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Warisata mia - parte 3- Elizardo Perez

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Testimonio que cuenta de forma elocuente una de las experiencias más importantes en educación del Continente, que ha tenido repercusiones importantes. Escuela productiva, es solo uno de los términos que fueron creados en esta experiencia de Elizardo Perez, Avelinno Siñani y los indios de Warisata. Simplemente imperdible.
CAPITULO VII WARISATA EN EL CAMPO NACIONAL

1. La ayuda material de un Presidente
El año 1936 trae para Warisata el reconocimiento nacional de su doctrina y de sus tendencias, y fue Tejada Sorzano, ya Presidente, quien nos ayudó en forma decisiva para extender nuestra acción a otras regiones. Además, con exacto conocimiento de nuestras necesidades, puesto que las había palpado en dos ocasiones, dispuso la dotación de tierras, sementales, semillas, aperos de labranza, herramientas, etc. Fue Tejad
Testimonio que cuenta de forma elocuente una de las experiencias más importantes en educación del Continente, que ha tenido repercusiones importantes. Escuela productiva, es solo uno de los términos que fueron creados en esta experiencia de Elizardo Perez, Avelinno Siñani y los indios de Warisata. Simplemente imperdible.
CAPITULO VII WARISATA EN EL CAMPO NACIONAL

1. La ayuda material de un Presidente
El año 1936 trae para Warisata el reconocimiento nacional de su doctrina y de sus tendencias, y fue Tejada Sorzano, ya Presidente, quien nos ayudó en forma decisiva para extender nuestra acción a otras regiones. Además, con exacto conocimiento de nuestras necesidades, puesto que las había palpado en dos ocasiones, dispuso la dotación de tierras, sementales, semillas, aperos de labranza, herramientas, etc. Fue Tejad

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La instalación de los núcleos de recuperación en la selva tropical de Boli-
via constituye otra vivísima experiencia humana que no ha sido debida-
mente valorada en toda su histórica proyección. Por desgracia, duró muy
pocos años y no ha podido plasmarse en resultados definitivos. De habérse-
nos permitido continuar esos trabajos, estoy seguro que a esta altura del
siglo, hubiéramos logrado incorporar a la nacionalidad a esos grandes gru-
pos étnicos dispersos en las llanuras y florestas orientales.
Me cuento entre quienes veneran la obra de reducción de las misiones
selvícolas a cargo de frayles menores, como los franciscanos de Guarayos,
y juzgo por ella la importancia que en el pasado tuvieron las de los jesuítas
en el alto y bajo Amazonas y en el Paraguay. Secularizadas las misiones
de Guarayos, otrora centros florecientes por su desarrollo agropecuario e
industrial, con el que se atendía a una población no inferior a diez mil per-
sonas distribuidas en sus ocho seccionales, hoy se hallan en ruinas aunque
el Estado continúa pagando un fuerte presupuesto por concepto de haberes
a un personal de directores y maestros que no cumplen función alguna.
Es verdaderamente admirable la obra que realizaron los frayles en la
selva, y debo decirlo sin ningún prejuicio de orden religioso, sin mencionar
tampoco reservas de orden ideológico o político que son corrientes para
criticarla; y aunque tuvieran sus defectos, hasta ahora no se ha dado
mejor ejemplo en cuanto a la manera de reducir al habitante de las flores-
tas. Las misiones de San Antonio del Parapeta', San Pedro, San Ignacio
(Beni), Chiquitos y otras, lograron en su tiempo un prodigioso desarrollo.

