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La función de René Guénon y la suerte de Occidente

Michel Vâlsan

Traducción: Julián Martos (Templespaña)

“Los insensatos entre los hombres dirán:

¿Qué es lo que los ha desviado de su qiblah anterior?» – Di: ‘¡Es de Allâh el Oriente y el Occidente! Él guía a quien Él quiere en una vía derecha’. ‘Es así como nosotros os hemos establecido comunidad mediatriz a fin que seáis testigos entre los hombres y que el Enviado sea testigo al lado nuestro”.

(Corán , II, 142-143).

La desaparición del hombre permite considerar el conjunto de la obra en di- ferentes perspectivas de las que podíamos tener mientras vivía. Mientras ejercía su actividad y no se podía, entonces, poner fin a su función ni una forma definitiva a su trabajo que, como sabemos, no se limitaba a la redacción de sus libros, pero se expresaba además por sus múltiples y regulares colaboraciones en Études Tradio- tionnelles (por no hablar de las revistas en las que colaboró anteriormente), así como por su abundante correspondencia de orden tradicional, su obra se encontra- ba, en cierta medida, solidaria de su presencia inconmensurable, discreta e imper- sonal, hierática y desafectiva, pero sensible y activa. Ahora, todo ese conjunto para- do puede ser mirado en cierto modo simultáneamente; incluso, el corte que marca el fin, sella su alcance de una nueva significación general.

De hecho, la perspectiva así abierta ha ocasionado ya la manifestación de reacciones que no se habían producido hasta ahora.

Una nueva notoriedad vino incluso para marcar el fin del hombre. Algunos han creído ver en ciertos casos la ruptura de una especie de “conspiración del silen- cio” que, en ciertos medios, parecía impedir la actualización de virtualidades reales de participación en el espíritu de su enseñanza. Sea lo que sea, estamos obligados a constatar que, si nos decidimos así a tomar acta de la importancia de la obra de Re- né Guénon, la forma en la que lo hemos hecho no ha revelado el progreso de com- prensión que podíamos esperar. Incluso parece, en estos casos, que el interés que le hemos dado procedía más bien de una preocupación de prevenir con oportunidad un desarrollo real de esta comprensión y limitar las consecuencias que podrían ha- ber surgido. Es por lo que esas reacciones son ahora importantes sobre todo desde un punto de vista cíclico. Y si no queremos observar aquí errores nuevos o ya cono- cidos, así como inexactitudes materiales patentes, bien sean debidos a la incapaci- dad de sus autores o simplemente a su mala fe en el momento en que, por tanto, la obra de René Guénon está presente en toda su amplitud y fijada de la forma más explícita, nos parece necesario precisar la significación que ellas adquieren en estos momentos. Podemos, efectivamente, encontrar la indicación más precisa de que ciertos límites han sido alcanzados y que una especie de “juicio se encuentra impli- cado”.

Tal es precisamente la impresión que se libera de la lectura de los artículos y de los estudios aparecidos este año [1951] en las publicaciones católicas y masóni- cas. Sabemos sin embargo que, felizmente, en esas dos entes no faltan los casos de mejor, e incluso de excelente, comprensión, pero una cierta reserva, disciplinaria diríamos, impiden que esas excepciones cambien, del lado católico principalmente, el tono general.

Por tanto, esta especie de censura sólo podría desalentar todavía las últimas esperanzas de una expansión del horizonte espiritual de esos mismos medios; y los límites que aparecen así, no escapan a los que saben cuales son las condiciones de una revivificación de la intelectualidad occidental en general y de una salida de la profunda crisis del mundo moderno.

Pero, felizmente, hay todavía otros medios intelectuales donde la obra de René Guénon, de una forma imprevista, penetra ahora, y ésta incluso abre nuevas perspectivas sobre la amplitud de la influencia que ella puede ejercer en el futuro.

La ocasión recapitulativa en la que hacemos estas constataciones, nos permi- te evocar aquí perspectivas generales formuladas por René Guénon desde el co- mienzo de la serie coherente y graduada de las expresiones doctrinales de las que venía de marcar la posición del Occidente, sus posibilidades de porvenir y las suce- sivas manifestaciones de factores y circunstancias que abrían posibilidades positi- vas o las anulaban. A pesar de suponer que nuestros lectores conocen el conjunto de ideas que dominan la cuestión occidental, recordaremos aquí, en algunas líneas, los puntos cardinales necesarios para la orientación de nuestro examen.

La suprema condición del ser humano es el conocimiento metafísico, que es el de las verdades eternas y universales. El valor de una civilización reside en el grado de integración en ella de este conocimiento y en las consecuencias que ello conlleva para la aplicación en los diferentes dominios de su constitución; tal inte- gración e irradiación interior no es posible más que en las civilizaciones llamadas tradicionales, que son las que proceden de principios no-humanos y supra- individuales, y descansan en formas de organización que ellas mismas son la expre- sión solícita de las verdades, a las que ellas deben hacer participar. El papel de toda forma tradicional es, efectivamente, el de ofrecer a la humanidad a la que ordena la enseñanza y los medios, permitiendo realizar este conocimiento o de participar en él de cerca o de lejos, en conformidad con las diversas posibilidades de los indivi- duos y de las naturalezas específicas.

La medida en la que una forma tradicional, que ella sea de modo puramente intelectual o de un modo religioso, guarda esos elementos doctrinales y los méto- dos correspondientes, es desde ahora el criterio suficiente y decisivo de su verdad actual, del mismo modo que la medida en la que sus miembros habrán realizado sus propias posibilidades en este orden, será el único título que la generación espi- ritual de esta forma tradicional podrá presentar en un “juicio” que afectaría a éste y al conjunto de su humanidad.

El Occidente moderno, con su civilización individualista y materialista, es por sí mismo la negación de toda verdad intelectual propiamente dicha, como de todo orden tradicional normal, y como tal presenta el estado más patente de igno- rancia espiritual que la humanidad haya conocido hasta hoy, tanto en su conjunto

como en cualquiera de sus partes. Esta situación se explica por el abandono de los principios no-humanos y universales sobre los que reposa el orden humano y cós- mico, y se caracteriza de una forma especial por la ruptura de las relaciones norma- les con el Oriente tradicional y su imprescriptible sabiduría.

El proceso según el cual se cumple el decaimiento de Occidente en la época moderna, debe unir normalmente, en conformidad, tanto con la naturaleza de las cosas como con los datos tradicionales unánimes, por llegar a un cierto límite, mar- cado probablemente por una catástrofe de civilización.

A partir de ese momento un cambio de dirección aparece como inevitable, y los datos tradicionales tanto de Oriente como de Occidente, indican que se produci- rá entonces un restablecimiento de todas las posibilidades tradicionales que com- porta todavía la actual humanidad, lo que coincidirá con una remanifestación de la espiritualidad primordial, y, al mismo tiempo, las posibilidades antitradicionales y los elementos humanos que los encarnan serán echados fuera de este orden y defi- nitivamente degradados. Pero si la forma general de esos acontecimientos futuros aparece como cierta, el destino que será reservado al mundo occidental en ese “jui- cio” y la parte que él podría tener en la restauración final, dependerá del estado mental que la humanidad occidental tenga en el momento en que ese cambio se produzca, y es comprensible que sea solamente en la medida que Occidente habrá vuelto a tomar consciencia de las verdades fundamentales comunes a toda civiliza- ción tradicional que podrá estar incluido en esta restauración.

La situación actual de la humanidad considerada en su conjunto, impone la convicción que el despertar de las posibilidades intelectuales del Occidente no pue- de realizarse más que bajo la influencia de la enseñanza del Oriente Tradicional que conserva siempre intacto el depósito de las verdades sagradas.

Esta enseñanza fue formulada en nuestro tiempo en honor de la consciencia occidental por la obra providencial de René Guénon, que fue el instrumento elegido de un llamamiento supremo y de un apoyo extremo de la espiritualidad oriental. Parece así que es en relación con esta presencia de verdad que deberá definirse la posición exacta de Occidente en general y del Catolicismo en particular, en tanto que base tradicional posible para una civilización entera.

Es en la medida en que ese testimonio de Oriente haya sido comprendido y retenido para el propio beneficio de Occidente, que éste habrá respondido a esa “convocación” que contiene al mismo tiempo una promesa y una advertencia.

Conviene precisar en este caso, que el privilegio especial que esta obra ha de jugar, el papel de criterio de verdad, de regularidad y de plenitud tradicional ante la civilización occidental, deriva del carácter sagrado y no-individual que ha revestido la función de René Guénon.

El hombre que debía cumplir esta función fue ciertamente preparado de le- jos y no improvisado.

Las matrices de la Sabiduría habían predispuesto y formado su entidad se- gún una economía precisa, y su carrera se cumplió en el tiempo por una correlación constante entre sus posibilidades y las condiciones cíclicas exteriores.

Es así que, en un ser de una altura y una fuerza intelectual verdaderamente excepcionales, sacando sus certitudes fundamentales directamente de la fuente de los comienzos, dotado de una sensibilidad espiritual prodigiosa que debía servir para un papel de reconocimiento e identificación universal de la multitud de sím- bolos y de significaciones, caracterizado por una forma de pensar y un dominio de expresión que aparecen como la traducción directa, en su plano, de la santidad y de la armonía de las verdades universales realizadas en sí mismo, sobre un tal ser, único, como lo es en otro sentido el mundo mismo al que debía dirigirse así, como el momento cíclico que le correspondía, las funciones doctrinales y espirituales de Oriente tradicional se concentraron de alguna forma para una expresión suprema.

La Tradición Hindú, el Taoísmo, y el Islam, esas tres formas principales del mundo tradicional actual, representando respectivamente el Oriente Medio, Ex- tremo Oriente y Oriente Próximo, que son, en su orden y bajo una cierta relación, como los reflejos de los tres aspectos de ese misterioso “Rey del Mundo”, del que justamente René Guénon debía, el primero, dar la definición reveladora, proyecta- ron los fuegos convergentes de una luz única e indivisible que jamás obra de doctor hubiera manifestado tan íntegra y ampliamente sobre un plano dominando el con- junto de las formas y de las ideas tradicionales.

Fuera de su veracidad intrínseca, la belleza, la majestad y la perfección de ese momento del Intelecto Universal, que es su obra, testifican el don más generoso en su orden y constituyen el milagro intelectual más deslumbrante producido ante la consciencia moderna.

El testimonio del Oriente así ha revestido la forma más prestigiosa y al mis- mo tiempo la más adecuada, lo que, por otra parte, era la condición de su mayor eficacidad. Es en la consideración de esta presencia transcendental, y al mismo tiempo cercana, que debe reconocerse el espíritu del hombre de Occidente, y tomar consciencia de sus posibilidades de verdad en relación a un orden humano total.

