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El Jícaro en tus Manos, autor Carlos Egberto Casasola Saavedra

El Jícaro en tus Manos, autor Carlos Egberto Casasola Saavedra

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COSTUMBRES, RECUERDOS, ANÉCDOTAS Y TRADICIONES

VESTIMENTA. Con pequeñas diferencias, casi son las mismas de la región nororiental del país: vestir
de manera corriente, usando pantalón y camisa formales de diferentes telas y colores, menos
chillantes y, algunas veces saco, a la moda, o a la antigua, aún; su ropa interior, calzoncillo y camiseta
corrientes, sombreros de palma o fieltro, pero la mayoría de individuos andan con la cabeza al
descubierto, casi todos los miembros de la población usan zapatos y una pequeña minoría de
campesinos, a punto del desuso total, con caites de suela y de hule, hechizos o de fábrica.
LA MODA. Ha dado un giro de ochenta grados en las últimas décadas, sustituyendo algunas maneras
de ser y objetos tradicionales de uso personal, según el momento, por otros de mayor gusto y hasta
extravagantes, dirán algunos, como la ropa, el calzado y la forma de usar el peinado con mechones de
pelo parados embadurnados de una laca gruesa, emulando a un puercoespín encrespado, o
simplemente el pelo largo, los hombres, imitando a las mujeres, particularmente entre la juventud;
como moda rimbombante fue en su tiempo también, el peinado del “tango”, el “camino” y el corte
de pelo a la “rapa”, la “broz” y a la “flautop”, y no se diga la moda en las mujeres con arreglo del
cabello corto a lo “masculino”, uso de pelucas, pestañas y uñas postizas, totalmente distinto a como
era antes, pero lo cierto del caso es que la moda se repite.
VESTUARIO DISCRETA. En tiempos pasados, hasta la década de los años 30, del siglo anterior, las
mujeres usaron ordinariamente, más que todo, para los oficios diarios, una ropa muy bonita, de tela
corriente, regularmente de “yerbilla”, que consistía en vestido de vuelo de una pieza, largo, con el
ruedo abajo de las rodillas, de repente, con algunos adornos en el pecho y encajes, con gabacha y
atavío en la cabeza para sujetar el cabello, que en Guatemala denominaban “mengalas” y para lucir
usaban las largas y holgadas faldas con blusas livianas, que a mi parecer hacía muy bonitas y discretas
a las mujeres. Otra costumbre o moda desaparecida era la de almidonar la ropa exterior con una
sustancia llamada Yuquía, extraída de la yuca, que hacía lucir impecable a las personas que la usaban,
especialmente las camisas de los varones, tan tiesa que pareciera quebrarse. Las señoras, no
cualquier mujer, para salir a la calle o en un acto público, usaban un lienzo o manto de seda fina de
color negro, largo que les cubría la cabeza, y las muchachas, un lienzo que llamaba tapado, chalina o
madrileña, regularmente de color blanco, que infundían respeto.
RITOS. Para sus ritos religiosos o para asistir a las fiestas titulares o nacionales, no usan ningún
vestido típico, pues no los hay, salvo los que se usan en algunas representaciones escolares, a manera
de dignificar a la raza y el folklor nacional y en los actos luctuosos se usa el vestido corriente de color
negro. Es posible que los primitivos habitantes de alguna etnia existente, hayan usado su traje

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característico, tal vez igual al que todavía usan los indígenas de algunas regiones de Chiquimula y
Jalapa: calzón y camisa blanca de manta o yerbilla color blanco, con caites y sombrero de palma,
habitantes, que considero pertenecían a una misma etnia en toda la región.
Cuando fallece un familiar de religión católica, lo velan con candelas y le rezan y si es de la evangélica,
lo velan, le hacen culto, con oraciones y cantos; esto es cuando la muerte no ha sido producida por
alguna enfermedad infecto-contagiosa, agraciando a los presentes con tamales, pan, café y cigarrillos;
recordando que la gente en anteriores tiempos, amanecían en esas reuniones, patentizando su pesar
y solidaridad a los deudos, con entera sinceridad, pero ahora, no es así, pues quienes asisten, lo
hacen por un rato y se largan, la pureza de intención se ha esfumado; entreteniéndose algunos de los
presentes para pasar el tiempo, con juegos de naipes, perinolas y dados, consternados unos por el
fallecido que se vela, y a lo lejos, en la calle, los chistes a granel.
FIESTAS NACIONALES. Se celebraban con toda pompa y rigor, con la participación del magisterio,
autoridades locales y vecinos, rememorando cada efemérides con una reseña histórica, para
conocimiento y formación de conciencia de las nuevas generaciones, por ejemplo: el día del árbol, se
cantaba el himno respectivo en su honor, se hablaba de su significación en la naturaleza y se
plantaban cientos de especies en lugares descampados adecuados. El 15 de septiembre, se leía el acta
de Independencia y se hacía alusión a los hechos de tan magna acontecimiento. El 20 de octubre, por
lo consiguiente, se traía a cuenta los motivos que inspiraron esa importante gesta, etc., como parte
de nuestra cultura, de tal manera que esos acontecimientos no dejaran de tener vigencia e impacto y
no pasaran al olvido, situación que a pesar de ello, ha ido desapareciendo, más que todo el aspecto
sublime. Pero más importante aún, en todas las fiestas nacionales, para la izada y arriada de la
Bandera Nacional, se cantaba obligatoriamente el Himno Nacional, por la concurrencia, y se
entonaba por la marimba, la banda o simple disco, la Granadera, me parece de tipo militar muy
solemne, en un su momento himno de las Provincias Unidas de Centro América, cuya capital fue
Guatemala, todo con los honores de ordenanza y un respeto extraordinario, los hombres civiles se
paraban firmes y se descubrían el sombrero y los militares se cuadraban haciendo el saludo. Algo que
no faltaba, como complemento de la festividad, eran los magnos desfiles y bailes infantiles
supervisados por los maestros, por las tardes, y sociales para adultos, por la noche.
FIESTAS PARTICULARES. Estas consisten en bailes, reuniones de confianza y serenatas con motivos
diversos, amenizadas regularmente con marimba, guitarra y últimamente, conjuntos con equipos de
sonido, pero en tiempo pasado, con música gravada en discos para vitrolas y sinfonola; algunos
parroquianos lo hacían en las tabernas con música de rockola y, las serenatas, con música de guitarra,
especialmente para la novia, eran cosa común y corriente, antaño.
LOS MOROS. En un tiempo estuvo de moda los convites, comparsas o recorridos de moros por las
calles de la población, vestidos con trajes estrafalarios y mascaras, entonando canciones hechizas: de
burla, protesta, satíricas, críticas, haciendo paradas de casa en casa, que tenían por objeto ejecutar
algo de música, a cambio de dinero, con destino a alguna obra social, amenizadas sus danzas con
acordeón, concertina y guitarras, costumbre no original por cierto de este pueblo, sino importada del
departamento de Jalapa, por un ciudadano oriundo de el Chaparrón, que vino a convivir entre
nosotros llamado Tránsito Cardona, algo alocado, hermano de Antonia Cardona, dueña de comedor
aquí, el que tocaba el acordeón, eventos que eran acompañados por multitud de patojos aficionados
a la jodarria. La patojada los llamaba “moros morongos”.
BAILES SOCIALES. En el Jícaro, en épocas pasadas, todavía por la década de los 50 del siglo anterior,
existía mucha sociabilidad, en la que fueron notorias algunas reglas del trato social, con signos de

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alguna discriminación y dureza, práctica acentuada en tiempo de los Intendentes municipales, del
gobierno de Ubico. Por ejemplo: en las festividades solemnes: el 15 de septiembre, toma de posesión
de nuevas autoridades municipales, año nuevo, incluida, la inauguración de la feria titular y otras, se
acostumbraba realizar los llamados bailes sociales, eventos para los que regularmente se
seleccionaba e invitaba, a familias de la “high life”, o principales, como se decía, con la exigencia de
presentarse en traje formal o de gala, negando la entrada a quien no iba vestido de ese modo, por la
comisión de recepción, regularmente de un comité, que se apostaba en la entrada del salón, siendo
muy alegres los juegos jocosos colectivos que se armaban en estos eventos, tal como hacerle rueda a
determinadas parejas o el trencito que debía pasar por los arcos humanos o el túnel, o sea bailadores
asidos de la cintura en fila india, pasando bajo la estructura, al compás de la música. Igual suerte de
no ingreso, corría quien llevaba “entre pecho y espalda” algunos tragos, porque para los “bolos” y
para la gente vestida con traje de paisano y quienes no habían sido invitados al baile social, se
establecía las llamadas zarabandas, en las que se “podía de todo”, y hasta machete corvo al cinto, el
hombre con la chenca en la bemba y, la fémina, masticando chicle hasta no más poder, con el fustán
de fuera, barriéndose ambos, a brazos abiertos, de punta a punta, hasta por la madrugada, con una
goma espantosa. Recuerdo que cuando los marimbistas interpretaban el famoso son anunciando el
final del baile, no faltaban más de algún entusiasta bailador, incluyéndome, ofrecer paga extra a los
músicos para continuar la “pachanca” por un tiempo más, pero ahora lo que prevalece son los
conjuntos o la disco, así llamados, que por lo oneroso de la paga, es difícil prolongar. No obstante, lo
importante es que los chavos lo disfrutan.
LOS REPASOS DANZANTES. Eran frecuentes y alegres, en las casas de habitación de distinguidas
damitas del pueblo, con la presencia de jóvenes de ambos sexos, no solo para compartir amistades,
sino para aprender a bailar, al compás de música diversa en discos, pero especialmente de la
marimba Chapinlandia, en un programa radial de TGW, que se difundía diariamente a partir de las 20
horas. Alicia Orellana y las hermanas Morales Venegas, algunas de las anfitrionas, Julio Gutierrez
Juárez y Luis Leiva, no fallaban.
MATRIMONIOS. Considerados solemnes por ley y la costumbre, la novia después de ser formalmente
pedida por el galante prometido, regularmente con la participación de un vecino honorable, la pareja
después de largo noviazgo parea conocerse, acudía ante la autoridad municipal a celebrarlo,
formando con los padrinos e invitados, y los mirones a la par, un séquito selecto, en parejas, vistiendo
los novios trajes especiales, el de novia y de caballero y los acompañantes vestimenta formal, para
luego, después de casados, de regreso a casa, en el mismo orden, disfrutar de la alegre fiesta, con
abundante bebidas y comida, convertido todo, en un jolgorio, casi siempre, amenizada con marimba
pura. Los novios regularmente permanecían por corto tiempo en el purrun, pues de pronto se les veía
salir de casa o de escondiditas, con destino a la luna de miel, la mayoría de veces, fuera de la sede del
casorio, prosiguiendo el festín con los invitados y parientes de los novios y de algunos colados, entre
tragos y fumaderas, en una época en que el matrimonio se imponía a las simples uniones de hecho,
ultimas vistas con no muy buenos ojos por las familias.
EXIGENCIA. Cuando alguien vecino acudía ante la autoridad, por haber solicitado audiencia, para la
resolución de algún asunto, o porque hubiese sido citado para determinada diligencia, debía el sujeto
presentarse bien vestido, aunque fuese con ropa corriente, pero incluido, rigurosamente, el saco, ya
que si no lo llevaba, tenia obligadamente que ponerse uno usado, mugroso, descolorido que colgaba
en el perchero de al lado de la entrada de la sala del funcionario. Ese tiempo se caracterizó por el uso
del saco y el sombrero, siendo obligatorio descubrirse éste antes de ingresar ante el funcionario, para

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evitar una llamada de atención, incluso, hasta de una multa. Hoy día esa cultura o simples
costumbres han desaparecido. De esto hay una anécdota que refiera que cuando un vecino, después
de haber sido atendido, preguntaba al secretario o al propio Intendente, cuanto tenía que pagar por
el asunto o diligencia realizada, éste le respondía: “a mí, nada, el tramite es gratuito, pero si usted
quiere deposítelo en una de las bolsas de la chaqueta que cuelga en la capotera de afuera”, hechos de
los que yo dudo, por qué las autoridades de esos tiempos no eran corruptas, por el temor que le
tenían a Ubico, Presidente de la Nación en esa época.
CEMENTERIOS. La inhumación, ya sea en bóvedas o en sepultura, según las condiciones económicas
de la familia, es la costumbre puntual, para depositar los restos de los seres queridos que traspasan el
umbral del más allá, para cuyo efecto, existen cementerios en la mayoría de aldeas y caseríos del
municipio y, por supuesto, el de la cabecera municipal, el más grande y urbanizado, situado en la
aldea Espíritu Santo, en donde incluso, entierran algunos difuntos de otros lugares del área rural,
según dicen, por mayor seguridad, el cual data aproximadamente del año 1875, siendo lamentable la
profanación de aposentos y el pillaje que se ha desatado en los últimos años, de lapidas, imágenes
religiosas y otros enseres que se guardan en las capillas de los mausoleos, por individuos
inescrupulosos, en horas nocturnas, para somatarlos por migajas económicas.
Antaño, hasta la década de los años 30 del siglo anterior, más o menos, que yo recuerdo, era
costumbre bastante común un tanto morbosa, entre las familias proporcionadas económicamente,
adquirir las cajas mortuorias de las personas ancianas o que padecían de enfermedades terminales,
que colocaban regularmente sobre las vigas de las casas, arriba de la cama del enfermo, en el tapanco
o en otro sitio especial, hasta que llegaba el día de la muerte, no se sabe si por previsión o alguna
cuestión de índole religiosa o de superstición. Se acostumbraba también, arropar a los difuntos con su
respectiva mortaja, mandada a confeccionar específicamente, colocados en su ataúd, a los adultos
con los brazos sobre los costados, con los ojos cerrados, y los niños, con las manos extendidas,
atadas, alzadas sobre el pecho, los ojos abiertos, lo último, decían, como signo de santidad, para
luego el velatorio correspondiente, exactamente por veinticuatro horas, previo a la inhumación, no
como ahora que los visten con el mejor traje usado en vida y sin tantas reverencias; los niños eran
sepultados con la cara en dirección al oriente y los adultos hacia el poniente, costumbre que aún
escasamente se observa. En algunos casos, como rutina ancestral, les metían en la caja, los objetos
de uso personal más apreciados, para que fueran con ellos, en la creencia de la existencia de otra vida
después de la muerte, en otras dimensiones del universo.
AMPLIACIÓN DEL CEMENTERIO En el Camposanto mencionado, existen varios elegantes sepulcros
colectivos construidos, y por insuficiente, por la saturación de sepulturas y panteones, no hace mucho
tiempo, fue ampliado, sumando el terreno contiguo, propiedad de Adán Castillo Guevara, que en paz
descanse, hombre honesto y altruista, quien en vida lo cedió bondadosamente a título gratuito para
el efecto, teniendo como consecuencia ahora, suficiente espacio para continuar las inhumaciones por
muchos años más, siendo así, que en su honroso nombre, muchos difuntos de familias de toda
condición económica, son sepultados allí; gesto de buena voluntad que debería ser imitado por otros
jicareños.

CEMENTERIOS ANTIGUOS. Se han descubierto cementerios más antiguos, en varios lugares del
municipio, pertenecientes a etnias indígenas que existieron en épocas prehispánicas, a juzgar por los
indicios encontrados, objetos de cerámica, jade y obsidiana, así como por la forma de enterramiento
de cadáveres, no en caja mortuoria, sino en el puro suelo, envueltos en petates, repelladas las

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paredes interiores de algunas fosas, se supone de gente importante, con una capa fina de lodo,
cubiertas con enormes lajas en la parte superior, lo mismo que en la de entrada, tipo bóveda
subterránea, protegidas con promontorio de piedra en la parte de encima, que a su vez, servía de
identificación, ubicados los mismos así: en el terreno denominado “El Marquesote” en las
inmediaciones del paraje “Patio de Gallos”, que se extiende al lugar conocido como el Tempisque y
lugares adyacentes, antes y pasado el riachuelo, al oeste de la población; otro en las cercanías de la
aldea Las Ovejas, en donde antes existió la comunidad “Las Ovejitas”; en el caserío El Jabillo, muchas
tumbas; en el terreno “Las Burras”, en donde están enterrados parientes de los antiguos dueños de la
hacienda El Tintero, del cual decían los supersticiosos que se veían luces por las noches, y el más
grande, en el terreno El Mal País de Chílo, al nororiente, sospechando que fue el primer cementerio,
utilizado por los habitantes de la comunidad, tanto indígenas como españoles y criollos, de aquellos
tiempos.
Lamentablemente, muchas tumbas han sido profanadas y depredadas por gente malvada, en busca
de reliquias, objetos de valor, piezas dentales de oro y hasta supuestos “tesoros”, para venderlos a
coleccionistas o simples compradores de estos objetos, así como robar piezas de cadáveres parea
ritos satánicos y el llamado “polvo de muerto” para hechicerías, pues sabido es, que, siguiendo la
tradición ancestral, los muertos eran y lo son a la fecha en menor grado, enterrados juntamente con
sus pertenencias mas gustadas, como una creencia de vida en el más allá, después de la muerte.
Recuerdo el caso de una tumba en El Paso de loso Jalapas que guardaba los restos mortales del señor
Joaquín Ayala, violentada precisamente, para robar objetos de uso personal, incluso, su dentadura
con piezas de oro, hecho delictivo, del cual tuvo conocimiento la autoridad judicial.

En el movimiento de tierra, previo a la construcción de casas de la colonia “La Arenera”, fue

descubierto un pequeño cementerio, tal vez familiar, con cajas mortuorias rústicas, que guardaban
los restos de cadáveres casi momificados, preservados así, se supone, por la arena seca propia del
lugar, que los preservaba. La proliferación de cementerios antiguos en el municipio, nos da la idea de
la relativa densidad poblacional desde aquellos tiempos, se sospecha, de la era prehispánica,
dispersos sus habitantes, por toda el área.
EL DIA DE LOS SANTOS. Por esa época, el campo se engalana de bellas flores silvestres, que se
entremezclan con el verde intenso del bosque, cual manto multicolor expandido en el horizonte. Se
intuyen en la distancia, las amarillas oro, con manchas púrpura aterciopeladas….flor de muerto,
haciendo honor a su nombre y, trepados en los palos y los tunos por doquier, se observan de
cerquita, los bejucos de tulumpas blancas y moradas; florecitas misteriosas de efímera presencia en el
medio, enredadas también, en las vallas de los cementerios, en homenaje, quizás, del día de Todos
los Santos, como especial adorno mandado por la naturaleza, para alegrar en esos momentos, con su
esplendor, el ambiente festivo que se vive, pero también inspirar luto a los deudos que recuerdan a
sus muertos en esos, días con nostalgia….todas son florecitas de muertos.
Para el efecto, los lugareños en tradicional peregrinación, se dan cita desde tempranas horas, durante
los días 1 y 2 de noviembre, en los distintos camposantos del municipio, vestidos de gala en esos
solemnes momentos, convenientemente chapeados y reconformados los montículos de
identificación de las sepulturas, arruinados por la acción del tiempo, y pintados o simplemente
encalados los panteones, para rendir culto a los familiares que yacen en la morada eterna,
llevándoles coronas, chales, flecos de pino y ramos florales naturales o prefabricados;

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complementada la visita, después de efectuada la decoración de las tumbas, con algunos ritos
religiosos entre familiares y amigos, que incluyen encendido de velas, rezos y oraciones, todo lo cual,
como cumplidas ofrendas espirituales ancestrales; reuniones en las que, en la necrópolis de la
cabecera municipal, en aldea Espíritu Santo, principalmente, se convierte en amena tertulia, mucho
más visible y animada, por el reencuentro de aquellos paisanos que tienen tiempo de no verse,
quienes aprovechan el momento, después de adornar las tumbas de sus recordados y queridos
difuntos, para estrecharse las manos, saludarse, intercambiar impresiones y recuerdos de la infancia
y de la vida en general, con la participación, de repente, de pseudo mariachis, el de los Ruano de la
Tigra, no falta, que ofrecen canciones alegres y tristes a los presentes, que también son para los
muertos, dicen los supersticiosos, siendo de admirar la actitud de algunos deudos, como Quila Barillas
y Blanca Orellana, entre otras, al hacer presencia casi permanente en la necrópolis en altas horas,
haciendo guardia y rindiendo culto a sus seres queridos fallecidos, en esos días.
Otros noveleros adictos, se acercan a la feria de la aldea, en las inmediaciones, siempre alegre y
concurrida, que se celebra en esa fecha, para refrescarse con agua de suculentos cocos cosechados
allí mismo, tomarse unas “chelas” bien frías o traguitos al gusto y disfrutar de lo de más que ofrece la
fiesta, incluyendo las deliciosas garnachas. Y de regreso a casa, lo acostumbrado en esos días: el
delicioso plato de fiambre, tortas de pan, conserva de chilacayote, ayote en dulce o tierno, este
último con aderezo de leche.
En las cercanías de este cementerio, en la cúspide del malpaís, se ubican los panteones que se divisan
del centro de la población, que guardan los restos de preclaros coterráneos, dueños en aquel tiempo
de ese terreno: coronel Guillermo Peralta y los mentores Gregorio y Lucila de esos apellidos, el
primero, asesinado por su propio cuñado, un personaje bastante intrigante, violento y por lo mismo
temerario, llamado Guillermo Gutiérrez, más conocido como “Tío Mito”, de quien se sabe, además,
que con unos cuantos tragos entre pecho y espalda, cambiaba su personalidad, montaba su corcel
pura sangre a correrlo a galope abierto, por las calles de la aldea, desafiando la endeble autoridad
que cuidaba el lugar en ese entonces, en peligro de la vida de los residentes, quienes temerosos de
ser atropellados corrían a encerrarse en sus casas. Pareciera que el famoso jinete, “Tío Mito”, sea el
personaje decidor y fanfarrón que hablaba despectivamente de los indios de San Agustín, que refiere
el bardo José Martí, en su libro Guatemala, a su paso por esta comunidad, en donde tomó un
desayuno, a finales del siglo XIX.
En la pendiente del paraje “patio de gallos”, fue asesinado hace muchos años, el ex Alcalde Venancio
Morales Marín, según se sabe por dificultades de tierras, personaje honorable, de familias primitivas
de la comunidad. Tanto en este lugar como en otros del municipio, eran frecuentes las peleas de
gallos con sendas apuestas en dinero y en especie, que cumplían al pie de la letra los galleros, para
evitarse las consiguientes problemas, propias de esta clase de juegos. En este sitio constantemente se
daban reyertas derivadas de la inconformidad con las apuestas efectuadas, incluyendo algunos
fallecidos, por lo que al pueblo, dada la existencia, en mala hora, de unos cuantos tahúres
pendencieros, era conocido con el calificativo despectivo, de mala fama, de ”el rastro”.
LOS PALENQUES. Anteriormente las peleas de gallos eran prohibidas, por lo que se hacían en forma
clandestina en lugares apartados de la población, ejemplo, el conocido históricamente hasta la fecha

como “patio de gallos”, en el camino que conduce a las Ovejas, en cuyo lugar, por la falta de vigilancia

de la autoridad, se registraban constantemente actos reñidos con la ley, incluidos homicidios y
asesinatos, como para decir: ¿si esa tierra hablara?, nos espantaríamos ahora. Ya en tiempos un tanto
modernos, hubo palenques de gallos autorizados y vigilados por la autoridad en la propia población,

