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El informe de la CVR y los partidos políticos en el Perú

El informe de la CVR y los partidos políticos en el Perú

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En este texto planteo una evaluación de la actuación de los partidos políticos durante los años del conflicto armado interno, y desprendo de ella algunas tareas pendientes; tomo como punto de partida el informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), documento de lectura imprescindible para encarar éste y muchos otros temas fundamentales para el país. Sostengo que el informe de la CVR deja ver marcas de su origen político, una de las cuales hace que quede pendiente una evaluación más a fondo de la actuación de la izquierda, y de sus ambigüedades respecto a la democracia representativa; y otra es que realiza una evaluación unilateral del fujimorismo, que tiene como consecuencia que no se aborde con la complejidad suficiente el dilema entre ineficacia y autoritarismo que puso sobre el tapete la experiencia de la década de los años noventa. De otro lado, sobre la base de la evaluación de los gobiernos de Acción Popular y del APRA, sostengo que para los partidos políticos la conducción política y civil de los temas de seguridad y defensa sigue siendo una gran tarea pendiente. Planteo también que parte de la inacción de los gobiernos y de la sociedad civil frente al drama de la violencia se explica no tanto por la indiferencia y el racismo o la exclusión social, si no por problemas de marginalidad y de la privatización de los conflictos en el área rural. Esto hace que los desafíos para los actores políticos sean más complejos, en tanto no enfrentan incentivos para enfrentar estos problemas; hacerlo requiere de un gran compromiso político entre todos los partidos.
En este texto planteo una evaluación de la actuación de los partidos políticos durante los años del conflicto armado interno, y desprendo de ella algunas tareas pendientes; tomo como punto de partida el informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), documento de lectura imprescindible para encarar éste y muchos otros temas fundamentales para el país. Sostengo que el informe de la CVR deja ver marcas de su origen político, una de las cuales hace que quede pendiente una evaluación más a fondo de la actuación de la izquierda, y de sus ambigüedades respecto a la democracia representativa; y otra es que realiza una evaluación unilateral del fujimorismo, que tiene como consecuencia que no se aborde con la complejidad suficiente el dilema entre ineficacia y autoritarismo que puso sobre el tapete la experiencia de la década de los años noventa. De otro lado, sobre la base de la evaluación de los gobiernos de Acción Popular y del APRA, sostengo que para los partidos políticos la conducción política y civil de los temas de seguridad y defensa sigue siendo una gran tarea pendiente. Planteo también que parte de la inacción de los gobiernos y de la sociedad civil frente al drama de la violencia se explica no tanto por la indiferencia y el racismo o la exclusión social, si no por problemas de marginalidad y de la privatización de los conflictos en el área rural. Esto hace que los desafíos para los actores políticos sean más complejos, en tanto no enfrentan incentivos para enfrentar estos problemas; hacerlo requiere de un gran compromiso político entre todos los partidos.

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El informe de la CVR y los partidos políticos en el Perú1 Martín Tanaka2 Instituto de Estudios Peruanos Febrero de 2006 Resumen En este

texto planteo una evaluación de la actuación de los partidos políticos durante los años del conflicto armado interno, y desprendo de ella algunas tareas pendientes; tomo como punto de partida el informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), documento de lectura imprescindible para encarar éste y muchos otros temas fundamentales para el país. Sostengo que el informe de la CVR deja ver marcas de su origen político, una de las cuales hace que quede pendiente una evaluación más a fondo de la actuación de la izquierda, y de sus ambigüedades respecto a la democracia representativa; y otra es que realiza una evaluación unilateral del fujimorismo, que tiene como consecuencia que no se aborde con la complejidad suficiente el dilema entre ineficacia y autoritarismo que puso sobre el tapete la experiencia de la década de los años noventa. De otro lado, sobre la base de la evaluación de los gobiernos de Acción Popular y del APRA, sostengo que para los partidos políticos la conducción política y civil de los temas de seguridad y defensa sigue siendo una gran tarea pendiente. Planteo también que parte de la inacción de los gobiernos y de la sociedad civil frente al drama de la violencia se explica no tanto por la indiferencia y el racismo o la exclusión social, si no por problemas de marginalidad y de la privatización de los conflictos en el área rural. Esto hace que los desafíos para los actores políticos sean más

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Una versión preliminar de este trabajo fue presentada en el taller “Democracia, ciudadanía y partidos políticos”, organizado por Carlos Iván Degregori en el Instituto de Estudios Peruanos, en septiembre de 2004. Agradezco mucho los comentarios recibidos en esa reunión, en la que participaron, entre otros, Alberto Adrianzén, Lourdes Alcorta, Walter Alejos, Enrique Bernales, Rolando Breña, Milagros Campos, Luis Enrique Gálvez, Romeo Grompone, Jaime Joseph, Alberto Moreno, Hugo Neira, Javier Tantaleán, Carlos Roca, Cynthia Sanborn, Richard Stoddart, Carlos Tapia, Eduardo Toche y Susana Villarán. El texto fue también presentado como conferencia en el VI Congreso Nacional de Sociología, en Huancayo, Noviembre de 2004; y en el seminario “Desarrollo y conflicto: el pensamiento de Albert Hirschman”, organizado por el Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la Universidad Nacional de Colombia, el London School of Economics (LSE), y el Social Science Research Council (SSRC), en Bogotá, en noviembre de 2005. Agradezco especialmente los comentarios por escrito que me hicieron llegar en distintos momentos Rolando Ames, Víctor Caballero, Ricardo Caro, Carlos Iván Degregori, Charles Kenney, Carlos Meléndez, Félix Reátegui, Guillermo Rochabrún, Marisa Remy, Silvio Rendón, José Luis Rénique, Kimberly Theidon y Rosemary Thorp. Obviamente, las limitaciones del trabajo son totalmente de mi responsabilidad. 2 Martín Tanaka es Doctor en Ciencia Política y Maestro en Ciencias Sociales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) sede México; y Licenciado en Sociología por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Actualmente es Director General del Instituto de Estudios Peruanos y profesor del Departamento de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Recientemente ha tenido una estancia de investigación postdoctoral en el Helen Kellogg Institute for International Studies de la Universidad de Notre Dame, Indiana. E-mail: mtanaka@iep.org.pe

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complejos, en tanto no enfrentan incentivos para enfrentar estos problemas; hacerlo requiere de un gran compromiso político entre todos los partidos. Introducción ¿Cómo evaluar la actuación de los partidos políticos durante los años del conflicto armado interno? ¿Cómo, partiendo de esa evaluación, podemos extraer conclusiones útiles para el futuro, para que los errores no se repitan, para que avancemos hacia la construcción de una sociedad más integrada, democrática, con mayor ejercicio de los derechos de todos los ciudadanos, particularmente de los más afectados por el conflicto (quechuahablantes, campesinos, de escasos niveles educativos, habitantes de zonas rurales), vale decir, más reconciliada con ella misma? Para empezar, necesitamos reconstruir los hechos con objetividad; luego, necesitamos construir criterios para evaluarlos con justicia, analizando el papel desempeñado por los actores y protagonistas que tuvieron los mayores grados de responsabilidad, desde los varios ángulos implicados en los acontecimientos: éticos, políticos y penales. Son pasos necesarios para que un ejercicio de análisis sobre sucesos tan penosos puedan ser útiles para el futuro. Como es obvio, se trata de una tarea extremadamente difícil, por la pasión y las emociones que despierta el tema en cuestión, así como por los intereses en juego. Además, al ocuparnos aquí del papel desempeñado por los partidos políticos, es fácil caer en la cómoda posición de sumarse al “cargamontón” en su contra, sumarse a las retóricas antipartido y antipolíticas, y culparlos de todo lo malo que sucedió, gozando además hoy de un conocimiento sobre la dinámica del conflicto que obviamente los actores no tenían en su momento3. En realidad, un examen desapasionado de los hechos nos muestra que hubo un conjunto de circunstancias y contextos que ayudan a entender por qué las cosas ocurrieron de la manera en que ocurrieron y no de otras más deseables, muestran a actores atrapados en dilemas sin soluciones aparentes. Sin embargo, los errores fueron errores, y los crímenes fueron crímenes, por más que podamos encontrar circunstancias que los expliquen, y deben ser señalados como tales. Vistas las cosas desde hoy, en cuanto a las acciones que tomaron los actores políticos y estatales para combatir la subversión, encontramos que hubo acciones positivas y negativas. Respecto a las primeras, hubo acciones positivas que no fueron percibidas en su momento como tales, por lo que corresponde una reivindicación; hubo también acciones que parecieron o consideramos buenas, pero que, o se demostraron impracticables, o se atribuyeron a protagonistas equivocados, por lo que corresponde hacer son aclaraciones. Del lado de las acciones negativas, algunas de ellas se pueden entender por falta de información o ausencia de herramientas para enfrentar los problemas, por lo que se impone señalarlas como errores comprensibles, y asumirlas de manera autocrítica por quien corresponda; otras acciones negativas estuvieron reñidas o contravinieron principios democráticos básicos, pero se explican porque fueron pensadas como iniciativas útiles para la derrota del terrorismo; acá corresponde señalarlas como errores merecedores de sanción, aunque tengan circunstancias atenuantes, y pensar en cómo evitar que este tipo de situaciones vuelvan a presentarse en el futuro;
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Ver Tanaka, 2003.

