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apuntes responsabilidaextracontractual

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Es punto que mucho se ha discutido, tanto en materia contractual como
extracontractual, la validez de las estipulaciones destinadas a suprimir o
modificar la responsabilidad del autor del daño; lógicamente tienen más
aplicación en la primera, pero pueden presentarse también en relación a los
hechos ilícitos, como por ejemplo si antes de un evento deportivo -una carrera
automovilística, verbi gracia- se establece entre los participantes la recíproca
irresponsabilidad por los accidentes que puedan ocurrir, o si entre vecinos se
conviene ella por los daños que posiblemente ocurran, etc.

Se distinguen dos clases de convenciones sobre responsabilidad: las
unas eximen a la persona de toda obligación de indemnizar; las otras la limitan
en cierta forma; por ejemplo, a una determinada suma de dinero.

No deben confundirse con las causas eximentes de responsabilidad,
pues éstas impiden la existencia del hecho ilícito, mientras que aquí existe,
pero no se indemniza total o parcialmente; ni tampoco con los seguros a favor
de terceros, ya que en éstos únicamente cambia la persona del indemnizador,
mientras las convenciones de irresponsabilidad hacen desaparecer la
obligación de indemnizar.

La existencia de una estipulación sobre responsabilidad no hace derivar
ésta en contractual, porque ella supone una obligación previa que no se ha
cumplido.

En materia contractual, aunque con limitaciones, se han aceptado las
estipulaciones que alteran las reglas legales sobre responsabilidad; en cambio,
respecto de los hechos ilícitos se sostenía en forma casi invariable su ilicitud,
por estimar que se trata de normas de orden público inderogables por las
partes, pues a la sociedad interesa que no se cometan delitos o cuasidelitos,
agregándose que la existencia de una exención de responsabilidad puede

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debilitar el cuidado de quien se siente protegido por ella. Sin embargo, nunca
se discutió que a posteriori la víctima puede renunciar, transigir, etc., respecto
de la indemnización que le corresponde.

Hay actualmente una tendencia en la doctrina, legislación y
jurisprudencia, aunque no en forma unánime, a discutir la posición antes
expuesta, porque el interés social está representado por la represión penal del
hecho ilícito, pero la indemnización es un problema particular de la víctima,
que si la puede renunciar cuando el daño se ha producido, no se divisa razón
para que no le sea posible hacerlo de antemano, con algunas limitaciones.

Eso sí, hay ciertas situaciones en que no se admiten las cláusulas de

irresponsabilidad:

1º Si la ley lo ha expresamente dispuesto, como ocurre en materia del
trabajo, en que los derechos del trabajador son irrenunciables;

2º En caso de dolo o culpa grave.

Según el art. 1.465, la condonación del dolo futuro no vale, y como en
materias civiles, la culpa grave equivale al dolo (art. 44), se concluye tanto en
materia contractual como extracontractual que las convenciones de
irresponsabilidad no cubren las indemnizaciones que se deban por actos
dolosos o de culpa grave. Si de hecho se pactan adolecen de nulidad absoluta.

3º El daño a las personas.

Tampoco se libera el autor de un hecho ilícito de indemnizar el daño a
las personas porque se estima que éstas se encuentran al margen del comercio
jurídico y, en consecuencia, no se podría estipular la exención de
responsabilidad por los daños que ellas sufran. En el ejemplo propuesto de la
carrera automovilística, la convención de irresponsabilidad cubriría el daño a
los vehículos, pero no a los participantes.

Todo lo cual no es óbice, como se ha dicho, para que una vez producido
el hecho ilícito la víctima renuncie a la indemnización, la componga
directamente con el responsable, transe con él, etc., porque en tales casos no
se condona el dolo futuro sino el ya ocurrido, ni se comercia con la
personalidad humana, sino con un efecto pecuniario: la indemnización, que es
netamente patrimonial.

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Junto a los pactos de irresponsabilidad ha de estudiarse la aceptación

voluntaria de los riesgos.

La mera aceptación de los riesgos o el consentimiento de la víctima no
exime de responsabilidad por el daño causado. Sólo autoriza a reducir el
monto de la indemnización si se estima que la víctima actuó con imprudencia
(art. 2330).

Sin embargo, la doctrina ha ido forjando algunos supuestos en los que el
consentimiento de la víctima o la aceptación de los riesgos funciona como
causa legitimante. Se aplica así el adagio volenti non fit injuria.

Cuando la víctima se expone al daño a sabiendas y con la debida
información de que puede sobrevenir, no podrá después demandar su
reparación. Por ejemplo, los que participan en un duelo, o la persona que
consiente en que se le aplique un tratamiento médico riesgoso, o los que
participan en deportes o actividades en las que las lesiones o incluso la vida es
puesta en peligro. Debe tratarse de un consentimiento previo al daño, ya que si
la voluntad se manifiesta con posterioridad estaremos más bien en el ámbito
de la renuncia al derecho de demandar reclamando la responsabilidad ya
surgida. El consentimiento de la víctima en ponerse en situaciones de riesgo
puede funcionar como legitimante de la conducta del agresor, siempre que no
haya dolo, y cuando el riesgo tenga un valor socialmente relevante. Se exige
también que el autor de la lesión actúe en interés del lesionado y de acuerdo
con la voluntad presumible de éste.

