PLACAJE ALTO

De Àngel Lluís Carrillo Pujol Para todos los que aman el rugby De este fangoso terreno sólo me podrá sacar el de arriba, y con los pies por delante. Medio melé tras el placaje de un delantero.

“Tener el valor, sabiendo previamente que vas a ser derrotado, y salir a pelear: eso es la literatura”. Roberto Bolaño

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CAPÍTULO 1, PRETEMPORADA Si el rugby es sólo un deporte, el corazón es sólo un órgano. He vuelto a mi ciudad para recuperar a la mujer de mi vida. Recuperar no es la palabra que debería utilizar, porque uno sólo puede volver a tener lo que algún día perdió. Ella no desapareció de mi vida, porque nunca estuvo en ella, sólo fui parte de su cuerpo unos minutos, en un coche mal aparcado entre los reglones de un parking cuadrado, durante una noche huérfana de estrellas. Un sujetador negro y sudor momentáneo que fue secado por el aire húmedo de esta ciudad. Ese momento fue nuestro, sólo ese instante habita en nuestro recuerdo, ya no siento su piel, ya no bailo las canciones que escuchamos juntos. Un año de amor terminó en el sexo adolescente, en un auto de asientos abatibles, mientras sonaba una canción suave de un hombre de voz ronca. No tengo nada de ella y ella me tiene, sin saberlo, sin quererlo, pero he vuelto, para intentarlo de nuevo. “Prefiero un beso tuyo antes que el amor de mil mujeres” canta Andrés Calamaro, yo escucho, creo que soy él, y ella es la que está aquí, la que encontré, la que desapareció, el motivo de estar para poder ser. Tony Soprano no se cansa de repetir que, “ya no quedan hombres como Gary Cooper, un tipo fuerte y silencioso, que hacía lo que tenía que hacer y no buscaban excusas.” Quiero demostrarle a Tony que está equivocado. El invierno perdió la nieve en una partida de póquer, todas las cartas estaban marcadas y el pistolero no desenfundó el revólver, dejó todas sus pepitas de oro sobre la mesa, se levantó, tomo un par de tragos y abandonó la puerta abierta cuando salió. Montó en el caballo que lo llevó hacia el Oeste, miró hacia atrás pero no había nadie, estaba solo de nuevo, él y su soledad cabalgando hacia el sol que se largaba. Encontró otra cantina, otras mujeres, otra vida, pero no podía dejar de pensar en los naipes marcados, en el juego de final previsible. Perdí porque debía perder, no había ninguna otra salida.
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Hace dos meses, mientras leía un libro de tapas negras y autor impronunciable, sonó el teléfono. El presidente de los “Gladiadores” de Tarragona me ofreció entrenar su equipo de rugby –los clubes pertenecen al que pone la pasta, no a la gente que durante toda la semana espera el partido del domingo o el sábado, enorme error del deporte profesional, pero así funcionan las cosas. Te guste o no te guste siempre acabas jodido-. Podía llevar las riendas del equipo de mi ciudad, defender la camiseta roja que siempre añoré. El fundador del club, un antiguo jugador de los British and Irish Lions eligió el color rojo para las primeras camisetas, el mismo que viste ese gran homenaje a la tradición más pura del rugby, un equipo que cada cuatro años reúne a los mejores jugadores de ambas islas para irse a jugar al hemisferio sur. Los Lions jugaron su primer partido el 28 de abril de 1888, vencieron a los neozelandeses de Otago por tres a ocho, en esa época los ensayos valían un punto y los drops tres. La tradición continúa desde el siglo diecinueve hasta nuestros días. Tenía la oportunidad de volver a la ciudad de mis sueños quebrados. Podía huir de nuevo como el cobarde que soy o luchar contra el destino, que me espera en las calles de la que fue capital del Imperio Romano. Aquí estoy, sentado ante el televisor, visionando un partido eterno entre los “Pucelanos” de Valladolid y los “Aníbales” de Barcelona, saboreando un dedo de bourbon y viendo como las colillas luchan por abandonar el cenicero. Estoy cansado y es tarde. Joan Pla termina su desayuno en la pequeña cocina del minúsculo piso. No puede hacer mucho ruido, sus dos hermanos –con los que comparte habitación-, no se levantarán hasta dentro de una hora. Su padre volverá a casa sobre las diez de la mañana –problemillas que da el trabajo nocturno-. La madre está demasiado exhausta, ni el zumbido de una bomba atómica la despertaría. Mira el papel imantado a la nevera, hoy es lunes, zumo de
