*~ Uno ~* Es como caer. Es como tropezar y sentir que pierdes el equilibrio.

Es como caminar entre las nubes y, de pronto, perder pie. Es como un vértigo. Como un mareo. Lo es todo en la nada. Escuchar su voz es sentir que nunca he estado completa antes. Que nunca volveré a estarlo. Sentir que la oscuridad se convierte en plata, que el silencio se ondula y se quiebra. Y entonces sólo existe su hechizo. Sólo existen sus palabras, que no alcanzo a comprender, pero que me hablan. Que me llaman desde algún otro lugar lejano. Que me queman y me arrastran. Se convierten en cadenas que me atan a la magia. Al sueño. A él. Solamente dura un segundo. Olvidarlo será imposible. *** Repta. Se estremece. La niebla tiembla y sus jirones me rozan con dedos de noche y miedo. Con tacto de luz de luna. Con olor a primavera y a ciudad de piedra. Con sonidos de antaño, a risas y a muertes. Con lamentos que me rasgan el corazón y me abren y me vacían de sentimientos. Con quedos susurros que una vez, en algún lugar, dije a alguien que tal vez conocí. Con palabras mías, de todos, que ya nunca volverán a nuestras bocas. La niebla traiciona y acuchilla la piel a conciencia. Me trae recuerdos y se los lleva antes de que pueda recuperarlos. Sí, me odia tanto como yo a ella. Porque es malvada. Porque le gusta hacerme sufrir. Porque sus hijas, blancas y fantasmales, rondan solitarias las noches vacías. Seducen con formas de ilusión a todos aquellos que osen adentrarse en los callejones, que no son más que insensible humanidad. La niebla oculta, confunde, así como hace la oscuridad. Así como lo hacen los sueños. La esperanza. El silencio. Mis pasos apenas rozan la quietud, apenas la rompen. La hacen ondular, quizá. La agrietan tan sólo, pero no consiguen que desaparezca. Se mete en los pulmones a través de la boca y roba voces que luego ofrecerá al Viento. Y él las llevará en sus alas invisibles, en sus manos de dios.

Y ese será mi tormento. —Thaýr. Doy un respingo. Bajo la vista hasta mi brazo, que Yinn sujeta. Sus dedos me aprietan la chaqueta oscura, advirtiéndome. Peligro. Lo siento aún sin ver sus pupilas dilatadas en la oscuridad y el gesto grave de su rostro. Asiento y aprieto el bastón entre mis dedos hasta que el pico del águila dorada se me clava en la blanda carne de la mano, aún con la tela de los guantes de por medio. La bestia aúlla en algún lugar cercano. Es casi imposible no sentir su dolor, su desconcierto. Yo mismo sé lo que es encontrarse así. Lo que es quedarse sin nada, sin un sitio en el que resguardarse de la tormenta. Todo acaba, no obstante, por quedar atrás. Por supuesto, tarde o temprano te repones. Y, aunque no fuera así, siempre te queda la opción de fingir. Siempre te queda el consuelo de hacerte lo suficientemente fuerte como para alzar una pared de ladrillo y ocultar esa desagradable vulnerabilidad que permanece tras la pérdida. El sollozo, que el viento arrastra en mi dirección, se escucha cada vez más alto. Desgarrador e imponente. Enfurecido y agonizante. Completamente fuera de lugar entre los espectros que moran las tinieblas y la insensibilidad de los adoquines centenarios. Sólo tiene miedo, me repito en un salmo que no se detiene. Miedo. Solamente añora su hogar. Como seres humanos, como seres que viven y sienten, estamos condenados a echar de menos. A probar la amarga nostalgia. A ser conscientes de que nos falta algo. Es entonces, al mirar el abismo que esa falta ha dejado, que éste se hace más amplio. El agujero nos devuelve la mirada. Y nos traga. La oscuridad lo inunda todo y nosotros nos convertimos en sombras de lo que una vez fuimos. Yo mismo he de ser ahora un espectro. Muerto en vida. Vacío. Simplemente esperando por algo que nunca va a suceder. Alzo la mirada al cielo. La luna está grande e hinchada aunque no completamente redonda. Dentro de unas noches será un rostro pálido y hermoso que nos juzgará desde su trono celeste. ¿Te burlas de mí? Ella sólo me mira, sonriendo estúpida, como sólo pueden hacerlo aquellos que saben algo que los demás ignoran. Como sólo pueden hacerlo aquellos que esperan algo que jamás sucede.

Un grito ahogado rasga el velo de mis pensamientos.

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