Las ideas fundamentales de este testimonio son los siguientes: en primer lu- gar y en el orden puramente intelectual y espiritual, la supremacía del conocimien- to metafísico sobre todos los demás órdenes de conocimiento, de la contemplación sobre la acción, de la Liberación sobre la Salvación, de la distinción entre vía iniciá- tica e intelectual, de una parte, y vía exotérica, de otra, ésta con su corolario “místi- co” en la última fase tradicional de Occidente.

Sobre el conjunto del mundo tradicional: la identidad esencial de todas las doctrinas sagradas, la universalidad inteligible del simbolismo iniciático y religioso, y la unidad fundamental de todas las formas tradicionales.

Esta unanimidad tradicional no excluye la existencia de grados diferentes de participación en el espíritu común: éste está mejor representado, y también mejor conservado, por las tradiciones en las que predomina el punto de vista puramente intelectual y metafísico; de ahí, preeminencia normal de Oriente en el orden espiri- tual. Bajo esta relación hay por tanto normalmente, en ciertos aspectos, una jerar- quía y relaciones subsecuentes entre las diferentes tradiciones, como entre las civi- lizaciones que les corresponden.

El mundo occidental, desde los tiempos que remontan todavía más lejos que el principio de la época llamada histórica, y sean cuales hayan sido las formas tra- dicionales que lo organizaban, de una forma general había mantenido siempre con Oriente relaciones normales, propiamente tradicionales, reposando sobre un acuerdo fundamental de principios de civilización. Tal ha sido el caso de la civiliza- ción cristiana de la Edad Media. Esas relaciones fueron rotas por Occidente en la época moderna, de la cual René Guénon sitúa los comienzos mucho antes de lo que lo hacemos de ordinario, a saber, en el siglo XIV, cuando entre otros hechos carac- terísticos de ese cambio de dirección, la Orden del Temple, que era el instrumento principal de ese contacto en la Edad Media cristiana, fue destruida; y es interesante observar que una de las acusaciones que se le hizo a esa Orden fue precisamente el haber tenido relaciones secretas con el Islam, relaciones de la naturaleza de las que se hacía, por otra parte, una idea inexacta, pues ellas eran esencialmente iniciáticas e intelectuales. Ese estado de cosas se ha ido agravando a medida que la civilización occidental perdía sus caracteres tradicionales hasta convertirse en, lo que es en la época presente, una civilización completamente anormal en todos los ámbitos, ag- nóstica y materialista en cuanto a los principios, negativa y destructiva en cuanto a las instituciones tradicionales, anárquica y caótica en cuanto a su constitución pro- pia, invasora y disolvente en cuanto a su papel hacia el conjunto de la humanidad:

el mundo occidental después de haber destruido su propia civilización tradicional, se ha girado “tanto brutalmente como insidiosamente” contra todo orden tradicio- nal existente, y especialmente contra las civilizaciones orientales.

Es así que la enseñanza puramente intelectual, expuesta por René Guénon, se completa con una crítica de todos los aspectos del actual Occidente. No tenemos que recordar aquí en qué consiste esa crítica, a la vez profunda y amplia, puesto que no interesa tanto en este tema, y por tanto, esta parte de la obra de René Guénon, ha encontrado generalmente una acogida más fácil, ya que muchos occidentales estaban desilusionados ante el valor de la civilización moderna.

Queremos precisar ahora que, en razón de la función cíclica de René Gué- non, las diversas situaciones examinadas por él, en cuanto al estado de Occidente, en el momento en que su civilización haya alcanzado el punto en que se pare, pue- den ser legítimamente unidas a la reacción que la intelectualidad occidental tendrá ante su obra. Es en efecto por el lado intelectual que el enderezamiento de la men- talidad general podría realizarse, y la obra de René Guénon se dirige exclusivamen- te a esos que son capaces, principalmente, de comprender las verdades de los prin- cipios, a continuación sacar las consecuencias que se imponen.

La intelectualidad occidental contemporánea asume así, de una manera lógi- ca, una dignidad y una responsabilidad representativas. A propósito de eso nos ha- ce falta recordar que, desde su primer libro publicado en 1921, Introducción gene- ral al estudio de las doctrinas hindúes (conclusión), René Guénon había formulado tres hipótesis principales en cuanto a la suerte de Occidente.

La primera, “la más desfavorable es la de que nada vendrá a remplazar esta civilización, y que desapareciendo ésta, Occidente, entregado por otra parte a él mismo, se encontraría sumergido en la peor de las barbaries”.

Después de haber subrayado la posibilidad, él concluía que “no es útil insis- tir más tiempo para que nos demos cuenta de todo lo que tiene de inquietante esta primera hipótesis”.

La segunda, sería la que “los representantes de otras civilizaciones, es decir, los pueblos orientales, para salvar el mundo occidental de esta decadencia irreme- diable, se le asimilasen de buen grado o forzados, suponiendo que eso fuese posible y que por otra parte Oriente consintiese en su totalidad o en algunos de sus compo- nentes.

“Esperemos —decíaque nadie esté lo bastante cegado por los prejuicios occidentales para no conocer cuanto esta hipótesis sería preferible a la precedente:

habría seguramente, en tales circunstancias, un periodo transitorio ocupado por revoluciones étnicas bastante penosas, del que es difícil hacerse una idea, pero el resultado final sería capaz de compensar los daños causados, fatalmente, por seme- jante catástrofe; pero Occidente debería renunciar a sus características propias y así se encontraría absorbido pura y simplemente”.

“Es por lo que —decía a continuación René Guénonconviene considerar un tercer caso como mucho más favorable desde el punto de vista occidental, aun- que equivalente, a decir verdad, desde el punto de vista del conjunto de la humani- dad terrestre, puesto que si llegara a realizarse, el efecto sería hacer desaparecer la anomalía occidental, no por la supresión como en la primera hipótesis, pero, como en la segunda, por el regreso a la intelectualidad verdadera y normal; pero ese re- greso, en lugar de ser impuesto y forzado, o como mucho aceptado y padecido, en- tonces sería efectuado voluntariamente y de manera espontánea”.

En la continuación de su planteamiento, René Guénon volvía sobre esas tres hipótesis “para marcar más precisamente las condiciones que determinarían la rea- lización de una u otra de ellas”. “Todo depende evidentemente precisabadel estado mental en el que se encontrase el mundo occidental en el momento en que alcanzaría el punto de parada de su civilización actual”.

“Si este estado mental estuviera entonces tal como es el de hoy, es la primera hipótesis que debería realizarse necesariamente, puesto que no ha- bría nada que pueda remplazar lo que renegaríamos, y que, por otra parte, la asimilación por otras civilizaciones sería imposible, la diferencia de las mentalidades llegando hasta la oposición. Esta asimilación, que responde a nuestra segunda hipótesis, supon- dría como condiciones mínimas la existencia en Occidente de un núcleo in- telectual, aunque formado solamente por una elite poco numerosa, pero fuertemente constituido para suministrar el intermediario indispensable para devolver la mentalidad general, imprimiéndole una dirección que no tendría, por otra parte, necesidad de ser consciente para la masa, hacia las fuentes de las verdaderas intelectualidades. Desde que se considera como posible la suposición de una detención de civilización, la constitución previa de esta elite aparece pues como la úni- ca capaz de salvar el Occidente, en el momento querido, del caos y de la di- solución; y, por lo demás, para que se interesen en el destino de Occidente los poseedores de las tradiciones orientales, sería esencial enseñarles que, si sus apreciaciones más severas no son injustas hacia la intelectualidad occi- dental, enfocada en su conjunto, puede haber por lo menos honorables ex-

cepciones, indicando que la decadencia de esta intelectualidad no es absolu- tamente irremediable. Hemos dicho que la realización de la segunda hipótesis no estaría exenta, transitoriamente por lo menos, de ciertas facetas nefastas, en cuan- to el papel de la elite se reduciría a servir de punto de apoyo a una acción en la que Occidente no tendría la iniciativa, pero ese papel sería otro si los acontecimientos le dejaran el tiempo de ejercer tal acción directamente y por ella misma, lo que correspondería a la posibilidad de la tercera hipóte- sis. Podemos concebir, en efecto, que la elite intelectual, una vez constitui- da, actúe de alguna manera como un ‘fermento’ en el mundo occidental, pa- ra preparar la transformación que, siendo efectiva, le permitiría tratar, si no de igual a igual, al menos como una fuerza autónoma, con los representan- tes autorizados de las civilizaciones orientales”.

En cuanto a la forma en la que podemos entender la influencia ejercida por la elite, Guénon daba más tarde en Oriente y Occidente, algunas precisiones que es bueno recordar aquí, con el fin de impedir que nos detengamos en representacio- nes demasiado toscas. La elite, trabajando para ella misma, “trabajará también ne- cesariamente para el Occidente en general, pues es imposible que una elaboración como esa de la que se trata, se efectúe en un medio cualquiera sin producir, tarde o temprano, modificaciones considerables”.

“Además, las corrientes mentales están sometidas a leyes perfecta- mente definidas, el conocimiento de esas leyes permite una acción mucho más eficaz que el uso de medios empíricos; pero aquí, para llegar a la apli- cación y realizarla en toda su amplitud, hace falta poder apoyarse en una organización fuertemente constituida, lo que no quiere decir que, resulta- dos parciales, ya apreciables, no puedan ser obtenidos antes de que llegue- mos a ese punto. A pesar de lo defectuosos e incompletos que sean los medios de los que disponemos, hace falta, sin embargo, comenzar por meterlos en obra tal cual, si no no se llegará jamás a adquirir medios más perfectos; y añadi- remos que la más mínima cosa cumplida en conformidad armónica con el orden de los principios lleva virtualmente en sí posibilidades en las que la expresión es capaz de determinar las más prodigiosas consecuencias, y eso en todos los dominios, a medida que sus repercusiones se extiendan en ellos según su aparición jerárquica y por vía de progresión indefinida” (op. cit., p.

184-185).

Estamos obligados a limitar en lo esencial nuestras citaciones, y hará falta referirse al texto íntegro de los capítulos que recordamos aquí, así como a La crisis del mundo moderno y al Reino de la cantidad, para tener los otros aspectos que comprende todavía la realización de una o de otra de esas tres hipótesis. Lo que hay que retener, para nuestro propósito, es que, es alrededor de la idea de una elite in- telectual, donde se encuentra toda la cuestión del destino futuro del Occidente.

Es a tal entidad espiritual y humana que incumbe realizar el restablecimien- to de Occidente en la Tradición, en una medida o en otra, así como establecer el acuerdo sobre los principios con el Oriente tradicional.

