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Esta es la historia de un niño que no sabía atarse los zapatos.

Tenía ya 10
años y todavía no sabía hacer algo aparentemente tan sencillo como eso.
La primera vez que Adán notó algo raro fue en la clase de la Seño
Maricarmen, cuando acababa de cumplir los ocho. Concretamente el mismo
día que los cumplía. Por eso se acordaba tan bien.

- Seño, seño –gritaba Adán desaforado-. ¿Me atas los zapatos?


- ¿Cómo? -dijo la profesora en un tono que ya no presagiaba nada
bueno-. ¿Es que aún no sabes atarte?
Adán, agachó la cabeza y musitó un “no” casi inaudible, pero que la seño
no dejó de captar. La profe antes de atarle por primera y última vez los
zapatos, le echó un discurso recordándole lo mayor que ya era y cómo
fulanito y menganita que estaban en cursos inferiores y hasta zutanita
(no sé muy bien por que la nombraba de manera tan rara) ya sabían
hacerlo.
Desde aquel día Adán sospechó que ese asunto iba a dar que hablar. De
hecho, al principio no le pareció tan malo porque siempre encontraba a
alguien que le hiciera el favor. Primero recurrió a los compañeros. Casi
siempre había algún niño que le echaba una mano para que pudiera ir
rápido a pillar la pista de fútbol. Pero enseguida se cansaron y entonces
recurrió a las niñas. Las primeras veces le hicieron caso, pero tampoco
duró mucho y no pasaron muchos días cuando ya no le quedaba nadie ni en
su clase ni en las cercanas a quien recurrir.
Así que a partir de aquí, empezó a surgir en el cole y en el barrio la
figura de Adán el “Desatado”
La vida de Adán era muy…

Se le veía correr por el patio siempre con unas estelas que le perseguían.
En ocasiones –las menos- sólo llevaba un zapato desatado y era como dos
serpientes le persiguieran permanentemente. Cuando llevaba los dos y
entonces cuatro rabos colgaban de sus pies parecía un dibujo al que se le
hacen unas líneas para hacer ver que se mueve.
Podría parecer gracioso y una simple anécdota de patio de colegio, pero
la realidad era muy distinta. Además de los constantes problemas que le
ocasionaba en sus juegos: se pisaba y caía, manchas constantes que
salpicaban sus pantalones y a todo el que se le acercaba…