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Salarrue y Cuentos de barro (Ensayo)

Salarrue y Cuentos de barro (Ensayo)

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Publicado porMaria Tenorio
Nacido en el último año del siglo XIX, en la región occidental de Sonsonate, en El Salvador, Salarrué ha sido invocado por la crítica, si no como la máxima figura de la narrativa salvadoreña, al menos entre los más destacados escritores. El interés en su figura se ha centrado, principalmente, en sus narraciones 'regionalistas', 'costumbristas' o de 'la cultura popular', denominaciones todas empleadas por los estudiosos. Paralela a esta temática, el autor desarrolló otros escritos considerados como 'místicos' o 'de ficción', en cuyo contenido no se refleja la realidad histórica como en los anteriores. En el presente ensayo nos centraremos en su colección Cuentos de barro -inscrita en la primera vertiente- revisada en su Narrativa completa I, volumen publicado por el Consejo Nacional para la Cultura y el Arte en 1999, con ocasión de celebrar los cien años del nacimiento del escritor.
Nacido en el último año del siglo XIX, en la región occidental de Sonsonate, en El Salvador, Salarrué ha sido invocado por la crítica, si no como la máxima figura de la narrativa salvadoreña, al menos entre los más destacados escritores. El interés en su figura se ha centrado, principalmente, en sus narraciones 'regionalistas', 'costumbristas' o de 'la cultura popular', denominaciones todas empleadas por los estudiosos. Paralela a esta temática, el autor desarrolló otros escritos considerados como 'místicos' o 'de ficción', en cuyo contenido no se refleja la realidad histórica como en los anteriores. En el presente ensayo nos centraremos en su colección Cuentos de barro -inscrita en la primera vertiente- revisada en su Narrativa completa I, volumen publicado por el Consejo Nacional para la Cultura y el Arte en 1999, con ocasión de celebrar los cien años del nacimiento del escritor.

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María Tenorio Profesor Abril Trigo Español 760 8 de diciembre de 1999 La alfarería de la cultura nacional:  Salarrué y sus Cuentos de barro Nacido   en   el   último   año   del   siglo   XIX,   en   la   occidental  región   de   Sonsonate

,   en   El   Salvador,   Salvador   Salazar   Arrué   ha  sido   invocado   por   los   críticos   literarios,   sino   como   la   máxima  figura de la narrativa salvadoreña, al menos como uno de sus más  destacados escritores. El interés en su obra se ha centrado en sus  narraciones de temática vernácula, como las colecciones de relatos  breves Cuentos de cipotes (1945/61), Trasmallo (1954) y Cuentos de  barro (1934). Sin embargo, Salarrué ­seudónimo por el que es mejor  conocido   el   escritor   y   pintor   salvadoreño­   desarrolló   una  vertiente   de   literatura   fantástica   entre   la   que   se   cuentan  volúmenes como Remontando el Uluán (1932) y O­Yarkandal (1929).  El propósito de este ensayo es revisar el papel o el lugar  que se ha asignado a Salarrué dentro de las letras salvadoreñas  mediante   la   lectura   de   algunos   textos   críticos,   contrastados  contra uno de sus "libros más leídos y gozados por generaciones de  salvadoreños": sus Cuentos de barro (Salarrué, Narrativa xiv). Esta   colección   de   34   narraciones   breves   es,   en   general,  considerada por los estudiosos como el libro más conocido o más  valioso   de   la   obra   salarrueriana.   Mientras   para   Hugo   Lindo   el  Salarrué   de   los  Cuentos   de   barro  "es   acaso   el   de   mayor   valor"  (664), Roque Dalton no duda en calificar dicho texto como "la obra 

