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CDG - Tensiones entre ética y política en el comportamiento parlamentario

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César Delgado-Guembes propone un concepto que permite integrar ética y política en la actividad parlamentaria, y estudia el rol que tiene en este propósito la Comisión de Ética Parlamentaria en el Congreso del Perú
César Delgado-Guembes propone un concepto que permite integrar ética y política en la actividad parlamentaria, y estudia el rol que tiene en este propósito la Comisión de Ética Parlamentaria en el Congreso del Perú

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¿HAY ALGÚN MODO DE SUPERAR LA TENSIÓN ENTRE ÉTICA Y POLÍTICA EN EL COMPORTAMIENTO

PARLAMENTARIO?

Reflexiones sobre el papel y utilidad de la Comisión de Ética Por César Delgado-Guembes (1)

¿Es posible y hay ética en la política, o se trata de ámbitos impenetrables? ¿Qué tipo de ética está presupuesta en el Estado de Derecho, sea el Estado puro de Derecho, el Estado social de Derecho, o el Estado constitucional de Derecho? ¿Existe un mandato ético universal suspendido en la lógica que sustenta el Estado de Derecho? ¿Qué papel cumple el Congreso en general y la Comisión de Ética en singular en el proceso de afirmación de la calidad ética de la conducta política de nuestros representantes? A. Premisas para examinar la cuestión ética en el comportamiento político Dada la naturaleza de la Comisión de Ética, la misma que debe emitir opinión y juicio sobre temas propios de la conducta y de la disciplina de los representantes al Congreso a partir de una perspectiva preeminentemente ética, es importante dejar establecidos los límites dentro de los cuales tal competencia se cumple y ejercita con validez. Esta exigencia es tanto más perentoria (pero no exclusiva) para aquellos casos en los que el cuestionamiento ético aparece respecto de conductas ocurridas antes de la definición de los principios de acción ética colectiva consignados en el Código de Ética del Congreso peruano (2). Una perspectiva básicamente intuitiva prescindiría de la definición de criterios o pautas únicas a partir de las cuales valorar los hechos humanos según su moralidad, y afirmaría que existe pluralidad de principios y que no hay regla a partir de la cual fijar la prioridad según la cual quepa valorar dichos principios entre sí (3). Frente a la perspectiva
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El autor es experto en derecho parlamentario, profesor de derecho parlamentario en la Pontificia Universidad Católica del Perú, y funcionario del Congreso de la República, en el Perú. Ha sido Oficial Mayor del Congreso y Sub Oficial Mayor de la Cámara de Diputados, además de haber ocupado diversidad de posiciones en la estructura organizacional del Congreso. Luego de haberse desempeñado como Director de Comisiones y Documentación hasta Julio del 2006, fue asignado como Asesor Parlamentario en la Sub Comisión de Acusaciones Constitucionales, y las Comisiones de Levantamiento de la Inmunidad Parlamentaria, y la de Ética Parlamentaria. Actualmente es Jefe del Centro de Documentación y Biblioteca del Congreso.
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Las reflexiones y referencias que siguen recogen criterios estimados como plausibles para orientar el juicio ético, no aspirando a formularnos con carácter incontrastable, absoluto ni excluyente. Son únicamente alternativas metodológicamente sustentables, y por ello debe dejarse constancia que adherir a corrientes diversas a las citadas en el texto pudiera traer como consecuencia la formulación de reflexiones diversas e incluso opuestas a las contenidas en este Informe.
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Rawls afirma que el intuicionismo es la doctrina que mantiene que existe una familia irreductible de primeros principios que tienen que ser sopesados unos con otros preguntándonos qué equilibrio es el más justo, y que no existe un orden superior que permita definir el énfasis entre los principios que compiten en la tarea de administrar justicia. Ver Rawls, John (1979); Teoría de la Justicia, FCE, p. 44.

