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Y La Biblia Tenía Razón

Y La Biblia Tenía Razón

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Y la Bíblia tenía razón es un libro que nos muestra la verdad histórica de las escrituras comprobada por las investigaciones arqueológicas.

La arqueología bíblica hace pocos años era un campo casi inexplorado pero que a día de hoy nos ha ofrecido conocimientos tan revolucionarios (sobre todo en los últimos años) que hoy es posible responder satisfactoriamente a muchas de las preguntas que muchos oponían al contenido histórico de los libros sagrados.

Las excavaciones realizadas han sacado de entre los escombros una Importante cantidad de testigos mudos de los hechos que explica la Biblia.

Autor: Werner Keller
Para Usos Internos y Didácticos Solamente
Y la Bíblia tenía razón es un libro que nos muestra la verdad histórica de las escrituras comprobada por las investigaciones arqueológicas.

La arqueología bíblica hace pocos años era un campo casi inexplorado pero que a día de hoy nos ha ofrecido conocimientos tan revolucionarios (sobre todo en los últimos años) que hoy es posible responder satisfactoriamente a muchas de las preguntas que muchos oponían al contenido histórico de los libros sagrados.

Las excavaciones realizadas han sacado de entre los escombros una Importante cantidad de testigos mudos de los hechos que explica la Biblia.

Autor: Werner Keller
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04/14/2013

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Dos sueños célebres. — Ciro reúne la Media y la Persia. — Un escrito en la
pared. — Baltasar era sólo príncipe heredero. — Entrada pacifica en Babilonia.
— Tolerancia de los persas.

ASÍ AFIRMA YAHVÉ A SU UNGIDO CIRO, A QUIEN YO TOME
DE LA DIESTRA PARA PISOTEAR PUEBLOS DELANTE DE ÉL Y
HERIR LOMOS DE REYES; PARA ABRIR DELANTE DE ÉL

PUERTAS Y QUE LAS PUERTAS NO QUEDEN CERRADAS (Is.
45:1).

Siete años después de la muerte de Nabucodonosor asciende al trono de Babilonia
Nabonides "el primer arqueólogo," 550 años antes de J.C. Será el último soberano
del País de los Dos Ríos, pues los acontecimientos desarrollados en la alta meseta de
Irán demuestran que la Historia Universal va a experimentar una gran evolución.

Cinco años después de haber subido al trono Nabonides comienca, con la dominación
de los persas, la nueva era.

Los medos que, junto con los babilonios, eran desde la caída de Nínive en el año 612
antes de J.C., herederos del desgarrado imperio de los asirios, son dominados, de forma
imprevista, por sus vecinos y vasallos los persas. El rey medo Astiages es vencido por
su propio nieto Ciro.

Los grandes de la Antigüedad acostumbraban anunciar su llegada de una forma
singular; a menudo ya se salían del marco corriente de sus contemporáneos por las
especiales circunstancias de su nacimiento. La suerte de Ciro la deciden dos sueños
verdaderamente insólitos
. Por todo el Antiguo Oriente iban de boca en boca y así
llegaron también a oídos de Heródoto, quien los refiere en estos términos:

"Astiages... tuvo una hija a la cual dio el nombre de Mandana. De ésta soñó Astiages
que orinaba con tan gran abundancia, que su capital y hasta el Asia entera quedaban
inundadas. Entonces consultó a sus magos sobre el significado de semejante sueño y se
horrorizó al oír de su boca la interpretación que le dieron. En vista de ello decidió no
entregar a Mandana, que ya estaba en edad de tomar marido, a ningún medo, por temor
de la visión que había tenido; sino que la entregó a un persa de nombre Cambises...