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naranja, cereales, yogurt, miel, leche, pan y embutido. Deja todos los manjares sobre la mesa, abre el enorme libro rojo. “Los iberos fueron el primer pueblo que ocupó la Península Ibérica” –coño, de ahí viene lo de jamón ibérico, ellos fueron los que descubrieron que del cerdo todo se aprovecha-, sonrisa silenciosa. Recoge la mesa, deja los platos en el fregadero y las migas en la bolsa azul de materia orgánica. Se viste en el comedor, con el chándal que su madre le planchó la noche anterior. Agarra la vieja bolsa de deporte, se la cuelga a la espalda y cierra la puerta del hogar mudo. Baja las escaleras del edificio que ni imagina lo que significa la palabra ascensor. Los basureros están mojando las calles, la luna mueve la mano gritando un hasta luego, el sol enseña su calva, el gato no se esconde bajo el auto, el perro todavía no sabe ladrar, los gallos están en huelga, el autobús de la línea siete llega con retraso mientras que el de la línea trece se ha adelantado, una anciana de pasos cortos inicia su travesía hacia el ambulatorio, una botella de cerveza resquebrajada, dos prostitutas bostezan mientras andan sobre sus tacones cansados, el repartidor ha perdido el paquete, en la ciudad no hay búhos y los buitres solo aparecen las noches de copas infinitas. Joan se coloca los auriculares y empieza a correr hacia el campo de entrenamiento. “Hoy empieza la pretemporada de nuestro equipo. Todos deseamos que vaya mejor que el año pasado, penúltimos y a dos puntos del descenso. No será muy difícil que lo hagan mejor esa panda de gandules. Me conformaré si dejan de placar como señoritas de la alta sociedad rusa del siglo diecinueve. Tenemos varios jugadores nuevos, un entrenador que nació aquí y sabe lo que el rugby significa para Tarragona, y algunos jugadores de la cantera dispuestos a dar el salto al primer equipo. Mi primo me ha comentado que Joan Pla, el nuevo apertura de dieciocho años, tiene futuro en este mundo oval. Esperemos que no sea una nueva decepción, estoy hasta los pelos de mi calva de los desengaños, para desilusiones ya tengo las que me da mi marido. Como cada año debemos decir que esta puede ser nuestra temporada, aunque
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lo veo jodido, muy jodido. Gracias Bruce por cantar para nosotros. Hay una nube negra levantándose del suelo del desierto. Hice las maletas y voy directo a la tormenta. Voy a ser un ciclón que derribe todo lo que no tenga fe para mantenerse firme. Líbrate de los sueños que te desgarran. Líbrate de los sueños que te rompen el corazón. Líbrate de las mentiras que no te dejan más que pérdida y desesperación. Los perros aúllan en la calle principal porque saben que si tuviera un momento en mis manos. Señor, no soy un niño, no, soy un hombre. Y creo en una tierra prometida. Hoy es el día de las presentaciones, tratar a los jugadores que he visto en tres decenas de partidos. He leído y escuchado mil opiniones sobre ellos, pero ahora es el momento de empezar a conocerlos. Uno se hace la idea de una persona a la que sólo ha oído nombrar y se crea una imagen predeterminada, que nunca acaba siendo cierta, tanto por lo positivo como por lo negativo. Estoy viendo como dejan sus coches en el parking, un Ferrari, un par de Porsche, unos cuantos Mercedes, otros Audi y los carros más pequeños que siempre son de los que no han firmado un contrato profesional. Nos estamos volviendo locos, demasiado dinero en lujos etéreos. En este circo deportivo sólo somos payasos o domadores. Lo sencillo que era formar un equipo de aficionados, venían a jugar y ganar ya era la leche. Quedar una tarde de sábado con los amigos, subir a un campo perdido entre árboles que perdieron el nombre una noche de tormenta, cambiarnos en vestuarios que nunca han conocido los vocablos “agua caliente”, ponernos las viejas botas que jamás fueron nuevas, sacar la camiseta desgarrada de la pequeña mochila, saltar al campo inundado por la lluvia que no deja de caer o al campo secado por el sol sudoroso, correr, saltar, luchar, placar, caer, levantarse, reír, el barro sabe a mantequilla, el campo huele a tierra, los espectadores son invisibles, victoria o derrota, el pasillo final, cada partido nos preguntábamos hasta donde estábamos dispuestos a llegar y dábamos un paso más allá. La juerga posterior o tercer tiempo, devorar la comida y vaciar las
