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4 TeorIa Computacional de La Mente

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TEORÍA COMPUTACIONAL DE LA MENTE

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Teoría computacional de la mente

La teoría computacional de la mente (TCM) sostiene que la mente es un ordenador digital: un dispositivo de estados discretos que almacena representaciones simbólicas y que las manipula mediante reglas sintácticas; asimismo, sostiene que los pensamientos son representaciones mentales —más específicamente, representaciones simbólicas en un LENGUAJE DEL
PENSAMIENTO;

y que los procesos mentales son secuencias causales guiadas por las

propiedades sintácticas, y no las semánticas, de los símbolos. Putnam (1975) fue quizás el primero en articular la TCM, teoría que ha encontrado muchos defensores, siendo los más influyentes Fodor (1975, 1981, 1987, 1990, 1993) y Pylyshyn (1980, 1984). Los defensores de la TCM ven la teoría como una prolongación de la idea más antigua de que el pensamiento es REPRESENTACIÓN MENTAL —una prolongación que nos muestra cómo un compromiso con los estados mentales puede ser compatible con un enfoque causal de los procesos mentales y con un compromiso con el materialismo y la generalidad de la física. Las variedades más antiguas del representacionalismo eran incapaces de explicar cómo los procesos mentales podían ser semánticamente coherentes —cómo los pensamientos se podían seguir el uno del otro de una manera apropiada a sus significados, siendo al mismo tiempo procesos causales genuinos que no dependieran de un homúnculo interno que entendiera el significado de las representaciones. Sin embargo, usando la formalización y los ordenadores digitales podemos explicar cómo ocurre esto. La formalización nos muestra cómo conectar la semántica con la sintaxis. Para cualquier sistema de símbolos formalizable, es posible desarrollar un conjunto de reglas derivacionales formales, basadas enteramente en propiedades sintácticas, que dé cabida a todas las inferencias permisibles basadas en aspectos semánticos y sólo a ellas. Los ordenadores nos muestran cómo conectar la sintaxis con la

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causación. Para cualquier sistema formal finito, es posible construir un ordenador digital que automatice las derivaciones de tal sistema. De este modo, la formalización y la computación, tomadas conjuntamente, nos muestran cómo conectar la semántica con la causación en un sistema material como es el ordenador digital: se diseña un conjunto de reglas sintácticas que “sigan la pista” a las propiedades semánticas de los símbolos (esto es, se formaliza el sistema), y luego se implementan estas reglas en el ordenador. El que los ordenadores sean sistemas puramente físicos nos muestra que un sistema puramente físico puede llevar a cabo inferencias simbólicas que respeten la semántica de los símbolos sin recurrir a un homúnculo o a cualquier otro agente no físico. Las propiedades sintácticas son los determinantes causales del razonamiento, la sintaxis “sigue la pista” a la semántica, y las propiedades sintácticas pueden ser implementadas en un sistema físico. La TCM ha sido promocionada tanto por su relación con el éxito de la investigación en ciencia cognitiva como por su promesa de dar solución a los problemas filosóficos. El principal argumento a favor de la hipótesis del lenguaje del pensamiento y de la TCM ha sido el argumento de que es “el único juego del lugar”: las teorías cognitivas del lenguaje, el aprendizaje y otros fenómenos psicológicos son las únicas teorías viables de las que disponemos, y estas teorías presuponen un sistema representacional interno. Por consiguiente, tenemos ya de entrada un compromiso prima facie con la existencia de un sistema representacional de ese tipo (Fodor, 1975). Algunos autores han afirmado que la TCM también explica la INTENCIONALIDAD de los estados mentales y que reconcilia el mentalismo con el materialismo. El significado y la intencionalidad de los estados mentales son “heredados” de los significados y la intencionalidad de los símbolos del “mentalés” (Fodor, 1981). Y dado que los símbolos, portadores últimos de las propiedades semánticas y de la intencionalidad, pueden a la vez poseer significado y ser objetos físicos, no hay siquiera ni la menor sombra de conflicto entre el compromiso con la semántica y la intencionalidad y el

