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La vida en las riberas. Crónica de las especies extintas del Barrio Mapocho. T.II. (2011)

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LA VIDA EN LAS RIBERAS

especies Crónica de las especies extintas del Barrio Mapocho TOMO II

Cristian Salazar Naudón Cristian
EDICIONES URBATORIVM Publicación digital independiente sin fines de lucro Santiago de Chile – 2011

La Vida en las Riberas

LA VIDA EN LAS RIBERAS Crónica de las especies extintas del Barrio Mapocho
Cristian Salazar Naudón Ediciones URBATORIVM urbatorium.blogspot.com urbatorium@gmail.com Santiago de Chile – 2011 Obra licenciada por:

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PARTE VII:

HABITOS SOCIALES ALIMENTICIOS Y ALIMENTICIOS DE LA FAUNA

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Un reino de bares, restaurantes y clubes
Para fortuna de nuestro estudio, a la tríade sangre-sudor-lágrimas que hemos visto muy presente en la vida riberana, también se suman épocas contrastantes de grandes carcajadas y alegres bailables, en noches bohemias interminables, quizás el rasgo más importante del Barrio Mapocho para los que vivieron esa época. Junto al desarrollo comercial, hotelero e industrial aparejado de su fuerte actividad ferroviaria, el barrio experimentaría otro apogeo en un área muy particular: la entretención popular, que echó raíces especialmente en las calles Bandera, San Pablo y la primitiva Mapocho, en lo que sería conocido como el bohemio Barrio Chino de Mapocho, mágico atractivo para innumerables artistas e intelectuales nacionales y extranjeros, tentados con esos platillos suculentos de bajo precio, sazonados con ambientes de espectáculos de música en vivo, escenarios de tablas crujiendo a los pies de bailarinas con pretensiones de sensualidad exótica y en el vértigo de un vecindario con fama oscura, misma que le puso el terno de palo, el del sastre de la muerte, a varios de sus más queridos visitantes. “…las fiestas de amanecida –opina el gran periodista de espectáculos Osvaldo Muñoz Romero, alias Rakatán-, las farras, los romances furtivos y las infaltables “mochas” de curados, le imprimieron su más fiel fisonomía… A los ritmos de la conga, el cha-cha-chá y el tango pasamos muchas horas de inolvidable bohemia…”1. Si bien la concentración de vida noctámbula tenía lugar en las calles descritas, también alcanzaba con su tentación a otros puntos vecinos en Puente, 21 de Mayo, Esmeralda, General Mackenna, Rosas, Amunátegui e inclusive la ribera del lado chimbero. En todas estas calles de fiesta, además, se robusteció un fuerte comercio adicional todavía vigente: los bocadillos simples para visitantes (sopaipillas, pan amasado, tortillas de rescoldo, empanaditas pequenes y huevos duros), dándole una curiosa vitalidad a este espacio de cuadras, con esas características fruslerías golosas que todavía son comunes en sus calles, vendidas en canastas o carritos. La calidad de estos mismos varía hasta hoy, por supuesto, pero hubo algunos francamente fuera de toda recomendación. Merino cuenta el caso de un comerciante que vendía tortillas en el Puente de Independencia pero que, al parecer, era doblemente tortillero: solía contratar niños y jóvenes menesterosos para que complacieran sus apetitos sexuales retorcidos, hasta que uno de ellos, alto y con rasgos mulatos, en
1 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 32).

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un ataque de escrúpulos lo asesinó en pleno acto, dejando el cadáver destazado y abandonado varios días, hasta que el hedor puso las alertas. Una vecina del sucio vejete, al ser consultada por la prensa, declaró que aquél era “el mismo olor que salía cuando hacía las tortillas, ¿no ve que les echaba grasa de caballo?”2. La calidad de la atracción siempre varió en un ambiente hosco, entonces. De alguna manera, el Barrio Chino de Mapocho se constituía en un enclave porteño en Santiago, con todo el estilo de vida amante de la noche que reinaba en el puerto, con sus brillos, atractivos y también peligros. Fue como si Estación Mapocho y su servicio de transportes hubiesen creado un vórtice o un puente instantáneo entre el barrio ribereño capitalino y esos bastiones de vieja alegría marinera en Valparaíso, los mismos que luchaban contra el tiempo en las costaneras del litoral central. Esta misteriosa conexión entre el barrio y el puerto y su cultura, dejó varias otras huellas pues, a través de los ferrocarriles, se habría fomentado la importación de dicho aire porteño que se reflejaba en el ambiente y en la proliferación de tantos bares, cafés, restaurantes o tabernas de inconfundibles estilos pero también con diversas reputaciones, como el “Café Suizo”, “El Dragón Rojo”, “El Jote”, “El Hércules”, “El Club Alemán”, “París de Noche”, “El Gibraltar”, “Café Glanz”, “El Shangay” y el “Teutonia”, entre muchísimos otros que sería imposible nominar en su totalidad, pues nos desplazan por cerca de 80 años o más en el barrio. Cabe añadir que junto a este factor porteño que influía sobre el Barrio Mapocho, otro elemento importante y muy directo en la forja y difusión, debe haber sido la presencia de los periodistas en el vecindario, que a la sazón eran grandes clientes y promotores circunstanciales de este tipo de boliches por la calle Bandera, la misma en que alguna vez se encontró el diario “La Tarde”, por ejemplo, fundado a fines del siglo XIX y cuyas imprentas ocuparon un edificio de la esquina con la calle Compañía, ya demolido. Cerca de allí, hacia la esquina de Catedral, estaban los talleres del diario “El Chileno”. Entre Santo Domingo y Rosas, los conservadores tenían “El Diario Popular”, que se editó entre 1902 y 1909. Al frente del mismo, se fundó “La Unión”, que circuló entre 1906 y 1920. Hacia la Alameda, en cambio, se encontraba el diario balmacedista "Los Debates”, más tarde reemplazado por “La Patria” y luego por “La República”, ligado a la vocería del Partido Liberal. En Bandera 242, donde ahora se halla la Galería Alessandri, estaba el diario “La Libertad Electoral”; y en 1900, donde hoy está en edificio del Banco Estado, apareció la edición santiaguina de “El Mercurio”, que trasladó después sus cuarteles al famoso edificio de Compañía, fundando en 1902 “Las Últimas Noticias”3. Cerca, en Teatinos 666, estaba la antigua casa de la famosa editora
2 “Santiago de Memoria”, Roberto Merino. Ed. Planeta, Santiago, Chile – 1997 (pág. 105). 3 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 375, enero de 1965, Santiago, Chile, artículo “Calle Bandera, sede del periodismo capitalino”.

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“Zig-Zag”, cuna de innumerables revistas chilenas; mientras que en Morandé 767, en los bajos de la cuadra de los hoteles, se encontraba la Imprenta Chile, en un local que ocupó hasta los albores de los años sesentas y que ahora corresponde a una tienda de artículos de plumavit. La propia Estación Mapocho se sumó a esta intensidad del trabajo editorial poco después, al servir de sede para la revista “En Viaje” que ya comentamos, de modo que, si acaso no directamente la influencia, al menos sí la presencia de periodistas, cronistas y editores en el Barrio Chino se constituyó en una tradición indiscutible, que perduró por toda su buena época. También le aseguró clientela al medio el carácter obrero del barrio, no sólo por sus mercados, pues en los años veintes se construyó para los operadores tranviarios la popular Población Manuel Montt al costado poniente de Vivaceta, recientemente declarada como Zona Típica por el Consejo de Monumentos Nacionales. Rakatán acota que la más intensa bohemia de calle Bandera se reducía “exclusivamente a la cuadra del ochocientos situada entre General Mackenna y San Pablo”4, no obstante que, para nuestra percepción, irradió hacia los alrededores del Barrio Mapocho, hasta donde alguna vez aparecerán muchos exponentes de toda la fauna política y cultural, según los vecinos y viejos clientes: desde Luis Emilio Recabarren o Pablo Neruda, hasta Tito Mundt y el caricaturista René Ríos Boettiguer, alias Pepo. Dicen por acá también que su colega Jorge Délano, alias Koke, hizo lo propio alguna vez, mencionándoselo igual que los nombres de otros escritores, poetas, directores de arte, músicos, dramaturgos y todo lo que hubiésemos esperado que quedara más bien como residuos de oro en el cedazo de la entretención nocturna popular. Sin embargo, estaban allí, y venían muy seguido según parece… Toda una guía de celebridades hay en la lista de visitas ilustres del Barrio Chino, como iremos viendo. No se hace fácil tratar de visualizar desde hoy el origen de esta época característica que dominó al sector de Mapocho, por varios prolíficos años más. Suponemos una relación directa con la puesta en marcha del servicio de ferrocarriles, el tranvía y la actividad hotelera resultante de este progreso, en lo que pueden ser los orígenes del cariz que tendría el recordado Barrio Chino. Empero, aparecen en las páginas de autores como Lautaro García y Armado de Ramón, rastros tempranos de actividad muy parecida o precursora: por ejemplo, los espectáculos ecuestres del mencionado Circo Bravo hacia 1904, en la conjunción de Bandera con Mapocho5. Y ya antes tenemos al revisado caso de “El Arenal”, refugio chimbero de poetas y
4 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 31). 5 “Novelario del 1900”, Lautaro García. Santiago, Chile – 1950 (pág. 22) / “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 156).

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artistas. Hay otros antecedentes también de la oferta culinaria mapochina y de su orientación popular más contemporánea: sin ser el primero, uno de los principales establecimientos de este circuito en particular, se encontraba en San Pablo esquina Teatinos y pertenecía a la Liga del Orden Social organizada por el comerciante Elías Valdés Tagle. Aparece mencionado como el “Restaurante Económico” en un diccionario biográfico de 19296, sugiriéndose que había sido fundado hacía unos diez años o más y con orientación para asistir las necesidades de los obreros. Desconocemos, sin embargo, si habrá llegado a tener alguna clase de influencia especialmente propia en el ambiente social que allí se gestaba justo en esos años. Paulatinamente, cundirán los bares y cantinas que inician ese carácter popular y festivo que perduró por largo tiempo en el barrio, acogiendo artistas cual herencia de la época de esas ramadas y fondas perdidas. La selección natural de la clientela atrae y garantiza a estos sabios y creadores que harán nata en sus cuadras. Y no se exagera al recalcar esta mucha intelectualidad que visitaba tales negocios, incluyendo varios Premios Nacionales de Literatura y un Premio Nobel, a diferencia de lo que se ha pretendido construir como imagen con respecto a otros barrios de entretención masiva más cercanos a nuestros días, donde la energía intelectual que se les adjudica muchas veces tiene algo de artificioso y montado. A pesar de ello, buena parte de esos mismos locales de entretención y meriendas mapochinas, muy especialmente los de la trascendente calle Bandera, mantenían un carácter rasca, para público más bien pobre pero no por ello sin dignidades, estilo que aún se conserva en la oferta culinaria y de esparcimiento del barrio, por supuesto, dada su propia naturaleza popular. Había que tener un poco de agallas para aventurarse por esos rincones del Barrio Chino, por lo tanto; los talentos artísticos y el encanto por los placeres del pueblo no bastaban. Antes de mejorarse la iluminación, calle Bandera era sombría y un tanto tenebrosa en las noches, iluminada por los carteles de los propios locales tentando a los vicios, las delicias y también los riesgos. La dirección del tranvía y del tránsito general en esta calle era a la inversa de lo que vemos hoy; es decir, de Norte a Sur, pues la llegada a Mapocho desde el sector centro se hacía por Puente, principalmente. Juan Luis Espejo describe así a la impía Bandera: “…casi oscura; sólo resplandecían los faroles y los arcos de luces frente a los restaurantes y cabarets, a donde se dirigían, atropellándose, comparsas de disfrazados”7.
6 “Diccionario histórico biográfico y bibliográfico de Chile” tomo IV, Virgilio Figueroa. Imp. y Litogr. La Ilustración, Santiago, Chile – 1929 (pág. 968). 7 “Relatos del Santiago de entonces”, Juan Luis Espejo. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1981 (pág. 103).

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Benjamín Subercaseaux, por su parte, la retrataba con menos sutilezas aún: “Estas calles de diversiones, como es la última cuadra de Bandera, tienen una variada apariencia, según las horas del día o de la noche. A las diez, ya están abiertos los cabarets y se repletan los bares. Los avisos luminosos brillan afuera, como en un día de lluvia, sobre la calle y la acera recién lavada; pasa el regador nocturno y los ociosos deben abrirle cancha para no ser alcanzados por el chorro de su potente manguera. Por las puertas entreabiertas de los “dancings” salen bocanadas de música y de aire confinado, azuloso. Los tranvías pasan de tiempo en tiempo, con un ruido de fierros viejos y destemplados. En la esquina se establece algún muchacho que vende tortillas o pequenes. Sobre los paños blancos que envuelven su mercancía (como si fuera un enfermo en una mesa de operación) descansa un farolito con la vela encendida. Apenas se ve la pequeña llama entre los potentes focos eléctricos y los avisos luminosos, pero el farolito sigue encendido por costumbre. Recuerdo, tal vez, de la vieja bohemia santiaguina, de sus calles obscuras y el débil alumbrado del gas. Así se mantiene la calle Bandera hasta la madrugada. Los tranvías dejan de circular poco a poco, y los grupos callejeros se tornan más comunicativos. Alguna reyerta estalla sobre el pavimento húmedo, que se cubre con sangre o con vino. No siempre es fácil distinguirlos”8. En el Barrio Chino, particularmente, esta concentración tan aglomerada de locales de recreación en poco espacio fue lo que produjo la caída de la mayoría de ellos cuando, en 1951, una Caja de Previsión Social levantó un edificio residencial y una sede bancaria que aún existen en esta cuadra de Bandera con Aillavilú, invirtiendo 300 millones de pesos para su construcción encargada a la empresa Neut Latour Ltda. (misma del Banco del Estado de Bandera con Alameda) y con los planos del arquitecto Gabriel Rodríguez. Por mucho tiempo, entonces, se restringió en su planta baja a los negocios relacionados con la venta de alcoholes; y la existencia de departamentos objetó los ruidos de orquestas de jazz, chachachá, conga, mambo o foxtrot que había enfrente9. Este nuevo escenario alejó de la calle Bandera a
8 “Chile o una loca geografía”, Benjamín Subercaseaux. Ed. Universitaria, Santiago, Chile – 1973, 15ª edición de la obra (pág. 106-107). 9 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 310 de agosto de 1959, Santiago, Chile, artículo “Santiago nocturno”. Advertimos que los locales nuevos que quedaron en los bajos de este edificio habitacional tenían, por lo mismo, sótanos y subterráneos para realizar allí sus bailables y meter tranquilamente toda la bulla que quisieran, pero sin perturbar la paz de los residentes ubicados en los pisos superiores.

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muchos de los clubes nocturnos y dancings durante el resto de los años cincuentas, que comenzaron a reducirse sólo a restaurantes o bien a ser desplazados por locales de ventas de ropas, farmacias, electrodomésticos y otros por el estilo, imperando hoy día los negocios de ropa usada y los centros de llamadas. Pese a todo, no ha cambiado totalmente la identidad del ex Barrio Chino ni sus alrededores: algunos boliches lograron resistir estoicamente varios años más y otros superaron la crisis pero con apariencia de eterna aunque nunca consumada decadencia. De alguna manera, barrios nocturnos como Bellavista, Brasil, Plaza Ñuñoa o Lastarria podrían aproximarnos en algo al aspecto general que tuvo la vida bohemia de calle Bandera, pero sólo acercándose al auténtico carácter que ésta llegó a ofrecer. El referente es demasiado potente para las comparaciones. Y será una curiosidad para estudio de los etimólogos del futuro el que los universitarios le llamen hoy cariñosamente como el Chinatown (es decir, Barrio Chino) al mismo sector de calle Bandera, muchas veces ignorantes de estar perpetuando una tradición nominal que ya debe andar cerca de su primer siglo. Se nos hace inevitable el deseo de dedicarle algunas líneas a muchos de esos principales núcleos de recuerdos que también dieron a Barrio Mapocho una de las partes más importantes de su propia historia. Afortunadamente, fueron los escritores y periodistas de entonces, sus asiduos comensales, quienes le han lanzado a los recuerdos sus respectivos salvavidas, en el borrascoso mar del tiempo azotado por las tormentas del olvido.

Interior del restaurante y centro de eventos “Santiago Zúñiga” de calle Bandera, con su característica decoración y ambiente, en fotografía de la revista “En Viaje” en 1962.

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Todo indica que la construcción de este edificio de carácter residencial en 1951, en la esquina de Bandera con Aillavilú, fue lo que marcó el principio del fin para la primera generación de locales de diversión del ex Barrio Chino, al comenzar las restricciones al ruido y la música de los clubes dancings.

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Canarios, cantinas y cantaletas
Varios factores parecen estar involucrados en la explosión de la bohemia del Barrio Chino de Mapocho y sus alrededores, como hemos dicho. Con el crecimiento del comercio, durante la época del tranvía eléctrico y de la Estación Mapocho, aparecieron también estos nuevos centros de recreación (restaurantes, hoteles y cabarets), juntos, como lo harían los huilles y añañucas del desierto florido. Sin embargo, existen antecedentes previos a la fundación de la gran terminal, de los que el caso del “Bar los Dos Canarios” es uno de los más interesantes: uno de los más antiguos del sector de la antigua calle Mapocho, cuando ésta pasaba aún por donde ahora están las avenidas Balmaceda, General Mackenna y Valdés Vergara. Fue una especie de versión rústica del tipo de establecimientos que comenzarían a tomar posesión del barrio en los años que siguieron. El bar aparece mencionado como presente en el barrio ya hacia el año 1900 por Lautaro García, agregando que contaba con un piano de cuerda10. Llamado a secas por sus visitantes como “Los Canarios”, se encontraba más precisamente en calle 21 de Mayo esquina Mapocho, cerca de otras cantinas que mencionaremos también hacia el final de este capítulo. Según Daniel de la Vega, asistía con regularidad el escritor Pedro Antonio González acompañado de Antonio Bórquez Solar, a quien no le agradaba mucho este antro pero iba de todos modos para escoltar a González: “Apoyado en un bastón hablaba a gritos de la inmortalidad que les esperaba, pero González no le escuchaba. Cabizbajo, sumido en su embriaguez interminable, era capaz de resistir que le leyeran un editorial de ‘El Ferrocarril’”11. Tenemos algunas dudas que no pudimos resolver con nuestras indagaciones. Sabemos de la existencia de otra avecilla cantora en este mismo sector, ofreciendo desde su jaula los mismos placeres al vaso: “El Canario Navegante” (¿alguna alusión al río?), cuya ubicación era frente a la Plaza Venezuela en General Mackenna. Enrique Bunster lo describió como “un barcito humilde y con olor a Valparaíso”12. Desgraciadamente, no nos fue posible verificar con plena seguridad si correspondía o no al mismo local de “Los Canarios” al que nos hemos referido, o si sólo se trata de un alcance de nombres y de proximidad en el barrio.
10 “Novelario del 1900”, Lautaro García. Santiago, Chile – 1950 (pág. 23). 11 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 355 de mayo de 1963, Santiago, Chile, artículo “El alma en la taberna”. 12 “Recuerdos y pájaros”, Enrique Bunster. Editorial del Pacífico, Santiago, Chile – 1968 (pág. 166).

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Este “Canario” era frecuentado por Alberto Rojas Jiménez en la hora del té o de la cerveza, donde se reunía con Pablo Neruda13. Roberto Merino, sin embargo, habla de un negocio del mismo nombre pero cerca de avenida Matta14, quizás posterior.

El guatón pionero
Hay otros boliches que definitivamente resaltan también como pioneros o precursores en popularizar el concepto del barrio como sitio de entretención, comidas, barras y bailables. De todos ellos, el “Guatón Bar” parece haber sido también uno de los más antiguos centros de parranda en los límites del Barrio Chino de Mapocho aunque más cerca del Mercado Central, exactamente en la dirección de calle Puente 884-896 esquina con Mapocho y, según refiere su optimista publicidad en los días del Primer Centenario de la Independencia, frente a la Estación Mercado. Propiedad de don Enrique Valenti, quien era dueño también de la marca de cigarrillos “Guatón Cigarrettes”, se le recuerda como un local propio de la época del 1900 y sus periplos, tanto por la oferta como por el ambiente, naciendo con la generación inicial de estos establecimientos al lado del río, junto a otros como el “Dos Canarios” y “Los Buenos Amigos”. Además, estos primeros locales de tal clase eran visitados o bien servían de seminario para importantes figuras del mundo del espectáculo: en las salas del “Guatón Bar” tocaba, por ejemplo, el Ciego Aravena, entonando canciones con títulos tales como “Remolienda de las aves” 15, y todo indica que atraía mucho a otros artistas e intelectuales constituyéndose, así, en uno de los precursores de esta clase de sitios bohemios. Un volante de 1910 impreso a color y republicado en el trabajo “Chile: marca registrada” por Pedro Álvarez Caselli, nos da más de una pista sobre las características generales del antiguo bar-restaurante: éste servía también como tienda de ventas para el señor Valenti, pues en ella ofrecía sus cigarrillos, licores, fiambres de “variación selecta” y con garantía de “espléndida atención”16. Su mascota era un gordito con pinta de simpático y mirada ladina, aunque no tenemos seguridad de que corresponda a alguna caricatura del dueño. Este personaje
13 “Alberto Rojas Jiménez se paseaba por el alba”, Oreste Plath. Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, Chile – 1994 (pág. 32). 14 “Santiago de Memoria”, Roberto Merino. Ed. Planeta, Santiago, Chile – 1997 (pág. 173). 15 “Apuntes para la Historia de la Cocina Chilena”, Eugenio Pereira Salas. Ed. Universitaria, Santiago, Chile – 1977 (pág. 102). 16 “Chile: marca registrada”, Pedro Álvarez Caselli. Ocho Libros Editores / Universidad del Pacífico, Santiago, Chile – 2008 (pág. 132).

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también se repetiría en los cigarrillos, de modo que tiene ciertas características de imagen corporativa en los negocios de Valenti. Aunque tenemos la tentación de suponer que sí, tampoco sabemos con exactitud si el “Guatón Bar” guardaba relación o sería el mismo negocio conocido como “Los Guatones” en la proximidad de la estación, mencionado en algunas fuentes17.

Volante publicitario del local conocido como el “Guatón Bar” de calle Puente, impreso en el año 1910 por la Litografía Barcelona, reproducido por Pedro Álvarez Caselli en su notable trabajo “Chile: marca registrada”.

anarquistas El “Teutonia”: un refugio de anarquistas
Otro de los más importantes bares-restaurantes del sector fue el “Teutonia”, situado quizás entre los primeros de la lista de memorias y crónicas que se reportan de calle Bandera, hacia los años veintes y treintas. Era tan característico del barrio que hasta se volvió punto de referencia dentro del mismo. El célebre “Teutonia”, casa de acogida para la noche insomne de tantos famosillos, artistas, políticos y escritores connotados de su época, se encontraba más

17 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 376, febrero de 1965, Santiago, Chile, artículo “La prensa santiaguina y la bohemia del 900”.

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exactamente en la dirección de Bandera números 837 y 84318, a escasa distancia de la Estación Mapocho, allí donde disputaría clientela con otros varios centros históricos de comida y fiesta, situados en las mismas últimas cuadras antes de llegar a la actual General Mackenna, pleno Barrio Chino. Oreste Plath, que también lo conoció, además de situar su mejor época de visitas ilustres hacia 192619 escribió que el bar “permanecía abierto día y noche, con servicio a la carta y animación de una orquesta vienesa”20. Por su parte, Enrique Lafourcade (otro ex turista profesional del sector) también tiene algunos recuerdos de las mujeres de esta orquesta del local: “Las damas eran medio viejonas, como señoritas profesoras de música jubiladas. Yo creo que hacían "dobletes" porque las encontré después, por lo menos a una, en el "Club Alemán de Canto" de la calle Esmeralda, frente al "Can-Can"”21. Como era de esperar, este bar-restaurante también tenía atracción especial para los intelectuales, bohemios y noctámbulos de la época. O acaso era, en gran medida, su muy solicitada carta de vinos, de entre las más célebres según parece. Luis Alberto Baeza escribió que allí “se comía bien y con espléndida música por $5”22. Pese a la connotación germánico-imperial del negocio, en esos años de la década del veinte se reunía en él un grupo de jóvenes y agitadores de orientación anarquista, como el literato José Santos González Vera23, el controvertido Carlos Vicuña Fuentes, el famoso Doctor Juan Gandulfo24 y el luchador social Luis
18 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 312). Sin embargo, la actual numeración de la calle Bandera pasa por el 835 y 845, pues no coinciden ya con la referencia dada por Plath debido a que ahora pertenecen a un edificio posterior, construido en 1951. 19 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Grijalbo, Santiago, Chile – 1997 (pág. 41). 20 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 312). 21 Diario "El Mercurio", del domingo 24 de agosto de 1997, Santiago, Chile, Cuerpo D, artículo “El Santiago que se fue” de Enrique Lafourcade. 22 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 376, febrero de 1965, Santiago, Chile, artículo “La prensa santiaguina y la bohemia del 900”. 23 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Grijalbo, Santiago, Chile – 1997 (pág. 42). 24 Diario “El Mercurio”, del domingo 25 de septiembre de 2005, Santiago, Chile, sección Artes y Letras, artículo “La hermandad ácrata”.

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Emilio Recabarren. Además, la relación particular de este último con Mapocho no se reducía sólo a sus aventuras en el Barrio Chino: el fundador del otrora poderoso y activísimo Partido Comunista de Chile, había residido también en la ribera Norte, en la calle Lastra25 y en después en Santa Filomena, inmediaciones del mercado de La Vega y del obrero barrio recoletano. Sería en el número 195 de la última calle que Recabarren se encontraría de frente con la muerte, en 192426, en un extraño acto de suicidio cuyas motivaciones, para muchos, siguen siendo razones de sospechas y suspicacias. Episodios como la llamada “Guerra de don Ladislao” de 1921, en la que fueron molestados integrantes de estos grupos de orientación acrática dentro del mundo académico, como sucedió a Vicuña Fuentes, los habían unido en hermandades y discursos al estilo de cofradías amistosas como las que se reunían en el “Teutonia”, precisamente. Sin embargo, las posiciones que asumieron en uno u otro sentido con respecto a las noticias sobre la tiranía bolchevique en Rusia, los llevaría más tarde a la división entre sí y a una definición precisa entre marxistas o anarquistas. Pablo Neruda, por entonces aún llamado Neftalí Reyes y que recién se abría paso en las artes escritas, también frecuentaba el restaurante durante las noches27. El futuro Premio Nobel arrendaba un rinconcito de calle Maruri en La Chimba, compartiendo gastos con Tomás Lago. Más tarde y ya armado de un nombre entre sus pares, volvía al bar acompañado de un séquito de admiradores y amigos vestidos todos de capa y sombrero de alón, "la banda de Neruda", siempre hacia el anochecer. Otro poeta que aparecía también por este local parece haber sido el joven Romeo Murga Sierralta, pues fue asiduo visitante de la vida bohemia del Barrio Mapocho antes de partir a vivir a Quillota, poco antes de su muerte en 1925 y con sólo 21 años28. Y también lo fue su colega Andrés Silva Humeres, oriundo de Concepción y aficionado a esa misma vidorra nocturna29. Ramón Valenzuela Rodríguez informa que otros respetados solían almorzar todos los sábados en el restaurante, reuniéndose con un grupo liderado por Daniel de la Vega, a la sazón
25 “Guía de patrimonio y cultura del Barrio de la Chimba”. Ed. Ciudad Viva, Santiago, Chile – 2007 (pág. 7). 26 “Informe de la Comisión Investigadora de la Federación Obrera de Chile y del Partido Comunista de Chile sobre la muerte de Luis Emilio Recabarren”, Santiago, Chile - Diciembre de 1924. 27 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Grijalbo, Santiago, Chile – 1997 (pág. 41). 28 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Grijalbo, Santiago, Chile – 1997 (pág. 314). 29 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Grijalbo, Santiago, Chile – 1997 (pág. 41).

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director de la Editorial Zig-Zag, y asistiendo regularmente a este mismo núcleo Roberto Suárez Barros, alias “Chicho” Suárez30. Hoy día, nada queda allí que recuerde la presencia del "Teutonia", ni del valor que tuvo en la intelectualidad chilena de aquellos años. La numeración ha sufrido cambios y el sector fue intensamente intervenido y transformado por el desarrollo urbanístico, haciendo más distantes sus recuerdos. Ya en los años cuarentas, el número correspondiente a su dirección de calle Bandera (o al menos parte de él), aparece ocupado por otro establecimiento. El lugar en que antes tenía su espacio el bar-restaurante, es el mismo donde ahora existe el mencionado edificio levantado en 1951, con locales comerciales muy diferentes al "Teutonia”. El lugar preciso que correspondió al histórico sitio ya no podrá encontrarse, por lo tanto.

Sector de la calle Esmeralda, donde se encontraba el “Club Alemán”, hoy ocupado por otros negocios (una comercial y juguetería).
30 “El abuelo Pahuil”, Ramón Valenzuela Rodríguez. Ed. del Hombre, Santiago, Chile – 1951 (pág. 155).

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Más presencias germánicas: los Clubes Alemanes
El “Teutonia” no era el único centro de evocación germánica que podía atraer a los incontables filósofos, artistas y escritores que circulaban por las inmediaciones del río Mapocho, buscando entretenciones y armonías de fiestas que ya no existen o que se han descompuesto. Hubo dos notables casos más en el barrio. Es quizás por esa influencia o inspiración porteña que hemos creído reconocer en las noches derramadas del Barrio Mapocho, que acá tuvimos también no uno, sino dos refugios con el mismo nombre del “Club Alemán” que por más de 170 años ha engalanado las noches de bohemia portuaria en Valparaíso. Aunque sus émulos capitalinos no sobrevivieron a la época a la que pertenecieron, la trascendencia de estos dos rincones en Santiago fue enorme, a pesar de la cantidad de años que llevan desaparecidos ya, entre las especies extintas de Mapocho. Plath no se privó del entretenido derecho a ser un habitué del barrio ni de la posibilidad de acceder a las aventuras tras las puertas de estos conocidos locales “alemanes”. Él es, nuevamente y por la misma razón, nuestro principal informante en la reconstrucción del escenario de los vecindarios donde tenía lugar la vida en las riberas del Mapocho, con los inolvidables “Clubes Alemanes” que por allí sentaron sus propios cultos. Los dos famosos bares-clubes de los alemanes de Mapocho, con “orquestas de ciego” como diría de ellos Jorge Teillier quien conoció también estos rincones del barrio31, tuvieron cierto encanto especial que parece provocar particulares nostalgias entre los que le sobreviven, como si una parte de ellos mismos hubiese quedado atrapada dolorosamente en la memoria de sus salones y cocinas. Para alegría del investigador, sin embargo, todavía pululan en Mapocho algunos de estos veteranos que alcanzaron a sentarse en sus mesas y barras de agitación interminable, incluyendo viejos locatarios del barrio. Un “Club Alemán” estaba en Esmeralda, en la cuadra que se forma entre 21 de Mayo y Diagonal Cervantes. A menos que se trate de un alcance de nombres, sabemos que otro club similar había estado antes en una de las primeras cuadras de calle Nataniel Cox, pero éste de las riberas figurará en Mapocho ya para su mejor época. Tan concurrido centro social solía estar amenizado por tres músicos en vivo y constituía, por sí solo, una carnada permanente para muchos santiaguinos
31 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) N° 460, marzo de 1972, Santiago, Chile, artículo “Variaciones de la noche” de Jorge Teillier.

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adoptados por el barrio, convirtiéndose por las tardes en un centro literario, además de tener precios bastante económicos para sus ofertas de vinos, cervezas y perniles. Cuenta Diego Muñoz que lo mejor eran sus inagotables schops (“los mejores” de Santiago, según él) y esas fiestas de baile con orquesta en vivo que duraban toda la noche, hasta muy avanzadas horas de la madrugada32. Fueron famosas también las empanadillas que se ponían a la venta allí, durante el mediodía33. Algunos hablaban de él como el “Bar Alemán”, aunque el sitio aparece registrado con otros nombres tan elegantes como “Club Alemán de Baile”, “Club Alemán de Coros” o “Club Alemán de Canto”, quizás para distinguirlo de su homólogo, ubicado más al poniente. El otro “Club Alemán” estaba en San Pablo, en la cuadra Norte hacia la esquina con Bandera, casi al frente del característico edificio de la Caja de Crédito Prendario (más conocida como “La Tía Rica”) y de la pequeña calle Capuchinos, referencia que era la que se daba a todos los que querían conocer este sitio y que no sabían su ubicación exacta. Al igual que el otro club germánico, éste atraía a sus clientes con alegres ofertas de comida alemana como los famosos crudos, tártaros, bistecs alemanes o escalopas a la Bismark. Muchos le llamaron “El Alemán” a secas, también para distinguirlo del otro club. Por las noches, la barra alemana de San Pablo era tomada por cantantes de canciones propias de tabernas europeas, principalmente francesas, divulgadas en Chile por el pintor Isaías Cabezón y con los excéntricos hermanos Julio y Manuel Ortiz de Zárate a la cabeza del coro. Ambos artistas plásticos habían sido hijos del destacado compositor musical Eleodoro Ortiz de Zárate, por lo que se manejaban también en estas otras artes. Los tres pintores devenidos circunstancialmente en instrumentistas eximios, simulaban tocar un imaginario acordeón de aire; y cuenta Plath que, en estas jugarretas, una noche Cabezón fingió arrebatárselo a Ortiz de Zárate y simuló destruirlo arrojándolo al suelo. Este último hizo la mímica de arrodillarse y recogerlo a pedazos ante la risa de los presentes, por tan delirante escena34. Lamentablemente, es poco lo que sobrevive hasta nuestros días como huella palpable de los clubes alemanes de Mapocho. Casi nada, a decir verdad. Más que
32 “Memorias: recuerdos de la bohemia nerudiana ”, Diego Muñoz. El Juglar Press / Mosquito Comunicaciones, Santiago, Chile - 1999 (pág. 27). 33 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 211). 34 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 212).

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recuerdos, sus antiguos parroquianos conservan nostalgias, sensaciones tristes, juventudes ahogadas en el pozo de las crónicas a la deriva. Varios ya han sucumbido al deseo casi instintivo de olvidar, además… Quizás la mayoría. El club de calle Esmeralda es hoy un descuidado frontis, con interiores ocupados parcialmente por una comercial. El de San Pablo desapareció entre remodelaciones y nuevas construcciones cerca de la esquina. Sabemos que existió un tercer “Club Alemán” en los pisos altos del edificio de la Galería Cohen de Huérfanos esquina Mac Iver, que muchos confunden hoy con el de San Pablo; pero por no estar en Barrio Mapocho ni sus inmediatos, dicho bar y restaurante se encuentra fuera del rango geográfico de nuestro interés.

Había Había una vez un “Hércules”
Nuevamente, nos vemos en la necesidad de echar mano principalmente a la prodigiosa memoria de Oreste Plath para recuperar parte de la semblanza que corresponde a otro epopéyico pesebre de entretención popular en Mapocho: el “Hércules”, de Bandera 84035, casi al frente del “Teutonia” y peleándose la misma clientela intelectual y bohemia que frecuentaba al Barrio Chino. Se trataba de un bar-restaurante que también incluía presentaciones de bandas y música en vivo, como era la característica del barrio. Se recuerdan de él sus grandes cocinas y buenos vinos, imprescindibles para atraer a poetas y escritores. Como la mayoría de estos locales eran más largos que anchos, se extendía hasta lo profundo una hilera de mesas que eran ocupadas por los clientes. Sucedía que la caja se hallaba casi al fondo, así que los visitantes solían encargar a los cinco o seis mozos permanentes el pago de las cuentas, cosa que no siempre sucedía, pues muchas veces se pasaban de listos y colocaban el dinero en su caja de propinas para los garzones, según recuerdan quienes lo conocieron. El platillo característico de la casa era conocido con el nombre de “guatitas a la Hércules”, con el tiempo llamado “Hércules” a secas, según escarba para nosotros en su propia memoria un comerciante del sector, don Enrique, quien visitaba con regularidad este sitio. Consistía en una receta parecida a las guatitas a la jardinera pero que, además de sus ingredientes tradicionales llevaba porotos, lo que las hacía únicas. El “Hércules” fue un local con tanta fama como convocatoria tenía entre artistas y turistas, según se desprende de las impresiones de Plath, quien enfatiza también lo

35 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 263).

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económico que eran sus porotos, tallarines, chupe de guatitas, caracoles en su salsa, jalea de patas de vacuno y riñones con arroz36. Juan Florit, otro activo cliente, declaró en una ocasión que este último platillo era una de las principales razones para las visitas que hacía allí con Neruda y otros escritores y artistas37. Testimonio de la intelectualidad que llegaba allí y de esta conveniencia de sus precios, es una histórica fotografía que ha sido comentada por algunos autores y que, tomada hacia 1932, muestra un grupo de artistas, pintores, poetas y escritores en medio de una fiesta en el restaurante y bajo dos letreros que ofrecen el plato de “tallarines especiales” y los “caracoles Hércules” a sólo $138. “Aquí se despidió de soltero -agrega Plath-, en el año 1926, a Tomás Lago. No faltaron Rojas Jiménez, Pablo Neruda, Julio Ortiz de Zárate, Diego Muñoz, Raúl Fuentes Besa, Renato Monestier, Abelardo Bustamante, Paschin39, Julio Barrenechea y Orlando Oyarzún García. Los comensales se sentaron a la mesa llevando una especie de turbante”40. Ramón Díaz Eterovic, visitante y devoto más actual del barrio, también confirma la presencia frecuente de Neruda en este lugar y en el cercano cabaret “Zeppelin”41.
36 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 263). 37 “Juan Florit. Caudillo de los veleros. Vida, poesía & prosa”, Andrés Florit Cento. Ed. Cuarto Propio, Santiago, Chile – 2006 (pág. 33). 38 En dicha fotografía aparecen unos sentados y otros de pie tras una mesa, posando para la cámara y con una pared de fondo sobre la que cuelgan sus sombreros entre los carteles con los convenientes precios de las comidas. Llevan puestos unos extraños atuendos en la cabeza que no llegan a ser gorros, sino parecen más bien paños de cocina adaptados como tapados. Plath agrega en “El Santiago que se fue” que la cena completa costaba sólo $2. 39 Lalo Paschin era el pseudónimo del pintor Abelardo Bustamante Rodríguez, famoso también por su intensa vida bohemia. 40 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 263). Nos preguntamos si el detalle de los turbantes será una confusión con la imagen de los años treintas que describimos anteriormente y que Plath señala en otra fecha, o bien si su anotación del año 1926 se refiere sólo a la despedida de soltero de Tomás Lago y no al evento de los turbantes. Como sea, en la fotografía salen todos con este accesorio, al parecer, parodiando algún rito masónico. 41 Revista “Patrimonio Cultural” Nº 32, año IX, invierno de 2004, Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, artículo ‘Con Heredia en “La Piojera’”, de Ramón Díaz Eterovic. También es mencionada esta situación por el mismo autor en su obra “Ángeles y solitarios”, Lom Ed., Santiago, Chile – 2000 (pág. 21). Cabe recordar que el personaje creado por la narrativa de Díaz Eterovic y una suerte de Alter Ego suyo, el detective privado Heredia, sería en sus novelas un habitante del barrio, que reside junto a su gato en uno de los departamentos antiguos que están sobre la calle Aillavilú.

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Se trataría, acaso, de uno de los asistentes más simbólicos que tenía el local, pues su nombre es repetido también por muchos otros escritores y memorialistas. “Una noche –escribe el creador de Heredia-, alentado por la falta de dinero, el poeta convenció al dueño del restaurante42 que Muñoz era un afamado pintor ecuatoriano y que por una paga adecuada, traducida en botellas de vino y cervezas, podría pintar el mural que daría más prestancia a su boliche. El trato se cerró y Neruda y sus amigos comenzaron a beber a cuenta del trabajo que Muñoz concluyó sin que el dueño se atreviera a objetar ninguna de sus líneas o figuras”43. La verdad es que, en aquel tiempo, Diego Muñoz venía recién llegando a Chile y aún no se hacía un nombre en las artes, ni siquiera en su propia patria. Su obra mural, sin embargo, perduró por largo tiempo en las paredes del restaurante. Otro festejado en el “Hércules” fue el escritor español Ramón Gómez de la Serna, al llegar a Santiago en 1931. Su rostro fue dibujado en el comedor del recinto fumando pipa, por el mismo pintor Muñoz y el poeta Rojas Jiménez, encargados de la decoración de esta sala44. La cultura e intelectualidad de Ramón cerró un fuerte círculo alrededor suyo, dentro del restaurante y con sus clientes más habituales. Pablo de Rokha, que tuvo residencia en el “Hotel Bristol” a escasos metros según veremos después, también era asistente frecuente del “Hércules”45, aunque desconocemos si alguna vez se encontró allí con Neruda, su declarado enemigo y entre los cuales, como se sabe, no hubo medida para ofenderse como tendremos ocasión de detallar. También aparecía de manera regular Andrés Sabella para comerse el barato plato de tallarines de la casa durante la medianoche. Otros visitantes eran el abogado Armando Briones, el poeta Jacobo Danke, el periodista Orlando Oyarzún, el fotógrafo Georges Sauré y el escritor Reinaldo Lomboy46. El destino del “Hércules” fue, como el de muchos otros establecimientos parecidos, un caso lamentable: el negocio decayó con el prestigio del barrio, mutando de salón intelectual y bohemio a un sitio oscuro y siniestro de mala vida y
42 El dueño era don Saturnino Pisson, amigo personal de Alberto Rojas Jiménez. 43 “Ángeles y solitarios”, Ramón Díaz Eterovic. Lom. Ed., Santiago, Chile – 2000 (pág. 21). 44 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 263). 45 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 264). 46 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 265-266).

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peor muerte. El local acabó sus días convertido en un ambiguo cabaret, aunque soportando estoicamente en el tiempo. Con la estela de calamidades que dejó la recesión mundial sobre el comercio, cerró para siempre el año 198447. Según Germán Marín, su espacio alojó después a un nuevo restaurante llamado “El Cartagena”48. Más tarde, el espacio pasó a ser utilizado como un depósito de ropa usada49. Hasta el período del Bicentenario Nacional, era un centro de llamados con innumerables cabinas individuales y parece ser que sus administradores ni siquiera sabían del pasado glorioso de este sitio hasta que asomamos por allí preguntando. Fue clausurado precisamente en esos días previos a las celebraciones, por una decisión municipal que buscaba erradicar los sitios de comercio que operaran con máquinas tragamonedas en la comuna.

Eduardo Rodríguez Mazer, Abelardo Bustamante, Homero Arce, Carlos Dallens, Alberto Rojas Jiménez, Pablo Neruda y Renato Monestier, entre otros, en el “Hércules” en 1932.
47 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 267). 48 “Círculo vicioso”, Germán Marín. Random House Mondadori, Santiago, Chile – 2006 (pág. 445). 49 “Ángeles y solitarios”, Ramón Díaz Eterovic. Lom Ed., Santiago, Chile – 2000 (pág. 21) / “Guía de patrimonio y cultura del Barrio de la Chimba”. Ed. Ciudad Viva, Santiago, Chile – 2007 (pág. 19).

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Pasaje del restaurante chino “Diamante”, antigua dirección del “Zum Rhein” en su segunda vida de calle Bandera, que sumó otro referente germánico en el barrio.

Las dos vidas del “Zum Rhein”
Existen varias referencias de distintas fuentes que dedican alguna línea para el “Zum Rhein”, famoso boliche que por varios años engalanó la calle Bandera. Sin embargo, la mayoría de estas alusiones y comentarios están basados o coincididos con la breve descripción que hiciera Plath sobre la historia del restaurante, que concluye con la desaparición del local desde su antigua ubicación en el número 6 de la calle Bandera, tras ser demolido para levantar “un monumento de cemento, el edificio del Banco Estado” según sus palabras50, en la esquina de esta calle con la Alameda de las Delicias, a un lado del Club de la Unión. Con carteles en sus dos entradas por Bandera y Alameda, escrito en letras de estilo gótico germánico, el “Zum Rhein” (cuya traducción es algo así como “Hacia el Rin”) había sido propiedad del empresario Atilio Capomassi y ofrecía algunos platos más cerca de las delicadezas que de los tallarines o las guatitas económicas
50 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 310).

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de otros locales de la misma calle. Cuenta Plath que sus menús incluían especialidades como: “…los caldillos de congrio, de criadillas, ajiaco con huevo, el valdiviano, pescado al gratín, lomito Marengot. Gustados eran los escabechados de codorniz, corvina o conejo. Si se tenía duda sobre lo consumido se podía exigir la cuenta detallada con el timbre de la casa”51. Hasta el final de sus días en esta esquina capitalina, el restaurante recibía visitantes de gran relevancia intelectual o artística, como sucedía con los locales del Barrio Chino al otro lado de la calle Bandera. Ocasionalmente, aparecía por allí también el grupo conocido como “Los Angurrientos”, cofradía creativa de jóvenes escritores surgida por los años veintes en torno a la obra de Juan Godoy y con la que estuvo relacionado el propio Plath, que se definía como “Movimiento de la Institución de la Esencia Chileno-Cultural”, aunque no nos extenderemos en mayores detalles sobre esta etapa del negocio en la Alameda, puesto que no es nuestro sitio de interés. Sólo nos corresponde recordar, respecto de esa época, que el antiguo edificio comercial que alojaba al “Zum Rhein” desapareció hacia 1944 y luego se inició la construcción de la casa matriz del Banco del Estado de acuerdo a los planos del arquitecto Héctor Mardones Restat, culminándose los trabajos en 1950 por la misma empresa Neut Latour Ltda. que levantó también el mencionado edificio residencial y bancario de Bandera con Aillavilú, inaugurado al año siguiente. ¿Qué sucedió con el restaurante, entonces? Los escritos de Plath dan a entender que allí se acabó su historia. Sin embargo, ésta parece haber sido sólo la conclusión del primer capítulo en la vida del famoso local, pues nos llegó la pista de su continuidad a través de los testimonios de los vecinos del ex Barrio Chino de Bandera que aseguran haber conocido un boliche del mismo nombre en este sector de la ciudad. El dato aparece confirmado también por Rakatán en su trabajo “¡Buenas noches Santiago!”, aunque sin detalles sobre la dirección precisa del mismo52. En efecto, hemos podido verificar con algunos esfuerzos que el “Zun Rhein” se trasladó a este lado del barrio cruzando toda la longitud de Bandera hasta su otro
51 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 310). 52 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 32).

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extremo, estableciéndose por la vereda oriente y casi al frente de otros conocidos centros como “El Dragón Rojo” o el “Hércules”, donde se mantuvo en la pelea bohemia por varios años más. La ubicación exacta del nuevo “Zum Rhein” había sido al fondo del pequeño pasaje ubicado en Bandera número 823, y antiguos comerciantes del sector lo recuerdan especialmente por sus bailables y fiestas con música en vivo, además de la excelencia de su carta de comidas que, al parecer, se habría mantenido en el buen nivel que ofrecía en esos primeros años del establecimiento al otro lado de la calle, junto a la Alameda. Fuera de los testimonios orales que nos han resultado particularmente valiosos en este caso, la señalada dirección aparece corroborada también en la “Guía automovilística de Chile” de 196753, cuando el local seguía en funcionamiento. En el segundo piso del lugar, se encontraban concurridos salones de pool y billar que redoblaban el atractivo de estos establecimientos. También tenía esta planta alta un salón de tango en donde hasta los propios visitantes provenientes del Río de la Plata habrían de asomarse al conocerlo, advirtiéndolo tan bueno y elegante como varios de la auténtica bohemia bonaerense, según el mito. Sin embargo, este segundo aire de vida del “Zum Rhein” se extinguió también con la vitalidad nocturna de la calle, sucumbiendo junto a toda la clásica forma de vida bajo la Luna del Mapocho. Ahora, el antiguo local está convertido en un restaurante de comida oriental: “El Diamante”.

La “Venezia” del río Mapocho
Aunque restaurantes como el “Hércules” se esmeraran en salpicar con sus nombres algo del confeti romántico del mundo clásico sobre las calles del barrio, nada ha estado más lejos de la postal de Mapocho y su río que los maravillosos canales venecianos cruzados por estilizados gondoleros mostrando a sus pasajeros el Palazzo Ducale o la torre de la Piazza di San Marco. Ni siquiera en la época de las crecidas del caudal, cuando las calles ribereñas de Santiago quedaban convertidas en tranques y las puertas de las casas en esclusas, podría haberse formulado semejante comparación. Sin embargo, hubo un lugarcillo que evocó su nombre en el barrio: El “Venezia”, un bar, restaurante y café bastante antiguo, ubicado en calle Bandera esquina San Pablo y que, demostradamente, fue otro atractivo para los intelectuales de su
53 “Guía automovilística de Chile”. Ver y Ver Ed., Santiago, Chile – 1967 (pág. 329).

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época54, como el infaltable Pablo Neruda, Homero Arce, Alberto Rojas Jiménez, Diego Muñoz, Tomás Lago y Víctor Bianchi, hasta los que llegará también María Luisa Bombal traída por el propio Neruda55. Al contrario de lo que pudiera creerse, su título no guarda relación con el restaurante homónimo que se encuentra desde hace muchísimo en Barrio Bellavista y que debe su nombre al apodo que recibía dicha esquina chimbera desde antaño, por concentrar canales y escurrimientos de agua que la tenían siempre inundada en el pasado. Aún así, hay fuentes que aseguran que Neruda también fue visitante de este último local, al otro lado del río Mapocho56. Nuestro “Venezia”, el del nada itálico Barrio Chino, abrió por muchos años sus puertas a la asidua clientela y fue uno de los varios locales que conoció y registró Plath en sus apuntes de la memoria, que hemos consultado tanto para dar cuerpo a este trabajo. De hecho, es probable que de no haber sido por los comentarios que hiciera el autor en algunas de sus crónicas, la presencia del “Venezia” en la historia del barrio quizás habría quedado condenada al desconocimiento generalizado y al peligro inminente olvido, limitada sólo a datos muy generales sobre su ubicación y sus concurrentes, como sucede con muchos otros establecimientos ya desaparecidos del mismo barrio. Cuenta el mismo investigador que, en 1925, Neruda leyó allí durante una reunión con sus amigos, poemas del francés Marcel Proust y del irlandés James Joyce, dos gigantes del género en el siglo XX pero que en aquellos años representaban toda una novedad y resultaban aún desconocidos en Chile57. Cuando el escritor Rubén Azócar llegó a duras penas hasta la Estación Mapocho desde Valparaíso, en una medianoche tras su difícil aventura por las costas de Lima y hostigado por cuestiones políticas, por intuición fue a la calle Bandera para encontrarse con alguno de sus amigos intelectuales con los que tantas noches habían compartido en esas cuadras. Dio sólo con Neruda, que se hallaba algo triste y lamentando sus incomodidades en la pensión que compartía con Tomás Lago. Partieron entonces hasta el “Venezia” e iniciaron allí, con sus demás amigos, una

54 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 311). 55 “María Luisa”, Ágata Gligo. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1985, segunda edición (pág. 53). 56 Boletín “Chile Noticias” Nº 48, 7 de agosto de 2008, Departamento de Análisis y Prensa Internacional, Secretaría de Comunicaciones, Palacio de la Moneda. Santiago, Chile (pág. 5). 57 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 311).

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celebración hasta la madrugada, por el regreso de Azócar58. Y es que Neruda, además de visitante, ya comenzaba a constituirse por entonces como todo un hombre-eje de atractivo y cohesión en aquellos grupos de venecianos honorarios del café. El tinto ofrecido por la casa provenía de las prodigiosas y reputadas viñas de Pirque59. El poeta Rojas Jiménez, como amigo del dueño del “Venezia”, llegaba a beberlo gratis, al igual que lo hacía en el “Hércules” y el “Jote”, pues se le consideraba animador y mejorador del ambiente60. Veremos, al estudiar su caso, que esta mala costumbre sería el detonante del suceso que desencadenaría su muerte. No habrá tenido gondoleros ni avezados concertistas de la romántica mandolina ambientando sus comedores, pero el “Venezia”, ciertamente, pudo iluminar con pizcas de glamur al tenebroso y algo maldito lugar de Santiago en que se encontraba.

El vuelo rasante de “El Jote”
Las artes del espectáculo, la barra o la cocina no tenían el monopolio del atractivo de Mapocho en la calle Bandera, como hemos visto. La segunda arteria privilegiada del barrio era San Pablo, donde anidó alguna vez un pajarraco extraordinario y alegremente nochero. Hubo varios otros centros de diversión en dicha calle. Por un lado, existieron sus históricos cabarets o cafés chinos donde la oferta completa incluía la vista de una que otra chiquilla ligera de ropas bailando entre los clientes que quizás ya habrían elegido alguna copetinera salida al paso; o a veces algo más. Por otro, estaban esos bares y restaurantes donde sólo se encontraban sonajeras felices de fiestas, lejos de la imagen clásica de un borrachín depresivo y cabizbajo anclado en sus barras. Y en esta enorme gama de variedades, hubo también algunos locales que tenían un poco de todo, como el que abordaremos ahora. En la calle San Pablo, en el 1070 cerca de la esquina con Bandera y en los límites del Barrio Chino, funcionó por años un bar-restaurante propietado en su buena
58 “Gente en la isla”, Rubén Azócar (presentación biográfica de Luis Alberto Mansilla). Lom Ed., Santiago, Chile – 1999 (pág. 10). 59 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 311). 60 “El Mercurio” del sábado 10 de junio de 2000, Santiago, Chile, Revista del Libros, artículo “Alberto Rojas Jiménez se quedó flotando”.

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época por don Andrés Conde61 y que mutó después a boîte (o algo parecido, según recuerdan por acá) llegando a ser otro símbolo de la bohemia local de Mapocho, además de constituirse en un centro de recreación obligado dentro del radio histórico de la capital chilena: “El Jote”, que era reconocible por el vistoso pájaro con más aspecto de cóndor o águila de alas abiertas, en un gran cartel colgante exterior. Devenido también en local de eventos, bailables y presentaciones, como varios otros negocios de Mapocho, “El Jote” había sido fundado por el comerciante Carlos Arriagada. Al pasar bajo este pájaro monumental que nunca se defecó sobre sus comensales, los visitantes entraban hacia un patio empedrado alrededor de una pileta. Y todos los que recuerdan algo del local, coinciden en que las comidas de “El Jote” eran las tradicionales chilenas y a precios muy convenientes, con carta para todos los bolsillos. Agrega Plath que el platillo más recurrido era el tan mapochino chupe de guatitas, acompañado con infaltable vino de la casa. Recordaba también que el 10% de la propina se incluía en la cuenta y que esto se advertía por anticipado a los clientes62. “Se reunían poetas –continúa el autor-, escritores y artistas. Algunas noches caía Pablo Neruda y era la figura central junto a Tomás Lago, el Huaso; Rubén Azócar, el Chato Azócar, Alberto Valdivia, el Cadáver Valdivia; Abelardo Bustamante, Paschin, Lalo Paschin; Alberto Rojas Jiménez, El Marinero, por su jersey a rayas y fumar pipa; Orlando Oyarzún, El Patón; Homero Arce, El Príncipe de los amigos; Diego Muñoz, Diego de la Noche; Antonio Roco del Campo, Roco del Cántaro; Raúl Fuentes Bessa, El Ratón agudo; Julio Ortiz de Zárate, el Maestro o Buonaroti; Álvaro Hinojosa, el Obispo; Federico Ricci Sánchez, El Monarca; Ricardo Gilbert Avendaño, El Loro Gilbert; Miguel González Herrera, el Choique y Rafael Hurtado, el Huaso Hurtado. Otras noches alternaban Humberto Díaz Casanueva, Luis Enrique Délano, Hernán del Solar, Ángel Cruchaga Santa María, Andrés Silva Humeres y George Sauré”63. Se comprenderá el ambiente que reinaba en este lugar tan chileno, con tan ilustres comensales visitándolo fielmente. Así entonces, según Gustave Olate y Herrera,
61 “Revista Oficial de la Asociación Chilena de Hoteles, Restaurants, Bares y Similares”, junio de 1945, Santiago, Chile. 62 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 115). 63 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 115).

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fue en este sitio que “muchos artistas conversaron sus mejores botellas”64, allí en la complicidad de las paredes y la fuente, reservando secretas ebriedades y confesiones de cofrades. Según un artículo de la revista “En Viaje” de 1961, tal intimidad con sus clientes dominaba cálida y cómodamente las salas: “Periodistas, escritores, artistas y gente de circo concurrían asiduamente allí, comentando con abierta agilidad y picardía los números artísticos que se presentaban en su escenario y sus propios. Federico Gana pasó veinte años anunciando la novela “La palanca”, sin que apareciera jamás. Pero bastan sus hermosos cuentos campesinos para no olvidarlo”65. Siguiendo un consejo de Gerardo Seguel, el multifacético Luis Enrique Délano llegó hasta este boliche en 1925, mientras se hallaba de paso por Santiago. Su intención era conocer a Pablo Neruda durante la cena de las ocho, operación para la que necesitaba sólo “dos pesos cincuenta” que fue a pedirle agitadamente a su hermana. “Cuando llegué había una larga mesa ocupada por escritores y artistas”, recuerda en sus memorias66. Y allí lo encontró, pues, como hemos visto, la forma más fácil de dar con Neruda en aquellos años era pillarlo en alguno de los varios locales de Mapocho, en los que transcurría gran parte de su existencia. Por desgracia, esta intelectualidad no inmunizó al pájaro de cabeza calva contra el ataque del piojillo crepuscular. “El Jote” bajó sus alas cuando también comenzó a hacerlo la generación de artistas y escritores que le dieran vida, pasado el mediado de siglo, más o menos. Vino a continuación, la espiral de decadencia del propio barrio, tanto así que luego de inspeccionar este sector de la capital, cuesta creer que un sitio de tal prestigio y características haya tenido acogida en este antiguo y de pronto sombrío rincón en la ciudad, ya dominado por el comercio popular y el derivado de la actividad del Mercado Central. El viejo local fue ocupado por una seguidilla de distintos restaurantes y fuentes de soda. Primero, por el “Orleans” (o también llamado “New Orleans”) que existía todavía en los años sesentas67. Más tarde, pasó por otros cuyos administradores ni siquiera sabían que tal negocio había tenido este antecedente falconiforme en su
64 “Mapocho Abajo”, Gustave Olate y Herrera. Neupert, Santiago, Chile – 1970 (pág. 51). 65 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 329 de marzo de 1961, Santiago, Chile, artículo “San Pablo: pasado bohemio, presente febril”. 66 “Memorias. Aprendiz de escritor / Sobre todo Madrid”, Luis Enrique Délano, Ril Ed., Santiago, Chile – 2004 (pág. 37). 67 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 329 de marzo de 1961, Santiago, Chile, artículo “San Pablo: pasado bohemio, presente febril”.

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largo currículo. Allí estuvo también el “Refugio Peruano” (con bailes de fin de semana), el “Rancho Pitrufquén” y ahora el “Imperio Restaurant”, conocido este último por sus fiestas bailables con música en vivo y la costumbre de los clientes nocturnos de derramar simbólicamente cerveza sobre el piso cargado de aserrín68.

El histórico cartel sobre la entrada de “El Jote”, en imagen publicada por Oreste Plath.

“Zeppelin Zeppelin” El “Zeppelin” que también voló por el barrio
Digamos las cosas como son: el “Zeppelin” no era una boîte o sólo un centro de eventos, como quieren recordarlo muchos hoy día, sino un popular cabaret de estilo francés medio degradado, en plena calle Bandera número 856, costado poniente de la cuadra donde se encontraban también otros locales como “El Ciclista”, “La Antoñaña” y el “Hércules”, a sólo pasos del complejo de la Estación Mapocho. Pero el “Zeppelin” tenía un fuerte brillo propio: con sus seductores lemas promocionales como “Donde la noche es corta” fue, esencialmente, cabaret que aspiró al “buen pelo” y el primero de categoría que tuvo Santiago, según recuerda
68 “Santiago Bizarro”, Sergio Paz. El Mercurio / Aguilar, Santiago, Chile – 2003, tercera edición (pág. 49).

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Rakatán69. Fue el antecesor de los más refinados clubes o cafés topless que actualmente existen en la ciudad y puede haber sido, de hecho, el más importante de todos los clubes y restaurantes que existieron en el grandioso Barrio Chino. El local de “El Zeppe”, como le llamaban muchos, había sido fundado en 1926 por don Carlos Simón70, el mismo dueño del restaurante “La Marina”, que también era un atractivo para escritores e intelectuales. Según el peruano Luis Alberto Sánchez, que parece haberlo conocido bastante bien, este “Zeppelin” de tierra fue concebido “para gente de bronce y marfil”71. Además de una oferta gastronómica, tenía presentaciones en vivo a las que asistían escritores y artistas de renombre, visitado una vez incluso por Claudio Arrau, quien tocó un jazz espontáneamente en el piano acompañado de músicos locales, tras bajar del escenario la orquesta de Porfirio Díaz72. Mario Oteíza tocó allí la batería de los bailables y también el maestro Manuel Contardo; animó Nino Malerba, y la cantante argentina Sara Pradas, más conocida como Lily Arce, inició su carrera profesional bajo estas luces coloridas del “Zeppelin”73. También hacía presentaciones en él la Orquesta Típica de Franco, en noches donde destacaba el cantante, músico y posterior director viñamarino Luis Armando Bonasco74, famoso en los años cuarentas por interpretar canciones argentinas, pero que falleciera en 1956 hallándose en situación vulnerable y debiendo ser socorrido económicamente por sus colegas, con un festival a beneficio realizado en el Teatro de la SATCH (hoy Cariola) mientras estuvo hospitalizado y luego que un periódico lo diera por muerto antes aún de su defunción. Otro infortunado artista de la casa fue el trágicamente fallecido cantante Jorge Abril (caído a sólo una cuadra de allí), recordado por hacer popular la canción “En Mejillones yo tuve un amor” de
69 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 31). 70 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 48). Corresponde indicar, sin embargo, que Germán Marín dice en “Círculo vicioso” (Random House Mondadori, Santiago, Chile – 2006) que el “Zeppelín” fue fundado en 1915 (pág. 445). Esta información es algo que, sin embargo, nos parece más bien un error del autor. 71 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 200). 72 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Primera edición, Ed. Grijalbo, Santiago, Chile – 1997 (pág. 266). 73 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 32). 74 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 44-45).

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Gamelín Guerra Seura75. Son sólo algunas de entre muchas otras figuras de este local, que se presentaba orgullosamente en su publicidad como “Mid Night Club” con un enunciado seductor: “El centro de reunión nocturna más simpático de la capital. Dos regias orquestas dirigidas por el maestro Juan Parra. Regias variedades internacionales”76. Fue así como el boliche había conseguido ganarse un lugar de relevancia y reconocimiento en las páginas culturales de Santiago, reuniendo una variada clientela ribereña –desde la fauna mansa a la chúcara- que, según recuerda Plath, incluía “personajes encopetados, obreros, funcionarios, escritores, pintores, cantantes, vagabundos acunados por algunas horas sin distingo de clases sociales”77. Dicen que cerraba a las altas horas de la madrugada, ya cerca del amanecer, y que más de alguna noche se pasó de largo para continuar otra vez con su servicio de restaurante mientras alumbrara el Sol. Los rufianes también aparecían a menudo por aquí. A la presencia del legendario Cabro Eulalio, del que hablaremos más adelante, se suma la del Nimbo, otro cafiche malacatoso e impredecible del barrio San Diego y 10 de Julio, que frecuentaba “El Zeppe” como muchos iconos de la cáfila delincuencial. “Era amante inmoral, ardiente, celoso –escribió de él Armando Méndez Carrasco-, de mal genio, buenmozo, de ojos verdes, destellantes, alto; de pelo rubio, con ciertos mechones negros, circunstancia que le hacía singular. Tenía cierta similitud física con el Cabro Eustaquio, rey de la Plaza Almagro”78. No cabe duda que este lugar tenía cierta comodidad y encanto dentro de toda la oferta culinaria del Barrio Chino de la Estación Mapocho, a juzgar por lo que de él han escrito autores como Juan Luis Espejo, quien lo menciona en uno de sus cuentos describiéndolo como un lugar de encuentro y de comidas alegradas por la visita de unos clientes disfrazados de arlequines, en medio de las comparsas de la
75 “Memorial de la Estación Mapocho”, Alfonso Calderón. Ril Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 69). 76 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 120, octubre de 1943, Santiago, Chile. 77 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 308). 78 “Chicago chico”, Armando Méndez Carrasco. Beuvedráis Editores, Santiago, Chile - 2007 (pág. 65). Nos preguntamos si la mención del Cabro Eustaquio será un lapsus o errata y si quería referirse en realidad al Cabro Eulalio.

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Fiesta de la Primavera79, festivales juveniles y universitarios que también alcanzaban anualmente a las calles de este barrio con colorinches presentaciones, procesiones y desfiles alegóricos. Inclusive, existen fotografías donde se ve a jóvenes lanzados en improvisadas balsas por la corriente del río Mapocho, todavía en los años sesentas y con un abundante público presenciando desde el borde la competencia que era parte de la fiesta primaveral80. Sus habitaciones y salas fueron decoradas con estilizaciones de figuras humanas por el artista Diego Muñoz, de quien ya hemos hablado con relación a sus correrías bohemias en esta misma calle, dejando sus huellas pictóricas también en el “Hércules” y el “Teutonia”. Muñoz trabajó en “El Zeppe” casi como Miguel Ángel sobre los andamios de la Capilla Sixtina, siendo visitado frecuentemente por sus amigos durante estas labores. Una de esas noches, llegó hasta allí el crítico de arte argentino Herzel del Solar, conociendo su trabajo in situ. El pintor cobró $10.000 por su mural, aunque sólo la mitad la recibió en efectivo, pues el resto se le pagó con otro crédito por cerveza que, entonces, costaba $1 la botella, pero sólo 25 centavos para Diego, por gentileza de la casa81. Según Délano, estas decoraciones cubistas fueron hechas por Muñoz asistido por otros dos de los nictófilos hospedados del Barrio Chino: Fenelón Arce y Moraga Bustamante82. El cabaret pasó a manos del célebre empresario de las candilejas conocido como el Humberto “Negro” Tobar, que le reforzó el carácter de centro de espectáculos que conservó en su mejor época83, como tendremos oportunidad de ver al revisar la huella de este inolvidable personaje de la clásica y más auténtica bohemia capitalina. Durante esta misma etapa, aparecía por allá el recordado periodista Renato González, alias Mr. Huifa, que escribió desde sus recuerdos algunos sabrosos episodios del “Zeppelin”. Le dedicaremos también un espacio especial a él en este trabajo, ya que fue un importante personaje y visitante del Barrio Mapocho.
79 “Relatos del Santiago de entonces”, Juan Luis Espejo. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1981 (pág. 102 y 105). 80 Una famosa imagen como la descrita está publicada en “Mapocho. Torrente urbano”, Gonzalo Piwonka F., Luis Cornejo B., Miguel Laborde D., Cristina Felsenhardt R. y Mario Pérez de Arce I. Matte Editores, Santiago, Chile – 2008 (pág. 55). 81 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 308-309). 82 “Memorias. Aprendiz de escritor / Sobre todo Madrid”, Luis Enrique Délano, Ril Ed., Santiago, Chile – 2004 (pág. 57). 83 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 309).

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Confiesa el mismo Mr. Huifa que, hacia 1930, él y sus colegas pasaban al cabaret en horas de la madrugada, donde les servían “una cerveza por sesenta cobres” y terminaban haciéndose amigos de todas las chicas que trabajaban como copetineras dentro del establecimiento84. “Nada igual que el Zeppelin del Negro Tobar –escribe- con sus copetineras amitas. La Luchadora, La Voluntad del Muerto, La Dama Antigua, La Camiona, La Parralina, La Leona, La Guagua, La Chela de Pino, tiempos de la orquesta de Bonasco, de Camiletti. A ver, toquen una clásica y siempre “En un Mercado Persa”. Tiempos del Negro Sánchez, del Negro Brisset, del Cabro Eulalio, de tantos amigos que se fueron. Y era lindo ver a Fernandito bailando tango con la misma elegancia con que peleaba en el ring”85. Los imperdibles noctámbulos como Pablo Neruda, Isaías Cabezón y Alberto Rojas Jiménez figuran también entre los visitantes habituales de este cabaret, así como Lalo Paschin, Julio Ortiz de Zárate y Tomás Lago86. Su historia no la escribió solo la reputación de la clientela o los artistas, sin embargo: uno de sus más famosos garzones del “Zeppe” fue don Miguel Fuentes, con destacada trayectoria en el mundo de la atención en restaurantes históricos de Santiago como el Hotel Carrera, el “Rosedal” de Gran Avenida, el “Lucerna”, “La Quintrala” y el “Tap Room” de calle Estado, entre muchos otros87. Su portería era resguardada por el “Negro” Manuel Moreno, quien tenía también la complicada responsabilidad de echar afuera a los borrachos odiosos88, uno de los oficios más necesarios hasta hoy en el mismo barrio, por desgracia. Mas, sin poder resistir el tiempo, ni los embates de la crisis internacional, ni las restricciones del toque de queda, el “Zeppelin” comenzó a dejar sus puertas abajo hacia las noches de 1982 y 1983. Entre sus últimas manos propietarias habría estado una tal D’Arcy, ex vedette del ambiente. Una de esas ocasiones fue, en definitiva, la última y no abrió más; o mejor dicho, nunca más voló. En otra

84 “Las memorias de Mister Huifa”, Renato González. Ed. La Noria, Santiago, Chile – 1986 (pág. 110). 85 “Las memorias de Mister Huifa”, Renato González. Ed. La Noria, Santiago, Chile – 1986 (pág. 114). 86 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 309). 87 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 30-31). 88 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 32).

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extraña ironía del destino, el querido “Negro” Tobar falleció poco después, el primer día de marzo de 198489. Así, tras la dolorosa agonía, “El Zeppe” se acabó para siempre. Como en varios otros casos del antiguo barrio, su local fue convertido en un rotativo de negocios menores, como un depósito de ropa usada traídas desde el extranjero90. Hasta hace poco, el espacio del más famoso de los cabarets que haya tenido Santiago era ocupado por un centro de llamados. Ahora, sin embargo, corresponde a una tienda comercial de perfumería y con mucha mejor connotación que otros ensayos.

El dragón montado por el ciclista
El Barrio Chino ofrecía varias situaciones curiosas, de locales que terminaban siendo complementarios o simbióticos entre sí, al existir edificaciones con una planta comercial pero con altos también destinados a negocios de recreación y parecidos, siguiendo una lógica que ya se observó en ciertas casonas coloniales. “El Dragón Rojo” se hallaba en la dirección de Bandera 832, al lado de las galerías comerciales de esta cuadra y casi al frente del restaurante “Far West” que aún existe en el barrio como uno de los pocos testimonios de aquella época. Sus clientes solían llamarle sólo como “El Dragón”, nombre con el que aparece en algunos registros de bares y fuentes de soda de Santiago, de hecho. Alfonso Calderón recuerda que el músico ariqueño Sergio Fernández tocaba clarinete en su escenario, antes de alcanzar la fama generalizada con su tema foxtrot “Norma”91, alegre música con triste letra que ya es un clásico de la canción popular chilena92: Del día que te conocí, no puedo vivir sin ti. Tú sabes lo que es amor, Norma mía.
89 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 18). 90 “Guía de patrimonio y cultura del Barrio de la Chimba”. Ed. Ciudad Viva, Santiago, Chile – 2007 (pág. 19). 91 “Memorial de la Estación Mapocho”, Alfonso Calderón. Ril Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 69). 92 También conocido como “Norma mía”, y con versiones de Danny Chilean, Gustavo Hit Moreno, una sólo musical del pianista Valentín Trujillo y otras más actuales del grupo jazz-pop “Ángel Parra Trío”. Fue grabado también por el bolerista ecuatoriano Julio Jaramillo, y con otro nombre en los Estados Unidos por Bing Crosby y por “The Andrew Sisters”.

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De acuerdo a los testimonios que hemos recogido de ex clientes y los viejos comerciantes del barrio, se encontraba debajo de las dependencias que ocupaba “El Ciclista”. Así lo recuerda, por ejemplo, don Enrique Cruz, comerciante de más de treinta años en esta calle y en alguna época buen visitante de estos negocios. Eran boliches totalmente independientes, separados por murallas y pisos, pero la curiosa distribución de sus dependencias los ponía en una estrecha relación. A “El Ciclista” se accedía por una pequeña y estrecha puerta lateral, que varios años después fuera ocupada con un puesto de copiado de llaves. Desde allí se ascendía por una escala de vuelta contrapuesta hasta los niveles superiores, donde se encontraban las mesas y las barras. Nadie sabe con seguridad la razón de tan extravagante nombre para un restaurante y centro de eventos. Unos dicen que se debe a un supuesto vínculo con un club de ciclistas de la época. Sospechamos que podría provenir de su situación elevada, sin embargo, como la de los antiguos ciclistas que montaban el sillín de altura vertiginosa y temible en esos velocípedos de rueda gigante, aunque en este caso la posición alta la tenía el local por estar literalmente montado sobre “El Dragón” de la planta baja. ¡Quién sabe! Hoy día, ya no existen esos altos de “El Ciclista”. Nos dicen algunos veteranos que fue un incendio el que los destruyó, pero otros aseveran que el trabajo sucio lo completó el terremoto de 1985, obligando a demoler casi todo lo que había sobre el primer piso. Ese espacio se encuentra inhabilitado y parcialmente destruido. Huellas en las paredes del vecino edificio de las Galerías Comerciales SantiagoBandera dan una idea de la altura que tenían estos altos del desaparecido barrestaurante. En tanto, el ex “Dragón” es, al momento de escribir estas líneas, una amplia tienda de ropa americana. En la parte posterior y fuera de la vista de los clientes, se encuentra aún la vieja tarima que servía de escenario a los artistas que hacían presentaciones allí, en un área que corresponde servicios de planchado y reparación de prendas en venta. Una de las funcionarias de esta tienda, doña Gloria, nos confirmó un rumor que ronda en el barrio sobre el local: la presencia de apariciones fantasmagóricas, particularmente de un personaje que camina cabizbajo y en actitud sufriente, por las partes más abandonadas. Según ella, puede corresponder al alma en pena de gente que, supuestamente, habría sido asesinada en riñas dentro del antiguo local, quizás en la época menos luminosa del barrio y que, es sabido, se llevó con sus refriegas y justas a varios mártires de la noche, sin lustres. No hemos verificado en forma presencial la existencia de espectros errantes dentro del establecimiento, pero su antigua fachada con el visible espacio donde estaban antes los carteles de luminarias, lo convierten por sí sólo en uno de los más nostálgicos espíritus en pena de calle Bandera.

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Situación de los ex locales de “El Dragón” y “El Ciclista”. El primero estaba en la planta baja, donde se observa la tienda de ropa. El segundo estaba en los pisos superiores (ya destruidos), y se accedía por la entrada que en la foto ocupa el puesto de copias de llaves.

Memorias de “La Antoñaña”
Otro clásico que también pasó a ser especie extinta de la misma calle, fue el negocio dancing y restaurante de “La Antoñana”, así bautizado por uno de sus dueños, el español Félix Gómez, en homenaje a su villa natal. El nombre se

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mantuvo cuando el establecimiento pasó a manos de un nuevo propietario, el palestino nacionalizado chileno Selim Carraha93. “La Antoñaña” estaba ubicado en Bandera a un lado del “Zeppelin”, vecino al cabaret. Debe haber sido muy antiguo, pues en su buena época dentro del Barrio Chino algunos ya se le calculaban varios años de existencia, en aquellos días en que literatos como Andrés Sabella, Teófilo Cid y Rodó Vidal todavía lo visitaban. Dicen por ahí que su menú ofrecía a los fieles clientes una tosca delicadeza apodada “sándwich de los pobres” y que consistía en un pan untado en salsa de ají picante94, como los que uno improvisaría en una mesa durante la hambrienta espera de una parrillada o un pernil en un restaurante criollo. Esta leyenda nace, según nuestra impresión, del recuerdo efectivamente dejado allí por Sabella y Manolo Segalá, quienes solían llegar juntos al establecimiento en sus días de más carencias a comer de este pan con picante en “La Antoñaña”, por razones de economía más que de gustos, y no porque originalmente figurara en la carta, siendo atendidos gratuitamente por un mozo apodado “Perón” por su semejanza con el militar argentino Juan Domingo Perón, según recuerdos del propio Sabella que son comentados por Plath95. “De vez en cuando –prosigue el autor de “El Santiago que se fue”aparecía un escritor de Valparaíso que firmaba Max Mirof o Enrique Miranda de gran actuación en radioteatro. Algunas noches se escuchaban boleros, cuya autoría pertenecía al poeta Andrés Sabella”96. En efecto, Sabella estrenó en “La Antoñaña” muchos de sus temas musicales, aspecto de su vida que es poco conocido al perderse entre su contundente currículo como escritor, cronista, actor, pintor y aun otros roles. Mario Ferrero decía que procuraban que todas sus grandes reuniones y encuentros con amigos intelectuales tuvieran lugar allí, de hecho, donde Sabella era considerado uno de los mejores y más queridos concurrentes o cliente honorario97. Incluso fundó la llamada Logia

93 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 311). 94 “Guía de patrimonio y cultura de la Chimba”. Ed. Ciudad Viva, Santiago, Chile – 2007 (pág. 18). 95 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 310). 96 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 310). 97 “Andrés Sabella Gálvez (1908-1989)”, Matías Rafide. Academia Chilena de la Lengua – Ed. Rumbo, Santiago, Chile – 2003 (pág. 16).

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del Tango con el violinista Eugenio Maturana, que en 1949 tocaba en este negocio y también en el “American Bar”98, del que ya hablaremos más. Cuando Sabella y sus amigos llegaban hasta “La Antoñaña”, reconocían afuera a un muchacho apodado El Mono Flores, ex compañero del poeta en la Escuela de Derecho y que ahora, consumido por el vicio del alcohol, se ganaba la vida cuidando vehículos frente al “Zeppelin” y lustraba zapatos en los ratos libres. El Mono corría hasta donde ellos estirando sus manos sucias y ennegrecidas antes de que entraran al local, a la espera de alguna de las propinas que estos visitantes solían darle99. Sabella y Cid todavía seguían reuniéndose en “La Antoñaña” en los años sesentas, donde se encontraban con Alberto Salcedo y Juan Ibáñez. Cid falleció en 1964, triste evento a partir del cual el grupo de amigos comenzó a desaparecer, al igual que sucedía ya con la mejor época del bar-restaurante, por singular coincidencia. “La Antoñaña” también fue un lugar de atracción magnética para periodistas, gente ligada a la crónica deportiva y algunas de las varias prostitutas que andaban por el sector. Florindo Maulén, alias Don Floro y alguna vez visitante frecuente de este sitio, aseguraba que los periodistas de “El Diario Ilustrado” se reunían siempre en el local en la mesa 5, donde eran considerados casi de la casa y presentados con redobles de tambores de un baterista que tocaba en vivo allí dentro100. No todas las figuras pertenecían al glamur literario ni a la inocencia de los trabajadores callejeros, sin embargo: rufianes como el mencionado Cabro Eulalio solían aparecer por allí también y hacer buenas migas con artistas, intelectuales y escritores que llegaban a las mesas del restaurante. Hablaremos algo respecto de él, más adelante. En los años ochentas todavía funcionaba un local llamado “La Nueva Antoñaña”, que deducimos ligado al antiguo y donde tocó violín, siendo aún un adolescente, el músico Ernesto Neira, según las anotaciones de Rakatán101. Sabemos que, después
98 Revista “Universum” Nº 17, año 2002, Universidad de Talca, Talca, Chile, artículo “Desde la provincia al continente. La propuesta de una identidad latinoamericana en la obra de Andrés Sabella Gálvez. Algunas notas”, de José Antonio González Pizarro (nota al pie de página). 99 “Andrés Sabella Gálvez (1908-1989)”, Matías Rafide. Academia Chilena de la Lengua – Ed. Rumbo, Santiago, Chile – 2003 (pág. 16). 100 Diario “El Mercurio” del miércoles 29 de octubre de 2003, Santiago, Chile, artículo “La cuenta (final)”. 101 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 20).

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de cerrar de forma definitiva al rubro del espectáculo, el ex local de “La Antoñaña” sirvió a una tienda de ropa usada y parece que también a uno de los varios centros de llamados, continuando con el destino inexorable que suelen tener cual maldición, casi todos los antiguos palacios de recreación del Barrio Chino.

Y le llamaban “American Bar”
Se enredan los gentilicios con este memorable bar y café: chilenísimo lugar del Barrio Chino, fue fundado por un comerciante de origen italiano y le llamaban “American Bar”, nombre que inspirará melancolía a sus sobrevivientes de esas noches inolvidables de música y banquetes, por el largo pasillo que daba forma al famoso boliche. Hubo varios bares con el nombre American en Santiago y aun fuera de él. Había uno, por ejemplo, en la calle Estado vecino a la famosa confitería de don Antonio Palet, hacia los años del Primer Centenario Nacional. Después vino el “American Milk Bar”, también hito del comercio clásico capitalino. Muchas otras ciudades chilenas han tenido los suyos, además: tenemos noticias de nombres similares en Iquique, por ejemplo, y el más famoso que está en Valparaíso. El de nuestro modesto Barrio Chino en Santiago, particularmente, nace con tan agringado título por decisión de su dueño don Héctor Gioro, en la época de los tranvías y de las interminables jornadas de orquestas y bailables engalanando los interiores de estos refugios. El “American Bar” tenía, además, la característica de ser uno de los primeros que podían encontrarse en la cuadra favorita de los noctámbulos yendo de Sur a Norte, en la dirección de Bandera 808 casi en la esquina Norponiente con San Pablo. Conocido también como “El American” a secas, ofrecía a sus alegres clientes grandes encuentros de cerveza, vino, comida, jazz en vivo y todo lo que un buen centro de recreación pudiese poner en la lista de tentaciones de su oferta. Su show de madrugada tenía la fama, por entonces, de ser “lo más malévolo que había en Santiago”, al decir de la escritora Ana Vásquez-Bronfman102. Fue quizás por cambios en su razón social, inscripción o patente, sin embargo, que el “American Bar” aparece refundado en 1949 con el nombre de “American Café”, esta vez por la sociedad Gioro, Dameri y Cía. Ltda.103. Sin embargo, como
102 “Abel Rodríguez y sus hermanos”, Ana Vásquez-Bronfman. La Gaya Ciencia, Barcelona, España – 1981 (pág. 85). 103 Revista “Fontana”, órgano oficial del Sindicato Profesional de Fuentes de Soda, Pastelerías y Cafés, Nº 4 de mayo de 1949. Ed. Walter Lechner, Santiago, Chile.

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permaneció en la misma dirección y en el mismo espíritu que sus más clásicos años de diversión, aun si ya no existían en él sus antiguas funciones de músicos en vivo y fiestas ruidosas, el sabio pueblo continuó llamándole hasta sus últimos días con el nombre que merecía: “American Bar” y punto, porque aunque ostentara en esta segunda etapa el nombre de café, era en realidad lo que siempre fue: una fuente de soda con espectáculos, o al menos por el tiempo que pudo serlo, antes de las restricciones y las crisis económicas. “El American” ocupaba el espacio ahora empleado por un muy remodelado edificio que aloja a un supermercado y una casa de cambio que forman esta misma esquina. El resto fue demolido y rehecho casi por completo. Incluso se construyó una galería comercial en el lugar de la casona que separaba la vecindad del “American Bar” con el edificio de “El Dragón” y “El Ciclista”, pasaje antes de fama terrible, que en nuestra época está ocupado por cafés de chiquillas en bikini, zapaterías, una que otra tienda y las típicas ventas de “ropa americana”… Es decir, ahora hay en este sector de la cuadra final de Bandera los american clothes de segunda mano, en lugar del “American Bar” de primer uso. A pesar de estos cambios y demoliciones inmisericordes en esta esquina, aún se conserva milagrosamente parte del muro original donde se plasmaba el mágico ingreso a “El American”, no obstante que ya no puede conducir a ninguna parte que no sea un doloroso estrellón de nariz contra el mismo.

Vista de la ex “Filarmónica” cuando era ya la Posada del Corregidor en calle Esmeralda, hacia 1930. Imagen en exposición dentro de la propia casona.

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Imagen de la Posada del Corregidor en los años que funcionaba aún como restaurante, con su fachada de color rojizo. Fotografía de Baltasar Robres Ponce en el libro “Un testigo de la alborada de Chile (1826-1829)” sobre las memorias de Eduard Poeppig, en su edición de la editorial Zig-Zag de 1960, traducido al castellano y con anotaciones de Carlos Keller. El Instituto de Conmemoración Histórica colocó en la fachada su primera placa institucional con información histórica, en octubre de 1937, pero ésta ya no existe.

Algo sobre la Posada (que nunca fue) del Corregidor
Hacia el otro lado del barrio, sucedían cosas no menos interesantes y con incidencia directa para el carácter festivo adoptado, relacionadas también con este florecer de la vida bohemia que ahora tenía su huerto en las riberas del Mapocho. Hemos visto que, tras el alevoso asesinato de Diego Portales y la disolución del club estanquero de la “Filarmónica”, la casona colonial de la calle Esmeralda junto a la plaza cambió de manos y su merecida fama como fonda quiso ser “maquillada” para ofrecerla como establecimiento de mejor cuantía social. Sería en este contexto que la antigua posada fue vendida a doña Teresa Navarrete, por ahí

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entre los años 1837 y 1840 (las fuentes no son claras, según nuestra impresión). Al fallecer ella, el inmueble quedó en manos de don Ignacio Bustos, quien a su vez fallece en el año 1867, dejándolo ahora en las de doña Elisa y Susana Bustos. Por el años 1905, las hermanas la transfieren a don Nicolás Palma Riberos104. En aquellos años, la misma casona había sido ocupada durante largo tiempo por el local del comerciante minorista Carlos Cornejo, un importante dirigente de las sociedades mutualistas y defensor de los pequeños comerciantes de Santiago. Pero estaba escrito en la enciclopedia del destino que la vieja construcción no podría zafarse del mismo rol que habría tenido en los tiempos de fiestas las nocturnas y de sus distinciones de cocina y bar, ahora con el título de La Posada del Corregidor Zañartu. Fue, de esta manera, que retornó a sus rubros precisamente en los años de florecimiento de la bohemia mapochina, cobijando actividades nocturnas quizás no tan escandalosas como las del siglo XIX pero que, de todos modos, era mejor mantener en el secreto y al interior de sus viejas y gruesas paredes. Veremos, más adelante, que fue en esta nueva etapa cuando tuvo lugar un altercado entre un mozo de la Posada y el poeta Rojas Jiménez, situación que no habría pasado de ser divertida y anecdótica si no fuera por los trágicos resultados que hubo de traer sobre la vida del joven literato. Ahora bien, ¿de dónde salió el casi nobiliario título para la ex “Filarmónica” de calle Esmeralda, convertida en la maximizada Posada del Corregidor Zañartu? Sin duda, es un mito y casi un engaño retórico la supuesta relación entre la casona y la figura del Corregidor. Empero, si acaso hemos comprendido bien las palabras de Sady Zañartu, habría existido un detalle importante que vinculaba esta casa con el altillo que tenía dicho personaje para vigilar la construcción del Cal y Canto: una de las rejas de forja vizcaína que se lucen en las ventanas, pertenecía al enrejado original o, cuanto menos, sería el mismo modelo del que había en el balconete que el Corregidor Zañartu tenía en su casa de calle Aillavilú105, residencia de la que hemos hablado extendidamente ya. Pero el poeta Miguel Serrano relata una versión distinta de esta etapa de la historia, sin embargo: la casona de calle Esmeralda había pertenecido en realidad a sus ancestros los abuelos Fernández, que ya hemos visto tenían terrenos y propiedades en esta misma calle con Mac Iver donde, además, nació la Sierva de Dios María
104 “Monumentos Nacionales y Arquitectura Tradicional. Región Metropolitana – Chile”, Álvaro Mora Donoso. Nova Gráfica S.A., Santiago, Chile – Sin fecha (pág. 50). 105 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 55). Dice textualmente: “Una de ellas pertenecía al típico balconete desde el cual el Corregidor Zañartu vigilaba la construcción del Puente de Cal y Canto”. Lamentablemente, no nos ha sido posible confirmar la certeza de este dato.

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San Agustín Fernández Concha, en 1835, y donde hicieron levantar la Iglesia de San Pedro. La posada allí cerca, fue su escenario para casamientos y encuentros familiares, aunque sólo se conservaría una parte de ella, la utilizada como boîte nocturna de la que ya hablaremos. Dice Serrano en sus memorias, por lo mismo, que antes era mucho más grande y atractiva: “…en los buenos tiempos de la familia fue el ala de la mansión destinada a las salas de billar y a las habitaciones de la servidumbre. Hoy se encuentra allí un centro de exposiciones para pinturas. Aún preserva su viejo estilo y su color rojo colonial”106. Continuando con sus memorias, nos reporta más detalles de la casona en la continuación de sus relatos autobiográficos: “Formó parte de la casa de mi abuelo Joaquín Fernández Blanco. Allí murió mi madre y nacieron todos mis tíos y tías de la línea materna. La “Posada” correspondió al ala izquierda y trasera de la casa, dando a calle Esmeralda. La fachada de la mansión miraba al Parque Forestal. La que fuera “Posada” con su estilo colonial y color rojo, es lo único que hoy queda de la antigua casa. A la muerte de mi abuela, Carmen Rosa Fernández Concha, mis tíos Joaquín y Jorge se pusieron de acuerdo para vender y demoler el resto de la propiedad. Allí se levanta ahora un edificio sin gracia alguna”107. La explicación precisa al origen de la leyenda que vinculó de modo definitivo al Corregidor Zañartu con la ex “Filarmónica”, se liga a su segunda etapa de vida en la ciudad, y se debe al talento y al tesón de uno de sus familiares descendientes: don Darío Zañartu Cavero. Habría sucedido que la construcción (o lo que de ella habían dejado las remodelaciones) habría pasado a manos de un señor apellidado Palma Riberos, y que fue entonces cuando Zañartu Cavero se la compró -en 1926, según dicen las fuentes que hemos consultado-, dando origen intencionalmente al mito folclórico que le une al Corregidor (o mejor dicho al fakelore, según el término acuñado por Richard Dorson para definir la creación dirigida de creencias y leyendas) e intentando remover del recuerdo esa parte que tanto incomodaba sobre la verdadera historia de la residencia al servicio de la fiesta y las parrandas. De hecho, sería gracias a don Darío que se construyó la actual Plazoleta del Corregidor en la ex Plaza de las Ramadas, con su fuente central originalmente de

106 “Memorias de Él y yo” volumen 1, Miguel Serrano. Ediciones la Nueva Edad, Santiago, Chile – 1996 (pág. 72). Esto fue escrito antes de ser pintada blanca, como permanece hasta ahora. 107 “Memorias de Él y yo” volumen 2, Miguel Serrano. Ediciones la Nueva Edad, Santiago, Chile – 1997 (pág. 26-27).

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piedra108. Quizás esto haya influido en la aparición de los edificios más suntuosos y elegantes de este mismo sector de la calle Esmeralda y hacia la misma época, como puede verificarse en observando el entorno inmediato de la plaza y las fechas de construcción registradas en las fachadas. Aunque se saca casi por conclusión que fue Zañartu Cavero el que la rebautizó directamente como La Posada del Corregidor, de nuevo es Serrano quien propone otra versión: “El nombre “Posada del Corregidor” se lo dio mi tío Pedro Fernández y Fernández, apodado el “Caballero de la Noche”, pues vivía de noche, en la bohemia incorregible de los años 30, inaugurando locales nocturnos como éste y como el “Jai-Alai” (nombre vascuence)”109. Se nos hacen confusas otras discrepancias de información. Quizás las versiones circulantes están confundiendo estatus de propiedad, arriendo y derechos de llaves, pero parece ser que el intento de Zañartu Cavero por convertirla en una especie de museo colonial en honor al Corregidor no prosperó, debiendo volver a su antiguo rubro de restaurante y lugar de entretención popular por intervención de su entonces arrendatario, don Juan Martinic, quien se haría cargo del recinto como veremos y, con ello, el edificio entró a su mejor época. Empero, sabemos que era don Pedro Fernández y Fernández, de la misma familia que propietó la casa según Serrano, quien recibía por entonces a la clientela con los modos y protocolos refinados tipo aristocracia colonial tardía, como veremos con más detalle cuando revisemos algo más sobre los personajes del Barrio Mapocho, incluido este “Caballero de la Noche” que iba a presentarse cada mañana a la Catedral de Santiago ante su primo el Deán, con su séquito de parroquianos trasnochados. Cabe añadir que cuando aún se aproximaba la casona al regreso de su servicio a la bohemia mapochina como en los años de la “Filarmónica”, se había solicitado a dos arquitectos con importante presencia en Barrio Mapocho, Alberto Cruz Montt y Roberto Dávila110, la tarea modificar y remodelar algunos detalles interiores de la
108 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 155) / “Monumentos Nacionales y Arquitectura Tradicional. Región Metropolitana – Chile”, Álvaro Mora Donoso. Nova Gráfica S.A., Santiago, Chile – Sin fecha (pág. 50). 109 “Memorias de Él y yo” volumen 2, Miguel Serrano. Ediciones la Nueva Edad, Santiago, Chile – 1997 (pág. 27). Zañartu Cavero sólo habría aprovechado este nombre de la mansión para completar allí el homenaje a su ancestro, entonces, publicitando la casa y reconstruyendo la plaza. 110 Los mismos arquitectos del edificio residencial y comercial del sector Aillavilú y General Mackenna, ubicado donde antes estaba el altillo del Corregidor Zañartu. Alberto Cruz Montt tiene otro interesante trabajo en el barrio, en las lindes con Parque Forestal, en la esquina Sur-oriente de San Antonio con Ismael Valdés Vergara, edificio que diseñó con el otro gran arquitecto Ricardo Larraín Bravo, donde ahora funciona un prestigioso restaurante y hostal turístico, vecino al Pasaje Colonial.

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posada. Cruz Montt cambió de lugar la escala al segundo piso y convirtió el espacio de la original para dar más amplitud a los interiores de la construcción. Dávila, poco después, recuperó el aspecto colonial de la casona retirando las celosías de las ventanas, colocando el escudo del apellido Zañartu afuera (tallado en piedra, junto a la entrada) y pintando marcos y muros de color ocre y arcilla111. Así, la casona quedó repuesta en el rol de bar y restaurante de la Posada del Corregidor, con mucho más prestigio y fama que en sus años “filarmónicos”, por supuesto. La fundación de la Sociedad de Amigos del Arte con primeras reuniones en dependencias de la Posada, en 1935, permitió de purificar más aún el pasado de la casona y devolverle su reconocimiento como lugar histórico, haciendo vista gorda a los años de circo en su hoja. Y en esa misma época, la Posada fue conocida por el visitante peruano Luis Alberto Sánchez, caracterizada según él, por la “abundancia de vino en sangría, o sea, el clery y la borgoña”112. A la sazón, ya se habían constituido como otro de los restaurantes imperdibles del barrio, al que no faltaron los contumaces bohemios como el propio Neruda, de quien es bien sabido hizo allí lecturas a sus poemas de “Residencia en la Tierra” durante un célebre encuentro de recitación. Los muros de adobe de 70 centímetros de grosor, sin duda han ayudado a la preservación de las estructuras de esta posada. La edificación y su salón de baile siguieron algún tiempo más en manos de esta bohemia que asistía en masa hacia fines de los años treintas y la década siguiente, para disfrutar de las poncheras de vino tinto con naranja que allí se servían. La calle que antes separaba a la casona de la plaza adyacente ha desaparecido, en tanto, de modo que ambos recintos quedaron más estrechamente ligados uno con el otro. Y la fontana central de hoy no es de roca, sino una hermosa pieza de fundición artística tipo francesa, nos parece que de fabricación correspondiente a la famosa casa parisina Val d’Osné. La Posada del Corregidor había sido adquirida en 1948 por la sociedad de Juan Martinic y Cía. Ltda., para mantenerla como centro culinario113. El negocio se constituyó con un gran capital para la época, de $1.500.000114. Sus propietarios
111 “Monumentos Nacionales y Arquitectura Tradicional. Región Metropolitana – Chile”, Álvaro Mora Donoso. Nova Gráfica S.A., Santiago, Chile – Sin fecha (pág. 50). Recordamos que, ahora, su color exterior es blanco, al menos hasta donde los malditos vándalos del grafiti lo permiten. 112 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 200). 113 Revista “Fontana”, órgano oficial del Sindicato Profesional de Fuentes de Soda, Pastelerías y Cafés, Nº 2 de noviembre de 1948. Ed. Walter Lechner, Santiago, Chile. 114 Revista “Fontana”, órgano oficial del Sindicato Profesional de Fuentes de Soda, Pastelerías y Cafés, Nº 1 de octubre de 1948. Ed. Walter Lechner, Santiago, Chile. La dirección que aparece para la posada, sin embargo, es Esmeralda 145.

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también eran dueños del restaurante “Domus” en la segunda cuadra de Bandera, por lo que no extraña que en esa misma actividad continuara sus servicios para felicidad del pueblo. “Aquí –dice Peña Muñoz-, en el ambiente de un viejo mesón castellano, bebieron vino pipeño el famoso dramaturgo español don Ramón del Valle Inclán, de visita por Chile y la célebre bailarina Pilar López, la Argentinita, que era la mujer del tesorero Ignacio Sánchez Mejía, inmortalizado en el verso por Federico García Lorca”115. Aunque era elegante y pulcra, había cierto ambiente pecaminoso en su oscuro interior. Las salas estaban siempre en penumbra, como en un teatro o café concert, y eran iluminadas con linternas por los mozos, mesa por mesa, cuando atendían. Eso hacía que la posada fuera tentación para lo que Merino llama “los clandestinos suscriptores de Cupido”116, al referirse a amantes ilícitos. Los refinamientos y cuidados de la Posada no impedían algunas grescas dentro del lugar, como recuerda el propio Serrano sobre una de sus visitas con la escritora uruguaya Blanca Luz le Brun, en sus juveniles y efímeros años de simpatía por el izquierdismo: “A la posada llegamos una noche con Blanca Luz y mis antiguos camaradas escritores, entre ellos el “Loco” Irizarri, que allí hizo de las suyas, lanzándole a la cara una jarra con vino caliente y canela a un vecino de mesa que había comenzado a provocarnos, al reconocernos como militantes de la izquierda. Rápidamente, la inofensiva “boite” se transformó en campo de batalla y debimos retirarnos para proteger a Blanca Luz, que era el centro de las hostilidades, dejando algunos combatientes de retaguardia. Así eran esos tiempos”117. Más adelante, comentaremos también una espectacular pelea de la que fue testigo el periodista de espectáculos Rakatán, cuando dos cónyuges infieles se encontraron infelizmente dentro de la Posada, con sus respectivos amantes. Su última gran época como restaurante la vuelve a vivir entre la música, la reputación de sus borgoñas y esas comidas alegres casi a oscuras. A pesar de los
115 “Los cafés literarios en Chile”, Manuel Peña Muñoz. Ril Ed., Santiago, Chile – 2002 (pág. 120). 116 “Santiago de Memoria”, Roberto Merino. Ed. Planeta, Santiago, Chile – 1997 (pág. 56). 117 “Memorias de Él y yo” volumen 2, Miguel Serrano. Ediciones la Nueva Edad, Santiago, Chile – 1997 (pág. 28).

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esfuerzos que había desplegado antes don Darío Zañartu por darle un nuevo aire histórico, el carácter secretamente popular que aún imperaba en Esmeralda y del que ya daremos más detalles, devolvió la Posada a tiempos un tanto parecidos a los de la cuestionada y jaranera “Filarmónica”, después de todo. Dulce maldición aquella, de la que ni siquiera ahora logra desprenderse, al ser ocupada cada noche su plazoleta por agotadas y veteranas mujeres, intentando mantener algún vestigio siquiera de aquella rentable época de las “casas felices” energizando la vieja calle Esmeralda. La Posada del Corregidor fue declarada Monumento Histórico Nacional con el Decreto Nº 3.861 del 29 de julio de 1970. Nueve años después, pasó a manos del Banco del Trabajo que, tras algunos nuevos retoques, la destina a actividades culturales, en las que sigue bajo administración de la Municipalidad de Santiago. Aunque fue por un tiempo atracción de músicos cuequeros que se reunían hasta no hace muchos años alrededor del piano que hay en el segundo piso, la Posada jamás volvió a esa época de bar-restaurante y de bailables interminables.

