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EL VIAJE DE ALFARO

Pilar Ortega

Aquella mañana amaneció nublada y triste, como las pesadillas. Sin embargo Alfaro, quien a

pesar de todo tenía un humor envidiable, se despertó alegre tres horas antes de lo previsto y se

acercó al alféizar de la ventana para ver trepar aquel sol mortecino por entre los cerezos,

rebasar luego la estación del tren, a sólo veinte metros de su ventana, y colocarse en el centro

de la habitación, iluminando a medias el retrato en sepia de su madre. Sólo entonces se le

torció la sonrisa y pensó que ella nunca lo habría consentido.

Pero si no hubiera sido por Aquilina, su esposa, quien lo esperaba sentada junto a la lumbre

con el dedo índice en alto para apostillarle: “tu madre nunca lo habría consentido”, tal vez

Alfaro no habría vuelto a pensar de ello. En la mañana nublada y triste y en el retrato sepia de

la madre destacándose en la penumbra.

Por eso Alfaro entró desairado en la cocina, se sentó de espaldas a la esposa mirando por la

ventana cómo llegaban los pasajeros del tren de Irún y pensó que en realidad era como si no se

hubiera muerto. La madre, por supuesto. La que también le señalaba con su dedo lleno de

verrugas desde el otro lado de la lumbre y que, al final, cuando estaba ciega y pasaba el día

describiendo a gritos los engendros pavorosos que le desfilaban por la cabeza, a menudo

adivinaba la presencia de él por el olor que desde siempre había desprendido a mar y después

levantaba su dedo índice para apuntar a ninguna parte.

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“No sé como puedes tener ese olor tan remoto”, solía decirle ya desde niño. “Será para

recordarme a tu padre”, y también entonces lo miraba con reproche, mientras lanzaba un

racimo de cerezas sobre el cesto. Y el niño Alfaro agachaba la cabeza e imaginaba a ese padre

que nunca regresaría despidiéndose del vientre preñado de la madre en la estación de Irún,

cuando al pueblo todavía no había llegado el tren, prometiéndole que volvería rico y luego,

zarpando desde el puerto de Bilbao, para hacer las Américas. Atravesando el mar.

Por eso en las noches de verano, mientras jugaban al escondite con el resto de los niños del

pueblo, Alfaro y Jeremías se escondían entre los zarzales, al otro lado del riachuelo, y se

imaginaban navegando en la vieja proa de un barco imaginario sobre lo alto del valle. Entonces

Alfaro señalaba más allá de los cerezos, donde a Jeremías nunca se le había ocurrido que

existiese el mundo, y le decía con aire experto: “Más allá, está el mar”.

Y a Alfaro le brillaban los ojos azules y ambos sabían que algún día él también cogería un tren,

y luego un barco, y luego se iría lejos, muy lejos, más allá de los cerezos, hasta donde estuviese

el mar.

Por eso aquella tarde, tendría Alfaro unos diez años, cuando el ingeniero de caminos se

presentó en la pequeña finca con su patrón de galgas y les explicó sobre el mapa cómo la vía

del tren partiría su casa por la mitad, a Alfaro se le confirmó la certeza de que algún día, no

muy lejano, cogería aquel tren y abandonaría para siempre el valle de los cerezos.

Sin embargo a Águeda, su madre, le salieron pústulas en la boca de tanto maldecir, y luego se

enfrentó con el resto de pueblo - que se había congregado en la plaza para celebrar la llegada

del tren - y los volvió a maldecir en público y algunas mujeres se rieron de ella a media voz y

se dieron codazos en la esquina de la plaza. Más tarde Águeda también se negó a que los

técnicos civiles se encargasen de la reconstrucción gratuita de su casa en el pedazo de terreno

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que les fue cedido a unos veinte metros de la estación. Así que, mientras el resto se preparaba

para el progreso y concursaba por los puestos más suculentos: yo, jefe de estación, yo,

guardagujas, tú, guardesa; Alfaro y su madre trabajaban hasta la noche, marcando con tiza cada

una de las piedras de la vieja casa, y se levantaban en la madrugada para colocarlas de nuevo

en el sitio adecuado, a veinte metros contados de la estación. Por eso tal vez, y porque ya no se

le volvió a ver jugando al escondite en las noches de verano, Alfaro se ganó para siempre el

cariño del pueblo. Y de aquellas caricias cómplices de las madres de otros le quedó para

siempre el talante afable y la sonrisa agradecida, con dos hoyuelos en las mejillas.