"El primer año del matrimonio de Cambises y Mandana, Astiages tuvo otro sueño: le
pareció ver brotar de la matriz de su hija una cepa que cubría a toda el Asia. Habiendo
comunicado este sueño a los intérpretes, hizo venir de Persia a su hija Mandana, que
estaba en vísperas de dar a luz. Tan pronto como llegó la hizo vigilar y custodiar, con el
designio de hacer perecer al niño que le naciese, pues los magos intérpretes de los
sueños habían predicho que el niño que naciese de esta princesa reinaría en lugar suyo.
Por esto estaba alerta Astiages y, cuando Ciro hubo nacido, mandó llamar a Harpagón,
que era aquel de su casa y de los medos en quien más confianza tenía... Y a éste le habló
así:

"—Toma al niño que Mandana ha dado a luz, llévalo a tu casa y mátalo."

Harpagón no tuvo valor para cumplir el terrible encargo que le hizo el abuelo. Y Ciro
siguió viviendo.

No son solamente el nacimiento y la juventud de Ciro los que están envueltos en la
leyenda. Este hijo de reyes de la raza persa de los Aqueménidas más que ningún otro
príncipe del Viejo Mundo, ha ocupado la fantasía de los pueblos y ha excitado su
admiración. El griego Jenofonte glorificó la fundación de su reino en un poema titulado
la Ciropedia.

La Biblia lo considera y le recuerda como el portador de la luz. Su rápido y brillante
encumbramiento es ejemplar y no se encuentra manchado por acto alguno de violencia.
Su política valiente y generosa hace de él una de las figuras más simpáticas del Antiguo
Oriente. La más repugnante cualidad de los soberanos orientales que le precedieron, su
despótica crueldad, falta en absoluto en ese personaje persa.

Ciro puede ser situado históricamente en el año 550 antes de Jesucristo. En este año
toma a Ecbatana, la capital del reino medo. Su abuelo Astiages tiene que emprender el
camino del destierro. Ciro une el reino medo con el reino persa. Contra el vencedor
forman una alianza Babilonia y Lidia en el Asia Menor y Esparta. El rey lidio Creso —
su nombre es aún hoy día sinónimo de grandes riquezas — ataca a los persas. Ciro toma
su capital Sardes 1

y lo derrota.

El camino queda libre hasta Babilonia. Esta ciudad ejerce sobre él un irresistible
atractivo.

En el fondo de esta situación se fue formando un relato misterioso y extraño que,
conservado en la Biblia, nos lo ha transmitido, teniendo ocupada durante mucho tiempo
la fantasía de los pueblos de Occidente. El mismo nos dice:

"El rey Baltasar celebró un gran banquete en honor de sus mil magnates y bebió vino
en presencia de esos mil... Bebieron vino y alabaron a sus dioses de oro y plata, de
hierro y de bronce, de leño y de piedra. En aquel momento aparecieron los dedos de
una mano de hombre que escribieron delante del candelero sobre la cal de la pared del
palacio real... Mudó entonces el rey el color del semblante y sus pensamientos se
turbaron; y las articulaciones de sus caderas se relajaron y las rodillas comenzaron a
golpearse la una contra la otra. El rey gritó fuertemente para que hiciesen entrar a los
adivinos, los caldeos y los astrólogos. El monarca tomó la palabra y dijo a los sabios
de Babilonia: "cualquier hombre que leyere este escrito y me declare su interpretación
será vestido de púrpura con collar de oro a su cuello y será el tercero en autoridad en
el reino""
(Dan. 5:1, 4-7).

"Mené, tekel, ufarsin," decían aquellas célebres palabras de la pared. Y esta es su
interpretación: "Dios ha contado los días de tu reinado y le ha puesto fin." "Has sido
pesado en la balanza y hallado falto de peso." "Tu imperio ha sido desgarrado y dado a
los medos y persas"
(Dan. 5:25-28).

Cuando José descifró en Egipto los sueños del Faraón sobre las siete vacas flacas y las
siete gordas y sobre las espigas, se convirtió en el segundo hombre del Imperio, en el
gran visir.

