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teatro universitario

DE ALICANTE
PRESENTA

MIGUEL ESTEVE

en

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ADAPTACIÓN DE LA NOVELA “EL ESTRANGULADOR”
DE MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN
dirección: Juanluis Mira

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PUNTO Y FINAL.

En el centro del escenario, el actor,que bajo la piel de Albert Desalvo, interpretará


a todos los personajes

J. Seisdedos: Hola, soy Juanito Seisdedos y sí, yo lo conocí, sí, al estrangulador,


lo conocí de pequeño, éramos amigos, bueno... yo nunca le
consideré mi amigo, supongo que él a mi tampoco, aunque sentía
por él algo parecido al afecto. Yo le daba nueces, cada vez que
sacaba algo en las partidas de ruleta “subvencionadas” por mi
abuela o por la puta de mi madre, y le dejaba andar conmigo cuando
no me metían en el reformatorio, pero nada más. Joder, era un tío
raro, muy raro, estaba obsesionado con la teta derecha de su
vecina, ¿cómo se llamaba?, joder, no me acuerdo, que más da, yo
en mi puta vida me había fijado en ella, recuerdo que cuando me lo
contó estudié a la muchacha, así, ¿no?, de arriba abajo, con ese
repaso de cinco segundos que los machos de verdad necesitamos,
ni más ni menos, cinco, así, para dar un veredicto. Le digo: si no
fuera porque me esperan en el orfanato, yo a ésa me la tiro...

Albert: ... y por eso lo mate. Buenas noches, me llamo Albert Desalvo, y soy
el estrangulador de Boston, de la raza de los mejores
estranguladores de Boston. Si lo desean, pueden llamarme Boston,
a secas. Expediente penitenciario 1988/712. Mi existencia se ha
hecho universalmente famosa a causa de una desdichada película
titulada precisamente El estrangulador de Boston. Nada más lejos de
la realidad, no niego que la película se ve con interés, el Toni Curtis
hace el papel de su vida y yo mismo la he visto docenas de veces

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antes de que me ingresaran en este hospital penitenciario donde
cumplo condena al parecer por esquizofrenia, porque en otra
culpabilidad no creen los psiquiatras. Yo insisto en demostrarles que
soy el estrangulador de Boston, el auténtico, el más, el genuíno, el
mejor estrangulador de Boston que ha parido este mundo de locos,
pero ellos se encierran en círculos concéntricos de la cultura
psiquiátrica suponiéndome un caso clínico, nunca un asesino y
amenazándome con la lobotomía a diario. Por eso estoy aquí, ahora,
contando una vez más mi historia, bueno, ustedes ya lo saben, qué
les voy a contar: Veo los caretos de siempre y algunos nuevos, y
algunas mujeres que se incorporan al circo nuestro de cada día,
bienvenidas... Vd. es nuevo, ¿verdad? ... ¿Y Vd., señorita, qué hace
una chica como vd., tan guapa, en un sitio como éste? ¿No le doy
miedo? Eso es porque es la primera vez que me escucha. ¿Hay
entre Vds. algún paciente, algún loco como yo, o todos son
facultativos, eminentes psiquiatras, residentes en prácticas,
estudiantes... Perdonen si no los diferencio. Lo saben igual que yo:
vayan a un psiquiátrico y jueguen a ver quién es el enfermo y
quién su médico. Me juego la lobotomía a que no aciertan. Pongan
el telediario: a más de un presentador, a sueldo, claro, le quitan la
camisa de fuerza sólo para que lea las noticias, después se la
vuelven a poner y lo vuelven a ingresar. Pues eso: ustedes, y usted
especialmente, ya sabe a quién me refiero, no mire para otra parte,
va y me dice: o largas y sirves para algo, o la lobotomía... elige. Y
yo, que igual tengo alguna neurona desquiciada, como todo el
mundo -que levante la mano el imbécil que no la tiene- digo, yo,
puedo estar loco pero no soy gilipollas, pues respondo: vale, cuento
mi historia clínica, una vez y las que hagan falta, para que tome nota
la humanidad, la comunidad científica, algún pardillo residente
recién salido de la facultad y hasta el papa si le sale de la sotana...

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Espero, eso sí, que sepan taquigrafía o que lleven grabadoras,
porque no pienso pararme a repetir ni una palabra, que ya está bien,
hombre. Me repito más que el alioli y eso carga el aliento. Bastante
afortunados son ya, al tener la posibilidad de escucharme a mí, en
vez de a esa recua de brujos, y relatarles lo que ha sido mi brillante,
pecando de inmodestia, andadura en al camino de los
estranguladores de Boston. ¿O no me van a decir que prefieren
asistir a una conferencia sobre los avances de la neurocirugía en la
China de Mao, a las morbosas explicaciones de cada uno de mis
deguellos? Y por si fuera poco, los que me vieron cuando empecé
con los primeros bolos y los que me vean ahora notarán una
diferencia: se han empeñado en que apoye mi charla con imágenes.
Ilustran mis demonios, dicen. Terminará acompañándome un
pianista. Tiempo al tiempo. En fin, todo sea por el espectáculo.