fundamental"   del   escritor   a   la   vez   de   señalarla   como   la   más  editada   (Salarrué,  Cuentos  IX).   Eugenio   Martínez   Orantes,   en   su  libro 32 Escritores Salvadoreños, es categórico al afirmar que "el  éxito de este libro opacó toda su producción anterior y posterior:  la más fecunda" (80).  1. Salarrué, el intérprete, el historiador, el anti­moderno. De   acuerdo   con   la   crítica,   una   de   las   notas   más  características   y   originales   de   estos   cuentos   es   la   elaboración  literaria   del   habla   campesina   salvadoreña.   En   1950,   el   escritor  salvadoreño Hugo Lindo dice: Aquí   el   autor   habla,   como   sus  personajes,   con  las   deformaciones  lingüísticas   del "indio" salvadoreño que, en realidad,  no es indio, sino mestizo. Los nombres de flores y de  pájaros están escritos con sujeción a la fonética pueril  de   nuestras   gentes   humildes.   Todo   rezuma   un   suave  primitivismo, una deliciosa infantilidad. (664) Más aun, este empleo del lenguaje del otro, del campesino, es  visto   como   una   penetración   en   su   propia   psicología.   Para  Lindo,  Salarrué se pone a ser él mismo cada uno de sus personajes, a ser  el propio actor de su cotidianeidad tragi­cómica, a ser intérprete  del ambiente salvadoreño (664). La percepción del autor­intérprete  estará también presente en Roque Dalton, quien prologa y edita una  antología del cuento salarrueriano en Cuba en 1968, cuando afirma  que  los   salvadoreños   tenemos   una   deuda   de   profunda   gratitud   con  Salarrué: ha interpretado con ternura ­la mejor calidad  humana­ y con gracia de depuradísimo talento a nuestro 

pueblo humilde. Lo ha puesto a hablar frente a nuestros  ojos y nos ha hecho reconocernos a nosotros mismos en  él. (Salarrué, Cuentos XIV) En un país como El Salvador, atravesado por la injusticia de  grandes   contrastes   sociales   desde   antes   de   su   nacimiento   como  nación,   el   hecho   de   que   un   intelectual   tomara   como   medio   de  expresión   poética   el   habla   "deforme"   del   "pueblo   humilde"   para  hablar de la vida cotidiana de sus personajes es ya, de entrada,  un atrevimiento, un acto de osadía, una verdadera valentía. Lara  Martínez,   al   estudiar   la   narrativa   salarrueriana,   enfatiza   como  este   escritor   actúa   "a   contracorriente"   al   darles   la   palabra   a  personajes  rurales, indígenas o campesinos, mientras el gobierno  del dictador Maximiliano Hernández Martínez extermina a toda una  población indígena en el occidente del país (9). Salarrué recrea  literariamente a los aniquilados en 1932. La zona geográfica donde  se da el levantamiento campesino es la misma donde el autor nació  y vivió los primeros años de su infancia. Lara Martínez inscribe  en la historia salvadoreña la poetización del habla campesina: Ese   español   incipiente   del   indio   recién   castellanizado,   con   su  sintaxis   corta   y   su   uso   reiterado   de   posesivos   y  demostrativos,   obtiene   su   derecho   de   ciudadanía.   Y   en  virtud   de   un   impacto   metafórico,   que   la   escritura  salarrueriana recrea en todo su esplendor, asciende al  rango de igualdad con el habla citadina. [...] No obstante, ese proyecto de revalorizar la cultura popular y, por  ese medio, forjar una embrionaria identidad nacional, se  convierte en un esfuerzo tanto más grandioso cuanto que, 

a partir de 1932, el Estado se encarga de arrasar todo  elemento cultural cuyo contenido patente se vincule a lo  indígena. (9) Este   estudioso   propone   una   hipótesis   para   entender  unitariamente a Salarrué en lo que respecta a su obra regionalista  ­en la que entran los Cuentos de barro­ y su narrativa fantástica.  Ambas vertientes, dice, en tanto escritura literaria son una forma  de escritura de la historia (11). Salarrué en sus escritos cuenta  la   historia   salvadoreña,   actúa   como   un   historiador.   En   lo   que  atañe   a   la   colección   de   cuentos   en   estudio,   Salarrué   "intenta  representar   la   vida   diaria   del   mundo   rural   con   una   fidelidad  minuciosa." (12)  En   la   lectura   que   hace   Lara   Martínez,   si   bien   se   sitúa  claramente a Salarrué como voz de protesta en el contexto de los  acontecimientos   históricos   de   1932,   se   llega   al   final   a   una  conclusión   semejante   a   la   de   Lindo   y   Dalton:   la   lectura   de  Salarrué como intérprete de la realidad del campesino salvadoreño. Se puede entender esa conexión, hecha por la crítica, entre  poetización   del   habla   del   otro   e   interpretación   fiel   de   lo   que  piensa,   cree  y   vive  el  otro si se compara a Salarrué con otros  escritores   del   mismo   momento   histórico,   cuya   elaboración   del  lenguaje   literario   es   muy   diferente.   En   colecciones   de   cuentos  donde   se   trata   la   temática   campesina   como  El   jetón  (1936)   de  Arturo Ambrogi, Agua de coco (1926) de Francisco Herrera Velado o  Me   monto   en   un   potro  (1943)   de   José   María   Peralta   Lagos,   el  lenguaje   narrativo   es   castizo   y   elaborado,   a   veces   detallista   o  cuajado   de   humor   e   ironía;   las   voces   locales   ­deformadas,   como 

