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CAPÍTULO 1

EL INICIO DE LA EDAD AMERICANA

Existe una creencia firmemente arraigada en América según la cual Estados Unidos se está aproximando a su destrucción. Lea cartas al director, navegue por Internet y escuche los debates públicos. Las guerras desastrosas, los déficits desenfrenados, los altos precios de la gasoli- na, los tiroteos en universidades, la corrupción en las empresas y en el gobierno y una larga letanía de errores (todos ellos muy reales) crean la sensación de que el sue- ño americano se ha hecho añicos y que América ha en- trado en decadencia. Si esto no le convence, escuche a los europeos, están convencidos de que la mejor etapa de Estados Unidos ya ha pasado. Lo curioso es que ese presentimiento (junto con otras cuestiones parecidas), ya estaban presentes durante la presidencia de Richard Nixon. Existe un miedo cons- tante a que el poder y la prosperidad de América sean ilusorios y que el desastre esté justo a la vuelta de la es- quina. La sensación transciende la ideología. Tanto los ecologistas como los conservadores cristianos transmi- ten el mismo mensaje. Si no nos arrepentimos de nues- tras costumbres, pagaremos el precio, y tal vez ya sea demasiado tarde. Es interesante observar que una nación que cree tan- to en su destino tenga el presentimiento de un desastre

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inminente, y la sensación constante de que el país ya no es lo que solía ser. Sentimos una profunda nostalgia por la década de 1950 y hablamos de ella como de una épo- ca «más simple». Es una creencia bastante extraña. Con la guerra de Corea y McCarthy por un lado, Little Rock en medio, y el Sputnik y Berlín por el otro, además de la amenaza muy real de una guerra nuclear por todas par- tes, la década de 1950 fue de hecho una época de inten- sa ansiedad y aprensión. Un libro de mucho éxito publi- cado en los cincuenta se titulaba La era de la ansiedad. En esa época también volvían con nostalgia la vista atrás hacia una América anterior, igual que nosotros miramos con nostalgia la década de 1950. La cultura americana es una combinación desquicia- da de orgullo exultante y profunda melancolía. El resul- tado es un sentimiento de confianza socavado constan- temente por el miedo a ahogarnos con el deshielo de los casquetes polares causado por el calentamiento global o aniquilados por un Dios vengativo por culpa de los ma- trimonios homosexuales, de cuyas consecuencias somos personalmente responsables. Los cambios de ánimo americanos dificultan hacerse una idea real sobre Esta- dos Unidos a principios del siglo xxi. Sin embargo, lo cierto es que Estados Unidos es un país extraordinaria- mente poderoso. Podría ser que estuviese dirigiéndose a una catástrofe, pero es difícil imaginarla cuando se exa- minan los hechos concretos. Consideremos algunas cifras reveladoras. Los ameri- canos constituyen el cuatro por ciento de la población mundial, pero producen alrededor del veintiséis por ciento de todos los productos y servicios. En el año 2007, el PIB de Estados Unidos era de unos 14 billones de dólares, lo cual, comparado con el PIB mundial, que es de 54 billones, significa que el 26 por ciento de la ac-

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tividad económica mundial tiene lugar en Estados Uni- dos. La segunda mayor economía del mundo es la de Japón, con un PIB de 4,4 billones de dólares, alrededor de un tercio de la estadounidense. La economía ameri- cana es tan enorme que supera a las de Japón, Alema- nia, China y el Reino Unido juntas. Muchos apuntan al declive de la industria automovi- lística y la siderúrgica, que hace una generación eran los puntales de su economía, como ejemplos de la actual desindustrialización de Estados Unidos. En efecto, mu- chas industrias se han desplazado al exterior, lo que ha dejado al país con una producción industrial de sólo 2,8 billones en 2006: la mayor del mundo, más del doble que la de Japón, la segunda potencia industrial, y mayor que la de Japón y China juntas. También se habla de escasez de petróleo, un dato cier- to y que no hay duda de que irá a más. Sin embargo, es importante tener en cuenta que en 2006 Estados Unidos produjo 8,3 millones de barriles de petróleo diarios. Compárese esa cifra con los 9,7 millones de Rusia y los 10,7 millones de Arabia Saudí. La producción petrolífera estadounidense es un 85 por ciento de la de Arabia Saudí, y el país produce más petróleo que Irán, Kuwait o los Emiratos Árabes Unidos; la importación es enorme, pero dada su producción industrial, también es comprensible. Si se compara la producción de gas natural en el año 2006, Rusia ostentaba el primer lugar con 630.000 mi- llones de metros cúbicos y Estados Unidos el segundo con 530.000 millones de metros cúbicos. La producción de gas natural estadounidense es mayor que la de los cinco productores que le siguen juntos. En otras palabras, aun- que existe cierta preocupación por la dependencia de la energía exterior, el país es, en realidad, uno de los princi- pales productores energéticos del mundo.

