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Esteban Ruiz - Ponce Madrid - Visión Política de Anáhuac

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Visión Política de Anáhuac
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La Reforma Política del Distrito Federal.

PRÓLOGO1

1. La Reforma Política implementada en 1979 por el Lic. Jesús Reyes Heroles como secretario de Gobernación durante el régimen del presidente José López Portillo, marcó el inicio de una etapa legislativa en materia electoral que, vista en retrospectiva, sin duda ha sido la más intensa, fructífera y profunda que ha tenido nuestro país en toda su historia. A través de la misma y con sucesivos ordenamientos, México se encaminó rápidamente a la transformación de las instituciones, procedimientos y disposiciones en general, que le permiten estar hoy a las puertas, de una democracia formal casi perfecta, que está tendiendo algunos de los carriles para una consolidación de una reforma del Estado, imprescindible en nuestro tiempo. En aquella ocasión, la reforma promulgada en 1977 topó con un reto de proporciones mayores para inauguración gradualista de un proceso de cambio institucional: democratizar electoralmente a la ciudad de México, la que por diversas razones históricas y conceptuales era en ese momento una extraña “entidad federativa” integrante del Estado Mexicano, en la que los habitantes carecían de cualquier derecho político directo que les permitiera elegir a sus autoridades o tomar alguna determinación para participar en la toma decisiones de quienes ejercían el poder que les atañía. Así, el gobierno del Distrito Federal estaba a su cargo de una persona que popularmente era conocida como “el Regente”, que dependía directamente del presidente de la República, quien podía nombrarlo y removerlo a voluntad. No existía división municipal, ni era posible a los ciudadanos elegir a sus diputados, pues “su voz” la hacían aquellos que habían sido electos para integrar la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión.
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Serrano Salazar, Oziel. La Reforma Política del Distrito Federal. Prólogo: Mtro. Esteban Ruiz – Ponce Madrid. México. ED. Plaza y Valdés. 2001. Págs. 309.

Del mismo modo, el Ministerio Público estaba a cargo de un Procurador de Justicia nombrado también por el presidente de la República. Frente a esta grave capitis diminutio, el legislador, probablemente avergonzado, propuso que se establecieran dos instituciones de democracia semidirecta, que hicieron de la ciudad de México precursora paradójica del adelanto político de nuestro país: el Referéndum y la Iniciativa Popular. La paradoja no sólo obedecía a que se instauraban en la ciudad apolítica los métodos de participación democrática más directos, sino también el hecho de que éstos nunca recibieron aplicación en la realidad, como se explica con prolijidad en la obra que estamos prologando y en la que recomendamos muy en específico al lector la minuciosa revisión por el autor de este importante tópico. Pero la razón por la cual la ciudad de México había llegado a ese estado de incuria cívico-política, es paradójicamente, otra vez, la razón de su destino: el de ser una gran urbe, como la principal entre las principales y porque desde su fundación llevó siempre su vocación de supremacía hasta el extremo, como lo establecían ya desde muy al principio los anales de Culhuacan al sentencia que “mientras el tiempo dure, mayor será tu grandeza: Tenochtitlan” 2. La ciudad fundada a principios del siglo XIV, según nos dice el libro clásico México a través de los siglos, ocurrió en 1318, como lo establece el padre Durán, o en 1312 según lo mencionan otras fuentes que la obra clásica considera mejor informadas. Pero es de señalar que tal vez fu fundada realmente en 1325, según lo establece el Código Mendocino, no obstante que la citada obra clásica rechaza tal posibilidad, por considerar que esta fuente tiene menor credibilidad por tratarse de una obra “muy convencional”, que se fabricó por encargo del virrey Mendoza, en tiempos obviamente muy posteriores. Como quiera que sea, entreveradas la historia y la leyenda nos dan razón de que esta fundación fue precedida de un largo peregrinaje que el Códice Ramírez inicia en Aztlán, desde el lugar situado en el paraje denominado Chicomostoc o “de las siete cuevas”, asiento original de las tribus nahuatlacas denominadas, xochimilcas, chalcas, tepanecas, alcolhuas, tlahuicas, talxcaltecas y mexicas.

