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La Revolución Boliviana de 1952

La Revolución Boliviana de 1952

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Síntesis explicativa sobre la Revolución Boliviana de 1952 para la cátedra Historia Social General (Vazeilles), de la Universidad de Buenos Aires.
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La Revolución Boliviana de 1952

A modo de introducción La revolución boliviana de 1952 no puede comprenderse, de más está decir, sin tener en cuenta sus raíces históricas. Pero tampoco puede entenderse sin tener en cuenta su presente: es que el presente ilumina el pasado, mostrando aspectos que entonces aparecían oscuros y conduciendo a nuevas interpretaciones. Es así como las nuevas experiencias nacionalistas en América Latina, surgidas en el siglo XXI, serán de vital ayuda para enriquecer la conclusión fundamental de este trabajo: toda tentativa revolucionaria que se mantenga dentro de los límites del nacionalismo burgués (o sea, dentro del marco del capitalismo) está condenada al fracaso. La comprobación de esa conclusión implica que el trabajo no se detenga allí sino que, a su vez, y teniendo a Bolivia como expresión concentrada de los problemas históricos de América Latina (los recursos naturales, la tierra para los campesinos, la independencia nacional), permita exponer cuál es la vía revolucionaria que se presenta como alternativa superadora. Claro es que no intentaré presentar los argumentos como neutrales, simplemente porque es imposible elevarse por sobre los actores en disputa: “el pasado, el conocimiento histórico pueden funcionar al servicio del conservatismo o al servicio de las luchas populares. La historia penetra en la lucha de clases; jamás es neutral, jamás permanece al margen de la contienda”1. Sólo se conoce a través y en base a un punto de vista; el mío es el de los explotados, el de los que cuestionan y se oponen al poder de los explotadores. Desde luego, esto no implica que todo sea relativo, o sea, que se consideren válidos todos los puntos de vista, pues el factible acercarse a la verdad (entendida como la posibilidad de conocer al objeto de estudio) a través de una “revisión inteligente de los hechos a partir de un análisis correcto de los factores basados en la experiencia”2. Y para ello, se ha utilizado como herramienta el materialismo dialéctico. En cuanto a la organización, se ha distinguido entre períodos que sólo se ven interrumpidos por grandes procesos vinculados a guerras y revoluciones y a los respectivos cambios en las hegemonías dominantes, a veces más superficiales, y otras más profundas. El tiempo que se abarca va desde las revoluciones de independencia, pasando por la Guerra del Pacífico y la Guerra del Chaco, hasta la revolución de 1952 y los primeros años del MNR en el poder. Por último, se incluye al final una breve conclusión que retomará los aspectos centrales del trabajo, más algunas palabras sobre la actualidad. Empecemos, como corresponde, por el principio. De las revoluciones de independencia a los primeros pasos de la República En términos generales, el siglo XIX marca el inicio de un período de revoluciones de independencia y de transición hacia sociedades capitalistas. Lo que importa señalar es que la hegemonía que lograron los
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Chesneaux, Jean, ¿Hacemos tabla rasa del pasado?, p. 24 Gresores, Gabriela, Teórico Práctico N° 1, 22-3-2006

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sectores de la oligarquía criolla (terratenientes y grandes comerciantes) en las luchas contra la dominación colonial limitaron los resultados de esas revoluciones. Tal hegemonía frustró todo intento de modificar las relaciones de producción dominantes, por ejemplo, mediante una reforma agraria y el desarrollo de una industria autónoma, pues el interés principal de las oligarquías constaba en perpetuar el latifundio y la esclavitud que las beneficiaban y subordinarse comercialmente a las potencias capitalistas europeas. Entonces, las revoluciones de independencia lograron destruir el poder colonial, pero no transformarse en revoluciones sociales ya que no dan como resultado la conformación de relaciones capitalistas, sino de repúblicas oligárquicas. He aquí, por ende, un punto clave para entender la historia de América Latina: el resultado de las revoluciones de independencia dependió de la clase social que hegemonizó el proceso, inclinando la balanza, por un lado, hacia programas democráticos revolucionarios (como el limitado intento del Dr. Francia en Paraguay) o, por el otro, hacia programas conservadores de las elites criollas terratenientes y mercaderes cuya independencia era sólo formal, pues en los hechos no era otra cosa que la expoliación de las riquezas de las países latinoamericanos hacia las grandes potencias capitalistas. En cuanto a Bolivia en particular, se constituyó como país independiente el 8 de agosto de 1825, tomando su nombre de Simón Bolívar. Si bien Bolivia es, históricamente, un país minero, su independencia se dio en el marco de la decadencia de la minería. El resultado fue que, “desplazada la burocracia colonial, arruinados los grandes comerciantes y mineros, los terratenientes criollos alcanzaron un predominio indiscutible”3. Santiago Mas coincide con lo dicho cuando señala que, una vez agotado el metal precioso que sirvió, por cierto, a la instalación del capitalismo en Europa, “este territorio quedó como coto privado de los intereses de los terratenientes.”4 La continuidad del predominio del latifundio y las supervivencias feudales determinaron una economía estancada que tendía a la autosuficiencia regional y una estructura agraria que mantenía su carácter colonial: “las haciendas y las comunidades indígenas eran aún, y en gran medida son todavía, las unidades productivas donde trabajaban y vivían los indios que constituían el núcleo de la población rural”5. Como botón de muestra de la persistencia de formas caducas de propiedad, vale mencionar que los primeros presidentes de la República, que habían pertenecido a los ejércitos realistas, fueron grandes latifundistas que, como es lógico, defendieron mejor que nadie los intereses de los terratenientes. También sirve como indicador de esta situación que uno de esos presidentes, Santa Cruz, haya sido el ejecutor del intento frustrado de unidad andina entre Perú y Bolivia. Es así que, frente al peligro potencial que representaba Chile, se forma en octubre de 1836 la Confederación peruano-boliviana, que tendrá una efímera existencia, pues afectaba directamente los intereses de Chile y Argentina. La derrota, por las armas, de la Confederación, puso “término definitivo a toda aspiración de restituir las vinculaciones del pasado, y consolidaron la independencia de Bolivia hasta entonces aún en suspenso”6.
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Del Campo, Hugo, Villarroel, Ejército y nacionalismo en Bolivia, en Historia de América, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1972 4 Mas, Santiago, Revolución y contrarrevolución en Bolivia, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, p.29 5 Bonilla, Heráclito, Perú y Bolivia, en Bethell, L (ed.) Historia de América Latina, t.6, Crítica, Barcelona, 1985, pp. 229 y 230 6 Ídem, p. 228

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A esto debe sumársele, como rasgos principales de la República, el alto grado de aislamiento externo (comparable, y por razones completamente distintas, sólo al Paraguay del Dr. Francia), la desarticulación interna y la inestabilidad política. Las peleas faccionales de la clase dominante por el poder del aparato estatal hicieron de los “cuartelazos”, los golpes, los contragolpes y del caudillismo militar no una excepción, sino el estado normal: Bolivia será, hasta la Guerra del Pacífico, un desfiladero de distintos caudillos, la mayoría de ellos asesinados o derrocados. Y, no menos importante, la histórica debilidad del Estado boliviano: “ni los ingresos de las aduanas, ni de los diezmos, ni de los impuestos a la producción minera, ni de la confiscación de los bienes de la órdenes eclesiásticas fueron suficientes para sostener el gasto público. Por eso (...) fue indispensable restablecer en 1826 el tributo”7. Por lo tanto, el débil Estado boliviano “tendrá que vivir casi hasta fin del siglo XIX (...) de las contribuciones indígenas, lo que significa que será un estado en guerra perpetua con su propia población.”8 Pero este estado de atraso, de agitación política constante, de violencia y sangre, en fin, de podredumbre, contrastaba no sólo con el desarrollo de otros países sudamericanos, sino con la misma imagen que tenían de su país las clases dominantes: “Pensaban en las glorias de Potosí, en su esplendor; se sentían como un centro de las cosas, no se convencían por razón alguna de que habían quedado a un lado”9. Tal era la superestructura que correspondía a la República que nació de la independencia de España, durante la primera mitad del siglo XIX. Una República que, a pesar de las falsas apariencias de esplendor, se mantenía intacta en su atraso, ajena a todo cambio, sustentada en la más cruel explotación del indio y perpetuando las viejas relaciones de producción coloniales. Por esta razón, la independencia no alteró en nada el régimen económico-social, sino que, como en el resto de Latinoamérica, sirvió a los intereses de las oligarquías locales que hegemonizaron la lucha contra la dominación española. No por nada Hugo del Campo afirma que Bolivia es casi una caricatura de América Latina, pues “los rasgos esenciales de la patria grande se dan allí tan marcados y desnudos que adquieren un valor paradigmático.”10 De la era de la plata a la era del estaño, el surgimiento de una nueva elite y el imperialismo Si la primera mitad del siglo XIX estuvo caracterizada por el estancamiento, la segunda mitad lo estará por el renacimiento de la minería con la recuperación de la plata y, aparejado a ello, la formación de grandes fortunas personales, como la de Aramayo, Arce y Pacheco. Pero este resurgir de la minería ni logró articular al conjunto de la economía ni, por ende, contribuir al desarrollo de la agricultura, lo cual explica por qué la población indígena pudo conservar sus parcelas durante tanto tiempo. A su vez, la recuperación de la minería sirvió para socavar la importancia del tributo indígena en el financiamiento del gasto público, tributo que finalmente fue abolido.

