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Cultura Política Democrática en El Perú

Cultura Política Democrática en El Perú

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La preocupación por la cultura política, en la ciencia política, surge en el contexto de las inquietudes por conocer las condiciones sociales que permiten el establecimiento y la consolidación de la democracia. En términos generales, se postuló que el tener una cultura política democrática era una suerte de requisito para el asentamiento de la democracia como régimen político. Mi planteamiento aquí es que, si bien la existencia de una cultura política democrática es útil para el funcionamiento de la democracia, también es cierto que la cultura política es muy cambiante, y está fuertemente influenciada por el contexto político, económico y social. Esto es muy evidente al analizar el caso peruano en las últimas décadas, en donde se observan drásticos cambios, que van desde un asentamiento relativo de valores democráticos en la década de los años ochenta, hacia valores más autoritarios en la década de los noventa, y una suerte de vuelta hacia valores más democráticos en los últimos años. Si vemos el Perú en perspectiva comparada, encontramos que nuestra cultura política parece caracterizarse por combinar altas expectativas y proclividad a la movilización con bajos niveles de legitimidad en las instituciones, lo que genera un cuadro propenso a desarrollar problemas de gobernabilidad. Nuestro país estaría a medio camino entre una cultura política crítica y anti-sistema, y una cultura política más moderada que plantea cambios graduales y que apuesta por cambios sin romper la continuidad institucional.
La preocupación por la cultura política, en la ciencia política, surge en el contexto de las inquietudes por conocer las condiciones sociales que permiten el establecimiento y la consolidación de la democracia. En términos generales, se postuló que el tener una cultura política democrática era una suerte de requisito para el asentamiento de la democracia como régimen político. Mi planteamiento aquí es que, si bien la existencia de una cultura política democrática es útil para el funcionamiento de la democracia, también es cierto que la cultura política es muy cambiante, y está fuertemente influenciada por el contexto político, económico y social. Esto es muy evidente al analizar el caso peruano en las últimas décadas, en donde se observan drásticos cambios, que van desde un asentamiento relativo de valores democráticos en la década de los años ochenta, hacia valores más autoritarios en la década de los noventa, y una suerte de vuelta hacia valores más democráticos en los últimos años. Si vemos el Perú en perspectiva comparada, encontramos que nuestra cultura política parece caracterizarse por combinar altas expectativas y proclividad a la movilización con bajos niveles de legitimidad en las instituciones, lo que genera un cuadro propenso a desarrollar problemas de gobernabilidad. Nuestro país estaría a medio camino entre una cultura política crítica y anti-sistema, y una cultura política más moderada que plantea cambios graduales y que apuesta por cambios sin romper la continuidad institucional.

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Cultura política democrática en el Perú

Martín Tanaka1 Sofía Vera Rojas2 Instituto de Estudios Peruanos Abril 2007

Resumen La preocupación por la cultura política, en la ciencia política, surge en el contexto de las inquietudes por conocer las condiciones sociales que permiten el establecimiento y la consolidación de la democracia. En términos generales, se postuló que el tener una cultura política democrática era una suerte de requisito para el asentamiento de la democracia como régimen político. Mi planteamiento aquí es que, si bien la existencia de una cultura política democrática es útil para el funcionamiento de la democracia, también es cierto que la cultura política es muy cambiante, y está fuertemente influenciada por el contexto político, económico y social. Esto es muy evidente al analizar el caso peruano en las últimas décadas, en donde se observan drásticos cambios, que van desde un asentamiento relativo de valores democráticos en la década de los años ochenta, hacia valores más autoritarios en la década de los noventa, y una suerte de vuelta hacia valores más democráticos en los últimos años. Si vemos el Perú en perspectiva comparada, encontramos que nuestra cultura política parece caracterizarse por combinar altas expectativas y proclividad a la movilización con bajos niveles de legitimidad en las instituciones, lo que genera un cuadro propenso a desarrollar problemas de gobernabilidad.
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Martín Tanaka es peruano, Doctor en Ciencia Política y Maestro en Ciencias Sociales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) sede México; y Licenciado en Sociología por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Actualmente es investigador asociado del Instituto de Estudios Peruanos y profesor del Departamento de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha sido Visiting Fellow postdoctoral en el Helen Kellogg Institute for International Studies de la Universidad de Notre Dame, Indiana, y profesor visitante en la Maestría de Ciencia Política de la Universidad de Los Andes en Bogotá. E-mail: mtanaka@iep.org.pe Sofía Vera Rojas es bachiller en sociología de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Actualmente es asistente de investigación en el Instituto de Estudios Peruanos. E-mail: svera@iep.org.pe 1

Nuestro país estaría a medio camino entre una cultura política crítica y anti-sistema, y una cultura política más moderada que plantea cambios graduales y que apuesta por cambios sin romper la continuidad institucional.

I. Cultura política y democracia El tema de la cultura política como ámbito de preocupación dentro de la ciencia política surge alrededor de la década de los años cincuenta, a partir de la inquietud sobre lo que Seymour Martin Lipset llamó, en un célebre artículo, los “requisitos sociales de la democracia”3. La democracia como régimen político se estaba expandiendo por diversas regiones del mundo, y con ella aparecía también la preocupación por conocer en qué contextos la democracia iba a encontrar un suelo fértil que permitiera su consolidación, y qué tipo de obstáculos tendría que superar. Los intelectuales habían observado con estupefacción, algunos años atrás, el surgimiento de regímenes totalitarios, como el fascismo y el comunismo, en espacio europeo y en países con de economías industrializadas, lo cual había puesto en cuestión la permanencia de las instituciones democráticas por sus propios medios. ¿De qué dependía realmente una democracia para sostenerse? Una vez acabado del tiempo de guerras y de polarización extrema, los procesos de democratización por los que ciertos países atravesaban levantaban varias preguntas ¿Qué tendrían en común los países en los cuales la democracia logró afincarse? Y por el contrario, ¿qué tendrían en común aquellos países sin democracia, o con experiencias democráticas precarias y esporádicas? ¿Podría la democracia seguir un proceso de expansión y enraizamiento, de seguirse ciertas recetas institucionales, equivalentes a las recetas que conducirían al desarrollo económico? 1.1. La cultura cívica En este marco de preocupaciones, la existencia de una cultura política democrática apareció como un importante requisito para el afianzamiento de la democracia como régimen político. La formulación clásica de este argumento la realizaron Gabriel Almond y Sydney Verba
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Lipset, Seymour Martin: El hombre político. Las bases sociales de la política (1960). Buenos Aires: Eudeba, 1963. 2