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El salvaje era captado en la "jungla" y llevado mediante sistemas educativos
adecuados a valorizar el trabajo industrial. Grandes extensiones de tierra
eran laboradas obteniéndose cosechas de tal magnitud que permitían la
manutención de muchos miles de seres humanos. Solamente las misiones de
Guarayos tenían doce mil cabezas de ganado vacuno, y en industrias
manuales las misiones producían verdaderas maravillas en hilados y tejidos
de algodón cultivado por los mismos indios. Poseían talleres completísimos
capaces de industrializar las fibras, elaborar el cuero y aprovechar cuanto
ofrecía la naturaleza. A tal punto llegaba esta pasmosa actividad, que los
salvajes no solamente demostraban sus aptitudes como operarios, sino que
hasta se ocupaban del arte, como que fabricaban violines revelando cualidades
insospechadas para la música; y la plástica tampoco les era ajena: en mis
manos tuve un crucifijo tallado por un salvaje de Guarayos, obra que me
maravilló por su bella ejecución y por todo lo que revelaba respecto al
dormido espíritu de aquellas gentes. Las misiones produjeron una
transformación total en el "habitat" oriental; introdujeron el idioma español,
enseñaron a vestirse, acostumbraron a la gente a una vida higiénica,
estabilizaron a sus sociedades, construyeron pueblos, llevaron nuevos
¿.cultivos (entre ellos el del cacao) y, en fin, realizaron una de las obras civi-
■< -y

lizadoras más serias de que se tenga memoria en el mundo. Cabe una pre-
gunta sugestiva y que no carece de fundamento: ¿Hasta qué punto esta
maravillosa organización fue tomada de los sistemas inkaicos?
Todo esto ha desaparecido. La decadencia de las misiones empezó en
1767, con la expulsión de los jesuítas, y durante la República nada se hizo
para restaurar esa obra, hasta que llegó a la selva el mensaje vibrante y
multitudinario de Warisata, con su doctrina de "esfuerzo y trabajo" para
salvar a los sobrevivientes de la floresta e incorporarlos a la nacionalidad.
La empresa que me proponía ejecutar en la selva ofrecía no pocos ries-
gos y dificultades. Tenía que ponerme en la situación del misionero, dis-
puesto a todos los peligros y a todos los renunciamientos; tendría que ex-
perimentar los mismos padecimientos que los frayles, solo, sin defensa
alguna, utilizando primitivos medios de transporte, alimentarme como pu-
diese, cogido por las enfermedades y luchando contra la manigua. Al co-
mienzo, mi propósito fue realizar un convenio con las misiones francisca-
nas existentes, pero los resultados fueron negativos: los frayles no
disponían de personal, y tampoco encontré ese espíritu emprendedor y pro-
gresista que se necesitaba para ejecutar la tarea. Tenía que buscar a mis
colaboradores entre elementos nacionales, capaces de convertirse en pione-
ros y cuya integridad espiritual corriese pareja con su fortaleza física. Ya
no estarían guiados por el celo religioso, como los frayles: una nueva emo-
ción social les llevaría adelante venciendo cuanta dificultad encontraran.

2. Fundación del Núcleo de Moré

Mi viaje al Oriente fue anunciado por "El Diario" en su edición del 21 de
agosto de 1937, y por "Crónica" del 2 de septiembre; este último decía:
El Director de Educación Indigenal lleva una gran cantidad de prendas de
vestir y de herramientas para los sirionós... entre el material que lleva, figu-

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ran chamarras, pantalones, mosquiteros y otras prendas de vestir... hachas,
machetes, hachuelas, etc. Todo ello se distribuirá entre los alumnos
selvícolas de Casarabe y entre los nativos que integren el nuevo núcleo cuya
creación se halla proyectada.
Así comenzó un capítulo que podría titularse: "Aventuras de un profe-
sor en el Oriente boliviano". El objetivo de mis exploraciones era la zona
del Río Iténez, frontera con el Brasil. Para dirigirme allá, tenía que hacer
un recorrido larguísimo primero al norte del país y luego bajar por los ríos.
Me fui, por lo tanto, a Trinidad, capital del departamento del Beni, como
base de operaciones. En esa ciudad tomé una lancha que hacía el servicio
hasta Puerto Sucre en el Mamoré, desembarcando en Puerto Siles, locali-
dad intermedia donde había una guarnición militar. Una ojeada al mapa
nos hará ver lo extenso de esos viajes. En Puerto Siles encontré al capitán
de Ejército Emilio Aguirre, quien, enterado de la misión que traía, me ofre-
ció toda su cooperación. Aprovechando tan gentil oferta, le pedí una canoa
y cuatro soldados remeros con los cuales seguí viaje al Norte, rumbo a Ale-
jandría, puerto situado cerca del vértice de la confluencia/ de los ríos Ma-
moré e Iténez. La canoa viajaba atada a la lancha mediante un cable.
El recorrido del Mamoré es siempre espectacular; este río, ancho como
un mar, plácido y de cambiantes colores, fue el que inspiró las conocidas
estrofas del poeta Ricardo Bustamante en su "Preludio al Mamoré", tan
bellas como las de Heredia. Nuestra navegación se realizó sin incidentes y
debíamos desembarcar en Alejandría a la media noche del día siguiente.
Desde ese instante tendríamos que valemos de nuestros remeros, seguir el
curso del Mamoré, penetrar en el Iténez y retroceder río arriba, esto es,
hacia el sur.