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finalmente, hay acciones negativas y contraproducentes incluso para los propios fines de la derrota de la subversión, que merecen condena y sanción penal, como violaciones generalizadas a los derechos humanos, que la CVR señala que existieron en algunos momentos y en algunas zonas del país. En este cuadro, considero que cada organización política tiene como tarea asumir de manera autocrítica las responsabilidades éticas y políticas que le correspondan y desarrollar iniciativas para evitar que estos sucesos vuelvan a ocurrir, y avanzar hacia mayores niveles de ciudadanía y democracia. Espero que estas líneas puedan aportar en esa dirección. Este texto evalúa la actuación de los actores políticos durante los años del conflicto armado interno y señala algunas tareas pendientes, partiendo del informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, que considero un documento fundamental para conocer lo que sucedió durante los años materia de su investigación (1980-2000), para comprender por qué ocurrieron los hechos de la manera en que ocurrieron, para evaluarlos ética, política y penalmente, y para pensar en iniciativas para evitar que esos sucesos se repitan y avanzar hacia la construcción de un país más justo y reconciliado, más allá de los inevitables límites y vacíos propios de una tarea tan ardua. Me felicito de que por fin esté llegando la hora de discutir con rigor el informe de la CVR, que en muchos aspectos, tengo la impresión, no ha sido leído ni comprendido cabalmente no sólo por muchos de sus detractores, sino también por muchos de sus defensores. Las “marcas de origen” de la CVR y la evaluación de la izquierda y del fujimorismo Empiezo por evaluar la actuación de los partidos de izquierda y del fujimorismo. Mi tesis en esta sección es que el informe de la CVR respecto a estos actores no logra desprenderse del todo de algunas de las “marcas” de su conformación: esto es, la conformación de la comisión con varios miembros clave provenientes de la izquierda, que a su vez evidencia la ausencia dentro de ésta de un balance a fondo de sus conflictivas relaciones con la democracia representativa; y de otro lado, la marca de la formación de la comisión en el marco de gobiernos que se definieron en la oposición al fujimorismo, lo que dificultó una mejor evaluación tanto de éste como del dilema entre ineficacia y autoritarismo que expresó. Empiezo por la evaluación de la actuación de la izquierda. Si bien la izquierda no tuvo responsabilidad en el poder ejecutivo como AP, parcialmente el PPC, el APRA y el fujimorismo, sí fue un actor fundamental, en su calidad de segunda fuerza política nacional entre 1983 y 1989, y su actuación es crucial para entender el funcionamiento del conjunto del sistema político. En términos generales, coincido en lo fundamental con el capítulo sobre la izquierda del informe final de la CVR, aunque considero que resulta insuficiente4. En ese capítulo se señala claramente lo que a mi juicio es lo más
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La izquierda es analizada fundamentalmente en la sección segunda, “Los actores del conflicto”, en el tomo III, capítulo 2, “Los actores políticos e institucionales”, apartado 4, “Los partidos de izquierda”, p. 118-144. Ver también por supuesto las Conclusiones generales”, al final del tomo VIII, p. 245-266. Las conclusiones sobre la izquierda van de la 105 a la 113. Una indicación indirecta de los límites de la evaluación de la CVR sobre la izquierda es que el capítulo pertinente no aparece en el resumen impreso del informe final, Hatun Willakuy: versión abreviada del Informe Final de la Comisión de la

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importante que se tiene que evaluar de la izquierda, que es su ambigüedad frente a las reglas de juego de la democracia representativa, que se expresó dramáticamente en su ambigüedad respecto a cómo considerar a las fuerzas del orden, y también su ambigüedad frente a las organizaciones alzadas en armas. Si bien la IU como frente político respetó en la práctica las reglas de juego democrático, los principales partidos que la conformaban estuvieron en realidad sometidos a grandes tensiones, y partes importantes de ellos consideraron a Sendero Luminoso o al MRTA aliados potenciales, parte del “campo popular”, nunca descartaron por principio un camino insurreccional, y buscaron construir espacios alternativos a los de la democracia representativa (como por ejemplo la “Asamblea Nacional Popular”). Concretamente, la CVR analiza la tentación del camino insurreccional en el Partido Unificado Mariateguista (PUM), el Partido Comunista del Perú – Patria Roja, y el Partido Comunista Peruano. Por ejemplo, la CVR menciona cómo “(…) en ese departamento [Puno] el PUM estableció la avanzada de su propuesta, cada vez más radicalizada y orientada hacia una acción armada”5, también cómo “el PUM emergió dispuesto a disputar con el PCP-SL el control del sur andino mediante la constitución de organismos de autodefensa y otras medidas de preparación militar”6; se menciona también el debate interno entre “zorros” y “libios” de ese partido, expresivo de la tensión entre un ala “reformista” y un ala “militarista”7. La CVR menciona también en otras partes del informe cómo sectores del PCP y del PUM terminaron integrándose a organizaciones como la UDP y Pueblo en Marcha, y finalmente al MRTA y Sendero Luminoso8. Sin embargo, considero que el análisis de la CVR sobre la izquierda resulta insuficiente, y que no aborda aspectos centrales de las ambigüedades mencionadas y sus consecuencias. Empiezo con una que me parece muy importante: la ambigüedad y la relación instrumental que tuvo la izquierda con otras organizaciones y espacios, como son las organizaciones sociales, las ONGs, los organismos de derechos humanos y la academia, y cómo en la práctica la autonomía de cada uno de ellos desaparecía y hacía que se perdiera la naturaleza y objetivos propios de éstos, terminando siendo extensión de los intereses y estrategias partidarias. Esto tuvo varias consecuencias, una de las más graves es que la ambigüedad de los partidos de izquierda respecto a la democracia y la violencia se expresara también en esas
Verdad y Reconciliación del Perú. Comisión de entrega de la CVR, Lima, febrero 2004. Se trata de una omisión demasiado importante como para dejarla de mencionar. 5 Tomo III, capítulo 2, apartado 4, “Los partidos de izquierda”, p. 136. 6 Tomado de otra parte importante para evaluar la actuación de la izquierda: ver la sección tercera, “Los escenarios de la violencia”, el tomo V, capítulo 2, “Historias representativas de la violencia”, apartado 17, “El PCP-SL y la batalla por Puno”, p. 373. Este apartado fue escrito por José Luis Rénique, y su análisis está más desarrollado en en Rénique, 2004. 7 Sobre ese tema en particular ver Gonzales, 1999. Una omisión que considero importante en el informe de la CVR es que no se analiza propiamente la propuesta de la “trenza” de Ricardo Letts, de junio de 1988 (salvo tangencialmente en el acápite sobre “La batalla por Puno”), en la que se proponía públicamente una alianza entre los “partidos revolucionarios de izquierda”, las organizaciones sociales, y las organizaciones alzadas en armas, propuesta elocuente de las ambigüedades de la izquierda. 8 Ver Tomo III, capítulo 3, “Las organizaciones sociales”, apartado 6, “Las universidades”.