Lo más francés del barrio
Francia fue siempre una evocación entre los locales del viejo Barrio Mapocho: si no lo era en sus propios nombres, lo sería entonces en sus cartas-menús o en las decoraciones de apelación Moulín Rouge o Folies Bergère, desde los papeles murales hasta los títulos de cada platillo. Para qué hablar de la arquitectura de sus edificios principales y puentes. Y es que mucha de la vida en las riberas siempre estuvo vinculada a la imitación de la poesía urbana parisina, que habían conocido en persona, hasta entonces, sólo un puñado de aventureros de sus cuadras, como Isaías Cabezón o Alberto Rojas Jiménez con su célebre libro “Chilenos en París”. Es así que en el Mercado Central, por ejemplo, estaba la llamada “Carnicería Francesa”; y por el número 530 de la calle Puente, cerca de la Plaza de Armas, se hallaba el “Hotel de France” que no disimulaba en nada su inspiración. Los edificios de la Estación Mapocho y el Instituto de Higiene también parecían secuestrados desde la rue de Rivoli; y los puentes metálicos del río rogaban una firma de Eiffel entre sus fierros cruzados. Pero hubo un restaurante que, de manera bastante más explícita aún, llamó al corazón romántico de aquellos galos por vocación más que por pasaporte, con el nombre inconfundible del “Dancing Comedor Torre Eiffel”, que tuvo su mejor época hacia los años treintas. Esta excentricidad se ubicaba casi en las lindes del Barrio Mapocho, en Rosas 1023, por ahí cerca del origen de esta calle, en su segunda cuadra cerca de la esquina de Puente.

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El “Torre Eiffel” se presentaba publicitariamente como “El más elegante y confortable de la capital”, además de ser “El Paraíso del buen gastrónomo”118, con una carta de comidas chilenas e internacionales dignas del más prestigioso restaurante aristocrático, acompañado de una pista de bailables nocturnos al son de la “regia orquesta y variedades” que solía tocar ritmos típicos y jazz. Sus largas jornadas se extendían hasta las cuatro de la mañana. Su dueño y anfitrión era don Luis A. Marambio M.119, aunque desconocemos si este “Torre Eiffel” guarda alguna relación con otro restaurante aún más antiguo llamado “Le Tour Eiffel” y que, encontrándose entonces en Monjitas con San Antonio, era frecuentado a principios de siglo por el propio Presidente Errázuriz, siendo descubierto allí algunas veces por los periodistas a pesar de sus intentos por pasar inadvertido120. Sí sabemos que el establecimiento de Rosas se inaugura en este sitio hacia el año 1930, aproximadamente. La cocina de este pretendido rincón francés (pero más chileno que los porotos con riendas, dirían hoy) era “de 1ª, similar al antiguo Peñafiel” según se autodefinía, pues todo indica que el “Torre Eiffel” habría sido un restaurante que basaba su oferta, de alguna manera, en la tradición impuesta por el famoso negocio de don Antuco Peñafiel en Barrio Matadero, algo que parece reforzado por el hecho de que ofrecía en su menú la llamada “Bandeja Peñafiel”, que de “francesa” quizás no tenía ni el mondadientes. Su barra provocaba al visitante, sin embargo, con “las mejores bebidas de temporada” comenzado con los vinos chacolís de Nancagua y Doñihue. De la comida chilena, el “Torre Eiffel” ofrecía platillos de ruda delicadeza, como criadillas, cocimientos, chancho a la chilena, chunchules, mollejas, malayas y charqui de vacuno. También vendía, por extraña curiosidad, comida más vinculada a los mesones itálicos que a los francos, como tallarines, ravioles a la genovesa, ñoquis a la napolitana, polenta piamontesa y menestrón. Un buen almuerzo o comida quedaba cubierto con sólo 5 pesos. Más cerca de los refinamientos para el paladar estaban el Clery Tutti Frutti y los colas de mono que parecen haber sido bastante importantes en la carta de su bar, como lo siguen siendo en varias otras
118 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 4 de febrero de 1934, Santiago, Chile / Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 6 de abril de 1934, Santiago, Chile. 119 Nos guiamos por la publicidad aparecida en ediciones de 1933-1934 de la revista “En Viaje”. Sin embargo, cabe hacer notar que algunas de sus calugas publicitarias fueron publicadas con un curioso error que decía “Luis Marambialt” en lugar del nombre del propietario, Luis Marambio. 120 “El precio de la paz chileno-argentina (1810-1969)”, Tomo II, Oscar Espinosa Moraga. Ed. Nascimento, Santiago, Chile – 1969 (pág. 525).

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partes del barrio actual. También estaban para la tentación los pescados y mariscos, especialmente las ostras, con la garantía de frescura que otorgaba su proximidad inmediata a los mercados. Una sorpresa más que nos revela la publicidad del restaurante es lo antigua que resulta la presencia en la ciudad del ponche de culén, ese brebaje de origen campesino que sigue presente en Mapocho gracias a boliches como “La Piojera”, pero que ya era parte de la oferta principal del “Torre Eiffel” en 1934. Actualmente, en el antiguo ex local de esta imaginaria torre francesa en Santiago todavía se luce atornillada en su muro exterior esa pequeña placa con el número que ocupaba en la calle, y que marcó las jornadas de tantos amantes de la noche. Ahora es ocupado por una tienda de artículos de costura y confecciones, así que al menos le acompaña indirectamente una petite mode française en el espacio donde quedaron sus recuerdos.

Caluga publicitaria del “Torre Eiffel”, en una publicación turística del año 1934. Este aviso es toda una curiosidad, pues el nombre de don Luis Marambio salió impreso con un error tipográfico, siendo corregido en publicaciones posteriores del mismo.

Picada porteña de un huaso
“El Huaso Adán” fue otro de los restaurantes y centros de eventos más tradicionales del Barrio Mapocho, nutridamente visitado por concurrentes del sector y pasajeros de los trenes o los hoteles que quedaban justo en el entorno. El boliche se llamaba en realidad “Valparaíso”, en otra prueba de la innegable influencia porteña sobre este enclave en Santiago y especialmente en el Barrio Chino. Pero el pueblo insistió en motejarlo con el mismo apodo cariñoso que

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recibía su dueño, el Huaso Adán, quien abría el local atendiendo a sus comensales vestido con atuendos de elegante huaso121. El caso es que tan asociado se vio el nombre de su propietario con el del local, que a la publicidad que se le hacía en revistas turísticas de Santiago no le quedó más remedio que anotar debajo de “Restaurante Valparaíso”, incluso con caracteres más grandes y visibles: “Huaso Adán”, como en esas novelas donde se destaca en la tapa el nombre del autor de anteriores best-sellers más que el título de su nuevo libro… Y “a una cuadra de la Estación Mapocho”, recalcaba como remate. No había cómo confundirlo, entonces. Su ubicación exacta era en avenida General Mackenna 1134, casi al frente de otros conocidos negocios como “La Clínica” y el “Wonder Bar”. Esto es a la vuelta de la esquina con Bandera, en la planta de uno de esos antiguos edificios hoteleros y residenciales del sector, que ya no existen. Según la información testimonial con la que contamos, y deduciéndolo también de la ubicación que tenía este lugar en medio del barrio de Mapocho, parece ser que las mujeres que se veían con frecuencia en sus salas o cerca de sus accesos no eran sólo las recatadas muchachas de delantales que atendían a los clientes pidiendo parrilladas o cañas de vino. Como era de esperarse, el caballeroso Huaso Adán recibía personalmente a los huéspedes importantes en su castillo de chilenidad porteño-capitalina. De Ramón recuerda que el mencionado visitante peruano del Barrio Chino, Luis Alberto Sánchez, también pasó por este restaurante, describiéndolo como un lugar “convivial y visono”, en el cual se ofrecían especialidades culinarias de la tradición, por supuesto: “sus cazuelas de ave, sus ardientes caldillos de congrio, sus olorosos chunchules, sus gordas criadillas en canapé”122. Para Luis Alberto Baeza, en cambio, lo más destacado del restaurante no eran estas sofisticaciones, sino “sus porotos con chicharrones y sus infaltables apiados”123. Según Lafourcade, también eran famosas las afrodisíacas sopas de machas del Huaso124. Y la publicidad del “Vaparaíso” en 1941, de hecho, nos revela como
121 "Sabor y saber de la cocina chilena”, Hernán Eyzaguirre Lyon. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1987 (pág. 92). 122 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 199200). 123 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 376, febrero de 1965, Santiago, Chile, artículo “La prensa santiaguina y la bohemia del 900”. 124 “La cocina erótica del conde Lafourchette”, Enrique Lafourcade. Lom Ed., Santiago, Chile – 1997 (pág. 34).

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principal fortaleza de su carta: “La mejor comida chilena y toda clase de mariscos”125. El antiguo edificio y hotel que acogía en sus bajos al concurrido negocio del Huaso Adán fue demolido y, sobre sus ruinas, se levantó la enorme Torre Cal y Canto, para residencias que ahora ocupan esa histórica dirección casi en las puertas del ex Barrio Chino.

“La Clínica” de los enfiestados
Prácticamente al frente del “Huaso Adán” estaba otro negocio con un nombre todavía más curioso y con una nutrida historia propia: “La Clínica”. Su historia comienza cuando un conocido locatario del sector del Mercado Central, don Pedro Dinamarca, instaló un negocio en 1928 en el segundo piso de un edificio que pertenecía a la Unión de Detallistas de Chile. El bar-restaurante nacía de la necesidad que había entonces por contar con un casino con características de club social, siendo llamado con el extravagante apodo de “La Clínica”, sobrenombre que provendría del hecho que, en el acceso al edificio, había una placa de loza presentando la Clínica Dental del Dr. Fontecilla, que también funcionaba en dichas dependencias126. Posteriormente, esta particular clínica de borrachines se trasladó hasta General Mackenna 1169, vecino al local que ocuparía el también afamado “Wonder Bar” desde mediados de siglo, en la planta baja de otro edificio del Barrio Mapocho ubicado a espaldas del “Bristol Hotel”. Que nos perdonen el alma de don Pedro y sus descendientes, pero “La Clínica” tenía cierto aspecto que creeríamos como de casita de entretenciones con bar, con esa decoración clásica que alguna vez fue típica de las viejas cantinas de Santiago y mucha de la estética heredada desde el cambio de siglo. También mantenía algo de la habitual pretensión de elegancia europea que ronda intrusamente en nuestro gusto criollo. Lucía atractivos ventanales de vidrio italiano y mesas de lingue de 10 pulgadas de grosor, según lo precisó el periodista Sergio Paz, así diseñadas con el objetivo de destinarlas al juego de cacho sin tener que estar cambiándolas de ubicación. Nosotros especulábamos que era más bien para que no acabasen tirándoselas por las cabezas, pero confiaremos en la versión anterior.
125 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 97 de noviembre de 1941, Santiago, Chile. 126 “Santiago Bizarro”, Sergio Paz. El Mercurio / Aguilar, Santiago, Chile – 2003, tercera edición (pág. 52).

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Por sus pasillos pasaba un público ecléctico de jóvenes y viejos, más uno que otro folclorista de este barrio hotelero alguna vez abundantemente abastecido de pasajeros desde la Estación Mapocho. Por las noches llegaban las prostitutas casi hasta las puertas mismas del bar (nunca supimos si también adentro), quizás esperando algún amante casual y remunerativo que las llevara hasta las habitaciones situadas en el entorno, que siempre se veían solitarias y oscuras a través de ventanas entreabiertas. La especialidad de la barra eran los vinos, muy en destacado los pipeñitos. Uno de los más cotizados y característicos de su carta era el pipeño tinto, que se declaraba proveniente de Quellón. También ofrecía borgoñas, chichas y arreglados a precios bastante baratos. Sus pacientes jugaban largas sesiones de dominó, cacho y brisca, con pequeñas apuestas en dinero cuando sentían lejos la mirada de la ley y el orden. En su mejor momento, “La Clínica” fue un lugar frecuentado por astros del pugilismo nacional, según lo comenta también Paz. Al parecer, se debió primero a las visitas del gran campeón iquiqueño Arturo Godoy, que había colocado una agencia de juegos de azar justo al frente del restaurante, desde donde pasaba con regularidad a sus salas. Después, llegaron hasta esas mismas mesas viejas otras figuras del boxeo chileno, como Carlos Rendic, Jaime “Motorcito” Miranda y el popular Martín Vargas127. Quizás por la cercanía al barrio de clubes como el histórico “México” de San Pablo (fundado en el terreno que era antes de un barracón, por los miembros del cité “La Conga” en propio barrio, hacia 1934), Mapocho siempre había sido atractivo para los exponentes del boxeo chileno. “La Clínica” de los enfiestados de Mapocho con sus enfermos de jarana, cerraba a altas horas de la noche. Tras sobrevivir a las restricciones de los ochentas y estando ya en manos del hijo del fundador, comenzó a cerrar cerca de las 22:00 horas y excepcionalmente en la medianoche. En sus últimos años, no había mucho que comer en sus cartas: puros tragos. Al final cerraba sus puertas como a las 21:00 horas o antes, según nuestro recuerdo un poco vago a estas alturas. Permaneció en este ritmo hasta el definitivo cierre del negocio, en la primera década del presente siglo, seguida de una furiosa demolición que se realizó en la cuadra, donde se ubicaban esta cantina y su vecino de más al poniente, el “Wonder Bar”, además de una gasolinera en el borde de calle Morandé. Se cuenta entre los garzones del barrio que nadie más tomó el bastión familiar de “La Clínica”, y por eso se apagó. El antiguo edificio fue reducido a un túmulo de escombros hacia fines de 2008. Pilas de madera apolillada y paredes desnudadas que todavía pueden observarse
127 “Santiago Bizarro”, Sergio Paz. El Mercurio / Aguilar, Santiago, Chile – 2003, tercera edición (pág. 52).

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con escaso lucimiento frente al Centro Cultural de Balmaceda 1215 de la Estación Mapocho. Aún cuelga un cartel buscándole destino a este terreno, sobre estos muros de adobes ruinosos, al momento de escribir estas líneas. No todo fue motivo de lamento, sin embargo: si bien perdimos “La Clínica” de Mapocho, el “Wonder Bar” sobrevivió a estos violentos cambios y se cambió al frente, en el 1174 de General Mackenna, en donde antes funcionaba una comunidad religiosa. Allí sigue hoy, todavía presente en cuerpo y alma.

Ubicación del local del “Bar Central”, ya ocupado por “El Encuentro”. Se situaba casi al frente de donde estuvo alguna vez “El Jote” y luego “El Orleans”.

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El más central de todos los bares
Después del cierre de la Estación Mapocho, todavía se siguieron suscitando nuevas y dolorosas extinciones en el barrio. Y otra trágica pérdida ocurrida para la vida en las riberas en lo poco que va del presente milenio, fue el “Bar Central”. Este cómodo y casi hogareño sitio se encontraba en San Pablo 1063 llegando a Bandera. Atraía incluso a turistas curiosos de comidas típicas chilenas128, una cuadra al poniente del Mercado Central, mientras sonaban de vez en cuando cantos populares tocados en vivo desde su interior. Aunque fue uno de los restaurantes que aparecieron en los tiempos más rezagados del esplendor del ex Barrio Chino, lo que podríamos llamar su segunda generación bohemia, alcanzó a atraer a muchos románticos y valientes de la parranda nacional, todavía en sus descuentos. Díaz Eterovic describió este restaurante poco antes de su desaparición, en una de sus crónicas ficticias de Heredia, como “un lugar iluminado y con mesas cubiertas por manteles de hule que le daban colorido y cierto aire familiar”129. Precisamente por eso era tan concurrido, pues conservaba el calor de los restaurantes clásicos y acogedores, anteriores a la irrupción de los locales con menús ejecutivos. El “Bar Central” se emplazaba con sus dos entradas en el extraño edificio que existe aún en la señalada dirección de calle San Pablo. Se trata de una construcción muy curiosa, de dos pisos y con su segunda planta destinada a residencia. Tiene líneas que evocan Art Decó y vanguardias geométricas que deben haber constituido rasgos novedosos en la época a la que pertenece la obra. En contraste, el interior del bar era más bien clásico y sobrio, no sabemos si originalmente orientado al público popular o bien si adaptado a esta clientela que domina en el barrio del Mercado Central. Su carta era de comidas chilenas, platillos rápidos y colaciones en las horas de almuerzo, pero amenizados con borgoñas, pipeños y si mal no recordamos, parece que alcanzó a conocerse el trago “terremoto” dentro de sus barras. El ambiente, a diferencia de otros sitios de Barrio Mapocho, era bastante bueno y tranquilo, quizás también porque el “Bar Central” cerraba sus puertas relativamente temprano, hacia las 23:00 horas, al menos en sus últimos años. Sin embargo, los comerciantes nos han comentado por allí en el mismo sector, que fue la delincuencia del vecindario una de las razones que llevarían al ocaso del barrestaurante, aunque no sabemos de qué manera habrá influido tan radicalmente en
128 “The South American handbook 2004”, Ben Box. Footprint Books Travel Guides, UK-USA – 2004 (pág. 601). 129 “Los siete hijos de Simenón”, Ramón Díaz Eterovic. Lom Ed., Santiago, Chile – 2001 (pág. 128).

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su destino ya que siempre nos pareció un lugar sosegado y seguro en su interior. Como sea, desapareció ante la desazón de muchos de los vecinos y trabajadores del vecindario que lo habían hecho suyo. El rumor general era que su querida regenta, doña Martita, ya estaba cansada y superada por los años para seguir haciéndose cargo de las exigencias y demandas del boliche. El local fue ocupado por un restaurante de comida extranjera llamado “El Puente de los Suspiros”, seguido de otro del mismo rubro llamado “El Encuentro”, uno de los más cotizados en la gastronomía peruana por estos lados de la ciudad tan abundantes en ciudadanos de esa misma nacionalidad.

Antiguo aspecto de calle Aillavilú, en fotografía de revista “En Viaje” de 1963. Al fondo, la vieja torre del mercado. Un microbús “Matadero-Palma” enfila hacia Bandera.

Aspecto de la fachada del bar “La Piojera” en una revista “En Viaje” de 1963.

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Aillavilú, el callejón otra gaitas de las posadas y otras gaitas
La popularísima calle Aillavilú, ex Calle de Zañartu, nos guarda un capítulo especial para estos tiempos en que ha sido redescubierta por los noctámbulos y vividores, especialmente por su clásica quinta de “La Piojera”. En aquellos años tan auténticamente bohemios del Barrio Chino, sin embargo, Aillavilú era muy distinta a como es ahora, pues tenía una curvatura o quebradura en su forma que seguía una línea angular en la misma desviación que aún se le observa a la fachada de la cantina de “La Piojera”, pero que las remodelaciones urbanas dejaron como un callejón recto en nuestros días disimulando esta anomalía. Irónicamente, la calle donde había tenido casa el austero y estricto Corregidor Zañartu, enemigo connatural de las posadas, las fondas y las chinganas, se había convertido en un sitio dominado por los bares, la prostitución y las cantinas herederas de esas viejas casas de jolgorio y algarabía plebeya, cuando el callejón aún conservaba por nombre el mismo del constructor del Cal y Canto. Era, por consiguiente, uno de los rincones más oscuros y temibles del barrio; una especie de apéndice antigua y algo ruinosa en la ciudad, que concentraba lo más lejano al refinamiento, sea local o visitante. Así pues, esta calle fue habitada, morada o frecuentada por personajes que echaron su propia raíz y completaron con su historia personal otra parte de la semblanza del barrio, como reflexiona sobre sí mismo la leyenda literaria del Detective Heredia, habitante imaginario de los altos de Aillavilú, en las páginas de Díaz Eterovic: “Un día, después de abandonar la universidad, llegué al barrio Mapocho, instalé una oficina de investigador privado y por ahora no tengo intenciones de cambiar ni de paisaje ni de trabajo. Si me expulsan del departamento por no pagar la renta, buscaré otra cochiquera que no esté muy lejos. En este barrio crecieron mis raíces; entre sus calles he conocido a mis mejores amigos y a dos o tres mujeres que he amado con entusiasmo. Amo la libertad de sus bares, las conversaciones con mis amigos, mis lecturas y la música”130. Plath, por su parte, recuerda la importancia que tuvo para algunos de los primeros personajes-símbolos “La Piojera”, la misma cantina famosa cuyo local se podría
130 “El ojo del alma”, Ramón Díaz Eterovic. Lom Ed., Santiago, Chile – 2001 (pág. 154-155).

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remontar a los tiempos de la Guerra del Pacífico, aunque el restaurante actual nace hacia 1916, según sus dueños131. Se dice que antes era llamado “El Parrón”, “La Viña” o “Club Democrático”, entre otras propuestas. Aparecía por allí, por la antigua “Piojera”, el cantante de ópera Ramón Vinay quien, en una ocasión entusiasmado con el ambiente (y probablemente con alguna otra cosa adentro) cantó solemnemente ante los presentes encaramado arriba de una pipa. Plath declara haber visto también al pintor Arturo Pacheco Altamirano y al Premio Nacional de Literatura Francisco Coloane132. De hecho, parece ser que Coloane fue otro visitante corriente del Barrio Chino y sus alrededores, pues conoció al periodista José Boch en uno de los bares de calle Bandera, el mismo que le convenció de escribir -en sólo un par de horas- un cuento titulado “Lobo de un pelo”, que sería revisado y luego publicado en el diario “El Mercurio” dando origen a la exitosa serie de relatos del célebre “Cabo de Hornos”133, editados como libro único en 1941. Díaz Eterovic agrega a estas historias que, en los años ochentas, todavía quedaba una fuerte presencia literaria en la vida interior de “La Piojera”, con improvisadas lecturas de poemas que realizaron los escritores Rolando Cárdenas, Álvaro Ruíz y Aristóteles España; y que Diego Muñoz Valenzuela, autor de “Todo el amor en tus ojos”, solía pasar al local luego de haber realizado algunas compras en el Mercado Central o en La Vega134. Como hemos dicho, no es fácil bosquejar el aspecto antiguo de la calle Aillavilú reinante en esos años, pero se conservan algunas fotografías que permiten el esbozo más aproximado posible a una descripción certera, la que intentaremos a continuación. Con la construcción del edificio Cruz Montt y Dávila en 1928, sobre el sector donde antes había tenido su altillo el Corregidor Zañartu, la calle quedó con establecimientos residenciales y hoteleros del lado Norte de la cuadra, y casas más bajas y antiguas del lado Sur, muchas de las cuales ya han desaparecido o han
131 “El Santiago que se fue. Apuntes de la memoria”, Oreste Plath. Ed. Grijalbo, Santiago, Chile – 1997 (pág. 323). Las teorías sobre su actual nombre de “La Piojera” van desde la supuesta presencia de estas alimañas en el pasado del local hasta un berrinche hecho por el Presidente Arturo Alessandri Palma cuando lo llevaron hasta él y en el acto reclamó iracundo: “¡Y a esta piojera me trajeron!”. Esta es la teoría que recogen los propios dueños de la cantina como la razón de su nombre. 132 “El Santiago que se fue. Apuntes de la memoria”, Oreste Plath. Ed. Grijalbo, Santiago, Chile – 1997 (pág. 323-324). 133 “Guía de patrimonio y cultura del Barrio de la Chimba”. Ed. Ciudad Viva, Santiago, Chile – 2007 (pág. 18). 134 “Guía de patrimonio y cultura del Barrio de la Chimba”. Ed. Ciudad Viva, Santiago, Chile – 2007 (pág. 19).

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sufrido alteraciones casi totales, algo fácil de advertir con la simple observación en nuestros días. La fracción o mitad del lado oriente de la calle, precisamente por donde se encuentra “La Piojera”, era la favorita de las prostitutas y de un comercio sexual que pudo haber influido en la aparición de los clubes de shows de desnudistas que hasta ahora existen, y de los que haremos caudal oportunamente. Hacia principios del siglo XX, como hemos dicho, todavía quedaba allí un fragmento de muro que había pertenecido al Puente de Cal y Canto, a lo largo de calle Puente, que empezaba justo en este lado del callejón favorito de las cantinas. Nos parece que Lautaro García podría estarse refiriendo al antiguo local ocupado ahora por “La Piojera” cuando describe el aspecto que tenía hacia el 1900 la Calle de Zañartu, vista desde el lado del Mercado Central: “…estaba compuesta por sucios bodegones en cuyas murallas se leía: ¡¡¡Llegó la rica chicha de Quilicura!!!... ¡¡¡Aquí se vende la auténtica rubia de Curacaví!!!”135 Esta parte de la calle también era preferida por varios de los comerciantes de pequenes, tortillas y otros bocadillos que hemos mencionado, siendo uno de ellos don Eulogio Horta, conocido como don Mario y que vendió pan amasado y huevos duros en las puertas de “La Piojera” por más de 25 años136. Aquí, su extremo sobre calle Puente estaba formado en el ángulo antiguo que hemos señalado en Aillavilú, por lo que no desembocaba directamente sobre la zona de la actual entrada a la Estación Metro (como sucede hoy), sino por un lado del edificio perteneciente al “Hotel Excélsior”, del que hablaremos pronto. Por el costado poniente del mismo, que tenía un eje paralelo a calle Puente, se formaba otro pequeño callejón que ha sido llamado hasta hoy Gabriel de Avilés, bautizado así en recuerdo del Marqués Gabriel de Avilés y del Fierro, Gobernador de Chile entre 1796 y 1799. Aunque entre sus méritos está el haber adelantado la construcción de los tajamares del Mapocho, no nos cabe duda de que esta pequeña callejuela merecía mucho más una toponimia alusiva al Corregidor, dado que al ser rebautizada como Aillavilú la antigua Calle de Zañartu, se perdió la referencia nominal que recordaba su residencia en este sitio. En nuestros días, Gabriel de Avilés es identificada también como el callejón de los colectivos y taxis, por la cantidad de vehículos de este servicio que suelen aparcar por allí, antes más que ahora. Debe ser uno de los nombres de calles más desconocidos de Santiago
135 “Novelario del 1900”, Lautaro García. Santiago, Chile – 1950 (pág. 22). 136 “El Santiago que se fue. Apuntes de la memoria”, Oreste Plath. Ed. Grijalbo, Santiago, Chile – 1997 (pág. 323).

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Centro, aunque en el pasado era parte del trayecto de la locomoción colectiva que buscaba salida por Aillavilú a la calle Bandera cuyo sentido de tránsito, como hemos dicho, era inverso al actual. En donde ahora existe una construcción vecina al poniente de la “La Piojera”, se formaba la esquina de Aillavilú con el resto del callejón en una línea quebrada hacia la dirección de calle Bandera, tramo que también era zona de asentamiento para comerciantes callejeros y oscuras posadas clandestinas, que funcionaban como virtuales mancebías o casas de concertación de citas en ciertos casos, según relatan los viejos. Costumbre entre los visitantes antiguos de la calle era desconchar y comer grandes cantidades de mariscos que compraban en el Mercado Central, allí al lado. Solían llevarlos a los mismos locales como “La Piojera”, para degustarlos frescos en sus mesas, acompañados de algún diablillo al vaso. “En la calle –sigue Plath- no faltaban los muchachos que pregonaban limones que se consumían en gran cantidad para los mariscos”137. Hacia la esquina de Bandera, en cambio, esta otra mitad de Aillavilú fue dominaba en el pasado por un antiguo edificio demolido a fines de los años cuarentas, para construir el actual conjunto residencial y bancario con un vértice redondeado y de pretensiones bauhaus en la misma esquina. Y al frente, la arquitectura estaba determinada por el edificio hotelero de antiguas balaustras y caras de leones grutescos en su ornamentada fachada, en cuyo ángulo, en el primer piso, se encontraba antes la antigua botillería “Mendoza”, ahora ocupada por la confitería de otra querida locataria del sector. Allí también rondaban muchos vendedores de huevos duros y pequenes en los tiempos de esplendor del Barrio Chino, según nos advierten tanto los testigos como algunas crónicas. De los clásicos establecimientos de la ex Calle de Zañartu, sólo quedan “La Piojera” y el bar “Touring”, este último con entrada principal por General Mackenna. El primero estuvo en la mira, hace algunos años, de los intereses de un proyecto comercial que pretendía la demolición del solariego recinto; el segundo, se vio acosado por causa de la delincuencia que desbordó en algún momento el sector y que obligó a cerrar su acceso por Aillavilú, por desgracia, aunque ambos problemas ya han sido superados por estos restaurantes. De entre los últimos locales que, por desgracia, no corrieron la misma suerte de sobrevivir en el callejón de los amantes de la noche (es decir, extintos), destacaban
137 “El Santiago que se fue. Apuntes de la memoria”, Oreste Plath. Ed. Grijalbo, Santiago, Chile – 1997 (pág. 323).

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dos bastiones del pasado del barrio. Uno de ellos era “El Victoria”, que se encontraba en el primer piso del mencionado edificio esquina y que pertenecía a la segunda generación bohemia que comienza a mediados de siglo. Era un restaurante que, en el pasado, tuvo cómodos salones y subterráneos de bailables que se prolongaban por toda la noche, además de un segundo piso. Actualmente, este local es un establecimiento de comida extranjera. Otro caso fue “El Sótano de Gussa”, que estaba ubicado en los bajos del mismo edificio, hacia la esquina de Aillavilú con Bandera, y alcanzó a ser mencionado por Díaz Eterovic a través de su personaje Heredia, en algunas de sus novelas escritas poco tiempo antes del cierre del local138. Nos parece que después se cambió por algún tiempo a la calle Puente, aunque no supimos más de su destino. Éste sitio también tenía un subterráneo para fiestas con ruido aislado, mismo que le daba el nombre, siendo después ocupado por un local de comida oriental según nos parece, pero que al momento de escribir esto, sin embargo, ya estaba vacío y en venta. Empero, el más popular de los restaurantes extintos de Aillavilú, fue la casa de los chanchitos que veremos a continuación.

Calle Puente vista desde su última cuadra antes de llegar a Ismael Valdés Vergara-General Mackenna. Se ven sus antiguos edificios, parte del Mercado Central a la izquierda y las luminarias del comercio de la época. Imagen publicada por revista “En Viaje” en 1959.
138 “El ojo del alma”, Ramón Díaz Eterovic. Lom Ed., Santiago, Chile – 2001 (pág. 23) / “Solo en la oscuridad”, Ramón Díaz Eterovic. Lom Ed., Santiago, Chile – 2003 (pág. 26).

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Este dibujo de una barrica y un “terremoto” derramándose encima acompañó por muchos años la entrada del popular bar-restaurante “Chicha y Chancho”, casi al frente de “La Piojera”. Alcanzamos a tomar esta imagen poco antes de que la pintura desapareciera bajo raspadores y nuevas brochas.

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La porqueriza de los chanchitos malos
La abundante fauna totémica de Aillavilú tuvo un integrante porcino en la vecindad, que acuñó sus propios doblones en la familia de Mapocho. Y como sucedió a todas las vidas caídas en infortunio y desgracia en el barrio, este chanchito también sucumbió consumido en el fuego del tiempo, cual suculenta parrillada que quedó olvidada en el calor de las brasas, por un divino asador distraído en sus cervezas. A estos chanchitos les habría temido hasta el más malo de los lobos de cuentos, sin embargo. El “Chicha y Chancho” fue un popular pero bravo tugurio con más aires de cantina ranchera, nacido en Aillavilú 1055. Asistían trabajadores del sector, cargadores de La Vega, rotos del Mercado Central y cuidadores de vehículos de las varias calles del entorno. Por las noches aparecían también algunas chiquillas felices con sus labios de fresa y mejillas casi color salsa de tomates, además de los infaltables enfiestados que llegaban volando desde “La Piojera”, “La Clínica” o cualquiera de los otros bares que cerraban más temprano sus puertas… Borrachines que se negaban a abandonar la irrenunciable juventud de la noche, en definitiva. No era muy grande esta porqueriza, y sus espacios estaban divididos sólo por columnas y paneles de madera, algo que quizás perjudicó la comodidad dentro del local pero que, pasados algunos “terremotos” o cañazos de pipeño, se olvidaba rápidamente. Bien pudo haber sido el “Chicha y Chancho”, quizás, lo más parecido que quedaba en Mapocho a esas viejas ramadas que lo enseñorearon en el pasado a ambos lados del río, aunque en este caso rodeado de sólidas paredes en lugar de ramas. Tenía un aire rústico y olor a combo en el hocico que amedrentaba a los primerizos, casi al frente de “La Piojera” y atrás del edificio Cruz Montt y Dávila, en su primer piso. Aunque su cartel de presentación ofrecía “Almuerzos – Sandwichs”, su atracción era ejercida principalmente en las horas oscuras, donde se bebía más que merendaba. Se hizo de una clientela fiel por su oferta de comidas típicas chilenas, fundamentalmente de cerdo (perniles, arrollados, prietas longanizas, causeos, etc.), pero más por sus jarras y cañas, pues tenía características de chichería, con regadas ventas de vino y pipeño que parecían competir con el caudal del río. De ahí el nombre, entonces: el “Chicha y Chancho”, sus dos grandes ofertas, como lo anunciaba afuera su cartel de acrílico amarillo y tubos fluorescentes. Esa propuesta era todo lo que necesitaban sus comensales para acudir a disfrutar de la vida y ponerla en riesgo hasta las horas de la noche, en estos callejones.

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También se hicieron cotizados sus expendios de “terremotos”, tragos muy fuertes, baratos y servidos en un jarrón como los usados para la cerveza, después cambiadas por vasos grandes. Un barril de pipeño con un “terremoto” dibujado encima y con escaso talento artístico sobre el muro, anticipaba antes de entrar al local lo que esperaría adentro al curioso: una rebosante jarra, la misma que alguna vez terminó también en la cabeza de algún camorrero. El “Chicha y Chancho” estaba ambientado de manera básica y rústica, con maderas y adornos propios de un rancho, pintadas de colores blancos y rosas. Colgaban banderitas chilenas como si fuera una fonda permanente. Hacia el interior quedaban las mesas cojas y menos elegantes. Era como una especie de mini quinta de recreo, dominada por un ambiente cargado al gusto picante y bravo, no recomendable para pajarones o tímidos. Sus chanchitos ebrios paseaban o cantaban con la emoción del estado etílico; eso, al menos, antes de que alguien hiciera volar alguna de las sillas. Los músicos y cantantes se largaban a dar interminables serenatas, muchas veces más ebrios que los propios parroquianos, sacándole la cresta a alguna pobre guitarra desafinada. En no pocas ocasiones, el ruido era escondido tras la cortina metálica, bajada para evitar los problemas con las restricciones de horarios o la incomodidad de los vecinos. Es común que grupos musicales paseen por estos locales de Mapocho tocando repertorios de rancheras, boleros o corridos. Sin embargo, hacia sus últimos años, el “Chicha y Chancho” contó con una que otra agrupación que se presentaba más establemente en el local, para ofrecer su música. Fue escandalosa noticia la suya, cuando el treintón instrumentista de uno de estos grupos, el año 2002, se escapó con una niñita cantante de rancheras en el mismo local, que apenas comenzaba a entrar en la adolescencia139. Poco tiempo después, el “Chicha y Chancho” comenzó a abrir cada vez más tarde y a cerrar cada vez más temprano, como suele ser el presagio de un inminente final en el comercio para este tipo de establecimientos. Un día de aquellos, simplemente, su cortina de hierro no volvió a levantarse... Le llegó la temida hora al cerdito. Cuentan por acá los cuidadores de vehículos y algunos vecinos de Aillavilú, que el cierre definitivo sobrevino por un trágico incidente: una sangrienta “cargada” o “despacho” en la jerga callejera que hemos tenido tiempo de conocer parcialmente por este barrio. Habría sucedido, según ellos, que en una de las reyertas entre sus clientes, “voltearon” a puñaladas a un tipo dentro del local y, para evitar más
139 Diario “La Cuarta” del miércoles 18 de diciembre de 2002, Santiago, Chile, artículo “Policía movilizada ante el romanticón rapto de “‘Rancherita de Renca’ por ‘El Villano del Sur’” / Diario “La Cuarta” del viernes 20 de diciembre de 2002, Santiago, Chile, artículo “En comisaría de Loncoche debutó dúo de ‘La Rancherita’ y ‘El Villano del Sur’.”

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problemas con la ley (e intentando no frustrar la fiesta, además), tiraron al muerto a la calle intentando fingir que allí lo habían tumbado. Pero la policía de todos modos habría adivinado lo sucedido. Como sea que ocurrió en realidad, el local murió en medio de escándalos y controversias, víctima de los restrojos de atrevimiento que quedaban en el barrio. El siglo XXI ya no era para cerditos malvados. La competencia de “La Piojera” es feroz en esa cuadra, además. Desde entonces, a veces aparecían esperanzadores carteles o lienzos anunciando el pronto “regreso” del local en versión renovada, seguramente por quienes pretendieron reponerlo. Nunca se concretó, quizás para mejor recuerdo del “Chicha y Chancho”; o al menos para no empeorarlo. Justo hacia los días del terremoto de febrero de 2010, los últimos vestigios de su existencia fueron desalojados con vesania desde el interior del local, apilados en desperdicios de maderas y metales para ser reciclados como basura de mediana utilidad. Pueril y triste fin de la porqueriza, aunque hoy es ocupado este sitio por una interesante tienda más acorde a los nuevos estilos de comercio creativo y novedoso que aparecen con mayor clase por el Barrio Mapocho.

El ex local del bar-restaurante “Chicha y Chancho” de Aillavilú, ya cerrado, con las cortinas de sus famosas entradas de arco abajo.

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Restaurante de “El Olímpico” en Morandé, pocos meses antes de comenzar a preparar su traslado a otro local dentro del mismo barrio.

Acápite de adiós al local de “El Olímpico”
Otra de las extinciones recientes y programadas entre los más conocidos bares y restaurantes del Barrio Mapocho, ha sido anunciada precisamente mientras concluíamos el grueso de este trabajo de investigación y recopilación. No involucra al restaurante propiamente tal, que se cambiará a otro local como sucedió con el “Wonder Bar”; pero sí marca el final de su famoso boliche en el barrio de los hoteles de calle Morandé, que estampó toda una historia escrita durante la última etapa de la bohemia mapochina. La víctima será el local de “El Olímpico”, una tradicional cantina con comedores que reinó por décadas en la calle Morandé cerca de la esquina de Rosas, en la cuadra famosa por la presencia de varios hoteles parejeros que quedaron como los restos de la antigua demanda de habitaciones de los pasajeros que llegaban a la Estación Mapocho, allí frente a la antigua casona de la Escuela de Teatro Pedro de la Barra de la Universidad de Chile.

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“El Olímpico” se convirtió por perspicacia en un restaurante de orientación universitaria, con precios módicos, comidas rápidas, televisión casi siempre encendida y, cuando no, música en parlantes y ocasionalmente en vivo, a cargo de algún improvisador que anduviese con su guitarra. Propiedad de por don Gerardo Torres, también dedica su cocina a delicadezas como el conejo escabechado y preparados de mariscos, además de otros platillos menos masivos en su carta. Los alumnos de la Escuela de Teatro serían, por excelencia, sus principales clientes, quizás la mitad o más de los que llenan sus mesas cada jornada, a veces desde bien tempano. Fiestas, encuentros, despedidas y hasta discusiones eran celebradas por ellos allá, y se notaba en la cantidad de carteles anunciando estrenos, pegados en los interiores del local. Se trata de una cantina de relativo tamaño, con entradas de vidrios rayados con ofertas y anuncios de la colación del día, acompañados de las típicas “palomas” que más parecen pizarras, con precios y nombres de platillos en tiza. La decoración siempre fue poco delicada, intercambiada con esos afiches de conciertos y los anuncios de obras de teatros que los universitarios colocaban en sus paredes. Cuando el cuchitril se llenaba demasiado, la Tía que administraba el local disponía del uso del segundo piso, que la mayor parte del tiempo permanecía oscuro y silencioso. Imperaba en su interior el consumo despiadado de cerveza y de vinos, a precios ideales para el bolsillo universitario. Corrían también los completos, los sanguchitos tipo chacarero o churrasco, los perniles y las cazuelas para los hambrientos. A los mejores y más confiables clientes hasta les fiaban. También asomaban por esas mesas cojas las jarras de borgoña, chicha o pipeños bebidos a capela, del bueno y del malo. Con esos precios era probable que tocaran más veces de estos últimos que de los otros, así que siempre hubo quienes prefirieron la probada lealtad de la cerveza en las reuniones y encuentros en su interior. Tiempo después, un ruidoso wurlitzer alternativo sonaba con tangos, boleros y una que otra aproximación al siglo. Como era de esperar, Díaz Etérovic también menciona a este local en uno de sus trabajos de relato policial: un cuento titulado “Vi morir a Hank Quinlan”140. No se trata de un homenaje a la ciencia del gourmet y la enología, sin duda, pero “El Olímpico” de Morandé ha sido un lugar donde pasamos algunas tardes completas con amigos de los años juveniles, ocasionalmente con conocidos de la universidad vecina (sin haber pertenecido jamás a ella) o bien de entre los varios
140 “Muchos gatos para un solo crimen”, Ramón Díaz Etérovic. Lom Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 32). El cuento también había aparecido publicado en “Cuentos de Cine”, Jacqueline Mouesca (compiladora). Lom Ed., Santiago, Chile – 2003 (pág. 85).

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personajes del sector. No era privativo de clientela joven: a veces, los encuentros de libros, exposiciones o ferias de la Estación Mapocho ya en su calidad de centro cultural, culminaban en regadas camaraderías dentro de “El Olímpico”, allí a tan pocas cuadras. La última vez que juntamos algunas de sus mesas para esa clase de reuniones, fue durante la caótica entrega de entradas para el concierto gratuito del maestro y director musical Ennio Morricone, el año 2008, repartidas en el edificio de la estación. El restaurante se convirtió en un excelente lugar para celebrar el éxito de haber conseguido tan valiosos pases gratuitos, al final de aquella verdadera cacería de accesos. Otros concurrían a “El Olímpico” a festejar tras presentaciones teatrales que se realizaban en alguna de las salas de la escuela. Era fácil reconocer a los actores y estudiantes, por sus ropas desgarbadas y con el maquillaje rara vez totalmente retirado. A pesar de ello, no rondaba dentro de sus espacios algún excesivo ambiente de expresionismo artístico, como suele suceder con los lugares tomados por representantes de ese mundo. Esta cantina era más bien un sitio económico (“casi íntimo”, como dicen los siúticos), donde las rondas de botellas de cervezas se podían extender hasta altas horas. Después de sobrevivir al terremoto del 27 de febrero de 2010, que provocó algunos daños visibles en edificios de esa misma cuadra, “El Olímpico” no tardó en recibir con todas sus capacidades de atención a la clientela, especialmente los alumnos de la Escuela de Teatro que ya tenían en este sitio una suerte de prolongación de sus propias dependencias de estudio. De hecho, muchos actores, artistas conocidos y académicos connotados pasaron por estos comedores, que sirvieron también a reuniones y descansos de grupos de trabajo. Sin embargo, al poco tiempo fue puesta en conocimiento la noticia: el local debía cerrar. No fue sorpresa, en verdad, sino más bien la confirmación de un temor. Un proyecto de demolición está solicitado para el sector, comprometiendo este antiguo nido de bocadillos remojados en las generosidades de la vid o la cebada. Nada inesperado viendo el estado en que había quedado tras el terremoto la fachada del edificio hotelero del “Palace Royal”, bajo el cual se encontraba el local: totalmente inclinada hacia la calle y con sus líneas de arquitectura dobladas peligrosamente. No hay cómo salvarlo a él ni a los locales comerciales que ocupaban sus bajos. La demolición abarcaría toda esa esquina de la cuadra. Precisamente ahora le están sacando filo a las picotas para comenzar con su destrucción, mientras se escriben estas líneas; sólo faltaría concretar la venta del terreno, según nos han dicho. Así pues, redactamos con la confirmación a la vista de que el local de “El Olímpico” se aproxima ya a cerrar sus puertas irremediablemente, para proceder a recibir el ataque de los taladros y los combos. Es la hora precisa de la extinción del clásico mapochino. Sin embargo, el conocido rincón seguirá operando ahora en

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otra ubicación por calle Rosas, además de mantener el local anexo hacia el lado de la Alameda. Sólo su viejo cuartel es el que se nos acabará. Empero, para quienes conocimos su taberna de calle Morandé a dos y media cuadras de la Estación Mapocho, una parte de este barrio se habrá perdido con su desaparición… Perdida, y sin posibilidades de traslado.

Otros locales extintos de la ribera Sur
Aunque sea imposible reproducir la historia de todos y cada uno de los viejos bares, restaurantes y fuentes de soda que existieron en el sector Sur de Barrio Mapocho, bien vale la pena el esfuerzo de concluir mencionando a los más importantes que tuvo y de los que hemos recibido alguna noticia relevante. Nos referimos aquí, entonces, a los boliches que lucían los siguientes nombres: • “Picantería del Norte”: De los más antiguos, también mencionado por García en el sector al borde del río en el 1900, cerca del Mercado Central y con el grupo de boliches aun anteriores a la primera generación de bares mapochinos surgidos tras la puesta en servicio de la gran estación. Se encontraba en el mismo tramo en que estaba también en esos días el bar “Los Dos Canarios”141. • “Cantina Los Buenos Amigos”: El tercero de los más viejos bares del mismo sector nombrados por García junto a “Los Canarios” y el “Picantería”, a inicios del siglo XX. Según él, invitaba al cliente “con sus puertas de par en par abiertas a que entrara ‘a hacer la mañana’”142. • “Café del Mexicano”: Aparece mencionado en las memorias de Renato González, más conocido como Mr. Huifa. Aunque él no estaba seguro de que ése fuera su nombre, se encontraba en San Pablo con Morandé según recuerda el mismo autor, y era propietado por “un ñato medio mampato” apodado precisamente El Mexicano, que fiaba generosamente a González y a su grupo de colegas, siempre menesterosos y cortos de dinero. Este charro tenía una hermosa mujer que llamaba la atención de los clientes, pero sólo hasta donde la vista y su “dueño” (del café y de la hembra) lo permitieran. Y es que El Mexicano era un hombre fuerte y ancho, que había sacado volando del local en un par de ocasiones a algún ebrio odioso o pendenciero143.
141 “Novelario del 1900”, Lautaro García. Santiago, Chile – 1950 (pág. 23). 142 “Novelario del 1900”, Lautaro García. Santiago, Chile – 1950 (pág. 23). 143 “Las memorias de Mister Huifa”, Renato González. Ed. La Noria, Santiago, Chile – 1986 (pág. 111).

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• “El Sansón”: ¿Sería coincidencia que, además del “Hércules”, hubiese un “Sansón” a la vuelta, en Puente con General Mackenna, bajo el “Excélsior Hotel”? Poco hay que ver de él hoy, salvo una antigua fotografía del archivo de Chilectra fechada en 1935, donde se divisa su lugar en el primer piso del hotel, pero escondido tras los tranvías en movimiento, dentro del encuadre concentrado en un bello carro que hace parada por allí cerca del Mercado Central que también alcanza a aparecer en la imagen144. Entre renovaciones y demoliciones posteriores, nada ha quedado de este refugio mapochino ni del elegante edificio… Alguna Dalila urbanista le cortó el pelo a este “Sansón”. • “Sí, sí… Es mi Nena”: Por allí “más abajo”, dice también Mr. Huifa volviendo a la calle San Pablo, estaba otro local con extraño y extravagante nombre: El “Sí, sí… Es mi nena”, en cuyo interior tenía colgado un cartel todavía más intrigante, con el mensaje: “Se prohíbe chacotear”. Cuando González y su grupo consultaron por el objetivo de semejante señal a la dueña del establecimiento, “una gorda de senos opulentos que debió haber sido macanuda de joven”, ella respondió insólitamente: “¿Saben? Es que la última vez que los chiquillos se pusieron a chacotear, mataron a cinco. ¡Vaya chiquillos chacoteros!”145. Debemos anotar, sin embargo, que el célebre periodista igualmente bohemio y mapochino de alma, Raúl Morales Álvarez, escribió que el nombre de este sitio era en realidad “Sí, sí, mi nena”146. • “Café París de Noche”: Era otra de las evocaciones francesas del barrio mapochino. Dice Mr. Huifa que este café pesaba en un segundo piso de Bandera casi frente al “Zeppelin”, hasta donde iban él y varios colegas del periodismo deportivo, atraídos tanto por el nombre del boliche como también por las copetineras que solían acompañarlos hasta allí cada noche147, a fines de los años veintes, como tendremos ocasión de ver cuando toquemos algo sobre sus memorias en el Barrio Mapocho. Y aunque fuera presentado como café, se trataba más bien de otro de los varios cabarets del barrio.
144 Nos referimos a la imagen que aparece en el álbum “Luces de modernidad. Archivo fotográfico de Chilectra”, Gerencia Corporativa de Comunicación Enersis S.A. – Larrea Impresores, Santiago, Chile – 2001 (pág. 89). Se reproduce esta fotografía con la siguiente leyenda: “Plaza Mapocho con el Mercado Central al fondo. Carro con capacidad para 24 asientos. Enero 10 de 1935”. La hemos integrado a las imágenes de este trabajo, por lo mismo. 145 “Las memorias de Mister Huifa”, Renato González. Ed. La Noria, Santiago, Chile – 1986 (pág. 111). 146 “Antología (de) Raúl Morales Álvarez. Textos escogidos”, edición digital del portal internet de Memoria Chilena (Dibam) – (sin fecha - sin núm.) 147 “Las memorias de Mister Huifa”, Renato González. Ed. La Noria, Santiago, Chile – 1986 (pág. 111).

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• “El Súper Bar”: También es mencionado como uno de los centros de mayor atractivo bohemio, ubicado en la dirección de San Pablo 1155148 frente a la Caja de Crédito Prendario “La Tía Rica” y al “Hotel Valparaíso”149, en la cuadra entre las calles Bandera y Morandé. • “El Hoyo”: Nada tiene que ver con el famoso restaurante homónimo de la Estación Central. Éste se encontraba desde la primera generación de bohemia en calle Sama (General Mackenna) y recibía dicho nombre porque había que bajar “medio metro del nivel para beber un potrillo de chacolí con panales”, al decir de Luis Alberto Baeza150. No sabemos si era su apodo o su nombre real. • “El Café Ochoa”: Se ubicaba a mediados de siglo en calle Puente 798, donde ahora se encuentra el edificio de “La Casa Blanca”, con venta de vestidos y artículos de novias. Su nombre se debe a que su propietario fue don Jorge Ochoa Domínguez151. • “La Querencia”: El restaurante y café nació hacia mitad del siglo o antes, y existía todavía en los años sesentas en Morandé 856152, en la última cuadra de la calle antes de llegar a General Mackenna frente a los establecimientos de la barraca de fierros de don Salomón Sack. Su ex local hoy lleva un famoso nombre en el barrio: “Donde Piña”, también conocido como “Donde Piñita”, célebre por sus borgoñas y pipeños. • “Oro Purito”: Se anunciaba como “gran bar-restaurante” en el local de Bandera 815, correspondiendo al espacio donde se instaló después el “Far West”. Se hallaba allí a mediados de los cuarentas, atendido por sus propios dueños y abierto hasta las 3 de la madrugada. Prometía a los visitantes licores finos nacionales e importados, comida criolla y sabrosuras marinas como langosta, choros y locos153.
148 “Guía automovilística de Chile”. Ver y Ver Ed., Santiago, Chile – 1967 (pág. 329). 149 “The student guide to Latin America”, Marjorie Adoff Cohen - Margaret E. Sherman. Council on International Educational Exchange, Australian Union of Students, Educational Cooperative, Australia – 1977 (pág. 34). 150 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 376, febrero de 1965, Santiago, Chile, artículo “La prensa santiaguina y la bohemia del 900”. 151 Revista “Fontana”, órgano oficial del Sindicato Profesional de Fuentes de Soda, Pastelerías y Cafés, Nº 3 de diciembre de 1948. Ed. Walter Lechner, Santiago, Chile. 152 “Guía automovilística de Chile”. Ver y Ver Ed., Santiago, Chile – 1967 (pág. 325). 153 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 147 de enero de 1946, Santiago, Chile.

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• “El Verdejo”: No sabemos si estaba exactamente en territorio mapochino, pero sí cerca de este sector como mínimo y atrayendo también clientes de este mismo circuito, con su nombre probablemente en referencia al personaje de la revista “Topaze”. Su dueño era Antonio Gómez, dirigente del gremio de locatarios del sector de las calles Bandera-San Pablo154. • “La Rinconada”: Restaurante del sector de deslinde del barrio, en avenida Mapocho 1464155, pasada la calle de Amunátegui. Existía aún hacia fines de los sesentas, junto a la feria de Mercado Persa, aunque las remodelaciones del sector prácticamente aislaron esta calle del resto del vecindario de Mapocho. • “Las Torpederas”: Aunque en un principio tenía la fama de ostentar la pista más grande y agraciada de Santiago, terminó siendo un oscuro cabaret del sector de Bandera, que es mencionado a la pasada por algunos autores como Germán Marín156 y otros, aunque por alguna secreta e íntima razón no proporcionan demasiados detalles del mismo. Fue fundado hacia 1926 por un comerciante conocido como El Wallo, compitiendo directamente con el “Zeppelin” en la cuadra del 800 de calle Bandera. Fue famoso su baterista Elizondo y el cuerpo de bailarinas, entre las que destacaba una tal “Gata” que, según confiesa el periodista de espectáculos Rakatán, “destrozó muchos corazones y seguramente muchos bolsillos”157. • “El Tabaris”: Fue el cabaret que sucedió a “Las Torpederas” a mediados de los sesentas en el mismo local de Bandera, “donde más de una vez corrió sangre” según acota Marín158. Fue fundado por el conocido empresario del espectáculo José Aravena159, alias El Padrino y del que hablaremos más hacia el final de este trabajo. Fue relevado por un restaurante y la ubicación del siguiente “Tabaris” fue en los subterráneos de Alameda con Estado, aunque dicen ex clientes que entró allí de lleno en el pozo de la decadencia.

154 “Revista Oficial de la Asociación Chilena de Hoteles, Restaurants, Bares y Similares”, junio de 1945, Santiago, Chile. 155 “Guía automovilística de Chile”. Ver y Ver Ed., Santiago, Chile – 1967 (pág. 325). 156 “Círculo vicioso”, Germán Marín. Random House Mondadori, Santiago, Chile – 2006 (pág. 445). 157 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 31). 158 “Círculo vicioso”, Germán Marín. Random House Mondadori, Santiago, Chile – 2006 (pág. 445). 159 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 32).

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• “El Inés de Suárez”: Fue un restaurante que aparece ocupando el lugar (o una parte) que antes había pertenecido a “El Teutonia”, en la calle Bandera 837, y como en muchos otros casos, publica su marca y oferta de “exquisita mesa” entre las calugas publicitarias de la revista “En Viaje” de 1943160, orientándose al público de turistas y viajeros de la estación. Calculamos que este local debe haber desaparecido hacia 1950, al construirse allí el edificio residencial. • “El Can-Can”: Estaba en calle Esmeralda al frente del “Club Alemán de Canto”, y desde los años treintas fue especialmente famoso por sus bailables con orquestas. También era frecuentado por varios intelectuales. • “Patio Esmeralda”: Su famosa casa se ubicó acaso en el antiguo local del “Can-Can” o bien en alguno vecino al mismo y ya renovado, pues su posición también era frente al que ocupó alguna vez el “Club Alemán” de Esmeralda, dentro de donde hoy existe un espacioso supermercado. Era un bar-restaurante largo, prolongado hacia el interior. Figuraba también con dirección por el lado de Ismael Valdés Vergara casi esquina Diagonal Cervantes, pues travesaba toda la cuadra. Su bar era frecuentado por una cofradía de amigos donde destacaron el poeta Jorge Teillier, su hermano Iván Teillier, el “filósofo” Juan Guzmán y el dibujante Germán Aristizábal161. Al ser remodelado el lugar y construido el supermercado, se perdió todo rastro de su elogiosa presencia. • “El Santiago Zúñiga”: Había sido fundado en calle 21 de Mayo cerca del Mercado Central pero, después de un incendio, se trasladó con su muy requerida oferta de carnes y pescados hasta calle Bandera, en el segundo piso de una casona “con buen marisco de amanecida y cuyas puertas siempre estaban abiertas”, al decir de Alfredo Lamadrid162. Entre sus clientes de los años sesentas, se contaban actrices revisteriles como Iris del Valle y los integrantes del elenco del “Teatro Ópera”163. El interior del local estaba decorado con imágenes de estrellas del teatro y la revista, “a cuya entrada había una foto de la vedette argentina Nélida Lobato, futura estrella del Teatro Maipo de Buenos Aires”, como lo recuerda Marín164.
160 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 119, septiembre de 1943, Santiago, Chile. 161 Diario “El Mercurio”, del domingo 11 de abril de 2004, Santiago, Chile, sección de Artes y Letras, artículo “Jorge Teillier y algunos bares”. 162 “Nada es como era. Crónicas”, Alfredo Lamadrid. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 2006 (pág. 25). 163 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 343 de mayo de 1962, Santiago, Chile, artículo “Santiago nocturno”. 164 “Círculo vicioso”, Germán Marín. Random House Mondadori, Santiago, Chile – 2006 (pág. 445).

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• “Bar del Buque”: Era un bar-restaurante de la planta baja del edificio “El Buque”, en la salida de Bandera entre General Mackenna y Mapocho, construcción de la que hablaremos más adelante. No sabemos si ése era su nombre, pero al menos así es como lo recordaban algunos vecinos y comerciantes del barrio. • “La Estrella de Chile”: Bar-restaurante que se encontró alguna vez vecino al “Zeppelin” y que fuera un local de famosas celebraciones sociales. También era llamado “La Estrella” a secas, y el músico Rodolfo Retes solía visitarlo muy a menudo para degustar sus famosos platos de tallarines, servidos por una camarera morena y parece que también atractiva, durante la época en que el artista se presentaba con sus ponderados hermanos en el “Teatro Balmaceda”, hacia 1935165. • “El Patio Criollo”: Estaba hacia la entrada del Barrio Chino, en Bandera 868 en la planta baja del “Hotel Bandera” y donde ahora se halla un restaurante de comida peruana, el último de este lado de la cuadra hacia el Norte. Ofrecía atención esmerada, buen ambiente, comida de primer orden, atención de su propio dueño y dos orquestas: una tradicional y otra de jazz, ambas dirigidas por el maestro Vásquez. Atendía de día y de noche166. Probablemente, el ambiente era menos refinado y amistoso que en las engalanadas ilustraciones de su publicidad, pero al menos rescatamos el que sí haya pretendido tenerlo. • “El Shangay”: Estaba dominado por la música y la ingestión sabrosa en el segundo piso de una casona ubicada en calle Bandera entre San Pablo y Rosas, y pululaban por él una gran cantidad de copetineras167. Hubo otro “Shangai” en calle Huérfanos, en épocas posteriores, pero no sabemos si se relacionan. Tampoco confundir con el mucho más tardío restaurante de comida china “Playa Shangay”, de Aillavilú casi Bandera, que nos parece ocupaba el antiguo “Sótano de Gussa” o su vecino, y que cerró hacia agosto del año 2010. • “La Cabaña”: Fue el que relevó en el mismo sitio al “Shangay”, siendo fundado por Humberto Negro Tobar (también propietario del “Zeppelin”). Según Lafourcade, de vez en cuando aparecía allí su primer director, don Ángel

165 “Acotaciones, morcillas y camelos: anécdotas teatrales”, Rogel Retes Bisetti. Santiago, Chile – 1956 (pág. 53). 166 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 147 de enero de 1946, Santiago, Chile. 167 “Las memorias de Mister Huifa”, Renato González. Ed. La Noria, Santiago, Chile – 1986 (pág. 110).

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Capriolo168, quien tocaba en el lugar con su hermano Eduardo según agrega Rakatán, comentando adicionalmente que éste fue el sitio de inicio para la carrera de músicos como Nino Landi y Chito Faró169. • “La Madamita”: Fue una fuente de soda y restaurante que se ubicaba en calle San Pablo esquina de Teatinos, hacia mediados del siglo XX170. • “Bar Bristol”: Bar y restaurante del salón-casino del “Bristol Hotel”, del que ya hablaremos más. Era famoso porque su barra constituía el lugar que recibía a los últimos y sedientos pasajeros de los trenes desde Valparaíso a la Estación Mapocho, a cuyo lado se hallaba. Su cocina ofrecía comida chilena e italiana. • “El Caldo de Pavo”: Otro restaurante que, según Luis Alberto Baeza, “al amanecer entraba en competencia con los valdivianos y caldos de cabeza del Mercado y con los pequenes picantes de la Plaza de los Moteros”171, por lo que creemos pertenecía al mismo barrio. • “La Playa Chonchi”: Fue uno de los más populares restaurantes de pescados y mariscos a mitad de siglo, en el sector del Mercado Central, en el número 986 de la primera cuadra de San Pablo, en el segundo piso de una antigua casona a la que se accedía por una pequeña y estrecha entrada inferior. Sus propietarios eran José Musso y Ermanno Morasso, y su publicidad lo ofrecía como: “Lo mejor en mariscos – Paila Chonchi – Paila Alemana – Chupín de mariscos – Filete playa – Filete delicioso”172. Hasta hace poco, su ex local en esos mismos altos era ocupado por el restaurante peruano “Ruina de Machu Picchu”, que cerró mientras eran reparados los daños provocados al local por el terremoto de febrero de 2010. • “El Coquimbo-Atacama”: Se encontraba en Rosas 1165, justo al lado de la tienda de don José Musa llegando a Morandé. Habría pasado a manos de una familia palestina antes de desaparecer.

168 “Hoy está solo mi corazón”, Enrique Lafourcade. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1990 (pág. 122). 169 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 48). 170 Revista “Fontana”, órgano oficial del Sindicato Profesional de Fuentes de Soda, Pastelerías y Cafés, Nº 3 de diciembre de 1948. Ed. Walter Lechner, Santiago, Chile. 171 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 376, febrero de 1965, Santiago, Chile, artículo “La prensa santiaguina y la bohemia del 900”. 172 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 243 de enero de 1954, Santiago, Chile.

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• “Rancho el Rodeo”: Fue aquel que ocuparía el mismo lugar del “CoquimboAtacama” en calle Rosas. Todavía en publicidad de 1988 ofrecía bailables de miércoles a domingo, con presentaciones de Alberto Ruiz, “El Dúo Traverza”, “La Sonora los Peniques”, la “Banda Arepa” y el grupo “Llovizna”. Se especializaba en parrilladas y pollo al cognac. Hoy, la dirección de Rosas 1165 es un espacio vacío: un incendio la destruyó, y el restaurante tuvo que mudarse, perdiendo para siempre su condición de boliche en el radio mapochino. • “Taran Patria”: También es el comerciante don José Musa quien nos informa de este sitio que conoció bien. Se trató de otro restaurante de calle Rosas cerca de Bandera, que era propietado por un alemán. En este lugar, curiosamente, por política nunca se ponía música: se decía que era para la tranquilidad y provecho de los clientes. • “La Marina”: Se recuerda oralmente del sector del Barrio Chino y del mercado a otro restaurante famoso que habría sido atracción de intelectuales como Neruda, llamado “La Marina” y de la misma época de la gran bohemia de Mapocho. • “Donde Tony”: De una época posterior fue este restaurante, ubicado en Teatinos 782, llegando a San Pablo. Era pequeño, aunque dicen que con gran entretención interior una vez que bajaban su cortina metálica hacia horas de la tarde y la noche. • “Las Luquitas”: Estaba justo sobre “La Clínica” en General Mackenna, y era uno de los pocos bares-restaurantes de Mapocho que quedaban hasta tiempos recientes con esta vieja característica de vida en los altos, que antes era más común en otros locales del barrio como “La Cabaña”, “Playa Conchi” o “El Ciclista”. La feroz demolición realizada en el antiguo edificio donde se encontraba, no dejó huellas de su existencia. • “Las Tejas”: Un dato poco conocido entre los parroquianos aficionados a los viejos bares del sector de San Diego es que, según informa Plath, el famoso palacio del “terremoto” de “Las Tejas”, habría tenido su casa versión 1.0 cerca de este barrio, más específicamente en calle San Pablo, hacia mediados de siglo, cuando fue fundada como chichería173. Fue sólo después de un incendio que dejó huérfanos de jolgorio a tantos clientes del querido local, que el reportero gráfico del diario “El Mercurio”, don Leoncio del Canto Zamora,

173 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 142). Plath dice que “Las Tejas” se estableció allí en 1954; pero sus actuales dueños aseguran corporativamente que esto sucedió en 1946.

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decidió apostar todo su capital a la exitosa refundación de “Las Tejas” al otro lado de Santiago Centro174. • “Casino Las Vegas”: Aparece a fines de los setentas, en una última generación de locales y con un aspecto que mezclaba las características de teatro, casino, boîte, discoteca y bar-restaurante, en la esquina de calle Rosas con San Martín, en los deslindes al poniente del barrio de nuestra atención. Aunque fue efímero y no se halla exactamente dentro del barrio de nuestro interés, para muchos éste fue el más importante e influyente de su tipo. Volveremos a hablar de él. • “El Villorrio”: Del costado opuesto del barrio, ya casi afuera de su límite oriente y al fondo del pasaje Lídice en calle San Antonio llegando a Esmeralda, estaba “El Villorrio”, conocido restaurante adornado por fardos de paja y ruedas de carreta, que ofició también como centro de eventos con bailoteo animado por orquestas en vivo, muy cotizado hasta los años ochentas, más o menos. Ahora, está convertido en local de comida extranjera, bajo un edificio un poco ruinoso y abandonado, que antes albergaba a oficinas de servicios médicos dentales. • “Guido’s Club”: También situado en las márgenes del barrio, este curioso local mezcla de boîte con bar y cabaret quedaba en calle Esmeralda llegando a Miraflores, ya encima del Parque Forestal, y era frecuentado por personajes como el actor Jorge Mistral, quien se suicidara en 1972175. Como se ve, desgraciadamente, el don de la perpetuidad no fue patrimonio de todos aquellos centros de recreación que proliferaron por el clásico Barrio Mapocho. Unos pocos han dejado sus antiguos locales para mudarse a nuevas casas. La inmensa mayoría de esos viejos negocios desaparecieron, sin embargo, algunos aun en períodos recientes, cuando parecía que su condición de longevidad ya era firme y segura. De los tradicionales restaurantes, van quedando en calle Bandera bastiones como el “Far West” y “El Rey del Pescado Frito”; en General Mackenna resisten “El Calicanto” y el “Wonder Bar”; mientras que de la calle Aillavilú sólo quedan “La Piojera” y la salida trasera del “Bar Touring”. Otros templos de la noche se extinguieron en los últimos tiempos, llevándose sus propias historias, anécdotas y las respectivas tajadas del patrimonio de Mapocho.
174 La primera “refundación” de Las Tejas se hizo por calle Nataniel Cox, desde donde emigró de ubicación y de dueños hasta su local actual, en las ex dependencias del desaparecido “Teatro Roma” de calle San Diego, junto al “Teatro Cariola”, símbolo de las candilejas de las noches de antaño. 175 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 17).

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Puente con General Mackenna en 1962, en fotografía de la revista “En Viaje”. Sector donde estuvieron alguna vez “El Guatón Bar” y el después el bar-restaurante “Sansón”.

Publicidad del bar, restaurante y cabaret “Patio Criollo”.

Publicidad del restaurante “La Playa Chonchi”.

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“La Playa Chonchi” quedaba en los pisos altos que se observan aquí, en San Pablo llegando a Puente, detrás de los locales del mercado.

Una de las enormes y pesadas puertas originales del acceso Sur del Mercado Central, en la zona de los restaurantes que dan a calle San Pablo, y que permanecen derrumbadas allí desde hace tiempo, tras ser desmontadas y reemplazadas. Nótese la calidad del trabajo artístico en la forja de la pieza, de diseño floral. Si entendemos bien, estas piezas también forman parte de la declaratoria de Monumento Histórico Nacional del edificio, el año 1984.

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Accesos del conjunto Teatro Capitol, donde se observa el cartel del cine y el del café “Continental”. Fotografía publicada por la revista “En Viaje” de 1961.

Un caso de persecución contra los boliches chimberos
Aunque la mayoría de los relatos sobre la bohemia de Mapocho y alrededores se concentra en el Barrio Chino y zonas adyacentes, del otro lado del río existió, por la misma época hacia la mediana centuria, una gran cantidad de boliches perdidos, cuyo prestigio y ambiente fueron todavía menos glamorosos que los situados en la ribera Sur, en terrenos peligrosos y para los que la sola llegada atravesando los puentes constituía un desafío. Otro factor de desconocimiento general sobre estos establecimientos chimberos deriva del que, al igual que sucediera a las chinganas y posadas de épocas anteriores, la actividad de muchos restaurantes y bares fue perseguida por las potestades públicas en su secular interés por bajar las tasas de criminalidad o violencia por estos lados, acrecentada por el influjo del alcohol sobre un barrio eminentemente obrero, como es el sector de La Vega, lo que perpetuaba ese mismo estigma que ha pesado sobre los hombros de La Chimba desde sus días coloniales. Aunque podríamos retroceder hasta la Colonia buscando antecedentes de la ojeriza de las autoridades contra estas tascas y quintas de recreo, los años cuarentas fueron particularmente difíciles para los locatarios, dado el imperio de la cándida creencia de las autoridades de entonces, de que restringiendo severamente la venta de licores en locales establecidos se pondría freno a las tasas de alcoholismo.

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Especialmente nociva para los comerciantes chimberos fue la Ley de Zona Seca declarada “por un plazo de un año, el barrio que circunda la Feria Municipal de Santiago” durante el gobierno del Presidente Gabriel González Videla, y que decía en 1948, precisando los límites de esta restricción: “Norte, calle Dávila Baeza, desde la Avenida La Paz hasta la Avenida Recoleta; Sur, ribera Norte del río Mapocho, desde la Avenida La Paz hasta la Avenida Recoleta; Este, Avenida Recoleta, desde la calle Dávila Baeza hasta la ribera Norte del río Mapocho, y Oeste, Avenida La Paz, desde la calle Dávila Baeza hasta la ribera Norte del río Mapocho”176. Como funcionario de la Oficina Jurídica de los hoteleros y gran defensor del gremio, el ilustre dirigente nacionalista y futuro Senador don Guillermo Izquierdo Araya, fue uno de los primeros en alzar la voz contra esta clase de medidas supuestamente orientadas a la quimérica intención de combatir el vicio del alcohol castigando al comercio legalmente establecido en torno al ecosistema veguino. La Asociación Chilena de Hoteles, Restaurants, Bares y Similares también tomó la bandera de lucha, publicando revistas para su tribuna e insistiendo a las autoridades de los efectos de tan peregrina idea. Efectivamente y como lo advirtieron, en la práctica las restricciones de aquella década no llegaron a ser más que grandes perjuicios para el decaído rubro de los restaurantes y la hotelería, quedado demostrada su ineficacia una vez que se la puso en marcha. A pesar de todas estas calamidades de los años cuarentas, sin embargo, los locales de la bohemia y de la gula chimbera marcaron su propia impronta con infinidad de ofertas, variedades y propuestas que veremos a continuación.

Publicidad del restaurante veguino el “Rancho Chico”, en una edición del periódico “Fortín Mapocho” de los años sesentas.
176 “Diario Oficial” Nº 21.066, del 3 de junio de 1948. Imprenta de “La Nación”, Santiago, Chile.

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Y los extintos de la ribera Norte
Algunos de estos boliches chimberos, a veces tan castigados en distintas épocas de la ciudad con restricciones como la revisada, fueron: • “El Galpón de la Vega”: Restaurante muy antiguo, hacia principios de siglo, vecino o interior al recinto del mismo nombre en el mercado, donde estaban las primeras cocinerías. No se sabe exactamente su ubicación, pero aparece mencionado por Eyzaguirre Lyon tras estudiar un menú impreso perteneciente al Museo Histórico Nacional y en donde se le observa como un local rústico y de aire campestre, con una estructura de galpón o toldo grande. Sin embargo, tenía menú francés de lujo: “Paté foite, corbine, filet de boeuf, dinde roti, asperges et artichauts, fuits, fromages, glases, café, liqueurs et cigares”177. • “El Luna Park”: Otro de estos viejos sitios era un centro de eventos de la planta baja interior de un edificio comercial y hotelero del mismo nombre y del que ya hablaremos algo más. Se encontraba en calle Artesanos esquina de La Paz, y fue conocido por sus bailables nocturnos en ambiente muy bravo. • “Restaurant del Huaso”: También llamado “Cantina el Huaso”, era un curioso local de tipo bar modesto, existente entre los años veintes a cuarentas al fondo de una especie de conventillo, al frente de la entrada principal de La Vega Central, donde se vendían colas de mono y chichas de Curacaví. Por allí pasaron alguna vez intelectuales como Alberto Rojas Jiménez y sus amigos178. Nos parece que éste era el local propietado en el barrio por el comerciante Augusto Olivares179. • “El Pacífico”: Restaurante de don Samson Berlagosky que reabrió en 1949 aunque no sabemos desde cuándo existía antes. Estaba ubicado en Salas 246180. • “El Cachás de Independencia”: La alguna vez famosa cadena de restaurantes “Cachás Grande” (con acento agudo, para frustrar a los ingeniosos), que en
177 "Sabor y saber de la cocina chilena”, Hernán Eyzaguirre Lyon. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1987 (pág. 78). 178 “Alberto Rojas Jiménez se paseaba por el alba”, Juan Camilo Lorca, Pedro Pablo Zegers B. Recopilación y prólogo: Oreste Plath. Centro de Investigaciones Diego Barros Arana – Universitaria, Santiago, Chile – 1994 (pág. 219). 179 “Revista Oficial de la Asociación Chilena de Hoteles, Restaurants, Bares y Similares”, junio de 1945, Santiago, Chile. 180 Periódico “Fortín Mapocho” Nº 38 del 3 de marzo de 1949, Santiago, Chile.

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Santiago tenía por casa principal a su establecimiento en Estación Central, hacia mediados del siglo contaba con una sede chimbera en Independencia 367181. Era un local concurrido por folcloristas y con todo un ambiente porteño dominando en sus salas interiores. Hoy, el espacio es ocupado por una tienda de cortinas y accesorios, como tantas más que existen en el barrio. • “El Cachás de La Vega”: Fue otra sucursal del famoso restaurante, pero colocada en la calle brava e indómita de Salas 228182, por ahí por las entradas más antiguas del costado poniente de La Vega Central. Por esos años, este sector del barrio era un intenso y constante trajín de trabajadores, cantantes de cuecas y chicas patines de las que ya hablaremos, de modo que no cuesta mucho imaginar el ambiente que gobernaba en el desaparecido local. • “El As de Bastos”: Era el casino de una modesta residencial ubicada en el mismo recinto de La Vega, donde veremos más adelante, que se inició un exponente del canto popular cuequero: Mario Catalán Portilla. • “Los Veguinos”: Otro de los más famosos bares y restaurantes del sector de este mercado en los años cuarentas, propiedad de don Manuel Diéguez Atela, joven pero avezado comerciante que defendió con especial ahínco a su gremio de dueños de restaurantes frente a las severas medidas de aquellos años183. • “La Montaña”: Restaurante y hostería del sector Independencia interior, el más antiguo de su tipo del sector y cuyo dueño, don Juan Balderas Pons (o Juan Baldonar, en otras fuentes), también fue dirigente y representante del gremio184. Fundado en 1902, una leyenda decía que el antiguo edificio en el que se hallaba había sido obra de Joaquín Toesca, y que su decoración fue realizada por Carlos Godefroy185. En él se presentó la artista argentina Libertad Lamarque, hacia los años treintas. Tras fallecer don Juan, el local se mantuvo hasta los años ochentas administrado por su viuda, doña Julia Matamala. Quizás no era

181 Revista “Fontana”, órgano oficial del Sindicato Profesional de Fuentes de Soda, Pastelerías y Cafés, Nº 3 de diciembre de 1948. Ed. Walter Lechner, Santiago, Chile. 182 Revista “Fontana”, órgano oficial del Sindicato Profesional de Fuentes de Soda, Pastelerías y Cafés, Nº 3 de diciembre de 1948. Ed. Walter Lechner, Santiago, Chile. 183 “Revista Oficial de la Asociación Chilena de Hoteles, Restaurants, Bares y Similares”, agosto de 1945, Santiago, Chile. 184 “Revista Oficial de la Asociación Chilena de Hoteles, Restaurants, Bares y Similares”, junio de 1945, Santiago, Chile. 185 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 63-64).

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estrictamente mapochino en su ubicación, pero sí su público concurrente y su circuito popular de vida, según nuestra impresión. • “La Charito”: Pensión y cafetería de calle Salas 115, cerca del “Teatro Balmaceda”186, barrio de los mercados de cachureos y las ferias callejeras del “Luna Park”. Atendido por sus propios dueños en los cuarentas. • “El Bar Capitol”: En su momento, fue una conocida fuente de soda y restaurante que se encontraba en Independencia, en el número 232, y que además ofrecía en su publicidad “Tocadiscos de a $1”187. Se encontraba exactamente al lado de la entrada monumental del conjunto Teatro Capitol, donde además del condominio estaba un cine que, seguramente, proporcionaba parte de la clientela a sus mesas. Este antiguo local también está convertido, en nuestros días, en un negocio de venta de cortinas y accesorios. • “Café-Bar Continental”: Estaba del lado opuesto al “Bar Capitol”, también junto a la entrada portal del mismo nombre. Hace décadas, tenía un muy vistoso cartel colgando sobre los transeúntes e invitando a los paseantes. El número 216 antes suyo, pertenece desde hace poco al “Wonder Restaurante”. • “Café Rodríguez”: Ubicado en el puesto Nº 128 de la Feria Municipal de La Vega, en los años cuarentas era uno de los más populares y publicitados, atendido por sus propios dueños y constituido como “un lugar de confraternidad de comerciantes, empleados y obreros de este gran emporio comercial”188. Poco tiempo después, su puesto aparecía señalado en el 129189. • “Café Colo Colo”: Fue inaugurado a fines de 1947 “frente a la Cancha de Remates” de La Vega, propietado por don Humberto Silva190. • “El Patito”: Café y fábrica de helados que tenía por público principalmente a los veguinos, ofreciéndoles desayunos desde muy temprano cada mañana (5:00 a.m.) en su dirección de Andrés Bello 631 esquina Nueva Rengifo191.

186 Periódico “Fortín Mapocho” Nº 6 del 27 de septiembre de 1947, Santiago, Chile. 187 Revista “Fontana”, órgano oficial del Sindicato Profesional de Fuentes de Soda, Pastelerías y Cafés, Nº 2 de noviembre de 1948. Ed. Walter Lechner, Santiago, Chile. 188 Periódico “Fortín Mapocho” Nº 36 del 18 de noviembre de 1948, Santiago, Chile. 189 Periódico “Fortín Mapocho” Nº 20 del 16 de abril de 1948, Santiago, Chile. 190 Periódico “Fortín Mapocho” Nº 8 del 29 de noviembre de 1947, Santiago, Chile. 191 Periódico “Fortín Mapocho” Nº 2 del 30 de agosto de 1947, Santiago, Chile. Posteriormente, sus aposentos fueron ocupados por una firma comercial.

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• “Parrilladas Argentinas”: Quizás uno de los primeros en ofrecer por acá estas parrilladas con ese intrépido gentilicio en su propio nombre, fue fundado en 1950 por Cancho Rojas, en los altos de Nueva Rengifo 225192. • “El Cunaco”: Se encontraba en el sector de Independencia-La Vega, aunque no tenemos la ubicación exacta. Fue propiedad de don José Rodríguez P., otro destacado miembro y dirigente del gremio193. • “Lo Rengifo”: Con este nombre y con el de “El Rengifo”, se habla de otro restaurante ubicado en los alrededores del mercado veguino, por la calle homónima según recuerdan por acá, y en el que se asaban chanchitos lechones a la vista de los clientes. Si realmente existió allí, correspondería entonces a uno que el escritor Lafourcade alcanzó a mencionar194 antes de que cerrara sus puertas hacia el último cambio de siglo, tras muchos años de servicio. • “El Palermo”: Bar y restaurante “preferido de los deportistas del Fortín Mapocho” (el equipo de fútbol de los veguinos) según su publicidad195. Pertenecía a don Humberto Toro, quien atendía personalmente a los clientes, y se encontraba en Independencia 323. • “El Rancho Chico” (de Independencia): Fue publicitado en varios lados durante sus años de apogeo. A fines de los cuarentas, aseguraba tener los mejores arrollados como especialidad de la casa y deliciosas chichas de Villa Alegre. A buenos precios, se encontraba en Lastra 1109 cerca de Independencia. Fue propiedad por don Enrique Ahumada, quedando después en manos de doña Julia Matamala. • “El Rancho Chico” (de La Vega): Estaba en el Nº 580 del mercado veguino, y fue propiedad del señor Ricardo Rusiñol196, legándolo tras su muerte a doña Rebeca P. e hijos. Aunque se presentaba como salón de refrescos, fue más bien una fuente de soda. Don Ricardo había sido tan popular que la gente conocía a

192 Periódico “Fortín Mapocho” Nº 70 de abril de 1951, Santiago, Chile. La dirección hoy aparece dividida, pero sabemos que en aquél que era su número, en 1995 se fundó la Casa de Acogida de La Vega Central para indigentes, que posteriormente se cambió a otro sector del mismo barrio. 193 “Revista Oficial de la Asociación Chilena de Hoteles, Restaurants, Bares y Similares”, junio de 1945, Santiago, Chile. 194 “La cocina erótica del conde Lafourchette”, Enrique Lafourcade. Lom Ed., Santiago, Chile – 1997 (pág. 92). 195 Periódico “Fortín Mapocho” Nº 2 del 30 de agosto de 1947, Santiago, Chile. 196 Periódico “Fortín Mapocho” Nº 8 del 29 de noviembre de 1947, Santiago, Chile.

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su local como el “Don Richard”, nombre que algún tiempo después de fallecer, le sería oficializado por su familia a este puesto. Aunque muchos de los antiguos locales del lado chimbero perecieron víctimas de restricciones como las revisadas o de los cambios inevitables en los comportamientos del barrio, existe una notable excepción representada por el “Café Colina”, que se encuentra actualmente en el número 213 de la avenida Independencia, hallándose en el barrio desde hace muchos años, pues aparece un restaurante y bar del mismo nombre en fotografías de los años veintes, aunque en una posición un poco más al Sur, cerca de la esquina de calle Artesanos. Más que patrimonio de la memoria del barrio, entonces, estos antiguos locales chimberos cercanos a la ribera lo fueron para toda la historia de toda la ciudad, no obstante que rara vez aparezcan en las nóminas de las antiguas casas de acogida que tuvo la clásica bohemia santiaguina.

Ilustración de las instalaciones del antiguo restaurante “Galpón de la Vega”, en un menú del mismo local publicado en "Sabor y saber de la cocina chilena”, de Hernán Eyzaguirre Lyon, y perteneciente a las colecciones del Museo Histórico Nacional.

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PARTE VIII:

HABITOS REPRODUCTIVOS Y RECREATIVOS

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Una “belle époque” de la remolienda local
Del mismo modo que había locales comerciales, boîtes y cabarets fascinados en la evocación mágica de otras latitudes, hubo también un oficio que pretendió tener ese romance de encanto y sensualidad parisino en Mapocho, pero que quizás no llegó a ser más que una muy chilena caricatura del mismo, con rasgos de tragedia en muchos casos, escondiendo tras de sí otro drama social que sigue sin ser resuelto en una parte de nuestra sociedad. Además del carácter obrero y masculino del barrio como fomento a la actividad sexual remunerada (especialmente en torno a los mercados), hay un factor intrínseco que Benjamín Subercaseaux describe con mirada zahorí desde su propio estilo liberal de vida, evitando los eufemismos y los falsos pudores. Y es que el mismo Barrio Mapocho estaba dominado por las fuerzas de la sexualidad, en su realidad cotidiana dentro de la ciudad: “Es por el sexo –diría el escritor- que se llenan las galerías de los teatros, más que por el bajo precio de sus localidades. La prueba la dan ciertos teatros poco aptos para ello, que tienen sus galerías vacías y llenas sus plateas. Es por el sexo que los charlatanes encuentran oyentes que se agrupan en torno. Por el sexo están llenos ciertos centros de baile y por él son frecuentados los famosos “billares”, que son como una antesala del vicio. Por el sexo se pavonean los cargadores de La Vega, medio desnudos, haciendo alarde de su musculatura vibrante bajo la carga enorme o la “cuna” repleta de frutas. Jamás veremos en este oficio a un hombre que no tenga altura descollante y apuesta, aunque haya también hombres mal hechos, pero fuertes, que podrían hacerlo igual. Es por el sexo, también, que en las barriadas lejanas se reúne un grupo de adolescentes junto al farol y ahí se lo pasan horas enteras en conversaciones que interrumpen cuando pasamos”197. A diferencia de otros barrios de Santiago, como la vecina Vivaceta o el famoso vecindario de Los Callejones de 10 de Julio, Mapocho no parece haber tenido una concentración específica de tantos de esos burdeles de tipo “románticos”, como los de la época de La Tía Carlina, La Lechuguina o La Nena del Banjo, aunque veremos que los hubo en sus tiempos. Salvo por las casitas de huifa que se recuerdan por San Pablo, General Mackenna, San Martín, Esmeralda o calle Mapocho, ésta fue muchas veces una prostitución “del río”, oscura y muy poco
197 “Chile o una loca geografía”, Benjamín Subercaseaux. Ed. Universitaria, Santiago, Chile – 1973, 15ª edición de la obra (pág. 105).

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refinada, que se sostuvo principalmente de los bares y hoteles del sector, o en hostales devenidos en vulgares centros parejeros. Algunos hoteles mantienen hasta hoy esta característica, de hecho. También hubo muchos negocios clandestinos que sirvieron de soporte y cosmético para la actividad. Como es sabido, la prostitución era un problema social en Santiago ya en tiempos de la Colonia. Se verifica en parte con la creación de la llamada Casa de las Recogidas, del siglo XVIII, levantada a los pies del cerro Santa Lucía y donde hoy está la Plaza Benjamín Vicuña Mackenna, para acoger a mujeres abandonadas, menesterosas y las de mal vivir, aunque es posible que la mayoría de ellas no haya sido más que mujeres promiscuas o liberales pasadas por el anatema sexista de la época198. Aunque la casa había sido creada para albergar a no más de 30 “recogidas”, en 1789 ya llegaba a 53 almas, superada en sus capacidades por el número de internas. Más tarde, en 1810, fue convertida en cuartel militar199. Según cálculos de Octavio Maira en 1887, había en Santiago una prostituta por cada cuarenta habitantes, lo que equivale a 5 veces más que París, en esa misma época. Contaba cerca de 5.000 trabajadoras sexuales reconocidas en la capital para aquellos años200. Sería imposible negarse a aceptar, por lo tanto, la influencia que debe haber tenido esta fuertísima presencia en la vida social chilena, y así se puede aseverar con justicia que la huifa de Mapocho vino a ser una suerte de herencia de la época de las chinganas y del relajo moral que imperaba en los contornos del río. Un informe de 1891, por ejemplo, describía ya entonces a las calles San Pablo, Mapocho, San Antonio y 21 de Mayo como atestadas de los llamados cafés chinos (ancestros de los cafés topless criollos), de los que existían “por lo menos 20”201. Varios otros datos se orientan en la misma dirección de confirmar a Barrio Mapocho como un centro consolidado de actividad sexual entre fines del siglo XIX y principios del XX. Un informe de la Prefectura de la Policía de Santiago fechado en 1899, por ejemplo, denunciaba que en avenida Mapocho entre Miraflores y Puente, y en calles aledañas como Bandera y Esmeralda, a pocas cuadras de la
198 “Descorriendo el Velo II y III: Jornadas de investigaciones historia de la mujer”, capítulo “La Casa de las Recogidas en Santiago”, Patricia Peña González. Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, Santiago, Chile – 1997 (pág. 124). 199 “Descorriendo el Velo II y III: Jornadas de investigaciones historia de la mujer”, capítulo “La Casa de las Recogidas en Santiago”, Patricia Peña González. Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, Santiago, Chile – 1997 (pág. 129). 200 “La Reglamentación de la Prostitución desde el punto de vista de la higiene pública”, Octavio Maira. Imprenta Nacional, Santiago, Chile – 1887 (pág. 7). 201 “La prostitución en Santiago, 1813-1931: visión de las elites”, Álvaro Góngora Escobedo. Ed. Universitaria, Universidad Finis Terrae, Santiago, Chile – 1999 (pág. 44).

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Plaza de Armas, había 24 casas de prostitutas. Tan escandalosa resultó esta denuncia que la Alcaldía de Santiago amenazó con publicar una lista de los propietarios que arrendaban estas residencias a las practicantes del comercio sexual, y entre los cuales se encontraban “algunos miembros de la alta sociedad”, según su texto202. En las casitas más elegantes (o mejor dicho, las menos pobres) que pudiesen existir entonces, además, es probable que algunos clientes también hayan sido del mismo alto estrato, aunque la mayor parte del público de seguro provenía de la plebe. Autores como Lautaro García comentaban la existencia de muchos burdeles por el borde del río en el año 1900, entre calles Puente y San Antonio, pero muy pobres y asociados a la morralla de la vida en los conventillos y a los deplorables “cuartos redondos” alrededor del mercado203. También se denunciaba entonces que los mencionados cafés chinos o cafés de asiáticos (así llamados por la nacionalidad de varios de sus primeros dueños, precursores de esta clase de negocios) que existían en las Esmeralda, 21 de Mayo o San Antonio, no eran más que “un encierro de corrupción y del más escandaloso comercio de mujeres que, embrutecidas por el vicio y el licor, ofrecen al público el más grave espectáculo”204. Estos establecimientos ya estaban en la mira de las autoridades desde 1896, cuando se ordenó el desalojo de los que no cumplieran con las normas legales. El lugar de castigo para estas mujeres, quizás muchas veces les quedaba en el mismo barrio, pues en la cuadra de Teatinos entre Sama (General Mackenna) y Mapocho (después, Balmaceda) funcionó por largo tiempo la Casa Correccional de Mujeres administrada por religiosas, tras los tiempos de la Guerra Civil. El desaparecido edificio fue ocupado después por la Dirección de la Prefectura Policial, pero en los dinteles de las puertas del cuartel de la 3ª Comisaría se conservaron por largo tiempo más, hacia los años veintes, los siguientes rótulos: Locutorio, Comedor, Capilla, Taller de Zapatería y Refectorio; y las celdas que las monjas ocupaban de habitaciones estaban en donde se situaron después las oficinas de la prefectura y, más tarde, las habitaciones para los oficiales205. Del otro lado del río, las cosas marchaban probablemente peor. Ya hemos dicho que Rubén Darío también tuvo a su Dulcinea en algún secreto escondrijo de La Chimba, dedicándole encendidos versos durante su estadía en Chile, hacia inicios
202 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 182). 203 “Novelario del 1900”, Lautaro García. Santiago, Chile – 1950 (pág. 22-23). 204 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 182183). 205 “Álbum de la Policía de Santiago”, Oscar Honorato C. – Oscar Urzúa A. Santiago, 1923 (pág. 75).

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del Gobierno de José Manuel Balmaceda, con cuyo infortunado hijo Pedro tuvo una gran amistad y cercanía. Se cuenta de varias otras visitas ilustres por allí, mezclándose con la rotada. “De este modo –dice Carlos Lavín- la promiscuidad de que han hecho gala la chimberos en sus reuniones y aficiones han enfocado un fenómeno social peculiarísimo, basado y confirmado en las etapas sucesivas del desarrollo de un área complementaria y suburbana hasta su incorporación ulterior y formal en la urbe”206. Cabe señalar, sin embargo, que la pobreza y la miseria antes asociada a los tiempos de los ranchos y caseríos indignos que hemos descrito en otra parte, permanecieron por largo rato más dominando el ex sector de Las Hornillas, actual Vivaceta, y alcanzaron a superar los días de la fiebre de celebración y renovación del Primer Centenario, mucho después de haber sido convertida gran parte de sus terrenos en la Población Ovalle, de la que también hicimos caudal oportunamente. Allí, la miserable e insalubre prostitución en los vecindarios habría hecho parecer a los peligrosos callejones de Whitechapel como un barrio rojo de lujo a los ojos del crítico, todavía en los tiempos en que la Estación Mapocho había dado algo vida y desarrollo al sector desde el otro lado del río y hacia el resto de los vecindarios. Nicomedes Guzmán también nos da una descripción cruda y gráfica del aspecto que tenía Las Hornillas en los primeros años de la década del 1920: “Al atravesar el puente de Manuel Rodríguez, las aguas turbias y bullentes del Mapocho, fueron como otro objeto para mi curiosidad. Hornillas abrió a nuestras pupilas, los ojos ficticiamente azules de sus baches y la melcocha gris de sus barrizales cortados por el paso de los carretones. Las casas y ranchos, hundidos, parecían guiñar con los párpados de su miseria, en un llamado incomprensible y trágico de ancianas prostitutas mudas. Por las veredas, la humanidad del suburbio, desparramaba su fatalismo sin manos de luz para contener una esperanza; mujeres panzudas, rodeadas de chiquillos descalzos, piojosos, con mantas de saco; borrachines que dormían con la cabeza puesta sobre sus propios vómitos, con el vientre a la vista; jugadores de “chupe” tintineando monedas entre las manos sucias; grupos haciendo rueda a una pareja que cuequeaba, al son desafinado de una guitarra rota y del voceo hueco de una cantora ebria: “Para qué me dijistes que me queridas,
206 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 68).

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que sólo con la muerte me olvidaridas…” Los conventillos se ahogaban en humo, ridículamente inmaculizados por los alambres combados de ropa. Otros chiquillos corrían como endemoniados, pillándose, haciéndose zancadillas, botándose, revolcándose”207. Surgida desde estas mismas miserias, por el lado de la antes mencionada Plaza de los Artesanos arraigó otra de las formas más bajas prostitución femenina que existieran en las noches del barrio; y a menudo, también en pleno día. Las mujeres se agrupaban tratando frecuentemente con rudeza a los transeúntes y, en no pocas ocasiones, provocando desórdenes o riñas violentas en las que involucraban a inocentes. Veremos después, que este ambiente insufrible cesó con la construcción de las pérgolas, a fines de los cuarentas, aunque las chiquillas continuaron mosqueando entre bares y cafetines de la calle Artesanos por largo tiempo más. José del Pozo cuenta de estadísticas de entonces y según las cuales, de la calle Mapocho “17 de los 19 negocios eran casas de prostitución, ninguna de las cuales pagaba patente”208. Todavía no empezaba la debacle final del rubro, por supuesto, pues esto fue, pese a todo, en el mejor período de la remolienda de Mapocho… O acaso debiésemos decir que en el menos denigrante de todos, considerando la descripción que se ha hecho hasta este punto sobre la misma, porque lo que sigue desde ahí y hasta nuestros días, más bien tiene características de un largo y trágico drama muy ausente del romanticismo o del rasgo pintoresco de antaño. Como veremos al tocar la vida de Roberto Parra, quien conocía mucho de la jerga popular para referirse a las prostitutas del barrio, aquellas chiquillas que tenían su lugar de operaciones en la estación y alrededores eran denominadas “patines de segunda”, mientras que las “patines de tercera” eran las que operaban por el lado de La Vega, saliendo muy temprano, como a las 5 de la mañana, a intentar capturar clientes entre los trabajadores del mercado y de los camiones209. “…ya no es el patín de antes –se lamentaba Parra en los noventas, sin embargo-, ya este patincito que sale ahora es pa’ la pura chupeta no más,
207 “La Sangre y la Esperanza”, Nicomedes Guzmán. Ediciones Orbe, Santiago, Chile – 1943 (pág. 266). 208 “Historia del vino chileno”, José del Pozo. Ed. Universitaria, Santiago, Chile – 2004, tercera edición (pág. 167). 209 “Roberto Parra”, serie “Artistas Chilenos”. Ocho Libros Editores - Ed. La Brocha, Santiago, Chile – 1996 (pág. 28). Las “patines de primera” eran las que se ubicaban en zonas más céntricas, como la Plaza de Armas o las calles que conectaban este punto con la Alameda.

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mujeres de 45, 60, 70 años que se curan con dos tragos y se quedan dormidas en las mesas”210. Alfredo Gómez Morel, a quien reservamos especialmente algunas páginas, comentó que estas tendencias casi vernáculas de cabronas y patines hacia el alcohol, muchas veces fueron germen para la erupción de las discordias entre ellas dentro de los propios lupanares, pues las prostitutas en realidad odian a la señora de la casa tras una fingida careta de aprecio y lealtad. “Las cosas cambian cuando se emborracha: surgen los rencores y mueren las inhibiciones”, anota, mientras que la señora también solía sufrir una transformación con el exceso de copas, pasando de explotadora a “tierna, dulce y afectiva con su asilada”211. El mismo autor nos pone en una perspectiva de virtual reconocimiento y casi homenaje a la prostituta del Barrio Mapocho, pues dice que la llamada “patín de río” gozaba de todo un estatus simbólico o dignidad especial que le confería el oficio y que le hacía merecedora de prestigio dentro del hampa, por su independencia y coraje. En efecto, este tipo de mujeres debía ser astuta y audaz, intuitiva como probable ninguna otra fémina sea capaz de afinar este sentido que consideran tan propio de su género, para así “distinguir cuándo puede estar frente a un viejo libidinoso o cuándo frente a un inspector de sanidad que se le insinúa con el objeto de poder comprobarle su calidad de prostituta para detenerla”. También debía estar preparada para “intuir cuál hombre puede pagarle lo que ella estima que vale su oficio, cuál no”. Materialmente entrenada con la vida en la botella, como hemos dicho, la “patín de río” debía estar en condiciones de beber tanto como para emborrachar a su cliente en el mismo ritmo que ella pudiese resistir sin caer. Y en las exigencias más bajas y viles del oficio, agrega Gómez Morel que también debía predisponerse a “perder totalmente el sentido de los valores y abortar sin dilación” cuando quedara embarazada, mientras que para captar en amplitud su clientela “es necesario que posea un olfato especial para reconocer a las lesbianas” que solían salir en la noche hasta los puentes del Mapocho o las calles del barrio “en busca del patín porque en él encuentra plena satisfacción para su desviación”, según sus palabras212. Es así, entonces, que el trabajo de las prostitutas en las riberas, además de ser uno de los más riesgosos y temidos en toda la ciudad, constituyó uno de los rubros clandestinos más exigentes y demandantes para la profesional de estas artes amatorias, por lo que no era extraña la fuerte jerarquización entre las propias
210 “Roberto Parra”, serie “Artistas Chilenos”. Ocho Libros Editores - Ed. La Brocha, Santiago, Chile – 1996 (pág. 28). 211 “El Río”, Alfredo Gómez Morel. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 1997 (pág. 162). 212 “El Río”, Alfredo Gómez Morel. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 1997 (pág. 163-164).

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prostitutas del barrio y los niveles de reputación que ellas mismas se hacían en el ambiente, por el sólo hecho de operar en este sector de Santiago. Pero sucedía también que a las chiquillas felices que se paseaban por el lado Sur del río, lejos de cualquier reconocimiento u ovación, la gente les llamaba burlonamente y ajena a cualquier homenaje como las Balmaceda del Río, parodiando este aristocrático apellido compuesto, con la relación geográfica que había con la calle Balmaceda a orillas del Mapocho, donde solían moverse213, aunque otros llamaban así también a las niñas que ofrecían el mismo servicio sexual pero por el Parque Balmaceda, que corre paralelo al Mapocho y a la avenida Providencia. En efecto, la denominación servía para aplicarse en ambos lados gracias a la toponimia, pero no nos cabe duda que las Balmaceda del Río originales fueron las del Barrio Mapocho, pues aparecen mencionadas como tales antes de que fuera erigida la estatua y el obelisco del ex Parque Japonés en homenaje al Presidente Balmaceda, adquiriendo su nombre desde ese momento. Salvo por el caso excepcional de Esmeralda que veremos más adelante, los viejos y estoicos prostíbulos de Mapocho de la remolienda “con casa”, que iban siendo cercados por el tiempo y las restricciones, fueron quedando confinados por callejones como Hurtado de Mendoza y en menor grado Vicuña Subercaseaux. Por hallarse ya fuera del rango geográfico que estudiamos, no contamos aquí los de calles como Bulnes o Libertad, muy afamados en su época. Merino proporciona una interesante descripción de estas últimas casitas de tambo en el sector de San Martín y Amunátegui, de acuerdo a cómo lucían en su etapa terminal, a fines de la última centuria: “En el extremo norte de la calle aún queda un remedo de barrio chino al viejo estilo, con las asiladas de las casas de tolerancia oteando tras las ventanas las 24 horas del día. La cercanía de la terminal de buses le da el aire portuario a este conjunto de cuadras adoquinadas y ominosas, con botillerías insomnes y un telón de fondo en que se divisa el triste edificio de la ex Cárcel Pública y el de Investigaciones. En los últimos días de Pinochet, las prostitutas de este sector respondieron a una amenaza de desalojo con pancartas y demostraciones callejeras”214. Poco sirvieron las protestas, sin embargo. Hoy día, estos mismos callejones se observan demolidos, ruinosos y con el aspecto de calles de ciudad bombardeada… Y parece que las chiquillas murieron durante las explosiones.

