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ENSAYO

Stench © By Sean Hopp


MALEVO
POR

JUAN JOSE OPPIZZI


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MALEVO
2

l suicidio del ex comisario Ferreyra ante las ávidas cámaras


de una emisora de televisión nos recordó que este personaje aún
existía. Bautizado como “El malevo”, fue uno de esos hombres que
hacen perder la fe en las posibilidades humanas. Su florecimiento se
produjo en las épocas en que el general Antonio Bussi quebrantaba la
provincia de Tucumán. Su apelativo ya sirve para meditar algo:
“malevo” no es una palabra que pueda usarse como un elogio, salvo
que el portador la haya admitido según determinados códigos
desafiantes. Curiosamente, Ferreyra no fue nunca alguien que
desafiara los valores tradicionales; llevó como característica central el
apego salvaje a lo cavernario. En esa tabla, un “malevo” hubiera sido
un díscolo, alguien merecedor de los garrotazos más efectivos del
repertorio. La cosa es que este hosco policía nunca se planteó dilemas
filosóficos porque nunca los tuvo. Su personalidad era una armazón en
la cual se mezclaban un machismo extremo (recordemos que los
extremos se tocan), un adoctrinamiento ciego y una metodología nazi.

El inventario de sus atropellos era equivalente al de su jefe, Bussi, o tal


vez lo superaba. A diferencia de aquél, no perdió tiempo en simulacros
de bondad ni en conversiones hipócritas a la democracia; siempre se
manifestó autoritario, soberbio, terco. Lejos de ser un producto aislado,
Ferreyra pertenecía a los miles de seres que talló un sistema cruel: la
gran burguesía (de la que Tucumán conoce una de sus peores
manifestaciones en el Ingenio Ledesma) requirió de los mastines para
custodiar su orden, a la vez que de la machacona propaganda para
asustar al grueso de la población y poder así doblegarla. Cuanto más
peligrosas eran esas fieras, mejor cumplían la función designada. El
primitivismo se unía así a los objetivos políticos generales a fin de
arraigar en mucha gente. No es casual el hecho de que Bussi, luego de
haber cometido los peores crímenes, haya sido electo gobernador a
través del voto popular.

Una sociedad alienada por sus regentes criminales, acaba por


enceguecer. Ferreyra decidió continuar representando el único papel
que sabía: el de jefe sanguinario, supuesto justiciero que libraría al
pueblo de todas sus lacras. El libreto que tan efectivamente le habían
inyectado a lo largo de su vida no se le despegó del alma ni en los
últimos instantes. ¿Por qué eligió para terminar sus días en el mundo
un suicidio mediático? El morbo que lo hizo disfrutar del dolor de tanta
gente, es el mismo que lo enfocó a él en el momento en que el arma le
hacía volar la cabeza. Recurrió a eso, porque eso le era familiar.

El inventario de sus atropellos era equivalente al de su jefe,


Bussi, o tal vez lo superaba. A diferencia de aquél,
No perdió tiempo en simulacros de bondad
ni en conversiones hipócritas a la democracia;
siempre se manifestó autoritario, soberbio, terco.

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