en su influyente libro La cultura cívica4. Este libro rápidamente se convirtió en un “clásico” dentro de la ciencia política. Los autores realizaron una rica investigación empírica y comparada, recogiendo información de cinco países: Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Italia y México. A partir de cuestionarios aplicados a muestras de la población de estos países se buscaba encontrar una relación entre la solidez de las instituciones democráticas en países como Estados Unidos e Inglaterra y ciertas actitudes y valores políticos en sus ciudadanos. Con las experiencias de derrocamiento de sistemas democráticos en los ámbitos menos esperados, los factores económicos dejaron de explicar satisfactoriamente el fenómeno democrático, y se empezó a observar que ciertos rasgos en la cultura política de las sociedades eran indispensables para el sostenimiento de los órdenes democráticos. En su libro, Almond y Verba, plantean la existencia de tres tipos de cultura política: la parroquiana, la subordinada y la participativa. En la primera, marcada por el localismo, no habría una clara distinción entre el espacio público y el espacio privado; en la segunda, la vida pública está más desarrollada, pero prima la pasividad en la población; en la última, la población aparece como informada e interesada en involucrarse en los asuntos públicos. Según los autores, ninguna de estas tres culturas políticas, por sí solas, es conducente al establecimiento de la democracia, que requiere de una suerte de justo medio entre ellas: es así como surge lo que los autores llaman “cultura cívica”. En ella, existe un moderado interés en la política; el ciudadano no vive subordinado pasivamente a los designios de sus mandatarios, se informa e involucra en los temas de gobierno, pero no al punto de crear desórdenes o conflictos. Según Almond y Verba, los regímenes democráticos florecerán allí donde exista esta cultura cívica. Para la ciencia política, el estudio de Almond y Verba fue pionero en cuanto a la aproximación metodológica. El enfoque cultural desde el cual los autores se aproximaban al fenómeno de la democracia en el mundo, no contaba hasta el momento con estudios empíricos y comparativos como el que llevaron a cabo Almond y Verba. Se habían realizado sólo algunos avances desde la antropología e historia, estudiando por separado casos de países desarrollados y subdesarrollados, y occidentales y orientales. La intensión de los intelectuales norteamericanos había consistido en explicar la personalidad del pueblo americano, y comenzar a conocer otras
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Almond, Gabriel y Sydney Verba, The Civic Culture. Political Attitudes and Democracy in Five Nations. Princeton, Princeton University Press, 1963. 3

sociedades con instituciones democráticas, así como también aquellas con dificultades en su instalación y consecución. Sin embargo, no se contaba con herramientas sofisticadas para caracterizar con rigurosidad científica las actitudes políticas de las poblaciones de diferentes países, y lograr demostrar que la estabilidad de las instituciones democráticas dependía en gran medida de los valores políticos que la ciudadanía cultivaba. Con la aparición de La Cultura Cívica se termina de consolidar el enfoque de la ciencia política que pone énfasis en las orientaciones subjetivas y culturales para explicar la consolidación de las instituciones democráticas en una nación, así como la fragilidad de estas últimas en otras naciones. 1.2. La cultura política parroquiana Este libro tiene una especial importancia para Latinoamérica porque, al incluir el caso de México, hizo que dentro de la ciencia política, al estudiar la cultura política de la región, se la pensara a partir del diagnóstico realizado para el caso mexicano. Este país aparecía como signado por una cultura política de rasgos parroquiales, por la pasividad, la apatía y la dependencia frente al Estado, al cual no se le exige pero del que tampoco se espera nada. Para los autores, el caso mexicano se ubicaba en el extremo menos democrático de su selección de cinco países. Si bien los tipos de ciudadanía parroquial podían encontrarse también asociadas a sistemas democráticos de funcionamiento estable, se hallaban en una proporción reducida y justa. En cambio en México, sin llegar a ser cuadros puramente parroquianos que, según Almond y Verba se ilustran bien en las sociedades tribales africanas, las actitudes políticas eran parroquianas en una proporción problemática. Las orientaciones sociales de los mexicanos hacia el régimen político eran ambiguas, y no se reconocía en él una entidad gubernamental especializada y diferenciada. Al tener una actitud y orientación de reconocimiento difuso del Estado, la cultura política mexicana no podía sentar buenos precedentes para la consolidación de una democracia. Los estudios de Almond y Verba sentaron un precedente importante para la comprensión de los procesos políticos y sociales en América latina. Formaron parte de una corriente académica cuyo enfoque culturalista privilegiaba los valores, las actitudes y disposiciones de una sociedad como explicación a las transformaciones políticas de los países. Si bien en su momento fueron estudios que aportaron enormemente a la comprensión del éxito de las democracias
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liberales en el hemisferio norte, en etapas posteriores recibieron duras críticas a su trabajo. Fueron objeto de estas: la selección antojadiza de casos nacionales por un lado, y por otro, la idealización de las formaciones institucionales del mundo occidental y su extensión a otras regiones del mundo, es decir, la visión etnocentrista con que se abordaban los estudios en sociedades no occidentales. Más allá de las críticas que recibiera esta caracterización de México, así como los postulados generales de Almond y Verba, lo que quedó es un sentido común según el cual la cultura política existente en nuestros países no sería la más adecuada para el asentamiento de la democracia. En esta línea de análisis e interpretación destacan varios autores que situaron el problema de la cultura política de nuestra región en su herencia ibérica y católica, como por ejemplo Richard Morse5 y Howard Wiarda6. Ambos autores, aunque desde perspectivas distintas, sostienen que América Latina puede distinguirse claramente de otras regiones, como por ejemplo Norteamérica, que estaría signada por tradiciones anglosajonas y protestantes; para ellos, las diferencias en la cultura política serían cruciales para entender el funcionamiento del Estado y de la política en ambas regiones, los tipos de regímenes políticos que se dieron en ambos casos, y la implantación de la democracia en un caso y no en el otro. No sólo la dinámica política podría explicarse partiendo de la cultura política, también las diferencias en cuanto a los niveles de desarrollo económico en ambas regiones. Así, de un lado tenemos a la una ex colonia británica, los Estados Unidos, que prosperó y logró instituir una democracia política, y del otro a América Latina, atrapada en medio del subdesarrollo y la pobreza, y del autoritarismo y la inestabilidad. 1.3. Herencias ibéricas La tradición ibérica y católica se caracterizaría por la preponderancia de concepciones “organicistas” de lo social, según las cuales la sociedad constituiría una unidad de la que los individuos formarían parte, para lo cual deberían representarse sus partes componentes, siguiendo una lógica corporativa y funcional. El privilegio del conjunto frente a sus partes se
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Del autor ver, entre otros, "La Herencia de América Latina”. En: Plural, nº 46, julio de 1975, México; y El espejo de Próspero. Un estudio de la dialéctica del nuevo mundo. México, Siglo XXI, 1982. Del autor ver, entre otros, "Hacia un sistema teórico para el estudio del proceso de cambio sociopolitico dentro de la tradición ibero-latina: el modelo corporativo". En: Estudios Andinos, IV (19741975) 241-278; y "Political Culture and National Development: In Search of a Model for Latin America". En: Latin American Research Review, XIII (1978) 261-266. 5

