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Imperio germánico

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Publicado poroskar2009
Descripción histórica del Imperio germánico
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El concepto de Imperio El pensamiento político medieval generó teorías diversas y a menudo enfrentadas acerca de la institución imperial.

Éstas fueron básicamente dos: -Teoría imperial o francocarolingia. Atribuía el origen del poder del emperador al d erecho de conquista y al ejercicio de la hegemonía política sobre los pueblos cristi anos. Dentro de esta concepción, el emperador sólo era responsable ante Dios. Esta t eoría estaba muy vinculada a la noción de imperium christianum, forjada en la corte carolingia de Aquisgrán. -Teoría pontificia. Para el papado, el imperio era fundamentalmente el brazo secul ar de la Iglesia, establecido por el pontífice para la defensa de la Cristiandad. El emperador debía obedecer al papa como a una instancia de poder superior, admini stradora de la voluntad divina en la tierra y única fuente legítima de la autoridad imperial. Cabe, además, distinguir entre una concepción universalista del poder imperial y otr a localista. La primera consideraba al imperio como una monarquía ecuménica cuya sob eranía se extendía a todo el mundo cristiano, por encima de distinciones geopolíticas. La segunda prescindía del ideal ecuménico y concebía el imperio como una monarquía igua l a las otras, pero dotada de un mayor prestigio simbólico como representación de la suma autoridad secular frente al poder religioso (el papado). Por último, desde e l punto de vista de la teoría política el imperio puede contemplarse como una simple institución de poder supranacional. Pero puede considerarse también como la contrap artida secular a las pretensiones de omnipotencia del pensamiento teocrático de la Iglesia medieval. La tensión entre ambas concepciones (la secular, representada por el imperio, y la religiosa, representada por el pontificado) quedó reflejada en las fórmulas de inti tulación empleadas a lo largo de la historia de la institución. El término "imperio ro mano" se utilizó a partir de 1034 en referencia a los dominios alemanes del empera dor Conrado II. En 1156 empezó a aparecer en la documentación el título Sacro Imperio, pero el de Sacrum Romanum Imperium no lo haría hasta 1254. El término "emperador ro mano" es más antiguo, remontándose a la época de Otón II. Los predecesores de éste, desde Carlomagno a Otón II, usaron la fórmula imperator augustus. Estos cambios ilustran, por una parte, la necesidad ideológica de vincular la institución imperial con el id eal de la Antigüedad romana y, por otra, demuestran el proceso de sacralización que sufrió aquélla a fin de defenderse de los ataques ideológicos del papado. El imperio fue, junto con el papado, la institución política más importante de la Euro pa occidental cristiana durante la Edad Media, pieza clave para comprender el pe nsamiento político medieval desde el siglo IX. Durante los primeros siglos de la E dad Moderna, la idea del imperio seguiría ejerciendo una fascinación simbólica indiscu tible, pero su viabilidad política quedó recluida en el campo de la utopía, frente a l a emergencia de las modernas monarquías nacionales. En este dilatado intervalo (si glos IX-XVI), el concepto del imperio iría transformándose a la par que evolucionaba n las realidades sociopolíticas del occidente cristiano, e iría adquiriendo nuevos c ontenidos políticos e ideológicos. Su pervivencia contribuiría de manera decisiva a mo delar la historia europea y, sobre todo, la historia alemana, incluso hasta el s iglo XX ----------------Orígenes del imperio germánico En 476, la deposición de Rómulo Augústulo marcó el fin del imperio romano occidental com o entidad político-territorial. Durante los tres siglos siguientes, los territorio s que habían pertenecido al imperio occidental evolucionaron en una multitud de re

inos "bárbaros", cuyo particularismo estaba muy lejos de responder al ideal de uni dad política y espiritual que había representado el imperio latino de la Antigüedad. S in embargo, en el año 800 el rey franco Carlomagno fue coronado emperador por el p apa en Roma. Así se proclamó la "restauración" del imperio romano de occidente, pese a la raigambre germánica de la monarquía carolingia. Desde el punto de vista de la teoría política, dicha "restauración" fue fruto de la pe rvivencia en la Europa altomedieval del ideal o mito de un imperio romano, crist iano y universal que ya no podía identificarse cabalmente con ninguna realidad polít ica fehaciente, pero que seguía actuando en el nivel de la conciencia colectiva al menos entre intelectuales como Alcuino de York, consejero espiritual de Carloma gno. Sin embargo, este ideal no tenía, por sí solo, fuerza suficiente para promover la "restauración" del imperio. Para ello fue necesaria la existencia de un poder t erritorial capaz de imponer su hegemonía sobre el resto de los estados de occident e. Este poder era, a comienzos del siglo IX, el reino franco, cuyos dominios com prendían extensos territorios -incluidos el norte de Italia y Alemania-, y que, ad emás, mantenía relaciones privilegiadas con el papado desde que, a mediados del sigl o VIII, sus reyes se habían convertido en protectores de la Santa Sede. Desde el punto de vista de la práctica política, la coronación de Carlomagno respondió, por una parte, a la coyuntura que vivían Italia y la ciudad de Roma y, por otra, a las malas relaciones existentes entre el papado y el imperio bizantino. En 797, la subida al trono de Constantinopla de la emperatriz Irene, primera mujer en a lcanzar tal dignidad, produjo una crisis de legitimidad que llevó a algunos intele ctuales de occidente (Alcuino de York) a proclamar vacante la sede imperial biza ntina. Por esas mismas fechas, el papa León III (795-816) se encontraba sometido a l hostigamiento de la nobleza romana, que pretendía su deposición. En 799 el papa so licitó la intervención de Carlomagno, quien en otoño de 800 entró en Roma y logró restable cer la autoridad pontificia. Como consecuencia de ello, el día de Navidad ese mism o año Carlomagno fue coronado emperador por el papa en el curso de una singular ce remonia, concebida al modo de Bizancio. Esta coronación fue un acto político irregul ar, dado que la dignidad imperial residía, desde 476, en Constantinopla, y dado qu e la tradición romana no concedía al papa autoridad para nombrar al emperador. La le gitimidad del título imperial de Carlomagno era, pues, dudosa en derecho, y como t al fue asumida por los emperadores (basileus) bizantinos. Sólo en 812, después de di versos avatares bélicos, Miguel I de Bizancio se avino a reconocer a Carlomagno co mo emperador de occidente, sin reconocerle, en cambio, como "emperador de los ro manos". Posteriormente, el cambio de circunstancias políticas haría que los sucesore s de Miguel I se negaran a reconocer el título imperial de los descendientes del r ey franco. La consecuencia inmediata de la coronación del año 800 fue la vinculación, ya indisolu ble, entre el papado y el nuevo imperium christianum francocarolingio. El papa, que había concedido la corona imperial a Carlomagno, se había convertido con ello en dispensador y fuente de legitimidad de la autoridad imperial. Este hecho compro metía la independencia del emperador respecto al pontificado, lo que tendría graves consecuencias políticas futuras. El problema se planteó ya en época de Carlomagno, qui en en 813 decidió asociar al trono imperial a su hijo, Ludovico Pío, en una ceremoni a de coronación que tuvo lugar en la capital carolingia, Aquisgrán, sin la presencia del papa. De esta manera se planteó, desde un principio, el conflicto entre las c oncepciones francocarolingia y papal del poder imperial, conflicto que iba a dom inar las relaciones entre papado e imperio durante la mayor parte de la Edad Med ia.

---------------------------Declive de la autoridad imperial después de Carlomagno Pese a haber sido investido de la dignidad imperial, Carlomagno gobernaba una mo

