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Tío conejo y tía boa

Tío conejo y tía boa

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04/15/2012

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Tío conejo y tía boa Pues estaba ya muy preocupado tío conejo porque, por tercera vez, había

estado a punto de ser tragado por tía boa de un bocado. Se la había encontrado hecha un espiral entre un arbusto verde donde acostumbraba cenar y, pensando que estaba dormida y no le haría caso, empezó a comer. Pero en un santiamén, la boa se desenroscó como si tuviera un resorte y, de no ser porque tío conejo tenía buenas piernas y era buen corredor, se lo hubiera tragado. Así que estaba pensando qué hacer para librarse de ella, pero nada se le ocurría, porque tía boa era tan larga y tan gruesa que de sólo verla le temblaba el cuerpo. Al fin, le vino una idea. Tomó un saco grande de tela gruesa y se encaminó hacia la casa de tía boa. Ella vivía en el tronco seco de un viejo e inmenso árbol que daba sombra a un manantial. Se acercó al árbol y comenzó a hablar, como si estuviera acompañado de alguien. Cambiaba la voz cada vez. —¡A que alcanza! —¡A que no alcanza! —¡A que alcanza! —¡A que no alcanza! —¿A que sí? — ¿A que no? —¡Qué apuestas a que sí! —¡Qué apuestas a que no! —¡Pero claro que alcanza! —¡Pero no seas bruto, hombre, no ves que tía boa es más larga que un camino y más gruesa que ese tronco! Yo apostaría mi cabeza a que no alcanza. —¡Pues yo te digo que sí alcanza! Después de esta frase, tía boa, que estaba durmiendo, se despertó por las voces. Por fortuna, estaba de buen humor, pues tenía en su panza un roedor, que se había acercado al manantial a beber, y todavía estaba haciendo la digestión. Asomó su cabeza por el tronco y, al ver a tío conejo, le preguntó: —Pero, hombre, ¿qué es este escándalo que traes que me has despertado? —Pues, señora, imagínese que este bobo de hermano que tengo —y diciendo esto, señaló la parte de atrás del árbol, como si allí estuviera el hermano— apuesta a que usted no cabe en esta bolsa —y se la mostró—. Y yo digo que sí alcanza. —A ver, abre la boca de la bolsa —dijo tía boa— para que me meta dentro, así se convencerá ese tonto y tú ganarás la apuesta. Tío conejo, que estaba temblando de miedo, decía para sí: “Ay, ay, que no le entren ganas de comerme”. Se serenó y abrió la bolsa, donde tía boa se metió perfectamente. Sin perder un segundo, tomó tío conejo una cuerda que llevaba en el bolsillo, ató con un gran nudo la boca de la bolsa y de un empujón la echó al río. Y desde entonces, tío conejo y otros animales que gustaban de beber en el manantial vivieron un tiempo sin preocupaciones. Cuento popular centroamericano. Versión de Ana Garralón.

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