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Razones para Creer

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07/20/2013

Cuando el joven multimillonario -Guillermo Ketteler-
se divertía en un baile, consciente de que su forma de
recrearse no era lo más agradable a Dios, le pareció ver el
rostro sublime de una religiosa que rezaba por él yle miraba
fijamenteal alma,yaunquemuyinsipienteentodolorelativo
a la piedad, aquella contemplación inmediata y directa sin
percepción sensible, terminó por turbarle la vida mundana
que llevaba el joven de 18 años.

A partir de esa fecha, Guillermo quedó muy
impresionado yyano encontraba diversiónen ningunaparte.
Convencido de que Dios se había fijado en él, ingresó en el
seminario, fue consagrado sacerdote, y 22 años después
obispo de Maguncia (Alemania). En uno de sus viajes
pastorales, se dispuso para celebrar misa en un convento
de religiosas. Cuando distribuía la Sagrada comunión, al
llegarla últimareligiosa,siente una emocióntan intensa,que
ha de hacer un esfuerzo para mantener la serenidad y
concluir el acto litúrgico.

Después de servirle el desayuno la Madre Superiora,
monseñor Guillermo Ketteler le dice a la servidora que le
gustaría saludar a todas las monjas y bendecirlas antes de
marchar. Rápidamente sonó la campanita de la Comunidad;
las religiosas salieron a la tarbea ymonseñor Guillermo las
va saludando a todas y observando las facciones de cada
una. Entretanto, el prelado iba diciendo en su interior: «no
es ésta..., no es ésta».

Cuando pasaron todas las religiosas, monseñor
Guillermo le preguntó a la Superiora: «¿No queda alguna

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otra religiosa en casa?». Sí, señor Obispo; queda la hermana
cocinera. Es muy abnegada en su trabajo y tiene permiso
para no tomarparte en estas reuniones. Pues hoyme gustaría
saludarlas a todas -le dice el prelado-. La llamaré en
seguida, Monseñor.

Tan prontocomo llegó la hermana cocinera, monseñor
Ketteler, dijo en su interior: esta es la que he visto en el
baile, ymostrándose muysereno lepreguntó: «¿Reza mucho
por la Iglesia, por las misiones, por la conversión de los
pecadores?».

- ¡Oh, no, señor Obispo!. Tengo poco tiempo. Rezo
como todas las demás. Lo que sí procuro es ofrecer la
primera hora del trabajo por el Papa, y al final del día
ofrezco todas las oraciones y trabajos por los muchachos
para que Dios les conceda vocación sacerdotal y escuchen
Su llamada con generosidad.

El señor Obispo, queriendo dejarle íntegro el mérito
de sus oraciones yofrecimientos en pura fe, no le dijo nada
a la santa hermana cocinera. Pero le explicó la historia
completa a la Madre Superiora implorándole el másabsoluto
secreto hasta que Dios le llamara a la otra vida, yal llegar la
noticia de su muerte a la Superiora, todo fue descubierto y
publicadoenL’Osservatore Romano.

Publicado en «LA VOZ DE ASTURIAS» 18-Diciembre-1996

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