Como las golondrinas, del poema de Bécquer.

Y tan sólo me bastó un segundo para saber que él iba a ser la persona adecuada. Aquella persona que esperaba desde hacía 19 años. ¿Sabéis? Lo conocí aquella misma mañana. Ése 20 de septiembre. 'Llego tarde, mierda. El primer día de universidad y ya llego tarde.'' . Apresuré mi tacita de café con leche, o mejor dicho, mi tacita de leche con café y salí corriendo del piso. Bajé a zancadas los escalones, saltando los últimos tres peldaños. Si mi madre me hubiese visto, hubiera dicho que, cuidado, que me caería y no quería llevarme tan pronto a urgencias. Pero no podía pensar en ése momento en que si me rompía una pierna. Llegaba tarde y punto. No había nada peor, que llegar tarde, el primer día, para dar mala impresión y quedarse con el mote de ''La chica esa que llega tarde.'' No, es que me negaba. Entre pensamiento y pensamiento, me había dejado el bolso en mi nuevo pisito del centro de Madrid. Bien, qué día más genial. ''¿Y ahora qué? ¿Que me parta un rayo, no?'' Alcé la vista al cielo por el portal, esperando alguna respuesta, pero nada. ''¿Me he dejado la tostadora encendida?'' No, eso era imposible. Había desayunado poco, mejor dicho un pequeño bollo y punto. Llegué al piso, y menos mal, que tenía la manía de dejar siempre una llave de repuesto pegada. Pegada detrás de la primera barra, de la barandilla del ascensor. Abrí la puerta y cogí el bolso, y por supuesto, que me aseguré de que nada estaba peligrosamente encendido. Volví a dejar la llave pegada y bajé de nuevo a toda pastilla. Por fin llegué al portal. Abrí rápidamente y eché a correr. Había muy poca gente, pero me bastó ésa poca gente para atrasarme aún más. De mi casa a la estación había unos 10 minutos, pero con el insoportable flato, y que los auriculares se me caían cada dos por tres de los oído, tardé 15 minutos. Llegué sin aliento a la estación. Madre mía, qué lejos quedaba... Aunque, era más rápido que ir hasta el metro, según mi padre.. Llegué. ¿Cuál era mi dirección? Bien, la encontré. Cantoblanco Universidad. Dirección, Alcobendas de San Sebastián de los Reyes, C-1. Fui corriendo en esa dirección y por suerte, el tren no había marchado. Madre mía. Entré al vagón y no había ni un sitio libre. Pero por suerte, encontré un sitio en otro vagón. Y madre mia, lo vi. ''Es él''- pensé. Sí, tenía que ser él. Me dejé caer en el asiento más cercano a él. Qué guapo era. Estaba leyendo un libro, del cual no conseguí ver el título. Sin poder respirar, entre la

carrera que dí, y con el corazón saliéndose de mi corazón, conseguí llamar a Alicia. ''Pí-pí-pí. Buzón de voz. Deje su mensaje después del pitido.'' ''Alicia, soy yo, Sofía. Oye, que llego tarde... Tengo un problema con el tren. Hasta luego.'' Colgué y sentí dos canicas mirándome. Alcé la vista sigilosamente, y lo ví. Me estaba mirando, que guapo. Sentí cómo mis mejillas se calentaban cual huevo frito en una sartén. Bueno, no soy muy buena con las comparaciones, y no sé como describir lo que sentí en aquel instante. Sólo sabía que estaba rojísima, cual tomate. ''No, Sofía, no. No puedes distraerte. Los chicos ya te han puesto la vida demasiado patas arriba y no puedes permitirte a éste chico. No. ¿Acabas de romper con Jorge y ya estás pensando en otro? No, no y no. ¿No recuerdas que hace menos de tres días llorabas a rienda suelta, agarrada a una caja de pañuelos? Venga ya. Contrólate.''- me repetía mi conciencia. Pero no le hice caso. El tren avanzó, siguió su camino, al igual que él y yo. Pasaron los días, días que se hacían infinitos, esperando a la mañana siguiente para poder volver a verle. Mi rutina de siempre, se hacía cada vez más animada. Me despertaba mucho antes de mi hora habitual, me vestía lo más guapa posible para él. Me maquillaba de tal manera que mis ojos resaltaran. Apresuraba mi tacita de leche con café, que ya sabéis que echo más leche que café y me iba, asegurando de que llevaba las llaves del portal. Todo estaba perfecto. Menos la mera idea de que él no se fijaba en mí, o eso me parecía a mi. Un día, un simple día de noviembre, ocurrió. Estaba mirando por la ventana, absorta en mis pensamientos sobre el campus de la universidad. Sobre los trabajos que tenía que entregar, sobre mis nuevos amigos. Pero a pesar de todo aquello, a lo que me había ya acostumbrado, sentía una melancolía enorme. Echaba de menos a mis amigos de la infancia. Con aquellos que me emborraché por primera vez, con aquellos, con los que todos los viernes salíamos por ahí a fumar y conocer gente. A conquistar la noche, a vivir la vida como se merece ésta... Ése día todo estaba precioso. Bueno, siempre lo era. Mi trayecto era muy bonito, pero hoy estaba aún mejor. El cielo estaba despejado, y los pájaros aún no habían despertado, o ¿ya habían emigrado? Quien sabe. Y de repente algo me tocó el brazo.

