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CONFERENCIA DE PEDAGOGÍA DIEGO - RUSKIN - PROUST

CORPORACIÓN PEDAGÓGICA EDUCATIVA Ibagué, Tolima, Colombia, 2012

Corporación Pedagógica Educativa

corporacionpedagogica2002@gmail.com

Cra. 7 No. 31 A – 07 Ibagué - Tolima - Colombia. Cra. 7 No. 1 A – 96 Sur Torre 12 Apto 102 Conjunto Diamante. Bogotá. D. C. – Colombia Cel: 3123673483 Serie Conferencia de Pedagogía

CONTENIDO

1. LA INOCENTE DELICIA DE LEER

2. DE LOS TESOROS DE LOS REYES

3. SOBRE LA LECTURA

Pág.

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81

LA INOCENTE DELICIA DE LEER

Eliseo Diego

Eliseo Diego La habana 1920 - Ciudad de Mexico 1994 Poeta y escritor cubano. Redactor

Eliseo Diego

La habana 1920 - Ciudad de Mexico 1994

Poeta y escritor cubano. Redactor de la Revista Caviteño.

Fundador del Grupo Orígenes y colaborador de la revista Orígenes

(1946-1954). Responsable del Departamento de literatura Infantil de

la Biblioteca Nacional y por último desempeño varias funciones en la

Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNARAC).

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España en 1978; Asombros (1982).

Premio de la Crítica Literaria; poesías (1983); Prosas escogidas (1983); Soñar despierto (1988), vuelve a ganar el Premio de la Critica Literaria; Cuatro de Oros (México, 1991).

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LA INOCENTE DELICIA DE LEER Para conocernos bien desde el principio, voy a confesarles que

LA INOCENTE DELICIA DE LEER

Para conocernos bien desde el principio, voy a confesarles que en materia de libros me siento reaccionario y retrógrado y, si fuese posible, hasta cavernícola -sólo que en tiempos de las cavernas no se había inventado aún la lectura-. De modo que ya saben ustedes a qué atenerse, y quienes deseen seguir escuchándome será porque coinciden conmigo o porque quieren refutarme hasta el punto postrero. Haré aquí una de las muchas idas o venidas y vueltas y revueltas que me son características ¡otra advertencia para dejarme solo a tiempo! Se trata de una breve pausa para comentar un hecho melancólico. Sucede que a la muerte de un escritor la posteridad lo olvida como por cuestión de principios, a ver si consigue alzarse o no de nuevo a la luz. Pienso ahora en Georges Duhamel, escritor francés que en mis tiempos alcanzó los extremos de la fama, y a quien hoy se conoce apenas. Del mismo modo, en Inglaterra, por ejemplo, Chesterton es ahora cuando más un escritor policiaco, olvidándose su espléndida estatura como novelista, ensayista y poeta. Con todo el respeto que me merecen nuestro amigos los ingleses, no puedo aceptar que su juicio esté por encima de Alfonso Reyes o Jorge Luis Borges. Quizás las cosas se vean con mayor claridad desde la orilla de otro idioma, quién sabe. De todas formas, no concibo una historia de la literatura francesa contemporánea en que no figure el nombre de Duhamel.

Por el año de 1939 Duhamel escribió un libro titulado En Defensa de las Letras. No eran sus enemigos entonces ni muchos ni muy poderosos. Se reducían al radio y al cine, aunque los tristemente célebres «comics» hacían ya su aparición, con sus ridículos «globitos» emergiendo de la boca de cada personaje. La ley del menor esfuerzo siempre nos ha atraído a los pobres hombres que somos. De entonces acá, no sólo se han multiplicado al máximo las ofertas del radio y el cine, sino que la televisión se ha hecho dueña de nuestras casas. Añádanse los video-casetes -no sé muy bien cómo escribir esta palabra, que yo mismo, ¡ay de mí!, uso a diario-, y como golpe final, los juegos de computadoras como los llamados nintendo, delicia de mis nietos, por mis pecados, que sin duda han de ser muchos a juzgar por las musiquitas que siento en torno mío. Volviendo a lo nuestro, a Duhamel le bastaron el cine y el radio para alarmarse ante la posibilidad de que desapareciese el libro. Bien es verdad que extendió crédito al ser humano para mover con una mano las palancas de sus aparatitos y sostener en la otra uno de los volúmenes de la Comedia. Humana, y así ha sucedido hasta ahora. Pero el riesgo que él señalara hace tantos años no sólo no ha desaparecido, sino que se intensifica a diario. Cada vez aumenta más la seducción del esfuerzo menor. No pocas veces me ha sucedido que recuerdo el pasaje de un libro y cuando deseo verificarlo, o no aparece, o resulta muy distinto a como se presentaba en mi memoria. Tal es el caso de lo que enseguida escribiré. Debía figurar en la obra de Duhamel, como lógica consecuencia de las especulaciones en torno a la ley del menor esfuerzo. Pero no lo encuentro por ninguna parte. Me encuentro por tanto en la difícil situación de atribuirle lo que bien podría resultar una tontería, o apropiarme de algo que a lo mejor no está del todo mal.

La letra escrita - dice el Duhamel de mi memoria- es el único instrumento capaz de estimular las capacidades creadoras presentes en todo ser humano. Nos fuerza a transformar el símbolo escrito en imagen, nada menos. Transmuta el acto de leer en un acto de creación a dos: el que escribe y el que lee. Tan creador es el uno como el otro. Tan sencilla formulación trae consigo consecuencias tan variadas como curiosas - a mi juicio-. En primer término, la lectura deja de ser un simple entretenimiento -¡que no deje, en el fondo de serlo jamás!- para revelarse como la satisfacción de una necesidad humana fundamental. Si llegáramos a ser incapaces de transformar el símbolo escrito en imagen, perderíamos la capacidad de crear. Cultura y civilización se extinguirían, o se tranformarían en otras cosas, aquellas que sólo las máquinas son capaces de concebir, en cosas, por tanto, inhumanas. Hace años -también, sin duda, por mis muchas culpas y pecados- tuve la honrosa desdicha de convertirme en profesor de literatura, gracias a Dios por corto tiempo. Como mis alumnos eran adolescentes de rudos pantalones y graciosas faldas, y la materia en que debía adiestrarlos la literatura inglesa, empecé sin encomendarme a mis santos patrones por Romeo y Julieta. Nada más fácil ni más indicado, me dije con fatuidad explicable. Mis oyentes me oían con paciente cortesía, siguiendo el texto en sus libros. Por fin desperté a la situación para mí inconcebible. Había terminado la escena del baile y Romeo, con el coraje en sus dos manos, acechaba en el jardín la aparición de Julieta. ¡Allí estaba ella, en el balcón, suspendida en medio de las tinieblas! «Como una perla en la mejilla de un etíope», leí con más firmeza que ternura. Se hizo un silencio al fin del cual los jóvenes levantaron sus rostros como

expectantes. ¿Cómo? ¡Como expectantes! Era obvio que miraban con cierta sorpresa, como si no supiesen exactamente qué esperaba yo de ellos. Entonces me di cuenta de la magnitud del desastre: estos jóvenes en realidad no habían aprendido a leer. Eran capaces de traducir los símbolos escritos en sonidos, pero no podían ir más allá. Sabían convertir las letras en fonemas que les eran familiares, y allí terminaba el proceso para ellos. Faltaba el paso final, el decisivo, aquel para el cual se había ideado todo el mecanismo tan simple como complejo en sus repercusiones sobre la psique humana: el tránsito del símbolo escrito a la imagen, para después emitirlo en sonido con plena conciencia del milagro ocurrido en el medio entre el principio y el fin del proceso. De más está decir que allí mismo olvidé el programa de literatura inglesa y dediqué todos mis esfuerzos al intento de despertar en los muchachos la inocente delicia de leer. Con infinita paciencia -no lo digo por alabarme, sino por halagarme-, los fui llevando desde la grafía al sentido de la palabra y a través de él hasta la imagen oculta adentro y por fin al sonido. El proceso fue difícil, porque los jóvenes no estaban acostumbrados a que les costase el menor trabajo. Una mañana vi cierto resplandor en sus rostros. Habían descubierto el placer de la creación. El nacimiento de la imagen adentro de sí mismos los hacía sentirse felices, simplemente. «Parece que pendiera en la mejilla de la noche / como una perla desde la oreja de un etíope» -tal es la cita exacta-, y ocurre, no durante la escena del balcón, como afirmé antes con imperdonable ligereza.

Todo esfuerzo es penoso, nos dice Duhamel, especialmente el esfuerzo intelectual, porque sus frutos rara vez son inmediatos. Según él, «los libros son los amigos de la soledad. Cuando lee a solas, el hombre que anda en busca de sí mismo tiene alguna oportunidad de encontrarse a sí mismo: escoge, y escoge por sí mismo; escapa al aire ponzoñoso de la propaganda. El radio, por otra parte, es hoy el agente del imperialismo. No purifica el espíritu del hombre, ni como el libro, lo trae de nuevo al santuario de la soledad, sino que lo echa a los leones, acondicionando con sutileza su mente a la sangre y las cadenas del sacrificio público». Nada de lo cual quiere decir que Duhamel o yo, su exégeta, pretendemos echar atrás el reloj de nuestro tiempo. El genio es capaz de hallar su instrumento de expresión donde le plazca; el francés cita con acierto el caso de Chaplin, que lo encontró en el cine. Desde su momento actual, los ejemplos se han multiplicado. Se trata sólo de recordar que la letra no tiene sustitutos cuando se trata de estimular la capacidad creadora del ser humano. Jamás he vuelto a intentar la locura de ser maestro de las Bellas Letras. Como jamás he olvidado la expresión de felicidad en los rostros de las muchachas y jóvenes a quienes descubrí el secreto de crear imágenes propias con la sola ayuda de un libro.

DE LOS TESOROS DE LOS REYES

John Ruskin

John Ruskin

Londres (1819-1900)

John Ruskin Londres (1819-1900) Escritor, crítico de arte y sociólogo británico. Educado dentro del más estricto

Escritor, crítico de arte y sociólogo británico. Educado dentro del más estricto de los puritanismos, escribió su primera obra (Pintores modernos, 1843-1860) para defender el paisajismo de Turner. Más tarde su esteticismo moral, relacionado directamente con el idealismo de Th. Carlyle, le llevaría a vincularse con el prerrafaelismo y a reaccionar contra el materialismo de la era victoriana, denunciando los peligros de la industrialización, aproximándose al socialismo y a las nuevas utopías sobre planificación urbana y asociando la reflexión artística con las iniciativas prácticas y las disquisiciones morales. Acertado estudioso de los problemas sociales inherentes a la civilización moderna (Sésamo y las flores de lis, 1865; La moral del polvo, 1866; La Biblia de Amiens, 1880-1885), fue en cambio un deficiente economista (Economía política del arte, 1857). Como escritor destaca su estilo impresionista y rapsódico, con ocasionales momentos de extraordinaria lucidez visionaria. Fue profesor de historia del arte en Oxford en el decenio 1869-1878 y en 1883-1884.

DE LOS TESOROS DE LOS REYES

JOHN RUSKIN

Tendréis cada uno una torta de sésamo, y diez Libras. Luciano, El Pescador .

*

1.

Creo, señoras y señores, que mi primer deber esta, tarde es pediros perdón por la ambigüedad del título bajo el cual el asunto de

la conferencia ha sido anunciado, y por haber tratado, como acaso

penséis, de obtener vuestra asistencia con falsas promesas. Pues en realidad yo no voy a hablar de reyes, conocidos como reinantes, ni de tesoros, que se supone contienen riquezas; sino de un orden de realeza por completo distinto y de otra clase de riquezas que las usualmente reconocidas como tales. Y hasta confieso que tenía el propósito de distraer un poco vuestra atención (como hacemos a veces cuando llevamos a un amigo a contemplar un paisaje favorito),

a fin de ocultar lo que más me interesa mostrar, con toda la

imperfecta astucia de que hubiera sido capaz, hasta que, inesperadamente, hubiésemos llegado por senderos más o menos tortuosos al mejor punto de vista. Pero como mi buen amigo el canónigo Anson, que no gusta de ambages, anticipó en parte el tema de esta incursión al enunciarla primero con el título de "Cómo y qué leer", y como también he oído decir a hombres avezados a dirigirse al público, que nada fatiga tanto a los oyentes como el esfuerzo por seguir a un orador que no da a entender su propósito, me quitaré de

* En ediciones anteriores de esta conferencia, en lugar de este epígrafe figuraba el texto griego (que aún conservan algunas ediciones hoy día) sacado de los versículos 5 y 6 del cap. XXVIII del Libro de Job, que dicen: "De la tierra nace el pan y debajo de ella estará una parte como convertida en fuego: lugar hay cuyas piedras son zafiro y sus polvos de oro”

una vez esta leve máscara, y os diré llanamente que deseo hablaros acerca de los tesoros ocultos en los libros, y sobre el modo de encontrarlos y el modo de perderlos. ¡Grave asunto, diréis, y tema amplio! Sí, tan amplio que no haré esfuerzos por tocar sus límites. Sólo quiero exponer ante vosotros algunos sencillos pensamientos sobre la lectura, que gravitan sobre mí cada día más, conforme observo el curso del espíritu público respecto a nuestros medios - cada día en aumento de educación, y en correspondencia con ellos la extensión creciente de los campos de irrigación de la literatura.

2.

Como en la práctica tengo cierta conexión con escuelas de niños de muy distintas clases, recibo muchas cartas de padres respecto a la educación de sus hijos. En la masa de estas cartas ha llamado siempre mi atención hasta qué punto prevalece la idea de una "posición en la vida" sobre todos los otros pensamientos en el espíritu de los padres y más especialmente aun en el de las madres. "La educación conveniente para tal o cual situación social". Esta es la frase, éste es el objeto, siempre. Nunca buscan, que yo sepa una educación buena en sí misma; aun la concepción de la excelencia abstracta en la educación rara vez parece ocurrírsele siquiera a quienes me escriben. Pero una educación "que proporcione un buen vestido para el cuerpo de mi hijo; que le permita tocar con confianza la campanilla de las casas de campanillas; en una palabra, que le permita triunfar en la vida; esto es lo que deseamos, y esto constituye toda nuestra aspiración", nunca parecen pensar los padres en la posibilidad de una educación que, en sí misma, sea un triunfo en la vida; que cualquier otra es tan sólo quizá un triunfo en la muerte; y que esta educación esencial puede ser más fácilmente

recibida o dada de lo que se cree si se marcha por el buen camino; por el contrario, no se obtiene a ningún precio ni por favor alguno, si se sigue una senda extraviada.

3.

En realidad entre las ideas dominantes y efectivas en el espíritu del más activo de los países, supongo que la primera -al menos la que se confiesa con mayor franqueza, y se pone por delante como el estímulo más adecuado al esfuerzo de la juventud- es la de “triunfar en la vida". Mi propósito fundamental esta noche consistirá en determinar, junto con ustedes, lo que esta idea implica en la práctica, y lo que debería implicar. Así pues, hoy día el "triunfar en la vida" significa sobresalir en ella, obtener una posición reconocida por los demás como respetable y honrosa. No entendemos por este triunfo, en general, el simple hecho de ganar dinero, sino el que se piense que lo ganamos; no el cumplimiento de un gran fin, fuere el que fuere, sino el que se crea que lo cumplimos. En una palabra, buscamos la satisfacción de nuestra sed de aplauso. Esta sed, aunque el último de los achaques de las almas nobles, es también el primero de las almas débiles, y en verdad la influencia impulsiva más fuerte de media humanidad: los mayores esfuerzos de la especie han sido siempre producidos por el amor a la fama, como sus mayores catástrofes por el amor a los placeres.

4.

No voy a atacar ni defender este impulso. Sólo deseo que sintáis hasta qué punto yace en la raíz de casi todo esfuerzo, especialmente de todo esfuerzo moderno. Es la recompensa de la vanidad lo que

constituye entre nosotros el estímulo del trabajo y el bálsamo del reposo; de modo tan estrecho toca las fuentes mismas de la vida, que la herida de nuestra vanidad se ha tenido siempre (y con razón) como, en cierta manera; mortal la llamamos mortificación, usando la misma expresión que aplicamos a las heridas corporales gangrenosas e incurables, y aunque pocos de nosotros seamos lo bastante médicos para conocer los efectos varios de esta pasión sobre la salud y la energía, creo que la mayoría de los hombres sinceros comprenderán, y reconocerán a la vez, el poderío que ejerce sobre ellos como motivo. El marinero no desea en general llegar a ser capitán sólo porque sabe que puede dirigir el barco mejor que cualquier otro marino de a bordo. Desea ser capitán para poder ser llamado capitán. El pastor de almas no desea generalmente llegar a obispo sólo porque cree que ninguna otra mano puede, de modo tan firme como la suya, dirigir la diócesis en sus facultades. Desea ser obispo, ante todo, para ser llamado monseñor. Y un príncipe no desea por lo común engrandecer, o un súbdito conquistar, un reino porque crea que ningún otro puede servir también como él al Estado desde su trono, sino simplemente porque aspira a que le den el tratamiento de majestad cuantos puedan hablarle.

5.

Si ésta es, pues, la principal idea del "triunfo en la vida", su fuerza se aplica para todos nosotros, según nuestra situación, en particular a ese resultado secundario de tal triunfo que llamamos "entrar en la buena sociedad". Deseamos entrar en la buena sociedad, no precisamente por estar en ella, sino por ser vistos en ella; y nuestra noción de su valor depende en primer lugar de su

preeminencia. ¿Me perdonaréis si me detengo un momento para hacer una pregunta que temo juzguéis impertinente? Yo nunca puedo proseguir un discurso a menos de que sienta o conozca si mi auditorio está conmigo o contra mí; en principio, no me preocupa demasiado saber en cuál de estas dos actitudes se halla; pero necesito saber la actitud en que está; y en este instante, necesito averiguar si pensáis que coloco demasiado bajos los motivos que hacen obrar a la gente. Estoy resuelto esta noche a colocarlos lo bastante bajos para, que sean admitidos como probables, pues cuando en mis escritos de economía política supongo que una cierta honradez o generosidad –o lo que se acostumbra llamar virtud- puede admitirse como motivo humano de acción, se me contesta siempre: "No debe usted suponer eso: eso no se encuentra en la naturaleza humana; debe usted suponer que lo único que tienen de común los hombres es la codicia y la envida; ningún otro sentimiento influyó nunca en ellos sino por accidente y en asuntos al margen de los negocios." Comienzo esta noche, pues, desde abajo en la escala de los motivos pero necesito saber si creéis que tengo razón al hacerlo así. Por tanto, permitidme que ruegue, a los que admiten que el amor a la fama es por lo general el motivo más fuerte en las almas humanas para perseguir el triunfo, y el sincero deseo de cumplir un deber, sea el que fuere, un motivo enteramente secundario que levanten la mano. (Cerca de una docena de manos se elevaron; el auditorio, por una parte, no estaba seguro de que el conferenciante hablase en serio y, por otra, sentía cierta timidez en manifestar su opinión. Hablo por completo en serio: realmente deseo saber lo que pensáis; tal vez podré juzgar mejor si propongo la cuestión Inversa. ¿Quieren, quienes piensen que el deber es

generalmente el primer motivo, y el amor de la fama el segundo, levantar su mano? Alguien manifestó que una mano se había levantado detrás del conferenciante. Muy bien: ya veo que estáis conmigo y que pensáis que no he comenzado demasiado a ras de tierra. Ahora, sin molestaros proponiéndoos nuevas cuestiones me aventuro a presumir que admitís el deber como, por lo menos, un motivo secundario o terciario. Pensáis que el deseo de hacer algo útil, o de obtener algún bien real, es en verdad una idea colateral existente, aunque con carácter secundario, en la mayoría de los deseos humanos de triunfo. Me concederéis que los hombres medianamente honrados desean posición y oficio, cuando menos en cierta medida; a causa de su poder benéfico y que prefieren asociarse con personas sensatas y bien educadas que con tontos o ignorantes, sean o no vistos en compañía de aquéllas. Y finalmente, sin molestaros con la repetición de verdades trilladas sobre, el valor de la amistad y la influencia de los compañeros, admitiréis sin duda que, según la sinceridad del deseo de que nuestros amigos sean verídicos y nuestros compañeros juiciosos y en proporción a la seriedad y discreción con que elijamos a ambos, serán las probabilidades generales de nuestra felicidad y utilidad.

6.

Pero concediendo que tengamos a la vez la voluntad y la inteligencia necesarias para elegir bien a nuestros amigos !Qué pocos de nosotros podemos hacerlo!; o al menos, ¡cuán limitada, para los más, la esfera de la elección! Casi todas nuestras relaciones están determinadas por la casualidad o la necesidad, y restringidas a un círculo estrecho. No podemos conocer a quienes querríamos; y a quienes conocemos no podemos tenerlos a nuestro lado cuando

más los necesitamos. Los círculos más altos de la inteligencia humana se abren a los que están debajo sólo momentánea y parcialmente. Podremos, si tenemos suerte, llegar a ver a un gran poeta, y oír el sonido de su voz; o hacer una pregunta a un hombre de ciencia y ser contestados con gentileza. Podremos atrapar, por diez minutos la conversación de un ministro, que nos contestará quizá con palabras peores que el silencio, por lo embaucadoras; o alcanzar, una o dos veces en nuestra vida, el privilegio de arrojar un ramo de flores al paso de una princesa, o atraer la mirada benévola de una reina. Y, sin embargo, codiciamos estas probabilidades momentáneas; y gastamos nuestros sueños, y nuestras pasiones, y nuestras facultades persiguiendo poco más que esto; en cambio, existe una sociedad continuamente accesible, de gente que quiere hablar con nosotros todo el tiempo que deseemos, cualquiera que sea nuestra jerarquía u ocupación: hablarnos con las palabras más escogidas de que son capaces y agradeciéndonos que les escuchemos. Y esta sociedad, por ser tan numerosa y tan amable, podemos hacerla esperar en torno nuestro durante todo un día no para conceder audiencia, sino para obtenerla: reyes y estadistas aguardan con paciencia en esas antesalas angostas y sencillamente amuebladas que son los estantes de nuestras bibliotecas: esta sociedad nos tiene sin cuidado, y en ocasiones, hasta nos pasamos el día entero sin oír una sola palabra de las muchas que podría decirnos.

7.

Me diréis, quizá, o pensaréis para vuestros adentros, que la

apatía con que miramos la sociedad del noble, quien nos ruega le

escuchemos, y el afán con que perseguimos

la compañía del

innoble que nos desprecia, o que nada tiene que enseñamos, están fundados en esto: podemos ver las caras de los hombres vivos, y es con ellas, y no con sus dichos, con lo que deseamos familiarizamos. Pero no es así. Suponed que no fuerais jamás a ver sus caras, suponed que tuvieseis que permanecer detrás de un biombo en el gabinete del hombre de Estado, o en la cámara del príncipe, ¿No os daríais por satisfechos con oír sus palabras, aunque os estuviese prohibido salir de detrás del biombo? Y he ahí; sin embargo, que cuando el biombo es sólo un poco más pequeño, con dos alas en vez de cuatro, y podéis ocultaros detrás de las dos tapas de un libro, y escuchar durante todo el día, no una conversación casual, sino estudiada y dirigida por los hombres más sabios, ¡he ahí, entonces, que desdeñáis esta audiencia, este honorable consejo privado!

