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LEYENDAS DE IBARRA

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LEYENDAS DE IBARRA

Un funeral para Juan Diablo

En la época colonial en la Real Audiencia de Quito, los entierros eran solemnes. Por eso en Ibarra, para estar a la par de las otras urbes, también los funerales estaban precedidos de una procesión y –dependiendo del difunto- se realizaban hasta “pases”, que consistían en detenerse en cada esquina para que las plañideras contratadas pudieran lanzar al aire sus lamentos. Obviamente, las plañideras eran de tres clases: las menos remuneradas daban esporádicos lamentos; las de segunda categoría se quejaban amargamente, pero las de primera lloraban desconsoladamente y llegaban incluso a arrancarse mechones de sus cabellos, ante la mirada compungida de los asistentes al cortejo y de la satisfacción secreta de los deudos. La velación duraba tres días, pese a que Eugenio de Santa Cruz y Espejo ya había advertido en sus brillantes ensayos sobre la inconveniencia de tal costumbre, por las pestes que podían generarse. Habría que esperar muchos años para conseguir sacar los cementerios a las afueras de las urbes porque antes tenían la costumbre de enterrar a los feligreses dentro de las iglesias. En esa sociedad profundamente segregacionista, los indios no tenían ese derecho y los curas solían cobrar el “derecho” a ubicarse más cerca del altar porque, según se creía, así se estaba más próximo a la redención del Paraíso. Era tanto el abuso al que se llegó, que Francisco Cantuña –aquel que inspiró la famosa leyenda- tuvo que construir el pretil de San Francisco, en Quito, para tener el privilegio de estar enterrado en el interior del recinto. Aún hoy, su lápida de fina piedra se encuentra en el convento de San Francisco. En Ibarra, la costumbre de velar en las iglesias persistió hasta inicios del siglo XX, cuando mediante un auto, el obispo de Ibarra, Federico González Suárez, prohibió esta insana tradición. Por este motivo, las antiguas familias de los anteriores siglos seguían hasta en los funerales mostrando la importancia del muerto, aunque –como se sabe- los gusanos no distinguen condición ni abolengo. Fue en esta época cuando sucedieron estos hechos. Como era costumbre el féretro, junto con la comitiva trágica, llegaba a las siete de la noche y la puerta se cerraba a las nueve, aunque el sacristán de la iglesia de San Agustín ya estaba acostumbrado a dejar un breve tiempo para que las plañideras pagadas se despidieran del difunto.

Sin embargo, existía un personaje denominado como Fiero Juan, que era un piadoso de los muertos. Éste solía esconderse en el confesionario para no dejar al ataúd huérfano de sus quebrantos. Acaso este prójimo del dolor ajeno pagaba una penitencia o simplemente entendía que un difunto no podía, por ninguna circunstancia, permanecer olvidado antes de entrar a su sepultura definitiva para alimento de los gusanos. Unos dos graciosos se percataron de esta convicción del Fiero Juan y decidieron gastarle una broma. Convinieron con antelación que uno fingiría ser un reciente cadáver, colocándose en el ataúd levemente abierto. El Fiero Juan, después de burlar al sacristán, se dirigió hacia el ataúd y se arrodilló para proseguir en sus lastimeros asuntos. Las sombras que producían las veladoras conferían al recinto de un ambiente espectral. Afuera, la noche estaba cerrada. El Fiero Juan tenía el rostro de aquellos espíritus ingenuos, donde la malicia no tiene amparo. Desde su escondrijo, uno de los burladores casi no podía contener la risa mirando esta escena del Fiero Juan y el supuesto difunto, es decir su inefable amigo, quien también probablemente estaría a punto de morirse de la risa. Había pasado un tiempo prudencial cuando el finado de mentiras se levantó de la caja mortuoria, con una solemnidad de espanto. Antes de incorporarse totalmente, el Fiero Juan alcanzó un candelabro que estaba cerca y dándole un certero golpe en la cabeza exclamó: “¿Qué no sabes que los muertos no se levantan?”. Convencido de su acción, este personaje descargó sobre el bromista un segundo golpe al punto que le increpó: “¡A dormir el sueño eterno!” En ese momento, una sombra huyó despavorida. Al día siguiente, el sacristán encontró un charco de sangre que salía del ataúd. Aunque al inicio se pensó que el muerto se había “reventado”, después de un tiempo salió la verdad a la luz: Juan Diablo –como lo llamaron desde entonces- ni siquiera se había percatado de tan macabra burla, aunque insistió en seguir rezando por los muertos ajenos.

