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Obras Públicas - Luciano Chiconi

Obras Públicas - Luciano Chiconi

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Ensayos sobre política y cultura pop en Argentina
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Obras Públicas

Luciano Chiconi
“Si hay algo que recorre estos textos de Luciano Chiconi es una cierta sensación de incomodidad. Una incomodidad por pertenecer a distintos lugares, por gustar de cosas aparentemente poco conciliables, por tener lecturas que se intersectan en puntos no del todo visibles, por sentirse bien en espacios que a priori parecen extraños, que están un tanto distantes. Puede ser el peronismo de la revista Unidos o el pop festivo de Katy Perry o el tenis o las películas de Godard. O la realpolitik conurbana y los microclimas de los iniciados. Puede ser también, sobre todo, algunas de las zonas del kirchnerismo y el énfasis puesto en las continuidades políticas muchas veces oscurecidas que recorren los treinta años de orden democrático.”
Del prólogo de Mariano Canal

Luciano Chiconi nació en Buenos Aires en 1976. Estudió Derecho en la UBA y se recibió de abogado; también estudió Letras en Puán, pero no se recibió de nada. Fue militante político a tiempo completo entre 1994 y 2004 en la provincia de Buenos Aires. Es autor del blog Desierto de ideas. www.desiertodeideas.blogspot.com

// Buenos Aires, 2012. // www.elcec.com.ar

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Prólogo
Si hay algo que recorre estos textos de Luciano Chiconi es una cierta sensación de incomodidad. Una incomodidad por pertenecer a distintos lugares, por gustar de cosas aparentemente poco conciliables, por tener lecturas que se intersectan en puntos no del todo visibles, por sentirse bien en espacios que a priori parecen extraños, que están un tanto distantes. Puede ser el peronismo de la revista Unidos o el pop festivo de Katy Perry o el tenis o las películas de Godard. O la realpolitik conurbana y los microclimas de los iniciados. Puede ser también, sobre todo, algunas de las zonas del kirchnerismo y el énfasis puesto en las continuidades políticas muchas veces oscurecidas que recorren los treinta años de orden democrático. Una cierta incomodidad que fue pacientemente horneada en una época donde todo estaba mal (los 90) y una adultez iniciada en un país cuyo estado amagaba con autodestruirse (el 2001 y su posguerra). Estos textos vuelven sobre eso y se preguntan - bajo el cielo estrellado del presente - si de verdad todo estaba tan mal, o, mejor, cuán mal estaba lo que sí estaba mal y cuánto de eso forma parte de las continuidades (incómodas, tan incómodas) que también explican el país actual. Los textos de Obras Públicas están tramados con una mezcla de ironía y compasión propia de una generación (hay una canción que se llama Mi generación y yo la estoy escuchando justo ahora) acunada en ese arco emocional y político formado por los últimos veinte años de historia argentina. Es muy difícil no reconocerse en algunos de esos personajes, en alguna de esas geografías urbanas, en algunas de esas aspiraciones y frustraciones. Una última cosa: la mayor parte de los textos que forman este libro fueron publicados entre 2008 y 2011 en el blog Desierto de ideas. Juntarlos en un libro digital - un formato nuevo, incipiente, pero con alcances que deseamos poderosos - obedece a la intención de que muchas de las intervenciones que se elaboraron estos últimos (e intensos) años en la web quedaran un tanto más a salvo del fluir vertiginoso, creador y destructor al mismo tiempo, de la producción virtual. Pero también está presente la voluntad de que esos textos puedan seguir participando de la velocidad y los intercambios de la deriva digital, sin estancarse, sin congelarse, sin convertirse en archivo. Este es, entonces, un producto híbrido, como corresponde a una época hecha en igual medida de ansiedad, certezas rotas y amor por lo nuevo.
Mariano Canal Abril, 2012.-

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Índice
Educación Surfer /6 La rodilla de Carla /15 Esa mujer /20 Víctor De Gennaro /29 Tenis /38 Los pacientes meandros de una biografía política menor /42 Escenas de la guerra Área de mantenimiento /48 Empleo público /54 Plan Trabajar /57 2002 /61 Rebecca de Mornay y Salvador Allende /64 (Pop) Katy Perry /71 Personal Fest /74 Franz Ferdinand /76 Metallica /79 Carla Bruni /83 Desierto de ideas Mondo Cromo (Parque Indoamericano) /87 El oro que no reluce (Menem y el orden democrático) /95 El Tercer Movimiento histórico es un sueño eterno /99

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Educación

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Surfer
Eran conversaciones desflecadas, una polifonía temática que se extinguía ante cada nueva palada de frivolidad que nos inyectábamos para ayudar al país. Decían cosas de la movilidad social ascendente. De esa movilidad pasteurizada que no se suscribía al ascenso de un par de peldaños en la trama del consumo motomelista. Que esa movilidad no se hacía carne hasta que no arrojaba resultados en el campo sexual. Y decían: el que anda en la calle se da cuenta. Nos sentíamos bien, con la stellitas bajando, pertrechados detrás del atalaya precario y con fiambrín ideológico para degustar. Nos arreglábamos. Ponían ejemplos leídos en relampagueos callejeros: una parada de bondi, el espacio multirracial del supermercado, la confabulación matutina de cuerpos a las puertas de la Anses, el restaurant que a la medianoche devenía pub con pista de baile, la postal tribunera de una cancha de fútbol. Todo valía para construir una diversión sociológica bien groovie. Querían documentar que la plenitud espiritual de la movilidad se alojaba en el fango amoroso y no estrictamente en el colofón monetario de una paritaria. En la embestida sentimento-genital a la mujer blanca del primer cordón, de los barrios ABC1. Hoy, más que nunca, decían, el posibilismo regla las relaciones humanas. Migraciones temáticas desde un conciliábulo de reposeras y ante el ritmo titilante de las velas legadas por los tambaleos de la capacidad instalada de Edesur, reina de los subsidios. De lo desperdiciada que está Fergie en Black Eyed Peas, tan subsumida vocalmente detrás de esa conflagración afro-latina de pseudos-rapeos que tanto daño le hacen al pop. Fergie tiene que cantar rock, lo que queda del rock, decíamos. Bancábamos a Fergie porque tiene una voz de fuego que está para más. Porque puede hacer su laburo sin robar la plata. La brisa trascendía las ventanas y hacía zozobrar la iluminación manual. Sacaban cigarrillos para alternar, y se 6

hablaba después de difuminar el humo. Las reposeras, de metal dúctil, provenían de un ofertón de Coto. Decían: el fotograma de la movilidad social real es el amor entre el ascendente y la minita de clase media que está para más. Lo atisbado en el trajín urbano del área metropolitana, pero de este lado. En el bardeo irónico de la cuestión, pedíamos que la crisálida parasitaria del Conicet estudiara el tema, sin caer en el juliomafudismo de los setenta. Decían: si Fergie está para más en la industria musical, la chica CBC de clase media del AMBA está para más a la hora del amor. Celebraban el escalamiento sexual del adolescente suburbano, pero no podían dejar de problematizar ese complejo posibilismo femenino, ese conformismo sentimental que se sedimentaba en estos años kirchneristas de la estabilidad económica. Sabíamos que este sociologismo frivolón no era digno del sacro ensayismo de un W. Benjamin, y la verdad, eso nos importaba una mierda. Porque sabíamos que Benjamin se cagó de un tiro porque salió tarde. Se demoró ante el avance alemán, durmió Benjamin, y se fue al cielo creyendo en la redención revolucionaria. Mucho librito de los pasajes, mucho ángel de la historia, pero resulta que se suicidó por boludo. Si había que elegir, preferíamos a Adorno porque la hizo mejor, porque murió de viejo y porque se cagó en el mayo francés, el más grande artificio teórico de la adolescencia europea. (A esta altura, la frivolidad puede resultar tan pegajosa como el clima que se origina en los aparatos electrodomésticos apagados, tullidos por el abandono de Edesur, y algún escandalizado podría estar llamando al Inadi para denunciarnos, para que la securitate moral nos arme un expediente). Detrás del crujido de un reposera fluyó un “esto en los noventa no pasaba” que cayó como una guadaña de peluche, y nos reímos. Si había un conurbano light a ser reflexionado (y sabe dios que lo había), éste era el lugar correcto. El de reposeras de aluminio nacional y cintas de polietileno que raspaban los muslos. Éramos partidarios de los enclaves urbanos seguros, pero hacíamos la excursión a La Salada sin acudir a baqueanos y menos a la 7

sensación amniótica y blindada del micro doble camello. De los noventa, recordábamos el inmediato blanqueo laboral que proponían las empresas de Yabrán, y pensábamos que la novela policial progresista tuvo su polvazo magistral-editorial con el Don Alfredo de Bonasso. Y si Bonasso había hecho plata gracias a Yabrán, eso significaba que a la izquierda cultural le había ido muy bien durante la década peronista anterior a la de los Kirchner. Hicimos el viaje de egresados en el último gran año de esa década: 1994. Coincidían en que a partir de ahí, todo había comenzado a declinar. Junto con la pauperización económica que se originaba en la longevidad de todo tipo de cambio fijo, se restringía el intercambio irónico que hasta ese momento preservaba las relaciones urbanas dentro del colchón del discurso. Decían que esa disminución social de la ironía acogotó el mercado lingüístico de la sutileza, y terminó de consolidar ámbitos de incomunicación que coincidieron con la aparición de un posibilismo económico-sexual naciente muy pujante en las generaciones que nos sucedieron. Si la ironía se volvía más elitista, era porque cada vez más gente “quedaba pagando”: sencillamente, no entendían. Las instituciones sobrepolitizadas de la nación hubieran acudido, para explicar este fenómeno, al cotizado concepto de “exclusión social”. No era así. Nunca nos interesó la cantata economicista antimenemista como fuente justificatoria de todos los comportamientos humanos. Teníamos derecho a considerarnos “la última generación” con expansividad irónica porque los que nos seguían eran un desastre. La incomprensible desaparición de la ironía dejó a las relaciones urbanas del conurbano light sin el elemento autocrítico y compasivo que permitía, en cierto modo, una comprensión policlasista. Alguien abrió la Helatodo para sacar otra cerveza, y la transpiración de una Heineken brilló en la oscuridad. Alguien dijo: la ironía es típicamente pequeño burguesa, nos defendemos con eso. ¿Y eso quién lo dijo? El devorador de chongos del 8

conurbano romano: Pasolini. Otro que murió por boludo, dijo una voz etilizada desde la penumbra, y nos volvimos a reír. Alguien sugirió salir del quincho, en el pasto corría más vientito. Algunas reposeras crujieron, alguno metió una vela en el pico de una de las botellas verdes vaciadas y salieron a la noche, algunas se sentaron en el borde de la pileta y metieron las piernas en el agua muerta y clorada. En realidad esta movilidad sexual ascendente no nos indignaba. Nos divertía y fogoneaba nuestra curiosidad. Si detectábamos un morocho escuchando música electrónica, nos alegrábamos: como dijo David Guetta, mi objetivo musical es llevar el house a los sectores populares. Usábamos lentes de cierta aerodinámica para combatir la miopía que habíamos adquirido en los noventa, esa época en que creíamos que leerse todo era importante. “¿Te acordás del surfer?” largó alguien desde una reposera a cielo abierto, y las chicas del conurbano light (que ahora eran apaciguadas madres y estaban insertas en el mercado matrimonial, y que durante la hegemonía menemista fueron, para decirlo de alguna manera, mis amigas, mis madres, mis novias, mis putas, mis hermanas) que mojaban sus empeines tostados en la pileta, escucharon y estallaron en risas acotadas, jajajaja, te acordás Lu, jajajaja, y yo dije no, no me acuerdo, y ellas siii, te acordás, te reacordás boludo, jajajaja y yo decía que no pero por adentro recordaba. En 1993, todavía discutíamos sobre el proceso de privatizaciones encaradas por Carlos Saúl Menem para financiar parte del déficit fiscal crónico, yo no estaba de acuerdo y mi padre, muy intervenido por la prosa degennarista y por la vivencia de su despido reciente del útero estatal, no acertaba a ver la caudalosa inversión de guita que el gobierno estaba poniendo en los retiros voluntarios, dadas las circunstancias te rajaban pero te ibas con un buen toco, más la repartija de acciones de propiedad participada, más los que quedaban vegetando en las “residuales” hasta la liquidación final del ente público, más la posibilidad latente de acciones posteriores contra el Estado Nacional. 9

Digamos que la de Menem, en los hechos, fue una privatización notoriamente populista, aunque nosotros estábamos demasiado susceptibles leyéndonos todo, aprendiendo el lenguaje solemne y dostoievskiano que se encerraba en frases como “desguace del patrimonio nacional” y “genocidio económico”, y nos oponíamos con indignación al proceso privatizador, y lo que uno no quería admitir era que lo hacía más en solidaridad con su padre eyaculado laboralmente de la hibernación pública que por vivencias personales. Era el invierno de 1993, sería un jueves, viernes o sábado, y nosotros (los que ahora estábamos reclinados en las reposeras, acostados en el pasto o sentados en el borde de la pileta, fumando y bebiendo en silencio o con monosílabos) nos juntábamos a hablar de política antes de ir a bailar. El machaje adolescente se reunía a tratar los temas políticos de la semana, ya parloteados hasta el hartazgo durante la semana educativa, porque todos íbamos a un colegio privado progresista y había que estar empapado, había que saber. Y mientras las chicas del conurbano light se acicalaban para reventar la noche, se entregaban a la ingeniería ilusionista del push-up, experimentaban con glitter labial, armaban y desarmaban mil y una combinaciones textiles, se revocaban los baches faciales con el angel face, nosotros tomábamos un aperitivo y nos bajábamos una endogámica línea política y a veces caía gente exógena, algún garche provisorio de las chicas del conurbano light, y ahí se sentó ese día el surfer a la mesa política, nadie sabía su nombre, ni su trabajo (era una persona que nos superaba en edad, porque las chicas del conurbano light solían elegir mayores para garchar), nos dijeron él es surfer, es un buen chico, su pasión es domar las olas, trátenlo bien mientras nos preparamos. El proceso privatizador me afectaba mucho, yo decía que algunas privatizaciones correspondían y otras no, y me enrosqué en las formas de la liquidación de las empresas públicas, los precios viles, (es decir, cuestiones menores) y mis amigos decían sí, Luciano, tenés razón, esto es una vergüenza, pero en octubre 10

pierde, acordate, la gente no se banca más esta fiesta, y el surfer no decía nada y queríamos que hablara para gastarlo, para ver cuánto era lo que no sabía de política, y le pregunto: ¿vos a quien vas a votar en octubre? - A Menem. Por alguna razón quisimos reírnos y no pudimos, el surfer se mantenía impasible y sin que se lo reclamáramos, empezó a pronunciarse a favor de la Reforma del Estado, invocó razones elementales de inversión y competitividad para aceptar la privatización de Entel, y mis amigos se callaron y me miraban para que reaccione y le contestara, y el surfer emanaba argumentos con pereza y solidez, expresaba casi con despojo carveriano los conceptos de Roberto Dromi, con una inevitabilidad no necesariamente fatalista. Vos recordarás lo que era sacar un teléfono con el plan Megatel me decía el surfer con giros de una amistosidad casi insoportable, y yo intenté mostrar aplomo y tiré balas de fogueo del tipo “intervención del estado” o “ajuste salvaje” y el surfer ganaba terreno “el estado está interviniendo, pero quizá de una forma que a vos no te guste” o “ esto va a traer una modernización tecnológica que en el futuro vamos a agradecer, cuando el capitalismo sea más complejo” y evidentemente aquel no fue un buen día para mí, estaba sin reacción y aparecieron las chicas con sus vestidos un poco abigarrados, con la excitación creciente que implicaba para ellas ir a mostrarse a la pista de baile, y presenciaron azoradas el final de la discusión entre el surfer y yo, porque yo había optado por elevar la voz para compensar la flojera argumental y se notaba, si hubiera sido boxeo las tarjetas no hubieran dejado dudas, ganó el surfer por puntos, y las chicas reían y le decían al surfer, a ese stranger que me había cagado el día, ay, sos el primero que le gana una discusión sobre política a Luciano, jajaja, y el surfer dijo pero si no discutimos, hablamos nada más, no es para tanto y él se rió y yo me reí y mis amigos y la chicas rieron, porque si bien las chicas también concurrían a aquel mítico colegio privado progresista, la política no les importaba, a ellas les importaba el 11

amor y sus derivados y en ese año, 1993, estaban abocadas a un curioso proceso de desclasamiento musical, habían empezado a escuchar a Los Redondos y morían por el Indio, se hundían en el canturreo de su lírica, iban a los karaokes del conurbano light y cantaban Susanita con una pasión sólo comparable a la que ponía Hendrix sobre las seis cuerdas, en cierta manera a ellas la política les chupaba la concha pero a mí el surfer me había guillotinado el ego con los consistentes salmos de la Biblia de Dromi (mucho más árida y realista que la antiquísima Biblia del Pepe con la que la generación de mis padres se inyectaba morfina intelectual durante la moda política de los setenta, los setenta del pleno empleo y el blanqueo completo del mercado laboral, porque las mejores obras de la literatura paritaria se firmaron durante el gobierno de Isabel, y así como el rock murió en 1974, los grandes convenios colectivos de trabajo se celebraron en 1975, en ese año Lorenzo Miguel escribió su obra maestra: el CCT 260/75 de la UOM, pero nuestros padres preferían la morfina pepista y se iban de la Plaza, y mientras tanto Isabelita estatizaba las estaciones de servicio cuando ya todo era un caos y se necesitaba Orden, cuando los obreros peronistas pedían a Isabel que diera leña, cuando todo se iba a la mierda, y pegue, y pegue, y pegue Isabel, pegue) y eso me recordó mi encuentro posterior con Roberto Dromi, durante los años dulces de la pax kirchnerista, cuando en el 2005 voy al casino de Mar del Plata y ahí lo veo, está en una mesa jugando póker, haciendo apuestas austeras, con un habano que le cuelga de la comisura del labio y un vaso de whisky en la mano obesa, y en un descanso mientras el crupier mezclaba las cartas, me acerco y le digo: “Roberto, creo que compartimos dos pasiones: Independiente y el derecho administrativo. Yo te leí en la facultad, Roberto.” Y Dromi me mira, arma una sonrisita sin dejar de malear el habano en la comisura, me da la mano con el brazo que no sostiene el whisky y me dice: “A ver si salimos campeones este año, pibe ¿no?” La luna obraba como un spot lumínico eficaz. Se veían los cromados opacos de las reposeras, el sudor de las botellas, y el 12

círculo rojizo de los cigarrillos. Los que no estaban acostados en el césped veían el resplandor huidizo del agua de la pileta, movida por los cansinos empeines de ellas, que hablaban poco, en voz baja y con palabras cortas. Cuando, a fines de 1993, las chicas del conurbano light nos preguntaron si las íbamos a acompañar a ver a Los Redondos a Huracán, les dijimos que no. Resulta que nosotros, el machaje adolescente politizado, sabíamos como venía la mano. Un amigo les advirtió: “ahora tienen un publico peligroso. Mucho negro.” Además, a nosotros nos gustaba la música extranjera, pero las chicas habían flasheado con el Indio, con su ángel de la soledad y de la desolación, ellas no notaban el cambio, y en todo caso, querían vivir su aventurita lumpen, eran absolutamente vírgenes en ese plano, y nosotros no, porque el conurbano (el territorio compartido) nos había permitido la inevitabilidad policlasista, éramos blancos y sureños y nos bancábamos la convivencia porque no teníamos prejuicios, y no teníamos prejuicios (teníamos posjuicios) porque la calle estaba medianamente caminada y ellas eran tan solo chicas del conurbano light cuya pretensión era ser dancing queens y ahora pintaba el capricho lumpen bajo fachada redondista, y nosotros no íbamos a coparticipar de eso, había algunas calles caminadas en nuestro favor. Acudieron entonces, al surfer. Se llevaron al cotizado surfer como custodia, pese a que sabían que el surfer no conocía el territorio (sólo conocía, levemente, el mapa) y todo salió mal, sencillamente el surfer no pudo garantizar la integridad física de las chicas del conurbano light, sucumbieron a la avalancha morocha que ingresó sin pagar, el surfer se vio desbordado y cobró, y las chicas fueron tocadas, levemente lastimadas por la marea ricotera, el surfer no conocía el lenguaje policlasista, no tuvo capacidad adaptativa y si la tuvo todo llegó demasiado tarde, las chicas ya habían recibido el estrés traumático emergido de ese caótico contacto con el pueblo que no presumían violento (pero nosotros sí). Las chicas desecharon al surfer. Ingratamente. Se había terminado la 13

magia. Como en

Straw Dogs, la violencia

disparó

la

desconfianza, las chicas no creían ya en el surfer, tanto como Susan George no confiaba ya en Dustin Hoffman. Pasó más de una semana, y las chicas del conurbano light ni hablaban del surfer, yo le decía a la que mantenía encuentros coitales con él “¿lo largaste, no?” y me reía y ella, que se parecía bastante a Susan George, se quedaba en silencio, le duraba el miedo autoritario sufrido por la desprotección física frente a la violencia (lo que para nosotros no era más que una violencia amistosa, la que se origina en la convivencia, pero ellas tenían prejuicios y el prejuicio es autoritario, es excluyente y de ese modo echaron a la negrada ricotera y al surfer sin contemplaciones) y yo lo respeté más que nunca al surfer, lo respeté política y personalmente, aunque el surfer era historia, había caído en desgracia, nuestra Susan George lo había expulsado del paraíso, y ahora estábamos ahí, reclinados en las reposeras, fumando y tomando en silencio en la noche sin energía eléctrica, todos más pacificados y con menos emociones para mostrar, y ellas cada tanto sacaban sus empeines tostados del agua para que brillaran un poco en la oscuridad.

