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La Guerra de Independencia. Antecedentes

La Guerra de Independencia. Antecedentes

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Teoría, imágenes y textos como introducción a la Guerra de Independencia Española. Reinado de Carlos IV
Teoría, imágenes y textos como introducción a la Guerra de Independencia Española. Reinado de Carlos IV

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2012 Antonio García Megía y María Dolores Mira y Gómez de Mercado

LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA. LOS ANTECEDENTES
Angarmegia: Ciencia, Cultura y Educación. Portal de Investigación y docencia

http://angarmegia.com - angarmegia@angarmegia.com

La guerra de la Independencia
Los antecedentes Notas y recursos didácticos para la clase de Historia

Una propuesta de

María Dolores Mira y Gómez de Mercado Antonio García Megía

El presente documento forma parte del proyecto del Portal de Educación y Docencia Angarmegia, Ciencia, Cultura y Educación (http://angarmegia.com). Propone algo más que unos apuntes para orientar a nuestros alumnos de Educación Secundaria en sus estudios sobre el tema. Junto a un el texto muy simplificado y centrado en aspectos esenciales para completar, o diversificar, los contenidos recogidos en su libro base, incorpora:  Una colección de imágenes en un tamaño y formato adecuado para ser utilizadas en presentaciones o exposiciones del profesor o el estudiante. Son originales y corresponden a fotogramas de vídeos confeccionados específicamente para ilustrar, aclarar o motivar esta Unidad Didáctica. La base de las composiciones son obras de Lemuel Francis Abbot, Jacques Bertaux, Jacques Bertaux, Jacques Louis David, Theodore Gericault, Francisco de Goya, Geoff Hunt, Auguste Mayer, Félix Philippoteaux, Don Stivers... Todas las imágenes, además, se encuentran, más dimensionadas, en el documento La Guerra de Independencia. Los antecedentes. Imágenes, descargable desde la sección de Imprimibles del Portal Angarmegia.  Documentos complementarios de autores de reconocida solvencia para ampliar conocimientos o comprender mejor las circunstancias que determinan los hechos estudiados. El proyecto, además, dispone, como queda dicho, de vídeos relacionados y de actividades interactivas para mejorar y reforzar las adquisiciones. Los vídeos están localizables en la sección de vídeos del Portal o en el Canal Angarmegia de YouTube. Las direcciones son:  Vídeos en el Portal: http://angarmegia.com/videos.htm  Angarmegia en YouTube: http://www.youtube.com/user/angarmegia  Las actividades interactivas se encuentran en la sección Refuerzo al estudio: Interactivos: http://angarmegia.com/refuerzoestudio.htm  El álbum con todas las imágenes en mayor tamaño es accesible Imprimibles: Imprimibles: http://angarmegia.com/apoyos_imprimibles.htm Agradecemos cualquier crítica o sugerencia que tengan a bien hacernos. Nuestra mayor satisfacción estriba en conocer que nuestro trabajo puede contribuir a mejorar el nivel educativo de las generaciones que habrán de sustituirnos.

Antonio García Megía
Maestro, Diplomado en Geografía e Historia, Licenciado en Filosofía y Letras, Doctor en Filología Hispánica.

CONTENIDO

Síntesis teórica _______________________________________________________ 9

Documentos complementarios __________________________________________ 23
Nepotismo, clientelismo y fidelidad. De Floridablanca a Godoy _____________________ 25 Trafalgar ________________________________________________________________ 43 La crisis de El Escorial (1807) en España e Indias _______________________________ 48 Estatuto de Bayona de 1808 _________________________________________________ 55

La Guerra de la Independencia - Antecedentes
Síntesis teórica

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LA GUERRA DE INDEPENDENCIA ESPAÑOLA - ANTECEDENTES

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Síntesis teórica

LA CRISIS DEL ANTIGUO RÉGIMEN
Se aplica la denominación de Antiguo Régimen al periodo que abarca los últimos años del siglo XVIII y los primeros del siglo XIX. Se trata de una transición turbulenta agitada por los acontecimientos relevantes que vive Europa: la Revolución Francesa y Régimen Napoleónico. En España coincide con el reinado de Carlos IV de Borbón y se caracteriza por el enfrentamiento entre los afrancesados o liberales, partidarios de las ideas ilustradas francesas, y los tradicionalistas, conservadores, que agrupa a la mayoría del pueblo español junto a importantes sectores de la Iglesia y la Nobleza. El conflicto bélico con las tropas napoleónicas en que el país se ve envuelto, junto al auge de los procesos independentistas de las colonias americanas, determinan una situación financiera catastrófica que alejan a España del momento de crecimiento económico, demográfico y político que experimentan las naciones del entorno que consolidan la revolución industrial y desarrollan sistemas participativos con monarquías parlamentarias que los encaminan hacia la modernidad y la democracia.

LA ESPAÑA DE CARLOS IV (1788-1808)
Carlos IV sucede a su padre a la edad de cuarenta años. La nación espera ilusionada un reinado venturoso, dada su madurez personal, formación y experiencia práctica en asuntos de gobierno que ha tenido ocasión de afrontar.

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La continuidad del ministro Floridablanca, que ya lo fuera con su padre, y las primeras medidas tomadas parecen favorecer a las clases más necesitadas. Se limitan el precio del pan y la acumulación de bienes en la mano muerta, el conjunto de posesiones en poder de la iglesia y las órdenes religiosas. No obstante, un temperamento bondadoso e ingenuo junto a un carácter débil y entregado a su esposa, María Luisa de Parma, ansiosa de poder, anulan pronto las gestiones de Floridablanca.

El reinado de este monarca está, además, fuertemente vinculado a los hechos y políticas vividas por la vecina Francia. Los acontecimientos de la primavera de 1789, la toma de la Bastilla y las actitudes revolucionarias del pueblo parisino, aconsejan al ministro español tomar medidas para evitar la propagación por España de ideas subversivas que defienden la soberanía popular y los derechos del hombre y del ciudadano. Se cierran fronteras, se prohíben publicaciones y se impide a los jóvenes estudiar en el extranjero. En enero de 1792, ante presiones diplomáticas francesas, Floridablanca es sustituido en su cargo por Aranda, muy pronto reemplazado, a su vez, por Godoy, Guardia de Corps y favorito de la reina.

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GUERRA CONTRA FRANCIA
El intento, fracasado, de salvar a Luis XVI de la guillotina y la no aceptación de las condiciones de neutralidad que pretende imponer Francia, desencadena una guerra que termina con la derrota de España pese al apoyo económico de todas las clases sociales, incluida la institución eclesiástica, y el masivo alistamiento de voluntarios en el ejército. La Paz de Basilea, en 1795, cede a Francia los dominios españoles de Santo Domingo, pero Godoy recibe el título de Príncipe de la Paz.

ENFRENTAMIENTOS CON INGLATERRA Y PORTUGAL
Molesta por el tratado de Basilea, Inglaterra refuerza su poder armamentístico e incrementa las hostilidades sobre las colonias españolas de América. Esa actitud propicia un acercamiento español a Francia que culmina en el Tratado de San Ildefonso, en 1796, que institucionaliza una alianza militar frente al Imperio Británico. Inglaterra, muy molesta, se apodera de la isla de Trinidad y acosa Cádiz.

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El poder que alcanza Napoleón en Francia a partir de 1799 incrementa la influencia francesa sobre Carlos IV. Aquél será ahora quien maneje a su antojo los hilos de la política española. La firma de varios acuerdos impone a España la obligación de declarar la guerra a Portugal si esta no rompe sus relaciones con Inglaterra y unir la flota hispana a la napoleónica siempre que sea requerida para ello.

El país se ve envuelto en otro enfrentamiento bélico, ahora con la vecina nación lusa, la Guerra de las Naranjas, nombre hace referencia a la rama de este fruto que Godoy, erigido en generalísimo de todos los ejércitos, regala a María Luisa de Parma en su regreso victorioso de la contienda. Es el año 1801. La tensión entre Francia e Inglaterra crece. Napoleón impone a España la obligación de aportar seis millones de pesos cada mes para abastecer a la flota gala en los puertos de La Coruña, El Ferrol y Cádiz. Exige, además, que la escuadra española viaje junto a la francesa rumbo a la Martinica para desviar la atención de la marina inglesa y facilitar el paso del ejército francés a través del Canal de la Mancha.

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Pero el almirante Nelson adivina la intención del movimiento y obliga a la flota enemiga a refugiarse en Cádiz. Villeneuve, almirante francés al mando, deseoso de recuperar el favor napoleónico, ordena la salida al mar de las naves en contra de la opinión de los marinos españoles. El 21 de octubre de 1805 se libra el combate de Trafalgar que termina con la apurada victoria inglesa que pierde a su almirante en jefe. También mueren en batalla los españoles Churruca, Gravina y Alcalá Galiano. España ha perdido sus mejores barcos y sus mejores hombres.

EL TRATADO DE FONTAINEBLEAU
Las políticas de Carlos IV y de Godoy convierten a la corte en un semillero de intrigas, enemistades y animosidades. Surge y crece el partido fernandino en torno al heredero, Fernando, que aglutina a todos los descontentos y organiza tramas y conspiraciones alentadas por Francia para debilitar la gobernación de España.

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En 1807, bajo pretexto de obligar a Portugal a participar en el bloqueo continental sobre Inglaterra, se concede, en Fontainebleau, permiso para la entrada en territorio nacional de un poderoso ejército francés de 28.000 hombres. En contrapartida se ofrece la división de Portugal en tres áreas. La zona norte se otorgará a la reina de Etruria, refugiada en España desde que su reino fuera ocupado por Napoleón, la zona meridional se constituirá en principado hereditario para Godoy y la central será utilizada como moneda de cambio para recuperar Trinidad, Gibraltar y otras posesiones españolas en manos inglesas. El general Junot atraviesa la península y se apodera con facilidad de Portugal cuya familia real se refugia en Brasil. El foco de atención francés se vuelve ahora hacia España.

PROCESOS, INVASIONES, MOTINES Y ABDICACIONES
El partido fernandista conspira contra Godoy y el rey, pero sus planes para situar en el Trono al Fernando son descubiertos y éste detenido en El Escorial. Los cabecillas del intento de golpe de estado son identificados cobardemente por el príncipe y desterrados. Él implora por carta clemencia y es perdonado.

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En enero de 1808 nuevas tropas francesas al mando de Joaquín Murat atraviesan la frontera y se apodera con facilidad de San Sebastián, Pamplona y Barcelona, poniendo, a continuación, rumbo a Madrid.

La acción sorprende en la corte. La familia real proyecta su traslado a Sevilla con la intención de huir a América llegado el caso. Los preparativos del viaje alarman al pueblo. Carlos IV, para tranquilizar la situación, publica una proclama negando el hecho. Los españoles piensan que Godoy ha vendido España. A partir del 17 de marzo el pueblo español se agita convulso. Una masa humana se agolpa frente al Palacio Real de Aranjuez y asalta la residencia del ministro que salva su vida huyendo escondido en un rollo de alfombras.

Carlos IV toma, ante la Corte y los ministros, la decisión de desposeer a Godoy de todos sus poderes y asume personalmente el mando del Ejército y de la Marina, pero el 19 de

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marzo el ministro es localizado escondido en su casa. La plebe, indignada, clama por su linchamiento. La única salida al conflicto es la abdicación de rey en la persona de su hijo, desde ese momento, Fernando VII.

Murat, que ha llegado a Madrid el 23 de marzo, consigue de Carlos una retractación privada de la abdicación y aconseja a Fernando VII se entreviste con Napoleón quien, supuestamente, viene con esa intención a España. El encuentro tiene lugar finalmente en Bayona, donde también están Carlos IV, María Luisa de Parma y Godoy.

En medio de vergonzosas escenas familiares, el emperador consigue que Fernando devuelva la corona española a su padre a cambio de posesiones y rentas, y que éste, a su vez, la ceda a Francia recibiendo, en pago, el palacio de Compiègne, el castillo de Chambord y cuatro millones de pesos anuales.

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Oficialmente, desde el 5 de mayo de1808, la Corona Española pertenece a Napoleón Bonaparte.

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Anexo
Documentos complementarios

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Nepotismo, clientelismo y fidelidad. De Floridablanca a Godoy
FRANCISCO ANDÚJAR CASTILLO

La abundante producción bibliográfica relativa al reinado de Carlos IV ha abordado diferentes aspectos de la denominada ―crisis de la monarquía absoluta‖ y buena parte de ella incide en centrar sus análisis en la segunda etapa de gobierno de Manuel Godoy, entre octubre de 1801 en que obtiene el título de ―generalísimo de las armas de tierra y mar del rey de España‖ y su caída en marzo de 1808. Por otro lado, la historiografía más reciente ha rescatado su figura para interpretar su trayectoria política como un reformista ilustrado que trató de transformar aquellos resortes del Antiguo Régimen que suponían un freno para la modernización del país. La obra de Emilio La Parra, que continúa la estela trazada en su día por Seco Serrano, constituye la principal punta de lanza de este nuevo acercamiento a la figura de Godoy. Sin embargo, a mi juicio, queda aún mucho por indagar acerca de dos cuestiones básicas de su biografía: el proceso de acumulación de riqueza que le hace convertirse en una de las principales fortunas de la época y, relacionado con ese proceso, la forma en que ejerció el poder durante sus dos etapas de gobierno. Al conocimiento de esta segunda cuestión pretende contribuir esta aportación, partiendo de un análisis comparativo entre el período final del conde de Floridablanca, y la primera etapa de gobiernos de Godoy, es decir entre su nombramiento como Secretario del Despacho de Estado en noviembre de 1792 y la exoneración de todos sus cargos –que no salarios en marzo de 1798. Por tanto, nuestro período de estudio abarca entre los años 1789 y 1798, etapa en la que, como comprobaremos, Godoy, amparado en el favor que le dispensaban los monarcas, y sobre la base del camino allanado por el ministro murciano, hizo del nepotismo su principal arma para gobernar la monarquía. A pesar de que la historiografía reciente se ha esforzado por analizar el problema de la continuidad o ruptura entre las elites políticas del Antiguo Régimen y el liberalismo, sigue sin conocerse en profundidad el radical cambio que se produjo en la configuración de esas elites durante los veinte años que duró el reinado de Carlos IV. Difícilmente se pueden establecer parámetros de comparación cuando no disponemos de demasiados trabajos que aborden el estudio de las principales instituciones de gobierno político de la monarquía y de los hombres que estuvieron al frente de las mismas. Por el momento, desde la perspectiva de las elites políticas, los únicos estudios monográficos disponibles se han centrado en los magistrados y en los consejeros de Castilla.4 Seguimos careciendo para el reinado de Carlos IV de una obra similar al excepcional trabajo que Janine Fayard realizara en su día sobre los consejeros de Castilla entre 1621 y 1746.5 Más significativa aún es la falta de estudios para otros ámbitos esenciales de gobierno, como los capitanes generales6 o el personal de hacienda.

El poder absoluto del monarca: la implantación de la vía ejecutiva.
Cuando se ha aludido al período de inestabilidad política que caracteriza al reinado de Carlos IV siempre ha sido para señalar manifestaciones evidentes de ese clima que, en el ámbito de los agentes de gobierno, se tradujo en los ceses de algunos cargos de las altas magistraturas por cuestiones de mera fidelidad política, la extraordinaria movilidad en el ejercicio de los cargos, la arbitrariedad en los nombramientos y, en suma, el nepotismo como

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principal emblema de una nueva cultura política. Las consecuencias de tales prácticas son obvias: la presencia de jóvenes en determinados cargos que para otras personas requerían de largos años de servicios, la formación de unas redes de poder sustentadas en unas claras relaciones de paisanaje; la existencia de cursus honorum con ―anomalías‖ que permiten acortar trayectorias conducentes hasta los más altos empleos de la monarquía; la arbitrariedad y discrecionalidad como ―norma‖ reguladora de determinadas carreras; y, por último, la derivación del poder absoluto del monarca hacia un sistema sustentado en el nepotismo, no ya del soberano, sino del primer ministro, del Secretario del Despacho de Estado, primero de Floridablanca y luego de Godoy. Respecto a este último, nadie mejor que García de León y Pizarro describió el extraordinario poder que alcanzó cuando llegó a afirmar que todas las providencias que se tomaban en los distintos ministerios pasaban por su dictamen para que pusiera su ―resolución magistral‖, además de todas aquellas que, sin noticia del ministro respectivo, despachaba en derechura con el rey. Pero hasta ahora no se han estudiado los métodos utilizados para la implantación de un modo de gobernar basado en tales premisas, en la arbitrariedad de la decisión política para nombrar los principales agentes de gobierno. Menos aún se ha cuantificado semejante forma de gobernar que supuso una evidente alteración en el tradicional sistema de gobierno. Tan sólo ponderando la importancia de los métodos excepcionales y comparándolos con la práctica consuetudinaria podremos valorar su significación y relevancia en una coyuntura política en la que la parcialidad se erigió en guía y norte de la articulación del sistema político. En el ámbito de la justicia, de las altas magistraturas de la monarquía y de los corregimientos, el método utilizado para gobernar sin respetar normas ni méritos acumulados fue la extensión o, uso y abuso, del decreto decisivo o ejecutivo, mediante el cual el monarca nombraba a un servidor –casi siempre condicionado por la influencia ejercida por sus ministros- sin que hubiese mediado consulta alguna de la Cámara de Castilla. El soberano se limitaba a comunicar al órgano consultivo su voluntad para que por esa vía de la Cámara se expidiesen los correspondientes despachos y títulos de nombramiento. El órgano colegiado debía acatar la decisión regia y proceder al trámite burocrático de la misma. Todo ello supuso el progresivo predominio de la vía ejecutiva frente a la consultiva en materia de nombramientos de los principales agentes de gobierno de la monarquía. A pesar de algunas interpretaciones que consideran los nombramientos sin consulta de la Cámara como propios del reinado de Carlos IV, ―después de más de doscientos años de haber usado la Cámara este trámite‖, lo cierto es que poco se innovaba con esta práctica, pues venía a ser la reimplantación de un sistema de larga tradición en la monarquía hispánica que había aflorado en coyunturas muy concretas, vinculadas a menudo a la venalidad de los cargos. Lo hemos demostrado por extenso para el período 1704-1711, cuando las necesidades de numerario para financiar la Guerra de Sucesión obligaron a una ingente almoneda de cargos y honores que abarcó desde los corregimientos hasta los virreinatos pasando, entre otros, por las magistraturas de justicia y los puestos de consejero. Igualmente lo hemos constatado para otros períodos venales del mismo siglo, e incluso para etapas en las que no parece que se vendiesen cargos. Desde luego, el vínculo entre vía ejecutiva y venalidad existía ya al menos desde el siglo XVII, cual lo reconocía un decreto de marzo de 1701 que, al tratar de suspender la venalidad de los cargos de Indias reconocía como venales todos aquellos que se hubiesen concedido por decreto decisivo con anterioridad a esa fecha. Si la intensificación de los decretos ejecutivos o decisivos coincidía con períodos de venalidad podríamos colegir que la extensión de esta práctica en el período de 1789-1798 respondería a esa misma lógica, a la presencia del dinero. Elementos claramente indiciarios de esa posibilidad serían los nombramientos ―supernumerarios‖ y de hombres jóvenes en puestos que requerían una dilatada experiencia profesional. Pero determinar con exactitud lo que es algo más que una simple hipótesis requeriría disponer de otras fuentes –fundamentalmente de hacienda- que conservaran con detalle los ingresos de esos años, siempre y cuando se tratase de una venalidad institucionalizada y no de una simple corrupción política y económica, en cuyo caso la búsqueda de cualquier rastro se tornaría en tarea imposible. Que sepamos, fuentes hacendísticas con esas características brillan por su ausencia.

