven de marco a tres
departamentos que contienen los tres elementos de una frase latina: Nascendo quotidie morimur. Finalmente, la
parte superior muestra seis pequeños paneles, opuestos dos a dos, que van de las extremidades hacia el centro, en los
que se ven escuditos reniformes, bucráneos y, cerca del eje medio, escudos herméticos.
Tales son, brevemente descritas, las piezas emblemáticas más interesantes para el alquimista. Y, ahora, vamos a
analizarlas con detalle.

II
El primero de los tres paneles que separan las cariátides, el de la izquierda, ofrece una flor central, nuestra rosa
hermética, dos cáscaras del género venera o conchas de Compostela, y dos cabezas humanas, una de viejo, en la
parte baja, y otra de querubín, en lo alto. Deseubrimos ahí la indicación formal de los materiales necesarios para el
trabajo y el resultado que el artista debe esperar de ellos. La máscara de anciano es el emblema de la sustancia
mercurial primaria, a la cual, según dicen los filósofos, todos los metales deben su origen. «No debéis ignorar -
escribe Limojon de Saint-Didier2- que nuestro anciano es nuestro mercurio; que este nombre le va bien porque es la
materia prima de todos los metales. El Cosmopolita dice que es su agua, a la que da el nombre de acero e imán, y
añade, para confirmar mejor lo que acabo de descubriros: Si undecies cait aurum cum eo, emittit suum semen, et
debilitatur fere ad mortem usque; concipit chalybs, et generat filium patre clariorem.»3
Puede verse en el portal occidental de la catedral de Chartres una hermosísima estatua del siglo XII en la que se
encuentra el mismo esoterismo luminosamente expresado. Se trata de un anciano de gran tamaño, de piedra,
coronado y aureolado -lo que evidencia ya su personalidad hermética-, vestido con el amplio manto del filósofo.
Con la mano derecha, sostiene una cítara4 y eleva con la izquierda una redoma de tripa hinchada como la calabaza
de los peregrinos. De pie entre las gradas de un trono, pisotea a dos monstruos con cabeza humana, enlazados, uno
de los cuales está provisto de alas y patas de pájaro (lám. XVII). Estos monstruos representan los cuerpos brutos
cuya descompición y acoplamiento bajo otra forma de carácter volátil, proporcionan esa sustancia secreta que
llamamos mercurio y que basta por sí sola para realizar la obra entera. La calabaza, que encierra el brebaje del
peregrino, es la imagen de las virtudes disolventes de este mer curio, cabalísticamente denominado peregrino o
viajero. Entre los motivos de nuestra chimenea figuran asimismo las conchas de Santiago, llamadas también
benditeras porque en ellas se conserva el agua bendita, calificación que los antiguos aplicaban al agua mercurial.
Pero aquí, fuera del sentido químico puro, estas dos conchas enseñan todavía al investigador que la proporción re-
gular y natural exige dos partes del disolvente contra una del cuerpo fijo. De esta operación, hecha según el arte,
proviene un cuerpo nuevo, regenerado, de esencia volátil, representado por el querubín o el ángel5 que domina la
composición. Así, la muerte del anciano da nacimiento al niño y asegura su vitalidad. Filaleteo nos advierte que es
necesario, para alcanzar la meta, matar al vivo a fin de resucitar al muerto. «Tomando –dice- el oro que está muerto
y el agua que está viva, se forma un compuesto en el cual, por una breve decocción, la semilla del oro se convierte
en viva, mientras que el mercurio vivo es muerto. El espíritu se coagula con el cuerpo, y ambos entran en
putrefacción en forma de limo, hasta que los miembros de este compuesto queden reducidos a átomos. Tal es la

1
Louis d'Estissac tenía entonces cincuenta y seis años.
2
Lettre aux Vrays Disciples d'Hermes en Le Triomphe hermetique, p. 143.
3
«Si el oro se junta once veces con ella (el agua), emite su simiente y se encuentra debilitado hasta la muerte. Entonces, el acero
concibe y engendra un hijo más claro que su padre.»
4
No es raro encontrar en los textos medievales la alquimia calificada de arte de música. Esta denominación motiva la efigie de
los dos músicos que se advierten entre los balaustres que terminan el piso superior de la casa de la Salamandra de Lisieux. Los
hemos visto igualmente reproducidos en la casa de Adán y Eva, en Le Mans, y podemos hallarlos otra vez, tanto en la catedral de
Amiens (reyes músicos de la galería alta), como en la residencia de los condes de Champaña, llamada comúnmente maison des
musiciens, en Reims. En las hermosas láminas que ilustran el Amphitheatrum Sapientiæ Aeternæ, de Enrique Khunrath (1610),
hay una que representa el interior de un suntuoso laboratorio. En medio, hay una mesa cubierta de instrumentos de música
y de partituras. El griego mousicoç procede de mousa, musa, palabra derivada de mudoç, fábula, apólogo, alegoría, que
significa también el espíritu, el sentido oculto de una narración.
5
En griego, aggeloç, ángel, significa igualmente mensajero, función que 1as divinidades del Olimpo habían reservado al dios
Hermes.

99
Las Moradas Filosofales, LOUIS D’ESTISSAC

naturaleza de nuestro Magisterio.»1. Esta sustancia doble, este compuesto perfectamente maduro, aumentado y
multiplicado, se convierte en el agente de transformaciones maravillosas que caracterizan la piedra filosofal, rosa
hermética. Según el fermento, argéntico o aurífico, que sirve para orientar nuestra primera piedra, la rosa tan pronto
es blanca como roja. Estas dos flores filosóficas, florecidas en el mismo rosario, son las que Flamel nos describe en
el Libro de las figuras jeroglíficas. Embellecen, asimismo, el frontispicio del Mutus Liber y las vemos florecer en
un crisol en el grabado de Gobille que ilustra la duodécima clave de Basilio Valentín. Se sabe que la Virgen celeste
lleva una corona de rosas blancas y tampoco se ignora que la rosa roja es la firma reservada a los iniciados de la
orden superior o Rosa Cruz. Y este término de Rosa Cruz nos permitirá, al explicarlo, acabar la descripción de este
primer panel.
Aparte del simbolismo alquímico, cuyo sentido es ya muy transparente, descubrimos otro elemento escondido, el
del grado eleva do que poseía, en la jerarquía iniciática, el hombre al que debemos los motivos de esta arquitectura
jeroglífica. Está fuera de duda que Louis d'Estissac había conquistado el título por excelencia de la nobleza
hermética. La rosa central, en efecto, aparece en mitad de una cruz de san Andrés formada por el alzamiento de los
filetes de piedra que podemos suponer que, al principio, la recubrían y la encerraban. Ahí está el gran símbolo de la
luz manifestada2 que se indica por la letra griega C (chi; suena como nuestra jota), inicial de las palabras cwnh,
crusoç, y cronoç, el crisol, el oro y el tiempo, triple incógnita de la Gran Obra. La cruz de san Andrés
(ciasma), que tiene la forma de nuestra X, es el jeroglífico, reducido a su más simple expresión, de las
radiaciones luminosas y divergentes emanadas de un hogar único. Aparece, pues, como la gráfica de la chispa.
Puede multiplicarse su irradiación, pero es imposible simplificarlo más. Estas líneas entrecruzadas dan el esquema
del centelleo de las estrellas y de la dispersión radiante de todo cuanto brilla, alumbra e irradia. También se han
convertido en el sello y la marca de la iluminación y, por extensión, de la revelación espiritual. El Espíritu Santo es
siempre figurado por una paloma en pleno vuelo, con las alas extendidas según un eje perpendicular al del cuerpo,
es decir, una cruz. Pues la cruz griega y la de san Andrés tienen, en hermética, un significado exactamente parecido.
Se encuentra con frecuencia la imagen de la paloma completada por una gloria que viene a precisar su sentido
oculto, como puede verse en las escenas religiosas de nuestros primitivos en muchas esculturas puramente
alquímicas3. La X griega y nuestra X representan la escritura de la luz por la luz misma, la señal de su paso, la
manifestación de su movimiento y la afirmación de su realidad. Es su verdadera firma. Hasta el siglo XII, no se
utilizaba otra marca para autentificar los viejos documentos; a partir del XV, la cruz se convirtió en la firma de los
iletrados. En Roma, se señalaban los días fastos con una cruz blanca y los nefastos, con una cruz negra. Es el
número completo de la Obra, pues la unidad, las dos naturalezas, los tres principios y los cuatro elementos dan la.
doble quintaesencia, las dos V fundidas en la cifra romana X del número diez. En esta cifra se encuentra la base de
la cábala de Pitágoras o de la lengua universal, de la que puede verse un curioso paradigma pn la última página de
un librito de alquimia4. Los bohemios utilizan la cruz o la X como signo de reconocimiento. Guiados por este
gráfico trazado en un árbol o en cualquier pared, acampan siempre en el lugar que ocupaban sus predecesores, junto
al símbolo sagrado que llaman Patria. Podría creerse esta palabra de origen latino, y aplicar a los nómadas esta
máxima que los gatos -objetos de arte vivos- se esfuerzan en practicar: Patria est ubicumque est bene, la. patria está
en todas partes donde se está bien. Pero en realidad deriva de una palabra griega, Patria, que pasa por su
emblema con el sentido de familia, raza, tribu. La cruz de los gitanos indica, pues, claramente, el lugar de refugio
señalado a la tribu. Es singular, por otra parte, que casi todos los significados revelados por el signo X tengan un
valor trascendente o misterioso. X es, en álgebra, la o las cantidades incógnitas, es también el problema por resolver,
la solución por descubrir y es el signo pitagórico de la multiplicación y el elemento de la prueba aritmética del
nueve. Es el símbolo popular de las ciencias matemáticas en lo que tienen de superior o abstracto. Viene a
caracterizar lo que, en general, es excelente, útil y notable (crhsimoç). En este sentido, y en la jerga de los
estudiantes, sirve para distinguir la parisiense Escuela politécnica, asegurándole una superioridad sobre la que no
admitirían la menor discusión taupins (estudiantes que se preparan para ingresar en la Escuela) y chers camarades
(alumnos de la misma). Los primeros, candidatos a la Escuela, se unen en cada promoción o taupe por una fórmula
cabalística compuesta por una X en los ángulos opuestos de la cual figuran los símbolos químicos del azufre y del
hidrato de potasio:
S X KOH

Lo cual se anuncia, en su jerga bien interpretada, como «azufre y potasio por la X». La X es el emblema de la
medida (metron) tomado en todas sus acepciones: dimensión, extensión, espacio, duración, regla, ley, frontera o

1
Filaleteo Introitus apertus ad occlusum Regis palatium en Lenglet-Dufresnoy, Histoire de la Philosophie Hermétique. Paris,
Coustelier, 1742, t, II, cap. XIII, 20.
2
El símbolo de la luz se encuentra en el órgano visual del hombre, ventana del alma abierta a la naturaleza. El cruce en x de los
nervios ópticos que los anatómicos llaman quiasma (del griego ciasma, disposición en cruz, de ciaçw, cruzar en X). El en-
trecruzamiento que ofrecen las sillas de paja les ha dado, en dialecto picardo, el nombre de Cayelles [c(a)-eilh, rayo de luz].
3
El techo del palacio Lallemant. en Bourges, ofrece un notable ejemplo.
4
La Clavicule de la Science Hermétique, écrite par un habitant du Nord dans ses heures de loisir, 1732. Amsterdam, Pierre
MortieR, 1751.

100
Las Moradas Filosofales, LOUIS D’ESTISSAC

límite. Tal es la razón oculta por la cual el prototipo internacional del metro, construido de platino iridiado y
conservado en el pabellón de Breteuil, en Sèvres, afecta el perfil de la X en su sección transversal1. Todos los
cuerpos de la Naturaleza y todos los seres, ya sean en su estructura o en su aspecto, obedecen a esta ley fundamental
de la radiación y todos están sometidos a esta medida. El canon de los gnósticos constituye su aplicación al cuerpo
humano2, y Jesucristo, el espíritu encarnado, san Andrés y san Pedro personifican su gloriosa y dolorosa imagen.
¿Acaso no hemos observado que los órganos aéreos de los vegetales -ya se trate de árboles altivos o de hierbas
minúsculas- presentan con sus raíces la divergencia característica de los brazos de la X? ¿Cómo se abren las flores?
Seccionad los tallos vegetales, peciolos, nerviaciones, etc., examinad esos cortes al microscopio y tendréis, de visu,
la más brillante y maravillosa confirmación de esta voluntad divina. Diatomeas, erizos y estrellas de mar os
proporcionarán otros ejemplos, pero sin buscar más, abrid un marísco comestible -buccino, pectinero, vieira- y las
dos valvas, que encajan en un único plano, os mostrarán dos superficies convexas provistas de estrías en forma de
abanico doble de la X misteriosa. Son los bigotes del gato lo que ha servido para darle nombre3. Ya no se duda casi
de que disimulan un elevado punto de ciencia, y que esta razón secreta valió al gracioso felino el honor de ser
elevado al rango de las divinidades egipcias. A propósito del gato, muchos de nosotros nos acordamos del famoso
Chat-Noir que tan en boga estuvo bajo la tutela de Rodolphe Salis, pero pocos saben el centro esotérico y politico
que se disimulaba, y la masoneria internacional que se escondía tras la enseña del cabáret artístico. Por un lado, el
talento de una juventud fervorosa, idealista, constituida por estetas en busca de gloria, despreocupada, ciega, incapaz
de sospechar; por otro lado, las confidencias de una ciencia misteriosa mezcladas con la oscura diplomacia, cuadro
de doble cara expuesto a propósito en un marco medieval. La. enigmática. tournée des grands-ducs, señalada por el
gato de ojos escrutadores bajo su librea nocturna, con mostachos en X, rígidos y desmesurados y cuya postura
heráldica daba a las alas del molino montmartrense un valor simbólico igual al suyo4, no era la de príncipes que van
de francachela. Los rayos de Zeus, que hacen temblar el Olimpo y siembran el terror entre la Humanidad mitológica,
ya sea porque el dios los tenga en la mano o los pise, o bien porque surjan de las garras del águila, toman la forma
gráfica de la radiación. Es la traducción del fuego celeste o del fuego terrestre, del fuego potencial o virtual que
compone o disgrega, engendra o mata, vivifica o desorganiza. Hijo del Sol que lo genera, servidor del hombre que lo
libera y lo mantiene, el fuego divino, caído, decadente, aprisionado en la materia, determina su evolución y dirige su
redención, es Jesús en su cruz, imagen de la irradiación ígnea, luminosa y espiritual encarnada en todas las cosas. Es
el Agnus inmolado desde el comienzo del mundo, y es, también, el Agni, dios védico del fuego5, pero si el Cordero
de Dios lleva la cruz sobre su oriflama como Jesús sobre su espalda, si la sostiene con la pata, es porque tiene el
signo incrustado en la misma pata: imagen en el exterior, realidad en el interior6. Quienes reciben así el espíritu
celeste del fuego sagrado, que lo llevan en sí y que son marcados por su signo, nada tienen que temer del fuego
elemental. Estos elegidos, discípulos de Elías e hijos de Helios, modernos cruzados que tienen por guía el astro de
sus antepasados, parten para la misma conquista al mismo grito de ¡Dios lo quiere! 7.
Esta fuerza superior y espiritual actúa misteriosamente en el seno de la sustancia conereta, y obliga al cristal a
tomar su aspecto y sus características inmutables. Ella también es el eje, la energía generatriz y la voluntad
geométrica. Y esta configuración, variable hasta el infinito, aunque siempre basada en la cruz, es la primera
manifestación de la forma organizada, por condensación y corporeización de la luz, alma, espíritu o fuego. Gracias a
su disposición entrecruzada, las telas de araña retienen los moscardones, y las redes aprisionan, sin lastimarlos,

1
No hablamos aqui de la copia n.º 8, depositada en el Conservatorio de Artes y Oficios de París y que sirve de patrón legal, sino
del prototipo internacional.
2
Leonardo de Vinci lo tomó de nuevo y lo enseñó transportándolo del terreno místico al de la morfología estética.
3
X(a), el Signo de la luz. El dialecto picardo, guardián, como el provenzal de las tradiciones de la lengua sagrada, ha
conservado el sonido duro primitivo ka para designar el gato.
4
Rodolphe Salis impuso al dibujante Steinlein, sutor de la viñeta, la imagen del molino de la Galette, la del gato, así como el
color de su traje, de sus ojos y 1a rectitud geométrica de los bigotes. El cabaret del «Chat-Noir», fundado en 1881, desapareció a
la muerte de su creador, en 1897.
5
La esvástica hindú o cruz gamada es el signo del espíritu divino, inmortal y puro, el simbolo de la vida y del fuego y no, como
se cree equivocadamente, un utensilio destinado a producir la llama.
6
No se nos acuse de arrastras a nuestro lector a inútiles y vanos ensueños. Afirmamos hablar de manera positiva, y los iniciados
no se equivocarán. Digamos esto para los otros. Haced hervir en agua un pie de carnero hasta que los huesos puedan separarse
con facilidad. Entre ellos encontraréis uno que presenta un tajo mediano en una cara y una cruz de Malta en la cara opuesta. Este
hueso firmado es el verdadero huesecillo de los antiguos. Con él, la juventud griega se dedicaba a su juego favorito (juego de la
taba). Es lo que se llamaba astragaloç, palabra formada por asthr, estrella de mar, a causa del sello radiante del que
hablamos, y de galoç, empleado por gala, leche, lo que corresponde a la leche de la Virgen (maris stella) o Mercurio de los
filósofos. Pasamos de largo sobre otra etimología más reveladora aún, pues debemos obedecer la disciplina filosdfica, que nos
prohibe desvelar el misterio por completo. Nuestra intención se limita, pues, a despertar la sagacidad del investigador, poniéndolo
en condiciones de adquirir por su esfuerzo personal esa enseñanza secreta cuyos elementos jamás han querido descubrir los
autores más sinceros. Siendo todos sus tratados acroamáticos, es inútil esperar obtener la menor indicación en cuanto a la base y
al fundamento del arte. Es la razón por la que nos esforzamos, en la medida de lo posible, por hacer útiles estas obras selladas,
proporcionando la materia de lo que otrora constituyera la iniciación primera es decir, la revelación verbal indispensable para
comprenderlas.
7
Expresión cabalística que encierra la clave del misterio hermético. Dios lo quiere (Dieu le veut) se toma por Dios el Fuego
(Dieu le Feu), lo que explica y justifica la insignia adoptada por los caballeros cruzados y su color: una cruz roja en el hombro
derecho.

101
Las Moradas Filosofales, LOUIS D’ESTISSAC

pájaros y mariposas, y gracias a ello, los lienzos se vuelven traslúcidos y las telas metálicas cortan las llamas y se
oponen a la inflamación de los gases...
Finalmente, en el espacio y en el tiempo, la inmensa cruz ideal divide los veinticuatro siglos del año cíclico
(Ciliasmoç) y separa en cuatro grupos de edades a los veinticuatro ancianos del Apocalipsis, doce de los cuales
cantan las alabanzas de Dios, mientras que los otros doce gimen sobre la decadencia del hombre.
¡Cuántas verdades insospechadas permanecen escondidas en este simple signo que los cristianos renuevan cada día
por sí mismos, sin comprender siempre su sentido ni su virtud escondida! «Pues la palabra de la cruz es una locura
para quienes se pierden, mas para quienes se salvan, es decir para nosotros, es el instrumento del poder de Dios. Por
esto está escrito: Destruiré la sabiduria de los sabios y rechazaré la ciencia de los sabios. ¿Qué se ha hecho de los
sabios? ¿Qué de los doctores de la ley? ¿Qué de esos espíritus curiosos por las ciencias de este siglo? ¿Acaso Dios
no ha convencido de que es locura la sabiduría de este mundo1?» ¿Cuántos saben mas que el asno que vio nacer, en
Belén, al humilde Niño Dios, que lo transportó en triunfo a Jerusalén y que recibió, como recuerdo del Rey de
Reyes, la magnífica cruz negra que lleva en el espinazo2?
En el terreno alquímico, la cruz griega y la de san Andrés tienen algunos significados que el artista debe conocer.
Esos símbolos gráficos, reproducidos en gran número de manuscritos y que son, en algunos impresos, objeto de una
nomenclatura especial representan, entre los griegos y sus sucesores de la Edad Media, el crisol en fusión que los
ceramistas marcaban siempre con una crucecita (crucibulum), índice de buena fabricación y solidez probadas. Pero
los griegos se servían también de un signo parecido para designar un matraz de tierra. Sabemos que se sometía esa
vasija a cocción y pensamos que, dada su materia misma, su uso debía de diferir poco del crisol. Por otra parte, la
palabra matraz, empleada en el mismo sentido en el siglo XIII, viene del griego mhtra, matriz, término igualmente
usado por los sopladores y aplicado al recipiente secreto que sirve para la maduración del compuesto. Nicolas
Grosparmy, adepto normando del siglo XV, da una figura de este utensilio esférico, tubular lateralmente, al que, asi-
mismo, llama matriz. La X traduce también la sal amoniacal de los sabios o sal de Amón (ammwniacoç), es
decir, Carnero3; que antaño se escribía más exactamente harmoníaco porque realiza la armonía (armonia,
reunión), el acuerdo del agua y del fuego, que es el mediador por excelencia entre el cielo y la tierra, el espíritu y el
cuerpo, lo volátil y lo fijo. Es también el Signo, sin más calificación, el sello que revela al hombre, por ciertos
aspectos superficiales, las virtudes intrínsecas de la sustancia prima filosofal. Finalmente, la X es el jeroglífico
griego del vidrio, materia pura entre todas, como nos aseguran los maestros del arte, y la que se aproxima más a la
perfección.
Creemos haber demostrado de manera suficiente la importancia de la cruz, la profundidad de su esoterismo y su
preponderancia en el simbolismo en general4. No ofrece menos valor y enseñanza en lo que concierne a la
realización práctica de la Obra. Es la primera clave, la más considerable y secreta de todas cuantas pueden abrir al
hombre el santuario de la Naturaleza. Pero esta clave figura siempre en caracteres aparentes trazados por la misma
Naturaleza obedeciendo a las voluntades divinas, en la piedra angular de la Obra, que es, asimismo, la piedra
fundamental de la Iglesia y de la Verdad cristianas. También se da, en iconografía religiosa, una llave a san Pedro,
como atributo particular que permite distinguir, entre los apóstoles de Cristo, a aquel que fue el humilde pescador
Simón (cabal. C-monoç, el único rayo) y debía convertirse, tras la muerte del Salvador, en su representante
espiritual terrestre. Así lo hallamos figurado en una hermosa estatua del siglo XVI, esculpida en madera de encina y
conservada en la iglesia de San Etheldreda de Londres (lám. XVIII). San Pedro, en pie, sostiene una llave y muestra
la Verónica, singularidad que hace de esta notable imagen una obra única de excepcional interés. Es cierto que,
desde el punto de vista hermético, el simbolismo se expresa doblemente, ya que el sentido de la llave se repite en la
Santa Faz, sello milagroso de nuestra piedra. Por añadidura, la Verónica se nos ofrece aquí como una réplica velada
de la cruz, emblema mayor del cristianismo y signatura del Arte sagrado. En efecto, la palabra verónica no procede,
como algunos autores lo han pretendido, del latín vera iconica (imagen verdadera y natural) -lo que nada nos
enseña-, sino del griego ferenicoç, que procura la victoria (de ferw, llevar, producir y nich victoria). Tal es
el sentido de la inscripción latina In hoc signo vinces, «con este signo vencerás», colocado en la crisma del lábaro de
Constantino, que corresponde a la fórmula griega En toutw nich. El signo de la cruz, monograma de Cristo del

1
San Pablo. Primera Epístola a los Corintios, cap. I, v. 18-20.
2
Esta señal hizo que fuera llamado el asno san Cristóbal de Pascua florida, porque Jesús entró en Jerusalén el día de Ramos o de
Pascua florida, el mismo en que los alquimistas tienen costumbre de emprender su gran obra.
3
Amón Ra, la gran divinidad solar de los egipcios, era ordinariamente representado con cabeza de carnero o, si conservaba la
cabeza humana, con cuernos en espiral que le nacían encima de las orejas. Este dios, al que se consagraba el carnero, tenía un
templo colosal en Tebas (Karnak), al que se accedía siguiendo una avenida bordeada de carneros agachados. Recordemos que
este animal es la imagen del agua de los sabios, el igual que el disco solar, con o sin el uræus -otro atributo de Amón-, es el del
fuego secreto. Amón, mediador salino, completa la trinidad de los principios de la Obra, de la que realiza la concordia, la unidad,
la perfección en la piedra filosofal.
4
Las catedrales góticas tienen su fachada construida según las líneas esenciales del símbolo alquímico del espíritu, y su plano
calcado de la huella de la cruz redentora. Todas presentan, en el interior, esos atrevidos cruceros de ojivas cuya invención
corresponde propiamente a los frimasons, constructores esclarecidos de la Edad Media. De tal manera, que los fieles se hallan, en
los templos medievales, colocados entre dos cruces, una inferior y terrestre y la otra superior y celeste, hacia la que aspiran, pero
que sus miradas tan sólo no les permiten alcanzar.

102
Las Moradas Filosofales, LOUIS D’ESTISSAC

que la X de san Andrés y la llave de san Pedro son dos réplicas de igual valor esotérico, es, pues, la marca capaz de
asegurar la victoria por la identificación cierta de la única sustancia exclusivamente afecta a la labor filosofal.
San Pedro detenta las llaves del Paraíso, aunque una sola baste para asegurar el acceso a la morada celeste. Pero la
llave primera se desdobla, y estos dos símbolos entrecruzados, uno de plata y el otro de oro, constituyen, con el
trirreme, las armas del soberano pontífice, heredero del trono de Pedro. La cruz del Hijo del Hombre reflejada en las
llaves del Apóstol revela a los hombres de buena voluntad los arcanos de la ciencia universal y los tesoros del arte
hermético. Ella sola permite a quien posee su sentido abrir la puerta del jardín cerrado de las Hespérides y tomar, sin
miedo para su salvación, la Rosa del Adeptado.
De cuanto acabamos de decir de la cruz y de la rosa que está en su centro o, más exactamente, el corazón --ese
corazón sangrante, radiante y glorioso del Cristo-materia-, es fácil inferir que Louis d'Estissac llevaba el título
elevado de Rosa-Cruz, marca de iniciación superior, brillante testimonio de una ciencia positiva, concretada en la
realidad sustancial de lo absoluto.
Sin embargo, si nadie puede discutir a nuestro adepto su cualidad de rosacruz, no cabría deducir de este hecho que
hubiera pertenecido a la hipotética cofradía de ese nombre. Concluir eso significaría cometer un error. Es importante
saber discernir las dos Rosacruces, a fin de no confundir la verdadera con la falsa.
Probablemente, jamás se sabrá la oscura razón que guió a Valentín Andreae, o más bien al autor alemán oculto tras
este seudónimo, cuando mandó imprimir en Frankfurt del Oder, hacia 1614, el opúsculo titulado Fama Fraternitatis
Rosae-Crucis. Tal vez perseguía una meta política o acaso pretendiera contrapesar, mediante una potencia oculta
ficticia, la autoridad de las logias masónicas de la época, o a lo mejor quisiera provocar la agrupación en una sola
fraternidad, depositaria de sus secretos, de los rosacruces diseminados un poco por todas partes. Sea como fuere, si
el Manifiesto de la cofradía no pudo realizar ninguno de estos designios, contribuyó, no obstante, a extender entre el
público la noticia de una secta desconocida dotada de las más extravagantes atribuciones. Según el testimonio de
Valentín Andreae, sus miembros, ligados por un juramento inviolable y sometidos a una disciplina severa, poseían
todas las riquezas y podían realizar todas las maravillas. Se calificaban de invisibles; se decían capaces de fabricar
oro, plata y piedras preciosas; de curar a los paralíticos, a los ciegos, a los sordos y a todos los apestados e
incurables. Pretendían tener el sistema de prolongar la vida humana más allá de los límites naturales; de conversar
con los espíritus superiores y elementales; de descubrir hasta las cosas más escondidas, etc. Semejante cantidad de
prodigios debía, necesariamente, chocar a la imaginación de las masas y justificar la asimilación que pronto se hizo
de los rosacruces, así presentados, con los magos, brujos, satanistas y nigromantes1. Reputación bastante
desagradable que compartían, por otra parte, en algunas provincias, con los mismos masones. Añadamos que éstos
se habían empeñado en adoptar e introducir en su jerarquía este título nuevo que convirtieron en un grado, sin
molestarse en conocer su significado simbólico ni su verdadero origen2.
En suma, la cofradía mística, pese a la afiliación benévola de algunas personalidades sabias a las que el Manifiesto
sorprendió en su buena fe, jamás ha existido más allá del deseo de su autor. Es una fábula y nada más. En cuanto al
grado masónico, tampoco tiene ninguna importancia filosófica. Finalmente, si señalamos, sin profundizar, esas
capillitas donde se pasa el tiempo perezosamente bajo la enseña rosacruz, habremos abarcado las diversas
modalidades de la apócrifa Rosa-Cruz.
Por lo demás, no sostendremos que Valentín Andreae enalteciera mucho las virtudes extraordinarias que ciertos
filósofos, más entusiastas que sinceros, atribuyen a la medicina universal. Si atribuye a los hermanos lo que tan sólo
puede ser patrimonio del Magisterio, al menos, encontramos en ello la prueba de su convicción sobre la realidad de
la piedra. Por otra parte, su seudónimo muestra a las claras que conocía muy bien lo que de oculta verdad contiene el
símbolo de la cruz y de la rosa, emblema utilizado por los antiguos magos y conocido desde la más remota
antigüedad. Hasta el punto de que hemos llegado a ver en él, tras la lectura del Manifiesto, tan sólo un simple tratado
de alquimia, de interpretación ni más inhábil ni menos expresiva que tantos otros escritos del mismo orden. La
tumba del caballero Christian Rosenkreuz (el cabalista cristiano y rosacruz) presenta una singular identidad con el
antro alegórico, amueblado con un cofre de plomo, que habita el temible guardián del tesoro hermético3, ese feroz
genio al que el Sueño verde llama Seganissegede4. Una luz que emana un sol de oro alumbra la caverna y simboliza.
este espíritu encarnado, chispa divina prisionera en las cosas, de la que ya hemos hablado. En esa tumba se encierran
los múltiples secretos de la sabiduría, y no podemos sorprendernos puesto que siendo los principios de la Obra
perfectamente conocidos, la analogía nos conduce naturalmente al descubrimiento de verdades y hechos conexos.
Un análisis más detallado de este opúsculo no nos enseñaría nada nuevo, salvo algunas condiciones indispensables
de prudencia, disciplina y silencio para uso de los adeptos; consejos juiciosos, sin duda, pero superfluos. Los
verdaderos rosacruces, los únicos que pueden llevar ese título y aportar la prueba material de su ciencia, nada tienen
que hacer. Viven aislados en su austero retiro, y no temen en absoluto ser conocidos jamás, ni siquiera por sus

1
Edouard Fournier, en sus Enigmes des Rues de Paris (Paris, E. Dentu, 1860), señala el «aquelarre de los hermanos de la
Rosacruz» que se celebró en 1623, en las soledades campestres de Ménilmontant. En una nota (p. 26), añade: «En un librito de la
época, Effroyables pactions, etc., reproducido en el tomo IX de nuestras Variétés historiques e littéraires (p. 290), se dice que se
reunían “lo mismo en las canteras de Montmartre como a lo Iargo de las fuentes de Belleville, y alli proponían las lecciones que
debían dar particularmente antes de hacerlas públicas”.»
2
El grado rosacruz es el octavo del rito masónico francés y el decimoctavo det rito escocés.
3
Cf Azoth ou Moyen de faire l'Or caché des Philosophes. París, Pierre Moët, 1659.
4
Anagrama de Génie des sages (genio de los sabios).

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Las Moradas Filosofales, LOUIS D’ESTISSAC

hermanos de cofradía. Algunos, sin embargo, ocuparon brillantes puestos: d'Espagnet, Jacques Coeur, Jean
Lallemant, Louis d'Estissac y el conde de Saint-Germain se cuentan entre ellos, pero supieron enmascarar tan
hábilmente el origen de su fortuna, que nadie supo distinguir al rosacruz bajo el aspecto de gentilhombre. ¿Qué
biógrafo osaría afirmar que Filaleteo -ese amigo de la verdad- fue el seudónimo del noble Thomas de Waghan, y
que bajo el epíteto de Sethon (el luchador) se escondía un miembro ilustre de una poderosa familia escocesa, los
señores de Winton? Al atribuir a los hermanos ese privilegio extraño y paradójico de invisibilidad, Valentín Andreae
reconoce la imposibilidad de indentificarlos, como grandes señores que viajan de incógnito en traje y carruaje
burgueses. Son invisibles porque son desconocidos. Nada les caracteriza sino la modestia, la simplicidad y la
tolerancia, virtudes generalmente menospreciadas en nuestra civilización vanidosa, llevada a la exageración ridícula
de la personalidad.
Junto a los personajes de condición que acabamos de citar, han sido muchos otros los que han preferido llevar sin
alharacas su dignidad rosacruz, viviendo entre el pueblo laborioso en una mediocridad deseada y en el ejercicio
cotidiano de oficios sin nobleza. Tal es el caso de cierto Leriche, humilde maestro herrador, adepto ignorado y
poseedor de la gema hermética. Este hombre de bien, de una excepcional modestia, hubiera quedado desconocido
para siempre si Cambriel1 no se hubiera tomado la molestia de nombrarlo, contando con detalle cómo se las arregló
para reanimar al lionés Candy, joven de dieciocho años al que una crisis letárgica iba a llevarse (1774). Leriche nos
muestra lo que debe ser el verdadero sabio y de qué manera debe vivir. Si todos los rosacruces se hubieran
mantenido en esa reserva prudente, si hubieran observado la misma discreción, no tendríamos que deplorar la
pérdida de tantos artistas de calidad arrastrados por un celo malsano, una confianza ciega o empujados por la
irresistible necesidad de atraer la atención. Este vano deseo de gloria condujo a la Bastilla, en 1640, a Jean du
Châtelet, barón de Beausoleil, y le hizo morir cinco años más tarde. Paykul, filósofo livonio, trasmutó ante el senado
de Estocolmo y fue condenado por Carlos XII a ser decapitado. Vinache, hombre del pueblo bajo, no sabía leer ni
escribir, pero conocía, en cambio, la Gran Obra hasta en sus menores detalles, expió cruelmente también su
insaciable sed de lujo y notoriedad. A él se dirigió René Voyer de Paulmy d'Argenson para fabricar el oro que el
financiero Samuel Bernard destinaba al pago de las deudas de Francia. Concluida la operación, Paulmy d'Argenson,
en reconocimiento de sus buenos servicios, se apoderó de Vinache el 17 de febrero de 1704, lo arrojó a la Bastilla,
ordenó que se le degollara el 19 de marzo siguiente, y acudió en persona para asegurarse de la ejecución; luego, lo
hizo inhumar clandestinamente el 22 de marzo, hacia las seis de la tarde, bajo el nombre de Etienne Durand, de
sesenta años -cuando Vinacho no tenía más que treinta y ocho-, y redondeó el crimen publicando que había muerto
de apoplejía2. ¿Quién, después de esto, se atrevería a encontrar raro que los alquimistas se nieguen a confiar su
secreto, y prefieran rodearse de misterio y de silencio?
La pretendida Fraternidad de la Rosa Cruz jamás ha tenido existencia social. Los adeptos que llevan título son
sólo hermanos por el conocimiento y el éxito de sus trabajos. Ningún juramento los liga, ningún estatuto los vincula
entre sí y ninguna regla influye su libre arbitrio, como no sea la disciplina hermética libremente aceptada y
voluntariamente observada. Todo cuanto se haya podido escribir o contar, según la leyenda atribuida al teólogo de
Cawle, es apócrifo y digno, todo lo más, de alimenar la imaginación y la fantasía novelesca de un Bulwer Lytton3.
Los rosacruces no se conocían. No tenían lugar de reunión, ni sede social, ni templo, ni ritual, ni marca exterior de
reconocimiento. No pagaban cotizaciones ni jamás hubieran aceptado el título, dado a ciertos otros hermanos, de
caballeros del estómago, pues los banquetes les eran desconocidos. Fueron, y son aún, solitarios, trabajadores
dispersos por el mundo, investigadores «cosmopolitas» según la más estricta acepción del término. Como los
adeptos no reconocen ningún grado jerárquico, resulta que la Rosacruz no es en absoluto un grado, sino tan sólo la
consagración de sus trabajos secretos y de la experiencia, luz positiva cuya existencia les había revelado una fe viva.
Es cierto que algunos maestros han podido agrupar en torno suyo a jóvenes aspirantes, aceptar la missón de aconse-
jarlos, de dirigir y orientar sus esfuerzos, y formar pequeños centros iniciáticos de los que eran el alma, a veces
reconocida y a menudo misteriosa. Pero aseveramos y muy pertinentes razones nos permiten hablar así- que jamás
hubo, entre los poseedores del título, otro vínculo que el de la verdad científica confirmada por la adquisición de la
piedra. Si los rosacruces son hermanos por el descubrimiento, el trabajo y la ciencia, hermanos por los actos y las
obras, lo son a la manera del concepto filosófico, que considera a todos los individuos miembros de la misma
familia humana.
En resumen, los grandes autores clásicos que han enseñado en sus obras literarias o artísticas los preceptos de
nuestra filosofía y los arcanos del arte, e igualmente los que dejaron pruebas irrefutables de su maestría, todos son
hermanos de la verdadera Rosa Cruz. Y a esos sabios, célebres o desconocidos, se dirige el traductor anónimo de un
libro afamado4 cuando dice en su Prefacio: «Como no es sino por la cruz como deben ser probados los verdaderos
fieles, he recurrido a vos, otros hermanos de la verdadera Rosa Cruz, que poseéis todos los tesoros del mundo. Me

1
Cf. L. P. François Cambriel, Cours de Philosophie hermétique ou d'Alchimie, en dix-neuf leçons. París, Lacour et Maistrasse,
1843.
2
Un Mystère à la Bastille. Etienne Vinache, médecin empirique et alchimiste (XVII siècle), por el doctor Roger Goulard, de Brie-
Comte-Robert. En el Bulletin de la Société française d'Histoire de la Médecine, t. XIV, núms. 11 y 12.
3
Aunque su popularldad se la dio Los úttimos días de Pompeya el escritor británico sir Edward George Bulwer, primer barón de
Lytton (1803-1873) debe su notoriedad entre los esoteristas a su novela Zanoni (1842), de carácter pretendidamente rosacruz. El
propio autor ocupó destacados puestos en Londres, en una llamada Societas Rosicruciana in Anglia. - N. det T.
4
Le Texte d'Alchymie et le Songe Verd. París, Laurent d'Houry, 1695. Prefacio, páginas 25 y siguientes.

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someto por entero a vuestros piadosos y sabios consejos, pues sé que no podrán ser sino buenos, ya que me consta
hasta qué punto estáis dotados de virtudes por encima del resto de los hombres. Como sois los dispensadores de la
ciencia y, por consecuencia, os debo cuanto sé, si puedo decir no obstante, que sé algo, deseo (según la institución
que Dios ha establecido en la Naturaleza) que las cosas vuelvan a su procedencia. Ad locum, dice el Eclesiastés,
unde exeunt flumina revertuntur, ut iterum fluant. Todo es vuestro, todo viene de vosotros y todo volverá, pues, a
vosotros.»
Excúsenos el lector por esta digresión que nos ha llevado mucho más lejos de lo que quisiéramos, pero nos ha
parecido necesario dejar sentado claramente lo que es la verdadera y tradicional Rosa Cruz hermética, aislarla de
otros grupos vulgares que utilizan la misma denominación1 y permitir que se distinga a los raros iniciados de los
impostores que se vanaglorian de un título cuya adquisición no serían capaces de justificar.

III
Reanudemos ahora el estudio de los curiosos motivos imaginados por Louis d'Estissac para la decoración
hermética de su chimenea.
En el panel de la derecha, opuesto al que acabamos de analizar, se señala la máscara de anciano antes identificada,
que sostiene en su mandíbula dos tallos vegetales provistos de hojas y cada uno de los cuales lleva un botón floral a
punto de entreabrirse. Esos tallos engarzan una especie de mandorla abierta en cuyo interior se advierte una vasija
decorada de escamas, la cual contiene botones florales, frutos y mazorcas. Encontramos ahí la expresión jeroglífica
de la vegetación, de la nutrición y del crecimiento del cuerpo naciente del que hemos hablado. Por sí solo, el maíz,
voluntariamente colocado al lado de las flores y los frutos, es un símbolo muy elocuente. Su nombre griego, zea,
deriva de zaw, vivir, subsistir, existir. El vaso escamoso figura esa sustancia primitiva que la naturaleza ofrece al
artista al salir de la mina, y con la cual comienza su trabajo. De ésta extrae los diversos elementos que necesita, y de
ella y por ella, se efectúa la labor entera. Los filósofos la han pintado con la imagen del dragón negro cubierto de
escamas al que los chinos llaman Lung, y cuya analogía es perfecta con el monstruo hermético. Como él, es una
especie de serpiente alada, con cabeza cornuda, que arroja fuego y llamas por las narices, cuyo cuerpo negro y
escamoso se apoya en cuatro patas rechonchas armadas de cinco garras cada una. El dragón gigantesco de las
banderas escitas se llamaba Apophis. El griego apofusiç, que significa excrecencia, desecho, tiene por raíz
apofuw, en el sentido de empujar, crecer, producir, nacer de. El poder vegetativo indicado por las
fructificaciones del vaso simbólico está, pues, expresamente confirmado en el dragón mítico, el eual se desdobla en
mercurio común o primer disolvente. Como consecuencia, ese mercurio primitivo, junto con cualquier cuerpo fijo,
lo hace volátil, vivo, vegetativo y fructificante. Cambia entonces de nombre cambiando de cualidad y se convierte
en el mercurio de los sabios, el húmedo radical metálico, la sal celeste o sal florecida. «In Mercurio est quicquid
quaerunt Sapientes»: todo cuanto buscan los sabios está en el mercurio, repiten hasta la saciedad nuestros viejos
autores. No cabía expresar mejor en la piedra la naturaleza y la función de esa vasija que tantos artistas conocen, sin
saber lo que es capaz de producir. Sin ese mercurio tomado de nuestra Magnesia, nos asegura Filaleteo, es inútil
encender la lámpara o el horno de los filósofos. Nada más diremos aquí porque ya tendremos ocasión de volver de
nuevo sobre este tema, y de desvelar más adelante el arcano mayor del gran arte.

IV
Ante el panel central, el observador no puede evitar un instintivo movimiento de sorpresa, tan singular aparece su
decoración (lámina XIX).
Dos monstruos humanos sostienen una corona formada de hojas y frutos que circunscribe un simple escudo
francés. Uno de ellos presenta el horrible aspecto de los hocicos de liebre en un torso barbilampiño y provisto de
mamas. El otro presenta el aspecto despierto de un muchachito travieso y revoltoso, pero con el busto velludo de los
antropoides. Si los brazos y las manos no ofrecen otra particularidad que su excesiva delgadez, por el contrario, los
miembros inferiores, cubiertos de pelos largos y frondosos, terminan en el uno en garras de felino y en el otro, en
patas de rapaz. Estos seres de pesadilla, provistos de una larga cola curvada, están tocados con inverosímiles cascos,
uno escamoso y el otro estriado, cuyo remate se enrolla en forma de amonita. Entre estos «estefanóforos» de aspecto

1
En el siglo XIX se crearon dos órdenes rosacruces que pronto cayeron en el olvido: 1.º Orden cabalística de ta Rosa Cruz,
fundada por Stanislas de Guaita; 2.º Orden de la Rosa Cruz del Templo y del Graal, fundada en Tolosa, hacia 1850, por el
vizconde de Lapasse, médico espagírico, discípulo del principe Balbiani de Palermo, pretendido discípulo, a su vez, de
Cagliostro. Joséphin Péladan, que se atribuyó el título de Sâr fue uno de los animadores estéticos del movimiento. Esta orden
idealista, desprovista de dirección iniciática inteligente y de base filosófica sólida, no podía por menos de tener una duración
limitada. El Salon rosicrucien abrió sus puertas de 1892 a 1897 y cesó de existir. (N. del T.: Desde principios de siglo han
proliferado en Europa y América estos movimientos rosacruces, que llegan a agrupar a miles de miembros en todo el mundo.
Desde luego, aunque pretenden entroncar con la «verdadera tradición», no son más, en su mayoría, que adaptaciones del
teosofismo blavatskiano mezcladas, a veces, con cierto puritanismo de origen protestante.)

