Pasos en el Bosque

Erzengel

Prefacio En la frontera entre el mundo humano y el nuestro

En uno de los tantos bosques boreales que componen la Taiga Canadiense, cerca de un pequeño y perdido pueblo, mi grupo y yo cuidamos la vida misma. A diario intentamos proteger la flora y fauna de los ataques humanos y defender también a los humanos de seres mucho más peligrosos que ellos mismos… Porque nuestro principal deber es muy importante: en el bosque, desde hace milenios, encerramos y destruimos a seres malignos y poderosos. ¿A dónde va cada gota de odio que desprenden las personas cuando envidian algo, se enojan o pelean con otros? ¿Qué ocurre con toda la maldad destilada por la humanidad desde sus orígenes? Ese mal puede seguir dos caminos: el primero, el más común, es aquél en el cual las buenas acciones y energías positivas lo purifican todo. El segundo camino, menos frecuente, lleva a que esa maldad tome forma, creando seres malignos: los Demons, bestias que afectan a los humanos aunque éstos no los vean. Estos seres impulsan, a su vez, a que se despierte aún más el odio y la envidia en las personas, generan peleas entre familiares o amigos. Con un simple roce promueven tragedias… …tragedias que generan mucha energía oscura, energía que los Demons absorben y con la cual se nutren y crecen. Por eso mismo, solemos referirnos a ellos como los “Oscuros”. Nosotros existimos inicialmente para cuidar al mundo de los errores de los humanos, para preservarlo para las futuras generaciones. Pero cuando los humanos empezaron a caminar por este mundo y dieron lugar a los sentimientos, descubrimos que ciertos males como la envidia, el rencor y el odio generaban bestias destructoras… Ahora es nuestra prioridad evitar que los Demons crezcan, debemos encontrarlos en cuanto nacen, darles caza y destruirlos. No estamos solos. En todo el mundo muchos grupos como el nuestro trabajan para evitar que los Demons hagan colapsar las sociedades. Y mientras desatamos batallas diarias, en una guerra que comenzó hace milenios y en la que hemos ganado terreno así como perdido (y con muchas bajas), los humanos existen ajenos al mayor peligro que jamás podrían enfrentar… Quienes nos conocen nos llaman Protectores, nosotros nos consideramos Guardianes…

Elián

El tiempo parece haberse detenido. Hace décadas, siglos, que espero, que aguardo su regreso y da la impresión de que el mismo tiempo no quiere colaborar conmigo. Lo sé bien. Yo soy responsable de esto, del punto al que llegó mi existencia. Me pidió que la acompañara, que lo dejara todo y emprendiera un nuevo sendero a su lado, pero no lo hice, no fui capaz de abandonar lo que soy y dejar en manos de otros mis responsabilidades. Permití que se fuera, sabiendo (creyendo) que algún día volvería a mí. Nunca imaginé que iba a pesar tanto esta espera, este letargo en que me sumergí hace demasiado tiempo… Y sé bien que no me recuerda, que todavía no ha despertado en su interior la necesidad de regresar. En algún momento deberá hacerlo. Es parte de lo que es, de su propia naturaleza, el volver a este lugar…

Capítulo 1 Cuando los viejos recuerdos despiertan

Suspiré. “Ya no soporto esta monotonía”, pensé una vez más. Hace tres meses que mi vida se recluye en esta habitación, en este hospital. Cuidando de una frágil muchacha cuyos pensamientos deambulan en los mares de la inconsciencia, veo pasar los días unos tras otros... Sí, cuido de ella incluso hasta el límite mismo del cansancio, porque soy consciente que debo cumplir también con mis responsabilidades. Y todavía no reacciona. Tres meses observándola dormir, en un estado de coma que ni los médicos entienden o pueden explicar. Tres meses desesperándome al no poder ayudarla, destrozándome al verla así, en ese sueño del que me siento responsable. He visto una y otra vez a los especialistas haciéndole exámenes. Los médicos dicen que su cuerpo y su sistema nervioso están en perfecto estado, no hay lesiones, traumatismos… no hay razón para que siga ahí, en ese sueño oscuro. Sobrevivió al accidente con apenas rasguños, pero no despierta. Alguien, una vez, dijo algo sobre un mecanismo de defensa del organismo, “se recluye dentro de sí misma para escapar de la escena que vivió”, esa fue su explicación. Su condición es estable, pero no mejora. Esta espera parece eterna… Para el pueblo, el accidente fue algo triste y doloroso: una madrugada, cinco adolescentes y el padre de uno de ellos volvían de sus vacaciones en una camioneta. Desde lo profundo del bosque apareció corriendo un venado que se detuvo en mitad de la carretera, el hombre intentó esquivar al animal, la camioneta derrapó en la acera helada y volcó dando tumbos. El chofer y una de las chicas que iba en el asiento delantero pudieron salir del vehículo, arrastrándose entre los escombros, y llegar a zona segura; pero los cuatro restantes fallecieron cuando la camioneta explotó mientras intentaban escapar. El chofer volvió a su ciudad natal luego de que le dieran el alta; la chica, en cambio, nunca reaccionó. La encontraron inconsciente y no lograron reanimarla. Hace tres meses que está en la cama que tengo enfrente. Tres meses, aunque me parecen tres milenios. La eternidad debe ser más breve que esto… Nadie sabe dónde está su familia, ni dónde vive, qué edad tiene exactamente o cuál es su apellido. Sólo se sabe su nombre: Alexis. El tiempo pasa. Esta espera me agota, me desarma. Pero va a despertar, eso lo sé bien. Y prometí aguardar a que eso ocurra. Prometí ayudar. Por eso estoy en este sitio.