Me giré repentinamente y no pude evitar ésa cara de molestia que se te queda

cuando alguien te despierta de un sueño maravilloso, ésa cara de odio cuando alguien te arruina tu mejor momento del día. Y sí, aquella cara estaba dibujada en mi rostro cuando me tocó el brazo. Mi mirada pasó a ser completamente despejada, como el cielo de aquel día. Mis miles de pensamientos se esfumaron, como la vida misma. Solo veía unos labios bien perfilados. Se estremecieron. Sentí miedo por lo que podría decir. Por lo que pasaría a partir de aquel momento. Pero no me digné a levantar más la vista. -Perdón... - Dijo maldiciendo su aparición. -¿Sí?- Dije yo, quitándome la tontería de encima. ¿Pero cómo se atrevía a interrumpir mis preciados pensamientos? Vaya, que necesitaba ya una explicación, lógica y con sentido. -Bueno, perdona si te he molestado... Parece que por la cara que has puesto sí. Bueno, ¿te llamas Sofía, no?- ¿Pero cómo sabía mi nombre? No me dignaba a mirarle a la cara. No quería saber quién era. Era lógico, que era un maldito chico, que impertinentemente, me había molestado. Volví a cambiar de rostro, y puse mi cara de odio otra vez sin dejar de mirar por la ventana.- Bueno, veo que no te dignas ni a mirarme... -Si me digno a mirarte,- dije a la vez que me giraba y buscaba su rostro. No podía creerlo. Sofía, reacciona.- ah, hola.- un pequeño gallo salió de mi, dejando ver toda aquella alegría.- Sí, me llamo Sofía, ¿cómo lo sabes?¿Y tú cómo te llamas?- Dije dejando asomar mi mejor sonrisa. -Álex. Hace unos meses oí que llamabas con una tal Alicia... Siento ser cotilla, pero debo decirte algo, Sofía.- Dejó de mirarme. Su vista se posó al lado mío. Seguí su mirada, y estaba posada en un asiento libre. Volví para mirarle. Era perfecto. Aquella mirada insegura y a la vez pícara. Aquel libro, aquel chico. - ¿Puedo? -Claro... Sí, sí. Siéntate. Dime, ¿qué ocurre?- retuve mis ganas de decirle que lo quería, que necesitaba tenerlo a mi lado, que era la razón por la que me levantaba cada vez antes. -Ahm... Sí, bueno, no sé... No sé como decir ésto...- Empezó a juguetear con sus manos, a la vez que empezó a mirar a través de la ventana.- Esto...- Me miró a los ojos. Pero qué preciosos ojos- Sí digamos.- Joder, pero cómo se enrollaba. Que lo soltara ya, me estaba muriendo por dentro.- Que te conozco desde aquel 20, que desde aquel día, elijo éste tren, en vez del directo.- pausa. Una pausa infinita. Quise decir algo, pero mis capacidades se habían rebajado hasta el punto de sólo poder mirarle a través de mis pequeños ojos.Sé que pensarás que soy idiota, pero me gustas, Sofía. Me gustas demasiado. Y tengo miedo de decir esto… Pero creo que, me he enamorado. De tí. -pausa.