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el primero propiedad de mi padre Fidél Egberto Casasola y después el de Carlos Barrientos,
principalmente para la feria, a los cuales concurría mucha gente de adentro y fuera del municipio,
como simples espectadores y famosos galleros locales, como Fidel Roldán, Rogelio Casasola, Manuel
Oliva y Julián Hermosilla, este último experto en el amarre de navajas, así como jugadores de otros
lugares del país, a hacer fuertes apuestas y disfrutar del eufórico evento, por supuesto, ya con la
cultura que reclama el juego de la apuesta; lugar en donde los gallos muertos que habían sucumbido
en las peleas, se conseguían regalados o se compraban baratos, para guisar en “chicha”, en las
propias cocinas o champas de la feria, la de Lipe Carioca, especialmente, actividades en las que no
faltaba de metiche, pero necesario en el grupo, Nefta Guerra, para contar sus mentiras.
COSTUMBRES DESAPARECIDAS. Es de lamentar, que muchas de las costumbres de antaño, mantenida
por años por la feligresía católica, con ocasión de la Semana Santa, como lo eran los sanos y
simpáticos juegos de azar simulados -porque no se apostaba dinero-, solo se ganaba el producto de la
propia cera, que se practicaban en el atrio de la iglesia de San Cristóbal Acasaguastlán, y en la nuestra
tiempo después, hayan desaparecido. Me refiero a las chapas de cera de colmenas silvestres, y las
apuestas llamadas “paradas”, que se hacían con porciones o bolitas de esa sustancia, con dados
improvisados, tabas de huesos de animales, especialmente de vacas y marranos, perinolas, o simples
granos de maíz, señalados estos en el anverso con un puntito de cera, o sea el “gana” y “pierde”, por
ambos lados, que eran los instrumentos de juego y la cera el objetivo de las apuestas, que inducían a
los participantes a pronunciar las emocionantes expresiones de la jerga popular, propias del
pasatiempo: “culos”, “carnes”, “pinta”, “pares”, “mete”, “saca”, “todo”, “nada”, etc., queriendo con
ello, la juventud, representar simbólicamente, la venta infame que el apóstol Judas Iscariote, hizo del
señor Jesucristo, según la religión católica; juegos tradicionales que venían practicándose con mucha
pasión desde el inicio de la época de los corregimientos y curatos, pos conquista de Guatemala.
LA CERA. Para ese efecto, con bastante anticipación, cada año, la patojada y hasta gente adulta, se
aprestaba a castrar más de una colmenea silvestre de rica miel medicinal, ya fuera de las llamadas
“negro”, “doncella”, “talnete”, “shuruya”, “cushushso”, “chelero”, etc., para obtener un regular
“bojote” de esa materia, que también se comerciaba, que les era menester para participar en
aquellos divertidos juegos, que desaparecieron pasados los años, tal vez por la falta de interés de los
organizadores de esas celebraciones, pues en manera alguna esa diversión, es ahora igual que antes.
MI PASIÓN. En lo que a mí respecta, valga el recuerdo, cuando íbamos a traer leña con mi querido
pariente Clodomiro Gutierrez, en tanto él se dedicaba a cumplir lo que tenía que hacer, yo, lo hacía
castrando cuanta colmena encontraba a mi paso o tenía vigiada, por el vicio de acumular cera,
volando machete alrededor del enjambre, logrando miel y cera, dándose el caso, que cuando
Clodomiro venía de regreso con su tercio de leña, aún estaba yo luchando por terminar mi travesura,
y éste malhumorado por tan larga espera, muchas veces me dejaba, pero yo necio, de regreso
todavía, aprovechaba el tiempo para bañarme en el río, y cuevear una que otra piedra, en busca de
cualquier molusco o peces, para acompañar con el almuerzo que me esperaba, de suerte que esa
travesura casi siempre era fructífera, pues en las cuevas de los talpetates casi siempre habían
cangrejos, camarones o mojarras, los cuales cocinaba asados.
De lo anterior tengo una anécdota, y es que, en cierta ocasión, acompañado de Chus Espinoza, en un
potrero de los Ruíz, del otro lado del río, castramos fácilmente una colmena, que vivía en el hueco de
la copa de un longevo guayacán, de abejas mansas, de miel gruesa, algo verdosa, parecida al aceite de
carro, sabrosa, eso sí, no sé de qué clase era, pero el asunto fue que de la ingesta, resultamos
mareados y con dolor de estomago. En la misma oquedad de la colmena castrada, del citado árbol,

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tiempos después, atrape un enorme tecolote que llevé a casa, luego de haberme arañado en el
forcejeo, no recuerdo si lo comimos.
BARRILETES. En igual forma, desapareció la costumbre de volar barriletes gigantes, de hasta cinco
metros de altura, fabricados de vara de chimilile, papel periódico y engrudo, a cuya pita de volado se
le adosaba en la punta inferior un manojo de monte apelmazado que llamábamos “mamacho”,
especie de agarradera, con el cual se jugaba la divertida “soltadilla”, que consistía en correr a toda
velocidad jalando hacia adelante contra el viento el barrilete encumbrado, para luego soltarlo con
ímpetu hacia arriba el “mamacho”, para ver quién de los participantes agrupados atrás, lo agarraba,
para luego este en carrera veloz nuevamente, volver a soltarlo y así sucesivamente, se compartía el
juego con la muchachada, escapando de pronto más de uno de los involucrados, de ser arrastrado por
la fuerza del artificio. Lo divertido era que, de repente, cuando el barrilete estaba en su máxima
altura, la pita a pesar de su grosor y resistencia, de hamaca o rede, se reventaba y el cometa, así
llamado también, iba a parar a tantos kilómetros de distancia o trabado en algún árbol, pero de
inmediato corriendo algunos del grupo iban a destrábalo para traerlo de nuevo a la pista de juego y si
no había avería, continuar volándolo. Y así, emocionadamente, la palomilla practicaba este divertido
juego, que llamábamos “soltadilla”, aparte de los telegramas que enviábamos a la cara del barrilete,
en las alturas. Expertos en la fabricación de estos juguetes eran los hermanos Chew, Tavo y Augusto.
ALUMBRADO. Durante los regímenes de línea dura, anteriores a la revolución de 1944, ante la
carencia de energía eléctrica en la comunidad, era costumbre forcivoluntaria, el alumbrado por los
vecinos del frente de sus casas de habitación, hacia la calle, con lámparas de gas con mecha, hechizas
o adquiridas en el mercado y, en pocos comercios, con lámparas de gasolina a presión de aire, de la
marca Coleman, un verdadero lujo de alumbrado en esa época, que los vecinos hacían colgar en la
parte superior de la puerta principal de entrada de las viviendas, de siete a las nueve de la noche,
bajo pena de multa para quien desobedecía esa ordenanza, aparte del alumbrado interior con
candiles o quinqués, ocote o candelas, tiempo que aprovechaba la juventud en la calle para los

diversos juegos de la época, como el “casco de las mulas”, “piispisigaña”, “pimpin”, “cucuco”,
“arranca cebolla”, “ la tenta”, y “el adivino-adivinador”, entre otros, algunos de los cuales todavía se
practican, ya que a partir de la última hora citada, al sonar del gorgorito, por la soldadesca en
principio, cuando habían comandantes locales y la policía después, en tiempo de la Revolución, todo
mundo a recogerse en sus casas, pues nadie podía andar en la vía pública pasada esa hora, salvo
causa de fuerza mayor, una emergencia, por ejemplo, una fiesta o un velorio, en que el ir y venir de
las personas era libre, ya que de lo contrario tenía que dársele cuenta a la escolta, que patrullaba por
los contornos del poblado; medida drástica que los vecinos consideraban normal y que para la gente
honrada no coartaba el derecho de libre locomoción, porque todo eso evitaba problemas.
FOGATA. Enfrente de la guarnición, en una época, por las noches, se encendía una fogata que era
mantenida y atizado constantemente por el soldado de turno, para mantener la llama viva, a efecto
de alumbrar convenientemente los alrededores del edificio municipal y la comandancia, sitio al cual
se acercaban algunos friolentos parroquianos para compartir la tertulia y tomar calor con la presencia
de cuentistas de vocación como Nefta Guerra, algunos jodiéndose poniéndose apodos, desde luego
que dicha reunión hasta las nueve de la noche, porque llegada esa hora, se cumplía lo que indica el
refrán: “calabaza, calabaza, cada quien para su casa”, a dormir, pues el “toque de queda” había
llegado y los agentes del orden a cumplir la ronda acostumbrada durante toda la noche, por turnos,
con silbatos de gorgorito por todos lados.

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EL BARRIDO. En tiempo de los Intendentes de Ubico, a falta del servicio público de limpieza, era
obligatorio para los vecinos, el barrido de la calle, en frente de sus casas, so pena de multa en caso
contrario, por lo que a buena mañana, principalmente las amas de casa, cumplían casi al unísono esa
labor, con escobas especiales improvisadas llamadas de patio que no jalaban tierra, solo basura,
fabricadas de palma real, “escubilla” o en último caso, de manojos de varejon de “ronrón” atados
con pitas, simulando una escoba, o de cualquier otra planta silvestre, algunas echando previamente
una regadita para minimizar el polvo, práctica que prevalece a la fecha, solo que ahora en forma
voluntario y no a “puro tubo” como lo imponía el régimen de la época y se limita la quema de basura
en la calle, como antes se hacía, por la cultura que se va adquiriendo de proteger el medio ambiente.
BOTICAS. En la localidad existían varias farmacias, en las que además de la venta de medicamentos de
marca y genéricos, se preparaban químicamente, algunas medicinas, esencias de valeriana,
ipecacuana, esencia maravillosa y purgantes, atendidas por un boticario examinados con licencia para
ejercer, sobre conocimientos y aptitudes en la materia, que recetaba, ponía inyecciones y lavativas,
en la propia farmacia o a domicilio, de las cuales, una, debía permanecer estrictamente de turno por
las noches. Las recetas tradicionales consistían en medicinas como la tintura de ruibarbo, píldoras de
vida del Dr. Ross, píldoras Reuter, alcanfor, laxol, aceite de castor, ricino, sal inglesa, sulfato de soda,
magnesia Philips, entre otras. Se recuerda a Enrique Eisin Pineda, Isauro De León, Ricardo Paz y Luis
Pineda. Actualmente hay dos de esos negocios, que surten de medicinas mejoradas al vecindario, con
recetas de profesionales las doctoras Elisa Carranza Casasola e Iris Flores, entre otros.
LA ANÉCDOTA del párrafo precedente es que, cuando uno de patojo estaba padeciendo de alguna
dolencia y observaba venir cerca de casa a cualquiera de los farmacéuticos mencionados, con la cajita
de su equipo en mano, corría a esconderse, para no ser víctima de la aplicación del medicamento o
tratamiento recetado, especialmente de las dolorosas inyecciones, en prevención de haber sido
contactado sigilosamente por los padres.
PRÁCTICAS MILITARES. En esa misma época, rigurosamente los días domingos, las reservas
organizadas realizaban sus prácticas militares, para cuyo efecto, sus integrantes, ciudadanos que
oscilaban entre 18 y 30 años de edad, se congregaban, no se crea que voluntariamente, frente a la
plaza pública, unos 200 milites, más o menos, procedentes de todos los comunidades del municipio,
para ser entrenados en diversos ejercicios de ese ramo, por oficiales de la localidad, que culminaban a
veces, en severos castigos, a los reservistas, a la menor “metida de pata” o indisciplina, por los
superiores jerárquicos, entre quienes se contaban a: Tránsito Ruíz, Simón Carranza, Efraín Peralta,
José Ángel Falla, Esteban y Fidel Roldán, Tránsito Orellana y otros, quienes a su vez, eran entrenados
por otros oficiales que venían de la Jefatura Política Departamental, entre quienes se recuerda a un
oficial de escuela que llamaban Gironcito, radicalmente cruel, en función también de instructor, con
los soldados que no cumplían bien sus ejercicios o castigos pateándolos o estrellándoles sin la menor
compasión el fuete en cualquier parte de su cuerpo, incluidas las palabras obscenas y que
posteriormente fue ascendió a coronel y con el tiempo nombrado gobernador departamental. Loso
oficiales locales eran rígidos también, pero más complacientes. Claro, era una época de dictadura.
Las prácticas se iniciaban en la calle principal, enfrente de la sede de la comandancia local, enfilando
hacia el campo de foot ball, portando los reservistas fusiles de madera con los que hacían sus
simulacros, y los oficiales descritos, de todos los grados, de línea por supuesto, menos de generales,
debidamente uniformados, con su equipo completo, por lo menos su espada y charreteras, se
exhibían arrogantes ante la soldadesca que entrenaban y vecinos mirones, para cuyos milites habían
también prácticas de tiro al blanco en el improvisado polígono de la arenera, en el potrero Las Burras,

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en la hacienda El Tintero. Lo cierto es que la plaza, como se le llamaba al centro cívico local, era súper
alegre en ese día.
ROMPAN FILAS. Esas reuniones multitudinaria, las reservas, alegraba sobre manera el vecindario,
pues a su término, uno de los oficiales de la tropa emitía la siguiente voz de mando: “rompan filas” y
al instante se armaba el desparpajo de voluntarios, todos alborotados de un lado para otro, en franca
gritería de contento; momentos que aprovechaban comerciantes, a la espera. para la venta callejera
de sus productos, especialmente manjar, arroz en leche, dulces de leche, tamalitos de chipilin y
frutas, favoreciendo el comercio en general; no sin antes despertar el apetito de algunos de los
reservistas, después de las prácticas, de pasar por las cantinas del pueblo, a echarse un copetín, y
otros que se quedaban en plena furia, a dormir la mona.
AUMENTAN LAS PRÁCTICAS. Esas prácticas fueron más intensas en todo el país, desde el momento en
que el gobierno del general Jorge Ubico, creo por patriotismo, le declaró la guerra en el año 1941 a la
república de Alemania, por diferencias de fincas en territorio nuestro, ocupadas por ciudadanos de
aquel país especialmente en Cobán, Alta Verapaz. De esto último hay una anécdota que dice que
cuando el gobierno Alemán, después de haber recibido la declaratoria respectiva, buscaba en el mapa
del orbe, la pequeña república de Guatemala para contestar el requerimiento, una mosca se posó
casualmente, sobre el lienzo que aguardaba el mapa, tapando el punto preciso de identificación de
nuestro país, y no siendo posible por tal motivo, la localización del objetivo militar, prácticamente su
inexistencia, aquella república, una potencia mundial de gran tamaño físico y militar hizo oídos
sordos de tal reclamación, quedándose a la zaga de todo, evitando con ello una posible
confrontación.
COMIDA TPIPICA. La comida cotidiana, en tres tiempos bien definidos: desayuno, almuerzo y cena, es
la misma que se degusta en las regiones del centro y nororiente del país, complementada, de vez en
cuando, con un asado de cecina en brazas de carbón de encino, y pescado del Motagua y, de repente,
uno que otro choricito perfectamente elaborado con receta casera. La típica, consiste en chicharrones
en el desayuno y caldo o cocido de res con verduras y yerbas, en el almuerzo, regularmente el
domingo, la carne guisada y las hilachas; claro está, que hay mucha gente pobre que no alcanza a
comer ni siquiera algo de lo mencionado, pero ahí la van pasando con guineos mojonchos, animalitos
de monte, yerbas silvestres y pescaditos del Motagua. Antes los alimentos se cocinaban con leña, en
hornilla formal construida de adobe o ladrillo, el práctico trébede o simplemente tres piedras a cierta
distancia para sentar las ollas.
HOMBRES CÉLEBRES Y CHISTES. En este pueblo, como otros, existen personas que por su rara manera
de ser, sin maldad, pero con gracia, se convierten en célebres personajes, que se hacen acreedores
del cariño y admiración de sus congéneres, a quienes se les admira en vida y se les recuerda en su
ausencia, a algunos por su habilidad para contar cuentos y chistes, cuando en los velorios, por
ejemplo, se reunían y aún, varios grupos, uno que asistía a acompañar a los deudos en su dolor y
participar en los ritos religiosos, otro a participar en los juegos de azar y el último al relato y escucha
de cuentos picantes y chistes, así como a ver qué galgueaban, todo por una antigua costumbre de
años, a los que no faltaban Neftalí Guerra Portillo y su hijo del mismo nombre, pero comúnmente
ambos llamados “Neftas”. El primero perteneciente a los Guerra que procedentes de San Pedro
Pinula, Jalapa, vinieron a radicarse a este pueblo, junto con otros de dicho lugar, de profesión
carpintero. Lo divertido del caso era que estos dos buenos conciudadanos, cuando el padre, por
ejemplo, estaba en el uso de la palabra contando el cuento o el chiste, de pronto irrumpía el hijo, con
aire de sabelotodo y su habito característico de sacudir el suelo con su sombrero antes de sentarse,

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en cuclillas, motejándole: “eso no es así papá, sino así”, “mira que no es así”, que sabes vos baboso,
metiche, le contestaba aquel, y así se enfrascaban en estéril discusión, optando don Nefta, algunas
veces, por retirarse del grupo, ante tal persistencia, dejando que Nefta hijo, continuara con el relato
de las mentiras o verdades que lo animaban y disfrutaba, máxime cuando le compensaban con
sonoras carcajadas de quienes lo escuchaban, que lo hacían sentirse grande en la materia; siendo de
todas maneras el pupilo, muy servicial y célebre, por su manera de ser, muy dado a la compra y venta
de caballos, y reparador de zapatos de profesión, pero no muy bien portado en casa y así muchos
cuentistas se congregaban en las afueras, un tanto retirado de la sala de velación para no interrumpir
y dar rienda suelta al propósito que los animaba, de contar chistes a granel, a cuales mejores, ante la
multitud que ávidos los escuchaba con las consiguientes carcajadas hasta no más poder.
Ocurrentes lo fueron también, aunque con mayor chispa: Víctor Juárez Canahuí, Pancho Orellana,
Modesto Romero y su hijo Rigo, Alfredo Vargas, Gilberto Marroquín, Alberto Cermeño, como lo son
actualmente: Plácido Saavedra, Víctor Hugo Orellana, y otros, quienes con su ingenio, amplio
repertorio de frase y expresiones cómicas, cuentos y chistes, hacen a pasar a sus espectadores ratos
de esparcimiento y reír a carcajadas. Beto Marroquín, el de las mil caras, con una serie de muecas,
expresiones y sonidos parecidos a los que se atribuyen, ahora, a los extra terrestres, un cómico nato,
que acaparaba la atención colectiva. Por ejemplo, no pensaba en nacer Michael Jackson, cuando este
divertido paisano ya bailaba casi con el mismo estilo de este, como anunciando esa nueva y
novedosa danza y queriendo abrirle anticipadamente las puertas de la fama al desconocido bailarín,
en ese tiempo, después rey del Pop; secundado por Rigo Romero con esos raros movimientos, en las
parrandas y hasta en rueda pública, en época aún conservadora, con el riesgo de pecar de
“deshonestos”, pero lo importante era que hacían reír, hasta no más poder, al más serio y
despreocupado de esas cosas.
Hombre célebre por su manera de ser, fue también Carlos Barillas y Barillas, hombre bueno, solidario
e incansable trabajador, se desempeñó como buzo reparando algún desperfecto a profundidad del
mar, en el muelle de Puerto Barrios y fogonero de patio del ferrocarril en ese lugar. Ya estando aquí
jubilado, no se perdía velorio, solo que a diferencia de los demás, no chistaba palabras y casi siempre
permanecía estático el tiempo que duraba la velación, pues raras veces se sentaba, y cuando se
pasaba de tragos, sin ofensas para nadie, recitaba casi de memoria los acontecimientos de la vida
nacional e internacional, de los que estaba perfectamente empapado a través de la lectura de
periódicos y escucha de noticias, especialmente de los acontecimientos de la segunda guerra
mundial, a la que dicho sea de paso, le siguió la pista hasta el final. En una de sus simpáticas
expresiones, refiriéndose a ciertas mujeres presumidas, llenas de babosadas, solía decir: “hay
mujeres que andando paren y dicen que son doncellas, pásenselas a Barillas a ver que hace con ellas”,
en alusión a su fama de su relación con las féminas.
“EL AGUACERO”. De los anteriores, Alfredo Vargas, Víctor Juárez y Modesto Romero, tres simpáticos
chingones del pueblo, que tenían a flor de labio el intercambio de las bromas y chistes, a manera de
dimes y diretes, a veces burlescos, que se jugaban entre sí y con sus demás compinches, que
alcanzaba también a la gente inadvertida, eran amigos inseparables en las buenas y en las malas,
quienes dejaron como recuerdo un repertorio de ese entretenimiento y buenas maneras de pasar el
tiempo, entre otras, la siguiente anécdota: se cuenta que en cierta ocasión, los susodichos querían
curarse la “goma”, de la borrasca del día anterior, y ante la escasez de centavos para ese propósito,
idearon visitar al Tesorero, su amigo “tío Lecho”, así llamado cariñosamente, para “venderle un
aguacero”, ¡imagínese el estimado lector!,… un “aguacero”, cosa inaudita dentro de las cosas