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Dada la magnitud de la economía americana es inte- resante tener en cuenta que Estados Unidos aún está poco poblado según los estándares globales. El prome- dio de habitantes por kilómetro cuadrado del mundo es de 49. El de Japón es de 338, el de Alemania 230 y el de Estados Unidos sólo es de 31. Si excluimos Alaska, en gran parte inhabitable, la densidad de población se ele- va a 34. Si lo comparamos con Japón, Alemania o el resto de Europa, se trata de un país poco poblado. In- cluso si sólo comparamos la población en base a las tie- rras cultivables, Estados Unidos tiene cinco veces más tierra por persona que Asia, casi dos veces más que Eu- ropa y hasta tres veces más que el promedio global. Una economía consiste en tierra, mano de obra y capital, y el análisis de esas cifras revela que la nación aún puede crecer puesto que puede aumentar esos tres aspectos. Hay muchas respuestas a la pregunta de por qué la economía estadounidense es tan poderosa, pero la más simple es la que señala la fuerza militar. Se trata de un país que domina por completo un continente (su ejérci- to supera al de los vecinos) que es invulnerable a la inva- sión. Prácticamente todas las otras potencias industria- les del mundo han sufrido una guerra devastadora en el siglo xx. Estados Unidos ha participado en guerras pero nunca la ha sufrido en su propio territorio. Mientras otros países han perdido tiempo recuperándose de las guerras, la primera potencia mundial ha crecido gracias a ellas. El poder militar y la geografía han sido claves para crear una realidad económica. Considere un único hecho al que volveré varias ve- ces: la armada de Estados Unidos controla todos los océanos del mundo. Tanto si se trata de un junco en el mar de la China meridional, un dhow frente a la costa africana, un petrolero en el golfo Pérsico o un yate en el

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Caribe, todos los barcos del mundo navegan bajo la vi- gilancia de los satélites espaciales americanos y su des- plazamiento está permitido (o denegado) a voluntad de la armada de Estados Unidos, cuya fuerza no puede ser igualada ni por la fuerza naval combinada del resto del mundo. Algo así no ha sucedido nunca en la historia de

la humanidad, ni siquiera con Gran Bretaña. Ha habido

armadas que se han impuesto en una región, pero nunca ha existido una que dominase tan globalmente y de una manera tan abrumadora. Esta supremacía ha permitido que Estados Unidos haya podido invadir a otros países

y que no haya sido invadido nunca, y que, en última

instancia, controle el comercio internacional. Ese pode- río se ha convertido en la base de su seguridad y de su prosperidad. El control de los mares surgió después de la segunda guerra mundial, se consolidó durante la fase final de la edad europea y en la actualidad es la otra cara de la moneda de la supremacía económica estado- unidense, la base de su dominio militar. Sean cuales sean los problemas pasajeros de Estados Unidos, el factor más importante en los asuntos interna- cionales es el tremendo desequilibrio que supone para el orden mundial su poder económico, militar y político. Cualquier tentativa de predecir el siglo xxi que no em- piece reconociendo la índole extraordinaria de ese po- der le da la espalda a la realidad. Sin embargo, también hago una afirmación algo más general e inesperada: ese poder sólo conoce su umbral. El siglo xxi será el siglo de América. Esa afirmación se basa en una cuestión más profun- da. A lo largo de los últimos quinientos años, el sistema global se ha basado en el poder de los países europeos que dan al océano Atlántico: Portugal, España, Francia, Inglaterra y, en menor medida, Holanda. Esos países

