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Nieves Hernández

en

“Antes
y
después
del
desayuno”

Un texto de Juanluis
Mira
a partir de dos
monólogos de E. O’neill
y F. Rame
Antes.
Para Nieves, la chavita terremoto.

( Habla hacia un punto perdido entre cajas, situado algo detrás de


ELLA.
Se supone que ÉL, su marido, se acaba de despertar.)

ELLA: (Desde oscuro.) ¡El caféeeee!

(Entra la luz. ELLA, recién levantada, sentada a la mesa


de la cocina. Una taza de café. De vez en cuando da un
trago. La cafetera, al lado.)

¡El café! ¡No hace falta que te hagas el dormido!

Un par de tostadas. Una tarrina de mantequilla. Un


pequeño frasco con píldoras. Una botella de agua, algún
vaso. En algún lugar, cerca, un bolso de mano.)

Si lo que quiere el señorito es que espere a que te


levantes para ponerme a preparar “tu” café y que así te lo
tomes recién hecho, ¡la llevas clara! Faltaría más... Tú no
necesitas una mujer, mi amol, (parodia la voz de una
cubana) no señol, lo que usté necesita no es sólo una
esposa, señol, es una criada, y si además es mulata y con
buen culo, mejol... (Sonríe con malahostia y pocagracia.
Mira. Pausa.)
¡El café, coño, (tocando la cafetera) que después no hay
quien se lo tome! ¿Te levantas de una puta vez o qué?
¡Vaya! Parece que el señorito ha abierto los ojos. ¡Y sólo
ha tardado hoy veinte minutos! Un milagro, nene, si
sigues así conseguirás hacerte un hombre. Un hombre.
Bonita palabra.
Hombre. Hombro. Más quisiéramos algunas.
(Pausa.)
Hombre. Hembra.
Tiene gracia, dos letras de nada y un mundo de distancia.
Hombre. Hambre.
(Le da un bocado a la media tostada.)
¡Por Dios, qué rancia está esta mantequilla. Cómo va a
estar si ni siquiera es mantequilla. Margarina. Y de oferta.
Como lo nuestro, nene, empezamos untando la vida con
mantequilla y terminamos untándola con margarina
barata.
¿Te acuerdas lo que me prometiste la misma noche de
bodas? No. Tú que te vas a acordar. Mejor así.
Mantequilla. Mucha mantequilla de la de verdad. Eso me
prometiste.
Ah, y de paso me ibas a bajar la luna. Palabras nunca te
han faltado.
Y ya ves. Margarina.
Y a oscuras. A este paso, no te extrañe que un día nos
corten la luz.
(Vuelve a mirar.)
Ya, ya, te las llevo. Cómo no vas a tener dolor de cabeza,
con lo que has dormido.(Se levanta.) Ocho horas como
mucho. Y de golpe. Eso es lo que dicen los especialistas
del sueño, que lo oí en la radio el otro día.
( Lee entredientes el nombre del fármaco). Por qué no te
podrás tomar una aspirina, como todo el mundo, que es lo
mejor. Esto es una bomba, seguro (huele el interior del
frasco trasparente: está lleno de píldoras), aggg, por Dios,
lo que yo digo, seguro que no había nada más fuerte en
la farmacia, así vas el resto del día, hecho un zombi.
(Llena un vaso con agua. Sale sin dejar de hablar.) Ocho
horas. Atención, señoría, subo la persiana, a ver si así te
despejas algo. Hace un día asqueroso, qué día va a hacer,
pero algo de luz entrará. Vaya cara que traes esta
mañana, hijo. Igual si te afeitas hasta te dejan entrar en la
oficina del inem. Porque ya toca, ¿no?(Volviendo a la
mesa).
Eso en el caso de que esté abierta cuando llegues.
Ocho como mucho, mejor siete que ocho. Y tú, o no
duermes porque de repente te da por ahí y te pones a
escribir, bueno, a “pensar”, porque que yo sepa, necesitas
al menos dos horas para escribir una página, dos horas,
que nunca he visto un “genio” tan lento, por Dios, a este
paso vas a terminar la novela cuando yo me sé; o –ésa es
otra- te pasas en blanco la noche, o o o llegas a las tantas
con un par de cubatas de garrafa de más o a saber lo que
te meterás en el cuerpo, con tanta tertulia nocturna y
tanto ensayo de mierda, o o o o te da por dormir como
una marmota, como ayer. O...