intuicionista se dan otras que sostienen la identificabilidad de principios éticos socialmente reconocibles, los mismos que admiten su priorización (4). La pluralidad de principios y la imposibilidad de su priorización es consecuencia de la posición que niega la existencia de una comunidad de criterios colectivos aceptables como más valiosos, los que pueden ser valorizados según una escala de prioridades también socialmente aceptada. El intuicionismo, sin embargo, admite impugnación. Ésta resulta del sustento de la posición que plantea y afirma la plausibilidad y sostenibilidad de criterios éticos socialmente reconocibles (5). Tal posición, sin embargo, no parte de supuestos ni imperativos de conducta categóricos como los que mantiene el idealismo racionalista (6) Sostener la existencia de criterios éticos socialmente reconocibles y la priorización entre ellos puede deducirse tanto del criterio que se tenga en su formulación a partir de la actitud de la persona desde la cual se fijan, o de las consecuencias de la conducta moral (7). De igual manera, la definición de los criterios éticos reconocibles y su priorización varían según que tales criterios y prioridad se establezcan en relación con un paradigma ético (posición no naturalista), o con una pauta ajena a la ética (posición naturalista). Las definiciones de principios éticos basados en la actitud, por ejemplo, pueden sostener que el principio de corrección ética dependerá de lo que determinada colectividad tenga por tal, o puede afirmar que la corrección ética depende de un deber ser ideal. De igual modo, las definiciones de principios éticos según las consecuencias de la conducta, sostienen que el principio de corrección ética, por ejemplo, será el que mayor placer o ventaja produzca (posición naturalista), o el que mayor grado de bien o felicidad genere (posición no naturalista) (8). En este sentido, como el objetivo es adoptar y formular opiniones éticas con alcances válidos para todos los casos comunes y propios de la actividad parlamentaria, tal mandato aleja a este órgano de una concepción intuicionista. La labor primaria entonces será la de
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Es importante tener claridad que la reflexión y la teoría sobre la ética es una de las disciplinas especulativas de la razón. Cualquier opinión o afirmación relativa al deber ser, por lo tanto, no debe estimarse como una pretensión de dictar una lección sobre qué se debe hacer, sino únicamente formulaciones que pueden orientar la formación del juicio y aportar criterios para tomar una acción respecto de una cuestión de naturaleza moral, como ocurre con los petitorios que se presentan en relación con la conducta parlamentaria de los congresistas. 5 Ibidem., pp. 49
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En tal sentido, la afirmación de la plausibilidad de principios éticos sostenibles no se derivan del racionalismo kantiano, ni se asume para tales principios el carácter categórico de tales mandatos. Es pertinente recordar, en tal sentido, que según alguna corriente posterior a Kant se estimó que incluso el imperativo categórico no tiene tal carácter, y que no es sino otra forma del imperativo hipotético que criticó Kant, el mismo que, además, es una formulación sustentada en el egoísmo antes que en la supuesta pureza de la autonomía de la voluntad que garantizaría la universalidad de tal imperativo categórico (véase, por ejemplo, la crítica de Schopenhauer a la Cimentación para la Metafísica de las Costumbres)
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Ross es quien divide las posiciones que establecen principios de corrección entre las posiciones de la actitud o de las consecuencias, y entre las posiciones naturalistas y no naturalistas. Ver, Ross, David (1972); Fundamentos de Ética, EUDEBA, p. 5
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Op. cit., pp. 5-6