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transformaron el mundo al crear el primer sistema polí- tico y económico global de la historia. Como sabemos, el poder europeo se desmoronó durante el siglo xx junto con sus imperios. Se creó un vacío que fue ocupado por Estados Unidos, la potencia dominante en América del Norte y la única que daba tanto al océano Atlántico como al Pacífico. Norteamérica asumió la posición que Europa había ocupado durante quinientos años, entre el viaje de Colón en 1492 y la caída de la Unión Soviética en 1991. Se ha convertido en el centro de gravedad del sistema internacional. ¿Por qué? Para entender el siglo xxi es importante en- tender los cambios estructurales que se produjeron a fina-

les del siglo xx y que prepararon el terreno para un nuevo siglo que será radicalmente diferente en fondo y forma.

Mi razonamiento no es sólo que haya ocurrido algo ex-

traordinario, sino que Estados Unidos ha disfrutado de poco margen de maniobra. No se trata de política, sino de cómo actúan las fuerzas geopolíticas impersonales.

Europa

Hasta el siglo xv los humanos vivían en mundos aisla- dos y segregados. La humanidad no sabía que estaba

formada por una única estructura social. Los chinos no conocían a los aztecas y los mayas no conocían a los zulúes. Los europeos podían haber tenido noticias de

los

japoneses pero no los conocían, y, por descontado,

no

interactuaban con ellos. La torre de Babel había he-

cho algo más que imposibilitar que las personas se ha- blasen; había conseguido que las civilizaciones se igno- rasen mutuamente.

Europa Atlántica.

Europa Atlántica.

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Los europeos que vivían en la costa este del océano Atlántico hicieron añicos las barreras entre esas regio- nes segregadas y convirtieron el mundo en una sola en- tidad en la que las partes interactuaban unas con otras. Lo que ocurrió con los aborígenes australianos estuvo íntimamente relacionado con la tensión entre Inglaterra e Irlanda y con la necesidad de encontrar colonias pena- les para los prisioneros de Gran Bretaña en el exterior. Lo que les sucedió a los reyes aztecas tuvo mucho que ver con las relaciones entre España y Portugal. El impe- rialismo de la Europa atlántica tejió un único mundo. La Europa atlántica se convirtió en el centro de grave- dad del sistema global. Lo que ocurrió en Europa definió gran parte de lo que sucedería en otros lugares del mun- do. Otras naciones y regiones actuaban con un ojo pues- to en Europa. Desde el siglo xvi al xx casi ninguna parte del mundo escapó a la influencia y al poder europeo. Todo, para bien o para mal, giraba en torno a Europa y su centro era el Atlántico norte. El que controlase esa ex- tensión de agua controlaba la vía de entrada al mundo. Europa no era la región más civilizada ni más avan- zada del planeta. ¿Qué la convirtió entonces en el centro del mundo? En el siglo xv, de hecho, Europa era un con- tinente atrasado técnica e intelectualmente en compara- ción con China o el mundo islámico. ¿Por qué esos paí- ses pequeños y apartados empezaron a dominar el mundo y por qué en ese momento y no quinientos años antes o después? El poder europeo consistía en dos cosas: dinero y geografía. Europa dependía de las importaciones asiáti- cas, en particular de la India. La pimienta, por ejemplo, no se empleaba sólo para cocinar, sino también como conservante de la carne; su importación suponía una parte fundamental de la economía europea. Asia estaba