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La rodilla de Carla

1. Cuando la nieve cesó de adornar el suelo, pedí exhumar los libros. Hubo que darle con maza y cortafierro al concreto, el trabajo rítmico, manual, lo hacían con lúcida indiferencia. El único curioso era el pibe de quince años que pedía desenterrar una literatura política que creía embalsamada y bálsamo reverberante desde el fondo de la historia. Era una tarde dominical de paz menemista y acaso en el inconsciente colectivo de izquierdas se cincelaba la certidumbre de que ahora si había pasado lo peor, y los adultos que me rodeaban aceptaron ver con desgano racional las sobras de un tiempo, las reliquias que retorizaban la praxis. Despejados los últimos escombros, vimos el osario: los libros eran barro y lombrices. “Yo te dije…” me dijeron entre sabias risas, pero en ese tiempo, el pibe de quince años solía decepcionarse. 2. Un abigarrado verano noventista en San Bernardo (“ahora no se puede ir, está lleno de negros, bajó mucho” me dicen amigos y conocidos, y yo asiento), íbamos a la playa con la Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas y una pequeña hermenéutica hegeliana para ver si entendíamos por lo menos una puta oración con qué jactarnos. El pibe de diecisiete años quería juntar kilometraje filosófico en la larga marcha hacia la erudición trascendental, aquella que depararía destinos majestuosos, una oda a la ilustración para alcanzar prestigios inmaculados, está en las cartas. Aquel fue un gran verano, feliz para las clases medias venidas a menos (o sea, y también, para los sectores populares): se volvía a veranear, a ir al mar, después de los largos años de malaria alfonsinista, del melodrama hiperinflacionario. Pero nosotros nos clavábamos un Hegel, y políticamente, en la cúspide: éramos progresistas ¿qué duda cabía? Más tarde (tardíamente), el pibe de diecisiete años vio en un cine desierto a

Jeanne Moreau en La Notte apenándose por constatar de qué poco le sirvieron la cultura, los estudios y las bibliotecas para entender la vida. 3. Yo fui a un colegio no estatal cuyos directivos y profesores tenían simpatías, vínculos o afiliaciones al Partido Comunista, el Partido Socialista y al peronismo de izquierda. Precisamente, y no por esta singularidad, se trató de un gran colegio. No usábamos uniforme, vestíamos de civil, y de la vestimenta no emergían desigualdades. No había sanciones disciplinarias y nos dejaban fumar en los recreos: a nosotros, que no lo éramos, nos aplicaban la pedagogía del oprimido. Era ese un gran colegio privado progresista del conurbano (“ahora no se puede ir, está lleno de negros, bajó mucho” me dicen amigos y conocidos, y yo asiento) cuyo plantel docente, macanudo, abierto y convenientemente antimenemista, solía idolatrar a Alfredo Bravo. Alguien los bautizó a algunos de ellos, a los menos tirados, como “los socialistas con chalets de dos plantas”, pero ellos preferían autodenominarse “luchadores populares”. Nosotros, los alumnos de diecisiete años, antes que con clásicas pornos yanquis, preferíamos pajearnos con las películas de Costa Gavras. Un día cayeron Pérez Esquivel y el padre Farinello a dar una charla sobre derechos humanos, el auditorio repleto, docentes, padres, alumnos, prensa. Pero las porteras, el fotocopiador (que llevaba al laburo los libros con los discursos de Perón, y me los mostraba) y los muchachos de limpieza y mantenimiento, no estaban. Y Pérez Esquivel se largó nomás a narrar los años trágicos con sus giros atonales y su desconcertante voz artificial, era un Nunca Más parlante y tenía una enorme pericia para describir los casos más aberrantes con la impostada cordura del intelectual, era un greatest hits de torturas y vejaciones. “Con razón llegó a Nobel de la Paz, es un fenómeno” chicaneó un reo en el fondo y nos reímos bajito, algunos padres nos condenaron con la mirada. Farinello le agregaba al relato el tono melodramático, le daba emoción a sus 16

temblorosos titubeos vocales, algunos comenzaban a lagrimear, se trataba de una puesta en escena de alta densidad dramática, digna de Bergman. Nos rompimos las manos aplaudiendo los valientes testimonios, y los panelistas, ya más relajados, sonreían y firmaban autógrafos, se sacaban fotos con padres y docentes del palo, y los profesores más encumbradamente sartreanos (históricos defensores de la educación pública y los derechos humanos) se llevaron a los próceres al chalet de dos plantas de alguno, para seguir la tertulia en un ámbito más íntimo, con biblioteca y discografía acorde, y con el confort que requiere la reflexión y el soliloquio eticista. El pibe de dieciséis años tenía muchos libros en la cabeza pero una inveterada vocación de juntarse con los reos y outsiders de la clase, y ellos se fueron rápido, cuando los aplausos estaban en su etapa más ensordecedora. Otro día, el que vino a dar una charla fue Alberto Albamonte en su carácter de funcionario menemista, buscando establecer un contacto entre “la clase política y los jóvenes”. Loable intención, Albamonte venía a escuchar, temario abierto, pregunten chicos. Naturalmente, la audiencia era acotada en relación con el estadio lleno que habían metido Pérez Esquivel y Farinello, eran exclusivamente alumnos, y casualmente los más politizados estábamos allí: “Viene Albamonte, seguro hay quilombo” se comentaba y entonces nos preparábamos para el show. Albamonte se largó con un discurso sobre su gestión gubernamental, sin ideologizar, mesurado. No habían pasado diez minutos cuando los comandantes en jefe del combativo Centro de Estudiantes, envidiables cuadrazos fanáticos de Serrat y Silvio, salieron a cruzar a Albamonte para facturarle el prontuario: “procesista”, “facho”, “asesino”, “hijo de puta”. Los pibes del Centro, clarividentes que pertenecían a las familias acomodadas del distrito, le hacían un juicio popular in situ a Albamonte (un hombre de derecha que ahora optó por la hotelería), lo poblaban de justicieros epítetos, todo un pueblo detrás de ellos, algún día les agradecerían. En coro le empezaron a gritar “neoliberal”, y algunos practicaban puntería con acuosas 17

escupidas de moco sobre el lapidado funcionario, que inició una caótica retirada de aquella zona liberada: en ningún momento apareció alguna autoridad de mi colegio progresista para evitar lo previsible. El pibe de dieciséis años contempló el episodio con impronta festiva (antimenemismo o muerte), y sólo con el tiempo comprendió el enorme poder de la retórica progresista. “Los noventa, esos años en los que el progresismo se convirtió en una dictadura cultural” dijo, y se fue por una calle más oscura. 4. Nos habíamos aprendido de memoria (en un invierno de la Convertibilidad, un invierno donde nos compramos la compactera, la casetera y la TV color que no tuvimos en quince años) las páginas de La Doctrina Peronista: una Argentina justa, libre y soberana de Ortega Peña y Duhalde, y ya estábamos listos para iniciar una militancia de rescate de las banderas. El pibe de dieciocho años terminaba el colegio y quería graduarse en política real, militar. Pero toda militancia genuina se desliza hacia formas áridas: todo ejecución. Las formas bonaerenses de la militancia conducen a la llaga peronista de la víspera, y el punto ideológico desde el que uno inició el camino se diluye en la anécdota, e inclusive mentar “lo que dijo el General” es poco aconsejable frente al denso apremio de las urgencias: mi peronismo de izquierda se hacía bosta contra la rocosa cotidianeidad de una militancia peronista de la necesidad, una estresante carrera con obstáculos a resolver por doquier, y los más idóneos eran seres despreciables, panorámicamente impresentables, desmesurados de la periferia. Era la aridez real del Estado que había que domar, una burocracia tironeada por reclamos incesantes, postergados. El pibe de dieciocho años publicó un aviso clasificado: permuto todo Hernández Arregui por curso para tramitar pensión por invalidez y silla de ruedas ante el ministerio de Acción Social de la provincia. 5. El Negro Willy solía caer con un pedo moderado a la oficina, 18

les tiraba onda a las secretarias de los concejales. Tenía sus transitas, tiernas corruptelas que permitían solucionar verdaderas bombas de tiempo, un balazo el Negro en el terreno de los contactos y la improvisación para desactivar un campo minado, un chanta que nunca te dejaba a gamba pero a veces estaba caído y medio reventado, tenía batallas campales con la jermu o andaba sin guita y venía el mangazo, “después te lo devuelvo”, pero sabíamos que no, y no importaba. Tenía mil quilombos personales Willy, pero era capaz de voltearse a un influyente escracho de la secretaría de Salud para sacar invaluables medicamentos oncológicos que de otro modo, un vecino que estaba en la lona no podía conseguir. El Negro Willy se acerca con una sonrisa pícara, tiene un libro bajo el brazo, es Viaje al Fin de la Noche. Se pone serio: “Luciano, quiero que a la placita de mi barrio le pongamos un nombre, no tiene. Quiero ponerle Juan José Valle. ¿Me hacés el proyecto?”

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Esa Mujer
Dedicado a Rodolfo Walsh

Los primeros meses de la convertibilidad blanca pasaron con la pacifica liviandad primaveral con la que transcurre una reafirmación social creyente en la estabilidad del poder adquisitivo. Es lógico: la pretensión de aditivarle más normalidad institucional a una estabilidad económica también es una ambición populachera, los pobres quieren un mercado reglado para consumir con más calidad, para que la noche negra no retorne, para que el derrame sea una realidad efectiva despoblada de distorsiones emocionales y de teorías universitarias. Siempre fue así, desde que aquel leonazo herbívoro dijo que la víscera más sensible era algo que estaba fuera del cuerpo pero dentro de la condición humana. Pero lo que ningún eminente justicialista había podido actualizar doctrinariamente desde 1975-76 era la idea de justicia social para la posmodernidad democrática que se forjaría en esos años. Cómo solidificar el detrás de la escena del derrame para que dependiese menos del oleaje fiscal y de los vientos cruzados de la cuenta corriente comercial externa. Estas y no muchas otras cosas más integraron siempre la discusión medular de la acción política, y en esos primeros meses de convertibilidad blanca había todavía una paz que no dejaba de expresarse con un poder de compra recatado. Una tensa calma. En esos días en los que Menem estaría entregando la banda a otro gobierno democrático, el padre de un amigo abriría una cadena de drugstores en el conurbano sur, iba a invertir y dar trabajo, venite a laburar conmigo Lucianito, atendeme un kiosco, si necesitás la guita, yo sé que tenés una política de ingresos muy deprimida, te tenés que ordenar un poco. Hice un training laboral en el drugstore de la cadena que más facturaba, con un empleadaje muy festivo y dúctil que trabajaba por encima de las 20

expectativas que el dueño de la cadena ponía sobre ellos (adolescentes que quemaban su remuneración en Yamila durante cada fin de semana) y como yo era un recomendado, se consensuó un acting de entrenamiento poco riguroso, así que mis limitaciones estaban una vez más preservadas por el lobby. El padre de mi amigo era un pragmático de la vida muy interesado por la política. Teníamos largas charlas sobre el ayer y hoy del quehacer nacional; era, sin ser peronista, admirador de muchos peronistas polémicos: Rucci, Herminio Iglesias, Manuel Quindimil, Fernando Galmarini. También era fan de Alejandro Agustín Lanusse. En su concisa biblioteca Mi Testimonio tenía un lugar preferencial, junto a los libros de Felipe Pigna. Era nacido y criado en Villa Dominico, y decía que con sólo tres años de gestión, Herminio había sido el mejor intendente de Avellaneda, y que nadie lo había podido superar. El alumbrado, barrido y limpieza funcionaba como un relojito, Luciano, Herminio la tenía clara porque sabía lo que le interesaba al vecino, y sí, tenía sus transas pero las manejaba muy bien, todavía no tuvimos otro como Herminio, hay que decir la verdad. Pero lo que no me había dicho era que tenía que compartir la conducción del kiosco. Es una mina, ella ya trabaja en otro comercio de la cadena, tiene experiencia, es para apuntalar la cosa. Oriana no estaba hecha de oro, pero lucía la rubiez apócrifa que naturalmente ostentaban las chicas de Lanús en esos años, dedicadas a la promoción supermercadista, a ir a bailar a La Casona y si había suerte, saltar a la fama como modelo-vedette o casarse con un empresario de la burguesía nacional dedicado a la rama de los servicios. Digamos que Oriana no tenía nada que envidiarle físicamente a otras chicas con el mismo perfil (rubias oriundas de Lanús) que posteriormente forjaron una tradición lanusense en el nuevo establishment de la belleza nacional: Jessica Cirio, Florencia “Floppy” Tesouro y Victoria Xipolitakis. Pero Oriana había quedado empastada existencialmente, estaba limitada a 21

supervivir en el comercio minorista, tenía un carácter muy flamígero que le complicaba el escalamiento, se hacía la lady pero le costaba disimular su perfil barrial, su impronta pugilística en el lenguaje, y eso que Oriana tenía la ventaja de no necesitar mejoramientos plásticos. A diferencia de Jessica, Floppy y Vicky, a Oriana las tetas y el culo le venían así de fábrica. Mucho lumpenaje se acercaba al kiosco para ver a Oriana, los colectiveros estaban como locos, algunos casi no ocultaban su erección pugnando dentro del jean percudido y otros se quedaban contando historias inviables para llamar la atención, para mirarle durante un par de minutos más el nacimiento de las tetas, porque Oriana a veces venía con escotes que Pierre Bourdieu no hubiera dudado en calificar como violencia simbólica, Oriana levantaba la libido lumpen durante los días esperanzados de la convertibilidad blanca, los linyeras pasaban, los tullidos pasaban, Oriana era la Virgen a la que el pobrerío masculino iba a visitar en busca del bálsamo visual para afrontar luego las horas amargas de esta nueva etapa del capitalismo, rezándole a la durabilidad del poder adquisitivo que Duhalde quiso sincerar y no pudo en el marco de la campaña presidencial, y mis amigos peronistas que estaban en el Frepaso estaban ilusionados y yo que había trabajado con ellos y corté boleta para que entraran como legisladores provinciales y concejales también tenía cierta expectativa, recordaba aquella foto con Bordón en el Unione e Benevolenza en el ´94 y después de eso me juré que fotos con políticos no, no garpa, no sirve, salvo la que me saqué hace poco con María Laura Leguizamón, y ya lo ve, y ya lo ve, es la gloriosa jotapé de La Plata de los ´90, aguante María Laura que es tan rubia como Oriana. Frente al drugstore había un kiosco de diarios y revistas. Abríamos casi conjuntamente a eso de las 6 de la mañana, el dueño era un señor alemán que manejaba muy bien el idioma castellano y que no creía en los políticos. Éramos muy puntuales en la apertura de los comercios, él por rigorismo germano, yo por neurosis. Oriana llegaba siempre un poco tarde, con el pechito 22

jadeante alegando algún acoso en el puente de la estación, siempre algún villero o un borracho o un pajero (decía con lamento impostado) le quería tocar o le tocaba el culo, y a los que lograban posarle la mano los cagaba a carterazos, o les daba con el bolsito platinado de Kosiuko, Oriana moría por los atuendos de Kosiuko, reventaba el salario en Kosiuko y se vestía para matar pero sólo iba a despachar bebidas y golosinas para los cautivantes sectores medios y populares del conurbano sur, y los días que Oriana llegaba deprimida por algún quilombo con el novio o porque se sentía gorda era un garronazo, Oriana se ponía insoportable, no laburaba, se tiraba en una silla y se la pasaba lagrimeando, decía que era fea, que el novio era un hijo de puta, y si justo caía el dueño a chequear el nivel de actividad se transformaba, todo era alegría y felicidad, mostraba el mejor perfil de sus tetas, tiraba números de venta y pagos a proveedores que ella no había hecho, y cuando el dueño se iba se desintegraba la puesta en escena, se prendía un marlboro y después de pitarlo un par de veces me decía “Luciano, ¿puedo fumar?” y ponía cara de apaleada, sí Oriana, fumá, y desplegábamos nuestras risas conjuntas. Oriana vivía en ese difuso magma territorial en el que Lanús se transforma en Monte Chingolo, y representaba a esa clase de mujer que genera debilidades en los hombres letrados, los hombres universitarios que se debaten entre previsibilidad de acceder a una mujer con título, y el adrenalínico aventurerismo que significan mujeres como Oriana, rubias debilidades con cierta impulsividad, con tendencia a la emoción violenta y con opiniones muy favorables al crimen pasional. Detrás de un cuerpo monumental y un carisma explosivo se olía la incertidumbre de la femme fatale, Oriana era una Lana Turner autóctona, una especie de María Aurelia Bisutti lanusense. A media mañana, cuando se producía un reflujo de venta, leíamos los diarios, el alemán nos traía a mí Página 12 y Oriana leía Clarín y Popular. Oriana decía que no le gustaba leer libros, los libros la aburrían, pero el diario le encantaba leerlo, realizaba 23

una lectura muy pormenorizada aunque las páginas de política las pasaba con mayor velocidad y cuando llegaba a las policiales se emocionaba, se perdía en la narración de homicidios, secuestros, violaciones, leía con pasión extrema, ida del mundo, y mientras leía movía la boquita de rouge sin audio, se le estremecía levemente el busto y si la noticia policial le había gustado mucho me pedía que se la leyera en voz alta y yo le leía el delito, Oriana entraba en un estado hipnótico, léemelo otra vez Luciano, y si era un crimen pasional con arma blanca o un tramontina de importación brasileña sufría más, las lágrimas le corrían despacio por el maxilar. Oriana lamentaba que el alemán no comercializara la revista ¡Esto!, era la publicación que más le gustaba, las fotos, las historias, ella la leía desde chiquita, porque cuanto más complejo era el caso, más gozaba la rubia de cejas azabaches, entonces Oriana empezaba a elaborar hipótesis, detectaba culpables, narraba la verdadera trama de los hechos, desarrollaba una investigación policial notable que casi siempre terminaba con una ideal pena de muerte para el supuesto asesino o violador, Oriana era partidaria de un Estado represivo y de un sistema penal riguroso en el castigo. A veces yo intentaba hacerme el garantista para joderla, invocaba el Estado de derecho, imitaba la verba compungida de los abogados del CELS, recitaba un compendio de derechohumanismo, me aventuraba con frases abstractas como “la secuela dictatorial”, y Oriana se alteraba, los pezones le adquirían relieve bajo la remerita Kosiuko entalladísima, las venas se le hinchaban bajo las sienes levemente aceitunadas, me decía que me callara, elevaba la voz y me pegaba con la palma abierta en los brazos, yo le decía que la causa de todo había empezado el 24 de marzo de 1976 y ella golpeaba con regularidad y me decía “andá a cagar nene” con voz aniñada, “a los violadores hay que matarlos” “si te violaran a una hija, una novia, una hermana, si me violaran a mí, ¿vos que harías?”, y la palma abierta de Oriana se acomodaba secamente contra mis brazos una y otra vez, y a veces me cortaba la piel con las uñas postizas larguísimas, y el esmalte se confundía con mi 24

sangre, y yo le tenía que decir que era un chiste, que no era para tanto, pará loca de mierda, y Oriana estrellaba su manos sobre mis brazos, eran como latigazos, pegaba y lagrimeaba, era su forma de demostrar amor. Un día imprevistamente, Oriana no vino a trabajar. Me avisó por teléfono que estaba toda hinchada, que había tomado pastillas para adelgazar y le había dado una alergia, ella era fan de las arceligasol reductora y sabía que le hacían mal, pero no lo podía controlar, había días en que la volteaba la depre y se empastillaba, Oriana tenía uno de los mejores lomos de la nación y se sentía excedida de peso, era incomprensible, lloraba por el teléfono y juraba que no lo iba a hacer más, pero yo sabía que lo iba a volver a hacer, las minas como Oriana eran un drama, yo estaba harto porque en ese kiosco de mierda no ganaba un mango y encima me entero de que Oriana ganaba más que yo por el mismo laburo, la concha de tu madre. Lo encaré al padre de mi amigo y le digo me cagaste, tiré arriba de la mesa el art. 14 bis de la constitución nacional, igual remuneración por igual tarea, pero el dueño narró su estrategia de marketing, que era más compatible con la dinámica del mercado: ella gana más porque atrae la clientela, ella vende más que vos, es simple; si ella no estuviera, la ecuación económica del comercio estaría en riesgo, tendría que cerrar el kiosco y vos te quedarías sin empleo. La explicación del dueño me convenció y pensé que el caso de Oriana era como el de las actrices de la industria porno: ellas ganan muchísima más plata que los actores, en realidad el porno es una actividad profundamente feminista, inclusive en Estados Unidos ser pornstar otorga prestigio, son verdaderas estrellas del espectáculo, quizás el caso de Jenna Jameson sea el más paradigmático, pero no es el único. Pensé que en la Argentina atrasábamos con ese tema, acá se seguían discutiendo abstracciones como “la cosificación del cuerpo femenino” de la mano del ultrafeminismo progresista que copaba los institutos de género de las universidades públicas, y que escondía un fundamentalismo lesbiano muy poco serio en términos de 25

realidad efectiva sobre los derechos de las mujeres y sobre todo, muy inconducente para mejorar el progreso patrimonial de las mujeres. Mi lectura de Página 12 obedecía a la ansiosa coyuntura de ver cómo se manejaba Chacho en el hábitat novedoso del poder, después de años de meliflua escritura en la revista Unidos y de otros diez años de comentarismo político desde la inmunidad parlamentaria. Lo queríamos a Chacho, nos caía bien Chacho y hojeábamos el diario buscando alguna declaración relevante que saldría en la prensa del palo, y Chacho no decía nada, y Oriana leía su Clarín, se detuvo en las páginas políticas por una vez, y me preguntó: “¿Qué quiere decir esto?” y me puso el diario cerca de los ojos: Oriana quería que le explicara la tablita de Machinea, al parecer a la rubia debilidad le había hecho ruido la medida gubernamental. Le dije que era una reforma tributaria que le daba mayor progresividad al sistema, recité la luminosa Biblia de Arnaldo Bocco, el economista estrella de Chacho cuando el poder era una lejanía, cuando el teorema del gordo Baglini era charlado por la militancia frepasista en algún plenario lúgubre realizado en entristecedoras instalaciones soviéticas de un local del Suteba, edificios arquitectónicamente deprimentes, baluartes de la estética de la privación, ah la culpa, locales del Suteba tan crepusculares como esos monoblocs soviéticos que aparecen en las primeras películas de Kieslowski, las del Decálogo, pero Oriana desconfiaba, yo tan solo me quería solidarizar con mis amigos peronistas del frepaso y le subía el precio a la tablita radical, y Oriana fruncía esas cejas azabaches tan funcionales a la eyaculación incontrolada, ella descreía del equipo económico o de mí, “esto no me gusta, es un impuestazo” largó de pronto, “en este país siempre pierden los laburantes” largó de pronto, “yo a éstos no los voté, no me interesa, la política es toda sucia” largó de pronto, y Oriana cortó una pequeña tira de rollo de cocina, la dobló en varios cuadraditos para achicarla y se la metió en un bolsillo de la pollera de jean desflecada, dijo “voy al baño, no hagas nada raro mientras no estoy” y salió rumbo al bar de al 26