afirmar cuáles serían esos criterios o principios centrales desde cuyo reconocimiento y aceptación cabrá evaluar la procedencia y sustento de las denuncias que conoce la Comisión. En esta opinión se afirma que la posición más idónea para fijar los principios de conducta ética en la conducta parlamentaria serán más acordes con el postulado de una sociedad políticamente democrática en la medida en que la argumentación tenga sustento en criterios no axiomáticos (por lo tanto, la posición naturalista), ya sea que se prefiera un esquema basado en la actitud (la aprobación de lo ético según una comunidad humana) como en las consecuencias de la conducta (orientadas a la maximización de la vida, o de la libertad). Una posición éticamente axiomática tendría carácter tautológico (la ética se sustentaría en el círculo cerrado del razonamiento ético como lo sería la afirmación del deber por el deber, o del bien por el bien) y no admitiría otro razonamiento que el de la afirmación de imperativos categóricos de corte ideal, con insuficiente referencia a la comunidad que sostiene dichos principios. Dejando sentada la premisa del naturalismo y en contra del axiomatismo ético (equivalente a la tautología de que la ética se sostiene a sí misma sin referente humano ajeno a ella y, por lo tanto, coherente con una posición idealista y racionalista). Al valorar la actitud o la consecuencia desde una perspectiva naturalista, será necesario discernir tanto principios formales como sustantivos. Más allá de los criterios propiamente sustantivos o materiales para evaluar el desempeño ético de los parlamentarios, es posible discernir algunos parámetros de significancia formal, a los que debe adecuarse la definición de los principios éticos sustantivos. A partir del supuesto de que cualquier concepción desde la cual hubiera de establecerse principios sustantivos o materiales de naturaleza ética debe cumplir con ciertas restricciones formales. El papel de la Comisión de Ética tiene el mandato de asignar responsabilidades y reconocer la corrección sobre las acciones desarrolladas por los representantes al Congreso. Este mandato vincula y sujeta su juicio por lo mismo a ciertas condiciones que garantizan la legitimidad de su función corporativa. Las restricciones éticas formales que constriñen el juicio ético sustantivo son principios como los de generalidad, universalidad de su aplicación, carácter público, el ordenamiento de las demandas, y el carácter definitivo (9). De manera que lo que se entiende como concepto de cada uno de estos principios o restricciones formales del juicio ético quede claro, puede entenderse por generalidad la ausencia de particularidad y de singularidad en el juicio (los principios éticos no son justificables según un grupo sino según el todo); por universalidad, el carácter de inexcusable, inexceptuable o inexonerable de la aplicación del principio; por carácter público, la accesibilidad de todo acuerdo o norma ética socialmente constituidos, adoptados o reconocidos; por orden, la priorización o concertación transitiva de atención a las demandas en conflicto; y por el carácter definitivo, la condición firme y concluyente de las decisiones adoptadas sobre lo que se define como justo (10).
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Las restricciones señaladas son tomadas de Rawls. Ob. cit., pp. 129-135

Según el propio Rawls, el análisis de cada una de estas restricciones no amerita una reflexión detallada y puede evitarse, en razón a que el mérito de cualquier definición depende de lo correcto de la teoría que resulte de ella; por sí misma, una definición no puede resolver ninguna cuestión fundamental. Ob. cit., p. 130