213 “Folklore Chileno”, Oreste Plath. Ediciones PlaTur, Santiago, Chile – 1946 (pág. 28). 214 “Santiago de Memoria”, Roberto Merino. Ed. Planeta, Santiago, Chile – 1997 (pág. 109).

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Esta belle époque del oficio en Mapocho (que, en verdad, nunca fue belle) se extinguió así, conforme avanzó el siglo XX, quedando casi nada de la misma ahora, salvo recuerdos todavía más deprimentes. Y éste será el tipo de remolienda que se vería principalmente en el barrio desde entonces: una prostitución huérfana, “patín de río” muchas veces sin casa propia o asociada a rincones tristes, dependiente por entero de los más insalubres y baratos moteles de ciudad que todavía quedan en el barrio, constituyendo constantes molestias para la policía. Cuando estudiemos a los últimos lupanares de calle Esmeralda, podremos ver con más detención la etapa final y más sufrida de todos los burdeles que existieron en el cuadro general de Mapocho. Pese a esta extinción masiva, sin embargo, todavía sobrevive el quizás último exponente del oficio en un segundo piso de Amunátegui llegando a Mapocho, casi como el solitario lobo marsupial del zoológico de Hobart señalando el final de su propia especie. Como en un salto por el tiempo, logró pasar sobre las restricciones, desalojos y demoliciones, además de la debacle de la propia época a la que en realidad pertenece. Asoman por una de sus ventanas mujeres maduras, gordas y de brazos rollizos, con feos tatuajes que alguna vez quisieron ser coquetos, intentando invitar a hombres que pasan ya indiferentes por abajo en la calle.

Chiquillas de “mala vida” apiladas afuera de uno de los varios cafetines y bares que existían por la calle Artesanos, en imagen de 1948 publicada por la revista “En Viaje”.

Las mariposas nocturnas del río
Parte de la remolienda de Mapocho vivió desde entonces en la orfandad, pero otra se asoció a algunos de los locales de entretención del barrio como los que ya

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hemos visto, especialmente por el eje de la calle Bandera y, en la orilla opuesta, por el sector de la Plaza de los Artesanos y La Vega. No nos parece casual que el mencionado hogar para pacientes con cierto tipo de enfermedades contagiosas, entonces, haya sido levantado justo en este lado chimbero de Mapocho, aunque quizás sólo se trató de una feliz coincidencia para el gremio. Ya hemos dicho que las prostitutas y sus nidos de mariposas nocturnas existen en este barrio, cuanto menos, desde los tiempos de la “Filarmónica” en la Posada del Corregidor, aunque en un inicio pudo tratarse de mujeres lascivas, más dadas a la entretención de las chinganas que al ejercicio mismo del comercio sexual como oficio215. Pero sus antecedentes históricos en la ciudad se pierden por el pasado. Jáuregui, por ejemplo, establecía en su draconiano 8º bando de buen gobierno que toda mujer “compañera sospechosa” sorprendida con un hombre después del toque de queda, iría a parar a la mencionada Casa de las Recogidas216. Así, el rasgo de problema social (por real o no que fuera) podría remontarse fácilmente al siglo XVII, según se constata en algunas denuncias públicas formuladas por el Cabildo e incluso en el Sínodo celebrado en Santiago en 1688217, no habiendo cambiado mucho para los años del Barrio Chino y de las fiestas a puerta cerrada en calle Esmeralda. Igualmente holgadas fueron las cantidades de agresiones, apuñalamientos y delitos de sangre que acompañaron siempre al oficio, entre sus innumerables otros peligros. Hubo también cabronas y chiquillas con más o con menos rasgos controversiales que decoraron la historia de la remolienda junto al río, aunque sus nombres se nos confunden con otras que operaron también por la calle Mapocho Abajo y por el Barrio Matadero: La María Luisa, la Ñata Inés, La Juana Flores, La Metro Ochenta, La Flor María, etc.218, sólo por mencionar algunas. Otras rondaron siempre por lo más bajo del rubro, y allí se quedaron; ahí se extinguieron. Una de las ninfas descritas en las crónicas de Morales Álvarez, por ejemplo, era llamada Berta la Coja, muy joven y reconocible con este apodo por el defecto físico y su condena al uso de muletas que le provocó el atropello por uno de los tranvías del barrio, accidente que casi frustró su carrera de mariposa nocturna por los alrededores de la calle San Pablo y a veces también San Diego, terminando sus
215 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 53). 216 “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días (15411868)” Tomo II, de Benjamín Vicuña Mackenna. Imprenta del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1869 (pág. 212). 217 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 37). 218 “Convulsionado, vibrante: Raúl Morales Álvarez, el tiempo de una leyenda”, trabajo de la Agrupación Cultural El Funye (publicación digital). Fundo San Miguel, Calera de Tango, Chile – 2005.

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alcohólicos días asociada a un delincuente apasionado y violento, al que servía de carnada para borrachos clientes con muchas tripas pero poco cerebro, que a veces llegaban a la comisaría “en calzoncillos o sin ellos”, despojados de todo219. Cuando hubo muertes a causa de las tropelías de la parejita, la cosa cambió, aunque el personaje de Berta la Coja habría adquirido características casi legendarias entre quienes alcanzaron a conocerle, como tantas otras de sus colegas en este barrio. No obstante, la suya fue sólo una de las muchas historias escritas con sangre en esas calles de adoquines y veredas angostas, de ardiente ebullición sexual. Una inmortalizada más del ambiente fue la Titina, a la que Roberto Parra le dedicará una colorida canción, de la que hablaremos más adelante: “Tengo una mina en Mapocho”, donde se lamenta de las enfermedades venéreas que abundaban en el ambiente de los burdeles. Y también fue una famosilla local la copetinera y eventual prostituta apodada grotescamente como La Masca Rieles, que solía tener su teatro de operaciones en los alrededores del Barrio Chino y algunas visitas al mencionado local de “La Antoñaña”, entre otros220. En una fotografía de las prostitutas cerca del mercado de La Vega publicada en la revista “En Viaje” en 1948 (curiosamente, a plena luz del día en la calle Artesanos y afuera de un cafetín), se observa que las chiquillas son mujeres jóvenes, vestidas con abrigos pero de forma que, ciertamente, habría sido picante para la época221. Sobrevivientes de aquellos años nos informan que los cafiches solían acompañar a sus musas por estas calles permaneciendo a relativa distancia de ellas. Pero a diferencia de lo que sucede ahora –aclaran todos a coro-, estos chulos estaban allí no para precipitar problemas, sino más bien para evitárselos a sus muchachas. Mucha influencia habrán tenido estas mujeres en la inspiración de canciones populares. Consultar a cultores del estilo nos ha proporcionado algunas pistas. Así, una cueca tradicional reza algo sobre la calle Rosas, en ese tonito discursivo que pareciera sugerir segundas lecturas, detectable con un poco de malicia: Qué doy por verte, sí calle Las Rosas donde vive mi negra la buena moza
219 “Antología (de) Raúl Morales Álvarez. Textos escogidos”, edición digital del portal internet de Memoria Chilena (Dibam) – (sin fecha - sin núm.). 220 Diario “El Mercurio” del miércoles 29 de octubre de 2003, Santiago, Chile, artículo “La cuenta (final)”. 221 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) N° 180, octubre de 1948, Santiago, Chile, artículo “Una obra feliz del alcalde señor Santos Salas”.

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Dicen que es muy famosa calle Las Rosas222 Y de la calle central de Barrio Chino, canta sugerentemente la famosa cueca de Jorge Novoa y Segundo “Guatón” Zamora (otro personaje vinculado a la comunidad artística del barrio), titulada “Adiós Santiago Querido”, diciendo al final que “En la calle Bandera / alguien me espera". Quedará en la imaginación deducir quién es ese “alguien” que espera en Bandera, aunque el contexto de la época nos genera algunas sospechas. Quizás sólo se trate de la pareja que le espera para partir a la estación y concretar el “adiós”, dirán algunos, pero sabemos que en aquellos años, solía ser parte del argot masculino hablar subjetivamente de la chiquilla respectiva como la que “le esperaba” en el lugar correspondiente, como si se tratara de una amante o novia formal. Desde los años en que se aproximaba la Segunda Guerra Mundial a los calendarios, Gómez Morel recordaba una prostituta de Barrio Mapocho llamada Mayita y conocida por todos los habitantes de la marginalidad bajo los mismos puentes en que ella trabajaba. Era de mediana estatura, regordeta y de cara redonda, además de ingenua y servil. Su chulo y protector había sido un tipo apodado el Nene, hasta que éste fue a parar a la cárcel dejándola sola y desamparada ante muchos clientes que la estafaron y que se negaron a pagar sus servicios luego de haberlos disfrutado. Por eso la pobre ejercía sola, sin protección, ahuyentada y amedrentada por las calles del vecindario por otras prostitutas alegando que dicho sector pertenecía ya, en calidad de reserva, a figuras del rubro como la Loca Rita o la María Moño. Desesperada, Mayita visitó a la casi impenetrable baja comunidad del lecho del río para pedir ayuda a los niños y jóvenes delincuentes, entre los que estaba Gómez Morel, solicitando entrevista con un peligroso y respetado hampón de la época apodado “El Zanahoria”, que más adelante veremos residía en un islote del río Mapocho que le servía de guarida y refugio. Hasta allá fue llevada la mujer quien, tras mucha insistencia, logró convencer al terco delincuente de darle su protección a cambio de una retribución. Éste la condujo con los mismos niños que la acompañaban hasta un burdel del barrio regentado por doña María quien, en palabras del propio “Zanahoria”, era “una mujeruca siniestramente fea, gorda, con el rostro atravesado por una puñalada”223. Ahí pudo ser acogida como residente, entonces, la sacrificada y sufrida prostituta del río.

222 “Chilena o cueca tradicional”, Samuel Claro Valdés. Ed. Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile - 1994 (pág. 290). 223 “El Río”, Alfredo Gómez Morel. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 1997 (pág. 157-163).

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Pero el caso de Mayita no era raro: toda mujer que comerciaba con sexo debía contar con la protección del chulo, pues el abuso y la maledicencia abundaban entre los clientes de la prostitución callejera. La muerte era siempre un fantasma que las rondó por los rincones de Mapocho, y por eso se consideraba tan temerarias y respetables a las que elegían al río para tarima de su oficio, como vimos. Hasta no hace mucho, la Estación Mapocho solía estar precedida por sombras de mujeres pequeñas y de cartera, moviéndose entre la oscuridad nocturna a la espera de algún “enfiestado” con ganas de no parar la entretención. Chiquillas felices vestidas con atavíos extravagantes, pintadas con cosméticos baratos y con los tonos estrafalarios del neón callejero reflejados sobre coloretes y carmines. También aparecían allí travestis y exponentes de la prostitución homosexual entre ellas, aunque eran muchos menos que las “damas”. De hecho, hubo una que otra casa de este tipo de servicios en sectores cercanos al barrio. Como convivían con la prostitución tradicional, más de alguna inesperada sorpresa debió haberse llevado algún borrachín poco observador bajo esas minifaldas de cuero, al no haber distinguido a tiempo las sutilezas del dimorfismo sexual entre la mercancía ofertada a tan poca luz.

Tras la remolienda, el espectáculo sexual
Habrá quedado claro, a esta altura, que la oferta sexual de Santiago en general no creció sola: siempre estuvo acompañada de la franja más alumbrada de la vida bohemia, primero con las chinganas y posadas, y luego con los centros de recreación o escenarios de luces, precisamente del tipo que había en Barrio Mapocho y que hemos ido describiendo. Cantinas, boîtes y cabarets también estuvieron ligados de alguna forma al negocio, ya bien entrado y afianzado el siglo XX. Ora directamente con prostitutas; ora con copetineras; incluso con bailarinas. Allí en esta línea histórica están, por ejemplo, los mencionados cafetines, los cafés chinos, los cafés topless y, más recientemente, los cafés con piernas “especiales”, boliches que de cafés nunca tuvieron mucho, sino más bien de lo otro señalado en su nombre. Ahí se hallarían los cabarets “Zeppelin”, “Las Torpederas” y luego el “Tabaris”, símbolos del rubro en el Barrio Chino y que también conocieron en sus salas los bemoles de este estilo de vida. Con sus respectivos matices en cada sector de todo el vecindario y en el carácter de cada local particular, sucedía que el oficio del comercio sexual tenía algo del sentido de identidad del mismo barrio, ya más cerca de nuestros tiempos, como lo advierte Subercaseaux en 1940, con la calle Bandera por eterno y permanente meridiano o núcleo del noctambulismo:

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“…atestada de gente en parranda que se pasea entre cabarets, bares y hoteles ambiguos. Suele haber circos en esta cuadra; establecimientos de “tiro al blanco” y todo un muestrario de ociosos que esperan, indiferentes, el amor que ha de satisfacer sus cuerpos martirizados por el deseo”224. Actualmente, esta prostitución y su actividad sexual derivada es menos visible al aire libre, salvo por una que otra veterana que se ha hecho conocida ya en el barrio y que ha envejecido estoicamente al servicio de su oficio. Quizás muchas de ellas hayan sido testigos de la mejor época que tuvo la remolienda capitalina, cuando tejía su leyenda con nombres como el “Bossanova”, “Las Palmeras” o “La Casa de las Siete Puertas”. Nada queda de eso, sin embargo. Los restos de la antigua prostitución mapochina se mantenían aún hasta los años setentas y ochentas, de alguna manera ligados a ciertos bares y a los infaltables topless del sector. Era algo común verla en las puertas de sus viejos cabarets o a los pies de los principales edificios del barrio aunque, ciertamente, la que podía observarse del lado Norte del río, en particular por las primeras cuadras de Independencia, era mucho más sombría y brava que la visible en la otra ribera. Recordamos especialmente a una mujer vestida a la usanza de prostituta francesa, de medias negras y boina con pluma, parada por la puerta de un edificio en General Mackenna llegando a Bandera, cuando el callejón era objeto de grandes trabajos de asfaltado y de demolición de algunas construcciones para habilitar allí la Estación Metro Puente Cal y Canto. Muy conocida por entonces, la ninfa de elegancia profana solicitaba por ahí entre las ruinas del edificio “El Buque” y el hotel de Aillavilú con Bandera, a viva voz, que alguien le invitara “un copete”, mientras una mujer mayor y un tipo gordo sentado a su lado sobre un cajón, le celebraban sus proclamas de aquella noche sedienta, en lo que parecía ser la última habitación en pie del antiguo edificio. Cabe recordar que la calle Aillavilú todavía sigue siendo punto de encuentro entre clientes y prostitutas, especialmente por la presencia del “Hotel Central” en su esquina. Pero nos parece evidente que su función Celestina está muy menguada con respecto a cómo era antes. Ahora quedan sólo algunos vestigios de este mismo antiguo comercio, en el sector de Recoleta con Santa María y la proximidad del mercado de La Vega ya que, en general, parecería ser que el patinaje se ha desplazado más hacia el lado del Parque Forestal y del Barrio Bellavista. Grave problema, pues está confirmado que la mayoría de las mujeres que ejercen este nuevo comercio sexual de las riberas
224 “Chile o una loca geografía”, Benjamín Subercaseaux. Ed. Universitaria, Santiago, Chile – 1973, 15ª edición de la obra (pág. 105).

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mapochinas de nuestros días, son muchachas en edad adolescente, con marcada y desgraciada tendencia a la drogadicción225. Sin embargo, la fama de algunos cafés con piernas y topless que se ubican en el sector de calles Bandera, Puente y General Mackenna, sirviendo de vínculo antes para la descrita prostitución, sugieren que la actividad derivativa del sexo no se acaba del todo en el vecindario riberano; o al menos no el rubro del mercado basado en la oferta sexual, asumiendo formas menos escandalosas que aquellos años de remolienda desenfrenada. Entre General Mackenna y Aillavilú, por ejemplo, encontró casa un café llamado “Tú y Yo” en el que, según alusiones no directas de Díaz Eterovic en otra de sus novelas, se “ofrecía el espectáculo de unas obesas y cansadas bailarinas”226. A juicio de sus visitantes, las cortinas de su acceso antes le hacían parecer una carnicería antigua más que un topless. Al respecto, hay quienes creemos que el club topless “Afro” que ambientó el escritor Luis Cornejo en su novela “Show Continuado”, estaría inspirado en una antigua boîte nudista que existía en el barrio por el lado de General Mackenna con salida por Aillavilú, precisamente donde ahora está el cabaret “Tú y Yo”, aunque no sabemos si era la versión primitiva de este mismo club o si tenía por entonces otro nombre. Por los años a que nos referimos, era una horrible gruta oscura, con burdos dibujos de mujeres curvilíneas conservados todavía en los ochentas, junto a la entrada, misma que invitaban a ingresar por precios ridículamente bajos. Para otros, sin embargo, la inspiración de Cornejo podría encontrarse en un conocido centro de espectáculos del caracol comercial de Bandera, del que ya hablaremos más. Pero el peligroso callejón oscuro mencionado por el autor atrás del local, semeja más bien al aspecto que ofrecía por entonces Aillavilú con sus viejos cafés topless; y el hotel que también señala a la pasada en el libro, puede corresponder al de la esquina con calle Bandera, el “Hotel Central”227. Cerca de estos sitios, y regresando al mundo no ficticio, están el “Xenón” y el “Peter Pan”, dos cabarets famosos en el barrio. Y en Bandera 860, en el mismo local donde funcionó por años la tradicional “Sombrerería Olguín Dinamarca” (otro de los símbolos perdidos de Mapocho), se instaló un turbio cabaret llamado
225 Diario “La Cuarta” del domingo 24 de agosto de 2003, Santiago, Chile, artículo “El 64 % de prostitutas tiene apenas entre 13 y 16 años, asegura estudio”. 226 “Los siete hijos de Simenón”, Ramón Díaz Eterovic. Lom Ed., Santiago, Chile – 2001 (pág. 37). 227 “Show continuado”, Luis Cornejo. Santiago, Chile – 1987 (pág. 7-8). Cornejo da algunas pistas adicionales: habla de tiendas de ropa usada, similares a las que se hallan en Bandera, y también coloca al personaje principal transitando por los puentes del Mapocho para ir al sauna-prostíbulo de una tal Lady Mary, al otro lado del río. El mismo personaje duerme, a veces, en vagones abandonados, como los que había en Estación Mapocho hacia el lado del parque.

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“Flamingo”, lugar oscuro y de fama discutible pero de corta duración, que desapareció ante la alegría de los vecinos. Este sitio, de paredes exteriores fucsias y letras de neones ahora aloja a otro café por el estilo, llamado “Tentación Grado 3”, más reciente que sus demás competidores en el sector y ubicado en la planta baja del ex “Hotel Bandera”, cerca de la esquina con General Mackenna. Parece que de suficiente mejor reputación que el anterior, además. En fin, estos son sólo algunos de los varios locales herederos de la gran gama de ofertas sexuales en Mapocho, pero asociados ya al género del espectáculo y la entretención con algo más de luminaria que en el pasado (aun cuando cueste creerlo), aunque igualmente lejos del refinamiento y la entronización del rubro. Tras tanto tiempo de mengua y degradación podemos estar presentes, acaso, ante los estertores finales de la muerte del oficio sexual en este sector de Santiago, lugar impactado ya con nuevos proyectos inmobiliarios y con una notoria transformación de su fisonomía. O quizás la actividad nunca llegue a ser erradicada por completo del barrio mientras siga escondida dentro de cafés y topless, pero no nos cabe duda de que lleva allí más años en triste y denigrante decadencia que en el esplendor que pudo haber tenido en su mejor época, si es que alguna vez la tuvo. Por lo tanto, gran parte del viejo oficio sexual de Mapocho en todas sus formas y variedades, desde la prostitución romántica hasta los shows de cabarets tenebrosos, pasa ya a ser otra de nuestras varias especies extintas de la vida en las riberas.

Funcionarios de la Intendencia de Santiago fiscalizando los cabarets de Bandera, donde constataron “que esos recintos son frecuentados por individuos indeseables”, según el pie de esta fotografía publicada por la revista “En Viaje” de 1940... Varios “indeseables” retratados deben haber tenido graves problemas en casa, tras aparecer en esta imagen.

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Portal y condominio Teatro Capitol hoy en día, frente al ex Convento de las Carmelitas Descalzas y en la tercera cuadra de Independencia. No estamos seguros, pero el cartel vacío que está frente a la entrada parece haber pertenecido a los anuncios de su sala. Este conjunto, además de cité residencial, albergaba locales comerciales como cafés y bares a ambos lados de su gran entrada.

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Estación Mapocho ya era un lugar de encuentros y eventos desde mucho antes de ser convertida en Centro Cultural. Aquí se observa al grupo folclórico Conjunto Villa San Bernardo en una visita y concierto dado allí, en imagen de la revista “En Viaje” de 1960.

Cuando brillaron las candilejas (las de verdad)
Las artes de Mapocho no se concentraron sólo en los muchos intelectuales y creadores que llegaron a vivir o a festejar en las cuadras del sector, ni en el apogeo de los tabucos oscuros vinculados de forma o de fondo a la actividad sexual. También hallaron casa propia y digna en varios de los teatros que alguna vez llenaron de entretención a la sociedad popular santiaguina y que fueron el impulso para la aparición del género de la revista humorística y pícara en Chile. Recaredo S. Tornero ya hablaba, en 1872, de la existencia de un proyecto para la creación de un teatro popular ubicado precisamente en los barrios ribereños: “La intendencia ha hecho construir después, en una callejuela próxima al Mapocho, un pequeño teatro para el pueblo; pero el edificio ha quedado hasta ahora inconcluso, aunque hay motivo para creer que pronto se terminará”228.
228 “Chile ilustrado”, Recaredo S. Tornero. Librerías y Agencias del Mercurio, Valparaíso, Chile – 1872 (pág. 94). Creemos que podría referirse a un interés por refundar el teatro de la ex Calle de las Ramadas o cerca de allí.

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Y por escritos de Ernesto Latorre, sabemos de la existencia del viejo “Teatro de la República”, que se ubicaba en calle Puente, entre Santo Domingo y Rosas, aunque posterior al ya visto caso pionero de la Calle de las Ramadas: “Su construcción dejaba mucho que desear; por debajo de la platea lo cruzaba una gran acequia que despedía ciertos hedores que molestaban al público. Varias fueron las compañías que actuaron en él y entre los artistas debemos nombrar a Julio Garay, actor chileno, que fue el primero en fundar la clase de declamación en nuestro Conservatorio Nacional de Música. Esta sala se incendió el 19 de septiembre de 1858, poco antes de principiar el baile de máscaras que estaba anunciado”229. Hacia la proximidad del cambio de siglo, sin embargo, comienza a ampliarse la oferta de espectáculos del barrio. En 1893, por ejemplo, existía junto al río el llamado Circo Inglés; del lado Norte, justo frente a la salida del Puente de los Carros, en 1909, estaban las instalaciones de la empresa de don Ernesto Echiburú, que tenía una suerte de anfiteatro bajo carpa con capacidad para 2.000 personas: 1.500 en la galería y 500 en la platea, según la información proporcionada por De Ramón230. Hemos dicho también, que en el recinto que había pertenecido al primitivo hipódromo chimbero, solían instalarse carpas de circos y teatros populares, poniendo en evidencia la antigüedad que tiene en nuestro país y especialmente en el Barrio Mapocho, esta clase de espectáculos. El mismo De Ramón reporta otros interesantes antecedentes sobre la temprana actividad del mundo del espectáculo y la frivolidad en Mapocho. De hecho, el Barrio Chino tiene como precedente de su propio carácter al Circo Bravo de 1904, al ser uno de los primeros ejemplos del tipo general de espectáculos que atraería después a tantos visitantes hasta sus noches bohemias perdidas. El llamado Circo Teatro Popular se halló en la última cuadra de calle Bandera; y, hacia el Centenario o poco después, comienzan a aparecer los cinema-teatros en cuadras al poniente de allí, además del “Victoria” de Recoleta y el “Sargento Aldea” en Independencia. Presumimos que buena parte del público de estos centros de recreación, ya durante el siglo XX, provendría del entorno característico del barrio: trabajadores del mercado, viajeros llegados a la Estación, los propios obreros del complejo ferroviario o del tranvía, etc. Como ya vimos, sin embargo, otra parte de los parroquianos que siempre llenaron los espacios de diversión fueron connotados
229 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) N° 190, agosto de 1949, Santiago, Chile, artículo “Antiguos teatros de Santiago”. 230 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 155156).

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intelectuales y artistas. Quizás fracciones del atractivo de los rincones más lascivos del ex Barrio Chino, además, hayan tenido su origen en las candilejas mapochinas, tan descuidadas y poco advertidas por la narración histórica. Un poco más cerca de nuestra época, por el lado de Independencia, se podía encontrar el magnífico conjunto al frente del templo de Carmen Bajo. La familia empresarial Marió, ligada a las artes escénicas, hizo construir esta obra con planos de Parra y Galleguillos, en 1926231. El grupo residencial fue llamado Teatro Capitol, pues se lo diseñó intencionalmente con forma de edificio de cine-teatro, como un homenaje de los Marió al rubro. Esto ha dado origen a una creencia, según la cual el conjunto habitacional surgió de una remodelación del edificio del cine, pero la verdad es que éste no estaba allí, sino en una pequeña sala-auditorio que fue parte interior del conjunto. Acumuló, también, una gran cantidad de comercio en su primer piso, con conocidos restaurantes y cafés que ya hemos descrito. Si bien el “Capitol” ya no funciona ni llega público al recinto de ese misterioso ex-cine escondido, el lugar sigue siendo famoso por su hermoso cité central, de casas de dos pisos con aspecto neocolonial, antecedido por el estupendo portalón, símbolo en la arquitectura chimbera casi inmediata al río. Más hacia el interior de La Chimba y también del siglo, comenzó la época de oro de famosos centros de bohemia revisteril y bataclánica. En Recoleta ente Eusebio Lillo y Santa Filomena y sobre el recuerdo del “Victoria”, se impuso el Teatro Princesa, del mítico empresario Ernesto Sottolichio, que fuera sede de las famosas revistas del “Picaresque”. También fue lugar de innumerables presentaciones políticas (pues parece que su rubro siempre se relacionó con acoger al género de la actuación y la comedia en todas sus formas) y, de hecho, hubo acontecimientos trágicos enlutando esta clase de encuentros partidistas, como el asesinato a balazos del dirigente Pablo López en 1939232, a la salida de un acto socialista realizado en el teatro y en manos de sus propios correligionarios, por haber proclamado su negativa a integrar el Frente Popular de Aguirre Cerda. Un poco más al Norte del “Princesa”, siguiendo por Recoleta, estaba el gran Teatro Recoleta Cinema, allí en la esquina con Domínica, donde se realizaron grandes presentaciones del espectáculo nocturno chileno hacia mediados del siglo, además de rotativos de cine. Todavía se distinguen algunos restos de su pasado en parte de la decoración exterior del cine, muy cerca del actual Centro Cultural de la ex Recoleta Dominicana.
231 “Guía de patrimonio y cultura del Barrio de la Chimba”. Ediciones Ciudad Viva, Santiago, Chile – 2007 (pág. 29). 232 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 333 de julio de 1961, Santiago, Chile, artículo “Av. Recoleta”.

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Curiosamente, ambos locales ahora son centros de eventos un tanto lúgubres y el aspecto de sus fachadas quizás provoca más penas que buenos recuerdos a quienes los reconocen aún. Del otro lado del río, en cambio, estuvo alguna vez el Cine-Teatro Riviera, pequeña pero acogedora sala ubicada en la última cuadra de Diagonal Cervantes llegando a Ismael Valdés Vergara, en un edificio que se remonta a mediados del siglo pasado. Después, fue convertido en el cine pornográfico “Apolo”, primero de estas características en Chile, el año 2001. Se lo halla en el subterráneo de un pasaje comercial hasta hace poco atestado de cafés con piernas, de esos con muchachas en bikinis fluorescentes y algunos de ellos con ciertas licencias para la clientela, según las malas lenguas. Ideal para los clientes de esta nueva cinema, que nada conservaba ya de la antigua. Hubo clausuras en este pasaje justo mientras terminábamos este libro, por lo que su futuro podría ser incierto. Entre las últimas grandes salas inauguradas por acá en el barrio Sur, está la del Casino Las Vegas, después llamada Teatro Teletón, en la cuadra de calle Rosas antes de tocar la con avenida Manuel Rodríguez. Fue inaugurado en 1978 por el empresario José Aravena, volviéndose hasta hoy sitio de medianas presentaciones como la Teletón, la entrega de los premios APES y una que otra actuación de convocatoria no superior a sus inicialmente 1.250 butacas, ampliadas en tiempos recientes y tras un incendio a 2.000 puestos. Volveremos a hablar de él en este trabajo, en un capítulo dedicado a su fundador. El espacio que podría marcar el final de esta clase de establecimientos alrededor del Barrio Mapocho, aunque relacionado con un público muy distinto al que hemos ido viendo hasta ahora, fue el alguna vez conocido local de eventos “El Trolley” de San Martín 841, entre Vicuña Subercaseaux y San Pablo, territorio bravo y lleno de prostitutas cerca del edificio de Investigaciones de Chile. Se trataba de una especie de galpón grande y en sus inicios muy oscuro que, según recordamos, habría sido antes una barraca o algo parecido, establecida hacia 1920 y después dispuesta para los ex empleados u operadores de carros y trolebuses de la Empresa de Transportes Colectivos del Estado (ETC), agrupados desde 1957 en una asociación que todavía se encuentra allí. Por eso el nombre: “Teatro Rock El Trolley Perfomance”. Desde los ochentas hasta parte de los noventas, “El Trolley” gozó de cierta popularidad al convertirse en un centro de eventos juveniles de orientación marcadamente contracultural, acogiendo fiestas y presentaciones de grupos undergrounds, por lo corriente punks o alternativos incluso en los años del famoso toque de queda, operando en forma semi-clandestina. Hoy en día muchos pueden idealizar su recuerdo y asociarlo al cariño y la nostalgia por su propia juventud más que a aquello que realmente era este sitio a fines de los ochentas, sin duda, pero la verdad es que “El Trolley” correspondía a un barracón frío y deplorable como

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centro de eventos, aunque bastante digno para la calidad de la mayoría de las bandas que allí se presentaban regularmente y ante un público con sus capacidades críticas adormecidas lo suficiente por alcohol y drogas, que nos consta allí corrían como dulces en un cumpleaños de niños. No obstante, su escenario también fue plataforma de lanzamientos para varias de las bandas históricas de la escena nacional, como “Los Prisioneros” de San Miguel, además de innumerables presentaciones plásticas, teatrales o exposiciones de algunos artistas audiovisuales emergentes en aquellos años. A continuación veremos, sin embargo, al que fue sin duda el más importante y más mapochino de los teatros o clubes de espectáculos inmediatos al río.

Galpón que ocupaba el centro de eventos “El Trolley” en San Martín, muy famoso en los ochentas, aunque su leyenda fue más grande y estridente que su realidad.

“Balmaceda”: un teatro de nombre ilustre
Hubo una flor que destacó por sobre todas las demás en el jardín de candilejas del Barrio Mapocho: una petunia que creció entre las moscas de las cáscaras de sandías, las hojas gruesas descartadas de los repollos y las peras podridas con embriagantes olores fermentados en sus propios jugos, a orillas de la berma. En la calle Artesanos 841, casi llegando Pérgola de las Flores Santa María y de la un edificio cuyas líneas evocan a algo escotillas. Antes fue todo un símbolo de a avenida La Paz justo al frente de la ex Plaza de los Artesanos, se encuentra así como la cabina de un navío, con la intensa vida nocturna que tuvo este

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viejo sector de Santiago, al otro lado del Mapocho y en las puertas de La Chimba, por ahí donde antes se hacían las presentaciones de circos y compañías de variedades en la planta del primer hipódromo, como hemos dicho. El nombre de este teatro de variedades y centro de espectáculos aún se distingue verticalmente en dos caras de una cornisa de su fachada, entre esas ventanas redondas de este crucero que nunca tocó aguas, pese a tenerlas tan cerca en el río: "BALMACEDA”. El patrón del teatro había sido el empresario del espectáculo Enrique “Cóndor” Venturino, del que volveremos a hablar más extendidamente. Él había tenido el buen ojo de colocarle este nombre a su sala y no “Reina Victoria”, cómo originalmente se había planeado. Así, “Balmaceda” es un título que a una mayoría no inspirará más que curiosidad e intriga; pero, a quien supo de su leyenda iniciada en los años treintas233, le remontará a los inicios de la época dorada de las candilejas chilenas y a algunas de las primeras experiencias de "destape" en el espectáculo nacional, ante la mirada escandalizada de los ciudadanos conservadores que no podían guardar silencio por el triunfo de los bajos instintos de la plebe que allí se reunía a disfrutar de las presentaciones. No sólo fue espacio para shows subidos de tono en sus escenarios, sin duda: también hubo presentaciones de grupos universitarios, compañías principiantes de teatro y hasta grandes concentraciones políticas, de modo que se constituyó en un sitio de encuentro y alcance con los sectores populares habitantes de los barrios de Mapocho o los que no tenían problemas para atravesar el río e ir a ver esta clase de espectáculos en sus jornadas vermut y noche. El edificio del Teatro de Variedades Balmaceda es uno de los más antiguos de Mapocho consagrados al género del espectáculo. Entró en operaciones en el contexto de la aparición del teatro revisteril en Chile, siendo un precursor del género, en un período en que compañías extranjeras habían visitado el país sembrando la semilla de la escuela artística y bataclánica que aún no era totalmente bien conocida por acá. Maximiliano Salinas recuerda que el diario "El Mercurio" del 29 de junio de 1938, llegaba a hablar en los siguientes términos del teatro: "...económico y chilenizador Balmaceda, teatro que ha impuesto rumbos artísticos en Chile y que por la modicidad de sus precios ha conquistado generales simpatías entre todos los sectores del público santiaguino"234.
233 “Cine y memoria del siglo XX”, Jacqueline Mouesca - Carlos Orellana. Lom Ed., Santiago, 1998 (pág. 151). 234 Artículo “El teatro cómico de los años treinta y las representaciones de Topaze y Juan Verdejo en los escenarios de Chile”, Maximiliano Salinas Campos. Trabajo publicado por el Proyecto Fondecyt “Cultura cómica y sensibilidad popular: la prensa satírica y democrática de Topaze en Chile. 19311970”. Santiago, Chile.

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Pese a la gran sencillez de su fachada, el “Balmaceda” estaba concebido desde su origen como un sitio en la horma del espectáculo artístico francés, pero trasladado al escenario popular criollo. Por eso, no se desgasta mucho profesando al observador la naturaleza de su arquitectura o buscando decoraciones ostentosas ni evocaciones artísticas grandilocuentes, como otros teatros más refinados de la ciudad (casos del “Carrera”, el “Real” o el “O’Higgins”, por ejemplo). Pese a ello, y aun cuando el estrato popular no tardó en tomar posesión del teatro y clavarle su bandera de conquista, el “Balmaceda” también concentró sus inicios en la atracción del público más refinado y pudiente, como era lo corriente en aquellos años. “A la vieja sala de la calle Artesanos ya desaparecida –escribió el gran periodista Rakatán en los ochentas, reproduciendo recuerdos del propio Venturino-, llegaban, recordaba, las más encopetadas familias chilenas como los Alessandri, los Ross, los Edwards, etc., que gozaban con las tallas de los cómicos”. También tuvo una fuerte influencia gala en el tipo de encuentros que se realizaron allí, muchos de ellos inspirados en los cabarets parisinos y los shows del famoso Moulin Rouge. Según palabras de Martín Ruiz: "Existía el bataclán popular que imitaba a orillas del Mapocho, en versión subdesarrollada, al Follies Bergére de París. Alguna vedette criolla de buenas piernas y prominente busto era la atracción principal. No se llegaba todavía al striptease y el erotismo se limitaba a algún escuálido can-can o a un traje de luces mínimo, más algunos chistes de doble sentido que en muchos casos corrían por cuenta de Pepe Rojas"235. Fue en sus escenarios que tendrían lugar, además, las famosas presentaciones de la Gran Compañía de Revistas de Chile, dirigida por Pepe Harold y cuya primera vedette era la mítica Carmen Thalía. Otras grandes estrellas que trabajaron en sus tablas fueron el Maestro Contardo, la cantante de tangos Gabriela Ubilla, la comediante Blanca Arce y su colega Alejandra Díaz. Y Violeta Parra debutó formalmente allí cuando ganó, en el año 1940, un concurso de baile español236. Por donde se ubicó el “Balmaceda” ya había una tradición de espectáculos desde antaño, como las célebres presentaciones boxísticas del “Hipódromo Circo” (“Hippodrome Circo”) de inicios del siglo, con un cuadrilátero de la Cooperativa Vitalicia, visitado por precursores del pugilismo nacional como Juan Budinich,
235 Revista “Araucaria de Chile”, N° 36 cuarto trimestre 1986. Madrid, España. Artículo “Pepe Rojas y los viejos actores” de Martín Ruiz. 236 “La vida intranquila: Violeta Parra, biografía esencial”, Fernando Sáez. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 1999 (pág. 43)

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quizás el más importante hasta la migración del gremio al Teatro Caupolicán y al Estadio Chile, con peleas desde el sábado hasta la mañana del domingo. Como dijimos, además, desde 1934 existía en San Pablo con Manuel Rodríguez, el célebre “México Boxing Club”, primero en el número 1617 y luego en el 1569 donde está hasta ahora237. El folclorista de “Los Chileneros”, Nano Núñez, cantaba una nostálgica cueca suya titulada “Los Campeones”, recordando esos años: El viejo Hipódromo Circo, era el punto de atracción, cuna de grandes campeones, paladines del mentón. Dentro de las doce cuerdas, los de batalla, don Phillipe, El Tomeri; Carlos Aliaga. Carlos Aliaga, sí, de mechas tiesas. era Santiago mosca Juanito Beiza. Sin cachitos ni dados, lindos knot out238. Cabe recordar que los veguinos también fueron fervorosos devotos del pugilismo chileno, llegando a fundar su propio club en 1950: el “Fortín Mapocho Boxing Club”, cuya pelea inaugural fue entre el local Humberto Marín y el visita Juan Fuentes del Club Chorrillos, ganando el veguino239. Es evidente, entonces, que Barrio Mapocho ha sido lugar de importancia en la historia del boxeo chileno. Así, no extrañaría si el “Balmaceda” pudo haber sido otro cuartel o tomó parte de una tradición boxística que ya estaba consolidada allí. Pero la decadencia del teatro levantado en este histórico sitio de Artesanos vino a la par de la degradación de un fragmento del alma chilena: la caída de la época brillante de la revista nacional lo dejó paulatinamente abandonado y olvidado, como podremos ver, no obstante que el fantasma de la corrosión siempre le
237 Página web oficial del Club Deportivo, Cultural y Social México, Santiago, Chile, 2010. 238 Página web Prensa Festival, Santiago, Chile, artículo “Hernán ‘Nano’ Núñez: ‘La cueca es un poema y hay que respetarla’” (entrevista del periodista Julio Fernando San Martín a don Nano Núñez). 239 Periódico “Fortín Mapocho” Nº 53 del 18 de febrero de 1950, Santiago, Chile, artículo “Púgiles mapochinos se pasean por el ring el sábado”.

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amenazó, dada la orientación de su público: su cercanía con el mercado de La Vega Central, por ejemplo, permitía que muchos revoltosos se armaran con lechugas, tomates y huevos para lanzarlos a los artistas, a veces pasados de copas, cuando el show no gustaba o, simplemente, cuando querían provocar escaramuzas. Eran esos momentos donde se notaban las trabas e inferioridades, desgraciadamente, con el carácter popular siendo desplazado por el bárbaro y hosco. La obesa y corpulenta actriz Olga Donoso los enfrentó varias veces, haciéndolos callar en medio de sus presentaciones. Lo propio debió hacer Pepe Rojas, Eugenio Retes, Orlando Castillo y Pepe Harold, cada vez que la chusma se volcaba a sus inclinaciones más palurdas y debía ser intimidada para devolverla al buen comportamiento240. Veremos cómo fue que esta característica terminaría acompañando al teatro hasta el final de su vida útil, dándole una peculiaridad que le fue muy propia dentro de todos los demás centros de espectáculos nacionales.

Aún se puede leer el nombre del teatro “Balmaceda” en su fachada.
240 Revista “Araucaria de Chile”, N° 36 cuarto trimestre 1986. Madrid, España. Artículo “Pepe Rojas y los viejos actores” de Martín Ruiz. Aunque el autor no menciona directamente el nombre del teatro, es evidente que se refiere al “Balmaceda”.

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Edificio del “Teatro Balmaceda” en nuestros días, parcialmente desocupado y en lamentable estado de conservación.

Los pioneros de los shows revisteriles
Los autores Jacqueline Mouesca y Carlos Orellana sitúan al “Teatro Balmaceda” en el surgimiento mismo del espectáculo revisteril chileno, definiéndolo en las siguientes palabras, muy elogiosas: “…el vivero de artistas como Rolando Salcedo, Alejandro Lira, Gabriel Araya, Pepe Olivares, Romilio Romo, y autores como Gustavo Campaña, Pedro J. Malbrán, Pepe Rojas, Mario Cánepa”241. Al respecto, el ritmo del teatro sorprende, pues todos los sábados estrenaba una revista nueva en la sala, combinadas con las funciones de cine. Muchos artistas extranjeros que debutaban en Chile en esos años lo hacían allí, precisamente. Según vimos en palabras de Ruiz, las vedettes del “Balmaceda” no llegaban al principio a un generoso striptease completo; era parcial a lo sumo, bajo la
241 “Cine y memoria del siglo XX”, Jacqueline Mouesca - Carlos Orellana. Lom Ed., Santiago, 1998 (pág. 151).

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vigilancia de las restricciones (explícitas o implícitas) de las autoridades, pero suficiente para acelerar el corazón de los visitantes. Otros dicen que esto se debía al frío reinante en el interior del edificio y que carecía de sistemas de calefacción. Si las rutinas de humor eran igual de cuidadosas con los calificadores, entonces podemos concluir en que la mayoría de los chistes pícaros del actor Pepe Rojas podrían ser contados en hoy hasta en un jardín infantil, pese a que en aquellos años se los tomaba por muy subidos de tono. También hemos oído que el gran Carlos Gardel cantó una vez en los escenarios del “Hipódromo Circo”, antes de levantarse el Teatro Balmaceda donde sus películas fueron exhibidas en rotativos, según sabemos, como muchos otros grandes filmes de la época. De ser cierto este cuento, debería existir acaso una placa conmemorativa similar a la de Huérfanos 1044, celebrando la presentación de Gardel en el desaparecido Teatro Royal que allí existía, en octubre y noviembre de 1917. Comentan también que cuando la bailarina Tongolele (Yolanda Montes) estuvo en Chile paseando sus movedizas caderas y su coqueto mechón blanco por las boîtes nacionales, se habría presentado también en el “Balmaceda”, dato que por ahora sólo conocemos de oídas. Lejos de esa belleza descollante pero poseedora de un talento extraordinario, la renombrada actriz y comediante nacional Anita González fue otra de las estrellas del mundo del teatro que comenzaron en los escenarios del “Balmaceda”, donde trabajó como parte del elenco de artistas hasta 1947, cuando emigró a la Compañía del Teatro de la Universidad Católica242. “Por esta sala –prosigue Rakatán completando la nómina- pasaron grandes figuras como Pedro Vargas, Tito Guizar, Agustín Lara, Lucio De Mare, Hugo del Carril, etc. El gran actor Alejandro Flores representó allí su obra “Y Paz en la Tierra”. Doroteo Marti se hizo famoso con sus dramas llorones. Don Romilio estrenó su Revista: “Los Payasos también tienen corazón”. Carlos Cariola, estrenó allí una graciosa revista titulada: “Tarzán Reumático”. Allí llegó una noche el Embajador de México Alfonso Reyes Espíndola, para hacerse presente en la entrega de un “Cóndor de Oro” al cómico Mario Moreno (Cantinflas), etc.”243. Las primeras temporadas que darán la característica a sus espectáculos comenzaron con el periodo de presentaciones humorísticas realizadas entre 1934 y 1941, con personajes insignes como Rogel y Eugenio Retes, hermanos para quieres tenemos dedicado un capítulo especial, hacia el final de este trabajo.
242 “Amor y humor del teatro. Memorias”, Domingo Tessier. Universidad de Santiago de Chile, Santiago, Chile – 1997 (pág. 52). 243 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 34).

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El mismo año de 1934, debutó la Compañía de Revistas Bataclánicas Cóndor, dirigido por Rogel. Comenzó a ofrecer su revista "El bataclán en copa larga" y, al año siguiente, Anita González se presentó en los llamados conjuntos obreros que actuaron en el teatro. Ella y su famoso personaje La Desideria se hicieron, además, estables en el “Balmaceda”. Y tras la presentación del coro de los Niños Cantores de Viena en Chile, se creó una parodia llamada "Los Niños Cantores de Carrascal", que presentó en este teatro con el actor Orlando Castillo, en 1936. Ese mismo año, la Compañía Cóndor hizo debutar la obra "Yo no pago impuestos", con música de Roberto Retes, que incluía un cuadro humorístico de los comediantes Orlando Castillo, Eugenio Retes, Romilio Romo, Teresa Molina y Pilar Serra. También se presentó Alberto Díaz, más conocido como el Toni Chalupa (que muchos señalan como el verdadero primer payaso al estilo chileno que perdura hasta hoy en el arte del circo nacional) junto a una compañía de bailarinas. En mayo, se realizó un concurso de "tallas chilenas" patrocinado por la revista “Ercilla” y cuyo jurado estaba compuesto por Eugenio Retes, Olga Donoso, Manuel Seoane, Alberto Romero, Armando Donoso y Mariano Latorre244. Junto a Pepe Harold, destacando ya como bailarín y coreógrafo, actuó también y de forma muy reconocible la joven Eva González, quien empezó sus días como parte del cuerpo de baile, desde donde sobresalió pasando luego a ser una cotizada vedette y actriz de su época245. La actividad del “Teatro Balmaceda” toma una intensidad aún más sorprendente en los años que continúan: en 1937, se presentó otra vez la Compañía Cóndor de Venturino. Por una sabia decisión del empresario y actor Romilio Romo, participó de este show el entonces bolerista debutante Arturo Gatica, quien alcanzaría desde allí raudamente la luz de la fama hasta consagrarse en su época como uno de los principales exponentes del género246. Siguió actuando con Eugenio Retes y Gabriel Araya, haciendo después giras por el resto del país247. Al año siguiente, el teatro continuó con las presentaciones de Pepe Rojas junto a un grupo de músicos mexicanos, con la revista "Tú ya no soplas", seguida de
244 Artículo “El teatro cómico de los años treinta y las representaciones de Topaze y Juan Verdejo en los escenarios de Chile”, Maximiliano Salinas Campos. Trabajo publicado por el Proyecto Fondecyt “Cultura cómica y sensibilidad popular: la prensa satírica y democrática de Topaze en Chile. 19311970”. Santiago, Chile. 245 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 33). 246 “Arturo Gatica” (biografía), David Ponce. Publicada en el portal de musicapopular.cl. 247 “Diccionario Biográfico de Chile. 1962-1964”, Ed. Empresa Periodística de Chile. Santiago, Chile 1964, duodécima edición (pág. 541).

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"Márqueme la cruz, córteme la cola” y "Estoy queriendo una negra", con participación de Orlando Castillo, Eugenio Retes, Romilio Romo y Olga Donoso. También aparece la revista chileno-cubana "Siboney", dirigida por el famoso empresario del espectáculo Carlos Cariola, quien además presentó con Eugenio Retes la obra de sátira política "Si las estatuas hablaran”, donde actuaron el propio Retes, Romo, Olga Donoso, Blanca Arce, Pilar Serra y Pepe Harold, entre otros. Hubo varios espectáculos más por el estilo: "Corazón chileno", donde participó el elenco de bailarinas de la Compañía Bataclánica y los shows de Olga Donoso con su compañía Sainetes & Variedades, ganándose entonces el enorgullecedor apodo de "la Mae West chilena". Rogel Retes y la Compañía Bataclánica vuelven a presentarse ese año de 1937, con "Mujeres buenas en casas malas". Vino también el ballet ruso de “Los Cosacos del Kremlin”, con la obra "Alma Rusa", demostrando cómo alcanzaba su escenario para shows de categoría internacional. Le siguió "El Cambio de Gobierno", de Eugenio Retes, y la revista chilenomexicana "¿Qué será, qué será?". Para Fiestas Patrias, la Compañía Bataclánica presenta "Aló, aló Chile, ¿estás despierto o dormido?", participando en ella los “Huasos de Chincolco”, quizás una de las primeras agrupaciones cuequeras “huasas” de folcloristas chilenos, nacida hacia 1921 con una característica que, después, se generalizó en la cueca tradicional con el mito de que ésta proviene esencialmente sólo del campo (aunque estos músicos también eran citadinos, vestidos sólo a la usanza campesina). Viene "El cantor del puerto nuevo", conducido y animado por Pepe Olivares, quien se haría conocido interpretando al personaje Juan Verdejo; y luego "El Embrujo del Mapocho" de Orlando Castillo y Eugenio Retes, también conducido por Olivares, con la show-woman Fanny Bulnes y la cantante Ángela Miralles, acompañada de músicos acordeonistas argentinos. En el ambiente político de las elecciones de 1938, también se presentó la obra "Yo prefiero el tinto" de Retes y Castillo, en alusión casi directa al candidato del Frente Popular don Pedro Aguirre Cerda, apodado "Don Tinto". Participan otra vez las bailarinas de la Compañía Bataclánica. Seguidamente, Olivares estrena "Las nuevas tallas de Juan Verdejo”, con el músico Enrique Motto, alias Chito Faró, autor de la canción "Si vas para Chile" y quien, como hemos visto, se había iniciado en estas artes en el local de “La Cabaña” de calle Bandera, por lo que su carrera profesional prácticamente nació en Mapocho. Siguió la comedia "A ningún pobre se le niega un alce", donde participó el maestro cubano Alberto O'Farril, talentoso y versátil hombre de raza negra que fue toda una novedad y un exotismo para la sociedad santiaguina de aquellos años248.
248 Artículo “El teatro cómico de los años treinta y las representaciones de Topaze y Juan Verdejo en los escenarios de Chile”, Maximiliano Salinas Campos. Trabajo publicado por el Proyecto Fondecyt “Cultura cómica y sensibilidad popular: la prensa satírica y democrática de Topaze en Chile. 19311970”. Santiago, Chile.

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En 1941 sigue este impulso anímico: Anita González protagoniza "Las Locuras de la Desideria", de Amadeo González y Roberto Retes, y debuta también la revista "Verdejo tiene mil novias” de Matías Soto Aguilar con música de Roberto Retes, protagonizada por Olivares acompañado de Alejandro Lira, Blanca Arce y Olga Donoso249. Otro hito fue el debut de "El Huaso Speaker", espectáculo cómico musical. Dura esta energía aún en 1943, cuando llega -por su propia cuenta- el actor Andrés Gallo, quien inició en este teatro su camino a la profesionalización, antes de convertirse en actor principal de otras obras y compañías250. Éstas son sólo algunas de las historias perdidas tras esa fachada polvorienta y en ruinas, de lo que alguna vez fue el gran teatro de variedades a orillas del río, impulsor de estos espectáculos que alcanzan cumbre con epopeyas como el “BimBam-Bum”, el “Humoresque” o el “Picaresque” en las candilejas nacionales.

La fase menguante del “Balmaceda”
Intuyendo que se acababa el brillo aurífero de su sala, Venturino dejó el Teatro Balmaceda en manos de otro empresario, un ex funcionario público que, como buen político, no supo conducir con destreza los desafíos de administrar un centro cuya veta ya se estaba agotando. Así, a mediados de los años cuarentas, la revista “En Viaje” no trepidaba en declarar al “Balmaceda” como “un aporreado teatro” que ya iba “por una época de crisis más grave que de la guerra mundial”251. Desde ese momento, el “Balmaceda” pasará por otras manos y sociedades, sin que alguna de ellas lograra reponerle un lugar relevante en el calendario de candilejas santiaguinas, como el que alguna vez tuvo. Permanecerá, principalmente, como cine y todavía ofrecido de ocasional escenario para el clásico boxeo. El paso de las compañías que siguen ocupando sus tablas en esos días, sólo dejaron pérdidas y alejaron más aún al público que, además de tener que lidiar con los malos elementos que compartían las butacas, debía soportar desaboridos cómicos y shows francamente decadentes, según denunciaban los críticos. Deficientes montajes, la asignación de papeles principales a actores desconocidos o de escaso
249 Artículo “El teatro cómico de los años treinta y las representaciones de Topaze y Juan Verdejo en los escenarios de Chile”, Maximiliano Salinas Campos. Trabajo publicado por el Proyecto Fondecyt “Cultura cómica y sensibilidad popular: la prensa satírica y democrática de Topaze en Chile. 19311970”. Santiago, Chile. 250 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 262 de agosto de 1955, Santiago, Chile. 251 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) N° 141, julio de 1945, Santiago, Chile, sección “Teatros”.

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talento, además del lenguaje excesivamente procaz de las presentaciones luego del relajo de la antigua censura, terminaron por agravar el problema. La progresiva baja calidad-cantidad del público ya comentada y el desgaste de su aporte al género revisteril, echaron la suerte del Teatro de Variedades Balmaceda. Y fue en este estado condicional que pasó a manos del empresario Dante Betteo Golini y su grupo asociado252, quien poco antes había participado también de la fundación de la Organización Teatral Chilena S.A., además de haber pertenecido a varias otras firmas que administraron importantes teatros chilenos253. “A lo mejor –comentaba con sorna el crítico de la revista “En Viaje”- se dice el señor Betteo: “¡Qué espectáculos vivos! Para vivos, nosotros”. Y pone películas y los pobres cómicos se quedan con tres cuartas de sus narices y más corridos… que los que cantan en México”254. Pepe Harold seguía presentándose en sus escenarios, pese a todo, levantando parte de la alicaída reputación del local con el elenco reunido por Pepe Landaeta y las presentaciones musicales del célebre grupo femenino “Trío Moreno”, famosas en la bohemia de esos años. Destacaron en esta etapa actores como Alejandro Lira, Rolando Calcedo y el argentino Germán Vega255, en la compañía “Rum-Bam-Bú”, además de otras revistas de Harold que fueron rápidamente instaladas en cartelera reemplazando a una de Pedro J. Malbrán, que no gustó al exigente (o más bien porfiado) público del teatro256. Las presentaciones se sucedían unas detrás de otras durante toda la jornada, aunque algunos deslenguados comentaban por entonces que era Lucho del Real quien concebía los shows y que Harold sólo ponía la firma, al tiempo que “Los cómicos de este teatro se baten con los sábados y domingos y apenas cobran un sueldo de hambre por esos días”, según la mencionada publicación de “En Viaje”257.
252 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) N° 141, julio de 1945, Santiago, Chile, sección “Teatros”. 253 “Diccionario Biográfico de Chile. 1962-1964”, Ed. Empresa Periodística de Chile. Santiago, Chile 1964, duodécima edición (pág. 162). 254 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) N° 141, julio de 1945, Santiago, Chile, sección “Teatros”. 255 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) N° 142, agosto de 1945, Santiago, Chile, sección “Teatros”. 256 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) N° 143, septiembre de 1945, Santiago, Chile, sección “Teatros”. 257 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) N° 154, agosto de 1946, Santiago, Chile, sección “Teatros”.

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Pero ésta fue, solamente, parte de una mediana y muy relativa revitalización del popular “Balmaceda”, a fines de los cuarentas y parte de la década siguiente. El proceso de degradación no se detuvo, y si en todos sus años el teatro acumuló una cantidad asombrosa de presentaciones que se hicieron en su sala, éstas estaban aglomeradas sólo en las páginas de su mejor época del espectáculo, por lo que -se podrá comprender- su destino último de todos modos estaba escrito a esas alturas. “El viejo teatro Balmaceda –dice Ojeda Leveque en 1959-, próximo a la Vega Central, tiene tal vez la galería más brava de Santiago. No cualquiera concurre allí por mucha atracción que ejerzan algunos de sus espectáculos, y hasta notabilidades artísticas han manifestado sus temores de actuar”258. Los espectáculos de humor comenzaron a quedar progresivamente atrás y vinieron así los permanentes rotativos de películas. El teatro empezó a ser arrendado, además, para otra clase de encuentros a veces tan libreteados y cómicos como los de la época revisteril: la política. Y es que este carácter del “Balmaceda” también atrajo a los activistas de algunos partidos políticos hacia la idea de instalar podios en sus escenarios. Se cuenta -casi con vergüenza- que algunos de sus últimos espectáculos eran de escasísimo lucimiento o, más bien dicho, cercanos al patético derrumbe. De las bellas vedettes ligeras de ropa se pasó a presentaciones de moral dudosa y negocios oscuros, convirtiéndose ya no en el lugar popular de antes, sino en un antro siniestro y peligroso, no apto para visitantes ajenos a la huerta de cardos del ambiente. Había llegado, entonces, la caída de telón que señalaba el final de todos los finales para la historia de los shows del “Balmaceda”. Fue así como pasó su época de granates y ágatas: virtualmente abandonado y empobrecido, agobiado por la horridez, la falta de mantención comenzó a destruirlo. Tras reparaciones realizadas hacia los años ochentas sobre el casi abandonado edificio, sus dependencias se convirtieron en un puesto de hortalizas. ¡Sucia ironía, aquélla!: pasar a ser un lugar para la venta de las mismas verduras y frutas que les arrojaban antes a los sacrificados actores de su sala, los más primitivos elementos del público. A mediados de marzo del año 2000, un incendio desatado en Artesanos con avenida La Paz por una falla eléctrica, consumió una parte del antiguo edificio del ex teatro. Algo de su destrucción se oculta también tras una destartalada plancha,

258 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 305 de marzo de 1959, Santiago, Chile, artículo “Santiago se alimenta”.

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en la fachada de la construcción. Los pisos inferiores fueron convertidos en salones de pool, fuentes de soda y una droguería. Actualmente, funciona en él un bar-restaurante y schopería, que al menos permite conocer cómo era el aspecto general de algunas de las salas del desaparecido “Balmaceda”, antes de que la abrasiva arena del reloj de la historia termine de erosionarle por completo.

lupanares Últimos lupanares de calle Esmeralda
En tanto, del otro lado de los puentes parte de la entretención seguía asociada al tradicional comercio del sexo más que a los shows subidos de tono y con bailarinas generosas a la vista. Es decir, seguía atrapada en las sombras cómplices de la clandestinidad y ajena a la luz tibia pero impersonal de las candilejas. En esos escenarios también se vivía una fase menguante propia, con la decadencia deslizándose por la tabla rasa, o acaso subiendo la cuesta del tiempo en contra. El turbio atractivo de la ex Calle de las Ramadas en el siglo XX, atrapada entre la aristocracia y la lujuria, tenía especiales influjos de seducción sobre los cadetes militares, como esos mismos que llevó hasta allá don Diego Portales en sus años controvertidos, sobreviviendo la tradición por mucho tiempo después de su muerte y de la vida misma de la “Filarmónica” donde se realizaban las fiestas privadas del ministro y sus amigos, ahora convertida en la Posada del Corregidor como hemos visto. Todavía en 1900, era común que los alumnos de la Escuela Militar aparecieran por la calle Esmeralda pasando entre sus secretas puertas y escalas, como en los mejores tiempos portalianos y visitando también a “las Copuchas”, esas lustrosas chiquillas “buenas y condescendientes, cuyos redondos y frescos cachetes tanto celebraran”, según anota Sady Zañartu en su formidable indagación sobre la historia de las calles santiaguinas259. Evidentemente, entonces, no todo era comercio sexual, sino más bien ambiente de diversión, entretención y bohemia, parte de la que ya vimos antes con más detalles y ejemplos. El haber rebautizado la calle como Esmeralda, fue en limpio homenaje a los héroes de Iquique, sin duda, pero no cambió demasiado sus funciones al servicio privilegiado de los placeres del pueblo. Por el contrario, apareció una nueva generación de establecimientos que heredaron la fiesta nocturna de las antiguas ramadas y chinganas que allí se acogieron a funciones en la Colonia, más los burdeles que hemos mencionado presentes desde hace bastante tiempo y que también dejaron su huella.
259 “Santiago calles viejas”, Sady Zañartu. Ed. Gabriela Mistral, Santiago, Chile – 1975 (pág. 53).

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La prostitución de Mapocho tendría su mejor excepción y expresión quizás en esta calle, con casonas de fachadas exhibicionistas, remontadas a los años veintes y donde la decoración suntuosa y artística nos evoca a un apetito afrancesado que ni la calle Paris del Barrio Modelo de San Francisco quizás consiga de forma tan deliberada. Sus refugios de remolienda eran, además, lugares con la antigua estética angelical y pretensiones elegantes de los clásicos burdeles de Santiago, de esos donde imperaban los cuadros de artistas desconocidos, las victrolas y las estatuillas de mujeres desnudando su belleza románica. Toda una isla entre lo que era más general a la actividad sexual mapochina, como podrá deducirse. Hablamos de ellos como burdeles sobrevivientes por el hecho de que muchos otros del sector se habían trasladado en los tiempos de la construcción del Parque Forestal, pasado el Primer Centenario. Así, la mayoría de los antiguos lenocinios mapochinos se hallaron desplazados a otros sectores, como la Alameda Sur260, y quedaron relevados en el barrio por un patín más callejero y deslucido. Méndez Carrasco cuenta que, hacia la época del tranvía, Esmeralda fue también lugar de reducción de especies robadas, como las de un ladrón apodado Gomina, mencionado en su obra “Chicago chico”, quien tenía su radio de acción en El Golf y Ñuñoa, aprovechando las salidas de sus aristocráticos moradores hasta sus casas de descanso en la costa261. Curiosamente, sin embargo, estas oscuras actividades comenzarían a convivir en la misma calle con encuentros culturales y otros de orientación más intelectual, especialmente entre los setentas y principios de los ochentas. Famosas eran las presentaciones de jazz, por ejemplo, en el auditorio del Instituto Chileno-Alemán de Cultura, en el número 650. Otra característica excepcional de Esmeralda era que sus burdeles sobrevivieron por toda la tortuosa senda del siglo XX, incluido el período posterior al cierre de los centros de recreación principales como el “Club Alemán de Canto” o “El Can Can”, llegando en algunos casos casi hasta los albores de nuestra actual centuria. Dicen por aquí que aquellos años del Régimen Militar, con restricciones y toques de queda, beneficiaron en parte la actividad más que perjudicarla, pues los clientes se quedaban en sus casitas de huifa como albergue para esquivar las fieras de las noches en la selva de la ciudad. Se cuenta también que el supuesto encanto de los antiguos militares con estos lugares que alguna vez frecuentaban casi por rito, les dio cierta inmunidad ante las restricciones, pero no tenemos información más precisa que confirme esta clase de rumores. Sí sabemos que había dos o tres
260 “La prostitución en Santiago, 1813-1931: visión de las elites”, Álvaro Góngora Escobedo. Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos, Santiago, Chile - 1994 (pág. 55). 261 “Chicago chico”, Armando Méndez Carrasco. Beuvedráis Editores, Santiago, Chile - 2007 (pág. 45).

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hoteles parejeros funcionando en esta calle en los años ochentas y noventas. Un lugar de acogida de estos, como veremos luego, era el llamado “Elite” (o algo así), casi en la esquina con San Antonio, frente de otro de los más populares prostíbulos de la calle, y que fuera demolido para hacer la torre habitacional que existe en ese lugar de la cuadra desde el año 2005. Sin embargo, Esmeralda era a veces un lugar peligroso, tentado por amenazas muy reales y vinculadas necesariamente a este ambiente de los últimos prostíbulos, por muy quitados de bulla que intentaran aparentarse. La decadencia atrae a la decadencia, y fue así como uno de los golpes de muerte que reciben sus últimas casas de alcahuetería y viejas cabronas, provendrá de este mismo factor corrosivo que ya había comenzado a llamar la atención de las autoridades y la sensibilidad policial. Irónicamente, sucedería cuando acababa de retornar la democracia en Chile tras una excepción de 17 años, como podremos ver. De día o de noche, hoy son sólo algunas pocas mariposas -de cincuenta, sesenta o más años a cuestas- las que vuelan bajito y a ras de tierra por entre los postes de alumbrado del sector, recordando algo remoto sobre las viejas academias de la misma calle en la que se formaron. Las noches en la Plaza del Corregidor son el momento y sitio favorito de ellas, que han sido un gran aporte a esta investigación, por cierto, confirmándonos de paso que las casitas de remolienda como tales, definitivamente están extintas en la calle, después de los hechos que señalaremos. Pocos saben ya de los secretos que se ocultan tras esas elegantes y suntuosas residencias de Esmeralda, con esculturas, columnatas y grutescos guardando eterno silencio cómplice de lo que allí fueron testigos en el pasado.

crimen El crimen en “La Tía Claudia” y el final una época
Uno de los más famosos últimos sitios de remolienda en calle Esmeralda fue el burdel de “La Tía Claudia”, llamado así por el nombre de su regenta, una mujer mayor con pasado algo controversial. Ocupaba una casona con balcón y portones de madera, en el número 787 casi llegando a la esquina con San Antonio, donde trabajaban unas diez chiquillas262. La leyenda cuenta que esta casita de huifa era visitada por algunos personajes cuyo nombre sonaría conocido no sólo a las prostitutas que le dieron la respectiva atención. Al frente, estaba el mencionado hotel “Elite”, junto a un edificio de seis
262 “Naciste pintada”, Carmen Berenguer. Ed. Cuarto Propio, Santiago, Chile – 1999 (pág. 151).

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pisos cuyos moradores solían quejarse continuamente por los excesos de las actividades que tenían lugar en el barrio. El hotel recibía a las parejas de aventuras rápidas durante toda la semana y se abastecía especialmente de la clientela de las trabajadoras sexuales en esta calle, durante los mejores días del oficio local. Pero la tragedia no tardó en golpear esa puerta de pesadas maderas del burdel, salpicando de sangre a toda la calle Esmeralda y condenando su futuro. Una noche de aquellas tan embriagadas por alcohol y sexo, más específicamente la del lunes 23 de abril de 1990, la jornada culminó abruptamente cuando una de las prostitutas de “La Tía Claudia”, apodada la Chinoska (o la Ninoska, en otras fuentes), según su confesión atacó a un chulo y cliente con privilegios de la casa (otros dicen que habría sido su amante) llamado Julio, propinándole tras una riña a golpes tres certeras puñaladas que le quitaron la vida y que causaron gran revuelo en los sensacionalistas medios de comunicación de esos años263. No es claro lo que haya sucedido exactamente aquella noche sangrienta. La prensa y los medios trabajaron la tesis de un drama pasional. Según la prostituta autora del homicidio, sin embargo, ella era lesbiana, situación de la que el fallecido habría comenzado a hacer mofa (mientras aún estaba vivo y sin saber que le quedaban sólo instantes de existencia), desatándose la gresca en que éste le dio algunos golpes a la mujer, provocando en ella la ira con la que le aseguró la muerte por venganza, valiéndose de uno de los cuchillos de la casa. Este brutal escándalo puso frente a su ocaso a la prostitución clásica y con casa propia en la secular calle Esmeralda. La clientela de las chiquillas escapó como los ratones de un barco haciendo aguas y las autoridades comenzaron a cargar la mano en todas esas cuadras. Merino comentó a la pasada este singular episodio y el final de la influencia del cuasi barrio rojo sobre la calle: “En las proximidades de San Antonio está la sección nocturna y lumpenesca de Esmeralda. Uno de los viejos prostíbulos –cuyas asiladas comenzaban a trabajar como a los diez de la mañana- acaba de ser echado abajo. En este lugar se dio hace poco un caso peculiar: para desentrañar un crimen pasional, una detective de Investigaciones estuvo dos meses haciéndose pasar por prostituta. Sus desvelos tuvieron éxito”264. A continuación, el escaso prestigio del oficio allí cayó hasta el fondo, desangrado por la misma herida que mató al abusón Julio. La atención de la municipalidad
263 “Naciste pintada”, Carmen Berenguer. Ed. Cuarto Propio, Santiago, Chile – 1999 (pág. 150-156). 264 “Santiago de Memoria”, Roberto Merino. Ed. Planeta, Santiago, Chile – 1997 (pág. 55-56).

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sobre las pocas casitas de tambo que quedaban nunca cesó y el rubro murió casi por inanición, quedando reducido a veteranas mujeres de cabellos teñidos, que hasta hoy intentan competir con una prostitución juvenil callejera incluso más decadente que la de esa época terminal, desgraciadamente aún presente en gran parte del resto del Barrio Mapocho265. De hecho, se ven por allí más bien prostitutas adolescentes o extranjeras, generalmente de raza negra, muchas de las cuales parecen ser residentes de los alrededores del histórico vecindario. Así, la antigua casona de “La Tía Claudia” que había sido escuela de tantas meretrices del barrio, desapareció con sus grandes puertas y su balcón, convertida en un nuevo edificio con un restaurante de comida internacional. El hotel, en cambio, pereció casi olvidado, en una esquina demolida entera y convertida en el edificio residencial que actualmente ocupa su antiguo espacio de calle Esmeralda. Es el más alto del sector, hasta ahora, y en el que casualmente, tenemos dos conocidos en su último piso, facilitándonos la vista panorámica del barrio de nuestro interés durante este estudio. Fue el final, entonces, del último burdel y de otro de los últimos hoteles parejeros de la calle Esmeralda, ahogados en la sangre de un muerto que pocos, salvo sus seres queridos quizás, recuerden a estas alturas. El resto de la prostitución mapochina sólo pudo sobrevivir refugiándose en los clubes nocturnos de los que hemos hablado, y otra parte perece triste y decadente, vagando a la deriva por las calles del barrio, como los abandonados de un naufragio. Si bien la alcaldía de Joaquín Lavín en Santiago se mostró relativamente tolerante con la actividad de las prostitutas de la comuna, intentando persuadirlas más que forzarlas a dejar el rubro, los constantes reclamos de los vecinos (que es lo mismo que hablar de votos) no tardaron en hacer efecto y provocar una arremetida contra el gremio que se notó especialmente en esta calle. En plena discusión sobre la posibilidad de establecer ese barrio rojo del que tanto se ha hablado para conglomerar esta clase de actividades sexuales dentro de la ciudad, se intentó abrir un nuevo boliche licencioso en una de las esquinas de Esmeralda, hacia el año 2004, esta vez disfrazado de café y local de entretención266. Pero su vida fue tan efímera que sólo contribuyó a engrosar los ánimos de los vecinos contra tal tipo de negocios y a aceptar que la época de la prostitución en la ex Calle de las Ramadas, había pasado, irremediablemente. En su lugar, había comenzado la era de los
265 Artículo “Prostitución Juvenil Urbana”, del Centro Interdisciplinario de Estudio de Género de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, para el Instituto Nacional de la Juventud. Santiago, Chile – 1999 (pág. 16). 266 Diario “El Mercurio” del domingo 27 de octubre de 2004, Santiago, Chile, artículo “Barrios rojos enfrentan a vecinos y autoridades”.

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mucho menos escandalosos cafés con piernas, con la galería interior completa entre Diagonal Cervantes y San Antonio con Esmeralda, en el pasaje del ex CineTeatro Riviera al que ya nos hemos referido. Desde entonces, la ex Calle de las Ramadas ha mejorado extraordinariamente su cariz, volviéndose territorio de acervo cultural y de comercio ligado al diseño y al coleccionismo… O eso, al menos, a la luz del día. Otra causa reciente (y al parecer definitiva) de este descenso de la actividad sexual callejera más visible en el barrio, contrastada con la persistencia de los locales de estilo cabaretero rasca donde todos los secretos quedan “adentro”, puede estar en los programas de seguridad municipal que se han aplicado en el sector. Uno de los más severos fue "Comuna Segura, Compromiso Cien", que impulsó el alcalde Raúl Alcaíno y que apuntaba, entre otras cosas, directamente a reducir la actividad de prostitución en Mapocho267. Y salta a la vista en nuestros días, que la autoridad edilicia tuvo bastante éxito en esta cruzada, tanto para la paz de calle Esmeralda como para todo el vecindario completo donde fluye la vida en las riberas, ya con muy pocas de las sirenas de aquella época peinándose la cabellera en esta parte de su orilla.

Esquina de calle Esmeralda llegando a San Antonio, justo por donde estaba el burdel de “La Tía Claudia”. Las puertas centrales y los balcones que se observan y que le pertenecían, ya no existen, pues la casona fue completamente remodelada y convertida en restaurante. La imagen es parte de un dibujo digital en base a fotografías de principios de los noventas.
267 Diario “El Mercurio” del domingo 13 de marzo de 2005, Santiago, Chile, artículo “Alcaíno espera recuperar centro histórico de Santiago”.

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Los caracoles de la perdición en Bandera
Hemos visto que parte de la gama de la oferta sexual del barrio se mezcló o intentó disfrazarse con el espectáculo nocturno y los shows continuados de varios sitios. Muchos fueron los boliches rojos con tal camuflaje que desparecieron de calle Bandera, quedando de su recuerdo algunos cafetines con entradas en neones y que, cada cierta cantidad de años, vuelven a cambiar de nombre y de administradores, como si el negocio permaneciera, en su esencia, en la más total, angustiante y constante inestabilidad. Sin embargo, destacaron un par de galerías comerciales cuyos locales y ambientes llegaron a prolongar en el tiempo la fama del Barrio Chino, incluso cuando éste ya no existía como tal. Más o menos hasta principios de los años noventas, todavía eran famosos los topless de los caracoles de esta misma calle, como generadores de historias tan tórridas e insólitas sobre la lujuria desatada de algunos visitantes que, aun si tuviéramos la seguridad de que no eran más que leyendas urbanas, evitaríamos detallarlas en este trabajo, para no provocar náuseas. Y más intrigante nos resultará tener que admitir que gran parte de la clientela de estos espirales malvados siempre parecieron ser universitarios y ejecutivos, que solían asistir en masa (muy a la costumbre chilena: ocultándose en el grupo) incluso con los implementos y ropas de cada jornada de responsabilidades, como cuadernos, carpetas, maletines y corbatas. Los días viernes eran, por lo tanto, los de mayor concurrencia y atracción para este tipo de público, y de seguro habrá muchos cínicos que en nuestros días no serán capaces de admitir que formaron parte de la abultada y poco prestigiosa clientela de tales chiribitiles sofocantes. El más polémico y mejor alimentador de cuchicheos de estos dos caracoles, era aquel ubicado en Bandera 642 cerca de Rosas: por aquel entonces, correspondía a un antro oscuro y temido, en cuyas vueltas se veían tipos de rostros siniestros y amenazantes, espinilludos y de pómulos muy marcados, siempre pidiéndole a los extraños explicar las razones de su presencia allí. Haber visitado este caracol en la realización de un trámite para un primer empleo de juventud como estafeta, hace muchos años (ahí por el año 1992), nos dejó una impresión indiscutible sobre el ambiente duro y desafiante que solía imperar en esa interminable pequeña Babilonia, con algunos locales de negocios menos sombríos como librerías o tiendas de música intentando sobrevivir mientras alternaban con los cajones de sexo y ofertas casi insolentes, allí presentes. “Caracol del Unicornio”, le decían entonces, aludiendo al nombre del principal boliche orgiástico que tenía en sus dependencias, casi mítico a estas alturas y especialmente popular hacia los años ochentas y noventas, cuando ya era con todo

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desparpajo un centro de prostitución con fachada comercial, como lo verificaron en horas de colación de un día de trabajo los reporteros de la revista “Apsi”268. “El Unicornio” llegó a constituir el más famoso cabaret de este lado de Santiago en su momento, siendo apelado para muchos chistes y bromas de la época, aparte de otros rumores que siempre rondaron sobre su atmósfera. Además del mencionado local principal generador de historias grotescas (sí, realmente grotescas, por eso los escrúpulos nos hacen dejarlas de lado), estaban en esta galería otros cafés topless como “El Gato Verde” con sus bailarinas indiferentes al sentido del tacto, el “Mamasán” (palabra oriental que también se convirtió en mote para ridiculizar a los varones de modales afeminados por estas latitudes) y el cabaret “Génesis”, además de un burdel simulando ser sauna (o algo por el estilo) en la parte más alta, donde nos parece que después existirá un centro de salud. Fueron famosos entre los estudiantes cimarreros y los malos universitarios que abandonaban las clases buscando desnudistas o directamente sexo pagado en estos sitios. Y por las noches, este antro de varios pisos degeneraba en un verdadero paseo de prostitutas, siendo por esta característica que mantenía un vínculo estrecho con el Barrio Mapocho, a pesar de encontrarse a media cuadra de lo que consideramos su lindero en la calle Rosas, pues era lo que proveía de clientela también a algunos de los hoteles parejeros y expendios de comida o bebida más cerca del río. A su vez, mucho público del club provenía de ese lado del barrio. En su fase más decaída, casi en el sótano de la indignidad, estos burdeles vestidos con pretensiones de show nocturno eran enjambres de copetineras ofreciendo onanismos y felatios in situ por exiguas remuneraciones, más actos sexuales en vivo con clientes elegidos a dedo por las propias “artistas” como parte del show, incluso sin ninguna clase de protección según recuerdan los detallistas con más estómago. Dicen que el cliente hasta recibía una especie de plantilla o tarjeta a la que se le iba marcando cada “servicio” de parte de las muchachas dentro del local, que se cancelaba por el propio usuario a la salida. Después, en su famoso subterráneo se instaló la quizás más decaída expresión de todos los topless que tuvieron sitio en el caracol: el “Free Girls”, que parece haber sido el último antes de la desaparición de esta clase de locales en esta galería. Los escándalos, las peleas, la contratación irregular de extranjeras, el consumo y tráfico de droga y hasta hechos de sangre ocurridos en sus pasillos, acabaron poniendo el ojo inclemente de las autoridades sobre este lugar, que para esos años
268 “El libro abierto del amor y el sexo en Chile”, Pía Rajević. Editorial Planeta, Santiago, Chile – 2000 (pág. 47-48).

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ya era llamado merecidamente como “El caracol de la muerte”. Su fin se aproximaba tras el cambio de folio en el milenio. Mientras tanto, en otra galería de la primera cuadra Norte, llamada Centro Comercial Santiago-Bandera, en calle Bandera 818 llegando a San Pablo, se acogía a negocios menores pero bravos como el “Passion” que, al igual que el caracol del 642, le valieron al conjunto sugerentes apodos como el de “Galería de la muerte” o “Caracol de la perdición”; inadecuadamente, porque no era un caracol. En este sitio, donde también alternaban locales de comercio serio con pequeños antritos de efusión sexual, había otra intensa prostitución camuflada en el desnudismo, pero dicen sus ex devotos que la oferta se mezclaba con todo hacia el final del chipe libre que imperaba en sus dos pisos: homosexualidad, sexo en vivo, droga y posible pederastia. No lo sabemos a ciencia cierta, más allá de estos testimonios, pero sin duda alguna fue en su momento, un resabio de lo más bajo y picante que habría podido sobrevivir hasta nuestros días desde los tiempos del Barrio Chino que allí ocupaba terreno; de esa parte ulcerosa y pústula que se ha resistido a desaparecer de la ciudad y de nuestra sociedad completa, pese a los innumerables cambios que ha experimentado el vecindario. En los pisos de más arriba de esta galería, sin embargo, la moral y el buen vivir lograban tener su propio espacio: se concentran hasta ahora talleres, pequeñas oficinas e incluso encontró allí residencia el otrora millonario empresario deportivo Ricardo Liaño ya en sus años de ocaso, como tendremos tiempo de ver cuando nos concentremos en su caso particular. Caído el peso de la luz sobre esa antigua actividad sombría, presión que aplastó hasta sus bases esos antiguos boliches donde la línea entre el burdel y el cabaret nunca estuvo clara o definida, ambos caracoles perversos de calle Bandera cambiaron su aspecto totalmente, al punto de hacerse casi irreconocibles con respecto al lujurioso y depravado vestido que usaban en aquellos años en que sus negocios eran realmente redituables. La contracción llegó casi sola, como al cierre en la vida de una estrella que, luego de ser gigante roja, ha consumido todas sus reservas. En el lugar de los clubes de shows continuados de Bandera 642, vino la gran embestida de las autoridades que ya hemos comentado al hablar de los lupanares de calle Esmeralda, dirigida precisamente contra esta clase de sitios, acabando todos ellos clausurados o desplazados a la fuerza hasta otros lados de la ciudad. La inmoralidad fue, literalmente, fumigada dentro de esta galería. En donde antes había caños y luces quemadoras de retinas, se instalaron un centro médico dental y locales de comercio, muchos de ellos de aspecto agónico y otros definitivamente cerrados, como ha sido la tragedia para los caracoles de todo Santiago al pasar su

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buena época, aquella cuando en realidad representaron cierto grado de novedad para el público. En tanto, en el pasaje comercial que corresponde al 818, sólo quedan en sus dos pisos tiendas de ropa, un taller de zapatería y varios cafés de vidrios oscuros por los que sólo asoma un ruido ensordecedor de cumbias o reggaetones interminables lesionando los tímpanos. Ese vaho pútrido que imperaba en el vapor ambiental hacia el fin de los años activos de la oferta sexual en sus interiores, sin embargo, parece haberse disipado. Varios locales ya están vacíos, especialmente en el segundo nivel, con sus respectivos carteles de “en venta” o esperando arrendatarios que nunca aparecen. Para alegría de los vecinos de la populosa calle Bandera, poco y nada queda de esos polémicos tiempos de perdición en estas dos ex galerías pervertidas, pues hasta la más vil decadencia tuvo, también, su propia y última decadencia.

La galería Centro Comercial Santiago-Bandera en nuestros días, ya domada, pacificada y con más luminoso comercio interior. Quedan varios cafés de vidrios oscuros y luces de colores hacia el fondo, pero en un ambiente infinitamente más amistoso y manso que aquél que tuvo alguna vez.

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Callejones cortos y oscuros del viejo Barrio Mapocho y que ahora están prácticamente demolidos, como Hurtado de Mendoza y Vicuña Subercaseaux (en la imagen), fueron en el pasado leales cómplices de algunas actividades pecaminosas en el vecindario riberano.

Edificio “El Buque” en 1986, poco antes de ser demolido, en detalle de fotografía expuesta en las vitrinas informativas de la Estación Metro Puente Cal y Canto. Se ubicaba entre General Mackenna y avenida Balmaceda con Bandera.

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PARTE IX:

REGISTROS REGISTROS DE OTRAS EXTINCIONES RECIENTES

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Bajas y remanentes de la primera generación hotelera
De la misma manera que existieron ofertas de cabarets, candilejas y remolienda, también hubo varios hoteles en el vecindario ribereño que tuvieron algún grado de relación con el oficio del comercio sexual, la mayoría de ellos terminando marcados por un cariz tétrico e inescrupuloso. Otros gozaron de mejor estampa, sin embargo, convirtiendo el hospedaje en uno de los negocios más característicos de Mapocho, en ciertos casos pretendiendo ser lugares de acogida para los viajeros; y los menos asumiéndose más honestamente como sitios de reputación dudosa. Cronológicamente, el auge hotelero coincide aquí con el inicio de la gran actividad ferroviaria, pero también con un fomento hecho entre 1920 y 1930 por la Empresa de Ferrocarriles del Estado y luego por la Honsa (Hotelera Nacional). Suponiendo que la actividad sexual que abastecía a tales hoteles sólo era secundaria frente a la gran demanda de los pasajeros en el barrio, se concluye que la mayor parte del flujo llegaba por el servicio ferroviario y también por la terminal de buses que existió cerca, otorgándole un carácter portuario a sus calles, según hemos dicho. No obstante, la mayoría de los negocios hoteleros provenía desde esos años en que sólo los tranvías eléctricos marcaban la impronta y dinámica del barrio ribereño y, aunque muchos se esfuercen en negarlo, su vínculo con la actividad sexual (mayor o menor, no importa) era y sigue siendo innegable. En la actualidad, de los edificios que albergaron a estos viejos hoteles sólo quedan uno que otro en servicio, como el otrora elegantísimo establecimiento de balcones artísticos, grutescos y molduras del actualmente llamado “Hotel Central”, que se establece muy tempranamente formando una cuadra entre las calles Aillavilú y General Mackenna, con Bandera, pero que nada tiene que ver con un clásico hotel del mismo nombre que estuvo efímeramente en San Antonio con Merced, dicho sea de paso. Díaz Etérovic eligió este hotel mapochino como escenario de un crimen, para una de sus novelas269. Aún se encuentran visibles en el “Hotel Central” sus magníficas filigranas florales, grutescos con rostros de leones y delicados balcones de balaustras hermosamente dispuestas en un estilo neoclásico que alguna vez honró con su presencia al barrio.
269 “Los siete hijos de Simenón”, Ramón Díaz Eterovic. Lom Ed., Santiago, Chile – 2001 (pág. 38). No parece casual la elección hecha por Díaz Etérovic: un reportaje hecho por periodistas de “Contacto” de Canal 13, en 2005, reveló que el hotel era un verdadero nido de actividades de narcotráfico y otros delitos, cayéndole el peso de la ley tras la llamada “Operación Pantera”, que desbarató a una banda.

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Antes, frente al edificio estaba el punto de partida para servicios de vehículos y buses que transportaban hasta Valparaíso, Quintero, Quillota y destinos intermedios a los pasajeros, como aquellos que no alcanzaban a sacar boletos en la estación según nos confirma el señor Contreras, un antiguo locatario de la tienda de ollas, piezas de cocina, grifería y otros artejos en el primer piso del mismo edificio. Fuera de operaciones está, en cambio, el ahora algo tórrido “Hotel Bandera”, pero al menos existe aún su curiosa construcción, casi al frente de Aillavilú y por el poniente de la última cuadra de calle Bandera. Si estamos bien informados, fue hasta los ochentas que en este establecimiento estaba también el algo más refinado “Hotel Versailles”, vecino al cabaret “Zeppelin”. Veremos que Chita Yáñez, amiga de Luis Enrique Délano y sobrina de Eliodoro Yáñez, residió en el tercer piso de este edificio, que sobrevivió en funciones todavía hasta las cercanías del cambio de milenio. En su planta baja se hallaba antes el restaurante “Patio Criollo” y la histórica “Sombrerería Ortiz Dinamarca”, ahora ocupados por una pollería peruana y por un café topless, respectivamente. La esquina siguiente, en cambio, estaba dominada por ese antiguo edificio de eje oriente-poniente llamado “El Buque”, que se imponía extrañamente junto a Bandera y su desembocadura sobre General Mackenna, además de tapar parcialmente al “Hotel Central” si se lo miraba desde la Plaza Venezuela. Hay quienes ponen en duda que “El Buque” haya prestado alguna vez servicios de hotelería, pero otros aseguran la existencia de esta actividad (formal o clandestina, no sabemos) en viejos tiempos del mismo. Estaba en perfecta alineación con el “Bristol Hotel” en las filas de cuadras estrechas entre General Mackenna y Balmaceda, separados por una pasada que equivalía a la continuación de calle Bandera hacia el río. El viejo edificio tenía también una cantina en su planta baja, llamada con el mismo nombre según recuerdan locatarios del sector. Sin embargo, de este antiguo recinto queda sólo el recuerdo, pues “El Buque”, ya decrépito, fue demolido en tiempos relativamente recientes después de la construcción del metro subterráneo, para abrirle paso a las avenidas dejando en su lugar los amplios bandejones y calzadas donde están ahora también algunos de los paraderos del transporte público. Recordamos que en sus últimos días, sin embargo, este edificio era un oscuro refugio licencioso del barrio, especialmente del lado de General Mackenna, donde formaba un callejón corto por el cual las ninfas de la noche se reunían de a varias. Como tantos más, era un lugar bravo; sólo para valientes. Cerca de esta encrucijada de Bandera y General Mackenna, más al poniente se hallaban otros hoteles típicos de Mapocho. Uno de ellos era el “San Felipe”, favorito de los viajeros de los buses según recuerda don Kike, conocido personaje del sector que encontramos en la confitería de Aillavilú con Bandera, misma donde antaño estuvo una famosa botillería llamada “Mendoza” y precisamente en la esquina del edificio del “Hotel Central”. Comenta, sin embargo, que el

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abastecimiento de pasajeros era tanto desde la estación del ferrocarril como de la Terminal de Buses Norte, pero quedaba más próxima a esta última. Cabe añadir aquí que esta concentración de instalaciones hoteleras de General Mackenna se encontraba en esas cuadras ya demolidas (entre Bandera, Morandé y Teatinos) y que en sus plantas bajas albergaron varios restaurantes. En el número 1250 de la misma calle, por ejemplo, recibía pasajeros el “Hotel Florida”; y en el 1262 se hallaba el “Hotel Colonial”, ambos ya desplazados por un gran edificio residencial. En el 1465, gobernó uno que conservaba el antiguo nombre de la calle: el “Sama Hotel”, reducido ahora a un sitio eriazo esperando por algún proyecto inmobiliario. Por San Pablo, en cambio, había otros hoteles y residenciales con nombres que refuerzan nuestra impresión sobre la fuerte influencia porteña en el Barrio Mapocho, como “Hotel Valparaíso”, que ocupaba una antigua mansión comercial con observatorio y cúpula en su parte más alta, ubicada justo en el vértice Sureste y con entradas por San Pablo 1182 y Morandé 791. Parece que llegó a tener cierto prestigio, pues figura mencionado en guías internacionales de turismo270. También dicen que estaba por allí otro referente porteño: un hotel llamado “El Puerto”. En las antiguas dependencias del “Valparaíso” existe ahora el “Nuevo Hotel”, pintoresco lugar que de nuevo sólo tiene el nombre. Vecino es el otro viejo hotel de la cuadra, ubicado en el 769 de Morandé, con una fachada enladrillada que antes era bastante atractiva para algunos estudiantes de una Facultad de Teatro que queda casi al frente, según nos testimonian por acá. En esta reliquia vivió hasta sus últimos días el escritor y caricaturista Luis Enrique Alfonso Mery, alias Osnofla y de quien hablaremos nuevamente. En su primer piso se encuentra una antigua y tradicional peluquería y barbería. Y al lado, el número 753, anidó otro remanente de aquella buena época llena de turistas y pasajeros: el “Palace Royal”. Dos de estos tres edificios hoteleros de la misma cuadra de Morandé, todos con locales comerciales en sus bajos, sobrevivieron con una que otra grieta y desazón al terremoto del 27 de febrero de 2010. Aunque había perdido su cúpula parecida a una torreta, al ex “Valparaíso” aún se puede acceder por esas largas escalas de sus dos entradas. Sin embargo, el que hacía esquina con Rosas al otro extremo, resultó severamente dañado y la fachada se inclinó de forma temible sobre Morandé, amenazando con desplomarse. Su destino quedó echado por el anuncio de una demolición abarcando toda la parte que ocupaba en la cuadra, mismo plan que condenó a desaparecer de allí al restaurante “El Olímpico”, que cambiará de cuarteles, como hemos dicho. También se mudarán otros tradicionales locales que ocupaban su primer piso, como un antiguo salón de pool y la tradicional tienda de
270 “The student guide to Latin America”, Marjorie Adoff Cohen - Margaret E. Sherman. Council on International Educational Exchange, Australian Union of Students, Educational Cooperative, Australia – 1977 (pág. 34).

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insumos para sastrería de don José Musa, por Rosas, quizás última representante de la época de oro que tuvieron los sastres en este barrio, así que sus antiguos establecimientos pasarán a ser otras de las nuevas especies extintas del vecindario. En contraste, cerca de allí en San Pablo 1265, se halla el bello edificio del “Hotel Olicar” con sus elegantes escaleras y pasillos de luz a un corto tramo de la estación, y que si bien sufrió algunos daños con el mismo terremoto, fue objeto de reparaciones que le han devuelto esplendor histórico y prestigio a su fachada. Hacia el otro sector del barrio, estuvo por décadas el “Excélsior”, al final de calle Puente y del que luego hablaremos más. En Esmeralda había otro conocido, en la esquina con 21 de Mayo, ya demolido, sobreviviendo alguno allí en la Plaza Zañartu. En la misma calle estaba el mencionado “Elite”, más vinculado a los lenocinios, a diferencia del pomposo y elegante ex hotel turístico “Dresden”, en la esquina de Valdés Vergara con Miraflores y cuyo nombre se leía hasta hace poco en letras doradas sobre la fachada, antes de ser reemplazadas por la actual empresa ocupante. Aunque está más bien fuera de los límites de Mapocho, el barrestaurante del primer piso del “Dresden” tuvo cierta cotización para la vida en las riberas en los años noventas. Su edificio, conocido como Palacio Petrizzio, data de 1917 y fue obra de los arquitectos Alberto Schade y Rodulfo Oyarzún Philippi, los mismos autores del célebre “La Mundial”, del barrio La Bolsa. Del otro lado del río, en cambio, funcionó el siniestro hotel “Luna Park”, del que también hablaremos luego y con más detención. Un poco más hacia el Norte del barrio Independencia, hubo otros establecimientos como la “Hostería la Montaña”, propietada por don Juan Balderas271, como hemos dicho al hablar de su bar y restaurante en este mismo recinto que, en el pasado, servía también de residencial. Por espacio, sólo nos reduciremos a estos ejemplos para recordar aquella comunidad hotelera del barrio. Y si algunos de ellos han sobrevivido hasta nuestros días, se debe probablemente al esmero que han puesto sus dueños, virtud que no ha sido general para todos los propietarios, por desgracia. Muchos terminaron inevitablemente reducidos a pobres e insalubres hoteles parejeros, mientras que otros siguen esforzándose por conservar su espacio en las guías de turismo de la capital chilena. Además, los incendios de viejos cableados eléctricos o mala manipulación de artefactos de calefacción han agregado muchos de estos antiguos edificios a la lista de especies extintas. Algunos casos suelen darse más bien hacia el lado poniente de calles como San Pablo o Rosas, provocado situaciones hilarantes, como piluchos corriendo histéricos ante la mirada de damas no menos horrorizadas. En otros casos, han culminado en tragedias.
271 “Revista Oficial de la Asociación Chilena de Hoteles, Restaurants, Bares y Similares”, junio de 1945, Santiago, Chile.

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Uno de los más recientes grandes incendios como los descritos tuvo lugar en marzo de 2005, en la antigua construcción de tres pisos de San Pablo con Teatinos. El edificio ya no era de servicio hotelero propiamente, pero se encontraba en el barrio de las residenciales populares y parece ser que había terminado como verdadero barracón de hacinamiento para inmigrantes peruanos, corriendo así con la maldición de fuego que suele sufrir toda esta clase de sitios. Desde entonces, su espacio luce en ruinas, esperando el retiro final de sus últimos escombros.

Entrada al antiguo “Hotel Central” por Aillavilú casi esquina Bandera. Este edificio se encuentra en estado más descuidado por este lado Sur que por la fachada que da hacia General Mackenna. Los principales daños del hotel se hallan en sus balaustras y balcones.

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Los tres edificios hoteleros de la cuadra de calle Morandé entre San Pablo y Rosas. El de la esquina es el antiguo “Hotel Valparaíso”, con su cúpula-observatorio ya castigada. El terremoto de 2010 dañó severamente al edificio del “Palace Royal” al final de la línea, al fondo (se observa algo de su deformación de la fachada). Este último hotel debió ser desalojado y los locales de sus bajos obligados a retirarse para ser demolidos. El edificio hotelero del centro de la cuadra, con zócalo de arcos, desde hace algún tiempo pertenece a su vecino ahora llamado “Nuevo Hotel Valparaíso” o sólo “Nuevo Hotel”.

“Excélsior”: el hotel de Puente
Como se habrá advertido en nuestro recuento de los antiguos alojamientos y hostales, los principales hoteles de Mapocho se ubicaban en el barrio de la estación, aunque existe una excepción importante junto al Mercado Central. En Puente 884, llegando a General Mackenna y enfrentado de cara al costado poniente del mercado, estaba el elegante edificio del “Excélsior Hotel”, con sus características torre y cúpula, constituyéndose en otro de los más importantes y referenciales del barrio en los años que existió. El torreón era visible desde varias partes del Centro de Santiago, cuando éste seguía gacho y más bien bajo. Ya hemos hablado algo de él, por haber acogido a concurridos bares en su planta baja.

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Perteneciente al empresario José García, el “Excélsior” se publicitaba como un lugar con precios módicos y con orgullosas características como: • • • “…todas las piezas con vista a la calle”272. “Edificio de concreto armado, contra incendios y temblores”273. “Cocina de primer orden. Baños-Ascensor-Confort”274.

Siempre dio vueltas promocionales en torno a su excelencia y su elegancia, convirtiendo el propio establecimiento arquitectónico en su icono de presentación en las fotografías publicitarias, cuidadosamente reproducido por las cámaras en el ángulo de la esquina con General Mackenna para las calugas de avisos que aparecían, sobre todo, en revistas y guías de orientación turística, como las de la Empresa de Ferrocarriles del Estado. No estaba por demás hacer ostentación de tan elegante edificio de cuatro pisos (o quizás seis, si contamos sus observatorios en la azotea más el subterráneo), impecables ventanales, balaustras y, en lo más alto, una alta cúpula y el magnífico torreón de cariz neoclásico, un referente tan importante en estas calles como lo eran las cúpulas que se situaban en los techos del mercado. Las fotografías demuestran que fue, tal vez, el edificio más alto de todo el barrio, superando incluso al Mercado Central. En los balcones del segundo piso solía colgar un gran lienzo oscuro con letras doradas y blancas presentando artísticamente el nombre del hotel. Su posición intermediaria entre el mercado y la estación estaba trazada por el paso de innumerables tranvías que circulaban activamente por sus costados. Su espalda daba al pecaminoso callejón de Zañartu y sus cantinas indecorosas, ahora Aillavilú. Además de restaurantes y cantinas, acogía otros negocios en toda su planta baja, algunos de los cuales extendían desde sí sobre las aceras pequeños techos a modo de toldos, dándole más elegancia señorial al edificio emplazado en un barrio tan plebeyo. Aunque aparece intacto y esplendoroso en las imágenes de 1935, durando en servicios bastante tiempo más, nos parece que este edificio hotelero quedó
272 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 115, mayo de 1943, Santiago de Chile. 273 “Guía del veraneante” (Revista de turismo de los FF. CC. del Estado – Chile). Empresa de los Ferrocarriles del Estado de Chile. Santiago, Chile – 1942. 274 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 115, mayo de 1943, Santiago, Chile.

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condenado al destino de una futura demolición tras las renovaciones urbanas que hemos mencionado antes y que, en 1927, significaron la remoción de una parte frontal del recinto del Mercado Central para la apertura del área ribereña que permitió extender las calles Balmaceda (antes Mapocho), General Mackenna y Valdés Vergara hasta conectar estas últimas frente al mercado. Su presencia allí dejaba, desde entonces, una apariencia extraña en la esquina, casi anómala, como sucedía con el mencionado edificio “El Barco” en Bandera con General Mackenna, aunque éste estaba montado en otro eje. A raíz de esto, quedó el “Excélsior Hotel” desnudado frente al Mapocho y sus plazas, como el último edificio de calle Puente en su desembocadura sobre la Plaza Venezuela, vulnerable a cualquier nueva renovación urbanística; a la próxima que preparara la historia. La calidad del hotel fue decayendo a medida que pasaba también la época del tranvía romántico. Tenemos la impresión de que desaparece de los listados de buenos hoteles dentro de Santiago más o menos hacia la mitad del siglo o un poco antes, no obstante que el edificio y las funciones del mismo permanecieron luchando por la atención de los clientes. Sabemos, sin embargo, que hacia 1950 había pasado a manos de la sociedad Zolezzi Hnos., como se observa en publicaciones publicitarias de la revista “En Viaje”275. En los años sesentas, sobre su aspecto marchito y hollinado, seguramente ya casi se podía olfatear el aceite quemado de las maquinarias que vendrían a echarlo abajo de un momento a otro. Su situación en un barrio popular, la falta de buenos estacionamientos para los pasajeros y la presencia del comercio callejero dominando prácticamente todas las instancias del entorno, hicieron el resto para conseguir su extinción definitiva. Y como también sucedió con “El Buque”, esta posición caprichosa del edificio incomodando el crecimiento de la ciudad, fue castigada con la pena de la demolición. Nos han hablado de algún incendio en este período, pero si acaso ocurrió, creemos que su destino final estaba claro desde mucho antes. En fotografías de lo que quedaba de él y que se conservan en la colección del Museo Histórico Nacional, de principios de los setenta según nuestro cálculo, sólo se ve su primer piso en ruinas, casi como un triste laberinto. Todo el resto del edificio ya ha desaparecido, para entonces. Nuevos trazados de la vereda y de elementos de la Línea 2 del Metro de Santiago, ahora ocupan lo que antes había sido su espacio en el barrio. En consecuencia, nada queda allí, en la actualidad, para recordar la ubicación del majestuoso edificio del “Excélsior Hotel”, salvo el perímetro donde se encuentran una feria al final de calle Puente y la entrada techada de la Estación Metro Puente Cal y Canto.
275 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 211, mayo de 1951, Santiago, Chile.