Otra pausa infinita, y yo sin poder decir nada. Levanté las cejas, intentando dar signo de vida- Sí, lo que oyes... Bueno, ya me voy... Sólo era para decirte éso...- Madre mía, no me creía lo que estaba ocurriendo. ''No, no te vayas precioso, quédate conmigo, toda la eternidad.'' Pensé. No quería que se fuera. Era el mejor día de mi vida, lo quería. Mis ojos se empañaron, y sin poder evitarlo bajé la vista.- ¿Estás bien?- Dijo mirándome fijamente a los ojos. -Sí, yo perfectamente... No eres un idiota. Yo... Yo, no sé qué decirte.- Vamos, Sofía, pensé. Tenía que decirlo, era mi oportunidad. Mi día. Miré al techo, intentando que mis lágrimas no salieran. .- Yo, también te quiero. - Dije sin poder parar de tartamudear. Madre mía. Sentí cómo miles de litros de sangre corrían a más de 100 por hora por mis venas. Las lágrimas habían desaparecido, pero mis pómulos se habían colorado intensamente. - Bien...- Me miraba fijamente, y yo no pude ser menos. Mis ojos casi ni parpadeaban, mi corazón sobrepasaba sus límites y quería salir de mi cuerpo. Lo retuve con todas mis fuerzas. Demasiado calor para estar en noviembre. Había esperado 19 años y casi 3 meses. Le quería. Sentí cómo la adrenalina corría por mi cuerpo, y unas ganas horribles de gritar se apoderaron de mí. Quería gritar, decirle al mundo lo feliz que era. Quise saltar, bailar. No podía aguantar más tiempo sentada. Pero no me dio tiempo a seguir pensando. Mis pensamientos se fueron volando, cual golondrina, al cielo. Rumbo a la felicidad infinita... Sentí sus labios posados en los míos. El calor subió repentinamente, la adrenalina disminuyó, y acepté aquel precioso y esperado beso. Empezamos una relación. Quedábamos todos los días, ya que él vivía cerca, muy cerca de mí. Íbamos juntos a la estación y nos despedíamos en mi querida parada, Cantoblanco Universidad y él seguía hasta la siguiente parada, Universidad P. Comillas. En Navidad, estuvimos juntos. Conseguí que mis padres me dejaran pasar la noche con mi novio. Qué bien sonaba aquello. Aquella preciosa Noche Vieja, juntos. Recuerdo que me regaló un precioso collar con mi nombre escrito. Me enamoré aún más, si era posible. Me dijo, ''te quiero'' al tiempo que me daba un suave beso en el cuello donde como una fina pluma, se posaba mi nombre. Sentí un escalofrío, y mil sensaciones recorrieron mi cuerpo. Aquella noche no fue especial, fue mágica. Aquella sensación que tienes, que sientes que nada puede ir mejor. Risas, besos y mucho amor es lo que corría por la habitación del hotel de París. Sí, París. La ciudad del amor, como se dice. Sí, es bonita. Pero a mí sólo me pareció mágica por que él estaba conmigo. Álex. Mi pequeño Álex. Le regalé unos cascos, de los que él quería, y una camiseta demasiado sexy. Nos fundimos en una noche larga, y dando tumbos por París.

Mirando los escaparates decorados muy rigurosamente: un árbol al fondo de una tienda ‘vintage’ daba el toque especial. Una niña acompañada de sus padres caminaba feliz con un paquete en mano. Nunca supe qué era, pero la niña, no podía estar más feliz. Y finalmente, doce campanadas. Doce campanadas que marcaban el fin y el comienzo de un año nuevo. Un año que seguramente, vendría cargado de intensas emociones. Y Álex no pudo ser menos y dijo aquella típica frase, pero que dicha por él, sonaba increíblemente bien: Quiero pasar todo este año a tu lado. Y enero llegó, más frío que nunca, pero más precioso imposible. Madrid estaba nevada. Pobre Cibeles, tan fiel ella, pero tan fría. Los Corte Inglés, estaban a rebosar de rebajas, y cómo no, la gente estaba apelotonada en el único lugar donde no se pasa frío. Álex y yo, estuvimos dando vueltas por Madrid, con algún que otro chocolate caliente. A veces, tan caliente, que quemaba la lengua. Y a veces, demasiado dulce. Pero eso no importaba, estaba con él, y eso importaba más que nada. Nuestros exámenes nos separaron más de lo común durante aquel eterno mes, pero con suerte, conseguimos sacar tiempo para vernos y compartir nuestras lamentaciones, nuestros te quiero y aquellos momentos en que no hay nada que decir. Febrero. Mes en el que los enamorados se revelan. Aquel 14 de febrero fue inolvidable. Recuerdo que cuando llegué a la estación, con mis prisas, él me esperaba como siempre, con una sonrisa dibujada, en una mano una bolsa de papel blanca y cuatro rosas, que simbolizaban nuestro cuarto mes de relación. Me abalancé sobre él. Y permanecimos ahí, abrazados. Entramos a nuestro tren, nuestro lienzo. Y cuando me bajé, él sonrió raramente. A media mañana, recibí un mensaje suyo. Decía que a las dos y media, hora en que solíamos quedar para comer, que me dirigiera a la estación. Así pues, hice. Llegué a la estación de Cantoblanco y vi una señora con un cartel. Forcé la vista, y ponía ‘’SOFÍA, MI SOFÍA!’’