El esfuerzo en la Comisión de Ética no está ajeno a la reflexión de los principios que regirán su dictamen sobre la conducta de un congresista, y por esa razón es indispensable establecer y declarar las premisas del juicio que se forma. Esta necesidad se deriva del papel preventivo y sensibilizador que le corresponde. La exigencia del comportamiento ético no aparece cotidiana ni rutinariamente en todos los actos de la conducta humana y sólo cuando se desarrolla la sensibilidad de la implicancia ética es que la conciencia adopta la costumbre de introducir la relevancia ética en el comportamiento. Es más, la dimensión ética, cuando aparece como relevante en la vida cotidiana lo hace no exenta de niveles significativos de confusión si no, de contradicción. B. Limitaciones legales del juicio ético en los actos políticos Si bien la esfera de la ética y de la conducta moral goza de un espacio de autonomía en el universo del conocimiento sobre la acción humana, no es menos cierto que tal autonomía e identidad no puede aplicarse en sentido absoluto ni irrestricto en instituciones reguladas, además, por la norma jurídica. La naturaleza de la ética está comprometida en la esfera de la afectación de los derechos de las personas cuando se emite un juicio sobre la conducta humana. El derecho y la ética son esferas parcialmente superpuestas, con un mismo campo de aplicación que, sin embargo, no están libres de colisión. Ni la Comisión de Ética ni los señores representantes que la integran, por lo tanto, tienen discreción ni albedrío para aplicar criterios éticos que colisionen con normas imperativas. Esta regla es consecuencia del reconocimiento que hace la Constitución del tipo de Estado que define a nuestra república como un Estado de Derecho. Lo contrario del Estado de Derecho sería, en consecuencia, un Estado de Poder, el mismo que se caracterizaría por niveles de discrecionalidad soberana e inasible por reglas de derecho. Corolario de la precisión anterior es la referencia a la justiciabilidad de los actos de la autoridad. No existe esfera en el ejercicio del poder que no se someta al derecho. Sostener lo contrario conduciría al reconocimiento de un supuesto en el que la voluntad del representante fuera omnímoda. Querer políticamente algo, o querer éticamente algo, no basta. Tal voluntad debe tener presente que una consecuencia de la sola afirmación de la voluntad como principio de decisión supondrá la exigencia de responsabilidad consiguiente si tal deseo no tiene asidero en la legalidad. En este marco de ideas puede verse que la virtud de contar con una Comisión de Ética es relativa. La Comisión de Ética no se desenvuelve en un marco de discrecionalidad moral pura. La moralidad que evalúe y juzgue se debe circunscribir al respeto de garantías que el derecho establece, aún cuando las mismas pudieran colisionar con el sentimiento moral de la representación nacional, no obstante la nobleza, dignidad y aún razonabilidad de los principios o criterios que se preferiría sostener y aplicar respecto de la acción o conducta de un parlamentario. Como consecuencia del marco con el que la legalidad restringe la revisión ética, debe mantenerse la pauta de que cualquier mandato, disposición o imposición que pretendiera acordar la Comisión de Ética debe enmarcarse en los principios constitucionales del Estado y de la vida social. A este efecto resulta ilustrativo recordar que puede imponerse a los hombres la legalidad, pero no la moralidad: se puede cambiar la conducta, pero no la propia voluntad, a la que únicamente corresponde valor moral (...) Es posible

mostrar al egoísta que, dejando sus pequeñas ventajas, conseguirá otras mayores; al malo, que al causar sufrimientos ajenos le acarreará males peores para él. Pero lo imposible es arrancar a nadie el egoísmo o la maldad; lo mismo que no podemos desarraigar en el gato es su inclinación contra el ratón (11). La moralidad que juzgue y que dictamine la Comisión de Ética, por tanto, no está exenta de enmarcamiento legal. El Perú es una república cuyos ciudadanos y autoridades están sujetos por igual a un Estado de Derecho. Nuestra aspiración constitucional no es un Estado Ético y por esta razón la ley es garantía de la libertad y límite ante la pasión vehemente o el celo éticos. En consecuencia con los límites de la capacidad valorativa de una instancia como la Comisión de Ética del Congreso, el merituamiento de los casos remitidos a su conocimiento no pueden soslayar la normatividad positiva, en particular en cuanto la evaluación de una denuncia pudiera significar o afectar recorte en derechos positivamente reconocidos en la Constitución o en el Reglamento del Congreso. La dimensión ética de la valoración de la conducta parlamentaria no puede realizarse sino en el contexto de la constitucionalidad como marco de exigencia de responsabilidades personales. Los principios éticos y políticos contenidos en el derecho requieren de la evaluación visible, abierta y transparente del ejercicio público de tareas realizadas por cuenta y en interés de la república. C. ¿Puede superarse la tensión entre ética y política en la acción representativa del Congreso y de los congresistas? Para que la acción representativa tenga el carácter de corrección y aceptabilidad es preciso determinar antes cuál es la corrección y aceptabilidad a la que debe conformarse la acción representativa. La corrección y la aceptabilidad de quién. Las dimensiones ética y política no obedecen a un patrón universal incontestable. Toda acción ética y política es una acción concreta, en una sociedad determinada, en un momento histórico definido, por congresistas cada uno de los cuales posee criterios de ética, moralidad y política propios, y éstos son evaluados por una población integrada a su vez por una diversidad de conciencias con distintos niveles o grados de evaluación de la conducta ética y política tanto ajena como propia. El primer punto de tensión entonces no es entre ética y política, sino entre la diversidad y la universalidad de perspectivas. ¿Estamos ante el atomismo ético y político, en el que cada individuo tiene derecho a una dimensión concreta e irrenunciable de definir qué es lo ética y políticamente correcto? ¿O estamos ante un concepto universal de ética y de política vacío de la experiencia concreta e histórica de los sujetos a los que tal concepto se aplica? En cualquiera de los dos extremos las consecuencias tienen una dimensión obscena. El relativismo inherente a posiciones atomísticas o individualistas conducen a la imposibilidad de afirmar un criterio para el juicio ético o político y a la tolerancia absoluta respecto de todo tipo de comportamientos sin otro límite que el de la consistencia argumentativa o decisional del sujeto que afirma su derecho a su propia ética y política. El universalismo que afirma la existencia de normas éticas y políticas propias para todo sujeto, desconoce el derecho esencial e inherente a cada ser particular para definir su conducta según criterios que pueden no ser aquellos a los que se atribuye carácter universal. Entre la imposibilidad de un orden ético y político comunitario, y la imposición
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Schopenhauer, Arturo (1971); Los Fundamentos de la Moral, Ed. Aguilar, pp. 204-205