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posibles de hacer, que inventaron, pues tenía días de no llover y estaba haciendo mucho calor, y
poder así solucionar el “problema” que les agobiaba, y enterado el supuesto comprador del objetivo,
en principio los mandó al carajo, indicándoles: ustedes están locos “babosearme quieren”, pero
reiterada la petición, con la astucia que caracterizaba al grupo, con expresiones suaves de “no sea
malo tío lecho, no nos deje morir, mire que le vamos a hacer falta”, y caída en gracia la oferta a su
interlocutor, y luego de disfrutar todos de la broma a carcajadas sueltas, al final, con paciencia y
elucubrando sobre el insólito pedido, sacó su billetera aquel buen hombre y los favoreció con un par
de “chemas” para la compra de varios “trinquis”, con valor de 0.35 el octavo en ese tiempo,
suficientes para volverse a embolar, de suerte que esa tarde, coincidentemente, llovió a
“cantaradas”, después de varios días de no caer ni gota. ¿coincidencia o favor de Dios?.
GATO POR LIEBRE. Otra anécdota de Nefta hijo, da cuenta, que, don Ladislao Guerra, hombre
respetable y tío suyo, no lo podía ver ni en “pintura”‘por las constantes babosadas e irregularidades
que éste mantenía cometiendo y por “shute”, motejándole acerca de su forma de ser y haciéndole
reflexiones para que enmendara su proceder, lo que naturalmente molestaba a aquél. Tan era así
qué cuando Nefta llegaba al lugar que su tío solía frecuentar para conversar con sus amigos, pláticas
en las que también él quería participar, por lo cual lo tildaban de entremetido, lo echaba o se iba don
Lago del lugar, en señal de desprecio.
Un día de tantos, cansado Nefta, de los desaires de su tío, a quien por cierto le fascinaba la carne de
conejo, se dijo así mismo: “me voy a vengar de mi tío, le voy a “meter gato por liebre”, y en efecto,
así fue, echó manos a la obra, se acordó que en la “usha”, en el abajadero de la Juana Ventura hacia
el río, casi siempre tiraban gatos muertos; encontró uno, lo peló, lo limpió, le quitó la cabeza, y los
pesuños a fin de borrar todas las formas de un animal de su clase, simulando por el contrario, un
“conejo pelado”, y fue en busca de don Lago, a quien encontró en el lugar de costumbre, la rampa de
la estación del ferrocarril, que servía de lugar de tertulia, juntamente con Elías Saavedra, Manuel
Orellana y Manuel Mejía, y bastante sonriente, con cara de patojo travieso, alzando con la mano
derecha el cuerpo del animal, le dijo: tío mire, mire,…. lo que conseguí, se lo vendo, se lo doy barato,
a lo que el tío emocionado respondió ¡caramba muchacho, ve que conejaso… te rayaste!, ¿donde lo
cazaste?, lo maté con la honda en el chagüite siempre pensando en usted, respondió, trato hecho te
lo compro, ten dos quetzales y llévamelo al comedor de la Juana, para que me lo hagan guisado hoy
mismo para la cena, correcto dijo aquel, asunto arreglado, pensó, ahora me toca a mí.
A los pocos días, Nefta, se apareció de nuevo, en la rampa de la estación, en donde estaba don Lago y
el mismo grupìto y tratando de complementar su venganza, tapándose la boca con una de las manos
empezó a imitar los maullidos de un gato, expresando: “miau”, “miau”, “miau”, y los presentes
sorprendidos y a la vez molestos, se preguntaron y “este baboso” que se propone ahora, a lo que don
Lago con la autoridad que consideraba tener sobre aquél dijo: “qué pretendes, porqué ese miau,
miau y miau, ¿acaso eres animal?, contestando éste, no tío, no lo soy, usted es ingenuo, “¿no me diga
que no ha caído?, pues a decir verdad, es la mofa vengativa que le vengo a hacer, de mi dulce engaño,
por el gato que se comió anteayer, en vez de su apetecido conejazo, de los que gusta, tal vez así deja
de joderme tanto, y enfurecido don Lago le dice: ¡caramba!, perverso, ¿qué me has hecho? Y bastón
en mano lo corre por los alrededores de la estación y Nefta de huida a lo lejos continuaba:
“miau…miau..miau”, tío Lago…
BENIGNO RUIZ. Buen hombre, polifacético, muy simpático en su manera de ser, de los meros
tatascanes de los Bordos de Barillas, pariente de todos la buenas gentes que andan por allí, que hacía
reír a la humanidad con su profesión de payaso, guitarrista y cantante en circos que transitaban por la

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República, pero cuando estaba disponible fabricaba y vendía chupetes a la “patojada”, siempre
dispuesto a provocar carcajadas con sus frases de hilaridad, pues era muy divertido y, de repente, se
le veía remendando y soldando trastos a domicilio, como célebre fue también el mil usos Carlos
Carcache, igual que el anterior guitarrista y cantante, pero también cerrajero quien de pistolas viejas
fabricaba rifles y escopetas para la cacería de animales de monte. De los Bordos, también recuerdo, a
dos célebres personajes, los hermanos Salomón y Manuel Falla, buenos chingones amigos, lo mismo
que David García, de aquí del pueblo, a quien apodaban el “licenciado chimpa”, quien con sus
jerigonzas imitando el inglés, hacía reír a la gente.
En forma distinta, fueron también visibles en el pueblo: Lauro “manisiquia” o “calanguquia”, como el
mismo se bautizaba, con su propia jerigonza, era divertido e inofensivo. Beltrán, quien muy joven
quedó afectado de su sistema nervioso, debiendo usar muletas para poder caminar, pero así,
reflejaba en su rostro la alegría y el deseo de trabajar como vendedor en el mercado y Caliche Gálvez,
a pesar de su parálisis, fue un luchador por la vida, en el destace de marranos y no se diga Mario
Riley, dispuesto siempre a brindar su amistad a todos, con su peculiar forma de ser. Los descritos, a
pesar de su invalidez, se mostraban alegres con sus dicharachos a punta de lengua dispuestos a
compartir amistades.
SAMUEL VENEGAS. Célebre Jicareño, hermano de Toño y Manuel de ese apellido, para mayor
referencia, dejó bien parado su nombre en su paso por la vida, con sus travesuras juveniles y aún de
adulto, por lo cual ha sido recordado por varias generaciones. Se cuenta que una vez en la estación
del ferrocarril, estando sentados varios “patojos” sobre un tonel sin una de las pequeñas tapaderitas
de encima, aparentemente vacío, de los que llegaban como encomienda a ese servicio. Por pura
picardía, Samuelito como le decían cariñosamente, dejó ir en el fondo del mismo, una colilla de
cigarro, por lo cual dicho recipiente de inmediato se incendió por los gases y residuos de alguna
materia inflamable que contenía, posiblemente sobrantes de aguardiente, acumulados en su interior,
a consecuencia de lo cual exploto y voló por los aires juntamente con los que estaban sentados sobre
el mismo, quienes entre alaridos cayeron al suelo y dicho objeto, se alzó violentamente rompiendo el
techo de la estación lanzándolo varios metros, cayendo de regreso a media vía férrea, de suerte que
la broma no pasó a más, solo el boquete que dejó en el techo por el impacto, el enorme susto y
pequeños golpes a los traviesos. De lo anterior hay una anécdota que nos cuenta, que cuando tío
Samuel, el telegrafista del pueblo, padre de Samuelito, alguien que vio lo ocurrido, le fue corriendo a
avisar, diciéndole: ¡don Samuel…don Samuel!, su hijo Samuelito, sufrió un gran accidente, está tirado
a media línea del tren, respecto de lo que el informado, en lugar de asustarse como era lo normal,

fríamente respondió: “Anda de vuelta a ver si este chingado está muerto y me venís de nuevo a
avisar”, dando la impresión con ello, que el accidente en sí no le merecía mayor preocupación, por las
constantes diabluras que el “muchachito” inaguantable vivía cometiendo.
Este hiperactivo personaje, deliraba por la comilona de gatos caseros, los que criaba y engordaba a
propósito, para cocinarlos a la mejor receta, lo mismo que por las iguanas de agua y garrobos. Esta
práctica arraigada desde su infancia de niño travieso, la llevó hasta Tiquisate, Escuintla, cuando por
mucho tiempo se desempeñó como alto empleado de la compañía frutera, manteniéndolos en jaulas
especiales, por lo cual también era admirado por sus compañeros de trabajo, a quienes en ocasiones,
ofrecía el suculento manjar, de la vianda que llevaba de almuerzo a la oficina, que algunos no
melindrosos compartían, cuyo menú con el tiempo se hizo popular en el área de trabajo y fuera de
ella, por lo que muchos compañeros la solicitaban comprado, situación última que me relató con

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detalles un ex compañero de este raro e ilustre hijo del pueblo de costumbres exóticas, que conocí
por casualidad.
BUENOS SOLDADOS. Hubo en el pueblo dos personajes: Humberto Arriaza Castillo y José Ovidio
Casasola Venegas, quienes inmediatamente de cumplir sus 18 año de edad, reglamentarios, junto a
otros muchachos, fueron reclutados para ingresar en el Ejército Nacional y en atención a su buen
porte, pues eran altos y robustos, además de ser buenos caballistas, fueron escogidos para formar
parte del “Escuadrón de Caballería” del cuartel Guardia de Honor, al mando del entonces
Comandante, Mayor Francisco Javier Arana, ascendido este después a Coronel, elementos estos que
por su buen comportamiento, llegaron a merecer confianza de su jefe, al punto que, cuando este
militar integró el Triunvirato que derrocó al presidente provisorio del país, Federico Ponce Váides,
para dar paso a la revolución del 20 de octubre de 1944, por propios méritos, los nombró como sus
ayudantes personales, continuando como tales, cuando el citado militar, asumió la Jefatura de las
Fuerzas Armadas, en el gobierno del doctor Juan José Arévalo Bermejo, en cuyos puestos estos
recordados jicareños tuvieron importante participación de secreto militar, en hechos que
determinaron la situación política de la época.
En la escaramuza que dio como resultado la caída del régimen Poncista, falleció el joven Rodrigo
Guerra Orellana, un buen muchacho inteligente, hermano del célebre Nefta, y Eleuterio García,
“Micoteyo”, Nando y César Venegas se escaparon de puro milagro de sufrir algún daño dentro de la
refriega, todos paisanos, de alta también, pero en otro cuartel. Una anécdota nos refiere que César
Venegas, siendo agente de la Guardia Civil en la capital, con servicio de tránsito en la 18 calle y 6ª.
Av.,Zona1, le impuso una sanción de tránsito al Presidente del Congreso en ese entonces, el mayor
Marco Antonio Franco Chacón, de Teculután, quien a pesar de los ruegos del funcionario para que se
la revocara, mantuvo aquél su criterio, lo que le valió una felicitación de sus jefes superiores y
recuerdos de don Maco, cuando ya había dejado el puesto, cada vez que miraba al “colorado”, como
él le decía, en sus venidas a nuestro pueblo.
LA FANFARRIA. Un grupo de jóvenes inquietos, allá por los años 50 del siglo pasado, decidimos
organizar una banda de música, para alegrar el ambiente del pueblo, “muy famosa por cierto”,
integrada por Ricardo Paz Carranza, Guillermo Pineda, Clodomiro Gutierrez, Samuel Duarte Pineda,
Placido Saavedra, Rigo Romero, Alberto Cermeño, el más viejo Gilberto Marroquín, gran imitador de
sonidos de instrumentos musicales con la boca, como director, y el que esto escribe, pero ¿creerán
los estimados lectores, que los artilugios eran los de una banda de verdad: Saxofón, trompeta,
clarinete, etc., por ejemplo?, púes fíjese que no, eran nada más y nada menos, que cachivaches
viejos de cocina: sartenes, platos, ollas y tapaderas de estas y galones, con la cual nos manteníamos
jodiendo la pita, pasando el tiempo y haciendo reír a un grupito que nos seguía, casi siempre en la
tienda de la gran amiga Carmen Chávez, en tanto otros vecinos nos rechazaban por la bulla, la cual se
mantuvo vigente por generaciones posteriores, hasta su desaparición.
RICAS FRUTAS. La infinidad de frutas de las huertas de doña Rumalda, Taco Torres; los sandiales y
melonares del chagüite; los uvales del Tintero, de Silvia Gutierrez, Elías Saavedra; toronjales de Licha
Barillas, jocotales de doña Olivia Morales, cocoteros a lo largo de las calles de la población, repletos
de frutos, y demás sitios con diversidad de éstas, incluyendo mangales, toda esa gama de cosecha
tropical, despertaban la tentación y el antojo de algunos traviesos para penetrar de escondidas a
hueviar, como en efecto lo hacían, en la oscuridad de la noche, o de día, si se podía, saltando cerca,
para llevar unas cuantas de esas delicias y hasta racimos de “mojonchos”, para saciar la galguería o
por gana de joder, exponiéndose el sujeto de repente, al famoso ”tiro con sal”, de escopeta cuache de

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tubo, de moda en ese tiempo. El lema era: fruta vista de día, fruta cogida de noche, y todo por la
facilidad que uno tenía de entrar de día en esos lugares, como Juan por su casa, para vigilar el rollo y
preparare la matatusa, dada la costumbre de confianza que prevalecía, manía que se repetía a través
del tiempo de generación en generación, por travesura juvenil, según se sabe.

TENTACIÓN CRUEL. Hablando de esos “quehaceres”, resulta que en la pulpería de mi abuela Elena,
en aquellos tiempos, era frecuentada por ratas y ratones. Para su exterminio, o por lo menos
diezmarlas, les ponían trampas prensadora o de golpe, como se les llama, con cebo de carne o queso,
bocadillo apetitoso, a efecto de que el bicho al llega a comer, al mínimo contacto, destrabara el pin
que la sujetaba y al instante el animal quedara atrapado, la que ponían de noche en el mostrador.
Resulta que los roedores no llegaron a comer esa noche, quedando intacto el llamativo bocado, y a
buena mañana llegó de compras, un patojo súper travieso, quien al ver el “pedazón” de queso atado
a la trampa, se le hizo agua la boca y pensando, en su hambre se dijo: “esto no se come todos los
días, lo aprovecharé, me pertenece”, y no pudo contener la tentación, mirando nervioso para todos
lados, a escondiditas, evitando el menor ruidito, de modo que no lo pudieran descubrir, alargó la
mano, tomó apresurado el bocado, con intención de comerlo, con tan mala suerte, que al nada más
meter el anular y el índice de la mano derecha, le fue prensada por la tremenda trampa, que llevó
colgando consigo, gritando por toda la calle: Ay, mi manita…Ay, mi manita, quítenme esta babosada,
me muero. ¿Averigüe usted paisano, quien fue este personaje?, después viejo conocido del barrio,
padre de honorable familia.
EXPRESIONES DE ANTAÑO. En el trato familiar, todavía por los años 30 del siglo pasado, era frecuente

en algunas personas decir “tata” al padre y “nana” a la madre, así como “tatita y nanita” a los
abuelos, expresiones latinas aunque usted no lo crea, y en el trato a particulares “señor y “señora”,
designaciones muy particulares para personas muy respetables, que incluso, exigían que así se les
llamara, cuando alguien intentaba decirles de otro modo, costumbres ahora desaparecidas; también
se usaba el “ña”, “nía”, nía Juana, por ejemplo, para referirse a una señora. También se escuchaban
inapropiadamente algunas voces como: “aloiste”, por oíste, “dentre”, por entre o pase adelante,
“apiése”, por apéese, ”ancina”, por así es, “vide”, por vi, “humar”, por fumar, “naide”, por nadie,
“caído”, por caído, “pieces”, por pies, “mesmo”, por mismo, para llamar a la puerta a una persona se
decía “maría”, concebida contestaba la requerida, “ush papo”, indicaba desacuerdo y chis, asco,
puchis, a la puchica, a la puerca, denotaba admiración, etc., asumiendo que muchas palabras de
antaño formaban parte del lenguaje castellano, algunas mixtificadas con lenguas aborígenes y que
dejaron de tener vigencia con el aparecimiento del idioma español, convirtiéndose entonces en
regionalismos, ahora casi en desuso.
ENRIQUE CARRANZA y su grupo. En la aldea Las Ovejas nació un personaje llamado Enrique Carranza,
hijo de buena familia del lugar, pero por un azar del destino, tuvo que emigrar con otro de sus
parientes, a la república de México, en donde vivieron por muchos años, regresando con el tiempo a
su aldea natal, luego del cambio de gobierne de dictadura a democracia, pero lo curioso y divertido
del caso fue que ya no vinieron vestidos a lo chapin, sino a lo “charro mexicano”, como se exhibe en
las películas, con su sombrero y traje característicos, pistola al cinto, con botas federicas y, montado
el primero, en su cabalgadura adiestrada, a cual mejor presumido ejemplar al trotar, -costumbre y
estilo que quisieron imitar otros parroquianos, sin logro posible-, solía venir al pueblo, regularmente
por las noches, con uno o tres más de sus amigos, en busca de “traídas”, a echarse unos tragos, a oír

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canciones rancheras en las rockolas o simplemente a babosear, y ahí paraba todo, era buen amigo,
campechano, salvo algunas ráfagas de tiros que disparaba en la salida del pueblo rumbo ya a casa,
aunque unos pocos vecinos le tenían miedo, especialmente los elementos de la Policía Nacional, sin
haber razón para ello. Pasado algún tiempo, fue asesinado en su propio lugar de origen.
ANÉCDOTA DEL TEMA ANTERIOR. Una anécdota refiere, que en cierta ocasión, la Policía Nacional Civil
local al mando de un conocido Mayor del Ejército, paisano nuestro, recibió de la superioridad una
orden de captura en contra de dicha persona, preguntándose el milite, a sí mismo: Puchis, y ahora
que hago, temeroso de lo que pudiera ocurrirle si se enfrentaba al problema; de pronto recapacitó y
díjose “esto es mejor arreglarlo con inteligencia y estrategia, no vaya a ser que me salga el tiro por la
culata”; tomó el telegrama y se dirigió a casa de Quique, en Las Ovejas, y le manifestó “mira quiquito,
entérate de este telegrama, sabes que soy de armas tomar y no te quiero hacer daño, voy a venir con
la escolta a simular tu captura y vos te escondes, porque tanto mis superiores como subalternos están
ojo al Cristo pendientes de lo que yo disponga sobre tu captura”, a lo que aquel ni lerdo ni perezoso
aceptó. Pues bien, un día de tantos, el jefe de la subestación, dice a sus subalternos: “muchachos,
¡Atención Firmes!, manos a la obra, alístense con todos sus bártulos que vamos por la captura de
Carranza”, y en efecto, se armaron hasta los dientes y enfilaron para la aldea, y al llegar. el jefe
Saavedra a la cabeza de los captores se adelantó fusil y pistola en manos diciendo con voz sonora:
“Enrique Carranza, la policía le habla, venimos por usted, ríndase, no me vaya a comprometer, me
entendió, está sitiado, de lo contrario derribaremos la puerta para un cateo”; a cuyo requerimiento,
salió una hermana de Quique y le dijo: El no está, pase adelante don “fulano”, entraron, simuló el
cateo y dijo: “ya vieron muchachos que no está ese jodido, me privé del deseo de aprehender esa
pesada presa”, y los policías admirados comentaban, ¡caramba!, que valiente el jefe, que arrojo,
nunca había visto esto en mi larga permanencia en la institución, yo venía con algo de miedo, de
plano que si logra su captura lo van a ascender, le dice el uno al otro. Y qué, Quique en el tapanco,
estaba que ya soltaba risa, viendo y escuchando la pantomima que se ofrecía.
CUATRO CUENTOS DE UN TIRÓN. Son de la inventiva inteligente de los paisanos Víctor Juárez Canahuí
y Alfredo Vargas Barillas, sin mencionar el nombre de los protagonistas, por economía de tiempo y
por razones obvias, pues bien:
1) El papá le dice al hijo mayor, hombre “patojo”, ponte pilas, ayuda con la comida, anda al monte,
ahí cerca de la orilla del río, a buscar lorocos, para que tu mamá nos haga unos tayuyos para la cena, y
el muchacho salió apresurado de la casa en busca de tan apetecido bocadillo. Al cabo de una horas, el
enviado regresa corriendo sin nada, con las manos vacías, y al preguntarle el padre por el encargo que
le dio, tartamudeando le dice: fíjate papá no encontré lorocos, por qué las matas todavía están
floreando, a lo que el padre respondió: baboso, no te das cuenta que el loroco es una flor.
2) El dueño de la carnicería y cine, a la vez, le dice a dos de sus hijos, como de costumbre, que fueran
a avisar al vecindario que para el momento acostumbrado, es decir, en el destace del día y exhibición
de película por la noche, iba a haber carne de res gorda y cine con película chistosa o divertida, a
manera de propaganda, a efecto de captar mayores ingresos. El caso es que según el autor del chiste,
los patojos por andar jodiéndose uno con el otro, en la calle, jugueteando, por no estar en sus
cabales, pensando en lo que tenían que hacer, en su locura y trabalenguas, invertían el aviso y decían:
“avisamos a usted vecino, que hoy por la tarde vamos a tener carne de vaca chistosa, y cine gordo
por la noche”.