Por dónde empiezo, por el principio, siempre por el principio, mi


principio es el fin, siempre hay, ¿o hubo? una primera vez, pero el
cerebro se me vuelve papilla cuando trato de recordarla. Alma, se
llamaba Alma, Juanito Seisdedos, Alma, mi tierna vecina Alma, la
muchacha dorada por excelencia a la que degollé con un cuchillo
japonés. (Diapositiva del cuchillo manchado de sangre en una bolsa
de pruebas)
(Canta: recuerdo aquella vez,
cuando te concocí,
recuerdo aquellos pechos
pero no me acuerdo de cuando te vi...
pero sí te diré
que yo me enamoré
de ver tu lindo seno
tan derecho y lleno
que no olvidaré...
OYE ESTA CANCION QUE LLEVA,

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ALMA, CORAZÓN Y VIDA
ESTAS TRES COSITAS NADA MÁS TE DOY...
AUNQUE NO TENGO FORTUNA
ESTAS DOS COSAS TE OFREZCO,
ALMA, CORAZÓN Y VIDA,
Y NADA MÁS...
ALMA, PARA CONSUISTARTE,
CORAZÓN, PARA QUERERTE
Y VIDA PARA VIVIRLA JUNTO A MÍ...
ALMA, VOY A DEGOLLARTE,
CORAZÓN PARA QUERERTE
Y VIDA, HASTA QUE YO LE PONGA FIN...)
Esta canción la compuse para ella y algún desalmado me la plagió
cambiando un par de versos. Pero qué es la vida sino un mal plagio
donde sólo triunfan los que plagian con un bufete de abogados
detrás...
En mi expediente penitenciario (1988/172) el ajusticiamiento de Alma
figura bajo el despectivo título: Sobre el crimen improbable y gratuito.
Improbables, según los psiquiatras, psicoanalistas y demás ralea, lo
son todos mis ajusticiamientos. Gratuito es un adjetivo que ningún
crimen mío se merece, porque suelo prepararlos durante décadas,
como el de Alma, desde mi obsesión de voyeur de aquella mujer
dotada con el don de la inocencia. En mi archivo secreto el caso de
Alma figura bajo el título de Asesinato de Danae, pese a que cuando
conocí a Alma, nada sabía del personaje del cuadro de Klimt,
(Diapositiva 2) y de que Alma, estuviera lejos de ser una
masturbadora más de este pintor... Vean si no... con qué sutileza
hace arte de una paja “digital”. Tampoco conocía las relaciones entre
la futura Alma Mahler y Klimt, para el que posaría en Judith, Palas
Atenea y quizás El beso. No, mi Alma diosa era mi culto secreto
dedicado a uno de sus pechos, como recogí en la canción, un
prodigio de armonía que amputé y conservo en formol enterrado en

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el parque del Luxemburgo de Paris y que no pienso desvelar, por ahí
no paso, por mil lobotomías con que me amenacen, que un
estrangulador, señores míos –y señoras- tiene sus principios.
Klimt, Danae...(Sonríe) ¿Se puede ser un intelectual como yo,
siendo un simple fontanero, como yo? Mis digresiones cultas
siempre han puesto nerviosos a mis psiquiatras penitenciarios, que
se jodan si no lo entienden. Resulta curioso que cada vez que ponen
en duda mi nivel cultural, y lo ponen porque lo demuestro, suelen
traerme el Diccionario de Boston en 10 tomos y me preguntan si lo
reconozco. ¿No lo voy a conocer si lo he escrito yo?
Psiquiatras, psicólogos, psicoanalistas... he llegado a ser tan experto
en locuras como el pobre Caryl Chessman, ¿se acuerdan?, aquél
empeñado en librarse de la silla eléctrica. Cuanto más les molesta a
mis brujos, algunos aquí presentes, con la boca abierta, aquel
empieza a dar cabezadas, lógico –se estará cansando de oírme
contar siempre lo mismo- digo, cuanto más les incordia mi cultura
neoclásica y posmoderna más alardeo de ella. ¿Sabían ustedes que
en un principio me catalogaron de paranoico? La paranoia está tan
extendida y vulgarizada que yo por paranoico no paso, faltaría más.
O esquizofrénico o nada. Pero debo de ser algo más que un
esquizofrénico, puesto que cumplo cadena perpetua, y todavía está
mal visto condenar a alguien a cadena perpetua por ser
esquizofrénico. ¿O no, señores míos –y señoras, señoritas?
El prestigioso neuropsiquiatra Laing vino a verme a principio de los
setenta, le dediqué un show catatónico (tercer grado de
esquizofrenia, la catatónica, la más divertida por que da
espectáculo)
BOSTON, SE FINGE CATATÓNICO.
y se puso muy incomodo, empezó diciéndome...
¿Por cierto, por qué todos los psiquiatras del mundo hablan como el
maestro de psicólogos, Jorge Edward Valdano?