de un solo orden sin discriminación de las diferentes perspectivas de los sujetos concretos que actúan en un momento y sociedad determinados, las consecuencias pueden ser igualmente devastadoras y perversas para el mismo ser humano al que pretenda aplicarse la regla. Una ética de la diversidad y del atomismo concreto conduce a la tolerancia ilimitada de todo tipo de conducta, en nombre del derecho concreto de todo individuo existente. Una ética de la generalidad y del universalismo deshumanizado de concretud conduce a la arbitrariedad y autoritarismo ético y político caníbal en contra de la propia sociedad en la que existen seres humanos con aspiraciones, proyectos y propósitos personales y concretos. ¿Existe entonces algún mecanismo que permita superar razonablemente la tensión entre ética y política de forma que los daños entre ambos extremos se reduzcan o minimicen dentro de una proporción que permita el desarrollo personal a la vez que garantice el orden en una comunidad? La cuestión de las normas éticas y políticas de comportamiento depende de una cuestión central. Es la pregunta a dónde, y a qué o a quién pertenezco… qué define mi relación de pertenencia a un grupo en el que me encuentro identificado… Las normas éticas y los principios de organización y de corrección de la conducta política son siempre normas de carácter existencial. Se formulan y se aplican en relación con la existencia concreta de personas en las sociedades en que tales personas se desarrollan, actúan y existen. Son normas todas de carácter relativo a las personas y a las comunidades en momentos históricamente determinados y en casos específicamente concretos. Por eso la tensión entre ética y política resulta del momento, de la comunidad, de las personas y de los actos respecto de los cuales debe emitirse un juicio ético o político. Para resolver cuál es la norma ética y cuál es el criterio político de alcance general en cuyo nombre se condena una conducta o se ordena una sanción cometidas en un caso concreto por un sujeto de derecho parlamentario debe ventilarse abierta y transparentemente los hechos, la evidencia, los indicios, las normas, los argumentos y las razones de manera que quede constancia de las premisas y principios sobre los que se funda la condena y la sanción o, caso contrario, la absolución de los denunciados. El mapa del Perú son los mapas que cada peruano tiene en sus coordenadas de identidad. El mapa de los universales éticos y políticos, así como la comprensión y responsabilidad de los hechos concretos de los actores o protagonistas de sucesos ética o políticamente cuestionables, en consecuencia con tal condición aparece en el espectro que desagrega y descompone la luz en la diversidad de colores del arcoiris que la integran. Ese mismo proceso de afirmación y construcción de la identidad ética y política del país es el que se produce en el vitral parlamentario cuando en la vitrina de sus órganos se deja apreciar el espectro que filtra criterios y argumentos en los que se sustenta la condena, la sanción o la absolución de las conductas denunciadas. Así es como puede entenderse que la transparencia y apertura de los escenarios parlamentarios cumplen el papel cohesionador y ordenador de la comunidad. Los juicios éticos y políticos se basan en hechos y en valoraciones cuya formulación y expresión en los distintos foros se produce permitiendo el acceso y contacto directo con la fuente parlamentaria de modo inmediato y en tiempo real. En la medida en que se conozca el proceso que se observa para obtener la información de los casos la credibilidad y la legitimidad del parlamento se afianza.