. Me acerqué al comprobar que era la letra de Álex. La señora me dijo que debía ir a tal calle en menos de veinte minutos y me apresuré. Al llegar, emocionada, vi un camarero con un cartel que así decía: ‘’Sofía, amor. Sé que tienes sed, te conozco. Bebe algo que te deshidratas, y sigue corriendo. Te quiero.’’ Demasiado bien me conocía. Mi boca estaba seca como un desierto. Me costaba respirar y el bolso me pesaba demasiado. El camarero me ofreció el vaso de agua citado anteriormente, y me señaló la callejuela por la que debía ir. Ya con flato, ansia y emoción, llegué a un restaurante antiguo, abandonado. Un escalofrío se apoderó de mi. Mi móvil sonó. Era Álex, y lo vi asomar por la puerta. Tenía una vela en mano, y me dirigió a lo largo del restaurante abandonado. Llegamos a la cocina, donde dos chefs y un camarero que encendía la última vela del recinto, sonreían. Todo a mi alrededor estaba repleto de velas. Álex me señaló el techo. Había una pantalla, un espejo. Y vi que éramos nosotros. Y vi que me había situado en medio de un enorme

corazón de fuego. Lo besé con todas mis fuerzas, y él correspondió. No podía ser más feliz. Comimos entre risas y sonrisas. Algún que otro mordisco malicioso y egoísta, una sonrisa y alguna mirada amenazadora. Los encargados, reían al ver nuestro comportamiento. Y también hablamos con los empleados. Charlamos durante casi toda la tarde. A final de febrero fuimos juntos a esquiar a los Pirineos. Álex tenía una casa de campo, en la que pudimos pasar dos semanas preciosas, entre nieve y abetos. La verdad es que yo no sabía esquiar. Él me enseñó ya que su padre fue monitor y él, cómo no, esquiaba de maravilla. En cuña, cantos abiertos, cerrados. Inclinación y ¡plof! Sofía al suelo. Álex se reía de mis lamentaciones sobre lo fría que estaba la nieve. Muchas veces, me tiraba a posta, pero él siempre iba detrás. Caíamos al suelo como tontos, pero no importaba. Nadie nos veía, o al menos es lo que parecía. La gente pasaba ignorando nuestras sonrisas y nuestros besos helados. Fuimos tres veces de fiesta. Dos viernes y un sábado. Noches increíbles en enormes locales estallados con música. Aquellas dos maravillosas semanas acabaron demasiado pronto. Me encantó esquiar. Marzo llegó de sopetón. El frío iba disminuyendo, y con él, los pájaros volvían a Madrid con aquellos preciosos cantos matutinos. Álex se mudó a mi pisito. Se encargaba de recordarme cada día de coger las llaves, de coger el bolso, apagar el fuego de la cocina. Y salíamos juntos a la estación. Aquellos interminables 10 minutos se hacían cortos. Íbamos de la mano, a veces hablando y otras veces, tan solo contemplando la entrada de la primavera. Mis amigos y los de él, ya se conocían. Acudimos a más de una fiesta, en la cual, acabábamos entre sábanas. Ya conocía la vida de cada amigo suyo, sus amores y desamores. Recuerdo que un día tenía un gran proyecto que debía presentar a primera hora de la mañana. Le había prometido a Alicia que no llegaría tarde y que seríamos las primeras para poder quitarnos de encima la tensión. -Sofía… Princesa, ¿dónde estás?- Oí a Álex decir desde la cocina. -¡Voy! ¡En el baño!- Me apresuré a donde él se encontraba. Lo vi vestido y tomándose su taza de café con leche.-¡Tonto, no me has esperado!- Dije haciéndome la ofendida. -Lo siento, Sofía. Debo ir antes a la universidad… Ya te lo dije, la conferencia esa de… No se qué de un político… Ya sabes…- Dijo Álex desilusionado. Le besé dulcemente. Sus labios estaban calientes.- ¿Qué, hoy no te vistes? -No… ¡Digo, sí! Debo irme corriendo a clase de latín. Tengo el proyecto de Cicerón y Plinio… ¡Mierda!

-Corre, corre.- Dijo Álex riendo. -¡Sí, tu también! Llegas tarde,- me reí- precioso. Álex vino corriendo hacia mí y me plantó uno de sus besos fugaces que tanto amaba.-No te vayas, quédate conmigo, espérame.- Supliqué. Me besó otra vez, pero mucho más lentamente y apasionadamente. Me caí a la cama y él fue detrás de mí. No supe cuánto tiempo estuvimos así, pero acabó pronto. -Cariño, ya debo irme. Ya llego tarde… Te quiero muchísimo, Sofía. Te envío un mensaje a las doce, que ya habrá acabado la conferencia y a lo mejor podemos ir a comer juntos y hablar sobre la manipulación de la información en los medios de comunicación y…-Dijo Álex irónicamente y poniendo los ojos en blanco. -Sí, y yo puedo hablarte de Cicerón y sus discursos…- reímos tontamente. Me quité el pijama rápidamente. -¡Niña, no enseñes tanto!- Dijo Álex sin moverse de la puerta.- ¡Qué pena que tenga la conferencia… Si no, no me muevo de aquí! -Calla, tonto.-Dije tirándole la camiseta del pijama. La esquivó fácilmente. -Vale, guapa.- Dijo lanzándome un beso. -Espera, te acompaño a la puerta.- Dije felizmente. Fuimos a la puerta de nuestro pisito. -Recuerda, Sofía. Las llaves, apaga el fuego de la cocina y coge el bolso…Dijo bromenado. -Sí pesado…- Pero me interrumpió y me plantó un beso dulce. -Te quiero, lo sabes, ¿no? -¿Y tú sabes que te quiero? -Claro, pero yo te quiero más- Dijo bajando las escaleras rápidamente. -¡No es verdad! ¡Yo te quiero más!- Dije más alto para que me oyera.- Y cuidado, ¡no te vayas a caer! Acabé de vestirme y desayuné fugaz. Me aseguré de que tenía todo y que el fuego estaba apagado. Me dirigí a la estación. Veía los árboles con algún brote verde, primavera. La música de mi iPod sonaba lejana a mi. Iba en una nube de algodón, de la que nadie podría bajarme. Y llegué a la estación. Fui a mi andén, y miré alrededor. A lo mejor, Álex no había llegado a tiempo para coger el tren de las 7 y media. Pero nada, no había nadie en especial. Unos niños con sus respectivos padres, una pareja sin mucha conversación, un chico con un perro…. Vi en el panel y me di cuenta de que acababa de salir. Qué mal, un poco antes y llegaba. Y escuché un ruido seco proveniente de unas vías. Y no me dio tiempo a reaccionar. Me agaché lo antes que pude. Ya no veía nada. Una nube gris se apoderó de todo mi campo de vista. Oía gritos y lloros. El pánico se apoderó de mi. No sabía qué hacer. No sabía dónde estaba. Y seguí los gritos. Tosía sin cesar. Y oí ambulancias y coches a lo lejos. Los sentía cerca. Una luz iluminaba unas escaleras y vi que se trataba del puente. Me sentía a salvo. Miré a mi alrededor y no sabía qué hacer. Llamé a Álex, quería saber si estaba bien. No encontré el móvil y me estresé aún más. Oí ruidos a mis espaldas, mucho humo inundaba aquel

ambiente. Y sentí cómo mis pies se movían y con ellos el puente. No podía parar de chillar. Quería salir corriendo, pero mis piernas lo impedían. Sentía tal pánico que no podía sentir nada a mi alrededor. Sentía tan solo mis ojos forzados y llorosos. El humo que se metía entre mis pulmones. Gritaba horrorizada por la escena y no pude aguantar más . Cuando abrí los ojos, me encontraba en una camilla, rodeada de tubos y dos personas tocándome y palpando todo el cuerpo. Me sobresalté. Un mareo se apoderó de mi, y no pude evitar vomitar en el acto. -Chica, ¿cómo te llamas?- Dijo un chico poco mayor que yo. -Sofía Pérez. -¿Te encuentras bien, Sofía? -Sí, perfectamente.- Dije irónicamente, asustada. Mis lágrimas salían solas y sin darme cuenta, mi sangre corría por mi rostro a causa de algún que otro rasguño.