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organizaciones y espacios, lo que por ejemplo, hizo que la academia bajara de nivel por estar excesivamente ideologizada, que muchas ONGs no hicieran bien su trabajo de promoción del desarrollo, y que pudieran desarrollarse lecturas signadas por una profunda desconfianza ante la actuación de líderes sociales y organismos de derechos humanos, vistos como “cercanos” a ciertos partidos con alas insurreccionales, lo que dificultó la acción de aquéllos. Véase por ejemplo los casos de los asesinatos de Angel Escobar y Porfirio Suni9. Escobar fue subsecretario general de la Federación Provincial de las Comunidades Campesinas de Huancavelica, colaborador de la Asociación Pro Derechos Humanos (APRODEH), y militante de Izquierda Unida, y fue desaparecido en 1990, presumiblemente por agentes del Estado. Escobar combinaba la dirigencia social, el activismo en derechos humanos y la militancia política, y la mezcla de planos, a mi juicio, lo ponía a él, y a personas como él, en una situación de vulnerabilidad extrema, porque terminaba asumiendo los costos de las decisiones políticas de su partido, a pesar de ser un activista social. Otro caso examinado por la CVR es el asesinato de Porfirio Suni en 1991, dirigente de la Federación Unitaria de Campesinos de Aricoma (FUCA), militante del PUM, diputado regional de la Región José Carlos Mariátegui, torturado por la policía y luego asesinado por Sendero Luminoso. Nuevamente, la diversidad de planos (social y político) en el que se movía lo hacía “sospechoso” de agentes represivos del Estado, pero también lo hacía blanco por “revisionista” para Sendero Luminoso, sin contar con el apoyo o respaldo de nadie capaz de velar efectivamente por su seguridad. El caso de Suni nos lleva a otro tema fundamental, que ilustra dramáticamente las consecuencias de las ambigüedades de la izquierda, que me parece requiere mayor análisis, por las repercusiones que tiene también para el momento presente. Me refiero a la relación de la izquierda con las Fuerzas Armadas y Policiales, y la búsqueda de una “tercera vía”, alternativa tanto al terrorismo como a las fuerzas del orden. Se trata de un tema que está implícito en diversas partes del informe final, pero que no se aborda propiamente en ninguna de ellas. Los casos de Suni, pero también los dilemas de Romeo Paca, presidente de la región José Carlos Mariátegui, que lo llevaron a alejarse del PUM10, así como el caso del asesinato de María Elena Moyano, militante del MAS y teniente alcalde de Villa el Salvador, dirigenta de la Federación Popular de Mujeres de Villa el Salvador, (FEPOMUVES)11, ilustran fatalmente lo inviable que resultaba la “tercera vía”. Tanto Paca como Moyano se enfrentaron a la posibilidad de establecer formas de colaboración con la policía y las Fuerzas Armadas para enfrentar a Sendero, pero la postura ideológica de que las fuerzas del orden eran parte del “Estado burgués” que finalmente era cuestionado, impidieron seguir ese camino. Nuevamente, estos líderes quedaron inermes, vistos con desconfianza por ambos actores armados, sin ser amparados por la supuesta tercera vía, por lo que su situación era extremadamente vulnerable.
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Ver la sección cuarta, “Los crímenes y violaciones de los derechos humanos”, tomo VII, capítulo 2, “Los casos investigados por la Comisión de la Verdad y Reconciliación”, apartado 42, “La desaparición de Angel Escobar Jurado”, p. 281-289; y el aparatado 50, “El asesinato de Porfirio Suni”, p. 352-359”. 10 Ver el aparato sobre “La batalla por Puno”, loc. cit. 11 Ver el apartado “La batalla por las barriadas de Lima”, en la sección tercera, “Los escenarios de la violencia”, tomo V, capítulo 2 (“Historias representativas de la violencia”), acápite 16, p.327-350.

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A la izquierda le tomó tiempo desembarazarse de sus esquemas insurreccionales y asumir las institucionalidad democrática como parte de su identidad; acá es manifiesta la ceguera de la izquierda peruana y sus dificultades de aprendizaje, tomando en cuenta que otras izquierdas de América Latina sí asumieron la democracia como parte esencial de su definición política en todo el cono sur a lo largo de la década de los años ochenta, pero sobre todo considerando lo que sucedía en el campo, con las rondas campesinas y los comités de autodefensa, organizaciones en las que la izquierda declaraba tener hegemonía. Lo que permitió la derrota de Sendero y mayores niveles de seguridad para las poblaciones rurales fue la asociación entre esas organizaciones y las fuerzas del orden12; sin embargo, muchos grupos y líderes de izquierda jugaron con la pretendida tercera vía hasta tan tarde como 1992 (!). Pensando en el momento actual, resulta imprescindible contar con un balance y una autocrítica de la izquierda respecto a esas posiciones, y qué postura tienen ahora sus partidos respecto a las fuerzas del orden, así su grado de lealtad frente a las instituciones y reglas de la democracia representativa. Por ejemplo, ¿hasta qué punto las propuestas de modelos “participativos” o “directos” de la democracia, que enarbolan varios grupos de izquierda, siguen expresando de otras maneras la ambigüedad de la que hablamos? Este tipo de propuestas pueden conducir a esquemas autoritarios, como muestran elocuentemente los casos actuales de Cuba y Venezuela. A mi juicio, el silencio de la izquierda sobre estos temas hasta el momento ha sido ominoso. Hasta el momento, si bien los partidos de izquierda respaldan en términos generales el informe de la CVR, enfatizan aspectos parciales de éste, que coinciden con sus plataformas, y no han realizado una autocrítica a fondo. Una muestra de esto son los testimonios ofrecidos por Henry Pease y Javier Diez Canseco en las audiencias públicas de la CVR, realmente decepcionantes13; ninguno de los dos examinó a fondo la participación de la izquierda durante los años del conflicto armado interno, sus ambigüedades frente a la violencia y la democracia representativa14. ¿Por qué estas insuficiencias en el informe final de la CVR sobre la izquierda? Sostengo que la CVR expresa la falta, dentro de la izquierda, de un balance autocrítico y descarnado de su actuación durante los años del conflicto15. Es un tema pendiente, necesario de abordar para que la izquierda pueda nuevamente constituirse en un actor político creíble de arraigo popular hacia el futuro.

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Ver Degregori et.al., 1996, texto que inspira en gran medida el análisis de la CVR sobre el tema. 13 Ver en sección de anexos, el anexo 11, “Sesiones de balance y perspectivas”, “Líderes de izquierda”, p. 11-26. 14 Viendo las cosas de manera retrospectiva, considero que cabe una reivindicación: dentro de la izquierda, quien desde muy temprano mostró claridad sobre la necesidad de deslindar con las organizaciones terroristas y sobre el considerar a las fuerzas del orden como efectivamente garantes del orden, en contextos muy difíciles, fue Alfonso Barrantes. Aunque personalmente tengo una muy mala evaluación de la actuación de Barrantes en otros aspectos de la actuación de la izquierda, creo que debe reconocerse que en este asunto merece una reivindicación. 15 Algunas evaluaciones, todas parciales, de la actuación de la izquierda pueden verse en Gonzales, 1999; Herrera, 2002; Tanaka, 2002, entre otros.