narquía de cuño germánico erigida sobre incipientes vínculos feudovasalláticos y muy aleja da del universalismo político del antiguo imperio romano. De ahí que, en la concepción carolingia del imperio, existiera una contradicción que oponía la tradición romana, u tilizada como referente ideal, y el particularismo político germánico, adaptado a la s realidades sociales del siglo IX. Para algunos autores (Dawson), en esta contr adicción radica la causa de la precariedad que aquejó a la institución imperial tras l a muerte de Carlomagno. Otros, en cambio, consideran que la "restauración" del imp erio en 800 fue sólo un expediente temporal, instituido como corolario del poder p ersonal del monarca franco y, como tal, obsoleto tras la desaparición del rey-empe rador, cuando sus dominios patrimoniales fueron divididos entre sus hijos, como mandaba la tradición germánica. El sucesor de Carlomagno, Ludovico Pío, trató de preservar la unidad del imperio med iante la promulgación de la Ordenatio Imperii (817), que asoció al trono imperial a su hijo Lotario I y entregó los reinos de Aquitania y Baviera a sus hijos menores, Pipino y Luis el Germánico, en teoría subordinados a la suma autoridad imperial. El intento resultó inútil, pues a la muerte de Ludovico las luchas dinásticas entre sus descendientes debilitaron de manera irreversible la autoridad imperial en el sen o de los estados francos. El Tratado de Verdún (que en 843 estableció el reparto def initivo de los dominios carolingios) se considera por ello el acta de defunción de l imperio fundado por Carlomagno. El papado utilizó de forma oportunista las querellas entre los reyes francos para fortalecer su posición. En 816, el papa Esteban IV logró que Ludovico Pío se aviniera a hacerse coronar de nuevo, en Reims, pero esta vez de manos del pontífice. En 823 , Lotario I quiso asegurar sus derechos sucesorios haciéndose coronar en Roma por el papa Pascual I. La autoridad imperial quedó así nuevamente hipotecada a su legiti mación por el papado. Esta situación se prolongó en la segunda mitad del siglo IX, dur ante los reinados de Luis II (855-875), Carlos II el Calvo (875-877) y Carl os I II el Gordo (877-888). En esta época, el ideal del imperio había quedado mortalmente herido al norte de los Alpes, debido a la disgregación de la monarquía carolingia, pero mantenía su prestigio en Italia, de donde partió la iniciativa para la coronación de estos tres últimos monarcas francos. Tras la deposición de Carlos III en 887 por la nobleza alemana, la iniciativa de la elección del nuevo emperador quedó en manos de la aristocracia romana, que nombró a los dos emperadores siguientes: Guido de Espoleto (891-894) y su hijo Lamberto (894-898). Frente a este último, el papa cor onó en 896 a su propio candidato, el alemán Arnulfo de Carintia, cuya muerte en 899 volvió a dejar la elección imperial en manos de las facciones nobiliarias. La dignid ad imperial sufrió una rápido declive durante el reinado de los dos últimos emperadore s italianos, carentes de poder efectivo: Luis III (900-905) y Berenguer de Friul (905-924). A la muerte de éste, la poderosa familia romana de los Crescencios dec idió suprimir la dignidad imperial de manera definitiva. Así se eclipsó también en Italia el ideal del imperio, que no volvería a aparecer en occ idente hasta cuarenta años después, cuando el rey Otón de Sajonia lo rescatara del olv ido. ----------------------El imperio de Otón I el Grande La historia del imperio germánico desde su refundación, en 962, hasta el año 1060, es de esencial importancia para comprender el desarrollo político de la Europa mediev al. El imperio de los Otones estuvo formado por los territorios que antaño constit uyeron el núcleo de la monarquía franca y por las regiones nuevas de Baviera y Sajon ia, que se habían incorporado tardíamente al conglomerado carolingio. En apenas un s iglo, estas regiones periféricas se convertirían en el corazón del imperio, mientras l os países situados al oeste del Rin perdían su antiguo papel como centros de graveda d de la Europa cristiana. Desde la muerte en 911 del último rey carolingio, Luis el Niño, los territorios del

reino de Germania (Francia orientalis) estuvieron bajo el control de las grandes familias ducales: Liudolfinos en Sajonia, Liutpoldinos en Baviera, Conradinos y Babenberg en Franconia. Pese a las rivalidades entre estas dinastías principescas , Conrado I de Franconia (911-918) fue elegido sucesor de Luis el Niño al frente d el reino. Conrado carecía del poder necesario para hacer frente a la independencia de los duques, lo que explica que designara como heredero del trono a su enemig o más poderoso, Enrique de Sajonia, el único capaz de imponerse al resto de los prínci pes territoriales. Con la entronización de Enrique I (918-936), el centro de grave dad de la Francia orientalis se desplazó a la región de Sajonia, cuya integración en l os dominios carolingios databa de apenas un siglo atrás. La política de Enrique I (y la de su sucesor, Otón I) estuvo guiada por la llamada r enovatio regni francorum, esto es, la restauración del orden monárquico instaurado p or Carlomagno. Este "programa" no pretendió, sin embargo, la reunificación de los te rritorios que antaño habían formado el imperio carolingio y, por ello, se aplicó únicame nte al ámbito germánico, lo que demuestra que ya por entonces se estaba gestando el sentimiento de identidad nacional germánica, representado por el concepto de reino teutónico al que quedaría vinculada la dignidad imperial desde tiempos de Otón I (936 -973). La refundación del imperio por obra de Otón I tuvo como precondición básica el fortaleci miento de la monarquía sajona, cuyos pilares básicos fueron: por un lado, la consoli dación de la autoridad del rey sobre los grandes duques; por otro, la expansión exte rior encabezada por la monarquía. Lo primero fue posible gracias a la inmensa riqu eza de los reyes sajones, a quienes permitió imponer sólidamente su hegemonía sobre el resto de los poderes ducales. Lo segundo se logró mediante el aglutinamiento de l as dinastías locales en torno a un interés común: la defensa del reino frente a sus en emigos exteriores. En 953-955, Otón I tuvo que hacer frente a una peligrosa oposic ión interna. Tras sofocar el levantamiento de su hijo Liudolfo, aliado con los duq ues de Baviera, Franconia y Suabia, en 955 derrotó a los húngaros en Lechfeld y a lo s eslavos abodritas en Recknitz. Estos éxitos le permitieron la creación de una seri e de marcas fronterizas en el noroeste (Lausitz, Merseburg, Misnia, Zeitz) y el sureste (marca del Este, Estiria, Carintia). Al mismo tiempo, la fundación de nuev as sedes episcopales (Magdeburgo, Brandeburgo) permitió el envío de exitosas misione s de evangelización entre los eslavos de Bohemia, Polonia y Hungría, cuyos reyes que darían así vinculados a la monarquía sajona tanto en lo político como en lo religioso. Otón I recurrió de manera sistemática a la evocación del pasado carolingio para afianzar simbólicamente sus logros políticos y militares. Eligió, por ello, el palacio de Aqui sgrán como escenario de la ceremonia en la que fue proclamado rey, a cuyo término se sentó solemnemente en el trono de Carlomagno, expresando así su voluntad de restaur ar la obra del primer emperador germánico. Pero, más allá de estos gestos rituales, el programa de renovatio regni francorum sólo fue viable mediante el establecimiento de una administración eficaz al servicio de la monarquía sajona. Un paso muy import ante en este sentido fue la devolución de los poderes nobiliarios a su función origi nal como oficiales al servicio de la autoridad monárquica. Siempre que le fue posi ble, Otón impidió que los altos cargos palatinos se transmitieran por vía hereditaria, al tiempo que procuraban instalar en ellos a miembros de su propia familia y es tablecía lazos de parentesco con las grandes familias ducales. Este sistema, que p retendía asociar a la alta nobleza a la administración de una monarquía unitaria, resu ltó a la postre muy precario, pues los miembros de la familia real instalados en l os ducados tendieron a perpetuar las tendencias centrífugas tradicionales. Rebelio nes nobiliarias como la de 953-54 evidenciaron su inestabilidad y obligaron a Otón a buscar nuevos apoyos para su monarquía, encontrándolos en el seno de la Iglesia. La alianza entre Iglesia y monarquía sajona (que daría lugar a la llamada Iglesia im perial) creó una estructura administrativa original que funcionó eficazmente hasta e l siglo XII. Esta alianza se basaba en un acuerdo sencillo: el rey otorgaba pode res gubernativos de carácter condal a los arzobispos, obispos y grandes abades, a fin de que ejercieran la autoridad del rey sobre sus sedes eclesiásticas y depende

ncias territoriales anejas. Además, les hacía donación de numerosas regalías, privilegio s e inmunidades. De esta forna, las sedes eclesiásticas (y, sobre todo, los arzobi spados de Magdeburgo, Colonia y Maguncia) se convirtieron en distritos condales controlados por prelados al servicio de la monarquía. Este sistema creó una estrecha dependencia entre intereses monárquicos y eclesiásticos. Ambos tenían un enemigo común: la nobleza seglar, que trataba de expandir sus dominios señoriales en detrimento del poder regio. Otón I impidió la alianza entre los prelados y los señores laicos med iante el sencillo expediente de designar como obispos y abades a extranjeros sin intereses patrimoniales en las circunscripciones bajo su gobierno. Estos prelad os formaron un grupo de poder directamente vinculado al rey, a quien juraban fid elidad vasallática en el momento de asumir sus funciones condales. El hecho de que se tratara de hombres de iglesia impedía (o, al menos, obstaculizaba) la formación de dinastías condales, debido a la obligatoriedad canónica del celibato eclesiástico. De esta forma la Iglesia se configuró como el principal soporte de la monarquía otónid a, cambio de lo cual recibió grandes privilegios e inmunidades. El fortalecimiento de la monarquía sajona hizo posible una política exterior cada ve z más ambiciosa, de la que sería fruto el resurgimiento del ideal imperial. Siguiend o el referente carolingio, Otón I se mostró dispuesto a intervenir en Italia a favor del papado. En 951 realizó una primera campaña italiana, que le valió el nombramiento como rex francorum et longobardorum por parte del pontificado. Una segunda inte rvención en 961 tendría consecuencias de mayor alcance. A fines de dicho año, Otón regre só a Italia para defender al papa del expansionismo de Berengario de Ivrea, ex rey de Italia. Una vez derrotado éste, en febrero de 962 Otón recibió la corona imperial en Roma, de manos del papa Juan XII. La renovatio regni francorum culminó así con la restauración del título imperial, otorgada de nuevo por el papado a la monarquía más po derosa de Europa occidental. La restauración del imperio generó un intenso debate acerca del origen y legitimidad de la autoridad imperial del rey de Sajonia. Para los intelectuales cercanos al emperador, como Widukind de Corvey, el origen del imperium de Otón I radicaba en su victoria sobre los húngaros en Lechfeld, la cual representaba el triunfo del prín cipe cristiano sobre las huestes paganas. Para los autores afines a las tesis pa pales, como Liutprando de Cremona, la legitimidad del título imperial derivaba de la coronación pontificia de 962. La primera opinión, que podemos llamar "sajona", no atribuía valor alguno al origen romano de la autoridad imperial, ni a los símbolos concedidos por el pontífice. La segunda, de cuño papal, concedía al papado el derecho a disponer graciosamente de la dignidad imperial. Estas concepciones representan , respectivamente, las teorías imperial y papal respecto al imperium, las cuales h abrían de enzarzarse en un duro y esterilizante conflicto ideológico durante los sig los siguientes. Sin embargo, Otón I no se decantó por ninguna de ellas. Al igual que los emperadores carolingios, se declaró defensor de la Iglesia y asumió todas las f unciones ligadas a la autoridad imperial (proteger al papa, extender el dominio de la fe, combatir al infiel). Pero, al tiempo, tanto Otón como sus inmediatos suc esores mantuvieron bajo un estrecho control al papado, hasta el punto de decidir su sucesión, obligar a los nuevos papas a prestarles juramento de fidelidad o arr ogarse el derecho a deponerlos (derecho que constituyó un arma política muy eficaz). Esta política conllevaba asimismo el control sobre la ciudad de Roma y los territ orios del centro y norte de Italia. De ahí que desde tiempos de Otón I se creara una dinámica histórica que, si por una parte unió los destinos políticos de Alemania e Ital ia durante la mayor parte del medievo, también obligó a los emperadores a realizar c ostosísimos esfuerzos militares a fin de conservar su dominio sobre la siempre lev antisca Italia. Pese a sus intereses italianos, los emperadores otónidas nunca tuvieron la pretens ión de ejercer un dominio político de carácter universal. Sus miras sólo abarcaron Alema nia y el norte de Italia, regiones ambas vinculadas a la tradición imperial caroli ngia. Con ello se apartaron del ecumenismo que la teoría papal confería a la autorid ad imperial. Los emperadores sajones (y, después de ellos, los salios) se veían a sí m ismos como monarcas dotados de una preeminencia honorífica y simbólica respecto a lo