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Psiquiatra: A usted lo que le pasa, este, es que le han encerrado en una
metáfora médica, este, la locura, ¿oíste? A través de esa metáfora la
persona se convierte en paciente, un receptor pasivo que acaba
despersonalizándose, aunque el psiquiatra que le atiende también
paga el precio de despersonalizarse. Finalmente psiquiatra y
paciente son dos falsos locos descontextualizados... ¿oíste?

Albert: Aquello sí que me puso catatónico perdido, y se acabo la metáfora.


Mucha anti-psiquiatría pero en cuanto te haces el loco llaman a los
loqueros. Malditos brujos, ni siquiera me dejan ni recordar en paz, a
mis espaldas van diciendo que los míos son “recuerdos
alusinatorios,che”. No les gusta que la gente tenga memoria por su
cuenta si ellos no la gradúan por medio del electroshock, el pentotal
o la lobotomía. Esta gentuza sólo ama los recuerdos enquistados y
a poder ser malignos. Son escoria. Me quitaron todas las
reproducciones de Klimt con las que cubría las paredes de mi celda.
Me hacían daño. Qué sabrán ellos de lo que es hacer daño de
verdad.
No son muy expertos en arte, aunque Klimt sea un filón para
cualquier psiquiatra, era un geómetra orgásmico, es decir un gran
masturbador, como los mejores estranguladores y Danae fue el
cuadro más provocador del pintor porque representaba el éxtasis del
orgasmo en plena masturbación, señalizado por el polvo de oro que
sale del sexo de la muchacha (Diapositiva 3 detalle del cuadro)
Mi insistencia por Klimt hizo que uno de esos psiquiatras, William
Dieterle, auscultara la obra del pintor vienés para estudiarme, y
llegará a varias “curiosas conclusiones”

Psiquiatra: Usted tiene alma de padre de familia con ensoñaciones erótico-


trágicas, como Klimt...

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Albert: ¿Un padre de familia yo, que maté a mis tres hijos para librarme del
pringue desidentificador de la paternidad?... Dieterle públicó un
montón de ponencias sobre mi patología, llegó a comprarse un
jaguar a mi costa...
(DIAPOSITIVA 4: UN JÁGUAR, FELINO)
Este técnico cada día es más tonto, me refiero a un descapotable...
(DIAPOSITIVA 5: UN DESCAPOTABLE)
Después resultará que soy yo el que está mal de la cazuela.
Al fantasma del pisquiatra le inquieté, me consta, hasta que acabé
con su vida. Se creía un genio porque al principio me acosaba con la
pregunta...

Psiquiatra: ¿Qué sintió la primera vez que se autorreconoció como un


estrangulador?

Albert: A pesar de todo no era mala pregunta, pero para respondérsela a


ustedes (a él nunca se la respondí) debemos volver al principio, a
Danae, a Alma. Ya les he revelado la fascinación que sentía por el
pecho derecho de Alma, aunque no solo recuerdo eso, de Alma lo
recuerdo todo...
Partera: Que curvitas tiene. Fíjense en la curvita de la cintura, entre la
espalda y el culo forman una ese...

Albert: Presentía la vieja partera que el cuerpecito de Alma crecería


armonioso, bajo la atenta mirada de sus cinco hermanos varones.
(DIAPOSITIVA 5: CINCO TÍOS CON LOS OJOS SALIDOS COMO
PLATOS...)
Poco a poco Alma entendió, pasados los años, el código de miradas
que le rozaban los pechos, y se miró desnuda en el espejo. Ya
entonces supo que crecían con voluntad desigual. El izquierdo era
un cerillo tenso,
(DIAPOSITIVA 6: UN PECHO INSIGNIFICANTE)

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y en cambio el derecho crecía en dirección a las mejores estrellas,
con la punta impertinente y conquistadora.
(DIAPOSITIVA 7: UN PECHO MARAVILLOSO Y ENHIESTO).
Desde esa noche, la del descubrimiento, le quedó la costumbre y la
frecuencia cotidiana de acariciarse el pecho derecho. Puedo decir
que de Alma, vista desde la perspectiva de mi balcón, tan propicio
para asomarse a sus pechos, salía un aura dorada.
Se empeñan en preguntarme si en primeras ensoñaciones de Alma
ya me dolía la cabeza y yo les digo que sí, que me dolía la cabeza
de la polla de tanto como la meneaba ante la visión del pecho
derecho de Alma.
No, no me dolía la cabeza, nunca supe lo que era un dolor de
cabeza hasta que me vi convocado por el asesinato del frigidaire,
(Diapositiva 8, un frigorífico) que yo hubiera titulado El suicidio
involuntario de la contorsionista, porque Margarita von Rössli había
sido contorsionista de joven. Nunca me he tomado la molestia de
desvelarme ni de desvelar a los demás la razón por la que la colgué
después de haberla forzado a que se congelara en un frigorífico,
sería porque cada vez que nos mirábamos en presencia de la foto
de su marido muerto me daba dolor de cabeza y tenía que pedirle
una aspirina, o un gelocatil. Y esa ha sido toda mi relación con el
dolor de cabeza y con las pastillas, a pesar de lo piensen estos
psicoanalistas corrompidos por la industria farmacéutica, que cobran
comisión por las pastillas, por los divanes y por todas las sillas
eléctricas que utilizan, aunque tampoco quiero insistir demasiado
ahora en lo que he sostenido en presencia de estos sinvergüenzas.
Y eso que le dije muy claro lo que pensaba al respecto a ese
psiquiatra argentino al que, repito, tuve que ajusticiar.(Diapositiva 9:
muerto argentino, con la camiseta de fútbol)
Este había presentado una ponencia sobre mi caso titulada El falso
estrangulador de Boston: ¿Una fabulación enciclopedista? Le
pregunté sobre tan estrambótica denominación...