3) La madre le dice a sus hijos: vayan al corral a traer caca seca de vaca para hacer humo y ahuyentar
los sancudos en la noche. Aquellos obedeciendo la orden, se apersonaron al lugar indicado, a donde

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avistaron unos bueyes echados, no vacas, y a su regreso dando cuenta del mandado, dijeron:”fíjese
mamá que no trajimos caca de vaca, porque solo hay de bueyes”, en referencia a los bueyes que
habían visto antes, a lo que la madre respondió: No se dan cuenta mocosos que el estiércol de vaca es
lo mismo que el de buey, ingenuos; y,
4) Unos amigos llegaron a traer a su casa a un su cuate, de entrañable amistad, super delgado,
parecido a una culebra parada, para irse a tomar unos tragos, y con el consentimiento de su mujer
María, se fueron al mandado y no al retozo. El caso es que a las pocas horas regresaron, ya de noche,
beodos todos, a casa de doña María y uno de los amigos tocó la puerta diciendo: doña María, doña
María, aquí le tramos a su marido, como se lo prometimos, a lo que ella respondió: no quiero abrirle,
por castigo que duerma en la calle ese jodido, pero ante la insistencia de aquellos. Dijo: buenos pues,
métanlo por debajo del quicio de la puerta, en referencia a la complexión escuálida de aquel, a lo que
uno de los amigos ripostó: puchis doña María, ¿ni que fuera corbata o correspondencia?, peor que
eso es ese bolo, dijo la doña, es una píltrafa, alfeñique, desgarbado, que cabe hasta en el ojo de una
aguja de costura, métanlo pues. Por supuesto que todo era una broma, de ambas partes, como si se
hubieran puesto de acuerdo.
BALSAS. El Motagua, tiempos atrás, tenía mucho más agua que ahora, podía decirse que era
caudaloso para la pequeña navegación, habiéndose avistado como consecuencia, por de la década de
los 40 del siglo anterior, en diversas ocasiones, lanchas de motor desconocidas con personas a bordo,
recorriéndolo de arriba hacia abajo y viceversa, largo trayecto, pasando por El Jícaro, tal vez de
turistas o investigadores extranjeros, lo que representaba una novedad para los lugareños. Por
aparte, las canoas tradicionales que prestaban un servicio público, traídas de astilleros del
departamento de Izabal, eso sí, a puro remo, y de las famosas balsas que grupos de muchachos
traviesos armábamos con maderos secos de sauce, amarrados los largueros y travesaños con lazos y
mecates, en lugar determinado, río arriba, regularmente a la altura del caserío Los Chagüites y la vega
de Olivia Morales Marín, para luego dejarnos venir trayendo encima nuestra leña, subidos todos
sobre la misma, guiada por el impulso de sus no muy tranquilas aguas, disfrutando del paisaje
acogedor del majestuoso río y sus alrededores, cuales navegantes emulando las hazañas de valientes
descubridores de tierras extrañas, por lo menos en la imaginación…, los “marineros de agua dulce”.
Las “tripulaciones” regularmente la integrábamos: Clodomiro Gutierrez, Ricardo Paz, Plácido
Saavedra, Guillermo Pineda, Adán de León, Oscar Espinoza, mi hermano Ranulfo, yo, y otros, que se
sumaban a la aventura, cuyos eventos no siempre tenían el éxito deseado, porque muchas veces las
repentinas y fuertes crecientes del río, nos sorprendían, no nos permitía desembarcar normalmente y
se las arrastraban con todo lo que traíamos, incluidos chuchos y machetes, aunque los animalitos y
nosotros, siempre nos salvábamos, por ser buenos nadadores, lo demás era llevado por las fuertes
correntadas, con el sentimiento de algunos, de haber perdido sus pertenencias.
ME ESCAPÉ. Para la combustión, en ese tiempo, solo se conocía el ocote y las candelas para alumbrar,
aún cuando ya se usaba el gas metano en lámparas y candiles, en pequeña escala, así como la leña
para la cocción de alimentos, la cual estaba disponible en el astillero municipal del Sitio de Jesús, a
donde se iba a traer para el servicio doméstico y a veces para vender, pero algunos vecinos lo hacían
clandestinamente en terrenos particulares, cuyos dueños lo permitían de hecho, sin mayores
reclamos, salvo que se perjudicaran cercos o se botaran árboles importantes. La finca el Tintero o los
del otro lado del río, de don Gabriel Ruíz etc., por ejemplo, eran lugares a donde acudíamos,
especialmente la patojada, a traer nuestro manojo de leña, casi a diario, unos por necesidad de esa
materia prima y otros por ir a joder, como en el caso mío, que más iba por botar panales, castrar

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colmenas silvestres, o cuevear en el río, aunque a mí mamá, no le caía mal un tercio, de vez en
cuando, lo mismo que Yemo Pineda. Pues bien, una vez, se fueron Yemo, Clodomiro Gutierrez, Oscar
Espinoza y su hermano Chus y otros, a traer leña en terrenos de los Ruíz, con tan mala suerte que
fueron aprehendidos y llevados con los manojos del producto extraído, a puro mecapal, al Juzgado
de Paz de San Cristóbal Acasaguastlán, se suponía para ser castigados, pero la sorpresa fue que no,
los hechos solo sirvieron de broma e hilaridad para el Alcalde Juan Gutierrez y empleados, que
además de ser buena gente, era tío de Clodomiro e íntimo amigo de don Héctor, papá de Héctor
Guillermo, con la advertencia, eso sí, entre risas, de no reincidir y que ahí quedaba todo. Yo me
escapé esa vez porque ya sabía del problema, pues días antes me había amenazado una hija del
dueño, quien quiso quitarnos la leña que traíamos, junto con Lacho Godínez y Raúl el Choquito, de
quien este último, jamás supe el apellido y después, de su paradero.
NUESTRA DISTRACCIÓN. El río ha sido siempre para propios y extraños, un sitio de amena distracción,
con su enorme playa y sotos adyacentes, piedrecitas de distintos formas y colores, denso arenal con
sus granos simulados de oro y demás componentes del reino mineral, que nos permitía ir a jugar en
las noches de luna, al compás del croar de las ranas y demás ruidos exclusivos del ambiente nocturno.
Durante el día a admirar su vegetación, cundida de upayes, sauces, chilcos, jaguayes, capulines y
arbustos de “galero” y “panecillos”, con sus frutas amarilla y rojas, de agradable sabor, formando
exuberante bosque, que invitaban en pleno sol abrazador, en el cenit, a buscar su acogedora sombra,
para una siesta estimulante y reparadora, en la sabrosa hamaca, prendida del tallo de gruesos
maderos, disfrutando de la brisa que ofrece el entorno, amenizada con el murmullo de las torrentosas
y frescas aguas fluviales y el trino agradable de bellos pajaritos propios del lugar, todo en un
ambiente acogedor de sosiego espiritual; guarida también de variedad de animalitos monteses, con
su usha cercana, llena de pececillos para el sustento, que hábiles lugareños cogían en cualesquiera de
las formas de pesca acostumbradas, especialmente en época de turbia, sumergiendo y sacando el
canasto repleto de butes y pepescas, costumbre que aún se sigue practicando por la facilidad que
representa, cuyo ambiente, excepto la usha, sigue siendo el mismo.
¡Ah!, pero de vez en cuando, se jugaba a lo de “Tarzán”, emulando a aquel personaje de las películas
y su compañera “chita”, con su característico grito de “aeaeaeea...”, descolgándonos el supuesto
personaje, de los gruesos bejucos que colgaban de los enormes y tupidos sauzales, cual jungla
africana, con éxito unas veces, pues se alcanzaba la meta de lanzamiento deseada de enormes
mecidas de árbol a árbol y, otras, con tremenda caída, al instante mismo del reventón del bejuco,
pero ¿qué cree usted?, salíamos ilesos, nos recibía una alfombra de arena cargada de partículas de
talco y de oro que nos servía de colchón; esto último del metal amarillo, es para adornar el párrafo,
únicamente.
RUMBO AL RÍO. Para llegar al río, en ese entonces de límpidas aguas cristalinas, que invitaban al
fresco chapuzón, o refrescar la garganta con tremendo sorbo, se hacía por cinco amplios caminos
perfectamente identificados, que permitían el paso de carretas de bueyes y en algunos de ellos, hasta
de camiones, rumbo al otro lado, usando un vado que regularmente se formaba en época de verano,
y que arreglaban a propósito los empleados de la finca “La Cajeta”, compartidos dichos caminos a lo
largo del pueblo, conocidos como: “el motor”, “poza del zarco”, “Juana Ventura”, “el rastro” y “la
quebrada”. Sin embargo, ahora, solo hay uno, el mismo que conecta con la carretera del atlántico
pasando por el puente. Las mencionadas servidumbres de uso público, desafortunadamente han sido
cerradas por vecinos inescrupulosos en contubernio con Alcaldes de turno, para ganar adeptos,
quienes además, han autorizado construcciones en lugares prohibidos, restando espacio físico a la

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población, como sucedió con otros caminos del pueblo que fueron tapados, para dar paso
irresponsablemente a la edificación de pequeñas casas de habitación, perjudicando el libre acceso a
terrenos particulares del interior, al sur de la localidad, en la colindancia de los herederos de
Leopoldo Juárez, hacia el cerro, incluso, el parcelamiento que se hizo de la extensa playa del río
Motagua, que nos priva hoy, de recorrerla libremente. Conceder solares para construir casas
obstruyendo caminos públicos, aunque sea para gente pobre, no contiene.
BUENAS GENTES. Antaño era frecuente la solidaridad humana, y se podía observar fácilmente cuan
dadivosa era la gente para obsequiar algo de lo que tenía, especialmente frutas en tiempo de
cosecha, de tal manera que si eran mangos, elotes, melones y sandía criollos, era casi seguro
conseguir algunas unidades o manos para calmar el apetito, no había egoísmo, pero a alguien cuyo
nombre no menciono por ser parte del más allá, pasó por la milpa de tío Lecho Venegas y haciendo
eco de la amistad, dispuso cortar unos elotes que metió en una rede hasta el copete, enterándose el
dueño inmediatamente de tan grande perjuicio, pues no solo lo vio pasar con la carga a memeches
sino por el montón de matas tapiscadas encontradas. A los pocos días llegó el hurtador con el dueño,
como se acostumbraba y le dice: “Tío Lecho le aviso que le pasé robando unos elotitos, por lo que le
que vengo a darle cumplidas gracias”, a lo cual, aquél molesto respondió: ¡Elotitos será!, enterado
estoy, que por poco te llevas toda la cosecha, se te fue la mano hijueputa; la próxima vez te
“rempujo” tiro con sal, mañosazo, recabrón, pero no crea el lector que eso iba en serio, por el
contrario, era una manera de reaccionar con una broma, ante lo cual, ambos soltaron tremendas
carcajadas, por qué ese era el “rollo”, hacer chiste de las cosas, sin maldad. Emilio Vargas Morales, el
querido “cutucho”, solía pasar por las milpas de los amigos, solo que en distinta forma, juntaban
fuego con otros amigos y asaban los elotes en el propio lugar de los hechos, la diferencia era el exceso
de unidades que se comían, pues según dicen se contaban hasta diez mazorcas devoradas por
persona tal, los olotes encontrados, como evidencia del perjuicio. Lo mismo ocurría cuando esas
plagas pasaban por los mangales, eran pepitales las que dejaban
TRAVESURAS DE PATOJOS: En los pueblos, casi siempre hay grupitos de amigos que se reúnen a
determinada hora, especialmente por la noche, para la tertulia, hacer planes formales y, de repente,
hasta lo que se les viene en gana, pero sin maldad o sea simples diabluras. En el nuestro había uno,
integrado más o menos por cinco elementos, cuyos nombres se omiten por razones obvias, ya que
algunos todavía andan visibles vivitos y coleando, jodiendo por allí. Pues bien, trajeron a cuenta que
en las cercanías de la estación del ferrocarril de Cabañas, había una plantación de cocoteros que
siempre se mantenían repletos de cocos, pues al agente de estación, Abraham Ayala, no le
interesaban, nunca los cortaba y los vecinos tampoco, por la abundancia de esta fruta en la localidad,
de tal manera que terminaban secándose en el árbol. Un día de tantos, alguien del grupo, sugirió la
idea de ir a “hueviarlos”, y previos los consensos del caso, decidieron viajar a aquél lugar, para hacer
corte general de esta delicioso producto, proveyéndose de redes, lazos y machetes, y burlando a la
tripulación del tren rápido de las ocho de la noche, para no pagar pasaje y mayor disimulo, montaron
en una de las plataformas vacías anexas. Sin ahuevarse, como que era suyo aquello, cumplieron allá
su cometido y de regreso, en la misma forma con tremendo cargamento, abordaron un vagón vacío
del tren rápido, de la una de la madrugada, que procedía del norte, y luego de haber concluido con
tan arriesgada misión, ya en casita, tranquilos, manos a la obra en la repartición del botín, tantos
gajos de cocos para cada uno, de suerte que a algunos no les interesaban los cocos, pues lo hacían
solo por chingar la pita. Pero lo divertido del caso era que, cuando el grupo “roba cocos” estaba
desintegrado, para variar, lo hacían aquí mismo en el pueblo, uno o dos de los socios, en los cocoteros

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de la calle propiedad de alguno de los mismos o de sus parientes, como en efecto acontecía,
aprovechando la oscuridad de la noche, bajaban los gajos de tan apetecida fruta. Al descubrirse la
travesura al día siguiente, no otra cosa quedaba al socio robado, que pensar en sus propios
compinches, como autores del hecho, diciendo: “este no fue más que el hijo….de fulano de tal”, por la
fama que tenía, o sea que no se perdonaban entre ellos mismos, pues se robaban entre sí,
haciéndose patente el refrán que dice: “ladrón que roba a ladrón, tiene cien años de perdón”.
PENSAMIENTO LOCO. Cuando escribo estas líneas, pasa por mi mente, la idea, de que ya es tiempo de
mi regreso al pueblo natal, para pasar los últimos años de vida, pero también con el ánimo de seguir
luchando y disfrutando de la misma, de la naturaleza tan linda, al lado de seres queridos que aún
viven y de la paisanada en general, con quienes nos identificamos sin necesidad de mayor
contemporización y referencias, reconociendo, sin pecar de pesimista o de que estoy próximo a colgar
los tenis, como se dice en el caló popular, que es hora ya, de ir buscando la morada eterna, tras largo
bregar por tierras lejanas en busca de la santa subsistencia, pues no se crea que la vida en otros
lugares es cosa fácil, hay que vencer una serie de obstáculos de acomodamiento. Pero lo cierto es que
quiero regresar a mi pueblo, para volver a ser niño y adolescente, por lo menos en los recuerdos y
dictados de mi pensamiento, a efecto de dar paso al sino de la naturaleza, en calma, asumiendo que
la infancia es la etapa más bonita de la vida, sin problemas aunque se caiga el mundo.
CARRUAJE TEMERARIO. Augusto, el hermano menor de los primeros Chew del pueblo, era bastante
ingenioso, lo demostró con la hechura, de desperdicios de fierros y alambres viejos, de una especie de
carruajes tripulado, con varilla de dirección, asientos, ruedas de madera gruesa; que llevábamos a
jugar a las lomas del potrero de las ”Burras”, en el Tintero, el cual subíamos a lo más alto de las lomas
que aun existen, para luego dejarnos venir a toda velocidad, dos o tres montados, hacia las planicie,
contentos, sanos y salvos algunas veces y, otras tristes ‘por las consiguientes golpes y raspones de las
tremendas somatadas recibidos. Los usuarios teníamos que contribuir para el mantenimiento, incluso
grasa de motor para las ruedas.
CREENCIAS Y MITOS. Como legado de culturas ancestrales, algunas personas, en minoría, como en
cualquier lugar, son supersticiosos y creen en la existencia de seres extra naturales, en la hechicería y
en los espíritus malignos dispuestos a causar mal, como la llorona, la siguanaba, el cadejo, el diablo,
el duende o sombrerón, por lo que muchos buscan a los llamados curanderos y brujos para qué a
través de la magia de sus ritos, les receten remedios y pociones de cualquier origen, que hagan ceder
a sus dolencias, o brebajes para causar daño a otros y aún cuando aquí no hay brujos, por lo menos
declarados, si existen algunos supersticiosos. Anécdota. Por invitación, siendo Alcalde del pueblo,
tuve la oportunidad de estar en una sesión de brujería, de una curandera, que vino de la capital, por
cierto paisana, hermana de Eleuterio García, en una casita en la ”trepada” de don Loncho a Buenos
Aires, y cuando empezó el acto, frente a un altar con santos, velas encendidas, una cubeta de agua y
manojos de ramas verdes, supongo de chilca, haciendo la hechicera, una sarta de muecas,
retorciendo su cuerpo para un lado y para el otro, con oraciones y trabalenguas, sudorosa del meneo
y el calor, se detuvo, indicando que no funcionaba el trabajo, porque entre el grupo presente había
alguien que tenía metales ocultos y que ello no permitía la llegada de los espíritus, por lo que al hacer
una requisa, me cayó a mí la chibolita, pues en efecto portaba un revólver, que creo me había visto
ella antes y sin más explicaciones me invitó a abandonar la sala, pero de seguro fue por desconfianza,
para que no me diera cuenta del engaño de su actuación, por mi condición de autoridad, pero desde
afuera escuché los gritos y la “molotera” que ahí se armó, ignorando si alguien de los presentes
obtuvo resultados positivos.

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LOS CIRCOS. Antaño, ante la ausencia de otras diversiones, digamos jocosas, porque veladas para la
presentación de pequeñas obras de teatro, siempre las habían, aunque alumbrada la sala y el
escenario, antes de la llegada de la luz eléctrica, con lámparas de gas, contrario hoy día, en que hay
muchas distracciones, incluida la televisión, por lo que era cosa común, la presencia casi seguido, de
circos que se hacían acompañar, además de buenos artistas, de animales extraños, que gustaban
mucho a la gente, especialmente a los niños.
Recuerdo al elenco del negro Nelson, con su magia e ilusionismo y la bailarina exótica, su guapa y
escultural esposa Paca, con sus movidos ritmos caribeños al estilo mambo y cha cha cha, en ropas
menores, que dejaba con la boca abierta a la concurrencia, especialmente a los adolescentes varones;

el “Circo Guatemala”, del famoso payaso Pirrin, que hacía reír al más serio; el de los “Hermanos
Ponce”; el “Hermanos López”, bajo la dirección de “Tarzán López”, acróbata famoso que presentaba
“El salto de la Muerte”, que provocaba momentos de suspenso en la muchedumbre, y otros, que
incursionaban con el propósito de deleitar a los residentes e ir pasando la vida, de pueblo en pueblo,

con su variado repertorio de humorismo por divertidos payasos, como “Pirrin”, “Tomatío”, “Cepillín”,

etc.
¡Vinieron “volatines!, decía la patojada locos de contento, y en el desfile o paseo acostumbrado,
previo a la función, en concurrida procesión desfilaban, detrás de la “vieja nalgona”, personaje visible
en la propaganda del circo, que llevaba promontorios de trapos en el trasero, simulando enormes
pompis, profiriendo alusivas coplas, que animaban el evento, y a quien se jodía por la chiquillada,
tocándole las nalgas postizas a lo largo del recorrido, respondiendo ella con ademanes y palabras
chistosas, corriendo a los patojos, pegándoles con una regla especial de varios pliegues, inofensiva e
indolora, que llevaba en las manos, bajo la gritería de la multitud acompañante y el sonar de un
estruendoso tambor.
Ya en la mera función, en la pista, cada cual, presentaba los actos de su especialidad, cuyos
intermedios eran amenizados por la marimba local, y muchos jóvenes galantes, pero gafos, para

poder ingresar y ver el espectáculo, si no lo hacíamos de otra forma, por ejemplo. “colados”, por

debajo, levantando la manta de la carpa que lo circulaba, por lugar no vigilado, sujetándose el
intrépido a que lo descubrieran y lo sacaran, asariado ante la multitud, o lo que era más decente,
claro está, prestando sus servicios, cargando para adentro, entre cuatro, cada una de las dos
marimbas, el violón y la batería, a elección del director o cualquiera de los marimbistas, por supuesto,
ya que el entremetido debía tener cuello o caerle bien, para que ello fuera posible.
Por esos tiempos ingresaban de paso también, caravanas de ciudadanos gitanos o húngaros, así les
decía la gente, ofreciendo sus prácticas de adivinación de la suerte y la hechicería, quienes como los
anteriores, encontraban respuesta económica favorables para medio pasarla, todo lo cual era
novedad para los parroquianos, y a algunos artistas, como les gustaba lo bonito y la solidaridad del
pueblo, se quedaban a vivir por temporada, de donde salían a trabajar a otros lugares cercanos.
ANECDOTA. De lo anterior hay un caso muy simpático, y es que en una de esas funciones, cuando la
formidable Paca salió a bailar, Modesto Méndez, un conocido mozo de la hacienda El Tintero,
originario de Tobón, que había ingresado al espectáculo y al pasar la artista, ese tremendo
monumento, cerquita, enfrente de él, en plena acción, tirando besos al público, cantaqndo una
canción con baile bien movido, que entre otras frases decía: “tápame, tápame, tápame, porque tengo
frío, si tu quieres que yo te tape, ven aquí conmigo cariño mío…”, Modesto, no aguantó la tentación y
al instante, tocándole su parte íntima, emocionado, más por ingenuidad que por picardía, le dijo: “a la
gran, que cula vos, dámela”, lo que por cierto no alteró el ánimo de la cantante, hecha y derecha a

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esos riesgos, pero le valió al lujurioso, que lo sacaran cargadito del circo, rumbo a la cárcel, por la
policía, pero don Chepe, su patrono, que también estaba en el circo, con el lema de que lo ocurrido
eran “gajes del oficio”, inmediatamente mandó a pagar la multa y lo liberó.
JUEGOS DE ADOLECENTES. Algunos patojos del pueblo jugábamos de circo, como también a veces de
“papá y mamá”, con los más cordiales y respetuosos tratos de pareja en la “intimidad”: “mijo quiere
su cafecito”, “o hágase para acá, “ya es hora de dormir”, etc., decía regularmente la del sexo débil y el
supuesto papá otra ni lerdo ni perezoso, accedía gustoso a arrejuntarse de mentiras, con los émulos
hijos al lado, los más chicos del grupo, que conste que a mí nunca me gustó ser de estos último, sino
de puro “tata”, y la “nana” debía ser bonita o por lo menos agradable, como muchas las habían,
imitando a los verdaderos personajes y las comiditas servidas en platos de juguete, consistían en
hojas tiernas de jocote, que los habían en cantidad por todos lados, incluso, en las calles del pueblo,
con limón y sal.
Los patojos jugábamos de payasos y trapecistas, para lo cual armábamos nuestro propia carpa, con su
trapecio que llamábamos “maroma” y practicábamos algunas piruetas de lo que habíamos visto en
las funciones o presentaciones, con la mayor inteligencia y osadía, con más de algún resultado
negativo, de repente, derivado de una caída con golpes o lesiones inesperados de las maromas, aún
cuando lo más fácil era remedar las parodias de los payasos, para cuyo efecto nos pintábamos la cara
con tizne y papel de color, mojado y, las mujeres, hacían de bailarinas, luciendo cortita faldas arriba
de las rodillas, su vestimenta, imitando las canciones de las bailarinas de los circo, cobrando la
entrada con dinero simulado con pedacitos quebrados de trastos de china.
A MIS CONTEMPORÁNEOS. ¿Se acuerdan?:
Cuando nos apurábamos para hacer los deberes y así poder salir a jugar a la calle, con los amigos y
amigas de: escondite, pispisigaña, la rueda de las mulas, cucuco, patache, matateroterola, tenta,
tuerotuero, arrancacebollas, la ranita, al ratón y al gato, o a lo de Tarzán, esto último en los arenales y
sauzales del río Motagua.