Es cierto que los juicios éticos o políticos son al fin y al cabo juicios contingentes y juicios además expresados sobre actos contingentes. La interpretación y valoración de la realidad no es posible comprimirla en la unanimidad, como no es posible tampoco esperar que la totalidad de juicios y reflexiones de la comunidad quede comprendida e incluida en la pluralidad limitada de percepciones de quienes son elegidos para representarla. La perfección ética y política es un ideal inalcanzable. La diversidad no es totalmente incluible y por ello es propio de una comprensión madura de la ética y de la política reconocer que haya a quienes se designe para que realicen el esfuerzo de acoger lo máximo posible según su capacidad. El carácter contingente de la actividad ética y política en el Congreso debe verse por ello como un escenario en el que hay universalidades en competencia por una versión hegemónica. Porque la maximización de las posiciones particulares es inalcanzable, las decisiones de nuestros representantes no pueden evitar la regla de la contingencia. Es inevitable que los juicios éticos o políticos no puedan dejar de ser juicios aplicados respecto de intereses a partir de una posición de autoridad o de poder. La autoridad del saber o el poder de definir una norma y aplicarla. Pero siempre autoridad y poder desde una posición subjetiva e interesadamente comprometida, a la que le es imposible alienar el tiempo y la circunstancia desde la que se afirma y emite el juicio. Cabe por ello esperar que la credibilidad y la legitimidad éticas y políticas del Congreso mejoran en cuanto se sigan y observen tres procedimientos. Primero, que se cuente con la capacidad de testimoniar qué ocurre y cómo se disciernen los casos contrarios al estatuto parlamentario al interior de la Comisión de Ética. Segundo, que en las propuestas de decisión quede exhaustivamente motivada la decisión de los congresistas, determinando la evidencia, prueba indiciaria o indicios encontrados en el proceso de investigación. Y tercero, que se realice una discusión explícita de los hechos, conducta y pruebas en las sesiones plenarias, quedando prohibida toda exoneración o adjudicación de responsabilidad sin previo debate sobre cada caso. Del modo como el Congreso aborde los acontecimientos de relevancia ética en su ámbito político depende la posibilidad de convencer a la colectividad que quienes la representan lo hacen haciendo el esfuerzo auténtico y genuino de proceder sin velamientos ni hipocresías. La confianza en el Congreso por eso depende no de la generalidad de los discursos sino del discurso que se aplica al tratamiento concreto de cada caso. Lo demás debe ser cuestión que la propia sociedad, que la república entera, aprenda la lección de que no hay una sola ética ni una sola política, aunque no deje de invocarse principios universales en el análisis ético y político de los casos concretos. El reconocimiento de la contingencia en el juicio humano llega sólo con la madurez de que las verdades universales no son absolutas sino circunscritas a la afirmación que de ellas se haga en cada acontecimiento o suceso, según la ley de los tiempos y de las colectividades en las que se afirmen. La verdad, finalmente, no se agota en los acontecimientos en los que trata de producirse, pero no es menos cierto que el intento genuino de producirla es ya un acto ético en el que se concreta el carácter universal que todos exigimos. Si los actores políticos realizan su tarea representativa con éste ánimo esa disposición es la mejor garantía que la tensión entre ética y política licua mejor la aparente indisolubilidad de cada uno de los ingredientes.

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