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Nuestra hipótesis es que debió funcionar la venalidad pero con mayor grado de ocultación que en épocas anteriores, con un nivel más sofisticado de alteración o eliminación de los documentos y que, con toda probabilidad, en paralelo, debió crecer el grado de corrupción. En esta misma dirección apunta la profesora María Victoria López-Cordón en un reciente estudio sobre esa misma coyuntura. Por el momento sí que podemos avanzar nuevos conocimientos sobre las características de los nombramientos que se hacen por la vía ejecutiva. La primera es la utilización de la senda de las ―resultas‖ como método para generar una cascada de decretos decisivos en los que la Cámara de Castilla queda marginada por completo del proceso. Se trata de una forma subrepticia de prescindir de ese órgano consultivo para ampliar el margen de potestad del ministro de Gracia y Justicia y, sobre todo, del primer ministro. Por ejemplo, el ascenso por decreto ejecutivo de un alcalde de Casa y Corte a una plaza de un Consejero de Castilla podía provocar, y de hecho provocó, varios nombramientos más por la misma vía del decreto, al aprovechar el rey –sus ministros, más bien- las vacantes que dejaba el nuevo consejero para ascender a un oidor a la alcaldía de Casa y Corte que había quedado vacante, promover a un alcalde del crimen a esa plaza de oidor vacante y, por último, nombrar a un nuevo alcalde de crimen, primer escalón de la carrera judicial. Lo mismo sucede cuando se produce el ascenso por decreto de un individuo en la carrera de varas desde un corregimiento a otro de categoría superior. De este modo, las ―resultas‖ funcionan como un poderoso instrumento en manos de los círculos de poder próximos al monarca que aprovechan la cascada de nombramientos para colocar a sus clientelas políticas en magistraturas y corregimientos. Por otro lado, amén de los títulos que simplemente contienen el decreto decisivo del rey a la Cámara para que ejecute su voluntad, hay que señalar que su extensión coincidió con la proliferación de despachos en calidad de ―supernumerarios‖, es decir, nombramientos realizados cuando estaban ocupadas todas las plazas que por planta formaban parte de una audiencia, de un Consejo o de una Secretaría del Despacho. El nombrado por encima de la planta aguardará pacientemente a que quede una vacante para ocupar el puesto para el que ha sido nombrado en régimen similar al de ―futura‖, esto es, en expectativa de que una plaza quede libre. Todos los que fueron nombrados ―supernumerarios‖ durante estos años no fueron controlados por la Cámara de Castilla sino que se beneficiaron de un decreto regio que les situaba en la antesala de un puesto como ―numerarios‖. Más sofisticada aún era una segunda fórmula que encubría igualmente una expectativa de destino y que aunque en buena parte de los casos respondía realmente a su significado, en otros era el paso previo a la obtención de un empleo efectivo. Aludo a los ―honores‖, que si bien no comportan ejercicio de empleo alguno, a partir del año 1794 encontramos algunos casos que juegan la misma función que los empleos supernumerarios, es decir, servir de antesala a un nombramiento del empleo del número. Cuando los ―honores‖ van acompañados de las percepción de un sueldo, o del medio sueldo, correspondiente a un cargo, es inequívoco que estamos ante un nombramiento equivalente a supernumerario. Lo mismo sucede cuando un individuo consigue los ―honores y antigüedad‖ de un determinado cargo. En este caso, entrar en el goce de la antigüedad desde la fecha en que se recibe el nombramiento con carácter ―honorífico‖ es sinónimo de obtención de una plaza supernumeraria que va a situar al beneficiario en el mismo nivel de prelación que quien ha obtenido un cargo cuando están ocupados todos los de la planta de una institución. La compleja casuística se estudia más adelante, a propósito de la ―red de Godoy‖. Todos estos procedimientos son los que explican y dan sentido a lo que ha precisado María Victoria López-Cordón, que la opinión pública considerara que se estaban conculcando las cualidades y méritos requeridos para el ejercicio de una plaza o que se estaban infringiendo procedimientos consolidados desde hacía tiempo. Cuando se utilizaban los métodos referidos y los nombramientos excepcionales tenían lugar en el entorno familiar de Godoy o de sus ministros, se podrían entender dentro de la lógica del favor dispensado a la parentela. El problema radica en que muchos de los favorecidos por los decretos ejecutivos carecían de parentesco alguno con los que dispensaban tales favores. En este caso hay que pensar en la formación de clientelas, en la creación de las tradicionales ―hechuras‖ de los ministros, en una

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posible venalidad de los cargos, si es que el dinero tenía como destino las arcas reales, o en una hipotética corrupción si acababa teniendo como destino cuentas y bolsillos particulares. Las consecuencias del sistema son obvias en dos planos bien distintos. El rey puede nombrar a un consejero de hacienda o un oidor directamente, sin necesidad de conocer ni sus años de servicio ni las funciones desempeñadas con anterioridad. No hace falta ni siquiera disponer de una Cámara de Castilla adocenada y servil. Simplemente se prescinde de ella. Es verdad que el rey puede nombrar al propuesto en tercer lugar por la Cámara, pero por medio de un decreto ejecutivo puede ignorar por completo a tan alto Consejo. Para preservar algunas de las prerrogativas de la vieja institución consultiva, el monarca continúa nombrando a algunos de sus servidores tras la tradicional terna –aunque las consultas suelen incluir más de tres nombres- pero al mismo tiempo hace uso discrecional de su extraordinaria potestad de nombrar servidores sin que preceda consulta alguna, utilizando un simple decreto. En ese juego, en el peso en cada momento de una u otra vía, está la facultad del soberano de hacer uso de su absoluta potestad y la capacidad de su entorno político –con la figura del primer ministro a la cabeza- de favorecer a sus respectivas clientelas, familiares, amigos y paisanos. En el otro lado de la balanza se sitúan los beneficiados y damnificados por la aplicación de los decretos ejecutivos. Los primeros se valen de esa vía excepcional para alcanzar hasta las más altas cotas del gobierno y de la administración de justicia, utilizando la senda del favor que les coloca a edades muy jóvenes y con escasa experiencia en puestos que para otros requieren largos años de servicio. Estos últimos sufren el peso de lo arbitrario y no tienen otra opción que el silencio, o ser incluidos en alguna de las ternas que de cuando en cuando la Cámara eleva al rey, o tal vez esperar para promocionar en su carrera por esa misma vía excepcional por la que transitan otros. Se generan pues, dos tiempos, dos velocidades de cursus honorum, uno reglado u ordinario y otro excepcional o extraordinario fundamentado en el favor, en el clientelismo y en la fidelidad política. Por otro lado, en el extremo opuesto a los nombramientos, la implantación de esta vía ejecutiva sirve también para jubilar por decreto a quienes no profesan la fidelidad política al ministro de turno. Cuando un decreto que viene a jubilar a un consejero de Castilla o de Hacienda se identifica con un individuo anciano, todo se inserta en el espacio de lo ordinario, de lo normal. Lo que resulta más extraño es que del mismo modo que el decreto ejecutivo del rey puede encumbrar a un juez o a un consejero, el mismo método se puede utilizar para eliminar de una institución a cualquier persona que no profese la misma línea política del ministro. La destitución de cuatro consejeros de Castilla en 1794 por haber emitido una sentencia en contra del alcalde de Casa y Corte, José Acedo Rico, hijo del conde de la Cañada presidente del Consejo de Castilla-, fue encubierta mediante sendos ―decretos de jubilación‖. Por tanto, algunas jubilaciones encubrían depuraciones practicadas con quienes no seguían los dictados del ―jefe‖. El sistema tenía una ventaja añadida, pues se colocaba en lugar del depuesto a un hombre de probada fidelidad, al cual, casi siempre, se le solía nombrar por la misma vía utilizada para ―jubilar‖ – eufemismo utilizado a veces para encubrir esas depuraciones-, esto es, por la vía del decreto decisivo o ejecutivo del monarca a la Cámara.

La puesta en marcha del sistema: los últimos años de gobierno de Floridablanca
Las cifras hablan por sí solas. Durante las postrimerías del reinado de Carlos III el decreto es tan excepcional como que a lo largo del año 1787 tan sólo se registran un total de cuatro decretos del rey a la Cámara. Al año siguiente el número de decretos se incrementa hasta la cifra de 25, pero la mayor parte son de miembros del tribunal del protomedicato, títulos de Castilla y, sobre todo, los numerosos títulos de ―secretarios del rey con ejercicio de decretos‖ que siempre se nombraban por esta vía ejecutiva. El inicio del reinado de Carlos IV marca una cesura fundamental en esta dinámica del recurso a la vía ejecutiva. En total en 1789 se registran 105 decretos decisivos del rey a la Cámara, de los cuales gran parte de ellos corresponden, amén de a títulos de secretarios del rey, a títulos honoríficos de alcaldes del crimen concedidos a corregidores que recompensan unas

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carreras de varas que no han podido culminar en las anheladas audiencias. Del mismo modo, los numerosos aspirantes a sentarse en el Consejo de Castilla se tienen que consolar con unos simples ―honores de consejero‖ que no suponen desempeño efectivo de ese puesto. El grupo se completa con la concesión de varias Grandezas de España y Títulos de Castilla, así como unos pocos nombramientos de corregidores. Estos últimos no son novedosos, por cuanto se puede constatar durante toda la centuria que algunos despachos para servir corregimientos fueron otorgados mediante decretos ejecutivos, en clara contraposición a la gran mayoría de provistos por la vía consultiva de la Cámara. Es en 1789, cuando Floridablanca se halla en la cima de su poder, el momento en que la vía extraordinaria del decreto emerge con toda su plenitud en forma de nombramientos supernumerarios de consejeros. En total son cinco, entre ellos los navarros Cenón Gregorio Sesma Escudero y Jerónimo Mendinueta Múzquiz, nombrados respectivamente consejeros de Navarra y de Hacienda, así como un alcalde de Casa y Corte supernumerario, el mallorquín Miguel Cayetano Soler. Pero lo más relevante no está en esos nombres sino en que entre los consejeros supernumerarios de Hacienda se halla José Godoy, padre de Manuel Godoy, el cual consigue de los monarcas, en una fecha tan temprana en la trayectoria personal del favorito regio como la del 8 de agosto de 1789, situar directamente a su progenitor como consejero. Godoy, sin que su padre tuviese experiencia alguna en asuntos de hacienda, valiéndose del poder absoluto del rey, consigue colocarlo en un puesto que para muchos requiere largos años de servicio en el manejo de cuentas. No contento con ello, cuando aún no ha cumplido los tres años como consejero, en mayo de 1792, Godoy logra que el rey nombre a su padre gobernador del Consejo de Hacienda. Conociendo estas fechas, y los méritos de José Godoy, la justificación de su nombramiento publicada por la Gaceta de Madrid constituye todo un tratado de la invención y/o falsificación del mérito de cara a la opinión pública, y por ello merece ser reproducida en su literalidad: ―Teniendo el rey por conveniente a su servicio y al mejor y más pronto despacho de los negocios que se tratan en el Consejo de Hacienda nombrar por su gobernador a uno de los Ministros de continua asistencia versado ya en ellos y libre de otras comisiones o encargos; ha venido S. M. en conferir este empleo al Ilmo. Sr. D. Joseph Godoy, actual ministro de capa y espada de él, por la seguridad que tiene de que concurren en su persona la aptitud, mérito y demás circunstancias que se requieren para su buen desempeño‖. Por tanto, los dos Secretarios de Estado, el que ejercía en 1789 y el que iba a ocupar el cargo en noviembre de 1792, Manuel Godoy, se benefician de esta especial puerta que se abre ahora para que discurra por ella, en toda su extensión, la práctica del favor y de la marginación de instituciones de gobierno como la Cámara. Puede servir como elemento de referencia que, a lo largo del reinado de Carlos III, tan sólo se despacharon cinco títulos de consejeros supernumerarios para ejercer en todos los Consejos de la monarquía, la misma suma que los firmados por su sucesor en el trono durante el año de 1789. La dinámica abierta durante ese año se consolida en 1790. Un total de 88 decretos se asentaron en los libros-matrícula de la Cámara de Castilla. Buena parte de ellos corresponden a los títulos nobiliarios concedidos a los diputados que asistieron a la jura del príncipe de Asturias en las Cortes celebradas en 1789. Se trataba pues del viejo recurso de la ―fidelización‖ de los diferentes territorios de la monarquía mediante una generosa derrama de mercedes a algunos miembros de las oligarquías locales. La gran novedad, el gran giro, está en que en 1790 aparecen por vez primera los decretos para la provisión de plazas de justicia de chancillerías y audiencias. Que sepamos, los precedentes de esta anulación de la potestad de la Cámara para proponer magistraturas de justicia mediante decreto ejecutivo tienen lugar en el siglo XVII y en el reinado de Felipe V y, por lo estudiado hasta ahora, sabemos que tanto las concedidas para ejercer en Indias como las que tenían como destino los tribunales de España correspondían a ventas de dichas plazas. El problema es que hasta ahora la historiografía ha negado sistemáticamente que la justicia, a nivel de magistraturas, se enajenara. Como hemos señalado, resulta muy difícil determinar si los decretos ejecutivos concediendo plazas de justicia tienen su origen en la venalidad. Tan sólo una investigación monográfica podría arrojar alguna luz, aunque no estamos seguros de que los resultados

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pudiesen ser demasiado fructíferos, sobre todo, si lo que hubo realmente fue más corrupción que venalidad. De momento podemos recurrir al análisis de algunos elementos indiciarios que revelan nombramientos extraños, y por ahora, mientras no aparezcan nuevos datos, tan sólo podemos afirmar que, sobre el papel, parecen responder al favor dispensado por el Secretario del Despacho de Gracia y Justicia de turno o por los todopoderosos primeros ministros, Floridablanca y Godoy. Sin duda, el decreto ejecutivo constituye el mejor elemento de canalización del ejercicio efectivo, en materia de nombramientos de agentes de la monarquía, del despotismo y nepotismo ministerial que impera durante estos años. Los datos son concluyentes. Aquellos individuos que ingresan en la magistratura o consiguen un ascenso merced a un decreto decisivo tienen tres características muy singulares: son jóvenes, consiguen promocionar en los años siguientes por el mismo sistema y, algunos de ellos, tienen claros vínculos de paisanaje con quienes les han colocado en esos puestos. Al ser favorecidos por este método, de inmediato se integran en la clientela del patrón que los ha promocionado por tan excepcional método. En este sentido, la vía del decreto ejecutivo, y no sólo para los cargos de justicia, sino para todos aquellos que son provistos por este medio, es el mejor camino para la creación de clientelas y para la consolidación de fidelidades políticas. Ya no se trata de un simple patrocinio sino de la conformación de sólidas redes de poder que se tejen en torno al acceso a los cargos públicos por una vía a la que no todos los servidores del rey o aspirantes a serlo tienen acceso. El privilegio, el favor y la diferencia, se consiguen cuando se puede acceder a una vía que altera por completo el escalafón reglado, el cursus honorum ordinario, la necesaria experiencia en un cargo para ascender al siguiente. Los casos comparativos siguientes son harto elocuentes. Manuel Vicente Cano no era paisano directo de Floridablanca, pues había nacido en Chinchilla, pero cursó estudios de Filosofía y Derecho en el colegio de San Fulgencio de Murcia. Su relación con Floridablanca debía ser tan directa como que éste había estado detrás de la carrera de su tío, Antonio Cano Manuel, a la sazón consejero y camarista de Castilla desde febrero de 1790. Tres meses más tarde, con esa formación académica y sin experiencia docente ni haber ejercido la abogacía, un decreto ejecutivo nombra a Manuel Vicente alcalde del crimen de la Chancillería de Granada. Por entonces cuenta con tan sólo 26 años de edad. En contraposición, en el mismo tribunal, había ingresado un mes antes que Cano, el gallego Felipe Gil Taboada Lemus, que llega a Granada a la edad de 41 años y con un amplio currículum iniciado en su Santiago de Compostela natal, en donde cursó Derecho, proseguido luego como colegial del Colegio Mayor de los Españolas de Bolonia y culminado en mayo de 1784 como catedrático de cánones de la Universidad de Bolonia. La diferencia entre ambos es ostensible en edad y en formación jurídica. El primero goza de la protección de Floridablanca y de su tío, y se vale de la vía ejecutiva, en tanto que el segundo es propuesto por la Cámara de Castilla. El problema que plantea la comparación entre ambas carreras es si el nombramiento del primero responde simplemente al favor dispensado por el ministro murciano o si ese favor se ha sustentado además en el pago de una cierta cantidad de dinero. Los ejemplos se pueden multiplicar. Basta señalar que en 1790 las plazas de justicia concedidas por decreto ejecutivo en chancillerías y audiencias –incluidas las fiscalíasascienden a un total de nueve, que no llegan a representar un tercio del total de los títulos de magistrados de ese año. Como hemos señalado, algunos de los nombrados por esta vía ejecutiva repiten en los años siguientes valiéndose del mismo procedimiento. Así, José Sánchez Mendoza, que ingresa por decreto decisivo en la Chancillería de Granada en 1790 como alcalde del crimen y de la sala de hijosdalgo, asciende a oidor en abril de 1795 por el mismo método. Lo mismo sucede en el caso de Manuel María Junco, que en 1790 es nombrado por decreto para ejercer las dos fiscalías –alcalde del crimen e hijosdalgo- de Valladolid y que en 1795 es promocionado a oidor por la misma vía ejecutiva. En 1791 se mantiene la misma tónica que en el año anterior. De un total de 67 decretos del rey a la Cámara, nueve de ellos corresponden a plazas de justicia. Es la vía por la que transitan dos eclesiásticos para encaramarse hasta las más altas instancias de gobierno de la monarquía. A la edad de 36 años, Ramón de Arce Rebollar y Pedro de Acuña Malvar pasan a

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ocupar sendos sillones en los consejos. El primero en el Consejo de Hacienda, en donde se curte durante unos años para dar el salto en 1797 al Consejo de Castilla y al año siguiente al puesto de Inquisidor General. Miembro del partido que dirigen la reina y Godoy en 1798, Ramón de Arce se encuentra vinculado desde un primer momento a Manuel Godoy. Por su parte, Pedro de Acuña abandona su puesto de provisor y gobernador general de Santiago de Compostela –en el que ha sido nombrado por su tío, el arzobispo de Santiago, Sebastián Malvar Pinto- para ocupar una sorprendente plaza eclesiástica de Consejero de Castilla en el mes de octubre, y un mes después el puesto de camarista de Castilla. Su carrera es una de las más excepcionales de todo el reinado de Carlos IV, y tan sólo se puede explicar por la protección de Godoy, de cuyo primer gabinete formó parte, pues fue nombrado en julio de 1792 Secretario del Despacho de Gracia y Justicia cuando tan sólo acreditaba una experiencia en la gestión política de unos cuantos meses como camarista. Durante el año de 1791 el poder del conde de Floridablanca comienza a debilitarse en la misma medida en que crece el de Manuel Godoy, sobre todo tras el nombramiento de este último en el mes de julio como Sargento Mayor de las Guardias de Corps. Los dos eclesiásticos referidos –Arce y Acuña- obtienen sus puestos de consejeros en los dos últimos meses del año. La familia ―civil‖ de Godoy comienza también a verse favorecida por esta especial puerta de acceso a las magistraturas. El paisano de Godoy, y futuro familiar al casar con una prima suya, Antonio Vargas Laguna, consigue en el mes de octubre de ese mismo año, merced a un decreto ejecutivo, una plaza de oidor de la chancillería de Valladolid. Su trayectoria hasta ese momento constituye toda una excepción en la magistratura española del siglo XVIII. Había ingresado en la carrera judicial en octubre de 1790 como alcalde de cuadra de la audiencia de Sevilla y cuando aún no había ejercido un año, en septiembre de 1791, ascendió a la chancillería de Valladolid para hacerse cargo de las dos alcaldías –la del crimen e hijosdalgo-, pero por poco tiempo, pues en el mes de octubre de 1791 un decreto regio lo catapultaba hasta una plaza de oidor de aquel tribunal. El ―mérito‖ de su amistad con Godoy se saldó con un ascenso a la alcaldía de Casa y Corte en enero de 1793, y poco tiempo después se valió de los métodos excepcionales de promoción para seguir escalando puestos en la magistratura, comenzando por un nombramiento como consejero supernumerario del Consejo de Órdenes en agosto de 1794 que desempeñaría de forma efectiva desde diciembre de 1797 merced a un nuevo decreto regio. En suma, el favor de Godoy, transformado en pura arbitrariedad, hizo que Antonio Vargas Laguna escalara en el plazo de cuatro años todos los peldaños de la carrera judicial, pasando fugazmente por empleos en los que cualquier magistrado debía permanecer durante varios años antes de pensar en una promoción al empleo superior. Y además lo hizo siendo tan joven como que consiguió la plaza de consejero de Órdenes cuando tenía 31 años, una edad anormal e inédita en toda la historia de ese Consejo. El camino abierto en los últimos años de gobierno de Floridablanca de nombramientos por decreto a agentes del rey –fundamentalmente en la magistratura y en los Consejos- lo va a aprovechar Godoy para favorecer a una extensa red de clientes y paisanos. Como acabamos de ver Manuel Godoy se beneficia de la extensión de la vía ejecutiva para colocar como consejero a su padre o para convertir la carrera de su amigo Vargas Laguna en una de las más meteóricas de la magistratura del siglo XVIII. En ese sentido pues, Godoy no hace sino proseguir una práctica política que le ha permitido a Floridablanca constituir una extensa red clientelar, sustentada en buena parte, en relaciones de paisanaje y de amistad con los beneficiados por su patronazgo. La diferencia entre un ministro y otro –aun a falta de un análisis exhaustivo comparativo con el período de gobierno de Floridablanca- radica en que Godoy aprovechó la vía ejecutiva con mayor arbitrariedad que su predecesor por anudar una extensa red clientelar y de paisanaje. Con Godoy puede afirmarse que se entró -parangonando la expresión acuñada por Burkholder y Chandler en su estudio sobre las audiencias americanas- en una verdadera ―edad del nepotismo‖.