lado sin iluminación y poblado de algunos borrachos matinales que no dudarían en torcer el cuello para verla desfilar hasta la puerta de madera del fondo que tenía una D pintada a mano temblorosa con látex interior blanco, una D toda chorreada. Los días de comercio son muy fértiles para el aprendizaje callejero pero también están llenos de monotonía, la más mínima apetencia intelectual no deja de ser deglutida por la rutina de la compraventa, de la oferta y la demanda, y había días en que a Oriana no le alcanzaba la lectura de Clarín y Popular, y entonces leía Gente y Caras, pero un día tampoco alcanzaron estas revistas. - Estoy aburrida. Quiero leer una revista porno. Traeme una. Le dije andá vos a pedírsela al alemán, vos la querés leer, a mí no me jodas. Me da vergüenza dijo, vos sos hombre y estás más acostumbrado andá vos. Oriana insistía con la diplomacia de la sonrisa y además lograba, increíblemente, impostar facciones oculares y labiales que representaban con cierta convincencia la timidez, seguramente algún desprevenido o quien no hubiera convivido con Oriana y la viese en ese instante artificial hubiera pensado que efectivamente esa rubia de Lanús era tímida. Había que reconocer que Oriana era buena en lo suyo, era un orgullo clásico del conurbano sur, era una rubia debilidad para cualquier hombre letrado del distrito bonaerense. El alemán me mostró el material porno que tenía a la venta, “la rubia está aburrida” le digo y nos reímos. Opté por una revistita de edición barata con fotos muy explícitas y casi nada de texto, le retiramos el plastiquito negro, la puse adentro de un Clarín y retorné al drugstore con el diario enrollado, Oriana esperaba sentada en la banqueta con una sonrisa histórica, casi me arrancó el diario de las manos, se lo puso en la falda, cruzó las piernas, dejó caer los zuecos en el piso, abrió el diario, la revistita estaba encasquetada en la sección clasificados, Oriana sostenía el diario con una mano y con la otra empezó a hojear la revista, los clientes la veían leer Clarín, el artículo del holandés Van der Kooy quizás, pero qué chica informada pensarían los clientes que la vieran en ese 27

momento, y yo no la quise mirar, me puse a despachar o pasarle el plumero a las pastillas halls que brillaban en el exhibidor a $ 0, 60 (gracias Menem), no quería verla leer la revistita, una boludez total, y Oriana me llama, vení, vení Lu, mirá y voy y me señala un coito bastante clásico, Oriana se ríe fuerte y yo sonrío pero en silencio y gira la página y se ve un rostro femenino lleno de semen y una pija desagotada expectante, Oriana dice ¡uuuhhh qué asco! y se ríe mucho y fuerte, era evidente que ya no se aburría más. Los meses bucólicos de la convertibilidad blanca se deterioraban por la caída del consumo, cada vez vendíamos más cigarrillos sueltos ($ 0,10 la unidad), mis amigos peronistas del Frepaso me llamaban, venite Lucianito que nos faltan cuadros, tu contrato está al caer, venite que es buena guita, sabemos que tu política de ingresos viene deprimida, te tenés que ordenar un poco, venite que entre los radicales y los pececitos no paran de hacer cagadas, nos van a llevar al tacho. Oriana me dijo que la pasaban a otro drugstore de la cadena y ella no quería, estaba triste, yo le dije que volvía a la política, Oriana se alegró porque sabía que era lo que me gustaba, pero se puso más triste, en esos días la vi peligrosamente amansada, sedada, ella no era así, sólo levantó presión cuando insinué que la gestión municipal de Manuel Quindimil no era todo lo buena que había sido en años anteriores, un comentario mínimo, pero Oriana reaccionó como si le hubieran matado a la madre, “¡no hablés mal de Manolo, nene! ¿qué tenés para decir de Manolo?” y Oriana gritaba, gritaba como nunca antes lo había hecho “Manolo siempre viene a mi barrio, habla con mi mamá, con los vecinos, yo tengo fotos con Manolo y con mi mamá, siempre solucionó las cosas que necesitaba la gente del barrio, Manolo es rebueno, nene.” Y lo decía con convicción y con muchos más decibeles de los que yo podía soportar, Oriana era manolista, Oriana era nacida y criada, Oriana era una turrita, Oriana era esa mujer que llenaba de incertidumbre y atracción a todos los corazones frizados de los hombres letrados de la provincia de Buenos Aires. 28

Víctor De Gennaro

Lo vimos venir por entre la hilera de árboles recién plantados, mi viejo le dijo qué hacés, Víctor, y él tiró un hola-hola administrativo y siguió hasta el borde de la cancha, raspó los dedos en el pasto, se persignó y entró a picar, hacía violentas pasadas desde el círculo central hasta la línea lateral, iba y venía como un poseso en la ceremonia del precalentamiento. El mobiliario de hormigón en la zona de parrillas tenía mal hechas las terminaciones y si a eso sumamos que en el marco del buceo te raspabas mal contra el fondo de la pileta (rugoso en vez de liso, la concha de la lora), uno cerraba la jornada tajeado, cortado, raspado y paspado, como eyectado de una sala de torturas y encima había que bancarse un partidito de once entre ATE capital y ATE provincia porque jugaba el macho, el líder, el papi de la causa neosindical, el poronga intelectual que preparaba los papiros para romper con la CGT, pero todavía no. A ese camping de ATE que se estrenó a los ponchazos y con las retroexcavadoras y niveladoras en pleno laburo le faltaba infraestructura, se olía un paisaje posguerrista y una arquitectura masoca de la privación bastante jodida, muy inoculada en estos tipos que desprecian al afiliado y al confort burgués en general. Yo no alcancé a ver entre los veintidós a Germán porque no le conocía la cara, pregunté y me dijeron no está, está Víctor, pero no, el tipo que inventaría el Frente Grande no estaba, seguramente no creyó conveniente irse hasta la rotonda del vapor para tocar e ir, para meter cambios de frente raspando la bola con el empeine y que quede mansita a los pies del receptor, para gritarle al tres salí siempre para afuera y no para adentro, para acomodar al habilidoso rival a los dos minutos de juego a base de aforismos obscenos y acupuntura botinera en los tobillos.

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Víctor elongaba de cara al inicio y yo lo imaginaba respondiendo a la cámara “muevo yo Mauro, Víctor De Gennaro”; tenía una camiseta verde con vivos blancos, pantalón y medias blancas y la otra seccional de ATE lucía camiseta roja con pantalón y medias azules: el mismo panorama cromático que hacía algunos meses atrás cuando con mi tío fuimos a la cancha de Vélez (platea) a ver un Independiente-Ferro por la rueda de ganadores del nacional 85, un 0-3 sufrido hasta la médula ósea a causa de un Oscar Román Acosta intratable que le comía la espalda a un negro Clausen que iba pero no volvía y a una inusual insolvencia defensiva de Villaverde-Trossero-Enrique, que permitían que los estiletazos al área que partían de la zurda de Oscar Román sean trocados por gol por aquellos innombrables delanteros de Ferro. Goyén se juntaba los índices enguantados y se los mostraba al negro, pero Néstor Rolando ni bola, se iba para adelante en busca de un descuento utópico, y había que pensar que esas desavenencias premeditaron la golpiza Goyén-Clausen en la bruma del vestuario de unos meses después (dicen que, desnudos, se masacraron a toallazos mojados) inaugurando una larga etapa de relaciones tormentosas entre arqueros y zagueros rojos que tendría su culminación emocional con el tándem explosivo que formaron Islas y el polaco Arzeno durante la era Brindisi. Pero dejemos el costumbrismo futbolero para la pluma liberal de izquierda del fofo Eduardo Galeano, que además es un boludo que concibe al fútbol como un factor de liberación nacional, el verso ese del talento sudamericano y la tosquedad europeísta (¿no lo viste jugar a Alex Del Piero, al Roby Baggio?) y todo narrado con una densidad épica que no siempre el fútbol tiene; más literarios son los haikus futboleros de mi viejo, hechos de concisión y tajancia: Grillo fue mejor que Maradona, lo que pasa es que en esa época no había televisión. Bastaba ver el camping de ATE, y compararlo con el de SMATA de Cañuelas que uno ya conocía (porque a los niños nos gusta una infraestructura competitiva y cómoda, nos gusta que haya 30

inversión), más la leyenda negra que se tejía domésticamente para evitar hablar de las instalaciones de UPCN, para no entender por qué “Víctor es un cuadrazo y Andrés Rodríguez un hijo de puta”. En todo caso podíamos decir que Víctor había copirraiteado la frase “esos cuatro vivos” para designar imprecisamente al establishment económico, las corporaciones, al Goyo Pérez Companc y Bunge y Born (que habían sido la burguesía nacional peronista en la década del ´50) y que la usaba como estribillo en todas sus presentaciones, que bastoneaba de afuera en el Frepaso de Lanús, que puso a Carlitos Custer como lobbysta en el vaticano y que bien valía la pena preguntarse si aquel camping tardío no fue bancado con créditos blandos del Banco Ambrosiano. Y no mucho más. Pero el afiliado de ATE es un hombre político muy creyente en la estética del sufrimiento, quería winds of change y si el costo era tener una obra social indigna, el costo se pagaba porque Víctor es un cuadrazo, aunque los que pagaban eran los hijos que no contaban con lugares adecuados para la atención médica y la recreación. La pileta de SMATA tenía el fondo lisito, se podía bucear con el esternón pegado al piso. A UPCN, directamente, se le aplicaba la dictadura cultural. El fan de ATE (hay que entender) venía con mucha historieta setentera, con una constelación de mambos no saldados que condicionaban su visión de la política y del sindicalismo. Para 1985, completamente limados y apaleados por lo que ellos leían como una derrota cultural (un sintagma fatal que no se conocía en el almacén de la esquina), votaban directa e indistintamente al Partido Comunista, al Partido Socialista, al PI o al MAS, se entusiasmaron con la ilusión electoral del Fral y leían con fruición un librito infantil de Néstor Vicente titulado casi paradojalmente Sin dogmas ni trampas, iban a buscar consuelo a la ferifiesta, pedían con histeria mal disimulada el fin del bipartidismo, pinchaban con alfileres un muñequito de Andrés Rodríguez, estaban muy mal. No sé si sabían que en esa desesperación, ellos se distorsionaban: creían luchar por el armado de un frente de masas (FRENTE amplio de liberación, 31

FRENTE del sur, FRENTE grande, FRENTE país solidario) cuando en realidad a lo único a que se resistían era a ceder espacio en la disputa de la palabra, y lo lograron, porque ellos no veían como un costo leer la realidad política a través de un imperfecto sistema braille. Porque si además de llevarse mal con el campo de los hechos, les venían a disputar las palabras, podía volver la náusea, pero todavía no. ¿Cómo se conforma el plantel docente de un colegio privado progresista del primer cordón? Con un muestrario político que va desde el PC hasta el peronismo de izquierda, como corresponde. Con afinidades gremiales enlazadas al tronco ATECTERA, como corresponde. ¿Cuándo se fue al carajo la revista Línea? En su etapa noventista, cuando Mary Sánchez se convirtió en columnista y pedían el armado de un FRENTE nacional contra un presidente peronista. Cuando no entendieron al menemismo. Pero ¡qué plantel docente el de mi colegio privado progresista! Pececitos, socialistas, montoneritos, carpablanquistas. Gente muy apaleada para prestarse al humor (o a lo sumo un humor lesluthierista bastante choto), gente muy aferrada al Estatuto (al que confundían con la justicia social), pero con los que se podía negociar si se mostraba uno pacífico y acorde en el terreno de la palabra, si no disputaba. Un colegio privado y progresista que promovía el garantismo educacional: no había sistema disciplinario, el núcleo alúmneo se autogobernaba sobre la base de pautas de convivencia y el muñequeo pedagógico de docentes integrados al campo popular. El sueño húmedo de Paulo Freire, de la compañera Adriana Puiggrós. En la práctica, un sistema basado en la rosca y la persuasión para acceder a privilegios, ir a tomar un café con el docente afín y cerrar el paquete para tener un año sabático en el plano de las exigencias educativas. Para nosotros un negocio redondo, pero el alumnado con menos luces, los que no explicitaban su pertenencia al palo, ni demostraban rasgos de sobrepolitización, ni iban a las manifestaciones del 24 de marzo, 32

estaban jodidos porque no se enquistaban en la endogamia de “la comunidad educativa”, y se les exigía más, se les pedía que estudien, y los docentes militantes los miraban con cara de ojete porque no había desprecio más lógico que el que se dirigía al que no asumía un compromiso político, una causita existencial, los que no querían vivir del limosneo ideológico. Pero eran una minoría, y el resto mayoritario ingresábamos en el pacto de liviandad educativa cerrado con docentes y directivos. Que laburen los giles, nosotros hablamos de política. Y era cierto, se hablaba de política, algo muy distinto a hacer política, porque, y digámoslo claramente, al docente ceterista no le gusta laburar, así como al empleado de ATE no le gusta laburar. No es ni bueno ni malo, es la realidad, y lo que no tiene es remedio, ellos creen estar para cosas más importantes, el efluvio político, el marchismo desenfrenado (no puedo más con la abstinencia, necesito una marcha), desgastan horas laborables en el clickeo de interminables cadenas de mails de fuerte consignismo, textos aparentemente esclarecedores, se cotidianizan en la gimnasia del pasilleo, le huyen con pánico a los programas de capacitación alentados por la administración pública, Weber es un anatema para los guachos estos. Cuando Cristina Fernández de Kirchner decidió proveer a los argentinos de un nuevo DNI y se puso a tope la capacidad tecnológica y operativa del Renaper, cuyo correlato implicaba tener recursos humanos acordes a un servicio estatal eficaz y de profesionalidad (donde lo que se necesita es laburar y no romper las pelotas), Cristina cerró con Andrés Rodríguez, porque la cara del Estado necesitaba empleados consustanciados con el servicio público, y así fue: el Renaper es upecenista. El día que el tronco Ctera-ATE deponga su actitud, cuánto más amplificada estará la capacidad instalada del Estado, esa “boludez” que van a empezar a manguear los votantes a partir de 2012. A esta fauna la tenemos junada desde los 9 años, desde que Víctor De Gennaro apareció trotando desde los vestuarios por entre los árboles recién plantados y hacia el verde césped para asegurar con pases cortos y dársela redonda 33

siempre a un compañero. ¿Y con el garantismo educacional, Luciano, qué pasó? Obviamente, en él germinaba el huevo de la serpiente: el núcleo alúmneo más politizado que firmaba el pacto amigable de no disputa de la palabra, también podía voltearlo, porque si en su momento aprovechamos la zona liberada gestada por el personal directivo para proceder a la ejecución verbal de Alberto Albamonte, también podíamos cargarnos al docente militante amigo con el que hacíamos lobby para “inflar” las calificaciones; como verán, la realpolitik nos tomó por asalto temprano, y nos hicimos inmunes al verso mientras convivíamos con él. Y empezamos a usar la palabra, un uso prostitutivo, para sacar intereses, para joder, para disputar con displicencia, sin las solemnizaciones que el docente apaleado tomaba tan en serio, el pacto se quebraba porque nosotros éramos más dúctiles con la palabra, la poníamos al servicio de nuestra vanidad, de pulsiones un poco sórdidas, y el docente militante quedaba atrapado en la rigidez ceterista, en el consignismo pusilánime que envilecía el lenguaje, y se empezaron a poner nerviosos. Quisieron imponer el orden, o reclamar piedad. A un pececito que dictaba filosofía le preguntaba por Hegel ¿por qué no das Hegel? y el pelilargo canoso te llamaba aparte, pará Luciano, aflojáme un poco que yo hice un cursito para sumar horas cátedra y de Hegel no sé una mierda, no me escrachés. Transpiraba el fan de Patricio Echegaray, y en realidad era gracioso porque uno de Hegel tampoco sabía una mierda, era insufrible leer esos fiambres que los tipos habían escrito para evitar coger (Kant) o para coger al mínimo (Hegel), lo que pasaba es que nosotros manejábamos mejor la palabra, insinuábamos, parecía que sabíamos, construíamos mejor el verso. ¿Cuándo fue certera la revista Línea? En el ochentismo dictatorial, por eso era censurada. Porque hay que ver, señores, lo que escribía Salvador Ferla en Línea, cómo describía el pasaje 1975-76, con qué adjetivos, ésa era la época que se vivía, y no, no nos ruboricemos por lo que escribía Ferla, todavía no. Cómo contener a esa jauría letrada que se mordía la cola, que incurría en un rebeldismo incausado 34

incomprensible, ese era el drama del docente militante del tronco Ctera-ATE, qué hacer con un cráneo destinado a promedios dorados en la UBA que se aburría ante el enciclopedismo progresista que salía de la boca de una docente militante pseudojiposa, hoy masa crítica de Proyecto Sur, y ayer de la gloriosa Unidad Socialista, pseudojiposa porque se compraba los jeans en el equivalente de lo que hoy sería Tucci, y el cráneo, un rubiecito tipo Axel B. que como él tenía un futuro bárbaro que se malograría, se aburría, se bajaba la bragueta, pelaba y la dejaba ahí, y seguía escuchando. Una cosa muy asexuada, lúdica, por eso las chicas pispeaban y se reían, y la pseudojiposa quisó averiguar la causa de las sonrisas, fue y pispeó, y uno nunca va a entender qué era lo escandaloso de verle la pija planchada a un adolescente ubista, era imposible que la jipi no las hubiera visto de todo tamaño y curvatura, pero era notorio que la pseudo estaba un poquito intervenida por los estudios de género y leía la situación como una agresión exhibicionista sobre el propio cuerpo, un acto violento o quién sabe que cosa, lo curioso es que las chicas no lo habían tomado de ese modo, sino que se cagaban de risa. La pseudojiposa nos quiso castigar con un examen relámpago ahí mismo, indignada, con una cara que equivalía a la que tienen ciertas chicas esculpidas por la ausencia estructural de pija o aunque más no sea de un dildo, la verdad era que no sé entendía la causa de tanta ojetez, de tanta virulencia. Sabíamos que la pseudojiposa le armaba carpetas a Alfredo Bravo, memos, papers, ideas cruciales contra la reforma educativa que impulsaba la compañera Susi Decibe, la amiga del Guille Moreno, y todo nos remitía a la gloriosa jotapé, porque debió ser Susana, y no el antipolítico Dani Filmus, la ministra educativa del compañero Kirchner. La pseudojiposa nos conminó a la exacción de una hoja para ejercer su revanchismo, y perdió. Se le dijo al bombón de la escuadra alfredobravista-ceterista: que se equivocaba, que incurría en una confusión conceptual al castigar una inconducta con una examinación sorpresiva del conocimiento. Que conocimiento y disciplina eran ámbitos 35

separados de la vida educativa, que lo que correspondía en todo caso era una sanción disciplinaria y no ejercer una especie de castigo intelectual que no tenía nada que ver. La mina quedó aturdida y si hubiera existido un 0-600-Alfredo-Bravo-teescucha, hubiera llamado para pedir instrucciones, algo con que rebatir a esta pendejada soberbia que se atrevía a disputar con solvencia y no con bardeo vacuo en el campo de la argumentación, de las palabritas, del chamuyo, de esa evanescencia tan apartada de los hechos. El bombón del Tucci marcadito tiró la toalla: había perdido algo más que la autoridad docente, había perdido la autoridad intelectual y eso el viejo tronco Ctera-ATE era algo que no podía tolerar: sentir el vientito pesado de una temporada alicaída en las palabras. Se tomaban muy en serio el verismo en el terreno del chamuyo, y era una pena. Así decaía un colegio privado progresista, con la ruptura de un pacto amorfo de buena conciencia ideológica y el inicio de una reposada tensión verbal en el ámbito de la enseñanza, el sutil acicateo al docente militante que daba el mal paso. Para nosotros, un divertido testeo de nuestra furibundia letrada antes de anotarnos en la UBA, para ellos una situación insostenible desde el punto de vista psicológico. Es más fácil tomar un colegio que sentarse en una mesa con el docente y macerarlo en base a palabritas, haikus, citas choreadas. Se lo decimos a los pendejos del Pellegrini y del Nacional que no tienen aguante verbal, y te toman el colegio influidos por el breviario trosko-pequebú. Grow up, pendejos, y den la batalla cultural con palabritas, café de por medio con el sistema docente, cepillen al ministro Bullrich en una mesa de negociación, discutan currícula y no edificios, boludones, que te refuten una carpeta propositiva y no estrofas consignistas, volteen argumentos y no puertas de baños, porque sino se parecen a los forros del Mayo Francés, ese gran artificio pequebú de la adolescencia europea que se cargó Sheila en Petite Fille de Français Moyen, esa canción política que fue censurada por la 36

gauche intelectual francesa bajo la excusa de ser pop barato y comercial sin pretensiones artísticas serias, bla, bla: verso. Sheila sacó el tema en junio del ´68 y anunció, parodiando el elitismo wertheriano de esos niños ricos que tenían tristeza y fumaban caprichos, el aluvión gaullista de votos que se venía: al Mayo Francés lo liquidó una canción yeyé, pero nadie dice nada. Sheila, al ritmo del madison, les había sacado la ficha a aquellos niños aburridos que se amargaban porque los obreros volvían al trabajo, esos chantas que no querían planificarse una vida, en definitiva, pibes cómodos que no querían disputar la palabra por los canales institucionales, enemigos declarados de la inversión productiva, del estado benefactor y del acceso al crédito hipotecario. Acá somos displicentes, insinuamos que estamos para más para no confirmarlo nunca, somos displicentes como Lady Gaga en el pop o Neymar en el Brasileirao o en la Copa, porque no hay nada más divertido que joder con las palabritas, tirar amagues, punchi-punchi o tiki-tiki, a disputar, a disputar…