Qué descontrol, hijo. Qué desastre. No sé lo que le pides a
la vida, hijo, pero si es esto apaga y vámonos.
Si en vez de leer tanto trabajaras un poquito, eh, sólo un
poquito, otro gallo cantaría. ¿Te acuerdas lo que decía mi
padre? Leo, leo, cuanto más leo más burro me queo...
Claro que mi padre no tenía más tiempo que para trabajar
como un burro y sacarnos adelante. Él solito. A ti incluido,
te lo recuerdo. Y les dio una carrera a todos mis
hermanos...
Leer, nene, es para los señoritos como tú. Los que
tenemos que currar leemos sólo en vacaciones. Por eso tú
te pasas leyendo todo el día, porque desde que naciste
estás de vacaciones, hijo, hay que ver qué suerte tienen
algunos. Mi padre también decía: a un hombre se le
conoce por sus manos. Y las tuyas parecen salidas de una
manicura, hijo. Que el mayor esfuerzo que han hecho en
su vida es pasar las hojas de un libro. Por cierto, el otro
día estuve husmeando entre algunos de ellos a ver si
tenías el código da vinci ese, que me ha dicho Trini que
está muy bien, aunque es una novela así de gorda dice
que te la lees en un periquete, y me digo, pues voy a
leerla, que hace un montón que no leo nada, cómo voy a
leer con la vida que llevo, pues nada, ni código ni nada,
además de alguna dedicatoria subida de tono, que ya me
contarás, pude comprobar qué libros más raros lees, hijo,
no me extraña que te duela la cabeza. Mira por donde
llevo casada diez años con un intelectual y yo sin
enterarme. Si mi padre levantara la cabeza...
Oye,¿tú sabes si por ser un “intelectual” y no pegar ni
clavo tienes derecho al paro? (Sonríe.) Yo te lo digo.
¡Nooo! ¡Nooooooo! Ni te perdonan la hipoteca, ni te
perdonan el recibo de la luz y el agua, ni nada de nada. Y
no me digas lo que dices siempre: que tú también
trabajas, que trabajas en tu novela. Deja que me ría. Ja.
Otra canción, plis, que ésa ya me la sé de memoria. Pues
vaya trabajo, hijo, eso es un “hobbie” de esos, una afición,
no una profesión. Así que a ver si hay suerte hoy y
encuentras algún trabajo de verdad y, por supuesto, que
al señorito no se le caigan los anillos de “artista”, que
trabajo hay a mansalva, haberlo, haylo, como las brujas
gallegas, ¿dejará de haberlo?... ¿o es que me han faltado
a mí alguna vez escaleras que fregar?
“Para Alfredo, por las pasiones compartidas. Laura.”
Eso ponía en la primera página de una novela, ¿o era una
obra de teatro? Ahora que lo pienso era una obra de esas
sólo con diálogos, sólo le pegué un vistazo, no pasé de la
primera página. Me pareció insoportable. Un rollo. El pan y
la luna. El títulitose las trae. Laura Grau. ¿Laura Grau?
¿Quién coño es Laura Grau, bello durmiente? Laura Grau...
Laura... Diossss... ¡Laura! Ya sé... No, no puede ser... si
aquella actriz no tenía pinta de saber hacer la o con un
canuto. ¿Oye? (Vuelve a mirar) ¡Por Dios, te has vuelto a
tumbar! Pues te haces tú el café, o te lo tomas helado, y
luego no protestes. Y que sepas que no estamos para
derrochar, qué te voy a contar.
¿La Laura esta no será la actriz que me presentaste un día
que fuimos a ver aquel muermo de teatro? ¡Es verdad! Tú
la llamaste “Lauri”. Una de tus cursiladas. Así que es ella.
La que enseñaba las tetas en medio de la función, que
hay que tener vergüenza, y que tampoco me enteré
absolutamente de nada. Qué cosa más rara: una tía que le
hablaba a las paredes y se pegaba cabezazos contra ellas,
venga cabezazos. Y después dices que siempre estoy
pegada a la tele y sus cotilleos. Pues por lo menos
entretienen más que tus bodrios. Una gilipollas abriéndose
la cabeza a trompazos sin ton ni son. Hablar, hablaba
poco, pero darse de hostias, es que no paraba. Qué
locura, por Dios. (Lo imita.) “Es que no hay nada que
entender”. Entonces, digo yo, si vas al teatro y no
entiendes nada, a qué vas. Pues desde luego, yo no