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Psiquiatra: Vd. Señor Cerrato...

Albert: ... se niegan sistemáticamente a llamarme DeSalvo para


desidentificarme, en el empeño de que yo no soy el que soy...

Psiquiatra: ... es un caso atípico que puede convertirse en un tipo característico


que yo propongo sea llamado “enciclopedista”. ¿Por qué
precisamente enciclopedista, se preguntará?

Albert: ...yo no me preguntaba nada, y menos a él...

Psiquiatra: Pues porque Vd. es un sabio polimórfico. Vd. sabe... ¡tanto! Cerrato.
¡Tanto!
Albert: ¡Que sabrá esa gente si ni han matado ni se han muerto! No como
yo. En esta vida he matado mucho y bien. Impropiamente se me
llama El estrangulador de Boston, aunque crímenes por
estrangulamiento solo haya cometido tres y los treinta y cuatro
restantes hayan requerido el más variado instrumental, sin desdeñar
la alquimia letal clásica del arsénico o esa maravillosa mistificación
que es el curare y la cerbatana con el que llegué a ser tan diestro
que desde niño tuve que contener el impulso de asesinar a varios de
mis vecinos –nunca Alma- recordando un sabio consejo de mi
madre...
(DIAPOSITIVA 10: LA MADRE.)

Madre: Si alguna vez has de hacer algo malo, que sea lejos de tu casa

Albert: Por eso, nunca he matado a nadie situado a una distancia inferior a
siete kilómetros de mi residencia habitual, y si escogí el número
siete fue porque el siete es el número cabalístico: siete son los dias
de la semana, las ramas del árbol cósmico, los grados de perfección,

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los pétalos de la rosa... los conjuntos más perfectos de la Creación ,
incluidos los siete magníficos y los enanitos.
(DIAPOSITIVA 11: LOS SIETE ENANITOS JUNTO A
BLANCANIEVES CON CARA DE MIGUEL...)

Hipócrates: El número siete, por sus virtudes escondidas, mantiene todas las
cosas en el ser, dispensa vida y movimiento e influye hasta en los
seres celestiales.
Albert: Si Hipócrates lo dijo por algo sería y yo siempre he sido muy
respetuoso con la cultura clásica.
¿Puede tener cultura clásica un chapuzas que arregla las cañerías
averiadas de alguna dama necesitada? Sí, se lo aseguro. Y si no
que se lo pregunten a la ya mentada Margarita Von Rissly, la
contorsionista, bueno, qué digo, que se lo hubieran preguntado,
ahora ya es un poco tarde... Por cierto, se parecía a Vd., señorita...
Margarita me llamó para que le arreglara su frigorífico. Su frigorífico
tenía nombre, lo llamaba cariñosamente Asdrúbal – un nombre por
una parte tan clásico y por otra tan de petardo gigoló –
(DIAPOSITIVA 12:UN FRIGORÍFICO)
y sentía por él una extraña veneración que me sacaba de quicio...
Margarita: Mira a ver qué le pasa, me tiene preocupada, ronronea,
tartamudea... desde hace días no levanta cabeza ...
Albert: Al mismo tiempo, su tristeza crecía recordando la ausencia de su
marido... con su foto omnipresente...
Margarita: siempre besaba por donde yo pisaba...
Albert: Osea: en la jerga fontanera: me estaba pidiendo caña que no es
igual que cañería y, en el código fontanero la primera ley dicta:
auxiliar al necesitado. Fue pasarle la mano por el lomo, se le
desatascaron las bragas, se le desembozaron sus quejas y
empezaron sus quejidos mientras iba desprendiéndose
aceleradamente de la poca ropa que llevaba... Tenía el cuerpo
perfecto para hacer el amor de pie. Puedo asegurar que jamás he