diría Lindo­ aparecen de lleno en los diálogos o bien filtradas en  la   voz   del   narrador,   señaladas   tipográficamente   en   clara  diferenciación   con   el   lenguaje   culto,   propio   de   la   literatura  (Carías   Guerra   et   al   38­53).   La   distancia   entre   el   habla   del  campesino   y   la   propia   del   escritor   se   mantiene   en   los  contemporáneos de Salarrué. En   la   tesis   "Historia   social   de   la   literatura   costumbrista  salvadoreña   de   1915   a   1935" se separa a Salarrué de estos otros  escritores por la peculiar elaboración del lenguaje que, si bien  no es netamente campesino, sí incorpora como elemento constitutivo  el habla de los habitantes de las zonas rurales y, además, emplea  un lenguaje más sencillo, sin términos rebuscados (Carías Guerra  et   al   48).   Las   marcas   tipográficas   siguen   vigentes   en   Salarrué  para   las   expresiones   del  habla  popular filtradas en el discurso  del   narrador.   El   inicio   del   cuento   "La   honra"   sirva   como  ilustración: Había   amanecido  nortiando;   la   Juanita   limpia;  lagua  helada;   el  viento   llevaba   zopes   y   olores.   Atravesó   el   llano.   La  nagua se le amelcochaba y se le hacía calzones. El pelo  le hacía alacranes negros en la cara. La Juana iba bien  contenta, chapudita y apagándole los ojos al viento. Los  árboles venían corriendo. En medio del llano la cogió un  tumbo del norte. (Narrativa 245) Se   aventura   esta   comparación   para   explicarse   por   qué   la  crítica examinada hasta ahora confiere al autor de los Cuentos de  barro  el   nada   despreciable   atributo   de   "intérprete"   de   la  psicología   del   otro,   el   habitante   de   las   zonas   rurales   de   El 

Salvador.   Sin   embargo,   la   cuestión   todavía   no   está   resuelta  satisfactoriamente.   Se   quiere   cuestionar   esta   afirmación   tan  extendida en la crítica y cuyo corolario es, para Dalton y Lara  Martínez   la   consideración   de   Salarrué   como   forjador   de   la  identidad salvadoreña. Roque Dalton lo expresa así: lo que nos parece el aporte cimero de Salarrué a partir de Cuentos  de   barro  es   que   logra,   como   ningún   otro   escritor  salvadoreño   anterior,   testimoniar   los   perfiles   de   eso  que   se   llama   el   alma   nacional,   de   un   alma   nacional  ­permítasenos   el   manejo   de   estos   términos­   que   había  sido definitivamente moldeada, por lo menos para lo que  tocaba   a   la   primera   mitad   de   este   siglo,   por   la  brutalización,   el   horror,   el   postergamiento   de   la  mayoría. (Salarrué, Cuentos VIII­IX) Se   podría   plantear   el   cuestionamiento   en   otras   palabras,  preguntarse   por   qué   los   intelectuales   ven   en   los   relatos   de  Salarrué   lo   propio   de   la   salvadoreñidad,   por   qué   esa  salvadoreñidad está en el campesino de los cuentos de Salarrué. Sin perder de vista esta inquietud, que se ha colado a medio  camino, se seguirá avanzando con la revisión de la crítica.  A   fines   de   los   noventas, no cabe duda que  Salarrué es  una  figura   consagrada   dentro   de   la   literatura   salvadoreña.   Habiendo  recibido la canonización por parte de intelectuales de su tiempo y  de épocas posteriores, los textos escolares lo colocan como el más  grande   narrador   de   El   Salvador   (Martínez   Orantes   80)   y   esta  valoración no escapa de las publicaciones en periódicos (Galeas 2)  ni de la información sobre el autor que se puede obtener en sitios 