- Tengo náuseas, me duele todo. ¿Dónde estoy? -En una ambulancia, dame un número de teléfono.- El tono de voz de la señora, era estresante, tenso. Tenía los ojos llorosos, parecía que la situación le sobrepasaba. -639502637 -¿De quién es?- Dijo el chico nerviosamente. -De mi novio. Álex…- me di cuenta de la situación, tenía que saber qué tal estaba. Si todo iba bien. La señora llamó y no hubo respuesta.-¿¡Qué hora es!?- Tenía miedo, miedo de todo. Del lugar en el que estaba y de la poca información que me daban. -Las 8.- Dijo el chico rápidamente. -¿Qué ha pasado? -Una serie de bombas ha atacado toda la línea de Renfe. La primera explosión ocurrió a las 7:39 (hora del tren de Álex). -¿¡Qué!? No, no… ¡No!- Dije llorando. Mi Álex, no. Él iba en aquel tren. ¿O no? A lo mejor lo había perdido… A lo mejor él estaba en la pastelería cuando la serie de bombas ocurrió. -¿Qué pasa Sofía?- Dijo la señora gritando. -¡Mi… Mi novio! Debo encontrarlo. Debo saber si está bien. Me tengo que ir, por favor. -No puedes moverte. Has tragado demasiado humo y tienes una intoxicación y para colmo, cuando te has desmayado, te has dado muy fuerte en la cabeza. Te vimos tirada en el suelo, y vimos que aún respirabas. La gente pasaba de ti, intentaban salvar sus vidas. Y has recibido más de un golpe en el rostro y en el cuerpo.- Dijo la señora tocándome la cabeza. Quise gritar, pero una náusea lo evitó. Me desperté con dolor de cabeza y en la misma ambulancia que antes, solo que estaba rodeada de gente. Miré a mi alrededor en busca de algo, o alguien que estuviera como yo. Pero desgraciadamente, sólo había una persona.

-¿Hola? ¿Me oye?- Dije con la voz temblando. Vi cómo un brazo se levantaba.-¡Hola! ¡Hola!- grité. -Hola, ¿dónde estoy?- Dijo una voz de un joven. -En una ambulancia.-Y oí cómo tosía. Me incorporé y vi un rostro que me sonaba de algo. Me froté los ojos. Y vi aquella cara que tantas horas había contemplado. Estaba pálida, sus labios secos y sus mejillas sin vida. Empecé a gritar. No podía soportar aquella situación. Me incorporé aún más y vi que no, no era él. No era mi Álex. Aquello me frustró más. Una puerta se abría. Vi entrar a los dos médicos de antes. Traían a alguien.-¿Qué hora es? ¿Quién es? ¿Está vivo?- Dije con alguna esperanza. -Son las 8.15-Creía que habían pasado horas, pero no.-, un chico y sí, está vivo. Lo dejaron en la única camilla vacante. No veía nada, los dos lo tapaban completamente. Y vi unas zapatillas que jamás confundiría. ‘’S.A. 02’’ Nuestras siglas. Sofía Álex Febrero. Recuerdo que lo escribimos juntos en el avión. Volvíamos de las vacaciones de esquí y, aburridos, nos pusimos a pintar nuestras zapatillas. -¿Álex?- Dije sin voz.-¿¡Álex!?- Empecé a sollozar al no oír respuesta. El joven médico siguió tapando las vistas y la doctora, cerró la puerta de la ambulancia. Y sentí cómo todo se movía y mi cabeza cayó a la almohada. -Sofía, despierta.- Dijo el médico tocándome la cabeza.-Despierta. Alguien ha venido a verte. Abrí los ojos al sentir presión en la frente. Abrí los ojos. -¡Sofía, cariño!- Dijo Alicia llorando.-Dios mío, estás viva. Dios mío. Gracias.-No paraba de llorar y de abrazarme. Yo no podía moverme, no tenía fuerzas suficientes. -¿Qué ha pasado?- Dije dándole un abrazo, lo más fuerte que pude. -He oído por la radio el accidente, y enseguida pensé en ti y en Álex… Estaba de camino a la universidad, pero me dije: Debo asegurarme de que Sofía está bien. Y así pues, fui corriendo a Atocha y pregunté por todas partes hasta que me dijeron que te habían traído al hospital a una tal ‘’S. Pérez’’. Y vine corriendo. -Ah… ¡Álex!