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botellas, entrar en un bar, en otro, otro y después otro, llegar a casa a cuatro patas y levantarse con resaca. Que maravilloso día de rugby. En el deporte la poesía la escriben los jugadores aficionados, los profesionales se conforman con los “best sellers.” Tres jugadores llegaron conmigo al equipo y otro trío se largó. Comerciar con profesionales es negociar con ganado. Yo te compro ocho reses pero tú debes llevarte dos toneladas de alfalfa. La misma historia de siempre plagada de diferentes nombres. Llegó el escocés Ignatius Toole, juega de seis, flanker, es duro, está gordo pero necesito un tipo como él, de la vieja escuela. Fue el menos problemático, yo lo quería, al presidente no le importaba y los periodistas no sabían quien era. Un negocio fácil, él quería largarse de su particular conjura de necios y nosotros lo recibimos con los brazos abiertos. Verlaine Baudelaire es un niño mono redecorado por músculos que dudo que existan. El presidente me dijo que lo necesitábamos, nos faltaba un ala y este era el mejor que había en el mercado, yo le dije que conocía a varios tipos que le superaban, pero él pronunció las palabras más odiadas por un entrenador; “Es el jugador mediático que necesitamos.” La nueva filosofía del deporte moderno, uno no vale lo que demuestra sobre el césped y bajo la lluvia, uno sirve por la cantidad de anuncios que realice, por las camisetas que venda -¿a quién se le ocurrió esta gilipollez? -, por las fotografías que tenga en un periódico, los planos de televisión. Pero yo quiero hombres que consigan que mi equipo sea mejor, no me sirve quedar último y batir el récord mundial de faldas abiertas. Así que prejuzgando a Verlaine lo fui a ver, se merecía una oportunidad, una entrevista personal, quería escapar del equipo perdido en la segunda división francesa, quería subir y nosotros éramos su ascensor. Así que llegué, lo conocí y me di cuenta que la había cagado, por hacer lo que siempre critico de los demás, valorar a las personas antes de conocerlas. Si es
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gordo es porque sólo tiene cerebro para la comida, si es delgada es que sufre anorexia, si un día lo ves pedo por la ciudad es que es alcohólico, si se fuma un canuto es drogadicto, si habla de su vecina una cotilla, si vota a los que no son los míos es un personaje poco inteligente, y así mil ejemplos más. Hablé con él y me dio una lección de rugby, de lo que significa este deporte de cómo llegó, de cómo espera no irse. “Uno no es culpable de ser feo, como tampoco lo es de ser guapo.” Verlaine Baudelaire me explicó que vivía en un paraíso artificial, en un lugar donde se valoraba más su salidas nocturnas que sus sacrificios diurnos, que lo estaban convirtiendo en un despojo deportivo, que él quería que todo esto acabara, no deseaba convertirse en un juguete sin moral. Amor, dedicatorias, mujeres, hombres, canciones para ellas, confesiones, un mundo que no anhelaba y lo estaba atrapando. “Quiero un equipo para jugar, sudar, hacer lo que más me gusta, dejarme el alma en un terreno embarrado. Ya llegarán los años donde contaré mis batallas perdidas, o las que gané, me rodearé de mujeres y de gente de malvivir y peor estar, pero ahora no es el momento, ahora quiero jugar a rugby y Tarragona parece el mejor lugar para hacerlo.” El irlandés Ulises Joyce tiene el papel más complicado de esta novela. Debe sustituir al ídolo del equipo, al que llamaríamos jugador franquicia –el que todos conocen que juega aquí y piensan que debería largarse a otro club con más aspiraciones-. El que se largó o echaron, según lo mires o lo veas, se llama Samuel Yeats, también es hijo de la “Isla Esmeralda”, con toda seguridad el mejor zaguero que ha jugado jamás en los “Gladiadores”, ahora se encuentra en su nueva casa a las afueras de Londres, esperando iniciar la temporada con su nuevo y multimillonario club. La historia es conocida por todos, uno trae la pasta, el otro la necesita, los aficionados quieren al jugador, el busca lo mejor para él, el representante para su bolsillo, los gacetilleros para sus papeles y así es como ocurre. Llega la oferta que no se puede rechazar, ni que todos fueran parientes de Vito Corleone, adiós al ídolo, encantado de