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Caluga publicitaria de los años cuarentas, del “Hotel Excelsior”.

Otra de las muchísimas “especies extintas” de la hotelería de Mapocho: imagen publicitaria del desaparecido edificio del “Excélsior Hotel”, de calle Puente junto al Mercado Central, con una gran concentración de gente en sus balcones, azoteas y en la misma calle, en fotografía publicitaria de 1951 con vista desde la Plaza Venezuela. Nos parece que la escena correspondería a alguna masiva despedida de una visita ilustre que se dirigiría hacia la Estación Mapocho.

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Hotel” poemas iracundos “Bristol Hotel”: refugio de poemas iracundos
Hubo otro hotel cuya casa ofrece el mismo aspecto extraño que tenían allí enclavados en el barrio los edificios del “Excélsior” y “El Buque”, justo al lado de este último, pero que para fortuna del patrimonio santiaguino, sí sobrevivió a las mordeduras rabiosas del progreso. A pesar del relativo buen estado en que se encuentra este representante de los viejos edificios hoteleros de Mapocho, el otrora prestigioso “Bristol Hotel” carga con el estigma de verse disminuido por su proximidad a la construcción imponente de la Estación Mapocho, que atrapa casi todas las atenciones del entorno. Incluso, hubo una época en que le parasitó visualmente, pues fue pintado del mismo color rosa-anaranjado. Además, tan curiosa es su forma redondeada en la esquina como fue también la animosidad de algunas autoridades por destruirlo, incapaces de valorarlo entre tantas otras distracciones urbanísticas del barrio. Entre varias razones más, famoso era el hotel por una visita segura que tenía, a diario, especialmente durante días de la semana no consagrados a la fiesta nocturna: la de los pasajeros del último tren que llegaba desde Valparaíso en horas de la noche, y que pasaban sagradamente a tomarse una copita (o más bien varias) al bar del casino que tenía en su salón del primer piso. Como vimos antes, el restaurante también era otro concurrido centro de atracción para los vividores del barrio, desde los años de la bohemia de Bandera. Así, al “Bristol” arribaban miles de turistas desembarcados en la estación y que partían hacia la entrada histórica del edificio buscando alojo, en avenida Balmaceda 1114. Esta vecindad le colocaba en un lugar de privilegio para captar dichos pasajeros, fuente principal de su existencia y popularidad. Afuera, en su primer piso, había varios locales comerciales según se observa en las fotografías más antiguas que se conservan. Pero el ex hotel también luce otro notable medallón histórico de prestigio rondando sus habitaciones y salas: haber sido la residencia del iracundo y tormentoso Pablo de Rokha por algunos años, convirtiéndose ambas entidades en elementos indivisibles de la historia de cada uno. Ya haremos caudal de la presencia del poeta allí, en Barrio Mapocho, donde dejó varios registros de su paso. El edificio comenzó a levantarse hacia 1913 para el comerciante Humberto Quennette, encargándosele el diseño y la construcción al arquitecto español José Forteza Ubach276, el mismo autor de la ya desaparecida maravilla que fue alguna vez el Palacio Undurraga. Era la época en que se construía también la estación del
276 Texto del Decreto Nº 603 del 20 de marzo de 2007, del Ministerio de Educación del Gobierno de Chile, con la declaratoria de Monumento Histórico Nacional del Edificio del “Hotel Bristol”.

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ferrocarril con toda su promesa de prosperidad para el barrio. Fue inaugurado en 1915, casi paralelamente a la misma terminal de trenes. Hacia 1934, pasó a manos de don León Durandin, de quien se asegura lo habría reinaugurado como el elegante “Bristol Hotel”, según ciertos documentos compartidos por el Consejo de Monumentos Nacionales a través de sus fichas de internet, pero que a nuestras consultas de otras fuentes parece un dato impreciso, pues el hotel tenía este nombre desde algunos años antes. En la guía turística “El Amigo del viajero en Chile”, por ejemplo, ya aparece una promoción de él en 1924, con el título de “Bristol Hotel”, tal cual277. En los archivos fotográficos de la Municipalidad de Santiago, existe una imagen fechada en 1928 donde se observa en lo alto de su fachada, hacia Balmaceda, una gran marquesina o letrero diciendo lo mismo: “Bristol Hotel”278. También reaparece como tal en la "Guía del Veraneante" de la Empresa de Ferrocarriles del Estado, en 1942, en una caluga publicitaria que comparte espacio de la página con la publicidad del “Hotel Windsor”279. El aviso del “Bristol” promete, en este caso: ESTRICTA HONORABILIDAD ATENDIDO POR SUS DUEÑOS FRENTE A LA ESTACION MAPOCHO AVENIDA PRESIDENTE BALMACEDA 1114 Casilla Nº 2785 - SANTIAGO Seguramente, no era el deslenguado y rabioso Pablo de Rokha el que garantizaba en el hotel la “estricta honorabilidad” que juramentaban estos avisos. Parece que el término del mismo servicio de ferrocarriles que le permitiera nacer, fue el que precipitó el fin de estos hoteles dependientes de la clientela de la estación y los buses. En 1991, cuando su época resplandeciente había pasado, fue adquirido por la Municipalidad de Santiago destinándoselo a oficinas administrativas. Así comenzó a rondar el peligro sobre el mismo: en medio de la fervorosa preparación de los ánimos para las fiestas del Bicentenario de la Independencia, alguien tuvo la escalofriante idea de levantar una monstruosa torre o antena de 257 malvados metros de altura280, que llenó de maquetas las mesas de
277 “El Amigo del Viajero en Chile. Novísima guía de forasteros y turistas, indispensable para todo viajero...”. Imprenta Universo, Santiago, Chile – 1924 (pág. 216). 278 Esta imagen, que creemos pertenecía a una postal, figura en la ficha técnica digital “Monumento Histórico Hotel Bristol de Santiago (plano oficial de límites)”, del Ministerio de Educación- 2009. 279 "Guía del Veraneante", Empresa de los Ferrocarriles del Estado de Chile. Talleres Gráficos de Ferrocarriles, Santiago, Chile – 1942 (pág. 72). 280 Diario “La Tercera” del 6 de febrero de 2003, Santiago, Chile, artículo “Reconocen similitudes entre Torre del Bicentenario y proyecto para Zona Cero”.

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un jurado con las más diversas “voladas” y pastiches postmodernistas imaginables; y el año 2002 se anunció que sería levantada precisamente en donde se encuentra el “Bristol”, preparándose la demolición de este clásico de la historia urbana y de la arquitectura, dos disciplinas cada vez más parecidas a la arqueología acá en la ciudad de Santiago de Chile. La oposición al proyecto no tardó en llegar y la Torre Bicentenario comenzó a mendigar un cobijo por varios rincones de la capital. Esto, sumado a la falta de presupuesto de la Municipalidad de Santiago para levantar el megalómano proyecto, terminaron por relegarlo al claro oscuro y, desde allí, al sueño final del olvido. El “Bristol” se salvó así de las manos del turbador concepto de la modernidad forzada. Sin poder hacer más vista gorda a la importancia urbana e histórica que aún mantenía el edificio, se comenzó a estudiar la posibilidad de darle la categoría de Monumento Histórico, por lo que el Consejo de Monumentos Nacionales inició sesiones con este objetivo a partir del año 2006, ante la mirada atenta del alcalde Raúl Alcaíno, gran partidario de esta causa. Así pues, por Decreto Nº 603 del 20 de marzo de 2007, el Ministerio de Educación dio al ex “Bristol” el estatus necesario para su reconocimiento oficial y conservación. El fantasma de De Rokha rondó durante todas estas discusiones y decisiones, por supuesto. El rescate del edificio no se limitó a su declaración de Monumento Histórico, pues existen propuestas para recuperar su espacio y disponerlo para actividades culturales. Una de ellas fue presentada por los arquitectos Mozó, Morales y Valdés para la remodelación sin grandes alteraciones de su arquitectura original, buscando consagrarlo a un museo para la obra del fallecido pintor Roberto Matta, además de oficinas y otras dependencias rehabilitadas al uso. “Con la intervención el lugar –decía la presentación del proyecto- se incorpora al circuito turístico y cultural de Santiago, pasando a conformar parte de la Zona Típica del Parque Forestal, donde están además el Museo Nacional de Bellas Artes, el Museo de Arte Contemporáneo y la Estación Mapocho. También, queda directamente conectado con el Paseo Puente, la Plaza de Armas y la Catedral, pasando por el Mercado Central”281. Felizmente, entonces, sólo fue el servicio hotelero del “Bristol” el que ha ingresado al catálogo de especies extintas del Barrio Mapocho. Su edificio, en cambio, se mantiene en la nómina de especies protegidas.
281 Presentación “Proyecto Recuperación Edificio Bristol”, Alberto Mozó, Alejandro Morales, Bernardo Valdés. Para la Ilustre Municipalidad de Santiago - 2005 (pág. 1).

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Caluga publicitaria del “Bristol Hotel” en 1937.

Vista actual del edificio “Bristol”, en la conjunción de las calles Bandera, General Mackenna y Balmaceda.

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La antigua Cárcel Pública, sector de los tribunales en calle Sama y el murallón exterior hacia el ex Parque Centenario, hoy De los Reyes. Imágenes de 1957, publicadas en el trabajo “Cárcel Pública de Santiago (arquitectura carcelaria)” de Patricio Moraga.

Recuerdos de un purgatorio en la tierra
No todos los que tenían alojo en Mapocho, lo hacían por su propia voluntad y en hoteles afrancesados. Así fue que formas de vida más merecidamente en desgracia, tuvieron un lugar de circunspección propia que muchos alcanzaron a conocer por fuera (y otros por dentro) en aquellos años, y que hoy nos es rememorada apenas por una de las casillas más infames y despreciables de ciertas versiones del juego

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de salón “Mi Gran Capital” o “City Pool”, aunque a la real se iba a parar por razones mucho menos inocentes que una mala tirada de dados. La Cárcel Pública o C.D.P. se encontraba en calle General Mackenna (ex Sama) 1333-1341, entre Teatinos y Amunátegui, “frente al Cuartel de San Pablo” (número 1334, la Sección de Detenidos del edificio) como recalcan anuarios de 1904282, y era un edificio un tanto siniestro, oscuro y con aspecto de fortaleza habitada por fantasmas y monstruos de pesadillas de niños. Las impresiones no estaban muy lejos, sin embargo, porque por ella pasaron famosos criminales, asesinos y guapos del hampa en lo bajo más bajo de los bajos fondos. Y como no pretendemos hacerles un homenaje, mencionaremos aquí sólo algunos de ellos. Estas cuadras eran interesantes, pese a todo, y mezclaban lo histórico con lo nuevo del barrio. Por el mismo sector donde se ubicaría “La Pública”, como era llamada la cárcel en la jerga, hasta 1883 había funcionado el cuartel de las Brigadas 3ª y 4ª de Infantería, siendo trasladadas durante el Gobierno de Santa María, hacia fines de la Guerra del Pacífico. Como recuerdo, existieron por mucho tiempo más frente a la esquina de Teatinos con Mapocho (hoy Balmaceda), unos caballetes de rieles donde los funcionarios policiales amarraban a sus rocines, pues allí se hallaban los corrales de las Comisarías de Caballería. Además, por el lado de la Sección de Seguridad que se encontraba en Sama con Teatinos, se erigía una capilla para las misas de los domingos, tan importante para el personal que, cuando fue demolida, la tropa mantuvo la tradición de continuar las ceremonias religiosas dominicales cuidadosamente formada, pero ahora en la Iglesia de Santo Domingo283. El nuevo edificio que empleó la cárcel hasta su clausura, nace como proyecto en el Gobierno de Santa María, pero comenzó a ser levantado allí en el de Balmaceda, luego del fortalecimiento de la hacienda fiscal en el apogeo de la fiebre salitrera post guerra. La planificación del edificio comienza en 1887284, un año antes de la destrucción del Cal y Canto y de los procesos de canalización del río que siguieron con la colocación de los puentes metálicos, por lo que el río pasó en esos momentos por allí donde ahora está el Parque de los Reyes casi en el borde mismo del antiguo murallón que tendría este recinto carcelario para ese lado de la cuadra,
282 “El Barrio Mapocho y el Parque Forestal: espacio público y representaciones de ciudad en Santiago de Chile (1885-1900)” - Tesis Presentada para optar al Grado de Magister en Historia, Simón Castillo Fernández (Profesora guía: Alejandra Araya Espinoza). Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, Santiago, Chile – 2008 (pág. 125). 283 “Álbum de la Policía de Santiago”, Oscar Honorato C. – Oscar Urzúa A. Santiago, Chile - 1923 (pág. 75). 284 Revista “Arquine” Nº 70 de septiembre 2008, Ciudad de México, México, artículo “El Mapocho urbano del s. XIX” de Simón Castillo (Publicado en versión digital por SciELO Chile).

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donde años más tarde se abrió la avenida Balmaceda. Además, un terreno que pertenecería a la Cárcel Pública y otro que le separaría del río, le habían sido reservados durante la canalización, como sucedió también con las plantas de la Estación Mapocho, el Instituto de Higiene y otros que ya hemos visto. Cabe precisar que éste fue sólo el principal de los 18 recintos penitenciarios construidos o habilitados durante el mando de Balmaceda, con objeto de humanizar el sistema carcelario285. “La Pública” se creó precisamente para reemplazar el antiguo Presidio Urbano de San Pablo y que al momento de jubilado ya no daba abasto con la demanda, ni de modernidad ni de capacidad, como lo denunciaban estos versos de una antigua cueca santiaguina perteneciente a la tradición: La cárcel de San Pablo es muy sombría porque mueren los reos de pulmonía286 Comparado con la más antigua Penitenciaría de Santiago, junto al Parque Cousiño, la Cárcel Pública sería por lejos el más moderno recinto penal de la época, quizás en toda Sudamérica, dotado de unos 13.000 metros cuadrados que eran considerados una gran cantidad de espacio para una cárcel en aquellos días287. Los planos de la fortaleza fueron concebidos por el arquitecto, calígrafo, músico y dibujante de la Universidad de Chile, don Richard Brown, discípulo del francés Lucien Ambroise Hénault, quien fuera artífice del actual edificio de la misma casa de estudios. Brown diseñó el recinto con un criterio principalmente funcionalista, con galerías, patios y una torre central octogonal de vigilancia y tres torreones, aunque no alcanzó a participar de la construcción del mismo pues falleció prematuramente a la edad de 38 años, antes de iniciados los trabajos288. Cabe recordar que Brown ya había reunido experiencia diseñando cárceles en Curicó (1868) y Quillota (1872)289.

285 “Balmaceda y la Contrarrevolución de 1891”, Hernán Ramírez Necochea. Ed. Universitaria, Santiago - 1972 (pág. 126). 286 “Chilena o cueca tradicional”, Samuel Claro Valdés. Ed. Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile - 1994 (pág. 440). 287 “La función penitenciaria en Chile. Una recopilación histórica (1843-1943)”, Profesor Luis Ramírez Baeza. Talleres Gráficos de Gendarmería de Chile, Santiago, Chile – 1998 (pág. 186). 288 “La función penitenciaria en Chile. Una recopilación histórica (1843-1943)”, Profesor Luis Ramírez Baeza. Talleres Gráficos de Gendarmería de Chile, Santiago, Chile – 1998 (pág. 186). 289 “El Barrio Mapocho y el Parque Forestal: espacio público y representaciones de ciudad en Santiago de Chile (1885-1900)” - Tesis Presentada para optar al Grado de Magister en Historia, Simón Castillo

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Convivía el edificio con las instalaciones de los tribunales que existían desde antes en esta cuadra, correspondientes al Primer, Segundo, Tercer y Cuarto Juzgados Criminales de Santiago, algo que sugiere, quizás, el interés de las autoridades de crear un barrio policial y penitenciario en este mismo cuadrante urbano290, algo efectivamente logrado en nuestros días por la fuerte presencia institucional de la Policía de Investigaciones en el sector. Exteriormente, la cárcel estaba rodeada de un enorme muro perimetral de ladrillo con una línea de fuego de 8 metros, reforzada con catres, gruesas rejas de 2 a 8 pulgadas y barras metálicas que dificultaban abrir forados291. Estos murallones, que daban directamente hacia las calles del contorno después de la apertura de avenida Presidente Balmaceda, estaban coronados por almenas, lo que le daba al conjunto más aspecto de castillo tenebroso. Interiormente, tenía galerías principales de reclusión de dos pisos con la característica disposición panóptica convergente en una plaza dura final, que era llamada “La Rotonda”, aunque los reos preferían hablar de ella como “El Desahogo”, por proporcionarles un espacio más abierto dentro del sofocante encierro292. Los reos caminaban en círculo alrededor de la rueda central de “La Rotonda”, de una forma casi delirante, que la imaginación nos permitiría comparar sólo con una de las escenas más perturbadoras del famoso filme “Midnight Express”, de Alan Parker293. También tenía un patio abierto principal, hacia el fondo del recinto, además de multicancha, un pequeño teatro y sectores de reclusión incomunicada para los más problemáticos de la comunidad penal. Existía una galería especial para estos castigados y era llamada “El Metro”, por haber sido pintada con los mismos colores de los carros del tren del Metro de Santiago y
Fernández (Profesora guía: Alejandra Araya Espinoza). Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, Santiago, Chile – 2008 (pág. 125). 290 “El Barrio Mapocho y el Parque Forestal: espacio público y representaciones de ciudad en Santiago de Chile (1885-1900)” - Tesis Presentada para optar al Grado de Magister en Historia, Simón Castillo Fernández (Profesora guía: Alejandra Araya Espinoza). Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, Santiago, Chile – 2008 (pág. 126). 291 “La función penitenciaria en Chile. Una recopilación histórica (1843-1943)”, Profesor Luis Ramírez Baeza. Talleres Gráficos de Gendarmería de Chile, Santiago, Chile – 1998 (pág. 187). 292 Archivo de Videorreportajes del periodista Jaime “Galo” Huerta. Documento “Ex-Cárcel Pública de Santiago de Chile” (1994). 293 El periodista Jaime Huerta, alias Galo, informaba que el nombre “El Desahogo” proviene del hecho de que los reos podían decir y reclamar lo que quisieran en este sitio, pero con la condición de no detenerse en la caminata en círculo. Sin embargo, hemos sabido que éste no ha sido el único patio carcelario que ha recibido alguna vez el mismo apodo en Chile, quizás por exportación del nombre a otros lugares gracias a la itinerante vida de los mismos delincuentes en las cárceles nacionales.

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porque sus celdas de castigo se encontraban a nivel subterráneo. Era un pasillo largo con celdas en las partes superiores, inferiores y a un costado294. Aparentemente, el edificio había comenzado a entrar en funciones en 1892295, aunque el año siguiente aparece como el oficial de su inauguración296. Cuando ya estaba plenamente operativo y dependiendo de la Sección de Establecimientos Penales del Ministerio de Justicia, hasta 1921, la Ley Nº 3.815 creó el cuerpo de Gendarmería de Chile poniendo a su cargo la administración carcelaria297. Aunque nunca llegó a tener la importancia de la Penitenciaría y muchos la confundían con esta última, fue, cuanto menos, la segunda cárcel más relevante de la ciudad al llegar el siglo XX. Su capacidad inicial era de sólo 600 internos298, distribuidos en una planta con planta romboide, que determinó también la forma de toda esa cuadra. Veremos que superó por mucho este volumen, sin embargo. Si bien las distribuciones internas fueron variando con el correr de los años, hubo ciertas tendencias más permanentes en el ordenamiento de las galerías, especialmente en el criterio de pares: • • Las números 1 y 2, estaban reservadas a ex uniformados (sin depender del tipo de delito), incluidos los primerizos. Las 3 y 4 eran las de reos con mal comportamiento y se destinaban al cuidado de ella sólo a funcionarios de gendarmería con características específicas, como de cierta altura y destreza con el uso del bastón, imperando en el trato de los internos una disciplina militarizada. En la 5 y 6, en cambio, estaban los considerados subversivos, incluyendo los que atentaron contra la comitiva del General Pinochet en 1986.

294 “La función penitenciaria en Chile. Una recopilación histórica (1843-1943)”, Profesor Luis Ramírez Baeza. Talleres Gráficos de Gendarmería de Chile, Santiago, Chile – 1998 (pág. 187). 295 “Revista de Derecho y Jurisprudencia y Gaceta de los Tribunales" de noviembre de 1980 (Ed. Jurídica de Chile, Santiago), página XV de su Sesión Inaugural. 296 “La función penitenciaria en Chile. Una recopilación histórica (1843-1943)”, Profesor Luis Ramírez Baeza. Talleres Gráficos de Gendarmería de Chile, Santiago, Chile – 1998 (pág. 186). 297 Ficha del Archivo de la Cárcel Pública de Santiago (Documentos, 1923-1985), Archivo Nacional – Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos. 298 Diario “El Mercurio” del sábado 6 de noviembre de 2004, Santiago, Chile, Revista “El Sábado”, artículo “Santiago ayer y hoy”. Este dato numérico es el más repetido y dado por cierto, para nuestra impresión, pero no podemos dejar pasar el que la “Revista de Derecho y Jurisprudencia y Gaceta de los Tribunales" de agosto de 1983 (Ed. Jurídica de Chile, Santiago), diga en la página XI de su Sesión Inaugural que la capacidad inicial de la Cárcel Pública era de apenas 450 reos.

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En la 7 y 8 eran para reos del llamado “sindicato del crimen”, correspondiente a los asaltantes a mano armada que se caracterizaban por estar intentando fugarse permanentemente. Las 11 y 12 eran de reos jóvenes conflictivos. Las 13 y 14 estaban reservada a los insanos mentales. La 15, finalmente, era una especie de pensionado299.

• • •

Cada tarde en el prolongado período que funcionó esta cárcel, llegaban varias personas al sector para visitar a sus parientes presos. Era como un desfile de estereotipos, principalmente de pobreza femenina: desde viejas guatonas rodeadas de chiquillos a sufridas mujeres con el rictus marcado por la vida dura de privaciones y dolores. Otras eran mucho menos comedidas; tanto que provocaban ganas de mandarlas también adentro, con sus respectivos guapos. Solían traer canastas o bolsas con pequeños víveres de regalo o como cumplimiento de las peticiones de los propios internos. Es conocido el drama de algunas de estas madres que, casadas con holgazanes o delincuentes rematados que rechazan los talleres de trabajos y artesanías dentro de los penales (como los que había en éste), son obligadas por sus propios maridos a prostituirse y realizar actos deleznables para llegar con ciertos artículos, alimentos de calidad y hasta dinero que éstos les siguen exigiendo desde adentro de la cana y bajo amenazas explícitas o tácitas contra el incumplimiento, pues en el más bajo mundo del hampa la mujer siempre es considerada una posesión servil y sometida a la voluntad del delincuente, como otra víctima del mismo, en este caso permanente y no circunstancial. Casi se podía adivinar de entre esas aglomeraciones de personas esperando la hora de entrada, sólo mirando las caras de dolor en mujeres que intentaban seguir siendo bellas, cuáles eran objeto de este régimen de esclavitud a larga distancia, a control remoto. Los visitantes, generalmente con más aspecto de deudos que de otra cosa, hacían fila en los accesos del edificio, tras cuya fachada se levantaban esos extraños galpones con apariencia de barracas y su cúpula o torreta que, de haber lucido una cruz en lo alto, bien podría haber pasado por lugar santo cargado al descuido, mientras que todos esos familiares parecían llegar en procesión a los pies de la vieja fortificación penitenciaria. La cárcel albergó a muchos reos con auténtica fama en el hampa, algunos aún legendarios entre los funcionarios de gendarmería. Entre los más tristemente célebres estaba un famoso delincuente y “choro” santiaguino apodado Alma
299 “La función penitenciaria en Chile. Una recopilación histórica (1843-1943)”, Profesor Luis Ramírez Baeza. Talleres Gráficos de Gendarmería de Chile, Santiago, Chile – 1998 (pág. 188).

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Negra, tan temible y feroz que se las arregló para meter disimuladamente un envase con ácido a los tribunales y, en una sesión junto a otros seis reos, arrojó el corrosivo contra los actuarios que atendían su caso, causándole graves heridas. Dentro del presidio, este mítico criminal habría asesinado a otros 36 internos, hacia 1956300. Por ella anduvieron de vacaciones varias otras “celebridades” como el criminal apodado Enano Maldito, protagonista del bullado asesinato de una mariposa nocturna de la Alameda, en un motel de calle Londres, en 1968301. Desde el golpe militar de 1973, también fueron a parar hasta allá varios reos de casos políticos; algunos de paso y otros de larga estadía. Los presos por terrorismo eran recordados como problemáticos y violentos, sin embargo. El militante mirista Michel Bonnefoy, reporta una interesante descripción de su arribo al penal en esos días y de ese ambiente, en una novela autobiográfica: “Estábamos en una inmensa sala rectangular, un poco oscura, de techo alto y algunas lámparas, con oficinas a los costados y guardianes circulando, unos apurados, otros con parsimonia. Nos encontrábamos en un mundo extraño, un mundo donde no había presos ni hombres, sólo uniformes, sólo gorras, pistolas y porras. Durante la espera esperábamos mirábamos los alrededores con angustia, un poco más tranquilos porque veíamos los guardas de la cárcel en una actitud humana: tomando café, conversando, tratando de conseguir una cita con alguna mujer (…). Tras esa espera nos condujeron a la primera oficina a mano izquierda. Un cuartucho pequeño, sin ventanas, alumbrado por una ampolleta sucia. Nos sentamos en unas bancas laterales. Había unos cuantos guardas con la gorra en la mano y el calor en la frente. Detrás de un ancho escritorio con bandera chilena se parapetaba un oficial con bigote grueso y pelo corto en pleno crecimiento hacia arriba…”302. Y pasando a describir el ambiente penal interior, continúa: “Después de esta operación nos condujeron a una segunda oficina donde inscribieron nuestro lugar de encierro. Para pasar a esta segunda escala en nuestro camino al calabozo, penetramos en el mundo de los presos, en la prisión misma, por lo cual cruzamos algunas puertas que sólo se
300 Archivo de Videorreportajes del periodista Jaime “Galo” Huerta. Documento “Ex-Cárcel Pública de Santiago de Chile” (1994). 301 Diario “La Cuarta” del miércoles 5 de julio de 2006, Santiago, Chile, artículo “"Enano Maldito" extinguió a mariposa nocturna en Hotel Princesa”. 302 “Relato en el frente chileno”, Michel Bonnefoy. Ed. Lom. Santiago, Chile - 2003, edición corregida (pág. 156).

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abrían después de largos exámenes a través de las mirillas. Finalmente, franqueamos todas las rejas y nos zambullimos en el primer patio. Fue impresionante el golpe visual, además del ruido ensordecedor que producían centenares de reclusos y que casi me llevan a gritar, a abrazar a mis dos compañeros, no por ello sin un profundo sentimiento de terror. Qué movimiento, qué cantidad de colores y de ruidos. ¡La jaula de los pájaros tropicales! Una atmósfera espeluznante pero acogedora a la vez, un ambiente cálido producido por presidiarios, por hombres privados de libertad. Muchos cantaban, en los corredores, en las celdas, en los patios, cantaban golpeando los barrotes con platos, con las cucharas. Parecía un salmo religioso, una canción de petición, de ruego, con melodía monótona y las palabras incomprensibles. El tono era amargo, pero las voces eran de hombres”303. No todos los personajes destacados de la Cárcel Pública fueron reos: también fue famoso allí el Teniente Coronel de Prisiones José Tomás Quiroz, distinguido oficial que asumió como Jefe de Guardia del recinto en 1955 y más tarde como Alcaide. Entre sus méritos estuvo haber desmantelado una red de falsificadores de billetes de $10, que operaba dirigida por reos de la Penitenciaría de Santiago, en 1936304. Por supuesto, esta clase de delitos era toda una novedad por entonces.

El antiguo edificio de la Prefectura Policial que estaba ubicado entre Teatinos, Sama (hoy General Mackenna) y Mapocho (donde hoy está Presidente Balmaceda). Imagen publicada en 1923 en el “Álbum de la Policía de Santiago”.
303 “Relato en el frente chileno”, Michel Bonnefoy. Ed. Lom. Santiago, Chile - 2003, edición corregida (pág. 156-157). 304 “Diccionario Biográfico de Chile. 1962-1964”, Ed. Empresa Periodística de Chile. Santiago, Chile 1964, duodécima edición (pág. 1101).

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Detrás del cuartel de la Policía de Investigaciones de calle General Mackenna, estaba la calle Los Suspiros, con una entrada falsa a los establecimientos policiales. Esta calle y el acceso aparecen mencionados en la novela “Chicago Chico” de Armando Méndez Carrasco. La calle Los Suspiros desapareció con el cierre sus accesos entre Teatinos y Amunátegui, detrás del portón que se observa en la imagen. Cabe recordar que este cuartel fue atacado en un sangriento atentado suicida perpetrado por el miembro de un grupo ultraizquierdista, la tarde del 16 de junio de 1971, ocasión en la que mueren el subinspector Mario Marín Silva y los detectives Carlos Pérez Bretti y Gerardo Romero Infante. Por esta razón, la institución conmemora el 16 de junio de todos los años como el Día del Mártir, para homenajear a todos los caídos de sus filas.

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Cité de calle San Pablo llegando a Teatinos, uno de los pocos pasajes que de estas características que quedan en la ribera sur del Barrio Mapocho, como herencia de su época de antiguos conventillos.

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Calle Capuchinos, callejón paralelo a Bandera que conecta por su estrecha pasada a San Pablo y Rosas. Sus instalaciones a cargo de de gendarmería situadas al centro, el Anexo Cárcel Capuchinos, eran llamadas “La Penitenciaría de los ricos” o “La Cárcel VIP”, por la importancia de personajes que alguna vez desfilaron allí y con tratos preferenciales. Un incendio acabó con gran parte del mismo, el 11 de septiembre de 2005.

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Pública” El ocaso de “La Pública”
Para abril de 1963, la Cárcel Pública de Santiago aparecía evaluada todavía en “buen pie”, como se destaca un comentario en la hora de méritos del mencionado Teniente Quiroz305. Probablemente cumplía aún con los estándares de la época, no obstante que sus días en servicio se hallaban en cuenta regresiva. Factiblemente, el hacinamiento ya había comenzado a notarse y con ello también la inseguridad del recinto. Sus camarotes de madera, dispuestos de a tres por habitación, no alcanzaban y los presos con menos antigüedad debían dormir en hamacas o en el duro suelo de concreto, a la espera de que saliese o se muriera algún decano o “guapo” para poder agarrar cama. Además, en 1979 escaparon del recinto más de 60 reos comunes, algunos de alta peligrosidad. A pesar de ello, la cantidad de presos siguió aumentando vertiginosamente en los años que siguieron. En los ochentas, “La Pública” ya era morada para entre 1.500 y 3.000 internos según el período. Por esta razón, la cantidad de esos visitantes y familiares que hemos mencionado, a veces repletaba la cuadra, razón por lo que no faltaban en las calles de alrededor los vendedores ofreciendo sus canastas de bocadillos, pan amasado, esos sucedáneos ligeros de la tortilla de rescoldo campesina o golosinas de microbús al estilo “Súper 8”, “Rayitas” o el clásico calugón “Pelayo”. Como dijimos, algunos de estos visitantes eran gente modesta y humilde, pero otros no procuraban aparentarse menos temibles y pendencieros que sus queridos allá adentro, perturbando la paz del barrio. Por muchos años funcionó cerca, además, un concurrido mercado persa, muy amplio y surtido, del que hablaremos luego dada la importancia que tuvo en la historia del barrio. Viendo totalmente sobrepasadas sus capacidades originales, la Cárcel Pública comenzó a deshabilitar su recinto para la purga de culpas de los delincuentes entre 1984 y 1985. Se había hecho demasiado estrecha e incómoda como para continuar en las funciones para las que fue creada, pasado un siglo ya desde entonces; desde aquella época en que la ciudad de Santiago todavía tenía unos 100 mil habitantes o quizás menos. Ahora, con más de 4 millones, las cosas habían cambiado drásticamente. Esta paciente agresión del tiempo ya que se comenzaba a notar en el estado arruinado de sus estructuras, por cierto, haciendo cada vez peor la situación de los detenidos dentro de “La Pública”.
305 “Diccionario Biográfico de Chile. 1962-1964”, Ed. Empresa Periodística de Chile. Santiago, Chile 1964, duodécima edición (pág. 1101).

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“El hacinamiento alcanzó a tal extremo –escribe Ramírez Baeza- que había celdas para 11 reclusos debiendo estos, dormir por turnos por faltas de espacio”306. Para poder descargar la cantidad de internos que repletaban sus dependencias, se había hecho construir el Centro de Readaptación Social Metropolitano de Colina, mientras que los residentes en prisión preventiva (recordar que los juzgados 1º a 5º en lo criminal funcionaban en al edificio) fueron trasladados hasta la penitenciaría de calle Pedro Montt 1902 en Santiago307. Pero en los hechos, la Cárcel Pública siguió saturada y sobrepasada incluso después de estas medidas, marchando irremediablemente hacia su cierre definitivo. Coincidiendo con el episodio de una nueva fuga masiva de casi 50 reos por delitos políticos o de subversión desde el Régimen Militar, que escaparon por un túnel hasta la Estación Mapocho, sobrevino poco después la decisión del cierre definitivo de “La Pública”, hacia 1990. Al respecto, una leyenda que circuló con fuerza y que no ha estado lejos de verse fomentada (o “confirmada”, dirían otros) con ciertos hallazgos en el barrio, era que la cárcel había sido construida sobre un grupo de primitivos nichos subterráneos supuestamente tapados durante la canalización y semejantes a las catacumbas romanas, que podrían haber estado relacionados con la antigua casa religiosa de San Pablo o con túneles en los que eran encerrados presuntos leprosos y otros enfermos, por lo que a los reos sólo les bastaba con excavar unos cuantos metros para dar con estas galerías que facilitaban absolutamente su fuga308. Tanto el personal como los internos fueron trasladados hasta otros recintos, en una decisión que no ha dejado de causar polémica, por la saturación del sistema penitenciario que ha experimentado Santiago desde entonces al mismo ritmo en que aumenta la delincuencia común. Pero, en honor a la verdad, como su capacidad llevaba más de 30 años total e irremediablemente sobrepasada, difícil hubiese sido algún gran aporte suyo para sacar a los criminales de las calles.
306 “La función penitenciaria en Chile. Una recopilación histórica (1843-1943)”, Profesor Luis Ramírez Baeza. Talleres Gráficos de Gendarmería de Chile, Santiago, Chile – 1998 (pág. 186). 307 “Revista de Derecho y Jurisprudencia y Gaceta de los Tribunales" de agosto de 1983, Ed. Jurídica, Santiago, Chile (página XI de su Sesión Inaugural). 308 “La función penitenciaria en Chile. Una recopilación histórica (1843-1943)”, Profesor Luis Ramírez Baeza. Talleres Gráficos de Gendarmería de Chile, Santiago, Chile – 1998 (pág. 187). Al respecto, hemos notado que las historias, leyendas y aparentes hallazgos hablan de varias otras supuestas galerías subterráneas coloniales en el barrio riberano: por los ex terrenos religiosos de calle San Pablo, en calle Esmeralda cerca de la plaza, por debajo del río Mapocho a la altura de Miraflores, en la Parroquia Carmelita del Santo Niño Jesús de Praga conectando bajo Independencia con el templo de San Rafael, etc. Un tema interesante pero escasamente abordado en la literatura.

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El edificio permaneció tétrico y ruinoso por algún tiempo más, casi como para el escenario iluminado por la Luna de un cuento de Poe. Se intentó habilitarlo como museo, pero jamás existió la inversión ni el interés político necesario para dignificar este espacio que, perfectamente, podría figurar hoy entre nuestro patrimonio urbano con categoría propia de Monumento Histórico Nacional. Las picotas y combos le comenzaron a caer encima en 1994, reduciendo la mayor parte del recinto a escombros en el marco de un ambicioso plan municipal que incluyó licitaciones también del terreno de la feria persa que existía a un costado y la estación de buses interregionales vecina al recinto, en avenida Balmaceda 1134, conocida como la Terminal Norte. Por el lado de Morandé hacia la esquina con General Mackenna, sobrevive todavía algún par de agencias de cargo de los servicios de buses que estaban asociados a esta terminal, además de otras cercanas como la que está frente al terreno vacío que antes pertenecía al “Hotel Sama”309. El sector fue reconvertido y sobre los patios de la ex cárcel se construyeron dos profanas torres de una empresa de aguas, al frente del Parque de los Reyes, hacia el lado poniente de la Estación Mapocho en avenida Balmaceda. El sitio cambió tan dramáticamente que saltó por encima de los cien años en el tiempo que llevaba como retraso. Este enorme proyecto, concluido en 1997, quedó en manos de la firma Boza y Asociados. Otra leyenda cuenta que, cuando se realizaban las obras de basamento, los obreros encontraron cantidades de armas hechizas, toda clase de cuchillos improvisados e intentos de túneles para fugas frustradas, cavados durante toda la historia de este purgatorio de Mapocho. Afortunadamente, la parte más importante de todo el conjunto perteneciente a “La Pública”, aún está en pie: la fachada y las dependencias del frente que dan a calle General Mackenna, con el comentado aspecto de fortín, fueron conservadas e incorporadas a un nuevo edificio que alberga servicios públicos, judiciales y otras oficinas. Se trata de uno de los frontis más imponentes del barrio, después de los clásicos edificios del sector más central, como los del mercado y de la estación. Es todo lo que queda de las penas, amarguras y castigos de la antigua Cárcel Pública en las riberas del Mapocho.
309 En nota al margen, habría que recalcar que eran memorables los atascamientos de tránsito que a veces provocaban estos grandes transportes antes del cierre de la estación, en horas de congestión. Aún existen en el barrio y alrededor de la ex terminal, algunos de estos locales de agencias, cargos o encomiendas ligados a la actividad de los buses que antaño salían desde allí. Eran viejísimos sitios con repisas de como tres metros de altura hasta el techo, y siempre atendidos por algún empleado cerca de la jubilación, en los que dominaba la humedad, las arañas de rincón y el más espantoso de los desórdenes, garante también de la inoperancia, pues todavía estoy esperando que me encuentren las varias tarjetas y regalos de Navidad que me enviara a mí y a mis cercanos, a fines de 1997, mi amiga Susana desde el Valle de Elqui, a través de esta vía… Y conste que prometieron llamarme “tan pronto” los hallaran.

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Fachada de la antigua Cárcel Pública de Santiago, por el lado de los juzgados, en calle General Mackenna (entre Teatinos y Amunátegui) y ocupando toda la extensión de la cuadra. Debe ser uno de los frentes de edificio más grandes en todo el barrio.

El otro mercado de Mapocho (extinto)
Como dijimos, este recinto de la Cárcel Pública no estaba solo, sino con un entorno bastante bien humanizado. Entre otros vecinos tenía al mencionado Terminal de Buses Norte, pero también a un populoso Mercado Persa de Mapocho que suponemos con seguridad, muy parecido a la feria de baratillos que desapareció de la calle Artesanos, pues veremos que surge a consecuencia del desalojo de ésta última desde el antiguo sitio que ocupaba en el territorio del “Luna Park”. A diferencia de la Feria de los Artesanos, sin embargo, el Mercado Persa de la ribera Sur sobrevivió por mucho más tiempo en esta nueva etapa de vida, hasta los años noventas, pues recordamos por sobre todo el caótico desorden que parecía imperar en cada uno de sus varios puestos. Además, muchos comerciantes informales o “de suelo” se instalaban en los lados y alrededor de esta feria, más algunos totalmente autorizados en los locales bajos de los edificios adyacentes. El Mercado Persa de Mapocho había sido creado por el ilustre Alcalde de Santiago don José Santos Salas, quien decidió su traslado en 1947, al comenzar a desmantelar el peligroso cuadrante usado por los comerciantes informales en el sector de calle Artesanos, donde se instalaron al año siguiente las floristas, como veremos oportunamente. Entonces, para los artesanos y anticuarios desalojados de la ribera chimbera se construyó allí, a la salida de las calles Amunátegui y San

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Martín, una fila de locales de 2 x 4 metros, que dieron origen formalmente a tan particular y novedosa forma de feria popular310. En este gris Mercado Persa podía encontrarse prácticamente de todo a la venta (y también de contrabando): relojes, motores, artefactos eléctricos buenos y malos, repuestos, libros, cámaras viejas, discos, sopletes, soldadoras, revistas, fonógrafos, victrolas, estatuillas, rodamientos, muebles, resortes... A la oferta establecida se sumaba la de vendedores de golosinas que paseaban entre los puestos y los visitantes, con refrescos en verano y sopaipillas en invierno. Muchos de ellos eran los que hemos descrito vendiendo la misma clase de melindres y sancochos por las filas de visitas de “La Pública”, allí tan cerca. Fue un lugar pintoresco y de enorme valor popular, sin embargo. Allí, en uno de sus puestos de antigüedades y baratijas, se fotografiaron los integrantes del grupo nacional “Los Bric a Brac” en 1967, para la portada de su primer disco, aprovechando la analogía del concepto del mercado con el nombre de este conjunto que fuera integrado por figuras de la estatura musical de Paz Undurraga, Luis “Chino” Urquidi, Carlos Alfonso Lastarria y los hermanos Antonio y Miguel Zabaleta. Los artistas aparecían en la imagen fingiendo hablar por antiguos aparatos telefónicos que, seguramente, encontraron entre los artículos en venta de la feria. Es curiosa la presencia de esta denominación de mercados persas en Chile, de los que sus sobrevivientes santiaguinos más populares son, quizás, el de la ex calle Los Morros en barrio Gran Avenida y el famoso Persa Biobío del sector Franklin. También se les llama Feria de Cachureos o Feria de las Pulgas, término este último importado desde México, según tenemos entendido. Precisamente de este tipo era el que se encontraba en Mapocho, allí en el apéndice que queda de la calle del mismo nombre llegando a Amunátegui, a un costado de la estación y del Parque Centenario, actual Parque de los Reyes, y su denominación de Mercado Persa parece haber sido la principal y más distintiva en Santiago en su momento, haciéndose extensiva después a toda esta clase de ferias en Chile. Para ser más precisos, esta suerte de tercer mercado popular del barrio riberano, después del Mercado Central y La Vega, se encontraba desde principios de los años treintas (dicen que nació tras la crisis del ’29) por allá por calle Artesanos llegando a La Paz, antes de pasar a su sitio definitivo en la otra ribera, paralelo a la primera cuadra de calle Mapocho entre Amunátegui y San Martín, por ahí por donde ahora está la Plaza Jerusalén, pequeño refugio romántico de enamorados.

310 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) N° 180, octubre de 1948, Santiago, Chile, artículo “Una obra feliz del alcalde señor Santos Salas”.

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El comercio existía desde antiguo allí en el sector, aclaramos, derivado no sólo desde el Mercado Central. Antes, hubo ferias como la llamada Plaza de San Pablo, en la calle del mismo nombre y por entre las ex Calle del Peumo (Amunátegui) y la de Teatinos311, de junto a los terrenos que ocuparía la Cárcel Pública y los cuarteles policiales. Sin embargo, el persa de cachureos del siglo XX, particularmente, había nacido de la acumulación informal de pequeños comerciantes pobres en la Plaza de los Artesanos, que conquistaron estos sitios sin una línea vincular específica con mercados anteriores. Después, vino el traslado a la ribera Sur. “Aquí, en minúsculas casetas –escribió Oreste Plath en 1964-, que forman a su vez una estrecha calle, se exhiben sobre mesones confundidos en extraño revoltijo, para la mirada del cliente, los clavos y los lentes; los telescopios, con lapiceras automáticas; los asientos de bicicletas con las tazas de juegos de té; los restos de ornamentos de muebles antiguos, con los vasos finos; las chapas de puertas, con los libros; cuernos artísticamente decorados, cuchillos corvos, el cuchillo chileno, y herramientas para todos los oficios y trabajos. Aquí se vende y se compra. El que vende algo a estos negocios debe quedar registrado en un libro que mantienen sus dueños para asegurarse de la honrada procedencia. Alternan sin melindre los anteojos con la chatarra; lo bien adquirido con lo malfamado. Los clientes deambulan de un lado para otro, deteniéndose frente a los negocios, a los pequeños puestos y dando vueltas las piezas, entre sus manos, como quien examina o descubre algo de su propiedad”312. A pesar de las precauciones de los locatarios, el gremio de todos modos estuvo invadido por personajes de dudosa reputación; cuando no de mala vida y convivencia cercana con el mundo del crimen, presencia no muy fuera de lo común en tal clase de negocios, curiosamente, incluso en nuestra época. Algo de ello quedó a la vista pública con el doble homicidio cometido en 1959 por el famoso asesino Roberto Haebig, quien dio muerte a dos de los locatarios de cachureos y antigüedades del mismo mercadillo mapochino, en una extraña historia de ambiciones, homosexualidad y venganzas personales. Haebig los inhumó en el jardín de su casa en calle Dardignac 81 del Barrio Bellavista, intentando hacer
311 “Anuario Prado Martínez. Única guía general de Chile. 1904-1905”, Alberto Prado Martínez. Centro Editorial de Alberto Prado Martínez, Santiago, Chile – 1905 (pág. 250). 312 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) N° 363, enero de 1964, Santiago, Chile, artículo “Mercados de Santiago”.

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pasar después las osamentas como un enterramiento indígena313. Éste es, por lejos, uno de los asesinatos más famosos de la historia policial chilena y un hito en la criminología del barrio de La Chimba. Hacia el final de sus días, la feria atraía a coleccionistas, anticuarios e incluso turistas, orientada principalmente a la venta de artículos para buscadores de antigüedades y viejos muebles de señorial elegancia. Había crecido tanto que estaba dividida en cuatro secciones. También fueron apareciendo, hacia mediados de siglo, otras ferias por la calle Balmaceda: de mecánica, de muebles, de ropa y los infaltables cachureos o baratijas. El Mercado Persa de Mapocho, particularmente, desapareció con la gran reforma urbanística que sufrió y sector y de la que hablamos recién, al referirnos al final de los días de “La Pública”, correspondiendo actualmente a un área del barrio con las áreas verdes de la mencionada plaza. Sus locatarios fueron trasladados hacia un nuevo recinto, ubicado en lo que aquí definimos más bien como Mapocho Abajo. Allí donde estuvo el persa en la segunda cuadra de calle Mapocho que hace esquina con San Martín, todavía sobreviven nostálgicamente dos o tres locales de venta de cachureos procedentes de esa época, con aspiración a ser ferreterías o algo por el estilo, y que permiten formarse una idea del aspecto que tenían los puestos de esta antigua feria. Dicen que, quizás, pronto se autorizará reponer allí una feria de anticuarios que reviviría, para muchos, parte de aquella época.

mapochino El fortín del periodismo mapochino
Otras novedades sucedían en los mercados más grandes del barrio y derivaron en procesos tanto o más peculiares que los relacionados estrictamente al comercio. Uno de ellos tendrá origen luego de que los comerciantes y locatarios de La Vega Central constituyeran un equipo propio de balompié, llamado Club Deportivo Fortín Mapocho, que disputó seriamente algunas buenas posibilidades de ascenso al fútbol profesional, aunque pocos recuerden ahora su nombre en esta ingrata y a veces necia cultura del fútbol nacional, regida sólo por grandes clubes-empresas. El club había sido reorganizado exitosamente en los tiempos en que el equipo se llamaba “Feria Municipal”, por don Alfonso Garcés Garcés, apodado El Viejo Garcés, respetado miembro de la comunidad veguina, ex trabajador del mismo mercado y que incursionó también en el entrenamiento profesional314.
313 Revista “Ercilla” Nº 1342 del miércoles 8 de febrero de 1961, Santiago, Chile, artículo “Haebig, el hombre del cementerio privado”. 314 Periódico “Fortín Mapocho” Nº 4 del 17 de septiembre de 1947, Santiago, Chile, artículo “El Viejo Garcés”.

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Sucedió, entonces, lo que poco antes podría haber parecido impensable, cuando el Fortín Mapocho alcanzó a pelear una entrada a primera división en 1946. Para su desgracia, sin embargo, este ascenso le fue arrebatado con aparentes maniobras que fueron atribuidas al entonces conocido y popular Padre Gilberto Lizana, destinadas a beneficiar al Club Iberia que él mismo presidía y que tenía una sede en Matucana con Mapocho315. Indignados con lo sucedido, los veguinos se organizaron espontáneamente y crearon un periódico representativo para el gremio, que comenzó a circular con la intención de defender su equipo, usando el mismo nombre del club deportivo: “Fortín Mapocho”. Su fundador y director hasta el último día en que sirvió a los veguinos, fue el comerciante Hernán Pinto Uribe, y el impreso aparece por primera vez hacia febrero de 1947 pero no como tabloide, sino más bien como un pasquín muy rudimentario e informal, en una presentación sumamente simple. Sin embargo, el Nº 1 de su tiraje formalmente presentado ya como periódico oficial, es lanzando el 23 de agosto de ese mismo año. Conformado por periodistas más improvisados que profesionales, no existió otro periódico en Chile que haya tenido en su origen y en sus cerca de 35 primeros años de vida, una relación tan estrecha con el Barrio Mapocho y sus expansiones de vida en las riberas. Han existido revistas gremiales de los trabajadores de los tranvías y los ferroviarios, como fue “El Mapocho”, y la experiencia de la revista “En Viaje” de la que ya hemos hablado, que ciertamente supera en trascendencia e importancia al “Fortín Mapocho”. Pero “En Viaje” era una revista que pertenecía a la próspera Empresa de Ferrocarriles del Estado en general y no sólo a la Estación Mapocho, de modo que su pertenencia al barrio no era tan directa ni central como el pasquín de La Vega. Además, éste establecería su cuerpo editorial y de redacción en Puente 810, justo al lado del Mercado Central... Fue rotundamente mapochino. Como era de esperar, el nuevo periódico se convirtió de inmediato en un órgano ligado a la defensa de los derechos de los trabajadores y comerciantes veguinos más allá de las vicisitudes de su equipo, además de constituirse en la voz oficial de la comunidad que tenían en la margen Norte del Mapocho, con unos 300 ejemplares producidos cada uno o dos meses, pues nunca logró consolidar una periodicidad confiable. Revelando el carácter modesto de su origen y sus redactores, muchas veces aparecía con faltas de ortografía y evidentes errores de redacción, pero lo cierto es que la calidad de sus contenidos superaba los detalles de formalismos, volviéndose también un órgano de denuncia permanente e inagotable en contra de todas las amenazas que sufriera el gremio de los comerciantes, como proyectos inmobiliarios, la presencia de los negocios clandestinos alrededor, las alzas de arriendo de los puestos, los ladrones y delincuentes que aparecían por el sector, etc. También amplió su campo de
315 “El precio de sostener un sueño”, Jorge Lavandero. Lom Ed., Santiago, Chile – 1997 (pág. 127).

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representación hasta el Mercado Central y los comerciantes de todo el Barrio Mapocho, por extensión. Su carácter original, como hemos visto, no era directamente político, sino gremial. Sin embargo, el “Fortín Mapocho” se había sumado a las campañas presidenciales de Ibáñez del Campo, Frei Montalva y Alessandri Rodríguez316, además de varios candidatos a regidores y alcaldes a lo largo de su existencia, por lo que de todos modos coqueteó con bastante decisión y convencimiento con esas arenas que, años más tarde, serían la marca definitiva de su línea editorial. Pasó el tiempo así, entre denuncias, avisos y llamados a la comunidad de comerciantes, aunque siempre con cierta irregularidad. Pero por alguna razón, probablemente de orden económico, el ya anciano Hernán Pinto comenzó a pensar en desprenderse de él. Sucedió así que, en una concentración política, un ejemplar del periódico le fue presentado por uno de sus propios creadores al futuro Senador Jorge Lavandero y éste se interesó de inmediato en comprarlo. La venta del diario se cerró en 150.000 pesos, según palabras de Lavandero317, quien lo tomó, lo reformuló y, valiéndose de su nombre, refundó un “Fortín Mapocho” que se convertiría en el símbolo del periodismo de oposición durante los años del Régimen Militar, en los ochentas318. La extraña ironía de todo esto, aunque Lavandero jamás la admitiera, es que el “Fortín Mapocho” había sido hasta pocos años antes, un fervoroso defensor del Régimen Militar y no escondió elogios para el alzamiento de 1973 y la Junta. Aunque no es secreto que gran parte del gremio de estos comerciantes del Barrio Mapocho había tendido a manifestarse más bien opositor al derrocado gobierno de la Unidad Popular, principalmente reclamando por el daño económico que les había ocasionado el desabastecimiento y las intervenciones de los agentes del gobierno sobre el mercado, cualquier duda sobre la posición editorial de su órgano oficial debería quedar despejada con el siguiente texto, publicado en marzo del año 1974 pero celebrando con enardecimiento el golpe del año anterior (los destacados son originales): “Estos comerciantes actuaron por mucho tiempo en forma independiente, pero llegó un Gobierno que comenzó a estatizar la grande y pequeña industria, los canales de distribución normales para crear DINAC,

316 “El precio de sostener un sueño”, Jorge Lavandero. Lom Ed., Santiago, Chile – 1997 (pág. 127). 317 “El precio de sostener un sueño”, Jorge Lavandero. Lom Ed., Santiago, Chile – 1997 (pág. 128). 318 “El precio de sostener un sueño”, Jorge Lavandero. Lom Ed., Santiago, Chile – 1997 (pág. 127129).

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SACOOP, los JAPS y otros y atentar contra el comercio establecido, dando lugar a la creación del nefasto MERCADO NEGRO”319. Por otro lado, la Junta Militar no tardó en prometer a los comerciantes chimberos la remodelación de La Vega Central que éstos venían pidiendo hacía años ya ante la indiferencia de las autoridades, además de la construcción del nuevo Puente La Paz que seguía pendiente, por lo que no es de extrañar que opiniones como la del “Fortín Mapocho” hayan hecho sendos elogios y reconocimientos para las autoridades en esos mismos días. Esta clase de información sobre el periódico, que podría ser dulce sabrosura para iconoclastas y desmitificadores, parece ser extrañamente desconocida y quizás hasta deliberadamente mantenida así, fomentando la creencia de que el “Fortín Mapocho” nace sólo en los ochentas o que siempre fue opositor al régimen de entonces. Más aún, el propio traspaso hecho a Lavandero no estuvo exento de cierta controversia entre los mismos veguinos. Poco después del mismo, falleció el ya anciano Hernán Pinto, lo que aumentó las diferencias respecto de quién era el verdadero dueño moral entre los que se sentían sus fundadores o representados. Además, si bien el traspaso señala la popularización del periódico a nivel nacional, marca la ruptura histórica con respecto a lo que había sido su impronta en el barrio, hasta ese momento. Sin embargo, en la práctica este traspaso sólo fue la compra del nombre del tabloide, pues desde ese año de 1984 en adelante su orientación editorial y su periodicidad cambiaron radicalmente, primero como semanario y después como diario, quedando atrás la edad romántica en que operaba como la voz de los comerciantes de La Vega Central. Incluso modificó después su nombre, al pasar a ediciones diarias, rebautizándose “Fortín Diario”. Adiós a lo de Mapocho. El impreso adquirió así un carácter de periodismo popular, panfletario e irónico, con acciones de denuncias y lenguaje desafiante. No pocas veces en que le tiraron la cola al león mientras Lavandero llevó el timón del diario, tuvieron alguna clase de problemas, lo que sólo contribuyó a aumentar su popularidad y su identificación como el principal organismo periodístico contrario al gobierno de facto. Pero la estrategia de haber comprado el viejo periódico de los veguinos tuvo otra arista: impidió que fuera censurado durante los estados de excepción contemplados en la Constitución de 1980, ya que ésta sólo procedía para fundación, edición o circulación de medios de comunicación nuevos, no los que ya existieran, como efectivamente se determinó en los tribunales de justicia en aquellos años. Con ello,
319 Periódico “Fortín Mapocho” Nº 47 (renum.) de marzo de 1974, Santiago, Chile, artículo “El comercio periférico de la Vega Central en homenaje al Gobierno Militar. 1973 – 11 septiembre – 11 marzo 1974”.

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el “Fortín Mapocho” quedaba blindado por corresponder a un diario con línea histórica anterior, aunque ésta sólo se redujera a su nombre, como hemos dicho. Empero, la misma capa de lucha que le dio vida nueva al “Fortín”, fue la que señaló su final. En la realidad, nunca fue un diario de gran preferencia, sino más bien simbólico, rondando cifras de venta entre el 11,8% de todos los diarios de 1986, y 16,1% en 1988320. Una situación frágil, esclava del contexto de tiempo. Así sucedió que, al concluir el Régimen Militar y retornar la democracia en 1990, la necesidad de un periodismo de batalla en la prensa regular quedó atrás y se notó inmediatamente en el sustento del diario. Bajaron dramáticamente las ventas y en sus páginas casi no había publicidad. Vinieron los despidos y huelgas de trabajadores. Al año siguiente, el “Fortín Diario” se declaró en quiebra y paró para siempre sus prensas. El último número del otrora adalid opositor de los ochentas, salió el 6 de julio de 1991, ante la casi total indiferencia del público. Entre quienes siguen valorando más esta segunda etapa en la vida del “Fortín Mapocho”, su edad política, se ha creado un catálogo con extractos de aquellos años y la recirculación en formatos digitales. Sin embargo, el viejo órgano creado para dar voz a los trabajadores veguinos ha concluido doblemente extinto, al ser olvidado de forma ingrata y, más encima, reemplazado con otra clase de recuerdos que sólo llevaron su mismo nombre, mas no su esencia.

Caótico comercio informal en calle Andrés Bello (hoy Antonia López de Bello) casi al frente de La Vega Central. El “Fortín Mapocho” denunciaba insistentemente la presencia de esta clase de comercio como un daño al establecido. Imagen aparecida en los años sesentas.
320 “Análisis histórico del periodismo chileno”, Eduardo Santa Cruz A. Nuestra América Ed., Santiago, Chile – 1988 (pág. 147-148).

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Portada del primer número de la revista “En Viaje”, en noviembre de 1933. El periodismo y el editorialismo estuvieron muy presentes en el viejo Barrio Mapocho, con este ejemplo y otros como el periódico “Fortín Mapocho” de los veguinos y “El Mapocho” de los trabajadores del tranvía.

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Portada del primer ejemplar de “El Mapocho”, del gremio de los tranviarios, el 17 de julio de 1943, republicada en el portal Memoria Chilena. Como se recordará, estos trabajadores tenían su propio barrio junto a Vivaceta, en la Población Manuel Montt. El pasquín retrató en forma jocosa y satírica episodios vividos en los mercados y centros de recreación del sector. A partir de 1946, sin embargo, el órgano principal del gremio fue una revista llamada “El Tranviario”, que con sede en calle San Antonio circuló con contenidos más serios y orientación más política, adhiriendo a la candidatura de González Videla.

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Portada del primer periódico “El Fortín Mapocho”, publicado por y para los trabajadores de La Vega. Número 1º, del 23 de agosto de 1947. Fue la experiencia más curiosa y representativa del periodismo en el Barrio Mapocho, posteriormente convertido en diario de oposición durante el Régimen Militar.

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El Presidente de los Estados Unidos Mr. Herbert Hoover (con su sombrero de copa en la mano), de visita en Chile y saliendo de la Estación Mapocho acompañado por el General Carlos Ibáñez del Campo. Imagen publicada por la memoria “Medio siglo de Zig-Zag: 1905-1955”. Hoover vino a Chile y a Argentina en 1928, además de ser mediador entre nuestro país y Perú por el conflicto de Tacna-Arica resuelto al año siguiente.

Rieles trágicos: el fin de una época
Otra desaparición en Mapocho, quizás la más grande después de la pérdida del Puente de Cal y Canto, le deparaba la historia al tránsito del barrio de marras por este nuevo tramo en la prosecución del tiempo. La Estación Mapocho fue arena de un suceso aún más trágico y sensible que los revisados antes y que, además de representar una terrible desgracia para la historia nacional, está ligado a lo que sería el cierre definitivo de la terminal ferroviaria, acontecimiento que arrojó al servicio del tren mapochino a nuestra lista de especies extintas del barrio, aun si su edificio, su recuerdo y sus nostalgias se mantienen debidamente protegidas. Los años ochentas no fueron generosos con la estación. Por el contrario, naturaleza y destino parecen haberse ensañado en alianza contra el edificio de las

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decoraciones rosas, como si una energía fuera de toda normalidad humana hubiese decidido su humillación, cual remate a varios años de deficiente conservación. En 1982, las graves inundaciones del río Mapocho provocadas por las diluvianas lluvias del invierno (de las que se conservan varios famosos registros en video, con casas derrumbándose sobre el río y un vehículo Mini arrastrado por sus aguas), atacaron como nunca se ha visto antes ni después al edificio de Mapocho, desbordándose por el puente y arrojándose como una cascada horizontal sobre la estación. La destrucción fue cuantiosa pero, si bien lo material era reparable, hubo también una pérdida de invaluables documentos que se conservaban dentro del recinto en el Archivo Histórico de la Empresa de Ferrocarriles del Estado, perdiéndose -por ejemplo- los antecedentes sobre el autor y la construcción de la primera Estación Central de la Alameda321. Vino después el terremoto del 3 de marzo de 1985. El edificio sobrevivió, pero no sin claros resentimientos que demandaron reparaciones y arreglos durante ese mismo año, además de la suspensión temporal del servicio de trenes. Fue en el siguiente verano, el de 1986, que la sangre tiñó una vez más -y por última- los durmientes de esas líneas que conectaban con la Estación Mapocho, provocando la suspensión de los servicios directos desde la terminal hasta Valparaíso. La tragedia sucedió en el contexto de profunda división política y social, vinculada también a esta confrontación que se hizo especialmente patente aquel año. Para peor, parte de las razones de la pérdida estuvo originada en este mismo conflicto. El lunes 17 de febrero, a las 19:45 horas, un convoy que venía desde el puerto con dirección a Santiago chocó de frente con otro tren de ruta Los Andes-Puerto en el sector de Peñablanca, en Limache, a la altura del Puente Queronque. Este paso estaba siendo reparado y con una sola vía habilitada, lo que causó el desastre. Permanecía con esta limitación luego de un atentado explosivo perpetrado por grupos opositores extremistas, que lo había debilitado debiendo cerrarse su segundo carril. A ello se sumó una serie de coincidencias realmente diabólicas, que parecen una verdadera conspiración suprema, como que los cables de la vía de comunicación telefónica habían sido recientemente robados, impidiendo detener la tragedia. También hubo problemas en la señalización... El saldo fue de 58 muertos y 510 heridos322, aunque siempre han persistido rumores de que las autoridades
321 Revista “BIT” Nº 52 de enero de 2007, Santiago, Chile, artículo “Estación Central. El tren de la historia” de Daniela Maldonado. 322 “Memorial de la Estación Mapocho”, Alfonso Calderón. Ril Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 8586).

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militares manipularon las cifras para presentarlas con menos víctimas de las que en realidad existieron, por razones que no parecen del todo claras. Estación Mapocho se llenó de familiares y deudos esperando noticias de sus seres queridos, mientras la información seguía llegando a Santiago fragmentada e imprecisa, limitada por las comunicaciones de la época. Escenas de tremendo dramatismo se vieron entonces, probablemente como no tenían lugar allí desde el desastre de Alpatacal, que ya hemos contado aquí. El gobierno puso el acento en el atentado terrorista como causa detonante del accidente y aunque existen controvertidas teorías y supuestas señales sobre los posibles responsables del bombazo del puente, nunca hubo acusados ni procesados. Como si este golpe no fuera suficiente, a continuación vino una tragedia más, la última de todas, sobre la Estación Mapocho: su propia clausura, cual maldición desatada por la sangre derramada en la masacre de Limache. Así sucedió que, aunque el valor de los ferrocarriles ya estaba en crisis luego de la implantación del modelo que bajó la subvención del Estado al sistema, el final definitivo de la estación sobrevino casi como consecuencia indirecta pero alineada con esa terrible tarde de febrero sobre el Queronque, cuando tantos quedaron esperando a sus seres queridos con el alma destrozada, maldiciendo al sistema ferroviario. Coincidía que ese año del accidente había sido crítico para evaluar la rentabilidad de la conexión de los trenes entre Santiago y Valparaíso, cada vez más deprimida en utilidades y en expectativas de sustentación propia. Desde ese desastre, además, el servicio nunca pudo ser bien repuesto a la forma expedita que funcionó en sus mejores años. Era inevitable, entonces: el último de los trenes de la estación llegaría a cerrar su historia de un momento a otro. En medio de todas estas incertidumbres y angustias, el servicio de la Estación Mapocho fue suspendido para iniciar un supuesto período de nuevas reparaciones y remodelaciones. Sin embargo, esto no sucedió y, en 1987, luego de muchas controversias y rumores, cerró para siempre su servicio de ferrocarriles cortándole a Santiago una cuerda de 73 años de historia323.
323 “Memorial de la Estación Mapocho”, Alfonso Calderón. Ril Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 86). Por nuestra parte, agregaríamos como detalle interesante una especulación que rondó en aquellos días sobre la verdadera razón del precipitado y nunca bien aclarado capricho de cerrar la Estación Mapocho, y que decía relación con el temor de las autoridades a que se repitiera un atentado como el de Limache en otro lado de la larga línea que era imposible vigilar permanentemente. Se habló de manera informal, incluso, de amenazas de grupos subversivos. Es probable que no se trate más que de rumores sin fundamento, pero de llegar a ser ciertos en algún grado siquiera, harían de la Estación Mapocho otra posible víctima de la confrontación política de aquellos días.

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Por algunos años más, entonces, carros y trenes permanecieron abandonados en una postal que sólo podría verse en el período de decadencia de las salitreras nortinas en Baquedano, o de la ex Estación San Bernardo, o la de Puente Alto. Desde calle Manuel Rodríguez o la entrada de Vivaceta, se observaba como una mole ruinosa, con vagones desparramados en la oscuridad, juntando polvo y vejez dentro de su ya poluta coquetería rosada. Y el día que comenzaron a despejar su interior, fue la señal definitiva de que sería demolido: la desaparición del edificio era inminente. Barrio Mapocho perdería su principal característica, su fuente de poderes vitales, como la cabellera de Sansón. Aunque este episodio correspondería a nuevas temáticas relativas al barrio y no a sus especies extintas, no podemos evadir la necesidad de recodar con gusto esa intensa campaña iniciada en aquellos días, para rescatar la estación, y en la que tuvimos alguna modesta participación. Afortunadamente, y al contrario de lo que suele ser la tendencia en la historia del patrimonio de la ciudad, el edificio de la Estación Mapocho logró ser salvado y convertido en el centro cultural que es desde los años noventas, encontrando así una casa dentro de Barrio Mapocho infinidad de actividades, exposiciones, ferias, conciertos y celebraciones. Desde ahí en adelante, su historia se ha escrito sólo con tintas de fortuna y dicha… Historia que alguna vez, quizás, también contaremos.

Deslucido y triste aspecto de la Estación Mapocho y del barrio en general, en fotografía publicada por revista “En Viaje” en 1970.

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Aspecto que tenía el gran aviso de neones de los “Aluminio El Mono” de Barrio Mapocho, en ilustración digital hecha por el autor con base fotográfica.

Los neones de “Aluminio El Mono”
Tal como ocurrió con la estación, muchas unidades de identidad del barrio nacieron, murieron o se transformaron. Pero, a diferencia de ellas, otras fueron sólo una ilusión, una maravillosa representación irreal: entidades ficticias, inventadas, muy visibles pero sin existencia propia, aunque con tanto o más grado de presencia que las vivas. Es la forma en que Santiago tuvo también a su propio King Kong, aunque en versión tipo mono araña más que el gorila de la siniestra isla perdida. Fue la mascota de la ciudad, precisamente allí, sobre el cielo de Barrio Mapocho. Esa enorme estructura de “Aluminio El Mono”, con sus catres de metales y neones centellantes, era pura poesía eléctrica en la ribera, elevándose briosa y casi amenazante por encima de La Vega Chica. Sus fulgores cálidos y sicodélicos salpicaban el escenario de una noche profunda en un barrio peligroso, pecaminoso,

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donde era mejor no andar solo o tener santos en la corte local. Quizás, pudo tratarse del primer anuncio de neón de estas características animadas y de estas proporciones que haya tenido Chile, nos atreveríamos a decir que más imponente aún que otros de los famosos del mismo estilo que hubo en Santiago, como en las azoteas de Ahumada con Moneda, en Alameda con Nataniel Cox, en la punta de diamante de la Alameda con avenida Ecuador o en los edificios de Plaza Baquedano, por nombrar algunos que hicieron historia. En la esquina de Artesanos con avenida La Paz, el aviso animado de “Aluminio El Mono” se veía desde casi todo el sector central de Santiago, e incluso desde comunas muy retiradas, si la altura del lugar de observación lo permitía. En la extensión del río Mapocho y tiñendo sus aguas, se distinguía desde todos los puentes principales, con la cola estirada en el sencillo juego de cambios de luces que simulaban la secuencia del mono. Algunos le encontraban cierto aire de semejanza con el personaje de la etiqueta del “Anís del Mono”; otros, creen que se trató de uno de los referentes icónicos más originales producidos en Chile. Curiosamente, el mico de los aluminios no fue la primera mascota de luces que tuvo el Barrio Mapocho. Juan Luis Espejo cuenta de otro cartel luminoso de gran tamaño que se halló alguna vez frente a la Estación Mapocho y también con un personaje zoomórfico, encima de la Garita Mapocho del tranvía que ya hemos tenido tiempo de estudiar: “…a la izquierda, la baranda del río Mapocho aislaba en sombras el barrio de La Cañadilla y, sobre la garita de los tranvías, aureolando los raquíticos árboles que la circundan, la enorme langosta luminosa del Restaurant Martini lucía en rojo, sobre el cielo negro, como un símbolo de horóscopo siniestro”324. Recordamos que también hubo por los setentas y ochentas, un imponente cartel luminoso de “Licores Mitjans” en la azotea del extinto edificio de 21 de Mayo con Ismael Valdés Vergara, frente al faro verde de los Héroes de Iquique. Ninguno fue tan importante como el mono, sin embargo. La fábrica nacional de ollas, sartenes y otros artículos de aluminio (algunos de ellos bastante novedosos por entonces) que era publicitada por la imponente estructura eléctrica con el simio juguetón, se ubicaba en realidad por la comuna de Maipú325, pero la presencia de
324 “Relatos del Santiago de entonces”, Juan Luis Espejo. Ed. Andrés Bello, Santiago, Chile – 1981 (pág. 101). El muy popular restaurant “Martini” se encontraba cerca de allí, en Bandera 560, entre Catedral y Santo Domingo. 325 “Poder popular y cordones industriales: testimonios sobre el movimiento popular urbano, 19701973”, Franck Gaudichaud. Lom Ed., Santiago, Chile – 2004 (pág. 250).

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su luminaria era tan poderosa en Mapocho que todos teníamos más asociada su existencia a esta parte de Santiago y a este cartel eléctrico. No sabemos cuánto pudo influir en el crecimiento comercial y en el conocimiento público de la marca de la empresa el empleo de esta enorme publicidad, pero las referencias de la misma que se remontan a principios de los setentas, tienden a describirla más bien como una pequeña compañía en aquellos años, aun cuando no estuvo ajena a los conflictos político-sociales en la época del gobierno de la Unidad Popular326. Había un aire lujurioso al alcance de su luz zumbadora. Prostitutas, hoteles, hombres ebrios y pendencieros; delincuentes y mendigos… Vagos que caían al suelo como un títere al que le cortaran las cuerdas de la lucidez, mientras algún travestido le robaba la billetera a otro borracho desmayado, ya sea junto al Monumento de los Historiadores de la Independencia, en la desaparecida fuente de la misma Plaza Tirso de Molina o en los escondrijos de la Pérgola Santa María y la Plaza Artesanos. Ésa era la selva donde encontró su hábitat el primate de destellos danzantes. Sus neones sobre esa azotea, además, se nos figuraba en aquellos años parte de un ambiente propio al alero del mono luminoso, como el de las novelas de mencionado autor Luis Cornejo, ese escritor que vendía sus propios libros por la misma época en la Plaza de Armas de Santiago327. En efecto, las luces del gas de encendido pintaban de extraño brillo un cuadro digno de los que describe en libros como “Show Continuado” o “Los Amantes del London Park”. Y es que la complicidad del mono con los seres nocturnos era innegable; eran partes de un mismo todo. Hacia la segunda mitad de los años ochentas, el mono gigante de los aluminios comenzó a ser gradualmente jubilado y sus danzas nocturnas se hicieron menos frecuentes e interrumpidas por días libres. Quizás para vender el espacio publicitario, volvía a reaparecer en su ritual de neones bailarines de cuando en cuando. Pero se hizo tarde para traerlo de regreso a la vida: la fábrica de aluminios había desaparecido, como también gran parte del edificio que lo sostenía ya en ruinas, habitado sólo por almas en pena y recuerdos.

326 “Poder popular y cordones industriales: testimonios sobre el movimiento popular urbano, 19701973”, Franck Gaudichaud. Lom Ed., Santiago, Chile – 2004 (pág. 430). 327 Don Luis Cornejo, fallecido en 1992, solía retratar en sus cuentos y novelas el ambiente del que fue testigo en su infancia por el barrio de Vivaceta. Sin embargo, nos consta que también fue visitante del Barrio Mapocho en algún grado y, por lo tanto, conocedor del mismo. Como hemos visto, en “Show Continuado” podría haber retratado la calle Aillavilú.

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Una noche de esos años, “Aluminio El Mono” se apagó definitivamente… Y su recuerdo acabó de marcharse con el siglo, pues un incendio del año 2000 que comprometió también al vecino ex “Teatro Balmaceda”, terminó por destruir la poca evidencia que quedara de su simiesca existencia en esos techos sobre un tercer piso, además de gran parte del edificio que lo sostenía. Oscurecido para siempre, dejó a los actores de la noche lujuriosa del barrio en completa sombra, de esa misma que nuestra sociedad sabe callar y esconder. Nunca más se vieron jugarretas del simio de tubos reflejadas sobre las corrientes mapochinas. Fue una lástima; una pérdida por la que, de súbito, La Vega Central chilena dejó de ser esa ilusión fata Morgana de Las Vegas real, la gringa, que antes hemos descrito… Ahora, la noche la vuelve sólo una ciudadela en penumbra, sin las luces animadas de colores; sin la magia cromática manchando viejas fachadas y añosas cornisas. Mapocho perdió así uno más de sus iconos históricos, característicos y propios, y en este caso tristemente casi sin dejar huellas, a diferencia de otros extintos. Quizás sólo la antigua tienda de venta de ollas y aluminios a los pies del mismo edificio, represente algo del recuerdo de su rastro allí, en esos bravíos y desafiantes reinos veguinos de la calle Artesanos. En tiempos más recientes, quizás por el redescubrimiento mediático de los años ochentas y la revalorización de algunos aspectos de la cultura no oficial, han aparecido quienes toman el recuerdo del cartel de “Aluminio El Mono” como un ejemplo perdido de la gráfica popular chilena328. No obstante, esta nueva cotización de su memoria ha llegado tarde para haber perpetuado al mono gigante. La única alternativa para imaginar ahora la ácida majestuosidad que tuvo este colosal aviso, es visitar las luminarias publicitarias animadas también por neones que están en azoteas de los edificios ubicados en calle Rancagua, entre avenida Vicuña Mackenna y General Bustamante, y multiplicar por cuatro o cinto el tamaño de las alegres y coloridas propagandas que se ven allí (calcetas “Monarch” y champagne “Valdivieso”), felizmente declaradas Monumento Histórico Nacional durante el año 2010, por lo que quedarán protegidos y en compromiso de conservación… …Un privilegio que, por desgracia, no alcanzó a conocer el famoso antropoide de neón de Mapocho.

328 Diario “El Mercurio” del domingo 1 de julio de 2001, Santiago, Chile, sección Artes y Letras, artículo “La perturbación de lo mismo“. / Diario “La Nación” del lunes 6 de junio de 2005, Santiago, Chile, artículo “Reciclando la gráfica mutante de una ciudad picante”. / Diario “El Mercurio” del domingo 27 de julio del 2008, Santiago, Chile, artículo “Chile MR: Una historia social de las marcas”.

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Pasillo de acceso del ex edificio “Luna Park”, o mejor dicho sus ruinas. Se observan las añosas maderas, vigas, murallones de adobe. Su azotea acogía al mono gigante de neones.

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Pérgola Santa María, vista desde la Plaza de los Artesanos, en fotografía publicada por revista “En Viaje” en 1970. Atrás se observan el Teatro Balmaceda y sus escotillas, el desaparecido tercer piso del “Luna Park” y parte del cartel de “Aluminio El Mono”.

A la sombra del “Luna Park”
Hay quienes no recuerdan bien la ubicación exacta del famoso conjunto de neón de los “Aluminio El Mono”, salvo por los vecinos más antiguos del barrio. Algunas referencias menos directas definitivamente están erradas, suponiéndolo por el lado de Recoleta, en la Plaza Tirso de Molina o detrás de La Vega. En realidad, el mono gigante tenía su casa sobre la azotea del edificio ubicado en la dirección de calle Artesanos 871 esquina con avenida La Paz, en pleno sector los mercados chimberos. Y su lugar no correspondía al techo de cualquier edificio “de tres pisos”, al contrario de lo que, con extraña aversión, sugiere el periodista Sergio Paz en su famosa guía “Santiago Bizarro”329, pues ubicado al lado del ex “Teatro Balmaceda” y frente a la Plaza Artesanos y a la Pérgola Santa María, en realidad el edificio de estilo afrancesado que servía de pedestal para el mico fue un conjunto residencial y hotelero que alojó en sus dependencias al “Hotel Luna

329 “Santiago Bizarro”, Sergio Paz. El Mercurio / Aguilar, Santiago, Chile – 2003, tercera edición (pág. 194).

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Park”, otro de los alguna vez famosos registros que existieron en Mapocho y que derramaron su propia huella sobre la vega del río, aunque pocos sepan de ella hoy. “Luna Park” era no sólo el hotel y el cité interior de este establecimiento: se le llamó también con su nombre a una especie de cuadrante completo en esa encrucijada de Artesanos con La Paz, tanto para las residencias interiores dispuestas alrededor de una gran terraza o patio y con los cuartos del hotel al frente, como a los locales comerciales en la planta baja afuera y un montón de casuchas exteriores improvisadas en su entorno, concentradas principalmente en la Plaza de los Artesanos y el sector ahora ocupado por las floristas, hasta los galpones que habían servido a los corrales y talleres del tranvía. Había un aire de conventillo ahí, adentro y afuera del otrora elegante edificio. El área central de la mitad de cuadra que ocupaba era conocida como “el patio” o “el parque”, y constituía un lugar para toda clase de presentaciones, espectáculos o fiestas, engalanadas en un principio pero más cercanas a las bacanales hacia el final de sus días. Dice Mr. Huifa que allí, además, hacia los años del Primer Centenario Nacional hubo un escenario de importantes encuentros pugilísticos en los que debutó el boxeador Manuel Sánchez330, aunque nos preguntamos si acaso podrá estar refiriéndose, más específicamente, a los tiempos del “Hipódromo Circo” que como vimos, constituyó por este sitio un clásico de esta clase de encuentros. Muy aplaudidas fueron también las presentaciones en el “Luna Park” del músico bolerista radicado en Brasil don Lucho Almarza, quien tocaba en sus noches bohemias allí en la calle Artesanos con una orquesta que integraban también Pablo Ramírez, Jorge Martínez en el saxo y Chichibi en el violín331. Negocios de diversión sólo para audaces y valientes se encontraban allá abajo, con regadas noches de bebida y bailoteo, además de locales que se vinculaban a la Feria de los Artesanos, con venta de cachureos surtidos. Todo se contagiaba de este ambiente: los shows y las presentaciones del “parque” se extendían hasta el frente, tocando la plaza actualmente ocupada por el nuevo mercado Tirso de Molina. Como lo hemos comentado, Tito Mundt mencionó alguna vez al “Luna Park” como uno de los más importantes centros de recreación que podía recordar de la brava bohemia del Santiago clásico332, aunque Rakatán describe sus inicios como otro de los tantos locales o sitios exclusivos que siempre buscaba la aristocracia
330 “El boxeo en Chile”, Renato González. Ed. Quimantú, Santiago, Chile – 1973 (pág. 22 y 24). 331 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 57). 332 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) N° 433, noviembre de 1969, Santiago, Chile, artículo “Un bostezo llamado Santiago de 1933”.

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santiaguina333, por supuesto que hasta entrado en decadencia y conquistado por el populacho que se apoderaría de las entretenciones del ex “Hipódromo Circo”, ya ocupado por el “Luna Park” y su vecino Teatro Balmaceda. Sabemos de todo esto con algún grado de detalle, porque uno de nuestros varios informantes ha sido don Claudio Soto, conocido personaje del barrio y antiguo locatario de la Pérgola de las Flores Santa María, que trabajaba en un puesto del recinto exactamente al frente del edificio señalado, cruzando la calle Artesanos. Por curiosa coincidencia, don Claudio vivió en el “Luna Park” en las residencias interiores de la planta baja, que nos describe como una especie de pasaje-cité que ya se encuentra totalmente demolido. Y allí conoció a su amada esposa, “hace cincuenta años”, según recalcaba con emocionado orgullo. ¿Cómo pudo surgir esta especie de campamento poblacional y la feria caótica alrededor del ex edificio hotelero, entonces? Es una curiosidad de la que se ha escrito poco, salvo algunas líneas aportadas por el “Fortín Mapocho” canalizando la aversión que los comerciantes establecidos siempre sintieron por este sitio: “Fue levantado poco a poco por los comerciantes que se estacionaron en este estratégico lugar, en cuyas construcciones fueron empleados toda clase de desechos de demoliciones que es posible imaginar. Por tal razón, Luna Park es el conjunto de construcciones más antiestético e insalubre”334. Desde entrado en su señalada decadencia (o quizás siempre estuvo en ella), “Luna Park” se vuelve un lugar bravío, sólo para el paso seguro de los más audaces. Nada de romanticismos para quienes sintieron encima el peso de su presencia. A los pies del edificio se extendían locales que eran parte del submundo de esa feria de regateos de avenida Artesanos, donde era común encontrar artículos robados y en la que siempre imperaba, a la par de los principios de la oferta y la demanda, la ley de hierro del más fuerte. Prostitutas, gañanes y holgazanes completaban el deprimente cuadro de menoscabo social. Como dijimos, abarcaba las plazas del entorno, parte de la avenida La Paz y los ex galpones del Ferrocarril Urbano, cuando aún no eran habilitados para acoger los veguinos “chicos” y estando casi abandonados desde la creación de la Empresa de Transportes Colectivos del Estado, surgida en 1945 para hacerse cargo del crítico transporte urbano chileno.
333 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 35). Rakatán lo cita entre otros sitios a la altura del “Stad Français”, el “Lido”, el “Tap Room” de Gath y Chaves y el restaurante de la “Terraza del Cerro San Cristóbal”. 334 Periódico “Fortín Mapocho” Nº 8 del 29 de noviembre de 1947, Santiago, Chile, artículo “El ‘Luna Park’ vive sus últimos días y sus locatarios enfrentan un gran dilema: renovarse o morir”.

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Algo de esta postal deplorable la reporta, por entonces, Daniel de la Vega con la siguiente transcripción: “Ustedes escribieron un párrafo sobre los jardines de Recoleta, y no dijeron nada de aquel Luna Park, que después de varios años de vida lánguida y artificial, desapareció entre los aplausos de todos los vecinos. En este terreno cerrado, algunas noches se bailó, funcionó una ruleta y se vendieron algunas naranjas y unas botellas de gaseosa. Siempre había en sus puertas unos grupos de atorrantes, y los vecinos de Recoleta, cuando se recogían tarde, ya no les temían a los ladrones que pudieran esconderse en los puentes, sino al misterioso silencio, a la densa sombra del Luna Park, de donde podía salir un batallón de bandidos. Los vecinos de Recoleta, al pasar por esas rejas, apresuraban el paso, y buscaban con sus ojos las lejanías de la calle, viendo modo de escapar e irse a arrojar a los brazos de un carabinero. El Luna Park fue cruel. Se vengó de su fracaso con ferocidad. Cada uno de sus árboles, después de las dos de la madrugada, tomaba aspecto de bandido”335. Veremos, sin embargo, que la infamia del “Luna Park” se extendió algún par de años más antes de ser decapitada por el progreso. Además, algunos árboles tenebrosos, raquíticos de sed y ensuciados del hollín de una ciudad sofocada en sus propios gases de desarrollo, aún existen allí, adoptando contracciones extrañas, retorcidas, como en los bosques más siniestros de la mitología tolkieniana. La fama del enclave de un no mundo representada por el “Luna Park” había sobrevevido largo tiempo a la caída del servicio del hotel que le daba el nombre. Pero si no hubiese sido por su utilidad para sostener al cartel de neón de los aluminios, al edificio quizás lo habrían echado abajo hacía décadas. Ahora, y después de cuanto menos tres incendios a lo largo de su historia, éste luce sólo una parte de su segundo piso, cortado súbitamente a la mitad como si el filo del hacha de un gigante le hubiese recorrido longitudinalmente, llevándose el tercero completo y aun hasta más abajo. Ni siquiera conserva ya los balcones de balaustras que caracterizaban su planta superior, salvo por algunas pocas piezas que parecen palitroques listos para caer sobre la cabeza de un peatón. La azotea que sostenía esas luces vibrantes del mono de los aluminios, por lo tanto, ha desaparecido de la misma manera irreversible que sus nostálgicos brillos de neones, hasta los ápices de sus raíces electrificadas, casi con edificio y todo. Actualmente, se emplea la planta inferior del recinto convertida en patio para estacionamientos y para ocasional almacenaje o acopio de materiales tras un portón
335 “Ayer y hoy. Antología de escritos”, Daniel de la Vega. Ed. Universitaria, Santiago, Chile – 1997 (pág. 161).

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metálico, aunque sospechamos que aquello que queda de esa histórica fachada (un piso y medio, o menos) no durará demasiado. Ni de monos gigantes, ni de terrores callejeros se habla ya frente a sus ruinas.

Típico local de cachureos en la feria de calle Artesanos, en el número 883 a los pies del edificio “Luna Park”, cuando aún imperaba allí la ley del más fuerte. Imagen de una revista “En Viaje” de 1948. Estos negocios y su comercio alrededor fueron la base del Mercado Persa instalado al otro lado del río. Ahora, este local aloja a una ollería.

Las entonces recién fundadas instalaciones de las pérgolas que acababan de ser trasladadas desde la Alameda hasta la avenida La Paz, en imagen publicada por revista “En Viaje” de 1948. Su llegada significó el desalojo de casuchas en el “Luna Park”.

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Entrada al ex edificio “Hotel Luna Park” de la calle Artesanos, o mejor dicho lo que queda de este centro que fuera, simultáneamente, hotel, cité, lugar de eventos y de comercio.

La impronta de los artesanos: su calle y su feria
A un costado del prominente nuevo mercado de La Vega, había quedado arrinconado contra lo que ahora es avenida La Paz, un cuadrante ocupado por trabajadores y artesanos que aportaron una fuerte cuota de identidad al barrio y dejaron su huella en la toponimia de una de las principales calles que atraviesan este sector chimbero de Santiago. También fueron parte del terreno maldito del “Luna Park”, con el edificio del mismo nombre, la plaza adyacente y los tórridos galpones oscuros que habían servido al tranvía. El Jardín de los Artesanos, también llamado la Plaza de tales, existió en la calle que divide las dos primeras cuadras de los mercados veguinos separando con su calzada La Vega Chica de la feria Tirso de Molina. Los vecinos de la ciudad la llamaban Calle de los Artesanos por estar asociada a ellos en el conocimiento popular desde antes aun de los trabajos canalización del río y del surgimiento

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nuevas calles ganadas a la vega mapochina. Según hemos revisado, además, la presencia de esta clase de trabajadores particulares y de organizaciones sociales que los representaban, siempre rondó tal sector del barrio y los ranchos habitados en las orillas. Tanta era la injerencia de ellos en la vida diaria del barrio que, de hecho, existió por allí mismo una concurrida escuela nocturna y dominical de letras para artesanos, y sobre la que el gobierno de don Manuel Montt manifestaba interés en ampliarla para alumnos más jóvenes y que no practicaran el oficio, en septiembre de 1853336. La Plaza Artesanos brota, así, de la propia y casi prístina actividad que allí desarrollaban antaño este tipo de trabajadores, que fueron parte de la fauna típica de la orilla Norte del río337, de la vida en las riberas, luego junto a la avenida Santa María y cercada al oriente por avenida La Paz, de cara al “Hipódromo Circo” y el Teatro Balmaceda. Ocupaban el área que había estado asociada antes a la población de El Campamento, para ser más precisos. Si bien fue reconocido como un terreno vil y peligroso, la plaza y la calle también fueron escenarios de muchos encuentros políticos por su valor simbólico, como un multitudinario miting de trabajadores realizado el 25 de agosto de 1935, organizado por el Frente Popular338 que llegaría al gobierno tres años después de la mano de Pedro Aguirre Cerda. Quizás la imaginación y los referentes actuales induzcan a pensar que la feria de la Plaza de los Artesanos era muy semejante a esos centros y ferias artesanales como las de Santa Lucía o Los Domínicos, que hoy atraen a los turistas en busca de recuerdos de Santiago. Sin embargo, las descripciones testimoniales que se conservan sobre su aspecto corresponden más bien a lo que hoy llamaríamos una feria persa, con una innumerable cantidad de puestos donde se vende literalmente “de todo”, no sólo artesanías, sino también cachureos, antigüedades, baratijas y artículos a veces de dudoso origen. De hecho, vimos ya que fue con su traslado al otro lado de la ribera que surge el concepto y la primera presentación de un Mercado Persa en Santiago.
336 “Anales de la Universidad de Chile”. Imprenta del Comercio, Valparaíso - 1861 (pág. 551-552). 337 “Santiago de Chile”, Armando de Ramón. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 2000 (pág. 183). 338 “Frente popular en Chile. Su configuración: 1935-1938”, Pedro Milos. Lom Ed., Santiago, 2008. Al año siguiente, el conglomerado político comenzó a realizar encuentros dentro del propio teatro. Cabe indicar que la connotación política y su vinculación especialmente con la izquierda perduró mucho antes de diluirse, sirviendo de escenario a manifestaciones todavía en tiempos relativamente recientes. El 1º de mayo de 1979, por ejemplo, se realizó la primera concentración importante contra el Régimen Militar, en el marco de las celebraciones del Día del Trabajador, con unas 500 personas de las que terminaron detenidas nada menos que 350, según registros de época.

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Luis Sánchez Latorre recuerda algo sobre las características que tenía este sitio y el atractivo de su comercio popular: “Antiguamente en lo que fue (no sé si será aún) la Plaza de los Artesanos, a orillas del río Mapocho, se instalaron unas ventas de libros viejos. Durante un período que debe abarcar un año o más (1943-1944), yo iba en forma religiosa a este lugar, al mediodía de los fines de semana, en busca de pan para el espíritu. Muchas de mis cimarras del colegio tenían como objeto la lectura de libros raros o inalcanzables en el recinto para mí innecesariamente atractivo y solemne de la Biblioteca Nacional. El hallazgo de librerías de lance en las márgenes del Mapocho, a unas cuantas cuadras del centro de Santiago, me inundó de dicha”339. Cabe señalar que algunos distraídos identifican erróneamente hoy como Plaza Artesanos al área opuesta de estas cuadras chimberas, donde está en realidad la Plaza Tirso de Molina en Recoleta, también llamada Plaza de los Historiadores de la Independencia por el monumento que allí existe. Sin embargo, la plaza original es la descrita, frente al Teatro Balmaceda y junto al recinto de La Vega Chica, al lado poniente del primer Mercado Tirso de Molina. Hacía una pausa entre éste y la Pérgola Santa María antes de la última gran remodelación de la cuadra. Más aún, la gris y estéril plaza (o lo que hubiese de ella) fue usada también como aparcadero de los vehículos que visitaban el mercado o las pérgolas. La feria de los artesanos y la conflictiva plaza o “jardín” que habían tomado cuerpo en el barrio, desparecieron de manera definitiva con la instalación de las pérgolas y la positiva renovación del aspecto general en el caótico terreno del “Luna Park”, como veremos a continuación, pues su final también constituye una particular e interesante historia.

El final de la “corte de los milagros”
Como hemos visto, alrededor del edificio central del “Luna Park” y todavía cuando éste ya estaba oscuro y casi despoblado, existió por muchos años también el espacio que alguien llamara despectivamente como la Corte de los Milagros: es decir, la mencionada Plaza de los Artesanos y ese sitio que varios condenaban como un nido maldito de vagancia y de delincuencia, que envileció el barrio e irradió de ferocidad y peligro por todo el entorno. Su sólo nombre evocaba a muchos, sensaciones de terrores, antipatías y hacía tiritar las piernas de las damas o de los indefensos que osaran atravesar el territorio indómito del “Luna Park”.
339 “Memorabilia: impresiones y recuerdos”, Luis Sánchez Latorre. Lom Ed., Santiago, Chile – 2000 (pág. 152).

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Carlos Lavín hablaba de esta amenazante plaza como un remedo que “revive las escenas del odiado Campamento y el destartalado Arenal”340, las dos poblaciones peligrosas para las que también hemos tenido algunas palabras a lo largo de este trabajo. Este escenario maldito ocupó todo el sector que hoy es del Tirso de Molina y las pérgolas. La idealización social de lo que fuera la Plaza de los Artesanos y de su feria de cachureos o baratillos (antecesora del Mercado Persa de la otra ribera, como dijimos) compite con la imagen más auténtica que se desprende de los registros de decadencia y pauperismo que otros alcanzaron a observarle, ya en su época más oscura. Lavín también nos proporciona un bosquejo muy degradante de cómo se veía este lado del barrio en 1947, poco antes de sufrir la transformación que llevó hasta él las pérgolas florales: “La afrentosa apariencia de estos terrenos ribereños está aún patente en la actual descomposición y promiscuidad de las aglomeraciones de La Vega, mercados ambulantes, “cachureos” y lides y acopios de escenas de feria que exhibe el Jardín de Artesanos”341. Hasta ese año, la feria de la plaza o “jardín” se había convertido en el decadente mercado parasitario de La Vega y su actividad de venta más importante era quizás la reducción de productos muchas veces robados, tanto así que los vecinos del sector sabían que encontrarían sus enseres sustraídos si iban a buscarlos precisamente en los puestos de este lugar. Se hacía urgente resolver la situación que afectaba desde hacía tiempo a la Plaza de los Artesanos, más las casuchas y ranchos improvisados alrededor, calamidad que no mostraba viso alguno de solucionarse por sí sola. Fue el Alcalde de Santiago don José Santos Salas quien, finalmente, tomó cartas y ordenó desocupar la planta que tenía la Plaza de los Artesanos y la feria del mismo nombre, además de todo el territorio salvaje donde había crecido la selva urbana del “Luna Park” y hasta parte de la cuadra siguiente junto a la Piscina Escolar, espantando de ella al comercio irregular que servía de refugio a todos los rateros, prostitutas, vagabundos y asaltantes que lo habían convertido en su sitio de anclaje. Coincidía, además, con la instalación de los dos nuevos puentes del sector342, frente a las avenidas Recoleta e Independencia. Puentes posteriormente reemplazados, corresponde aclarar.
340 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 92). 341 “La Chimba”, Carlos Lavín. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1947 (pág. 74). 342 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) N° 180, octubre de 1948, Santiago, Chile, artículo “Una obra feliz del alcalde señor Santos Salas”.

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Esto provocó prácticamente un estallido de felicidad entre todos los vecinos y comerciantes formales del barrio, por supuesto. Hacía años que la acumulación insalubre y amenazante de viviendas, peores aún que las viejas chozas del río antes del canalizado, había despertado el desprecio y, cuando no, el odio general del promedio de hombres y mujeres de Mapocho. Además, el Alcalde Salas había sido el primero en mostrarse realmente interesado en la vida y la comodidad de los comerciantes veguinos, al punto de visitar constantemente este mercado marcando un contraste diametral con ediles anteriores, que parecían mirarlo con desprecio y casi como una carga para la municipalidad. El periódico de los veguinos, “El Fortín Mapocho”, celebraba casi eufórico al conocer la noticia, en agosto de 1947: “De acuerdo al plan de embellecimiento de nuestra capital, aprobado por la Municipalidad de Santiago, todos los comerciantes que están instalados en el sector denominado Luna Park, deberán abandonarlo definitivamente dentro de unas semanas más. Este recinto, cuya presentación daba un feo aspecto a la ciudad, será destinado para el estacionamiento de autos y microbuses que actualmente ocupan la rivera (sic) opuesta del Mapocho”343. Luego que el desmantelamiento del terreno malvado del “Luna Park” y todo su contorno con miserables casuchas y toldos se concretara, se procedió a reformular el carácter comercial del barrio en tres etapas que han sido históricas para la evolución del mismo, y de las que hemos hablado ya tanto como aún nos queda en el tintero sobre esta ola de cambios para Mapocho. Hemos dicho ya que la habilitación de los ex galpones del tranvía de la Empresa Nacional de Transportes, quedó para La Vega Chica de los verduleros y fruteros, además de las cocinerías. De hecho, en sus primeros años también se le llamó a La Vega Chica y al Tirso de Molina como Mercado Luna Park, aludiendo a su origen en las hasta entonces más infames cuadras de todo el Barrio Mapocho344. La segunda parte del proyecto fue la construcción de los locales para las floristas, que veremos en seguida. Y la última, comprendía habilitar los terrenos a la feria donde ahora se encuentra el Mercado Tirso de Molina, más el traslado de todos los artesanos y comerciantes de cachureos que ocupaban ese sector y el de la Plaza de los Artesanos, hasta la nueva feria que se construyó en las primeras cuadras de
343 Periódico “Fortín Mapocho” Nº 2 del 30 de agosto de 1947, Santiago, Chile, artículo “Se aproxima el final del Luna Park; será desintegrado muy breve en tres secciones distintas”. 344 Periódico “Fortín Mapocho” Nº 20 del 16 de abril de 1948, Santiago, Chile, nota “El Mercado Luna Park”.

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calle Mapocho y que marcó el origen del Mercado Persa que por varios años podía encontrarse junto a la Cárcel Pública, como ya tuvimos momento de ver. Así, Salas estableció en avenida La Paz y en el camino al Cementerio General a una siguiente generación de personajes de Mapocho que llenaría el barrio de color, en una nueva época para el mismo.

Alcalde de Santiago don José Santos Salas, en una de sus frecuentes visitas al mercado de La Vega, ya después de la remodelación del barrio donde llegara a ser un hombre muy querido y respetado por la comunidad de comerciantes. Imagen publicada por el periódico veguino “El Fortín Mapocho” en enero de 1949.

Las flores del Mapocho
Un milagro sucedió entonces: en donde sólo había existido antes comercio oscuro y el opaco de la delincuencia, creció un hermoso jardín de flores que sigue pintando de colores el antes blanco y negro de este lado del Barrio Mapocho, con sus dos antiguas pérgolas de San Francisco y de Santa María. La historia que gatilla el florecimiento de las grandes pérgolas en la vega del río es bien conocida: luego de unos cinco lustros de advertencias y disputas, a mediados de los años cuarentas las pergoleras de San Francisco y del Parque Inglés son advertidas de que la Alameda será ensanchada y sus locales procederán a ser definitivamente demolidos. Se situaban un poco más al poniente del templo, en el bandejón central y en torno a una enorme fuente de piedra que después se colocó a un costado, frente a la calle Londres y la plazoleta del mismo templo franciscano.

