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Características generales del reinado de Isabel II

El reinado de Isabel II presenta unas características comunes que se


mantienen invariables a lo largo de veinticinco años:

1. Permanencia de un régimen de monarquía liberal de tendencia


conservadora, cuya plasmación en la Constitución moderada de
1845.

2. Alineación clara e invariable de Isabel II con los sectores más


conservadores.

3. Presencia permanente de los militares entre los gobernantes:


Narváez, Espartero, O`Donnell, y otros, como Fernández de
Córdova, Serrano, de la Concha, Prim etc.

4. Presencia exclusiva, en la vida parlamentaria de partidos


burgueses: hasta 1854, los moderados y los progresistas. Por
tanto, exclusión, de la vida política, de la mayoría del país.

Desarrollo

El establecimiento de un régimen de tendencia conservadora se


apoyó en el establecimiento de una constitución moderada que
estuvo en vigor durante todo el período y en la participación política
exclusiva de una oligarquía de propietarios, miembros de la antigua
aristocracia, burguesía agraria, mercantil, industrial y financiera
además de los sectores más pudientes de las profesiones liberales,
altos mandos del ejército y funcionarios. El sufragio restringido
excluía al resto del país.

Se constituyó un régimen de gobiernos autoritarios, defensores del


orden y de una monarquía también fuerte, con un sistema bicameral
que limitaba la tendencia a las reformas profundas y que restringía
las libertades individuales y colectivas.

En segundo lugar, la reina Isabel apoyó invariablemente a los


sectores más conservadores, y se alineó claramente con el
moderantismo. Desde 1863 ese alineamiento y la incapacidad de la
Reina para conectar con el país real provocaron el alejamiento
progresivo respecto de su pueblo y la caída de la monarquía en 1868.

En tercer lugar, los militares estuvieron presentes de forma constante


en la vida política. Esta participación de los militares en la vida
política se debía a varias causas. Por un lado, estaba el mesianismo y
la mitificación del militar victorioso (presencia constante de la guerra
en la primera mitad del S.XIX). Por otro lado, hay que tener en cuenta,
la debilidad de un sistema parlamentario en el que los partidos eran
grupos de presión que sólo luchaban por el ejercicio del poder, no
respetaban el juego parlamentario y recurrían a los militares para
acceder al gobierno mediante el pronunciamiento. En tercer lugar,
existía en los medios políticos la convicción de que la presencia de un
militar al frente del ejecutivo, garantizaba mucho mejor un gobierno
fuerte y el mantenimiento del orden. De hecho, los militares
garantizaban el Estado liberal tanto frente a la reacción carlista, aún
viva, como contra la revolución.

Aunque los militares participaron en la vida política a título individual,


como líderes de los partidos y no como jefes del ejército (pese a que
lo utilizaran para acceder o mantenerse en el poder), condujeron a
una confusión permanente entre su papel militar y civil, y de hecho, el
pronunciamiento, en lugar de la vía constitucional, se convirtió casi en
su medio habitual de acceso al poder. Los mismos políticos civiles
acudieron constantemente a la conspiración militar y fomentaron de
este modo la inestabilidad del régimen.

Una cuarta característica del reinado del sistema isabelino es la


presencia, casi exclusiva, en el sistema parlamentario de partidos
burgueses: hasta 1854, los moderados y los progresistas, y desde
entonces otros grupos, como la Unión Liberal (grupo de centro
formado por políticos moderados y progresistas) o el partido
demócrata (progresista radical). Al margen de la vida parlamentaria
quedaban los republicanos, ilegales. Pero, en la práctica, sólo los
moderados y progresistas contaban, y entre ellos se repartieron los
gobiernos a lo largo de todo el reinado (ver características de estas
dos tendencias en ampliación).

Una última característica del régimen isabelino, decisiva en su caída,


fue la exclusión de la gran mayoría del país. Ni los campesinos ni el
creciente número de trabajadores industriales o trabajadores urbanos
tuvieron nada que agradecerle. Además de marginarles de la vida
política, el régimen liberal supuso una degradación continua de sus
condiciones de vida. Los campesinos perdieron las tierras comunales
y pasaron a convertirse en jornaleros y arrendatarios empobrecidos a
raíz de las desamortizaciones. En las ciudades, la artesanía fue
desapareciendo mientras las fábricas absorbían a una población que
trabajaba en condiciones infrahumanas y se hacinaba en los barrios
periféricos junto con parados y población marginal. Frente a esta
situación el gobierno sólo respondió reprimiendo violentamente las
protestas, manifestaciones y huelgas, prohibiendo las asociaciones y
ejecutando a sus dirigentes en nombre del “orden”. Esta situación
hizo posible que las ideas socialistas fueran penetrando y
configurando el movimiento obrero, sobre todo en los años finales del
reinado.