Iniciaron el éxodo desde Aztlán los xochimilcas, les siguieron los chalcas, luego los tepanecas, después los tlahuicas, posteriormente los tlaxcaltecas y al final salieron los aztecas siguiendo el mandato de sus profecías y con la esperanza de las mismas, atribuidas en este caso a Huitzilopochtli, quien les prometió que los haría príncipes y señores de todas las provincias que habían poblado la otras seis naciones. Con estos precedentes no nos resultará extraño comprender que la llegada de los aztecas al “valle” del Anáhuac haya sido motivo de problemas para todos. Tras de dos siglos de peregrinaje, la llegada de estos elegidos de Huitzilopochitli a su tierra prometida causó todo tipo de conflictos que los recién llegados fueron superando con el tiempo. Sobreponiéndose a su última derrota en Chapultepec a favor de los tepanecas, y en cumplimiento de la prédica y el presagio de su Dios, fundaron la ciudad de Tenoch, su guía, en el lugar en donde un águila sobre un nopal emergido de las aguas devoraba una serpiente, tal y como aparece en el Códice Aubin. De esta modesta acción de asentamiento civil, los aztecas fueron ensanchando su hegemonía, especialmente haciendo uso del arte de la guerra, hasta que aquella insignificante ciudad de los derrotados de Chapultepec fue convirtiéndose en la capital de un dilatado imperio mesoamericano cuyos límites no sabemos aún con exactitud. México fue primeramente una ciudad, y después el centro del poder de un Imperio. Y este origen se enraizó en su naturaleza, que no cambió nunca, hasta alcanzarnos en la actualidad, en que es la ciudad capital de los Estados Unidos Mexicanos: ciudad nacida para ser cabeza, pueblo principal, asiento de grandes poderes y en su momento, en algunos aspectos, la ciudad más grande del planeta. 3. Tenochtitlan, la ciudad precolombina, dilató su existencia en casi dos siglos (1325 – 1521) y durante ellos tuvo el auge urbanístico, hegemónico y político que dio como resultado la maravilla que asombró a los españoles cuando desde el paso de entre volcanes pudieron vislumbrar al centro del Anáhuac, aquella sorpresa urbanística “como una inmensa flor de piedra en mitad de la laguna salada que

colinda en con el agua dulce, comunicada a tierra firme por cuatro puertas y tres calzadas”, como nos informa Alfonso Reyes en su Visión de Anáhuac, donde él mismo en un epígrafe de su obra cita las frases de Bernal Díaz del Castillo que se han vuelto clásicas para entender en forma exacta e insuperable la contemplación de un esplendor no concebido antes sino en los libros de caballerías leídos por los españoles del siglo XVI, y que ahora deslumbrados, decían por boca de Bernal: que “parecía a las casas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís”. En el año de 1369 muere Tenoch, el fundador de la ciudad, después de 44 años de haber cumplimentado las órdenes de sus dioses sobre el nopal y la serpiente. La primera sucesión dio lugar a que los mexicanos, decidirán dar una nueva estructura a su realidad política y social, erigiendo a una persona en tlatoani o Gobernante Supremo, aprovechando el acto para refrendar su linaje de origen tolteca. Es por esto que se fueron a buscar a Culhuacan un pariente ancestral y cercano, que fuera hombre capaz de ser apoyo y guía de sus futuras empresas. Y lo encontraron en la persona de Acamapichitli, por lo que los principales aztecas se presentaron ante el señor de ese reino para pedirle que lo nombrar su rey, pues a juicio de este novel pueblo, él reunía los requisitos de parentesco, tradición y gallardía requeridos para encabezar a los adoradores de Huitzilopochti. Habiéndolo aceptado, el rey de Culhuacan dijo en respuesta, según nos informa la Crónica Mexicáyotl: “sí, que gobierne Acamapichtli a la agente del pueblo, a los que son siervos de Tloque Nahuaque, que es Yohualli Ehécatl, que es noche y viento de Yaootzin, Tezcatlipoca, y del sacerdote Huitzilopochtli” El nuevo jefe de los mexicas, el tlatoani, gobernó por 21 años, y durante su reinado se mejoró ostensiblemente la ciudad, se construyó un nuevo templo y culminaron los propósitos expansionistas de los tepanecas, para llevar a cabo las conquistas de Xochimilco, Mízquic, Cuitláhuac y Cuauhnáhuac. Sumandos a Tenoch y Acamapichtli, doce fueron los caudillos tlatoanis que tuvo la cuidad, y cada uno fue testigo de sus fortalecimiento.