¿Qué significado tenía la premisa de ser "el tercer hombre en mi reino" como
recompensa para el que descifrara aquel misterioso escrito?

Este dato que da la Biblia resulta incomprensible y sólo pudo ser aclarado con auxilio
de la arqueología.

Quién fue Baltasar es cosa sabida por los textos de escritura cuneiforme de su propio
padre. No fue, según dice el Libro de Daniel (5:2) hijo de Nabucodonosor, sino hijo de
Nabonides, que en una de las incripciones dice: "Y en el corazón de Baltasar, mi hijo

primogénito, vástago de mis entrañas, pon el temor de tu excelsa divinidad, para que así
no cometa ningún pecado y pueda tener lo suficiente para la plenitud de la vida."

De ello se deduce claramente que Baltasar era príncipe heredero, el segundo hombre
de Babilonia. Siendo así, sólo podía ofrecer el tercer puesto en autoridad.

El relato del banquete de Baltasar y de la inscripción en la pared reflejan desde el punto
de vista profético la situación política de aquella época; en el año 539 antes de J.C., Ciro
se dirigió contra Nabonides, derrotando al ejército babilónico. De esta forma estaban
contadas las horas del último gran reino de Mesopotamia.

"Desciende y siéntate en el polvo, virgen hija de Babilonia; ¡siéntate en la tierra! pues
la hija de los caldeos ya no tendrá trono"
(Is. 47:1).

Los hititas, los kassitas y los asirios habían procurado, muy a menudo, idéntica suerte a
la gigantesca ciudad. Pero la presente conquista se sale del molde acostumbrado en los
procedimientos guerreros del Antiguo Oriente; no tiene semejanze. Esta vez no se
elevan las llamas del incendio detrás de las murallas derruidas, no se arrasa ningún
templo ni ningún palacio, no se saquea casa alguna y nadie es degollado ni empalado. El
cilindro de arcilla de Ciro explica, en doctrina babilónica, lo que ahora aconteció.

"Cuando hice mi entrada pacífica en Babilonia y entre júbilo y aclamaciones subí al
palacio de los príncipes, la residencia del soberano Marduk. El gran Señor, hizo que se
inclinara el corazón de los babilonios hacia mí mientras yo me ocupaba en honrarle cada
día. Mis tropas, diseminadas, deambulaban pacíficamente por Babilonia. No consentí
que nadie molestara ni a los sumerios ni a los acadios. Me preocupé mucho del estado
interior de Babilonia y de todas sus ciudades. A sus habitantes... los liberé del yugo tal
como les convenía. Mejoré sus viviendas arruinadas, les libré de su dolor... Y soy Ciro,
rey de todos, el gran rey, el rey poderoso, rey de Babilonia, rey de los sumerios y de los
habitantes de Akkad, rey de las cuatro regiones del mundo..."

La última frase parece dar a entender que el cronista bíblico conocía el texto del cilindro
de arcilla, pues dice: "Así dice Ciro, rey de Persia: El Señor, el Dios de los cielos me ha
dado todos los reinos de la Tierra"
(2 Par. 36:23).

Que los soberanos hagan mención de su tolerancia en sus manifestaciones era cosa
desacostumbrada y ello constituye una prueba de la personalidad del rey de los
persas.

Después de su entrada en Babilonia, Ciro hace colocar de nuevo las imágenes y los
altares de los dioses del pueblo.
Él mismo no deja de adorar cada día a Marduk, el
dios más importante de la ciudad. En Ur hace lo mismo. En un cilindro de arcilla que,
aunque roto, se conservó en las ruinas, el propio Ciro dice:

"Sin, aquel que ilumina el cielo y la tierra con sus señales favorables, puso en mis
manos las cuatro regiones del mundo. Volví a colocar a los dioses en sus altares."

Su tolerancia favoreció también a los judíos. Después de largos decenios de destierro,
pudo, por fin, realizarse su gran anhelo.

** ** **

A 80 km. al este de Esmirna.

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