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71981399 Friedrich Hayek Camino de Servidumbre

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dio avergonzado, si no los repudia positivamente. Apenas
habrá exageración en decir que cuanto más típicamente in-
glés pareció al mundo un escritor de problemas políticos o
sociales, más olvidado está hoy día en su propio país. Hom-
bres como lord Morley o Henry Sidgwick, lord Acton o A. V.
Dicey, que fueron entonces admirados en el mundo entero
como ejemplos notables de la sabiduría política de la Ingla-
térra liberal, son para la generación presente Victorianos
completamente anticuados. Quizá nada muestre con más
claridad este cambio que el hecho de no faltar una conside-
ración simpática de Bismarck en la literatura inglesa con-
temporánea, en tanto que la generación más joven rara vez
menciona el nombre de Gladstone sin una burla para su mo-
ralidad victoriana y su utopismo candoroso.
Hubiera deseado trasladar adecuadamente en unos pá-
rrafos la impresión alarmante sacada de la lectura de unas
cuantas obras inglesas relativas a las ideas que dominaban
en la Alemania de la guerra anterior, pues casi todas sus pa-
labras podrían aplicarse a las opiniones más destacadas en la
literatura inglesa actual. Me limitaré a citar un breve pasaje
de lord Keynes, de 1915, exposición del «delirio» que ve ma-
infestarse en una obra alemana típica de aquel período. Re-
fiere cómo, según un autor alemán,

la vida industrial debe continuar movilizada incluso en la paz. Esto
es lo que quiere decir cuando habla de la «militarización de nuestra

vida económica» [el título de la obra reseñada]. El individualismo

ha de terminar por completo. Tiene que establecerse un sistema de
regulaciones rayo objetivo no es la mayor felicidad del individuo
(el profesor Jaffé no se avergüenza de decir esto con todas sus le-
tras), sino el reforzamiento de la unidad organizada del Estado con
el fin de alcanzar el máximo grado de eficiencia (Leistungsfahig-
keit), que sólo indirectamente influye sobre el provecho individual.
Esta monstruosa doctrina está encerrada en el relicario de una es-
pecie de idealismo. La nación se desarrollará en una «unidad cerra-
da» y llegará a ser efectivamente lo que Platón declaró que debería
ser: «Der Mensch in Grossen». En particular, la paz venidera traerá

a

consigo un reforzamiento de la idea de la intervención del Estado
en la industria... Las inversiones exteriores, la emigración, la políti-
ca industrial de los últimos años, basada en considerar el mundo
entero como un mercado, son demasiado peligrosas. El antiguo or-
den económico, que hoy muere, se basaba en el beneficio; y en la
nueva Alemania del siglo xx, el poder sin consideración del benefi-
cio acabará con aquel sistema capitalista que surgió de Inglaterra
hace cien año2

.

Excepción hecha de no haber osado aún ningún autor in-
glés, que yo sepa, a menospreciar abiertamente la felicidad
individual, ¿hay alguna frase de este pasaje que no encuen-
tre su igual en mucha literatura inglesa contemporánea?
Y, sin duda, no sólo las ideas que en Alemania y en otras
partes prepararon el totalitarismo, sino también muchos de
los principios del totalitarismo mismo están ejerciendo una
fascinación creciente en otros muchos países. Aunque pocas
personas, si es que hay alguna, estarían probablemente dis-
puestas en Inglaterra a tragarse el totalitarismo entero, po-
cos son sus rasgos singulares que unos u otros no nos han
aconsejado imitar. Aún más, apenas hay una hoja del libro
de Hitler que una u otra persona, en Inglaterra, no nos haya
recomendado emplear para nuestros propios fines. Esto se
aplica especialmente a muchas gentes que son, sin duda,
enemigos mortales de Hitler por un especial rasgo de su sis-
tema. No debemos olvidar nunca que el antisemitismo de
Hitler ha expulsado de su país o convertido en sus enemigos
a muchas gentes que, por todos estilos, son comprobados to-
talitarios del tipo alemán5

.

2. Economic Journal, 1915, pág. 450.
3. Especialmente cuando consideramos la proporción de antiguos so-
cialistas que se han hecho nazis, es importante recordar que el verdade-
ro significado de esta proporción sólo se ve si la referimos, no al número
total de los antiguos socialistas, sino al número de aquellos cuya con-
versión no se hubiera hecho imposible, en todo caso, por su ascenden-
cia. En efecto, uno de los rasgos sorprendentes de la emigración políti-

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