En 1473, por el norte la ciudad los mexicas se había unido a Tlatelolco, sometiéndolo al poderío de Tenochtitlan que por aquellos días se ubicaba en un cuadrángulo de más o menos tres kilómetros por lado, y tendría probablemente unos 80 000 habitantes. El tráfico de hombres y mercaderías se hacían por tierra y por agua. Por tierra, existían calzadas que eran perfectas obra de ingeniería vial, que alabaron mucho los conquistadores en su tiempo, a saber: la del norte, que partiendo de Tlatelolco conducían hasta el Tepeyácac, donde estaba edificado el santuario de la madre Tonantzin. Del sur del a ciudad salía otra calzada que llegaba al punto conocido como Xóloc y que se bifurcaba en dos ramas importantes, la del suroeste que llegaba a Coyoacán y la del sureste que remataba en Iztapalapa. Del centro con rumbo a oriente estaba la calzada que se dirigía a Tlacopan, que fue aquella que ocuparon los españoles para huir en los sucesos que culminaron con “La noche triste” de Cortés, según sabemos por la pluma de don José León-Portilla. Además de los antes mencionados, gobernaron la ciudad una decena de varones, antes de que el último de éstos se rindiera ante Cortés. Estos fueron Huitzilihuitl, Chimalpopoca, Moctecuhzoma Ilhuicamina, Itzcóatl, Axayáctal, Tizoc, Ahuiztol, Moctecuhzoma, Xocoyotozin, Cuitláhuac y Cuauhtémoc. 4. La ciudad que habría de surgir del encuentro de dos mundos mostraría un nuevo perfil: el occidental europeo. Realizada la conquista, Alfonso García Bravo, ayudado por Bernardido Vázquez de Tapia, con la anuencia de Cortés, realizó en 1521 la traza de la que habría de ser la ciudad española, que resultó en un cuadrángulo ligeramente trapezoidal en su lado norte, que equivaldría al curos de las actuales calles de Perú. El límite oriental iba por que ahora sería Leona Vicario, el sur por San Pablo y San Jerónimo y el oeste por la hermosa avenida que alguna vez se llamó San Juan de Letrán. A mediados del siglo XVI, la ciudad tendría unas 100 manzanas, según lo sabemos por don Antonio García Cubas. En derredor de la Plaza Mayor se levantaban las residencias de los principales, predominando las dos que se adjudicara Cortés, reedificadas con los materiales que fueron de los palacios de Axayácatl y de Moctecuhzoma.