Arthur, (mi padre para la gente del pueblo), era quien manejaba la camioneta aquella funesta noche: mi “hermano” Derek fue uno de los adolescentes que perdió su vida por aquel entonces, o al menos, ésa es la historia que cuento… Para no comprometerme, solo he dado mi nombre: Víctor. Cada día paso varias horas cuidando y atendiendo el letargo de Alexis… “Los chicos me van a matar si sigo pendiente de ella y los dejo de lado”, pensé, “pero no falta mucho, puedo sentirlo”. El transcurso de los minutos parece más lento, si acaso es posible, ante la expectativa de lo que va a pasar. Es de noche, restan aún bastantes horas para que despunte la mañana… <<Reuen, Bakan, ¿están por aquí?>>, pensé. Usábamos ese medio de comunicación para que los humanos no nos escucharan. <<Sí, yo estoy en la cafetería del hospital y Reuen está afuera, entre los árboles del bosque que rodea el edificio>>, respondió Bakan. <<Bien, entonces si no les molesta tomen guardia. Necesito salir>> <<Pero… >>, Bakan dudaba. <<No se preocupen, regresaré antes del amanecer. Estaré aquí cuando despierte>> <<Está bien, está bien. No te preocupes, nosotros estaremos cuidando de Alexis. Ve y haz lo que tengas que hacer>>, repuso Bakan. <<Gracias>> Salí rápido del hospital y empecé a caminar en dirección hacia las montañas. A mis espaldas, un lobo aulló a la luna desde lo oscuro del bosque. <<Sí, Reuen, sé que estás de Vigía esta noche y también sé que estos días he estado muy raro… pero todo va a cambiar pronto, ella despertará…>> Otro aullido se elevó en la oscuridad. <<Ya veremos qué ocurre cuando despierte… Bien, me voy. Regresaré tan pronto como pueda…>> <<Imagino que al despertar le dirás cuánto la amas y cuán importante es para ti...>>, pensó Reuen, dejando de lado los aullidos. Me detuve en seco. <<Reuen, ¿qué te hace pensar eso?>>, pregunté sorprendido. <<Elián, todos hemos visto cómo la cuidas y yo sé que prometiste esperarla. Vamos, debes dejar salir a flote tus sentimientos...>> <<No, no lo haré>>, repuse tratando de no perder la calma, <<Soy responsable de todos y cada uno de ustedes. No pueden mis sentimientos pesar o importar más que la seguridad del grupo o el bien de los humanos que viven en estas tierras>> Reuen bufó. <<Tienes que dejar de sentirte culpable. No fue tu culpa, entiéndelo. Hiciste lo que creías mejor. Por favor, date una oportunidad>>