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compromiso con el materialismo. Por último, la TCM ha servido para explicar el poder generativo y creativo del pensamiento que resulta de la COMPOSICIONALIDAD del lenguaje del pensamiento. La lingüística chomskiana nos muestra cómo se puede generar un número infinito de oraciones posibles a partir de un número finito de unidades léxicas atómicas, estructuras sintácticas y reglas transformacionales. Si la base del pensamiento es un lenguaje simbólico, estos mismos recursos pueden ser directamente aplicados para explicar la composicionalidad del pensamiento. A pesar de que la TCM fue ganando aceptación durante los años setenta y ochenta, ha sido criticada desde entonces desde diferentes frentes. En primer lugar, se ha puesto en duda la premisa empírica de ser “el único juego del lugar”, debido al redescubrimiento por parte de los filósofos, a finales de los años ochenta, de enfoques alternativos de modelización psicológica, representados por las REDES NEURONALES y los sistemas dinámicos adaptativos. La cuestión fundamental que ha impulsado el debate filosófico sobre las redes neuronales y el conexionismo ha sido la de si sus modelos de los fenómenos psicológicos son alternativas viables a los modelos basados en reglas y representaciones. En segundo lugar, pensadores tales como Dreyfus (1972, 1992) y Winograd y Flores (1986) han afirmado que gran parte del pensamiento y la conducta humanos no puede ser reducida a reglas explícitas, y por lo tanto no puede ser formalizada o reducida a un programa de ordenador. Por consiguiente, aun cuando la TCM diga algo significativo acerca de las partes de la cognición humana que pueden ser formalizadas, hay grandes porciones de la vida mental humana acerca de las cuales no puede decir nada. Dreyfus y otros han intentando argumentar que entre ellas se encuentra todo el conocimiento experto y habilidades tan simples como saber conducir un coche o hacer el pedido en un restaurante. Un tercer tipo de crítica se ha dirigido al uso que hace la TCM del significado de los símbolos para explicar la semántica del pensamiento, aduciendo que dicho significado se

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deriva de la intencionalidad del pensamiento, bien causalmente (Searle, 1980; Haugeland, 1978; Sayre, 1986) o bien conceptualmente (Horst, 1996). De este modo, el intento de explicar la intencionalidad apelando a símbolos es circular y regresivo. Searle (1990) y Horst (1996) han llevado esta línea argumental un poco más allá, afirmando que las “representaciones” en los ordenadores no son ni siquiera simbólicas ni sintácticas por derecho propio, sino que poseen tales propiedades en virtud de las intenciones y convenciones de las personas que usan los ordenadores: una máquina digital que no esté conectada a nuestras prácticas interpretativas tiene una “sintaxis” sólo en el sentido metafórico de esta palabra. La versión de Horst de esta crítica también da lugar a un argumento contra la reivindicación de reconciliar el mentalismo con el materialismo: lo que los ordenadores digitales nos enseñan es cómo conectar el significado simbólico cargado de convenciones con la CAUSACIÓN mediante una sintaxis cargada de convenciones, y no cómo conectar el sentido de “significado” que se atribuye a los estados mentales con la causación. Un cuarto tipo de crítica procede de los defensores de las teorías externistas del significado. Durante muchos años, los defensores de la TCM tendieron también a ser defensores de un “solipsismo metodológico” (Fodor, 1981) o INDIVIDUALISMO, que sostenía que la caracterización de los estados mentales debía ser insensible a rasgos externos al sujeto cognoscitivo, porque los procesos computacionales que determinan el pensamiento tienen acceso sólo a representaciones mentales. Al mismo tiempo, la TCM requería que la caracterización de los estados mentales reflejara sus propiedades semánticas. Estos dos compromisos considerados conjuntamente parecían ser incompatibles con las teorías externistas del contenido, que sostienen que los significados de muchos términos están por lo menos parcialmente determinados por factores que se encuentran fuera del sujeto cognoscitivo, tales como su entorno físico (Putnam, 1975) y lingüístico (Burge, 1979, 1986). Esto fue usado por algunos externistas (p. ej., Baker, 1987) como argumento contra el