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repulsivo, y colocada sobre ellos en el eje de la composición, hay una máscara de hombre que hace muecas, con los
ojos redondos, los cabellos crespos que hacen más pesada la frente baja y que sostiene en su mandíbula abierta y
bestial el escudo central, mediante un ligero cordoncillo. Por fin, un bucráneo que ocupa la parte baja del panel
termina con una nota macabra este cuarteto apocalíptico.
En cuanto al escudo, las figuras extrañas que contiene parecen extraídas de algún viejo grimorio. A primera vista,
se dirían tomadas de las sombrías Clavículas de Salomón, imágenes trazadas con sangre fresca en pergamino virgen
y que inidican, en sus zig-zags inquietantes, los movimientos rituales que la varita ahorquillada debe ejecutar entre
los dedos del hechicero.
Tales son los elementos simbólicos ofrecidos a la sagacidad del estudiante y disimulados con habilidad bajo la
armonía decorativa de este extraño tema. Vamos a intentar explicarlos tan claramente como nos sea posible, aunque
tengamos que recabar la ayuda del verbo filosófico o recurrir a la lengua de los dioses cuando juzguemos imposible,
sin pasarnos de la raya, llevar más lejos esta enseñanza.
Los dos gnomos1 que se enfrentan traducen -como el lector habrá adivinado- nuestros dos principios metálicos,
cuerpos o naturalezas primas, con la ayuda de las cuales comienza la Obra, se perfecciona y se acaba. Los genios
sulfuroso y mercurial, encargados de la custodia de los tesoros subterráneos, artesanos nocturnos de la obra
hermética son familiares para el sabio al que sirven, honran y enriquecen con su labor incesante. Son los poseedores
de los secretos terrestres, los reveladores de los misterios minerales. El gnomo, criatura ficticia, deforme pero activa,
es la expresión esotérica de la vida metálica, del dinamismo oculto de los cuerpos brutos que el arte puede condensar
en una sustancia pura. La tradición rabínica recoge en el Talmud que un gnomo cooperó en la edificación del
Templo de Salomón, lo que significa que la piedra filosofal tuvo que intervenir en ella en cierta proporción. Pero,
más cerca de nosotros, nuestras catedrales góticas, según Georges Stahl, le deben el inimitable colorido de sus
vidrieras. «Nuestra piedra -escribe un autor anónimo2- tiene aún dos virtudes muy sorprendentes. La primera, con
relación al vidrio, al que da en su interior toda clase de colores, como en las vidrieras de la Sainte-Chapelle, en
París, y en las de las iglesias de Saint-Gatien y Saint-Martin en la ciudad de Tours.»
Así, la vida oscura, latente y potencial de las dos sustancias minerales primitivas se desarrolla por el contacto, la
lucha y la unión de sus naturalezas contrarias, la una ígnea y la otra acuosa. Ahí están nuestros elementos, y nó
existen otros. Cuando los filósofos hablan de tres principios, describiéndolos y distinguiéndolos a propósito, utilizan
un artificio sutil destinado a ocasionar al neófito la más cruel dificultad. Aseguramos, pues, con los mejores autores,
que dos cuerpos bastan para consumar el Magisterio desde el principio hasta el fin. «No es posible adquirir la
posesión de nuestro mercurio -dice la Antigua guerra de los caballeros- sino mediante dos cuerpos, uno de los
cuales no puede recibir sin el otro la perfección que le es requerida.» Si tenemos que admitir un tercero, lo
encontraremos en el que resulta de su unión y nace de su destrucción recíproca. Pues por más que investiguéis y
multipliquéis las tentativas, jamás encontraréis a otros padres de la piedra que los dos cuerpos citados, calificados de
principios, de los cuales procede el tercero, heredero de las cualidades y virtudes mezcladas de sus procreadores.
Este punto importante merecía que fuera precisado. Pues bien; esos dos principios, hostiles por contrarios, son tan
expresivos en la chimenea de Louis d'Estissac, que el principiante mismo los reconocerá sin dificultad. Volvemos a
hallar ahí, humanizados, los dragones herméticos descritos por Nicolas Flamel; uno, alado -el monstruo de hocico
de liebre- y el otro, áptero -el gnomo de torso velludo-. «Contempla bien esos dos dragones -nos dice el adepto3-,
pues son los verdaderos principios de la sabiduría que los sabios no han osado mostrar a sus propios hijos. El que
está debajo, sin alas, es el fijo o macho, y el de encima, es el volátil o bien la hembra negra y oscura4 que dominará
durante muchos meses. El primero es llamado azufre o bien calidez y sequedad, y el último, azogue o frigidez y
humedad. Son el Sol y la Luna, de fuente mercurial y origen sulfuroso que, por el fuego continuo, se ornan con
adornos reales para vencer, estando unidos, y luego cambiados en quintaesencia, toda cosa metálica sólida, dura y
fuerte. Son esas serpientes y dragones que los antiguos egipcios pintaron formando un círculo, mordiéndose la cola
para señalar que habían salido de una misma cosa y que se bastaba a sí misma, y que se completaba en su contorno y
circulación. Son esos dragones que los poetas antiguos colocaron como guardianes insomnes de las doradas man-
zanas de los jardines de las vírgenes Hespérides. Son aquellos sobre los que Jasón, en la aventura del Vellocino de
Oro, vertió el jugo preparado por la bella Medea; de cuyos discursos están tan llenos los libros de los filósofos, que
ninguno de éstos ha existido que no haya escrito sobre el tema, desde el verídico Hermes Trimegisto, Orfeo,
Pitágoras, Artefio, Morieno y los que les siguen hasta mí. Esas dos serpientes enviadas y dadas por Juno, que es la
naturaleza metálica, son las que el fuerte Hércules, es decir, el sabio, debe estrangular en su cuna., o sea vencer y
matar, para hacerlas pudrir, corromper y engendrar, en el comienzo de su Obra. Son las dos serpientes enroscadas en

1
El griego gnwma, equivalente fonético de nuestro gnomo, significa el indicio, lo que sirve para dar a conocer, clasificar o
identificar una cosa; es su signo distintivo. Inwmwn es también el signo indicador de la marcha solar, la aguja de los cuadrantes
solares y nuestro gnomón. Medítese. Un importante secreto se esconde bajo esta cábala.
2
Clef du Grand-Oeuvre, ou Lettres du Sancelrien tourangeau. París, Cailleau, 1777, página 65.
3
Le Livre des Figures Hierogliphiques de Nicolas Flamel, escrivain, ainsi qu'elles sont en la quatriesme arche du cymetiere des
Innocens à Paris, en entrant par la porte rue Saint-Denis, devers la main droite, avec 1'explication d'icelles par le dict Flamel,
traittant de la Transmutation metallique, non jamais imprimé. Traduit par P. Arnautd. En Trois Traitez de la Philosophie
naturelle, París, G. Marette 1612.
4
Es esa mujer que dice de sí misma en el Cantar de los Cantares (cap. I, V. 5): Nigra sum sed formosa (Soy negra, pero
hermosa).

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torno al Caduceo y Vara de Mercurio, con los que ejerce su gran poder y se trasfigura como quiere. Aquel, dice
Haly, que dé muerte a una, matará también a la otra, porque una no puede morir más que con su hermana. Estando
éstos (a los que Avicena llama Perra del Corasán y Perro de Armenia), pues, unidos en el recipiente del sepulcro,
se muerden entre sí cruelmente, y por su gran veneno y rabia furiosa jamas se dejan desde el momento en que se
entrelazan... Tales son esas dos espermas, masculina y femenina, descritas al comienzo de mi Rosario filosófico, que
son engendradas (dicen Rasis, Avicena y Abraham el Judío) en los riñones y en las entrañas, y por las operaciones
de los cuatro elementos. Se trata de la humedad de los metales, azufre y azogue, no los vulgares que venden los
mercaderes y boticarios, sino los que nos dan esos dos hermosos y queridos cuerpos que tanto amamos. Esas dos
espermas, decía. Demócrito, no se hallan en la tierra de los vivos.»
Serpientes o dragones, las formas jeroglíficas señaladas por los viejos maestros como figurativas de los materiales
dispuestos para ser trabajados presentan, en la obra de arte de Fontenay-le-Comte, algunas particularidades muy
notables debidas al genio cabalístico y a la extensa ciencia de su autor. Lo que especifica esotéricamente a estos
seres antropomorfos no son sólo sus pies de grifo y sus miembros velludos, sino también, y sobre todo, su casco.
Éste, terminado en cuerno de Amón y que se llama en griego cranoç porque recubre la cabeza y protege el
cráneo (cranion), nos permitirá identificarlos. Ya la palabra griega que sirve para designar la cabeza, Kranion,
nos aporta una indicación útil, puesto que señala igualmente el lugar del Calvario, el Gólgota, donde Jesús, Re-
dentor de los hombres, tuvo que sufrir la Pasión en su carne antes de transfigurarse en espíritu. Pues bien; nuestros
dos principios, uno de los cuales lleva la cruz y el otro la lanza que le atravesará el costado1, son una imagen, un
reffejo de la Pasión de Cristo. Al igual que Él, si deben resucitar en un cuerpo nuevo, claro, glorioso y
espiritualizado, les es preciso ascender juntos su calvario, soportar los tormentos del fuego y morir de lenta agonía
al final de un duro combate (agwnia).
Se sabe, asimismo, que los sopladores llamaban a su alambique homo galeatus -el hombre tocado con un casco-,
porque estaba compuesto por una cucúrbita cubierta con su tapadera. Nuestros dos genios con casco no pueden
significar, pues, más que el alambique de los sabios o los dos cuerpos juntos, el continente y el contenido, la
materia. propiamente dicha y su recipiente. Pues si las reacciones son necesariamente provocadas por el uno
(agente), sólo se ejercen rompiendo el equilibrio del otro (paciente), el cual sirve de receptáculo y de vasija a la
energía contraria de la naturaleza adversa.
En el presente motivo, el agente se señala por su casco estriado. En efecto, la palabra griega rabdwdhç,
estriado, rayado, Iistado, procede de raËdoç, vara, bastón, varilla, cetro, caduceo, mango de dardo, dardo.
Estos diferentes sentidos caracterizan la mayoría de los atributos de la materia activa, masculina y fija. Es, en primer
lugar, la varilla que Mercurio lanza contra la culebra y la serpiente (Rea y Júpiter), y a cuyo alrededor se enroscan
originando el caduceo, emblema de paz y reconciliación. Todos los autores herméticos hablan de un terrible
combate entre dos dragones, y la mitología nos enseña que ése fue el origen del atributo de Hermes, que provocó su
acuerdo interponiendo su bastón. Es el signo de la unión y de la concordia que es preciso saber realizar entre el
fuego y el agua. Pues bien; siendo el jeroglífico que representa el fuego, y el mismo gráfico invertido, , el
agua, ambos superpuestos forman la imagen del astro, marca segura de unión, de pacificación y de procreación,
pues la estrella (stella) significa fijación del Sol2. Y, de hecho, el signo no se muestra sino después del combate,
cuando todo se ha calmado y las primeras efervescencias han cesado. El sello de Salomón, figura geométrica que
resulta de la conjunción de los triángulos del fuego y del agua, confirma la unión del cielo y de la tierra. Es el astro
mesiánico anunciador del nacimiento del Rey de Reyes. Por otra parte, chruceion, caduceo, palabra griega
derivada de chruceuw, publicar, anunciar, revela que el emblema distintivo de Mercurio es el signo de la buena
nueva. Entre los indios de América septentrional, la pipa que emplean en sus ceremonias civiles y religiosas es un sí
bolo análogo al caduceo, tanto por su forma como por su significado. «Es -nos dice Noël3- una gran pipa para fumar,
de mármol rojo, negro o blanco. Se parece bastante a un martillo. La cazoleta está bien pulida, y el tubo, largo como
de dos pies y medio, es una caña bastante fuerte, adornada con plumas de todos los colores, con muchas trenzas de
cabello de mujeres, entrelazadas de diversas maneras. Se le pegan dos alas, lo que la hace parecerse bastante al
caduceo de Mercurio, o a la vara que los emisarios de paz llevaban antaño. Esta caña está implantada en cuellos de
vencejos, pájaros manchados de blanco y negro y grandes como ocas... Esa pipa es objeto de la mayor veneración
entre los salvajes, que la respetan como un don precioso que el Sol ha hecho a los hombres. También es el símbolo

1
Longino en la Pasión de N. S. Jesucristo, desempeña el mismo papel que san Miguel y san Jorge, Cadmo Perseo y Jasón hacen
oficio parecido entre los paganos. Atraviesa de un lanzazo el costado de Cristo, como los caballeros celestes y los héroes griegos
ensartan al dragón. Es éste un acto simbólico cuya aplicación positiva al trabajo hermético se manifiesta cargada de
consecuencias felices.
2
Esta verdad esotérica está magistralmente expresada en un himno de la Iglesia cristiana:
Latet sol insidere; El Sol está escondido bajo la estrella,
Oriens in vespere, el Oriente, en el poniente;
Artifex in opere; el artesano, en la obra;
Per gratiam por la gracia
Redditur et traditur es devuelto y conducido
Ad patriam. a la patria.

3
Fr. Noël, Dictionnaire de ta Fable ou Mythologie grecque, latine, egyptienne, celtique, persanne etc. París, Le Normant, 1801.

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de la paz, el emblema de todos los inicios de los asuntos importantes y de las ceremonias públicas.» La vara de
Hermes es, en verdad, el cetro del soberano de nuestro arte, el oro hermético, vil, abyecto y despreciado, más
buscado por el filósofo que el oro natural. La vara que el sumo sacerdote Aarón convirtió en serpiente, y con la que
Moisés (Éxodo, XVII, 5-6) -imitado en esto por Jesús1- golpeó la roca, es decir la materia pasiva, haciendo brotar el
agua pura escondida en su seno. Es el antiguo dragón de Basilio Valentín, cuya lengua y cuya cola terminan en
dardo, lo que nos lleva hasta la serpiente simbólica, serpens aut draco qui caudam devoravit.
En cuanto al segundo cuerpo -paciente y femenino-, Louis d Estissac lo ha hecho representar bajo el aspecto de un
gnomo con hocico de liebre provisto de mamas y tocado con un casco escamoso. Ya sabíamos, por las descripciones
que sobre él han dejado los autores clásicos, que esta sustancia mineral, tal como se extrae de la mina, es escamosa,
negra, dura y seca. Algunos la han calificado de leprosa. El griego lepiç, lepidoç, escama, cuenta entre sus
derivados la palabra lepra, lepra, porque esta temible infección cubre la epidermis de pústulas y escamas.
También es indispensable eliminar la impureza grosera y superficial del cuerpo despojándolo de su envoltura
escamosa (lepizw), operación que se realizará fácilmente con la ayuda del principio activo, el agente de casco
estriado. Tomando ejemplo del gesto de Moisés, bastará con golpear rudamente por tres veces esa roca (lepaç) de
apariencia árida y seca, para ver manar de ella el agua misteriosa que contiene. Ése es el primer disolvente, mercurio
común de los sabios y leal servidor del artista, el único del que tiene necesidad y al que nada sería capaz de
remplazar, según el testimonio de Jabir y de los más antiguos adeptos. Su cualidad volátil, que permite a los
filósofos asimilar este mercurio con el hidrargirio vulgar es, por otra parte, subrayada en nuestro bajo relieve por las
alas minúsculas de lepidóptero (gr. lepidoçpteron) fijadas en las espaldas de nuestro monstruo simbólico. Sin
embargo, la mejor denominación que hayan dado los autores a su mercurio nos parece la de espíritu de la magnesia,
pues llaman magnesia (del griego magnhç, imán) a la materia femenina bruta que atrae, por una virtud oculta, al
espíritu encerrado bajo la dura corteza del acero de los sabios. Éste, penetrando como una llama ardiente el cuerpo
de la naturaleza pasiva, quema y consume sus partes heterogéneas, en busca del azufre arsenical (o leproso) y anima
el puro mercurio que encierra, el cual aparece bajo la forma convencional de un licor a la vez húmedo e ígneo -agua-
fuego de los antiguos- que calificamos de espíritu de la magnesia y disolvente universal. «Como el acero atrae
hacia sí el imán -escribe Filaleteo2-, igual el imán se vuelve hacia el acero. Eso es lo que hace el imán de los sabios
en presencia de su acero. Por eso, habiendo dicho ya que nuestro acero es la mina del oro, es preciso señalar, del
mismo modo, que nuestro imán es la verdadera mina del acero de los sabios.»
Finalmente -detalle inútil para el trabajo, pero que señalamos porque sirve para apoyar nuestro examen-, un
término próximo a lepiç, el vocablo leporiç designaba antaño, en dialecto eolio, la liebre (lat. lepus, leporis),
de donde aquella deformidad bucal, inexplicable en principio, pero necesaria para la expresión cabalística, que
imprime al rostro de nuestro gnomo su fisonomía característica...
Llegados a este punto, tenemos que detenernos en nuestra exposición. Nos interrogamos. El camino, lleno de
maleza, cubierto de zarzas y espinas, se hace impracticable. A algunos pasos, por instinto, adivinamos la gruta
abierta. Cruel incertidumbre. Seguir avanzando, con la mano en la del discípulo, ¿sería un acto de sabiduría? En
verdad, Pandora nos acompaña, pero por desgracia, ¿qué podemos esperar de ella? La caja fatal, imprudentemente
abierta, está ya vacía. ¡Nada nos queda sino la esperanza...!
Aquí, en efecto, es donde los autores, ya muy enigmáticos en la preparación del disolvente, callan con obstinación.
Cubriendo con un silencio profundo el proceso de la segunda operación, pasan directamente a las descripciones que
se refieren a la tercera, es decir, a las fases y a los regímenes de la cocción. Luego, volviendo a la terminología
utilizada para la primera, dejan creer al principiante que el mercurio común equivale al rebis o compuesto y, como
tal, se debe cocer, sin más, en vasija cerrada. Filaleteo, aunque escribe sobre la misma disciplina, pretende colmar el
vacío dejado por sus predecesores. Leyendo su Introitus no se distingue ningún corte; tan sólo falsas manipulaciones
sustituyen a las verdaderas y vienen a colmar las lagunas, de tal manera, que unas y otras se encadenan y se sueldan
sin dejar huella de artificio. Semejante flexibilidad hace imposible para el profano la tarea de separar la cizaña del
trigo, lo malo de lo bueno, el error de la verdad. Apenas tenemos necesidad de afirmar hasta qué punto reprobamos
semejantes abusos que no son, pese a la regla, sino mixtificaciones disfrazadas. La cábala y el simbolismo ofrecen
bastantes recursos para expresar lo que no debe ser comprendido más que por la pequeña minoría. Por otra parte,
estimamos preferible el mutismo a la mentira más hábilmente presentada.
Cabría sorprenderse de que nuestro juicio fuera tan severo acerca de una parte de la obra del célebre adepto, pero
otros antes que nosotros no han temido dirigirle las mismas reconvenciones. Tolio, Naxágoras y, sobre todo,
Limojon de Saint-Didier, desenmascararon la insidiosa y pérfida fórmula, y nosotros estamos de perfecto acuerdo
con ellos. Y es que el misterio que envuelve nuestra segunda operación es el mayor de todos, pues afecta a la
elaboración del mercurio filosófico; la cual jamás ha sido enseñada abiertamente. Algunos echaron mano de la
alegoría, los enigmas o las parábolas, pero la mayoría de los maestros se han abstenido de tratar esta delicada

1
Según la redacción armenia del Evangelio de la Infancia, traducida por Paul Peeters, Jesús, a raíz de su estancia en Egipto,
renueva, en presencia de niños de su edad el milagro de Moisés: «Pues habiéndose levantado Jesús, se colocó en pie en mitad de
ellos y con su varita golpeó la roca, y en el mismo instante brotó de esta roca una fuente de agua abundante y deliciosa de la que
bebieron todos. Esta fuente existe todavía hoy.»
2
Introitus apertus ad occlusum Regis palatium. Op. cit., cap. IV, I.

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Las Moradas Filosofales, LOUIS D’ESTISSAC

cuestión. «Es verdad -escribe Limojon de Saint-Didier1- que hay filósofos que pareciendo, por lo demás, sinceros,
hacen caer, sin embargo, a los artistas en este error, sosteniendo con toda seriedad que quienes no conocen el oro de
los filósofos podrán, pese a ello, encontrarlo en el oro común, cocido con el mercurio de los filósofos. Filaleteo se
cuenta entre ellos. Asegura que el Trevisano, Zacarías y Flamel han seguido esta vía. Añade, sin embargo, que no es
la verdadera vía de los sabios, aunque conduzca al mismo fin. Pero estas seguridades, por sinceras que parezcan, no
dejan de engañar a los artistas, los cuales, queriendo seguir al mismo Filaleteo en la purificación y la animación que
enseña del mercurio común para hacer de él mercurio de los filósofos (lo que constituye un error muy grosero bajo
el que ha escondido el secreto del mercurio de los sabios) emprenden, según él, una obra penosísima y
absolutamente imposible. También, tras un largo trabajo lleno de molestias y de peligros, no tienen más que un
mercurio un poco más impuro que antes, en lugar de un mercurio animado por la quintaesencia celeste. Error
deplorable que ha perdido y arruinado, y que arruinará aún a gran número de artistas.» Y, sin embargo, los investi-
gadores que con éxito han remontado los primeros obstáculos y extraído agua viva de la antigua Fuente poseen una
llave capaz de abrir las puertas del laboratorio hermético2. Si yerran y se consumen de impaciencia, si multiplican
sus tentativas sin descubrir desenlace feliz, se debe, sin duda, a que no han adquirido un conocimiento suficiente de
la doctrina. Mas que no desesperen. La meditación, el estudio y, sobre todo, una fe viva, inquebrantable, atraerán
por fin la bendición del cielo sobre sus trabajos. «En verdad os digo -exclama Jesús (Mateo, XVII, 19}- que si
tuvierais la fe como un grano de mostaza, diríais a aquella montaña muévete, y se movería, y nada os sería
imposible.» Pues la fe, certidumbre espiritual de la verdad aún no demostrada, presciencia de lo realizable, es esa
antorcha que Dios ha puesto en el alma humana para alumbrarla, guiarla, instruirla y elevarla. Nuestros sentidos a
menudo nos extravían, pero la fe no nos engaña jamás. «La fe sola -escribe un filósofo anónimo3- formula una vo-
luntad positiva. La duda la vuelve neutra y el escepticismo, negativa. Creer antes de saber es cruel para los sabios,
mas ¿qué queréis? La Naturaleza no se rehará ni siquiera para ellos, y tiene la pretensión de imponernos la fe, es
decir, la confianza en ella, a fin de concedernos sus gracias. Confieso, por lo que a mí respecta, que la he
considerado siempre bastante generosa para perdonarle esta fantasía.»
Que aprendan, pues, los investigadores antes de emprender nuevos gastos, lo que diferencia el primer mercurio del
mercurio filosofal. Cuando se sabe bien lo que se busca, resulta más cómodo orientar la marcha. Que sepan que su
disolvente o mercurio común es el resultado del trabajo de la Naturaleza, mientras que el mercurio de los sabios
constituye una producción del arte. En la confección de éste, el artista, aplicando las leyes naturales, conoce lo que
quiere obtener. No sucede lo mismo con el mercurio común, pues Dios prohibió al hombre penetrar en su misterio.
Todos los filosófos ignoran, y muchos lo confiesan, cómo las materias iniciales puestas en contacto reaccionan, se
interpenetran y, al fin, se unen bajo el velo de tinieblas que envuelve, desde el comienzo al fin, los intercambios
íntimos de esta singular procreación. Ello explica por qué los escritores se han mostrado tan reservados con relación
al mercurio filosófico cuyas fases sucesivas el operador puede seguir, comprender y dirigir a su gusto. Si la técnica
reclama cierto tiempo y demanda algún esfuerzo, como contrapartida es de una extremada simplicidad. Cualquier
profano que sepa mantener el fuego la ejecutará tan bien como un alquimista experto. No requiere pericia especial ni
habilidad profesional, sino sólo el conocimiento de un curioso artificio que constituye ese secretum secretorum que
no ha sido revelado y, probablemente, no lo será jamás. A propósito de esta operación, cuyo éxito asegura la
posesión del rebis filosofal, Jacques Le Tesson4, citando al Damasceno, escribe que este adepto, en el momento de
emprender el trabajo, «miraba por toda la estancia a fin de comprobar que no hubiera moscas allí dentro, queriendo
significar con ello que nunca es excesivo el secreto, dado el peligro que puede acarrear.»
Antes de proseguir, digamos que este artificio desconocido -que, desde el punto de vista químico debería
calificarse de absurdo, de ridículo o de paradójico, porque su acción inexplicable desafía toda regla científica- marca
la encrucijada en que la ciencia alquímica se aparta de la ciencia química. Aplicado a otros cuerpos, da lugar, en las
mismas condiciones, a tantos resultados imprevistos como sustancias dotadas de cualidades sorprendentes. Este
único y poderoso medio permite así un desarrollo de una envergadura insospechada por los múltiples elementos
simples nuevos y los compuestos derivados de esos mismos elementos, pero cuya génesis continúa siendo un
enigma para la razón química. Esto, evidentemente, no debería enseñarse. Si hemos penetrado en ese ámbito
reservado de la hermética; si, más arriesgados que nuestros predecesores, lo hemos señalado es porque desearíamos
demostrar: 1.º, que la alquimia es una ciencia verdadera susceptible, como la química, de extensión y progreso, y no
la adquisición empírica de un secreto de fabricación de los metales preciosos; 2.°, que la alquimia y la química son
dos ciencias positivas, exactas y reales, aunque diferentes entre sí, tanto en la teoría como en la práctica; 3.º, que la
química no podría, por estas razones, reivindicar un origen alquímico; 4.º, finalmente, que las innumerables
propiedades, más o menos maravillosas, atribuidas en bloque por los filósofos tan sólo a la piedra filosofal,
pertenecen, cada una de ellas, a las sustancias desconocidas obtenidas a partir de materiales y de cuerpos químicos,
pero tratados según la técnica secreta de nuestro Magisterio.

1
Le Triomphe Hermétique. Op. cit., p. 71.
2
Esta clave era dada a los neófitos en la ceremonia de la cratera (crathrixw, de crathr, vasija, copa grande o pila de
fuente), que consagraba la primera iniciación en los misterios del culto dionisíaco.
3
Comment l'Esprit vient aux tables, par un homme qvi n'a pas perdu 1'esprit. París, Librairie Nouvelle, 1854.
4
Le Grand et Excellent Oeuvre des Sages, por Jacques Le Tesson. Second dialogue du Lyon Verd, cap. VI, ms. XVII, bibl. de
Lyon, n.º 971.

109
Las Moradas Filosofales, LOUIS D’ESTISSAC

No nos corresponde explicar en qué consiste el artificio utilizado en la producción del mercurio filosófico.
Sintiéndolo mucho, y pese a toda la solicitud que tenemos para con los «hijos de ciencia», debemos imitar el
ejemplo de los sabios, que han juzgado prudente reservar esta insigne palabra. Nos limitaremos a decir que ese
mercurio segundo o materia próxima de la Obra es el resultado de las reacciones de dos cuerpos, uno fijo y el otro
volátil. El primero, velado bajo la denominación de oro filosófico, no es en absoluto el oro vulgar. El segundo es
nuestra agua viva anteriormente descrita bajo el nombre de mercurio común. Por la disolución del cuerpo metálico
con ayuda del agua viva, el artista entra en posesión del húmedo radical de los metales, su simiente, agua
permanente o sal de sabiduría, principio esencial, quintaesencia del metal disuelto. Esta solución, ejecutada según
las reglas del arte, con todas las disposiciones y condiciones requeridas, está muy alejada de las operaciones
químicas análogas, a las que no se parece en nada. Además de la longitud del tiempo y el conocimiento del medio
idóneo, obliga a numerosas y penosas reiteraciones. Es un trabajo fastidioso. El mismo Filaleteo1 así lo proclama
cuando dice: «Nosotros, que hemos trabajado y conocemos la operación, sabemos con certeza que no hay labor más
aburrida que la de nuestra. primera preparación2. Por eso Moriano advierte al rey Khálid que numerosos sabios se
lamentaban siempre del fastidio que les causaba la Obra... Eso es lo que ha hecho decir al célebre autor del Secreto
hermético que el trabajo requerido para la primera operación era un trabajo de Hércules.» Hay que seguir aquí el
excelente consejo del Triunfo hermético y no temer «abrevar a menudo la tierra con su agua, y secarla otras tantas
veces». Por estas lixiviaciones sucesivas o laveures de Flamel, por esas inmersiones frecuentes y renovadas se
extrae progresivamente la humedad viscosa, oleaginosa y pura del metal «en la cual -asegura Limojon de Saint-
Didier- reside la energía y la gran eficacia del mercurio filosófico». El agua viva, «más celeste que terrestre»,
actuando sobre la materia pesada, rompe su cohesión, la ablanda, la va haciendo soluble poco a poco, afecta sólo a
las partes puras de la masa disgregada, abandona las otras y asciende a la superficie, arrastrando lo que ha podido
tomar conforme a su naturaleza ardiente y espiritual. Este carácter importante de la ascensión de lo sutil por la
separación de lo espeso valió a la operación del mercurio de los sabios ser llamada sublimación3. Nuestro
disolvente, todo espíritu, desempeña en ella el papel simbólico del águila arrebatando su presa, y es la razón por la
cual Filaleteo, el Cosmopolita, Cyliani, d'Espagnet y muchos otros nos recomiendan permitir su expansión,
insistiendo en la necesidad de hacerlo volar, pues el espíritu se eleva y la materia se precipita. ¿Qué es la crema sino
la mejor parte de la leche? Pues bien, Basilio Valentín enseña que «la piedra filosofal se hace de la misma manera
que los aldeanos elaboran mantequilla», batiendo o agitando la crema, que representa, en este ejemplo, nuestro
mercurio filosófico. También toda la atención del artista debe concentrarse en la extracción del mercurio, que se
recoge, en la superficie del compuesto disuelto, descremando la untuosidad viscosa y metálica a medida que se va
produciendo. Es, por otra parte, lo que representan los dos personajes del Mutus Liber4, en el que se ve a la mujer
batir, con ayuda de una cuchara, el licor contenido en el cuenco que su marido mantiene a su alcance. «Tal es -
escribe Filaleteo- el orden de nuestra operación, y tal es toda nuestra filosofía.» Hermes, al designar la materia
básica por el jeroglífico solar, y su disolvente por el símbolo lunar lo explica en pocas palabras: «El Sol -dice- es su
padre, y la Luna, su madre.» Se comprenderá también el sentido secreto que encierran estas palabras del mismo
autor: «El viento lo ha llevado en su vientre.» El viento o el aire son epítetos aplicados al agua viva, que su
volatilidad hace desvanecer al fuego sin dejar rastro residual. Y como esta agua -nuestra Luna hermética- penetra la
naturaleza fija del Sol filosófico que retiene y junta sus más nobles partículas, el filósofo tiene razón al asegurar que
el viento es la matriz de nuestro mercurio, quintaesencia del oro de los sabios y pura simiente mineral. «El que ha
ablandado el Sol seco -dice Henckel5- por medio de la Luna mojada, hasta el punto de que el uno se ha hecho igual a
la otra y ambos siguen unidos, halló el agua bendita que discurre por el Jardín de las Hespérides.»
Así se ve realizado el primer término del axioma Solve et Coagula, por la volatilización regular de lo fijo y por su
combinación con lo volátil. El cuerpo se ha espiritualizado y el alma metálica, abandonando su vestidura manchada,
reviste otra de más precio a la que los antiguos maestros dieron el nombre de mercurio filosófico. Es el agua de los
dos campeones de Basilio Valentín, cuya fabricación viene enseñada por el grabado de su segunda clave. Uno de los
campeones lleva un águila en su espada (el cuerpo fijo), y el otro esconde tras su espalda un caduceo (disolvente).
Toda la parte baja del dibujo está ocupada por dos grandes alas desplegadas, mientras que en el centro, en pie entre
los combatientes, aparece el dios Mercurio bajo el aspecto de un adolescente coronado, enteramente desnudo y con
un caduceo en cada mano. El simbolismo de esta figura permite ser aclarado con facilidad. Las amplias alas, que
sirven de liza a los contendientes, marcan la meta de la operación, es decir, la volatilización de las porciones puras
del fijo. El águila indica cómo hay que proceder, y el caduceo designa a aquel que debe atacar al adversario, nuestro
1
Introitus ad occlusum Regis palatium Op. cit., cap. VIII, 3, 4.
2
Se ve que el adepto habla de la preparación del mercurio filosófico como si fuera la primera de todas. Omite deliberadamente la
que procura el disolvente universal, que supone conocida y acabada. En realidad, se trata de la primera operación de la segunda
obra. Se trata de un artificio filosófico corriente del que prevenimos a los discípulos de Hermes.
3
«Separarás la tierra del fuego lo sutil de lo espeso suavemente, con gran industria.» Hermes Trimegisto en La tabla de
esmeralda.
4
Mutus Liber, in quo tamen Philosophia Hermetica figuris hieroglyphicis depingitur ter optimo maximo Deo misericordi
consecratus solisque filiis artis dedicatus authore cujus nomen est Altus
Acerca de este excelente tratado, véase Alchimie, editado por Jean-Jacques Pauvert, pág. 40, sequentes et passim. (N. del T.: El
autor de este libro, aparecido en 1964 y que lleva el subtítulo de Etudes de Symbolisme hermétique et de pratique Philosophale es
Eugène Canseliet.)
5
J. F. Henckel, Flora Saturnisans. París, J. T. Herissant, 1760, cap. IV, p. 78.

110
Las Moradas Filosofales, LOUIS D’ESTISSAC

mercurio disolvente. En cuanto al jovencito mitológico, su desnudez es la traducción del despojamiento total de las
partes impuras, y la corona, el índice de su nobleza. Simboliza, finalmente, por sus dos caduceos, el mercurio doble,
epíteto que ciertos adeptos han sustituido al de filosófico, para mejor diferenciarlo del mercurio simple o común,
nuestra agua viva y disolvente1. Ese mercurio doble es el que encontramos representado en la chimenea de Terre-
Neuve por la cabeza humana simbólica que sostiene entre sus dientes el cordoncillo del escudo cargado de
emblemas. La expresión animal de la máscara de ojos ardientes, su fisonomía enérgica y devorada por los apetitos
hacen sensibles la potencia vital, la actividad generadora y todas esas facultades de producción que nuestro mercurio
ha recibido del concurso recíproco de la Naturaleza y del arte. Hemos visto que se recoge encima del agua, cuya
superficie y lugar más elevado ocupa. Y ello ha movido a Louis d'Estissac a mandar colocar su imagen en la cúspide
del panel decorativo. En cuanto al bucráneo, esculpido sobre el mismo eje, pero en la parte baja de la composición,
indica ese caput mortuum inmundo, grosero, tierra condenada del cuerpo, impura, inerte y estéril que la acción del
disolvente separa, rechaza y precipita como un residuo inútil y sin valor.
Los filósofos han traducido la unión del fijo y del volátil, del cuerpo y del espíritu por la figura de la serpiente que
devora su cola. El ouroboros de los alquimistas griegos (oura, cola y boroç, devorador) reducido a su
expresión más simple, toma así la forma circular, trazado simbólico del infinito y de la eternidad, como también de
la perfección. Es el círculo central del mercurio en la notación gráfica, y el mismo que señalamos, ornado de hojas y
de frutos para indicar su facultad vegetal y su poder fructificante en el bajo relieve que estudiamos. Por añadidura, el
signo es completo, pese al cuidado que nuestro adepto tuvo para disimularlo. Si lo examinamos bien, veremos, en
efecto, que la corona lleva en su curvatura superior las dos expansiones en espiral, y en la inferior, la cruz, figurada
por los cuernos y el eje frontal del bucráneo, complementos del círculo en el signo astronómico del planeta
Mercurio.
Nos falta analizar el escudo central, que hemos visto llevado por la cabeza humana (y, en consecuencia, colocado
bajo su dependencia), imagen del mercurio filosófico que domina los diversos motivos del panel. Esta relación entre
la máscara y el escudo demuestra bastante el papel esencial de la materia hermética en la exposición cabalística de
estos singulares escudos de armas. Tales caracteres misteriosos expresan, en pocas palabras, toda la labor filosofal,
no ya con ayuda de formas tomadas de la flora y la fauna, sino por figuras de notación gráfica. Este paradigma
constituye así una verdadera fórmula alquímica. Advirtamos, primero, tres estrellas, características de los tres grados
de la Obra o, si se prefiere, de los tres estados sucesivos de una misma sustancia. El primero de estos asteriscos,
aislado hacia el tercio inferior del escudo, designa nuestro primer mercurio o aquella agua viva cuya composición
nos han mostrado los dos gnomos estefanóforos. Por la solución del oro filosófico que nada indica aquí ni en otra
parte2, se obtiene el mercurio filosófico, compuesto por el fijo y el volátil, aún no radicalmente unidos, pero
susceptibles de coagulación. Este mercurio segundo viene expresado por las dos V entrelazadas por la punta, signo
alquímico conocido del alambique. Nuestro mercurio es, lo sabemos, el alambique de los sabios, cuya cucúrbita y
cuya tapadera representan los dos elementos espiritualizados y unidos. Con el mercurio filosófico solo los sabios
emprenden este largo trabajo, constituido por operaciones numerosas3, que han llamado cocción o maduración.
Nuestro compuesto, sometido a la acción lenta y continuada del fuego, destila, se condensa, se eleva, baja, se
hincha, se vuelve pastoso, se contrae, disminuye de volumen y, agente de sus propias cohobaciones, adquiere poco a
poco una consistencia sólida. Elevado así un grado, este mercurio, convertido en fijo por acostumbramiento al
fuego, tiene necesidad, otra vez, de ser disuelto por el agua primera, escondida aquí tras el signo I, seguido de la
letra M, es decir, espíritu de la magnesia, otro nombre del disolvente. En la notación alquímica, toda barra o trazo,
cualquiera que sea su dirección, es la signatura gráfica convencional del espíritu, lo que merece que se tenga en
cuenta si se quiere descubrir, qué cuerpo se disimula bajo el epíteto de oro filosófico, padre del mercurio4 y Sol de la
Obra. La mayúscula M sirve para identificar nuestra magnesia de la que, por otra parte, es la inicial. Esta segunda
licuefacción del cuerpo coagulado tiene por objeto aumentarlo y fortificarlo, alimentándolo con la leche mercurial a
la que debe el ser, la vida y el poder vegetativo. Se convierte por segunda vez en volátil, mas para tomar, al contacto
con el fuego, la consistencia seca y dura que había adquirido precedentemente. Y así llegamos a la cúspide de la
vara de carácter extraño cuyo aspecto recuerda la cifra 4, pero que figura., en realidad, la vía, el camino que
debemos seguir. Llegado a este punto, una tercera solución, semejante a las dos primeras, nos conduce, siempre por
el recto camino del régimen y la vía lineal del fuego, al astro segundo, emblema de la materia perfecta y coagulada
que bastará cocer continuando los grados requeridos sin apartarse jamás de aquella vía lineal que concluye la barra
del espíritu, fuego o azufre incombustible. Tal es el signo, ardientemente deseado, de la piedra o medicina del
1
En las ya editadas Doce claves de la filosofía
2
«Debes saber que esta solución y separadón jamás ha sido descrita por ninguno de los antiguos sabios filósofos que han vivido
antes que yo y que han sabido este Magisterio. Y si han hablado de ello, no ha sido sino mediante enigmas y figuras, y no a las
claras.» Basilio Valentín, Testamentum.
3
Los artistas que han creído que la tercera obra se concluía con una cocción continua que no exigía otra ayuda que la de un fuego
determinado, de temperatura igual y constante, se han equivocado ruidosamente. La verdadera cocción no se efectúa en absoluto
de esa manera, y es la última piedra miliar contra la que tropiezan aquellos que, tras largos y penosos esfuerzos alcanzan al fin la
posesión del mercurio filosófico.Una indicación útil podrá levantarlos: los colores no son obra del fuego, no aparecen sino por la
voluntad del artista, y no se los puede observar más que a través del vidrio, es decir, en cada fase de coagulación. Pero ¿sabrá
comprendérsenos bien?
4
El padre del Hermes griego fue Zeus, el señor de los dioses, Pues bien: Zeuç se aproxima a Zeuxiç, que señala la acción de
juntar, unir, ensamblar, casar.

111
Las Moradas Filosofales, LOUIS D’ESTISSAC

primer orden. En cuanto al ramo florido de una estrella, situado fuera de lugar, demuestra que, por reiteración de la
misma técnica, la piedra puede multiplicarse en cantidad y calidad gracias a la fecundidad excepcional que ha
recibido de la Naturaleza y del arte. Pues bien, como su fertilidad exuberante proviene del agua primitiva y celeste,
la cual da al azufre metálico la actividad y el movimiento a cambio de su virtud coagulante, se comprende que la
piedra no difiera del mercurio filosófico más que en perfección y no en sustancia. Los sabios, pues, tienen razón al
enseñar que «la piedra de los filósofos o nuestro mercurio y la piedra filosofal son una sola y misma cosa, de una
sola y misma especie«, aunque una sea más madura y excelente que la otra. Referente a este mercurio, que es
también la sal de los sabios y la piedra angular de la Obra, citaremos un pasaje de Khunrath1, muy transparente
pese a su estilo enfático y al abuso de frases incidentes. «La piedra de los filósofos -dice nuestro autor- es Ruach
Elohim (que reposaba -incubebat- en las aguas [Génesis,]), concebida por la mediación del cielo (sólo Dios, por su
pura bondad, queriéndolo así) y hecha cuerpo verdadero y cayendo bajo los sentidos, en el útero virginal del mundo
mayor primogenerada, o del caos creada, es decir la tierra, vacía e inane, y el agua. Es el hijo nacido en la luz del
Macrocosmos, de aspecto vil (a los ojos de los insensatos), deforme y casi ínfimo, pero consustancial y semejante a
su autor (parens), pequeño mundo (no imagines aquí que se trata del hombre o de cualquier otra cosa, de o por él),
católico, tri-uno, hermafrodita, visible, sensible al tacto, al oído, al olfato y al gusto, local y finito, manifestado
regeneratoriamente por sí mismo y, por medio de la mano obstétrica del arte de la fisicoquímica, glorificado en su
cuerpo desde su asunción. Capaz de servir para comodidades o usos casi infinitos, y miríficamente saludables para
el microcosmos y el macrocosmos en la trinidad católica. Oh, tú, hijo de perdición, deja, pues, con seguridad el
azogue (udrarguron) y con él, todas, las cosas, cualesquiera que sean, mangónicamente preparadas para ti. Tú
eres el tipo del pecador, no del Salvador. Puedes y debes ser librado, pero no liberar tú mismo. Tú eres la figura del
mediador que conduce al error, a la ruina y a la muerte y no dé aquel que es bueno y lleva a la verdad, al crecimiento
y a la vida: Ha reinado, reina y reinará natural y universalmente sobre las cosas naturales. Es el hijo católico de la
naturaleza, la sal (sábelo) de saturno, fusible según su constitución particular, permanente en todas partes y siempre
en la naturaleza por sí mismo, y, por su origen y su virtud, universal. Escucha y está atento: esta sal es la piedra
muy antigua. ¡Es un misterio! Su núcleo (nuclens) es el denario. ¡Cállate harpocráticamente! Quien pueda
comprender, que comprenda. He dicho. La sal de sapiencia, no sin causa grave, ha sido ornada por los sapientes con
muchos sobrenombres. Han dicho que nada había más útil en el mundo que ella y el Sol. Estudia esto.»
Pero antes de proseguir, nos permitiremos hacer una observación de alguna importancia, dirigida a nuestros
hermanos y a los hombres de buena voluntad. Pues nuestra intención es dar aquí el complemento de lo que hemos
enseñado en una obra anterior2.
Los más instruidos de los nuestros en la cábala tradicional, sin duda han sido sorprendidos por la relación existente
entre la vía, el camino trazado por el jeroglífico que afecta la forma de la cifra 4, y el antimonio mineral o stibium,
claramente indicado por ese vocablo topográfico. En efecto, el oxisulfuro de antimonio natural se llamaba, entre los
griegos, Stimmi o Stibi. Pues bien; Stibia es el camino, el sendero, la vía que el investigador (Stibeuç) o
peregrino recorre en su viaje, y que pisotea (Sietbw).
Estas consideraciones, basadas en una correspondencia exacta de palabras, no han escapado a los viejos maestros
ni a los filósofos modernos, los cuales, apoyándolas con su autoridad, han contribuido a extender ese error nefasto
de que el antimonio vulgar era el misterioso sujeto del arte. Confusión lamentable, obstáculo invencible contra el
cual han ido a dar centenares de investigadores. Desde Artefio, que comienza su tratado3 con las palabras «El
antimonio es de las partes de Saturno...», hasta Filaleteo, que titula una de sus obras Experiencias sobre la
preparación del mercurio filosófico por el régulo de antimonio marcial estrellado y la plata, pasando por El carro
triunfal del antimonio de Basilio Valentín y la afirmación peligrosa, en su positivismo hipócrita, de Batsdorff, el
número de aquellos que se han dejado enredar en esta trampa grosera es sencillamente prodigioso. La Edad Media
ha visto a los sopladores y a los arquimistas volatilizar, sin ningún resultado, toneladas de mercurio amalgamado
con oro estibiado. En el siglo XVIII, el sabio químico Juan Federico Henckel4 confiesa, en su Tratado de la
apropiación, que durante largo tiempo se entregó a esas costosas y vanas experiencias. «El régulo de antimonio -
dice- se considera como un medio de unión entre el mercurio y los metales, y he aquí la razón: ya no es mercurio ni
aun metal perfecto; ha cesado de ser el uno y ha comenzado a convertirse en el otro. Sin embargo, no debo dejar en
silencio que he emprendido inútilmente grandísimos trabajos para unir más íntimamente el oro y el mercurio
mediante el régulo de antimonio.» ¿Y quién sabe si buenos artistas no siguen aún hoy el ejemplo deplorable de los
espagiristas medievales? Por desgracia, cada loco anda con su tema, cada cual se adhiere a su idea, y lo que
podamos decir no prevalecerá en absoluto contra un prejuicio tan tenaz. No importa. Nuestro deber es, ante todo,
ayudar a los que no se nutren de quimeras, y escribiremos para ellos solos, sin preocuparnos lo más mínimo de los
demás. Recordemos, pues, que otra similitud de palabras permitiría igualmente inferir que la piedra filosofal podría
proceder del antimonio. Se sabe que los alquimistas del siglo XIV llamaban kohl o kohol a su medicina universal, de
las palabras árabes al cohol, que significan polvo sutil, término que ha tomado más tarde, en nuestro idioma, el
sentido de aguardiente (alcohol). En árabe, kohl es, se dice, el oxisulfuro de antimonio pulverizado que emplean los
1
Henri Khunrath, Amphithéatre de l'Eternelle Sapience, París, Chacornac, 1900, página 156.
2
Cf. Fulcanelli, El misterio de las catedrales, Barcelona, Plaza & Janés 1967.
3
Le Secret Livre du Tres-ancien Philosophe Artephius, en Trois Traitez de la Philosophie naturelle. París, Guillaume Marette,
1612.
4
J. F. Henckel, Opuscules Mineralogiques, cap. III, 404. París, Herissant, 1760.