En los juicios de responsabilidad por daños atribuidos al consumo de tabaco instruidos
en las Cortes norteamericanas una de las cuestiones más discutidas ha sido justamente la
relevancia de la aceptación voluntaria de los riesgos como causal de exoneración. La
litigación en contra de la industria tabacalera en los Estados Unidos ha tenido varias
etapas: La primera ola de demandas contra las empresas del tabaco (1950-1960) se
fundaron en la teoría del engaño (deceit), incumplimiento de garantías contractuales y
en el tort de negligence. En Lartigue vs. R.J. Reynolds Tobacco Co (317 F.2d 19,5th

Cir.
1963), el jurado exoneró a la empresa demandada pues sostuvo que las compañías de
tabaco no podían haber previsto los efectos dañinos del fumar. En la mayoría de estos
casos se desecharon las demandas por no haberse acreditado el nexo causal por
imprevisibilidad de los daños. Esta primera etapa concluye con el Restatement (Second)
of Torts
, consolidación de los criterios sobre Derecho de Daños, que en un comentario
sobre la responsabilidad por productos defectuosos, asentó que “good tobacco is not
unreasonably dangerous merely because the effects of smoking may be harmful”
(el
tabaco no es irrazonablemente peligroso sólo por el hecho de que fumar pueda ser
dañino) (402A cmt. y).

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La segunda etapa se inicia cuando oficialmente el Surgeon General concluyó que fumar
podía ser una amenaza para la salud de las personas. Sobre la base de esta conclusión, el
Congreso aprobó las Cigarette Acts de 1965 y 1969, que ordenaron que se pusiera en
toda cartilla la siguiente leyenda: “Caution: Cigarettes Smoking May Be Hazardous to
Your Health”
y prohibió cualquier otra advertencia al respecto. Los demandantes
fundaron ahora sus alegaciones en la teoría de la responsabilidad objetiva por productos
defectuosos o inseguros (product sttrict liability). Sin embargo, las demandas
nuevamente volvieron a ser rechazadas, básicamente por estimar las Cortes que los
fumadores eligieron una actividad que conocían como dañosa. Ante el reclamo de que
las compañías de tabaco no informaron suficientemente sobre los riesgos del consumo
de tabaco, las compañías demandadas paradójicamente se ampararon en las leyes que
les prohibían colocar otras leyendas que las impuestas por la ley. Así, lo sostuvo la
Corte Suprema en Cipollone vs. Ligget Group, INC (789 F.2d 181 3D Cir. 1986),
aunque concedió tutela a la viuda del fumador fallecido sobre la base de un intentional
tort
.

La tercera etapa de la litigación comienza en los años noventa, en la que los
demandantes cambian de estrategia para hacer frente a los cuantiosos recursos
financieros de la industria tabacalera. Ya no se intentan juicios individuales, sino
colectivos, de miles o millones de fumadores representados por equipos de abogados,
bien provistos y organizados. Además, se suman a las demandas los Procuradores de
Justicia de los Estados que piden que se indemnicen los gastos en salud que se han
debido invertir para tratar las enfermedades atribuidas al tabaquismo. La primera
demanda la interpuso el Attorney General del Estado de Missisipi en 1994 en conjunto
con el abogado Richard Scruggs que representaba a demandantes particulares. Esta vez
se trató de refutar la teoría de la aceptación voluntaria de los riesgos mediante la
presentación de víctimas que sufrieron el daño por exposición no voluntaria al tabaco.
Además, se presentó evidencia de que las compañías tabacaleras tenían información
incluso antes del Surgeon General de que el tabaco era peligroso y que la nicotina tenía
carácter adictivo en una serie de personas, y optaron por ocultar y negar la existencia de
esta información. De esta manera, las demandas comienzan a ser consideradas por los
jurados aunque no ya sobre la base de la teoría de la responsabilidad por productos sino
por conspiración (conspiracy), dolo (deceit) y fraude (fraud). En el año 2000, una Corte
del Estado de Florida permitió una class action contra la industria tabacalera. El jurado
concedió una indemnización, culpando a la industria por fraude y dolo, de 145 billones
de dólares en favor de 500.000 fumadores de Florida. Se sostiene que esta
indemnización ha sido la más cuantiosa en la historia de la jurisdicción civil
estadounidense y que excedió el valor de mercado de las cinco compañías demandadas.
Finalmente, las cinco empresas demandadas llegaron a un acuerdo con Missisipi,
Florida, Texas y Minnesota por 40 billones de dólares. Luego ha llegado a acuerdos con
otros 46 Estados para pagar 206 billones de dólares en los próximos 25 años.

La forma en que se ha enfrentado el juicio a las tabacaleras amenaza con reproducirse
contra otras industrias “impopulares” como las fábricas de armas y de pinturas Lo que
es criticado puesto que lleva a los tribunales a pronunciarse sobre lo que es más propio
de las autoridades políticas, en cuanto a las decisiones para que funcione y con qué
costos una determinada actividad empresarial. Se señala que el acuerdo de las
tabacaleras con sus demandantes no ha servido para reducir los riesgos del tabaco,
desarrollar programas contra la adicción, etc., y puede ser comprendido más bien como
la compra de una licencia para continuar con el negocio como hasta ahora (Jensen,
Brayce A.: “From Tobacco to health care and beyond. A critique of lawsuits targeting
unpopular industries”, en Cornell Law Review, vol. 86 (6), 2001, pp. 1334 y ss., citado
por Corral T., Hernán, ob. cit., pp. 90-91).

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