expresa en la supremacía del Estado frente a los individuos; así, las relaciones entre ellos tienden a estar signadas por la dependencia y la subordinación. Los estrechos vínculos entre la religión y el Estado que caracteriza a la estructura de poder en sociedades de tradición católica dificulta la emergencia de un poder político autónomo. Al mismo tiempo, la ausencia de controles sociales efectivos hace que, dentro del Estado, tiendan a desarrollarse prácticas patrimonialistas, en las que la distinción entre la esfera pública y privada se diluye, y lo público se maneja como si fuera el ámbito privado de los gobernantes. Para Morse, la forma que los Estados latinoamericanos han tomado tendría correlación directa con la experiencia de colonización española. La lógica con que se desenvolvió el imperio español en sus colonias favoreció a la caracterización de los estados patrimoniales en Latinoamérica. El periodo colonial inhibió la formación de sectores sociales autónomos e interrelacionados entre sí, y el surgimiento de un orden legal independiente de la intervención personal de la autoridad. En consecuencia, los estados patrimoniales constarían de estructuras políticas en las que la autoridad del gobernante es personal y sus obligaciones no están regidas por la ley tanto como por su voluntad de gracia. Como es obvio, estas concepciones están en la antípoda de concepciones en las que prima el pluralismo, la competencia, el respeto a las diferencias, la supremacía del individuo frente al Estado, es decir, de concepciones liberales, que estarían indisolublemente ligadas al establecimiento de la democracia. De allí que ésta se habría instalado en la América del norte anglosajona y protestante, mientras que no habría logrado fructificar en nuestros países. En el Perú, a pesar de que no existen muchos trabajos que asuman explícitamente estos puntos de vista, sí podemos encontrarlos presentes de manera implícita a través del concepto de herencia colonial, populiarizado por Julio Cotler, en su clásico libro Clases, Estado y nación en el Perú7. Según el autor, una de las dificultades para el establecimiento de la democracia y para el desarrollo del país sería un legado proveniente del pasado previo a la constitución del Perú como Estado-nación, expresado en concepciones y prácticas signadas por el patrimonialismo, el racismo y la exclusión social. Aún hoy, pese a los grandes cambios ocurridos en la historia de nuestro país, la persistencia de éstas como rasgos centrales en la interacción social, en las
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Clotler, Julio: Clases, Estado y nación en el Perú. Lima, IEP, 1978. 6

maneras de relacionarnos los peruanos y en nuestra cultura política, serían claves para entender la fragilidad de nuestras instituciones democráticas. 1.4. ¿Condenados a los autoritarismos? En conclusión, al pasar revista por algunos hitos de la literatura existente sobre la cultura política democrática en general, y sobre el caso de América Latina y del Perú en particular, encontramos que prima una visión pesimista. La existencia de una cultura política democrática sería una suerte de requisito necesario para el establecimiento de la democracia como régimen político, pero en nuestra región predomina, desde hace varios siglos, una cultura política lejana a los valores liberales. ¿Estaríamos entonces “condenados”? Ciertamente no. Y es que, si bien podemos aceptar que la existencia de una cultura política democrática es importante para el establecimiento de la democracia, también es cierto que la cultura política no es inmutable, y se modifica a lo largo del tiempo. Esta es altamente sensible, en aspectos fundamentales, a los cambios que ocurren en el conjunto de la sociedad. Los contextos económicos, políticos y sociales hacen que la cultura cambie, y se desarrollen (o retrocedan) concepciones y actitudes, que luego se expresan en prácticas, más afines a la democracia. El análisis del caso peruano de las últimas décadas nos ofrece una clara muestra de estos cambios.

II. Democracia y autoritarismo 2.1. Las transiciones democráticas A pesar de las previsiones pesimistas respecto a las posibilidades democráticas en América Latina, desde finales de la década de los años setenta, y a lo largo de la década siguiente, casi toda la región llevó a cabo procesos de transición democrática, uno a uno las distintas dictaduras militares o regímenes autoritarios dieron paso a regímenes electos por el voto popular, y regidos por constituciones que resguardaban las libertades democráticas básicas y establecían instituciones basadas en la idea de la separación y equilibrio de poderes 8. Ecuador y
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Ver O'Donnell, Guillermo y Philippe Schmitter: Transiciones desde un gobierno autoritario. Conclusiones tentativas sobre las democracias inciertas. Paidós, Buenos Aires, 1988. 7

Perú inician este proceso que cubrirá todos nuestros países, en un proceso de alcance global que Samuel Huntington llamó la tercera ola democratizadora9. Las transiciones pusieron de manifiesto en la región que los supuestos elementos desfavorables de la cultura política para el establecimiento de la democracia no eran obstáculos insalvables, que otras variables son igualmente importantes, y que incluso pueden modificar la cultura política en sentidos más democráticos, como por ejemplo el peso de influencias globales y tendencias regionales. Las tendencias globales eran las que Huntington bien describe en su libro La Tercera Ola. Un grupo de cerca de treinta países donde las dictaduras habían llegado a su fin, todos en un periodo de tiempo relativamente corto, fue lo que lo que él llamó una ola de democratización. A mediados de los setentas, la tercera versión de este fenómeno se inició en el sur de Europa, con el emblemático caso de la transición hacia la democracia en Portugal. En efecto, el ideal democrático empezó a legitimarse en el ámbito internacional, y desde allí empezó a hacer sentir su influencia sobre las élites latinoamericanas. En el caso peruano, la crisis económica de mediados de la década de los años setenta, el creciente desgaste de la dictadura militar, y la necesidad de legitimar el régimen político, abrió el proceso de transición a la democracia. Este se inició con la convocatoria a elecciones para una Asamblea Constituyente, y se culminó con nuevas elecciones generales en 1980, en las que resultó nuevamente electo Fernando Belaunde, el presidente depuesto en 1968. En la década de los años ochenta, al inicio del primer gobierno democrático luego de doce años de dictadura militar, las elites políticas peruanas parecían haber llegado al consenso, aunque todavía inestable y precario, de que cualquier problema, diferencia o disputa debía resolverse bajo las reglas que la democracia establece para ello. Así, a pesar de la existencia de una dinámica marcada por procesos de amplia movilización social y fuerte polarización política, así como por el desafío de grupos antisistémicos subversivos, la legitimidad de los procedimientos y valores democráticos parecía irradiarse progresivamente al conjunto de la población, expresada en el respeto a los procesos electorales y al principio de la alternancia en el poder, y la defensa de las libertades democráticas esenciales, entre otros. 2.2. Consenso de las elites

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Huntington, Samuel: La tercera ola. La democratización a finales del siglo XX. Buenos Aires, Paidós, 1994. 8