112
Las Moradas Filosofales, LOUIS D’ESTISSAC

musulmanes para teñirse de negro las cejas. Las mujeres griegas se servían del mismo producto, que se llamaba
platnofÌalmon, es decir, gran ojo, porque el uso de ese artificio hacía parecer a sus ojos más anchos (de
platuç, ancho, y ofÌalmoç, ojo). He aquí, se pensará, sugestivas relaciones. Compartiríamos, ciertamente,
esa opinión si ignorásemos que no entraba la menor molécula de estibina en el platyophthalmon de los griegos
(sulfuro de mercurio sublimado), el kohl de los árabes y el cohol o cohel de los turcos. Los dos últimos, en efecto, se
obtenían por calcinación de una mezcla de estaño granulado y agalla. Tal es la composición química del kohl de las
mujeres orientales, del que los antiguos alquimistas se sirvieron como término de comparación para enseñar la
preparación secreta de su antimonio. Ése es el ojo solar que los egipcios llamaban udja. Figura, también, entre los
emblemas masónicos, rodeado de una gloria en el centro de un triángulo. Este símbolo ofrece el mismo significado
que la letra G, séptima del alfabeto, inicial del nombre vulgar del Tema de los sabios, que figura en medio de una
estrella radiante. Esta materia es el antimonio saturniano de Artefio, el régulo de antimonio de Tolio y el verdadero
y único stibium de Miguel Maier y de todos los adeptos. En cuanto a la estibina mineral, no posee ninguna de las
cualidades requeridas y, de cualquier manera que se la quiera tratar, no se obtendrá jamás de ella ni el disolvente
secreto ni el mercurio filosófico. Y si Basilio Valentín da a éste el sobrenombre de peregrino o viajero
(stibeuç)1, porque debe, nos dice, atravesar seis ciudades celestes antes de fijar su residencia en la séptima; si
Filaleteo nos asegura que él solo es nuestra vía (stibia), no hay razones suficientes para invocar que estos
maestros hayan pretendido designar el antimonio vulgar como generador del mercurio filosófico. Esta sustancia está
demasiado alejada de la perfección, de la pureza y de la espiritualidad que posee el húmedo radical o simiente
metálica -que, por otra parte, no podría encontrarse en la tierra- para sernos de veras útil. El antimonio de los sabios,
materia prima extraída directamente de la mina, «no es propiamente mineral y menos aún metálico, como nos
enseña Filaleteo2, pero sin participar de esas dos sustancias tiene su medio entre una y otra. No es, sin embargo,
corporal puesto que es enteramente volátil. No es en absoluto espíritu, pues se licua en el fuego como un metal. Es,
pues, un caos lo que hace las veces de madre de todos los metales». La flor (anÌemon) metálica y mineral, la
primera rosa, negra en verdad, ha permanecido aquí abajo como una parcela del caos elemental. De ella, de esta flor
de las flores (flos florum) extraemos primero nuestra gelatina blanca (stibh), la cual es el espíritu que se mueve
sobre las aguas y el revestimiento blanco de los ángeles. Reducida a esta blancura resplandeciente, es el espejo del
arte, la antorcha (stilbh), la lámpara o la linterna3, la brillantez de los astros y el esplendor del Sol (splendor
solis), y también, unida al oro filosófico, se convertirá en el planeta metálico Mercurio (bwn arthe), el nido del
pájaro (stibaç), nuestro fénix y su piedracita (stia). Finalmente, es la raíz, tema o eje (lat. stipes, stirps) de la
Gran Obra y no el antimonio vulgar. Sabed, pues, hermanos, a fin de no errar más, que nuestro término antimonio,
derivado del griego anÌemwn, designa, por un juego de palabras familiar a los filósofos, el asno-timón (âne-
timon), el guía que conduce, en la Biblia, a los judíos, a la fuente. Es el Aliboron mítico, Aeliforon, el caballo
del Sol. Una palabra más. No debéis ignorar que, en la lengua primitiva, los cabalistas griegos tenían la costumbre
de sustituir por cifras ciertas consonantes para las palabras cuyo sentido ordinario querían velar bajo otro sentido
hermético. Se servían, así, de la episemon (stagion), de la koppa, de la sampi o de la digama, a las que adaptaban
un valor convencional. Los nombres, modificados por este procedimiento, constituían verdaderos criptogramas,
aunque su forma y su pronunciación parecieran no haber sufrido alteración. Pues bien; el vocablo antimonio,
stimmi, se escribía siempre con episemon (ç), equivalente a las dos consonantes juntas sigma y tau (st) cuando
se lo empleaba para caracterizar el tema hermético. Escrito de ese modo, çimmi ya no es la estibina de los
mineralogistas, sino una materia señalada por la Naturaleza o, mejor, un movimiento, dinamismo o vibración, vía
sellada (ç-immenai), a fin de permitir al hombre la identificación, signo muy particular y sometido a las reglas
del número seis. Episemon, palabra formada por Epi, sobre, y shma, signo, significa, en efecto, marcado con
un signo distintivo, y este origen debe corresponder al número seis. Además, un término próximo, frecuentemente
empleado para la asonancia en cábala fonética, la palabra Episthmwn indica el que sabe, el que está instruido en,
hábil para. Uno de los personajes importantes de Pantagruel, el hombre de ciencia, se llama Epistemon. Y el
artesano secreto, el espíritu encerrado en una sustancia bruta, traduce el epistemon griego, porque este espíritu es
capaz por sí solo de ejecutar y realizar la obra entera, sin otro concurso que el del fuego elemental.
Nos resultaría fácil completar lo que hemos dicho del mercurio filosófico y de su preparación, pero no nos
corresponde desvelar por entero este importante secreto. La enseñanza escrita no sería capaz de sobrepasar la que los
prosélitos recibían antaño en los misterios menores de Agra. Y si nos plegamos de buen grado a la tarea ingrata del
Hidrano antiguo, por el contrario el ámbito esotérico de las Grandes Eleusinias nos está prohibido formalmente.

1
Viejas estampas con la leyenda Icon peregrini representan al Mercurio hermético bajo la imagen de un peregrino que asciende
por un sendero abrupto y rocoso, en un paraje de peñas y grutas. Tocado con un ancho sombrero plano, se apoya con una mano
en su bastón, y con la otra sostiene un escudo en el que figuran el Sol y tres estrellas. Unas veces joven, alerta y vestido con
cuidado, y otras viejo, cansado y miserable, es seguido siempre por un perro fiel que parece compartir su buena o mala fortuna.
2
Introitus apertus ad occlusum Regis palatium, Op. cit., cap. II, 2.
3
Un dibujo con pluma de oca ejecutado por el adepto Lintaut en su manuscrito titulado L'Aurore (bibl. de 1'Arsenal, siglo XVII,
n.º 3020) muestra el alma de un rey coronado, yacente, inerte, en una ancha losa, que se eleva, con el aspecto de un niño alado,
hacia una linterna suspendida en medio de nubes espesas. Señalemos, asimismo, para los hermetistas, lo que dice Rabelais del
viaje al paÍs de Lanternois que hace realizar a los héroes de su Pantagruel.

113
Las Moradas Filosofales, LOUIS D’ESTISSAC

Antes de recibir la iniciación suprema, los mistes griegos juraban, por su vida y en presencia del hierofante, no
revelar jamás nada de las verdades que les fueran confiadas. Pues bien; nosotros no hablamos a algunos discípulos
seguros y probados, en la sombra de un santuario cerrado, ante la imagen divina de una venerable Ceres -piedra
negra importada de Pesinonte- o de la Isis sagrada, sentada en el bloque cúbico; nosotros discurrimos en el umbral
del templo, bajo el peristilo y ante la muchedumbre, sin exigir de nuestros oyentes ningún juramento previo. En
presencia de condiciones tan adversas, ¿cómo sorprenderse de vernos utilizar prudencia y discreción? Ciertamente,
deploramos que las instituciones iniciáticas de la Antigüedad hayan desaparecido para siempre y que un exoterismo
estrecho haya sustituido el espíritu amplio de los misterios de otrora, pero creemos, con el filósofo1, «que es más
digno de la naturaleza humana, y más instructivo, admitir lo maravilloso buscando extraer de él lo verdadero antes
que tratarlo todo, desde el principio, de mentira o de consagrarlo como milagro, para escapar a su explicación». Pero
ésas son lamentaciones superfluas. El tiempo, que todo lo destruye, ha hecho tabla rasa de las civilizaciones
antiguas. ¿Qué queda hoy de ellas sino el testimonio histórico de su grandeza y de su poder, recuerdo enterrado en el
fondo de los papiros o piadosamente exhumado de suelos áridos, poblados de emotivas ruinas? Por desgracia, los
últimos mistagogos se llevaron su secreto, y ya sólo a Dios, padre de la luz y dispensador de toda verdad, podemos
solicitar la gracia de las altas revelaciones.
Éste es el consejo que nos permitimos dar a los investigadores sinceros, a los hijos de ciencia en favor de los cuales
escribimos. Tan sólo la iluminación divina les proporcionará la solución del oscuro problema: ¿dónde y cómo
obtener ese oro misterioso, cuerpo desconocido susceptible de animar y fecundar el agua, primer elemento de la
naturaleza metálica? Las esculturas ideográficas de Louis d'Estissac permanecen mudas acerca de este punto
esencial, pero puesto que nuestro deber está orientado hacia el respeto a las voluntades del adepto, limitaremos
nuestra solicitud a señalar el obstáculo situándolo en la práctica.
Antes de pasar al examen de los motivos superiores, debemos decir aún una palabra sobre el escudo central,
cargado de jeroglíficos, que acabamos de analizar. La monografía citada del castillo de Terre-Neuve, que creemos
redactada por el difunto señor de Rochebrune, encierra un pasaje bastante singular referente a los símbolos en
cuestión. El autor, tras una breve descripción de la chimenea, añade: «Es una de las hermosas obras de piedra
ejecutada por los adornistas de Louis d'Estissac. El escudo colocado bajo el del señor de ese hermoso castillo está
decorado en su centro con el monograma del maestro imaginero. Está coronado por el cuatro, cifra simbólica que se
halla casi siempre unida a todos esos monogramas de artistas, grabadores, impresores o pintores vidrieros, etc. Aún
se busca la clave de este signo extraño de cofradía.» He aquí, en verdad, una tesis cuando menos sorprendente. Es
posible que su autor haya encontrado en ocasiones una sigla en forma de cuatro que sirviera para clasificar o
identificar ciertas piezas de arte. En cuanto a nosotros, que la hemos señalado entre numerosos objetos curiosos, de
carácter netamente hermético -estampas, vidrieras, objetos de mayólica, de orfebrería, etcétera-, no podemos admitir
que esa cifra pueda constituir una figura de cofradía. No pertenece a escudos corporativos, pues éstos deberían
presentar, en tal caso, los útiles e insignias especiales de los cuerpos de oficios considerados. Tampoco puede cla-
sificarse ese blasón en la categoría de las armas parlantes ni de los testimonios de nobleza, ya que éstos no obedecen
en absoluto a las reglas heráldicas, y aquéllas están desprovistas del sentido en imágenes que caracteriza los
jeroglíficos. Por otra parte, sabemos pertinentemente que los artistas a los que Louis d'Estissac confió la decoración
de su vivienda están olvidados por completo: sus nombres no nos han sido conservados. Tal vez esta laguna autoriza
la hipótesis de una marca personal del artista, mientras que esos mismos caracteres, provistos de un significado
preciso, se hallan corrientemente en las fórmulas alquímicas. Por añadidura, no se puede explicar la indiferencia del
sabio simbolista que fue el adepto de Coulonges frente a su obra, en tanto que, contentándose él mismo con un
escudo modesto, abandona al capricho de sus artesanos una adaraja más espaciosa que la suya propia. ¿Por qué
razón el ordenador y creador de un paradigma hermético tan armonioso, tan conforme a la pura doctrina hasta en sus
menores detalles, hubiera tolerado la aplicación de jeroglíficos extraños si estos últimos debían estar en desacuerdo
flagrante con el resto? Concluimos que la hipótesis de un signo cualquiera de cofradía no puede sostenerse. No
existe ejemplo en el que el pensamiento de una obra haya estado concentrado en la firma misma del artesano,
aunque tal sea el error cometido por una interpretación defectuosa de la analogía.

V
Una inscripción latina, que ocupa toda la anchura del entablamento, se lee encima de los paneles simbólicos, los
cuales nos han suministrado hasta ahora la materia de nuestro estudio. Comprende tres palabras separadas las unas
de las otras por dos vasos pirógenos, y forma el epígrafe siguiente:

NASCENDO QUOTIDIE MORIMUR2

Naciendo, morimos cada día. Grave pensamiento de Séneca el Filósofo, axioma que apenas se esperaría hallar aquí.

1
Comment 1'Esprit vient aux tables. Op. cit., p. 25.
2
Morimur es una forma antigua de moriemur.

114
Las Moradas Filosofales, LOUIS D’ESTISSAC

Es evidente que esta verdad profunda, pero de orden moral, parece discordante y sin relación directa con el
simbolismo que la rodea. No se acaba de ver qué valor puede asumir, en medio de emblemas herméticos, la
exhortación severa de tener que meditar acerca de la suerte miserable que la vida nos reserva, sobre el implacable
destino que impone a la Humanidad la muerte como meta real de la existencia, el caminar hacia el sepulcro como
condición esencial de la estancia terrestre, el féretro como razón de ser de la cuna. Tal vez fuera para recordarnos,
simplemente -derivativo saludable-, que es útil conservar en el espíritu la imagen de las angustias y de la
incertidumbre supremas, el temor del inquietante Desconocido, frenos necesarios de nuestras pasiones y nuestros
extravíos. O acaso el sabio ordenador del monumento, al provocar de modo incidental ese despertar de conciencia
invitándonos a reflexionar, a mirar de cara lo que tememos más, quisiera persuadirnos de ia vanidad de nuestros
deseos, de nuestras esperanzas, de la impotencia de nuestros esfuerzos y de la inanidad de nuestras ilusiones. No lo
creemos. Pues por expresivo y riguroso que pueda ser para el común el sentido literal del epígrafe, es cierto que
debemos descubrir en él otro, adecuado y conforme al esoterismo de esta obra magistral. Pensamos, en efecto, que el
axioma latino tomado por Louis d'Estissac al estoico preceptor de Nerón no deja de tener su razón. Es lo único
escrito en este mutus liber. No se duda de que sea consecuente y esté puesto allí para enseñar lo que la imagen no
sería capaz de traducir.
Un simple examen de la inscripción demuestra que de los tres términos que concurren para formarla, dos están
precedidos de un signo especial, las palabras quotidie y morimur. Este signo, un pequeño rombo, era llamado por los
griegos romboç, de rembw, equivocarse, extraviarse, girar en torno de. La indicación de un sentido engañador,
susceptible de hacer errar, está, pues, muy clara. Y se ha servido de dos signos para señalar que existen dos sentidos
(amfiboloç) en esta frase diplomática. En consecuencia, si se determina cuál de los tres miembros presenta una
acepción doble, se descubrirá, sin dificultad, el sentido secreto velado bajo el sentido literal. Pues bien; el mismo
carácter grabado ante quotidie y morimur atestigua que estas palabras permanecen invariables y conservan su valor
ordinario. Nascendo, por el contrario, al estar desprovisto de todo indicio, encierra otro significado. Empleándolo en
gerundio, invoca, sin modificación ortográfica., la idea de producción, de generación. No hay que leer, pues,
Naciendo, sino mejor Para producir, para generar. Así, el misterio, desprovisto de su ganga, permite advertir la
razón oculta del axioma anfibológico. Y la fórmula superficial que recuerda al hombre su origen mortal se borra y
desaparece. Ahora, el simbolismo, en su lenguaje figurado, se dirige al lector y le enseña: Para producir, morimos
cada día. Son los padres del niño hermético quienes hablan, y su lenguaje es verdadero, pues, en realidad, mueren
juntos no sólo para darle el ser, sino también para asegurar su crecimiento y desarrollar su vitalidad. Mueren todos
los días, es decir, cada uno de los seis días de la Obra que rigen el aumento y la multiplicación de la piedra. El niño
nace de su muerte y se nutre de sus cadáveres. Se ve hasta qué punto el sentido alquímico se revela expresivo y
luminoso. Limojon de Saint-Didier enuncia, pues, una verdad primordial cuando asegura que la «piedra de los
filósofos nace de la destrucción de dos cuerpos». Añadiremos que la piedra filosofal -o nuestro mercurio, su materia
próxima- nace igualmente del combate, de la mortificación y de la ruina de dos naturalezas contrarias. Así, en las
operaciones esenciales del arte, vemos que hay siempre dos principios que producen un tercero, y que esta gene-
ración depende de una descomposición previa de sus agentes. Aún más: el mercurio filosófico, por sí mismo, única
sustancia del Magisterio, jamás puede dar nada si muere, y no fermenta y entra en putrefacción al final del primer
estadio de la Obra. Finalmente, trátese de la obtención del azufre, del elixir o de la medicina, no se logrará
transformar unos y otros, en potencia o en cantidad, mientras no se los haya devuelto a su estado mercurial, próximo
al rebis original y, como tales, dirigidos hacia la corrupción. Pues es una ley fundamental en hermética lo que
expresa el viejo adagio: Corruptio unius es generatio alterius. Huginus à Barma nos dice en el capítulo de las
Positions hermétiques1 que «quienquiera ignore el medio de destruir los cuerpos, ignora asimismo el medio de
producirlos». En otro lugar, el mismo autor enseña que «si el mercurio no se tiñe, no teñirá». Pues bien; el mercurio
filosófico empieza con el negro, signo de su mortificación, la serie cromática del espectro filosofal. Tal es su
primera tintura, y tal es, también, la primera indicación favorable de la técnica, la señal precursora del éxito, que
consagra la maestría del artesano. «Ciertamente -escribe Nicolas Flamel en el Libro de las figuras jeroglíficas-,
quien no ve esa negrura al comienzo de sus operaciones, durante los días de la piedra, aunque vea otro color
cualquiera, falta por entero al Magisterio y con ese caos no puede ya realizarlo. Pues no trabaja bien, puesto que no
se produce putrefacción. Y si no hay putrefacción, no se corrompe, ni se engendra y, por consecuencia, la piedra no
puede alcanzar vida vegetativa para crecer y multiplicarse.» Más adelante, el gran adepto afirma que la solución del
compuesto y su licuefacción bajo la influencia del fuego provocan la disgregación de las partes juntas, cuyo color
negro constituye la. prueba cierta. «Pues -dice- esta negrura y color enseñan claramente que, en este comienzo, la
materia y compuesto comienza a pudrirse y a disolverse en polvo más menudo que los átomos del Sol, los cuales se
cambian luego en agua permanente. Y esta disolución es llamada por los filósofos codiciosos muerte, destrucción y
perdición, porque las naturalezas cambian de forma. De ahí han surgido tantas alegorías sobre los muertos, las
tumbas y los sepulcros. Los otros la han llamado calcinación, denudación, separación, trituración y asación,
porque las confecciones se ven cambiadas y reducidas a pequeñísimas piezas y partes. Los otros, reducción a
primera materia, ablandamiento, extracción, conmixción, licuefacción, conversión de elementos, sutilización,
división, humación, impastación y destilación, porque las confecciones resultan licuadas, reducidas a semilla,
reblandecidas y circulan por el matraz. Los otros, xir, putrefacción, corrupción, sombras cimerias, gruta, infierno,
dragones, generación, ingresión, sumersión, complexión, conjunción e impregnación, porque la materia es negra y

1
Huginus à Barma, Le Régne de Saturne changé en Siècle d'or. S.M.I.S.P. ou le Magistère des Sages. París, Pierre Derieu, 1780.

115
Las Moradas Filosofales, LOUIS D’ESTISSAC

acuosa, y las naturalezas se mezclan perfectamente y retienen unas de otras.» Cierto número de autores -Filaleteo, en
particular- demostraron la necesidad y la. utilidad de la muerte y la putrefacción minerales con ayuda de una
similitud extraída del grano de trigo. Sin duda, tomaron la idea de la parábola evangélica recogida por san Juan (cap.
XII, v. 24). El apóstol transcribe estas palabras de Cristo: «En verdad, en verdad os digo que, si el grano de trigo no
cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere, llevará mucho fruto.»
Pensamos haber desarrollado bastante el sentido secreto del epígrafe Nascendo quotidie morimur, y haber
demostrado cómo este axioma clásico, hábilmente empleado por Louis d'Estissac, arroja una luz nueva sobre la obra
lapidaria del sabio hermetista.

VI
De la chimenea simbólica, sólo nos falta hablar de la cornisa. Está dividida en seis artesones oblongos, adornados
de motivos simétricos repetidos dos a dos, y resume los principales puntos de la práctica.
Dos égidas reniformes ocupan sus extremos y tienen su borde cóncavo prolongado en forma de concha. Su campo
ofrece la imagen de una cabeza de medusa, con su cabellera de serpientes, de donde surgen dos rayos. Se trata de los
emblemas de las materias íniciales; la una, ardiente e ígnea, representada por la máscara de Gorgona y sus rayos, y
la otra, acuosa y fría, sustancia pasiva representada bajo el aspecto de una concha marina que los filósofos llaman
mérelle, de las palabras griegas mhthr y elh, madre de la luz. La reacción mutua de estos elementos primarios,
agua y fuego, proporciona el mercurio común, de calidad mixta, que es esta agua ígnea o este fuego acuoso que nos
sirve de disolvente para la preparación del mercurio filosófico.
Sucediendo a las égidas, los bucráneos indican las dos mortificaciones que aparecen al comienzo de los trabajos
preliminares: la primera realiza el mercurio común, y la segunda da nacimiento al rebis hermético. Estas testas
descarnadas de buey solar ocupan el lugar de los cráneos humanos, de los fémures cruzados, de las osamentas
esparcidas o de los esqueletos enteros de la iconografía alquímica. Son, como ellos, llamados cabezas de cuervo. Es
el epíteto ordinario aplicado a las materias en vías de descomposición y corrupción, las cuales vienen caracterizadas
en el trabajo filosofal por el aspecto aceitoso y graso, el olor fuerte y nauseabundo, la calidad viscosa y adherente, la
consistencia mercurial, la coloración azul, violeta o negra. Nótese que los cordoncillos que atan los cuernos de estos
bucráneos están cruzados en forma de X, atributo divino y primera manifestación de la luz, antes difusa en las
tinieblas de la tierra mineral.
En cuanto al mercurio filosófico, cuya elaboración jamás es revelada, ni siquiera tras el velo del jeroglífico,
hallamos, no obstante, sus efectos en uno de los escudos decorativos que se hallan junto al acanto mediano.
Aparecen dos estrellas grabadas encima del creciente lunar, imagen del mercurio doble o rebis, que la cocción
transforma primero en azufre blanco, medio fijo y fusible. Bajo la acción del fuego elemental, la operación
proseguida y continuada conduce a las grandes realizaciones finales representadas, en el escudo opuesto, por dos
rosas. Éstas, como se sabe, marcan el resultado de los dos Magisterios, el pequeño y el grande, medicina blanca y
piedra roja, de las que la flor de lis, que se ve debajo de ellas, consagra su verdad absoluta. Es el signo del cono-
cimiento perfecto, el emblema de la Sabiduría, la corona del filósofo, el sello de la Ciencia y de la Fe unidas al
poder, espiritual y temporal, de la Caballería.

116
EL HOMBRE DE LOS BOSQUES

117
Las Moradas Filosofales, EL HOMBRE DE LOS BOSQUES

EL HOMBRE DE LOS BOSQUES,


HERALDO MÍSTICO DE THIERS

P intoresca subprefectura del Puy-de-Dôme, Thiers posee un notable y elegantísimo espécimen de arquitectura
civil del siglo XV. Se trata de la casa llamada del Homme des Bois, construcción de bovedilla reducida hoy a sólo el
primer piso, pero cuya conservación sorprendente convierte en preciosa a los ojos de los aficionados al arte, como a
los amantes de la Edad Media francesa (lámina XX).
Se abren a la fachada cuatro vanos de arcos en ajimez con nervaduras fileteadas y en rediente. Están separados
entre sí por columnillas adosadas con capiteles compuestos por máscaras grotescas tocadas con gorro de orejas
largas, y soportan otras tantas figurillas resguardadas bajo ligeros doseletes, delicados y calados. A los vanos
superiores corresponden, como basamento, paneles ornados con pergaminos, pero los pilares achaflanados que los
bordean como prolongación de las columnillas muestran fauces devoradoras de dragones a guisa de capiteles.
El tema principal, que sirve de enseña a la vieja mansión, es un personaje análogo al que hemos visto, manejando
un tronco de árbol, en el poste de serbal de la casa de Lisieux. Esculpido en el mismo lugar y casi con los mismos
gestos, parece entroncarse con la misma tradición. Nada se sabe de él, sino que cumple su quinto centenario y que
generaciones de habitantes de Thiers lo han visto siempre, desde su edificación, adosado al panel de su vieja
vivienda. Este bajo relieve en madera, de talla amplia, pero bastante rudimentaria, de dibujo ingenuo, del que la
edad y las intemperies acusan su carácter contradictorio, representa a un hombre de elevada estatura, hirsuto, vestido
con pieles cosidas transversalmente con el pelo hacia afuera. Con la cabeza desnuda, sonríe enigmático, algo
distante, y se apoya en un largo bastón terminado, en su extremidad superior, por un rostro de anciana encapuchada
y muy fea. Los pies, desnudos también, se apoyan en una masa formada por sinuosidades rudas cuya grosería de eje-
cución apenas permite identificarlas. Tal es el hombre de los bosques, al que un cronista local llama la esfinge de
Thiers. «Los bitordos no se inquietan -escribe- por sus orígenes, ni por su gesto ni por su silencio. No saben de él
más que una cosa, y es el nombre que lleva en su memoria, el nombre salvaje y sin gracia del que se sirven para
hablar de él y que perpetúa su recuerdo a través de las edades. Los extranjeros y los turistas son más simpáticos y
más curiosos. Se detienen ante él como ante un objeto precioso. Detallan a placer los rasgos de su fisonomía y de su
anatomía. Intuyen una historia llena de interés local y, acaso, de interés general. Interrogan a sus guías, pero esos
guías resultan tan ignorantes y casi tan mudos como los bitordos guardianes de ese solitario. Y éste se venga con la
ignorancia de unos y otros y con la estupidez de los demás conservando su secreto.»
Se ha planteado la pregunta de si esta imagen no representa a san Cristóbal, considerando la de un Niño Jesús que
habría ocupado el panel opuesto y vacío de la fachada. Pero aparte de que nadie conserva el menor recuerdo sobre el
tema que antaño disimulara la chapuza de la derecha -suponiendo que haya llegado a existir-, habría que admitir que
el zócalo que soporta a nuestro eremita figura las olas. Nada menos seguro que esta hipótesis. Pues, ¿cómo explicar,
en efecto, su milagrosa permanencia sobre las aguas, y sobre unas aguas cuya superficie sería convexa? Por otro
lado, la sola ausencia de Jesús a espaldas del coloso justifica la exclusión de un parecido posible con san Cristóbal.
Incluso suponiendo que pudiera encarnar a Ofero -primera personalidad del gigante cristiano antes de su conversión-
, no sería posible encontrar ninguna razón satisfactoria de la vestidura simiesca que imprime a nuestra estatua su
carácter particular. Y si la leyenda asegura que el transportador de Jesús tuvo que arrancar un árbol a fin de luchar
contra la violencia de la corriente y la inexplicable pesadez de su divina carga, no señala en absoluto que ese árbol
llevara una efigie, una marca distintiva cualquiera. Pero nosotros conocemos demasiado la elevada conciencia y la
escrupulosa fidelidad que ponían a contribución los «imagineros» medievales para la traducción de sus temas, para
aceptar una suposición de tan escaso fundamento.
El hombre de los bosques, resultado de una voluntad clara y reflexiva, expresa necesariamente una idea precisa y
fuerte. Se convendrá en que no puede haber sido realizado y colocado allí sin objeto y que, según este espíritu, el
afán decorativo parece no intervenir sino a título seeundario. Según nuestra opinión, lo que se ha querido afirmar, lo
que el bajo relieve de Thiers indica con claridad, es que designa la vivienda de un alquimista desconocido. Sella la
antigua morada filosofal y revela su misterio. Su individualidad hermética indiscutible se completa y acentúa aun al
contacto de las otras figurillas que la acompañan y que, si carecen de la envergadura y la energía expresiva del tema
principal, esos pequeños actores de la Gran Obra no por ello dejan de ser más instructivos. Hasta tal punto, que se
tropezaría con la mayor dificultad para resolver el enigma si se omitiera comparar entre ellos a esos personajes
simbólicos. En cuanto al sentido propio del hombre de los bosques, se concentra, sobre todo, en la cabeza de
matrona con que termina su cetro rústico. Rostro de dueña con el cráneo envuelto en un capuchón, tal aparece aquí,
en su forma plástica, la versión de nuestra madre loca. Así designaba el pueblo -en el tiempo de las parodias alegres
de la fiesta del Asno- a los altos dignatarios y maestres de ciertas instituciones secretas. La Infantería dijonesa o
Cofradía de la Madre loca no es otra que la ciencia hermética misma, considerada en toda la extensión de su
enseñanza. Y como esta ciencia confiere a quien la abraza y la cultiva la sabiduría integral, resulta de ello que el
gran loco esculpido en la fachada de Thiers es, en realidad, un sabio, pues se apoya en la Sapiencia, árbol seco y
cetro de la madre loca. Este hombre simple, de cabellos abundantes y mal peinados, con barba inculta, este hombre

119
Las Moradas Filosofales, EL HOMBRE DE LOS BOSQUES

de la naturaleza al que sus conocimientos tradicionales empujan a menospreciar la vanidosa frivolidad de los pobres
locos que se creen sabios, domina desde lo alto a los otros hombres como domina el montón de piedras que pisotea1.
Él es el iluminado porque ha recibido la luz, la iluminación espiritual. Tras una máscara de serenidad indiferente,
conserva su mutismo y coloca su secreto al abrigo de las vanas curiosidades, de la actividad estéril de los histriones
de la comedia humana. Es él, ese silencioso, quien representa para nosotros el miste antiguo (del griego Musthç,
jefe de los iniciados)2, encarnación griega de la ciencia mística o misteriosa (musthrion, dogma secreto,
esoterismo (lám. XXI).
Pero al lado de su función esotérica, que nos muestra lo que debe ser el alquimista, sabio de espíritu simple y
escrutador atento de la Naturaleza, a la que tratará siempre de imitar como el mono imita al hombre3, el hombre de
los bosques revela otra. Y ésta completa aquélla. Pues el loco, emblema humanizado de los hijos de Hermes, evoca
aún el mercurio mismo, única y propia materia de los sabios. Es ese artifex in opere del que habla el himno de la
Iglesia cristiana, ese artesano escondido en el centro de la obra, capaz de hacerlo todo con la ayuda exterior del
alquimista. Es él, pues, el dueño absoluto de la Obra, el trabajador oscuro y jamás ocioso, el agente secreto y el fiel o
leal servidor del filósofo. Y es esta incesante colaboración de la previsión humana y de la actividad natural, esta
dualidad del esfuerzo combinado y dirigido hacia una misma meta, lo que expresa el gran símbolo de Thiers. En
cuanto al medio por el cual el mercurio filosófico se da a conocer y puede ser identificado, vamos ahora a
descubrirlo.
En un viejo almanaque que, con las Clavículas de Salomón y los Secretos del Gran Alberto, constituía antaño lo
más obvio de la impedimenta científica de los mercachifles4, se encuentra, entre las láminas que ilustran el texto, un
singular grabado en madera. Representa un esqueleto rodeado de imágenes destinadas a marcar las correspondencias
planetarias «con las de las partes del cuerpo que las afectan y dominan». Pues mientras el Sol nos ofrece, con este
propósito, su faz radiante, y la Luna, su perfil engastado del creciente, Mercurio aparece bajo el aspecto de un loco
de corte. Se le ve tocado con un capuz de peregrino con orejas puntiagudas -como los capiteles que hemos señalado
en la base de las figurillas- y sosteniendo un caduceo a guisa de cetro de bufón. A fin de que no haya lugar a
interpretaciones erróneas, el artista se ha tomado el trabajo de escribir el nombre de cada planeta bajo su propio
signo. Se trata, pues, de una verdadera fórmula simbólica utilizada en la Edad Media para la traducción esotérica del
Mercurio celeste y del azogue de los sabios. Por lo demás, basta con recordar que la palabra francesa fou (loco;
antes se decía fol) procede del latín follis, soplillo para el fuego, para evocar la idea del soplador, epíteto despectivo
dado a los espagiristas medievales. Incluso más tarde, en el siglo XVII, no es raro encontrar, en las caricaturas de los
émulos de Jacques Callot, algunos grotescos ejecutados con el espíritu simbólico cuyas manifestaciones filosofales
estudiamos nosotros. Conservamos el recuerdo de cierto dibujo que representaba a un bufón sentado con las piernas
cruzadas en X y disimulando tras su espalda un fuelle voluminoso. No cabría mostrarse sorprendido, pues, de que
las sabandijas de la corte, muchas de las cuales se han hecho célebres, tuvieran un origen hermético. Su atavío
abigarrado, sus extraños perifollos -llevaban a la cintura una vejiga que llamaban linterna-, sus brincos y sus
mixtificaciones lo prueban, así como ese raro privilegio, que los emparejaba con los filósofos, de decir,
impunemente, atrevidas verdades. Por fin, el mercurio, llamado loco de la Gran Obra a causa de su inconstancia y
volatilidad, ve confirmado su significado en la primera lámina del tarot, llamada el loco o el alquimista5.
Por añadidura, el cetro de los locos, que es positivamente un sonajero (crotalon)6, objeto de entretenimiento de
niños pequeños y juguete de la primera edad, no difiere del caduceo. Los dos atributos ofrecen una evidente
analogía entre sí, aunque el cetro del bufón exprese, además, esa simplicidad innata que poseen los niños y que la
ciencia exige a los sabios. Uno y otro son imágenes semejantes. Momos y Hermes llevan el mismo instrumento,
signo revelador del mercurio. Trazad un círculo en el extremo superior de una vertical, añadid al círculo dos cuernos
y obtendréis el gráfico secreto utilizado por los alquimistas medievales para designar su materia mercurial7. Pues

1
Señalemos, de paso, que se trata de piedras amontonadas o de alguna roca con fisuras, y no de olas, lo que aquí se reproduce.
La prueba evidente la encontramos en un tema del siglo XVI situado en la misma región: el bajo relieve de Adán y Eva en
Montferrand (Puy-de-Dôme). Se ve a nuestros primeros padres tentados por la serpiente de cabeza humana enrollada en torno al
árbol paradisíaco. El suelo de esta bella composición es tratado de la misma manera, y el árbol de la vida desarrolla sus raíces
alrededor de un monticulo en todos los aspectos semejante a aquel en el que se apoya el hombre de tos bosques.
2
Musthç procede de mnw, callarse, guardar silencio, celar, de donde la vieja palabra francesa musser, que corresponde al
picardo mucher, esconder, disimular.
3
Tal es la razón de su aspecto vestimentario y de su nombre local.
4
Le gran Calendrier ou Compost des Bergers, composé par le Berger de la Grand-Montagne, for utile et profitable à gens de
tous estats, reformé selon le Calendrier de N. S. Père le Pape Grégoire XIII. A Lyon, chez Louys Odin, 1633.
5
Algunos ocultistas sitúan al loco o alquimista al final de las veintiuna cartas del juego, es decir, a continuación de la que figura
el mundo, y a la que se atribuye el más alto valor. Semejante orden no tendría la menor consecuencia -pues el loco, desprovisto
de número está fuera de serie-, si ignorásemos que el tarot, jeroglífico complemento de la Gran Obra, contiene las veintiuna
operaciones o fases por las cuales pasa el mercurio filosófico antes de alcanzar la perfección final del elixir. Pues bien, ya que la
obra se ejecuta precisamente por el loco o mercurio preparado, sometido a la voluntad del operador, nos parece lógico nombrar a
los artesanos antes que los fenómenos que deben nacer de su colaboración.
6
En griego, crotalwn, cascabel, corresponde a nuestro crótalo o serpiente de cascabel y se sabe que, en hermetismo, todas las
serpientes son jeroglíficos del mercurio de los sabios.
7
Hasta el siglo XVI no fue añadida una barra transversal a la vara primitiva, con objeto de figurar 1a cruz, imagen de muerte y
de resurrección.

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Las Moradas Filosofales, EL HOMBRE DE LOS BOSQUES

bien, este esquema, que reproduce bastante fielmente el cetro del bufón y el caduceo, era conocido en la
Antigüedad; se ha descubierto grabado en una estela púnica en Lilibeo1. En resumidas cuentas, el cetro de bufón
parece tratarse de un caduceo, de esoterismo más transparente que la vara de las serpientes rematada o no con el
pétalo alado. Su nombre en francés, marotte, diminutivo de mérotte, madrecita, según algunos o de María, la madre
universal, según otros, subraya la naturaleza femenina y la virtud generadora del mercurio hermético, madre y
nodriza de nuestro rey.
Menos evocador es el caduceo, que conserva, en lengua griega, el sentido de anunciador. Las palabras
chruceion y chrucion, caduceo, designan ambas al heraldo o pregonero. Por sí sola, su primitiva común,
chrux, el gallo (porque esta ave anuncia el comienzo del día y de la luz, la aurora) expresa una de las cualidades
del azogue secreto. Es la razón por la cual el gallo, heraldo del Sol, estaba consagrado al dios Mercurio y figura en
nuestros campanarios. Si nada, en el bajo relieve de Thiers, recuerda a esa ave, no puede negarse, sin embargo, que
esté oculto tras el vocablo del caduceo, que nuestro heraldo sostiene con las dos manos. Pues el bastón o cetro que
llevaban los oficiales de heráldica se llamaba caduceo como la vara de Hermes. Se sabe, además, que entraba en las
atribuciones de los heraldos el elevar, en signo de victoria o de acontecimiento feliz, especies de monumentos
conmemorativos llamados en Francia Monts-joie. Se trataba de simples montículos o amontonamientos de piedras,
de monts de joie (montes de alegría). El hombre de los bosques se nos aparece, pues, a la vez, como el representante
del mercurio, o loco de naturaleza, y el heraldo místico, obrero maravilloso al que su obra maestra eleva sobre el
montículo en cuestión, signo revelador de su victoria material. Y si este rey de armas, este triunfador, prefiere a la
opulenta dalmática. de los heraldos su túnica de fauno, es con objeto de mostrar a los demás el camino recto que ha
tomado él mismo, la prudente simplicidad que ha sabido observar, la indiferencia que manifiesta con respecto a los
bienes terrestres y a la gloria mundana.
Junto a un tema de tan gran envergadura, los personajillos que lo acompañan desempeñan un papel muy borroso,
pero se cometería un error si se menospreciara su estudio. Ningún detalle es superfluo en iconografía hermética, y
estos humildes depositarios de arcanos, modestas imágenes del pensamiento ancestral, merecen ser interrogados y
examinados con cuidado. Menos con un fin decorativo que con la caritativa intención de iluminar a quienes le tes-
timoniaran interés, han sido colocados allí. En lo que a nosotros concierne, jamás nos hemos arrepentido de haber
consagrado demasiado tiempo y atención al análisis de jeroglíficos de esta clase. A menudo, nos han aportado la
solución de problemas abstrusos, y en la aplicación, el éxito que buscábamos en vano obtener sin el concurso de su
enseñanza.
Las figurillas, esculpidas bajo su dosel y que soportan las cabezas de los capiteles, son cinco. Cuatro de ellas llevan
el manto del filósofo, que apartan para mostrar los diferentes emblemas de su cargo. La más alejada del hombre de
los bosques se alza en la rinconera formada por el ángulo de una pequeña hornacina moderna de estilo gótico que
abriga tras sus vidrios una estatuilla de la Virgen. Se trata de un hombre muy cabelludo y de barba larga, que
sostiene en su mano izquierda un libro, y aprieta en la derecha el mango de una jabalina o lanza. Estos atributos, en
extremo sugestivos, designan formalmente las dos materias, activa y pasiva, cuya reacción mutua suministra, al final
del combate filosófico, la primera sustancia de la Obra. Algunos autores -Nicolas Flamel y Basilio Valentín, en
particular- han dado a estos elementos el epíteto convencional de dragones. El dragón celeste, al que representan
alado, caracteriza el cuerpo volátil, mientras que el dragón terrestre, áptero, designa el cuerpo fijo. «De estos dos
dragones o principios metálicos -escribe Flamel2-, he dicho en el Sumario antes citado que el enemigo inflamaria
por su ardor el fuego de su enemigo, y que entonces, si se prestaba atención, se vería por el aire una humareda
venenosa y maloliente, mucho peor en llama y en veneno que la cabeza emponzoñada de una serpiente y dragón
babilonio.» Generalmente, y cuando no hablan más que del dragón, los filósofos se refieren al volátil. A éste reco-
miendan darle muerte atravesándolo de un lanzazo, y esta operación es el tema, entre ellos, de numerosas fábulas y
alegorías variadas. El agente está velado tras diversos nombres de valor esotérico semejante: Marte, Marthe,
Marcelo, Miguel, Jorge, etc., y estos caballeros del arte sagrado, tras una ardorosa lucha de la que salen siempre
victoriosos, abren, en el costado de la serpiente mítica, una ancha herida de la que brota una sangre negra, espesa y
viscosa3. Tal es la secreta verdad que proclama, desde lo alto de su cátedra de madera, el heraldo secular, inerte y
mudo, atornillado al cuerpo de su vieja mansión.
El segundo personaje se muestra más discreto y reservado. Apenas levanta el pliegue de su manto, pero este gesto
permite distinguir un grueso libro cerrado que tiene apretado contra su cintura. Pronto volveremos a hablar de él.
A éste le sucede un caballero de actitud enérgica que agarra el puño de su estoque. Arma necesaria que utilizará
para arrebatar la vida al león terréstre y volador o grifo, jeroglífico mercurial que hemos estudiado en la casa de
Lisieux. Volvemos a hallar aquí la exposición emblemática de una operación esencial, la de la fijación del mercurio

1
Philippe Berger, Revue archéologique, abril de 1884.
2
El libro de las figuras jeroglíficas, op. cit.
3
El mito del dragón y del caballero que lo ataca desempeña un papel importante en las leyendas heroicas o populares, así como
en las mitologías de todos los pueblos. Las narraciones escandinavas, lo mismo que las asiáticas, nos describen tales hazañas. En
la Edad Media, el caballero Gozon, el caballero Belzunce, san Román, etc., combaten con el dragón y lo matan. La fábula china
se aproxima más a la realidad. Nos cuenta que el célebre alquimista Hujumsin, elevado a la divinidad por haber descubierto la
piedra filosofal había dado muerte a un terrible dragón que asolaba el país, y clavó el despojo del monstruo en el fuste de una
columna «que se ve aún hoy», dice la leyenda. Después de lo cual, se elevó al cielo.

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Las Moradas Filosofales, EL HOMBRE DE LOS BOSQUES

y de su mutación parcial en azufre fijo. «La sangre fija del león rojo -dice a este propósito Basilio Valentín1- está
hecha de la sangre volátil del león verde, porque ambos son de una misma naturaleza.» Señalemos que existen pocas
versiones diferentes en las parábolas de que se sirven los autores para describir este trabajo. La mayoría, en efecto,
se limita a representar el combate del caballero y del león, como puede comprobarse en el castillo de Coucy
(tímpano de la puerta del torreón) y en uno de los bajo relieves del Carroir doré2, de Romorantin (lám. XXII).
No seríamos capaces de dar una interpretación exacta de la figurilla que sigue. Por desgracia, está mutilada e
ignoramos qué emblemas presentaba con sus manos hoy rotas. La única del cortejo simbólico del hombre de los
bosques, esta joven de vestidura ampliamente abierta, aureolada y meditativa, toma un carácter claramente religioso,
y podría, verosímilmente, representar una virgen. En este caso, veríamos en ella el jeroglífico humanizado de
nuestro primer tema. Pero esto no es más que una hipótesis, y nada nos permite desarrollar el argumento. Pasaremos
de largo, pues, sobre este gracioso motivo lamentando que esté incompleto, para estudiar el último de los figurantes,
el peregrino.
Nuestro viajero, sin duda alguna, ha caminado largo tiempo. Sin embargo, su sonrisa es bastante elocuente de hasta
qué punto está feliz y satisfecho de haber cumplido su voto. Pues el zurrón vacío y el bordón sin calabaza indican
que este digno hijo de la Auvernia ya no tiene que preocuparse de comer y beber. Por añadidura, la concha fijada al
sombrero, insignia especial de los peregrinos de Santiago, demuestra que procede directamente de Compostela.
Lleva consigo el infatigable peatón el libro abierto -ese libro adornado con las bellas imágenes que Flamel no sabía
explicar- que una revelación misteriosa le permite ahora traducir y poner en ejecución. Este libro, aunque sea muy
corriente, aunque todo el mundo puede adquirirlo con facilidad, no puede, sin embargo, ser abierto, es decir,
comprendido, sin revelación previa. Sólo Dios, por intercesión del «señor Santiago», concede, a quienes juzga
dignos de ello, el rayo de luz indispensable. Es el libro del Apocalipsis, de páginas cerradas con siete sellos, el libro
iniciático que nos presenta los personajes encargados de exponer las elevadas verdades de la ciencia. Santiago,
discípulo del Salvador, no lo abandona. Con la calabaza , el bordón bendito y la concha, posee los atributos ne-
cesarios para la enseñanza escondida de los peregrinos de la Gran Obra. Y ése es el primer secreto, el que los
filósofos no revelan y que reservan bajo la expresión enigmática del camino de Santiago 3.
Todos los alquimistas están obligados a emprender este peregrinaje. Al menos, en sentido figurado, pues se trata de
un viaje simbólico, y quien desea obtener provecho de él no puede, ni por un solo instante, abandonar el laboratorio.
Le es preciso vigilar sin tregua el recipiente, la materia y el fuego. Debe, día y noche, permanecer en la brecha.
Compostela, ciudad emblemática, no está en absoluto situada en tierra española, sino en la tierra misma del sujeto
filosófico. Camino rudo, penoso, lleno de imprevistos y de peligro. ¡Ruta larga y fatigosa por la cual el potencial se
actualiza y lo oculto se manifiesta! Y esta preparación delicada de la materia prima, o mercurio común, es lo que los
sabios han velado tras la alegoría de la peregrinación a Compostela.
Creemos haber dicho que nuestro mercurio es ese peregrino, ese peregrino al que Miguel Maier consagró uno de
sus mejores tratados4. Pues bien; utilizando la vía seca, representada por el camino terrestre que sigue, al partir,
nuestro peregrino, se consigue exaltar poco a poco la virtud difusa y latente, transformando en actividad lo que no
era sino potencia. La operación está terminada cuando aparece en la superficie una estrella brillante, formada por
rayos que emanan de un centro único, prototipo de las grandes rosas (rosetones) de nuestras catedrales góticas. Ése
es el signo cierto de que el peregrino ha llegado felizmente al término de su primer viaje. Ha recibido la bendición
mística de Santiago, confirmada por la huella luminosa que irradiaba, se dice, por encima de la tumba del apóstol.
La humilde y común concha que llevaba en el sombrera se ha transformado en astro brillante, en aureola de luz.
Materia pura cuya perfección consagra la estrella hermética: es ahora nuestro compuesto, el agua bendita de
Compostela (lat. compos, que ha recibido, que posee; stella, estrella) y el alabastro de los sabios (albastrum,
contracción de alabastrum, albo astro). También es el vaso de los perfumes, el vaso de alabastro (gr.
alaqastron, lat. alabastrus) y la yema naciente de la flor de sapiencia, rosa hermetica.
De Compostela, el regreso puede efectuarse bien por la misma vía, siguiendo un itinerario diferente, bien por la vía
húmeda o marítima, la única que los autores indican en sus obras. En este caso, el peregrino, escogiendo la ruta
marítima, se embarca conducido por un piloto experto, mediador experimentado, capaz de asegurar la salvaguarda

1
Les Douze Clefs de Philosophie. Op. cit. lib. II, p. 140; Ed. de Minuit, 1956, p. 231.
2
El Carroir doré, edificio de madera del siglo XV comprende una planta baja de la que ya no queda más que la estructura y un
desván apiñonado añadido posteriormente. Las casas, como los libros y los hombres, en ocasiones tienen un extraño destino. La
mala suerte quiso que esta linda casa perdiera sus torrecillas de los ángulos. Edificada en efecto, en la intersección de dos calles,
forma un ángulo cortado y sabido es el partido que los constructores medievales sabían obtener de tal disposición achaflanando y
redondeando los salientes laterales de las partes voladas mediante torrecillas, almenados o atalayas. Es de suponer que el Carroir
doré, a juzgar por la forma ancha de los postes de serbal colocados sin apoyo, debía de presentar ese aspecto armonioso y
original de que gustaba la estética medieval. Por desgracia, no subsisten hoy más que los modillones esculpidos, desgastados,
medio carcomidos, miserables expansiones óseas, rótulas descarnadas de un esqueleto de madera.
3
Por eso se llama aún la vía láctea. Los mitólogos griegos nos dicen que los dioses tomaban esta vía para dirigirse al palacio de
Zeus, y que los héroes la seguían igualmente para entrar en el Olimpo. El camino de Santiago es la ruta estrellada, accesible a los
elegidos, a los mortales valerosos, sabios y perseverantes.
4
Viatorium: Hoc est de Montibus Planetarum septem seu metallorum. Ruán, Jean Berthelin, 1651.

