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Izquierdo Cesar - Teologia Fundamental

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La cuestión del final o de la «clausura» de la revelación recibió una

respuesta en tiempo del modernismo. En este movimiento se ofrecía una

20. DV 9.
21. Ibíd.
22. Aunque el concilio no se pronunció sobre la teoría de las dos fuentes no se puede decir que
deja la cuestión intocada, ya que no penniteTáciimente la insistencia sobre la insuficiencia material de
la Escritura, como tampoco la contraria, la teoría de la suficiencia material defendida por Geiselmann.
Según la relación de Florit, se puede defender que, por un lado, todas las verdades han sido de algún
modo transmitidas por la Escritura, y por otro, que ¡a función de la Tradición no se limita a una fun-
ción interpretativa (cfr. A. FRANZINI, Tradkione e Scrittura, Morcelliana, Brescia 1978, p. 205).
23. Cfr. J. SCHUMACHER, Der Apostolische Abschluss der Offenbarung Gottes, Herder, Freiburg

1979.

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LA REVELACIÓN Y LA FE

explicación evolucionista de la revelación, la cual vendría a ser la con-
ciencia adquirida por el hombre de su relación a Dios, conciencia que
no termina, sino que permanece y revive como experiencia de revela-
ción. Frente a esta explicación, el Decreto Lamentabili (1907) censura
la afirmación de que la revelación no se completó con los Apóstoles24.
El Vaticano II se refiere también al final de la revelación, pero en
una perspectiva más amplia. Más que en la búsqueda del momento con-
creto en que terminó la revelación, el concilio saca las consecuencias
de su propia enseñanza sobre la naturaleza de la revelación divina. Uti-
liza la enseñanza de los Padres sobre el final de la revelación, pero no
la terminología teológica tradicional. Evita el término «clausura» y
acude, en cambio, a los verbos «complere», «consummare», «perfi-
cere».
En la Constitución Dei Verbum, el final de la revelación se rela-
ciona no tanto con los Apóstoles como con Cristo: «La economía cris-
tiana, por ser la alianza nueva y definitiva, nunca pasará; ni hay que
esperar otra revelación pública, antes de la gloriosa manifestación de
Jesucristo nuestro Señor (cfr. 1 Tim 6, 14; Tit 2, 13)»25.
El criterio cristológico y el apostólico no se oponen, pero tampoco
tienen la misma importancia. El fundamento del final de la revelación
está en la historicidad de Cristo y de los Apóstoles. Una vez terminada

la vida de Jesús en este mundo, todo está dado y, en cierto modo, no hay

nada más que esperar. La Iglesia vivirá siempre de Cristo en el Espíritu.
La razón de ser del criterio apostólico para la clausura de la revelación
viene de Cristo: ser Apóstol significa haber sido elegido como testigo
de Cristo. Sin relación a Cristo, el Apóstol carece de significado. Por
haber sido elegidos y enviados por Cristo y por haber recibido la ense-
ñanza del Espíritu Santo, el testimonio y la predicación apostólica se
extienden tanto cuanto la vida de los Apóstoles. Mientras ellos vivían
en este mundo, el tiempo de la revelación permanecía abierto porque
podían seguir dando su palabra y mostrando la vida de testigos únicos
—en el sentido ya señalado— de Cristo. Por tanto, la afirmación de que
la revelación está completa con los Apóstoles deriva, más allá de toda

interpretación meramente jurídica, de su estrecha unión con Cristo y del

carácter definitivo de la economía cristiana, y concretamente de la ple-
nitud de revelación que es Cristo mismo.
¿Qué significa exactamente que la revelación cristiana no pasará, o
que «está completa»? Significa que lafa.se constitutiva de la revelación
ha terminado
, que la economía cristiana es definitiva e irrebasable, y
que todo progreso en la comprensión debe remitirse a Cristo mismo tal

24. Proposición 21: «Revelado, obiectum fidei catholicae constituens, non fiiit cum Apostolis
completa» (D. 3420-1/2020-1). Cfr. CONC. VATICANO 1 (D. 3070/1836). En relación con ellas, ver asi-
mismo las proposiciones 22, 54,59,64.
25. Cfr. J. SCHUMACHER, Der Apostolisclie Abschlu.ss der Offenharima Gotles, cit., pp. 136-141.