Contrario a lo que finalmente sucedió, el escenario de polarización política en que se llevó a cabo la transición democrática sugería que las fuerzas sociales, en estrecha relación con los partidos políticos, podrían rebasar el orden institucional que se gestaba. El conjunto de los partidos políticos se distribuían con presteza en un espectro izquierda-derecha, donde los extremos estaban bien marcados y resultaban indispensables para expresión de las fuerzas sociales radicalizadas. Si bien es cierto que algunos partidos de izquierda optaron por posicionarse afuera de la Asamblea Constituyente, puesto que la veían como una continuación del poder oligárquico y militar, el proceso de transición no se vio comprometido. Los partidos de izquierda de vínculos fuertes con las organizaciones sociales, gremiales y sindicales, fueron los protagonistas de la intensa actividad política en espacios sociales. Sea que los movimientos sociales tuvieran o no proyecciones políticas ideológicas, con posibilidades de encabezar un giro político significativo, las organizaciones sociales que los componían tenían una clara orientación hacia la cosa política e intenciones manifiestas de repercutir en el proceso político de transición; actitudes políticas que los estudios anteriores sobre la cultura política en América Latina no habían previsto. Desde las perspectivas de la teoría de la modernización del estructural-funcionalismo, el proceso de transición democrática tenía como precedente un cambio en la cultura política de las masas sociales, ahora más participativa y politizada. El gobierno militar de los setentas había puesto fin a la sociedad tradicional, y los movimientos sociales eran señal de que se estaba dando paso a un nuevo orden social. Las políticas reformistas del gobierno militar de Velasco buscaron la modernización de la sociedad a través de un mayor acceso a bienes sociales y económicos puestos a disposición de los sectores sociales tradicionalmente subordinados al poder oligárquico. La política de participación social que Velasco promovió desde el Estado repercutió en la forma en que los movimientos sociales de los ochenta se dirigían al gobierno y los poderes políticos. La demanda por mayores derechos sociales, que eran las principales reivindicaciones de estas movilizaciones, no se podían concebir separadas de los partidos políticos. ¿Cuáles eran las nuevas características de la cultura política de la sociedad peruana? En los años sucesivos, el sistema democrático se mantuvo, aunque precariamente, gracias a la confluencia de las elites políticas en el respeto a las reglas de juego democrático. Al contrario de lo que podría pensarse, la polarización política y la movilización social no minaron
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el mantenimiento del orden democrático. La alta conflictividad entre varios grupos de interés y fuerzas políticas partidarias, no parecía llegar a un desenlace en que la balanza del poder se inclinara por alguno de ellos. La igualdad de fuerzas en competencia por llegar al poder hizo necesaria la tolerancia mutua. Solo el respeto por la pluralidad y la alternancia podía asegurar la existencia de uno como fuerza política vigente, y asegurar iguales posibilidades de acceso al poder. Ninguno de los actores buscaría acabar con el sistema, aunque fuera derrotado en elecciones democráticas, con la esperanza de resultar ganador en las elecciones siguientes. La lealtad con el sistema democrático era muy alta y esto echaba luces de una cultura política de predisposición positiva respecto de la democracia. 2.3. La tolerancia al golpe Sin embargo, a finales de la década de los ochenta, en un contexto de aguda crisis económica, hiperinflación, aumento de la violencia terrorista, empezó a prosperar en la cultura política popular una demanda muy fuerte por orden y por seguridad, generándose un cambio en las preferencias políticas ciudadanas. La aprobación que despertó el golpe de Estado del 5 de abril de 1992 ilustra muy bien cierto sentido común según el cual situaciones extraordinarias deben resolverse con iniciativas extraordinarias; los graves problemas que aquejan al país requerirían de soluciones radicales y efectivas, pasando las reglas y límites institucionales a un segundo plano. Lo “sustantivo” por encima de lo “formal”. Según una encuesta realizada por Apoyo en 1992, luego del golpe del 5 de abril, se encontró que el 78 por ciento de los limeños aprobó el golpe de Estado, y 51 por ciento de la población creyó que tras esa fecha el gobierno de Fujimori seguía siendo democrático. Sin embargo, nuevamente, las percepciones y opiniones de la población cambian según cambia el contexto político general. Recientemente, a raíz de la conmemoración de los quince años del golpe, una nueva encuesta (Apoyo, abril 2007) revela que las percepciones hacia la democracia y la tolerancia al golpe de Estado del 5 de abril han cambiado de manera significativa. El cierre del congreso es aprobado ahora por el 49 por ciento de los encuestados (frente al 78 por ciento de 1992) y el 63 por ciento considera que el gobierno de Fujimori dejó de ser democrático y pasó a ser una dictadura luego del golpe de Estado (frente a 33 por ciento en 1992). Esto demuestra que las actitudes hacia la democracia y sus instituciones van cambiando con el tiempo, así como los contenidos que se le adjudican, según cambia el contexto político y social en el que efectivamente se esté viviendo. En este sentido, en
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1992, la democracia se empezó a identificar con demandas por orden y seguridad que eran lógica consecuencia de la violencia y la crisis económica del momento; en el momento actual, en el que se realizan esfuerzos por institucionalización democrática, las preferencias ciudadanas reflejan los nuevos desafíos del momento. Cuadro 1 Aprobación al cierre del congreso Fuente: Apoyo 1992, 2007 Cuadro 2 Tras el 5 de abril el gobierno de Fujimori continuó siendo… Fuente: Apoyo 1992, 2007

Para comprender el apoyo que recibió el golpe del 5 de abril, comandado por el mismo presidente Fujimori, es necesario recurrir al contexto político y social en que este se dio. Una vez que Fujimori superó la coyuntura crítica de inicios de su mandato, en la que él se encontraba en una situación de asilamiento político, las cosas fueron relativamente fáciles. Hábilmente fue haciendo alianzas políticas, al mismo tiempo que contribuía en la generalización de la idea de inoperancia de las instituciones democráticas frente a los agudos problemas que acosaban al país. Sendero Luminoso había pasado a la etapa del equilibrio estratégico en la cual correspondía iniciar acciones en la ciudad y poco a poco cercarla desde el campo. Entonces, las acciones subversivas se dejaban sentir en el mismo centro de la capital del país. La situación económica no era menos ofensiva que el terrorismo. Los paquetes de estabilización fiscal que el gobierno anunció una vez asumido el poder, habían golpeado gravemente los sectores más empobrecidos del país. En este escenario crítico, Fujimori anunció con especial habilidad política, demostrando
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el imperativo de la medida, la clausura del poder legislativo, así como la reforma total de otras instituciones democráticas referidas a la justicia y fiscalización. Su decisión se encontró completamente respaldada por una mayoría de ciudadanos que desconfiaba del Congreso de la República, y por el convencimiento general de que era la única manera de acabar con los problemas del país. El compromiso político por el orden constitucional de 1979 fue desechado. Aunque las fuerzas políticas y sociales estaban todas a favor del mantenimiento de esta, en un escenario poco polarizado y menos movilizado que el de los ochenta, la violación al régimen democrático se llevó a cabo con relativa facilidad. Si bien el funcionamiento de las instituciones democráticas más criticadas era mínimamente aceptable, y en la práctica los partidos políticos cumplían básicamente con sus funciones de representación, se da una brusca ruptura vía golpe de estado con el régimen democrático. Hay quienes dirían, utilizando los términos de Huntington, que esta etapa puede ser el inicio de la contraola democrática en América Latina. Más allá de eso, esta interrupción del orden constitucional pone en evidencia el escaso avance en la consolidación de las instituciones democráticas en el país y sienta las bases para argumentaciones posteriores sobre la posible existencia de una cultura política de tradición autoritaria en el país. Así, si para los actores políticos de los años ochenta lo importante era restablecer la institucionalidad democrática, en los noventa se pone en evidencia que algunos actores políticos preferían resolver los problemas del país mediante medidas fuertes y severas, anteponiendo la eficiencia y los resultados antes que las normas y valores en los que se sostiene una democracia. La medida radical que adopta el gobierno de Fujimori que es manifiestamente autoritaria y que viene cargada con un discurso anti-institucional, resulta es aceptada por la opinión pública en tanto que se espera que los resultados sean más efectivos que continuar jugando el juego democrático. En el momento de la clausura arbitraria del Congreso de la Republica, la popularidad de Fujimori y el respaldo de la medida golpista fueron abrumadores, muy por el contrario a lo que en la actualidad la ciudadanía declara que toleraría. Llamar democrático a un gobierno que puede deponer las libertades civiles es algo difícil de comprender si se piensa desde la democracia de nuestros días. Es decir, los contenidos de la democracia van variando según las experiencias políticas del país, y el contexto social en que se vive. Los niveles de tolerancia al