8.

Diréis quizá que las personas vivas hablan de cosas actuales de interés inmediato para vosotros, y que por eso es por lo que deseáis oírlas. Pero no, no hay tal cosa; pues las mismas personas vivas os hablarán de las cosas actuales mucho mejor en sus escritos que en sus conversaciones impremeditadas. Admito, no obstante, que tal motivo influya en vosotros, hasta haceros preferir, las rápidas y efímeras a las lentas y perdurables, a los libros propiamente dichos. Porque todos los libros son divisibles en dos clases: los libros del momento y los de siempre. La distinción no es sólo una distinción de calidad. El mal libro no es únicamente el que no dura, y el bueno el que dura. Es una distinción de especie. Hay libros buenos para el momento, y libros buenos para siempre; libros malos para el momento, y malos para

siempre. Definiré estos dos géneros de libros antes de seguir adelante.

9.

El buen libro del momento –no hablo de los malos-es pues, simplemente la conversación útil o agradable con una persona con la cual no podéis hablar de otro modo, impresa para vosotros. En verdad útil porque os dice, muchas veces, lo que necesitáis saber; a menudo agradable, como puede serlo la conversación de un amigo inteligente que se tiene al lado. Esas brillantes narraciones de viajes, humorísticas e ingeniosas discusiones de problemas, vivas y patéticas narraciones en forma de novela, descripciones precisas de hechos, por los agentes reales que intervinieron en la historia: todos estos libros del momento, que se multiplican entre nosotros conforme la instrucción se hace más general, son una característica y una propiedad peculiar de la época actual: debemos estarles muy agradecidos, y avergonzarnos de nosotros mismos si no hacemos buen uso de ellos. Pero el peor uso que podríamos, hacer de ellos es permitirles que usurpen el lugar de los libros verdaderos, pues, hablando en puridad, no son realmente libros, sino cartas o diarios bien impresos. Las cartas de nuestros amigos pueden ser deliciosas o necesarias en el momento en que llegan, lo que debe considerarse es si merecen conservarse. El diario puede ser lo más adecuado para el momento del desayuno; pero con seguridad no lo es para leerlo durante todo el día. Así, aunque explayada en un tomo, la larga carta que os hace una descripción tan amena de las posadas y los caminos y las tormentas, durante el último año, en un lugar determinado, o que os cuenta una historieta divertida, o que relata las circunstancias particulares de tales o cuales acontecimientos, por valiosa que sea en

un momento dado, no puede ser, en el verdadero sentido de la palabra, un libro, ni puede constituir lo que se llama una lectura. Un libro es, en esencia, no una cosa que se refiere, sino algo que se escribe, y que se escribe no sólo con el simple propósito de una comunicación, sino con el de permanencia. El libro que podríamos llamar coloquial se imprime sólo porque su autor no puede hablar a miles de personas a la vez; si pudiese hacerlo, lo haría: el volumen es una simple multiplicación de su voz. No podéis hablar con vuestro amigo que está en la India; si pudieseis. Lo haríais; por eso le escribís:

lo que viene a ser una simple transmisión de la voz. Pero un libro se escribe no sólo para multiplicar la voz, no sólo para transportarla, sino para perpetuarla. El autor tiene algo que decir que le parece verdadero y útil, o útilmente bello. Que él sepa, nadie ha dicho aún eso; y, a su juicio, ningún otro puede decirlo. Está obligado, si puede, a exponerlo neta y melodiosamente, o al menos con claridad. En la suma de su vida encuentra que ésta es la cosa, o el grupo de cosas, que le han sido reveladas: el conocimiento o la visión que el lote de luz del sol y de tierra que le tocó en suerte le ha deparado. Se sentirá obligado a fijarla en el mundo para, siempre, a grabarla si le es posible en la roca, diciendo: "Esto es lo mejor de mí; por lo demás, he comido, y bebido, y dormido, y amado, y, odiado como los demás; mi vida fue como un vapor , y como un vapor se desvaneció; pero esto lo he visto y conocido y si hay algo en mí digno de vuestro recuerdo, es esto."Tal es su obra; tal, en la pequeñez de sus medios humanos y sea cual fuere el grado de la inspiración que pueda animarlo, su inscripción o su escritura. Y esto es un libro.

1

1. Véase la Epístola de Santiago, IV, 14: "Porque, ¿qué es nuestra vida? En realidad, un

vapor que se aparece por un poco de tiempo

y

luego se desvanece.”

10.

¿Quizá pensáis que jamás se han escrito libros así? Pero, una vez

más, os pregunto: ¿creéis de verdad en Ia sinceridad y -en la bondad,

o pensáis- que nunca ha habido una persona honrada o benévola

entre la gente, sensata? Ninguno de vosotros, espero, será tan desdichado para pensar así. Pues bien, cualquier trabajo de un hombre sensato, por pequeño que sea, sincera y bondadosamente realizado, será su libro o su obra de arte. Estará mezclado siempre con fragmentos malos, mal hechos, redundantes, artificiales. Pero si leéis con cuidado, descubriréis fácilmente los trozos verdaderos, y éstos son el libro.

11.

Ahora bien: libros de esta clase han sido escritos en todas las edades por sus más grandes hombres: grandes caudillos, estadistas, pensadores. Todos ellos están a vuestra disposición; y la vida es corta. Seguramente habéis oído ya esto antes; pero, ¿habéis medido

e imaginado ya esta vida breve y sus posibilidades? ¿Sabéis, si leéis

esto, que no podéis leer aquello; que lo que perdéis hoy no podéis ganarlo mañana? ¿Iréis a charlar con vuestra doncella o vuestro palafrenero, cuando podáis hablar con reinas y reyes; o satisfará vuestra dignidad, y vuestra conciencia el mezclaros con él vulgo para entrar aquí, u obtener una audiencia allá, cuando todo el tiempo esta corte eterna os está abierta, con su sociedad, amplia como el mundo, múltiple como sus días, lo superior y lo más selecto de cada lugar y cada época? En ella podéis entrar siempre; en ella podéis

elegir compañía y posición conforme a vuestro deseo; de la cual, una vez que habéis entrado en ella, no podréis ser arrojados jamás, sino por vuestra propia falta; con la seguridad de que vuestra propia jerarquía será juzgada con arreglo a la de los compañeros que

elegisteis, y de que los motivos que os impulsaron a querer ocupar un lugar señalado en la sociedad de los vivos, así como la variedad y la sinceridad de ellos, serán aquilatados con arreglo al lugar que quisisteis ocupar en esa compañía de los muertos.

12.

"El puesto que queréis", y el puesto para que servís, debo decir también; pues, observad que esta corte del pasado difiere de toda la aristocracia viva en lo siguiente: está abierta al trabajo: y al mérito pero sólo a ellos. Riqueza alguna puede sobornar ni deslumbrar nombre alguno, ni engañar ningún artificio al guardián de estas puertas elíseas. En el sentido profundo de la palabra, ninguna persona vil o vulgar entró allí jamás. Para los porteros de este silencioso -Faubourg St. Germain, la pregunta es bien sencilla:

¿Merecéis entrar? Pasad. ¿Queréis ser compañeros de los nobles? Ennobleceos, y lo seréis. ¿Aspiráis a la conversación del sabio? Aprended a comprenderlo. y lo podréis oír. Sólo así podréis pasar. Si no queréis elevaros hasta nosotros, nosotros no podemos descender hasta vosotros. El señor vivo puede afectar la cortesía; el filósofo vivo puede explicaros su pensamiento con más o menos esfuerzo; pero nosotros no podemos ni fingir ni explicar; tenéis que elevaros al nivel de nuestros pensamientos si queréis gozar de ellos y participar de nuestros sentimientos, si queréis reconocer nuestra presencia."

13.

Esto es, pues, lo que tenéis que hacer; y admito que es mucho. Tendréis, en una palabra, que amar a esta gente, si queréis estar entre ella. La ambición no sirve aquí de nada. Ellos desdeñan vuestra ambición. Tendréis que amarlos y demostrar vuestro amor de los dos

modos siguientes: a) Por el deseo sincero de estar en sus pensamientos y de ser aleccionado por ellos. Entrar en los suyos, fijaos bien; no encontrar los vuestros expresados por ellos. Si la persona que escribe el libro no es más sabia que tú, es inútil el leerlo; si lo es, pensará de modo distinto que tú en muchos respectos. b) Propendemos a decir de un libro: "¡Qué bueno es esto! ¡Es exactamente lo mismo que yo pienso!" Pero el sentimiento justo es:

"¡Qué extraño es, esto! Nunca se me había ocurrido pensarlo; pero, no obstante, veo que es verdad; o, si no lo veo ahora, espero, verle algún día, "Pero sea o no con esta humildad, al menos estad seguros de que acudís al autor para aprender su pensamiento, no para encontrar el vuestro. Juzgadlo después, si os creéis aptos para hacerlo, pero comprendedlo primero. Y estad seguros también de que, si el autor vale algo, no lograréis entenderlo en seguida sino que, por el contrario, no lograréis comprender su plena significación durante largo tiempo. No porque no os diga lo que quiere decir, y con vigorosas palabras además, sino porque no puede decirlo del todo; y lo que es aun más, extraño, no quiere decirlo sino de un modo secreto y por parábolas, para tener la seguridad de que lo precisáis. Yo no alcanzo a ver del todo la razón de esto, ni a analizar esa cruel reticencia del corazón de los sabios que les hace ocultar siempre sus más profundos pensamientos. No os los ofrecen a modo de auxilio, sino de premio, y quieren estar seguros de que los merecéis antes de permitiros alcanzarles. Pero lo mismo ocurre con el símbolo físico de la sabiduría: el oro. Sin duda os parece, a vosotros como a mí, que no hay razón para que las fuerzas eléctricas de la tierra no lleven a las cumbres de las montañas el oro que pueden tener dentro, de tal modo que los reyes y el pueblo puedan, saber que todo el oro asequible está allí; y sin la molestia de cavar, ni ansiedad, ni azar, ni

pérdida de tiempo, puedan obtener y acuñar cuanto necesiten. Pero la naturaleza no se conduce así. Lo deposita en algunas estrechas hendiduras de la tierra, nadie sabe dónde: podéis cavar durante mucho tiempo y no encontrar nada; y, para encontrar algo, tendréis, de todos modos que cavar penosamente.

14.

Y pasa lo mismo con la mejor sabiduría de los hombres. Cuando os dirigís a un buen libro, debéis preguntaros: "¿Estoy dispuesto a trabajar como un minero australiano? ¿Están mis picos y azadones en buen orden, y estoy yo mismo en la disposición debida, con las mangas remangadas hasta el codo, y el aliento y el ánimo que corresponden?" Y elevando un poco más allá la metáfora, aun a riesgo de volverme enojoso (¡qué le vamos a hacer!, después de todo la metáfora es útil y adecuada), si el metal que buscáis es la significación o el espíritu del autor, sus palabras son como la roca que tenéis que romper y fundir con el fin de obtenerlo, y vuestras azadas son vuestro cuidado y vuestro ingenio; el horno de fundición, vuestra propia alma pensante. No esperéis penetrar el sentido de de un buen autor, sin estas herramientas y este fuego; con frecuencia necesitaréis los más agudos y finos instrumentos, y la fusión más paciente, antes de poder conseguir un sólo gramo de metal.

15.

De ahí que, ante todo, os diga con toda autoridad y certidumbre (pues sé que estoy en lo cierto) que debéis adquirir el hábito de mirar intensamente las palabras y aseguraros por vosotros mismos de su significación, sílaba por sílaba y, mejor aún, letra por letra. Pues, aunque es sólo por la oposición de las letras como sonidos a los

sonidos como signos por lo que el estudio de los libros se llama literatura, y un Hombre versado en ella es llamado, por consenso general, un hombre de letras en vez de un hombre de libros, o de palabras, podéis, sin embargo, relacionar con tal nomenclatura accidental este hecho real; que podríais leer todos los libros del Museo Británico (si pudieseis vivir el tiempo necesario para ello) y seguir siendo una persona absolutamente iletrada, ineducada; por el contrario si leéis aunque sólo sea páginas de un buen libro, letra por letra,-esto es, con verdadero cuidado-, podéis ser en cierto modo, una persona educada. Toda la diferencia entre instrucción y falta de instrucción (respecto a su parte meramente intelectual) consiste en este cuidado. Un gentleman instruido puede no conocer muchas lenguas, -puede no ser capaz de hablar más que la suya-, puede haber leído muy pocos libros. Pero cualquier lengua que conozca la conoce de verdad; cualquier palabra que pronuncie la pronuncia sin ambages; sobre todo, ha aprendido la dignidad de las palabras; distingue las palabras de descendencia pura y de sangre antigua, de las propias de la canalla moderna; recuerda todos sus antecesores, sus enlaces matrimoniales, sus parentescos lejanos y la extensión en que fueron admitidos, y los cargos que desempeñaron entre la nobleza nacional de las palabras de cualquier tiempo.

18.

Así también, considerad qué efecto ha producido en el alma vulgar inglesa el uso de la forma sonora latina damno, como traducción del griego kataxpívo , cuando por espíritu piadoso se quiere vigorizarla; y su sustitución por el término suave condemn, cuando se la quiere dulcificar; y qué notables sermones se han

predicado por clérigos iletrados sobre "El que no cree será condenado"; por clérigos que se apartarían con horror de la traducción (Epístola a los Hebreos, XI, 7): "La salvación de su casa, por la cual condenó al mundo", o (San Juan. VIII, 10-11); "Mujer ¿ningún hombre te ha condenado?" Ella dijo, "Señor, ninguno," Jesús le respondió: "Ni yo te condeno, vete y no peques más," Disensiones en el espíritu de Europa, que han costado mares de sangre y en defensa de las cuales las almas de los hombres más nobles han sido dispersadas en frenética desolación, innumerables como las hojas secas, aunque, en el fondo, se fundasen en causas más profundas, se han hecho, sin embargo, posibles en la práctica principalmente por la adopción europea de la palabra griega (ecclesia) para designar una reunión pública con el fin de dar una particular respetabilidad a tales reuniones cuando se celebraban con propósito religioso; y por otros equívocos colaterales, como el de usar en inglés vulgar la palabra priest como una contracción de presbyter.

19.

Ahora bien, a fin de que empleéis las palabras correctamente, he aquí lo que debéis hacer. Casi todas las palabras de nuestra lengua han sido primero palabras de otro idioma, del sajón, el alemán, el francés, el latín, el griego (para no hablar de los dialectos orientales y primitivos). Y muchas palabras han sido todo esto; es decir, han sido griegas primero, latinas después, luego francesas o alemanas, e inglesas por último, sufriendo un cierto cambio de sentido y uso en los labios de cada nación, pero conservando un profundo significado vital, -el cual todos los buenos escritores sienten al emplearlas todavía hoy, si no sabéis el alfabeto griego, aprendedlo; jóvenes o

viejos, muchachas o muchachos-, quienquiera que seáis, si pensáis en leer con seriedad (lo cual, desde luego, supone disponer de cierto ocio), aprended vuestro alfabeto griego; luego, procuraos buenos diccionarios de todas estas lenguas, y cuando tengáis alguna duda acerca de una palabra, perseguidla con paciencia. Leed para comenzar las lecciones de Max Müller a fondo y, una vez hecho esto, nunca dejéis escapar una palabra que consideréis sospechosa. Es una labor dura, pero la encontraréis aún al principio interesante, y, al final, en extremo divertido. Y el provecho general para vuestro carácter, en fuerza y precisión, será realmente incalculable. Reparad en que esto no supone conocer o intentar conocer el griego, el latín o el francés. Requiere toda una vida el aprender una lengua perfectamente. Pero podréis con facilidad averiguar los significados por los cuales ha pasado la palabra inglesa, y los que aún debe conservar en las obras de un buen escritor.

20.

Y ahora, simplemente a guisa de ejemplo, quiero, con vuestro permiso, leer para vosotros, con cuidado, unas líneas de un auténtico libro, y ver Io que sacamos de esto. Tomaremos un libro perfectamente conocido de todos vosotros. No hay palabras inglesas que nos sean más familiares que éstas, aunque pocas quizá han sido leídas con menos sinceridad. Tomaré los versos siguientes de Lycidas:

Last came, and last did go. The pilot of the Galilean lake;

Two massy keys he bore of metals twain,

(The golden opes, the iron

He shook his mitred Iocks, and stern bespake,

shuts amain).

How well could I have spar'd for thee, young swain,

Enow of such as for their bellies sake

Creep and intrude, and climb into the foldt

Of other care they little reckoning make,

Than how to scramble at the shearers' feast,

And shove away the worthy bidden guest;

Blind mouths that scarce themselves know how to hold

A sheep-hook, or have learn'd aught else, the least

That to the faithful herdsman's art belongs!

What recks it them? What need they? They are sped

And when the list,

Grate on their scrannel pipes of wretched straw;

The hungry, sheep. look up, and are not fed,

But, swoln with wind , and the rank

Rot inwardly, and foul contagion spread;

Besides what the grim wolf with privy paw

Daily devours apace, and nothing said.

their lean and flashy songs

mist they draw,

2

Reflexionemos sobre este pasaje y analicemos sus palabras. Primero, ¿no es singular encontrar a Milton asignando a San Pedro no sólo su plena función episcopal, sino los signos verdaderos de ella,

2. Llegó el último, y el último partió,

el piloto del lago Galileo;

dos llaves pesadas, de distintos metales, llevaba

(la de oro, abre; la de hierro, cierra inexorablemente); sacudiendo sus guedejas mitradas, habló con severidad:

De qué buena gana te habría ahorrado, zagal enamorado,

a tantos como, por

rampan y introducen y trepan al redil. Sin cuidar de ninguna otra cosa, Sólo les interesa participar en el festín de los esquiladores, Suplantando al legítimo invitado,

¡Bocas ciegas! Que apenas saben cómo llevar la cayada, ni saben lo más

Que al arte del pastor fiel tenga pertenencia, ¿Qué puede ello importarles, ni de que servirles? Van de prisa

causa, sólo de

su

estómago,

mínimo

y, cuando se les antoja, sus cantos endebles y vanos chirrían en sus cascadas

y las ovejas hambrientas levantan la cabeza y dejan de comer,

y, henchidas de viento y de la bruma pestilencia que respiran,

se pudren en su interior, y el contagio se va extendiendo;

aparte de las que el lobo fiero con zarpa solapada devora diariamente, sin que nadie dé cuenta de ello.

flautas de caña;

38

que los protestantes niegan en general del modo más apasionado? ¡Sus guedejas “mitradas”!Milton no era muy amigo de los obispos; ¿cómo hace a San Pedro "mitrado?" “Dos llaves pesadas llevaba." ¿Éste es, pues, el poder de las llaves reclamado por los obispos de Roma? Y ¿es reconocido aquí por Milton sólo como una licencia- poética, a causa de su estilo pintoresco, a fin de que pueda el brillo de las llaves de oro producir un mayor efecto? No lo creáis. Los grandes hombres no emplean trucos escénicos con las doctrinas de la vida y la muerte: esto sólo lo hacen los hombres pequeños. Milton sabe lo que dice; y aun lo expresa con todo su poder, y pondrá toda la fuerza de su espíritu en decirlo. Porque, aunque no fuese muy amigo de los falsos obispos, sí lo era de los verdaderos; y el piloto del Lago es aquí, en su pensamiento, el tipo y el modelo del verdadero poder episcopal. Pues Milton había leído este texto, "Te daré las llaves del reino de los cielos" , !con perfecta honradez. Aunque puritano, no borraría esto del libro porque haya habido malos obispos; así, afín de comprenderle, debemos comprender este verso primero; no hay que mirarlo de soslayo ni murmurar entre dientes, como si se tratase del arma de una secta adversa. Es una aserción universal y solemne, la cual deben considerar con profundidad todas las sectas. Pero quizá seríamos más capaces de interpretarla si antes fuésemos algo más lejos, y volviésemos después a ella. Porque, de modo manifiesto, esta marcada insistencia en el poder del verdadero episcopado desea hacernos sentir más firmemente lo que hay que reprochar a los falsos detentadores del episcopado o, en general, a los falsos detentadores del poder o de la jerarquía en el clero en general; a aquellos que “por causa sólo de su estómago, rampan y se introducen y trepan al redil".

3

3. Evangelio San Mateo, XVI,19.

39

21.

Nunca penséis que Milton usó estas tres palabras para llenar su verso, como lo haría un escritor descuidado. Necesita las tres; en especial estas tres y sólo ellas: "rampar", "introducirse", "trepar"; otras palabras no habrían podido sustituirlas y tampoco habría podido añadir otra más. Comprenden por completo las tres clases, correspondientes a los tres caracteres de hombres que buscan deshonestamente el poder eclesiástico. En primer lugar, quienes rampan dentro del redil; los que no se cuidan de la profesión ni del nombre, sino de la influencia secreta, y hacen todas las cosas ocultas y astutamente, consintiendo en cualquier servilismo de oficio o de conducta, sólo con tal de que puedan descubrir la intimidad y dirigir, inopinadamente, las almas de los hombres. Después, quienes se introducen (esto es, se lanzan) ellos mismos en el redil, los cuales por insolencia natural de carácter, por vigorosa elocuencia de lenguaje y perseverante e intrépida confianza en sí mismos, logran atención y autoridad entre la multitud. En último término, quienes trepan, los cuales por trabajo y estudio, tal vez fuertes y sanos pero interesados egoístamente en la causa de su propia ambición, ganan altas dignidades y mandos, y llegan a ser "señores de la heredad", pero no "ejemplos para la grey" .

4

22.

Continuemos:

“Of other care they little reckoning make,

Than how to scramble at the shearers feast.