Es eso mismo, diríamos, lo que une las perspectivas espirituales, y en gene- ral tradicionales, de Occidente a la enseñanza de René Guénon, pues de hecho es en

su obra donde se encuentra el punto de partida de un despertar intelectual y la ins- piración de todo el trabajo por cumplir a continuación.

La exposición de ciertas concepciones debe permitir primeramente, a los elementos posibles de la elite, de tomar consciencia de ellos mismos y de lo que les sea necesario. La formación mental propiamente dicha debe comenzar por la ad- quisición de un conocimiento teórico de los principios metafísicos: es el estudio de las doctrinas orientales que debería permitir eso, y René Guénon llegaba, con toda la serie de sus exposiciones, principalmente de las doctrinas hindúes, a suscitar y aclarar este estudio del que podía resultar la asimilación por la elite en formación de los modos esenciales del pensamiento oriental. Recordemos aquí que la elite occidental, para ser tal, debía mantenerse vinculada a las formas tradicionales oc- cidentales: es así como ella no podía hacer lo que él llamaba “una asimilación de segundo grado” de la enseñanza oriental 1 .

Es así que se manifestaba el primer modo del apoyo que Oriente ofrecía a Occidente; es el periodo que René Guénon designaba como el de la “ayuda indirec- ta” o de las “inspiraciones”: “Esas inspiraciones —decía élno pueden ser transmi- tidas más que por influencias individuales sirviendo como intermediarias, no por una acción directa de organizaciones que, salvo trastornos imprevistos, no com- prometerán jamás su responsabilidad en las preocupaciones del mundo occidental” (Oriente y Occidente, p. 179).

Y él añadía esto que le concernía a él mismo antes que a cualquier otro:

“Esos que han asimilado directamente la intelectualidad oriental no pueden pre- tender más que jugar ese papel de intermediario del que hablábamos hace un mo- mento; de hecho, a consecuencia de esta asimilación, están demasiado cerca de Oriente para hacer más; ellos pueden sugerir ideas, exponer concepciones, indicar lo que convendría hacer, pero no tomar la iniciativa por ellos mismos, de una orga- nización que, viniendo de ellos, verdaderamente no sería occidental” (ibid.).

Señalaremos de vez en cuando este aspecto característico de la función de René Guénon, pues algunos podrían estar tentados en ver en él nada más que un simple autor de libros teóricos: primero, el hecho de que sus escritos correspondan precisamente en un grado cualquiera, en “inspiraciones” procedentes de fuerzas espirituales de Oriente y expresándose a través de sus posibilidades y su influencia personal, muestra que éstos tienen, no solamente en su substancia doctrinal, sino incluso en su primera intención, un punto de partida que no está situado en la sim- ple comprensión intelectual, y en el deseo individual de hacer participar a los otros en esta comprensión, ni en las solas solicitaciones del medio y la presión de las cir- cunstancias; a continuación su papel no era solamente de hacer ponencias doctri- nales, sino que también, como lo decía él mismo, “sugerir ideas” e “indicar lo que convendría hacer”, y nosotros sabemos muy bien que, de hecho, ejerció en ese sen-

1 Los que entre los occidentales que se habrán adherido directamente a formas tradicionales del Oriente no entran entonces en esta noción de elite occidental, aunque vivan en occidente; éstos, por su vinculación tradicional, debiendo asimilarse directamente al Oriente bajo la relación intelectual, hacen propiamente una “asimilación al primer grado” de esta enseñanza. Tendremos que volver más adelante sobre el papel que pueden jugar éstos en el desarrollo de las relaciones entre la elite occidental y las elites orientales.

tido una actividad muy amplia que no es revelada más que indirectamente y par- cialmente por sus libros cuando anotaba los elementos que podrían interesar a sus lectores en general.

Para volver a lo concerniente a las relaciones de la elite con Oriente, el se- gundo periodo del apoyo que debía recibir es llamado por René Guénon el de “el apoyo directo”: supone la elite ya constituida en una organización “capaz de entrar en relación con las organizaciones orientales que trabajan en el orden intelectual puro, y recibir de éstas, para su acción, la ayuda que puedan procurar fuerzas acu- muladas desde tiempo inmemorial” (op. cit., p. 201).

“Cuando un primer trabajo de asimilación habrá sido cumplido, nada se

opondría a lo que la elite misma (puesto que es de ella de quien debe venir la inicia- tiva), llamara, de una forma más inmediata, a los representantes de las tradiciones orientales; y éstos encontrándose interesados por la suerte de Occidente por la pre- sencia de esta elite, no dejarían de responder a esta llamada, pues la única condi-

ción que ellos exigen es la comprensión

los orientales podría manifestarse efectivamente” (op. cit., p. 203).

“En este periodo que es el de “acción efectiva”, la elite debe realizar adapta- ciones a la condición occidental; no es cuestión de considerar así la substitución de una tradición por otra, y para lo que es la tradición religiosa de Occidente, se trata solamente de la añadidura del elemento interior que le hace, actualmente, falta, pero que puede muy bien superponerse sin que nada cambie exteriormente” (op. cit., p. 195).

“No es más que si Occidente se mostrase definitivamente impotente para volver a una civilización normal que una tradición extranjera le podría ser impues- ta; pero entonces no habría fusión, puesto que nada específicamente occidental ya subsistiría; y no habría substitución tampoco, pues, para llegar a tal extremo, haría falta que Occidente hubiera perdido hasta el último vestigio del espíritu tradicional, a excepción de una pequeña elite sin la que, al no poder siquiera recibir esta tradi- ción extranjera, se hundiría inevitablemente en la peor barbarie” (op. cit., p. 199).

Resumiendo las relaciones posibles en la mejor hipótesis entre Oriente y Oc- cidente, René Guénon, precisaba todavía: “Se trata entonces, no de imponer a Oc- cidente una tradición oriental, en la que las formas no corresponden a su mentali- dad, sino de restaurar una tradición occidental con la ayuda de Oriente, ayuda indi- recta primero, directa a continuación; o, si queremos, inspiración en el primer pe-

riodo, apoyo efectivo en el segundo

En cuanto Occidente esté de nuevo en pose-

sión de una civilización regular y tradicional, el papel de la elite deberá continuar:

será entonces por lo que la civilización occidental comunicará de una forma per- manente con las otras civilizaciones, ya que tal comunicación no puede establecerse

y mantenerse más que por lo más elevado en cada una de ellas

haría falta que Occidente llegase finalmente a tener representantes en lo que está designado simbólicamente como el ‘centro del mundo’, o por otra expresión equi- valente (lo que no debe ser comprendido literalmente como indicando un lugar de- terminado, sea el que sea); pero, aquí, se trata de cosas muy lejanas, demasiado inaccesibles en el presente y sin duda todavía por largo tiempo, para que pueda ser

verdaderamente útil en insistir” (op. cit., p. 202).

Es en el segundo período que el apoyo de

En otros términos,

Ciertamente, esta hipótesis, la más favorable para Occidente, la de una res- tauración integral de la civilización occidental sobre bases y en formas tradicionales propias, era la menos probable, y René Guénon jamás se ha hecho muchas ilusio- nes al respecto, y si pretendía tal hipótesis, era de alguna manera por principios, para no limitar ninguna posibilidad y no desalentar ninguna esperanza; todo es- fuerzo en este sentido, teniendo, de todas formas, resultados en otro orden, y pri- meramente para la misma elite. Pero en la reedición en 1948 de Oriente y Occiden- te, explicando, en un addendum, la agravación del desorden general y después de haber redicho que “el único remedio consiste en una restauración”, él constataba que “por desgracia, desde ese punto de vista, las posibilidades de una reacción vi- niendo de Occidente mismo, parecería disminuir cada día más, pues lo que subsiste como tradición en Occidente está cada vez más afectado por la mentalidad moder- na, y, por consiguiente, cada vez menos capaz de servir de base sólida a tal restau- ración; así que sin apartar ninguna de las posibilidades que puedan todavía existir, parece más probable que nunca que Oriente tenga que intervenir más o menos di- rectamente, de la manera que hemos explicado, si esta restauración debe realizarse algún día. Si Occidente posee todavía en él mismo los medios de volver a su tradi- ción y de restaurarla plenamente, es a él a quien le corresponde demostrarlo.

“En la espera, estamos obligados a declarar que hasta aquí no hemos adver- tido el menor índice que nos autorizaría a suponer que Occidente, abandonado a su suerte, sea realmente capaz de cumplir esta tarea, con cualquier fuerza que se im- ponga a él la idea de su necesidad”.

Por estas conclusiones que formulan la probabilidad de que Oriente inter- venga “más o menos directamente en la restauración occidental”, Guénon evocaba evidentemente la segunda hipótesis formulada por él, esa donde “los pueblos orien- tales para salvar el mundo occidental de esta decadencia irremediable, se le asimi- laría de buen grado o a la fuerza, suponiendo que la cosa fuese posible, y que por otra parte Oriente consienta en su totalidad o en algunas de sus partes componen- tes”, y esto, recordémoslo, implicaría “la renuncia de Occidente a sus caracteres propios”. El mínimo de condiciones de esta hipótesis sería, no obstante, “la existen- cia en Occidente de un núcleo intelectual, incluso formado solamente por una elite poco numerosa, pero fuertemente constituida para formar el intermediario indis- pensable para restablecer la mentalidad general”.

Pero en ese caso “el papel de la elite se reduciría a servir como punto de apo- yo a una acción en la que Occidente no tendría la iniciativa”. A este respecto, po- dríamos hacer notar que varias eventualidades pueden ser consideradas en el inte- rior de la segunda hipótesis en función de los factores que deben intervenir: de un lado la importancia o la efectividad de la elite occidental; por otro, los pueblos orientales y las organizaciones que pudieran encontrar un interés en una restaura- ción occidental.

Esas eventualidades están expresadas, en un cierto sentido, por las modali- dades de esta asimilación que sería hecha, sea “de buen grado”, lo que implica un consentimiento occidental, por lo menos en sus elementos étnicos más importan- tes, sea “a la fuerza”, lo que supone una resistencia más o menos generalizada. Por otra parte, y sobre todo en este último caso, hay todavía que considerar la posibili-

dad de que la asimilación afecte al conjunto occidental o solamente a una parte; los pueblos orientales en juego, pudiendo emprenderlo solamente en la medida en que estimarán que eso corresponde a su propio interés, para el resto contentándose, puede ser, en tomar algunas medidas de seguridad del orden establecido, lo que quiere decir también que, en ese caso, partes de Occidente podrían caer en una si- tuación correspondiente a la primera hipótesis, la que enunciaba un estado de pura y simple barbarie.

