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PROLOGO A EL CAUTIVO, GONZALO ROJAS

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PROLOGO A EL CAUTIVO Gonzalo Rojas

Déjenme decir en diez minutos que la poesía de esta Juana de Chile que acabo de leer es un rehallazgo. Un reencuentro con la Palabra que más amé: la marginal y la libérrima, la que dice y no alcanza, la del distanciamiento que a la vez es relámpago, el neuma ígneo de lo neutro. Lo neutro (ni lo alto ni lo bajo, ni lo claro ni lo oscuro): el zumbido del enigma. Ahí estas cinco líneas que se me dan como clave:
Sobre la mesa hojas que no fueron escritas Blancas flores marchitas en un vaso sin agua La imagen de una silla

No hay análisis quirúrgico que descifre el ejercicio visionario. Para el que tenga oreja para oír y ojo de asombro el golpe del sin-sentido del Mundo está ahí. El descrédito de la famosa realidad que parece evaporarse lo mismo que la liturgia de la sintaxis tradicional. ¿Nunca habrá de entenderse que hay que leer la red entera para captar la urdimbre? Por otra parte, no es mío entrar en la espesura teórica en este instante de encantamiento aunque me sé por afinidad de temple y de lenguaje las estrategias del balbuceo. De ahí que partiera justo por este texto. Ahora, de los otros cuarenta o más, será el lector quien diga, como siempre. El sí y el no, las preferencias, los desdenes. Que apunten y disparen. Lo sucio en este caso es el murmullo murmurante y el rencor, la pestilencia seca del rencor. Pero nadie podrá negar la transparencia y la contención que discurren por lo hondo de estas páginas parcas cuya vivacidad y lozanía recuerdan de repente la centella aforística del gran Antonio Porchia a quien nuestra escritora desconoce: “La poesía se hace no sabiéndola

hacer”, o del joven Novalis eternamente joven con sus doscientos años por cumplir en fecha próxima: “El tedio es hambre”. El gran tema vital de este cuaderno es el despojo. No tener: ser. Ahora mismo me callo para releer en alta voz el oleaje del eros y del tánatos, y el de la inmediatez (Goethe le dice circunstancia) sin la cual no hay principio progenitor. Soy el viejo galeote y todavía sigo remando duro a la intemperie. No escribo prólogos pero algunas alabanzas cuando se impone el vaticinio. Remo y remo cantando en el peligro contra las estrellas altas, mi único techo protector. Pero óiganla a ella, la letra es de Juana. La música, del mar. Oigan entonces por ejemplo En el puente, magistral en su plasmación, o Aquí en este zapato donde no se puede decir más con menos, o Tuve miedo, esas tres líneas exiguas en que la peripecia de la perdedora nos estremece, o Sacrificio, o Me visto y me desvisto. ¡O lo que usted quiera, desocupado lector! Pónganse en el caso de Lichtenberg (1742-1799), ¿por qué no? ¿Qué hubiera escogido el humorista genial? Seguro esto, con lo que se cierra el libro:
Aquí se fue la luz llevándose la mesa, las paredes el sillón de la esquina la esquina del sillón y las ventanas

-Absurdo, sólo tú eres puro, dijo una vez Vallejo. Hablando por último en confianza, ¿no es el pensamiento un cuchillo sin hojas, y por lo visto sin filo, al que le falta el mango? Habrá Gabrielas y Alejandras pero esta voz secreta ya empieza a crecer. Todo es cosa de días. Substancia substancial no le falta y ya le dijo adiós al adjetivo barroquero, esa bazofia. La locura, en fin, y la gracia. Apuesto a esta mujer. Tiene lo suyo por desenfado y por misterio.

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