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El desalojo de los locatarios sobrevino un tiempo después y, en el primer semestre de 1948 durante el gobierno de Gabriel González Videla, se procedió al retiro final de las históricas tiendas de la pérgola de la Alameda, con la correspondiente demolición de sus casuchas. Fue entonces que el propio alcalde Salas -mismo que había tenido el amargo deber de ordenar el desalojo de las floristas- tuvo la iniciativa de resolver el problema insoslayable que se había generado y procedió a construirle locales propios a estas pergoleras en la ribera del río, literalmente llenando de flores la orilla del Mapocho, ese mismo año. Hasta allá se trasladaron los negocios, entonces, con sus coronas, ramilletes, arreglos y todo. Los amplios y hermosos kioscos de albañilería construidos por Salas eran de un piso y de estilo de base próximo al Art Decó, tan presente en otras partes del barrio. Estos nuevos puestos estaban numerados y ordenados formando patios. Años después se instalaron las techumbres, para capear los días de lluvia o de frío, aunque esta adición le dio a los recintos un aspecto sombrío y húmedo que conservaron hasta el final de su existencia. Originalmente, el nombre del primer conjunto que se instaló en los puestos como resultado del traslado fue Pérgola de San Francisco, pues la distinción con la de Santa María surge después, en un edificio bajo en la Plaza de los Artesanos y separada de la anterior por el sólo ancho de la calle La Paz y sus aceras. El grupo general de ocupantes de los kioscos hechos por Salas, además, nació no sólo del desplazamiento desde la Alameda, sino también de la fusión con otra feria floral que ya existía desde mucho antes en el barrio que los recibió: la Pérgola del Mapocho, situada hacia el lado poniente del mismo sector345, aunque era menos vistosa y más pequeña, compuesta de un puñado de mujeres muy modestas que vendían flores en tarros con agua para quienes iban por La Paz hacia los cementerios. Según algunas de las propias comerciantes, la mayoría de estas antiguas floristas de Mapocho quedaron albergadas en el conjunto que se habilitó para la Pérgola Santa María. Uno de sus antiguos proveedores de flores fue el ciudadano japonés Suegoro Soke, quien tenía un depósito para los minoristas que puso bajo administración de su yerno Tsuguo Suzuki, hacia 1940, con flores de su propio fundo en La Cruz. Otro ciudadano del mismo origen, de apellido Monma, tenía el “Jardín Monma” vendiendo en el barrio flores de los cultivos de su amigo Hiroshi Hirose, también en La Cruz, hacia 1950346 y cuando las grandes pérgolas ya habían sido establecidas junto al río.
345 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) N° 364, febrero de 1964, Santiago, Chile, artículo “Pérgola de las flores”. 346 “Anecdotario histórico: Japoneses chilenos, primera mitad del siglo XX”, Ariel Takeda M. Ed. digital Asoc. Panamericana Nikkei, Chile – 2006 (pág. sin núm.).

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Cuando fue concretado este traslado hasta la avenida La Paz, las veteranas floristas de las pérgolas terminaron de escribir una historia importantísima en el Barrio Mapocho, allí mismo donde desembocaba antes el Puente de Cal y Canto. Se hizo una tradición nacional la despedida de personajes ilustres o famosos que pasaban por la avenida de camino a su última morada, con cataratas de los miles de pétalos arrojados por los locatarios de los puestos, cual colorida escolta celestial bajo el llanto inconsolable de un arcoíris. Era un verdadero ambiente familiar el que se vivía allí en las pérgolas. Fue casi como el cambio de casa de un clan numeroso. Aun cuando no había lazos sanguíneos entre todos, los floristas se trataban en estos umbríos jardines como tío, abuela, mamita… Todavía existe ese cálido e intocado clima de intimidad entre los pergoleros de Mapocho. Los hijos de los puesteros, de hecho, se criaban juntos, como verdaderas camadas de hermanos. También formaban familia entre sí, o eran vecinos ya que muchos de ellos eran residentes del entorno. Así era el medio de estos tradicionales comerciantes del barrio, que tendrá también un club deportivo propio en la pérgola: “El Floristas”, cuyo bello estandarte bordado por manos de monjas aún es resguardado y venerado. Allí desayunaban, almorzaban, tomaban once a la hora del té y cenaban antes de cerrar. Tienen hasta un bocadillo propio, apodado “sándwich del florista”, consistente en una modesta marraqueta con rodajas de tomate, que algunos hacían más interesante al paladar con un poquito de mayonesa, ají, cilantro o salsa pebre. A veces, los locatarios se quedaban hasta más tarde, después de la hora de salida, acompañados de algún traguito: refrescante cerveza en días de calor y vinito o aguardiente en las noches más frías. Los juegos de naipes, tan populares en todo este barrio y especialmente entre los veguinos, no se ausentaban. En las noches de mayor jolgorio, las pérgolas contaron hasta con orquestas en vivo, generalmente para actos a beneficio, celebraciones de alguno de los colegas o vecinos del barrio y los infaltables aniversarios. Incluso grupos de cumbia tan famosos como Pachuco y la Cubanacán o la histórica Sonora de Tommy Rey llegaron a tocar en vivo en estos improvisados escenarios junto a muchos otros artistas, hacia los años setentas y ochentas. Dicen también que el popular cantante Zalo Reyes, en su época de juventud, habría pasado algunas veces por los micrófonos de la Plaza Artesanos. Otros eventos frecuentes en los recintos de las floristas eran los campeonatos de futbolito de los trabajadores del sector y las presentaciones de shows de transformismos que organizaban los varios homosexuales del barrio, conocidos allí como “los colas”, por lo general para las mismas causas de beneficencia de algún amigo en desgracia. Aunque no se hayan visto como lugares imponentes y destacados dentro del conjunto mapochino, las viejas pérgolas no dejaron de abarcar terrenos de

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importancia dentro del mismo: mientras la de San Francisco ocupó 1.100 metros cuadrados de la primera cuadra poniente de avenida La Paz, la de Santa María alcanzó 1.030 metros de la cuadra oriente junto al Mercado Tirso de Molina y la Plaza Artesanos347. Antes, existía también una fontana al medio del recinto, donde además de surtirse de agua, los niños hijos de los locatarios se bañaban juntos en los días de calor, cual familia putativa que eran en la práctica, como hemos dicho. Una de las pergoleras originales era doña Berta Valdivieso, admirable y recordada mujer que se erigió como gran defensora de su gremio y presidió a los locatarios de la Pérgola San Francisco. Allí, sus colegas le erigieron un monolito en su memoria con la siguiente leyenda redactada por su sobrino el periodista Antonio Quintero, tras su fallecimiento en 1984: Una flor, quizás la más bella se marchitó, y se nos fue en primavera… A la memoria de nuestra presidenta Sra. BERTA VALDIVIESO R. Q.E.P.D. 1918 – 1984 Pérgola San Fco. 17 nov. 1984 Este monolito fue retirado durante la destrucción de las antiguas instalaciones de las pérgolas para construir el actual mercado, pero la placa alcanzó a ser rescatada de las máquinas de demolición aunque con algún daño menor, por su sobrino don Miguel Valdivieso, quien la conserva con la expectativa de volver a colocarla en las nuevas instalaciones que se hallan terminadas ya al momento de escribir esto. Don Miguel, además, representa a la tercera generación de la familia a cargo del local que fuera de la recordada doña Berta. Hacia la misma época, los pergoleros de la Santa María perdieron a doña Margarita Román, apropiado nombre para una de las vendedoras más famosas y queridas de la comunidad, y por cierto que una de las más antiguas, que había iniciado en su puesto hacia el lado de calle Artesanos este negocito de venta de arreglos florales. Su hijo Hugo Logan, también fallecido durante la década siguiente, legó el puesto a su propia esposa, conservando aún el nombre de “Jardín Margarita”. Igualmente importante fue doña Helena Córdoba, de la generación de floristas que habían pertenecido a la pérgola de la Alameda y que dejó de herencia el puesto a su hija,
347 Diario “El Mercurio” del jueves 14 de enero de 2010, artículo “Bachelet pone ‘primera piedra’ para remodelación de las pérgolas de las flores”.

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doña Adia Zúñiga, conocidísima y respetada vendedora de la Pérgola Santa María. La misma clase de ausencia quedó tras partir la querida Rosa Barrales, también con nombre de flor; o doña Adrianita Cáceres, veterana florista que atendió su local hasta el último día que pudo, estando gravemente enferma y debiendo ser asistida por sus propios colegas. Otra locataria famosa fue la llamada Madre Teresa, que remontaba su oficio a los primeros años en que se trasladaron a Mapocho. Probablemente se haya tratado de una de las más queridas vendedoras de flores el barrio, junto a la inigualable y sin parangón María Ubeda, más conocida como La Chirigua, de la que hablaremos algo más; mucho más. Ambas fallecieron el año 2009, por extraña sincronía. Todos los pergoleros tienen allí su propia epopeya. Pero la importancia de las floristas trascendió al barrio y al marginamiento tras la ribera. En 1960, tomando una idea anterior de Domingo Tessier, la dupla creativa de Isidora Aguirre Tupper y Francisco Flores dio nacimiento a la obra “La Pérgola de las Flores” en el Teatro de la Universidad Católica, primer y famosísimo musical chileno en el que se retomó la historia de las pergoleras de la Alameda pero con un final feliz, en donde nunca se concretará el traslado forzado del que fueron objeto hasta la orilla chimbera del Mapocho donde aún permanecen. Actores emblemáticos de la obra fueron Anita González, Emilio Gaete y Silvia Piñeiro. La letra de su canción principal se ha vuelto una especie de himno popular, cristalizado en el colectivo generacional chileno: ¿Quiere flores, señorita, quiere flores el señor? Tengo rosas muy bonitas para cualquier ocasión. Las hay blancas como novias, las hay rojas de pasión y unas algo paliditas cuando es puro el corazón. La creencia popular es que los autores modificaron el hecho histórico de la lucha de las pergoleras por mantenerse en sus puestos de la Alameda, cambiándole el final por uno ficticio y más alegre donde consiguen este propósito y nunca llegan a ser desalojadas, para efectos de dramatización. Sin embargo, lo cierto es que Isidora Aguirre remontó la gesta de las floristas hacia el año 1930 aproximadamente, ocasión en la que lograron postergar los intereses de demoler la pérgola de la Alameda y así permanecer allí varios años más, antes de su definitivo traslado en la década siguiente. Casualmente, además, la gran dramaturga ha fallecido justo cuando concluíamos este libro, en febrero de 2011, dejando tras sí uno de los mayores legados culturales y artísticos de factura chilena en toda la historia y trascendencia de las artes.

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A principios de 2010, coincidentemente cerca de la fecha del reestreno de los 50 años de la obra musical y aproximándose los festejos del Bicentenario de la República, todo este sector del Mercado Tirso de Molina y sus pérgolas comenzó a ser sometido a la fuerte y agresiva remodelación de acuerdo a un plan que empezó a gestarse hacia 1998, que incluía desmantelar los puestos, demoler los antiguos edificios oscuros y húmedos y construir estacionamientos subterráneos. La primera piedra fue colocada por la Presidenta Michelle Bachelet en enero, acompañada del Ministro de Obras Públicas y de los locatarios348. Con esta intervención, entonces, desaparecieron bajo el taladro las dos clásicas pérgolas inauguradas en 1948, por lo que sus vestigios de pasado se encuentran engrosando nuestra nómina de especies extintas de Mapocho, no obstante que sus puesteros seguirán existiendo con estos nuevos locales vecinos al flamante edificio del Mercado Tirso de Molina allí construido, siempre salpicando de iridiscentes flores la orilla de un río que se esfuerza por ser bello, pese a todo.

Histórica imagen de hombres y mujeres de las pérgolas de Mapocho, en el aniversario del Club Deportivo Floristas, representante del propio grupo y fundado en 1939, como se observa en el estandarte. Al fondo, la Virgen del Carmen entre varias banderas chilenas. Fotografía gentileza de doña Adia Zúñiga, conocida florista de la pérgola.
348 Diario “El Mercurio” del jueves 14 de enero de 2010, artículo “Bachelet pone ‘primera piedra’ para remodelación de las pérgolas de las flores”.

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Placa de homenaje a dona Berta Valdivieso, que se encontraba en el monolito central de la Pérgola de San Francisco junto a la Piscina Escolar. Actualmente, esta pieza se halla a resguardo de don Miguel Valdivieso, sobrino de la querida y respetada florista, la que aparece en el recuadro. La imagen no es de muy buena calidad pero es una de las pocas que se conservan de ella y que están a nuestro alcance.

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Ilustración de la entrada a la Pérgola Santa María y, atrás cruzando avenida La Paz, parte de los muros exteriores de la Pérgola San Francisco, poco antes de ser demolidas. El techado alto que alcanza a aparecer a la izquierda, al fondo, es de la Piscina Escolar.

Los comerciantes del Puente Los Carros también tienen su propia comunidad fraterna. En abril de 2011, falleció Don Lalo, uno de los más queridos y ancianos, que se ubicaba por la entrada Sur. Su partida fue avisada con este cartel, puesto por sus colegas y compañeros.

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Comercio ilegal del puente: una guerra perdida
Pero sucedió también que las medidas tomadas por la Alcaldía de Santiago para espantar a los comerciantes informales y los merodeadores de calle Artesanos, si bien permitió la llegada de las floristas y la habilitación de las concurridas cocinerías veguinas, tuvo una consecuencia que afectó notoriamente a la vida en las riberas y que acabó sólo trasladando y concentrando el problema mayor en un punto específico del barrio. Ya vimos en capítulos distintos las dos etapas del Puente de los Carros: primero en su versión de material más ligero antes de la canalización del río, y luego en su factura metálica ya constituido como el paso directo entre los dos grandes mercados del Barrio Mapocho, uno a cada lado. Sin embargo, fue precisamente esta última característica la que ha condenado al puente a ser desbordado por vendedores clandestinos e informales que aprovechan el carácter del barrio comercial en que se encuentra, marcando así su tercera etapa de existencia que aún está en pleno apogeo pese a los interminables esfuerzos municipales para erradicar esta forma de comercio no autorizado, despreciado por los propios locatarios de La Vega y del Mercado Central. Fue tras el desmantelamiento del “Luna Park” y la sanitización de la Plaza de los Artesanos con la construcción de las pérgolas, que durante los años cincuentas comienza a desplazarse en masa hasta el puente el mencionado comercio ambulante y de carácter feriano. Aunque desde antes había manifestaciones de comercio informal sobre el mismo, coincide la virtual invasión con el desalojo de estos vendedores desde los cercanos terrenos, considerados generalmente como un subproducto o lastre de la venta en los mercados formales. Además, los desplazamientos hacia otros sitios de Santiago o la regulación de muchos de ellos difícilmente podría haber alcanzado para acoger a la enorme cantidad de comerciantes no autorizados que se concentraban en calles como Antonia López de Bello, Artesanos y las plazas del sector. Era evidente, entonces, que buscarían algún lugar estratégico y cercano para seguir instalándose, y el Puente Los Carros era el más cómodo punto táctico para ello. La concentración de estos puesteros en tan poco espacio, hará que el puente parezca a ratos una feria libre suspendida sobre el río, y tras cuya retirada de vendedores antes quedaba una gran cantidad de desperdicios malolientes, desparramados como los restos del banquete de gigantes sibaritas. Sus cerca de cuatro metros de ancho se hacían pocos para el tránsito en esta abundancia humana

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todavía en los años ochentas, no obstante que una vida popular muy colorida e iluminada se daba sobre él diariamente, por lo mismo: vendedores de empanadas, sopaipilleras, fruteros; paltas, tomates y ofertones de hortalizas eran lo más común, tal como ahora. De vez en cuando, aparecerán por el puente algunos productos más excepcionales en la capital, como carretones de dihueñes, canastas de frutillas blancas o cajas de papayas o mangos. También había uno que otro servicio más cerca de lo intangible por este sitio, como algún grado de prostitución, especialmente en la complicidad nocturna y antes de que comenzara a ser cerrado su paso cada tarde. Y hasta ahora, además, las vigas metálicas de sus costados son usadas para dormir por algunos indigentes, pues funcionan como verdaderas literas suspendidas sobre el caudal del río. A pesar de las incomodidades y problemas generados, ya dijimos que el lado pintoresco de esta intensa oferta y demanda en el puente lo hace el más parecido, en espíritu y en eco, al desaparecido Cal y Canto, con su paso también agobiado por exponentes de la venta popular de aquellos años coloniales y acaso la misma clase de mercaderías: desde productos agrícolas hasta cachureos varios, remanente este último de los años de la Feria de los Artesanos, quizás. La comparación no es antojada, pues ya hizo notar este escenario Ismael Espinosa, cuando escribió del puente hacia mediados de esos mismos años ochentas en que pudimos conocer desde más cerca este retrato de comercio informal: “…se ha transformado en un desaseado tolderío donde, para variar, se venden frutas y otras ‘confecciones’”349. Las veces en que las autoridades cantaron victoria creyendo haber erradicado el comercio ilegal del puente en forma definitiva, han sido varias… Demasiadas ya. Sirva de ejemplo ésta, cándidamente celebrada por el órgano oficial de los comerciantes veguinos en 1961: “La refacción y pintado de los puentes que cruzan el río mapocho (sic) ha sido la oportunidad más propicia que puede habérsele presentado al Alcalde de Santiago para desalojar a los comerciantes que indebidamente se habían instalado en el puente de los carros, convirtiéndolo en un hacinamiento de carpas y techumbres de sacos y fonolitas, con cajones de carretelas de mano, superando por lo antiestético e insalubre al que fuera tristemente célebre Luna Park”350.
349 “Historia secreta de Santiago de Chile”, Ismael Espinosa (Ilustrado por Themo Lobos). Santiago, Chile – 1985 (pág. sin núm.). 350 Periódico “Fortín Mapocho” Nº 171 de febrero de 1961, Santiago, Chile, artículo “Imponen orden y aseo en la Vega”.

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El ingenio de estos vendedores no tardó en volver a tomárselo cada ocasión que siguió al respectivo desalojo, esta vez sin locales fijos como los que acababan de demolerles y desmantelarles, sino con algunos más ligeros precursores de los actuales “carritos” que dominan hasta ahora por allí, con frituras de empanadas, sopaipillas, canastas de frutas o mote con huesillos. Obviamente, las ruedas facilitan el escape de quien vende allí mirando sobre sus hombros. Puede que no coincida con la ubicación del desaparecido Cal y Canto, privilegio que quedó reservado al Puente de La Paz, un poco más al Oeste; pero no nos cabe duda que el Puente Los Carros es, de entre todos en el barrio, aquél que el mejor refleja el espíritu popular y activo que alguna vez se posó sobre el antiguo paso colonial del Corregidor Zañartu y de la tradición más enraizada de sus mercados adyacentes, incluso en nuestros días en que la autoridad intenta una guerra perdida y condenada sólo a triunfos efímeros contra la verdadera institución del comercio irregular en su pasarela. Recordamos haber pasado varias veces por su congestionada luz durante las primeras horas de cada noche y a veces un poco tarde aún, en 1987, en años de adolescencia visitando la Piscina Escolar de la Universidad de Chile, en Santa María con Independencia, con sus aguas temperadas en pleno invierno. Fue antes de las restricciones para su uso en las noches, por medidas de seguridad para los transeúntes más que por esta guerra permanente a las ofertas ambulantes o irregulares. Pese al hacinamiento, encontraban en él algún rinconcito varios actores y artistas populares, que lo elegían como su escenario para cantar canciones contra el régimen o uno que otro plagio basado en temas de Silvio Rodríguez, Víctor Jara o Violeta Parra. Ya era un lugar bravo y con cierta fama que advertía de la necesidad de andar con cuidado. Pero, como muchos otros rincones de Mapocho con su propio pasado a cuestas, parece que hoy está mucho más domado y manso que entonces. En nuestros días, una curiosidad derivada de la gran cantidad de ciudadanos de origen peruano que hormiguean, viven o trabajan por el sector de La Vega e Independencia, ha hecho que los comerciantes y empleados del barrio llamen al Puente Los Carros con cáusticos apodos como “Puente de la Concordia” o “La Frontera”; y a lo que haya al Norte del mismo con motes no menos jocosos como “pa’ Perú”, “Nuevo Perú” o “Lo Tacna”, parodiando la situación de la cercanía casi inmediata de esta última ciudad peruana con nuestra nortina Arica. Este imaginario límite se nota incluso en el propio puente, pues justo desde su mitad y hacia el lado veguino comienzan a aparecer al paso algunas comerciantes peruanas con carritos de comidas callejeras propias de su cocina popular. Hace poco, una nueva ofensiva del Alcalde de Santiago don Pablo Zalaquett contra el comercio ilegal del puente lo dejó parciamente desocupado de estos puestos y

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carritos que parecen negarse a abandonarlo de manera definitiva… Y decimos parcialmente, porque no tardaron en reaparecer los fruteros y las empanadas de queso fritas, otra vez y como todas las veces. Además, en el acceso siempre hay puesteros de verduras y frutas que sí cuentan con permisos municipales, por lo que incluso con la mejor arremetida habrá algunos que seguirán allí intocados, manteniéndole al puente su característica incuestionable. Le desearíamos suerte a las medidas impulsadas por el edil, pero la verdad es que no nos cabe duda, en base a la experiencia, que el tiempo pondrá en demostración que esta ola de restricciones tampoco conseguirá mandar a dichas formas de comercio en el Puente Los Carros hasta el taxidermista de las especies extintas de Mapocho, tratándose de otro desgaste de energías en un propósito que ya parece perdido.

Placa de los fabricantes Lever, Murphy y Cía. (1889) en la entrada chimbera del Puente Los Carros. Se observa la notoria presencia del comercio popular e informal sobre el mismo, como toda una prolongación de la actividad de los dos mercados entre los cuales se encuentra.

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PARTE X:

ANTROPOLOGIA DEL HOMO MAPOCHENSIS

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Mercado Central en la esquina de Puente con Mapocho, hacia 1910, todavía en la época del tranvía a “carros de sangre” (caballos). Imagen publicada en la memoria “Medio siglo de Zig-Zag: 1905-1955”.

El hallazgo del Hombre de Mapocho
Finalmente, ¿Qué resalta como lo más relevante, al mirar con tiempo y detención, en el Barrio Mapocho?... Pues creemos que correspondería responder apuntando a lo que ha sido su esencia a lo largo del paseo por todos los años y épocas revisadas

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en su formación, auges y caídas: al Hombre de Mapocho y su hábitat sempiterno en este lugar. Millonario o pobre; exitoso o arruinado; rico empresario o modesta prostituta… El Hombre de Mapocho puede ofrecer miles de rostros, pero se caracteriza por una constancia fundamental que ha normado a su especie, a su eslabón en la cadena evolutiva: el esfuerzo, el sacrificio y la lucha por salir adelante en un ambiente de privaciones; por surgir desde la nada y con todo en contra, como el náufrago perdido en la tormenta. Unos lo consiguieron; otro no… Un grupo no menor lo logró, pero las vueltas del destino le hicieron descender al punto de inicio, o incluso más abajo, pagando misteriosos karmas adeudados al eterno retorno. El esfuerzo de quienes han crecido en el ecosistema de la vida en las riberas se refleja en sus gestos, en sus miradas y sus semblantes; en rostros regnícolas y rostros adoptivos del barrio, todos convertidos en naturales mapochinos a fuerza de hábitos y tan pertenecidos a él los unos como los otros. Son los rostros del tiempo, de las edades del barrio y su destino; unos conocidos, unos desconocidos y otros sólo extrañamente familiares. Cada vez son menos los conocidos; a su vez, cada vez son más los que nos reconocen. Quizás alguna vez estemos entre los que son conocidos y en descenso, también, contagiados de ese destino riberano. Barrio Mapocho es un elenco humano, entonces. Todo lo que hemos escrito hasta aquí sobre sus edificios, casas con altillos, bares, columnas de esquina, casonas que existen, que quedan, y las que ya no están, es sólo la obra y el resultado material de la perseverancia y la fortaleza del Hombre de Mapocho, que fuera capaz de construir a mano su propio hábitat. Como a los pólipos del coral, sólo logramos ver el resultado de sus fascinantes estructuras, de la biología convertida en arte, mas no a los granos de vida misma que la crearon… Son sus propias huellas sobre el cemento fresco, ya endurecido. Pero el territorio de esta especie humana en extinción, del Homo mapochensis, ha sido profanado: han llegado ya las imposiciones de nuevas moles irrumpiendo en el hábitat de un paisaje que creció regado por el río, en las calles trazadas desde la nada, sobre viejas postales donde antes sólo había vegas pantanosas y pedregales de guijarros pulidos por la corriente de sus aguas turbias. Puentes desaparecidos, caídos bajo su propio peso, alguna vez en la ruta de sacerdotes milagrosos que hoy aspiran a la santidad y, en algún caso, lo han logrado. Hoteles perdidos, decaídas tabernas y cantinas dolorosamente ausentes; trenes fantasmas que estacionaron en alguna terminal de la línea cronológica y jamás volvieron a la marcha, las almas en pena que erizan los pelos en la estación o la gente saltando la línea de invisibles tranvías que ya no pasan; carretoneros cargados de zapallos, tomates o apios hasta el cielo, de ida o de vuelta a los mercados. He ahí también al Cal y Canto en ruinas; y a los tajamares arrasados por la furia incontenible del río Mapocho.

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El Hombre de Mapocho se está acabando conforme los recuerdos del barrio van superando a su personalidad e identidad actual. Barrio Mapocho es más por su pasado que por su presente, en otras palabras. Por ello, los personajes de esta especie en retroceso son tantos; demasiados para un estudio como éste: cabildantes, escritores, artistas, folcloristas, locatarios, pergoleros, mendigos. Premios Nacionales se sentaron a pocas mesas de temidos delincuentes, y se escribieron poemas y crímenes con la misma sangre derramada. Pelusitas de vida misérrima recibieron las monedas de algún próspero empresario que pasó alguna vez por el puente; y ambos, con sus formas de vida separadas por un abismo cósmico, eran sin embargo, vecinos en el mismo barrio. Hubo, así, seres reales y ficticios, como oasis y espejismos de un mismo desierto… Grandes poetas o venerados filántropos, los unos; monos gigantes de neón o detectives de novela policíaca, los otros. El límite entre lo real y lo ficticio es, a veces, tan difuso como ha sido el del río mismo con respecto al barrio, a lo largo de su historia. Todos ellos, sin embargo, marcados por esa quemadura profunda del esfuerzo y del sacrificio en sus panegíricos, principios que han caracterizado la vida de la especie, de la fauna cada vez más perdida en el ecosistema mapochino, con sus historias, anécdotas, alegrías y tragedias; memorias y olvidos generacionales, anotados ya al pie de las crónicas de las especies extintas. Éste ha sido, por lo tanto, nuestro principal y más importante hallazgo a lo largo de toda la investigación sobre la vida en las riberas del Mapocho y su barrio central de desarrollo evolutivo, por lo que nos corresponde exponer, a modo de pequeño homenaje, la semblanza de algunos de los más valiosos ejemplares que hemos identificado en la vida del barrio y que creemos los más representativos suyos. Veamos, entonces, este repaso sobre los representantes de la especie, para cerrar este trabajo que, sin habérnoslo propuesto ni notado hasta ahora, finalmente habló siempre, de principio a fin, sobre él: nuestro Homo mapochensis.

La lluvia que se llevó a Alberto
Era 1934… Una nueva tragedia enlutaría a la bohemia de Mapocho, arrebatándole con un inclemente chaparrón uno de sus racimos de vid más dulces y queridos. Hemos hablado ya de las aventuras del poeta y cronista Alberto Rojas Jiménez entre los mismos boliches del barrio. Pero hay un hecho especial sobre este personaje tan ligado a la historia nocturna del Mapocho, que lo coloca entre sus dramáticas curiosidades: su muerte por las consecuencias indirectas de una noche fría y lluviosa. Capítulo especial merece, entonces, por haber encontrado en el mismo lugar de sus alegrías, la razón que lo llevaría a la tumba.

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Rojas Jiménez había nacido casi con el siglo mismo en Valparaíso, trabajando hacia 1921 en la revista “Claridad” y viajando después a Santiago, donde se integró rápidamente al ambiente del Barrio Chino. Allí era llamado El Marinero, pues siempre andaba de viaje y además usaba una camiseta a rayas horizontales351. Aunque lo suyo era la poesía y la crónica, sus secuaces amigos pintores también tuvieron fuerte influencia en su vida: con Lalo Paschín había viajado a Paris, y con Diego Muñoz había pintado parte de la decoración interior de “El Hércules” de Bandera, como hemos visto. De hecho, él también incursionó en el dibujo, con muy buenos resultados. El artista plástico Isaías Cabezón hizo uno de los no muchos retratos que existen de Rojas Jiménez, donde aparece vestido de abrigo o sobretodo en un día frío, sentado en la mesa de lo que parece ser un bar, curiosa obra cuyo original se encontraría extraviado352 y del que sólo sobreviven copias. Era en sus amigos bohemios que meditaba, justamente, cuando comenzó a escribir los versos de “Tu gesto era dulce y gris”: Pienso en mis amigos, en mis buenos amigos que están lejos... Aquéllos hablan poco. No dicen casi nada... Si es, como ahora, invierno se reúnen para soñar, junto al fuego. No disputan. Piensan con sencillez. Dicen: “Anoche cayó una estrella...”. Y fuman. Fuman largamente. Miran el fuego rojo y se quedan mucho tiempo en silencio. ¿Por qué yo estoy tan lejos? 353 He aquí también otro de sus poemas más célebres, “No encendáis las lámparas”, que transcribimos completo por su evidente evocación nocturna: No encendáis las lámparas ni me llaméis. Dejadme aquí sin luces Mi alma está mejor en la penumbra.

351 “Alberto Rojas Jiménez se paseaba por el alba”, Oreste Plath. Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, Chile – 1994 (pág. 235). 352 “Isaías Cabezón”, Héctor Fuenzalida. Editorial Universitaria, Santiago, Chile – sin fecha (pág. 141). 353 “Alberto Rojas Jiménez se paseaba por el alba”, Oreste Plath. Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, Chile – 1994 (pág. 53).

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Ved cómo la sombra maravillosa envuelve mi frente. Mirad mis manos, mirad mi aspecto dulce y que os oiga decir: “Dejadlo está soñando, dejadlo solo, allí sin lumbre”. 354 Mapocho alegró sus días, sin duda, y quizás por eso fue que en una de sus visitas a la Posada del Corregidor, comenzó el capítulo final de su existencia. Vimos que, en esos años, la casona había regresado a las andadas de club nocturno más propias de “La Filarmónica” de los tiempos de Portales que de la elegancia señorial que quiso imprimírsele al asociarla a la memoria del Corregidor Zañartu. Quizás menos escandalosa, en todo caso. Y el autor de “Chilenos en París”, mismo que regalaba sus poemas y descuidaba irresponsablemente su propia grandeza, llegó hasta allá una de esas noches, creyendo que ese carisma suyo que le facilitaba beber y comer gratis en los otros locales de Bandera, le funcionaría en este sitio de Esmeralda. Pero se equivocó. Dice Oreste Plath que debió dejar empeñada su chaqueta al no poder cubrir todo el consumo que había hecho, siendo arrojado en desabrigo a la calle, donde caía un intenso aguacero. Otros tienen a mano la versión de que Rojas Jiménez primero habría sido golpeado y virtualmente despojado de sus ropas a la fuerza, luego de comprometer con su palabra el pago de una deuda, gesto que no fue comprendido por el garzón que lo atendía y que, finalmente, lo arrojó a rastras a la calle355. Una leyenda omite la lluvia y dice que fue a parar al agua de la fontana al centro de la plaza. Pero quien entrega la mejor descripción de incidente es, a nuestro juicio, Enrique Bunster. Lo hace en un emotivo homenaje que escribe para el trágico poeta y que forma parte de una recopilación hecha también por Plath: “Una lluviosa noche de invierno falló por primera y última vez el encanto personal del rey de los noctámbulos. En la Posada del Corregidor le pasaron la cuenta por una suculenta comida con aperitivos y bajativos, que no pudo cancelar. Como a esta deuda se sumaban otras, el inflexible concesionario resolvió que el poeta dejaría en prenda su sobretodo (algunos dicen que también la chaqueta). Y el pobre salió a la intemperie
354 “Alberto Rojas Jiménez se paseaba por el alba”, Oreste Plath. Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, Chile – 1994 (pág. 54). 355 “Antología crítica de la poesía chilena” Tomo II, Naín Nómez. Lom Ed., Santiago, Chile – 2000 (pág. 207).

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y caminó desabrigado a lo largo del Parque Forestal. Llovía a cántaros y el Mapocho en crecida pasaba rozando la ferralla de los puentes”356. Quizás el joven literato estaba demasiado acostumbrado a beber gratis en los boliches del Barrio Chino, donde los propietarios le aguantaban esta licencia. O, como dice Bunster, confió demasiado en sus simpatías para salir de situaciones problemáticas. El caso cierto es que, aquella noche, puso marcha en retorno a su casa bajo esa copiosa y fría lluvia, empapado, sin ese sobretodo o chaquetón que, quizás, hasta corresponda al que lleva retratado en la obra de Cabezón. Alberto contrajo, como consecuencia, una bronconeumonía que empeoró y le arrebató la vida el 25 de mayo de 1934, a los 33 años357. “Cuando la noticia de su muerte llegó a España –escribió Luis Enrique Délano-, el pintor Isaías Cabezón y el poeta Pablo Neruda, que se hallaban en Barcelona, fueron a encender un cirio en su memoria en la iglesia de Santa María del Mar, esa catedral marinera y sombría que se alza en medio de las callejuelas tortuosas del barrio gótico, donde los tripulantes que han sobrevivido a los naufragios depositan barquitos de vela y exvotos dando gracias a la Providencia por sus mercedes”358. Sus amigos y compañeros de parranda que se encontraban en Chile, hicieron una sentida despedida en su honor en el local de “El Hércules”, en calle Bandera, lugar tan conocido de todos ellos: “A la muerte del poeta Rojas Jiménez –completa Plath esta historia-, los garzones solicitaron permiso y formaron en el cortejo. Y en El Hércules se recordó al amigo y bebieron por el desaparecido, Orlando Oyarzún, Tomás Lago y Lalo Paschin. Y los inesperados, como Renato Monestier, el ciego Monestier, El León de la Metro, por su apariencia un tanto hosca, se llamaba Juan Riquelme, vestía siempre de negro y usaba por su miopía unos anteojos de gruesos cristales. Había sido funcionario menor de un juzgado de letras de un pueblo del sur. Casado con doña Tulia

356 “Alberto Rojas Jiménez se paseaba por el alba”, Oreste Plath. Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, Chile – 1994 (pág. 31). Sin embargo, por la fecha de muerte del poeta, tendemos a poner en duda que la lluvia efectivamente haya sido de invierno, como sostiene Bunster. 357 “El Santiago que se fue. Apuntes de la memoria”, Oreste Plath. Ed. Grijalbo, Santiago, Chile – 1997 (pág. 233). 358 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 369, julio de 1964, Santiago, Chile, artículo “La bohemia que no muere”. Recordar que a Rojas Jiménez le decían “El Marinero”.

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Marambio, de gran sensibilidad artística. Se le respetaba como valioso comentarista de arte por obra en diarios y revistas”359. Neruda también dedicó al fallecido los famosos versos que han consagrado la inmortalidad del recuerdo de su amigo en “Alberto Rojas Jiménez viene volando”, originalmente publicado por la revista “Occidente”. Allí, bloqueando la salida a quienes pudieran poner en duda en nuestros días la razón de la curiosa muerte del poeta a causa de una lluvia, escribió: Sobre tu cementerio sin paredes donde los marineros se extravían, mientras la lluvia de tu muerte cae, vienes volando. Mientras la lluvia de tus dedos cae, mientras la lluvia de tus huesos cae, mientras tu médula y tu risa caen, vienes volando.360 Y ya cerrando su elogio, se despide hacia el final: Vienes volando, solo, solitario solo entre muchos muertos, para siempre solo vienes volando sin sombra y sin nombre, sin azúcar, sin boca, sin rosales, vienes volando361. Un año después de su fallecimiento, esos mismos colegas y camaradas de intelectualidad del poeta, fundaban las primeras reuniones de la Sociedad de Amigos del Arte, por extraña ironía en la misma casona colonial de la calle Esmeralda, esa desde donde fuera expulsado a la lluvia despiadada que terminó arrebatándole la vida. Y, en octubre de 1937, el Instituto de Conmemoración Histórica colocó allí su primera placa de información histórica, aunque ya no está. Quizás la Posada del Corregidor se liberó, así, de dolos o de culpas… Pero jamás devolvió a Alberto.
359 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 266). 360 “Alberto Rojas Jiménez se paseaba por el alba”, Oreste Plath. Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, Chile – 1994 (pág. 234-235). 361 “Alberto Rojas Jiménez se paseaba por el alba”, Oreste Plath. Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, Chile – 1994 (pág. 235).

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Alberto Rojas Jiménez, retratado por su amigo y también bohemio, el artista Isaías Cabezón. Al fondo, el pintor ambientó la escena como uno de esos tantos bares que visitaba Rojas Jiménez.

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El cuartel general de don Pablo
Otro poeta vivirá sus propias tragedias en estos recovecos de la ciudad colgando sobre las riberas del Mapocho: Carlos Díaz Loyola, más conocido como Pablo de Rokha, que supo sacar partido al hecho de vivir en la ubicación privilegiada del ya visto “Bristol Hotel” en Balmaceda junto a la Estación Mapocho, visitando asiduamente desde allí el Mercado Central, La Vega y varios de los bares y cantinas del barrio. Es la década final de su vida, en que recibe el Premio Nacional de Literatura y, tres años más tarde, pone fin a su existencia con su propia mano. De alguna manera, Pablo tenía un vínculo con el Mapocho y con el bajo Santiago desde sus tiempos de niñez, cuando vivió en sus pobres barrios. Pero también gozó de sus placeres, y así lo anotó en su “Danza Patria”: “Bailemos la cueca de pata en quincha, precisamente en quinchas de chilcas del Mapocho…”362 Imbuido ahora en los aromas y colores de los hábitos alimenticios de la fauna en las riberas, pasa sus días de dolores y abandono entre pescados fritos, caldillos, chupes de guatitas, salpicones o causeos de patas de cerdo o vacuno. Las prueba como hombre común y corriente, pero las explica como el poeta fuera de toda serie que fue, y cuyo talento casi terminó desdeñado por un país completo, que en otras circunstancias acaso habría encontrado en él un tercer Premio Nobel de Literatura, justo el que nos faltó para endurecer el orgullo nacional. Con la misma energía que odia a muerte a sus adversarios (es decir, a casi todo el mundo), también adora las cazuelas, las lechugas, los grandes zapallos o los mariscales. Intuye quién manda aquí, en estos lados de la ciudad: es el roto; el roto mapochino y chimbero. Y nacen así experimentos como su “Rotología del Poroto”, que no imaginamos concebido fuera de su experiencia personal en los mercados y cocinerías como las que habitó, aun cuando aluda en él a otras coordenadas: Quien comiere costillar de chancho con porotos, es decir, porotos con costillar de chancho, lloviendo en invierno descomunal, paladéelos a la izquierda del brasero en San Vicente de Tagua-Tagua y a la espalda de las guargüereadas del áspero y varonil guachucho o apiado o guindado de “Las Mediaguas”, apechúguese un litro de tinto,

362 "Biografía de la cueca", Pablo Garrido - Ed. Nascimento, Santiago, Chile – 1976 (pág. 98).

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acordándose, de cuando ganaba cien pesos mensuales, tomaba chuflay, bailaba, Y compraba con ellos aperos de huaso con guarnición de plata en la montura y lloronas como señoras en popa y eslora y proa oceánicas. Al causeo de patitas, póngale unos porotos frescos, no guisados, sancochaditos, que al combinar con el sabor colosal de los limones y el chancho en piedra de añadidura a la aceituna y la malaya a la caballería asada, dan una tónica azul a la madrugada de los trasnochadores363. Nótese también, el mensaje de esta verdadera oda al barrio, que había escrito en 1949 entre las líneas de su “Epopeya de las comidas y las bebidas de Chile”: El farol del pequenero llora, por Carrión adentro, en Santiago, por Olivos, por Recoleta, por Moteros y Maruri, derivando hacia las Hornillas, el guiso del río Mapocho inmortal y encadenado, como los rotos heroicos, afirmación del trasnochador, les suele hacerles agua la boca a los borrachos de acero, picante y fragante a cebolla, chileno como la inmensa noche del hombre tranquilo del Mercado, hombre del hombre, y el pregón bornea la niebla mugrienta como una gran sábana negra364. De Rokha vivía, sin embargo, en una soledad desgarradora, que algunas veces se expresó en sus poemas. Su habitación en el “Bristol” era, más que refugio, su escondite. Diríamos que el mundo real lo torturaba; lo dañaba hasta lo más íntimo de su alma soberbia. El mundo ficticio, esa ilusión lírica, es su válvula de escape; pero también es el trono de sus arrogancias extremas, carentes de toda modestia. Tan deprimente estado fue testimoniado, entre otros, por su amigo el también escritor Carlos Droguett, quien en esos años intentó colocar su nombre en el interés
363 “Antología de la poesía chilena contemporánea”, Alfonso Calderón. Cuarta Edición - Ed. Universitaria, Santiago, Chile – 2005 (pág. 89). 364 “Epopeya de las comidas y las bebidas de Chile – Canto del macho anciano”, Pablo de Rokha. Ed. Universitaria, Santiago, Chile – 1965 (pág. 18).

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de la editorial española Seix Barral. “La suya es la voz lírica más grande, más profunda, más trascendental que ha nacido en este continente después de Walt Whitman”, diría con emoción en su defensa, contrastando el talento extraordinario de Pablo de Rokha con el terrible vacío en que se hallaba entonces su vida365. A pesar de su aislamiento, según Ramón Díaz Eterovic, ahí en el “Bristol” don Pablo de Rokha recibió también al poeta estadounidense Allan Ginsberg, de visita en Chile en los años sesentas366. Pasaba así su vida, en este enclave o cuartel, donde las arenas del reloj del tiempo se humedecieron con el agua del río, corriendo lentas, a la velocidad necesaria para componer sus versos y desbocar en ellos sus alegrías y sus iras fulgurantes, por los pasillos y habitaciones de esta extraña construcción hotelera. Una placa colocada por la División de Cultura de la Municipalidad de Santiago, del lado de Balmaceda del ex “Bristol”, recuerda desde 1994 (año del centenario de De Rokha) los versos del residente más ilustre que haya tenido el edificio: Mi ser consciente ruge cuando piensa, brama cuando habla, gime cuando crea, cargado de instinto. El iracundo fantasma de Pablo de Rokha también esperará para celebrar (con la misma furia que le caracterizó cuando vivo, suponemos) el aspecto final de su refugio hotelero ahora convertido en Monumento Histórico, como hemos visto, cuyo destino es un tanto incierto por estos días, a pesar de que su mantención está garantizada. Si al ánima de don Pablo le gusta el proyecto de recuperación que se practique en el ex hotel, probablemente amanecerá florecido en todo su alrededor, como un jardín celestial. Si no, y conociendo el carácter precipitado del poeta, sólo esperemos que su espectro no lo incendie. Por lo pronto, le deseamos pueda llegar a penar calmo cada noche en el hotel, como lo hacía después de sus correrías; y luego tirar lejos la boina, seguida de un bastón, para caer en el sueño de las divagaciones sencillas que lo consagraron como hombre de letras y que lo evadieron de los tormentosos sufrimientos, mismos que le llevaron a abandonar voluntariamente este mundo. Mientras, se duerme con los letreros coloridos del barrio filtrando luz por su ventana, hacia el mundo disoluto. De Rokha está al fin, sintiendo la paz dentro de su cuartel de guerra.
365 Revista “Mensaje” Nº 216 de enero-febrero de 1973, artículo “Pablo de Rokha: trayectoria de una soledad” de Carlos Droguett. 366 “Guía de patrimonio y cultura del Barrio de la Chimba”. Ediciones Ciudad Viva, Santiago, Chile – 2007 (pág. 19).

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El poeta Pablo de Rokha, hacia la época en que vivía parte de sus infelices y duros días en el “Hotel Bristol” junto a la Estación Mapocho. Imagen de la revista “En Viaje” en 1965.

Pablo contra Pablo
Irónicamente, la Némesis literaria y espiritual de Pablo de Rokha vivió en el mismo vecindario mapochino; frecuentó los mismos locales y, para colmo de molestias del pobre poeta, también fue un impostor que se hizo llamar Pablo. Y como si la canallada del destino fuera poca, más encima se los menciona siempre juntos cuando se recuerda la bohemia intelectual que visitaba al barrio en sus años dorados. ¡Cómo sufrirá De Rokha, todavía! Cuando dos genialidades se encuentran, suele producirse la desgracia; un trueno. Ya pasó en el Renacimiento italiano con Leonardo y Miguel Ángel; después, con Nietzsche y Wagner, en el nuevo apostolado germánico. Y acá lo sabíamos desde la época de la Independencia, cuando las fuerzas de mundos opuestos se encarnaron dentro de las propias polarizaciones patrióticas, en la Batalla de las

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Tres Acequias… No tenía por qué no suceder lo mismo entre estos dos Pablos que, originalmente, se llamaban Carlos y Neftalí. Como hemos visto, Pablo de Rokha y Pablo Neruda compartieron en el barrio analogías tanto en residencia (aunque en épocas distintas), como en su inclinación hacia ciertos locales de entretención y restaurantes de Mapocho. Ambos eran hijos del Maule, además. ¿Se habrán encontrado alguna vez, en alguna barra, algún mesón o alguna esquina de Mapocho? Si fuera así, podemos suponer las graves consecuencias de este choque entre dos planetas, pues los separó una declaración implícita de guerra desgarrada, de odios apasionados, con la vesania que sólo había demostrado antes en estos sitios el propio río, al destruir el barrio, el Cal y Canto, los tajamares y más de una vez casi toda la ciudad. Neruda había vivido durante su juventud en la pensión de Maruri 513, pleno barrio La Chimba y donde un edificio esquina más nuevo y soso se levanta hoy, reemplazando la vieja casona. Fue su lugar de residencia tras llegar a Santiago, en 1921. En la misma calle había vivido el escritor Fernando Alegría, además. En 1980, el artista francés Ernest Pignon-Ernest pegó una serigrafía de Neruda a tamaño natural en un rincón de ella, aunque duró poco, antes de degradarse hasta desaparecer por acción de los elementos367. Allí en la pensión, el poeta había escrito su primer libro con un capítulo central que se llama, precisamente, “Los crepúsculos de Maruri”: Una calle Maruri, las casas no se miran, no se quieren, sin embargo, están juntas. Muro con muro, pero sus ventanas no ven la calle, no hablan, son silencio368. Otro de los poemas de “Los crepúsculos de Maruri” se titula “La tarde sobre los tejados”, y un fragmento se encuentra en el monolito de la ex Plaza Borgoño, ahora llamada Plaza Pablo Neruda, a un lado del cuartel de investigaciones llegando a Independencia. Dice su placa de mármol: La tarde sobre los tejados cae y cae…

367 “Santiago de Memoria”, Roberto Merino. Ed. Planeta, Santiago, Chile – 1997 (pág. 100). 368 “Las vidas de Pablo Neruda”, Margarita Aguirre. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1967 (pág. 114).

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Quién le dio para que viniera alas de ave? Y este silencio que lo llena todo Desde qué país de astros se vio solo? Y por qué esta bruma -plúmula trémulabeso de lluvia sensitiva cayó en silencio – y para siempre sobre mi vida? Y fue entonces, en esos años de inspiradores crepúsculos sobre mosaicos de modestos tejados, cuando Neruda comenzó a hacerse cliente de los locales de entretención de calle Bandera o San Pablo… Locales hasta donde llegaría después su colega De Rokha, iracundo, colérico e iconoclasta, buscando la sencillez y la simplicidad por encima de toda la sofisticación estética absurda y rebuscada. Así, Pablo y Pablo se pisaban los talones, las capas y las colas. Y cuando dos genios se encuentran… Era predecible lo que sucedería. De Rokha nunca puso riendas a su carácter insoportable, insolente, proporcional sólo a su talento y a la pasión con la que firmaba sus dedicatorias casi a página completa. Nadie desconocía la ferocidad de su alma y hasta funcionaba como advertencia a todo primerizo que pretendiera acercársele. En una de sus visitas al Mercado Central, donde iba a disfrutar de esos descritos platos de molusquillos frescos y ondulantes, un joven poeta que le acompañaba declaró no gustar de los productos marinos y en lugar de comida pidió un pastel tipo berlín y una gaseosa “Bilz”. De Rokha, horrorizado y desencajado con el pedido, le rugió a su admirador: Ningún carajo come ante mí esa porquería; por favor pida lo que quiera, pero póngase a comer contra el muro para que yo no lo vea369.

Así se acostumbró a atacar a todos los miembros de su ambiente, como perro con rabia al que nadie se atreve a hacerle frente, sin piedad ni prudencia; a veces sin decencia y sin un motivo siquiera. En sus artículos, arremetió con inusitada virulencia contra Vicente Huidobro, Ángel Cruchaga Santa María, Oreste Plath, Eduardo Anguita, Rosamel del Valle, Nicanor Parra, Juvencio Valle, Omar
369 “Guía de patrimonio y cultura del Barrio de la Chimba”. Ediciones Ciudad Viva, Santiago, Chile – 2007 (pág. 19).

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Cáceres y Volodia Teiteilboim. No deja títere con cabeza: a Hernán Díaz Arrieta, alias Alone, lo rebautiza groseramente como Felone; a José Silva Castro, le cambia este último apellido por Costra; Antonio Romera, el pionero de la crítica de arte en Chile, para él es Ramera, y su seudónimo de Critilo lo cambia por Cretín370. A Rubén Azócar, Lautaro Robles y Miguel Serrano los apoda en el periódico “Multitud” como “Los Tres Chanchitos”, aludiendo al cuento de niños371. ¿Qué extraño genio rondará Barrio Mapocho, que desde los años del Corregidor Zañartu tiene la virtud de producir cascarrabias insoportables e insufribles, como predestinados a hacer grandes obras para el futuro amargándole la vida a los del presente? No fue el último Hombre de Mapocho de esta raza, como veremos. Huidobro, también enemigo de Neruda, respondió a los ataques de De Rokha con similar rudeza, pero sus modales aristocráticos le impidieron profundizar en el deporte de la descalificación, en el que su contendor era un maestro: “Eres un tonto que en 42 años todavía no te has dado cuenta que eres un tonto. Por fin has marcado un récord en algo. Debes estar satisfecho” fue lo último que le diría Vicente372. Sin embargo, la suerte del poeta enemigo de todos no estaba garantida: el tiro le salió por la culata al arrojarse contra Neruda, Premio Nacional de Literatura en 1954, quien llegaría a responderle en un tono no menos agresivo pero después de mucho “darle hilo” a De Rokha. Esto minó, además, la simpatía de los círculos literarios hacia su persona, pues en ellos Neruda ya tenía gran prestigio e influencia. Con su característica altanería y su tendencia a hacer exceso de sí mismo, De Rokha declaró que Neftalí Reyes se había puesto Pablo por él, asegurando incluso que le había enseñado escribir hacía 32 años, “cuando llegó con chambergo y chuletas desde Temuco a mi oficina”. Incapaz de aceptar el creciente ascenso del adversario, pronosticó que Neruda estaba en “caída espectacular”, atrapado en “el infantilismo coprolálico y pornográfico de trovador senil, cacaseno, calzonudo”, como veremos luego. Algo irónico de este caso es que, nacido en 1894, Pablo de Rokha era 10 años mayor que Neruda, de modo que sus acusaciones de senilidad son casi hilarantes.
370 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 29-31). Plath estudia con profundidad y pasión la guerra literaria que se dio entre Neruda y De Rokha, de la que aquí reproducimos sólo algunos fragmentos. 371 “Memorias de Él y yo” volumen 2, Miguel Serrano. Ediciones la Nueva Edad, Santiago, Chile – 1997 (pág. 76). 372 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 33).

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No obstantes las extrañas motivaciones de De Rokha, otros literatos críticos de nuestro Premio Nobel, como Braulio Arenas, también han coincidido en enrostrarle con dureza a Neruda su condición de hombre adinerado y su fascinación con el lujo, tan opuesta a los discursos panfletarios del poeta y embajador. Pero, aferrado al mismo argumento, Pablo de Rokha no cejó en su afán casi enfermizo de imputar a Neruda cargos de millonario, de burgués acomodado, de amante del dinero e insistir en meter el dedo por la llaga exaltando el holgado y ostentoso estilo de vida del autor de los famosos “20 Poemas de Amor”. Cansado de atacarlo sin piedad desde su revista “Multitud” y quizás excesivamente confiado al no haber recibido aún una buena respuesta en su mismo tono, pasa a la artillería pesada y publica en 1955 “Neruda y Yo”, donde ahora lo acusa -a lo largo de unas 130 páginas- de plagiarle textos, de imitarlo e insiste en las incoherencias del escritor con el izquierdismo que profesaba, mistificando de manera hipócrita a las clases trabajadoras y asiéndose del materialismo dialéctico más por charlatanería que por autenticidad ideológica. Y aunque Neruda ya era una vaca sagrada literaria en esos días, le niega originalidad hasta en los títulos de sus obras, que también considera copiados de autores como Horacio, Ramponi, Baudelaire o Rimbaud. Apartándose de sus juicios más viscerales, este libro llegó a ser un objeto de estudio entre los detractores de Neruda, hasta ahora. Pero para otros, en la gran mayoría, siempre fue un trabajo repugnante, donde De Rokha sólo jadea y respira por su propia herida. Horrorizada con su contenido de “odio patológico que siente hacia Neruda”, la crítica de la revista “En Viaje” decía con estupor, por entonces: “Si el cerebro de Pablo de Rokha pudiera saltar la valla de su pasión, sería un gran poeta. Un magnífico cantor de la revolución, el épico de las masas. Porque la poesía intrínseca de De Rokha es extraordinaria. Pena da verla perdida en golpear contra un muro. Qué otra cosa no es la lucha estéril que él desarrolla contra el autor de las “Odas elementales”. Los ataques de De Rokha resultan estériles y chocantes para la sensibilidad de un poeta de tan inmensa estatura artística”373. Finalmente, tras tantos ataques, Neruda recoge el guante recién en 1958 con su “Tráiganlo pronto”, donde le dedica versos como estos, que equilibraron a su favor todos los años de prudente silencio de su parte: ¿Aquel enemigo que tuve estará vivo todavía?
373 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 262 de agosto de 1955, Santiago, Chile.

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Era un Barrabás vitalicio siempre ferviente y fermentado Es melancólico no oír sus tenebrosas amenazas, sus largas listas de lamentos374. Y entrando de lleno a la venganza contra tanta injuria, ataca con todo, unas líneas después con las que cierra sus versos: ¡Aquel enemigo que tuve ha sacado los pies del plato con un silencio pernicioso! Yo estaba habituado a esta sombra a su envidia desgarradora, a sus torpes dedos de ahogado. A ver si lo ven y lo encuentran bebiendo bencina y vinagre y que ensucie su furia sin la cual sufro, palidezco y no puedo comer perdices375. Nuevas arremetidas, más simbólicas que controversiales, tendrán lugar en 1960, cuando De Rokha representa a Neruda bajo la caricatura de Casiano Basualto en su “Genio del pueblo”. Regresando desde la prosa al verso, le ruge en los infames “Tercetos Dantescos a Casiano Basualto”, de 1966 y cuando ya contaba 72 años, donde arremete con todo contra su adversario y se mofa de los intentos que ya hacía por entonces Neruda al golpear puertas en busca del Premio Nobel del que igualmente se haría acreedor después, contra todo lo que esperaría (o desearía) su gratuito e infatigable ofensor: Gallipavo senil y cogotero, de una poesía sucia, de macacos, tiene la panza hinchada de dinero Defeca en el portal de los maracos, tu egolatría de imbécil famoso tal como en el chiquero los verracos.
374 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 36). 375 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 38).

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Legas a ser hediondo de baboso, y los tontos te llaman: ¡”gran podeta”! en las alcobas de lo tenebroso. Si fueras un andrajo de opereta, y únicamente un pajarón flautista, ¡sólo un par de patadas en la jeta!... Pero tu índole sadomasoquista, un tiburón de las cloacas suma, a la carroña del oportunista. Y si eres infantil como la espuma, eres absurdo Cacaseno oscuro, si el escribir con menstruación te abruma. Gran burgués, te arrodillas junto al muro del panteón de la Academia Sueca, a mendigar... ¡dual amoral impuro! Y emerge el delincuente hacia la pleca de la carátula facinerosa, que exhibe al sol la criadilla seca. Astuto, ruin, tarado, voz gangosa, saqueas a la U.R.S.S. envilecido, con la tremenda mano estropajosa. Flojo arribista, tonto y bien comido, dijiste de este norme pueblo ardiente: “Chile, país de cafres”, ¡gran bandido! Eres la negra cabeza de puente de la horrorosa corrupción burguesa en el filo-marxismo decadente376. Se dice que la guerra de Pablo contra Pablo terminó allí, en esta época, pues De Rokha no tuvo más material creativo en su maletín. Jamás habrían vuelto a dirigirse la palabra, ni en persona, ni por escrito, ni a través de terceros. Pablo de Rokha ya no tenía ni las energías ni la chispa para responder, escondido por allá entre las sombras del “Bristol” y las barras del “Hércules”.

376 “La guerrilla literaria”, Faride Zerán. Bat Ed., Santiago, Chile – 1992 (pág. 150- 216). El “poema” es más extenso, pero creemos que con los versos reproducidos queda clara la magnitud del ataque.

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Mientras Neruda crecía ya consagrado internacionalmente, De Rokha seguía encerrado en sus dolores, en sus fantasmas, en sus hieles, cada vez más pobre y olvidado, sobreviviendo a duras penas de la venta personal de sus propios libros. Quizás por orgullo ante su rival y por la cara de hereje de la necesidad, aceptó en 1965 el Premio Nacional de Literatura, galardón por el que antes había profesado desprecio. Sin embargo, incluso en esta ocasión se permitió restablecer su sentido rupturista radical y su perturbación contra el resto del orden del mundo: “Yo no entiendo todavía muy bien el negocio este –dijo al recibirlo-; entre los premios nacionales hay un rebaño de ovejas, borregos y hasta conejos. Los poetas honrados no vivimos para premios”377. Y cerrando con “La plata es poca, me servirá para comer”, volvió a su retiro, a su encierro y a su desaparición. Con la vejez, ya comenzaba a mostrar indicios de arteriosclerosis. Si ya no tenía fuerzas para responder a Neruda, mucho menos para vender sus libros puerta a puerta, como lo hacía con tan grandes sacrificios. Para Pablo de Rokha, todo terminó en 1968, un 10 de septiembre… ¡Siempre septiembre, ese mes que llena de dolores y conflictos nuestro calendario, rodeando a las propias Fiestas Patrias! Las desgracias le suceden y las ha sentido como una avalancha. Su hermana Carmen se suicidó saltando al vacío desde un edificio de Apoquindo. Deprimido ya por la trágica muerte de su hijo y jamás repuesto de la pérdida de su amada Winétt en 1951, Carlos Díaz Loyola, ya no más Pablo de Rokha, decide partir por la misma senda de sus queridos ausentes. Se puso una pistola en la boca y con el respingo de uno de sus dedos huesudos, acabó con su vida en la proximidad de los 74 años. Trágico año, además, pues su amigo Edwards Bello había hecho lo propio y de la misma manera, durante el último verano. Antes de poder acabar amargamente con todo, sin embargo, don Pablo tuvo al fin un instante para endulzar su vida, aunque fueran en sus últimos y trágicos instantes, bebiéndose un vaso de jugo de huesillos como su última cena378. De esos mismos refrescos de huesillo y mote que abundan en Mapocho y que quizás probó varias veces en torno a algún carrito del mercado, junto con las empanadas y las clásicas sopaipillas. Al menos no pasó por el desagrado de ver premiado con el Nobel de Literatura a su archienemigo, en 1971. Premio del que, como Huidobro, también habría sido digno
377 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 38-39). 378 Revista “APSI” Nº 200 del 11 de mayo de 1987, Santiago, Chile, artículo “Poesía y suicidio del dinosaurio irritante” de Marcelo Mendoza.

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merecedor según la opinión de los grandes estudiosos de la poesía americana, si acaso la vida hubiese tenido un poco más de clemencia con él, y viceversa. Desconocemos si la pelea se desató alguna vez entre ambos Pablos por el Barrio Mapocho, más allá de lo escrito, donde es muy probable que se hayan cruzado alguna vez… Pero somos testigos presenciales de que la justa continúa entre sus admiradores, que aún llegan por estos barrios siguiendo la huella de sus poetas, o más bien sus guías espirituales.

Otros fantasmas entre dos centenarios
En la bullente actividad humana, artística, ferroviaria, religiosa y comercial del barrio, desde los tiempos del Primer Centenario había comenzado a aparecer la nueva generación de personajes y seres queridos que se acomodaron a los incipientes escenarios de Mapocho, dominados por la vida en torno a sus dos mercados principales y luego también alrededor de la estación. Son ellos la representación del Hombre de Mapocho moderno; del mismo de nuestros días. Uno de los viejos bichos raros rondando Mapocho fue don Salustio Sánchez Oteíza, un excéntrico señor que llegó a ser símbolo de todo el Centro de Santiago pero que, según comenta Alfonso Calderón, apareció una vez en una fotografía de la revista “Zig-Zag” del 20 de junio de 1914, en un reportaje sobre los temporales que habían arrasado Santiago, mirando las aguas del río entre unos curiosos. Aun cuando su principal radio de la acción era cerca de la Catedral, don Salustio sería, acaso, uno de los primeros emblemas humanos surgidos en el período de la construcción de la estación de trenes. A este viejo balmacedista se referiría Edwards Bello describiéndolo “como esos modelos de aserrín que tienen los museos de la vestimenta para indicar cómo se vestían los caballeros en los tiempos de Maricastaña”. Le llamaban “El Incandescente” por el aspecto de “luminaria” de su rostro, y predicaba por toda la urbe que conocía un método para extraer platino del aire. El antes mencionado escultor Carlos Canut de Bon, otro asiduo visitante del Barrio Chino, hizo de él pequeñas figuritas “para la suerte”. Todos lamentaron cuando don Salustio falleció en 1917, llevándose una rebanada de la propia historia de la ciudad379. En los años veintes, todavía quedaba algún aristocrático hacendado en los últimos manchones agrícolas del ultra Mapocho y a pesar del dominio popular que recuperó espacio en él. Uno de ellos era don Alberto Riesco Errázuriz, que tenía su hacienda “El Salto” a unos cinco y medio kilómetros de la Plaza de Armas. Aunque metida en el barrio de La Chimba, la estancia del señor Riesco que iba
379 “Memorial de la Estación Mapocho”, Alfonso Calderón. Ril Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 48).

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desde Recoleta hasta los faldeos del San Cristóbal, fue importante para Barrio Mapocho porque proveía gran parte de los productos agrícolas del Mercado Central, principalmente hortalizas, paltas, frutillas, uvas y duraznos. Otra particularidad de su hacienda era que disponía de grandes y regias casas construidas en 1912 por el Ingeniero José R. Herrera Lira, dotadas de luz eléctrica y servicios de agua de alta presión. También contaba con un silo y una lechería380. Es destacada la importancia que tuvo otro comerciante, don Agustín Gómez García quien, como hemos dicho, fue el fundador del mercado de La Vega Central. Don Agustín siguió ligado a las actividades de este sitio hasta el final de sus días, y llegó a ser un personaje muy querido entre los vecinos y locatarios veguinos, por cuyos intereses siempre actuó como un gran defensor. Proveniente de la intelectualidad, otro acólito del barrio en los años veintes y treintas era el mencionado escritor Luis Enrique Délano, quien hizo amistad con varios de los visitantes y también con los residentes, más allá de sus meras andadas con otros literatos y artistas por Mapocho. En su juventud fue muy influido por una dama llamada Chita Yáñez, sobrina de Eliodoro Yáñez y que ya dijimos vivía en el tercer piso del edificio de Bandera por el lado y encima del cabaret “Zeppelin”, el mismo ocupado por el “Hotel Bandera”. Délano la conoció en un restaurante de Ahumada, frente a la desaparecida Librería Nascimento381. Plath dice que por allá hacia el año 1930 y mientras se encontraban estudiando leyes, eran visitantes frecuentes de estos locales de Bandera y de San Pablo los poetas y escritores Augusto Santelices Valenzuela, Julio Barrenechea Pino, Hernán Cañas Flores, Orlando Torricelli Díaz, René Frías Ojeda, Astolfo Tapia Moore y Oscar Waiss Band, activos colaboradores de revistas universitarias de la época y que “más de una vez, cuando ya venía el alba, comían pequenes en la puerta del Mercado”382.

380 “Álbum zona central de Chile. Informaciones agrícolas”, Juvenal Valenzuela O. Imprenta Universitaria, Santiago, Chile – 1923 (pág. 52). 381 “Memorias. Aprendiz de escritor / Sobre todo Madrid”, Luis Enrique Délano, Ril Ed., Santiago, Chile – 2004 (pág. 72-75). 382 “El Santiago que se fue. Apuntes de la memoria”, Oreste Plath. Ed. Grijalbo, Santiago, Chile – 1997 (pág. 44). Los “pequenes” parecen haber sido un bocadillo común del clásico Barrio Mapocho, a juzgar de las menciones que de ellos hacen otros memorialistas, además de nuestros propios entrevistados. Hoy día sólo queda un bastión de ventas, en el Mercado Central: los populares “Pequenes Nilo”, con su fábrica por el lado de Independencia, en calle López. Como se sabe, corresponde a una empanadita con pino o relleno a base de cebolla sin carne, picante y con ají de color, más económica y modesta que la empanada tradicional. “Pequenes” como los de la ex Plaza de los Moteros también eran famosos entre los bohemios del barrio. Son mencionados por Plath, Subercaseaux, Lavín, De Rokha y varios otros autores. Fueron todo un símbolo de la oferta popular en Barrio Mapocho, lamentablemente

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Otro buscador de esta clase de exquisiteces de las cocinerías del Mercado Central fue el maestro del criollismo chileno Mariano Latorre, quien solía asistir por allá con Juan Modesto Castro y el novelista boliviano Luis Toro Ramallo. Almorzaban caldo de cabeza, chafaina y choros crudos383. Pero, por desgracia, Castro falleció trágicamente en 1943 y Toro Ramallo le siguió, muriendo en Santiago en 1946. A Latorre le tocó en 1955384. Así quedó vacía la mesa de comidas criollas reservada a los intelectuales, en ese mercado a orillas del río. Visita ilustre del barrio fue también el peruano Luis Alberto Sánchez, que vivió en el Gran Santiago entre 1934 y 1945, haciéndose asiduo visitante del “Zeppelin”, del “Huaso Adán” y otros lugares de la zona riberana, como hemos dicho. Uno de sus locales favoritos era la Posada del Corregidor, de la que tanto hemos hablado ya, y cuyo patrón fuera quizás precursor del carácter más bohemio y de boîte moderna que le diera tanta vida a la casona en los años treintas; don Pedro Fernández y Fernández, merecidamente apodado “Caballero de la Noche” por su enorme influencia y popularidad en el ambiente, con locales como el mencionado y
bastante perdido en nuestros días… O mejor dicho, casi extinto, aunque el año 2008 se fundó una especie de club de pequeneros llamado “Agrupación Pro Defensa del Pequén”, con los auspicios de un Senador de la República. A pesar de esto, es claro que en el barrio ya están desplazados por las empanadas tradicionales en la venta callejera, especialmente las fritas. Y hacemos notar que las sopaipillas, en cambio, esos otros bocadillos tan ligados a las religiones culinarias del barrio y que siguen disponibles en la venta masiva por el sector y la entrada al puente de la Independencia (Padre Hurtado), también han sido atractivo y veneración para muchos visitantes y residentes de Mapocho, desde los tiempos que aquí se repasan. La sopaipilla con mostaza, pebre y otros agregados debe ser uno de los alimentos más consumidos en el sector de los mercados (como ayer lo fueron los “pequenes”, precisamente), todo un símbolo presente desde épocas que se nos pierden en el pasado. Los comerciantes de los carritos de fritura se instalan muy temprano cada mañana, de modo que estos productos son desayuno, once y cena de mucha gente que pasa, vive o trabaja por allá. Las vendedoras suelen ser mujeres que, por generaciones, han vendido estas delicias en las orillas del río, especialmente apetecidas en las estaciones más frías del año. La costumbre de los trabajadores aún plenamente vigente, es consumir las sopaipillas como un pan pita, doblándola para agregarle dentro muchos aderezos y acompañamientos, más o menos como se preparan los tacos mejicanos o los shawarmas árabes. Destacamos también que una sandwichería del Barrio Bellavista, la “Ciudad Vieja”, decidió formalizar exitosamente en sus cartas estos bocadillos que se consumen especialmente en los mercados, bautizándolo “el veguino” en su honor, y que consiste en dos gruesas sopaipillas entre las cuales se colocan tajadas de arrollado, ají, palta, tomate y otros acompañamientos. Quizás sean, entonces, las sopaipillas y no tanto las empanadas propiamente, las que desplazaron la tradición de los viejos “pequenes” en el barrio. 383 “El Santiago que se fue. Apuntes de la memoria”, Oreste Plath. Ed. Grijalbo, Santiago, Chile – 1997 (pág. 28). 384 En la fuente recién señalada, Oreste Plath agrega que al morir trágicamente el escritor Juan Modesto Castro, en 1943, Mariano Latorre buscó a su colega cochabambino Luis Toro Ramallo, y ambos organizaron un almuerzo en recuerdo del fallecido, como los que solían realizar los tres juntos en el Mercado Central. “Creían rendir un homenaje bohemio, en recuerdo del novelista que penetró tan hondo dentro del alma chilena”, apunta Plath sobre este encuentro.

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otro que llevaba por nombre el “Jai-Alai”. Su sobrino el escritor Miguel Serrano, nos entrega una aproximación al perfil del célebre “Caballero de la Noche”: “Declaraba: “Mis antepasados construyeron iglesias, yo inauguro ‘boites’, y hago tanto bien como ellos, porque aquí pueden venir las esposas con sus maridos y hasta con sus hijos mayorcitos, a divertirse sanamente en familia. Es decir, uno a las familias, no las separo…”. Claro que esto era sólo un ingenioso decir, o justificación, pues allí la bohemia y la fiesta ardían hasta altas horas de la noche y hasta el amanecer. “El Caballero de la Noche” recibía a sus invitados y visitantes con el ceremonial y las maneras palaciegas del siglo XVIII, como si estuvieran en la corte de los Luises o del Virreinato de Lima. No en vano era el hermano del Ministro de Relaciones Exteriores, Joaquín Fernández y Fernández y primo de Vicente Huidobro Fernández. Cuando yo aparecía por ahí, me presentaba a su corte de bohemios y poetas transhumantes, como su “sobrino comunista”. Además, era el primo del Deán de la Catedral de Santiago, el sacerdote Infante Fernández, a quien se le ocurría visitar muy temprano en la mañana llevando esa “corte de los milagros”, trasnochada y “pichicateada”, entre la que se encontraba un torero español, asiduo visitante de la “Posada” y de paso por Chile. Los “pecadores” se confesaban a gritos y el torero caía de hinojos y con los brazos abiertos en cruz, frente al altar mayor. De más está decir que no pasaría mucho tiempo antes de que me presentara a sus amigos y en sus “boites” como su “sobrino nazi”. A él le daba lo mismo, lo que le importaba era ser mi tío y que yo fuera su sobrino”385. En esa misma calle Esmeralda, en un magnífico edificio que está en la esquina con Mac Iver, vivió por entonces un ex profesor del Liceo Manuel Barros Borgoño y del Instituto Nacional. Hombre pequeño y de modesto origen, devenido en productor agrícola y vinicultor de un fundo instalado en Conchalí, ya se había iniciado en las artes de la política en esos años. Pedro Aguirre Cerda, se llamaba: masón, radical y próximo líder del Frente Popular. Los planos más antiguos de su casona, que hoy pertenece al Colegio Médico, datan de 1910386. Gran epopeya fue escrita en las páginas que siguieron en la biografía de este ilustre vecino del barrio, pues tras recibir el apoyo de los nacionalistas a consecuencia de la bajada de Carlos
385 “Memorias de Él y yo” volumen 2, Miguel Serrano. Ediciones la Nueva Edad, Santiago, Chile – 1997 (pág. 27). 386 Diario “El Mercurio” del miércoles 26 de noviembre de 2008, Santiago, Chile, artículo “Esmeralda resucita con profunda remodelación”

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Ibáñez del Campo tras la masacre del edificio del Seguro Obrero, Aguirre Cerda o “Don Tinto”, como vimos que lo apodaban, logró aunar a todos los sectores contrarios al alessandrismo representado por el candidato Gustavo Ross Santa María, derrotándolo por estrechísimo margen en las elecciones. Con ello, habían triunfado en las urnas, por primera vez, las fuerzas populares de la política criolla, transformando para siempre el escenario de las luchas de poder en Chile. Don Alberto Yazigi Gabriel también fue un personaje destacadísimo en el barrio, aunque por razones muy distintas a la política y a la deliberación partidista: él tenía su conocida botica en 21 de Mayo 709, llamada la “Farmacia Mayo”, que había fundado en 1926 tras titularse como químico farmacéutico en la Universidad de Chile387. Otro famoso locatario fue don Luis Vera, alias “El Rey”, quien abre un histórico restaurante y marisquería que se vale de la frescura de los productos del mercado y de los olores tentadores con que inunda la cuadra principal del Barrio Chino. “El Rey del Pescado Frito” será llamado por décadas él y su restaurante. Fueron históricos los platos de exagerado tamaño servidos por este glorioso soberano de Mapocho: un pescado frito entero, con una cubierta de crujiente batido y acompañado de un traguito especialidad de la casa, a base de anís con agua mineral, llamado “el palomo”388. Administrado ya por su señora Nelly Rodríguez, “El Rey del Pescado Frito” mantiene su indiscutible reinado hasta ahora, en su local de Bandera 848. Hacia mediados del siglo pasado, el Barrio Mapocho contaba también con la honrosa presencia de un multifacético personaje de esos años: don Carlos Pérez Izarzugaza, quien se desempeñaba como técnico de seguridad en el Departamento de Higiene y Seguridad Industrial del Servicio Nacional de Salud, con su oficina en la entrada de Independencia, en el Instituto de Higiene. Pérez había sido desde el año 1937, además, un destacado jugador de fútbol en el Club Magallanes y basquetbolista389. En el mismo lado chimbero, pero hacia la calle Recoleta, la presencia secularizada de los religiosos recoletos seguía destacada por algunos adalides de la fe, como el padre Domingo Silva Acevedo, ordenado en los hábitos en 1925 y que, desde abril
387 “Diccionario Biográfico de Chile. 1962-1964”, Ed. Empresa Periodística de Chile. Santiago, Chile 1964, duodécima edición (pág. 1923). 388 “Santiago Bizarro”, Sergio Paz. El Mercurio / Aguilar, Santiago, Chile – 2003, tercera edición (pág. 59-60). 389 “Diccionario Biográfico de Chile. 1962-1964”, Ed. Empresa Periodística de Chile. Santiago, Chile 1964, duodécima edición (pág. 1039).

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de 1952, oficiaba como Superior, Párroco y Ecónomo de la Recoleta Franciscana390. Cruzando de vuelta al Sur, reluce la presencia de otro religioso: Salustio Suárez Contreras, encargado de la mencionada Capilla de Ánimas de calle Teatinos durante su servicio como templo castrense. Ordenado sacerdote en 1930, asumió más tarde como Capellán de la 4ª División del Ejército y Secretario de la Vicaría Castrense, alcanzando el grado de Subteniente Capellán con que registra oficina en la dirección de la Capilla de Ánimas todavía hacia 1962391. En un campo religioso a nivel más popular, importante fue la figura de don Emilio Haltar, un concesionario del mercado de La Vega Central y además propietario del fundo “El Colorado”, quien tenía características de filántropo con las que se permitía financiar las incursiones de los trabajadores veguinos en las tradicionales Fiestas de Cuasimodo en el sector de Colina392, tradición que aún se mantiene vigente entre algunos comerciantes cuasimodistas honorarios. En los sesentas, llegaba cada mañana a su oficina en el edificio de la Estación Mapocho, en calle Balmaceda, el ingeniero Ramón Sáenz Escribano quien, tras regresar a Chile desde los Estados Unidos en 1943, proporcionó una gran cantidad de conocimientos allá adquiridos a la Empresa de Ferrocarriles del Estado, con relación a las potencialidades y el mantenimiento de las estructuras de acero, adelantando así las obras relativas a la mantención de los varios puentes metálicos con que contaba el servicio y la construcción de otros nuevos. De hecho, Sáenz llegó a ser Ingeniero Jefe de la Sección de Refuerzos de Puentes del Departamento de Vías y Obras, cuya sede estaba, precisamente, en estas oficinas de Estación Mapocho393. Su colega Jorge Vélez Olivares hacía lo propio en su área respectiva, en calidad de Tesorero de Ferrocarriles de Chile y luego Jefe de Sección de Entradas. Había sido, además, Director de la 2ª Compañía de Bomberos de Ñuñoa por 14 años y Comandante del Cuerpo394.
390 “Diccionario Biográfico de Chile. 1962-1964”, Ed. Empresa Periodística de Chile. Santiago, Chile 1964, duodécima edición (pág. 1287-1288). 391 “Diccionario Biográfico de Chile. 1962-1964”, Ed. Empresa Periodística de Chile. Santiago, Chile 1964, duodécima edición (pág. 1337). 392 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) N° 332, junio de 1961, Santiago, Chile, artículo “Fiesta de Cuasimodo”. 393 “Diccionario Biográfico de Chile. 1962-1964”, Ed. Empresa Periodística de Chile. Santiago, Chile 1964, duodécima edición (pág. 1217). 394 “Diccionario Biográfico de Chile. 1962-1964”, Ed. Empresa Periodística de Chile. Santiago, Chile 1964, duodécima edición (pág. 1446).

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Los kiosqueros fueron otra parte del patrimonio humano de estas calles. Todavía lo son, de hecho, famosos en cada una de las esquinas que identifican con su presencia, vendiendo revistas o diarios más golosinas. Algunos de ellos llegaron a ser particularmente populares hacia mediados de siglo, como fue el caso del Guatón Olguín, que atendía su pequeño local de periódicos, revistas, novelas románticas y policiales en la esquina de Bandera con General Mackenna395. Por el sector del mercado, hubo un tiempo en que existieron varios kioscos con el mismo diseño ferretero del edificio, de hecho bastante parecidos a la línea artística de la Garita Mapocho, a la que ya nos referimos al tocar la época de los tranvías. No debe ser casual. Aún sobrevive otro kiosco realmente antiguo, aunque de diseño más sencillo: el de albañilería que se encuentra junto a la entrada del Puente Los Carros pero dedicado a la venta de mote con huesillo. Otros más modernos estaban en gran número junto a la orilla Sur, por el costado del Puente Padre Hurtado, pero fueron retirados en años posteriores, quedando sólo uno de ellos en este lugar. Otro comerciante que destacó en el sector fue don Patricio Macaya, conocidísimo manicero de La Vega y del Tirso de Molina, próspero y emprendedor al punto que llegó a abrir varios puestos más en el vecindario. Tras muchos años siendo uno de los personajes más queridos del sector, literalmente no pasó agosto del año 2010. Vivió en la proximidad del ex Barrio Chino un gran artista oriundo de Valparaíso: don Luis Meléndez Ortiz, escritor y dibujante cuya residencia se encontraba en el edificio de Bandera 620, donde residía con su esposa la escritora Chela Reyes. Meléndez había sido director artístico de los diarios “La Nación” y “El Diario Ilustrado”, además de haber decorado con sus murales el “Hotel Carrera” y el “Teatro Continental”, entre otros. Ilustró libros de muchos autores, incluyendo los de Joaquín Edwards Bello y Salvador Reyes. Sus publicaciones más importantes fueron “Las mujeres están lejos”, “El Unicornio”, “La Paloma y la Serpiente” e “Isabel Talbot”396. Tenía dirección a poca distancia del edificio de Meléndez, frente al “Rey del Pescado Frito”, en Bandera 883 allí en la esquina con Aillavilú, el arquitecto Ernesto Sazié Herrera, quien además de su fama profesional fue propietario de las radiodifusoras “Universo” y “La Nación”397. Y en el segundo piso de calle Puente
395 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) N° 296, junio de 1958, Santiago, Chile, artículo “La lectura, pan del espíritu”. 396 “Diccionario Biográfico de Chile. 1962-1964”, Ed. Empresa Periodística de Chile. Santiago, Chile 1964, duodécima edición (pág. 858). 397 “Diccionario Biográfico de Chile. 1962-1964”, Ed. Empresa Periodística de Chile. Santiago, Chile 1964, duodécima edición (pág. 1255). En otras fuentes aparece como Enrique Sazié, sin embargo, aunque su nombre era Ernesto. Era nieto del Doctor Lorenzo Sazié y, además, uno de los pioneros de la radiotransmisión chilena.

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622, vivió otro arquitecto y también poeta: Eduardo Zegers Navarrete, autor de “Sosegada Lumbre”398. En el mismo vecindario moraba el inmigrante de origen japonés Kosaburo Suzuki, quien llegó a Tocopilla procedente desde el Perú para trabajar en las salitreras y después a Santiago, donde instaló una concurrida peluquería. Contrajo matrimonio con doña Elena Cabrera, con quien tuvo siete hijos, mudándose más tarde a Barrio Mapocho y falleciendo en 1974399. Hemos dicho ya que en las pérgolas y la Plaza de los Artesanos existió una activa fuerza de entretención y espectáculo popular representada no sólo en las candilejas teatrales del “Balmaceda” o las presentaciones de los artistas callejeros que pululan hasta hoy por ahí. Había también celebraciones intensas, aniversarios y fiestas a beneficio, por las que pasaron famosas orquestas tropicales hacia los años de rigor militar, superando las restricciones. Ha existido, pues, todo un circuito de artistas subterráneos en estos espectáculos pergoleros y veguinos, algunos casi legendarios en el libro del barrio, como la cantante La Minina (o “La Warren”, me comentan que le decían por acá), que en sus tiempos mozos había ostentado una belleza espectacular, proporcional a su talento para el rock and roll, rumba y mambo al mejor estilo de las candilejas del “Tap Room” o “El Goyescas”. Todavía quedan algunos artistas y “colas” compartiéndose entre este mercado y el de Lo Valledor. Parte de la historia la han hecho también los rufianes del mundo del hampa, como los que hemos mencionado y otros que aún nos faltan, pues ha existido toda una galería de rostros tristemente célebres en la historia delictual y especialmente por el rol del propio Mapocho como nido de gestación de pandillas juveniles y hampones que, a veces, permanecen toda su existencia ligados al vecindario… O al menos por el tiempo que les dura esa vida, como podremos ver cuando tratemos el tema de los niños y los desvalidos del río. Con relación a lo recién comentado, Roberto Merino dice algo sobre uno que fuera famoso en el sector, apodado apropiadamente como el Rigor Mortis, y que una noche de abril de 1981, en una discusión dentro de una cantina muy cercana a la Estación Mapocho, le vació el ojo de una puñalada a su contendor dejándolo tendido en la calle mientras éste intentaba contener con la mano los fluidos del globo ocular reventado. El Rigor Mortis, celebrando su triunfo como si fuera el de una ordalía de combate o una justa, se devolvió a la barra con una fría sonrisa, para
398 “Diccionario Biográfico de Chile. 1962-1964”, Ed. Empresa Periodística de Chile. Santiago, Chile 1964, duodécima edición (pág. 1536). 399 “Anecdotario histórico: Japoneses chilenos, primera mitad del siglo XX”, Ariel Takeda M. Ed. digital Asoc. Panamericana Nikkei, Chile – 2006 (pág. sin núm.).

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pedirle al mozo un vaso de vino con el que hizo solo y para sí un último brindis antes de retirarse400. Así pues, no cuesta demostrar que el actual Barrio Mapocho nunca estuvo ausente de ocupantes, residentes o funcionarios que dieran soplos de vida (y a veces de muerte) a sus calles, entre dos Centenarios de la República, transformándose en parte integral de su identidad propia y de su trascendencia.

El “Guatón” Olguín, conocido kiosquero que atendió por décadas en Bandera con General Mackenna. Imagen publicada en una edición de la revista “En Viaje” de 1958.

Reunión de 1965 entre los jefes de Ferrocarriles, sus familiares y los jugadores de la cancha del Club Ferroviario de Tenis de Santiago, en la Estación Mapocho. Imagen publicada en revista “En Viaje” de 1965.
400 “Santiago de Memoria”, Roberto Merino. Ed. Planeta, Santiago, Chile – 1997 (pág. 104).

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Retrato de don Salomón Sack, el Rey de la Tierra Prometida de Mapocho.

Don Salomón y su propia “Tierra Prometida”
A la desaparición de tantos locales y personajes como los descritos entre los rincones ribereños favoritos de poetas talentosos pero a veces intolerables, se sumó la extinción casi masiva de una gran cantidad de sitios que no han tenido lápidas de recuerdos tan pulidas como los casos revisados, pero que de todos modos constituyeron atractivo y característica para la identidad de Mapocho durante la primera mitad del siglo XX y buena parte de la siguiente. Sus huellas, sus “fósiles”, también se hallan por varios puntos allí en las calles del barrio. En Morandé 855 llegando a General Mackenna, aún se conservan las inscripciones de una fachada con el nombre de una histórica empresa, en lo que fueron sus antiguas barracas de fierros. Y en las protecciones metálicas de las ventanas de la casona adyacente, en el número 841, también sobrevive la misma rúbrica: “S.

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Sack”. El edificio en la esquina siguiente, en el 817 en vértice con San Pablo, también pertenecía al mismo sello, pero hoy se encuentra muy transformado respecto de cómo lució en sus primeros tiempos. Todos estos son los vestigios de uno de los episodios más importantes y de uno de los nombres más trascedentes que han pasado por el Barrio Mapocho, vinculados al que probablemente sea también uno de los mayores filántropos que recuerde la historia de Chile, quien presta merecidamente su identidad a una conocida calle en el sector del barrio Vivaceta. S. Sack fue una empresa pionera de la industria del acero en Chile. Tuvo una casa central en el número 1779 de San Pablo401, un tanto retirada del barrio que acapara nuestra atención, pero con las señaladas instalaciones de las barracas y sus oficinas casi junto a la Estación Mapocho. Los terrenos habían sido comprados hacia los años veintes por el propio señor Salomón Sack Mott, entonces un joven inmigrante judeo-lituano residente en el país Sack fue un hombre venido desde tan lejos, desde aquellas distantes tierras suyas, pero que amó a estas tierras ajenas, las nuestras, como si fueran las propias; y encontró en ellas, ahí precisamente en el Barrio Mapocho, un reflejo de esa Tierra Prometida que el mundo real le negaba por siglos a él y a sus paisanos, descendientes de esos mismos pueblos del Antiguo Testamento que iniciaron su búsqueda. Con el mismo nombre del último rey bíblico de la Antigua Israel, soberano de tanta riqueza como inmensa sabiduría, don Salomón nació en 1892 y llegó desde Vilma a nuestro país a los 22 años, comenzando a trabajar en una fábrica de chocolates en Valparaíso y, a continuación, en Santiago, en el negocio de fierro de don José Rabinovich, empresario metalúrgico reconocible por ser el creador de un sistema de ruedas para carros de mano402. Esta experiencia laboral marcó la senda hacia el brillante futuro del joven quien, a pesar de carecer de educación universitaria, lograría amasar fortuna con su tenacidad, astucia y formidable capacidad de emprendimiento. Fue en ese ambiente, además, que don Salomón encontró a su propia Reina de Saba: doña Julia Rabinovich, hija de su empleador y con la que contraería matrimonio403, teniendo dos hijas: Fanny y Olga.
401 “Diccionario Biográfico de Chile. 1962-1964”, Ed. Empresa Periodística de Chile. Santiago, Chile 1964, duodécima edición (pág. 1016). 402 “Chile a Color: Biografías” Tomo IV. Ed. Antártica, Santiago, Chile – 1986 (pág. 381). 403 “Chile a Color: Biografías” Tomo IV. Ed. Antártica, Santiago, Chile – 1986 (pág. 381).

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La compañía que el esforzado inmigrante logró establecer al independizarse en 1919, la S. Sack, había sido fundada originalmente en un incómodo y estrecho lugar en pleno centro de la capital. "Al principio tenía un sucucho cerca de Plaza de Armas –recordaría una vez-. Las romanas no cabían dentro del negocio y las sacaba a la vereda. Con mis manos transportaba el fierro, lo pesaba y lo vendía”404. Al crecer y hacerse necesario un lugar espacioso, debió trasladarse al establecimiento de San Pablo, valiéndose de la compra de terrenos gracias al crecimiento del que ya gozaba su firma en los veintes. Así vinieron las oficinas y barracas de calle Morandé en Barrio Mapocho, que en su momento fueron sumamente modernas y dieron algo de actualidad al vecindario marcado por el comercio bohemio y los servicios de hotelería, como hemos visto anteriormente en este estudio. En 1935, Sack asumió la presidencia del Círculo Israelita a la cabeza de la representación de la comunidad judía en Chile, que a la sazón era todavía pequeña, pues aún no se producía la gran migración europea que tuvo lugar cerca de cuatro años más tarde, durante el Gobierno de Aguirre Cerda. A fines de los años treintas y ya afianzado en el mercado, don Salomón también trajo a Chile desde Lituana a sus hermanos Rebecca y Gesel Sack Madeiska, quienes comenzarán a trabajar con él. Gesel, sin embargo, abandonó la empresa en 1947 tras haber alcanzado el cargo de gerente, fundando a continuación la firma Maquimetal405. En 1944, el ya acaudalado empresario fundó el Banco Israelita de Chile, colectividad que presidió hasta 1950, el mismo año en que abandonó el Círculo Israelita. Su energía filantrópica no tardó en asomar. Por alguna curiosa razón que muchos se explican en alguna carga emocional que sentía íntimamente por no haber tenido acceso a la enseñanza superior, el empresario tuvo especial preocupación por apoyar instancias educacionales y culturales, consiguiendo para ello, en 1948, la personalidad jurídica de la Fundación Salomón Sack Mott, que comenzó actividades entregando un millón de dólares a la enseñanza industrial, rubro que empezó a fomentar decididamente y del que jamás se desprendió en su rol de su gran protector. "Al crear la Fundación –declaró- cumplo un deber de gratitud con Chile, hoy mi patria a que bajo el amparo de sus instituciones genuinamente
404 “La hazaña de Salomón Sack”, publicación digital de la página web corporativa de la empresa Sack (sack.cl). 405 “Diccionario Biográfico de Chile. 1962-1964”, Ed. Empresa Periodística de Chile. Santiago, Chile 1964, duodécima edición (pág. 1016).

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democráticas hemos prosperado y formado cuanto se aprecia y se quiere en la vida"406. Los primeros terrenos que compró esta Fundación fueron cedidos a la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Chile. Corresponden a un fundo del sector de Los Cerrillos, muy cerca del aeropuerto ya desmantelado y con su futuro actualmente en incertidumbre. La ilusión de don Salomón era construir en este sitio una verdadera ciudad académica, consagrada especialmente al ejercicio y fomento da la educación técnica, y por eso invirtió los ocho millones de pesos que le costó iniciar el camino para tal aspiración407. Mientras tanto, nunca descuidó sus negocios ferreteros por esas calles de San Pablo y Morandé. Su esposa, de hecho, se incorporó también a la actividad ejerciendo labores de orientación social en favor de las familias de los trabajadores y obreros de la barraca de la empresa. La enorme riqueza que acumuló en todos aquellos años de esfuerzo, no mermaron el sentido de modestia y de sencillez del matrimonio: siempre mantuvo un trato cordial con su gente, procurando ser accesibles a quieres querían contactarlos. Incluso, don Salomón se resistía a enfrentar elogios y se inclinaba más bien rehusar reconocimientos excesivos para la generosidad que demostró con las instituciones asistidas con sus frecuentes desprendimientos. Tras toda una vida consagrada al emprendimiento y la dadivosa beneficencia, Salomón Sack falleció el 21 de junio de 1961. Fue velado en el Salón de Honor de la Universidad de Chile y en el Círculo Israelita. La firma quedó en manos de su familia y la sede de la S. Sack en San Pablo siguió siendo la casa matriz de la empresa y continuó acogiendo a algunos departamentos de la conocida Fundación con su nombre, hasta hace sólo algunos pocos años. Mucha gente pasa hoy por estas fachadas antiguas de Morandé entre General Mackenna y San Pablo, en la Tierra Prometida de don Salomón, preguntándose por la naturaleza de aquellas inscripciones “S. Sack” sobre cornisas y protecciones de ventanas, ignorantes de la tremenda historia que respalda y explica su presencia allí, en las viejas riberas. También comparten algo del estilo Art Decó que reina en varias partes del barrio. Pero, abandonadas ya por las operaciones firma, podría ser que no les quede mucho tiempo más en pie a estos recintos, así que ahí están y hasta que el destino así lo quiera.

406 “La hazaña de Salomón Sack”, publicación digital de la página web corporativa de la empresa Sack (sack.cl). 407 “La hazaña de Salomón Sack”, publicación digital de la página web corporativa de la empresa Sack (sack.cl).

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S. Sack en las protecciones de las ventanas de las ex oficinas de calle Morandé.

Rúbrica de la fábrica en la fachada de su ex barraca de calle Morandé llegando a General Mackenna. Conservaba los colores corporativos originales, pero recientemente fue pintada.

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Fachada de la S. Sack en los edificios de su ex barraca ya abandonada, en la esquina de Morandé con San Pablo.

Antigua entrada de la Fundación Salomón Sack en San Pablo. Conserva aún la placa.

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Edificio hotelero en la cuadra de calle Morandé entre San Pablo y Rosas, donde Osnofla vivió sus últimos años en Mapocho. El lugar se encuentra entre el ex “Hotel Valparaíso” y el “Palace Royal” condenado a la demolición tras el terremoto. Según tenemos entendido, este viejo hotel con fachada enladrillada fue asimilado por el vecino llamado “Nuevo Hotel” (ex “Valparaíso”).

De dulce y agraz: la tragedia de Osnofla
Muy cerca de las instalaciones de la próspera firma de don Salomón Sack, allí en la misma calle Morandé, vivía su ocaso Luis Enrique Alfonso Mery, en su tiempo más reconocible por los pseudónimos con que firmaba sus caricaturas en la Editorial Zig-Zag: OSN, Love de Pega, Chiri Moya, Baudelaire Gutiérrez y, sobre todo, Osnofla, correspondiente a su propio apellido leído y escrito al revés. Con sus pocos recursos, arrendaba un pequeño cuarto en el tercer piso del curioso edificio hotelero ubicado al frente de donde está Escuela de Teatro Pedro de la

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Barra de la Universidad de Chile408, allí sobre el antiguo local de la Imprenta Chile, junto a la Peluquería Morandé y la primera casa del bar “Olímpico” al que ya nos hemos referido. Su fachada de ladrillos es inconfundible, guardando detrás tantos secretos de buenas y malas vidas de Mapocho, por esas habitaciones de techos altos y pisos de viejas maderas de tablones. Osnofla fue un eximio dibujante humorístico de varias revistas, además de redactor de artículos satíricos que ilustraba él mismo valiéndose de sus talentos innatos en el oficio. Cuenta el experto en historia del cómic chileno, don Mauricio García, que sus inicios habrían sido con la publicación de una revista de humor con noticias en broma e ilustradas, titulada “Garabatos” y que fuera admirada y comentada alguna vez por figuras de la talla de Pablo Neruda y Alfonso Calderón409. Trabajó con grandes consagrados de estas artes, como el inmortal René Ríos, alias Pepo, y Jorge Carvallo, alias Jorcar. Otras incursiones de Osnofla en los medios impresos estuvieron determinadas por su participación en 1937 en la revista “Fantoches”, de la Zig-Zag, cuya temática era periodismo de espectáculos. Él habría sido, allí, el principal colaborador de la revista, seguido de otros colegas como Pekén y Luciano Valencia. Estaba encargado de los chistes y la “farsa de los proverbios”410. Jorge Montealegre, un verdadero revisionista y recuperador de la obra del personaje de marras y de otros grandes exponentes del rubro, comenta que también que el caricaturista trabajó en revistas infantiles como “El Peneca”, para la que, además, producía la viñeta “Dos Pelos y su abuelito” como publicidad para la clásica “Cocoa Raff” 411, esa calórica pasta de chocolate que fue, por décadas, un producto estrella entre los niños. El mismo año de 1937, Onofla colaboró en otra célebre revista de orientación a público infantil y que llevaba por título “Campeón”. Si bien fue conocida y hoy es apetito de coleccionistas, su circulación no duró mucho, según acota también García. El mismo autor agrega algo sobre la participación destacada de Osnofla en la revista de sátira política “La Familia Chilena”, que circuló entre abril y julio de
408 Diario “La Nación” del domingo 14 de noviembre de 2010, Santiago, Chile, artículo “Calles Morandé y Osnofla” de Mauricio Valenzuela. 409 “Osnofla. Luis Enrique Alfonso Mery”, de Mauricio García. Artículo publicado en el website Ergocomics.cl (el sitio del cómic chileno y latinoamericano), Santiago, Chile – 2005. 410 “Osnofla. Luis Enrique Alfonso Mery”, de Mauricio García. Artículo publicado en el website Ergocomics.cl (el sitio del cómic chileno y latinoamericano), Santiago, Chile – 2005. 411 Revista “Patrimonio Cultural” Nº 28, invierno de 2003, Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago, Chile, artículo “Humor gráfico”.

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1944, cuyo propietario era Gustavo Campaña y que tenía en el equipo otro dibujante que firmaba como Victorino412. Neruda memorizó un curioso y satírico poema escrito por Alfonso en esos años, y que fue publicado en varios medios. Quién sabe si ambos se habrán conocido en las correrías por el Barrio Chino. Aunque se titulaba “La Botica” o, según otros, “La eterna historia”, Hernán Díaz Arrieta, Alone, lo apodaba “El Poema 21” (aludiendo a los “20 poemas de amor” de Neruda) y lo consideraba uno de los cien mejores producidos en Chile. El futuro Premio Nobel solía recitar el poema (y muy emocionadamente, por alguna razón) en el bar de su casa en Valparaíso o en el “Club La Bota”, deslizándose por esas rimas con la característica de estar forzadas en esdrújulas, agudas o graves, más alguna vocal anómala, para darle un ritmo musical a la declamación, tal como Osnofla lo concibió: Fue una tarde triste y pálida de su trabajo a la sálida pues esa mujer neorótica trabajaba en una bótica. Cuando la vi por vez primera una pasión efimera me dejó alelado, estúpido con sus flechas el Dios Cúpido que con su puntería sabia mi corazón herido habia. Me acerqué y le dije histérico: - Señorita, soy Fedérico. ¿Y usted? Respondió la chica: -Yo me llamo Veronica. Y en el parque a oscura y solos nos quisimos cual tortolos. Pasó veloz el tiempo árido y a los meses el márido era yo, de aquella a quien creía pura y virgén.

412 “Osnofla. Luis Enrique Alfonso Mery”, de Mauricio García. Artículo publicado en el website Ergocomics.cl (el sitio del cómic chileno y latinoamericano), Santiago, Chile – 2005.

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Llevaba un mes de casado lo recuerdo fue un sabado. La pillé besando a un chico feo, flaco y raquitico. De un combo la maté casi Y a ella, entonces, le hablé asi: “¡Yo que te creía buena y cándida y has resultado una bándida! Y el honor solo me indica, mujer perjura y cinica, después de tu devaneo, que te perfore el craneo”. ¡Y maté a aquella mujer de un tiro de revolver! 413 El poema llegó a hacerse muy popular como copla en su época, especialmente en reuniones recreativas y fiestas, aunque pocos sabían entonces -y menos ahora- que su autor era Luis Enrique Alfonso y no otro. Al respecto, nos sentimos motivados a aclarar que un error muy extendido y que incluso hoy es repetido entre algunos estudiosos de la literatura y admiradores de la poesía chilena, es el atribuir la autoría de esta pieza al antipoeta Nicanor Parra con el título de “Poema XXI”. Incluso hay quienes creen ingenuamente que el poema sería de Neruda pero tomado “prestado” por Parra. En realidad, éste último sólo lo incluyó en su repertorio de recitados, naciendo así la leyenda de que le pertenecería, cuando en realidad sólo corresponde a la creatividad y los talentos de Osnofla. Parte del fomento a este error se debe también a las casi nulas referencias que se han hecho de su verdadero autor, en publicaciones posteriores. Sin embargo, detrás del caricaturista y poeta de ademanes alegres y joviales que hacía reír al público consumidor de revistas de entonces, existía un hombre sufriendo el lento estrangulamiento del alcohol, un sino trágico pero tan propio del partido riberano donde vivió, también estimulado quizás, por la peligrosamente feliz proximidad del bohemio Barrio Chino, pudiendo bastarle sólo con enfilar por San Pablo hacia Bandera para hallarse diariamente allí. Sumido en el encierro, en la soledad y quizás cada vez más olvidado tras esa ventana de calle Morandé, Alfonso se sumergía en los néctares de la noche y la

413 Diario “La Nación” del domingo 14 de noviembre de 2010, Santiago, Chile, artículo “Calles Morandé y Osnofla” de Mauricio Valenzuela.

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ebriedad, “hecho pedazos por el ardiente vicio de Baco” como diría un periodista familiar suyo y amigo nuestro414, cumpliendo así con el destino trágico de los talentosos que no conocieron la dicha de la fortuna que merecían. Cegado por el rayo de la genialidad, el prolífico personaje había entrado en la languidez con la proa y el mascarón de cara al ocaso. Sus últimas incursiones en el oficio que apasionó su vida, fueron para los primeros ejemplares de la revista de humor pícaro “Pobre Diablo”, hacia la segunda mitad de los años cuarentas, donde trabajó hasta su muerte redactando e ilustrando sus propios textos firmados con el pseudónimo de Chiri Moya. Refugiado en su secreta gruta mapochina, el hombre que se hizo llamar Osnofla falleció en enero de 1949, casi en el fondo de su propia tragedia existencial, ante la indiferencia e ignorancia de muchos. Los editores de “Pobre Diablo” tuvieron la deferencia de hacerle una sentida despedida y homenaje en la edición siguiente. “Sólo al final de su vida pidió permiso para descansar”, diría Pepo en su memoria415.