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haberte conocido y cuando pasen los años recordarás que en ningún lugar estuviste como aquí. Ulises Joyce es un irlandés que no nació en Dublín, pero allí lo llevaron sus padres cuando todavía utilizaba pañales. De niño jugaba a fútbol, no se le daba mal, cuando uno vale para correr ya puedes empezar a perseguirlo ahora, porque no lo pillarás, cuando uno vale para sentarse encuentra un sillón en las cámaras de tortura de Torquemada. El melón oval le golpeó la cabeza cuando era un adolescente, bien, fue su corazón el que resultó noqueado por los ojos de la chica que quería un rugbier en su vida, así que se pasó al equipo de rugby de la escuela. Se acostó con la chica, se besaron en las calles húmedas de Dublín y se juraron amor eterno. Como cualquier historia perfecta y real, terminó. Ulises corría bien, pasaba mejor, su patada era excelente y su visión de juego excepcional, sólo podía jugar de zaguero, “back” en inglés. Cuentan que el nombre que recibe la selección de Nueva Zelanda de rugby, “All Blacks”, viene de la primera gira del país austral por Inglaterra. Se inició en septiembre de 1905 y terminó en febrero de 1906, seis meses jugando contra lo mejorcito de la isla, clubs y selecciones. Treinta y una victorias, un empate y una derrota, perdieron, como no, ante Gales, los habitantes de esta nación guardan en su ADN las cuatro bases nitrogenadas que todos tenemos, Timina, Citosina, Adenina y Guanina, pero además se les ha descubierto una nueva, Rugbina, es la única explicación química a un fenómeno místico. Los europeos quedaron impresionados con el juego de la gente de Nueva Zelanda, jugaban a la mano, todos pasaban bien, todos corrían, parecían todos “Backs”, zagueros. Como vestían de negro, “Black”, el nombre fue cambiando hasta el actual, “All Blacks”, todos negros, todos zagueros. Ulises se exilió cuando su mejor amigo y su novia le partieron el alma. Podría haberse quedado en Irlanda, pero prefirió viajar, primero Inglaterra – un equipo donde se divertía, pero siempre perdía-, luego Francia –un equipo

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que ganaba pero él no disfrutaba-, y ahora España. Continúa buscando su Ítaca, como todos, como él, como ninguno. Ahora debo conseguir que todos se sientan especiales, queridos, darles confianza, recordarles cada día que este deporte es de equipo, que unos se llevarán los titulares y las fotografías, pero todos somos necesarios. Puta envidia, cuantos equipos has jodido, puto dinero, cuantos equipos estás jodiendo. No he preparado la primera charla, según los manuales la más importante, porque antes de pronunciar la primera palabra necesito mirarlos a los ojos. Las paredes del vestuario son rojas. Las taquillas están abiertas, en la puerta de éstas se encuentran escritos los nombres de los hombres, las botas relucen por la luz de los fluorescentes, huele a lejía aromática y las duchas no lloran. Los zapatos y la ropa de precios abusivos dan paso a las camisetas que los aficionados compran por setenta euros en las tiendas que se reparten por toda la ciudad. Pieles tatuadas, anillos de casados y de solteros, músculos trabajados durante meses, cuerpos depilados y peludos, vidas de gimnasios, una cerveza de más y un bourbon de menos. Sonrisas, saludos, presentaciones y reencuentros. Joan Pla ve las letras de su nombre en el armario metálico del rincón más acorralado. Es su primer año con los profesionales, entrenó alguna vez con ellos, pero hace una semana supo que este año estaría aquí. Su entrenador le llamó, le había hablado de él al nuevo Míster del primer equipo. Le pasó unos videos y una semana después lo aceptó. Este año no jugaría mucho, pero le intentarían enseñar lo suficiente para poder llegar a ser algún día titular. Todo tiene un principio, y este parecía tan bueno o mejor que cualquier otro. La taquilla de Joan era la más cercana al baño y la más alejada de las duchas, a su lado se sentó otro de los nuevos, Verlaine Baudelaire, el nuevo fichaje francés, jugaba de ala, musculoso, moreno y tatuado, muchos lo
