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Miércoles de la Octava de Pascua

Miércoles de la Octava de Pascua

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Homilía del miércoles de la Octava de Pascua, por el Rvdo. Alberto Guardia Valera
Homilía del miércoles de la Octava de Pascua, por el Rvdo. Alberto Guardia Valera

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08/29/2012

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Miércoles de la Octava de Pascua Contaron lo que les había pasado Lecturas: Hech 3, 1-10; Sal 104; Lc 24, 13-35 “Nosotros esperábamos

que Él fuera el futuro liberador de Israel”. Con estas palabras se resume toda la decepción de aquellos discípulos de Cristo, que habían puesto todas sus esperanzas en las grandes obras que Cristo iba a hacer, pero que finalmente no son lo que ellos esperaban. Y este es el error, que con gran paciencia y dedicación, el mismo Jesús va a esforzarse por corregir a estos discípulos. Su equivocación es la misma de muchos de nosotros: nos hacemos una idea sobre lo que Jesús es capaz de hacer, cuándo va a hacerlo, sobre cómo tienen que ser las cosas, etc. Los discípulos de Emaús nos enseñan que no hay que hacerse falsas ideas sobre Jesús o imágenes distorsionadas de Cristo, porque acabarán defraudándonos, y volveremos a nuestras tristes vidas de nuevo con la sensación de que prometía mucho pero al final es como todo lo demás. Este tipo de cristiano es más común de lo que creemos: se hace una idea de cómo tienen que ser las cosas, se ilusiona con el fervor de un converso, esperando un gran favor de parte de Dios y al final, de vuelta al principio: el Señor no ha hecho nada para solucionar mis problemas. La respuesta de Jesús es doble: por un lado va a explicarnos con paciencia “lo que se refería a Él en toda la Escritura”, señalándonos que la verdadera imagen del Mesías se encuentra en la Palabra revelada y en la interpretación que el mismo Cristo nos comunica: es un proceso largo, que puede durar todo un día (toda una vida) y que está hecho ante todo de escucha atenta a las palabras del Señor, a sus diálogos y comunicaciones, es decir, al Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida, intérprete autorizado de la Escritura. Y esta explicación acontece en la compañía de los hermanos, en la Iglesia, pues solemos olvidar que aquí son dos discípulos los caminantes y a ambos se dirige, tal y como Él los había enviado en Galilea de dos en dos. No hay cristiano solitario; para que Cristo se nos junte por el camino es necesario ir acompañado al menos por otro discípulo. Esto lo entenderemos mejor al final. Por otro lado, quien escucha con atención al Señor experimenta lo mismo que estos discípulos: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”. Pero para que haya una comprensión plena y se alcance la visión de Cristo es necesario el sacramento; a petición de ellos, Jesús se queda a cenar en su casa, (y cuál va a ser la casa común de los discípulos sino es la Iglesia) y realiza los gestos significativos y profundos de la última cena, de la Eucaristía, y es cuando ellos lo reconocen plenamente y lo entienden todo: ¡Claro que Jesús ha hecho lo que se esperaba de Él, pero de un modo totalmente inaudito! Porque esperábamos que nos salvara y lo ha hecho quedándose con nosotros y acompañándonos en el camino de la vida a través de su Palabra, la compañía de los hermanos y los sacramentos. Para que ocurra todo esto es necesaria la compañía de la Iglesia, del hermano, y esto es lo que el Señor nos indica en este encuentro, pues si hubiéramos marchado solos no habríamos podido ir “comentando todo lo que había sucedido” de vuelta a casa y Cristo unirse a nosotros, ni podido celebrar una cena compartida (no habría habido Misa para mí solo) ni, finalmente, volver de nuevo a la gran comunidad de Jerusalén, la de los Apóstoles, a los pastores oficiales de la

Iglesia, para confrontar la experiencia de la pequeña comunidad y recibir la aprobación de la autoridad, la confirmación de que a quién habían “reconocido al partir el pan”, es el mismo que “ha resucitado y se ha aparecido a Pedro”. O dicho de otra manera: Jesús nunca nos deja solos en el camino de la vida porque se ha quedado en la Iglesia, en el hermano que camina a mi lado y que celebra la fe conmigo, por lo que si no quiero arriesgarme a perder al Señor, no debo dejar nunca la compañía de los hermanos y el sacramento, aunque me sienta defraudado, engañado, desesperanzado o mil cosas más con la Iglesia o con el Señor, nunca debo abandonar airado su compañía, porque al separarme de ella, perderé también a Cristo, y cuando llegue la noche no habrá ya cena compartida, sino amarga soledad y triste oscuridad, sin panes partidos, sin milagros inesperados, con el corazón frío, después de un camino solitario y de vuelta de todo.

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