Si consideramos esas diferentes eventualidades secundarias, es para hacer comprender que la denunciación de una probabilidad de la segunda hipótesis no implica forzosamente la realización de los mejores aspectos de ésta, y que incluso no excluye algunas posibilidades de la primera, todo esto dependiendo de la capa- cidad que tendría esta elite de servir como punto de apoyo a la acción oriental.

Hasta aquí nos hemos mantenido en los términos más generales hablando de las posibilidades del restablecimiento tradicional de Occidente. Nos falta consi- derar ahora esas posibilidades según los puntos de apoyo que los elementos occi- dentales que tendrían que cumplir ese trabajo de restauración, con ayuda del cono- cimiento de las doctrinas orientales, podrían encontrar en el mundo occidental mismo.

Primero hay que decir que si hubiera habido en Occidente por lo menos un punto donde se hubiese conservado íntegramente el espíritu tradicional, hubiéra- mos podido ver en ello un motivo de confiar en que Occidente cumpliese un regreso al estado tradicional “por una especie de despertar espontáneo de posibilidades latentes”; es el hecho que tal persistencia le parecía, a pesar de ciertas pretensiones, “extremadamente dudosas”, que autorizaría a René Guénon a considerar un modo nuevo de constitución de una elite intelectual, y de hecho no ha llegado nada hasta el presente para invalidar su posición inicial. Para constituirse, la elite en forma- ción tenía interés en tomar un punto de apoyo en una organización que ya existía efectivamente.

En cuanto a organizaciones de carácter tradicional, todo lo que Occidente todavía guarda, son en el orden religioso, la Iglesia católica, y en el orden iniciático, algunas organizaciones en un estado avanzado de degradación. Por tanto bajo la relación doctrinal, sólo la primera podría ser considerada como una base posible de enderezamiento de conjunto para el mundo occidental, y Guénon decía por tanto en La crisis del mundo moderno: “Parece ser que no hay más que una sola organi- zación en Occidente que posee un carácter tradicional y que conserva una doctrina susceptible de suministrar al trabajo del que se trata una base apropiada: es la Igle- sia católica. Bastaría restituir en la doctrina de ésta, sin cambiar nada en la forma religiosa bajo la que se presenta al exterior, el sentido profundo que tiene realmen- te en ella misma, pero cuyos representantes actuales parecen no tener consciencia, tampoco de su unidad esencial con las otras formas doctrinales parecen no tener consciencia; las dos cosas, por otra parte, son inseparables una de la otra. Esto se- ría la realización del Catolicismo en el verdadero sentido de la palabra, que, etimo- lógicamente, expresa la idea de “universalidad”, lo que olvidan un poco, demasiado, los que quisieran no hacer de él más que la denominación exclusiva de una forma

especial puramente occidental, sin ningún lazo efectivo con las otras tradiciones” (op. cit., 128-129).

En cuanto a esta cuestión que es evidentemente primordial, puesto que el acuerdo buscado en los principios con Oriente la pone antes que otras, él decía ya, en Oriente y Occidente:

“El acuerdo, esencialmente sobre los principios, no puede ser verda- deramente consciente más que por las doctrinas que encierran al menos una parte de metafísica o de intelectualidad pura: no lo es para esas que están li- mitadas estrictamente a una forma particular, por ejemplo a la forma religio- sa. Sin embargo, este acuerdo existe realmente en parecido caso, en ese sen- tido que las verdades teológicas pueden ser observadas como una traducción, desde un punto de vista especial, de ciertas verdades metafísicas; pero para hacer surgir este acuerdo, hace falta entonces efectuar la transposición que restituya a esas verdades su sentido profundo, y sólo el metafísico puede ha- cerlo, porque se coloca más allá de todas las formas particulares y de todos los puntos de vista especiales. Metafísica y religión no están y no estarán nunca en el mismo plano; de ello resulta, por otra parte, que una doctrina puramente metafísica y una doctrina religiosa no pueden hacerse la competencia ni entrar en conflicto, puesto que sus dominios son netamente diferentes”. Pero, por otra parte, resulta también que la existencia de una doctrina únicamente religiosa es insuficiente para permitir establecer una armonía profunda como en la que nosotros pensamos cuando hablamos de la aproxi- mación intelectual de Oriente y Occidente; es por lo que hemos insistido so- bre la necesidad de cumplir, en primer lugar, un trabajo de orden metafísico, y sólo después la tradición religiosa de Occidente, revivificada y restaurada en su plenitud, podría volverse utilizable en este caso, gracias a la añadidura del elemento interior que actualmente le falta, pero que bien puede llegar y sobreponerse sin que nada sea cambiado exteriormente” (op. cit., pp. 194-

195).

Una observación se impone aquí. Guénon consideraba en sus escritos sobre todo las posibilidades tradicionales del mundo que cubría en otro tiempo la forma católica del cristianismo, o en todo caso, éste donde existe actualmente, es decir, las posibilidades de un Occidente limitado. Pensaba menos en el mundo ortodoxo y, de una forma general, en todo lo que quedaba fuera del medio de la Iglesia latina: y sabemos personalmente que tenía por esta parte impresiones sensiblemente dife- rentes de las que él guardaba para el catolicismo. Es así como en su artículo “Cris- tianismo e Iniciación” (Études Traditionnelles, sep.-dic., 1949), hablando de la substitución en Occidente moderno del “misticismo” en la iniciación, decía en una nota: “No queremos decir que ciertas formas de iniciación cristiana no se hayan continuado más tarde, puesto que tenemos incluso razones para pensar que subsis- te todavía algo actualmente, pero eso en medios tan limitados que, en efecto, po- demos considerarlo como prácticamente inaccesibles, o bien, como vamos a decir- lo, en ramificaciones del cristianismo aparte de la Iglesia latina”.

A continuación decía, efectivamente, en el cuerpo del artículo referente a la substitución en cuestión: “Lo que decimos aquí no se aplica por otra parte más que a la Iglesia latina, y lo que es muy notable también, es que, en las Iglesias de Orien- te, no ha habido nunca misticismo en el sentido como lo entendemos en el cristia-

nismo occidental desde el siglo XVI; ese hecho puede dar que pensar que una cierta iniciación del género de las que hacemos alusión ha debido mantenerse en esas Iglesias, y, efectivamente, es lo que encontramos con el hesicasmo, cuyo carácter realmente iniciático no parece dudoso, incluso si, aquí como en otros casos tam- bién, ha sido más o menos empequeñecido en el curso de los tiempos modernos, por una consecuencia de las condiciones generales de esta época, a la que sólo pue- den escapar las iniciaciones que están extremadamente poco difundidas, que ellas lo hayan sido siempre o que ellas hayan decidido voluntariamente ‘encerrarse’ más que nunca para evitar toda degeneración”.

De hecho, toda la cuestión del mundo ortodoxo es bien diferente de la del mundo católico. Excepción hecha para Rusia, que había sufrido por su parte desde el siglo XVII las enojosas consecuencias de sus contactos con Occidente propia- mente dicho, el modernismo no ha afectado más que desde hace un siglo la menta- lidad y las instituciones ortodoxas; ese hecho ha sido por otra parte, la consecuen- cia inmediata de la disolución del antiguo imperio turco al abrigo del que se encon- traban en suma con la única excepción rusa, todas las Iglesias de Oriente.

La formación en esas regiones de los estados nacionales a la moda democrá- tica occidental fue pronto seguida por la constitución de las Iglesias autocéfalas nacionales que disociaron la unidad ortodoxa y libraron sus diferentes fracciones debilitadas a la influencia moderna.

Podemos observar que la situación de esta Cristiandad oriental se parece mucho a la del Islam en las mismas regiones. Su cuadro histórico y el de su civiliza- ción quedan sensiblemente siendo el mismo desde la Edad Media hasta el siglo XIX: es de Occidente propiamente dicho que debía venir el espíritu antitradicional para sacudir violentamente y finalmente sumergir un mundo de civilización tradi- cional mixta, islámica y cristiana, que había constituido también hasta aquí una barrera protectora del conjunto de Oriente.

Por todas esas razones, a pesar de la extensión del desorden moderno en to- do el mundo ortodoxo y cristiano oriental en general, las condiciones del clima es- piritual y de mentalidad se han mantenido un poco particulares, y eso permite pen- sar que, por esta parte, las modalidades de una restauración futura serán diferentes en cierta medida, sea cual sea, por otra parte, el alcance cualitativo que podríamos atribuir a esta diferencia.

Para volver al lado propiamente occidental, en la hipótesis que la base con- siderada sería irrealizable en la Iglesia católica, Guénon decía que “la elite, para constituirse, no tendría más que contar con el esfuerzo de los que serían aptos, por su capacidad intelectual fuera de todo medio definido, y por supuesto, sobre el apo- yo de Oriente; su trabajo resultaría más difícil y su acción podría ejercerse a más largo plazo, puesto que tendría que crear ella misma todos los instrumentos en lu- gar de encontrarlos ya preparados como en el otro caso; pero no pensamos que esas dificultades, tan grandes como puedan ser, impidan lo que debe ser cumplido de una forma o de otra” (La crisis del mundo moderno).

Y estimaba oportuno declarar en esta fecha, en 1927, lo siguiente: “Hay des- de ahora, en el mundo occidental ciertos índices de un movimiento que queda to- davía impreciso, pero que puede y debe incluso normalmente acabar en la recons-

trucción de una elite intelectual, a menos que un cataclismo venga demasiado rápi- do para permitirle desarrollarse hasta el final. Apenas es necesario decir que la Iglesia tendría interés, en cuanto a su papel futuro, en adelantar de alguna manera un tal movimiento antes que dejarlo cumplirse sin ella y de estar forzada a seguirle

más tarde para mantener una influencia que amenazaría de escapársele p. 130).

Antes de señalar un punto en particular que concierne a ciertas necesidades en las que podría encontrarse pronto la Iglesia católica, y que René Guénon formu- ló de una forma muy especial, podemos preguntarnos cuál ha sido hasta aquí el efecto de su enseñanza y del conocimiento de las doctrinas orientales sobre la inte- lectualidad católica. No podremos hacer aquí un examen propiamente dicho de esta cuestión, pues queremos solamente fijar ciertas constataciones que tienen su inte- rés en este momento.