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La edad del nepotismo. Godoy y su redes de poder: el control de la hacienda, la justicia y el ejército
El control de la hacienda Desaparecido de la escena política el conde de Floridablanca, y aún en el breve mandato de Aranda como Secretario del Despacho de Estado, entre febrero y noviembre de 1792, Manuel Godoy continúa ejerciendo su influencia antes de ser nombrado como primer ministro de Carlos IV. Durante esos meses y, sobre todo, desde noviembre de ese año en que se convierte en dueño absoluto de la voluntad de los monarcas, la vía ejecutiva la utiliza con gran prodigalidad para colocar a familiares, amigos y paisanos extremeños, fundamentalmente, pacenses. Su estrategia está perfectamente definida. Inicialmente, detiene los nombramientos por decretos ejecutivos de magistrados de audiencias y chancillerías que con tanta profusión había utilizado Floridablanca y que habían continuado durante el breve mandato del conde de Aranda. Desde su nombramiento como primer ministro hasta noviembre de 1793 en que se vuelve a reanudar la vía ejecutiva, todos los nombramientos de magistrados circulan por el camino habitual de la vía consultiva de la Cámara. En su lugar, Manuel Godoy prepara un minucioso plan de asalto al Consejo de Hacienda, con su padre a la cabeza como gobernador. Sin méritos algunos para ocupar los sillones de este Consejo, varios familiares acompañarán a José Godoy. Dos meses antes del nombramiento de éste como gobernador del Consejo de Hacienda, había ingresado en una plaza eclesiástica del mismo Consejo, por decreto ejecutivo, José Eustaquio Moreno Cidoncha, hermano de Cándido, cuñado de Godoy. Hasta entonces la experiencia de José Eustaquio se limitaba a haber sido visitador del obispado de Cuenca, pero justo tres años después de su nombramiento en Hacienda, en el mes de febrero de 1795, sería elevado hasta el Consejo de Castilla mediante un nuevo decreto decisivo. Otro familiar que incorporará al Consejo de Hacienda en agosto de 1793 por esa misma vía será Pedro Félix Cevallos Guerra -casado ese mismo mes con su prima Josefa Álvarez Faria- cuando servía por entonces como encargado de negocios en la embajada de España en Portugal. Desde 1793 todos los nombramientos de consejeros de hacienda tendrán el carácter de supernumerarios, tanto los togados como los de capa y espada, y todos ellos serán nombrados mediante decretos ejecutivos. Entre la nómina de la docena de nombrados hasta 1797 se encuentran nombres tan extraños como el de Cristóbal Ramírez Cotes, cuyo mérito al ser nombrado consejero en 1793 era ser regidor perpetuo de la ciudad de Palencia, o jóvenes como José Acedo Rico, primogénito del conde de la Cañada –de la clientela de Godoy- que tras fallecer su padre en diciembre de 1795 es promovido un mes más tarde a consejero togado a la edad de 34 años. A ellos habría que sumar otros nombres de personajes poco conocidos en la administración de la hacienda borbónica como el de Bernardo Febrer o el de Manuel Valenzuela Maellas, que acceden al Consejo de Hacienda en calidad de supernumerarios merced a sendos decretos regios. La familia y los ―conocidos‖ de Godoy copan importantes parcelas de la administración de hacienda. Caso especial es el de su cuñado, Cándido Moreno Cidoncha que, de subteniente del regimiento de milicias de Trujillo, pasa a recibir directamente los honores de tesorero de ejército, la tesorería principal de rentas generales –en calidad de tesorero alternante- y con ella tesorerías tan importantes como las de las rentas del plomo, pólvora y salinas. En junio de 1793 abandonó la Corte para marchar a servir la intendencia de Extremadura, desde la cual luego sería elevado por su cuñado al puesto de Asistente de Sevilla y años después a la nobleza titulada como conde de Fuenteblanca. Fallecido el padre de Godoy en 1805, su cuñado lo designaría para ocupar la presidencia del Consejo de Hacienda. De este modo, la máxima institución de hacienda quedaba en manos de la familia. El otro tesorero principal de rentas nombrado en ese año de 1792, Víctor Rascón Cornejo, debía ser miembro de la extensa red de Godoy, pues antes de llegar a Madrid toda su experiencia en materia de hacienda se resumía en haber desempeñado la contaduría de la administración del tabaco en Badajoz, curiosamente la provincia natal de Godoy. En enero de 1796, junto con Vicente Alcalá Galiano, fue ascendido a director general de rentas.

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El círculo, en otro ámbito, lo completa el propio Manuel Godoy. Se ha escrito mucho sobre su fulgurante carrera militar desde las Guardias de Corps, de sus tres ascensos en 1791 desde coronel hasta teniente general, pero ha pasado desapercibido por completo que en el mes de marzo de 1790, seguramente por gracia regia, es nombrado Tesorero General del Consejo de Órdenes Militares, un puesto totalmente ajeno a su carrera militar pero que le proporciona unos buenos ingresos, en concreto el dos por ciento de todos los libramientos y rentas de dicho Consejo. Cuando comienza su ascenso en las Guardias de Corps, Godoy cede ese puesto a su hermano Luís, que lo conserva hasta septiembre de 1793 en que se lo pasa a otro hombre de la clientela de Manuel Godoy, a su paisano, compañero en las Guardias de Corps y esposo de su prima Carmen Álvarez Faría, Joaquín Manuel Villena Mendoza, hijo del conde de Víamanuel. En este caso, la tesorería del Consejo de Órdenes, no funciona tanto como un elemento fundamental en el manejo de la hacienda por parte de la familia sino como un salario adicional que acumular a los que percibe por el desempeño de otros puestos ajenos a dicha tesorería. Y en el mismo sentido la acumulación de sueldos e ingresos se completará con la concesión de encomiendas a la familia del favorito, comenzando desde luego por su propia persona. Las relaciones de Godoy con la administración de hacienda exceden con mucho a ese estrecho círculo familiar. Recientemente, Thomas Glesener ha constatado que durante esta primera etapa de gobierno de Godoy, desde las Guardias de Corps, en las que el favorito regio controlaba desde su puesto de Sargento Mayor el acceso y promoción de su oficialidad, comienzan a salir hacia empleos de hacienda de España e Indias oficiales formados en ese cuerpo.46 En tanto que la salida natural de los oficiales de Guardias de Corps durante todo el siglo XVIII habían sido los cuerpos del ejército regular y los empleos político-militares, en la década de los años noventa cambian de rumbo para dejar de ser ―soldados‖ y convertirse en ―administradores de hacienda‖. El cambio, sin duda, tuvo que ver con esa forma de gobierno que iba a implantar Godoy basada en los vínculos personales y en la formación de extensas redes clientelares. ¿Por qué el interés de Godoy por controlar las instituciones de hacienda? El estudio más reciente sobre el favorito de Carlos IV sustenta la tesis de que la desorbitada riqueza que consiguió acumular en pocos años fue fruto del favor dispensado por el monarca al antiguo hidalgo extremeño. Para corroborar esa tesis sería precisa una amplia investigación monográfica que ponderara de forma precisa la diferencia entre los salarios acumulados por Godoy, más las rentas percibidas por las múltiples mercedes que recibió, y el patrimonio e inmensa riqueza que llegó a acumular en propiedades urbanas, rústicas, joyas y pinturas. Nuestra hipótesis es que la incalculable fortuna que llegó a atesorar no fue producto tan sólo de los favores dispensados por el monarca sino del ejercicio corrupto del poder. Un breve apunte puede ser revelador del procedimiento de enriquecimiento –con certeza, ilícito- seguido por Godoy desde que comenzó a gozar del favor de los monarcas. En 1792 Carlos IV le había dado a Godoy el señorío de la Alcudia, una de las dehesas de invernadero para la trashumancia más importantes del siglo XVIII. Al año siguiente, Godoy, ya como duque de Alcudia, hizo diversas compras de tierras y de ganado en el valle de la Alcudia, de las cuales tan sólo una de ellas le supuso un desembolso de 8 millones de reales. En ese mismo año compró a los herederos del marqués de Castillejos, por algo más de 2,5 millones, de reales su cabaña lanar trashumante. Sobra subrayar que dichas sumas eran, con mucho, muy superiores al total de los sueldos percibidos desde su llegada a la Corte en 1784 para servir como cadete de la compañía española de Guardias de Corps, y muy superiores a las rentas que hubiera podido producir la dehesa de la Alcudia en el breve plazo de un año. Si además añadimos que en 1792, antes de ser nombrado miembro del gobierno, adquirió una casa en El Escorial y comenzó a construirse en ese mismo año casa propia en Aranjuez, parece obvio que semejante acumulación de riqueza no debía responder exclusivamente al favor real sino a la obtención de ingresos por vías poco lícitas. Una simple operación matemática evidencia que los gastos en estos primeros años superaron, de largo, a la totalidad de los ingresos.

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La única explicación a esos fabulosos desembolsos, muy superiores a los 11 millones de reales, se puede hallar en que hubiera utilizado para algunas de esas inversiones el mismo procedimiento que empleó en 1795 para adquirir la dehesa de La Serena, esto es, pagar su importe de 13.299.436 reales mediante un recibo de Nicolás Ambrosio Garro, marqués de las Hormazas, tesorero general, aplicado al caudal de ―gastos secretos‖. Es obvio que, con gran habilidad, lo que Manuel Godoy hizo fue efectuar una compra privada con dinero procedente de las arcas públicas. Además, es más que probable que hubiera preparado la compra de la dehesa de La Serena desde años antes, llegando incluso a controlar directamente el precio de tasación, pues no puede ser una mera coincidencia que el 2 de enero de 1792, cuando llevaba poco más de dos meses de consejero de hacienda, Pedro Acuña Malvar fuese nombrado juez comisionado para la venta de todos los derechos pertenecientes a la hacienda real en la dehesa de la Serena, y que en julio de ese mismo año fuese colocado como Secretario del Despacho de Gracia y Justicia pasando a formar parte del primer gabinete ministerial de Godoy. La compra de una propiedad privada con fondos públicos fue una práctica que Godoy pudo continuar bajo otras formas en los años siguientes, pues en marzo de 1807 amplió sus bienes en la misma dehesa de La Serena al comprar las propiedades que pertenecían a la obra pía del cardenal Belluga y que, tasadas en 1.312.000 reales, pagó su apoderado mediante tan sólo 7.606 reales en efectivo y el resto en vales reales. La interrogante es obvia: ¿se trataba de vales reales de su propiedad, de un nuevo ―favor real‖, o de pura apropiación de caudales públicos?54 Desde luego lo que está claro es que la compra de La Serena no la hizo con los fondos obtenidos del producto de la dehesa de la Alcudia, la que se consideró el ―gran regalo‖ de Carlos IV a Godoy que le permitiría luego inversiones de mayor calado. Sabemos que Godoy pudo obtener ingresos extraordinarios como los procedentes de la venalidad de los empleos. Lo hemos demostrado en un estudio sobre la venta de cargos militares en la España del siglo XVIII.56 Sus intentos de reforma del ejército en 1802 estuvieron precedidos por su participación en derivaciones de la venalidad cercanas a la corrupción. Las necesidades de nuevos cuerpos de ejército para afrontar la guerra contra la Convención obligaron a levantar varios regimientos cuya financiación se hizo mediante la habitual venta de empleos, y a tal fin se creó en 1793 un ―fondo de beneficios‖ en las oficinas de la Secretaría del Despacho de Guerra en el cual se fue ingresando el producto de esas operaciones. No es una mera casualidad que entre los levantadores de nuevas unidades hubiese cuatro extremeños, los marqueses de la Isla y de Monsalud, Manuel Laguna Moscoso y un hábil negociante estrechamente vinculado a Manuel Godoy, Juan del Castillo Rodríguez. Para el buen fin de sus ofertas, en todos los casos fue decisiva la mediación de Godoy, pero en el caso de Juan del Castillo hubo algo más que una mera relación de paisanaje. En la primera oferta que hizo al rey para formar el regimiento de Granaderos de Estado – que luego no cumpliría por entero- se comprometió a levantarlo cediendo al rey el nombramiento de los empleos de la plana mayor, pero en lugar de dejar a beneficio de la hacienda real un porcentaje de los demás empleos que se debían vender, dicha cesión la destinó al peculio personal del duque de Alcudia. El artículo octavo de la contrata ofrece pocas dudas: ―Deja al Duque de Alcudia ocho compañías para que las dé a su arbitrio y a quienes sean de su agrado‖. Traducido en otros términos, dicho artículo venía a dejar muy claro que más de un tercio de los puestos de la oficialidad serían para beneficio particular de Godoy. El ―regalo‖ que ofreció Juan del Castillo a Godoy tenía importe exacto, pues según las minuciosas cuentas que se hicieron en la Secretaría de Guerra para ver las compañías que debían quedar para el favorito real, el monto total ascendió a una suma de entre 1.800.000 y 2.000.000 de reales, importe de la venta de empleos correspondientes a seis compañías. Ignoramos el destino exacto final de la parte que le cupo a Godoy en este reparto pero tenemos la absoluta certeza de que las seis compañías que correspondían a la parte ―pública-privada‖, las de Godoy, se vendieron finalmente, si bien en el momento de la venta no figuraron como pertenecientes al duque de Alcudia sino como las ―compañías que se beneficiaban de cuenta rey‖, para diferenciarlas de las que pertenecían al levantador del regimiento.

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Comparando con el sistema utilizado por el propio Godoy para la compra de la dehesa de La Serena, observamos que el procedimiento es el mismo: la utilización de lo público y del nombre del monarca para su personal beneficio privado. En la Serena utiliza un artificio contable, mientras que en la formación de estas compañías se vale de un hipotético regalo del rey que, en la práctica y a la luz de la documentación conservada, se revela como una hábil maniobra para embolsarse el producto de la venta de esos empleos militares. En este caso no es preciso el control de ninguna institución de la hacienda sino el pacto y el negocio directo con un paisano y amigo dispuesto a compartir los beneficios de una empresa mercantil. El control de la justicia Más arriba hemos señalado que desde el nombramiento de Godoy como primer ministro hasta el mes de noviembre de 1793 se detienen los decretos ejecutivos para nombrar nuevos magistrados. En febrero de 1794 se reanuda esa vía que margina a la Cámara de Castilla, algo que se podría interpretar como obra del Secretario del Despacho de Gracia y Justicia, a la sazón Eugenio Llaguno, amigo personal de Manuel Godoy, que se hace cargo de ese ministerio el 23 de enero de 1794 en sustitución de Pedro Acuña Malvar, jubilado –léase cesado- por decreto ejecutivo de esa fecha. Pero curiosamente, el primer magistrado nombrado por decreto ejecutivo a partir de la reanudación de esta práctica será Pedro Gómez Labrador, extremeño y amigo de Godoy. Todo apunta hacia la arbitrariedad de Godoy. Hasta entonces Gómez Labrador servía como oficial de la Secretaría del Despacho de Estado que dirigía Godoy y en ella se había visto favorecido por su paisano en 1792, tanto como para ascenderlo en el corto período de tiempo de siete meses desde oficial noveno a oficial cuarto de dicha secretaría. Su caso es inaudito no sólo porque ascendió directamente por decreto de 16 de noviembre de 1793 a una plaza supernumeraria de oidor de Sevilla sino porque además una orden particular de Godoy de enero de 1794 mandó que a pesar de ser supernumerario –y por ende no ejercer la plaza- percibiese el salario correspondiente a una plaza efectiva o del número. Por entonces Gómez Labrador tenía 29 años de edad, muy joven como para ejercer aquella magistratura sin, además, haber seguido el cursus honorum habitual de haber tenido experiencia previa en el ejercicio de alguna alcaldía del crimen. Pero más allá de nombres individuales, en el año de 1794, tras la incorporación de Eugenio Llaguno a Gracia y Justicia y con Godoy al frente de todas las decisiones políticas, se producen dos cambios trascendentales en materia de nombramientos de magistrados. El primero es el absoluto predominio de la vía ejecutiva frente a la consultiva, hasta el punto de quedar esta última como algo residual. Las cifras son concluyentes: de un total de 27 magistrados –oidores, alcaldes del crimen y alcaldes de Casa y Corte- nombrados para servir en chancillerías y audiencias, 20 de ellos obtienen los nombramientos por medio de decretos decisivos. Que las propuestas de la Cámara afecten a tan sólo una cuarta parte de los nombrados significa que lo que se impone es el predominio del absolutismo, la arbitrariedad, el clientelismo y el favor como principales ejes vertebradores de la práctica política. Es ahí donde el ministro de justicia y el primer ministro tendrán un amplio margen de maniobra para colocar a sus deudos e incluso para, potencialmente, enajenar los despachos de magistrados. La comparación con la etapa de Floridablanca permite situar en su contexto la realidad de ambos periodos de gobierno –el del murciano y el de Godoy- en relación a los nombramientos de magistrados. En 1791, último año completo que Floridablanca permaneció en el poder, fueron nombrados un total de 19 jueces, de ellos 6 mediante decretos ejecutivos y el resto mediante consulta de la Cámara, es decir, en un porcentaje inverso al de la etapa de Godoy. Por la vía del decreto ejecutivo y de la decisión en un cerrado círculo que no debió exceder de dos personas –Eugenio Llaguno y Godoy- ingresaron en las audiencias y chancillerías o llegaron a la sala de alcaldes de Casa y Corte, jóvenes jueces con escasos méritos. Algunos de ellos eran claros protegidos de Godoy, como el valenciano José Navarro Vidal, otros eran antiguos clientes de Floridablanca que en su día se beneficiaron de nombramientos por decreto y que ahora con Godoy seguían instalados en la misma dinámica,

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caso de Manuel Vicente Cano Ramírez de Arellano que obtuvo una plaza de oidor de Granada en 1794 por medio de un decreto decisivo cuando tan sólo tenía 30 años de edad.65 Casi siempre se observa una plena coincidencia entre edades jóvenes y nombramientos ejecutivos, cual sucede en los casos de Joaquín Antonio Rada Ichaso, alcalde del crimen de Sevilla a los 28 años o de Sebastián Torres Portocarrero, alcalde de Casa y Corte a los 33 años. Además, muchos de ellos parecen estar especializados en ―carreras por decreto‖, sin que la Cámara de Castilla llegue a tener conocimiento alguno de sus trayectorias profesionales, porque, entre otras razones, no les interesa que lo tenga, ya que pueden promocionar por otra vía. De este modo fue posible la elaboración de ―vertiginosas‖ carreras, como la del citado navarro Joaquín Antonio Rada, que con tan sólo estudios de bachiller en leyes en la Universidad de Oñate, y tras conseguir en junio de 1794 la alcaldía del crimen de Sevilla por decreto, promocionó por el mismo método en septiembre de 1796 a una plaza de oidor de ese mismo tribunal para acabar como consejero del Consejo de Navarra supernumerario dos años después mediante el mismo sistema del decreto decisivo cuando tenía 32 años de edad. El segundo cambio que tiene lugar en 1794, tan trascendental como el anterior, tiene que ver con la extensión de una peculiar forma de nombramientos que encubría su verdadera significación bajo un conocido ―paraguas‖ en la práctica de gobierno de la monarquía, cual era la concesión a un individuo de los ―honores‖ de un cargo. En principio, los ―honores‖ no suponían desempeño efectivo del cargo anexo al que se concedían sino que tan sólo conferían prestigio a su poseedor. Durante los primeros años del reinado de Carlos IV los ―honores de alcalde del crimen‖ de las audiencias proliferaron para recompensar las carreras de algunos corregidores que pretendían acabar sus días con un reconocimiento honorífico superior al que habían desempeñado durante su trayectoria política. Sin embargo, el giro radical que se produce en 1794 es que muchos de esos honores equivalen a nombramientos supernumerarios, es decir, títulos que se convierten en la antesala para la obtención de un puesto efectivo o numerario, a veces mediante un despacho intermedio de supernumerario y en otras ocasiones directamente como paso previo a la obtención de una plaza del número. Este cambio se manifiesta claramente en el mundo de la magistratura, desde las audiencias y chancillerías hasta los consejeros que sirven en las más altas instituciones de gobierno de la monarquía. Es una vía más en poder de Llaguno y de Godoy para favorecer a su clientela o, potencialmente, para obtener algún beneficio pecuniario. El profesor Molas Ribalta explicó que Francisco de Zamora, socio de la Matritense y fiscal de la sala de alcaldes de Casa y Corte, se vio favorecido por Godoy en su nombramiento como consejero de Castilla en 1795. Pues bien, el paso previo fue la concesión de unos honores de consejero en julio de 1794 mediante un decreto del rey a la Cámara que hizo posible que a la edad 38 años se sentara en la más alta magistratura de la monarquía. Otro hombre de la clientela de Godoy, José Navarro Vidal, cuando era oidor de Valencia, obtuvo una plaza honoraria de alcalde de Casa y Corte en julio de 1794, paso previo a la consecución de un puesto de supernumerario del mismo tribunal en abril de 1795 –ambos logrados mediante sendos decretos- que acabaría transformándose en plaza del número en julio de 1796, gracias igualmente a un decreto ejecutivo del rey a la Cámara. Entre los múltiples ejemplos que se pueden reseñar de esta práctica ninguno la refleja mejor que el cursus honorum de Manuel del Pozo, que llegó hasta consejero de Castilla por la vía ejecutiva y por la obtención de plazas honorarias como paso previo a los destinos efectivos. Asesor de guerra del gobierno y comandancia de Madrid en 1786, obtuvo primero unos honores de oidor de la audiencia de Sevilla en 1789, que no se tradujeron en un puesto efectivo, pero en 1791 logró mayor distinción al recibir los honores de alcalde de Casa y Corte que acabaron convirtiéndose en una plaza efectiva de ese tribunal en junio de 1794 merced a un decreto ejecutivo. En agosto de 1797 recibió los honores y antigüedad de consejero de Castilla, lo que significaba en la práctica una plaza numeraria que finalmente consiguió en febrero de 1799 sin que ninguno de esos nombramientos pasase por la Cámara de Castilla. Este era el sistema para contar con Consejo dócil que sirviese a los intereses de quienes habían situado a los consejeros en tan alta magistratura utilizando el poder absoluto del monarca y prescindiendo por completo del ―deber de consejo‖.