electrónicos a través de internet ("Fundación La casa de Salarrué"  1; "Salarrué" 1). Carlos Cañas Dinarte, en su Diccionario escolar  de   autores   salvadoreños,   comenta  que  a  Salarrué  se  le  considera  "uno de los fundadores de la corriente narrativa contemporánea a  nivel latinoamericano y, por ende, uno de los más altos exponentes  de la cultura salvadoreña." (213)  En definitiva, Salarrué ocupa una posición firme dentro de la  cultura salvadoreña.  Con   ocasión   de   conmemorar   los   cien   años   del   nacimiento   de  Salvador   Salazar   Arrué   se   ha   reunido,   por   primera   vez,   y  publicado,   en   1999,   su  Narrativa   completa.   En   este   material,  presentado en tres volúmenes, aparece una lectura crítica novedosa  de   la   obra   salarrueriana.   Los   relatos   regionalistas   de   Salarrué  son importantes, más que por su carácter de retratos de la vida  cotidiana   de   los   campesinos, por ser expresiones de una postura  política determinada. Esta es la tesis que propone Ricardo Roque  Baldovinos en la Introducción a la  Narrativa completa I. Para el  estudioso, las dos vertientes narrativas de Salarrué responden a  un mismo motivo de fondo: el rechazo al proceso de modernización  de la sociedad salvadoreña (xviii). Salarrué, en este sentido, es  anti­ilustrado, no cree en el progreso basado en la racionalidad,  ya sea capitalista ya sea comunista: Salarrué   opta   por   la   comunidad,   es   decir   por   una   verdadera  sociedad de comunicación carismática, que prescinde del  debate   y   del   aparato   legal   porque   sus   miembros  participan   de   manera   igualitaria   y   transparente   del  producto social y del sentido. [...] 

Es   importante   recalcar   que   para   Salarrué   esta   entidad   no  tiene   una   mera   existencia   ideal.   Para   él   es   algo   muy  palpable   y   viviente,   se   encuentra   encarnado   en   la  sociedad campesina, o más concretamente, en la sociedad  indígena. (xix) La   resistencia   salarrueriana   al   eurocentrismo   y   a   la  modernidad   implica,   entonces,   la   reivindicación   de   otras  tradiciones culturales, las de la India y de China ­de las que se  nutre   el   escritor   salvadoreño­,   pero   también   las   culturas  americanas precolombinas (xxi).  Se puede agregar, de acuerdo con esta posición crítica, que  los  Cuentos   de   barro  son   una   exaltación   de   una   forma   de   vida  'otra' a la que se vive en las ciudades y se presenta como modelo  de   modernización   a   seguir   por   toda   la   colectividad.   Roque  Baldovinos agrega que "Salarrué idealiza sobremanera la sociedad  campesina y, de hecho la distorsiona al situarla al margen de la  historia."   (xx)   Este   comentario   es   relevante   para   continuar   el  diálogo   con   la   crítica   salarrueriana   que   ha   establecido   una  identificación   entre   los   textos   regionalistas   del   escritor   y   la  realidad histórica del campesino salvadoreño.  2. Una clave de lectura: su mirada al pasado. Salarrué no es indio ni habla como los indios. Es blanco y es  casi europeo ­descendiente del pedagogo vasco Alejandro de Arrué y  Jiménez, en segunda generación (Roque Baldovinos iii). Pero vive  su infancia en una zona rural del país, Sonsonate, tierra de los  Izalco. Y de allí absorbe el habla de los campesinos. Pero él no  es   campesino,   es   pintor   y,   por   necesidad   de   ganar   el   sustento, 