Ante todo, si muchos de los católicos, que han conocido los escritos de Gué- non, han adquirido de esa forma una verdadera comprensión de lo que es el espíri- tu oriental y en general tradicional, no parece verdaderamente que haya habido un cambio, no importa cual, desde el lado “representativo de la misma Iglesia. De esta parte, y más precisamente en ciertos medios que ejercen una influencia intelectual importante sobre los dirigentes, hemos visto constituirse muy pronto, y sólidamen- te, una posición doctrinal netamente ‘antioriental’, que no tiene siquiera los carac- teres naturales de la habitual incomprensión exoterista, puesto que ella se hace re- marcar al mismo tiempo por los rasgos de un modernismo acentuado. Estos son los medios donde la especulación filosófica tiene el papel de la intelectualidad propia- mente dicha, donde la ciencia profana y sus métodos ejercen una autoridad indis- cutible, y por los que la Iglesia tiene que integrar todos los aspectos de la civiliza- ción moderna: es así, entre otras cosas, que nos esforzamos en anexionar el presti- gio de toda concepción nueva, desde las teorías filosóficas como el intuicionismo bergsoniano, o como cierto ‘existencialismo’ que quieren presentar como un recur- so doctrinal cristiano hasta los métodos más subversivos y propiamente infernales como el psicoanálisis. Este trabajo de asimilación de todas las producciones del individualismo moderno está incluso considerado como derivando de la actualidad permanente y de la universalidad de la Iglesia, mientras que él se explica precisa- mente por el olvido de lo que realmente hace esos caracteres: pues la actualidad permanente, que es intemporalidad y actividad inmutable de la verdad revelada, no tiene nada que ver con una actitud que se acomoda del evolucionismo y del relati- vismo del pensamiento moderno, que sea racionalista o intuicionista, u otra, y la universalidad, que es limitación y síntesis espiritual, no tiene nada de común con el empirismo y el materialismo de la ciencia no-tradicional, ni con una indiferencia a todo lo que separa lo sagrado de lo profano”.

Por contra, la obra tradicional y antimoderna de René Guénon, han tenido una acogida marcada principalmente por la sospecha, luego por la hostilidad; se buscó incluso la alianza, muy natural, por otro lado, en esas condiciones, de orien- talistas cuya competencia debía tener como papel poner en duda todo carácter no- humano en las doctrinas espirituales de Oriente, y toda concordancia real entre las doctrinas tradicionales en general. Reconoceremos en la diferencia de reacción an-

(op. cit.,

te las teorías modernas de un lado, y la enseñanza tradicional de Guénon del otro, la significación exacta de esta posición intelectual que quieren dar como “católica”.

La síntesis espiritual formulada por Guénon fue así tratada de “sincretismo”

y el sentido universal de su intelectualidad, declarado incompatible con la enseñan-

za cristiana. Pero con el desarrollo implacable de la función del testigo de Oriente,

la autoridad de sus escritos como las ideas que él presentaba se impuso lentamente, pero firmemente: se hizo entonces evidente que era más prudente ignorarlo. Y aho- ra que, a pesar de todo, buen número de católicos como occidentales en general, deben la calidad actual de su consciencia tradicional al estudio de sus libros, y que su prestigio parece verdaderamente innegable, si nos decidimos a tomar acta de esta presencia intelectual, no es a la verdad de las ideas que él ha enseñado, ni al espíritu que él ilustraba que haremos un homenaje, pero, como mucho, incluso es- to, fue en el fondo, bastante raro, en el caso individual de un escritor muy “origi- nal”, impresionante también por la estabilidad y la coherencia inhabituales de su ideología; por tanto su “originalidad” es, ante todo, el efecto extraño que hace la verdad en medio de la ignorancia, y en cuanto a la estabilidad de sus ideas, es la consecuencia de su inspiración no-humana y supra-individual.

Si consideramos ahora de más cerca la impresión que tenemos, del mismo modo, para las doctrinas espirituales de Oriente, nos encontramos en presencia de una “contra-doctrina”, cuya función es de enturbiar todo estudio inteligente, y de desalentar toda esperanza de acercamiento real entre la Iglesia Católica y las tradi- ciones orientales.

Así, si de una forma general, damos una cierta importancia al lado doctrinal de las otras civilizaciones, ello es concebido en un sentido que aspirará siempre a la negación de toda similitud o identidad esencial con las doctrinas cristianas, por ello de toda unidad entre las diferentes formas tradicionales: las concordancias doctri- nales y las analogías simbólicas, cuando estamos obligados a reconocerlas, les atri- buimos simplemente a una cierta unidad natural del pensamiento humano; tam- bién el carácter indiscutible de las doctrinas no-cristianas, más especialmente las de la Tradición Hindú y del Islam, son la expresión de una “mística natural” a la que se opone una “mística sobrenatural” del Cristianismo, ella misma concebida por otra parte en un sentido individualista y sentimental; la realización metafísica, que no llegamos a ver tampoco en el aspecto más alto del Cristianismo incluso, es tratada de “panteísmo”, y, al mismo tiempo, los elementos puramente intelectuales que pueden parecerse un poco en su expresión a las concepciones del misticismo moderno, están reducidas a las categorías especiales de éste, por una forma de pro- ceder que Guénon ha calificado, con toda razón, de “anexionismo” y que debe per- mitir subordinar y bajar el prestigio de todo lo que es no-cristiano.

Además, en lo que concierne a la tradición católica misma, no vemos verda- deramente que se haya comprendido que el orden religioso existente es puramente exotérico y como tal insuficiente para tener una tradición completa y normal.

Cuando se trata del dominio iniciático y metafísico, no concebimos otra cosa que el “misticismo”, y cuando ya no podemos negar siempre, contra toda evidencia, que ha habido un esoterismo cristiano, lo consideramos bien sea como aplicándose

a las realidades que no tienen nada de profundo, bien sea como una simple prolon-

gación de las posibilidades normales del orden religioso común, es decir, el exote- rismo 2 . Pero es cuando se trata de la interpretación de las doctrinas y de los méto- dos hesicastas que la incomprensión y la hostilidad alcanzan las formas más ines- peradas, que confinan en la impiedad misma; eso ciertamente, entre otras cosas, porque se trata de algo que pertenece a la Ortodoxia y del cual el Catolicismo mo- derno ha perdido desde hace tiempo el equivalente. Por tanto, cuando se trata de desarrollo intelectual, habíamos podido creer que la comprensión debe ser más fácil para cosas que no ponen de ningún modo en cuestión dogmas religiosos. ¿Qué podemos esperar, en esas condiciones, en cuanto a la transposición intelectual y metafísica de los dogmas y de la enseñanza teológica, en vista de alcanzar la univer- salidad desde el punto de vista doctrinal, y llegar a un acuerdo de principios con Oriente?

Pero podrían hacernos aquí algunas objeciones de método que, por otra par- te, apuntarían a la tesis de Guénon mismo.

Nos dirán así que no es a las autoridades religiosas, exotéricas por defini- ción, ni a los teólogos u otros intelectuales ordinarios, que incumbe realizar esta comprensión doctrinal y el acuerdo sobre los principios de los cuales se tratan, y que por los demás, en los mejores tiempos de la Edad Media, cuando este acuerdo existía, no es la autoridad religiosa, ni los teólogos ordinarios, quienes participaban directamente y que debían profesarlo abiertamente. Estas observaciones son justas, pero no corresponden a la situación que tenemos en mente, y ello por varias razo- nes.

Primero, la posición doctrinal modernista y anti-oriental de la que habla- mos, juega incluso, en una cierta medida, sobre el plano contingente de los estudios teóricos donde aparece en primer lugar la obra misma de Guénon, y de ese hecho esta posición influye en la mentalidad católica en general; muchos de los que esta- rían dispuestos, de otro modo, a abordar una enseñanza tradicional de inspiración oriental, se encuentran turbados y apartados.

Por otro lado, cuando vemos con qué prisa y facilidad acogen, así como lo decimos, toda clase de concepciones modernas que nada justifica, ni desde el punto de vista intelectual, ni desde un punto de vista “católico” incluso limitado, y que por ello, evidentemente, tampoco podemos invocar un argumento de analogía con lo

2 A este propósito una de las incomprensiones más significativas, pero que a decir verdad no es par- ticular a esta “contra-doctrina”, puesto que la encontramos incluso en algunos que admiten por otra parte la noción de una iniciación como condición previa a una vía de realización, es la que se refiere a la naturaleza y a los medios de la iniciación cristiana. ¡Consideramos así que ésta es concedida por los sacramentos ordinarios de la Iglesia en razón de un privilegio especial que tendría el Cristianismo de ser una iniciación ofrecida a todo el mundo! Esto está afirmado a favor de cierta dificultad que hemos encontrado en demostrar la existencia de otros ritos puramente esotéricos por la iniciación cristiana. No podríamos tratar aquí esta cuestión, pero puesto que muchos de los que procesan esta opinión acuerdan, por otra parte, que el hesicasmo es una vía iniciática, que sepan que éste tiene, incluso en nuestros días, como medio de integración un rito especial y reservado, análogo a lo que sabemos del rito de integración en las iniciaciones islámicas; pero para saber de lo que se trata exactamente, no es a los teólogos ni a los sacerdotes, ni siquiera a cualquier monje, que podríamos preguntarlo; en esta materia hace falta saber que la respuesta dependerá eminentemente de la recta intención del que busca, y de su buena voluntad.

que pasó en la época de las mejores condiciones tradicionales, por tanto estamos bastante justificados en tomar nota de ciertas reacciones a título de tendencia signi- ficativa de orden general, tanto más que las manifestaciones católicas de sentido contrario son casi inexistentes.

En fin, no es difícil admitir que las condiciones en las que están expuestas actualmente ciertas cuestiones, no tienen nada en común con una situación nor- mal, y que no es posible no tenerlas en cuenta en una cierta medida; en nuestros días, se discute de todo y en todos lados, la indiferencia casi general, en cuanto al fondo de las cuestiones, y la libertad de opinión corriente que vemos, por otra par- te, ejercerse en el modernismo católico, hacen que cuestiones que, normalmente, no podrían ser abordadas más que en condiciones estrictamente determinadas, y por aquellos que solamente tendrían las cualificaciones requeridas para hacerlo, de hecho están al alcance y en la discusión de los medios y de las categorías más diver- sas: es así que, nociones que estaban unidas antaño, en el Cristianismo premo- derno, a una enseñanza secreta de carácter estrictamente iniciático, como esas, por ejemplo, que se refieren a la realización suprema y a la unidad fundamental de las formas tradicionales, circulan, sin embargo, bajo formas a menudo incorrectas (puesto que ellas no han sido siempre enunciadas por personas realmente compe- tentes), al lado de todas las aberraciones intelectuales del mundo actual, y es, por otra parte, esta confusión y esta indiferencia real de la mentalidad general que permiten y justifican la publicación, hoy día, de las doctrinas verdaderas, pues por otro lado no habría, puede ser, ninguna posibilidad de alcanzar a los que tienen reales posibilidades espirituales, pero que carecen de la orientación necesaria.