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Ignorar a la Cámara en el nombramiento de agentes de la monarquía tan fundamentales como eran las magistraturas tenía relación directa con la práctica del absolutismo en toda su extensión. Desde el mes de junio de 1794 hasta marzo de 1798 en que Godoy abandona el poder, la totalidad de las plazas de alcaldes de Casa y Corte fueron provistas por decreto. Semejante práctica no era algo baladí, pues las alcaldías de Casa y Corte, junto con las presidencias de audiencias, las fiscalías de los Consejos y los puestos de consejeros del Consejo de Órdenes, eran el paso inmediato a la obtención de una plaza en el más alto tribunal de la monarquía, el Consejo de Castilla. Y precisamente porque las presidencias de audiencias y chancillerías funcionan como puerta de entrada en el Consejo de Castilla la selección de los presidentes responde a la misma lógica que venimos exponiendo para las plazas de jueces. Un ejemplo comparativo deja bien claro el peso del favor, el clientelismo y, en última instancia, el nepotismo en la decisión política de nombrar a unos o a otros agentes de gobierno de la monarquía. En abril de 1793 es nombrado regente de la audiencia de Cataluña –por consulta de la Cámara- José Joaquín Navascués, hasta entonces oidor del Consejo de Navarra, cuando tenía una edad de 62 años y una experiencia en el mundo de la magistratura desde el año 1771 en que había sido nombrado alcalde de la corte mayor de Navarra. Desde tan prestigiosa audiencia tan sólo pudo llegar a ocupar una plaza del Consejo de Órdenes Militares en 1799, tras haber recibido una expectativa de conseguirla –merced a una plaza supernumeraria- seis años antes de esa fecha. José Joaquín Navascués falleció en 1802 sin haber alcanzado el siempre ambicionado Consejo de Castilla. Por el contrario, en septiembre de 1792 fue nombrado regente de la audiencia de Sevilla – por decreto ejecutivo- el asturiano Bernardo Riega Solares, sobrino del conde de la Cañada, presidente del Consejo de Castilla y hombre de la clientela de Godoy. Por entonces Bernardo Riega tenía una edad de 42 años y en tan sólo once años de ejercicio de la profesión había llegado a la cima del tribunal sevillano. El favor de su tío no se hizo esperar demasiado tiempo, y en junio de 1794 cuando aún no habían transcurrido dos años de su nombramiento como regente de Sevilla, le hizo consejero del Consejo de Castilla. Los tres últimos años de la etapa de gobierno de Godoy mantienen la misma dinámica iniciada en los años precedentes. Las cifras totales de nombramientos de magistrados hablan por sí solas: de un total de 50 títulos despachados de alcaldes del crimen, oidores y alcaldes de Casa y Corte, más de la mitad, el 58%, se tramitan sin conocimiento de la Cámara, por influencia directa en la decisión del Secretario del Despacho de Gracia y Justicia, del Gobernador del Consejo de Castilla o del propio primer ministro, Manuel Godoy. Entre 1795 y marzo de 1798 en que abandona Godoy su cargo, el año 1795 se individualiza con especial relevancia como paradigmático del ejercicio arbitrario del poder bajo la forma de los excepcionales nombramientos supernumerarios. En ese año se registra la cifra más alta de expectativas o futuras de nombramiento –en forma de plazas supernumerarias- de todo el período estudiado, afectando fundamentalmente a magistraturas de justicia -13 títulos- y a consejeros de los distintos Consejos, con un total de 10 nombramientos. Pero esas cifras deben ser corregidas al alza porque durante ese año se mantiene la fórmula de nombramientos ―honoríficos‖ que ocultan inmediatos despachos de plazas efectivas o del número. Este es el método que se utiliza para proceder a nombramientos excepcionales como el del pacense Juan Morales Guzmán, nombrado por Godoy corregidor de Madrid e intendente de Castilla la Nueva en junio de 1792 a la edad de 37 años. Sin más experiencia que haber sido diputado en Cortes por Extremadura en 1789, Juan Morales no sólo fue nombrado corregidor sino que además en junio de 1795 recibió los ―honores‖ de consejero de Castilla, sin sueldo alguno, pero con asiento y voto en la primera sala de gobierno.77 Con tales honores y con asistencia al Consejo no hubo problema para que a pesar de sus carencias de formación jurídica y falta de experiencia profesional se transformara aquella plaza en diciembre de 1803 en una plaza del número del Consejo de Castilla. Eran las ventajas de haber nacido en la misma provincia que Godoy y de disfrutar del patrocinio de éste. Las mismas que debió gozar otro hombre unido también por lazos de paisanaje con el favorito regio, Esteban Antonio Orellana, natural de Medina de las Torres, cuyo primer cargo en la administración fue nada menos que el de secretario de la presidencia del Consejo de Castilla, para el que fue nombrado en mayo de

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1794. Luego presentará una carrera estrechamente vinculada a la figura de Manuel Godoy: honores y antigüedad de alcalde de Casa y Corte en junio de 1795, que no se publicaron en la Gaceta de Madrid para que nadie tuviera noticia de semejante nombramiento, y que se transformaron en enero de 1798 en una plaza supernumeraria del mismo tribunal, habiendo obtenido ambos despachos mediante sendos decretos ejecutivos del rey a la Cámara; retornado Godoy al poder obtendrá una plaza togada de consejero del Consejo de Guerra en julio de 1802. El tribunal más importante, el Consejo de Castilla, se nutrió de consejeros por la misma vía ejecutiva que funcionó para chancillerías y audiencias. Ricardo Gómez- Rivero dejó muy claro que de un total de 68 consejeros nombrados durante el reinado de Carlos IV, tan solo fueron consultados por la Cámara 11 casos. Si el decreto ejecutivo se utilizaba para los tribunales inferiores, con mayor razón interesaba controlar el más importante, el de Castilla, el que menos prerrogativas había perdido con motivo de las primeras reformas borbónicas del sistema polisinodial heredado de los Austrias. Ahora bien, conviene precisar que durante el reinado de Carlos IV, esta dinámica se inicia cuando aún se halla en el poder el conde de Floridablanca, en concreto en mayo de 1791 –con el nombramiento de Luis Manuel Isla, yerno de Campomanes- y se mantiene inalterable hasta finales del reinado. Por tanto, se constata, una vez más, que en el denominado ―tiempo de Godoy‖ lo que se hace es institucionalizar y extender la dinámica política del ―tiempo de Floridablanca‖ que, en este caso, viene a otorgar todo el poder en el nombramiento de magistrados al Secretario del Despacho y al primer ministro. La primera consecuencia de esta implantación de la vía ejecutiva será un considerable rejuvenecimiento del Consejo de Castilla. La edad media de los seis consejeros que ingresan en 1791 es de 45 años, algo totalmente anormal en la historia de esta institución. Pero su acceso al Consejo no está vinculado a una mejor preparación sino a la influencia y el favor dispensados por sus patronos. Además del referido Isla, yerno de Campomanes, ingresan también: Antonio Alarcón Lozano, paisano de Floridablanca; José Joaquín Colón de Larreategui, de la vieja saga de los ―Colones‖ de larga tradición en el Consejo y con un hermano –Mariano- que sirve de consejero en esa fecha; y Pedro Acuña Malvar, sobrino del arzobispo de Santiago, que estuvo muy vinculado a Manuel Godoy hasta su cese en enero de 1794. El ejército. La inflación de generales y la creación de fidelidades Es cierto que Manuel Godoy intentó dos importantes proyectos de reforma del ejército, uno en 179682 –que finalmente quedó en mera tentativa- y otro en 1802 que se tradujo en la promulgación de unas ordenanzas que acabaron en papel mojado. La guerra contra Francia en los años de 1793-1795 puso de manifiesto la necesidad de proceder a una profunda reforma del ejército que tratara de solucionar problemas que aquejaban desde muchos años atrás a la institución militar, tales como la débil formación científico-técnica de la oficialidad, la carencia de un mando unificado que coordinase la acción de las distintas armas o la selección de sus oficiales por criterios que ignoraban la capacidad y el mérito. Por ello, en 1796 se planteó, a iniciativa de Godoy, la necesidad de una reforma que pretendía ser el primer intento riguroso – superior incluso a las célebres Ordenanzas de Carlos III de 1768- de abordar cambios sustanciales en una institución que permanecía inalterable desde que Felipe V introdujese en España el modelo militar de la Francia de Luis XIV. En 1802 Godoy volvió a la carga pero las reformas contenidas en la ordenanza no se llegaron a acometer a causa de la complejidad, lentitud y elevado coste de su proceso de implantación. Los intentos reformistas de Godoy chocaron no sólo con los sectores más reaccionarios del ejército –comenzando por las propias Guardias Reales que se negaron a cualquier reforma que mermara su posición de privilegio en el conjunto de la institución militar- sino con las contradicciones existentes entre su pensamiento y sus hechos y acciones de gobierno. Ante la Junta de Generales reunida en 1796 el propio Godoy presentó sus ideas de reforma del ejército, y entre ellas señaló que uno de los grandes males del ejército era el excesivo número de generales y oficiales retirados que constituían una auténtica "plaga" dentro del ejército. Evidentemente ocultaba la autoría de esa ―plaga‖, porque la macrocefalia del

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ejército borbónico, a la altura de 1796, no era producto de ―creaciones de generales‖ del reinado de Carlos III sino de las masivas hornadas que se sucedieron entre 1789 y 1795, la mayor parte de ellas bajo su mandato y de las que él mismo, su familia y clientela se vieron ampliamente beneficiados. Prueba de esa contradicción es que en 1802, después de considerar el excesivo número de generales como uno de los grandes males del ejército, Godoy volvió a impulsar una vasta promoción de oficiales generales que vino a agravar el problema. Nunca en la historia de la España Moderna se había producido en el ejército un fenómeno similar al que tuvo lugar entre los años de 1789 y 1795, en cuanto al desmedido incremento del número de generales del ejército. Las causas no se han investigado a fondo y seguimos sin tener una explicación que amplíe la que diera en su día Cepeda Gómez cuando señaló que ―el deseo de los ministros de atraerse voluntades y crearse una clientela política entre los profesionales de la milicia‖ habría comenzado a ser un hecho efectivo ―desde que Floridablanca comenzó a promocionar a sus parciales. De momento, lo único que sabemos es que algunas de esas hornadas de oficiales generales se hacen con motivo de conmemoraciones regias y celebraciones, comenzando por la de la entronización de Carlos IV, en lo que fue un amplio programa de fidelización de voluntades que incluyó la creación de numerosos títulos nobiliarios. Junto a esa promoción de 1789, la que tuvo lugar en 1794 se hizo con motivo del nacimiento del infante Francisco de Paula, la de 1795 para celebrar la paz ajustada con Francia, y la de 1802 con ocasión del matrimonio del príncipe de Asturias con la princesa de Nápoles María Antonia. Los resultados, antes de esa hornada de 1802, son evidentes: frente a un total de 221 oficiales generales – incluyendo entre ellos a los brigadieres- que había en España en 1779, veinte años más tarde, el Estado Militar de 1799 arroja una cifra de 538, lo que supone que en un período de veinte años, sin que hubiesen aumentado los efectivos del ejército –salvo unos pocos regimientos que se levantan a comienzos de la década de los noventa para la guerra en los Pirineos- el generalato había llegado a casi triplicarse. Generales sin unidades a las que mandar, provocan a su vez una tremenda movilidad profesional en los regimientos de línea. Los ascensos se aceleran, todos ven mejorar su salario como consecuencia de su promoción y todos los mandos, sobre todo desde el grado de coronel hacia arriba, se benefician de la magnanimidad del monarca. Nada testimonia mejor la crisis del ejército borbónico que esa tremenda masa de oficiales generales ociosos, adornados con vistosos galones en medio de un ejército que sufría una continua sangría humana como consecuencia del fuerte incremento de las deserciones, y en el que la formación científico-técnica y el mérito en el campo de batalla tenían escaso valor. León de Arroyal describió la situación de forma magistral cuando escribió que España a finales del siglo XVIII tenía ―un cuerpo de oficiales generales sobrado para mandar todos los ejércitos del mundo; y que si a proporción tuviera soldados, pudiera conquistar todas las regiones del Universo‖. La interrogante surge de inmediato ¿por qué esas masivas promociones de oficiales generales? ¿Por qué en menos de un lustro un oficial del ejército podía llegar desde simple coronel a teniente general cuando este último grado había requerido siempre una dilatada experiencia en los campos de Marte? Por ahora tan sólo se pueden anotar algunas líneas de investigación que permitan ir más allá de la simple constatación del fenómeno de la macrocefalia finisecular en el ejército borbónico. Son necesarias explicaciones que posibiliten precisar las razones de ese crecimiento desmesurado del número de oficiales generales, de esas fulgurantes carreras militares. Seguimos moviéndonos en el campo de las hipótesis pero las comparaciones con otras parcelas de gobierno nos hacen sospechar en dinámicas paralelas, en el dominio de la potestad absoluta del monarca para estrechar lazos de fidelidad y afianzar las clientelas del favorito. Si el profesor Cepeda Gómez apuntaba a los ―parciales de Floridablanca‖ como explicación inicial, tenemos la certeza de que durante la etapa de Godoy esas parcialidades se incrementan, tanto en número como en grado de arbitrariedad, comenzando por su propia persona que, en medio año, durante 1791, ascendió de coronel a teniente general merced a tres nombramientos sucesivos, de brigadier, mariscal de campo y teniente general, este último cuando tenía tan sólo 24 años de edad, algo totalmente inédito en la historia militar de España.

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Se puede comenzar por sus hermanos, Diego y Luís. El primero, en menos de cinco años ascendió de capitán de infantería a teniente general en 1795, cuando acreditaba una experiencia total de siete años de ejercicio profesional, pues había ingresado en el ejército como cadete de caballería en noviembre de 1787. Como su hermano Manuel, la precocidad en los ascensos fue tal que con 26 años ya había alcanzado el máximo escalafón del generalato. Luís Godoy, con los mismos años de servicio que Diego, fue promovido a teniente general, un año antes que su hermano, en septiembre de 1795. Los favores dispensados por Manuel Godoy a la familia directa también quedaron plasmados en las trayectorias de sus tíos, los Álvarez Faria, que hasta la llegada de su sobrino al poder presentaban carreras normales, pero que súbitamente se dispararon para lograr en muy poco tiempo el grado de teniente general. Juan Manuel Álvarez Faría, notó de inmediato los favores de su sobrino y en tres años escaló todos los grados del generalato hasta convertirse en teniente general y ocupar la capitanía general de Andalucía en noviembre de 1795 y unos meses después la de su Extremadura natal. El control de Manuel Godoy sobre todas las instituciones de gobierno extremeñas quedó reflejado en el nombramiento de su tío José Álvarez Faria –que escaló también el generalato con inusitada rapidez- como sucesor de su hermano en la capitanía general de Extremadura, cargo para el que fue nombrado en febrero de 1798. Los favores de Manuel Godoy a familiares directos en la milicia se completan con la figura de su cuñado Miguel Grúa, marqués de Branciforte, que se vio altamente recompensado en 1791 al ser nombrado capitán de la compañía italiana de Guardias de Corps, cargo que debía ser ostentado por un Grande de España, de tal modo que junto al nombramiento para mandar tan prestigioso cuerpo de la Guardia Real recibió en la misma fecha de su despacho militar –julio de 1791- el título de Grande de España de primera clase.92 Los favores de Godoy se ampliaron en enero de 1794 cuando Miguel Grúa fue nombrado virrey de Nueva España, cargo en el que permanecería hasta mayo de 1798. Todo lo relativo a estos familiares directos resulta más o menos conocido. Sin embargo la historiografía apenas ha tenido en cuenta un elemento fundamental en la política militar de Godoy, en tanto en cuanto supuso el control absoluto sobre la jerarquía castrense durante su primera etapa de gobierno: colocó al frente de las principales instituciones de gobierno del ejército, la Secretaría del Despacho de Guerra y los inspectores de las distintas armas, a personas de su clientela política o de su familia, sin importar para nada el prestigio que pudieran acreditar para dirigir los destinos del ejército y, en última instancia, de la monarquía. Comenzando por las inspecciones de armas, como hemos escrito en otros estudios, desde su creación en los primeros años del reinado de Felipe V se convirtieron en el centro neurálgico del poder militar, pues fueron dotadas de amplias competencias en el control periódico de la instrucción, víveres, disciplina, servicio, revistas, manejo de caudales y gobierno interior, y vestuario de los regimientos y, en suma, de todo aquello que redundase en el "buen estado y preparación del ejército". A todas esas atribuciones se añadía otra capital como era informar todas las propuestas de ascensos en todas las unidades dependientes de cada inspección.93 Por tanto, el control sobre todo el engranaje del poder militar se obtenía no sólo por medio de la Secretaría del Despacho sino también por medio de las inspecciones. Y más importante aún: quien era nombrado para ejercer una inspección acumulaba dos sueldos, el de su graduación de oficial general y el de inspector. Todas estas circunstancias explican que el tío de Godoy, Juan Manuel Álvarez Faría, fuese nombrado inspector de infantería en noviembre de 1793; que su hermano Diego Godoy fuese designado inspector general de dragones en septiembre de 1796 y que luego en mayo de 1802 fuese nombrado inspector general de caballería; que su hermano Luis Godoy ocupase la inspección general de milicias durante el año 1795; que Antonio Barradas, procedente del mismo cuerpo de Guardias de Corps de Godoy, se hiciese con la inspección general de la caballería en junio de 1791; o que otros protegidos de Godoy, como Ignacio Lancaster Araciel, vizconde de la Armería, ocupara la inspección general de milicias desde noviembre de 1795, y Benito Pardo Figueroa hiciera lo propio con la inspección de infantería entre noviembre de 1797 y agosto del año siguiente.

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Más importancia tuvieron los ministros de la Guerra. Durante nuestro periodo de estudio, de los tres nombres que ocuparon esa Secretaría del Despacho, uno de ellos, Juan Manuel Álvarez Faria – ministro entre el 21 de septiembre de 1796 y el 4 de septiembre de 1799- nos es familiar por los datos expuestos más arriba en relación a su parentesco con Godoy. Miguel José Azanza estuvo al frente de Guerra unos diez meses, desde el 21 de diciembre de 1795 hasta el 19 de octubre de 1796, fecha en que, en el marco de una remodelación general del gabinete de Godoy, fue destituido por su manifiesta enemistad con el favorito regio. Por último, el mandato más largo correspondió al conde de Campo Alange, que se hizo cargo de la Secretaría de Guerra entre abril de 1790 y diciembre de 1795. Sin duda, de los tres, la figura más interesante –amén del tío de Godoy- es la de José Negrete Adorno, conde de Campo Alange, no sólo por el tiempo que estuvo al frente de la Secretaría de Guerra sino porque durante ese período de algo más de cinco años fue cuando tuvo lugar el desorbitado crecimiento del cuerpo de oficiales generales, cuando vieron la luz un total de cinco hornadas que supusieron un total de 850 nombramientos de brigadieres, mariscales de campo y tenientes generales, y cuyo cenit se alcanzó en 1795 cuando, con un total de 350 despachos de oficiales generales, se publicó la promoción más elevada de la historia de la España Moderna. La trayectoria del conde de Campo Alange la hemos detallado a propósito de su empresa militar-mercantil cuando hizo de asentista de soldados para el ejército de Carlos III en 1769 y luego completó la formación del regimiento de Voluntarios Extranjeros, servicios que le valieron su ingreso en la milicia como coronel de infantería y que en el plazo de catorce años le llevaron desde la total ignorancia del arte de la guerra hasta el rango de teniente general en 1783. Después de esa experiencia venal su carrera no fue especialmente relevante –a excepción de su designación como capitán general de Guipúzcoa entre 1783 y 1788- hasta que en abril de 1790 accedió al ministerio de Guerra. Muy pronto, si no antes del nombramiento, intereses comunes iban a unir al conde de Campo Alange y a Manuel Godoy, pues ambos era propietarios de enormes rebaños de ganado en Extremadura, el primero por herencia familiar y el segundo en proceso de expansión durante aquellos años mediante sucesivas compras realizadas a partir de su reciente encumbramiento político. A la altura de 1790 el conde de Campo Alange y Manuel Godoy tendrán otra comunidad de intereses en lo político y en lo familiar. Si Godoy puede situar a su hermano Diego como teniente general en 1795 a la edad de 26 años, lo propio hará el conde de Campo Alange con su hijo Francisco Javier Negrete, teniente general a los 32 años, después de que sentara plaza de capitán de infantería en el regimiento que levantó su padre a la tierna edad de cinco años, merced al regalo de una patente en blanco de capitán de las que vendía este último.98 Más allá de las recompensas destinadas a premiar a algunos militares que intervienen en la guerra contra la Convención francesa y de recompensar algunas canas, el enorme poder de promocionar en el generalato se convierte en un valioso instrumento en manos de Godoy y del conde de Campo Alange con el que establecer y afianzar sólidas redes clientelares. En los años que transcurren entre 1791 y 1795 es posible alcanzar la cúspide del generalato si se goza de la protección y del favor de ambos ministros. Pueden quebrar, y de hecho la quiebran, la lógica que había regido todo el sistema de organización militar durante toda la centuria. Tan sólo en estos primeros años del reinado de Carlos IV, con Godoy a la cabeza de todas las operaciones, son posibles casos tan inauditos –entre otros muchos de este mismo período- en la historia militar española como el del XIII duque del Infantado, quien en 1793 compró el grado de coronel de infantería al financiar la formación del regimiento de Voluntarios de Castilla, al año siguiente era ya brigadier, ascendió a mariscal de campo en septiembre de 1795 y a teniente general en la hornada de oficiales generales de octubre de 1802. Todo un record de carrera –en nueve años de la nada a teniente general-, sustentada primero en la venalidad y luego en el favor de los monarcas y de su valido. El patronazgo ejercido por Manuel Godoy –en colaboración con el conde de Campo Alange- con sus paisanos extremeños merecería un extenso trabajo monográfico. Por el momento basta anotar que la tupida red de paisanaje que llegó a tejer Godoy tuvo su máxima expresión en la proyección hacia el generalato de un nutrido grupo de extremeños que habían ingresado en el ejército en el reinado de Carlos III con motivo de la formación de nuevos

