EL BUITRE Y LA NIÑA por José Daniel Espejo Foro Ciudadano de la Región de Murcia

Seguramente uno de los acontecimientos más reveladores del (triste) panorama cultural actual, la llamada posmodernidad, sea la cadena de sucesos que se abrió en marzo de 1993, cuando el fotógrafo sudafricano Kevin Carter vio a un buitre acercarse a una niña desnutrida en Sudán, y se cerró el 27 de julio de 1994, cuando Carter se quitó la vida, en Johannesburgo, inhalando los gases de su propia camioneta. Carter era un orgulloso representante de una especie de reporteros hoy casi extinta: los que creían que traducir la miseria del mundo en imágenes y plantarlas, de la forma más directa posible, frente a los votantes de las democracias occidentales serviría para mitigar esa miseria. Fue una de las primeras víctimas de un desplazamiento cultural que, bien entrados los años noventa del pasado siglo, ya no permitía el funcionamiento de ese sencillo mecanismo. La realidad ya no existía sino como representación, y las viejas narrativas eran demasiado sencillas para el gusto de la época. Ante cualquier acontecimiento, el ciudadano posindustrial analizaba la forma del relato, las circunstancias de su creación. Cuestionaba el canal, el emisor, las motivaciones. El mensaje en sí era olvidado, o ignorado por inaccesible e irrelevante. Los recursos narrativos se convirtieron en la narración en sí. En ese contexto, la instantánea de Carter recibe el premio Pulitzer de 1994, y pasa al efímero centro de atención de los mass-media. Este prestigioso y vetusto premio tiende ( y más hace veinte años) al positivismo, a cierta ingenuidad muy en línea con los presupuestos de Carter. Es lo que la posmodernidad (ese “monstruo amable” cultural, por parafrasear a Raffaelle Simone), estaba esperando con las armas cargadas. Se acusa a Carter de abandonar a la niña a su suerte tras tomar la fotografía, de disfrutar de fama y dinero a costa de una muerte evitable, de ser el segundo buitre de la foto. Carter no entiende nada. Acostumbrado a fotografiar conflictos bélicos, a trabajar con sigilo y desaparecer, a salvar la vida por patas ante las milicias africanas de cualquier bando, no sabe defenderse. Se contradice en sus explicaciones. El trabajo de toda su vida es invalidado: pasa de ser parte de la solución a ser parte del problema, de la indiferencia y la hipocresía, de la explotación neocolonial. Unas semanas más tarde, se quita la vida en un último gesto de coherencia o de rechazo a ser asimilado por la cultura de los culpables. Hace poco, discutiendo de madrugada con los poetas José Óscar López y Diego Sánchez Aguilar, y lógicamente muy borrachos, abordamos a los grandes novelistas posmodernos: Thomas Pynchon, David Foster Wallace. ¿Hasta qué punto son capaces de enfrentarse a un núcleo de realidad en sus ficciones? ¿Esa obsesión por el modo esconde algún tipo de fobia al contenido, aunque sea horror vacui? Llegamos, que yo recuerde, al menos a tres conclusiones: a/ Que La broma infinita es una novela muy larga; b/ Que para bromas infinitas, las novelas de Pynchon, paradójicamente; y c/ Que en Hablemos de langostas, cuando DFW ( otro suicida) se pregunta tan analíticamente si las langostas sienten dolor al ser hervidas vivas, por lo que se está preguntando en realidad es por la posibilidad de una literatura con contenido, con dolor, con ética y moral, con compromiso. Donde las grandes palabras no sean puestas en cuarentena bajo catorce pares de paréntesis, nueve asteriscos y seiscientas ochenta notas al pie. Mucho se ha hablado sobre la relación entre la posmodernidad y la despolitización, y es obvio que una sociedad basada en el consumo está obligada a generar unas coordenadas culturales que lo faciliten, neutralizando con su perversa lógica los intentos de oposición. Nadie es, en última instancia, culpable del hambre en Sudán. La indignación popular ante la muerte de niños por inanición es

entre otros despropósitos. se difuminan. Y creo que una de las características que definen a la izquierda consiste en esa incapacidad para perder de vista al buitre que acecha a la niña. La teoría crítica con el neocolonialismo se hace irrelevante. me convirtió en lo que soy ahora. La literatura está cambiando. josedanielespejo@gmail. pero. no encuentra respuesta. nos hemos cansado de caleidoscopios. a través de capas y capas de distorsión cultural. cada vez más. “las ONG son corruptas”. y con él nuestras prioridades políticas y nuestra adicción al consumo. y se pregunta “¿Qué puedo hacer para luchar contra este horror?”. Y soy muchas cosas. la sensación de angustia y asco. quién se queda el producto. Tal vez no aún en España. Las coordenadas políticas se cuestionan. esa foto del buitre y la niña me alteró. En cualquier caso la vieja óptica se está resquebrajando ante nuestros ojos. como solían decir los responsables de la campaña de Alfredo Pérez Rubalcaba. Pero saben qué.reconducida contra el reportero que tomó la foto. Los poetas (como viene tiempo mostrando el crítico literario Martín Rodríguez Gaona) van abandonando la física cuántica y la ultrarreferencialidad para volver a sentarse en las plazas y mirar a su alrededor. simplemente. “Todos los políticos son iguales”. en realidad. Y esa gente está empezando (volviendo) a examinar la realidad con herramientas críticas coherentes: quién produce. “en el 15M hay demasiados iPhones”. entre ellas izquierdista. Tan simple como eso.com . y se disuelve cuando éste decide suicidarse. La creatividad se basa en dos tendencias: lo “retro” y lo “irónico” (o ambas a la vez). se convierte en un autoindulto para entregarse sin culpa a los rituales del consumo. Recuerdo el nudo en la garganta. Y saben qué más. el rey está desnudo. “caduca” o incluso “marxista”. y pronto la pregunta se hace retórica. O tal vez. el colapso argumentativo. sino para poner en cuestión las existentes. charlar con la gente. Más que cualquier otra. el calor en las orejas y la cara. qué trayecto recorre el dinero entonces. Vi la foto de Carter a los dieciséis o diecisiete años y me volvió del revés. Tal vez la crisis nos está sugiriendo cada vez a más ciudadanos que. quién dicta el relato que de todo esto leemos en los medios de masas. Cuando alguien es conmovido por un relato o una imagen. los fuegos artificiales de la posmodernidad son recibidos con indiferencia y aburrimiento. Recuerdo haber enunciado algo como cómo es posible vivir en un planeta así y no hacer nada por eliminar este horror. No hay problema que no sea únicamente “de comunicación”. y se orienta hacia el consumo. la absoluta indignación. La inteligencia es utilizada no para construir alternativas nuevas. Cualquier otro principio multiplicará entre nosotros los Sudanes y la ceguera. El mundo debe cambiar. neutralización ideológica y escasez generalizada de vergüenza.

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful