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En el corazón del baile

Por Villa López Martha Jimena

Ataviados con sus más elegantes prendas, zapatos lustrados y collares finos,
ahí están ellos. Han salido de sus casas con una dirección y objetivo
específicos; han salido para disfrutar de la vida y dejar una enseñanza en los
espectadores que, emocionados, los miran con admiración y esperanza.
“¡Dánzalo, dánzalo!”, sonaba una voz
mientras todos bailaban al tiempo. Se trata del
danzón, ritmo cubano escuchado por primera
vez en 1879 y que, adoptado por los
mexicanos, ha llegado a ser pieza clave en la
idiosincrasia de muchas familias.
Este sábado como todos los otros desde hace más de una década,
cientos de personas se encuentran reunidas en la plaza de La Ciudadela con el
propósito de disfrutar de la música y bailar un buen danzón.
--¿Bailamos?—hay una mano extendida esperando la respuesta.
--Pero no sé bailar—la negativa no es una excusa y la mano decide
convertirse en maestro y transmitir el conocimiento que durante toda una vida
se ha dedicado a coleccionar.
Él es don Antonio, hombre maduro, cano, de mano fuerte y semblante
serio pero amable. Viene a la Ciudadela con cierta frecuencia para disfrutar del
baile y, como su acción lo demostró, para conocer personas.
Con paciencia estoica, don Antonio alecciona y sus pies se encargan de
dar dirección a su nueva aprendiz. Entonces aparece “el cuadro”, el paso
básico del danzón, que es fundamental para hacer “la escalera”, el “lateral” y
muchos otros más.
El danzón es un baile elegante y serio; el ritmo suave envuelve y, de
pronto, los ojos han dejado de ver el suelo para proceder a disfrutar y
simplemente “dejarse llevar” por la música.
En el año de 1996, el gobierno de la Delegación Cuauhtémoc del Distrito
Federal, decidió dar formal marcha al programa “En la Cuauhtémoc se baila
así”, en el que se instauró “La plaza del danzón” como un espacio lúdico y de
esparcimiento para la población.
Desde entonces, son miles las personas que cada semana se dan cita
en este espacio adaptado para el baile que, a través de los años, se ha ido
acercando a otros géneros como la salsa, el cha-cha-cha, el swing y hasta la
danza prehispánica.
La lluvia cubre las calles de la ciudad. Aquí la gente no deja de bailar,
unas lonas y mucho calor humano hacen que el agua no signifique un
obstáculo para la diversión.
--¿Bailamos la otra, o ya se cansó?—don Antonio no ha parado desde
que llegó a eso de las dos de la tarde y, sonriente, me reta a seguirle el paso.
Ni la lluvia ni la distancia que recorre desde Tlalnepantla para llegar a la
Ciudadela, significan una fatiga para este hombre de no más de 1:65 de
estatura y tez morena.
“Venía desde que estaba chiquito”, don Antonio recuerda el tiempo que
tiene de conocer la plaza de la Ciudadela y, por esa razón, se convierte en todo
un Virgilio que introduce al novato en los andares y costumbres del lugar.
Prefiere el danzón pero no encuentra problemas en acercarse a la “lona
vecina” en la que dan clases de salsa, para aprender algunos pasos nuevos.
Sereno, lo ve todo, convive con sus conocidos y sonríe ante las novedades.
“Deberían venir más seguido para que les dé unas clases”; hombre
hospitalario defiende las “bondades” de la plaza y, por esa razón, insta al
visitante a volver. Como la gente que gusta de conocer al otro, don Antonio se
muestra interesado por los que le rodean y no tiene dificultades con platicar
acerca de él. Vive y disfruta cada instante como quien se dedica simplemente a
ser feliz.
Así es la gente aquí. La mayoría son adultos en plenitud y tienen en
promedio sesenta años. Sin embargo, esa mayoría es la que se encarga de dar
energía a las nuevas generaciones. como quien tiene tan sólo veinte años.
Cierto es que ellos imperan, no obstante, cada vez hay personas más
jóvenes que se interesan por aprender la vieja técnica del baile y pasar ratos
agradables en la plaza.
“¡Dánzalo!”, suena la voz y todos bailan. Bailan para divertirse, para
enamorarse, para sonreír, para convivir, para recordar…en fin, bailan para vivir.