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llena de productos de lujo que Europa necesitaba y que estaba dispuesta a pagar. Tradicionalmente, las impor- taciones desde Asia llegaban por tierra hasta el Medite- rráneo por la famosa Ruta de la seda entre otras. El auge de Turquía, de la que oiremos hablar mucho en el siglo xxi, cerró esas rutas y aumentó el coste de las im- portaciones. Los comerciantes europeos estaban desesperados por encontrar un rodeo para evitar a los turcos. Los es- pañoles y los portugueses (los íberos, en definitiva) escogieron la alternativa no militar: buscaron otra ruta hacia la India. Los íberos sólo conocían un camino ha- cia la India que no pasaba por Turquía, y era el de bajar por la costa africana y subir por el océano Índico. Espe- cularon sobre otra ruta, asumiendo que la tierra era re- donda, un trayecto que los conduciría hasta la India por el oeste. Se trata de un momento decisivo: de no haberse dado, la Europa atlántica habría caído aún más en el atraso y la pobreza, pero los problemas económicos eran reales y los turcos eran muy peligrosos, así que se vieron empuja- dos a actuar. También fue un momento psicológicamen- te crucial. Los españoles, que acababan de echar a los árabes de España, se encontraban en el apogeo de su or- gullo, y los medios para llevar a cabo una exploración de esas características se encontraban a su alcance. Existía la tecnología necesaria, y si se empleaba correctamente podía ofrecer una solución al problema turco. Los íberos tenían un barco, la carabela, que podía llevar a cabo largos viajes por el mar. Disponían tam- bién de varios artilugios de navegación, desde la brújula hasta el astrolabio. Y por último, tenían armas, sobre todo cañones. Es probable que todas esas cosas se las hubiesen apropiado de otras culturas, pero los íberos

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las integraron en un eficaz sistema económico y militar. Podían navegar a lugares lejanos y al llegar podían lu- char y vencer. La gente que oía el disparo de un cañón y veía explotar un edificio tendía a ser más flexible en las negociaciones. Cuando los íberos llegaban a su destino podían echar la puerta abajo y hacerse con el gobierno. En el curso de los siglos siguientes, los barcos, las armas y el dinero europeos dominaron el mundo y crearon el primer sistema global: la edad europea. La ironía es la siguiente: Europa dominó el mundo, pero no consiguió dominarse a sí misma. Durante qui- nientos años, el continente se desmembró en innumera- bles guerras civiles, y nunca se consolidó un Imperio eu- ropeo. En lugar de eso, se sucedieron un Imperio británico, un Imperio español, un Imperio francés, un Im- perio portugués, etc. Mientras invadían y subyugaban, las naciones europeas se agotaron en guerras interminables. Muchos motivos explican la incapacidad de los eu- ropeos de unirse, pero al fin y al cabo todo se reduce a una simple característica geográfica: el canal de la Man- cha. Primero los españoles, luego los franceses, y, final- mente, los alemanes consiguieron dominar el continente europeo, pero ninguno de ellos consiguió cruzar el ca- nal. Puesto que nadie podía derrotar a Gran Bretaña, un conquistador tras otro fueron fracasando en el proyecto de ocupar totalmente Europa. Los períodos de paz eran simples treguas temporales. Europa ya estaba agotada cuando estalló la primera guerra mundial, en la cual murieron más de diez millones de hombres, casi una ge- neración completa. La economía estaba hecha añicos y la confianza rota. Europa emergió como una sombra demográfica, económica y cultural de lo que había sido. Y entonces las cosas empeoraron aún más.

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La batalla final de una edad antigua

Estados Unidos surgió de la primera guerra mundial como un poder global. Ese poder, sin embargo, estaba evidentemente en sus albores. Mientras que los euro- peos padecían un conflicto geopolítico interno, los ame- ricanos no estaban preparados psicológicamente para ocupar una posición permanente en el escenario global. Sin embargo, ocurrieron dos cosas que marcaron las lí- neas del futuro. En la primera guerra mundial, Estados Unidos anunció su presencia con una autoridad rotunda y dejó una bomba de relojería en Europa que garantiza- ría el poder estadounidense después de la siguiente gue- rra. Esa bomba de relojería era el Tratado de Versalles, que puso fin a la primera guerra mundial pero dejó sin resolver los conflictos de fondo por los cuales se había librado la guerra. Versalles garantizaba otra guerra. Y la guerra se reanudó en 1939, veintiún años des- pués del final de la anterior. Alemania volvió a atacar primero, y esa vez conquistó Francia en seis semanas. Estados Unidos no se involucró en el conflicto bélico durante un tiempo, pero se aseguró de que la guerra no terminase en una victoria alemana. Gran Bretaña aguan- tó en el conflicto gracias a la ley de préstamo y arriendo de los Estados Unidos. Todos recordamos la parte del préstamo, mediante la cual se proporcionaron a Gran Bretaña destructores y equipamiento para luchar contra los alemanes, pero la parte del arrendamiento suele olvi- darse. Se cumplió cuando los británicos cedieron a Esta- dos Unidos (que ya tenía a su armada patrullando por el Atlántico) casi todas sus instalaciones navales de occi- dente. Los británicos le estaban entregando a Estados Unidos las llaves del Atlántico Norte, la vía de Europa hacia el mundo.