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Ídem, p. 226 Zabaleta Mercado, René, Consideraciones generales sobre la historia de Bolivia (1932-1971), en América Latina: historia de medio siglo, Siglo XXI, México, 1986, p. 78 9 Ídem 10 Del Campo, Hugo, op.cit.

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En cuanto a la debilidad del Estado, se comprende mejor si se atiende a su incapacidad para defender el territorio, en tanto que más de la mitad de la superficie reivindicada en la independencia fue pasando a manos de sus vecinos. El episodio más importante, sin duda alguna, fue la Guerra del Pacífico en 1879. Allí, Chile derrotará fácilmente a una Bolivia que no estaba preparada para luchar y que, como consecuencia, perderá su territorio costero y aumentará aún más su aislamiento. Pero lo más sustancial de esta guerra fue su resultado tanto a nivel político como económico. En cuanto al primero, como afirma Fernando Mires, la derrota significó la pérdida de legitimización de los sectores dominantes tradicionales. En cuanto al segundo, y siguiendo al mismo autor, esa pérdida se explica por el surgimiento del grupo minero al que venimos haciendo mención, que si bien ya se había comenzado a desarrollar lentamente desde la década del 50, no había encontrado las condiciones propicias para acceder al poder del aparato estatal.11 Por lo tanto, estamos ante el comienzo de una nueva era que marca el fin de caudillismo militar y su reemplazo por un gobierno oligárquico civil con la participación de la elite minera: la guerra fue, justamente, la ocasión para que esto sucediese. Entonces, el hecho principal de esta etapa lo encontramos en ese nuevo grupo minero que accede al poder y que aparece como el sector modernizante. A su vez, con posterioridad a la guerra nacen por primera vez expresiones políticas asociadas a algo más que intereses personales. Es así como se crean el Partido Conservador, que reunía al sector minero y a la oligarquía terrateniente (subordinada al primero), y que gobernará hasta fin de siglo, y el Partido Liberal, que pasaría luego a ocupar el espacio que dejasen los conservadores. Vale destacar, además, que serán los conservadores los que comenzarán a abrirle la puerta a las inversiones extranjeras. Para comprender este último punto, es necesario ubicarnos en la nueva coyuntura internacional. A fines del siglo XIX (desde 1870), el capitalismo en los países centrales alcanza un muy alto grado de desarrollo, a tal punto que algunas de sus características principales se convierten en su antítesis y, asimismo, comienzan a manifestarse los rasgos de una época de transición hacia un régimen superior. Lenin define a esta nueva etapa como la fase monopolista del capitalismo: el imperialismo, cuyas características principales son la concentración de la producción y del capital, que crea los monopolios; el capital financiero; la exportación de capitales; y el reparto del mundo, tanto por los monopolios, a nivel económico, como por las potencias capitalistas, a nivel territorial12. Esta nueva situación tendrá como consecuencia la modificación de las formaciones económico-sociales de la mayoría de los países latinoamericanos, configurando lo que será el común denominador en esta zona: la dependencia. En esta etapa, los monopolios no buscan ya meramente mercados para vender, sino territorios donde obtener recursos estratégicos (como materias primas baratas para su propia industria) y la exclusividad de campos de inversión. Del otro lado, los países latinoamericanos se integran al mercado mundial como complemento, subordinado, de las grandes potencias imperialistas, es decir, con economías agroexportadoras extremadamente especializadas. Pero esta complementariedad subordinada no se puede entender si no se
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Mires, Fernando, La rebelión permanente, Siglo XXI, México, 1998, p. 225 Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, Quadrata, Buenos Aires, 2006, pp. 84 y 85

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hace mención al elemento interno de las formaciones económico-sociales latinoamericanas: las viejas oligarquías criollas que, como se dijo anteriormente, hegemonizaron las revoluciones de independencia, lo cual dio lugar a la centralización estatal en sus manos, convirtiéndose en clase dominante, con gobierno propio. La dominación y opresión imperialista será ejercida, entonces, por medio de una alianza con esta clase dominante, transformada ahora en intermediaria, en apéndice de los intereses imperialistas. Estas oligarquías son, precisamente, las que abren la puerta al capital extranjero, ya que con el triunfo del capitalismo sólo pueden sobrevivir si se asocian de forma sometida a los monopolios imperialistas. Si esto es así para Latinoamérica en general, lo es también para Bolivia en particular, demás está decir que con diversos matices que le dan su forma única. El proceso de modernización tendrá lugar no como una ruptura con las antiguas relaciones de producción, sino como una expropiación de las comunidades indígenas: “La expropiación de las comunidades, en un país indio como es Bolivia, significaba no sólo la continuación de la conquista por otros medios, sino además el ataque de una minoría detentadora del Estado hacia la propia nación.”13 Tal situación no se modificará cuando, a fines de siglo, la caída de precios mundial decrete el fin de la era de la plata y el comienzo de la era de estaño, hecho que coincidió con la llamada “revolución federal” y el ascenso al poder del Partido Liberal. Como esto ocurre en la época del imperialismo, la nueva elite asociada al estaño surge ligada, subordinadamente, al capital extranjero (a diferencia del grupo minero de la plata, vinculada más bien a los sectores de la oligarquía tradicional). Pero, como señala Hugo del Campo, “no había terminado aún la lucha [entre los nuevos sectores mineros y mercantiles y la vieja oligarquía terratenienteminera] cuando los diversos sectores de la clase dominante volvieron a reagruparse admitiendo la hegemonía de los barones del estaño. (...) Los mineros, por su parte, sabían muy bien que el mantenimiento de la estructura agraria tradicional era la mejor manera de asegurarse una fuente permanente de mano de obra y alimentos baratos.”14 Los barones del estaño eran Patiño, Aramayo y Hochschild; entre los tres controlaban la producción estañifera boliviana, tanto es así que sus rentas superaban a las del propio Estado. Si bien eran bolivianos, actuaban allí como cualquier capitalista extranjero, y un rasgo del imperialismo es que la masa de plusvalía extraída a los obreros, mediante su superexplotación, se convierte en beneficios para los monopolios extranjeros y, por ende, no queda en el país de origen. La riqueza salía prácticamente en su totalidad al extranjero, mientras que en Bolivia sólo quedaban algunos pocos impuestos y salarios de miseria pagados a los obreros. Además, para preservar sus privilegios, los tres grupos pasaron a controlar el gobierno y la política en sí, constituyendo el súper-Estado minero, lo cual resultó extremadamente fácil dada la gran concentración que hizo que los tres grupos monopolizaran la producción estañifera. El Estado boliviano se convirtió así en un botín en disputa por las diferentes facciones y los detentadores del poder se transformaron de oligarquía en “rosca”. Como nos explica Santiago Mas, “la debilidad numérica de las clases dominantes hizo necesario desarrollar un estrato social que les fuera adicto –integrado por abogados, administradores,
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Mires, Fernando, op. cit., pp. 226 y 227 Del Campo, Hugo, op.cit.