s demás reyes cristianos, pero nunca trataron de hacerse reconocer por éstos como mo narcas universales. Esta misma actitud mantuvieron respecto a los basileus bizan tinos. El aumento de la tensión entre los emperadores germánico y los bizantinos dur ante las últimas décadas del siglo X y las primeras del XI se debió al choque de sus i ntereses territoriales en el sur de Italia, y no a un enfrentamiento en el plano abstracto de las ideas. No obstante, la creciente rivalidad territorial en Ital ia llevaría posteriormente a los reyes germánicos a desafiar a los emperadores bizan tinos también en el orden de los simbólico. De ahí que Otón II se proclamara "emperador de los romanos", que Conrado II diera a sus dominios el nombre de Imperio romano , y que desde 1040 los candidatos al trono imperial adoptaran el título de rey de romanos -----------------------------------------Los sucesores de Otón I Otón II (973-983) y Otón III (983-1002) continuaron la política de expansión exterior em prendida por Otón I el Grande, y, a diferencia de éste, ostentaron el título de romano rum imperator augustus. Sin embargo, nunca lograron ejercer una autoridad efecti va sobre los principados italianos, ni sobre la ciudad de Roma. En 982, Otón II pe rdió además el control sobre los principados del sur de la península -que había logrado su padre-, al ser derrotado en Colonne por los musulmanes de Sicilia. La noticia de esta derrota alentó al año siguiente un gran levantamiento de los eslavos del El ba y el Oder, contra el que Otón II nada pudo hacer. Así se desmoronó en poco tiempo e l edificio político-eclesiástico erigido por Enrique I y Otón I en la frontera orienta l. A su muerte en 983, Otón II dejó como heredero a su hijo de tres años. La minoridad de Otón III provocó un largo periodo de regencia de su madre, la emperatriz Teófano (de origen griego) y su abuela Adelaida, quienes consiguieron mantener la integridad de los dominios regios y el prestigio de la autoridad monárquica. Otón III recibió de su madre una esmerada educación en la tradición clásica grecolatina y fue un fervient e admirador del modelo imperial bizantino. No es de extrañar, pues, que al hacerse cargo del gobierno proclamara su intención de llevar a la práctica una renovatio im perii romanorum. Otón concebía el imperio teutónico como una entidad cristiana univers al, heredera directa de la obra de los grandes emperadores cristianos de la Anti güedad y del primer emperador germánico, Carlomagno. Su reinado representa, pues, el primer intento de conciliar las concepciones germánica y romana del imperio, que hasta entonces habían coexistido por separado en el plano de la abstracción política. Dentro del ideal imperial de Otón III, el papa desempeñaría un papel vicarial, relegad o a una función puramente sacerdotal al servicio del imperium germánico, cuyo había de estar en la propia Roma. Sin embargo, la ciudad se había separado del imperio tra s la muerte de Otón II. En 998, Otón III la reconquistó y fijó en ella su residencia, pe se a que la tradición basada en la Falsa Donación de Constantino atribuía a los papas el papel de señores de Roma. A fin de legitimar su presencia en la ciudad, Otón llegó a negar la validez de la Donación, y en 1001 adoptó el título de servus apostolorum, c on el que denotaba que el emperador estaba directamente al servicio de San Pedro , y no del papado. El ideal imperial de Otón III respondió, en buena medida, a la influencia de sus con sejeros y, entre ellos, a la de su tutor, Gerberto de Aurillac, a quien el emper ador nombró papa en 999 con el nombre de Silvestre II. La alianza entre estos dos hombres convirtió a Roma en una nueva caput mundi, sede de un imperio de vocación un iversal, pero cuyo poder era, en realidad, muy precario. De hecho, Otón III ni siq uiera logró unificar políticamente Italia y Alemania. En 1001 la rebelión de Roma cont ra el dominio extranjero puso de manifiesto la fragilidad de la renovatio imperi i romanorum. A la muerte de Otón III (1002) y Silvestre II (1003), el constructo p olítico-ideológico que habían levantado en torno al mito del imperio universal se desm oronó casi de inmediato.

Otón III había pretendido edificar un imperio que fuera al tiempo una unidad política y un símbolo universal que mezclaba elementos carolingios, griegos y romano-cristi anos. Pero había fracasado. De su titánica y efímera empresa sólo subsistiría la subordina ción del papado al emperador, que se prolongó hasta mediados del siglo XI. -------------------------------------------Marco constitucional del imperio en su época clásica, siglos XI-XIII Al iniciarse el siglo XI, el imperio germánico era un vasto mosaico de estados som etidos a un mismo monarca, el emperador. Éste ejercía teóricamente su soberanía sobre lo s reinos de Alemania e Italia y, desde 1033, también sobre Borgoña. Pero este hetero géneo conglomerado territorial carecía de unidad política e institucional, más allá de la figura del emperador. En Alemania existían cinco grandes ducados que se repartían el poder territorial: Sajonia, Franconia, Suabia, Baviera y Lotaringia. A ellos se fueron sumando zonas fronterizas (Schleswig-Holstein, Brandeburgo, Carintia, et c) que servirían como bases para la conquista de nuevas regiones más allás del ámbito pr opiamente germánico. Sajonia era el ducado más poderoso. Allí la predominancia de una familia nobiliaria, la de los Otones, había hecho posible la aparición de una primer a dinastía imperial. En el ducado de Franconia, en cambio, las grandes familias no biliarias sostenían una encarnizada lucha por el poder, dado que ninguna de ellas poseía el patrimonio suficiente como para imponer su hegemonía sobre las otras. En B aviera y Suabia, los ducados más meridionales y romanizados, la aristocracia mante nía una fuerte vinculación política y económica con Italia. Estas diferencias entre los ducados explican los factores que dominaron la evolución alemana durante los siglo s XI al XIII: por un lado, las luchas dinásticas de la época de los emperadores sali os de Franconia; por otro, la vocación italiana de los emperadores Staufen, origin arios de Suabia. Por último, explican también el hecho de que la Iglesia alemana se convirtiera en el verdadero baluarte de la unidad del imperio, al constituirse c omo el único poder sólidamente establecido en todos los principados territoriales. La transmisión de la dignidad imperial se regía por el principio de elección. La event ual sucesión hereditaria de la realeza durante la época otónida no consiguió desterrar e ste principio, profundamente enraizado tanto en la tradición germánica como en la ro mana. La elección del emperador partía siempre de Alemania, pues el colegio electora l se formaba con miembros de la aristocracia germánica. Teóricamente podían formar par te de él, además de los grandes dignatarios eclesiásticos, todos los nobles con sufici ente poder territorial para optar al trono. Pero a partir del siglo XII fueron e xcluidos los condes, excepto el de Anhalt y los del Palatinado renano y sajón. Des de fines del siglo XII hubo, pues, unos 16 príncipes electores laicos y 24 eclesiást icos. Entre éstos últimos destacaban los arzobispos de Maguncia, Colonia y Tréveris. E l número de electores se reduciría de nuevo, hasta que en el siglo XIV quedara fijad o en siete. En todo momento se mantuvo el principio de unanimidad en la elección, lo que dificultó en gran medida la conclusión de acuerdos y creó graves tensiones cada vez que fue necesario elegir al candidato al trono o rey de romanos. A fin de a segurar la sucesión dentro de su propia dinastía, los emperadores intentaron siempre designar en vida a su sucesor, al que a menudo asociaron al trono. Mediante est e procedimiento surgieron las dinastías imperiales de los siglos X al XIII (Otones , Salios y Staufen). Pero ello no sirvió para consolidar el principio de heredabil idad del trono, al contrario de lo que sucedió en la mayoría de los reinos del entor no europeo. La falta de una realeza hereditaria obstaculizó el fortalecimiento de la monarquía alemana, al producir una dinámica de enfrentamiento entre los príncipes t erritoriales que poseían mayores dominios, ya que la dignidad imperial por sí misma carecía del patrimonio suficiente para funcionar como un poder independiente. Por ello, la capacidad de actuación política de los emperadores dependería siempre de su p atrimonio familiar. Pese a que entre los siglos XI y XIV se produjo una paulatina feudalización política , la noción del poder público que representaba el emperador siguió teniendo fuerza en Alemania durante la etapa clásica del imperio. Los emperadores Staufen reforzarían e sta noción mediante la recurrencia al derecho romano, sobre cuyas bases jurídicas in