Muy interesante resulta que, a pesar de las admoniciones de hombres cercanos al conquistador, y de lo que manda la lógica elemental, éste prefiera que la nueva ciudad se fundara en el mismo sitio que la antigua, lo que no ha encontrado más explicación que la permanente audacia de don Hernando que buscaba mantener el respeto que le daría aposentarse sobre la urbe que como símbolo representaba el poder de los aztecas, lugar que durante tanto tiempo había sido consagrado a la sede del Imperio, al palacio de los tlatoanis, temidos y respetados en todo el mundo americano como los señores del legendario Imperio del que eran dueños. Con esta estratagema el gran conquistador añadió así a su poderío temporal el poder mítico de la tradición. A la compresión por Cortés de las formas simbólicas hay que añadir además el temerario temple y la admirable valentía que animó al advenedizo a asentarse en el lugar en el que virtualmente estaba rodeado de sus enemigos, siendo como era, nuevo jefe aún no legitimado por la ciudad. Pero así como antes Tenoch, el español confiaba en sí y en su misión divina. Su fe daría frutos como otrora la de los precolombinos. Fundación y refundación fueron claramente obras de la fe. Así se refrenda para siempre el destino simbólico del “ombligo de la Luna”, como propuso por etimología de México el eminente filólogo Gutierre Tibón. Es claro, sin embargo, que esta fundación de ciudad sobre ciudad, condenó a la antigua a desaparecer subyaciendo y sentenció a la nueva a las inconveniencias que vendrían de su crecimiento, que fue siempre muy rápido. Así, para el año 1525 albergaba 30 000 habitantes, en un espacio aproximado de 186 hectáreas, y para el de 1580 llegaba hasta Tlatelolco, incluyendo lo que actualmente es Peralvillo y el barrio Los Ángeles, llamado así por la capilla construida por Izayoque para albergar una copia de la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles. Su dimensión absorbió primeramente estos lugares que localizan entre y alrededor de la Unidad Habitacional Adolfo López Mateos o Nonoalco – Tlatelolco, construida en mestizaje sobre el barrio de Santiago, en celebración de las tres culturas: la precortesiana, la española y la mexicana.

En 1527 y 1692 fueron autorizados por el virrey conde de Gálvez cambios a la traza original, y en 1736 se autorizó otro, esta vez por el arzobispo virrey Juan Antonio Vizarrón y Eguiarreta, siempre para reconocer la permanente extensión de la ciudad cuya vocación absorbente no ha conocido límite. El crecimiento de la ciudad no cejó en el siglo de la Independencia ni se detuvo en años posteriores. En el mismo siglo XX, con la creación de la colonia Roma y las Lomas de Chapultepec en 1923, se desató un crecimiento diseñado por fraccionamientos e infinidad de colonias nuevas hacia el poniente y el sur, y de asentamientos espontáneos al levante, adquiriendo para sí poblados enteros e incluso en los años cincuentas una ampliación por la construcción de otra ciudad, la universitaria, que precedería a su etapa uruchurtiana en al cual se establecen las dimensiones que empiezan a dar a la ciudad la fisonomía inmediata a la actual. Pero su desarrollo no ha terminado ni parece terminar nunca, y al “conurbarse” con sus pueblos vecinos formó una megalópolis, que rebasa toda jurisdicción y reglamentación original, al a que hemos dado el extraño nombre técnico de Zona Conurbada de la Ciudad de México (ZCCM). De los 30 000 habitantes en 1525, para 1974 contaba ya con 9 millones de personas y estimada aquella prima superficie en 2 700 000 metros cuadrados; para 1973 se contaban ya, aproximadamente, algo así como medio millón de éstos. 5. México, la metrópoli, para este momento está muy lejos de ser el modesto asentamiento que se fundó en 1325, y se encuentra sin duda entre una de las capitales más grandes del orbe. Pero su magnitud y su historia encierran designios que habrán de implicar a sus moradores titánicas batallas. El agua que circundaba la urbe original no fue obstáculo para su expansión. En los inicios, con voluntad de poder insólita y a desdén de un urbanismo equilibrado, demostrando una gran capacidad como ingenieros lacustres, los mexicanos van ganando espacio al lago, ocupando el agua con tierra, al mismo tiempo que desarrollan su muy particular forma de cultivo por chinampas, que los