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autoritarismo y de exigencia a la democracia son volubles según sea el escenario político y social. 2.4. ¿Cultura política autoritaria? Todo esto ha llevado, en el caso peruano, a un debate intenso sobre si es que existe en el Perú una cultura política autoritaria, anclada en nuestro pasado, o si existen cuando menos elementos democráticos novedosos lo suficientemente fuertes como para imponerse y sustentar al régimen político. El episodio del fujimorismo y su vigencia durante una década sería, para algunos, la prueba manifiesta de la existencia de una persistente cultura política autoritaria en el país. Esto además se asentaría en la existencia de elementos autoritarios en otras esferas de la vida social: la familia, la escuela, el trabajo, por ejemplo, por lo que sería una herencia muy difícil de superar. Varios estudios desde la antropología y la sociología han encontrado rasgos autoritarios en las conductas dentro de la familia y del aula. Son perspectivas que estudian, a partir del desenvolvimiento de las personas en el ejercicio de la autoridad y su relación con el poder, los posibles caracteres autoritarios o democráticos que se cultivan en la vida cotidiana. Han hecho hincapié en que en muchas ocasiones las personas demuestran no tener incorporados valores de respeto a los derechos igualitarios de los demás, suelen abusar de posiciones de poder y/o desobedecer a la autoridad. Con la presunción de que las conductas de una persona en el espacio privado tendrían directa repercusión en las conductas de este mismo en los espacios públicos, se plantea la necesidad de modificar la cultura política de la vida cotidiana. A partir de estas perspectivas de estudio de la cultura política se sugiere que una solución al problema del autoritarismo y corrupción en el país es la formación de conciencias ciudadanas, a partir de un trabajo minucioso de educación a largo plazo en todas las esferas de la vida del ciudadano común. Si se parte del hecho de que una gran mayoría apoyó el golpe de Estado y que Fujimori fue reelecto en 1995, se podría concluir que el Perú tiene una cultura política autoritaria, pues apoyamos aquellas formas de gobierno que atentan abiertamente contra las libertades individuales y el pluralismo político en nombre de la autoridad y la eficiencia. Sin embargo, este diagnóstico pasa por alto que existieron otros sucesos durante el fujimorismo que no contaron
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con la aprobación de la ciudadanía. Por ejemplo, en el referéndum de 1993, en el que se sometió a aprobación la vigencia de la nueva Constitución de 1993, se produjo un resultado muy ajustado y controversial. En el mismo sentido, el fujimorismo tampoco logró contar con el respaldo ciudadano en las diversas elecciones municipales ocurridas en esos años, a pesar de las campañas explícitas que el propio presidente realizó por sus candidatos. Del respaldo a ciertas medidas autoritarias en determinados momentos no se deduce la existencia de una cultura política autoritaria que persista en el tiempo y que caracterice a toda la población. De otro lado, analizando la información disponible, no encontramos evidencia empírica que sustente la existencia de relaciones de causalidad entre, por ejemplo, la existencia de patrones autoritarios en la familia o el centro de trabajo, o la pertenencia a algún grupo étnico y la preferencia de la democracia como régimen, o la tolerancia frente a formas autoritarias de régimen político10. Incluso se ha revelado que las practicas de ejercicio de autoridad, en el campo familiar y laboral, tienen rasgos cada vez menos abusivos, menos prepotentes, y más respetuosos del otro. Por ejemplo, en el último Informe del PNUD sobre la “Democracia en el Perú” para el año 2006, reseña como en el ámbito de la familia, el castigo físico es cada vez menos frecuente. Sólo el 11 por ciento de los encuestados respondió afirmativamente a la posibilidad de aplicar castigos físicos en caso de incumplimiento de alguna orden suya. Esta proporción es reducida en comparación con las practicas de los padres, donde el 36 por ciento de estos aplicaba el castigo físico. Habría evidencia de un cambio generacional en el ejercicio de la autoridad familiar. Por otro lado, en el espacio laboral, una gran proporción de empleados, un 54 por ciento, considera que sus empleadores son personas abiertas que saben escuchar y conceder, mientras que de forma minoritaria, un 25 por ciento de los encuestados califica a sus jefes como impositivos. Así pues, a pesar de encontrar en la vida cotidiana rasgos de prepotencia en el ejercicio de la autoridad, los estudios de opinión revelan que estos están disminuyendo positivamente. 2.5. La mutabilidad de la cultura política Todo esto nos revela que el juicio político de las personas es mucho más complejo, sofisticado y matizado que la imagen dual que presenta la oposición entre una cultura política
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Ver por ejemplo, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, La democracia en el Perú. Vol. 1: El mensaje de las cifras. Lima, PNUD, 2006; y Carrión, Julio, y Patricia Zárate, Cultura política de la democracia en el Perú: 2006. Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2007. 14

democrática y una cultura política autoritaria. Para empezar, las opiniones, patrones, actitudes y percepciones políticas, muestran mucha variación y están lejos de ser unánimes; y además, se ajustan y reflejan, como hemos señalado, a los desafíos del contexto; especialmente, encontramos que la cultura política es moldeada muy fuertemente por el desempeño de los gobiernos, por la naturaleza de las ofertas políticas que se le presentan a la ciudadanía, las oportunidades que se abren o cierran. Por lo tanto, la cultura política no es algo inmutable, ni una herencia frente a la cual no hubiera nada que hacer. Diversos estudios recientes ilustran el punto que queremos establecer. Por ejemplo, Tanaka y Zárate11 demuestran cómo las preferencias hacia la democracia como régimen político están fuertemente influenciadas por la aprobación o desaprobación a la gestión del presidente de turno. No se explica de otro modo que, a pesar que en el Perú se dio una transición desde un gobierno autoritario a uno plenamente democrático entre 1998 y 2001, la preferencia por la democracia como forma de gobierno haya disminuido ligeramente. En 1998 el 63,8 por ciento de la ciudadanía considera que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno, pero en el año 2001 esta preferencia incondicional disminuye al 59,7 por ciento. Incluso se observa que, entre 1998 y el 2001 nuevamente, que son los años en que se dio el derrumbamiento del régimen autoritario de Fujimori, la preferencia en algunos casos por un gobierno autoritario aumentó ligeramente de 14,8 por ciento a 16,3 por ciento. Si la transición fue consecuencia del rechazo al autoritarismo del gobierno de Fujimori, así como la expresión de aspiraciones democráticas ¿Cómo entender entonces esta paradoja?

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Tanaka, Martín, y Patricia Zárate: Valores democráticos y participación ciudadana en el Perú, 19982001. Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2002. 15

Cuadro 3 ¿Con cuál de las siguientes frases está usted más de acuerdo? Fuente: Tanaka y Zárate, 2002

La explicación está en que la evaluación de los ciudadanos a la gestión del presidente influye fuertemente en el apoyo al sistema político en general, y la democracia como régimen. Así, el apoyo a la democracia fue mayor en 1998, durante el gobierno de Fujimori, a pesar del carácter autoritario de la presidencia y de la manipulación de las instituciones políticas, debido a la popularidad que este mantuvo en el contexto de la campaña electoral frente a los comicios del 2000. En cambio, en 2001, durante el gobierno del presidente Toledo, a pesar de su carácter plenamente democrático, la rápida caída de la aprobación a su gestión debilitó la legitimidad del conjunto de las instituciones democráticas. Las estadísticas de Apoyo12, nos muestran que el año 2000, a pesar de la actualidad de los escándalos por corrupción que habían puesto cuestión la transparencia del gobierno de Fujimori, su aprobación se mantuvo en sobre el 50 por ciento durante toda la primera mitad del año, momento en el que comienzan a hacerse visibles las disputas internas en la cúpula del poder. En el gobierno de Toledo, con instituciones indiscutiblemente democráticas, sin escándalos de corrupción o manipulaciones visibles del poder, la aprobación de gobierno cae del 70 por ciento a inicios de su mandato en julio del 2001 al 14 por ciento a fines del 2002. El siguiente cuadro nos muestra como el apoyo al sistema político se relaciona directamente con la opinión sobre el gobierno de Toledo. Cuanto mayor es la aprobación de la gestión de Toledo, mayor es el apoyo al sistema político. Al contrario, a medida que la opinión
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Reportes mensuales de Apoyo Opinión y Mercado. 16

sobre el gobierno de Toledo se tona más negativa, la ciudadanía se muestra menos dispuesta a apoyar el sistema político.