5

Blind mouths… “

4. Primera Epístola de San Pedro, V, 3. 5. "Sin cuidar de ninguna otra cosa, sólo les interesa participar en el festín de los esquiladores, Bocas ciegas…”

Me detengo otra vez porque ésta parece ser una expresión

extraña; una metáfora rota, un fuerte pensamiento descuidado y tosco. Pero no es así; su audacia y energía tienden en realidad a

recordarla. Estos dos monosílabos

(blind mouths) expresan lo que resulta exactamente contrario al verdadero carácter de los dos grandes cargos de la Iglesia: el de obispo y el de pastor. Un obispo significa “una persona que ve" Un pastor significa "una persona que apacienta". La cualidad menos episcopal que puede tener un hombre es, por lo tanto, la de ser ciego. Lo menos pastoral es, en vez de apacentar, desear ser apacentado: ser una boca. Tomad estos dos contrarios juntos, y tendréis: "bocas ciegas". Podemos con prudencia insistir un poco sobre esta idea. Casi todos los males de la Iglesia han nacido de obispos que han deseado el poder más que la luz. Desean autoridad, no videncia. Ahora bien, su verdadero oficio no es mandar; puede ser exhortar y reprender con vigor; pero el oficio de mandar corresponde al rey, en tanto que el del obispo es vigilar el rebaño; contarlo, oveja por oveja; estar siempre dispuesto a dar cuenta cabal de él. Ahora bien, resulta evidente que no podrá dar cuenta de las almas si no ha numerado los cuerpos de su grey. La primera cosa que tiene que hacer un obispo, por tanto, es colocarse al menos en una posición desde la cual, en cualquier momento, pueda obtener la historia, desde la infancia, de cada alma viviente de su diócesis, y de su estado presente, ¡Allá, en el fondo de ese callejón, Bill y Nancy se han roto los dientes uno a otro! ¿Conoce el obispo todo esto? ¿Tiene su mirada sobre ellos? ¿Ha

hacernos mirar de cerca la frase y

tenido los ojos puestos sobre ellos? ¿Puede explicarnos circunstancialmente por qué Bill adquirió el hábito de golpear a Nancy en la cabeza? Si no puede, no es un obispo, aunque tenga una mitra tan alta como la torre de Salisbury; no es un obispo. Ha tratado de colocarse al timón en lugar de en la cofa: no tiene la visión de las cosas, "¡Pero direis,no es su deber mirar lo que hace Bill en el callejón!" ¡Cómo, las ovejas gordas, de grandes vellones, serán las únicas atendidas, mientras (recordad los versos de Milton) "las ovejas hambrientas levantan la cabeza y dejan de comer, aparte de las que el lobo fiero, con zarpa solapada (los obispos que no saben nada de ello), devora diariamente, sin que nadie dé cuenta de ello". “Ésta no es, nuestra idea de un obispo", dirán algunos. Quizá no; pero era la de San Pablo , y era la de Milton. Pueden estar ellos en lo cierto, o estarlo nosotros; pero no debemos pensar que leemos al uno o al otro si sustituimos nuestros pensamientos a sus palabras. (…)

6

24.

Volvamos ahora a los versos referentes al poder de las llaves para lograr entenderlos. Nótese la diferencia entre Milton y Dante en la interpretación de este poder; por una vez, el pensamiento del último es más débil; supone que ambas llaves son de la puerta de los cielos, una de oro, la otra de plata, ambas son dadas por San Pedro al ángel guardián y no es fácil determinar el significado, tanto de las sustancias de los tres escalones de la puerta, como de las dos llaves. Pero Milton supone una de ellas, la de oro, del cielo; la otra, de hierro, la llave de la prisión en la cual se hallan encerrados los malos maestros porque "que no se han apoderado de la llave del

6. Los hechos de los Apóstoles, XX, 28-29

conocimiento; para que ellos mismos entren al mundo de la ciencia". Hemos visto que los deberes del obispo y del pastor son ver y apacentar, y de todos los que así hacen se ha dicho: "El que riega, será regado". Pero lo inverso es también verdad. El que no riega, se marchitará; y el que no ve, será encerrado lejos de la luz, encerrado en la prisión perpetua. Esta orden a los ángeles fuertes, de los cuales el apóstol Pedro es la imagen, "¡Tomadlo, y atado de pies y manos arrojadlo! se aplica, en realidad, contra el maestro, por cada auxilio no prestado, por cada verdad negada, por cada falsedad inculcada; así, es más estrechamente encadenado quien más encadena, y más proscrito quien más proscribe, hasta que, al fin, las barras de la prisión de hierro se cierran sobre él, y así como "la de oro abre, la de hierro cierra, fuertemente".

25.

Hemos tomado algo de esos versos, me parece, y mucho más aun puede sin duda encontrarse en ellos; pero ya hemos hecho bastante para ilustrar ese género de examen -palabra por palabra, de un autor- que es el único que realmente merece el nombre de lectura, estudiando cada matiz; de expresión y ubicándonos siempre en el lugar del autor, aniquilando nuestra propia personalidad y tratando de entrar en la suya, de tal modo que podamos decir con seguridad esto “esto piensa Milton”, y no esto pienso yo al leer erróneamente a Milton. Y por, este proceso llegaréis gradualmente a conceder menos importancia a vuestro "así pensaba yo" en otros tiempos. Comenzaréis a advertir que lo que pensabais vosotros no importaba gran cosa que vuestros pensamientos sobre tal o cual cuestión no eran quizá los más claros y profundos a que podía negarse acerca de la materia; en suma, que en realidad, a menos que seáis una persona

en verdad singular, no se puede decir que tengáis un pensamiento propio. Os faltan los materiales para ello, en cualquier cuestión de importancia, sea la que sea ; y, por consiguiente –en realidad-, no tenéis derecho a pensar, sino sólo a tratar de aprender algo más de los hechos. Es posible que en toda vuestra vida (a menos, como he dicho, que seáis, una persona excepcional) no tendréis realmente derecho a una idea en asunto alguno, excepto aquello que tenéis de un modo inmediato entre manos. En lo que no hay más remedio que hacer, sin duda podéis decidir cómo hacerlo. ¿Tenéis una casa que conservar, una mercancía que vender, un campo que labrar, un pozo que limpiar? No necesitáis tener dos ideas sobre el procedimiento para llevar a cabo estas cosas; el peligro para vosotros es si apenas tenéis una idea sobre lo que conviene hacer en tales casos. También, además de vuestros propios negocios, hay varios asuntos en los cuales estáis obligados a tener una idea. Que la bribonada y la mentira son censurables, y deben ser al instante castigadas una vez descubiertas; que la codicia y el amor a las querellas son inclinaciones peligrosas aun en los niños, en los hombres y las naciones. El maestro debe enseñar a amar a la gente activa, modesta y buena, y detestar a la mala, la orgullosa, vehemente y cruel; en estos hechos generales estáis obligado a tener una idea, y ésta en verdad firme. Por lo demás, respecto a religiones, gobiernos, ciencias, artes, encontraréis que, en total, podéis no saber nada, no juzgar nada; que lo mejor que podéis hacer, aunque seáis una persona bien educada, es guardar silencio, y tratar de ser más cuerdo cada día, y comprender un poco más los pensamientos ajenos, los cuales, tan

7

7. La educación moderna, en su mayor parte, significa dar a la gente la facultad de pensar erróneamente en casi todas las cuestiones.de importancia para ella.

pronto como tratéis de comprenderlos honradamente, descubriréis que aun los de los hombres más sabios, son en realidad poco más que bien planteados. Presentaros la dificultad en forma clara, y exponeros las razones de permanecer en la indecisión, esto es lo

que pueden en general hacer por vosotros; y tanto mejor para ellos

y para nosotros, si de verdad son capaces de "mezclar la música con nuestros pensamientos y entristecernos con dudas divinas". Este

escritor, del cual os he leído un pasaje, no se halla entre los primeros

o más sabios; las cosas que ve las ve con precisión y, por tanto, es

fácil encontrar su pleno significado; pero en los hombres más grandes no podréis sondear su significado; ellos mismos no lo han medido por completo, tan vasto es. Suponed que yo os hubiese pedido, por ejemplo, que averiguaseis la opinión de Shakespeare, en lugar de la de Milton, en esta cuestión de la autoridad de la Iglesia, o la de Dante. ¿Tiene alguno de vosotros, en este momento, la menor idea de lo que uno u otro pensaban acerca de ésto? ¿Habéis comparado alguna vez la escena de los obispos, en Ricardo III, con el carácter de Cranmer , la descripción de San Francisco y Santo Domingo con la de aquel que hace a Virgilio contemplarlo con asombro: disteso, tanto vilmente, nell'eterno esilio, o la de aquel otro ante el cual hubo de detenerse Dante come'l frate che confesa lo pérfido assasin? ¡Shakespeare y el Alighieri conocían a los hombres mejor que la mayoría de nosotros, me imagino! Ambos se hallaban en medio de la gran lucha entre los poderes temporal y espiritual. Podemos conjeturar, pues, que tendrían una idea acerca de ellos. Pero ¿dónde está? ¡Presentadla ante el tribunal! ¡Reducid la creencia de Shakespeare y de Dante a fórmulas, y enviadla como prueba a los tribunales eclesiásticos!

8

8. En el Enrique VIII de Shakespeare (en

parte).

26.

No seríais capaces, os lo digo otra vez, ni aun en muchos días, de llegar al verdadero propósito y a las enseñanzas de estos grandes hombres; pero un estudio honrado, por reducido que sea, de ellos, os hará capaces de percibir que lo que tomabais por vuestro propio juicio era mero prejuicio del azar, ligeras, flotantes y enmarañadas algas del pensamiento estancado; veréis, además, que el espíritu de la mayor parte de los hombres apenas si es en realidad otra cosa que un brezal áspero, olvidado e inculto, en parte estéril, en parte cubierto de jarales pestilentes y hierbas venenosas sembradas por el viento, tan inútiles como dañinas; que la primera cosa que debéis hacer con ellas, y por vosotros mismos, es prenderles fuego animosa y despectivamente; quemar toda la maleza y reducirla a saludables montones de cenizas, para luego labrar y sembrar. Toda verdadera obra literaria que proyectéis en vuestra vida; debe comenzar por obedecer a esta orden: "labrad vuestros campos en barbecho, y no sembréis entre espinas".

27.

9

Después de haber escuchado fielmente a los grandes maestros, a fin de poder entrar en sus pensamientos, tenéis aun este progreso más alto que hacer; debéis entrar en sus corazones. Así como primero vais a ellos para tener una visión clara, así debéis permanecer luego con ellos, a fin de poder participar en último término, de su justa e intensa pasión. Pasión, o sensación. No me asusto de la palabra, y aun menos de la cosa. He oído hace poco muchos clamores contra la sensación pero yo os los digo; no

9. Compárese con la sección 13

necesitamos menos sensaciones. sino más. La ennoblecedora diferencia entre un hombre y otro, entre un animal y otro, se encuentra precisamente en esto: que unos sienten más que otros. Si fuésemos esponjas, quizá la sensación no podría ser obtenida con facilidad por nosotros; si fuésemos gusanos, expuestos a cada instante a ser divididos en dos por el azadón, quizá el exceso de sensaciones no sería bueno para nosotros. Pero, siendo, como somos criaturas humanas, son, sin duda, buenas; en realidad somos humanos solamente porque somos sensibles, y nuestro honor se halla precisamente en proporción con nuestra pasión.

28.

Sabéis que he dicho de esa grande y pura sociedad de los muertos, que no permitirá "entrar en ella a persona alguna vana y vulgar”. ¿Qué pensáis que entiendo por una persona "vulgar"? ¿Qué entendéis vosotros mismos por vulgaridad? Encuentro que éste es un fructífero tema de pensamiento; pero, en pocas palabras, la esencia de toda vulgaridad estriba en la carencia de sensaciones. La vulgaridad inocente y simple es tan sólo embotamiento y falta de desarrollo del cuerpo y el alma; pero en la verdadera vulgaridad innata hay una horrible callosidad, la cual, en último extremo, hace capaz de toda, clase de hábitos bestiales y de crímenes sin temor, sin placer, sin horror y sin piedad. La mano embotada y el corazón muerto, el hábito enfermo, la conciencia empedernida, es lo que hace vulgares a los hombres, vulgares en definitiva, precisamente en la proporción en la cual son Incapaces de simpatía, de entendimiento vivaz, de todo lo que, tomando en una acepción más amplia un término muy común, pero muy exacto, puede llamarse el tacto o "facultad de tocar", del cuerpo y el alma; ese tacto que la

mimosa tiene entre los árboles; que la mujer pura posee en mayor grado que todas las demás criaturas: finura y plenitud de sensación más allá de la razón, guía y santificador de la razón misma. La razón no puede determinar si no lo que es verdad: es la pasión a la humanidad, la única capaz de reconocer lo que se ha hecho de bueno.

29.

Acudimos, pues, a este gran concurso de los muertos, no sólo para conocer por ellos lo que es verdad, sino sobre todo para sentir con ellos lo que es justo. Ahora bien, para sentir con ellos debemos ser semejantes a ellos; y ninguno de nosotros puede obtener este resultado sin esfuerzo. Así como el verdadero conocimiento es un conocimiento disciplinado y comprobado, no el primer conocimiento que se adquiere, así la verdadera pasión es una pasión disciplinada y comprobada, aunque tampoco la primera pasión que llega. Las primeras son las vanas, las falsas, las traidoras; si cedéis a ellas os conducirán loca y descarriadamente, en propósitos vanos y entusiasmos vacuos, hasta que no quede en vosotros propósito verdadero ni verdadera pasión. No es que cualquier sentimiento posible para la humanidad sea en sí mismo malo, pero sin duda lo es cuando aparece indisciplinado. Su nobleza estriba en su fuerza y su justicia; es malo cuando es débil, y sentido por una causa mezquina. Hay un modo de admirarse, como el de un niño que ve a un juglar hacer juegos malabares con esferas doradas; y esto, si queréis, es bajo. Pero, ¿pensáis que es innoble la admiración o menor la sensación con la que un alma humana contempla las esferas doradas del cielo lanzadas en medio de la noche por la mano que las creó? Hay una curiosidad baja, como la del niño que abre una puerta prohibida, o la del sirviente que espía lo que hace su amo; y una curiosidad noble, que inquiere, haciendo frente al peligro, la fuente

del gran río más allá del desierto, la situación de los grandes continentes más allá del mar; una curiosidad más noble aun inquiere la fuente del río de la vida y el espacio del continente de los cielos, las cosas que "los ángeles desean mirar". Así, es innoble la ansiedad con que seguís el curso y esperáis el desenlace, la catástrofe de un cuento fútil; pero, ¿pensáis que es menor o mayor la ansiedad con la que observáis, o debéis observar, los juegos del hado y el destino con la vida de una nación agonizante? lAy!, es la estrechez, el egoísmo, la mezquindad de vuestros sentimientos lo que debéis deplorar hoy en Inglaterra; sentimientos que se gastan a sí mismos en ramos y discursos, en orgías y convites, en combates fingidos y alegres, jocosas representaciones de títeres, cuando podéis mirar y ver nobles naciones asesinadas, hombre tras hombre, mujer tras mujer, niño tras niño, sin un esfuerzo ni una lágrima.

30.

He dicho "mezquindad" y "egoísmo" de sentimiento, pero debería haber dicho injusticia o iniquidad de sentimiento. Porque así como en nada se diferencia tanto un hombre noble de una persona vulgar, del mismo modo en nada se distingue tanto una nación noble (ha habido tales naciones) de un populacho como en lo siguiente: sus sentimientos son constantes y justos, resultados de una meditación adecuada y de pensamiento continuo. Podréis, con la palabra manejar, sus sentimientos podrán ser -y generalmente lo son- en su conjunto, generosos y rectos; pero no tiene fundamento para ellos, ni por tanto el dominio de ellos; podréis atormentada o halagada a vuestro gusto; piensa por contagio, la mayor parte de las veces, contagiándose de una opinión como de un resfriado, y nada es tan pequeño que no la haga rugir como un salvaje cuando llega al acceso,

nada tan grande que no lo olvide en una hora cuando el acceso ha pasado. Pero en un hombre o en una nación noble las pasiones son justas, mesuradas y continuas. Una gran nación, por ejemplo, no aplica su ingenio nacional durante un par de meses a examinar con toda minucia las pruebas de un crimen cometido por un solo

individuo; y se pasa dos años viendo a sus propios hijos matarse los unos a los otros mil o diez mil por día, considerando tan sólo el efecto que podrán producir estas matanzas sobre el precio del algodón, e

importándole un bledo el saber de qué lado está la razón

nación no enviará a sus pobres niños desvalidos a la cárcel por media

docena de nueces, y permitirá a sus defraudadores robar sus centenas de miles con toda impunidad, y a sus banqueros, enriquecidos con los ahorros de los pobres, cerrar sus puertas "por circunstancias al margen de su voluntad", con un simple "ustedes dispensen"; y consentirá la compra de grandes territorios por hombres que han hecho su dinero recorriendo con vapores armados los mares de China, vendiendo opio a fuerza de cañones y alterando en beneficio de la nación extranjera la demanda vulgar del bandolero: "la bolsa o la vida" por la de "la bolsa y la vida". No permitirá una gran nación que las vidas de sus hombres pobres e inocentes sean consumidas por la fiebre de las nieblas, y corrompidas por la plaga de los estercoleros simplemente a causa de la ganancia extra de seis peniques por semana que supone para el propietario de la tierra ; y luego discutirá, con lágrimas idiotas y diabólicas compasiones, si debe, salvar piadosamente y cuidar con ternura las vidas de sus asesinos. Del mismo modo, una gran nación,

10 . Una gran

11

12

10. Alusión a la Guerra de Secesión en Estados Unidos y a la interrupción del tráfico de algodón motivada por el bloqueo de los puertos de los estados del Sur. 11.Alusión a las guerras de 1840 y 1856 motivadas por la oposición de China al tráfico del opio. 12.Véase la nota al final de la conferencia. La he hecho imprimir en el mismo tipo de letra que el resto, pues el curso de los acontecimientos después de haber sido escrita la ha hecho aun más digna de atención.

que ha admitido el patíbulo como el procedimiento más seguro para castigar homicidios en general, distinguirá con misericordia los distintos grados de culpabilidad, y no aullará como, una manada de lobos famélicos al perseguir en la nieve la huella sangrienta de un pobre zagal demente, o un Otelo palurdo y provecto, "perplejo hasta el extremo", en el mismo momento en que envía a un ministro de la corona a hacer pulidos discursos ante un hombre que pasa la bayoneta a muchachitas-ante la vista de sus padres y mata intrépidos

mozos a sangre fría con la diligencia con que un matarife de aldea mata en primavera a los corderos. Por último, una gran nación no se burla del cielo y de sus potencias pretendiendo creer en una revelación que asegura que el amor al dinero es la raíz de todos los males, a la vez que declara que no la mueve, ni aun se le pasa por las mientes que pueda moverla, otro amor que aquél en cuanto afecta la vida nacional.

13

31.

Amigos míos, no sé en realidad si ninguno de nosotros debería hablar de la lectura. Necesitamos una disciplina más estricta que ésta de la lectura; pero, en todo caso, estad seguros de que no podemos leer. No es posible leer para gente que tiene su alma en este estado. Ninguna sentencia de ningún gran escritor será inteligible para ella. Es simple y rigurosamente imposible para el público inglés, en este momento; comprender ningún escrito meditado: tan incapaz se ha vuelto de pensar con esta enfermedad de la avaricia. Por fortuna, nuestra enfermedad no ha ido aun mucho más allá de esta incapacidad de pensar. No es una corrupción de la naturaleza interior, sonamos aún como es debido cuando algo nos llega a lo hondo; y aunque la idea de que toda cosa se vende ha inficionado nuestros

13. Alusión al nuevo embajador que acababa de enviar Inglaterra a Rusia el año mismo de las matanzas de Polonia, que es también el año en que Ruskin pronunció la conferencia.

propósitos tan profundamente que, aunque quisiéramos representar el papel del buen samaritano, nunca tomaríamos nuestros dos peniques y se los daríamos al huésped -sin decirle:"cuando vuelvas otra vez, me darás cuatro”, hay todavía una capacidad de pasión noble latente en el fondo de nuestros corazones. -Demostramos esto en nuestro trabajo, en nuestra guerra, aun en estas injustas afecciones domésticas que nos hacen revolvernos furiosos ante una pequeña injusticia privada, mientras toleramos una injusticia pública infinitamente mayor: somos industriosos hasta la última hora del día, aunque añadimos la fuerza del jugador a la paciencia del trabajador; somos bravos hasta la muerte, aunque incapaces de discernir una causa efectiva para la lucha; y somos sinceros en el apego a nuestra propia carne hasta la muerte, como lo son los monstruos de los mares y las águilas de las rocas. Hay esperanza para una nación mientras aún se puede decir esto de ella. En tanto tenga su vida en la mano, pronta a darla por su honor (aunque sea un honor loco), por su amor (aunque sea un amor egoísta) y por sus negocios (aunque sean unos negocios bajos), hay esperanza para ella. Pero sólo esperanza, pues esta instintiva, temeraria virtud, no puede durar. No puede existir la nación que ha hecho un tropel de sí misma, aunque sea generosa de corazón. Debe disciplinar sus pasiones y dirigirlas, o ellas la disciplinarán algún día con látigos de escorpiones . Sobre todo, una nación no puede persistir como una masa fabricante de dinero; no puede con impunidad –no puede sino a riesgo de su existencia-continuar despreciando la literatura, despreciando la ciencia, el arte, la naturaleza, la compasión, y concentrando su alma en el dinero. ¿Pensáis que éstas son palabras ásperas o duras? Tened paciencia conmigo un rato más. Yo os probaré su verdad, cláusula por cláusula.

14

14. Véase el Libro Primero de los Reyes, XII, 14

32.

(I) He dicho primero que hemos despreciado la literatura. ¿Qué importancia tienen para nosotros, considerados como nación, los libros? ¿Cuánto pensáis que gastamos en total en nuestras bibliotecas, públicas o privadas, comparado con lo que gastamos en nuestros caballos? SI un hombre gasta pródigamente en su biblioteca, le llamáis loco, un bibliómano. Pero nunca llamáis a un hombre hipómano, aunque la gente se arruine todos los días por sus caballos, y no oigáis que se arruine por sus libros. O, yendo más lejos aún, ¿cuánto pensáis que vale el contenido de las bibliotecas del Reino Unido, públicas O privadas, comparado con el contenido de sus bodegas? ¿Qué proporción habrá entre lo que gasta en literatura y lo que gasta en manjares costosos? Hablamos de los alimentos para el alma como de los alimentos para el cuerpo; ahora bien: un buen libro contiene tales alimentos espirituales de modo inagotable, es una provisión para la vida y para la mejor parte de nosotros mismos; pero ¿cuánto tiempo la mayor parte de la gente vacilará ante el mejor de los libros antes de dar por él el precio de un gran rodaballo? Aunque haya habido hombres que hayan apretado sus estómagos y desnudado sus espaldas por comprar un libro, me parece que al final, en resumidas cuentas, sus bibliotecas han debido costarles menos que las comidas a la mayor parte de los hombres. Somos pocos quienes nos exponemos a tal prueba, y es de lamentar porque, en verdad, una cosa es más preciosa para nosotros si ha sido obtenida con esfuerzo o ahorro; y si las bibliotecas públicas fuesen la mitad de costosas que las comidas públicas, o los libros costasen la décima parte de lo que cuestan los brazaletes, hasta los más insensatos de

los hombres y las mujeres sospecharían a veces que es bueno leer, tan bueno como masticar o lucir. Pero la actual baratura de los impresos está haciendo olvidar, aun a las gentes cuerdas, que si un libro es digno de ser leído, es digno de ser comprado. Ningún libro vale algo si no vale mucho; no es utilizable hasta que ha sido leído y releído, y amado y vuelto a amar; y marcado de tal modo que podáis referiros a sus pasajes como un soldado puede echar mano del arma que necesita en la armería, o un ama de casa puede tomar las provisiones necesarias en la despensa. El pan de harina es bueno; pero hay un pan, dulce como la miel, que se puede comer en un buen libro; y en realidad tiene que ser muy pobre la familia que, una vez siquiera en su vida, no pueda, por tales panes multiplicables, pagar la cuenta del hornero. ¡Nos llamamos una nación rica, y somos lo bastante sucios y necios para hojear los libros, usados por otros, de las bibliotecas circulantes!