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Tenis
Muchos recuerdan hoy casi al borde de las lágrimas que se originan dudosamente en la memoria aquel discurso lluvioso de Ricardo Alfonsín en la Rural, las gotitas de agua nívea se deslizaban oblicuamente por la influencia de algún viento y el presidente gorjeaba contra las corporaciones que tanto mal le habían hecho a su gobierno. Digamos que el borbotón parquenortista ya no le dejaba ver a RA los problemas de conducción del estado que se originaron en una omisión de lectura: no comprender que no existía capacidad administrativa y fiscal básica para que el estado funcionara. Por eso Menem es el padre de la democracia. Mientras RA conmovía con las palabras a un sector emblemático de la cultura progresista (los vencedores culturales de una derrota política anterior, que sucedió cuando yo no había nacido, también estaban ahí), el populacho entraba en el suplicio político de la inestabilidad económica, en la antesala bucólica de un Plan Primavera para todos. Pero los niños de clase media estatal y pujante preferíamos, en las jornadas anteriores a cualquier saqueo supermercadil realizado casi con amabilidad cetrina, ir al club de la empresa del estado, el atildado club de los cuellos blancos y obreros de la industria militar, las fabricaciones militares inauguradas por el compañero general Savio cuando el que era un niño era mi padre. Los niños jugábamos al tenis, nuestros padres cuelloblanco jugaban al tenis, nuestras madres cultas y amas de casa jugaban al tenis. Jugábamos sobre lo que un Carlitos Moyá o un Alex Corretja llamarían tierra batida, que para mí suena mejor que polvo de ladrillo. Jugábamos de la mañana a la noche mientras afuera Alfonsín se hundía en una tardía y absurda verba antiruralista en un país que no tenía mecanismos burocráticos para cobrar impuestos (siempre es primero la economía y luego la política, como decía en la intimidad ese gran presidente que fue Néstor 38

Kirchner), porque se come y se educa no con el pelpa constitucional sino con guita, con caja, con margen fiscal, porque el superávit de las finanzas publicas es la esperanza del pueblo capitalista. Los negros con camisas azules de grafa nos dejaban la cancha bien regada, los flejes tan blancos que se podía pasar la lengua como se pasa sobre un helado artesanal o sobre una rajita higienizada, pelábamos nuestras raquetas de grafito 45 o 90 en un mercado hegemonizado por Prince pero yo usaba Yamaha, drive, revés, volea y smash, los morochos cancheros hacían un laburo intuitivo con el polvo de ladrillo, eran unos genios, y en el BALTC también son todos morochos los que te preparan la cancha, en ese caso con camisas de grafa verdes, y cuando fui a ver la exhibición Sabatini-Kournikova se me acercó el canchero después de regar y escobear, se quedó ahí parado se da vuelta y me dice “¿vos sabés cuanto hace que trabajo acá, pibe?” y claro que era una pregunta retórica pero hizo la pausita igual, “desde el ´73, la primera vez que ganó Vilas acá, le ganó a Borg” y el tipo se pone a lagrimear, y Kournikova ya está en la línea de base para esperar el saque y da saltitos y el morocho lagrimea por el recuerdo y de reojo le mira las piernas a Anita y desde la tribuna alguien grita “dale negro, rajá que ya empieza” y yo me voy a sentar a la platea pero el negro se queda ahí todavía con la escoba en la mano, lagrimea menos y le mira más las piernas a Anita, y Gaby va a sacar (con ese saque pedorro que tuvo siempre) y el negro se aviva y se va, y el culo y las gambas de Anita son historia, 15-0, ace de Gaby, tomen putos, vamos argentina carajo. Y cuando RA anunciaba una economía de guerra en esa caja negra final y no cuando correspondía, es decir, cuando arrancaba su mandato y la mitad más uno era lo que había plasmado el colegio electoral, los niños de los estatales pegábamos el drive con poco top, no como ahora, y nuestros padres se enfrascaban en competitivos torneos internos. Al mediodía los calores y el hambre nos hacían cortan la actividad. Nos agrupábamos todos en la masiva confitería y en la teles mirábamos tenis. Era la 39

época de oro de Gaby Sabatini y se analizaba mucho, se discutía si iba a llegar a número uno, y había gente insufrible que radiografiaba golpes, “pero mirá que bien lateraliza el torso la Navratilova en el saque” y otros que parecían al borde del orgasmo mientras veían un Becker-Sampras sobre carpeta indoor (posiblemente un Masters, supongo), y eran todos estatales de cuello blanco, sanamente amesetados por la plenitud protoprivatizadora, antes de que Menem los sacara del jardín infantil de la improductividad pública para llevarlos a la jungla adulta de la actividad privada, antes de que se hicieran hombres en el ámbito del videoclub, la rotisería o el remís. Para esa época, la dirección cívico-militar del club decidió modificar su política de asociación: empezaron a aceptar socios externos, se rompió la endogamia de los “trabajadores de la empresa pública”, ahora venía gente de afuera, y con una capacidad económica caudalosa, familias turgentes del sector privado con poder de fuego adquisitivo muy superior al de un asalariado calificado de las terminales y desfinanciadas empresas públicas. Encima muchos de estos extranjeros jugaban mejor al tenis y en los torneos se reflejaba la tensión social, la pica entre “los externos y los de fábrica”, aunque ahí no tallara ningún obrero, ningún compañero trabajador manual de fundición, de aleaciones, salvo uno. Uno que sólo aparecía cuando se jugaban los torneos, el señor C., que llegaba en silencio con su bolso de cuero armado, su panza de vino y su chuequera impronunciable, sacaba su raqueta de madera muy bien barnizada en la era del grafito, y las esposas de los cuellos blancos y los externos se iban desesperadas a la cancha donde jugaba el señor C., las minas se meaban cuando veían moverse al negro en el precalentamiento, se movía poco porque tenía buen timming y mucha fuerza en el brazo, una aceleración tremenda casi sin mover el cuerpo. Y las cultas amas de casa pegaban sus manos y sus tetas al alambrado romboidal para ver mejor al señor C., que hacía mucho saque y volea y los cagaba a todos, inclusive a adolescentes pulcros que estaban todo el día con la raquetita y también se cogían a las minitas más 40

lindas del club, y el negro les ganaba en tercera ronda 6-3 y 6-3 sin despeinarse. Y el señor C. era un obrero de la fabricación militar y jugaba muy bien al tenis, con un estilo clásico que hoy no existe más, el revés todo con slice y cuando el rival no lo veía se te metía en la red, y listo. Solía perder en cuartos de final, con rivales ya de mayor nivel y entonces saludaba al vencedor, y se iba en silencio, no saludaba a nadie más que su oponente: era como un personaje de Rulfo, pero éste existía de verdad, era un forastero que encabritaba las aguas mansas de la recreación estatal, era como un hombre sin nombre de Leone que viene, hace su trabajo y se va, y ese silencio calentaba más a las amas de casa cultas y desesperadas, y cuando el señor C. le ganaba a un socio externo, los cuellos blancos tomaban ese triunfo ajeno para gastar a los externos “ése es nuestro, es de fábrica” les decían mientras retrocedían en la plantilla de asociados y en la capacidad económica, y todo esto pasaba antes de la Reforma del Estado que RA no quiso hacer, tan sólo, por cagón. Un día estaba yo en los vestuarios, me estaba poniendo la mallita para ir a la pileta, estaba todo desierto, yo estaba tranquilo porque en el cambio de ropas no habría testigos de lo que para mí era mi pija chiquita, mi pija tensa y chiquita de niño estatal pudoroso, y alguien había porque empezó a sonar agua en la zona de duchas, y yo me quede en silencio junto a mi vestidor y escuché, y de repente se siente un silbidito desde las duchas, alguien se fregaba y silbaba, y era como una canción pero no sabía qué era, yo era tan solo un niño estatal que jugaba tenis, y había una parte en que el silbido aumentaba su fuerza ( y que sólo muchos años después pude notar que era la parte que coincidía con “por ese gran argentino que se supo conquistar”) y otras en que el silbido se perdía detrás del agua sanitaria de la ducha, y volvía, hasta que paró junto con el agua. Después de un rato, salía por el pasillo hacia la puerta, con el bolso de cuero armado, en cuero, shorcito y ojotas y todavía chorreando agua por el lomo, el señor C., y en total silencio y sin verme y sin ver a nadie, dejó una línea de agua en el piso, y se fue. 41

Los pacientes meandros de una biografía política menor

Como todos saben, yo fui a un colegio privado progresista del sur del conurbano. Mis profesores eran afiliados al Partido Socialista que llevaban una estampita de San Alfredo Bravo en las agendas. Unos pocos eran afiliados al Partido Comunista, y describían con pasión la experiencia política del FRAL. Eran buenos tipos que nos daban una educación abierta, casi nos dejaban entrar con un porro al aula, si queríamos. Eran noventismo. Ya existía páginadoce. Yo era un púber político que había aprendido que había que tratar con indiferencia al peronismo: no te gastes, nene, es bonapartismo. Y yo no quise saber más, porque era un niño político con una biblioteca heredada. Una biblioteca completa de Scalabrini Ortiz que viraba, antes de que la cosa se pusiera problemática, hacia los textos duros del marxismo, esos reglamentos políticos que entregan la receta de la buena conciencia y tranquilizan a las almas alarmadas diciéndoles que la ideología es todo. Yo me crié en un colegio privado y progresista, como otros niños se criaban en colegios privados y religiosos. Eran los mejores días de la Convertibilidad, cuando los sueldos congelados rendían mucho, cuando el poder adquisitivo era algo (un bien social) después de las hiperinflaciones. Los profesores de mi colegio podían comprarse muchos libros, eran los ganadores del modelo, pero en la terapia lo negaban, hablaban de neoliberalismo. Yo también tenía muchos libros, y ya me aburría. Quise pasar a ser un púber militante, quería saber de que se trataba realmente. Quise saber si en la calle había algo parecido a eso que leía como progresismo, y también, si los peronistas eran tan malos como 42 los años iniciáticos del

decían, si eran todos negros con carencias de pronunciación y sintácticas embaucados por la sarasa de un líder. Eran los ´90. Era jodido para un niño político empezar a militar en esos años. Ahora es más fácil. Axioma: uno milita donde puede, pero más temprano que tarde uno se encuentra, en algún tramo del sendero, con algún modo de la sustancialidad política del peronismo. No es una cuestión partidaria, ni de afiliaciones, ni de sellos, banderas o escudos; es un cruce que ocurre. Un cruce con personas, con hechos, con costumbres, con desmesuras, con incomodidades, con errores, con actitudes, con ciertas fraternidades horizontales, microfísicas, invalorables. Yo empecé a militar en el bordonismo, circa 1994. Menos por estricta elección que por azar y ciertas casualidades. Uno milita desde donde puede, y elige recién cuando recorrió un camino que le permite desprenderse de los padres. La madurez en la militancia se adquiere cuando uno puede luchar contra la ideología sin sentir la culpa. Militar es destruir una ideología, cualquiera sea ella. Destruir aquello que no nos deja caminar, aquello que nos deja caer en la mentira. Axioma: La militancia te hace saber que la política es ingrata. Que es difícil. Que es mucho más fácil criticar desde afuera. Que uno se relaciona con personas, y no con ideologías. Que en la militancia territorial de base del conurbano no se habla de ideología ni del significante vacío. Que los que te salvan no son los que blanden el pendón de la nitidez ideológica. Del tiempo bordonista viene el cruce inicial con la desprolijidad peronista, de un peronismo mucho más “civilizado” en tanto pata peronista del Frepaso, pero que no podía esconder sus raíces sindicales, punteriles, sus historias préteritas de izquierda y derecha peronista, su negritud e impronta desmesurada, la crítica velada al anticorrupcionismo de Chacho, la postura fagocitante del “vamos por todo y les sacamos el partidito a estos progres”, la vocación de copar internas y la gestualidad desafiante y patoteril para abrirse paso a los pechazos, si era 43

necesario. Detrás de la inmaculada figura renovadora y blanca del Pilo Bordón aparecía esa horda indisciplinada, venían otra vez los perucas a ensuciar la genuina experiencia progresista del Chacho. Detrás del occidental Pilo surgía la imagen preocupante de un tal Moyano que le brindaba estructura y le movilizaba, cuidado. Y detrás de todo eso, el Keyser Soze de la política del conurbano: Duhalde. Y a pesar de todo, yo era un niño al que le molestó que Chacho perdiera esa interna del 95; a pesar de mi bordonismo lo había votado, y yo también pensé en aquel momento que a Chacho lo habían cagado con el aparato. Con el tiempo me di cuenta que a Chacho no lo había cagado nadie, que él se cagó sólo porque no laburaba, porque se la pasaba desratizando de peronistas a su partido, porque bajaba listas a lo loco para que no perder internas, porque terminó pensando que tener militancia era un gasto al pedo, porque Mariano Grondona lo empezó a invitar todos los jueves a Hora Clave, porque se aferró a la excusa del clientelismo para explicar sus fracasos en la construcción territorial que él mismo desalentaba, porque le fue echando la culpa al PJ de todo lo malo que le sucedía al país. Pero yo todavía era un niño político que quería salvar al progresismo partidario que había leído, y cuando Bordón se fue del Frepaso, me acerqué al Frente Grande, en vez de irme directamente al PJ, cosa que hice algunos años después, circa 2000. Pero aquel tiempo sirvió para ver desde adentro la fábrica chachista, la colección que de dirigentes que parió era el un antimenemismo, culturalmente también

antiperonismo. El Frepaso fue la crónica finiquitada del apogeo y caída de un modo de concebir la organización política y la valoración del militante: un modo elitista, excluyente, sectario, servil, hipócrita, es decir, con una lógica bastante hija de puta. Era la primera vez que yo veía en política que a los que laburaban los expulsaban y a los parásitos los premiaban: ahí también empecé a verificar que la cosa iba a terminar mal. Y todo eso lo producía un partido progresista. 44

Por eso para mí no es admisible ya discutir las sucesivas y posibles redenciones del progresismo nacional: yo di por cerrada esa cuestión hace trece años, cuando la Alianza asumía el poder político de la nación. De allí hasta el 2001 y el 2003 lo que hice fue confirmar qué tipo de relaciones eran las que establecían los distintos partidos políticos entre política y gestión: el PJ ganaba por afano. Fin del debate. La discusión sobre el progresismo real es obsoleta, aun cuando el kirchnerismo la haya relanzado. Algo que confirma que para ello siempre se necesita de algún tipo de peronismo en el medio, que coloque las agendas que cada época va pidiendo. Y la lógica hija de puta de la estructura profunda del progresismo no ha variado: Solanas, Sabbatella y cía. le siguen buscando la cuadratura al círculo. En el mejor de los casos se puede tratar de buenos tipos, con buenas ideas, pero que están estructuralmente incapacitados para hacer política en el seno del pueblo. Los muchachos actuales son una copia insípida de Chacho Álvarez, y a mí, dejáme con el original, con el más político, con el que todavía sigo apreciando. No son malos tipos, sólo se trata de política. Guste o no, la catástrofe de 2001 la tuvo que asumir el aparato peronista nacional y bonaerense en ejercicio del poder ejecutivo nacional. Los que piensan que “gobernó el senador Duhalde” según narraba la opereta de Verbitsky en esos días, están muy equivocados. Lo que la mayoría de la gente politizada no entiende es que los punteros y las manzaneras no eran “duhaldistas”: eran del barrio en el que vivían. En esos días no encontré ninguna manzanera que preguntara filiaciones políticas. Y hubo que ver escenas muy jodidas que me recuerdan lo que hoy pasa en Santiago de Chile, y es terrible: cuando se estaba haciendo el relevamiento para entregar la primera tanda del Plan Jefes y Jefas de Hogar, muchas personas de barrios céntricos y lindas casitas pero que no tenían para comer, sentían la humillación de la desprotección, y aceptaban la bolsa de comida que le entregaba “el puntero” con bronca, pero inermes. 45

Personas de clase media que se sentían devaluadas porque una negrita de la villa que laburaba en la muni le venía a tomar los datos para acceder al PJJH. Personas que cobraban los 150 mangos pero lo ocultaban en su barrio residencial, otras que iban llorando a cobrar el plancito y otras que desataban sus miserias una vez que se cerraba la puerta del chalet, porque literalmente, no tenían para morfar. Cuando estás hundido en la mierda, es ese peronismo el que te salva. Uno ve eso, y ves que el PJ, aun con todas las críticas que puedan hacerse, es el resguardo mínimo que existe ante el abismo. Y te vas al PJ. Como decía Eva, estás obligado a ir. No es lo ideal, no será lo mejor, es lo que hay donde no hay casi nada. Y yo aprendí hace mucho que en política se labura con lo que hay, se organiza desde lo que existe, porque las necesidades son para ayer. Bienaventurados sean los que pueden esperar, porque de ellos no será el reino de la política.

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Escenas de la guerra

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Área de mantenimiento (La mujer del cuadro)

Vestía como Jerry Seinfeld en la primera temporada de Seinfeld: remera o chomba tirante metida adentro del pantalón de jean gastado y zapatillas blancas de tenis. Podríamos decir que no era la indumentaria adecuada para un director municipal (el director político), pero a poco de saber que se trataba de la dirección del área de mantenimiento, cualquier inquisitoria textil quedaba dispensada: el mantenimiento municipal no podía ofrecer ornamentos políticos a la gestión, era el subsuelo cotidiano y oscuro de la impasible rueda administrativa del Estado mínimo, ni siquiera Weber tenía idea de lo que era ese leprosario de la burocracia lumpen, Max hubiera huido horrorizado del área de mantenimiento a los quince días. Por eso la elección textil del director estaba tácitamente disculpada por los altos mandos municipales, el tipo no formaba parte de la marquesina gestiva, no tendría que compartir nunca una foto con el intendente. El director era un pececito bastante realista que había pasado las horas de la infancia en Solano. A diferencia de la rama pececita más blanca y urbanizada que había militado durante los ´80 en los organismos de derechos humanos (básicamente en la Liga y APDH), el director venía de una experiencia gremial junto a Zanola y las primeras huelgas del ´79, fue delegado contra la privatización noventista, se cagaba lo suficiente en la retórica del análisis que todavía imperaba en “el partido”, en realidad hacía años que estaba fuera de toda orgánica, pero la convertibilidad blanca le había dado la posibilidad de acercarse casi novedosamente al poder de la mano de vías más moderadas, y había qué ver cuánto del pasado volvía a la hora de arquitectonizar la acción. El director solía contar las historias de 48

ellos, una atmósfera que estaba fuera de mis posibilidades generacionales, pero que escuchaba con gracia. Las más divertidas eran las historias de los pececitos que tenían el habitual viaje iniciático a la URSS, llegaban a Moscú con las mejores expectativas pero resulta que se encontraban con el mazazo miserable del socialismo real y volvían muy quebrados, la mayoría se hacían evangelistas y no era chiste, el director contaba casos con nombre y apellido, los pececitos volvían y se metían al evangelismo, se dedicaban al estudio pentecostal, y otros ingresaban en instituciones psiquiátricas, y a mí esas historias me hacían reír mucho, y aunque el director no compartía mi risa, narraba lentamente con relajación, era evidente que disfrutaba del relato. Al mes de asumir el cargo, el director me dijo que se iba de vacaciones, un mes con la familia a la costa. Puse algún reparo, le dije que recién asumíamos, que había que asentar la autoridad ante un plantel de 200 empleados que eran los condenados de la tierra municipal, por lo tanto difíciles de manejar, acá venían a parar los desterrados de áreas más competentes, los menos calificados, era un auténtico lumpen-proletariado que te podías poner de gorra a la primera de cambio que te mandaras un moco, eso fue más o menos lo que le dije al director pececito y él dijo: “No te calentés, no pasa nada, vos lo vas a manejar bien.” Un día antes de irse a vacacionar, llegó al despacho (nuestro despacho) y además de la mochilita que traía al laburo, vino con una bolsa de plástico en la mano. Era un clásico despacho de director municipal, con la bandera de la república argentina a un costado y la bandera de la provincia de buenos aires al otro y detrás del escritorio una pared amachimbrada hasta la mitad y de ahí para arriba pared blanca, limpia. En el centro de la pared, detrás del sillón del director, había un cuadro mediano con una foto de Evita. Era el único dato político que se podía rastrear en la oficina. El director se saca la mochila y la cuelga en un perchero, gira y se pone a mirar el cuadro. Lo mira en silencio durante un rato, entonces yo levanto la vista de unas planillas y 49

lo miro desde mi escritorio, y miro a Evita, y veo cómo el director la mira a Evita y espero, porque algo va a pasar, pero el director solo mira el cuadro, y cuando la escena parece perder interés, el director se agacha y abre la bolsa de plástico y saca un cuadro, o lo que yo intuyo que es la parte trasera de un cuadro y lo apoya en su escritorio, el cuadro está boca abajo y yo no veo, y el director vuelve a mirar el cuadro de Evita, y se le acerca lentamente, estira sus manos y descuelga el cuadro de Evita y lo coloca delicadamente en el fondo de un armario. Finalmente el director levanta el otro cuadro y lo pone en el lugar que estaba Evita, por fin veo la cara gorda, la papada kilométrica, el trapo en la cabeza y unas telas multicolores jiposas que empiezan debajo de esa papada, y más abajo unas palabras hechas en computadora, una muy buena tinta de impresión que decía: Rigoberta Menchú – Premio Nobel de la Paz. Y más abajo una leyenda entrecomillada que no alcanzaba a distinguir desde mi módico escritorio, seguramente un dixit ejemplar de la gorda, una frase docente y sentida para que “tomemos conciencia”. El director me pregunta si la conozco, le digo que sí con la cabeza. “Yo la admiro mucho a esta mujer” me dice el director sin que se noten inflexiones en su voz, y yo no digo nada, retorno a mis planillas para evitar decir cualquier cosa, para que mi sorpresa sea solo digerida por mí mismo. Cuando el lumpen-proletariado supo que quedé a cargo, empezaron a rondar la oficina. Cada uno venía con su historieta personal, casi todos venían en plan lacrimoso a peticionar alguna clase de bonificación salarial, las mujeres no tardaban en llorar, mi marido está preso, mi nenita está muy enferma, me mostraban certificados médicos nuevos o percudidos, casi todos estaban endeudados hasta la médula con mutuales y financieras de baja solvencia y fuertes intereses punitorios, algunos tenían el salario embargado y se quejaban porque de bolsillo cobraban poco, esto es una injusticia Luciano, las empleadas más jóvenes que estaban contratadas venían con polleritas más cortas dispuestas a la guerra de la negociación bajo gramática lisonjera; 50