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cuerpos de caballería y dragones para la guerra de Portugal en 1762 y de nuevos regimientos de infantería en 1766. Entre los generales de Carlos IV se encuentran un buen número de los compradores de patentes de capitanes –extremeños y de otras procedencias– del regimiento que levantó el extremeño conde de la Roca, comenzando por los tíos de Godoy, los Álvarez Faría y siguiendo por la familia del propio levantador, como su hijo Vicente Javier Vera Guevara, capitán a los 12 años de edad del regimiento que financió su padre, y que será teniente general en la hornada de 1795. E igualmente entre esos generales se hallan algunos de los que en su día, en 1767, compraron despachos de capitanes en el regimiento de Voluntarios Extranjeros, el mismo que financió el conde de Campo Alange que, ahora, en la coyuntura de 1791- 1795, en su calidad de ministro de la Guerra, los elevó hasta lo más alto del generalato. En el otro lado de la balanza habría que señalar que, por vez primera en la hornada de 1795 tuvo reconocimiento la artillería con el nombramiento de varios oficiales generales procedentes de este arma, encabezados por el joven Tomas de Morla, amigo de Godoy. Hasta entonces las armas técnicas –artillería e ingenieros- habían sufrido una notoria marginación en el conjunto del ejército, traducida entre otros aspectos, en los escasísimos oficiales procedentes que solían llegar a generales. El problema fue que a la altura de 1795 ese reconocimiento llegaba tarde en relación a otros ejércitos europeos, y en el marco de una política militar tan contradictoria como la de Godoy que, tras escribir en 1796 que el arma de artillería debía representar, como mínimo, la tercera parte de la fuerza efectiva de infantería, a la altura de 1802 el sistema seguía tan inalterable como que la artillería, lejos de suponer ese 30% del total de infantería, tan sólo suponía el 3,7% de sus efectivos. En el caso del ejército, como en el de la hacienda y la justicia que hemos visto más arriba, estamos ante el eterno problema en que se movió Godoy durante su primera etapa de gobierno: un ministro cuyo ―proyectismo‖ e intentos de reforma siempre chocaron contra las viejas estructuras del pasado y, sobre todo, con sus propias contradicciones internas. Pregonó un pensamiento –teóricamente ilustrado- pero en muchos aspectos su propia práctica política se caracterizó por su obsesión por ejercer el poder cual si de un rey absoluto se tratase, siempre en beneficio de su patrimonio personal y de su proyección política. Para ello supo tejer unas complejas redes clientelares que sustentaran y ampliaran el enorme poder que continuamente le confiaban los monarcas. Y para desarrollar esa política se encontró con el terreno abonado y sembrado durante los últimos años de gobierno de Floridablanca que, como hemos visto, le permitió intensificar su forma de gobierno en torno al ejercicio del nepotismo. Sin duda, la arbitrariedad en las decisiones políticas generó incertidumbre entre los más importantes actores sociales de la monarquía. El cambio de ―agentes del rey‖ a ―agentes del favorito‖ –con independencia del lazo que los uniera- creó en el gobierno de la monarquía una situación de crisis, porque el poder absoluto, otrora concentrado en la persona del rey, había basculado hacia otros espacios en los que se movían los amigos de los primeros ministros – Floridablanca y Godoy- sus paisanos, clientelas y parentelas. A mi juicio, la crisis del sistema político de la monarquía de Carlos IV comenzó desde los primeros años de la década de los noventa cuando las principales instituciones sufrieron una gran convulsión como consecuencia de la extensión de la vía ejecutiva que facilitó la arbitrariedad y el nepotismo, y que generó un gran desconcierto entre los miembros de los más importantes cuerpos del Estado. A la deslegitimación del sistema político contribuyó un modo de nombrar a los principales agentes de gobierno que subvertía el orden tradicional de la monarquía vigente hasta entonces. Fue el precio pagado por el rey y la reina por dejar las riendas del poder en manos de un favorito que, so capa de transformar las viejas instituciones de la monarquía, buscó ante todo, en lo material, su lucro personal y, en lo inmaterial, disponer de una extensa clientela política deudora de sus favores que le posibilitara su perpetuación en el poder sin demasiados quebrantos.
Texto completo, con notas y bibliografía, localizable en: Cuadernos de Historia Moderna. Anejos 2008, VII, 179-211

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Trafalgar
BENITO PÉREZ GALDÓS

– Capítulo XI –
Un navío de la retaguardia disparó el primer tiro contra el Royal Sovereign, que mandaba Collingwood. Mientras trababa combate con éste el Santa Ana, el Victory se dirigía contra nosotros. En el Trinidad todos demostraban gran ansiedad por comenzar el fuego; pero nuestro comandante esperaba el momento más favorable. Como si unos navíos se lo comunicaran a los otros, cual piezas pirotécnicas enlazadas por una mecha común, el fuego se corrió desde el Santa Ana hasta los dos extremos de la línea. El Victory atacó primero al Redoutable francés, y rechazado por éste, vino a quedar frente a nuestro costado por barlovento. El momento terrible había llegado; cien voces dijeron ¡fuego!, repitiendo como un eco infernal la del comandante, y la andanada lanzó cincuenta proyectiles sobre el navío inglés. Por un instante el humo me quitó la vista del enemigo. Pero éste, ciego de coraje, se venía sobre nosotros viento en popa. Al llegar a tiro de fusil, orzó y nos descargó su andanada. En el tiempo que medió de uno a otro disparo, la tripulación, que había podido observar el daño hecho al enemigo, redobló su entusiasmo. Los cañones se servían con presteza, aunque no sin cierto entorpecimiento, hijo de la poca práctica de algunos cabos de cañón. Marcial hubiera tomado por su cuenta de buena gana la empresa de servir una de las piezas de cubierta; pero su cuerpo mutilado no era capaz de responder al heroísmo de su alma. Se contentaba con vigilar el servicio de la cartuchería, y con su voz y con su gesto alentaba a los que servían las piezas. El Bucentauro, que estaba a nuestra popa, hacía fuego igualmente sobre el Victory y el Temerary, otro poderoso navío inglés. Parecía que el navío de Nelson iba a caer en nuestro poder, porque la artillería del Trinidad le había destrozado el aparejo, y vimos con orgullo que perdía su palo de mesana. En el ardor de aquel primer encuentro, apenas advertí que algunos de nuestros marineros caían heridos o muertos. Yo, puesto en el lugar donde creía estorbar menos, no cesaba de contemplar al comandante, que mandaba desde el alcázar con serenidad heroica, y me admiraba de ver a mi amo con menos calma, pero con más entusiasmo, alentando a oficiales y marineros con su ronca vocecilla. —¡Ah! —dije yo para mí—. ¡Si te viera ahora doña Francisca! Confesaré que yo tenía momentos de un miedo terrible, en que me hubiera escondido nada menos que en el mismo fondo de la bodega, y otros de cierto delirante arrojo en queme arriesgaba a ver desde los sitios de mayor peligro aquel gran espectáculo. Pero, dejando a un lado mi humilde persona, voy a narrar el momento más terrible de nuestra lucha con el Victory. El Trinidad le destrozaba con mucha fortuna, cuando el Temerary, ejecutando una habilísima maniobra, se interpuso entre los dos combatientes, salvando a su compañero de nuestras balas. En seguida se dirigió a cortar la línea por la popa del Trinidad, y como el Bucentauro, durante el fuego, se había estrechado contra éste hasta el punto de tocarse los penoles, resultó un gran claro, por donde se precipitó el Temerary, que viró prontamente, y colocándose a nuestra aleta de babor, nos disparó por aquel costado, hasta entonces ileso. Al mismo tiempo, el Neptune,

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otro poderoso navío inglés, colocóse donde antes estaba el Victory; éste se sotaventó, de modo que en un momento el Trinidad se encontró rodeado de enemigos que le acribillaban por todos lados. En el semblante de mi amo, en la sublime cólera de Uriarte, en los juramentos de los marineros amigos de Marcial, conocí que estábamos perdidos, y la idea de la derrota angustió mi alma. La línea de la escuadra combinada se hallaba rota por varios puntos, y al orden imperfecto con que se había formado después de la vira en redondo sucedió el más terrible desorden. Estábamos envueltos por el enemigo, cuya artillería lanzaba una espantosa lluvia de balas y de metralla sobre nuestro navío, lo mismo que sobre el Bucentauro. El Agustín, el Heros y el Leandro se batían lejos de nosotros, en posición algo desahogada, mientras el Trinidad, lo mismo que el navío almirante, sin poder disponer de sus movimientos, cogidos en terrible escaramuza por el genio del gran Nelson, luchaban heroicamente, no ya buscando una victoria imposible, sino movidos por el afán de perecer con honra. Los cabellos blancos que hoy cubren mi cabeza se erizan todavía al recordar aquellas tremendas horas, principalmente desde las dos a las cuatro de la tarde. Se me representan los barcos, no como ciegas máquinas de guerra, obedientes al hombre, sino como verdaderos gigantes, seres vivos y monstruosos que luchaban por sí, poniendo en acción, como ágiles miembros, su velamen, y cual terribles armas, la poderosa artillería de sus costados. Mirándolos, mi imaginación no podía menos de personalizarlos, y aun ahora me parece que los veo acercarse, desafiarse, orzar con ímpetu para descargar su andanada, lanzarse al abordaje con ademán provocativo, retroceder con ardiente coraje para tomar más fuerza, mofarse del enemigo, increparle; me parece que les veo expresar el dolor de la herida, o exhalar noblemente el gemido de la muerte, como el gladiador que no olvida el decoro de la agonía; me parece oír el rumor de las tripulaciones, como la voz que sale de un pecho irritado, a veces alarido de entusiasmo, a veces sordo mugido de desesperación, precursor de exterminio; ahora himno de júbilo que indica la victoria; después algazara rabiosa que se pierde en el espacio, haciendo lugar a un terrible silencio que anuncia la vergüenza de la derrota. El espectáculo que ofrecía el interior del Santísima Trinidad era el de un infierno. Las maniobras habían sido abandonadas, porque el barco no se movía ni podía moverse. Todo el empeño consistía en servir las piezas con la mayor presteza posible, correspondiendo así al estrago que hacían los proyectiles enemigos. La metralla inglesa rasgaba el velamen como si grandes e invisibles uñas le hicieran trizas. Los pedazos de obra muerta, los trozos de madera, los gruesos obenques segados cual haces de espigas, los motones que caían, los trozos de velamen, los hierros, cabos y demás despojos arrancados de su sitio por el cañón enemigo, llenaban la cubierta, donde apenas había espacio para moverse. De minuto en minuto caían al suelo o al mar multitud de hombres llenos de vida; las blasfemias de los combatientes se mezclaban a los lamentos de los heridos, de tal modo que no era posible distinguir si insultaban a Dios los que morían, o le llamaban con angustia los que luchaban. Yo tuve que prestar auxilio en una faena tristísima, cual era la de transportar heridos a la bodega, donde estaba la enfermería. Algunos morían antes de llegar a ella, y otros tenían que sufrir dolorosas operaciones antes de poder reposar un momento su cuerpo fatigado. También tuve la indecible satisfacción de ayudar a los carpinteros, que a toda prisa procuraban aplicar tapones a los agujeros hechos en el casco; pero por causa de mi poca fuerza, no eran aquellos auxilios tan eficaces como yo habría deseado. La sangre corría en abundancia por la cubierta y los puentes, y a pesar de la arena, el movimiento del buque la llevaba de aquí para allí, formando fatídicos dibujos. Las balas de cañón, de tan cerca disparadas, mutilaban horriblemente los cuerpos, y era frecuente ver rodar a alguno, arrancada a cercén la cabeza, cuando la violencia del proyectil no arrojaba la víctima al mar, entre cuyas ondas debía perderse casi sin dolor la última noción de la vida. Otras balas rebotaban contra un palo o contra la obra muerta, levantando granizada de astillas que herían como flechas. La fusilería de las cofas y la metralla de las carronadas esparcían otra muerte menos rápida y más dolorosa, y fue raro el que no salió marcado más o menos gravemente por el plomo y el hierro de nuestros enemigos.

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De tal suerte combatida y sin poder de ningún modo devolver iguales destrozos, la tripulación, aquella alma del buque, se sentía perecer, agonizaba con desesperado coraje, y el navío mismo, aquel cuerpo glorioso, retemblaba al golpe de las balas. Yo le sentía estremecerse en la terrible lucha: crujían sus cuadernas, estallaban sus baos, rechinaban sus puntales a manera de miembros que retuerce el dolor, y la cubierta trepidaba bajo mis pies con ruidosa palpitación, como si a todo el inmenso cuerpo del buque se comunicara la indignación y los dolores de sus tripulantes. En tanto, el agua penetraba por los mil agujeros y grietas del casco acribillado, y comenzaba a inundar la bodega. El Bucentauro, navío general, se rindió a nuestra vista. Villeneuve había arriado bandera. Una vez entregado el jefe de la escuadra, ¿qué esperanza quedaba a los buques? El pabellón francés desapareció de la popa de aquel gallardo navío, y cesaron sus fuegos. El San Agustín y el Heros se sostenían todavía, y el Rayo y el Neptuno, pertenecientes a la vanguardia, que habían venido a auxiliarnos, intentaron en vano salvarnos de los navíos enemigos que nos asediaban. Yo pude observar la parte del combate más inmediata al Santísima Trinidad, porque del resto de la línea no era posible ver nada. El viento parecía haberse detenido, y el humo se quedaba sobre nuestras cabezas, envolviéndonos en su espesa blancura, que las miradas no podían penetrar. Distinguíamos tan sólo el aparejo de algunos buques lejanos, aumentados de un modo inexplicable por no sé qué efecto óptico o porque el pavor de aquel sublime momento agrandaba todos los objetos. Disipose por un momento la densa penumbra, ¡pero de qué manera tan terrible! Detonación espantosa, más fuerte que la de los mil cañones de la escuadra disparando a un tiempo, paralizó a todos, produciendo general terror. Cuando el oído recibió tan fuerte impresión, claridad vivísima había iluminado el ancho espacio ocupado por las dos flotas, rasgando el velo de humo, y presentose a nuestros ojos todo el panorama del combate. La terrible explosión había ocurrido hacia el Sur, en el sitio ocupado antes por la retaguardia. —Se ha volado un navío, —dijeron todos. Las opiniones fueron diversas, y se dudaba si el buque volado era el Santa Ana, el Argonauta, el Ildefonso o el Bahama. Después se supo que había sido el francés nombrado Achille. La expansión de los gases desparramó por mar y cielo en pedazos mil cuanto momentos antes constituía un hermoso navío con 74 cañones y 600 hombres de tripulación. Algunos segundos después de la explosión, ya no pensábamos más que en nosotros mismos. Rendido el Bucentauro, todo el fuego enemigo se dirigió contra nuestro navío, cuya pérdida era ya segura. El entusiasmo de los primeros momentos se había apagado en mí, y mi corazón se llenó de un terror que me paralizaba, ahogando todas las funciones de mi espíritu, excepto la curiosidad. Ésta era tan irresistible, que me obligó a salir a los sitios de mayor peligro. De poco servía ya mi escaso auxilio, pues ni aun se trasladaban los heridos a la bodega, por ser muchos, y las piezas exigían el servicio de cuantos conservaban un poco de fuerza. Entre éstos vi a Marcial, que se multiplicaba gritando y moviéndose conforme a su poca agilidad, y era a la vez contramaestre, marinero, artillero, carpintero y cuanto había que ser en tan terribles instantes. Nunca creí que desempeñara funciones correspondientes a tantos hombres el que no podía considerarse sino como la mitad de un cuerpo humano. Un astillazo le había herido en la cabeza, y la sangre, tiñéndole la cara, le daba horrible aspecto. Yo le vi agitar sus labios, bebiendo aquel líquido, y luego lo escupía con furia fuera del portalón, como si también quisiera herir a salivazos a nuestros enemigos. Lo que más me asombraba, causándome cierto espanto, era que Marcial, aun en aquella escena de desolación, profería frases de buen humor, no sé si por alentar a sus decaídos compañeros o porque de este modo acostumbraba alentarse a sí mismo. Cayó con estruendo el palo de trinquete, ocupando el castillo de proa con la balumba de su aparejo, y Marcial dijo: —Muchachos, vengan las hachas. Metamos este mueble en la alcoba. Al punto se cortaron los cabos, y el mástil cayó al mar. Y viendo que arreciaba el fuego, gritó dirigiéndose a un pañolero que se había convertido en cabo de cañón:

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—Pero Abad, mándales el vino a esos casacones para que nos dejen en paz. Y a un soldado que yacía como muerto, por el dolor de sus heridas y la angustia del mareo, le dijo aplicándole el botafuego a la nariz: —Huele una hojita de azahar, camarada, para que se te pase el desmayo. ¿Quieres dar un paseo en bote? Anda; Nelson nos convida a echar unas cañas. Esto pasaba en el combés. Alcé la vista al alcázar de popa, y vi que el general Cisneros había caído. Precipitadamente le bajaron dos marineros a la cámara. Mi amo continuaba inmóvil en su puesto; pero de su brazo izquierdo manaba mucha sangre. Corrí hacia él para auxiliarle, y antes que yo llegase, un oficial se le acercó, intentando convencerle de que debía bajar a la cámara. No había éste pronunciado dos palabras, cuando una bala le llevó la mitad de la cabeza, y su sangre salpicó mi rostro. Entonces, don Alonso se retiró, tan pálido como el cadáver de su amigo, que yacía mutilado en el piso del alcázar. Cuando bajó mi amo, el comandante quedó solo arriba, con tal presencia de ánimo que no pude menos de contemplarle un rato, asombrado de tanto valor. Con la cabeza descubierta, el rostro pálido, la mirada ardiente, la acción enérgica, permanecía en su puesto dirigiendo aquella acción desesperada que no podía ganarse ya. Tan horroroso desastre había de verificarse con orden, y el comandante era la autoridad que reglamentaba el heroísmo. Su voz dirigía a la tripulación en aquella contienda del honor y la muerte. Un oficial que mandaba en la primera batería subió a tomar órdenes, y antes de hablar cayó muerto a los pies de su jefe; otro guardia marina que estaba a su lado cayó también malherido, y Uriarte quedó al fin enteramente solo en el alcázar, cubierto de muertos y heridos. Ni aun entonces se apartó su vista de los barcos ingleses ni de los movimientos de nuestra artillería; y el imponente aspecto del alcázar y toldilla, donde agonizaban sus amigos y subalternos, no conmovió su pecho varonil ni quebrantó su enérgica resolución de sostener el fuego hasta perecer. ¡Ah!, recordando yo después la serenidad y estoicismo de don Francisco Javier Uriarte, he podido comprender todo lo que nos cuentan de los heroicos capitanes de la antigüedad. Entonces no conocía yo la palabra sublimidad; pero viendo a nuestro comandante comprendí que todos los idiomas deben tener un hermoso vocablo para expresar aquella grandeza de alma que me parecía favor rara vez otorgado por Dios al hombre miserable. Entre tanto, gran parte de los cañones había cesado de hacer fuego, porque la mitad de la gente estaba fuera de combate. Tal vez no me hubiera fijado en esta circunstancia, si habiendo salido de la cámara, impulsado por mi curiosidad, no sintiera una voz que con acento terrible me dijo: —¡Gabrielillo, aquí! Marcial me llamaba; acudí prontamente, y le hallé empeñado en servir uno de los cañones que habían quedado sin gente. Una bala había llevado a Medio-hombre la punta de su pierna de palo, lo cual le hacía decir: —Si llego a traer la de carne y hueso... Dos marinos muertos yacían a su lado; un tercero, gravemente herido, se esforzaba en seguir sirviendo la pieza. —Compadre —le dijo Marcial—, ya tú no puedes ni encender una colilla. Arrancó el botafuego de manos del herido y me lo entregó diciendo: —Toma, Gabrielillo; si tienes miedo, vas al agua. Esto diciendo, cargó el cañón con toda la prisa que le fue posible, ayudado de un grumete que estaba casi ileso; lo cebaron y apuntaron; ambos exclamaron «fuego»; acerqué la mecha, y el cañón disparó. Se repitió la operación por segunda y tercera vez, y el ruido del cañón, disparado por mí, retumbó de un modo extraordinario en mi alma. El considerarme, no ya espectador, sino actor decidido en tan grandiosa tragedia, disipó por un instante el miedo, y me sentí con grandes bríos, al menos con la firme resolución de aparentarlos. Desde entonces conocí que el heroísmo es casi siempre una forma del pundonor. Marcial y otros me miraban; era preciso que me hiciera digno de fijar su atención.