Ya al abandonar Puerto Siles sentí una molestia en los pies, a conse-
cuencia de una hinchazón cuyo origen, de momento, me fue imposible de-
terminar. A las pocas horas ya no podía tolerar las botas por el dolor inten-
so que me causaban. Al día siguiente ni siquiera pude calzarme, y aunque
esperaba que el descanso a bordo haría bajar la hinchazón, esta aumentó,
de suerte que estaba hecho una lástima cuando llegamos a Alejandría. Al
verme en tal estado, los pasajeros que me acompañaban no me permitie-
ron desembarcar, haciéndome ver el peligro que significaba continuar el
viaje en esas condiciones, ya que debía hacerlo por rutas casi inexploradas,
en una frágil embarcación, sin poseer experiencia alguna del trópico ni
haberme provisto de recursos apropiados.
Renegando contra la flaqueza de mi organismo, no sabía qué actitud
adoptar no decidiéndome a abandonar tan prematuramente la tarea em-
prendida. Los amigos que gané en la lancha me aconsejaron entonces que
continuara el viaje hasta Puerto Sucre, para pasar a Cachuela Esperanza,
ya sobre el Río Beni, donde la Casa Suárez sostenía un modernísimo hos-
pital atendido por un destacado médico suizo.
No tuve más remedio que seguir el consejo, y de ese modo mi viaje se
prolongó imprevistamente hacia el norte del país.
Llegado a Cachuela Esperanza, me interné en el hospital, sorprendién-
dome ver instalaciones tan magníficas en aquel rincón del país. La aten-
ción que se me brindó fue esmeradísima, tanto de parte del médico como
de los enfermeros, y aún del personal de administración; sin embargo, la

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ciencia se mostraba impotente ante el mal que me aquejaba. Los pies los
tenía ahora con una hinchazón impresionante y llenos de llagas hasta las
rodillas; para colmo, también quedaron afectados el cuello y la espalda;
faltaba poco para que todo mi cuerpo fuera una llaga viva. En medio de
estos sufrimientos, tuve una sorpresa que me confortó muchísimo: la ines-
perada visita de mi hermano Héctor y del doctor Arturo Plaza, quienes
habían llegado por avión a solicitud expresa de mi madre. Esta se había
anoticiado de mi enfermedad a pesar de la reserva que pedí guardaran en
el Ministerio. Me suponían sin auxilio médico, lo cual, como hemos visto,
no era cierto.