33.

(II) Digo que despreciamos la ciencia. "¿Cómo –exclamaréis-, no estamos a la cabeza de todos los descubridores y no está el mundo entero guiado por la razón, o la sinrazón, de nuestras invenciones?” Sí, pero ¿suponéis que esto es obra nacional? Este trabajo se hace totalmente a pesar de la nación, gracias al celo y al dinero de los particulares. En verdad nos sentimos muy satisfechos de aprovecharnos de la ciencia; no omitimos nada por apoderarnos de un hueso científico que tenga carne; pero si el científico se dirige a nosotros en busca de un hueso o una concha, esto es ya otro cuento. ¿Qué hemos hecho públicamente por la ciencia? Necesitamos conocer qué hora es, para la seguridad de nuestros barcos, y de ahí

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que paguemos un observatorio de modo parecido, toleramos que nuestro Parlamento conceda cada año, aunque de bastante mala gana, una subvención al Museo Británico, del que por otra parte la mayoría de nuestros conciudadanos tiene una vaga idea, supone que

se trata tan sólo de un sitio para guardar pájaros disecados y divertir

a los niños. Si algún particular compra un telescopio y, descubre una

nueva nebulosa, cacareamos el descubrimiento como si fuese nuestro; si uno entre diez mil de nuestros hidalgos cazadores se percata repentinamente de que la tierra se hizo para algo más que para albergar zorros en sus madrigueras, y luego de hacer las correspondientes excavaciones nos dice dónde está el oro, y dónde el carbón, comprenderemos que hay cierta utilidad de ello, y con toda justicia le condecoramos; pero ¿acaso podemos atribuirnos el mérito de estos descubrimientos accidentales así como de la manera de aprovecharlos? (Lo sorprendente, y lo que más bien podría interpretarse como un demérito para la colectividad, es que a la restante legión de hidalgos cazadores no se le haya ocurrido otra cosa que cobrar sus presas.) Pero si dudáis de estas generalidades, hay un hecho fehaciente de nuestro amor a la ciencia, el cual se ofrece a nuestra meditación. Hace dos años se hallaba a la venta en Baviera una colección de fósiles de Solenhofen, la mejor entre todas, pues contenía muchos ejemplares únicos por su perfección y algunos únicos en su especie. (Todo un reino de seres desconocidos era develado por estos fósiles.) La colección, cuyo precio en el mercado, entre compradores privados, habría sido quizá de unas mil

o mil doscientas libras, se ofrecía a la nación inglesa por setecientas; pero nosotros no quedamos dar setecientas y toda la colección hubiese ido al Museo de Munich si en ese momento el profesor

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15

Owen no hubiese obtenido con pérdida de su propio tiempo y acosando infatigablemente al público británico en la persona de sus representantes la autorización para dar cuatrocientas libras de una vez, y salido él mismo responsable por las otras trescientas, que el público le pagará probablemente algún día aunque, de mala gana desde luego e importándole un rábano el asunto, pero dispuesto a cacarear atribuyéndose el honor de la iniciativa en cuanto se presente oportunidad para ello. Os ruego que consideréis lo que este hecho significa aritméticamente. Vuestros gastos anuales públicos (un tercio de los cuales se destinan a aprestos militares) ascienden por lo menos a cincuenta millones. Ahora bien, setecientas libras es a cincuenta millones de libras exactamente lo que siete peniques a dos mil libras. Suponed, pues, un noble de fortuna desconocida, pero cuya riqueza pueda conjeturarse por el hecho de gastar dos mil libras por año en sus lacayos y el cercado de sus parques solamente, y que se proclame amante de la ciencia; y suponed que uno de sus servidores viene con precipitación a decirle que una colección única de fósiles, que abre una nueva era en la historia de la evolución, puede ser adquirida por la suma de siete peniques; y que el noble, amante de la ciencia, que gasta dos mil libras al año en su parque, responde, después de observar atentamente a su servidor durante varios meses: "¡Bien! ¡Te daré cuatro peniques para ella si por tu parte sales de fiador de los tres peniques restantes hasta el año próximo!"

34.

(III) ¡OS digo que despreciáis el arte! "¡Cómo!-responderéis otra vez-; ¿no tenemos exposiciones de arte de varias millas de longitud?

15.Doy cuenta de este hecho sin permiso del profesor Owen, quien de seguro me lo habra concedido; pero considero tan importante que el público conozca el hecho que ahora hago lo que me parece justo, aunque sea un tanto abusivo. (N. del a.)

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¿No pagamos acaso miles de libras por algunos cuadros? ¿No tenemos por ventura más escuelas e instituciones que nación alguna ha tenido?" Sí, exacto; pero todo ello es por motivos comerciales. Venderíais tan de buena gana telas como carbón de piedra, loza como hierro; si pudierais quitaríais a cada una de las otras naciones el alimento de la boca ; al no ser capaces de esto, vuestro ideal de vida es apostaros en las encrucijadas del mundo, como aprendices de Ludgate, gritando a los que pasan: "-¿Qué os hace falta?" No sabéis nada de vuestras propias facultades o de las circunstancias que os rodean; imagináis que, entre nieblas, vuestras llanuras, vuestras tierras húmedas, llanas y arcillosas, podéis tener una fantasía artística tan viva como la del francés entre sus viñedos bronceados, o la del italiano al pie de sus rocas volcánicas; que el arte puede aprenderse como se aprende la contabilidad comercial, y que, una vez aprendida, redunda en el incremento de esta contabilidad. Os importan los cuadros más o menos lo que os importan los carteles que pegáis en vuestros muros. Por lo menos siempre hay espacio en los muros para fijar los carteles y nunca para exponer los cuadros. No sabéis (ni de oídas) qué cuadros tenéis en vuestro país, ni si son buenos o malos, ni si están o no están bien cuidados: en los países extranjeros, veis con calma las obras más nobles que existen en el mundo pudriéndose en el abandono (en Venecia habéis visto los cañones austriacos apuntando deliberadamente a los palacios que las contienen); y si oís que los más bellos cuadros de Europa se han convertido mañana en sacos de arena para los fuertes austriacos, no os dolerá tanto como el echar de menos un par de piezas en vuestro morral cualquier día de caza.

16

16. Éste era el verdadero propósito del libre cambio, "todo el comercio para mi” Encontráis ahora que, gracias a la competencia otros pueblos pueden llegar a vender alguna cosa tan bien como vosotros, y clamáis otra vez; por la protección. ¡Pobrecitos! (N. del a.)

57

Éste es vuestro amor nacional por el arte.

35.

(IV) Habéis despreciado la naturaleza, es decir, todas las profundas y sagradas sensaciones del paisaje natural. Los revolucionarios franceses convirtieron en establos las catedrales de Francia; vosotros habéis convertido en campos de carreras las catedrales de la tierra. Vuestra única concepción de placer consiste en viajar en vagones de ferrocarril en torno de sus naves y comer en sus altares. Habéis tendido un puente de ferrocarril sobre Ia cascada de Schaftbausen. Habéis hecho un túnel en la roca de Lucerna, cerca de la capilla de Tell; habéis destruido la ribera de Clarens en el lago de Ginebra; -no hay un valle tranquilo en Inglaterra que no hayáis llenado con rugidos de fuego; no hay partícula del campo inglés que no hayáis manchado con las cenizas del carbón de piedra, ni ciudad extranjera en la cual vuestra presencia no aparezca delatada entre sus viejas calles y sus jardines pensativos, por una mancha blanca de lepra de nuevos hoteles y tiendas de perfumes; los Alpes mismos, que vuestros poetas acostumbraban amar tan reverentemente, los miráis como eminencias cubiertas de pinos en un Jardín colgante, las cuales os invitan a ascender y deslizaros nuevamente por su falda con "chillidos de alegría". Cuando no podéis gritar, careciendo de voz humana articulada para decir lo que gozáis, llenáis la quietud de sus valles con explosiones de pólvora, y volvéis a vuestras casas enrojecidos por la erisipela de la vanidad y estremeciéndoos con el hipo convulsivo de la petulancia. Creo que los dos espectáculos más penosos que he visto en la humanidad, si penetramos en su significación profunda, son las multitudes inglesas en el valle de

Chamonix, divirtiéndose en disparar cañones herrumbrosos; y los viñadores suizos de Zurich, expresando su gratitud por el don del vino, reuniéndose en grupos en "las torres de los viñedos" y cargando y descargando sin término sus pistolones desde la mañana hasta la noche. Es digno de piedad quien tiene un concepto oscuro del deber; pero más digno de piedad aún se me antoja quien tiene un concepto de la alegría como éste.

36.

En último término despreciáis la compasión. No se necesita de palabras mías para probarlo. Quiero tan sólo imprimir uno de los recortes de periódico que tengo la costumbre de guardar en mi cajón; es un trozo de un número del Daily Telegraph de fecha anterior a este año [1867] (fecha que, aunque por descuido dejé de marcar, es fácilmente determinable, porque en el dorso del recorte hay este anuncio: "ayer se celebró el séptimo de los servicios de este año por el obispo de Ripon en San Pablo”) en el que aparece un ejemplo interesante de economía política moderna que vale la pena conservar, razón por la cual lo he recogido en la nota al pie . Pero, desde luego, lo que me interesó es el contenido de este recorte principal; en él se relata sólo uno de esos hechos que acontecen ahora todos los días, aunque éste, por casualidad, ha tomado una forma por la cual ha sido llevado ante el juez. Imprimiré el párrafo en letras rojas. Estad seguros de que tales hechos se hallan escritos en este color en un libro del cual nosotros todos, letrados e iletrados, habremos de leer nuestra página algún día.

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17. "Se anuncia haberse llevado a cabo un convenio entre el Ministerio de Hacienda y el Banco de Créditos para efectuar el pago de los once millones que el Estado debe abonar al Banco de la Nación el 14 de este mes. Esta suma será obtenida de la manera siguiente: cada uno de los once miembros comerciales del directorio del Banco de Créditos suscribirá un

"Una investigación se ha llevado a cabo el viernes por Mr. Richards, delegado judicial, en la White Horse Tavern, Christ Church, Spitalfields sobre la muerte de Michael CoIlins, de cincuenta y ocho años de edad. Mary ColIins, una mujer de aspecto miserable, decía haber vivido con el muerto y su hijo en un cuarto, número 2, Cobb's Court, Christ Church. El muerto era un zapatero de viejo. La testigo buscaba botas viejas; el muerto y su hijo las recomponían, y entonces la testigo las vendía por lo que le querían dar en las tiendas, lo cual era realmente muy poco. El muerto y su hijo acostumbraban trabajar noche y día para obtener un poco de pan y té y pagar el cuarto (2 chelines por semana), a fin de poder vivir en familia. La noche del viernes de esta semana el difunto se levantó de su banco y comenzó a tiritar. Tiró las botas al suelo diciendo: "Otro las acabará cuando yo no exista; no puedo más”. No tenían fuego, y Michael, dijo: "Me pondría mejor si tuviese un poco de calor". La testigo cogió entonces dos pares de botas compuestas para venderlas en la tienda; pero sólo pudo obtener 14 peniques por los dos pares, pues la gente de la tienda alegaba: “Nosotros también debemos tener nuestra ganancia”. La testigo adquirió 14 libras de carbón y un poco de té y pan. Su hijo permaneció sentado toda la noche haciendo composturas para ganar algún dinero, pero el enfermo murió el sábado por la mañana. La familia nunca había comido lo bastante. El juez: "Me parece deplorable que no hayan ingresado ustedes en un asilo". La testigo: "Estábamos acostumbrados a las comodidades de nuestra casita". Un jurado preguntó en qué consistían estas comodidades, porque él sólo había visto un poco de paja en el rincón del cuarto, cuyas ventanas estaban rotas. La testigo

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18. Una de las cosas por las cuales debemos esforzarnos resueltamente, en bien de todas las clases, es nuestra organización futura; debe ser una en la que no se usen artículos de vestir recompuestos.

comenzó a llorar, y dijo que tenía una colcha y algunas otras cosillas. El difunto había dicho que él nunca Iría a un asilo. En el verano, cuando la estación era benigna, sacaban a veces una ganancia de hasta diez chelines por semana, En esos casos ahorraban siempre para la semana siguiente, que era por lo general mala. En invierno no ganaban ni siquiera la mitad. Durante tres años habían ido de mal en peor. Cornelius Collins declaró que había ayudado a su padre desde1847. Como solían trabajar tanto durante la noche, los dos casi perdieron la vista. El testigo tenía ahora una especie de membrana sobre los ojos. Hacía cinco años que el difunto acudió a la parroquia en solicitud de auxilio. El encargado de los socorros le dio un pan de cuatro libras, y le dijo que si volvía le "darían piedras” . Esto disgustó al difunto, quien se negó rotundamente a recurrir de Papini Giovanni - Gogscribendum nuevo al encargado. La situación fue empeorando hasta el viernes de la última semana, cuando no tenían ya ni siquiera medio penique para comprar una

difunto entonces se dejó caer en su camastro de paja, y dijo

vela. El

que no podría durar hasta la mañana. Un jurado: "Pero usted mismo se está muriendo de inanición y debería irse al asilo hasta el verano," El testigo: "Si entrásemos en él

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19. Ignoro lo que esto quiere decir. No obstante, curiosamente en la forma verbal con cierto pasaje que algunos de nosotros podemos recordar. Quizá conviene

conservar al lado de este párrafo otro recorte de un artículo del Morning Post, de fecha aproximadamente paralela, viernes, marzo 10, 1865. Los salones de

Madame C

estaban llenos de príncipes, duques, marqueses y condes; en suma, la misma sociedad masculina que se encuentra en las fiestas de la princesa Metternich y madame Drouyn de Lhuys. Algunos pares ingleses y miembros del Parlamento estaban presentes y parecían complacerse en ese ambiente brillante y equívoco. En el segundo piso, la mesa de la cena aparecía cubierta de todos los manjares delicados de la estación. Para que nuestros lectores puedan formarse una idea de lo exquisito de estos manjares del demi mond parisiense, copio el menú de la cena que se sirvió a los invitados (alrededor de 200) que se sentaron a las cuatro de la madrugada. Iquen superior, Johannisberg Laffite, tokay y champagne de las mejores bodegas fueron servidos profusamente durante toda la comida. Después de esta el baile se reanudó con animación creciente y terminó con un chaine diabolique y un cancan denfer a las siete de la mañana.

quien hacía los honores con gracia y elegancia bastante bien imitadas,

moriríamos. Al salir de él pareceríamos gente caída del cielo. Nadie nos conocería y ni siquiera tendríamos un aposento. Yo podría trabajar ahora si comiese un poco más, pues mi vista mejoraría”. El doctor P. Walker dijo que "el difunto había muerto de un síncope a causa del agotamiento y la falta de alimentación. El difunto no poseía la menor ropa de cama. Durante cuatro meses no pudo comer sino un poco de pan. No tenía ni una partícula de grasa en el cuerpo. No padecía ninguna enfermedad y, si hubiera tenido asistencia médica habría podido sobrevivir al síncope o desmayo. Al destacar el juez la naturaleza penosa del caso, el jurado dio el siguiente veredicto: “Que el difunto había muerto de agotamiento, por falta de alimentación y de las cosas comúnmente necesarias para la vida, también por falta de asistencia médica.”

37.

¿Por qué el testigo no entraría en el asilo?", preguntaréis. Pues bien, es el caso que el pobre parece tener un prejuicio contra el asilo que el rico no tiene. Claro está que todo el que percibe una pensión del gobierno puede decirse que entra en un asilo en gran escala sólo que los asilos de los ricos no implican la idea de trabajo y podrían ser denominados, con mayor propiedad, casas de recreo. Pero el pobre gusta de morir independientemente, según parece; quizá si hiciéramos las casas de recreo para ellos más bonitas y agradables, o les diésemos sus pensiones en casa y les permitiésemos una pequeña especulación previa con el dinero público, su espíritu podría resignarse a estas condiciones.

Entre tanto, el hecho es que los socorremos pero a la vez los

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20. Dígnese observar esto el hombre de Estado y piense en ello, y considere que si una pobre vieja se avergüenza de recibir un chelín del país por semana, nadie, en cambio, se avergüenza de recibir una pensión de mil libras por año.

insultamos o los compadecemos, de modo que prefieren morir antes que tomar el socorro de nuestras manos; o bien los dejamos tan ignorantes e insensatos que perecen como animales, salvajes y mudos, sin saber qué hacer o qué pedir. He dicho: despreciáis la compasión; y si realmente no lo hicierais, tal párrafo del periódico sería tan imposible en un país cristiano como lo sería que se permitiese en la vía pública un asesinato premeditado. ¿"Cristiano" digo? ¡Ay!, si siquiera fuésemos francamente no cristianos, esto: sería imposible; es nuestro cristianismo imaginario el que nos ayuda a cometer tales crímenes, porque nos deleitamos y fiamos en nuestra fe por la placentera sensación que nos produce; aliñándola, como todo lo demás, de ficción.

38.

Todos estos placeres, pues, y todas estas virtudes, repito, los despreciáis en tanto que nación. Pero tenéis hombres entre vosotros que no los desprecian; hombres por cuyo trabajo, cuyo esfuerzo, cuya vida y cuya muerte, vivís vosotros, sin que Jamás se os ocurra pensar en ellos y agradecerles lo que hacen. Vuestras riquezas, vuestras diversiones, vuestro orgullo, serían todos igualmente imposibles sin aquellos a quienes desdeñáis u olvidáis. El policía que pasea de arriba a abajo por la oscura callejuela toda la noche, acechando el delito que vosotros habéis creado, que puede perder la vida o quedar mutilado para siempre en cualquier momento, sin que nadie se lo recompense; el marinero, que lucha con la cólera del mar; el estudiante atento a su libro o a su retorta; el trabajador común, sin fama y casi sin alimentos, que cumple su tarea como los caballos tiran de los carros, sin esperanza y despreciado por todos;

éstos son los hombres por los cuales vive Inglaterra; pero no son la nación; son sólo su cuerpo y su energía nerviosa, la cual obra por la fuerza del hábito adquirido con una perseverancia convulsiva mientras el espíritu está ausente. Nuestros deseos y propósitos nacionales consisten en divertirnos; nuestra religión nacional se reduce a la representación de ceremonias eclesiásticas y la predicación de verdades soporíferas (o mentiras) para mantener a Ia multitud trabajando, mientras nosotros nos divertimos; y la necesidad de esta diversión crece en nosotros como una enfermedad febril que quema la garganta y extravía los ojos, que nos hace insensibles, disolutos, crueles, ¡Cuán literalmente esta palabra dis-ease (enfermedad), negación e imposibilidad de ease (salud) expresa el completo estado moral de nuestra vida inglesa y de sus diversiones!

39.

Cuando los hombres se hallan debidamente ocupados, sus diversiones brotan de su trabajo, como los pétalos coloreados de la flor brotan de ella; cuando son fielmente útiles y compasivos, todas sus emociones se hacen estables, profundas, perpetuas y vivifican al alma como e! pulso normal al cuerpo. Pero ahora, sin una verdadera ocupación, desperdiciamos toda nuestra energía viril en la falsa ocupación de hacer dinero; y, al carecer de verdadera emoción, tenemos que procurarnos falsas emociones aderezadas por nosotros para jugar con ellas, no con inocencia como los niños con sus juguetes, sino culpable y sombríamente como los judíos idólatras con sus pinturas en los muros de las cavernas, para descubrir las cuales los hombres tienen que cavar. La justicia que no hacemos la simulamos en la novela y en el teatro, la belleza de la naturaleza que

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destruimos la sustituimos por la metamorfosis de la pantomima, y (como nuestra naturaleza humana requiere imperativamente el terror y el dolor de alguna especie), en vez de la noble pena que debíamos sentir con nuestros semejantes y las lágrimas puras que

debíamos llorar con ellos, nos deleitamos con el dramatismo de los

tribunales de justicia, y

recogemos el rocío nocturno en la tumba.

40.

Es difícil estimar la verdadera significación de estas cosas; los hechos por sí mismos son bastante horribles; la medida de la culpabilidad nacional implícita en ellos no es quizá tan grande como parece a primera vista. Permitimos o causamos miles de muertes cada día, sin por ello querer hacer daño expresamente; pegamos fuego a las casas y arrasamos los campos de los aldeanos, pero nos apesadumbraría descubrir que hemos hecho mal a alguien. Somos aún de buen corazón, hasta capaces de virtud; sólo que lo somos como los niños. Chalmers, al fin de su larga vida, habiendo tenido gran influencia sobre el público, molesto porque en cada cuestión seria alguien pensara en apelara la "opinión pública", no pudo contener una exclamación impaciente: "¡El público no es más que un niño grande!" Y la razón de que yo me haya permitido mezclar todos estos temas más graves de meditación en una pesquisa sobre los métodos de lectura, es que cuanto más considero nuestras faltas y miserias nacionales más veo que la culpa la tienen nuestra cultura en estado pueril todavía y la ignorancia de los hábitos más elementales de pensamiento. No es vicio, repito, ni egoísmo ni embotamiento del cerebro, lo que tenemos que lamentar, sino una irremediable despreocupación de colegiales, la cual apenas si difiere de la de los verdaderos colegiales en la incapacidad de ser corregida, pues no

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reconoce maestro alguno.

nosotros?"

Así

estos

reyes,

con

sus

coronas

firmes

y

resplandecientes,

vendrían

a

nuestro

encuentro

diciendo:

41.

Una curiosa alegoría de lo que somos nos la ofrece una amable y olvidada obrecilla del último de nuestros grandes pintores. Es un dibujo del cementerio de Kirkby Lonsdale, de su arroyo, de su valle y sus collados, recortándose sobre el cielo entoldado de la mañana. Tan indiferente a todo ello como a los muertos que han dejado este valle y este cielo por otros cielos y valles, un grupo de niños de la escuela ha apilado sus libros de texto sobre una tumba y se divierte derribándolos a pedradas. Así también jugamos nosotros con las palabras de los muertos, que podrían instruirnos, y las derribamos y arrojamos lejos de nosotros con nuestra voluntad rebelde y caprichosa, sin pensar que esas páginas que el viento dispersa habían sido apiladas no sólo sobre una tumba, sino sobre una cripta encantada; sí, sobre la puerta de una gran ciudad de reyes dormidos, que despertarían a nuestro contacto y caminarían con nosotros siempre que supiésemos llamarlos por sus nombres. ¡Cuántas veces, aunque levantamos la puerta de mármol de la entrada, no hacemos sino vagar entre estos viejos reyes en reposo, y tocar las vestiduras en que yacen envueltos y desarreglar las coronas que ciñen sus frentes. Por eso permanecen silenciosos y nos parecen sólo una imagen polvorienta porque no sabemos la palabra encantada que los despertaría y que, si la oyeran les haría levantarse y venir a nuestro encuentro en toda su majestad de antaño para mirarnos atentamente, como los reyes caídos en las regiones del Hades van al encuentro de los recién llegados diciéndoles: "¿También tú enfermaste como nosotros?; ¿también tú te volviste uno de

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"¿También tú te has vuelto puro y fuerte de corazón como nosotros?; ¿también tú eres ya uno de los nuestros?"