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«¡Ah!—decía yo para mí con orgullo—. Si mi amita pudiera verme ahora... ¡Qué valiente estoy disparando cañonazos como un hombre!... Lo menos habré mandado al otro mundo dos docenas de ingleses». Pero estos nobles pensamientos me ocuparon muy poco tiempo, porque Marcial, cuya fatigada naturaleza comenzaba a rendirse después de su esfuerzo, respiro con ansia, se secó la sangre que afluía en abundancia de su cabeza, cerró los ojos, sus brazos se extendieron con desmayo, y dijo: —No puedo más; se me sube la pólvora a la toldilla (la cabeza). Gabriel, tráeme agua. Corrí a buscar el agua, y cuando se la traje, bebió con ansia. Pareció tomar con esto nuevas fuerzas. Íbamos a seguir, cuando un gran estrépito nos dejó sin movimiento. El palo mayor, tronchado por la fogonadura, cayó sobre el combés, y tras él el de mesana. El navío quedó lleno de escombros y el desorden fue espantoso. Felizmente quedé en hueco y sin recibir más que una ligera herida en la cabeza, la cual, aunque me aturdió al principio, no me impidió apartar los trozos de vela y cabos que habían caído sobre mí. Los marineros y soldados de cubierta pugnaban por desalojar tan enorme masa de cuerpos inútiles, y desde entonces sólo la artillería de las baterías bajas sostuvo el fuego. Salí como pude, busqué a Marcial, no le hallé, y habiendo fijado mis ojos en el alcázar, noté que el comandante ya no estaba allí. Gravemente herido de un astillazo en la cabeza, había caído exánime, y al punto dos marineros subieron para trasladarle a la cámara. Corrí también allá, y entonces un casco de metralla me hirió en el hombro, lo que me asustó en extremo, creyendo que mi herida era mortal y que iba a exhalar el último suspiro. Mi turbación no me impidió entrar en la cámara, donde por la mucha sangre que brotaba de mi herida me debilité, quedando por un momento desvanecido. En aquel pasajero letargo, seguí oyendo el estrépito de los cañones de la segunda y tercera batería, y después una voz que decía con furia: —¡Abordaje!... ¡las picas!... ¡las hachas! Después la confusión fue tan grande, que no pude distinguir lo que pertenecía a las voces humanas en tal descomunal concierto. Pero no sé cómo, sin salir de aquel estado de somnolencia, me hice cargo de que se creía todo perdido, y de que los oficiales se hallaban reunidos en la cámara para acordar la rendición; y también puedo asegurar que si no fue invento de mi fantasía, entonces trastornada, resonó en el combés una voz que decía: «¡El Trinidad no se rinde!». De fijo fue la voz de Marcial, si es que realmente dijo alguien tal cosa. Me sentí despertar, y vi a mi amo arrojado sobre uno de los sofás de la cámara, con la cabeza oculta entre las manos en ademán de desesperación y sin cuidarse de su herida. Acerqueme a él, y el infeliz anciano no halló mejor modo de expresar su desconsuelo que abrazándome paternalmente, como si ambos estuviéramos cercanos a la muerte. Él, por lo menos, creo que se consideraba próximo a morir de puro dolor, porque su herida no tenía la menor gravedad. Yo le consolé como pude, diciendo que si la acción no se había ganado, no fue porque yo dejara de matar bastantes ingleses con mi cañoncito, y añadí que para otra vez seríamos más afortunados; pueriles razones que no calmaron su agitación. Saliendo afuera en busca de agua para mi amo, presencié el acto de arriar la bandera, que aún flotaba en la cangreja, uno de los pocos restos de arboladura que con el tronco de mesana quedaban en pie. Aquel lienzo glorioso, ya agujereado por mil partes, señal de nuestra honra, que congregaba bajo sus pliegues a todos los combatientes, descendió del mástil para no izarse más. La idea de un orgullo abatido, de un ánimo esforzado que sucumbe ante fuerzas superiores, no puede encontrar imagen más perfecta para representarse a los ojos humanos que la de aquella oriflama que se abate y desaparece como un sol que se pone. El de aquella tarde tristísima, tocando al término de su carrera en el momento de nuestra rendición, iluminó nuestra bandera con su último rayo. El fuego cesó y los ingleses penetraron en el barco vencido.

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La crisis de El Escorial (1807) en España e Indias
LUIS NAVARRO GARCÍA

Desde hace tres y más décadas, los historiadores americanistas vienen sosteniendo que el proceso de la Independencia de Hispanoamérica tiene su principal punto de arranque en la invasión napoleónica de España, y más en concreto en la captura de la Familia Real, que accedería a las abdicaciones de Bayona. Hechos que de ningún modo se originaron en América y sus posibles tensiones internas, y sí en los problemas que atravesaban España y Europa. Inmediatamente después, el 2 de mayo de 1808 vendría a ser el clarinazo que pusiera en movimiento la resistencia peninsular contra los invasores y, poco después, sembrara en las Indias españolas la inquietud que a corto plazo estallaría en los movimientos autonomistas e independentistas de aquellos reinos y provincias. Es habitual que la narración del ciclo de la Independencia en los distintos países hispanoamericanos arranque del momento en que se tuvo noticia allí, casi a la vez, de la invasión francesa y de la insurrección española. Napoleón, pues, está presente de manera innegable, en el origen de los movimientos emancipadores de las Indias españolas, de las «revoluciones hispanoamericanas». Pero al lado de Napoleón, conjuntamente con él, operó otra fuerza impulsora de la transformación que había de darse en todos los ámbitos de la vieja Monarquía hispánica. Esa otra fuerza, en realidad más potente y de ilimitada persistencia hasta hoy en la vida de nuestras naciones, no tenía nombre en 1808. Lo tuvo inmediatamente después: se llamó, en expresión netamente española, «liberalismo». Y si Napoleón, con un acto de fuerza, proporcionó la ocasión de cortar los vínculos entre España y sus Indias, el liberalismo fue la gran inspiración política de los reformadores que brotaron a ambos lados del Atlántico dispuestos a cambiar la fisonomía del régimen absolutista en que habían vivido bajo Austrias y Borbones. Napoleón y el liberalismo, por tanto, en el origen y posterior desenvolvimiento de las nuevas naciones americanas. Y la primera rectificación que parece obligado introducir sobre lo anteriormente expuesto es la de la inversión del orden de los dos factores antes mencionados: debería mencionarse en primer lugar el liberalismo, que se venía insinuando desde finales del XVIII en la mente de muchos miembros de la élite intelectual española, y en segundo lugar a Napoleón, cuya intervención rompió el régimen existente y abrió una etapa de experimentación constitucional para los españoles. Dos episodios previos al estallido antifrancés son, sin embargo, habitualmente silenciados en este planteamiento tan plausible por su sencillez y claridad. El primero es, desde luego, el motín de Aranjuez. Simple episodio para los mismos contemporáneos, por su brevedad, puesto que el reinado de Fernando VII no llegaría a durar dos meses, de marzo a mayo de 2008, debido a la intervención del Corso, y desde entonces el golpe de Aranjuez sería visto siempre desde la perspectiva de la nueva realidad de la España en guerra contra el invasor. Pero el de Aranjuez es un episodio cargado de significado por sí mismo, puesto que debió constituir el punto final del reinado de Carlos IV y del valimiento de D. Manuel Godoy. No otra cosa pretendían quienes organizaron el motín, transformado en golpe de estado: destituir al odiado Príncipe de la Paz y forzar la abdicación de Carlos IV. Cosa que con increíble

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facilidad lograron, cosechando a continuación el aplauso de todos los dominios y sectores sociales de la inmensa Monarquía española. Sin embargo, alcanzado gozosamente el objetivo de Aranjuez, que sería considerado el definitivo punto de partida de la revolución liberal, muy pronto se interferiría la voluntad de Bonaparte para torcer el que parecía ser el deseo casi unánime de los españoles. Ahora bien, el episodio de Aranjuez tiene a su vez un antecedente mucho más olvidado: el llamado «proceso del Escorial», cuyas fases principales se desarrollaron entre octubre y noviembre de 1807 –dentro de pocos días hará doscientos años–, y los sucesos que lo originaron revisten tal gravedad que resulta difícil explicar el casi total silencio que sobre ellos cayó inmediatamente después. Más concretamente, desde que se pudo escribir acerca de ellos, a raíz del 2 de mayo de 1808.

LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA DE 1807
Una genuina percepción de la gravedad y significado del episodio del Escorial puede arrancar de la lectura del Semanario patriótico del 1º de septiembre de 1808. Este célebre periódico había aparecido en Madrid una vez que la capital, después de Bailén, fue evacuada por las tropas francesas, y en él, en sus sucesivas etapas madrileña, sevillana y gaditana, se plasmaron las ideas reformistas de una nueva generación en cuya vanguardia figuraban su director José Manuel Quintana, y sus colaboradores: José María Blanco White, Isidoro de Antillón y Alberto Lista, entre otros. Pues bien, el número XII del Semanario patriótico, de 17 de noviembre de 1808, comienza con una «Relación de los principales sucesos ocurridos en Madrid y en las provincias de España desde 31 de octubre de 1807 hasta el 1 de septiembre de 1808» que ofrece narrar «los sucesos de este primer periodo de la revolución española», que arranca de la situación de una nación «entregada al despotismo más repugnante y no teniendo más norma ni más ley que la voluntad caprichosa de una mujer insensata y de un rufián casi estúpido». Estas citas, con su asombrosa precisión de la fecha, nos revelan al menos dos cosas: una, que los sucesos del Escorial fueron muy pronto valorados como claros antecedentes de los de Aranjuez, porque en El Escorial fracasó el intento finalmente logrado en Aranjuez; otra, que lo que algunos españoles de 1808 esperaban ante la pugna entre godoyistas y fernandinos no era un simple relevo en el trono, sino algo mucho más profundo y serio: una revolución. Cabría dar mayor amplitud a esta expresión: una verdadera revolución, cuyo punto de partida estaría en El Escorial, que habría encontrado un cauce propicio en Aranjuez, y que habría de progresar de manera ineluctable fuesen cuales fuesen los avatares derivados de la malhadada invasión francesa. Al menos, esta parece ser la línea de pensamiento de Quintana y sus amigos, con independencia de los planes de los protagonistas del Escorial y Aranjuez. Para los redactores del Semanario patriótico, que escriben en septiembre y octubre de 1808, no existe aún lo que pronto se va a llamar la Guerra de Independencia Española. Existe, en cambio, una revolución iniciada un año antes y cuyos objetivos ellos se apresuran a enumerar. Pero sobre todo, cuya posición básica es clara: el rechazo del absolutismo. Cuando en el nº I saludan a la España antes abatida que ahora se levanta contra la tiranía, evidentemente esa tiranía no es la del dominio impuesto por los invasores, e inmediatamente hablan de la conveniencia de que los representantes de la nación se junten para tratar del bien común, para establecer una autoridad suprema que la gobierne en nombre de su amado y ausente monarca, y que cimente las bases de una felicidad sólida y duradera. Pronto se pedirán Cortes y Constitución. Un gran cambio político, una revolución se está anunciando aquí. Y el hecho que los redactores del Semanario valoran como punto de partida, la fecha inicial de la revolución, habría sido el 31 de octubre de 1807, la fecha en la que el Consejo de Castilla acordó la publicación del real decreto de la víspera en que Carlos IV daba cuenta a la nación de la conspiración organizada contra él por su heredero el príncipe de Asturias, cuyo arresto había tenido que ordenar. Por ese decreto, según el Semanario, los españoles

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«conocieron que los cimientos del trono estaban minados y que se había dado la señal a una revolución lastimosa». Ésta que los hombres del Semanario llaman abiertamente «revolución» sería sin duda una revolución liberal de inspiración inglesa, norteamericana o francesa, alimentada por la información circulada sobre ellas en los últimos veinte años, y que había tenido una primera aparición fugaz en la conspiración llamada «de San Blas» de 1795. Su principal líder, el mallorquín Picornell, había aprovechado incluso la condena al destierro para propagar sus ideas democráticas o republicanas a América, donde dos años después el capitán general de Venezuela pudo reprimir a tiempo el levantamiento que se preparaba. El fermento preliberal o protoliberal incubado en España, aunque recluido en esta época en las catacumbas por la vigilancia del gobernante príncipe de la Paz, se difundía sin duda alimentado por el despecho que la misma presencia de este gobernante provocaba en muchas gentes aristocráticas o simplemente ilustradas. El antigodoyismo, actitud imperante entre los críticos de la situación, podía traducirse sin demasiada dificultad en antiabsolutismo o antidespotismo, en liberalismo. Eso es lo que preconizaba una parte de los amotinados de Aranjuez. Pero antes, en 1807, había impulsado también a los conspiradores del Escorial, cuya actuación también la Junta Suprema de Sevilla vería como punto de partida de los grandes cambios que se avecinaban.

ESPAÑA EN CALMA PESE A LA DOBLE AMENAZA INTERNACIONAL
El año 1807 transcurrió en España cargado de ominosos presagios, sin que llegara a producirse el estallido de la situación. Bien que mal –más mal que bien– Godoy iba salvando las difíciles relaciones con el prepotente vecino francés, receloso con razón de la ambigua actitud del extremeño, que había intentado plantarle cara en 1806, para correr luego a dar satisfacciones y hacer promesas de docilidad. De ahí nació el segundo Tratado de San Ildefonso, que ató definitivamente al gobierno español al carro de Bonaparte y prolongaba el estado de guerra con Inglaterra. La situación, aunque se vivía en paz en la península, distaba de ser cómoda. Algo parecido podría decirse del estado de los dominios ultramarinos de Carlos IV, conmocionados y ansiosos tras el violento episodio de los desembarcos ingleses en el Río de la Plata, episodio doblado por la fallida intentona de Miranda en Venezuela, y que se desarrolla desde junio de 1806 hasta julio de 1807, saldándose con un doble sonoro triunfo de las armas españolas sobre los británicos. Liberadas Buenos Aires y Montevideo bajo la autoridad efectiva de Santiago de Liniers, Caracas se mantenía con aparente serenidad pese a la vecindad de las bases inglesas (en particular, la isla de Trinidad, cedida en 1802), y en México el virrey Iturrigaray tenía dispuestas considerables fuerzas para la defensa en las inmediaciones de Veracruz, punto con razón considerado como el más probable objetivo de una nueva incursión inglesa contra las Indias españolas. Cuba estaba alerta bajo el mando de Someruelos, y de Puerto Rico debían guardar un mal recuerdo reciente los británicos. En Santa Fe de Bogotá gobernaba D. Antonio Amar y Borbón, mientras que Perú se hallaba sólidamente en manos del virrey Abascal, y Chile, que también se sentía amenazado por los planes ingleses, conservaba la tranquilidad bajo el gobernador Guzmán, a cuya muerte asumió el mando el brigadier García Carrasco. No sería justo decir que los acontecimientos de que vamos a tratar cayeron en el ambiente español como un rayo desprendido de un cielo sereno. España se encontraba necesariamente en tensión, en parte por su seguridad, amenazada en todas las latitudes abiertamente por Inglaterra y encubiertamente por Francia, y aún con mayor motivo por la crisis interna, tanto en el seno de la familia real, con la clara hostilidad del príncipe de Asturias hacia los reyes y su ministro Godoy, como en el ámbito de la opinión pública dividida entre godoyistas y antigodoyistas o fernandinos, oposición que no equivale automáticamente a la de absolutistas y preliberales. Pero aunque los tiempos no fueran muy benignos, no faltaban motivos para cierto optimismo. El estrepitoso revés de los ingleses en Buenos Aires lo justificaba.

EL ESCANDALOSO EPISODIO DE EL ESCORIAL

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Este era el ambiente reinante en España y en la Corte, a la sazón aposentada en el Escorial, el martes 27 de octubre de 1807, cuando el rey Carlos IV encontró en su atril un pliego anónimo que comenzaba: «Luego, luego, luego», clara indicación de tratarse de un mensaje urgente. Y a continuación daba este explosivo más que alarmante comunicado: «El príncipe Don Fernando prepara un movimiento en palacio. Peligra la corona de V. M. La reina corre un gran riesgo de morir envenenada. Urge impedir este intento sin perder un instante. El vasallo fiel que da este aviso no se encuentra en posición ni en circunstancias para poder cumplir de otra manera sus deberes». El rey, tras poner sobre aviso a la reina, llamó al príncipe o se dirigió al cuarto que éste ocupaba, alojado en la celda prioral del monasterio, y el visible desconcierto de D. Fernando facilitó la requisa que hizo el rey de un conjunto de papeles que allí ocultaba. El príncipe se negó a explicar cual fuese el contenido de aquellos documentos, y el rey dispuso que quedase detenido, aunque no incomunicado, en aquella misma celda. Al día siguiente, 28 de octubre, tras haber leído con la reina los papeles incautados, el rey los puso en manos del ministro de Gracia y Justicia, marqués de Caballero, que debió aconsejar la apertura de un proceso criminal contra el príncipe y sus cómplices, y el 29 procedió al interrogatorio del príncipe en presencia de los reyes y de los ministros del gobierno más el gobernador interino del Consejo, después de lo cual D. Fernando tuvo que entregar su espada y quedó arrestado e incomunicado, incluso clavadas o tapiadas las puertas de la celda, con centinelas de vista y guardias dobles. Las pruebas documentales halladas y los interrogatorios realizados llevarían a ampliar la investigación y a la captura de los cómplices del príncipe, pero llevaron sobre todo – considerando el impacto que estos hechos habrían de tener en la opinión nacional e internacional– a la expedición de dos documentos firmados por el rey: el primero, fechado el 29 de octubre, pretende explicar a Napoleón lo ocurrido en términos durísimos para el príncipe, que podría ser desheredado; carta que no sería hecha pública hasta 1810. Pero el segundo documento, de 30 de octubre, es un manifiesto del rey a la nación a través del gobernador interino del Consejo, que aunque oculta las incalificables conexiones establecidas por el príncipe con varios miembros de la nobleza y con el mismo Napoleón a través de su embajada, estaba concebido en los siguientes inquietantes términos: «Dios, que vela sobre las criaturas, no permite la consumación de hechos atroces cuando las víctimas son inocentes: así me ha librado su omnipotencia de la más inaudita catástrofe. Mi pueblo, mis vasallos todos, conocen bien mi cristiandad y costumbres arregladas; todos me aman y de todos recibo pruebas de veneración, cual exige el respeto de un padre amante de sus hijos. Vivía yo persuadido de esta felicidad y entregado al reposo de mi familia cuando una mano desconocida me enseña y descubre el más enorme, el más inaudito plan que se trazaba en mi mismo palacio contra mi persona: la vida mía, que tantas veces ha estado en riesgo, era ya una carga para mi sucesor, que preocupado, obcecado y enajenado de todos los principios de cristiandad que le enseñó mi paternal cuidado y amor, había admitido un plan para destronarme. Entonces yo quise indagar por mí la verdad del hecho, y sorprendiéndole en mi mismo cuarto, hallé en su poder la cifra de inteligencias e instrucciones que recibía de los malvados. Convoqué al examen a mi gobernador interino del Consejo para que asociado con otros ministros practicasen las diligencias de indagación; todo se hizo, y de ellas resultaron varios reos, cuya prisión he decretado, así como el arresto de mi hijo en su habitación; esta pena quedaba a las muchas que me afligen, pero así como es la más dolorosa, es también la más importante de purgar, e ínterin mando publicar el resultado, no quiero dejar de manifestar a mis vasallos un disgusto que será menor con las muestras de su lealtad. Tendréislo entendido para que se circule en la forma conveniente. En San Lorenzo a 30 de octubre de 1807. Al gobernador interino del Consejo». Este documento, cuyos términos se supone que fueron suavizados por Godoy, más hábil que Caballero, y destinado a dar a conocer el disgusto del rey en espera de las muestras de lealtad de sus vasallos, asienta llanamente que la vida del monarca había sido amenazada por el príncipe, que había admitido un plan para destronarlo. Y se encarga al gobernador interino del

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Consejo que este llamado manifiesto «se circule en la forma conveniente», lo que el Consejo acordó el 31 de octubre disponiendo el envío de ejemplares impresos del decreto que las distintas autoridades deberían circular «a todas las justicias de su partido». Semejante publicación, sumada a los rumores de lo que estaba ocurriendo en El Escorial, en cualquier forma que se hiciese, debió producir una seria consternación en el pueblo. Impresión subrayada por el hecho de que el rey dispusiese el 3 de noviembre que las autoridades observasen la sensación que el manifiesto causaba entre los vasallos. Pero tan sólo seis días después, al término de las primeras diligencias del procedimiento judicial seguido, el príncipe pareció reconocer los errores cometidos y solicitó y obtuvo el perdón de Carlos IV, lo que dio lugar a otro real decreto del 5 de noviembre en que el monarca ordenó se comunicase su decisión «a mis Consejos y Tribunales, circulándola a mis pueblos, para que reconozcan en ella mi piedad y justicia, y alivien la aflicción y cuidado en que les puso mi primer decreto, cuando por él vieron el riesgo de su soberano y padre que como a hijos los ama, y así le corresponden». En el cuerpo de este decreto se incluyeron los dos escritos con que el príncipe solicitó la indulgencia de sus progenitores. Dice el uno: «Señor. Papá mío: he delinquido, he faltado a V. M. como rey y como padre, pero me arrepiento y ofrezco a V. M. la obediencia más humilde. Nada debí hacer sin noticia de V. M. pero fui sorprendido. He delatado a todos los culpables y pido a V. M. me perdone por haberle mentido la otra noche, permitiendo besar sus reales pies a su reconocido hijo, Fernando». En similares términos, arrepentido de su «grandísimo delito», se expresó en la carta dirigida a la reina. No resulta fácil explicar por qué se buscó dar la máxima publicidad a estas cartas de las que se desprendía la realidad de la conspiración tramada con participación del príncipe, y la vileza de éste buscando la absolución plena después de haber delatado a todos sus cómplices, que seguían sometidos a proceso. Cabe suponer que Godoy lo dispuso así para desprestigiar a Don Fernando, pero erró el tiro, porque al parecer las gentes, a las que no se dieron a conocer los documentos probatorios de la conspiración, se apiadaron del inocente heredero que se quiso suponer humillado por el valido y por su misma madre. De este modo, fueron los reyes y Godoy los que resultaron desprestigiados con esta maniobra, y más cuando el imponente tribunal, constituido al efecto por el gobernador interino del Consejo y diez consejeros, arrostrando -dice el Semanario- «los furores de una mujer vengativa y del insolente y omnipotente privado», dictó sentencia el 25 de enero de 1808 contra «los que se hallan presos con motivo de las ocurrencias con el Príncipe nuestro Señor» y, declarando no haberse probado los delitos que se les imputaban, absolvió a todos los encausados: el canónigo Escoiquiz, el duque del Infantado, el conde de Orgaz, el marqués de Ayerbe, el conde de Bornos y otras personas, militares y criados de la casa real, comprendidas en la acusación fiscal. El Semanario elogiará «esta declaración, triunfo de las leyes y eterna gloria de la magistratura española», pero entonces estalló el furor del bonachón Carlos IV, que prescindiendo del procedimiento judicial, desterró de la corte a todos los implicados. Sin embargo, lejos de haberse cerrado con esto el asunto del Escorial, el curso de los acontecimientos era ya incontenible, y seis semanas después estallaba el motín de Aranjuez.