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Un cálculo aproximado del coste que la segunda guerra mundial tuvo para el mundo ofrece un saldo de unos cincuenta millones de muertos, incluyendo a mili- tares y a civiles. Europa se había hecho jirones en esa guerra y las naciones estaban asoladas. Por contraste, Estados Unidos perdió a unos 500.000 militares y casi no sufrió bajas civiles. Al final de la guerra, la industria estadounidense era mucho más fuerte que antes; era la única nación que había participado en la guerra en la que se daba esa situación. A excepción de Pearl Harbor, ninguna ciudad americana fue bombardeada, y ningún territorio de Estados Unidos fue ocupado (excepto dos pequeñas islas del archipiélago de las Aleutianas). Esta- dos Unidos sufrió menos del uno por ciento de las bajas de la guerra. Por ese precio, Estados Unidos emergió de la segun- da guerra mundial no sólo controlando el Atlántico Norte, sino dominando todos los océanos del mundo. También ocupó Europa occidental, determinando los destinos de países como Francia, Holanda, Bélgica, Ita- lia y de la misma Gran Bretaña. Además, Estados Uni- dos conquistó y ocupó Japón, casi una idea de última hora después de las campañas europeas. Así perdieron los europeos su imperio, en parte por agotamiento, en parte por ser incapaces de soportar el coste de mantenerlo, y en parte porque Estados Unidos sencillamente no quería que los europeos siguiesen rete- niéndolo. El imperio se desvaneció a lo largo de los veinte años siguientes, y los europeos opusieron apenas una resistencia desganada. La realidad geopolítica, que había podido apreciarse siglos antes en el dilema espa- ñol, se había desplegado hasta un final catastrófico. He aquí una pregunta: ¿fue el auge de Estados Uni- dos como potencia global decisiva en 1945 una brillante

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jugada maquiavélica? Los estadounidenses consiguieron la supremacía global al coste de 500.000 muertos en una guerra en la que perecieron otros cincuenta y cinco millones de personas. ¿Era Franklin Roosevelt brillante y poco escrupuloso o se convirtió Estados Unidos en una superpotencia mientras participaba en el proceso de conseguir las «cuatro libertades»* y la Carta de las Na- ciones Unidas? En última instancia, no importa. En el ámbito geopolítico, las consecuencias inesperadas son las más importantes. El enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética, conocido como la guerra fría, fue un auténti- co conflicto global. Era básicamente una competición en la que se jugaba quién heredaría el imperio global destrozado de Europa. Aunque ambos bandos dispo- nían de un enorme poderío militar, Estados Unidos te- nía una ventaja inherente. La Unión Soviética era enor- me, pero no tenía salida al mar. América era casi igual de vasta, pero tenía fácil acceso a los océanos del mun- do. Mientras que los soviéticos no podían contener a los americanos, los americanos sí podían contener a los soviéticos. Y esa fue la estrategia americana: contener a los soviéticos. Desde el cabo Norte de Noruega hasta Turquía y las islas Aleutianas, Estados Unidos creó un enorme cinturón de naciones aliadas, todas ellas fronte- rizas con la Unión Soviética, un cinturón que después de 1970 incluyó a la mismísima China. En todos los lugares donde los soviéticos tenían un puerto se encon- traban bloqueados por la geografía y la armada estado- unidense.

* Las cuatro libertades son los derechos humanos básicos (ex- presión, culto, trabajo y vivir en paz) que Franklin D. Roosevelt pro- puso en un discurso pronunciado el 6 de enero de 1941. (N. del t.)

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48 los próximos cien años El imperio soviético. En la geopolítica se dan dos visiones contrapuestas

El imperio soviético.