Además, reconocemos de buen grado, que no hace falta darle una importan- cia exagerada a las reacciones de los que no sabrían representar, en todo caso, más que el punto de vista más exterior y las posibilidades intelectuales más comunes, y que es en la actitud de los elementos de elite que hace falta atribuir una importan- cia real.

Pero éstos, ¿tienen verdaderamente una realidad suficiente para que nos de- sinteresemos completamente de lo que pasa en el plano general? Pensamos que por esta parte no debe haber, por el momento, más que virtualidades y esperanzas, pues una constitución efectiva de una elite intelectual se traduciría, necesariamen- te, en cierta medida, al exterior por tendencias diferentes de las de la mentalidad general, y no las vemos apenas hasta ahora.

Basta mirar el ámbito de los estudios tradicionales del Cristianismo para ver cuánto las manifestaciones de una comprensión real de las verdades metafísicas e iniciáticas son raras y bien discretas.

Además, habría incluso que hacer algunas constataciones de un orden más especial que no son alentadoras tampoco. Ciertas posibilidades iniciáticas latentes en el Catolicismo, del que podríamos esperar el despertar, no han tenido conse- cuencias: se trata de lo que Guénon, que tenía conocimiento desde hacía tiempo, designaba más tarde en sus Apercepciones sobre la Iniciación, con la expresión de “supervivencia posible de algunas agrupaciones de hermetismo cristiano de la Edad Media” (op. cit., p. 40, nota I).

Ahora bien, en tanto que las cosas se mantengan así, tanto en el orden doc- trinal como en el orden efectivo, y que una esperanza de enderezamiento subsisti- ría, será legítimo darle una importancia a las condiciones generales intelectuales de las que depende, en cierta medida, la realización de este enderezamiento. En cam- bio, si esta esperanza ya no existiera, o si se encontrase reducida a casi nada, y si las perspectivas menos favorables de la “segunda hipótesis”, que hemos examinado anteriormente, parecen deber ser consideradas como probables para el conjunto occidental, habría, tanto o más, interés en subrayar el carácter representativo gene- ral de esas manifestaciones especiales del espíritu moderno y antitradicional, para que una cierta claridad resulte de todo ello.

Tal claridad producirá, aparentemente, mucha desilusión por un lado, pero permitirá también simplificar los esfuerzos y la orientación posible. Por otro lado, no pediríamos tanto a los representantes de la Iglesia para pronunciarse sobre cuestiones que están fuera de sus atributos normales; eso sería ya demasiado, en las condiciones actuales, si ellos ejercieran esos atributos con respecto a la mentali- dad modernista en las que las fechorías son de orden general y van también contra los intereses, incluso, de orden puramente religioso de la Iglesia. Si, aparte de esto, entre los miembros de la jerarquía católica, se encontrasen algunos cuyas capaci- dades y convicciones aventajaran el orden religioso, y no vemos porqué no sería alguna vez así, creemos que sabrían afirmar su presencia y su punto de vista en cuanto a la orientación espiritual necesaria, pues una reserva excesiva por su parte se giraría contra el derecho e incluso el deber que tienen de vivir en una comunidad espiritual cuya dirección pertenece, no ya a la mentalidad moderna más desconso- lada, ni a las supersticiones más groseras, sino al Espíritu de Verdad y a la santidad intelectual.

Pero René Guénon ha hecho saber que, a pesar de todo, ciertos aconteci- mientos podrían llevar pronto a la Iglesia católica (y nosotros añadiremos igual- mente las otras Iglesias), a considerar de una forma muy especial esta cuestión de posición tradicional de la Cristiandad y también las relaciones con las fuerzas espi- rituales de Oriente en las que ella podrá incluso ver, en un cierto momento, un úl- timo apoyo para su existencia puesta en peligro.

He aquí el punto particular que habíamos reservado anteriormente y que comprenderemos mejor ahora después del examen somero que venimos de hacer.

Fue, en 1927, en La crisis del mundo moderno, que fue formulado. Hablan- do del interés que la Iglesia tendría para adelantarse al movimiento que normal- mente debería conducir a la reconstitución de una elite intelectual, “antes que de- jarlo cumplirse sin ella y de ser obligada a seguirlo tardíamente para mantener una influencia que amenazaría con escapársele”, René Guénon añadía:

“No es necesario colocarse en un punto de vista muy elevado y difí- cilmente accesible para comprender que, en suma, es ella [la Iglesia] quien tendría las ventajas más grandes que sacar de una actitud que, por otra par- te, bien lejos de exigir por su parte el menor compromiso de orden doctri- nal, tendría por el contrario, como resultado, desembarazarse de toda infil- tración del espíritu moderno, y por lo que, además, nada sería modificado exteriormente. Sería un poco paradójico ver al Catolicismo integral realizar- se sin la cooperación de la Iglesia católica, que se encontraría, puede ser en-

tonces, en la singular obligación de aceptar ser defendida contra los asaltos más terribles que jamás haya sufrido por hombres que sus dirigentes, o al menos esos que dejan hablar en su nombre, primero hubieran buscado des- considerar, arrojando sobre ellos, la sospecha más mal fundada; y, por nuestra parte, lamentaríamos que así fuera; pero si no queremos que las co- sas lleguen a ese punto, es el buen momento, para esos a quienes su situa- ción confiere las más graves responsabilidades, de actuar con pleno cono- cimiento de causa y de no permitir ya que tentativas que pueden tener con- secuencias más importantes, puedan encontrarse detenidas por la incom- prensión o la malevolencia de algunas individualidades más o menos subal- ternas, lo que se ha visto ya, y lo que muestra todavía, una vez más, hasta qué punto el desorden reina por todas partes hoy día. Prevemos bien que nadie nos agradecerá esas advertencias, que da- mos con toda independencia y de una forma enteramente desinteresada Lo que nosotros decimos ahora no es más que el resumen de las conclusio- nes a las que hemos sido conducidos por algunas ‘experiencias’ muy recien- tes, realizadas, sobra decirlo, en un terreno puramente intelectual; no te- nemos, al menos por el momento, que entrar a este respecto en detalles que, por lo demás, serían poco interesantes en si mismos; pero podemos afirmar que no hay, en lo anterior, una sola palabra que hayamos escrito sin haberla reflexionado maduramente” (op. cit., pp. 131-132).

Parece ahora que esas advertencias no han servido de nada, pues las cosas han continuado con el mismo espíritu, y por otro lado es sobre todo, después de esta fecha, que se consolidó y se extendió esta posición “anti-oriental” y muy mo- dernista de la que hablábamos. El desarrollo de los asuntos occidentales ha agrava- do todavía la posición de la Iglesia; la inquietud de los peligros próximos crece. En principio, le era ofrecida la ayuda con una solidaridad espiritual con todo lo que es tradicional en el mundo, con el verdadero Oriente, pues la amenaza presente pesa sobre todo lo que queda unido a las verdades santas y a un orden normal, aunque ella pese más particularmente en lo que subsiste todavía de la forma tradicional de Occidente.

La Iglesia hubiera podido tener entre ella y Oriente el nexo de unión de esta elite intelectual propia, cuya formación debería favorecer, si sus dirigentes hubie- sen comprendido bien cuál era el verdadero interés de la Iglesia. No tiene, entre ella y Oriente, más que esa barrera de incomprensión y hostilidad, a veces abierta y a veces disimulada, que constituye esta posición anti-oriental que la aísla con sus propios peligros, y que es la obra de una suerte de “contra-elite”. Hubiera dispues- to, para hacerse comprender, del lenguaje apropiado de un intermediario intelec- tual consagrado, en el que las verdaderas elites tradicionales y las fuerzas espiritua- les serían reconocidas sin contradicción y se hubieran conciliado sin abdicación, puesto que la enseñanza expresada por René Guénon es al mismo tiempo una luz intelectual y una fuerza coordinadora.

No tiene ahora más que intérpretes ignorantes e inseguros, en cuya palabra los verdaderos orientales no tendrán ninguna confianza y que no sabrían expresar ninguna verdad reconocible; de todas formas, esos no alcanzarán nunca a los ver- daderos representantes de Oriente tradicional que quedarán fuera de sus gestiones; tales intérpretes se entenderían más fácilmente con aquellos que se parecen a ellos en el mundo oriental actual, es decir, con los orientales occidentalizados y moder-

nistas que están, contra su propia civilización, aliados con el Occidente moderno; pero estos últimos no tendrán ninguna cualidad para intervenir en el orden pro- fundo de las cosas que nos interesa aquí, puesto que serán ellos mismos excluidos de todo papel representativo, ni siquiera en el orden más exterior, cuando se efec- tuará el restablecimiento de las civilizaciones orientales mismas sobre sus propias bases tradicionales. Y cuando nos demos cuenta de la inanidad de la política segui- da hasta aquí, será, puede ser, demasiado tarde para “volver al punto por el que se debería, normalmente, haber comenzado, es decir, considerar el acuerdo sobre los principios”. Este acuerdo podría hacerse del lado de Occidente por una elite que habrá sido obligada a constituirse fuera del cuadro de la Iglesia.

En efecto, René Guénon ha examinado, desde el principio, así como lo re- cordamos más arriba, la eventualidad de que esta constitución se hiciera fuera de todo soporte ofrecido por una organización existente, y fuera de todo medio defini- do.

Antes de examinar este punto, nos hace falta considerar, a título metódico, aunque secundariamente, otra posibilidad que es la que ofrecen las organizaciones iniciáticas occidentales, existiendo fuera de la forma católica. En este orden, no subsiste, a decir verdad, que poca cosa, a pesar de la pululación actual de toda suer- te de organización con pretensiones iniciáticas. A este respecto citemos todavía las precisiones autorizadas de René Guénon que se refiere así al conjunto de los vesti- gios iniciáticos de Occidente:

“Investigaciones que hemos debido hacer a este respecto, en un tiempo ya lejano, nos han conducido a una conclusión formal e indudable que debemos expresar aquí netamente, sin preocuparnos por el furor que puede correr el riesgo de suscitar en diversas partes; si ponemos a un lado el caso de la supervivencia posible de algunos grupos herméticos cristianos de la Edad Media; por otro lado, extremadamente restringidos en todo caso, es un hecho que, entre todas las organizaciones con pretensiones iniciáticas, que están esparcidas actualmente en el mundo occidental, no hay más que dos que, tan venidas a menos, una y otra, a consecuencia de la ignorancia de sus miembros, pueden reivindicar un origen tradicional auténtico y una transmisión iniciática real; esas dos organizaciones, que por otra parte, a decir verdad, no fueron más que una sola primitivamente y bien que tiene múltiples ramificaciones, son el Compagnonnage y la Masonería. Todo el resto no es más que fantasía o charlatanería, incluso cuando no sirve más

(Apercepciones sobre la Iniciación, p.

que a disimular alguna cosa peor 40, nota 1).