O en su defecto a echarnos una chamusca en la vía púbica, con pelota de trapo, hechas de
medias ó calcetines rellenas de trapos o de vejigas secas de vaca u otro cuadrúpedo, conseguidas por
encargo en los mataderos, infladas con la boca, poniendo de marco dos piedras, de lo cual se volvía
uno loco.

Jugar haciendo pasecitos de foot, con cáscaras de naranja o cualquier otro objeto adecuado,
simulando la pelota, con los compinches de la escuela, en los recreos, tal era el vicio de la pelota.
Cuando nuestras mamás salían a gritarnos reiteradamente a todo pulmón para que dejarámos los
juegos necios y entráramos a comer o a estudiar, lo que hacíamos a la carrera tragando entero para
continuar el pasatiempo.

Cuando para hacer algo o tomar alguna decisión, entre el grupo, se recurría el método
práctico de: “tin marín de dos quien fue, cúcara mácara títere fue, o chorro modorro martín pedorro,
o una dona, trena, cadena, urraca la vaca, viro virón, cuenta las bien que las doce son”, de lo cual, a
quien le caía la chibolita, tenía que cumplir, porque si no, le caía camorra.
Cuando se podían detener las cosas delicadas con un simple: “Así no se vale” o cuando de repente
alguien gritaba ¡camorra! y tenías que salir corriendo para dar o ¡recibir o “cae la sentencia” tirando
un montón de piedras para arriba, gritando allí va la sentencia le caiga a quien la debe (y uno debía
quedarse estático). Cuando los errores se arreglaban diciendo simplemente, no “importa,
empecemos de nuevo otra vez.

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De los juegos de temporada: los cincos llamados también canicas, chibolas, chiripas, coyolas,
hacinadas dentro de los bolsillos del pantalón que hacían ruido al caminar, no se diga al correr o
bolsita aparte, repletos de esos objetos, de todos tamaños y colores y, sobre todo, la tiradora, un
cinco especial para los distintos juegos: “comix”, -no limpia ni pix-, gritaba uno, a la cuarta, cinco
hoyos, tirando a la raya, pare ver quién iba primas, o a sacar las chibolas del triángulo o de la tortuga
con tiro seguro si no eras tan bueno para lo otro.

De los trompos: pusuca, mona y calabaza, esmerilados de la punta con una piedra para
quitarle lo romo y dar buenos calazos, bailados con jalón, enzartones y, algo especial, tirarlo por
debajo de la pierna alzada, recibiéndolo en la mano o recogerlo con la pita para echarlo sobre la
misma y sentirlo sedita, o echarlo en la uña. Y qué decir de tu yoyo, tenía que ser un Duncan, para
hacerlo dormir y caminar el perrito o hacer la vuelta al mundo.

Y según la época del año, así eran los juegos: trompo, capirucho, yoyo, en noviembre la fiebre
de volar barriletes, hechos por uno mismo, con papel de china ó de periódico, varitas de caña de
chimilile, pegados con engrudo o upayes, con cola de pedazos de trapos y un buen hilo o pita de
hamaca para volarlo, mandando telegramas hasta los frenecillos y jugar la soltadilla.
¡Ah! y las apuestas con capirucho, incluidos los “unos” y las “cara vueltas” al derecho y al revés, con
los hoyitos valorados en cien, quinientos y mil puntos, en las apuestas, fabricados por uno mismo de
carrizo de hilo o canutos de tallo de higuerillo o papayo gruesos, raspado con chayes de botellas, con
cinturón de cera en la parte baja para balancearlo bien y estaca de hueso, de cacho de vaca, de peine
o de güiscoyol.

Y las patojas no se quedaban atrás, jugando Yax o jax, saltando cuerda, o bien pintando en el
suelo un caracol o un avión, con sus cajones, alas y cabina, saltando en un pié en los apartados del
dibujo para recoger la ficha en un pie, sin poner sin poner el otro en polvorosa, porque se perdía, o
jugar de “¿Qué vendés María?”. Todos te admiraban si lograbas cruzar la cuerda, mientras saltaban
las patojas, ellas presumían y los patojos se creían héroes.
De los tiritos que hacíamos con el famoso hule, en las guerritas que armábamos, utilizando como
parque cascaritas de naranja o pequeños papeles doblados en cuatro, de cuyo juego recuerdo una vez
que por casualidad, le di un cascarazo en la cara a mi maestro Paco Tabora, Director, que pasaba en
ese momento, lo que motivó que nos castigaran a todos, pero habiendo asumido mi responsabilidad
y disculpado, nos levanto el castigo.
De las hondas que fabricábamos para tirotear pájaros, mejor si era de hule canche, para que no se
gretara luego, decíamos, con badana de lengua de zapato y la horqueta de guayabo o amatillo para
tirar con bodoques de barro secados al sol o piedras redondas de río escogidas, porque dispar de otra
manera era fácil fallar, lo mismo que ir a pajarear, pero con la idea de no tirarle a zopilotes porque
según nuestra ignorancia se picaba luego el hule.
Hacer chajaleles con tapitas de gaseosas aplastadas, tipaches de cera y ni que hablar cuando nos
poníamos un puño de maicillo o cualquier semillas redondas en la boca y apuntábamos con la
cerbatana haciendo guerritas.

Jugar de avioncitos y barquitos hechos de papel, estos últimos dejados ir en las corrientes
después de un fuerte aguacero y pescar en los charcos con pedazos de atarraya. Ah… qué tiempos
aquellos, tan de a petate. Para salvar a todos los amigos bastaba con un grito de un, dos, tres por mí y
por todos.

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Para hacer reaccionar a alguien se decía: ¿A que no haces esto?, bando al que no lo haga y algunas
veces caía uno de baboso.

¡Ah puchis!, y no había nada más peligroso que jugar con fuego, sobre todo el 7 de
diciembre con la quema del diablo, después de ir al monte por días a buscar chiriviscos, paja o a un
aserradero a buscar viruta, aun cuando las quemadura de las manos con los cohetes y la penetración
de la pólvora en la nariz, eran las consecuencias.

La frase ¿bando a quien se quede de último o es tonto?, nos obligaba correr como locos, para
no hacernos acreedores de ese epíteto tan feo. “Ladrones y policías” era un juego para el recreo, y
por supuesto era mucho más divertido ser ladrón que policía.

Las bombas de agua hechas con vejigas eran la más modernas, poderosas y eficientes armas
que jamás se habían inventado, para golpear.

El grito “guerra” sólo significaba arrojarse yesos, almohadillas y bolas de papel durante las

horas libres en clase.

Los helados, dulces de leche y vaso de manjar de a un len en los recreos, eran parte de los
alimentos básicos y esenciales en la escuela, apurados, quemándonos la boca, por el toque de
entrada del timbre, pues casi siempre la bebida estaba caliente.

Poder hacer piruetas en la cicle, soltando el timón con los brazos extendidos ante las patojas,
era una proeza y te creías un traidito, o una paradilla con una cicle que no fuera “de coster”, pues yo,
en una de esas, por presumir a una traidita que venía, solté el timón con los brazos abiertos, y que
pasó, una piedrecita hizo virar la llanta y pun, caí, levantándome todo raspado y asariado.
Jugar a la cuarta con tapas apachadas de botellas contra la pared o un poste, era divertido,
principalmente si se apostaban centavos. El mayor negocio del siglo era conseguir cambiar chibolas y
estampillas repetidas por las que hacía tanto tiempo buscabas para completar la colección, así como
las calcomanías de famosos o figuras importantes que salían en los paquetes de dulces y chicles, para
pegarlas en las camisetas con plancha caliente, ejemplo, los boxeadores internacionales de la época:
Joe Louis, Toni Far, Toni Galento, Arturo Godoy etc. O cualquier clase de compra, cambalache o
chanchullos, para conseguir lo que se necesitaba, saliera uno “tirado” o con “ribete”, no importaba.
Cuando jugábamos con cachos de vaca, simulando ser ganado de verdad, apostando quien poseía

más.

Era un gran tesoro encontrar una piedra de vidrio, obsidiana, tiestos y otros minerales,
mientras abrías un hoyo en la tierra o una piedra de rayo en el suelo, que guardabas como reliquia de
lujo y los pedazos de china los considerabas dinero, para hacer compras de mentira.

Cuando jugábamos “patache”, dos bandos, uno se iba a esconder lejos, hasta en la playa del
río o potreros de las aledaños, diciendo: “pin pin”…. y el otro grupo corría a buscarlos en lo más
recóndito de esos lugares hasta encontrarlos, bastaba con ver a uno del bando contrario, para decir,
ganado el patache. Una simpática anécdota de este juego es que, Pacho Saavedra, escogía para
esconder a los de su grupo, en las cochiqueras de su casa, repletas de niguas, mientras él lo hacía en
otro lugar limpio, de donde la mayoría salía infestada hasta la coronilla de esos microscópicos y
molestos animalillos, riéndose el mientras tanto, de los ingenuos patacheros.

Ir al monte en grupo, era una gran aventura, ya sea a carupinear, buscar chununos y
malacates, a tunear con nuestra vara de gancho trípode de plumajillo o de cualquier palo rajado de la
punta a cuatro espigas, separadas con olote amarrado con pita en el medio, sorteando, descalzos, las
espinas de esta sabrosa fruta, sin inmutarnos de los pinchazos cuando nos espinábamos, con el afán

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siempre, de seguir adelante, llenando nuestro canasto o shucuta de esa delicia, porque en casa nos
esperaban para comerlas a buena mañana, después de serenarlas en la noche. Aunque parezca
mentira, habían unos patojos que no le hacían caso a las espinas, pues les bastaba solo restregar sus
pies en el suelo para desprenderlas y seguir adelante. A mi madre le gustaban mucho las tunas y por
ella íbamos con algunos hermanos y compinches a traerlas ahí cerca en el potrero de las burras o al
otro lado del río, en los tunales de ahí y, si había suerte, traer un conejo o pájaros para comer, gusto
exclusivo mío.

Novedoso y emocionante era cuando las casas comerciales o instituciones públicas venían a
dar películas instructivas de dibujos animados o cine mudo como se les llamaba.
Todas estas simples cosas nos hacían felices, no necesitábamos nada más que de una pelota, chibolas,
panitas y un par de amigos con quienes pasarla bien, durante todo el día, esas eran las diversiones en
aquel tiempo, no había violencia. Sin embargo, nos trompaseábamos cuando había una diferencia, si
la ofensa era en clases se sentenciaba: ¡en el recreo o la salida me las pagas..! y no faltaba algún
pícaro mayor, deseoso de hacer pelear llevándosela de árbitro, quién alzando su mano enfrente de
los dos, decía: “el que escupa de primero aquí gana”, para luego bajarla y el escupitajo cayera al otro
y se armara el vergoloteo, pero allí quedaba todo, aún cuando los padres se enteraran, sostenían el

criterio de ser “cosas de patojos”, decían;

Actividades lúdicas y pequeños pleitos sabrosas de evocar. ¿verdad?. Todo el laberinto del día se
soñaba en la noche, a la espera que luego amaneciera para seguir de frente. No cabe duda, que los
juegos de hoy, vienen siendo los mismos pero con marcadas diferencias, derivadas de la aflicción de
la vida actual, por restricción de la libertad, etc.
Ahora si puedes recordar entonces, tus pasados momentos de felicidad y si he logrado que evoques y
sonrías, significa que has tenido una infancia feliz y que todavía te quede dentro algo del niño que
antes fuiste. Así que lee este recuento de cosas y cuéntalas al que necesite un pequeño descanso en
su apretada y agitada vida de adulto y nunca pierdas al niño que llevamos dentro, porque da sentido
a nuestra atribulada vida actual.

AVENTURAS PELIGROSAS. En la adolescencia, fácil es envolverse en hechos que pueden tener
consecuencias negativas, de lo cual, este su servidor, participó en más de algunos de ellos,
sinceramente no por intriga, soberbia o dolo, sino por mera picardía, refiriendo someramente a tres
de las tantas peripecias acontecidas, así:
1. En cierta ocasión, mis parientes y amigos, Clodomiro Gutierrez y Plácido Saavedra, junto a otros
paisanos, me invitaron a ir a la fiesta de Malena, como en efecto lo fue, previo permiso de mi querida
madre, quien me encargó le trajese conservas y alboroto. De regreso, tomamos el tren pasajero, así
se llamaba, de las once horas, en la estación de bandera de el Paso Malena y al poco caminar, no sé
por qué razón paró el tren, momento que yo aproveché para bajarme y tomar los carros de atrás, en
los que ya había cobrado el conductor el pasaje, para evadir naturalmente el pago de su valor, pero
uno de los policías que cuidaban del tren, se dio cuenta y la emprendió contra mí, obligándome fusil
en mano a ir a pagar el pasaje al conductor que ya iba terminando su tarea en el último vagón,
recorriendo como consecuencia todos los carros intermedios, azareado, ante la mirada de multitud
de pasajeros, con mi bolsa de conservas y alboroto al hombro, todo lo cual, motivó la risa
interminable de mis acompañantes y hasta la fecha me lo recuerdan. ¡Qué babosada, verdad!. En otra
vez, fuimos los mismos, pero incluyendo a Yemo Pineda, a lomo de semovientes alquilados, solo

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Clodomiro llevaba su burra, por cierto lenta para caminar, con tan mala suerte que la que
transportaba a Héctor Guillermo, propiedad de Pedro Ruano, se le cayó en el camino uno de los
estribos de la silla de montar, que regresamos a buscar en vano y que tuvo que pagar, o de repente
todavía lo debe.
2. Otra vez, Rubén Casasola, me invitó ir a la misma fiesta, de Malena, salimos a las diez de la mañana
a abordar un transporte la ruta del Atlántico, y llegamos contentos, para disfrutar del ambiente
festivo que se vislumbraba, entramos en una zarabanda, repleta de gente que danzaba al compás de
la marimba Niña Tineca, por un lado y la banda de San Agustín, por el otro; yo eche un vistazo a las
bancas de al lado, que servían de asiento a los asistentes, divisé a una amiga de El Paso de los Jalapas,
alta como yo, de tal manera que hacíamos buena pareja para la pachanga, a quien invité a bailar. En
esas andábamos, barriéndonos de lado a lado, del salón, a cuales mejores, en ameno coloquio como
se acostumbraba, cuando de repente, irrumpió en el local, Pablo Cienfuegos, conocido ganadero de
Lo de china, que vivía en ese entonces, en El Rancho, super pasado de copas, botella de vino en mano,
ofreciendo a cuanto conocidos ahí se encontraban, por no decir, casi obligándolos a tomar un trago a
“boca de jarro” con él, cosa bastante molesta para muchos, y luego, el mismo pistola en mano, se
proponía a hacer relajo en plena parranda, situación que motivó a Miguel Dávila Ortega, su
compañero de mesa en el jolgorio, quienes momentos antes, libaban copas junto a otros
parroquianos, a intervenir para calmar los ánimos de Pablo, cosa que no logró. Entonces, Dávila, se
dirigió a unos guardias civiles que cuidaban de la fiesta, en las proximidades, para reclamarles del
porqué no intervenían para poner orden en la fiesta, viendo ellos el relajo que estaba ocurriendo, les
decía, pero a saber cuál fue la respuesta de los agentes, que también este se enfureció y, pistola
también en mano, la emprendió contra uno de ellos. Se armo una trifulca, en la que estábamos
metidos varios de los presentes, tratando de disuadir a Cienfuegos de su actitud y guardara la
pistola, lo que al final, después de jaloneos entre el grupo, a Dávila, se le fue o disparó adrede un tiro,
que traspasó una de las manos, de uno de los del grupo que lo reflexionaban, quien ya herido
reaccionó colérico, sacó violentamente su escuadra del cinto, y en el acto, en su legítima defensa,
porque aquel quedó todavía en actitud de seguir disparando, acabó con la vida de aquel pobre y buen
hombre, embrutecido por los efectos del alcohol; que conste, que el balazo en la mano o en cualquier
otro lado, hubiera sido para mí, si no es por la oportuna intervención de tía Cona Gutierrez y mi
pariente Licely Morales, quienes me sacaron del tumulto a jalones a como ellas pudieron, y el otro
rijoso Herminio Cienfuegos Pocasangre, quien en mala hora inició el lío, ¡qué!: ileso, parte sin
novedad; momento desagradable que nos obligó a todos los jicareños, que asistíamos a la feria, para
retornar presurosos a casa, bastante condolidos por lo que pasó. Nota: Los nombres de los actores
que aparecen en el presente párrafo, involucrados directa e indirectamente, en el problema, son
ficticios, para no herir susceptibilidades, de repente, de los verdaderos personajes o de sus parientes.
3. En cierta oportunidad, fuimos a Cabañas, creo que a una de sus fiestas, un grupo de chingones
paisanos, entre quienes recuerdo a Héctor Vargas, Rigo Romero, unos amigos de Lodechina, y de
regreso se nos unieron unos amigos de Lodechina, abordamos el tren rápido, de la una de la mañana,
montados los chineños en las plataformas de adelante, porque no tenían dinero para el pasaje, y
resulta que estos trenes, nocturnos, no siempre hacían parada en las estaciones de bandera, máxime
si no venían personas para su destino, como en efecto ocurrió, siguiendo el tren su curso,
circunstancia que aprovecho uno de los muchachos que venían en las afueras, cerca de los pescantes,
donde hacen unión, un vagón con el otro, recuerdo que fue Héctor, para botarle el aire al tren a
efecto de que pudieran bajar los “colados” de Lodechina, abriendo la llave de las mangueras, y este

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frenando y frenando, rechinando las ruedas sobre los rieles, paró intempestivamente, adelante de la
estación de la aldea, momento que aprovecharon aquellos para bajarse rapidito, y la tripulación
enfurecida al darse cuenta de lo ocurrido, la emprendió contra ellos al verlos descender, queriéndoles
hacer clavo, y nosotros jicareños, que habíamos pagado pasaje, bajamos de inmediato, en su apoyo,
alegando que no habían sido ellos, sino un desperfecto del propio tren, y Chepe Rodas, el Conductor,
conocido mío, por ser yo el Secretario de la Municipalidad, al notar mi presencia, después de una
larga discusión, en la que se negaban los hechos, quien indicaba, incluso, que se había cometido un
delito, dijo: Solo porque estas vos aquí, metido en el rollo, pidiendo de buena manera, no hago clavo
y ordenó arrancara de nuevo el tren, pero nos dejó a nosotros allá. ¿Qué bruto, Héctor, verdad?.
PERDIDOS EN EL CERRO. Mi padre Beto Casasola, como se le conocía en el pueblo, era dueño de la
pequeña finca Pila de Moscoso y su anexo el Guayabo, al sur del municipio, colindante con San Pedro
Pinula y la hacienda El Tintero. En cierta ocasión, nos mandó con mis hermanos mayor Randolfo y
menor que yo, Ranulfo, puros chavos, al Guayabo, a recoger unos canastos y costales que habían
servido para el aporreo de la cosecha de frijol, sembrado a medias con Mateo y Julio Ramírez. Salimos
a buena mañana, y en el camino, desobedeciendo la orden dada, dispusimos ir primero a la Pila de
Moscoso, un poco más lejos, pero por mejor camino, más que todo, con el objeto de ir a traer, por
mera galguería, dada la inquietud de patojos, lo que ahí había de cosechaba: elotes, ayotes,
chilacayotes, frijol camagua y algunas frutas. Adelante del Javío, se bifurcan los caminos, dejamos el
de la Quebrada Seca que lleva al Guayabo y continuamos paralelamente al del río Las Ovejas, al
punto del desvío al cerro, para la Pila. Después de más de una hora de caminar cuesta arriba, por
curvas escabrosas en forma de caracol, asesando de cansancio y bien sudados, llegamos al rancho de
Chencho Hicho, guardián de esa finquita, quien junto a su mujer y Tanish, su hijo, nos recibieron
amablemente y nos dieron a tomar cafecito acompañado con ricos ticucos, casi al medio día. La
voracidad nuestra, por la galguería, inquietud y hasta cierto punto picardía que envuelve a la
juventud activa, nos llevó a querer traer de todo lo que había de cosecha en ese momento, siendo así
que cargamos con varios ayotes de los llamados cornetas, que se pueden acoplar bien al cuello o los
hombros, para cargarlos mejor, costal de elotes, costalito de frijol nuevo y hasta un chilacayotón,
bien distribuidos, según la capacidad física de cada uno de nosotros, dejándole menor peso a
Randolfo que no tenía mucha práctica en esos trajines, pues estaba recién venido de la capital, a
donde estudiaba. Pues bien, de la Pila, enfilamos rumbo al Guayabo, destino específico de nuestro
viaje, con el enorme cargamento a cuestas, compenetrados de conocer bien el camino. ¿Pero, qué
pasó?: Cuando atravesábamos por un largo guatal, el camino se ocultaba a cada momento y no
dábamos por donde seguir, debido a los enormes matorrales de la época, recién pasado el invierno,
que lo cubrían en varios trechos y, de repente, lo perdimos totalmente y desorientados continuamos
por vericuetos equivocados de esos que hace el ganado cuanto anda pastando, que nos llevó a unos
zacatales y despeñaderos, perdidos a nuestra suerte en la breña de la montaña, de la cual
resbalábamos, cual pista de patinaje, rodando de un lado para otro con todo y bártulos, en tan
tremendos precipicios, cada vez que intentábamos accionar. Nos lográbamos parar pero lo mismo,
cada vez más para abajo deslizados por la inercia, se nos caían las cosas que traíamos, incluso los
sombreros, las volvíamos a recoger y, va de nuevo, somatadas tras somatadas, llegando al punto de
tener frente a nosotros tupidos bosques y barrancos, sin rumbo conocido y, lo peor, sin los apetecidos
comestibles que traíamos, los cual fuimos dejando tirados a medida de las dificultades que íbamos
encontrando, ya con problemas de la mente y hasta mirando espejismos por el inmenso sol, pues
Randolfo, el más vulnerable, empezó a reclamarme por haber sido el de la idea de ir primero a la Pila,