Los mismos hoyuelos que todavía conservaba ahora, a punto como estaba de cumplir los

sesenta, y que Aquilina había sorprendido aquella misma mañana mientras Alfaro extraía del

cajón de la mesa el pasaje de tren con la nota de Jeremías: “Espero que no faltes a la boda de

mi hija”.

Había recibido el billete a vuelta de correo hacía más de un mes y, en cuanto había leído la

nota, Alfaro había salido corriendo hasta la casa de la vecina- quien en casos de mayor

importancia les prestaba el teléfono- y la voz cálida de Jeremías lo había recibido tan optimista

como siempre: “No te asustes viejo, yo te espero en la estación”. Y a Alfaro se le habían

llenado los ojos de lágrimas cuando sacó cuenta, ahora que ya nunca soñaba con ello, que por

fin vería el mar.

Aquella mañana Aquilina salió excepcionalmente de casa para acompañarlo hasta la estación.

Iba vestida de luto, con el mismo traje negro y los zapatos de cuña alta con que hacía tres

meses había acudido al funeral de Águeda, y mientras rezaba en voz baja sus oraciones de

media mañana, de vez en cuando también repasaba en alto la ropa que le había metido en la

maleta. “Los calcetines de rombos no lo pongas para la boda”, su voz se le elevó estentórea en

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el cuarto misterio e hizo saltar de un respingo a Alfaro, quien esperaba a su lado sentado en el

mismo banco de la estación donde desde niño los despedía a todos. Los primeros el ingeniero

de caminos y su equipo de técnicos civiles, quienes además de construir la estación

distribuyeron los puestos de trabajo y les repartieron unas instrucciones básicas. “El café se

vende a dos pesos. Los vagones de primera clase son los que llevan en su placa la letra A y el

libro de telefonemas ha de estar siempre al día, dispuesto para ser revisado por el inspector”. Y

el resto del pueblo también levantó la mano cuando el equipo se despidió de ellos para siempre

y allí quedó Águeda, sola, transportando las últimas piedras a veinte metros de la estación.

Pero a medida que transcurrieron los años sólo Alfaro siguió yendo a la estación para

despedirlos a todos. Corriendo con la mano en alto hasta que el andén se precipitaba de pronto

en una mar de piedras de balasto. A todos los amigos, que se marcharon poco a poco. Sobre

todo Jeremías, quien se fue el primero para estudiar Filología en Bilbao. Y muchos años más

tarde Alfaro seguiría acudiendo a la estación del tren para recibirlos de vuelta. Casi siempre

más gordos, más listos, más evidentes en sus trajes de domingo, con esa manera angulosa de

caminar. Más extraños, pensaba Alfaro, quien seguía viviendo con su madre en la casita de

piedra a veinte metros de la estación y que caminaba a trancos cuando los ayudaba a llevar a la

maleta a casa. Sin embargo, con el tiempo, aquellas visitas también se irían distanciando y sólo

algunos se acercaban hasta el pueblo en el día del patrón.

Nunca hubo aquella dejadez en Jeremías, quien volvía principalmente en primavera, para ver

florecer los almendros, y que, ya desde la primera curva del risco, asomaba su mata de pelo

rizo por la ventanilla y saludaba a Alfaro blandiendo en la mano algún libro de poemas.

Jeremías se había alistado en las juventudes socialistas poco después de llegar a Bilbao y,

cuando todavía estaba en la facultad de Filología, escribía octavillas revolucionarias que luego

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le leía a Alfaro con su cadencia exaltada de poeta anónimo y que el otro no siempre entendía,

pero que permanecía igual de atento para ver cómo a su amigo se le hinchaba la vena del cuello

al decir la palabra “libertad”.