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Las Moradas Filosofales, EL HOMBRE DE LOS BOSQUES

del navío durante toda la travesía. Tal es el papel ingrato que asume el piloto de la onda viva1, pues la mar está
sembrada de escollos y las tempestades son en ella frecuentes.
Estas sugestiones ayudan a comprender el error en el que gran cantidad de ocultistas han caído, tomando el sentido
literal de narraciones puramente alegóricas, escritas con la intención de enseñar a los unos lo que es preciso
esconder a los otros. Albert Poisson mismo se dejó atrapar en la estratagema. Creyó que Nicolas Flamel,
abandonando a dama Pernelle, su mujer, su escuela y sus iluminaciones, había realizado de veras, a pie y por la ruta
ibérica, el voto formulado ante el altar de Saint-Jacques-la-Boucherie, su parroquia. Pues bien, nosotros certificamos
-y puede confiarse en nuestra sinceridad- que jamás Flamel salió de la bodega donde ardían sus hornos. Quien sabe
lo que es el bordón, la calabaza y la mérelle del sombrero de Santiago, sabe también que decimos la verdad.
Sustituyendo por los materiales y tomando modelo del agente interno, el gran adepto observaba las reglas de la
disciplina filosófica y seguía el ejemplo de sus predecesores. Raimundo Lulio nos dice que realizó, en 1267,
inmediatamente después de su conversión y a la edad de treinta y dos años, el peregrinaje a Santiago de Compostela.
Todos los maestros, pues, han empleado la alegoría, y esos relatos imaginarios que los profanos tomarían por
realidades o cuentos ridículos, según el sentido de las versiones, son precisamente aquellos en que la verdad se
afirma con la mayor claridad. Basilio Valentín termina su primer libro, que sirve de introducción a las Doce claves,
con una escapada al Olimpo. Hace hablar a los dioses, y cada uno de ellos, empezando por Saturno, da su opinión,
prodiga sus consejos y explica su influencia propia acerca de la marcha de la gran labor. Bernardo Trevisano dice,
en cuarenta páginas, muy poca cosa, pero el interés de su Libro de la filosofía natural de los metales procede de las
escasas páginas que componen su célebre Parábola. Wenceslao Lavinio de Moravia da el secreto de la Obra en una
quincena de líneas, en el Enigma del mercurio filosofal que se encuentra en el Tratado del cielo terrestre. Uno de
los manuales alquímicos más reputados de la Edad Media, el Código de verdad, llamado también Turba
Philosophorum, contiene una alegoría en la que muchos artistas, en una escena patética que anima el espíritu de
Pitágoras, interpretan el drama químico de la Gran Obra. Una obra anónima clásica, que se atribuye generalmente al
Trevisano, el Sueño verde, expone la práctica bajo la fórmula tradicional del artesano transportado, durante su
sueño, a una tierra celestial poblada de habitantes desconocidos que viven en medio de una flora maravillosa. Cada
autor escoge el tema que le agrada, y lo desarrolla según su fantasía. El Cosmopolita toma de nuevo los diálogos
familiares de la época medieval y se inspira en Jehan de Meung. Más moderno, Cyliani esconde la preparación del
mercurio tras la ficción de una ninfa que le guía y le dirige en esta labor. En cuanto a Nicolas Flamel, se aparta de
los senderos trillados y de las fábulas consagradas. Más original si no más claro, prefiere disfrazarse bajo los rasgos
del tema de los sabios y dejar comprender a quien sepa esta autobiografía, reveladora pero supuesta.
Todas las efigies de Flamel lo representaban como peregrino. Así figuraba en el pórtico de la iglesia de Saint-
Jacques.la.Boucherie y en el de Sainte-Geneviève-des-Ardents. Con el mismo atavío se hizo pintar en el arco del
cementerio de los Inocentes. El Dictionnaire historique de Louis Moreri cita un retrato pintado por Nicolas Flamel
que se veía expuesto en tiempos de Borel -o sea hacia 1650- en casa de Monsieur des Ardres, médico. También en
este caso el adepto se había revestido con el atavío por el que sentía particular afecto. Detalle singular, «su gorro era
de tres colores: negro, blanco y rojo», coloraciones de las tres fases principales de la Obra. Imponiendo a los
escultores y pintores esta fórmula simbólica, Flamel el alquimista disimulaba la personalidad bruguesa de Flamel el
escritor tras la de Santiago el Mayor, jeroglífico del mercurio secreto. Estas imágenes no existen ya hoy, pero
podemos tener de ellas una idea bastante exacta gracias a las estatuas del apóstol ejecutadas en la misma época. Una
obra magistral del siglo XIV perteneciente a la abadía de Westminster nos muestra a Santiago revestido con el
manto, la muceta a un lado, tocado con el ancho sombrero ornado con la concha. Sostiene con su mano izquierda el
libro cerrado, envuelto en un zurrón a guisa de estuche. Tan sólo el bordón, sobre el que se apoyaba con la mano
derecha, ha desaparecido (lám. XXIII).
Este libro cerrado, símbolo claro del tema del que se sirven los alquimistas y que se llevan al partir, es el que
sostiene con tanto fervor el segundo personaje del hombre de los bosques. El libro con figuras trazadas que permiten
reconocerlo y apreciar su virtud y su objeto. El famoso manuscrito de Abraham el Judío, del que Flamel toma una
copia de sus imágenes, es una obra del mismo orden y de calidad semejante. Así, la ficción, sustituyendo la realidad,
toma cuerpo y se afirma en la caminata hacia Compostela. Sabido es hasta qué punto se muestra avaro el adepto con
relación a informaciones sobre su viaje que efectúa de una sola tirada. «Pues de esta misma manera2 -se limita a
escribir- me puse en camino y tanto hice que llegué a Montjoye y luego, a Santiago donde, con gran devoción,
cumplí mi voto.» He aquí, ciertamente, una descripción reducida a su más simple expresión. Ningún itinerario,
ningún incidente, la menor indicación sobre la duración del trayecto. Los ingleses ocupaban entonces todo el te-
rritorio, pero nada de ello dice Flamel. Un solo término cabalístico, el de Mont-joie, que es evidente que el adepto
emplea a propósito. Es el indicio de la etapa bendita, largo tiempo esperada en que el libro se abre al fin, el monte
alegre en cuya cima brilla el astro hermético3. La materia ha sufrido una primera preparación, y el vulgar azogue se

1
Es el título de una obra alquímica de Mathurin Eyquem, señor du Martineau, aparecida en casa de Jean d'Houry. Paris, 1678
(Pilote de L'onde vive).
2
Es decir, bajo el hábito de peregrino con el que se hizo representar más tarde en el cementerio de los Inocentes.
3
La leyenda de Santiago, narrada por Albert Poisson, contiene la misma verdad simbólica. «En 835, Teodomiro, obispo de Iria
fue informado por un montañés de que, en una colina cubierta de bosque, a alguna distancia al oeste del monte Pedroso, se
advertía por la noche una luz suave, ligeramente azulada y cuando el cielo no tenía nubes, veíase una estrella de un brillo
maravilloso por encima de ese mismo lugar. Teodomiro se dirigió a la colina con todo su clero. Se realizaron excavaciones en el

123
Las Moradas Filosofales, EL HOMBRE DE LOS BOSQUES

ha convertido en hidrargirio filosófico, pero no explicamos nada más, pues la ruta seguida es sabiamente mantenida
en secreto.
La llegada a Compostela implica la adquisición de la estrella. Pero el sujeto filosofal es aún demasiado impuro para
experimentar la maduración. Nuestro mercurio debe elevarse progresivamente al supremo grado de pureza
requerida, por una serie de sublimaciones que necesitan la ayuda de una sustancia especial, antes de ser
parcialxnente coagulado en azufre vivo. Para iniciar a su lector en estas operaciones, Flamel cuenta que un mercader
de Boulogne1 -que identificamos con el mediador indispensable- lo puso en relaciones con un rabino judío, el
maestro Canches, «hombre muy sabio en las ciencias sublimes». Nuestros tres personajes tienen así sus papeles
respectivos perfectamente establecidos. Flamel, como hemos dicho, representa el mercurio filosófico. Su mismo
nombre habla como un seudónimo escogido a propósito. Nicolas, en griego Nicolaoç, significa vencedor de la
piedra (de Nich, victoria, y laoç, piedra, roca). Flamel se acerca al latín Flamma, llama o fuego, que expresa la
virtud ígnea y coagulante que posee la materia preparada, virtud que le permite luchar contra el ardor del fuego,
nutrirse de él y triunfar sobre él. El mercader hace las veces de intermediario2 en la sublimación, la cual reclama un
fuego violento. En este caso, emporoç, mercader, sustituye a empuroç, que se trabaja por medio del fuego. Es
nuestro fuego secreto llamado Vulcano lunático por el autor de la Antigua guerra de los caballeros. El maestro
Canches, que Flamel nos presenta como su iniciador, expresa el azufre blanco, principio de coagulación y de
sequedad. Este nombre viene del griego cagcanoç, seco, árido, de cagcainw, calentar, desecar, vocablos
cuyo sentido expresa la cualidad estíptica que los antiguos atribuyen al azufre de los filósofos. El esoterismo se
completa con la palabra latina Candens, que indica lo que está blanco, de un blanco puro, brillante, obtenido por el
fuego, lo que es ardiente y abrasado. No podría caracterizarse mejor con una palabra el azufre en el plano
psicoquímico, y el iniciado o cátaro, en el ámbito filosófico.
Flamel y el maestro Canches, aliados por una indefectible amistad, van ahora a viajar de concierto. El mercurio,
sublimado, manifiesta su parte fija, y esta base sulfurosa marca el primer estadio de la coagulación. El intermediario
es abandonado o desaparece , y ya no intervendrá más. Los tres se hallan reducidos a dos -azufre y mercurio-, los
cuales realizan lo que se ha convenido en llamar la amalgama filosófica, simple combinación química aún no
radical. Aqui interviene la cocción, operación encargada de asegurar al compuesto nuevamente formado la unión
indisoluble e irreductible de sus elementos, y su transformación completa en azufre rojo fijo, medicina de primer
orden según Jabir.
Los dos amigos se ponen de acuerdo para operar su regreso por mar en lugar de tomar la vía terrestre. Flamel no
nos dice las causas de esta resolución, que se contenta con someter a la apreciación de los investigadores. Sea como
fuere, la segunda parte del periplo es larga, peligrosa, «incierta y vana -dice un autor aónimo- si se desliza el menor
error». Ciertamente, según nuestra opinión, la vía seca sería preferible, pero no nos queda elección. Cyliani advierte
a su lector que no describe la vía húmeda, llena de dificultades e imprevistos, sino por deber. Nuestro adepto juzga
lo mismo, y debemos respetar su voluntad. Es notorio que gran número de navegantes poco experimentados
naufragaron en su primera travesía. Debe velarse siempre por la orientación del navío, maniobrar con prudencia,
temer los saltos del viento, prever la tempestad, estar alerta, evitar la cueva de Caribdis y el escollo de Escila, luchar
sin pausa, día y noche, contra la violencia de las olas. No es empresa fácil dirigir la nave hermética., y el maestro
Canches, que suponemos ha servido de piloto y conductor a Flamel argonauta, debía ser muy hábil en la materia...
Es, por otro lado, el caso del azufre, que resiste enérgicamente a los asaltos, a la influencia detersiva de la humedad
mercurial, pero acaba por ser vencido y por morir bajo sus golpes. Gracias a su compañero, Flamel pudo
desembarcar sano y salvo en Orleáns (or-léans, 1'or est lá, el oro está ahí), donde el viaje marítimo debía, natural y
simbólicamente acabarse. Por desgracia, apenas en tierra firme, el maestro Canches, el buen guía, muere, víctima de
los grandes vómitos que había sufrido en el agua. Su amigo, desolado, lo manda inhumar en la iglesia de la Santa
Cruz3 y regresa a su casa solo, pero instruido y satisfecho de haber alcanzada la meta de sus deseos.
Estos vómitos del azufre son los mejores indicios de su disolución y mortificación. Alcanzada esta fase, la Obra
toma, en la superficie, el aspecto de un «pisto graso y salpimentado» -brodium saginatum piperatum, dicen los
textos-. Desde este momento, el mercurio se ennegrece cada día más, y su consistencia se hace como de jarabe, y,
luego, pastosa. Cuando el negro alcanza su máxima intensidad, la putrefacción de los elementos se consuma y su
unión se realiza. Todo aparece firme en el vaso hasta que la masa sólida se resquebraja, se agrieta, se agota y cae,
por fin, en polvo amorfo, negro como el carbón. «Verás entonces -escribe Filaleteo4- un color negro notable, y toda
la tierra será desecada. La muerte del compuesto ha llegado. Los vientos cesan, y todas las cosas entran en el reposo.
Es el gran eclipse del Sol y de la Luna. Ninguna luminaria luce ya sobre la tierra, y el mar desaparece.»

lugar y se halló, en un sarcófago de mármol un cuerpo perfectamente conservado que indicios ciertos revelaron como el del
apóstol Santiago.» La catedral actual, destinada a sustituir la iglesia primitiva, destruida por los árabes en 997, fue construida en
1082.
1
Boulogne presenta alguna analogía con Boulaioç, que preside en tos consejos. Diana recibía el sobrenombre de Boulaia,
diosa del buen consejo.
2
Intermediario, en griego, se dice mesithç, de mesoç, que está en medio, que se mantiene entre dos extremos. Es nuestro
Mesías, que desempeña en la Obra la función mediadora de Cristo entre el Creador y su criatura, entre Dios y el hombre.
3
Semejante a la de Cristo, la pasión del azufre, que muere a fin de rescatar a sus hermanos metálicos, termina en la cruz
redentora.
4
Introitus apertus ad occlusum Regis palatium. Op. cit., cap. XX, 6.

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Las Moradas Filosofales, EL HOMBRE DE LOS BOSQUES

Comprendemos así por qué Flamel relata la muerte de su amigo, y por qué éste, habiendo sufrido la dislocación de
sus partes por una especie de crucifixión, tuvo su sepultura puesta bajo la advocación y el signo de la santa Cruz. Lo
que comprendemos menos es el elogio fúnebre, bastante paradójico, que pronuncia nuestro adepto en honor del
rabino: «Que Dios acoja su alma -exclama-, pues murió como buen cristiano.» Sin duda, no pensaba sino en el
suplicio ficticio padecido por su compañero filosófico.
Tales son, estudiadas en el orden mismo de la narración, las relaciones -demasiado elocuentes para ser tachadas de
simples coincidencias- que han contribuido a formar nuestra convicción. Estas concordancias singulares y precisas
demuestran que el peregrinaje de Flamel es una pura alegoría, una ficción muy hábil e ingeniosa de la labor
alquímica a la que se entregó aquel hombre caritativo y sabio. Nos falta ahora hablar de la obra misteriosa, de ese
Liber que fue la causa inicial del periplo imaginario, y decir qué verdades esotéricas está encargado de revelar.
Pese a la opinión de ciertos bibliófilos, confesamos que siempre nos ha resultado imposible creer en la realidad del
Libro de Abraham el Judío, ni en lo que sobre él cuenta su feliz poseedor en sus Figuras jeroglíficas. Según nuestra
opinión, este famoso manuscrito, tan desconocido como inhallable, parece que no es sino otra invención del gran
adepto, destinada, como la precedente, a instruir a los discípulos de Hermes. Se trata de un compendio de los
caracteres que distinguen la materia prima de la Obra, así como de las propiedades que adquiere por su preparación.
Entraremos, a este propósito, en algunos detalles propios para justificar nuestra tesis y suministrar útiles
indicaciones a los amantes del arte sagrado. Fiel a la regla que nos hemos impuesto, limitaremos nuestra explicación
a los puntos importantes de la práctica, evitando con cuidado sustituir con nuevas figuras aquellas que hayamos
desvelado. Son cosas ciertas, positivas y verdaderas lo que enseñamos; cosas vistas por nuestros ojos, mil veces
tocadas con nuestras manos, descritas sinceramente a fin de devolver al camino simple y natural a los errantes y a
los engañados.
La obra legendaria de Abraham sólo nos es conocida por la descripción que Nicolas Flamel nos ha dejado en su
célebre tratado1. A esta única relación, que incluye una pretendida copia del título, se limita nuestra documentación
bibliográfica.
Según testimonio de Albert Poisson2, el cardenal De Richelieu lo habría poseído. Basa su hipótesis en los papeles
de un tal Dubois, ahorcado tras haber sido torturado, y que pasaba, con razón o sin ella, por ser el último
descendiente de Flamel3. Sin embargo, nada prueba que Dubois hubiera heredado el singular manuscrito, y menos
aún que Richelieu se hubiera apoderado de él, ya que ese libro jamás ha sido señalado en parte alguna desde la
muerte de Flamel. En ocasiones se ve, es cierto, de tarde en tarde, pasar por el comercio supuestas copias del Libro
de Abraham. Éstas, en pequeñísimo, no presentan ninguna relación entre sí, y se hallan repartidas en algunas
bibliotecas privadas. Las que conocemos sólo son intentos de reconstitución basados en Flamel. En todas se
encuentra el título, en francés, muy exactamente reproducido y conforme a la traducción de las Figuras jeroglíficas,
pero sirve de enseña a versiones tan diversas, tan alejadas, sobre todo, de los principios herméticos, que revelan ipso
facto su origen apócrifo. Pues Flamel exalta precisamente la claridad del texto, «escrito en hermoso y muy
inteligible latín», hasta el punto de que se niega a transmitir el menor extracto a la posteridad. En consecuencia, no
puede existir correlación, ni causa, entre el pretendido original y las copias apócrifas que señalamos. En cuanto a las
imágenes que habrían ilustrado la obra en cuestión, también han sido realizadas a partir de la descripción de Flamel.
Dibujadas y pintadas en el siglo XVII, forman parte, en la actualidad, del fondo alquímico francés de la biblioteca
del Arsenal4.
En resumen, tanto por el texto como por las figuras, tan sólo se han contentado con respetar, en esas tentativas de
reconstitución, lo poco que Flamel ha dejado. Todo el resto es pura invención. Finalmente, como jamás ningún
bibliógrafo ha podido descubrir el original, y nos encontramos en la imposibilidad material de confrontar la relación
del adepto, nos vemos forzados a concluir que se trata, con seguridad, de una obra inexistente y supuesta.
El análisis del texto de Nicolas Flamel nos reserva, por otra parte, nuevas sorpresas. He aquí, en primer lugar, el
pasaje de las Figuras jeroglíficas que contribuyó a extender, entre los alquimistas y los bibliófilos, la casi
certidumbre de la realidad del libro llamado de Abraham el Judío: «Así, pues, yo, Nicolas Flamel, escribano, cuando
tras el fallecimiento de mis padres me ganaba la vida con nuestro arte de escritura, haciendo inventarios, llevando
las cuentas y restando los gastos de los tutores y de los menores, cayó en mis manos, por la suma de dos florines, un
libro dorado muy viejo y ancho. No era en absoluto de papel o pergamino, como los otros, sino que estaba hecho,
simplemente, de cortezas delgadas (me pareció) de tiernos arbolitos. Su cubierta era de cobre bien fino, toda grabada
con letras o figuras extrañas. En cuanto a mí, creo que podían muy bien ser caracteres griegos o de otra lengua
antigua parecida. Yo no sabía leerlas, y sé seguro que no eran notas, ni letras latinas o galas, pues entendemos un

1
Le Livre des Figures Hieroglifiques de Nicolas Flamel, escrivain..., traduit du latin en françois par P. Arnauld, en Trois Traitez
de la Philosophie naturelle, París, Guillaume Marette, 1622.
2
Albert Poisson, L'Alchimie au XIV siècle. Nicolas Flamel. París, Chacornac, 1893.
3
Flamel murió el 22 de marzo de 1418, día de fiesta de los alquimistas tradicionales. El equinoccio de primavera, en efecto,
inaugura la era de los trabajos de la Gran Obra.
4
Recueil de Sept Figures peintes. Bibl. del Arsenal, n.º 3047 (153, S.A.F.), o m 365x o m 225. En el reverso del folio A se halla
una nota del secretario de Monsieur de Paulmy, a quien pertenecia la colección, nota corregida de puño y letra de Paulmy, donde
se dice que «Las siete figuras iluminadas de este volumen son las famosas Figuras que Nicolas Flamel encontró en un libro cuyo
autor era Abraham el judío.»

125
Las Moradas Filosofales, EL HOMBRE DE LOS BOSQUES

poco. En cuanto al interior, sus hojas de corteza estaban grabadas, y escritas con gran habilidad con una punta de
hierro en hermosas y muy claras letras latinas coloreadas. Contenía tres veces siete hojas...»
¿Es necesario que señalemos ya lo extraño de una obra constituida por semejantes elementos? Su originalidad raya
en la rareza, casi en la extravagancia. El volumen, muy ancho, se parece, por lo mismo, a los álbumes de forma
italiana que contienen reproducciones de paisajes, arquitecturas, etc., estampas ordinariamente presentadas en
anchura. Es, se nos dice, dorado, aunque su cubierta sea de cobre. Prosigamos. Las hojas son de corteza de arbolito.
Sin duda, Flamel quiere decir de papiro, lo que daría al libro una respetable antigüedad, pero esas cortezas en lugar
de estar escritas o pintadas directamente están grabadas con un punzón de hierro antes de su coloración. No lo
comprendemos. ¿Cómo sabe el narrador que el estilete del que se habría servido Abraham era de hierro y no de
madera o de marfil? Para nosotros constituye un enigma tan indescifrable como este otro: el legendario rabino
escribió en latín un tratado dedicado a sus correligionarios, judíos como él. ¿Por qué ha hecho uso del latín, lengua
científica corriente en la Edad Media? Podía haber prescindido, utilizando la lengua hebrea, menos extendida
entonces, de lanzar el anatema y exclamar Marantha sobre aquellos que intentaran estudiar el volumen. Por fin, y
pese a lo que asegura Flamel, ese viejo manuscrito acababa de ser ejecutado cuando él lo adquirió. En efecto,
Abraham dice no querer revelar su secreto más que para acudir en ayuda de los hijos de Israel, perseguidos en la
misma época en que el futuro adepto se desvelaba sobre su texto: A la gente de los judíos, por la ira de Díos
dispersa en las Galias, salud, exclama el levita, príncipe, sacerdote y astrólogo hebreo al comienzo de su grimorio.
Así, el gran maestro Abraham, doctor y luminaria de Israel, se revela, si lo tomamos al pie de la letra, como un
mixtificador emérito, y su obra, fraudulentamente arcaica, se muestra desprovista de autenticidad, incapaz de resistir
la crítica. Pero si consideramos que el libro y el autor jamás han tenido otra existencia que en la imaginación fértil
de Nicolas Flamel, debemos pensar que todas estas cosas, tan diversas y singulares, encierran un sentido misterioso
que importa descubrir.
Comencemos el análisis por el supuesto autor del grimorio ficticio. ¿Quién es Abraham? El patriarca por
excelencia. En griego, patriarchç es el primer autor de la familia, de las raíces pathr, padre, y arch,
comienzo, principio, origen, fuente, fundamento. El nombre latino Abraham que la Biblia da al venerable antepasado
de los hebreos significa padre de una multitud. Es, pues, el primer autor de las cosas creadas, la fuente de todo
cuanto vive aquí abajo, la única sustancia primordial cuyas diferentes especificaciones pueblan los tres reinos de la
Naturaleza. El Libro de Abraham es, por consecuencia, el Libro del principio, y como este libro está consagrado,
según Flamel, a la alquimia, parte de la ciencia que estudia la evolución de los cuerpos minerales, nos enteramos de
que trata de la materia metálica original, base y fundamento del arte sagrado.
Flamel adquiere este libro por la suma de dos florines, lo que significa que el precio global de los materiales y del
combustible necesarios para la obra se evaluaba en dos florines en el siglo XIV. La materia prima sola, en cantidad
suficiente, valia entonces diez sueldos. Filaleteo, que escribía su tratado del Introito en 1645, eleva a tres florines el
gasto total. «Así -dice-, verás que la Obra, en sus materiales esenciales, no excede el precio de tres ducados o tres
florines de oro. El gasto de fabricación del agua sobrepasa apenas dos coronas por libra1.»
El volumen, dorado, muy viejo y ancho no se parece en nada a los libros ordinarios; sin duda, porque está hecho y
compuesto de otra materia. El dorado que lo recubre le da el aspecto metálico. Y si el adepto asegura que es viejo,
es sólo para determinar la elevada antigüedad del tema hermético. «Diría, pues, afirma un autor anónimo2, que la
materia de que se hace la piedra de los filósofos fue hecha a la vez que el hombre, y se llama tierra filosofal... Pero
nadie la conoce aparte los verdaderos filósofos, que son los hijos del Arte.» Aunque este libro, no reconocido, sea
muy común, encierra muchas cosas y contiene grandes verdades escondidas. Flamel, pues, tiene razón al decir que
es ancho. En efecto, el latín largus significa abundante, rico, copioso, palabra derivada del griego la, mucho, y
ergon, cosa. Además, el griego platuç, ancho, tiene igualmente el sentido de utilizado, de muy extendido, de
expuesto a todos los ojos. No cabe definir mejor la universalidad del tema de los sabios.
Continuando con su descripción, nuestro escritor piensa que el libro de Abraham estaba hecho de cortezas
delgadas de tiernos arbolitos, o, al menos, así lo parecía. Flamel no se muestra muy concluyente, y con razón, pues
sabe muy bien que, salvo excepciones casi rarísimas, el pergamino medieval ha sustituido, desde hace tres siglos, al
papiro de Egipto3. Y aunque no podamos parafrasear esta expresión lacónica, debemos reconocer que, sin embargo,
es ahí donde el autor habla con más claridad. Un arbolito es un árbol pequeño, al igual que un mineral es un metal
amarillo. La corteza o ganga, que sirve de envoltura a esé mineral, permite al hombre identificarlo con certidumbre,
gracias a los caracteres exteriores de que se reviste. Ya hemos insistido sobre el nombre que los antiguos daban a su
materia, a la que llamaban liber, el libro. Pues bien, este mineral presenta una configuración particular. Las láminas
cristalinas que forman su textura están, como en la mica, superpuestas a la manera de las páginas de un libro. Su
apariencia exterior le ha valido el epíteto de leproso y de dragón cubierto de escamas, porque su ganga es escamosa,
desagradable y ruda al tacto. Un simple consejo a este propósito: escoged con preferencia las muestras cuyas
escamas son las anchas y más acusadas.
«... Su cubierta era de cobre bien delgado, toda grabada con letras o figuras extrañas.»

1
Introitus apertus ad occlusum Regis palatium. Op. cit., cap. XVII, 3.
2
Discours d'Autheur incertain sur la Pierre des Philosophes. Manuscrito de la Biblioteca nacional de París fechado en 1590, n.º
19957 (antiguo Saint-Germain francés). Una copia manuscrita del mismo tratado, fechada en 1.º de abril de 1696, pertenece a la
biblioteca del Arsenal, n.º 3031 (180, S.A.F.).
3
El uso del papiro fue abandonado por completo a finales del siglo XI o comienzos del XII.

126
Las Moradas Filosofales, EL HOMBRE DE LOS BOSQUES

La mina afecta a menudo una coloración pálida como el latón, y, en ocasiones, rojiza como el cobre. En todos los
casos, sus escamas aparecen cubiertas de alineaciones que se enredan y que tienen el aspecto de signos o caracteres
extraños, variados y mal definidos. Hemos señalado más arriba el contrasentido evidente que existe entre el libro
dorado y su encuadernación de cobre, pues no puede tratarse aquí de su estructura interna.
Es probable que el adepto desee atraer la atención, por una parte, hacia la especificación metálica de la sustancia
figurada por su libro y, por otro lado, hacia la facultad que este mineral posee de trasmutarse parcialmente en oro.
Esta curiosa propiedad viene indicada por Filaleteo en su Comentario sobre la epístola de Ripley dirigida al rey
Eduardo IV: «Sin emplear el elixir trasmutatorio -dice el autor hablando de nuestro tema-, sé fácilmente extraer de
él el oro y la plata que encierra, lo que puede ser certificado por quienes lo han visto tan bien como yo.» Esta
operación no es aconsejable, pues quita todo valor a la Obra, pero podemos asegurar que la materia filosofal
contiene en verdad el oro de los sabios, oro imperfecto, blanco y crudo, vil respecto del metal precioso, pero muy
superior al oro mismo si no tomamos en consideración más que la labor hermética. Pese a su humilde cubierta de
cobre con escamas grabadas, es, pues, a todas luces un libro dorado, un libro de oro como el de Abraham el Judío, y
el famoso librito de oro fino de que habla Bernardo el Trevisano en su Parábola. Por añadidura, parecería que
Nicolas Flamel hubiera comprendido qué confusión podía resultar, en el espíritu del lector, de esta dualidad de
sentido, cuando escribe en el mismo tratado: «Que nadie, pues, me censure si no me comprende con facilidad, pues
él será más censurable que yo, porque no siendo en absoluto un iniciado en estas sagradas y secretas
interpretaciones del primer agente (que es la llave que abre las puertas de todas las ciencias), sin embargo, pretende
comprender los conceptos más sutiles de los filósofos muy celosos, que no se escriben más que para quienes ya
saben esos principios, los cuales no se encuentran jamás en ningún libro.»
En fin, el autor de las Figuras jeroglíficas termina su descripción diciendo: «En cuanto al interior, sus hojas de
corteza estaban grabadas, y con gran habilidad escritas con una punta de hierro.»
Aquí no se trata ya del aspecto físico, sino de la preparación misma del sujeto. Revelar un secreto de este orden e
importancia significaría franquear los límites que nos están impuestos. Tampoco intentaremos, como hemos hecho
hasta ahora, comentar en lenguaje claro la frase equívoca y muy alegórica de Flamel. Nos contentaremos con atraer
la atención sobre esta punta de hierro cuya secreta propiedad cambia la naturaleza íntima de nuestra magnesia,
separa, ordena, purifica, y reúne los elementos del caos mineral. Para triunfar en esta operación es necesario conocer
bien las simpatías de las cosas, poseer gran habilidad y dar prueba de «gran industria», tal como el adepto nos lo da
a entender. Mas, a fin de aportar alguna ayuda al artista en la resolución de esta dificultad, le haremos advertir que,
en la lengua primitiva que es el griego arcaico, todas las palabras que contienen la raíz hr deben tomarse en
consideración. Hr, ha quedado en la cábala fonética como la expresión sonora consagrada a la luz activa, al espíritu
encarnado, al fuego corporal manifiesto o escondido. Hr, contracción de ear es el nacimiento de la luz, la
primavera y la mañana, el comienzo, el hacerse de día, la aurora. El aire -en griego ahr- es el soporte y vehículo de
la luz. Por la vibración del aire atmosférico, las ondas oscuras, emanadas del Sol, se hacen luminosas. El éter o el
cielo (aiÌhr) es el lugar de elección, el domicilio de la pura claridad. Entre los cuerpos metálicos, el que encierra
la mayor proporción de fuego o luz latente es el hierro (sidhroç). Se sabe con cuánta facilidad puede
desencadenarse, por choque o fricción, el fuego interno de ese metal, en forma de chispas brillantes. Este fuego ac-
tivo es lo que importa comunicar al sujeto pasivo. Él solo tiene poder para modificar su complexión fría y estéril,
volviéndola ardiente y prolífica. Los sabios le llaman león verde, león salvaje y feroz -cabalisticamente lewn
fhr-, lo que resulta bastante sugestivo y nos exime de insistir sobre ello.
En una obra anterior, señalamos la lucha implacable a que se entregan los cuerpos puestos en contacto, a propósito
de un bajo relieve del basamento de Notre-Dame de París1. Otra traducción del combate hermético existe en la
fachada de una casa de madera, edificada en el siglo XV, en la Ferté-Bernard (Sarthe). Se encuentra en ella al loco,
al hombre, el tronco de árbol y al peregrino, imágenes familiares y que parecen entrar en una fórmula aplicada
hacia el final de la Edad Media en la decoración de las viviendas modestas de alquimistas sin pretensiones. Se ve,
además, al adepto en oración, así como a la sirena, emblema de las naturalezas unidas pacificadas, cuyo sentido se
comenta en otro lugar. Pero lo que nos interesa sobre todo -porque el tema se relaciona directamente con nuestro
análisis- son dos monigotes malhumorados, contrahechos y gesticulantes esculpidos en los modillones extremos de
la cornisa, en la segunda planta (lám. XXIV). Demasiado alejados entre sí para llegar a las manos, intentan satisfacer
su aversión innata arrojándose piedras. Estos seres grotescos tienen el mismo significado hermético que los niños
del pórtico de Notre-Dame. Se atacan con frenesí y tratan de lapidarse. Pero mientras que en la catedral de París la
indicación de tendencias opuestas nos la da el distinto sexo de los jóvenes púgiles, lo que se manifiesta en la morada
de Sarthe es sólo el carácter agresivo de los personajes. Dos hombres de aspecto y vestimenta iguales expresan, uno,
el cuepo mineral, y el otro, el cuerpo metálico. Esta similitud exterior aproxima más la ficción a la realidad física,
pero se aparta resueltamente del esoterismo operatorio.
Si el lector ha comprendido lo que deseábamos mostrar, hallará sin dificultades en estas diversas expresiones
simbólicas del combate de las dos naturalezas los materiales secretos cuya recíproca destrucción abre la primera
puerta de la Obra. Estos cuerpos son los dos dragones de Nicolas Flamel, el águila y el león de Basilio Valentín y el
imán y el acero de Filaleteo y del Cosmopolita.

1
(1) Cf. El misterio de las catedrales, Plaza & Janés.

127
Las Moradas Filosofales, EL HOMBRE DE LOS BOSQUES

En cuanto a la operación por la cual el artista inserta en el sujeto filosofal el agente ígneo del que es animador, los
antiguos la han descrito bajo la alegoría del combate del águila y del león o de las dos naturalezas, la una, volátil y
la otra, fija. La Iglesia la ha velado en el dogma, del todo espiritual y rigurosamente verdadero, de la Visitación. A la
salida de este artificio, el libro, abierto, muestra sus hojas de corteza grabadas. Aparece entonces, para maravilla de
los ojos y gozo del alma, revestido de los signos admirables que manifiestan su cambio de constitución...
¡Prosternaos, magos de Oriente, y vosotros, doctores de ley; inclinad la frente, príncipes soberanos de los persas, de
los árabes y de los indios! Contemplad, adorad y callaos, pues no podríais comprender. Se trata de la Obra divina,
sobrenatural, inefable, cuyo misterio jamás penetrará ningún mortal. En el firmamento nocturno, silencioso y
profundo, brilla una sola estrella, astro inmenso y resplandeciente compuesto por todas las estrellas celestes, vuestra
guía luminosa y la antorcha de la universal Sabiduría. Ved cómo la Virgen y Jesús reposan, calmados y serenos,
bajo la palmera de Egipto. Un nuevo sol irradia en el centro de la cuna de mimbre, cesta mística que otrora llevaran
los cistóforos de Baco y las sacerdotisas de Isis; nuevo sol que es también el Ichthys de las catacumbas cristianas. La
antigua profecía, por fin, se ha realizado. ¡Oh, milagro! Dios, señor del Universo, se encarna para la salvación del
mundo y nace, en la tierra de los hombres, bajo la forma delicada de un niñito.

128
EL MARAVILLOSO GRIMORIO
DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

129
Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

En la región santona a la que pertenece Coulonges-sur-1'Autize -capital de cantón donde otrora se levantó la
hermosa mansión de Louis d'Estissac-, el viajero avisado puede descubrir otro castillo cuya conservación y la
importancia de cuya decoración singular lo hacen aún más interesante: el de Dampierre-sur-Boutonne (Charente
inferior). Construido a finales del siglo XV bajo François de Clermont1, el castillo de Dampierre es actualmente
propiedad del doctor Texier, de Saint-Jean-d'Angély2. Por la abundancia y variedad de los símbolos que ofrece,
como otros tantos enigmas, a la sagacidad del investigador, merece ser mejor conocido, y nos sentimos felices de
señalarlo particularmente a la atención de los discípulos de Hermes.
Exteriormente, su arquitectura, aunque elegante y de buen gusto, aparece muy sencilla y no posee nada notable,
pero con los edificios sucede como con los hombres: su aspecto discreto y la modestia de su apariencia a menudo
sólo sirven para velar en ellos lo que tienen de superior.
Entre torres redondas rematadas por tejados cónicos y provistos de barbacanas, se extiende un cuerpo de edificio
del Renacimiento cuya fachada se abre, hacia fuera, en diez arcadas abocinadas. Cinco de ellas forman columnata en
la planta baja, mientras que las otras cinco, directamente superpuestas a las precedentes, dan a la primera planta.
Estas aberturas iluminan galerías de acceso a las salas interiores, y el conjunto ofrece así el aspecto de una amplia
loggia que corona un deambulatorio de claustro. Tal es la humilde cubierta del magnífico álbum cuyas hojas de
piedra adornan las techumbres de la galería alta (lámina XXV).
Pero si se conoce hoy quién fue el constructor de los edificios nuevos destinados a sustituir el viejo burgo feudal de
Château-Gaillard3, ignoramos todavía de qué misterioso desconocido son deudores los filósofos herméticos por las
piezas simbólicas que abrigan aquéllos.
Es casi cierto, y nosotros compartimos en este punto la opinión de Léon Palustre, que el techo artesonado de la
galería alta, en el que reside todo el interés de Dampierre, fue ejecutado de 1545 ó 1546 a 1550. Menos segura, en
cambio, es la atribución que se ha hecho de esta obra a unos personajes, notorios sin duda, pero que le son
completamente extraños. Ciertos autores, en efecto, han pretendido que los motivos emblemáticos procedían de
Claude de Clermont, barón de Dampierre, gobernador de Ardres, coronel de grisones y gentilhombre de cámara del
rey. Pero en su Vie des Dames illustres, Brantôme nos dice que, durante la guerra entre los reyes de Inglaterra y
Francia, Claude de Clermont cayó en una emboscada tendida por el enemigo, en la que murió en 1545. No podía,
pues, intervenir, por poco que fuera, en los trabajos ejecutados tras su muerte. Su esposa, Jeanne de Vivonne, hija de
André de Vivonne, señor de la Châteigneraye, de Esnandes, de Ardelay, consejero y chambelán del rey, senescal del
Poitou, etc., y de Louise de Daillon du Lude, había nacido en 1520. Quedó viuda a los veinticinco años. Su ingenio,
su distinción y sus elevadas virtudes le procuraron una reputación tal que, a ejemplo de Brantôme alabando la
vastedad de su erudición, Léon Palustre4 le hace el honor de considerarla la patrocinadora de los bajo relieves de
Dampierre: «Allí -dice-, Jeanne de Vivonne se ha entretenido en hacer ejecutar, por escultores de un mérito
ordinario, toda una serie de composiciones de sentido más o menos claro.» Finalmente, una tercera atribución ni
siquiera merece la pena de ser consignada. El abate Noguès5, mencionando el nombre de Claude-Catherine de
Clermont, hija de Claude y de Jeanne de Vivonne, emite una opinión absolutamente inaceptable, según lo que dice
Palustre: «Esta futura castellana de Dampierre, nacida en 1543, era una criatura en el momento en que se acabaron
los trabajos.»
Así, a fin de no caer en anacronismos, nos vemos obligados a conceder tan sólo a Jeanne de Vivonne la paternidad
de la decoración simbólica de la galería alta. Y, sin embargo, por verosímil que pueda parecer esta hipótesis, nos

1
Recueil de ta Commision des Arts et Monuments historiques de ta Charente-Inférieure, t. XIV, Saintes, 1884.
2
El doctor Jean Texier falleció el 22 de mayo de 1953. Su hijo, Jacques Texier, en la actualidad propietario, nos dice en
particular en su carta del 15 de enero de 1965: «Me consta que en esa época (1928) intercambió usted muchas cartas con mi
padre, por lo que me he sentido feliz de dar a su editor la autorización de tomar fotografías del castillo.»
Agradecemos muy sinceramente a Monsieur Jacques Texier, a quien los amantes de la alquimia y del pasado, y entre ellos
nosotros mismos, le estarán aún más reconocidos por haber llevado a buen término la pesada tarea de delicadas restauraciones,
comenzada por el doctor. En efecto, el lindo edificio, depositario del largo y maravilloso mensaje, había sufrido graves y
profundos daños en el curso de los años 1940 a 1944.
3
«No hace mucho se veía, sobre la puerta de entrada de la casa Richard, reconstruida hará cosa de quince años, una piedra de
dimensiones bastante considerables en la que se leía esta palabra griega, grabada en grandes caracteres: ANALOTOS, es decir,
inexpugnable. Al parecer, procedía del viejo castillo. Esta piedra ha servido, luego, para la construcción de un pilar de cobertizo.»
Recueil de la Commision des Arts et Monuments historiques de la Charente-Inférieure, nota de Monsieur Serton padre,
comunicada por Monsieur Fragnaud, antiguo alcalde de Dampierre.
4
Léon Palustre, La Renaissance en France; Aunis et Saintonge, p. 293.
5
Abate Noguès, Dampierre-sur-Boutonne. Monographie historique et archéologique. Saintes. 1883, p. 53.