tentaron crear una monarquía centralizada. La Cancillería imperial actuaba como el p rincipal organismo gubernativo del imperio. El cargo de archicanciller era tradi cionalmente encomendado a un gran prelado y, en especial, al arzobispo de Magunc ia, en tanto que otros cargos se entregaban a grandes nobles laicos. Los emperad ores convocaron a menudo la Dieta imperial (Reichstag), órgano asambleario con fun ciones consultivas y judiciales que se iría convirtiendo progresivamente en una es pecie de curia palatina de carácter feudal. Los emperadores trataron, por otra parte, de utilizar todos los resortes de la a dministración en beneficio de la monarquía. En el caso de la justicia, intentaron ej ercerla personalmente o a través de condes, lo que puso coto a su feudalización hast a fines del siglo XII. Incluso en fecha tan tardía como 1235 se crearía la figura de l Gran Justicia, que actuaba como delegado personal del monarca. En cuanto al ejér cito, los emperadores mantuvieron su liderazgo, pese a que en este campo se prod ujo un proceso más rápido e intenso de feudalización. Por último, los emperadores tratar on de mantener el control sobre las regalías y sobre la prerrogativa del mantenimi ento de la paz pública, que ejercieron a través de las constituciones de paz (Landfr iede), las cuales se convirtieron en instrumentos esenciales para la afirmación de l poder imperial en el ámbito germánico. Otra herramienta política fundamental para la monarquía fue la creación de redes clientelares entre la mediana y pequeña nobleza y la clase de los pequeños oficiales al servicio regio. La utilización de estos todos estos recursos permitió el mantenimiento de la autorid ad imperial e incluso diversos proyectos de renovación y fortalecimiento durante l os reinados de Enrique IV, Fede rico I y Fed erico II. Pero la decadencia de la monarquía imperial se haría inevitable, a la postre, como consecuencia del triunfo d e las relaciones feudales de poder en los siglos XIII y XIV. Pese a la pervivenc ia de la figura imperial, Alemania fue siempre "un estado aristocrático con cabeza monárquica" (K. Bosl), cuyo tejido político estaba compuesto por principados territ oriales con una marcada tendencia a la autonomía. Las fuerzas centrífugas que actuab an en el seno del imperio fueron limitando la capacidad política de los emperadore s, sobre todo a medida que éstos perdieron el control sobre la Iglesia imperial y sobre la pequeña y mediana nobleza, que se integró en el entramado feudovasallático de sde fines del siglo XI. El proceso de feudalización culminó en el siglo XIII con el establecimiento de un orden nobiliario, dentro del cual los príncipes se arrogaron numerosas competencias antes pertenecientes a la monarquía imperial. Pero, pese a todo esto, desde el siglo XIII se percibe la consolidación de un sent imiento de identidad política alemana, que se traduciría en la progresiva desaparición de las particularidades jurídicas locales y en el creciente repliegue de Alemania sobre sí misma --------------------------------------------La dinastía salia (1027-1125) El siglo XI estuvo dominado por la dinastía de los salios de Franconia, inaugurada con Conrado II (1027-1039) y extinguida con Enrique V (1106-1125). Los primeros emperadores salios llevaron a su apogeo el ideal político de los Otones, cuyo pri ncipal pilar había sido el control sobre la Iglesia alemana y su implicación en la a dministración monárquica. Los salios no sólo controlaron la vida eclesiástica en sus dom inios patrimoniales, sino que mantuvieron bajo estrecha vigilancia al papado, ha sta el punto de que, en tiempos de Enrique III, la elección papal dependió directame nte de la voluntad del emperador. Este sometimiento del papado coincidió con un pr oceso de sacralización de la figura imperial, la cual iría asumiendo una función casi sacerdotal, subrayada por un ceremonial que adoptó numerosos elementos litúrgicos. D os factores contribuyeron decisivamente a dicho proceso de sacralización: en prime r lugar, la costumbre de que fuera el papa quien coronara al emperador; en segun do lugar, la adopción de una imagen mesiánica de la dinastía salia, cuyo propósito era l a consolidación del principio de heredabilidad del trono dentro de un linaje que s e presentaba a sí mismo como elegido por Dios.

Por otra parte, el imperio de los salios y el papado se fortalecieron al mismo t iempo. En tiempos de Otón I se había establecido una estrecha alianza entre la Igles ia y la monarquía germánica, alianza que funcionó mientras el papado necesitó del apoyo militar del imperio para mantener su independencia frente a la levantisca noblez a romana. Pero dicha alianza encerraba una contradicción ideológica esencial: la que enfrentaba las teorías papal e imperial sobre el poder del emperador. Esta contra dicción saldría dramáticamente a la luz cuando el progresivo fortalecimiento del papad o le hiciera buscar la imposición no sólo de su autonomía, sino incluso de su preemine ncia sobre el poder imperial. Papado e imperio, que se proclamaban a sí mismos pod eres universales, acabarían enzarzándose así en una lucha ideológica por la supremacía que se prolongaría a lo largo de los siglos XI, XII y XIII. Esta lucha se dirimió, ante todo, en el plano de las ideas, pero tuvo también numerosas consecuencias en el p lano de las realidades políticas. Quizá la más importante, al menos para el ámbito alemán, fue la quiebra del sistema de Iglesia imperial establecido por los Otones. Su p articipación en la administración otónida había hecho de la Iglesia alemana un engranaje insustituible para la monarquía imperial y, al mismo tiempo, la había dotado de un inmenso poder de carácter feudal. Este sistema entraría en crisis cuando el fortalec imiento del papado y la reforma eclesiástica del siglo XI produjeran una creciente independencia de la Iglesia alemana respecto a la monarquía. La pretensión imperial de seguir controlando la provisión de cargos eclesiásticos abocó a imperio y papado a una lucha sin cuartel entre 1073 y 1122, lucha de la que ambos poderes saldrían d ebilitados. Conrado II el Sálico, rey de Italia y Germania, fue elegido emperador en 1027, a l a muerte del último otónida, Enrique II. Miembro de un linaje con escaso poder terri torial, fue aupado al trono por la Iglesia. Ésta había adquirido tal poder, que pref irió apoyar a un príncipe débil a verse controlada por una dinastía fuerte como había sido la de los Otones. Para desasirse de la tutela eclesiástica, Conrado II siguió una p olítica de acercamiento a la pequeña nobleza, las ciudades y los oficiales al servic io de la monarquía. Al mismo tiempo, logró incrementar las bases territoriales de su linaje con la conquista de parte de Polonia y la adquisición por herencia del rei no de Borgoña (1033). Su gran capacidad de maniobra política le permitiría además asegur ar la sucesión al trono en su hijo Enrique. Enrique III el Negro (1039-1056) se esforzó por consolidar los logros de su padre y por extender los dominios patrimoniales de su dinastía. A fin de debilitar a las grandes familias aristocráticas (y, especialmente, a las sajonas), se mantuvo cer cano a la baja nobleza y a las ciudades. Esta política logró impedir que los grandes señores acumularan más de un ducado y rompió la costumbre de transmisión hereditaria de los altos cargos de la administración. Siempre que fue posible, Enrique III impus o a miembros de linajes foráneos a la cabeza de los grandes ducados y dividió los pr incipados para debilitar su poder territorial. Así, por ejemplo, separó los territor ios de Alta y Baja Lotaringia y los de Baviera y Suabia, que hasta entonces habían pertenecido a la dinastía rival de los Luxemburgo. Al mismo tiempo, el emperador tomó la iniciativa militar en la expansión alemana al este del Elba, con la consolid ación del dominio germano sobre los reinos eslavos de Bohemia (1041), Polonia y Hu ngría (1045) mediante la imposición de reyes o su sometimiento feudal a la autoridad imperial. Respecto a Italia, Enrique III llevó a sus más altas cotas la tutela impe rial sobre el papado. El emperador depuso a tres papas (Gregorio VI, Silvestre I II y Benedicto IX) y designó a otros cuatro (Clemente II, Dámaso II, León IX y Víctor II ). Paradójicamente, León IX sería el impulsor de la reforma pontificia que, andando el tiempo, conseguiría liberar al papado de su dependencia política del imperio median te la creación de un eficaz aparato de gobierno. La prematura muerte de Enrique III en 1056 abrió un largo periodo de debilitamient o del poder imperial, que se extendió durante la minoridad de su hijo y sucesor, E nrique IV. La aristocracia saqueó de forma sistemática el patrimonio regio, mientras la baja nobleza aprovechaba las rivalidades entre los grandes linajes para afia nzar su posición. Durante la década que duró la minoridad de Enrique IV se fundaron lo