42.

Ser grande de corazón, grande de alma, -magnánimo-: tal es la verdadera grandeza en la vida; y llegar a serlo es, en verdad, "avanzar en la vida": en la vida misma, y no en los accesorios de ella. Amigos míos, ¿os acordáis de lo que acostumbraban hacer los escitas cuando moría el jefe de una casa? ¿Cómo le vestían con sus vestidos más ricos y le sentaban en su carro, y le llevaban a las casas de sus amigos, y cada uno de ellos le colocaba en la cabecera de su mesa, y todos comían y hacían fiesta en su presencia? Suponed que os fuese ofrecido en simples palabras, como se os ofrece en hechos terribles, que pudieseis obtener este honor del escita gradualmente; mientras pensáis que aún estáis en vida. Suponed que el ofrecimiento fuera éste: Moriréis lentamente; vuestra sangre se irá enfriando día tras día, vuestra carne se petrificará, vuestro corazón latirá al fin sólo como un conjunto de válvulas de hierro oxidadas. Vuestra vida se marchitará, y se hundirá en la tierra hasta penetrar en el hielo de Caína pero, cada día, vuestro cuerpo estará más espléndidamente ataviado, y será transportado en carrozas cada vez más altas y ostentará más insignias en su pecho o coronas en su cabeza, si queréis. Los hombres se inclinarán ante él, se admirarán y lanzarán exclamaciones en torno suyo y se agolparán en las calles para verlo; construirán palacios para él, lo colocarán en la cabecera de sus

21

21. o Cainía: Círcuo del infierno de Dante. Cantos V y XXXII

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mesas durante toda la noche en sus festines, y vuestra alma permanecerá en su interior lo suficiente para saber cómo le tratan, y sentir el peso de los atavíos de oro en sus hombros y el de la corona en su cráneo: pero nada más. ¿Aceptaríais este ofrecimiento hecho verbalmente por el ángel de la muerte? ¿Pensáis que lo aceptaría el más ínfimo de nosotros? Sin embargo, prácticamente y en cierto modo todos nosotros nos aferramos a él; muchos, en toda la plenitud de su horror. Todos los hombres lo aceptan: quien desea avanzar en la vida sin saber lo que la vida es; quien cree que la vida sólo consiste en tener más caballos y criados, más fortuna y honores públicos, y no más alma. Pero la verdad es que sólo avanza en la vida aquel cuyo corazón se hace más tierno, y su sangre más ardiente, y su cerebro más perspicaz. Los hombres que tienen esta vida en sí, son los verdaderos señores o reyes de la tierra: ellos, y sólo ellos. Todas las otras realezas, por verdaderas que sean, sólo son el resultado práctico y la expresión de aquéllas. Si quedan por debajo de ellas, sólo serán realezas de teatro, exhibiciones lujosas, con joyas verdaderas en lugar de oropeles; pero, de todos modos, solamente juguetes de los pueblos, o bien no serán realezas en absoluto, sino meras tiranías, o el simple resultado práctico y activo de la locura nacional; por cuya razón he dicho en otra parte: "Los gobiernos visibles son el juguete de algunas naciones, la enfermedad de otras, los arneses de algunas, la carga de las más".

43.

Pero no encuentro palabras para expresar la admiración con que oigo hablar de la Realeza, aun entre hombres de entendimiento como si las naciones gobernadas fueran una propiedad personal y

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pudiesen ser vendidas o compradas, o adquiridas de algún modo, como carneros, de cuya carne su rey se ha de alimentar y cuyos vellones ha de recoger ¡como sí el epíteto indignado de Aquiles, contra los malos reyes, ''devoradores del pueblo", debiese ser el título constante y adecuado de todos los monarcas; y el acrecentamiento de los dominios de un rey significase lo mismo que el acrecentamiento de la fortuna privada de un hombre! Los reyes que así piensan, por poderosos que sean, no pueden ser los verdaderos reyes de la nación sino algo así como los tábanos con respecto a un caballo al que pueden chupar sangre y enfurecer, pero no guiar. Ellos y sus cortes y sus ejércitos son, si bien lo miramos, como una gran especie de mosquitos de pantano, con trompas agudas y armoniosas, adiestrados como una orquesta que hace resonar sus clarines en el aire estival; nubes resplandecientes de insectos que en ocasiones podrán hasta embellecer el crepúsculo, pero que difícilmente lo harán más saludable. Los verdaderos reyes, entre tanto, gobiernan con tranquilidad si es que gobiernan, y por lo general detestan el gobernar; muchos de ellos hacen il gran rifiuto y si no lo hacen, la multitud, en cuanto lo crea útil para ella, tened la seguridad de que no vacilará en hacer su gran rifiuto de ellos.

44.

Sin embargo, el rey visible puede también ser un rey verdadero alguna vez, si alguna vez estima sus dominios por su fuerza, y no por sus límites geográficos. Poco importa que el Trent os arranque un castillo aquí, o el Rin os lo arrebate allá. Pero sí es importante para vosotros, reyes de los hombres, el poder realmente decir a este hombre "vete", y que se marche; y a ese otro "ven", y que venga, y el

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poder manejar vuestro pueblo, como podéis desviar el Trent, y el saber a dónde los mandáis ir o venir. Os importa, reyes de los hombres, saber si vuestro pueblo os aborrece y muere por vosotros, o si os ama y vive por vosotros. Debéis medir vuestros dominios por multitudes mejor que por millas y contar por grados de latitud de amor, no desde, sino hacia un ecuador maravillosamente cálido e infinito.

45.

¡Medir! No, no podéis, medir. ¿Quién medirá la diferencia entre el poder de quienes "hacen y enseñan", y son los más grandes en los reinos de la tierra como de los cielos, y el poder de aquellos que deshacen y consumen, cuyo poder, aun en su máximo, no es sino el poder de la polilla y de la herrumbre? ¡Qué extraño! ¡Pensar que los reyes-polillas guardan sus tesoros para la polilla, y los reyes- herrumbre, que son a la fuerza de su pueblo lo que la herrumbre a las armaduras, guardan sus tesoros para la herrumbre, y los reyes- ladrones para los ladrones, y que sean tan pocos los reyes que acumularon nunca tesoros que no necesitan custodia, tesoros tanto más ricos cuanto más son los ladrones! Vestiduras bordadas sólo para ser destruidas, yelmos y espadas sólo para empeñarse, joyas y oro sólo para ser disipados: tres clases de reyes ha habido que han acumulado estas tres clases de tesoros. Pero suponed que pueda surgir un cuarto orden de reyes-, que hayan leído, en algún escrito oscuro de antaño, que hay un cuarto género de tesoros, los cuales no pueden igualar las joyas y el oro y que no puede ser valorado como el oro. Una tela más hermosa que todas por haber sido tejida con la lanzadera de Atenea; una armadura, forjada en un fuego más divino por la fuerza de Vulcano; un oro que no puede ser extraído sino de las rojas entrañas del sol, cuando se pone tras las rocas de Delfos: tela de

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un tinte inmutable, armadura impenetrable, oro potable. ¡Los tres grandes ángeles de la Conducta, el Trabajo y el Pensamiento, que nos llaman sin cesar y aguardan a nuestra puerta para guiarnos, sí queremos, con su poder alado, y conducirnos, con sus ojos infalibles por el sendero que ningún ave conoce y que no han visto siquiera los ojos del buitre! ¡Suponed que puedan surgir algún día reyes que oigan y crean estas palabras y al fin acumulen y empleen tesoros de sabiduría para su pueblo.

46.

Pensad qué cosa extraordinaria sería! ¡Qué inconcebible en el estado presente de nuestra sabiduría nacional! iQue educásemos a nuestros aldeanos en un ejercicio de libros en vez de un ejercicio de bayonetas! ¡Que organizáramos y tuviésemos a sueldo ejércitos de pensadores en vez de ejércitos de espadachines! ¡Que encontrásemos más divertido un salón de lectura que un campo de tiro; que diésemos premios por haber dado justo en una idea más como por haber puesto una bala en el blanco! ¡Y qué absurda parece la idea, así en palabras, de que los capitalistas de las naciones civilizadas puedan llegar algún día a sostener la literatura en vez de la guerra!

47.

Tened paciencia y permitidme que os lea un párrafo del único libro que he escrito hasta ahora que pueda llamarse realmente libro; el único que quizá perdure (si es que perdura alguno) de todos los míos. "Hay una forma en verdad horrible de la acción de la riqueza en Europa, pues la riqueza capitalista es la que sostiene las guerras

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injustas. Las guerras justas no necesitan tanto dinero para sostenerse, pues la mayor parte de los hombres que las sostienen,

las sostienen gratis; pero, para una guerra injusta, los cuerpos y las almas de los hombres tienen que ser comprados e igualmente tienen que ser compradas las mejores máquinas de destrucción, lo que hace tales guerras en exceso costosas, eso sin contar lo que cuestan el miedo vil y la sospecha colérica, entre naciones que no tienen ni la dulzura ni la honradez suficientes en sus masas para comprar con ellas siquiera un hora de paz del espíritu; como ocurre, por ejemplo, hoy día con Francia e Inglaterra, que se compran la una

a la otra por valor de diez millones de esterlinas anuales de

consternación (cosecha, por otra parte, muy liviana, mitad espinas, mitad hojas de tiemblo, sembrada, segada y entrojada por la ciencia del moderno economista político que enseña la codicia en vez de la

verdad). Y como toda guerra injusta no puede sostenerse, a falta del pillaje del enemigo, sino por los empréstitos de los capitalistas, estos empréstitos son reembolsados mediante las contribuciones subsiguientes al pueblo propio, cuya voluntad sobre el particular no parece tenerse en cuenta, pues en realidad lo único que importa es

la voluntad del capitalista, razón primaria de la guerra. Pero la

verdadera raíz es la codicia de toda la nación, que la hace incapaz de franqueza o de justicia, y trae consigo, por tanto, a su debido tiempo, la pérdida y el castigo que corresponde por separado a cada uno de los que la componen.

48.

Observad que Francia e Inglaterra, literalmente, se compran el pánico una a otra; pagan, cada una de ellas, diez millones de libras

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de temor al año. Suponed ahora que, en vez de pagar estos diez millones de pánico anual, decidieran vivir en paz, y pagasen cada año el valor de diez millones de conocimiento; y que cada una de ellas gastase los diez millones de libras al año en fundar bibliotecas, galerías de arte, museos, jardines y lugares de reposo. ¿No sería esto mucho mejor, tanto para los franceses como para los ingleses?

49.

Sin duda tiene que pasar aún mucho tiempo antes de que esto Ocurra. Espero, sin embargo, que no pasará mucho antes de que se funden bibliotecas reales o nacionales en todas las ciudades importantes, con una buena colección de libros en ellas; la misma colección en cada una de ellas, libros escogidos, los mejores en cada género, preparados para estas bibliotecas nacionales del modo más perfecto posible, de texto bien impreso. Con anchas márgenes, y en tomos agradables, ligeros y manuales, bellos y fuertes, y excelentemente encuadernados; y espero que estas bibliotecas serán accesibles a todas las personas pulcras y ordenadas, a toda hora de la mañana y de la tarde, con prescripciones estrictas para la observancia del orden y la pulcritud.

50.

Aún podría apuntaros otros planes de galerías de arte y de galerías de historia natural, y de otras muchas cosas que se me antojan necesarias; pero este plan de bibliotecas es el más fácil y perentorio, y sería un verdadero tónico para lo que llamamos

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nuestra constitución británica, la cual en estos últimos tiempos ha llegado a enfermar de hidropesía, y padece una sed y un hambre enfermizas y necesita alimentos más sanos. Habéis logrado a este fin que se rechazaran ciertas leyes sobre los granos; ¿por qué, entonces, no tratar de que se aprueben otras leyes, capaces de suministrarnos un pan mejor, un pan amasado con la harina de ese viejo y encantado grano árabe, el sésamo, que abre las puertas no ya de los ladrones, sino de los tesoros de los reyes? Amigos míos: los tesoros de los verdaderos reyes son las calles de sus ciudades; y el oro que acumulan, que para los otros es como el lodo de las calles, se convierte para ellos y su pueblo, en su perdurable pavimento cristalino.

NOTA AL PÁRRAFO 30

Véase la prueba en el informe del delegado de medicina ante el Consejo Privado, publicado recientemente. En su prefacio se contienen indicaciones que sin duda causarán, cierto revuelo entre nosotros, y acerca de las cuales os ruego me permitáis señalar los puntos siguientes. Sobre la cuestión de la propiedad de la tierra susténtanse hoy día en el extranjero dos teorías contrapuestas, a mi entender las dos falsas. La primera es la de que, por ley divina existió, siempre, y debe continuar existiendo, un cierto número de personas hereditariamente sagradas, a las cuales la tierra, el aire y el agua del mundo pertenecen como propiedad personal; tierra, aire y agua cuyo uso pueden dichas persona permitir o prohibir al resto de la

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especie humana según mejor les plazca. Tal teoría no será ya mucho

tiempo sostenible. La teoría contraria es la de que una división de la tierra del mundo entre la masa, elevaría de inmediato a los componentes de ésta a la categoría de personajes sagrados, que las casas se harían entonces ellas solas y las mieses crecerían por sí mismas, y que cualquiera podría vivir sin trabajar para ganarse la vida. Esta teoría resultaría también insostenible en la práctica. Serán sin embargo necesarios algunos experimentos crueles y más crueles catástrofes, aun en esta época alumbrada por el magnesio, antes de que la general1dad de las personas se convenza de que no hay ley alguna sobre nada -y menos aún las concernientes

a la tierra, a su posesión o división, a su arrendamiento alto o bajo-

que pueda ser de la menor utilidad para el pueblo, en tanto que la lucha general por la vida, y por los medios de vida, continúe siendo una mera competencia brutal. Esta lucha en una nación sin principios, puede tomar una u otra forma, pero siempre será terrible, sean cuales fueren las leyes que hagáis en contra de ella. Por ejemplo, sería una ley muy saludable para Inglaterra, si pudiese ser

realizada, la que asignase un límite máximo a la renta según las clases y estableciese que la renta de los nobles se pagase como un estipendio fijo o pensión por la nación, en vez de dejarle la libertad de exprimir a su capricho a los arrendatarios de sus tierras. Pero sí obtuvieseis tal ley pasado mañana, y sin lo que es su complemento necesario, pudieseis fijar el valor de las rentas asignadas con arreglo

a una unidad tipo de pan de buena calidad, de un peso y un precio

fijos, no pasaría un año sin que se hubiese establecido tácitamente otra unidad monetaria y el poder de la riqueza acumulada se hubiese reafirmado en algún otro artículo o algún otro valor ficticio. Prohibid a los hombres comprar las vidas de sus semejantes con

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libras esterlinas y lo harán con conchas o pedazos de pizarra. Hay sólo un remedio para la miseria pública: la educación del pueblo, una educación que haga a los hombres conscientes de la justicia. Hay, en verdad, muchas leyes concebibles que pueden hacer gradualmente mejor y más fuerte el temperamento nacional; pero la mayor parte son tales que este tiene que mejorar no poco antes de poder producirlas. Una nación en su juventud puede ser auxiliada por las leyes, como un niño con tendencia a encorvarse podrá serlo por un aparato ortopédico; pero cuando se es ya viejo, no habrá aparato capaz de enderezar la espina dorsal torcida. Por otra parte, el problema de la tierra, por grave que sea, es sólo un problema secundario. Distribuid la tierra como queráis; no por ello habréis resuelto la cuestión principal: ¿Quién va a labrarla? ¿Quién de nosotros, en una palabra, va a hacer para los demás los trabajos penosos y duros, y mediante qué paga? ¿Quién va hacer los trabajos agradables y limpios, y mediante qué paga? ¿Quién será el que no haga trabajo alguno, y mediante qué paga? Y hay singulares cuestiones relacionadas con éstas, ¿Hasta qué punto es lícito extraer una porción del alma de muchos a fin de juntar las cantidades psíquicas extraídas y hacer con ellas un alma realmente bella o ideal? Si tuviésemos que habérnoslas sólo con sangre en vez de espíritu, y si pudiese literalmente hacerse esto (como se ha hecho ya con algunos niños), de tal modo que fuese posible, tomando una cierta cantidad de sangre del brazo de un cierto número de gente del pueblo, e inyectándola toda en una sola persona, hacer de ella un caballero de sangre más azul, la cosa se haría desde luego; aunque en secreto, me

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imagino. Pero, como es entendimiento y alma lo que extraemos, y no sangre visible, podemos hacerlo públicamente, y vivir, nosotros los caballeros, de presas delicadas, a modo de comadrejas; esto es, sostener un cierto número de campesinos que labren y caven, por lo general maquinalmente, de manera que, al ser nosotros alimentados gratis, podamos tener todo el pensamiento y sentimiento disponibles. Mucho podría, sin embargo, aducirse, en favor de este sistema. Un noble inglés, francés, austríaco o italiano, bien nacido y bien educado (y mucho más aun una dama) es un producto de calidad refinada, superior sin duda a la mayoría de las estatuas, tan hermoso de color y de forma como ellas, y dotado además de entendimiento, algo admirable que ver y que oír; y, lo mismo que una pirámide o una catedral, imposible de obtener sin el sacrificio de muchas vidas. Y es mejor, quizá, construir una bella criatura humana que una hermosa cúpula o una torre, y más delicioso mirar con reverencia a una criatura superior a nosotros que a un muro; solo que la bella criatura humana tendrá algunos deberes que cumplir en compensación, deberes de campanario y de baluarte vivos, de los cuales trataremos más adelante.

Traducción y notas de Ricardo Baeza

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SOBRE LA LECTURA Marcel Proust 79

SOBRE LA LECTURA

Marcel Proust

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Marcel Proust

París (1871- 1922)

Escritor francés. Hijo de Adrien Proust, un prestigioso médico de familia tradicional y católica, y de Jeanne Weil, alsaciana de origen judío, dio muestras tempranas de inteligencia y sensibilidad. Cursó la enseñanza secundaria en el liceo Condorcet, donde, afianzó su vocación por las letras y obtuvo brillantes calificaciones. Tras cumplir el servicio militar en 1889 en Orleans, asistió a clases en la Universidad de La Sorbona y en la École Livre de Sciences Politiques. Sensible al éxito social y a los placeres de la vida mundana, el joven Proust tenía una idea muy diferente de la vida de un artista, cuyo trabajo sólo podía ser fruto de «la oscuridad y del silencio». En 1896 publicó Los placeres y los días, colección de relatos y ensayos que prologó Anatole France. Entre 1896 y 1904 trabajó en la obra autobiográfica Jean Santeuil, en la que se proponía relatar su itinerario espiritual, y en las traducciones al francés de La Biblia de Amiens y Sésamo y los lirios, de John Ruskin.

Después de la muerte de su madre (1905), el escritor se sintió solo, enfermo y deprimido, estado de ánimo propicio para la tarea que en esos años decidió emprender, la redacción de su ciclo novelesco En busca del tiempo perdido, que concibió como la historia de su vocación, tanto tiempo postergada y que ahora se le imponía con la fuerza de una obligación personal. Anteriormente, había escrito para Le Fígaro diversas parodias de escritores famosos (Saint-Simon, Balzac, Flaubert), y comenzó a redactar Contre Sainte- Beuve, obra híbrida entre novela y ensayo con varios pasajes que luego pasarían a En busca del tiempo perdido.

Consumado su aislamiento social, se dedicó en cuerpo y alma a ese proyecto; el primer fruto de ese trabajo sería Por el camino de

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Swann (1913), cuya publicación tuvo que costearse él mismo ante el desinterés de los editores. El segundo tomo, A la sombra de las muchachas en flor (1918), en cambio, le valió el Premio Goncourt. Los últimos volúmenes de la obra fueron publicados después de su muerte por su hermano Robert.

La novela, que el mismo Proust comparó con la compleja estructura de una catedral gótica, es la reconstrucción de una vida, a través de lo que llamó «memoria involuntaria», única capaz de devolvernos el pasado a la vez en su presencia física, sensible, y con la integridad y la plenitud de sentido del recuerdo, proceso simbolizado por la famosa anécdota de la magdalena, cuyo sabor hace renacer ante el protagonista una época pasada de su vida.

El tiempo al que alude Proust es el tiempo vivido, con todas las digresiones y saltos del recuerdo, por lo que la novela alcanza una estructura laberíntica. El más mínimo detalle merece el mismo trato que un acontecimiento clave en la vida del protagonista, Marcel, réplica literaria del autor; aunque se han realizado estudios para contrastar los acontecimientos de la novela con la vida real de Proust, lo cierto es que nunca podrían llegar a confundirse, porque, como afirma el propio autor, la literatura comienza donde termina la opacidad de la existencia.

El estilo de Proust se adapta perfectamente a la intención de la obra: también la prosa es morosa, prolija en detalles y de períodos larguísimos, laberínticos, como si no quisiera perder nada del instante. La obra de Proust, junto a la de autores como Joyce o Faulkner, constituye un hito fundamental en la literatura contemporánea.