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testaferros e intermediarios- (...) fue el sector encargado del mantenimiento del régimen de dominación conocido como la rosca”15. Y aquí nos encontramos, nuevamente, con la gran debilidad del Estado: “Sometido al superestado y penetrado por la rosca, el estado boliviano sólo tenía una ínfima participación en los beneficios de la minería. Aun en los años de mayor prosperidad de la minería, el gobierno vivía en una penuria permanente.”16 En cuanto al Partido Liberal, llegará al poder de la mano del apoyo de los barones del estaño, aprovechando que la coyuntura favorable (producida por la caída de los precios de la plata) le permitió iniciar su lucha contra la oligarquía conservadora. Pero, en realidad, cuando los liberales asumen el poder no cambian en nada la situación, siendo los grandes propietarios de estaño los únicos beneficiados. Por eso es que “la revolución nada tenía de federal ni de social. No la promovía una pugna entre sistemas de producción o de distribución de la riqueza entre las clases sociales, sino apenas la contradicción regional entre las clases dirigentes”17. Durante el gobierno liberal, además, se intensificará la penetración imperialista inglesa a través de la construcción de ferrocarriles, que sirvió solamente para satisfacer las necesidades de la minería, y de los empréstitos al gobierno, siendo que, hasta 1908, Bolivia había sido un país sin deuda externa. Esto es así porque el imperialismo no opera sólo como factor externo sino también como factor interno. El resultado no puede ser otro que, por un lado, la distorsión de las economías donde los monopolios se radican, pues como nos indica Rivera, sólo tienen en cuenta el mercado del país inversor, desarrollando únicamente las zonas y sectores dedicados a la producción de materias primas. Y, por el otro lado, además de la acentuación de la producción monocultora, los monopolios requieren el completo control de las inversiones, ubicándose para ello en los transportes y en el sector bancario18. No es meramente, entonces, una dominación económica, sino también social y política; requiere el control del aparato del estado, fundamental para perpetuar la dominación y como garantía de exclusividad frente a otros monopolios. En 1920, el Partido Liberal será finalmente derrocado por el Partido Republicano (escisión del primero), que gobernará sin mayores cambios hasta 1936, en medio de un fuerte crecimiento del endeudamiento externo, de la depresión mundial producto de la crisis del 29 y del desplazamiento del imperialismo inglés por el yanqui, que no hizo más que acrecentar todas las contradicciones acumuladas. En síntesis, a finales del siglo XIX nace un nuevo grupo hegemónico, el sector minero ligado al estaño, que si bien se podría decir que en un principio entró en conflicto con la oligarquía terratenienteminera, pronto se asoció al imperialismo, mientras que finalmente los distintos sectores de la clase dominante se fueron reagrupando en torno suyo, aceptando su poderío. Todo esto significó la liquidación, de un plumazo, de cualquier intento de desarrollo de una burguesía nacional y de una economía independiente. Así, Bolivia quedó, de arriba a abajo, en manos del imperialismo: el capital extranjero pasó a dominarlo todo, o lo que es lo mismo, Bolivia fue perdiendo el control de sus recursos naturales fundamentales y de su autonomía financiera, dando lugar a las causas que llevarán a la terrible guerra del Chaco.
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Mas, Santiago, op. cit., p 33 Del Campo, Hugo, op. cit. 17 Mires, Fernando, op. cit., p. 228 18 Rivera, Jorge, América Latina: el fracaso y la esperanza, en Siglomundo, Centro Editor de América Latina, p. 72

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De la guerra del Chaco a la revolución de 1952 a- El despertar político y nacional y el socialismo militar La guerra del Chaco fue un intento desesperado de la clase dominante por dar salida a una situación que se había vuelto insostenible: las consecuencias de la crisis del 29 repercutieron en Bolivia de una forma brutal, y es que la caída mundial de los precios del estaño no puede producir otra cosa, en un país monoproductor, que una profunda crisis económica, a lo que hay que sumarle la rivalidad por los intereses petroleros. Todo esto en el marco de un creciente descontento general cuyas expresiones eran la movilización popular (todavía lejos de ser masiva) y la aparición de otros sectores de la sociedad, en especial la clase obrera. Es decir que, en medio de esta caótica situación, la clase dominante creyó ver en la guerra (que pensaba ganaría con facilidad) la oportunidad de seguir existiendo, encontrando en Salamanca su “hombre símbolo”, el elegido para devolverle el orden al país y la credibilidad a sus dirigentes. Como se sabe, siempre que se quiere iniciar una guerra es posible encontrar el pretexto indicado, y en este caso lo fue la lucha contra un supuesto enemigo externo común, Paraguay, presentado como una amenaza al territorio boliviano. En un principio, la excusa rindió sus frutos tal como se lo esperaba, ya que se logró canalizar la voluntad popular hacia el chovinismo: todos parecían dejar de lado sus diferencias en pos de la unidad patriótica. “Pero, muchas veces, la guerra es un arma de doble filo. Cuando sus objetivos no son los del pueblo, cuando se persigue la satisfacción de estrechos intereses de clase, cuando, en una palabra, se lanza a la masacre a un pueblo en interés de una minoría, la guerra puede acarrear consecuencias totalmente inesperadas”19. Y eso fue lo que efectivamente sucedió, pues la lógica y lamentable derrota de Bolivia, en lugar de afianzar a sus ejecutores, sacó a la superficie todas las contradicciones acumuladas, permitiendo el “despertar de una conciencia social y nacional que pronto comenzará a atacar el súper estado minero y a poner en riesgo el predominio de la rosca.”20 El efecto inmediato que provocó la derrota “fue una profunda crisis en el ejército, donde muchos oficiales jóvenes habían llegado a percibir (...) los factores estructurales que determinaban la debilidad del estado boliviano y el carácter explosivo que la situación social iba tomando. Como además el total desprestigio en que habían caído los partidos tradicionales hizo imposible reconstruir el aceitado mecanismo político con que la Rosca había encubierto antes su dominio, el ejército debió hacerse cargo del gobierno (...)”21. Es este doble contenido el que le permitió al ejercito, a pesar de la derrota (o quizás gracias a ello), y ante la falta de una alternativa, presentarse como el único capaz de dar una solución a los problemas nacionales. Finalmente, los militares depusieron a Salamanca (y luego a Tejada, quien se había hecho cargo

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Mas, Santiago, op. cit., p. 34 Del Campo, Hugo, op.cit. 21 Ídem

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del gobierno), hecho que marca su entrada definitiva en la política y que da inicio a la decadencia del poder tradicional y a la sucesión de distintos gobiernos militares. Comienza entonces, en 1936, el desfile por el gobierno de los más conocidos y populares militares que, ante el deseo de las masas de una transformación profunda del país, levantaron la bandera de un confuso socialismo (en la posguerra, de hecho, todos se denominaron socialistas), que pasará a la historia como el “socialismo militar”. Tal término, en verdad, no hacía más que expresar que “los militares pasaban a ser la representación estatal de un vasto movimiento popular”22. El primero de estos militares fue el coronel Toro y, sin entrar en detalles, se puede destacar como lo más importante de ese período la sindicalización obligatoria e, impulsado por la presión popular, la nacionalización de la Standard Oil, cuya otra cara de la moneda fue la creación de los Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB). Pero el abandono de sus primeras intenciones, que le habían garantizado la adhesión popular, fue minando su apoyo y aumentando el malestar en el ejército. Esa situación fue aprovechada, en 1937 y mediante otro golpe de estado, por el teniente coronel Busch, quien llevó adelante una medida sólo comparable, por su carácter progresivo, con la nacionalización de la Standard Oil: sustitución de la constitución y declaración de dictador mediante, nacionalizó el Banco Central, donde pasaría a concentrarse el 100% de las divisas provenientes de la exportación. Esto supuso un duro golpe a la gran minería, a la cual nunca se le había puesto traba alguna en cuanto a la disposición de sus ganancias, que sacaban fuera del país. Pero el “socialismo militar” tenía sus limitaciones insuperables, que lo convertían en una mera utopía reformista. Entre esas limitaciones se encuentran el pretender desarrollar su programa en una coyuntura depresiva, el respetar las relaciones de propiedad fundamentales y su incapacidad para romper claramente con los grupos tradicionales, y una mala lectura de la historia de Bolivia y las raíces de su atraso, que perdía de vista los factores estructurales23. En otras palabras, y más allá de algunas iniciativas de cambio (que, de hecho, cobraron su importancia más por la resistencia de los sectores más reaccionarios de la sociedad, que por las consecuencias de su aplicación real), su programa no planteó en ningún momento la nacionalización de la gran minería y la reforma agraria, es decir que ni siquiera logró convertirse en un planteo democráticoburgués, mientras que tampoco buscó erigir su base social en las masas. Por ende, al no afectar definitivamente las fuerzas del súper-Estado minero, estas resultaron más poderosas. El 22 de agosto de 1939 muere Busch; para algunos autores se trató de un suicidio, mientras que para otros, de un asesinato. Pero, en realidad, “la consecuencia fue la misma: si se suicidó fue porque, en efecto, su dictadura no podía llegar más allá de donde llegó; si se le asesinó es porque todavía tenían sus enemigos la fuerza como para asesinarlo”24. Su muerte significó el derrumbe de todos sus propósitos y el fin del “socialismo militar”; su sucesor dejó sin efecto, desconociéndolo, el decreto sobre las divisas. Quintanilla se hizo cargo del gobierno en forma provisoria para luego llamar a elecciones, donde los viejos partidos se unieron en la llamada Concordancia, que llevó como candidato, casi sin oposición alguna, a Peñaranda. Tanto Quintanilla como Peñaranda eran
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Mires, Fernando, op. cit., p. 245 Ferran Gallego Margaleff, Los orígenes de la Revolución Nacional Boliviana. El trienio del “Socialismo Militar” (1936-1939), en Data, Revista del Instituto de Estudios Andinos y Amazónicos, N° 3, La Paz, 1992 24 Zabaleta Mercado, René, op. cit., p. 87