En la geopolítica se dan dos visiones contrapuestas sobre la geografía y el poder. Una de ellas era defendida por un inglés llamado Halford John Mackinder, quien afirmaba que el control de Eurasia lleva aparejado el control del mundo. Según sus propias palabras: «Quien controla Europa del Este controla centroeuropa. Quien controla centroeuropa controla Eurasia. Quien controla Eurasia controla el mundo». Esta idea dominó la estra- tegia británica y, de hecho, la estrategia de Estados Uni- dos durante la guerra fría, en su lucha por contener y dominar Europa del Este. Otro punto de vista es el que sostenía un americano, el almirante Alfred Thayer Ma- han, considerado el principal pensador geopolítico ame- ricano. En su libro Influencia del poder naval en la His- toria, Mahan formulaba un contra-argumento al de

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Mackinder, afirmando que era el control de los mares el que equivalía al control del mundo. La Historia, en cierto sentido, les ha dado la razón a ambos. Mackinder acertó al enfatizar la importancia de una Rusia poderosa y unida. El colapso de la Unión So- viética aupó a Estados Unidos a la posición de única potencia global, pero fue el americano Mahan el que entendió los dos factores cruciales. El colapso de la Unión Soviética fue provocado por el poder naval ame- ricano y también abrió la puerta a que el poder naval de Estados Unidos dominase el mundo. Asimismo, Mahan acertó al afirmar que siempre es más barato transportar mercancías por mar que por cualquier otro medio. Ya en el siglo v a.C., los atenienses eran más ricos que los es- partanos porque Atenas tenía puerto, una flota y una armada para protegerlo. Aunque en todos los demás as- pectos estén al mismo nivel, el poder naval sitúa a los países costeros por encima de los del interior en riqueza. Con la llegada de la globalización en el siglo xv, esta verdad se ha convertido casi en el axioma de la geopo- lítica. El control de Estados Unidos significaba no sólo do- minar el comercio marítimo, sino también definir el co- mercio marítimo global. Podía fijar las reglas, o al menos bloquear las intenciones de cualquier otro, negando el acceso de otras naciones a las rutas comerciales. Estados Unidos ha determinado el sistema de comercio interna- cional con mayor sutileza, empleando el acceso al enor- me mercado americano como una palanca con la que manipular el comportamiento de otras naciones. Estados Unidos se hizo enormemente rico gracias a sus recursos naturales pero ahogó a la Unión Soviética con su domi- nio naval, castigándola por no tener salida al mar. En segundo lugar, el control de los mares también le

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proporcionaba a Estados Unidos una enorme ventaja política: no podía ser invadido pero podía invadir otros países cuando y como quisiese. Desde 1945 en adelante, podía entrar en guerra sin miedo a que sus líneas o sus suministros fuesen cortados. Ningún poder exterior po- día hacer la guerra en Norteamérica. De hecho, ninguna otra nación podía organizar operaciones marítimas sin la aquiescencia de Estados Unidos. Por ejemplo, cuando los británicos entraron en guerra con Argentina por las islas Malvinas en 1982, fue posible porque Estados Uni- dos no lo impidió. Cuando los británicos, franceses e israelíes invadieron Egipto en 1956 en contra de los de- seos de Estados Unidos, tuvieron que retirarse. Durante la guerra fría, siempre fue más provechoso aliarse con los Estados Unidos que con la Unión Soviéti- ca. Los soviéticos podían ofrecer armas, apoyo político, algo de tecnología y muchas otras cosas, pero Estados Unidos podía ofrecer acceso a su sistema de comercio internacional y el derecho a exportar a América, una oferta que empequeñecía cualquier contraprestación so- viética. La exclusión del sistema conducía al empobreci- miento. Considérense como ejemplos los diferentes des- tinos de Corea del Norte y Corea del Sur o de la Alemania Occidental y la Oriental. Es interesante observar que durante la guerra fría Es- tados Unidos estaba psicológicamente a la defensiva. Corea, el McCarthismo, Cuba, Vietnam, el Sputnik, el terrorismo de izquierdas durante las décadas de 1970 y 1980, y las fuertes críticas a Reagan de los aliados euro- peos crearon una sensación constante de melancolía e incertidumbre en América. La percepción era que su ventaja en la guerra fría se estaba desvaneciendo. Sin embargo, bajo la lupa de la realidad objetiva y de las relaciones de poder, los rusos nunca tuvieron la más mí-