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SOBRE LA LECTURA

A Madame la Princesa Alexandre de Caraman-Chimay, cuyas Notas sobre Florencio habrían hecho las delicias de Ruskin, dedico respetuosamente, como un homenaje de mi profunda admiración por ella, estas páginas que he reunido porque han sido de su agrado. M. P

Quizá no hubo días en nuestra infancia más plenamente vividos que aquellos que creímos dejar sin vivirlos, aquellos que pasamos con un libro favorito. Todo lo que, al parecer, los llenaba para los demás, y que rechazábamos como si fuera un vulgar obstáculo ante un placer divino: el juego al que un amigo venía a invitarnos en el pasaje más interesante, la abeja o el rayo de sol molestos que nos forzaban a levantar los ojos de la página o a cambiar de sitio, la merienda que nos habían obligado a llevar y que dejábamos a nuestro lado sobre el banco, sin tocarla siquiera, mientras que, por encima de nuestra cabeza, el sol iba perdiendo fuerza en el cielo azul, la cena a la que teníamos que llegar a tiempo y durante la cual no pensábamos más que en subir a terminar, sin perder un minuto, el capítulo interrumpido; todo esto, de lo que la lectura hubiera debido impedirnos percibir otra cosa que su importunidad, dejaba por el contrario en nosotros un recuerdo tan agradable (mucho más precioso para nosotros, que aquello que leíamos entonces con tanta devoción), que, si llegáramos ahora a hojear aquellos libros de

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antaño, serían para nosotros como los únicos almanaques que hubiéramos conservado de un tiempo pasado, con la esperanza de ver reflejados en sus páginas lugares y estanques que han dejado de existir hace tiempo. Quién no recuerda como yo aquellas lecturas hechas en tiempo de vacaciones, que íbamos a ocultar sucesivamente en todas las horas del día que eran lo suficientemente apacibles e inviolables para darles asilo. Por la mañana, al volver del parque, cuando todo el mundo había salido a "dar un paseo", me deslizaba en el comedor donde, hasta la hora todavía lejana de almorzar, no entraría nadie más que la vieja Félicie relativamente silenciosa, y donde no tendría por compañeros, muy respetuosos de la lectura, más que los platos pintados colgados en la pared, el calendario cuya hoja de la víspera había sido recién arrancada, el reloj de pared y el fuego que habla sin esperar respuesta y cuya amable conversación vacía de sentido no viene, como las palabras de los hombres, a superponerse a las palabras que estáis leyendo. Me instalaba en una silla, cerca del pequeño fuego de troncos del que, durante el almuerzo, mi tío madrugador y jardinero diría: "¡No viene mal! Se soporta bastante bien un poco de fuego; os aseguro que a las seis hacía frío de verdad en el huerto ¡Y pensar que sólo faltan ocho días para Pascua!" Antes del almuerzo que, por desgracia, pondría fin a la lectura, quedaban todavía dos largas horas. De cuando en cuando, se escuchaba el ruido de la bomba al dejar correr el agua, que os hacía levantar los ojos hacia ella y observarla a través de la ventana cerrada, allí, muy cerca, en la única alameda del jardinillo que bordeaba con ladrillos y azulejos en media luna sus platabandas de pensamientos: unos pensamientos cosechados, al parecer, en esos cielos tan hermosos, esos cielos multicolores y como reflejados a través de las vidrieras de

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la iglesia que a veces podían verse entre los tejados del pueblo, cielos tristes que aparecían antes de las tormentas, o después, muy tarde ya, cuando el día estaba a punto de tocar a su fin. Por desgracia la cocinera venía a poner el cubierto con excesiva antelación; ¡si al menos lo hubiera puesto en silencio! Pero se sentía en la obligación de decir: "No puede estar cómodo así; ¿quiere que le acerque una mesa?" Y sólo para responder: "No, gracias", había que detenerse en seco y hacer volver uno su voz de lo lejos que, labios adentro, repetía sin ruido, de corrido, todas las palabras que los ojos acababan de leer; había que detenerla, hacerla salir, y, para decir decorosamente:

"No, gracias", infundirle una credibilidad aceptable y una entonación de respuesta que había perdido. Transcurría una hora; a menudo, mucho antes de la hora del almuerzo, empezaban a llegar al comedor los que, cansados, habían abreviado el paseo, habían "tomado por Méséglise", o los que no habían salido aquella mañana, pues "tenían que escribir". Nada más entrar decían educadamente:

"No te molestaré", pero acto seguido empezaban a acercarse al fuego, a consultar la hora, a comentar que el almuerzo no sería mal recibido. Se prodigaba una particular deferencia a aquel o a aquella que se habían "quedado a escribir" y les preguntaban: "¿Ha despachado usted ya su correspondencia?" con una sonrisa mezcla de respeto, de misterio, de malicia y de reserva, como si aquella "correspondencia" hubiera sido a la vez un secreto de estado, una prerrogativa, una suerte y una indisposición. Algunos, sin esperar más, se sentaban con anticipación a la mesa, en sus respectivos sitios. Aquello era mi ruina, pues sería un mal ejemplo para los demás invitados, que creerían que ya era mediodía y harían pronunciar demasiado pronto a mis padres la frase fatal: "Venga, cierra ya el libro, vamos a comer." Todo estaba listo, todas las piezas

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del cubierto dispuestas sobre el mantel donde sólo faltaba que trajeran, una vez finalizada la comida, el aparato de vidrio en que el tío horticultor y cocinero hacía él mismo el café en la mesa; un aparato tubular y complicado como un instrumento de física que oliera bien y donde era tan agradable ver subir en la campana de vidrio la ebullición repentina que dejaba a continuación las paredes empañadas de un poso aromático y parduzco; y también la nata y las fresas que el mismo tío mezclaba, en proporciones siempre idénticas, deteniéndose exactamente en el rosa ideal con la experiencia de un colorista y la intuición de un goloso. ¡Qué largo se me hacía el almuerzo! Mi tía abuela no hacía más que probar los platos para dar su opinión con una calma que soportaba, pero no admitía, la contradicción. Si se trataba de una novela, o de versos, cosas en las que era una entendida, se sometía siempre, con humildad de mujer, a la opinión de las personas más competentes. Pensaba que aquello pertenecía al dominio fluctuante del capricho, donde el gusto de uno solo no puede establecer la verdad. Pero sobre aquellas cosas cuyas reglas y principios le habían sido enseñados por su madre, sobre la manera de preparar ciertos platos, de interpretar las sonatas de Beethoven y de recibir a las visitas con amabilidad, estaba convencida de tener una idea justa de la perfección, y de distinguir cuando los demás se aproximaban más o menos. En las tres cosas, por lo demás, la perfección consistía casi en lo mismo: era una especie de sencillez en los medios, de sobriedad y de encanto. No admitía horrorizada que se pusieran especias en aquellos platos que no las requieren en absoluto, que se tocara el piano con afectación y abuso de pedales, que el "recibir" a alguien no se hiciera con perfecta naturalidad y se hablara de sí mismo con exageración. Al primer bocado, a las primeras notas, en una simple

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tarjeta de visita, pretendía ya saber si tenía que vérselas con una buena cocinera,con un verdadero músico, o con una mujer bien educada. "Puede que tenga una digitación mejor que la mía, pero demuestra no tener gusto al tocar con tanto énfasis un andante tan sencillo." "Quizá sea una mujer muy brillante y llena de otras muchas cualidades, pero es una falta de tacto hablar de sí mismo en semejante circunstancia." "Quizá sea una cocinera muy experimentada, pero no sabe preparar el bistec con patatas." ¡El bistec con patatas! fragmento ideal para un certamen, difícil por su misma sencillez, especie de Sonata patética de la cocina, equivalente

dejado conducir al martirio que hacerla confesar la creencia de mi abuelo: que el pastel no estaba demasiado azucarado. Después del almuerzo, volvía a retomar mi lectura inmediatamente; sobre todo si el día era demasiado caluroso, subíamos "a retirarnos a la habitación", lo que me permitía, por la pequeña escalera de peldaños simétricos, alcanzar rápidamente la mía, en el único piso tan bajo que desde la ventana abierta bastaba con un pequeño salto para encontrarse en la calle. Me dirigía a cerrar mi ventana sin poder evitar el saludo del armero de enfrente, que con el pretexto de bajar sus toldos, salía todos los días después del

gastronómico de lo que representa en la vida de sociedad la visita de una dama que viene a pediros informes sobre un criado, y que en una acción tan simple puede demostrar tanto tacto y educación, como que carece de ambos. Mi abuelo tenía tanto amor propio, que le hubiese gustado que todos los platos estuviesen en su punto, y entendía tan poco de cocina que nunca sabía cuando un plato había salido mal. Estaba dispuesto a admitir que en ocasiones no saliesen bien, muy rara vez por lo demás, y únicamente por un puro efecto del azar. Las críticas siempre justificadas de mi tía abuela, dando por supuesto, por el contrario, que la cocinera no había sabido preparar

almuerzo a fumarse un cigarrillo delante de su puerta y saludar a los transeúntes que, en ocasiones, se detenían a charlar. Las teorías de William Morris, que con tanta constancia han sido aplicadas por Maple y los decoradores ingleses, dictaminan que una habitación no puede ser hermosa más que a condición de contener exclusivamente aquellos objetos que nos sean de alguna utilidad, y que cualquier cosa útil, ya fuera un simple clavo, no tiene que estar disimulada, sino bien a la vista. A la cabecera de la cama de armazón de cobre y sin ningún adorno, en las paredes desnudas de estas higiénicas habitaciones, algunas reproducciones de obras maestras.

tal

plato, no podían dejar de parecer particularmente intolerables a

Juzgándola de acuerdo con los principios de esta estética, mi

mi

abuelo. A menudo, para evitar discusiones con él, después de

habitación no era hermosa en absoluto, pues estaba repleta de

haber probado el plato' apenas con los labios, no daba su parecer, cosa que, por lo demás, nos indicaba claramente que éste era desfavorable. Permanecía muda, pero nosotros leíamos en sus dulces ojos una desaprobación inquebrantable y legítima que tenía la virtud de sacar de quicio a mi abuelo. Este le rogaba irónicamente que diera su opinión, se impacientaba con su silencio, la acosaba a preguntas, se enfurecía, pero era evidente que antes se habría

objetos que no podían servir para nada y disimulaba púdicamente, hasta convertir su uso en algo extraordinariamente complicado, los que servían para algo. Pero eran precisamente aquellos objetos que no estaban en función con mi comodidad, sino que más bien parecían haber llegado allí por su capricho, los que hacían que mi habitación me pareciese hermosa. Aquellas enormes cortinas blancas que ocultaban a las miradas la cama, escondida como en el

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interior de un santuario; el revoltijo formado por el edredón de muselina, el cubrecama de flores, la colcha bordada, las fundas de almohada de batista, bajo la que desaparecía el día, como un altar en el mes de María bajo los festones y las flores, y que, al anochecer, para poder acostarme, depositaba con precaución sobre un sillón donde consentían en pasar la noche; al lado de la cama, la trinidad compuesta por un vaso con motivos azules, un azucarero parecido y una vasija (siempre vacía desde el día siguiente a mi llegada, por orden de mi tía que temía que la "derramase"), especies de instrumentos de culto –casi tan santos como el precioso licor de azahar que había junto a ellos en un frasquito de cristal– que nunca me hubiera permitido profanar ni pensado en la posibilidad de utilizarlos para mi uso personal, como si se tratara de cálices consagrados, pero que observaba detenidamente antes de desnudarme, por miedo a volcarlos con un falso movimiento; aquellas pequeñas estolas caladas de ganchillo que ponían en el respaldo de los sillones un manto de rosas blancas a las que no debían faltar sus correspondientes espinas, ya que cada vez que había terminado de leer y quería levantarme, me había quedado prendido de ellas; aquella campana de cristal, en cuyo interior, aislado de vulgares contactos, el reloj susurraba en la intimidad a unas caracolas venidas de lejos y a una ajada flor sentimental, pero que era tan pesada de levantar que, cuando el reloj se paraba, nadie, excepto el relojero, hubiera cometido la imprudencia de atreverse a darle cuerda; aquel blanco mantel de encaje que, colocado como un paño sagrado sobre una cómoda adornada con dos jarrones, una imagen del Salvador y un boj bendito, la hacían parecer un altar (un reclinatorio, que ponían allí todos los días después de haber "terminado la habitación", contribuía a evocar esta idea), pero cuyos

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flecos enredados siempre en la ranura de los cajones, los atascaban de tal forma que nunca podía coger un pañuelo sin que se cayeran a la vez imagen del Salvador, cálices y boj bendito, y sin tropezar yo mismo, agarrándome para no caer al reclinatorio; en fin, aquella triple superposición de cortinillas de estameña, grandes cortinas de muselina y otras mayores todavía de bombasí, siempre resplandecientes en su blancura de majuelo demasiado expuesto al sol, pero en el fondo bastante molestas por su torpeza y su terquedad a correr por las guías de madera paralelas y enredarse las unas en las otras y todas en la ventana en cuanto intentaba abrirla o cerrarla, siempre una segunda cortina dispuesta, si conseguía desenredar la primera, a tomar inmediatamente su lugar en las junturas, trabadas tan completamente como lo hubiesen estado por un matorral de auténticos majuelos, o por nidos de golondrinas que hubieran tenido el capricho de instalarse allí, de manera que esta operación, en apariencia tan sencilla, consistente en abrir o cerrar mi ventanal, no conseguía culminarla nunca sin la ayuda de alguien de la casa; todos aquellos objetos, que no sólo no podían responder a ninguna de mis necesidades, sino que añadían incluso alguna dificultad, por lo demás ligera, a su satisfacción, que de toda evidencia jamás habían estado allí para el servicio de alguien, poblaban mi habitación de pensamientos de alguna manera personales, con ese aspecto de predilectos, de haber escogido vivir allí y congratularse de ello, que tienen a menudo, en un calvero, los árboles, y, al borde de los caminos o sobre viejas tapias, las flores. Aquellos objetos la llenaban de una vida silenciosa y plural, de un misterio en el que mi persona se encontraba a la vez perdida y fascinada; hacían de aquella habitación una especie de capilla donde el sol –cuando pasaba a través de las pequeñas cristaleras rojas que

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mi tío había intercalado en la parte alta de las ventanas–, después de

haber teñido de rosa el majuelo del cortinaje, salpicaba las paredes de resplandores tan extraños corno si la pequeña capilla hubiese

estado en el interior de una gran nave con vidrieras; y donde el ruido

de las campanas llegaba con tanto estrépito a causa de la proximidad

entre nuestra casa y la iglesia, a la que por lo demás, durante la fiesta mayor, las estaciones sacramentales nos unían por un camino de flores, que podía imaginarme que sonaban en nuestro tejado, justo encima de la ventana desde donde saludaba a menudo al cura con su breviario, a mi tía volviendo de vísperas o al monaguillo que nos traía el pan bendito. En cuanto a la fotografía de La Primavera de Botticelli por Brown, o al vaciado de la Mujer desconocida del museo de Lille, que, en las paredes y sobre la chimenea de las habitaciones de Maple, son el margen concedido por William Morris a la inútil belleza, debo confesar que en mi habitación habían sido sustituidas por una especie de grabado representando al príncipe Eugenio, terrible y hermoso bajo su dormán, y que me asombró encontrar una noche, entre el estruendo de las locomotoras y el granizo, igual de terrible y hermoso, a la puerta de la fonda de la estación anunciando una especialidad de bizcochos. Me imagino ahora que sería algún obsequio hecho a mi abuelo por algún fabricante generoso, antes de venir a parar para siempre a mi habitación. Pero entonces no me preocupaba su origen, que me parecía histórico y misterioso, y no podía imaginarme que pudieran existir varios ejemplares de aquella imagen que yo trataba como a una persona, como un habitante permanente de la habitación que yo compartía con él y con el que volvía a encontrarme año tras año, siempre idéntico a sí mismo. Hace

ya mucho tiempo que no le veo, y supongo que no volveré a verle

más. Pero si la fortuna hiciera que me lo encontrase, creo que tendría

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bastantes más cosas que decirme que La Primavera de Botticelli. Dejo para las personas de buen gusto el trabajo de adornar sus viviendas con las reproducciones de las obras de arte que admiran, y aliviar así a su memoria del esfuerzo de recobrar una imagen preciosa confiándola a un marco de madera labrada. Dejo para las personas de buen gusto el trabajo de configurar su habitación a su imagen y semejanza y amueblarla únicamente con aquellos objetos con que se sienten identificados. Por lo que a mí respecta, sólo soy capaz de vivir y de pensar en una habitación donde todo es producto

de la creación y del lenguaje de unas vidas profundamente diferentes

a la mía, de un gusto opuesto al mío, donde no pueda encontrar nada

que me recuerde a mi pensamiento consciente, donde mi imaginación se exalta sintiéndose zambullir en las profundidades de una personalidad extraña; y no me siento feliz más que cuando pongo los pies –bien sea en el Paseo de la Estación, en el Puerto o en la Plaza de la Iglesia–en uno de esos hoteles de provincia de interminables corredores fríos, donde el viento que entra de la calle hace inútiles los esfuerzos del calorífero, donde el plano ampliado del distrito es como mucho la única decoración de sus paredes, donde cada ruido sólo sirve para poner de manifiesto el silencio que rompe, donde las habitaciones conservan un olor a cerrado que la

ventilación no logra suprimir, y que las fosas nasales aspiran cientos de veces, excitando la, imaginación, que se siente fascinada, que lo toma como modelo e intenta recrear en ella todos los pensamientos

y los recuerdos contenidos en ese olor; donde al anochecer, cuando

uno abre la puerta de su habitación, tiene la sensación de violar toda la vida que se ha quedado allí dispersa, de tomarla atrevidamente de la mano cuando, una vez cerrada la puerta, pasamos a su interior, nos

1.Lo que nosotros llamábamos, no sé por qué, una aldea, es un pueblo cabeza de partido, de uso 3.000 habitantes, según la Guía Joanne.

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acercamos a la cama o a la ventana; de sentarse en una especie de libre promiscuidad con ella sobre el canapé fabricado por el tapicero de la capital imitando lo que él creía que era la moda de París; de tocar por doquier la desnudez de aquella vida con el propósito de sentir la emoción de su familiaridad, dejando por todas partes sus objetos personales, enseñoreándose de esa habitación llena hasta los topes del alma de sus antiguos inquilinos y que conserva hasta en la forma de los morillos de la chimenea y los dibujos de las cortinas la huella de su sueño, caminando con los pies descalzos sobre su irreconocible alfombra; entonces, aquella vida secreta, uno tiene la sensación de encerrarla consigo cuando se decide, temblando de emoción, a echar el cerrojo; de acompañarla hasta la cama y de acostarse finalmente con ella entre las inmensas sábanas blancas que os ocultan el rostro, mientras que, muy cerca, la iglesia, hace sonar por toda la ciudad las horas del insomnio de los moribundos y los enamorados. No llevaba mucho tiempo leyendo en mi habitación cuando ya había que salir para el parque, a un kilómetro del pueblo . Pero después del obligado juego, acortaba cuanto podía el final de la merienda, traída en las cestas y repartida a los niños a la orilla del río, sobre la hierba donde había dejado el libro con la prohibición de cogerlo todavía. Un poco más lejos, al atravesar determinados parajes bastante agrestes y misteriosos del parque, el río dejaba de ser un agua rectilínea y artificial, con cisnes en la superficie y bordeada de alamedas con estatuas sonrientes y, de cuando en cuando, carpas saltarinas, precipitaba su curso, atravesaba a la carrera las lindes del parque, convirtiéndose en un verdadero río en el sentido geográfico de la palabra –un río que debía de tener un nombre–, y que enseguida se ensanchaba (¿pero era realmente el

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mismo que corría entre las estatuas y bajo los cisnes?) entre los pastos donde dormitaban algunos bueyes y donde anegaba los botones de oro, especies de praderas pantanosas por su causa, y que lindando una orilla con el pueblo y sus torres irregulares, restos, decían, de la Edad Media, se fundían por la otra, por caminos escarpados cubiertos de escaramujos y de majuelos, con la "naturaleza" que se perdía en el horizonte, pueblos con otros nombres, lo ignoro. Dejaba que los demás terminaran de merendar en la parte baja del parque, junto a los cisnes, y subía corriendo por un laberinto hasta cualquier enramada donde me sentaba, escondido, pegado a los avellanos podados, y desde donde podía ver el plantel de espárragos, los fresales, la alberca de donde los caballos, algunos días, sacaban agua dando vueltas a su alrededor, el portón blanco que marcaba el "final del parque" por la parte de arriba, y más allá, los campos de acianos y de amapolas. En aquella enramada el silencio era profundo, el peligro de ser descubierto casi nulo, la seguridad la hacían todavía más dulce los gritos lejanos que,

desde abajo, me llamaban en vano, a veces incluso se acercaban, subían los primeros ribazos, buscándome por todas partes, y luego se volvían, sin haberme encontrado; entonces cesaban los ruidos; sólo de cuando en cuando el sonido áureo de las campanas a lo lejos, atravesando los valles, parecían tañer tras el cielo azul, y me hubieran podido advertir de la hora que acababa de pasar; pero, sorprendido por su dulzura y turbado por el silencio más profundo todavía que le sucedía, una vez apagado el sonido de las últimas campanadas, nunca llegaba a estar seguro de su número. Aquello no era las campanadas estruendosas que oíamos al volver al pueblo –cuando nos acercábamos a la iglesia que, de cerca, volvía a recobrar su tamaño destacado y solemne, con su alta cúpula de pizarra donde

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se posaban los cuervos recortándose sobre el azul del atardecer– una especie de tañidos secos que sobre-volaban la plaza "por los bienaventurados de la tierra". Cuando se las oía en el otro extremo del parque su sonido era débil y agradable y ya no se dirigían a mí,

sino a toda la campiña, a todos los pueblos, a los campesinos solos en

su campo, ni siquiera me hacían levantar la cabeza, pasaban a mi lado

llevando la hora a regiones lejanas, sin verme, sin conocerme y sin interrumpirme. Y alguna vez en casa, en mi cama, mucho después de la cena, las últimas horas de la jornada abrigaban también mi lectura, aunque

esto sólo sucedía los días en que había llegado a los últimos capítulos de un libro, en que ya no quedaba mucha lectura para llegar al final. Entonces, afrontando el riesgo al castigo si llegaba a ser descubierto

y el insomnio que, una vez terminado el libro, podía llegar a

prolongarse durante toda la noche, en cuanto mis padres se habían acostado volvía a encender la lámpara; mientras, allí mismo en la calle, entre la casa del armero y la estación, bañadas en el silencio,

lucían montones de estrellas en el cielo oscuro y sin embargo azul, y a la izquierda, en la callejuela empinada donde arrancaba su progresiva y circular ascensión, se sentía velar, monstruoso y negro,

al ábside de la iglesia cuyas esculturas no dormían por la noche, la

iglesia lugareña y no obstante histórica, morada mágica del Señor, de

la hostia consagrada, de los santos policromados y de las damas de

los castillos vecinos que, en los días festivos, después de atravesar el mercado alborotando a las gallinas y provocando las miradas de las comadres, venían a misa "en sus carruajes", comprando siempre a la

vuelta, en la pastelería de la plaza, nada más dejar la sombra del porche que los fieles al empujar la puerta giratoria sembraban de los rubís errantes de la nave, algunos de aquellos pasteles en forma de

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torre, protegidos del sol por una cortinilla –"feos", "San Honoratos" y "almendrados"–, cuyo olor insubstancial y azucarado asocio a las campanadas de la misa mayor y a la alegría de los domingos. Una vez leída la última página, el libro estaba acabado. Había que frenar la loca carrera de los ojos y de la voz que los seguía en silencio, deteniéndose únicamente para volver a tomar aliento con un profundo suspiro. Entonces, para conseguir con otros movimientos calmar los tumultos desencadenados en mí desde hacía tanto tiempo, me levantaba, me ponía a andar a lo largo de la cama, con los ojos todavía fijos en algún punto que en vano hubiéramos buscado dentro de la habitación o fuera de ella pues estaba situado a una distancia anímica, una de esas distancias que no se miden por metros o por leguas, como las demás, y que es por otra parte imposible confundir con ellas cuando se mira a los ojos "perdidos" de aquellos que están pensando "en otra cosa". Entonces, ¿qué es lo que pasaba? Aquel libro, ¿no significaba nada más? Aquellos seres a los que habíamos prestado más atención y ternura que a las personas de carne y hueso, no atreviéndonos nunca a confesar hasta qué punto los amábamos, e incluso cuando nuestros padres nos sorprendían leyendo y parecían reírse de nuestra emoción, cerrando el libro con una indiferencia afectada o un aburrimiento fingido; aquellas personas por las que habíamos temblado de emoción y sollozado, no volveríamos a verlas, no volveríamos a saber ya nada de ellas. El autor, desde hacía ya algunas páginas, en el cruel "Epílogo", había tomado buen cuidado en "distanciarlas" con una indiferencia inusitada en quien sabía con qué interés se les había seguido paso a paso hasta aquel momento. El empleo de cada hora de su vida nos había sido narrado. Y al final, súbitamente: "Veinte años después de estos acontecimientos podía encontrarse por las calles de Fougéres a

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un anciano todavía erguido, etc." Y la boda en la que se habían empleado dos volúmenes para darnos a entrever su posibilidad deliciosa, alarmándonos y acto seguido regocijándonos ante cada obstáculo que se interponía en su camino pero que después era salvado, nos enteramos que había sido celebrada a través de una frase intrascendente de un personaje secundario, sin llegar a saber a ciencia cierta cuándo, en aquel asombroso epílogo escrito al parecer desde las nubes por una persona indiferente a nuestras pasiones anteriores que había suplantado al autor. Nos hubiera gustado tanto que el libro continuara y, en el caso de que esto fuera imposible, saber alguna cosa más de todos aquellos personajes, conocer algo de sus vidas, emplear la nuestra en cosas que no fuesen tan ajenas al amor que nos habían inspirado y cuyo objeto de pronto nos faltaba, no haber amado en vano, durante una hora, a unos seres que mañana no serían más que un nombre sobre una página olvidada, en un libro sin relación con la vida y sobre cuyo valor nos habíamos equivocado completamente puesto que su función aquí en la tierra, ahora lo comprendíamos y nuestros padres nos lo hubieran hecho saber, si hubiera sido preciso, con una frase desdeñosa, no era en absoluto, como habíamos creído, la de contener el universo y el destino, sino la de ocupar un lugar bastante limitado en la biblioteca del notario, entre los fastos anodinos del Journal de Modesillustré y la Géographied'Eure-et Loir Antes de intentar demostrar en el comienzo "De los Tesoros de los Reyes", por qué a mi parecer la Lectura no debe desempeñar en la vida el papel preponderante que le asigna Ruskin en esa obrita, debía poner fuera de toda duda las fascinantes lecturas de la infancia cuyo

2. Esta obra fue aumentada a continuación añadiendo a las dos primeras conferencias una tercera: The Mistery of Life And Its Arts.