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vivido con tanta comodidad acoplamiento teóricamente tan
incómodo. Y es que Margarita no era una mujer, era un reptil,
húmedo y cariñoso, que se me enroscó como una serpiente. Su
experiencia como antigua contorsionista le convertía en una amante
vertical de primera. Y mientras se restregaba en su númerito
circense me proponía la muy guarra alguno de sus juegos eróticos
que practicaba con su marido, en su particular menage a trois con
Asdrúbal:
(DIAPOSITIVA: CUBITERA CON CUBITOS)
Margarita: ¿por qué no me pásas los cubitos de hielo de Asdrúbal por los
pezones y después me los metes por... donde tú sabes...? Como
hacía mi marido, él sí que sabía sarcarle partido al frigorífico...
Y su marido nos miraba en blanco y negro, con una cara de mala
hostia...
(***CARETO DEL MARIDO)
Perdona que te lo diga, pero era un hombre de los que ya no hay...
(***DIAPOSITIVA DE SU MARIDO: UN CULTURISTA, POR
EJEMPLO)
Albert: Asdrúbal y su marido... qué maravilla de relación... y entonces qué
pintaba yo. Todo aquello me tocaba las pelotas más de la cuenta y
fue como una señal para que me fuera a por mi caja de
herramientas, a por un cable que, dadas las circunstancias y mi
oficio, me parecía lo más adecuado; ella se me colgó del cuello y no
me soltaba ni así le matara... hasta que se le ocurrió utilizar a
Asdrúbal de una forma insospechada. Se desenroscó y abrió el
frigorífico. Como buen fontanero le dije que así se gastaba energía
inúltilmente e, incluso, se podía estropear. Pero ella estaba más
allá de todo ultilitarismo: retiró de un manotazo un par de yogures
desnatados y un bote de catchup, arrancó las repisas de la parte
baja y se fue acurrucando haciéndose un ovillo con un vituosismo
que más quisieran las chinas del circo del sol: la cara entre los
sobacos, parecía una pelota que me miraba con ojos lascivos:

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Margarita: Cierra la puerta, ¿vale? , y luego, cuando esté bien fresquita, me
sacas y me follas... ¿Vale?
Albert: Como lo cuento. ¿Vale?. Pues vale. Me hizo cambiar de plan. Olvidé
el cablecito y cerré de un portazo el “frigidaire”, como ella llamaba
“sensualmente” a Asdrúbal. Pasaron los minutos. Más de la cuenta,
hasta que ella se quedó helada de verdad al ver que ni yo le abría
ni dejaba que ella abriera desde dentro. Así lo había decidido ella
misma, sin querer: meterse directamente en un nicho blanco.Primero
daba golpes fuertes y decía:
¡Que ya estoy fresquita, papito!
Al cabo de unos minutos sus golpes eran más débiles:
¡Ten-go frí- o!
Al final, debía de estar tan rígida que ya no golpeaba, sólo decía,
tiritanto:
¡caaaa--- bróooon!
Cuando abrí, al cabo de dos horas, Margarita apareció con una
graciosa postura de bailarina oriental en cuclillas y unos ojos
enormes y aterrados. Como los de una merluza congelada. El coño
se le había hundido y parecía un segundo ombligo. La saqué: era un
bloque, me recordó más bien a una sepia gigante, hecha de sal, y al
volver a cerrar la puerta Asdrúbal se estremeció y volvió a
tartamudear, apenado, como un frigorífico huérfano. Estrangulé el
cadáver con el peor humor porque no hay nada menos gratificante
que estrangular a un fiambre congelado y cuando me disponía a
salir de la cocina volví a oír al frigorífico. No sabía bien qué me
quería decir pero, por si acaso, fui y le pegué una patada en los
cajones. Entonces Asdrúbal enmudeció, por fin. Respiré con la
satisfación de un profesional que había cumplido con su deber:
El frigorífico había sido reparado.

El profesor Dotras: (CANTANDO, COMO UN ANCIANO...)


(Diapositiva: autobús del imserso)

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Yo la quiero pu... yo la quiero pu...
yo la quiero pura y hermosa como una rosa
para que mi pi... para que mi pi...
para que mi pícara mano
le toque las te... le toque las te...
le toque las teclas del piano...

Albert: Así cantaba el viejo Dotras, mi odiado profesor de Arte del High
School de Enseñanzas Medias, en el autobús del Imserso and
Company rumbo a Newsport donde le esperaba una supuesta villa
Art Déco, su gran pasión. Cuando hablábamos del tema no paraba
de hacer comentarios vejatorios hacia el arte español y
especialmente al catalán. “Todo el arte catalán está lleno de pan con
tomate. Miró es una propuesta de pan con tomate y huevos fritos;
Dalí, un mero cartelista que manchaba sus obras de pan con tomate
por todos los sitios, ¿Tapies?, pan con tomate y cicatrices de
neumotórax. Ya no era la cuestión catalana, desde mi atalaya
bostoniana, realmente no sé muy bien dónde para este escondido
¿país?, no, era algo más profundo: su ignorancia pedante me podía.
Por eso yo también era una de los anciano que coreaban aquello
de “yo la quiero pu...” rumbo a Newsport. Me hice pasar por mi
padre, me caractericé tan bien que ni mi madre nos hubiera
distinguido. LLevaba, además, su documentación. Porque había
decidido matar al Sr. Dotrás después, naturalmente, de haber
acabado con mi padre. Y mi madre. Bueno...
Disculpen si salto de una muerte a otra pero, créanme, cuando uno
tiene en la cabeza, y en sus manos, tanto asesinato, le es muy difícil
no ir de Herodes a Pilatos, buenos estranguladores también, por
cierto.
¿Por dónde iba? Por mis padres. Bueno, aquello fue más bien un
suicidio y fue la culminación de un complejo de Edipo radical que
me llevó a matar a mi padre y a mi madre de una sola tacada: dos en