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haber dicho que conocía bien el camino y la traída del jaracatal de chunches, en tanto yo les hacía
reflexiones de que tuviéramos paciencia que yendo para abajo en las circunstancias que fueren,
teníamos que llegar al bajío y allí sería distinto y nos orientaríamos mejor, pero haciendo caso omiso
de mis palabras, mis dos consanguíneos acompañantes, empezaron a sollozar duro, casi llegando al
llanto, y yo insistiendo, acongojado por supuesto, que no desmayáramos, que siguiéramos adelante,
cuando de repente, oímos el silbido de un tren del ferrocarril en la lejanía, y yo advertí: ¿Ya ven?,
vamos por buena dirección, al norte, y continuando, dentro de esa peripecia, de pronto, al poco
caminar, escuchamos el canto de un gallo, dos veces seguidas, abajo, en una hondonada a la
izquierda, que nos alentó y nos dirigimos ya por tierra firme a ese lugar, ¡oh, pero que sorpresa!,
habíamos caído a la casa de Pedro Macal, en el caserío Los Potrerillos, a donde yo conocía por haber
llegado varias veces anteriormente, precisamente con mi papá a comprar gallos de pelea, y al ladrido
de los pereros, salió don Pedro a recibirnos, a quien contamos nuestra odisea, que lamentó.
Descansamos, tomamos agua y de ahí de regreso por camino seguro y conocido, pasamos por el
Javío, proseguimos hasta llegar al pueblo, siendo casi las seis de la tarde, pero sin los canastos y
costales que eran nuestro primer propósito y sin lo demás que nos habían regalado, como la gran
diabla, toda vez que no pudimos llegar a nuestra meta por la inexperiencia y dejar esparcido todo
nuestro apetecido equipaje a lo largo de los inimaginables recovecos encontrados, dando cuenta a
nuestros padres de la angustiosa situación acontecida, gracias a Dios, sin regaño alguno por lo
inefectivo de nuestra misión, pero sí, con los mimos y lamentos de nuestra querida madre.
DE MIS VIAJES E IMPRESIONES. Por iniciativa propia y del ejercicio de la función pública en los
distintos cargos desempeñados, a lo largo de mi carrera administrativa, tuve la oportunidad de
conocer la mayor parte del país y, totalmente, sus cabeceras departamentales y completos los
departamentos de Santa Rosa, Jalapa y Jutiapa: sus parajes, finca, caseríos, aldeas y cabeceras
municipales, en mi calidad de Delegado Regional de los mismos, que fui del IGSS., así como de viajar
al extranjero y conocer todo Centro América, incluyendo Panamá y Belice, en varias ocasione,
asistiendo en su mayor parte, como funcionario del Ministerio de Trabajo y como Secretario General
del Sindicato de Trabajadores del IGSS., Así: Washington, D.C., Annapolis, capital del Estado de
Virginia, aquí invitado por el guatemalteco Economista y Abogado litigante de USA, Hugo Pérez, en
donde él residía, aprovechando mi estadía en el cercano Washington; Filadelfia, New York, Atlanta,
Noshville, Nashville y Menfis, Houston, San Antonio y Austin, anterior, capital de Texas, todas de
América del Norte. Lima, República de Perú y Bogotá, República de Colombia, de la América del Sur.
Algo especial de esos viajes, fue mi inscripción como alumno de la universidad de York Town, en
Washington D.C., ¿puchis dirán quienes me conocen, hasta donde se fue aquél?, pero no, fue por una
pequeña beca temporal, para recibir un curso de inglés avanzado en la Escuela de Lenguas de esa
entidad, que no terminé por lo corto de la temporada; viajes todos impresionantes, pero
especialmente los de la América del Sur.
De todos esos mis recorridos tengo gratos recuerdos, pero también de inesperados sucesos,
verbigracia, algo que me impresionó fue un viaje que hicimos con mi papá, aún siendo muy joven
todavía, trece años, acompañados de un operario de su pequeña fábrica de telas aquí en el pueblo,
llamado Alfredo Reyes Guillermo, a Salamá Baja Verapaz, con el objeto de conseguir más operarios.
Pues bien, emprendimos el viaje, tomamos el tren del ferrocarril rumbo al El Rancho, en donde se
suponía debíamos tomar un autobús que nos llevara al lugar de destino, pero no ocurrió así, Reyes
Guillermo dijo que él acostumbraba caminar a pié como tantas veces lo había hecho y habiendo
consenso, nos guió por extravíos que ya conocía, dentro de la montaña. Al poco caminar dijo: en esa

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pulpería que está ahí venden un fresco sabroso y pidió tres vasos que empinamos a tesón, tal era la
sed que nos agobiaba, pero resulta que esa bebida no era otra cosa que chicha y siendo la primera
vez que la probaba, me mareó y me hizo sentirme mal; más adelante nos cayó una tormenta y nos
empapamos, tanto de la ropa que llevábamos puesta como la de nuestras maletas, unas se
destiñeron y mancharon mi camisa por la espalda, llegamos a Morazán y en una casa de corredor, de
conocidos de Reyes Guillermo, ahí cenamos tamales y medio dormimos con ropa mojada, yo y mi
papá en una hamaca, lado para cada uno y Alfredo en el suelo en una sábana mojada que tendió. Al
día siguiente, de madrugada, continuamos el viaje, a medio camino, en lo más espeso de la montaña,
nos volvió a llover con fuerte tempestad, que sorteamos debajo de unos enormes árboles de pinos
para no mojarnos mucho, cuando vimos algo que nos conmovió y es que bajo el fuerte aguacero
venia unas procesión de gente, unas mujeres llorando, portando candelas apagadas, era un cortejo,
que acompañaba el cadáver de un niño enrollado en un petate amarrado con lazo de ambos
extremos, al hombro de uno de ellos, solo con la cara medio descubierta, que nosotros curiosos,
vimos bien y nos provocó lástima, y como Reyes Guillermo entendía dialecto, les platicó y le dijeron
que lo llevaban a enterrar en el cementerio cercano, que había muerto en la noche. Como a las 19
horas de ese día, llegamos a la casa de Alfredo, del clan de los Reyes Guillermo de aquel lugar,
cenamos y ahí sí dormimos a nuestras anchas, pero al otro día, después de misión cumplida y de
haber ido yo a ver a mi paisano Ostilio Morales, que estaba de cartero en la oficina de correos de ese
lugar, emprendimos viaje de regreso, solo que en transporte motorizado. La moraleja de este viaje es:
haberlo hecho a pie, el vaso de chicha, la fuerte lluvia en la montaña, haber dormido mal con ropa
mojada, ver el cadáver de ese niño en las condiciones tales y la satisfacción después, de comer,
dormir bien, visitar al amigo paisano y conocer aún siendo niño, parte de mi país.
Otra odisea para contar, es un viaje que hice de la capital, al parcelamiento Los Ángeles, aldea Buenos
Aires, Livingsnton, Izabal, juntamente con mi amigo Javier Montenegro y otro de él, cuyo nombre no
recuerdo, a reconocer una parcela barata que iba a adquirir, pues ellos ya tenían las suyas, de las que
estaba adjudicando el Instituto de Transformación Agraria, en el Cerro San Gil; pues bien, llegamos a
los Ángeles, a la casa del Comisionado Militar, un señor muy atento, solo que armado hasta los
dientes, con quien, luego de ser presentado, platicamos de mi propósito de obtener la parcela,
porque él daba el visto bueno, quien accedió, tal vez le caí bien. Ahí dormimos, en el suelo, sobre
unos costales que nos ofreció, con la disposición de salir de madrugada, al reconocimiento que nos
llevaba, pero es el caso, que esa noche inesperadamente con todo el rigor de la naturaleza, se desató
un interminable tornado o ciclón, con fuerte lluvia, no sé cómo llamarle a ese fenómeno, que nos
mantuvo a la expectativa de lo malo que pudiera ocurrir, por espacio de casi de tres horas, sin poder
dormir, escuchando las ráfagas de truenos y centellazos que se producían, acompañados de
relámpagos que penetraban incesantes las rendijas de la débil choza y los rugidos, parecían, del
resquebrajamiento de la selva, a nuestro alrededor, que provocaba el viento, al máximo de
kilómetros por hora, con estruendos aterradores, nunca visto ni oído, hasta que casi aclarando,
terminó el desastre y digo así, porque al emprender camino a las parcelas de nuestro destino,
montados en caballos, con un guía que nos esperaba, nos encontramos frente a una selva totalmente
desolada, por el derribamiento violento de cientos de frondosos árboles de caoba, marío y otros, que
tapaban el camino en su recorrido, cientos de aves y pájaros muertos, colmenas silvestres
diseminadas por todos lados, cuyos enjambres volaban alocadamente buscando donde prenderse,
pero el guía acostumbrado a estos eventos de la naturaleza, no tan grandes como el presente, decía,
nos alentó para seguir adelante, abriéndonos paso entre los escombros con su filoso machete

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guarisama que llevaba. Ah, pero dijo: aprovechemos, llevemos algo de lo que está botado para
nuestro sustento, siendo así que nos apeamos, llenamos unas bolsas nylon que llevábamos, con
panales de colmenas de varias clases para libar su miel en el camino, unas cuantas palomas, unas
frutillas y hongos silvestres comestibles allí encontradas, para asar y comer a nuestra llegada. Ya en el
puesto, nos alojamos en casa de nuestro guía, me llevó a reconocer mi supuesta parcela, un bosque
virgen tupido de belleza sin igual, con un riachuelo de aguas rumorosas frescas y cristalinas que la
recorría, en donde había jutes grandes, de las ramas de los árboles colgaban micos jugueteando y a lo
lejos se escuchaba los gritos de un animal, que el guía dijo ser mono aullador, con presencia de
muchas aves y pájaros de diversas clases y colores que entonaban melodiosos cantos, volando de
rama en rama. Terminado el reconocimiento de la parcela, de regreso, a medio camino, mató un
pajuil con el rifle que portaba, diciendo que era para el caldo, así como unas palomas grandes, azules,
pero ya en casa había un suculento almuerzo de un tepezcuinte que había llevado el perro, como
obsequio de buen recibimiento, de tal manera que las aves quedaron para la cena, juntamente con
un mico que estaba en salmuera. Y en efecto, así fue, no melindrosos, comimos de esos animales, el
pajuil asado y el mico en caldo, como ellos acostumbraban. En la noche dormimos en el tapanco de la
casa, dormitorio de la familia, preferencia que nos dieron, pues según dijeron, asomaban jaguares por
la noche, como en efecto lo fue, pues en repetidas ocasiones oímos sus rugidos, ellos durmieron en la
parte baja pero con fogón encendido para ahuyentarlos, indicaron. También se escuchaba música en
la lejanía, en el silencio de la noche, que a preguntas formuladas, dijeron ser de las rockolas de Matías
de Gálvez, cerca de allí, en la parte baja, en la bahía de Amatique, hacia el sur. Y al día siguiente, de
madrugada, al norte, en la hondonada, se escuchaba un vocerío incoherente penetrante e
interminable que parecía ronroneo, que dijeron ser de los habitantes ketchíes del parcelamiento San
Marcos, tal vez celosos y a la defensiva, al percatarse de nuestra llegada. Todas las atenciones
recibidas fueron compensadas con la cantidad del bastimento que llevábamos: carnes, jamones,
frutas y verduras que dejamos a nuestros anfitriones locales, pues nosotros comimos solo productos
de la selva. Al día siguiente regresamos a Guatemala y yo, a pesar de las bellezas naturales del lugar,
por lo lejos, opté por no tomar partido, porque no era oportunidad viable, en esos momentos, para
mí, dejando la parcela, pero queda el recuerdo de lo acontecido.
RECUERDOS Y PENSAMIENTOS. Por ser parte de nuestras vivencias, considero interesante abrir el
baúl de los recuerdos, para traer a cuenta algunos hechos y cosas, traducidos unos, en aventuras, que
se graban muchas veces para siempre en la memoria, percibidos en momentos de meditación,
principalmente en la infancia. Me refiero a recuerdos de voces y de acontecimientos que
seguramente nos son propios, por haberlas escuchado repetidamente y compartido con la paisanada
y, que ahora, escribo, consciente de que recordar, es vivir, por ejemplo:
AMANECER EN EL PUEBLO. Nace el día, la noche tibia y tranquila se esfuma, el sueño ha sido
reparador, los murciélagos han dejado de chillar, los tecolotes y lechuzas han callado ya, los geckos
cantores hartos de bichos, se han metido en sus cuevas a descansar, el crepúsculo invade las
montañas del gran cañón, léase las Minas y El Merendón, formando celajes cobrizos a granel, se
vislumbra el amanecer cotidiano, cuando el sol se acerca vigoroso alumbrando, inundando
alegremente el entono con sus claros de luz que penetran las rendijas del tejado, refrescados con la
suave brisa que llega del cercano río, desvaneciendo poco a poco la opacidad nocturnal imperante.
Los pajarillos en los vetustos tamarindos y conacastes de al lado, todavía adormitados, entonan
melodiosos cantos, unos, y otros: los clarineros y sanates, con su interminable algarabía, en ruidoso
revoloteo de calentamiento, antes de alzar el vuelo que los llevará a tierras lejanas, en busca del

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sustento que les da la vidas, sorteando el peligro que les acecha en su camino; todo lo cual, en un
acontecer, que anuncia la presencia de un nuevo día, como lo presagian los gallos con su kikiriki al
despuntar el alba.
El transporte de la madrugada, que va a la capital, con su constante bocinar fastidioso, pero
necesario, por si acaso se pegan las chamarras, alerta a los viajeros, de su partida. Al rato el servicio
local de moto-taxis empieza a funcionar, uno que otro, por allí, para convertirse más tarde en una
zompopera que estorba el camino de los transeúntes. Se inicia entonces el aún moderado tráfico de
la población, pero para atravesar la calle, es preciso echar un vistazo para ambos lados, evitando ser
atropellado, principalmente por los vehículos que van rápido de paso, lo que obligara dentro de poco
tiempo, a instalar semáforos…., ya no es el pueblo tranquilo de antes, hay bullicio por doquier.
Emerge el sol brillante, abriendo con su energía, los pétalos de las flores. Las abejas y mariposas se
posan sobre ellas, para chupar su miel. Una glotona “aguja del diablo”, así llamada la libélula, y un
gorrión, movidos por el instinto de sobrevivencia o la ley del más fuerte, para ser más precisos, las
interrumpen y casi las derrumban, en su arrebato de comilona por la subsistencia.
Cumpliendo tradición ancestral, los vecinos se aprestan al barrido del frente de sus casas, luego de
saludarse, en acto simpático, comentan de una acera a otra, o a media calle, sucesos de actualidad y
alguno que otra habladuría, provistas de escobas hechizas o de fábrica, apoyadas en el suelo por
momentos, a manera de descanso, para unos no importa si se hace polvo, otros riegan agua para
evitarlo, y de vez en cuando, alguien prende fuego en la vía pública, al montoncito de basura de
hojarasca caída de los palos, algo de escondiditas, por aquello de la moda del medio ambiente.
Quienes barren, amablemente responden, como es usual, en señal de efusivo saludo mañanero, los
buenos días de los transeúntes, que van y vienen, en busca de provisiones para el desayuno, porque a
buena mañana hay leche fresca, pan y chicharrones calientes, carne suave de res y pescado fresco del
Motagua, en el barrio la Quebrada, trayendo a cuenta el dicho de que quien madruga no lleva sol. Las
verduras y frutas procedentes de Tobón y Malena, empiezan a llegar al mercado, que ha abierto sus
puertas al público, para luego degustar al rato, en casa, un suculento desayuno típico: chicharrones,
carne asada, tamales, huevitos, frijolitos, cuajada o queso seco, crema o requesón frescos y plátanos
cocinados de alguna forma, con tortillas calientes al canto, acompañados de chilmolito picante, y si se
antoja, un buen pescado frito, según el gusto y la modesta capacidad económica de la familia.
Los labriegos, por su lado, llevando consigo sus aperos de labranza, tecomate y matate al hombro,
repleto de bastimento, incluidas unas memelas y mojonchos, más de alguien silbando o tarareando a
su manera la canción de su simpatía o fumando un cigarrillo, contentos, presurosos, se dirigen al
campo o lugar de trabajo a cumplir las sagradas faenas diarias, algunos arreando sus vacunos para el
ordeño o jalando su cabalgadura o montadados en ellas rumbo al astillero, seguido por su amigo
inseparable el perro, que camina a la par y al paso ligero de su amo.
Y al rato, el bullicio de los niños en las escuelas y los gritos de los maestros, entremezclados, tal
enjambre alborotado de abejas, se escuchan a lo lejos, al son del eco que resuena de los cerros
aledaños, incluidos los ruidos que provoca el ir y venir de los habitantes en general, a prisa, en pos del
trabajo, en un todo un quehacer por la vida.
Unos cuantos jubilados y algunos haraganes, un poco más tarde, se dan cita en lugares de tertulia,
“mini peladeros”, de repente, para comentar las buenas y malas noticias locales y del país, tratando
de resolver los problemas, sin lograrlo, pero más que todo, para pasar el tiempo, sin faltar uno que
otro chisme simpático o chiste caliente de los que hacen reír a mandíbula batiente y sacarle los
“trapos al sol” a alguien que se ha metido en cosas feas o salido de sus casillas.

116

Con ese ritmo consuetudinario de acontecimientos, bulla y comunión de espíritus, se abre brecha la
actividad económica y social de mi pueblo, que constituyen hermosas tradiciones añejas y modernas
formas de convivencia pacífica y casi familiar, cuyas escenas son parte de nuestra idiosincrasia. Y
vienen los recuerdos:
Del mugido (me y mu) de los becerros y vacunos mayores, en los corrales vecinos, en la tranquilidad
de la noche, lo cual, a pesar del sentimiento lastimero que infundían, se sentía como algo agradable,
de bendición, bienestar y de alegría, para unos, y de nostalgia, para otros, como un reflejo de la
apacible vida del campo;
El eco melancólico que resuena en lontananza, producido por el hachazo que parte leña, en punto
desconocido, allá del otro lado de la hondonada o del río, el mismo que provoca el patojo travieso
por curiosidad y diversión con su gritería, a todo pulmón, balbuceando: ah…., oh…, logrando al fin: el
fenómeno acústico buscado”;
Los momentos de emoción que se sentía, de todo un triunfo, cuando se sacaba una shera (iguana) de
la cueva lisa del palo o del órgano y se vigiaba la trampa, puesta al garrobo, con yagual de quesillo, en
los barrancos aledaños, cogidos del cogote para someterlos primero, y después comerlos asados
condimentados con orégano; castrar una colmena silvestre, derribar panales por montón, para
chupar su miel y hasta comer, por hambre o simple travesura, sus capas, fabricadas por las abejas,
como es sabido, de puro estiércol de vaca; atrapar cangrejos y peces en las cuevas de los talpetates
del río, topándonos, de repente, con tremenda culebra enroscada…. son recuerdos imborrables de la
infancia.