Mi hermano y el doctor Plaza me pidieron con la mayor energía que
volviera a La Paz para someterme a un severo tratamiento, reforzados en
su petición por el médico suizo, el cual me practicó un análisis de sangre
cuyo resultado le preocupó mucho, diciéndome:
- Mi consejo, señor Pérez, es que de inmediato vuelva usted a La Paz
porque en ésta no contamos con las medicinas necesarias para dominar
su mal.
Esto me lo dijo en presencia del doctor Plaza, del Coronel Félix Tejada,
que ejercía una función militar en la zona, y de mi hermano Héctor.
Mi negativa fue rotunda. No iba a dejarme dominar por mi mala salud
para dejar mi tarea, y viéndolo bien, si acaso esto se agravaba -así pensa-
ba con ingenuo romanticismo en aquellos tiempos de juventud- quizá el
sacrificio de mi vida sería el ejemplo supremo que permitiría llevar ade-
lante la obra de la redención del indio y volver por los fueros de la digni-
dad docente tan terriblemente estropeada por el falso cientificismo en boga.
El doctor Plaza y mi hermano tuvieron que volver a La Paz sin ha-
berme hecho desistir de mi obstinación.
Mi resolución estaba hecha. Así inerme como me hallaba, decidí dejar
^ el hospital donde con tanta bondad se me había tratado y me dirigí me-
3 diante esquela al Gerente de la Casa Suárez solicitando movilidad hasta
f Puerto Sucre; petición que me fue concedida inmediatamente. ¡Cuántas
gentilezas en torno a mí! Todos se desvivían por hacerme la estadía menos
penosa... De modo que abandoné la cama sin más ni más. Un enfermero,
de apellido alemán que he olvidado, que me colmaba de atenciones y cui
dados, me tomó en brazos como a un niño y me llevó hasta la cabina del
camión que había de conducirme hasta Puerto Sucre.

„_, wv vV^*^ °
Aquí me esperaba una canoa tripulada por un negro, bondadoso y ^
fuerte como nadie. Dormí a la orilla del río, acosado por los mosquitos, y a la
madrugada partí llevando como equipaje una bolsa de goma, industria
regional, conteniendo dinero y algo de ropa, amén de la consabida hamaca y
el mosquitero.

Pero mis penalidades no habían concluido: al dejar el hospital sentí
otra molestia en el ojo izquierdo. Era una conjuntivitis, muy violenta, con-
tra la cual no tenía sino una pomada con la que me frotaba diariamente
sin encontrar alivio.

En estas condiciones emprendí viaje por el Iténez. Estaba desprovisto
de todos los elementos necesarios para ponerme a salvo de las asechanzas
de la selva, y ahora apenas podía deleitarme con la contemplación del pai-

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saje majestuoso del río, que corre lentamente custodiado por la arboleda
milenaria y misteriosa. La reverberación de los rayos solares en la inmen-
sa superficie acuática hería mis ojos, obligándome a permanecer bajo una
especie de carpa que el negro improvisó utilizando la hamaca. Era una
posición muy incómoda y dolorosa, pues en la estrechez de la canoa no
encontraba manera de reposar el cuerpo llagado ni hacer movimiento algu-
no. Al atardecer del primer día, mi moreno compañero aseguró la canoa a
la orilla del río, en un lugar de donde partía un senderillo subiendo la
barranca hasta perderse en la llanura boscosa. Era un sitio que invitaba al
descanso. El negro amarró la hamaca y armó el mosquitero, tras de lo cual
me alzo en brazos para llevarme al improvisado campamento; pero con tan
mala fortuna que dio un resbalón y dimos con nuestros cuerpos en tierra,
rodando yo por el barroso caminillo.
No recuerdo cuántos días más duró la navegación, pero sí recuerdo las
torturas que pasé, así como la infinita paciencia del negro, que cada atar
decer me llevaba a tierra y disponía mi descanso. Al fin desembarcamos en
Puerto Komarek, nombre que tiene del propietario del lugar. Había llega
do a mi destino.