s castillos que habían de convertirse en centros de poder de las grandes familias principescas del siglo XII (Staufen, Zähringen, Supplinburg). Al mismo tiempo, la regencia de los arzobispos de Colonia y Bremen favoreció en gran medida los intere ses políticos y económicos de la Iglesia alemana. Todo ello se tradujo en un notable fortalecimiento del orden feudal, en detrimento del poder monárquico. Al hacerse cargo del gobierno, Enrique IV (1059-1106) apenas disponía de autoridad efectiva. Para contrarrestar el poder de los grandes príncipes, trató de extender sus bases te rritoriales haciendo de Sajonia el nuevo centro de su monarquía. Para ello, depuso al duque Otón de Nordheim y nombró en su lugar a Güelfo (o Welf) IV de Suabia. Esta m aniobra provocó una serie de levantamientos nobiliarios que culminaron en 1077 con la elección como antirrey del duque Rodolfo de Suabia, al que apoyaban el papado y la nobleza sajona y suaba. -------------------------------------El conflicto entre imperium y sacerdotium El apoyo del papa Gregorio VII a los enemigos de Enrique IV marcó el inicio de una nueva etapa en las relaciones entre papado e imperio (véase Guerra de las Investi duras). El motivo de este conflicto fue la pretensión del emperador de seguir cont rolando la colación de cargos eclesiásticos. El papa, por su parte, intentaba deshac erse de la tutela imperial proclamando la supremacía del poder espiritual sobre el poder secular del emperador. Este conflicto produjo una sucesión vertiginosa de e xcomuniones y mutuas deposiciones. A la amenaza militar de Enrique IV, Gregorio VII opuso su arma más eficaz, la excomunión, que liberaba a los súbditos de su deber d e fidelidad y obediencia al monarca excomulgado y que, por lo tanto, legitimaba la rebelión. La guerra civil se enseñoreó así de los dominios germánicos y, en medio de el la, la autoridad imperial sólo pudo sobrevivir a costa de hacer grandes concesione s a la nobleza. Enrique IV murió en 1086, un año después de haber sido depuesto por su propio hijo, Enrique V (1086-1125). El conflicto entre Enrique IV y Gregorio VII tuvo como trasfondo ideológico la for mulación por parte del papado de la teoría política conocida como teocracia pontificia . Según esta teoría, el pontificado, como depositario del poder supremo otorgado por Dios, debía extender el manto de su autoridad sobre cualquier otro poder político, incluido el imperial. Desde la segunda mitad del siglo XI, el papado proyectó de sí mismo una imagen imperial teñida de sacralidad, que presentaba a la sede de san Pe dro como la única heredera legítima del legado romano. Frente a esta ofensiva ideológi ca del papado, los intelectuales de la corte imperial (Pedro Craso, Benzo de Alb a) enarbolaron la antigua teoría de la división de poderes entre el sacerdotium (pod er espiritual) y el imperium (poder temporal), la cual ponía al emperador bajo la sola autoridad de Dios. La pugna entre imperio y papado se prolongó durante la mayor parte del reinado de Enrique V, quien tuvo que hacer frente a nuevas rebeliones nobiliarias alentadas por los papas Urbano II y Pascual II. Éste último se avendría finalmente a reconocer el título imperial de Enrique en 1111. Once años después, en 1122, el emperador forzó al papa Calixto II a aceptar el llamado Concordato de Worms, que estableció una clar a separación entre las competencias imperiales y papales: el emperador seguiría cont rolando la provisión de las sedes obispales en Alemania, pero, a cambio, renunciaría a este derecho en Italia y el reino de Borgoña, cuya administración eclesiástica cont rolaría el papado. En 1125, la muerte sin herederos de Enrique V abrió una larga crisis sucesoria, qu e tuvo como principales protagonistas a dos poderosos bandos nobiliarios: de un lado, franconios y suabos, encabezados por los Staufen, duques de Suabia; de otr o, los duques de Baviera y Sajonia, descendientes de Güelfo IV y emparentados con el linaje de Supplinburg, uno de cuyos miembros, Lotario, fue elegido finalmente emperador en 1133. Lotario II (1133-1137) carecía de autoridad efectiva, por lo q ue se vio obligado a hacer grandes concesiones a la nobleza feudal y a la Iglesi a, cuya autonomía aumentó a costa de la administración monárquica. Desde su entronización,

la elección del emperador pasó a ser el resultado de un pacto entre las grandes fam ilias nobiliarias. El imperio del siglo XII se convirtió de esta manera en un esta do feudal dominado por la nobleza, en el que se disputaban el poder dos grandes dinastías principescas: los güelfos de Sajonia y los Staufen de Suabia (llamados gib elinos). Así se frustró en Alemania la posibilidad de establecer un poder monárquico f uerte, en una época en la que paralelamente se estaba produciendo la consolidación d e las monarquías protonacionales en el resto de Europa occidental. ----------------------------------------------Los inicios de la dinastía Staufen La dinastía suaba de los Staufen protagonizó el episodio final del largo conflicto e ntre papado e imperio, pero este conflicto no se centraría ya en la pugna ideológica entre sendas concepciones del poder universal, sino en el terreno más concreto de los intereses territoriales de ambos poderes en Italia. Este cambio se debió al h echo de que, en el transcurso de los siglos XI y XII, el papado se convirtió en un auténtico estado soberano, dotado de un aparato administrativo eficaz y de un eno rme poder temporal. Durante la primera mitad del siglo XII, los papas evitaron l a confrontación directa con el imperio y se concentraron en la expansión de sus domi nios territoriales. Los Staufen, por su parte, trataron de extender su soberanía d irecta sobre Italia y Sicilia, lo que los abocó a desarrollar un esfuerzo militar demasiado costoso y a desviar su atención del ámbito germánico, donde los príncipes terr itoriales fueron ganando rápidamente nuevas parcelas de poder. En 1133, la elección de Lotario de Supplinburg había apartado de la sucesión al trono imperial al duque de Suabia, perteneciente a la casa de Hohenstaufen y sobrino d e Enrique V. A la muerte Lotario en 1138, los príncipes impidieron nuevamente que la dignidad imperial se transmitiera por vÍa de herencia al hijo del rey muerto, e l güelfo Enrique de Supplinburg. En su lugar, designaron a Conrado, hijo del duque de Suabia. Con él alcanzó el trono imperial la dinastía de los Staufen, pese a que Co nrado III (1138-1152) nunca llegó a intitularse emperador, pues la coyuntura polític a le impidió viajar a Roma para hacerse coronar por el papa. Federico I Barbarroja La figura de Fede rico I Barbarroja (1152-1190) dominó la segunda mitad del siglo XII. Sobrino de Conrado III, fue elegido rey de romanos (candidato al trono impe rial) en 1152, recibiendo la corona en Roma tres años después. Durante su reinado se produjo un intenso proceso de resacralización de la figura imperial, alentado por los intelectuales que rodeaban al monarca, entre los que destacaba el obispo Otón de Fresinga. Éste presentaba en sus obras a Federico como el restaurador de la gl oria imperial, investido por Dios de una función redentora que debía acabar con el e nfrentamiento entre imperium y sacerdotium y restablecer la paz de la Cristianda d. Los propagandistas de la dinastía suaba utilizaron con profusión esta retórica místic a y escatológica que concedía al linaje de los Staufen una misión salvífica. De ahí que en tiempos de Federico I comenzara a utilizarse el epíteto sacrum para referirse al imperio germánico. Federico I asimiló numerosos elementos de la tradición carolingia para legitimar su actuación política (en 1165 llegó incluso a ordenar la canonización de Carlomagno), lo q ue ha llevado a algunos autores (Folz) a hablar de una "restauración" franca duran te su reinado. El principal objetivo de dicha "restauración" habría sido afirmar la hegemonía alemana sobre el conjunto de los territorios imperiales frente al expans ionismo de la pujante monarquía francesa, que también utilizaba para sus propios fin es el referente carolingio. Sin embargo, Federico I no pretendió en ningún momento r eunificar los territorios que antaño habían formado parte del imperio de Carlomagno. Por el contrario, el emperador tuvo una clara conciencia de la identidad german a de su imperio, como prueba el hecho de que utilizase con preferencia la fórmula imperium teutonicorum para referirse a él. La recurrencia a la tradición carolingia le sirvió, ante todo, para reforzar la idea de preeminencia del poder imperial sob re el papal, al tomar como ejemplo las relaciones que Carlomagno y Otón I habían man