Sin embargo, Jeremías escribía sus poemas más hermosos en el pueblo, cuando se estiraba

debajo de los almendros y podía contemplar todo el valle como si estuviera navegando en la

proa de un barco imaginario, en un mar de cerezos. Y una tarde de aquellas, Jeremías quedó

con la mirada fija en el infinito, agarró con decisión la libreta y zampó de golpe todo el poema:

“Alfaro y el mar”.

Sería aquél el primero de un poemario ilustre que fue elogiado desde el principio y que

proyectó sobre Jeremías un esplendor modesto que le permitió darse a conocer en un círculo

escogido y que varios meses después, ahora que ya había perdido toda esperanza, lo impulsó en

una pirueta inesperada hasta el mundo de la editorial.

Por aquel entonces Jeremías tenía treinta y seis años y Alfaro recién cumplía cuarenta. Y,

mientras el primero mal que bien vivía en la ciudad acomodado como profesor de literatura en

un colegio de pago y sus dos hijas estudiaban el bachiller, el segundo todavía no había tenido

oportunidad de salir del pueblo.

- Ya ve lo que son las cosas- y, mientras se lo relataba a su editor, a Jeremías se le hinchó la

vena del cuello, como si estuviese diciendo la palabra libertad. Por eso el otro, un tipo orondo y

generoso, escuchó aquella coincidencia triste con una innegable visión comercial y le propuso

traer a Alfaro como invitado de honor para la presentación de su libro. “Todo iría a cargo de la

editorial, por supuesto. Y además, podríamos incluir su fotografía en los titulares”. Y Jeremías

pegó un salto feliz y le plantó un beso en la calva antes de salir corriendo a correos.

En aquella primera nota, Alfaro encontró un suculento cheque al portador y una carta que

acababa con el mismo sonido poético con que Jeremías leía versos bajo los almendros: “Esta

vez verás el mar”.

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Con el dinero del cheque Alfaro adquirió una maleta, un traje negro, un par de zapatos y un

marco de plata en el que colocó el retrato sepia de la madre, con la expresión soberbia de

siempre y que se lo entregó luego, el día antes de irse, envuelto en papel de regalo. Pero ella,

quien conservaba intacto su odio visceral al tren, simplemente lo dejó a un lado y murmuró por

lo bajo: “Igualito a tu padre”.

Por aquel entonces Águeda todavía era una mujer esbelta, con una osamenta enorme que

parecía mantenerla por encima de todos los demás, y los ojos azules, como los de Alfaro. Pero,

mientras los de él miraban directos al frente, confiados y amables, los de ella a menudo

permanecían torvos y miraban de refilón mientras recogía cerezas, para espiar si algún vecino

le sisaba la fruta a escondidas. Por eso a Alfaro tampoco le sorprendió que aquella mañana en

que él iba a coger el tren para acudir a la presentación del libro, Águeda se levantase con la

mirada más torva que nunca y saliera hacia las fincas del valle sin tan siquiera despedirlo.

Aquella misma mañana de hacía veinte años también había amanecido nublada y triste, como

las pesadillas. Y hacia de las doce del mediodía, mientras Alfaro esperaba impaciente en el

banco del andén, un viento del sur se levantó de la nada para sacudir todo el valle con ráfagas

de más de cien kilómetros por hora. Así que Águeda se colocó la cesta en la cadera y decidió

volver a casa con las pocas cerezas que había podido recoger.

Águeda caminaba ligera, maldiciendo aquel mal verano que no había traído cosecha, y con los

ojos medio cerrados para evitar por un lado el polvo que le venía sobre la cara y por otro para

no ver el tren que llegaba, con su bocanada de humo imponente. Y sólo ella llegó a saber que

por eso mismo no pudo ver la teja asomándose en el alero de la casa del alcalde,

tambaleándose a su paso hacia la vertiente del tejado y cediendo por su propio peso para caerle

a ella en todo el ceño fruncido, en mitad de la cara.