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 Pasemos ahora a evaluar la actuación del fujimorismo, y cómo ha sido caracterizada por la CVR16. Sostengo que aquí encontramos nuevamente otra marca del origen de la Comisión: el contexto de la formación de la comisión en el marco de gobiernos que se definieron por su oposición al fujimorismo. Es decir, el contexto es uno claramente claramente crítico con éste, en medio de investigaciones de numerosas denuncias de casos de corrupción y violaciones a los derechos humanos, contexto en el que proliferaron lecturas del fujimorismo como “Estado mafioso” (Pease, 2003, Dammert, 2001), o régimen de “camarilla” (Grompone, 2000) o simplemente “dictatorial”. Todo esto ha dificultado una mirada desapasionada. La CVR es extremadamente cuidadosa en el uso de términos a lo largo de todo el informe, y trata de ser por lo general aséptica, por ejemplo cuando utiliza términos como “conflicto armado interno” y evitar hablar de “violencia política”, o habla del PCP SL como “partido”, y evita términos como “organización terrorista” o “delincuentes subversivos”. Se trata de una estrategia que considero correcta, pero no se sigue cuando la CVR se refiere al fujimorismo como “camarilla” o “dictadura” en varias ocasiones para dar cuenta del periodo posterior a 1992. Ello es claramente, a mi juicio, una inexactitud, que lo que hace es quitarle fuerza persuasiva a sus propios argumentos, que considero básicamente correctos. En todo caso, ese tipo de argumentación puede ajustarse al análisis de los aspectos estrictamente criminales del fujimorismo, pero éste también tuvo otras facetas, que deben ser tomadas en cuenta. El fujimorismo fue en efecto una dictadura, pero sólo entre abril de 1992 y julio de 1995, con un periodo de transición marcado por el Congreso Constituyente Democrático. Pero en 1995 hubo elecciones legítimas, en las que participaron todos los actores políticos fundamentales. Para el periodo 1995-2000 se puede discutir cuál es la caracterización más adecuada, pero considero claramente exagerado hablar de “dictadura”17; durante este periodo, el gobierno actuó de manera claramente autoritaria, pero las reglas del régimen no fueron autoritarias: de hecho, la oposición las utilizó para cuestionar al gobierno (como en el referéndum en contra de la reelección, por ejemplo), y repetidamente acusó al fujimorismo de violar la Constitución para perpetuarse en el poder. Esto no es solamente una exquisitez académica, tiene por ejemplo consecuencias para el debate constitucional actual: una cosa es hablar de la Constitución de una dictadura, que correspondería eliminar y sustituir, y otra diferente es hablar de una Constitución que marcó el final de una etapa dictatorial, y que terminó siendo aceptada por todos los actores, a pesar de que arrastra algunos legados de ese momento de origen, que deben ser modificados. Otro asunto que muestra una imprecisión importante, y que está marcada por el contexto del origen de la CVR es cuando el informe final caracteriza al fujimorismo como marcado por el poder y la influencia de
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Ver “La década del noventa y los dos gobiernos de Alberto Fujimori”, en el tomo III. Es el apartado 3 del capítulo 2, “Los actores políticos e institucionales”, de la sección segunda, “Los actores del conflicto”. 17 Yo he utilizado la de “autoritarismo competitivo”, en Tanaka, 2006. Allí sostengo que se trató de un régimen democrático en lo formal, pero que funcionaba como un régimen autoritario, básicamente por los bajos niveles de competencia política, de una manera similar al régimen de Hugo Chávez en Venezuela.

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Vladimiro Montesinos a lo largo de toda la década de los años noventa. En realidad, acá se está generalizando a toda la década algo que es propio de los últimos años, específicamente desde 1998. Antes de ese momento, se solía hablar de un “triunvirato” en poder, que incluía al Comandante General del Ejército, el Gral. Hermoza Ríos, y en distintos momentos se habló de la participación de otros personajes (como Santiago Fujimori, por ejemplo) que servían como contrapeso al poder del asesor de inteligencia. Cómo las cambiantes correlaciones de poder entre esos y otros personajes afectaron el rumbo del gobierno en general y en la estrategia contrasubversiva en particular es algo que la CVR podría haber hecho, pero que no hizo propiamente en el informe final. Finalmente, y yendo al asunto que considero más importante: cuando la CVR evalúa el desempeño de los gobiernos de AP y del PAP, así como la actuación de la izquierda, en aras de la objetividad, suele encontrar (correctamente) circunstancias atenuantes a los errores cometidos, relativas al contexto en el que se tomaban las decisiones, y relativas a la necesidad imperiosa de enfrentar la amenaza de la subversión. Sin embargo, considero que en el análisis del fujimorismo esa lógica de razonamiento se rompe, y que el no considerar esas circunstancias atenuantes hace que los juicios aparezcan como apresurados. Por ejemplo, cuando se analiza el funcionamiento del poder judicial, se dice:
“La ineficiencia o inoperancia del sistema judicial en la represión del fenómeno del terrorismo durante los años ochenta fue un problema mayor. Ello no obstante, se dejó pasar y agravar la situación durante varios años. Entre los indicadores más alarmantes y que ofuscaban a las fuerzas del orden se encontraban la constatación de una gran desproporción entre el número de detenidos y el número de procesados; y entre éstos y el número de condenados. Sin contar el grave problema del elevado número de condenados que eran liberados por beneficios penitenciarios. El ‘coladero’ sería una de las expresiones acuñadas para dar cuenta, gráficamente, de las continuas liberaciones por el Poder Judicial de senderistas y emerretistas que habían logrado ser capturados por las fuerzas policiales” (tomo III, p. 84)18.

El informe de la CVR muy rápidamente critica los cambios legislativos antiterroristas posteriores al golpe de abril de 1992, “que ampliaron el margen de discrecionalidad de las Fuerzas Armadas y Fuerzas Policiales, otorgándoles facultades excesivas en la investigación de casos de terrorismo, sin ofrecer garantías mínimas del debido proceso de los detenidos” (ibid, p. 85), y señala, basándose en un trabajo de Ernesto De la Jara (2001, que luego no aparece en la bibliografía), que,
“Cierto era que frente a la alarmante ineficiencia del sistema de administración de justicia resultaba imperativo tomar medidas concretas, considerando la situación de excepcionalidad que la guerra interna planteaba. Se pudo, y era indispensable, adecuar (flexibilizar) las normas y procedimientos legales a la situación excepcional para combatir eficazmente el terrorismo, sin que ello significara ir en contra de las garantías esenciales del debido proceso y el respeto de principios jurídicos generales y penales. Es decir, sí había otra alternativa, una alternativa intermedia a la que finalmente fue adoptada luego del golpe” (ibid., p. 85).

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Ver Sección segunda, “Los actores del conflicto”, en el tomo III, capítulo 2, “Los actores políticos e institucionales”, acápite 6, “El poder judicial”, p. 84.

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En otras palabras, la CVR adopta el punto de vista de De la Jara y aboga por la viabilidad de una “tercera vía” entre un camino de ineficacia en el combate a la subversión y un camino autoritario. No podemos dejar de simpatizar con esa tercera vía, pero lamentablemente en el informe su existencia y viablidad no queda en absoluto demostrada. Si el camino existía y era viable, ¿por qué no se puso en práctica hasta 1992? ¿Hasta qué punto se están juzgando las medidas tomadas por el fujimorismo con una sabiduría retrospectiva, o peor aún, condenándolo por no ser capaz de hacer algo que tampoco hicieron los gobiernos anteriores, en circunstancias menos graves? La diferencia es importante: si la tercera vía no aparece como viable, las medidas tomadas por el fujimorismo, equivocadas, tienen circunstancias atenuantes; si por el contrario sí era existente y viable, las medidas del fujimorismo son vistas como parte de un plan represivo y dictatorial. La CVR sigue la segunda línea de argumentación, pero sin mayor sustento. Pero hay un asunto más de fondo, que nos lleva a problemas actuales, y que justifica la discusión que planteamos, que es el dilema entre ineficacia y autoritarismo. En el momento actual seguimos enfrentando ese dilema. La debilidad del Estado, la debilidad de las organizaciones sociales y políticas, siguen poniendo en agenda ese trade-off. Por ejemplo, aún hoy, ante situaciones de alteración del orden interno, se sigue considerando como algo inevitable la participación de las fuerzas armadas, con todos los problemas que ello trae consigo. Se trata de una propuesta antipática, ciertamente, sin embargo, ¿cuál es la alternativa? Se suelen mencionar mesas de diálogo y concertación, pero no en absoluto evidente que esa sea una alternativa viable. Piénsese por ejemplo en los sucesos de Ilave 19: ese caso muestra una vez más lo difícil que resulta construir terceros caminos a una solución represiva o una salida negociada ineficaz, manteniendo simultáneamente el orden y la vigencia de los derechos ciudadanos. Piénsese también en cómo encontrar una feliz salida al tema de los nuevos juicios que se deben abrir a varios terroristas ordenados por la CIDH: ¿cómo evitar su liberación y a la vez cumplir plenamente con las admoniciones de la Corte? Las respuestas no son sencillas. Estas terceras vías tienen en realidad que construirse, trabajosamente y no están naturalmente al alcance. Esa a mi juicio es la lección que debería haberse extraído del examen de los años del fujimorismo. Y es que si los actores políticos y sociales democráticos fracasan en esa construcción, desgraciadamente dejan al país en la terrible opción entre ineficiencia democrática y eficiencia autoritaria. Y si las circunstancias son muy apremiantes, la mayoría optará por la segunda salida. Está casi por demás decir que el fujimorismo ha tenido una reacción lamentable ante los temas materia de investigación de la CVR. Era quizá esperable que la rechazara de plano y no aceptara sus términos. Pero sí es censurable que no haya ofrecido una visión propia, autocrítica aún en sus propios términos, de los sucesos ocurridos durante su gobierno, y las graves violaciones a los derechos humanos ocurridas. A propósito de los gobiernos de Acción Popular y del Partido Aprista Peruano: 1. La conducción civil de la seguridad y defensa

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Sobre Ilave ver Degregrori, 2004; Meléndez, 2004; Pajuelo, 2005.