hace precursores de los actuales agricultores hidropónicos. Pero esta forma inteligente de aumentar su territorio, originalmente pequeño, va a virar con el tiempo en una verdadera pasión la de desecar el lago. Reyes, en su Visión de Anáhuac antes mencionada, nos hace ver que tres razas diferentes y en regímenes políticos que van de Netzahualcóyotl al segundo Luis de Velasco y de éste a Porfirio Díaz, se empeñan en esta acción. Todavía asegura: el siglo X nos sorprende en sus inicios “echando la última palada y abriendo la última zanja…”. Y sentencia: “Cuando los creadores del desierto acaban su obra, irrumpe el espanto social”. Espanto que alcanzaría años después a su “Palinodia del Polvo” donde va a lamentarse preguntando: “¿En ésta la región más transparente del aire? ¿Qué habéis hecho entonces, de mi alto valle metafísico? ¿Por qué se empaña, por qué se amarillece?”, como queriendo advertirnos de lo que nos espera si no rectificamos a tiempo esa pasión de dominio que redunda en un ataque tenaz a la naturaleza, que si algún día nos fue útil, hoy nos es peligrosa y malsana. Y efectivamente, con el éxito poblacional que tuvo desde siempre el lugar, la desecación del lago pareció a los hombres del pasado una forma propia de ampliar su asentamiento terrestre; pero esto va a ser también con el tiempo un lamentable error, cuando los depósitos originales de arcilla se sumen al relleno y produzcan una masa lodosa, que llegará a ser en su momento el asiento de la gran ciudad, incapaz de sostenerla en sus pretensiones de grandeza física y exponiéndola cada vez más a la venganza de la naturaleza. En forma tardía la geología nos va a explicar que en el extremo sur de la altiplanicie mexicana hay una cuenca, dentro de la que se encuentra México, con una ligera inclinación hacia el suroeste; también se nos hará saber que tal cuenca es endorreica, esto es, circundada por las montañas, o cerrada; que por ella cruza el paralelo 19º de latitud norte, que coincide con la situación del eje neovolcánico y de naturaleza sísmica, como trágicamente nos confirmará el terremoto de 1985.

Su forma, nos dice la Enciclopedia de México, […] es la de un rectángulo irregular inclinado en sentido noroeste-sureste, con longitud mayor de 120 y menor de 80 km en promedio, y con una superficie de 9 600 km cuadrados. Del área total, sólo de 40% es llano y el restante 60% es accidentado a causa de los lomeríos y, vertientes de las sierras que la delimitan. Está, en efecto, bordeada por cadenas de montañas que no se interrumpen en ningún punto, en general de alturas considerables que a veces apenas sobrepasan la elevación de la llanura que encierra, y que en promedio tienen 2 250 m sobre el nivel del mar. [Esta muralla natural] tiene sus límites más sobresalientes como sigue: al norte, la Sierra de Pachuca, con altura máxima de 3, 000 m; al noroeste, las sierras de Chichucuatlán y del Tepozanque se derivan de la Sierra Madre Oriental; al este y al sureste, la Sierra de Nevada, donde destacan en su Proción norte los cerros Tláloc, Telapón y El Papayo, que sobrepasan los 3, 500 m de altitud; en el oriente se dejan ver a veces el Iztaccíhuatl (5 286 m) y el Popocatépetl (5 452 m); al extremo sur la delimita la Sierra de Chuichinautzin, cuya máxima elevación es el pico del Águila (3 952 m) en el Ajusco; al suroeste la Sierra de las Cruces; al oeste las Sierras de Monte Alto y Monte Bajo; y al noroeste, la Sierra de Tezontlalpan o Tolcayuca, que al conectarse con la Sierra de Pachuca completa el [sorprendente] circuito de la cuenta, sobre la que reparte su jurisdicción política cinco entidades federativos: el Distrito Federal (14% del territorio) y los estados de México (50%), Hidalgo (26%), Tlaxcala (9%) y Puebla (1%). 6. La cuenca empezó a poblarse hace unos 22 000 años con grupos primitivos de recolectores, cazadores y pescadores en grupos de 100 a 200 individuos. Pero su carácter francamente sedentario se inició hacia 3 000 a.C. Desde luego en la época de la aparición de la agricultura, y al ocurrir la Conquista, la población del valle sería de 2 a 3 millones de habitantes, según lo estima Álvarez del Villa en su obra 1971, distribuidos en un centenar de poblados, correspondiéndole a Tenochtitlan unos 300 000. La guerra de la Conquista y la peste de la viruela y por muchas otras razones la ciudad se despobló, de tal manera que en 1525 sólo la