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nima posibilidad. Es importante tener presente ese des- fase entre la psique americana y la realidad geopolítica por dos razones. La primera revela la inmadurez del po- der americano y la segunda sugiere una fuerza tremen- da. La inseguridad generó un nivel de esfuerzo y energía arrolladores. No había nada despreocupado ni desenfa- dado en la manera en que los estadounidenses, desde sus líderes políticos hasta los ingenieros y los oficiales de los servicios de espionaje, disputaron la guerra fría. Esa es una de las principales razones de que se sor- prendieran al ganar la guerra fría, pese a que, junto a los aliados, habían rodeado a la Unión Soviética y el bloque comunista no podía desafiarles en el mar, no podía igua- lar su índice de crecimiento ni atraer con ello nuevos alia- dos. En ese contexto, los soviéticos se fueron quedando cada vez más atrás y terminaron por hundirse. La caída de la Unión Soviética en 1991, 499 años después de la expedición de Colón, puso punto final a una era histórica. Por primera vez en medio milenio, el poder ya no residía en Europa. Después de 1991 el único poder global descansaba en Estados Unidos, que se ha- bía convertido en el centro del sistema internacional.

Hemos examinado cómo Estados Unidos llegó al poder en el siglo xx, también debemos observar unos datos estadísticos poco estudiados que he mencionado ante- riormente y que son muy reveladores. En 1980, cuando el duelo entre Estados Unidos y la Unión Soviética se acercaba a su desenlace, el comercio transpacífico se in- crementó hasta igualar el transatlántico por primera vez en la historia. Sólo diez años después, cuando la Unión Soviética se estaba desmoronando, el comercio transpa- cífico se había disparado hasta superar en un cincuenta

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por ciento al transatlántico. Toda la configuración del comercio internacional, y por lo tanto del sistema glo- bal, estaba experimentando un cambio sin precedentes. ¿Cómo afectó eso al resto del mundo? La mayoría de los países no pueden correr con el enorme coste de con- trolar las rutas marítimas y dependen de otras naciones que disponen de los recursos necesarios. Las potencias navales adquieren una enorme influencia política y las demás naciones no se atreven a desafiarlas. El coste de controlar una extensión de agua adyacente es alto, pero dominar una extensión de agua a miles de millas de dis- tancia es abrumador. Históricamente, sólo ha habido un puñado de naciones que hayan sido capaces de soportar ese precio, y en la actualidad no es más barato ni más fácil. Sólo hay que echar un vistazo al presupuesto de defensa de Estados Unidos y la cantidad que se gasta en la Marina y en los sistemas espaciales involucrados. El coste de mantener varios portaaviones en el golfo Pérsico representa un desembolso mayor que el presupuesto to- tal de defensa de la mayoría de los países. Controlar el Atlántico o el Pacífico sin limitar con ambos queda fuera de la capacidad económica de casi cualquier nación. Sólo América del Norte puede albergar una nación transcontinental capaz de proyectar su poder hacia el Atlántico y el Pacífico simultáneamente, por eso es el centro de gravedad del sistema internacional. La poten- cia dominante fue capaz en 1944-1945 de invadir al mismo tiempo Europa y Japón gracias al control militar de los dos océanos que ha mantenido hasta el presente. Sin embargo, es importante tener en cuenta que Es- paña dominó Europa en el pasado y que presidió el pri- mer siglo de la edad europea. Anticipo que Norteaméri- ca será el centro de gravedad del sistema global durante los próximos siglos, y que Estados Unidos dominará