- Dije gritando. Alicia no me miraba.-¿Alicia…? -Oh, lo siento. Perdóname, estaba mirando la hora. -¿Qué hora es? -Las ocho y media pasadas.-Alicia empezó a sonreír. -No estarás pensando que ahora mismo, empiezan las clases… ¿Verdad?Dije molesta al ver su sonrisa. Conocía bien a Alicia, y le encantaba saltarse clases. -No…- Dijo sonriendo aún más. Vi cómo hacía un esfuerzo por no gritar. Algo me tapó los ojos y chillé. Chillé horrorizada. La camilla empezó a temblar y a moverse. No oía nada salvo mis gritos de desesperación. Olía el

humo, la tensión. Los ruidos sordos y las explosiones. Veía caras heridas, niños llorando, gente por el suelo. Pánico era lo que me invadió en ese mismo instante. Volver a vivir el mismo pánico que hacía menos de una hora. Y finalmente, todo cesó. Apartaron las manos y vi un ángel. -¡¡Álex!!- Grité, lloré, y volví a gritar su nombre. Mis labios no podían sonreír más. Mi corazón no daba más de sí. -¡Sofía, menos mal que estás bien!-Dijo Álex llorando. Tenía la cara llena de moratones y rasguños por la ropa. -¡Menos mal que estás tú bien!-Dije sonriendo.- Te vi en la ambulancia, creo, pero no me contestabas, tenía miedo. -Estaría inconsciente. Sabes que no puedo dejarte aquí sola, en este mundo. No puedo vivir sin ti. -Pero… pero…- dije sin poder creer lo que veían mis ojos.- ¿qué hacías? ¿Cómo? ¿Cómo estás así, vivo?- Dije llorando. -No llores… ¿Que qué hacía? En el baño, ya que tú no me dejabas ir…-Dijo quitándole peso a la situación.- Entré al baño y enseguida oí cómo el tren se iba y maldecí mi mala suerte, bueno, mejor dicho, buena suerte. No me di prisa en salir, y empecé a oír estallidos y pensé en ti. Deseaba con todas mis fuerzas que estuvieras en casa todavía, pero recordé que tu también debías salir pronto de casa y salí apresuradamente del baño. Veía humo, mucho humo y no te encontraba por ningún lado. Entré al baño otra vez, y me mojé la chaqueta lo más que pude y me la puse en la cara. Así, el humo no me llegaría. Intenté salir lo antes posible de la estación, pero un estallido más me interrumpió. Me agaché al suelo lo antes que pude, y apreté bien la chaqueta mojada contra mí. Luego, recuerdo despertarme aquí, en el hospital. -Madre mía…-Dije asombrada. Se acercó a mi y me dio un beso ligero en los labios. Sentí su cara mojada y cómo su respiración era entrecortada. Lo amaba. Y ahora, después de ocho años de aquel día horrible, os cuento nuestra historia. Álex y yo, seguimos juntos. A mis 27 años, sigo con el hombre de mi vida. Con el que puedo decir, que he vivido miles de aventuras de todo tipo. Y esta que os acabo de contar, ha sido la que más nos ha unido. Después del accidente, tardamos muchísimo en volver a pisar Atocha. Podemos pasar por delante, pero sólo un humo de malos presentimientos y sensaciones nos invade. Ahora, vamos los dos en coche. El solía llevarme y recogerme. Vimos cómo las golondrinas se reproducían y emigraban. Volaban de aquí para allá, sin cesar. Sin rumbo fijo. Aquellas que nos han acompañado siempre. Álex ha acabado la carrera de relaciones internacionales y ha conseguido un puesto en la embajada. Y bueno, yo conseguí acabar la carrera de derecho y hacer un máster en ayuda humanitaria. El año que viene nos casamos y nuestra Luna de Miel empezará con un viaje en tren. Volveremos a Atocha, a nuestra Atocha. Iremos con ella al aeropuerto, rumbo a Las Maldivas.

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