Cuadro 4 Escala de apoyo al sistema político según opinión de la gestión presidencial de Toledo Fuente: Tanaka y Zárate, 2002

De otro lado, los cambios experimentados entre 1998 y 2001 muestran también un impacto sobre la manera en que los ciudadanos entienden la democracia y su funcionamiento. Según Tanaka y Zárate, en 1998 había cierto equilibrio en las opiniones ciudadanas respecto a cuáles serían los “requisitos” para lograr una democracia estable; mientras que en 2001 se registró un notorio aumento por la preferencia por un liderazgo fuerte, en desmedro del respeto de las leyes y la Constitución, o una mayor participación de la población. Para esto coincidieron tanto la decepción que generaron los escándalos de corrupción al final del gobierno de Fujimori, como los problemas de liderazgo del presidente Alejandro Toledo.

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Cuadro 5 Los requisitos de la democracia Fuente: Tanaka y Zárate, 2002.

Así, en el año 1998 uno de los requisitos de la democracia de contar con líderes honestos y eficaces recibía el 23,8 por ciento de respuestas de los encuestados, mientras que en el 2001 el porcentaje de encuestados que la consideraban un requisito fundamental subió al 32,5 por ciento. Por otro lado, la “participación de la población” y “el respeto a las leyes y a la constitución” disminuyeron de un 20,4 por ciento y 23,9 por ciento a un 16,2 y 20,9 por ciento, respectivamente. En resumen, mientras que el respeto a las leyes y a la constitución, así como el respeto a los derechos humanos eran considerados los requisitos más importantes de la democracia, en el año 2001 estos pasaron a ser el tener líderes honestos y eficaces. Entender propiamente el estado, las características, de la cultura política en el Perú requiere llevar a cabo comparaciones sistemáticas de sus cambios a lo largo del tiempo; sólo así podremos distinguir rasgos más permanentes y estables de otros más sensibles a los cambios de la coyuntura. Respecto a esto, todavía queda mucha investigación por hacerse en nuestro país. De otro lado, evaluar correctamente la naturaleza de la cultura política peruana requiere necesariamente tener un punto de vista comparado: sólo así podremos evaluar si es que lo que ocurre en nuestro medio es “normal” a la luz del contexto regional, o si por el contrario, resulta excepcional. En este marco, existen pocas fuentes confiables de información, siendo una de ellas el Latinobarómetro, encuesta que se aplica desde hace varios años en la mayoría de los países de la región. Así, encontramos por ejemplo que el Perú destaca, en los últimos años, por tener uno
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de los más bajos niveles de satisfacción con el funcionamiento de la democracia en la región. Según el Latinobarómetro del 2005, el Perú tiene un 13 por ciento de satisfacción con la democracia, encontrándose en el último lugar entre 18 países de la región.

Cuadro 6 Satisfacción del funcionamiento de la democracia Fuente: Latinobarómetro 2005.

¿Cómo interpretar este dato? ¿Significa esto que, en efecto, en el Perú la democracia funciona peor que en todos los demás países? Ciertamente no. Significa estrictamente que la percepción de los peruanos respecto del funcionamiento de la democracia es peor que en otras partes, y ello puede ser consecuencia de un grave desajuste entre las expectativas de la población y la situación que se vive. Así, el Perú no sería el país donde la democracia funciona peor; pero sí el país donde se vive con mayor agudeza un desbalance entre las expectativas ciudadanas y los resultados que deja el ejercicio democrático. Y lo importante es recordar que, más allá de los datos “objetivos”, las personas actúan sobre la base de sus percepciones, que tienen efectos reales, como señalara el sociólogo William Thomas. Veamos con mayor detenimiento estas cuestiones.

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III. El Perú visto en perspectiva comparada Para entender la cultura política de un país no basta solamente conocer las opiniones, los valores, las percepciones y actitudes de la gente hacia los temas políticos y las instituciones democráticas de un país determinado, es importante también saber si estos rasgos se repiten o no en los países vecinos. La perspectiva comparada nos permite evaluar si los patrones de nuestra cultura política están cerca del promedio de los países de la región, o si estamos en una situación muy particular. El Latinobarómetro del 2006 recoge las opiniones de una muestra representativa nacional (por primera vez en 15 años) de 18 países de la región, y constituye una herramienta bastante útil para lo que intentamos dilucidar aquí. 3. 1. Evaluación negativa de la economía y la democracia Como vimos anteriormente, los ciudadanos en el Perú destacan en el marco regional por los altos niveles de insatisfacción con su situación general y con el funcionamiento de las instituciones democráticas. En la percepción de los encuestados peruanos, la situación económica actual es una de las peores entre los países latinoamericanos, solo es mejor que la de Nicaragua. Por supuesto, la sensación de malestar económico es mayor que la precariedad económica que efectivamente aqueja al país. Países con situaciones económicas más críticas, como podrían ser El Salvador y Ecuador, por sólo mencionar dos casos, tienen percepciones más optimistas de sus situaciones que los peruanos. En la evaluación de las instituciones de la democracia, como por ejemplo el poder judicial, el Perú arroja una evaluación muy deficitaria, solo el 21 por ciento de los encuestados peruanos consideraron que el poder judicial hace un buen trabajo. Si en la gran mayoría de los países latinoamericanos menos de la mitad de los encuestados aprobaron el desempeño del poder judicial, en el Perú solo fue la quinta parte.

Gráfico 5 Evaluación desempeño del poder judicial

Gráfico 6 Situación económica actual del país

Fuente: Latinobarómetro 2006. n=20.342

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La insatisfacción frente a la situación económica y al funcionamiento de las instituciones impacta directamente sobre los niveles de satisfacción con la democracia y el respaldo a la misma. El Perú se encuentra entre los tres países con porcentajes más bajos de satisfacción con la democracia, con un 23 por ciento, superando solo a Ecuador y Paraguay (vimos que en el 2005 el Perú ocupó el último lugar). Aunque el porcentaje de encuestados peruanos que manifestaron apoyar a la democracia no es de los más bajos en la región (55 por ciento), se encuentra por debajo del promedio regional.

Gráfico7 Satisfacción con la democracia

Gráfico8 Apoyo a la democracia

Fuente: Latinobarómetro 2006. n=20.342

3.2. Contenidos de la democracia Ahora bien, conociendo que los peruanos muestran un escaso apoyo a la democracia y una baja satisfacción con el funcionamiento de ésta, queda abierta la pregunta de qué es lo que los peruanos entienden por democracia. Las actitudes positivas o negativas hacia la democracia dependen en gran medida de cuál sea el contexto y cual sea el significado que la democracia tenga para los ciudadanos; de este modo es que se entiende que, como señalamos líneas arriba, los peruanos manifestaron en 1992 que el régimen de Fujimori, luego de la disolución del Congreso de la República, continuaba siendo un régimen democrático, mientras que en el 2007 las opiniones se muestran bastante diferentes. Veamos. Según la encuesta de Latinobarómetro, para los peruanos la democracia es igualmente justicia y libertad, antes que únicamente libertad, como lo es para muchos de los países de América Latina. El Perú, junto a Chile, Panamá y México, son los países que consideran que un régimen debe cumplir requisitos sociales tanto como requisitos normativos, para ser llamado democrático. En estos términos, y en un contexto económico percibido como adverso, los peruanos evalúan que el país es muy poco democrático. En la escala del 0 al 10,
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siendo diez más democrático, el Perú tiene 5.2, y con esta puntuación se encuentra entre los cuatro países con la puntuación más baja de la región, junto a Paraguay, El Salvador y Guatemala. A diferencia de otros países, la percepción de una aguda desigualdad social hace que se entienda que el país no es “en realidad” democrático, a pesar de la existencia un régimen político con esas características. Aquí parece compartirse el sentido común expresado en el informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (2004), según el cual, si bien existe una “democracia electoral”, no existe una “democracia de ciudadanas y ciudadanos”13.