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Todo lo demás se sucedió con suma naturalidad. Como si en realidad fuesen las secuencias de

un plan perfectamente diseñado: los gritos de Águeda llamando la atención de tres o cuatro que

se apuraron en llegar a tiempo a la estación del tren y que avisaron al jefe de máquinas, un

viejo conocido que había saludado a Alfaro al subir a su vagón, quien en una maniobra

excepcional echó el freno del tren que ya arrancaba.

De vuelta en andén vacío, Alfaro pensó con pesadumbre que ya aquella mañana había

amanecido extraña y gris, como las pesadillas.

Aquilina se había presentado en la casa un par de semanas más tarde, recomendada por el

doctor quien, revisando con el oftalmoscopio las pupilas rotas de Águeda, auguró que iría

perdiendo la vista paulatinamente hasta quedar ciega del todo.

- Será mejor traer a alguien para que le haga las curas y le cambie los apósitos de los ojos- le

adelantó.

Y allí apareció Aquilina, recién bajada del páramo donde se había titulado por correo como

auxiliar de enfermería mientras que cuidaba de su abuela enferma.

Llegó a la casa una mañana de otoño. Con la bata de blanca, las bambas de goma y aquella

expresión asustadiza y cohibida que le hacía parecer invisible. Aquel primer día extendió un

catre portátil al lado de la lumbre y, para cuando Alfaro se quiso dar cuenta, Aquilina se había

instalado del todo y Águeda despertaba con pesadillas en mitad de la noche, imaginando a

todas las vecinas dándose codazos ante aquella situación depravada. Criticándola. Murmurando

cómo podía permitir que aquellos dos viviesen juntos sin que ella pudiese ver nada. Y no paró

hasta que se casaron. Y luego también insistió en que la foto de la boda permaneciese expuesta

en el centro de la habitación principal al lado del retrato sepia de ella. Aquilina vestida con un

traje de color rosa palo que le había prestado su prima y Alfaro con el traje negro que no había

tenido oportunidad de estrenar. Sólo Águeda aparecía sonriente, en centro de la imagen, una

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mano sobre el hombro de Alfaro, otra sobre el de Aquilina y los ojos azules dispersos, mirando

a ninguna parte.

Fue así como Alfaro tuvo esposa. Y, aunque en un principio se sintió más imbécil que nunca

con el traje nuevo de camino al iglesia, con el tiempo acabó acomodándose a la presencia

suave de Aquilina. Y algunas veces, cuando su madre la aterraba con sus alucinaciones

pavorosas y le describía a gritos aquel tren enorme que se tragaba a los hombres, Alfaro sentía

hacia aquella criatura insomne una ternura de hermano.

“Parece que fuese más hija ella que Alfaro”, comentaron las mujeres el día del funeral cuando

Aquilina se presentó en la iglesia rota por el llanto, con el traje negro (el primero que se había

comprado en su vida) y los zapatos de cuña (también los primeros, porque ella sólo caminaba

con bambas) y en el sopor de la homilía las mujeres también inventaron algunas historias

horrendas que luego dijeron que en las noches de insomnio le relataba Águeda.

Por eso aquella mañana en que Aquilina lo había acompañado hasta la estación, mientras ella

se acercaba a las escaleras del vagón para ayudarle a aupar la maleta, Alfaro pudo ver sus

manos menudas temblando del miedo, horrorizada por las historias que su madre le había

contado acerca del tren .De manera que, en un arrebato de compasión, Alfaro consultó el reloj

y le tendió la mano con su sonrisa de siempre:

- Ven, ya verás cómo te gusta.

Y así fue como Aquilina aprovechó los últimos diez minutos antes de la partida de Alfaro para

subir por primera vez en un tren.