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generales que respondían directamente a la gran minería y a los terratenientes: estaba, por lo tanto, consolidada la restauración oligárquica, al menos por un tiempo. b- La conformación de los nuevos partidos políticos y el gobierno de Villarroel Si ya la guerra del Chaco tuvo como una de sus consecuencias el despertar político, las deficiencias del proceso “socialista militar” y el sometimiento a los dictados del imperialismo norteamericano por parte del gobierno de Peñaranda dieron la ayuda que les faltaba a los partidos socialistas y a los movimientos nacionalistas para plantear estrategias diferentes y aparecer de cara al pueblo, por primera vez, como una salida viable. Es en este período donde se quiebra definitivamente el poder de los viejos partidos de la oligarquía, suceso que tiene como contrapartida la creación de nuevos partidos que intentarán atraer hacia sus objetivos el gran descontento de las masas. Pero antes de avanzar sobre este punto, resulta necesario dar una breve mirada a la estructura social, paso obligado si se quiere comprender no sólo a estos nuevos partidos, sino a la revolución boliviana misma. En cuanto al carácter de la población boliviana, es Klein quien mejor señala los cambios que se fueron produciendo. Según el autor, en el periodo que va de 1900 a 1950 “la población urbana (…) había subido del 14.3 al 22.8 % de la población del total del país (…) la población alfabeta subió del 17 al 31 % de la población total, mientras que la población estudiantil preuniversitaria pasó de alrededor de 23.000 a 139.000, es decir de 1.3 al 4.6 % de la población total.”25 Si bien nos dice que estas cifras demuestran un aumento más rápido de la población urbana y un crecimiento importante de la población escolar y de los alfabetos, concluye que “si hubiera que tipificar la Bolivia de 1950, ésta aparecería todavía como una sociedad predominantemente rural, en la que la mayoría de la población sólo estaba marginalmente integrada en la economía del país.”26 Con relación a lo anterior, Alberto Pla resalta la gravedad del problema del latifundio: “El 4,5 % de los propietarios poseían el 70 % de la tierra. También podemos comprobar que el 8,1 % de total de propietarios llegaba a agrupar al 95 % del total de la tierra en posesión (…) Al mismo tiempo es necesario mencionar que sólo entre el 2 y 3 % del terreno era realmente cultivado, lo que demuestra el despilfarro de la gran propiedad”27. Asimismo, Pla nos da sobradas muestras de la importancia de la población indígena: “en 1954 (…) sobre 3.161.503 habitantes en total, era indios 1.703.371. O sea, el 54% de la población. A esto, agreguemos que del total de indios el 38% sólo habla aymará, el 6% conoce algo de castellano y el resto está distribuido entre poblaciones de diversas lenguas, dentro de las cuales los dialectos quechuas son los más importantes”28. Todos estos datos sirven para evidenciar tanto la situación de atraso económico de Bolivia, en

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Klein, Herbert S., La Revolución Nacional, 1932-1964, en Data, Revista del Instituto de Estudios Andinos y Amazónicos, N° 3, La Paz, 1992 26 Ídem 27 Pla, Alberto, América Latina Siglo XX. Economía, sociedad y revolución, Carlos Pérez Editor, Buenos Aires, 1969, p. 202 28 Ídem, p. 203

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donde se puede hablar de resabios precapitalistas y de una gran opresión de las masas indígenas, como la constitución de una pequeña burguesía urbana. Completa el cuadro el surgimiento de la clase obrera, suceso ligado al auge del estaño y a la aparición de las grandes empresas mineras. En su estudio sobre el proletariado minero29, Cajías de la Vega se propone entender “qué permitió el reconocimiento del ‘nosotros’, el desarrollo de lazos de solidaridad y la aparición de formas primarias de organización y defensa de intereses colectivos, entre trabajadores que provenían de distintos ámbitos culturales y laborales. (…)”. Y para ello, remarca tres puntos fundamentales: “1) las condiciones de vida y de trabajo en un contexto en que éste no se traducía en una clara diferenciación interna; 2) el aislamiento de los campamentos mineros (…); 3) la emergencia de una nueva identidad cultural que acogía tanto elementos de su pasado rural, como de su condición de proletariado semi-urbano”. Pero estos elementos, nos dice el mismo autor, si bien marcaron una conciencia de pertenencia a una realidad que los hacía iguales, no necesariamente debían traducirse en formas de organización y acción de clase. Por eso agrega que, a las luchas reivindicativas y espontáneas ocurridas en la década del 10, se sumaron, entre 1920 y 1940, “nuevos factores que coadyuvaron al desarrollo de la organización sindical, al encuentro con objetivos de clase más definidos, a un mayor reconocimiento de la realidad nacional, a la formación de representaciones sobre el estado y la burguesía minera, y a forjar su identidad”, mencionando los siguientes cinco: “1) la llegada a algunas minas de contingentes de obreros chilenos con previa experiencia y el contacto con grupos laborales que habían desarrollado tempranamente formas de organización más avanzadas; 2) la actividad propagandística de grupos anarquistas y elementos ‘izquierdistas’ que venían de las ciudades; 3) la coyuntura de la pre-guerra, el momento mismo de las acciones bélicas y la post-guerra del Chaco; 4) la actitud de ciertos gobiernos que dictaron leyes sociales e impulsaron la organización sindical; 5) las respuestas represivas de las empresas a sus demandas que, en ocasiones, lograron el apoyo de los gobiernos y usaron la fuerza militar”. Son estos factores los que “marcarían para la historia de los mineros la apertura de una nueva etapa en su accionar y un salto cualitativo en el desarrollo de su conciencia”, como se verá más adelante. Ahora sí, es posible comenzar con el prometido análisis de los nuevos partidos políticos. El primero de ellos en conformarse, en 1934, fue el Partido Obrero Revolucionario (POR), corriente trotskista que adhirió a la IV Internacional liderada por Trotsky (y a su documento fundador, el Programa de Transición). El POR no tendrá mayor relevancia sino hasta entrada la década del 40, en donde jugará un papel fundamental en el proletariado minero. Por el lado del comunismo, que por ese entonces ya había pasado a ser sinónimo de estalinismo, no pudo constituirse como partido propio pero si dirigirá el Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR), un producto del Congreso de Izquierdas en 1940 y expresión de la idea del “frente popular” estalinista. Esa dirección llevará al PIR a seguir los dictámenes de Moscú y su III Internacional y no los del proletariado y el campesinado boliviano, por lo cual jugará en la historia de Bolivia un rol nefasto y contrarrevolucionario. La derecha, por su parte, se organiza en la Falange Socialista Boliviana, cuyos
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Cajías de la Vega, Magdalena, Los mineros en la Revolución Nacional. La identidad minera y su accionar sindical y político, en Data, Revista del Instituto de Estudios Andinos y Amazónicos, N° 3, La Paz, 1992. Todas las citas que siguen y no tienen número pertenecen a esta misma obra.