escritor   (Roque   Baldovinos   vi).   Viviendo   ya   en   San   Salvador,   la  capital del país y muy diferente de sus zonas rurales, retoma el  tema   y   habla   del   otro   que   lleva   en   su   memoria   y   la   elabora  poéticamente:   "En   fraternal   afán   por   devolverle   el   terruño  perdido",   a   su   cuñada   Alice   Lardé   de   Venturino,   reza   la  dedicatoria de los Cuentos de barro (Narrativa, 239).  La   dedicatoria   del   libro   hace   pensar   en   lo   que   Salarrué  quería decir con sus cuentos. Parece mirar hacia atrás, hacia lo  que ya ha perdido. Parece querer recrear algo ido. Comparte una  nostalgia por el terruño de su infancia. Salvador   Salazar   Arrué   no   escribió   para   los   indios   o  campesinos, en su mayoría analfabetas en aquel entonces e incluso  en estos tiempos de fin de milenio. Escribió para su cuñada, una  intelectual de ascendencia francesa (Roque Baldovinos vi), y, por  extensión para los otros como él, los habitantes del no­campo; los  que podían leer, escribir, pintar; los educados. Y escribió para  devolver lo "perdido", los recuerdos de una infancia vivida en el  campo tristemente superados por la vida citadina. En el prólogo de los  Cuentos  titulado "Tranquera", sinónimo  de puerta rústica para entrar a un corral, el escritor compara la  elaboración   de   sus   relatos   con   la   labor   de   un   alfarero   de  Ilobasco, pueblo donde se producen objetos muy coloridos de barro.  Es   un   trabajo   manual   y   artesanal,   cuyo   resultado   no   es,   por  decirlo así, productos de alta cultura: Pobrecitos   mis   cuentos   de   barro...   Nada   son   entre   los   miles   de  cuentos bellos que brotan día a día; por no estar hechos  en torno, van deformes, toscos, viciados; porque, ¿qué 

saben   los   nervios   de   línea   pura,   de   curva   armónica?  [...] Pero del barro del alma están hechos; y donde se  sacó   el   material   un   hoyito   queda,   que   los   inviernos  interiores han llenado de melancolía. (241) Salarrué lleva muy dentro las memorias de su vida en el campo  y, al  escribirlas,  se  llena de nostalgia, de melancolía. ¿Es la  vuelta al campo un sueño imposible como la vuelta a la infancia?  La mirada del escritor sobre esa realidad otra, distinta a la  suya,   no   se   puede   convertir  automáticamente  en  una  mirada  desde  esa   otra   realidad.   No   se   puede   negar   que   se   refiera   a   los  campesinos descendientes de los Izalco, indígenas ­como dice Lara  Martínez­   o   mestizos   ­como   corrige   Lindo.   El   referente   de   sus  Cuentos de barro, a diferencia del de sus obras fantásticas, está  bastante   claro.   Pero   como   no   se   pretende   hacer   un   estudio  etnográfico   sobre   el   campesino   salvadoreño,   sino   tan   solo  distanciarse   de   esta   lectura   de   la   crítica,   vuelva   la   pregunta:  ¿por   qué   se   ha   leído   a   Salarrué,   en   sus   escritos   de   temática  popular,   como   fiel   intérprete   del   campesino   y   "pilar   de   la  identidad nacional salvadoreña" ("Fundación La casa de Salarrué")? Roque   Baldovinos,   en   su   Introducción,   da   una   clave   para  acercarse al problema planteado: en la obra de tema vernáculo de  Salarrué hay idealización de la forma de vida de los campesinos,  no basada en la razón instrumental, sino en una comunidad de vida  entre  individuo   y  sociedad, sociedad y naturaleza (xxii). Y  esa  idealización   niega   la   fidelidad   interpretativa.   Con   el   mismo  argumento del lenguaje, que antes se empleó, se puede disolver la  identidad. El lenguaje poético salarrueriano no es el mismo de los 