entendí nada. Y me aburrí como una ostra, que lo sepas,
aunque te veía a ti tan entusiasmado y, la verdad, no sé
de dónde salía aquella cara de de de estar disfrutando
tanto. Yo sólo vi a una tipeja que no le importaba enseñar
las tetas a todo el mundo, que estaba cabreada con con
con noséquien, imagino, y que además cobraba por eso. Y
para más inri ahora me entero que, al parecer, escribe
libros.
Andálahostia. “El pan y la luna”.
Y comparte pasiones, la muy guarra. Seguro que la chupa
que te cagas. ¿Eh, qué tal la chupa, artista? Pues si espera
compartir pasiones contigo dile que espere, que tú en la
cama o escribes o duermes. Y punto. Laura Grao. Ya ves,
esa cerda escribe una obra así, de golpe, y tú, todavía por
el primer capítulo.
A saber quién se habrá tirado para que se la publiquen...
(Hurga en el bolso, saca un reloj.)
Diez minutos. (Saca un pequeño espejo, se mira.)
¡Qué ojeras, por Diosss! (Saca un antiojeras, se da
algunos retoques, Luego sigue con algunos detalles de
maquillaje. Se enciende un cigarrillo.)
Sabes? Si algún día te animas y tenemos un hijo –o una
hija- me encargaré yo personalmente de su educación,
que tú seguro que lo malcrías. No. La educación me la
dejas a mí, que es algo muy serio. Definitivo, diría yo. He
estado toda la noche pensando en eso, no sé por qué.
Somos como nos educan. Eso también lo oí en la radio. ¿O
fue en la tele? Trini lleva siempre encima un pequeño
transistor y no sabes como nos acompaña en la faena. A
mí me educaron comodiosmanda. Una mujer de hoy, sin
pájaros en la cabeza. Mi padre me decía: soñar, hija, es de
cobardes. Soñar es vivir en las nubes y desgraciadamente
para vivir hoy hay que pisar mucha mierda. Más razón que
un santo. El hombre en su sitio y la mujer en el suyo, si
no, todo se trastoca, como nos pasa a nosotros. Que
cuando nos casamos yo ya sabía el género que me
llevaba, pero, claro, la gente cambia con los años, eso
pensaba yo –mi padre, no- por eso le caías como le caías.
Y tú, hijo, tienes una forma de ver la vida que que que te
compre quien te entienda. Y te compré yo, qué le vamos a
hacer... Vas a cumplir los cuarenta y todavía en las nubes.
Pues sigue ahí, nene, sigue ahí, que mayor será el
batacazo. Educación. La mujer en su sitio y el hombre en
el suyo. Como mi madre, ¿te acuerdas?, de la cocina no
salía. Tampoco digo yo eso, entiéndeme, que los tiempos
han cambiado, pero –para esto- ya me gustaría a mí hacer
lo de mi madre. ¿O es que no se le veía feliz a mi madre?
Ya sé lo que estás pensando. Eres un cabrón. Y perdona. Sí
que lo era. Muy feliz. Si mi padre se echó esa pelandusca
fue porque lo engatusó, que las mujeres tenemos armas
para todo y mi padre era muy hombre, en todos los
sentidos. Sí, muy hombre, que un día mi madre me lo
contó y no sabes cómo las gastaba. Y, pues eso, lo
normal, mi madre no estaba para los trotes que le pedía
él. Y apareció la gata aquella. Nadie es perfecto, nene,
nadie. Ni mi padre. Aunque un hombre sí que lo era, un
hombre hecho y derecho. Y trabajador como nadie. Eso sí
que era. Y si se le fue la mano alguna vez conmigo, mira
lo que te digo, si se le fue la mano, pues qué quieres que
te diga, tenía su sentido. Educación. Una buena dosis de
realidad. La ciencia con sangre entra. ¿No? El palo y la
zanahoria, sabes de lo que te estoy hablando. ¿Tú que vas
a saber? Tú y tu puñetera “vocación”, que para ti es lo
más importante. (Imitándolo.) “ Lo más importante es
desarrollar la vocación que cada uno lleva dentro...” ¿Eso
es lo que le vas a enseñar a nuestros hijos, a que vivan
siempre en las nubes? No te lo crees ni tu. Yo seré el
padre y los educaré comotienequeser y pondré cada cosa
en su sitio, ¿me has entendido? ¿O es que te crees que a
mí no me gustaba ... no sé... “volar”? Pues claro, hijo mío,