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ejemplos a seguir eran la Falange española y Benito Mussolini, y que se basaba en un fervoroso nacionalismo y patriotismo y en la “cooperación de clases para combatir la lucha de clases”; de todas formas, la Falange no llegará nunca a tener un peso importante en la historia boliviana. El lugar para el nacionalismo será ocupado, en realidad, por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), formado recién en 1941 ante la represión de Peñaranda, pero que existía anteriormente como un grupo de intelectuales. Si el POR planteaba la revolución permanente conducida por el proletariado, y el PIR la revolución democrático-burguesa, en donde el proletariado se alía con la burguesía y es dirigido por ella, el MNR planteaba la revolución nacional, en los siguientes términos: no niega el marxismo o el socialismo, sencillamente porque no puede hacerlo. Utiliza, en cambio, un arma mucho más poderosa al afirmar que no son aplicables en Latinoamérica, esto porque Bolivia es una semicolonia donde persisten resabios feudales. Por lo tanto, para liberarla resulta necesario enfrentar al imperialismo que la somete y a la gran burguesía que le sirve como aliada por medio de una revolución nacional (y esto no puede hacerlo una clase solamente, el proletariado; al contrario, tal idea es contrarrevolucionaria, pues esa tarea le corresponde a la Nación entera). Se trata, nada más y nada menos, del planteo de la burguesía nativa que, impotente frente al poder de la oligarquía y el imperialismo, necesita luchar contra ellas para obtener una cuota mayor en la explotación de las clases dominadas de su país. Desde un principio, por ende, este planteo tenía sus limitaciones insalvables, puesto que la revolución nacional no se proponía echar definitivamente al imperialismo y a la rosca sino, a través de ciertas reformas, mejorar su situación dentro del orden existente. Lo dicho corresponde, en verdad, a una ley general: la burguesía nacional, como toda burguesía, vive de la explotación de mano de obra. Pero en los países oprimidos se ve obstaculizada en su posibilidad de desarrollo por el imperialismo y su más grande aliado local, la burguesía intermediaria. Por lo tanto, en ciertas ocasiones puede mantener contradicciones con ellos, adquiriendo un carácter bonapartista que oscila siempre entre las masas populares (que serán regimentadas, pues se teme a su organización independiente y a la revolución social) y el capital extranjero, del cual también depende, ya que como burguesía no puede abstraerse de las leyes del mercado mundial. Más tarde o más temprano, o incluso desde un inicio, los procesos abiertos por tales contradicciones se detendrán ante los pilares fundamentales del orden existente, inclinándose definitivamente hacia el capital extranjero, y las masas que confiaron en las “revoluciones nacionales” de las burguesías nativas, sino superan revolucionariamente ese programa, serán aplastadas por la restauración. Así sucedió, en gran parte, con el gobierno de Villarroel. Peñaranda había perdido toda su legitimidad porque, como se dijo más arriba, respondió como nadie a los intereses del imperialismo: en el marco de la Segunda Guerra Mundial, y bajo la excusa de ayudar en la lucha contra el fascismo, se intensificó la explotación de los trabajadores bolivianos, lo cual tendrá su punto máximo en la masacre de Catavi, en 1942. Los mineros no tenían porque subordinar sus intereses inmediatos a los de la guerra, por lo que entraron en huelga, a lo que el gobierno respondió con una brutal masacre que terminó de mostrar cuál era su verdadero rostro. Este suceso fue capitalizado políticamente por quien se mostraba más fuerte dentro de la oposición, el MNR, que ahora se encontraba capacitado para, mediante una alianza con los jóvenes oficiales nucleados en 11

la logia RADEPA (Razón de Patria, que se sentía heredera del “socialismo militar” de Busch, y que ideológicamente tenía muchos puntos en común con el MNR), dar un golpe de Estado y tomar el poder, lo que sucedió en diciembre de 1943. El gobierno RADEPA-MNR o Villarroel-Paz Estenssoro, con el ánimo de ganarse la adhesión popular inicia una serie de tímidas reformas, que si bien pueden considerarse progresivas, como indica Santiago Mas se detuvieron “ante dos pilares del orden oligárquico: el campo y la gran minería”30, y nunca sirvieron para ganar definitivamente al pueblo. Pero aunque se mantenía intacta la formación económico-social, los terratenientes y los grandes empresarios mineros se horrorizaron ante la idea de ceder un poco de su poder: “Con todo, la existencia de un estado independiente al mínimo con relación a la gran burguesía y los grandes terratenientes era algo que resultaba inadmisible para la clase dominante. (...) No eran (...) las medidas de gobierno sino lo que había de ellas como contenido de clase (o sea, como tendencia histórica) lo que preocupaba a la oligarquía y ahora también al propio imperialismo norteamericano”31. Sin duda la rosca fue perjudicada, pero como no hubo intención de liquidarla (y las razones ya fueron dadas cuando, más arriba, se habló del MNR y la burguesía nacional) permaneció intacta en sus posiciones económicas, y con la ayuda del imperialismo yanqui, e incluso de la izquierda que el PIR representaba, encontró los medios para recuperarse nuevamente. Por esta razón, desde sus inicios el gobierno de Villarroel fue acusado de “nazifascista” y sus opositores trataron de presentar su lucha como parte de la lucha mundial de la democracia contra el nazifascismo. Resalta aquí la ayuda prestada por el PIR a la oligarquía rosquera. Como se ha mencionado, siguiendo los virajes de la burocracia soviética (el ataque de Alemania a la URSS hace que el pacto HitlerStalin, lógicamente, se rompa, mientras que ahora la alianza pasa a ser con las potencias “democráticas” de Occidente), el PIR pasó de combatir al imperialismo yanqui a apoyar a Peñaranda en su supuesta lucha contra el nazifascismo. Y cuando sube Villarroel, no podía hacer menos que consumar la alianza “roscopirista” a través del “Frente Democrático Antifascista”. Idéntica actitud tuvo el PC en Argentina con respecto al gobierno de Perón, por lo cual pensar en un simple “error” es un argumento superficial que intenta justificar lo injustificable, es decir, la naturaleza contrarrevolucionaria del estalinismo. Alberto Pla resume la posición correcta cuando afirma que “La posición socialista, obrera, revolucionaria, implica negar ambas [se refiere a la controversia entre dos políticas de la burguesía, la nacionalista y la democrática], a pesar de que se puedan apoyar medidas concretas de la burguesía nacionalista, no cuando simpatiza con el fascismo, que no compromete a nada, sino cuando ataca los privilegios y las bases de sustentación de la Rosca.”32 Finalmente, la alianza “roscopirista” logró crear el clima adecuado para deponer a Villarroel. Los funcionarios del MNR fueron renunciando, el ejército se dividió y sólo una minoría se mostraba fiel. No fue difícil, en este marco, que una insurrección popular (y urbana) en julio de 1946 colgase a Villarroel y a sus colaboradores en los faroles de la Plaza Murillo. “Así terminaba la experiencia de un gobierno que, vacilando siempre entre un abstracto nacionalismo de inspiración militar y la tendencia a enraizarlo en los sectores populares, había apenas iniciado la movilización política de los grupos más poderosos –mineros y
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Mas, Santiago, op. cit., p. 37 Zabaleta Mercado, René, op. cit., pp. 89 y 93 32 Pla, Alberto, op. cit., p 185

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campesinos- sin llegar a concretar transformaciones fundamentales”33, y se abría un sexenio de intentos fracasados de retornar a la vieja estructuración de la sociedad boliviana. La tarea de los revolucionarios, y del pueblo en general, era demostrar que sabían sacar las conclusiones de todo este proceso.

De la revolución nacional a la revolución restauradora a – El camino a la insurrección de 1952 La caída de Villarroel no sólo no puso freno a la agitación popular, sino que incluso pareció potenciarla. Pero ante el fracaso de los viejos partidos, del “socialismo militar”, del PIR y ahora del MNR, las masas comenzaron a inclinarse hacia el POR, que también había estado presente en Catavi, y que estaba en mejores condiciones que los demás para trabajar en los medios obreros, en particular en los centros mineros. Expresión directa de este proceso será el Congreso Minero de Pulacayo, en 1946, y su respectiva y famosa Tesis (de inspiración porista), que como señala Alberto Pla significó un “verdadero programa revolucionario para Bolivia: nacionalización de las minas, control obrero sobre la producción y el comercio exterior, escala móvil de salarios, armamento del proletariado, milicias obreras y campesinas, figuran en ellas, como destacados”34. La Tesis de Pulacayo es la correcta aplicación de las conclusiones fundamentales de la Revolución Permanente y de El Programa de Transición, de León Trotsky, a la realidad de Bolivia: la revolución boliviana es democrático-burguesa por sus objetivos (reforma agraria, independencia nacional), pero una vez iniciada sólo puede triunfar si no se detiene ante el marco de la propiedad capitalista, transformando la revolución burguesa en socialista (la revolución democrático-burguesa es sólo un episodio de la revolución proletaria), y con ello en permanente. El sujeto capaz de realizar esta tarea es el proletariado, que constituye la clase social revolucionaria por excelencia, en alianza con el campesinado y otros sectores de la pequeña burguesía, y el resultado de esta hegemonía no puede ser otro que la dictadura del proletariado. Es decir que “ya está planteado en Bolivia, a nivel de masas, el programa de la revolución socialista”35, colocando al proletariado minero no sólo a la vanguardia de Bolivia, sino de toda América Latina. Además, la Tesis sirvió como programa para la construcción del Bloque Minero Parlamentario, una alianza que La Federación de Mineros constituye con el POR y que expresa la participación independiente de los mineros en las elecciones de 1947, que es ya un logro de por sí, más allá de que la elección de seis diputados y dos senadores no pudiese progresar, pues en medio de un clima de gran represión, los dirigentes fueron finalmente apresados y exiliados. Pero si todo esto había permitido que el POR dejase de ser un minúsculo grupo alejado de las masas, el fracaso en encontrar la forma de plasmar la Tesis de Pulacayo en la práctica dio lugar a que el MNR, que parecía enterrado, recuperase sus posiciones sobre la base de un giro a la izquierda que prácticamente lo llevó
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Del Campo, Hugo, op.cit. Pla, Alberto, op. cit., pp. 194 y 195 35 Ídem, p. 193

