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UN ESPACIO LIBRE PARA BAILAR: LA CIUDADELA

Por Yazmín Bustamante Rodríguez

“¡Esto es vida! lo demás...” dijo incontestable una voz exaltada, mientras se


movía al ritmo de la música. Se trataba de una de las más asiduas bailarinas
que sábado a sábado se dan cita para disfrutar del ambiente que se puede
encontrar en la Plaza de la Ciudadela.

Desde la llamada “tercera edad” la bailarina paseaba con pequeños


saltos de una lona a otra, saludando a sus amigos y amigas, platicando,
buscando el ritmo que más le gustara y corriendo hacia la pista de aquel baile.
“No dejen de venir” dice segura de su recomendación, mientras demuestra su
emoción por los sonidos del mambo y el rock & roll con una amplia sonrisa.

Espejos en el pavimento. Hechos de


lluvia, el cielo, los árboles y las personas
que por ahí pasan son reflejados como si
caminaran sobre las nubes que enmarcan
el húmedo ambiente. Ha llovido, mas no ha
importado. Las cabezas blancas y otras
más coloreadas continúan deleitando sus
sentidos a través del sonido y el contacto
que mantienen con los otros.

“Todos somos iguales” asegura un hombre maduro que rebasa los 70


años de sabiduría. Él va a buscar desde hace tres años lo mismo: el baile, la
sensación de estar vivo y los recuerdos de una juventud que revive al compás
del danzón.

Sonrisas, gestos amables y manos extendidas dispuestas a invitar y a


tomar a un nuevo compañero de baile se registran por doquier. Algunos llegan
solos con la intención de conocer a alguien; mientras que otros más conviven
por parejas.

Enamorados, pacientes, ilusionados, felices. Ellos avanzan despacio,


con los rostros tocados por el pasar de los años, pero no por sus almas, que en
muchos casos se muestran más joviales que los mismos párvulos que por ahí
pasan. Alrededor se extienden unas cinco lonas entre amarillas y azules que
cubren los pasos de aquellos que han recorrido un largo camino. Ellos, han
comenzado a bailar.

Los trajes han sido minuciosamente planchados, los zapatos y zapatillas


perfectamente boleados y se notan brillantes. Las mujeres mayores de mejillas
polveadas muestran sonrisas, además de un cabello arreglado justo para la
ocasión. No van a una fiesta de gala y sin embargo su vestimenta y modales
son dignos del Salón México o de Los Ángeles.

Este “otro” salón tiene varios techos que se balancean según lo marca el
viento. No tiene una duela de madera y a cambio ofrece el gris asfalto de la
ciudad ataviado de reflejos hechos de agua. La mayoría se reúnen debajo del
plástico amarillo más grande que hay. Ahí se baila casi de todo: desde
guaracha, rumba, cha cha chá y mambo, hasta ritmos más actuales y callejeros
como la cumbia, la salsa, el merengue o el ballenato.

Los bailes de salón, como el danzón, se disfrutan bajo otras lonas, pero
con igual o mayor intensidad. Un caballero ha entregado en las manos de su
fiel compañera un par de ramilletes de flores que ella cuida celosamente. Se
sientan un rato y vuelven al danzón, ya se abrazan afectuosamente como si
fuera una de esas despedidas que no se olvidan. Él le ofrece apoyo en su
brazo y caminan juntos por el parque hasta que sus figura desaparecen en la
lejanía del lugar.

Probablemente regresarán el próximo sábado como lo hacen desde


hace años. Seguramente seguirán bailando, recordando, disfrutando y viviendo
a través de cada sonido, de cada compás a un lado de los reflejos del cielo,
rodeados de los árboles y sobre el mismo pavimento que basta y sobra para
aquellos que deseen moverse y “sacudir la polilla”.

El baile como una de las expresiones culturales más valiosas del ser
humano se conserva en el sentir de mucha gente, se conserva en los pasos de
guaracha y danzón, ritmos unidos, sincronizados con el pasar del viento,
palabras, risas, dedicación, esfuerzo y baile. Convivencia sin distinción de edad
o género.

Acérrima libertad que no deja de asistir a la música, que se oye como


cada fin de semana después del medio día; llueva, truene o reine el calor del
sol. Acordes y Son que se mezclan dando vida al movimiento humano que es el
arte de la danza, cualquiera que sea su género, un libre movimiento de cuerpos
en un espacio libre. La Ciudadela un punto de encuentros y tolerancia, pero
sobre todo de placer.