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uno, y además, sin ganas. Admito que por aquella época me
encontraba algo depre dándole vueltas a cómo cargarme a mis
progenitores. Al final di con la solución. Fue una puesta en escena
melodramática pero eficaz. Mis padres sufrían en silencio las
derrotas de su hijo único. Había perdido los últimos trabajos,
abandoné mi forma de vestir, llena de lamparones, y me dejé una
media barba que rayaba en lo patético. Un día, por si fuera poco,
vacié mis dudas sobre la fidelidad de mi mujer, Asunción: el 88% de
sus amantes son eyaculadores precoces y ella, sin embargo, al
parecer los prefiere a mí. Lo de la nuera promiscua se lo esperaban,
no tanto lo de su masoquismo sexual teniendo en casa un semental
de primera como yo. Me puse a llorar varias veces ante su presencia
y finalmente, una noche antes de irme a dormir les miré a los ojos,
así, y les dije:
la vida no tiene sentido para mí, me habéis educado para la victoria
y no hago más que ir de derrota en derrota...
Entonces mi padre exclamó:
Si la vida no tiene sentido para ti, tampoco lo tiene para nosotros...
Tú has dado sentido a nuestras vidas...
Y mi madre añadió:
Tienes razón, Manolo, siempre hemos sido un matrimonio de tres,
recuerda nuestra canción:
“-porque tú y yo, somos tres, somos la vida del revés...”
Tú, yo y el nene... ¿recuerdas?
Me voy a suicidar. Les digo.
“Ah, pues nosotros también”, respondió mi madre, a lo que mi padre
apostilló:
“hace tiempo que lo vengo diciendo” –a mi padre siempre le gustaba
presumir de haber pensado cualquier cosa antes que los demás.
Y mi madre, con esa decisión que sólo tienen las madres de verdad,
se quitó el delantal, nos sentó a la mesa de la cocina,cerró las

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puertas, abrió la llave del gas y se acomodó entre sus dos hombres.
Me miraba tiernamente:
“Qué bonita sonrisa, siempre has tenido una sonrisa pálida que ha
enamorado a todo el mundo...”
Mi padre se contenía para no levantarse y salir huyendo, pero al fin
pudo más el atontamiento y el sentido del deber de un patriarca
orgulloso de serlo. Sin apenas poder hablar me preguntó:
“Nene, qué habrá más allá...”
Y yo le recité el final de aquellos versos esperanzadores que
dicen:
“y ellos te darán a beber de aquella fuente divina
y luego ya reinarás junto a los demás héroes...”
Qué bonito, qué bonito... decía mi madre desde el medio colocón
que le empezaba a hacer volar... y, después, cambiando de tema,
preguntó:
¿qué va a pasar con todo lo que tengo en la nevera. Ayer hice la
compra de la semana...?
Y mi padre preguntó:
Qué hora es...
Entonces se desplomó sobre la mesa. Mi madre hizo lo mismo un
minuto después sin dejar de mirar el frigorífico. Un segundo más
tarde salía tranquilamente de la cocina, que volví a cerrar, para
dejarles que terminaran de suicidarse en paz.
Los psiquiatras concluyen que los maté porque...
“ellos querían castrarte, che”
Una vez más, se equivocan. Los maté por geometría. Ellos eran un
vértice, el más alto, que no podían sobrevivirme, como tampoco
podrían sobrevivirme mis hijos, el vértice bajo, a los que,
naturalmente, tuve que matar también.
La geometría manda, señores...
Y para geometría la de la verja de la mansión Déco.

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Vuelvo a él. El viejo profesor Dotras dejó al resto de excursionistas
de la tercera edad- yo la quiero pu...- dando un paseo por la ciudad
y, nada más pisar tierra, se dirigió hacia su único objetivo. Yo fui su
único acompañante. Disfrazado de mi padre, apenas podía seguir
sus pasos, tanta prisa tenía por plantarse ante aquella casa, en cuyo
alrededor un arquitecto remendón había dispuesto una verja a lo
palacio de Buchingham. Algo cegato, Dotrás me expresó su deseo
de encaramarse para poder ver mejor la esencia artística de aquel
edificio. Me ofrecí para alzarle, naturalmente, entonces él me dedicó
la misma mirada burlona con la que me humillaba en clase, así, y me
dijo:
“Si es Vd. Popeye no le he visto comer espinacas, amigo...”
No le dio tiempo a sorprenderse. Lo encaré hacia la verja, lo tomé
por los codos y lo alcé como un pajarillo hasta que sobrepasó lo
suficiente la punta de las lanzas, después, simplemente, ante su
mirada en la que había cambiado la burla por una mueca de
incredulidad, lo dejé caer por su propio peso empalándolo como un
pincho moruno sobre la verja. Se contorsionó sin demasiada
convicción pero pudo ver durante un par de segundos, desde lo
más alto, la mansión decó, antes de que sus ojos, abiertos como una
diana, ya no vieran nada. Si acaso, la muerte acompañada de una
rebanada de pan con tomate.
Volví tranquilamente con mis compañeros de expedición, que se
preguntaban sobre el paradero de nuestro querido profesor y yo
compartí con ellos la preocupación, con la tranquilidad de saber que
tenía la mejor coartada del mundo, a esa misma hora estaba dando
una conferencia en la universidad de Yale sobre “la sociedad muda
de los votantes y el misionerismo dirigista de los partidos”. Ya saben
que Dieterle, el psiquiatra boludo, se mostró siempre escéptico ante
mi crimen art déco, pero no por el asesinato en sí, sino por el hecho
de que yo diera la conferencia, de memoria, casi al mismo tiempo. Ni
qué decir tiene que al psiquiatra le corté el cuello con una cuchilla

