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Bailando con Don Franciscano

Por Belem Bucio Vieyra

El día estaba nublado, el aire olía a lluvia segura, las ráfagas de viento hacían
constar que Tláloc, haría presencia viva alrededor de los danzantes, pieles
morenas que adornados con plumas rojas y vestidos de manta blanca
golpeaban con fuerza los tambores y soplaban fuerte las flautas.

Grises como el día, las cabezas de de los


adoradores del baile de salón que sábado a
sábado se dan cita en el parque de La
Ciudadela, aquél lugar que alberga a los
que Jaime Sabines ha denominado Los
Amorosos, los que callan, o los que hablan,
quienes pueden darse el lujo de festejar las
bodas de oro o de plata, los que están por
estar o porque afortunadamente se han
tolerado y también los que como
adolescentes se toman de la mano y se
dan besos de piquito.

No pueden faltar aquellos que de pipa y guante van a populachear sin darse el
lujo de perder la clase, las perlas, peinados altos y vestidos largos, trajes
sastre, mancuernillas doradas y relojes de bolsillo bañados en oro.

En el otro extremo camisas roídas, pantalones parchados, suéteres sencillos,


faldas y zapatos bajos, parejas compartiendo la suculenta y acostumbrada torta
de frijoles y el postre un arroz con leche.

Este parque de la ciudad de México es un lugar donde convergen las clases


sociales en busca de diversión y sano esparcimiento, tres grupos de baile se
observan alrededor del parque.

Por un lado danzón, por el otro salsa y al final merengue, las palabras de dos
mujeres sonaban al compás de la música del conocido danzón Nereidas, una
mujer comentaban mientras les preguntaban su edad:

-Ponme 60 chula
-¿Cuál es su ocupación?
- Pues mire yo fui secretaria por casi 38 años – con nostalgia recordaba que
hace tiempo era una mujer útil, cuando los años y los huesos todavía eran
fuertes-.
-¿Y ahora a qué se dedica? –le preguntaron recordándole que sin duda el
tiempo no deja de transcurrir y lo que ella comentó ya era parte del pasado-.

- A pues ahorita ya estoy jubilada, y pues una vez que uno cumple con la tarea
de cuidar al marido, mantener limpia la casa y hasta conocer a los nietos viene
en busca de un momento de diversión, porque todavía tenemos ese derecho. –
comentaba mientras orgullosa flexionaba su pie, como para presumir las
zapatillas color negro, que hacían una combinación perfecta con el vestido
morado con lentejuelas negras y su abultada y rubia cabellera, que demostraba
su vanidad al ocultar perfectamente sus canas.

La lluvia comenzaba a emerger de las nubes, los truenos y los rayos


arrancaron los comentarios, que forman parte del histórico y accidentado
parque:
- ¡Vámonos, antes de que nos parta un rayo¡ - remembrando el incidente
energético que termino con la vida de una persona-
-¡O nos cargue aquí el carajo como a Don Madero, hace menos de cien años¡

El recorrido seguía y los labios de los adultos eran marabuntas de palabras,


miles de historias que contar, los recuerdos de la bendita juventud y de los
añorados tiempos de antes, justo en medio del camino se encontraba Don
Franciscano, que no era precisamente su nombre, pero como no quiso
mencionarlo, comentaba que eso no era importante a final de cuentas no era
un héroe de la Revolución, ni siquiera llegó a ser el héroe de sus propios hijos.
Sólo fue un ferviente admirador de libros de criminalística, y un abandonador
de hogares.

Mientras al igual que otras personas era víctima de la encuesta decía:


- No, yo no puedo ayudarle, es que yo soy Franciscano y los religiosos no
podemos más que entregarle nuestra vida a Dios. Hoy se me olvidó mi
vestimenta, mis trapos rojos y mi condón, ¡a jijo¡ no verdad se llaman cordones,
los que se amarran en la cintura, ¿quién sabe que andaría yo pensando?,
¡verdad tú, hermana¡.