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Pasemos ahora a los partidos principales, con responsabilidad de gobierno durante los años en los que el conflicto fue más intenso. Considero en general que la CVR hace, respecto a estos dos gobiernos, un análisis muy cuidadoso, con el que básicamente me encuentro de acuerdo. Quiero por ello en esta sección resaltar un par de puntos de debate pensando sobre todo en las tareas para adelante que deja a los partidos y a todos nosotros como integrantes de organizaciones de la sociedad civil. El primero de ellos es el de las relaciones entre civiles y militares, y la necesaria conducción política y civil de las políticas de seguridad y defensa; el segundo es el tema de la “indiferencia” de las élites políticas y sociales frente al drama de la violencia durante la década de los años ochenta, y la tesis de la CVR de que ello sería expresión del racismo de la sociedad peruana. Empecemos por lo primero. La tesis de la CVR, que comparto, es que, en fondo, tanto los gobiernos de Belaúnde, García y Fujimori actuaron de la misma manera frente al desafío de la subversión: esto es, después de fracasar en el intento de diseñar estrategias contrasubversivas propias, terminaron delegando la solución del problema a las Fuerzas Armadas y policiales; una vez hecho esto, entendieron que su responsabilidad básica era respaldar la actuación de éstas, ignorando o minimizando las denuncias de violaciones a los derechos humanos, pasando éstos a la jurisdicción de la justicia militar. En el informe de la CVR se señala que los cambios a lo largo de los años del conflicto armado interno, en cuanto a la estrategia contrasubversiva se explican más por el aprendizaje de las propias Fuerzas Armadas y Policiales, que por cambios en la conducción política. La conclusión es terrible para los partidos y la élite gobernante: quien derrotó a la subversión fue la alianza entre las Fuerzas Armadas y Policiales, y la población organizada en rondas y comités de autodefensa, y no la acción de los gobernantes o de los políticos, que recién tan tarde como 1991 (¡!) empezaron a plantear algunas iniciativas de fondo en el Congreso, que fueron interrumpidas por el autogolpe de abril de 199220. Esta afirmación general requiere por supuesto precisiones. El gobierno de AP trató de desarrollar una estrategia contrasubversiva propia entre julio de 1980 y diciembre de 1982, sobre la base de la acción policial, pero la incomprensión del problema, la debilidad del Estado y de la democracia como régimen, entre muchos otros factores, hicieron que ese camino nunca llegara a plasmarse, y que se terminara recurriendo a la intervención militar, empezando por Ayacucho, y a la constitución de Comandos Político-Militares y estados de excepción. En el caso del APRA, la búsqueda de una conducción alternativa fue más clara, y obviamente se benefició de la experiencia del periodo 1980-85. Es importante detenerse un poco aquí. El APRA intentó entre julio de 1985 y junio de 1986, básicamente, conducir políticamente la lucha contrasubversiva, sobre la base de una estrategia de desarrollo en las zonas más castigadas por la violencia (“trapecio andino”, iniciativas como el crédito cero, los rimanakuys y otros), una retórica igualitarista, y lineamientos de represión que
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Sobre el tema ver el tomo II, sección segunda (“Los actores del conflicto”), Capítulo 1, “Los actores armados”, acápite 3, “Las Fuerzas Armadas”, p. 169-253. Ver también la conclusión 64 de las conclusiones generales. Un corolario de este planteamiento es que el fujimorismo se benefició de los cambios de estrategia y de sus resultados, y no le corresponde el crédito que gozó durante varios años, como “artífice” de la derrota de la subversión.

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sancionaran las violaciones a los derechos humanos: en otras palabras, lo que podríamos llamar una estrategia “políticamente correcta”, que compartía en lo básico los lineamientos que proponía la izquierda para las elecciones de 1985. Es importante señalar que esta estrategia fracasó: y lo hizo porque la dinámica del senderismo no se explica por la pobreza o la falta de desarrollo (como hasta ahora algunos se empecinan en sostener, equivocadamente), si no sobre todo por la voluntad política y la capacidad organizativa del movimiento terrorista. En otras palabras, al senderismo se le enfrentó exitosamente cuando las estrategias sociales fueron el complemento de un buen trabajo de inteligencia, y de acciones contrasubversivas que contaban con el apoyo de la población organizada. Por supuesto, ese aprendizaje se dio con el tiempo, y el cambio de estrategia recién tomó cuerpo hacia 1988. Lo malo de esta estrategia exitosa es que ella también reprimió selectivamente violando los derechos humanos y el derecho al debido proceso; sin embargo, si ello pasó fue también porque ni la conducción civil pudo ponerse al frente del conflicto, ni el poder judicial o el ministerio público pudieron juzgar y sancionar con eficacia. A la luz de esta revisión, corresponde entonces aclarar la supuesta bondad de basar estrategias de combate a fuerzas contrarias al sistema en estrategias de desarrollo económico y social, cuando lo decisivo es más bien una lógica de represión selectiva y un buen trabajo de inteligencia, acompañados de estrategias de desarrollo, y no al revés. Aún hoy, cuando se discute el tema de la erradicación de cultivos ilícitos, por ejemplo, encontramos ecos de estas discusiones. Todo esto nos lleva a un tema de fondo que sigue vigente hasta el momento, y que constituye un gran desafío para los partidos: la conducción política y civil de los temas de seguridad y defensa. Aún ahora, a pesar de la experiencia señalada por la CVR, y pese a los intentos de reestructuración tanto del sector Defensa como del Ministerio del Interior llevados a cabo por el gobierno actual, seguimos en lo básico todavía con una lógica en la cual estas áreas constituyen áreas reservadas, dominios casi exclusivos de militares y policías, que les aseguren el mantenimiento de cuotas de poder que van más allá de su carácter no deliberante, y todavía tenemos que los políticos en general aceptan esta situación. ¿Cómo cambiar esa lógica? ¿Cómo se construye un liderazgo civil en seguridad y defensa? ¿Qué están haciendo los partidos al respecto? En el tiempo reciente, las discusiones sobre la compra de las Fragatas Lupo, la necesidad de un aumento del presupuesto de las FF.AA. y la creación de un fondo especial para ellas, que nunca llegan al meollo del problema, que es la necesidad de definir una política nacional de seguridad y defensa, más allá de los vaivenes de las presiones presupuestales desatadas por coyunturas específicas. Lo verdaderamente grave de la conducta de los partidos en el poder durante la década de los años ochenta no es tanto que hayan finalmente dejado la conducción de la lucha contrasubversiva en las Fuerzas Armadas y policiales, lo que podría ser evaluado como una falla o error u omisión de naturaleza política; es que hayan desoído y no hayan actuado con claridad ante las denuncias de clamorosas violaciones a los derechos humanos, y de acciones ilegales y criminales por parte de agentes del Estado, lo que lo que resultaba contraproducente desde un punto de vista estrictamente utilitario (en función de la derrota de la subversión), censurable en términos políticos, y condenable en términos éticos. En este sentido los partidos deben una