REPERCUSIÓN PÚBLICA DE ESTOS SUCESOS
Los ruidosos sucesos desencadenados en marzo y mayo de 1808 han contribuido, sin duda, a eclipsar esta intriga del Escorial. Pero no deja de llamar la atención el hecho de que no solo se haya casi perdido la memoria de ella, sino que prácticamente haya desaparecido o permanezca ignorada toda huella documental de la misma. Sólo en contados casos consta la recepción de los escandalosos decretos de 30 de octubre y 5 de noviembre en alguna de las innumerables instituciones de la dilatada Monarquía a las que aquellos debían dirigirse por orden del rey, a cuyo efecto debieron ser impresos. Parece como si los sucesos del Escorial, pese a la publicidad que el mismo rey Carlos IV les quiso dar, no hubiesen suscitado ningún eco. Más aún, como si no hubiesen ocurrido. Sin embargo, consta la reacción de las autoridades de la ciudad de Sevilla. El 4 de noviembre se había celebrado solemnemente en la iglesia del convento de Nra. Sra. de la Paz la proclamación

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de Godoy como protector de la orden hospitalaria de San Juan de Dios. Ocho días después, recibido el decreto de 5 de noviembre, en obedecimiento de orden cursada en su virtud por el Consejo de Castilla a todas las autoridades civiles y religiosas, se cantaba en Sevilla un Te Deum de agradecimiento por haber librado el Altísimo al monarca y a sus pueblos de la horrenda catástrofe anunciada en el decreto de 30 de octubre, motivado por la conspiración del Escorial, que según un cronista se atribuyó a intrigas del mismo Godoy poco antes homenajeado. Y este atronador silencio sugiere otra explicación: la hostilidad popular contra Godoy y los reyes había alcanzado tales niveles a finales de 1807, que la publicación de aquellos decretos sólo sirvió para cerrar los ojos de los descontentos ante la reprobable conducta del príncipe Deseado y determinarlos en cambio a una acción definitiva. Debió funcionar para ello una densa y activa red de comunicaciones privadas, tanto entre las autoridades como entre los particulares, lo que contribuiría a formar un opinión pública tan sumamente desfavorable a Carlos IV y su entorno que el derrocamiento del monarca fue universalmente bien recibido, sin que nadie alzara la voz para condenar aquella flagrante ilegalidad. Y ello fue así en América como en España. El Dr. Mariluz Urquijo, hablando de Buenos Aires a principios del siglo XIX, apreció la cantidad y veracidad de las relaciones epistolares trasatlánticas: «al recorrer las correspondencias de la época, sorprende la exactitud de las informaciones, que versan no solo sobre los comunicados oficiales publicados en los periódicos, sino también sobre materias más recatadas: la explicación de las causas secretas de la designación de tal o cual ministro, los asuntos que agitaban a la corte, la reproducción de vistas fiscales expedidas en el Consejo de Indias, etc. Con el natural retardo causado por la distancia, en el Río de la Plata se seguía paso a paso el drama europeo, se discurría sobre los intereses que movían a los protagonistas y se conversaba acerca del fatal aspecto que presentaba la metrópoli». De La Habana sabemos, gracias a trabajos recientes del Dr. Sigfrido Vázquez Cienfuegos, que el 1º de enero de 1808 el comandante de Marina Juan Mª de Villavicencio, notorio godoyista, hizo salva triple al tener noticia de la causa del Escorial, mientras que el capitán general marqués de Someruelos mantuvo en silencio sus cañones negándose a contribuir a lo que suponía una celebración en honor de Godoy. En el extremo sur de América los sucesos del Escorial debieron ser conocidos por febrero de 1808, pero el historiador Barros Arana establece, refiriéndose a Chile, que «aquí como en las otras colonias y como en la misma España, nadie quería ver otra cosa que una intriga infame urdida por D. Manuel Godoy, el odiado valido del rey». Se debe al Dr. D. Enrique Lafuente Ferrari el conocimiento del testimonio más expresivo de la dio a la noticia oficial de los sucesos del Escorial. Proporcionó esa información el brigadier D. Roque de Abarca, presidente de la audiencia de Nueva Galicia, en el virreinato de México, que el 22 de diciembre de 1808 --teniéndose por vasallo del cautivo rey Fernando VII--, escribía desde Guadalajara a D. Antonio Porcel, con copia a la Junta Suprema de Sevilla, en estos términos: «En 15 de febrero último recibí los reales decretos de 30 de octubre y 5 de noviembre de 1807, en los cuales se expresa que, siendo príncipe de Asturias, nuestro actual soberano conspiró contra la vida del Sr. D. Carlos IV. Quemé estos horrorosos papeles contemplándolos forjados por algún traidor que logró sorprender al padre para sacrificar el mejor de los hijos, esto es, el perseguido Fernando». Y añade esta importante ampliación de la noticia: «El día 26 del propio mes recibió esta real audiencia los mismos decretos, y habiéndome citado para la apertura de los pliegos, revelé entonces que también los había recibido. Tuve la satisfacción de que todos los ministros de este tribunal fueron de mi modo de pensar, y se arrojaron al fuego los ejemplares, quedando sepultado el secreto entre nosotros». De modo que en febrero de 1808, días o semanas antes de que ocurriera el motín de Aranjuez, ya las autoridades de la remota Guadalajara de Indias habían dado por falsificados y nulos los papeles e interrogatorios del Escorial, y en consecuencia habían desobedecido las órdenes reales, silenciando ante el público lo allí ocurrido. «Quedando sepultado el secreto entre nosotros», dice Abarca. Cabe sospechar si la decisión del presidente y oidores de Nueva Galicia no habría sido inducida por informes de un comportamiento análogo seguido en México y en

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otros lugares del virreinato. En todo caso, esa actitud y las alusiones a «algún traidor» y al «perseguido Fernando» muestran claramente la predisposición en que estas autoridades se hallaban para admitir el relevo en el trono. Así, a renglón seguido de lo transcrito, dice Abarca: «Recibí después las reales órdenes de 19 de marzo en que consta que hallándose el Sr. D. Carlos en el seno de sus vasallos, abdicó la corona en su legítimo heredero el Sr. D. Fernando VI, que Dios guarde, y juré públicamente al nuevo monarca…». Si caprichosa puede ser considerada la interpretación dada por el brigadier Abarca a los hechos del Escorial, otro tanto habría que decir de esta dulcísima interpretación del motín de Aranjuez, donde el rey habría abdicado hallándose «en el seno de sus vasallos». Todavía no había alcanzado a Guadalajara el rayo de Bayona. No queda, para concluir, sino ponderar el desconcierto en que debió quedar sumida la sociedad indiana, en sus diferentes sectores, a la vista del comportamiento del gobierno peninsular, de cuyas decisiones los vasallos americanos sólo podían ser ansiosos espectadores. Desconcierto, sobre todo, de las autoridades de México, de Caracas o de Buenos Aires, que recibieron las noticias de Bayona y del 2 de mayo cuando acababan de enterarse de las discordias de la familia real y del golpe de estado que había derribado a Carlos IV y a su favorito Godoy. Y al mismo tiempo debemos apreciar la importancia de la trama de relaciones epistolares por la que se difundían y seguirían difundiéndose este tipo de noticias y consignas con independencia de la voluntad del gobierno. Así se entraba en el que sería dramático año 1808.

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Estatuto de Bayona de 1808
6 DE JULIO DE 1808

En el nombre de Dios Todopoderoso: Don José Napoleón, por la gracia de Dios, Rey de las Españas y de las Indias: Habiendo oído a la Junta Nacional, congregada en Bayona de orden de nuestro muy caro y muy amado hermano Napoleón, Emperador de los franceses y Rey de Italia, protector de la Confederación del Rhin, etc. Hemos decretado y decretamos la presente Constitución, para que se guarde como ley fundamental de nuestros Estados y como base del pacto que une a nuestros pueblos con Nos, y a Nos con nuestros pueblos.

Título I. De la religión
Artículo 1.- La religión Católica, Apostólica y Romana, en España y en todas las posesiones españolas, será la religión del Rey y de la Nación, y no se permitirá ninguna otra.

Título II. De la sucesión de la Corona
Artículo 2.- La Corona de las Españas y de las Indias será hereditaria en nuestra descendencia directa, natural y legítima, de varón en varón, por orden de primogenitura y con exclusión perpetua de las hembras. En defecto de nuestra descendencia masculina natural y legítima, la Corona de España y de las Indias volverá a nuestro muy caro y muy amado hermano Napoleón, Emperador de los franceses y Rey de Italia, y a sus herederos y descendientes varones, naturales y legítimos o adoptivos. En defecto de la descendencia masculina, natural o legítima o adoptiva de dicho nuestro muy caro y muy amado hermano Napoleón, pasará la Corona a los descendientes varones, naturales legítimos, del príncipe Luis-Napoleón, Rey de Holanda. En defecto de descendencia masculina natural y legítima del príncipe Luis-Napoleón, a los descendientes varones naturales y legítimos del príncipe Jerónimo-Napoleón, Rey de Westfalia. En defecto de éstos, al hijo primogénito, nacido antes de la muerte del último Rey, de la hija primogénita entre las que tengan hijos varones, y a su descendencia masculina, natural y legítima, y en caso que el último Rey no hubiese dejado hija que tenga varón, a aquél que haya sido designado por su testamento, ya sea entre sus parientes más cercanos, o ya entre aquellos que haya creído más dignos de gobernar a los españoles. Esta designación del Rey se presentará a las Cortes para su aprobación.

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Artículo 3.- La Corona de las Españas y de las Indias no podrá reunirse nunca con otra en una misma persona. Artículo 4.- En todos los edictos, leyes y reglamentos, los títulos del Rey de las Españas serán: D. N..., por la gracia de Dios y por la Constitución del Estado, Rey de las Españas y de las Indias. Artículo 5.- El Rey, al subir al Trono o al llegar a la mayor edad, prestará juramento sobre los Evangelios, y en presencia del Senado, del Consejo de Estado, de las Cortes y del Consejo Real, llamado de Castilla. El ministro Secretario de Estado extenderá el acta de la presentación del juramento. Artículo 6.- La fórmula del juramento del Rey será la siguiente: «Juro sobre los santos Evangelios respetar y hacer respetar nuestra santa religión, observar y hacer observar la Constitución, conservar la integridad y la independencia de España y sus posesiones, respetar y hacer respetar la libertad individual y la propiedad y gobernar solamente con la mira del interés, de la felicidad y de la gloria de la nación española.» Artículo 7.- Los pueblos de las Españas y de las Indias prestarán juramento al Rey en esta forma: «Juro fidelidad y obediencia al Rey, a la Constitución y a las Leyes.»

Título III. De la Regencia
Artículo 8.- El Rey será menor hasta la edad de diez y ocho años cumplidos. Durante su menor edad habrá un Regente del reino. Artículo 9.- El Regente deberá tener, a lo menos, veinticinco años cumplidos. Artículo 10.- Será Regente el que hubiere sido designado por el Rey predecesor, entre los infantes que tengan la edad determinada en el artículo antecedente. Artículo 11.- En defecto de esta designación del Rey predecesor, recaerá la Regencia en el infante más distante del Trono en el orden de herencia, que tenga veinticinco años cumplidos. Artículo 12.- Si a causa de la menor edad del infante más distante del Trono en el orden de herencia, recayese la Regencia en un pariente más próximo, éste continuará en el ejercicio de sus funciones hasta que el Rey llegue a su mayor edad. Artículo 13.- El Regente no será personalmente responsable de los actos de su administración. Artículo 14.- Todos los actos de la Regencia saldrán a nombre del Rey menor. Artículo 15.- De la renta con que está dotada la Corona, se tomará la cuarta parte para dotación del Regente. Artículo 16.- En el caso de no haber designado Regente el Rey predecesor, y de no tener veinticinco años cumplidos ninguno de los infantes, se formará un Consejo de Regencia, compuesto de los siete senadores más antiguos. Artículo 17.- Todos los negocios del Estado se decidirán a pluralidad de votos por el Consejo de Regencia, y el mismo Secretario de Estado llevará registro de las deliberaciones. Artículo 18.- La Regencia no dará derecho alguno sobre la persona del Rey menor.

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Artículo 19.-La guarda del Rey menor se confiará al príncipe de signado a este efecto por el predecesor del Rey menor, y en defecto de esta designación a su madre. Artículo 20.- Un Consejo de tutela, compuesto de cinco senadores nombrados por el último Rey, tendrá el especial encargo de cuidar de la educación del Rey menor, y será consultado en todos los negocios de importancia relativos a su persona y a su casa. Si el último Rey no hubiera designado los senadores, compondrán este Consejo los cinco más antiguos. En caso que hubiera al mismo tiempo Consejo de Regencia, compondrán el Consejo de tutela los cinco senadores, que se sigan por orden de antigüedad a los del Consejo de Regencia.

Título IV. De la dotación de la Corona
Artículo 21.- El patrimonio de la Corona se compondrá de los palacios de Madrid, de El Escorial, de San Ildefonso, de Aranjuez, de El Pardo y de todos los demás que hasta ahora han pertenecido a la misma Corona, con los parques, bosques, cercados y propiedades dependientes de ellos, de cualquier naturaleza que sean. Las rentas de estos bienes entrarán en el tesoro de la Corona, y si no llegan a la suma anual de un millón de pesos fuertes, se les agregarán otros bienes patrimoniales, hasta que su producto o renta total complete esta suma. Artículo 22.- El Tesoro Público entregará al de la Corona una suma anual de dos millones de pesos fuertes, por duodécimas partes o mesadas. Artículo 23.- Los infantes de España, luego que lleguen a la edad de doce años, gozarán por alimentos una renta anual, a saber: el Príncipe heredero, de 200.000 pesos fuertes; cada uno de los infantes, de 100.000 pesos fuertes; cada una de las infantas, de 50.000 pesos fuertes. El Tesoro Público entregará estas sumas al tesorero de la Corona. Artículo 24.-La Reina tendrá de viudedad 400.000 pesos fuertes, que se pagarán del tesoro de la Corona.

Título V. De los oficios de la Casa Real
Artículo 25.-Los jefes de la Casa Real serán seis, a saber: Un capellán mayor. Un mayordomo mayor. Un camarero mayor. Un caballerizo mayor. Un montero mayor. Un gran maestro de ceremonias. Artículo 26.- Los gentiles-hombres de Cámara, mayordomos de semana, capellanes de honor, maestros de ceremonias, caballerizos y ballesteros, son de la servidumbre de la Casa Real.

Título VI. Del Ministerio
Artículo 27.- Habrá nueve Ministerios, a saber: Un Ministerio de Justicia. Otro de Negocios Eclesiásticos. Otro de Negocios Extranjeros. Otro del Interior. Otro de Hacienda. Otro de Guerra. Otro de Marina. Otro de Indias. Otro de Policía General. Artículo 28.- Un Secretario de Estado, con la calidad de ministro, refrendará todos los decretos. Artículo 29.- El Rey podrá reunir, cuando lo tenga por conveniente, el Ministerio de Negocios Eclesiásticos al de Justicia y el de Policía General al del Interior. Artículo 30.- No habrá otra preferencia entre los ministros que la de la antigüedad de sus nombramientos.

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Artículo 31.- Los ministros, cada uno en la parte que le toca, serán responsables de la ejecución de las leyes y de las órdenes del Rey.

Título VII. Del Senado
Artículo 32.- El Senado se compondrá: 1. De los infantes de España que tengan diez y ocho años cumplidos. 2. De veinticuatro individuos, nombrados por el Rey entre los ministros, los capitanes generales del Ejército y Armada, los embajadores, consejeros de Estado y los del Consejo Real. Artículo 33.- Ninguno podrá ser nombrado senador si no tiene cuarenta años cumplidos. Artículo 34.- Las plazas de senador serán de por vida. No se podrá privar a los Senadores del ejercicio de sus funciones, sino en virtud de una sentencia legal dada por los Tribunales competentes. Artículo 35.- Los consejeros de Estado actuales serán individuos del Senado. No se hará ningún nombramiento hasta que hayan quedado reducidos a menos del número de veinticuatro, determinado por el artículo 32. Artículo 36.- El presidente del Senado será nombrado por el Rey, y elegido entre los senadores. Sus funciones durarán un año. Artículo 37.- Convocará el Senado, o de orden del Rey, o a petición de las Juntas de que se hablará después en los artículos 41 y 45, o para los negocios interiores del cuerpo. Artículo 38.- En caso de sublevación a mano armada, o de inquietudes que amenacen la seguridad del Estado, el Senado, a propuesta del Rey, podrá suspender el imperio de la Constitución por tiempo y en lugares determinados. Podrá, asimismo, en casos de urgencia y a propuesta del Rey tomar las demás medidas extraordinarias, que exija la conservación de la seguridad pública. Artículo 39.- Toca al Senado velar sobre la conservación de la libertad individual y de la libertad de la imprenta, luego que esta última se establezca por ley, como se previene después, título XIII, artículo 145. El Senado ejercerá facultades de modo que se prescribirá en los artículos siguientes. Artículo 40.- Una junta de cinco senadores nombrados por el mismo Senado, conocerá, en virtud de parte que le da el ministro de Policía General, de las prisiones ejecutadas con arreglo al artículo 134 del título XIII, cuando las personas presas no han sido puestas en libertad, o entregadas a disposición de los tribunales, dentro de un mes de su prisión. Esta junta se llamará Junta Senatoria de Libertad Individual. Artículo 41.- Todas las personas presas y no puestas en libertad o en juicio dentro del mes de su prisión, podrán recurrir directamente por sí, sus parientes o representantes, y por medio de petición, a la Junta Senatoria de Libertad Individual. Artículo 42.- Cuando la Junta Senatoria entienda que el interés del Estado no justifica la detención prolongada por más de un mes, requerirá al ministro que mandó la prisión, para que haga poner en libertad a la persona detenida o la entregue a disposición del Tribunal competente.

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Artículo 43.- Si después de tres requisiciones consecutivas, hechas en el espacio de un mes, la persona detenida no fuese puesta en libertad, o remitida a los Tribunales ordinarios, la Junta pedirá que se convoque al Senado, el cual, si hay méritos para ello, hará la siguiente declaración: «Hay vehementes presunciones de que N... está detenido arbitrariamente.» El presidente pondrá en manos del Rey la deliberación motivada del Senado. Artículo 44.- Esa deliberación será examinada, en virtud de orden del Rey por una junta compuesta de los presidentes de sección del Consejo de Estado y de cinco individuos del Consejo Real. Artículo 45.- Una junta de cinco senadores, nombrados por el mismo Senado, tendrá el encargo de velar sobre la libertad de la imprenta. Los papeles periódicos no se comprenderán en la disposición de este artículo. Esta junta se llamará Junta Senatoria de Libertad de la Imprenta. Artículo 46.- Los autores, impresores y libreros, que crean tener motivo para quejarse de que se les haya impedido la impresión o la venta de una obra, podrán recurrir directamente, y por medio de petición, a la Junta Senatoria de Libertad de la Imprenta. Artículo 47.- Cuando la Junta entienda que la publicación de la obra no perjudica al Estado, requerirá al ministro que ha dado la orden para que la revoque. Artículo 48.- Si después de tres requisiciones consecutivas, hechas en el espacio de un mes, no la revocase, la Junta pedirá que se convoque el Senado, el cual, si hay méritos para ello, hará la declaración siguiente: «Hay vehementes presunciones de que la libertad de la imprenta ha sido quebrantada.» El presidente pondrá en manos del Rey la deliberación motivada del Senado. Artículo 49.- Esta deliberación será examinada de orden del Rey, por una junta compuesta como se previno arriba (art. 44). Artículo 50.- Los individuos de estas dos Juntas se renovarán por quintas partes cada seis meses. Artículo 51.- Sólo el Senado, a propuesta del Rey, podrá anular como inconstitucionales las operaciones de las juntas de elección, para el nombramiento de diputados de las provincias, o las de los Ayuntamientos para el nombramiento de diputados de las ciudades.

Título VIII. Del Consejo de Estado
Artículo 52.- Habrá un Consejo de Estado presidido por el Rey, que se compondrá de treinta individuos a lo menos, y de sesenta cuando más, y se dividirá en seis secciones, a saber: 1. Sección de Justicia y de Negocios Eclesiásticos. Sección de lo Interior y Policía General. 2. Sección de Hacienda. Sección de Guerra. Sección de Marina y Sección de Indias. Cada sección tendrá un presidente y cuatro individuos a lo menos. Artículo 53.- El Príncipe heredero podrá asistir a las sesiones del Consejo de Estado luego que llegue a la edad de quince años. Artículo 54.- Serán individuos natos del Consejo de Estado, los ministros y el presidente del Consejo Real; asistirán a sus sesiones cuando lo tengan por conveniente; no harán parte de ninguna sección, ni entrarán en cuenta para el número fijado en el artículo antecedente. Artículo 55.- Habrá seis diputados de Indias adjuntos a la Sección de Indias, con voz consultiva, conforme a lo que se establece más adelante, art. 95, título X.