campesinos,   es   una   elaboración   artística   de   ese   lenguaje   o   una  elaboración literaria que se tiñe con expresiones y giros de esa  habla particular. Los  Cuentos de barro no son relaciones contadas  por   un   campesino   sobre   su   vida   cotidiana;   son   elaboraciones  literarias   de   esa   realidad.   El   mismo   narrador   se   concibe   a   sí  mismo como alfarero, como el que modela con sus manos la materia  propia del campo, el barro. No ofrece el barro crudo ­no tendría  ninguna   gracia   hacerlo­   sino   unos   "cuenteretes"   ­objetos   sin  importancia, cosas indefinibles, según el Vocabulario de modismos  que aparece al final de los  Cuentos  (Narrativa  333)­ hechos con  esa materia prima y cocidos al sol.  La   crítica   propone   a   los   textos   salarruerianos   como   lugar  donde se revela la salvadoreñidad, "el alma nacional" ­en palabras  de   Dalton­   precisamente   porque   Salarrué   construye,   con   su  evocación   melancólica   del   campo   de   su   infancia,   una   comunidad  rural,  idealizada  y  premoderna situada en un tiempo mítico, "al  margen   de   la   historia",   como   señala   Roque   Baldovinos   (Salarrué,  Narrativa  xx):   comunidad   inventada,   donde   reina   la   fraternidad,  que remite a un pasado inmemorial, lo cual según Benedict Anderson  es una de las características de la nación moderna (7, 11). Es   clave,   según   Roger   Bartra,   para   configurar   la   cultura  nacional   inventar   un   "edén   mítico,   no   solo   para   alimentar   los  sentimientos de culpa ocasionados por su destrucción, sino también  para   trazar   el   perfil   de   la   nacionalidad   cohesionadora".   Y   esa  creación,   sigue   Bartra,   cumple   la   función   de   definir   el  "auténtico"   ser   nacional   por   oposición   a   cualquier   proyecto   que  quiera contaminarlo (32). La comunidad representada en los Cuentos 

de   barro  puede   ser   leída   como   ese   lugar   edénico   al   que   alude  Bartra,   donde   se   asienta   el   auténtico   ser   nacional,   la  salvadoreñidad: ese grupo humano, sobreviviente de los exterminios  modernizadores desde tiempos de la Colonia, que vive y muere con  sencillez   al   ritmo   que   le   marca   la   naturaleza,   sin   relojes   ni  calendarios, aislado de la perversión de la ciudad.  En el cuento "Serrín de cedro" hay un campesino que emigra a  la capital "onde decían quera alegre con ganas y galán de vivir",  pero va a parar a la cárcel a causa de un pleito callejero y allí  muere soñando con volver a su montaña, donde trabajaba aserrando  cedro: "Se jue apagando como candil reseco. La melarchía lo postró  muy pronto." (293­294) Esa "melarchía" de Macario, el campesino de  "Serrín de cedro", ilustra perfectamente la actitud que, desde el  tiempo   de   la   modernidad,   se   tiende   hacia   el   edén   inventado;   en  palabras de Bartra: Se   llega   a   creer   firmemente   que,   bajo   el   torbellino   de   la  modernidad   [...],   yace   un   estrato   mítico,   un   edén  innundado con el que ya solo podemos tener una relación  melancólica;   solo   por   vía   de   la   nostalgia   profunda  podemos   tener   contacto   con   él   y   comunicarnos   con   los  seres que lo pueblan. (44­45) La   representación   de   lo   premoderno   no   puede   separarse   del  proyecto moderno de construir la nación salvadoreña: son dos caras  de la misma moneda que, según el tipo de discurso ­acota Bartra­,  aparecen   como   "barbarie  vs.   civilización,   campo  vs.   ciudad,  feudalismo  vs.   capitalismo,   estancamiento  vs.   progreso,   hombre  salvaje  vs.   hombre   fáustico,   religión  vs.   ciencia,   Ariel  vs. 