Primer ejemplar de la revista “Campeón”, de la Editorial Zig-Zag en 1937, publicación en la que trabajó Osnofla. Imagen tomada de “Medio siglo de Zig-Zag: 1905-1955”.
414 Diario “La Nación” del domingo 14 de noviembre de 2010, Santiago, Chile, artículo “Calles Morandé y Osnofla” de Mauricio Valenzuela. 415 “Osnofla. Luis Enrique Alfonso Mery”, de Mauricio García. Artículo publicado en el website Ergocomics.cl (el sitio del cómic chileno y latinoamericano), Santiago, Chile – 2005.

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El periodista deportivo Renato González, alias “Mr. Huifa”, hacia el final de su vida y retratado en sus Memorias.

Mister Huifa, perdido por los boliches del Barrio Chino
Contamos con el testimonio escrito por una primera fuente para saber algo más respecto de muchas otras extinciones en las riberas. Alguien que por su propia naturaleza y estilo de vida, también se ha vuelto una especie extinta de Mapocho. “Soy de la chusma”, solía decir este personaje que congració al barrio (y viceversa): Renato González Moraga, más conocido por su pseudónimo editorial Mr. Huifa. Con esta declarada conexión a la chusma realzaba, acaso, su enredo de origen y destino con el populacho que tanto quería, pese a ser uno de los primeros periodistas deportivos consagrados del país, que el destino escogió como cronista y comentarista del Mundial de Fútbol de 1962, además.

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Querido a pesar de que él quería poco; apóstata insoportable pero respetado aun cuando a veces, él respetó escasamente al prójimo con sus modales y comentarios irreverentes, inclinado al ninguneo y llegando a ladrarle en la cara al no menos admirado colega suyo Julito Martínez, medio en broma y medio en serio: Felizmente, lo perfecto no existe, porque si existiera usted sería el perfecto imbécil416.

Pero incluso si hemos dicho que cuando dos genialidades se encuentran es combate seguro, el gran JM prefirió ceder al dominio de su incuestionable prudencia e hidalguía, por quien considerada su maestro en el oficio de las comunicaciones. No por nada, Renato González acumuló 60 años de un abultado currículo profesional con trabajos en medios como “El Mercurio”, radio “Cooperativa”, radio “Minería”, Televisión Nacional, UCV Televisión, Canal 13 y muchos otros, siendo galardonado en 1952 con el Premio Isidro Corvinos (que era, a la sazón, el equivalente al actual Premio Nacional de Periodismo), en 1959 con el Premio Nicolás Yarur, el “Manojito de Claveles” de Magallanes y el título honorífico de Hijo Predilecto de Constitución en 1983, ya cerca del capítulo final de su existencia. Además de su devoción por el boxeo y de ser el verdadero creador de la frase de elogio deportivo “¡Me pongo de pie!” (apropiada más tarde por otro comentarista de fútbol, deporte del que Mr. Huifa era un tanto crítico aunque siendo seguidor del club Magallanes, curiosamente), Renato González amó con intensa fidelidad la vida nocturna y las aventuras que ofrecía en cada jornada el Barrio Mapocho. Y no podría esperarse otra cosa de él, adicto a su chusma, a los credos incendiarios del populismo apasionado, y se cuenta que apologista hasta insensatez de los más temibles tiranos y agitadores bolcheviques, pero también de los placeres canallas del buen vividor santiaguino. Es casi seguro que no creía en Dios, pero sí en lo que hiciera alegre a su pueblo: un buen vino, un café acompañado por “chiquillas” o un sanguchito suculento con el schop al lado. Mapocho no le era un lugar tan novedoso en aquellos años de inicios en el oficio de las comunicaciones. Siendo muy joven, había vivido en calle Maipú entre la avenida Mapocho y la calle Andes, hacia el Barrio Yungay, por lo que su vida transcurrió cerca del vecindario riberano de antaño. “Teníamos una filarmónica que quedaba en calle Herrera –confiesa-, entre San Pablo y Rosas y que se llamaba “La Instructiva Obrera”. Muchachas modestas, pero muy serias, acompañadas de sus mamás y
416 Diario “Las Últimas Noticias” del lunes 8 de junio de 2009, Santiago, Chile, artículo “El hombre que le dijo a Julio Martínez que podría ser ‘un perfecto imbécil’”.

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luego los reservados con venta de números o con venta de pasteles, y los remates de ramos de flores con derecho a bailar un reservado”417. En sus años de joven reportero para medios impresos, inevitablemente se involucró con esa bohemia mapochina. Sus memorias, o mejor dicho “Las memorias de Míster Huifa” que publicó sólo tres años antes de su muerte, resultan particularmente útiles para completar la semblanza del barrio con sus locales más famosos del sector, especialmente el capítulo titulado “Los puertos de la noche santiaguina”, donde extracta desde sus apuntes mentales episodios remontados al período de años entre 1928 y 1930. González siempre rondó en estos ambientes, por profesión y por afición. Llegó al periodismo después de haber sido descubierto por Byron Gigoux, director de “Las Últimas Noticias” y aficionado al boxeo, entre el público de un combate pugilístico al que González había asistido acompañado de su amigo Renato Pizarro, del “Diario Ilustrado”. Era tal la pasión para criticar a los peleadores, más la gesticulación histriónica y los gritos que el personaje lanzaba mientras presenciaba la pelea, que Gigoux decidió contratarlo para que escribiera con esa misma energía en el diario, desde ese año de 1928418 y comenzando a firmar como Mr. Huifa. Fue en aquella época que visitó asiduamente los boliches más extraños del barrio, entregándose a los dictados de su tendencia a escribir de noche y dormir de día. Sus aventuras empezaban en la medianoche y terminaban con la salida de Sol; la misma mañana que espantaba a Drácula, a Nosferatu y a nuestro licántropo Mr. Huifa. Uno de esos refugios nocturnos suyos era el antro de copetineras conocido como “El Shangay”, del que hemos dicho algo ya. “…y ésas eran las canchas del gordo Mariscal –agrega-, que se sentía orgulloso cuando estrenó una gran lámpara redonda, de vidrios que daban extraños reflejos, en medio de la pista”.419 No sabemos con exactitud cuánto duró “El Shangay” en estos vecindarios antes de ser relevado por “La Cabaña”, pero sin duda su nombre ha sido lo más oriental que haya conocido el Barrio Chino en aquella época, que fuera más parecido al Imperio
417 “Las memorias de Mister Huifa”, Renato González. Ed. La Noria, Santiago, Chile – 1986 (pág. 106) 418 Diario “Las Últimas Noticias” del lunes 8 de junio de 2009, Santiago, Chile, artículo “El hombre que le dijo a Julio Martínez que podría ser ‘un perfecto imbécil’”. 419 “Las memorias de Mister Huifa”, Renato González. Ed. La Noria, Santiago, Chile – 1986 (pág. 110)

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Romano en algunos de sus días, aunque tanto atractivo provocara a Renato González y sus amigos. Casi al frente del ya revisado cabaret “Zeppelin” en calle Bandera, estaba un café llamado “París de Noche”, que también encantaba al bohemio periodista por la directa evocación a la Ciudad Luz de su nombre: “Tenía un altillo que era nuestro refugio en las duras madrugadas de invierno y allí, después de las cuatro, solían caer algunas muchachas del cabaret que no encontraron un cliente o un amigo que las invitara a comer al Periodistas Chico. Pero también me acuerdo que una noche fuimos con el gordo Lazcano a un cafetucho más rasca que los de costumbre, al otro lado del Mapocho y allí nos encontramos con una novedad porque las tazas, los platillos y los ceniceros y creo que hasta las cucharas estaban sujetas a la mesa por pequeñas cadenas y era una excelente precaución del dueño del boliche, porque los parroquianos solían llevarse todo eso de recuerdo, es claro”420. Como hemos visto ya, los cafés de “El Mexicano” y el “Sí, sí… mi nena”, eran algunos de los preferidos del reportero, por allá por calle San Pablo, donde también se codearía por igual con rufianes y con intelectuales, como él mismo lo relató. No nos corresponde extendernos aquí en todos sus entretenidos recuerdos, existiendo ya sus memorias propias para ello, pero sin duda que el perfil de Mr. Huifa es el de un homo mapochino neto: de un símbolo representativo de esa clientela de los boliches, perdido por cafés, cabarets y boîtes, formando parte de la identidad del barrio y, a su vez, empapándose por retroalimentación de ella. Renato González Moraga, o el querido “Viejo Huifa” como le decían sus amigos más jóvenes421, falleció tranquilamente y en silencio, casi olvidado por el medio periodístico y pasados los 85 años de vida. Sucedió en una tarde de otoño de 1989, mientras dormía su siesta. Jamás recibió el Premio Nacional de Periodismo, por cierto, a pesar de que muchos intentaron proponerlo como digno merecedor del mismo, negándosele en todas esas ocasiones por razones que nunca han sido clarificadas, si es que acaso las hubo. Pero, no obstante esta partida, el recuerdo imborrable de Mr. Huifa seguirá saltando más allá de la muerte de don Renato, por allí entre la provocación de las páginas deportivas y la diversión de esos locales extraviados en el fondo del saco de la gran memoria urbana.
420 “Las memorias de Mister Huifa”, Renato González. Ed. La Noria, Santiago, Chile – 1986 (pág. 111-112) 421 Diario “Las Últimas Noticias” del lunes 8 de junio de 2009, Santiago, Chile, artículo ‘El hombre que le dijo a Julio Martínez que podría ser “un perfecto imbécil’”.

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Osvaldo Muñoz Romero, alias Rakatán, en caricatura de Pepo (René Ríos Boettiger) para el libro “¡Buenas noches, Santiago!”.

Los pasos bohemios de Rakatán
Imaginad: si así de intensa fue para Mr. Huifa la época de sus pasadas por el barrio, siendo periodista deportivo, ¡cómo habrá sido entonces de comprometida y absorbente para su colega Rakatán, que era periodista de espectáculos, especializado en estas bohemias de noches interminables, precisamente! Hemos invocado su nombre innumerables veces en este trabajo, y la necesidad nos obligará a seguir haciéndolo, pues Osvaldo Muñoz Romero ha sido una fuente casi inagotable de información útil, especialmente con su pequeño pero contundente libro “¡Buenas noches, Santiago!”, verdadera pieza de culto entre los estudiosos y revisores de la clásica vida nocturna y las carteleras chilena, publicado en los años

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ochentas. La portada de esta joyita fue ilustrada también por su amigo Pepo, el creador de “Condorito”, y de hecho aparecen en ella el personaje de la misma tira cómica llamado Garganta de Lata y una sexi bailarina emplumada muy parecida a Yayita y a otras figuras femeninas en las que trabajó el ilustrador, antes de concentrarse en su famoso pajarraco. Muñoz Romero comenzó su carrera como periodista en 1939, firmando inicialmente con el pseudónimo de Osmur, antes de adoptar su definitivo alias Rakatán. Aunque su formación académica era la de ingeniero comercial egresado ese mismo año desde la Escuela de Economía de la Universidad de Chile, la tentación por el periodismo y la crónica fue tan fuerte que no alcanzó a ejercer, quedando seducido para siempre en este oficio que tanto amó, iniciándose en la Editorial Zig-Zag donde fue cofundador de la popular revista “VEA”, una de las más famosas en Chile. También escribió para revistas como la “Zig-Zag”, “Margarita”, “Sucesos”, “Familia”, “Ecran”, “El Rincón Juvenil”, “El Pingüino”, “Flash” y “Novedades”. Fue creador y primer redactor de una fotonovela en Chile: “Mi Vida”, publicada a partir de 1960. Y en los diarios y periódicos firmó artículos para “El Imparcial”, “El Mundo”, “La Tercera”, “Las Últimas Noticias” y, ya hacia el final de su prolífica existencia, en “La Estrella” de Valparaíso422. La trayectoria de Rakatán en el periodismo fue extraordinaria, y no se detiene en estos ejemplos. A todo su currículo se suma también su participación en las radios “Minería”, “Corporación”, “Nuevo Mundo”, “Yungay” y “Radio del Pacífico”, donde creó y dirigió un programa llamado “Semáforo” de corte periodístico y que estuvo al aire por diez años, desde 1953. Después trabajó en radio “Carrera” con el programa de espectáculos “Fauna Show”, que realizó con su colega Toño Freire. También fue el primer presidente de la Asociación de Periodistas de Espectáculos (APES) en 1967423. Como hemos dicho, la atracción del Barrio Chino de Bandera y sus alrededores fue especialmente tentadora para los trabajadores del periodismo, por razones que sólo podríamos explicarnos en la gran cantidad de casas editoriales y diarios que existieron en torno al barrio céntrico y que marcaron presencias casi gremiales en la historia de este sector de la capital. Sin embargo, Rakatán fue de aquellos que harían de la noche y sus aventuras mapochinas una forma de vida, como tan bien lo retrata en sus memorias que son, a la vez, las memorias de toda la clásica bohemia chilena.
422 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (reseña biográfica del autor). 423 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (reseña biográfica del autor).

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Por supuesto que Rakatán no se limitó a la noche de Mapocho, sino que paseó por toda la de Santiago. Plath repasa, por ejemplo, algunas sabrosas anécdotas por él publicadas en “Las Últimas Noticias” en 1983, alrededor del célebre local de “Il Bosco” de la Alameda424. Sin embargo, no nos queda duda de que aun siendo advenedizo en el barrio ribereño, Rakatán fue un mapochino bohemio de tomo y lomo, conocedor de las exactitudes, la informalidades y los secretillos del antiguo ambiente al que hemos dedicado tantas páginas, apoyadas en gran parte sobre los recuerdos que nos presta el propio Muñoz Romero. Alegre y dicharachero, el “incansable periodista del mundo nocturno y frívolo” como lo define Lafourcade, era un hombre gordito, de bajo tamaño ya que “medía poco más de un metro sesenta”425. La tendencia a la calvicie y un bigotillo chistoso complementaban el retrato de hombre de gran simpatía y carisma. La lucidez de sus recuerdos sobre los actores que construyeron la vida en las riberas es notable. Definitivamente, su relación fue directa, de primera fila, con músicos, artistas, vedettes, empresarios, rufianes y toda la fauna existente en el ecosistema del bailable, la orquesta en vivo y la boîte, tan distinto al periodismo farandulero y de micrófonos puertas afuera o ventanas de vehículos en marcha al que se ha reducido la crónica de espectáculos en nuestros días. Sus copucheos eran sabrosos, casi antológicos; sin embargo, también tan distintos a los menudeos de cremalleras y pantaletas de la prensa rosa actual. Mientras en “Il Bosco” vio cómo los miembros de un funeral se metieron con cajón y todo dentro del local a hacer una parada en sus mesas y barras para brindar por el muerto426, en otra ocasión presenció en el restaurante de La Posada del Corregidor (que, como vimos, solía ser nido y refugio de amores oscuros) la terrible escena de una escandalera provocada cuando una dama que había asistido con su amante, descubrió a su propio marido allí también con una muchacha joven acurrucada en otra mesa, luego de que el mozo los alumbrara de refilón con las linternas que usaban para atender dentro del intencionalmente oscuro sitio427. Y es que Rakatán tenía el trabajo perfecto para vivir esta clase de experiencias aventureras, al parecer: ser remunerado por pasarlo tan bien como la misma noche
424 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 20-21). 425 Diario “El Mercurio” del domingo 17 de abril de 2005, Santiago, Chile, artículo “Nostalgias, de escuchar su risa loca...” de Enrique Lafourcade. 426 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 20-21). 427 “Santiago de Memoria”, Roberto Merino. Ed. Planeta, Santiago, Chile – 1997 (pág. 56-57).

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ilimitada se lo permita. Su grito de guerra institucionalizado para las buenas críticas era “¡Hay ambiente!”. Con tal eslogan, fue testigo directo del auge y caída de la bohemia de Mapocho, a la que dedicó muchas líneas y textos casi conmemorativos. Algunos le atribuyen, además, haberle dado a la famosa vedette de los años cincuentas, Elba Ubilla, su famoso apodo de Pitica, mote surgido de un parecido que algunos le veían a la bella bailarina con el bolerista Lucho Gatica, por entonces apodado Pitico. El humorista Manolo González se encargó de expandir el apodo hasta dejarlo convertido en el nombre propio de la célebre vedette del “BimBam-Bum”428. Y fue así como por las páginas escritas y no escritas de Rakatán, asoman el “Zeppelin”, las revistas del “Balmaceda”, la sala de “La Antoñaña” y tantos otros legendarios locales del Mapocho de esos años. También estuvieron allí todos aquellos arquitectos del ambiente: el “Negro” Tobar, los hermanos Retes, el “Cóndor” Venturino, el patrón Cariola… Todos amigos suyos. Aquí dedicaremos también su espacio propio a algunos de ellos, por lo que los pasos sobre arenas dados por Rakatán obligatoriamente nos volverán a salir al camino por esta playa, dada la importancia de su carácter como informante. Casado con la profesora Ana Madariaga Letelier, sus hijos heredaron la pasión por el periodismo. Y fue entre los suyos que el gran cronista de espectáculos de toda una época ya desaparecida en los sacros escenarios de la clásica noche nacional, falleció en 1988, a la edad de 71 años.

Sangre y versos para el Cabro Eulalio
No todos eran tan respetables periodistas “del pueblo” en la fauna humana del Barrio Mapocho. Gran amigo de Mr. Huifa y otros visitantes había sido el llamado Cabro Eulalio, un rufián que también hizo de lo suyo en este ambiente, especialmente en el Barrio Chino y La Chimba, controlando negocios nada transparentes a pesar de que muchos han querido construir alguna clase de historia romántica en torno a su nombre, al estilo de un modernizado Murieta, Benavides o el pirata de tierra Neira. Pero es verdad también que no todos los mafiosos criollos del siglo XX, auscultados por relatos de memorias de quienes les conocieron, se han ganado tanto respeto como para recibir una cueca propia, cosa que sí sucedió con Eulalio, pues parece ser su nombre el que asoma citado en esta canción popular reproducida

428 Sitio web del diario “La Cuarta”, sección digital “Santiago de los 50, eterno carnaval”, artículo “Pitica Ubilla es ahora una leyenda”. Santiago, Chile – 2010.

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por Fernando González Marabolí en su cancionero de cuecas chilenas más tradicionales: Me gusta tomar con canto y pasarlo de jarana donde llega el Cabro Eulalio y a correr la caravana Si yo llego a las canchas del Cabro Eulalio porque me gusta el trino de los canarios429 Aunque su nombre ya es leyenda y sus relatos necesariamente tienen la decoración que el tiempo le va prendiendo a todos los nombres que dejan estelas, hay ciertas referencias que nos permiten esbozar una idea de este mítico personaje, provenientes de fuentes que le fueron contemporáneas. Dicen que su apodo Cabro, por ejemplo, le cayó por lo joven en que se metió como autodidacta en negocios de avezados y veteranos delincuentes, abriéndose paso a fuerza de insistencia y de fama autoconstruida. Con ello, además, habría sentado el precedente del apodo que siguió siendo usado por posteriores personajes del crimen organizado chilensis, como el Cabro Carrera, que no era cabro ni mucho menos Carrera. En esas mismas calles del Barrio Chino, los intelectuales se codeaban también con varios personajes oscuros y de poco prestigio moral. El Cabro Eulalio, si bien tenía su territorio en el sector de Plaza Almagro, era el principal de ellos. Visitante regular del restaurante “La Antoñaña” de Bandera, Plath lo conoció y le describe como “guapo, elegante y de buena figura, que tenía deudas con la justicia”430. Como todo mafioso, también extendía sus mantos de protección sobre los que le eran fieles, pues provenía de esos tiempos en los que era mejor tener a los capos de amigos incluso por sobre la indiferencia, que era casi similar a la enemistad. Muchos otros “guapos” del hampa fueron parte de su círculo, por cierto, y mantuvieron ciertos vínculos casi corporativos. Por esto, Roberto Parra le cantaba estas líneas en su famoso “El Chute Alberto”, que ya es canción popular: Se fue cortao, ay sí el Chute Alberto
429 “Chilena o cueca tradicional”, Samuel Claro Valdés. Ed. Universidad Católica de Chile, Santiago Chile - 1994 (pág. 212). 430 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 311).

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se lo echaron al hombro por boquiabierto Le ha rezado un rosario el Cabro Eulalio Su nombre había logrado eco internacional. Algunos dicen que parte de sus inicios en el medio, de hecho, habían tenido lugar en Europa, una escuela que, por desgracia, aún sigue haciéndole fama a muchos delincuentes chilenos. En Argentina llegó a ser tan temido por su aura de violento y vengativo que, según el periodista Manuel Salazar, los detectives lo habrían baleado por la espalda en una madrugada, al no atreverse a atacarlo de frente431. Como la mala hierba, sin embargo, el cizaño Cabro Eulalio sobrevivió al ataque. Los años treintas y cuarentas podrían haber sido los más prósperos para la fama y la comodidad de tan intrigante figura nocturna. El Cabro dominaba ciertas actividades sombrías ligadas al caficheo y la prostitución entre el Barrio Chino y el mencionado Parque Almagro432. También estaba metido en el tráfico de sustancias que eran de gran atractivo en esa misma clase de boliches alegres que frecuentaba. Fue tan diestro con los puños, la cuchilla o la pistola como lo era con los negocios sucios y el manejo de su imagen en el ambiente, donde supo imponerse con una figura de respeto a la fuerza, aunque hubo muchos bohemios que le tuvieron auténtica y sincera estima, allí por el “Zeppelin” y los bares cercanos. Armando Méndez Carrasco, el autor de “Chicago chico”, comenta en sus crónicas escritas para el diario “Las Últimas Noticias” que el temible “guapo” Eulalio causaba también alboroto entre las mujeres, con su pinta de galán argentino433, de seguro aprendida tras sus aventuras poco cristianas en tierras platenses. Por su calle San Diego, en la mencionada plaza, seguramente visitaba con regularidad locales como el alguna vez glorioso restaurante “Cola de Mono” (donde algunos suponen fue creada la bebida del mismo nombre), o el clásico “Teatro Almagro” que existía por allí en esos días, pero especialmente a “El Submarino”, uno de esos cabarets donde hizo buenas migas con Mr. Huifa y otros personajes de la época. “Una noche –escribe el comentarista deportivo- estaba yo en la misma mesa que el cabro Eulalio, muy amigo mío, y entró un fulano con sus
431 “Traficantes & lavadores”, Manuel Salazar. Ed. Grijalbo, Santiago, Chile – 1996 (pág. 9). 432 Diario “La Nación en Domingo” del miércoles 8 de agosto de 2007, Santiago, Chile, reportaje “Serie del Crimen Organizado. Capítulo III”. 433 “Crónicas de Juan Firula”, Armando Méndez Carrasco. Renacimiento, Santiago, Chile – 1965 (pág. 72).

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zapatos de escándalo. De color café, de enormes suelas, llenos de agujeritos y todo eso. ¡Qué lindos zapatos!, dijo uno. Te los vendo. ¿Cuánto? Treinta pesos. Se fue el dueño de tan elegantes zapatos y tras él salió Eulalio. Regresó al poco rato y traía bajo el brazo los calamorros. Treinta pesos y celebramos alegremente la negociación”434. La elegancia y la ostentación, sin embargo, no le salvaron de morir “en su ley”, al decir del mismo autor, cuando la cantidad de deudas en el mundo de los choros y hampones superó el brillo de su estampa y opacó su buena estrella, condenando su fortuna. Otros, sin embargo, dicen que cayó ajusticiado por los propios detectives que le venían pisando las espuelas desde hacía tiempo, cuando se vio sobrepasado por los descuidos y el asecho policial. Una conocida versión va por este último camino: el poeta y aspirante a escritor Eduardo “Chico” Molina, que decía ser amigo del hampón, comentó en una ocasión que, mientras se hallaba en una peluquería de la Plaza Almagro, llegó hasta allí Eulalio muy nervioso y agitado durante la tarde, intentando convencerle infructuosamente de ir a tomarse con él unas cervezas. Molina se negó transpirando de susto, pues adivinó que el rufián quería usarlo de “biombo”, o al menos eso fue lo que aseguró este famoso personaje que no destacó especialmente por lo confiable y veraz de sus historias. Sin embargo, parece que esta vez tenía razón: al día siguiente, el Cabro fue finalmente cazado por los detectives que venían arrinconándolo435. Desde allí, la historia del mítico delincuente se diluyó con los años y ha pasado a ser una entidad más subjetiva y abstracta, amnésica, cuyo nombre acabó reclamado por impostores inclusive. Sus visitas a calle Bandera se olvidaron al ir muriendo los testigos, y su área de operaciones en San Diego y la Plaza Almagro habría sido heredada a otros capos de la noche, como el célebre Zapatita Farfán, pareja de la también famosa Lechuguina, la mítica regenta del histórico prostíbulo del barrio de Los Callejones. Obviamente, ninguna placa en ninguna parte del Barrio Mapocho, conmemorará jamás la presencia del Cabro Eulalio por esas calles de su solaz. Por ahora, el recuerdo de quienes le conocieron sólo existe en un puñado de referencias literarias y en entintadas canciones idealizando o aderezando su memoria, como las que hemos visto.
434 “Las memorias de Mister Huifa”, Renato González. Ed. La Noria, Santiago, Chile – 1986 (pág. 113). 435 “Animales literarios de Chile”, Enrique Lafourcade. Ed. de Lafourcade, Santiago, Chile – 1981 (pág. 66).

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Una Una figura casi legendaria: el “Negro” Tobar
El temido Cabro Eulalio no era el único que hacía su vida compartiéndola entre los barrios Mapocho y San Diego. Hubo una valiosa generación de artistas y empresarios del mundo del espectáculo que también llevaron este ritmo, en jornadas de presentaciones para las candilejas chilenas cuyas principales salas estaban presentes también en el barrio riberano y en el otro a la espaldas de la casa central de la Universidad de Chile. Y ciertamente, canalizaron de forma mucho más provechosa que el infortunado Cabro sus talentos de emprendedores. Hemos mencionado a Humberto Tobar en su epopeya del cabaret “Zeppelin”. Aunque fue uno de los hombres más queridos y venerados en la nictofilia capitalina, cuando falleció el 1º de marzo de 1984436, el silencio de los medios resultó prácticamente total, como si aquellas camadas de periodistas y hombres de comunicaciones desconocieran por completo la leyenda que tejiera este personaje con el propio don de su prodigiosa existencia. ¿Qué se escondía detrás de este nombre aparecido tímidamente en el obituario, apenas recordado entonces por un puñado sobreviviente de sus grandes y fieles amigos de los buenos años del “Zeppelin”, como Osvaldo Muñoz o Renato González? Pues la identidad de quien es reconocido por muchos, ni más ni menos, que como el fundador de la verdadera entretención de trasnoche en Chile, la misma que sigue teniendo ecos en nuestra ciudad actual, especialmente del jueves al sábado no bien cae el Sol de cada día. Tobar fue, sin duda, el inolvidable patrono sin parangón en los claros de Luna sobre Mapocho, consagrado a la más pura y verdadera bohemia; el primero de los primeros en su tipo. Posteriores adalides de esta clase de entretención, desde José “Padrino” Aravena hasta Miguel “Negro” Piñera son, de alguna manera, consecuencia de la simiente que dejó sembrada el famoso empresario, para esta colorida enredadera que sólo florece a la tenue luz de las estrellas y cierra con los resplandores de la aurora, cada jornada de fiestas, bares y carretes. Como sucedía con muchos otros personajes del barrio, a Humberto Tobar le apodaron “Negro” sin serlo realmente. Y si su nombre quedó asociado a la más grande de las edades que haya tenido en Chile el espectáculo y la diversión, se
436 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 18).

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debió especialmente por su favor a la historia de la ciudad tras fundar los dos “Tap Room”, especialmente el de calle Estado. Existió otro local del mismo nombre en Bulnes, allí frente al Barrio Cívico; un antiguo sótano que todavía a fines de los setentas hacía noticias con los acaloradísimos shows como el de la hermosa nudista Nadiuska, pero que terminara sus días en nuestra actual centuria ya olvidado, triste y sumido en escándalos policiales. La obra que le agradecerá por la eternidad misma esta ciudad a Tobar, fue sin duda el período de su propiedad y administración en el “Zeppelin” que, como hemos visto, fue el primer cabaret del barrio y precursor del género en Santiago. Si bien fue fundado en 1926, el modelo de recreación impreso por el “Negro” durante la época en que fue suyo (y popularizado especialmente en las noches de los años cincuentas), continuó siendo imitado por los empresarios de la recreación todavía hasta nuestros días, engendrando así un carácter que ha perdurado a través de la línea evolutiva entre los negocios y el público; entre todos aquellos que han convertido a la noche en una forma de vida y un momento de plenitud. Según Plath, el “Negro” Tobar le entregó al boliche “la animación que sabía darle el empresario a los negocios de este tipo”437, quedando para siempre ligado a su historia, a la vida festiva de calle Bandera y, por lo tanto, a la explosión bohemia de la misma. A los amigos de la casa, el querido y respetado personaje les hacía descuentos recordados como “fabulosos”, según Mr. Huifa438. “Visitar el Zeppelin era llenar el alma de recuerdos y nostalgias –sufre Rakatán con sus propias memorias-. Parece que de repente nos iba a salir al encuentro el rostro sonriente del Negro Tobar con su facha arrogante bueno para el garabato a la chilena y con su habitual gesto amistoso”439. No es un bombón de adulación, entonces, suponer que Tobar fue uno de los comerciantes que configuraron gran parte de la personalidad del ex Barrio Chino de Mapocho. Como hemos visto, también fue propietario y fundador del club “La Cabaña” de la misma calle, otro memorable centro de entretenciones. Sin embargo, definitivamente fue en el “Zeppelin” que se inició de lleno en esta clase de actividades de la oferta de espectáculos para noctámbulos440, después compartidas
437 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 209). 438 “Las memorias de Mister Huifa”, Renato González. Ed. La Noria, Santiago, Chile – 1986 (pág. 110). 439 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 32). 440 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 32).

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en su grupo de locales “Tap Room”, potente blasón de la vida de Santiago durante las horas de luz artificial. Y donde quiera que el “Negro” Tobar anduviese, donde quiera que estuviese presente, el ambiente de fiesta mezclado con algunas licencias se apoderaba de los presentes. “Me confidenciaba Willy Arthur–recordaría Germán Bécker-, que durante su soltería, él era número puesto en las noches del Tap, y que la fiesta culminaba cuando la gigantesca cola de “La Conga”, salía bailando a la calle, dando vuelta a la manzana y volviendo al local. El Negro Tobar, canchero y avisado, hacía que los mozos siguieran discretamente la fila de danzantes, para detectar si alguno se retiraba del baile y no pagaba su cuenta. Pero como me decía Willy, toda era gente conocida y nunca hubo nada que lamentar. Salvo, una vez que venía un grupo de gente por la calle Moneda, y se incorporaron a la cola”441. Así, las historias que se han contado en torno al legendario Tobar son interminables. Plath, por ejemplo, habla de lo ocurrido durante una ocasión en que llegó hasta el “Tap Room” del Hotel Ritz, de Estado 248, el embajador de México don Octavio Reyes Espínola acompañado del compositor y cantante Agustín Lara, que por entonces gozaba de gran popularidad por los ahora clásicos temas como “Noche de ronda”, “María bonita” y “Granada”. Mientras el diplomático conversaba con Tobar en esta visita, le propuso que Lara tuviera presentaciones en este escenario, a lo que el “Negro” respondió: Ni soñarlo… No tendría cómo pagarlo. Agustín es muy caro para este negocio.

Sin embargo, el aludido intervino y refutó a Tobar: No tanto… Tenme todas las noches un papelillo de la buena y una botella de whisky y asunto arreglado.

Con este particular contrato, Lara estuvo presentándose en el local del “Negro” durante los doce días que pasó de visita en Santiago de Chile442. No será el único aspecto controversial en la vida de Tobar, pues hubo otros asuntos menos risibles. Dice su leyenda que un balazo descargado con un arma de su mano liquidó, en extrañas circunstancias en el “Tap”, otro célebre personaje de las lunas llenas en Chile, aunque de oscuro pasado. El infeliz fue Osvaldo Guerra Martínez
441 “De memoria”, Germán Bécker Ureta. Biblioteca Virtual Universal (edición digital), Argentina 2003 (pág. sin núm.). 442 “El Santiago que se fue. Apuntes de la Memoria”, Oreste Plath. Ed. Debolsillo, Santiago, Chile – 2004, séptima edición (pág. 161).

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según un relato de Carlos Peters, sujeto “novelesco y elegante” destacado entre “el bajo mundo de copetineras, bataclanas, choros, guapos y rufianes de la noche”443. No tenemos más detalles para agregar al respecto, sin embargo. Casado con su amada Cecilia Pezoa, el otrora célebre empresario no terminó sus ancianos días de la mejor manera: fue recluido en el Hogar de la Unión Árabe de Beneficencia, ubicada por el Callejón Lo Ovalle de San Miguel. Rakatán le visitó allí varias veces, comentando lo que él le habría confidenciado en estos últimos encuentros: “Te confieso que gocé bien mi vida. Y estuve enamorado muchas veces. Y una de ellas, allá por los años 20… de una hermosa bataclana. Era chilena, pero se hacía llamar Jacqueline. Era bailarina solista de una Compañía de Revistas que había armado el periodista Renato Valenzuela y funcionó –me acuerdo en el Teatro “American Cinema”, que estaba ubicado en la calle Arturo Prat esquina de Alonso Ovalle. Una de sus Revistas más famosas, fue titulada: “La fiesta del shimmy”, y en ella se lucía el actor Adolfo Gallardo, que fue el primer chanssonier chileno… Cuando la Compañía se fue al Perú, Jacqueline insistió en que me fuera con ella… Tuvimos una escena de celos muy fuerte en su Hotel que estaba en la calle San Antonio, y ante mi negativa, intentó suicidarse… Me vi en grandes apuros, pero felizmente, todo al final se arregló a mi favor, pues ella se fue y yo, pese a que la amé intensamente, logré olvidarla, poco más tarde en los brazos amorosos de otra mujer…!”444. Ésta era, entonces, la historia de ese misterioso personaje fallecido ya anciano y retirado, a los 88 años de edad. El otrora caballero sin paralelo en la vida de Santiago… El inolvidable Humberto Tobar, generador de su propio culto y alguna vez icono central de la auténtica veneración bohemia de toda una época.

Las luces propias del “Cóndor” Venturino
El “Negro” Tobar tuvo un amigo y secuaz en la epopeya nocturna, también personaje legendario a estas alturas de la historia de la ciudad: Enrique Venturino Soto, el mismo que tomó las riendas del gran “Teatro Caupolicán” por 1940, dando
443 “Zaquizamí”, Carlos Peters. Lom Ed., Santiago, Chile – 2008 (pág. 132). 444 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 18).

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a Santiago uno de sus más importantes escenarios. Pero esta historia tuvo, de la mano de Venturino, un experimento previo o ensayo precisamente en Mapocho. Ambos empresarios realmente fueron maestros de la entretención y habían sido socios en la propiedad de conocidos centros como el mencionado “Tap Room” y el “Zeppelin”, además de forjadores de todo este ambiente de entretención al que hemos dedicado buena parte de este trabajo445. Ya hablamos largamente también de las luces revisteriles que enseñorearon el Barrio Mapocho, especialmente en el histórico Teatro de Variedades Balmaceda de don Enrique, en la calle Artesanos. Y fue tras las candilejas de esa sala que él brillaría con destellos propios, iniciándose como uno de los más importantes y recordados empresarios del espectáculo nacional, que hizo en la ribera Norte del Barrio Mapocho lo mismo que su colega y socio Tobar había hecho en la orilla Sur, y quizás aún más que éste. Toda la experiencia lograda allí por Venturino, fue la que después lo consagró en las presentaciones majestuosas del ilustre Teatro Caupolicán. Venturino también fue el fundador de la “Compañía de Revistas Bataclánicas Cóndor”, que engalanó por varios años su Teatro Balmaceda, entre 1935 y 1942 hasta emigrar al coliseo de San Diego, razón por la que se ganó el apodo nada deslucido del “Cóndor” Venturino. Y con razón, pues dice Rakatán que este empresario oriundo de Iquique, fue capaz de sellar con el lacre rubí del éxito prácticamente todo cuanto se propuso ofrecerle al público: boxeo, teatro, cine, boîte, el espectacular “Circo de las Águilas Humanas” de prestigio internacional, el propio Teatro Caupolicán ya recuperado con su nombre histórico y las famosas luchas libres de “Cachacascán” (Catch-as-catch-can) precursoras del estilo de show de peleas de los “Titanes del Ring”. “Alto, macizo, campechano, francote –recuerda el mismo periodista-, sabía decir las cosas por su nombre. Era un trabajador infatigable. Él mismo se encargaba de la publicidad de su teatro el “Caupolicán”. Tuvo dos hijos que siguieron sus aguas: Sergio, que trabajó en Venezuela, y Hugo, que se encargó de los Circos que recorrieron todo el territorio y también a algunos países de América”446. También apodado el “Maceta” por su corpulencia y más de un metro 80 de altura447, el “Cóndor” estaba casado con doña Elsa Varas. Extendió sus alas de
445 “Diccionario Biográfico de Chile. 1962-1964”, Ed. Empresa Periodística de Chile. Santiago, Chile 1964, duodécima edición (pág. 1450). 446 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 33). 447 Diario “El Mercurio” del domingo 17 de abril de 2005, Santiago, Chile, artículo “Nostalgias, de escuchar su risa loca...” de Enrique Lafourcade.

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talentos empresariales hasta las regiones, fundando el “Teatro Septiembre” de Concepción y el “Imperio” de Antofagasta. Los años cuarentas quizás fueron los mejores de su actividad, sin embargo, pues aunque amasó fortuna en décadas posteriores, mucha de ella fue consecuencia del esplendoroso momento logrado con su gestión y experiencia en el “Balmaceda”. En aquella época, además, Venturino fue capaz de reponer el género de la revista musical en las carteleras chilenas, luego del apogeo que viviera éste en el “Teatro Santiago” con las presentaciones de las Hermanas Arozomena448. A través de la Empresa Chilena Cóndor, puso en administración todas sus compañías de espectáculos con el “Circo de las Águilas Humanas” a la cabeza. Hizo historia con las presentaciones circenses de la “Cóndor” en Chile, quizás como nunca antes se habían visto antes, según conclusiones que ya se han publicado en un trabajo de investigación desarrollado por Pilar Ducci y Francisco Bermejo sobre el circo en Chile. Venturino contrató, por ejemplo, al domador europeo Franz Marek, del “Circo Sarrasani” de Alemania y quien se vino a Chile tras sobrevivir al horroroso bombardeo de Dresde hacia el final de la Segunda Guerra Mundial. Además de elefantes y grandes felinos, Marek trabajó con las bestias más inverosímiles en el oficio, como hipopótamos y cocodrilos449. Otro descubrimiento del mundo circense que se debe también al buen ojo de Venturino, fue el más grande de los payasos que han sido interpretados en la historia del espectáculo en Chile: el Toni Caluga, encargando por Abraham Lillo Pacheco, quien fue además, un importante dirigente del gremio circense nacional450. Como hemos visto, sin embargo, Venturino había vendido el Teatro Balmaceda sin que éste pudiese volver a encontrar un empresario tan luminoso como aquél que lo había fundado, entrando así en una larga y dolorosa decadencia que culminó sólo con su cierre, llevándose los recuerdos de la época revisteril de Mapocho. Tenemos entendido que don Enrique vivió sus años de retiro cerca de avenida Los Leones y luego en calle Salvador, en una casa con actual fama de “embrujada”. Tras toda su vida escrita bajo focos luminosos, el “Cóndor” falleció el 7 de marzo de 1984, a la edad de 84 magníficamente bien vividos años451. Curiosamente, murió tan cerca del deceso de su amigo y ex socio el “Negro” Tobar, en una
448 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 33). 449 Diario “El Mercurio” del domingo 20 de septiembre de 2009, Santiago, Chile, reportaje “¡Pasen a ver el Circo!” de la sección Artes y Letras. 450 Diario “El Mercurio” del sábado 29 de septiembre de 2007, Santiago, Chile, artículo editorial “El Toni Caluga”. 451 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 34).

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casualidad que, durante aquellos años, se llevó también a varios de los demás pioneros y protagonistas de la cosecha engalanada que tuvieran las grandiosas candilejas desaparecidas de la capital chilena.

En el tiempo de los hermanos Retes
Junto al nombre de don Enrique Venturino, se nos asoma como desvío lateral inevitable el de un perenne cuarteto de hermanos que marcó otro hito y un capítulo especial en esos teatros chilenos, especialmente también en las tablas de entonces célebre “Balmaceda”: los Retes. Fue aquélla la época dorada de Rogel y Eugenio Retes, Primer Director y Primer Actor del “Balmaceda”, respectivamente, acompañados de Roberto Retes en el piano y como Director Musical del mismo teatro. Venturino les llamaba cariñosamente “Las Tres Gracias”, a quienes se les unía un cuarto hermano: Rodolfo Retes, en el violín. Sus presentaciones en esa sala mapochina entre 1935 y 1941 son, para muchos, lo más memorable de la historia de la misma452, antes que Rogel emigrara para dirigir al elenco del “Burlesque” de 10 de Julio y otros shows. Quizás se haya tratado de la única buena edad por la que pasó el espectáculo revisteril y la comedia en las riberas, pues el resto de su historia es más bien triste y anémica, como hemos visto al revisar la vida del “Balmaceda”. A la sazón, había debutado ya en el mismo escenario de calle Artesanos el grupo humorístico de la “Compañía de Revistas Bataclánicas Cóndor” de don Enrique Venturino, dirigido por Rogel Retes, y ya hemos visto también la cantidad de presentaciones que tuvieron durante esa década y la siguiente, cambiando para siempre la faz del espectáculo revisteril nacional y marcando un poderoso referente en su historia. Mapocho fue, por lo tanto, el lugar geográfico donde encontraron su definitiva consagración ante vida artística chilena, y los Retes hicieron su parte en esta gesta. Pero, ¿quiénes eran en realidad los hermanos Retes y cuál fue su precisa contribución a este rubro? Su nombre suena y resuena frecuentemente hasta ahora en cada retrospección del género revisteril y del teatro popular chileno, como si se tratara de personajes de veneración, de virtual devoción. Necesariamente requerimos de un capítulo propio para hablar de ellos, más aún si las generaciones de artistas que han sucedido a su leyenda parecen desconocer que se trató de cuatro de los más grandes renovadores de las artes escénicas nacionales.

452 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 301, noviembre de 1958, Santiago, Chile, sección “Candilejas Santiaguinas”.

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La verdad es que los Retes eran chilenos sólo por adopción. Antes de llegar a hacer sus famosas presentaciones en las orillas del Mapocho, estos talentosos hermanos habían vivido a orillas del Rímac, donde se encontraba su numerosa familia. Habían nacido en la mismísima capital del Perú, dentro del matrimonio compuesto por don José del Carmen Retes y doña Sofía Bisetti. Rogel vino al mundo en 1888, mientras que Eugenio en 1897453. El primero se interesó desde niño en las artes de la actuación teatral, participando en presentaciones infantiles en el “Teatro Politeama” en su tierra natal, antes de venir a Chile en 1904. “Llegué al teatro por necesidad, por hambre –le reconocía a Manuel Gandarillas, entrevistado hacia el final de sus días-. Mi padre enfermó gravemente y era preciso dar de comer a él, a mi madre y a ocho hermanos pequeños”454. Había realizado estudios en nuestro país y debutó por acá también en la obra “La Maiga”, de 1912, en el “Politeama” de Santiago, posteriormente conocido como el “Teatro Olimpo” de calle Merced. Fue entonces cuando comenzó a descubrir también sus dotes de escritor, encargándose de producciones famosas como “Cuentos de Ultratumba” y un libro de autoría titulado “Último Mutis”455. Eugenio, por su parte, llegó a Chile aparentemente alentado por su hermano, y comenzó a dedicarse de inmediato a las artes teatrales y la comedia. Su primer éxito fue la obra “Mundo, demonio y carne”456. Esta pasión quedó en sus genes y la heredó en su hijo, el conocido humorista “Ronco” Retes, creador del personaje Don Fermín, una suerte de actualización de Juan Verdejo, ese querido roto chileno de la “Topaze” representado en el trabajo actoral de su padre que, curiosamente y como hemos visto, en realidad era peruano. Venturino consideraba, de hecho, que en el personaje de roto chileno Eugenio Retes “siempre fue impagable”457. Tras unos pocos años ejerciendo su oficio de contador en la Argentina, Eugenio retornó a Chile en 1925 para volver a la luz de los focos criollos. Fue por más de
453 “Diccionario Biográfico de Chile. 1962-1964”, Ed. Empresa Periodística de Chile. Santiago, Chile 1964, duodécima edición (pág. 1120). 454 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 332, junio de 1961, Santiago, Chile, artículo “Rogel Retes: 53 años en la farándula del teatro”. 455 “Diccionario Biográfico de Chile. 1962-1964”, Ed. Empresa Periodística de Chile. Santiago, Chile 1964, duodécima edición (pág. 1120). 456 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 252, octubre de 1954, Santiago, Chile, sección “Candilejas Santiaguinas”. 457 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 34).

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cinco años que se estuvo presentando de manera continuada en la ribera mapochina, marcando un hito inolvidable en la historia del barrio, allí en las tablas del Teatro Balmaceda y tras haberse fundado en 1934 la exitosa compañía de revistas con la que realizó presentaciones históricas junto a Rogel y sus otros hermanos músicos. La “Cóndor” de Venturino, a cargo de Rogel y Eugenio, fue lo más espectacular de aquella época y en ese teatro junto al río, durante los locos años treintas chilenos458. El nombre de Eugenio Retes también quedó asociado después al circuito de los teatros mapochinos y chimberos como el “Princesa” o el propio “Balmaceda”, cuando retornó al barrio con la Compañía de Revistas “1946”. Así se verifica en la crítica de teatro de la revista “En Viaje”: “El sector Independencia-Recoleta-Mapocho, está de plácemes con la Compañía de Revistas 1946, que actúa con bastante éxito. Las principales figuras son venidas de Argentina, y son caras bonitas y buenos cuerpos. Es una compañía sin pretensiones que se presentó modestamente y ha logrado afianzar la temporada. Hay elementos de entre los traídos allende los Andes gente de casa, y hemos visto actuar, con la eficacia de siempre, a Eugenio Retes junto a Domingo Froio”459. Aunque muchos le consideraban a Rogel el mejor director de Chile, se dice que él y Eugenio eran tipos nerviosos y exigentes, casi alterados, como la caricatura que usualmente se presenta sobre los directores artísticos. “Retes pasa muy serio -escribió Daniel de la Vega-, lamentándose de los coros, del escenógrafo, del apuntador. Anda siempre desesperado. La desesperación es su actitud favorita”460. Los dos Retes principales se convierten en señores distinguidos de algunos de los famosos locales de calle Bandera, junto al otro par de hermanos músicos venidos a Chile. Como hemos dicho en otra parte de este trabajo, Rodolfo aparecía por allí insistentemente, durante 1935 y en plena época de oro del teatro ribereño, para comer los reputados tallarines del restaurante “La Estrella”461. Y Eugenio era, en
458 "Historia social de la música popular en Chile. 1890-1950", Juan Pablo González Rodríguez, Claudio Rolle. Ed. Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile - 2005 (pág. 166). 459 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 148, febrero de 1946, Santiago, Chile, sección “Teatros”. 460 “Luz de candilejas. El teatro y sus miserias”, Daniel de la Vega. Ed. Nascimento, Santiago, Chile – 1930 (pág. 260). 461 “Acotaciones, morcillas y camelos: anécdotas teatrales”, Rogel Retes Bisetti. Santiago, Chile – 1956 (pág. 53).

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tanto, uno de los atractivos propios del “Balmaceda”, según lo confirma Rakatán recordando una de las visitas nocturnas que hiciera al lugar con el no menos recordado y querido periodista Tito Mundt, y en la que se dirigieron “directamente al camarín de Eugenio Retes”462. También destaca la labor musical de Roberto Retes, quien hizo presentaciones propias como director de orquesta. Las incursiones de los cuatro hermanos Retes en la vida artística nacional fueron, así, realmente notables, creando una verdadera escuela del espectáculo. Sus nombres se cruzan con los de todos los actores, protagonistas y exponentes de aquella desaparecida aventura revisteril y bataclánica chilena: Pepe Harold, Anita González, José Bohr, Pepe Rojas, Orlando Castillo, Pepe Olivares, Marina Ruiz, Blanca Arce, Romilio Romo, Sussy Montrey, Enrique Barrenechea, Olga Donoso, Lucho Córdoba, Gabriel Araya, Julio Asmussen, Rolando Caicedo, Susana Barrios, Manolo González, Mario Cánepa, Lolita Moreno, Carlos Illanes, Andrés Gallo, Gustavo Campaña, el dúo musical “Los Perlas”, “Los Hermanos Barrientos”, la Orquesta de Buddy Day y tantos otros que, en su momento, fueron gigantes de tremenda influencia, verdaderos maestros o forjadores del teatro del humor, del cine y del espectáculo popular, desde sus respectivos roles y experiencias con las luces cenitales y las cortinas de las salas. Abultando más aún su legado, Rogel fue fundador del Sindicato de Actores y del Sindicato Radial, y colaboró en la creación de la Sociedad de Autores Teatrales de Chile (SATCH); incursionó en géneros de opereta, zarzuela y bailes, participando estrechamente con empresarios del espectáculo nocturno como don Carlos Cariola, a cuyo doble teatro de calle San Diego 224-228, nacidos como “Teatro Talía” y “Teatro SATCH” en 1954, siguió vinculado Retes casi hasta el final de su vida. En 1946, de hecho, había recibido el grado de Caballero, extendido por el Gobierno de Chile como reconocimiento a su labor destacada; y al año siguiente fue condecorado por la Municipalidad de Santiago. Eugenio estuvo en la inauguración de las revistas del famosísimo “Bim-Bam-Bum” del “Teatro Ópera”, hacia 1953. Antes, había sido contratado por la compañía cinematográfica de don Pablo Petrowitsch, actuando con roles principales en los filmes cómicos “Verdejo gasta un millón” (1941) y “Verdejo gobierna en Villaflor” (1942), acompañado de la destacadísima actriz Malú Gatica. Más tarde, participó también en “Uno que ha sido marino” (1951), “El Gran Circo Chamorro” (1955) y “Sonrisas de Chile” (1969), clásicos del cine chileno donde trabajó como actor y escritor. Su fecundidad creativa fue asombrosa: para 1954 ya sumaba cerca de mil obras de su autoría, entre revistas, operetas y comedias.
462 “¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino”, Osvaldo Muñoz Romero (Rakatán). Santiago, Chile – 1986 (pág. 56).

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“Desgraciadamente –dijo en una ocasión, por ese entonces-, no creo que mi labor en las tablas sea prolongada, porque mi salud está algo resentida y la vida de teatro, con su agitado ritmo es, en realidad, un poco pesada. Seguiré escribiendo, naturalmente, pero aunque no siga escuchando los aplausos, estos siempre seguirán sonando en el fondo de mi corazón”463. A su talento también debemos varios descubrimientos. Un verano de 1962 y en el apogeo del “Bim-Bam-Bum”, la afamada actriz de revistas Iris del Valle enfermó y no pudo presentarse en el show del “Teatro Ópera”, ante la angustia de los organizadores pues era el plato central del espectáculo. Con su magnífico don para reconocer figuras prometedoras, Eugenio Retes sugirió que una joven corista y vedette secundaria la reemplazara, haciéndolo excelente y con tan buena crítica que la propia sustituida montó en cólera, arrojándose sin piedad contra su sustituta, agrediéndola y exigiendo a Buddy Day sacarla de la revista, como finalmente sucedió, relevada por “Pitica” Ubilla. La talentosa sugerida por Retes fue nada menos que la comediante Paty Cofré, destinada a ser una de las más importantes y de mayor trayectoria en todos los años del humor de base revisteril en Chile464. En septiembre de 1954, la SATCH había homenajeado en su teatro de calle San Diego (hoy “Teatro Cariola”) a los cuatro hermanos Retes, como un reconocimiento por sus 50 años de trabajo artístico en Chile, ocasión en la que se presentó un extenso programa que incluyó una comedia de Rogel 465. Tras una fecunda existencia que alcanzó a plasmar en parte en su libro “Acotaciones, morcillas y camelos: anécdotas teatrales”, donde repasa la aventura en las temporadas con las revistas y otras jornadas, Rogel Retes falleció en 1965. Eugenio le siguió mucho tiempo después, en 1987, al año siguiente del doloroso final del “Ópera”, escenario de tantas presentaciones memorables relacionadas con ambos hermanos. Cumplimos entonces, junto con rescatar parte de la hazaña de estos talentosos y prolíficos hermanos en su relación con el Barrio Mapocho, con el deber de exponer un fragmento del valor de su legado sobre las historia de las artes escénicas chilenas que, nos parece, han sido mezquinas en expresarles merecida gratitud.

463 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 252, octubre de 1954, Santiago, Chile, sección “Candilejas Santiaguinas”. 464 Testimonio de la propia actriz Patty Cofré entrevistada en la edición del programa del canal Mega “Morandé con Compañía” del jueves 28 de octubre de 2010. 465 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 251, septiembre de 1954, Santiago, Chile, sección “Candilejas Santiaguinas”.

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A la izquierda, Rogel Retes en fotografía de 1948 de la revista “En Viaje”, misma para la que antes había sido redactor teatral, cuentista, y alguna vez también corresponsal. A la derecha, Eugenio Retes retratado hacia 1955 por el gran fotógrafo de las candilejas chilenas Alfredo Molina La Hitte, en imagen publicada por el portal Memoria Chilena.

Escena de “Verdejo gasta un millón”, de 1941, con Eugenio Retes en el papel principal que encarnó también en el “Balmaceda”. En la misma imagen aparecen Conchita Buxón, Rogel Retes y Alejandro Lira. Imagen tomada de “Medio siglo de Zig-Zag: 1905-1955”.

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José Aravena, más conocido como “El Padrino”, en ilustración digital en base a fotografía publicada en la prensa.

El honor y el estigma de ser llamado “El Padrino”
Murió el “Negro” Tobar. Murió el “Cóndor” Venturino… Murieron los Retes, Harold, Cariola, Romo.... Todos. Se acabó la generación fundadora de la bohemia chilena y con ellos se fue la mejor época de las revistas y las presentaciones inolvidables que pusieron a Chile en el circuito de giras de las más importantes estrellas del espectáculo internacional. La historia se ha repetido infinidad de veces, en un ciclo continuo de retorno y recurrencia. Como se sabe, el antiguo “Teatro Caupolicán” de calle San Diego 850 vivió un período de ocaso en los años ochentas, pasando a ser el “Monumental” al

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ser adquirido por el club deportivo Colo Colo. Sin embargo, tras la crisis institucional que obligó a la sociedad a desprenderse de este histórico edificio, reapareció en la escena un antiguo amigo de don Enrique Venturino: el empresario del espectáculo nocturno José Filimón Aravena Rojas, quien lo compró el año 2004 como un homenaje al fallecido, salvándolo de la eventual demolición y reponiéndole el nombre que tenía en 1939, cuando el “Cóndor” se hizo cargo de él. Aravena conocía bien el barrio San Diego, además: en su época de brillos más destellantes (los suyos y los de San Diego) había hecho instalar varios centros de recreación cercanos al teatro, como la cantina “La Milonga”, la fuente de soda “El Mundo”, el bar “La Pérgola”, y los restaurantes “El Sol” y “El Lucifer”. El “rescate” de la sala de San Diego le costó al veterano Aravena $185 millones466, consumando con ello su última gran adquisición, ya que la sombra de la muerte lo venía acechando desde hacía tiempo, alcanzándole al fin poco tiempo después de su oneroso homenaje a la memoria de Venturino. Los tributos que Aravena le rindió a la recreación chilena fueron muchos más que este último que hemos descrito, cuando arrojó el salvavidas al “Caupolicán”. Pero el estigma y el escarnio público seguramente preferirán seguir dándole vueltas a los episodios más oscuros de su existencia, desde ese falso sentido puritano tan propio de cuáquero moralista que yace enquistado en cierta parte de nuestro carácter nacional. Escaso favor le hace a Aravena, además, el ser recordado con el nada esplendoroso apodo de “El Padrino”, en alusión al famoso capo mafioso de la novela de Mario Puzo, título que, según sabemos, habría sido popularizado en forma jocosa el periodista Rodolfo Gambetti hacia los setentas, pero que por alguna razón el empresario aceptó casi con orgullo, haciéndolo suyo y perpetuando con ello alguna fracción de su anatema. Pocos saben, sin embargo, el vínculo íntimo y estrecho que Aravena tuvo con la vida en las riberas del Barrio Mapocho. Se le prefiere recordar por sus famosos y más controvertidos centros de recreación, desde los años sesenta en adelante, como el “Passapoga”, el “Night & Day”, el “Mon Bijou” de la Plaza de Armas, “Le Telephone” de calle Moneda, el desaparecido “Place Pigalle” en los subterráneos de Ahumada y tantos otros lugares merecedores de un libro y legendario propio. Antes de amasar su fortuna con esta clase de boliches, sin embargo, Aravena había sido un muchacho pobre oriundo de Cauquenes, nacido en una humilde familia de campesinos467. En Santiago se hizo cargador de La Vega y vendedor de quesos
466 Diario “El Mercurio” del jueves 9 de septiembre de 2004, Santiago, Chile, artículo “El Padrino Aravena revive el legendario Teatro Caupolicán”. 467 Diario “La Nación” del miércoles 23 de enero de 2008, Santiago, Chile, artículo “El abrazo de El Padrino”.

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siendo aún muy joven, cerca de los 18. Pocos años antes, se había embarcado en la aventura de venir a la capital con dos de sus amigos adolescentes e intentar ganarse la vida, inicialmente vendiendo en el mercado 20 pavos de corral que trajeron desde el Sur, aunque siendo objeto de alguna estafa468. Los inicios del empresario estuvieron ligados, entonces, al microcosmos del Mapocho, ambiente en que debió imponerse campeando con un carácter fuerte y decidido que compensara su bajo tamaño y su aspecto de gordito simpático que no siempre pudo haberle sido favorable en tan bravo ambiente. Todavía unido al barrio santiaguino en las riberas de río Mapocho, al tiempo después de trabajar en La Vega tomó un empleo por allí cerca, en un restaurante de Loreto con Bellavista y propiedad de unos comerciantes alemanes, donde el futuro “Padrino” ejerció como ayudante de garzón. Sería éste, acaso, su primer paso hacia el mundo de la oferta de entretención al público, que no tardó en abordar con un proyecto de emprendimiento propio en el que debutó como empresario, al instalar en el barrio obrero del sector Franklin, con sus ahorros, un local de expendios donde la comida de los parroquianos era gratuita, pero en el que se pagaban sólo las cantidades de vino que consumían los mismos y al que Aravena le aplicaba una cuota de agua, con la excusa de que “no se fueran con tanta pérdida del equilibrio”469, aunque la verdad es que esa malvada práctica contraria a toda moralina vinícola y escandalizadora de borrachines, era común en aquellos años para hacer cundir el producto, antes de que el pueblo chileno refinara su cultura con relación a nuestro producto estrella y carta de presentación en los mercados internacionales. Al crecer su caudal, Aravena instaló otro negocio pero siempre buscando lugares populares donde colocarlos, y esta vez eligió la esquina de la avenida 10 de Julio y San Francisco con el local conocido como “El Milonga”, sitio que atendía las 24 horas del día470 allí cerca de donde estuvo un famoso prostíbulo conocido como La Casa de las Siete Puertas y del pintoresco pero polémico vecindario alguna vez conocido como Los Callejones, que fuera todo un símbolo de la actividad sexual remunerada en el clásico Santiago.
468 “Diario de sesiones del Senado – Publicación oficial”. Legislatura 356ª, Sesión 16ª, miércoles 30 de abril de 2008, Valparaíso, Chile, “Homenaje en memoria del empresario artístico José Aravena Rojas”, H. Senador Nelson Ávila. 469 “Diario de sesiones del Senado – Publicación oficial”. Legislatura 356ª, Sesión 16ª, miércoles 30 de abril de 2008, Valparaíso, Chile, “Homenaje en memoria del empresario artístico José Aravena Rojas”, H. Senador Nelson Ávila. 470 “Diario de sesiones del Senado – Publicación oficial”. Legislatura 356ª, Sesión 16ª, miércoles 30 de abril de 2008, Valparaíso, Chile, “Homenaje en memoria del empresario artístico José Aravena Rojas”, H. Senador Nelson Ávila.

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El regreso de José Aravena al Barrio de Mapocho se produce tras la experiencia de “El Milonga”, cuando intenta participar de la sociedad del “Zeppelin”, cabaret del que tanto hemos hablado ya. Sin embargo, la aventura del empresario aquí no prosperó ni dejó rumbos definidos en su vida; por el contrario, parece ser que le significó una mala experiencia, no obstante que nunca llegó a ser impedimento para regresar después a las proximidades de este mismo barrio, a establecer aquél que sería el más famoso de sus negocios, como veremos. Hacia el año 1966, además, inauguró el “Tabaris”, cabaret que intentó ser glamoroso y elegante en el Barrio Chino de Mapocho, en el ex local de “Las Torpederas”. Hasta entonces, Aravena era apodado aún como “El Chico Pepe” entre sus innumerables amigos, y había comenzado a hacerse un nombre importante en el ambiente. Parece que todavía faltaba para que fuera llamado “El Padrino”. No todo fue para él un vergel de buenos frutos en Mapocho: si tras el golpe de 1973 no tuvo problemas por sus tendencias o credos, sí sintió las dificultades de las restricciones sobre la vida nocturna, y unos años después fue detenido en el Anexo Capuchinos de calle San Pablo por sus roces con la justicia, ocasión en que muchos de sus amigos comenzaron a darle la espalda, pero en la que otros sí se mantuvieron leales, como el periodista y bohemio Alberto “Gato” Gamboa, pese a sus diferencias políticas471. Así, el mismo barrio que conoció sus esforzados inicios y su consagración, también supo de sus desgracias. En este mal paso conoció también al futuro Diputado Alejandro Hales, que por entonces estaba detenido allí por las consabidas cuestiones de aquellos años, como recordaría tiempo después: “De los cinco lugares donde me tuvieron preso e incomunicado en la dictadura, en un momento pasé por Capuchinos y ahí conocí a José Aravena. Cuando llegué, saliendo de la tortura y la incomunicación, él me recibió, sin conocerme (…); llegué muerto de hambre. Él se estaba comiendo un plato de leche nevada y me lo dio. Eso para mí era oro. Cuando salí, me reuní con él para agradecerle infinitamente su gesto”472. A sus incursiones en el mundo del espectáculo y de los shows nocturnos que marcaron su estilo, se sumaba la experiencia de haber viajado a París a mediados del siglo, donde se regó de la cultura bohemia francesa trayendo a Chile parte de las costumbres que allá se practicaban, como la de colocar una botella de licor en la mesa de sus clientes. Si bien en Francia el protocolo era hacerlo con champagne, Aravena lo “chilenizó” con una botella de pisco y cuatro vasos con bebida cola (la
471 Diario “La Nación” del miércoles 23 de enero de 2008, Santiago, Chile, artículo “El abrazo de El Padrino”. 472 Diario “La Segunda” del viernes 1º de febrero de 2008, Santiago, Chile, artículo “Con ustedes… José Ignacio Aravena, el nuevo ‘$eñor de la noche’.”

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clásica “piscola”) en su siguiente local para adultos llamado “La Sirena”, con lo que se gestó la famosa figura de la “linterna con cuatro pilas”473 que, con el tiempo, vino a sustituir en todas las casitas de huifa modernas a la tradicional “ponchera” que provenía de los viejos lupanares santiaguinos. “La Sirena” fue, además, otro lugar de gestación de la Nueva Ola chilena, con artistas que realizaban sus dobletes en vivo intercambiando con jornadas de bailables, tangos, tropicales y espectáculos de todo tipo, andanzas también perecidas durante las noches de toque de queda en los años de severidad militar. Devenido en productor artístico y empresario de varias áreas, organizó la presentación de muchos artistas de renombre internacional en Chile, como Libertad Lamarque, “Los Charchaleros”, Raffaella Carrá, Raphael y Celia Cruz, por mencionar algunos. También fundó otros locales de rubros tan distintos como el sauna “Baños de Miraflores” y los abarrotes populares de la “Despensa del Pueblo”. A pesar del cierre de “La Sirena”, en 1978 el empresario dio curso a su sueño de construir un local especial y único en Chile, que marcó su exitoso regreso al anfiteatro de la vida en las riberas: el “Teatro Casino Las Vegas”. El nombre del local reflejaba la identidad que quiso imprimirle: como el de un salón propio de la Ciudad del Juego, con casino, sala de baile, auditorio para presentaciones, orquestas en vivo, etc. Una maravilla impensada en esos años, salvo en el poder creativo de Aravena. Era, además, la época en que hacía furor la música disco popularizada por los “Bee-Gees” y la banda sonora del filme “Fiebre de sábado por la noche”, con la novedad de los pasos de baile del personaje Tony Manero, encarnado por John Travolta. Con buen ojo y mejor olfato, Aravena se propuso consagrar parte de su proyecto del “Casino Las Vegas” a la función de las discotecas de baile, al estilo moderno que les conocemos ahora, pero que en aquellos años no había en Chile. Cabe advertir que fue con esa misma filosofía contextualizada en el tiempo que fundó, en mayo de 1979, la disco “Hollywood” en la avenida Irarrázaval por el 2900. Con medio millón de dólares de inversión llegó a ser la discotheque más moderna y lujosa de América Latina, con cinco pistas lamentablemente destruidas después por un aparente atentado incendiario, aunque una investigación también consideró la posible responsabilidad de los administradores del local474.
473 “Diario de sesiones del Senado – Publicación oficial”. Legislatura 356ª, Sesión 16ª, miércoles 30 de abril de 2008, Valparaíso, Chile, “Homenaje en memoria del empresario artístico José Aravena Rojas”, H. Senador Nelson Ávila. 474 Revista “El Sábado” del diario “El Mercurio” del sábado 20 de enero de 2007, Santiago, Chile, artículo “Cómo fue la onda disco en Chile”.

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El flamante “Casino Las Vegas”, con su auditorio y un edificio de siete pisos de entretención ahí en la esquina de calle Rosas con San Martín, junto a la margen poniente del Barrio Mapocho, fue inaugurado el 14 de abril de 1978 con una increíble fiesta. Esto representó para Aravena su consolidación total. El apodo de “El Padrino”, que hasta entonces sonaba tímidamente en los medios de prensa, comenzó a volverse cada vez más suyo. Revelando su lado filantrópico, además, el 8 de diciembre de ese mismo año dispuso el teatro de su casino para la realización de la Teletón, evento de beneficencia que encontró casa estable en este sitio desde ahí en adelante. También estrenó en él la presentación de varios de los artistas internacionales que estuvo trayendo como productor, y montó en la sala famosos espectáculos musicales al estilo Broadway como “El Diluvio que Viene”, “Amor sin Barreras”, “El Violinista en el Tejado” y “El Hombre de la Mancha”, entre otros475. Sergio Vodanovic animó desde este escenario los destapados programas de televisión “Sabor Latino”, y Raúl Matas condujo allí también su clásico “Vamos a ver”, donde recibió visitas de la talla de Chuck Berry, la cantante Grace Jones con su famosa ingesta de plantas de la decoración del estudio, y el fornido actor Lou Ferrigno en los años en que encarnaba al famoso monstruo verde Hulk, de la serie televisiva “El hombre increíble”. También pasaron por allí los “Village People”, Gloria Gaynor y el grupo “Bonnie M”, por mencionar sólo a algunos. Pero “El Padrino”, al poco tiempo, debió ver con desesperante frustración cómo se venía abajo su adorada fantasía. Si bien el “Casino Las Vegas” logró sortear con astucia y éxito las dificultades generadas por las restricciones nocturnas, se dijo que la crisis económica de 1982 dio un golpe formidable al negocio que, sólo hasta su año anterior, había tenido una de sus mejores y más prósperas temporadas. El resultado fue terrible: el complejo fue cerrado y se lo puso velozmente en remate. Cuenta la leyenda que Aravena era, a la sazón, tan temido y respetado en su calidad de “Padrino” del espectáculo nacional, que por eso nadie se atrevió a asistir al primer llamado de remate para el ex edificio de sus sueños. Al final, de todos modos fue comprado en 1986 por la Sociedad Pro-Ayuda al Niño Lisiado, que se desprendió del edificio adyacente y conservando sólo la sala que rebautizó como el “Teatro Teletón”, nombre que mantiene hasta nuestros días. La pérdida del “Casino Las Vegas” y su mencionado paso por la cárcel acusado de evasión de impuestos, relegaron a Aravena a la oscuridad, atrapándolo en su leyenda negra de vínculos con negocios de poca reputación y convirtiéndolo en el muñeco vudú de muchos de los que aborrecían el ambiente pecaminoso y licencioso que imperaba en esta clase de centros de recreación, desde los años en
475 “Diario de sesiones del Senado – Publicación oficial”. Legislatura 356ª, Sesión 16ª, miércoles 30 de abril de 2008, Valparaíso, Chile, “Homenaje en memoria del empresario artístico José Aravena Rojas”, H. Senador Nelson Ávila.

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que nació la bohemia santiaguina misma, como hemos podido verlo a lo largo de este libro. El empresario se refugió en negocios menores como el “Mon Bijou”, allí en el ex local del desaparecido “Patio Andaluz” de calle Estado casi en la esquina de Monjitas, en los subterráneos de la Galería Bulnes. Posteriormente, creó el famoso “Passapoga” de Providencia, quizás el local que más satisfacciones le dio hacia la etapa final de su vida, aun cuando sus críticos no cejaron en seguir demonizándolo por el ambiente de aguas negras en que siempre se movieron –por antonomasia- los negocios del espectáculo y la vida nocturna. No diríamos que Aravena fue un ángel de blancas túnicas y alas de plumas impecables, pues el intento sería hacer casi una sátira suya. Ciertamente, habrá tenido más de un paso reprochado en un ambiente de trabajo que, como hemos visto, desde sus arranques ha ido de la mano de otras actividades poco relucientes, incluso del tráfico de droga y la prostitución. Sin embargo, el propio empresario solía decir que cargaba con las culpas y el ludibrio de todo un gremio, de toda una tradición nocturna en Chile, sólo por ser “El Padrino” y el más famoso y envidiado pez gordo sobreviviente de este estanque. No exageraba: sabemos de buenas fuentes que, en otra curiosa paradoja que pone al descubierto el triste doble estándar que a estas alturas ya parece metastásico en nuestra cultura nacional, muchos de los periodistas, comentaristas y hasta políticos que festinaron con su mala fama enrostrándosela cada vez que pudieron al “Padrino”, eran asiduos visitantes de varios de los mismos locales de recreación VIP que pertenecieron a las inversiones de Aravena. Así pues, pocos le agradecieron haber rescatado de la demolición al “Caupolicán” y de haberlo restaurado cuando ya parecía que el tiempo se encargaría de hacer su parte en la destrucción del histórico lugar. Por el contrario, algunos necios escasos en cultura pero talentosos en imaginación malsana, hicieron correr nuevos rumores malignos alrededor de la adquisición del teatro, incapaces de aceptar que ya no pertenecía al club deportivo de sus amores, mismo que no había sido capaz de conservarlo ni darle la debida mantención en los años en que el teatro fue suyo. Probablemente, también influyó en ello el infaltable veneno de la intolerancia política y las leyendas con esos aromas que orbitaban alrededor de Aravena. Todos los rumores sobre su maldad vernácula, sobre su arrogancia altanera, sobre su dudoso rol de padre de familia y sobre el supuesto trato vejatorio que daba a sus trabajadores, se vinieron abajo precisamente en los días en que se reinauguraba el “Teatro Caupolicán” y la ciudad recuperaba este sitio de incomparable valor. Aravena, ya viéndose sobrepasado por las dolencias que lo llevarían a la muerte, concita la atención de todos quienes fueron los suyos: es visitado en su lecho de convaleciente por su numerosa familia, sus amigos, sus ex empleados, sus leales. Detrás del empresario siniestro, detrás de título desafortunado de “El Padrino”, había un hombre muy querido y respetado, con sus blancos y negros.

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En enero de 2005 comienza a decaer, siendo hospitalizado de urgencia en la Clínica Alemana por una severa neumopatía476. Su salud quedó comprometida con altos y bajos desde entonces, al parecer agravada por otros males. Nunca pareció recuperarse del todo. A mediados de enero de 2008, contando ya los 84 años de vida y tantos de ellos consagrados a sus actividades empresariales de la entretención nocturna, su corazón finalmente le falló. Su última pasada por el barrio de noches bohemias en la ribera del Mapocho, allí donde forjó parte de su historia, la hizo a la cabeza del cortejo que llevó sus restos desde la Iglesia San Francisco de Sales al descanso final en el Cementerio General de Recoleta. El descuido con su huella es muy visible aún. En una extraña adulación para el orgullo del importador de la Teletón en Chile, el entonces alcalde de Santiago don Joaquín Lavín había rebautizado, en 2002, el tramo de calle Rosas entre San Martín y Manuel Rodríguez junto al “Teatro Teletón”, como Mario Kreutzberger, dejando una anomalía evidente pues Rosas recupera su nombre al otro lado de la autopista. José Aravena, en cambio, recibió al morir un sencillo homenaje en su Cauquenes natal pero con la también desacertada decisión de rebautizar con su nombre, en impugnadas circunstancias, una calle que ya estaba dedicada al General Bulnes. Como era de esperar, los vecinos reclamaron exasperadamente y lo último que hemos sabido al respecto, es que la Municipalidad ya estudia quitarle su título a petición de los votantes, para devolverlo al anterior477. “El Padrino”, así, quizás tendrá que seguir lidiando con enemigos decididos y atentos a no dejarlo en paz ni muerto.

El crepúsculo de un hombre aparte
Hubo otros empresarios vinculados alguna vez al Barrio Mapocho, que no tuvieron la dicha de llegar a la estación del invierno en la vida con la comodidad de saborear los frutos suculentos de una productiva existencia. Así es como el descrito ejemplo de “El Padrino”, tiene un dramático contrario u opuesto, que la historia ha resuelto en tiempos que todavía resultan algo recientes: el caso de Ricardo Liaño Gil, alguna vez conocido como el Rey Midas del boxeo chileno. El gordo empresario de origen español nacido en Cuba, alguna vez promotor de las peleas de Martín Vargas, fue productor de los inolvidables encuentros boxísticos del “Teatro Caupolicán” y del “Estadio Chile”, recordado por toda aquella generación de espectadores de los combates transmitidos en vivo con las voces
476 Diario “La Cuarta” del viernes 21 de enero de 2005, Santiago, Chile, artículo “¡Fuerza Padrino!”. 477 Diario digital “El Cauquenino” del viernes 11 de diciembre de 2009, Cauquenes, Chile, artículo “Vecinos de la calle José Aravena quieren que dicha arteria vuelva a denominarse Bulnes”.

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inconfundibles de locutores y periodistas como Renato González, Sergio Silva, Julio Martínez y Pedro Pavlovic, entre otros próceres del micrófono. Benedicto Villablanca fue uno de los descubrimientos de Liaño, que yendo de su mano pero golpeando con las suyas propias, alcanzara el título de campeón mundial junior en junio de 1982, aunque le fuera quitado a los pocos días en controvertidas circunstancias, por un supuesto cabezazo contra su contendor portorriqueño Sammy Serrano, en aquel histórico asalto. Liaño fue, de hecho, quien había ayudado a levantar todo el boxeo chileno, como lo reconocían los propios miembros del medio deportivo. Todo orbitaba alrededor suyo. Además, si no hubiese ayudado a Martín Vargas a evadir la obligación de cumplir con el servicio militar hacia 1975, valiéndose de sus contactos con el General Oscar Bonilla poco antes de su trágico fallecimiento, el campeón nacional habría retrasado su exitosa entrada al pugilismo profesional, que tuvo su edad de oro en la primera mitad de los ochentas, precisamente los que fueran tan suyos: “Todo lo que se hacía era por Liaño –reconocería años después Villablanca-. Cuando él llegó se levantó el boxeo; se fueron esas figuras y ahora el boxeo está terminado"478. Su apogeo como empresario en Chile comenzó por esos últimos años de don Enrique Venturino al mando del coliseo de San Diego y cuando Luis Contreras, alias “El Burro”, gritaba sus improvisadas y divertidas pesadeces desde el público, durante estos asaltos que se transmitían en vivo por la televisión abierta. Incluso el propio Liaño fue objeto de burla del irreverente “Burro”, como una vez en que éste se mofó de su corpulencia gritándole desde la galería: “¡Oye, Liaño! ¿Venís de la marcha del hambre?”. Y en otra de las varias oportunidades en que don Ricardo apareció lleno de sus medallas y condecoraciones, otorgadas principalmente por el Consejo Mundial de Boxeo y de las que siempre hacía ostentación, el indetenible tallero oficial de la galería le gritó: “Liaño, ¿venís de incógnito?”. A pesar de todo, el español fue amigo del “Burro” y hasta le pagó una pequeña suma de dinero, de 5 mil pesos semanales, para facilitarle su asistencia y alegrar el ambiente, ya que el comediante innato era un hombre muy pobre479. Había muchos otros personajes curiosos en el boxeo chileno, tanto dentro del cuadrilátero como afuera, pero no hay duda que Liaño iba con la guaripola de este ambiente excéntrico y muchas veces irreverente, con sus extravagancias, sus formas ostentosas de vestir con corbata humita, esos amplios ternos con detalles
478 Diario “La Cuarta” del domingo 15 de febrero de 2004, Santiago, Chile, artículo “Las mil y una aventuras de Ricardo Liaño”. 479 “Chilenos de raza”, Francisco Mouat. El Mercurio / Aguilar, Santiago, Chile – 2004 (pág. 42)

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brillantes y cintos dándole una larga vuelta a su prominente barriga, casi como una mala emulación de un conde llegando al palacio. Y por supuesto, lo caracterizaba su insoportable carácter, dominado por un mal genio abominable que en más de una ocasión lo enemistó con otros y lo puso en problemas, como recordaría el ex boxeador Benito Badilla sobre un incidente en un hotel extranjero en el que se encontraba con él: resulta que Liaño se puso a reclamar en forma grosera y deslenguada contra una mucama porque no le habían ordenado su habitación, pero creyendo que ésta no entendería el castellano. Para su desgracia, la empleada era venezolana y comprendió todo, provocando tanta vergüenza al gordo que no hallaba dónde enterrar la cabeza después480. Las anécdotas con él eran cosa de cada día. Quizás por eso siempre estaba rodeado de un séquito de gente que parecía acompañarlo a todas partes, como una corte, hasta la subida o la bajada de su vehículo o su avión, o incluso arriba. Otro exitoso ex pugilista nacional, Miguel “Foreman” Cea, recordaba por su parte que estando con Liaño en un aeropuerto caribeño esperando un vuelo y ya sin más dinero en los bolsillos, notaron que había una estatuilla de Cristo en el lugar a la que los paseantes dejaban mucho dinero en moneda y billetes como ofrendas. Adivinando sus tentaciones, Liaño le comentó con picardía: Anda, coño, sácale no más, que Él lo va a entender481.

Pero pasaron los ochentas; pereció el pugilismo nacional y luego sería Liaño el que cayó en desgracia y olvido, al desinflarse los tiempos de grandes laureles para la competencia boxística. Ya no había ninguna cortecilla de aduladores siguiéndolo por combates y fiestas, y disfrutando a sus expensas. Prácticamente, todos prefirieron olvidarlo. Debió mudarse a pobres departamentos situados en el ex Barrio Chino de Mapocho, donde buscó escondite para sus vergüenzas y ventana a sus autoengaños. Tras salir de Chile y volver en 1985, su vida había sido sólo un vaivén descendente, como el de una pluma cayendo al abismo sin fondo. Empero, íntimamente Liaño estaba atrapado en su pasado: en la impresión de seguir siendo el mismo audaz ex deportista que antes había intentado cruzar a nado el estrecho de Gibraltar, que se había codeado con artistas internacionales, que facturaba un millón de dólares, que tenía disponible avión propio, que había recorrido más de tres cuartos del mundo y que en los cuarentas descubrió también a la célebre bailarina y mayor amada suya, Olivia Martínez, más conocida como La Greca. Y ahora, cuando se aproximaba el cambio de milenio, residía en un
480 Diario “La Cuarta” del domingo 15 de febrero de 2004, Santiago, Chile, artículo “Las mil y una aventuras de Ricardo Liaño”. 481 Diario “La Cuarta” del domingo 15 de febrero de 2004, Santiago, Chile, artículo “Las mil y una aventuras de Ricardo Liaño”.

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miserable cuartucho sobre la pecaminosa recova de cafés topless de calle Bandera llegando a San Pablo, una de las dos Galerías de la Muerte ya revisadas aquí, completamente solo y sin visitas de sus familiares. Por esas escaleras estrechas subía y bajaba diariamente su enorme peso físico y sus dolores más íntimos. No sabemos realmente cuál de los dos martirios le causó más sufrimiento. Vivía rodeado apenas de su cama, su teléfono-fax y de los innumerables números de canales de TV, productoras, clubes deportivos y radios que tenía anotados en papeles a grandes caracteres para poder verlos en la progresiva ceguera que ya le afectaba, varios pegados por muros y muebles o dentro de carpetas roñosas; teléfonos a los que llamaba insistentemente intentando materializar su sueño fantástico de un mundial deportivo infantil y juvenil anti-drogas, con el que esperaba ilusamente salir de la paupérrima oscuridad. Con un carácter irascible y soberbio, se negó siempre a aceptar que ya había caído al fondo del saco de la vida. Montó en cólera cuando los jóvenes documentalistas Bettina Perut e Iván Osnovikof hicieron un registro de su tragedia, titulado por su propia sugerencia “Un hombre aparte”, pues quedó expuesto como lo que era en realidad: un ser sobrepasado y derrotado. Molesto e incapaz de aceptar la afrenta, no perdió un día de los que le quedaron para reclamar que había sido engañado y ridiculizado con alevosía malévola en dicho trabajo fílmico, insistiendo en su ensoñación falaz de ser un eterno triunfador482. Prefería vivir, así, atrapado en delirios, en los brazos tersos de esas hermosas mujeres que había tenido antes; en los recuerdos de sus días de gloria, cuando era apodado el “Don King” de Chile. Al regresar brevemente Martín Vargas al cuadrilátero, de 1996 a 1997, éste se acercó a Liaño luego de varios años disgustados por cuestiones de dinero. Volvieron a asociarse y aparecen documentados en imágenes comiendo juntos en restaurantes del barrio, especulando sobre el buen futuro que creían tener. Pero, a pesar de la expectación que generó el retorno, la nueva experiencia de Liaño en la actividad empresarial sólo lo hundió más en la ruina, aunque redoblando sus ambiciones y egolatrías. Además, volvió a quedarle debiendo dinero a Vargas, pero ahora éste lo perdonó, pues diría risueño: “en el infierno se lo voy a cobrar”483. Atrapado en su ilusión de sacar adelante su utópico torneo mundial anti-drogas (y convencido de que hasta podían plagiarle tan buena idea), llegó a fantasear con construir una ciudadela deportiva ad-hoc para consumar su campaña, en la comuna de La Florida. La fábula incluía allí su propia mansión, con varias habitaciones.
482 Diario “La Tercera” del miércoles 12 de diciembre de 2001, Santiago, Chile, nota “El documental Un Hombre Aparte se exhibe a partir del jueves en Cine Hoyts La Reina sólo por una semana”. 483 Diario “La Cuarta” del domingo 15 de febrero de 2004, Santiago, Chile, artículo “Las mil y una aventuras de Ricardo Liaño”.

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Incluso se reunió con autoridades edilicias para anunciarles su propósito. También llamó a una rueda de prensa para presentar su fantasía, con grandes esfuerzos y sacrificios, a la que no asistiría ninguno de los periodistas invitados. Realmente, fue una escena desgarradoramente triste la del mencionado documental, cuando aparece en aquella ocasión sentado, vestido tan elegante como le fue posible y con su bisoñé cuidadosamente puesto, rodeado de sus pocos amigos mientras devora nerviosamente las galletas y las papas fritas que se tenían para la conferencia nunca realizada, en una habitación con las sillas del público totalmente vacías484. Incapaz de fingir por más tiempo, uno de los participantes del documental le increpó diplomática pero duramente en el mismo, diciéndole con la severidad de un buen amigo e intentando hacerle abrir los ojos: “Tú quieres un guión de un triunfador, pero eso a nadie le interesa, no es viable... Esta es la historia de un perdedor, que triunfó pero que ahora está pobre, abandonado, lleno de proyectos quiméricos...”485. Empero, incapaz de aceptar su derrota, Liaño no acusó recibo y después se le metió en la cabeza organizar una campaña para reunir un millón de cunas para hogares pobres486. Ideas que, obviamente, nunca llegaron a puerto y que sólo provenían de la desesperación de una vida menesterosa y de las alucinaciones disparatadas de un ex millonario que había gastado ya su pedernal para encender los buenos negocios; esa misma chispa con la que, en su mejor momento, decidió traer a Chile a Julio Iglesias, pero que ahora sólo le provocaba ganas de molestar diariamente por el teléfono a productores y representantes de medios, ya cansados de sus fastidios. Nadie sabía de dónde obtenía dinero, en tanto, para ir a los restaurantes del Mercado Central o, muy especialmente, al pequeño local del “Calicanto” de General Mackenna casi llegando a la esquina de Gabriel de Avilés, por allá por fines de los noventas, con su colita de pelos canos, cargando a paso lento y doloroso su obesidad y su enorme hernia, para comerse una cazuelita con ají o un plato de pollo arvejado. Todo indicaba, sin embargo, que recibía una pequeña pensión desde Venezuela, donde había vivido y se había integrado a la Asociación Mundial de Boxeo, aunque otros suponían que este mínimo monto apenas le alcanzaba para cubrir el arriendo. De alguna manera, sin embargo, siempre llegaba al restaurante. Tenía una mesa favorita al fondo, y sus administradores recordaban
484 Documental “Un hombre aparte” de Bettina Perut e Iván Osnovikoff, Chile – 2002. 485 Diario “La Cuarta”, del domingo 15 de febrero de 2004, Santiago, Chile, artículo “Las mil y una aventuras de Ricardo Liaño”. 486 Diario “La Cuarta”, del domingo 15 de febrero de 2004, Santiago, Chile, artículo “Las mil y una aventuras de Ricardo Liaño”.

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que solía armar berrinches si encontraba en ella a alguien sentado cuando él visitaba el local a la hora de almuerzo, pues la exigía como si le estuviese reservada. Al parecer, se sentía cliente importante del mismo, a pesar de que en algunas ocasiones ni siquiera tuvo para pagar la atención. Como Pablo de Rokha, este gordo gritón se volvió otro insoportable de la historia del barrio: allí en esas mesas mapochinas, gozaba de fanfarronear -con su notorio y jamás renunciado acento hispano- sobre los contactos que supuestamente tenía en todos los estamentos imaginables y que, según él, le permitieron accesos que ningún civil gozaba durante el Régimen Militar o con las autoridades del Gobierno de España, entre otras flautas sobre credenciales de las que aún podía jactarse en la Madre Patria, según se lo dictaba la imaginación. Solía exhibir gastadas fotografías o recortes de diarios viejos donde aparecía con figuras internacionales cuando quería demostrar su ayer dorado, pero también su fábula del presente, convencido siempre de estar al borde de algo grande, de algo que volcaría para mejor su existencia y retribuiría tanta tenacidad y porfía. ¡Pero joder! ¡Coño, que es en serio, carajo! -gritaba repetida y estridentemente en cada conversación (o mejor dicho monólogo).

Fueron muchos los testigos de que sus bramidos se escuchaban desde afuera de los restaurantes donde anduviese. Nunca, desde los años en que este mismo sitio del “Calicanto” era ocupado por la casa del Corregidor Zañartu, se habían oído otra vez semejantes expresiones en españolísimo acento, haciendo saltar a los demás allí presentes como el tronar de una alarma o una descarga de pelotón. Qué extraña repetición histórica en el Barrio Mapocho, aquella también. Ricardo Liaño seguía siendo, a pesar de todo, un hombre entretenido y ameno, con toda una mochila de mundo a cuestas, suficiente para sacar de ella cuanto recuerdo nuevo quisiera de sus aventuras en Europa y Medio Oriente. Si eran ciertos o falsos, nadie lo sabrá ya… Y, sin embargo, necesitaba estar respaldando con esas imágenes amarillentas sus anécdotas, para poder conservar la credibilidad ante quienes inevitablemente, contrastaban sus historias cruzando el Atlántico con la misérrima realidad en la que se encontraba en esos días junto al Mapocho y que con tanta tozudez se negaba a asumir, engañado en sus propios efluvios de optimismo insano en medio de la dramática tragedia. Eso, por supuesto, hasta que se quedaba dormido en el mismo asiento que acababa de usar para almorzar y que ahora se convertía en su diván de siestas. La enorme obesidad corporal se encargaba de dejarlo sentado y quieto, como una pirámide incapaz de derrumbarse. Hasta sus últimos años, Ricardo Liaño le seguía rugiendo con rebeldía a la adversa realidad todas sus altanerías, también registradas en el documental que dejara testimonio de su única y auténtica situación:

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“Coño, fui millonario en dólares, tuve muchas mujeres -aunque sólo algunos amores, como la famosa bailarina hispana de los '40 La Greca-, conocí a muchos, a Picasso. Soy uno de los pocos que estuve siete veces en la casa de Dalí, estuve con Aznavour, Delon, traje a Julio Iglesias... Yo nací triunfador, triunfé en la vida y seguiré triunfando…”487. Desde que llegara a la ribera en la agonía de su existencia, Liaño nunca abandonó Mapocho. O mejor dicho, nunca pudo hacerlo; no en vida. Pasando sus últimos años, se había cambiado a otra habitación del mismo sector, casi al lado del restaurante “Calicanto”, en la comunidad residencial de General Mackenna 1038. Ahora, le tocaba subir su enormidad corporal hasta la pieza 5 del departamento J, hasta donde tan dificultosamente llegaba por escalas al segundo piso todos los días. Su habitación estaba en la esquina del edificio, justo sobre la entrada principal de la Estación Metro Puente Cal y Canto. Finalmente, fue allí que, poco después de operarse su hernia, lo pilló la calva en febrero de 2004. El gordo gruñón y excéntrico fue encontrado muerto, pero con aspecto de estar durmiendo otra de sus siestas. El hallazgo lo realizó una de sus vecinas, que solía llevarle bondadosamente leche y café hasta su cuarto tal como lo hacía en aquel momento: “Teníamos una especie de clave –informaba ella después a un medio de prensa-. Si tocaba más de dos veces era porque pasaba algo. Le golpee dos, tres, cuatro veces, y al entrar lo vi ahí, como durmiendo. Les dije a mis hijos que el tata no despertaba de su siesta para que no lo vieran así, muerto”488. Falleció en esa triste pobreza y abandono a sus 83 años, casi como en la peor pesadilla que a todo hombre atormentaría imaginar entre las posibilidades para el temido final de sus días. Además, murió atormentado por la lejanía de un pasado de gloria, dinero y poder que se creía tan tortuosamente capaz de recuperar por el sólo poder de la voluntad apasionada y del vehemente deseo. Ricardo Liaño fue sepultado en el Cementerio General. A su funeral, concluido en el Mausoleo del Club de Deportistas Juan Ramsay donde se le hizo un espacio, apenas asistió un puñado de familiares, amigos y colegas. Fue una despedida tristísima y deprimente.
487 Diario “La Cuarta” del domingo 15 de febrero de 2004, Santiago, Chile, artículo “Las mil y una aventuras de Ricardo Liaño”. 488 Diario “La Cuarta” del domingo 15 de febrero de 2004, Santiago, Chile, artículo “Las mil y una aventuras de Ricardo Liaño”.

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Izquierda: Ricardo Liaño en su solitaria y modesta habitación en General Mackenna, hacia sus últimos años, en ilustración digital a base de una de las imágenes del documental “Un hombre aparte”. Derecha: Mario Catalán Portilla, en otra ilustración digital hecha en base a una fotografía del cantante tomada a fines de los setentas y publicada por un medio de prensa.

Un canario de la cueca veguina
Muchos personajes pintorescos, mezclados entre las artes y el comercio, llegaron también atraídos por la intensidad del ambiente popular del barrio ribereño Norte, principalmente al mercado de La Vega, donde diariamente arribaban cuequeros y artistas populares que llenaron de música los bares, hoteles y salones de fiestas del sector, principalmente los del lado de Recoleta. Allí vivieron ellos sus propios períodos de oscurecimiento y ocaso, además. Dentro de esta camada de músicos folclóricos que frecuentaron las tarimas improvisadas entre puestos o ferias veguinas y pisaron las hojas de las lechugas como a la mejor alfombra de salón, estaban los inmortales Nano Núñez, Luis Perico Lizana, Rafael Rafucho Andrade, Lalo Mesías y el maestro González Marabolí, por nombrar a algunos de estos prodigiosos príncipes de la escena cuequera urbana de mediados del siglo XX, tanto en este barrio como en la Estación Central y Matadero. Otros inolvidables, como Domingo Silva, alias “Tío

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Parranda”, tocaban con guitarra sus cuecas también por el lado de Vivaceta, cerca del barrio de rotos en torno a la Parroquia del Buen Pastor489. Uno de los cantores de los mercados fue Mario Catalán Portilla, regalado al mundo en 1913490. Antofagastino de origen y santiaguino de adopción, llegó a ser todo un símbolo entre los veguinos, al convertirse en reconocido cuequero desde su oficio cantando ofertas de productos al público del mismo mercado. Tanto en La Vega como en viajes a provincias iba vendiendo sus canastas a la par de sus talentos musicales que lo consagraron en el exigente circuito del folclore más subterráneo de esos años491. Desde este empleo y siendo aún niño, había pasado a cantar todas las jornadas en el bar de una pensión del sector llamada “El As de Bastos”492, donde comenzaría a construir su rol distinguido en las artes de la chilenera, apoyado principalmente en percusión de dos platillos de té (tañedor) mientras cantaba en vivo, una característica que muchos le adjudican como especialmente suya. Su despegue es por los cuarentas, cuando sus feligreses le apodaban Cabro Mario, pseudónimo que conservara gran parte de su vida artística hasta que, ya de más adulto, es conocido como “El Rey de la Cueca”. En el libro de Samuel Claro basado en las enseñanzas de González Marabolí, se le recordaría con los siguientes grandes elogios: “Mario Catalán Portilla nació dotado por la Providencia con las más ricas condiciones vocales y el cual las puso todas al servicio del canto de su patria. Figura descollante del canto gritado, que pisó firme en la huella de Bartolo Ponce, de Carlos Bravo (El Paliza) y de Julio Cataneo, con su holgura económica y por su cuenta, se moviliza por las canchas de La Vega, de la Estación y el Matadero, o por el cerro Cordillera, el puerto y el barrio del Almendral, defendiendo y divulgando su religión, la verdad de su arte y lo que él entendía por cueca”493.
489 Revista “En Viaje” (Revista Mensual de FF.CC. del Estado – Chile) Nº 340 de febrero de 1962, Santiago, Chile, artículo “Ahora Vivaceta agrupa un barrio ágil y laborioso”. 490 “Historia social de la música popular en Chile. 1890-1950”, Juan Pablo González Rodríguez Claudio Rolle. Ed. Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile - 2005 (pág. 308). 491 “Cueca brava. La fiesta sin fin del roto chileno”, Daniel Muñoz - Pablo Padilla. Ril Ed., Santiago, Chile – 2008 (pág. 61). 492 Diario “Las Últimas Noticias”, del miércoles 5 de septiembre de 1979, Santiago, Chile, artículo “El Mario Catalán, el Rey de la cueca… Ya no es el mismo”. 493 “Chilena o cueca tradicional”, Samuel Claro Valdés. Ed. Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile - 1994 (pág. 161).

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Poseedor de una voz extraordinariamente potente, la más difundida canción donde pudo lucirla fue, sin duda, “Aló, aló”, quizás la primera cueca brava chilena en conquistar los medios de difusión de mediados del siglo XX. Catalán la tocaba con el gran Dúo Rey-Silva, otro de los hitos más importantes del folclore urbano chileno, fundado en 1935. Prestó su voz en este magnífico equipo en 1951, cuando Alberto Rey y Sergio Silva le llamaron para grabar con ellos bajo el sello de la RCA-Víctor494. Su letra en la jerga del castellano popular suena y resuena aún en los principales cancioneros nacionales, de esa cueca honesta y no maquillada con estilizaciones o arreglos para sofisticarla ante el gusto de las masas: Quéreme como te quiero, aló, aló Ámame como yo te amo, con quien hablo yo Ámame como yo te amo, con quien hablo yo Dame la vida que quiero, aló, aló Con verte me satisfago, con quien hablo yo Quéreme como te quiero, con quien hablo yo. Si es porque a ti te quiero Te hago cariño, aló, aló No creas que con otra Hago lo mismo, con quién hablo yo Si es porque a ti te quiero Te hago cariño, con quien hablo yo. Hago lo mismo, ay sí Si yo llorara, aló, aló Como se riera ella Si la rogara, con quien hablo yo. Ándate con quieras Cuando yo muera, aló, aló Otras conocidas canciones de este histórico trabajo, con hermosas cascadas de arpas a cargo de Rey y los guitarreos magistrales de Silva, fueron “Arremángate el vestido” y “Lárgueme la manga”. Con tales experiencias, además, Catalán quedó oficialmente reconocido como indiscutible profesional de la cueca urbana. Sin embargo, ya hemos visto que al ambiente siempre lo rondaron los vicios y los excesos. Catalán contrajo la temida cirrosis, como hemos dicho llamada “rosa de fuego” por la letra de una de las canciones que él mismo tocaba (“Malva Rosa”),
494 “Historia social de la música popular en Chile. 1890-1950”, Juan Pablo González Rodríguez Claudio Rolle. Ed. Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile - 2005 (pág. 308).

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producto de estas mismas noches interminables de fiesta y entretenciones chimberas en las que se había iniciado siendo un niño. Perdió su característico grosor corporal y comenzó a decaer en ánimo. En una entrevista para un diario de Santiago realizó la siguiente y terrible confesión, por esos días tristes: Chis, si yo a los diez años me curaba a parejitas que los borrachos en los bares... ¿Cómo no me iba a agarrar después la “Rosa de Fuego”?495

Un día, y luego de enterrar a muchos de sus amigos y colegas caídos por el mismo mal que ha embelesado al destino del alma chilena en tantos siglos, en una de esas idas al cementerio se encontró con un amigo de Estación Central llamado Lalo Castro, quien le invitó a salir de parranda otra vez. Catalán, sin embargo, andaba chantado y le respondió con sorna: ¡Güena oh, el que viene a renovar el permiso al camposanto soy vos!496.

Irónicamente, Lalo falleció a la semana siguiente. Esta casualidad hizo reflexionar al músico, quien había decidido detener los excesos con el alcohol. Sin embargo, abandonar esas aventuras etílicas y enfiestadas le fue marginando también de su merecido lugar en la escena, encerrándose en su refugio de Recoleta, otrora escenario de grandes bailes y celebraciones. Ello, sumado a la debacle del ambiente nocturno durante los años setentas, condenó al trovador de cuecas de La Vega a quedar reducido a las sombras. Aunque su situación no era tan vulnerable como de otros artistas del circuito, Catalán muchas veces trató de recuperar terreno con esporádicas presentaciones y nuevas piezas musicales, pero nada fue lo mismo. Entrevistado por corresponsales periodísticos en 1979, estos se asombraron al verlo mucho más delgado que en sus buenos años, y decaído al punto de costar sacarle una sonrisa para las fotografías497. Poco le quedaba ya al canario veguino que vivía, sin saberlo, los descuentos de una existencia. Así pasó sus últimos días Mario Catalán, abrigado en sus propias cenizas, pero también en su propio prestigio y respeto bien ganado entre sus pares y compañeros de camada artística. Al poco tiempo de la entrevista, falleció ante la desazón de la comunidad cuequera y veguina, en los últimos días de ese mismo año.
495 Diario “Las Últimas Noticias”, del miércoles 5 de septiembre de 1979, Santiago, Chile, artículo “El Mario Catalán, el Rey de la cueca… Ya no es el mismo”. 496 Diario “Las Últimas Noticias”, del miércoles 5 de septiembre de 1979, Santiago, Chile, artículo “El Mario Catalán, el Rey de la cueca… Ya no es el mismo”. 497 Diario “Las Últimas Noticias”, del miércoles 5 de septiembre de 1979, Santiago, Chile, artículo “El Mario Catalán, el Rey de la cueca… Ya no es el mismo”.