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LA TRANSMISIÓN DE LA REVELACIÓN

como lo han entregado los Apóstoles. A partir de los Apóstoles, la fe en
Cristo pasa esencialmente por la mediación apostólica. La revelación
de Dios, que es ¡mensaje y acontecimiento, es recibida en su genuinidad
sólo a través de lo que los Apóstoles han entregado a la Iglesia. Se ha
podido hablar por eso de una transmisión vertical de la revelación (de
Cristo y del Espíritu Santo a los Apóstoles) y de una transmisión hori-
zontal
(de los Apóstoles a la Iglesia). El punto de articulación entre esos
dos momentos -—esencialmente distintos— lo constituyen los Apósto-
les. La traditio apostólica, es, pues, la norma de cualquier otra tradición
eclesiástica y el criterio de cualquier ulterior desarrollo de la fe26.
La afirmación de que la revelación ha terminado ha merecido reser-
vas para algunos autores, que aceptan el carácter definitivo de Cristo,
pero al mismo tiempo acentúan el aspecto experiencial de la fe, su reali-
dad de encuentro vivo con Cristo. Para ellos, la afirmación aislada de que
la revelación ha terminado tiene sentido si se piensa en la fe sobre todo
como asentimiento a unas verdades. Pero si además se tiene en cuenta
que la fe es experiencia, y que la experiencia exige inmediatez, habría
que pensar —dicen— en mostrar el aspecto actual y vivo de la revela-
ción. Para ello proponen una distinción entre «revelación fundacional» y
«revelación dependiente». La revelación fundacional estaría constituida
por la experiencia de los testigos inmediatos de Jesús, de los que vivie-
ron con El y fueron testigos de su resurrección27. La revelación depen-
diente, en cambio, designaría la experiencia de los cristianos de cada
momento posterior a la época apostólica. Esta experiencia de la revela-
ción y de la salvación depende de la anterior, de la única norma que es la
experiencia apostólica28. Ahora bien, no se debe aplicar el término reve-
lación a la experiencia de la fe y de la salvación (a la llamada «revela-
ción dependiente»), porque su significado es esencialmente distinto de la
revelación constitutiva. La vida de fe goza de toda la actualidad de la
palabra viva de Dios y de Cristo vivo en la Iglesia. Pero es teológica-
mente inadecuado llamar «revelación» a esa experiencia29.
7. El depósito de la fe
Una vez terminada la predicación apostólica, ésta adquiere en la
Iglesia el carácter de un depósito, el depositum fidei. Esta es la idea

26. CEC, n. 83.

:

27. Así G. O'COLLINS, Fundamental Tlieology, Paulist Press, New York 1981, p. 101. Otros
autores comparten la misma la idea aunque usan otra terminología.
28. Ibíd.: «Revelation and salvatíbn did not grind to a halt at the end of the apostolic era, but
continued and continúes in dependence upon the unique and normative apostolic experience of a wit-
ness to Jesús Christ».

29. En parte, ios equívocos vienen de un uso impreciso del concepto de experiencia que se
maneja, sin delimitar bien su significado en el interior de la revelación y de la fe. Cfr. infra, capítulo 6.