tenido con la Iglesia. Esta táctica se vio reforzada por la utilización del derecho romano como fuente de legitimación de la autoridad imperial. La escuela jurídica de Bolonia, muy vinculada al emperador, recuperó las teorías romanistas que incidían en e l componente laico y ciudadano del poder imperial, lo que sirvió para desvincular dicho poder de su concesión por parte del papado. Sin embargo, los Staufen no tras pasaron por ello los límites del marco ideológico-político medieval, puesto que siguie ron atribuyendo el origen de su poder a una instancia superior de carácter divino. En Alemania, Federico I intentó atraerse a los príncipes territoriales mediante la c oncesión de privilegios y la creación de un partido clerical favorable a la monarquía. Al mismo tiempo, desarrolló una ambiciosa labor legislativa mediante la promulgac ión de leyes y constituciones de paz (Landfriede) que ofrecieran un nuevo marco le gal al poder regio. Pero todas estas iniciativas fracasaron debido a su desafort unada intervención en los asuntos italianos. Federico reclamó los derechos y regalías imperiales sobre Italia, que, en su mayoría, databan de tiempos de Carlomagno y Otón I. Llegó, incluso, a aliarse temporalmente con la comuna romana de Arnaldo de Bre scia, que se hallaba en rebeldía desde tiempos de Conrado III. Estas actuaciones sól o contribuyeron a agravar la crisis política que padecía Italia, al generar una tens ión creciente con el pontificado y abrir nuevo frentes de conflicto en el norte de la península, donde algunas ciudades luchaban por desasirse del poder imperial. P or otra parte, la fallida política italiana distrajo al emperador de la gran empre sa alemana del siglo XII: la expansión por los territorios del Báltico y el este del Elba, cuya iniciativa encabezaron los príncipes güelfos. Federico I logró transmitir la corona imperial a su hijo, Enrique, pese a que tuvo que enfrentarse a la oposición decidida del papado. El breve reinado de Enrique V I (1190-1197) puso de manifiesto la marcada vocación meridional de la dinastía suaba . Enrique casó con Constanza , heredera del trono de Sicilia, e hizo de esta isla mediterránea el centro de su poder. Su política estuvo supeditada al cumplimiento de unos planes de cruzada teñidos de mesianismo e inspirados en la llamada "profecía i mperial", relato legendario del siglo VII que aseguraba que la conquista de Jeru salén por el emperador inauguraría una nueva era de paz universal. Embebido en estos proyectos, Enrique VI prestó escasa atención a los asuntos alemanes. La prematura muerte del emperador en 1197 marcó un hito decisivo en la evolución con stitucional del imperio, por dos razones: en primer lugar, porque los príncipes se opusieron a la entronización de un nuevo Staufen y volvieron a recurrir al sistem a electoral para designar al emperador; en segundo lugar, porque, al no llegar a un acuerdo sobre el candidato al trono, pidieron la intervención arbitral del pap a Inocencio III. Éste, en su opúsculo Deliberatio super tribus regis, estableció una b ase jurídica para la elección imperial, que sería el germen del colegio electoral form ado por siete miembros (4 laicos y 3 eclesiásticos). Esta intervención papal entrañaba una amenaza para la independencia del poder imperial, ya que implícitamente venía a reconocer al pontífice la capacidad de mediar en el proceso electoral. De hecho, Inocencio III proclamó la competencia arbitral del pontífice en los debates sobre la sucesión, apoyándose en el hecho de que Carlomagno había recibido el título imperial de manos de un papa. Admitió, además, el derecho de los príncipes alemanes a designar al rey de romanos, pero reservó al papado la sanción final de la elección del emperador. El fortalecimiento de la autoridad pontificia que significó esta maniobra de Inoc encio III abriría un nuevo periodo de conflicto entre papado e imperio. Paralelamente a estos acontecimientos, en Alemania se desarrollaba una guerra po r la sucesión entre los partidos güelfo y gibelino. Pero, en esta ocasión, el conflict o se complicó debido a la intervención de las monarquías vecinas. El candidato güelfo, O tón de Brunswick, recibió el apoyo de Inglaterra. Francia, por su parte, apoyó al gibe lino Felipe de Suabia, hijo de Enrique VI y Constanza de Sicilia. Inocencio III se opuso a que éste último fuera elegido emperador, pues ello habría unido en una mism a cabeza las coronas de Alemania y Sicilia. Pero la prematura muerte de Felipe d e Suabia dio un vuelco a la situación internacional. Otón de Brunswick lanzó una campaña

de conquista contra el reino de Sicilia y la Toscana, convirtiéndose así repentinam ente en un enemigo potencial del papado. Inocencio III propuso entonces la candi datura de Fed erico de Hohenstaufen, hijo menor de Enrique VI, quien se hallaba bajo su tutela. Al mostrarse favorable a la elección del candidato papal, Francia se situó en una posición de confrontación directa con Inglaterra, que continuaba apoya ndo a Otón de Brunswick. El conflicto se dirimió en la célebre batalla de Bouvines (12 14), de la que salió vencedor Felipe Augusto de Francia y, con él, Federico de Hohen staufen. Pero Inocencio III exigió la separación de las coronas de Sicilia y el impe rio para dar su aprobación a la entronización de Federico, ya que una unión dinástica de ambos reinos habría producido el estrangulamiento de los estados pontificios en I talia. gió la separación de las coronas de Sicilia y el imperio para dar su aprobación a la e ntronización de Federico, ya que una unión dinástica de ambos reinos habría producido el estrangulamiento de los estados pontificios en Italia. -----------------------------Federico II Staufen Pese a haberse iniciado bajo la tutela papal, el reinado de Federico II (1220-12 50) representa la apoteosis final del imperio medieval, apoteosis que tuvo lugar en una época en que la idea imperial había periclitado frente al ascenso de las mon arquías de carácter feudal. Federico II es, por otra parte, una de las figuras más fas cinantes de la Edad Media. Descendiente de reyes germanos y normandos, su vocación fue siempre mediterránea, y sus dominios alemanes representaron, a menudo, un pes ado lastre para su política italiana. Su reinado fue el intento más brillante de hac er del antiguo ideal del regnum romanorum una realidad política tangible. El emper ador mantuvo una lucha sin cuartel contra las pretensiones universalistas del pa pado, apoyándose en un selecto círculo de consejeros (en su mayoría pertenecientes a l a escuela jurídica de Nápoles) que elaboró una teoría imperial directamente inspirada en el derecho romano. Asimismo, IIevó más lejos que sus predecesores la estrategia de glorificación de su linaje. En 1229, cuando entró triunfalmente en Jerusalén y fue cor onado en la basílica del Santo Sepulcro, llegó incluso a proclamar que pertenecía a la estirpe de David y que, por lo tanto, estaba unido por lazos de parentesco con Jesucristo. Durante el resto de su reinado utilizó su coronación en Tierra Santa con fines propagandísticos, subrayando la imagen semidivina de los Staufen como medio para garantizar la sucesión en su hijo, Conrado. La retórica mesiánica de la corte im perial, y especialmente su recurrencia al derecho romano como fuente de legitima ción del poder, llevó irremediablemente a un nuevo enfrentamiento con el papado. Dic ho enfrentamiento radicalizó la propaganda imperial hasta el punto de presentar al emperador como a un ser sagrado. El papado respondió haciendo de Federico II la e ncarnación viva del Anticristo. El principal objetivo político de Federico II fue convertir a Italia en el centro de su monarquía, dando así contenido a la fórmula renovatio imperii romanorum de Otón II I. Su actuación en la península tuvo dos vertientes: por un lado, la expansión de sus dominios territoriales en el sur y el establecimiento de una administración monárqui ca centralizada; por otro, el enfrentamiento con el papado causado por la preten sión del emperador de unir las coronas de Alemania y Sicilia. En 1227, el papa Gre gorio IX excomulgó por primera vez a Federico II. Éste, una vez afianzado su dominio sobre el sur de la península, dirigió sus miras hacia Roma y Lombardía. Para atraerse al pueblo romano, apoyó las tendencias republicanas opuestas al dominio señorial de los papas sobre la Ciudad Eterna. Mientras tanto, en el norte, sus pretensiones chocaron con la oposición de la Liga de ciudades lombardas, aliadas del papado. E n 1230 Federico y el papa firmaron una tregua, pero la paz se rompió definitivamen te seis años después, cuando el emperador desencadenó una serie de grandes campañas mili tares en Lombardía. Gregorio IX respondió con la promulgación de una bula de cruzada c ontra el emperador. Así se iniciaron las "cruzadas políticas" contra Federico II. En 1241, cuando las tropas imperiales marchaban sobre Roma, el papa murió. Su suceso