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consideraban el fichaje mediático, aparecía más en la prensa rosa que en la deportiva, pero no era un mal jugador. Los novatos siempre empezaban su carrera cerca del cagadero –un auténtico infierno después de algunos partidos, y cada año se iban aproximando más a las duchas. El que se sentaba pegado a los surtidores de agua era el capitán, el hombre calvo, Miguel Quijano, a sus cuarenta años –cincuenta dicen que aparento-, sonreía como un niño cuando se vestía con su camiseta roja y sus botas de batalla. La ilusión le daba la fuerza que los días se obstinaban en robarle. -Buenos días. Ya sabéis quien soy, Lluís Pujol, y los seis que están a mis espaldas son el equipo que trabaja conmigo. Sergio es el segundo entrenador, Xavi es el médico, Frank el fisioterapeuta, David el entrenador de delanteros, Thomas el entrenador de los tres cuartos –llamados así porque deben cubrir las tres cuartas partes del campo, el otro cuarto es trabajo de la delantera-, y Carles el entrenador de los chutadores. Compartiremos penurias y alegrías desde hoy, tres de agosto hasta el nueve de mayo. Sé que la moral de este equipo no está en Marte, el año pasado casi os mandan a Segunda, pero esta temporada tenéis la oportunidad de resarciros. La primera charla al equipo siempre es la más difícil, intentas encontrar los mensajes que os motiven para que entreguéis lo mejor de vosotros durante toda la temporada, pero esas palabras no existen. Cada día es único, cada momento es irrepetible y lo pasado no puede modificarse. “Yo soy un ganador, y no lo soy por no haber perdido nunca, sólo lo soy porque nunca me rindo. Cuando me caigo me levanto, vuelvo al suelo y alzo de nuevo las rodillas. Y eso es lo que os pido, que no os rindáis nunca, por muy jodidos que estemos no debemos entregar nuestras armas al enemigo, porque cuando uno de nosotros claudique todo el equipo agachará la cabeza para ser decapitado. Cuando el marcador señale una capitulación numérica salid con la cabeza alta y aprended de la derrota, porque la victoria no enseña, sólo halaga. Muchos de los que estáis aquí tenéis el suficiente
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dinero para gastar durante esta vida y cien vidas más, pero habéis decidido empezar esta temporada. Me gustaría que os preguntarais porque estáis aquí, cual es la razón que os lleva a recibir el castigo físico de los entrenamientos y los golpes de los partidos. ¿Por qué queréis jugar a rugby pudiendo estar en casa jugando con vuestras pelotitas? “¿Qué os trae a empezar una nueva temporada? ¿El cariño por este deporte o el amor a la fama y la popularidad? Si lo que buscáis son autógrafos no hace falta que os mováis de aquí, ya os conoce todo el mundo y los podréis repartir a mansalva. Lo que deseo es que recordéis porque os encontráis ahora aquí. Buscad al niño que jugaba durante todo el día con el balón oval, se acostaba pensando que llegará mañana, en ese momento podrá seguir persiguiendo la pelota y divirtiéndose con sus amigos. Y ahora que ya sois hombres quiero que rescatéis un pedazo del espíritu de vuestra infancia. Lo que yo espero de vosotros es ver después de cada partido unos pedazos de valor, coraje, orgullo, audacia, agallas, sudor, sangre y huevos en el terreno de juego. Los números que se muestran en el marcador tras los partidos importan a los aficionados, a nuestros directivos y a los periodistas, pero a mi no. Debéis comportaros como un equipo, que es lo que sois, no como unos individuos que salen al campo a lucir sus trabajados cuerpos. Esto no es golf ni tenis, esto es rugby, y aquí sin tus compañeros eres la mayor mierda que se pueda encontrar tras el culo de una vaca. “Este es un deporte de equipo, todos estamos juntos en esto. Somos como los mosqueteros, el primer equipo que conocí en mi infancia. Allí estaban los cuatro, Aramis, Porthos, Athos y D’Artagnan. “Uno para todos y todos para uno”, gritaban al unísono. Pocas frases describen mejor lo que significa pertenecer a un grupo que existe porqué tú estás en él. Todos los que estáis aquí habéis elegido este deporte de grupo, no elegisteis al individuo del tenis, al personaje golfista o al gimnasta concentrado. Buscasteis a los otros, el apoyo de los demás, alguien con quien compartir las alegrías y