Pero, por parte de estas dos organizaciones, las posibilidades de establecer un punto de apoyo para un verdadero enderezamiento intelectual parecen bastante limitadas.

Incluso fuera del hecho que la Masonería, más particularmente, está infesta- da por la mentalidad moderna más lamentable y por toda suertes de preocupacio- nes políticas y sociales que la han llevado a jugar demasiado a menudo, sobre todo por sus ramas latinas, un papel de instrumento netamente antitradicional en los acontecimientos de las épocas llamadas “modernas” y “contemporánea”, estas dos organizaciones constituyen normalmente iniciaciones de profesión (exclusivamente

masculinas) y como tales tienen carácter esencialmente cosmológico; por conse- cuencia, no sabrían ofrecer una base apropiada para un trabajo intelectual que de- bería ser, ante todo, de orden metafísico, para corresponder al objetivo de un ende- rezamiento por los principios más universales. Es esa, además, la razón por la que Guénon no podía considerar, en Occidente, como organización susceptible de ofre- cer el punto de partida deseado, otra que la Iglesia católica, pues la doctrina teoló- gica en su forma escolástica tiene su propio, al menos parcialmente, punto de vista metafísico que, aun no siendo el más elevado posible, al menos es uno. Podríamos decir, no obstante, que, lo mismo que la cosmología puede finalmente tener un punto de contacto con el dominio metafísico, no sería imposible que en un medio masónico constituido sobre bases estrictamente intelectuales, se hiciera la adjun- ción de un punto de vista metafísico; pero si tal adjunción fuera posible, constitui- ría, a decir verdad, una superposición en relación a lo que hace propiamente el punto de vista masónico y no un desarrollo normal de las posibilidades de éste. A parte de esto, otra dificultad radica en el hecho de que después de su moderniza- ción, que coincide con su “salida” en el plano visible de la historia, es decir, desde el siglo XVIII, la Masonería ha perdido su carácter “operativo” unido al ejercicio efec- tivo de la profesión, para no tener más que un punto de vista “especulativo”: así y todo lo que concierne la doctrina y los medios de realización iniciática está por en- contrar o por reconstituir, y he aquí una dificultad de primer orden; pero al menos la preocupación de esta reconstitución está sobreentendida en la idea de un desper- tar intelectual, de forma que el punto de apoyo masónico con las restricciones seña- ladas y sin ser suficiente el todo, podría ser uno de los factores del enderezamiento tradicional.

De hecho, estos últimos años, ha habido por este lado, un comienzo en este sentido, por la constitución de un medio restringido basado en la enseñanza de Re- né Guénon. Podríamos imaginar entonces ahí un cierto desarrollo, si pudiéramos también aislar el trabajo comenzado de toda intromisión e influencia del medio general, pues en términos generales la situación de la Masonería es peor que nunca, la falta de consciencia tradicional e iniciática, o más bien el espíritu profano, sobre- pasando mucho lo que se ve del lado de la Iglesia Católica misma 3 .

Pero por fin, para una elite en el pleno sentido de esta noción, René Guénon había considerado como posible, a falta de la base católica, la constitución de una elite, fuera de todo medio definido, porque decía que el punto de apoyo, en una or- ganización existente, no era de una necesidad absoluta. Pero en este caso, la elite tendría que contar solamente “con el esfuerzo de los que estarían cualificados por su capacidad intelectual, y también, por supuesto, con el apoyo de Oriente, de for- ma que su trabajo resultaría más difícil y su acción sólo podría ejercerse a largo

3 Una dificultad de un orden particular subsiste en una cierta medida en el hecho de que los maso- nes, para tener una condición íntegramente tradicional, deberían participar en un orden exotérico que para occidente sería normalmente el del Catolicismo. Ahora bien, si del lado masónico la cues- tión de la pertenencia y de la práctica religiosa podría ser un asunto individual, no es lo mismo en cuanto a su admisión en los sacramentos Católicos, de manera que mientras las relaciones entre Roma y la Masonería estén como están, los masones de Occidente no tendrían otro recurso que el de una integración a la Ortodoxia o al Islam, pero por lo menos no hay aquí una dificultad insuperable.

plazo, puesto que tendría que crear ella misma todos los instrumentos del mundo moderno, pp. 130-131).

Sobre la forma de cómo podría hacerse tal constitución, Guénon nunca ha dado muchas precisiones. Para comprender su actitud y su método en este orden de cosas, hace falta recordar lo que decía ya en Oriente y Occidente entonces, inclu- so antes de que hubiera considerado de una forma especial la posibilidad católica:

” (La crisis.

“Si demasiados puntos quedan imprecisos, es que no nos es posible hacer de otra manera, y que las circunstancias solas permitirán en adelante elucidarlas poco a poco.

En todo lo que no es pura y estrictamente doctrinal, las contingen- cias intervienen obligatoriamente, y es de ellas de las que se pueden sacar los medios secundarios de toda realización que supone una adaptación pre-

via

Si en cuestiones como ésta tenemos la preocupación de no decir de-

masiado ni demasiado poco, es que por una parte queremos hacernos com- prender lo más claramente posible y que, sin embargo, por otra parte, de-

bemos reservar siempre algunas posibilidades, actualmente imprevistas,

181).

(op. cit., p.

que por las circunstancias podrían aparecer ulteriormente

En efecto, desde que la parte principal de la obra doctrinal de Guénon apare- ció, varias orientaciones se han diseñado sucesivamente pero, también paralela- mente, entre los que han comprendido su enseñanza y han intentado ponerla en aplicación.

Esas diversas orientaciones han sido fomentadas y ayudadas por Guénon en la medida en que los interesados se han dirigido a él, y, al mismo tiempo, aprove- chaba la ocasión para dar una enseñanza especialmente iniciática, por supuesto que de orden general todavía, en una importante serie de artículos en Voile d’Isis, más tarde Études Traditionnelles.

Hay que señalar este otro lado de su enseñanza, pues él también sale del marco de los estudios simplemente teóricos, y entra precisamente en un terreno técnico: diremos incluso que si hay ahora un libro que es absolutamente único e irremplazable en su obra, y en el dominio iniciático en general, es el titulado Aper- cepciones sobre la Iniciación, que es justamente la síntesis de la primera serie de esos artículos de carácter técnico; la segunda serie será el objeto de un volumen póstumo. Observaremos también que un trabajo tal no tiene nada de equivalente en ningún otro escrito tradicional, y eso en cualquier tradición que sea.

Sin poder entrar en detalles, diremos que entre esas orientaciones, una se vinculaba a la esperanza de una revivificación del esoterismo católico, otra a la re- constitución masónica de la que hemos hablado. Otros elementos han tomado el partido de buscar una iniciación oriental, lo que conduciría a la constitución de “prolongamientos de las elites orientales” en Occidente, no a la formación de una elite occidental propiamente dicha.

Pero la noción de constitución de una elite occidental fuera de todo punto de apoyo, y de todo medio definido, implica la posibilidad de que una elite se constitu- ya con elementos que no tienen ninguna relación con cualquier organización, sea cual sea. Bajo esa correlación, parece que la cuestión de la constitución de una elite

occidental ha quedado sin respuesta hasta aquí. Pero, podemos preguntarnos, ¿qué puede significar exactamente tal constitución? Esta cuestión incluso se hace bajo la forma de una cierta dificultad: dado que, por una parte, según las precisiones de Guénon, por “constitución de elite” hay que comprender, no una simple formación doctrinal, sino una realización efectiva en el orden del conocimiento iniciático y metafísico, y entendiendo, por otra parte, que toda realización de ese género impli- ca una iniciación y la práctica de ciertos medios que deben tener un origen tradi- cional, ¿cómo podemos concebir que una elite se constituya efectivamente, bajo todos los aspectos, sin que tome su punto de apoyo en una organización existente? Para responder a esta pregunta diremos, primero, que para nosotros, indudable- mente, todo el trabajo efectivo debía comenzar por una iniciación y con medios apropiados. ¿Pero hay verdaderamente alguna otra posibilidad iniciática fuera de las precedentemente mencionadas? Nosotros responderemos: Sí.

Queda todavía la posibilidad de que una iniciación propiamente occidental, pero no existiendo ya en Occidente, se reactive en un medio intelectual propicio, con medios apropiados.

¿Cuál sería esta iniciación, y dónde se encontraría? No podría ser otra que la antigua iniciación regular y efectiva del Occidente tradicional retirada desde hace tiempo, allí donde se retira toda iniciación que no tiene la posibilidad de mantener- se en su medio normal, cuando las condiciones cíclicas le son desfavorables. Aña- damos todavía, para rendir cuenta mejor del estado especial del Occidente, que un tal retiro, cuando concierne a la forma iniciática fundamental de una tradición, coincide con el retiro del centro espiritual de esta tradición, y se hace hacia el punto de origen de todo centro de una tradición en particular, es decir, hacia el centro espiritual supremo, donde se queda entonces en un estado latente y de donde pue- de manifestarse de nuevo algunas veces cuando las condiciones cíclicas se lo permi- ten.

Esas re-manifestaciones son facilitadas, en cierta medida, por la presencia, en el medio tradicional abandonado de organizaciones iniciáticas de importancia secundaria que tienen sobre todo el papel de mantener una continuidad de la transmisión iniciática, y enlazar, de lejos, a sus miembros, incluso sin que ellos tengan consciencia, en la influencia del centro retirado.

Es por eso, por otra parte, que el primer método a considerar para la consti- tución de la elite occidental, era el que tomaba un punto de apoyo en una organiza- ción existente. Pero cuando, por diversas razones, una reactualización ya no es po- sible en el cuadro de las organizaciones existentes, mientras que condiciones esen- ciales se encuentran reunidas en un medio no definido, una re-manifestación pue- de producirse, con respecto a este último o a ciertas individualidades «cualifica- das», y entonces la iniciación necesaria y los medios correspondientes pueden re- aparecer. No obstante, en ese caso, la iniciación y los medios de trabajo de realiza- ción presentarían modalidades relativamente nuevas, ligadas más especialmente a las cualificaciones del medio de reactualización; es por otra parte, a través de esas cualificaciones, y a su medida, que serían elaborados los instrumentos de trabajo que aparecerían así sucesivamente, como una especie de creación debida a la elite misma, según las oportunidades del desarrollo efectivo de ésta.