en el rubro de los ordenanzas estaba el mayor chupapijismo municipal, entraban al despacho gritando “¡cómo anda el jefecitoooo!” y hacían chistes, nos cagábamos de risa un rato, y después sabía que se venía el mangazo, y yo: lo tuyo va salir, dame un tiempito que la cosa está jodida, están recortando por todos lados. Yo también tenía mi propia bicicleta. Y así pasaron los días con el director aparentemente en la zona de Mar del Tuyú, aparentemente porque nunca se comunicó para ver cómo iba la cosa. Y las cosas no iban tan mal, pero de a poco noté malas caras, cuando iba a los talleres los electricistas me saludaban pero me sostenían la mirada. Los pintores eran parcos y los carpinteros abiertamente hostiles, se habían negado a realizar algunas obras ya planificadas, me estaban haciendo quedar como el culo ante los obsecuentes del intendente. Lo consulté con el jefe de departamento, un viejo que tenía 30 años de trabajo municipal sobre el lomo, que vestía saco y corbata y pantalón de dos décadas atrás, y en los pies llevaba unas temibles alpargatas náuticas negras de color y de roña. “Es por lo del cuadro, señor Luciano” me dijo, y se rió. Los trabajadores del área de mantenimiento habían quedado desplazados en la división del trabajo intramunicipal. Acá venían los consagrados con la tacha de infamia, y los que cometían delitos de lesa municipalidad directamente caían al último escalón: pasaban a integrar el personal del cementerio, el lugar a donde nadie quería ir. Yo conocí un empleado del cementerio que era sepulturero, lo habían echado del sindicato y del peronismo y militaba en el Frepaso. Decía que por la noche no podía dormir, tenía pesadillas, se tenía que empastillar, carecía de vida sexual; la esposa había empezado a estudiar psicología y se llenaba la boca con Paulo Freire, tenía un perfil más progre (como la jermu del Barba) y se subió a la ola chachista con más facilidad, y viendo al tipo me di cuenta que el cementerio era lo peor pero si eras vivo se hacía buena caja con los metales, los mármoles, los cajones y la tasa impositiva. Nosotros en el área de mantenimiento no veíamos un mango, teníamos que reventar la 51

caja chica porque las órdenes de compra estaban trabadas, en realidad el cementerio era mejor para financiar política. Los trabajadores del área de mantenimiento ocupaban el lugar más dañado del campo de batalla: tullidos, retrasados mentales, analfabetos, borrachos, madres solteras. En este sentido el personal de limpieza concentraba lo peor. Había una parejita de retardados (ella con un retraso muy leve, él con un déficit mental que lo ponía casi a tiro del hospicio) que limpiaba en una zona alejada del edificio municipal, un tramo de pasillos laberínticos que ocupaban las oficinas de bromatología y abasto, y cuando terminaban de limpiar, ella se la mamaba, era casi como una tradición poslaboral, y otros empleados más calificados me decían: “tan bobi no es el flaco, éste se hace” y todos nos reíamos. Pero los de maestranza a veces se juntaban a tomar en el horario laboral y el quilombo no era que no limpiaran sino que se podían accidentar y tenías que llamar a la ART o comerte un juicio al pedo. Entonces quise imponer la ley seca: al que chupaba, sumario y despido. Pero los turros se movían bien, era difícil engancharlos, se juntaban a chupar a última hora, cuando nacía el crepúsculo y la municipalidad estaba desierta. Esperé. Sentado en el sillón que tenía a mis espaldas a esa gorda inenarrable, esa hermana latinoamericana, esa gorda libertaria y derechohumanista que el director veraneante admiraba mucho y que los empleados que entraban al despacho miraban con extrañeza, y que en su posterior mirada silenciosa hacia mí no era posible leer como otra cosa que no fuera un pedido de explicaciones para el que yo no tenía respuestas. Esperé y el crepúsculo llegó, y la oscuridad pintó cada metro de cemento del playón del estacionamiento vacío, virgen de coches, crucé sobre el hormigón azulado, y empecé a bajar las escaleras al sótano, un sótano en abandono copado por los roedores, y me dio asco pero fui bajando y en el fondo había una luz, estaban en silencio en torno a una lámpara de gas que les iluminaba las caras, unos bebían y los otros esperaban, bebían de dos tapas de termos lumilagro y el tetra estaba en el suelo sostenido por un charquito 52

tinto y me vieron y siguieron tomando y vi que debajo de la escalera tenían apiladas por lo menos treinta tetras de termidor, la luz llegaba potente como para distinguir la marca, y yo los miré y dije lo que había que decir, y uno de ellos dijo en voz muy baja y vidriosa: “Por lo menos déjenos que terminemos de tomar esta cajita nomás, jefecito.” Los días hicieron que me olvidara del director. Y entonces empecé yo a mirar el cuadro de la gorda que había reemplazado a Evita. “Es por el cuadro” había dicho el viejo, y los días pasaron, y la hostilidad de los carpinteros y los pintores y los electricistas me retrasaba el laburo, era inminente un tirón de bolas del secretario o del propio intendente. Y me quedé mirando el cuadro de la gorda, la gorda que había enganchado el Nobel gracias al lobby de Pérez Esquivel, la misma gorda que se había candidateado a presidente de su país (ah, hermana latinoamericana) y había sacado el 3% de los votos, la gorda que paseaba su marketing internacional por las filiales de APDH en la provincia de Buenos Aires, y miré el cuadro y me acerqué al armario, lo abrí y saqué el cuadro de Evita, lo miré y lo sostuve con una mano, y con la otra descolgué el cuadro de la gorda. Coloqué el cuadro de Evita en la pared y ya no hubo necesidad de quedárselo mirando, metí el cuadro de la gorda en la bolsa de plástico negra, llamé al viejo jefe de departamento y le dije tomá, esto es para tirar.

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Empleo público

Venía con unos riachos de sangre que le armaban un delta en la parte blanca de los ojos, y hacía una solicitud desesperada de psicofármacos, decía que no podía dormir. Nosotros teníamos los medicamentos guardados en una caja de cartón que alguna vez embaló a un televisor philips, escondida en el baño. Se dejaba caer en la silla, resoplaba, sacaba un pañuelito roñoso del bolsillo del saco y se lo pasaba por la nuca negra para sacarse la transpiración. Cuando levantaba el brazo, el saco se le abría y dejaba ver el revolver en la sobaquera. El calor estaba afuera, pero en esa oficina del Concejo lideraba la frescura del contrafrente de un edificio municipal de hormigón moderno que daba al pulmón de manzana. Le digo: Negro, venís muy seguido a pedir, así no va, nosotros no somos una farmacia. Y el Negro decía siiii, ya sé nene, y largaba el vómito habitual de excusas, era insoportable el Negro cuando balbuceaba el ruego medicinal, mezclaba temas, decía que se iba a separar de la jermu y no sé qué, me inventariaba quilombos cuya mitad eran verso, contaba anécdotas de los ´70 que no le interesaban a nadie. Tenemos facilidad para hacernos creativos en tiempos de estrechez distributiva. La palabra ajuste nunca nos significó una tragedia que motivara ríos de tinta, sino el enésimo manos a la obra para hacer la contención social desde las limitaciones estructurales de una oficina estatal. Acá en el contrafrente, nadie tiene tiempo para conmoverse por nada. Somos autómatas de la función pública peor remunerada. El Negro dice que lo que le doy no le hace nada, que quiere algo más fuerte. No jodas, Negro, esto es lo que hay. Lloriquea un poco, se pasa los dedos negros por el bigote gris, dice que se va a 54

quejar con los concejales, que él necesita estar bien para el laburo. Sí Negro, andá a hablar con los ediles, pero yo sé que después no va, que se caga ante la autoridad política que lo emplea. Y sí, ser culata de un par de concejales es un trabajo estresante. Cuando llega el recorte presupuestario, la oficina estatal legislativa se vuelve un polirrubro: la gente viene a pedir cualquier cosa, sobre todo remedios. Asesores legislativos se familiarizan con los genéricos: ibuprofeno, enalapril, ranitidina, amoxicilina, salbutamol. Las chicas de los planes caían a pedir el ibuevanol, les daba vergüenza manguearlo, además de pobres eran tímidas, lo que pasa es que en el hospital no hay y me dijeron que acá…, decían a modo de disculpa. En realidad nosotros ya sabíamos todo lo que nos iban contando y también sabíamos quienes las mandaban, aunque a veces las chicas no nos decían, les daba timidez, y además para qué, si ellas sabían que nosotros sabíamos. Éramos creativos, y como la política nunca cesa, ya teníamos nuestro hombre en el departamento de compras del hospital. Nuestro dealer sanitario en tiempos de flaqueza distributiva. A veces la oficina del contrafrente tenía sus jornadas relajadas, un gigantesco tiempo muerto de charlas, llamadas telefónicas, confesiones, el raje temprano al acto partidario y entonces todos los punteros hacían base ahí hasta la hora de ir a buscar los micros y levantar a la gente. En la oficina legislativa trabajaba también una especie de secretaria que atendía el teléfono y anotaba los mensajes. Una flaca muy simpática que había venido en comisión de la secretaría de gobierno. Uno de esos días vino un flaco que militaba por amor, pero que ya estaba lógicamente rentado (no hay otra militancia que la rentada, porque la única militancia que vale es la estatal) y lo pusieron como nexo oficial con los clubes y sociedades de fomento de un barrio. El pibe venía a hacer la catarsis, lo puenteaban por todos los wines, 55

nadie le daba bola, las entidades le pedían directamente a los punteros o hablaban por teléfono con los funcionarios, el flaco estaba pintado y se daba cuenta, sufría, se estresaba, le salía un sarpullido, estaba contracturado, decía que estaba tan tenso que a veces no se le paraba, la flaca-secretaría lo escuchó y se rió en voz baja, el flaco estaba tan preocupado que no se dio cuenta, decía que si hubiera sabido que la militancia era así (y sí flaco, es así) se iba a la mierda, yo hojeaba una carpeta con las modificaciones de la ordenanza impositiva y cada tanto lo miraba, la flaca lo miraba desde su escritorio y le dice: acostate en el piso. Acostate boca abajo, que yo te camino por la espalda y te acomodo las vértebras, eso relaja mucho, lo hice varias veces y salió bien. El flaco me mira, le digo acostate boludo, que no pasa nada. Si la flaca le rompía la columna íbamos a estar jodidos, pero yo ese día ya estaba un poco cansado, y lo más probable era que no pasara nada. La flaca se levanta, tiene una pollerita de jean gastado, se baja de unos zuecos con los que hace toc-toc contra el piso todo el día, los acomoda al lado del escritorio. Levanta el pie y tantea la espalda del flaco como si probara la temperatura del agua de una pileta, y se sube. Tiene los talones un poco sucios, percudidos, y las uñas pintadas de negro, la flaca desliza los pies sobre la espalda del flaco, le surfea los omóplatos y el pibe resopla, evidentemente quiere que lo caminen todo, la flaca se ríe y lo camina haciendo equilibrio, un par de huesos crujen y se acomodan, el flaco casi gime con la boca contra el suelo y alcanza a decir que ya no le duele tanto, se ríe un poco y los tres nos reímos mientras ella lo camina con una mano apoyada en el armario, y yo espero que no entre en ese momento ningún concejal ni ningún ciudadano de la nación.

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Plan Trabajar

Quizás nunca pensó en agradecerle al socialdemócrata Armando Caro Figueroa, no le interesaba esa trama del asunto. Si alguien le preguntaba, se definía como un colaboracionista del Estado, y eso no significaba ser un mercenario de la función pública, más bien todo lo contrario: era lo más cercano y asible a una sensación real de compromiso, una vez destilados los significados más pomposos y convencionales que esa palabra tenía. Cuando era más joven le interesaba más la política, ahora no, no tenía tiempo pero tampoco ganas, estaba demasiadas horas en la calle y en casas ajenas como para escuchar la radio o mirar el prime time del periodismo político y después venir a comentar qué había dicho el presidente, la senadora o el ministro. A duras penas se enteraba de algún dicho del intendente y entonces venía a la oficina a preguntar, confirmar o chequear cómo venía la mano, y en que medida todo ese mundo de la rosca lo afectaba o no. Tanto a él como a sus chicas y muchachos. A veces venía por la oficina al mediodía una vez que los trabajos de la jornada terminaban. Venía a comer. Hacíamos una colecta y él iba y compraba pan y fiambre. Y mientras comíamos, contaba historias. Era un gran relator, estaba bastante ordenado sintácticamente. Contaba historias de su primera etapa de la vida en el empleo privado, cuando era colectivero y había un tema recurrente: los levantes. Las minas plurigeneracionales que se subían al colectivo sin otro objetivo que llegar solas a la terminal del recorrido, en un mano a mano de miradas espejo retrovisor de por medio con el chofer que tenía que desembocar en alguna clase de garche. No lo contaba con alegría ni con agrande, más bien parecía narrar con los tonos casi plañideros de quien describe un flagelo. Tampoco era alegría lo que le salía de la boca cuando hablaba de su militancia radical en territorios periféricos de la provincia de Buenos Aires durante los 57

´80, inclusive antes de empezar a entregar la caja PAN, cuando esa clase de militancia todavía existía en el radicalismo, y él decía: “yo lo quiero mucho a RA, pero reventó al partido”. Había aprendido a laburar el territorio bajo la instrucción de viejos boinablanquistas que no se diferenciaban, ni en el discurso ni en la práctica, del clásico puntero peronista. Y un día todo eso que él sentía como algo parecido a la pertenencia política desapareció, se evanesció como en ese gestito final que Kevin Spacey hace en Los sospechosos de siempre para graficar que una cosa importante no existe más, y que no hay explicación posible para esa desaparición. La militancia radical había desaparecido, y antes de que eso tardara en hacerse tolerable, él no lo pensó mucho y se concentró en su empleo privado y en garcharse un número modesto de pasajeras para que eso no le trajera quilombos con la esposa. Mientras tanto ya empezaba a brindar sus servicios territoriales, de a poco se transformaba en un colaboracionista estatal que estaba fuera de él, pero empezaba a tejer con concejales de todo grupo y factor, con empleados municipales que ya le debían alguna clase de favores y un día lo que se extinguió fue el empleo privado y él no se preocupó por llorar ni por inflar una burbuja de lamentos, básicamente porque era una pérdida de tiempo y porque no tendría un auditorio al que dedicarlos, y quizás yo podría haberle dicho que en otros ambientes esos lamentos tenían un rendimiento editorial, que había un tráfico intelectualmente ilícito de esos lamentos (ajenos para los traficantes) en diversas ramas de la sociología y la politología, pero a él no le hubiera interesado porque había hecho el tendido de vínculos que le permitían ahora sí saltar a la cancha con una seguridad remunerativa mínima, ahora era coordinador del Plan Trabajar de un barrio aledaño, tenía una cuadrilla a cargo y la cadena de favores podía ser extendida para lograr algunas propinas que nunca estaban de más, una guitita adicional que ayudara a bancar la manutención se su ex esposa y el hijo más grande, y no lo narraba quejándose sino con alegría porque su ex era una cuarentona que nunca disminuyó 58

físicamente, pero la había cambiado por una de veinte (veintiuno) que exigía una mayor regularidad de pija y un empleo estable, ella quería un hombre maduro que trajera el dinero a la casa al final de cada mes, entonces ser coordinador del Plan Trabajar venía bien y de paso abandonaba el random pussy del colectivo. No hubo una fecha cierta en la que pudo haberse dicho que él empezó formalmente a trabajar (militar ya era una palabra vieja, una palabra que había que matar, una palabra incompatible con la vida adulta) para el PJ, pero eso a nadie le importaba, y si importaba ya había pasado mucho tiempo, él se había olvidado, pero lo que sí recordaba era que había iniciado su carrera como coordinador del Plan Trabajar en 1997, porque en ese año se había quedado fuera del empleo privado, y era un buen coordinador, pasaban los recomendados políticos pero él quedaba, la estructura lo necesitaba, la cuadrilla a su cargo laburaba bien, el nivel de ausentismo de los beneficiarios era bajo y nadie se quejaba. Cuando el Plan empezó se dedicaba a hacer obras públicas, construían asfaltos y escuelas, tenía muchos albañiles, se hacía un laburo más calificado, se trabajaba más y con los años todo se fue cayendo, la cuadrilla cambió su masa demográfica y llovieron las madres solteras y de la obra pública se pasó a la limpieza de zanjas, arroyos y plazas, el reflujo fiscal hizo que disminuyera el financiamiento (porque lo que sí sabía él era que su supervivencia y la de su cuadrilla femenina dependía de un crédito del FMI) y que se laboraran menos horas de las seis originarias. Y coordinar chicas no era fácil, le subió el ausentismo, y él se tuvo que poner firme, amenazarlas con rajes, él no iba a repetir la historia del colectivo, aunque ellas le empinaran la colita para que asomara por debajo del chaleco fosforescente mientras se agachaban para desmalezar la zanja con un zapín, y le trajeran bizcochuelos y le preguntaran si era casado y que a veces se confabularan todas para hacerle chistes sobre su sexualidad, las chicas lo aguijoneaban entre risas mientras no dejaban de barrer, de meter los pastos cortados y 59

chorreantes de barro en las bolsas negras, de secarse la transpiración que les caminaba por las sienes con la mano enguantada, esas chicas que tenían la edad de su esposa pero que podrían ser sus hijas. No supo tampoco en que momento dejó de coordinar el Plan Trabajar para pasar a coordinar el Argentina Trabaja, ni se encargó de averiguar a partir de que arreglo político se había hecho el traspaso; la cadena de mando justicialista que estaba por encima suyo le había dicho que se quedara tranquilo, que todo seguiría igual, era el mismo laburo, el que desempeñaba desde hacía quince años. Y efectivamente, el trabajo era el mismo, él era ya a esta altura muy riguroso en el plano administrativo; tenía mucha ductilidad para manejar las planillas, para equilibrar las dosis justas de realidad y ficción que deberían reflejarse en ellas para que todo siguiera adelante, y yo quizás podría decirle qué diferencias había entre Caro Figueroa y Alicia Kirchner, en los años que habían pasado, en que ya no dependían de un crédito externo sino de la marcialidad del superávit fiscal y de la mantención de los nuevos términos del intercambio comercial internacional, y él me diría que para el caso era lo mismo, que a él eso ya no le interesaba, que no tenía tiempo para opinar de política, que él ya tenía bastante con la cuadrilla, él tenía que proteger a sus chicas y a él mismo, que todo siguiera siendo estable como le pedía su esposa, un día venite a comer a casa Luciano así conocés a mi mujer, vas a ver que fuerte está, cocina muy bien.

