Sé que ahora, en las calles, hay muchas personas hablando de mis derechos, derechos que se resumen a cosas tan

simples y tan maravillosas como la libertad y la vida. Sé que están exigiendo que los hombres nos devuelvan lo que nos arrebataron, pero para mí ya es tarde. El único derecho que se me concede es el de esta agonía en la que siento cómo mis pulmones se paralizan, el del sabor de la sangre que colapsa mi garganta, el derecho a morir como lo estoy haciendo ahora mismo... Así es, Compañeras y Compañeros. Hoy aquí, como en otros lugares de España, esta España medieval en tantos aspectos, estamos concentrándonos por los derechos robados a los animales, a los animales no humanos, pero nadie más allá parece querer escucharnos. Con muy pocas excepciones, los responsables políticos a los que nos dirigimos no desean ser vistos entre nosotros, les molestamos porque la justicia que reivindicamos hace tambalearse el sistema que alimenta su ambición, su egoísmo y su soberbia. Mañana, entre la selección de recortes de la prensa que sus asistentes les entreguen durante el desayuno, probablemente no habrá referencias, o serán mínimas, a este veinticinco de Marzo como la jornada en la que tantas personas se reunieron para pedir el fin de la explotación y la violencia que nuestra especie ejerce sobre otras. Y si alguien les pregunta sonreirán y se les llenará la boca hablando de la libertad que, gracias a ellos, nos permite celebrar estos actos. Actos cuya autorización utilizan para proclamarse adalides de la democracia y de la igualdad, pero por los que pasan de puntillas porque su cobardía es tan grande como su falta de compasión, sobre todo cuando las víctimas no figuran en los censos electorales. Durante la lectura de este Manifiesto un número ingente de animales serán sometidos a tortura o asesinados. Para muchos no son más que nombres en un cartel o en un folleto de festejos, trofeos deportivos, materia prima para su negocio o una minúscula reseña en la sección de sucesos de los diarios. Pero para los que hoy estamos reunidos aquí todos ellos, del primero al último, se encarnan de forma simbólica en un mismo cuerpo: un cachorro de Pomerania, y en un mismo nombre: Schnauzi. Porque al fin, decidida su tortura y muerte al amparo de la ley o del delito, sus autores, unos y otros, verdugos todos, serán tratados con la sobrecogedora benevolencia de un sistema que los protege en un caso, y apenas nada hace en el otro por condenarlos como merecerían, ni aún teniendo en cuenta que muchos de ellos acabarán por dar un salto en su comportamiento violento para escoger como víctimas a seres humanos. No vamos a lograr que mañana deje de haber toros alanceados, ensogados o embolados, ni tigres ejecutando números antinaturales en un circo obligados

por el miedo al castigo, tampoco vamos a conseguir que los zoológicos liberen en santuarios a sus reclusos, o que cierren las granjas donde los visones permanecen enjaulados hasta que les arrancan la piel, los cerdos y las terneras estabulados hasta que los descuartizan y los monos encerrados hasta que los someten a atroces sesiones de experimentación y vivisección. No, seguro que mañana no se acabará con una actividad en la que se mata por matar, como es la caza, ni van a desaparecer las siniestras perreras con sus salas destinadas a las ejecuciones. Tampoco se va a condenar con pena de cárcel, como sería de justicia, al próximo que mate a pedradas a una docena de gatos y exhiba sonriendo sus cuerpos ensangrentados en internet, al que grabe las horas de pánico y dolor de un cachorro ni a los que torturan hasta la muerte a una burrita introduciéndole un palo por el ano. Nada de eso va a ocurrir mañana, pero si ya no está permitido arrojar a una cabra desde un campanario, si al Toro de Coria no se le pueden lanzar dardos, si las peleas caninas están prohibidas, si ya no se importan en España productos realizados con piel de perros y de gatos, si las corridas de toros han dejado de ser legales en Cataluña al igual que en numerosas localidades declaradas antitaurinas, y en otras tantas se niega el establecimiento de circos con animales, si todo lo anterior es una realidad, es porque los que estáis aquí y otros muchos que no han podido acudir pero cuya fuerza sentimos, decidisteis un día no seguir siendo cómplices con vuestro silencio, y emprendisteis este camino que llevará tanto a la liberación de los animales con el reconocimiento de sus derechos fundamentales como a la nuestra, porque nos habremos sacudido el yugo que representa la permisividad ante la tortura y el “todo vale” con tal de satisfacer la codicia humana. Ese día seremos más libres, pues estaremos construyendo una sociedad en la que toda forma de violencia, sea quien sea la víctima, constituirá un acto punible. Y no olvidemos, no lo hagamos jamás, que es muy probable - y la historia así nos los demuestra – que quien no siente compasión ante el sufrimiento de un perro o de un pájaro acabará por no experimentarla tampoco ante el padecimiento de un miembro de su propia especie. Gracias a todos por estar aquí, también en nombre de aquellos que jamás os las podrán dar. Pero sobre todo, gracias por seguir mañana, al igual que ayer, al igual que hoy, contribuyendo a hacer de esta tierra un lugar en el que el respeto hacia aquellos con los que la compartimos, llene el espacio que hasta ahora ocupa un especismo responsable de la agonía atroz de millones de seres. No pedimos favores, exigimos justicia, y no nos detendremos hasta lograrla, lo haremos nosotros y lo harán nuestros hijos, porque el movimiento animalista es una realidad imparable. ¡Gracias y Salud!

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