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computacionalismo, y fue usado por lo menos una vez por Fodor (1980) como razón para rechazar el externismo. Sin embargo, algunos computacionalistas, incluyendo a Fodor (1993), han abrazado recientemente estrategias para reconciliar las teorías computacionales de los procesos mentales con las teorías externistas del significado de mentales. Véanse también
COMPUTACIÓN Y CEREBRO; CONEXIONISMO, CUESTIONES

las representaciones

FILOSÓFICAS; CONTENIDO ESTRECHO; FUNCIONALISMO; HABITACIÓN CHINA, ARGUMENTO DE LA; REGLAS Y REPRESENTACIONES

—Steven Horst

Referencias bibliográficas

Baker, L. R. (1987). Saving Belief: A Critique of Physicalism. Princeton: Princeton University Press. Burge, T. (1979). Individualism and the mental. En P. French, T. Euhling, y H. Wettstein, Eds., Studies in Epistemology, Midwest Studies in Philosophy, vol. 4. Minneapolis: University of Minnesota Press. Burge, T. (1986). Individualism and psychology. Philosophical Review 95(1): 3–45. Dreyfus, H. (1972). What Computers Can’t Do. Nueva York: Harper and Row. Dreyfus, H. (1992). What Computers Still Can’t Do. Cambridge, MA: MIT Press. Fodor, J. (1975). The Language of Thought. Nueva York: Crowell. [El lenguaje del pensamiento, Madrid, Alianza, 1985.] Fodor, J. (1980). Methodological solipsism considered as a research strategy in cognitive science. Behavioral and Brain Sciences 3: 63–73. Fodor, J. (1981). Representations. Cambridge, MA: MIT Press. Fodor, J. (1987). Psychosemantics. Cambridge, MA: MIT Press. [Psicosemántica, Madrid, Tecnos, 1994.] Fodor, J. (1990). A Theory of Content and Other Essays. Cambridge, MA: MIT Press. Fodor, J. (1993). The Elm and the Expert. Cambridge, MA: MIT Press. [El olmo y el experto, Barcelona, Paidós, 1997.]

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Lecturas complementarias

Cummins, R. (1989). Meaning and Mental Representation. Cambridge, MA: MIT Press. Garfield, J. (1988). Belief in Psychology: A Study in the Ontology of Mind. Cambridge, MA: MIT Press. Newell, A., y H. Simon. (1975). Computer science as empirical inquiry. (1975 Turing Lecture.) Reimpreso en J. Haugeland, Ed., Mind Design. Cambridge, MA: MIT Press, 1981, pp. 35–66. Putnam, H. (1960). Minds and machines. En S. Hook, Ed., Dimensions of Mind. Nueva York: New York University Press, pp. 138–164. Putnam, H. (1961). Brains and behavior. Reimpreso en Ned Block, Ed., Readings in Philosophy of Psychology.

TEORÍA COMPUTACIONAL DE LA MENTE Cambridge, MA: Harvard University Press, 1980, pp. 24–36.

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Putnam, H. (1967). The nature of mental states. En W. H. Capitan y D. D. Merrill, Eds., Art, Mind and Religion. Pittsburgh: University of Pittsburgh Press. Reimpreso en Ned Block, Ed., Readings in Philosophy of Psychology. Cambridge, MA: Harvard University Press, 1980, pp. 223–231. Rumelhart, D. E., J. McClelland, y the PDP Research Group. (1986). Parallel Distributed Processing: Explorations in the Microstructure of Cognition. Cambridge, MA: MIT Press. [Introducción al Procesamiento Distribuido en Paralelo, Alianza, Madrid, 1992.] Sayre, K. (1987). Cognitive science and the problem of semantic content. Synthèse 70: 247–269. Smolensky, P. (1988). The proper treatment of Connectionism. Behavioral and Brain Sciences 11(1): 1–74.

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