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2002
La desconfianza depositada en el progresismo partidario de De la Rúa hacía que, en esos días, ningún negro te aceptara un puto Lecop, pero casi que se meaban si lo que tenías para repartir era el masivo Patacón justicialista de Ruckauf. Y hacían cola de noche, tiradas con pendejos chirriantes y poco solícitos al silencio de la pobreza que actuaban, a la espera matutina del clientelismo de un Plan Jefes y Jefas de Hogar. Y si los 150 eran en Lecops y no en Patacones, las negras venían a reclamar, qué los lecops en el barrio no se los aceptaban, qué en el banco no se los cambiaban, qué eso no era la plata, y no sé que mierda más, te decían Luciano quiero patacones, hacé algo, y yo estaba bastante hinchado las pelotas, patacones no hay. Hinchado las pelotas porque me debían tres meses de sueldo, pero otros cobraban en tiempo y forma y declaraban con voz engolada al periodismo que las arcas municipales se encontraban en un estado terminal, como si se tratara de un cáncer financiero, de una metástasis administrativa irresoluble. Y acaso lo era, pero ellos no tenían que bancarse a las negras en queja paulatina. A veces nos resguardábamos en la oficina, era como darse morfina y olvidar, evitar que te jodieran por el rato que tardaban en golpearte la puerta otra vez. Poníamos Daft Punk en la computadora: recién salía Discovery, un discazo que admitía los sampleos más modernos del dance trance noventista (con la Convertibilidad –sí, con mayúscula- se bailaba mejor) sin suprimir la herencia del disco clásico setentista y el synth-pop cuasi-gay ochentista. Con ese punchi-punchi macabro de fondo, recibíamos a nuestro puntero favorito, el negro Claudio. Solía llegar después del mediodía, después de levantarse, cogerse a la esposa, y comer. Luciano, mañana te traigo a las chicas, decía y se cagaba de risa: las chicas eran la tira de madres solteras del barrio que tenían que anotarse para cobrar el plan, a varias de las cuales el negro Claudio ya se había garchado por amor y por la 61

habitualidad de la convivencia territorial. Claudio les pagaba el bondi y las traía hasta la oficina, o las chicas se extraviaban irremediablemente. Entonces la Rusa (rubia, casi 40, muy firme de carácter y de culo) le decía con esa voz aguda que se le aflautaba inexplicablemente hacia el final de cada frase que pronunciaba bajo el efecto de la ira, ¡nene, paraquecarajotedoylasplanillassinolasanotásquefirmenymetraést odovospelotudodemierdalaburápajeronometraigásalasminasacá! La Rusa laburaba conmigo, era un crack; más bien debería decir que yo laburaba con ella: te desactivaba cualquier quilombo. Además era mujer, rubia, ojos claros, buen lomo y cuando había que ir a pedir (morfi, medicamentos, planes, chapas) sensibilizaba más a los jefes de departamento, los directores, los sub y los secretarios. La Rusa era un perro de presa que no te dejaba en paz hasta que no se solucionaba el problema: yo creo que su formación católica ayudaba a afirmar su intransigencia por el pobre, a veces con conductas inexplicables. La Rusa portaba el mesianismo pos-montonerista en opción por las frazadas, y no por los fusiles que predominó a partir de septiembre de 1973 hasta el día en que yo nací. Y cuando la Rusa se calentaba, nuestro puntero favorito se reía, le decía que se tranquilizara, se le acercaba para acentuar la joda y me obligaba a un pará, boludo que largaba después de cortar la risa. Una vez un asesor de un concejal cayó a la oficina medio en pedo y tocó a la Rusa, ella le enrostró una piña y hubo que limpiar el charquito de sangre que quedó en el piso. Desde ese día, acentué mi espíritu preventivo. Eran días de mierda, sin Estado (a.k.a. inestabilidad institucional), sin guita en el bolsillo y los punteros no dejaban de traer gente para emplanillar, siempre más minas que tipos. Algunos hombres tenían vergüenza de venir a pedir el plan: llegaban a la oficina como quién mira vidrieras en un shopping, “para averiguar para un amigo”, y cuando entraban en confianza (uno se la daba, no quedaba otra) se largaban con la vida de trabajo perdida, qué no conseguían nada, el lagrimeo y por fin el llanto, el quejido que 62

avanzaba desintegrando las palabras, ya no se entendía lo que querían decir, todo trocaba en ecolalias marginales, el clima se hacia denso, insoportable, los hacíamos firmar para que se fueran lo antes posible a llorar a otra parte, porque en la fila todavía quedaban muchos llantos que escuchar y ver. A veces aparecía algún concejal microclimático que te pedía que le hicieras un proyecto de ordenanza para cambiar el nombre de cualquier calle periférica por José Ignacio Rucci y yo le decía lo que él veía: pero hay gente, concejal, y él te contestaba: ¿y? Un día el negro Claudio nos contó que, además de a su esposa y a las chicas, se garchaba a los travestis y los putos de su barrio (bah, una villa casi) a cambio de dinero. ¿Con lo que te pagamos no te alcanza? le dije y hasta la Rusa se rió, aunque como católica practicante rechazaba la política sexual de nuestro puntero. Claudio decía que los travestis de la villa son muy feos, que no tienen guita para operarse o producirse, y nadie se los quiere coger. Con los putos, igual. Nos aclaraba que él no era puto, que no se bancaba a los trolos y travas, que se los cogía si le pagaban, sino no. Era una tarde inusualmente tranquila, la oficina sin gente, sin pobres, sin mal olor, sin quejas, sin gritos, sin estrés. La Rusa se destapó y narró intimidades: que la primera pija que vio fue la del marido, que no sabía que la pija se paraba, que el primer polvo con el marido fue horrible, que le dolió y ahí ya quedó embarazada de su única hija. Yo me debatía entre la estupefacción y la carcajada contenida, y nuestro puntero favorito olfateó sangre, buscó precisiones entre bromas, ella era un manantial de inocencia y largaba como loca, no puede ser que no sepas, Rusa le advertía Claudio con la sonrisa en los labios y en los ojos, el instinto asesino a pleno. Antes de empezar a preocuparme, nos interrumpió el secretario de bloque del Concejo Deliberante, un amigo. - Se está incendiando el auto del intendente interino en el playón. Nos fuimos los cuatro juntos.

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Rebecca De Mornay y Salvador Allende
Era una legisladora del partido socialista popular a la que a sus espaldas llamábamos Rebeca, menos por ser una mujer inolvidable que por parecer el clon bonaerense de Rebecca De Mornay. Básicamente, la legisladora era una rubia otoñal que no reparaba demasiado en las erecciones involuntarias que provocaba su paso por las cuevas administrativas del Estado, porque a ella sólo le interesaba su labor parlamentaria, la historia del partido socialista y hasta donde no le incomodara mucho, la política. ¿Por qué le decís Rebeca? me preguntaba el mestizaje escalafonario que sostenía aquel dispositivo oficinista que a su vez sostenía el estrellato legislativo de la Rebeca socialista. La filmografía de De Mornay que les recomendé afianzó el apodo entre el personal peronista, y hasta alguno era capaz de hacer una mutilada sinopsis de La mano que mece la cuna, aunque la mayoría había flasheado con Risky Business. A la legisladora todos le decían Rebeca. Rebeca iba a las cuevas a pedir antecedentes legislativos para armar la cartografía de sus propios proyectos de ley. Soñaba con la publicación, al final de su mandato, de unos tomitos de obra parlamentaria para repasar en las horas huecas que anteceden al jardín de paz. Rebeca tenía un guardaespaldas igualito a Lemmy Kilmister, que la cuidaba en el recinto los días de sesión. Algunos cánticos procaces que escupía el populacho desde las barras le habían inoculado el miedo a la legisladora. El miedo a ser abofeteada, cagada a palos, ultrajada sexualmente o matada, vaya uno a saber que pasaba por la cabeza de Rebeca cuando la muchachada que llevaban otros legisladores para meter un poquito de presión sobre determinados temas del orden del día empezaba a gritar, a lanzar algún vasito de plástico (acaso con restos de meo, es verdad, pero no era para tanto) sobre el mar de bancas, a ensayar una picaresca de puteadas, nada más. Rebeca elegía sufrir en vez 64

de disfrutar la situación, que nunca iba dirigida contra ella, porque pertenecía a un bloque minoritario que no incidía en ninguna votación, y entonces ¿de qué tenía miedo?, pero Rebeca no pensaba así, mirá Luciano lo que es esto, así no se puede trabajar, una pide la palabra y nadie presta atención al discurso, a la importancia de este proyecto que otorga subsidios a la nueva biblioteca popular de Carhué, lo que pasa es que en este país a nadie le interesa la cultura, toda esta gente que ustedes (aunque vos sos distinto, Luciano, pero) traen para patotear es una vergüenza, esta pobre gente es así por la falta de educación, un día voy a salir lastimada del recinto, acordáte, esto no puede ser… Con la custodia de Lemmy y media pastilla de alplax, Rebeca aguantaba toda la sesión, pero quedaba destruida y al otro día no iba a la oficina, pobre Rebeca, se hace mucha mala sangre decían las chicas de la cocina mientras ponían Gilda como música de fondo que salía suavecito de la mayordomía. Una vez Rebeca me invitó a participar de una reunión de la juventud socialista, yo le dije pero eso es un oximoron y nos reímos. Es para que veas como discuten política nuestros chicos y vos que sos culto, les enseñes a los tuyos, me dice Rebeca en una inusual faceta provocadora que yo hubiera podido frizar contestando que a mí la política me había enseñado que no había que enseñar nada, que todo se limitaba a comprender. Pero no dije nada y fuimos a esa reunión de los jóvenes socialistas, un local chiquito que olía a 1930, a 1955, a naftalina teórica. Un gordito seborreico se presentó como el maestro de los niños socialistas pero no era joven, se trataba de un nostálgico del MNR, un universitario crónico que había conservado por inercia la jefatura de ese grupo de jóvenes a los que ponía en situación de historicidad para iniciar la carrera partidaria-parlamentaria. No había nadie, me sirvieron café, esperamos, Rebeca y el gordo hablaban del drama educativo, de la lucha docente, el gordo tiró un “claro, más universidades y menos cárceles” y yo evitaba cagarme de risa, el gordo me miraba como para que opinase, yo me hacía el boludo y le miraba las piernas a Rebeca para 65

entretenerme. Cayeron otros adultos con barba que se presentaron como jóvenes del socialismo popular, y al final aparecieron tres chicas que no sobrepasaban los veinte años, en musculosa y shorcito, las all star botita, saludaron a Rebeca y dijeron ¡qué calor!, pero calor no hacía. Rebeca me comentó que las chicas eran hijas y sobrinas de no se qué dirigente del partido, y que se estaban iniciando, las chicas querían militar, asumir un compromiso, ascender a una moral política digna de la estirpe socialista de un Ghioldi, un Repetto. Las chicas se dejaron caer en los asientos y miraban a todos, se hacían las tímidas pero tenían demasiada piel a la intemperie y era fácil sacarles la ficha, les dijeron reunión de juventud, habrá chicos, vamos. Y se les notaba en las caras la desilusión ante todos esos prolijos adultos que no les daban bola, que ya se habían enfrascado en parloteos políticos intestinos con Rebeca y el gordo que los comandaba, era un club de cultura socialista venido a menos y las chicas se aburrían antes de empezar. Lo más interesante de la reunión era observar como las chicas fingían escuchar al gordo que peroraba mientras buscaban alguna complicidad ocular con el sexo opuesto, los ojos de las chicas socialistas pedían caricias, quizás llegar a la instancia de la humedad, quizás abrir vías de acceso al coito, quizás encontrar un amor. Eran chicas Blaisten que no estaban dispuestas a cerrarse por melancolía, querían extender el campo de batalla y goce, querían coger y recién después comenzar a apasionarse con la figura excelsa de Guillermo Estévez Boero, a la cual el gordo reformista dedicaba ahora un lacrimógeno panegírico en su memoria, y ahí estaba el retrato de don Guillermo colgando de la pared con el pañuelito estanciero atado al cuello, un hombre honesto, íntegro, un diputado de la Nación que palmó en pleno ejercicio aliancista, y que tuvo la suerte de no ver el final de gestión del primer gobierno progresista partidario de la historia nacional. Cuando la reunión moría y las chicas socialistas ya pensaban que hubiera sido mejor quedarse en casa y hacerse una lenta y prolongada paja, el gordo se salió del libreto y me indagó con 66

alguna pregunta política menor, ¿cómo ves la gestión socialista de la intendencia de Rosario?, el gordo quiso salir del iglú parlamentario, y mi inconsciente lo único que tenía para traducir en palabras (y fue lo único que dije en toda la reunión) fue que todo bien, pero mientras Alfredo Palacios y Alicia Moreau de Justo se sentaban en la Junta Consultiva y se sacaban fotos sonrientes con Aramburu y Rojas, José Ignacio Rucci era delegado de Catita y ponía caños, organizaba a las masas, era perseguido y encarcelado, resistía junto al pueblo contra la dictadura que tus ídolos bancaban, gordo, así que no me jodas. Rebeca se asustó un poco, ay Luciano no te puedo invitar a ningún lado, y cuando todos se fueron, se rió. En cierta ocasión, a Rebeca el mestizaje la embaucó y le dijo que era mi cumpleaños, los negros eran tremendos cuando querían joder, y Rebeca viene a mi oficina y dice ay Luciano, yo sé que vos no sos socialista ni lo vas a ser, pero esto te va a gustar, es un regalo. Era una foto de Salvador Allende. Allende estaba con el brazo extendido y la banda presidencial puesta, podía estar tanto saludando a la multitud como parando un taxi, según como nos imagináramos el contracampo. Miré la foto, levanté la cabeza y miré a Rebeca. Se le escapaba una lágrima, era un idealista, dijo, un gran hombre, dijo, no mancilló sus convicciones, dijo, dio la vida por su patria, dijo. Y yo no dije nada, conmovido por Rebeca y no por Allende, le agradecí la foto y por la puerta del costado vi a dos cumpas que me hacían caritas, se cagaban de risa a espaldas de Rebeca y de frente a mí. Yo a los 16 fui fan de los montoneros, me emocioné con la inmolación de Allende, el fusil de Fidel, las alamedas y el hombre nuevo. Pero había pasado el tiempo y cuando ya tuve un poco más de pelo en el pubis, me dediqué a analizar el gobierno de Allende. Lula es mejor político que Allende. Recordé, mirando la foto de Rebeca, que Allende no quiso cerrar con Tomic, el médico cajetilla se había subido al caballo y no creía en las alianzas de gobernabilidad. Y recordé aquella escena de 1972, cuando Allende le habla a los obreros mineros de Chuqui para que levanten la huelga y les explica las 67

bondades de la expropiación sin pago de indemnización, los obreros lo miran con cara de gano un sueldo de hambre, capo, y Allende les dice que son los elegidos de nuestro mundo proleta, y que si los sueldos son bajos, eso no es culpa del gobierno sino del imperialismo yanqui. Recordé también, con la foto en la mano, la conversa de Perón con la JP en Gaspar Campos, el 8 de septiembre de 1973, faltaban tres días para que Allende cayera y el Viejo ya le hacía pelo y barba al socialismo a la chilena, les narraba a los niños jotapés todos los errores que Allende había cometido, pobre amigo Salvador en que quilombo se ha metido por poner la Ferrari a 300 por hora en una curva, un turro el Viejo que decía poco menos que a Allende se le había escapado la tortuga porque no entendió nada, no leyó bien el contexto latinoamericano y mundial, ¿se acuerdan? eso decía Perón de Allende. Yo respetaba las emociones postreras que Allende generaba entre sus fans, en Rebeca, en el PSP, pero a mí me pedían mucho, yo tenía un carcinoma de insensibilidad y estaba seco ante la foto, ante los documentales, ante el mito. Con Rebeca teníamos en común la variada sintomatología de la sensación de pánico y en su oficina ocurrían charlas médicas que eran deploradas con la burla por mis compañeros y compañeras que no tenían esos problemas. Andá al loquero, Luciano y llevate a la Rebeca, y se reían, claro ustedes qué se van a estresar si no laburan, les tenía que decir porque sino te gastaban todo el día. El día que Rebeca trajo a una colega española del PSOE para que diserte ante la militancia socialista argenta, se congregaron varios pavos reales que querían una foto con la flaca, socialistas de cabotaje que así se sentían parte del poderoso socialismo español ejecutivo y hegemónico. Rebeca trajo a la diputada a su oficina, le mostró su templo laboral, la presentó con orgullo y salió el tema de la fenomenal producción cultural durante la transición y el destape, se emocionaban con las películas de Pilar Miró, de Garci. ¿tú las has visto?, me pregunta la gallega y sí, las vi en Función Privada con Morelli y Berruti durante el alfonsinismo, pero yo prefiero las películas de Jess Franco 68

porque había que tener huevos para filmar eso durante el franquismo, en la transición filmaba cualquiera. ¿Vos viste las de Franco? y la diputada se pone colorada, quiere cambiar de tema, Soledad Miranda y Lina Romay la rompían frente a la cámara le digo, Rebeca no entiende nada, la diputada no le explica, mucho destape pero se turban por unas vampiresas trolas en celuloide. El drama mayor de Rebeca era que cada tanto, digamos dos veces por año, le visitara la oficina alguna familia carenciada en busca de ayuda social. Extrañamente, esa información (que ella era legisladora) llegaba a las capas más bajas de la sociedad bonaerense, y algunos atrevidos se creían con el derecho de ir a pedirle beneficios. Rebeca podía sacárselos de encima con unos billetes, pero su ética y el miedo de que volvieran la paralizaban, y se desesperaba, no sabía como resolver, y se veía obligada a pedirnos ayuda. Rebeca no conocía el funcionamiento de las áreas ejecutivas del Estado ni tenía contactos en esos paisajes lejanos llamados direcciones, secretarías, ministerios. Entonces sucedía que algún mestizo de la planta se llevaba a los pobres que iban a pedir la cuota diaria de subsistencia (como en la tómbola, ese día le había tocado a Rebeca) a una dependencia estatal más conducente. Rebeca amaba a Binner, me hablaba del proyecto para niños de Tonucci que Hermes implementó, del presupuesto participativo (del que participa la clase media), y yo le decía que sí, que tenía razón. Y nada más, porque a veces es conveniente confraternizar con el silencio.

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(Pop)

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Katy Perry o la superioridad moral del pop
(1-10-11. Katy Perry tocó en Geba el 27-9-11. tumblr)

Para cuando a Luis Buñuel le preguntaron qué había en la cajita bisbiseante que el chino le muestra a Catherine Deneuve en Belle de Jour, ya existía una runfla de interpretaciones profundamente filosóficas y vacías con demasiada pretensión cahierista sobre esa escena, numerosa tinta gastada para servir al afianzamiento de egos y a cierta normativización estética de lo que en una época lejana se llamó “cine de autor” y que hoy ya no existe, por suerte. Luisito, que era un intuitivo, se los fumó con la respuesta: les dijo que no había nada, o que había lo que ellos quisieran que haya, no sé, no es importante. Una decepción para los chicos que pagan cuotas criminales en la universidad del cine para darle sentido a la vida. Esta nostalgia analítica por los significados no corre tampoco para Katy Perry, que no sufre porque muchas de las canciones que compone sean facilongas y sin mensajes con profundidad docente. Katy se caga de risa, y como conoce el decálogo popero, sabe que la papa (y lo más difícil) está en pegar el mazazo justo para desarticular, por unas horas, los malestares acumulados de la vida cotidiana. Es por eso que el pop domina el mundo, porque es el que mejor se adapta a (y disloca) las mediaciones volátiles entre la “producción artística” y el mercado. Llego a GEBA con mucho margen, y en la esquina de Dorrego y Freire ya arrancó la transa de la reventa, todo en paz y en orden. La tropa púber se mete en el estadio, y en medio de ese scrum teenager recibo una llamada política y farfullo sintagmas como “gringo Soria”, “Aníbal F. se lo coge al Barba en Quilmes”, “hay que ajustar”, “Marcó del Pont” y unas pibitas, con un coeficiente de cogibilidad alto y lentes de sol con marco rosa, me miran como diciendo “a este flaco le falla” y sí, chicas, me falla, pero 71

como diría Malkovich en Relaciones Peligrosas, está en mi naturaleza y no lo puedo controlar. Como Buñuel, Katy Perry es una católica inteligente que no se toma en serio todos esos discursos teológicos de la trascendencia, todo ese verso espiritual anacrónico, ella se limita a ser una hembra de la west coast que ironiza sobre la diaria, la mina que comanda con solvencia el party time, la mina que querés en tu equipo, tanto como fuckbuddy como para ir a comer un asado, la mina que se dedica a la lírica del gaste. Si el grito de guerra de Katy es “quiero verte la pija” o “sos tan putito” casi en clave porcel-olmediana para rebatir premeditadamente su propia puesta en escena pura e infantil con la más cruda ironía, quiere decir que ahí ya hay una operación de cierta complejidad y más atractiva que la linealidad embolante de, por ejemplo, Calle 13. Esa misma compulsividad por la docencia, que Katy Perry rechaza y que está en la raíz de la cultura progresista, es la que emana del campañón humanitario a favor del canal infantil Paka-Paka, ese increíble maul pedagógico en el que se agrupan los adultos sobrepolitizados para así avanzar a pesar de las pulsiones de sus propios hijos. Lo cierto es que Paka-Paka es un Flacso para niños que a cada paso siente la necesidad de dejar una enseñanza, se le nota mucho la costura pedagogicista hiperforzada que condena a los niños a la angustia, y futuristamente, los candidatea al rivotril. Paka-Paka es un embole, Paka-Paka es una garcha, como confiesan en secreto los kirchneristas más lúcidos de mi generación, y Katy Perry le dedicaría un dardo ácido, se reiría mucho de ese fiambre televisivo que las niñas que la siguen y la escuchan, no miran. “Donde estás, putaaaaa!! No venís a ver a katy???”, le mensajea una rubia de 20 a su amiga vía blackberry. Falta media hora para que empiece el set de KP, y lo que se ve es desde una clase media alta (un chetismo minimalista) hasta una clase media baja blanca 72

con guita en el bolsillo (la huella kirchnerista). Mucha gente vino a ver a Katy desde el conurbano sur. Dos chicas aceitunadas con las pelucas azules, le piden a un flaco que les saque una foto, juntan las mejillitas y le hacen un besito a la cámara, y después corren a preguntarle cuál es el facebook o el twitter al que las va a subir, y cuándo las subís, desesperadas las chicas por verse inmortalizadas en la cancha de rugby de GEBA. Sobre la hora caen los treintañeros y varios de cuarenta largos, para que se arme el combo plurigeneracional, desde pibitos de siete años hasta canosos prematuros que se juntan para ver pop para divertirse. Ni más ni menos. Los puntos de mayor poderío musical y vocal son Circle the Drain y E.T., y si no saltás en Hot n´ Cold o no estribilleás Firework, es porque sos de nailon o porque tenés un compromiso muy autodestructivo con el existencialismo. Las 15 lucas que metió KP estábamos bajo un paraguas común: el de joder un rato, porque ya habría tiempo para volver a los malestares laborales, amorosos y libidinales. Cuando la fiesta terminó, una flaca que no bajaba de 28 años, le dijo a su amiga, casi a modo de queja aliviada: “Es la primera vez en el año que pago por un show que valga la pena”. Una exageración, sin duda. Pero la realidad efectiva que esa noche quedó flotando en el aire, como para alargar la paz social en tiempos de angostamiento distributivo, es que todos habíamos ido a ver a Katy Perry, y nos gustó.