131
Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

resulta imposible suscribirla. Rechazamos enérgicamente reconocer a una mujer de veinticinco años como
beneficiaria de una ciencia que exige más del doble de esfuerzos sostenidos y de estudios perseverantes. Supo-
niendo, incluso, que en su primera juventud hubiera podido, y con desprecio de toda regla filosófica, recibir la
iniciación oral de algún artista desconocido, no por ello hubiera podido prescindir de controlar, mediante una labor
tenaz y personal, la verdad de aquella enseñanza. Pues nada es más penoso e irritante que proseguir durante largos
años una serie de experiencias, ensayos y tentativas que reclamen una asiduidad constante, el abandono de todo
negocio, de toda relación y de toda preocupación exterior. La reclusión voluntaria y la renuncia al mundo son
indispensables si se desea obtener, con los conocimientos prácticos, las nociones de esta ciencia simbólica, más
secreta aún, que los recubre y los oculta al vulgo. Jeanne de Vivonne no pudo someterse a las exigencias de una
amante admirable, pródiga en infinitos tesoros, pero intransigente y despótica, que desea ser amada por sí misma e
impone a sus adoradores una obediencia ciega y una fidelidad a toda prueba. Nada encontramos en Jeanne que
pueda justificar semejante dedicación. Al contrario, su vida es tan sólo mundana. Admitida en la corte -escribe
Brantôme- «desde los ocho años de edad, había sido nutrida por ella y no había olvidado nada. Y era agradable oírla
hablar, y yo he visto a nuestro rey y a nuestras reinas experimentar un singular placer en escucharla, pues ella lo
sabía todo de su tiempo y del pasado, hasta el punto de que se la tenía como un oráculo. También el rey Enrique III
y último la hizo dama de honor de la reina, su esposa». Viviendo en la corte, vio sucesivamente a cinco monarcas
sucederse en el trono: Francisco I, Enrique II, Francisco II, Carlos IX y Enrique III. Su virtud es reconocida y
reputada hasta el punto de ser respetada por el irreverente Tallemant des Réaux. En cuanto a su saber, es
exclusivamente histórico. Hechos, anécdotas, crónicas y biografías constituyen su único bagaje. Era, en definitiva,
una mujer dotada de excelente memoria que había escuchado mucho y retenido mucho, hasta el punto de que
Brantôme, su sobrino e historiógrafo, al hablar de Madame de Dampierre dice que «era un verdadero registro de la
corte». La imagen es elocuente. Jeanne de Vivonne fue un registro agradable e instructivo de consultar, no lo duda-
mos, pero no fue otra cosa. Habiendo entrado tan joven en la intimidad de los soberanos de Francia, ¿había residido,
luego, de vez en cuando en el castillo de Dampierre? Tal era la pregunta que nos formulábamos mientras
hojeábamos la recopilación de Jules Robuchon1, cuando una noticia de Monsieur Georges Musset, antiguo alumno
de la Ecole des Chartes y miembro de la Société des Antiquaires de 1'Ouest, vino a punto para darle respuesta y
apoyar nuestra convicción. «Pero -escribe G. Musset- he aquí que unos documentos inéditos vienen a complicar la
cuestión y parecen dar lugar a situaciones imposibles. Una declaración de Dampierre es enviada al rey, a propósito
de su castillo de Niort, el 9 de agosto de 1547, con motivo del advenimiento de Enrique II. Los declarantes son
Jacques de Clermont, usufructuario de la tierra, y François de Clermont, su hijo emancipado, por la propiedad
estricta. La deuda consiste en un arco de tejo. De esta acta parece resultar: 1.º, que no es Jeanne de Vivonne quien
disfruta de Dampierre, ni su hija Catherine quien lo posee; 2.º, que Claude de Clermont tenía un hermano más joven,
François, menor emancipado en 1547. No hay lugar, en efecto, para suponer que Claude y François fueran una
misma persona, ya que Claude murió durante la campaña de Boulogne, que acabó, como sabemos, por el tratado
entre Francisco I y Enrique VIII el 7 de junio de 1546. Pero, entonces, ¿qué sucedió con François, que no lo cita
Anselme? ¿Qué sucedió, respecto a aquella tierra, de 1547 a 1558? ¿Cómo de una asociación semejante de
incapacitados para la posesión, usufructuarios o menores, pudo salir una vivienda tan lujosa? Ésos son misterios que
nosotros no podemos esclarecer. Ya es mucho, creemos, entrever sus dificultades.»
Así se ve confirmada la opinión de que el filósofo a quien debemos todos los embellecimientos del castillo -
pinturas y esculturas- nos es desconocido y nos lo será, quizá, para siempre.

II
En una sala espaciosa de la primera planta, se advierte de manera muy especial una grande y bellísima chimenea
dorada y recubierta de pinturas. Por desgracia, la superficie principal de la campana ha perdido, bajo un horrible
revoque rojizo, los temas que la decoraban. Tan sólo algunas letras aisladas permanecen visibles en su parte inferior.
Por el contrario, los dos lados han conservado su decoración y hacen lamentar la pérdida de la composición mayor.
Sobre cada uno de estos lados, el motivo es semejante. Se ve aparecer, en lo alto, un antebrazo cuya mano sostiene
una espada levantada y una balanza. Hacia la mitad de la espada se enrolla la parte central de una filacteria flotante
con la inscripción:

DAT JVSTVS FRENA SVPERBIS2

Dos cadenas de oro atadas en lo alto de la balanza vienen a adaptarse, más abajo, una al collar de un moloso, y la
otra a la argolla con que se sujeta un dragón cuya lengua asoma por sus fauces abiertas.
Ambos animales levantan la cabeza y dirigen sus miradas hacia la mano. Los dos platillos de la balanza sostienen
cilindros formados por piezas de oro. Uno de esos cilindros aparece marcado con la letra L rematada por una corona.

1
Paysages et monuments du Poitou fotografiados por Jules Robuchon. T. IX: Dampierre-sur-Boutonne, por Georges Musset.
París, 1893, p. 9.
2
El justo pone freno a los orgullosos

132
Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

En otro hay una mano que sostiene una pequeña balanza que presenta, abajo, la imagen de un dragón de aspecto
amenazador.
Encima de estos grandes motivos, es decir, en la extremidad superior de las caras laterales, hay pintados dos
medallones. El primero muestra una cruz de Malta flanqueada, en los ángulos, por flores de lis. El segundo lleva la
efigie de una graciosa figurilla.
En su conjunto, esta composición se presenta como un paradigma de la ciencia hermética. Dogo y dragón
significan en ella los dos principios materiales juntos y retenidos por el oro de los sabios, según la proporción
requerida y el equilibrio natural, tal como nos lo enseña la imagen de la balanza. La mano es la del artesano; firme
para manejar la espada –jeroglífico del fuego que penetra, mortifica y cambia las propiedades de las cosas- y pru-
dente en la repartición de las materias según las reglas de los pesos y las medidas filosóficos. En cuanto a los
cilindros de piezas de oro, indican con claridad la naturaleza del resultado final y uno de los objetivos de la Obra. La
marca formada por una L coronada ha sido siempre el signo convencional encargado, en la notación gráfica, de
designar el oro de proyección, es decir alquímicamente fabricado.
Igualmente expresivos son los pequeños medallones, uno de los cuales representa la Naturaleza, que sin cesar debe
servir de guía y de mentor al artista, mientras que el otro proclama la cualidad de rosacruz que había adquirido el
sabio autor de estos variados símbolos. La flor de lis heráldica corresponde, en efecto, a la rosa hermética. Junto con
la cruz, sirve, como la rosa, de enseña y blasón para el caballero practicante que, por la gracia divina, ha realizado la
piedra filosofal. Pero si este emblema nos aporta la prueba del saber que poseía el adepto desconocido de
Dampierre, sirve, asimismo, para convencernos de la vanidad y de la inutilidad de las tentativas que podríamos
hacer en la búsqueda de su verdadera personalidad. Sabido es por qué los rosacruces se calificaban a sí mismos de
invisibles. Es, pues, probable que, en vida, el nuestro se rodeara de las precauciones indispensables y tomara todas
las medidas apropiadas para disimular su identidad. Quiso que el hombre se borrara ante la ciencia y que su obra
lapidaria no contuviera otra firma que el título elevado, pero anónimo, del rosacrucismo y del adeptado.
En el techo de la misma sala donde se levanta la gran chimenea que señalamos, se hallaba antaño una viga
adornada con esta curiosa inscripción latina:
Factorum claritas fortis animus secundus famae sine villa fine cursus modicae opes bene partae innocenter
amplificatae semper habita numera Dei sunt extra invidiae injurias positae aeternum ornamento et exemplo apud
suos futura.
«Ilustres acciones, un corazón magnánimo y una gloriosa nombradía que no acabó en la vergüenza; una modesta
fortuna bien adquirida, decorosamente acrecentada y considerada siempre como un presente de Dios, he aquí lo que
no pueden lograr la injusticia y la envidia y que debe ser eternamente una gloria y un ejemplo para la familia.»
A propósito de este texto, desaparecido hace ya largo tiempo, el doctor Texier ha tenido la amabilidad de
comunicarnos algunas precisiones: «La inscripción de la que me habla usted -nos escribe- existía sobre una viga de
una sala de la primera planta que, porque se caía de vieja, tuvo que ser cambiada hace sesenta u ochenta años. La
inscripción fue reproducida exactamente, pero el fragmento de viga en el que se hallaba pintada con letras doradas
se ha perdido. Mi suegro, a quien pertenecía el castillo, recuerda muy bien haberla visto1.»
Esta pieza, que constituye una paráfrasis de Salomón en el Eclesiastés, donde se dice (cap. III, v. 13) que «todos
deben comer y beber y gozar del producto de su trabajo, pues es un don de Dios», determina de modo positivo y
basta para explicar cuál era la ocupación misteriosa a la que se entregaba, a escondidas, el enigmático castellano de
Dampierre. La inscripción revela, en todo caso, en su autor, una sabiduría poco común. Ninguna labor, cualquiera
que sea, puede procurar una comodidad mejor adquirida, pues el obrero recibe de la Naturaleza misma el salario
íntegro al que tiene derecho, y éste le es descontado proporcionalmente a su habilidad, a sus esfuerzos y a su
perseverancia. Y como la ciencia práctica siempre ha sido reconocida como un verdadero don de Dios por todos los
poseedores del Magisterio, el hecho de que esta profesión de fe considere la fortuna adquirida como un presente de
Dios basta para deducir su origen alquímico. Su acrecentamiento regular y decoroso no podría, en tales condiciones,
sorprender a nadie.
Otras dos inscripciones que proceden de la misma mansión merecen ser citadas aquí. La primera, pintada en la
campana de una chimenea, incluye una. sextilla que domina un tema compuesto por la letra H, con dos D
entrelazadas y ornadas de figuras humanas, vistas de perfil, una de anciano y la otra de hombre joven. Esta piececita,
alegremente escrita, exalta la existencia dichosa, impregnada de calma y serenidad y de benévola hospitalidad que
llevaba nuestro filósofo en su seductora vivienda:

DOVLCE.EST.LA.VIE.A.LA.BIEN.SVYVRE.
EMMY.SOYET.PRINTANS.SOYET.HYVERS.
SOVBS.BLANCHE.NEIGE.OV.RAMEAVX.VERTS.
QVAND.VRAYS.AMIS.NOVS.LA.FONT.VIVRE.
AINS.LEVR.PLACE.A.TOVS.EST.ICI.
COMME.AVX.VIEVLS.AVX.JEVNES.AVSSI.2

1
Se ha encontrado más tarde la tabla con la inscripción que reproducimos, en medio de otras tablas que formaban, en un corral
de ovejas, un tabique de separación.
2
Dulce es la vida si se la sigue bien / ya sea en primavera o en invierno, / bajo blanca nieve o ramas verdes / cuando verdaderos
amigos nos la hacen vivir. / Así, aquí todos tienen aquí su sitio, / tanto los viejos como también los jóvenes.

133
Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

La segunda, que adorna una chimenea mayor, revestida de ornamentos de color rojo, gris y oro, es una simple
máxima de hermoso carácter moral, pero que la humanidad superficial y presuntuosa de nuestra época abomina de
practicar:

SE.COGNESTRE.ESTRE.ET.NON.PARESTRE.1

Nuestro adepto tiene razón. El conocimiento de sí mismo permite adquirir la ciencia, meta y razón de ser de la
vida, base de todo valor real. Y este poder, elevando al hombre laborioso que puede adquirirlo, lo incita a
permanecer en una modesta y noble simplicidad, eminente virtud de los espíritus superiores. Era un axioma que los
maestros repetían a sus discípulos, y por el cual les indicaban el único medio de alcanzar el supremo saber: «Si
deseáis conocer la sabiduría -les decían-, conoceos bien y la conoceréis.»

III
La galería alta, cuyo techo está tan curiosamente adornado, ocupa toda la longitud del edificio elevado entre las
torres. Como hemos dicho, se abre al exterior por cinco aberturas que separan columnas gruesas provistas, en el
interior, de soportes adosados que reciben los empujes de los arcos. Dos ventanas de montantes derechos y dinteles
rectilíneos se abren en los extremos de esta galería. Nervaduras transversales toman la forma abocinada de los vanos
y son cortadas por dos nervaduras longitudinales, paralelas, con lo que se determina el encuadramiento de los
artesones que constituyen el objeto de nuestro estudio (lám. XXVI). Éstos fueron descritos, mucho antes que por
nosotros, por Louis Audiat2. Pero el autor, ignorándolo todo de la ciencia a la que se refieren, y la razón esencial que
liga entre sí tantas imágenes extrañas, ha dotado su libro del carácter de incoherencia que las mismas figuras afectan
para el profano. Leyendo la Epigraphie Santone, diríase que el capricho, la fantasía y la extravagancia hubieran
presidido su ejecución. Asimismo, lo menos que puede decirse de esta obra es que parece poco seria, desprovista de
fondo, barroca, sin más interés que una excesiva singularidad. Algunos errores inexplicables aumentan aún la
impresión desfavorable que se recibe. Así, por ejemplo, el autor toma una piedra cúbica, tallada y colocada encima
del agua (serie I, artesón 5) por «un navío agitado por las olas». En otro lugar (serie IV, artesón 7), una mujer
agachada que planta semillas junto a un árbol se convierte, para él, en «un viajero que camina penosamente a través
de un desierto». En el primer artesón de la quinta serie -que nuestras lectoras le perdonen esta involuntaria
comparación-, ve a una mujer en lugar del diablo en persona, velludo, alado, cornudo y perfectamente claro y
visible... Semejantes negligencias denotan una ligereza inexcusable en un epigrafista consciente de su res-
ponsabilidad y de la exactitud que reclama su profesión.
Según el doctor Texier, a cuya amabilidad debemos esta información, las figuras de Dampierre jamás habrían sido
publicadas en su totalidad. Sin embargo, existe una reproducción de las mismas dibujadas a partir del original y
conservada en el museo de Saintes. A este dibujo, y por ciertos motivos imprecisos, hemos recurrido a fin de hacer
nuestra descripción lo más completa posible.
Casi todas las composiciones emblemáticas presentan, aparte un tema esculpido en bajo relieve, una inscripción
grabada en una filacteria. Pero mientras que la imagen se relaciona directamente con el aspecto práctico de la
ciencia, el epígrafe ofrece, sobre todo, un sentido moral o filosófico. Se dirige al obrero más que a la obra, y
empleando unas veces el apotegma y otras la parábola, define una cualidad, una virtud que el artista debe poseer, un
punto de doctrina que no puede por menos de conocer. Pues bien; por la misma razón que están provistas de
filacterias, estas figuras revelan su alcance secreto, su vínculo con alguna ciencia secreta. En efecto, el griego
fulaxthrion, formado de fulassein, guardar, preservar, y dethrein, conservar, indica la función de este
ornamento, encargado de conservar y preservar el sentido oculto y misterioso disimulado tras la expresión natural de
las composiciones a las que acompaña. Es el signo, el sello de esta Sabiduría que se mantiene en guardia contra los
malvados, como dice Platón: Sofia h peri touç ponhrouç fulactich. Portadora o no de epígrafe,
basta encontrar la filacteria en cualquier tema para tener la seguridad de que la imagen encierra un sentido oculto, un
significado secreto propuesto al investigador y marcado por su simple presencia.Y la verdad de este sentido, la
realidad de esta significación se hallan siempre en la ciencia hermética, calificada entre los maestros antiguos de
sabiduría eterna. No cabría sorprenderse, pues, de encontrar banderolas y pergaminos, abundantemente
representados entre los atributos de las escenas religiosas o de las composiciones profanas de nuestras grandes
catedrales, así como en el ámbito menos severo de la arquitectura civil.
Dispuestos en tres filas perpendicularmente al eje, los artesones de la galería alta son 93. De éstos, 61 se refieren a
la ciencia, veinticuatro ofrecen monogramas destinados a separarlos por series, cuatro no presentan más que adornos
geométricos de ejecución posterior, y los cuatro últimos muestran su fondo vacío y liso. Los artesones simbólicos,
sobre los que se concentra el interés de la techumbre de Dampierre, constituyen un conjunto de figuras repartidas en
siete series. Cada serie está aislada de la siguiente por tres artesones dispuestos en línea transversal, decorados

1
Conocerse, ser y no parecer.
2
Louis Audiat, Epigraphie Santone et Aunisienne. París, J. B. Dumoulin, y Niort, L. Clouzot, 1870.

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Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

alternativamente con el monograma de Enrique II y con los crecientes entrelazados de Diana de Poitiers o de
Catalina de Médicis, cifras que se advierten en muchos edificios de la misma época.. Ahora bien; hemos realizado la
comprobación, bastante sorprendente, de que la mayoría de palacios o castillos que presentan la doble D enlazada
con la letra H y el triple creciente tienen una decoración de carácter alquímico indiscutible. Pero, ¿por qué esas
mismas mansiones son calificadas con el título de «castillos de Diana de Poitiers» por los autores de monografías,
tomando como única referencia la existencia de la cifra en cuestión? Sin embargo, ni la mansión de Louis d'Estissac,
en Coulonges-sur-1'Autize, ni la de los Clermont, puestas ambas bajo la égida de la en exceso famosa favorita,
jamás le han pertenecido. Por otra parte, ¿qué razón podría atribuirse al monograma y a los crecientes que pudiera
justificar su presencia en medio de emblemas herméticos? ¿A qué pensamiento o a qué tradición habrían obedecido
los iniciados de la nobleza cuando colocaron bajo la protección ficticia de un monarca y de su presencia en medio de
emblemas herméticos? «Enrique II -escribe el abate de Montgaillard1- era un príncipe estúpido, brutal y de una per-
fecta indiferencia por el bien de su pueblo. Este mal rey estuvo constantemente dominado por su esposa y por su
antigua amante, a las que abandonó las riendas del Estado, no retrocediendo ante ninguna de las crueldades ejercidas
contra los protestantes. Puede decirse de él que continuó el reinado de Francisco I en cuanto a despotismo político e
intolerancia religiosa.» Es, pues, imposible admitir que unos filósofos instruidos, personas de estudios y de elevada
moralidad, hubieran concebido la idea de ofrecer el homenaje de sus trabajos a la pareja real a la que la corrupción
debía hacer vergonzosamente célebre.
La verdad es distinta, pues el creciente no pertenece ni a Diana de Poitiers ni a Catalina de Médicis. Se trata de un
símbolo de la más remota antigüedad, conocido por los egipcios y los griegos y utilizado por los árabes y los
sarracenos mucho antes de su introducción en nuestra Edad Media occidental. Es el atributo de Isis, de Artemis o
Diana, de Selene, de Febe o la Luna; el emblema espagírico de la plata y el sello del color blanco. Su significación
es triple: alquímico, mágico y cabalistico, y esta triple jerarquía de sentidos, sintetizada en la imagen de las medias
lunas entrelazadas, abraza la extensión del antiguo y tradicional conocimiento. Con esto, resultará menos
sorprendente ver figurar la tríada simbólica junto a signos oscuros, ya que les sirve de soporte y permite orientar al
investigador hacia la ciencia a la que aquéllos pertenecen.
En cuanto al monograma, es fácilmente explicable y evidencia, una vez más, cómo los filósofos han utilizado
emblemas de significado conocido dotándolos de un sentido especial generalmente ignorado. Es el medio más
seguro de que han dispuesto para enmascarar al profano una ciencia expuesta figurativamente a todas las miradas,
procedimiento renovado de los egipcios cuya enseñanza, traducida en jeroglíficos en el exterior de los templos,
resultaba letra muerta para quien no tenía la clave. El monograma histórico está formado por dos D entrelazadas y
reunidas por la letra H, inicial de Enrique (Henri) II. Tal es, por lo menos, la expresión ordinaria de la cifra que vela,
bajo su imagen, una cosa por completo distinta.
Se sabe que la alquimia se funda en las metamorfosis psíquicas operadas por el espíritu, denominación otorgada al
dinamismo universal emanado de la divinidad, el cual mantiene la vida y el movimiento, provoca su detención o su
muerte, hace evolucionar la sustancia y se afirma como el único animador de cuanto es. Pues bien, en la notación
alquímica, el signo del espíritu no difiere de la letra H de los latinos y de la eta de los griegos. Más adelante, al es-
tudiar uno de los artesones en el que este carácter se representa coronado (serie VII, 2), consignaremos algunas de
sus aplicaciones simbólicas. Por el momento, basta con saber que el espíritu, agente universal, constituye, en la
realización de la Obra, la principal incógnita cuya determinación asegura el éxito pleno. Pero aquélla, por sobrepasar
los límites del entendimiento humano, no puede despejarse más que por revelación divina. «Dios -repiten los maes-
tros- otorga la sabiduría a quien le place y la transmite por el Espíritu Santo, luz del mundo. Por eso la ciencia se
considera un Don de Dios otrora reservado a sus ministros, de donde el nombre de Arte sacerdotal que llevaba en su
origen.» Añadamos que en la Edad Media el Don de Dios aplicábase al Secretum secretorum, lo que conduce
precisamente al secreto por excelencia, el del espíritu universal.
Así, el Donum Dei, conocimiento revelado de la ciencia de la Gran Obra, clave de las materializaciones del espíritu
y de la luz (Hlioç), aparece indiscutiblemente bajo el monograma de la doble D (Donum Dei) unido al signo del
espíritu (H), inicial griega del sol, padre de la luz, Hlioç. No cabría indicar mejor el carácter alquímico de las
figuras de Dampierre, cuyo estudio vamos a emprender a continuación.

IV
Primera serie (lám. XXVII).

Artesón 1. - Dos árboles de las mismas dimensiones y grosor parecido figuran uno junto al otro en el mismo
terreno. Uno es verde y vigoroso2 y el otro, inerte y reseco. La banderola que parece unirlos lleva estas palabras:

.SOR.NON.OMNIBVS.AEQVE.

1
Abate de Montgaillard, Histoire de la France, t. I, p. 186. Paris, Moutardier, 1827.
2
Al pie de este árbol cubierto de follaje, la Berra está escavada en forma de cubeta a fin de que sea mejor retenida el agua vertida
por su rocío. Igualmente, el metal, muerto por la reducción, recobrará la existencia en inhibiciones frecuentes.

135
Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

La suerte no es igual para todos. Esta verdad, limitada al período de la existencia humana, nos parece tanto más
relativa cuanto que el destino, triste o sonriente, tranquilo o revuelto, nos encamina a todos, sin distinción ni
privilegio, hacia la muerte. Pero si la trasponemos al ámbito hermético, adquiere entonces un sentido positivo
netamente acusado y que ha debido asegurarle la preferencia de nuestro adepto.
Según la doctrina alquímica, los metales usuales, arrancados de su yacimiento para satisfacer las necesidades de la
industria, obligados a plegarse a las exigencias del hombre, aparecen así como las víctimas de una flagrante mala
suerte. Mientras que en estado mineral vivían al fondo de la roca, evolucionando lentamente hacia la perfección del
oro nativo, están condenados a morir en seguida tras su extracción, y perecen bajo la nefasta acción del fuego
reductor. La fundición, al separarlos de los elementos nutritivos, asociados a los mineralizadores encargados de
mantener su actividad, los mata al fijar la forma temporal y transitoria que habían adquirido. Tal es el significado de
los dos árboles simbólicos, uno de los cuales expresa la vitalidad mineral y el otro, la inercia metálica.
De esta simple imagen, el investigador inteligente y suficientemente instruido sobre los principios de arte podrá
extraer una consecuencia útil y provechosa. Si recuerda que los antiguos maestros recomiendan empezar la obra en
el punto en que ta Naturaleza acaba el suyo, si sabe matar al vivo a fin de resucitar al muerto, descubrirá,
ciertamente, qué metal debe tomar y qué mineral debe elegir para empezar su primera labor. Luego, refiexionando
sobre las operaciones de la Naturaleza, aprenderá de ella la manera de unir el cuerpo vivificado con otro cuerpo vivo
-pues la vida desea la vida- y, si nos ha comprendido, verá con sus ojos y tocará con sus manos el testimonio
material de una gran verdad...
Son éstas palabras en exceso sucintas, sin duda, y lo lamentamos, pero nuestra sumisión a las reglas de la disciplina
tradicional no nos permite precisarlas ni desarrollarlas más.

Artesón 2. - Una torre de fortaleza elevada sobre una explanada, coronada de almenas y barbacanas, provista de
aspilleras y rematada por un cimborrio, presenta una estrecha ventana enrejada y una puerta sólidamente atrancada.
Este edificio, de aspecto poderoso y hosco, recibe de las nubes un chaparrón que la inscripción designa como una
lluvia de oro:

.AVRO.CLAVSA.PATENT.

El oro abre las puertas cerradas. Todo el mundo lo sabe. Pero este proverbio, cuya aplicación se encuentra en la
base del privilegio, del favoritismo y de todos los atropellos, no podría tener, en el espíritu del filósofo, el sentido
figurado que le conocemos. No se trata aquí del oro corruptor, sino ,del episodio mitohermético que encierra la
fábula de Júpiter y Danae. Los poetas cuentan que esta princesa, hija del rey de Argos, Acrisio,fue encerrada en una
torre porque un oráculo había anunciado a su padre que sería muerto por su nieto. Pero los muros de una prisión, por
espesos que sean, no pueden constituir un obstáculo serio para la voluntad de un dios. Zeus, gran amante de
aventuras y metamorfosis, siempre preocupado de burlar la vigilancia de Hera y de extender su progenie, reparó en
Danae. Poco escrupuloso en cuanto a escoger el medio, se introdujo junto a ella en forma de lluvia de oro y, al
expirar el plazo requerido, la prisionera puso en el mundo un hijo que recibió el nombre de Perseo. Acrisio, muy
descontento de esta noticia, mandó encerrar a la madre y al niño en un cofre que se arrojó al mar. Arrastrado por las
corrientes hasta la isla de Serifea, unos pescadores recogieron la singular embarcación, la abrieron y presentaron el
contenido al rey Polidecto, el cual recibió con generosa hospitalidad a Danae y a Perseo.
Bajo esta mirífica historia se esconde un importante secreto: el de la preparación del sujeto hermético o materia
prima de la Obra, y el de la obtención del azufre, primum ens de la piedra.
Danae representa nuestro mineral bruto, tal como se extrae de la mina. Se trata de la tierra de los sabios, que
contiene en sí el espíritu activo y escondido, el único capaz, dice Hermes, de realizar «por estas cosas los milagros
de una sola cosa». Danae procede, en efecto, del dorio Dan, tierra, y de ah, soplo, espíritu. Los filósofos enseñan
que su materia prima es una parcela del caos original, y eso es lo que afirma el nombre griego Acrisio, rey de Argos
y padre de Danae: Acrisia significa confusión, desorden, y Argoç quiere decir bruto, inculto, inacabado.
Zeus, por su parte, señala el cielo, el aire y el agua, hasta tal punto que los griegos, para expresar la acción de llover,
decían: Gei o Zeuç, Júpiter envía lluvia o, más simplemente, llueve. Este dios aparece, pues, como la
personificación del agua, de un agua capaz de penetrar los cuerpos, de un agua metálica puesto que es de oro o, al
menos, dorada. Es exactamente el caso del disolvente hermético el cual, tras fermentación en un barril de encina,
toma, en la decantación, el aspecto del oro líquido. El autor anónimo de un manuscrito inédito del siglo XVIII1
escribe sobre este particular: «Si dejáis discurrir esta agua, veréis con vuestros propios ojos el oro brillando en su
primer ser, con todos los colores del arco iris.» La unión misma de Zeus y Danae indica cómo debe ser aplicado el
disolvente. El cuerpo, reducido a fino polvo y puesto en digestión con una pequeña cantidad de agua, es, a
continuación, humedecido e irrigado poco a poco, a medida que se va absorbiendo, técnica ésta que los sabios
llaman imbibición. Se obtiene así una pasta cada vez más blanda que se vuelve siruposa, oleosa y, por fin, fluida y
limpia. Sometida entonces, en ciertas condiciones, a la acción del fuego, parte de ese licor se coagula en una masa
que cae al fondo y que se recoge con cuidado. Ese es nuestro precioso azufre, el niño recién nacido, el reyecito y

1
La Clef du Cabinet Hermétique, «manuscrit copié d'après 1'original appartenant à M. Dessaint, médecin, rue Hiacinthe à Paris».

136
Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

nuestro delfín, pez simbólico llamado por otro nombre echeneis, rémora o piloto1, Perseo o pez del mar Rojo (en
griego perseuç), etc.

Artesón 3. - Cuatro flores abiertas y erectas sobre su tallo están en contacto con el filo de un sable desnudo. Este
pequeño motivo tiene por divisa:

.NVTRI.ETIAM.RESPONSA.FERVNTVR.

Desentraña también los oráculos anunciados. Se trata de un consejo dado al artista, a fin de que éste, poniéndolo
en práctica, pueda estar seguro de dirigir como es debido la cocción o segunda operación del Magisterio. Nutri etiam
responsa feruntur, le confía el espíritu de nuestro filósofo, por intermedio de los caracteres petrificados de su obra.
Estos oráculos, en número de cuatro, corresponden a las cuatro flores o colores que se manifiestan durante la
evolución del rebis y revelan exteriormente al alquimista las fases sucesivas del trabajo interno. Estas fases,
diversamente coloreadas, llevan el nombre de regímenes o reinos. De ordinario, se cuentan siete. A cada régimen,
los filósofos han atribuido una de las divinidades superiores del Olimpo y también uno de los planetas celestes cuya
influencia se ejerce de manera paralela a la suya, en el tiempo mismo de su dominio. De acuerdo con la idea
generalmente extendida, planetas y divinidades desarrollan su poder simultáneo según una jerarquía invariable. Al
reino de Mercurio (Eremç, base, fundamento), primer estadio de la Obra, sucede el de Saturno (Kronoç, el
anciano, el loco). A continuación, gobierna Júpiter (Zeuç, unión, matrimonio) y, luego, Diana (Artemiç,
entero, completo) o la Luna, cuya vestidura brillante tan pronto está tejida con cabellos blancos como hecha de
cristales de nieve. Venus, inclinada al verde (Afrodite, belleza, gracia), hereda entonces el trono, pero pronto la
arroja Marte (Arhç, adaptado, fijo), y este príncipe belicoso de atavío teñido en sangre coagulada es, a su vez,
derrotado por Apolo (Apollwn, el triunfador), el Sol del Magisterio, emperador vestido de brillante escarlata, que
establece definitivamente su soberanía y su poder sobre las ruinas de sus predecesores2.
Algunos autores, asimilando las fases coloreadas de la cocción a los siete días de la Creación, han designado la
labor entera con la expresión Hebdomas hebdomadum, la Semana de las semanas, o, simplemente, la Gran Semana,
porque el alquimista debe seguir lo más cerca posible en su realización microcósmica todas las circunstancias que
acompañaron la Gran Obra del Creador.
Pero estos regímenes diversos son más o menos francos y varían mucho, tanto por la duración como por la
intensidad. También los maestros se han limitado a señalar sólo cuatro colores esenciales y preponderantes, porque
ofrecen más limpidez y permanencia que los otros, a saber: el negro, el blanco, el amarillo o cetrino y el rojo. Estas
cuatro flores del jardín hermético deben ser cortadas sucesivamente, según el orden y al final de su floración, lo que
explica la presencia del arma en nuestro bajo relieve. Por tanto, hay que temer apresurarse demasiado, con la vana
esperanza de acortar el tiempo, a veces muy largo, sobrepasando la intensidad de fuego requerida para el régimen
del momento. Los autores antiguos aconsejan prudencia y ponen en guardia a los aprendices contra toda impaciencia
perjudicial: praecipitatio a diabolo, les dicen, pues tratando de alcanzar demasiado pronto la meta, no conseguirán
más que quemar las flores del compuesto y provocarían la pérdida irremediable de la obra. Es, pues, preferible,
como lo enseña el adepto de Dampierre, desentrañar los oráculos, que son las predicciones de la operación regular,
con paciencia y perseverancia, tanto tiempo como la naturaleza pueda exigir.

Artesón 4. - Una vieja torre desmantelada cuya puerta, arrancada de sus goznes, permite la entrada libre: así es
como el artista ha representado la prisión abierta. En el interior, se ve todavía en su sitio una traba así como tres
piedras indicadas en la parte superior. Otras dos trabas extraídas de la mazmorra se advierten a los lados de la ruina.
Esta composición señala la terminación de las tres piedras o medicinas de Jabir, sucesivamente obtenidas, las cuales
son designadas por los filósofos con los nombres de azufre filosófico, la primera; elixir u oro potable, la segunda; y
piedra filosofal, absoluto o medicina universal, la última. Cada una de esas piedras ha tenido que sufrir la cocción
en el atanor, prisión de la Gran Obra, y es la razón por la que una última traba se encuentra aún sellada. Las dos
precedentes, habiendo cumplido su tiempo de «mortificación y de penitencia» han abandonado sus hierros, visibles
en el exterior.
El pequeño bajo relieve tiene por divisa la frase del apóstol Pedro (piedra) (Hechos, cap. XII, v. 2), que fue
milagrosamente liberado de su prisión por un ángel:

.NV(N)C.SCIO.VERE.

¡Ahora sé en verdad! Palabra de gozo vivo, arranque de íntima satisfacción, grito de alegría que profiere el adepto
ante la certidumbre del prodigio. Hasta ese momento, la duda podía aún asaltarle, pero en presencia de la realización
1
La rémora es famosa por las leyendas de que ha sido objeto. Entre otras fábulas ridículas, Plinio certifica que si se conserva ese
pez en sal, su simple proximidad basta para extraer del pozo más profundo el oro que pudiera haber caído en él.
2
Nos limitamos a enumerar equí los estadios sucesivos de la segunda Obra sin dedicarle un análisis especial. Grandes adeptos, y
en particular Filateteo, en su Introitus, han profundizado muchísimo su estudio. Sus descripciones reflejan tal conciencia que nos
resultaría imposible decir más ni decirlo mejor.

137
Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

perfecta y tangible, ya no teme errar. Ha descubierto el camino, ha reconocido la verdad, ha heredado el Donum Dei.
A partir de ahora, nada del gran secreto es ignorado por él... Mas, ¡ay! ¡Cuántos, entre la muchedumbre de los que
buscan, pueden gloriarse de llegar a la meta y de ver, con sus ojos, abrirse la prisión, cerrada para siempre para la
mayoría!
La prisión sirve también de emblema del cuerpo imperfecto, tema inicial de la Obra, en el que el alma acuosa y
metálica se encuentra fuertemente apegada y retenida. «Esta agua prisionera -dice Nicolas Valois1- grita sin cesar:
Ayúdame y te ayudaré, es decir, libérame de mi prisión, y si puedes hacerme salir una vez, te convertiré en el dueño
de la fortaleza donde me encuentro. El agua, pues, que se halla en este cuerpo encerrado es de la misma naturaleza
de agua que la que le damos a beber y que se llama Mercurio Trismegisto, del que habla Parménides cuando dice:
Naturaleza se regocija en Naturaleza, Naturaleza supera a Naturaleza y Naturaleza contiene a Naturaleza. Pues esta
agua encerrada se refocila con su compañero que acude a liberarla de sus hierros, se mezcla con él y, por fin,
convirtiendo dicha prisión en suya y rechazando lo que les es contrario, que es la preparación, se convierten en agua
mercurial y permanente... Legítimamente, pues, nuestra agua divina es llamada la llave, luz, Diana que aclara la
oscuridad de la noche. Pues es la entrada de toda la Obra y la que ilumina a todo hombre.»

Artesón 5. - Por haberlo comprobado experimentalmente, los filósofos certifican que su piedra no es otra cosa que
una coagulación completa del agua mercurial. Esto es lo que traduce nuestro bajo relieve, en el que se ve la piedra
cúbica de los antiguos masones flotando sobre las ondas marinas. Aunque semejante operación parezca imposible,
no deja, sin embargo, de ser natural, porque nuestro mercurio lleva en sí el principio sulfuroso solubilizado, al que
debe su coagulación ulterior. No obstante, es lamentable que la extremada lentitud de acción de este agente
potencial no permita al observador registrar la menor señal de una reacción cualquiera durante los primeros tiempos
de la obra. Tal es la causa del fracaso de muchos artistas los cuales, pronto desanimados, abandonan un trabajo
penoso que juzgan vano, aunque hayan seguido el buen camino y operado con los materiales debidos,
canónicamente preparados. A ellos va

dirigida la sentencia de Jesús a Pedro cuando caminaba sobre las aguas, y que recoge san Mateo (cap. XIV, 31):

.MODICE.FIDEI.QVARE.DVBITASTI.

¿Por qué has dudado, hombre de poca fé?


En verdad, nada podemos conocer sin el concurso de la fe, y quien no la posea en absoluto nada puede emprender.
Jamás hemos visto que el escepticismo y la duda hayan edificado algo estable, noble y duradero. A menudo, hay que
recordar el adagio latino Mens agitat molem, pues la convicción profunda de esta verdad conducirá al sabio obrero
al feliz término de su labor. De ella, de esta fe robusta, extraerá las virtudes indispensables para la resolución de ese
gran misterio. El término no es exagerado, pues nos encontramos, en efecto, ante un misterio real tanto por su
desarrollo contrario a las leyes químicas como por su mecanismo oscuro, misterio que el sabio más instruido y el
adepto más experto no serían capaces de explicar. Bien es cierto que la Naturaleza, en su simplicidad, parece
complacerse en proponernos enigmas ante los que nuestra lógica retrocede, nuestra razón se turba y nuestro juicio se
extravía.
Pues bien; esta piedra cúbica que la industriosa Naturaleza engendra sólo del agua -materia universal del
peripatetismo- y de la que el arte debe tallar las seis caras según las reglas de la geometría oculta, aparece en vías de
formación en un curioso bajo relieve del siglo XVII que decora la fuente de Vertbois, en París (lám. XXVIII).
Como ambos temas presentan entre sí una extrema correspondencia, estudiaremos aquí el emblema parisiense, más
extendido, esperando así arrojar alguna claridad en la expresión simbólica en exceso concisa de la imagen de
Dampierre.
Construida en 1633 por los benedictinos de Saint-Martin-des-Champs, esta fuente fue primitivamente elevada en el
interior del priorato y adosada a la muralla. En 1712, los religiosos la ofrecieron, para uso público, a la ciudad de
París, con el solar necesario para su reedificación, con la condición de «que el caño se estableciera en una de las
antiguas torres de su convento, y que se abriría una puerta exterior»2. La fuente fue, pues, situada contra la torre
llamada de Vertbois, ubicada en la rue Saint-Martin, y tomó el nombre de San Martín, que conservó durante más de
un siglo.
El pequeño edificio, restaurado por cuenta del Estado en 1832, incluye «una hornacina rectangular poco profunda
encuadrada por dos pilastras dóricas con almohadillados vermiculados que sostienen una cornisa arquitrabada. Sobre
la cornisa reposa una especie de almete que corona una tarja con alas. Una concha marina remata esa tarja. La parte
superior de la hornacina está ocupada por un cuadro en cuyo centro aparece esculpido un barco»3. Este bajo relieve,
en piedra, mide 0,80 m de alto por 1,05 de ancho. Su autor es desconocido.
Así, todas las descripciones relativas a la fuente de Vertbois, copiadas verosímilmente unas de otras, se limitan a
señalar, sin precisar más, un navío como motivo principal. El dibujo de Moisy, encargado de ilustrar la noticia de
Amaury Duval, no nos enseña nada más sobre el tema. Su navío, de pura fantasía, representado de perfil, no lleva

1
Nicolas Valois, Les Cinq Livres, libro I: De la Clef du Secret des Secrets. Ms. cit.
2
Fontaines de Paris, dibujadas por Moisy. Noticias por Amaury Duval. París, 1812.
3
Inventaire général des Richesses d'Art de la France. Paris. Monuments civils. Paris, Plon, 1879, t. I.

138
Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

ninguna señal de su singular carga, y en vano se buscaría entre los caracoleos de las volutas marinas el hermoso y
gran delfín que lo acompaña. Por otra parte, muchas gentes poco cuidadosas del detalle ven en ese tema la nave
heráldica de París, sin dudar que propone a los curiosos el enigma de una verdad muy distinta y de orden menos
vulgar.
Podría ponerse en duda la exactitud de nuestra observación, y allá donde reconocemos una piedra enorme, adosada
al edificio con el que forma cuerpo, no advertir sino un fardo ordinario de cualquiera mercancía. Pero, en este caso,
resultaría en extremo embarazoso explicar la razón de la vela izada, incompletamente cargada sobre la verga del
palo mayor, particularidad que pone en evidencia el único y voluminoso cargamento, desvelado así adrede. La
intención del creador de la obra es, pues, manifiesta: se trata de un cargamento oculto, normalmente escondido a las
miradas indiscretas y no de un fardo situado en el puente.
Además, el barco, visto por detrás, parece alejarse del espectador y muestra que su avance viene asegurado por la
vela de artimón con exclusión de las otras. Ella sola recibe el esfuerzo del viento que sopla en popa, y ella sola
transmite la energía al navío que se desliza por las olas. Pues bien; los cabalistas escriben artimón y pronuncian
antemón o antimón, vocablo tras el cual esconden el nombre del tema de los sabios. Andemon, en griego, significa
flor, y se sabe que la materia prima es llamada flor de todos los metales; la flor de las flores (flos florum). El origen
de esta palabra, andoç, expresa también la juventud, la gloria, la belleza, la parte más noble de las cosas, todo
cuanto posee resplandor y brilla a la manera del fuego. Después de esto, no cabrá sorprenderse de que Basilio Va-
lentín, en su Carro triunfal del antimonio haya dado a la primera sustancia de la obra particular que describe ahí la
denominación de piedra de fuego.
En tanto que permanece fija a la nave hermética, esta piedra, tal como hemos dicho, debe ser considerada en vías
de elaboración. Es preciso, pues, con toda precisión, ayudarla a proseguir su travesía a fin de que ni las tempestades,
ni los escollos ni los mil incidentes de la ruta retrasen su arribada a la bendita ensenada hacia la cual, poco a poco, la
Naturaleza la encamina. Facilitar su viaje, prever y evitar las causas posibles de naufragio y mantener la nave
cargada con la preciosa carga en su línea recta, tal es la tarea del artesano.
Esta formación progresiva y lenta explica por qué la piedra aparece aquí figurada bajo el aspecto de un bloque en
bruto, llamado a ser objeto de la talla definitiva que lo convertirá en nuestra piedra cúbica. Los cables que la sujetan
al barco son bastante indicativos, por su entrecruzamiento sobre sus caras visibles, del estado transitorio de su
evolución. Se sabe que la cruz, en el orden especulativo, es la figuración del espíritu, principio dinámico, mientras
que, en el ámbito práctico, sirve de signo gráfico del crisol. En él, en este barco, se opera la concentración del agua
mercurial por la aproximación de sus moléculas constitutivas, bajo la voluntad del espíritu metálico y gracias al
concurso permanente del fuego. Pues el espíritu es la única fuerza capaz de mover en masas compactas nuevas los
cuerpos disueltos, al igual que obliga a los cristales producto de soluciones madres a tomar la forma específica e
invariable, por la cual los podemos identificar. Por ello los filósofos han asimilado la agregación molecular del
sólido mercurial, bajo la acción secreta del espíritu, con la de un saco fuertemente comprimido por ligaduras
entrecruzadas. La piedra parece atada como una secchina (del griego shcaxw, encerrar, tapar), y esta
corporeización se hace sensible por la cruz, imagen de la Pasión, es decir, a raíz del trabajo en el crisol, cada vez que
el calor se aplica prudentemente en el grado requerido y según el ritmo debido. Así, conviene precisar el sentido
particular del cable, que los griegos llamaban calwç, homónimo del adverbio calwç que significa de manera
debida y eficaz.
La fase más delicada del trabajo es cuando la primera coagulación de la piedra, untuosa y ligera, aparece en la
superficie y flota sobre las aguas. Es preciso entonces redoblar la precaución y la prudencia en la aplicación del
fuego, si no se quiere enrojecerla antes de tiempo y precipitarla. Al comienzo, se manifiesta bajo el aspecto de una
película delgada que muy pronto se rompe, cuyos fragmentos desprendidos de los bordes se apartan y, luego, se
sueldan, se espesan y adquieren la forma de un islote llano -la isla del Cosmopolita y la tierra mítica de Delos-
animado de movimientos giratorios y sometido a continuas traslaciones. Esta isla no es más que otra figura del pez
hermético nacido del mar de los Sabios -nuestro mercurio que Hermes llama mare patens-, el piloto de la Obra,
primer estado sólido de la piedra embrionaria. Unos lo han llamado echeneis y otros delfín con idéntica razón,
porque si el echeneis pasa, en la leyenda, por detener y fijar los navíos más fuertes, el delfín, cuya cabeza se ve
emerger en nuestro bajo relieve, posee un significado tambïén positivo. Su nombre griego, delfiç, designa la
matriz, y nadie ignora que el mercurio es llamado por los filósofos el receptáculo y la matriz de la piedra.
Pero con el fin de que nadie se llame a engaño, repitamos otra vez que no puede tratarse aquí del mercurio vulgar,
aunque su cualidad líquida pueda dar el cambio y permita la asimilación al agua secreta, húmedo radical metálico.
El poderoso iniciado que fue Rabelais1 suministra, en algunas palabras, las verdaderas características del mercurio
filosofal. En su descripción del templo subterráneo de la Dive bouteille (Pantagruel, libro V, cap. XLII), habla de
una fuente circular que ocupa su centro y la parte más profunda. Alrededor de esta fuente se levantan siete columnas
«que son piedras -dice el autor- atribuidas por los antiguos caldeos y magos a los siete planetas del cielo. Para lo
cual, por oír más a la ruda Minerva, sobre la primera, de zafiro, está elevada encima del remate, en la misma y

1
Sus obras están firmadas con el seudónimo Alcofribas Nasier, anagrama de François Rabelais, seguido del título de abstracteur
de quintessence, que servía, en la Edad Media, para designar en el habla popular a los alquimistas de la época. El célebre médico
y filósofo se declara así, sin discusión, adepto y rosacruz, y coloca sus escritos bajo la égida del Arte sagrado. Por otra parte, en el
prólogo del Gargantúa, Rabelais deja ver con bastante claridad que su obra pertenece a la categoría de los libros cerrados,
herméticos o acroamáticos, para cuya comprensión son absolutamente indispensables vastos conocimientos simbólicos.