Los golpes compasivos del martillazo del carpintero, que cerraba la caja del difunto, rumbo al
cementerio y los lamentos familiares de despedida, hasta con desmayos, en unos de cuyos cortejos,
los acompañantes se disputaban y aun lo hacen, cargar en hombros el féretro, pero en otros
entierros, escasean cargadores, pero así es la vida,… notoriamente desigual.
Del cincelazo monótono del albañil que lo clava en el concreto, en plena faena de construcción, con
sus manos encalladas y rajadas por la cal;
Aunque parezca curioso para las actuales generaciones, el talan…. talan….de la campana de la
antigua capilla evangélica, llamando a prisa a sus fieles para al culto asistir, sin embargo, el toque de
ese instrumento, es ahora, exclusivo de la iglesia católica.
El pausado talan del riel del Altillo (antiguo edificio municipal), dando reglamentariamente la hora,
por el ministril de turno o para hacerlo sonar impetuosamente, en caso de emergencia, de alarma,
como lo fue en muchos incendios y problemas ocurridos, llamando al pueblo a acudir para colaborar
o alguna medida urgente tomar.
El peculiar y melancólico “tam”…. “tam-tam”… del tambor, marcando los lento pasos de los fieles que
cargan en hombros a Jesús, en la procesión del Santo Entierro, el viernes de dolores, en Semana
Santa, cuya anda se hamaquea a buen ritmo, en el camino adornado de alfombras multicolores, que
en simpática competencia, de cuál es la mejor, obsequian tradicionalmente los devotos feligreses
vecinos, que se desvelan y no dejan dormir con su chachalaqueo, a los de adentro, en la víspera.
Tormentas crueles, a veces con lluvia, rayos, relámpagos y truenos estrepitosos de miedo a granel,
con agradable olor a tierra mojada, y ya pasado el fenómeno, en la quietud de la noche, se oye el
rugir del Motagua, avisando como de costumbre, su enorme crecida, que arrasa cultivos de las vegas
y huertas de la playa, para luego en calma, en la madrugada sonriente de sol, multitud de lugareños,
aprovechando la turbia, con canastos, atarrayas y garrotes, ponen manos a la obra, a fin, de peces
para la suculenta comida atrapar;

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Los vibrantes pitidos del gorgorito de la policía, que patrullaba de noche la población, imponiendo
con ello, orden y respeto y, la partida en plena huida, de la patojada, pasada las 9 de la noche, a
refugiarse en sus casas, porque la hora de vagancia había terminado;
Los tristes débiles truenos que se escuchan en el firmamento, al inicio y/o despedida del invierno,
como lo eran, los silbidos a la partida del tren o ferrocarril, pero también de alegría a su llegada,
especialmente los llamados rápidos y de pasajeros, que provocaban alboroto de la gente que bajaba y
subía y de los mirones que se congregaban y los de carga y fruteros, verlos pasar con su ruido
característico;

El murmullo del Motagua en el tibio amanecer, y del chorro de la pila o del llena cántaros público,
último aquietado por el bullicio de la tertulia de la gente, que esperaba turno de llenado, denotando
alegría por la abundancia del bendito y permanente líquido, en aquel entonces;
Las voces y ruidos estridentes de las vecindades, con el manipuleo de trastos, palanganas y galones,
entremezclados con las palmadas tronadoras con eco, de las féminas en la cocina, elaborando las
sabrosas tortilla o memelas de maíz nuevo, salidas del comal, o cogidas del bucul calientitas, para
devorarlas con chicharrón o pedazo de queso en medio, o hechas mamacho para calmar el hambre
del niño que llorando pedía y, para calmar la sed y bajar los bocadillos, la apetecida guacalada de
agua “chigua” o “chiva”, llenada del tol de al lado, en donde moja sus manos la tortillera;
Los quedos y pausados sonidos de pulcras gotas de agua, que caen del filtro de piedra pómez, al
cántaro de barro, colgado de la viga o guardado en su escaparate, en la cocina o el comedor de la
casa, que por monótono se convierte en penetrante ruido que fastidia, en momentos de insomnio o
de meditación, en la larga noche, y los recuerdos que quedan de beberla fresca en el guacal, de la
pichinga cuando se iba a la escuela o a boca de tecomate con tapón de/y de olor a olote, compartido
con los compinches, allá en el campo. Oh, que agradable.
El repentino zumbido de la flama del leño que arde en la hornilla de la cocina, presagiando según la
creencia popular, visitas al hogar. Y la savia espumosa que expele el tizón sarazo en la hoguera, es
buena aplicación en el ombligo del niño, que aún se orina en la cama, receta de medicina casera de la
abuelita, advierte con precisión el ama de casa.
Los trascendentes y agradables olores por las mañanas, de la fritura de los chicharrones y la
horneada del pan con chamiza de “ronrón”, esparcidos en el ambiente, despertando el apetito de los
moradores y, para algunos adictos, las “botanas” para los trinquis del medio día disfrutar;
La pilas de nuestra casa, repleta casi siempre, de distintos peces del Motagua, por diversión y para el
consumo, provocando de repente la muerte, por ahogamiento, recuerdo, de un gato que quiso de
noche cazarlos y cayó al agua sin poder salir.
Los interminables sonidos musicales en competencia, de los chiquirines para atraer a las hembras,
conocidas como chicharras o cigarras, en pleno sol ardiente de verano, implorando la llegada del agua
de invierno, en su raro proceso de vida y efímera existencia.
Las luciérnagas o curcayes, en su ambiente invernal, alumbrando con sus ojos saltones reflectores,
las calle del poblado o del mundo desolado, en la obscuridad de la noche, que agarrábamos por
curiosidad para con ellos jugar, pero ¡cuidado!: deja en las manos unas partículas finas como polvillo
que infectan los ojos, igual que los papalotes.
El monótono y ofensivo cri-cri de los grillos en larga noche de insomnio, en lo más recóndito del
rincón y quicio de la puerta, pero de día calladitos, haciendo trizas nuestra ropa, igual que las
tijerillas;

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Las milenarias y repugnantes cucarachas, en aquellos tiempos, carcomiendo y contaminando cuando
alimento encontraban a su paso, de los que, ni los que se aseguraban en el yagual colgante se
salvaban.

Las pulgas abundaban en la serranía, en casas que mantenían perros, porque en el bajío, son raros
estos insectos, que gustan de climas frescos, lo mismo que la mostacilla, especie de ácaro en
miniatura, que se prende en la vestimenta de los caminantes y cazadores en la campiña, dejadas
venir de lo alto de la maleza para caer sobre el cuerpo, como cae el polen de las flores;
Las multicolores mariposas, en grupo o solitarias, hollando las riberas de los manantiales y charcas de
invierno, para saciar la sed, con sus finas antenas detectoras a la expectativa, o surcando el viento en
busca del néctar de las flores en su efímera existencia, arriesgando ser perseguida por más de un
patojo travieso, varejón en mano, para aplastarlas y acabar con ellas; y los papalotes negras que
penetran en las casas y se posan en determinado lugar, son presagio de que alguien pariente va
fallecer, según el común de la gente popular.
el “kikiriki” de los gallos en el amanecer, anunciando un nuevo día, el cacareo de las gallinas antes de
poner el huevo y del pío…. pío…. de las crías porque tienen fío, hambre o pidiendo no sé qué;
El perro, celoso guardián, cuando ladra en voz triste y prolongada, como el aullido del lobo, con la
mirada fija hacia la luna y las estrellas rebosantes de luz, en la noche diáfana, es porque el can está
viendo cosas raras del más allá y fantasmas ocultas para el ser humano, según la superstición
popular;

El maullido insistente del gato en el comedor, exigiendo comida, arañando con sus manos al
comensal y, de noche, correteando por el tejado, en plena caza o en celo, coqueteando al de sexo
opuesto para preservar la especie;
El relincho y rebuzno de las caballerías en el patio de las casas, prestas siempre a ser útiles, a la
espera de ser ensilladas o aparejadas para partir; los burros de Andrés Lários, Plácido Hicho, Toñito
Páiz, Oscar Gutierrez y las mulas de Pedro Ruano, los caballos flacos de Nefta, cargados de leña todos
los días, activando la voz de contentos, de haber regresado a su caballeriza, apresuradas por
deshacerse del aparejo y carga que les atormentaba, y por la comilona de tuzas y zacate fresco, que
les esperaba;

El “peretete o peterete”, pariente del “pijije” de doña Lola Castillo, allá en el billar, junto otros que
por temporadas merodeaban por el Motagua, alegraban con la bulla de su raros sonidos de alerta,
por las noches, celoso por la presencia de algo extraño en su territorio, o de sus dueños, a manera de
guardián, alejando a los intrusos en bravía acometida, picotazo tras picotazo.
El croar de las ranas, en alegre sinfonía de amor, en la penumbra de la noche, se escuchaba, allí
cerquita en las riberas del río y en la desaparecida “usha” de al lado del pueblo, como algo agradable
que animaba el espíritu, para pensar en la naturaleza;
El martillear estrepitoso del pájaro carpintero, comúnmente llamado cheje, horadando con su filoso
pico de marfil, en el grueso árbol, el agujero que ocuparía por nido, y para sacar gusanos de sus
entrañas y devorarlos como apetitoso alimento;
El alboroto interminables de los sanates y clarineros, en el anochecer, antes de dormir, celebrando
locos de contento, su regreso sin novedad de tierras lejanas, posesionados en la maraña escogida
como dormitorio favorito, en los árboles adyacentes y, en la madrugada, la misma gritería, listos para
enfrentar nueva faena de lucha por la subsistencia, sumándose sus románticos cantos de clarín, en
época de celo;

119

La “espumuy” en la lejanía, haciendo honor a su nombre, con su canto y, la “torcaza”, trepada en los
tunos, comiendo la deliciosa fruta, con su trino característico de interpretación popular, casi de
palabras, de: “muchachos que tienen calentura, calentura…” y, las “güiras”, en bandada, de un lado
para otro en los llanos, zumbando sus alas en busca de su alimento, pero en la noche, tales pajaritos,
dormiditas en los “lengua de vaca”, son fácil presa de los traviesos que honda en mano, y demás
depredadores, las persiguen.
La tortolita canta su: cu…cu…cu… y luego truena sus alas al viento, al mínimo asomo del peligro que
intuye, para luego volver, dejando mientras tanto, su nido y sus huevos a merced de depredadores
que la acechan;
El cenzontle o “chancaguera”, alegrando el entorno con su canto y sus brincos de rama en rama
devorando cuanta fruta e insectos encuentran a su paso;
La urraca bullanguera agitando de contenta su penacho de plumas, allá subida en el árbol, la que
según la creencia popular, por su gritería, por la Virgen María, maldecida fue;
La alharaca del “pishturillo o “chepillo”, con sus gritos de “Cristo fue”…”Cristo fue”, anunciando buen
augurio de que: “carta o buenas noticias llegaran”, pronostica el agorero;
Del cotorreo del loro, que no para de repetir las buenas y malas palabras, que de su amo aprendió;
las pericas y los quenques cavando en medio del bullicio que les caracteriza, sus cuevas en los
barrancos y después haciendo de las suyas con las frutas del lugar;
Igual el torobojo, con su vistoso plumaje, como el quetzal, altivo con el sube y baja de su vuelo,
recorre la campiña, para luego a su regreso, guarecerse en su cueva del barranco o del tronco del
madero, que a ha robado;
El gorrión, provisto de esfuerzo y energía, sostenido en el aire, en punto fijo, bate sus alas, chupando
el almíbar de las flores, como lo hacen las abejas en primavera, y el ronrón upayero, zumbando por
doquier, expuesto a ser capturado por algún “ishchoco” travieso, para hacerlo volar, como juguete,
con hilo atado de sus patas;
Y la “shara” allá en el cerro, orgullosa de su ambiente y de su vistoso colorido, defendiendo con sus
gritos su territorio, expuesta, si se descuida, a un tiro de guata de cazador furtivo;
La chorcha multicolor y bullanguera, desde su nido, colgado en las ramas más altas o más bajas del
árbol, presagiando el tiempo que por instinto avizora, de fuertes o calmados vientos, da de comer a
sus crías engulléndoles el pico para que succionen su alimento y, a los astutos pájaros roba nidos que
asoman, con sus alaridos, previene: que en propiedad privada, es prohibido entrar;
Los “torditos”, nada es ver a estos pequeños pajaritos con su alegres silbidos y su color negro rígido,
pero en su empeño de comilona, devora milperías por entero, extrayendo los granos sembrados, a tal
extremo el perjuicio, que existe una ley retrógrada que ordena su exterminio, contrario a su pariente
feo, el “pijuy”, qué en su afán de limpieza sanitaria, es amigo de la ganadería;
El novedoso paso de los azacuanes, dos veces al año, surcando en bandada el cielo gris, en singular
espectáculo de organizado, lento vuelo, en formación paralela o en fila india, provocando de repente,
alboroto en el espacio, formando círculo, revoloteando en vistoso jugueteo, para observar o husmear
algo, anunciando con su hazaña y extraños graznidos, cambio de tiempo, decían los abuelos;
El guajo o guaco que aparecía de repente en nuestros bosques cercanos al río, ave grande que
encaramado en los palos, daba gritos escuchados a lo lejos, que llamaban la atención de los curiosos
por algún presagio, bueno o malo;

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El gavilán en raudo vuelo de regreso, rompiendo el aire desde las alturas, caza a su presa, -la
serpiente más grande y venenosa-, con sus fuertes garras afiladas de acero, elevándose de nuevo, a
lugar seguro del peñasco, para devorarla tranquilamente sin piedad;
El quebrantahuesos, que lleva consigo huesos de la carroña, a considerable altura, dejándolos caer
para romperlos y luego en partículas engullirlas fácilmente.
Y porqué no recordar a los repugnantes zopilotes, de negativa fama universal, que desde las alturas,
confundidos entre nubes grises, con su ropaje negro azabache, alegran el firmamento en pleno vuelo,
en multitudinaria reunión, avistan la carroña y al bajar a tierra en ruidosa picada, cumplen su noble
misión de: “limpia mundos”;
La “chiguita”, saltando de rama en rama, haciendo gala de sus chillidos y aún de cuerpo diminuto, se
la lleva de grandeza;
Las abejas de las colmenas “shurullas” y “los cushushos”, al castrar sus enjambres, se enredan en el
pelo de los humanos usurpadores y las de los panales, al derribarlos, dejan “puspa” la cara a
piquetazos. Las más crueles y bravías las de “culo de chucho” y las de “peruleros”, también las
“chorocanas” y los “guitarron”, pero compensado todo, con la rica miel que se les roba;
La vieja “guaca” de doña Olivia, oculta siempre en el quicio de las puertas, hacia la calle, se
abalanzaba en frenética arremetida sobre la gente que pasaba, amenazando con morder, infundiendo
temor, que obligaba a usar la otra acera a los transeúntes; pero es que la muchachada, también la
molestaba y la dueña, no digamos, por el estilo, se enojaba y maltrataba en su defensa.
Las inofensivas lagartijas: moríshcas y polvorines, porque: las -iguanas de agua, “tilishtumpes”,
“talconetes”, “florecías” y garrobos-, se acabaron, correteando por las hojarascas de los llanos,
queriéndose aparear, para preservar la especie, hartándose de nocivos bichos, en beneficio de la
agricultura, pero a merced, de sus depredadores más atroces, el hombre en primero lugar,
responsable de su exterminio, para venderlas como mascotas o matarlas honda en mano, por pura
picardía o para llevarlas de comida al gato.
Los “surupes”, guarecidos bajo las cáscaras gruesas despegadas de los árboles secos o podridos, a la
zaga de los insectos de su predilección, para devorarlos, igual que las arañas con sus trampas
mortales y curiosas formas de vida.
Y qué decir de las termitas, llamadas también “comején”, en sus bien fabricadas “porras”, en lo alto
de los palos o en los barrancos, que al ser abandonadas, después de arduo trabajo, tal vez debido a su
peor enemigo, las hormigas, son usurpadas por pericas, garrobos o una colmena de cushusho.
Y, hasta percepciones de miedo, que se apoderan de la mente, cuando se escucha el canto del
tecolote y de la lechuza, en las tinieblas de la noche, en señal de mal presagio, porque: ¿“alguien va
morir ahora”?, comentan los supersticiosos o como alguien dijo: “cuando el tecolote canta, el indio
muere”, y del “tapa caminos”, que asusta, fastidia y obstaculiza el paso; y qué decir de los

murciélagos, que hacían suya las moradas de la gente, perturbando con sus incursiones, la quietud
del sueño y, como represalia, los “patojos” traviesos al apresarlos, los ponían a fumar como castigo;
animal invasivo este, los “chupa cabras” en ciernes, que desde su existencia, maltratan a las
gallináceas, perforándoles el ano, en sanguinaria acometida, para succionar su sangre;
Los alegres chapuzones, zafados de casa, la pesca en cualquiera de sus formas y las apuestas de cruzar
a nado el caudaloso río Motagua, cuan crecido pudiese estar, en atrevida hazaña, eran prácticas
comunes de traviesos, sin escapar las bocanadas de agua recibidas a punto de ahogarse;
La encaramada peligrosa a los cocoteros de la vega de los “cocos”, a robar sus deliciosos frutos, al
encuentro inesperado de tremenda víbora, enroscada en el cogollo, al acecho del intruso, desafiante,

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en actitud de ataque, con la lengua viperina en rápidos movimientos de advertencia; deslizado por
ello el intrépido, al instante, como un haz de luz, de regreso, con el sístole y diástole alterados, el
pecho desollado, las piernas en interminable tembladera y, lo peor, sin el botín planificado.
Nuestra manera de ser de ishchoco traviesos, al limpiarnos la boca con las mangas de la camisa,
cuando mangos y tunas comíamos, así como la nariz llena de mocos, desafiando los regaños de
nuestras queridas mamacitas y de la gente adulta.
Las subidas y tiradas de los trenes a toda velocidad, cuando disponíamos dar un colazo, sin advertir el
peligro, apostando quien se tiraba con mayor velocidad y más lejos con el riesgo de un accidente y
hasta de perder la vida con las consiguientes revolcadas, de repente.
En fin, concluyo todo ese laberinto interminable de pensamientos y cosas, que ocurren, y que dejo
hasta aquí, porque sería la de no terminar; hechos todos, reflejados en el concierto de voces y cosas
de poesía, que nos ofrece la madre naturaleza, que perduran en la mente, amenizados con la
expresión canora de cuantos animalitos descritos, son parte de nuestra fauna, tradiciones, color e
historia que nos pertenecen, todo lo cual agradables o tristes, es digno de evocar, con reflexión de lo
bueno y malo, acontecidos.
Recorridos de mi niñez de los que me siento orgulloso, principalmente por mi origen de provinciano,
identificado plenamente con su entorno, al haber escudriñado en buena medida: sus vericuetos,
cuevas la de las “lechuzas” de arena rojiza para lavar trastos, por ejemplo, quebradas, barrancos,
lomas, cerros, bosques, potreros, riachuelos, parajes, pescar y nadar en el río Motagua, encaramarme
en los árboles más grandes y a veces espinosos, víctima de peligrosos insectos como arañas,
alacranes, ciempiés, hormigas, abejas y mosquitos, comejenes y perros bravíos. Comer maranshanas,
pacayas de palmo, chununos, malacates, carupines, cinco negritos, panecillos, upayes, capulines,
frutas de galero y de Jaguay, carne o núcleo de los coyoles y almendras, semillas y tallos de
chichicaste pelado, pepitas de conacaste asadas, hojas de jocote con sal, suchillo de colmenas
silvestres, beber agua de nacimientos en el campo, en canutos de tallos huecos, a veces estancada y a
falta de tecomate, en la copa del sombrero, así como agua de cepas o mamón de guineos sacada con
estacas y comer asada la popocha, en fin, de todo aquello que llamaba a la curiosidad del patojo
inquieto, travieso, “pata de chucho” y perspicaz, para saber del porqué de las cosas, fui, como pocos
jicareños lo han hecho, naturalmente, en compañía de otros traviesos de mi camada, de lo cual
disfruté y algunas veces sufrí, pero me encuentro satisfecho, viviendo de esos recuerdos.
CASO CURIOSO. Andrés Larios, del barrio Vista Bella, tenía una recua de burros para prestar pequeño
servicio de transporte de carga, acarreo y venta de leña, pero además, prestaba el de apareo, es
decir, alquilaba sus burros machos como sementales, para preñar burras o yeguas que le llevaban de
todas partes, para el logro de crías de mulas o mulos o machos de burra con garañón, previo pago de
honorarios, recuerdo Q.5.00 el “salto” o coito. Pero lo curioso del caso era que, cuando no estaba el
jefe de casa o sus hijos varones, Maco o Nancho. para no dejar ir la paga, pues eran pobres, el servicio
era supervisado por la hija del dueño, una niña, si a caso, de trece años, quien con la mayor inocencia,
sin la menor malicia, ignorando el tabú de las cosas, conducían con el interesado, los animales a un
lugar apartado de la población, apropiado y discreto, o sea, un pequeño barranco con hondonada
abajo, para facilitar que el macho se encaramara en la pareja y luego como parte del trabajo,
aprendido por supuesto, a manera de ayudita, le agarraba ella con naturalidad infantil, el pene al
burro, ya dispuesto, para ponerlo en dirección de la vulva de la hembra, para facilitar la copula a
perfección, quedándole como consecuencia las manos embadurnadas del sebo y semen del semental,
a la intrépida muchacha, obligándose a simplemente restregarse con un trapo que llevaba, cuya faena

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prohibida por la ley, se imponía ante la necesidad económica familiar, pues para ella, eso era un
simple quehacer. Contrario a esa ingenuidad, habían un grupo de adolecentes que, enterados del
asunto, se prestaban para ir detrás a observar el espectáculo, con morbo y travesura, el nene Paz, uno
de ellos. ¿Increíble, verdad?.