Los amores del Taita Imbabura

Cuentan que en los tiempos antiguos las montañas eran dioses que andaban por las aguas cubiertas de los primeros olores del nacimiento del mundo. El monte Imbabura era un joven vigoroso. Se levantaba temprano y le agradaba mirar el paisaje en el crepúsculo. Un día, decidió conocer más lugares. Hizo amistad con otras montañas a quienes visitaba con frecuencia. Mas, una tarde, conoció a una muchacha-montaña llamada Cotacachi. Desde que la contempló, le invadió una alegría como si un fuego habitara sus entrañas. No fue el mismo. Entendió que la felicidad era caminar a su lado contemplando las estrellas. Y fue así que nació un encantamiento entre estos cerros, que tenían el ímpetu de los primeros tiempos.

-Quiero que seas mi compañera, le dijo, mientras le rozaba el rostro con su mano. -Ese también es mi deseo, dijo la muchacha Cotacachi, y cerró un poco los ojos. El Imbabura llevaba a su amada la escasa nieve de su cúspide. Era una ofrenda de estos colosos envueltos en amores. Ella le entregaba también la escarcha, que le nacía en su cima. Después de un tiempo estos amantes se entregaron a sus fragores. Las nubes pasaban contemplando a estas cumbres exuberantes que dormían abrazadas, en medio de lagunas prodigiosas. Esta ternura intensa fue recompensada con el nacimiento de un hijo. Yanaurcu o Cerro negro, lo llamaron, en un tiempo en que los pajonales se movían con alborozo. Con el paso de las lunas, el monte Imbabura se volvió viejo. Le dolía la cabeza, pero no se quejaba. Por eso hasta ahora permanece cubierto con un penacho de nubes. Cuando se desvanecen los celajes, el Taita contempla nuevamente a su amada Cotacachi, que tiene todavía sus nieves como si aún un monte-muchacho le acariciara el rostro con su mano

Las tres piedras

Desde arriba, se podía mirar al río Tahuando ir plácido en busca del mar, serpenteando rocas y musgos, acariciando guabos y totoras hasta llegar a los encañonados y a las sucesivas vertientes para que lo fortificaran. Al frente, el Alto de Reyes con sus arbustos parecía una mínima montaña que pretendía ocultar a la laguna de Yahuarcocha. Abajo, el recuerdo del sitio de los antiguos olivares plantados en la época colonial. Tres gráciles mujeres bajaron por la pendiente de piedras hacia el río. Llevaban los cabellos sueltos y los pies al viento. Iban a bañarse en el surtidor de aguas curativas. Sus risas se confundían con los cantares que traía la corriente desde las montañas. Eran muchachas y reían mientras se desvestían para su baño de aromas de azahares y geranios. Sus piernas eran dóciles a las hierbas mojadas y sus labios eran frescos, como las gotas que salpicaban sus caderas. Estaban desnudas y sus espaldas tersas se arremolinaban bajo el chorro firme, que caía desde sus cabelleras ensortijadas. Sus ojos tenían los paisajes de estas tierras generosas. Unos hombres las observaban ocultos en los matorrales. Tramaban el ultraje contra estas vírgenes de olores de magnolia. Las doncellas, sin percatarse, jugueteaban con el agua y sus cuerpos eran como garzas que se posan sobre un estanque. Los tunantes se acercaron para tomar a la fuerza lo que se les había negado con la ternura. Las zagalas comprendieron sus intenciones perversas. Cuando sus manos se acercaron a sus figuras, los hombres sintieron una dureza de alabastro. Las muchachas se habían transformado en tres piedras. De lo que antes eran sus labios brotaban tres ojos de agua, pero era como si fueran hechos de lágrimas. Al bajar al río, las tres piedras con fulgores de mujeres están allí. Cuando se zambulle en su torrente es como si unas manos recorrieran una piel ajena, pero con gemidos traídos de otras épocas.