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Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

central línea perpendicular, de plomo precioso, la imagen de Saturno sosteniendo su hoz, con una grulla de oro a sus
pies esmaltada artificialmente según la competencia de los colores ingenuamente debidos al ave saturnina. Sobre la
segunda, de jacinto, volviendo hacia la izquierda, se halla un Júpiter de estaño, jovial, en cuyo pecho se ve un águila
de oro esmaltada según el natural. En la tercera, Febo, de oro, tiene en su mano derecha un gallo blanco. En la
cuarta, de bronce corintio1, Marte, y a sus pies un león. Sobre la quinta, Venus, de cobre, de materia semejante a
aquella con la que Aristónides labró la estatua de Atamas..., una paloma a sus pies. En la sexta, Mercurio en hidrar-
girio fijo, maleable e inmóvil con una cigüeña a sus pies...» El texto es formal y no puede prestarse a confusión. El
mercurio de los sabios -todos los autores lo certifican- se presenta como un cuerpo de aspecto metálico, de
consistencia sólida y, en consecuencia, inmóvil con respecto al azogue, de volatilidad mediocre al fuego y
susceptible, por fin, de fijarse él mismo por simple cocción en vasija cerrada. En cuanto a la cigüeña, que Rabelais
atribuye al mercurio, toma su significado de la palabra griega pelargoç, cigüeña, formada por peloç, oscuro,
lívido o negro, y argoç, blanco, que son los dos colores del ave y los del mercurio filosófico. Pelargoç
designa también un recipiente hecho de tierra blanca y negra, emblema de la vasija hermética, es decir, del
mercurio, cuya agua, viva y blanca, pierde su luz y su brillo, se mortifica y se vuelve negra, abandonando su alma al
embrión de la piedra, que nace de su descomposición y se nutre de sus cenizas.
A fin de rendir testimonio de que la fuente del Vertbois estuvo originariamente consagrada al agua filosofal, madre
de todos los metales y base del Arte sagrado, los benedictinos de Saint-Martin-des-Champs mandaron esculpir, en la
cornisa que sirve de soporte al bajo relieve, diversos atributos relativos a este licor fundamental. Dos remos y un
caduceo entrecruzados llevan el pétaso de Hermes figurado bajo el aspecto moderno de un almete alado sobre el
cual vela un perrito. Algunos cordajes que salen de la visera despliegan sus espiras sobre los remos y la vara alada
del dios de la Obra.
La palabra griega plath, por la que se designaba el remo2, ofrece simultáneamente el sentido de barco y el de
aviento. Este último es una especie de concha de mimbre atribuida al mercurio y que los cabalistas escriben viento.
Por eso, la Tabla de Esmeralda dice alegóricamente al hablar de la piedra que «el viento la ha llevado en su
vientre». Ese aviento no es sino la matriz, el barco portador de la piedra, emblema del mercurio y tema principal de
nuestro bajo relieve. En cuanto al caduceo, es cosa sabida que pertenece como algo propio al mensajero de los
dioses, con el pétaso alado y las alas de los talones. Diremos tan sólo que el vocablo griego chruceion, caduceo,
recuerda por su etimología al gallo, chrux, consagrado a Mercurio como anunciador de la luz. Todos estos
símbolos convergen, como se ve, hacia un único y mismo objetivo, igualmente indicado por el perrillo situado en lo
alto del almete, cuyo sentido especial (cranoç, cabeza, cumbre) señala la parte importante, en este caso, el punto
culminante del arte, la clave de la Gran Obra. Noël, en su Dictionnaire de la Fable, escribe que «el perro estaba
consagrado a Mercurio, considerado como el más vigilante y astuto de todos los dioses». Según Plinio, la carne de
los cachorros se consideraba tan pura que se la ofrecía a los dioses en sacrificio, y era servida en las comidas
preparadas para ellos. La imagen del perro colocado sobre el casco protector de la cabeza constituye, por añadidura,
un verdadero jeroglífico también aplicable al mercurio. Es una traducción figurada del cinocéfalo
(cunocefaloç, que tiene cabeza de perro), forma mística muy venerada por los egipcios, que la atribuyeron a
algunas divinidades superiores y, en particular, al dios Tot, el cual se convirtió en el Hermes de los griegos, el
Trismegisto de los filósofos y el Mercurio de los latinos.

Artesón 6. - Un dado aparece colocado sobre una mesita de jardín. En primer plano, vegetan tres plantas herbáceas.
Por toda enseña, este bajo relieve lleva el adverbio latino

.VTCVMQVE.

De alguna manera, es decir, de una forma análoga, lo que permitiría creer que el descubrimiento de la piedra se
debería al azar, y que así el conocimiento del Magisterio sería tributario de un afortunado lanzamiento del dado.
Pero sabemos de modo pertinente que la ciencia, verdadero presente de Dios, luz espiritual obtenida por revelación,
no podría estar sujeta a tales eventualidades. No es que no pueda encontrarse fortuitamente, aquí como en todas
partes, la habilidad que exige una operación rebelde. Sin embargo, si la alquimia se limitara a la adquisición de una
técnica especial, de algún artificio de laboratorio, se reduciría a muy poca cosa y no excedería el valor de una simple
fórmula. Pero la ciencia sobrepasa con mucho la fabricación sintética de los metales preciosos, y la piedra filosofal
misma no es más que el primer peldaño positivo que permite al adepto elevarse hasta los más sublimes
conocimientos. Limitándonos incluso al ámbito físico, que es el de las manifestaciones materiales y las certidumbres

1
La atribución del bronce a Marte demuestra que Rabelais conocía perfectamente la correspondencia alquímica de los planetas y
los metales. En griego, la palabra calcoç, que designa el cobre o el bronce, era empleada por los antiguos poetas helénicos
para definir no el cobre o uno de sus compuestos sino el hierro. El autor, pues, tiene razón de atribuirlo al planeta Marte. En
cuanto al bronce de Corinto, Plinio asegura que se presentaba bajo tres aspectos. Tan pronto tenía el brillo de la plata como el del
oro, y podía ser el resultado de una aleación en proporciones casi equivalentes de oro, plata y cobre. Este último bronce se creía
que se había producido fortuitamente por la fusión de metales preciosos y de cobre a raíz del incendio de Corinto por Mumio
(146 antes de Jesucristo).
2
En cábala fonética, en francés, rame, equivalente de aviron (ambos términos significan remo en español), designa también el
agua filosofal. Rama en lugar de rasma significa aspersión, riego, de rew, fluir.

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Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

fundamentales, podemos asegurar que la Obra no está, en absoluto, sometida a lo imprevisto. Tiene sus leyes, sus
principios, sus condiciones y sus agentes secretos, y resulta de demasiadas acciones combinadas e influencias
diversas para obedecer al empirismo. Es preciso descubrirla, comprender su proceso, conocer bien sus causas y
accidentes antes de pasar a su ejecución. Y quien la pueda ver «en espíritu» pierde su tiempo y su aceite queriéndola
encontrar por la práctica. «El sabio tiene los ojos en la cabeza -dice el Eclesiastés (cap. II, 14)-, y el insensato
camina en las tinieblas.»
El dado tiene, pues, otra significación esotérica. Su figura, la del cubo (cuboç, dado, cubo), designa la piedra
cúbica o tallada, nuestra piedra filosofal y la piedra angular de la Iglesia. Pero, para estar regularmente erigida, esta
piedra requiere tres repeticiones sucesivas de una misma serie de siete operaciones, lo que totaliza veintiuna. Este
número corresponde con exactitud a la suma de los puntos marcados en las seis caras del dado, pues adicionando los
seis primeros números se obtiene veintiuno. Y las tres series de siete volverán a hallarse totalizando los mismos
números de puntos en bustrofedón:

1 2 3
6 5 4

Colocadas en la intersección de los lados de un hexágono inscrito, estas cifras traducirán el movimiento circular
propio para la interpretación de otra figura, emblemática de la Gran Obra, la de la serpiente Ouroboros, aut serpens
qui caudam devoravit. En todo caso, esta particularidad aritmética, en perfecta concordancia con el trabajo, consagra
la atribución del cubo o del dado a la expresión simbólica de nuestra quintaesencia mineral. Es la tabla isíaca
realizada por el trono cúbico de la gran diosa.
Basta, pues, analógicamente, con lanzar tres veces el dado sobre la mesa -lo que equivale, en la práctica, a
redisolver tres veces la piedra- para obtenerla con todas sus cualidades. El artista ha representado aquí estas tres
fases vegetativas por tres vegetales. Finalmente, las reiteraciones indispensables para la perfección de la labor
hermética dan la razón del libro jeroglífico de Abraham el Judío, compuesto, nos dice Flamel, por tres veces siete
hojas. Del mismo modo, un espléndido manuscrito iluminado, ejecutado a comienzos del siglo XVIII1, encierra
veintiuna figuras pintadas adaptadas cada una a las veintiuna operaciones de la Obra.

V
Segunda serie (lám. XXIX).

Artesón 1. - Espesas nubes interceptan la luz del sol y cubren de sombra una flor agreste que acompaña la divisa

.REVERTERE.ET.REVERTAR.

Vuelve y volveré. Esta planta herbácea, por completo fabulosa, era llamada por los antiguos Baraas. Se la
encontraba, se dice, en las vertientes del monte Líbano, por encima del camino que conduce a Damasco (es decir,
cabalísticamente, al mercurio principio femenino: Damar, mujer, esposa). No se la veía aparecer más que en el
mes de mayo, cuando la primavera aparta de la tierra su lienzo de nieve. En cuanto llega la noche, nos dice Noël,
«esta planta comienza a inflamarse y a despedir claridad como una nequeña antorcha. Pero en cuanto se hace el día,
esta luz desaparece y la hierba se vuelve invisible; las mismas hojas que se han envuelto en pañuelos ya no se
encuentran, lo que autoriza la opinión de quienes dicen que esta planta está endemoniada, porque, según ellos, tiene
también una propiedad oculta para romper los encantamientos y los sortilegios. Otros aseguran que es capaz de tras-
mutar los metales en oro, y por esta razón los árabes la llaman la hierba del oro, pero no osarían cogerla ni tan
siquiera acercarse a ella, por haber experimentado muchas veces, dicen, que esta planta mata súbitamente a quien la
arranca del suelo sin tomar las precauciones necesarias, y como ignoran cuáles son esas precauciones, la dejan sin
tocarla».
De este pequeño tema se desprende esotéricamente el artificio de la solución del azufre por el mercurio, la planta
que expresa la virtud vegetativa de éste y el Sol, la naturaleza ígnea de aquél. La operación es tanto más importante
cuanto que conduce a la obtención del mercurio filosófico, sustancia viva, animada, salida del azufre puro
radicalmente unido al agua primitiva y celeste. Hemos dicho antes que el carácter exterior, que permite la iden-
tificación segura de esta agua, es una figura estrellada e irradiante que la coagulación hacía aparecer en su
superficie. Añadamos que la signatura astral del mercurio, como se acostumbra nombrar la huella en cuestión, se
afirma con tanta mayor nitidez y vigor cuanto más progresa la animación y se revela más completa.
Pues bien, las dos vías de la Obra necesitan dos maneras diferentes de operar la animación del mercurio inicial. La
primera pertenece a la vía corta e implica una sola técnica por la cual se humedece poco a poco el fijo -pues toda
materia seca bebe con avidez su húmedo-, hasta que la afusión reiterada del volátil sobre el cuerpo haga hinchar el
compuesto y lo convierta en una masa pastosa o de aspecto de jarabe, según el caso. El segundo método consiste en

1
La Génération et Opération du Grand Oeuvre, ms. de la Bibl. del Palais des Arts, Lyon, n.º 88 (Delandine, 899), folio.

141
Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

digerir la totalidad del azufre en tres o cuatro veces su peso de agua, decantar a continuación la solución y, luego,
desecar el residuo y tomarlo de nuevo con una cantidad proporcional de nuevo mercurio. Cuando la disolución está
terminada, se separan las heces, si las hay, y los licores, mezclados, se someten a una lenta destilación al baño. La
humedad superflua se halla así desprendida, dejando el mercurio en la consistencia requerida sin ninguna pérdida de
sus cualidades y dispuesto a sufrir la cocción hermética.
Esta segunda práctica la expresa simbólicamente nuestro bajo relieve.
Se comprende sin dificultad que la estrella -manifestación exterior del Sol interno- se represente cada vez que una
nueva porción de mercurio viene a bañar el azufre no disuelto, y que en seguida éste deja de ser visible para
reaparecer en la decantación, es decir, en el punto de partida de la materia astral. «Vuelve -dice el fijo- y volveré.»
En siete ocasiones sucesivas, las nubes ocultan a las miradas tan pronto la estrella como la flor, según las fases de la
operación, de manera que el artista no puede jamás, en el curso del trabajo, advertir simultáneamente los dos
elementos del compuesto. Y esta verdad se ve confirmada hasta el final de la Obra, pues la cocción del mercurio
filosófico -llamado de otro modo astro o estrella de los sabios- lo transforma en azufre fijo, fruto de nuestro vegetal
emblemático, cuya semilla se encuentra así multiplicada en calidad, en cantidad y en virtud.

Artesón 2. - En el centro de este artesón, un fruto, que se suele tomar por una pera, pero que con la misma
verosimilitud puede ser una manzana o una granada, toma su significado de la leyenda bajo la que figura:

.DIGNA.MERCES.LABORE.

Trabajo dignamente recompensado. Este fruto simbólico no es otro que la gema hermética, piedra filosofal de la
Gran Obra o Medicina de los antiguos sabios llamada también absoluto, carboncillo o carbunclo precioso
(carbunculus), el Sol brillante de nuestro microcosmos y el astro de la eterna sapiencia.
Este fruto es doble, pues se recolecta a la vez del Arbol de la Vida, reservándolo especialmente para los usos
terapéuticos, y del Árbol de la Ciencia, si se prefiere emplearlo para la trasmutación metálica. Estas dos facultades
corresponden a dos estados de un mismo producto, el primero de los cuales caracteriza la piedra roja, translúcida y
diáfana, destinada a la Medicina en calidad de oro potable, y el segundo, la piedra amarilla, a la que su orientación
metálica y su fermentación por el oro natural han vuelto opaca. Por esta razón, De Cyrano Bergerac1 atribuye dos
colores al fruto del Magisterio en su descripción del árbol emblemático al pie del cual reposa. «Era -escribe- una
llana campiña tan abierta que mi vista, alcanzando el máximo, no hallaba en ella ni un solo matorral. Y, sin
embargo, al despertarme, me encontré bajo un árbol a cuyo lado los más elevados cedros parecerían hierba. Su
tronco era de oro macizo, sus ramas, de plata y sus hojas, de esmeraldas que sobre el brillante verdor de su preciosa
superficie representaban, como en un espejo, las imágenes de la fruta que colgaba alrededor. Mas ¡juzgad si el fruto
tendría que envidiar a las hojas! El escarlata inflamado de un grueso carbunclo componía la mitad de cada uno, y el
otro variaba entre una crisolita o un fragmento de ámbar dorado. Las flores abiertas eran rosas de diamante muy
anchas, y las yemas, gruesas perlas en forma de pera.»
Según la habilidad, el cuidado y la prudencia del artesano, el fruto filosófico del arbor scientiae testimonia una
virtud más o menos extensa. Pues es indiscutible que la piedra filosofal, empleada para la trasmutación de los
metales, jamás ha estado dotada del mismo poder. Las proyecciones históricas nos suministran una prueba cierta de
ello. En la operación realizada por J.-B. Van Helmont en su laboratorio de Vilvorde, cerca de Bruselas, en 1618, la
piedra transformó en oro 18,740 veces su peso de mercurio líquido. Richtausen, con ayuda del producto que le fue
remitido por Labujardière, obtuvo un resultado equivalente a 22,334 veces la unidad. La proyección que realizó
Sethon en 1603, en casa del mercader Coch, de Frankfurt del Meno, se efectuó según una proporción igual a 1,155
veces. Según Dippel, el polvo que Láscaris dio a Dierbach trasmutaba alrededor de 600 veces su peso de mercurio.
Sin embargo, otro fragmento suministrado por Láscaris se mostró más eficaz. En la operación ejecutada en Viena en
1716, en presencía del consejero Pantzer de Hesse, del conde Carlos Ernesto de Rappach, del conde José de Würben
y de Freudenthal, y de los hermanos conde y barón de Metternich, el coeficiente alcanzó una potencia próxima a
10.000. Tampoco es inútil, además, saber que el máximo de producción se realiza por el empleo del mercurio, y que
una misma cualidad de piedra proporciona resultados variables según la naturaleza de los metales que sirven de base
a la proyección. El autor de las Cartas del Cosmopolita afirma que si una parte del elixir convierte en oro perfecto
mil partes de mercurio ordinario, transformará sólo veinte partes de plomo, treinta de estaño, cincuenta de cobre y
cien de plata. En cuanto a la piedra al blanco sería incapaz, en el mismo grado de multiplicación, de actuar sobre
más de la mitad, aproximadamente, de esas cantidades.
Pero si los filósofos han hablado poco del rendimiento variable de la crisopeya, por el contrario se han mostrado
muy prolijos acerca de las propiedades médicas del elixir, así como sobre los efectos sorprendentes que permite
obtener en el reino vegetal.

1
De Cyrano Bergerac, L'Autre Monde. Histoire comique des Etats et Empires du Soleil. París, Bauche, 1910, p. 42. Conf.,
asimismo, la excelente edición de Jean-Jacques Pauvert (1962), p. 184. Prefacio de Claude Mettra. Biografía de Cyrano, nómina
de personajes y cuadro cronológico de Claude Mettra y Jean Suyeux.

142
Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

«El elixir blanco -dice Batsdorff1- actúa de maravilla en las enfermedades de todos los animales, y en particular en
las de las mujeres..., pues se trata de la verdadera Luna potable de los antiguos.» El autor anónimo de la Clef du
Grand Oeuvre2, continuando el texto de Batsdorff, asegura que «esta medicina posee otras virtudes increíbles.
Cuando está en el elixir al blanco, tiene tanta simpatía hacia las damas que puede renovar y volver su cuerpo tan
robusto y vigoroso como lo era en su juventud... Para este efecto, se prepara en primer lugar un baño con muchas
hierbas odoríferas con las que deben frotarse bien a fin de desengrasarse. A continuación, entran en un segundo baño
sin hierbas, pero en el cual se han disuelto, en una medida de alcohol, tres granos del elixir al blanco, que, acto
seguido, se echan al agua. Las damas permanecen un cuarto de hora en ese baño, después del cual, y sin secarse, se
hace preparar un gran fuego para hacer secar aquel precioso licor. Se sienten entonces tan fuertes y su cuerpo se
vuelve tan blanco, que no podrían imaginarlo de no experimentarlo. Nuestro buen padre Hermes se muestra de
acuerdo en esta operación, pero desea que, además de los baños, se tome al mismo tiempo durante siete días
seguidos, por vía interna, este elixir. Y añade: Si una dama hace lo mismo todos los años, vivirá exenta de todas las
enfermedades a las que están sujetas las demás damas, sin experimentar ninguna incomodidad».
Huginus á Barma certifica que «la piedra fermentada con oro puede ser empleada en Medicina de esta manera: se
tomará un escrúpulo, o veinticuatro granos, que se disolverá, según el arte, en dos onzas de alcohol, y luego se
echarán dos, tres y hasta cuatro gotas según la exigencia de la enfermedad en un poco de vino o en algún otro
vehículo apropiado3.» Al decir de los viejos autores, todas las afecciones que dataran de un mes serían radicalmente
curadas en un día; en doce días, si duraban de un año atrás; y en un mes, si su origen se remontara a más de un año.
Pero en esto, como en muchas otras cosas, hay que saber precaverse contra los excesos de la imaginación. En
exceso entusiasta, el autor de la Clef du Grand Oeuvre ve maravillas hasta en la disolución espirituosa de la piedra:
«Deben salir de ella -pretende el escritor- ardientes chispas doradas, y aparecer en la vasija una infinidad de
colores.» Eso es ir un poco lejos en la descripción de fenómenos que ningún filósofo señala. Por otra parte, no
reconoce límites a las virtudes del elixir: «la lepra, la gota, la parálisis, la piedra, el mal caduco, la hidropesía... no
serían capaces de resistir a la virtud de esta medicina». Y como la curación de estos males tenidos por incurables no
le parece suficiente, se empeña en añadir propiedades más admirables aún. «Esta medicina hace oír a los sordos, ver
a los ciegos, hablar a los mudos y andar a los cojos. Puede renovar al hombre por completo haciéndole cambiar de
piel, haciéndole caer los dientes viejos, las uñas y las canas, en cuyo lugar hace crecer otros nuevos según el color
que se desea.» Caemos, de este modo, en el humor y en la bufonería.
De creer a la mayoría de los sabios, la piedra puede dar excelentes resultados en el reino vegetal, en particular para
los árboles frutales. En primavera se riega el suelo cerca de las raíces con una solución de elixir en una gran
proporción de agua de lluvia, y se convierte a esos árboles en más resistentes a todas las causas de debilidad y de
esterilidad. Producen más y dan frutos sanos y sabrosos. Batsdorff llega, incluso, a decir que sería posible, utilizando
este procedimiento, cultivar vegetales exóticos en nuestras latitudes. «Las plantas delicadas --escribe-, que con
dificultad se aclimatan en condiciones contrarias a las que les son naturales, al ser regadas se vuelven tan vigorosas
como si estuvieran en su terreno y suelo propio y ordenado por la Naturaleza.»
Entre las demás propiedades maravillosas atribuidas a la piedra filosofal, autores muy antiguos citan gran cantidad
de ejemplos de transformación del cristal en rubí y del cuarzo en diamante, con ayuda de una especie de temple
progresivo. Apuntan, incluso, la posibilidad de volver el cristal dúctil y maleable, lo cual, pese a la afirmación de
Cyliani4, nos guardaremos bien de certificar, pues la manera de actuar propia del elixir -contracción y endu-
recimiento- parece contraria a la obtención de semejante efecto. Sea como fuere, Christophe Merret cita esta opinión
y se ocupa de ello en el prefacio de su tratado5: «Por lo que se refiere a la maleabilidad del vidrio -dice-, sobre la
cual los alquimistas fundan la posibilidad de su elixir, parece apoyarse, aunque con poca solidez, en el siguiente
pasaje de Plinio, libro XXXVI, capítulo XXVI: “Se asegura que en los tiempos de Tiberio se dio con un medio de
volver el vidrio flexible, y que todo el taller del obrero que fue su inventor fue destruido, por miedo de que este
descubrimiento no restara precio al oro, a la plata y al cobre. Pero este rumor, aunque bastante extendido, no por ello
es más cierto.”
»Otros autores han narrado el mismo hecho después de Plinio, pero con algunas circunstancias distintas. Dion
Casio, libro LVII, dice: “En el tiempo en que el gran Pórtico se inclinó, un arquitecto cuyo nombre se ignora
(porque los celos del emperador impidieron que se consignara en los registros) volvió a levantarlo y reforzó sus
cimientos. Tiberio, tras haberle pagado, le expulsó de Roma. Este obrero regresó con el pretexto de solicitar gracia
al emperador, y dejó caer en su presencia un vidrio que deformó y que él, alli mismo y con sus propias manos,
volvió a su forma, esperando obtener de este modo lo que pedía, pero fue condenado a muerte.” Isidoro confirma lo
mismo, y añade tan sólo que el emperador, indignado, arrojó el vidrio al suelo, pero que habiendo sacado el obrero
un martillo y habiéndole devuelto su forma, Tiberio le preguntó si había alguien más que supiera este secreto, y

1
Batsdorff, Le Filet d'Ariadne, pour entrer avec sureté dans le Labirinthe de la Philosophie Hermetique. París, Laurent d'Houry,
1695, p. 136.
2
La Clef du Grand Oeuvre, ou Lettres du Sancelrien Tourangeau. París, Cailleau, 1777 p. 54.
3
Huginus à Barma, Le Régne de Saturne changé en Siècle d'Or. París, Pierre Derieu, 1780, p. 190.
4
«No describiré aqui operaciones muy curiosas que he realizado, con gran sorpresa por mi parte, en los reinos vegetal y animal,
así como el medio de volver maleable el vidrio y convertirlo en perlas y piedras preciosas más bellas que las de la Naturaleza...
no deseando ser perjuro y que parezca que sobrepaso aquí los límites del espíritu humano.» Cyliani, Hermès dévoilé.
5
Neri, Merret y Kunckel, L'art de la Verrerie. París, Durand et Pissot, 1752.

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Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

habiéndole jurado el obrero que nadie más que él lo poseía, el emperador mandó que le cortaran la cabeza, por temor
de que, si el hecho se divulgaba, hiciera caer el oro en el desprecio, y despojara a los metales de su valor.»
Reconociendo que tendrán su parte la exageración y las aportaciones legendarias, no es menos cierto que el fruto
hermético lleva consigo la más alta recompensa que Dios, por intermedio de la Naturaleza, puede conceder aquí
abajo a los hombres de buena voluntad.

Artesón 3. - La efigie de la serpiente Ouroboros se levanta en el capitel de una elegante columna. Este curioso bajo
relieve se distingue por el axioma:

.NOSCE.TE.IPSVM.

Traducción latina de la inscripción griega que figuraba en el frontón del célebre templo de Delfos:

GNWQI SEAUTON

Conócete a ti mismo. Ya hemos encontrado, en algunos manuscritos antiguos, una paráfrasis de esta màxima
concebida así: «Vosotros que deseáis conocer la piedra, conoceos bien y la conoceréis.» Tal es la afirmación de la
ley analógica que da, en efecto, la clave del misterio. Pues bien, lo que caracteriza precisamente nuestra figura es
que la columna encargada de soportar la serpiente emblemática se halla caída con relación al sentido de la
inscripción. Disposición deseada, reflexionada y premeditada que da al conjuto la apariencia de una llave y la del
signo gráfico con cuya ayuda los antiguos tenían costumbre de anotar su mercurio. Clave y columna de la Obra son,
por otra parte, epítetos aplicados al mercurio, pues en él, los elementos se juntan en su proporción debida y en su
cualidad natural. De él proviene todo porque sólo él tiene el poder de disolver, mortificar y destruir los cuerpos, de
disociarlos, de separar las porciones puras, de unirlos a los espíritus y generar así nuevos seres metálicos diferentes
de sus progenitores. Los autores tienen, pues, razón al afirmar que todo cuanto buscan los sabios puede encontrarse
sólo en el mercurio, y es lo que debe llevar al alquimista a dirigir sus esfuerzos hacia la adquisición de este cuerpo
indispensable.
Pero a fin de conseguirla, le aconsejamos actuar con método, estudiando, de manera simple y racional, cómo opera
la Naturaleza entre los seres vivos para transformar los alimentos absorbidos, aligerados por la digestión de las
sustancias inútiles, en sangre negra y, luego, en sangre roja, generadora de tejidos orgánicos y de energía vital.
Nosce te ipsum. Reconocerá así que los productores minerales del mercurio, que son igualmente los artesanos de su
nutrición, de su crecimiento y de su vida deben, en primer lugar, ser escogidos con discernimiento y trabajados con
cuidado. Pues aunque, teóricamente, todos pueden servir para esta composición, aunque algunos están demasiado
alejados de la naturaleza metálica activa para sernos de veras útiles, ya sea a causa de sus impurezas o porque su
maduración fue detenida o llevada más allá del plazo requerido. Las rocas, las piedras y los metaloides pertenecen a
la primera categoría. El oro y la plata se incluyen en la segunda. En los metaloides, el agente que reclamamos está
falto de vigor, y su debilidad no podría sernos de ninguna utilidad. En el oro y la plata, por el contrario, se lo
buscaría en vano, pues la Naturaleza lo ha separado de los cuerpos perfectos a raíz de su aparición en el plano físico.
Al enunciar esta verdad, no queremos decir que haya que proscribir en absoluto el oro y la plata, ni pretender que
estos metales estén excluidos de la Obra por los maestros de la ciencia. Pero prevenimos fraternalmente al discípulo
de que no entra oro ni plata, ni tan siquiera modificados, en la composición del mercurio. Y si se descubriera en los
autores clásicos algún aserto en sentido contrario, debería creerse que el adepto entiende, como Filaleteo, Basilio
Valentín, Nicolas Flamel y el Trevisano, que se trata de oro o plata filosóficos, y no de los metales preciosos con los
que nada en común tienen ni presentan.

Artesón 4. - Colocada en el fondo de un celemín boca abajo, arde una bujía. Este motivo rústico tiene por epígrafe:

.SIC.LVCEAT.LVX.VESTRA.

Que vuestra luz brille así. La llama nos indica el espíritu metálico, que es la más pura y más clara de las partes del
cuerpo, su alma y su luz propias, aunque esa parte esencial sea la menor, habida cuenta de la cantidad. Hemos dicho
a menudo que la cualidad del espíritu, siendo aérea y volátil, le obliga siempre a elevarse, y que su naturaleza lo
hace brillar a partir del momento en que se encuentra separado de la opacidad grosera y corporal que lo arropa. Se
ha escrito que no se alumbra una candela para meterla bajo el celemín, sino en el candelero, a fin de que pueda
iluminar cuanto la rodea1. Igualmente, vemos, en la Obra, la necesidad de hacer manifiesto ese fuego interno, esa luz
o esa alma, invisible bajo la dura corteza de la materia grave. La operación que sirvió a los viejos filósofos para
realizar este designio fue llamada por ellos sublimación, aunque no ofrezca sino una relación lejana con la
sublimación ordinaria de los espagiristas. Pues el espíritu, pronto a desprenderse en cuanto se le suministran los
medios para ello, no puede, sin embargo, abandonar por completo el cuerpo, pero se hace una vestidura más
próxima a su naturaleza y más flexible a su voluntad con las partículas limpias y mondas que puede recoger a su
alrededor, a fin de servirse de ellas como vehículo nuevo. Alcanza, entonces, la superficie externa de la sustancia

1
Mateo, cap. V, 15; Marcos, cap. IV, 21; Lucas, cap. VIII, 16.

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Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

agitada y continúa moviéndose sobre las aguas, como se dice en el Génesis (cap. I, 2) hasta que la luz aparece.
Entonces, toma, al coagularse, un color blanco brillante, y su separación de la masa resulta muy fácil, pues la luz se
ha colocado por sí misma sobre el celemín, dejando al artista el cuidado de recogerla.
Digamos todavía, para que el estudiante no pueda ignorar nada sobre la práctica, que esta separación o sublimación
del cuerpo y manifestación del espíritu debe hacerse progresivamente, y es preciso reiterarla tantas veces como se
juzgue oportuno. Cada una de esas reiteraciones toma el nombre de águila, y Filaleteo nos afirma que la quinta
águila resuelve la Luna, pero que es necesario trabajar de siete a nueve para alcanzar el esplendor característico del
Sol. La palabra griega aiglh, de la que los sabios han extraído su término de águila, significa brillo, claridad viva,
luz, antorcha. Hacer volar el águila, según la expresión hermética, es hacer brillar la luz descubriéndola de su
envoltorio oscuro y llevándola a la superficie. Mas añadiremos que, contrariamente a la sublimación química,
hallándose el espíritu en pequeña proporción con respecto al cuerpo, nuestra operación suministra poco del principio
vivificante y organizador del que tenemos necesidad. Así, según el consejo del filósofo de Dampierre, el artista
prudente deberá esforzarse en volver lo oculto manifiesto, y en hacer que «lo que está abajo esté arriba», si desea ver
la luz metálica interna irradiar al exterior.

Artesón 5. - Una banderola tremolante revelaba aquí el sentido simbólico de un dibujo hoy desaparecido. Si hemos
de creer la Epigraphie Santone, figuraba «una mano sosteniendo una pica». No queda en la actualidad más que la
filacteria y su inscripción, cuyas dos últimas letras están amputadas:

.NON.SON.TALES.NVS.AMOR(ES).

No son tales nuestros amores. Pero esta frase española, solitaria, de sentido vago, apenas permite un comentario
serio. Antes que propagar una versión errónea, preferimos guardar silencio acerca de este motivo incompleto.

Artesón 6.- Las razones de imposibilidad invocadas para el precedente bajo relieve son, asimismo, válidas para
éste. Un pequeño cuadrúpedo, que el estado carcomido de la calcárea no permite indentificar, parece encerrado en
una jaula de pájaro. Este motivo está muy deteriorado. De su divisa, apenas se leen dos palabras:

LIBERTA.VER

que pertenece a esta frase conservada por algunos autores:

.AMPANSA.LIBERTA.VERA.CAPI.INTVS.

He aquí a dónde conduce el abuso de la libertad. Se trata verosímilmente en este tema del espíritu, primero libre y
luego aprisionado en el interior del cuerpo como en una jaula muy fuerte. Mas parece evidente también que el
animal, al ocupar el sitio ordinario de un pájaro, aportaba, por su nombre o por su especie, un significado especial,
preciso, fácil de situar en el trabajo. Estos elementos, indispensables para la interpretación exacta, nos faltan, por lo
que nos vemos obligados a pasar al artesón siguiente.

Artesón 7. - Yacente en el suelo, una linterna descolgada cuyo portillo se entreabre muestra su bujía apagada. La
filacteria que rubrica este tema contiene una advertencia para uso del artista impaciente y versátil:

.SIC.PERIT.INCO(N)STANS.

Así perece el inconstante. Como la linterna sin luz, su fe cesa de brillar. Fácilmente vencido, incapaz de reaccionar,
cae y busca en vano en las tinieblas que lo rodean aquella claridad que tan sólo podría hallar en sí mismo.
Pero si la inscripción no se presta al equívoco, la imagen, en contrapartida, resulta mucho menos transparente. Ello
se debe a que su interpretación puede darse de dos maneras, según el método empleado y la vía seguida.
Descubrimos, en primer lugar, una alusión al fuego de rueda que, so pena de detenerse implicando la pérdida
consecutiva de las materias, sería incapaz de cesar un solo instante en su acción. Ya en la vía larga, una disminución
de su energía o el descenso de la temperatura son accidentes perjudiciales para la marcha regular de la operación,
pues si nada se pierde, el tiempo, ya considerable, se ve todavía aumentado. Un exceso de fuego lo estropea todo,
pero si la amalgama filosófica simplemente ha enrojecido, mas no se ha calcinado, es posible regenerarla
disolviéndola de nuevo, según el consejo del Cosmopolita, y reemprender la cocción con mayor prudencia. Pero la
extinción completa del hogar causa irremediablemente la ruina del contenido, aunque éste, al análisis, no parezca
haber sufrido modificación. También durante el curso entero del trabajo, se debe recordar el axioma hermético
consignado por Linthaut, que enseña que el oro, una vez resuelto en espíritu, si siente el frío se pierde con toda la
Obra. No activéis, pues, demasiado la llama en el interior de vuestra linterna y velad para no dejarla apagarse, pues
ello significaría que salís de Caribdis para caer en Escila.
Aplicado a la vía corta, el símbolo de la linterna nos suministra otra explicación de uno de los puntos esenciales de
la Gran Obra. Ya no es el fuego elemental sino el potencial -llama secreta de la materia misma- lo que los autores
esconden al profano bajo esta imagen familiar. ¿Cuál es, pues, este fuego misterioso, natural y desconocido que el

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Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

artista debe saber introducir en su sujeto? He aquí una pregunta que ningún filósofo ha querido resolver ni tan si-
quiera recurriendo a la alegoría. Artefio y Pontano hablan del asunto tan oscuramente que esta cuestión tan
importante permanece incomprensible o pasa inadvertida. Limojon de Saint-Didier asegura que este fuego es de la
naturaleza de la cal. Basilio Valentín, de ordinario más prolijo, se contenta con escribir: «Enciende tu lámpara y
busca la dracma perdida.» Trismosin no se muestra mucho más claro: «Haz un fuego -dice- en tu vaso o en la tierra
que lo mantiene encerrado.» La mayor parte de los autores designan esta luz interna, escondida en las tinieblas de la
sustancia, con el epíteto de fuego de lámpara. Batsdorff describe la lámpara filosófica diciendo que debe estar
siempre abundantemente provista de aceite, y su llama debe alimentarse por medio de una mecha de asbesto. Pues
bien, el griego asbestoç significa inextinguible, de duración ilimitada, infatigable, inagotable, cualidades
atribuidas a nuestro fuego secreto el cual, dice Basilio Valentín, «no quema y no es quemado». En cuanto a la
lámpara, volvemos a hallarla en la palabra griega lampthr, linterna, tea, antorcha, que designaba la vasija de
fuego donde se quemaba la madera para alumbrarse. Tal es, con seguridad, nuestra vasija, dispensadora del fuego de
los sabios, es decir, nuestra materia y su espíritu o, para decirlo de una vez, la linterna hermética. Finalmente, un
término próximo a lampaç, lámpara, el vocablo lamph, expresa todo cuanto asciende y acude a la superficie,
espuma, escoria, etc. Y esto indica, para quien posee algún barniz de ciencia, la naturaleza del cuerpo o, si se
prefiere, de la envuelta mineral que contiene ese fuego de lámpara que no tiene necesidad más que de ser excitado
por el fuego ordinario para operar las más sorprendentes metamorfosis.
Una palabra más dirigida a nuestros hermanos. Hermes, en su Tabla de esmeralda, pronuncia estas palabras graves,
verdaderas y consecuentes: «Separarás la tierra del fuego, lo sutil de lo espeso, suavemente y con gran industria.
Asciende de la tierra al cielo y desciende del cielo a la tierra y recibe así la virtud de las cosas superiores y las de las
cosas inferiores.» Advertid, pues, que el filósofo recomienda separar y dividir, no destruir ni sacrificar uno para
conservar el otro. Pues si tuviera que ser así, os preguntamos de qué cuerpo se elevaría el espíritu y a qué tierra des-
cendería el fuego.
Pontano afirma que todas las superfluidades de la piedra se convierten, bajo la acción del fuego, en una esencia
única y que, en consecuencia, quien pretende separar la menor cosa no comprende nada de nuestra filosofía.
Artesón 8. - Dos vasijas, una en forma de aguamanil repujado y cincelado y la otra un vulgar recipiente de barro,
aparecen figurados en un mismo encuadre que ocupa esta sentencia de san Pablo:

.ALIVD.VAS.IN.HONOREM.
.ALIVD.IN.CONTVMELIAM.

Una vasija para usos honorables y otra para los empleos viles. «En una casa grande no hay sólo vasos de oro y de
plata, sino también de madera y de barro; y los unos para usos de honra, los otros para usos viles1.»
Nuestras dos vasijas aparecen, pues, bien definidas, claramente distinguidas, y en concordancia absoluta con los
preceptos de la teoría hermética. Una es el vaso de la naturaleza, hecho de la misma arcilla roja que sirvió a Dios
para formar el cuerpo de Adán; la otra es el vaso del arte, toda cuya materia está compuesta de oro puro, claro, rojo,
incombustible, fijo, diáfano y de brillo incomparable. Y éstas son nuestras dos vasijas, las cuales no representan en
verdad más que dos cuerpos distintos que contienen los espíritus metálicos, únicos agentes de lo que necesitamos.
Si el lector está familiarizado con la manera de escribir de los filósofos -manera tradicional que trataremos de
imitar lo mejor posible, a fin de que se pueda explicar a los antiguos por nosotros, y controlarnos a nosotros por
ellos-, le resultará fácil comprender lo que los hermetistas entienden por sus vasos, pues éstos no sólo representan
dos materias -o, mejor, una misma materia en dos estados de su evolución-, sino que simbolizan, además, nuestras
dos vías, basadas en el empleo de esos cuerpos diferentes.
La primera de estas vías, que utiliza el vaso del arte, es larga, laboriosa, ingrata, accesible a las personas
afortunadas, pero de gran honor pese al esfuerzo que necesita, porque ella es la que los autores describen de
preferencia. Sirve de soporte a su razonamiento, como el desarrollo teórico de la Obra exige un trabajo
ininterrumpido de doce a dieciocho meses y parte del oro natural preparado, disuelto en el mercurio filosófico, el
cual se cuece a continuación en matraz de cristal. Tal es el vaso honorable, reservado al noble uso de estas
sustancias preciosas que son el oro exaltado y el mercurio de los sabios.
La segunda vía no reclama, desde el comienzo al fin, más que el concurso de una tierra vil, abundantemente
extendida, de tan bajo precio que en nuestra época una cantidad insignificante basta para adquirir una cantidad
superior a las necesidades. Es la tierra y la vía de los pobres, de los simples y de los modestos, de aquellos a quienes
la Naturaleza maravilla hasta en sus más hurnildes manifestaciones. De una facilidad extrema, no reclama más que
la presencia del artista, pues la misteriosa labor se realiza por sí misma y se termina en siete o nueve días, todo lo
más. Esta vía, ignorada por la mayoría de los alquimistas practicantes, se elabora por entero en un solo crisol de
tierra refractaria. Los grandes maestros la llaman trabajo de mujer y juego de niño, y le aplican el viejo axioma
hermético: una re, una via, una dispositione. Una sola materia, una sola vasija, un solo horno. Tal es nuestro vaso de
barro, menospreciado, vulgar y de empleo común, «que todo el mundo tiene ante los ojos, que no cuesta nada y que
se encuentra en las casas de todas las gentes, pero que nadie, sin embargo, puede conocer sin revelación».

1
Segunda Epístola de san Pablo a Timoteo, cap. II, 20.

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Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

Artesón 9. - Una serpiente cortada por la mitad, pese al carácter mortal de su herida, cree poder vivir largo tiempo
en semejante estado. Se le hace decir:

.DVM.SPIRO.SPERABO.

Mientras respiro, espero.


La serpiente, imagen del mercurio, expresa, a través de sus dos fragmentos, las dos partes del metal disueltas, que
se fijará más tarde una por la otra, y de cuya agregación tomará su nueva naturaleza, su individualidad física y su
eficacia.
El azufre y el mercurio de los metales, extraídos y aislados bajo la energía disgregadora de nuestro primer agente o
disolvente secreto, se reducen por sí mismos, por simple contacto, en forma de aceite viscoso, untuosidad grasa y
coagulable que los antiguos llamaron aceite radical metálico y mercurio de los sabios. De ello se desprende que este
licor, pese a su aparente homogeneidad, está compuesto, en realidad, por los dos elementos fundamentales de todos
los cuerpos metálicos, y que puede ser considerado, lógicamente, como representante de un metal licuado y
reincrudado, es decir, artificialmente devuelto a un estado próximo a su forma original. Pero puesto que estos
elementos se encuentran simplemente asociados y no radicalinente unidos, parece razonable que nuestro simbolista
haya imaginado figurar el mercurio bajo el aspecto de un reptil seccionado cuyas dos partes conservan, cada una, su
actividad y sus virtudes recíprocas. Y esto es lo que justifica la exclamación de confianza fijada en el emblema
lapidario: mientras respiro, espero. En este estado de simple mezcla, el mercurio filosófico conserva el equilibrio, la
estabilidad y la energía de sus constituyentes, aunque éstos se vean empujados a la mortificación y a la
descomposición que preparan y realizan su interpenetración mutua y perfecta. Asimismo, mientras el mercurio no ha
experimentado el abrazo del mediador ígneo, es posible conservarlo indefinidamente, con tal de que se tenga
cuidado de sustraerlo a la acción combinada del aire y de la luz. Esto es lo que ciertos autores dan a entender cuando
aseguran que «el mercurio filosófico conserva siempre sus excelentes cualidades si se guarda en un frasco bien
cerrado», y sabido es que, en lenguaje alquímico, todo recipiente se dice tapado, cubierto, obturado o cerrado
cuando se mantiene en una oscuridad completa.

VI
Tercera serie (lám. XXX).

Artesón 1. - Situada en su armazón, medio oculta en el mollejón, una muela de arenisca sólo aguarda al afilador
para ponerse en acción. Sin embargo, el epígrafe de este tema, que debería subrayar su significado, parece, por el
contrario, no presentar ninguna relación con él. Con cierta sorpresa, leemos esta inscripción singular:

.DISCIPVLVS.POTIOR.MAGISTRO.

¿Es superior el discípulo al maestro?


Se convendrá sin esfuerzo en que no es necesario apenas un aprendizaje serio para hacer girar una muela, y jamás
hemos oído decir que el afilador más hábil, con su ingenio rudimentario, hubiera adquirido derechos a la celebridad.
Por útil y digno que sea, el oficio de vaciador no requiere en absoluto el concurso de dones innatos, de
conocimientos especiales, de técnica rara ni del menor título de maestría. Es cierto, entonces, que la inscripción y la
imagen tienen otro sentido, claramente esotérico, cuya interpretación vamos a dar1.
Considerada en sus diversos empleos, la muela es uno de los emblemas filosóficos encargados de expresar el
disolvente hermético o ese primer mercurio sin el cual es del todo inútil emprender ni esperar nada provechoso. Él
es nuestra única materia capaz de reforzar, animar y vivificar los metales usuales, porque éstos se resuelven
fácilmente en ella, se dividen y se adaptan bajo los efectos de una misteriosa afinidad. Y aunque este primitivo
sujeto no presente las cualidades ni la potencia del mercurio filosófico, posee, sin embargo, todo cuanto es preciso
para convertirse en él, y se convierte, en efecto, con tal de que se le añada sólo la semilla metálica que le falta. De
este modo, el arte acude en ayuda de la Naturaleza, permitiendo a esta hábil y maravillosa obrera realizar lo que, por
falta de medios, de materiales o de circunstancias favorables, había tenido que dejar inacabado. Pues bien, este
mercurio inicial, sujeto del arte y nuestro verdadero disolvente, es precisamente la sustancia que los filósofos llaman
la única matriz, la madre de la Obra; sin ella, nos sería imposible realizar la descomposición previa de los metales

1
Nunca abominaremos bastante de aquellos que, escondidos y todopoderosos, decidieron, en París, la inexplicable destrucción
de la viejísima rue des Nonnains-d'Hyères, la cual en nada se oponía a la salubridad y ofrecía la notable armonía de sus fachadas
del siglo XVIII. Este vandalismo, perpetrado en gran escala, ha determinado la pérdida de la curiosa enseña que ornaba, a la
altura del primer piso, el inmueble sito en el número 5, en el ángulo de la estrecha rue de l'Hôtel-de-Ville, otrora de la
Mortellerie. Destacada de la piedra, en bulto redondo, el motivo, de grandes dimensiones, que había conservado sus colores
originales, mostraba a un afilador con el traje de la época: tricornio negro, levita roja y medias blancas. El hombre se afanaba en
aguzar el hierro ante su carretilla, poniendo en actividad los dos elementos mayores, es decir, el fuego escondido en su muela y
el agua rara que un gran zueco parecía dispensar en un hilillo delgado.