REFLEXIONES. I) No oséis jamás mofarte de la vejez de tus semejantes, ni siquiera lo intentes o
pienses, porque ya fallaste. Ten presente que la vejez, consecuencia de la vida misma, como la
muerte, es inevitable, rígida, nadie la escapa por mandato divino, ni los científicos, brujerías, ni zares
poderosos, ni humanos algunos connotados del universo, pues tarde o temprano se tiene que llegar a
ese estado de cosas y, por ende, como ser vulnerable a la naturaleza misma, tu vas por el mismo
camino y, óyelo bien: tal vez más marcado por el destino o fenómeno mismo, de a quienes criticáis, y
de repente, con una vejez prematura, aun siendo relativamente joven, en años todavía, y pobre de
conciencia como los hay muchos. Posibilidad muy susceptible de darse, en razón de que, la
humanidad cada día que pasa, se va deteriorando, por las circunstancias propias de la naturaleza y la
actualidad que se vive y, principalmente, porque los viejos de ahora, jóvenes fuertes de ayer,
disfrutaron de una vida mejor, cuando el medio ambiente era sano, puro y la comida “chatarra”
desconocida. Dentro de ese contexto, es de reconocer, que son esos personajes los creadores de la
historia y en términos generales, por la simiente que han sembrado y la experiencia adquirida, de una
u otra manera, directa o indirectamente, también son forjadores del futuro de nuevas generaciones,
como la tuya. Antes bien, por tales dones de la naturaleza, debéis de estarle agradecidos y
honrarlos. Desechad la perversidad desde temprana edad, desde tu primer pensamiento en ella, si
fuere el caso, si queréis llegar a ser adulto mayor de bien, apreciado y admirado, digno del respeto
de los demás, y detente expresar, cosas que se refieran negativamente a ellos, menospreciándolos,
porque ellos son los hacedores del ayer, del presente y parte del futuro, porque el resto de este
último, te corresponde forjarlo a ti, máxime que tales pensamientos y expresiones, solo refleja
cortedad de espíritu y del intelecto. Nunca digas ese “viejo tal por cual” o “a mí no me gusta estar
entre viejos, porque es aburrido” o cualesquiera frases despectivas. Claro está, que no en todos los
instantes de la vida, se puede ni se debe alternar con adultos mayores o viceversa, pero en muchos
casos sí, especialmente en los familiares y sociales. Guárdate entonces, esos epítetos y, si tan
fastidioso te resulta, retírate del escenario calladamente, sin alharacas, pero ten seguro, que no
aprenderás nada positivo del momento que buscas con los de tu clase o generación, porque solo
pasaras el rato jodiendo y perderás el tiempo sin aprender algo importante. Si sientes animadversión
por los viejos, estás renegando de tus progenitores y de tu propio devenir por adelantado, pues has
de entender que por el mismo sendero te conduce la naturaleza, tal vez ciego por falta de experiencia
y de conciencia, al no haberte codeado con los viejos de hoy, jóvenes fuerte de ayer. Pudiese ser, que
el hecho de no condescender con adultos mayores, evidencie psicológicamente rasgos personales de
interiores de inferioridad, porque tú subconsciente advierte que mucho te falta de lo que a ellos
sobra, quizás porque de niño te metieron animadversión contra ellos, cuando te decían: ¡cuidado, ahí
viene el viejo¡, en forma despectiva para asustarte. Reflexiona patojo, ya te acordarás cuando seas
viejo achacoso o como dice una canción “te acordarás de mí”.

2) No critiquéis negativamente las obras o acciones de otros, a simple vista o por conjeturas, cuyos
conceptos ignoras, no entiendes o no tienes conciencia de ellas, si no eres tú, capaz de hacer
positivamente lo mismo, con el consiguiente riesgo, de no ser así, de caer fácilmente en el plano del

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egoísmo y la envidia, al criticar simplemente por criticar, subestimando injustamente al prójimo,
cuando sería mejor usar la prudencia, callando…. Y es más, dejad que otros desarrollen su libre
albedrío y reconoced sus méritos, aun cuando se resienta tu ego, porque como dijo Napoleón: “ la
envidia es signo y una declaración de inferioridad”, que debéis corregir a tiempo, antes que te tilden
de tan nefasta porquería, porque pudiera ser, que ya seáis ampliamente conocido en el medio, como
tal, sin que tu lo adviertas, tal vez por tu incipiente inteligencia, pues según se nota, nada te parece
de los demás, sin que tú hagas algo positivo que te haga sobresalir o desvirtuar siquiera, tu posición
negativa en el tema, frente a ellos. La crítica sana y constructiva es buena, la simple murmuración es
denigrante y cruel. El hecho de ser “copetón” o hijo de tal, no te da cabida para considerarte superior
a los demás, máxime si no te da el ceso para equipararte culturalmente a ellos, y de ahí, tu
vocinglería para negar lo bueno de tus congéneres, porque la envidia brota sobre manera como
veneno, cual serpiente ponzoñosa, que antes de dañar al injustamente criticado, te daña a ti mismo y
si persistes en tu empecinamiento, ya sea por egoísmo o por ingenuidad, puedes entrar en el abismo
de la perversidad. No solo los de casta privilegiada pueden hacer cosas buenas, también los humildes
y a veces mejor, abre tu mente y se sincero contigo mismo.
CAPITULO IX
FIESTAS TITULARES
DE LA CABECERA MUNICIPAL. Ésta se viene celebrando oficialmente, en la cabecera municipal, desde
el año 1923, cuando se comprendió la importancia que revestían los eventos sociales, económicos y
culturales, la diversión y regocijo del conglomerado, así como de las ventajas de las transacciones
comerciales, el acercamiento social de unos y otros pueblos circunvecinos, a fin de calmar el
aburrimiento y compensar en algo las penas del diario vivir, aún cuando de hecho, esta celebridad
deviene desde los inicios de El Jícaro, como caserío o aldea, bajo la influencia del curato de
Acasaguastlán. Su origen es de carácter religioso, la Pascua, en honor del patrono Niño Dios. Fue
solicitada su autorización, por la Municipalidad que presidía el dinámico Venancio Morales Marín, la
que se concedió conforme acuerdo gubernativo de fecha 20 de diciembre del año citado, del paisano
presidente José María Orellana, y comprendía los días 23, 24,25 y 26 de diciembre de cada año, pero
posteriormente, la Municipalidad del año 1956, de la que era alcalde Abraham Rodas Ruiz, tomando
en cuenta ciertos aspectos de interés para el pueblo, dispuso solicitar al ejecutivo la celebración de
dicha festividad, dentro de los días comprendidos del 20 al 26 de diciembre, la que fue autorizada por
acuerdo gubernativo de fecha 6 de junio de 1956, pero esta disposición no dio los buenos resultados
esperados, pues la costumbre se impuso, volviéndose a celebrar del 23 al 26, como estaba
reglamentada anteriormente, a la que asisten regular número de parroquianos y visitantes de los
pueblos circunvecinos de todas las clase sociales, comerciantes, aficionados a ritualidades religiosa y
a todos los gustos, lo mismo que todos los conterráneos residentes fuera del lar nativo para
compartir la alegría que revisten los actos festivos, con rasgos muy peculiares y distintivos que
enaltecen el terruño, que se enumeran a continuación.
El campo de la feria, improvisado como de costumbre en la calle principal, en la víspera, ya luce
iluminado convenientemente adornado con hojas de palma real, vejigas y flecos multicolores por
doquier. Ahí se instalan ordenadamente en ambos lados, champas y pequeños restaurantes, en
donde se encuentra toda clase de viandas y bebidas propias del evento, incluyendo los tradicionales
tamales, garnachas, conservas y los famosos ponches, mezclado con un chorrito de ron, respecto de
lo cual no faltará alguien chistoso que al comprar uno de estos últimos, le salga decir: “mejor démelo
sin ponche”, en alusión al aderezo ofrecido como complemento; combinado todo, con el olor al pino

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esparcido, de las frituras y frutas que se sienten en el ambiente. Por la madrugada, fácil es encontrar,
en una de esas enramadas, más de un marrano siendo destazado, para paladear los calientitos
chicharrones salidos al instante del perol o un buen trozo de carne fresca asada al gusto, con
chilmolito de tomates y chiltepes, con tortillas calientes saliditas del comal, acompañado, para los
adictos, de los respectivos capírulazos, si se desea, degustando otras sabrosas boquitas, las orejas del
coche soasadas, si se apetece, en el propio lugar de los hechos, en el meritito matadero, como es
tradicional. Al medio día, es frecuente el caldo de gallina criolla o de chumpipe, para quitar los
resabios de la parranda de la noche anterior y si alguien prefiere un suculento estofado o picadillo de
chivo, allí cerquita lo encontrara. Varios años la feria se celebró en el campo de Buenos Aires, pero no
dio buenos resultados, pues las gentes de abajo no subían a compartir.
CONCENTRACIÓN. El movimiento de la fiesta llena las calles y plaza de parroquianos y visitantes, así
como las canchas de fut y básquetbol, a donde acuden los fanáticos de estas ramas del deporte, a
divertirse a lo grande y a ver al equipo de su predilección, sin faltar las divertidas quinielas que son
comunes entre algunos aficionados en la materia. Las demás distracciones son: loterías, palo
ensebado, argollas, tiro al blanco, carreras de cintas y de encostalados, corridas de toros, jaripeos,
juegos mecánicos e infantiles y otros juegos análogos, fuegos artificiales, zarabandas, etc., incluidos
los conjuntos musicales de moda, ahora; en cierta época el famoso palo ensebado acuático en la poza
del zarco y carrera de cintas, al compás de la música ejecutada por la banda de San Agustín
Acasaguastlán, que se hacía presente al acto. Los triunfadores en los diversos juegos de competencia
eran galardonados con sendos regalos por la señorita Flor de la Feria o su Majestad la Reina, según el
caso, diversiones que aún se realizan.
ORGANIZACIÓN. Las actividades festivas, se rigen por medio de un comité denominado “Pro-fiesta
titular”, debidamente autorizado para la colecta pública, compuesto por gente honrada y dinámicos
que las autoridades locales organizan con cinco y más meses de anticipación. El acto más
sobresaliente de la feria, últimamente lo constituye la coronación de su majestad, la Reina, a quien
con su bella corte de lindas damiselas aplauden cientos de súbditos, dando más colorido a la
festividad pueblerina. Los bailes sociales que regularmente son dos, de inauguración y clausura, los
amenizan marimbas de la ciudad capital, a los que no hace mucho tiempo, por costumbre, se exigía
presentarse con traje formal, no como ahora que es libre el vestuario, no fachudo, por supuesto.
MELODIA “NAVIDAD JICAREÑA”. Para uno de los bailes sociales de la feria de 1958, el Comité de
Festejos presidido por el Alcalde Abrahán Rodas Ruíz, quien esto escribe, como Secretario, con el
acompañamiento de distinguidos paisanos en la capital, como subcomité, entre quienes recuerdo a
Guillermo Pineda, Chente Orellana, Adán de León, Guto Orellana y otros dinámicos paisanos que
escapan a mi memoria, contrató, por sugerencia de estos últimos, a la famosa marimba “Alma de
Guatemala” que nos privilegió como especial obsequio para el pueblo, una alegre melodía a ritmo de
6x8, bautizada en esos precisos momentos, entre la algarabía reinante, por aclamación, con el

nombre de “Navidad Jicareña”, en homenaje a la feria que se celebraba, inspiración que fue del

compositor e integrante del elenco Ranferí Estrada, la que lamentablemente no fue posible grabar
para su perpetuación, quedando con el tiempo, su música, perdida en el olvido; sin embargo, el
maestro Valeriano Pérez, la tiene grabada en su pensamiento y sería conveniente traerla a cuenta,
dentro de su repertorio de música actual para conocimiento y deleite de la paisanada; época aquella.
pletórica de sanas intenciones, en la que muchos jóvenes se involucraron activamente en la vida
social del pueblo, para darle lustre y situarlo a la altura de las circunstancias culturales del momento,
claro está, como los hay muchos ahora y los habrá por generaciones venideras, gracias al espíritu

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emprendedor, por abolengo, de sus moradores. La reina de la feria ese año fue Elisa Paz Carranza y
señorita deporte Marilú Casasola y sus caballeros para el baile de gala César Cordón Flores y quien
esto escribe, respectivamente. Otras marimbas de la capital que veían a alegrar las fiestas eran la
“Ideal”, ”Belquis”, “Gallito”, “Maderas que Cantan”, “Reina Tineca”, de San Agustín y la ”Ondina”, de
Sanarate, marimba esta última de estructura de metal caracterizada por sus ritmos bastante movidos,
calientes decía la gente, que daban sabor y pimienta a la movida, cuyas zarabandas se instalaban en
un salón de la casona de Rogelio Casasola, con llenos casi completos durante los días de la feria,
complementada con instrumentos de viento y xilófono.
EXPOSICIONES. Eran otras de las actividades importantes de la feria, en las cuales se exhibían los
principales productos del municipio, tanto agrícolas como artesanales, que se instalaban en la planta
baja del antiguo edificio municipal, escuelas o en casas particulares grandes de la localidad y, a veces,
estas se extendían a la ganadería, en la vía pública, para promover la compra y venta de esos
vacunos, lo cual le daba más presencia al evento, concediéndose premios a los mejores expositores.
ARCOS. También llamaba la atención de propios y extraños, los arcos coloridos que se construían con
tal motivo, en varios puntos de la calle principal, a efecto de dar la bienvenida a los visitantes,
convenientemente adornados con flecos, frutas y productos agrícolas propios del municipio.
EL ACTO ESPECIAL. La noche del 24, buen número del pueblo se da cita en la iglesia parroquial, entre
el olor a incienso, pino y manzanilla, para presenciar jubilosamente, el advenimiento del Niño Dios,
patrón de la fiesta, que yace en el centro del nacimiento especialmente ornamentado, celebrándolo
con el estallido cohetillos, bombas pirotécnicas, convertido todo en un show interminable de luces de
colores, en el que no faltan las estrellitas encendidas y agraciados farolitos a manos de la patojada,
que grita jubilosamente a los cuatro vientos; le siguen rezos, cantos, bullicio de pitos y por último,
llevase a cabo imponente procesión anunciando el grandioso acontecimiento, acompasado con la
agradable música del “tucuticutu”, “tucuticutu” producido por la percusión de caparazones de
tortugas disecadas y el frenético meneo de las matracas, ejecutadas por diestros voluntarios.
Y luego en el campo de la feria, el famoso “torito de fuego”, cargado por un intrépido vecino, de los
que no faltan y se ofrecen para esos evento, correteando en zigzag, buscando cornear a los
transeúntes que deambulan por la fiesta, con su descarga de cohetes y canchinflines que lo
complementan, que hacen correr despavoridos con sus estrépitos a los más valientes, que intentan
refugiarse en las champas de al lado, convertido el momento en un divertido alboroto de gentes. Una
costumbre arraigada de muchos años lo es, que una mayoría de gente, media hora antes, abandona
la fiesta para dirigirse a su casa a esperar las 24 horas de ese día para celebrar en casa, en familia, ese
acontecimiento con el tradicional tamal y chocolate de “Noche Buena” y el acostumbrado abrazo de
paz y tranquilidad, lo mismo para año nuevo para desearse todos la mejor de la suerte en el año que
empieza. Las iglesias protestantes lo celebran conforme a sus ritos religiosos, pero en otro día, por la
discrepancia que existe respecto al día de nacimiento de Jesús.
LA NUEVA ONDA. A la fiestas actuales, hay que agregarles la presencia de música denominada
psicodélica, de conjuntos, la disco o de la nueva onda u ola, como popularmente le llaman algunos,
con bocinas y demás aparatos de alto volumen, que ya traen impreso el compás o armonía de la pieza
musical, estridente, enfocada la pista de baile, con alucinantes luces multicolores, que por su
monotonía y molestos destellos, ofusca y desespera a la gente de ánimo normal, la cual va
sustituyendo lamentablemente, a la marimba pura, la orquesta y otra clase de música tradicional.
¿Para qué?: para bailar sueltos o despegado, mascando chicle las mujeres, a toda velocidad, haciendo
muecas y ademanes ambos, a lo mudo, sin romanticismo alguno, con riesgo, de repente, de perder a

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la pareja en tan tremendo relajo y oscuridad, mientras que otros lo hacen casi estáticos, el uno frente
al otro, moviendo solo las manos y piernas, en el mismo puesto, sin cambiar de lugar y en conclusión,
sin ningún sentido. Bailar de lejos no es bailar, es como bailar solo, como locos, pero es su gusto y su
gana, a la moda y no viejadas, dicen los inmiscuidos del purrun. Sin embargo, las nuevas tendencias
del baile, la música y la moda en general, que llegan por transculturización, son dinámicas, cíclicas, se
imponen, penetran, se repiten y por lo tanto deben aceptarse y respetarse.
ANÉCDOTA. En una de las tantas ferias pasadas, no recuerdo el año, ocurrió algo inesperado, un
accidente involuntario, en el momento en que las Reinas de la feria y sus damas de honor, así como la
del deporte, eran transportadas a los campos deportivos en Buenos Aires, a cumplir su cometido, en
un carretón bien adornado halado por un tractor agrícola manejado por su propietario César Riley, en
la subida a dicho barrio, ya para alcanzar el plan, en plena marcha, se zafó del perno que lo sujetaba
al tractor, yéndose descontrolado, de regreso, hacia abajo, con las reinas y su séquito a bordo, el cual,
a media bajada, al hacer tope con la pared de un barranco, volcó ante la mirada atónita y gritería del
público que les acompañaba, incluyéndome, de suerte que no hubo mayor desgracia que lamentar,
salvo la enterrada de cuerpos de las bellezas, quienes ilesas pero asustadas, se levantaban, entre
sollozos, sacudiendo el polvo recogido, de sus lindas caras y delicados trajes de hadas, recordando
entre ellas a Alicia Orellana y Lidia España, situación que por fortuna no entorpeció el ritmo festivo.
FIESTAS RURALES. La mayoría de aldeas celebran también su fiesta tradicional, en El Paso de los
jalapas tiene efecto con motivo del día de la Santa Cruz, el 3 de mayo; Espíritu Santo el día de Todos
los Santos durante los días 31 de octubre l y 2 de noviembre, autorizada por acuerdo gubernativo de
fecha 8 de marzo de 1947; Las Ovejas para el Sábado de Gloria; los Bordos de Barillas, celebra la
Virgen María el 3l de mayo; Lodechina Virgen del Rosario l8 a 2l de octubre; Santa Rosalía el 3 de
septiembre en honor de la Virgen de ese nombre y Las Anonas la Virgen de Guadalupe el l2 de
diciembre y así sucesivamente, siendo muy alegres y concurridas. Tanto la fiesta de la cabecera, como
de las aldeas, son amenizadas por conjuntos musicales locales y de afuera, así como por las bandas
de música civil de San Agustín Acasaguastlán y El Progreso, algunas veces, cuando están disponibles.
Una anécdota respecto a las bandas, cuenta que cuando los músicos estaban en plena acción
interpretando su músicas, patojos traviesos llegaban a posarse enfrente de ellos chupando limón o
comiendo mangos tiernos para provocarles salivación, “hacerles agua la boca” y obstaculizar su
trabajo, hasta que la autoridad llegaba, a su solicitud, a retirarlos del escenario.
TEXTOS SOBRE LA FIESTA. Precisamente, con ocasión de una de esas fiestas, quien escribe este libro,
se permitió, si se quiere como un incentivo y homenaje a la misma, pero a la vez, como propaganda,
publicar, de mis chispazos, en su oportunidad, el siguiente texto:
“Cual un hilo de plata que en su recorrido por el oriente de nuestro país enlazara constelaciones de
estrellas, así el rumoroso Motagua baña con sus adormecidas aguas a multitud de risueñas
poblaciones bajo el sol tropical.
Difícil tarea sería en realidad, la que aguardaría a un jurado encargado de dictaminar cuál de estas
poblaciones es la más bella, la más comercial o la de más amable clima, ya que cada una de ellas
posee sus propias virtudes.
Pero, existe una –no la más grande ni la más pequeña-, que en su modestia de sencilla cabecera
municipal, atesora belleza de paisaje; nobles virtudes de valor y espíritu progresista en sus hijos;
lozanía física y abnegación en sus mujeres.
Presumimos que al leer estas palabras, algunos de nuestros amables lectores dejarán juguetear por
sus labios una sonrisa de incredulidad… Sin embargo, estamos convencidos de que quienes hayan

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tenido la dichosa oportunidad de visitar o vivir en el pintoresco como histórico municipio de El Jícaro,
departamento de El Progreso, nos darán la razón.
Y al darnos la razón, también estarán de acuerdo con nosotros al afirmar que su fiesta titular a
celebrarse del 23 al 26 de diciembre en curso, es una de las más alegres e imponentes de la República.
En efecto: durante ese lapso armónico de fiesta, acuden al hospitalario poblado multitud de
comerciantes en pos de ventajosas transacciones comerciales y especialmente de ganado y de los
famosos sombreros de hilama que hábiles manos obreras tejen dedicados por ancestro a esta rama
de nuestra industria. En un ambiente pletórico de música de marimbas, bandas y el estruendo de
bombas y cohetillos se desarrolla la festividad, la muchachada alegre demuestra su afición deportiva
haciéndose presente en las canchas de fut y basquetbol al presenciar los partidos entre equipos
locales y visitantes que constituyen actos sobresalientes de la fiesta.
Durante las noches, bellas mujeres que nos visitan y las nativas del lugar hacen ostentación de sus
nunca bien cantados atributos físicos, asistiendo a los salones de baile, y en ese ambiente
embriagador, al ritmo dulzón de la marímba, entremezclado al arrullo del Motagua, se inician
amistades y se comparte todo en un ambiente embriagador.
En las soleadas mañanas luminosas resulta de un atractivo sin par, máxime para el hombre hastiado
de lo mecánico y el automatismo de la vida moderna, ponerse en íntimo contacto con la naturaleza, y
bañarse en las aguas límpidas y frescas del majestuoso y legendario río, otrora navegado por
bucaneros de épocas de leyenda y de románticas hazañas. Los actos religiosos son parte esencial de la
fiesta; también las chinamas y juegos mecánicos. Con tan grato motivo, la Municipalidad y comité de
festejos, tienen el honor de invitar muy atentamente a turistas, comerciantes y público en general,
para que contribuyendo al progreso de Guatemala, se sirvan concurrir a dichas festividades que como
ya se dijo, tendrán lugar durante los días 23 al 26 de diciembre en curso, tomando en cuenta que las
fiestas constituyen factor fundamental para el engrandecimiento de los pueblos. El Jícaro, diciembre

de 1963”.

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