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Norteamérica durante al menos un siglo. Pero igual que España no pudo dominar siempre Europa, Estados Uni- dos no tiene garantizado para siempre el dominio de Norteamérica. En los próximos siglos pueden pasar mu- chas cosas: una derrota en el exterior, una guerra civil o que se desgajen sus fronteras. A corto plazo, y me refiero a los próximos cien años, el poder de Estados Unidos será tan extraordinariamente abrumador sobre la realidad económica, tecnológica y cultural, que seguirá prosperando a lo largo del siglo xxi aunque se vea sacudido por guerras y crisis. Eso no es incompatible con la sensación de inseguri- dad que tienen los americanos. Psicológicamente, el país flota sobre una extraña mezcla de suficiencia e inseguri- dad. Es interesante que esa descripción coincida con la de una mente adolescente, pues esa es precisamente la condi- ción exacta de la nación en el siglo xxi. La mayor poten- cia mundial está experimentando una larga crisis de iden- tidad adolescente, con cambios de humor irracionales. En términos históricos se trata de una sociedad extraordina- riamente joven e inmadura. Así pues, en esta época no deberíamos esperar otra cosa de América que bravucone- ría e inseguridad. ¿De qué otra manera se siente un ado- lescente respecto a sí mismo y a su lugar en el mundo? Sin embargo, si pensamos en Estados Unidos como en un adolescente, también debemos aceptar que toda- vía tiene por delante su madurez, que se encuentra en una fase temprana de su poder, que no está plenamente civilizado. Los adultos suelen ser más estables y más po- derosos que los adolescentes. En la actualidad, Estados Unidos, como Europa en el siglo xvi, es un territorio bárbaro, y lo digo como una descripción y no como un juicio moral; su voluntad es poderosa y sus emociones lo impulsan en direcciones diferentes y contradictorias.

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Las culturas pueden existir en tres estados. El prime- ro de ellos es la barbarie. Los bárbaros creen que las cos- tumbres de su pueblo equivalen a las leyes de la natura- leza y que cualquiera que no viva como ellos lo hacen es despreciable y ha de ser redimido o destruido. El tercer estado es la decadencia. Los decadentes afirman con ci- nismo que ninguna cosa es mejor que otra. Si desprecian a alguien es a quien cree en algo. Están convencidos de que no existe nada por lo que valga la pena luchar. La civilización es el segundo estado, y también el me- nos frecuente. La gente civilizada es capaz de equilibrar en su mente dos ideas contradictorias. Creen que hay verdades estables y que sus culturas se aproximan a esas verdades. A la vez, son conscientes de la posibilidad de estar equivocados. La combinación de creencia y es- cepticismo es de por sí inestable. Las culturas evolucio- nan de la barbarie a la civilización y posteriormente, a medida que el escepticismo socava sus convicciones, en- tran en decadencia. La gente civilizada lucha de manera selectiva pero eficaz. Obviamente, en todas las culturas hay gente bárbara, civilizada y decadente, pero, al mis- mo tiempo, las culturas se ven dominadas en épocas di- ferentes por uno de los tres estados. Europa era un territorio bárbaro en el siglo xvi, cuando la convicción del cristianismo estimuló las pri- meras conquistas. Pasó a la civilización en los siglos

xviii

y xix, y luego entró en decadencia en el curso del

siglo

xx. Estados Unidos apenas está iniciando su peri-

plo cultural e histórico. Hasta el momento no ha sido lo bastante coherente para tener una cultura definitiva,

pero mientras se convierte en el centro de gravedad

mundial está desarrollando esa cultura, que es inevita- blemente bárbara. América es un lugar en el que la dere- cha desprecia a los musulmanes por su fe y la izquierda

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por el trato que dan a sus mujeres. Esas perspectivas aparentemente diferentes tienen en común la convicción de que sus valores son mejores. Como todas las culturas bárbaras, los estadounidenses están dispuestos a luchar por sus verdades manifiestas. Esto no es una crítica, y si lo es no va más allá que los reproches que le haríamos a un adolescente por el hecho de serlo. Es una fase de desarrollo necesaria e ine- vitable. Sin embargo, Estados Unidos tiene una cultura joven y, por consiguiente, torpe, directa y, en ocasiones, brutal. Además, con frecuencia se ve dividida por pro- fundas disensiones internas; lo único que une a sus ciu- dadanos es la convicción de que sus valores son los me- jores. Estados Unidos es todo eso, pero a semejanza de la Europa del siglo xvi, y a pesar de su evidente torpeza, es extraordinariamente eficaz.