-Le preguntaba a la mujer que estaba a su lado acomodando el gastado cuello


de su camisa azul claro-.
- Ja, ja ja, no te mides
- Mira te presentó a mi amiga, ella fue monja – no era posible medir hasta que
punto lo que decía Don Franciscano era verdad o bromas sarcásticas.
- Entonces usted viene a bailar Don
- A claro, pues si los sacerdotes lo hacen porqué uno no se va a dar ese lujo.
Sí, para lujos nada más los sacerdotes, ya no es inversión estudiar una carrera
profesional, quemarse el cerebro con tanto libro hasta terminar un doctorado.
Aquí conviene ser cura, si hasta esta hermana de la caridad, cuando era monja
tenía su camionetita último modelo, y ahora que ha decidido entregarle su vida
a un hombre de carne y hueso y no al espíritu santo, está igual de jodida que
yo.

Nombre ese padrecito que viene aquí a bailar está jovencito pero no perdidito,
se viene a agasajar con las viejitas y con las que se dejen, porque luego aquí
también hay chamacas, que andan con los que les doblan la edad, luego
vienen gentes que yo conozco, esos hombres ya le andan cantando las
mañanitas a la virgen antes del doce de diciembre porque sienten que ya el
cielo se les viene encima, y pretenden que les crea que las chamacas de 18
años que traen de verdad los quieren, no si esas nada más andan
enamoradas del dinero.
Mientras el Franciscano hablaba, la lluvia no cesaba, y sólo el grupo de los
precavidos que colocaron una pequeña lona seguían bailando salsa
esquivando las gotas, que no fueron suficiente emotivo para acabar con la
energía.

- 1, 2, 3 y atrás gritaba el maestro, los lucidos, los que saben, los que intentan y
los de dos pies izquierdos se esforzaban en sacar sus mejores pasos.

-Nombre si lo que no ve uno aquí -decía Don Franciscano- luego viene una
señora a bailar con su hijo, pero la verdad allí hay algo turbio, se agarran como
si ella todavía quisiera amamantarlo.

Al día también están los rateros en este parque, el otro día mataron al
compadre de un amigo, el empezó desde abajo, y cuando tuvo su buen
guardadito puso un pequeño negocio que le dio pa’ comprarse un buen carro, y
sólo por negarse a darle lo que con tanto esfuerzo adquirió a cualquier cabrón
que se la pasa viendo a quien se chinga, lo mataron. Y lo guachearon aquí
mientras venía a bailar con su querida.

Don Franciscano parecía ser un hombre al que le gustaba estar al día de las
noticias que rodean su mundo, hablaba del precio del gas, de la falta de agua
en Iztapalapa, de que el Calderón subió el precio de la tortilla y eso que apenas
empezaba, y poco a poco recordó lo que para él era un tema polémico.

-También esas chingaderas, del pinche fotógrafo ese que pone a encuerarse a
cualquier clase de cabrón, nombre si segurito allí si se colaron un madral de
morbosos, han de ver andado como burros en primavera de ver tanta carne, yo
creo que si se pierden muchos valores, aunque uno no los tenga, como se va a
uno a encuerar ante quien sabe cuanta gente, si eso de enseñar los
cuerpecitos es nomás entre pareja, si hasta las abuelitas chichis de vaca se
sentían bien orgullosas, les debería dar vergüenza.

La lluvia paró y de nuevo los tres grupos que rodeaban el parque comenzaron
con sus actividades, el baile de nuevo era el protagonista, la simple llovizna ya
no era un impedimento, en el ambiente otra vez se respiraba esa energía que
sólo los hombres de la tercera edad pueden brindar, porque son ellos quienes
gozan y disfrutan del baile de salón, quienes recuerdan sus mejores pasos y
las mejores orquestas que estruendosamente llenaban el Salón México.

Don Franciscano se cansó de hablar, que tantas cosas no podría contar a sus
72 años, pero prefirió dejar de hacer corajes y fatigarse con una de sus
grandes pasiones, el baile, El Franciscano y la Monja, se tomaron de la mano y
caminaron dispuestos a sacarle brillo al piso al son de la música merengue de
Wilfrido Vargas.