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a calcar, demagogia mediante, las consignas del POR, desplazándolo de la dirección de los acontecimientos. Incluso la acción del MNR y el POR empezó a verse como una sola, lo que se debió al seguidísimo a una supuesta ala izquierda del MNR por parte del porismo; aquí ya se comienzan a apreciar los primeros errores del POR, fundamentales para entender el destino final de la revolución boliviana de 1952, en cuanto a que sus políticas contradecían directamente la Tesis de Pulacayo. Así fue como el MNR, ferozmente reprimido y perseguido, logró acomodar su programa al viraje de las masas y, para finales de la década del 50, ganar el apoyo del estalinismo, del trotskismo y del pueblo en general. En el año 1949 el MNR planteara apresuradamente (ya que el gobierno no había perdido aún toda su legitimidad) una línea insurreccional, lo cual responde a un gran cambio de situación, pues si bien anteriormente toda conspiración estuvo limitada al campo militar, ahora “el MNR explota (...) la pérdida que tuvo dentro de los militares compensándola con su influencia en las masas mismas y por eso tiene que plantear como una guerra civil lo que antes debió existir como conspiración” 36. Pero a pesar de la derrota del MNR, ya no había vuelta atrás. El poder estaba en completa disgregación y las elecciones de 1951, luego de la huelga general de 1950, son un ejemplo de ello: “A pesar de que el sistema electoral era de voto calificado, con lo que se excluía a la mayor parte de los obreros y todos los campesinos, Paz Estensoro, jefe del MNR, resultó vencedor en las elecciones de 1951. Si la oligarquía hubiese tenido confianza en el funcionamiento de su propia democracia, y en particular, en su control sobre el ejército, le habría resultado factible entregar el poder al vencedor y, sin embargo, bloquear legalmente su programa o condicionarlo e incluso, esto es ya una pura hipótesis, apoyar al MNR en sus relaciones con los aliados peligrosos, que eran los mineros (…). Prefirió empero el camino más rutinario de desconocer las elecciones, encaramar en el poder a una nueva junta militar y, en fin, suprimir todas las alternativas democráticas. Con ello se completaron las condiciones subjetivas para que, menos de un año después, existiera la insurrección de masas del 9 de abril de 1952.”37 Y cuando todo parecía indicar que se produciría un golpe de Estado más en la historia de Bolivia, cuyo resultado sería un gobierno conjunto entre el MNR y el ejército, la aparición de los mineros y de amplios sectores urbanos –que, como las masas rusas en febrero de 1917 no sabían exactamente qué querían, pero sí lo que no querían, en este caso a la Rosca y su Estado- y su dramática lucha en las calles, armas en mano, transformó en tres días el resultado en una insurrección triunfante. El ejercitó fue derrotado y se derribó al Estado, pero el proletariado victorioso no tomó para sí el poder que había conquistado por su cuenta, como lo planteaba la Tesis de Pulacayo, sino que –nuevamente al igual que en el febrero ruso- colocó allí a una dirección que no era la suya, y que no sólo no había planeado la insurrección ni jugado en ella un papel principal, sino que había tratado de evitarla por todos los medios. b -Caracterización de la revolución

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Zabaleta Mercado, René, op. cit., p. 97 Ídem, pp. 97 y 98

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No es posible proceder a caracterizar una revolución cualquiera limitándose a enunciar qué clase social dirige el proceso, cuál es la base económica y cuál la situación política en el momento que suceden los hechos. En realidad, estos factores sólo pueden analizarse a partir del curso que fueron tomando los acontecimientos y no simplemente a escala nacional, sino teniendo en cuenta la relación dialéctica existente entre lo nacional y lo internacional. Es por esto que importa describir cuál es la coyuntura en la que se enmarca y toma significación la revolución boliviana de 1952. Por un lado, con la Primera Guerra Mundial (manifestación más cruda del imperialismo) queda en evidencia que el capitalismo ya ha cumplido su función histórica, mientras que la Revolución Rusa en 1917 abre un ciclo de revoluciones socialistas a escala mundial, destinada a superar la debacle capitalista. Es el inicio de una nueva era, en la cual las revoluciones emprendidas por una colonia o semicolonia contra el imperialismo, aunque en sus objetivos pudieran ser democráticos-burgueses, ya no pertenecen a la vieja revolución destinada a establecer una sociedad capitalista y dirigida por la burguesía, pues esta no puede llevar adelante ningún proceso revolucionario (como la burguesía de los países Europeos en su lucha contra el feudalismo, aunque vale agregar que ya en 1848 y en 1905 la burguesía europea se había mostrado reaccionaria), sino a una revolución liderada por proletariado: la revolución socialista proletaria mundial. Por otro lado, en el período que se abre con el fin de la Segunda Guerra Mundial se pueden destacar dos grandes fenómenos. En primer lugar, la llamada Guerra Fría, impulsada por los Estados Unidos y las otras potencias imperialistas de Occidente con el fin de detener el avance de la URSS y de la revolución en general a escala mundial. En segundo lugar, el “despertar”, primero en Asia, más tarde en África, de los países coloniales y semicoloniales, manifestado en una enorme oleada de movimientos anticoloniales. Estos movimientos, en cuya lucha contra el colonialismo como enemigo común confluyeron diversas clases, serán recorridos por dos grandes líneas: la reformista, encabeza por la burguesía nacional, y la revolucionaria, conducida por el proletariado. Ejemplos de la primera línea los encontramos en la India, en Egipto, en Birmania o en Indonesia, por nombrar algunos casos. Ejemplo de la segunda, es decir, de los movimientos anticolonialistas y antiimperialistas dirigidos por el proletariado, es el de la Revolución China. Por su parte, el movimiento anticolonialista de la segunda posguerra se extiende también hacia América Latina. El imperialismo yanqui, en medio de la Guerra Fría y con la excusa de la lucha contra el comunismo y la subversión, tenía como plan convertir a América Latina en un desfiladero de dictaduras que respondieran plenamente a sus intereses, lo que más tarde conseguirá, y cuya primera víctima será Guatemala. Pero la situación de debilitamiento de las potencias imperialistas a nivel mundial posibilitó que se generalizaran movimientos nacionalistas burgueses (que ya venían en ascenso a partir de la crisis del 29) con distinto grado de radicalidad y de apoyo y protagonismo de las masas, como es el caso del peronismo, del varguismo, del MNR, etc. Además de estos procesos reformistas, se repite aquí la lucha entre dos corrientes antagónicas, pues a finales de la década del 50 tenemos también el ejemplo de la Revolución Cubana. Entonces, estamos ante un proceso que pone fin a una etapa en la cual la forma colonial era la manera principal en que las potencias imperialistas ejercían su dominación y opresión, y que se enmarca en el ciclo de revoluciones socialistas, pero que tiene resultados diferentes dependiendo de qué clase sea la hegemónica. 15