La suerte de San Jerónimo

En la época colonial los santos tenían que vérselas con terremotos, sequías, inviernos, pestes, algarabías, desafueros, escándalos, desagravios, entuertos y más menesteres que cargaban contra ellos sus feligreses, quienes eran capaces de enojarse si sus imágenes de palo no cumplían sus pedidos. Por este motivo, el santo designado debían interceder ante el Cielo, por las rogativas de los devotos que en caso de cumplimiento no eran ingratos: sacaban al santo en andas para que recorra la plaza y enseguida silbaban los voladores de su fiesta, ante la mirada atenta del cura, los monaguillos y las jugosas limosnas. En el pueblo de Yahuarcoha, sacaron al descampado a un santo para que propiciara la lluvia, pero olvidaron meterlo nuevamente al templo, hasta que un toro embravecido no le importó el sacrilegio de dejarlo manco. Los santos de palo eran parte vital de la vida de Ibarra durante la época colonial, pero había uno en especial: San Jerónimo, encargado de todos los asuntos concernientes a terremotos, experto en erupciones y hasta implacable contra las plagas de langostas. Sin embargo, antes de su llegada por Natabuela, el santo tuvo que pasar una durísima prueba para ser elegido. En el libro Biografía de Jijón, el propio padre José María Vargas, destacado historiador y experto en la Colonia, refería estos sucesos, por si alguno de los atribulados lectores duda de su autenticidad y desdeña al cronista. En los siglos XVII y XVIII, en la entonces Real Audiencia de Quito, eran frecuentes los continuos temblores, erupciones o pestes. Por ejemplo, en 1797, la antigua Riobamba fue destruida totalmente, al punto que tuvieron que trasladar la urbe y, antes, la mismísima Mariana de Jesús se ofreció en cuerpo y alma para aplacar los terremotos de Quito. Durante esta época, para sosegar a las fuerzas naturales, salía la Virgen de La Merced, porque los habitantes –metidos hasta los huesos con la idea del pecado- creían que los terremotos eran causados por los designios de las divinidades. Los hechos acontecieron antes del terrible terremoto de Ibarra de 1868. Aunque éste ocurrió durante la época republicana también existieron profecías, como la del padre Joaquín Jibaja, quien aseguraba que la catástrofe se debió al espíritu libertino de los ibarreños. También predijo que la ciudad se destruiría cuando la vía al Pailón esté terminada, es decir a San Lorenzo, precisamente uno de los motivos de fundación de la ciudad. Eran tiempos de mucho celo religioso y, además, de un oscurantismo propio de las mentalidades herederas de juicios inquisitoriales, con no poca quema de brujas. Como sea, con la idea de proteger a los fieles de los temibles terremotos, se reunió una altísima comisión para encontrar alivio para estas penurias, que incluían hasta plagas de langostas. Decidieron que lo único que podían hacer en tales circunstancias era buscar a un santo que interceda por ellos en la mismísima morada del Cielo. Reunidos en la Casa de la Curia, al lado izquierdo de la iglesia de La Catedral de Quito, donde también se decidía buena parte de la política de la época, comenzaron a dar nombres del posible santo que debía enfrentar los sacudones. Los nombres fueron dichos, en medio de una solemnidad propia de los altos funcionarios eclesiásticos. Y allí, como si

de remotas tierras llegaran, fueron nombrados: Santa Bárbara, que servía contra los rayos; San Antonio, por padecer en el desierto y para conseguir marido; San Francisco, amigo de los pájaros; San Judas Tadeo, de los milagros imposibles; San Justino, el mártir; el apóstol San Bernabé; San Pedro Crisolo, cuya fecha se celebra el 30 de julio; el rey Wenceslao, por mártir y cristiano; Cirilo de Alejandrina; Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza; San Juan de Capistrano; Santa Gertrudis, La Magna; Estanislao de Kostka y Diego de Alcalá, recordados el 13 de noviembre; la santa y virgen Lucía; San Silvestre I; San Juan, el Bautista, quien perdió su cabeza por pedido de Salomé, ante el juramento del rey; San Ambrosio; Santa Corina; San Serapio…En fin, los cabildantes sacaron a la luz 24 santos de sus preferencias y los defendían a ultranza, indicando sus virtudes, mientras los otros les endilgaban flaquezas a la hora de enfrentar a las fuerzas malignas, entre esos a los terremotos. Como no se ponían de acuerdo decidieron colocar el nombre de sus santos preferidos en unos papelitos, para echar suertes. Los santos permanecían a la espera, como si temblaran. Se depositaron los papelillos que contenían los nombres de los postulantes en un sombrero de obispo, que se llama mitra y que viene del tiempo de los persas. Después de varias rondas, la mano que daría la suerte se aproximó. Había tensión en el ambiente, mientras los cuadros de los prelados antecesores parecían mirar con severidad. Ante el asombro de todos se descorrió la envoltura: San Jerónimo, el traductor de la Biblia en los primeros siglos cristianos, había ganado el sorteo. Inmediatamente, los maestros y aprendices de la afamada Escuela Quiteña, comenzaron la elaboración de las réplicas de San Jerónimo. Los santos de palo fueron enviados a todos los rincones de la Audiencia de Quito. Fue así que una tarde llegó también a Ibarra para proteger de cualquier indicio de terremoto. Las figurillas del santo engrosaron los altares domésticos, en medio de veladoras. Todo el mundo podía dormir tranquilo… Las réplicas de la infinidad de san jerónimos vivieron lozanas hasta la segunda mitad del siglo XIX. Pero a la una de la mañana del domingo 16 de agosto de 1868 se produjo el terremoto de Ibarra que destruyó totalmente la ciudad. De aproximadamente 7.200 personas perecieron 5.000 y algo más de 550 se refugiaron en Santa María de La Esperanza, durante cuatro años. La urbe quedó reducida a cenizas y muchos san jerónimos –protectores de catástrofes- fueron enterrados también entre los escombros.