Calibán, comunidad vs. sociedad, subdesarrollo vs. desarrollo. Son  las mil caras de la lucha de clases." (193) Sirva   el   cuento   "La   botija"   para   ilustrar   como,   incluso  mirando   al   pasado,   el   presente   y   el   futuro   modernos   son  inescapables: José Pashaca, buscando el tesoro ­la botija­ que sus  ancestros pudieran haber dejado enterrado en los campos, trabaja  tanto tanto que acumula su propio tesoro y, cuando sus fuerzas no  dan para más, lo entierra: "¡Vaya: pa que no se diga que ya nuai  botijas en las aradas!..." (242­244) Pashaca le entregó no solo su  vida al Creador, sino el fruto de su trabajo al patrón y un tesoro  a algún futuro labrador. Salarrué   escribió   sobre   los   campesinos,   sobre   su   vida,   su  sencillez   y   su   naturalidad,   en   un   momento   histórico   en   que   las  fuerzas gubernamentales los veían como seres amenazantes y cuasi­ demoníacos, en que los exterminaban. Sus  Cuentos  son, a la vez,  evocaciones nostálgicas de un pasado que no volverá, pero también  intentos   por   testimoniar   una   realidad   histórica   al   borde   de   la  extinción.   Salvador   Salazar   Arrué   proveyó,   en   su   tiempo,   a   la  nación   salvadoreña   de   "símbolos   de   identidad"   ­en   el   sentido  apuntado por García Canclini (178)­ al construir, en sus relatos, a  esa   comunidad   originaria   y   auténtica,   primitiva   y   esencial.   Sus  narraciones han pasado a formar parte del "capital cultural" que  unifica   e   identifica   lo   salvadoreño   y   que,   como   agrega   García  Canclini: Si   bien   el   patrimonio   sirve   para   unificar   cada   nación,   las  desigualdades   en   su   formación   y   apropiación   exigen  estudiarlo   también   como   espacio   de   lucha   material   y 

simbólica   entre   las   clases,   las   etnias   y   los   grupos.  Este   principio   metodológico   corresponde   al   carácter  complejo de las sociedades contemporáneas. (182) Quede   pendiente,   pues,   para   el   futuro,   examinar   la  trayectoria de las apropiaciones de Salarrué ­su figura y su obra­  en   distintos   planos   y   por  diversos   sectores   sociales   para  mejor  dibujar   ese   "espacio   de   lucha"   a   que   alude   García   Canclini.   En  otras   palabras,   la   tarea   de   estudiar   a   Salarrué   como   parte   del  patrimonio nacional o, mejor, del "capital cultural".

Obras citadas Anderson,   Benedict.  Imagined   Communities:   Reflections   on   the  Origin   and   Spread   of   Nationalism.   Rev.   and   extended   ed.   London:  Verso, 1991. Bartra, Roger. La jaula de la melancolía: Identidad y metamorfosis  del mexicano. México: Grijalbo, 1987. Cañas   Dinarte,   Carlos.  Diccionario   escolar   de   autores 

salvadoreños. San Salvador, El Salvador: Dirección de Publicaciones  e Impresos, 1998. Carías Guerra, Irma Elena et al. "Historia social de la literatura  costumbrista   salvadoreña   de   1915   a   1935:   visión   del   campesino." 

Tesis. San Salvador, El Salvador: Universidad Centroamericana "José  Simeón Cañas", 1994. "Fundación La casa de Salarrué". Página electrónica. 28 de octubre  de 1999 <http://www.ejje.com/salarrue/index.htm> Galeas,   Geovani.   "Un   camino   compartido:   Claudia   y   Salarrué."  Tendencias  (1999)   15   de   octubre   de   1999 

<http://www.tendencias.net/buho/06/doc2.html> García   Canclini,   Néstor.  Culturas   híbridas:   Estrategias   para  entrar y salir de la modernidad. México: Grijalbo, 1990. Lara   Martínez,   Rafael.  Salarrué   o  el  mito   de   la   creación  de  la  sociedad mestiza salvadoreña. San Salvador, El Salvador: Dirección  de Publicaciones e Impresos, 1991. Lindo,   Hugo.   "Tres   cuentistas   centroamericanos"  ECA  25   (1970):  660­666. Martínez   Orantes,   Eugenio.  32   escritores   salvadoreños:   De  Francisco Gavidia a David Escobar Galindo. El Salvador: Martínez  Orantes, 1993. Salarrué.  Cuentos   de   barro.   (1934)  Narrativa   completa   I.   San  Salvador, El Salvador: Dirección de Publicaciones e Impresos, 1999.  235­347. ­­­. Prólogo.  Cuentos. Por Roque Dalton. La Habana: Casa de las  Américas, 1968. VII­XIV. ­­­.   "Salarrué,   la   religión   del   arte."   Introducción.  Narrativa  completa I. Por Ricardo Roque Baldovinos. i­xxxiv.  "Salarrué."  Una   mirada   a   la   literatura   de   El   Salvador  Página  electrónica.   28   de   octubre   de   1999 

<http:www.geocities.com/Athens/1113/index.html#menu>

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