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Personal fest
(4-11-11. tumblr)

“Axel Kicillof es lo único presentable que tiene La Cámpora”. Con ese comentario destemplado y parco se cerraba el diálogo que mantenía delante de mí una parejita juvenil en la procesión de ingreso al Personal Fest. La chica no agregó nada a esa afirmación, quizá porque la cuestión no le interesaba en lo más mínimo, y porque se acercaba el cacheo reglamentario dividido por sexos. Ya no llovía y lejanamente se percibía la desganada potencia vocal de Allison Goldfrapp en el escenario principal. Antes de eso hicimos tiempo para lubricar el lobby en la esquina de Figueroa Alcorta y Ombúes, mientras los enjambres ABC1 del área metropolitana de provincia y capital copaban las entradas y se mandaban con absoluto desprecio por el disturbio. Gente como uno, todos cortados por la misma tijera idiosincrásica, con matices, pero todos del mismo palo, sabedores de que el fervor populista es un sobreesfuerzo un poquitín deshonesto. Cercanamente y en sus respectivos lobbys vimos a Nadia de GH 2007 con un bb deslizable que no paraba de chequear, y luego se nos cruzó el peterpanista Andy Kuznetsof, que corría muy agitado hasta la zona de ventanillas y volvía a correr, y su cabellera nevada dejaba una estela sódica en la oscuridad, en maridaje con esa insoportable camperita coldplay que Andy parece tener tatuada desde que comenzó la década kirchnerista. Goldfrapp tocó una hora clavada de synth marcial que cerró con la hiperbailable Ooh La La. Una maquinita de ritmos aceitada a la que el público le devolvió la atención y las contorsiones que la banda merece. Luego el ejército de camperitas nike antilluvia de acotada prosapia importadora (que claramente escapan al poder de compra motomelista) se pasó al escenario motorola para ver a Beady Eye. La banda de Gallagher hizo un show aceptable, pero 74

se nota que Oasis es una pesada herencia que al kiddo de Manchester le costará resolver. Tocar Songbird para levantar un poco el setlist parecería ser una concesión que el menor de los Gallagher todavía no está dispuesto a dar, pero bueno, Papandreu también quiso el voluntarismo de un referéndum para el ajuste democrático y la realpolitik se le atravesó con un “call me” realista que lo llevó a las tierras más áridas y deprimentes de la rosca interpartidaria para salvar al Estado. Los baños químicos me demoraron en una meada longeva cuando habría el fuego The Strokes con un sonido impresionante y una versión demoledora de New Cork City Cops que en el machaque amalgamado batería-bajo-guitarras me recordó al mejor Honey Hush jamás versionado: el de Foghat. Luego pegaron Heart in a Cage, Modern Age y las casi 40 lucas estallaron para no parar hasta el sprint final con Last Nite, Hard to explain y Take it or leave it. No había que ser ultrafan para notar que, objetivamente, se trató de lo mejor de la noche.

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Franz Ferdinand en Argentina: Fuego en la Pista de Baile
(14-3-10. FF, 12-3-10 en el Luna Park)

Noche instituyente: faltan minutos para que FF inaugure su gira latinoamericana en Argentina. Clima templado y confesional en los alrededores, y adentro la calma espera de una asténica constelación de sub 25´s de diáfana raigambre universitaria (como los Ferdinand) que quieren saciar las ansias del cuerpo con música. Un público hospitalariamente libre de morochos: somos de la UBA y queremos bailar. Me siento contenido por esa pendejada, que, en definitiva y felizmente, son gente como uno. Circunspectas niñas con lentes de carey oriundas de Letras, proyectos comedidos de freaks, un anciano cool con remera de Oasis junto a bella hija de escasos quince, chetitas fuertemente bronceadas recién regresadas del estío pinamarense: paisaje que me cobija, y el austero escenario de cercanía intimista con los músicos nos advierte que no estamos para otra cosa que no sea apreciar el poderoso y refinado vivo de una de las más interesantes bandas que nos arrojó el rock (junto con los White Stripes) en los últimos diez años. Largan con Bite Hard para que la marea suba, pero pegaditos llegan la gran The Dark of the Matinée con ese riff monumental que haría bailar hasta a Stephen Hawking, y Do You Want To, y ya nadie en el Luna Park dejó de saltar cada vez más alto y corear estribillos y punteos hasta la disfonía. Un arranque devastador que relegó algunos problemitas de sonido, como el volumen bajo que perduró hasta el cuarto o quinto tema. Esquivo a las etiquetas, FF hace un dance rock de alta costura sin pretensiones, o, más claro: hace música para que las chicas bailen (Kapranos dixit), y provocan así a los vanguardismos musicales más cerrados. FF no es brit-pop, aunque rescate de allí influencias: más bien parece querer refundar un “género menor” como el rock bailable. Guitarras agresivas sobre bases de 76

impronta disco es un cóctel difícil de preparar, pero si sale bien, sos Franz Ferdinand. Con Michael ya están ajustados, el calor es tremendo pero nadie deja de moverse. Una vez que arrancan, los escoceses no paran, van a estar al re-palo durante una hora y treinta minutos. Alex Kapranos juega con su voz: puede parecer un crooner decadente o cultivar el tono cristalino del típico cantante poprock británico. Además es un gran guitarrista, dueño de punteos pegadizos que vamos a tararear durante el sueño. Nick Mc Carthy (guitarra y teclados) asume la actitud latina de interactuar con la gente. Por ahí llegarán Take Me Out y Walk Away, dos manufacturas hiteras de fabricación artesanal. Un setlist frenético que no deja hendija para el descanso (la beatle Eleanor Put Your Boots On no la tocan) y el Luna no para de saltar. Los avatares de discoteca, las pasiones y obsesiones efímeras, las serias frivolidades de la vida vespertina de la gente común que tiene tristezas: tópicos de la lírica franzferdinandiana envueltos en melodías festivas y bailables que rajan la tierra. En ese contraste estético quedan fraguados los pergaminos artísticos de FF, y en general, de una perspectiva muy sutil cuando se produce música, literatura o cine. Kapranos citó alguna vez: I´m Down de Los Beatles. FF rockea. 40´ es un pico de excelencia en la noche con las violas yendo bien adelante: FF bebe grandes tragos de arena pospunk. Luego viene Outsiders con final de solo de percusión a cargo de los cuatro dándole a los tambores en formato rítmico bien disco, en remisión directa a esas bases del bailable de los ochenta que marcaron a fuego a varias generaciones que entendieron que el disco (el mejor) fue lumpen. Fin del acto, y con los bises aparece Kapranos solo con la guitarra para desgranar una ralentada primera parte de Jacqueline que vira a No You Girls ya con toda la banda en escena; me pongo brevemente de mal humor: Jacqueline es el tema de FF que esperaba desde que saqué la entrada. This Fire 77

es el último mazazo que Dreams

nos asestan, y el cierre con Lucid

termina con un extendido jugueteo de McCarthy y

Kapranos con los sintetizadores: pienso que Giorgio Moroder debe estar contento. Ya no sabíamos si estábamos en una rave o en un recital de rock. Con Franz Ferdinand, en realidad, estamos en los dos lados, al mismo tiempo.

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Para Todos Aquellos que Saben lo que es el Rock
(23-1-10. Metallica en River 22-1-10)

La espera se amenizó con un filoso “borom bón bón, borom bón bón, el que no salta es un stone”. Niños con remeras de Kill´em All, tullidos en silla de ruedas conducidas por jugosas adolescentes vestidas de negro, como la novia asesina de Truffaut (que Tarantino supo copiar), metaleros curtidos en mil batallas oriundos de los sepulcrales Claypole, Loma Verde y Catán paseaban su mansedumbre aguardando que el cántaro se quebrase con la distorsión emanada del primer riff de la guitarra de Hetfield. Era todavía de día, y la siesta a la que nos sometían los teloneros argentinos nos hizo reflexionar por infinita ocasión acerca de los cada vez más profundos abismos de calidad musical que separan al decadente y cuadradito rock nacional de las bandas extranjeras. Quiénes hayan visto en vivo a Faith No More, Franz Ferdinand, los Artic Monkeys, Depeche Mode o AC/DC sabrán a lo que me refiero. Cuando la noche es larga y la impaciencia se acoraza sobre la multitud, las pantallas se encienden para escuchar la fanfarria machacante de Morricone y ver la corrida desenfrenada de Eli Wallach por el cementerio creado por Sergio Leone (al que Tarantino le copió todo). Arranque infernal con Creeping Death que se anuda a Ride the Lightning para confirmar que la banda está ajustada, con ganas de tocar, y que el sonido es demoledor. Somos testigos también de que con Bob Trujillo en el bajo, Metallica gana solidez, calidad y variaciones en la pared de sonido que construye con Lars Ulrich para respaldar a las violas. Jason Newsted era pura garra y carisma, pero los dedos de Trujillo vuelan sobre las cuerdas y moldean el instrumento a 79

cada paso, y lo ponen más cerca del recuerdo de Cliff Burton. Con Fuel se precipita un mayor descontrol juvenil, se trata de un roquito duro de los pocos que se salvó de las etapas de Load (1996) y Reload (1997) que amerita acelerar la transpiración en los saltos acompasados de la masa. El bombo de la batería de Ulrich desacomoda las vísceras y las violas de Hammett y Hetfield apoyadas en el rítmico machaque del doble bombo nos hacen sentir en la más completa vibración corporal de qué se trata aquello que llaman rock pesado. Más allá de odiosos ghettos musicales, Metallica ha dejado un surco irreversible en el rock al establecer una particular forma de concebir que tipo de rock duro hacer (o dicho más groseramente, cómo sonar más pesado dentro de los pesados y a la vez proponer una calidad compositiva superior al resto) sin estancarse en la serialidad trash de Ántrax, Slayer o Sepultura. En ese sentido, no es menor rastrear las escuchas discográficas originarias de los Metallica, que abrevaron en las aguas de cierto tipo de punk (Last Caress y So What? son ejemplos a mano) sin dejar de declarar su filiación clásica anclada en Deep Purple, Black Sabbath y luego Mercyful Fate, entre otros yacimientos del hardrock. Del rock a secas. Lo que es Metallica hoy: una banda de rock a secas, que debe ser tolerada por elites musicales tipo Coldplay, y que después de tener que compartir escena con los noisy boys en el programa de Jools Holland, flashean. La seguidilla de temas de Death Magnetic da el bálsamo del respiro. Canciones de siete minutos con extensos pasajes instrumentales y violentas variaciones rítmicas (la marca de King Diamond) que permiten apreciar la ductilidad de la banda y recuperar el aliento. Sad But True reaviva el fuego, pero antes estuvieron Fade to Black y One, con el austero y melodioso 80

complemento de las dos violas. Estas tres canciones, junto con la colosal versión de Nothing Else Matters, fueron sensiblemente superiores a las escuchadas en 1993 (la entrada a $ 30, Menem lo hizo): Metallica cosechó aplomo y millaje sin resignar potencia. A lo sumo, si tienen que tocar en televisión bajan un poquito la distorsión e ingresan en el mundo de la civilidad musical. Un playlist, el de ayer, hecho a la medida del conocedor longevo de la banda, con menos hits de los esperados pero más canciones insignia asociadas a la estructura profunda de lo que Metallica construyó en el acaudalado archipiélago del rock: así lo aseveran esos dolores de ojete (y de cabeza para los imprevistos), esos dos estiletes de sonido amoral que son Battery y Fight Fire with Fire. ¿Quieren algo más rápido” tiró un locuaz Hetfield antes de entregar quizás los dos temas más asfixiantemente pesados que Metallica puede ostentar, con un Kirk Hammett austero y exquisito que se subordina a los intereses del grupo, pero que cuando tiene que pelar el solo de viola, lo hace como los dioses, y en estos dos temas, más. Canciones que la pendejada más neófita y entusiasta que inundó River desconocía: hubo vida antes del albúm negro. El clímax fue Master of Puppets con ese puente melódico que tejen las violas de Hetfield y hammett, esa cadencia de guitarras de punteo gemelo que coreó todo el estadio. Quizás sean, los ocho minutos y pico de Master… (esas varias canciones dentro de una canción) el compendio de todo lo que musicalmente fue, es y será Metallica. Enter Sandman nos obligó a aguantar los trapos para no ser devorados por las fauces volcánicas del mosh. Stone Cold Crazy ya es de Metallica más que de Queen y el cierre con Seek and Destroy, la coda inexorable para un concierto letal. Pequeñas bajas: el volumen de la guitarra de Hammett pedía estar más adelante y faltó una tríada indispensable (que sí estuvo en la gema de 1993): Welcome Home (sanitarium), Whiplash y 81

Wherever I May Roam no pueden ausentarse nunca. Los cursillistas del vinilo suelen decir que el rock murió en 1974. Aunque conceptualmente lo compartamos (a eso se refiere esa gran película que es School of Rock, que termina con los pibitos zapando It's a Long Way to the Top), Metallica ayer y AC/DC hace un mes y monedas nos invitan a creer en severas excepciones de hierro. Es sólo rock, pero nos gusta.

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Carla Bruni y el Sheraton Hotel
(7-6-10)

Es como un rugido de masas… finas: que vuelva Carla Bruni a los escenarios, y que toque en Argentina. Para la minoría bursátil que componemos los enfermos por la música francesa es casi una utopía como la del ´73, aunque mucho más humana que aquella que pedía la erección edilicia de un hospital para niños pobres dentro del perímetro parcelario que figuraba catastralmente a nombre de los propietarios del hotel sheraton. Pero los geeks de la chanson somos una minoría tanto o más intensa que el kirchnerismo, a pesar de que el mercado musical argento nos ningunee impiadosamente. La oferta de visitas es de escasa a nula: la gira despedida de Aznavour en el Opera el año pasado y antes, el fugaz toco y me voy de Jane Birkin en La Trastienda de Telerman. La decisión de Carla Bruni de no tocar en público mientras dure su matrimonio con el mejor político de la derecha europea contribuyó, indudablemente, a vigorizar el aura artístico que Bruni ya había auspiciado con hechos: una obra high quality que hunde con naturalidad sus entrañas en los más bellos sonidos que podían rastrearse en toda la tradición hereditaria de la canción popular francesa. La chanson estaba muerta y Bruni la revivió de su puño y letra con la misma cadencia minimalista que fue santo y seña de la chanson en las épocas esplendorosas. Pero Bruni no caminó por la senda inanimada y solemne del artista nacido y consustanciado para la disección obsesiva de su propio metier. Siempre desconfié del artista que se excita más explicando su obra, como el boludo de Saramago. Carla Bruni no nació para construir la teoría musical de su música porque para ella hubo vida antes de la música: antes siquiera de imaginarse con una guitarra sobre las piernas, Carla Bruni tuvo sus años ´90, su temporada menemista de belleza y 83

felicidad en la que era tan sólo la modelo europea que fatigaba las tapas de Elle y Vogue, la adolescente italiana ricachona que coleccionaba amantes y leía clásicos, casi escapada de una película de Rohmer. Y una vez consolidada como cancionista (hacedora de canciones, como gusta que le digan), nunca renegó de su década topmodelista, no se consideró en evolución de un arte menor a uno verdadero. Bruni no renegó de sus ´90, como los argentinos no debiéramos renegar de nuestros ´90 políticos: los ´90 debieran ser retirados del ping-pong político diario, debieran dejar de ser el bastión retórico selecto de último recurso al que se termina atando toda una explicación del mundo que ya no puede narrar aquel Canto General. El sendero subversivo de Carla Bruni se refleja en el de Nico: ambas pasan de una fase pop a otra y lo hacen en litigio con los establishments culturales serios (unívocamente “de izquierda”) que las buscan impugnar desde “la quintita del prejuicio”. Tanto Bruni como Nico les cerraron la boca a los Ricardo Piglia del mundillo musical: los discos están ahí, y son piedras que la corriente del río no puede esmerilar. Bruni es amada por Jane Birkin, Sylvie Vartan, Julien Clerc; cachos vivientes de la chanson sesenta-setentista. Nico fue la inspiración de Patti Smith y una influencia táctil en Bjork. En 2002, la sorpresa y el estupor: aquella frívola top model que se iba de joda con Yves Saint Laurent, Versace y Donald Trump, ya retirada y madre, saca Quelqu'un m'a dit, un disco de canciones propias en francés con agregado ajeno no menor: un cover de La Noyée, quizás la más personal y bella canción escrita por Serge Gainsbourg (de pie, señores) circa 1970, pero que nunca fue convencionalmente grabada y editada por el hombre del Gitanes continuo. En esta elección antes que cualquier otra, Carla Bruni demuestra su dotada intuición para concebir un modo de composición de canciones que reverbera en los autores basales de la chanson. Si en Le plus beau du quartier (La más linda del barrio) Bruni dialoga lírica y melódicamente con 84

Georges Brassens y Jacques Brel, en Chanson triste lo hace con Barbara y Gainsbourg. Carla Bruni está claramente situada en una cronología de mujeres compositoras que remite a Barbara (´50 y ´60) y, con analogías estéticas y musicales pasmantes, a Francoise Hardy (´60 y ´70): FH fue la autora más interesante de la chanson moderna que se fragua en el alba sesentista con la influencia beatle-rock and roll. En esos años, no fue casual el interés que tanto Jagger como Dylan mostraron por la música de Hardy (aunque no podamos confirmar si el interés se limitaba a ese campo). Hay bastante de Francoise Hardy en Bruni, pero más lo hay de la impronta que Carla deja como sello de su música: reintroducir con decisión política la raíz jazz-blusera que la chanson del ´20, ´30 y ´40 siempre tuvo, y que se atenuó con el tiempo. Carla Bruni va al rescate de los sonidos encajonados en las viejas sucursales francesas arraigadas en el humus sureño de los estados unidos de américa: Nueva Orleáns, Lousianna. Claro está, lo hace bajo un tamiz blanco moderno. Es evidente que Carla Bruni compartió algo más que la cama con Mick Jagger y Eric Clapton, justamente los tipos que pudieron blanquear el blues sin morir en el intento. Esa sabiduría británica, aprendida entre pasarelas noventistas, se verifica en el vivo de Bruni que pedimos a gritos que retorne. En 2007, Bruni le pone música a poemas de Auden, Yeats, Emily Dickinson y Dottie Parker en No Promises, un disco confirmatorio y en 2008 sale Comme si de rien n'était, un disco equivalente o superior al primero, pero tapado por la afluencia mediática del affaire Sarkozy. Resulta que Sarkozy (un conservador Carla le canta. que pide “más Estado” y se cojería argumentalmente a varios progres locales) es fana de Barbara, y

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Desierto de ideas

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Mono Cromo
(Sobre la toma del Parque Indoamericano)

Está pesada la calle. Verbalmente. Aprieta. Se dicen palabras que repican contra los cordones que sellan el pavimento. Pueden ser los ramalazos del calor, o las fauces del conato navideño, el licuadito monetario, o la gráfica del Alto Palermo que nos presenta a Kim Basinger. La paz social del shopping, algo para valorar, aunque no alcanza. Ha pasado otras veces. Hay huellas que se repiten en todos los ciclos políticos: con el crepúsculo viene el cansancio. La distracción. Un vaso que se nos cae de las manos, se rompe y no sabemos como. El accidente. La falta de timming. No se ganan las divididas. En tenis (el deporte más bello y más ingrato del mundo) es cuando no te corre la bola, perdés aceleración, se comienza a reiterar el grafitazo. Eso que nos fastidia cuando vemos que Federer empieza a enganchar con el revés, cada dos bolas una afuera. En el tenis, eso te puede hacer perder el partido. En política, perdés poder. Nadie dijo que 2011 sería un año de transito rápido. Todos los que hacen análisis político saben que con los últimos días de enero se termina el boom estival, y también, el período de inmunidad por viudez. Y créanme, chicos, que Cristina no va sostener el viento de cola político creando el Ministerio para la Liberación, o la Secretaría para la Redistribución del Ingreso. Digo esto porque veo mucha indignación impostada. Mucho estómago sensible, mucha náusea intelectual ante el furibundo avance en oleadas de la realpolitik. Muchos que amenazan encadenarse a su ego, porque, no sé, porque Cristina unió su voz a la de Reutemann a través de una línea telefónica. Muchos que amenazan con cercenarse las venas si no “se profundiza el modelo”. Cercenatelás, macho. 2011 es bilardismo decisorio puro 87

y duro. Es lo que hay: punteros del progresismo kirchnerista, de la banda de Filmus, que no saben cómo se hace una toma de tierras. Y del otro lado, el barrabravismo municipal punterista de la banda de Macri, que no sabe como carajo hacer la contención inicial, la más importante para evitar el desborde. De ahí para arriba, asistimos al bazar amateurista de funcionarios autistas que sólo atinan a reducir el margen de costo político a pagar, y que así consideran que se lo endosan al otro. Lo que pasó en Soldati, sólo podía pasar en la Ciudad. Y así fue. Porque, ¿sabés cuantas tomas de tierras se hacen por día en el país? Muchas, porque la cuestión de la vivienda en la Argentina es un drama, y no sólo para la negrada. Salvo que creamos que la mayoría de los que habitan “el campo popular” ganan las 9 o 10 luquitas que te permitan ir con un tubito de oxígeno al crédito hipotecario. El otro día hablaba con un guacho que fue empleado bancario, un compañero que aguantó los trapos en el pintoresco Banade, un cumpita que le tiraba bolitas de acero a la montada en el marchón de la multipartidaria contra la dictadura, el ´82, y me decía, nene, Lucianito querido, ahora son todos chantas, que verso ese de hacer una marchita pedorra bajo el trademark “el hambre es un crimen” u otras boludeces, acá hay que marchar por cosas concretas: pedir por la tasa de interés, loco, y se termina la inflación, esta pendejada kirchnerista boludea mucho, la épica que tienen que pedir es contra el spread bancario, los bancos la siguen juntando en pala y no hay crédito para comprar el rancho propio, acá el único que dio a tasa baja y para todos, vos lo sabés, nene, fue Perón. Está dicho: los punteros de hoy no son los de antes, y menos en la CABA. Porque si bien no hay un manual de instrucciones, todos sabemos cómo se debe hacer una toma de tierras, porque una toma nunca es espontánea, no es el mito del pueblo que 88

cincela su liberación desde el fondo de la historia. A la gente hay que cebarla y organizarla. El primer contingente que entra a la ocupación es clave. Y acá la banda filmusiana hizo todo mal. Genealogía de una ocupación de tierras en el Conurbano: podríamos dar clases, montar una consultora política ¿no? y que toda esta truchada militante aprenda un poquito, con una premisa básica: no te cagués en la gente que llevás a ocupar. Un puntero retirado, un compañero avejentado por los rebencazos de la vida, me decía que la toma se charla con el Estado: se toman tierras fiscales, no terrenos privados o en uso. Se toman tierras abandonadas porque a una situación conflictiva como la ocupación, no se le pueden agregar conflictos aledaños. Pero claro, este anciano puntero había estudiado el tema, se asesoraba, racionalizaba la acción que iba a realizar, y además de todo eso, leía a Perón. Porque ahí está todo. Es un salmo: no causes un conflicto que no puedas encauzar, porque el desborde será castigado. Lo tenían tatuado en la mente. Se toman tierras fiscales, para después facilitar la compra del Estado y la posterior adjudicación y escrituración. Los punteros que comandaron la toma deberían saber que un parque público no puede ser loteado, que de ahí los van a sacar. En el Conurbano las tierras tomadas son las que se van entregar, porque hay que pensar un poquito loco: una toma se dialoga con el Estado, no se hace de prepo. En el Conurbano, mientras la ocupación se hace, ya está bajando el Municipio al lugar, meten el trailer sanitario, llevan bolsas de morfi, y se empieza a censar. Después cae Viales o los Argentina Trabaja y hacen la nivelación del terreno, se va ordenando el quilombo. Una toma de tierras siempre va negociada, no es una lucha de clases. La base de todo eso es tomar un territorio tomable, porque sino va a haber goma. Como hubo. Porque te digo, acá en el conurba, yo me acuerdo de tomas mal hechas (pocas): una vez se quisieron meter a un terreno baldío de varias hectáreas perimetrado que rodeaba a unos monoblocks, y los sacaron cagando todos los vecinos. Era una 89