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recuerdo debe ser para cada uno de nosotros una bendición. Sin duda he demostrado de sobra, por la longitud y la forma de exposición que precede, lo que había ya anunciado de ellas: que lo que dejan sobre todo en nosotros, es la imagen de los lugares y los días en que las hicimos. No he podido librarme de su sortilegio:

queriendo hablar de ellas, he hablado de cosas que nada tienen que ver con los libros porque no ha sido de ellos de lo que ellas me han hablado. Pero tal vez los recuerdos que uno tras otro me han restituido se habrán despertado también en el lector y le habrán conducido, demorándose por sendas floridas y apartadas, a recrear en su mente el acto psicológico original llamado Lectura, con fuerza suficiente como para poder seguir ahora, como si se las hiciera él mismo, las pocas reflexiones que me quedan por hacer. Sabemos que "De los Tesoros de los Reyes" es una conferencia sobre la lectura que Ruskin dio en el Ayuntamiento de Rusholme, cerca de Manches- ter, el 6 de diciembre de 1864 para contribuir a la creación de una biblioteca en el Instituto de Rusholme. El 14 de diciembre pronunciaba una segunda, "De los Jardines de las Reinas", sobre la función social de la mujer, para contribuir a fundar escuelas de Ancoats. "Durante todo aquel año de 1864, dice Collingwood en su admirable obra Life and Work of Ruskin, permaneció at home, y sólo salía para hacer frecuentes visitas a Carlyle. Y cuando en diciembre dio en Manchester los cursos que, con el título de Sésamo y Lirios, se convirtieron en su obra más popular , se hace patente su buen estado de salud, tanto física como intelectual, en la brillantez de colorido de su pensamiento. Podemos percibir el eco de sus conversaciones con Carlyle en el ideal heróico, aristocrático y estóico que propone y en la insistencia con la que plantea el valor de los libros y de las bibliotecas públicas. No hay que olvidar que Carlyle fue

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el fundador de la London Library " Para nosotros, que no pretendemos más que refutarla en sí misma, sin ocuparnos para nada de sus orígenes históricos, podemos resumir la tesis de Ruskin con bastante exactitud en estas palabras de Descartes: "la lectura de todos los buenos libros es como una conversación con los hombres más ilustres de otros siglos que fueron sus autores". Ruskin tal vez no llegó a conocer este pensamiento, por lo demás un poco rancio del filósofo francés, pero es el mismo en realidad que encontramos por todas partes en su conferencia, teñido únicamente por un dorado apolíneo que hace derretirse las brumas inglesas, muy parecido a aquel cuya gloria ilumina los paisajes de su pintor favorito. "Suponiendo, dice, que tengamos voluntad e inteligencia para escoger bien a nuestros amigos, qué pocos de nosotros tienen la posibilidad de hacerlo, cuán limitada es la esfera de elección. No podemos conocer a quien nos gustaría Podemos, con mucha suerte, llegar a entrever a un gran poeta y escuchar el sonido de su voz, o hacer una pregunta a un científico que nos responderá amablemente. Podemos arrebatar diez minutos de conversación en el gabinete de un ministro, gozar una vez en la vida del privilegio de la mirada de una reina. Y a pesar de todo codiciamos estos azares fugaces, gastamos años de nuestra vida, nuestras pasiones y nuestras facultades en obtener poco menos que eso, mientras que, durante todo ese tiempo, hay una sociedad en todo momento a nuestro alcance, una sociedad de personas que hablarían con nosotros tanto como quisiésemos, sin importarles nuestro rango. Y esta sociedad, tan numerosa y tan educada que podemos tenerla esperando a nuestro lado todo un día –reyes y gobernantes suelen esperar pacientemente, no precisamente para

3. Sésamo y Lirios, De los tesoros de los Reyes, 6

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conceder audiencia, sino para obtenerla– nunca vamos a buscarla en esas antecámaras sencillamente amuebladas que son los estantes de nuestras bibliotecas, jamás escuchamos una palabra de todo lo que podrían decirnos." "Tal vez me digáis, añade Ruskin, que si preferís hablar con seres vivos es porque podéis verles el rostro, etc.", y refutando esta primera objeción, después una segunda, demuestra que la lectura es precisamente una conversación con hombres mucho más sabios y más interesantes que todos aquellos que podemos tener la ocasión de conocer en torno nuestro. He intentado demostrar en las notas que acompañan a este volumen, que la lectura no puede compararse sin más a una conversación, ya fuera ésta con el más sabio de los hombres; que la diferencia esencial entre un libro y un amigo, no es su mayor o menor sapiencia, sino la manera en cómo se establece la comunicación con ellos, consistiendo la lectura para cada uno de nosotros, al revés de la conversación, en recibir comunicación de otro pensamiento pero continuando solos, es decir, sin dejar de disfrutar de la capacidad intelectual de que se goza en la soledad y que la conversación disipa inmediatamente, conservando la posibilidad de la inspiración y toda la fecundidad del trabajo de la mente sobre sí misma. Si Ruskin hubiera sacado consecuencias de otras verdades que enuncia algunas páginas más adelante, es probable que hubiese llegado a una conclusión análoga a la mía. Pero evidentemente su propósito no era llegar hasta el fondo de la idea de lectura. Para demostrarnos el valor de la lectura, no ha hecho más que contamos una especie de hermoso mito platónico, con esa simplicidad con que los Griegos nos han descubierto casi todas las ideas verdaderas, mientras dejaban a los escrúpulos modernos el trabajo de profundizarlas. Pero si yo creo que la lectura, en su esencia original, en ese milagro fecundo de una

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comunicación en el seno de la soledad, es algo más, algo distinto de lo que ha dicho Ruskin, no creo que a pesar de todo pueda reconocérsele en nuestra vida espiritual el papel preponderante que él parece asignarle. Los límites de su papel derivan de la naturaleza de sus virtudes. Y estas virtudes, de nuevo será las lecturas de infancia a las que interrogaré para saber en qué consisten. Aquel libro que me habéis visto leer hace un momento en un rincón junto al fuego en el comedor, en mi habitación, hundido en una butaca cubierta con

orejas de ganchillo, y durante las dulces horas de la siesta bajo los avellanos y los majuelos del parque, donde todas las brisas de los campos infinitos venían de tan lejos a jugar silenciosamente junto a mí ofreciendo, sin decir palabra, a mi nariz distraída el perfume de

los tréboles y las esparcetas, sobre los que mis ojos cansados se

posaban a veces, aquel libro, puesto que aunque dirijáis vuestros

ojos hacia él no podréis descifrar su título a veinte años de distancia,

mi memoria, cuya vista es más apropiada a este género de

percepciones, va a deciros cuál era: Le Capitaine Fracasse, De

Théophile Gautier. Me gustaban sobre todo dos o tres frases que se

me antojaban las más originales y las más bellas de toda la obra. Me

parecía imposible que otro autor hubiera escrito nunca frases comparables a aquellas. Pero tenía la sensación de que su hermosura correspondía a una realidad de la que Théophile Gautier no nos dejaba entrever, una o dos veces por volumen, más que un pequeño resquicio. Y como yo pensaba que él la conocería sin duda toda entera, me habría gustado leer otros libros suyos donde todas las frases fueran tan bellas como aquellas y tuvieran por asunto temas sobre los que hubiera deseado saber su opinión. "La risa, por naturaleza, no es nunca cruel; distingue al hombre del animal y es,

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como consta en La Odisea de Homero, poeta grecisco, el atributo de los dioses inmortales y bienaventurados que ríen olímpicamente hasta saciarse durante sus ocios eternos”. Esta frase me producía una auténtica embriaguez. Tenía la sensación de estar asistiendo a una antigüedad maravillosa a través de aquella Edad Media que sólo Gautier podía descubrirme. Aunque me hubiera gustado que en lugar de decir aquello furtivamente después de la fastidiosa descripción de un castillo, cuya excesiva abundancia de términos que yo no conocía impedía que pudiera hacerme una idea de él, hubiera escrito todo a lo largo del volumen frases de este tipo y me hablara de cosas que una vez terminado el libro yo pudiera continuar aprendiendo y amando. Me hubiera gustado que me dijese, él, el único sabio en posesión de la verdad, la opinión que debía tener de Shakespeare, de Saintine, de Sófocles, de Eurípides, de Silvio Pellico al que había leído durante un mes de marzo muy frío, paseando, pisando con fuerza, corriendo por los caminos, cada vez que cerraba el libro, con la exaltación de la lectura terminada, de las fuerzas acumuladas mientras había estado sin moverme, y del viento saludable que soplaba por las calles del pueblo. Me hubiera gustado sobre todo que me dijese si tendría más posibilidades de alcanzar la verdad repitiendo o no mi primer curso de bachillerato o haciéndome más tarde diplomático o abogado del Tribunal Supremo. Pero tan pronto como la bella frase acababa, se ponía a describir una mesa cubierta "de una capa tal de polvo, que se hubiera podido escribir sobre ella con un dedo", cosa bastante insignificante para mí como para que pudiese siquiera prestarle atención; y no tenía más remedio que preguntarme qué otros libros había escrito Gautier que pudieran satisfacer mejor mi aspiración y me dieran a conocer por fin su pensamiento todo entero.

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Y es ésta, efectivamente, una de las grandes y maravillosas cualidades de los bellos libros (y que nos hará comprender el papel a la vez esencial y limitado que la lectura puede desempeñar en nuestra vida espiritual) algo que para el autor podrían llamarse "Conclusiones" y para el lector "Incitaciones". Somos conscientes de que nuestra sabiduría empieza donde la del autor termina, y quisiéramos que nos diera respuestas cuando todo lo que puede hacer por nosotros es excitar nuestros deseos. Y esos deseos, él no puede despertárnoslos más que haciéndonos contemplar la suprema belleza que el último esfuerzo de su arte le ha permitido alcanzar. Pero por una singular ley, providencial por añadidura, de la óptica de la mente (ley que significa tal vez que no podemos recibir la verdad de nadie y que debemos crearla nosotros mismos), aquello que es el término de su sabiduría no se nos presenta más que como el comienzo de la nuestra, de manera que cuando ya nos han dicho todo lo que podían decirnos surge en nosotros la sospecha de que todavía no nos han dicho nada. Por lo demás, si les planteamos cuestiones que no pueden resolver, les estamos pidiendo también respuestas que no nos aclararían nada. Pues no es más que una consecuencia del amor que los poetas despiertan en nosotros por lo que concedemos una importancia literal o cosas que no son para ellos más que la expresión de emociones personales. En cada cuadro que nos muestran, no parecen darnos más que una ligera idea de un paraje maravilloso, diferente del resto del mundo, y en cuyo secreto quisiéramos que nos hiciesen penetrar. "Conducidnos", nos gustaría poder decir al señor Maeterlinck, a Madame de Noailles, "al jardín de Zélande donde se cultivan flores de otras épocas", por el sendero perfumado "de trébol y artemisa", y a todos los lugares de la tierra de los que no habláis en vuestros libros, pero que en vuestra opinión

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sean de igual hermosura. Nos gustaría ir a ver ese campo que Millet (pues los pintores nos enseñan tanto como los poetas) nos muestra en su Printemps, nos gustaría que el señor Claude Monet nos condujese a Giverny, a orillas del Sena, a aquel recodo del río que nos deja distinguir apenas a través de la bruma matinal. Sin embargo, todas estas cosas no son en realidad más que simples azares de amistades o de parentesco que, proporcionándoles la ocasión de pasear o de residir junto a ellas, han hecho que Madame de Noailles, Maeterlinck, Millet, Claude Monet, escojan para sus cuadros aquel sendero, ese jardín, ese campo, aquel recodo de río, en lugar de cualquier otro. Lo que hace que a nuestros ojos parezcan distintos y más hermosos que el resto del mundo es que contienen, como un reflejo imperceptible, la impresión que han producido en el genio, la misma que veríamos vagar tan singular y despótica por la superficie indiferente y sumisa de cualquier paisaje que pintasen. Esta apariencia con la que nos seducen y nos decepcionan a la vez y que quisiéramos atravesar, es la esencia misma de esa cosa en cierto modo sin espesor –ilusión fijada sobre un lienzo–, que constituye una visión. Y aquella bruma que nuestros ojos ávidos quisieran penetrar, es la última palabra del arte del pintor. El supremo esfuerzo del escritor como el del artista no alcanza más que a levantar parcialmente en nuestro honor el velo de miseria y de insignificancia que nos deja indiferentes ante el universo. En ese momento, es cuando nos dice:

"Observa, observa Perfumados de trébol y artemisa, Ceñidos por angostos arroyos de aguas vivas, Los paisajes del Aisne y del Oise.”

"Observa la casa de Zélande, rosa y brillante como una concha. ¡Observa! ¡Aprende a ver!" Y en ese mismo instante desaparece. Tal

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es el valor de la lectura y ésta es también su insuficiencia. Es conceder un papel demasiado grande, a lo que no es más que una iniciación, erigirla en disciplina. La lectura se encuentra en el umbral de la vida espiritual; puede introducirnos en ella; pero no la constituye. Se dan no obstante ciertos casos, ciertos casos patológicos por decirlo así, de depresión espiritual, en los que la lectura puede convertirse en una especie de disciplina terapéutica y encargarse, por medio de incitaciones reiteradas, de volver a introducir a perpetuidad a una mente perezosa en la vida del espíritu. Los libros desempeñan entonces para ésta un papel análogo al de los psicoterapeutas con ciertos neurasténicos. Se sabe que, en determinadas dolencias del sistema nervioso, el enfermo, sin que ninguno de sus órganos se vea afectado, está sumido en una especie de anquilosamiento de la voluntad, como si se hubiera metido en un atolladero del que es incapaz de salir por sus propios medios, y en el que terminaría por perecer si alguien no le tendiera una mano firme y caritativa. Su cerebro, sus piernas, sus pulmones, su estómago están intactos. No tiene ninguna incapacidad real para trabajar, para andar, para exponerse al frío, para comer. Pero cualquiera de estas actividades, que podría perfectamente llevar a cabo, se siente incapaz de desearlas. Y un deterioro orgánico, que terminaría por convertirse en el equivalente de las enfermedades que no padece, sería la consecuencia irremediable de la inercia de su voluntad, si el estímulo que no puede encontrar en sí mismo no le viniera del exterior, de un médico que pueda decidir en su lugar, hasta el día en que, poco a poco, se consiga la rehabilitación de sus facultades orgánicas. Ahora bien, existen determinados espíritus que podríamos comparar a esos enfermos y que una especie de pereza o de frivolidad les impide

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adentrarse espontáneamente en las regiones profundas de uno mismo donde empieza la verdadera vida del espíritu. Basta que se les haya guiado una sola vez para que sean capaces de descubrir y de explotar en su interior auténticos tesoros, pero, sin esta intervención foránea, vegetan en la superficie en un perpetuo olvido de sí mismos, en una especie de pasividad que hace de ellos el juguete de todas las pasiones, los rebaja a la altura de aquellos que los rodean y excitan sus ánimos, y, semejantes a aquel caballero que, compartiendo desde su infancia la vida de unos salteadores de caminos, ya no recordaba su nombre después de tanto tiempo sin usarlo, terminarán por destruir en ellos todo sentimiento y todo recuerdo de su nobleza espiritual, si un estímulo exterior no viniera a devolverlos, en cierto modo por la fuerza, a la vida del espíritu, donde vuelven a encontrar súbitamente la facultad de pensar por sí mismos y de crear. Ahora bien, este estímulo que la mente perezosa no puede encontrar en sí misma y que debe venirle de algún otro, es evidente que debe recibirlo en total soledad, fuera de la cual, ya lo hemos visto, no puede producirse esa actividad creadora que se trata precisamente de resucitar en ella. De la pura soledad la mente perezosa no podrá obtener nada, puesto que es incapaz por sí sola de poner en marcha su actividad creadora. Sin embargo, la conversación más elevada, los consejos más sabios tampoco le servirían de nada, ya que no pueden producir directamente esta original actividad. Lo que hace falta por tanto es una intervención que, proviniendo de otro, se produzca en cambio en nuestro interior; un estímulo desde luego de otra mente, pero recibido en perfecta soledad. Y ya hemos visto que ésta era precisamente la definición de la lectura, y que sólo a la lectura se ajustaba. La única disciplina que pueda ejercer una influencia favorable en tales espíritus es, por

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tanto, la lectura: como queríamos demostrar, que dicen los matemáticos. Pero, incluso en estos casos, la lectura no actúa más que como un estímulo que no puede en absoluto substituir a nuestra actividad personal; tiene que contentarse con devolvernos su uso, como, en las dolencias nerviosas a las que hacíamos alusión hace un rato, el psicoterapeuta no hace más que restituir al enfermo la voluntad de servirse de su estómago, de sus piernas o de su cerebro que estaban sanos. Ya sea, por otra parte, que todas las mentes participen en mayor o menor grado de esta pereza, de este estancamiento en los más bajos niveles, ya sea que, sin serle necesaria, la exaltación que producen determinadas lecturas tenga una influencia propicia sobre el trabajo personal, se suele citar a más de un escritor que tenía por costumbre leer algunas bellas páginas antes de ponerse a escribir. Emerson lo hacía raramente sin haber antes releído algunas páginas de Platón. Y Dante no es el único poeta que Virgilio ha acompañado hasta las puertas del paraíso. Mientras la lectura sea para nosotros la iniciadora cuyas llaves mágicas nos abren en nuestro interior la puerta de estancias a las que no hubiéramos sabido llegar solos, su papel en nuestra vida es saludable. Se convierte en peligroso por el contrario cuando, en lugar de despertarnos a la vida personal del espíritu, la lectura tiende a suplantarla, cuando la verdad ya no se nos presenta como un ideal que no esté a nuestro alcance por el progreso íntimo de nuestro pensamiento y el esfuerzo de nuestra voluntad, sino como algo material, abandonado entre las hojas de los libros como un fruto madurado por otros y que no tenemos más que molestarnos en tomarlo de los estantes de las bibliotecas para saborearlo a continuación pasivamente, en una perfecta armonía de cuerpo y mente. A veces incluso, en determinados casos algo excepcionales,

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aunque como vamos a ver, menos peligrosos, la verdad, concebida todavía como algo exterior, se encuentra lejos, oculta en algún lugar de difícil acceso. Se trata entonces de algún documento secreto, alguna correspondencia inédita, o unas memorias que pueden arrojar sobre determinados carácteres una luz inesperada, y de las que es difícil llegar a tener noticia. Qué felicidad, qué descanso para una mente fatigada de buscar la verdad en su interior, descubrir que se encuentra fuera de ella, entre las páginas de un infolio celosamente conservado en un convento de Holanda, y que si, para llegar hasta ella, hay que hacer un gran esfuerzo, este esfuerzo sólo será material, y una distracción llena de encanto para el pensamiento. Sin duda, habrá que hacer un largo viaje, atravesar en chalana las llanuras azotadas por el viento, mientras en la orilla las cañas se cimbrean con un movimiento de ondulación continuo; habrá que detenerse en Dordrecht, que refleja su iglesia cubierta de hiedra en los almocárabes de los canales soñadores y en el Mosa agitado y dorado, donde al atardecer las embarcaciones turban al deslizarse los reflejos simétricos de los tejados rojos y del cielo azul; y por fin, llegados al término del viaje, todavía no estaremos seguros de poder tener acceso a la verdad. Para ello habrá que mover poderosas influencias, entablar amistad con el venerable Arzobispo de Utrecht, de hermoso rostro cuadrado de viejo jansenista, y con el devoto guardián de los archivos de Amersfoort. La conquista de la verdad se concibe en estos casos como el éxito de una especie de misión diplomática, donde no faltan ni los accidentes del viaje, ni los azares de la negociación. Pero ¿qué importa? Todos los miembros de la vieja y pequeña iglesia de Utrecht, de cuya buena voluntad depende que entremos en posesión de la verdad, son gentes encantadoras, cuyos rostros del siglo XVII son completamente