Gráfico9 Igualdad y justicia como significado de la democracia

Gráfico10 ¿Cuan democrático es el país?

Fuente: Latinobarómetro 2006. n=20.342

Del contenido que los ciudadanos le adjudiquen al sistema democrático y de las expectativas que estos tengan respecto de su funcionamiento dependerá la evaluación que estos hagan de ella. Para los peruanos la democracia no solo significa vivir en un estado de derecho, donde las libertades principales de individuos son respetadas, y se aseguran pluralidad y alternancia política en el gobierno, sino que además vivir en democracia sería sinónimo de igualdad y justicia social. Es más, en el Perú el peso de esta segunda variable de significado de la democracia (igualdad y justicia) es uno de los más significativos en la región. El Perú es uno de los países que más valor (20 por ciento) le da a la igualdad y justicia en su régimen democrático, sólo Panamá y Chile tienen valores mayores (21 por ciento). La importancia de esto radica en que el juicio político sobre lo democrático del régimen político depende, en gran medida, para los ciudadanos peruanos, de cómo perciban su bienestar social y económico. Así pues, en la percepción de los peruanos el Perú es menos democrático que para venezolanos lo es el suyo, por nombrar un ejemplo, aun si en la práctica en el Perú las
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Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD): La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos. Lima, PNUD, 2004. 22

libertades civiles estén más aseguradas que en aquel país. Más allá de esto, lo que los resultados de la encuesta nos señala, es que la evaluación de la democracia en el país puede variar, puesto que el contenido que se le adjudica a esta no es único y tampoco es inmutable. Es importante monitorear constantemente qué creen los peruanos que es la democracia, para comprender sus evaluaciones y disposiciones políticas hacia la esta. Recordemos que, como lo hemos mencionado más arriba, las actitudes, opiniones, percepciones, valores, y orientaciones hacia la democracia son cambiantes respecto del contexto político y social en el cual se emitan. 3.3. Politización ¿Cómo entender por qué los peruanos se encuentran tan insatisfechos, cuestión que no guarda proporción con los indicadores “objetivos” de calidad de vida en la región? Una respuesta parcial a esta pregunta se halla en los relativamente altos niveles de politización que se registran en nuestro país. En los siguientes gráficos puede verse que: Primero, el Perú se encuentra en el cuarto puesto de los países de América Latina con el porcentaje más alto de ciudadanos que declaran hablar “frecuentemente” y “muy frecuentemente” de política con sus amigos. Luego, el Perú es uno de los tres países con porcentaje más alto de ciudadanos que respondieron ante la pregunta: ¿con qué frecuencia trata de convencer a alguien de lo que usted piensa políticamente? con afirmaciones “frecuentemente” y “muy frecuentemente”. Aunque los porcentajes de personas que se muestran dispuestos a difundir y discutir sus puntos de vista sobre la política no parezcan especialmente altos, destacan cuando se los compara con el promedio latinoamericano, mostrándose cuatro y cinco puntos porcentuales por encima de este. En el Perú, el 31 por ciento declara hablar frecuentemente y muy frecuentemente de política con sus amigos, y el 20 por ciento admite que intenta convencer con ideas políticas también con mucha frecuencia. En ambos casos, los porcentajes peruanos son únicamente superados por Brasil y Venezuela.

Gráfico1 Habla de política con los amigos: “frecuentemente” y “muy frecuentemente”

Gráfico2 Trata de convencer a alguien de lo que Ud. piensa políticamente: “frecuentemente” y “muy frecuentemente”

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Fuente: Latinobarómetro, 2006

¿Que quiere decir que los peruanos tengan tanto interés por intercambiar ideas políticas en su vida cotidiana? En un contexto en el que la percepción de la situación económica tiende a ser tan negativo, y a desligarse de la situación real de la economía en el país y en la región, el flujo de reproches y críticas hacia el sistema se incentiva. Al parecer, en el Perú las redes de transmisión de ideas políticas más comunes son las personales, de modo que el espacio privado está constantemente permeado por opiniones políticas sobre el devenir del país, en términos económicos y políticos. Resta preguntarse qué repercusiones reales, más allá de la desaprobación del funcionamiento de la democracia en el país, tienen estos niveles de politización en los ciudadanos peruanos. ¿Con qué otros elementos de la cultura policía de los ciudadanos se mezcla esta politización? ¿De qué depende que la politización de sus ciudadanos sea un elemento favorable a la consolidación de la democracia? Para completar este panorama, encontramos que los peruanos, si bien tienen una percepción relativamente pesimista de la situación de las cosas, llama la atención su relativo optimismo respecto a algunos indicadores de cambio y movilidad social. Preguntados los peruanos si es que están de acuerdo con la frase “¿Usted cree que una persona que nace pobre
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puede llegar a ser rico?”, tenemos que un 74 por ciento de los encuestados afirma que ello sí es posible. Dentro del espectro de países latinoamericanos, el Perú muestra el porcentaje más alto de expectativas personales de movilidad social. Una vez más, las percepciones de los ciudadanos respecto a su condición social y posibilidades de cambio se condicen poco con el escenario real de las cosas. Es poco probable que en el Perú, uno de los países con niveles más altos de pobreza extrema en la región, tenga opciones personales de movilidad social más elevadas que países donde la situación económica es menos depresiva.

Gráfico11 Expectativa de movilidad social

Fuente: Latinobarómetro 2006. n=20.342

3.4. ¿Cómo cambiar las cosas? Hasta el momento tenemos que los peruanos destacan por ser muy críticos con su situación en general y con el funcionamiento de las instituciones democráticas, lo que sería consecuencia de altos niveles de politización, y al mismo tiempo por tener muy altas expectativas de movilidad social. La pregunta ahora es, ¿cómo piensan los peruanos que pueden llevarse a cabo los cambios necesarios para salir de su situación y satisfacer sus expectativas? Lo preocupante es que, al parecer, los peruanos optan por salidas no institucionales, por acciones de protesta. En los últimos años, no solo en el Perú, sino en toda la región de los países latinoamericanos, los movimientos de protesta y demandas ciudadanas se han hecho cada vez más frecuentes, y suelen caracterizarse por su violencia, particularismo y efectos graves para la gobernabilidad de los sistemas políticos. En el Perú, el 22 por ciento afirma que la protesta es la forma más efectiva que tienen los ciudadanos de intervenir en las decisiones políticas de sus gobiernos. En el espacio latinoamericano, solo Guatemala supera al Perú en su confianza hacia la
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efectividad de los movimientos de protesta para cambiar las cosas. Al mismo tiempo, así como el Perú destaca por su confianza en las modalidades informales y contestatarias del sistema político para realizar cambios, destaca también por su débil confianza en el voto popular, un mecanismo institucional para lograr cambios dentro de un régimen democrático. El Perú es el penúltimo país con menos confianza en la efectividad del voto, el 47 por ciento de los ciudadanos peruanos que depositan su confianza en este, está muy por debajo del promedio regional, que alcanza el 57 por ciento.