Esta posibilidad, tan difícilmente realizable, nos parece debe ser incluida en lo que Guénon tenía en vista para la idea de una constitución de la elite occidental fuera del punto de apoyo en una organización existente y de todo medio definido. Tenemos por otro lado ciertas razones para pensar que Guénon sabía, por él mis- mo, alguna cosa sobre las posibilidades de ese género, pues en sus comienzos, cier- tas tentativas se produjeron, a partir de intervenciones del antiguo centro retirado de la tradición occidental. Por tanto los acontecimientos que tenemos a la vista aquí han afectado a Guénon mismo y añadiremos que eso no contradice la “generación oriental” personal de Guénon, pues una coordinación de influencias es posible con la acción de centros tradicionales no-cristianos, con metas de un orden más gene- ral. A este respecto, recordaremos que, “después de la destrucción de la Orden del Temple, los iniciados al esoterismo cristiano se organizaron, de acuerdo con los iniciados al esoterismo islámico para mantener, en la medida de lo posible, el lazo que había sido aparentemente roto por esta destrucción” y que esta colaboración entre iniciados de los dos esoterismos mencionados “debió también mantenerse a continuación, puesto que se trataba precisamente de mantener el lazo entre las ini- ciaciones de Oriente y de Occidente” (Apercepciones sobre la Iniciación, pp. 249-

252).

El despertar de la iniciación occidental podría entonces, en principio, ser tentado por tal conjunción de influencias e intervenciones, las dificultades ulterio- res habiendo podido determinar en un sentido más “oriental” el apoyo que todavía podía ser ofrecido a Occidente.

No queremos insistir aquí más sobre ese punto, pero diremos que eso debe ser puesto en relación con las orientaciones espirituales más adecuadas a las pers- pectivas de la “segunda hipótesis” en cuanto a la suerte del Occidente.

Nos hace falta decir ahora que ha habido también, algunas veces, soluciones con un carácter menos regular, lo que se explica por el hecho de que no procedían de indicaciones doctrinales y otras dadas por la enseñanza de Guénon. Tal es el ca- so de los que, a veces fuera incluso de todo conocimiento de esta enseñanza, se han unido a organizaciones teniendo su punto de salida en Oriente, pero que René Guénon las declaraba desprovistas de las condiciones de regularidad tradicional, y que se mostraban, del resto, mancilladas de modernismo. No entraremos en el pro- ceso de esas organizaciones, pero haremos solamente algunas observaciones gene- rales que sobrepasan, por otro lado, ese caso especial, puesto que corresponden a constataciones que hemos podido hacer incluso en ciertos casos donde no había ninguna dificultad bajo la relación de la regularidad esencial de la integración.

Dos tipos de desviaciones de perspectiva tradicional se acusan generalmente en los que no han conocido o no han asimilado lo suficiente la enseñanza de René Guénon, y no han comprendido, por consiguiente, en qué condiciones una realiza- ción verdadera podía ser emprendida por occidentales, que se trate por otra parte de los que se han unido, de una forma ilusoria o regular, a organizaciones orienta- les, o todavía de esos que han quedado sin ningún compromiso: nosotros les lla- mamos la desviación “absolutista” y la desviación “universalista”.

La primera es definida por la voluntad de alcanzar una realización, e incluso el Conocimiento Supremo, fuera de condiciones normales de un método y de tal

forma tradicional, por una simple participación en la técnica estrictamente intelec- tual de la vía respectiva.

La segunda se define por la negligencia de la regla de homogeneidad espiri- tual entre la modalidad iniciática de conjunto a la que quieren participar, y la forma tradicional practicada, o todavía por la ilusión de un método único aplicable indife- rentemente a formas tradicionales diversas, e incluso fuera de la existencia de una relación iniciática.

Las diversas formas de esas desviaciones, que algunas veces se combinan en- tre ellas de forma extraña, proceden todas de una ignorancia de la relación que de- be existir entre la naturaleza de las influencias espirituales actuando en la inicia- ción, los medios de realización correspondientes, y las cualificaciones de los seres humanos.

¡Esta ignorancia está casi siempre ligada con el orgullo y la presunción ca- racterísticos del individualismo moderno, y también con la pretensión de adaptar la enseñanza y la técnica tradicional a las exigencias de los nuevos tiempos!

Para los intelectuales afligidos por estos defectos espirituales, la enseñanza y la disciplina iniciáticas de una forma tradicional son cosas no actuales, bien sea porque las encuentran molestas para la vida ordinaria, bien porque, simplemente, las ignoran.

Estos tratarán entonces, de buen grado, de «ritualismo» la práctica de los medios sagrados de conjunto, sea considerando que no es necesaria en su caso per- sonal (y entonces estamos asombrados de ver cuántos se creen en el mismo caso), sea prefiriendo en este orden combinaciones artificiales de su propia cosecha, que están basadas en el “sincretismo” o en la “mezcla de las formas tradicionales”.

Retomando en un sentido más general ciertos juicios de Guénon, diremos entonces que esas cosas, que constatamos de diferentes lados, son más graves cuando ellas se producen en organizaciones iniciáticas regulares que cuando son el hecho de gentes que, en suma, no actúan más que por su propia cuenta y no tienen nada de auténtico para transmitir.

En fin, un nexo característico y significativo de esas escuelas es su hostilidad, sea declarada o sea disimulada, a la función y a la enseñanza de Guénon. Hay que temer ahora que con su desaparición, esas diversas irregularidades se acentúen todavía más, pues su presencia ejercía un cierto efecto de censura incluso entre esos que no estaban de acuerdo con el conjunto de su enseñanza.

Esto nos lleva a decir una palabra sobre la significación general que puede tener el cese de su función personal. Recordaremos aquí que, hablando de la espe- ranza de un entendimiento entre Oriente y Occidente, y del papel de los “interme- diarios”, decía, respecto a estos últimos, que “su presencia prueba que toda espe- ranza de entendimiento no está irremediablemente perdida” (La crisis del mundo moderno, p. 181).

¿Su brusca desaparición sería interpretada como la pérdida o la disminución de esa esperanza de entendimiento? No es nada dudoso que bajo esa relación hay, en este acontecimiento imprevisto, un cierto sentido negativo, y las diferentes difi-

cultades o limitaciones de posibilidades que había encontrado su función, y de las que hemos hecho mención, por otra parte no harían más que apoyar esta significa- ción. Pero debemos determinar los límites entre los que tal interpretación es posi- ble. Antes que nada, su función debía tener, en algún momento, con la edad, un límite natural.

Por otra parte, incluso si nada prevenía un fin por el momento, su actividad de todas formas se ha extendido, en una duración apreciable: una treintena de años separa su muerte de la publicación de su primer libro; su producción intelectual fue excepcionalmente rica: 17 libros, más la materia de los artículos por publicar en volúmenes, totalizando al menos 8 obras; la influencia de esta obra deberá desarro- llarse todavía más en el futuro. Dado la importancia que nosotros mismos hemos atribuido a la función de René Guénon, su obra no podría quedar sin ninguna con- secuencia positiva en lo que concierne a las relaciones con el Oriente. Por otro lado, el final de su actividad no es una razón suficiente para concluir en el cese mismo del apoyo de Oriente, pues Guénon incluso no ha ligado jamás este apoyo a su sola presencia, y textualmente ha hablado siempre en plural de “intermediarios”, lo que bien puede no ser una simple fórmula de estilo impersonal, tanto más que él no podía prejuzgar lo que pasaría después de él.

Lo que es cierto es que el recurso intelectual que Oriente ha utilizado por él ha cesado, dado que estaba ligado a cualidades personales providencialmente dis- puestas. Lo que es cierto también es que, la parte doctrinal general de su mensaje aparece como ampliamente realizada para hacer posible el despertar intelectual querido en Occidente; no es en el mismo orden que podríamos considerar como probable una continuación del apoyo que el Oriente ofrecía.

Es más bien en cuanto a formas doctrinales más circunstanciadas y a las aplicaciones contingentes de toda clase, que la necesidad de una continuación de este apoyo se hace notar. Eso puede estar ligado por otra parte, de una forma espe- cial, a nuevas necesidades cíclicas de la orientación tradicional; bajo esta relación, podríamos pensar precisamente en un desarrollo más particular en relación con las circunstancias y las modalidades propias a la “segunda hipótesis”, lo que por otro lado nos parece exigir, tanto un lado doctrinal como un lado de orientación prácti- ca, más determinados en su forma.

Reprocharán a nuestras reflexiones un carácter demasiado hipotético y abs- tracto, y lo reconocemos de buen grado, pero no nos es posible evitarlo, tanto más que no buscamos aquí más que circunscribir de una forma más general la significa- ción que puede tener la cesación, en ese momento, de la función personal de Gué- non.

Pero la obra intelectual dejada por Guénon mantendrá su presencia, del mismo modo que todo lo que ha sido concebido bajo su inspiración perseguirá la orientación inicial dada por él.

Su obra comienza incluso a ser conocida y comprendida en ciertos medios de Oriente, allí donde los intelectuales que han hecho la experiencia de la actual civili- zación occidental y de las doctrinas profanas, y que han probado todas sus conse- cuencias, en ellos mismos y alrededor de ellos, no tienen otro medio de volver a tomar contacto con el espíritu tradicional más que a través de una enseñanza que

constituye a la vez una crítica eficaz del espíritu moderno y una formulación inteli- gible de las verdades inmutables de la tradición.

Por otro lado, esos que, en Occidente, constituyen, por su unión oriental, lo que Guénon llamaba “una prolongación de las elites orientales que podría conver- tirse en un nexo de unión entre estas y la elite occidental el día en que esta última llegase a constituirse”, son, de una forma natural, una razón de no abandonar la esperanza de una armonía del Occidente con las fuerzas saludables del Oriente tra- dicional.

Pero en las condiciones de la existencia de una época llena de toda serie de ilusiones y de peligros, esta esperanza queda fundada sobre la fidelidad perfecta de todos lados a la enseñanza de ese que fue y será la “Brújula infalible” y la “Coraza impenetrable”.

Todos esos que participan de la sabiduría tradicional y del espíritu de verda- dera reconciliación divina del mundo, encontrarán ciertamente la misma incom- prensión que su gran predecesor, y serán también el objeto de la misma hostilidad, o todavía mucho más, que la que ha probado el Testigo de la Verdad Única y Uni- versal, pero es a ellos a los que, en el orden de las implicaciones humanas, recurri- remos finalmente para encontrar una intercesión que, más allá, de los errores y las iniquidades de un mundo que se sepulta en su propio caos, debe abrir las puertas de la Luz y de la Paz.