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A sus funerales asistieron cientos de personas, especialmente folcloristas urbanos de Santiago y de Valparaíso, que lo acompañaron en su despedida por las calles de La Chimba, mientras se entonaban sus más populares canciones como “Aló, aló”, misma que logró meter un ripio con característica que aún se repite en nuestras cuecas chilenas. Comenzaba así su leyenda post mortem e imperecedera. La tradición le despidió con esos versos, también reproducidos en el cancionero de González Marabolí: Y al poner un pie en la Vega sentí ganas de llorar corría de boca en boca la muerte de Catalán Gritos con melodía de tonos altos y al pregón de la calle lo volvió canto498 Otra cueca transcrita en el mismo compilado, nos da una proporción sobre las características míticas que había alcanzado el personaje entre sus innumerables e incondicionales admiradores: Mario Catalán Portilla gran señor de la chingana sacó el grito de la Chimba y la gracia soberana Donde Manuel Lamilla me gusta mucho porque llega el “Pollito” con el “Rafucho”499 Su partida marcó, en parte, la despedida de su propia generación de cuecas urbanas desde el popular mercado de La Vega y los muchos recovecos de chilenidad en el borde septentrional del río Mapocho, que hemos ido describiendo a lo largo de esta investigación. No obstante, ha sido una feliz decisión del destino el que este legado de Mario Catalán y de todos los demás canarios veguinos que hicieron el pacto de

498 “Chilena o cueca tradicional”, Samuel Claro Valdés. Ed. Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile - 1994 (pág. 211). 499 “Chilena o cueca tradicional”, Samuel Claro Valdés. Ed. Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile - 1994 (pág. 213).

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honor con el folclore urbano, haya sido redescubierto y recuperado por nuevas proles de cultores y estudiosos de la cueca chilena, con plena vigencia en sus circuitos de nuestros días. Este canario de La Vega, de alguna manera entonces, seguirá cantando por siempre con su propia voz y con la de sus discípulos.

Roberto Parra tocando frente a la estación, con el ex “Hotel Bristol” de fondo en la foto, durante un rodaje del documental "Prontuario de Roberto Parra". En cámara está Marco Jiménez y Hermann Mondaca realizando la entrevista, a quien le agradezco la generosa información proporcionada sobre la imagen, publicada con su autorización.

Dos pasadas del Tío Roberto junto al río
Otro folclorista que se sintió atraído por los olores penetrantes de la Vega Central y los pitazos estridentes de la Estación Mapocho, haciendo suyo el barrio de la vida en las riberas, fue el gran músico popular Roberto Parra Sandoval, alias el Tío Roberto, cuyo nombre quedaría grabado en el bronce de la memoria cultural principalmente por su obra “La Negra Ester”, dedicada a la prostituta que lo prendió de amores en ese ambiente sangrón y choro del puerto de San Antonio, acaso más bravo aún que la peor época de nuestro querido Mapocho.

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Nacido en 1921, santiaguino nativo pero viajero incontenible por varias otras ciudades que hizo suyas, como Valparaíso, la presencia del Tío Roberto en las riberas del río Mapocho tiene dos etapas, sin embargo… O dos pasadas, más bien dicho. La primera de ellas es en vida. Comienza en la infancia, cuando entre esos establecimientos antiguos de la bohemia del Barrio Chino y del sector Yungay, un grupo de jóvenes hermanos comienzan a cantar rancheras, tonadas y corridos por los boliches, a la espera de recibir algunas monedas de premio. Sus nombres se escriben hoy notas de perlas sobre pentagramas de cuerdas doradas: Violeta, Hilda, Eduardo y él, Roberto Parra, poderosos iconos del folclore chileno y la música popular. Desde entonces, Roberto jamás perdió la ligazón con los vecindarios riberanos, que le fueron tan propios como los lupanares y barrios bajos de los puertos. El vino y el puteo (y parece que ambos en excesos) fueron la pista de desplazamiento de sus correrías inolvidables, que lo convirtieran en un personaje casi legendario, donde el mito y la realidad de su persona se enredan, se pegan y se amalgaman como las páginas de un periódico mojado. Sus canciones suenan todavía en vivo durante los años setentas, por entre los puestos de La Vega, el Mercado Central y los centros bohemios que intentan sobrevivir a ambos lados del río en épocas de apagones, de toques de queda y de crisis económica. De esta experiencia había nacido su cueca chora “Cantando en la Vega Chica”, donde asume con orgullo sus jornadas poniéndole música al mercado: Cantando en la Vega Chica yo me gano los porotos, y siendo Roberto Parra para qué tanto alboroto500 El Tío Roberto se paseaba allí con su guitarra y su característico sombrero, como de “guapo” citadino, mientras buscaba ganarse unos pesitos para la caña y el puchero. Pero, al mismo tiempo, escribía su magno trabajo titulado “Décimas de la Negra Ester”, que publicará en 1980 y que después será convertida en la exitosa obra teatral. Cantó algún tiempo con su esposa Catalina Rojas (hermana del cantor, poeta y guaripola guachaca Dióscoro Rojas) y otras veces con el notable y octogenario músico y payador veguino Lázaro Salgado, del que era un gran admirador y que falleció en 1987. En tanto, vivía con su familia y su hermano Lalo Parra por San
500 “Roberto Parra”, serie “Artistas Chilenos”. Ocho Libros Editores - Ed. La Brocha, Santiago, Chile – 1996 (pág. 15).

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Pablo abajo, aunque su mujer y sus hijas no demoraron mucho en tomar la decisión de regresar a Lontué y dejarle acá en Santiago501. En el documental “Prontuario de Roberto Parra”, estrenado de manera póstuma y realizado por Ximena Arrieta y Hermann Mondaca, el conocido músico revela poco antes de su fallecimiento interesantes aspectos de su introducción en el ambiente de los bajos fondos con su regreso a Santiago durante esta misma época, además de su experiencia con las “patines” y de cómo influyeron estas andanzas en sus célebres cuecas choras502, mismas que lo han convertido en icono del relicario guachaca nacional: “…yo andaba cantando en los conventillos –dice allí, entrevistado en la Estación Mapocho-; es que habían muchos conventillos, eran guaridas no más, de cogotinas, ¡claro, muy peligroso!, pero ésa era mi vida, y ahí vivía yo con el lustrador, con el diariero…”503. Entrevistado en otra ocasión por Carlos Winkler, el Tío Roberto completará así los detalles de esta historia de recuerdos en esos bajos fondos: “A las 5 de la mañana salía emparafinado, pero qué me iba a ir a acostar. Si quedaba con la jeta caliente. Nos íbamos a unas picadas, a la Toya grande y a la Toya chica. Ahí era fácil comer a esa hora de la mañana, aunque era de lo último. Había unos huecos en las murallas donde encontrábamos pan, mortadela, tomate, ají verde. Cuando andaba pato me sentaba y buscaba en los huecos, y si tenía algo de plata pedía comida y después dejaba un poco en esos mismos huecos para los que venían después, hambrientos. Yo sé lo que es un escapero, sé lo que es un monrero, un cogotero, sé lo que es un choro, sé lo que es un patín, un patín de primera, de segunda y de tercera, las conozco. Patín de primera, por ejemplo, es esa que sale en la noche no más, tipo 9 en adelante, en la Plaza de Armas, por esos lados. Patín de segunda, Estación Mapocho, Estación Central. Patín de tercera, salen a las 5 de la mañana, cuando llegan todos los veguinos en los camiones”504.
501 “Roberto Parra”, serie “Artistas Chilenos”. Ocho Libros Editores - Ed. La Brocha, Santiago, Chile – 1996 (pág. 14). 502 Documental “Prontuario de Roberto Parra”, Ximena Arrieta y Hermann Mondaca. Grupo Proceso, Chile – 1996. 503 Documental “Prontuario de Roberto Parra”, Ximena Arrieta y Hermann Mondaca. Grupo Proceso, Chile – 1996. 504 “Roberto Parra”, serie “Artistas Chilenos”. Ocho Libros Editores - Ed. La Brocha, Santiago, Chile – 1996 (pág. 28).

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De sus cuecas choras en lenguaje coa y en jerga popular, todas inspiradas en su vida diaria, aparecerán testimonios incomparables sobre la vida de los estratos bajos chilenos, convertidas en nuestros días en clásicos de culto dentro de las corrientes más bravas y urbanas del cancionero folclórico. Tenemos, por ejemplo, su tema “El conventillo”: Yo nací en un conventillo, y en un siniestro cuartucho, sin ayuda de partera, mi padre pelaba el pucho505 O este marrasquino, titulado “Por hacer perro muerto” y que relata las consecuencias de escapar de alguna casa de remolienda sin cancelar el tradicional servicio de la ponchera: Por hacer un perro muerto un día en los callejones me quitaron los zapatos, el paltó y los pantalones506 Y esta otra escena es tan urbana e infeliz como la anterior, en “Me robaron por la ventana”: Me roban por la ventana del micro un par de lentes. Por ir con la jaba abierta escarbándome en los dientes507 No obstante el tinte dramático que le hemos visto presente a la actividad de las prostitutas en el barrio riberano, Roberto Parra cantaba estas estrofas muy explícitas y jocosas en su colorido tema musical “Tengo una mina en Mapocho”, con inspiración tomada de su propia experiencia en este submundo riberano y, particularmente, con una de sus chiquillas queridas en el mismo: Tengo una mina en Mapocho, desarmá’ como paraguas.

505 “Las cuecas del Tío Roberto”, Roberto Parra Sandoval. AEP Autoediciones Populares - Taller Lican-Rumi, Santiago, Chile – 1989 (pág. 27). 506 EP “Cuecas”, Isabel Parra – Roberto Parra. Peña de los Parras, Chile – 1969. 507 “Las cuecas del Tío Roberto”, Roberto Parra Sandoval. AEP Autoediciones Populares - Taller Lican-Rumi, Santiago, Chile – 1989 (pág. 15).

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Le pegaron la carioca, quedó como pera de agua. La llevé a el San Luis a mi Titina, le recetaron baño, pinicilina. Pinicilina, sí, pobre María, le echan sulfato ’e cobre a sangre fría. Le echaron sulfureto, ¡falta ’e respeto! En el señalado documental, Parra admite que la letra original de “Tengo una mina en Mapocho” está inspirada en una minita que tuvo en realidad por estos lares y que se contagió de “la carioca”, una enfermedad de transmisión sexual que provocaba heridas o ulceraciones entre los dedos y la piel, parecidas a la sarna. En versiones más “maquilladas” de esta cueca, sin embargo, otros cantores prefirieron reemplazar la parte de la letra que dice “le pegaron la carioca” por “le pegaron un mandoble”, expresión de la vieja jerga callejera que significaba herida o ataque con arma cortopunzante. No estamos seguros de que este detalle cambie tan profundamente el daño a alguna clase de sensibilidad contra el mal gusto, no obstante. Con el vino y la parranda, Roberto Parra tampoco tuvo demasiados escrúpulos, haciéndole reverencia al heraldo botánico aludido por su floral apellido. Aunque se recuerda especialmente una famosa canción que Violeta le dedicara, titulada “La carta”, y donde dice de Roberto fue preso por apoyar una huelga, en realidad la cantante pudo inspirarse más bien en las varias veces en que su hermano se fuera detenido por su nada política ni combativa devoción por la farra, como él mismo también lo reconoce en el mencionado trabajo documental508. De hecho, de estas aventuras etílicas del Tío Roberto fue que Violeta encontró una idea interesante para otra canción famosa suya titulada “Por pasármela tomando”, con tan curiosa letra de palabras cortadas: Por pasármelo toman… me pegaron en pato…
508 Documental “Prontuario de Roberto Parra”, Ximena Arrieta y Hermann Mondaca. Grupo Proceso, Chile – 1996.

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me robaron la guita… la camisa y las ojo…509 Tras tantos años en el circuito, la madurez de su vida llegó a la par de la consolidación total. La popularidad alcanzada por su figura tras la versión teatral de “La Negra Ester” y la publicación de su famoso “Jazz huachaca” (así bautizado por sugerencia de su hermano Nicanor Parra, según se cree), impulsaron al folclorista a comprometerse en una serie de actividades y proyectos que revitalizaron su carrera y permitieron al público redescubrirlo con vuelo propio, independiente, sin necesidad o interés de iluminarse con el brillo de sus hermanos, sino con el que era suyo. Comenzó a escribir nuevamente, mientras “La Negra Ester” cobraba más y más celebridad, y reponía el nombre de su autor en la atención popular, esta vez de nuevas generaciones. Sin embargo, un inesperado diagnóstico de cáncer a la próstata cortó de súbito estas magníficas expectativas de Roberto Parra. El resto sucedió rápido, con crueldad para la historia de la música chilena pero al menos con algo de piedad para acortar su sufrimiento, como si condenara al cantante a no poder cortar las manzanas del reconocimiento y la popularidad que había alcanzado. Roberto Parra falleció rodeado de su esposa e hijas, a las 22:20 del 21 de abril de 1995510. El deceso provocó un remezón en todo el ambiente de la música urbana y las artes, que todavía parecen negarse a aceptar su partida, de hecho. Y será aquí que el aventurero tendrá su segunda y última pasada por el Barrio Mapocho: aquella correspondiente a su muerte, a su despedida final. Después del velatorio en la Iglesia de San Francisco, el cortejo enfiló hacia el cruce por el río de camino al Cementerio General, transitando junto a las pérgolas de avenida La Paz. Miles y miles de pétalos de flores llovieron en el trayecto; todas las flores en la vida del cantante, allí representadas… Sus putas, sus trenes, sus noches de embriaguez en barrios portuarios, sus cañas con cortes de naranja ahogadas en tintolio tibio y las barricas de pipeño ámbar de Mapocho. Banderas chilenas saltaron espontáneamente a los lados de la caravana, testimoniando la plebeya nobleza del homenajeado, mientras sonaban las guitarras al frente. De esta manera, Barrio Mapocho despidió a Roberto Parra, con el adiós de una cascada de colores y la promesa de un hasta siempre.
509 Documental “Prontuario de Roberto Parra”, Ximena Arrieta y Hermann Mondaca. Grupo Proceso, Chile – 1996. 510 “Roberto Parra”, serie “Artistas Chilenos”. Ocho Libros Editores - Ed. La Brocha, Santiago, Chile – 1996 (pág. 34).

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Hirohito en los años setentas, en base a imagen para el disco “Viejo Lolero”.

Lolero” Los inicios del “Viejo Lolero”
Algunos artistas del ecosistema mapochino prefirieron domesticar ritmos no folclóricos y convertirlos, con la virtud de sus talentos, en música popular tan querida y celebrada como la mejor de las cuecas que se hayan oído por allá. Uno de ellos, además, consiguió fundar con sus cumbias un estilo de letras ladinas que fue escuela para muchos otros músicos de canciones graciosas, en esos años en que el doble sentido era tal: doble sentido, y no el lenguaje explícito y directo de risa burda que es ahora, cuando parece haberse perdido ese genio pícaro chileno. Nacido en 1924 como Eugenio León Hernández y asumiendo después el alias Hirohito, este poeta bribón probó suerte en la música tras haber sido vendedor de zapatos. El avezado e ingenioso músico acompañado de su conjunto o “combo”, se inició alegrando las jornadas en los barrios de calle Independencia, con sus temas inolvidables y que parecen negarse a pasar por el tránsito de los cantos pecheros, como el pegajoso “Viejo lolero”, canción también llamada impropiamente “Ula ula” y que decía en su letra inicial: El que no baila es cola, el que no baila es cola, El que no baila es cola, el que no baila es cola Ula ula, ula ula, aprende a bailar el ritmo de la pirula Ula ula, ula ula, aprende a bailar el ritmo de la tu-tula

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Viejito, viejito bueno, viejito, viejo lolero. Viejito, viejito bueno, viejito, viejo can-chero. La sencilla letra de “Viejo lolero” presenta también una estructura con juego de palabras en sentido “cochinón”, como le gustaba definirla a Hirohito, que ha sido usada después para las rutinas de humoristas y músicos muy posteriores: Michupín y Michupai tocaban en una orquesta, Michupín tocaba el piano, Michupai la corneta. El tema apareció en un disco single acompañado de una versión propia del “Ritmo de chunga” de Pérez Prado, y ha llegado a ser tan popular que todavía se canta y festeja en la cultura nacional. Incluso le valió al propio Hirohito el cariñoso apodo del Viejo Lolero. Él dijo una vez que esta letra le había surgido casi espontáneamente en una fiesta aburrida, cuando gritó “¡el que no baila es cola!” para animar al público y así todos se pararon y salieron al baile511, rito que solía repetirse cada vez que alguien colocaba la canción en una celebración o encuentro. La gran curiosidad y dato de interés para nosotros es que sus comienzos, hacia los cuarentas, fueran en este circuito de músicos urbanos de Barrio Mapocho, en las célebres fiestas callejeras que tenían lugar por La Chimba riberana y que todavía son recordadas por algunos de los antiguos comerciantes. Sus primeras incursiones de divertidas cumbias las realiza más específicamente, en la vieja Plaza Borgoño, algo que él mismo comentó varias veces, al lado del Instituto de Higiene correspondiente al actual edificio de la Policía de Investigaciones, como hemos visto. Si bien comenzó aporreando la batería de la banda, no tardó en hacerse dueño del micrófono. Y aunque la plaza de sus inicios está muy cambiada con respecto a esos años en que fuera usada como escenario de orquestas en vivo, (al igual que el terreno del “Luna Park”, cruzando la avenida Independencia), ésta aún existe allí, mucho más verde que entonces y ahora homenajea con su hombre al poeta Pablo Neruda, como también hemos dicho ya en otra parte. Aunque León aún no tomaba tan en serio su carrera, los vecinos ya le apreciaban y le invitaban a las fiestas que tenían lugar entonces, de modo que la popularización de Hirohito y sus canciones es otro favor que la identidad nacional le estaría debiendo al siempre generoso y servicial Barrio Mapocho, cuna de tantos otros rasgos y elementos culturales chilenos. Vio con ello proyecciones al grupo y comenzaron a presentarse en calle Estado. Un amigo le permitió tocar muchos años en su restaurante. Flaco, narigón y de grandes gafas, no costó demasiado producirse una imagen que lo hiciera reconocible y le acompañara toda la vida.
511 Diario “La Cuarta” del miércoles 6 de septiembre de 2006, Santiago, Chile, artículo “La ‘Vieja Juliá’ de Hirohito calentará ánimos loléins en Fonda Kitsch”.

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Fue después de estas experiencias más callejeras, profesionalizó su trabajo y adoptó para sí tan imperial apodo nipón. Abriéndose paso en el medio, también realizó presentaciones por Vivaceta, en el entonces famoso “Bossanova” de la mítica Tía Carlina, allí donde según decía él, había sólo “minas con manilla”512. Como se sabe, siempre hubo un estrecho vínculo ambiental entre estos viejos sitios de fiesta y huifa en Vivaceta y nuestro vecino barrio de marras. Más tarde y por recomendación de un amigo abogado, sería reclutado en el sello “Sol de América” para grabar las primeras pistas de sus muchas canciones hacia inicios de los años setentas, entre las que estuvieron algunas propias como “Viejo lolero” y otras prestadas como “Pajarillo, pajarillo”. Célebre canción también grabada en esos días por Hirohito y su conjunto, reconocible por lo ingenioso de la letra cantada con su aguardentosa y áspera voz, es sin duda “Me ando, me ando”, que cuenta, en el mismo juego de sílabas que permite las segundas lecturas o sentidos, la tragedia de un pobre tipo que sigue eterna y fatigosamente a su enamorada por todos lados. Decían sus primeras líneas: Yo por ti me ando me-ando varias cuadras. Yo por ti me ando me-ando todo el día. Yo por ti me ando me-ando hasta encontrarte. Por tu amor me ando me-ando noche y día. Me-ando por verte de tu casa a la mía. Me-ando el camino que lleva a tu trabajo. Me-ando pues no tengo plata pa’ la micro. Me-ando meando, todo el día me andaría. Por eso que me-ando tanto, por ti tanto me andaría. Y me-ando todito el día, por tu amor yo me-ando tanto. Siempre conservó el mismo carácter alegre y juvenil que reflejaban sus cantos. Tapó con él también sus penas, como la muerte de una hija, algo que nunca superó del todo. Además, mantuvo su devoción por el vino, aunque más moderado que varios otros casos de hombres que pasaron por Mapocho. Fue una compañía que tuvo toda la vida, al parecer, pues una vez confesó: "La única forma que tenía para bailar cueca era curado" y también "me casé curado, si no me di ni cuenta”513.
512 Diario “La Cuarta” del miércoles 6 de septiembre de 2006, Santiago, Chile, artículo “La ‘Vieja Juliá’ de Hirohito calentará ánimos loléins en Fonda Kitsch”. 513 Diario “La Cuarta” del miércoles 24 de febrero de 2010, Santiago, Chile, artículo “¡Hasta siempre, viejito bueno, viejo lolero!”.

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Según él, se había excedido de copas de tinto en su matrimonio accidentalmente, de puros nervios. Pasaron los años, y la popularidad comenzó a quedar atrás; muy atrás… Devuelto al anonimato, su época parecía irremediablemente perdida ya cuando sucedió algo inesperado en 2000 y a sus 76 años: fue ubicado e invitado a un programa de televisión que literalmente permitió redescubrirlo en los medios, pues el público más joven desconocía quién era la voz de populares canciones como “Viejo lolero”, “La vieja Julia”, “Los zapatos nuevos” y otras por el estilo. Recibió una gran atención y muchos músicos nuevos lo reconocieron públicamente como su inspirador, invitándolo incluso a presentaciones y encuentros. Comenzó a ser entrevistado por otros medios y se convirtió así en una especie de icono de la cultura “kitsch” y del legendario “guachaca”, simultáneamente. Retirado de las pistas, don Eugenio dedicó sus últimos años a cantar pandero en mano con algunos amigos y vecinos de barrio en un club de abuelos. La gente lo identificaba en las calles y festejaba con él ese segundo aire de fama que le había reservado con gratitud la existencia. Además, el año 2006 recibió un reconocimiento de la Sociedad Chilena del Derecho de Autor, otorgado por ser uno de los socios más antiguos de la organización, con más de 50 años contados. En la ocasión, la Sociedad le dio su galardón en una emotiva ceremonia donde también fueron reconocidos Lalo Parra, Valentín Trujillo, Silvia Infantas y el dúo folclórico Los Hermanos Campos514. Hirohito, el feliz alegrador de las noches que comenzara a construir su historia artística en los días de circo de Mapocho, falleció de neumonía en su hogar cerca de San Pablo, en la población El Polígono de Quinta Normal. Murió al lado de su amada compañera y esposa de toda una vida, doña Felicia Parra, una mañana de febrero de 2010, cerca de los 86 años515. Poco antes, se había presentado en una fiesta del “Teatro Caupolicán” siendo aplaudido y ovacionado por nuevas generaciones, que también le reconocían por su “Viejo lolero”, cual patrimonio viviente de la música popular chilena. Allí se despidió para siempre de su público. Sus restos reposan en el Cementerio General… Sus restos, recalcamos, porque si existe el Cielo, de seguro el alma de este querido y pertinaz viejo “cochinón” debe tener horrorizados a los santos y alborotados hasta el rubor a los ángeles, con su irreverente e hilarante cancionero de cumbias marrulleras.
514 Portal de noticias online “Emol.cl” del martes 23 de febrero de 2010, Santiago, Chile, artículo “Adiós a un héroe de la cumbia nacional: murió Hirohito, autor de ‘Viejito lolero’”. 515 Diario “El Mercurio” del miércoles 24 de febrero de 2010, Santiago, Chile, artículo “A los 86 años murió el mítico viejo lolero”.

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En la dimensión de las alegrías y las penas
Hemos dedicado este capítulo especial a un grupo de historias profundamente humanas, quizás no siempre con las connotaciones tan trágicas de otras que hemos revisado, pero que también han ido alejándose de la luz del conocimiento, deshojándose y desapareciendo como las frágiles cenizas de un incienso, ya consumido y apagado. Hubo varios libros no escritos sobre las tristezas, alegrías y dramas contenidos entre los personajes que material o accidentalmente quedaron como pertenecidos a esas calles, veras y paredes de Barrio Mapocho. Algunas de ellas tienen la característica de haber proporcionado al imaginario y a la institucionalidad nacional ciertos referentes de connotación heroica o martirial, cristalizándose como figuras con algún nivel de veneración histórica o política de acuerdo a las circunstancias que atañen a sus respectivas tragedias. Personajes particularmente importantes entre los ligados al barrio riberano y que han pasado por el descrito umbral, son sin duda los bomberos mártires de la Octava Compañía de Bomberos de Santiago, del cuartel de calle Bellavista en Recoleta, y de la Segunda Compañía de la entrada de avenida Recoleta frente de la antigua plazoleta. Ambas se trasladan allí tras una concesión fiscal de los terrenos recién ganados con la canalización del río516, siendo por excelencia y desde entonces las bombas custodias del Barrio Mapocho y sus vecindarios adyacentes. Estos iconos de heroísmo tienen sus templos institucionales de elogio y reconocimiento en tan valerosos cuarteles. Como se sabe, además, ambas fueron fundadas a fines de 1863 durante una campaña de reclutamiento tras el horrible incendio de la Compañía. Partimos por cuartel que ostenta el número 8 porque fue casa del primer mártir mapochino: Enrique Fredes Zúñiga, curiosamente el octavo sacrificio heroico de la institución. Su destino quedó timbrado el 2 de julio de 1915, cuando el voluntario terminó gravemente lesionado en un incendio de calle San Diego con Alonso de Ovalle, falleciendo el día 4 tras una cruel agonía, como informa la placa conmemorativa en esta misma esquina en el aniversario de 1995 de su muerte517.
516 “El cuerpo de bomberos de Santiago. Su labor y los hombres que fueron sus grandes servidores”, Ernesto Roldán R. Santiago, Chile – 1938, reedición digital 2008 (pág. 21). Sabemos, sin embargo, que la instalación de la Segunda Compañía tuvo dificultades y postergaciones para establecerse, dada la negativa de algunos vecinos de Recoleta, como lo señala don Ismael Valdés Vergara en su obra “El cuerpo de Bomberos de Santiago. 1963-1900” (Santiago, Chile – reedición digital, pág. 151). Valdés Vergara habla también de cuarteles provisorios que fueron implementados para las Compañías de Bomberos 7 y 12 de Santiago, en calle 21 de Mayo y casi a orillas del Mapocho, hacia 1895 (pág. 153). 517 Placa conmemorativa instalada por la 8ª Compañía de Bomberos de Santiago en la esquina de Alonso Ovalle con San Diego, el 4 de julio de 1995, en homenaje al mártir Sr. Enrique Fredes Zúñiga.

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El mártir contaba con 41 años de vida y llevaba un año y ocho meses al servicio de la institución. Lamentablemente, el dedo de la muerte volvió a tocar a la Octava Compañía años más tarde, poniendo a prueba el poder de su lema inmaculado: “La unión es fuerza”. Alcanzó esta vez al voluntario Víctor Hendrych Husak, quien oficiaba como secretario al momento de su trágico deceso el día 20 de noviembre de 1933. Falleció en la esquina de Mac Iver con Merced, cuando el carro portaescala en el que iba hacia un incendio declarado en avenida Diez de Julio con San Francisco, chocó contra un tranvía que circulaba por estas vías junto a la Iglesia de la Merced518. El bombero tenía sólo 26 años, habiendo ingresado a la institución hacía 2 años y 3 meses. Se han instalado dos placas conmemorativas en la esquina formada por el edificio de la iglesia, recordando el accidente: una metálica en el primer aniversario del fallecimiento en 1934, y otra de mármol en el de 1995, ambas pertenecientes a la misma compañía bajo cuyo alero se encontraba al momento de ofrendar su vida. En tanto, la Segunda Compañía “Esmeralda”, casi en el Barrio Mapocho mismo y con su nómina de ilustres ex miembros como Enrique Mac Iver, Ángel Custodio Gallo y el héroe de guerra Ernesto Riquelme (de la misma corbeta que tomó nombre la unidad), también tiene su propio mártir: el voluntario Mario Garrido Palma, que falleció en acto de servicio al caer accidentalmente desde unas techumbres durante un siniestro de avenida Matucana, el 20 de marzo de 1961. Con 27 años, había ingresado el año anterior al servicio segundino. La plazoleta de Recoleta frente a la compañía lleva ahora su nombre y le fue instalado también un monolito conmemorativo, en prenda y homenaje a su heroísmo y al de sus demás camaradas de uniforme en este cuartel de Mapocho, reafirmando así la disposición a inmolar sus vidas para cumplir con tan altos y nobles deberes. Otras instituciones también tienen sus propios mártires por acá: en un ataque suicida ocurrido el 16 de junio de 1971, murieron en el Cuartel de la Policía de Investigaciones de General Mackenna, el Subinspector Mario Marín Silva y los detectives Carlos Pérez Bretti y Gerardo Romero Infante. Por esta razón se celebra el 16 de junio de todos los años como el Día del Mártir de la PDI. Hubo otros que vivieron en su propia forma el drama directo de Mapocho. Tanto o más desafortunado en la vida que su colega Rojas Jiménez bajo esa lluvia asesina, fue Teófilo Cid, pionero del surrealismo chileno y que, sin proponérselo, escribió páginas etéreas de historia también con sus pasadas por el Barrio Chino, comiendo tallarines baratos y tomando copas de vino por los bares de Bandera. El gran
518 Placa conmemorativa instalada por la 8ª Compañía de Bomberos de Santiago en la esquina Merced con Mac Iver, el 20 de noviembre de 1995, en homenaje al mártir Sr. Víctor Hendrych Husak.

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periodista, poeta y diplomático murió en 1964 en abandono y pobreza, desgracia que ha afectado a tantos aventureros de Mapocho, por extraño atavismo. “Lobo estepario de las noches santiaguinas”, le diría Gonzalo Rojas519. Es curioso verificar, además, cómo se contraponen a veces las connotaciones del barrio frente a una misma lectura. Quizás la más paradójica sea la de contenido político pues, si bien hemos visto que Mapocho y su entorno fueron un lugar de fervorosa actividad partidista y de deliberación, bien por sus teatros-auditorios, por las marchas en sus calles o las concentraciones de la Plaza de los Artesanos, el río y este tramo que pasa por la ciudad también fue testigo o tarima de las consecuencias de la violencia política que ha imperado en la vida nacional, por alguna misteriosa desgracia que en más de una ocasión lo ha convertido en lugar de postales terribles. Ya hemos visto, por ejemplo, el caso del dirigente socialista Pablo López, asesinado por partidarios del Frente Popular en 1939, en una concentración del “Teatro Princesa”. Agregaríamos también el caso del muchacho Waldemar Rivas Vilaza, del año anterior, que por testimonios de ya fallecidos ex integrantes del Comité por el Recuerdo de los Mártires del 5 de septiembre de 1938, nos enteramos que habría correspondido a uno los 59 nacionalsocialistas mártires de la Masacre del Seguro Obrero de la que ya hemos dicho algo antes, pero cuyo cuerpo no apareció encharcado en sangre como los otros del edificio, sino en las aguas del Mapocho y con supuestos signos de golpes y asfixia. Si esta versión es cierta, lo más probable es que Rivas Vilaza haya correspondido a un sobreviviente encontrado por los ejecutores después de la matanza, siendo eliminado discretamente y arrojado al río para que su testimonio no se adjuntara al de los otros cuatro jóvenes rescatados vivos de entre los muertos. Quizás ningún período se ha comparado, sin embargo, con la confrontación que se vivía en los años setentas y que estuvo particularmente presente en este lugar de Santiago, por ser un barrio constantemente monitoreado por organismos de seguridad, las restricciones de horarios y la fuerte presencia policial que es su característica hasta nuestros días. En esta categoría de situaciones cabe recordar, por ejemplo, el caso del militante comunista Lizandro Tucapel Cruz Díaz, quien habría sido detenido el 18 de diciembre de 1976 en las inmediaciones de la Estación Mapocho, donde acababa de despedirse de su esposa, pasando a figurar desde entonces como detenido desaparecido520. También está el incidente del tiroteo entre funcionarios de la Central Nacional de Informaciones (CNI) y un ex cabo de la FACh militante del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) en
519 “Guía de patrimonio y cultura del Barrio de la Chimba”. Ediciones Ciudad Viva, Santiago, Chile – 2007 (pág. 18-19). 520 “Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación”, publicado por el diario “La Nación” del martes 12 de marzo de 1991 (Fascículo 2).

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La Vega Central, el 6 de enero de 1982, ocasión en la que éste cae abatido en la conjunción de las calles Dávila y Rengifo, donde está una salida del mercado. Fue identificado como Enrique Hernán Reyes Manríquez, de 35 años521. Por supuesto que en este clima de odio político, también hubo en el barrio víctimas del lado de las fuerzas del gobierno. Una de ellas fue el Teniente del Ejército Luis Francisco Carevic Cubillos, de sólo 26 años, quien falleció en el cuartel de la avenida Santa María destrozado por una bomba colocada dentro de un paquete y destinada a cometer un acto terrorista en este sitio emplazado donde antes estaba el famoso Desinfectorio Público del que ya hemos hablado, en el Cuartel Borgoño que apodaban “La casa de la risa” entre los agentes de la CNI. Se le pidió desarmar la bomba al Teniente Carevic por pertenecer a la Unidad Antiexplosivos de ese organismo. Lamentablemente, su plan de llevarla hasta el río para que allí detonara sin causar daños ni grandes alborotos, no funcionó y la bomba le estalló trágicamente encima, el 23 de abril de 1979522. Aunque hemos visto que no todo el gremio era proclive al derrocado gobierno de la Unidad Popular, hubo un número relativamente importante de cargadores y trabajadores del sector mapochino, como La Vega, la estación o el Mercado Central, que figuran en las nóminas de asesinados o desaparecidos durante este período. También hubo varios hallazgos de cadáveres de ejecutados en puentes como Pío Nono, Purísima, Manuel Rodríguez y sobre todo en el Bulnes. Algunas pergoleras recuerdan cómo su negocio era visitado en aquellos años casi de manera alternada por deudos de los caídos desde uno u otro bando, dándole una triste demanda permanente a las ventas de flores y coronas para muertos, sin hacer distinciones de ideologías, motivaciones ni dogmas. Sin embargo, creemos que con los casos hasta aquí citados se puede hacer un retrato general de cómo afectó localmente la situación descrita de violencia y confrontación política que se viviera con crudeza en aquellos años, salpicando de sangre también las aguas del río Mapocho y de sus viejos barrios riberanos. Empero, la muerte no alcanzó a todo Hombre de Mapocho así de violenta y rápida, sino que a veces con más crueldad: de forma lenta e inmisericorde, como disfrutando de la agonía. Y muchos fueron los que también llegaron a entregar así sus últimos días en este barrio. Cuentan, por ejemplo, que también fue frecuentado por el trágico humorista Platón Humor Pozo, quizás complaciendo el mismo alcoholismo con el que lidió casi toda su vida adulta, perdiendo la batalla en 1999.
521 “Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación”, publicado por el diario “La Nación” del martes 12 de marzo de 1991 (Fascículo 3). 522 “Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación”, publicado por el diario “La Nación” del martes 12 de marzo de 1991 (Fascículo 3).

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El hombre que siete años antes había estado en el Festival de la Canción de Viña del Mar poniendo en el escenario su rutina, terminó errando por las calles sin calcetines y con la misma gorrita griega que se presentaba en los escenarios de cafés y tabernas tapando su calvicie. Como informó la prensa, su cadáver apareció en la morgue luego de permanecer tres días allí como N.N., sin ser reclamado523. Más cerca de nuestros días, Mapocho perdió otro antiguo símbolo: el cantante callejero René “Huesillo”, quien paseaba desde los años setenta por restaurantes de Aillavilú como el “Chicha y Chancho” y “La Piojera”, entregando sus canciones y guitarreos de boleros, valses y tristes tonadas a cambio de algunas monedas y aplausos. Se había convertido en uno de los más queridos artistas populares del barrio. Pero, como sucedió con el poeta Jorge Teillier que también venía por acá a leer sus versos, don René a veces se sentía pagado con sólo una cañita; o varias… Más de las convenientes. Su voz se apagó el año 2003, justo en los días en que había sido entrevistado por un medio de televisión que lo presentó como uno de los personajes más importantes del Barrio Mapocho. Una cita destacada merece la querida comediante y actriz chilena Helvecia Viera, la ex integrante del dúo humorístico “Los Morisquetos” que formó con su marido en la vida real, Eduardo Aránguiz, donde conoció esas mismas candilejas que alojaron en teatros del barrio como el “Balmaceda” y el “Princesa”, sede en Recoleta del mítico “Picaresque”. A pesar de su edad e incluso cuando ya estaba viuda, esta activa y enérgica mujer seguía visitando periódicamente a los mendigos y desposeídos de un amplio sector en Independencia, con un termo de café caliente y algunos sándwiches, para repartirlos entre ellos durante las noches frías de la ciudad de Santiago. Helvecia nunca hizo ostentación de esta caritativa labor que, de no ser revelada por sus propios compañeros de trabajo, quizás habría llegado a ser un rasgo de su vida totalmente desconocido524. Pese a haberse especializado en personajes de vieja fea e insufrible, que interpretó desde los tiempos del “BimBam-Bum” hasta su retiro de la televisión poco tiempo antes de su fallecimiento en marzo de 2009, a los 80 años, Helvecia fue en realidad una mujer de hermoso corazón y que dejó su gran huella profesional e individual en el recuerdo. Tampoco podemos pasar por el lado de la extraordinaria despedida que recibió el vocalista e instrumentista del grupo de música popular “Los Jaivas”, Eduardo “Gato” Alquinta, luego de su súbito e inesperado fallecimiento el miércoles 15 de
523 Diario “La Cuarta” del viernes 23 de agosto de 2002, Santiago, Chile, artículo “El ocaso de grandes figuras del humor nacional”. 524 Dato confirmado, entre otros, por el comediante Daniel Vilches en el episodio del jueves 26 de marzo de 2009 del programa "Morandé con compañía”, del canal Mega, donde Helvecia realizó sus últimas presentaciones de televisión.

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enero de 2003 durante sus vacaciones en un balneario, cayendo fulminado por su propio corazón a los 57 años de edad. Durante su velorio realizado en la Estación Mapocho, el edificio se convirtió en una verdadera catedral a la que acudieron miles de personas para rendir el último adiós al destacado músico, mientras sus amigos y compañeros de grupo le entonaron el clásico “Sube a nacer conmigo hermano” en torno a su sencillo ataúd y con una bandera chilena gigante decorando su lugar de despedida. Cuando fue consultado Alejando Parra, productor del grupo, por las particulares características de esta ceremonia, explicó en los siguientes términos la razón de haber realizado tan multitudinaria y curiosa despedida en el interior de la ex estación: “Era lo que esperábamos, por eso quisimos transformar la Estación Mapocho en Catedral, porque aquí llega la luz y el aire y porque también nos recuerda a Francia.”525 El paso del cortejo del “Gato” Alquinta desde allí hacia avenida La Paz y al Cementerio General, fue también un evento de características tan tristes como apoteósicas, probablemente uno de los funerales más grandes que han tenido lugar en el Santiago de nuestro tiempo y con Mapocho como parte del suceso. Helas ahí, entonces: sólo algunas de las muchísimas historias, las más profundas, en estos territorios de alegrías y penas de la vida en las riberas, con sus recuerdos sólo parcialmente lavados por el río.

Imagen del “Fortín Mapocho” de diciembre de 1960, con el último homenaje que recibiera en marzo anterior, para el Día del Comerciante, uno de los locatarios más antiguos y queridos de La Vega Central: don Humberto Santander Guerra (al centro), fallecido el 23 de noviembre de ese año. Fue por más de 30 años dirigente del Sindicato de Comerciantes. Le acompañan en la imagen sus amigos y colegas de la Feria Municipal: Isaías Sanhueza Muttiz, Jorge Figueroa Espinoza, Agustín Vásquez Negrete y Manuel Solís Galdames.
525 Diario “La Tercera” del viernes 17 de enero de 2003, artículo “Multitudinaria despedida de ‘Gato’ Alquinta en la Estación Mapocho”. Recuérdese el largo período que “Los Jaivas” vivieron en Francia.

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Antigua casa de venta de motes con huesillos “Copihue”, todo un símbolo del lado Norte de los barrios riberanos. El local pertenecía al Sindicato de Maniceros de Santiago, fundadores de la sociedad en 1978. En la misma esquina (Picarte con Lastra), la firma luce ahora sus modernas instalaciones, en las que se exhibe esta histórica fotografía.

Otro popular expendio de mote con huesillos de La Chimba riberana, fue “El Faraón”, de calle General Prieto llegando a Independencia. Hoy sólo queda allí su cartel y el recuerdo.

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Desaparecido edificio levantado en el 1900, para servir de cuartel a las compañías Segunda y Octava del Cuerpo de Bomberos de Santiago, en la entrada de avenida Recoleta frente a la plaza del mismo nombre. El vecindario también tuvo antes otros cuarteles por la ribera Sur aunque de carácter provisorio, en calles 21 de Mayo y Puente. Fue demolido en 1963 para construir el actual cuartel que allí se emplaza (Imagen de la colección de Archivos y Apuntes de la Segunda Compañía de Bomberos de Santiago).

Enrique Fredes, Víctor Hendrych y Mario Garrido, mártires de los históricos cuarteles de bomberos mapochinos (retratos conmemorativos, en sus respectivas unidades).

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Dos famosos artistas popularizados en el “Teatro de Variedades Balmaceda” de las orillas de Mapocho, durante los años treintas: Olga Donoso, apodada la “Mae West chilena”, y el versátil Pepe Rojas, que actuó en prácticamente todos los géneros teatrales. Imágenes digitales en base a fotografías publicadas por la revista “Ecran”.

Las artes escénicas perduraron largo tiempo en el barrio. El grupo teatral “Antorcha” fundó un club de teatro en calle Puente 761 llegando a San Pablo, en 1952. La imagen pertenece a una revista “Ecran” publicada aquel año y en ella aparecen sus integrantes en el día de la inauguración: Rolando Carrasco (Director de la compañía), Anita Mirlo, Claudio Mella, Isabel de Pérez, Alberto Rivera, Shenda Román, Carlos Díaz y Humberto Guerra. Se caracterizaron por la presentación de obras chilenas como “Lluvia de octubre” de Luis Cornejo, “Terminal” de Raúl Alcardi y “Mocosita” de Armando Moock.

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Clotario Blest Riffo en una gran concentración de la Plaza Artesanos, hacia mediados de los años cincuentas (fuente imagen: sitio web clotarioblest.org).

Los últimos días de don Clota
Mientras hubo quienes se encontraron inesperadamente con la parca tirándole besos en ese barrio, otros fueron hasta él con la idea precisa de sentarse a esperarla allí, dignamente. Y fue así como, tras toda una vida dedicada a la lucha de los derechos de los trabajadores, arribó en el auxilio de la Recoleta Franciscana don Clotario Blest Riffo. El otrora combativo y enérgico orador capaz de incendiar la energía del público con sus demandas de justicia social y respeto a las clases trabajadoras, llegó hasta allá anciano e indefenso, casi moribundo. Prácticamente, fue rescatado por los sacerdotes luego de haber sido dado de alta del Hospital del Trabajador, hasta donde había ido a parar en estado de desnutrición y totalmente desvalido. Nacido el 17 de noviembre de 1899526, Blest había pasado por el interés sacerdotal en su adolescencia, que apartó después por involucrarse en la lucha por los derechos de los trabajadores. Así, en 1931 funda la Liga Social de Chile junto al jesuita Fernando Vives Solar, quien fuera influencia para el Padre Hurtado y un activo miembro del Patronato de Santa Filomena, creado precisamente en la proximidad de la ribera Norte del Mapocho (Barrio Patronato) por el Arzobispo de
526 “Clotario Blest: testigo de la justicia de Cristo para los pobres”, Maximiliano Salinas C. Ed. Salesiana, Santiago, Chile – 1991 (pág. 4).

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Santiago Juan Ignacio González, hacia 1910. Además, Blest actuó comprometidamente en la llamada Casa del Pueblo fundada en 1917 para acoger a los sindicalistas cristianos, ubicada en Salas 208 cerca de La Vega Central. A una pequeña capilla dentro de este recinto la bautizó Jesús Obrero, pero después fue objetada por la Vicaría General de Santiago por no haber sido autorizada. También fundó la Federación de Trabajadores del Estado, que en 1943 pasó a ser la Agrupación Nacional de Empleados Fiscales (ANEF); y la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) en 1953, dejando su presidencia en 1961. “Soy de marca Walesa” solía decir en los ochentas, vestido con su overol, risueño y lejos de la gravedad del podio, aludiendo al dirigente sindical polaco. Asistía también a las ceremonias de recuerdo de los Mártires del Seguro Obrero, tragedia de la que fue contemporáneo, y gozaba de un enorme respeto entre los representantes de todo el espectro político a pesar de las contingencias. “La palabra de Clotario Blest –escribió Maximiliano Salinas- señala la enardecida voluntad de asegurar la justicia de Cristo para los desamparados del país. Su voz resonaba en la antigua Plaza Artesanos de Santiago, a orillas del rio Mapocho. En la primavera de 1955 señaló ante el asombro de sus oyentes: ‘¡La clase trabajadora, los humildes y los pobres de este mundo, llegarán a tener en el país el poder. Arrasarán a todos los especuladores, los ladrones legales de tierras y latifundios, los jugadores de la Bolsa, los grandes comerciantes e industriales cuya única función es hacer grandes ganancias, sumiendo al país en la miseria y sin importarles absolutamente nada la suerte del prójimo, a quien Cristo enseña considerar y tratar como hermano y no como bestia!’.”527 Pero ahora, lejos del festejo por los días de democracia que se vienen, Blest estaba triste, apagado, en el ocaso de esa vida que sólo conoció un amor: Teresa Ossandón Guzmán, que fue internada en el claustro de las carmelitas, falleciendo en 1989 y a la que don Clota jamás dejó de amar, atesorando siempre una fotografía de ella. A pesar de todo su trabajo, en el final de su existencia fue olvidado e ignorado por los mismos que vitoreaban su nombre en otra época, usándolo como bandera de lucha o propaganda. Cerca del fin y después de su hospitalización, llegó a la enfermería de los recoletos franciscanos. Sólo 30 kilos de peso tenía al rozar la muerte. Entra a la Recoleta el 13 de noviembre de 1989, esperando su hora del adiós en esta profunda solemnidad existencial y a tan poca distancia de la Plaza Artesanos, esa que conoció de sus mejores años de lucha social y de sus grandes arengas sobre los estrados.
527 “Clotario Blest: testigo de la justicia de Cristo para los pobres”, Maximiliano Salinas C. Ed. Salesiana, Santiago, Chile – 1991 (pág. 15).

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A pesar de su triste situación, el 17 la alegría volverá a sonreírle al sufrido don Clota, cuando la vida le permite recuperar aquel proyecto que estaba pendiente desde su juventud: tomar los hábitos religiosos. Ese día, el de su cumpleaños número 90, recibe de los hermanos de la Recoleta un humilde obsequio pero de incalculable valor: el precioso hábito de San Francisco de Asís528. Así pasó sus últimos días Clotario Blest, luciendo como cualquier otro franciscano, con sus largas barbas blancas y su hábito atado a la cintura, acogido entre los recoletos de La Chimba donde compartió el pan con los pobres y los desposeídos529. El Día del Trabajador de 1990, último en su vida, lo celebró con los abandonados del Mapocho, en una comida gratuita organizada por los recoletos. Y el 27 fue a la Cárcel Pública a visitar detenidos por delitos de carácter político. Tres días después, redactó en su cuarto una carta donde se despide sabiendo que su alma ya escapará del viejo y gastado organismo que la atrapa: “¡Nos vamos a encontrar con cuántas novedades arriba, si es que llegamos! –declaraba allí- ¡Recabarren, don Reca! Dedicó su vida al pueblo, seguramente que está en el cielo... ¡Nos vamos a encontrar con sorpresas tan grandes…!”530 En esta profunda etapa de recogimiento y regreso a la espiritualidad, Blest abandonó solitariamente este mundo, en las horas de la madrugada del 31 de mayo de 1990. Tenía 91 años. Su cuerpo ya marchito, con los rasgos luctuosos de un rostro casi anunciando los ángulos y curvas de la calavera de la muerte, fue visitado y despedido por la multitud en el templo de la Alameda, entre la cual estaban los verdaderos amigos y agradecidos que lo acompañaron también en vida. Hoy entra don Clotario de overol, con su mirada limpia, en el Reino de los Cielos… –diría durante sus funerales Monseñor Cristián Precht531.

Como tantos otros, pasó por Mapocho una vez más (la última) de camino a su sepultura, despidiéndose así de esos lugares donde dirigió antes la lucha por los
528 “Clotario Blest: testigo de la justicia de Cristo para los pobres”, Maximiliano Salinas C. Ed. Salesiana, Santiago, Chile – 1991 (pág. 45-46). 529 “Guía de patrimonio y cultura del Barrio de la Chimba”. Ediciones Ciudad Viva, Santiago, Chile – 2007 (pág. 5-6). 530 “Clotario Blest: testigo de la justicia de Cristo para los pobres”, Maximiliano Salinas C. Ed. Salesiana, Santiago, Chile – 1991 (pág. 46). 531 “Clotario Blest: testigo de la justicia de Cristo para los pobres”, Maximiliano Salinas C. Ed. Salesiana, Santiago, Chile – 1991 (pág. 47).

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trabajadores y donde experimentó, finalmente, el tránsito por el umbral entre la vida y la muerte.

Rostro de don Clotario Blest Riffo durante sus funerales, en fotografía de los archivos de la Universidad de Chile, publicada en el sitio web educarchile.cl.

Elías, el fotógrafo del siglo
En el paulatino relevo de la fauna humana del barrio y con la extinción de sus ejemplares más antiguos, van surgiendo nuevos personajes que se asocian, de alguna mantera, al período de transformaciones en la importancia secular del sector de la Estación Mapocho y del Mercado Central. Sin embargo, muchos otros provenientes desde las generaciones anteriores, los más longevos, fueron quedándose allí como vestigio viviente de épocas anteriores, a las que habían pertenecido entre tranvías y pitazos de trenes. Personajes soportando existencias siempre marcadas por las demandas de sacrificio y sufrimiento que Mapocho parece exigirle como prueba a todos los miembros regulares de su ecosistema, incluso en la misma edad en que otros gozarán las dulces utilidades del retiro. Entre los actores que sobrevivieron a esa vieja etapa de vida mapochina y que alcanzaron a conocer casi todas las transformaciones del barrio durante el pasado siglo, estuvo el fotógrafo Elías Maturana, quien llegó a ser identificado como todo

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un emblema en el arte de la fotografía callejera de Santiago, además de uno de sus más conocidos exponentes populares. Todos lo reconocían en el barrio, pero a veces costaba un poco pillarlo, haciéndose reconocible sólo por su silueta distante en algún sector junto al río: flacuchento y de gruesos bigotes al estilo mariachi, paseaba por allá su antigua cámara fotográfica de cajón y trípode, nos parece que una Kodak de madera o un modelo similar, de principios del siglo XX. A veces, intentaba frenar el profundo curtido a Sol de su piel con un sombrero artesanal de ala muy grande, que le reforzaba esa falsa apariencia charra. El radio de operaciones de don Elías era frente a la Estación Central, la Plaza Venezuela, Plaza Prat y el Mercado Central, además de la proximidad de las pérgolas de las flores y la Piscina Escolar al otro lado del río, donde se instalaba con su delantal blanco y alguna otra cámara más tradicional colgando de su arrugado cogote, a la espera de un turista interesado en un recuerdo. A veces, usaba su propia cámara minutera como atractivo para la clientela, pues no era raro que los curiosos se le acercaran tentados con la idea de conocer semejante reliquia digna de un museo, pero que seguía perfectamente operativa. Por las tardes, luego de una jornada que rara vez llegaba a ser buena, don Elías entraba a alguna cantina del sector, como el bar “Touring” de General Mackenna, a comerse algún bocadillo o tomarse un refresco para concluir así otro día de duro trabajo soportado por sus huesos seniles; huesos de hombre que vio pasar 60 años de historia del barrio por la lente de su cámara, como el ojo mismo del tiempo. Allí, en la intimidad de este bar mapochino, fue retratado en una sesión fotográfica realizada por su colega de otra generación, Álvaro Hoppe532. Maturana no tenía clara la fecha de su nacimiento; o al menos eso decía él. En 1997, declaraba la impresión de tener entre 70 u 80 años de edad, pero no era capaz de precisarlo533. Sin embargo, recodaba perfectamente el año en que empezó a tomar fotografías: 1942, plenos tiempos de la Segunda Guerra Mundial. No lo olvidó jamás porque fue el mismo año en que se le dio el permiso municipal para ejercer el oficio al que dedicó todo el resto de su vida. Desde entonces, estuvo paseando su cámara al hombro y testimoniando con ella la vida en las riberas del Mapocho, por una modesta paga para cada una de sus fotografías en blanco y negro que iban quedándose atrás ante el progreso.
532 Esta colección está disponible en el sitio web del Museo de la Fotografía (del Museo de Arte Virtual, MAV), con el título “Don Elías Maturana, un fotógrafo de plaza”. 533 Diario “La Tercera” del lunes 2 de junio de 1997, Santiago, Chile, sección “Descubriendo Santiago”, nota “Fotos a la Antigua”.

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Sus primeros trabajos como fotógrafo popular tuvieron por escenario a la Piscina Escolar de la Universidad de Chile, allí en Santa María con Independencia y que era por entonces un edificio joven aún534. Los bañistas de la piscina fueron el tipo de clientes con los que debutó don Elías el verano de ese año a inicios de la década de los cuarentas535. Desde entonces, entregó todo a este oficio: la calle se convirtió en su lugar estable de trabajo y en el principal territorio de transcurso de su vida diaria. Si mal no recordamos, había perdido a su mujer hacia los años setentas, pero siguió siempre allí, incólume al Sol o al frío acompañado de su cámara vieja, llevando sustento a su casa donde vivía con sus hijas y nietos. Aunque era un viejo risueño, tenía la tendencia a estarse lamentando por la decadencia del oficio, no obstante que a su edad era admirable la vitalidad y la energía que le habían proporcionado todos estos años de entrenamiento de vida al aire libre. Quizás nunca tuvo noción de esta virtud. 55 años después de iniciado en la fotografía del barrio, don Elías seguía levantándose temprano cada mañana, para ir a esperar en las puertas del Mercado Central que algún visitante del barrio se interesara en estas imágenes de papel fotográfico, las que ya comenzaban a competir con la invencible tecnología digital, en una guerra que partió perdida. La clientela era progresivamente menos, es cierto; y su cámara de caja reducía cada vez más las posibilidades de lucirse en su plena funcionalidad. “Si bien las he visto todas desde la calle –decía entrevistado por un diario- no hay nada más triste que irse para la casa sin haber sacado ninguna foto. Yo llego tipo nueve de la mañana y me voy pasadas las dos de la tarde. Cuando no trabajo, no me dan ganas ni de almorzar”536. Maturana fue uno de los personajes más estimados de Barrio Mapocho al aproximarse el cambio de siglo, y el trato cordial que daba a la gente luego de tantos años aprendiendo a relacionarse con ella, lo convirtieron en alguien lleno de conocidos por todo el sector, llenándolo de saludos a su paso. Ése era don Elías, el fotógrafo del mercado y retratista de cómo el siglo XX pasó por la ribera.
534 La Piscina Escolar había sido inaugurada en 1929 durante el Gobierno del General Carlos Ibáñez del Campo, y fue diseñada por el célebre arquitecto Luciano Kulczewski con estilo Art Decó y algo de clasicismo interior, siendo declarada después Inmueble de Conservación por el Ministerio de Vivienda y Urbanismo. Tuvimos ocasión de conocer todo este edificio estando todavía en sus buenos tiempos y, gracias a ello, al Barrio Mapocho en general, asistiendo regularmente a los cursos de natación que allí se realizaban en los ochentas. Esta piscina fue, por muchos años, la única temperada que existía en Chile. 535 Diario “La Tercera” del lunes 2 de junio de 1997, Santiago, Chile, sección “Descubriendo Santiago”, nota “Fotos a la Antigua”. 536 Diario “La Tercera” del lunes 2 de junio de 1997, Santiago, Chile, sección “Descubriendo Santiago”, nota “Fotos a la Antigua”.

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Y fue de esta misma manera como un día cualquiera, uno más en la vida del barrio, Elías Maturana no llegó. Nunca más volvió. Su camarita tan delgaducha y anciana como él, jamás reaparecieron por el sector para llenar su grieta de ausencia. Y se marchó llevándose, de paso, a la última representación de su oficio en el barrio. Constituyó un final perfecto y casi poético: simplemente, desaparecer. Se fue a dormir con los recuerdos que justifican a Mapocho: con el tajamar, con el Cal y Canto, con la época de los trenes, las ferias del “Luna Park” y los carros del ferrocarril urbano. Lo que continúe de él hasta nosotros, entonces, será obra de su leyenda hecha tras la modesta caja fotográfica de más de un siglo.

Elías Maturana y su vieja cámara minutera, en fotografía publicada por el diario “La Tercera” junio de 1997. Imagen de Copesa.

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Los abandonados bajo el puente del Santo
Al mismo tiempo que en la superficie bullía la descrita intensidad mapochina, tranqueada por los medios de transporte y el comercio de los mercados, una dura realidad social se escondía a la sombra y en la frialdad de las noches en los puentes del río, allí donde la miseria acogía a los muchísimos niños, jóvenes y viejos abandonados, que vivían ya no en las riberas, sino junto al propio caudal del río casi mojados por sus aguas, en las más inhumanas condiciones de vagancia, subsistiendo de las sobras de los mercados y de las limosnas que los miles de transeúntes diarios del barrio les apartaban desde algún vuelto de la compra de hortalizas o del pasaje del tranvía. Neruda fue vecino de la más sucia realidad mapochina, cuando residió en el vecindario; fe su testigo, cuando cruzó los puentes rumbo a las delicias del Barrio Chino; y también fue su evasor, cuando encontró la cálida acogida de locales como el “Zeppelin” o el “Hércules”, o cuando llegó a su fastuoso palacio chimbero de La Chascona en Barrio Bellavista, tan cerca y a la vez tan lejos de la terrible realidad en el barrio. Así fue que apuntó en su dolorosa “Oda de invierno al río Mapocho”: Río Mapocho cuando la noche llega y como negra estatua echada duerme bajo tus puentes como un racimo negro de cabezas golpeadas por el frío y el hambre537 En efecto, el Mapocho y sus puentes eran invisibles reductos de toda clase de pandilleros, vagos y mendigos, a los que se iban reclutando nuevos jóvenes agobiados por la pobreza o el abandono, y que encontraban una existencia más “cómoda” para sus tormentos cotidianos prefiriendo los perros y ratas. También había otros que optaban voluntariamente por la opción de convertir la oscuridad de los puentes del lado de La Vega en su refugio de vicios y placeres bajos. Enrique Lihn confiesa que encontró, varias veces, a algunos de sus propios compañeros de la Escuela de Bellas Artes allí, “reventados totales”538… Mapocho llamaba a la decadencia, al parecer, pues había muchos otros que también eligieron el barrio como arena de sus propios dramas y deshumanizaciones, voluntarias u obligadas. A la sazón, todo el cajón del río era un canal de circulación de delincuencia y degradación, tantas como gotas de agua llevaba su cauce. Varios asaltantes y niños
537 “Neruda: canto general”, Fundación Pablo Neruda. Pehuén Ed., Santiago, Chile – 2005 (pág. 290). 538 “Conversaciones con la poesía chilena”, Juan Andrés Piña. Pehuén Ed., Santiago, Chile – 2ª edición de 1993 (pág. 136-137).

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vagos provenían de una despreciable población “callampa” de familias pobrísimas, llamada Colo-Colo, que existía en la cercanía del Puente Bulnes (a la sazón de madera) y que era lo más parecido a los tiempos de los ranchos del Arenal y la Población Ovalle de La Chimba, o acaso peor. Más abajo del último puente, a unos dos o tres kilómetros, existía también una isla o islote del Mapocho539, naturalmente convertida en una inexpugnable fortaleza de tupida vegetación y cercada por rocas filosas que cerraban el paso, de unos 20 metros de ancho por tres cuadras de largo, y que servía de cuartel a algunos de los más temibles hampones de la época, como un choro muy admirado entre los pelusas que vivían bajo los puentes, apodado “El Zanahoria”, que aparece mencionado también por Gómez Morel con el grado de Príncipe del hampa o El Rey del río540, escritor de quien volveremos a hablar con un capítulo propio dedicado a sus recuerdos viviendo como niño problemático en esos sitios. El mismo autor describe a los “cabros de río” del Mapocho como un escalafón más en la conversión del pelusita corriente del barrio riberano a niño adicto al hampa y a la marginalidad, estatus que se lograba entre los 8 y los 16 años aproximadamente, con unos tres años de residencia en el río y el desarrollo de ciertas características de personalidad tales como audacia temeraria, saber “copuchear y escapear” aprovechando las aglomeraciones de gente, y poder demostrar además, una resistencia estoica y orgullosa a cualquier forma de abuso policial. Una vez que el “cabro de río” llegaba a la juventud en estas condiciones y tras casi una década entregada a la vagancia y la delincuencia, podía graduarse como “cargador” (ayudante de delincuente) y luego como choro oficial en el ambiente, consiguiendo prestigio y respeto entre sus pares. Código que, además, otorgaba cierta clase de “privilegios” sobre los aprendices y que le permitían internacionalizar su carrera delincuencial (como veremos que el propio Gómez Morel lo hizo, de hecho) e incluso cometer abusos sexuales contra los novatos y
539 Por alguna razón quizás explicable en la influencia de las memorias de Gómez Morel sobre este dato, muchos hablan de “la isla del Mapocho” en singular, que correspondía a la aquí descrita; pero la verdad es que existieron desde antaño varias “islas” e “islotes” en el talweg Mapocho, en todo su tramo por la ciudad donde se formaban meandros, algo que se verifica revisando fotografías de época y también mapas donde se detallan los brazos y cauces principales del río, como el Plano de Santiago del arquitecto Jean Herbage, de 1841. Aunque no se trata de un río de llanura abierto y expandido, hubo tramos en donde su caudal se abría dejando estos pequeños eslabones de tierra también en el Barrio Mapocho y otros sectores adyacentes. Después de la canalización del río, sobrevivieron varias otras “islas” fuera del área intervenida y también volvieron a aparecer otras en el sector canalizado por acumulación de sedimentos y pedregales de la corriente. La última de estas “islas” de buen tamaño en el área de la ciudad, estaba hasta los años noventas junto al puente Pío Nono, y tenía incluso frondosos sauces y otros árboles, que servían de refugio y juego a algunos ociosos, especialmente para los niños vagabundos de las llamadas “caletas” del sector. 540 “El Río”, Alfredo Gómez Morel. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 1997 (pág. 149 y 159).

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aspirantes, como una especie de reafirmación jerárquica, mecanismo que se repite entre las más primitivas y antisociales costumbres carcelarias, como es sabido541. Éste era, entonces, el deplorable ambiente de formación de los “cabros de río” en el Barrio Mapocho, donde el peligro constante y la exposición eran parte de la vida misma. Una descripción breve pero cruda y casi sádica, la proporciona también JuanAgustín Palazuelos en formato novelado para su obra “Muy temprano para Santiago”, sobre el escenario deplorable de degeneración e inhumanidad de los niños bajo los puentes del río, que persiste en parte aún en nuestros días: “Contemplo al niño. Las piernas de unas liceanas pasan a pocos centímetros de su boca. Si estuviese despierto podría oler sus incipientes reglas. Y erectarse como animalito en época de celo. Es posible, porque ya a los seis o siete años debe de haber sido usado por algún maricón de auto grande (de esos que se detienen de noche en el puente e invitan a subir a algún niño vago)… O por algún degenerado más viejo, sucio y harapiento que él, sobre la islilla del Mapocho. Ya sabe de esas cosas”542. Volviendo a Gómez Morel, éste reporta otra categoría de la fauna marginal y depredadora del río, llamada “pegadores”: una especie de desadaptados sociales que eran despreciados incluso en el ambiente bravo de puentes e islas del Mapocho, pues correspondía a sujetos que siempre andaban escapando de la justicia por delitos de sangre y con un patrón de comportamiento extremadamente violento y antisocial, pese a no enredarse en robos chicos ni delincuencia menor. Algunos “pegadores” eran también temidos: hombres mujeriegos, alcohólicos, dados a los placeres y seducidos por la forma de vida del hampa y la libertad de dar muerte a puñaladas a cualquiera sin discriminar. No tienen códigos; trabajan en empleos menores como cargadores, lustrabotas, suplementeros o incluso cafiches de bajo presupuesto, adictos a explotar mujeres. Pero su necesidad de estar demostrando que “sabe pegar”, especialmente a los débiles, los mantenía siempre buscando refugio en el río, evadiendo sus cuentas con la justicia. También solían inferirse heridas a sí mismos, en el rostro y el abdomen, para tratar de amedrentar a sus enemigos presentándose como “temibles” con esas cicatrices que eran huellas delatoras en este tipo de personajes y que sólo conseguían aumentar el rencor del mundo del hampa contra ellos. Como odiaba a los demás delincuentes, a los

541 “El Río”, Alfredo Gómez Morel. Ed. Talleres Arancibia y hermanos. Santiago, Chile – 1962 (pág. 162-163). 542 “Muy temprano para Santiago”, Juan-Agustín Palazuelos. Ed. Zig-Zag, Santiago, Chile – 1965 (pág. 223).

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corrientes, tanto como a la sociedad misma, el “pegador” se encargaba muchas veces de reducir la cantidad de hampones riberanos, por lo que tenían cierto grado de aceptación entre los ciudadanos, por hacer un trabajo sucio pero necesario543. En medio de estas pesadillas hechas realidad, los niños y los adolescentes, particularmente, tendían a formar precarias comunidades con perfil de pandillas, en su dramática residencia en los contornos húmedos del río. Estas curiosas agrupaciones marginales equivalían a lo que más tarde han sido llamadas “caletas” de niños abandonados que todavía existen bajo los puentes o en las cámaras y desagües más espaciosos que se hallen en los bordes del Mapocho544. Los comerciantes repudiaban casi por instinto a estos vagabundos y pungas, exigiendo constantemente a las autoridades sacarlos del barrio y de sus mercados donde tanto perjuicio causaban, lo que motivó una fuerte embestida contra los mismos durante los años cuarentas, incluso con pena de reclusión. El “Fortín Mapocho” de los veguinos, declaraba en agosto de 1947: “La rivera del río Mapocho, es y ha sido siempre, el refugio de los vagos y delincuentes de la gran ciudad. Durante el día, viven de los residuos de frutas y comistrajos que arrojan las cocinerías del sector y de las monedas que les tiran los transeúntes desde los puentes. En la noche y al caer la tarde, salen del lecho del río y se dedican al escamoteo de carteras, diseminándose por los tenebrosos barrios donde abundan las cantinas y tugurios de peor renombre, dedicándose al cogoteo de los confiados transeúntes de la noche, a la más desenfrenada euforia alcohólica, que terminan siempre en espectaculares peleas a cuchillas, arrojando un saldo sangriento que la prensa sensacionalista explota habilidosamente. (…) Últimamente, los peores vagos y delincuentes, han invadido sin ningún escrúpulo, los alrrededores (sic) de la Vega Municipal,
543 “El Río”, Alfredo Gómez Morel. Ed. Talleres Arancibia y hermanos. Santiago, Chile – 1962 (pág. 200). 544 Existían varias “caletas” (y aún quedan algunas, de hecho) en las proximidades de los puentes Pío Nono, Loreto, Recoleta, Manuel Rodríguez y General Bulnes, siendo tres de ellas las más importantes por la cobertura que se les dio en algunos medios. Sus integrantes tenían la costumbre de colocarse nombres colectivos extravagantes, como si fueran un club o una pandilla. La más famosa de todas, gracias a reportajes de la televisión y los esfuerzos por rescatar a los niños que la componían, fue la “caleta Chuck Norris”, hacia el año 2001. Mientras terminábamos este trabajo, un conocido muchacho delincuente juvenil y drogadicto de una “caleta” bajo los puentes de Recoleta, apodado El Michel, falleció apuñalado en el pecho por una de sus propias compañeras de miserias, La Prisci, mientras discutían por repartirse el dinero de una cartera que había caído al río desde el puente, la noche del 1° de febrero de 2011. Llamado en realidad Michael Joshua Chávez Chávez, el asesinado tenía sólo 21 años.

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estacionándose durante el día, en las calles Lastra y Andrés Bello y ofreciendo al transeúnte el espectáculo vergonzoso de muchachos, hombres y mujeres tirados en la veredera y entregados al sueño y al sopor que produce la borrachera, mientras otros se dedican al juego de las chapitas y el crap, ocupando calles y veredas, obstaculizando el tránsito de vehículos y peatones. Su presencia física y moral y sus andrajos, repugnan al más sufrido transeúnte y la obsenidad (sic) que hacen gala con su bocabulario (sic), resultan intolerables. Sin ningún respeto hacia el numeroso público que concurre a la Vega, estos delincuentes no sólo han logrado hacerse repulsivos, sino que también temidos. Estimulados por los innumerables negocios clandestinos que circundan la Vega, por la complacencia de las autoridades que parecen vacilar en avientar (sic) de este sector y recluir de este bajo mundo de la capital, la presencia de tales individuos perjudica enormemente el comercio de los alrrededores (sic) ya que el público consumidor prefiere pagar más caro y malo por fuera, antes que exponerse al escamoteo, al insulto y la agresión de los audaces que han sentado sus reglas en este sector comercial”545. Esta batería de marginalidad y miseria moral operando al borde de la justicia, alimentaba a toda una subcultura que sobrevivía en los alrededores del barrio, como un legajo indeseado proveniente de la corrosión de épocas anteriores de la vida popular. Es así como una cueca tradicional de chimberos, reproducida por González Marabolí, describe la jornada de un aspirante a “guapo” operando en estos mismos ecosistemas riberanos y que termina su día correspondientemente encanado en las rejas de San Pablo: Yo estando en el Cerro Blanco me vine al puente Loreto y al llegar al puente e’ carros me encanaron los secretos De Recoleta vengo para San Pablo donde llegan los niños que tienta el diablo546

545 Periódico “Fortín Mapocho” Nº 2 del 30 de agosto de 1947, Santiago, Chile, artículo “Vagos y pungas invaden sectores comerciales de la feria: Alarma”. 546 “Chilena o cueca tradicional”, Samuel Claro Valdés. Ed. Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile - 1994 (pág. 441).

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Y el folclorista Roberto Parra, de quien hemos hablado ya, cantaba en “La vida que yo he pasado” recordando también su relación con Barrio Mapocho: La vida que yo he pasado en el puente de Mapocho haciendo fuego con guaipe y tapados con gangocho. Los mejores amigos fueron los gatos. Le echaba pa’ las pulgas bicarbonato547.

Don Polidoro y el primer intento de salvar a los niños
En relación a los intentos de rescatar a los niños vagabundos de Mapocho, el primer nombre que la cultura popular siempre evocará como ejemplo es, sin duda, el de San Alberto Hurtado, ciertamente el más importante de todos los chilenos que decidieron ensuciarse sus manos impolutas para extenderlas y sacar del foso de la degradante miseria a los que se encontraran en lo más bajo de existencia, en la más extrema y aborrecible pobreza. Sin embargo, los intentos por eliminar estas formas de destrucción social se remontan a casos anteriores a la experiencia del fundador del Hogar de Cristo. De hecho, el propio Presidente Aguirre Cerda implementó planes para evitar que proliferaran los males de la vagancia y la delincuencia entre los niños chilenos, durante su gobierno orientado desde el inicio a la satisfacción de las necesidades básicas que hicieron su lema presidencial: “Pan, techo y abrigo”. Pocos años después, se intentó establecer también una colonia agrícola en Apoquindo, a cargo de Carabineros de Chile y compuesta de niños sacados de la vagancia548. En esta primera generación de benefactores, hubo uno hombre extraordinario que proporcionó el real impulso precursor a todos los proyectos e intentos posteriores destinados a salvar a niños y adolescentes del Mapocho, la mayoría de las veces saboreando más bien la amarga hiel de la derrota y del fracaso, pero negándose a
547 “Las cuecas del Tío Roberto”, Roberto Parra Sandoval. AEP Autoediciones Populares - Taller Lican-Rumi, Santiago, Chile – 1989 (pág. 9). 548 “Habitando la calle: Catastro nacional de personas en situación de Calle. 2005”. Ministerio de Planificación del Gobierno de Chile, Santiago, Chile – 2005 (pág. 26 – nota al margen).

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permanecer frío e indiferente ante la tragedia que se refugiaba por allá por los puentes y con una completa vuelta de espaldas de una sociedad endurecida por sus propios problemas y carestías. Como siempre, la memoria nacional ha sido increíblemente ingrata y malagradecida con don Polidoro Yáñez, el generoso bienhechor que intervino directamente a las comunidades del río, sobre las que extendió con su ímpetu el primer gran esfuerzo de orientación social y directo por rehacer la realidad malvada que allí tenía lugar, en el cajón del Mapocho. “Su esfuerzo individual, en ese sentido –escribe Ramón Suárez, en uno de los escasos gestos de reconocimiento disponibles en la literatura-, realizado a costa de enormes sacrificios y de duros desencantos, es apenas, una ligera reivindicación del carácter sedicente cristiano de las clases ricas en Chile”549. Don Polidoro había sido miembro de la Comisión de la Dirección de Protección de la Infancia, dependiente del Ministerio de Salud. Desde su experiencia y conocimiento cabal sobre el problema de los niños abandonados, hacia su retiro comenzó a impulsar un desgastador proyecto personal para crear una casa refugio que reuniera a todos los niños abandonados y vagabundos de los puentes del río Mapocho, a principios de los cuarentas. Era una tarea colosal, pues nada fácil resultaría convencer a muchachos que ya habían pasado más de diez años de acostumbramiento a la existencia en estos sitios y adoptando formas de vida que tendremos ocasión de detallar con más testimonios todavía. Tímidamente, Yáñez comenzó a entrevistarse con los pelusas y a tentarlos con participar de su proyecto. Se sabe que, en 1944, estos sumaban cerca de 5 mil almas en Santiago, según una nota publicada por “El Diario Ilustrado” el 2 de febrero, que es comentada por Samuel Fernández550. En ese mismo artículo se informaba también de la existencia de un proyecto similar que había fracasado cuatro años antes, por lo que el redactor se mostraba escéptico con la idea que ya entonces estaba llevando adelante el ex funcionario de sanidad. Incluso sin contar con un apoyo decidido y efectivo, don Polidoro no echó pie atrás y partió personalmente hasta las riberas del Mapocho a intentar materializar su plan
549 “La feria del mundo: crónicas desde Chile (1942-1956)”, Ramón Suárez Picallo. Conselo da Cultura Galega, Santiago de Compostela, España – 2008 (pág. 305). 550 Revista “Teología y Vida” Nº 4 de 2008, Facultad de Teología, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile, artículo “Circunstancias de la fundación del Hogar de Cristo. Estudio histórico en los documentos contemporáneos” de Samuel Fernández (Publicado en versión digital por SciELO Chile).

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de educación y reclutamiento de niños, en alguna forma que los sacara del estado deplorable en que se encontraban atrapados. Operaba en su búsqueda más o menos desde el sector de Puente Bulnes hasta Pío Nono, pero la facilitación de la vagancia que permitía el tramo de los mercados, más la abundancia de alimentos y personas transitando por allí, le llevaron a concentrar buena parte de sus esfuerzos en este lugar preciso, en pleno Barro Mapocho, constituyéndose por ello en su principal teatro de operaciones. Comprendiendo que sería casi imposible insertar en la sociedad y en los valores cívicos a los niños atrapados en esta forma de vida, o tentarlos siquiera con semejante invitación, ideó una propuesta singular: la llamada Colonia Mapocho, consistente en una organización de núcleos compuestos exclusivamente por estos pelusas, que reemplazara a las pandillas de los puentes y en la que se asignaran simbólicamente cargos de presidente y ministros, elegidos por los propios muchachos551, razón por la que después le llamó Nueva República, aunque la gente le apodaba en forma cariñosa y algo burlesca como La República de los Pelusas. La casa-campamento del singular grupo quedaba por avenida Ossa llegando a Bilbao, donde sus miembros trabajaban en la explotación de un pequeño bosque y en cultivos agrícolas. Constantemente, bajaban de vuelta al río para intentar convencer a otros niños de integrarse al proyecto. Si bien llegó a tener unos 140 chiquillos a su cargo en la Colonia y se ganó la confianza de ellos552, el proyecto de Yáñez fracasó muy evidentemente hacia 1947 ó 1948, pues la triste verdad era que todo esto no resultaba más que una quimera; una utopía desde su origen. Tras cada reunión con ellos allí en la ribera, no pasaba mucho rato para que, casi invariablemente, después aparecieran los mismos niños cometiendo las mismas fechorías y en los mismos lugares de siempre, por ahí en los mercados, contra los puesteros o los clientes del comercio553. Gran parte del hundimiento del proyecto de don Polidoro se debió a la falta de apoyo, intemperie bajo la cual siempre debió hacerse camino en tan demandante empresa social, imposible de lograr por la sola virtud de la perseverancia ausente de un respaldo logístico o suministro sólido de recursos. La historiadora y socióloga Ana María Farías, por ejemplo, revela que en agosto de 1948, Yáñez

551 Periódico “Fortín Mapocho” Nº 4 del 17 de septiembre de 1947, Santiago, Chile, artículo “El extraño caso de Polidoro Yáñez y los parias del Mapocho. Fracaso de una gran labor social”. 552 “Habitando la calle: Catastro nacional de personas en situación de Calle. 2005”. Ministerio de Planificación del Gobierno de Chile, Santiago, Chile – 2005 (pág. 26 – nota al margen). 553 Periódico “Fortín Mapocho” Nº 4 del 17 de septiembre de 1947, Santiago, Chile, artículo “El extraño caso de Polidoro Yáñez y los parias del Mapocho. Fracaso de una gran labor social”.

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envió una carta en calidad de Director de la Colonia Mapocho al Presidente de la República don Gabriel González Videla, intentando obtener la esquiva asistencia para su proyecto y a fin de fundar lo que describía en los siguientes términos: “…una población de tipo agrícola, pesquera, forestal, ganadera o industrial, para vida y trabajo exclusivo de todos los elementos desplazados de la sociedad y la emigración de Santiago y traslado voluntario de todos los niños y jóvenes, clasificados por la policía como vagos o delincuentes habituales, y que puedan llegar a convertirse en una nueva fuerza viva de la nación”554. Pero sus sueños eran demasiados para el estado de la hacienda pública y el interés de los políticos en aquellos años, distraídos en graves problemas sociales, sindicales y las sediciones partidistas. No había pues, más opción para Polidoro Yáñez que abandonar su fábula del río sin niños vagos. A pesar del fracaso, su experiencia fue una inspiración en el camino de pruebas y errores, para llegar a soluciones como la que ofrecería unos años después el Padre Hurtado, además de permitirnos aquí este pequeño brindis de texto para don Polidoro, como símbolo de la lucha de un bienhechor por naturaleza contra las calamidades de la malandanza y el abandono infantil en el Mapocho.

El Santo de los abandonados bajo el puente
Se ha escrito muchas veces la historia del Padre Alberto Hurtado Cruchaga y sus sacrificios en favor de estos abandonados, más aún desde que el Vaticano lo elevó a la categoría de Santo. Tal vez ninguna, sin embargo, se haya enfocado en la relevancia que tuvo el Barrio Mapocho tanto para el origen como para los objetivos de su formidable obra social. Nacido en Viña del Mar el 22 de enero de 1901, Alberto perdió a su padre prematuramente, quedando abandonada la madre con su hermano en la localidad de Casablanca. Esta etapa de la historia de su familia tiene ciertos vacíos, pero se sabe que la infortunada mujer decidió venirse a Santiago, a vivir en la casa que un hermano suyo que arrendaba por Moneda con Ahumada, ayudada económicamente por otros parientes. Fueron estas tempranas carencias y precariedades las que marcaron la profunda sensibilidad del joven hacia el tema de la pobreza y la justicia social, orientando desde allí la que acabaría siendo su vocación en el
554 “El difícil camino hacia la construcción del niño como sujeto de derechos: Resistencias en los discursos y prácticas de los sistemas de atención a la infancia en Chile” (versión resumida), Ana María Farías. Tesis para optar al grado de Magíster en Sociología, Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile – 2002 (pág. 213).

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servicio religioso, al entrar al Colegio San Ignacio en 1909, época en la que se encontraría residiendo ya por la calle Compañía cerca de Manuel Rodríguez. Al morir su tío, en 1913, la familia debió mudarse ahora como allegada de otros parientes: una pareja sin hijos que vivía en Moneda con Las Claras, hoy Mac Iver555. Su propensión sacerdotal comenzó a formalizarse en 1915, cuando tenía por confesor espiritual al Padre Fernando Vives Solar quien, como hemos visto, también fue una importante influencia en Clotario Blest. Así, entró al año siguiente al mundo jesuita del Patronato Andacollo. Egresó a los 17 años, continuando con sus estudios universitarios de Leyes en la Universidad Católica, sacándolos adelante con mucho sacrificio, período en el que se integra también al Partido Conservador y vive de cerca las cuestiones políticas, luego que la Asociación Nacional de Estudiantes Católicos proclamara a Luis Barros Borgoño como su candidato presidencial, en oposición a la Federación de Estudiantes de Chile que había proclamado a Arturo Alessandri, en 1920. Fueron años de agitaciones, violencia y confrontación, donde Alberto terminó un día con la cabeza rota por un garrotazo, durante manifestaciones en las que su amigo Julio Covarrubias Freire fue asesinado de un balazo disparado por anónimas manos de agitadores anarquistas. Y durante la llamada “Guerra de don Ladislao Errázuriz” que se provocó aprovechando políticamente las tensiones con los países del Norte, Alberto Hurtado se integró al Regimiento de Infantería Nº 2 Yungay, saliendo tres meses después con grado de Teniente 2º de Reserva556. Alberto era un personaje de curioso aspecto físico: delgado y algo enclenque, aunque alto, parecía en su desproporción que toda la ropa le quedaba grande o chica, pero nunca en su talla. No tenía un rostro agraciado, con ojos que tendían a gestos saltones, boca amplia y tosca de grandes dientes, parecía más bien un niño o su caricatura. Siempre tuvo esa extraña sonrisa y semblante inocente, casi angelical, que se conserva retratado en casi todas las fotografías que de él existen, a pesar de los intentos de colocarle un rictus adusto y de seriedad ortodoxa en las estampas modernas que llevan su santa aureola ya reconocida y autorizada por el Vaticano. “Quien a los pobres desprecia –escribió una vez-, a Cristo desprecia. La Comunión de los Santos no significa solamente la participación de todos los hombres de los bienes sobrenaturales, sino también una disposición a hacer todos los sacrificios que el bien de los demás me exija. San Pablo
555 “Chile a Color: Biografías” Tomo IV. Ed. Antártica, Santiago, Chile – 1986 (pág. 309). 556 “Chile a Color: Biografías” Tomo IV. Ed. Antártica, Santiago, Chile – 1986 (pág. 309-310).

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se consideraba deudor respecto a todos. ¿Nos hemos dado cuenta de que no hemos cancelado esta deuda?”557 Hacia 1922, Alberto se tituló con la tesis “Trabajos a Domicilio”. Sin embargo, esta época era de grandes angustias para él, dada la menesterosa situación de su madre y la poco clara transacción que se había ejecutado en la venta del fundo de su padre, que le llevaron a pensar en abrir un juicio contra el comprador. Finalmente, pudo llegar a un acuerdo con él para obtener una indemnización que le permitió a su madre comprar una casa propia558. Así, tras mucho peregrinar, llegaron a establecerse por fin en una casa de calle San Isidro 153559. Alberto pudo dedicarse exclusivamente, desde ese momento, a la vida sacerdotal, y luego viajó a Europa para completar estudios en filosofía. En 1933, su tío Miguel Cruchaga Tocornal, que fuera otra gran influencia para Alberto, había llegado a ser Ministro de Relaciones Exteriores del Presidente Arturo Alessandri. Poco después y ya convertido en sacerdote, Hurtado regresó hacia 1936, reuniéndose con su familia poco antes del triste fallecimiento de su progenitora. Al mismo tiempo, se dedicó a ejercer como docente del Colegio de San Ignacio, escribiendo también algunos ensayos560. Con una posición un tanto rebelde hacia el conservadurismo de la Iglesia Católica, el Padre Hurtado no cejó en su interés por comprometer más a la institución con la asistencia a los pobres. Había explotado en él una fijación o idea pertinaz sobre el tema, de la que nunca más se pudo desprender, para fortuna de miles. Es casi seguro, además, que Alberto conoció las experiencias de Polidoro Yáñez con su Colonia Mapocho, junto al esfuerzo de tantos otros que han quedado en el virtual anonimato intentando atacar de frente a la calamidad de la miseria. Decidido a consumar un proyecto definitivo y exitoso para este problema, comenzó una campaña personal para reunir fondos, anunciando su proyecto en la prensa y exponiéndola a potenciales socios contribuyentes de su idea: una casa de acogida para todos los pobres que se encontraban en situación de indigencia. Fue así como, el 19 de octubre de 1944, logró crear el Hogar de Cristo, recibiendo la bendición de la casa por el Cardenal José María Caro el 1° de mayo de 1945, en un primer edificio ya desaparecido de calle López 535. El 21 de junio siguiente, se
557 “Humanismo Social”. Ed. Fundación Padre Hurtado, Santiago, Chile – 2004 (pág. 65). 558 “Chile a Color: Biografías” Tomo IV. Ed. Antártica, Santiago, Chile – 1986 (pág. 311-312). 559 “Padre Hurtado. El libro de sus misterios”, Luis Alberto Ganderats. Ed. de Publicaciones S.A., Santiago Chile – 1994 (pág. 60). 560 “Chile a Color: Biografías” Tomo IV. Ed. Antártica, Santiago, Chile – 1986 (pág. 312).

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instaló la primera piedra del edificio donde se estableció después la casa en la Parroquia de Jesús Obrero, en la ex avenida General Velásquez. Para todo este ambicioso plan, el Padre Hurtado tuvo una ventaja incomparable sobre los demás clérigos de apellidos rancios y oropelados: había conocido en persona la situación de una vida con privaciones y sus años en Santiago Centro le permitían saber perfectamente dónde se encontraban los más desposeídos, aquellos para los que había sido fundada esta casa de los pobres. De ahí, quizás, su obsesión tan temprana y felizmente incontrolable por asistir a los sectores más carentes pero menos visibles de la sociedad chilena. Fue así cómo y por qué iba de día y de noche en su famosa camioneta verde (una Ford pick-up modelo 1946), a inspeccionar los sectores más siniestros del Barrio Mapocho, la Piscina Escolar y los llamados “calefactores” de la Alameda; bajo los puentes del río, allí donde se aglutinaban los niños y adolescentes buscando refugio o cobijo. Su lugar de operaciones fue, especialmente, cerca de la estación y los mercados, sacando a cientos de infantes desde la más grosera y denigrante miseria, para intentar darles una vida digna y nueva en el hogar. Las energías que demostró en esto fueron admirables, testimoniadas por todos quienes le conocieron o compartieron con él esos días de desgarrados sacrificios y esfuerzos, como diría uno de sus sucesores en el servicio del Hogar de Cristo, el Padre Renato Poblete: “Uno lo recuerda como el chileno que baja en las noches a recoger a los niños que vivían en el Mapocho para invitarlos al albergue que él había creado para ellos. Alberto se ponía a la altura de los pobres; se quedaba entre ellos y les pedía perdón por no poder atenderlos mejor”561. Sus esperanzas incontenibles por derrotar al abandono de la gente de las calles se ven retratadas en uno de sus famosos Mensajes a los Jóvenes, cuando recuerda a Moñito, un niño sin casa del Mapocho que había fallecido recientemente en ese entonces, y que él mismo había rescatado desde la oscura vagancia entregándole una oportunidad de rescate: “¿Son regenerables los vagos del Mapocho, de la Estación Central? La respuesta nos la da el Moñito. Su permanencia en el Hogar de Cristo hizo de sí un ciudadano útil”562.

561 Carta titulada “Alberto Hurtado, un héroe nacional”, del Padre Renato Poblete S.J., Secretario Ejecutivo Fundación Padre Hurtado publicada en “El Mercurio” del jueves 18 de Agosto de 2005. 562 “Padre Hurtado. Mensaje a los Jóvenes”, Padre Miguel Ortega Riquelme. Salesianos, Santiago, Chile – 1984 (pág. 81).

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La lucha del Padre Hurtado era tan compleja en lo material como en lo espiritual. El río era un verdadero refugio para el hampa y la vida más barbárica comprensible, donde la delincuencia, la criminalidad y las aberraciones sexuales dominaban la existencia, ambiente ciertamente lesivo a su moralismo sacerdotal. Pero veremos que todavía nos quedan algunas cosas más que agregar sobre este bajo mundo.

San Alberto Hurtado auxiliando a niños abandonados en la calle, en una noche fría. Imagen del banco fotográfico de la Fundación Padre Hurtado.

Desde el infierno al cielo
Queda expuesto cómo el Padre Alberto Hurtado fue capaz de enfrentar temores y escrúpulos para salir en ayuda de los seres atrapados en aquel infierno del río Mapocho, dejando con ello una marca histórica de voluntad y decisión que sería difícil poder desconocer, incluso entre los que fueron detractores de su obra.

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Varios de los encuentros del futuro Santo con los niños vagos, los retrató el fotógrafo Sergio Larraín Echeñique, dejando importantes testimonios gráficos de las actividades de Hurtado en el pandemónium santiaguino, para la propia iconografía que existe del sacerdote. Su extraordinaria entrega en la causa de salvar almas no alcanzó para su propia vida, sin embargo: en 1951, su salud se vio seriamente comprometida por un progresivo mal que sería, a la larga, el que le arrebataría la vida en este mundo. Durante el mes de noviembre, Alberto comenzó a caer postrado por los malestares, ordenándosele descansar en Valparaíso. Cansado y convaleciente, regresó a Calera de Tango poco después, pero los padecimientos ya lo superaban. Pese a todo, siguió movilizándose por otras ciudades. Su última misa la dio en el Noviciado Loyola de Marruecos, el 19 de mayo de 1951. La agonía se había extendido por más de un año, diagnosticándosele cáncer de páncreas e infarto pulmonar. Recibió los sacramentos el día 21 siguiente563. Mapocho nunca más volvería a sentir sus pasos por las noches, buscando niños perdidos entre sus puentes siniestros o pisando sus sombras de vidas desgraciadas. “Contento, Señor, contento”, repetía cada mañana, con su famoso sello de optimismo que transmitió también a todos esos abandonados a los que tendió su mano, y que perduró como un juramento personal hasta el día de su dolorosa muerte. Ni la agonía ni el sufrimiento le quitaron este buen ánimo. Sin poder resistir más su deteriorada salud, Alberto Hurtado Cruchaga perdió la batalla contra la muerte el 18 de agosto de 1952, fecha que ahora es nuestro Día de la Solidaridad, dedicado a su memoria y precisamente en atención de esas almas tristes que aún quedan en la marginación y a las que logró ponerle un rostro. Su funeral y su larga procesión desde San Ignacio hasta la Parroquia de Jesús Obrero, tuvieron una concurrencia extraordinaria de gente. Pocos hombres han sido despedidos de semejante manera en nuestro país, durante toda la historia del mismo. El ataúd del sacerdote recibió cientos de abrazos durante la salida y el cortejo, quizás la mayoría de ellos de antiguos muchachos que él mismo había rescatado desde la vagancia, como se deduce observando esos rostros retratados por los fotógrafos y los reporteros. Y es un hecho conocido, además, que durante aquella marcha dos nubes largas se encontraron al paso del cortejo funerario, formando una enorme cruz en el cielo que fue perfectamente documentada por las fotografías de la prensa de la época y testimoniada allí mismo por las miles de personas
563 “Chile a Color: Biografías” Tomo IV. Ed. Antártica, Santiago, Chile – 1986 (pág. 314).

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asistentes, que no titubearon en aceptar de forma prácticamente unánime al curioso fenómeno como un anticipo seguro de la santidad del fallecido564. Iniciado ya el camino de su beatificación, el puente de calle Independencia que conecta la avenida homónima con el frente de la Estación Mapocho, allí donde el sacerdote iba periódicamente a recoger niños sin casa ni familia para acogerlos en el Hogar de Cristo, fue bautizado como Puente Padre Hurtado, y en el pilar del pretil oriental en su acceso Sur, mirando hacia el atardecer de cada día, se colocó una placa conmemorativa de bronce con la siguiente leyenda: PUENTE PADRE HURTADO EN RECUERDO DEL LUGAR DONDE EL PADRE HURTADO RECOGÍA MENORES ABANDONADOS PARA LLEVARLOS AL HOGAR DE CRISTO I. MUNICIPALIDAD DE SANTIAGO 1992 La placa incluye una imagen del sacerdote con una rodilla bajo su sotana en el suelo, poniendo de pie a un niño que yace tirado entre la basura y acompañado de un infaltable perrito quiltro callejero, tan característicos del Barrio Mapocho, según necesitamos comentar en favor del artista Ponce Poblete, su autor. Por alguna curiosa redundancia, sin embargo, el entonces Alcalde de Santiago don Jaime Ravinet, hizo colocar a un costado de la Estación Mapocho y en un deslucido rincón cerca del puente, una estatua esculpida por la artista Francisca Cerda, también en homenaje al Padre Hurtado. La obra escultórica fue inaugurada en el mes de septiembre de 2000, aunque su ubicación sombreada y poco vistosa ciertamente no la favorece. En tanto, el Papa Juan Pablo II beatificó al Padre Alberto Hurtado el 16 de octubre de 1994, a solicitud de la Iglesia Católica de Chile que acreditó dos primeros milagros de personas recuperadas por su intervención, tras haber tenido la irremediable condición de muerte cerebral. Pasó el tiempo y Benedicto XVI lo canonizó el 23 de octubre de 2005, tras retomar un trámite que ya estaba prácticamente resuelto al morir el pontífice anterior. Pasa a ser, desde entonces, San Alberto Hurtado, el Santo Patrono de los pobres, los trabajadores y los sindicalistas; el mismo que gastaba sus noches en el frío de una ciudad hostil,
564 Increíblemente, este prodigio se repitió tal cual en el cielo del Vaticano el 16 de octubre de 1994, el mismo día en que fue beatificado Alberto Hurtado por el Papa Juan Pablo II, como lo demuestran fotografías tomadas en el mismo lugar.

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buscando almas suplicantes entre los pasos sobre el río de la secreta miseria, la más escondida en las oscuras riberas. Hurtado es, así, el primero de todos los hombres de fe ligados de alguna manera a Barrio Mapocho y que hemos visto en este trabajo, que consigue el reconocimiento a su santidad; curiosamente, el más reciente de todos ellos, en tan larga relación. En su honor y devoción, se realiza todos los años la Procesión de la Caminata de la Solidaridad, que se ejecuta en torno a la fecha de su muerte y que es, quizás, la más importante que comprometa al barrio de nuestra atención, pues comienza multitudinariamente en las inmediaciones del puente y la estación, culminando varios kilómetros más al Sur-poniente, en el santuario consagrado al recuerdo del religioso.

Placa de bronce colocada en 1992 en el Puente Padre Hurtado. Fue hecha por el artista Ponce Poblete.

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Un encuentro de los dos más importantes sacerdotes de la historia contemporánea de Chile: el Cardenal José María Caro y el Padre Alberto Hurtado. Curiosamente, la avenida y el puente que llevan sus respectivos nombres intersecan frente a la Estación Mapocho, precisamente donde San Alberto recogía a los niños abandonados en el río, y donde ahora están la placa y su estatua conmemorativas. Imagen de la Fundación Padre Hurtado.

Alfredo Gómez Morel, en base al retrato de su libro “El Río”.

delincuente De delincuente a literato; de literato a N.N.
Varios hombres de esfuerzo y ex delincuentes redimidos del Barrio Mapocho fueron pelusitas como los que buscaba el Padre Hurtado allí en el río. Y fue uno de

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ellos quien proporcionó, quizás, la mejor descripción que podría haberse realizado sobre la forma de vida sórdida y a ratos infrahumana en que se desplazaban estos rapaces y mozalbetes, “cabros de río” en la jerga. Ya hemos mencionado a Alfredo Gómez Morel en este estudio. Fue una de las excepciones en todo este círculo maldito: no sólo logró salir de una vida delincuencial y siniestra (a diferencia de hampones como el Cabro Eulalio, el Nimbo, el Veneno y un tal Rucio, entre muchos otros que murieron en ella) sino también consiguió canalizar el tormento de este lapso de vida sombría hasta las páginas de libros que fueron verdaderas revelaciones sobre la parte menos positiva de la vida en las riberas y el mundo del hampa. Andrés Sabella, quien lo conocía desde 1965, describió una vez a Gómez Morel de la siguiente manera: “Gordo, tranquilo de palabra y de paso, era un señor a quien el viento le despeinaba y a quien podía confundirse con un caballero de barrio que recorría “el centro” de la agitada capital”565. Pero, detrás del hombre ya socializado, siempre permanecería una historia de inhumanidad y dolor a rastras, como sólo las riberas han sido capaces de gestar. Se calcula en sus biografías que habrá nacido hacia 1917. Pero, si es verdad que tenía cerca de 60 años a principios de los ochentas como afirma la reseña de la reedición de su primer libro566, podría ser que su fecha de nacimiento esté más cerca del año 1920. Fue hijo de una madre de vida reprochada que lo abandonó a los tres meses en las puertas de un conventillo de la Alameda de San Felipe, donde fue adoptado por doña Catalina Oliva. Vivió allí hasta los 11 años, cuando su madre reapareció y lo trajo a Santiago, quedándose con ella por 3 años más antes de escapar definitivamente, tras varios abandonos y expulsiones de colegios567. Fue así como llegó al barrio mapochino, donde no tardó en entregarse por entero a una vida de vagancia adolescente e iniciándose en la delincuencia gracias a un conocido personaje de la época llamado el Ñato Tamayo, que ostentaba en el bajo ambiente el título de “Príncipe del hampa”568. Esta introducción al submundo lo
565 Diario “El Mercurio de Antofagasta” del 7 de septiembre de 1984, Antofagasta, Chile, artículo “Alfredo Gómez Morel” de Andrés Sabella. 566 “El Río”, Alfredo Gómez Morel. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 1997 (pág. 13, reseña biográfica). 567 “El Río”, Alfredo Gómez Morel. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 1997 (pág. 8, reseña biográfica). 568 Revista “Paula”, Nº 101 de noviembre de 1971, Santiago, Chile, artículo “Por qué me convertí en delincuente” de Alfredo Gómez Morel.

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mantuvo intercambiado espacios de vida entre los islotes o los puentes del río y las varias casas correccionales por las que pasaría a temprana edad, conociendo prematuramente el pandillismo. Así se contagia de la tentación por hallarse al margen de toda norma de civilización, acostumbrándose a delinquir como pábulo miserable de la propia existencia. Ya más crecido, pasó varias veces por la cárcel. Según sus propias palabras, a los 18 años había usado cuatro nombres o “chapas” ya. A continuación, se hizo lanza internacional y traficante, operando en Perú, Argentina, México, Ecuador, Colombia y otros países. Sin embargo, tenía algún talento, en alguna parte de su atrofiada humanidad: a veces, trabajaba como periodista o guardia, entre otros empleos honrados, llegando incluso a participar en pequeñas redacciones en “La Nación” de Buenos Aires y a trabajar como guardaespaldas del mismísimo General Juan Domingo Perón569. Como Nicomedes Guzmán y Luis Cornejo, el ex chiquillo pelusa hace las paces con su propio pasado (aunque con uno bastante más malo que el de ellos), produciendo un relato social basado en sus recuerdos y siguiendo el consejo de un psiquiatra, cuando iba a salir de la cárcel de Valparaíso. El resultado ha sido un libro de culto y denuncia entre los lectores más sensibles a las temáticas de la vida en la miseria popular de la primera mitad del siglo XX: “El Río”, de 1962. En formato novelado, Gómez Morel contará todas esas aventuras de niños residiendo a la sombra de los puentes y de la actividad del barrio, enlodados en el pantano de la mendicidad y las actividades delincuenciales, toda una forma de vida que ya hemos retratado y que esbozan la más deprimente representación de existencia humana concebida en el ecosistema mapochino. Repasa nombres como el del mencionado “Zanahoria” y los intentos de la policía por dar con él a través de la presión a los muchachos del río, además de episodios de abusos, crueldades y todo el paisaje deplorable del que fuera testigo y actor. Hay un desfile casi chocante de historias de destrucción familiar, sexualidad precoz y una que otra alegría en medio del basural de la existencia. Y todo el relato conserva cierto tono asocial, de resentimiento contra el orden imperante, como si algo de aquella época quedara en la intimidad personal del autor. “El Toño”, ese chiquillo “guapo” y temido que dirige la narración, no es otro que el propio Alfredo recordando el apodo que se había ganado entre los demás niños del sector de Plaza Chacabuco y los puentes de Mapocho, por su parecido físico con otro personaje del barrio conocido con el mismo mote570.
569 Diario “La Nación” del domingo 12 de septiembre de 2004, Santiago, Chile, artículo “El pato malo de las letras”. 570 “El Río”, Alfredo Gómez Morel. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 1997 (pág. 67).