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autocrítica sincera. Estamos además ante prácticas de violaciones a los derechos humamos que muestran patrones (es decir, muchos casos con características similares) lo que permite hablar de prácticas sistemáticas o generalizadas, para algunas zonas en algunos momentos: la CVR habla, por ejemplo de los casos de la base militar Los Cabitos en Huamanga entre 1983 y 1985, las bases de Manta y Vilca en Huancavelica entre 1984 y 1995, la base de Capaya en Apurímac entre 1987 y 1989, y la actuación de las Fuerzas Armadas en la margen izquierda del río Huallaga entre 1989 y 1994. En todos esos casos se registran numerosos casos de tortura, violaciones a mujeres, desapariciones y asesinatos; son casos que merecen condena y sanción penal21, y en los que la inacción de los gobiernos y autoridades resulta escandalosa. Las reacciones de ambos partidos han sido diferenciadas. Si revisamos las exposiciones de los representantes de ambos partidos en las audiencias públicas de la CVR, encontraremos que mientras AP se muestra desconfiado, receloso y a la defensiva, Alan García avanzó mucho más en hacer un intento de evaluación crítica de la actuación de su gobierno en materia del combate a la subversión22. Luis Pércovich de AP llegó incluso a decir que “no recuerdo yo en los treinta meses que ejercí la cartera del Interior y la Presidencia del Consejo de Ministros o en una sola sesión del Consejo Nacional se hubiera presentado una denuncia de violación de los derechos humanos” (p. 34). Esto mismo es repetido por Valentín Paniagua, quien declaró: “(…) queremos dejar clara constancia de que nunca conocimos los excesos que quisieron guardar en reserva o en secreto quienes tenían la responsabilidad directa de la lucha frente al senderismo, excesos que lamentamos profundamente y con enorme sinceridad” (p. 37). Declaraciones que resultan escandalosas, porque bastaba revisar la prensa para recoger las numerosas denuncias por violaciones a los derechos humanos, y porque el propio ex presidente Belaunde declaró en agosto de 1983 que las denuncias de violaciones a los derechos humanos ocurridos en la guerra contrasubversiva que recibía de Amnistía Internacional iban “directamente al tacho de basura”. El Partido Aprista se ha pronunciado oficialmente con claridad dando su opinión sobre el informe (octubre 2003), mientras que Acción Popular sólo lo ha hecho a través de declaraciones de sus dirigentes.
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El análisis de todos esos casos se encuentra en el tomo VII, capítulo 2 “Los casos investigados por la Comisión de la Verdad y Reconciliación”. La base militar de Los Cabitos en Huamanga se estudia en el acápite 9; la base militar de Capaya en Apurímac en el acápite 26; y la actuación de las Fuerzas Armadas en la margen izquierda del río Huallaga en el acápite 41. Las bases de Manta y Vilca ilustran prácticas de violencia sexual contra las mujeres de esos distritos, y su estudio se encuentra en en el tomo VIII, apartado 1, “Violencia y desigualdad de género”, del capítulo 2, “El impacto diferenciado de la violencia”, dentro de la segunda parte del informe final (“”Los factores que hicieron posible la violencia”). 22 Ver en los anexos, el anexo 11, “Sesiones de balance y perspectivas”. La sesión con Acción Popular está en las págs. 27-40; con el PPC, en las págs 41-53, y con el APRA, en las págs. 55-67. Quiero mencionar acá que a mi juicio el PPC tampoco tiene una buena presentación, porque no examina sus responsabilidades en la conducción del Ministerio de Justicia durante el gobierno del Presidente Belaúnde. Ya hemos hablado de las muchas falencias de la administración de justicia, y habría que añadir la terrible situación de las cárceles. Sobre lo primero ver el acápite 6 (“El poder judicial”) del capítulo 2 (“Los actores políticos e institucionales”), en el tomo III; sobre lo segundo ver el apartado 22 (“Las cárceles”) del capítulo 2 (“Historias representativas de la violencia”), en el tomo V.

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Pienso que lo mejor que pueden hacer los partidos para reencontrarse con los ciudadanos es hacer un ejercicio autocrítico de su actuación gubernamental en general durante la década de los años ochenta, y a partir de ello plantear nuevas iniciativas al país; frente a esta exigencia, están todavía en deuda. En este cuadro, iniciativas pensando en favorecer a los sectores más golpeados por la violencia, la población quechuahablante de zonas rurales, los asháninka, y otros grupos, resulta imprescindible. Propongo algunas ideas sobre este tema en la sección siguiente. A propósito de los gobiernos de Acción Popular y del Partido Aprista Peruano: 2. Los problemas de marginalidad de la poblaciones rurales Un segundo tema que me parece muy importante plantear a partir de la evaluación del papel de los partidos durante los años del conflicto armado interno es un tema muy de fondo que plantea el informe de la CVR: cómo fue posible que se desarrollara en el país un conflicto tan grave y cruento, y por qué ni los partidos ni la sociedad civil en su conjunto actuaron de maneras más decididas y adecuadas; y qué agenda y tareas para el futuro se desprende de ello, especialmente para los partidos. En la medida en que éstos son los llamados a representar los intereses de la sociedad, expresar sus necesidades y demandas, ¿por qué no lo hicieron propiamente durante los años del conflicto armado interno? ¿Qué lecciones deja esto para los partidos hoy, que buscan reencontrarse con la población y adecuarse a la nueva ley de partidos y diversos cambios institucionales en marcha? Según el informe de la CVR, la magnitud, duración y dinámica del conflicto expresaría algo muy profundo de la naturaleza del país, que va más allá de las relaciones entre civiles y militares, o de las debilidades institucionales del régimen democrático. Expresaría sus fracturas fundamentales23. ¿Cuáles serían éstas y cómo analizarlas? Creo que el informe final de la CVR muestra una cierta ambigüedad entre lo que llamaría el énfasis en la exclusión y el énfasis en la marginalidad. La diferencia no es solamente una exquisitez académica. Hablar de exclusión supone hablar de un orden compartido donde hay privilegiados y excluidos, donde unos se imponen a otros, y la tarea es romper con las barreras que impiden el acceso de los subordinados a ese orden. Las tareas que derivan de este diagnóstico pasarían por el reconocimiento de derechos, la apertura de espacios de participación, por ejemplo. Hablar de marginalidad es algo totalmente diferente. Acá el problema es precisamente que no existe un orden compartido, más precisamente que en el Perú hay un orden básico, que a mi juicio es el de una modernidad y una democracia precarias, pero modernas y democráticas al final; y el drama es que hay bolsones de población significativos que han quedado desconectados de ese Perú; a esa población, el reconocimiento de derechos o los espacios participativos simplemente no los afecta ni concierne. En este caso, de un lado hay indiferencia, y del otro, ausencia de “voz”, escasas capacidades de acción colectiva y movilización, con lo que terminan siendo sistemáticamente desatendidos. Llegar a estos sectores implica iniciativas específicamente dirigidas a esos sectores, que requieren de una

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Ver en el tomo VIII, el capítulo 1, “Explicando el conflicto armado interno”, p. 23-45, dentro de la segunda parte del informe final, “Los factores que hicieron posible la violencia”.

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gran voluntad política de las élites, porque, precisamente por su marginalidad, no cuentan en los cálculos políticos24. Veamos esto con más detalle, empezando por la lectura de la exclusión. Véase por ejemplo el acápite 2, “Violencia y desigualdad racial y étnica”, del capítulo 2, “El impacto diferenciado de la violencia”, dentro del tomo VIII, que está a su vez dentro de la segunda parte del informe final (“Los factores que hicieron posible la violencia”). En ese acápite se desarrolla el argumento de la indiferencia y del racismo, y se señala que:
“Aunque el conflicto se desató en Ayacucho desde mayo de 1980, diversos sectores del país fueron prácticamente indiferentes a la tragedia, hasta que la violencia alcanzó también a quienes eran considerados como ciudadanos de pleno derecho. Dos hechos resultan paradigmáticos al respecto: la masacre de ocho periodistas en la comunidad de Uchuraccay el 26 de enero de 1983 y la explosión de un coche bomba en la calle Tarata del distrito limeño de Miraflores el 16 de julio de 1992. Sólo cuando ocurrieron estos sucesos, muchos peruanos sintieron que la violencia también les afectaba. No ocurrió esto en los procesos de violencia ocurridos en Argentina, Chile y Uruguay, donde sí existe una memoria pública influyente sobre lo ocurrido, aunque el número de víctimas fue menor que en el Perú. Esta comparación revela una de las dimensiones complejas de la violencia peruana: la distinta valoración de las víctimas. Debido al racismo y la subestimación como ciudadanos de aquellas personas de origen indígena, rural y pobre, la muerte de miles de quechuahablantes fue inadvertida por la opinión pública nacional” (íbid., p. 90).

