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Capítulo 2: "El Templo"

Por la noche, en el desierto las temperaturas bajaban bruscamente y aquella


noche hacia mucho frío. Cuando fui a acostarme tuve que ponerme cuatro mantas
para paliar las bajas temperaturas, a parte del pijama y un abrigo muy grueso,
aunque no conseguía dormirme pensando en que habían demasiadas incongruencias
con respecto a la puerta. Al no poder dormir decidí salir para pasear un rato a
ver si conseguía conciliar el sueño. Me cogí un par de las mantas más gruesas y
salí de la tienda.
Empecé a pasear por el campamento sin hacer ruido para no despertar a nadie.
Hacía un frío terrible, además de bastante viento, terminé sentándome en el
último de los escalones que conducían a la puerta, mirándola fijamente intentando
averiguar cómo abrirla. Creo que estuve un par de horas allí delante sin conseguir
que me viniese nada a la mente y conseguir que ya no me notase la nariz del frío
que tenía. De repente sentí un escalofrío, creí que era por las bajas
temperaturas, pero volví a sentir el fuerte pinchazo en el corazón de aquella
misma mañana. Me levanté y me acerqué a la puerta, y cada vez que me acercaba
sentía más fuerte el pinchazo en el corazón y unos escalofríos más profundos. No
entendía qué me estaba pasando sentí incluso que me faltaba el aire. De pronto
alguien por detrás me preguntó:

—¿Qué haces aquí fuera con el frío que hace?


—¡Ah! Daniel eres tú, que susto me has dado. Lo que pasa es que no podía dormir.
—Deberías descansar para que no te vuelva a pasar lo mismo de esta mañana—me
dijo con tono de preocupación.

Me acompañó hasta mi tienda y al despedirse me dijo que le encantaba que yo


estuviese allí. Que extraño, apenas me conocía y sin embargo se preocupaba
mucho por mí. Me dio las buenas noches y se fue a su tienda. Los escalofríos y el
pinchazo en el corazón desparecieron cuando me aparté de la puerta. ¿Qué
quería decir todo aquello? ¿Qué me estaba pasando?

Al día siguiente me levanté bastante mal, tenía un dolor de cabeza horrible por
un sueño muy extraño que se me había repetido durante toda la noche, en el que
aparecía yo de antigua egipcia corriendo por un templo huyendo de algo. Me lavé
la cara y me vestí. Salí de la tienda y algunos de los chicos ya se habían
levantado, incluido Daniel. Poco después se levantaron el resto de los ayudantes y
después de desayunar nos pusimos a trabajar en la puerta. Cuando estábamos
trabajando, Laura, una de las ayudantes, vino a avisarle a Daniel que por el
teléfono vía satélite (situado en la tienda de Daniel) tenía una llamada del
gobierno egipcio. Así Daniel se fue a su tienda para atenderla.
Mientras Daniel estaba al teléfono yo seguía trabajando en la puerta junto con
algunos de los chicos del equipo, mientras el resto seguían estudiando los objetos
antiguos que habían encontrado. Me desesperaba ver que no conseguíamos nada y
Laura dijo muy furiosa:
—Esto es imposible, lo hemos intentado todo y nada.

Por lo visto yo no era la única que aquella situación la estaba poniendo de los
nervios, pero les dije a todos que seguramente algo se nos había pasado por alto
y que no podíamos desanimarnos. Les pedí a Laura y Clara que examinaran de
nuevo la parte derecha de la puerta mientras yo lo hacía con la parte izquierda,
con esto pretendía asegurarme que no nos habíamos olvidado de nada.
Cuando estábamos examinando de nuevo la puerta Daniel salió de su tienda
maldiciendo y dando patadas a la arena del suelo. Todos nos quedamos muy
sorprendidos por aquella reacción de Daniel ya que él siempre era muy tranquilo.
Entonces le pregunté a Daniel que pasaba y me dijo que tenía que hablar con todo
el equipo muy seriamente. Nos reunimos todos debajo de la lona en donde se
encontraban los objetos antiguos y donde estaban los otros chicos. La cara de
Daniel era muy expresiva, en ella podía verse claramente que algo no iba bien.
Juan le preguntó:

—¿Qué pasa Daniel?


—Tengo malas noticias.

La llamada que acababa de recibir del gobierno del país era que nos daban tan
sólo veinticuatro horas para dar noticias sobre algún avance con respecto al
hallazgo de la entrada, si transcurrido ese plazo no dábamos señales de progreso
la zona volvería a quedar en manos de los militares como campo de pruebas.

—¡¿Qué?! , ¿no lo dirás en serio?—dijimos todos.


—Pero, ¿es que no les has dicho que puede que tengamos un descubrimiento entre
manos?—le dijo Jose a Daniel.
—Por supuesto que sí, incluso les he suplicado que nos diesen más tiempo, pero no
han querido dármelo—nos explicó Daniel.
—Con veinticuatro horas es imposible hacer nada, no avanzamos con la apertura
de la puerta—dijo Laura desanimada.
—A los del gobierno solo les interesa el poder, el dinero y sus secuencias de
destrucción—dijo irónicamente Javi.
—¿Secuencias?—pensé para mí misma.
—Sé que estáis enfadados y yo también lo estoy pero tenéis que entender que
estamos en un país extranjero y no podemos hacer nada—dijo Daniel.
—¿Y tú Elizabeth no dices nada?—me preguntó Clara.

Sin decir nada me fui corriendo hacía la puerta dejando a todos sorprendidos por
mi comportamiento. Me quedé parada delante de la puerta observándola mientras
todos me preguntaban que hacía, seguí sin contestarles. Tal vez era una locura lo
que estaba pasando por mi mente pero era la única razón lógica que en aquel
momento se me ocurría, quizás y sólo quizás la razón por la cual no tenían sentido
los jeroglíficos unos con otros es que se trataba de una secuencia desordenada,
una secuencia que si se llegase a ordenar pudiese abrir la puerta. Examiné todos
los jeroglíficos mientras todos se quedaron parados preguntándome qué hacía.
Por fin lo vi claro, los jeroglíficos de la puerta narraban la historia del nacimiento
de Osiris y de Isis y la historia estaba desordenada. Les dije a todos lo que se
me había ocurrido, lo único que me faltaba era saber cómo podía ordenar la
historia. Mientras los chicos pensaban que aquello era una tontería, Daniel y las
chicas me dijeron que tal vez la forma de ordenarla sería presionando los
jeroglíficos en la secuencia correcta. Daniel, Laura y Clara se acercaron para
ayudarme a ordenar la secuencia. Así empecé a presionar los jeroglíficos según el
orden correcto que me decían los tres. Cuando presioné el último jeroglífico la
puerta empezó a abrirse y entonces Daniel me preguntó:

—¿Cómo se te ha ocurrido esa idea?


—Gracias a Javier, que me ha dado la idea.

Al abrirse la puerta Daniel corrió a su tienda a llamar al gobierno del país para
decirles sobre el avance de nuestra investigación, y gracias a Dios nos dieron más
tiempo para trabajar en la excavación. Las chicas y yo nos abrazamos contentas
por el progreso y el resto de chicos se quedaron atónitos al ver que mi idea había
funcionado. Por fin podíamos entrar en el templo.

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