Tal es así que en los países en donde la revolución de liberación nacional no fue dirigida por el proletariado, sino por la burguesía nacional, sucederá lo mismo que en América Latina durante las primeras revoluciones de independencia: el problema agrario quedará sin resolver y, por lo tanto, los terratenientes conservarán su poder económico, sentando las bases para las nuevas formas de dependencia y dominación oligárquicoimperialista. En cuanto a la revolución boliviana en particular, se hizo mención a que el proletariado minero no tomó el poder para sí, sino que colocó allí al MNR y a su máxima figura, Paz Estenssoro. Pero ahora debemos agregar que días después de la revolución los trabajadores crearon su propia organización, la Central Obrera Boliviana (COB), expresión de la dualidad de poderes reinante. Y así como todos los autores coinciden en remarcar que la hegemonía de la revolución perteneció al proletariado minero, también se concuerda en cuanto a que este mismo actor siguió manteniendo la hegemonía durante el primer período, siendo su Central Obrera la verdadera instancia de poder, y el gobierno del MNR apenas su sombra. Lo que falla en la mayoría de los autores es que, reconociendo de hecho la dualidad, que tenía como dueño de la situación a los trabajadores, no se saque de allí las conclusiones obvias: la dualidad de poderes es una situación excepcional producto del choque irreconciliable de dos clases en una situación revolucionaria, y como tal, no puede extenderse demasiado en el tiempo; uno de los poderes acaba finalmente por imponerse. Los partidos revolucionarios, inclusive el POR, desconocieron este hecho, y en lugar de definir la dualidad a favor de la COB, trabajando en ella para lograr una mayoría y exigiendo el paso de todo el poder a esa organización, se dedicaron a “presionar” al MNR para que realice las demandas de las masas, designando para ello algunos ministros obreros y estableciendo el co-gobierno MNR-COB. Así lo entiende Alberto Pla, una de las excepciones a la regla, cuando nos dice que “en la medida en que no surge una dirección obrera de masas que conscientemente busque resolver la contradicción a su favor sino que sólo trate de presionar al ala progresista dentro del MNR, no se abrirá la posibilidad de avanzar en la revolución social que quieren las masas y se posibilitará, poco a poco, el nuevo triunfo de la reacción favorecido por el MNR.”38 Lamentablemente, eso fue lo que sucedió. La falta de una dirección revolucionara capaz de aprovechar la situación llevó a la capitulación ante la burguesía nacional, contrariando así la Tesis de Pulacayo. Se pasó de competir con esa burguesía por la hegemonía de la revolución, a subordinarse a una de sus alas, fomentando en las masas la confianza en el gobierno y no lo contrario. El problema principal fue, entonces, la ausencia de un verdadero partido obrero: “Había en el movimiento proletario, empero, una duplicación; se sentían, por una parte, integrantes del movimiento democrático considerado como generalidad y, por lo tanto, impusieron como algo natural el retorno de Paz Estenssoro y la reivindicación de su presidencia, como emergencia de su victoria en las elecciones de 1951. Pero, por otra parte, eran portadores semiconscientes de su propio programa, que era el que figuraba en la tesis de Pulacayo, aprobada en 1947. Lechín expresaba lo primero; lo segundo, demostró ser un germen imposible de desarrollarse en

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Pla, Alberto, op. cit., p. 199

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tanto cuanto no se diferenciara la clase del movimiento democrático general, es decir, ya como partido obrero.”39 La revolución boliviana dará lugar a la revolución restauradora, es decir, fracasará, en la medida en que tuvo como resultado la revolución nacional y no la revolución proletaria, en el marco del agotamiento del capitalismo y del ciclo de revoluciones socialistas, o sea, de la inviabilidad de la burguesía nacional para conducir proceso de liberación nacional alguno y de la inviabilidad misma del capitalismo. Pero en qué medida la revolución fue nacional y terminó siendo derrotada sólo puede verse, como dijimos, a partir del curso que tomaron los acontecimientos, siempre sin perder de vista la relación entre lo nacional y lo internacional, lo cual necesariamente da paso al siguiente punto. c- El MNR en el poder Los tres aspectos fundamentales del gobierno del MNR fueron la nacionalización de las minas, la reforma agraria y la relación con el imperialismo yanqui. En cuanto al primer punto, las masas habían hecho la revolución para acabar definitivamente con el poder de los barones del estaño, y para ello su vanguardia (organizada en la COB) reclamaba la nacionalización sin indemnización y el control obrero. Pero la nacionalización no figuraba en el programa del MNR, y si tuvo que realizarla fue por dos razones. En principio, y lo mismo vale para la reforma agraria, se puede decir que “si la burguesía origina a la vez modalidades no de expansión sino de restricción o encerramiento, es decir, si tiene un comportamiento oligárquico, los sectores que quieran aburguesarse acaban por actuar como verdaderas fracciones burguesas descontentas y aunque, en principio, no se proponen sino la ampliación de la una clase, se ven obligadas a destruirla para reconstruirla de inmediato con mayor amplitud y autenticidad”40. La cita explica por qué, para mantenerse en el poder, el MNR tuvo que ir tan lejos, lo que no sucedió en otros países de Latinoamérica. Pero, de todas formas, esto no habría sucedido si, al igual que en la insurrección victoriosa de abril, las masas no hubiesen ejercido un papel protagónico: en realidad, el MNR no podía continuar en el poder si perdía el apoyo de las masas, que se habían colado, mediante la fuerza, en un escenario que históricamente no las tuvo en cuenta. Por eso, la principal razón fue, sí, la presión popular, en especial de un proletariado minero que aún estaba armado y fuertemente organizado, y en el cual residía el poder. Ahora bien, desde un principio el MNR encontró la forma de desviar la nacionalización (que le era imposible evitar) hacia sus intereses, postergándola a través de la creación de una Comisión encargada de estudiar el hecho, pero cuya real intención era la de esperar un cambio favorable en el espíritu revolucionario de las masas, es decir, que el pueblo se adormeciera. Finalmente, la presión fue tal que se nacionalizaron las minas pertenecientes a Patiño, Aramayo y Hochschild, pero se aseguró a cada uno de ellos una jugosa indemnización (lo cual era una imposición del imperialismo), mientras que no se dio indicio alguno de continuar con las nacionalizaciones. Por demás, era sabido que las grandes empresas mineras se encontraban
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Zabaleta Mercado, René, op. cit., p. 99 Ídem, p. 100

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en crisis, por lo cual no sólo no le fue difícil al MNR llevar la medida adelante, sino que incluso significó el rescate de los barones, pues de lo contrario se veían sujetos a la posibilidad de una quiebra total y de una nacionalización en manos de los trabajadores mismos. Para peor aún, la gran minería pasó a ser socia directa del gobierno pero ahora la productividad y la eficiencia habían descendido a niveles nunca vistos, mientras que para los obreros la situación, sino era la misma, había empeorado. Lo más importante de todo esto es que el pago de la indemnización hace a la política del MNR, que de esta forma nace subordinándose a los requerimientos del imperialismo. En cuanto al segundo punto, si la nacionalización de las minas no sirvió a la independencia y al desarrollo económico del país, con la reforma agraria sucederá algo parecido. Aquí, otra vez, la reforma no formaba parte del programa el MNR. Si esta se realizó fue porque la derrota del ejercito por cuenta del proletariado en 1952 permitió a los campesinos llevar adelante lo que Fernando Mires llama muy bien “una revolución en la revolución”41. Por eso, los campesinos comenzaron a repartirse las tierras por su cuenta antes de la firma de cualquier decreto. Si el MNR procede a efectuarla es, al igual que con la nacionalización de las minas, para controlarla y limitarla a sus propios intereses. Los resultados serán los que resume Santiago Mas: “reducción de la Reforma a la distribución de tierras, ausencia de apoyo técnico y financiero a los nuevos propietarios, lentitud en el proceso de aplicación, desviación de recursos hacia la zona de los llanos (...), cesión del manejo del crédito a los organismos estadounidenses, multiplicación del minifundio y manutención –si bien en menor grado- del latifundio”42. Por lo tanto, en el campo la situación tampoco se modificará, ya que se mantienen intactos los arcaicos procedimientos de cultivo, la baja productividad de la agricultura (lo que condenó a la industria a seguir vegetando) y, como una consecuencia lógica, la pobreza de la masa campesina.43 Si lo anterior explica que los campesinos retirasen luego el apoyo dado al gobierno, para pasar a sostener a Barrientos (o sea, a la restauración), también explica la táctica del MNR que, ante el poder amenazante de los obreros, “descubre” a los campesinos para convertirlos en “el factor de contrapeso que necesitaba el MNR en sus relaciones con los trabajadores”44. Pero si esto sucede es principalmente el resultado de la incapacidad de los obreros para lograr una verdadera alianza con los campesinos, que en un principio se organizaron en milicias y sindicatos y buscaron unir sus luchas a las de la ciudad, pero que luego, ante la confusión y el reflujo del movimiento obrero, pasaron a una actitud de desinterés ante su suerte, cuando no de hostilidad directa. Es que si la burguesía nacional logra dar satisfacción alguna a los intereses campesinos, es decir, a su deseo de tierras, estos no tendrán razón en buscar una alianza con un proletariado que nada puede ofrecerles. Como afirma Mires, “estamos acostumbrados a una alianza obrerocampesina en la que los campesinos aseguran el porvenir del poder proletario, como ocurrió en el esquema soviético; pero aquí, fueron los obreros los que retrocedieron en su propia vida política como resultado de su honradez democrática hacia los campesinos. No todas las alianzas de clase conducen pues al mismo fin” 45. La
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Mires, Fernando, op. cit., p. 273 Mas, Santiago, op. cit.,, p. 46 43 Del Campo, Hugo, op.cit. 44 Mires, Fernando, op. cit., p.,260 45 Zabaleta Mercado, René, op. cit., p. 106