pues claro, como a todo el mundo. Yo, por ejemplo,
pintaba muy bien, que sacaba siempre matrícula en
Plástica. Pero ahí se plantó mi padre, como debe ser, y me
paró los pies y, antes del Bup me puso a trabajar, mira
hija, “los hermanitos tienen que estudiar una carrera y así
echas una mano”. Y me enseñó a ver la vida cara a cara y
a decirle aquí estoy yo, y bueno, ya sé que gano una
miseria, pero algo es algo, y al fin y al cabo fregar
escaleras tan poco está tan mal... ¿No? (Da varias caladas
seguidas, ansiosa, apurando el final del cigarrillo. Mira
hacia su marido.) Qué barbaridad, hijo, ala, tú a lo tuyo, a
soñar, que es lo tuyo, que yo me iré a trabajar. Si no
estás durmiendo, que lo sé. Cinco minutos. Te haces el
dormido. Si lo sabré yo.
(Pausa. Se enciende otro cigarrillo.)
¿Cuánto tiempo hace que no traes nada a casa? ¿Tres
meses? El artículo que te publicaron en el periódico ¿te
acuerdas? ¿Cuánto? Sesenta euros. Lo que me dan por
seis escaleras tú te lo ganas en un par de páginas. Fíjate
qué fácil lo tendrías si te pusieras manos a la obra. Lo que
pasa es que yo limpio escaleras todos los días y tú
escribes un artículo de uvas a peras. Constancia, eso es lo
que te falta, porque vago, lo que se dice vago, que yo
sepa, nunca has sido. Pero constancia, nene, eso sí que
nanay y hay que tener constancia si quieres ser algo en
este mundo de locos, hay que tener cons-tan-cia. El
marido de Trini, por ejemplo, es fontanero y se forra. De
una chapuza a otra. No tiene estudios y qué, es constante.
Y casi todo en negro. No tiene talento, eso que desde que
eras pequeño dicen que te sobraba. Pues para lo que te
ha servido, hijo mío... A veces le digo, hija, Trini, no sé qué
haces con el mocho. Y ella me dice: un sueldo más. Ahí
está, ahí está. Un sueldo más. Y no un sueldo menos con
tanto talento. Así que llega el verano y se van de
vacaciones y lee el código da vinci y todo. Somos lo que
tenemos, nene, lo que tenemos. ¿Me quieres decir qué
tienes tú salvo ese montón de libros, que un día los
quemo todos?
(Pausa.)
Y ésa es otra. Cuando me preguntan ¿y tu marido, qué
hace? Yo, hijo, qué quieres que te diga, ya no sé qué
contestar. Al principio decía: escritor. Pero si me
preguntaban qué escribías, pues yo respondía: novelas, y
después venía lo peor, lo de decir algún título y ahí me
habían pillado, a ver qué me inventaba, me entraban unos
sudores, hijo, que eso de inventar no es lo mío, lo tuyo sí,
así que se me notaba demasiado y me entraban ganas de
decir la verdad: mi marido es un inútil, un “intelectual”
que está escribiendo, según él, la novela de su vida, que
será un novelón, digo yo, aunque todavía no sé ni cómo
se llama, si es que se va a llamar de alguna forma. Ni El
Quijote, hijo, ni el Quijote, ahora que se ha vuelto a poner
de moda. En fin... Todos los días la misma canción. ( Se
levanta. Se quita el batín, lo deja donde puede. Apaga el
cigarrillo.)
A ver si hay suerte y te ofrecen hoy algo interesante... y
bajas de las nubes, hijo mío, que no sé como no te mareas
con tanta altura... Y si arreglas un poco la habitación,
mejor, que a mí ya no me da tiempo.
(Pausa. Mira de nuevo. Algo le sorprende.)
¡El café! ¿Te levantas o qué? ¿Te quieres levantar de una
puta vez? (Empieza a inquietarse.)
¡El café! ¡Nene, el café!
(Sale. Se oye un golpe, el sonido de un cuerpo cayendo al
suelo. ELLA vuelve, desencajada, lleva el frasco de
píldoras.
Está vacío, lo vuelca sobre la mesa para comprobarlo...
Se pone una última taza. Mira hacia donde se supone
yace el cuerpo de su marido. Da un sorbo.)
Te lo dije.
(Pausa. Mira hacia al frente.)
El café ya está frío.
(Y pierde su mirada hacia algún punto situado,
posiblemente, en el infinito. Oscuro gradual. Fin.)

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