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Artículo 56.- El Consejo de Estado tendrá consultores, asistentes y abogados del Consejo. Artículo 57.- Los proyectos de leyes civiles y criminales y los reglamentos generales de administración pública serán examinados y extendidos por el Consejo de Estado. Artículo 58.- Conocerá de las competencias de jurisdicción entre los cuerpos administrativos y judiciales, de la parte contenciosa, de la administración y de la citación a juicio de los agentes o empleados de la administración pública. Artículo 59.- El Consejo de Estado, en los negocios de su dotación, no tendrá sino voto consultivo. Artículo 60.- Los decretos del Rey sobre objetos correspondientes a la decisión de las Cortes, tendrán fuerza de ley hasta las primeras que se celebren, siempre que sean ventilados en el Consejo de Estado.

Título IX. De las Cortes
Artículo 61.- Habrá Cortes o Juntas de la Nación, compuestas de 172 individuos, divididos en tres estamentos, a saber: El estamento del clero. El de la nobleza. El del pueblo. El estamento del clero se colocará a la derecha del Trono, el de la nobleza a la izquierda y en frente el estamento del pueblo. Artículo 62.- El estamento del clero se compondrá de 25 arzobispos y obispos. Artículo 63.- El estamento de la nobleza se compondrá de 25 nobles, que se titularán Grandes de Cortes. Artículo 64.- El estamento del pueblo se compondrá: 1. De 62 diputados de las provincias de España e Indias. 2. De 30 diputados de las ciudades principales de España e islas adyacentes. 3. De 15 negociantes o comerciantes. 4. De 15 diputados de las Universidades, personas sabias o distinguidas por su mérito personal en las ciencias o en las artes. Artículo 65.- Los arzobispos y obispos, que componen el estamento del Clero, serán elevados a la clase de individuos de Cortes por una cédula sellada con el gran sello del Estado, y no podrán ser privados del ejercicio de sus funciones, sino en virtud de una sentencia dada por los tribunales competentes y en forma legal. Artículo 66.- Los nobles, para ser elevados a la clase de Grandes de Cortes, deberán disfrutar una renta anual de 20.000 pesos fuertes a lo menos, o haber hecho largos e importantes servicios en la carrera civil o militar. Serán elevados a esta clase por una cédula sellada con el gran sello del Estado, y no podrán ser privados del ejercicio de sus funciones, sino en virtud de una sentencia dada por los tribunales competentes y en forma legal. Artículo 67.- Los diputados de las provincias de Estado e islas adyacentes serán nombrados por éstas a razón de un diputado por 300.000 habitantes, poco más o menos. Para este efecto se dividirán las provincias en partidos de elección, que compongan la población necesaria, para tener derecho a la elección de un diputado. Artículo 68.- La junta que ha de proceder a la elección del diputado de partido recibirá su organización de una ley hecha en Cortes, y hasta esta época se compondrá:

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1. Del decano de los regidores de todo pueblo que tenga a lo menos cien habitantes, y si en algún partido no hay 20 pueblos, que tengan este vecindario, se reunirán las poblaciones pequeñas, para dar un elector a razón de cien habitantes, sacándose éste por suerte, entre los regidores decanos, de cada uno de los referidos pueblos. 2. Del decano de los curas de los pueblos principales del partido, los cuales se designarán de manera que el numero de los electores eclesiásticos no exceda del tercio del número total de los individuos de la junta de elección. Artículo 69.- Las juntas de elección no podrán celebrarse, sino en virtud de real cédula de convocación, en que se expresen el objeto y lugar de la reunión, y la época de la apertura y de la conclusión de la junta. El presidente de ella será nombrado por el Rey. Artículo 70.- La elección de diputados de las provincias de Indias se hará conforme a lo que se previene en el artículo 93, título X. Artículo 71.- Los diputados de las 30 ciudades principales del reino serán nombrados por el Ayuntamiento de cada una de ellas. Artículo 72.- Para ser diputado por las provincias o por las ciudades se necesitará ser propietario de bienes raíces. Artículo 73.- Los 15 negociantes o comerciantes serán elegidos entre los individuos de las Juntas de Comercio y entre los negociantes más ricos y más acreditados del Reino, y serán nombrados por el Rey entre aquellos que se hallen comprendidos en una lista de 15 individuos, formada por cada uno de los Tribunales y Juntas de Comercio. El Tribunal y la Junta de Comercio se reunirá en cada ciudad para formar en común su lista de presentación. Artículo 74.- Los diputados de las Universidades, sabios y hombres distinguidos por su mérito personal en las ciencias y en las artes, serán nombrados por el Rey entre los comprendidos en una lista: 1. De 15 candidatos presentados por el Consejo Real; 2. De siete candidatos presentados por cada una de las Universidades del Reino. 3. Artículo 75.- Los individuos del estamento del pueblo se renovarán de unas Cortes para otras, pero podrán ser reelegidos para las Cortes inmediatas. Sin embargo, el que hubiese asistido a dos juntas de Cortes consecutivas no podrá ser nombrado de nuevo sino guardando un hueco de tres años. Artículo 76.- Las Cortes se juntarán en virtud de convocación hecha por el Rey. No podrán ser diferidas, prorrogadas ni disueltas sino de su orden. Se juntarán a lo menos una vez cada tres años. Artículo 77.- El presidente de las Cortes será nombrado por el Rey, entre tres candidatos que propondrán las Cortes mismas, por escrutinio y a pluralidad absoluta de votos. Artículo 78.- A la apertura de cada sesión nombrarán las Cortes: 1. Tres candidatos para la presidencia. 2. Dos vicepresidentes y dos secretarios. 3. Cuatro comisiones compuestas de cinco individuos cada una, a saber: Comisión de Justicia, Comisión de lo Interior, Comisión de Hacienda y Comisión de Indias. El más anciano, de los que asistan a la Junta, la presidirá hasta la elección de presidente. Artículo 79.- Los vicepresidentes sustituirán al presidente, en caso de ausencia o impedimento, por el orden en que fueron nombrados.

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Artículo 80.- Las sesiones de las Cortes no serán públicas, y sus votaciones se harán en voz o por escrutinio; y para que haya resolución, se necesitará la pluralidad absoluta de votos tomados individualmente. Artículo 81.- Las opiniones y las votaciones no deberán divulgarse ni imprimirse. Toda publicación por medio de impresión o carteles, hecha por la Junta de Cortes o por alguno de sus individuos, se considerará como un acto de rebelión. Artículo 82.- La ley fijará de tres en tres años la cuota de las rentas y gastos anuales del Estado, y esta ley la presentarán oradores del Consejo de Estado a la deliberación y aprobación de las Cortes. Las variaciones que se hayan de hacer en el Código civil, en el Código penal, en el sistema de impuestos o en el sistema de moneda, serán propuestas del mismo modo a la deliberación y aprobación de las Cortes. Artículo 83.- Los proyectos de ley se comunicarán previamente por las secciones del Consejo de Estado a las Comisiones respectivas de las Cortes, nombradas al tiempo de su apertura. Artículo 84.- Las cuentas de Hacienda dadas por cargo y data, con distinción del ejercicio de cada año, y publicadas anualmente por medio de la imprenta, serán presentadas por el ministro de Hacienda a las Cortes, y éstas podrán hacer, sobre los abusos introducidos en la administración, las representaciones que juzguen convenientes. Artículo 85.- En caso de que las Cortes tengan que manifestar quejas graves y motivadas sobre la conducta de un ministro, la representación que contenga estas quejas y la exposición de sus fundamentos, votada que sea, será presentada al Trono por una diputación. Examinará esta representación, de orden del Rey, una comisión compuesta de seis consejeros de Estado y de seis individuos del Consejo Real. Artículo 86.- Los decretos del Rey, que se expidan a consecuencia de deliberación y aprobación de las Cortes, se promulgarán con esta fórmula: «Oídas las Cortes.»

Título X. De los Reinos y Provincias españolas de América y Asia
Artículo 87.- Los reinos y provincias españolas de América y Asia gozarán de los mismos derechos que la Metrópoli. Artículo 88.- Será libre en dichos reinos y provincias toda especie de cultivo e industria. Artículo 89.- Se permitirá el comercio recíproco entre los reinos y provincias entre sí y con la Metrópoli. Artículo 90.- No podrá concederse privilegio alguno particular de exportación o importación en dichos reinos y provincias. Artículo 91.- Cada reino y provincia tendrá constantemente cerca del Gobierno diputados encargados de promover sus intereses y de ser sus representantes en las Cortes. Artículo 92.- Estos diputados serán en número de 22, a saber: Dos de Nueva España. Dos del Perú Dos del Nuevo Reino de Granada Dos de Buenos Aires Dos de Filipinas. Uno de la Isla de Cuba. Uno de Puerto Rico.

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Uno de la provincia de Venezuela. Uno de Caracas. Uno de Quito. Uno de Chile Uno de Cuzco. Uno de Guatemala. Uno de Yucatán. Uno de Guadalajara. Uno de las provincias internas occidentales de Nueva España. Y uno de las provincias orientales. Artículo 93.-Estos diputados serán nombrados por los Ayuntamientos de los pueblos, que designen los virreyes o capitanes generales, en sus respectivos territorios. Para ser nombrados deberán ser propietarios de bienes raíces y naturales de las respectivas provincias. Cada Ayuntamiento elegirá, a pluralidad de votos, un individuo, y el acto de los nombramientos se remitirá al virrey o capitán general. Será diputado el que reúna mayor número de votos entre los individuos elegidos en los Ayuntamientos. En caso de igualdad decidirá la suerte. Artículo 94.-Los diputados ejercerán sus funciones por el término de ocho años. Si al concluirse este término no hubiesen sido reemplazados, continuarán en el ejercicio de sus funciones hasta la llegada de sus sucesores. Artículo 95.- Seis diputados nombrados por el Rey, entre los individuos de la diputación de los reinos y provincias españolas de América y Asia, serán adjuntos en el Consejo de Estado y Sección de Indias. Tendrán voz consultiva en todos los negocios tocantes a los reinos y provincias españolas de América y Asia.

Título XI. Del orden judicial
Artículo 96.- Las Españas y las Indias se gobernarán por un solo Código de leyes civiles y criminales. Artículo 97.- El orden judicial será independiente en sus funciones. Artículo 98.- La justicia se administrará en nombre del Rey, por juzgados y tribunales que él mismo establecerá. Por tanto, los tribunales que tienen atribuciones especiales, y todas las justicias de abadengo, órdenes y señorío, quedan suprimidos Artículo 99.- El Rey nombrará todos los jueces. Artículo 100.- No podrá procederse a la destitución de un juez sino a consecuencia de denuncia hecha por el presidente o el procurador general del Consejo Real y deliberación del mismo Consejo, sujeta a la aprobación del Rey. Artículo 101.- Habrá jueces conciliadores, que formen un tribunal de pacificación, juzgados de primera instancia, audiencias o tribunales de apelación, un Tribunal de reposición para todo el reino, y una Alta Corte Real. Artículo 102.- Las sentencias dadas en última instancia deberán tener su plena y entera ejecución, y no podrán someterse a otro tribunal sino en caso de haber sido anuladas por el Tribunal de reposición. Artículo 103.-El número de juzgados de primera instancia se determinará según lo exijan los territorios. El número de las Audiencias o tribunales de apelación, repartidos por toda la

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superficie del territorio de España e islas adyacentes, será de nueve por lo menos y de quince a lo más. Artículo 104.- El Consejo Real será el Tribunal de reposición. Conocerá de los recursos de fuerza en materias eclesiásticas. Tendrá un presidente y dos vicepresidentes. El presidente será individuo nato del Consejo de Estado. Artículo 105.- Habrá en el Consejo Real un procurador general o fiscal y el número de sustitutos necesarios para la expedición de los negocios. Artículo 106.-El proceso criminal será público. En las primeras Cortes se tratará de si se establecerá o no el proceso por jurados. Artículo 107.- Podrá introducirse recurso de reposición contra todas las sentencias criminales. Este recurso se introducirá en el Consejo Real, para España e islas adyacentes, y en las salas de lo civil de las Audiencias pretoriales para las Indias. La Audiencia de Filipinas se considerará para este efecto como Audiencia pretorial. Artículo 108.- Una Alta Corte Real conocerá especialmente de los delitos personales cometidos por los individuos de la familia Real, los ministros, los senadores y los consejeros de Estado. Artículo 109.- Contra sus sentencias no podrá introducirse recurso alguno, pero no se ejecutarán hasta que el Rey las firme. Artículo 110.- La Alta Corte se compondrá de los ocho senadores más antiguos, de los seis presidentes de sección del Consejo de Estado y del presidente y de los dos vicepresidentes del Consejo Real. Artículo 111.- Una ley propuesta de orden del Rey, a la deliberación y aprobación de las Cortes, determinará las demás facultades y modo de proceder de la Alta Corte Real. Artículo 112.- El derecho de perdonar pertenecerá solamente al Rey y le ejercerá oyendo al ministro de Justicia, en un consejo privado compuesto de los ministros, de dos senadores, de dos consejeros de Estado y de dos individuos del Consejo Real. Artículo 113.- Habrá un solo código de Comercio para España e Indias. Artículo 114.- En cada plaza principal de comercio habrá un tribunal y una Junta de comercio.

Título XII. De la administración de Hacienda
Artículo 115.- Los vales reales, los juros y los empréstitos de cualquiera naturaleza, que se hallen solemnemente reconocidos, se constituyen definitivamente deuda nacional. Artículo 116.- Las aduanas interiores de partido a partido y de provincia a provincia quedan suprimidas en España e Indias. Se trasladarán a las fronteras de tierra o de mar. Artículo 117.- El sistema de contribuciones será igual en todo el reino. Artículo 118.- Todos los privilegios que actualmente existen concedidos a cuerpos o a particulares, quedan suprimidos. La supresión de estos privilegios, si han sido adquiridos por precio, se entiende hecha bajo indemnización, la supresión de los de jurisdicción será sin ella. Dentro del término de un año se formará un reglamento para dichas indemnizaciones.

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Artículo 119.- El Tesorero público será distinto y separado del Tesoro de la Corona. Artículo 120.- Habrá un director general del Tesoro Público que dará cada año sus cuentas, por cargo y data y con distinción de ejercicios. Artículo 121.- El Rey nombrará el director general del Tesoro Público. Éste prestará en sus manos juramento de no permitir ninguna distracción del caudal público, y de no autorizar ningún pagamento, sino conforme a las consignaciones hechas a cada ramo. Artículo 122.- Un tribunal de Contaduría general examinará y fenecerá las cuentas de todos los que deban rendirías. Este tribunal se compondrá de las personas que el Rey nombre. Artículo 123.- El nombramiento para todos los empleos pertenecerá al Rey o a las autoridades a quienes se confíe por las leyes y reglamentos.

Título XIII. Disposiciones generales
Artículo 124.- Habrá una alianza ofensiva y defensiva perpetuamente, tanto por tierra como por mar, entre Francia y España. Un tratado especial determinará el contingente con que haya de contribuir, cada una de las dos potencias, en caso de guerra de tierra o de mar. Artículo 125.- Los extranjeros que hagan o hayan hecho servicios importantes al Estado, los que puedan serle útiles por sus talentos, sus invenciones o su industria, y los que formen grandes establecimientos o hayan adquirido la propiedad territorial, por la que paguen de contribución la cantidad anual de 50 pesos fuertes, podrán ser admitidos a gozar el derecho de vecindad. El Rey concede este derecho, enterado por relación del ministro de lo Interior y oyendo al Consejo de Estado. Artículo 126.- La casa de todo habitante en el territorio de España y de Indias es un asilo inviolable: no se podrá entrar en ella sino de día y para un objeto especial determinado por una ley, o por una orden que dimane de la autoridad pública. Artículo 127.- Ninguna persona residente en el territorio de España y de Indias podrá ser presa, como no sea en flagrante delito, sino en virtud de una orden legal y escrita. Artículo 128.- Para que el acto en que se manda la prisión pueda ejecutarse, será necesario: 1. Que explique formalmente el motivo de la prisión y la ley en virtud de que se manda. 2. Que dimane de un empleado a quien la ley haya dado formalmente esta facultad. 3. Que se notifique a la persona que se va a prender y se la deje copia. Artículo 129.- Un alcaide o carcelero no podrá recibir o detener a ninguna persona sino después de haber copiado en su registro el acto en que se manda la prisión. Este acto debe ser un mandamiento dado en los términos prescritos en el artículo antecedente, o un mandato de asegurar la persona, o un decreto de acusación o una sentencia. Artículo 130.-Todo alcalde o carcelero estará obligado, sin que pueda ser dispensado por orden alguna, a presentar la persona que estuviere presa al magistrado encargado de la policía de la cárcel, siempre que por él sea requerido. Artículo 131.- No podrá negarse que vean al preso sus parientes y amigos, que se presente con una orden de dicho magistrado, y éste estará obligado a darla, a no ser que el alcaide o carcelero manifieste orden del juez para tener al preso sin comunicación.

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Artículo 132.- Todos aquellos que no habiendo recibido de la ley la facultad de hacer prender, manden, firmen y ejecuten la prisión de cualquiera persona, todos aquellos que aun en el caso de una prisión autorizada por la ley reciban o detengan al preso en un lugar que no esté pública y legalmente destinado a prisión, y todos los alcaides y carceleros que contravengan a las disposiciones de los tres artículos precedentes, incurrirán en el crimen de detención arbitraria. Artículo 133.-El tormento queda abolido: todo rigor o apremio que se emplee en el acto de la prisión o en la detención y ejecución y no esté expresamente autorizado por la ley, es un delito. Artículo 134.- Si el Gobierno tuviera noticias de que se trama alguna conspiración contra el Estado, el ministro de Policía podrá dar mandamiento de comparecencia y de prisión contra los indiciados como autores y cómplices. Artículo 135.- Todo fideicomiso, mayorazgo o sustitución de los que actualmente existen y cuyos bienes, sea por sí sólo o por la reunión de otros en una misma persona, no produzcan una renta anual de 5.000 pesos fuertes, queda abolido. El poseedor actual continuará gozando de dichos bienes restituidos a la clase de libres. Artículo 136.- Todo poseedor de bienes actualmente afectos a fideicomiso, mayorazgos o sustitución, que produzcan una renta anual de más de 5.000 pesos fuertes, podrá pedir, si lo tiene por conveniente, que dichos bienes vuelvan a la clase de libres. El permiso necesario para este efecto ha de ser el Rey quien lo conceda. Artículo 137.-Todo fideicomiso, mayorazgo o sustitución de los que actualmente existen, que produzca por sí mismo o por la reunión de muchos fideicomisos, mayorazgos o sustituciones en la misma cabeza, una renta anual que exceda de 20.000 pesos fuertes, se reducirá al capital que produzca líquidamente la referida suma, y los bienes que pasen de dicho capital, volverán a entrar en la clase de libres, continuando así en poder de los actuales poseedores. Artículo 138.- Dentro de un año se establecerá, por un reglamento del Rey, el modo en que se han de ejecutar las disposiciones contenidas en los tres artículos anteriores. Artículo 139.- En adelante no podrá fundarse ningún fideicomiso, mayorazgo o sustitución sino en virtud de concesiones hechas por el Rey por razón de servicios en favor del Estado, y con el fin de perpetuar en dignidad las familias de los sujetos que los haya contraído. La renta anual de estos fideicomisos, mayorazgos o sustituciones, no podrá en ningún caso exceder de 20.000 pesos fuertes ni bajar de 5.000. Artículo 140.- Los diferentes grados y clases de nobleza actualmente existentes, serán conservados con sus respectivas distinciones, aunque sin exención alguna de las cargas y obligaciones públicas, y sin que jamás pueda exigir la calidad de nobleza para los empleos civiles ni eclesiásticos, ni para los grados militares de mar y tierra. Los servicios y los talentos serán los únicos que proporcionen los ascensos. Artículo 141.- Ninguno podrá obtener empleos públicos civiles y eclesiásticos si no ha nacido en España o ha sido naturalizado. Artículo 142.- La dotación de las diversas Órdenes de caballería no podrá emplearse, según que así lo exige su primitivo destino, sino es recompensar servicios hechos al Estado. Una misma persona nunca podrá obtener más de una encomienda. Artículo 143.- La presente Constitución se ejecutará sucesiva y gradualmente por decreto o edictos del Rey, de manera que el todo de sus disposiciones se halle puesto en ejecución antes del 1 de enero de 1813.

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Artículo 144.- Los fueros particulares de las provincias de Navarra, Vizcaya, Guipúzcoa y Álava se examinarán en las primeras Cortes, para determinar lo que se juzgue más conveniente al interés de las mismas provincias y al de la nación. Artículo 145.- Dos años después de haberse ejecutado enteramente esta Constitución, se establecerá la libertad de imprenta. Para organizarla se publicará una ley hecha en Cortes. Artículo 146.- Todas las adiciones, modificaciones y mejoras que se haya creído conveniente hacer en esta Constitución, se presentarán de orden del Rey al examen y deliberación de las Cortes, en las primeras que se celebren después del año de 1820. Comuníquese copia de la presente Constitución autorizada por nuestro ministro Secretario de Estado, al Consejo Real y a los demás Consejos y Tribunales, a fin de que se publique y circule en la forma acostumbrada.

Dada en Bayona a seis de julio de mil ochocientos ocho.

Firmado José

Por su Majestad: El ministro Secretario de Estado, Mariano Luis de Urquijo.

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2012 Antonio García Megía y María Dolores Mira y Gómez de Mercado
LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA. LOS ANTECEDENTES
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