habitaban 30 000 personas. Como pudo verse, en su único descenso demográfico la ciudad también fue radical. Sin embargo, al paso de los años la repoblación del lugar tuvo un florecimiento, de tal manera que en 1790, 20 años antes del inicio de la guerra de Independencia, la ciudad de México contaba con 113 000 moradores, aproximadamente. Pero esta cifra era sólo el presagio de lo que vendría después, cuando para 1930 pasaba de un millón, y en 1950 se hablaba ya de 3 049 372. El fenómeno es de tal magnitud que una cifra oficial del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) nos otorga una tasa inverosímil: en los 55 años que van de 1940 a 1995 la población creció en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México (ZMCM), a razón de 1 056%, lo que constituyó un conglomerado habitacional donde la densidad humana es de 3 332 personas por kilómetro cuadrado, mientras que el promedio nacional es de 46. 7. Los problemas de la ciudad se derivan no sólo de esa magnitud demográfica. El acierto de los tiempos de su fundación de ganar espacio al lago se convierte con los años en su despropósito. El encierro con el que las montañas circundantes hacían relicario para la guarda incluso militar del Anáhuac, se va a convertir en la imposibilidad natural de drenar la atmósfera que llegó a contaminarse de tal manera que siendo en 1937 la visibilidad de 15 a 20 km, en 1957 fue de 4 a 10 y en 1966 de 2 a 4. En 1968 El Instituto de Higiene Industrial instaló cuatro estaciones permanentes para la vigilancia de la atmósfera, que tuvo que aumentar a 10 en 1970, al tiempo que las autoridades emprendían una guerra sin cuartel al proceso de contaminación enfocado especialmente a la lucha de los residuos de los hidrocarburos, emanados de los escapes de los motores de combustión interna, de los desperdicios industriales, de las partículas suspendidas y de los polvos y los humos de las chimeneas. El 23 marzo de 1971 se expidió La Ley Federal para Prevenir y Controla la Contaminación Ambiental, a la que se han sucedido otros ordenamientos con la esperanza de detener, y en ocasiones reponer, el deterioro de la sanidad

ambiental, que abarca no sólo el aire, sino también la tierra, por el fenómeno del hundimiento de la ciudad debido a la extracción de aguas freáticas, que especialmente al norte constituyen un fenómeno de desertificación, y finalmente las aguas, por los derrames industriales y de otra índole que en ellas se han vertido. Por otra parte, la altura de la ciudad, única en el mundo para una megalópolis, ha creado la necesidad de una ingeniería para la importación de las aguas potabilizables de lugares lejanos y sobre todo de “abajo hacia arriba”, en un reto a la ley de la gravedad duro y costoso que no existe en otras grandes ciudades del planeta. El mismo problema se presenta a la inversa, es decir, para deshacerse de las aguas usadas, en donde por el mismo hundimiento, también resulta ser una expulsión de “abajo hacia arriba”, originado con ello las inundaciones como un mal crónico de la urbe, que no logra domeñarse ni aun con el enorme empeño tecnológico de proporciones espectaculares, llamado “drenaje profundo de la ciudad” 8. El magnetismo de la ciudad de México, a pesar de todo, irradia por toda la nación y hace que su población se multiplique sin recato, sin vérsele fin a esta carrera que empezó por el embrujo y sortilegio de un águila devorando una serpiente en un opal de un islote pobre y que por razones múltiples, a lo largo de la historia, constituye más un enigma que una simple conjunción de errores, como vulgarmente se suele decir. Independientemente de su naturaleza como problema, debemos tener claro que la problemática de la ciudad nos pertenece y habremos de entenderla y resolverla en los próximos años, a pesar de todas las dificultades que se van presentando. Para eso, la ciudad requerirá de todos sus ciudadanos y su participación democrática. Pero en particular será necesaria la formación intelectual, práctica y consciente de una nueva generación de políticos, ingenieros urbanos, urbanistas,