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sobretodo las tristezas, porque de diez equipos que jugamos sólo uno vencerá, el resto deberá besarse las heridas. No somos individuos, somos un grupo, nada más. Cada uno sólo no es nada, todos juntos podemos llegar a ser algo, por eso es vital que nos veamos como un conjunto, como una gran orquesta, que para conseguir una interpretación perfecta necesita que nadie desafine, que todos estén donde deben estar cuando se les espera allí. No hay más, somos un equipo y como tal ganaremos o perderemos. Sólo hay un camino, ser todos uno, el resto de atajos ya los conozco, y todos llevan al mismo lugar, al precipicio. “Hay muchos deportes de equipo, pero pocos como el rugby, donde todos los jugadores son imprescindibles en la victoria y en la derrota. El mejor futbolista del mundo puede marcarse una jugada individual desde el centro del campo y marcar un gran gol, cuando lo celebre, como muchos hacen, se señalará su camiseta, para que todo el mundo vea su nombre, no cree ser la pieza de un conjunto, es él, ¿porqué es importante su nombre? Nunca verás a un jugador de rugby que señala su espalda tras conseguir un ensayo o un drop, porqué él sabe que no es nada si no está con sus hermanos. El jugador más genial de la historia del rugby sólo es un pelele si intenta una jugada individual desde el centro del campo, sólo llegará a ser la carne de la hamburguesa de unos tipos enormes. Por eso el espíritu de equipo está tan arraigado en nuestro deporte, porque sin tus colegas no eres nada. “Este va ser el primer libro que vais a leer –el segundo entrenador va entregándolo a todos los jugadores-. No son jugadas, ni autoayuda psicológica o cualquier otro manual de bolsillo para perdedores que buscan las soluciones en los demás cuando están en ellos. Tenéis en vuestras manos “El Arte de la Guerra” de Sun Tzu. Somos un ejercito y cada partido es una batalla, cuando termine esta temporada sabremos si hemos ganado o perdido la guerra. Debemos comportarnos como un ejército, eso es lo único que nos otorgará la victoria. Nuestra fuerza debe basarse en el físico, la táctica, la
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inteligencia y la motivación. Esto nos llevará a conseguir lo mejor para nosotros y para el conjunto. Usad la cabeza, joder, la puta cabeza. Si nos están destruyendo por veinte puntos, consiguiendo dos ensayos y un golpe de castigo, nos quedaríamos a tres puntos, los rivales se acojonarían, en ese momento no se os ocurra cometer un placaje alto y que os manden al banquillo durante diez minutos. Porque la cagaremos, no sólo el expulsado la habrá pifiado, todos perderemos, como todos ganamos, aquí cuando uno se equivoca todos la jodemos, desde el capitán hasta el fisioterapeuta. Pensad y venceremos. “Para terminar os leeré un párrafo de esta obra maestra del pensador chino –abre el libro por la página marcada-. “El arte de la guerra se basa en el engaño. Por lo tanto, cuando es capaz de atacar, ha de aparentar incapacidad; cuando las tropas se mueven, aparentar inactividad. Si está cerca del enemigo, ha de hacerle creer que está lejos; si está lejos, aparentar que se está cerca. Poner cebos para atraer al enemigo. Golpear al enemigo cuando está desordenado. Prepararse contra él cuando está seguro en todas partes. Evitarle durante un tiempo cuando es más fuerte. Si tu oponente tiene un temperamento colérico, intenta irritarle. Si es arrogante, trata de fomentar su egoísmo. Si las tropas enemigas se hallan bien preparadas tras una reorganización, intenta desordenarlas. Si están unidas, siembra la disensión entre sus filas. Ataca al enemigo cuando no está preparado, y aparece cuando no te espera. Estas son las claves de la victoria para el estratega.” Pensad cuando estéis en el terreno de juego y la victoria será nuestra, pero pensad, joder, pensad. Y recordad, en el rugby se gana con las tres b, bucks, bollocks and bite. Botas, huevos y mordiendo. Ni una sola nube, calor, carreras, primeras gotas de sudor. Vamos, con más fuerza. Este verano ha sido demasiado duro para mi cuerpo. Arriba y abajo. Agua, bebida isotónica, ese puchero mágico de la aldea de Astérix y Obélix. ¿Cómo coño se llamaba la tía que me dejo descansar entre sus