r, Inocencio IV, llevó a sus últimas consecuencias la lucha contra el emperador. En 1245 le declaró depuesto y proclamó una nueva cruzada contra su linaje, exigiendo a los príncipes alemanes la elección de un nuevo rey de romanos. Poco después los príncipe s proclamaban la candidatura del landgrave de Turingia, pero la muerte repentina de éste en 1247 hizo que el papa interviniera para designar a su propio candidato , Guillermo de Holanda. Durante los años siguientes, la lucha entre éste y Federico II mantuvo el norte de Italia en un perpetuo estado de guerra. La cruzada contra los Staufen se prolongó hasta después de la muerte de Federico II, acaecida en 1250. Sus sucesores habrían de enfrentarse al eclipse definitivo del ideal del imperio. --------------------------------------------El Gran Interregno (1256-1273) La crisis sucesoria que siguió a la deposición de Federico II en 1245 se prolongó debi do a las rivalidades entre las grandes dinastías territoriales, que se mostraron i ncapaces de acordar un único candidato al trono imperial. Federico II había señalado como sucesor a su primogénito, Conra do, que en vida del em perador había sido elegido rey de romanos. A la muerte de su padre, Conrado trató de hacerse reconocer como emperador, mientras dejaba la regencia de Sicilia a su h ermano Manfredo. En 1251 logró imponerse a los príncipes alemanes, pero su muerte tr es años después truncó su intento de restauración de la dinastía Staufen. La situación se ag ravó en 1256, al morir el candidato papal, Guillermo de Holanda. Los electores aco rdaron entonces elegir a un príncipe extranjero sin bases de poder territorial en Alemania. Dos fueron los candidatos: Ricardo de Cornualles, hermano del rey de I nglaterra, y Alfonso X, rey de Castilla y León, descendiente de los Staufen por vía materna. A partir de entonces se desencadenó una nueva guerra sucesoria que sólo con cluiría en 1273, después de muchos avatares, cuando los príncipes aceptaron entronizar a un tercer candidato propuesto por el papa: Rodolfo de Habsburgo. Con él se inau guró la dinastía imperial austríaca. Para entonces, el imperio había perdido casi toda su significación política. La guerra sucesoria había acelerado el proceso de distanciamiento entre los ámbitos alemán e it aliano. Desde 1245 los papas se arrogaron el derecho de administrar los territor ios imperiales en Italia, pues consideraban que la sede imperial se hallaba vaca nte. La península se convirtió entonces en un inmenso campo de batalla en el que se enfrentaban güelfos y gibelinos. Pero en todo momento Alemania se mantuvo ajena a este conflicto, lo que demuestra hasta qué punto el ideal imperial había perdido a m ediados del siglo XIII su antiguo ecumenismo. La época de los príncipes (1272-1519) A fines del siglo XIII, el Sacro Imperio Romano Germánico era, al menos desde el p unto de vista teórico, una de las instituciones más importantes de la Cristiandad oc cidental. Pero, en el terreno de las realidades políticas, mostraba graves síntomas de una parálisis que contrastaba vivamente con el dinamismo de las grandes monarquía s feudales de su entorno geopolítico. Después del Gran Interregno, se esfumó la posibi lidad de crear un imperio germánico unificado, capaz de establecer su hegemonía sobr e la Europa cristiana. El antiguo sueño del poder universal del imperio se había des vanecido, y, con él, el sueño de la unidad entre Italia y Alemania. De hecho, la din astías que ocuparon el trono imperial durante la Baja Edad Media encontraron sus b ases de poder en regiones ajenas al mundo propiamente germánico: Bohemia, en el ca so de los Luxemburgo, y los territorios danubianos, en el caso de los Habsburgo. Sin embargo, y pese a la merma de su influencia política y su poder territorial, la dignidad imperial mantendría todavía durante siglos su antiguo prestigio simbólico.

Desde mediados del siglo XIII tuvo lugar en Alemania un proceso de notable forta lecimiento de los principados territoriales, que tendieron a configurarse como a uténticas monarquías independientes, mientras el emperador perdía capacidad de interve nción política fuera de sus estados patrimoniales. Este proceso de feudalización y fra gmentación política, favorecido por el Gran Interregno, dio lugar a lo que G. Barrac lough ha llamado la época de los príncipes. -------------------------------------------------La alternancia dinástica: Habsburgo, Luxemburgo y Wittelsbach En 1272 murió Ricardo de Cornualles, quien, desde 1256, disputaba el trono imperia l a Alfonso X de Castilla. Pero la muerte del candidato inglés no se tradujo en la entronización automática del castellano, a la que se oponía el papa Gregorio X. Éste co nsiguió finalmente que se designara como nuevo candidato al trono a Rodolfo de Hab sburgo, un pequeño conde suabo con escasos dominios territoriales. En 1273, Rodolf o fue elegido unánimemente por los príncipes electores. Así se puso fin al Gran Interr egno y se inauguró la dinastía imperial habsburguesa, llamada a perdurar en el trono , casi sin interrupciones, desde mediados del siglo XV hasta principios del XIX. Rodolfo I (1273-1291) se apartó de la línea política seguida por sus predecesores y se esforzó en mantener buenas relaciones con el papado. Llegó, incluso, a reconocer de manera explícita la supremacía del poder pontificio sobre el imperial. En realidad, el emperador (que nunca fue coronado en Roma) mostró poco interés por estas cuestio nes de carácter ideológico y le resultó fácil hacer concesiones en el campo de las ideas políticas, a cambio de que el papado le dejara las manos libres en Alemania. Cuando Rodolfo I ascendió al trono, la autoridad imperial carecía de instituciones d e gobierno eficaces, así como de una hacienda saneada. Poseía, sin embargo, el derec ho de disponer de los feudos vacantes, derecho que se convertiría en un instrument o esencial para el engrandecimiento de la dinastía habsburguesa. El emperador logr aría aumentar de manera considerable las bases de poder territorial de su linaje. En 1278 venció en la batalla de Marchfeld al rey Otakar de Bohemia, que se había neg ado a reconocerle como rey de romanos. Esta victoria le permitió apoderarse de los ducados de Austria, Estiria, Carintia y Carniola, que repartió entre sus dos hijo s. Desde entonces, los territorios danubianos serían el núcleo territorial de los Ha bsburgo, que pasaron a constituir uno de los grandes linajes principescos del im perio. Por otra parte, Rodolfo I trató de recuperar los derechos imperiales concul cados por los príncipes durante el Gran Interregno. Un notable avance en este sent ido fue la proclamación de una paz general en la dieta de Wurzburgo de 1287. El fortalecimiento de su dinastía logrado por Rodolfo I fue, paradójicamente, el pri ncipal obstáculo que encontraron sus descendientes para hacer valer sus derechos a l trono imperial. En efecto, durante los siglos XIV y XV fueron muy pocos los Ha bsburgo que se ciñeron la corona imperial, y ello sólo después de mantener duras pugna s con las dinastías rivales de Luxemburgo y Wittelsbach. Los príncipes electores ten dieron a designar a candidatos débiles que, para mantenerse en el trono, se vieran obligados a hacer grandes concesiones a la nobleza. De ahí que, a la muerte de Ro dolfo I en 1291, los electores apartaran de la sucesión a su hijo Alberto de Habsb urgo, eligiendo en su lugar a Adolfo de Nassau, cuyos dominios patrimoniales era n exiguos. Pero los intentos de Adolfo I (1292-1298) por extender las bases de poder territ orial de su linaje chocaron con la oposición de los grandes príncipes. En 1298, en u na decisión sin precedentes, los electores depusieron al emperador y designaron pa ra sustituirle a Alberto de Habsburgo, quien poco después derrotó a Adolfo en la bat alla de Göldheim. Alberto I (1298-1308) continuó la política de engrandecimiento de su linaje emprendida por su padre. En 1306, la muerte del último descendiente de Ota kar le permitió imponer a su hijo Rodolfo en el trono de Bohemia. Su actuación polític

a posterior estuvo encaminada a convertir la maltrecha autoridad imperial en una monarquía autoritaria cuya sucesión se regiría por el principio de heredabilidad dent ro del linaje habsburgués. Pero su asesinato en 1308 truncó estos planes. Lejos de permitir la perpetuación de los Habsburgo en el trono, a la muerte de Alb erto I los príncipes electores designaron a Enrique de Luxemburgo como nuevo rey d e romanos. Enrique VII (1308-1313) formaba parte de un linaje muy débil y, al igua l que sus predecesores, concentró sus esfuerzos en aumentar el patrimonio territor ial de su familia. En este sentido, su principal logro fue la incorporación del tr ono de Bohemia a los dominios patrimoniales de los Luxemburgo, al casar en 1310 a su hijo Juan con la heredera de dicho reino. Pese a demostrar desinterés por los asuntos italianos, Enrique VII quiso cruzar lo s Alpes para recibir la corona imperial de manos del pontífice. Tras esta decisión s e hallaba la recuperación del ideal ecuménico de la autoridad imperial por parte de algunos intelectuales alemanes, como Engelbert de Admont. La peripecia italiana de Enrique VII fue desastrosa y sólo contribuyó a agravar la crisis política que vivía l a península, al reavivar el viejo conflicto entre güelfos y gibelinos y provocar un enfrentamiento directo con el rey de Nápoles, Roberto de Anjou, quien veía en Enriqu e a un simple invasor. El alemán ni siquiera pudo hacer su entrada triunfal en el Vaticano, teniendo que conformarse con una deslucida ceremonia de coronación en Le trán (1312). Pese a ello, tras su coronación Enrique envió a todos los reyes de Europa occidental una misiva en la que hacía referencia al "poder universal del imperio" . Pero esta insensata y anacrónica proclama no se sustentaba ya en ninguna realida d política fehaciente. ------------------------------------Luis el Bávaro Tras la muerte de Enrique VII se abrió una nueva pugna por la sucesión entre los par tidarios de Luis de Wittelsbach, duque de la Alta Baviera, y los de Federico de Habsburgo, hijo de Alberto I. La crisis se agravó debido a la intervención del papa Juan XXII, quien se negó a reconocer a cualquiera de los dos candidatos y proclamó v acante la sede imperial, arrogándose su administración y nombrando vicario imperial en Italia al rey de Nápoles. Tras ocho años de guerra, el bávaro derrotó a Federico de H absburgo en la batalla de Mühldorf y se proclamó rey de romanos con el nombre de Lui s IV. En 1323 marchó a Italia en auxilio del gibelino Matteo Visconti, dux de Milán enfrentado con el papado. Juan XXII respondió excomulgando al emperador al año sigui ente. Ello supuso la ruptura total de las relaciones entre el papa y el emperado r. Éste acusó a Juan XXII de abuso de poder y en 1327 emprendió una nueva campaña en Ita lia. Tras hacerse coronar rey en Milán, marchó sobre Roma para recibir la corona imp erial "en nombre del pueblo romano". A principios de 1328 un concilio reunido po r el emperador declaró depuesto a Juan XXII y nombró a un antipapa, Nicolás V. No obst ante estos acontecimientos, durante los años siguientes fue enfriándose el clima de confrontación, hasta el punto de que Luis IV regresó a Alemania en 1330, abandonando a su suerte a Nicolás V. En definitiva, este conflicto apenas tuvo consecuencias políticas, pero sirvió para afianzar la independencia de las instituciones imperiale s alemanas (y, sobre todo, del colegio electoral) respecto al papado. Desde el punto de vista de la teoría política, el reinado de Luis de Baviera marca u n hito importante en la evolución del viejo conflicto entre imperium y sacerdotium . Luis fue el primer emperador que hizo recoger en forma de ley el principio según el cual se accedía al trono imperial por voluntad divina, a través de la elección de los príncipes (constitución Licet Iuris, 1338). Dicho principio (que había sido invoca do por los emperadores desde el siglo XI) implicaba que la intervención pontificia no era necesaria para legitimar el poder del emperador. De esta forma, la coron ación en Roma pasó a considerarse un mero ceremonial despojado de consecuencias políti cas, al mismo tiempo que el imperio se definía claramente como una institución netam ente germánica, desvinculada de sus raíces italianas.