147
Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

ni, en consecuencia, obtener el húmedo radical o mercurio de los sabios, que es, en verdad, la piedra de los
filósofos. De manera que están en lo cierto quienes pretenden hacer el mercurio o la piedra con todos los metales, y
también lo están aquellos que sostienen la unidad de la materia prima y la mencionan como la única cosa necesaria.
Los hermetistas no han escogido la muela al azar como signo jeroglífico del sujeto, y nuestro adepto, ciertamente,
ha obedecido a las mismas tradiciones otorgándole un lugar en los artesones de Dampierre. Se sabe que las muelas
tienen una forma circular, y que el círculo es el signo convencional de nuestro disolvente, así como, por otra parte,
de todos los cuerpos susceptibles de evolucionar por rotación ígnea. Volvemos a hallar el mercurio, indicado de esta
manera, en tres láminas del Art du Potier1, es decir, bajo el aspecto de una muela de molino unas veces movida por
un mulo -imagen cabalística de la palabra griega mulh, muela- como por un esclavo o un personaje de condición
vestido a la manera de un príncipe. Estos grabados traducen el doble poder del disolvente natural, el cual actúa sobre
los metales como la muela sobre el grano o la arenisca sobre el acero: los divide, los aguza. Hasta tal punto, que,
después de haberlos disociado y digerido parcialmente, se encuentra acidificado, toma una virtud cáustica y se
vuelve más penetrante de lo que era antes.
Los alquimistas de la Edad Media se servían del verbo acuar para expresar la operación que da al disolvente sus
propiedades incisivas. Pues bien, acuar proviene del latín acuo, aguzar, afilar, convertir en cortante y penetrante, lo
que corresponde no sólo a la nueva naturaleza del sujeto, sino que concuerda igualmente con la función de la muela
de aguzar.
¿Quién es el protagonista de esta obra? Evidentemente, el que aguza y hace girar la muela -ese afilador ausente del
bajo relieve-, es decir, el azufre activo del metal disuelto. En cuanto al discípulo, representa el primer mercurio, de
cualidad fría y pasiva que algunos denominan fiel y leal servidor y otros, debido a su volatilidad, servus fugitivus, el
esclavo fugitivo.. Se puede responder, pues, a la pregunta del filósofo, que, dada la diferencia misma de sus
condiciones, jamás el alumno podrá elevarse por encima del maestro, pero, por otra parte, cabe asegurar que, con el
tiempo, el discípulo, llegado a su vez a maestro, se convertirá en el alter ego de su preceptor. Pues si el maestro
desciende hasta el nivel de su inferior en la disolución, lo elevará consigo en la coagulación, y la fijación los
convertirá semejantes uno a otro, iguales en virtud, en valor y en poder.

Artesón 2. - La cabeza de Medusa, colocada en un pedestal, muestra su expresión severa y su cabellera entrelazada
de serpientes. Está adornada con esta inscripción latina:

.CVSTOS.RERVM.PRVDENTIA.

La prudencia es la guardiana de las cosas. Pero la palabra prudentia tiene un significado más extenso que
prudencia o previsión. Designa también la ciencia, la sabiduría, la experiencia y el conocimiento. Epigrama y figura
concuerdan en representar, en este bajo relieve, la ciencia secreta disimulada bajo los jeroglíficos múltiples y
variados de los artesones de Dampierre.
En efecto, la palabra griega Mhdousa, Medusa, procede de mhdoç y expresa el pensamiento del que uno se
ocupa, el estudio favorito; mhdoç ha formado mhdosunh, cuyo sentido evoca la prudencia y la sabiduría. Por
otra parte, los mitólogos nos enseñan que Medusa era conocida por los griegos bajo el nombre de Gorgw, es decir,
la Gorgona, que servía también para calificar a Minerva o Pallas, diosa de la sabiduría. Acaso se descubriera en esta
aproximación la razón secreta de la égida, escudo de Minerva recubierto con la piel de Amaltea, cabra nodriza de
Júpiter, y decorada con la máscara de Medusa Ophiotrix. Además de la proximidad que puede establecerse entre la
cabra y el carnero -éste portador del vellocino de oro y aquélla provista del cuerno de la abundancia-, sabemos que
el atributo de Atenea tenía poder petrificante. Se dice que Medusa convertía en piedra a aquellos cuya mirada se
cruzaba con la suya. Finalmente, los mismos nombres de las hermanas de Medusa, Euriale y Esteno, aportan
también su parte de revelación. Euriale, en griego Eurualoç significa aquello cuya extensión es amplia, vasta,
espaciosa. Esteno procede de SÌenoç, fuerza, poder, energía. Asi, las tres Gorgonas expresan simbólicamente la
idea de poder y de extensión propia de la filosofía natural.
Estas relaciones convergentes que nos está prohibido exponer con mayor claridad permiten concluir que, fuera del
hecho esotérico preciso mas apenas aflorado, nuestro motivo tiene por rnisión indicar la sabiduría como fuente y
guardiana de todos nuestros conocimientos, la guía segura del trabajador a quien descubre los secretos escondidos
en la Naturaleza.

Artesón 3. - Colocado en el altar del sacrificio, un antebrazo es consumido por el fuego. La enseña de este
emblema ígneo consiste en dos palabras:

.FELIX.INFORTVNIVM.

Feliz infortunio. Aunque el tema parezca, a priori, muy oscuro y sin equivalente en la literatura y la iconografía
herméticas, cede, sin embargo, al análisis y concuerda a la perfección con la técnica de la Obra.

1
Cyprian Piccolpassi, Les Trois Libres de l'Art du Potier, translatés de l'italien en langue françoyse par Maistre Claudius
Popelyn, Parisien. París, Librairie Internationale, 1861

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Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

El antebrazo humano, que los griegos llamaban simplemente el brazo, (Braciwn, sirve de jeroglífico para la vía
corta y resumida. En efecto, el adepto, jugando con las palabras como cabalista instruido, disimula bajo el sustantivo
braciwn, brazo, un comparativo de bracuç que se escribe y se pronuncia del mismo modo. Éste significa
corto, breve, de poca duración, y forma muchos compuestos, uno de ellos bracuthç, brevedad. Así, el
comparativo braciwn, breve, homónimo de braciwn, brazo, adquiere el sentido particular de técnica breve,
ars brevis.
Pero los griegos se servían aún de otra expresión para calificar el brazo. Cuando evocaban la mano, ceir,
aplicaban, por extensión, la idea al miembro superior entero, y le daban el valor figurado de una producción
artística, hábil, de un procedimiento especial, de una manera personal de trabajo; en resumen, de un truco adquirido
o revelado. Todas estas acepciones caracterizan exactamente las finezas de la Gran Obra en su realización pronta,
simple y directa, ya que sólo necesita la aplicación de un fuego muy enérgico a la que se reduce el truco en cuestión.
Pues bien; este fuego no sólo es figurado en nuestro bajo relieve por las llamas, sino también por el miembro mismo,
cuya mano indica ser un brazo derecho, y es bastante sabido que la locución proverbial «ser el brazo derecho» se
aplica siempre al agente encargado de ejecutar la voluntad de un superior, en el caso presente, el fuego.
Junto a estas razones -necesariamente abstractas porque están veladas bajo la forma lapidaria de una imagen
concisa- hay otra, concreta, que viene a sostener y confirmar, en el ámbito práctico, la filiación esotérica de las
primeras. La enunciaremos diciendo que quienquiera que ignorando el truco de la operación se arriesgue a
emprenderla, debe temerlo todo del fuego. Corre un peligro real, y con dificultad puede escapar a las consecuencias
de un acto irreflexivo y temerario. ¿Por qué, entonces, se nos dirá no divulgar ese precedimiento? Responderemos a
esto que revelar una manipulación de este orden sería entregar el secreto de la vía corta, y no hemos recibido en
absoluto de Dios ni de nuestros hermanos la autorización para descubrir semejante misterio. Ya es mucho que
llevemos la solicitud y la caridad hasta prevenir al principiante al que su buena estrella condujera al umbral del
antro, de tomar precauciones y redoblar la prudencia. Una advertencia semejante apenas se encuentra en los libros,
en extremo sucintos, acerca de todo cuanto se refiere a la Obra breve, pero que el adepto de Dampierre conocía tan
perfectamente como Ripley, Basilio Valentín, Filaleteo, Alberto el Grande, Huginus à Barma, Cyliani o Naxágoras.
Sin embargo, y porque juzgamos útil prevenir al neófito, cometería un error si concluyera que tratamos de
desalentarlo. Si desea arriesgarse en la aventura, que sea para él la prueba del fuego a la que debían someterse los
futuros iniciados de Tebas y de Hermópolis, antes de recibir las sublimes enseñanzas. El brazo en llamas sobre el
altar, ¿acaso no es un símbolo expresivo del sacrificio y de la renuncia que exige la ciencia? Todo se paga aquí abajo
no con oro, sino con la dificultad y el sufrimiento, dejándose a menudo parte de uno mismo, y nunca podría pagarse
demasiado cara la posesión del más pequeño secreto, de la verdad más ínfima. Si el aspirante, pues, se considera
dotado de la fe y armado del coraje necesarios, le desearemos fraternalmente que salga sano y salvo de esta dura
experiencia, la cual termina, lo más a menudo, con la explosión del crisol y la proyección del horno. Entonces, se
podrá exclamar, como nuestro filósofo: ¡Feliz infortunio! Pues el accidente, obligando al aspirante a reflexionar
sobre la equivocación cometida, le llevará a descubrir, sin duda, el medio de poder evitarla, así como el truco de la
operación regular.

Artesón 4.- Fijada en un tronco de árbol cubierto de hojas y cargado de frutos, una banderola desenrollada contiene
la inscripción:

.MELIVS.SPE.LICEBAT.

Podía esperarse algo mejor. Aquí tenemos una imagen del árbol solar que señala el Cosmopolita en su alegoría de
la selva verde, que nos dice pertenecer a la ninfa Venus. A propósito de este árbol metálico, el autor, relatando la
manera como el viejo Saturno trabaja en presencia del soplador perdido, dice que tomó fruta del árbol solar, la metió
en diez partes de cierta agua -muy rara y difícil de procurarse-, y efectuó fácilmente la disolución.
Nuestro adepto oye así hablar del primer azufre, que es el oro de los sabios, fruto verde, no maduro, del arbor
scientiae. Si la frase latina evidencia cierta decepción de un resultado normal, y muchos artistas se mostrarían
gozosos de obtenerlo, es porque mediante este azufre aún no puede esperarse la trasmutación. El oro filosófico, en
efecto, no es la piedra. Filaleteo se cuida de prevenir al estudiante de que sólo se trata de la primera materia. Y como
este azufre principio, según. el mismo autor, requiere una labor ininterrumpida de alrededor de ciento cincuenta días,
es lógico, y sobre todo humano, pensar que un resultado tan mediocre en apariencia no pueda satisfacer al artista, el
cual creía por descontado obtener de una tirada el elixir, como se consigue en la vía corta.
Llegado a este punto, el aprendiz debe reconocer la imposibilidad de continuar su trabajo prosiguiendo la
operación que le ha procurado el primer azufre. Si quiere ir más lejos, es preciso que vuelva sobre sus pasos,
emprenda un segundo ciclo de nuevas pruebas y trabaje un año y, a veces, más, antes de dar con la piedra de primer
orden. Pero si la desmoralización no le alcanza, que siga el ejemplo de Saturno y redisuelva en el mercurio, según
las proporciones indicadas, este fruto verde que la bondad divina le ha permitido recoger, y acto seguido verá con
sus propios ojos sucederse todas las apariencias de una maduración progresiva y perfecta. No nos cansaremos de
recordarle, sin embargo, que se encuentra metido en un camino largo y penoso, sembrado de zarzas y cortado por
barrancos; que en arte, teniendo en ello más parte que la Natulaleza, las ocasiones de errar y las escuelas son
también más numerosas. Que dirija, con preferencia, su atención sobre el mercurio que los filósofos unas veces han

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Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

llamado doble, no sin causa, y otras, ardiente o aguzado y acuado con su propia sal. Debe saber, antes de efectuar.
la solución del azufre, que su primera agua -la que le ha dado el oro filosófico- es demasiado simple y débil para
servir de alimento a esta simiente solar. Y a fin de vencer la dificultad, que se esfuerce en comprender la alegoría de
la matanza de los inocentes de Nicolas Flamel, así como la explicación que de ella da Limojon1, tan claramente
como puede hacerlo un maestro del arte. A partir del momento en que sepa lo que son, metálicamente, esos espíritus
de los cuerpos designados por la sangre de los inocentes degollados; en cuanto sepa de qué manera el alquimista
opera la diferenciación de los dos mercurios, habrá franqueado el último obstáculo y nada, por consiguiente, sino su
impaciencia, podrá frustrar el resultado esperado.

Artesón 5. - Dos peregrinos, provistos cada uno de un rosario, se encuentran próximos a un edificio -iglesia o
capilla- que se advierte en segundo plano. De estos hombres de muy avanzada edad, calvos, con la barba larga y el
mismo vestido, uno se ayuda en su marcha con ayuda de un bastón; el otro, que tiene el cráneo protegido por un
gran capuz, parece manifestar una viva sorpresa ante el suceso y exclama:

.TROPT.TART.COGNEV.TROPT.TOST.LAISSE.

Demasiado tarde conocido; demasiado pronto dejado. Palabras de soplador decepcionado, feliz de encontrar, al
fin, al término de su largo camino, ese húmedo radical tan ardientemente deseado, pero desolado por haber perdido
en trabajos vanos el vigor físico indispensable para la realización de la Obra con ese mejor compañero. Pues, con
seguridad, es nuestro fiel servidor, el mercurio, lo que aquí se figura bajo el aspecto del primer anciano. Un ligero
detalle lo señala a la atención del observador sagaz: el rosario que sostiene forma, con el bordón, la imagen del
caduceo, atributo simbólico de Hermes. Por esta parte, hemos dicho con frecuencia que la materia disolvente es
comúnmente reconocida, entre todos los filósofos, por ser el anciano, el peregrino y el viajero del gran Arte, así
como lo enseñan Miguel Maier, Estolcio y otros muchos maestros.
En cuanto al viejo alquimista, tan gozoso por este descubrimiento, si hasta el momento no ha sabido dónde
encontrar el mercurio, demuestra bastante, sin embargo, hasta qué punto su materia le resulta familiar, pues su
propio rosario, jeroglífico parlante, representa el círculo coronado por la cruz, símbolo del globo terrestre y
signatura de nuestro pequeño mundo. Se comprende entonces por qué el desdichado artista lamenta este
conocimiento demasiado tardío, y su ignorancia de una sustancia común que tenía a su alcance, sin pensar jamás que
pudiera procurarle el agua misteriosa, buscada en vano en otra parte...

Artesón 6. - En este bajo relieve se representan tres árboles próximos y de tamaño semejante. Dos de ellos
muestran su tronco y sus ramas resecos, mientras que el último, que ha permanecido sano y vigoroso, parece ser, a la
vez, la causa y el resultado de la muerte de los otros. Este motivo está ornado con la divisa:

.SI.IN.VIRIDI.ARIDO.QVID.

Si esto ocurre con las cosas verdes, ¿qué sucederá con las secas?
Nuestro filósofo plantea así el principio del método analógico, único medio y solo recurso de que dispone el
hermetista para la resolución de los secretos naturales. Se puede responder, pues, a partir de este principio, que lo
que sucede en el reino vegetal debe hallar su equivalencia en el reino mineral. En consecuencia, si los árboles secos
y muertos ceden su parte de alimento y de vitalidad al superviviente plantado a su lado, es lógico considerar a este
último como su heredero, aquel al que, al morir, han legado el disfrute total del fondo del que obtenían su subsisten-
cia. Bajo este ángulo y desde este punto de vista, se nos aparece como su hijo o su descendiente. Los tres árboles
constituyen así un emblema transparente de la manera como nace la piedra de los filósofos, primer ser o sujeto de la
piedra filosofal.
El autor del Triomphe Hermétique2, rectificando el aserto erróneo de su predecesor, Pierre-Jean Fabre, dice sin
ambages que «nuestra piedra nace de la destrucción de dos cuerpos». Precisaremos que de estos cuerpos uno es
metálico y el otro, mineral, y crecen ambos en la misma tierra. La oposición tiránica de su temperamento contrario
les impide conformarse el uno al otro para siempre, salvo cuando la voluntad del artista les obliga a ello, sometiendo
a la acción violenta del fuego a estos antagonistas resueltos. Tras un largo y duro combate, perecen agotados. De su
descomposición se engendra un tercer cuerpo, heredero de la energía vital y de las cualidades mezcladas de sus
progenitores difuntos.
Tal es el origen de nuestra piedra, provista desde su nacimiento de la doble disposición metálica, la cual es seca e
ígnea, y de la doble virtud mineral, cuya esencia consiste en ser fría y húmeda. Así realiza, en su estado de equilibrio
perfecto, la unión de los cuatro elementos naturales que se encuentra en la base de nuestra filosofía experimental. El
calor del fuego se halla temperado por la frigidez del aire, y la sequedad de la tierra, neutralizada por la humedad del
agua.

1
Limojon de Saint-Didier, Lettre aux vrays Disciples d'Hermès, en Le Triomphe Hermétique. Amsterdam, Henry Wetstein,
1699.
2
Limojon de Saint-Didier, Le Triomphe Hermétique. Amsterdam, Desbordes, 1710, página A4.

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Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

Artesón 7. - La figura geométrica que hallamos aquí ornaba con frecuencia los frontispicios de los manuscritos
alquímicos de la Edad Media. Se la llamaba comúnmente laberinto de Salomón, y hemos señalado en otro lugar que
se encontraba reproducida en las losas de nuestras grandes iglesias ojivales. Esta figura lleva por divisa:

.FATA.VIAM.INVENIENT.

Los destinos hallarán su vía. Nuestro bajo relieve, que caracteriza únicamente la vía larga, revela la intención
formal, expresada por la pluralidad de los motivos de Dampierre, de enseñar, sobre todo, la Obra del rico. Pues este
laberinto no nos ofrece más que una sola entrada, mientras que las representaciones del mismo tema muestran por lo
general tres entradas que corresponden, por otra parte, a los tres pórticos de las catedrales góticas puestas bajo la
advocación de la Virgen madre. Una de las entradas, del todo directa, conduce en derechura a la cámara media -
donde Teseo da muerte al Minotauro- sin hallar el menor obstáculo: traduce la vía corta, simple, cómoda de la Obra
del pobre. La segunda, que conduce igualmente al centro, no desemboca en él sino tras una serie de vueltas,
revueltas y circunvoluciones: es el jeroglífico de la vía larga, y hemos dicho que se refiere al esoterismo preferido
por nuestro adepto. Finalmente, una tercera galería, cuya abertura es paralela a las anteriores, termina con brusque-
dad en un callejón sin salida a poca distancia del umbral y no conduce a ninguna parte. Causa la desesperación y la
ruina de los errantes, de los presuntuosos, de quienes sin estudios serios ni principios sólidos se lanzan, sin embargo,
al camino y corren el riesgo de la aventura.
Cualquiera sea su forma y la complicación de su trazado, los laberintos son símbolos elocuentes de la Gran Obra
considerada desde el aspecto de su realización material. También los vemos encargados de expresar las dos grandes
dificultades que implica la obra: 1.° acceder a la cámara interior, 2.° tener la posibilidad de salir de ella. De estos dos
puntos, el primero concierne al conocimiento de la materia -que asegura la entrada- y el de su preparación -que el
artista consuma en el centro del dédalo-. El segundo concierne a la mutación, con el concurso del fuego, de la
materia preparada. El alquimista reproduce, pues, en sentido inverso, pero con prudencia, lentitud y perseverancia,
el recorrido efectuado rápidamente al comienzo de su labor. A fin de no extraviarse, los filósofos le aconsejan que
deje puntos de referencia en su camino al partir -para las operaciones que pudiéramos denominar analíticas-,
empleando este hilo de Ariadna sin el cual correría el gran riesgo de no poder volver atrás -es decir de extraviarse en
el trabajo de unificación sintética-. A esta segunda fase o período de la Obra se aplica la enseña latina del laberinto.
En efecto, a partir del momento en que el compuesto, formado por cuerpos vitalizados, comienza su evolución, el
misterio más impenetrable cubre con su velo el orden, la medida, el ritmo, la armonía y el progreso de esta
admirable metamorfosis que el hombre no tiene en absoluto la facultad de comprender ni de explicar. Abandonada a
su propia suerte y sometida a los rigores del fuego en las tinieblas de su estrecha prisión, la materia regenerada sigue
la vía secreta trazada por los destinos.

Artesón 8.- Dibujo borrado, escultura en relieve desaparecida. Tan sólo la inscripción subsiste, y la nitidez de su
labra rompe la uniformidad desnuda de la calcárea que la rodea. Se lee en ella:

.MICHI.CELVM.

¡A mí el cielo! Exclamación de ardiente entusiasmo, de gozo exuberante, grito de orgullo, se dirá, de adepto en
posesión del Magisterio. Tal vez. Pero, ¿es eso lo que quiere dar a entender el pensamiento del autor? Nos
permitimos dudarlo, pues basándonos en tantos motivos serios y, positivos y en epígrafes de sentido ponderado,
preferimos ver ahí la expresión de una esperanza radiante dirigida hacia el conocimiento de las cosas celestes, más
bien que la idea presuntuosa y barroca de una ilusoria conquista del empíreo.
Es evidente que el filósofo, habiendo alcanzado el resultado tangible de la labor hermética, no ignora ya cuál es el
poder, la preponderancia del espíritu ni la acción en verdad prodigiosa que ejerce sobre la sustancia inerte. Fuerza,
voluntad e incluso ciencia pertenecen al espíritu. La vida es la consecuencia de su actividad. El movimiento, la
evolución y el progreso son sus resultados. Y puesto que tode procede de él y que todo se engendra y se descubre
por él, es razonable creer que, en definitiva, todo debe regresar a él necesariamente. Basta, pues, observar bien sus
manifestaciones en la materia grave, estudiar las leyes a las que parece obedecer y conocer sus directrices para
adquirir alguna noción de las cosas y de las leyes primeras del Universo. También puede conservarse la esperanza
de obtener, por el simple examen de la labor espiritual en la obra hermética, los elementos de una concepción menos
vaga de la Gran Obra divina, del Creador y de las cosas creadas. Lo que está abajo es como lo que está arriba, ha
dicho Hermes, y por el estudio perseverante de todo cuanto nos es accesible podemos elevar nuestra inteligencia
hasta la comprensión de lo inaccesible. Tal es la idea naciente, en el ideal del filósofo, de la fusión del espíritu
humano y del espíritu divino, del regreso de la criatura al Creador, al hogar ardiente, único y puro del que, por orden
de Dios, debió escapar la chispa mártir, laboriosa e inmortal, para asociarse a la materia vil, hasta la completa
consumación de su periplo terrestre.

Artesón 9. - Nuestros predecesores no han reconocido en este pequeño tema más que el símbolo atribuido al rey de
Francia Enrique II. Se compone de un simple creciente lunar al que acompaña esta divisa:

.DONEC.TOTVM.IMPLEAT.ORBEM.

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Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

Hasta que colme toda la Tierra. No creemos que la interpretación de este emblema, al que Diana de Poitiers
permanece por completo extraña, pueda prestarse al menor equívoco. El más joven de los «hijos de ciencia» no
ignora en absoluto que la luna, jeroglífico espagírico de la plata, marca la meta final de la Obra al blanco y el
período de transición de la Obra al rojo. El color característico de la plata se parece al reino de la Luna, es decir, el
blanco. Artefio, Nicolas Flamel, Filaleteo y muchos otros maestros enseñan que, en esta fase de la cocción, el rebis
ofrece el aspecto de hilos finos y sedosos, de cabellos extendidos en la superficie y que progresan de la periferia al
centro. De ahí el nombre de blancura capilar que sirve para designar esta coloración. La Luna, dicen los textos, está
entonces en su primer cuarto. Bajo la influencia del fuego, la blancura gana en profundidad, alcanza toda la masa y,
en la superficie, cambia al amarillo limón. Es la luna llena. El creciente se ha ampliado hasta formar el disco lunar
perfecto: ha llenado por completo el orbe. La materia está provista de cierto grado de fijeza y sequedad, signos
seguros de consumación del pequeño Magisterio. Si el artista desea no ir más lejos o no puede conducir la Obra
hasta el rojo, no le quedará otra solución que multiplicar esta piedra, volviendo a empezar las mismas operaciones
para aumentar su potencia y su virtud. Y estas reiteraciones podrán renovarse tantas veces como lo permita la
materia, es decir, mientras esté saturada de su espíritu y éste «colme toda la tierra». Más allá del punto de saturación,
sus propiedades cambian. Demasiado sutil, ya no se puede coagular. Se queda así en aceite espeso, luminoso en la
oscuridad y, en lo sucesivo, sin acción sobre los seres vivos tanto como sobre los cuerpos metálicos.
Lo que es cierto para la Obra al blanco lo es también para el gran Magisterio. En este último, basta sólo con
aumentar la temperatura a partir del momento en que se ha obtenido la blancura cetrina, sin tocar, no obstante, ni
abrir la vasija, y a condición de que se haya sustituido, al comienzo, el fermento rojo por azufre blanco. Esto es, por
lo menos, lo que recomienda Filaleteo, pero no Flamel, aunque su desacuerdo aparente se explique con facilidad si
se conocen bien las dírectrices de las vías y de las operaciones. Sea como fuere, prosiguiendo la acción del cuarto
grado del fuego, el compuesto se disolverá por sí mismo y se sucederán nuevos colores hasta que un rojo débil
calificado de flor de melocotonero, que se vuelve poco a poco más intenso a medida que se extiende la sequedad,
anuncia el éxito y la perfección de la obra. Enfriada, la materia ofrece una textura cristalina hecha, al parecer, de
pequeños rubíes aglomerados, raras veces libres, siempre de elevada densidad y de fuerte brillo, con frecuencia
arropados en una masa amorfa, opaca y roja llamada por los antiguos la tierra condenada de la piedra. Este residuo,
fácil de separar, no es de ninguna utilidad y debe ser desechado.

VII
Cuarta serie (lám. XXXI).

Artesón 1. - Este bajo relieve nos presenta una roca a la que el mar, furioso, amenaza con tragar, pero dos
querubines soplan sobre las olas y apaciguan la tempestad. La filacteria que acompaña esta figura exalta la
constancia en los peligros:

.IN.PERICVLIS.CONSTANTIA.

virtud filosófica que el artista debe saber conservar durante el curso de la cocción y, sobre todo, al comienzo de ésta,
cuando los elementos desencadenados se embisten y se repelen con violencia. Más tarde, pese a la duración de esta
fase ingrata, el yugo es menos penoso de soportar, pues la efervescencia se calma y la paz nace, al fin, deI triunfo de
los elementos espirituales -aire y fuego-, simbolizados por los angelotes, agentes de nuestra misteriosa conversión
elemental. Pero, a propósito de esta conversión, acaso no sea superfluo aportar aquí algunas precisiones sobre la
manera de producirse el fenómeno, a propósito del cual los antiguos han dado muestras, según nuestra opinión, de
una reserva excesiva.
Todo alquimista sabe que la piedra está compuesta de los cuatro elementos unidos, mediante una poderosa
cohesión, en un estado de equilibrio natural y perfecto. Lo que es menos conocido es la manera como esos cuatro
elementos se resuelven en tres principios físicos que el artista prepara y junta según las reglas del arte, teniendo en
cuenta las condiciones requeridas. Pues bien; esos elementos primarios, representados en nuestro artesón por el mar
(agua), la roca (tierra), el cielo (aire) y los querubines (luz, espíritu, fuego) se reducen a sal, azufre y mercurio,
principios materiales y tangibles de nuestra piedra. De estos principios, dos se consideran simples, el azufre y el
mercurio, porque se encuentran combinados naturalmente en el cuerpo de los metales. Uno solo, la sal, aparece
constituido en parte por sustancia fija y en parte de materia volátil. Sabido es que, en química, las sales, formadas
por un ácido y una base, revelan, por su descomposición, la volatilidad de uno lo mismo que la fijeza de la otra.
Como la sal participa, a la vez, del principio mercurial por su humedad fría y volátil (aire), y del principio mercurial
por su sequedad ígnea y fija (fuego), sirve, pues, de mediador entre los componentes azufre y mercurio de nuestro
embrión. Gracias a su cualidad doble, la sal permite realizar la conjunción, que sería imposible sin ella, entre ambos
antagonistas, progenitores efectivos del reyezuelo hermético. Así, los cuatro elementos primeros se hallan juntos dos
a dos en la piedra en formación, porque la sal posee en sí el fuego y el aire necesarios para la unión del azufre-tierra
y del mercurio-agua.

152
Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

Sin embargo, y aunque los compuestos salinos estén próximos a las naturalezas sulfurosa y mercurial (porque el
fuego busca siempre un alimento terrestre y el aire se mezcla de buena gana con el agua), no tienen una afinidad
suficiente respecto a los principios materiales y ponderables de la Obra, azufre y mercurio, como para que su sola
presencia, su catálisis, sea capaz de evitar todo desacuerdo en este matrimonio filosófico. Al contrario, sólo después
de largos debates y de múltiples choques el aire y el fuego, rompiendo su asociación salina, actúan de consuno para
restablecer la concordia entre dos seres a los que una simple diferencia de evolución ha separado.
De ello debemos concluir, en la explicación teórica de la conversión de los elementos y de su unión indisoluble al
estado de elixir, que la sal es el único instrumento de una armonía duradera, la instigadora de una paz estable y
fecunda en resultados felices. Y este mediador pacífico, no contento con intervenir sin cesar durante la elaboración
lenta, tumultuosa y caótica de nuestra mixtura, aún contribuye, con su propia sustancia, a nutrir y fortificar el cuerpo
nuevamente formado. Imagen del Buen Pastor, que da su vida por sus ovejas, la sal filosófica una vez ha terminado
su cometido, muere a fin de que nuestro joven monarca pueda vivir, crecer y extender su voluntad soberana sobre
toda la naturaleza metálica.

Artesón 2. - La humedad ha roído la placa de fondo y la ha privado del relieve que tenía antaño. Las rugosidades
imprecisas y rudas que subsisten aún podrían pertenecer a algunos vegetales. La inscripción ha sufrido mucho.
Algunas letras tan sólo han podido resistir los malos tratos del tiempo:

..M.RI...V.RV..

Con tan pocos elementos es imposible reconstruir la frase. Sin embargo, según la obra Paysages et Monuments du
Poitou que ya hemos citado, los vegetales serían espigas de trigo y la inscripción debería leerse

.MIHI.MORI.LVCRVM.

La muerte es lucro para mí. Se trata de una alusión a la necesidad de la mortificación y de la descomposición de
nuestra simiente mineral. Pues del mismo modo que el grano de trigo no podría germinar, producir y multiplicarse si
la putrefacción no lo hubiera licuado previamente en la tierra, también es indispensable provocar la dísgregación del
rebis filosofal en el que está incluida la semilla para generar un nuevo ser de naturaleza parecida, pero susceptible de
aumentar por sí mismo, tanto en peso y volumen como en poder y virtud. En el centro del compuesto, el espíritu
encerrado, vivo, inmortal y siempre presto a manifestar su acción, no aguarda más que la descomposición del cuerpo
y la dislocación de sus partes para trabajar en la depuración y, después, en la refección de la sustancia modificada y
clarificada con la ayuda del fuego.
Es, pues, la materia, grosera aún, del mercurio filosófico, la que habla en el epígrafe Mihi mori lucrum. No sólo la
muerte le asegura el beneficio físico de una envoltura corporal mucho más noble que la primera, sino que, por
añadidura, le procura una energía vital que no poseía, y la facultad generadora de la que una mala constitución la
había privado hasta entonces.
Tal es la razón por la que nuestro adepto, a fin de dar una imagen sensible de la regeneración hermética por la
muerte del compuesto, ha hecho esculpir espigas bajo la divisa parabólica de este pequeño tema.

Artesón 3. - Surgiendo de nubes espesas, una mano cuyo antebrazo aparece ulcerado sostiene una rama de olivo.
Este blasón, de carácter mórbido, tiene por enseña:

.PRVDENTI.LINITVR.DOLOR.

El sabio sabe calmar su dolor. La rama de olivo, símbolo de paz y concordia, señala la unión perfecta de los
elementos generadores de la piedra filosofal. Y esta piedra, por los conocimientos ciertos que aporta y por las
verdades que revela al filósofo, le permite dominar los sufrimientos morales que afectan a los otros hombres, y
vencer los dolores físicos suprimiendo la causa y los efectos de gran número de enfermedades.
La elaboración misma del elixir le demuestra que la muerte, transformación necesaria, pero no aniquilación real, no
debe afligirlo. Muy al contrario, el alma, liberada de la carga corporal, goza, en plena expansión, de una maravillosa
independencia, toda bañada de esta luz inefable, accesible sólo a los espíritus puros. Sabe que las fases de vitalidad
material y de existencia espiritual se suceden unas y otras según las leyes que rigen su ritmo y sus períodos. El alma
sólo abandona su cuerpo terrestre para animar otro nuevo. El anciano de ayer es el niño de mañana. Los desa-
parecidos se vuelven a hallar, los extraviados se aproximan y los muertos renacen. Y la atracción misteriosa que liga
entre sí a los seres y las cosas de evolución semejante, reúne, sin que lo sepan, a los que todavía viven y a los que ya
no están. Para el iniciado no existe en absoluto separación verdadera y total, y la simple ausencia no puede
producirle angustia. A los objetos de sus afectos los reconocerá con facilidad, aunque revestidos de una envoltura
distinta, porque el espíritu, de esencia inmortal y dotado de memoria eterna, sabrá hacérselos discernir...
Estas certidumbres, materialmente controladas a lo largo del trabajo de la Obra, le aseguran una serenidad moral
indefectible, la calma en mitad de las agitaciones humanas, el menosprecio de los goces mundanos, un estoicismo
resuelto y, sobre todo, ese poderoso consuelo que le otorga el conocimiento secreto de sus orígenes y de su destino.

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Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

En el plano físico, las propiedades medicinales del elixir colocan a su feliz poseedor al abrigo de las taras y las
miserias fisiológicas. Gracias a él, el sabio sabe apaciguar su dolor. Batsdorff1 asegura que cura todas las
enfermedades externas del cuerpo, como úlceras, escrófulas, lobanillos, parálisis, heridas y otras muchas afecciones,
disuelto en un licor a propósito y aplicado en el mal mediante un lienzo empapado del licor. Por su parte, el autor de
un manuscrito alquímico miniado2 ensalza igualmente las elevadas virtudes de la medicina de los sabios. «El elixir -
escribe- es una ceniza divina, más milagrosa que otra cualquiera, y se reparte como se quiere, según la necesidad
que presenta, y no rechaza a nadie, tanto para la salud del cuerpo humano y el alimento de esta vida caduca y
transitoria, como para la resurrección de los cuerpos metálicos imperfectos... En verdad, sobrepasa a todas las tríacas
y medicinas más excelentes que los hombres hayan podido hacer, por sutiles que sean. Convierte al hombre que lo
posee en feliz, serio, próspero, notable, audaz, robusto y magnánimo.» Finalmente, Jacques Tesson3 da a los recién
convertidos consejos sabios acerca del empleo del bálsamo universal. «Hemos hablado -dice el autor dirigiéndose al
objeto del arte- del fruto de bendición salido de ti. Ahora, diremos cómo es preciso aplicarte. Eres para socorrer a los
pobres y no para las pompas mundanas; para curar a los enfermos necesitados y no para los grandes y poderosos de
la Tierra. Pues debemos prevenirnos de a quién damos y saber a quién debemos aliviar en las calamidades y
enfermedades que afligen a la especie humana. No administres este poderoso medio sino por una inspiración de
Dios que lo ve todo, lo conoce todo y lo ordena todo.»

Artesón 4. - He aquí, ahora, uno de los símbolos mayores de la Gran Obra: la figura del círculo gnóstico formado
por el cuerpo de la serpiente que se devora la cola, y que tiene por divisa la palabra latina:

.AMICITIA.

La amistad. La imagen circular es, en efecto, la expresión geométrica de la unidad, de la afinidad, del equilibrio y de
la armonía. Todos los puntos de la circunferencia son equidistantes del centro y están en estrecho contacto los unos
con los otros, y realizan un orbe continuo y cerrado que no tiene comienzo y no puede tener fin, lo mismo que Dios
en la metafísica, el infinito en el espacio y la eternidad en el tiempo.
Los griegos llamaban a esta serpiente Ouroboros, de las palabras oura, cola, y boroç, devorador. En la Edad
Media se la asimilaba al dragón y se le imponía una actitud y un valor esotéricos semejantes a los de la serpiente
helénica. Tal es la razón de las asociaciones de reptiles, naturales o rabiosos, que se encuentran casi siempre en los
viejos autores. Draco aut serpens qui caudam devoravit; serpens aut lacerta viridis quae propriam caudam devo-
ravit, etc., escriben con frecuencia. En los monumentos, por otra parte, el dragón, que permite más movimiento y
pintoresquismo en la composición decorativa, parece agradar más a los artistas, y a él lo representan de preferencia.
Puede vérsele en la portada norte de la iglesia de Saint-Armel, en Ploermel (Morbiham), donde muchos dragones
adosados a los planos inclinados de los gabletes forman rueda mordiéndose la cola. La célebre sillería del coro de
Amiens ofrece también una curiosa figura de dragón con cabeza de caballo y cuerpo alado terminado por una cola
decorativa cuya extremidad devora el monstruo.
Dada la importancia de este emblema -es, con el sello de Salomón, el signo distintivo de la Gran Obra-, su
significado sigue siendo susceptible de interpretaciones varias. Jeroglífico de unión absoluta, de indisolubilidad de
los cuatro elementos y de los dos principios devueltos a la unidad en la piedra filosofal, esta universalidad permite
su uso y atribución a las diversas fases de la Obra, puesto que todas se encaminan a la misma meta y están
orientadas a la unión, la homogeneidad de las naturalezas primarias y la mutación de su antipatía nativa en amistad
sólida y estable. Por regla general, la cabeza del dragón o del Ouroboros señala la parte fija, y su cola, la parte
volátil del compuesto. Así lo entiende el comentarista de Marc Fra Antonio4: «Esta tierra -dice al hablar del azufre-,
por su sequedad ígnea y congénita, atrae hacia sí su propia humedad y la consume, y a causa de esto es comparada al
dragón que devora su cola. Por lo demás, no atrae ni asimila a sí su humedad sino porque es de su misma
naturaleza.» Otros filósofos le destinan para una aplicación distinta, de lo que es testigo Linthaut5, que lo relaciona
con los períodos coloreados: «Hay -escribe- tres colores principales que se deben mostrar en la Obra: el negro, el
blanco y el rojo. La negrura, primer color, es llamada por los antiguos dragón venenoso cuando dicen: el dragón
devorará su propia cola.» El esoterismo es equivalente en el Muy precioso don de Dios, de Jorge Aurach. David de
Planis Campy, más alejado de la doctrina, no ve en ello más que una versión de las cohobaciones espagíricas.
En cuanto a nosotros, siempre hemos entendido el Ouroboros como un símbolo completo de la obra alquímica y de
su resultado. Pero cualquiera que sea la opinión de los sabios de nuestra época acerca de esa figura, puede estarse
seguro, cuando menos, de que todos los atributos de Dampierre, colocados bajo la égida de la serpiente que se
muerde la cola se refieren exclusivamente a la Gran Obra y presentan un carácter particular, conforme a las enseñan-
zas secretas de la ciencia hermética.

1
Le Filet d'Ariadne, Op. cit., p. 140.
2
La Génération et Opération du Grand-Oeuvre, Bibl. de Lyon. Ms. citado.
3
Jacques Tesson, Le Grand et Excellent Oeuvre des Sages, contenant trois traités ou dialogues. Dialogues du Lyon verd, du
Grand Thériaque et du Régime. Ms. del siglo XVII. Bibl. de Lyon, n.º 971 (900).
4
La Lumière sortant par soy-mesme des Ténèbres, ou Véritabte Théorie de la Pierre des Philosophes écrite en vers italiens...
París, L. d'Houry, 1687, p. 271.
5
Henri de Linthaut, Commentaire sur le Trésor des Trésors de Christophe de Gamon. París, Claude Morillon, 1610, p. 133.

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Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

Artesón 5.- Otro tema desaparecido y del que nada puede descifrarse. Algunas letras incoherentes aparecen tan sólo
en la calcárea disgregada:

...CO.PIA...

Artesón 6.- Una gran estrella de seis rayos resplandece sobre las ondas de un mar en movimiento. Por encima de
ella, la banderola lleva grabada esta divisa latina cuya primera palabra se halla escrita en español:

.LVZ.IN.TENEBRIS.LVCET.

La luz brilla en las tinieblas. Sin duda causará sorpresa que tomemos por olas lo que otros piensan que son nubes.
Pero estudiando la manera como el escultor representa en otros lugares el agua y las nubes, pronto se tendrá la
convicción de que no hay por nuestra parte error, desidia o mala fe. Con esta estrella de mar, sin embargo, el autor
de la imagen no pretende figurar la asteria común, que no posee más que cinco brazos radiales mientras que la
nuestra está provista de seis ramas distintas. Debemos ver aquí, pues, la indicación de un agua estrellada que no es
otra cosa que nuestro mercurio preparado, nuestra Virgen madre y su símbolo, Stella maris, mercurio obtenido en
forma de agua metálica blanca y brillante que los filósofos denominan astro (del griego asthe, brillante,
reluciente). Así, el trabajo del arte hace manifiesto y exterior lo que antes se encontraba difuso en la masa tenebrosa,
grosera y vil del sujeto primario. Del caos oscuro hace surgir la luz tras haberla reunido, y esta luz brilla desde ahora
en las tinieblas como una estrella en el cielo nocturno. Todos los químicos han conocido y conocen este sujeto,
aunque muy pocos saben extraerle la quintaesencia radiante, tan fuertemente hendida en la terrestreidad y opacidad
del cuerpo. Por ello, Filaleteo1 recomienda al estudiante que no menosprecie la signatura astral, reveladora del
mercurio preparado. «Ten cuidado -le dice- de regular tu camino según la estrella del Norte que nuestro imán hará
aparecer ante ti. Entonces, el sabio se regocijará, pero el alocado, en cambio, considerará el hecho como de poca
monta. No aprenderá la sabiduría, e incluso mirará sin comprender su valor ese polo central hecho de líneas
entrecruzadas, marca maravillosa del Todopoderoso.»
En extremo intrigado por esta estrella, cuya importancia y significado no alcanzaba a explicarse, Hoefer2 se dirigió
a la cábala hebraica. «Iesod ( ) -escribe- significa a la vez fundamento y mercurio, porque el mercurio es el
fundamento del arte trasmutatorio. La naturaleza del mercurio viene indicada por los nombres (Dios vivo),
cuyas letras dan como resultado, por adición entre sí de sus valores numéricos, 49, que es el mismo que resulta de
las letras (cocaf), estrella. Pero, ¿qué sentido cabe atribuir a la palabra ? Escuchemos a la cábala: «El
carácter del verdadero mercurio consiste en cubrirse, por la acción del calor, con una película que se aproxima más o
menos al color del oro, y esto puede hacerse "incluso en el espacio de una sola noche": Tal es el misterio que indica
la palabra , estrella.» Esta exégesis no nos satisface. Una película, del color que sea, en nada se parece a las
irradiaciones estrelladas, y nuestros propios trabajos nos garantizan una signatura efectiva que presenta todos los
caracteres geométricos y regulares de un astro perfectamente dibujado. También preferimos el lenguaje, menos
químico, pero más verdadero, de los maestros antiguos a esta descripción cabalística del óxido rojo de hidrargirio.
«Tiene la propiedad de la luz -dice el autor de una obra célebre3- de no poder aparecer a nuestros ojos sin estar
revestida de algún cuerpo, y es preciso que ese cuerpo sea también apropiado para recibir la luz. Allá, pues, donde
está la luz, debe estar necesariamente el vehículo de esa luz. He aquí el medio más fácil para no errar. Busca, pues,
con la luz de tu espíritu la luz que está envuelta en tinieblas, y aprende de ello que el sujeto más. vil de todos según
los ignorantes es el más noble según los sabios.» En una narración alegórica concerniente a la preparación del
mercurio, Trismosin4 es más categórico aún; afirma, como nosotros, la realidad visual del sello hermético. «Al
romper el día -dice nuestro autor-, se vio salir por encima de la persona del rey una estrella muy resplandeciente, y
la luz del día iluminó las tinieblas.» En cuanto a la naturaleza mercurial del soporte de la estrella (que es el cielo de
los filósofos), Nicolas Valois5 nos la da a entender con claridad en el pasaje siguiente: «Los sabios –dice- llaman su
mar a la Obra entera, y a partir del momento en que el cuerpo es reducido a agua, de la que se compuso
primariamente, aquélla es llamada agua de mar porque se trata en verdad de un mar en la que muchos sabios nave-
gantes han naufragado por no tener ese astro como guía, que no faltará jamás a quienes lo han conocido una vez.
Esta estrella conducía a los sabios al nacimiento del Hijo de Dios, y ella misma nos hace asistir al nacimiento de este
joven rey.» Finalmente, en su Cathécisme ou Instruction pour le grade d'Adepte, anexo a su obra titulada L'Etoile
flamboyante, el barón Tschoudy nos informa de que el astro de los filósofos se llamaba así entre los masones. «La
naturaleza -dice- no es en absoluto visible aunque actúe visiblemente, pues no es más que un espíritu volátil que
hace su oficio en los cuerpos y que está animado por el espíritu universal que conocemos, en masonería vulgar, bajo
el respetable emblema de la estrella flameante.»

1
Filaleteo, Introitus apertus, op. cit., cap. IV, 3.
2
Ferdinand Hoefer, Histoire de la Chimie. París Firmin Didot, 1866, p. 248.
3
La Lumièré sortant par soy-mesme des Ténèbres, op, cit,
4
Salomon Trismosin, La Toyson d'Or. París, Ch. Sevestre, 1612.
5
Les Cinq Livres de Nicolas Valois, Ms. Citado.

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Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

Artesón 7. - Al pie de un árbol cargado de frutos, una mujer planta en la tierra muchos carozos. En la filacteria, una
de cuyas extremidades arranca del tronco y la otra se desarrolla del personaje, se lee esta frase latina:

.TV.NE.CEDE.MALIS.