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piernas? Golpead con toda vuestra fuerza, ¿eso es todo lo que podéis hacer? Saltamos las cuerdas como niñas de cinco años. Agujetas o mialgias diferidas –producidas por micro roturas musculares-, la bendita compañera de viaje durante los primeros días. El médico va llamando a cada uno de los jugadores, a los que enchufa a máquinas conectadas a ordenadores. Debemos esforzarnos más. Nadie nos regaló nada y nunca lo hará. Un periodista fuma un cigarrillo y escribe tres líneas a la sombra de un enorme pino. “Ha empezado la nueva temporada y debemos vender ilusión, para que el show continúe, pero ¿qué hay de nuevo, viejo? El paso de los días nos devolverá a la realidad, que siempre es más dura que los sueños”. Cien aficionados pasan la mañana del lunes mirando a cuarenta tíos corriendo y siete gritando. Los jugadores se sientan en la mesa para comer pasta, pescado y pera. Una hora de siesta, lectura o llamadas telefónicas. Videos de partidos y jugadas. Defender, placar, pasar, chutar, melé, ruck, maul, touch, disciplina, esquivar, drop. Todos a casa, que mañana llegará otro día. Lo importante en el rugby es no empanarse, sino te empanan. Joan pasa andando entre los coches de lujo, sabe que si las cosas no salen mal pronto tendrá uno de esos. Una voz grave grita su nombre, él se gira. -Hola capitán –los casi dos metros y más de cien quilos lo están mirando. -Hola Joan –responde Miguel Quijano-. Durante este año voy a ser tu padrino, tu confesor, tu tutor o tu maestro. Ponme el adjetivo que quieras – silencio-. Si tienes algún problema en el equipo o fuera de este deberías comentármelo. Vas a entrar en el universo profesional, esto no tiene nada que ver con el mundo que tú conoces. Aquí todo funciona por impulsos, pasas de la cima al infierno en unos minutos, te pedirán que mejores lo último que has conseguido y eso no es siempre posible. Escucharás alabanzas y críticas,
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debes aprender a alejarte de todo eso. Nunca debes alejarte del suelo, todos hemos sido endiosados y acto seguido endemoniados, pero todo eso sólo son opiniones, no la realidad. Te he visto entrenar, tienes madera de profesional pero eso no significa que vayas a conseguir todo lo que te propongas, para llegar a las grandes metas se necesitarás toneladas de sacrificio, y renunciar a la comodidad es difícil en el momento que tienes el futuro asegurado. Cuando veas que te alejas del camino habla conmigo, cuando creas que eres un perdedor acude a mí y lo más importante, cuando pienses que eres Dios no dejes de llamarme. Yo te devolveré al mundo de los humanos –Miguel respira hondo tras la monserga anual, ¿cuantas veces lo he repetido? ¿Por qué nadie me hace caso? -Eso haré. -Eso espero que hagas. Los cuatro intermitentes de un Mercedes parpadean. -Te llevaría a casa, pero es mejor que vuelvas andando, mientras piensas en la suerte que tienes de estar aquí con nosotros. Un móvil suena y unas manos suaves pulsan la tecla de respuesta. -Sí, dígame. -Hola Irene, soy Lluís. Silencio. -Hola Lluís. Sabía que habías vuelto a la ciudad, pero no esperaba que me llamarás. Han pasado tantos años –el corazón de ella se precipita. -No tantos –las manos de él sudan. -Diez -El tango canta que veinte años no son nada. -Pero cinco son una eternidad cuando tienes treinta. -Me gustaría verte –él se atreve a entrar a matar. -¿Para qué? –ella pregunta cuando conoce la respuesta.
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-Para que me des buenas noticias. Que ya no estás con tu novio de siempre, que lo dejasteis, que lo has olvidado, y que estabas esperando a un viejo amor para reconciliarte con la felicidad. -Me casé con Pere. Ya tenemos la parejita de niños, Marta y Marcos. -No quería molestar –la tristeza se mezcla con los sueños rotos. -Tú nunca molestas –lo que fue y lo que podría haber sido-. De todas formas nos podríamos ver. -Ya te volveré a llamar. Dentro de dos días nos vamos a Irlanda para preparar la temporada y regresaré en tres semanas. Aire. -Un beso, guapa –caricias tristes que no puedo darte. -Otro para ti, entrenador –el pasado siempre vuelve para enmarañar el presente.

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