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LA REVELACIÓN Y LA FE

recogida por el Vaticano II en continuidad con el Vaticano I: «La Sa-
grada Tradición y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito
sagrado de la palabra de Dios confiado a la Iglesia» (DV 10)30.
Aunque el término depósito aparece sólo en 1 Tim 6,20 y en 2 Tim
1, 12.14, la idea que encierra está presente de diversas maneras en las
Cartas Pastorales3'. La noción de depósito tiene origen jurídico, y su-
braya en el depositario el deber de conservar intacto, para después
entregarlo o transmitirlo, el depósito que se le ha confiado. El depósito
que se ha de conservar en la Iglesia es el de la fe, es decir, la predica-
ción apostólica que es norma de fe y fuente de vida, que ha sido reci-
bida de una vez para siempre y que ha de ser transmitida fielmente. Este
depósito no contiene solamente verdades de fe, sino también dones
divinos. Lo que los Apóstoles transmitieron, afirma la Constitución Dei
Verbum,
«comprende todo lo necesario para una vida santa y para una
fe creciente del pueblo de Dios» (DV 8).
Por ser norma de fe, es esencial al depósito la función de ofrecer la
«regla de fe» con la que juzgar la autenticidad de una enseñanza en la
Iglesia. La idea de «regla de fe» fue desarrollada por San Ireneo en el
contexto de la lucha contra los gnósticos32. Frente a doctrinas gnósticas
muy extendidas, Ireneo apela a la regla de fe recibida de los apóstoles
de Cristo y accesible en la profesión de fe bautismal de las iglesias de
fundación apostólica. Las doctrinas gnósticas son ajenas a esa regla de
fe y están desvinculadas de las iglesias apostólicas, y por eso son fal-
sas. En el siglo IV, Vicente de Lerins ofrece los criterios clásicos para
comprobar si una doctrina pertenece a la verdad revelada: «En la Igle-
sia católica debe ponerse todo cuidado en sostener firmemente lo que
ha sido creído en todas partes, siempre y por todos (quod ubique, quod
semper, quod ab ómnibus)»33.

Si se entiende correctamente, el «depósito» no implica presentar la
revelación como algo estático e inerte, donde no cabrían realidades
vivas o progreso de ningún tipo. Ciertamente el depósito de la fe, con-
lleva exclusividad en cuanto contiene todo y sólo aquello que la Iglesia
ha recibido de la predicación apostólica. En este sentido, la alteración
del depósito, las novitates de que hablan los Padres, supone una falta de
fidelidad ya que alteraría lo recibido y afectaría a la unidad de la fe.

30. Cfr. CONC. VATICANO I: D. 3069/1836.
31. Cfr. J. WICKS, «II deposito della fede: un concetto cattolico fondamentale», en R. FISICHE-
LLA (ed.), Gesü rivelatore, Piemme, Casale Monferrato 1988, pp. 100-119.
32. S. IRENEO, Adversas Haereses, M, 3,3: IV, 33,8; V, 20. Cfr, E. LANNE, «La Régle de vérité.
Aux sources d'une expression de Saint Irénée», en Lex orandi, Lexcredendi. MisceUanea O. C. Vagag-
gini, Roma 1980, pp. 57-70.

33. S. VICENTE DE LERINS, Commonitorium, 2. Este texto es recogido por el CONC, VATICANO I
(D. 3020/1800). Vid. la edición española de L. F. MATEO-SECO: San Vlcenle de Lerins: Tratado en
defensa de la antigüedad y universalidad de la fe católica. Commonitorio.
EUNSA, Pamplona 1977.

118

LA TRANSMISIÓN DE LA REVELACIÓN

Pero la custodia y la fidelidad al depósito de la fe no excluyen un autén-
tico progreso, no en la extensión del contenido, sino en la inteligencia
del inagotable misterio de Cristo. El depósito de la fe es una realidad
viva, tanto por lo que encierra, que es la Palabra «viva y eficaz» (Heb
4,12) de Dios, como por el lugar donde se halla y es custodiado: la con-
ciencia de la Iglesia que vive de la verdad de Dios y da a conocer, rea-
lizándola, la salvación operada por Cristo, muerto y resucitado.
Contra el depósito de la fe reaccionan todos aquellos que entienden
la revelación como la experiencia individual debida al Espíritu Santo.
En este caso cualquier mediación —y la predicación apostólica lo es—
no es aceptada si no es como la experiencia originaria y germinal que
va evolucionando progresivamente en la historia a través de otras expe-
riencias diversas (D. 3459/2059).
La conclusión de todo ello es que la revelación, que es palabra y
encuentro entre Dios y el hombre, no es una autocomunicación a cada
individuo, autocomunicación recibida y vivida en la pura interioridad
de la propia fe. Dios habla a cada hombre mediante la Iglesia. La Igle-
sia, que vive del testimonio apostólico, es entonces el lugar de la com-
munio
de la fe y de la vida.

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