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distintos de los que estamos habituados a ver, y con los que será muy agradable conservar alguna relación, al menos por correspondencia. La estima de la que continuarán dándonos, de cuando en cuando, testimonio nos reconfortará y conservaremos sus cartas como si se tratara de documentos preciosos o piezas de coleccionista. Y no dejaremos de dedicarles un día uno de nuestros libros, que es lo menos que puede hacerse por aquellas personas que os han hecho el

de la verdad. Y por lo que respecta a las investigaciones, a los

pequeños trabajos que no tendremos más remedio que hacer en la biblioteca del convento y que serán los preliminares indispensables al acto de toma de posesión de la verdad –de la verdad que para mayor seguridad y para evitar el riesgo de perderla, tomaremos en nota– seríamos muy ingratos si nos quejáramos de las molestias que han podido ocasionarnos: la calma y la austeridad del viejo convento son tan exquisitas, donde las religiosas llevan todavía el puntiagudo capirote de alas blancas con el que aparecen representadas en el Roger Van der Weyden del locutorio; y, mientras trabajamos, los carillones del siglo XVII adormecen con tanta ternura las aguas puras del canal, que basta un tenue rayo de sol para hacerlas titilar entre la doble hilera de árboles desnudos desde finales del verano, que rozan los espejos colgados en las casas de aguilones de ambas orillas. Este concepto de una verdad sorda a las llamadas de la reflexión y dócil al juego de las influencias, de una verdad que se obtiene con cartas de recomendación, que os la pone en las manos alguien que la poseía materialmente sin tal vez llegar siquiera a conocerla, de una verdad que se deja copiar en un cuaderno, este concepto de la verdad está lejos sin embargo de ser el más peligrosa de todos. Pues muy a menudo para el historiador, incluso para el erudito, esta verdad que van a buscar lejos en un libro, es menos, propiamente

don

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hablando, la verdad misma, que su indicio o su prueba, dejando por consiguiente lugar a una verdad distinta que no hace más que anunciar o verificar y que, ésta sí, es al menos una creación individual de su mente. No sucede lo mismo con el ilustrado. Éste, lee por leer, para recordar lo que ha leído. Para él, el libro no es el ángel que levanta el vuelo tan pronto como nos ha abierto las puertas del jardín celestial, sino un ídolo petrificado, al que adora por él mismo, y que, en lugar de dignificarse por los pensamientos que despierta, transmite una dignidad falsa a todo lo que le rodea. El ilustrado cita sonriendo tal o cual nombre que se encuentra en Villehardouin o en Boccacio, tal o cual costumbre descrita en Virgilio. Su mente, carente de actividad original, no sabe extraer de los libros la substancia que podría fortalecerla; carga con ellos íntegramente, y en lugar de contener para él algún elemento asimilable, algún germen de vida, no son más que un cuerpo extraño, un germen de muerte. No es necesario decir que si califico de malsano este gusto, esta especie de respeto fetichista por los libros, es en tanto que constituiría los hábitos ideales de una mente sin tacha que no existe, lo mismo que hacen los fisiólogos al describir un funcionamiento de órganos normal, pero que no puede darse nunca en los seres vivos. En la realidad, por el contrario, donde hay tan pocas mentes perfectas como cuerpos enteramente sanos, aquellos a los que llamamos las mentes preclaras están tan contagiados como los demás de esta "enfermedad literaria". Más todavía, podríamos decir. Parece que la afición por los libros crece con la inteligencia, un poco por debajo de ella, pero en el mismo tallo; como toda pasión, está ligada a una predilección por todo aquello que rodea su objeto, que tiene alguna relación con él y se comunica con él incluso en su ausencia. Del mismo modo, los grandes escritores, durante el tiempo en que no

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están en comunicación directa con el pensamiento, se sienten a gusto en la sociedad de los libros. Después de todo, ¿acaso no han sido escritos para ellos?, ¿no les descubren mil atractivos, que permanecen ocultos para el resto de los mortales? A decir verdad, el hecho que las mentes superiores sean librescas, como suele decirse, no prueba en absoluto que esto no constituya un defecto del ser Del hecho de que los hombres mediocres sean a menudo trabajadores y los inteligentes a menudo perezosos, no puede deducirse que el trabajo no sea para la mente una mejor disciplina que la pereza. A pesar de todo, descubrir en un gran hombre uno de nuestros defectos, nos inclina siempre a preguntarnos si no se trataría en el fondo de alguna cualidad desconocida, y no sin placer nos enteramos de que Hugo se sabía a Quinto-Curcio, Tácito y Justino de memoria, que era capaz, si alguien le discutía la legitimidad de un término, de establecer su filiación remontándose a su origen, con la ayuda de citas que demostraban una auténtica erudición. (Ya he probado en otro lugar cómo en él esta erudición alimentaba al genio en vez de ahogarlo, lo mismo que un haz de leña apaga un fuego pequeño y aviva uno grande). Maeterlinck, que es para nosotros todo lo contrario de un ilustrado, y cuya mente está siempre abierta a las mil emociones anónimas que puedan provocarle una colmena, un macizo de flores o un pastizal, nos previene contra los peligros de la erudición, a veces incluso de la bibliofilia, cuando nos describe, como buen aficionado, los grabados que embellecen una edición antigua de Jacob Cats o del ábate Sandrus. Estos peligros, por lo demás, cuando existen, amenazan mucho menos a la inteligencia que a la sensibilidad, siendo la capacidad de lectura provechosa, por decirlo de algún modo, mucho mayor entre los pensadores que entre los escritores de imaginación. Schopenhauer, por ejemplo, nos

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ofrece la imagen de una mente cuya vitalidad soporta sin esfuerzo aparente una enorme cantidad de lectura, reduciendo inmediatamente cada nuevo conocimiento a la parte de realidad, a la porción viva que contiene. Schopenhauer no aventura jamás una opinión sin apoyarla al instante con varias citas, pero uno percibe enseguida que los textos citados no son para él más que ejemplos, alusiones inconscientes y anticipadas en las que se complace en encontrar algunos rasgos de su propio pensamiento, aunque en absoluto lo hayan inspirado. Recuerdo una página de El Mundo como Representación y como Voluntad donde pueden leerse unas veinte citas una tras otra. Está hablando del pesimismo (naturalmente abrevio las citas): "Voltaire, en Candide, declara la guerra al optimismo de una manera divertida. Byron lo hace, a su manera trágica, en Caín. Herodoto nos refiere que los Tracios saludaban la llegada de un recién nacido con llantos y que la muerte, en cambio, era motivo de alborozo. Esto mismo lo encontramos en los hermosos versos de Plutarco: 'lugeregenitum, tanta quiintravit mala, etc.' Y a ello hay que atribuir también la costumbre de los mejicanos de desear, etc., y Swift obedecía al mismo sentimiento al tomar por costumbre desde su juventud (si hay que creer su biografía por Walter Scott) de celebrar el día de su nacimiento como un día de luto. Todo el mundo conoce aquel pasaje de la Apología de Sócrates en que Platón dice que la muerte es un bien inestimable. Una máxima de Heráclito venía a decir lo mismo:

`Vitae nomen quidem est vita, opus autem mors.' Famosos son también los hermosos versos de Teognis: `Optima sors homini non esse, etc.' Sófocles, en Edipo en Colona 1224, hace la siguiente

4. Schopenhauer, El mundo como representación y como voluntad (capitulo de la vanidad y de los sufrimientos de la vida).

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síntesis: `Natum nom esse sortes vincit alias omnes, etc.' Eurípides dice: `Omnis hominum vita est plena dolore' (Hipólito, 189), y Homero ya lo había dicho: `Non enim quidquam alicubi est calamitosius homine omnium, quotquot superterram spirant, etc.' Por lo demás, Plinio no dijo otra cosa: `Nullum melius esse tempestiva morte.' Shakespeare pone estas palabras en boca del anciano rey Enrique IV: 'O, if this were seen —The happiest youth, —Would shut the book and sit him down and die.' Finalmente Byron:

'This something better not to be.' Baltasar Gracián nos pinta la existencia con los tintes más negros en el Criticón, etc.' Si no me hubiera dejado llevar tan lejos por Schopenhauer, me habría gustado completar esta pequeña demostración acudiendo a los Aforismos sobre la sabiduría de la vida, que es tal vez, de todas las obras que conozco, la que aúna en un autor el mayor número de lecturas con la mayor originalidad, hasta el punto de que encabezando el libro, en el que cada página contiene varias citas, Schopenhauer ha podido escribir con la mayor seriedad del mundo: "Compilar no es mi fuerte." Sin duda, la amistad, la amistad que con respecto a los individuos es algo frívolo, y la lectura es una amistad. Pero al menos es una amistad sincera, y el hecho de que se profese a un muerto, a un ausente, le da algo de desinteresado, algo casi conmovedor. Se trata además de una amistad desprovista de todo aquello que afea las demás amistades. Como en el fondo todos nosotros, los vivos, no somos más que muertos que todavía no hemos entrado en funciones, todos esos cumplidos, todas esas reverencias en el vestíbulo que llamamos deferencia, gratitud, afecto, con las que mezclamos tantas mentiras, son inútiles y fastidiosas. Más aún –desde las primeras relaciones de simpatía, de admiración, de

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agradecimiento-, las primeras palabras que pronunciamos, las primeras cartas que escribimos, tejen a nuestro alrededor los primeros hilos de un entramado de hábitos, de una manera de comportarnos, de los que ya no podremos desembarazarnos en las amistades siguientes; sin contar que durante todo ese tiempo las palabras excesivas que hayamos pronunciado permanecen como letras de cambio que deberemos pagar, o que pagaremos más caro todavía con toda una vida de remordimientos el haber dejado protestarlas. En la lectura, la amistad a menudo nos devuelve su

primitiva pureza. Con los libros, no hay amabilidad que valga. Con estos amigos, si pasamos la velada en su compañía, es porque realmente nos apetece. A menudo tenernos que dejarlos contra nuestra voluntad. Y una vez nos hemos ido, ni sombra de esos pensamientos que echan a perder la amistad: ¿Qué habrán pensado de nosotros? —¿No habremos estado faltos de tacto? — ¿Hemos gustado?, y el miedo a que prefieran a cualquier otro. Todos estos sobresaltos de la amistad, desaparecen en el umbral mismo de esta amistad pura y tranquila que es la lectura. Como tampoco aquí es necesaria la deferencia; sólo reímos de lo que dice Moliére en la medida misma en que lo encontremos divertido; cuando nos aburre, no nos preocupa parecer aburridos, y cuando estamos definitivamente cansados de su compañía, le devolvemos a su sitio sin miramientos, sin importarnos su genio ni su celebridad. La atmósfera de esta amistad pura es el silencio, más puro que la palabra. Pues solemos hablar para los demás, y en cambio nos callamos cuando estamos con nosotros mismos. Además el silencio no lleva, como la palabra, la marca de nuestros defectos, de nuestros fingimientos. El silencio es puro, es realmente una atmósfera. Entre el pensamiento del autor y el nuestro no interpone esos elementos

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irreductibles, refractarios al pensamiento, de nuestros diferentes egoísmos. El lenguaje mismo del libro es puro (si el libro merece este nombre), transparente merced al pensamiento del autor que le ha aligerado de todo lo accesorio hasta conseguir su imagen fiel; cada frase, en el fondo, se parece a las otras, pues todas son pronunciadas con la misma inflexión de una personalidad; de ahí esa especie de continuidad, que las relaciones de la vida y aquellos elementos extraños que se mezclan con el pensamiento excluyen, permitiendo enseguida seguir la línea misma del pensamiento del autor, los rasgos de su fisonomía que se reflejan en este sereno espejo. A veces nos encontramos a gusto en su compañía sin necesidad de que sean admirables, pues supone un gran placer para el espíritu contemplar estas pinturas profundas y profesarles una amistad sin egoísmo, sin frases hechas, desinteresada. Un Gautier, que no es más que un buen chico con un gusto exquisito (nos divierte pensar que haya podido considerársele como la representación de la perfección en el arte), nos agrada en esa medida. No nos hacemos ilusiones sobre su fuerza espiritual, y en su Voyage en Espagne, donde cada frase, sin que él se dé cuenta, actúa y persevera en la faceta llena de gracia y de buen humor de su personalidad (las palabras se alinean por sí mismas para dibujarla, puesto que ha sido ella la que las ha escogido y dispuesto su orden), no podemos dejar de encontrar ajena al arte verdadero esa obligación que se ha impuesto a sí mismo de no dejar pasar una sola forma sin describirla minuciosamente, acompañándola de una comparación que, al no apoyarse en ninguna impresión agradable o violenta, no puede llegar a satisfacernos. No tenemos más remedio que admitir la lamentable esterilidad de su imaginación cuando compara el campo y sus diferentes cultivos "a estos patrones de

5. “Lamento haber pasado por Chartres y no haber podido visitar su catedral” (Voyage en Espagne, p. 2)

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sastre donde se pegan las muestras de pantalones y de chalecos", y cuando dice que de París a Angouleme no hay nada que admirar. ¿Cómo puede uno tornarse en serio a este ferviente admirador del gótico, que ni siquiera se ha tomado la molestia de acercarse a Chartres a visitar su catedral? A pesar de todo ¡qué buen humor!, ¡qué buen gusto!, ¡de qué buena gana seguirnos en sus aventuras a este compañero lleno de entusiasmo! Es tan agradable que contagia todo lo que le rodea. Y después de haber pasado algunos días en compañía del comandante Lebarbier de Tinan, retenido por la tempestad a bordo de su hermoso barco "reluciente como el oro", nos apena que no nos diga una palabra más de este simpático marinero y nos obligue a abandonarle para siempre sin decimos lo que ha sido de él. Adivinamos enseguida que tanto su alegría presuntuosa como sus melancolías, forman parte de sus hábitos un poco negligentes de periodista. Pero todo esto se lo perdonamos, le seguimos adonde nos pide, nos divertimos cuando vuelve de alguna aventura calado hasta los huesos, muerto de hambre y de sueño, y nos entristecemos cuando recapitula con tristeza de folletinista los nombres de los hombres de su generación muertos prematuramente. Decíamos a propósito de él que sus frases dibujaban su fisonomía, pero sin que él llegara a darse cuenta; pues si las palabras son escogidas, no ya por nuestro pensamiento según las afinidades de su esencia, sino por nuestro deseo de retratarnos, él representa este deseo, pero sin describírnoslo. Fromentin, Musset, a pesar de todas sus dotes, puesto que han querido dejar su retrato a la posteridad, lo han pintado muy mediocre; a pesar de todo nos interesan muchísimo,

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6. Un libro de Anatole France da por sobre entendidos un gran número de conocimiento erudito, en cierra continuas alucinaciones que la mayoría de la gente es incapaz de percibir y en las que consiste, aparte de sus otras virtudes, su incomparable nobleza.

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incluso por eso mismo, pues su fracaso es instructivo. De manera que cuando un libro no es el espejo de una poderosa individualidad, es entonces el espejo de las extrañas anomalías de la mente. Ante un libro de Fromentin o un libro de Musset, percibimos en el fondo del primero todo lo que hay de simpleza y de necedad en cierta "distinción", en el fondo del segundo, lo que hay de vacuidad en la elocuencia. Si la afición por los libros crece con la inteligencia, sus peligros, ya lo hemos visto, disminuyen con ella. Una mente original sabe subordinar la lectura a su actividad personal. No es para ella más que la más noble de las distracciones, la más ennoblecedora sobre todo, ya que únicamente la lectura y la sabiduría proporcionan los "buenos modales" de la inteligencia. La fuerza de nuestra sensibilidad y de nuestra inteligencia sólo podemos desarrollarla en nosotros mismos, en las profundidades de nuestra vida espiritual. Pero es en esa relación contractual con otras mentes que es la lectura, donde se forja la educación de los "modales" de la inteligencia. Los ilustrados siguen siendo, a pesar de todo, como las personas de calidad de la inteligencia, e ignorar determinado libro, determinada particularidad de la ciencia literaria, seguirá siendo, incluso en un hombre de talento, una señal de vulgaridad intelectual. La distinción y la nobleza consisten, también en el orden del pensamiento, en una especie de francmasonería de las costumbres y en una herencia de tradiciones . Muy pronto, en esta afición y este entretenimiento de leer, la preferencia de los grandes escritores recae en los libros antiguos. Aquellos mismos que parecieron a sus contemporáneos los más "románticos", no leían otra cosa que a los clásicos. En la conversación de Victor Hugo, cuando habla de sus lecturas,

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son los nombres de Moliére, de Horacio, de Ovidio, de Regnard, los que se citan más a menudo. Alphonse Daudet, el menos libresco de los escritores, cuya obra plena de modernidad y vitalismo parece haber rechazado toda herencia clásica, leía, citaba, comentaba continuamente a Pascal, Montaigne, Diderot, Tácito. Casi podría decirse, resucitando quizá con esta interpretación, por lo demás parcial, la vieja distinción entre clásicos y románticos, que son los públicos (los públicos inteligentes, por supuesto) los que son románticos, mientras que los maestros (incluso los maestros llamados románticos, los maestros preferidos de los públicos románticos) son los clásicos. (Observación ésta que puede hacerse extensiva a todas las artes. El público va a escuchar la música del señor Vincent d'Indy, el señor Vicent d'Indy estudia la de Monsigny. El público va a exposiciones del señor Vuillard y del señor Maurice Denis mientras éstos van al Louvre). Esto se debe sin duda a que ese pensamiento contemporáneo, que los escritores y los artistas originales hacen accesible y deseable al público, forma en cierta medida de tal manera parte de ellos mismos, que un pensamiento diferente les seduce más, les exige, para entenderlo, un mayor esfuerzo, y les proporciona también un mayor placer. Cuando uno lee, a uno le gusta siempre salirse de sí mismo, viajar. Pero hay otra causa a la que prefiero, para terminar, atribuir esta predilección que sienten las mentes privilegiadas por las obras antiguas. Y la razón es que no contienen únicamente a nuestros ojos, como las obras contemporáneas, la belleza que supo poner en ellas el espíritu que las creó. Contienen otra más enternecedora todavía, pues la materia de que están hechas, quiero decir la lengua en que fueron escritas, es como un espejo de la vida. Un poco de la dicha que experimentamos al pasear por una ciudad como Beaune, que

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conserva intacto su hospital del siglo XV, con su pozo, su lavadero, su bóveda de madera artesonada y pintada, su tejado de altos aguilones horadados por lucarnas y rematados por estilizadas espigas de plomo repujado (todas estas cosas que una época al desaparecer ha dejado como olvidadas allí, cosas que fueron exclusivamente suyas, puesto que ninguna de las épocas que han venido después ha producido cosas parecidas), se siente todavía un poco de esa dicha repasando una tragedia de Racine o un volumen de Saint-Simon; pues contienen todas las formas exquisitas del lenguaje abolidas, que conservan el recuerdo de usos o maneras de sentir que ya no existen, huellas persistentes del pasado al que nada del presente puede compararse y a las que el paso del tiempo ha embellecido todavía más su aspecto. Una tragedia de Racine, un volumen de las memorias de Saint- Simon se asemejan a hermosas piezas que hoy día ya no se hacen. El lenguaje en el que han sido esculpidas por grandes artistas, con una libertad que hace brillar su delicadeza y brotar su fuerza innata, nos conmueve como la contemplación de determinados mármoles, hoy desusados, que empleaban los artesanos de antaño. Sin duda en alguno de esos viejos edificios la piedra ha conservado fielmente el pensamiento del escultor, pero también, gracias al escultor, la piedra, de una especie hoy día desconocida, nos ha sido conservada, engalanada con todos los colores que él ha sabido extraer de ella, que ha sabido descubrir y armonizar. Es realmente la sintaxis usual

7. Y María dice: Mi alma alaba al señor y toda su dicha esta en Dios, mi Salvador, etc. –Zacarías, su padre estaba habitado por el Espíritu Santo y profetizo en estos términos: Bendito sea el Señor, Dios de Israel, por habernos redimido, etc. La recibió en sus brazos, bendijo a Dios y dijo: Ahora, Señor, permite a tu siervo ir en paz… 8. A decir verdad, ningún testimonio positivo me permite afirmar que en estas lecturas el recitador cantara esa especie de salmos que San Lucas introdujo en su evangelio. Pero me parece que esto se deduce suficientemente comparándolo con diferentes pasajes de Renan y, en particular, de San Pablo, p. 257 y sig.: Los Apóstoles, p. 99 y 100, Marco Aurelio, p. 502, 503, etc.

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en la Francia del siglo XVII –y en ella las costumbres y maneras de pensar hoy desaparecidas– lo que buscamos en los versos de Racine. Son las formas mismas de esa sintaxis, desveladas, respetadas, embellecidas por un cincel tan noble y tan delicado como el suyo, lo que nos conmueve en esos giros de lenguaje familiares hasta la originalidad y la audacia y en los que vemos, en los pasajes más agradables y más tiernos, pasar como un trazo rápido o volver para atrás en hermosas líneas quebradas, el brusco perfil. Son estas formas caducas, sacadas de la vida misma del pasado, lo que vamos a

visitar en la obra de Racine, lo mismo que si se tratara de una ciudad antigua que se conservase intacta. Experimento en su presencia la misma emoción que ante esas formas desaparecidas, también ellas, de la arquitectura, que no podemos admirar ya más que en los raros

y magníficos ejemplares que nos ha legado el pasado que las

modeló: como las viejas murallas de algunas ciudades, los torreones

y las almenas, los baptisterios de las iglesias; como junto al claustro,

o bajo el osario del atrio, el pequeño cementerio olvidado al sol,

entre sus mariposas y sus flores, la Fuente funeraria y el Farol de los muertos. Más aún, no son únicamente las frases las que dibujan ante nuestros ojos las formas del alma antiguas. Entre las frases –y estoy pensando en libros muy antiguos que fueron antes recitados–, en el intervalo que las separa se conserva todavía hoy en día como dentro de un hipogeo inviolable, colmando sus intersticios, un silencio muchas veces secular. A menudo, en el Evangelio de San Lucas, al tropezar con los dos puntos que interrumpen el texto delante de todos los pasajes casi en forma de cántico de que está plagado , he

escuchado el silencio del fiel que acababa de interrumpir su lectura en voz alta, para entonar los versículos siguientes como si fueran un

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salmo que le trajera a la memoria los salmos más antiguos de la Biblia. Este silencio llenaba todavía la pausa de la frase que, habiéndose escindido para abarcarla, había conservado su forma; y más de una vez, mientras leía, me ha regalado con el perfume de una rosa, que la brisa que entraba por la ventana abierta había expandido en la sala capitular donde se reunía el Cabildo, y que no se había evaporado después de diecisiete siglos. Cuántas veces, en la Divina Comedia, en Shakespeare, he tenido esa impresión de tener ante mí, incrustado en la hora presente, actual, un poco del pasado, esa impresión de sueño que se experimenta en la Piazzetta de Venecia, ante sus dos columnas de granito gris y rosa que sostienen sobre sus capiteles griegos, una el León de San Marcos, la otra a San Teodoro aplastando al cocodrilo, —maravillas exóticas venidas de Oriente a través del mar que divisan a lo lejos y que viene a morir a sus pies, y que ambas, sin comprender las exclamaciones que provocan en una lengua que no es la de su país, en esta plaza pública donde brilla todavía su sonrisa distraída, perpetúan entre nosotros intercalándolos en nuestro presente sus días del siglo XII. Sí, en plena plaza pública, en medio de un presente cuyo dominio interrumpe, un poco del siglo XII, de ese siglo XII hace tiempo desaparecido, se erige en un doble y grácil impulso de granito rosa. A su alrededor, los días actuales, los días que estamos viviendo giran, se apresuran zumbando en torno de las columnas, pero al llegar junto a ellas se detienen bruscamente, huyen como abejas espantadas; pues ellas, estas esbeltas y delicadas esclavas del pasado, no pertenecen al presente, sino a otra época donde el presente tiene prohibido penetrar. Alrededor de las columnas rosas, de donde brotan sus espléndidos capiteles, los días actuales se apresuran y zumban. Pero, interpuestas entre ellos, los apartan,

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preservando con su delgado espesor un lugar inviolable del Pasado:

—del Pasado familiarmente surgido en medio del presente, con ese color un poco irreal que tienen los objetos que una especie de ilusión nos hace ver a pocos pasos, cuando en realidad se encuentran a muchos siglos de distancia; dirigiendo todas sus facetas tal vez demasiado directamente a la mente, exaltándola más que si se tratara de un espectro de una época sepultada por el tiempo; y que no obstante está ahí, entre nosotros, próximo, codeándose con nosotros, tocándonos, inmóvil, a plena luz del día.