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Razones para Creer

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07/20/2013

Pienso que sólo un número muy exiguo de personas
se acomodan al título que antecede. El estrés al que nos
subyugan los altibajos de la vida, la disparidad de criterios
entre jefes y dependientes, el ocio sin límite y sin sueldo de
los parados, la ausencia definitiva de los que más han hecho
por nuestro bien y más nos querían en este mundo -los
padres-, el dolor moral más lacerante al que un ser humano
puede ser sometido, cuando le dicen que su queridísimo
hijo fue víctima de un accidente (esto lo sé por experiencia);
todo en suma, lo ha denominado el autor de la Salve como
un valle de lágrimas.

Pero si escudriñamos pacientemente lo provisional y
efímerodenuestra vida ymeditamosel fin parael que hemos
sido creados, y el bien que nos hacen las tribulaciones, el
dolor, las enfermedades, la ancianidad y la decrepitud;
veremos cómo este proyecto de vida que Dios ha diseñado
para el hombre cristiano, nos lleva forzosamente a la
depuración de todos los males cometidos (conduciéndonos
a la humildad yhaciéndonos aptos para la gloria prometida),
cuando nos parecía que nuestros progenitores eran hombres
arcaicos que nunca habían sido adolescentes ni mozalbetes
y que, la muerte, sólo a ellos les correspondía.

Volviendo a lo dicho, el Redentor nos hace saber que
sin la muerte lancinante y sádica a la que fue condenado,
todos igualmente pereceríamos. Por eso los santos,
queriendo seguir sus huellas y cumplir sus preceptos, sólo
se consideran privilegiados cuando más les acechan los
infortunios. Y leyendo la biografía de la madre Teresa de
Calcuta, me encuentro una carta suya de la que extracto lo

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que sigue: «¿Cómo estás? ¿Aún te tiendes sobre tus
espaldas? ¡Cómo te debe amar el Señor para darte tanta
porción de Su sufrimiento! Debes de ser feliz, porque eres
Su elegida» («Mi vida con los más pobres», pág. 123).

Con todo, no pretendemos que nadie se ilusione con
el trance doloroso de la muerte, pero sí podemos mitigar
todas las desdichas con la firme esperanza de descubrir el
lugar donde descansan en la paz de Dios nuestros seres
queridísimos yconvivir con ellos, esperandolallegadarauda
de los no menos amados que dejamos en esta vida
maravillosa por el porvenir que le espera.

Publicado en «EL COMERCIO» 11-Octubre-1996

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