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de bricolage, por desconfiado. Con lo sencillo que hubiera sido
preguntar a algunos de los asistentes a tan brillante acto, entre ellos,
por cierto, un grupo de jesuítas vascos entusiasmados por mi
erudición. Ellos le hubieran sacado de todas sus dudas.
No todas las muertes, sin embargo, me produjeron la misma
satisfacción. En especial, una de ellas incluso me dejó un regusto
amargo, como la que produce el bronce en una carrera de maratón.
Precisamente fue durante las Olimpiadas de Boston 92. Resultó que
el azar quiso que me tropezara con la misionera laica del Congreso
Eucarístico, ahora ejerciendo de voluntaria.
(*** TERESA DE CALCULTA)
Algo me revolvia las tripas sin saber bien por qué. Por eso,
aprovechando que nos habíamos quedado solos mientras ella
intentaba recordar quién era yo:
“me suena mucho su cara, jovencito...”
¿No será Vd. el recordman mundial de jabalina?
No.
¡Ah, ya...! ¡el Príncipe de Boston...!
¿Yo, un republicano visceral, confundido con el monarca de todos
los estados de la unión?...
¡Ya caigo...!
Pues eso: antes de que se diera el batacazo ella solita me dio
tiempo a cometer el crimen más ecológico de todo mi repertorio: la
rocié con gasolina sin plomo mientral ella seguía barajando dudas y
la incendié con una antorcha olímpica de juguete. Recuerdo que
sonaba por megafonía la voz chillona de Aretha Franklin,
acompañada de La voz divina de la Voz, cantando aquello de
(Canta.) ¡Booooston! ¡Boston!
(*** MONTSERRAT CABALLÉ, PINTADA DE NEGRO. FRANK
SINATRA CON PEIRCING.)
Y me consolaba la presunción clásica de que es feliz el que muere
antes de llamar a la muerte. Es preferible que te maten a desear

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morirte. Eso parecía decirme aquella anciana mientras se le
chamuscaba hasta el moño.

Relatar mis treinta y cuatro asesinatos, uno a uno, necesitaría


varias sesiones como ésta y no veo en las caras de Vds. demasiado
entusiasmo. Sé que están acostumbrados a las atrocidades que les
muestra la tele y la prensa canalla constantemente y que los
asesinatos y torturas más delirantes son rociados con gasolina con
plomo cosecha Irak 2003, y sin embargo ni al Sr. Bush ni a sus
primos azores han pensado nunca en hacerles una lobotomía como
a mí, mucho menos peligroso que ellos, dónde va a parar.
Sé también que durante estos años de reclusión han pasado por el
Centro mucha gente que formaba parte del vasto, con uve,
inventario de mis víctimas. Los únicos que no me hicieron una visita
fueron, curiosamente, mis padres y mi vecina.
Maria Asunción, mi mujer, estaba llena de arrugas a pesar de contar
sólo con un par de años más que yo. Me traía en un táper tortilla de
patata típica tejana y estaba obsesionada con mostrarme sus pechos
para que viera que ninguno de los dos destacaba sobre el otro. Al
viejo profesor Dotras me lo trajeron casi moribundo, en una
ambulancia, me miró, sentado en una silla de ruedas, y me dijo:
¡Muy bonito, Cerrato, muy bonito... ¡Así devuelve Vd. los sacrificios
de sus padres para darle una educación en un colegio dse pago,
estrangulándolos como un loco! Intenté practicarle la eutanasia con
mis manos y que se fuera al otro mundo, que es por lo que me
gritaba, pero mi mujer acudió en auxilio de un segurata y entre todos
impidieron que ahogara a aquel trasnochado especialista en art
decó. Mis careos que ocuparon la instrucción de mi sumario fueron
interminables. Por el locutorio pasó la contorsionista congelada,
empeñada en demostrarme que la única intimidad que compartimos
no pasó de la lectura de unos versos del clásico Asdrúbal. Ja. Para
mi vergüenza hasta me trajeron a una puta que yo había