Este tipo de aproximación está presente en varias partes del informe final, ver por ejemplo el prólogo de Salomón Lerner al mismo, entre muchos otros pasajes. En el debate público, se suele apelar también al argumento de la indiferencia y del racismo para resaltar el desconcertante hecho de que la CVR haya estimado en cerca de 70,000 el número de víctimas del conflicto armado interno, casi el triple de la cifra de 25,000 que se manejaba hasta entonces. ¿Cómo tantas muertes pudieron pasar desapercibidas? La respuesta sería por la indiferencia de la opinión pública en las ciudades y de las élites políticas y sociales frente a lo que pasaba en el campo, y sería muestra de que el país estaría marcado por la exclusión y subordinación de esos sectores25. Sin embargo, el informe también permite otra lectura, a mi juicio más adecuada, y pone retos, me temo, más difíciles hacia delante; esta sería la lectura de la marginalidad. En esta línea, el país en 1980 daba un paso decisivo en un proceso que provenía de décadas atrás, signado por mayor integración, democratización social y modernización, por medio de la instalación de un régimen democrático plenamente incluyente. Y el conflicto iniciado por Sendero iba a contracorriente de los procesos más importantes que vivía el país, y se asentó allí donde esos procesos eran inacabados o
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Presenté de manera preliminar estas ideas en Tanaka, 2004. Esta discusión me parece uno de los temas fundamentales que ha puesto sobre la mesa el informe de la CVR, y no ha sido tomando en cuenta, obviamente, por los detractores del mismo, pero tampoco por quienes lo respaldan. En general, tengo la impresión de que el informe, lamentablemente ha sido poco leído, tanto por los que lo critican como por aquellos que lo respaldan, siendo que cada cual lo evalúa desde sus propios prejuicios y prenociones. 25 Este tipo de lecturas van en sintonía con planteamientos de intelectuales como Flores Galindo (1896) o Manrique (1986) en la década de los años ochenta.

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inexistentes. Según el informe de la CVR26, el conflicto fue más acentuado en las zonas de “procesos de modernización inacabados”, específicamente el nororiente, donde el tema del narcotráfico es central, la selva central (afectando fundamentalmente a los asháninkas y colonos), algunos centros en las ciudades, pero fundamentalmente en las “sociedades rurales de alta conflictividad”:
“no todo el ámbito rural fue receptivo a la prédica y a las acciones de los grupos alzados en armas. Las sociedades rurales con campesinos beneficiarios de la reforma agraria (los valles de la costa peruana, la zona norte de Cajamarca, el Valle Sagrado en Cusco) o espacios comunales con recursos y alta integración al mercado (el valle del Mantaro, por ejemplo), tendieron a mantenerse al margen de la violencia” (tomo I, sección primera, “Exposición general del proceso”, capítulo 2, “El despliegue regional”, p. 79).

Por el contrario, la violencia fue más intensa cuando involucró conflictos entre comunidades y empresas asociativas, o cuando se trató de conflictos “privatizados”, e internos al mundo comunal, en contextos de extrema pobreza rural:
“Estos eran […] contextos rurales muy pobres con mayoría de población quechuahablante y analfabeta, por lo cual nunca habían estado integrados a través del voto en los procesos electorales. Eran zonas mal comunicadas con los mercados, inmersas en sus propios problemas [subrayado mío], desestabilizadas por antiguos conflictos de linderos o por el acceso diferenciados a tierras y sometidas a situaciones de abuso de poder o del ejercicio ilegitimo del poder” (íbid., p. 81).

¿De qué situaciones de abuso hablamos?:
“Diversas situaciones de conflicto y descontento fueron la puerta de entrada del PCP-SL. Casos de antiguos conflictos entre anexos y capitales de distrito, que monopolizaban el poder local y eran sedes de pobladores con más recursos, suscitaron ataques y asesinatos (juicios populares) que tuvieron la adhesión de los más pobres (los anexos). [En otros casos] la poca aceptación de los comuneros del discurso y la práctica del ‘nuevo poder’ llevó a un conflicto más bien generacional de enorme violencia: el de jóvenes con mayor educación, pero aún sin acceso a recursos, radicalizados por la prédica del PCP-SL, contra los adultos (sus padres) reaccionarios” (ibidem, p. 82).

Pocos han reparado a mi juicio en el hecho de que una parte significativa (aunque difícilmente cuantificable) de las muertes registradas por la CVR, si bien se dan en el contexto de la guerra, no se dan estrictamente por la intervención del senderismo o las FF.AA., y no responden al esquema de una población inerme “entre dos fuegos”. Estas muertes se dan porque la población o sectores de ella aprovecha la presencia de actores armados para “ajustar cuentas” y resolver por medios violentos (en ocasiones excesivamente sanguinarios) conflictos al interior de las comunidades o entre éstas. Así, encontramos casos de acusaciones de “soplonaje” ante el senderismo o acusaciones de colaboración con los “terrucos” ante el ejército, para propiciar represalias. Se trata de conflictos de distinto tipo: disputas por propiedad de tierras, linderos, acceso a pastos o aguas, que se exacerban por la ausencia de
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Ver especialmente en el tomo I, el capítulo 2, “El despliege regional”, dentro de la sección primera, “Exposición general del proceso”; y también en el tomo IV, el capítulo 1, “La violencia en las regiones”, de la sección tercera, “Los escenarios de la violencia”.

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instituciones capaces de administrar justicia27. En informe de la CVR presenta casos de varios tipos: algunos de ellos en efecto presentan a una población atrapada entre dos fuegos, pero en otros la población aparece tomando iniciativas y aprovechando la situación de la guerra para dirimir conflictos inter e intra comunales.
“De esta manera, a mediados de los años ochenta, cada vez más campesinos se ven involucrados en la guerra. La noción de un campesinado atrapado entre dos fuegos se ajusta cada vez menos a la realidad. Ahora son actores de la guerra y la guerra campesina contra el Estado que había propagado el PCP-SL concluyó, en muchos casos, en enfrentamientos entre los mismos campesinos [subrayado mío]”28.

Estas muertes suelen ser atribuidas mayormente a Sendero, lo que, si bien es correcto, no deja ver que detrás de la acción de comisarios políticos, de la “fuerza principal” senderista se encontraba “la fuerza local” y la “fuerza de base”, “conformada en su totalidad por los habitantes de los poblados en donde había incursionado Sendero Luminoso y eran captados […] constituían la reserva de la Fuerza Local y de la Fuerza Principal. En general, no contaban con armas de fuego, sino con otras elementales, lanzas, machetes, etc. Servían básicamente para tareas de vigilancia, almacenamiento, etc. Y acompañaban a las FP o FL cuando hacían incursiones en otras comunidades a las que había que dominar” [subrayado mío] (tomo II, sección segunda, “Los actores del conflicto”, capítulo 1, “Los actores armados”,apartado 1, “El Partido Comunista del Perú – Sendero Luminoso”, p. 98). Kimberly Theindon (2004) llama la atención de cómo la participación de las comunidades en incursiones de sendero hoy trata de ser ocultada, y cómo los campesinos se presentan ahora como víctimas y no como victimarios:
“En el centro-sur (…) Las comunidades fueron tildadas de ´zonas rojas´ y, dado el resultado del conflicto armado, esta historia confiere un estigma vigente hasta hoy (…) Además, si bien satanizar al PCP-SL es socialmente aceptado, hay mucho menos espacio discursivo para hablar de por qué se apoyó a Sendero. Hay un contrato ´Faustiano´ aquí: los campesinos centro-sureños pueden ejercer influencia hoy si retrospectivamente adoptan el papel de víctimas durante el conflicto armado interno. Cuanto menos se presenten como protagonistas en ese entonces, más persuasivos serán sus reclamos frente al Estado ahora. Así, la gran mayoría de los miembros de estas comunidades intenta construir sus narrativas a una notable distancia de cualquier simpatía por Sendero” (p. Theidon, 2004, p. 232).

El punto que quiero enfatizar es que estamos hablando de zonas rurales pobres, mal comunicadas, “inmersas en sus propios problemas”, aisladas, envueltas en conflictos entre padres e hijos en las comunidades, o entre caseríos y anexos y capitales de distrito, es decir, conflictos privatizados, usando el término que emplea la CVR, en donde tenemos una suerte de orden pre-hobbesiano; situación acentuada por la dinámica de un conflicto en el que la ausencia de un Estado de derecho, de una autoridad legal legítima, y por supuesto sin partidos o gremios y organizaciones sociales consolidados, llevó a que se terminara instaurando una suerte de “estado de naturaleza” en el que
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Mucho de esto se encuentra en el examen de varios de los acápites del capítulo 2, “Los casos investigados por la CVR”, dentro del Tomo VII, parte de la sección cuarta, “Los crímenes y violaciones de los derechos humanos”. 28 Ver acápite 5, “Los comités del autodefensa”, dentro del capítulo 1, “Los actores armados”, dentro del tomo II, p. 290.