El Laberinto

Era una noche de lluvia. La luz de las incipientes farolas golpeaba el pórtico del antiguo colegio San Alfonso. Las paredes blanquísimas parecían agrandarse en la lejanía. Todas las casas se multiplicaban incesantes. Como si la ciudad cambiara de coordenadas en cada esquina. Eso sintió Martín Hinojosa mientras trataba de retornar a su casa, cerca al río Tahuando, desde la cantina Santafé, en el barrio de La Merced, donde por la mañana las milicias liberales habían realizado sus habituales prácticas. En su memoria se agolpó un consejo: los que andan por ciertas noches de Ibarra se emparedan. Qué es eso, había preguntado incrédulo. Simplemente que no hallan una salida, le había replicado su tío, Idelfonso, un comerciante de mostacho recio y ojos saltones. En otras palabras que se quedaban entre paredes.

Pero ahora, en la soledad de la calle, era demasiado tarde para seguir la advertencia. Rápidamente corrió hasta el sector de La Esquina del Coco y cuando se dirigía por la calle Oviedo, hacia su casa, se encontró con una pared blanca. Rehízo sus pasos, mientras detrás de las ventanas cerradas parecían que miles de ojos lo observaban. Aunque la perversa lluvia seguía cayendo, a Martín le parecía que todo era un espantoso silencio. Ni siquiera los perros aullaban a la luna, sólo el vértigo de las casas que parecían moverse y burlarse de este hombre que corría desesperado por una ciudad que se había transformado en un laberinto. Mientras circulaba con porfía rememoró vanamente la historia griega del Minotauro, pero en esos momentos no atinaba a recordar si fue Teseo quien se atrevió a atacarlo o éste se escabulló hasta las profundidades del prodigioso laberinto creado por Dédalo. Ahora, las casas se mostraban injustamente iguales. No había salida. Ni un resquicio por donde escabullirse ante las altas paredes de un inmenso rompecabezas que, acaso, se estrecharía hasta el absurdo. Ni siquiera tenía el hilo de Ariadna, como en el mito, para desandar su viaje. Mientras avanzaba, las edificaciones parecían estar conjuradas para confundirlo, a juzgar por el imperceptible movimiento de juntarse hasta el espasmo. Porque literalmente no existían calles, sino únicamente casas arrejuntadas que, al aproximarse, impedían el paso aunque Martín tenía la certeza de que por esa ruta se encontraba su morada. Después de mucho perderse, llegó hasta las cercanías del convento de las madres carmelitas, para desde allí tratar de avanzar hacia más allá de San Francisco. No tuvo tiempo de recordar la copla: “Las monjitas carmelitas / se fueron a Popayán / a buscar lo que han perdido / debajo del arrayán”. Sin previo aviso la lluvia cesó. El corazón de Martín parecía un inmenso tambor. Allí estaba: un ave imponente, de plumaje de fulgor azul intenso matizado con verde esmeralda, emitía un graznido aterrador. Sus ojos parecían tener lumbre y mecía su plumaje iracundo impidiendo el paso del aturdido mozuelo. Era un pavo real imponente que, al punto, inició un ataque certero. Martín, casi por instinto, aventó su sombrero contra la cabeza de este animal que parecía tener el pico de las aves de rapiña. El aleteo fue intenso. La defensa estaba a punto de claudicar ante la arremetida del pájaro monstruoso. De pronto, como si estuvieran más cerca de lo esperado, se escucharon las campanas del claustro, que anunciaban el rezo. El pavo terrible se esfumó en el aire. Martín Hinojosa se restregó los ojos y las escasas copas que había injerido se habían transformado en un aliento de vida. Regresó a mirar. La luz del alba era premonitoria. A lo lejos, un gallo cantaba a destiempo…

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