Esta actuación de Luis IV se apoyó en el pensamiento de algunos célebres intelectuales , entre los que destaca Marsilio de Padua, cuya principal obra, Defensor Pacis ( 1324), estaba dedicada al emperador. En ella, el autor analizaba el papel de pap ado e imperio desde una perspectiva novedosa, al afirmar que la autoridad de los príncipes para elegir al rey de romanos procedía del legislador supremo, esto es, d el conjunto (universitas) o la parte eficiente (valentior pars) de los ciudadano s del imperio romano. Se trataba de una argumentación de carácter secular que hundía s us raíces en la concepción del poder que W. Ullmann ha denominado ascendente, frente a la concepción descendente propia del pensamiento político de la teocracia pontifi cia, para la cual todo poder procedía de Dios. De ahí que pueda insertarse la labor legisladora de Luis de Baviera en la tradición republicana romana de cuño laico. No obstante, esta tendencia a la secularización de la dignidad imperial no se impondría hasta bien entrado el siglo XVI, cuando los emperadores prescindieran definitiv amente de la coronación en Roma. Entretanto, el poder de los emperadores bajomedie vales posteriores a Luis de Baviera siguió manifestándose en buena medida en su face ta como defensores supremos de la Iglesia, como demostró la mediación de Segismundo I en el Cisma de Occidente a principios del siglo XV. -------------------------------------------Eclipse del imperio en la Baja Edad Media Luis de Baviera murió en 1347 sin haber sido reconocido como emperador por el papa . Éste llegó incluso a deponerle en 1346, reconociendo en su lugar a Carlos de Luxem burgo, rey de Bohemia y Moravia, quien no logró imponer su candidatura hasta la mu erte del bávaro. El reinado de Carlos IV (1347-1378) se caracterizó por el repliegue del imperio dentro del ámbito germánico. En esta época, la autoridad imperial dejó de a lentar viejos sueños de universalismo para convertirse en el elemento aglutinador del protonacionalismo germano. En 1355, Carlos viajó a Roma para recibir la corona imperial, pero se mantuvo apartado de los conflictos políticos italianos. Como co ntrapartida, exigió al papado que no interfiriera en los asuntos alemanes. Su actu ación política se centró en la expansión de su patrimonio familiar, que a su muerte comp rendía los territorios de Luxemburgo, Bohemia, Moravia, Silesia, Lusacia y Brandeb urgo. Su hijo Wenceslao, rey de Bohemia, fue elegido rey de romanos en 1376. El germanismo de Carlos IV se tradujo institucionalmente en la promulgación de la Bula de Oro (1356). Este documento definiría el marco constitucional del imperio d urante la Edad Moderna, ya que fijó las normas para la elección del rey de romanos, sin otorgar ningún papel al pontificado. Desde entonces, el colegio electoral lo i ntegraron tres príncipes eclesiásticos (Maguncia, Colonia y Tréveris) y cuatro secular es (Bohemia, Brandeburgo, Sajonia, Palatinado). El hecho de que el número de elect ores laicos superara al de eclesiásticos limitó la capacidad de intervención indirecta del papado en el proceso de elección. Pero la Bula de Oro benefició, ante todo, a l os príncipes electores, quienes vieron reconocida su plena soberanía sobre sus domin ios territoriales, así como el derecho de majestad y la mayor parte de las regalías antaño pertenecientes al emperador. La Bula representa, pues, la culminación del pro ceso de fortalecimiento de los principados territoriales que se había iniciado en el siglo XIII. A cambio de estas concesiones, que mermaron considerablemente la soberanía del emperador, Carlos IV obtuvo pasa su linaje el principado electoral d e Brandeburgo. Los Habsburgo, en cambio, vieron muy dañados sus intereses dinásticos al quedar apartados del colegio electoral. A la muerte de Carlos IV en 1378, su hijo Wenceslaco fue reconocido emperador po r el colegio electoral. Wenceslao I (1378-1400) desarrolló una política desafortunad a, cuyo principal error fue tal vez su intervención en el Cisma de Occidente. En 1 398 reconoció al papa de Aviñón, en contra de la opinión de los príncipes electores, que a poyaban al pontífice de Roma. En 1400 fue depuesto por el colegio electoral, que n ombró en su lugar a Roberto de Wittelsbach, conde palatino del Rin.

El reinado de Roberto I (1400-1410) tuvo escaso relieve político. A su muerte esta lló una nueva guerra sucesoria, que concluiría en 1411 con la elección de Segismundo d e Luxemburgo, hijo de Carlos IV y rey de Hungría desde 1387. Segismundo I (1411-14 37) trató de devolver su antiguo prestigio a la autoridad imperial al asumir la fu nción tradicional del emperador como "abogado y defensor de la Santa Iglesia". En este sentido, su principal actuación fue su mediación en el Cisma de Occidente. El e mperador presidió el Concilio de Constanza de 1419, pero su labor arbitral rindió es caso fruto, si bien consiguió restablecer en parte el prestigio de la dignidad imp erial como símbolo de la unidad de la Cristiandad. Segismundo también fracasó en su in tento de mediar en el conflicto armado que enfrentaba a Inglaterra y Francia (véas e: Guerra de los Cien Años). En sus reinos patrimoniales la coyuntura tampoco le f ue favorable: Hungría vivía amenazada por el avance turco, mientras en Bohemia (de l a que Segismundo era rey desde 1419) estallaba la revolución husita. Casi al final de su reinado, Segismundo viajó a Roma para hacerse coronar por el papa (1433). P osteriormente siguió defendiendo la idea de que el emperador debía ser el agente dec isivo de la unidad y la paz en Alemania. En 1439 apareció en Basilea el opúsculo Res tauratio Segismundi, un panfleto anónimo que presentaba un proyecto de reorganizac ión del imperio a partir del fortalecimiento de la autoridad del emperador. Esta p roclama formó parte de una serie de gestos efectistas con los que Segismundo inten tó reafirmar su poder, sin conseguirlo. A su muerte en 1437 se extinguió la rama may or de los Luxemburgo. Desde entonces el imperio quedó en manos de la dinastía de los Habsburgo, que se mantendría en el poder, casi sin interrupciones, hasta la desap arición de la dignidad imperial en 1806. En 1437 la elección de los príncipes electores recayó en Alberto de Habsburgo, archidu que de Austria y heredero de las coronas de Bohemia y Hungría como yerno que era d el difunto emperador. Su prematura muerte en 1439 forzó una nueva reunión del colegi o electoral. La amenaza que representaban los turcos en los límites surorientales del imperio llevó a los electores a designar de nuevo a un Habsburgo, Federico de Estiria, cuyos dominios patrimoniales se encontraban en la región más expuesta a los ataques otomanos. Federico III (1440-1493) intentó revitalizar el ideal imperial con el apoyo de algunos importantes intelectuales gibelinos, como Nicolás de Cusa o Eneas Silvio Piccolomini, quienes animaron al emperador a intervenir en Italia . En 1452 Federico viajó a Roma para hacerse coronar por el papa, siendo el último e mperador alemán en cumplir este rito. El viaje imperial no tuvo, por otra parte, n inguna consecuencia política. Respecto al ámbito alemán, su reinado se caracterizó por e l agravamiento de la disgregación política y el consiguiente debilitamiento de la au toridad imperial. Federico III cosechó sus mayores éxitos en el campo de la política matrimonial. Los fr utos de esta política permitirían a la dinastía habsburguesa mantenerse en el trono im perial durante toda la Edad Moderna, convirtiéndola en una potencia en sí misma, pue s sus dominios patrimoniales le proporcionaron recursos suficientes como para im poner su hegemonía sobre toda Europa. La clave de la política matrimonial de Federic o III fue el matrimonio de su hijo y heredero, Maximiliano, con María de Borgoña, hi ja del duque de Borgoña Carlos el Temerario. La herencia borgoñona permitiría a los Ha bsburgo instalarse en Flandes, Brabante, los Países Bajos, el Artois y el Franco C ondado, echando así los cimientos del imperio europeo de Carlos V. --------------------------------------------

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