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afloraron diversos conflictos locales con un alto grado de violencia. Así por ejemplo, cuando la CVR analiza “La violencia en las comunidades de Lucanamarca, Sancos y Sacsamarca”, señala:
“… el ´nuevo Estado´ que el PCP-SL ofrecía se construía en una realidad cultural y política compleja, que haría de la violencia un vaso de agua rebalsado por pequeños conflictos locales. Así, lo que en un primer momento significó orden, terminó convirtiéndose en un escenario teñido por pequeños conflictos locales y familiares que exacerbaron los conflictos previos. La transformación del comportamiento en el contexto del conflicto armado interno muestra cómo los campesinos alteraron sus valores a tal punto que, en ciertas circunstancias, fueron capaces de llegar a matar a sus vecinos y familiares” (p. 68)29.

Siendo las cosas así, algunos fenómenos pueden mirarse de maneras diferentes. Por el ejemplo, cómo fue posible que si el número estimado de víctimas por la CVR es de 70,000 sólo hayamos tenido registro de unos 25,000, por obra de instituciones defensoras de los derechos humanos y de la Defensoría del Pueblo. Si muchas de las muertes son producto de esos conflictos privatizados, no tenía sentido denunciarlos ante autoridades u organismos de derechos humanos. Más bien, la lógica es encubrirlos; detrás de la enorme diferencia de números no habría habido indiferencia o racismo por parte de las instituciones del Estado, sino una lógica de ocultamiento de conflictos locales por parte de los propios protagonistas. Esto ayuda a entender también el escaso entusiasmo con el informe de la CVR entre las propias víctimas del conflicto armado interno, en las zonas más afectadas por éste, más allá de algunas organizaciones de familiares de desaparecidos y de organizaciones de defensa de los derechos humanos. Esto nos permite también reexaminar la discusión sobre la supuesta “indiferencia” de la sociedad peruana ante las muertes que ocurrían en el campo, y el supuesto racismo que expresaría. Se dice que los habitantes en los centros urbanos sólo reaccionaron en el momento final del conflicto, y que ellos sería expresión de racismo. La relación entre una cosa y la otra no es para nada evidente. En realidad, es totalmente lógico que los habitantes de las ciudades se preocuparan más por la violencia cuando la tuvieron cerca, que cuando la tenían lejos, en el campo. Los datos que proporciona la CVR muestran precisamente que sólo en los últimos años del conflicto la violencia se intensificó en las ciudades: el número de atentados y muertos en la ciudades, alcanzó su punto más alto entre 1988 y 1993, especialmente entre 1991 y 1993. ¿No es un comportamiento más bien lógico y esperable el de los habitantes de las ciudades30?
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Ver “La violencia en las comunidades de Lucanamarca, Sancos y Sacsamarca” (apartado 2); también “Los casos de Chungui y de Oreja de Perro” (apartado 3), y “El caso Uchuraccay” (apartado 4), todos del capítulo 2, “Historias representativas de la violencia”, en el tomo V; ver también “La batalla de Puno, ya citado. En todos estos casos se llama la atención de cómo se entrecruzó la dinámica del conflicto armado con conflictos locales. En varios trabajos Kimberly Theidon ha mostrado este ángulo del conflicto, cómo se trató de una violencia “entre prójimos”. Ver Theidon, 2004 y 2000. 30 Ver en el tomo I, el capítulo 2, “El despliege regional”, dentro de la sección primera, “Exposición general del proceso”; y el Tomo IV, que comprende el capítulo 1, “La violencia en las regiones”, de la sección tercera, “Los escenarios de la violencia”, especialmente las partes dedicadas a Lima y las zonas urbanas.

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Considero que el argumento que enfatiza el tema de la indiferencia y el racismo para dar cuenta la dinámica del conflicto es atractivo por ser políticamente correcto, aunque en realidad no sea el más adecuado. Esto no significa por supuesto negar que el racismo sea un problema en el Perú, y que haya intervenido en otros aspectos de los temas estudiados por la CVR. Pienso que el problema del racismo es en sí mismo lo suficientemente serio como para, además, magnificarlo innecesariamente31. Esto permite mirar también de otra manera la actuación de las élites políticas y partidarias y la magnitud de los desafíos por delante. Considero que, en realidad, la mayor parte del país, y por supuesto nuestra élite política, era parte de los desordenados procesos de modernización y democratización social que venían de décadas atrás, lo que Matos Mar llamó el “desborde del Perú informal” (1984); en la década de los años ochenta, tres grandes proyectos políticos (derecha, APRA, izquierda), herederos a su vez de las tres grandes tradiciones políticas modernas del país (el social cristianismo, el aprismo y el socialismo) se disputaban el rumbo del país; la intensidad de esa disputa política hizo que los partidos desatendieron el drama de la violencia, porque afectaba sectores desenganchados de los procesos políticos y sociales fundamentales que vivía el país32. Esto se expresó, por ejemplo, que para predecir la aprobación a la gestión de los presidentes en la década de los años ochenta mucho más importante era el desempeño de la economía y el control de la inflación, que la dinámica de la violencia, expresada en número de atentados o número de víctimas33. Para terminar: algunas tareas pendientes para los partidos políticos Si lo que estoy planteando apunta en la dirección correcta, entonces las tareas para los partidos políticos son diferentes a las que serían si fuera correcta la lectura de la exclusión. El remedio a la exclusión es el reconocimiento de derechos, la apertura de espacios de participación, entre otras iniciativas, muchas de las cuales han sido implementadas en los últimos años34. Sin embargo, para la población marginal, los cambios institucionales y legales son poco significativos, porque se trata de una población con escasa organización y capacidad de acción colectiva, dispersa, sin voz, sin capacidad de movilización y presión política. Los partidos no tenían antes, y no tienen ahora, incentivos naturales para tomarlos en cuenta en sus disputas electorales35 o incorporar sus intereses en sus plataformas, porque no son un grupo de interés significativo. Pero aún, cuando se ha intentado actuar a favor de esa población, se ha encontrado una situación de enorme conflictividad, que hace que incluso se prefiera mantener el status quo36, lo que refuerza la desatención del asunto.
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Sobre el racismo ver el acápite “Violencia y desigualdad racial y étnica”, del capítulo 2, “El impacto diferenciado de la violencia”, dentro del tomo VIII, a su vez dentro de la segunda parte del informe final, “Los factores que hicieron posible la violencia”. 32 Ver Tanaka, 2005. Una visión crítica puede verse en Pajuelo, 2004. 33 Sobre el punto ver Carrión, 1992. 34 Ver Remy, 2005. 35 Incluso, gran parte de esa población es indocumentada. Sobre el tema ver Balbuena et.al., 2004. 36 Pensar por ejemplo en la iniciativa de reestructuración de la propiedad de la tierra en Puno durante el gobierno de Alan García, descrito en el capítulo “La batalla por Puno”.

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Piénsese por ejemplo en los sucesos recientes de Ilave, muy representativos de una conflictividad existente en amplias zonas del país. En esas zonas, los partidos nacionales no tienen mayor presencia, y cuando el Estado quiere intervenir, se encuentra con una intrincada maraña de intereses y conflictos, altamente explosivos, que dificultan seguir cualquier camino. Actuar sobre estas zonas rurales de alta conflictividad requiere de una aproximación especial, que plantee las alternativas de desarrollo en nuevos términos, básicamente territoriales37; y requiere de un compromiso especial de los partidos. Yo diría que este es uno de los grandes temas pendientes que tienen los partidos frente al informe de la CVR, más allá de los temas que concentran la mayor parte de la atención pública, que son las reparaciones individuales o colectivas, simbólicas y materiales, así como la judicialización de los casos de violaciones a los derechos humanos. El tema más de fondo es cómo los partidos, que no tienen incentivos políticos claros para ocuparse del mundo rural marginalizado, desarrollan también iniciativas para estos sectores, quechuahablantes, de bajos niveles educativos, campesinos pobres, los que sufrieron más los efectos de la violencia. Paradójicamente, fue durante los años del fujimorismo cuando aumentó la inversión social y la presencia del Estado en las áreas rurales, con el límite de que ello ocurrió dentro de esquemas clientelistas38. El desafio por ello está todavía pendiente. A dos años y medio de la presentación del Informe Final de la Comisión de la Verdad se ha avanzado todavía poco en la implementación de sus recomendaciones, o en la implementación de otras iniciativas destinadas a atender a esta población, que espera todavía verdad y reparación39.

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Ver Remy, 2004. Tanaka y Trivelli, 2002. Ver Reátegui et.al., 2005.

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