Con la ayuda del jefe de estación acomodaron la maleta en lo alto y luego él mismo les fue

ilustrando con los últimos adelantos:

- Aquí está el mando para abatir el asiento. Aquí el posavasos, el cenicero- y, en un gesto

singular antes de salir aprisa hacia los vagones restantes, el jefe de la estación sacó el folleto y

se lo extendió muy satisfecho:

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-Es por el quincuagésimo aniversario de la estación- añadió.

Era uno de esos trípticos a todo color, con fotografías de toda una época y letras góticas, en el

que se recogían imágenes de los cincuenta años desde la llegada del tren al pueblo y que Alfaro

fue revisando con la mirada brillante de niño.

Allí estaba la primera cantina, con sus cuatro chucherías y el café retinto, allí el viejo telégrafo,

el primer jefe de estación, el pueblo antes de la llegada del tren y la fiesta en la plaza cuando se

recibió la noticia.

Alfaro las fue pasando una a una, con las manos temblando por la emoción, bajo la mirada

atenta de Aquilina. Y en la última página, justo después de la imagen de del ingeniero de

caminos, Alfaro se tropezó con aquella foto de grupo: todo el pueblo con la mano en alto,

despidiéndose del equipo de técnicos el día de la inauguración y allá a los lejos, corriendo por

el andén hacia un mar de balasto, un niño, los ojos azulísimos, los pantalones cortos, los

mismos hoyuelos al sonreír.

Era Alfaro. El niño Alfaro que nunca había visto el mar.

Y a Aquilina, se le llenaron los ojos de lágrimas, y se sintió terriblemente arrepentida de

haberlo esperado aquella mañana junto a la lumbre para agobiarlo con el recuerdo de Águeda.

Y en aquel preciso instante, justo cuando ella se sentía tan turbada por la culpa que estaba

considerando el pedirle perdón, el silbato anunció la partida inminente y Aquilina no encontró

tiempo más que para recomponerse un poco de la emoción y recordarle que los calcetines de

rombos no los pusiera en la boda. Entonces Alfaro la miró como impaciente y ella comprendió

que se tenía que ir. Así que Aquilina, quien a pesar de todo aún seguía de veras conmovida por

la fotografía, caminó indecisa hasta la puerta del vagón. Caminó con pasos cortos y torpes, por

los zapatos de cuña que no se acostumbraba a utilizar. Y ya a lo último, decidió girar la cabeza

para al menos dedicarle una sonrisa. Pero en aquel mismo momento, la locomotora comenzó a

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traquetear y tampoco tuvo oportunidad para sonreírle a Alfaro, por eso se encontró calculando

a toda prisa el salto necesario para aterrizar en la vía.

El caso es que Aquilina no estaba acostumbrada a utilizar zapatos de cuña, de manera que,

cuando quiso coger impulso, la maniobra se le torció en el aire y, en un traspiés inevitable,

cayó de bruces en el suelo del andén describiendo una pirueta que, deformada luego en boca de

todos, pasó a ser relatada como un salto mortal que le golpeó en la nuca y le partió en dos la

médula.

Todo lo demás se sucedió con suma naturalidad. Como si fuesen las secuencias de un plan

perfectamente diseñado: el rostro horrorizado de Aquilina unido a un cuerpo que jamás

volvería a mover, el jefe se estación que corrió al verla como alma que lleva el diablo y que

llegó a tiempo para avisar al jefe de máquinas, hijo de un viejo amigo de Alfaro que lo había

saludado al entrar en la estación, quien, en una maniobra excepcional, consiguió echar el freno

de la locomotora.

De vuelta por segunda vez en el andén, Alfaro se acordó de aquella mañana, nublada y triste,

como la de una pesadilla y del retrato en sepia de la madre mirándolo con rencor. Y en aquel

mismo momento, fruto tal vez de un estado de locura pasajera o porque a pesar de todo tenía

un humor envidiable, el viejo Alfaro sintió un vértigo horrendo subiéndole por todo el cuerpo y

se planteó muy en serio si no dar la media vuelta, reírse en la cara de su mala suerte y montar

en aquel tren para ver si es que existe el mar.

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