politólogos y sociólogos capaces de entender, comprender y resolver problemas para los que no se tiene solución anticipada. Esta vez, a diferencia de otras ocasiones, y por principio, toda imitación será “extralógica”, pues tales problemas no tienen precedentes, pues además de singulares son insólitos. Esta generación deberá crear. Crear verdaderamente en un esfuerzo total de imaginación, pues se enfrentará a lo desconocido y cuando venza, y mientras lo hace, lo más importante será que esté acompañada de la paz urbana, de la justicia social, y de un nuevo Derecho que no podrá ser igual en su inventiva a ningún otro anterior. Por lo mismo, es, en esta generación en la que se deberán encontrar los nuevos juristas capaces de ofrecer el marco legal a las transformaciones que sean necesarias para consolidad el esfuerzo de todos. Pero también las que sean producto del cambio dentro de la propia Ciencia Jurídica. Este hercúleo trabajo es la misión del futuro inmediato, la promesa de que existirá el porvenir y el reto de hacer realidad las sentencias de los anales de Culhuacan, mostrando al mundo que los mexicanos podemos enfrentar nuestro destino creando la tecnología y la política necesarias para poner en práctica las soluciones de la salvación de nuestra gran metrópoli México – Tenochtitlan, resguardándola ante todo con una buena legislación y con ejercicio cotidiano del Estado de Derecho. 9. La obra del novel jurista Oziel Serrano Salazar, que aquí prologamos se encuentra dentro de esta corriente y es un estudio jurídico-político que recoge con minuciosidad las acciones de las principales fuerzas políticas del país, que ha atendido a la convocatoria del Ejecutivo Federal del 17 de enero de 1995 para la Reforma Política del Distrito Federal. En ella Serrano nos muestra a través de un recorrido fiel, los avances que culminaron con la elección del gobernador de la entidad, y lo hace en forma precisa, buscando los antecedentes de toda la formación política existente, valorándolos y llegando a la conclusión de que existen formas posibles para resolver el problema número uno, que es el de la

organización política – jurídica. La obra sostiene la tesis que defiende la creación del estado 32, la municipalización del territorio, la ampliación de la participación ciudadana, el establecimiento efectivo de formas democracia semidirecta como el referéndum, el plebiscito y la iniciativa popular, así como la creación de mecanismo eficientes de coordinación metropolitana. Todo ello, resguardado jurídicamente por la promulgación de una Constitución Local de la Entidad debidamente reglamentada. 10. El autor, campeón de Oratoria y Debate Político, ha obtenido el Premio al Mérito Juvenil “Hidalgo 1993” y la Mención “Heraldo de la Juventud”. Ha merecido las más altas distinciones como estudiante sobresaliente. Fue electo Diputado a la LVI Legislatura del Congreso de la Unión. Pero sobre todos sus méritos, ha destacado como valioso maestro de la Facultad de Derecho de la UNAM, en la que imparte la materia denominada Derecho Parlamentario, y consecuentemente es autor de dos textos educativos relacionados con ésta, editados por la misma universidad, lo que explica de sobra, la coherente y clara exposición de los temas de su libro.

México, D.F., octubre del año 2000. Mtro. Esteban Ruiz Ponce. Premio Ciudad de México 1997.

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