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clave de toda revolución proletaria en los países oprimidos por el imperialismo consiste en que los trabajadores puedan dar respuesta a los intereses del campesinado a través de una revolución agraria, pues en su participación en uno u otro campo reside la posibilidad de un triunfo o una derrota, en especial en países como Bolivia, donde son la verdadera base de la sociedad. Con respecto al tercer punto, el imperialismo yanqui, toda su acción se reduce a “prevenir un desplazamiento producido por elementos más radicales”46; en otras palabras: a evitar la revolución proletaria. Desde luego, es mentira que el imperialismo no tolere gobierno nacionalista o comunista alguno. Ya se ha visto como el comunismo (o estalinismo) en Bolivia se alió y compartió el gobierno con la oligarquía, con el apoyo del imperialismo. Ya se ha dicho, también, cuál era la política de Estados Unidos en la guerra fría, y se ha puesto el ejemplo de Guatemala. Pero eso justamente demuestra que lo que más le importa al imperialismo es el orden (burgués, claro) y que, por lo tanto, apoyará a quien pueda garantizarlo. En tanto que el ejército había sido destruido, y las masas habían organizado su propio poder, el MNR era el candidato perfecto y, además, el único: esto explica por qué el antiimperialismo del MNR murió antes de nacer, así como toda la ayuda financiera recibida de los Estados Unidos (lo que explica, a su vez, el curso de la nacionalización y la reforma agraria). La ayuda será la más grande de todo el continente, y no por nada: aseguraba al MNR la protección contra las masas, mientras que, ante la creciente inflación e inestabilidad de la economía, le permitía estabilizar la moneda (con un plan, sí, del FMI); el resultado es un circulo vicioso de dependencia, que no hará más que crecer. Con respecto a esto, las siguientes palabras de Alberto Pla son contundentes: “La táctica es obvia; primero era necesario que Bolivia no pudiera financiar su desarrollo y luego la ayuda sería para estabilizar su moneda. Y el MNR no es víctima sino cómplice, en la medida que conscientemente recorre este camino, ya que de no hacerlo la alternativa era la postulada por la COB, a la cual enfrenta.”47 Vale destacar, por último, que la mayor exigencia del imperialismo fue la reorganización del ejército y la liquidación de las milicias de la COB, o sea, la restitución del orden burgués. Aquí debemos buscar los inicios de lo que será la contrarrevolución, pues esta saldrá de las filas mismas del ejército restituido, algo que luego Allende evidentemente no tomó en cuenta, pues tuvo su propio Barrientos. Los obreros lucharon siempre contra esta medida, así como contra el intento de destrucción de la democracia sindical y la burocratización del movimiento (y de una de sus reivindicaciones claves, el control obrero), pero la imposibilidad de atraer a su favor al campesinado fue acrecentando su aislamiento y su debilidad y volcando, definitivamente, la dualidad de poderes hacia el otro lado. En fin, una vez en el poder, el MNR se vio obligado por la presión popular a nacionalizar las minas y a realizar la reforma agraria, pero encontrando siempre la forma de limitar esas medidas y entrando en arreglo desde un comienzo con la gran minería, los terratenientes y el imperialismo yanqui, del cual Bolivia nunca fue tan dependiente, y mediante el cual se fue preparando la restauración, que en la década del 60 pondrá fin a los restos de la revolución nacional.
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Pla, Alberto, op. cit., p. 200 Ídem, p. 212

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Conclusión Se ha demostrado, a lo largo de la monografía, que la revolución terminó en una derrota porque fue hegemonizada por el sector nacionalista de la burguesía (MNR) y no por el proletariado (que se subordinó al primero), o sea, porque fue una revolución nacional. Que la revolución progresase requería, en cambio, una transformación en la formación económico-social, es decir, que la revolución nacional hubiese sido sólo un episodio de la revolución socialista, con el proletariado como vanguardia y en alianza con la base de la sociedad boliviana, el campesinado. Las condiciones de la revolución socialista estuvieron dadas a partir de la insurrección de abril de 1952, pero la ausencia de un partido revolucionario que volcase a favor del proletariado la dualidad de poderes surgida con esa insurrección tuvo como resultado que el ritmo revolucionario se fuese deteniendo y, por lo tanto, que el proletariado minero se encontrase cada vez más aislado. La contrarrevolución se fue gestando desde un principio, lo que es una consecuencia lógica de que la dirección haya estado en manos del sector nacionalista: por eso, la revolución nace aliada al imperialismo, a los terratenientes y a la gran minería; por eso, la revolución tiene como una de sus primeras consecuencias la restitución del ejército y el ataque a la vanguardia del proletariado; por eso, la restauración sale de las mismas filas de los nacionalistas. Como señala Santiago Mas: “En esta carrera contra el tiempo, entre el surgimiento de una vanguardia revolucionaria y la consolidación de la unidad contrarrevolucionaria, ganó esta última, pero este resultado no era ineludible”48. O como afirma, una vez más, Alberto Pla: “La revolución nacionalista se agota así, antes de dar contenido a ninguna de las medidas proclamadas como inherentes a una revolución democráticoburguesa o antiimperialista. Surge no obstante de allí una experiencia válida para las revoluciones populares de América Latina: que ningún nacionalismo puede dar satisfacción a las aspiraciones populares en la medida en que para hacerlo debe vulnerar el funcionamiento del sistema capitalista. La experiencia de la ‘revolución dentro del sistema’ condujo a Barrientos y Ovando. La experiencia cubana mostrará la alternativa para el desarrollo económico y social fuera del sistema, rompiéndolo. Y estos dos ejemplos ocurridos en la posguerra son elocuentes para justificar ante la historia la alternativa socialista, que es la combinación de las tareas democráticas burguesas y socialistas en un solo proceso combinado, ya que combinado y desigual es el desarrollo de los países latinoamericanos”49. No queda otra que acordar con estos dos autores, ya que demuestran claramente que existe otra alternativa ante el fracaso al cual inevitablemente conducirá una revolución nacional: la alternativa, claro está, es la obrera y socialista, y el ejemplo cubano, críticas aparte, es el ejemplo del camino que pudo ser para Bolivia, pero que no fue.
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Mas, Santiago, op. cit.,, p. 55 Pla, Alberto, op. cit., p. 220

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Ahora bien, luego de largos años de gobiernos conservadores en Bolivia, el siglo XXI nace en medio de una degradación mayor de las condiciones de vida de las masas, quienes oponen a tal degradación su radicalización política (lo cual vale para gran parte de América Latina, aunque de manera desigual, llegando en algunos casos a protagonizar grandes rebeliones y puebladas). Este proceso tiene como razón de ser el fracaso de los regímenes llamados neoliberales pero hunde sus raíces en la crisis mundial del capitalismo, que de tan profunda amenaza convertirse en la segunda gran crisis mundial, pues nunca en la historia del capitalismo existió un deudor tan grande como lo es hoy Estados Unidos. Todo esto permite suponer que, como señala Vazeilles, estamos entrando en un cambio de época. Cambio que indica el comienzo de la declinación del poder hegemónico mundial de los Estados Unidos y que parece dar lugar a un equilibro multilateral, equilibrio que no indica estabilidad sino todo lo contrario, como muestran la gran crisis, las guerras y las rebeliones. Pero ante este cambio las masas radicalizadas no se han orientado hacia su organización independiente, sino que una vez más han puesto su confianza en direcciones nacionalistas que, como ya hemos visto, no darán solución a sus problemas, y cuyas máximas expresiones son Evo Morales en Bolivia y Hugo Chávez en Venezuela. El problema principal es, entonces, el de la preparación subjetiva del proletariado para hacer frente a esta nueva época, preparación que se encuentra retrasada en cuanto a las condiciones objetivas: agotamiento del capitalismo, empantanamiento de los nacionalismos y avance de la derecha más reaccionaria. La monografía cobra, pues, una importancia aún mayor, porque intenta contribuir al desarrollo de la conciencia de clase de todos los explotados en Latinoamérica, que es la principal tarea de todo aquel que haya optado por el punto de vista de los explotados. Matías Rivas, julio 2008

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