risa, los negros saltando la reja y no les daban las patas para correr, y lo vecinos (tan negros como ellos) los corrían de caño, tiraban al cielo al grito de vayan a laburar, hijos de puta. Lo veíamos por tele al gorrita que punterea para Filmus meta que Macri esto, Macri lo otro, y el puntero anciano me miraba y hacía gestos con la cara, parecidos a los que hacía Olmedo cuando frenaba el sketch y miraba a cámara, sacaba los dientes superiores para apretarlos contra el labio inferior y ampliaba los ojos para que se viera la mayor blancura del globo. Que la politiquería la haga Filmus, me decía, este pibe tiene que hablar de la toma, dar tranquilidad y hablar del acceso a la vivienda, contar como vive esa gente; este pibe es responsable por la gente y ya tiene tres muertos, no por los políticos. Pero eso lo están haciendo Canal 26 y Crónica, le digo y me dice sí, sí y nos reímos. “Si sos responsable político frente a la gente que llevás, tenés que saber también que Macri no usa toda la capacidad instalada del Estado, porque no quiere y porque no sabe. Y vos le tenés que cuidar el culo a tu gente.” Evaluación de costos políticos: Macri seguro, pero también el gobierno nacional, porque retrasó la entrada en escena para ver si podía sacarle jugo a las piedras, y en el interín hubo tres fiambres. Cristina venía bien con el pacto social, pero esto no ayuda. El gobierno nacional tiene más que perder que Macri, porque, aunque sea de un patetismo político lamentable, Macri se aferra discursivamente a ese 35% de electorado cautivo. Por eso Macri va a ganar las comunales, y porque después de 10 años de progresismo partidario gobernando, tiene hándicap para ir por 10 años propios. Pero el gobierno nacional demoró su entrada y garpó. Garpó, loco. Ahora se escucha alto chamuyo, oriundo de la factoría progre. A esta izquierda cultural que banca al gobierno, y lo hace mal, habrá que decirle que si quieren conspiraciones de alta gama que 90

vayan a ver Ghostwriter, la última de Polanski. Quieren vivir el sueño de los justos, y ahora están deprimidos porque palmó Néstor, porque Cristina “se derechizó”. Yo creo que Cristina hace bien en regalarles estatuitas de la Pirámide de Mayo para entretenerlos, de organizarles festivales con los fósiles musicales de la primavera alfonsinista y con esa mentira bienpensante del hermanismo latinoamericano que es Calle 13. Ellos necesitan mantener el reconocimiento neurótico y el ego en alto, y está muy bien. Yo prefería que no contraten a ninguno de esos muertos, y le pusieran una suculenta tarasca a McCartney. Macca en la 9 de Julio. Eso es nacanpopismo. Alto chamuyo para apelar al chingui-chingui de la

desestabilización, Duhalde. Y la verdad es que invocar este argumento de Duhalde (tenga o no verosimilitud) significa que estás cagado. Que se te escapó un poquito y lo tenés en el calzón. Es muestra de debilidad, imperdonable electoralmente. De miedo, de desconcertación. Es autismo velado, es atajo politiquero. Es apartase del timming que requiere una lectura callejera. El golpismo duhaldista es la vedette conceptual de la progresía, de los radicales; nosotros no, eh. Un gobierno peronista se la tiene que bancar, y no llorar porque le pegan. Que pasa, qué pasa, que está lleno de maricones el gobierno popular. Así no ayudan a Cristina. Lo imperdonable no es que Aníbal y Alak avalen la desmesura federica, lo imperdonable es que dos mazorqueros con palmarés y prontuario, dos tipos todoterreno, hablen de la conspiración duhaldista, del drama clientelar y de la xenofobia para despegar del quilombo al gobierno, con el mismo amateurismo que sólo puede encontrarse en el exangüe panel de 678. Este hecho los condena a la tacha de infamia: Aníbal está muy jugado, perdió tiempismo, está cansado, ya está. Con argumentos de llorón radical no, no se puede. Porque lloran. Una vez hubo inundaciones, sacaron a los funcionarios a la calle, a colaborar con la evacuación. Un radical, 91

un cuello duro que cortaba el bacalao en Ceremonial, no quería ir. Tenía miedo, decía. Tenía que subirse a un colectivo, junto con unos bultos de Prestopronta, unos packs de Villavicencio y unos ladrillos de falopa y asegurar la entrega en una escuela con evacuados. Era el mismo radicheta que en condiciones normales se subía al ego del cargo y montaba escenas de escabrosa comisaría política o de diva loca desenlechada. Y ahora lloraba y no quería subir al colectivo. Entonces se le acercaron un par de muchachos que lo fueron cuerpeando amablemente hasta un rincón del playón. El cuello duro se fue al piso rápido, cobró. Quizás de más, es cierto. Lo pateaban bastante en la cara, hasta que se hizo el mítico charco de sangre. Los muchachos le seguían dando, se reían, le decían tu jermu no te reconocía la pija, ahora tampoco te va a conocer la cara, y le hacían una cirugía estética a suelazos. Cuando me vieron a mí, pararon. ¿Querés venir a pegarle vos, Luciano? y esperaban que fuera. No, péguenle ustedes, les dije, y me fui. Los que ahora plantean el terror de Duhalde me hacen acordar a este llorón; y creo que muchos funcionarios y fans del gobierno, merecerían que los caguen a palo del mismo modo. Por el solo hecho de querer cagarse (ellos) en la gente. Por la falta de seriedad con la que hacen política. Pero paremos acá, que me revienta la casilla de mails. Amigos, familiares, kirchneristas militantes, y fanas de la política, blogueros peronistas, compañeros cuentapropistas:

escribite algo, Luciano. Escribí, hijo de puta. Veo mucha ansiedad en los mensajes: me explicás que mierda hace Cristina, murió Néstor ¿y ahora?, no cazo una, esto es un quilombo, ¿qué hago con la guita? ¿compro dólares o una cochera? ¿va a ser Cristina?, no le pueden dar la Federal a HV, gasté 63 pesos por un kilo y medio de milanesas de pollo y tres cuartos de carne picada, Macri es un desastre ¿va a ser Scioli?. La muchachada quiere saber, y es lógico que ya no encuentren respuestas confiables en la gran humareda del periodismo 92

oligarca, del progre y del nacanpopero. La gente quiere que le tiren la posta, que amaine el verso. Calma, compañeros. Y ese es uno de los problemas que deberá afrontar Cristina: cuando caduque el plazo de gracia, habrá que sostener los votos del peronismo con gestión. Cada error de la viuda, se va a cotizar en bolsa. Por eso, es necesario una purga ministerial y como dijo el morocho de oro de la blogósfera, que vengan los profesionales, sean de izquierda o de derecha. Tipos que se tomen la política en serio. Porque la calle está pesada, y en la volteada caen todos. Políticamente Cristina se enfrenta a una fase microquirúrgica: el kirchnerismo ya tiene ocho años. Ya es cada vez más difícil echarle la culpa de las cosas que pasan en el país al neoliberalismo, a Menem o a la dictadura. Y va a ser cada vez menos aceptable socialmente ese argumento, aún cuando sea verosímil. Y va a quedar al desnudo que si el kirchnerismo hizo cosas positivas desde 2003 hasta acá, esas cosas tampoco cambiaron de manera cualitativa la vida de mucha gente. Esto hay que aceptarlo con humildad, sería lo más inteligente a la hora de la propuesta peronista para el turno 2011- 2015. El kirchnerismo tiene sus miserias: las reparaciones fueron paliativos para que la olla a presión no estalle. El Plan Federal de viviendas, un paliativo. Lo demuestra ese negro que se tira en palomita del tren que pasa por el Parque haciéndole el salteo a la Gendarmería, y cuya plasticidad estética nos recuerda aquel gol de Aldo Pedro Poy en el nacional 71 o aquella más rústica de Luque en la transa peruana del ´78. La AUH, un paliativo. Son avances. Pero mientras sean paliativos, son facturables electoralmente. Tienen potencialidad regresiva a los ojos del pueblo. Y si esos ojos ven fragmentación laboral, ineficacia de la asistencia social que no permite una ciudadanía social de cierta estabilidad, eso en el tiempo, genera consensos complejos, brechas culturales irreductibles, bronca. Y 93

no va alcanzar con indignarse o “no estar de acuerdo”; porque es tan real que el que va a toma tierras está jugado y en el fondo de la tabla (y desde el 2003, nunca salió, eh), como que el que vive en un monobloc y cobra 3 lucas de sueldo no tiene porque bancarse (por tener “un poco más”) cualquier cosa. Además de hipócrita, pensar así hizo que a muchos países les fuera muy mal. Esos consensos complejos, van a crecer en el tiempo: y la política, más que cuestionarla, va a tener que actuar sobre esa realidad. Ayuden a Cristina: a los que usurpan cargos en nombre de la buena conciencia y el oportunismo, los que avivan el verso nacanpopista de pico, tengan honor y váyanse. Porque no da para más. Porque se necesitan tipos que hagan política en serio, en un momento serio. Porque el viaje de egresados se hace en la adolescencia.

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El oro que no reluce
(Sobre Menem y el Orden Democrático, 8/6/11)

“Fue un intento de golpe de estado y como tal ha sido tratado sin ninguna posibilidad de diálogo ni de parlamento. Se acabaron los carapintadas y toda esa payasada que tanto mal le hizo al país. Las sanciones serán lo más enérgicas posibles. Yo ya les había advertido a estos fascinerosos que ya no estaba Raúl Alfonsín, sino Carlos Menem, que es muy distinto.” (3 de diciembre de 1990) Hay que leer desde ahí para que los datos duros de la década kirchnerista se solidifiquen como algo más que la disputa cultural (la neurosis) entre elites ilustradas. Si hay algo que no está presente en esa disputa son los derivados de la AUH, y sí las teorías circulares que Heriberto Muraro presentaba sobre el paño en los ´70. Hay aspectos del debate político-intelectual que atrasan, que no tienen mucho que decirle al fin de una hegemonía que hay que enlazar con otra: nadie de la política puede pensar que los próximos diez años van a ser como los diez últimos. Ningún hombre político piensa eso ahora. Es ahí cuando el aspecto rupturista de la vulgata kirchnerista se debilita al no poder aceptar al menemismo como capítulo complejo de la conquista democrática. Pero esa idea de “a los ´90, ni justicia” no es de Cristina muñequeando desde Olivos, resguardando la inercia hasta octubre. Ese nunca va a ser el problema de un hombre político. El problema actual para algunas minorías culturales que quieren marcar agenda política es (además del paso del tiempo) que si no reinterpretan al menemismo, el kirchnerismo va a chocar la calesita de su propio “relato”, y lo que quede en la superficie será una cosmovisión frepasolanatista balbuceante, inofensiva y fuertemente estigmatizante 95

de lo que fue la relación entre el Estado y la economía desde 1989 hasta hoy. Y si esta larga etapa no puede ser leída (como dicen los compañeros Santiago Llach y Carlos Corach) como una constelación realista de continuidades entre menemismo y kirchnerismo para fraguar el orden democrático al estilo peronista según los reclamos de cada época, difícilmente se pueda leer el pedido social para la década entrante. Menem, el padre realpolítico de la democracia, el que mató al partido militar, el que se bancó una hiperinflación y un par de corridas cambiarias con paz social, el que para una mayoría popular fue la representación de la estabilidad económica en un país que no podía ponerle el ancla al poder adquisitivo (un no país). Menem cerró (y los efectos sociales habrá que juzgarlos secundariamente) dos frentes que habían hundido cualquier básica noción comunitaria: el hiperinflacionario y el militar. No se trata de un panegírico, sino de no convalidar la historia oficial que vive fustigando la forma peronista de conducir el Estado. A little respect to Carlos, y a los que gestaron hegemonías populares con los márgenes que los predominios económicos mundiales permitían (¿cuándo fue de otra manera?). Menem y Kirchner hicieron lo mismo: reconstruir poder político para forjar el decisionismo estatal, y templar la economía. Ofrecer un bálsamo económico para una mayoría silenciosa, en épocas económicas diferentes. Derrame, distribución del ingreso, llamalo como quieras, no tengo prejuicios gramaticales. Dice mi amigo Gonzalo: esa mayoría silenciosa procesó y digirió la década menemista hace mucho. Y yo agrego: y de modo mucho menos traumático que minorías que siguen cacareando y a las que no les fue (económica y editorialmente hablando) tan mal en esa “década infame”. Y hay algo más: para el peronismo militante juvenil, repensar el menemismo es la condición de supervivencia de una postura política peronista que en esta década se identificó con Kirchner, y 96

que quiera trascender autónomamente cuando en las boletas el apellido Kirchner ya no figure. Por eso muchos militantes rasos de La Cámpora o la JP Evita se hacen la pregunta por Menem: ¿qué hacemos con el Turco? Hay una percepción que flota: que hay una cantata deshilachada que ya no puede explicar la década política que arranca el 10 de diciembre de 2011, ni se acomoda a las nacientes expectativas mayoritarias, y que ya no es un relato práctico para la pragmática peronista que se viene. La pregunta por Menem ordena, acomoda. Con una década kirchnerista en el lomo, ya hay cosas que con el melodrama neoliberal no se pueden explicar, porque lamentablemente la sociedad no se conmueve tanto con la historia oficial: no es ni bueno ni malo, es tan sólo la realidad sobre la que el peronismo deberá actuar para constituir una hegemonía eficaz, y que en honor a los tremendos términos del intercambio, le va a pedir a los políticos algo que ni Menem ni Kirchner pudieron lograr: que el grifo estatal y el modelo económico abastezcan al pobrerío nacional y al monotributismo precarizado, en una etapa de angostamiento distributivo. Ampliar capacidad instalada para aumentar la inversión, aunque suene un poco menemista. Hay algo peor que hacerle el juego a la derecha: hacerle el juego al óxido frepaso-lanatista. Hay un momento en el que el militante peronista-kirchnerista debe dejar de sentir culpa (porque la mayoría silenciosa que avaló los dos peronismos, nunca la sintió): cuando progresista o derechamente comparan a Kirchner con Menem. Políticos profesionales como Pichetto o Aníbal F. han preferido una desprejuiciada objetividad: Menem es un hombre de Estado. Punto. Habrá que prescindir de cierto folklore avejentado: dejar de decir Méndez, M***m, dejar de hablar de “genocidio económico” o de menemato (como si no hubiera habido consenso democrático), habrá que decir que Pizza con champán fue un librito tremendamente gorila y racista, habrá que reconocer que Menem permitió que se hicieran los juicios por apropiación de bebés, que la masa técnica cavallista 97

sirvió

como

amortiguador que minaban

(para) la

estatal básica

contra

los

corporativismos

más

capacidad

administrativa de un Estado exangüe y que al menos pudo empezar a cobrar impuestos para no ponerse la economía de gorro, que hubo un consejo nacional de la mujer montonero que funcionaba bien, que Menem y Kirchner le dieron estabilidad a la economía. Que Menem terminó con el golpe de estado, y Kirchner con el de mercado. ¿Con qué va a terminar el peronismo en este nuevo ciclo?

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El tercer movimiento histórico es un sueño eterno
Revisaba en el galpón el armario de libros viejos: una pila con los del boom, y en el fondo, noventismo puro: la bibliografía periodística del setentismo (el Santucho de Seoane, Andersen, Gillespie, Caparrós-Anguita y otros colosos) que vino a inundar un consumo para una clientela ávida que leíamos para saber de que se trató y a la vez en refracción al menemismo imperante. En el último estante de abajo, un ejemplar suelto de la revista Movimiento, y entonces, recordé… Desde los noventa hasta acá, la izquierda peronista ha estabilizado bibliográficamente su relato de los ´70 con una visión retrospectiva del peronismo que sin embargo no se cierra con la etapa de la dictadura, sino que ambicionó hacer reverberar sus sentidos hasta los largos días democráticos que hoy transitamos. Esta intención no tendría otra relevancia que la histórica, si no hubiera implicado también una forma de pensar la política que se hacía y se haría en democracia. Y sí, los que se fueron al exilio y volvieron en los ochenta se horrorizaron con el peronismo que quedaba, firmaron el por qué nos vamos, renegaron de la carcaza aparatista, se retiraron, hicieron el frepaso, algunos volvieron con el kirchnerismo, otros no volvieron, todos quedaron anclados en lo que los ´70 debían seguir siendo para explicar el relato que sostenía la existencia o sólo acaso el plato del que eligieron comer. Borbotones de libros: la M, el Pepe, el Pelado, Mugica, la Gaby, el Tío, la historia del peronismo. Es decir, el gran relato de la izquierda peronista en democracia impuso condiciones de interpretación muy fuertes de los setenta, y del propio peronismo democrático residual. La bibliografía periodística ayudó a consolidar no sólo una memoria del horror, sino (y esto es lo que me interesa resaltar en un plano de lectura política ahora) un diagnóstico mortal sobre el peronismo que volvía después del ´83 que hace que aún hoy no 99

se pueda tolerar (entre las corrientes filoperonistas que trafican por el carril izquierdo) la denominación de partido del orden que tan bien le cabe al peronismo que gobierna en distintas direcciones desde la posdictadura, pero que lo hace desde un consenso: el peronismo es un movimiento conservador (defensivista) de los puentes que evitan ampliar los grados de separación entre lo estatal y lo popular. Un ejemplo: JPF no puede explicar la actualidad política del país bajo las categorías derecha/izquierda peronista. No va, loco. Atrasás treinta años. Y la paradoja del kirchnerismo es precisamente que al momento de la reivindicación generacional pendiente (y que Kirchner hace) se inicia un ciclo de paulatina sepultura argumental, un desgaste progresivo de aquel gran relato que ya no sirve ni siquiera para seriar los hechos de una época. Por eso el libro del Tata Yofre se vende a morir, aunque no sea la versión justiciera (no la hay) que entierra al bonassismo. Hay un debate de los ´70 (que será para historiadores, no para los políticos, pero…) que se va a ver más adelante, y del que el nivel de venta de El Escarmiento es un emergente oblicuo y de ninguna manera el más interesante, pero nos susurra algo. Gritos, susurros, y silencios: falta el libro de la jotapé Lealtad. Nadie ha escrito ese libro de investigación, aunque en los círculos políticos funciona la radio bemba que narra los filamentos de aquella historia. La jp Lealtad es una piedra en el zapato que el feinmann-bonassismo no se banca, no tanto por la huella histórica de fractura, sino por la cosmovisión política que tuvieron del peronismo democrático de 1983: todo lo que tuviese que pasar iba a pasar dentro del partido justicialista, de una vez y para siempre. Peronismo como partido del orden, como disputa del poder, como lazo popular posible y genuino frente a un gran relato que nunca dejó de basarse en una derrota política inapelable. Por eso la idea del Perón malo que vuelve y nos miente debe morir, porque una historia del peronismo que le dedica el 70% del texto a narrar el ´73 no puede ser otra cosa que la sesión terapéutica que no fue. No podemos hacer una lectura 100

política desde la neurosis de JPF. Pero lo más perturbador es que los cuadros más calificados de jp lealtad han cultivado el silencio. Un silencio lacerante frente a la vociferación ampulosa de los que se acomodan en el diván y tapian la discusión tirando a la triple A como comodín argumental a cada rato. Yo creo que el silencio frente a una época que asumen tipos y minas que padecieron la persecución y la pérdida es algo para comprender y aprehender. Los cuadros de jp lealtad podrían haber elegido autojustificarse, blandir inocencia, llorar frente a la cámara en Cazadores de Utopías. Pero eligieron no hacerlo, y esa es una decisión política basada en una muy fuerte lectura de época, hay que tener mucho huevo para hacerlo. Esto permite rastrear y reconocer con mucha elocuencia las numerosas y complejas fases de las que se nutre y atraviesa la izquierda peronista antes del monopolio montonero. No es casual que muchos de esos cuadros se hayan peronizado con la experiencia silvestre de la segunda resistencia a finales de los ´60. Hubo vida antes de la M. El dilema del ´83 era: ir al barro o balconear. Gestión o solicitada. Algunos se lamentaban porque la bolsa de comida reemplazaba como instrumental político al debate de ideas; ahora había que lidiar con la negrada sin respaldo épico y como no se lo bancaron, dijeron que eso no era el peronismo. Nacía el término pejotismo como lápida, pero no pudieron saldar esa pretensión con la realidad. Algo que ni siquiera es saldable con la llegada del kirchnerismo, y que quedó muy claro en estos años (quizás porque Néstor y Cristina también fueron Lealtad y como correspondía, isabelistas en los primeros ochenta ¿se acuerdan?). Los lealtosos, en cambio, asumieron una perspectiva más organizacional que no podía corporizarse sino en lo que se ofreciera como peronismo orgánico en cada etapa que la democracia deparase, para bien o para mal. Los grandes relatores de la izquierda peronista se hicieron intelectuales, los lealtosos siguieron siendo políticos. Redención, en los libros, para los políticos. Los intelectuales ya la tuvieron.

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Otros libros del #CEC
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Obras públicas de Luciano Chiconi
se terminó de diseñar en mayo del 2012. Su circulación es libre y gratuita. Todos los derechos pertenecen al autor.
Foto y diseño de página: Justina San Martín Diseño de logo: Florencia Valdés Mavrakis

www.elcec.com.ar Buenos Aires, Argentina. 2012.

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