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Al describir a los “cabros de río” que se entregaban al crimen y la vagancia por el Mapocho, hemos comentado parte de la jerarquía y la evolución del pequeño antisocial en esos escenarios, según aparecen descritos por el autor de “El Río”. Al respecto, hay un claro síndrome apologista en su trabajo, mentalidad muy propia en la filosofía del hampa, incluso la redimida, que siguió viviendo ya amansada y adormilada en alguna parte de Gómez Morel, cual tentación de un ex alcohólico: “En nuestros dominios abundaban huesos, tarros vacíos, esperanzas y desencantos. El río frecuentemente amanecía de buen humor y traía cosas aprovechables o comerciables. En el peor de los casos regalaba trozos de leña que una vez secos servían para nuestras fogatas invernales. Formábamos una sociedad muy singular. Lo compartíamos todo: perro, choza, miseria y risas”571. Y siempre a través de Toño, Gómez Morel sigue recordando con cierto grado de orgullo sus momentos de integración al grupo de niños rateros del río: “El resto de la tarde los chicos se bañaron, corrieron por las losas del río, mendigaron monedas a los que transitaban por el puente, despulgaron a sus perros, se despiojaron mutuamente, algunos lavaron sus zurcidas camisitas y al llegar la noche, junto a claro de un quinqué, formaron rueda, sentados en el suelo. Eran los comienzos de la primavera. Bebíamos café que preparó un pelusa, comimos pan, queso, mortadela y mermelada”572. El autor confirma cuán antiguo ha sido el mercado de La Vega como escuela y patio de recreos de niños mendigos o ladronzuelos, casi tal cual sucede ahora. En su comercio popular no sólo robaban cosas para alimentarse, sino también reducían algunos objetos obtenidos con estas malas artes: “Íbamos a la Vega y empezábamos a trabajar: aquella coliflor, este paquete de zanahorias, ese montón de cebollas, todo era bienvenido para los angelitos. A veces pescábamos gordo: una gallina, un pato, un bolso lleno de carnes y verduras”573. La maldad de los pelusas se mezclaba con la tendencia a la travesura de los mismos niños problemáticos, como una pequeña luz de inocencia que aún quedaba brillando en algún grano de sus infancias destrozadas:

571 “El Río”, Alfredo Gómez Morel. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 1997 (pág. 129). 572 “El Río”, Alfredo Gómez Morel. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 1997 (pág. 114-115). 573 “El Río”, Alfredo Gómez Morel. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 1997 (pág. 132).

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“Robábamos huascas a los carreteleros y en forma especial a un viejo contrahecho, sucio y borrachín que adoraba a los policías y les contaba todo lo que veía. Lo apodaron el “Guatón tripero”. Por llevar muchos años estacionando su carruaje en el paradero de la Vega, conocía a todos los pelusas, y sin ser ladrón, cuando una víctima se presentaba a reclamar y la policía se veía desorientada, él aportaba datos e indicaba quiénes habían merodeado el lugar. Gustaba tanto de “ayudar” que a veces él mismo detuvo a algunos pelusas en acción. El río le tenía fastidio y se lo expresaba cortándole la cola de su caballo, tirándole paquetes con suciedades en su carretela y robándole sus huascas. Todo era para nosotros entretenido y fácil, una pequeña aventura de suspenso y hasta un espectáculo”574. Luego de estas impactantes memorias sobre su experiencia en el río, en 1963 publica “La Ciudad”. Emplea el mismo lenguaje crudo, valiéndose de terminología carcelaria y descripciones sin decoros de la realidad al margen de la sociedad (y a veces, con esa misma margen poco clara, sin embargo), pero ahora concentrándose en sus experiencias en el barrio chino de Lima, donde se inmiscuyó en negocios de tráfico de droga. Era el punto pendiente donde había terminado “El Río”. En esos mismos años sesentas, después de publicados sus libros, Gómez Morel comenzó a trabajar en medios de comunicación como el semanario “Aquí Está”, donde tenía una columna propia llamada “El Rincón de Alfredo”. Aparentemente, habría escrito en este período varias novelas más, pero que nunca llegó a publicar. Sin embargo, esa misma oscuridad decadente que casi consumió su juventud, comenzó ahora a acosarlo de nuevas y siniestras formas, conforme se iba acercando a la estación del ocaso en el tren de su existencia. Desocupado y cesante, se perdió otra vez entre las sombras, apagado como una vela que consumió toda su cera. Comenzó a pedir ayuda; primero discretamente, como se lo sugería el orgullo de ex “guapo” callejero; pero después, algunos ya le acusaban de ser un embaucador que fingía pobreza para recibir ayuda. Mientras tanto, sus amigos seguían denunciando el triste estado del novelista, intentando motivar a alguna mano solidaria. La verdad es que Gómez Morel sólo caía y caía, cada vez más bajo. Manifestándose molesto con la utilización política que se hacía en el extranjero a “El Río” por parte de chilenos exiliados y opositores al Régimen Militar, quienes lo presentaban como un retrato del país en esos días, salió de su extraño retiro y, desde su propia cama en el hospital donde estaba convaleciente hacía tres meses,

574 “El Río”, Alfredo Gómez Morel. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 1997 (pág. 144).

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reclamó decididamente en nota al diario “El Cronista” de noviembre de 1977, declarando también su adhesión al gobierno de facto de entonces y solicitando, de paso, una pensión de gracia para revertir la situación en que se encontraba, quizás el objetivo principal de esa intervención575. Para entonces, su libro había sido reeditado en Europa por la Editorial Gallimard, tras una gestión que alcanzó a hacer Pablo Neruda antes de su fallecimiento, incluso prologándolo, ocasión en la que Gómez Morel fue elogiado por el crítico francés Charles Gateau que lo comparó con Jean Genet, ese mismo año de 1974576. Estas acciones y decisiones terminarían por enemistarlo con muchos otros colegas de las letras, quedándole alrededor sólo un pequeño grupo de leales. La echada de manos en la contingencia política tampoco tuvo efectos inmediatos, además: se sabe que escribió insistentemente a la entonces Primera Dama, doña Lucía Hiriart de Pinochet, intentando conseguir su injerencia para obtener la pensión de gracia que le sacaría de la desesperante situación en que se hallaba. Luego de mucho intentarlo, y conscientes en el gobierno sobre el estado real en que se hallaba en esos años, el Ministerio de Hacienda se allanó a concedérsela en 1979 por Decreto Nº 2768, para que se garantizara con ella la cobertura a sus mínimas necesidades. Pero sucedió lo impensable: a la sazón, Gómez Morel se encontraba tan extraviado y desconectado del mundo que debió publicarse su fotografía y un llamado de su propia esposa en un diario de Santiago, dando aviso “a las personas que sepan el paradero actual del escritor” para ponerlo en conocimiento de la existencia de este beneficio para él577. Andrés Sabella ya había salido a intentar socorrerlo. Aproximadamente desde 1975, venía publicando textos en relación a su obra, buscando traerlo otra vez a la luz. Con cerca de 61 años solamente, en 1981 ya estaba reducido a la decrepitud más lastimera, viviendo en un hogar de ancianos de CONAPRAN en Tomás Moro 200, separado de su mujer, de sus dos hijastros y de los dos hijos mellizos de esta relación. En su angustia, había anunciado ese mismo año la publicación especial de “El Río” en Ecuador y su realización en formato fílmico por una productora de los Estados Unidos578, prometiendo donar un porcentaje de los derechos a una fundación también vinculada al gobierno. Pero la verdad es que el proyecto jamás
575 “El Río”, Alfredo Gómez Morel. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 1997 (pág. 13, reseña biográfica). 576 “El Río”, Alfredo Gómez Morel. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 1997 (pág. 12, reseña biográfica). 577 Diario “La Tercera” del martes 17 de julio de 1979, Santiago, Chile, nota en sección de utilidad pública (personas extraviadas). 578 “El Río”, Alfredo Gómez Morel. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 1997 (pág. 13, reseña biográfica).

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fue llevado adelante; quizás nunca existió más allá de un comentario iluso o un deseo perdido entre el humo de cigarrillos de viejas conversaciones divagadoras. Totalmente automarginado y mucho más allá del punto sin retorno, muy enfermo y casi mendigando otra vez mientras pagaba las culpas de todas aquellas fechorías de las que habría creído zafarse con el derecho a la exoneración, Alfredo Gómez Morel vivió sus últimos días en patéticas condiciones de virtual indigencia, en una pieza arrendada. Murió solo, miserablemente, el 15 de agosto 1984 y tras ser hospitalizado grave en San Rafael. La causa de su muerte fue una cardiopatía hipertrófica e insuficiencia aguda miocardial, complicada además con un traumatismo del hombro izquierdo579. Su cuerpo fue a parar al Instituto Médico Legal como un N.N.580. Allí se prolongó todavía más su condena, permaneciendo varios días en un refrigerador de muertos antes que alguien fuera a reconocerlo y cerrara al fin una trágica historia personal que había tenido el viso burlón y cruel de engañar a todos con lo que había parecido un final feliz, que resultó ser falsamente final y falsamente feliz.

La pequeña víctima de un monstruo
Desgraciadamente, la mayoría de estos niños adictos a la vagancia y en situación de extrema vulnerabilidad en Barro Mapocho, no alcanzaron a ser acogidos por un brazo protector. Uno de ellos se extinguió protagonizando otra de las más trágicas y horripilantes historias que han enlutado a la ciudad y que han revelado ese lado más profundo y pútrido de la degradación y la decadencia social, como las descritas por Gómez Morel, o incluso peores. Hemos visto que fue en la ribera mapochina donde, coincidentemente, se ha gestado la aparición de importantes personajes populares recurridos por las madres desesperadas en distintas épocas para estimular a los niños porfiados a comerse su cena, a no callejear o a portarse bien bajo amenaza de su llegada a la casa en caso de que desobedezcan. Si en tiempos coloniales era quizás al propio Corregidor Zañartu a quien se le podía adjudicar el cargo de verdugo castigador de niños, en el siglo XIX era don Paco, encargado de la vigilancia de los puestos de la Plaza de Abasto y autor involuntario del apodo con que conocemos hasta ahora a las fuerzas uniformadas de orden, bien sean los Carabineros en las calles como los funcionarios de Gendarmería en el caso de los recintos penitenciarios. Sin
579 “El Río”, Alfredo Gómez Morel. Ed. Sudamericana, Santiago, Chile – 1997 (pág. 13, reseña biográfica). 580 Diario “El Mercurio de Antofagasta” del 7 de septiembre de 1984, Antofagasta, Chile, artículo “Alfredo Gómez Morel” de Andrés Sabella.

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embargo, el tercer recurrido y aún vigente en el imaginario de los refuerzos negativos para la educación familiar, si bien tiene un vínculo indirecto con la vida en las riberas, se relaciona con un episodio nada pintoresco y, por el contrario, sangrientamente trágico, asociado a un infanticidio que horrorizó a la sociedad chilena de aquellos años. Nos referimos al famoso “Viejo del Saco”, una leyenda que aunque es de origen hispánico (“El Hombre del Costal” o “El Viejo de la Bolsa”) y existe en varios países de América (como “El Ropavejero” mexicano, que muchos conocimos gracias a “El Chavo del 8” y encarnado por el comediante Ramón Valdés), en Chile tuvo una terrorífica correlación real que ayudó a difundir con potencia el mito, haciéndolo sobrevivir hasta nuestros días y en franca competencia con el más internacional cuco o coco. Así, visto desde hoy, el caso que en su momento fuera llamado del “Monstruo de Carrascal” muchas veces es referido sólo sobre el fomento que hizo a la leyenda del “Viejo del Saco” y la descripción del siniestro asesino acreedor de este apodo, relegando a un inmerecido segundo plano (a veces anónimo) a quien fuera su víctima: otro típico pelusita del Barrio Mapocho, niño vagabundo tan propio de estos lados de la ciudad. El asesinato no sucedió en Barrio Mapocho, sin embargo, sino más bien en lo que hemos llamado Mapocho Abajo, en la calle Carrascal: una prolongada avenida que corre desde Matucana hacia el poniente a media distancia entre el río Mapocho y la avenida del mismo nombre, atravesando barrios bravos y, por mediados de siglo, ubicados en la marginalidad periférica prácticamente ajena a la civilidad y al orden público del resto de la urbe. Así describió estos paisajes el sagaz detective y cronista policial René Vergara, en 1976: “Carrascal es el nombre de una calle larga, pobre y polvorienta. Su puerta de entrada, al oeste del paso a nivel de Matucana, es un basural. Termina en un intransitable camino de tierra donde se están levantando modernas poblaciones. El río Mapocho es su límite norte, que sigue ahondando su lecho entre veras verdes, caballos sueltos, perros flacos, gatos huraños, acuáticos guarenes oscuros, moscas apiñadas y patrullas de zancudos. El viento barre, con frecuencia, los eternamente “pelados” cerros de Renca y obliga a cerrar los párpados y a girar el cuerpo. Los niños abundan. No hay obesos de ninguna edad. En las calles laterales, de las distintas e improvisadas poblaciones, hay acacios, pinos, cipreses, palmeras y sauces grises: aparentemente envejecidos por el polvo fino. Hacia donde se mire, el paisaje es una colección de tarjetas postales pueblerinas… del siglo pasado. El puente que lo unía a la Renca agrícola está roto. La línea férrea también lo aísla. Hacia el oeste, dirección natural de su crecimiento,

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topará con el aeropuerto de Pudahuel. ¿Qué le queda? El sur está densamente poblado. Es un barrio prisionero, un cuartel escondido para derrotados por la durísima vida metropolitana, y, sin embargo, sus pobladores barren las puertas de sus casas con hojas de palmas y escobas informes, riegan árboles y plantas; trabajan en lo que se presenta, hablan poco, beben mal vino y esperan. Si Montes de Oca (graciosísimo y obeso clown español que actuó en Chile, hace algunas décadas) viviera, fracasaría en Carrascal, porque la máscara trágica se ha anidado en los ánimos de sus pobladores”581. Fue allí, en esos escenarios de marginalidad de espacio y tiempo, que el pequeño cuerpo del pelusita mapochino apareció tendido de bruces sobre una construcción de ladrillos cercana a un paradero de microbuses, por allá en las cuadras indómitas de Carrascal y Lo Espinoza, en la Población Indus, el día del Viernes Santo de 1954. Fue descubierto hacia las 8:30 de la mañana por una vecina que, en su camino desde su casa hasta la Iglesia de los Dolores, divisó algo semejante a una pequeña figura humana confirmando con espanto, al acercarse, que era un niño muerto. Instantáneamente, entró en un ataque de pánico y gritos que alertó a todos los residentes del sector. Uno de estos vecinos, domiciliado en Calle 8 de la población, dio aviso del hallazgo en el Retén de Carrascal582. Se llamó entonces a la Brigada de Homicidios. Los funcionarios policiales confirmaron que el cuerpo correspondía a un niño descalzo y mal vestido, con las piernas y nalgas descubiertas, pues su pantalón de mezclilla estaba abajo. Tenía una camisa gris manchada de sangre y un sweater de color verde gastado y desgarrado, con un diseño como de rejilla en cuyas celdas alternaban pequeños rombos y la abstracción geométrica de un caballo. El cadáver presentaba ya cierta rigidez y el color amoratado de algunas partes del cuerpo. Fallecido ocho o diez horas antes, hacía sospechar que su asesino vivía en la zona, pues el crimen habría tenido lugar cerca de la medianoche. En el cuello del niño estaban frescas aún las desgarraduras producidas por enormes manos rematadas en las duras y sucias uñas del asesino, muy crecidas, probablemente pertenecientes a un zurdo con escaso higiene o cuidado personal. Fueron las heridas que le produjeron a la pequeña víctima los sangramientos que mancharon sus pies. También encontraron un charco de sangre cerca del cuerpo y un billete de cinco pesos acompañado de tres monedas de un peso. El niño había sido violado de
581 “Crímenes inolvidables. 1923-1954”, René Vergara. Wordtheque, Santiago, Chile – 2000 (pág. 173). 582 “Crímenes inolvidables. 1923-1954”, René Vergara. Wordtheque, Santiago, Chile – 2000 (pág. 173-174).

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forma brutal, pues los peritos detectaron manchas de semen y defecación sanguinolenta, más restos de vellos púbicos de color castaño y otros canosos, pertenecientes a un hombre cincuentón según calcularon. Además, por unas huellas marcadas en el suelo y la distribución de las manchas de fluidos, se determinó que medía alrededor de un metro ochenta de altura583. Pese a todo, las pericias realizadas alrededor del lugar del crimen no aportaron mucho más de lo que ya había quedado relativamente claro al momento de arribar los detectives de homicidios. Tan escalofriantes eran estos y otros detalles allí anotados que, llegada la noticia a la prensa y en una sociedad pese a todo menos acostumbrada a esta clase de abominaciones, el misterioso asesino fue apodado “El Monstruo de Carrascal”, destinado a interpretar uno de los más famosos casos de la criminología chilena. Pero tan importante como dar con el monstruo de garras enormes era identificar a su víctima. Para ello, el dibujante realizó un retrato a color del muchacho con las ropas que traía puestas y una ampliación a su lado con el esquema del diseño de su chaleco. Esta ilustración fue exhibida en el cine-teatro “Lo Franco”, del mismo sector de Carrascal, con la intención de recibir datos que permitieran reconocerlo, pasando desde allí a los periódicos que la publicaron los días 17 a 19 de abril. Fue gracias a estas campañas que apareció por fin quien pudo identificar el cadáver en la Morgue, reconociéndolo como un conocido niño que solía vagar por el Barrio Mapocho y el río. El testimonio fue entregado por Mario Soto Vidal, de 28 años, residente en la Calle 4 de la misma Población Indus donde apareció el cadáver. Con esto, los sabuesos tenían el nombre del muchacho: Luis Vergara Garrido, más conocido como Luchito y Luisito, que había vivido con su madre Uberlinda Garrido y su padrastro el comerciante José Vivanco, además de tres medios hermanos, en calle General Brayer de Quinta Normal. Había sido Vivanco quien solicitó a Soto Vidal reconocerlo, luego de ver su retrato en la prensa, pues no había tenido fuerzas para ir personalmente a la Morgue, atormentado también por la parte de la responsabilidad personal que intuía haber tenido en su muerte584. Luisito era un niño muy triste e introvertido, según los testimonios que por entonces se expusieron. Solía ser retraído y silencioso, marcado por una corta pero desgraciada existencia. Como invariablemente sucede, un hogar mal constituido y la falta de socialización lo habían inclinado a la vida callejera y vagabunda. De hecho, el propio Soto Vidal lo había encontrado en el mes de marzo durmiendo
583 “Crímenes inolvidables. 1923-1954”, René Vergara. Wordtheque, Santiago, Chile – 2000 (pág. 174). 584 “Crímenes inolvidables. 1923-1954”, René Vergara. Wordtheque, Santiago, Chile – 2000 (pág. 175-176).

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afuera del “Lo Franco”, desde donde se lo llevó a su casa intentando acogerlo, pero él se quedó por sólo 15 días. El infortunado pelusita gustaba de las aventuras por el Barrio Mapocho, seducido por esa extraña atracción colorida del lugar, como la de hongo o sapo venenoso. Era un candidato seguro a “cabro de río”. En sus fugas solía ir a buscar refugio por el sector de los mercados donde encontraba, como tantos otros niños, lo más parecido al mismo calor de hogar que la existencia dura y menesterosa le había negado en su propia familia. En una de estas rapaces aventuras, su propia madre lo encontró tras haberse subido en un tren que estaba a punto de salir con rumbo a la costa, en la Estación Mapocho. Y también se infiltraba como polizón entre los trabajadores de La Vega Central, costumbre muy común entre los niños callejeros que hasta ahora pululan por el barrio ribereño, como hemos visto, pues informó por entonces su madre que al pequeño Luis lo halló, en otra oportunidad, encaramado arriba de una carretela de este popular mercado. Ella también lo había matriculado en la escuela pero, tras enfermar, abandonó los estudios y nunca aprendió a leer ni escribir. Una mala relación con el padrastro, dado a la bebida y a la violencia doméstica, lo motivaba a fugarse constantemente de casa, especialmente desde el año 1951 en adelante, prefiriendo siempre las correrías en la ribera del Mapocho que el encierro en el calabozo de un mal hogar. Además, en sus escapes solía ir a los basurales para buscar huesos y venderlos, con lo que obtenía algunos ingresos para ganarse mínimamente la vida de tan precoces años585. Pese a todo, Luisito era un niño limpio y de hábitos marcados. Cada vez que salía se bañaba y se cambiaba sus humildes y haraposas prendas. Incluso en sus salidas de vagancia se daba espacio para ello, dentro de las precarias posibilidades que el ambiente le permitiera, metiéndose hasta en el agua del río Mapocho, pues su madre también lo encontró allí tras otra de sus interminables fugas, bañándose cerca del Puente Bulnes586. Algo prístino y propio de su joven edad se había mantenido aún incólume y cristalino en él, después de todo. Lamentablemente, la última tragedia del pelusita mapochino comenzó al final del día jueves anterior al hallazgo de su cuerpo, cuando su padrastro llegó nuevamente ebrio a la casa y -como parece que era corriente- comenzó a golpear a su madre, cerca de las 10 de la noche, desatando la desesperación del muchacho que, al ver la escena, salió corriendo a la calle y pidiendo auxilio para que alguien interviniera a favor de su progenitora. Por más que lo buscaron en el barrio, no volvieron a
585 “Crímenes inolvidables. 1923-1954”, René Vergara. Wordtheque, Santiago, Chile – 2000 (pág. 176). 586 “Crímenes inolvidables. 1923-1954”, René Vergara. Wordtheque, Santiago, Chile – 2000 (pág. 176).

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verlo… Nunca más con vida. La noche de horror para Luisito se completó con su propia violación y asesinato. En tanto se conocían detalles sobre su tortuosa corta vida, la policía buscaba intensamente a todo posible sospechoso que fuera zurdo, alto y con adicción a la vagancia, sin poder dar con el asesino. Sin embargo, apareció a los pocos días un testigo de 17 años informando que había sido agredido la noche del 19 por un repulsivo sujeto muy parecido al que se intentaba capturar, que pretendió violarlo y ahogarlo en una acequia, cosa que habría conseguido de no intervenir unos vecinos alertados por sus gritos. Con estos datos, treinta funcionaros se arrojaron a peinar el sector de Carrascal, esculcándolo en todos sus rincones hasta dar, el día 21, con un sospechoso totalmente borracho llamado Francisco Valera Pérez, domiciliado en calle Frontera a un costado de la Población Indus. Oriundo de Hierro Viejo, poblado en el valle de Elqui al interior de Vicuña, este atípico personaje medía un metro 86 centímetros de altura, pesaba 96 kilos y tenía 55 años, coincidiendo perfectamente con el perfil del depravado asesino587. Además, se advierte en las fotografías que tenía un grotesco rostro destruido por el alcoholismo, las riñas y casi como la marca de maldad de un Caín: asimétrico, con una enorme y abultada nariz, pero sobre todo una mirada de animal salvaje disimulada entre pequeñas sonrisas cínicas. Una anquilosis articular le había inutilizado parcialmente su brazo derecho, empeorando su aspecto y dejándolo manco. Cuando analizaron las muestras de sus enormes uñas de la mano izquierda del extraño y corpulento engendro, éstas reaccionaron al Test de Adler de detección de sangre. Definitivamente, él era el monstruo que los policías habían estado buscando tan afanosamente. Confrontado con la evidencia, accedió a hablar admitiendo el asesinato del pelusita. Entregó escalofriantes detalles que dejaron choqueados a los propios detectives: la noche fatal del Jueves Santo, en calle Lo Espinoza, encontró al muchacho que venía llorando y sin zapatos (buscando ayuda para su madre) y lo atacó de inmediato, levantándolo del cuello y sintiendo unas ganas irresistibles de violarlo, pues confesó que “el vino lo excitaba” y que, si bien le gustaban las mujeres, por su aspecto físico no lograba atraerlas, ni siquiera a las prostitutas. Tras darle muerte a Luisito, escapó por Calle 7. Y después, cuando encontró al segundo muchacho que también intentó violentar, éste logró sobrevivir al ataque gracias a la intervención de lo que calificó con total desparpajo en su relato como unos “viejos
587 “Crímenes inolvidables. 1923-1954”, René Vergara. Wordtheque, Santiago, Chile – 2000 (pág. 177). Otros medios hablan de él como Francisco Varela, pero nos fiamos del nombre anotado por el Detective Vergara.

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sapos”, que frustraron sus intenciones. También reconoció ser un violador permanente de niños y niñas, pues abusaba de uno o dos infantes al mes, según sus propias palabras588. Durante la posterior reconstrucción de la escena, los pobladores y especialmente las mujeres intentaron linchar al monstruo y vengar así la muerte de Luisito, llegando incluso a apedrear los carros policiales y herir a algunos funcionaros. En medio de esta turba, el abusador y pervertido comenzó a tiritar de miedo y entró en pánico ante la posibilidad de ser destrozado por la chusma furiosa, en una patética revelación de su propia inferioridad y naturaleza. Terminó aturdido de un fierrazo en la cabeza, propinado por uno de los indignados vecinos y seguramente le habrían dado muerte allí mismo si no hubiese sido rescatado por funcionarios de Carabineros que llegaron a apoyar la acción. Más encima, los detectives tuvieron que pasar a una cantina de camino al cuartel para que el monstruo bebiera un trago, pues cayó en los temblores y ataques que son característicos del síndrome de abstinencia alcohólica589. Como esta aberración humana pasaba su vida sumida en la borrachera, la vagancia y la holgazanería callejera, muchas madres de hijos desobedientes aprovecharon en esos días la consternación social provocada por el caso del monstruo para asociarlo a la figura del “Viejo del Saco” y asustar con su evocación a los infantes590, conminándolos a portarse bien y a no fugarse de la casa, o se arriesgarían a ser secuestrados, metidos en su fétida bolsa y hasta devorados por el malvado. Más tarde, su recuerdo sirvió también para invitar a través del susto a los niños a mejorar sus hábitos en la mesa, y comerse el charquicán de cochayuyo o la ensalada de espinacas. Sucedía que el andariego Valera Pérez también habría usado esta famosa bolsa errante en algunas de sus jornadas como vago por las calles, profundizando la comparación con el ya originalmente temible personaje del “Viejo del Saco”. El proceso judicial fue más bien rápido y dejó abierta la posibilidad de que el monstruo haya tenido más de 10 otras víctimas en sus negros haberes, especialmente por su costumbre movediza, de desplazarse por varias ciudades de Chile. Como en esos años la atención judicial era principalmente en procurar el castigo de los malhechores proporcionalmente a sus delitos, más que en sus
588 “Crímenes inolvidables. 1923-1954”, René Vergara. Wordtheque, Santiago, Chile – 2000 (pág. 177-178). 589 “Crímenes inolvidables. 1923-1954”, René Vergara. Wordtheque, Santiago, Chile – 2000 (pág. 179). 590 Diario “La Cuarta” del miércoles 28 de junio de 2006, Santiago, Chile, artículo “‘Excitado’ por el trago Chacal de Carrascal violó y mató a niño”.

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mentados derechos y garantías, el infanticida fue fusilado por un pelotón en 1956591. Podría pensarse, quizás, que la abominable tragedia del pequeño Luisito Vergara pudo quedar vengada con la ejecución del repugnante monstruo que le quitara la vida con tan horripilante despecho; mas no es así, porque la existencia entera del pobre muchacho fue toda una historia completa de dolor, ultrajes y de atrocidades con muchos culpables directos o indirectos que, a diferencia del manco maldito, quedaron en la tibia y acogedora comodidad del anonimato y jamás pagaron su cuota en el cargo criminal de haber desgraciado una joven alma. Es el drama que han arrastrado en silencio tantos otros niños de la calle, paseantes habituales del barrio del río, como el triste pelusa de pies descalzos. Y es así como el mismo detective Vergara, que abordó con tanta atención este caso particular de la historia criminal chilena, expuso en las líneas finales de su sobrecogedor artículo sobre “El Monstruo de Carrascal” un dato tan perturbador y feroz como el asesinato mismo, revelando que en el punto 5 de la necropsia realizada a cuerpo de Luisito en el Instituto Médico Legal, decía textualmente (los destacados son nuestros): “En el ano del occiso se encuentran signos correspondientes a PEDERASTIA CRÓNICA”592. Es decir, era víctima de abusos sexuales reiterados y permanentes, no sólo del ocurrido con el ataque del monstruo. Más de medio siglo después de este macabro crimen que fuera capaz de abofetear la tranquilidad de toda una sociedad y consolidar el recuerdo de una figura que garantizará el temor infantil por muchos años más, uno puede ver aún a tantos pelusas como era y hacía el mismo Luisito, paseando por La Vega, el Mercado Central, bajo los puentes del Mapocho, las inmediaciones de la estación y esos mismos lugares precisos que él frecuentaba junto a otros noctívagos del barrio, unos inocentes y otros culpables, condiciones casi adivinables por el mero semblante de sus rostros. Y, al verlos, cabe preguntarse con legítima duda: ¿Cuántos de ellos tendrán sus propios monstruos aguardándolos? ¿Cuántos ya habrán sobrevivido al ataque de estos “Viejos del Saco”, y cuántos habrán sido sus presas o, lo que es peor, cuántos pueden ser sus víctimas aún no consumadas,
591 Diario “La Cuarta” del miércoles 28 de junio de 2006, Santiago, Chile, artículo “‘Excitado’ por el trago Chacal de Carrascal violó y mató a niño”. 592 “Crímenes inolvidables. 1923-1954”, René Vergara. Wordtheque, Santiago, Chile – 2000 (pág. 179).

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mientras sigan atrapados en la parte más siniestra y terrorífica de la infame realidad social? Y finalmente: ¿Cuánto ha cambiado nuestra sociedad, para bien o para mal, desde los años del acecho monstruo?

Retrato de Luisito, el niño vagabundo del Mapocho cruelmente asesinado en Carrascal, publicado en el periódico “Las Noticias Gráficas” del 19 de abril de 1954.

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Don Juan Nahum en su desaparecido local “La Florida”. Fotografía publicada por el diario “La Tercera” en mayo de 1997, cuando don Juan ya confesaba 87 años. Imagen de Copesa.

encantada La tiendita encantada de don Juan
Afortunadamente, la sordidez y la tragedia han sido sólo una parte de la antropología del barrio, insuficientes para eclipsar lo más bello y pintoresco suyo. Para seguir en la inspiración teológica que ya hemos usado en otros personajes mapochinos, recordamos que según el Antiguo Testamento, Nahum es un profeta galileo que tiene hasta un libro con su nombre dentro de la sagrada escritura, cuya traducción sería “Lleno de Consuelo”. Se le adjudica haber anticipado la caída del dominio asirio con la consecuente liberación del pueblo hebreo, en los inicios de lo que sería su peregrinar milenario hacia la liberación final de todas las esclavitudes. El comerciante Juan Nahum Homsey, también descendiente de otro de los pueblos bañados por el Mediterráneo más oriental, perteneció a una generación de viajeros e hijos de tales que encontraron en Barrio Mapocho la tierra de leche y miel, esa que fuera suya por cerca de 70 años, los mismos que lo convirtieron en uno de los locatarios más antiguos del sector del Mercado Central, con su maravilloso almacén semejante una antigua mercería o pulpería clásica, pero para el rubro de

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los alimentos, con repisas hasta el techo y estantes multicolores, con cientos o miles de productos y envases. Don Juan era visitado por andarines y curiosos que creían enfrentarse al set de un filme histórico dentro de esa sala con olor a harina tostada, aceitunas y frutas secas como huesillos, damascos y las típicas ciruelas negras apetecidas por los estíticos. En realidad, su rincón de calle Puente me aproximaba a una cuidadosa y estudiada recreación histórica, ofreciendo al visitante una cercanía al aspecto que habría tenido el comercio el sector del mercado en otra época, de seguro no demasiado distinta a los tiempos del siglo XIX en que fuera inaugurado el edificio. Por sí solo, además, el siriaco señor Nahum era un personaje inconfundible y casi antológico: delgado, de labios finos, nariz prominente y grandes gafas que, más que aumentar la vista de sus ojos cansados, reflejaban en su rostro ese extraordinario local situado en el corazón comercial de este Damasco mapochino, brotado como un manantial transparente y refrescante junto a las contrastantes aguas turbias y fétidas del pobre equivalente riberano al Éufrates en el barrio. Atendía en persona, con una impecable cotona, de espaldas a esas inolvidables repisas cargadas al tope de todas las mercaderías posibles, casi como las que podían encontrarse en los más antiguos mercados del mundo, al estilo de la feria de El Cairo o la de Bangladesh, antes de que se convirtieran en atractivo de turistas transformándose radicalmente, profanándose, calamidad que nunca tocó al negocito de Nahum. Sus carteles de precios y nombres de productos estaban hechos a mano; sobre el mesón estaban las balanzas antiguas, esas de bandeja metálica cóncava. Don Juan había comenzado su vida como empleado de un almacén de su tío, antes de aventurarse a instalar su propio negocio en este mismo lugar. Fue en junio de 1931 que pudo, al fin, arrendar su local por 400 pesos mensuales, pintando personalmente la tienda y construyendo los característicos estantes y muebles593. Se encontraba en la dirección de Puente 861, aunque en publicidad de fines de los cuarentas aparece en el número 819594. Para los que le conocieron, era un referente que la memoria se resistiría a olvidar: “La Florida” fue como bautizó su negocio, orientado al público popular que siempre le dio vida y actividad. El veterano locatario fue por largo tiempo, además, el más antiguo de los comerciantes del Mercado Central que continuaban trabajando en este lugar, todavía en los años ochentas y noventas. Sólo parecía ser superado por la longeva
593 Diario “La Tercera” del viernes 23 de mayo de 1997, Santiago, Chile, sección “Descubriendo Santiago”, nota “Entre pasas y huesillos”. 594 Periódico “Fortín Mapocho” Nº 40 del 1º de marzo de 1949, Santiago, Chile.

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Berta Ramírez, doña Bertita, otra conocida locataria que estaba instalada desde 1926, cuando le fue traspasado por su padre el negocio de su abuela. Allí transcurrirá el comerciante el resto de su larga vida laboral, entre abarrotes y frutas secas, convirtiéndose en uno de los más estimados en todo el mercado. “Era un punto importante de reunión en los años 40 –recordaría lúcidamente, entrevistado por un diario, a sus 87 años de vida-. La gente que se encontraba en la calle, se venía a tomar la bebida de la época: la canela, un traguito inofensivo, compuesto por canela y aguardiente”595. El veterano abarrotero se convirtió también en proveedor de varios de los demás comerciantes del barrio: aceite para las sopaipilleras, especias para las marisquerías, huesillos para los innumerables carritos moteros, pasas y aliños para las empanaderas, harina para las fritangas, etc. Los higos secos se ofrecían en enormes canastas “cunas” tan características de los mercados mapochinos; los porotos y lentejas abundaban en grandes sacos, como para alimentar a un batallón; cebollas perlas y pepinillos nadaban en acuarios de vinagre; y los quesos gigantes se partían a la venta desde el octavo de kilo hacia arriba, con cuchillos de hojas y mangos enormes que podrían haber sido la fantasía perversa de un asesino serial. Debido a la descrita característica del local y la grata acogida que don Juan le garantizaba a su clientela, “La Florida” era apodado cariñosamente como “el supermercado de los pobres”, precisamente por lo económico de sus ofertas y la tan cordial atención de su propietario, que tenía una relación de amistad con todos sus caseros, como sólo sucede hoy en las ferias del comercio popular y en esos viejos locales de menestras de los barrios pobres. Todos conocían a don Juan y recomendaban su boliche en el barrio. Como se podrá suponer de un hombre tan querido y respetado, Nahum era demostradamente generoso, amante del trabajo y todo indica que también fue un padre de familia ejemplar, que crió a sus hijas con grandes esfuerzos y sacrificios. De ahí se abonaba más al afecto del que fuera digno depositario. Sin embargo, el paso incontenible de la edad sobre su cuerpo delgado y cada vez más frágil, comenzó a sentirse y Don Juan, quizás por primera vez en tantas décadas, empezaría a ausentarse paulatinamente de su almacén encantado, faltando a ese sitio que parecía sacado de cuentos de Charles Perrault o Hans Christian Andersen. Pese a todo, le fue fiel a su Mapocho hasta los últimos días del local,
595 Diario “La Tercera” del viernes 23 de mayo de 1997, Santiago, Chile, sección “Descubriendo Santiago”, nota “Entre pasas y huesillos”. Tenemos alguna información relativa a este trago, la canela o el encanelado, y que algunos amortiguaban con un poquito de agua tónica o mineral. Es interesante el que haya sido también un trago representativo del barrio del mercado.

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que dejara una gran huella entre los demás comerciantes del mercado; mismos colegas que lo han vuelto un personaje casi legendario comentando su recuerdo, por lo que su pasada por allí no ha podido ser olvidada ni diluida en el tiempo, dejando la marca propia en la historia de la comunidad del mercado. El mágico espacio que ocupó su almacén, hoy está dividido y cambiado; ya ha sido tomado antes por un centro de pagos y parece que por algún efímero expendio de comidas económicas. Actualmente, la parte que conserva la numeración 861 es una pequeña pero conocida botillería del barrio, hasta donde aún sigue llegando, de cuando en cuando, algún pajarón preguntando por la desaparecida tienda. El maravilloso local “La Florida” se extinguió a la par de la energía de su propio dueño, dejando una de las ausencias más grandes en la biografía del barrio. Las repisas de colores y variedades, museos de tiempo y costumbrismo, se esfumaron en el aire como notas de cierre al final de una larga y hermosa serenata.

El antiguo edificio del Mercado Central con la tienda “La Ciudad de Damasco” de don Salomón Nahum, donde comenzara su actividad comercial su sobrino don Juan, posterior fundador de la tienda “La Florida”.

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Vista de la entrada actual al ex local de “La Florida” de don Juan Nahum, en la calle Puente a un costado del Mercado Central, ahora ocupado por una conocida botillería del sector.

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Retrato digital de María Ubeda, mostrando cómo lucía a fines de los noventas.

Párpados de pétalos y manos con espinas
Se llamaba María Ubeda, pero la mayoría la reconocía más bien por su alias: La Chirigua. Fue otra de las más antiguas locatarias del barrio y una de las pioneras de la Pérgola Santa María, situada al lado oriente de avenida La Paz entre Santa María y Artesanos. Ella se ubicaba siempre en el puesto Nº 25 del desaparecido edificio, rincón que recibió tras haberle pertenecido a su primer marido. Allí, esta alegre mujer vendió por décadas ramos, coronas y florcitas para los velorios y los cementerios chimberos, dignificando tantas últimas despedidas. La historia de La Chirigua era mucho, mucho más que este breve resumen, sin embargo. Era en verdad una mujer extraordinaria, una vieja adorable nacida en 1939, hacia los mismos lejanos días en que Francia y Polonia firmaban los preparativos para lo que sería el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Su

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llegada al mundo tuvo lugar en el ya mencionado hotel del “Luna Park”, en una residencial que era propietada por uno de sus tíos. Como otros de los locatarios de las pérgolas, vivió en ese hotel gran parte de su vida, pero desde temprano debió lidiar con las asperezas del ambiente desafiante y la sacrificada subsistencia, pues sus padres se separaron prácticamente en el momento mismo de nacer ella, debiendo vivir con un papá atrapado por el alcohol y asumiendo responsabilidades del sostén del hogar que no eran propios de una niña de su tierna edad. De una alegría inmensa, de una capacidad maravillosa para superar la desgracia y sobreponerse a la adversidad sin renunciar al buen ánimo, nadie hubiese pensado que a doña María la infancia le tocó tan dura, durísima, criándose en este contexto hostil y pérfido del barrio, batiéndose de igual a igual contra niños abusones e incluso algunos tontos grandotes a los que no trepidó en hacer frente desde su diminuto tamaño. Como era pelusa, regordeta y tan bajita, María Ubeda se ganó desde niña el motete de Chirigua, alusivo a esos pequeños pajaritos gordos y poco estilizados que son así llamados en los campos. Ella quería este apodo más que su propio nombre y lo tomó como suyo. Hizo buenas migas con la cantante chanquina de rancheras Esmeralda González Letelier, más conocida por su nombre artístico Guadalupe del Carmen, que adoptó al profesionalizar su carrera. Siendo adolescentes, ambas salían entonar en microbuses algunas tonadas y piezas del folclore charro, aunque en una oportunidad La Chiri tuvo la mala ocurrencia de cambiarle la letra a una canción por otra de su autoría, tan excesivamente picante y soez que escandalizó a los pasajeros y el chofer terminó arrojándola de un puntapié fuera del transporte, castigada y censurada por grosera. Lamentablemente, no todas sus aventuras fueron tan divertidas y dignas de risas: la verdad es que esta emblemática pergolera sufrió grandes y terribles dolores en toda su existencia. Aún no entraba de lleno en la adolescencia, por ejemplo, cuando fue víctima de un hombre mayor y abusador; un mal amor convertido en pesadilla que, por respeto a su memoria, preferiríamos no detallar, pero sí consignar que consumió en el tormento varios de los más sacrificados años de su vida. Como consecuencia de esta relación perturbadora, siendo muy joven tuvo una hija que nunca volvió a ver, pues el padre se la arrebató y la puso en adopción no bien terminado el parto. Esta oscura época en su existencia tenía lugar en los días en que ella, careciendo de un hogar propio y tras haber sido cerrada la residencial del “Luna Park”, se quedaba a dormir incluso dentro del frío local que tenía en la Pérgola Santa María, cuando ésta aún no contaba con techo pero igualmente imperando en su interior una humedad infame y maléfica. El suyo fue, así, un escenario de miseria y desprotección que parece sacado de alguna desgarradora novela social, con

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argumentos derrochadores de crueldades, incluyendo dos hijos bebés que se le murieron de frío en este terrible transitar por el más deplorable estado de vulnerabilidad, intentando capear noches heladas en ese mismo lugar de trabajo. Su hija Fabiola, nuestra principal fuente y nacida del segundo matrimonio de María Ubeda, vino al mundo en esa misma pérgola y se crió en sus primeros años “en una caja de cartón para plátanos que le servía de cunita”, a un lado de su infatigable madre que no cejó en buscar doblarle la mano a las tribulaciones más desgraciadas y abominables de una vida que parecía haberse ensañado con ella pero que, a fin de cuentas, fracasó humillantemente en su obsesión enferma y perversa por arrebatarle la sonrisa a tan tremenda luchadora, que fue capaz de derrotar todas las ojerizas del destino. Ése era el mundo del que venía La Chiri, incansable ante los avatares insolentes y vicisitudes inmisericordes de la vida; alguien que consiguió arrancarle por la fuerza alegrías al mundo, para una existencia que por períodos hubiese parecido obcecada con provocarle sólo dolor y sufrir interminables. Barrio Mapocho fue su isla; su país. Prácticamente, la totalidad de lo que sucedió en su vida tuvo lugar en la ribera del río, pues allí pertenecía. Todos los días llegaba temprano a su puesto, a las siete de la mañana, con sus cabellos ensortijados de rulos bastante parecidos a los mismos arreglos florales que vendía en el local, colocándose su característico delantal hasta las 11 de la noche de cada jornada, cuando regresaba a casa. Era, en consecuencia, una típica mujer chilena; una cantinera en tiempo de paz, de esa estirpe popular que sólo genios como Nicolás Palacios fueron capaces de enseñarnos a querer: esforzada y valorada, con la tendencia a apretar los ojos con cada risa, o “sonreír con los ojos” como le dicen; con esos párpados hinchados y blancos, decaídos sobre la mirada que testimonió ante sí tanto de la historia del Barrio Mapocho. En contraste, sus manos gruesas llevaban marcadas las señales de toda una vida de trabajo y de esfuerzo, ásperas, con las inclementes espinas de las rosas incrustadas sobre la piel ya endurecida pero, sin embargo, siempre intentando ser pulcras, luchando contra el desgarro y el raspón de cada momento, cada instante. Así era La Chiri, magnífica vieja chora, amada y respetada. Con una honradez y generosidad proverbiales, tenía también una agilidad mental y un entrenamiento creativo in situ para sacar chistes con la rapidez del rayo, enfrentando a sus propios colegas hombres más avezados en esta característica del humor nacional y en el lenguaje soez que ha sido tradicional patrimonio masculino. Famosas fueron sus cruzadas de bromas pesadas a garabato limpio con otro conocido y alegre personaje del barrio, El Perro Cabrera, pareja de una distinguida y elegante pergolera del mismo lugar. Era imposible pasar por la Pérgola Santa María sin notar la presencia de María Ubeda allí; e incluso si algún paseante apresurado o distraído no alcanzaba a verla, ella misma se encargaba de concretar el saludo,

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pues tenía una memoria prodigiosa para reconocer sus clientes y visitantes, por supuesto siempre con sus irreverentes risas y tallas. Tenía un carácter temible si alguien se le pasaba de listo, sin embargo, talento que conoció en persona el famoso cantante tropical Roberto Fonseca, alias Pachuco, al cometer lo que La Chiri consideró una grave falta de respeto durante una visita suya a la pérgola. El músico, que ciertamente no tenía el más grande de los carismas ni fluía en simpatía, terminó cacheteado y golpeado por la locataria a causa de este incidente, aunque un tiempo después hicieron las paces y hasta forjaron amistad. El round Chirigua-Pachuco fue uno de los más comentados en el barrio, al punto de que cuando el cantante Zalo Reyes pasaba por allí le recordaba con risas a doña María su memorable combate, celebrándolo como una hazaña que ya ha pasado a formar parte del rico anecdotario del barrio comercial de Mapocho, junto a tantas otras historias inolvidables allí sucedidas y refugiadas en la tradición oral de sus residentes y actores. La Chirigua era famosa, además, por aparecer en frecuentes entrevistas en los medios que se enteraban de su popularidad y la invitaban. En una edición del programa “Viva el Lunes” de Canal 13, por ejemplo, rechazó un jugoso cheque que le ofrecieron de regalo en vivo, declarando que ella sólo aceptaba dinero de su trabajo. Salía también en un programa dominical infantil del que se declaraba fanática: “Cachureos”, donde se la mostraba bailando por puro amor al arte con La Momia, uno de los personajes del equipo596, que conoció luego de una visita del mismo a las pérgolas. Su alegría siempre desbordó todos los lugares por los que transitó en su paso por este mundo, como un hada de la risa y el júbilo que intentaba dejar a sus espaldas la vida sufrida y dolorosa que le tocó en esta ronda. Varias veces fue entrevistada también por medios de prensa escrita, en su calidad de florista de las más antiguas y populares de la pérgola. Fue, así, una flor de alegría mapochina, de dulce optimismo; esa rosa de rostro sedoso, de mirada tierna y párpados de pétalos aterciopelados, contrastados con sus manos siempre espinudas, marcadas por los cortes y rasguños del trabajo esforzado. Era, en fin, como la más fina y alegre de las rosas que hayan pasado por su puesto en todos esos años, en los que nunca se vio su rostro de luz sin la sonrisa que exaltaba más aún sus rasgos de mujer de pueblo, de auténtica chilena, con ese mohín feliz en la mirada y tan opuesto a sus manos siempre castigadas. La clientela de La Chiri reflejaba el eclecticismo y la amplitud de las simpatías que se ganó en vida. En una misma jornada era visitada por ricos y pobres; por buenos y malos. A su puestillo de un rincón del edificio llegaban desde funcionarios de la
596 “La Tercera” del viernes 20 de junio de 1997, Santiago, Chile, sección “Descubriendo Santiago”, nota “Las flores no se compran al lote”.

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Policía de Investigaciones de Chile de la calle Borgoño hasta conocidos narcotraficantes de la zona Sur de Santiago, todos para despedir a sus propios caídos. Y cuando este local era visitado por gente menesterosa que no tenía dinero para comprar arreglos florales, doña María les regalaba algunas de sus coronas o ramitos que estuvieran con dos o más días, comenzando a ponerse mustios, pues su filosofía y política “profesional” era que todos los muertos deben tener flores, por lo que consideraba su oficio en un verdadero y necesario servicio de amplio contrato social. Esta generosidad y desprendimiento, propio de quien ha pasado por el trauma de no tener nada, se manifestaba en otros innumerables gestos suyos, reforzando las razones del inmenso cariño popular que se ganara en la vida en las riberas. Mucha gente recurría a ella, por lo mismo. A algunos mensajeros que los enviaban a dejar flores y coronas, cuando parecía que no les había ido bien en el día, la propia Chiri los llamaba a su puesto y, sin hacer preguntas, les ofrecía alguna de las comidas que preparaban en su propio espacio para cada hora de almuerzo: un plato de porotos, alguna cazuela con ensalada de tomates a la chilena o, simplemente, uno de los mencionados sánguches del florista, característicos de este tipo de comerciantes del barrio y que tenían fama de sacar de apuros para el hambre en momentos de bajo presupuesto. Fue una desgracia que La Chirigua acabara siendo víctima de terribles injusticias también en sus últimos años… Injusticia infame, superior, pero casi zodiacal. Como no sabía leer ni escribir, cayó en la deshonestidad de un inescrupuloso charlatán leguleyo del sector, viéndose metida en un problema tan grave que debió vender con dolor y amarga resignación el puesto en la pérgola, acaso su verdadero y auténtico hogar. Y como el golpe no fue suficiente para complacer la cruel sed de Baal, poco tiempo después se le declaró un agresivo cáncer que consumaría la conjura de muerte en sólo cinco meses, ante la desazón de su familia en el hogar y de su otra familia de queridos amigos pergoleros, aquellos compañeros de toda una vida. La Chirigua falleció el año 2009. Su velorio en la Pérgola Santa María fue una emotiva reunión con toda la historia del Barrio Mapocho representada en los cientos de rostros y almas sobrevivientes que la han trazado. Su ataúd fue escoltado por turnos, en pares de personas que completaron una larga jornada de despedida para la querida Chiri. La llevaron al que había sido su puesto, dándole el último adiós en el sitio de sus esfuerzos y sacrificios por tantos y tantos años. Acto seguido, el cortejo partió hacia el Cementerio Metropolitano, donde esperaba el lugar que le daría reposo. Al año siguiente, por curiosa coincidencia, fueron demolidas las antiguas pérgolas para ser renovadas con los nuevos y modernos establecimientos comerciales, como

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hemos visto en otra parte de este trabajo. Del lugar que ocupó doña María, ese alegre querubín femenino de la Pérgola Santa María, sólo ha quedado el vapor de la memoria de quienes tuvieron la fortuna de conocerla. Por alguna extraña última compasión del implacable destino, sin embargo, el local que por tantos años había pertenecido a la Chirigua, allí arrinconado en una esquina, fue el último en ser demolido por las maquinarias pesadas del progreso y la renovación que levantarían allí el actual edificio del Mercado Tirso de Molina. Esas mismas flores con las que hizo digna la despedida de tantos, homenajearon su propia partida hacia los jardines de lo imperecedero. Hoy decoran también su tumba, ésa donde yacen sus restos o, acaso, donde se esconde la entrada secreta a una maravillosa ciudad encantada, subterránea, pintada de balcones de colores y cercada por paraísos florales donde al fin encontró la esquiva y plena felicidad, la definitiva, esa que jamás se marchitará.

María Ubeda, “La Chirigua”, en la Pérgola Santa María por el lado de calle Artesanos, en los años ochentas. Imagen facilitada generosamente por su hija Fabiola Vallesteros. El puesto de doña María se ubicaba justo de este lado de la pérgola, por lo que a veces, la chispeante florista se escapaba por un ratito hasta el bar y restaurante “Rupanco” que se ubica casi al frente de este acceso al ya desaparecido edificio pergolero.

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Las últimas flores en la existencia de doña María Ubeda, “La Chirigua”: las de su propio velatorio, realizado dentro del viejo edificio de la vieja Pérgola Santa María, y con sus amigos y ex compañeros de trabajo de toda la vida sirviéndoles como escoltas. Fotografías también proporcionadas generosamente a nosotros por Fabiola Vallesteros, hija de la inolvidable “Chirigua”.

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La animita de Mauricio Andrés, en el borde del río… Nunca le faltarán las flores.

Otro ángel caído
Mauricio Andrés fue otro personaje del sector de las pérgolas, aunque en una actividad muy distinta y menos célebre que la tradicional venta de flores en el barrio. Una ocupación injusta, en un orden del mundo también injusto y que, además, le costó la vida, para incrementar el sacrilegio contra su niñez. El chico llegaba todas las mañanas a vender sus chatarrillas azucaradas entre los usuarios de la infernal locomoción colectiva del barrio. Habría dejado el colegio para continuar con esta actividad, de hecho. La incursión en el comercio de este

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tipo se había disparado en los tiempos de la Recesión Mundial, cuando literalmente muchas familias de Chile no quedaron ni con ropa sucia. Eran los años de la venta masiva de los calugones “Pelayo” y las “Merendinas” (“bizcochito que fascina”, decía la propaganda); los chocolates “Yico” con 0% de cacao, o esa masa mórbida de malvavisco rosa bañado en algo que también decía ser chocolate, llamada “Oba Oba”. Más tóxicos parecían los colores de esas tabletas dulces llamadas “Pololeando” o algo así, y que tenían una estética hippie en el diseño de su envase. Mauricio aparecía con su cajita de alguna de estas golosinas compradas en distribuidoras de confites como las de San Diego o Meiggs y allí, en las puertas de La Chimba, ofrecía a los viajeros que venían por Independencia y Santa María la posibilidad de completar el viaje en la locomoción colectiva convirtiendo en un verdadero picnic el tedio de un traslado que solía durar hasta una hora y media, algo que por entonces, en años sin Transantiago, ya se consideraba terrible. Dicen que el apellido del muchacho era Maldonado, aunque unos pocos insisten en que era Mardones. Habría sido un chico rechoncho, de rasgos formados por la inclemencia de una vida dura y humilde. Era más bien pequeño, aunque ya comenzaba a entrar a la adolescencia y avanzaba hacia el famoso “estirón” que lo presentaría ante la juventud a la que, desgraciadamente, nunca le llegó. El rango de acción era el Puente Padre Hurtado, allí mismo donde el sacerdote recogía a niños en la misma condición vulnerable que el muchacho, para darles acogida en el Hogar de Cristo, como hemos visto. Lugar peligroso, que ha sido regado por la sangre de otros accidentes y atropellos, según recuerdan funcionarios y residentes del barrio. Mauricio, así, era presa y esclavo de una constante de Mapocho, condenado a completarla también hasta en la conclusión trágica que allí suele apoderarse del destino de sus actores y en este caso sin respetar siquiera su corta edad, en aquellos mismos días de protestas populares de los años ochentas, según calculan algunos testigos de esta historia. Mauricio subía al vuelo esos microbuses en recorrido para vender sus mercaderías. Bajaba con la misma agilidad, como todo pelusa, de esos niños de la calle que abundaron en el barrio y que, como hemos dicho, nunca se han ido del todo. Los locatarios lo querían: le regalaban frutas, bebidas y alguna cosita poca para que llevara a su casa. Los pergoleros que tienen sus puestos por el lado del edificio de la Piscina Escolar lo conocían y le saludaban a diario. Lo mismo con los kiosqueros del otro borde, en la ribera Sur, que antaño se extendían en una larga hilera junto a la Plaza Venezuela, y de los que sólo sobrevive una garita a la salida del puente, donde atiende una conocida puestera del barrio que también conoció de cerca al ángel caído de Mapocho y que nos ha servido como otra de las fuentes de información sobre Mauricio.

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Así transcurría la vida del niño, cruzando mil veces al día ese puente; saltando de un lado a otro del río con su eterna caja de dulces, con las monedas de 10 pesos en sus bolsillos, muchas de ellas en su versión grande y grotesca, y las otras acuñadas con la efigie de la alegoría de la libertad celebrando a alas desplegadas el 11-91973, mismas que ahora se retiran y esconden con pudor. El ángel que apenas abrazaba las puertas de la adolescencia, se hacía espacio ofreciendo sus golosinas entre gente cansada de camino al trabajo o fatigada tras una larga jornada, endulzándoles en algo la vida dentro de esas máquinas de locomoción recargadas con decoración picante y mensajes que pretendían ser graciosos en medio de instrucciones imperativas como “No fumar”, “Prohibido hablar con el chofer” o la nunca respetada indicación “Capacidad: 23 pasajeros sentados, 15 de pie”. El querido y popular pelusita solía interceptar principalmente a los pasajeros de los microbuses que venían por Independencia para cruzar el río haciéndole una vuelta por el costado de Estación Mapocho para tomar Teatinos hacia el lado de la Cárcel Pública. Abordaba los grandes vehículos en el sector de la Pérgola San Francisco y la Piscina Escolar que se encuentra tan a mal traer y opaca al momento de escribir estas líneas, que ya parece amenazada con pasar también a nuestra lista de especies extintas. Pero un día llegó la tragedia para Mauricio, cuando su buen cálculo para abordar y abandonar los microbuses le falló, de la mano de un aparente error del chofer, de esos que no se caracterizaban en aquellos años por su buen trato o docilidad con el usuario, precisamente. Todo fue tan rápido como dramático: una de las extremidades del niño quedó enganchada en la rústica puerta del microbús, de aquellas que cerraban con brutalidad y que seguramente truncaron la rectitud de más de alguna nariz. El muchacho, con su otra mano ocupada por la caja de dulces, intentó zafarse cayendo arrastrado por el pavimento. La temida doble rueda trasera finalizó la traumática escena, y una monstruosidad voluminosa llena de ruidos metálicos le pasó encima, apagando para siempre su vida, y dejando su cuerpo tendido en la entrada Norte del Puente Padre Hurtado, destruido como una muñeca de porcelana estrellada en el pavimento… Horrible y espantoso; aterrador. Para cada alma en la comunidad mapochina, la noticia fue un hecho devastador. Probablemente fueron sus familiares los que instalaron para su memoria una pequeña animita, en la avenida Santa María llegando a Independencia, a un lado del puente y sobre la orilla misma del río Mapocho, en el escenario de su conmovedora tragedia. Y Mauricio Andrés, en la conciencia y la cultura animística nacional, quedó allí para siempre, alojado en la permanencia del barrio, recordándonos la fragilidad y relatividad de la vida, en contraste con la solidez e irreversibilidad de la muerte.

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La cercanía de las pergoleras garantizó la presencia diaria de flores en su casuchita frente a la piscina. La escoltan las velas y los agradecimientos. Como tantos otros intermediarios del mundo divino con el terrestre en las riberas del Barrio Mapocho, comenzó a demostrar su generosidad intercediendo al ser solicitado con las rogativas. El ángel de Mapocho, caído víctima de la propia vida dura que encontró allí, ahora concedía favores y generaba un culto alrededor suyo. Muchas de personas le son devotas. Su animita nunca está sin flores coloridas y frescas, como si Mauricio Andrés viviera en esa pequeña casa y solicitara la belleza floral para su jardín. Alguna vez su rincón fue mucho más grande y elegante que en nuestros días, pero los infaltables vándalos del vecindario lo han destruido varias veces. Hace poco le volaron su techito. Los devotos, sin embargo, han vuelto a reconstruir la animita, valiéndose de materiales a prueba del frenesí de destrucción y de la inferioridad cultural del borracho callejero promedio. El ángel caído de la ribera, ese paria de una sociedad mezquina e ignominiosa, quedó constelado eternamente en ese recuerdo del niño trabajador y esforzado. Sigue allí entonces, con su fama de ser extremadamente cumplidor, entrando a la competencia milagrosa con otras veneradas animitas de la capital, como Romualdito, la Carmencita o Alicia Bonn. Mauricio será, por excelencia, la animita de Barrio Mapocho. Quizás sea demasiado nueva para consagrarla, es verdad… Pero suficientemente antigua ya como para tratar de ignorarla.

La trágica y hermosa esquina de Fabita
La ribera opuesta también ha adicionado a su paisaje los vestigios de tragedias similares a la de Mauricio Andrés y en las que la partida traumática e inesperada ha dejado esa ilusión de una energía milagrosa y gentil en el lugar donde se posó el dedo de la muerte. Existe un caso más reciente que el acabado de ver, de hecho. Fabiola era una chica de bajo tamaño y un poco gordita, nos dicen. Usaba su liso pelo aclarado y siempre parecía sonreír, pese a haber sobrellevado sus 30 años con algunas dificultades. Había algo cándido e infantil en ella, en Fabita, como le llamaban sus amigos: alguna secreta inocencia que le hacía verse de menos edad y mayor vitalidad. Integraba un club religioso que agrupa a sordos y oyentes de Maipú, llamado Comunidad Manos de Alelí, pues tenía un sobrino afectado por esta limitación. No hay duda: siempre fue una mujer muy querida entre los suyos. Dicen sus flamantes devotos que Fabiola trabajaba en la proximidad de la Estación Mapocho, por donde está la ex Cárcel Pública, el escenario de su tragedia.

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Transitaba a diario por allí, inconsciente de que sería acaso la primera víctima del infame sistema Transantiago, y además la última animita que ha aparecido en este lado del barrio riberano, en la encrucijada de calles donde le aguardaba la muerte. La jovial Fabiola cruzó la calle General Mackenna aquella mañana de día martes, hacia donde están los cuarteles de la Policía de Investigaciones, por la altura del famoso kiosquero don Juan Rubio, por más de 35 años establecido en el mismo barrio. No lo habría hecho con imprudencia, nos han informado también por acá, sino con una falsa seguridad: la muchacha desconocía que los trabajos de pavimentación que se realizaban cerca de ahí en calle Bandera (como siempre, eligiéndose las peores épocas del año para ejecutarlas), habían obligado a descargar todo el tráfico de la locomoción colectiva que iba hacia el Norte, ahora por la calle Amunátegui, exigiendo a los monstruosos y aberrantes buses oruga del nuevo sistema doblar por esta calle justo en su esquina con General Mackenna, precisamente donde cruzaba la inocente víctima597. Fabiola Andrea Hernández Pailamilla murió golpeada y arrollada ahí mismo por esa mole metálica, símbolo de la desdicha de toda una ciudad sometida a las eternas malas decisiones de sus autoridades, per secula seculorum. Es por eso que creemos que Fabiola fue la primera víctima del nefasto sistema, casi como un mal presagio o anticipo de su fracaso, pues además del bus que causó este drama, el Transantiago recién se estaba preparando para ser puesto en marcha plenamente en febrero del año siguiente y las pavimentaciones que produjeron estos desvíos fatales nacieron de la urgencia por disponer contra reloj las calles para el mismo598. Fueron horas de terrible emoción las que se vivieron allí durante esa mañana. Carabineros llegó a realizar las pericias y los primeros deudos de Fabita aparecieron haciendo más dolorosos aquellos momentos. El cuerpo fue retirado y una gruesa manguera de incendios intentó borrar las huellas de la brutal escena que había tenido lugar, haciéndole vista gorda al sufrimiento y al horror que se vivieron. Según entendemos, fue sepultada provisoriamente en el Cementerio General, y luego trasladada hasta el Parque del Sendero, en Maipú. Pero algo iba a impedir que Fabiola fuera sólo un número más en la estadística, pasado por lo bajo de promesas del mejor sistema de locomoción que jamás llegó. Nos cuenta don Juan, el kiosquero, que de a poco comenzaron a llegar amigos y familiares de la infortunada muchacha, a colocar sus ofrendas florales en las rejas
597 Portal noticioso “Terra” del martes 14 de noviembre de 2006, Santiago, Chile, artículo online “Mujer murió atropellada por bus del Transantiago en la capital”. 598 Diario “El Mercurio” del martes 14 de noviembre de 2006, Santiago, Chile, artículo “Mujer muere atropellada por bus de Transantiago” (edición online)

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que están sobre la infausta esquina de su última desgracia. Flores frescas y otras de papel, más algunos adornos extras, como veletas, cintas o escarapelas. Y luego, llegaron las velas y los visitantes anónimos, y el juramento de que, tal como en el caso del otro chico atropellado frente a la Piscina Escolar, la fallecida era en extremo milagrosa, impregnando de su magnificencia ese mismo sitio que fuera sangriento tablado de su caída… Mapocho se había ganado otra generosa hada. De esta forma, entonces, su nombre sigue presente allí en la esquina, con una segunda vida propia. El imaginario jardín decora ese lugar que habría sido un sitio maldito, de no ser porque su propia muerte atrajo las flores que la llenan de color y de promesas de conceder favores y dar esperanzas. Fabiola salvó esta esquina. Nada muere en Barrio Mapocho. Todo objeto, persona o concepto inclusive, trasciende en los hilos históricos; se transmuta, convirtiendo su propia ausencia en una presencia irrenunciable y perpetuada, como hemos visto. Sin una casucha propia como animita, Fabita de todos modos aún ronda allí, en el lugar de su infortunio. Y alguien ha colgado una placa de madera grabada con pirografía, ofreciendo al lector la síntesis más exacta y precisa para la explicar su misterio: Aún no he muerto. Sólo moriré cuando no esté en tus recuerdos.

Esquina de Amunátegui con General Mackenna, decorada recordando a Fabiola. Quizás por el aspecto cándido de su animita, ronda ya en Mapocho el mito de que fue una niña atropellada tras escapar de la mano de su madre y correr a la calle.

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Otro querido y recordado personaje del barrio y que ahora tiene animita en él, fue José Abarcia García, alias “El Chino” (en el recuadro). Su altarcillo de recuerdo está junto a la Feria Tirso de Molina en calle Artesanos, y ha tenido que ser cambiado de lugar alguna vez por las modificaciones que sufre el sector en este momento, lo que asegura que tendrá que ser desplazada otra vez cuando se inaugure el gran edificio al que se trasladará este mercado. Los locatarios y la gente del lugar dicen que “El Chino” era un curadito del barrio que cayó víctima de su propio vicio en este sitio. Algunos veguinos, ferianos y ex amigos todavía lo saludan cuando pasan por allí, acariciando el techo de su animita.

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Tarjeta de presentación que usó don Renán, hasta sus últimos días.

Renán, el caminante por el tiempo
Por muchos años, el sector La Paz, Recoleta e Independencia también fue tablero de desplazamiento de todo un personaje entre las piezas del ajedrez chimbero, quien se ha extinto precisamente mientras terminábamos este trabajo: Godofredo Renán Valdés von Bennewitz. Por él no habrá animitas como las que hemos visto, salvo aquella impalpable e inmaterial que intentamos construir sus ex amigos, con nuestros ladrillos de la memoria en algún lugar de los recuerdos que a él –y sólo a él- le pertenecerán por siempre. Fue increíble cómo se perdió en el olvido la historia de este hombre extraordinario, magnífico escritor, dibujante y cronista, testigo de casi todo el siglo donde desfilaron los tranvías, las luchas políticas, la transformación final de Santiago; allí en la mayor escritura en presente que se hiciera de tantas páginas de la historia chilena, y en la que puso su parte como articulista, defensor de los trabajadores ambulantes, preso político y candidato a cargos públicos que nunca logró alcanzar. Tras su repentino fallecimiento en las proximidades del Bicentenario Nacional, sin embargo, solamente una pequeña nota redactada por uno de nuestros amigos en común, Mauricio Valenzuela, lo recordó en algún diario599. No sabemos si proponer que Barrio Mapocho fue quien le vería pasar en su peregrinar diario por estos vecindarios, o si más bien fue él quien vio transcurrir la vida en las riberas por sus ojos y bajo sus pies, allá donde transitaba en largas e
599 Diario “La Nación” del domingo 15 de agosto de 2010, Santiago, Chile, artículo “La Paz de Renán Valdés” de Mauricio Valenzuela.

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interminables caminatas de andar pausado pero que, de todos modos, desafiaban la senilidad y la fatiga. Siempre se le veía con su característico sombrero gris, elegantemente vestido a pesar de los aprietos económicos en que vivía, resistiendo estoicamente, jamás pidiendo ayuda y hasta rechazándola si le era ofrecida. Su característico bigotito tipo Clark Gable, mismo de toda la vida, se había ido perdiendo con el tiempo y la vejez. A veces, incluso se lo retocaba con alguna especie de lápiz cosmético o algo parecido, costumbre que, afortunadamente, abandonó en sus últimos años. Renán vivía en la calle Olivos (rebautizada Sergio Livingstone, en homenaje al comentarista deportivo) cerca del Hospital Siquiátrico. Lugar privilegiado para sus caminatas también hacia el Cementerio General, visitando el monolito de sus camaradas-mártires de la juventud nacionalsocialista, o hacia el Mapocho, donde pasó tanto tiempo de su existencia probando amarguras y dulzores. A veces, llegaba hasta más allá del río, como alguien que regresa de visita a su propia ciudad; a sus propios tiempos perdidos. Se detenía en la placa de los Mártires del Seguro Obrero en la Plaza de la Constitución, a leer los nombres de sus antiguos correligionarios asesinados. Y seguía aún más allá, pasando la Alameda. Al caminante lo encontramos en una ocasión en Marcoleta, frente al Hospital Clínico de la Universidad Católica. Nada arruinó esta vitalidad, que fuera su mayor activo. Por Barrio Mapocho se aparecía siempre lento, de pasos cortos, cerca de las pérgolas, de la estación, de la Plaza Venezuela o del mercado; pasaba junto a esa piscina construida por el Presidente Carlos Ibáñez del Campo, al que él apoyara con fervor en sus años jóvenes; o por el “Teatro Princesa” donde el mismo caminante había sido proclamado candidato a Diputado tantos años atrás, como se observaba entre las innumerables fotografías, recortes de diarios y documentos que atesoraba en el enorme archivo apilado en la habitación al fondo de su casa, con el que entretenía a sus visitantes. Así era que el viejo Renán paseaba por el éter del tiempo; por los recuerdos más volátiles del barrio y los suyos propios, que a esas alturas se hallaban tan amalgamados que eran casi lo mismo. Nacido en 1923, aseguraba ser medio hermano de un conocido cantante nacional, mucho más joven que él pero fallecido primero. Sus registros familiares son confusos y algo dolorosos, en verdad: siempre nos quedó la sensación de que intentaba cubrir de alguna forma esos vacíos que le dejó en el alma su propia existencia. Se crió con su abuela por el tiempo breve que ésta le duró, pues nunca vivió en el calor de una familia propia. Su padre, Vicente Carlos Valdés, fue una figura respetada y muy admirada por Renán, pero con ciertos ribetes de ausencia, al igual que algunos de sus hermanos; y a su madre, una acaudalada artista plástica de origen alemán, la vino a conocer recién en los años de su juventud. De este

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primer y poco auspicioso encuentro con ella, sin embargo, además de encontrar una posible explicación a sus talentos de dibujante y caricaturista, recibió como obsequio un cuadro de la pintora que, por alguna razón, él conservó con cariño por toda su vida, quizás como un recuerdo triste convertido ya en su elefante blanco. Todavía no salía de la enseñanza secundaria en el Liceo San Agustín, cuando comenzó a practicar el oficio de cronista, convirtiendo al periodismo en la vocación principal de su vida y redactando desde su antigua máquina de escribir columnas para “El Mercurio”, “El Diario Ilustrado”, la “Revista de la Policía de Investigaciones de Chile”, el diario “La Antorcha” de San Felipe y “El Diario de Malleco” de Angol. Coincide su precoz debut en los medios con el período en que tendrá lugar la aciaga Masacre del Seguro Obrero. Renán, que también se desempeñaría en el diario “El Trabajo” que era el órgano oficial del movimiento nacionalsocialista chileno, se salvó de estar en la nómina de los asesinados precisamente por su corta edad, pues fue marginado por sus camaradas del conato revolucionario por ser apenas un adolescente que, hacia los 14 ó 15 años, había saltado ya a las contiendas callejeras de las fuerzas políticas en aquellos días. Pero a pesar de esta salvada, don Renán tenía una especie de capacidad innata para meterse en problemas insólitos, casi tragicómicos, misma suerte que siguió jugándole en contra durante toda la vida, aunque llenándola de eternas y entretenidas anécdotas. Su exceso de honestidad y su fidelidad a los principios fueron una mezcla poco feliz; peor aun cuando su trabajo de periodista le diera accesos, tribuna y pasaporte a la selva de los safaris del poder político. Hacia 1948, por ejemplo, acabó detenido por hacer pública una fuerte crítica contra el Presidente Gabriel González Videla, atacándole por su persecución contra los comunistas luego de haber llegado al poder con el voto de ellos. Aunque Renán era un declarado e indiscreto antimarxista, decía que la audacia le costó un paso por el presidio y después un relegamiento en Quirihue. Durante esos días en que estuvo en la Penitenciaría, sin embargo, logró introducir una pequeña cámara fotográfica y algunas libretas de apuntes con las que convirtió su castigo en una oportunidad para documentar la vida carcelaria, experiencia que inspiraría su novela social con mucho de autobiográfico, titulada “Cárcel”, publicada al año siguiente y que hoy es un libro prácticamente desconocido en las estanterías literarias600. A pesar de todo, Renán siempre siguió siendo fiel a la amistad que creía tener con González Videla quien, finalmente, accedió a dejarlo libre otra vez, quizás sorprendido con la entereza y gallardía del periodista, luego de hacerlo ir directamente a La Moneda para una entrevista. No obstante, el intrépido escritor
600 Para quienes estén interesados en este libro, figura en las bibliotecas como “Cárcel: novela social” de Renán Valdés von B. Ed. Los Andes, Impr. El Heraldo, Santiago, Chile - 1949.

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jamás dejó de criticarle por su proceder, describiéndolo como un acto reprochable que macularía para siempre la obra del ex mandatario. La historia le dio la razón. Dueño de una erudición notable, en sus columnas de opinión nunca escondió sus vínculos con los mártires del 5 de septiembre, a quienes dedicó escritos y homenajes, especialmente en sus publicaciones de los años sesentas. Empero, su filiación política y sus ideas antimarxistas le valieron el odio encarnizado de muchos enemigos, no sólo entre círculos izquierdistas. También hubo algunos que, desde su propia trinchera, lo despreciaron por renegar abiertamente del fenómeno nazi-fascista europeo. Varias veces fue objeto de acusaciones injustas, algunas francamente infames, y de arbitrariedades que quizás contribuyeron, a la larga, a arrastrarlo al virtual anonimato en que terminó sus días. Renán participó también en un libro publicado en 1962 por un grupo autónomo de divulgación cultural y social, titulado “Cuatro autores y sus cuentos” y presentado por el gran Armando Méndez Carrasco, otro recurrido autor en esta investigación. En él hay dos cuentos de Valdés, titulados “Violetas para un recuerdo” y “Un payaso llamado estafador”, más los relatos del poeta Luis Silva Basualdo, el dramaturgo Juan Radrigán Rojas y, para sorpresa de algunos quizás, el futuro juez Alejandro Solís Muñoz, que por entonces probaba con la literatura. Antes de mudarse a su modesta y definitiva casa en calle Olivos cerca de avenida La Paz, vivió en pensiones y habitaciones arrendadas por el Centro de Santiago, algunas de veras muy desoladoras, pero en las que sólo necesitó la compañía de su máquina y un café para seguir activo. También experimentó el vértigo de las correrías bohemias del Barrio Mapocho y La Chimba, pero con moderación, pues en su vida austera no estaban el alcohol ni los excesos. Su único y breve vicio fue, de hecho, el tabaco, primero a través de la pipa y luego del cigarrillo, aunque se justificaba siempre aludiendo a una supuesta prescripción médica, chiste que repetía a menudo: Dije a mi doctor que era por algo estético, contra la fealdad… Pues con el humo no se me ve la cara.

Durante el Régimen Militar, su inclinación al infortunio volvió a atacarle por la espalda. Contaba que, mientras trabajó en el Edificio Diego Portales, tuvo la mala ocurrencia de calumniar al mismísimo General Augusto Pinochet y declarar ante el espanto de los presentes que los allanamientos que se realizaban entonces eran absurdos, pues no tenía sentido perseguir “a tanto cabro que en realidad ni sabe qué es el comunismo”. La osadía le costó esta vez su empleo, pero no sus energías: por esos mismos años prologaba el libro de su gran amigo Juan Pérez Berrocal “Mi vida y el teatro: 1912-1981”, uno de los precursores del cine nacional y destacado miembro de la mencionada SATCH.

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Como le sucedió con los años de la llamada Ley Maldita, sin embargo, el General Pinochet o sus asesores se habrían doblegado al valor moral de Renán, perdonándole su exabrupto y concediéndole después una modesta pensión de gracia que le permitió sobrevivir en sus posteriores y más duros años de existencia. Atesoraba fotografías junto al general con el mismo orgullo que guardaba otras junto a Carlos Ibáñez del Campo, Gabriel González Videla, Salvador Allende o Eduardo Frei Montalva, de quien conservaba además, una hermosa carta dirigida a él hacia el final de su gobierno, donde el mandatario le decía en sensibles líneas: “Ud. ex extremadamente benévolo para juzgar mi obra de gobierno, pero sin duda sus palabras tienen un fondo de verdad: aquél que una vez ha sido elegido para dirigir los destinos de su Patria, en cierto modo queda permanentemente atado a la alta responsabilidad que ello implica”601. Renán mostraba con orgullo estos documentos, intentando reconstruir historias de amistades estrechas con mandatarios y figuras históricas retratadas a su lado, y que probablemente sólo fueron pasajes efímeros u ocasionales en su vida. Fotografías sepias, mal cortadas, a veces peladas y con raspaduras que intentó reparar con nada circunspectas líneas azules de un vulgar bolígrafo, como llenando las grietas de su propia existencia y de su memoria allí representadas, ignorante total de que ya estábamos en la generación del Photoshop. Sus travesuras con malos resultados siguieron todavía en la vejez. Un día, tras larga ausencia, apareció con muleta y operado de una pierna, por ahí por los 75 años, en plena época de cautiverio de Pinochet en Londres. Quizás haya rodado por las escalas de su propia casa u otro sitio en un senil descuido, pensamos todos. Pero, según lo explicó él, todo se debió a que tuvo la pésima idea de meterse en medio de una turba de manifestantes pinochetistas para hacerles algunas preguntas de “reporter”, con su cuerpo materialmente debilucho y frágil y, en una sacudida quizás provocada por un intento de agresión de parte de manifestantes opositores al grupo, la chusma se le vino encima y recibió una catarata de jetones sobre sí, acabando con una cadera rota que lo mantuvo por un largo período del año 1999 en intervenciones, tratamientos y condenado al bastón que redujo sus paseos, aunque no sus deseos. Como sea la verdadera razón del accidente, la resistencia que guardaba en algún lugar de su aparente languidez le permitió salir adelante y abandonar parcialmente este instrumento justo a principios del siguiente siglo, retomándolo sólo para sus caminatas por el tiempo entre ambas riberas del Mapocho, el gran escenario de su vida, sus luchas y sus fracasos.
601 Carta inédita del Presidente Eduardo Frei Montalva a Renán Valdés von B., fechada en Santiago el 24 de noviembre de 1970 en la papelería personal que el mandatario utilizaba con su nombre como membrete, generalmente para sus amigos. Don Renán nos permitió acceso a este documento pocos meses antes de su fallecimiento.

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Es cierto que recibía visitas de sus seres queridos; pero con casi todos sus amigos y familiares ya fallecidos, el Cementerio General también se convirtió en parte de sus salidas más habituales. Alguna vez lo encontramos por ahí, cerca del mausoleo de la Sociedad Española de Beneficencia, tras visitar la tumba de su esposa y su hija, con las que había tenido una relación más bien compleja, aunque ambas fallecieron antes que él cumpliendo con el drama de todo hombre dotado (o prisionero) de una longevidad que nunca pidió para sí. Ando paseando por acá para empezar a acostumbrarme a este barrio, al que tendré que cambiarme luego, pues mi amigo –dijo con su impecable y graciosa forma de hablar, de la que jamás oímos alguna expresión soez.

Don Renán, el caminante atrapado en las rutas y calles de las épocas olvidadas de Santiago, también tuvo cercanías con la política directa, postulando en elecciones municipales y parlamentarias. Fue nacionalista intenso, patriota apasionado, propuesto desde esas aguas para Regidor por el Primer Distrito de Santiago. En1967, daba curso a su frustrada aspiración de ser Diputado bajo el lema de “Un candidato para el pueblo”. Era defensor del derecho a trabajar de los vendedores ambulantes y también por la superación de las poblaciones obreras. Su proclamación se realizó en el popular y chimbero “Teatro Princesa” de Recoleta, del ya mencionado empresario Ernesto Sottolichio, el mismo que exhibía sus espectáculos revisteriles del inolvidable “Picaresque” que le valieran en el ambiente de los shows frívolos el apodo de “El Rey”. Pese a las magras experiencias que esta aventura le significaría, paseó por varios otros partidos y movimientos políticos: del nacionalismo de Guillermo Izquierdo Araya y el Partido Agrario Laborista (PAL) al Partido Democrático Nacional (PADENA) y la Democracia Cristiana. Nunca recibió realmente alguna satisfacción por semejante insistencia y tozudez por involucrarse en esas arenas, con resultados que fueran tan poco fructíferos para su vida. Cuando alguien le preguntaba por la naturaleza de su interés o vocación por la política, volvía a aflorar el viejo con alma de niño que era en verdad, y respondía siempre con la sonrisa de quien se toma hasta sus propias desgracias en para la chacota: Es que después de todos estos años, llegué a la conclusión de que la política es la única forma de vivir cómodo pero sin tener que trabajar.

Renán fue, además, uno de los fundadores del Comité por el Recuerdo de los Mártires del 5 de Septiembre de 1938, junto a sus ex camaradas de generación como el poeta Ernesto López, Juan Antonio Salinas, Enrique Zorrilla y Gonzalo Herreros, hermano del mártir Enrique Herreros, todos ellos fallecidos antes que él, de modo que en sus visitas al monolito conmemorativo del Cementerio General o a la placa de la ex Caja del Seguro Obrero, el caminante se estaba quedando cada vez

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más solo… Y también cada vez más cerca de ir a acompañar a sus amigos de la juventud. Hubo muchos quienes intentamos, desde nuestras respectivas generaciones y posibilidades, rescatar el valor de este periodista y escritor chileno, sumido en el olvido y en la más injusta falta de reconocimiento, sobreviviendo de su pequeña pensión y de minúsculos trabajillos que él intentaba describir como manifestaciones de vigencia aún conservada en el ambiente de los medios comunicacionales. Estuvimos realizando algunas visitas en su casa para recopilar información de sus recuerdos; intentamos ubicar los libros de su autoría que ni él recordaba, como uno titulado “En el cielo no hay parcelas” y otro de nombre “El parlamento demócrata cristiano”, que sólo hemos conocido por un pequeño recorte de diario sobre su publicación (aparentemente bajo sello de la Editorial Nascimento), en el mismo archivo del autor. También realizamos entrevistas informales que terminaban en entretenidos encuentros de conversación donde Renán llevaba la batuta prácticamente todo el tiempo. Era capaz de contar sus propias derrotas y fracasos –que eran innumerables- como las más virtuosas hazañas y conquistas de un narrador extraordinario y ameno. En una de las primeras páginas de un volumen de su archivo reuniendo los artículos editoriales que publicaba establemente en “El Malleco”, entre 1962 y 1964, había una nota digitada en su propia máquina antigua de escribir y donde resume perfectamente su vida dedicada a las crónicas de un siglo: “Evidentemente que el periodismo es un camino sin huellas. Como pasos en la arena o en una carretera pavimentada. Una voz cuyo eco se extingue casi junto con su modulación. Esta recopilación de crónicas está hecha para prolongar un poco la sombra de esos pasos en la arena. Inconsistentes y pasajeras, como la vida, aquí quedan archivadas, calladas e inmóviles como un párpado cerrado, destinadas a traerme el recuerdo de lo que escribí en un día ya pasado para unos lectores a quienes no conoceré nunca. Un desconocimiento que hiere y duele, porque casi es peor que el olvido, el silencio o la muerte…” Pero la triste e intrigante verdad es que nunca quiso reconocimiento… O acaso fingió no quererlo. Por el contrario, cayó en ese mismo olvido “que hiere y duele” que tanto le atemorizaba, en parte voluntariamente. De este modo, todos los intentos por brindarle algún favor terminaban de cabeza, con él ofreciendo alguno de sus innumerables contactos y accesos a ciertos círculos para ayudar a acelerar o cumplir con trámites cívicos. Obviamente, nunca pusimos a prueba la veracidad de tales recomendaciones. Hoy se nos hace fácil comprender por qué lo hacía, además: era su forma de sentirse útil en ese triste anonimato; de

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revivir aunque sea una fracción de la importancia del pasado, cuando se sentía elogiado y reconocido, dando la mano a los presidentes y contando con columnas propias. Por eso, casi imploraba que alguien le pidiese esta clase de favores, como si acaso necesitara demostrar algo. No sé por qué la vida me ha dado tanta vida –nos dijo en uno de nuestros últimos encuentros-. Soy viejo, octogenario y ni siquiera me resfrío; nunca caigo en cama y rara vez tengo alguna necesidad de visitar al médico. Todo lo que me queda es, sin embargo, mi propia vejez. No sé si el destino me premia por una vida sin abusos, o acaso me castiga por habérmelos perdido, haciéndome más tiempo viejo… Más tiempo en el que uno no puede evitar preguntarse, ¿cuánto me queda?... Y, mientras tanto, sigue haciéndose más y más viejo.

Y así ocurrió que en esa ilusoria confianza y en el dulce engaño de que siempre nos quedará más vida, el destino inevitable de todo hombre tocó las puertas de su casita chimbera, una mañana de julio de 2010, a los 86 años… A pesar de esa magnífica salud de la que podía jactarse como último tesoro no arrebatado por la misma vejez de sus padecimientos, Renán venía sintiéndose con sensaciones extrañas durante esos días, algunos malestares que no parecieron suficientes para encenderle las balizas de alerta. Su corazón le susurraba asustado para ir al médico, pero su testarudez (o acaso su resignación) le gritó más fuerte al oído. Mientras se peinaba sus escasos cabellos frente al espejo, un súbito infarto lo fulminó como lo haría el disparo accidental del arma con que jugaba un invisible serafín, en algún rincón del cuarto. El viejo zorro de tantas aventuras, murió antes de caer al suelo, sin agonías ni sufrimientos adicionales. Simplemente murió, alcanzado por el rayo cegador del Olimpo… Y se extinguió. Con su existencia física y espiritual ancorada para siempre en La Chimba, el escritor paseante por el tiempo jamás pudo volver a las márgenes del río. Se perdió definitivamente su paso pausado a bastón, de tránsito meditabundo por las décadas, las centurias y, de hecho, entre dos milenios. Su cuerpo fue sepultado en tierra, en un humilde patio al Norte del Cementerio General. Sólo la fecha de muerte fue inscrita en la cruz que custodia su descanso. No queda más que aceptar que las calles seculares que desembocan sobre el mismo río Mapocho y que ha visto crecer a Santiago junto a su vega, ya no contarán con las caminatas de don Renán, buscando en ellas la esencia de la vida y el secreto del paso del tiempo, con su piel oscurecida por el Sol de todo el siglo XX y sus negros ojos agotados, aun bajo la sombra del ala de ese sombrerito de fieltro. Pero incluso sin él, esas calles seguirán allí, trazadas antes y después en la misma ruta de sus paseos y dejando huellas en las arenas del reloj del tiempo, al contrario

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de lo que él pensaba al reflexionar sobre su archivo, repetidas como un ciclo perpetuo en la ciudad y en el devenir recurrente de la rotación de la vida en las riberas del Barrio Mapocho.

Renán Valdés con sus partidarios, en las puertas del famoso “Teatro Princesa” de avenida Recoleta (el mismo que fuera sede de las revistas del popular “Picaresque”), cuando fue proclamado para Diputado en 1967. En la imagen inferior, se le puede reconocer al centro del grupo ubicado a la derecha del encuadre de la imagen. Pertenecen al mismo archivo al que Renán Valdés nos permitió acceso generosamente, poco tiempo antes de morir.

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Don Renán Valdés von B. visitando la tumba de su esposa el año 2009, en el mismo Cementerio General donde ahora reposa él.

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PLANOS DEL BARRIO MAPOCHO:

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PUNTOS REFERENTES DEL BARRIO Y SU ENTORNO INMEDIATO
1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. 8. 9. 10. 11. 12. 13. 14. 15. 16. 17. 18. 19. 20. 21. Mercado Central, ex Plaza de Abastos antigua ubicación colonial del Basural de Santo Domingo. Edificio del ex “Hotel Bristol”, morada del poeta Pablo de Rokha. Ex Cárcel Pública de Santiago y edificio de los juzgados del crimen. Edificio del actual “Hotel Central”, entre General Mackenna y Aillavilú. Edificio Cruz Montt-Dávila, actual sede del Colectivo Mapocho y antigua ubicación de la casa-altillo del Corregidor Zañartu. Plaza Venezuela o Mapocho, antigua ubicación de la Garita Mapocho del tranvía. Parque Centenario, hoy Parque de los Reyes, antigua vía del ferrocarril hacia la costa y lugar de ubicación de los restos de tajamares, hacia el poniente. Plaza Prat (oriente de la Plaza Venezuela) y Monumento a los Héroes de Iquique. Plazoleta Oscar Castro (con restos de los tajamares). Parque Forestal, con restos de los tajamares y un viejo tramo completo del mismo junto a la calle Merced, hacia el oriente. Plaza y Posada del Corregidor Zañartu, ex “Filarmónica” en los tiempos de Portales. Puente Padre Hurtado, antigua ubicación del Puente Bandera-Independencia Puente de La Paz, antigua ubicación del Puente de Cal y Canto y después del Puente de los Obeliscos o de las Pirámides. Puente Los Carros, misma ubicación del anterior Puente de los Carros (en la época del tranvía a caballos). Puente de la Recoleta (llamado también Puente Fray Andresito), en la antigua ubicación aproximada del Puente de Palo. Puente El Abasto, antigua ubicación aproximada del Puente de San Antonio y del Puente de Recoleta en su primera versión metálica. Edificio de la Jefatura de la Policía de Investigaciones, ex Instituto de Higiene. Piscina Escolar de la Universidad de Chile. Parroquia Carmelita del Santo Niño Jesús de Praga. Conjunto Capitol y cité histórico de Independencia (edificio Teatro Capitol). Templo y ex Convento del Carmen Bajo de San Rafael.

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22. Plaza de los Artesanos y Pérgola de las Flores Santa María, ubicación del antiguo edificio y de la feria, y del actual complejo Tirso de Molina. 23. Ex complejo “Luna Park”, en cuyo techo estaba el hotel y el cartel de “Aluminio El Mono”. 24. Edificio del ex “Teatro Balmaceda”, antigua ubicación del anfiteatro del “Hipódromo Circo”. 25. Mercado popular Tirso de Molina en la feria menor de La Vega Chica, ubicación actual del complejo del mismo nombre. 26. La Vega Chica, en el ex edificio de los galpones de la compañía de tranvías. 27. Mercado, patios y galpones de La Vega Central de Santiago. 28. Ubicación de la antigua Plaza y Jardines de la Recoleta Franciscana, actual plaza dura de Recoleta. 29. Templo de la Recoleta Franciscana. 30. Plaza Tirso de Molina y Monumento a los Historiadores de la Independencia, ubicación de un fragmento del antiguo tajamar junto a calle Artesanos. 31. Casa colonial con pilar esquinero de Rafael Cicerón. 32. Capilla de Ánimas. 33. Ubicación del antiguo pasaje y anexo de la Cárcel Capuchinos. 34. Iglesia y Convento de Santo Domingo. 35. Edificio Luz, ex sede de Chilectra. 36. Iglesia de San Pedro, antiguos terrenos de la familia Fernández Concha. 37. Casa de Velasco. 38. Ex edificio del Policlínico de la Caja del Seguro Obrero, actual Servicio de Salud Norte. 39. Ex edificio de Maino Hermanos. 40. Antigua ubicación de la primera Pérgola de las Flores San Francisco y del actual edificio del mismo nombre. 41. Cuartel Borgoño, antigua ubicación del Desinfectorio Público. 42. Ex ubicación de la mansión o casona de Pedro Montt (en demolición). 43. Antigua ubicación de la Plaza de los Moteros y de las ferias adyacentes. 44. Ex casona de los Fernández Concha, , lugar de nacimiento de la Sierva de Dios María Fernández Concha. 45. Ubicación del antiguo “Hotel Valparaíso” (hoy “Nuevo Hotel Valparaíso”) 46. Gran cité de General Prieto 1355, abarcando toda la cuadra interior.

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ANTIGUO SECTOR BOHEMIO DEL BARRIO

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EVOLUCION VIAL DEL BARRIO

1.- ASPECTO DEL PRIMER TRAZADO FORMAL DE CALLES TRAS LA CANALIZACIÓN: Distribución de calles y las cuadras en la ribera Sur del barrio contemplada en la canalización del río (1888-1891) y la construcción de la estación (1905-1914). Se usa por eje-referencia de este plano al río Mapocho. Como vimos en alguna parte inicial de este libro, avenida Mapocho (originalmente llamada avenida del Mapocho) fue de vital relevancia para la toponimia y el reconocimiento del Barrio Mapocho con este mismo nombre, pues era la arteria principal del sector y el punto de inicio de todas las demás calles en orientación Norte-Sur. Según los planos del proyecto, la cuadra de la Cárcel Pública iba a interrumpir la continuidad de la avenida, pues fue planeada hasta el borde del río y separada de éste sólo por el paso de las líneas férreas, algo que no se consumó.

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2.- CALLES Y CUADRAS TRAS LA GRAN REMODELACIÓN DE LAS CUADRAS RIBEREÑAS: El barrio tras la enorme renovación vial de 1927-1930 que abrió las nuevas avenidas y calles frente al sector del Mercado Central. La planta y el edificio de este mercado son reducidos, liberando espacio para las plazas peatonales y la avenida mayor del sistema pasa a ser Balmaceda, desprendiéndose de la antigua avenida Mapocho. La costanera se interrumpe frente a la estación, correspondiendo hoy a Cardenal Caro. A pesar de la desaparición de calle Mapocho en el sector, se continuó llamando al barrio con este mismo nombre.

3.- TRAZADO ACTUAL DE CALLES TRAS DESAPARICIÓN DE EDIFICIOS, RETIRO DEL FERROCARRIL Y CONSTRUCCIÓN DEL METRO: Aspecto actual después del cierre de la Estación Mapocho y la construcción de la Estación del Metro, en los ochentas. Se observa al barrio ya sin algunas de sus cuadras menores de edificios desaparecidos como “El Buque” (Bandera-General Mackenna) y “Excélsior” (Puente-General Mackenna), pero con nuevas islas y bandejones peatonales. Cambios en Aillavilú tras desaparecer el “Excélsior” y la unificación de ese espacio de la cuadra de calle Puente con la construcción del acceso al Metro Puente de Cal y Canto. Ya no están las líneas férreas y todo lo que era el trazado de los rieles ahora corresponde al Parque de los Reyes (tras remodelación total del Parque Centenario hacia 1992) y su prolongación en otras plazas que se extienden por el borde riberano hacia el poniente. Plaza Venezuela también ha quedado muy transformada, cortada en varias partes y con calles interiores adaptadas al nuevo transporte. Adquieren identidad propia la parte de la Plaza Venezuela frente al mercado y la Plaza Prat, así llamada por el monumento existente allí. A pesar de la importancia y predominio de avenida Balmaceda y de los años que han transcurrido desde la cuasi-desaparición de la avenida Mapocho, el uso popular ha seguido y seguirá llamando al barrio con este último nombre.

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INDICE DEL TOMO II
Pág.

PARTE VII: HÁBITOS SOCIALES Y ALIMENTICIOS DE LA FAUNA
76. 77. 78. 79. 80. 81. 82. 83. 84. 85. 86. 87. 88. 89. 90. 91. 92. 93. 94.

Un reino de bares, restaurantes y clubes Canarios, cantinas y cantaletas El guatón pionero El “Teutonia”: un refugio de anarquistas Más presencias germánicas: los Clubes Alemanes Había una vez un “Hércules” Las dos vidas del “Zum Rhein” La “Venezia” del río Mapocho El vuelo rasante de “El Jote” El “Zeppelin” que también voló por el barrio El dragón montado por el ciclista Memorias de “La Antoñaña” Y le llamaban “American Bar” Algo sobre la Posada (que nunca fue) del Corregidor Lo más francés del barrio Picada porteña de un huaso “La Clínica” de los enfiestados El más central de todos los bares Aillavilú, el callejón de las posadas y otras gaitas

8 15 16 17 21 23 27 29 31 34 39 41 44 46 52 54 56 59 61

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95. 96. 97. 98. 99.

La porqueriza de los chanchitos malos Acápite de adiós al local de “El Olímpico” Otros locales extintos de la ribera Sur Un caso de persecución contra los boliches chimberos Y los extintos de la ribera Norte

67 70 73 84 86

PARTE VIII: HÁBITOS REPRODUCTIVOS Y RECREATIVOS
100. 101. 102. 103. 104. 105. 106. 107. 108. 109.

Una “belle époque” de la remolienda local Las mariposas nocturnas del río Tras la remolienda, el espectáculo sexual Cuando brillaron las candilejas (las de verdad) “Balmaceda”: un teatro de nombre ilustre Los pioneros de los shows revisteriles La fase menguante del “Balmaceda” Últimos lupanares de calle Esmeralda El crimen en “La Tía Claudia” y el final de una época Los caracoles de la perdición en Bandera

92 99 103 108 112 117 121 124 126 130

PARTE IX: REGISTROS DE OTRAS EXTINCIONES RECIENTES
110. 111. 112. 113.

Bajas y remanentes de la primera generación hotelera “Excélsior”: el hotel de Puente “Bristol Hotel”: refugio de poemas iracundos Recuerdos de un purgatorio en la tierra

136 141 145 149

380

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114. 115. 116. 117. 118. 119. 120. 121. 122. 123.

El ocaso de “La Pública” El otro mercado de Mapocho (extinto) El fortín del periodismo mapochino Rieles trágicos: el fin de una época Los neones de “Aluminio El Mono” A la sombra del “Luna Park” La impronta de los artesanos: su calle y su feria El final de la corte de los milagros Las flores del Mapocho Comercio ilegal del puente: una batalla perdida

160 163 166 174 178 183 188 190 193 201

PARTE X: ANTROPOLOGÍA DEL HOMO MAPOCHENSIS
124. 125. 126. 127. 128. 129. 130. 131. 132. 133. 134. 135. 136. 137. 138. 139. 140. 141. 142.

El hallazgo del Hombre de Mapocho La lluvia que se llevó a Alberto El cuartel general de don Pablo Pablo contra Pablo Otros fantasmas entre dos centenarios Don Salomón y su propia “Tierra Prometida” De dulce y agraz: la tragedia de Osnofla Mister Huifa, perdido por los boliches del Barrio Chino Los pasos bohemios de Rakatán Sangre y versos para el Cabro Eulalio Una figura casi legendaria: el “Negro” Tobar Las luces propias del “Cóndor” Venturino En el tiempo de los hermanos Retes El honor y el estigma de ser llamado “El Padrino” El crepúsculo de un hombre aparte Un canario de la cueca veguina Dos pasadas del Tío Roberto junto al río Los inicios del “Viejo Lolero” En la dimensión de las alegrías y las penas

206 208 214 217 225 234 240 245 249 252 256 259 262 268 275 282 287 293 297

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La Vida en las Riberas
143. 144. 145. 146. 147. 148. 149. 150. 151. 152. 153. 154. 155.

Los últimos días de don Clota Elías, el fotógrafo del siglo Los abandonados bajo el puente del Santo Don Polidoro y el primer intento de salvar a los niños El Santo de los abandonados bajo el puente Desde el infierno al cielo De delincuente a literato; de literato a N.N. La pequeña víctima de un monstruo La tiendita encantada de don Juan Párpados de pétalos y manos con espinas Otro ángel caído La trágica y hermosa esquina de Fabita Renán, el caminante por el tiempo

306 309 313 318 321 325 329 335 344 349 356 359 363

PLANOS DEL BARRIO MAPOCHO CON PUNTOS REFERENTES IMPORTANTES
• • •

Puntos referentes del barrio y su entorno inmediato Antiguo sector bohemio del barrio Evolución vial del barrio ÍNDICE DEL TOMO II

373 376 377 379

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