No cedas a los errores. Se trata de un estímulo para perseverar en la vía seguida y en el método empleado que da
nuestro filósofo al buen artista, el cual se complace en imitar ingenuamente a la simple naturaleza más bien que a
perseguir vanas quimeras.
Los antiguos designaban a menudo la alquimia con el nombre de agricultura celeste, porque ofrece, en sus leyes,
en sus circunstancias y en sus condiciones la más estrecha relación con la agricultura terrestre.
Apenas hay autor clásico que no tome sus ejemplos y establezca sus demostraciones sobre los trabajos campestres.
La analogía hermética aparece así fundada en el arte del cultivador. Al igual que es preciso un grano para obtener
una espiga -nisi granum frumenti-, es indispensable tener en primer lugar la semilla metálica, a fin de multiplicar el
metal. Pues bien; cada fruto lleva en sí su semilla, y todo cuerpo, cualquiera que sea, posee la suya. El punto
delicado, que Filaleteo llama el eje del arte, consiste en saber extraer del metal o del mineral esta semilla primera. Es
la razón por la cual el artista debe, al comienzo de su obra, descomponer por entero lo que ha sido reunido por la
Naturaleza, pues «quienquiera ignore el medio de destruir los metales, ignora, asimismo, el de perfeccionarlos».
Habiendo obtenido las cenizas del cuerpo, éstas serán sometidas a la calcinación, que quemará las partes
heterogéneas, adustibles, y dejará la sal central, semilla incombustible y pura que la llama no puede vencer. Los
sabios le han aplicado los nombres de azufre, primer agente u oro filosófico.
Pero todo grano capaz de germinar, de crecer y de fructificar reclama una tierra propicia. El alquimista tiene
necesidad, a su vez, de un terreno apropiado para la especie y la naturaleza de su semilla. También aquí deberá
recurrir tan sólo al reino mineral. Ciertamente, este segundo trabajo le costará más fatiga y tiempo que el primero. Y
ello también concuerda con el arte del cultivador. ¿Acaso no vemos todos los cuidados de este último dirigidos hacia
una exacta y perfecta preparación del suelo? Mientras que las siembras se efectúan con rapidez y sin gran esfuerzo,
la tierra, por el contrario, exige muchas labores, una justa proporción de abono, etc., trabajos éstos penosos y de gran
esfuerzo cuya analogía se encuentra en la Gran Obra filosofal.
Que los verdaderos discípulos de Hermes estudien, pues, los medios simples y eficaces capaces de aislar el
mercurio metálico, madre y nodriza de esta semilla de la que nacerá nuestro embrión; que se apliquen a purificar
este mercurio y a exaltar sus facultades, a semejanza del campesino que aumenta la fecundidad del humus
aireándolo con frecuencia e incorporándole los productos orgánicos necesarios. Sobre todo, que desconfíen de los
procedimientos sofísticos, fórmulas caprichosas para uso de los ignorantes o los ávidos. Que interroguen la
Naturaleza, observen la forma en que opera, sepan discernir cuáles son sus medios y se ingenien para imitarla de
cerca. Si no se dejan desanimar y no ceden lo más mínimo a los errores, extendidos profusamente incluso en los
mejores libros, sin duda acabarán por ver el éxito coronar sus esfuerzos. Todo el arte se resume en descubrir la
semilla, azufre o núcleo metálico, arrojarla en una tierra específica o mercurio, y, luego, en someter estos elementos
al fuego, según un régimen de cuatro temperaturas crecientes que constituyen las cuatro estaciones de la Obra. Pera
el gran secreto es el del mercurio, y en vano se buscará su operación en las obras de los más célebres autores.
También es preferible ir de lo conocido a lo desconocido por el método analógico, si se desea aproximarse a la
verdad sobre una materia que ha constituido la desesperación y ha causado la ruina de tantos investigadores más
entusiastas que profundos.

Artesón 8. - Este bajo relieve lleva tan sólo la imagen de un escudo circular y la exclamación histórica de la madre
espartana:

.AVT.HVNC.AVT.SVPER.HVNC.

O con él o sobre él. La Naturaleza se dirige aquí al hijo de la ciencia que se dispone a emprender la primera
operación. Hemos dicho ya que esta manipulación, en extremo delicada, implica un peligro real, pues el artista debe
provocar al viejo dragón, guardián del vergel de las Hespérides, obligarlo a combatir y, luego, matarlo sin piedad, si
no quiere convertirse en su víctima. Vencer o morir, tal es el sentido velado de la inscripción. Nuestro campeón,
pese a su valor, deberá actuar con la mayor prudencia, pues el porvenir de la Obra y su propio destino dependen de
este primer éxito.
La figura del escudo -en griego aspiç, abrigo, protección, defensa- le indica la necesidad de un arma defensiva.
En cuanto al arma de ataque, deberá emplear la lanza –logch, suerte, destino- o el estoque -dialhyiç,
separación-. A menos que prefiera recurrir al medio del que se sirvió Belerofonte, que cabalgó sobre Pegaso para
dar muerte a la Quimera. Los poetas imaginan que hundió profundamente en la garganta del monstruo una jabalina
de madera endurecida al fuego y reforzada de plomo. La Quimera, irritada, vomitaba llamas, y entonces el plomo se
fundió y fluyó hasta las entrañas de la bestia, y este simple artificio pronto dio cuenta de ella.
Llamamos principalmente la atención del principiante sobre la lanza y el escudo, que son las mejores armas que
puede utilizar el caballero experto y seguro de sí, y que figurarán, si sale victorioso del combate, en su escudo
simbólico, asegurándole la posesión de nuestra corona.

156
Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

Así, de labrador se convierte en heraldo (chrux, de donde procede, en griego, chrucioforoç, el que lleva el
caduceo). Otros del mismo coraje y de fe ardiente, más confiados en la misericordia divina que seguros de sus
propias fuerzas, abandonaron la espada, la. lanza y el sable por la cruz. Éstos venciéron aún mejor, pues el dragón,
material y demoníaco, jamás resistió a la efigie espiritual y todopoderosa del Salvador, al signo inefable del Espíritu
y de la Luz encarnados: In hoc signo vinces.
Al sabio, se dice, le bastan pocas palabras, y nosotros estimamos haber hablado lo suficiente para quienes deseen
tomarse la molestia de comprendernos.

Artesón 9. - Una flor campestre que tiene aspecto de amapola recibe la luz del sol que brilla encima de ella. Este
bajo relieve ha sufrido a causa de condiciones atmosféricas desfavorables o, tal vez, de la mala calidad de la piedra.
La inscripción que adornaba una. banderola cuya huella aún se ve está por completo borrada. Como hemos
analizado con anterioridad un tema semejante (serie II, artesón 1), y dado que este motivo es susceptible de muchas
y muy diferentes interpretaciones, guardaremos silencio por temor a un posible error, dada la ausencia de su divisa
particular.

VIII
Quinta serie (lám. XXXII).

Artesón 1. - Un vampiro cornudo, velludo, provisto de alas membranosas, nervudas y provistas de garras, y con los
pies y manos en forma también de garras, aparece representado en cuclillas. La inscripción pone en boca de este
personaje de pesadilla los siguientes versos en español:

.MAS.PENADO.MAS.PERDIDO.
.Y.MENOS.AREPANTIDO.

Este diablo, imagen de la tosquedad material opuesta a la espiritualidad, es el jeroglífico de la primera sustancia
mineral, tal como se encuentra en los yacimientos metalíferos a donde los mineros van a arrancarla. Se la veía en
otro tiempo representada, bajo la figura de Satán, en Notre-Dame de París, y los fieles, en testimonio de
menosprecio y aversión, iban a apagar sus cirios introduciéndoselos en la boca, que mantenía abierta. Para el pueblo
era maistre Pierre du Coignet, la maîtresse pierre du coin (la piedra maestra del rincón), es decir, nuestra piedra
angular y el bloque primitivo sobre el que está edificada toda la Obra.
Hay que convenir en que para ser simbolizado con apariencias deformes y monstruosas -dragón, serpiente,
vampiro, diablo, tarasca, etc.-, este desdichado sujeto debe haber sido muy poco favorecido por la Naturaleza. En
realidad, su aspecto nada tiene de seductor. Negro, cubierto de láminas escamosas a menudo revestidas de puntos
rojos o de envoltura amarilla, friable y deslucida, de olor fuerte y nauseabundo que los filósofos definen toxicum e
venenum, mancha los dedos cuando se toca y parece reunir todo cuanto puede desagradar. Sin embargo, se trata de
esa primitiva materia de los sabios, vil y despreciada por los ignorantes, que es la única dispensadora del agua
celeste, nuestro primer mercurio y el gran alkaest1. Es el leal servidor y la sal de la tierra que Madame Hillel-
Erlanger llama Gilly y que hace triunfar a su dueño del dominio de Vera2. También se ha llamado disolvente uni-
versal no porque sea capaz de resolver todos los cuerpos de la Naturaleza -lo cual han creído algunos
equivocadamente-, sino porque lo puede todo en ese pequeño universo que es la Gran Obra. En el siglo XVII, época
de discusiones apasionadas entre químicos y alquimistas acerca de los principios de la antigua ciencia, el disolvente
universal fue objeto de ardientes controversias. J.-H. Pott3, que se aplicó a reconstituir las numerosas fórmulas de
menstruos y se esforzó por dar de ellas un análisis razonado, nos aporta, sobre todo, la prueba de que ninguno de sus
inventores comprendió lo que los adeptos entienden por su disolvente. Aunque éstos afirmen que nuestro mercurio
es metálico y homogéneo a los metales, la mayor parte de los investigadores se han obstinado en extraerlo de
materias más o menos alejadas del reino animal. Algunos creían prepararlo saturando de espíritu volátil orinoso
(amoníaco) un ácido cualquiera, y hacían circular a continuación esa mezcla. Otros exponían al aire orina espesada,
con objeto de introducir en ella el espíritu aéreo, etc. Becker (Physica subterranea, Francofurti, 1669) y Bohn
(Epístola acerca de la insuficiencia del ácido y del álcali) piensan que «el alkaest es el principio mercurial más puro
que se retira del mercurio o de la sal marina por procedimientos particulares». Zobel (Margarita medicinalis) y el
autor del Lullius redivivus preparan su disolvente saturando sal amoniacal (ácido clorhídrico) con espíritu de tártaro

1
El término alkaest, atribuido unas veces a Van Helmont y otras a Paracelso, seria el equivalente del latín alcali est y daría la
razón por la cual gran cantidad de artistas han trabajado para obtenerlo a partir de los alcalinos. Para nosotros, alkaest deriva de
las palabras griegas alca, vocablo dórico empleado en lugar de alch, fuerza, vigor, y de eiç, el lugar, o también estia,
hogar, el lugar o el hogar de la energía.
2
Irène Hillel-Erlanger, Voyages en kaleidoscope. París, Georges Crès, 1919.
3
J.-H. Pott, Dissertations chymiques T. I: Dissertation sur les Soufres des Métaux, sostenida en Hall en 1716. París, Th.
Hérissant, 1759.

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Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

(tartrato de potasio) y tártaro crudo (carbonato potásico impuro). Hoffman1 y Poterius volatilizan la sal de tártaro
disolviéndola primero en agua, exponiendo el licor a la putrefacción en una vasija de madera de encina, y, luego,
sometiendo a la sublimación la tierra que se ha precipitado. «Un disolvente que deja muy atrás a los otros -asegura
Pott- es el precipitado que resulta de la mezcla del sublimado corrosivo y de la sal amoniacal. Quienquiera que sepa
emplearlo como es debido, podrá considerarlo como un verdadero alkaest.» Le Fèvre, Agricola, Robert Fludd, de
Nuysement, Le Breton, Etmuller y otros más prefieren el espíritu de rocío, así como los extractos análogos
preparados «con las lluvias de tempestad o con la película grasa que sobrenada las aguas minerales.» Finalmente,
según Lenglet-Dufresnoy2, Olaüs Borrichius (De Origine Chemiae et in conspectu Chemicorum celebriorum, num.
XIV) «señala que el capitán Thomas Parry, inglés, ha visto practicar en 1662 ésta misma ciencia (la alquimia) en
Fez, en Berbería, y que el gran alcahest, primera materia de todos los filósofos, es conocido desde hace largo tiempo
en África por los más hábiles artistas mahometanos».
En resumen, todas las recetas del alkaest propuestas por los autores y que se refieren, sobre todo, a la forma líquida
atribuida al disolvente universal son inútiles si no falsas, y buenas sólo para la espagiria. Nuestra materia prima es
sólida, y el mercurio que proporciona se presenta siempre bajo el aspecto salino y con una consistencia dura. Y esta
sal metálica, como muy justamente dice Bernardo Trevisano, se extrae de la magnesia «por reiterada destrucción de
ésta, resolviendo y sublimando». A cada operación, el cuerpo se fragmenta, se disgrega poco a poco, sin reacción
aparente, abandonando gran cantidad de impurezas. El extracto, purificado por sublimaciones, pierde igualmente
partes heterogéneas, de tal suerte que su virtud se halla condensada al fin en una débil masa, de volumen y peso
inferiores a los del sujeto mineral primitivo. Ello es lo que justifica muy exactamente el axioma español, pues cuanto
más numerosas son las reiteraciones, más se perjudica al cuerpo roto y disociado, y menos ocasión de arrepentirse
tiene la quintaesencia que proviene de aquél; por el contrario, aumenta en fuerza, en pureza y en actividad. Por ello
mismo, nuestro vampiro adquiere el poder de penetrar los cuerpos metálicos, de atraer su azufre o su verdadera
sangre, y permite al filósofo asimilarlo al vampiro nocturno de las leyendas orientales.

Artesón 2.-Una corona hecha de hojas y frutos: manzanas, peras, membrillos, etc., está atada con cintas cuyos
nudos aprietan igualmente cuatro ramitas de laurel. El epígrafe que lo encuadra nos enseña que nadie lo obtendrá si
no cumple las leyes del combate:

.NEMO.ACCIPIT.
.QVI.NON.LEGITIME.CERTAVERIT.

Monsieur Lóuis Audiat ve en este tema una corona de laurel, lo cual no debería sorprendernos: su observación es a
menudo imperfecta y el estudio del detalle apenas lo preocupa. En realidad, no se trata ni de la hiedra con la que se
coronaba a los poetas antiguos, ni del laurel dulce en la frente de los vencedores, ni de la palma, cara a los mártires
cristianos, ni del mirto, la viña o el olivo de los dioses; se trata, simplemente, de la corona fructífera del sabio. Sus
frutos señalan la abundancia de los bienes terrestres, adquirida por la práctica hábil de la agricultura celeste, para
provecho y utilidad. Hay algunas ramitas de laurel, de relieve tan poco acusado que apenas se las distingue, y son en
honor del laborioso. Y, sin embargo, esta guirnalda rústica. que la sabiduría propone a los investigadores sabios y
virtuosos no se deja conquistar fácilmente. Nuestro filósofo nos lo dice sin ambages: rudo es el combate que el
artista debe librar a los elementos si quieren triunfar de la gran prueba. Como el caballero errante, le es preciso
orientar su marcha hacia el misterioso jardín de las Hespérides y provocar al horrible monstruo que impide la
entrada en él. Tal es, para permanecer en la tradición, el lenguaje alegórico por el cual los sabios entienden revelar la
primera y más importante de las operaciones de la Obra. En verdad, no es el alquimista en persona quien desafía y
combate al dragón hermético, sino otra bestia igualmente robusta, encargada de representarlo y a la que el artista,
haciendo el papel de espectador prudente, sin cesar dispuesto a intervenir, debe animar, ayudar y proteger. Él es el
maestro de armas de este duelo extraño y sin piedad.
Pocos autores han hablado de este primer encuentro y del peligro que implica. Que nosotros sepamos, Cyliani es,
ciertamente, el adepto que ha llevado más lejos la descripción metafórica que da del asunto. Sin embargo, en
ninguna parte hemos descubierto una narración tan detallada, tan exacta en sus imágenes, tan cercana de la verdad y
de la realidad como la del gran filósofo hermético de los tiempos modernos: De Cyrano Bergerac. No es bastante co-
nocido este hombre genial cuya obra, mutilada adrede, debía, sin duda, abarcar toda la extensión de la ciencia. En
cuanto a nosotros, apenas precisamos del testimonio de Monsieur de Sercy3, que afirma que De Cyrano «recibió del
Autor de la Luz y de ese Maestro de las Ciencias (Apolo) luces que nada puede oscurecer, conocimientos a los que
nadie puede llegar», para reconocer en él a un verdadero y poderoso iniciado.
De Cyrano Bergerac pone en escena a dos seres fantásticos que figuran los principios Azufre y Mercurio nacidos de
los cuatro elementos primarios: la Salamandra sulfurosa, que se complace en medio de las llamas, simboliza el aire
y el fuego del cual el azufre posee la sequedad y el ardor ígneo, y la Rémora, campeón mercurial, heredero de la
tierra y del agua por sus cualidades frías y húmedas. Estos nombres están escogidos a propósito y nada deben al

1
Hoffmann, notas sobre Poterius en Opera omnia, 16 vols., Ginebra, 1748 a 1754.
2
Histoire de la Philosophie hermétique. París, Coustelier, 1742, t. I, p. 442.
3
Dedicatoria de la Histoire comique des Etats et Empires du Soleil dirigida por Monsieur de Sercy a Monsieur de Cyrano
Mauvières, hermano del autor. parts, Bauche, 1910.

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Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

capricho ni a la fantasía. Salamandra, en griego, aparece formado por sal, anagrama de alç, sal, y de
mandra, establo. Es la sal de establo, la sal de orina de los nitrales artificiales, el salitre de los viejos espagiristas
-sal petri, sal de piedra- que también designaban con el epíteto de Dragón. Rémora, en griego Ecenhiç, es el
famoso pez que pasaba por detener (según algunos) o dirigir (según otros) los navíos que navegaban por los mares
boreales, sometidos a la influencia de la Estrella del Norte. Es el echeneis del que habla el Cosmopolita, el delfín
real que los personajes del Mutus Liber se esfuerzan por capturar, el que representa la estufa alquímica de P.-F. Pfau
del museo de Winterthur (cantón de Zurich, Suiza), el mismo que acompaña y pilota, en el bajo relieve de la fuente
del Vertbois, el navío cargado con una enorme piedra tallada. El echeneis es el piloto de la onda viva, nuestro
mercurio, el amigo fiel del alquimista, el que debe absorber el fuego secreto, la energía ígnea de la salamandra y, en
fin, mantenerse estable, permanente, siempre victorioso bajo la salvaguardia y la protección de su maestro. Estos dos
principios, de naturaleza y tendencias contrarias, de complexión opuesta, manifiestan entre sí una antipatía y una
aversión irreductibles. En presencia uno del otro, se atacan furiosamente, se defienden con aspereza, y el combate,
sin tregua ni cuartel, no cesa sino por la muerte de uno de los antagonistas. Tal es el duelo esotérico, espantoso pero
real, que el ilustre De Cyrano1 nos narra en estos términos:
«Caminé aproximadamente el espacio de cuatrocientos estadios, al final de los cuales advertí, en mitad de una
campiña muy grande, cómo dos bolas que, tras haber girado una en torno a la otra durante mucho tiempo
ruidosamente, se acercaban y, luego, retrocedían. Y observé que cuando se producía el encuentro se oían aquellos
grandes golpes, pero a fuerza de caminar más adelante reconocí que lo que de lejos me habían parecido dos bolas
eran dos animales, uno de los cuales, aunque redondo por debajo, formaba un triángulo por en medio, y su cabeza,
muy elevada, con su roja cabellera que flotaba hacia atrás, se agudizaba en forma de pirámide, su cuerpo aparecía
agujereado como una criba, y a través de esos orificios menudos que le servían de poros, veíanse deslizarse llamitas
que parecían cubrirlo con un plumaje de fuego.
»Paseándome por los alrededores, me encontré con un anciano muy venerable que contemplaba este famoso
combate con tanta curiosidad como yo. Me hizo signo de acercarme, obedecí y nos sentamos el uno junto al otro...
»He aquí cómo me habló: “En este globo donde estamos se verían los bosques muy claros a causa del gran número
de bestias de fuego que los desolan, sin los animales carámbanos, que todos los días, a ruegos de sus amigas las
selvas, acuden a curar a los árboles enfermos. Digo curar porque apenas con su boca helada han soplado sobre los
carbones de esta peste, la extinguen.
»”En el mundo de la Tierra, de donde vos y yo somos, la bestia de fuego se llama salamandra, y el animal
carámbano es conocido por el nombre de rémora. Pues sabréis que las rémoras habitan hacia la extremidad del polo,
en lo más profundo del mar Glacial, y que la frialdad evaporada de esos peces, a través de sus escamas, es lo que
hace helar en esos parajes el agua de mar aunque sea salada...
»”Esta agua estigia, con la cual se envenenó al gran Alejandro, y cuya frialdad petrificó sus entrañas, era orines de
uno de estos animales... Esto, por lo que se refiere a los animales carámbanos.
»”Pero en cuanto a las bestias de fuego, habitan en la tierra, bajo montañas de betún encendido, como el Etna, el
Vesubio y el Cabo Rojo. Estas prominencias que veis en la garganta de éste, que proceden de la inflamación de su
hígado son..."
»Después de esto, permanecimos sin hablar para prestar atención a ese famoso duelo. La salamandra atacaba con
mucho ardor, pero la rémora se sostenía impenetrablemente. Cada acometida que se propinaban engendraba un
trueno, como sucede en los Mundos de aquí alrededor, donde el encuentro de una nube cálida con una fría excita el
mismo ruido. De los ojos de la salamandra surgía, a cada mirada de cólera que dirigía a su enemigo, una luz roja a
causa de la cual el aire parecía inflamado. Al volar, sudaba aceite hirviendo y orinaba ácido nítrico. La rémora, por
su parte, corpulenta, pesada y cuadrada, mostraba un cuerpo completamente escamoso de carámbanos. Sus anchos
ojos parecían dos platillos de cristal, y sus miradas tenían una luminosidad que pasmaba de frío, hasta el punto de
que sentía temblar el invierno en cada miembro de mi cuerpo hacia el que se dirigía. Si se me ocurría colocar la
mano delante, se me entumecía; el mismo aire, a su alrededor, contagiado de su rigor, espesábase en nieve; la tierra
se endurecía bajo sus pasos, y yo podía contar las huellas de la bestia por el número de sabañones que me salieron
cuando caminaba por encima de aquéllas.
»Al comienzo del combate, la salamandra, a causa de la vigorosa contención de su primer ardor, había hecho sudar
a la rémora, pero a la larga, este sudor se enfrió y esmaltó toda la llanura de una costra de hielo tan resbaladiza, que
la salamandra no podía acercarse a la rémora sin caerse. El filósofo y yo nos dimos cuenta de que a fuerza de caerse
y levantarse tantas veces, se había fatigado, pues los estallidos de trueno, antes tan espantosos, a que daba lugar el
choque con que embestía a su enemiga, ya no eran más que el ruido sordo de estos golpecitos que marcan el fin de
una tempestad, y este ruido sordo, amortiguado poco a poco, degeneró en un bufido semejante al de un hierro al rojo
que se sumerge en agua fría. Cuando la rémora comprendió que el combate tocaba a su fin por el debilitamiento del
choque a causa del cual ella se sentía apenas quebrantada, se levantó sobre un ángulo de su cubo y se dejó caer con
todo su peso encima del estómago de la salamandra, con tal éxito que el corazón de la pobre salamandra, donde se
había concentrado todo el resto de su ardor, se quebró y dio un estallido tan espantoso que no sé nada en la
Naturaleza que se le pueda comparar. Así murió la bestia de fuego, bajo la perezosa resistencia del animal
carámbano.
1
De Cyrano Bergerac, Histoire des Oiseaux en l'Autre Monde. Histoire comique des Etats et Empires du Soleil. París, Bauche,
1910, p. 79. Conf. la edición de Jean-Jacques Pauvert, p. 240, cit. supra.

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Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

»Algún tiempo después de que la rémora se hubiese retirado, nos acercamos al campo de batalla, y el anciano,
habiéndose untado las manos con la tierra sobre la cual aquélla había caminado, a manera de preservativo contra las
quemaduras, agarró el cadáver de la salamandra. “Con el cuerpo de este animal -me dijo- ya no tengo que
encender fuego en mi cocina, pues con tal de que este cuerpo esté colgado de mis llares, hará hervir y asar todo
cuanto yo coloque en el fogón. En cuanto a los ojos, los guardo cuidadosamente; si estuvieran limpios de las
sombras de la muerte, los tomaríais por dos pequeños soles. Los ancianos de nuestro Mundo sabían bien cómo
prepararlos; es lo que llamaban lámparas ardientes1, y sólo se las colgaba en las sepulturas pomposas de las
personas ilustres. Nuestros contemporáneos las han encontrado al excavar algunas de esas famosas tumbas, pero su
ignorante curiosidad las ha estropeado, pues ellos pensaban encontrar, tras las membranas rotas, ese fuego que veían
relucir.”»

Artesón 3. - Una pieza de artillería del siglo XVI aparece representada en el momento del disparo. Está rodeada de
una filacteria que lleva esta frase latina:

.SI.NON.PERCVSSERO.TERREBO.

Si no alcanzo a alguien, al menos, aterrorizaré.


Es evidente que el creador del tema entendía hablar en sentido figurado. Comprendemos que se dirija directamente a
los profanos, a los investigadores desprovistos de ciencia, incapaces, por consecuencia, de comprender estas
composiciones, pero que se sorprenderán por su número tanto como por su singularidad e incoherencia. Los
modernos sabios tomarán este trabajo antiguo por una obra demencial. Y al igual que el cañón mal regulado
sorprende sólo por su alboroto, nuestro filósofo piensa con razón que si no puede ser comprendido por todos, todos
se sorprenderán del carácter enigmático, extraño y discordante que afectan tantos símbolos y escenas inexplicables.
También creemos que el aspecto curioso y pintoresco de estas figuras retiene sobre todo la atención del espectador,
aunque sin esclarecerlo. Esto es lo que ha seducido a Louis Audiat y a todos los autores que se han ocupado de
Dampierre. Sus descripciones no son, en el fondo, sino un rumor de palabras confusas, vanas y sin alcance. Pero
aunque nulas para la instrucción del curioso, sin embargo nos aportan el testimonio de que ningún observador, según
nuestra opinión, ha sabido descubrir la idea general escondida detrás de estos motivos, ni el elevado alcance de la
misteriosa enseñanza que se desprende.

Artesón 4. - Narciso se esfuerza en agarrar, en la charca donde se ha contemplado, su propia imagen, causa de su
metamorfosis en flor, a fin de que pueda revivir gracias a sus aguas que le han ocasionado la muerte:

.VT.PER.QVAS.PERIIT.VIVERE.POSSIT.AQVAS.

Los narcisos son vegetales con flores blancas o amarillas, y estas flores los han hecho distinguir por los mitólogos
y simbolistas. Ofrecen, en efecto, las coloraciones respectivas de los dos azufres encargados de orientar los dos
Magisterios. Todos los alquimistas saben que es preciso servirse exclusivamente del azufre blanco para la Obra con
plata, y del azufre amarillo para la Obra solar, evitando con cuidado mezclarlos, según el excelente consejo de
Nicolas Flamel, pues resultaría una generación monstruosa, sin porvenir y sin virtud.
Narciso es aquí el emblema del metal disuelto. Su nombre griego, Narcissoç, proviene de Narch o
Narca, entorpecimiento, sopor. Pues bien, los metales reducidos, cuya vida está latente, concentrada,
somnolienta, parecen por ello mantenerse en un estado de inercia análogo al de los animales en hibernación o de los
enfermos sometidos a la influencia de un narcótico (narcwticoç, de narch). También los llamados muertos,
por comparación con los metales alquímicos que el arte ha reforzado y vitalizado. En cuanto al azufre extraído por el
disolvente -el agua mercurial de la charca-, constituye el único representante de Narciso, es decir, del metal
disociado y destruido. Pero al igual que la imagen reflejada por el espejo de las aguas incluye todos los caracteres
aparentes del objeto real, asimismo el azufre conserva las propiedades específicas y la naturaleza metálica del
cuerpo descompuesto. De manera que este azufre principio, verdadera semilla del metal, encontrando en el mercurio
elementos nutritivos vivos y vivificantes, puede generar a continuación un ser nuevo, semejante a él, de esencia
superior, sin embargo, y capaz de obedecer a la voluntad del dinamismo evolutivo.

1
Las lámparas ardientes, llamadas también perpetuas o inextinguibles, constituyen una de las más sorprendentes realizaciones
de la ciencia hermética. Están hechas con el elixir líquido puesto en estado radiante y mantenido en un vacío lo más completo
posible. En su Dictionnaire des Arts et des Sciences, París, 1731, Thomas de Corneille dice que en 1401 «un campesino
desenterró cerca del Tíber, a alguna distancia de Roma, una lámpara de Palas que había ardido más de dos mil años, como se vio
por la inscripción, sin que nada hubiera podido apagarla. La llama se extinguió en cuanto se practicó un pequeño orificio en la
tierra». Igualmente se descubrió, bajo el pontificado de Pablo III (1534-1549), en la tumba de Tulia, hija de Cicerón, una lámpara
perpetua que ardía aún y daba una luz viva, aunque aquella tumba no hubiera sido abierta desde hacia mil quinientos cincuenta
años. El reverendo S. Mateer, de las Misiones de Londres, señala una lámpara del templo de Trevaudrum, reino de Travancore
(India meridional). Esta lámpara, de oro, brilla «en una cavidad recubierta con una piedra» desde hace más de ciento veinte años,
y todavía sigue ardiendo en la hora actual.

160
Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

Con razón, pues, Narciso, metal transformado en flor o azufre -pues el azufre, según dicen los filósofos, es la flor
de todos los metales- espera volver a hallar la existencia gracias a la virtud particular de las aguas que han
provocado su muerte. Si no puede extraer su imagen de la onda que la aprisiona, al menos aquélla le permitirá
materializarla en un «doble» en el que hallará conservadas sus características esenciales.
Así, lo que causa la muerte de uno de los principios da la vida al otro, puesto que el mercurio inicial, agua metálica
viva, muere para suministrar al azufre del metal disuelto los elementos de su resurrección. Por eso los antiguos han
afirmado siempre que era preciso matar al vivo para resucitar al muerto. La puesta en práctica de este axioma
asegura al sabio la posesión del azufre vivo, agente principal de la piedra y de las transformaciones que pueden
esperarse de ella. Le permite también realizar el segundo axioma de la Obra: unir la vida a la vida uniendo el
mercurio primero nacido de la Naturaleza a ese azufre activo para obtener el mercurio de los filósofos, sustancia
pura, sutil, sensible y viva. Tal es la operación que los sabios han reservado bajo la expresión de las bodas químicas,
del matrimonio místico del hermano y la hermana -pues ambos son de la misma sangre y tienen el mismo origen-,
de Gabricio y de Beya, del Sol y de la Luna, de Apolo y de Diana. Este último vocablo ha suministrado a los
cabalistas la famosa enseña de Apolonio de Tiana, bajo la cual se ha creído reconocer a un pretendido filósofo,
aunque los milagros de este personaje ficticio, de carácter indiscutiblemente hermético, estuvieran, para los
iniciados, revestidos con el sello simbólico y consagrados al esoterismo alquímico.

Artesón 5. - El arca de Noé flota sobre las aguas del Diluvio, mientras que, cerca de ella, una barca amenaza con
zozobrar. En el cielo de esta representación se leen las palabras

.VERITAS.VINCIT.

La verdad vence. Creemos haber dicho ya que el arca representa. la totalidad de los materiales preparados y unidos
bajo los nombres diversos de compuesto, rebis, amalgama, etc., los cuales constituyen propiamente el principio de
la vida (arché), materia ígnea, base de la piedra filosofal. El griego arch significa comienzo, principio, fuente,
origen. Bajo la acción del fuego exterior que excita el fuego interno del arché, el compuesto entero se licua y reviste
el aspecto del agua, y esta sustancia liquida, que la fermentación agita e hincha, toma, según los autores, el carácter
de la inundación diluvial. Al principio amarillenta y fangosa, se le da el nombre de latón, que no es otro que el de la
madre de Diana y Apolo, Latona. Los griegos la llamaban Lhtw, de lhtoç en lugar de lhitoç, con el sentido
jónico de bien común, de casa común (to lhiton), significativa de la envoltura protectora común al doble
embrión1. Señalemos, de pasada, que los cabalitas, por uno de esos juegos de palabras que acostumbran hacer, han
enseñado que la fermentación debía hacerse con ayuda de una vasija de madera o, mejor, en un tonel cortado en dos,
al que aplicaron el epíteto de recipiente de encina. Latona, princesa mitológica, se convierte, en el lenguaje de los
adeptos, en la tonelada o el tonel, lo que explica por qué los principiantes llegan a identificar con tanta dificultad la
vasija secreta donde fermentan nuestras materias.
Al cabo del tiempo requerido, se ve ascender a la superficie, flotar y trasladarse sin cesar bajo los efectos de la
ebullición una delgadísima película en forma de menisco que los sabios han llamado la isla filosófica2,
manifestación primera del espesamiento y de la coagulación. Es la isla famosa de Delos, en griego Dhloç, es decir
aparente, claro, cierto, la cual asegura un refugio inesperado a Latona huyendo de la persecución de Juno, y llena el
corazón del artista de un gozo sin mezcla. Esta isla flotante que Poseidón, de un golpe con un tridente hizo surgir del
fondo del mar, es también el arca salvadora de Noé sobre las aguas del Diluvio. Cum viderem quod aqua sensim
crassior -nos dice Hermes-, duriorque fieri inciperet, gaudebam; certo enim sciebam, ut invenirem quod querebam3.
Progresivamente, y bajo la acción continua del fuego interno, la pelicula se desarrolla, se espesa, gana en extensión
hasta recubrir toda la superficie de la masa fundida. La isla moviente queda entonces fijada, y este espectáculo da al
alquimista la seguridad de que el tiempo del parto de Latona ha llegado. En este momento, el misterio vuelve. Una
nube pesada, oscura, lívida, asciende y se exhala de la isla caliente y estabilizada, cubre de tinieblas esta tierra
parturienta, envuelve y disimula todas las cosas con su opacidad, llena el cielo filosófico de sombras cimerias
(cimbeicon, vestido de luto), y en el gran eclipse del Sol y la Luna oculta a los ojos el nacimiento sobrenatural de
los gemelos herméticos, futuros progenitores de la piedra.
La tradición mosaica narra que Dios, hacia el final del Diluvio, hace soplar sobre las aguas un viento cálido que las
evapora y las hace descender de nivel. Las cúspides de las montañas emergen del inmenso manto líquido, y el arca
va entonces a posarse en el monte Ararat, en Armenia. Noé abre la ventana de la nave y suelta el cuervo, que es,
para el alquimista, y en su minúsculo Génesis, la réplica de las sombras cimerias y de esas nubes tenebrosas que
acompañan la elaboración oculta de seres nuevos y de cuerpos regenerados.
Mediante estas concordancias y el testimonio material de la labor en sí misma, la verdad se afirma victoriosa, a
despecho de los negadores, de los escépticos, de los hombres de poca fe siempre dispuestos a rechazar, en el ámbito
1
Los lingüistas pretenden, por otra parte, que Lhtw se relaciona con Ladein, infinitivo aoristo segundo de Landanein, que
significa mantenerse escondido, escapar a todos los ojos, estar escondido o ser desconocido, de acuerdo, para nosotros, con la
frase tenebrosa de la que nos ocuparemos pronto.
2
En particular el Cosmopolita (Tratado de la Sal) y el autor del Sueño verde.
3
«Cuando vi que esta agua se hacía más y más espesa y que comenzaba a endurecerse, entonces me regocijé, pues sabía con
certeza que encontraría lo que buscaba.»

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Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

de la ilusión y de lo maravilloso, la realidad positiva que no serían capaces de comprender porque no es en absoluto
conocida y, menos aún, enseñada.

Artesón 6. - Una mujer aparece arrodillada al pie de una tumba en la que se lee esta palabra extraña:

TAIACIS

La mujer afecta la desesperación más profunda. La banderola que adorna esta figura lleva la inscripción

.VICTA.JACET.VIRTVS.

La virtud yace vencida. Divisa de André Chénier, nos dice Louis Audiat a guisa de explicación, y sin tener en cuenta
el tiempo transcurrido entre el Renacimiento y la Revolución. No se trata aquí del poeta, sino de la virtud del azufre
o del oro de los sabios, que reposa bajo la piedra en espera de la descomposición completa de su cuerpo perecedero.
Pues la tierra sulfurosa, disuelta en el agua mercurial, prepara, por la muerte del compuesto, la liberación de esta
virtud que es propiamente el alma o el fuego del azufre. Y esta virtud, momentáneamente prisionera del envoltorio
corporal, o este espíritu inmortal flotará sobre las aguas caóticas hasta la formación del cuerpo nuevo, como nos lo
enseña Moisés en el Génesis (cap. I, v. 2).
Se trata, pues, del jeroglífico de la mortificación el que tenemos ante los ojos, y se repite también en los grabados
de la Pretiosa Margarita novella con la que Pedro Bon de Lombardía ha ilustrado su drama de la Gran Obra. Gran
cantidad de filósofos han adoptado este modo de expresión y han velado, bajo temas fúnebres o macabros, la
putrefacción especialmente aplicada a la segunda Obra, es decir a la operación encargada de descomponer y licuar el
azufre filosófico salido de la primera labor, para convertirlo en elixir perfecto. Basilio Valentín nos muestra un
esqueleto en pie sobre su propio ataúd en una de sus Doce claves, y nos pinta una escena de inhumación en otra.
Flamel no sólo coloca los símbolos humanizados de la Ars Magna en el cementerio de los Inocentes, sino que
decora su placa tumular, que se ve expuesta en la capilla del museo de Cluny, con un cadáver comido por los
gusanos y con esta inscripción:

De, terre suis et en terre retourne.

Senior Zadith encierra, en el interior de una esfera transparente, a un agonizante descarnado. Henri de Linthaut
dibuja en una hoja del manuscrito de la Aurore el cuerpo inanimado de un rey coronado, echado en la losa
mortuoria, mientras que su espíritu, en la figura de un ángel, se eleva hacia una linterna perdida en las nubes. Y
nosotros mismos, después de estos grandes maestros, hemos utilizado el mismo tema en el frontispicio de El
misterio de las catedrales.
En cuanto a la mujer que, en la tumba de nuestro artesón, traduce sus lamentaciones en gestos desordenados,
representa la madre metálica del azufre, y a ella corresponde el vocablo singular grabado en la piedra que cubre a su
hijo: Taiacis. Este término barroco, nacido sin duda de un capricho de nuestro adepto, no es, en realidad, más que
una frase latina de palabras juntadas y escritas al revés, de manera que se lea comenzando por el final: Sic ai at,
«Ay, (si) así al menos... (pudiera renacer). Suprema esperanza en el fondo del dolor supremo. El mismo Jesús tuvo
que sufrir en su carne, tuvo que morir y permanecer tres días en el sepulcro, a fin de redimir a los hombres, y
resucitar a continuación en la gloria de su encarnación humana y en la consumación de su misión divina.

Artesón 7. - Representada en pleno vuelo, una paloma sostiene en su pico una rama de olivo. Este tema se adorna
con la inscripción:

.SI.TE.FATA.VOCANT.

Si los destinos te llaman. El emblema de la paloma con la rama verde nos viene dado por Moisés en su descripción
del Diluvio universal. Se dice, en efecto (Génesis, cap. VIII, v. 11), que habiendo dado Noé libertad a la paloma,
ésta regresó hacia la noche llevando una rama verde de olivo. Tal es el signo por excelencia de la verdadera vía y de
la marcha regular de las operaciones. Pues por ser el trabajo de la Obra un resumen y una reducción de la Creación,
todas las circunstancias del trabajo divino deben hallarse en pequeño en el del alquimista. En consecuencia, cuando
el patriarca hace salir del arca al cuervo, debemos entender que se trata, para nuestra Obra, del primer color
duradero, es decir del negro, porque consumada la muerte del compuesto, las materias se pudren y adquieren una
coloración azul muy oscura cuyos reflejos metálicos permiten comparar con las plumas del cuervo. Por otra parte, la
narración bíblica precisa que este pájaro, retenido por los cadáveres, no regresa al arca. Sin embargo, la razón
analógica que hace atribuir al color negro el término de cuervo no se funda tan sólo en una identidad de aspecto. Los
filósofos también han dado al compuesto que ha alcanzado la descomposición el nombre expresivo de cuerpo azul, y
los cabalistas el de cuerpo hermoso no porque sea agradable de ver, sino porque aporta el primer testimonio de
actividad de los materiales filosóficos. Sin embargo, pese al signo de feliz presagio que los autores coinciden en
reconocer en la aparición del color negro, recomendamos que no se acojan estas demostraciones sino con reserva, no
atribuyéndoles más valor del que tienen. Sabemos cuán fácil resulta obtenerlo, incluso en el seno de sustancias

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Las Moradas Filosofales, EL MARAVILLOSO GRIMORIO DEL CASTILLO DE DAMPIERRE

extrañas, con tal de que éstas sean tratadas según las reglas del arte. Este criterio es, pues, insuficiente, aunque
justifica este axioma conocido de que toda materia seca se disuelve y se corrompe en la humedad que le es natural y
homogénea. Es la razón por la cual ponemos en guardia al principiante y le aconsejamos, antes de entregarse a los
transportes de un gozo sin mañana, aguardar prudentemente la manifestación del color verde, síntoma del
desecamiento de la tierra, de la absorción de las aguas y de la vegetación del nuevo cuerpo formado.
Así, hermano, si el cielo se digna bendecir tu labor, y, según la palabra del adepto, si te fata vocant, obtendrás
primero la rama de olivo, símbolo de paz y unión de los elementos, y, luego, la blanca paloma que te la haya traído.
Sólo entonces podrás estar seguro de poseer aquella luz admirable, don del Espíritu Santo que Jesús envió al
quincuagésimo día (Penthcosth) sobre sus apóstoles bienamados. Tal es la consagración material del bautismo
iniciático y de la revelación divina. «Y cuando Jesús salia del agua -nos dice san Marcos (cap. I, v. 10}-, Juan vio
de pronto entreabrirse los cielos y descender el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma.»

Artesón 8. - Dos antebrazos cuyas manos se unen salen de un cordón de nubes. Tienen por divisa

.ACCIPE.DAQVE.FIDEM.

Recibe mi palabra y dame la tuya. Este motivo no es, en definitiva, más que una traducción del signo utilizado por
los alquimistas para expresar el elemento agua. Nubes y brazos componen un triángulo con el vértice dirigido hacia
abajo, jeroglífico del agua, opuesto al fuego, que simboliza un triángulo semejante, pero invertido.
Es cierto que no podría comprenderse nuestra primera agua mercurial bajo este emblema de unión, ya que ambas
manos estrechadas en pacto de fidelidad y adhesión pertenecen a dos individualidades distintas. Hemos dicho, y lo
repetimos aquí, que el mercurio inicial es un producto simple y el primer agente encargado de extraer la parte
sulfurosa e ígnea de los metales. No obstante, si la separación del azufre por este disolvente le permite retener
algunas porciones de mercurio, o le permite a este último absorber cierta cantidad de azufre, aunque estas combi-
naciones puedan recibir la denominación de mercurio filosófico, no se debe esperar, sin embargo, realizar la piedra
por medio de esta sola mezcla. La experiencia demuestra que el mercurio filosófico, sometido a la destilación,
abandona con facilidad su cuerpo fijo, dejando el azufre puro en el fondo de la retorta. Por otra parte, y pese a la
seguridad de los autores que conceden al mercurio la preponderancia en la Obra, comprobamos que el azufre se
designa a sí mismo como el agente esencial, pues, en definitiva, él es el que permanece, exaltado bajo el nombre de
elixir o multiplicado bajo el de piedra filosofal, en el producto fïnal de la obra. Así, el mercurio, cualquiera que sea,
permanece sometido al azufre, pues es el servidor y el esclavo, el cual, dejándose absorber, desaparece y se
confunde con su dueño. En consecuencia, como la medicina universal es una verdadera generación y toda
generación no puede consumarse sin el concurso de dos factores, de especie semejante pero de sexo diferente,
debemos reconocer que el mercurio filosófico es impotente para producir la piedra, y esto porque está solo. Él, sin
embargo, desempeña en el trabajo el papel de la hembra, pero ésta, dicen d'Espagnet y Filaleteo, debe estar unida a
un segundo macho si se desea obtener el compuesto conocido bajo el nombre de rebis, materia prima del Magisterio.
El misterio de la palabra escondida o verbum dimissum, que nuestro adepto ha recibido de sus predecesores, nos lo
transmite bajo el velo del símbolo. Para su conservación nos pide nuestra propia palabra, es decir, el juramento de
no descubrir lo que ha juzgado que debía mantener secreto: accipe daque fidem.

Artesón 9. - En un suelo rocoso, dos palomas, desgraciadamente decapitadas, se hallan una frente a la otra. Tienen
por epígrafe el adagio latino

.CONCORDIA.NVTRIT.AMOREM.

La concordia nutre el amor. Verdad eterna cuya aplicación hallamos en todas partes aquí abajo, y que la Gran
Obra confirma con el ejemplo más curioso que sea posible encontrar en el orden de las cosas minerales. Toda la
obra hermética no es, en efecto, más que una armonía perfecta realizada a partir de las tendencias naturales de los
cuerpos inorgánicos entre sí, de su afinidad química y, si la palabra no es desorbitada, de su amor recíproco.
Las dos aves que componen el tema de nuestro bajo relieve representan las famosas palomas de Diana, objeto de la
desesperación de tantos investigadores, y célebre enigma que imaginó Filaleteo para recubrir el artificio del doble
mercurio de los sabios. Proponiendo a la sagacidad de los aspirantes esa oscura alegoría, el gran adepto no se ha
extendido lo más mínimo acerca del origen de estas aves. Tan sólo enseña, de la manera más breve, que «las
palomas de Diana están envueltas inseparablemente en los abrazos eternos de Venus». Pues bien, los alquimistas
antiguos colocaban bajo la protección de Diana «la de los cuerpos lunares» este primer mercurio del que tantísimas
veces hemos hablado dándole el nombre de disolvente universal. Su blancura y su brillo argentino le valieron
también el epíteto de Luna de los filósofos y de Madre de la piedra. En este sentido lo entiende Hermes cuando dice,
hablando de la Obra: «El Sol es su padre y la Luna, su madre.» Limojon de Saint-Didier, para ayudar al investigador
a descifrar el enigma, escribe en Entretien d'Eudoxe et de Pyrophile: «Considerad, finalmente, por qué medios
enseña Jabir a realizar las sublimaciones requeridas para este arte. En cuanto a mí, no puedo hacer sino formular el
mismo deseo que otro filósofo: Sidera Veneris, et corniculatae Dianae tibi propitia sint1.»

1
«Que los astros de Venus y de Diana cornuda te sean favorables.»