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mencionado en mi delirio. Empezaba a quedarse calva y le faltaban
los dientes de aquí. Haría daño al mamarla, pensé. La pobre estaba
en las ruinas desde la reforma urbana de Boston con motivo de los
juegos olímpicos, que había significado el derrumbe del famoso
barrio de las putas. Aquella vieja era toda una profesional, me
llamaba pichacorta y cada visita era un atraco a mano armada,
porque cobraba al erario público su silencio y sus blasfemias hacia
mi persona como si fuera un servicio todo incluido.
La madre Teresa de Calcuta del olimpismo pasó también delante de
mis narices, decía no recordarme y no paraba de cantarme
“Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señoooor...”.
Ahora colabora con los Quicos y Médicos sin fronteras.
Mis estrangulados desestrangulados. Me miraban cómo un bicho.
Estaban muertos pero a los ojos de todos habían resucitado. Eran
fantasmas de carne y hueso y mentiras. Así que estaba esperando
que se marcharan para pasar por la barbería, donde otro recluso
llamado Seisdedos, me afeitaba con delicadeza mientras
charlábamos de las miserias de esta vida.
Curioso, insisto, que los únicos personajes que nunca hayan pasado
por los locutorios comunes o el de jueces hayan sido mis padres y la
vecina del piso de arriba. Como si quisieran decirme que ellos son,
de verdad, mis únicas víctimas, irresucitables. Ellos sabrán.
Así que, siguiendo las normas estipuladas por el equipo médico que
me atiende, del que una buena parte de facultativos ha pasado a
mejor vida y otra está aquí presente, les leo para finalizar el breve
informe psiquiátrico para que Vds., respetable auditorio, saquen sus
conclusiones. Dicen que contar la verdad cura. Yo digo que lo que
cura de verdad no es un cuento y que prefiero remitirme a Sartre
cuando decía aquello de que “los acontecimientos se producen en
un sentido y nosotros lo contamos en un sentido inverso.”
Insisto: Vds. tienen la última palabra.

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“Albert Cerrato, el autollamado “estrangulador de Boston” cumple
sentencia de cadena perpetua en el hospital penitenciario de Boston
por el asesinato de sus padres, Albert y Noelia, y una vecina, dulce
Gatti, el 27 de mayo de 2002. Las sucesivas actitudes de Cerrato
tras su detención pueden simplificarse en tres:
la primera: mantenimiento de una actitud eutanásica del asesinato
de sus padres, contrarrestada por el hecho de que sus padres,
aunque de avanzada edad, estaban en un envidiable estado de
salud, y además, el asesinato de la vecina reunía todos los
caracteres de crimen añadido para tapar los crímenes anteriores. La
vecina acudió por el fuerte olor a gas que invadía la escalera y fue
aturdida por un golpe e introducida en la cocina donde se asfixiaban
los ancianos hasta compartir su misma suerte. Desmontada la línea
defensiva del inculpado, éste derivó su actutud hacia una segunda
etapa en la que se autoatribuyó hasta treinta y cuatro crímenes
gratuitos, valiéndose de un despliegue erudito, confuso y
contradictorio, fruto de su paso por el seminario.
La tercera fase se inicia tras la amenaza de lobotomía, en la que el
paciente se refugia en el autismo pesimista y por ello
colaboracionista, tan pesimista que ni siquiera es agresivo, por lo
que me retracto de mis diagnósticos anteriores en pos del
excarcelamiento de Albert Cerrato. Por lo tanto expongo y suplico al
Alto Comité y archive clínicamente el caso Cerrato y permita que el
condenado permanezca en este hospital penitenciario hasta el fin de
sus días y aprovecho la ocasión para felicitar las navidades a mi
admirado maestro el profesor Dieterle al tiempo que le envío una
cesta de navidad con guirlache y pedadillas del Alcoy, y le recuerdo
aquellos versos inolvidables del cantor Woytlila que rezan:
vuelve a casa vuelve, vuelve a tu hogar...
hoy es nochebuena y mañana navidá...

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Hasta aquí el informe cuya firma es ilegible, como su redacción, en
la que evidentemente participé.

El hombre, respetable auditorio, no es un lobo para el hombre, Es un


loco para el hombre.
El psiquiatra que me visitó esta mañana era nuevo pero seguía
teniendo acento argentino.
“Este, Vd. señor Cerrato di Salvo, y yo, tenemos muchas cosas que
contarnos...”
Confieso que me gustó el nuevo nombre artístico con el que me ha
bautizado este pendejo en prácticas, así que le miré a la cara
fíjamente e inicié una nueva relación profesional con la misma
cadencia con la que ahora me despido de Vds., cadencia que sin
duda responde a un himno vital, un tipo de filosofía personal que a
algunos lleva a engañar a sus semejantes, a otros a soportarse, los
más a ser espectadores de los crímenes de los demás y a otros
pocos, los elegidos como yo, a cometerlos. Espero, por mi parte, que
el morbo les haya alimentado lo suficiente para que al salir del
recinto, respiren profundamente y recuerden al menos mis últimas
palabras:
“Verás que todo es mentira, verás que nada es amor, que al mundo
nada le importa... ¡Yira, yira!, aunque te quiebre la vida, aunque te
muerda un dolor...”

CERRATO SIGUE CANTANDO EL TANGO MIENTRAS SOBRE SU


CAMISETA SE VAN PROYECTANDO TODOS LOS PERSONAJES
QUE EN SU MUNDO HAN SIDO...

f i n

Alicante, mayo-junio 2004

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