Negué con la cabeza. <<Mira, eres tú el que no entiende. Antes de pensar en mí, debo pensar en ustedes. Sólo cuando todo esté resuelto, cuando todo regrese a la normalidad, hablaré con Naimé y le diré lo que siento...>> <<¿Y si eso tarda años en ocurrir?>>, cuestionó Reuen molesto con mi actitud. <<Pueden pasar centurias... Yo no hablaré hasta no solucionar todo... Y ahora, por favor, quiero tomar aire...>>, respondí enojándome a mi turno con el joven Guardián. Hizo silencio. Luego, simplemente, un último aullido, a lo lejos, sonó como despedida. Una fina lluvia comenzó a descender desde el oscuro cielo. Me gustaba caminar cuando llovía, sentía que podía liberarme de todo y tan solo caminar, mientras la lluvia me empapaba y se llevaba consigo todas mis preocupaciones. Pero hoy no sería posible escapar de mis problemas, demasiado tiempo había esperado para enfrentarlos… En cuestión de horas despertaría al mundo alguien muy importante. Su pérdida, aunque fuese temporal, había provocado una herida siempre sangrante en mi pecho: hasta que no despertase, hasta no verla sana y salva, saludable como solía serlo, hasta ese entonces, una parte de mi vida continuaría derramándose por esa herida que cargaba en secreto. Las palabras de Reuen habían despertado viejos recuerdos, memorias de un suceso que había ocurrido décadas atrás… cuando una tarde de otoño, descubrí el rastro de un Oscuro en pleno bosque. Un ser diminuto y de bajo poder. Su tamaño me impedía destruirlo completamente si lo enfrentaba. Sus partículas permanecerían luego de mi ataque y llevaría mucho tiempo limpiar su poder negativo. Decidí dejarlo ir, apostando Vigías para controlar que no creciera demasiado y aguardando el momento adecuado para darle muerte. De algún modo, por distintas cuestiones, los meses transcurrieron y tanto mis compañeros como yo olvidamos a ese pequeño Demon atendiendo a otros de mayor poder y peligrosidad. Cuando ubicamos de nuevo a esa criatura, su poder era arrasador. Había devorado a otros Demons y su tamaño y fuerzas eran ahora descomunales. Él quería luchar... Nos declaró la guerra, pues sabía que yo era el Protector más antiguo de la zona y quería gozar al proclamarse como el primer Oscuro en matar un líder de grupo. Pensaba cantar su victoria sobre el grupo y, principalmente, sobre mí. Luchamos contra él y allí comenzó esta tortura: todos los males del mundo se volcaron sobre mí cuando ella se convirtió en víctima del Demon. Fui un inútil... Tendría que haber sido capaz de salvarla, tendría que haber previsto lo que ocurrió, tendría que haber evitado todo, tendría que ser yo quien estuviese en esa cama, entregado a un sueño intranquilo y oscuro… A veces podía sentir que el mundo mismo se desmoronaba y que yo caía a la par, que mi alma se desmenuzaba en milimétricas partes causándome un dolor infinito.

Nadie me acusaba, lo sabía bien. Todos pensaban que no era algo de lo cual debía responsabilizarme, pero yo no lo veía así. Yo tendría que haber sido capaz… Cerré mis puños con la suficiente fuerza como para herirme. El Jefe Guardián que todos creían experto y poderoso, capaz de luchar días completos sin resultar cansado… ese Jefe que el grupo amaba y defendía por sobre todo, era en verdad un Guardián de lo más débil. Era débil al extremo cuando consideraba los peligros que afrontaba el equipo y aceptaba mi escasa habilidad para cuidar de todos a la vez. Naimé era la perfecta demostración de mis limitaciones a la hora de proteger a mis compañeros de batalla. Cualquier humano me hubiera acusado de sentimental, protector, paternal… existían variados nombres para lo que, yo sabía bien, era mi fatal debilidad. Nunca había perdido a ningún Protector en batalla o ataque de ningún tipo. Naimé era la primera. No me sentía con el poder suficiente para ser superior a los demás. No lo era en verdad. Un Guardián más, así me veía. Sabía bien que no debía estar lamentándome. Tenía que asirme de esa debilidad y destruirla, volverme fuerte para protegerla la próxima vez. Porque habría una próxima vez, eso era seguro, y yo estaría para cuidar de ella, luchando a su lado. Suspiré mirando el oscuro cielo. Un silencio total inundó mis pensamientos, ese silencio que solo surgía cuando aceptaba esperar, cuando entendía que todo era cuestión de tiempo, que no estaba en mis manos el futuro. Debía esperar, todavía aún más… Pero el silencio era bueno. Al menos durante los lapsus de mudez mental, la herida de mi pecho sangraba menos porque no me taladraba con pensamientos de culpa ni recuerdos oscuros. Así, en silencio, permanecí con la mirada perdida en la nada misma. La lluvia cesó a medida que las horas transcurrían. Se hizo el momento de regresar. Suspiré una vez más y emprendí el retorno hacia el hospital.

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