N

-
En el puerto no había sino la casa del señor Komarek; era una persona
muy amable, llevada hacia zona tan apartada por su espíritu colonizador y
audaz. Enterado del motivo de mi viaje, me ayudó en todo lo que estuvo a
su alcance. Mi deseo hubiera sido internarme en la selva a caballo o a pie,
pero como esto era imposible, tuve que pedir a mi amigo negro que dejara
los remos y me cargara, restaurando así el medio de locomoción de que
solía valerse el inglés Livingstone en las selvas africanas. El señor Koma-
rek era el guía, y así emprendimos la penetración a la verdadera jungla.
A los diez kilómetros de recorrido encontramos una maloca (choza)
donde había unas diez personas, de la tribu de los moré, y que conocían al
señor Komarek, tratándolo con familiaridad y entendiéndose en el idioma
o dialecto nativo. Cambiamos impresiones con esa gente y les anoticiamos
del objeto de nuestra presencia en la zona.
En días subsiguientes nos encaminamos a otros lugares, yo siempre a
espaldas del robusto negro. En tal forma tuve ocasión de entrevistarme
con unas quince personas de la misma tribu. Las condiciones del lugar me
parecieron magníficas desde todo punto de vista; estaba situado a la orilla
de una de las arterias fluviales más importantes de la república, que
permitía moverse al interior o al exterior del país; con tierras salitrosas
aptas para la crianza de ganado vacuno en gran escala, así como para
cultivos extensivos de maíz, plátano, yuca, arroz y además, y esto era muy
importante, por sus bosques con enorme variedad de madera finísima,
abundancia de árboles productores de castaña y goma, todo lo cual asegu-
raba un gran porvenir económico. Todo en esta región era favorable a su
desarrollo integral, y eso me determinó a dar por fundado el Núcleo,
sobre la base de los neófitos que poblaban la región y de sus extensas
tierras que eran de propiedad del Estado. Se redactó el acta de fundación
definiendo el tipo de la escuela, que debía ser una granja estatal para la
recuperación de los pobladores, creando la economía familiar y regional y
buscando la formación de un tipo humano responsable capaz de sumarse a
la nacionalidad.

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No teniendo, por el momento, a nadie que pudiera asumir la dirección,
pedí al señor Komarek que se hiciera cargo del Núcleo con carácter acci-
dental, habiéndole dejado Bs. 5.000.- para adquirir una canoa con su mo-
tor, algunos bueyes, un carretón, víveres para las familias y otros gastos.
La nueva escuela llevaría el nombre de Núcleo de Moré.
Hecho todo esto, me preparé para volver, y aunque con la salud que-
brantada, estaba satisfecho por haber salido con la mía. Así emprendimos
el retorno, con peripecias más o menos parecidas, y después de varios día
de navegación llegamos a Puerto Sucre, llamado "el panteón del Beni", de
siniestra fama porque quien pernoctaba allí era víctima segura de la ma-
laria y de otras enfermedades de origen hongósico. Como llegamos cuando
la obscuridad de la noche ya había cubierto todo, no nos quedó más reme-
dio que pasar la noche en la canoa.
A la mañana mi compañero fue a buscarme alojamiento en la aldea, y
como ya era habitual, me llevó cargado a la pieza que consiguió. Mi aloja-
miento tenía, por todo moblaje, dos argollas colocadas a unos dos metros
de altura, en diagonal, que servían para sostener la hamaca del viajero.
Mi situación era precaria y acaso angustiosa, y además no podía volver
a Trinidad antes de quince días, tiempo durante el cual no retornaría la
lancha que hacía el servicio. Tampoco quería viajar a hospitalizarme a
Cachuala Esperanza porque eso me alejaría de mi base de operaciones.
Todo lo cual me tenía acongojado y sin saber qué hacer.
En lo peor de mis pensamientos, a eso de las cinco de la tarde, creí oír
un ruido lejano muy conocido: el de una nave aérea; pocos segundos más
tarde pasaba sobre nosotros un avión proveniente del norte, maniobrando
al parecer para acuatizar en el río. Lleno de esperanza envié a mi amigo
negro a averiguar si podían admitirme como pasajero hasta Trinidad, y a
la media hora tuve la respuesta afirmativa. La cosa era providencial,
porque por entonces el servicio de aviones era muy raro en aquellas zonas.
A las siete de la mañana se presentó en mi alojamiento un teniente de
Ejército, que me había conocido de vista, y el cual me miraba sin poderme
reconocer, tan desfigurado estaba. Este fortuito amigo, a quien nunca más
volví a encontrar, me prestó espontánea y generosa ayuda, disponiendo
que seis soldados me llevaran por turno hasta el sitio donde estaba el hi-
droavión. Poco después emprendimos el vuelo, para iniciar otra fase de
mis tareas. Pero antes, tuve el sentimiento de despedirme del negro. ¡El
espíritu humano es ingrato! He olvidado el nombre de ese humilde amigo
que veló por mí y me protegió con tanta abnegación.

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