Gráfico3 Lo más efectivo para cambiar las cosas: los movimientos de protesta

Gráfico4 Lo más efectivo para cambiar las cosas: votar

Fuente: Latinobarómetro 2006. n=20.342

Estos gráficos nos demuestran que sólo una pequeña porción de los peruanos, insignificante en comparación con los demás países de la región, está satisfecha con la efectividad de uno de los mecanismos más emblemáticos que el régimen democrático proporciona a la ciudadanía para cambiar las cosas. El descontento con la utilidad de los mecanismos de la democracia para producir cambios positivos en la vida política y económica del país, podría estar ligado a la percepción negativa que se tiene de la situación económica del país y la evaluación desaprobatoria del funcionamiento de las instituciones. Para agudizar las consecuencias que tienen la desaprobación del funcionamiento de las instituciones, y la percepción negativa de la situación económica, en el sistema democrático en general, recordaremos a continuación que ambas variables se alimentan mutuamente. Es decir, la percepción de los ingresos económicos personales influye en la confianza en las instituciones políticas en general. Según Zarate y Carrión14, el promedio de confianza política, medido en base a la confianza en el Congreso de la República, la Corte Suprema de Justicia, el gobierno nacional los partidos políticos, es significativamente bajo en relación a los demás países latinoamericanos.
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Zarate, Patricia y Julio Carrión. Cultura política de la democracia en el Perú: 2006. Lima: IEP, Vanderbilt University, Latin American Public Opinion Projet (LAPOP), 2006. 26

El promedio de confianza política en las instituciones peruanas alcanza un 37 por ciento, siendo este el promedio más bajo en la región después de Ecuador con un 22 por ciento. Otros países como Haití y Nicaragua, con serios problemas en mantener la estabilidad democrática, presentan niveles de confianza por encima de los peruanos. Cuando se observa el promedio de confianza política de los peruanos a la luz del nivel de ingreso subjetivo, es decir, cuanto cree la persona que su salario mensual le alcanza para vivir o no, la influencia es manifiesta; mientras más los ciudadanos piensan que su salario es insuficiente mayor es la desconfianza que demostrarán hacia las instituciones políticas. 3.5. El panorama general Los datos esbozados hasta el momento muestran para el Perú una situación preocupante: la combinación de expectativas altas, alto descontento, junto con la desconfianza en los mecanismos y medios institucionales para alcanzar sus fines. Esto es casi la definición de anomia esbozada por Robert Merton a mediados del siglo pasado15. De otro lado, la combinación entre altos niveles de politización y disposición a la movilización, junto con escasos niveles de legitimidad de las instituciones del Estado, se asemeja mucho a una situación de recurrentes crisis de gobernabilidad, tal como lo pensara Samuel Huntington en la década de los años sesenta16. Ahora bien, a pesar de que esta combinación de elementos pareciera anunciar altos niveles de conflictividad y serios problemas de gobernabilidad, esto no ha ocurrido, al menos no todavía. Ciertamente una serie de conflictos sociales agudos y con alta carga de confrontación han estallado en varias regiones del país durante todo el gobierno de Alejandro Toledo, entre el 2001 y el 2006. Estos conflictos han tenido motivaciones diversas, pero las más recurrentes, según las estadísticas de la Defensoría del Pueblo, han sido las disputas por cuestionamientos a autoridades locales, principalmente alcaldes distritales y provinciales, así como por problemas ambientales sobre todo con empresas de extracción minera. Sin embargo, estas acciones de carácter reactivo y violento, que han estallado frente a problemas locales que enfrentan dos posiciones radicalmente opuestas, no han tenido repercusiones políticas. A pesar de que existen grupos sociales movilizados que protagonizan estos conflictos, y que apelan a las autoridades
15 16

Merton, Robert: Teoría y estructura social (1949). México D.F., FCE, 1965. Huntington, Samuel: El orden político en las sociedades en cambio (1968). Buenos Aires, Paidós, 1972. 27

políticas para obtener soluciones rápidas, estos no han tenido estrategias de coalición entre sí o de alianza con actores políticos que puedan representarlos en las negociaciones con entes nacionales. Una pista que podría ayudarnos a entender por qué en nuestro país las cosas no han llegado hasta los extremos vistos en países vecinos en los últimos años, puede ser que en el Perú las movilizaciones y protestas se encuentran altamente despolitizadas, en el sentido de desconectadas de elementos articuladores y contenidos programáticos, que suelen brindar actores sociales y políticos mínimamente consolidados, que no existen en el Perú. Por el contrario, nuestro país también se caracteriza por un cierto pragmatismo que en los últimos años ha venido creciendo. Según el Latinobarómetro 2006, cuando se les pide a los peruanos que se ubique en la escala izquierda – derecha, el promedio se ubica casi exactamente en el centro. La puntuación promedio para el Perú es de 5.1 en una escala de 0 a 10, donde 0 es extrema izquierda y 10 es extrema derecha. ¿Qué significa que la mayoría de los pobladores peruanos decidan abrigarse en el centro político antes que optar por alguna de las tendencias, izquierda o derecha política? Es posiblemente, signo del pragmatismo, en contraposición a la ideologización de las décadas de los setenta y ochenta, que prima en las opciones políticas. Una clara expresión de este pragmatismo, de variación de la preferencia política según la conveniencia de las ofertas de políticas que los líderes lanzan, fueron los resultados de las elecciones presidenciales del último año, en que la opción de candidato aprista, que jugó a lanzarse en centro moderado ante la radicalización de su adversario, obtuvo el mayor apoyo electoral.

Gráfico12 Escala izquierda – derecha

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Fuente: Latinobarómetro 2006. n=20.342

IV. Para terminar Si tomamos en cuenta el conjunto de la información presentada, y la examinamos además a la luz de los últimos resultados electorales ocurridos a lo largo de 2006, encontramos en el Perú una combinación de tendencias en cuanto a su cultura política. De un lado, tenemos amplios segmentos de la población caracterizados por altas expectativas, altos niveles de insatisfacción y criticidad con el funcionamiento de las instituciones, altos niveles de politización, que desconfía de los mecanismos institucionales y apuesta más bien a mecanismos extra legales como las protestas, para la solución de sus problemas. Este segmento puede apostar por ofertas políticas antisistema, por outsiders, por una opción de cambio radical y una suerte de refundación del país, que podría perpetuar la inestabilidad política que ha sufrido el Perú en las últimas décadas. Sin embargo, otro segmento igualmente importante, si bien muestra altos niveles de insatisfacción, criticidad, y politización, también resulta más pragmático, evita la polarización social, apuesta por el centro político, y opta por ofertas que enfatizan los cambios dentro de continuidades básicas. Estas dos maneras de entender las cosas se expresaron muy elocuentemente en las elecciones generales de 2006. Al final, primó, con una ligera ventaja, un criterio más prudente, pero solo por el momento. En conclusión la cultura política en el Perú se ve como volátil incierta, parece que se inclinara hacia una y otra dirección dependiendo de cómo le vaya a la economía, la sociedad y la política. En los próximos años veremos cuáles de las tendencias que actualmente podemos registrar termina imponiéndose.
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